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El libro de Hebreos compara la economía de Dios en Cristo con el judaísmo, destacando la superioridad de Cristo sobre elementos fundamentales como Dios, los ángeles, Moisés, el sacerdocio y el antiguo pacto. Los creyentes hebreos enfrentaban la dificultad de renunciar a su legado religioso mientras experimentaban persecución, lo que generaba indecisión entre seguir a Cristo o aferrarse a su antigua fe. El autor utiliza comparaciones para mostrar que Cristo es la expresión de Dios y que la salvación en Él es mucho más rica y directa que la religión judía tradicional.

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El libro de Hebreos compara la economía de Dios en Cristo con el judaísmo, destacando la superioridad de Cristo sobre elementos fundamentales como Dios, los ángeles, Moisés, el sacerdocio y el antiguo pacto. Los creyentes hebreos enfrentaban la dificultad de renunciar a su legado religioso mientras experimentaban persecución, lo que generaba indecisión entre seguir a Cristo o aferrarse a su antigua fe. El autor utiliza comparaciones para mostrar que Cristo es la expresión de Dios y que la salvación en Él es mucho más rica y directa que la religión judía tradicional.

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ESTUDIO-VIDA DE HEBREOS

MENSAJE CUATRO
CRISTO COMO HIJO DE DIOS ES DIOS MISMO
Y ES SUPERIOR A LOS ÁNGELES

Hebreos es un libro de contrastes. En él se compara la economía de


Dios en Cristo con las cosas del Antiguo Testamento. Al parecer, un
número significativo de creyentes hebreos, los destinatarios de esta
epístola, apreciaban la fe en Cristo y la salvación en Cristo, pero
todavía seguían sintiendo aprecio por su antiguo legado religioso, ya
que se componía de cosas que habían sido establecidas por Dios y eran
conforme al Antiguo Testamento. Dicho legado no era pagano;
tampoco era producto de la imaginación humana, sino que se trataba
de algo establecido según los oráculos de Dios. Era Dios mismo quien
había ordenado a sus antepasados que instituyeran ciertos ritos y
rituales en el templo, así como el servicio levítico. Por lo tanto, se
trataba de algo que había sido ordenado, establecido y aun bendecido
por Dios. Los creyentes hebreos provenían de tal trasfondo religioso;
pero, debido a que también habían visto algo en Cristo, se sentían
turbados. Nosotros nos sentiríamos igual si nos encontráramos en la
misma situación. Así pues, los creyentes hebreos debatían entre estos
dos extremos: Cristo y su antiguo legado. Tanto el uno como el otro
provenían de Dios, y ahora ellos tenían que escoger entre ambos. Ellos
ya estaban sobre el puente, pero se sentían indecisos. En vez de cruzar
el puente, ellos aún se hallaban muy cerca del punto de partida. Es
por eso que el escritor los llama a proseguir, a cruzar el río y a pasar
al otro lado. Ellos no estaban involucrados en prácticas idólatras, ya
que el templo santo había sido erigido con el propósito de adorar al
Dios de sus antepasados. De hecho, allí los sacerdotes cumplían su
servicio levítico, ofreciendo los sacrificios que Dios había ordenado y
quemaban el incienso como Él lo había exigido. Renunciar a todo esto
era difícil para los creyentes hebreos. Así que ellos se aferraban a estos
dos extremos; con una mano se asían de Cristo, y con la otra se
aferraban a la religión de sus padres. Ésta era la situación en la que se
encontraban.

Además, ellos también afrontaban problemas en su ambiente, pues


estaban siendo perseguidos. A pesar de que amaban su antigua
religión, era el sumo sacerdote mismo quien había iniciado la
persecución, dejando muy en claro la situación en que se
encontraban. Posiblemente él les dijo: “Si vosotros queréis ser
verdaderos israelitas, debéis permanecer con nosotros. Olvidaos de
Cristo y de los cristianos. Pero si queréis estar con los cristianos, os
debéis marchar. ¡Debéis salir de aquí! No os permitiremos seguir
conviviendo con nosotros”. Ésta era la situación en la que se
encontraban los creyentes hebreos cuando se escribió esta epístola.

En esta epístola podemos ver la sabiduría del Espíritu del Señor. Él


no los reprendió. En ninguna parte encontramos el menor espíritu de
reprensión ni ninguna palabra de amonestación ni cierto tono de
reproche. En realidad, la reprensión no es muy eficaz. El Señor
Espíritu escogió la mejor manera de ayudarlos: hacer comparaciones.
La mejor manera de ayudar a nuestros niños es hacer comparaciones.
Dejen que ellos comparen el blanco con el negro, a Cristo con la
religión, la iglesia con el mundo, el cielo con el infierno, y que luego
escojan por sí mismos. Éste fue el método que adoptó el escritor de
esta epístola. De una manera exhaustiva, él les expuso en qué
consistía la economía de Dios y les mostró cuán superior era Cristo en
comparación con su antigua religión. La religión fue usada como un
trasfondo negro. Sin un trasfondo tan oscuro, lo blanco no se vería tan
blanco. Así que, para que se exhibiera la blancura del blanco, se
necesitaba un trasfondo obscuro. Debemos tener presente este
principio: en el libro de Hebreos se hacen comparaciones.

¿Cuáles eran los principales elementos del judaísmo que los


antepasados judíos apreciaban tanto? En el judaísmo, la religión
típica y auténtica establecida según el Antiguo Testamento, el
principal elemento era Dios mismo. Ellos se gloriaban en Dios (Ro.
2:17). Ninguna otra religión cuenta con semejante Dios. Por ejemplo,
el budismo es solamente necedades; ni siquiera merece ser designado
como una religión. La religión le ayuda a la gente a adorar a Dios, a
servir a Dios y a comportarse de un modo que sea grato a Dios. Pero
el budismo ni siquiera tiene un Dios, sólo tiene un Buda que es sordo
y mudo. Según el budismo, cualquiera puede llegar a ser un Buda. El
budismo enseña que si uno se porta bien, puede llegar a ser un Buda.
Esto es absolutamente diabólico.
De igual forma, las enseñanzas de Confucio tampoco deben ser
consideradas como una religión. Confucio nunca enseñó religión; sus
enseñanzas eran exclusivamente éticas y de moralidad, y en ellas sólo
mencionó a Dios unas cuantas veces. Con respecto a Dios, Confucio
solamente aconsejó sobre todo que no se ofendiese a Dios, porque de
hacerlo, no habría forma de ser perdonado.

También podemos examinar el Islam. Su libro sagrado, el Corán, es


una falsificación del Antiguo Testamento. Es una religión muy sutil,
debido a que menciona a Dios y contiene las historias del libro de
Génesis. Pero en su totalidad es una falsificación.

El Dios genuino y verdadero se encuentra en la religión judía, siendo


ésta la religión típica y auténtica. En cierto sentido, los judíos tienen
al verdadero Dios y ellos se glorían en Él. Incluso hoy en día el
judaísmo se gloría en su Dios.

El segundo elemento en el judaísmo eran los ángeles. En contraste,


todas las religiones paganas tienen demonios. No hay ningún punto
de comparación entre los ángeles y los demonios. La Biblia indica que
los ángeles son muy cercanos a Dios. Cuando Dios apareció a
Abraham, lo hizo acompañado de dos ángeles que se asemejaban
mucho a Él (Gn. 18:1-2). Esto nos permite ver cuán elevada era la
posición que ocupaban los ángeles; incluso la ley fue “ordenada por
medio de ángeles” (Hch. 7:53; Gá. 3:19). Así pues, la religión judía se
gloriaba en ellos.

En tercer lugar, la religión judía se gloriaba en Moisés, por medio de


quien la ley de Dios fue dada. Prácticamente todos los pueblos, y
especialmente los pueblos antiguos, han tenido líderes destacados;
pero de entre todos ellos, ninguno se ha destacado tanto como Moisés.
No existe ningún otro escrito que se compare con los de Moisés. No
es necesario considerar todos los libros del Pentateuco; basta con
examinar sólo uno de ellos, Deuteronomio. Este libro es
incomparable; está en el tercer cielo. A excepción de la Biblia, todos
los demás libros se encuentran en un nivel terrenal y hasta en los
niveles más bajos del infierno. Los escritos de Moisés, en cambio,
están en un nivel muy elevado. Yo aprecio sinceramente todos los
libros que él escribió, en especial Deuteronomio, un libro muy dulce
y tierno. ¡Cuán insondables son estos cinco libros escritos por Moisés!
Estos libros son verdaderas minas de oro; cuanto más excavamos en
ellos, más tesoros encontramos. Ciertamente son insondables. Es por
ello que el pueblo judío se gloría en Moisés.
El cuarto elemento es el sacerdocio encabezado por Aarón, el
hermano mayor de Moisés. Moisés no era sacerdote, sino más bien un
apóstol del Antiguo Testamento. Aarón, en cambio, era sumo
sacerdote. Moisés fue enviado por Dios al pueblo, mientras que Aarón
era enviado a Dios de parte del pueblo. Moisés era un tipo del Cristo
que viene de Dios al pueblo, mientras que Aarón tipificaba al Cristo
que va del pueblo a Dios. Los judíos contaban con tal sacerdocio que
servía a Dios y que se ocupaba de las necesidades del pueblo en la
presencia de Dios.

En cierto sentido los sacerdotes no eran simplemente ministros, sino


también abogados defensores en el tribunal celestial. ¡Qué bueno es
contar con un abogado que defienda nuestros casos continuamente!
Los judíos, pues, tenían sus abogados sacerdotales. Hoy en día,
aquellos que no tienen un abogado se encuentran sin protección
alguna; pero si cuentan con la ayuda de un buen abogado, pueden
gozar de tranquilidad. Los paganos no contaban con un abogado que
los defendiera delante de Dios, pero los judíos tenían a los sacerdotes,
quienes estaban delante de Dios como sus abogados personales. Estos
sacerdotes servían a Dios y se encargaban de los casos de los hijos de
Israel; por eso, ellos podían gloriarse en sus sacerdotes.

El quinto y último elemento principal del cual se gloriaba el judaísmo


era el antiguo pacto que Dios había hecho con ellos. Es en virtud de
este pacto que Dios efectuó conforme a Su ley, que los judíos son el
pueblo de Dios. Ellos son el pueblo con el cual Dios ha pactado.
Ningún otro pueblo en la tierra tiene tal pacto divino que los
constituya el pueblo de Dios según los deseos y requisitos divinos.
Sólo los judíos tienen tal pacto divino que hace de ellos un pueblo
especial para Dios. Es por eso que los judíos estimaban dicho pacto
como un tesoro y se gloriaban en él.

El libro de Hebreos fue escrito con el propósito de mostrar a los


creyentes hebreos cuán superior es la economía de Dios en
comparación con el judaísmo. Ya que el judaísmo se gloriaba en Dios,
los ángeles, Moisés, el sumo sacerdote Aarón y el viejo pacto con sus
servicios, el escritor de Hebreos se basó en estos cinco elementos para
realizar una comparación. Lo primero que hace notar es que en la
economía de Dios, lo más superior no es simplemente Dios, sino Dios
expresado, esto es, Dios el Hijo (1:2, 3, 5, 8-12). Luego él revela que
Cristo es superior a los ángeles (1:4—2:18), a Moisés (3:1-6) y a Aarón
(4:14—7:28), y que el nuevo pacto de vida que Él estableció es superior
al antiguo pacto de la letra (8:1—10:18).
En la primera comparación que este libro nos hace, se compara a Dios
en Su salvación con el Dios de la religión judía. La religión judía tiene
al Dios verdadero, pero en el judaísmo Él es el Dios escondido,
mientras que en Su salvación, Él es el Dios expresado. El Dios que se
expresa es Dios el Hijo; Dios el Hijo es la expresión de Dios. El apóstol
Juan, antes de ser salvo, pertenecía a la religión judía y nunca llegó a
decir: “Contemplamos Su gloria”. Pero, cuando escribió su evangelio,
él dijo que en el principio era el Verbo, que el Verbo era Dios, que el
Verbo que era Dios se hizo carne y que todos ellos habían
contemplado Su gloria. En Juan 1:18, el apóstol prosiguió diciendo
que nadie ha visto a Dios jamás, pero que “el unigénito Hijo [...] le ha
dado a conocer”. En su primera epístola, Juan dijo que ellos habían
oído, visto y palpado a Aquel que expresa a Dios como nuestra vida (1
Jn. 1:1). Éste es Dios en Su salvación. El Dios del judaísmo es el Dios
verdadero, pero está escondido. Pero Dios en Su salvación es
expresado.

En el Antiguo Testamento, Dios habló por medio de los profetas pero


nunca se expresó. En cambio en el Nuevo Testamento, esto es, en la
salvación de Dios, Dios habla en el Hijo quien es el Verbo de Dios, el
hablar de Dios e incluso Dios mismo. Así pues, Él habla Dios, declara
a Dios y expresa a Dios. En la antigüedad, Dios habló indirectamente
a través de los profetas; pero ahora Él habla en el Hijo de forma
directa.

Cuando Pedro estuvo con el Señor en el monte de la Transfiguración


y vio a Moisés y a Elías, todavía se aferraba a sus viejos conceptos y
puso a Moisés y a Elías en el mismo nivel que el Hijo de Dios (Mt. 17:1-
8). Él tenía que aprender que la antigua manera en la que Dios
hablaba, había caducado; que ya no estaban Moisés ni Elías y que sólo
permanecía el Hijo de Dios. Pedro necesitaba cruzar el río y oír
únicamente al Hijo. El Hijo es ahora el Verbo único de Dios, Su único
hablar. Él es la declaración y expresión de Dios. Él no sólo habla por
Dios, sino que habla, expresa a Dios. Él es el resplandor de la gloria
de Dios y la impronta de Su sustancia. Él es Dios expresado. Dios en
Su salvación es mucho mejor que el Dios de la religión judía. Allí Dios
está escondido, mas aquí Él es expresado.

El Hijo, en quien Dios habla, es el mismo que creó los cielos y la tierra
(1:10). Él es Dios el Creador. Él también es Aquel que sustenta el
universo entero. Él sustenta todas las cosas con la palabra de Su poder
(1:3). Él es además el Ungido, quien ha sido designado para heredar
todo el universo creado (1:2). Este Heredero que ha sido designado es
Dios mismo (1:8). Este Dios no es nada menos que el Dios de los
judíos, pero Él es más que el Dios de los judíos. Nadie jamás ha visto
al Dios de los judíos; pero para nosotros, los verdaderos hebreos, Dios
se reveló y se expresó a fin de que nosotros lo pudiéramos palpar,
recibir, poseer y experimentar día tras día.

En el recobro del Señor tenemos a muchos hermanos que siendo


judíos han llegado a ser hebreos. Antes de que ellos entraran al
recobro del Señor, tenían conocimiento acerca de Dios, pero no
disfrutaban a Dios mismo. En su religión, tenían a Dios sólo en
terminología; Él no formaba parte de su experiencia. Ahora, ellos le
conocen por experiencia.

Al empezar su epístola, el escritor de Hebreos indicó que el Dios de


los verdaderos hebreos es mucho mejor que el Dios de la antigua
religión judía. Él no solamente es Dios el Padre, sino también Dios el
Hijo. Ambos conceptos se hallan en Isaías 9:6, donde dice: “Hijo nos
ha sido dado [...] Se llamará Su nombre [...] ‘Padre eterno’”. El Hijo
nos es dado; sin embargo es llamado Padre eterno. El Padre es ahora
el Hijo que nos es dado. En cuanto a Su ser, Él es el Padre; pero en
cuanto al hecho de darse a nosotros, Él es el Hijo. Como Dios en Su
ser, Él es el Padre; pero al darse a nosotros, Él es el Hijo. Isaías 9:6
revela claramente que al sernos entregado, Él es el Hijo; sin embargo,
Él es llamado Padre eterno. El término “Padre” alude a Su ser,
mientras que el término “Hijo” se refiere al hecho de que Él nos fue
dado para llegar hasta nosotros, a fin de que nosotros lo pudiéramos
ganar a Él en nuestra experiencia. Si Él fuese solamente el Padre,
jamás podríamos recibirlo ni disfrutarlo. ¡Alabémosle por ser el Hijo
que nos ha sido dado! Dios amó tanto al mundo que nos dio a Su Hijo
unigénito (Jn. 3:16). El Hijo es un don divino que hemos recibido del
Padre, y esta ofrenda divina es Dios mismo. Dios mismo se nos
entregó como un don divino en el Hijo.

Nuestro Dios es el Dios expresado, el Dios que llega hasta nosotros;


Él es Aquel a quien recibimos, experimentamos y disfrutamos día tras
día. Éste es nuestro Dios. No hay duda de que este Dios es mucho
mejor que el Dios del judaísmo. Este Dios es Jesús, el Hijo de Dios,
Dios mismo. Él es la expresión de Dios, el Dios que llega hasta
nosotros; es el Dios que podemos recibir, experimentar, disfrutar y
poseer.

Ahora debemos ver que el Hijo, como el Dios expresado, es mucho


mejor que los ángeles, muy superior a ellos. No sólo el Dios en Su
salvación es superior a los ángeles; de hecho, el Dios del judaísmo era
muy superior a ellos, ya que éstos eran Sus siervos. A los ángeles se
les llama “vientos” y “llamas de fuego” (1:7). No tengan muy alta
opinión de los ángeles. Quizás muchos de ustedes desearían ser
ángeles. Más adelante veremos que los ángeles no sólo son inferiores
a Cristo, sino también a nosotros mismos. Aun en tiempos del Antiguo
Testamento, Dios era muy superior a los ángeles; los ángeles
simplemente servían a Su propósito. Por lo cual, queda
sobreentendido que nuestro Cristo, el Hijo de Dios, es superior a los
ángeles, aun mucho más de lo que era el Dios del judaísmo. Los
ángeles, que son como vientos y llamas de fuego, son simplemente
criaturas, mientras que el Hijo es el Creador. Como criaturas que son,
los ángeles son muy inferiores al Hijo, y, como el Creador, el Hijo es
muy superior a ellos.

I. EL HIJO: UN NOMBRE MÁS DESTACADO

El Hijo tiene un nombre más destacado que el de los ángeles. En 1:4


dice: “Hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más
destacado nombre que ellos”. El nombre más destacado es “el Hijo”,
un nombre que es plenamente definido en los versículos siguientes
del mismo capítulo: “Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás:
‘Mi Hijo eres Tú, Yo te he engendrado hoy’, y otra vez: ‘Yo seré a Él
Padre y Él me será a Mí Hijo’?” (1:5). Romanos 1:4 dice que Cristo “fue
designado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por
la resurrección de entre los muertos”. Su resurrección de entre los
muertos constituyó Su designación como Hijo de Dios. Cristo ha sido
designado y proclamado Hijo de Dios. Él ha recibido este nombre tan
excelente.

II. EN SU RESURRECCIÓN
Fue en la resurrección que Cristo fue proclamado como el Hijo de Dios
que es superior a los ángeles. La resurrección significa un nuevo
comienzo; denota germinación. El versículo 3 [de Hebreos 1] se
refiere a Su muerte al decir: “Habiendo efectuado la purificación de
los pecados”. El versículo 5 alude a Su resurrección, mediante la cual
Él fue engendrado como el Hijo primogénito de Dios (Hch. 13:33),
que marcó el inicio de una nueva era, la era de la iglesia, la cual está
compuesta de Sus muchos hermanos nacidos de Dios mediante Su
resurrección.

III. EN SU ASCENSIÓN
Hebreos 1 también habla de la ascensión de Cristo, la cual siguió a Su
resurrección. El versículo 13 dice: “Pues, ¿a cuál de los ángeles dijo
Dios jamás: ‘Siéntate a Mi diestra, hasta que ponga a Tus enemigos
por estrado de Tus pies’?”. Esto se refiere claramente a la ascensión.
En Su ascensión, Cristo, como el ascendido Hijo de Dios, es muy
superior a los ángeles. Él ya no está en la tumba ni en la tierra, sino
sentado “a la diestra de la Majestad en las alturas” (1:3). Ésta es Su
ascensión en la cual Él fue investido para cumplir el propósito eterno
de Dios, que consiste en edificar la iglesia y llevar a Sus muchos
hermanos a la gloria.

IV. EN SU SEGUNDA VENIDA


Cristo, después de haberse sentado en el trono en Su ascensión, ahora
está esperando que Sus enemigos le sean puestos por estrado de Sus
pies. Entonces Él regresará. Como Hijo de Dios, Él también es
superior a los ángeles en Su segunda venida. El versículo 6 hace
alusión a esto, al decir: “Y cuando trae de nuevo al Primogénito a la
tierra habitada, dice: ‘Adórenle todos los ángeles de Dios’”. ¿Cómo
sabemos que este versículo se refiere a la segunda venida del Hijo?
Porque se refiere a Cristo como el Primogénito. En su primera venida
Él era el Hijo unigénito de Dios (Jn. 1:14), pero al pasar por el proceso
de la resurrección, el Hijo unigénito llegó a ser el Primogénito entre
muchos hermanos (Ro. 8:29). Es por la palabra “Primogénito” que
sabemos que este versículo se refiere a Su segunda venida. En Su
segunda venida Él vendrá como el Primogénito. Cuando Dios lo envió
a la tierra la primera vez, Él era el Hijo unigénito, pero cuando Dios
lo envíe a la tierra habitada por segunda vez, Él vendrá como el
Primogénito. Entonces todos los ángeles le adorarán.

V. EN EL REINO
Después de la segunda venida de Cristo, viene Su reino. Él, al venir
como el Hijo primogénito de Dios, será superior a los ángeles en Su
reino. El versículo 8 dice: “Mas del Hijo dice: ‘Tu trono, oh Dios; por
el siglo del siglo; cetro de rectitud es el cetro de Tu reino’”. Aquí se le
llama al Hijo: “oh Dios”. Ésta es una prueba contundente de que el
Hijo es Dios. Ciertamente Dios es superior a los ángeles. Este
versículo también indica que el trono del Hijo es el trono eterno de
Dios. Por consiguiente, Su reino debe ser también el reino de Dios.
Éstas son las cosas maravillosas en las cuales, en el reino, Cristo es
superior a todos los ángeles.

VI. EN LA ETERNIDAD
Después de la era del reino vendrá la eternidad. Los versículos del 10
al 12 revelan que por la eternidad Cristo será superior a los ángeles.
El versículo 10 dice: “Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra,
y los cielos son obra de Tus manos”. Esto se refiere a Su creación.
“Ellos perecerán, mas Tú permaneces para siempre; y todos ellos se
envejecerán como una vestidura” (v. 11). Esto quiere decir que la vieja
creación se acabará y que vendrá el cielo nuevo y la tierra nueva. “Pero
Tú eres el mismo, y Tus años no acabarán” (v. 12). Esto significa que
en la eternidad Él será el Eterno. Como el Creador y como el Eterno,
Él es superior a los ángeles, los cuales son criaturas Suyas.

¡El capítulo 1 de Hebreos es ciertamente un pasaje maravilloso de la


Palabra! Este capítulo nos describe a Cristo desde la eternidad pasada
hasta la eternidad futura. En la eternidad pasada, Él era Dios mismo
(v. 8); Él era el Creador de los cielos y la tierra (vs. 10, 2); Él es quien
sustenta todas las cosas (v. 3); Él es el Heredero de todo (v. 2); Él se
encarnó para efectuar la redención mediante la crucifixión (v. 3); Él
fue engendrado como Hijo de Dios en la resurrección, a fin de
impartir vida a los muchos hijos de Dios (v. 5); Él es también el
Primogénito Hijo de Dios quien vendrá otra vez (v. 6); en el reino, Él
será el Rey que se sienta en Su trono y sostiene el cetro en Su mano
(vs. 8-9) y quien permanecerá para siempre en la eternidad futura (v.
12). Este capítulo tan breve abarca muchísimos aspectos de lo que
Cristo es, desde la eternidad pasada hasta la eternidad futura. Éste es
nuestro Cristo. ¡Él es definitivamente muy superior a los ángeles!

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