Exley
Vida
Dedicados A La Excelencia
ISBN 0-8297-0305-5
Categoría: Educación cristiana
Este libro fue publicado en inglés con el título Perils of Power por Honor
Books
© 1988 por Richard Exley
Traducido por Léster Carrodeguas
Edición en idioma español
© 1993 EDITORIAL VIDA
Deerfield, Florida 33442-8134
Reservados todos los derechos
Cubierta diseñada por John Coté
índice
Prólogo 5 Introducción 7 1. La lujuria: la guerra interna 15 2.
Cuando el bien sale mal 37 3. Aventuras amorosas de la edad madura
61 4. Los peligros del poder 83 5. Rehabilitación y restauración 110
6. Restaurando el matrimonio 134 7. Rehaciendo el ministerio 157
Prólogo
Hablar o escribir proféticamente, aun en las mejo res circunstancias, es
siempre arriesgado; pero oír de Dios, y recibir de él el cargo de hablar de
los malos de nuestros peligrosos tiempos actuales, es algo al que la
mayoría de los hombres no están dispuestos a someterse, pues la tarea es
pasmosa.
Yo conozco al pastor Richard Exley como alguien que se ha movido bajo la
unción del Espíritu del Señor de una manera profética. Él siempre examina
primero su propia alma y su propio corazón. Quizás por eso Dios lo ha
escogido para dirigirse a ministros y, efectivamente, a toda la cristiandad, en
términos claros que nos lleven al arrepentimiento y a la restau ración. Más
aún, revela cómo proteger a todos los ministros de futuros fracasos. En
Peligros del Poder, Dios ha divulgado a través del pastor Exley una
sabiduría que va más allá del conocimiento humano.
E. H. Jim Ammerman, Th.D., D.D.
Capellán, Coronel retirado
del Ejército de los Estados Unidos
Presidente y Director de Capellanía
de las Iglesias del Evangelio Completo
Introducción
Todos los estadounidenses mayores de treinta y cinco años
recuerdan, sin duda, dónde estaban y qué estaban haciendo aquella
trágica tarde de no viembre de 1963, cuando mataron al Presidente
John F. Kennedy. Yo estaba sentado en unos esca lones durante el
tiempo entre clases en la Escuela Secundaria de South Houston,
cuando una mucha cha vino corriendo por el pasillo sollozando.
— Han matado al Presidente — dijo llorando y se fue corriendo.
Sus palabras me dejaron aturdido, y este momen to histórico quedó
grabado en mi mente para siempre.
Del mismo modo, nunca olvidaré el momento en que supe de la
tragedia de Jimmy Swaggart. Me sentí abatido por una ráfaga de
emociones inconexas: incredulidad, vergüenza, rabia y dolor. Pasé
toda la noche dando vueltas en la cama atormentado por una serie
de sueños profanos, en los que ésta, la última de una sucesión de
tragedias morales, se repetía una y otra vez. Mi aflicción rayaba en
depre
sión. Sentí pena por Jimmy Swaggart y su familia, por el ministerio
alrededor del mundo, por el Cuerpo de
8 El peligro del poder
Cristo, por el hombre y la mujer que formaban parte de la
congregación. Su dolor se convirtió en mi dolor.
Los días siguientes no fueron mejores. Cada día salían a relucir
nuevos y desconcertantes detalles sobre este caso. Oficiales de las
Asambleas de Dios recibieron fotografías de Jimmy Swaggart entran
do y saliendo de un motel con una conocida prostituta. La revista
Christianity Today (Cristia nismo hoy, una revista cristiana de
noticias; 18 de marzo de 1988) informó: "Un oficial de la deno
minación presente en la reunión a puerta cerra da, describió el pecado
de Swaggart como 'con ducta sexual impropia durante un período de
varios años'." La revista noticiosa Newsweek (7 de marzo de 1988)
escribió: "El pecado secreto de Swaggart, según dicen algunos, era
que se paseaba por los moteluchos de la Autopista Airline de Nueva
Orleans, buscando prostitutas que se des nudaran e hicieran distintos
actos sexuales." El mismo Swaggart hizo una confesión detallada
ante los oficiales de las Asambleas de Dios, y una confesión pública
(sin especificar los pecados) ante la congregación del Centro
Familiar de Ado
ración en Baton Rouge, Luisiana.
Mientras miraba aquel servicio por televisión, no pude evitar
emocionarme por su lacrimosa confesión, así como por la obvia
compasión de la congregación. Sin duda, el Señor estaba orgullo
so del amor incondicional de ésta. Verdadera mente, este fue un
momento sagrado y trágico a la vez.
Introducción 9
Aunque este momento fue trascendental, yo sen tí que Dios
demandaba algo más de nosotros y no sólo nuestro amor
incondicional y nuestro perdón. ¡Él esperaba más! Jimmy Swaggart
había pecado, sin lugar a dudas, y respondería por esto ante Dios.
Pero esto era algo más que el simple pecado de un hombre. En un
sentido más amplio, su transgresión acusa a la Iglesia en general, y
requiere que reexa
minemos el modo en que llevamos el ministerio. Quizás la falta no
se encuentra en el hombre en sí, sino en el Cuerpo de Cristo.
Después de todo, Swaggart no es el primero de los ministros conoci
dos a nivel nacional que haya cometido este tipo de pecado, sino que
es el más reciente en una lista interminable.
De acuerdo con un reciente artículo en la revis ta Leadership
(Liderazgo; trimestre de invierno, 1988), los pastores locales también
luchan con las tentaciones sexuales, y un porcentaje significativo de
ellos ha sucumbido. De los trescientos pastores que respondieron a
una encuesta confidencial lle vada a cabo por el departamento de
investigaciones de Christianity Today, el 23 por ciento dijo que
desde que estaban en el ministerio de la iglesia local, habían hecho
algo con alguien (que no era su esposa) que ellos pensaban que era
sexualmente inapropiado. Doce por ciento admitieron haber tenido
relaciones sexuales con alguien que no era su esposa, y 18 por ciento
dijo haber participado en otras formas de contacto sexual
extramatrimo nial, como por ejemplo besarse apasionadamente y la
mutua masturbación. De este total, sólo el 4 por
10 El peligro del poder
ciento dijo haber sido descubierto.
El problema parece estar generalizado en las iglesias, y destaca el
hecho de que los ministros son seres humanos con las mismas
necesidades perso nales y motivaciones sexuales que los otros hom
bres, con una diferencia significativa. Otros hom bres pueden
reconocer su condición de humanos, su propensión al pecado, y
recibir el consejo y el apoyo de la Iglesia. Por lo general, los
ministros deben vivir denegando esta propensión al pecado, y no
tienen a nadie a quien acudir. Los ministros tienen temor de ir a ver a
un consejero o a un pastor amigo, por temor de que sus problemas de
alguna forma se sepan. O como escribió un ministro: "Yo no me
atrevería a contarle mis problemas a un pastor amigo de esta zona,
porque mi denomina ción puede perdonar un asesinato, pero no los
pensamientos impuros." Quizás esto esté un poco exagerado, pero
algo hay de cierto en ello, y el aislamiento que trae como resultado
deja al minis tro en una situación terriblemente vulnerable.
La inmoralidad en el ministerio no es un proble ma nuevo; no es algo
exclusivo de nuestros tiem pos. Tom Schaefer, escritor de la Wichita
Eagle Beacon, escribe: "A través de los años, la indiscre ción y la
conducta sexual impropia han manchado a muchos clérigos, así
como a todos los que están involucrados con ellos. Desde los
tiempos medie vales en que había papas que engendraban hijos
violando sus votos de celibato, hasta los evangelis
1 "How Common is Pastoral Indiscretion?" Leadership (Trimestre de invierno,
1988), p. 13.
Introducción 11
tas norteamericanos que han causado escándalos con sus deslices
amorosos, hasta los sacerdotes cuya pedofilia ha motivado que se
paguen altas sumas de dinero por concepto de demandas legales
contra la iglesia, la conducta sexual impropia en el clero ha tenido
una historia impía."
La pregunta que oigo con más frecuencia es ésta: "¿Cómo pudo
hacer eso?" Quizás porque el tema es tan penoso, o porque está tan
mezclado con las emociones, rara vez se responde realmente a la
pregunta. Entonces tenemos una segunda trage
dia; somos incapaces de aprender de nuestros erro res y esto nos
condena a cometerlos de nuevo. El propósito de Peligros del poder,
pues, es considerar el "porqué" y el "cómo", en un esfuerzo por enten
der la dinámica de intercambio personal en la falla moral entre
aquellos que reconocen que es un pecado mortal, y una vez evaluada
esta dinámica emocional y espiritual, llevar a la práctica una
estrategia preventiva.
La inmoralidad en el ministerio, como probable mente usted ya haya
concluido, es un tema muy complejo originado por causas muy
variadas. En el caso de Jimmy Swaggart, parece que es la con
sumación de una batalla de toda la vida con la pornografía. Sí son
exactos los informes noticio sos, él fue llevado por la lujuria a buscar
los place res sexuales con una prostituta. Y aquí es donde estriba el
peligro de la pornografía: nunca satisfa ce, y casi siempre conduce a
algo más. Como
1 Tom Schaefer, "Sex and the Clergy", Wichita Eagle Beacon (5 de marzo de 1988, sección
"E"), pp. 1, 2.
12 El peligro del poder
escribió un ministro que se estaba recobrando de sus
experiencias con la pornografía:
Una revista excita, una película electriza, y un
espectáculo en vivo hace hervir la san gre. Nunca
fui a los extremos de hacerme tatuar el cuerpo, o
participar en sesiones fotográficas o masajes,
mucho menos la prostitución abierta, pero he
tenido sufi
cientes experiencias con la insaciable natu raleza
del sexo como para quedar por siem pre
atemorizado. El deseo no satisface, sino que
excita.
Sin embargo, no todo el sexo tiene su origen en el
deseo, por lo menos al principio. Cuando un pastor
local comete adulterio, lo hace general mente con una
persona con la cual ha desarrolla do una relación. Lo
que empieza bien, luego se tuerce. La tentación sexual
en él se origina usual mente no en el vicio, sino en la
virtud. Lo que empieza como un ministerio legítimo
— compar tir quizás un proyecto, escuchar con
compasión, darle consuelo a alguien— se convierte en
un vínculo emocional, que finalmente conduce a una
relación ilícita. El ministro que emplea gran parte de
su tiempo dando orientación, o que pasa más tiempo
de lo debido con alguien del sexo opuesto, casi
siempre en cosas relacionadas con la iglesia, es
especialmente vulnerable a este tipo de tentación.
Aunque el pecado sexual puede ocurrir en cual
1 Anónimo, Th e War Within: An Anatomy of Lust", Leadership
(Trimestre de otoño, 1982), p. 34.
Introducción 13
quier momento, no es coincidencia
que muchos de los ministros hayan
caído en la trampa en su edad
madura, en la cima de su carrera.
Cuando han alcanzado más éxito
que el que hubieran soñado posible,
llegan a la madurez sólo para
descubrir que a pesar de todos los
logros alcanzados aún no se sienten
realizados. Durante este período de
de silusión el ministro es
especialmente susceptible a
atención positiva por alguien del
sexo opuesto. Se siente bien al ser
apreciado como hombre y no sólo
como ministro; no tiene intención de
cometer adulterio. Pero como
señala el doctor Carlfred Broderick,
después de trabajar con numerosas
pa rejas que estaban plenamente
comprometidos a ser fieles en el
matrimonio, pero que se vieron
envuel tas en relaciones adúlteras: "..
. con un poco de ayuda de la
autojustificación, la simpatía
conduce poco a poco a la ternura, la
ternura a la necesidad de privacidad,
la privacidad al consuelo físico; y el
consuelo lleva directo a la cama."
Y finalmente, tenemos a aquellos
que se han convertido en las
víctimas de su propio éxito. Son
hombres poderosos rodeados de
personas que le
dicen que si a todo. Nadie los
cuestiona en nada, y después de un
tiempo, son capaces de justificar sus
más mínimos deseos. Las leyes de
Díos que son aplicables a la gente
común, son adaptadas a su estilo de
vida. Una cosa conduce a la otra,
hasta que aun la infidelidad puede
ser justificada. Sin lugar a dudas,
estamos experimentando una
1 Carlfred Broderick, Couples (Nueva York:
Simon and Schuster, Inc., 1979), p. 163.
14 El peligro del poder
crisis moral en el ministerio, pero el
fracaso moral no es necesariamente
inevitable. Sin embargo, la victoria
no está en negar nuestra condición
de seres humanos, ya que la
represión no funciona. Nues
tros deseos sexuales, la necesidad de
pertenecer a algo o a alguien, y aun
nuestras ambiciones, son una parte
intrínseca de lo que somos. Si los
destrui mos, también destruimos una
parte de nosotros mismos. Si las
reprimimos se manifestarán even
tualmente, casi siempre en forma
inapropiada e inaceptable. Nuestra
única esperanza es rendir nuestra
humanidad ante Dios, y dejar que él
nos redima; esto es, canalizarla
adecuadamente. Pode mos vivir una
vida victoriosa, pero para hacerlo,
debemos aceptar que Jesucristo es el
Señor, vivir y ministrar
responsablemente, y establecer
pautas apropiadas antes de que
estemos tan comprometi dos
emocionalmente que el pensamiento
racional haya sido reemplazado por
la autojustificacion apa
sionada.
Capítulo 1
Lujuria: la
guerra interna
"Estoy escribiendo este artículo en
forma anónima porque estoy
apenado. Estoy apena do por mi
esposa y mis hijos, pero más que
todo por mí mismo."
Así empieza un artículo en
Leadership (Oto ño 1982), escrito
por un ministro anónimo, en el cual
describe su lucha personal con la
luju ria. Continúa así:
.. . si yo pensara que fuera el único
que luchaba en esta guerra, no
gastaría ener gía emocional
rememorando tan penosos
incidentes. Pero creo que mi
experiencia no es única, es quizás
hasta típica de pas
tores, escritores y conferencistas.
Nadie habla ni escribe sobre este
tema, pero está ahí, como un cáncer
inadvertido que metasti ciza más
fácilmente cuando nadie se che
quea con rayos X ni se palpa para
detectar bultos cancerosos.
Sé que no estoy solo, porque las
pocas veces que me he abierto y he
comentado
16 El peligro del poder
mi problema con amigos cristianos,
me han respondido con historias
espantosamente pa recidas que
describen el mismo tipo de
despertar, de obsesión, de posesión,
[cur sivas añadidas]
Hace seis años que leí este artículo
por primera vez y debo confesar
que aunque no dudé de la veracidad
de las palabras del escritor con
respecto a su lucha personal, no
podía estar de acuerdo con sus
conclusiones concernientes al
predominio de este mal en el
ministerio. Sin embargo, los aconte
cimientos de los cinco años
siguientes, especial mente en los
últimos doce a dieciocho meses, me
han forzado a reconsiderar mi
opinión anterior.
En primer lugar, he aquí un hombre,
un líder espiritual en su iglesia, que
vino a mi oficina en busca de
consejo.
Se sentía tan avergonzado que
prefería ver me a mí en lugar de ver
a su propio pastor. Había cometido
actos tan despreciables que no podía
vivir consigo mismo. Apenas termi
né de cerrar la puerta de la oficina ya
estaba postrado de rodillas llorando.
Durante varios minutos lloró
delante del Señor. Después de eso
pudo componerse y sólo entonces
me compartió su oscuro secreto.
Era un buen hombre, un cristiano, y
nunca había pensado involucrarse
con el pecado, pero lo hizo.
Comenzó en forma inocente
tomando por la mañana un café en
una tienda
1 Anónimo, "The War Within: An Anatomy
of Lust", Leadership (Trimestre de otoño,
1982), p. 31.
Lujuria: la guerra interna 17
de conveniencia. Luego comenzó a
curiosear revistas pornográficas en
el mostrador mien tras tomaba su
café. Entonces compró una revista y
después otra.
A partir de ese punto la historia tiene
una secuencia demasiado común.
De las revistas pasó a los videos
prohibidos y luego buscó los
servicios de una prostituta. Por
supuesto, esta progresión
degenerativa no tuvo lugar de la
noche a la mañana. Fue sucediendo
durante varios meses y a cada paso
que daba se decía a sí mismo que no
iría más allá, pero parecía que le
resultaba imposible detenerse.
Pronto estaba viviendo en el infierno
que él mismo había creado. Sin
dudas, había en todo eso algunos
momentos de placer sensual, pe ro
eran seguidos por horas de
vergüenza, días y semanas de un
remordimiento indecible. No
obstante, aun en los momentos de
mayor vergüenza, era atraído en
forma irresistible hacía lo que él
odiaba. Sus oraciones desespe
radas parecían impotentes contra los
demo nios que lo invadían.
Entonces, vivía en secre to y con
temor. ¿Qué pasaría si alguien lo
viera? ¿Qué sucedería si lo
encontrara su es posa o alguien de la
iglesia? Su matrimonio se
resintió, como también su vida
eclesiástica. El deseaba salir de eso,
quería detenerse, pero había algo
que lo empujaba a seguir. Entonces,
sucedió lo peor que había temido.
Contrajo una enfermedad venérea y
contagió a su esposa.
Afortunadamente no era el SIDA,
18 El peligro del poder
pero igual significaba que se lo tenía
que decir a su esposa para que
recibiera tratamiento. ¿Cuál sería el
desenlace? ¿Lo perdonaría?
¿Volvería a confiar en él? ¡Qué
necios y aloca
dos le parecían entonces sus
pecados! Lo próximo en ocurrir fue
el desastre del Club PTL, con sus
desconcertantes revelaciones de exce
sos, tanto económicos como
sexuales. Esto sin men cionar la
pecaminosa caída de varios
ministros prominentes pero menos
conocidos. Algunos de ellos eran
sólo nombres para mi, pero de
cuando en cuando caía alguno que
me era conocido. Recuerdo un
pastor que le confesó su infidelidad
matrimonial a un miembro de su
congregación; ya esto era bastante
trágico, pero poco después fue
acusado de alquilar y mirar películas
pornográficas. Cuando fue
confrontado con evidencias irrefuta
bles, declaró que las había alquilado
sólo para recopilar evidencias que
más tarde iba a usar en una
campaña para librar a la ciudad de la
porno grafía. Quizás su explicación
sea legítima, y así lo espero, pero de
una manera u otra, este fue otro
incidente en una serie de eventos
que me llevaron a reexaminar el
predominio de la lujuria en la vida
privada de los ministros.
Finalmente, vino la tragedia de
Jimmy Swaggart. Hay alegaciones
de que este asunto es el resulta do de
una larga lucha con la pornografía,
que por último lo condujo a verse
con una prostituta que realizaba
actos pornográficos para él, pero sin
lle
1 Richard Exley, Amor con la camisa
arremangada (Deerfield., Florida: Editorial
Vida, 1992), pp. 73-74.
Lujuria: la guerra interna 19
gar al acto sexual. Dado el ambiente
espiritual que siguió a la debacle de
Bakker, las amenazas de Gorman, y
todo lo que Swaggart tenía la
probabi lidad de perder, uno no
puede dudar del terrible dominio
que esto ejercía sobre él. Aunque el
oficial de la denominación que
estuvo presente en la reunión a
puertas cerradas con Swaggart no
hubie
ra descrito su pecado como
"conducta sexual im propia durante
un período de varios años", cual
quier persona pensante habría
llegado a la misma conclusión.
Ningún ministro, especialmente de
la categoría de Swaggart, decide
súbitamente visitar a una prostituta.
Es, sin dudas, la consumación
trágica de una larga y solitaria lucha
contra el enemigo interno, la lujuria.
El objetivo de esto no es
desacreditar el ministe rio, ni infligir
más dolor aún en aquellos que han
sucumbido al poder hipnotizador de
la lujuria, sino traer a la luz la
mortal lucha interna. No puedo
dejar de preguntarme cuántos
ministros habrían evitado pasar por
la tragedia de la caída moral, si
hubieran tenido a alguien a quien
acudir cuando la tentación les
mostró su mala cara por primera
vez. Por desgracia, la tentación
crece secretamente, y enseguida
infecta por completo a la persona,
dis torsionando sus valores y
minando su resistencia. Recuerde
que Satanás tiene paciencia. A él no
le importa esperar la mitad de la
vida si al final puede destruir a un
líder espiritual.
El poder de dicha tentación se basa
en su condi 1 Christianity Today, 18 de
marzo de 1988, p. 48.
20 El peligro del poder
ción de secreto. Florece en la oscuridad, a puertas
cerradas, denegada e inadvertida, con excepción del
terrible momento en que inflige su tremenda pérdida.
Entonces deja a su víctima abochornada y con
sentimientos de culpabilidad, decidido a que esto no
volverá a ocurrir, pero aún atrapada en un silencio que
la va debilitando.
Poco antes de que su pecado se hiciera público, Jimmy
Swaggart escribió: "Siempre me he sentido orgulloso
de mi fortaleza espiritual. Siempre he
creído que en mi relación con Dios, si él me pro metía
algo, yo podía tenerlo. No recuerdo que en toda mi
vida haya tenido que acudir a nadie en busca de
ayuda." En su confesión televisada, ante la
congregación del Centro Familiar de Adoración en
Baton Rouge, dijo algo en el sentido de que él nunca
se había permitido a sí mismo ser tan sólo un hombre
más. Y continuó: "Siempre he creído que con la ayuda
de Dios podía llevar a cabo cualquier cosa. Ahora me
doy cuenta de que si hubiera buscado el apoyo de mis
hermanos y her manas, de seguro habría encontrado la
ayuda que necesitaba para alcanzar la victoria sobre
esto" (parafraseado).
Todo parece indicar que se dio cuenta muy tarde de
que los pecados sexuales raras veces se resuelven sin
el apoyo de un hermano espiritual o mentor,
especialmente cuando se trata de un pecado "pri
vado" como el de la pornografía. Ciertamente,
mientras que este pecado no se confiese a otra
1 Jimmy Swaggart, "The Lord Of Breaking Through",
The Evangelist (marzo de 1988, vol. 20, no. 3), p. 7.
Lujuria: la guerra interna 21
persona, así como a Dios, no nos
podremos liberar de él (ver Santiago
5:16). Sin embargo, ¿qué minis tro
se atrevería a arriesgar tal confesión,
cuando hacerlo significaría que se
enterara su esposa, sus hermanos en
la fe, y posiblemente su iglesia? En
vez de esto, lucha en secreto tanto
con su falla como con su creciente
sentido de culpabilidad.
Mientras más éxito haya alcanzado
el hombre, más difícil se vuelve
hacer dicha confesión. Tiene
muchas cosas que perder y mucha
gente que lasti maría. Aun su propio
éxito se convierte en parte de la
trampa. Tiene una reputación que
mantener, una imagen que proteger;
en realidad no es más que eso: una
imagen. La verdad es que es un
hombre atormentado, peleando solo
en una batalla que está perdiendo
contra los pecaminosos hábitos de
toda una vida. No es un hombre
malo, ni un hipócrita. Se odia a sí
mismo por lo que ha llegado a
hacer: un ministro público, un
hombre de Dios, con una vida
secreta. A decir verdad, se ha pasado
posiblemente muchas noches orando
desesperada mente sólo para
sucumbir de nuevo a la tentación.
En realidad ama al Señor y su obra,
pero no sabe cómo ponerlo a
funcionar para sí mismo.
Si no supera su adicción secreta, ésta
lo destruirá — no de inmediato sino
paulatinamente. Un hom bre puede
estar perdiendo su lucha interna aun
cuando su ministerio sea exitoso.
Pero no se deje engañar; al final el
pecado demandará su precio.
El escritor anónimo ya mencionado
del artículo de la publicación
Leadership nos relata un trágico
episodio:
22 El peligro del poder
Tres días más tarde pasé la noche
con un amigo muy querido, pastor
de una de las iglesias más grandes
del sur. Nunca había hablado con
nadie sobre los detalles de mi vida
lujuriosa, pero la esquizofrenia
estaba llegando a un punto que sentí
que debía ha cerlo. Él escuchó
atentamente, con gran com
pasión y sensibilidad mientras le
contaba algu nos de los incidentes,
pasando por alto los peores,
describiéndole mis temores. Estuvo
sentado por largo rato con una expre
sión de tristeza, después que terminé
de ha blar. Los dos miramos
mientras nuestras hu meantes tazas
de café se fueron enfriando a
medida que pasaba el tiempo. Yo
esperaba sus palabras dé consejo, o
consuelo, o sanidad o algo.
Necesitaba un sacerdote en ese
momen to, alguien que dijera: 'Tus
pecados han sido perdonados'.
Pero mi amigo no era un sacerdote.
Hizo algo que yo nunca habría
esperado. Sus labios temblaron
primero, su cara se contrajo, y
finalmente empezó a llorar: enormes
sollozos estremecedores, tales como
yo sólo había visto en los funerales.
En pocos momentos, cuando logró
controlar se, supe la verdad. Mi
amigo no lloraba por mí, sino por sí
mismo. Me empezó a contar su
propia expedición dentro de la
lujuria. Él había estado en el punto
donde yo me encon traba ahora, pero
cinco años atrás. Desde ese
momento él había llegado a las
consecuencias
Lujuria: la guerra interna 23
lógicas que trae la lujuria. No voy a
extender me en detalles sórdidos,
pero mi amigo lo había probado
todo: la prostitución, la bise
xualidad, las orgías. Sacó de su
bolsillo una libreta de notas donde
estaban escritos los nombres de los
medicamentos que había teni do que
tomar para atacar las enfermedades
venéreas y las infecciones anales
que había contraído. Viajaba con las
recetas de los me dicamentos para
poderlos comprar donde na die lo
conocía.
Vi a mi amigo docenas de veces más
y supe cada uno de los detalles
horribles de su vida infernal. Yo me
preocupaba por la discordan cia
cognoscitiva; él rumiaba la idea del
suici dio. Yo leí sobre las
desviaciones sexuales; él las
practicaba. Yo me sobresaltaba ante
mis pequeños problemas
matrimoniales; él estaba ya en
proceso de divorcio.
.. . Si yo me hubiera enterado del
problema de mi amigo en un
artículo como éste, sin duda habría
hecho algún gesto de desaproba ción
y habría cuestionado a Leadership
por haberlo publicado, así como
habría rechazado a su autor como
un falso predicador de la fe. Pero yo
conocía a este hombre, pensaba,
tanto como a cualquiera. Sus puntos
de vista, su compasión y su amor,
eran mucho más madu
ros que los míos. Mis sermones eran
de novato comparados con los de él.
Era un hombre de Dios como yo
nunca había conocido a otro, pero
detrás de todo esto .. . mi miedo
interno
24 El peligro del poder
saltó incontrolable. Sentí el poder de la mal dad.1
Imagínese, si es que puede, si este ministro hu biera
tenido a tiempo la posibilidad de confesar su tentación
a un mentor en el cual confiara, sin miedo a quedar
expuesto públicamente o a ser recriminado. Se habría
podido someter voluntaria mente aun a rehabilitación.
Habría podido restau rarse por completo y tener un
buen ministerio si hubiera contado con el consejo
piadoso de las autoridades ministeriales. Por otro lado,
si de esta forma no se hubiera rehabilitado, entonces se
habría podido llevar a cabo una amonestación pública
para disciplinarlo. Si de veras el objetivo de la
disciplina de la iglesia es redentora y no punitiva,
entonces no se gana nada dando publici dad al
problema, cuando el ministro ha hecho su confesión
voluntariamente y está buscando ayu da.
Sin dudas hay algunos charlatanes en el ministe rio,
hombres que no tienen relación con Dios, pero creo
que la mayoría de los ministros aman al Señor con
sinceridad, así como al ministerio al cual han dedicado
su vida, aun aquellos que se han convertido en bajas
en su guerra interna. Esto en ningún modo los
absuelve de las consecuencias de su conducta, pero
permite ver las cosas desde otro punto de vista. Ellos
no son enemigos que haya que eliminar, no son
impostores que haya que desechar, sino que son
hermanos que hay que
1 "The War Within: An Anatomy of Lust", pp. 41-42.
Lujuria: la guerra interna 25
restaurar. Pablo se refiere a este
asunto cuando escribe: "Hermanos,
si alguno fuere sorprendido en
alguna falta, vosotros que sois
espirituales, res tauradle con espíritu
de mansedumbre" (Gálatas 6:1).
Diagnosticar el problema es
relativamente sim ple si lo
comparamos con la tarea de
resolverlo. Debe ser resuelto
teniendo en cuenta por lo menos
dos frentes: el individual y el del
cuerpo de la iglesia. Desde el punto
de vista individual, el minis tro debe
aceptar la responsabilidad de poner
en práctica las disciplinas
espirituales que le harán posible
superar los hábitos de toda una vida.
No es fácil; después de todo, ha
orado y ha luchado en su batalla
durante muchos años habiendo obte
nido muy poco éxito. Los fracasos
han sido mu chos más que las
victorias, pero eso no anula la
verdad del poder redentor del
Evangelio. No po demos y no
debemos permitir que los fracasos
anteriores definan nuestra teología.
En lo más profundo del desespero,
después de otro pecami noso fracaso
más, sería muy fácil llegar a la con
clusión de que mientras que
podemos ser resca tados, a través de
Jesucristo, de la pena eterna que
conlleva el pecado, no podemos
escapar del poder actual de éste. Por
otro lado, las Escrituras nos enseñan
que la cruz provee no sólo justifica
ción, sino también redención y
rescate.
El hecho de nuestra victoria sobre el
pecado fue consumado cuando
Jesús murió en la cruz. Esto se hace
una realidad presente en nuestra vida
cuando nos consideramos "muertos
al pecado,
26 El peligro del poder
pero vivos para Dios en Cristo
Jesús" (Romanos 6:11). Esto no es
simplemente una ilusión, sino algo
cierto, considerado cuidadosamente
y documenta do por las Escrituras.
Cuando Jesús murió, no sólo murió
por nuestros pecados, sino también
como el pecado mismo. Pablo dice:
"Al que no conoció pecado, por
nosotros lo hizo pecado" (2
Corintios 5:21). Por lo tanto,
cuando él murió, el pecado murió;
es decir, que fue destruido el
dominio com pleto del pecado sobre
la voluntad humana; quedó sin
poder. De modo que el único poder
que el pecado tiene en la vida del
creyente es el poder que éste le dé
al pecado.
El doctor G. Earl Guinn describe un
incidente personal que ilustra muy
bien esta verdad. Él escribe:
Hace algunos años, mientras
arreglaba mi jardín, tropecé sin
querer con una ser piente que había
estado allí invernando durante
varios meses. Ella corrió a atacar al
intruso que la había molestado;
echán dome a un lado, cogí la pala y
le di con la punta en la cabeza a la
serpiente, separán dola del cuerpo.
Aunque el cuerpo que
dó sin cabeza, la serpiente siguió
retor ciéndose en la tierra durant e
un rato, hasta que murió y quedó
inmóvil.
Nuestra naturaleza pecaminosa, "el
hombre vie jo", fue crucificado con
Cristo, es decir, que su cabeza
1 G. Earl Guinn, "The Resurrection of
Jesus", The
Twentieth-Century Pulpit, ed. James W. Cox
(Nashville: Abingdon, 1978), p. 78.
Lujuria: la guerra interna 27
fue separada del cuerpo. Lo que
experimentamos cuando somos
tentados es simplemente la agonía
del hombre viejo. De hecho, se ha
terminado su poder, ha sido
vencido, aunque no totalmente
destruido. Ya no ocupará más el
trono de poder de nuestra vida.
Ahora está afuera, rogando que se le
devuelva su antigua posición de
poder.
Hace tiempo
tuve un sueño
en el que sólo había un personaje:
yo.
Solo que era yo dos veces,
mellizos, ¡figúrese!,
pero no idénticos.
El primer hombre era el que yo
conozco, el hombre que yo era
cuando aquello,
treinta y cinco años,
175 centímetros de estatura
y quizás siete kilos pasado de peso.
El otro hombre era el
que yo habría querido ser,
de más de 185 centímetros de
estatura,
con un cuerpo
que sólo hacen posible
los esteroides y las pesas.
Estábamos parados al borde de un
acantilado mirando al mar.
Treinta metros más abajo
las olas chocaban contra las paredes
de rocas den tadas
salpicando su espuma.
El yo de esteroides sostenía al otro
mí
28 El peligro del poder
por encima de su cabeza
como si me fuera lanzar para matarme
contra las rocas.
En mi sueño, el yo real,
el que yo reconocía,
trató de razonar con el otro,
aquel maníaco musculoso,
sin resultado alguno.
Le dije que estaba tirando su propia vida. ¿Por
qué tenía que lanzarme a la muerte cuando
podía usar su enorme fuerza y agili dad
para hacer carrera como atleta profesional?
Parecía no escucharme
y la muerte era inminente.
Entonces me desperté sudando frío.
Supe de inmediato, parece,
que ese sueño
era una advertencia de Dios.
El hombre de esteroides era mi ego, mi am
bición,
el hombre viejo.
Era tan fuerte
que no podía competir con él.
Era inmune
al más desesperado de mis ruegos.
Dios era mi única esperanza,
y allí junto a mi cama
oré para que él crucificara a este hombre viejo,
y lo hizo.
Dios lo venció, pero no lo destruyó.
Lujuria: la guerra interna 29
Él destruyó su poder, pero siguió
viviendo. Ya no es el 'hombre
fuerte',
que me mantiene cautivo,
y ya no estoy a su merced.
Pero siempre debemos tener temor
de él. Ahora el hombre destruido
ruega mi simpa tía.
'Un pedacito de pan', dice.
'Tiéndele una mano al viejo amigo',
ruega, 'Solo unos minutos de tu
tiempo.'
Suena tan patético
que casi estoy tentado a compartir
mi vida con él.
Pero entonces me acuerdo de que
éste no es un amigo,
es un enemigo mortal,
que toma su vida de la mía.
Con una determinación deliberada
le doy la espalda.
Por la gracia de Dios
voy a aniquilar a este ególatra.
Voy a negar su ambición malvada,
día tras día,
¡y así lo declararé muerto!
Aun arriesgándome a sonar muy
ingenuo, quiero decir otra vez que
como creyentes, el pecado no tiene
más poder sobre nosotros que el que
nosotros mismos le damos
voluntariamente. Nuestro "hom
bre viejo" es alguien destruido que
ruega nuestra simpatía. "Un
pedacito de pan — dice —, tiéndele
30 El peligro del poder
una mano al viejo amigo." Tan
indefenso, tan patético parece, que a
menudo somos tentados a compartir
la vida con él. Sin embargo, cuando
lo hacemos descubrimos que se
transforma casi de inmediato en el
"hombre fuerte" de nuevo. La
experiencia me ha enseñado que un
solo "sí" puede deshacer cien
"noes" y puede ponerme de nuevo
bajo su tiranía. Entonces, nuestra
única esperanza es negarlo siempre.
O como escribe Pablo: "Pero los
que son de Cristo han crucificado la
carne con sus pasiones y deseos"
(Gálatas 5:24).
¿Qué es lo que tiene que ver toda
esta "teología" con la guerra
interna? ¡Todo! La lujuria no es el
resultado de un deseo sexual
hiperactivo; no es un fenómeno
biológico, no es la segregación de
nues
tras glándulas. Si así fuera, se podría
satisfacer con una experiencia
sexual, como un vaso de agua calma
nuestra sed, o una buena comida
satisface nuestro apetito. Pero
lamentablemente, mientras más
tratamos de atenuar nuestros deseos,
más fuertes se tornan.
Sencillamente no hay suficiente
erotismo en el mundo para satisfacer
su apetito insaciable.
Cuando nos consideramos "muertos
al pecado" (Romanos 6:11), cuando
crucificamos "la carne con sus
pasiones y deseos" (Gálatas 5:24),
negando nuestras obsesiones
lujuriosas, no estamos repren diendo
un deseo legítimo; más bien estamos
dán
dole muerte a una aberración. La
lujuria es para el sexo lo que es el
cáncer para la célula normal. Por
eso la negamos, no para volvernos
unos santos asexuales, sino para
estar completamente vivos pa-
Lujuria: la guerra interna 31
ra Cristo, que incluye la expresión
total y sin inhi biciones de nuestra
naturaleza sexual, dentro del
contexto del matrimonio dado por
Dios.
En Romanos 8:13 encontramos:
"Porque si vivís conforme a la
carne, moriréis; mas si por el
Espíritu hacéis morir las obras de la
carne, viviréis."
Podemos salir de la lujuria, pero en
realidad, ésta sólo puede ser
vencida mediante una combinación
de la liberación divina y la disciplina
diaria. Sin la intervención directa
del Espíritu Santo, no tendría
resultado ningún intento de
disciplina espiritual para hacer que
la obra de Dios terminada sea una
realidad presente en nuestra vida.
Por otra parte, preservarnos contra
el pecado es algo temporal a menos
que lo vivamos día a día. Gálatas
5:16 dice: "Andad en el Espíritu, y
no satisfagáis los deseos de la
carne."
La lujuria se vence si practicamos
regularmente la abnegación
mediante la fe en la obra terminada
de Cristo. En realidad, esto es más
práctico que espiritual. Con esto
quiero decir que no es algo tan
etéreo como orar simplemente, ni
reclamar las promesas de Dios, ni
nada por el estilo. Sen cillamente,
quiere decir que ejercitemos nuestra
voluntad para rehusar la atractiva
seducción del pecado, con la certeza
de que en Cristo somos libres para
hacerlo, ¡tenemos el poder para supe
rarlo!
Sin embargo, debemos actuar con
rapidez. De bemos lidiar con la
tentación desde el mismo mo mento
en que asoma su horrible rostro. Si
nos demoramos sucumbimos. Si
dejamos que se arrai-
32 El peligro del poder
gue, entonces perdemos la batalla. No necesaria mente
la guerra, pero definitivamente perdemos la batalla.
Vamos a volver un momento al líder secular que
vino a mi oficina a confesar su esclavitud a la
pornografía y la prostitución. Para permanecer libre,
había algunas cosas que él no podía continuar
haciendo, algunos lugares que no podía ir, no porque
fueran pecaminosos de por sí, sino por la propensión
que tenían al pecado. Por ejemplo, no debía ir a
tiendas donde tuvieran a la venta revistas
pornográficas; el riesgo era demasiado grande.
Tampoco podía ir a un lugar donde alquilaran videos.
¿Medidas extremas? Quizás, pero estába mos lidiando
con asuntos de vida o muerte. Jesús dijo: "Por tanto, si
tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo
de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus
miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al
infierno" (Mateo 5:29).
Siguiendo esta misma línea, Randy Alcorn, que es
pastor de pequeños grupos en la Iglesia Comu nitaria
El Buen Pastor en Gresham, Oregon, cuenta algo que
a un triunfador le resultó eficaz. Este hombre en
particular viaja constantemente, de mo do que cada vez
que llega a un hotel donde piensa quedarse por tres o
cuatro días, le pide al personal del hotel que se lleve el
televisor de su cuarto. Invariablemente lo miran como
si estuviera loco y le dicen: "Pero señor, si no lo
quiere mirar, no lo encienda." Puesto que él es un
cliente que está pagando, insiste con amabilidad que
se lo lleven; nunca se lo han negado.
Lujuria: la guerra interna 33
Este señor continúa: "El asunto es
que yo sé que en mis momentos
débiles y de soledad, tarde en la
noche, voy a ser tentado a mirar las
películas inmo rales que están
disponibles tan sólo con apretar un
botón. En el pasado, he sucumbido a
esa tentación una y otra vez, pero ya
no más. Haciendo que se lleven el
televisor de mi cuarto en mis
momentos de fortaleza, ha sido mi
manera de decir: 'Yo he tomado esto
en serio, Señor', y esto ha sido la
clave de la victoria en mi batalla
contra la impureza."
Otro paso importante es confesar las
tentaciones y los pecados a alguien
en quien se pueda confiar. El autor
anónimo de "The War Within: An
Ana tomy of Lust" (La guerra
interna: anatomía de la lujuria),
primero le confesó su pecado a un
minis tro y más tarde a su esposa.
Escribe:
El arrepentimiento, dice C. S. Lewis,
'no es algo que Dios te exige antes
de que te vuelva a recibir, y del que
te podría eximir si así eligiera hacer;
simplemente es la descripción de lo
que es volver a él.' Volver significó
para mi tener una larga
conversación con mi espo sa que
había sufrido en silencio y a veces
en ignorancia por una década. Era
contra ella que yo había pecado y
con la que había sido injusto, así
como contra Dios... . Le dije casi
todo, a sabiendas de que le estaba
poniendo encima una carga que
quizás no era capaz de cargar. .. .
Cosas mucho más pequeñas ha bían
quebrantado nuestro matrimonio por
1 Randy Alcorn, "Strategies To Keep From
Falling", Leadership (Trimestre de invierno,
1988), p. 47.
34 El peligro del poder
meses. De alguna manera ella encarnaba para mi
la gracia de Dios.... Ella se enfrentó a mis
enemigos como enemigos suyos también. To mó
mi sed de pureza como la suya propia. Ella me
amó, y aún ahora mientras escribo esto, las
lágrimas cubren mi rostro a causa de ese amor,
ese gran amor tan incomprensible para mí y tan
inmerecido.1
A través de los años, he tenido la experiencia de que
la tentación, que florece en secreto, pierde mucho de
su poder de atracción cuando es confe sado y expuesto
a la luz del amor cristiano. Por lo tanto, como líderes
espirituales, debemos asumir la responsabilidad de
crear un modelo de transpa
rencia en el cual haya un clima adecuado donde sea
posible confesar y perdonar los pecados. Si noso tros
conocemos nuestras luchas y tentaciones, los demás se
sentirán libres para confesar sus necesi dades sin temor
a ser rechazados o mal entendidos. Por otra parte,
haciendo ver que no tenemos pro blemas, contribuimos
a la conspiración del silencio que nos lleva al
aislamiento y a la soledad, y así nos deja terriblemente
vulnerables al ataque del enemi go.
Si individualmente nosotros, como clérigos, y la
Iglesia en conjunto, tomamos en serio la necesidad de
rectificar estas transgresiones así como la de prevenir
otras en el futuro, debemos darnos a la tarea de
establecer una red espiritual, un sistema de apoyo, a
través del cual podamos estimularnos
1 "The War Within: An Anatomy of Lust", p. 45.
Lujuria: la guerra interna 35
y darnos fortaleza unos a otros.
Además, es imperativo que la iglesia
tome acción oficial para proveer una
tribuna confidencial don de los
ministros puedan confesar sus
tentaciones, y hasta sus caídas en el
pecado, sin temor a ser
recriminados. Si esta confesión no lo
lleva a una rehabilitación, o la
indiscreción del ministro se vuelve
de conocimiento público, entonces
se debe de tomar una acción
disciplinaria apropiada. Des
graciadamente, en el estado actual
de las cosas, un ministro no puede
buscar ayuda sin correr el riesgo de
ser expuesto públicamente y de ser
suspendido temporalmente
(usualmente de uno a dos años).
Como consecuencia, muchos
ministros luchan so los, con temor y
en secreto, hasta que finalmente lo
superan, o hasta que sus pecados
salen a la luz pública. Aunque
muchos de nosotros reconoce mos la
diferencia entre un hermano que
volunta
riamente confiesa su pecado y otro
que continúa en él hasta que se le
descubre, parece haber muy poca
diferencia en la forma en que ambos
son disciplinados. Esto hay que
cambiarlo.
Por no tener un patrón funcional
para la rehabi litación confidencial,
la iglesia ha contribuido sin
intención a que existan determinadas
condiciones que han dado como
resultado caídas morales tan
trágicas como la de Jimmy
Swaggart. A fin de cuentas, el
ministro debe asumir la completa res
ponsabilidad de sus actos; no
obstante, si nuestro propósito es
efectuar un cambio redentor en la
persona más bien que culparla,
entonces debemos mirar más allá
del pecado del individuo hasta llegar
36 El peligro del poder
a las circunstancias que
contribuyeron a ello. Y debemos
tratar estos asuntos rápidamente,
no sea que otros caigan también
en esta lucha solitaria con la
lujuria.
Capítulo 2
Cuando el bien
sale mal
Voy a ser perfectamente franco con
ustedes. No todos los pecados
sexuales tienen su raíz en la lujuria,
por lo menos inicialmente, y no es
sólo la gente "mala" la que comete
adulterio. Yo antes pensaba que era
así, pero más de veinte años en el
ministerio pastoral me han
convencido de lo con trario.
Un verdadero pastor es, antes que
nada, una persona que disfruta de
estar con la gente. Puede que sea
también un administrador,
dirigiendo las actividades de la
iglesia. La predicación puede ser
también una parte importante de su
llamado. Pero en el fondo de su
corazón, es pastor. Comprende a las
personas, disfruta su compañía. Su
satisfac ción más grande radica en
ministrarles, especial mente en
momentos de crisis. Como
consecuencia, el pastor tiene
oportunidades casi sin límites de
establecer lazos con otras personas,
y así es como debe ser siempre y
cuando se haga con cuidado, y
dentro de los límites apropiados.
Para completar esta imagen, hay
que, añadir las
38 El peligro del poder
presiones de la vida, las contrariedades tanto per
sonales como profesionales, más las múltiples de
mandas del ministerio. Aunque las circunstancias sean
las mejores, el pastorado es un llamado que demanda
mucho, donde se espera del ministro un nivel de
actuación tan alto que resulta irreal, con largas horas
de trabajo, emocionalmente agotado ras. El horario del
pastor está lleno de reuniones con la directiva de la
iglesia y con los trabajadores, de detalles
administrativos, de demandas cívicas, de visitas a los
hospitales, de orientar a otros, de atender a problemas
menores, bodas, funerales, y una continua serie de
emergencias. En algún mo mento, y de algún modo, en
medio de todo esto, tiene que encontrar el tiempo para
prepararse a sí mismo y preparar su mensaje para el
domingo. Si añadimos a todas estas demandas los
inevitables murmureos, las críticas y las quejas
menores, ten dremos una carga demasiado pesada para
llevar.
Se puede convertir en una paradoja. Si las cosas no
van bien, puede que trabaje arduamente en un esfuerzo
desesperado por cambiar el curso de los
acontecimientos. Por otra parte, si la iglesia está
creciendo, aun su éxito puede ser una espada de doble
filo. Cualquier beneficio a menudo conlleva un
aumento de las responsabilidades. De cualquier
manera, él tiene una carga de trabajo poco usual, un
amplio repertorio de diferentes papeles que
desempeñar, y una multitud de obligaciones varia bles,
sin mencionar las metas inalcanzables que a menudo
se traza para sí mismo.
¿Qué es lo que tiene todo esto que ver con el
Cuando el bien sale mal 39
adulterio? Más de lo que pensamos.
De hecho, muchas de las
indiscreciones pastorales tienen sus
raíces aquí. Las actividades de la
iglesia requieren que el pastor asista
a reuniones, de uno u otro tipo,
cinco o seis noches por semana.
Como consecuen cia, su matrimonio
sufre, tanto por su ausencia como
por el hecho de que él está exhausto
cuando está presente. Su esposa
puede sentirse abandona da, hasta
traicionada. El doctor Dennis
Guernsey, autor y profesor de
psicología en el Seminario
Teológico Fuller, dice: "La esposa
de un pastor se ve en un atolladero
cuando la iglesia se convierte en La
Otra Mujer, pero su esposo no es
injusto por dormir con ella. Nadie
considera esto una obsesión
inmoral; él está haciendo 'la obra del
Señor'."
Sin embargo, para la esposa del
pastor esto se puede convertir en
una herida abierta, una conti nua
fuente de frustración y hasta de
resentimiento. Nunca he oído
describir el dolor y la falta de
esperanza de manera más gráfica,
con más elocuen cia, que cuando lo
expuso Walter Wangerin, Jr., autor y
pastor. Él escribe:
¿Qué fue lo que aprendí esa noche
de do mingo en nuestra cocina
cuando Thanne rom pió el silencio y
me quemó con mi culpa? ¿Qué
escuché de la pequeña mujer que se
volvió enorme en su furia, con el
abrigo a medio sacar, mientras que
la luz del día moría afuera? Aprendí
sus quejas. Escuché lo que su vida
había sido durante varios años,
aunque yo no
1 Dean Merrill, Clergy Couples in Crisis (Waco:
Word Books Publishers, 1985), p. 55.
40 El peligro del poder
lo había sabido. Me vi a mí mismo a
través de sus ojos, y la visión me
acusaba.
Tú decides toda mi vida por mí [dijo
ella] pero ni te fijas en las
decisiones. Lo haces con tu mano
izquierda, sin cuidado. Me ma nejas
con tu mano izquierda. Todos los
demás consiguen la mano derecha
de tu bondad. Todos los demás
pueden hablarte. Yo no. La mano
izquierda.
¡Un buen pastor! — escupió las
palabras —, Eres un buen pastor,
Wally. Dios sabe que yo quería que
fueras un buen pastor. Pero a veces
deseo que seas un mal pastor, un
haragán, un pastor descuidado.
Entonces tendría el dere cho de
quejarme. O quizá te tendría a ti
aquí a veces. ¡Un buen pastor!
Wally. ¿Cómo puedo discutir con
Dios y alejarte de Él? Wally, Wally,
tu ministerio me maneja a mí, pero
siempre que te necesito me dejas
sola. ¿Dónde estás todo el tiempo?
... Entonces eso es lo que me dijo en
la cocina que se estaba poniendo
oscura esa horrible noche de
domingo. Eso es lo que me hizo ver:
que este buen pastor llevaba a la
gente de su congregación una cara
llena de piedad; pero a la mesa mi
cara estaba exhausta y gris. A la
mesa les tiraba cien reglas a nuestros
niños, gruñéndoles por la menor
infracción. Nues tras cenas eran
tensas y cortas.
Eso es lo que ella me hizo ver: de
que podía alabar, de que podía
aplaudir genuinamente la canción
ceceosa de un niño en la iglesia;
Cuando el bien sale mal 41
pero sólo le daba una fracción de
segundos a la tarjeta de Mary por el
Día del Padre, en donde había un
poema sobre el cual la niña había
trabajado durante dos semanas sin
pa
rar.
.. . Thanne dijo que sabía cuánto
odiaba yo visitar la cárcel. Pero iba.
Y no importaba la hora del día o de
la noche. Sin embargo, en casa no
hacía nada que odiara.
Para aconsejar y para predicar, mis
pala bras, dijo, eran hermosas: un
poeta del pulpi to. Pero para
conversar en nuestro dormitorio mis
palabras eran a regañadientes,
quejosas y sin consideración.
Hablábamos de nuestras tareas.
Hablábamos de mis desilusiones
pasto rales. O casi no hablábamos.
.. . Estaba ministrando. Era un ser
humano completo, activo en un
trabajo honorable, recibiendo el
amor de una congregación agra
decida, saliendo con energía por la
puerta de calle en las mañanas,
desplomándome sobre la cama por
las noches. Yo estaba sano dentro
de la sociedad; ella estaba muriendo
en una pequeña casa, y acusándose
a sí misma del mal de querer más
tiempo de mí, robándole el tiempo a
Dios. Yo me reía con felicidad cuan
do comíamos platos improvisados.
Ella llora
ba en secreto. Y a veces lo único que
hacía era sostener a uno de los
niños, lo sostenía y lo sostenía,
rogando un poco de amor de él hasta
que éste tenía miedo de su
intensidad, incapaz en su niñez de
redimir los terribles pecados
42 El peligro del poder
de ella. Y a veces se maldecía a sí
misma por haber tenido un niño y
luego se preguntaba dónde se había
ido Dios.
En aquellos días la sonrisa moría en
su rostro. La risa fuerte se había
vuelto polvo rienta en su garganta.
En su interior, la mujer se
marchitaba, y yo no lo veía.
Wangerin ha escrito en forma
autobiográfica, ha descrito la
experiencia de su propio
matrimonio; pero si se supiera la
verdad, él podría haber descri to la
situación de cualquiera de cien, de
mil, parejas clericales. ¿Qué esposa
no ha estado tentada a molestarse
con la iglesia, de ponerse celosa del
tiempo y la energía que su esposo le
dedica, quitán
dosela a ella y a sus hijos? ¿Qué
ministro no se ha sentido como un
hombre dividido entre lo que espera
de él su congregación, y las
necesidades de su familia? Ella es
tentada a odiar el ministerio, y
entonces se culpa por sentirse así. Él
es tentado a resentirse de ella, a
sentir que ella no lo aprecia ni a él
ni su ministerio.
Si no se hacen grandes ajustes, un
matrimonio como éste podría estar
en peligro. Ella probable mente se
retraiga, sufra en silencio, o si no, se
lance a la empresa de ser una
supermama y la perfecta esposa del
ministro. Él sin dudas redoblará sus
esfuerzos en un intento descaminado
de compen sar el vacío dentro de sí y
de su matrimonio. Esto no sirve. Su
busca frenética es imprudente y sólo
conduce a mayores desilusiones. Su
problema no
1 Walter Wangerin, Jr., Yo y mi casa
(Deerfield, Florida: Editorial Vida, 1990),
pp. 77-79.
Cuando el bien sale mal 43
es el ministerio, sino el matrimonio,
el modo en que se relacionan el uno
con el otro, y las demandas únicas
que se han puesto en su vida. Y a
pesar de todos sus esfuerzos, hay
muy poca o ninguna me
joría, siguen terriblemente
insatisfechos, y por lo tanto, son
especialmente vulnerables a las
sutiles trampas del enemigo.
La tentación para él viene casi
siempre disfrazada de una relación
satisfaciente. David Seamands, pro
fesor de ministerio pastoral en el
Seminario Teológi co Asbury, dice:
Nosotros los pastores no tenemos el
modo de saber si somos exitosos o
si somos unos fracasos. Estamos
tratando de agradar a mu cha gente,
y a veces no agradamos a nadie. Y
de pronto se presenta una mujer
cálida y
espiritual que nos reafirma una y
otra vez. Esto es lo que se me
confiesa a menudo: 'Pero ella me
entendía. Ella era la única que me
mostraba aprecio.' Y esta
reafirmación puede llevar muy
fácilmente al acercamiento, después
al afecto, y después a la sexualidad.
Déjeme describirle la situación. El
pastor es algo joven todavía,
probablemente tiene alrededor de
treinta y cinco años; ya no es
idealista pero todavía tiene
ilusiones. El ministerio no ha
llegado a ser lo que él esperaba, al
menos el ministerio de él. Aún cree
en sí mismo, pero cada vez tiene que
enfren tarse más con las crecientes
dudas sobre sí mismo. Parece que
nunca puede librarse de las críticas,
al
1 "Private Sins Of Public Ministry",
Leadership (Trimestre de invierno, 1988), p.
20.
44 El peligro del poder
menos no por mucho tiempo. Por mucho que ha
tratado de complacer a todo el mundo, de hecho, no
puede. El está con algo inevitable en la vida de un
ministro, él lo sabe, pero todavía lo carcome. Las
cosas en su hogar tampoco son muy buenas. No hay
nada por lo que preocuparse realmente, pero aun así
quisiera tener una relación más estrecha con su esposa.
Quisiera que su esposa fuera más compren siva y más
sensible a sus necesidades. Si lo apreciara un poco
más, también sería mejor.
Como parte de sus deberes pastorales, comienza a
aconsejar a un miembro de la congregación, una mujer
nada llamativa, pero a medida que pasan las semanas
se siente más y más atraído a ella. "Para casi todos
nosotros en el ministerio de la iglesia local — escribe
el pastor Bud Palmberg — la tenta ción sexual no viene
pintada en los chocantes tonos de una mujer coqueta.
Viene en la relación suave y tranquila que tiene un
pastor con la gente que él verdaderamente quiere." La
atracción no está ba
sada en algo tan obvio como la belleza física o la
sexualidad. Es más sutil que esto. Esta mujer mues tra
aprecio por las cualidades en este hombre que su
esposa ya ha dado por sentadas.
El doctor Louis McBurney, un psiquiatra y con
sejero que maneja el retiro "Marble Retreat" en las
Montañas Rocosas de Colorado para los clérigos y sus
esposas en crisis, escribe:
Es importante que los pastores y sus esposas se
den cuenta de que la dinámica de las rela
1 Ibíd.,p. 16.
Cuando el bien sale mal 45
ciones en la iglesia es muy diferente
de la de las relaciones entre marido
y mujer. Para una mujer de la
iglesia, es muy fácil ver al pastor
como héroe. Cuando sucede eso, es
posible que el pastor comience a
funcionar de acuer do con la Ley de
Willie Sutton ('Robo en los bancos
porque es allí donde hay dinero').
Pasa el tiempo donde es reconocido
y aclamado.
En ocasiones, se trata de una mujer
con un plan predeterminado, que
intenta comprometer al hombre de
Dios, pero generalmente es sólo una
mujer sincera que busca ayuda.
Cuando viene al pastor, es para
consejo y nada más. Él le resulta
como un refugio, un lugar seguro, en
medio de un mundo hostil. Al
principio ella es cautelosa, tiene
cuidado de no hablar demasiado.
Pero a medida que él demuestra
escuchar con percepción y com
pasión, ella comparte con él, con
una candidez creciente, hasta que
siente que no hay nada que no le
pueda revelar. No hay nada físico
que haya ocurrido entre ellos, no se
han tocado ni se han abrazado, pero
de hecho están en el camino de
tener una relación amorosa. Si se les
confrontara, probablemente lo
negarían, pero así ha pasado una y
otra vez, como lo confirmará un
estudio de un gran número de
historiales individuales. Los lazos
emocionales constituyen casi
siempre el primer paso hacia la
infidelidad, y no hay nada que
facilite más esta relación que una
mujer con problemas emocionales y
un pastor compasivo cuya vida per
1 Merrill, p. 124.
46 El peligro del poder
sonal y cuyo matrimonio no lo
satisfacen. De acuerdo con H.
Norman Wright, fundador y
director de Christian Marriage
Enrichment (Enri quecimiento
Matrimonial Cristiano), y autor de
más de cuarenta libros:
La necesidad de tener intimidad
emocio nal es una de las mayores
razones para una relación amorosa.
Las esposas han dicho: '¿Qué es lo
que él ve en ella? Ella es más gorda
que yo. Podría entenderlo si se
tratara de una mujer preciosa,
sexual, ¡pero ella!' La respuesta de
él es: 'Ella me escucha, se preo
cupa por mí, ¡y no critica! Eso es
más impor tante que la apariencia o
la sexualidad.' Peter Kreitler escribe
en Affair Prevention (Pre vención de
infidelidad):
Las relaciones amorosas comienzan
no sólo por las razones sexuales,
sino para satisfacer las necesidades
básicas que tene mos todos de
intimidad, bondad, ternura. Cuando
estas necesidades no se satisfacen
regularmente en el matrimonio, la
motiva
ción puede ser la de encontrar una
persona que sea buena con nosotros,
que nos toque, nos abrace y nos dé
un sentido de intimi dad. La
satisfacción sexual puede conver
tirse de veras en una parte
importante de una relación
extramatrimonial, pero las otras
necesidades son inicialmente más im
portantes para la mayoría de los
hombres y
1 H. Norman Wright, Seasons of a Marriage
(Ventura: Regal Books, 1982), p. 111.
Cuando el bien sale mal 47
las mujeres que conozco yo.
Todo este tema da pie a que el
pastor sincero se haga una serie de
preguntas, pero ninguna tan
importante como: "¿Qué puedo
hacer para prevenir que esto me
pase?"
La prevención empieza con nuestro
matrimonio. Debemos mantenerlo
en buen estado a cualquier precio.
Debemos pasar tiempo juntos, a
menudo; compartir profundamente
nuestros asuntos, pelear de manera
justa, perdonar sinceramente. Ahora
bien, esto parece muy sencillo, pero
no lo es de ningún modo. Amar de
esta manera requiere un
compromiso de por vida, que se
renueve día a día. Debemos siempre
preferir darle la prioridad a nues tro
matrimonio en cuanto a tiempo y
energía. Las relaciones amorosas no
premeditadas tienen gene ralmente
su origen en un matrimonio
insatisfecho; por lo tanto, si
podemos hacer que nuestro matrimo
nio sea lo que Dios espera que sea,
podemos minimi zar los riesgos de
la infidelidad.
De un modo más específico, déjeme
compartir con usted algunas pautas
que nos han servido a Brenda y a mí
en los últimos veintidós años.
Nosotros los llamamos "Los Diez
Mandamientos de un Matrimo
nio Saludable".
1. Proteger el día de asueto a
cualquier precio, pasarlo juntos
como pareja y como familia.
Si una emergencia hace imposible
que pasemos juntos nuestro tiempo
libre, entonces tenemos que
programar otro inmediatamente.
¡Nada es más
1 Peter Kreitler con Bill Bruns, Affair
Prevention (Nueva York: Macmillan
Publishing Company, 1981), p. 68.
48 El peligro del poder
importante que el tiempo que
compartimos! 2. Cenar juntos.
Aunque nuestras comidas sean
sencillas, Brenda hace de ellas una
ocasión especial, al apagar el
televisor y encender una vela. La
conversación durante la cena es un
buen momento para compartir y
formar memorias. Los demás
asuntos se pueden resolver en otro
momento.
3. Irse a dormir a la misma hora.
No hay nada que mine más
rápidamente la inti midad de una
pareja que irse a dormir a distintas
horas. Este también es un momento
de compartir y de tocarse.
Constituye una oportunidad de
hablar sinceramente el uno con el
otro, asegurándonos de no haber
dejado que nuestro apretado horario
nos mantenga alejados. Si no
fijamos estos ratos juntos, puede
que perdamos el contacto mutuo por
lo ocupada que está nuestra vida.
4. No recordar antiguos disgustos.
Si insistimos en acordarnos de los
disgustos pa sados, posiblemente
nos convirtamos prematura mente en
personas viejas y amargadas,
quitándo nos la oportunidad que
tenemos de disfrutar en el presente.
Todos hemos sido heridos en algún
mo mento por aquellos que más
amamos. Algunos más
que otros, es cierto, pero la única
esperanza para nuestro matrimonio
estriba en nuestra capacidad de
perdonar y de olvidar. ¡No deje que
las viejas heridas le roben la
felicidad de hoy!
5. No tomar las vacaciones por
separado. Compartir experiencias
nos une, mientras que
Cuando el bien sale mal 49
no compartirlas nos separa. El
tiempo es uno de los baluartes del
matrimonio, así que no lo gaste
tontamente.
6. No permitir nunca que nada le
robe al matrimonio el placer del
sexo como Dios lo concibió.
El sexo es un don de Dios para
disfrutar dentro de los lazos del
matrimonio. Está diseñado como
una manera de expresar el amor y de
dar placer, así como para la
procreación. Mientras que la
verdadera intimidad es ciertamente
más que el sexo, nunca es menos
que eso.
7. Orar juntos.
Nada es más íntimo que la relación
de una per sona con Dios. Cuando
invitamos a nuestro cónyu ge a
compartir esa experiencia con
nosotros, esta mos abriendo la parte
más profunda de nuestro ser
a él o a ella. Al principio nos
atemoriza un poco, pero la
recompensa justifica ampliamente el
esfuerzo.
8. Jugar juntos.
K. C. Cole, en un informe de
Psychology Today (Psicología hoy),
escribe:
Todas las parejas felices son
diferentes, así es que no hay
ninguna prueba determinante de un
buen matrimonio. Pero si uno
estudia sistemáticamente las parejas
a través del tiem po, se pone de
manifiesto que muchas de ellas
tienen características comunes que
casi siem
pre denotan una unión saludable.
No se trata de algo tan obvio como
una relación sexual que satisface, o
intereses co munes, o el hábito de
platicar con libertad
50 El peligro del poder
sobre asuntos de desacuerdo. Es más bien la
capacidad de juguetear, del tipo que trascien de la
diversión y refleja mucho más que la habilidad de
la pareja de divertir uno al otro. Los apodos
privados, los chistes y las fantasías que se
comparten, los insultos en broma, las peleas
simuladas, todo esto que parecen puras boberías.
De hecho, están ahí para hacer más suaves otras
transacciones más complejas, esen
ciales pero potencialmente dolorosas y hasta
destructivas.
9. Las cosas pequeñas tienen un gran significado.
Realmente, pueden marcar la diferencia entre un
matrimonio mediocre y uno bueno de verdad.
Generalmente, no son los regalos caros o las vaca
ciones en el extranjero las que determinan la cali dad de
una relación marital, sino las cosas peque ñas. Una
pequeña nota de amor puesta en la bolsa con el
almuerzo que él lleva al trabajo o una tarjeta para ella.
Una palabra tierna, ayudar con los niños, saber
escuchar, tener la sensación de que el uno se preocupa
por el otro.
10. Comprométanse no sólo a la fidelidad física, sino
también a la fidelidad emocional.
Brenda y yo hemos determinado que nuestras
necesidades emocionales serán satisfechas sólo den tro
del matrimonio. No dejamos que los amigos, la familia
o el trabajo que tenemos satisfagan la necesi dad de
pertenecer a algo o a alguien. Esta necesidad
1 K. C. Cole, "Playing Together: From Couples That Play",
Psychology Today (febrero de 1982).
Cuando el bien sale mal 51
nos la satisfacemos el uno para el
otro, ¡y en ello estriba la fortaleza
de nuestra relación! Mantener un
matrimonio saludable no elimina la
tentación, pero sí minimiza su
impacto. Cuando mis necesidades
espirituales y emocionales más
profundas son satisfechas en mi
relación con Dios y con mi esposa,
puedo responder como una per sona
cabal a aquellos que buscan mi
consejo y mi apoyo. Puesto que mis
necesidades son satisfechas en
forma adecuada, no voy a necesitar
usar las situaciones del ministerio
como un medio para establecer mi
valor como persona. Todavía puedo
ser tentado, pero estoy preparado
para responder a través de mi
cabalidad y no por mis necesidades.
Otra manera eficaz de lidiar con la
tentación es reconocer nuestra
propensión a caer y establecer
reglas para protegernos. Aunque
parezca inconce bible, estoy
convencido de que todo ministro es
capaz de cometer adulterio, si se dan
las circuns tancias propicias. Cuando
negamos nuestra sexua lidad,
estamos propiciando las condiciones
para la caída. Tomamos riesgos
innecesarios cuando pen samos
ingenuamente que eso no nos puede
ocurrir a nosotros. Las Escrituras lo
dicen claramente: "Así que, el que
piensa estar firme, mire que no
caiga" (1 Corintios 10:12).
Como hemos dicho antes, la
situación en que se encuentra aquel
que provee orientación, es terri
blemente tentadora, especialmente si
se trata de un hombre de Dios cuya
vida personal no es satisfac toria. El
doctor Carlfred Broderick, un gran
conse jero matrimonial y escritor,
dice:
52 El peligro del poder
Estoy convencido de que las
personas se ven envueltas en
problemas de infidelidad más por
simpatía, por compasión, que ningún
otro motivo fundamental. El mundo
está lleno de gente vulnerable y
solitaria, hambrienta por encontrar
alguien que los escuche y que les
provea un hombro donde llorar.
El pastor que trabaja mucho en
consejería, es especialmente
susceptible a este tipo de tentación,
tanto por las circunstancias como
por el tempera mento.
Yo lo sé, porque estuve muy metido
en la conse jería pastoral durante
varios años. Para proteger al que
estaba aconsejando, así como a mí
mismo, tracé una serie de pautas.
Por ejemplo, establecí un límite
para el número de veces que vería a
una persona, usualmente no más de
seis. Si la situación
requería más de seis sesiones, lo
refería a un con sejero cristiano, una
persona especializada en este
campo. Esto no sólo me protegía de
que se creara un lazo emocional no
saludable, sino también ase guraba
que el aconsejado recibiera el
tratamiento adecuado. Como
pastores, siempre debemos abs
tenernos de brindar servicios para
los cuales no estamos calificados.
Cuando doy orientación, las sesiones
son siem pre muy pastorales, muy
profesionales, nunca inti mando con
la persona. Sólo recibo a los que
acon sejo en mi oficina y
únicamente cuando mi
secretaria o algún otro miembro del
personal está
1 Carlfred Broderick, Couples (Nueva York:
Simon And Schuster, Inc., 1979), p. 163.
Cuando el bien sale mal 53
presente en el área de la oficina. No
le doy consejo a alguien del sexo
opuesto con respecto a temas
sexuales, a no ser que esté su
cónyuge presente. Tampoco les
llamo por teléfono entre citas "para
saber cómo siguen". He descubierto
que el teléfo no puede ser un medio
de intimidad instantánea y por lo
tanto hay que usarlo con discreción.
Una precaución final: Oro por los
que voy a aconsejar sólo el día en
que los voy a ver. Esto tiene dos
propósitos:
1. Me protege de agotarme
emocionalmente. Orando por los
que voy a aconsejar sólo el día en
que los voy a ver, me facilita
mantener en su lugar las distintas
necesidades; eso me libera de la
carga total de los distintos dientes.
2. Me protege de establecer un lazo
emocional no saludable.
Al ser compasivo y cuidar de otras
personas, es muy fácil sentirnos
responsables por la salud espi ritual
y emocional de otras personas,
invertir más de la cuenta en su vida,
creando una dependencia insalubre.
Esta sensación se refuerza
continuamen te cuando oramos por
ellos todos los días. Aunque parezca
incongruente, la oración de por sí
puede convertirse en la incubadora
en la qué nace la lujuria. Si usted se
encuentra atraído a alguien del sexo
opuesto, deje de orar por esa
persona. Tal oración llena su
corazón y su mente con el combus
tible de la tentación.
Finalmente está la cuestión de la
confesión y la responsabilidad.
Recuerdo que hace unos años
estaba en una sesión de consejería
donde sentí que
54 El peligro del poder
había una corriente de tentación muy
fuerte. Tan pronto como se terminó
la sesión, fui a ver a mi pastor
asociado y le confesé lo que sentía.
Cuando lo hice, me sentí liberado
del poder de la seducción. Mientras
mantuve en secreto estos
sentimientos, resultaban muy
seductores, pero a la luz de la
confesión abierta, los vi tal y como
eran en realidad. Además de esto, le
pedí a mi asociado que me
mantuviera responsable por
informarle acerca de mis
sentimientos en esta situación, para
asegurar que yo no me dejara
enredar emocionalmente con esta
mujer.
Estoy convencido de que la
tentación sexual es tan poderosa que
puede dominarnos, a no ser que
lidiemos con ella inmediatamente.
Los reyes han renunciado a sus
tronos, los santos a su Dios, y los
cónyuges a sus compañeros de toda
la vida. Se sabe que hay personas
que han vendido su alma, su
empleo, su reputación, sus hijos, su
matrimonio; en verdad lo han
abandonado todo. Cuando usted
experimente la tentación, expóngala
de inmediato. Dígaselo a su esposa,
a un hermano cristiano, a otro
ministro; llévelo a la luz.
¡Expóngalo!
Y es importante que actúe antes de
verse envuel to en los enredos de la
pasión. Un pastor de cua renta y un
años que tuvo un desliz amoroso,
escri bió:
Yo estaba en una situación en la que
nunca pensé que pudiera estar.
Siempre había podi do manejar
cualquier tentación hasta ese mo
mento.
Algunas personas dicen que somos
seres
Cuando el bien sale mal 55
intelectuales con emociones, pero ya
no estoy seguro de esto. En lugar de
esto, temo que somos seres
emocionales con intelecto. Siem pre
me acuerdo de la analogía con los
auto móviles. El intelecto es el
timón, una herra mienta maravillosa
mientras las cuatro ruedas están en
el camino y van derechas. Pero si
uno tiene un resbalón, el timón es
virtualmente inútil. Cuando las
fuerzas de la emoción to man
control de la situación, dar vuelta al
timón no cambia mucho las cosas.
David Seamands, reflexionando
sobre esto, dice: Algunos lectores
pueden pensar que estos
comentarios sobre las emociones
humanas y la voluntad son una
forma de justificarse a sí mismo,
pero yo las encuentro esencialmente
exactas. El empuje emocional de una
relación amorosa es tan intenso que
es casi indescrip tible. Es una
compulsión. Después de cierto
punto, la voluntad no tiene
posibilidad alguna. [cursivas
añadidas]
De manera que es crucial que
actuemos antes de que el poder de
la pasión distorsione la realidad y
nos haga incapaces de tomar alguna
decisión que sea espiritualmente
sana. Debemos establecer re
glas sencillas con respecto a tener
relaciones apro piadas en el
ministerio. Por ejemplo, la
experiencia me ha enseñado que no
debo tener una amistad cercana con
alguien del sexo opuesto; es sencilla
mente muy peligroso. ¿Es esto muy
rígido? Quizás,
1 Merrill, p. 202.
2 ibíd.,p.212.
56 El peligro del poder
pero no tanto cuando consideramos
las tragedias que están viviendo
tantos ministros.
Aun como pareja, desarrollando una
amistad con otra pareja, debemos
hacer un esfuerzo cons ciente por
mantener una relación apropiada. No
es poco frecuente que una amistad
especial termine en adulterio.
¿Dónde es que una relación se
tuerce? Esto es difícil de saber.
"Una situación como ésa se
desarrolla muy sutilmente. El
proceso es casi siem
pre tan complejo y engañoso, que es
usualmente imposible, aun en
retrospección, señalar un solo hecho
o momento en el tiempo cuando
'ocurrió'."
Los dos frentes en los que se debe
tener especial cuidado, son los de la
conversación personal y el contacto
físico. El doctor Richard Dobbins,
funda dor y director de Emerge
Ministries (Ministerios "Emerger"),
escribe:
A medida que la amistad entre las
parejas se vuelve más íntima, hay
una tendencia a volver se muy
personal y permisivo en discutir el
lado sexual de la vida. .. . Cuando
se hace caso omiso de los límites
personales por mucho tiempo, la
frecuencia y la intimidad de los
contactos que se permite entre
amigos ínti
mos puede constituir una amenaza
que con duzca a la persona mejor
intencionada del mundo a un 'punto
emocional sin regreso' que puede
ser desastroso.
Cuando las parejas repetidamente no
hacen caso
1 Richard Dobbins, "Saints in Crisis", Grow
(Akron: Emerge Ministries, Inc., Vol. 12,
No. 1,1984) p. 6.
2 Ibid., pp. 4, 6.
Cuando el bien sale mal 57
de estos límites, el adulterio es con
frecuencia la trágica consecuencia.
Para otros, el camino hacia las
trampas emocio nales y espirituales
del adulterio comienza con algún
"flirteo inocente" que se expresa
cuidadosa mente en palabras con
doble sentido. Si la persona objeto
del flirteo no responde o se ofende,
el que flirteó puede sostener su
inocencia, afirmando que fue mal
entendido. Por otra parte, si la otra
persona responde de buena gana, el
juego ha comenzado y la emoción
es grande. Los "jugadores" probable
mente no han hecho todavía una
decisión conscien te de cometer
adulterio, pero en el subconsciente
ya lo han hecho.
Una vez que comienza esta caída
mortal, pasa rápidamente de un
estado a otro. Los adúlteros en
potencia pasan mucho tiempo
fantaseando el uno acerca del otro.
Cuando la aventura amorosa
progresa, esas fan tasías se vuelven
más y más explícitas. Para el
ministro son con frecuencia de
naturaleza sexual, aunque no
siempre; mientras que para la mujer
son generalmente de naturaleza
romántica. Los minis tros que se han
visto en ese tipo de relación a
menudo hacen un esfuerzo
concentrado por abste
1 "Cuando se les preguntó a los ministros (a
través de una encuesta confidencial llevada
a cabo por Christianity Today) sobre la
frecuencia con que fantaseaban sobre tener
relaciones sexuales con otra persona que no
era su esposa, el 6 por ciento dijo que a
diario, el 20 por ciento dijo que
semanalmente, y otro 35 por ciento dijo que
mensualmente o sólo algunas veces al año."
["How Common is Pastoral Indiscretion?"
Leadership (Trimestre de invierno, 1988), p.
13.]
58 El peligro del poder
nerse de todo tipo de contacto físico
menos lo más casual, en un intento
por calmar su constante sen timiento
de pecado. Tales esfuerzos son casi
total mente ineficaces. No se puede
engañar tan fácil mente a Dios; él
conoce los pensamientos y los
intentos del corazón.
El próximo paso comienza cuando
los adúlteros en potencia empiezan
a buscar excusas para llamar se.
Pasarán largos períodos de tiempo
en profun das conversaciones, a
menudo sobre temas espiri tuales o
problemas personales. Crearán
legítimas
razones para pasar el tiempo juntos:
un proyecto especial de la iglesia, o
un programa del coro, cualquier
cosa que les permita estar juntos.
Ya a estas alturas están cometiendo
adulterio activo, no en sentido
físico, sino emocional; es decir, que
están satisfaciendo sus necesidades
afec tivas con otra persona que no es
su cónyuge. Al guien que no es la
esposa ni el esposo está llenando su
necesidad de intimidad y de ternura.
El próximo paso es que empiezan a
justificar su relación. Primero,
empiezan a enumerar cuidado
samente cada una de las fallas de su
matrimonio. Exponen los defectos
de sus respectivos cónyuges con
detalles. Recuerdan y aumentan cada
proble ma. Su cónyuge es insensible
y no responde. De seguro, Dios no
espera que ellos vivan toda la vida
en tal estado de infelicidad. Con un
poco de ayuda de tal razonamiento,
su compatibilidad los condu ce
suavemente a la ternura, la ternura a
una nece sidad de mayor privacidad,
la privacidad al consue lo físico, y de
ahí van directo a la cama.
Cuando el bien sale mal 59
Una vez que se ha cometido el acto
de adulterio, se sienten en medio de
un torbellino de emociones. La
culpa y el miedo los persiguen, y la
autoestima titubea. Viven con el
miedo constante de que los
descubran. Orar parece imposible;
¿cómo pueden enfrentarse a Dios?
Aunque viven en remordimien to,
son llevados por el deseo y las
emociones. Odian lo que están
haciendo, pero se sienten incapaces
de detenerse. Hacen votos de
terminar, de volver a ser sólo
amigos, pero no funciona. Sus
buenas inten ciones son sólo eso,
buenas intenciones y nada más.
Igual que las mariposas de noche
que son atraídas irresistiblemente
por la luz, parecen destinados a la
autodestrucción.
A medida que su aventura amorosa
progresa, la excitación se va
acabando, mientras que el miedo y
el sentimiento de culpabilidad
aumentan. Ya a estas alturas
posiblemente se sientan atrapados;
no hay forma de salirse de esta
relación sin herir a la otra persona,
aunque tampoco pueden continuar
así indefinidamente. El divorcio es
una opción, pero eso destruiría tanto
el ministerio de él como su familia,
así como también la familia de ella.
Hagan lo que hagan, alguien va a
quedar lastimado profundamente.
Las consecuencias son inevitables:
¿Tomará el hombre fuego en su seno
Sin que sus vestidos ardan?
¿Andará el hombre sobre brasas
Sin que sus pies se quemen?
Así es el que se llega a la mujer de
su prójimo;
60 El peligro del poder
No quedará impune ninguno que la tocare.
El que comete adulterio es falto de entendi
miento;
Corrompe su alma el que tal hace.
Heridas y vergüenza hallará,
Y su afrenta nunca será borrada.
Proverbios 6:27-29,32,33
Aun así, hay otro camino. Caer moralmente no es
inevitable, y se puede resistir y superar la tenta ción.
"No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea
humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser
tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará
también juntamente con la tentación la salida, para
que podáis soportar" (1 Corintios 10:13).
La clave de la victoria en la guerra continua con la
tentación sexual, es reconocer el problema en su fase
inicial y tomar las medidas apropiadas. No piense que
la tentación no existe, pues realmente existe, hasta
entre los mejores de nosotros. La mayoría dé las
tentaciones sexuales se pueden eli minar poniendo en
práctica las medidas preventi
vas mencionadas en este capítulo: mantener una
relación íntima con Dios y con nuestra pareja,
establecer límites adecuados, permanecer respon sable
ante otro por nuestros pensamientos, y expo ner la
tentación tan pronto como sentimos su presencia. Si
después de hacer todo esto la tenta ción persiste, haga
lo que hizo José: huya (Génesis 39:12).
Capítulo 3
Aventuras amorosas
de la edad madura
"Oscar Wilde escribió una vez: 'En este mundo, hay
sólo dos tragedias: una es no obtener lo que uno
quiere, y la otra obtenerlo.'" En ningún otro lugar está
más de manifiesto la verdad de este axioma que
durante la edad madura. Muchos hom bres y mujeres
han alcanzado mucho más éxito de lo que jamás se
hubieran imaginado posible, sólo para descubrir
cuando llegan a la edad madura, y están en la cima de
sus carreras, que están desespe radamente
insatisfechos. Este fenómeno no es po
co común en el ministerio, y acaba a menudo en una
aventura amorosa de la edad madura. David
Seamands, profesor de ministerio pastoral en el
Seminario Teológico Asbury, explica: Seis
compañeros de universidad de mi de nominación
cayeron moralmente cuando es taban en la cumbre del
éxito. Subieron la escala metodista.
1 Harold Kushner, When All You 've Ever Wanted Isn 't Enough (Nueva
York: Summit Books, una division de Simon & Schuster, Inc., 1986),
p. 3.
62 El peligro del poder
Dos eran evangelistas, y cuatro eran pasto res.
Y los cuatro pastores, en cuatro localiza ciones
geográficas bien distantes, estaban a cargo de las
iglesias más importantes de la conferencia, o de
iglesias de casi esa importan cia. Lo habían
logrado. Ese fue el momento en que cayeron.
Ambos evangelistas y tres de los cuatro pastores
están ahora fuera del mi nisterio.
En la universidad, habíamos notado que estos
individuos tenían lo que llamábamos, por faltar
un término más adecuado, 'un ego sin rendir'.
Eran personas con muchos dones, y podíamos ver
que iban a ser unos escalado res. Tenían sus metas
trazadas y vivían para alcanzarlas; esto los
mantenía limpios.
Pero cuando uno alcanza sus metas, ¿enton ces
a dónde va? ¿A dónde va uno cuando ha llegado
a la cumbre? Aparentemente, ellos llegaron a la
conclusión de que no había nada más que hacer,
y erraron sexualmente. Sin embargo, a veces me
he preguntado por qué cayeron estos seis
ministros fuertes y exitosos.
Una frase de C. S. Lewis se mantiene en mi
mente: 'el dulce veneno de un falso infinito'. Es
una frase muy bella. Todos ellos tenían una meta
falsa: Si lo logro, habré triunfado. Eso es un falso
infinito. Es muy dulce, y les dio la fuerza para
escalar, pero cuando llegaron a la cum bre, no
tenían la fortaleza para permanecer allí: se
cayeron. Quizás se destruyeron a sí mismos, pero
lo hicieron de manera moral. Se
Aventuras amorosas de la edad
madura 63
enredaron con mujeres que
participaban de modo significativo
en el ministerio de la iglesia. Lo que
se describe aquí no es algo único de
la
Iglesia Metodista. He observado el
mismo problema en mi propio
movimiento, y estoy seguro de que
también ocurre en otras
denominaciones. Ministros muy
exitosos están cayendo, víctimas de
la inmora
lidad, con una frecuencia alarmante.
No es una simple coincidencia que
hayan sucumbido ante la tierna
trampa durante la edad madura, en la
cima de su carrera. En este punto,
ya hayan alcanzado posiblemente
más "éxito" que el que jamás
soñaron, y junto con el éxito, más
frustración. Tal vez el ministro
piense que esto no es como él
suponía que se iba a sentir. ¿Dónde
está el sentido de realización, de
satisfacción? ¿Quién está a su lado
para compar tir sus logros?
Probablemente no tenga intimidad
con su esposa, ni siquiera un
acercamiento emocio nal, y sus hijos
son extraños, que ya han crecido y
se han ido a vivir su propia vida.
Si su ministerio público es una
indicación de sus hábitos de trabajo,
entonces se puede con cluir que es
un trabajador compulsivo, para
quien no es nada trabajar de ochenta
a noventa horas por semana. De
pronto, en la edad madura, se da
cuenta de la futilidad de todo esto,
pero no sabe qué hacer para
cambiarse, pues sólo conoce este
modo de vida. Solo y deprimido, es
especialmen te vulnerable a las
tentaciones de una aventura
amorosa en la edad madura.
1 "Private Sins of Public Ministry",
Leadership (Trimestre de invierno, 1988) p.
21.
64 El peligro del poder
Daniel Levinson, autor de The Seasons of A Man's
Life (Épocas de la vida de un hombre), tiene cuidado
en establecer una diferencia entre este tipo de relación
extramatrimonial y lo que él llama el tipo de "aventuras
amorosas casuales" que tienen los hombres por gusto
cuando son jóvenes. Él dice: "Las personas (que están
en medio de una crisis de la edad madura) tienen una
aventura amorosa porque sienten que falta algo
importante en su matrimonio, y están tratan do de
encontrarlo en otra parte" (cursivas añadi das). En el
caso del ministro, no es sólo su matri monio al que le
falta algo, sino toda su vida y su ministerio. Esta crisis
que ocurre durante la edad madura, es realmente el
resultado de las distintas elecciones que él ha hecho
durante su vida.
Se ha señalado que las vidas humanas constan
generalmente de tres componentes. En primer lu gar
está la carrera de la persona. En segundo lugar está la
relación que tiene la persona con otras "personas
significativas", es decir, el cónyuge, los hijos, los
padres y las amistades. En tercer lugar está el mundo
interior de la persona: su personalidad y sus intereses.
Quisiera añadir un cuarto componen
te: el espiritual, la relación que tiene la persona con
Dios. Se ha sugerido que todos tenemos la tendencia a
invertir más en uno de estos componentes que en los
otros cuando somos jóvenes, y cuando llegamos a una
crisis en la edad madura, salen a la superficie los
efectos de este desequilibrio.
1 U.S. News & World Report (25 de octubre de 1983), p. 74.
Aventuras amorosas de la edad
madura 65
Aunque el término "crisis de la edad
madura" es relativamente nuevo, la
experiencia en sí es tan antigua
como el hombre mismo. Hay varios
casos en las Escrituras, pero en
ninguno es tan obvio como en el
caso del Rey David. En términos
modernos, él posiblemente podría
catalogarse co mo un trabajador
compulsivo. En cinco cortas
décadas salió de la oscuridad de
cuidar ovejas, para ser el que
controlaba una extensa zona que se
extendía desde el Nilo hasta el
Eufrates. Muchos factores
contribuyeron a su éxito, incluyendo
la unción de Dios; pero no debemos
pasar por alto su marcada habilidad
para entregarse por completo a la
tarea que tenía por delante. No lo
hizo tampoco por egoismo; pero el
precio que pagó en la edad madura
fue extravagante.
David nos muestra cómo podemos
cambiar el mundo, metiéndonos de
lleno en nuestras carre ras, en
nuestro ministerio. Por desgracia, no
hubo un crecimiento concomitante
en otros aspectos de su vida.
Cuando examinamos su biografía, se
pone en evidencia que él se excedió
en su participación en el aspecto
vocacional de su vida,
conduciéndolo esto a un trágico
abandono de las otras facetas de su
existencia.
Esto suena peligrosamente familiar
¿no? Después de la muerte de
Jonatán, no hay nada que indique
que David estableciera una relación
auténticamente íntima con ninguna
otra persona.
1 Muchas de las ideas para la discusión de David y
la edad madura fueron inspiradas por: Stages: The
Art of Living the Expected por John Claypooi
(Waco: Word Books Publisher, 1977). •
66 El peligro del poder
Tuvo muchas esposas, pero ninguna relación pro funda,
y como resultado se volvió más y más solita rio a
medida que pasaron los años. Su falla en el aspecto
íntimo se extendió a sus hijos también. Tuvo
muchísimos hijos: la Biblia menciona por lo menos
diecinueve de ellos, y esto sin contar cuántas hijas
tuvo. Por el modo en que después se pelearon y se
traicionaron unos a otros, se ve claramente que
tuvieron muy poco contacto con su famoso padre ni
mucha dirección de él.
Inicialmente, es mucho más fácil, como sin duda
pensó David, sustituir la tarea de edificar una rela ción
magistral en la vida por la creación de varias
relaciones superficiales, pero las consecuencias no son
las mismas. Parece que cuando David tenía dificultades
con una de sus esposas, en vez de aprovechar la
ocasión para profundizar y estrechar la relación, se iba
y empezaba un nuevo matrimo
nio. Finalmente, este patrón de conducta resultó en
una caída moral de las más graves.
Una primavera, David decidió permanecer en Jerusalén
en vez de ir a la batalla con sus ejércitos. Quizás estaba
en medio de la crisis de la edad
madura, evaluando dolorosamente su vida en tér minos
de significado y satisfacción. Es posible que decidiera
quedarse en casa porque quería comen zar a desarrollar
el aspecto relacional de su vida. Si este era el caso, de
seguro quedó decepcionado. Sus esposas y sus hijos
habían aprendido hacía tiempo a valerse por sí
mismos. Él era un extraño para ellos, y sentían muy
poco por él.
Todo esto sugiere que las fuerzas que llevaron a
Aventuras amorosas de la edad
madura 67
David a tener una aventura amorosa
con Betsabé, sencillamente no
comenzaron la noche que él la vio
bañándose. Todo comenzó mucho
antes, cuando se entregó
exclusivamente a su carrera,
ignorando su necesidad de tener
relaciones interpersonales
profundas, así como también su
necesidad de de sarrollar su
individualidad y su relación con
Dios.
¿Qué podemos aprender de todo
esto? Espero que mucho, puesto que
la integridad de nuestro ministerio y
de nuestro matrimonio pueden
depen der de esta experiencia.
H. Norman Wright, en su libro
Seasons of a Ma rriage (Épocas de
un matrimonio), ha identificado dos
causas fundamentales de la crisis de
la edad madura en los hombres. La
primera es la que él llama "la crisis
de la edad madura provocada por
las metas no logradas". "Esto se
refiere a la distan cia que un hombre
percibe que hay entre las metas que
se ha trazado y los logros que en
realidad ha tenido." En otras
palabras, cuando un hombre llega a
la madurez se enfrenta cara a cara a
la realidad. No sólo se da cuenta de
que no logró las metas que se trazó,
sino que comprende que nunca
llegará a alcanzarlas. Esto puede ser
una conclusión muy dañina,
especialmente si su ministerio ha
sido la base de su identidad
personal.
El ejemplo más clásico que conozco
de estas "crisis de la edad madura
provocada por las metas no
logradas", es la de un pastor de
cuarenta años. Su situación y sus
síntomas eran clásicos. Cumplir
1 Norman Wright, Seasons of a Marriage
(Ventura: Regal Books: A Division of
Gospel Light Publications, 1982), p. 62.
68 El peligro del poder
cuarenta años fue algo traumático para él, y poco
después se tiñó el pelo, perdió más de treinta libras,
cambió su vestuario por uno más moderno y volvió a
asistir a la universidad. Para aquellos que lo
conocíamos, en vez de preocuparnos, nos resultaba
gracioso; después de todo, su "crisis" no era muy seria.
Lo que quiero decir es que él podía hacer cosas tan
alocadas como abandonar su iglesia, com prarse una
motocicleta e irse para la desenfrenada sociedad de la
costa occidental. Mirando retrospec tivamente, me doy
cuenta ahora de que lo debía
mos haber tomado más en serio, ya que su ropa nueva
y su vuelta a la universidad no eran más que las
señales superficiales de algo más trascendente que
pasaba dentro de él. Los meses siguientes produjeron
un hecho desconcertante tras otro.
Primero fue un incidente que involucró a una mujer
joven miembro de su congregación, que lo acusó de
besarla cuando acudió a él en busca de consejo. Él lo
negó, por supuesto, y todos nos reímos del asunto
puesto que se trataba de algo muy ajeno a su carácter.
Hubo otros síntomas también, que ahora resultan
obvios mirando retros pectivamente: una creciente
desilusión con el mi
nisterio, hablar de una nueva carrera de negocios, y un
súbito interés en la música rock. Finalmente abandonó
la iglesia y a su esposa, después de enre darse con una
mujer quince años más joven que él. No es raro que un
hombre se sienta frustrado e insatisfecho cuando se
enfrenta cara a cara con la dura realidad de que nunca
va a alcanzar las metas en el ministerio que él mismo
se trazó.
Aventuras amorosas de la edad
madura 69
Sin embargo, la mayoría de los
ministros respon den de una manera
positiva, después que han superado
el shock inicial. Muchos hacen
frente a esto mediante el
establecimiento de metas más
realistas, así como reorganizando las
prioridades en su vida. El carácter
espiritual de las cosas resulta más
importante que el éxito en el
ministerio, las relaciones son más
valiosas que los símbolos de
categoría como nombramientos al
pastorado de iglesias prestigiosas, la
membresía, o el salario. Como
resultado, los años de la edad
madura son a menudo los más
plenos de su vida.
La segunda causa que señala Wright
está en el extremo opuesto del
espectro. Escribe: "Algunos
hombres experimentan una crisis en
su carrera porque .. . han alcanzado
sus metas." Ya no hay más mundos
que conquistar. De repente, el minis
tro de edad mediana se da cuenta de
que es el rey de la montaña, sólo
para descubrir que la cima de la
montaña es un lugar terriblemente
solitario. En su búsqueda incesante
del éxito, no ha hecho caso de su
familia y de sus amigos. Ahora tiene
todo lo que quería, sólo que no se
siente como se suponía que se
sentiría. ¿Dónde está la felicidad
interna? ¿Dónde está la satisfacción
de haber alcanzado algo? Aunque
un poco tarde, se da cuenta de que
lograr éxito sin tener con quien
compartirlo, no constituye éxito en
absoluto. Los grandes logros, si no
van acompañados de relaciones
personales sig nificativas, resultan
Verdaderamente vacíos.
1 Ibíd.,p.64.
70 El peligro del poder
Lo que pase después depende no
sólo del modo en que él responda a
la crisis, sino en la respuesta de su
esposa. Mientras él ha estado
ocupado con el trabajo del
ministerio, ella ha estado invirtiendo
su tiempo en la familia, haciendo lo
que esperaban de ella los demás: Ja
iglesia, ios niños, aun su esposo.
Ahora está experimentando su
propia crisis de la edad madura, y si
no es una crisis, al menos son unos
cambios significativos en la mitad de
su vida. Los hijos han crecido, y su
labor primaria como madre está casi
terminada, de manera que dirige su
atención hacia su propia carrera.
Wright dice: "Las mujeres [en la
edad madura] tienden a volver se
más autónomas, agresivas y
cognoscitivas. Van en busca de
papeles más importantes como una
carrera, dinero, o influencia." Por
otra parte, sus esposos han visto
finalmente la inutilidad de vivir la
vida sólo para el ministerio, y ahora
están ansio sos de restablecer
contacto con sus cónyuges. En vez
de entusiasmarse por el súbito
interés de su esposo, muchas
esposas pueden verlo como una
manera más de mantenerlas en "su
lugar".
Es un panorama muy triste y
desgraciadamente común. Muchas
de las tragedias familiares tienen
lugar de esta forma; mientras que el
ministro se vuelve a su esposa en
busca de intimidad, ella se aleja de
él en busca de una nueva carrera y
de nuevos intereses en su vida. Es
como si se hubieran invertido los
papeles en el matrimonio, y no es
difícil imaginarse lo que viene
después. En el curso
1 Ibíd.,p.57.
Aventuras amorosas de la edad
madura 71
de sus deberes pastorales se
encuentra dándole consejos a una
esposa enajenada de su esposo. El
vacío interno de ella refleja el de él,
y casi sin darse cuenta, se forma un
lazo emocional. Por primera vez en
mucho tiempo siente que está
viviendo plenamente. Esta mujer lo
valora como hombre, como
persona; ella lo escucha y se
preocupa por lo que siente. En
cuestión de semanas, a veces en sólo
días, se encuentran metidos en una
tórrida aventu ra amorosa.
Esta aventura amorosa de la edad
madura empe zó años atrás en
realidad, e inicialmente no tenía
casi nada que ver con el sexo. Él se
metió más de la cuenta en su
trabajo, en su ministerio, y al
hacerlo arriesgó su relación con su
familia, con su esposa y, aunque
parezca imposible, con Dios.
Gordon MacDonald, autor de
Ordering Your Pri vate World, y
antiguo presidente de InterVarsity
Christian Fellowship, es el trágico
ejemplo de un ministro que fue
presa de una aventura amorosa en la
edad mediana. Me refiero a él por su
nombre, no para herir más a su
familia o a él, sino para que
podamos aprender de sus fallas. En
una entrevista con la revista
Christianity Today (10 de julio de
1987) él nos insta a "mirar bien lo
que me ha pasado y tomar la
determinación de que no le pase a
[usted]".1
En esa misma entrevista, él señala
algunas de las circunstancias que
contribuyeron a su adulterio. Estaba
en la mitad de su vida, en la cima de
su
1 "A Talk with the MacDonalds",
Christianity Today (10 de julio de 1987), p.
39.
72 El peligro del poder
carrera, y se había forzado a trabajar
demasiado por años. Dice:
Desde 1982 en adelante, estaba
agotado en cuerpo y en espíritu.
Estaba trabajando más duro que
antes, pero lo disfrutaba menos... .
Además, me doy cuenta ahora de
que me faltaba la responsabilidad
mutua que traen las relaciones
personales. Necesitamos amigos
que nos puedan mirar a los ojos y
hacernos preguntas difíciles sobre
nuestra vida moral, nuestra lujuria,
nuestras ambiciones, nuestro ego."1
De manera que el primer paso para
evitar una aventura amorosa en la
edad madura, es que nos
dediquemos proporcionalmente en
los cuatro aspec tos principales de
nuestra vida: vocacional, relacio nal,
personal y espiritual.
Como ya he señalado anteriormente,
casi todos tenemos la tendencia
durante nuestra juventud a
sobrecargar uno de estos aspectos en
detrimento de los otros, y entonces
sufrimos las consecuencias en la
edad madura. En el caso del
ministro, como en el caso de
muchos hombres, él tiende a
volcarse demasiado en su trabajo.
Es fácil justificar las largas horas,
las noches alejado de su familia y el
horario tan intenso. Está haciendo la
obra del Señor, y esa es
precisamente la trampa, puesto que
la obra del
1 Ibíd.,p.38.
2 Para obtener una completa información sobre
este tema, por favor refiérase a The Rhythm of Life
(Ritmo de la vida) de Richard Exley (Honor
Books: A Division of Harrison House, Tulsa,
Oklahoma, 1987).
Aventuras amorosas de la edad madura 73
Señor nunca tiene fin.
El ministerio nunca ha sido ni será un trabajo con
un horario fijo de nueve a cinco, pero el ministro debe
encontrar un modo de acomodar su vida o tendrá que
sufrir las consecuencias. La respuesta, creo yo, está en
vivir una vida centrada en Dios y no una vida centrada
en las necesidades.
La compasión nacida sólo de la simpatía por el
sufrimiento humano, corre el riesgo de caer en
los extremos del fanatismo y del agota miento.
Por otro lado, la compasión sanadora combina el
amor y la dirección del Creador con una
preocupación genuina por aquellos que sufren en
nuestro mundo. Si nuestra moti
vación es la necesidad, seremos consumidos, y
nos arriesgaremos a convertimos en parte del
problema en vez de ser parte de la solución.
Nuestra única esperanza es dejar que Dios defi
na nuestra área de responsabilidad dentro de
nuestros límites tanto emocionales como físi cos.
Cuando un ministro pasa demasiado tiempo en su
trabajo durante un período extenso, suceden por lo
menos dos cosas. Primero, se distancia de su esposa y
de su familia. La relación que debía estar en un lugar
central, es desplazada a un segundo plano. A su
matrimonio le toca sólo lo que queda, las sobras al
final de un duro día de trabajo; no es ni remotamente
parecido a lo que debe ser un matrimonio. Y cuando
su matrimonio no está en
1 Richard Exley, The Rhythm of Life (Tulsa: Honor Books:
A Division of Harrison House, 1987), p. 181.
74 El peligro del poder
buen estado, está de más decir que
es más suscep tible a una aventura
amorosa. Inmediatamente des pués
que MacDonald renunció, se le
preguntó qué había hecho para
restaurar su matrimonio. Él con
testó: "No es cuestión tanto de
encontrar qué hacer
como tomarse el tiempo necesario,
porque para las personas en el
ministerio la obra nunca termina."
Eso nos lleva a la segunda
consecuencia: el ago tamiento.
MacDonald dijo: "Yo estaba
desespera damente gastado en
cuerpo y en espíritu." Conse
cuentemente, cuando el ministro
lucha con la tentación, no tiene ni la
fuerza interna ni las rela ciones
necesarias para resistirla. Sucumbe,
y creo que es más por el vacío
interno que por un deseo perverso.
Déjeme comunicarle ciertas
conclusiones que me han sido de
mucha ayuda. La primera señal del
agotamiento, tanto de índole
espiritual como emo cional, es la
falta de satisfacción interna. Por
expe riencia, he descubierto que
puedo tener un minis terio eficaz en
público aun pasado el punto donde
mi trabajo ha dejado de producirme
satisfacción interna. En realidad,
puedo continuar ministran do con
sorprendente eficacia, aun cuando ya
haya empezado a sentirme molesto
con mi trabajo y la gente a la cual
estoy llamado a servir. Si ignoro esta
señal de advertencia, me
sobrevendrán serios pro blemas. Si
por lo contrario tomo esta señal en
serio y sigo los pasos necesarios
para que mi vida vuelva a estar
balanceada, pronto podré volver al
1 Christianity Today (10 de julio de 1987), p.
38.
2 Ibíd.
Aventuras amorosas de la edad
madura 75
ministerio con un renovado
entusiasmo. Otro concepto erróneo
que contribuye a que el ministro
tenga una aventura amorosa en la
mitad de su vida, es la confusión
sobre su propia identidad, su valor
propio. Muchos ministros tra bajan
durante toda una vida creyendo que
si pueden alcanzar sus metas, se
sentirán finalmen te aceptados,
valiosos. ¡Eso no es cierto! No hay
éxito suficiente en el mundo que
acalle las voces interiores de la
persona. El amor propio no es el
resultado de lo que uno logre, sino la
consecuen cia de una relación
saludable con nuestros pa dres,
amigos, y por supuesto, Dios. Se
trata de lo que uno es en Cristo, no
lo que uno ha hecho. Trágicamente,
el ministro que labora toda la vida,
sólo para descubrir que ha ido en
pos de un sueño imposible, se
convierte a menudo en un fuerte
candidato para una aventura
amorosa de la edad madura.
Ninguno de nosotros es inmune a la
tentación sexual, y mirando atrás en
mi propia vida, me doy cuenta de
que los momentos en que luché más
duro, fueron aquellos donde mis
relaciones te nían una mayor
necesidad de ser reparadas. No sólo
en mi relación con Brenda, sino
también en mi relación con
hombres de Dios. Esto lo corro bora
la experiencia de MacDonald, y él
está ahora tratando de restaurar este
aspecto de su vida. Dijo: "Hemos
empezado a cultivar amistades en
un nivel mucho más profundo que
en el pasado. Y yo he cultivado,
deliberadamente, la amistad de tres
o cuatro hombres de Dios."
76 El peligro del poder
Si usted es un pastor en una zona remota y aislada,
probablemente esté pensando: "Eso es im posible para
mí. No hay tres o cuatro hombres de Dios en
doscientos kilómetros a la redonda. El pastor más
cercano que tengo de mi denominación está a más de
ochenta kilómetros de aquí."
Créame, sé de lo que están hablando. Fui pastor
durante años de pequeñas iglesias en zonas remo tas, y
era difícil en extremo establecer amistad con hombres
que compartían mis intereses en las cosas de Dios.
Como resultado, a menudo me sentía solo y cansado.
En mi desesperación, traté de hacer que Brenda fuera
mi única amiga. La inundé con las cosas de mi
ministerio, mi vida diaria, mis sueños, y entonces
experimenté cierta frustración cuando vi que ella
respondía sin mucho entusiasmo. Esto por supuesto
dañó nuestra relación, ya que estaba poniendo sobre
sus hombros una carga muy pesa da para ella. Ella era
mi mejor amiga, pero yo le estaba pidiendo que fuera
mi única amiga. En poco tiempo, mi necesidad era
más grande que sus re cursos, y tal situación me hizo
sentir frustrado, y a ella la hizo sentirse inadecuada.
Gracias a Dios que nos llamaron para ser pastores
de la Capilla Cristiana en Tulsa, Oklahoma. Esto
cambió nuestra vida. Por primera vez estaba rodea do
de una iglesia llena de hombres que estaban
profundamente entregados a las cosas de Dios. Ellos
compartían mi amor por las Escrituras y la obra por el
reino, y tuve la posibilidad de desarro
3 Ibid., pp. 38,39.
Aventuras amorosas de la edad
madura 77
llar unas cuantas amistades
significativas. Estas rela ciones me
han sostenido en muchas ocasiones.
Estos hombres me obligan a dar
cuenta de mi vida, me dan fortaleza
cuando me siento débil, me corrigen
cuan do estoy errado, y me aman
siempre. Es muy intere sante que
estas amistades han contribuido
también, de manera significativa, a
mi relación con Brenda. Ahora que
se ha liberado de la carga de ser mi
única amiga, ella está libre para ser
mi mejor amiga, ¡y lo es!
El elemento clave en desarrollar
relaciones dura deras, es el tiempo.
Sea que hablamos del matrimo nio o
de las amistades, la clave es la
misma: ¡tiempo! Es algo agotador,
puedo decirles, pero la recompensa
justifica ampliamente la inversión.
Sólo Dios sabe cuántas veces he
escapado de las tentaciones con la
ayuda, el consejo y las oraciones de
un amigo. Espero que yo también
haya contribuido de manera signifi
cativa a la vida de otros. Salomón
decía: Mejores son dos que uno;
porque tienen mejor paga de su
trabajo. Porque si cayeren,
el uno levantará a su compañero;
pero ¡ay del solo! que cuando
cayere,
no habrá segundo que lo levante.
También si dos durmieren juntos,
se calentarán mutuamente;
mas ¿cómo se calentará uno solo?
Y si alguno prevaleciere contra uno,
dos le resistirán;
y cordón de tres dobleces
no se rompe pronto.
Eclesiastés 4:9-12
78 El peligro del poder
Si usted está pastoreando una
pequeña iglesia en una zona remota,
no se desespere. Usted está aisla do
pero no solo. Piense en todas las
relaciones tan especiales que
desarrolló en el instituto bíblico o
en el seminario. Todos esos amigos
están tan cerca como su propio
teléfono o su buzón. Claro que no
es lo mismo que verlos cara a cara,
pero de seguro que lo podrán
ayudar a no tenerse tanta lástima. ¿Y
qué de su profesor preferido, su
mentor espiritual, el pastor de la
iglesia a la que usted asistía antes de
hacerse ministro? Para que estas
relaciones sean lo más constructivas
posible, probablemente necesitará
mantenerse en contacto con ellos al
menos una vez por semana.
Incluyalo en su presupuesto; ¡es
necesa rio!
Mire más allá de los límites de su
denominación. Uno de los mejores
amigos que he tenido es un ministro
metodista, que nos conoció a Brenda
y a mí, cuando éramos apenas unos
chiquillos que pastoreá
bamos nuestra primera iglesia en un
pueblecito lla mado Holly, Colorado.
Su amistad hizo posible que
sobrelleváramos lo que quizás
fueran los dos años más difíciles de
nuestra vida, y más aún, hizo que
fueran de gran bendición para
nosotros. Mi vida y mi ministerio
tienen todavía el sello de su
influencia, aunque han pasado
veinte años. Desde entonces, he
deseado muchas veces poder
encontrar otro amigo como él, y he
orado por esto. El Señor me
reprende suavemente: "No ores
diciendo: 'Déjame encontrar un
amigo como aquel.' En vez de esto,
di: 'Déjame ser un amigo como
aquel.'"
Finalmente, para evitar una aventura
amorosa