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Häel - Lizbeth R.C

El libro 'HÄEL' de Lizbeth R.C. es una obra de ficción que sigue la vida de Alya, una joven que enfrenta el estrés de la universidad y pesadillas perturbadoras que la llevan a cuestionar su realidad. A medida que navega por su vida cotidiana y sus sueños, se encuentra con un misterioso hombre en sus visiones, lo que la lleva a buscar respuestas sobre su pasado y sus emociones. La historia aborda temas de violencia, erotismo y referencias religiosas, recomendada para un público adulto.

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Häel - Lizbeth R.C

El libro 'HÄEL' de Lizbeth R.C. es una obra de ficción que sigue la vida de Alya, una joven que enfrenta el estrés de la universidad y pesadillas perturbadoras que la llevan a cuestionar su realidad. A medida que navega por su vida cotidiana y sus sueños, se encuentra con un misterioso hombre en sus visiones, lo que la lleva a buscar respuestas sobre su pasado y sus emociones. La historia aborda temas de violencia, erotismo y referencias religiosas, recomendada para un público adulto.

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Título del libro: HÄEL

© 2025 Lizbeth R.C.


Todos los derechos reservados.
Esta es una obra de cción. Los nombres, personajes, lugares y hechos son producto de la
imaginación de la autora o se usan de manera cticia. Cualquier semejanza con personas
vivas o muertas, eventos o lugares reales es mera coincidencia.
No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un
sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio
(electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin la autorización previa y por
escrito del titular del copyright.
Primera edición: 2025
© Diseño de cubierta: @JuliJoviArt
© Corrección y maquetación: Lío Fernández (@BlueMoonEdiciones)
© Vectores de maquetación: Carla Pons Delgado (@cc.books_illustrator)
Obra registrada en Safe Creative con el código 2510093275448 con fecha de registro
09/10/2025 ([Link])
Publicado a través de Amazon Kindle Direct Publishing.
ADVERTENCIA DE CONTENIDO

Este libro contiene escenas de violencia y erotismo explícito, así como


referencias religiosas reinterpretadas de manera libre y cticia.
No pretende ofender sensibilidades ni menospreciar ninguna fe. Se recomienda
su lectura a un público adulto.
A ti, que amas a los villanos
capaces de hacer arder el in erno por su reina.
Capítulo 1

ALYA

Toronto, Canadá
Observo los copos de nieve caer con lentitud, uno a uno, hasta posarse sobre el suelo ya
cubierto. Enero ha comenzado con la tormenta que todos esperaban. Hace tanto frío que
los cristales de la ventana están empañados por la calefacción.
Saco el pan de la tostadora y lo coloco en un plato para untarlo con mermelada. De
reojo miro a mi madre, que bebe su café con rapidez mientras se alista para salir.
—Hoy voy a salir tarde, Aly. Tengo doble turno. Mantén todo cerrado y no le abras a
nadie, ni aunque te ofrezcan pizza —ordena mientras me da un beso en la frente.
Sonrío y asiento con la cabeza.
—Suena tentador, la verdad.
Me lanza una mirada fulminante por el chiste, una que amplía mi sonrisa.
—No creo que hoy haya servicio a domicilio. Si te apetece, puedes hacer pizza casera en
el horno —se cuelga el bolso del brazo y ajusta la bufanda alrededor de su cuello,
acercándose a la puerta.
—Lo pensaré. Cuídate en el camino. Que tengas buen día, mamá.
Tomo un trozo de pan y empiezo a desayunar. Estoy acostumbrada a quedarme sola. Mi
madre trabaja sin parar; es enfermera, y aunque su horario siempre es un caos, sé que ama
lo que hace. Ser enfermera fue su gran sueño, y ahora lo está viviendo. Nos mantiene a las
dos con esfuerzo y dedicación.
Miro de nuevo por la ventana. La nieve cayendo se ve tan blanca, tan perfecta, que me
dan ganas de salir a hacer un ángel, aunque sé que no lo haré. Pre ero quedarme bajo mis
sábanas antes que morir de frío.
Recojo los platos y los enjuago en el fregadero. Mi día no tiene nada emocionante.
Estoy de vacaciones, pero para mí eso no signi ca mucho: me paso el tiempo en casa,
limpiando o viendo series. Apenas salgo si no es estrictamente necesario. El frío afuera
cala hasta los huesos.
He adelantado algo de tarea en mis ratos libres; también he comido como loca y he
maratoneado series enteras. Aprovecho para descansar y desconectar un poco del estrés
que me genera la universidad. Mi carrera no es fácil, pero me gusta. No estudio Medicina
solo por seguir los pasos de mi madre: quiero ayudar. Salvar vidas.
Mi futuro como doctora lo imaginé desde niña, corriendo por los pasillos de la clínica
donde ella trabaja. Ver gente enferma, despidiéndose por no recibir ayuda a tiempo… me
marcó.
Por eso no me quejo de las tareas, aunque a veces termine llorando de agotamiento.
Graduarme con honores es una de mis metas. Y sé que lo voy a lograr. Soy buena. Me
apasiona.
Tarareo mientras doblo la ropa en la sala. Al alzar la vista, mis ojos se encuentran con
una foto de mi padre. Un hombre que se fue demasiado pronto. Me conoció, pero yo no
lo recuerdo. Hago una mueca, saco el cesto con la ropa doblada y subo al segundo piso,
con la música aún sonando en la radio.
Me detengo en seco al escuchar pasos detrás de mí. Me quedo a mitad de la escalera, con
la ropa en brazos. Me giro despacio, con el corazón acelerado, pero no hay nadie. Todo
queda en silencio. La música se ha detenido. Supongo que la bocina se quedó sin batería.
Frunzo el ceño, hago una mueca y sigo con lo mío.
A las diez y media de la noche, por n, me tumbo a ver series. He terminado el último
ejercicio de anatomía, así que me permito un respiro. No espero a mi madre; sé que
llegará tarde.
Acomodo la laptop sobre el regazo y recuesto la cabeza contra la cabecera. Abro una
bolsa de frituras y pongo el episodio cinco de mi serie favorita. Me sé cada escena de
memoria, pero me sigue encantando. Podría verla mil veces más.
El tiempo pasa sin que me dé cuenta, episodio tras episodio, hasta que la pantalla
anuncia el nal de la temporada. Parpadeo, aturdida. Miro el reloj sobre la mesita de
noche.
Tres en punto de la madrugada.
Cierro la laptop con suavidad y me estiro, medio dormida. Al moverme, una ráfaga de
aire helado me recorre el cuerpo y me estremezco por completo.
Frunzo el ceño al ver la ventana abierta.
El frío entra como si tuviera permiso, colándose entre las cortinas. Me bajo de la cama,
arrastrando las pantu as. Afuera, la nieve sigue cayendo sin descanso. Todo está blanco y
oscuro a la vez. Las farolas iluminan unos cuantos metros de calle, teñidos por la nevada.
Cierro la ventana antes de que la nariz se me ponga más fría y corro las cortinas, para
luego tirarme en la cama.
El sueño no tarda en llegar, llevándome por un sendero de negrura absoluta.

Mis dedos rozan la super cie de un lago azul. Sonrío al sentir el frío en las yemas. Frente a
mí, un bosque inmenso se abre, frondoso y húmedo. Respiro hondo: huele a tierra mojada, a
calma.
Me incorporo despacio y avanzo entre los árboles. Un par de conejitos se acercan sin miedo.
Acaricio con cuidado la cabeza de uno. Su pelaje es suave. Me sorprende que no huyan.
Sé que estoy soñando.
Nunca había soñado algo así. No hay caos ni imágenes inconexas. Todo es tan real, tan
nítido, que me atrevería a decir que no es un sueño, que lo estoy viviendo.
Poco a poco, el bosque se oscurece. Los conejos se alejan de golpe y desaparecen entre los
arbustos.
—No… no se vayan —susurro, sintiendo una punzada de tristeza.
Sacudo el vestido, cubierto de tierra. Miro alrededor, buscando algo que no sé de nir.
Camino sin rumbo, hasta que el paisaje se transforma sin aviso.
El bosque se deshace. Y, de pronto, todo es lava.
Un mar de fuego líquido se extiende bajo mis pies. Estoy sobre una roca, rodeada de calor y
peligro. Todo arde. Todo tiembla. La desesperación me sube por la garganta, pero entonces,
delante de mí, aparece una cama.
Una cama en medio del in erno.
Camino hacia ella con cautela. A cada paso, la lava se desvanece y el suelo se cubre de ores,
de rosas… rosas negras.
Subo a la cama. El colchón cede bajo mi peso. Las sábanas están frías, pero algo dentro de mí
arde, como una corriente tibia que me recorre entera. La sensación no encaja con el lugar.
Me quedo hincada en medio del colchón, indecisa.
¿Podré dormir dentro de un sueño?
Y entonces… lo siento.
Unos dedos fríos y ásperos bajan con lentitud el tirante de mi vestido, dejando mi hombro al
descubierto. No llevo nada debajo. Me quedo quieta. No hay miedo, solo una extraña
familiaridad.
Es solo un sueño, Alya. Puedes controlarlo.
No me atrevo a mirar, pero sé que es un hombre. Lo siento. Sus labios rozan mi cuello, sus
manos recorren mi espalda. Es como… si lo conociera. Como si todo esto ya hubiera pasado
antes.
Sus dedos bajan el cierre de mi vestido lentamente. Mi respiración se agita. La vela ilumina
la habitación, aunque todo a mi alrededor parece oscurecerse. No sé si es mi mente la que crea
estos escenarios o si él los manipula a través de mí.
El vestido cae al suelo y me recuesta con cuidado en la cama. No protesto. Soy consciente de
que es un sueño. Tiene que ser un sueño. ¿Cierto, Alya?
—Angelus pulchra —murmura. Hermoso ángel.
No entiendo el idioma ni el tono, pero sus palabras me estremecen. La llama de la vela
titila, y por un momento no veo nada, como si mis ojos se hubieran cerrado sin que lo note.
Muerdo mi labio cuando besa el comienzo de mis pechos.
Nunca había sentido algo así. ¿Será una señal? ¿Debo dejar entrar a alguien en mi vida,
abrirme al mundo? Siempre he vivido para estudiar, para mi madre. ¿Este sueño me lo está
diciendo?
Se siente tan real. Cada roce, cada beso. El cuerpo cálido del hombre se cierne sobre mí,
separando mis piernas. Todo es confuso y extraño, y al mismo tiempo inevitable y placentero.
De pronto, un empuje me hace retorcerme. Muerdo mi labio con fuerza y suelto un quejido.
Maldición. Duele.
—Relaxat, pulchra —susurra en mi oído. Relájate, hermosa.
—D-duele… —jadeo, aferrándome a su cabello.
Trato de olvidar el dolor, de dejarlo atrás. Demonios, es tan real. Ojalá lo fuera.
Inhalo y exhalo con calma. Muerdo su hombro mientras él se mueve lento dentro de mí. No
logro ver su rostro; en los sueños nunca es posible. Suelto un pequeño sonido involuntario.
Acaricio su espalda con la yema de mis dedos para tranquilizarme y aprieto las piernas
alrededor de su cadera, arrancándole un gruñido.
El dolor se disuelve en pocos minutos, reemplazado por un calor que nubla mis
pensamientos. Susurra palabras que no alcanzo a descifrar.
Mis ojos pesan tanto que no consigo mantenerlos abiertos.
—Dulce, dulce Alya.
Y la oscuridad me envuelve de nuevo.
Capítulo 2

ALYA

Acomodo cada libro en su lugar, jándome bien de que corresponda al estante correcto, y
subo lentamente por las escaleras para colocar uno en la repisa más alta. Escucho a la
viejecita tras el gran escritorio chistar a unos chicos que pasan corriendo. Por eso me
encanta la biblioteca: es tan callada que me ayuda a pensar.
Me ofrecí como voluntaria en mis horas libres y eso me mantiene entretenida. No se
trata solo de acomodar y limpiar libros viejos; también puedo llevarme alguno a casa sin
problemas y devolverlo cuando quiera.
Hace un mes que entré a la universidad. Las vacaciones quedaron atrás y, para mi
sorpresa, nunca había estado tan contenta. El nuevo semestre no es muy pesado… o al
menos todavía no lo siento así. Sé que lo más difícil llega a mitad de ciclo.
En mis ratos libres no suelo hablar con nadie si no es necesario. Solo he tenido una
amiga en todo este tiempo: Rosie. Ella dice que debo ser más sociable. ¿Acaso no basta
con tenerla a ella? Para mí es más que su ciente.
Hoy tengo mi primera cita con la psicóloga escolar y los nervios me carcomen. Desde
hace un mes sufro pesadillas que me hacen despertar gritando. Mamá está muy
preocupada y, la verdad, ¿quién no lo estaría? Lo que sueño no es normal… y despertarla
a medianoche con mis gritos tampoco.
Lo más extraño es que, al abrir los ojos, todo se borra. Sé que soñé algo horrible, pero
no logro recordarlo. Es como si mi cerebro lo desechara de inmediato.
Quiero que todo pare. Siento que a mi alrededor algo cambia y no sé por qué. Me
vuelvo paranoica, extraña. Todas las noches termino despierta, mirando a la nada,
observando el techo de mi habitación con la luz encendida. Las manchas violáceas bajo
mis ojos no mienten: llevo al menos tres días sin dormir bien. Lo poco que descanso es al
llegar de la universidad, y solo de día. La noche… la oscuridad… me produce insomnio.
Recordar aquel primer sueño extraño, donde me entregaba a un hombre sin protestar,
hace que una corriente eléctrica recorra mi cuerpo. No entiendo por qué sueño cosas así.
Se supone que los sueños quieren decirte algo.
¿Y ese? ¿Qué quiso decirme?
Casi siempre aparecen los mismos elementos: el bosque, los grandes árboles frondosos,
la oscuridad lúgubre. A veces me transmite paz; otras, miedo. Algo me persigue, me
aterroriza, y siento que empieza a afectarme incluso despierta. No son solo sueños cuando
mis delirios me siguen más allá del amanecer.
No sé si tenga relación con ese hombre que aparece en algunos de ellos. Nunca logro
ver su rostro. Aun así, necesito respuestas antes de perder la razón. Tengo que saberlo.

Al llegar a casa, lo primero que hago es aventar mi mochila al sofá e inspeccionar el


refrigerador. Todo lo que comí al mediodía ya no me hace efecto. Me preparo un puré de
papa con un pedazo de carne y, por supuesto, un chocolate caliente. Con este frío, es lo
único que apetece.
La cita con la psicóloga fue extensa y me dejó agotada mentalmente. Me hizo preguntas
básicas y, después de contarle todo, concluyó que estoy muy estresada. Dice que entiende
que los alumnos estén siempre al límite con tantas tareas y proyectos.
Le pregunté si solo el estrés podía provocar sueños así. Me respondió que no; también
pueden deberse a eventos traumáticos, ansiedad o incluso estrés postraumático. Sugiere
que es lo que me ocurre.
Pero yo no recuerdo haber vivido nada traumático. Mi infancia es un poco difusa, pero
estoy segura de que, si algo hubiera pasado, lo sabría… o mamá me lo habría contado.
La psicóloga me recomendó relajarme, intentar meditar antes de dormir, practicar
técnicas de respiración o, al menos, seguir una rutina nocturna. Si tan solo supiera que no
duermo… quizá se habría preocupado más. Y si le hubiera contado mis sueños completos,
sin omitir los fragmentos más extraños, ahora mismo estaría en manos de un psiquiatra.
Al terminar de comer, subo a la habitación, no sin antes lavar todo lo que usé. Es hora
de hacer deberes; eso me relaja y mantiene mi mente ocupada.
Subo las escaleras mientras juego con un paquete de galletas entre las manos. Si mal no
recuerdo, hoy mi madre sale temprano de trabajar. Debería preparar la cena antes de que
llegue.
Dejo caer el cuerpo sobre el colchón, saco mis cuadernos y enciendo la laptop mientras
busco en qué hoja apunté la tarea. Pongo música: la mejor manera de concentrarme es
así, con una canción que me guste y me haga olvidar todo. Tarareo la letra mientras
avanzo sin interrupciones.
Media hora después levanto la cabeza de golpe. Juro haber oído un ruido en la cocina.
Me incorporo y dejo mis cosas en la cama. Camino despacio hacia la puerta de mi
habitación, abrazándome a mí misma cuando noto el aire helado. Es un frío gélido y
seco, distinto al de la nieve: dentro de la casa siempre ha sido cálido.
Cada paso acelera mi respiración. No es la primera vez que lo siento. Los vellos de mi
piel se erizan, provocándome escalofríos.
Lo que más me aterra es no saber si estoy soñando o si es real. Bajo los escalones con
cuidado, procurando no hacer ruido, hasta que las luces empiezan a parpadear.
Dios, no… que no se vaya la luz ahora.
—Nomen ne quem deum. (No nombres a ningún dios).
La voz resuena a mis espaldas. Giro la cabeza bruscamente y la respiración se me atasca
en la garganta. Me aferro al barandal con fuerza. Esto es un sueño, Alya. No es real.
Trago saliva y observo al hombre que está al pie de la escalera. Sus ojos, completamente
negros —al igual que su cabello—, me hacen retroceder un paso, tambaleándome. Su
mirada es tan intensa que no puedo sostenerla.
¿Es un sueño o no lo es? No recuerdo haberme dormido. Siempre sueño con un bosque
oscuro, con alguien que me persigue. Nunca logro verle el rostro, pero sé que no es la
misma persona. No sé cómo lo sé, pero lo sé. Y luego están las voces, los gritos, que no
dicen nada y lo dicen todo al mismo tiempo.
—Te cura… et illum bastardum quem in utero portas cura. (Cuídate… y cuida de ese
bastardo que cargas en el vientre).
Retrocedo de golpe, tropezando con los escalones. Él comienza a subir y mi corazón
late tan fuerte que me aterra que se me salga del pecho. Doy media vuelta y corro
escaleras arriba. ¿A dónde puedo huir? ¿Dónde estaré a salvo de mis sueños?
Entro a mi habitación como puedo, a oscuras por la penuria de luz. Cierro el pestillo y
llevo una mano a mi pecho en un intento de tranquilizarme.
—¡Puedes correr, pero no esconderte, Alya! —brama con un tono grueso y amenazante
hace que mi corazón se dispare.
Al girar hacia la cama, el alma se me cae a los pies. El frío me invade.
Allí estoy yo. Dormida.
Mi cuerpo sigue en la cama, intacto, como si nunca me hubiera levantado.
Un jadeo escapa de mis labios y me acerco al cuerpo que descansa en aparente paz.
—Despierta, despierta, despierta. —Mi voz tiembla, apenas audible. Sacudo con fuerza
—. ¡Despierta, maldición! P-por favor… —imploro con voz rota.
De pronto, unas náuseas violentas me obligan a apartarme. Me incorporo de golpe y
parpadeo, desorientada. Estoy en mi habitación, en silencio. Me quedé dormida sobre la
tarea.
Me froto los ojos y me levanto con lentitud. No puedo seguir así. Hasta miedo me da
dormir.
Corro al baño cubriéndome la boca. Las náuseas no ceden hasta que devuelvo todo lo
que tengo en el estómago. Respiro hondo, agotada. Odio vomitar. Odio sentirme mal, y
eso es lo que ha sido esta semana: un malestar constante.
Miro la hora y regreso a mi cuarto, no sin antes enjuagarme la boca. El pasillo ya está
medio oscuro por el atardecer. Avanzo con una mano en la pared para no tropezar.
—Revertar pro te...
El susurro siniestro detrás de mí me hiela la sangre.
Giro la cabeza, pero lo único que encuentro es negrura profunda al nal del pasillo. Me
pellizco el brazo y hago una mueca.
Esta vez no estoy dormida.
Capítulo 3

ALYA

Abro los ojos de golpe al incorporarme. El sueño del bosque se repite, pero esta vez esos
ojos negros, vacíos, no me persiguen. Yo los busco. Recorro el bosque hasta encontrarlos,
hasta hacer preguntas que ni siquiera entiendo.
Nunca entiendo mis sueños.
Parpadeo frente a la pizarra. Lo único que escucho es al profesor repitiendo cómo
buscar una vena. Algo que ya sé. No necesito escucharlo otra vez.
Tener una enfermera como madre tiene sus ventajas: no empecé la carrera en blanco.
Con los años aprendí muchas cosas observándola o pasando horas en el hospital. Claro,
en la práctica todo es más difícil; lo sé. El hospital más cercano, en las afueras de Toronto,
es el Stanford, donde ella trabaja. Siempre está saturado, como si los accidentes nunca
dieran tregua.
Cuando suena el timbre, acomodo mi mochila al hombro y espero a que todos salgan
antes de moverme. Esquivo los cuerpos en el pasillo hasta llegar a mi taquilla. Tecleo mi
contraseña.
—¡Buuu!
Pego un salto. Rosie me observa con una sonrisa traviesa mientras yo frunzo el ceño.
Anoche casi no dormí por las pesadillas, y hoy la irritación me rebosa. Aparte… me siento
un poco mal.
—Déjate de esas cosas, no me siento bien —digo mientras tomo mis libros y cierro el
casillero.
—Me doy cuenta por tu cara —rueda los ojos y me sigue por el pasillo—. ¿Se puede
saber qué te sucede? En el almuerzo simplemente desapareciste.
—Me dolía la cabeza. No quería estar en la cafetería con todos gritando.
—Pudiste decírmelo. Hubiéramos ido a otra parte —no se aparta de mi lado mientras
esquivo a la gente como si fueran contagiosos.
—No quería molestar. Solo necesitaba un momento sola.
—Alya… para eso somos mejores amigas —se planta frente a mí y me obliga a
detenerme—. No me molesta que quieras espacio, pero dímelo. Un poco más de
comunicación no hace daño.
La miro a los ojos, suspirando, arrepentida. Asiento, entendiendo su punto. Tal vez fui
egoísta; la dejé almorzar sola y me escondí en la biblioteca sin pensar en ella. Giro la
cabeza: una sombra se desliza a mi costado. Los vellos de mi nuca se erizan. Quisiera
correr, como si alguien me mirara, aunque sé que no hay nadie.
Trago saliva y, sin decir nada, enlazo mi brazo con el de Rosie. Ella me mira
confundida, pero se deja guiar.

—Alya, hoy no llegaré a dormir. Tengo turno nocturno.


Dejo de teclear y levanto la vista. Mi primer impulso es decir: No, mamá, no me dejes
sola. Pero me contengo.
—Sé que prometí quedarme, pero me llamaron y debo ir —su voz suena cansada.
Suspiro hondo antes de dedicarle una sonrisa para que no se preocupe.
—Estaré bien, mamá. No te angusties —me levanto y beso su mejilla.
—Cierra todo, y si pasa algo, llámame —acaricia mi cabello y besa mi frente antes de
salir.
La casa queda en silencio. Oscura. Apenas son las seis, pero en invierno Toronto se
apaga temprano. Me acomodo en el sofá, de nuevo frente a la computadora. Mis
párpados pesan, pero me niego a cerrarlos: no quiero ver ese rostro des gurado en mis
pesadillas.
Clavo la mirada en un punto jo. No pienses en eso, Alya. Pensamientos malos atraen
energías malas. La idea de llamar a Rosie me cruza la mente, pero la desecho: está
castigada, no la dejarían hablar conmigo.
Dos horas después cierro la laptop y voy a la cocina. Mamá siempre deja comida lista en
la barra. Destapo un plato de espagueti y hago una mueca. Aunque es mi favorito,
últimamente el queso me cae mal.
Lo tapo de nuevo y reviso la cocina, buscando algo más. Me apetece un muffin de
arándanos… pero sé que aquí no encontraré ninguno. Mamá casi nunca compra pan;
solo en ocasiones especiales, cuando hace chocolate caliente.
Muerdo mi labio y me quedo parada en medio de la cocina, con la mente en blanco.
¿Qué podría tener de dulce? Debería ir de compras pronto: no hay nada dulce en esta
casa. Tampoco acostumbro comerlo seguido; soy más de lo salado. Pero cuando llega el
antojo… es bueno tener algo guardado.
Al girar sobre mis talones, mi mirada se clava en un pequeño panecillo sobre la mesa.
Un muffin. Me acerco despacio, temiendo que desaparezca igual que apareció. Lo
examino con detalle, lo toco con el dedo para comprobar que es real. ¿Ya estaba ahí?
De nitivamente no lo recuerdo cuando entré.
Lo tomo entre mis dedos, quito el papel que lo envuelve y le doy una gran mordida.
Gimo y cierro los ojos.
Sabe a gloria.
Relamo mis labios y, al abrirlos de nuevo, me encuentro con algo que no había visto
antes: una canasta repleta de muffins, de todos los sabores.
Sonrío, relamiéndome los labios al terminar el primero. Estiro la mano para tomar
otro, pero me detengo en seco y la retiro.
¿Cómo aparecieron, por arte de magia, todos estos muffins?
Escaneo la cocina con cautela, como si esperara encontrar a alguien. Vuelvo la vista a la
canasta. ¿Se los habrán regalado a mamá y yo me los estoy comiendo? No lo creo; me lo
habría dicho. O quizá los compró ella misma, como un obsequio por dejarme sola toda la
noche.
En n… lo cierto es que hay una canasta llena de muffins, y saben deliciosos. Tomo
otro y lo muerdo con gusto.
Al mover la canasta, un papel cae al piso. Me agacho para recogerlo. Al ver mi nombre
escrito, no puedo evitar leerlo completo. La caligrafía es descuidada, pero clara.
Mis ojos recorren las letras que revuelven mi estómago y amenazan con devolver el
muffin:
“Todo sea por el heredero del in erno, Alya.”
Capítulo 4

ALYA

Sin contarlos, sé que ya llevo demasiados muffins. Tal vez no sea bueno comer tanto pan
o tanto dulce, pero no puedo parar. Necesito calmar la incertidumbre y la ansiedad que
crecen poco a poco dentro de mí. Quizá no desaparezcan con los muffins, pero al menos
ayudan.
La nota arrugada descansa en mi mano derecha, mientras con la izquierda sostengo un
panecillo de chocolate. He leído esas palabras una y otra vez y sigo sin entender quién la
dejó ni qué signi ca.
¿Heredero del in erno?
Creo que estoy perdiendo la cabeza. Las pesadillas y la falta de sueño me están
afectando. Camino lentamente hacia la sala, ignorando los truenos y el golpeteo de la
lluvia en el techo.
Me siento en mi sofá preferido y dejo el papel sobre la mesa de centro. Subo las piernas
al asiento, pensativa.
Cuando fui con la psicóloga, me habló de pastillas para dormir y me recomendó no
pensar tanto en el tema ni ver películas de terror. Nunca me han gustado esas películas, así
que no entiendo por qué lo dijo. Lo de las pastillas tampoco lo veo necesario: puedo
dormir perfectamente… otra cosa es que no quiera, porque sé que apenas cierro los ojos
aparece el bosque, la cara des gurada, los gritos que retumban en mi cabeza.
¿Será todo producto de mi imaginación? ¿Y si la psicóloga tiene razón y sufro un evento
postraumático? ¿O es simplemente el estrés? Quizá mi mente inventa voces y escenarios
cticios para ocultar lo que en realidad me hiere.
Muerdo mi labio, mirando la nota en silencio. Debo dejar de comerme la cabeza con
todo esto.
Unos pasos en la segunda planta me ponen alerta. Me levanto despacio del sofá,
extrañada, y jo la vista en el techo, justo sobre mí: en mi habitación. Camino hacia las
escaleras intentando armarme de valor. Debería tener un arma, pero aquí lo único que
hay son jarrones y cazuelas.
Mi respiración se acelera; trago saliva para controlar el miedo que ya me recorre la
sangre. Hace un momento me sentía valiente, ahora retrocedo con miedo a subir. ¿Y si
alguien entró? No debería enfrentarlo sola. Debería llamar a la policía o, en todo caso,
salir corriendo de la casa… no subir a buscarlo. Eso es lo que siempre mata a los
personajes en las películas de terror.
A veces odio tanto quedarme sola.
Sé que mamá trabaja sin parar para mantenernos; es la vida que me tocará también.
Pero saberlo no implica que me sienta mejor.
Un golpe seco arriba me sobresalta. Me cubro la boca con ambas manos para contener
un grito. Los pasos resuenan con fuerza, como si alguien los diera a propósito, como si
supiera que hay alguien en casa y quisiera asustarlo.
Asustarme a mí.
Una puerta se abre. Los pasos recorren el pasillo. Dejo de respirar.
—Esto no es un sueño, Alya. No lo es… —mis manos tiemblan—. P-por favor… —
susurro, aterrada, al escuchar los pasos más cerca.
Trastabillo hacia atrás, sin dejar de mirar la escalera. Una gota de sudor resbala por mi
frente. El frío congela hasta los huesos, pero yo sudo. El estómago se me revuelve con
agresividad; las náuseas me encorvan. Trato de mantener la calma, aunque aquí no hay
nada de calma.
De pronto, un golpe me lanza contra la pared. Suelto un quejido lastimero mientras las
lágrimas me nublan la vista. El dolor se expande desde las costillas hasta la cabeza. Por
unos segundos me roban el oxígeno.
Veo una gura deslizarse por las escaleras y grito.
Cierro los ojos presa del pánico. No fue un espejismo. No lo imaginé.
—Alya.
Me tapo los oídos. Sollozo. Quiero que se calle, quiero dormir en paz. No estoy loca. Sé
lo que vi: una sombra. ¿Cómo demonios puede existir una sombra sin cuerpo?
—N-no… déjame —niego con la cabeza—. ¡Sal de aquí, déjame en paz! —siento mis
uñas clavarse en las palmas de mis manos.
—Alya.
—¡Deja de llamarme! No quiero ir. ¡Déjame, por favor!
Mantengo los ojos cerrados con fuerza. La presencia helada me rodea, la siento casi
encima. Tiemblo, acurrucada en un ovillo, convertida en una niña asustada. No temo
solo por mi vida… temo por mi mente, por lo que realmente estoy viendo.
—Hija, ya llegué.
La voz de mamá me arranca de mi estado de catatonia. Respiro con violencia, como si
alguien hubiera liberado una válvula dentro de mí.
Me incorporo aún temblando, limpio mis lágrimas y miro alrededor. Camino
tambaleante hasta el sofá y me dejo caer, apoyando la cabeza. El dolor de cabeza late con
fuerza.
Ni siquiera yo sé qué carajo pasó.
—¿Alya? ¿Te sientes bien, hija? —escucho a mamá como si hablara desde debajo del
agua. Distingo otras voces junto a la suya. Abro los ojos y la veo borrosa, doble.
—Mamá…
—Sí, cielo, aquí estoy —sus manos frías sostienen mi rostro—. Estás pálida, Aly.
—Todo me da vueltas… siento… me pesa todo…
—Y estás empapada en sudor. ¿Por qué tienes la calefacción tan alta?
—Mamá…
—¡Alya!
Es lo último que oigo antes de que la negrura me consuma. Esa misma negrura que
tanto temo desde hace meses.

Abro los ojos lentamente y me encuentro con el blanco techo de mi habitación. Frunzo
el ceño y llevo una mano a la cabeza por las punzadas de dolor. Unas tremendas ganas de
vomitar se apoderan de mi cuerpo; trago saliva intentando contenerlas. Trato de enfocar
la habitación mientras me incorporo despacio. Mi cabeza es una maraña de recuerdos
inconclusos.
Recuerdo las voces, a mi madre llamándome, los pasos en la planta alta. Todo llega de
golpe, como una bomba explotando en mi mente. Aprieto la sábana con fuerza al revivir
el impacto y la sombra.
—¿Alya? —la voz dulce de mi madre me arranca de mis cavilaciones. Levanto la cabeza
para mirarla en silencio—. ¿Te sientes bien, cielo?
—Yo… —me froto el rostro, intentando despejarme—. Quiero vomitar —susurro,
poniéndome de pie de golpe para correr a devolver la comida de la mañana.
—Ay, niña, me estoy preocupando —siento las manos de mamá sosteniendo mi cabello
mientras acaricia mi espalda—. Tanto tiempo encerrada con este calor pudo hacerte daño.
Quizá te deshidrataste o… mareos, vómitos… ¿no estarás embarazada, verdad?
Limpio mis labios con un trozo de papel antes de enjuagarme la boca por completo.
—¿Qué dices? —la miro con incredulidad—. Por Dios, mamá. Seguramente es por lo
de hace un rato, tenía el estómago revuelto.
Hago una mueca al recordarlo. Sus cejas se arquean, incrédulas. Sigue con su traje
blanco de enfermera y se ve tan agotada como siempre; seguramente llegó tarde y ni
siquiera pudo dormir por mi culpa.
—Tengo unas pruebas de embarazo en mi habitación, podrías hacerte una.
Suspiro hondo, conteniendo las ganas de rodar los ojos. Quisiera gritarle que soy
virgen, pero me lo guardo. No es necesario decirlo.
—Voy a traer una —anuncia, y sale del baño apresurada.
Me dejo caer sobre la tapa del inodoro, con la cabeza hecha un lío. Es más que obvio
que no es por eso. Es por la falta de sueño, por haber devorado tantos muffins sin saber
quién los dejó. Ni siquiera me detuve a pensar que pudieran estar envenenados.
Qué estúpida.
Comí varios sin sospecharlo… y después pasó lo de la sombra. ¿Cómo no se me iba a
revolver el estómago tras semejante horror? ¿Y si esos postres tuvieron algo que ver? ¿Si
contenían hongos alucinógenos que me hicieron ver cosas que no eran reales?
No busques excusas para tu locura.
Suspiro resignada, esperando a que mi madre regrese con esa dichosa prueba de
embarazo que no servirá de nada.
Capítulo 5

ALYA

Coloco la prueba sobre la mesita de centro antes de dejarme caer en el sofá con una taza
de té. Observo de reojo a mamá, que toma la prueba mientras espera a que aparezca la
rayita.
—¿Por qué tienes pruebas de embarazo en tu habitación? —pregunto con curiosidad.
—Una nunca sabe cuándo las necesita —responde, volviendo a dejarla en la mesa.
Le doy un sorbo a mi té.
—Que me desmaye y tenga vómito no quiere decir que esté embarazada. Lo sabes, ¿no?
—dejo la taza en la mesa.
—Soy enfermera, lo sé perfectamente, hija.
—Yo también lo sé, y quiero dejarte claro que estoy cien por ciento segura de que no lo
estoy.
—No perdemos nada con asegurarnos, mi niña.
Suelto un suspiro, agotada por el día. Me acerco a ella y tomo una de sus manos. Sus
ojos con ojeras, iguales a los míos, me observan con intensidad. No hace falta comprobar
nada; si me sometí a la prueba fue solo para tranquilizarla.
—Mami, nunca me he acostado con nadie. Seguro es una infección, un virus… pediré
una cita en el hospital o le diré a mi maestra de urgencias que me revise.
—Ay, mi vida… te juro que sí lo pensé. Y aunque iba a apoyarte en todo, me
preocupaba tu carrera. Te he visto estresada estos días, incluso ausente un par de veces
cuando hablamos. Me preocupas, mi amor. No me gusta verte cansada ni con esas ojeras,
como si algo te robara el sueño.
Mi carrera es lo único que me importa ahora. Estoy centrada en ella, con muy buenas
cali caciones.
—No te preocupes —beso su mejilla antes de volver a mi lugar. Tomo el té de la mesa y
miro de reojo la prueba. Frunzo el ceño—. ¿Qué demonios? —dejo la taza y la tomo
entre mis manos, desconcertada—. Mamá, salió positiva.
—Las pruebas caseras no son cien por ciento efectivas, Alya. Recuérdalo.
—Lo sé, lo sé… solo que se me hace extraño, nada más.
La miro en silencio mientras contemplo las dos rayas rosas. Un escalofrío me recorre la
columna y trago saliva con nerviosismo. Sé que no debo preocuparme; estoy tranquila,
segura de que en realidad es negativa. Me levanto y camino al baño para arrojar la prueba
al bote de basura, aún desconcertada. Muerdo mi labio al verla caer y me alejo,
intentando despejar mi mente.

—Bueno, Rosie, haremos el trabajo en mi casa. Total, estoy sola todo el día.
—Uy, ¿entonces podríamos hacer una esta?
Niego con una sonrisa mientras caminamos por los pasillos. La rubia siempre ha dicho
que mi casa sería perfecta para una gran esta. Y yo, claramente, no estoy de acuerdo.
Hasta puedo apostar que a mamá le parecería excelente… con la condición de que yo
limpiara después, claro.
—Deja esa idea, destiérrala de tu cabeza y mándala a volar.
—¡Alya! Nunca quieres hacer nada divertido.
—Una esta llena de adolescentes borrachos y drogados no es realmente divertida,
¿sabes? También hay personas que disfrutan de estar bajo la luz de la luna, comer algo
delicioso y tener una charla amena.
Su mueca me lo dice todo y me río en su cara al llegar a mi casillero.
—¿Lo dices en serio? Viniendo de ti lo creo. Y lo acepto también: me gusta eso… pero
las estas también son divertidas. No hay necesidad de beber; puedes bailar y estar al
mismo ritmo que los demás sin sustancias raras.
—Tienes razón, pero sin duda en mi casa no será.
—Podríamos tener cuidado —se recuesta en el casillero de enfrente mientras observa
sus uñas sin esmalte—. Te aseguro que hay estudiantes responsables.
—Si los juntas a todos en una misma casa, se volverá un caos, Rosie. No importa lo
responsables que sean.
Ella rueda los ojos; sabe que no logrará convencerme, aunque lo diga de broma.
Todavía me pesa haberla dejado sola aquel día, y lo último que quiero es hacerla sentir
mal. Sé cuánto le gusta experimentar cosas nuevas, y tampoco es que se prive de ir a estas
por mi culpa: tiene la libertad, y si quiere ir, puede hacerlo. Rosie es buena haciendo
amigos; no depende solo de mí. Fuera de la universidad tiene su propio círculo, y yo lo
respeto. No soy una amiga celosa.
Sonrío al verla, pero la expresión se me borra de golpe cuando mi mirada se cruza con
la del chico que pasa junto a nosotras. Es como si su cuerpo emanara un aura maligna.
Juro haber visto negrura alrededor de él. Camina despacio, sin prisas. Su ropa oscura
llama mi atención, al igual que su cabello. Pero lo que me hiela la sangre es el instante en
que sus ojos se encuentran con los míos.
Siento de repente un peso en el pecho.
Sus ojos rojos se graban en mi memoria como algo imposible de olvidar.
Inhalo varias veces, convenciéndome de que son lentes de contacto horribles. Me quedo
mirándolo como una estúpida hasta que solo veo su espalda. Trato de volver a la
normalidad; parece como si lo hubiera visto pasar en cámara lenta.
—¡Alya, carajo! —parpadeo, recuperando el sentido. Miro el rostro molesto de Rosie y
lo único que quiero preguntarle es quién es ese chico misterioso. Sentí que me robó la
existencia durante unos segundos.
—¿Quién era el pelinegro que acaba de pasar?
—¿Quién? —Rosie mira a su alrededor—. Me estás asustando, Alya. Llevamos como
diez minutos aquí solas —se cruza de brazos, molesta—. Seguro el profesor ya no nos
deja entrar, todo por quedarte a imaginar chicos.
Frunzo el ceño y vuelvo la vista al pasillo por donde desapareció el muchacho. Pero no
hay nadie. Está completamente vacío.
Un escalofrío me recorre la piel. Todavía siento su aura oscura estremecerme. Yo lo vi.
No puede ser que otra vez esté imaginando cosas… y ahora en la universidad, no en mi
casa.
Suspiro, apretando el libro contra mi pecho. Para que Rosie esté tan molesta, debí
quedarme demasiado tiempo ida. Por lo que recuerdo, todavía había alumnos en los
pasillos.
—Vamos a la cafetería a esperar la siguiente clase.
Ignoro el bu do de mi amiga malhumorada. Estoy tan metida en mi cabeza que juro
que el cerebro podría salírseme de todo lo que pienso.
Los ojos rojos vuelven a mi mente. Cierro los párpados y recargo la cabeza en la mesa
donde decidimos sentarnos. Trato de olvidar, de dejar mi cabeza en blanco.
El resto del día transcurre tranquilo, sin rastro del chico misterioso. No vuelvo a verlo
por ninguna parte. Tampoco escucho a nadie hablar de algún alumno nuevo. No sé cómo
tomármelo. ¿Acaso me lo imaginé todo?
¿Mi mente me está jugando una broma?
¿Por qué Rosie no lo vio?
Son las tres de la tarde cuando entramos a la última clase. Estoy más cansada de lo
normal y solo pensar en pizza con alitas me hace la boca agua. Todo el cuerpo me duele
como si estuviera a punto de resfriarme. Necesito una pastilla y que la clase acabe pronto.
Hoy analizamos la sangre de algunos compañeros: el tipo y otros parámetros
importantes. Rosie lleva rato rogándome que le dé un poco de la mía. Hay varios tubos
de ensayo con muestras de otros, pero ella quiere especí camente la mía. Como si tuviera
algo especial. Y no es que me asusten las agujas, pero me parece absurdo.
—Por Dios, Alya. Solo tantito, no seas tan mala —jala la manga de mi bata blanca—.
¿Vas a dejar que repruebe solo porque no me quieres dar tu sangre?
—Hay más justo frente a nosotras. ¿Por qué quieres la mía? Pareces una obsesionada.
—Sería interesante investigar la sangre de mi mejor amiga. —Le lanzo una mirada de
reojo y ella pone un puchero.
—No creo que tenga nada interesante. Es igual a todas las demás.
—Alya.
Junta las manos en señal de súplica. Suspiro hondo. Ay, por todos los cielos… siempre que
hace ese puchero me resulta imposible decirle que no. Soy tan malditamente débil.
Extiendo mi brazo en silencio. Su rostro se ilumina de felicidad. Sé que contiene el
chillido porque, de hacerlo, nos sacarían a las dos del laboratorio.

Acomodo las sábanas de mi cama mientras mastico una barrita energética. Es la tercera
en media hora. Parece que no hubiera cenado, aunque sí lo hice, y aun así el hambre no
desaparece.
Me siento y tomo uno de mis libros. Coloco la página donde me quedé y empiezo a
leer. Hace dos horas que Rosie se fue. Mamá tiene doble turno en el hospital y quizá no
llegue hasta la madrugada. Le dejé comida en el refrigerador para que no tenga que
prepararse nada.
Siempre llega agotada. Ni ganas tiene de cocinar. Y si ella no se cuida… la cuidaré yo.
Ya hice todos mis deberes de la semana. Solo me falta un informe para entregar en dos
días, y ya casi lo termino, así que no me preocupa. Suelo ser organizada y rápida con mis
tareas.
Una hora después dejo el libro, marcando la página, y lo coloco en la mesita de noche.
Apago la lámpara y me acomodo para dormir. Suspiro hondo antes de que una profunda
negrura me envuelva.
Bailo entre los jardines de la inconsciencia. Los ojos rojos me persiguen sin descanso,
amenazándome con hacerme daño. Pronto esos ojos se tornan negros. Las rosas rojas se
marchitan y se vuelven negras. Y grito.
Grito también fuera del sueño, cuando siento que alguien me toma del tobillo y me
jala, arrancándome de golpe de la pesadilla.
Mi pecho sube y baja descontrolado. La respiración entrecortada, los temblores y la
forma en que desperté me dejan aterrada.
Toda la habitación está en penumbras. Mentiría si dijera que no me da miedo encender
la luz. No soy capaz de hacerlo; pre ero la oscuridad antes que enfrentarme a que las
pesadillas sean reales.
De reojo miro el reloj en mi mesita. Son las tres de la mañana. Llevo una mano al
pecho, intentando controlar los latidos.
Acomodo la bata blanca sobre mí y noto que está subida hasta los muslos. Aquí no hay
viento… ¿por qué se movió?
Estoy a punto de dejarlo pasar y recostarme de nuevo, cuando un llanto de bebé me
congela.
Me quedo petri cada, intentando asimilarlo.
¿Y si alguien entró en la casa para hacerme una broma?
El miedo me paraliza.
El llanto se corta de repente. Cierro los ojos con fuerza, dudando si es una ilusión o sigo
dormida. Tal vez continúo atrapada en la pesadilla sin darme cuenta. Me pellizco un
brazo; el dolor me devuelve a la realidad.
Los abro.
Lo primero que me recibe son unos ojos rojos.
—¡Buh!
Un grito escapa de mis labios mientras retrocedo, asustada. Mi espalda choca contra la
cabecera y no me molesto en ocultar el dolor.
Si antes estaba asustada, ahora estoy aterrada.
El individuo se mueve por mi habitación con una familiaridad espeluznante. Lo único
que puedo hacer es observarlo en silencio. Ni siquiera sé cuándo se encendieron las luces.
Sus ojos rojos vuelven a encontrarse con los míos y algo se agita en mi interior.
Es una gura imponente: pantalones negros, capa oscura abierta que deja ver su pecho.
Subo lentamente la mirada hasta su rostro. Una sonrisa lobuna me da la bienvenida.
Podría jurar que da miedo cruzarse con él en la calle.
—Qué pocos modales tengo, maldición —pasa una mano por su cabello negro—. Me
presento: Häel Hidden. El que hará de tu vida un in erno.
Capítulo 6

ALYA

Mi cuerpo está paralizado; ninguna palabra sale de mi boca y no logro reaccionar. El tipo
frente a mí avanza unos pasos hasta el borde de la cama, y juro que quiero correr para
meterme debajo como una niña pequeña. Todas las emociones se disparan a la vez.
Quisiera huir, gritar, golpearlo si esto es una broma. O quizá cerrar los ojos y abrirlos de
nuevo para descubrir que no hay absolutamente nada. La habitación se siente fría,
lúgubre, como si con un solo movimiento todos los objetos fueran a volar contra mí.
¿Realmente esto es real o estoy soñando otra vez?
Mis cuerdas vocales no funcionan, el nudo en la garganta se intensi ca y… ¿ya dije que
quiero salir corriendo?
—Belle, belle, belle, eres más hermosa en persona.
Su voz mezcla picardía y seriedad, como si disfrutara de un juego retorcido. Retrocedo
en la cama deseando desaparecer. En un parpadeo su cuerpo aparece sobre el colchón, de
pie, como si se tratara del mismísimo Dios. Sin embargo, el aura que lo rodea no es
divina. Es atrayente, imponente, oscura, maligna. No puedo dejar de mirarlo, pero al
mismo tiempo me aterra.
Y entonces otra serie de preguntas golpean mi mente: ¿cómo entró?, ¿quién lo dejó
pasar?, ¿qué hace en mi habitación?, ¿quién es?
—¿Q-quié-n er-es? —la voz me sale quebrada; carraspeo y repito—. ¿Quién eres?
—Qué falta de respeto no reconocer a la gente. Pero te lo dejaré pasar, solo esta vez.
Camina con lentitud por la cama. Yo salto de un brinco y me alejo. Veo mi
oportunidad y corro hacia la puerta. Cuando intento abrirla, no cede. El corazón me late
a mil. Lo intento de nuevo.
Y otra vez.
Pero nada. Está completamente cerrada.
—Me pregunto por qué todas las protagonistas en las películas de terror intentan
escapar por algo tan obvio.
Cada bra de mi cuerpo está en alerta, temblando, aterrorizada. Ninguna respuesta llega
y eso me destroza más. ¿Estaré soñando? A veces no sé distinguir la realidad de una
alucinación.
—Lárgate de mi casa o llamaré a la policía —le muestro mi celular al girarme.
Su mirada grisácea me atraviesa. Ya no está sobre la cama: se encuentra a solo unos pasos
de mí. Pego la espalda contra la puerta. Su altura es impresionante, tanto que hasta me
atrevería a decir que no es humano. Su piel blanca contrasta con su cabello negrísimo.
¿En qué momento cambiaron sus ojos de color?
—¿Vas a llamar a quién? —una ceja se arquea con cinismo.
—A l-la policía —me maldigo mentalmente por el tartamudeo. Debo mostrar rmeza,
que entienda que haré lo que sea necesario para que se marche—. No tengo nada de
valor, así que lárgate.
—Oh, cariño, no estás comprendiendo.
Chasquea la lengua mientras se acerca poco a poco. Estoy congelada, incapaz de mover
un dedo. El celular se resbala de mi mano como si tuviera aceite. No soy capaz de
agacharme a recogerlo; he quedado pasmada por su cercanía y su belleza aterradora. Este
hombre no parece humano, no parece real… y de nitivamente no parece bueno.
—La única cosa de valor que quiero está justo frente a mí.
Trago saliva con fuerza. Intento sostenerle la mirada, pero es imposible. Algo me
oprime el pecho y termino bajando los ojos, incapaz de sostener sus orbes grises como la
luna.
—Mírame, Alya.
Levanto la cabeza apenas esas palabras salen de su boca. Frunzo el ceño al obedecer sin
pensarlo. Estoy segura de que no quise hacerlo. Esos ojos atrapan los míos y su cuerpo se
acerca aún más, hasta quedar a escasos centímetros. Su cabello negrísimo me recuerda un
detalle que regresa como un golpe de memoria.
El chico que vi en el pasillo de la universidad.
Esos ojos rojos que vi al inicio.
El frío lúgubre que sentí después.
La familiaridad que lo acompaña me revuelve el estómago.
—¿Quién eres? —me atrevo a susurrar.
—Creí haberme presentado ya —retira un mechón de cabello de mi rostro. Contengo
la respiración al sentirlo invadir mi espacio, robarme el aire.
—No te conozco.
—Mejor así. —Sus dedos cálidos toman mi barbilla y elevan mi rostro hacia él, tan alto
—. Solo nos unirá una cosa… y espero se mantenga de esa manera.
No entiendo absolutamente nada, pero algo dentro de mí asegura que él es el causante
de todas mis pesadillas, de esos sueños extraños que me han atormentado. De los rostros
que he visto, de los espectros —según lo que he investigado—. Si entró de alguna manera
a mi casa, ¿cómo lo hizo? Mi cabeza vuelve a llenarse de dudas sin respuestas. Todo es tan
confuso… una persona no puede aparecer de la nada en mi habitación. Y si lo hace, lo
más probable es que no traiga buenas intenciones, que busque herirme o matarme.
¿Entonces por qué no estoy gritando por ayuda?
Respiro con mayor normalidad cuando se aparta de mi espacio personal y pasea con
tranquilidad por la habitación. ¿Dónde más lo he visto antes? Estoy casi segura de haber
sentido esta familiaridad en otro momento.
Por alguna extraña razón, mi cuerpo se relaja y me permito alejarme de la pared donde
estaba atrapada. Miro mi cama deshecha y me muerdo el labio al recordar que llevo
puesto mi pijama favorito de ovejitas. El short blanco con estampado infantil y la
camiseta de tirantes a juego parecen burlarse de mí, regodeándose en mi vergüenza frente
a un hombre al que ni siquiera conozco. Nunca nadie había estado en mi cuarto antes…
¿cómo iba a saber que esta noche aparecería el primero, como por arte de magia? ¡Debo
haberme vuelto loca!
Regreso la mirada al intruso que sigue caminando por la habitación. Trato de ignorar el
calor en mis mejillas, me aclaro la garganta y suelto la primera pregunta:
—¿Cómo entraste a mi casa?
—Magia.
—Hablo en serio. ¿Qué haces aquí? —cruzo los brazos, intentando sonar amenazante.
Debería estar muerta de miedo, y lo estoy, pero también necesito respuestas—. ¿Eres tú
quien me provoca esas pesadillas?
El ambiente se vuelve helado al pronunciar esas palabras. Él se detiene y me observa
confundido. Incluso con el ceño fruncido mantiene un atractivo inquietante. Yo, en
cambio, debo de parecer una loca recién salida del manicomio: con el cabello revuelto y
el pijama más infantil del mundo.
—¿Pesadillas? ¿De qué hablas?
Trago saliva con nerviosismo al tener toda su atención.
—Te he visto en mis sueños… nunca logro ver tu rostro, pero algo en mí dice que eres
tú. Es la misma energía. Siento que ya te conozco, que te he visto en otro lugar.
Él niega y me da la espalda, aún con gesto desconcertado. Todo suena tan descabellado
incluso para mí, pero estoy convencida de que él puede darme respuestas.
—No sé de qué pesadillas hablas, pero yo no tengo nada que ver. Podría decirse que esta
es la primera vez que me presento así ante ti.
Gira el rostro y me hace sentir diminuta. Su mirada es tan intensa que mi estómago se
retuerce y el corazón se acelera como nunca antes.
—¿Y por qué siento que ya te conozco?
—Demasiadas preguntas por hoy. Solo vine a decirte que te cuides. No eres solo tú
ahora. —Su mirada se clava en una parte de mi cuerpo y de pronto una calidez extraña
me envuelve, relajándome aún más.
Ignoro lo que acaba de decir. ¿Cómo puedo estar tan tranquila si hay un hombre en mi
habitación que entró de quién sabe dónde? Relamo mis labios y asiento con debilidad…
estoy exhausta.
—Tengo mucho sueño… —murmuro adormecida. Los párpados me pesan como
plomo, se cierran solos. Lo veo acercarse de manera borrosa; su piel cálida roza la mía y
un chispazo me sacude al sentir sus dedos en mis brazos. Sacudo la cabeza como si
estuviera ebria.
—Si se te antoja algo, solo dilo. Estaré cerca.
Y eso es lo último que escucho antes de que todo a mi alrededor se consuma en pura
negrura.
Capítulo 7

ALYA

Llevo la taza de té a los labios y dejo que el sabor a tila inunde mi paladar. Desde la
ventana de la sala de estar observo la gruesa capa de nieve afuera. Nieva con fuerza y ni
siquiera mi madre puede salir del hospital para regresar. No me agrada tener que estar sola
tanto tiempo en casa, pero no voy a obligarla a arriesgarse. En estos meses las calles suelen
bloquearse por la nieve acumulada y el hielo; es peligroso salir, no solo por las bajas
temperaturas, sino por los accidentes.
La casa permanece casi en penumbras por las bombillas que parpadean o por los cortes
de luz. Sinceramente, no creo que todas fallen al mismo tiempo. Algo raro pasa con ellas
y no sé si quiero averiguarlo. Últimamente nada está tranquilo aquí: apenas logro cerrar
los ojos por las noches. Por eso me encuentro en la sala y no en mi habitación. Me siento
un poco más segura en la planta baja; al menos puedo correr hacia los vecinos, aunque
vivan a varios metros de distancia. Ese es el problema de conservar una casa vieja con un
terreno grande.
Aparto la frazada de mi cuerpo y llevo la taza vacía a la cocina, pero antes me acerco a la
ventana que da a la calle. Aún no es tan tarde, aunque la tormenta ya ha oscurecido todo.
El sol se ha ocultado y las calles permanecen desiertas. Suspiro, empañando el vidrio, y
me muerdo el labio antes de alejarme.
Estoy a punto de entrar a la cocina cuando un ruido en las escaleras llama mi atención.
Dejo la taza en la estantería y camino hasta el nal del pasillo para mirar el inicio de los
escalones y el segundo piso. No hay nada extraño. Carraspeo, sintiendo un nudo en mi
garganta.
—¿Häel? —el susurro se escapa de mis labios sin pensarlo.
Agarro el borde del pasamanos y comienzo a subir lentamente, deseando, por una razón
absurda, que sea él y no otra cosa. No debería pensar así, pero aquella noche no me hizo
nada. Me quedé dormida de forma extraña, sí; y al despertar todo seguía en su sitio,
intacto. No faltaba nada, así que no pudo ser un ladrón.
Mis pasos resuenan en el pasillo. Todo parece tranquilo, salvo el extremo, donde reina
la oscuridad. Otra bombilla ha muerto.
—Lo que me faltaba… a este paso voy a quedarme sin luz.
Un jadeo se me escapa al sentir un pinchazo en la planta del pie izquierdo. Me encorvo
y bajo la mirada, tratando de enfocar con la poca claridad qué ha traspasado mi calcetín
afelpado.
Cristales.
Hay fragmentos de vidrio esparcidos por el suelo del pasillo oscuro.
El corazón comienza a golpearme con fuerza en el pecho. ¿Qué ha pasado? Estos no
parecen restos de un bombillo roto; son demasiados, alineados como un camino de
cuchillas esperando a que alguien los pise.
Ignorando el ardor en el pie, retrocedo apoyándome solo en el talón y ayudándome
con la otra pierna para alejarme de allí y bajar. Pero un nuevo pinchazo me atraviesa el
pie derecho. Duele mucho más; me doblo intentando no caer. Si me desplomo ahora
sería una pesadilla.
Miro hacia atrás y mis ojos se abren de par en par: más vidrios brillan en el pasillo por
donde subí hace apenas unos segundos. No había nada allí.
Estoy segura.
¿Por qué ahora hay vidrio esparcido?
Las punzadas en ambos pies me con rman lo que temo: estoy sangrando. Aunque no
los veo aún, lo sé. Me esfuerzo por escapar de ese corredor, evitando más fragmentos, y
bajo las escaleras sosteniéndome con fuerza del barandal para no apoyar del todo los pies.
Cada paso es una tortura: siento cómo los cristales se clavan más hondo en mi carne.
Aprieto los dientes, conteniendo los quejidos. Las piernas me tiemblan.
Un gemido se me escapa al llegar al último peldaño y ver la huella ensangrentada que
dejo en la madera. No pensé que fuera tanta sangre.
Me dejo caer despacio hasta sentarme en el suelo. Doblo una pierna hacia mí y descubro
el calcetín empapado en rojo. El estómago se me revuelve. Aspiro varias bocanadas de
aire, con los ojos vidriosos. Necesito sacar esos fragmentos, o no podré volver a caminar.
Solo pensarlo me da ansiedad. Mi respiración se acelera.
Respira, Alya. Respira.
Saber que tengo vidrio incrustado en las plantas me genera un con icto mental
insoportable. Nadie va a hacerlo por mí. Tengo que quitarlos yo misma.
Debo arrancar los cristales antes de retirar el calcetín y curarme. Si un trozo queda
dentro, podría ser peligroso. Lo mejor sería cortarlo con unas tijeras, pero tendría que
arrastrarme hasta encontrarlas… y estoy perdiendo sangre.
Inhalo y exhalo con fuerza, luchando por controlar la ansiedad. Aspiro por la nariz y,
con la mano temblorosa, empiezo a retirar los pedazos de vidrio que asoman por fuera del
calcetín.
Un ruido más fuerte me sobresalta. Parece venir de mi habitación, en la segunda planta.
Lo ignoro mientras termino de quitar los cristales de mi otro pie. No estoy convencida de
que las bombillas lo hayan provocado: los fragmentos estaban dispuestos de manera tan
precisa que ningún espacio quedó libre.
Veo mis manos manchadas de sangre. Mamá va a asustarse.
Incluso yo estoy aterrada.
Las calles están bloqueadas y estoy sola. Nadie puede ayudarme, nadie puede llevarme al
hospital.
Mis ojos se nublan por las lágrimas contenidas, pero no puedo permitirme llorar. Tengo
que actuar.
Antes de quitarme los calcetines, un estruendo mayor sacude la casa. Algo pesado cae
por las escaleras. Un grito se me escapa al quedarme en absoluta oscuridad, como si las
ventanas se hubieran sellado y ningún rayo de luz natural pudiera entrar. No se ve nada.
Me arrastro por el piso a tientas. Los ruidos retumban en todas partes: pasos que se
acercan, golpes, crujidos. Dejo que las lágrimas corran libremente.
No sé qué demonios ocurre, pero esto ya se salió de control. Me tapo los oídos con
ambas manos y recojo las rodillas contra el pecho. Los sonidos aumentan: cadenas,
vidrios, pisadas. Es como si alguien quisiera destrozarme la cordura, y lo está logrando.
No sé si esto es una pesadilla, pero solo quiero despertar.
Quiero que pare.
—B-basta… ¡Basta ya! —mi grito sale distorsionado por el llanto. Entierro el rostro
entre las piernas y aprieto los ojos con fuerza, aún cubriéndome los oídos—. Por favor,
ya… —sollozo, al borde del colapso.
Suplico en susurros mientras me balanceo en el mismo sitio. Me siento dentro de una
película de terror, en la peor escena, en la peor situación. Podría morir.
Entre todo el caos, una caricia tibia roza mi rostro.
—¡Basta!
Y, de pronto, todo se detiene.
Ese grito no ha sido mío, pero sonó muy cerca. Un calor inesperado me envuelve al
sentir unos brazos alrededor de mi cuerpo. Estoy helada… o eso creo, porque los de Häel
se sienten ardientes. No sé cómo lo reconozco, pero lo sé.
Abro los ojos lentamente y los cierro de inmediato al percibir la luz que vuelve con las
bombillas. Cuando los abro otra vez, sus ojos grises se clavan en los míos. La intensidad
de su mirada me recorre de arriba abajo, deteniéndose en mis manos y en mis pies.
Sigo en shock. No me muevo, no hablo. Aún intento asimilar lo que pasó. ¿Qué fue
todo eso? ¿Él tuvo algo que ver? Todo se detuvo cuando gritó basta. ¿Se cansó de
torturarme? ¿Le di lástima?
—No me toques —logro decir, apartando las piernas.
La garganta me arde, tal vez por los gritos. No sé cuánto duró; lo sentí eterno. Me
arrastro por el suelo, alejándome. No quiero que esté cerca hasta que me diga qué fue
todo eso. Porque no lo soñé, no lo imaginé: mis manos siguen manchadas de sangre y mis
pies también, seguro.
—Voy a curarte.
—¿Curarme? —susurro, mirando mis palmas y mi ropa empapada—. ¿Tú lo
provocaste?
—No.
—Entonces… ¿qué fue todo eso? ¿Qué sucedió?
—Shh, solo quédate quieta.
Toma mis pies entre sus manos y comienza a retirarme los calcetines. Gimo de dolor y
echo la cabeza hacia atrás, apoyándola en la pared. Sus ojos se oscurecen hasta volverse
completamente negros. Una corriente helada me recorre la espalda.
Aprieta mis pies y los cubre con sus manos. Siento las plantas arder de calor. Pasan unos
segundos, luego me suelta. Cuando lo miro de nuevo, sus ojos vuelven a ser grises.
Levanto un pie, atónita: la sangre ha desaparecido. No queda ni una herida. ¡Ni siquiera
una cicatriz! Es como si nada hubiera pasado, como si el dolor nunca hubiera existido.
Mis manos siguen teñidas de rojo, y esa es la única prueba de que no fue una
alucinación.
—¿Cómo…? —me incorporo tambaleante, apoyándome en el sofá. Todo parece
normal; mis pies están intactos. Alzo la vista hacia sus ojos, aún consternada, al borde de
otro ataque de ansiedad. No he terminado de procesar lo que ocurrió y ya debo enfrentar
otra revelación—. ¿Qué eres?
Una sonrisa sombría curva sus labios. Hoy también viste de negro, pero algo distinto
llama mi atención: una corona de espinas oscuras descansa sobre su cabeza. Es hermosa…
y escalofriante.
—No voy a estar siempre cerca para salvarte de tus pesadillas.
—No fue una pesadilla —escarbo entre dientes, furiosa. Tenía las plantas destrozadas,
¿cómo puede decir que fue un sueño? Además, él borró las heridas en segundos. ¿Pretende
distraerme? No lo olvidaré jamás.
—¿Cómo estás tan segura? —arquea una ceja y observa la habitación, cruzándose de
brazos—. No hay nadie más aquí.
—¡Estaba despierta! Sé lo que escuché, no estaba soñando. —Niego despacio mientras
me acerco, desa ante. No me importa que me haya curado los pies ni que pueda
desvanecerse en un segundo. No me importa no saber qué diablos es—. Y ahora… vas a
decirme qué eres y qué está pasando a mi alrededor. Porque no es normal. ¡Vas a
decírmelo ahora!
Capítulo 8

ALYA

—¿Para qué quieres saber algo que no vas a entender?


—Podrías explicármelo —mantengo los brazos cruzados frente a él. Está sentado en
uno de los sofás como si fuese un rey, y la corona que lleva lo hace parecerlo, aunque sea
un rey oscuro y arrogante.
—Aun así, no creo que comprendas.
—Puedes intentarlo —ruedo los ojos ante su terquedad—. Siempre evades el tema, no
quieres hablar.
—Es algo de lo que te darás cuenta sola —se incorpora del sofá y se dirige a la cocina.
Frunzo el ceño ante sus palabras—. De hecho, ya te estás tardando.
Me dejo caer en el asiento que acaba de desocupar Häel. Las preguntas se amontonan
en mi cabeza desde que apareció, y él se niega a responder siquiera una. Pero de algo estoy
segura: no es humano. No puede serlo. ¿Cómo explico, si no, la corona en su cabeza o la
forma en que entra en mi casa sin hacer el menor ruido? Además, el piso superior está
completamente limpio cuando hace unas horas estaba cubierto de cristales.
Por el rabillo del ojo percibo algo moverse en la sala. Me levanto despacio. No es el
chico de cabello negro: lo escucho hurgando en mi cocina.
Me acerco sigilosa, aunque con miedo de lo que pueda encontrar, refugiándome detrás
de una mesita con un jarrón de ores, las favoritas de mamá. Estoy segura de haber visto
una sombra cruzar de un sofá a otro.
—¿Qué haces?
La voz ronca me hace saltar del susto. Me vuelvo hacia él con una mano en el pecho,
tragando saliva para controlar el corazón desbocado. A este ritmo me dará un infarto.
—Y-yo… escucho ruidos. —Su ceño se frunce y levanta una ceja.
—Estamos solos, relájate.
Se acerca lentamente, sin apartar los ojos de los míos. Son tan intensos que no puedo
desviar la mirada hasta que queda frente a mí y, avergonzada, bajo la cabeza. Su sola
presencia impone; sentir su atención me pone aún más nerviosa. Apenas le llego a los
hombros.
Una mano cálida me toma del mentón, obligándome a alzar la vista. Retengo el aire
cuando mi cuerpo entero vibra, como si una descarga me atravesara al contacto de su piel.
Entreabro los labios.
—De verdad escuché algo… —murmuro apenas—. Estoy empezando a pensar que me
estoy volviendo loca.
Él aparta la mirada de mi rostro para escudriñar toda la estancia con gesto analítico.
Luego se aleja, caminando por la casa. Su espalda se tensa cuando se detiene frente a las
escaleras.
Me abrazo a mí misma al sentir un escalofrío. No entiendo qué hace ni si percibe algo
que yo no, aparte del viento que azota afuera.
—No puede ser… —lo escucho murmurar.
Quiero preguntar, aunque estoy segura de que no me responderá. Pero lo intento.
—¿Qué pasa? —mi voz tiembla. El frío cala más hondo, y recuerdo que no he
encendido la calefacción. Me acerco hasta el pasillo donde está.
—No siento nada. —Lo observo de reojo mientras ajusto la calefacción al máximo, sin
que el ambiente mejore—. Es extraño.
Cuando me giro, me encuentro con sus ojos jos en mí, como si buscara algo. Yo no soy
el problema, genio. Eres tú.
O tal vez sí sea yo.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? Creí que tú lo provocabas. —Me cubro con la
manta que llevaba antes de que apareciera.
—Yo no haría nada para dañar a mi…
Se detiene. Lo observo con atención. Aprieta los puños como si acabara de caer en la
cuenta de algo que desconozco. De pronto, en un arranque, agarra la taza que había
dejado en la esquina y la estrella contra la pared.
Abro la boca, incrédula, al ver los pedazos de cerámica esparcidos.
—¡Oye! ¿Qué te pasa? —me incorporo de un salto—. ¡Era de mis tazas favoritas! —Me
lanzo contra él, empujándolo, aunque no logro moverlo ni un centímetro. No me
importa: no tiene derecho a hacer eso en una casa ajena, y menos con algo tan valioso
para mí—. ¡Tú vas a limpiarlo!
—Shh. Basta, o terminaré destruyendo toda la casa. —Sus ojos se tornan de un gris
oscuro.
—Pues lo limpiarás tú, imbécil, porque yo no. —Cruzo los brazos con furia—. Y me
devuelves mi taza favorita. —Extiendo la mano, molesta.
El miedo y la incertidumbre se desvanecen, sustituidos por la rabia. ¿Cómo se atreve?
He cuidado esas tazas por años; mi abuela me las dejó y seguían casi intactas. Ahora faltará
una en la colección.
La comisura de sus labios se curva apenas y, con un chasquido de dedos, siento un peso
en la palma. El aire se me corta al ver mi taza, perfecta. Estoy tan tentada de dejarla caer
otra vez.
La examino una y otra vez, convencida de que encontraré alguna grieta, pero no hay
ninguna. Es como si nada hubiera pasado.
Alzo la vista, esperando alguna explicación. Él sigue impasible, tan frío como la primera
noche que lo vi. Ni un rastro de arrepentimiento, ni la menor intención de contarme qué
fue eso.
Las palabras se me quedan atoradas.
—¿C-cómo?
—No voy a disculparme por romperla, pero ahí la tienes de nuevo. ¿Ahora sí puedo
destruir toda la casa? Prometo devolverla a su estado original.
—¡No! —abrazo mi tacita como si fuera lo más valioso que tengo, y lo es: una herencia
familiar que cuido con el alma.
Él rueda los ojos antes de dejarse caer en el sofá. Lo observo en silencio mientras me
acomodo de nuevo en mi lugar, arropada con la manta y aferrada a la taza.
Lo contemplo como si fuese un fenómeno.
Primero aparece en mi habitación en plena madrugada, luego cura mis pies como si
nada y, para rematar, repara lo que rompe. Magní co. Simplemente magní co.
—Esto es más difícil de lo que pensé —murmura, echando la cabeza hacia atrás. Lo que
más me sorprende es que la corona no se mueve ni un milímetro: está pegada a él como si
formara parte de su cuerpo. Su cabello está despeinado y, aun así, la corona permanece
intacta.
Frunzo el ceño con una mueca de terror puro. ¿En qué demonios me he metido? ¿Qué
es esta criatura tan hermosa como extraña? ¿Acaso me han maldecido?
—Tal vez si me explicaras qué está pasando y qué haces aquí sería más fácil.
Él sigue mirando el techo, relajado, como si buscara algo. Bajo la vista a mis manos, que
juguetean con los hilos de la manta. Tengo hambre. Lo único que he comido hoy es un
sándwich y una taza de té, y eso no llena a nadie. Mi alimentación nunca ha sido buena;
cuando estoy ocupada con clases y proyectos, termino olvidando comer como es debido.
Sé que no es sano, pero esta carrera me exige tanto que debo darlo todo, aunque no sea
su ciente.
—Se me antoja una pizza.
No sé por qué lo digo en voz alta. Me ha salido sin pensar. Lo peor es que, con la
tormenta afuera, dudo que alguien esté repartiendo comida, mucho menos pizzas.
Mi estómago ruge, como si quisiera devorarme por dentro. Podría buscar algo en la
alacena, pero nada se compararía a lo que imagino. Ya hasta estoy salivando al pensar en
el queso derretido, la salsa de tomate, el pan crujiente… Me levanto, me pongo las
pantu as y paso frente al intruso, que sigue observando el techo como si allí hubiera
respuestas. Entro en la cocina para buscar algo que calme mis tripas. Abro el refrigerador,
pero nada me apetece. Con una mueca, me dirijo a los cajones.
—Tu pizza está ahí. ¿Qué sigues buscando?
Me detengo en seco al escuchar su voz ronca. Giro la cabeza y lo primero que veo es
una pizza enorme, aún humeante, sobre la barra. Mis labios se relamen solos y mis pies
avanzan hacia ella sin que los controle.
Estoy segura de que hasta los ojos me brillan al contemplar semejante maravilla. El olor
del queso caliente hace gruñir a mi estómago. Cierro los ojos y suspiro, ignorando por
completo de dónde ha salido.
—Me encantaría preguntar cómo la conseguiste, pero tengo tanta hambre que me
importa una mierda.
Agarro una rebanada y la muerdo.
Dios… sabe a gloria.
Un gruñido me saca de mi trance. Levanto la cabeza con la pizza a medio comer y
arqueo una ceja al ver su expresión de pocos amigos.
—No pronuncies ese nombre.
Frunzo el ceño sin entender. Niego con la cabeza y sigo devorando mi pizza. Minutos
después, la mitad ha desaparecido y yo soy la única que ha comido. Me impresiona;
normalmente apenas logro acabar dos trozos, pero hoy debía estar muerta de hambre.
Bebo un poco de jugo y regreso a uno de los sofás, con el estómago lleno. Häel sigue
ahí, y me sorprende que no se haya marchado. Me envuelvo con la manta para entrar en
calor y lo encaro con rmeza. Hoy no me iré a dormir sin respuestas.
—¿Entonces? ¿Vas a contarme qué está pasando? —sus ojos grises se clavan en los míos.
—¿No vas a enloquecer o desmayarte?
—¿Desmayarme? Después de todo lo que ha pasado hoy, ¿de verdad crees que voy a
desmayarme? —alzo una ceja desa ante—. Lo que no prometo es no perder la cabeza.
Suspira antes de inclinarse hacia mí. Nos separa apenas el espacio entre los sofás, pero su
tamaño lo llena todo. Trago saliva, obligándome a concentrarme en lo importante.
Concéntrate, Alya.
—Mira, son cosas que quizá no comprendas o que no serán fáciles de procesar. No es
algo a lo que este mundo esté acostumbrado.
¿Este mundo?
Frunzo el ceño.
—Explícame, y si no entiendo, me lo explicas con manzanas. —Cruzo las piernas sobre
el sofá e imito su postura, como si estuviéramos a punto de compartir un secreto. Häel
rueda los ojos ante mi comentario.
Sus orbes vuelven a jarse en los míos, oscuros y amenazantes. A veces son de un gris
claro, otras de un gris profundo; no sé si es la luz o algo más. Su mirada es tan intensa que
me obliga a bajar la vista. No puedo competir contra ella.
—¿De verdad quieres saberlo? —susurra.
Asiento despacio, carraspeando antes de responder:
—Sí. Quiero saber todo.
—Bien… porque no hay vuelta atrás. Mi hijo ya viene en camino.
¿Su hijo? ¿Tiene un hijo?
Entreabro los labios y vuelvo a cerrarlos de golpe. No lo creo. ¿Un hijo? ¿Una familia?
¿Una esposa? ¿Por qué entonces apareció en mi habitación esa noche? ¿Qué quiso decir
con eso de su hijo viene en camino?
¿Será una metáfora? ¿Una adivinanza? ¡Soy pésima en esas mierdas!
¿Por qué no pudo ser más claro?
Las dudas me explotan en la cabeza, haciéndola doler. No sé de qué hijo habla, pero
estoy segura de que no tiene nada que ver conmigo.
¿O sí?
Después de todo lo que he vivido hoy, mi cerebro debe estar a punto de reventar de
tanta tensión, miedo e información a medias. Si él no piensa aclararlo, tendré que
averiguarlo sola. Descubrir de qué hijo habla… y qué demonios tiene que ver conmigo..
Capítulo 9

ALYA

Sigo confundida por las palabras del hombre de mirada sombría. Sus ojos se clavan en los
míos sin parpadear, como si esperara que dijera algo más. ¿Qué demonios voy a responder
si no entiendo nada? Podría explicarse mejor. ¿De qué hijo está hablando?
Termino recostándome en el sofá justo cuando él se pone de pie frente a mí. Por alguna
extraña razón, nuestras miradas permanecen unidas. Sus ojos han abandonado ese matiz
oscuro para volverse más cálidos. Si los míos son raros, los suyos lo son aún más… y hasta
me atrevería a decir que siniestros.
—¿De qué hablas? —pregunto, tragando saliva nerviosa cuando acerca su rostro al mío.
—Solo cuídense. Cualquier cosa, dices mi nombre tres veces.
—¿Tu nombre tres ve…?
—Shh. —Apoya un dedo en mis labios para callarme. Lo observo jamente. Maldita
sea, ¿por qué tiene que ser tan guapo? Su piel pálida hace que su cabello parezca aún más
oscuro y sus ojos, más hipnóticos—. Si no es algo urgente, puedes pedirle lo que quieras a
Shadow. Incluso si se te antoja algo.
Toma un mechón de mi cabello y lo juega entre sus dedos. Entorno los labios al sentirlo
tan cerca. ¿Soy yo o la temperatura bajó?
¿O acaso soy yo la que arde?
—¿Quién es Shadow? —murmuro, casi en secreto, por la cercanía.
Sus ojos vuelven a enfocarme. Toma mi rostro con ambas manos. Su contacto es cálido,
casi abrasador, como si tuviera las palmas al rojo vivo. No llega a doler, pero quema.
—Aparecerá cuando se le dé la gana. Es escurridizo, pero te hará compañía. —Sus
dedos recorren mi rostro hasta posarse sobre mis párpados. Cierro los ojos al sentirlos. Sus
labios rozan el aire que me rodea; mi corazón late tan fuerte que temo que reviente mi
pecho. Es como si mi cuerpo lo aceptara sin resistencia, sin pensar en lo que está
sucediendo—. Solo llámame si es importante.
Es lo último que escucho antes de que la oscuridad me consuma otra vez.
Ya parece costumbre.
Maldito cabrón.

Bajo el libro cuando escucho la puerta abrirse y las llaves de mamá tintinear sobre la
mesa de centro.
—¡Ya llegué, hija!
Dejo el libro abierto en la cama y me pongo las pantu as antes de bajar. Después de dos
días atrapada en el hospital por la tormenta, por n está en casa. Claro, ahora me tocará
quitar toda la nieve acumulada en el terreno, con el esfuerzo que eso implica.
Me abrazo a mí misma al llegar a la cocina. Lo primero que me golpea es el olor a pan
recién horneado. Mis labios se relamen solos mientras me acerco a la bolsa blanca de
donde proviene ese aroma celestial.
—No, Alya. Espera a que haga chocolate caliente. —Aleja la bolsa de mí. Frunzo el
ceño con la boca hecha agua.
—Oh, vamos, mamá. Solo un pedacito.
—No, hija. ¿Acaso te alegra más ver el pan que a tu propia madre? —Cruza los brazos,
dejando sobre la mesa los ingredientes para su famoso chocolate caliente.
Muerdo el labio, avergonzada, y corro a abrazarla.
—Claro que te extrañé. Mucho, de hecho. No es divertido estar sola. —Levanto la
cabeza y la miro mientras acaricia mi cabello.
—Lo sé, cariño. Pero además de la tormenta, el hospital estaba saturado —besa mi
frente antes de volver a la estufa—. Hubo varios choques por el hielo en las calles. Si me
dejaron salir es porque insistí en venir a ver cómo estabas.
Camino por la cocina arrastrando las pantu as, jugando con un hilo suelto de mi
pijama. Tengo algo atorado en el pecho desde hace tiempo, algo que nunca digo por
miedo a lastimarla, pero que no puedo callar más.
—Me siento sola aquí.
Lo susurro tan bajo que apenas lo escucho yo. Quizá, dicho en voz baja, no duela tanto.
Ella se esfuerza por nosotras mientras yo paso el tiempo encerrada en esta casa. Sí, podría
buscar un trabajo para distraerme o incluso ayudar con los gastos, pero la universidad me
consume… y mamá tampoco lo permitiría.
—Ay, hija… —Se detiene y me mira—. Sé que no paso mucho tiempo contigo, y ahora
no tienes a tu abuela para hacerte compañía. Pero debes entender que es mi trabajo, no
puedo dejarlo. —Acaricia mi cabello con ternura—. Podrías invitar a tu amiga, aunque
sea un par de veces a la semana. No quiero que te sientas así.
—Ella tiene demasiados deberes últimamente —relamo mis labios resecos.
—Puede venir, o tú ir con ella. Harían las tareas juntas y hasta podrían ayudarse. No
todo es universidad, Alya. Tienes que divertirte, salir aunque sea un día a la semana.
—Mm… puedo comentárselo.
—Hazlo, hija. Quizá ella también se sienta igual que tú.
Hago una mueca. Lo dudo. Su madre suele estar en casa, su padre los saca a convivir y
además tiene hermanos que, aunque dice que ya no soporta, en el fondo ama.
—¿No te gustaría tener una mascota? Podría hacerte compañía —sonríe. La miro; no
sería mala idea, al menos tendría un animalito para distraerme—. Puedo conseguirla con
alguno de mis amigos.
—Eso me parece bien… pero tú también deberías tomarte un día libre para salir, las dos
juntas. Así como me lo has dicho: no todo es hospital ni trabajo. —Me recargo en la
encimera mientras la observo.
De reojo, algo se mueve por la puerta que conecta con la sala. Frunzo el ceño. Fue
apenas un segundo, pero parecía algo pequeño.
—Trataré de conseguirlo, pero no prometo nada, cariño. Llega demasiada gente, y sabes
que es el único hospital cerca del pueblo.
—Está a unas horas de aquí y aun así es “el más cercano” —ruedo los ojos, apartándome
de la encimera—. Iré a mi habitación. Estoy leyendo un libro y necesito hacer un
resumen. Llámame si necesitas algo, mamá. —Beso su mejilla antes de salir.
Avanzo por la estancia con pasos lentos e inseguros. Desde que Häel desapareció no he
visto ni oído nada extraño. Todo parece tranquilo, aunque me obligo a permanecer
alerta. Las pesadillas siguen, siempre iguales: imágenes que se borran en cuanto abro los
ojos. Como si alguien me arrancara los recuerdos. A veces siento que soy la protagonista
de una película de terror en la que no se sabe si el personaje principal vive o muere. En
este caso… yo.
Hace meses no me importaba la oscuridad ni las bombillas fundidas. Ahora, en cambio,
cualquier rincón sin luz me eriza la piel. Siento que en cualquier momento saldrán manos
de las paredes para arrastrarme. Mi cabeza está tan saturada que ya nada me sorprendería.
Incluso he llegado a pensar que Häel es un demonio… o un ángel. Aunque dudo que los
ángeles vistan de negro y lleven una corona de espinas.
No sé cuánto más aguantaré sin respuestas. Quizá deba investigarlo por mi cuenta,
aunque lo sobrenatural no esté en mis manos.
Subo las escaleras. El pasillo es largo, con cinco puertas cerradas. Nunca lo había sentido
tan lúgubre como en las últimas semanas. Apenas se usan dos habitaciones, y la escasa
iluminación no ayuda.
La casa es enorme porque fue de mi abuelo, que en paz descanse. Se la dejó a mamá por
ser la menor. Hasta hace poco éramos tres aquí, hasta que mi abuela también partió. Me
alegra haberla acompañado en sus últimos días. Siempre fue cariñosa. Del abuelo no
recuerdo tanto, murió un año antes, pero lo poco que compartimos me marcó. Su amor
fue tan fuerte que, desde que él faltó, ella se mantuvo enferma.
Antes de morir me dijo algo que no entendí entonces:
—No puedo dejarlo solo. Me necesita.
No supe qué responder. Yo también la necesitaba. No quería que me dejara, pero él era
el amor de su vida. Esa noche se despidió de mí. Nunca se lo conté a mamá porque era
decisión suya. Su muerte fue tranquila. Y aunque la extraño demasiado, estoy segura de
que los dos me cuidan desde donde estén.
Lo siento. Algo dentro de mí me lo dice.
Me detengo frente a la puerta de su antigua habitación, acaricio la madera y después
entro a la mía, justo enfrente. Cierro la puerta con la intención de leer hasta que mamá
termine el chocolate caliente…
—¡Ahhh! —me pego a la puerta cerrada, con el corazón en la garganta. En mi cama,
alguien sostiene mi libro. Al escuchar mi grito se sobresalta y se esconde bajo las sábanas.
Llevo una mano a mi pecho, sin poder creer lo que veo. Lo poco que alcancé a
distinguir era extraño, como si no perteneciera a este mundo. No es muy grande; apenas
me llegaría a las rodillas.
Se destapa un poco, lo su ciente para que sus ojos me encuentren. Me aferro a la puerta
como si pudiera fundirme con ella.
—¿Q-qué eres? —balbuceo.
Trago saliva con di cultad. Mi corazón late tan rápido que temo que me dé un infarto.
—Soy un Shadow —dice al descubrirse por completo. Mis ojos se agrandan al ver los
pequeños cuernos en su cabeza—. El rey Lucifer me envió.
Capítulo 10

ALYA

Mi cuerpo sigue pasmado. La pequeña gura continúa hojeando mi libro como si buscara
algo más, como si realmente estuviera leyendo. Por su tamaño parece inofensivo, pero el
color rojo de su piel y esos cuernos me aterran. Si lo envió Häel, debe ser de su con anza;
dijo que estaría cuidándome. ¡Pero nunca especi có que sería un ser extraño como este!
Camino lentamente por la habitación sin apartar la vista de esa criatura. Jamás había
visto nada parecido en mi vida.
—No tenga miedo, estoy aquí para protegerlos. Mi señor me envió, no debe descon ar
de mí. —Se sienta en la orilla de la cama y sigue hojeando el libro. Sus piernas no
alcanzan el suelo; ahora que lo miro mejor, tiene forma humana, pero con esa piel
carmesí y los cuernos… ¡Por Dios, tiene cuernos!
Trago saliva y carraspeo antes de acercarme más a la cama:
—¿Qué eres? —pregunto, incapaz de ocultar mi espanto.
Al parecer mi expresión lo delata, porque sacude la cabeza con gesto consternado.
—Perdón por asustarla al presentarme así. —Baja de la cama y cierra los puños, como si
hiciera un gran esfuerzo. De pronto, su piel comienza a aclararse hasta adquirir un tono
pálido. Los cuernos desaparecen bajo una espesa mata de cabello negro y sus ojos se
vuelven completamente oscuros, como los de cualquier humano. Parece un niño ahora…
salvo por los pequeños picos que aún sobresalen entre el cabello revuelto.
—¿Cómo hiciste eso? —alargo una mano y rozo las puntas de su cabello; se sienten
reales.
—Solo oculté un poco mi forma natural. —Se encoge de hombros y vuelve a subir a la
cama. Tiene el tamaño de un niño de dos años… o quizá sea un enano, o un elfo.
Después de lo vivido esta última semana, ya no dudo de nada. Ni de dragones, si
aparecieran frente a mí.
Suspiro hondo y me siento en la cama, agotada. Mis párpados pesan de repente y
bostezo mientras lo miro seguir con el libro.
—¿Vas a contarme qué eres? —me acomodo sobre la almohada.
—Soy un demonio de jerarquía media, un Shadow. El único de mi especie que nació
con cuernos, soy afortunado. —Sonríe con orgullo—. He estado junto al rey Häel toda
mi vida, desde que nació lo cuido.
Me recuesto contra la pared, relamo mis labios y lo observo de reojo. Parece saber
mucho sobre Häel. Debería sonsacarle lo que él no quiso decirme. Pero primero…
dormir. Tal vez no sea lo más sensato al tener a este ser raro en mi habitación, pero una
voz interna me dice que no me pasará nada, que descanse.
O quizá es solo mi cuerpo exigiendo reposo.
—Dormiré un rato… —susurro, con los ojos ya entrecerrados.
—No se preocupe, duerma tranquila. Está agotada. Nada ocurrirá mientras yo esté
aquí… estoy para cuidar de ustedes.
¿De ustedes? ¿Se re ere a mamá? ¿O a alguien más?
Estoy cansada de que siempre me hablen a medias. Esa confusión me acompaña en mis
últimos pensamientos antes de que una calma absoluta me envuelva y me deje dormir…
hasta que las pesadillas regresan.
Allí, nadie puede protegerme.

Un estremecimiento me recorre el cuerpo por el aire helado del bosque oscuro en el que
camino. Estoy descalza y el vestido azul, ligero y delgado, no ayuda más que a estorbarse con las
ramas.
Mi respiración se acelera, como si huyera de algo. El miedo me oprime el pecho cuando
sombras comienzan a rodearme, otando a mi alrededor. Son negras, como humo que
amenaza con as xiarme. Cierro los ojos con el corazón desbocado.
Es solo un sueño, Alya. Esto no es real. Ignóralo.
—Abre los ojos… abre los ojos.
Niego rápido, rechazando esa voz en mi cabeza que insiste. Llevo las manos a mis sienes
mientras un dolor agudo me atraviesa el cráneo. Aun con los ojos cerrados, todo es fuego.
De pronto, el silencio. Pero apenas dura un instante, porque algo tira de mi vestido. Un
pequeño jalón… y en un segundo todas las voces y ruidos del bosque desaparecen.
Abro los ojos de golpe. Frente a mí, un bebé arrodillado. Lo que me hiela la sangre no es su
tamaño, sino sus ojos completamente negros, vacíos de vida.
El corazón late tan rápido que temo que se detenga. Retrocedo mientras el niño comienza a
gatear hacia mí.
—No… detente.
Un revoltijo me sacude el estómago; siento que voy a vomitar. Esto se siente demasiado real
para ser un sueño.
Me llevo una mano al vientre cuando siento un movimiento dentro. Bajo la mirada,
incrédula. Al alzarla de nuevo, el bebé ya no está.
Y aunque al principio me aterraba verlo… algo en mi pecho se llena de angustia. Quisiera
que volviera.
Empiezo a jadear, el aire no llega a mis pulmones. Giro la cabeza en todas direcciones
buscándolo, con un dolor as xiante en el pecho, como si hubiera perdido algo esencial y la
desesperación por hallarlo me devorara.
Frunzo el ceño y un alarido se me escapa cuando un dolor punzante atraviesa mi vientre.
Mis piernas ceden y caigo de rodillas. Una mano se aferra a mi estómago mientras la otra
sostiene mi cuerpo para no desplomarme por completo en el suelo frío y sucio. Sollozo,
desgarrada por el dolor, la angustia y el sufrimiento.
Alya.
Alya.
Alya.
Alya.
—Basta, b-asta. ¡Por favor!
Mi cuerpo no resiste más y se desploma bajo el peso del tormento. Me encojo en la tierra
húmeda, abrazando mi vientre con un brazo. Las lágrimas brotan sin control, igual que los
gemidos que escapan de mis labios. Algo en mí comprende lo que sucede, pero la otra parte se
niega: no, no puede ser eso. No puede estar ocurriéndome a mí.
Las voces y susurros se multiplican alrededor, tan cargados de agonía que ahogan cualquier
intento de que alguien me escuche. Y, aun así, siento que todas me llaman a mí.
—Paenitebit te quod cum illo contendisti. (Te arrepentirás de meterte con él).
Entre la pesadilla y el tormento, una voz oscura y venenosa retumba en mi cabeza. Y luego,
el dolor me arranca la conciencia.

Despierto empapada en sudor, jadeando. Siento los gritos atrapados en la garganta; no


sé si los solté en medio de la pesadilla o si me quedé muda. Lo primero que hago es llevar
una mano al vientre, temblorosa. Cierro los ojos y las lágrimas se me escapan, sin saber si
nacen del alivio o del miedo.
No puede ser.
Simplemente no puede.
—Qué bueno que despertó, ya estaba preocupándome.
Un sobresalto me sacude al escuchar esa voz junto a mí. Me recuesto otra vez en la
cama, recordando al Shadow. Me limpio las lágrimas como puedo, aunque mi mente y mi
corazón siguen siendo un completo caos.
—Tuve una pesadilla —murmuro—. Todo es tan confuso. —Frunzo el ceño mirando a
la nada.
—¿Una pesadilla? —me observa con la misma perplejidad que siento yo—. No parecía
una pesadilla.
—¿Entonces?
—Yo la llamaba y usted no despertaba. Estaba profundamente dormida.
—Pero… grité. En el sueño, grité.
—Debería hablar con el rey Häel.
—¿Rey? ¿Rey de qué? —pregunto con voz quebrada. Lo ha mencionado varias veces
desde que llegó y hasta ahora me atrevo a preguntar. De pronto, la corona en la cabeza de
Häel cobra un nuevo sentido.
Me acomodo torpemente en la cama, tratando de sentarme pese a la debilidad y al susto
que me oprime el pecho.
—El rey del in erno.
El ceño se me frunce y lo miro con brusquedad. ¿Escuché bien? La saliva se me atora en
la garganta. Lo dice con una naturalidad pasmosa, como si hablara de algo cotidiano.
—¿Del… in erno?
—Del averno, del abismo, del inframundo, de los bajos fondos, del hoyo… como
quiera llamarlo.
—¿Es… como el diablo? —aprieto una almohada contra mí. Nunca imaginé que sería
algo tan brutal. Claro que sospechaba que no era normal, que lo rodeaba lo macabro.
Todo lo que he vivido me lo gritaba. Pero escuchar esto en voz alta me sacude por
completo.
Tantas preguntas sin respuesta. A veces pienso que estoy loca, que todo es una invención
de mi cabeza retorcida.
—No suelen llamarle diablo. Ustedes lo llaman Lucifer, el ángel caído. —El Shadow
sigue paseándose por mi habitación, inspeccionándolo todo con calma, mientras yo
continúo paralizada—. Me sorprende que él no le haya dicho nada. Quizá intenta
protegerla. Aunque… también es un problema que no sepa a qué se enfrenta.
—¿A lo que me enfrento? ¿Yo? —me bajo de la cama y busco mis pantu as con manos
temblorosas. Tengo la boca seca. Necesito agua. O un psiquiatra. O una camisa de fuerza
antes de arrancarme la piel de la ansiedad.
—A todo lo que está ligada ahora. —Me mira de frente, y sus ojos son tan negros que
parecen no tener pupila. Un escalofrío me recorre el cuerpo—. Ahora mismo tiene un pie
en su mundo… y otro en el inframundo.
El color abandona mi cara. El calor, mi cuerpo. Y siento, incluso, que el alma se me
escapa.
—¿Iré al in erno entonces? ¿Voy a… morir? ¿Por eso están aquí? —me apoyo en la
cama, mareada. Es poca información, pero al mismo tiempo demasiado.
¿En qué mierda me he metido?
—Oh, no. No creo que el señor lo permita. Pero debe hablar con él. —Se encamina
hacia la puerta—. Estaré cerca si me necesita. Solo diga mi nombre: Horns.
Y, en un instante, desaparece.
Quedo sola, con la angustia apretándome el pecho.
¿Qué quiere Häel de mí? ¿Acaso mi alma, para arrastrarla al in erno? Pero entonces,
¿por qué envía a un demonio para cuidarme?
Vale, no me considero la más cristiana. Tampoco soy atea. Simplemente nunca me
importó ir a misa cada domingo. Pero no creo que por esa razón le haya gustado mi alma
al mismísimo rey del in erno.
Mierda.
Cuando lo pienso así, en voz tan clara, suena absurdo. Si alguien me lo contara, me
reiría en su cara.
Dios… ¿en qué lío me metí?
¿Será demasiado tarde para rezar o confesarme?
Capítulo 11

ALYA

Al terminar de bajar las escaleras escucho voces bajas en la sala. Frunzo el ceño y, antes de
ir por mi vaso de agua, me acerco para cerciorarme con quién habla mamá. Veo su
cabellera castaña y, junto a ella, la melena ceniza de mi mejor amiga. Me desconcierta
encontrar a Rosie aquí a esta hora, el sol ya se ha ocultado. En cuanto me mira, traga
saliva. Yo alzo las cejas.
—Hola, Alya.
—Oh, hija, qué bueno que bajas. Rosie llegó hace rato y, como estabas dormida, no
quiso molestarte.
—No molesta, mamá, lo sabe. Solo me sorprende verla aquí a esta hora. —Me acerco a
mi amiga y la abrazo. Su respuesta es extraña, incómoda. Si supiera todo lo que me ha
estado pasando… quisiera contárselo, pero estoy segura de que me tacharía de loca. Así
que mejor me callo.
—Solo quería que descansaras, tu mamá me dijo que tenías unas ojeras de muerte. —
Acaricia mi cabello cuando me siento a su lado.
De muerte, ja. Qué gracioso suena eso.
—No son de muerte, mamá. —La miro mal por usar esa palabra tan fea para
describirme. Menos ahora.
—Bueno, hija, es que parece que no has dormido en una semana.
—Sí duermo, solo que… —me encojo de hombros, sin saber qué decir—. Ya no se
borran ni durmiendo.
Fuerzo una sonrisa por mi mal chiste. Observo de reojo a mamá y luego a Rosie. Ambas
están demasiado serias, y eso me pone aún más incómoda.
—¿Y a qué viniste, Rosie? —me acomodo en el sofá.
—Bueno, yo… —se escucha nerviosa, y eso me descoloca. Ella siempre es tan alegre,
tan habladora—. Vengo a hablar contigo, Alya. —Me mira directo y toma mis manos
como si fuera a soltarme una bomba. Su rostro re eja angustia y algo más que no alcanzo
a descifrar.
—¿De qué se trata? —miro nuestras manos unidas; el pecho me arde de ansiedad—. ¿Es
algo malo?
—No… bueno, no lo sé.
—¿Entonces qué es? Habla. —Lanzo una mirada a mamá: está seria, consternada. Sea lo
que sea, ya lo sabe. Por eso hablaban a mis espaldas.
Más problemas para mi vida, supongo. Aunque, honestamente, nada supera el hecho de
que el mismísimo rey del in erno me tenga en la mira.
—¿Recuerdas la práctica de la profesora Marshall?
—Mm, sí. Casi me rogaste para analizar mi sangre.
—Bueno… nunca entregué el informe porque tenía tu nombre. —Aprieta mis manos.
—¿Y eso por qué? —frunzo el ceño.
—No sé si lo sabes y no quieres decirnos… o no lo sabes. —Me sostiene la mirada.
—¿Qué mierda no sé? —suelto sus manos, confundida y harta de tantas vueltas. ¿Por
qué no puede soltarlo de una vez?
Si resulta ser una enfermedad terminal, todo encajaría: las visiones, las sombras, incluso
las visitas del rey del inframundo. Aunque sigo sin entender qué tendría que ver con irme
al in erno. Según yo, no he sido tan mala persona. Creo.
—Tardé en repetir los análisis porque no creía el resultado, pero salió lo mismo una y
otra vez. Y no quise entregárselo a la profesora. —Aprieta los labios—. Tendría que
exponerlo… y eres mi mejor amiga. Si no quieres que nadie lo sepa, lo entiendo.
—¿Pero de qué estás hablando? —me pongo de pie y camino de un lado a otro, al
borde de un ataque de ansiedad. Noches de insomnio, días insoportables y ahora esto.
Que la gente que quiero me oculte cosas… es demasiado.
—De que estás embarazada.
Es como si un balde de agua helada me cayera de golpe. Una mezcla de locura y verdad
me revienta en el pecho. Es la con rmación de mis peores sospechas, algo que me negaba
incluso a pensar. Nunca en mi vida he estado con nadie, pero ¿quién me creería si lo digo?
Me tacharían de desquiciada.
Si las pruebas caseras que hice con mamá dieron positivo, y ahora también una de
sangre, no puedo seguir negándolo.
Lo peor es mi mente, que empieza a llenarse de hipótesis absurdas, ideas imposibles. Y
de pronto, como una inyección de recuerdos, vuelven todas las frases de Häel:
Nos va a unir una sola cosa.
Ya no eres tú solamente.
No hay vuelta atrás: mi hijo ya viene en camino.
Cuidaré de ustedes.
Me dejo caer en un sillón frente a ellas. Las palabras de Häel resuenan en mi cabeza;
todas esas advertencias veladas estaban ahí, y yo no las quise ver. La presión en mi pecho
me as xia.
—Pero… ¿cómo? —susurro, apenas audible. Es una pregunta para mí misma, porque
aún no lo comprendo. Y esa simple palabra basta para que mamá estalle.
—¿Cómo que cómo, Alya? ¿No pensaste en tu futuro? ¿En tus estudios? ¿No decías que
ser doctora era tu sueño? ¡Tanto que me he partido el alma por ti!
Preguntas me taladran por todas partes. Ya no sé si son suyas o si se mezclan con los
susurros en mi cabeza.
—Mamá, yo… —las palabras se me quedan atascadas. No sé qué decir.
Rosie luce incómoda con los gritos de mi madre, y tal vez culpable por haber guardado
silencio. Seguramente cree que le oculté que perdí mi virginidad, o que estaba con
alguien. Pero ni siquiera yo lo sé. ¿Cuándo ocurrió?
Mi rostro, desbordado de terror, agonía y ganas de llorar, hace que mamá detenga su
vómito verbal. Ha dicho tanto que ya no lo registro; estoy en un limbo, encerrada en mi
cabeza, buscando respuestas a todas mis dudas.
Ahora entiendo mis pesadillas: ese sentimiento de persecución, la desesperación por
alcanzar algo, incluso la última, con aquel bebé.
La expresión de mamá cambia. El enojo se disuelve en tristeza y decepción.
—Ay, hija… —me envuelve en sus brazos y yo dejo que las lágrimas broten—. Voy a
apoyarte, decidas lo que decidas. Si no lo quieres tener, aquí estaré. —Besa mi frente—. Si
otras mujeres pueden, tú también. Vas a ser una gran doctora.
Pero no lloro por mi futuro ni por la carrera. Ni siquiera por enterarme de que estoy
embarazada. Lloro porque no sé cuándo pasó. Porque no sé si alguien me tomó a la
fuerza y luego borró mi memoria.
Y si lo que Häel y Horns dicen es verdad… si vienen del in erno y no son humanos…
tratándose de Lucifer, no creo que haya pedido permiso. Solo tomó lo que quiso.
Y esa certeza me desgarra.
—Voy a apoyarte, mi amor. Lo que decidas estará bien para mí, pero entiende que un
hijo es una responsabilidad enorme… y no vas a poder con tus estudios a medias.
—Tranquila, mamá, no te preocupes por mi carrera. Voy a terminarla… de eso me
encargo yo. —Me levanto, limpio las lágrimas y miro a Rosie con una leve sonrisa—.
Gracias por con rmarme lo que ya sospechaba.
Claro… porque lo sospechaba tanto.
Sin decir nada más, les doy la espalda y subo corriendo a mi habitación sin esperar
respuesta. Estoy molesta y en shock al mismo tiempo, y el único responsable ni siquiera sé
dónde carajos está. Tal vez matando inocentes o encarcelando almas perdidas.
Cierro la puerta con pestillo y me revuelvo el cabello. ¿En qué mierda me metí sin
saber? No… en realidad me metieron sin darme opción.
Intento calmarme mientras miro mis libros de medicina esparcidos en la cama y el
escritorio. Necesito desahogarme antes de explotar. Todo esto me sobrepasa: un peso
aplastante se acomoda en mis hombros, la incertidumbre me devora. Camino de un lado
a otro, conteniendo la furia que crece con cada segundo.
—¿Por qué mierda no me dijiste nada? ¿O pensabas que bastaba con que me creciera la
barriga y listo? —grito a la nada, esperando que el maldito rey me escuche—.
Seguramente me tomaste a la fuerza y luego borraste mi memoria. —Aprieto la
mandíbula, los ojos arden de rabia—. ¡Eres un sinvergüenza!
Camino como león enjaulado, tirando de mi cabello, con las lágrimas queriendo salir.
Nunca en mi vida había estado tan enfurecida. Siento la sangre hervir en mis venas, mi
piel en llamas. Estoy a nada de empezar a lanzar cosas. Inhalo, exhalo. No basta.
Si antes tenía preguntas, ahora son más. Es como caminar a ciegas por un sendero
oscuro y neblinoso, atada de las manos y empujada por alguien que no muestra el rostro.
Mi alrededor está plagado de sombras y espectros.
Trago saliva, y por n dejo escapar las lágrimas. ¿Por eso las pesadillas? ¿Por eso todo lo
que veo en la casa? Por momentos llegué a pensar que estaba perdiendo la cordura.
—Debería calmarse, puede hacerse daño.
La voz del pequeño ser de cuernos surge en la habitación. Por pura rabia, lanzo al suelo
todos los libros del escritorio; una vela cae con ellos y el cristal explota. No me importa.
—Tú lo sabías.
Clavo las uñas en mis palmas; los puños cerrados me duelen. Camino hacia él,
señalándolo con el dedo.
—Mi señor hablará con usted cuando regrese.
—No me interesa lo que tenga que decirme. No quiero que regrese. Dile que no vuelva,
que no le daré ningún hijo y que busque a otra. ¡Dile que me deje en paz!
Estoy a un segundo de lanzarle algo por la cabeza. Pero él no tiene la culpa. No quiero
descargar mi furia sobre alguien que me habla con calma, con la preocupación dibujada
en ese rostro aniñado. El único culpable es ese demonio imbécil al que pienso reventarle
la cara en cuanto lo vea.
—Eso no puede ser. No hay otra más que usted.
Frunzo el ceño y lo miro jo. Está en el marco de la puerta, su expresión seria. Limpio
las lágrimas que aún corren por mis mejillas y me dejo caer en la cama. Siento el cerebro
a punto de estallar. Me aferro la cabeza con las manos.
—¿Por qué nadie me dice nada? —me tumbo, mirando el techo—. Quiero preguntar y
nadie responde. Ahora no solo tengo al rey del in erno respirándome en la nuca, sino
que… además, estoy esperando un hijo suyo. Dime que es una broma. Por favor, dímelo.
La súplica se quiebra en sollozos. Él hace una mueca de tristeza y se acerca. Se sube a la
cama y acaricia mi cabello con suavidad.
—Tranquila. El destino ya estaba escrito. Mi señor sabe todo… sabrá qué hacer.
—No entiendo de qué hablas. —Me reincorporo, confusa. Habla como si el futuro ya
estuviera decidido y ellos solo esperaran el desenlace.
—Lo sabrá a su tiempo. Se lo prometo.
Lo observo en silencio y suspiro, limpiándome la cara. Es extraño: si alguien me dijera
que este ser viene del in erno, no lo creería. Transmite paz, una calma inmensa. Si no
fuera por los pequeños cuernos que asoman entre su melena negra, lo abrazaría sin
pensarlo.
—Estoy harta de en su tiempo. ¡Quiero saberlo ya! —Camino al tocador y me miro en
el espejo. Mi re ejo parece consumido: cansada, pálida, con ojeras que parecen tatuadas.
¿Y si es el bebé?
¿Y si todo esto ocurre por él? ¿Y si mis pesadillas son su culpa porque no es humano?
Dios… hasta pensarlo me parece una locura.
Miro de reojo mi vientre aún plano y trago saliva.
—El rey Häel vendrá esta medianoche a hablar con usted. Debería descansar un poco
antes, lo necesita. —El pequeño tiende mi cama. Pese a su tamaño y los cuernos, me
inspira ternura. Quizá Häel lo mandó para cuidarme, y lo detesto por eso… pero al
menos me acompaña.
—Te dije que no quiero verlo. No lo quiero cerca.
—Debe venir. Si no, ¿quién responderá lo que quiere saber?
Buen punto. Suspiro hondo, me quito las pantu as y me recuesto, buscando la postura
más cómoda. De reojo miro a Horns —como me pidió llamarlo—, sentado en la esquina
de la cama, observándome. Hay algo raro en su mirada que no consigo descifrar.
—Gracias por cuidarme —susurro, somnolienta. El sueño me invade de golpe.
—Lo haría con mi vida, mi reina.
Recuerdo haber escuchado esas palabras antes, pero no sé dónde. Un déjà vu me sacude.
¿Y si ya lo había visto antes y no lo recuerdo?
Con ese último pensamiento, mi mente se apaga. Pero no mis pesadillas.
En ellas, nadie puede salvarme. Nadie puede protegerme.
Estoy sola.
Y esta vez… la pesadilla es la peor de todas.
Capítulo 12

ALYA

Despierto como ya es costumbre estos días: gritando, exaltada, con el corazón desbocado.
Los ojos me arden por las lágrimas y el dolor en el pecho me deja sin aire, como si me
aplastaran las costillas desde dentro. Respiro entrecortado, el aire se atasca en la garganta.
Entre el velo de lágrimas distingo una sombra acercándose.
—¿Se encuentra bien? —la voz de Horns me llega amortiguada, como desde muy lejos.
Quiero decirle que no, que acabo de tener la peor pesadilla de mi vida, pero las palabras
no salen. Solo puedo sollozar y jadear.
Dentro del sueño vi sangre. Escuché gritos. Sentí dolor.
Quiero decir que solo fue una pesadilla, pero algo dentro de mí me dice que no. Que
algo va a suceder.
Y eso me aterra aún más, porque vi muerte.
Vi morir a alguien.
—N-necesito agua —logro balbucear a medida que el llanto se apaga. Me recuesto de
nuevo, jadeando, y miro el reloj. Las tres de la mañana.
¿No que el maldito demonio iba a venir a medianoche?
—Aquí tiene, mi reina.
—No me llames así —le arrebato el vaso y lo bebo casi de un trago. Pero de inmediato
un sabor metálico, dulzón, me inunda la boca. Me separo del vaso con repulsión y lo
miro jo—. ¿Qué carajos es esto?
Solo quedan unas gotas negras en el fondo.
—Es agua del inframundo. El bebé debe de fortalecerse con…
—¿¡Por qué me das esta cosa!? —hago una mueca de asco, dejo el vaso a un lado y corro
al baño a enjuagarme la boca. El sabor persiste, pegajoso, como si se hubiera adherido a
mi lengua. No es del todo desagradable, pero pensar de dónde proviene me revuelve el
estómago.
—El rey la ha traído para que la beba. Le hace bien a usted y al bebé que carga en su
vientre.
Su voz se apaga al notar mi expresión encendida de rabia. Quizá se arrepiente de hablar.
Yo, en cambio, me siento cada vez más atrapada. No estoy acostumbrada a que las cosas
cambien de un día para otro, y eso es lo que ha sucedido. En un abrir y cerrar de ojos
descubrí que estoy embarazada y que el padre es alguien que jamás debió tocarme.
Es que todavía no lo creo. Tiene que ser mentira. Un chiste.
—¿Y quién se cree para decidir lo que entra en mi cuerpo? —digo con fuerza,
conteniendo lágrimas—. Solo pedí agua, ¿tanto era? Eso que me diste sabe horrible.
Bajo el tono al verlo encogerse, culpable. No es él, lo sé. Solo cumple órdenes del
imbécil que me arruinó la vida. Me siento en el retrete con la tapa abajo, buscando
serenidad. Después de soñar lo que soñé, lo único que quiero es un instante de paz. Pero
no: alguien manipula mis sueños, mis miedos… y hasta lo que bebo.
—¿Quiere agua? —su vocecita me hace levantar la mirada. Se lo nota arrepentido.
—Por favor.
Asiento y vuelvo a la cama. Tomo un libro para distraerme, para no seguir
sobrepensando. Quiero perderme en una historia que no sea la mía, en un personaje
cticio que sufra en mi lugar. Pero hasta eso me da miedo: ¿y si lo que imagine se hace
real? La mente es un mundo, y la mía parece estar maldita.
La escena de mi sueño se repite una y otra vez en mi cabeza. El sonido sordo del cuerpo
al caer, la sangre extendiéndose… Ni siquiera cerrar los ojos ayuda; solo intensi ca las
imágenes.
¿Por qué a mí? ¿Estoy soñando todavía? ¿Alguien me maldijo? Si es así, ¿quién me odia
tanto? Apenas convivo en la universidad, no tiene sentido.
—¿Ahora das órdenes a mis sirvientes?
Dejo de respirar. Esa voz ronca, demandante, llena el cuarto. Abrazo mis piernas contra
el pecho, encogida en la cama. El silencio es sepulcral.
Me gustaría decir que su presencia no me intimida, pero mentiría. Cada vez que lo veo
es la misma sensación: imponente, oscuro, con esa corona de espinas que parece fundida
en su cabeza y la ropa negra que se convierte en sombra alrededor suyo. No puedo negar
que es atractivo, pero no deja de parecer un depredador. Si me lo cruzara en un callejón
de noche, correría hasta quedarme sin aliento.
—Al n el rey nos honra con su presencia.
—¿Acaso me extrañaste?
—No digas estupideces. —Frunzo el ceño; el enojo me sube por la garganta—.
Mientras más lejos de mí, mejor.
—¿Qué tan lejos?
—Ardiendo en el in erno.
Mi respuesta solo lo hace reír. Si supiera que lo digo en serio.
—Podría cumplirte el deseo… solo si ardes conmigo. —Extiende una mano hacia mí.
—Ni loca me atrevería a bajar a ese lugar, y mucho menos contigo.
Me calzo las pantu as para salir de mi habitación. Su mera presencia me irrita, quizá
porque es el culpable de que yo esté en esta situación. La rabia en mi interior hierve como
lava, buscando salir de la forma menos agradable.
Nunca he sido agresiva; siempre intento contenerme para que mis emociones no me
dominen. Pero todo el mundo tiene un límite, y yo acabo de llegar al mío. Hay tanto que
quiero gritarle a este maldito demonio… No me importa si es el mismísimo rey del
in erno: aquí estamos en mi mundo, y si quiero, me proclamo reina y lo echo a patadas.
Claro, suena fácil. La realidad es otra.
—Tendrás que bajar en el momento de dar a luz a mi heredero —su voz suena calmada,
pero es una orden disfrazada. Eso me hace apretar los puños con tanta fuerza que exploto
sin pensar.
Sin medir consecuencias, agarro una de mis pantu as y la lanzo directo a su cara.
Impacta en su rostro serio y, en vez de reír, la frustración me arrastra más lejos: me
abalanzo sobre él y lo empujo con toda mi fuerza.
—¿No pudiste escoger a alguien más, imbécil? ¡Tienes millones de opciones en este
mundo, ¿por qué exactamente a mí?! —golpeo su pecho con los puños cerrados—. ¡Yo
tenía derecho de vivir mi vida como quisiera! ¡Solo tengo veintiún años! —sollozo—.
Quería terminar mi carrera, ayudar a la gente que lo necesita… ¿por qué? ¿Por qué ahora?
¡¿Por qué?!
Descargo toda mi furia en los golpes, y él simplemente permanece rme, sin mover un
dedo para detenerme.
—Tienes que tranquilizarte.
—¿Cómo me pides calma así, tan tranquilo? ¿Me escuchas siquiera?
—Te escucho. Siempre lo he hecho.
—Entonces escucha bien: no quiero esto. ¡No lo quiero! Era mi decisión también y
nadie me la respetó.
La fuerza abandona mi cuerpo. Häel suspira, sigue mirándome jo, y yo termino
desmoronándome en el suelo, dejando que las lágrimas me consuman. Él, recostado
como si nada, no dice ni una palabra. Ni un lo siento. Ni un tal vez debí preguntarte
primero. ¿Qué podía esperar del rey del in erno?
No lo quiero aquí.
Ni en mi cuarto.
Ni en mi casa.
Ni en mi mundo. Mucho menos en mi vida.
—Cuando te dije que haría tu vida un in erno, no mentía, Alya —su tono es oscuro,
como un golpe seco—. Esto ya estaba escrito. Quizá me precipité un poco, pero… no
podía seguir esperando.
—No entiendo nada de lo que dices. Siempre hablas a medias. Necesito que me
expliques qué está pasando.
—Lo harás en su momento. Por ahora, en tu estado, no es recomendable. —Siento
cómo me levanta del suelo con facilidad, mi cuerpo apoyado en su pecho cálido. Entre la
rabia y el llanto, el cansancio me vence.
—Quiero saberlo todo —murmuro apenas audible.
—No ahora. Primero debes beber el agua infernal que traje. Te ayudará a sobrellevar el
embarazo y hará que el bebé crezca más rápido.
—Sabe horrible.
—Y aun así la beberás. No querrás que los síntomas se multipliquen por cien en unos
meses.
—Es tu culpa. Yo no tendría síntomas si no me hubieras embarazado… De hecho, los
deberías tener tú.
Su risa baja me irrita aún más. Luego siento cómo me acomoda en la cama y me arropa
con las cobijas. Me hago bolita, temblando. El frío de este lugar siempre ha sido mi
mayor condena, y ahora ni siquiera tengo fuerzas para quejarme.
El colchón se hunde a mi lado y unos brazos fuertes me envuelven. Suelto un jadeo al
sentir el calor que irradia su cuerpo.
—¿Qué haces?
—Estás muy fría. Puede hacerle daño al bebé.
Cierro los ojos al sentir un movimiento ligero en mi vientre. No… imposible. Aún es
demasiado pronto para percibir nada. Quizá sea mi mente jugándome trucos. ¿O tal vez
Häel tiene razón y el bebé también siente el frío?
Ay, Alya… qué jodidas cosas piensas.
Todavía no asimilo que llevo un feto dentro, y mucho menos que su padre es un ser
sobrenatural. Tal vez mi cerebro inventa sensaciones. Sé lo básico de embarazos, nada
más. Estoy en shock, aterrada, pero en el fondo algo me susurra que todo estará bien. Esa
extraña familiaridad cada vez que lo miro… como si ya lo hubiera vivido antes.
Me acomodo en la cama, quedando acurrucada a su costado, aunque no lo hago por
gusto. Su mano asciende lentamente hasta posarse sobre mi abdomen. Lo último que
siento antes de perderme en el sueño es su cuerpo relajarse junto al mío, como si mis
golpes y mi furia nunca hubieran existido.
Capítulo 13

ALYA

Han pasado unas semanas desde aquel día en que me enteré de que estaba embarazada…
y de quién. Hay días en los que me siento tan exhausta que apenas llego de la universidad
me quedo dormida, lo que me complica aún más porque mis tareas no se hacen solas.
También estoy comiendo demasiado: los antojos son interminables.
Horns ha conseguido cada uno de ellos, aunque hay algunos que no me atrevo a
confesarle; se me han antojado cosas tan asquerosas que hasta me da vergüenza pensarlas,
mucho menos decirlas. Y, sin embargo, cada noche que Häel aparece con esas cosas
viscosas, a veces llenas de sangre, que he estado reprimiendo todo el día, termino
devorándolas como si fueran un manjar. El olor me enloquece, aunque mi cerebro grite
que no lo haga.
Quisiera culpar al bebé, porque sí, es por él. Pero en realidad es por el embarazo… y
por el maldito rey del in erno, que se cuela en mi cuarto cada noche con una sonrisa
oscura y lo que sabe que estoy deseando.
Ahora voy camino a la universidad. Llego una hora tarde porque no quería levantarme;
las cobijas eran demasiado tentadoras. Pero no puedo darme el lujo de faltar: le prometí a
mamá que pondría todo de mi parte, y lo haré. Aunque el frío se empeñe en detenerme.
Debo admitir que me siento diferente. Mi cuerpo se percibe in amado, pero sé que no
es solo eso: mi vientre empieza a tomar forma, el bebé crece demasiado rápido. No solo
tengo que asimilar que ya no soy solo yo, también que no se trata de un embarazo
normal. Los síntomas son más intensos, y quién sabe si siquiera dure nueve meses.
Todo lo que he aprendido en estos años de estudio tal vez tenga que aplicarlo en mí
misma. Nos han mostrado partos en teoría, pero nunca hemos participado en uno real…
y, siendo sincera, no quiero pensarlo ahora. Apenas son las ocho de la mañana, no es
momento para torturarme.
Entro al salón sin mirar a nadie y me siento al fondo. Saco la libreta, unos marcadores y
trato de concentrarme. La próxima clase es con Rosie y no sé cómo voy a soportar
mirarla. Seguro hará preguntas que no puedo responder, no porque no quiera, sino
porque ni yo tengo las respuestas. Camino a ciegas entre tinieblas, arrastrada de la mano
de Häel, sin saber qué precio pagaré por ello.
He llegado a sentir que veo el mundo con otros ojos. Que hay seres… mundos enteros
más allá del mío. He conocido al diablo —como lo llaman aquí—, al rey del in erno…
del cual llevo un hijo en mi vientre.
Joder. Suena tan absurdo cuando lo digo así. Como si fuera un libro de fantasía.
Bajo la mirada a mi estómago. Aún no se nota con la sudadera holgada, pero yo lo sé.
Intento enfocarme en la clase y en los apuntes; en dos semanas son los exámenes y
quiero terminar todo antes de vacaciones. Según mis cálculos, daría a luz justo en ese
periodo. Y aunque suene horrible, me alivia: no tendré que ausentarme ni volver después
hecha un desastre, distraída por saber cómo estará ese bebé lejos de mis brazos.
Son pensamientos que nunca imaginé tener tan pronto. Y aunque sigo preocupada, lo
extraño es que estoy tranquila. Sí, tranquila. Mi mente parece cargada hasta hincharse,
pero tranquila.
Cuando la clase termina, antes de entrar a la siguiente —donde veré a Rosie—, paso
por la cafetería. Me compro un yogurt y unas galletas; necesito algo dulce. Privarme de
antojos no está en mis planes, por más raros que sean. Igual que con las cosas asquerosas
que Häel me trae por las noches.
Camino al aula siguiente mientras mordisqueo las galletas de colores, con malvavisco,
coco con tado y una bolita de mermelada en el centro. Pero al girar en la esquina del
pasillo, me detengo en seco: está oscuro. Frunzo el ceño, confundida. ¿Por qué están
apagadas las luces?
Doy un paso y me paralizo. Un calor sofocante me envuelve. Bajo la vista y mis ojos se
abren de par en par: el suelo está cubierto de serpientes. Suelto un gritito ahogado y salto
hacia atrás. No, esto no puede estar pasando. Estoy en la universidad, no en mi casa. ¿Me
quedé dormida en clase?
Alzo la cabeza y todo se borra dentro de mí: al fondo del pasillo se levanta una gura
negra. La bolsa de galletas se desliza de mis manos al suelo sin que pueda evitarlo. Quiero
retroceder, pero no puedo moverme. Es como si mis pies estuvieran pegados con
cemento.
No tiene rostro, solo un vacío sin fondo. En su cabeza brilla una corona de espinas
enormes, más grotesca incluso que la de Häel. De su espalda se abren unas alas negras,
desordenadas, de plumas oscuras y marchitas. Todo su cuerpo parece un vestido inmenso
hecho de sombra. Se limita a observarme, aunque no pueda ver sus ojos.
Quiero gritar, pedir ayuda, decir el nombre de Häel o de Horns. Pero mi voz está
muerta en mi garganta. Esto no es un sueño. ¿Entonces qué es?
La desesperación me ahoga, mi pecho sube y baja demasiado rápido, la garganta se me
cierra, las manos me tiemblan. Estoy atrapada.
El mundo se nubla, la vista se apaga y mi cuerpo se derrumba en brazos de la
oscuridad… la misma que tantas veces me ha abrazado.
Me remuevo incómoda sobre la super cie dura bajo mi espalda. La cabeza me palpita
con un dolor punzante que apenas me deja abrir los ojos. Suelto un par de quejidos al
sentir también una punzada en el hombro.
—Ya está despertando.
—¿Alya? ¿Me escuchas?
Abro los ojos poco a poco, cegada por la luz directa sobre mi rostro. Llevo una mano a
la sien. Las dos guras frente a mí se ven borrosas a causa del dolor. Vuelvo a cerrarlos,
respiro hondo y los abro otra vez.
—¿Qué pasó? —susurro apenas, parpadeando. Primero enfoco a Rosie, que me observa
preocupada, y luego a la enfermera de la universidad, que me apunta con una lamparita
en los ojos. Frunzo el ceño, molesta.
Si ya ve que desperté, ¿por qué carajos sigue encandilándome?
—Te desmayaste en el pasillo. Seguramente por el embarazo.
La observo desconcertada. Lleva el cabello recogido en un moño apretado, uniforme
blanco y una bata del mismo color. No lleva maquillaje. Lo único que llama mi atención
es el cruci jo dorado colgado en su cuello. No puedo apartar la mirada de ese detalle.
Y, para ser sincera, ella nunca me ha caído bien.
De reojo miro a Rosie. Es la única que pudo contarle lo del embarazo, cuando no tenía
ningún derecho. Yo sé que no me desmayé por eso, sino por esa cosa espantosa que vi en
el pasillo. Algo de lo que tendré que hablar con Häel o con Horns. Si esa entidad hubiera
querido dañarme, ya lo habría hecho. Y aun así, otra ola de preguntas sin respuestas se
estrella en mi cabeza.
—Dijiste algunas cosas mientras estabas dormida.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Qué dije? —me incorporo sobre la camilla. Con razón me dolía tanto la espalda.
—Incoherencias —responde la enfermera sin quitarme los ojos de encima—. Hablabas
de un rey del in erno, de sombras que te persiguen, de pesadillas… y de la muerte.
La encaro de la misma forma que ella lo hace conmigo. Es como si pudiera meterse en
mi mente, revolver mis recuerdos y secretos, como si conociera cada pesadilla. Me
incomoda esa mirada oscura que parece saber demasiado. Carraspeo antes de responder.
—Seguramente estaba alucinando.
—Seguro que sí, cariño. —Su expresión cambia de golpe a una sonrisa dulce, como si
no hubiera dicho nada extraño.
—Gracias por todo. Acompañaré a Alya a casa. —Rosie me ayuda a bajar de la camilla.
Al mover el brazo izquierdo, una punzada me hace fruncir el ceño. Bajo la mirada: un
pequeño curita cubre la vena.
Aprieto los labios y me guardo el comentario hasta salir de ahí.
Los pasillos están desiertos. No sé cuánto tiempo permanecí inconsciente, pero al
parecer las clases ya terminaron. Mi mente es un caos, llena de neblina. La enfermera se
comportó de manera extraña, y ese cruci jo no me inspiró nada de con anza. Hace
meses quizá no me habría importado, porque en sí no tiene nada de malo: solo demuestra
que es devota. Pero había algo en la forma en que me observaba… No le gustó nada lo
que dije dormida.
Desde que descubrí que el in erno existe, que hay seres que caminan entre nosotros
robando almas y arruinando vidas —según lo que Horns me contó—, siento que todo
está dividido en bandos. Y me arrastraron a uno sin pedir mi consentimiento. Eso es lo
que más aterra.
No toda la gente es buena; simplemente hacen lo que creen que es correcto según sus
creencias, su fe. Y no es que yo esté en contra de eso: cada persona es libre de tener su
propia opinión. No es que haya sido de las más devotas a la iglesia ni que me pasara
leyendo la Biblia por curiosidad, pero fui algunas veces con la abuela y con mi mamá.
Nos regíamos por las reglas y creencias que se mencionaban en cada misa. Incluso yo
llegué a pensar que algún día me casaría por la iglesia.
Y ahora… ahora todo esto se siente como si hubiera cometido un pecado imperdonable,
un insulto para quienes hacen de la religión su vida. No solo llevo en mi vientre al hijo
del mismísimo Lucifer, sino que daré a luz al heredero que continuará reinando sobre las
tinieblas. Eso es lo que me inquieta. Nunca se sabe cómo puede reaccionar la gente. Es
mejor guardar mis pensamientos para mí.
—¿En qué piensas tanto?
—¿Por qué le dijiste a esa mujer que estoy embarazada?
—Porque es la enfermera, Alya. —Frunce el ceño, confundida.
—Aun así, Rosie, no tenías que decirle nada. No sabes si después se lo cuenta a alguien
más y se corre la voz.
—Te encontré desmayada en medio del pasillo, ¿qué querías que hiciera? ¿Que te dejara
tirada? Nadie entendía por qué habías caído, solo di un poco de información.
—Claro, un poco.
—En algún momento van a enterarse. La panza no va a esconderse sola.
Ruedo los ojos frustrada. Sé que tiene razón, pero me irrita que se lo haya dicho justo a
esa mujer.
—Además, ¿qué me hizo en el brazo? —miro la bandita pegada en la zona donde se
exiona.
—Te sacó sangre. Le dije que no era necesario porque ya estaba con rmado, pero no
dejabas de moverte ni de decir incoherencias. —Nos detenemos frente a mi casa; pateo
una piedra—. Estás muy distinta. —Me mira directo—. ¿Dónde quedó mi mejor amiga?
¿No piensas contarme nada? Me sentí fatal diciendo que no sabía quién era el padre
cuando se supone que lo sabría todo de ti.
—¿Qué? ¿Preguntó quién era el padre?
—Sí, me hizo varias preguntas y no pude responder ninguna porque no sabía nada.
—Ay, Rosie… —me tallo los ojos con frustración—. No puedo contarte. Y tú tampoco
deberías ir soltando lo que no te concierne a desconocidos.
De reojo distingo a alguien parado junto a la ventana de mi habitación. La luz está
apagada, pero apostaría un millón a que es Häel.
—No sé por qué me preocupo por ti si ni siquiera te importa. Perdón por intentar ser
una buena mejor amiga.
Dejo de mirar al demonio en la ventana para ver cómo Rosie se aleja, molesta. Hago
una mueca con ganas de detenerla, pero me contengo; entierro las uñas en mis palmas
con fuerza. Es mejor que se mantenga alejada de mí por ahora. No puedo decirle nada, y
verla así solo hará que se me suelte la lengua.
Cuando vuelvo a mirar la ventana ya no hay nadie; las cortinas están cerradas. Desde
afuera, mi casa se ve algo descuidada: ni mamá ni yo nos preocupamos por limpiar las
hojas secas de los árboles, siempre hay más y la nieve termina cubriéndolas. Abro el
portón negro y entro deprisa. Solo quiero llegar a mi habitación y enfrentarme a ese
maldito demonio.
Capítulo 14

ALYA

Al cruzar la puerta, el ambiente cálido de la casa me cubre como si fuese una enorme
cobija sobre los hombros. Desde que salí de la universidad, después de todo lo que pasó,
he querido comprar algo en la cafetería. Las galletas que había comprado ni siquiera llegué
a disfrutarlas, y el hambre me está matando. Ahora como el doble, y se nota. Mis
porciones son mucho más grandes que antes y, lo más extraño: me la paso devorando
carne. Nunca he sido fanática, apenas la probaba de vez en cuando, y aun así se ha
convertido en mi obsesión.
Antes de subir a mi habitación a enfrentarme con Häel, paso directo a la cocina a ver
qué encuentro. La verdad es que cada vez que busco comida aparece algo delicioso y
recién hecho, como si alguien lo preparara solo para mí. Y sé perfectamente quién es el
culpable. Nunca le he preguntado, pero no necesito hacerlo. Tengo dudas, claro, pero…
¿para qué sumar más a la lista de interrogantes que ya me pesan? Se trata de comida, nada
más. Ya después le preguntaré de dónde carajos la saca.
Ahora lo único que quiero es carne.
Rebusco en el refrigerador y saco uno de esos juguitos de manzana en caja; le clavo el
popote y bebo mientras sigo explorando en busca de algo que llame la atención de mi
bebé.
Al girarme, suelto un respingo: el mismísimo rey del in erno está parado frente a mí.
Sus ojos, de un gris claro, me atraviesan; la corona descansa sobre su cabeza, y mechones
de su cabello negro caen sobre la frente. Me quedo mirando un segundo de más, sobre
todo cuando noto que su mirada se queda ja en mi estómago.
—Hay espagueti con carne en la barra.
Me giro y ahí está: un plato enorme, rebosante de pasta humeante.
—No lo había visto cuando llegué… gracias. —Intento rodearlo para ir hacia la
comida, pero me corta el paso con un brazo. Lo miro de reojo, fastidiada. Mi estómago
gruñe como si quisiera devorarme por dentro.
—¿Qué pasó en la universidad?
—Si lo sabes, es porque ya viste exactamente qué ocurrió.
—Quiero escucharlo de tus labios.
—Ni yo sé qué fue. —Cruzo los brazos, más molesta porque no me deja comer que por
la pregunta—. El bebé va a devorar mis tripas si no como ese espagueti ahora mismo.
Rueda los ojos y nalmente aparta el brazo. No pierdo un segundo: voy directo al plato
y clavo el tenedor como si no hubiera mañana.
No me importa si Häel me observa o no; estoy demasiado ocupada devorando la pasta.
Desde el primer bocado siento cómo el alivio se esparce por mi cuerpo. Últimamente la
comida me sabe demasiado bien, los aromas llegan a metros de distancia, y por suerte ya
no sufro esos ascos horribles del inicio. Lo agradezco. Nunca me ha gustado la sensación
de tener el estómago revuelto, y mucho menos vomitar.
Me relamo los labios, limpiando restos de salsa picante de tomate, exactamente como se
me antojaba. Reclinada sobre la encimera, como si fuera lo más normal del mundo, sigo
comiendo mientras busco con la mirada un vaso para bajarlo con agua. Entonces escucho
de nuevo su voz:
—Hay jugo de arándano justo frente a ti.
—¿No querrás decir que acabas de poner mi jugo favorito frente a mí…?
—Es lo mismo. —Vuelve a rodar los ojos y se deja caer en una silla.
Lo miro en silencio, luego tomo el vaso y bebo antes de seguir con mi festín.
—¿Se puede saber de dónde sacas toda esta comida? ¿Es falsa, una ilusión?
—Es real. Solo la hago aparecer. No sé de dónde viene ni quién la prepara, solo elijo lo
mejor, recién cocinado.
—O sea… ¿me estás diciendo que clonas la comida original, pero al nal sigue siendo
comida?
—No. Es la comida original.
—Entonces… ¿se la quitas a alguien?
—Relativamente.
—¿Cómo que relativamente? ¿La haces desaparecer y aparece aquí para mí, no? —Miro
mi plato y mi jugo, consternada.
—Así es. —Se reclina en la silla y se revuelve el cabello en la nuca, relajado, como si
robar comida no fuera un pecado.
Y claro, ¿qué otra cosa podía esperar? Es el maldito rey del in erno.
La culpa me revienta por dentro. Aparto el plato, incapaz de seguir comiendo algo que
probablemente alguien más esperaba en otra mesa.
—Ay, por favor… no empieces con esa mierda. Cómelo todo.
—Claro, como tú no puedes sentir ni un poco de remordimiento por la gente que
seguramente se esforzó cocinando. —Me levanto furiosa y camino hacia mi habitación,
pensando en todo lo que ya había comido sin saber de dónde provenía.
Tal vez suene hipócrita después de tanto tiempo… y más por no preguntar de dónde
demonios salían los trozos de carne que me traía. Mejor ni imaginar cómo los conseguía,
porque en cuanto pienso en eso, el antojo se me muere. Maldita sea todo.
—¡Me importa una mierda esa gente, lo único que quiero es alimentar a mi hijo! —
Escucho cómo la silla se estrella contra el suelo. Sí, alguien se ha molestado.
—¡Lástima que tu hijo esté dentro de mí! —Empiezo a subir las escaleras. Sus pasos se
acercan, pesados, pero no me molesto en voltear. Si quiere pelea, se la voy a dar.
—Ven aquí ahora mismo, si no quieres que suba por ti. —Su voz es áspera, cargada de
veneno. Mucho más ronca, más profunda.
—¿Y si no qué? —En lo alto de las escaleras me giro sobre mi eje. Ahí está, abajo, con el
ceño fruncido y la furia marcada en cada línea de su rostro—. ¿Qué vas a hacerme, ah?
Sé que no debería provocarlo ni desa arlo, sabiendo lo que es capaz de hacer. Pero no
puedo detenerme. Una parte diminuta de mí se repliega, encogida, temiendo que
realmente me lastime. Esa parte busca un refugio en la sombra de Horns, por si esto se
sale de control.
—Noli id scire, parvula. (No quieres saberlo, pequeña).
Frunzo el ceño, sin entender, y ruedo los ojos antes de darme la vuelta para marcharme
a mi cuarto.
—Blah, blah, b…
El resto de mi burla se ahoga en un brutal empujón que me lanza hacia una de las
habitaciones vacías. Mi cuerpo choca contra el suelo y caigo de rodillas. Apenas logro
frenarme para no estrellarme boca abajo y aplastar mi vientre. El aire se me escapa en un
jadeo desgarrado. Detrás de mí, un portazo retumba, dejándome atrapada en una
penumbra cerrada y sofocante. El silencio que le sigue me pone la piel de gallina.
¿Häel hizo esto? ¿Piensa castigarme?
Me quedo quieta un instante, intentando enfocar algo en la negrura. Me acomodo con
torpeza en el suelo: las rodillas y las palmas me arden por el golpe. Dios… me arrojó con
demasiada fuerza. Trago saliva al ver que lo único visible es la delgada línea de luz
ltrándose bajo la puerta.
Me obligo a ponerme de pie y tanteo la pared, buscando el interruptor. Un dolor
punzante recorre mi pie al doblarse en falso por la caída. Aprieto los dientes. Si resulta
que ese maldito demonio es responsable de esto, juro que lo convierto en carnitas en la
cocina de mi abuela.
El interruptor no aparece por ningún lado. Paso la mano por la madera, buscando la
perilla… y mi sangre se congela: tampoco está. Un segundo después, algo se aferra a mi
tobillo y me arrastra con violencia, estrellándome contra el piso. Un grito visceral me
desgarra la garganta, entre el dolor y el terror.
Pataleo con desesperación, las lágrimas me nublan la vista. Me encojo, abrazando mis
piernas, pegando la espalda contra la puerta como si pudiera fundirme con ella. La
oscuridad me engulle.
—¡Häel! —Mi grito sale quebrado, distorsionado por la respiración agitada.
Golpeo la puerta con fuerza, la palma ardiendo. Siento un roce helado subir por mi
brazo. Me aprieto más contra la madera, los párpados cerrados con fuerza.
—Por favor… por favor… —Susurro temblando, con un sollozo atrapado en la
garganta—. ¡Ya basta!
Nunca me había pasado algo así. Desde que ese demonio entró en mi vida, todo se
volvió un des le de desgracias. Y ni siquiera me cree. Tal vez… aunque diga que no, sí
tiene que ver con todo esto.
Desesperación.
Unos arañazos laceran mi piel y otro grito se me escapa. Golpeo la puerta con los puños
cerrados, implorando que alguien me escuche. Jalones en mi cabello me arrastran lejos de
la puerta, hasta pegarme contra la pared contraria. Estoy atrapada en lo que parece una
puta película paranormal. Solo que aquí el rey del in erno existe, y sus sombras vienen
conmigo.
De pronto, la puerta se abre de golpe. La luz de afuera irrumpe como un relámpago,
barriendo la oscuridad.
El cuerpo imponente de Häel llena el umbral: su ceño fruncido, la mirada a lada.
Escanea la habitación, como si buscara algo.
Y me encuentra a mí: hecha un ovillo, al borde del colapso.
En pleno ataque de pánico.
Capítulo 15

ALYA

Como puedo, gateo fuera de esa habitación, arrastrándome a su lado. Aspiro una
bocanada de aire que se atasca en mi garganta por culpa del llanto. Mis uñas se clavan en
el suelo mientras avanzo, aterrada de que otra mano surja de la oscuridad y me vuelva a
jalar hacia ese cuarto maldito.
—¿Qué hacías ahí? —unas manos tibias se aferran a mis mejillas.
Trato de procesar lo que acaba de pasar, pero lo único que hago es lanzarme contra su
pecho y abrazarlo con desesperación. Los sollozos escapan sin control, la angustia todavía
me desgarra por dentro. Aun en sus brazos siento que alguien, desde la oscuridad, quiere
hacerme daño.
¡No había chapa en esa puerta!
¡Ni interruptor de luz!
—¿Qué mierda hacías ahí? —insiste, más fuerte.
—N-no podía salir —lloro contra su pecho, mi cuerpo tiembla por los espasmos del
llanto—. N-no podía… y-y había alguien ahí adentro c-conmigo. —Mis uñas se hunden
en su espalda.
—Shh… ahí dentro no hay nadie. —Me alza en brazos con facilidad, y yo me aferro a
él como una garrapata, escondiendo el rostro en su cuello—. Solo estuviste ahí unos
segundos, lo que tardé en subir las escaleras.
¿Unos segundos?
Yo sentí que fueron horas. Horas de manos frías jalándome, arañándome,
arrancándome el aire. Todavía tengo el corazón al galope, como si quisiera escapar de mi
pecho.
—De verdad había alguien conmigo… me arañaron —susurro cuando me deposita en
el colchón suave de mi cama. Me aparto apenas un poco, pero sin soltarlo del todo—.
Créeme, por favor, había alguien allí adentro.
—Alya, no tienes ni un rasguño, y no percibo ninguna otra presencia en la casa.
—¡Tienes que creerme! —Le tomo la camisa con fuerza, desesperada—. ¡Te juro que
había más de una persona! No lo imaginé, no fue un sueño.
Intento detener las lágrimas, pero no puedo. El solo recordar esa oscuridad sofocante
me desarma. Poco a poco, mis manos a ojan el agarre de su ropa tibia, aunque sigo
aferrada a él, incapaz de dejarlo ir.
—Voy a traerte un poco de agua.
—No. No te vayas. —Lo abrazo otra vez, hundiendo mis brazos en su espalda—. No
quiero quedarme sola.
El miedo me paraliza. Si se va, si la luz se apaga, si vuelvo a quedar atrapada… no sé si
resistiré otra vez. Sé que quizá esa presencia venga de él, de lo que arrastra, pero aun así
pre ero su compañía al vacío.
—Solo será un vaso de agua, para que te calmes —su voz es baja, serena, como un
bálsamo. Y aunque mis nervios me tienen al borde del colapso, logro escuchar sus palabras
—. Él está bien, no te preocupes. Pero necesito que tú también te relajes.
—Yo estoy bien… solo… no me dejes sola.
Me acomodo en la cama, envuelta en sus brazos. Es la segunda vez que termino así,
pegada a él, y algo dentro de mí se revuelve. No sé si es por lo que acabo de vivir o por la
forma en que este demonio me sostiene, fuerte pero sorprendentemente cálido.
Hay algo diferente esta vez. No solo es el contacto… es ese aroma sutil a menta,
mezclado con algo más, algo que huele demasiado bien. Puede que sea mi imaginación,
pero ese olor me hace hundir más la nariz en su pecho. Nunca me había sentido tan
cómoda.
Y poco a poco mi mente se desconecta, los párpados me pesan. Me dejo llevar, cayendo
rendida en la inconsciencia del sueño.

HÄEL
—¡Es que no puede ser posible, maldita sea!
—Señor, tranquilícese.
—¿Cómo mierda quieres que me calme, Horns? No logro percibir nada de lo que dice
Alya. —Camino de un lado a otro en la sala, revolviendo mi cabello, ahora libre de la
corona—. Quiero creerle… pero ¿cómo hacerlo si nunca encuentro a nadie?
Me detengo frente a las escaleras. Desde aquí escucho el corazón de la chica de cabellera
oscura, latiendo con calma; su respiración es regular, y a ese ritmo se ha sumado un
sonido nuevo desde hace un par de semanas: más rápido, débil y tenue, pero presente.
Hay que agudizar el oído para percibirlo.
Quiero creer lo que ella asegura: lo que ha visto, escuchado, soñado y sentido. Sin
embargo, no puedo. No es que quiera llamarla loca, pero tal vez su mente inventa escenas
desde que descubrió quién soy. Yo mismo he estado en sus sueños, y nunca con intención
de atormentarla, sino de mostrarme un poco más… hasta que tuve que borrar esos
recuerdos y dejar solo la noche en que la hice mía y quedó embarazada de mi heredero.
—Yo tampoco lo comprendo, señor. Y no pienso que lo imagine, realmente parecía
aterrada.
—Lo sé… —gruño con fastidio—. No quería que la dejara sola.
Suelto un bu do, exasperado. Soy el maldito rey del in erno, y no puedo aceptar que
algo se me escape. Jamás me había pasado, y que ocurra ahora me enfurece. Mandé a
Shadow —o Horns, como Alya lo llama— de regreso al averno para ocuparse de algunos
asuntos, mientras yo me quedaba vigilándola. Aunque entre nosotros haya roces porque
no pedí permiso para engendrar lo que ahora crece dentro de ella, era algo que jamás iba
a consultar. Estaba seguro de que se negaría apenas supiera quién soy.
Además, no necesito su aprobación. La tuve desde hace siglos.
—¿Cómo están las cosas allá abajo?
—Solo hemos perdido a cinco de nuestros guerreros. Lyna se encarga de todo a la
perfección.
—Me parece bien. Lyna nunca me falla. —Paso los dedos por mi cabello,
despeinándolo más—. Espero que nada se descontrole mientras estoy aquí. —Miro otra
vez las escaleras, irritado.
En vez de condenar almas en el purgatorio, divertirme torturando humanos con
corazones podridos, arrebatar vidas por el mundo o follar con alguna demonia que se me
cruce, estoy aquí, congelándome, sin poder percibir qué atormenta a la madre de mi
descendencia. Pienso que quizá sea obra de algún enemigo, pero no detecto a nadie con el
poder su ciente. Y ahora no tengo rivales.
A todos les corté la cabeza y los desangré como a cerdos.
Subo las escaleras de nuevo, tenso. Me desespera la idea de que algo pueda alcanzarla sin
que yo lo note. Llevar en su vientre a mi heredero es un riesgo enorme: habrá quienes
quieran destruirlo solo por ser mi hijo. Y eso Alya no lo entiende aún. Es fuerte, sí, y hasta
ahora sus síntomas han sido mínimos. Cualquier humana estaría hecha pedazos, pero ella
apenas lidia con antojos… sobre todo carne. Esa obsesión la delata. Ni siquiera se atreve a
pedírsela a Horns, con quien se lleva mejor que conmigo.
Y no me molesta. Quiere decir que a mi pequeño demonio le fascinará la carne. Y no
cualquier carne.
Entro en la habitación. Alya duerme hecha un ovillo, el cabello revuelto sobre la
almohada. Su respiración es serena, y me relamo los labios mientras me acerco. Si dijera
que es fea, mentiría. Soy Lucifer, de mí nunca debe esperarse nada bueno, pero ella…
Ella es hermosa.
Y no es la primera vez que la observo. Llevo dieciocho años vigilándola, esperando el
momento exacto para revelarme. Tal vez debí esperar más: dos, tres, quizá cinco años.
Pero ya no podía. Nunca he sido de pedir permiso ni opiniones sobre si era demasiado
joven para cargar con mi descendencia. No había tiempo: una guerra se libra, y otra
asoma en el horizonte.
Recorro la habitación con la mirada antes de acercarme a la cama. Esa maldita obsesión
por escuchar el corazón de mi heredero me consume. Nunca creí posible engendrar vida,
siendo yo quien la arrebata sin remordimientos. Observo el vaivén de su pecho, su rostro
relajado, las pestañas largas en reposo. Se mueve, acercándose hasta rozarme.
Debería llevármela al inframundo, allí estaría más segura. La tendría en mi regazo, bajo
mi vigilancia constante. Pero sé que se negaría: no dejaría a su madre, ni sus estudios. Lo
mejor es mantener en secreto que mi heredero viene en camino… si es que aún no corre
el rumor por medio in erno y hasta por el reino de los cielos, como los mortales lo
llaman.
El caos estallaría.
Capítulo 16

ALYA

Cuando me despierto al día siguiente, mi boca está seca, como si hubiera tragado arena.
Siento que necesito litros de agua para volver a hidratarme. Me remuevo en la cama, que
se percibe más cálida de lo normal; de hecho, toda mi habitación parece envuelta en un
calor extraño.
Lo primero que veo al abrir los ojos es el techo blanco, mientras un torbellino de
imágenes se dispara en mi cabeza: lo ocurrido ayer regresa en pequeños ashbacks. Lo
raro es que, por primera vez en mucho tiempo, he dormido sin sueños ni pesadillas. No sé
cuántas horas han pasado, pero debieron ser muchas; estaba tan agotada que hasta mi
cerebro descansó conmigo, sin interrupciones.
Una de mis manos se posa con suavidad sobre mi vientre, bajo las sábanas. Es mi
manera de dar los buenos días, aunque el simple hecho de recordar todo lo que me viene
sucediendo me provoca escalofríos. Parece que cada día trae algo peor que el anterior, y lo
que más me aterra es no saber dónde terminará todo esto. Si ni dentro de mi propia casa
estoy segura, no quiero imaginar lo que me espera afuera.
Solo falta que me persigan los ángeles.
—¿Cómo dormiste?
Me incorporo lentamente hasta apoyar la espalda en el cabecero. Como siempre, el
imponente cuerpo de Häel me espera en uno de mis sillones, tan cómodo como si fuera
el dueño absoluto de este lugar. Su cabello azabache contrasta con su piel pálida. Hoy no
lleva la corona habitual, pero la nueva no se queda atrás: luce igual de siniestra y
majestuosa, con lo que parecen ser piedras preciosas incrustadas. Su porte es tan regio que
hasta da rabia.
¿Por qué mierda tiene que ser tan hermoso este condenado demonio?
—Bien. No tuve pesadillas en toda la noche.
—Es porque levanté una barrera.
—¿Una barrera?
—Nadie, salvo el Shadow y yo, puede entrar en esta casa.
—¿Entonces sí entraba alguien? —me levanto con lentitud y noto que llevo una bata de
dormir. Frunzo el ceño—. ¿Me cambiaste de ropa?
—Parecías incómoda con la ropa ajustada.
—¿Con qué maldito derecho? —escupo, avanzando hacia él—. ¡No traigo nada debajo
de esta bata!
—Tranquila, fue para que durmieras mejor. —Se encoge de hombros, recostándose más
en el sofá, con un brazo detrás de la cabeza—. No es como si fuera la primera vez que te
veo desnuda. Bájale a tu agresividad.
Aprieto los labios con furia. Ni siquiera traigo bragas. Sí, dormí más cómoda, pero
¡carajo!, no tenía que desnudarme por completo.
—Yo no recuerdo nada de esa vez. Y, de hecho, me debes una muy buena explicación.
—Lo señalo con el dedo mientras me planto frente a él.
—¿Explicación? —arquea una ceja—. ¿No quieres que lo recreemos?
—¿Y no pre eres que te estampe una cachetada? —cruzo los brazos, molesta.
—Qué agresiva. —Pone un puchero falso, como si eso lo hiciera ver tierno bajo toda su
aura oscura. Una sonrisa descarada se curva en sus labios—. ¿Y si mejor te quitas la bata?
—¡Voy a golpearte, Häel!
—Hoy amanecimos intensas.
—¡Lo intenso va a ser el madrazo que te voy a dar! No tenías ningún derecho a
cambiarme.
—Solo lo hice para que durmieras a gusto. Te aseguro que no pasó nada, si es lo que te
preocupa.
No entiendo cómo puede estar tan relajado después de todo lo que pasó ayer. Siempre
con su maldita manía de insinuaciones, como si no pudiera controlarse. Ya no me cabe
otra interrogante en la cabeza. Pre ero un poco de paz a seguir ahogándome en sus
secretos.
—Mejor siéntate encima de mí. Sé que quieres hacerlo.
—Claro que no. —Frunzo el ceño.
—Claro que sí, y lo vas a hacer ahora.
—Ni loca. —Bufo, cada vez más enojada.
Que sea el rey del in erno no signi ca que no pueda soltarle un buen golpe si se lo
gana. Y ahora mismo se está ganando uno gratis. Giro dispuesta a encerrarme en el baño
para darme una ducha, cuando de pronto una fuerza invisible me arrastra y termino
chocando contra un cuerpo duro y abrasador.
Quedo sentada sobre su regazo.
¡Y él ni siquiera movió un dedo!
—Sabía que querías sentarte encima mío, pero debiste hacerlo con más calma. Estás
muy agresiva hoy, cariño.
—Y tú muy juguetón —gruño. Intento apartarme, pero es imposible; mis piernas están
ancladas a su cuerpo, una a cada lado de su cadera. Vuelvo a empujarme con las manos
contra el sofá, pero nada funciona. Aprieto los dientes—. ¿Qué crees que estás haciendo?
Suéltame.
—¿Soltarte? Si ni siquiera te estoy tocando. —Levanta las manos y las apoya detrás de su
cuello, sonriendo mientras me observa. Estoy segura de que mi cara ya está roja de la
furia.
—¡Suéltame, maldito engendro del in erno!
—Oh, eso dolió. —Coloca una mano en su pecho, ngiendo dramatismo.
Desesperada, vuelvo a luchar por apartarme, sin éxito. El camisón se me sube, dejando
al descubierto demasiado de mis muslos.
¿Y ya dije que no traigo bragas? Maldita sea.
—¡Ya basta, voy a golpearte! —Descargo mis puños contra su pecho, rabiosa. Es lo
único que puedo mover. La impotencia me hace bufar, gruñir y seguir luchando, mientras
él solo se burla, aprovechándose de mí.
Claro, como yo no soy el rey del in erno con poderes sobrenaturales.
—Estoy presintiendo que quieres besarme —murmura, seguro de sí mismo, con la
cabeza recostada en el respaldo del sofá. Está tan cerca que siento su respiración mezclarse
con la mía. Mis manos, congeladas sobre su pecho, tampoco logran moverse.
—Eres un maldito… solo te aprovechas.
—Oh, pobrecita de ti.
—Déjate de juegos, Häel.
Relame sus labios con una sonrisa. Su cuerpo irradia un calor inhumano. Desliza las
manos hasta el inicio de mi bata; su contacto ardiente recorre mi piel desnuda, subiendo
despacio hasta mis muslos, donde aprieta con descaro. Quizá para él sea divertido; para
mí, es solo molesto.
Muy molesto.
Siento sus dedos clavarse en la carne de mis muslos internos. Trato de mantenerme
serena para que no crea que me pone nerviosa, pero mi respiración me delata,
acelerándose con cada roce. El cuerpo entero se me eriza.
—Quieres besarme. Tu cuerpo lo grita.
—Lo que voy a gritar es que me sueltes, degenerado. ¡Quita tus malditas manos!
—Es cierto, no traes bragas —ríe, cínico—. Te las quité anoche. —Me guiña un ojo.
—¡Agh! Si no me sueltas a la cuenta de tres, no respondo.
—Te dejo libre si me das un beso.
Se acomoda bajo mí, y el roce de sus jeans contra mi piel desnuda arranca un escalofrío
que intento ocultar.
Maldita sea… ¿por qué tuve que ser de carne y hueso?
—Por favor, Häel. Suéltame.
—Es tu deseo el que te retiene, no yo. Dame un beso, Alya, y podrás irte.
Trago saliva. Mi cuerpo tiembla solo con la presión de sus manos en mis muslos. Me
odio por sentir esas ganas enterradas de que suba más. Soy una adolescente hormonal,
aunque ya haya tenido mi primera vez… que ni recuerdo. Y este maldito demonio no es
nada feo, así que nadie puede juzgarme.
Mis ojos se clavan en sus labios. No, Alya, no lo deseas en verdad, es un truco suyo… ¿o sí?
Sin darme cuenta, mi cuerpo se inclina hacia adelante, como si actuara solo. Mis ojos se
abren con sorpresa. ¿Será algún poder psíquico? No sé de qué es capaz exactamente.
Realmente me siento desesperada; odio que mi cuerpo reaccione de esa forma solo por
tenerlo tan cerca. Es como si tuviera un calentón justo al lado y ese calor se propagara
dentro de mí, incendiándome poco a poco.
Y en este caso, el maldito calentón es el demonio.
Siento que mi cuerpo empieza a arder, que cada bra de mí clama porque me toque en
todos los lugares posibles. Pero sé que no es más que la maldita calentura del momento,
un estallido que me consume ahora mismo. Una parte en especí co se siente distinta,
sensible, y los dedos de Häel tan cerca de esa zona solo hacen que pequeñas descargas
eléctricas recorran todo mi cuerpo.
Él, mientras tanto, permanece impasible. Tan tranquilo, como si los apretones que da
en mis muslos con sus dedos o los roces de su pantalón contra mi piel desnuda cada vez
que se acomoda no signi caran absolutamente nada para el rey del in erno.
—Por favor… suéltame.
—¿Quieres que te desligue de mi regazo? —Asiento, nerviosa—. Bésame entonces. Es
tan sencillo… —se aproxima a mis labios— como rendirte de una puta vez a lo que
quieres, cariño.
Abro apenas la boca para tomar aire, pero se me atasca en la garganta.
—Si tanto quieres un beso, entonces bésame tú. —Lo reto.
Alza una ceja. Sus ojos grises, con destellos azulados, me atraviesan. Es un maldito
pecado.
—¿Segura? —roza mis labios. Instintivamente cierro los ojos.
Quisiera decir que mi a rmación fue forzada, pero no: el “sí” que sale de mis labios es
mío, aunque apenas un susurro. De pronto, siento que un aura densa nos envuelve,
palpitando a nuestro alrededor… y en mi interior.
¡Al carajo!
Si me va a besar, que lo haga ya antes de que me arrepienta.
Y como si leyera mis pensamientos, algo cálido y suave se posa sobre mi boca. Su beso es
exigente, urgente, sin rastro de delicadeza. Sus labios se mueven con hambre, marcando
quién manda aquí.
Mis manos suben a su cabello para jalarlo como se me antoje. En cuanto su boca toca la
mía, ese click me libera, dejándome mover de nuevo. Ya no soy una estatua paralizada.
Sus manos abandonan mis muslos para tomar mi trasero sin permiso alguno,
apretándome contra él. La bata sube demasiado y, aunque debería preocuparme, ahora es
lo último en mi lista.
Tiro de su cabello con más fuerza, dejándole claro que puede dominar mi cuerpo, pero
no mi voluntad. Nos separamos apenas para respirar, jadeantes. Siento sus dedos hundirse
en mi piel y un gemido escapa de mis labios. No abro los ojos; si lo hago, salgo corriendo
de aquí.
Vuelvo a jalar su cabello, arrancándole un gruñido. Puede que lo esté irritando, pero no
me importa.
—Deja de hacer eso, maldita agresiva —gruñe contra mi boca.
Una de sus manos asciende hasta mi cuello y aprieta con fuerza medida. Sonrío apenas,
segundos antes de que sus labios reclamen los míos con más brutalidad.
No me reconozco. Es como si una versión atrevida y salvaje de mí hubiera emergido,
enterrando a la Alya tímida muy, muy profundo.
Nuestros labios se devoran con intensidad. Vuelvo a jalar su cabello, disfrutando sus
gruñidos. Tal vez he descubierto un fetiche raro, o simplemente me encanta hacerlo
rabiar. Su mano presiona más mi garganta y, al apartarse un segundo, muerde con fuerza
mi labio inferior.
Un jadeo ahogado me traiciona. Mis labios arden, hinchados; siento el sabor metálico
de la sangre. Lamo el inferior y lo noto sensible. Abro los ojos y me encuentro con su
mirada endemoniada, gris oscura.
—Me sacaste sangre… —susurro, aún agitada.
—Y tú casi me dejas calvo. —Sus manos vuelven a mi trasero. Me levanta en brazos con
facilidad, mis piernas se enredan en su cadera, mis brazos en su cuello. Una de las tiras de
la bata cae por mi hombro, dejando parte de mi pecho expuesto. Ni siquiera me había
dado cuenta.
—No seas llorón, solo te jalé un poco.
—Entonces no seas llorona, solo te saqué un poco de sangre. —Me deja en la cama.
Ajusto la bata, pero sus manos me sujetan el rostro con rudeza para obligarme a mirarlo.
Su toque es áspero, pero no me lastima—. No quiero que vuelvas a hacer eso.
Es lo último que dice antes de soltarme y marcharse, cerrando la puerta de un portazo.
¿Y luego la agresiva soy yo? ¿Quién lo entiende?
¿A qué carajos se refería con eso?
¿A jalarle el cabello?
Dios, qué delicado nos salió el rey del in erno.
Capítulo 17

ALYA

Mientras me ducho bajo el chorro de agua fría, no dejo de pensar en lo que acaba de
pasar.
Häel y yo nos comimos la boca.
Aunque él haya sido mi primera vez —que aún no recuerdo del todo—, para mí esto es
algo nuevo, una experiencia intensa y escalofriante a la vez. Me he besado con el rey del
in erno.
¿No debería estar pidiéndole perdón a Dios en este preciso instante?
Ha sido un beso magní co, y no me arrepiento. Supongo que ahora pertenezco al
bando de los malos. Aunque no soy experta en lo que dice la Biblia, lo poco que sé es que
el diablo traicionó a Deus. Claro que hay un montón de teorías, y esta duda se suma a la
lista interminable de preguntas que tengo que hacerle al pelinegro.
Me quedan treinta minutos para desayunar algo rápido e irme a la universidad. No sé si
esperar a Rosie… después de lo de ayer no creo que quiera caminar conmigo. Y lo
entiendo, tal vez no debí reaccionar así; solo quería ayudarme.
Bajo las escaleras rumbo a la cocina, con la intención de buscar algo de comer. De reojo
veo a Horns sentado en uno de los sofás, hojeando un libro negro que jamás había visto.
Mamá sigue en uno de sus turnos dobles; no ha pisado la casa desde ayer en la mañana.
Algo muy típico en ella.
Al entrar a la cocina me topo con Häel, sentado en la mesa. Se ve tan normal, tan
humano, que si alguien me dijera que es un demonio no lo creería. Mientras me
enjabonaba decidí hacer como si nada hubiese pasado. Esa línea no debimos cruzarla, y
pre ero ngir que no ocurrió hace apenas una hora.
Ahora mismo muero de hambre, y es lo único que me importa.
Voy directo al cajón donde guardamos las barritas de cereal con arándanos secos. Saco
tres, meto dos en mi mochila y vuelvo a colgármela al hombro mientras abro el otro
paquete para comerlo de camino.
—¿Es lo único que vas a comer?
—Nop. Cuando llegue a la universidad seguramente me compre una hamburguesa.
—Puedo conseguirla ahora.
—No quiero comida robada, no quiero que se la quites a nadie. Voy a desayunar en un
par de horas. —Me encamino hacia la puerta—. Nos vemos más tarde. Y si llega mi
madre, por favor, que no los vea.
Salgo de la casa mordiendo mi barrita. Agradezco que mis profesores no hayan dejado
tarea, porque no habría entregado nada hoy. Todas las mañanas suelo levantarme tarde y
de malas por el insomnio y las pesadillas que me persiguen. Hoy es distinto: dormí horas
seguidas, profundamente, sin interrupciones, y eso me parece un milagro.
Me acomodo el cabello antes de tirar la envoltura en un basurero. Ajusto las correas de
mi mochila con ambas manos mientras sigo caminando. El día está nublado y fresco,
como siempre. Me puse ropa abrigada para sobrevivir; en mi casa ya no se siente el frío
gracias a esos dos intrusos, pero afuera el aire corta como cuchillas.
Y vaya descubrimiento el de hoy: los demonios son más calientes que un humano
común.
Las hojas secas vuelan por todas partes, arrastradas por el viento helado que también me
despeina. Ajusto el gorro de algodón sobre mi cabeza. Las calles están tranquilas a esta
hora. Entro a clases a las siete y deben faltar apenas unos minutos para que suene la
campana. Camino por el asfalto porque la orilla de la calle está resbaladiza por la nieve.
De reojo distingo a alguien en la acera contraria. Ese cabello lo reconozco de
inmediato: es Rosie. Me detengo un segundo, dudando si llamarla o dejarlo estar. Ha sido
mi mejor amiga durante años, jamás me ha dejado en los peores momentos. No puedo
empezar yo a hacerlo ahora.
—¡Rosie! —Miro a ambos lados antes de cruzar la calle para acercarme.
Ella se detiene al escucharme. Se nota en su cara que no tiene ganas de hablar conmigo
y que todavía está dolida, pero al menos se queda esperándome. Y eso ya lo agradezco
bastante.
No quiero seguir enojada con ella, y si puedo arreglar las cosas me sentiré mejor
conmigo misma.
—Hola, Alya —murmura cuando llego a su lado. Meto las manos en la bolsa de la
sudadera sin saber qué decir, y ambas comenzamos a caminar hacia la universidad.
—Quería disculparme por lo de ayer.
—No tienes por qué. Tenías razón, no debí divulgar algo que no me correspondía.
—No, nada de eso. Hiciste bien en decirlo por mi salud, y yo reaccioné de una manera
horrible. —Suelto un suspiro mientras observo las hojas secas volar por el aire y las nubes
cargadas que parecen a punto de llorar—. Lo siento de verdad. Si no quieres disculparme,
lo entenderé.
Al fondo de la calle ya se distingue la universidad. Algunos alumnos caminan tranquilos,
otros corren como si llegar tarde a una clase les costara el título. Y no lo dudo: llegué a
tener profesores que con una sola falta ya no te daban derecho a examen; y ni hablar de
los retardos, con dos ya te contaban una inasistencia. Demasiado estrictos. Recuerdo
cuando mis desvelos solo eran por leer novelas o ponerme a colorear a medianoche.
El semestre en el que estoy ahora es más tranquilo. Los difíciles fueron los anteriores,
cuando apenas aprendíamos lo básico. Y, siendo sincera, agradezco que este no sea tan
pesado, porque no sabría cómo manejar tantos proyectos y tareas en este momento.
Seguro ya habría reprobado todo; la mayoría de las veces llego tarde y casi nunca tengo
tiempo de hacer las entregas.
—No tengo nada que perdonarte, Alya. Yo también estuve mal. Las dos nos
equivocamos. —Se detiene y se coloca frente a mí—. Pero no quiero que nos ocultemos
nada. No voy a seguir preguntándote lo que no me corresponde, no quiero presionarte…
pero, ¿por qué no me dijiste que estabas embarazada?
—No lo sabía. Me enteré cuando me lo fuiste a decir.
—Pero… ¿no te cuidabas? —Frunce el ceño.
Trago saliva con nervios, evitando su mirada. No sé qué inventarle; cualquier cosa que
diga será una mentira, y que la crea es otra historia.
—Bueno… ya sabes cómo son los adolescentes hormonales. —Río nerviosa, tratando
de desviar—. Pensé que no pasaría nada por ser mi primera vez y, tarán. —Llevo mis
manos a mi estómago aún plano—. En unos meses serás tía.
Fuerzo una sonrisa, intentando aligerar el asunto, pero ella sigue seria. El viento me tira
el cabello en la cara y me lo aparto, asegurando el gorro para que no se lo lleve el aire..
—¿Y el padre? ¿Puedo cortarle los huevos por imbécil, por no usar protección?
Oh, claro que puedes.
Aunque seguramente él terminaría robándote el alma.
—Mm… de hecho, fue idea mía. —Muerdo mi labio y jo la vista en mis zapatos.
Mi idea, y ni siquiera lo recuerdo.
Daría lo que fuera por tener claros esos momentos. Solo me quedan imágenes borrosas
que no llevan a nada. Cómo fue sentir a Häel dentro de mí.
Ay, Diosito… desde que me besó solo pienso en cosas pecaminosas que hacen que mi
respiración se acelere.
Fuera pensamientos impuros, no los quiero.
—¿Tu idea? —pregunta extrañada, frunciendo más el ceño—. Pero si siempre fuiste la
voz de la razón.
—Bueno, a veces las cosas cambian, ¿qué te puedo decir? No estaba planeado.
—No lo sé, Alya. Todo esto suena muy raro. Nunca me platicaste de nadie, ni de que
estuvieras saliendo con alguien. ¿Es de la universidad?
—No. O sea sí, pero no de la nuestra… él va a otra. —Lo último lo digo apenas en un
murmullo, sin saber qué más inventar.
—¿No confías en mí? Hemos sido amigas desde hace tanto… yo siempre te he contado
todo lo que me pasa. —Sus ojos se humedecen y me siento la peor persona, como la
villana de una telenovela. Entiendo lo que siente; si hubiera sido al revés, yo también me
lo preguntaría—. Últimamente estás distinta: volteas a cada rato, estás asustada, con unas
ojeras enormes… ¿qué te pasa, Alya? ¿Ese hombre es malo o qué?
Aprieto los labios sin saber qué responder. Si supiera que Rosie estará a salvo, se lo
contaría todo. Pero no sé si Häel sabría que hablé de más, y no quiero arrastrarla a mis
problemas. Eso es lo último que quiero.
—Yo…
De pronto se escucha un estruendo a nuestro lado: el derrape de unas llantas. Una van
negra se detiene bruscamente junto a nosotras. Retrocedemos unos pasos y una de mis
manos se aferra al brazo de Rosie, que se coloca detrás de mí. Por unos segundos todo
queda en un silencio extraño.
¿Querían atropellarnos?
Un poco más y el maldito auto nos arrolla.
Las ventanas polarizadas no dejan ver al conductor. Algunos de nuestros compañeros se
giran para observar. Miro a mi amiga, que contempla la camioneta con la misma
confusión que yo. Estoy a punto de decirle que nos vayamos antes de llegar aún más tarde
a clase, cuando un ruido detrás de mí llama mi atención. El rostro de Rosie se transforma
en una mueca de horror y, antes de que pueda girarme, algo me cubre la cabeza. Me tapa
la vista y casi no me deja respirar.
Desesperada, entierro los dedos en el brazo de mi amiga cuando alguien me agarra y me
jala. Los gritos de Rosie estallan al mismo tiempo que los míos. Todo es confusión entre
jaloneos y chillidos.
—¡¿Qué creen que hacen?! ¡Alya! ¡Ayuda, por favor!
Reconozco su voz. Siento varias manos sujetándome. Dos de esos toques me resultan
familiares, los demás no, y son tan bruscos que me arrancan un gemido de dolor. Intento
dar patadas en todas direcciones para soltarme, hasta que escucho a Rosie gritar y luego
me elevan en el aire. Mi garganta se desgarra de tanto chillar.
—¡Suéltenme! ¡Ayuda!
¡¿Es que nadie va a acercarse?!
Me introducen en algún lugar y me sujetan con más fuerza, obligándome a rendirme
cuando me arrojan sobre algo blando y atan mis muñecas con una cuerda áspera. La bolsa
en mi cabeza me desespera, me sofoca; las lágrimas me empapan el rostro. Respiro con
rapidez y el trapo se pega a mi boca, di cultándome todavía más el aire.
¿Un secuestro?
¿Quién carajos haría esto?
¿Y por qué a mí?
De nuevo se oye un rugido de motor, un acelerón que sacude mi cuerpo. El auto
arranca a toda velocidad, alejándonos. Sollozo contra la tela que me cubre la cara.
Necesito tranquilizarme por el bien del bebé, pero… ¿cómo se supone que lo haga?
Lo único que quiero es gritar. Que me quiten esto de la cabeza, que entiendan que se
equivocaron, que no soy la persona que buscan. Quiero gritarle a Häel que venga, que me
saque de aquí… que estoy aterrada hasta los huesos.
—Debe llegar entera allá.
La voz rasposa me hiela la sangre. Me encojo sobre mí misma, hecha un ovillo. No sé
cuántos van en el vehículo, ni alcancé a verles la cara.
¿Entera?
—P-por favor… se equivocan.
—No lo creo —responde otra voz masculina—. Eres Alya King, ¿no?
El aire se me atasca en la garganta. Niego lentamente, incrédula, con el corazón
martillando en el pecho. ¿Cómo saben mi nombre completo? ¿Por qué me buscan a mí?
No creo que sea venganza contra Häel. Si se tratara de ángeles, estarían descendiendo
en plena calle con alas y espadas, no haciéndose pasar por simples mortales con bolsas
negras y cuerdas. Si fueran ellos, ya estaría muerta.
Los minutos pasan en silencio. La tela me as xia, muevo las muñecas y la cuerda me
corta la piel. Siento un peso en el pecho, un presentimiento oscuro, como si algo terrible
estuviera a punto de ocurrir. El estómago me da vueltas; en cualquier momento podría
devolver el espagueti de anoche o la barrita de esta mañana.
De pronto, un frenazo brutal me lanza hacia adelante. Trago saliva. Estoy lista para
intentar escapar en cuanto me den una oportunidad.
—Llévala por la puerta trasera.
Un tirón en mi brazo me obliga a levantarme. Tropiezo con un escalón que no vi y casi
caigo de bruces, de no ser por el agarre violento que me sacude el brazo. Gimo de dolor,
mi rodilla se estrella contra el suelo.
—Camina bien, niña.
Aprieto los labios para no soltar el insulto. No es momento de desa ar a los tipos malos.
Hasta ahora no me han golpeado, pero por cómo hablan, no les temblaría la mano. El
entumecimiento me invade el brazo y la impotencia me carcome. ¿A dónde demonios me
llevan? No escucho nada alrededor: ni pájaros, ni voces. Solo silencio.
De repente, a lo lejos, alcanzo a escuchar unas campanadas. Frunzo el ceño,
desconcertada, mientras un escalofrío me recorre entera. Luego, el chirrido metálico de
una puerta vieja se abre cerca de nosotros, un sonido que me crispa los nervios. Quisiera
reunir el valor su ciente para preguntar qué demonios está pasando, por qué me hacen
esto… o simplemente salir corriendo sin mirar atrás.
Pero no lo tengo. Mi cuerpo sigue clavado en el sitio donde me dejaron. Las pisadas que
resuenan alrededor me ponen los pelos de punta.
¿Dónde mierda está el rey del in erno cuando lo necesito?
De golpe, la bolsa de tela que me cubre la cabeza es arrancada. La luz me ciega y cierro
los ojos con fuerza. Parpadeo varias veces hasta que la vista comienza a enfocar y entonces
siento que el alma se me desprende del cuerpo.
Miro a mi alrededor: vitrales con guras de ángeles y santos, bancas de madera
alineadas, un altar iluminado por decenas de velas y adornado con ores.
Oh, por Dios.
Una iglesia.
Capítulo 18

ALYA

Mi vista se centra en una gura religiosa en particular: la más grande, la que cuelga de la
cruz. Ignoro por completo que empiezan a soltar mis manos de esas cuerdas ásperas; las
palabras se me atascan en la garganta al ver acercarse a un hombre con casulla. Su rostro
no me resulta familiar, pero su semblante lo dice todo.
No viene en paz.
Siento mis ojos llenarse de lágrimas. Decir que tengo miedo es poco: un peso me
oprime el pecho, un presentimiento oscuro que me paraliza cuando escucho el cielo
retumbar a lo lejos.
Tardo en liberar la pregunta que se ahoga en mi garganta y se convierte en un nudo:
—¿Qué hago aquí? —mi voz apenas es un murmullo tembloroso. Las lágrimas escapan
sin permiso. Detrás del que parece ser un sacerdote aparecen otro hombre vestido de
blanco y una mujer con hábito. Ambos llevan el rostro inclinado hacia el suelo.
—Sabes muy bien qué haces aquí.
—No, yo… —niego lentamente y retrocedo un par de pasos—. No sé qué hago aquí.
—Pronto celebraremos a nuestro Señor, y hemos encontrado la ofrenda perfecta.
Entrecierro los labios, sacudo la cabeza con rapidez.
—¿Qué quiere decir con eso? —pregunto con la voz rota, temiendo la respuesta.
—Si es cierto que en tu vientre cargas al heredero de Lucifer, nuestro Señor nos
agradecerá el sacri cio.
Un temblor recorre mi cuerpo. Me mira jo antes de girar y caminar hacia el altar.
Cientos de escalofríos me sacuden la piel.
—¿Qué clase de sacri cio? —susurro, apenas audible.
Un empujón en la espalda me obliga a avanzar.
—Deshacernos de la criatura.
Todo mi ser se congela. El aire se niega a entrar en mis pulmones. ¿Cómo pueden
siquiera pensar en algo así?
—No, no, no... ¡No sabe lo que dice! —me planto, me niego a moverme. Brazos ajenos
me agarran con fuerza y me arrastran tras esas tres guras hasta el altar. Un grito irrumpe
desde lo más hondo de mí, mezcla de furia y dolor reprimido.
No puede estar hablando en serio.
¡No puede!
—Has cometido un pecado, hija, y debes pagarlo —el sacerdote se coloca ante la mesa
cubierta por un mantel blanco, seguramente bendecido—. Súbanla y átenla bien.
—¡No! ¡Por favor, escúcheme, no saben lo que están haciendo! —sollozo; le arreo un
manotazo al hombre que intenta subirme a la mesa—. ¡Entienda! ¡Se equivoca de
persona!
Me detengo un instante al ver de reojo a la mujer que se acerca. Un cruci jo cuelga de
su cuello, mechones sueltos escapan de su velo. Miles de collares como ese existen en el
mundo, pero hay algo en ella que me enciende las alarmas.
—¡Rápido, súbanla!
—Tú… —la palabra me sale como un siseo.
Ella levanta la mirada, sobresaltada. Y lo con rmo.
Es la maldita enfermera de la universidad.
Intento liberarme, pero me obligan a tumbarme contra la mesa. Mis gritos desgarran el
aire de la iglesia; hay al menos cinco personas alrededor. Con esfuerzo logran sujetar mis
muñecas a cada lado, igual que mis tobillos.
El cansancio me hace sollozar rendida contra la mesa. El pecho sube y baja sin control,
la cabeza late, los ojos y la garganta me arden por tanto gritar. Intento ignorar el
murmullo de voces que se mueven a mi alrededor, pero en cuanto recupero fuerzas
vuelvo a luchar contra las ataduras.
Alzo la mirada hacia la gura clavada en la cruz: esas manos atravesadas por clavos, ese
rostro que re eja sufrimiento.
—Por favor… por favor, no.
Las palabras me salen quebradas, dirigidas a Él. Y sueno tan patética, tan perdida.
No permitas que esto suceda, no dejes que hagan conmigo lo que quieran. Que logren su
cometido bajo la excusa de que actúan por el bien del mundo, o incluso para su ‘‘Señor’’. No
puedo creer que sean capaces de tener en la cabeza matar a un bebé. No, me niego a aceptarlo.
Él no tiene la culpa de nada.
Giro la cabeza hacia un lado. El sacerdote manipula algo sobre otra mesa apartada; uno
de los hombres —recién ahora me jo en sus rostros— le entrega un maletín, que
enseguida abre. La desesperación que recorre mi cuerpo no tiene comparación, no dejo
de repetir el nombre del demonio en mi cabeza, implorando que aparezca.
Por favor… ven por mí.
Las náuseas me invaden, un sabor amargo se me instala en la boca. Las muñecas me
duelen y aun así sigo jalando de las cuerdas, luchando por liberarme. Un sollozo áspero se
convierte en un grito ronco: mis cuerdas vocales ya no responden. Las lágrimas me
ciegan, escurriéndose por mis sienes.
—Pónganse alrededor y únanse de las manos.
Dejo de mirar el techo cargado de imágenes y formas religiosas. Las cinco guras me
rodean y yo retomo la pelea, sacudiendo brazos y piernas con violencia hasta sentir cómo
la piel se me enciende, ardiendo, enrojecida. Un gemido quebrado se me atasca en la
garganta.
El aire abandona mis pulmones cuando distingo una daga en las manos del cura. Mis
ojos saltan de un rostro a otro, el corazón a punto de estallar en el pecho. En cualquier
momento me va a dar un paro. Niego despacio, incapaz de procesar lo que se avecina;
cierro los ojos con fuerza mientras las lágrimas escapan en torrente.
—Usted… ¡es una maldita perra! —grito hacia la mujer con rabia desbordada—.
¡Suéltenme! ¡Suéltenme ahora! ¡Los voy a matar a todos si me ponen una mano encima!
Me revuelvo sobre la mesa, la garganta me arde, la boca está seca. Mi mente oscila entre
la locura y el pánico absoluto. Apenas puedo respirar entre llanto y gritos. Pero no me
rindo: tengo que luchar, luchar porque no me hagan daño, porque no hieran a mi bebé.
Él no puede defenderse ahora. La única que puede hacerlo soy yo.
Mis alaridos no importan. Ellos comienzan a rezar, murmurando oraciones que me
taladran los oídos. El mismo lugar donde los eles vienen a pedir salud y vida se convierte
ahora en escenario de un asesinato. Pretenden arrebatar no una, sino dos vidas. Y si lo
logran, no tendré piedad. Así como ellos no la tienen conmigo.
El canto sacro resuena como un martillo en mi cráneo. Aparto la cabeza, no quiero
escucharlo. Imploro con la mirada que me suelten. Las muñecas ya están en carne viva;
siento el calor de la sangre resbalando por mis manos a causa del forcejeo.
Un alarido desgarrador explota en mi garganta cuando un pinchazo brutal atraviesa la
palma de mi mano izquierda. El dolor sube hasta el hombro, punzante, abrasador, y una
presión insoportable me estalla en la sien. Giro el rostro, desorientada, y la veo: la mujer,
empuñando un martillo.
Un jadeo me corta la respiración al ver mi mano: un clavo atraviesa el centro de la
palma. Los dedos me tiemblan, entumidos, mientras la sangre —espesa, oscura— escurre
por ellos y mancha el mantel blanco bajo mi cuerpo. Ella eleva el martillo otra vez,
dispuesta a hundirlo más. Grito, desesperada, intento mover la mano para escapar del
tormento.
—¡Basta! —suplico desgarrada—. ¡Deténganse, por favor!
—Clava más hondo.
—No… no, no, no…
Las lágrimas se mezclan con el sudor que corre por mi rostro. Siento el cuerpo
enrojecido por el esfuerzo, la agonía… el cansancio. Pero más que nada, la rabia. Una
furia hirviente contra estos desalmados que se atreven a llamarse siervos de Dios.
Intento liberar mis pies. Sollozo alto, sin importarme lo que piensen de mí. Lo que
hacen en esta iglesia “sagrada” es inhumano. Nadie tiene derecho a arrebatar una vida,
mucho menos de una forma tan cruel y despiadada. Sé que Häel no pasará esto por alto,
pero no sé dónde está ahora que más lo necesito.
Tiene que llegar antes de que acaben conmigo.
De reojo distingo a otro de los hombres acercarse, un clavo en una mano y un martillo
en la otra. Niego despacio, los labios temblorosos.
—Por favor, te lo suplico, no lo hagas… por lo que más quieras. Te lo ruego.
Si no estuviera en esta situación, estaría rezando, implorando al todopoderoso que me
salve, que me envíe a mi ángel de la guarda. Pero no lo hago. No voy a orar ni a pedirle a
Deus que detenga esto, porque aunque él no esté presente, lo que ocurre aquí sigue siendo
un acto inhumano perpetrado por fanáticos dementes.
El hombre me observa en silencio. Articulo un “por favor” mudo, esperando que mis
súplicas despierten un atisbo de piedad en él. Pero, como toda ilusa que aún cree en la
bondad humana, lo único que recibo es una carcajada. Se ríe en mi cara antes de hundir
el clavo en mi carne.
El tiempo se vuelve lento. La agonía me consume, el dolor es insoportable. Tiemblo
como una hoja de papel sobre la mesa. El sudor corre por mi frente como si me hubiesen
empapado con un balde de agua. Los gritos se me desgarran en la garganta.
—No debiste dejarte llevar por el pecado, hija.
—No sabe lo que dice. Se va a pudrir en el in erno —balbuceo con la voz rota por el
dolor que entume mis manos.
—Eres tú, niña… la que arderá junto a Lucifer.
—¡No me hable! ¡Maldita vieja! La que va a arder es usted —escupo con rabia, mi voz
ronca, áspera, desprovista de todo sentimiento.
Sí, estoy asustada. Pero otra parte de mí, más oscura y retorcida, ansía venganza. ¿Qué
necesidad había de clavar mis manos a la mesa de madera si ya estaba atada, inmóvil? No
fue más que para hacerme sufrir.
La esperanza de que Häel aparezca se diluye poco a poco. Los murmullos de oración se
esparcen por la catedral, impregnando el aire. Las guras de santos en vitrales parecen
burlarse de mí, reírse de mi dolor, de mi muerte inminente a manos de devotos
trastornados.
Nadie imaginará, el próximo domingo de misa, lo que ocurre hoy en este altar. Nadie
sospechará que aquí, en uno de los templos más grandes y respetados de Toronto, han
manchado de sangre inocente la piedra “consagrada”.
Vuelvo a luchar contra las cuerdas, ignorando el desgarro en mis palmas. Los clavos se
hunden más; la sangre brota tibia, manchando la fría super cie bajo mí. El dolor late en
cada punzada, en las heridas, en mi cabeza.
Por lo que más quieras, Häel… aparece ahora.
Un dolor extraño se expande en mi pecho, como si creciera desde dentro, amenazando
con romperme en pedazos. Doblo el cuello, mirando hacia la entrada: las puertas están
cerradas, inalcanzables.
—Señor, te entregamos esta ofrenda para puri car nuestras almas —el cura eleva los
brazos hacia el cielo. En una de sus manos brilla una daga.
—Para que no haya nadie más que gobierne este mundo, más que tú, mi Señor —añade
la enfermera de la universidad. Esa perra. Por ella estoy aquí. El odio me hierve en las
venas como lava que se extiende y quema cada rincón de mí.
El sacerdote alza la daga con ambas manos. El aire se me corta de golpe. Mis gritos se
ahogan en un eco desesperado.
—¡No! —rujo, y los ventanales vibran con fuerza.
En cámara lenta, la daga desciende hacia mi vientre… pero algo ocurre. El padre se
queda congelado, los ojos desorbitados, las manos suspendidas en el aire.
Un estruendo sacude la puerta principal. Giro la cabeza junto con todos los demás. Sé
que su último aliento está contado.
El alivio me atraviesa como un soplo. Mi cuerpo se rinde sobre la mesa, sin fuerzas. No
siento los brazos; en las manos, cada movimiento desata nuevas punzadas.
Al nal del pasillo está él. Häel. La corona de espinas ciñe su frente, enmarcando el
cabello negro azabache. Su rostro es pura piedra, la mirada oscura, los puños cerrados.
El rey del in erno ha llegado.
Horns avanza a su lado con esos cuernitos tan característicos. Aun con su tamaño, junto
al rey del in erno se ve igual de escalofriante. Y ni hablar de Häel, que comienza a
caminar hacia nosotros sin apartar sus ojos de los míos. Quisiera murmurar un hola, pero
estoy tan exhausta que no tengo fuerzas ni siquiera para respirar. Cierro los ojos de golpe
cuando las bancas vuelan por los aires, abriendo paso a los dos demonios.
—¡Aléjate, Lucifer!
—No puedes entrar a la casa del Señor —exclama el cura, que al parecer ya recupera el
movimiento.
—El Señor y su casa me importan una mierda.
—Padre nuestro que estás en los cielos, santi cado sea tu nombre; venga a nosotros tu
reino… —el sacerdote reza en voz alta a unos metros de mí, mientras los dos hombres
cercanos se arrodillan frente a la cruz, murmurando plegarias.
Häel se detiene frente al hombre de casulla beige, que mantiene los ojos cerrados y las
manos juntas.
— …hágase tu voluntad en la tierra, como en el…
—En el in erno, maldito viejo decrépito. —Häel lo toma por la garganta y lo eleva sin
esfuerzo. Trago saliva al ver cómo el hombre patalea, desesperado por tocar el suelo y
conseguir aire. Segundos después, su rostro se torna morado, hasta que el demonio lo
lanza contra el púlpito con violencia.
—Señor, puedo encargarme de los dos hombres.
—No. Yo me ocuparé de los cuatro.
Los observo en silencio. La garganta me arde, incapaz de pronunciar palabra.
¿Dijo cuatro?
Pero son cinco…
¿Dónde está la mujer?
Como si me leyera la mente, un dolor agudo atraviesa mi costado. Giro la cabeza como
puedo y me topo con unos ojos marrones, asustados pero llenos de veneno. La veo aferrar
el cuchillo hundido en mi cuerpo. El dolor me sacude de pies a cabeza, aunque no es
mayor que la furia que me quema al ver esa sonrisa triunfante, esa mueca de victoria.
—Ojalá le haya dado al feto. —Su murmullo cargado de cinismo me enciende la
sangre.
De fondo escucho un grito masculino, pero no me importa. La ira en mi pecho explota,
desbordándose en todas direcciones. Mi cuerpo se siente tibio, distinto, como si algo
hubiese despertado dentro de mí. Con un solo movimiento libero mis pies de las cuerdas,
y lo mismo mis muñecas. Ni siquiera registro el dolor de los clavos aún incrustados. Todo
a mi alrededor se desvanece; solo existe ella.
Me siento en la mesa y arranco el cuchillo de mi carne. La mujer con hábito retrocede a
trompicones hasta caer de espaldas. Bajo de la mesa y es como si no fuera yo. Mi cuerpo
ya no me pertenece; algo extraño crece en mi interior, dominándome por completo. Ni
siquiera siento dolor.
—¿C-cómo es po-sible?
Lanzo el cuchillo ensangrentado lejos de nosotras.
—Te dije que iba a matarte, maldita perra.
Arranco los clavos de mis manos, ignorando los agujeros abiertos que laten en mis
palmas. Aprieto los puños y dejo que la sangre gotee hasta manchar el suelo. Respiro
hondo, pausada, sin percibir dolor alguno. El calor que me recorre es como una llama
expandiéndose hasta las manos y, de pronto, sin previo aviso, prenden en fuego.
Me siento… poderosa.
—P-por favor… piedad, piedad —balbucea hincada, implorando.
—¿Piedad? —arqueo una ceja, apretando los puños envueltos en llamas—. ¿La misma
piedad que ustedes me negaron a mí?
En segundos, mi cuerpo entero arde. No quema mi ropa, no me lastima, no me arde.
Solo enfría mi interior y alimenta las ganas de destruirla.
Que ahora no sufra por mis heridas no signi ca que no existan, que no haya suplicado
antes que se detuvieran. La garganta me duele al hablar, los ojos me lloran de impotencia.
Paso la mano por mi rostro y lo mancho con mi propia sangre. No debería sentir calma
por estar en llamas, pero algo en mí me asegura que estoy bien. Que mi bebé está bien.
—Yo solo… quería enmendar mis errores.
—¿Cometiendo uno todavía peor? —me inclino frente a ella y le aferro las mejillas con
fuerza, obligándola a mirarme. Un chillido se le escapa cuando las llamas de mis manos
queman su piel.
—N-no… Dios nos habló. Dijo que nos perdonaría si le dábamos una o-ofrenda.
—¿Quieres saber qué ofrenda le daré yo?
—¿Qué? —pregunta, temblando.
—Tu muerte.
Me pongo de pie y retrocedo unos pasos, ignorando sus gritos y súplicas. Su rostro
chamuscado me produce una satisfacción oscura. Mis ojos se elevan hacia la cruz que
preside el altar, con la gura clavada en ella. Los mismos clavos que usaron allí, los usaron
conmigo.
Sé que, si Häel no hubiera llegado a tiempo, ellos no habrían tenido compasión de mí.
Y aunque la furia y la sed de venganza dominan mi cuerpo, dudo en dar el siguiente
paso… pero se lo merece. Nadie debería pasar por esto. Si se atrevieron conmigo, se
atreverán con otros.
Cuando volteo, la encuentro detrás de mí, empuñando la daga que antes tenía el
sacerdote. Una sonrisa cínica se extiende por mis labios y noto cómo ella vacila; la certeza
de que algo en mí ha cambiado la hace retroceder. Yo solo siento este poder arder en mis
venas, un poder del que después me preguntaré de dónde proviene, porque ahora lo
único que quiero es matar.
—Eres un demonio, bruja —escupe—. Mereces ir al in erno, donde perteneces.
No sé exactamente qué ve ella en mí, si mi aspecto cambió o si solo percibe las llamas
que envuelven mi cuerpo.
—¿En serio? —mi voz suena helada—. Cuéntame más.
—¡Arderás!
—Tú eres la que va a arder en el in erno. —lo digo con una calma que no siento.
—¡No!
Arremete contra mí con el cuchillo en alto. La detengo sujetando sus muñecas. Un
chillido desgarrador sale de su garganta al sentir cómo el fuego de mis manos devora su
piel. Intenta apartarse, pero no la suelto hasta que sus manos quedan en carne viva. De un
empujón la lanzo lejos.
—Arde… arde como la maldita que eres.
En cuestión de segundos cae de rodillas. La iglesia se llena de sus alaridos, gritos que
hacen vibrar las paredes y retumbar las pocas vidrieras intactas. Una de las guras sagradas
se desploma, rompiéndose en mil pedazos contra el suelo. La veo consumirse entre
llamas, como si estuviera empapada en gasolina, en odio, en sus propios pecados.
Cuando su cuerpo carbonizado se derrumba frente a mis pies, lo único que queda
reconocible es el cruci jo dorado que cuelga donde antes estaba su cuello.
Exhalo, agotada. Su cadáver en medio de la casa de su Señor, tras intentar cometer un
acto tan monstruoso, me da una paz extraña… casi enfermiza.
Mis ojos buscan a Häel entre el templo hecho ruinas. Algunas partes aún arden, y no sé
si es obra mía o del mismísimo rey del in erno. No estaba en mis cinco sentidos mientras
reducía a cenizas a esa fanática.
Un dolor agudo en la cabeza me hace caer de rodillas. Mis manos ya no arden; las
llamas han desaparecido. Las heridas siguen abiertas y ahora queman más que antes. El
punzón en mi costado no es tan profundo, pero me aterra pensar que haya dañado al
bebé.
—Häel… —susurro, desorientada, con la vista nublada por la debilidad. Apoyo mis
palmas ensangrentadas en el suelo, resistiéndome a caer del todo.
De fondo distingo una gura que se acerca, y en un instante me levanta en brazos.
Intento resistir, luchar contra el agotamiento, pero el dolor de cabeza y el estado
maltrecho de mi cuerpo me vencen. Me dejo ir, como tantas veces antes… Solo que esta
vez no despierto enseguida. Esta vez me hundo en la oscuridad.
Y no estoy sola. Mi abuela me acompaña.
Capítulo 19

HAËL

En la tierra, donde habitan las bestias ambiciosas, sedientas de sangre espesa y oscura,
existe más maldad que en el propio in erno. Almas condenadas al pecado, al inframundo,
por cometer un mínimo error. Un tormento eterno las espera en el purgatorio. Los
nombres de esas cinco alimañas que dañaron a Alya están escritos con su propia sangre en
mi lista de almas destinadas a ser torturadas sin descanso.
Observo cómo arde la catedral a lo lejos. Me aseguré de que cada uno de ellos tuviera
una muerte lenta y dolorosa, que lloraran en cada instante y que, al llegar abajo,
revivieran su martirio una y otra vez. Mis guerreros tienen la orden de arrancarles el
corazón, como yo lo hice mientras aún respiraban.
Nadie pone en riesgo la vida de mi heredero sin pagar las consecuencias.
Lo que jamás imaginé fue que Alya se encargara de una de ellas. Sabía que estaba herida
y, aunque al principio solo vi a cuatro, percibía la quinta presencia escondida en algún
rincón del templo. Sentía el dolor y la desesperación de la pelinegra desde que aún me
encontraba fuera. Saber que la habían torturado me hacía querer no solo quemar la
catedral, sino reducir la ciudad entera a cenizas.
El poder que emanaba de Alya era algo que nunca había presenciado. Me sorprendió
verla de pie, fuera de esa mesa, como si las heridas no existieran. Vi claramente cuando
aquella fanática hundió un cuchillo en su costado, pero pude escuchar el corazón de mi
hijo fuerte, rme, intacto. Ella lo protegía sin saberlo.
No me interpuse entre ella y la mujer, aunque me carcomía la preocupación. Quería ver
hasta dónde podía llegar, de qué era capaz. Y vaya que me dejó sin palabras. Fue la
primera vez que la vi así, transformada, y no negaré que me dieron ganas de estrellar mis
labios contra los suyos, sin delicadeza alguna. Pero perdió las fuerzas pronto; no era ella
misma, era otra entidad manipulando su cuerpo, algo que siempre supe que dormía
dentro de ella.
—La herida en su costado está cerrándose.
—Todas lo están haciendo, Horns —respondo con voz grave.
—Tengo algunas teorías, mi señor.
—Me las harás saber cuando lleguemos abajo. —Ajusto mejor su cuerpo en mis brazos.
—¿La llevará al Averno?
—La llevaré a mi castillo. —Miro su rostro sereno, manchado de sangre, mientras
desciendo la colina. Ignoro a los humanos que corren despavoridos por las calles,
horrorizados por el incendio en la catedral.
Hipócritas.
—Sabe lo que eso implica, mi rey.
—Me importa una reverenda mierda.
Sé exactamente lo que signi ca. Deus, el maldito, ya debe de haber sentido lo que más
teme desde hace siglos: la profecía. Aunque yo no haya tenido nada que ver con esos
religiosos enfermos —ahora reducidos a polvo tras nosotros—, no confío en nadie.
Podría enviar a sus guerreros en cualquier momento para destruir lo que tanto he
esperado.
Si oculto cosas a Alya no es por capricho, sino porque aún no es el momento de que se
entere. No quiero verla presa del pánico… más de lo que ya lo ha estado. Seguramente
me odiará al despertar y descubrir que ya no está en el mundo físico, sino en lo profundo
del in erno. Pero ahora no me importa si se enfada. Está débil, inconsciente, y no puede
opinar. Punto a mi favor.
Nos internamos en un callejón. Escucho los pasos del pequeño duende detrás de mí,
fastidiado porque lo llame así. La voz de la razón que siempre lo caracteriza seguramente
está analizando cada detalle de lo ocurrido, y tal vez incluso lo que vendrá después. Mi
parte lógica dice que debería llevarla a casa; la otra, la que gobierna mi cuerpo con más
frecuencia, quiere ver arder almas en el in erno.
Quería llegar abajo y volver a condenar a esos cinco bastardos por la aberración que
cometieron.
Acomodo mejor a Alya en mis brazos. Acerco mi rostro a su cuello e inhalo su aroma,
buscando también el de mi heredero. Al llegar allá, todos sabrán que están aquí.
Absolutamente todos, sin excepción.
Aunque en mis dominios no haya peligro, los rumores vuelan rápido. Y no solo en las
tinieblas: cada ser en este mundo lo sabrá. Me inquieta que apenas tiene un mes y ya fue
atacada. La paranoia me devorará vivo cada segundo que no esté a mi lado.
—Yo iré primero, mi señor. Haré que preparen su habitación.
Observo cómo sus cuernos desaparecen tras la pared de concreto al abrir un portal.
Siempre tan ingenioso para evitar caminar de más.
Miro a la pelinegra, cubierta de sangre, entre mis brazos. Sé lo que nos espera al cruzar.
No es lo que quería, no con mi hijo creciendo dentro de ella.
—¿Por qué siempre tienes que complicarme las cosas?
Aparto un mechón de su cabello, suspiro y acaricio su mejilla antes de atravesar el
portal. Se cierra a mi paso, y el in erno nos recibe oscuro y siniestro.
Almas errantes se mueven como hojas arrastradas por el viento. Una la de mis mejores
guerreros aguarda, con su armadura de espinas tan a ladas que incluso su sola presencia
hiere.
Ignoro las miradas de los demonios. Algunos ya saben quién es la que cargo; otros
sienten la energía del heredero dentro de ella. Me extraña que no despierte todavía, pero
quizá necesita tiempo para recuperar lo que perdió.
Desconozco todo lo relacionado con su origen.
Recorro los pasillos iluminados por antorchas; en el suelo se distinguen nas líneas por
donde corre la lava, tiñendo de rojo el camino. Mi habitación, la que suelo ocupar, está
en un nivel superior, donde solo mis más leales guerreros tienen permitido entrar.
Al llegar, voy directo a la cama y deposito a Alya con cuidado sobre las sábanas.
Examino su cuerpo, revisando cada herida: la del costado ya está completamente cerrada,
pero las de sus manos, más profundas, aún tardan en sanar. No me queda duda de que es
obra de mi heredero. Aunque apenas tenga el tamaño de un frijol, ya muestra más fuerza
que un demonio común. Y eso me llena de orgullo.
Repasar las heridas no hace más que avivar mi furia. El coraje me corroe por haber
permitido que la torturaran de esa forma. Debí llegar antes… pero no lograba
encontrarla. Nunca se me había di cultado tanto localizar a alguien. Hay algo en torno a
Alya que me irrita: un velo constante, una neblina que la rodea y que impide que perciba
con claridad lo que ocurre a su alrededor.
Escucho pasos tras de mí y me aparto del cuerpo de la chica.
—Señor, Lyna ya viene en camino.
—Hay algo que no me gusta.
—¿Qué cosa, señor? —responde el demonio a mi lado mientras yo continúo revisando
a la pelinegra.
—Debería haber despertado ya.
—Tal vez necesita más tiempo.
Niego con la cabeza, sin creerlo. Paso la mano por su mejilla manchada de sangre y, con
un paño húmedo que trajo el pequeño demonio, limpio su rostro. Se ve tan tranquila…
como si realmente durmiera, y no se hubiera desplomado tras calcinar a una mujer con
hábito en medio de una iglesia sagrada.
Escuchado así, con esa crudeza, suena imposible para un humano.
Pero aquí nadie lo es.
Unos golpes suaves retumban en la puerta. Me incorporo y me alejo unos pasos de la
cama. Aunque sea la madre de mi heredero, sigo siendo el rey, y no puedo mostrarme
débil ante nadie. La maldita preocupación no se disipa y eso me enfurece. Ella estará bien,
lo sé.
¡Pero ¿por qué demonios no despierta?!
Ha pasado más de una hora desde el incidente y ni siquiera se ha movido. Es como si
estuviera atrapada en un sueño del que no la dejan salir.
La puerta se abre y el aire se impregna de una negrura pesada pero habitual. Lyna entra,
el ceño fruncido, y retira el velo oscuro que cubre su rostro. Sé lo que viene: la
confrontación. Shadow se hace a un lado, junto a la puerta.
—¿Qué hiciste?
Su voz retumba llena de reproche. Sus ojos se clavan en Alya, tendida en la cama, con
angustia y espanto. Las arrugas de su rostro se profundizan, como si contuviera las ganas
de destrozar algo.
—¿Qué le pasó? ¿Qué le hiciste? —se aproxima a la defensiva, aunque sabe que nada
puede hacerme, y su bastón tampoco le serviría de mucho—. ¿Qué hace Alya aquí, Häel?
Me encojo de hombros antes de contestar.
—No te traje para que me cuestiones. —Camino hacia ella con fastidio—. Revísala. Sus
heridas sanan, pero no despierta.
Una de sus manos se cierra con furia en un puño. Podría intentar matarme ahora
mismo.
Y digo tratar, porque no lo lograría.
Se acerca a la pelinegra y pasa la mano extendida por encima de su cuerpo. Observo
cada movimiento con detenimiento. Cuando llega a su vientre, frunce aún más el ceño y
me mira aterrada. Sé lo que piensa; lo mismo que me ronda a mí últimamente: que pude
haber esperado.
Pero no quise.
—¿Cómo te atreviste?
—Soy el rey del in erno, Lyna. —Avanzo hasta Alya y acaricio su mejilla con una
sonrisa fría—. Hago lo que me da la gana. ¿De verdad no lo viste venir?
—¡Te lo prohibimos! ¡No era lo que queríamos para ella!
—Lo que ustedes quisieran o no, estaba escrito. Y no podía cambiarse.
Me aparto con la mandíbula tensa. Odio que me reprochen. No tiene derecho.
—¡Sí podías! Te dimos soluciones.
—Soluciones mediocres, inútiles. —Regreso a encarar a la anciana. Aunque esté
colérica, me teme, y lo sé; mis ojos arden en un negro profundo—. Soluciones que solo
las bene ciaban a ustedes. ¿Para qué querría yo una demonia común, incapaz de darme
herederos, cuando la destinada es ella? —Señalo a Alya—. Esto estaba escrito. Iba a
suceder tarde o temprano.
—Todavía es una niña.
—Tú la sigues viendo como tal. Yo no. —Niego con rmeza.
—Häel, no era momento.
—Lo era. Lo es.
—Mi hermana ya te habría matado si siguiera con vida.
—No lo está. Y fue decisión suya. —Alzo las manos con ngida alegría—. ¡Pero veamos
el lado positivo! Al n nos emparentamos, como tanto anhelabas. Desde este instante estás
ante el rey del in erno y su legítima reina.
Niega despacio, sin apartar la vista de Alya, envuelta en las sábanas. La melancolía
ensombrece su mirada.
—La vas a matar.
Sonrío de lado, con amargura. Mi expresión se endurece de inmediato. Observo sus
párpados cerrados, ajena a todo lo que ocurre en esta habitación, ajena incluso a la
discusión que gira en torno a ella. Niego, con la rabia contenida recorriendo mi cuerpo,
como si esa bruja supiera más de lo que debería.
Yo soy quien sabe todo.
—Ella es la que va a acabar conmigo.
Capítulo 20

HÄEL

Entro al despacho y azoto la puerta; la furia aún quema en mi interior. Esa bruja cree que
puede darme órdenes, como si tuviera derecho a dictarme lo que debo hacer. Que la
conozca desde hace siglos no le da autoridad sobre mí. Si la pongo al mando de vez en
cuando es porque los del averno saben de lo que es capaz, y no se atreverían a desa arla a
menos que quieran morir en el intento.
Pero si ella decide meterse conmigo, no tendrá otra oportunidad. Nunca doy segundas
oportunidades. Si alguien falla una vez, puede fallar dos, y eso no lo permito. Igual que
los humanos: creen que pueden salvar su alma cuando ya me tienen enfrente; suplican
como si sus ruegos bastaran, sin saber que sus nombres están escritos en el libro del
inframundo.
Ahí donde pasarán la eternidad, pudriéndose como la basura que fueron en vida.
Lyna es ahora la bruja más poderosa, cabeza del Sabbat. La más vieja, y no por eso
menos peligrosa. Ser la líder signi ca experiencia, astucia, saber qué hacer y cuándo
hacerlo. Aunque contra mí no tendría ninguna oportunidad. Y, aun así, deshacerme de
ella no me convendría en nada. Menos ahora que sabe que Alya está en mis manos. Lyna
conoce cosas que yo ignoro y que, tarde o temprano, podrían servirle a la chica.
—Señor, ¿se le ofrece algo? —entra Horns sin siquiera tocar, como siempre.
—No. Solo avísame cuando Alya despierte.
—Así será. También quería informarle que algunos guardias están en las puertas del
in erno, conteniendo a las almas en pena que ingresaron hoy.
—¿Ya entraron los que mandé en la mañana?
—Sí, señor. Sus almas fueron enviadas a los pozos profundos.
—Quiero que los torturen eternamente. Que revivan, una y otra vez, cómo murieron.
Lento y doloroso.
—Como usted mande, mi rey. Me retiro.
El silencio reina en la o cina después de su partida.
Los humanos creen que el rey del in erno no carga preocupaciones, que nada lo
atormenta y que su único propósito es arrancar vidas. Y, en parte, tienen razón. Podría
sentarme en mi trono a observar cómo mis demonios se despedazan entre sí, cómo el
mundo arde, esperando que sus almas crucen mis puertas para recibir el castigo eterno.
Pero mi mente, ahora mismo, gira alrededor de una sola persona. Una que yace en un
sueño profundo del que aún no despierta. Nunca me había inquietado tanto alguien. Y
me miento a mí mismo pensando que es solo porque lleva a mi heredero en el vientre.
No es así.
La maldita profecía no puede cumplirse.
Debo mantenerme alejado de ella.
Pero no puedo.
Es como un imán que me arrastra.
Por eso desde el principio borré sus recuerdos sobre mí: para que fuera más fácil
soportar su cercanía. Pero no borré los míos. Y cada día es una condena recordar su piel
contra la mía, cómo la hice mía la primera vez, cómo su cuerpo ardía bajo mis besos…
Maldita sea.
Los sueños en los que la veía, que para Alya eran irreales, para mí eran tan verdaderos
como este in erno. Antes de meterme en su cama tuve que ganarme su corazón, aunque
ahora ella no recuerde nada.
Pero yo sí.
Cada noche.
Cada beso.
Cada mirada.
Cada palabra antes de que se quedara dormida.
Esos recuerdos me taladran como una tortura lenta, insoportable. No poder acercarme
a ella como deseo es un suplicio. Solo debo esperar a que me dé a mi heredero… y luego
no volver a verla jamás.
Recuesto la cabeza en el respaldo de mi silla, mirando el cielo ennegrecido que cubre el
techo de mi despacho, ese que da la ilusión de estar al aire libre cuando no lo estamos.
Unos golpes en la puerta interrumpen mis pensamientos.
No me dejan en paz ni un segundo.
—Hola, diablito.
—¿Qué quieres, Circe? —cierro los ojos intentando relajarme, aunque ya escucho sus
tacones acercarse junto con su perfume empalagoso.
—Solo venía a saludar. —Siento su peso caer en mi regazo—. ¿Te molesto?
—Sí. Vete.
—Cómo eres de malo conmigo. —Su mano recorre mi pecho. La detengo de la
muñeca y abro los ojos para toparme con los suyos, de un verde oscuro.
—Circe, vete a molestar a otro lado. Quiero estar solo.
—Qué grosero estás hoy. ¿No quieres un masaje para relajarte? —Sube sus manos a mis
hombros y los presiona suavemente.
—No. —Aparto sus manos con brusquedad.
—¿Qué tienes? —frunce el ceño y se acomoda mejor en mis piernas. Estoy a punto de
lanzarla fuera—. Puedo ayudarte.
—¿Por qué no vas a ayudar a tu abuela?
—¿Mi abuela está aquí? —se incorpora de un salto y retrocede.
Suspiro, cerrando los ojos de nuevo. En mi cabeza aparece la imagen de una chica de
ojos azules huyendo entre los árboles para que no la atrape.
—Está arriba. Con Alya.
—¿Alya? ¿La trajiste?
Puedo jurar que me mira incrédula, como si no pudiera asimilar lo que digo. Era obvio
que tarde o temprano sucedería, no sé por qué tanto dramatismo.
—Sí.
—¿Por qué? ¿Dónde la encontraste? ¿Qué hace aquí?
—Te estoy diciendo que está arriba. ¿Eres sorda? —gruño, fastidiado por el dolor de
cabeza que me provoca su voz… y los malditos recuerdos que no me dejan.
Lo último que escucho es la puerta del despacho cerrándose de golpe.
Al n, calma y silencio.

LYNA

Acaricio su cabello antes de colocar otro paño frío en su frente. No está acostumbrada al
calor del inframundo y puede estar sufriendo efectos secundarios… o quizá sea por haber
usado su poder cuando no debía, y menos aún teniendo una criatura dentro de ella.
No encuentro una razón clara para que permanezca en un sueño tan profundo; podría
tardar días en despertar.
A menos que alguien la haya sometido a propósito.
¿Pero quién?
Solo una bruja podría hacerlo, y Alya no tiene idea de ese tipo de artes.
—Ay, mi niña… haré lo posible por cuidarte.
Vuelvo a sumergir el paño en agua helada y lo apoyo en su frente. De reojo noto la
cabellera negra y ondulada de mi nieta asomarse por la puerta. Su expresión es incrédula
al ver a la chica tendida en la cama; se cruza de brazos antes de acercarse.
—¿Qué hace aquí?
—Häel la trajo.
—¿Cómo, abuela? Se suponía que no sabía dónde estaba.
—La encontró. No tengo idea de cómo, Cir —suspiro, agotada—. Está débil por usar
su poder sin saber controlarlo. Si queremos que despierte, debemos darle un poco del
nuestro.
—¡Eso sí que no, abuela! —me interrumpe con brusquedad—. ¡Ya tiene más poder que
nosotras y aun así debemos darle más?
—Baja la voz, Circe —ordeno con la paciencia al límite—. Que esté dormida no
signi ca que no escuche.
Ella bufa y me da la espalda. Masajeo mis sienes antes de acercarme con mi bastón.
—Por favor. Yo sé que mi hermana haría lo mismo por ti —le acaricio un hombro.
—Ella ya no está, abuela.
—Lo haría si siguiera viva.
—Pero no lo está —rehúsa, obstinada.
—Deja tu narcisismo a un lado. Es una orden, Circe.
Suspira hondo y asiente. El mismo carácter que su madre… algo que debe aprender a
dominar. Estoy segura de que Alya tiene el temperamento de mi hermana y lo poco que
recuerdo de Meg, su madre.
Meg se apartó de este mundo tras lo ocurrido. Renunció a sus dones y, como Alya no
mostraba señales de herencia, quiso desaparecer con ella. Después, mi hermana fue tras
ellas para hacerla recapacitar; temía por el destino de su hija. No la culpo. Desde que
quedó embarazada, la gente la señalaba, le repetían que su hija estaba destinada a lo peor.
Fueron tiempos difíciles para la familia. Mi hermana se apartó de todos por protegerlas,
hasta terminar muriendo sin su otra mitad. Todos hicimos sacri cios entonces y ninguno
se arrepintió. Le prometí a Sady que cuidaría de Alya, y ahora me toca cumplir.
Estoy segura de que ella habría hecho lo mismo por Circe.
Y ahora que Alya conoce este mundo, tendré que sumergirla en él de lleno. Explicarle
por qué hicimos lo que hicimos, enseñarle de qué es capaz… y contactar a Meg. Ella
también debe apoyarla, aunque sé que se enfurecerá.
—Colócate al otro lado y toma mis manos.
—Sé hacerlo, abuela.
—Bueno… a veces eres un poco olvidadiza.
—¿Me vas a seguir reprochando o vamos a levantar a la bella durmiente?
—Más respeto, es tu prima. —Tomo sus manos sobre el cuerpo de la chica.
Circe rueda los ojos antes de cerrarlos y comenzar el cántico. Un ligero resplandor brota
de nuestros cuerpos como humo suspendido en la habitación, precipitándose hacia Alya.
Elevo las manos al cielo mientras recito con más fuerza; las velas parpadean, pero no se
apagan.
De pronto, el cuerpo de la chica se incorpora de golpe, inhalando con di cultad, los
ojos abiertos de par en par. Retrocedemos un paso, dejándola recuperar aire. Luego la
recuesto con suavidad. Ha vuelto, en cierto modo, a la vida.
—¿Cómo te sientes?
Sus ojos se enfocan poco a poco en mí. Hay un brillo extraño en su mirada, único,
seguramente por el heredero que lleva dentro. Le acaricio el rostro con delicadeza,
mientras me invade una angustia: la de no poder protegerla como le prometí a mi
hermana.
—¿Abuela?
—No, soy Lyna. Hermana gemela de tu abuela. —Le acomodo un mechón—. ¿Te
sientes mejor?
—¿Hermana gemela? —frunce el ceño, confundida. Lo entiendo: tiene demasiado que
procesar.
—Te lo explicaré pronto. Ahora dime, ¿cómo te sientes?
—Bien… ¿segura que no eres mi abuela?
Río suavemente.
—No, mi niña. No lo soy. ¿No sientes nada más? ¿Quieres agua, algo de comer?
—Bien, yo… me duele la cabeza y tengo hambre.
Me observa con extrañeza.
—Cir, tráele algo de comer.
—Yo no soy la sirvienta aquí.
Alya la mira igual de sorprendida que yo. Reprimo las ganas de gritarle a mi nieta: esa
insolencia es su peor defecto y lo que siempre le impide avanzar como bruja.
—¡Circe!
—No pasa nada —interviene Alya, incómoda—. No tengo tanta hambre.
Se acomoda en la cama y mira alrededor con detenimiento. Entonces percibo el aura de
Häel aproximándose, cargada de molestia. Veo cómo Alya clava la vista en la puerta,
ansiosa. ¿Acaso siente su presencia también? Muy pocas brujas pueden percibir energías,
salvo que… ¿sea únicamente la de él?
Necesito descubrir sus poderes antes de que lo haga sola.
La puerta se abre sin ser tocada. El rey del in erno entra, imponente, acompañado de
un pequeño shadow con cuernos. Sus ojos se jan en la chica en la cama, y ella en él.
—Fuera.
—No la alteres, aún está débil —advierto.
—Fuera, dije.
Aprieto el bastón entre mis dedos. Nunca se me ha dado recibir órdenes, pero lo acato:
se trata de alguien superior a mí. Antes de salir, tomo el brazo de Circe porque sé que, de
no hacerlo, intentaría interponerse solo para captar la atención del demonio.
Ya en el pasillo, mi nieta se suelta bruscamente y se aleja con pasos airados. Suspiro,
agotada por el día. Tenemos demasiados problemas encima como para sumar uno más…
y este es el más grave de todos.
Observo cómo el pequeño shadow cierra la puerta tras de sí.
—Ella tiene hambre —le advierto.
—Mi rey la alimentará. No se preocupe por eso.
Frunzo el ceño mientras me alejo. Solo Häel sabe qué ideas ha sembrado ya en esa
niña… pero no pienso dejarlo así.
Le enseñaré lo que debió aprender hace tiempo. Lleva nuestra sangre, y de un modo
aún más poderoso al tener también la de su padre. Buscaré los libros antiguos. Necesito
saberlo todo sobre lo que ella es y lo que puede llegar a ser.
Aunque me cueste la vida entrenarla, lo haré.
Será lo que siempre anunciaron las profecías… pero mejor.
Sin errores.
Capítulo 21

ALYA

—Tengo hambre.
Es lo primero que digo cuando nos quedamos a solas.
—¿Te sientes bien?
Asiento mientras lo observo acercarse.
—Tengo mucha hambre.
—¿Qué se te antoja?
—Carne —susurro despacio.
Aún me siento mareada desde que desperté, la cabeza me punza y el recuerdo de mi
sueño es difuso: mi abuela hablándome, diciendo cosas que aún no logro —ni quiero—
entender. No con este hambre. Me niego a darle vueltas a aquello sin primero saciarme.
Siento como si hubiera dormido meses, con miedo de despertar y encontrarme la
barriga ya grande.
—¿Qué tipo de carne? —se acerca lentamente. Su rostro permanece serio, como si se
contuviera. Bajo la mirada a sus manos cerradas en puños.
—Tú sabes cuál.
—Es difícil conseguirla aquí abajo.
Suspiro, acomodándome mejor en la cama, mientras mis tripas emiten ruidos extraños.
Seguro se están devorando unas a otras.
—De la que sea, no importa.
Mis extremidades aún se sienten magulladas y cualquier movimiento me incomoda. Los
agujeros en mis palmas han desaparecido como por arte de magia, y lo mismo la herida
que la maldita vieja me dejó en el costado. Sé que Häel pudo haberme sanado como
aquella vez con mis pies, pero algo dentro de mí me dice que no lo hizo.
Recuerdo todo lo que sucedió en la catedral… lo que hice.
¿Cómo fue que le prendí fuego a esa mujer?
No tengo la menor idea. Solo recuerdo la rabia ardiendo en mi interior, sin pensar en
cómo lo hacía, solo en lo mucho que merecía morir.
Y sí.
Merecía morir.
—Eso te costará caro. —Su voz me arranca de mis pensamientos. Ahora está sentado al
borde de la cama, demasiado cerca.
Frunzo el ceño por su actitud.
—¿De qué hablas? ¿Eres consciente de que tengo hambre? ¡Y no solo yo, tu hijo
también!
—Soy consciente, Alya. —Sus ojos grises se clavan en los míos, brillando bajo la luz de
las velas—. Como no será fácil conseguir la carne, quiero algo a cambio.
—¿Qué quieres? No debería darte nada. —Cruzo los brazos, molesta.
—Algo pequeño. —Se relame los labios—. Un beso.
—¿Un beso? ¿Solo eso?
Frunzo el ceño, desconcertada. Ya nos habíamos besado antes, y que me lo pida así, sin
obligarme ni manipularme con sus poderes, resulta demasiado extraño. Se supone que es
el rey del in erno: él no pide, toma.
Su cuerpo se inclina sobre el mío, llenando mis pulmones de su aroma. ¿Cómo puede
oler tan bien? Su aliento roza mi cuello y sus labios acarician el lóbulo de mi oreja,
provocando que mi respiración se acelere.
—Un beso oscuro —susurra.
—¿Qué es eso? —pregunto, confundida.
—Lo sabrás cuando te dé uno.
—Entonces dámelo ya. Tengo hambre.
—Oh, pequeña… te lo daré cuando sea el momento adecuado.
Pequeña.
Miro cómo sus ojos cambian de color. Estoy atrapada bajo su cuerpo. Me remuevo
apenas, girando el rostro, y sus labios rozan mi mejilla. No entiendo qué le pasa para
portarse así. Usualmente mantiene la distancia, y ahora me tiene debajo de él. Es extraño.
Es como si hubiera añorado estar cerca.
¿Acaso sí estuve demasiado tiempo inconsciente y nadie me lo quiere decir? La energía
en mi interior ha cambiado, y también su manera de hablarme. Hay algo en mí que lo
recuerda, aunque al mismo tiempo no sabe quién es.
Mi cabeza explota.
—Tengo hambre —me quejo de nuevo, colocando las palmas en su pecho.
Sus ojos vuelven a buscar los míos. Esos segundos se sienten eternos, y sus grises oscuros
me atraviesan con una intensidad que me hace contener el aliento. Finalmente suspira, se
aparta y se pone de pie.
—Trataré de conseguirla rápido. Pero si se me complica, el precio irá subiendo.
—Eres un desgraciado por cobrarme por alimentar a tu hijo.
Lo veo rodar los ojos.
—Solo saco provecho de mi obra de caridad.
—¿Obra de caridad? ¿El rey del in erno haciendo caridad?
—Llámalo como quieras, mierda al n y al cabo.
—Solo haz aparecer la carne, de verdad me muero de hambre.
Me froto un ojo, desesperada, mientras mis tripas rugen como si quisieran salir. Tal vez
para él no sea nada, pero yo me siento al borde del colapso.
—No es igual que allá arriba, me costará mucho trabajo traer algo aquí.
—¿Aquí? —frunzo el ceño, confundida.
¿Ha dicho allá arriba?
—Estamos en el in erno, querida. —Su sonrisa cínica me revuelve el estómago—. En
mi castillo, para ser exactos.
Me incorporo de golpe y recuesto la espalda en la almohada, observando con detalle
cada rincón de la habitación. Sí noté que era distinta a lo que estoy acostumbrada, pero
jamás pensé que terminaría aquí.
¿Entonces morí?
¿O cómo es que pude pasar?
¿Por qué demonios estoy en este lugar?
—¿Qué hago aquí? ¿Estoy muerta? ¡Te dije que no quería venir!
Levanto la mirada y me topo con un techo que no existe: en su lugar se extiende un
cielo negro, cubierto de nubes que, aunque sombrío, resulta extrañamente hermoso.
—Iré por tu comida. Horns te explicará todo.
—¡¿Por qué siempre huyes?! ¡Nunca quieres explicarme nada!
—Tendrás lo que quieres antes de que lo notes. Descansa mientras tanto.
Me guiña un ojo y, antes de que pueda replicar, desaparece como si se hubiera deshecho
en el aire. Giro la cabeza en todas direcciones, buscándolo inútilmente. No queda rastro
de él.
Ojalá se hubiera evaporado para siempre.
Aprieto la sábana entre mis manos, arrugándola con rabia. La molestia me recorre el
cuerpo como una corriente eléctrica. ¿Cómo se le ocurre traerme justo al único lugar que
juré que no quería pisar jamás?
Maldito demonio.
Acaricio mi vientre sobre la blusa manchada de sangre y hecha jirones. Hago una mueca
y dejo caer la cabeza contra la almohada, cerrando los ojos.
—¿Se le ofrece algo, señora?
—¡Demonios! —abro los ojos de golpe y llevo una mano a mi pecho por el susto. El
pequeño con cuernos me mira desde el pie de la cama—. Horns, casi me matas del susto.
—Lo siento, mi reina. —Agacha la cabeza, apenado. Sus grandes ojos me hacen sentir
culpable por gritarle. Seguro entró sin pensar que yo no lo vería… aunque no tengo idea
de cómo lo hizo sin hacer ruido—. No quería asustarla. Solo cumplía con el encargo del
señor: preguntarle si necesita algo.
Respiro hondo y observo mi ropa hecha trizas.
—¿Puedes conseguirme ropa limpia y señalarme un baño?
—Por supuesto. Esta habitación tiene uno propio y yo le traeré ropa.
—Perfecto. Necesito ducharme para quitarme toda esta sangre y, bueno, cambiarme de
atuendo. —Hago una mueca mirando mi blusa destrozada.
Le sonrío levemente y me incorporo despacio, apartando las sábanas. Aunque no me
duela nada, aún no entiendo bien lo que pasó y no me gustaría que se repitiera si no sé
cómo controlarlo.
¿De verdad fui yo?
¿O solo fue un maldito sueño?
¿Podría el bebé darme habilidades especiales?
Al entrar al baño examino cada rincón con descon anza, esperando encontrar algo
extraño: escorpiones, sombras o pequeñas almas errantes observándome mientras me
ducho.
Pero no.
Los baños en el in erno parecen iguales que en la Tierra.
Me lavo lo más rápido que puedo, aguantando el hambre que me carcome por dentro.
Si estuviera arriba ya habría devorado algo. Cuando el jabón pasa por el costado de mi
vientre, justo donde horas atrás tenía incrustado un cuchillo, un escalofrío recorre todo
mi cuerpo.
Estoy segura de que, si el bebé que espero no fuera el heredero del in erno, lo habría
perdido en ese instante.
Pero, por alguna razón, sé que está bien. Sé que el cuchillo no lo tocó.
Bajo la mirada a mi estómago aún plano.
Si mis cálculos no fallan, hace una semana cumplí los dos meses.
Las preguntas que aún rondan mi mente me as xian. Cada vez son más y las primeras
siguen sin respuesta. Esta debería ser mi oportunidad para interrogar al demonio ahora
que estoy en su lugar de origen. No creo que pretenda seguir ocultándome cosas después
de lo que pasó hace poco. Necesito estar informada.
Si hubiera sabido que una secta de fanáticos religiosos podía secuestrarme para matarme,
habría tomado más precauciones. Tal vez un arma, algo para defenderme. Qué sé yo.
Al salir del baño, me cepillo el cabello húmedo con los dedos —no tengo cepillo—.
Horns me ha traído una bata de dormir que, aunque cómoda, jamás me animaría a usar
fuera de esta habitación.
Tuve que lavar a mano mi ropa interior y dejarla secar en el baño, lejos de miradas
ajenas. Me dejo caer sobre la cama con un suspiro; las puntas húmedas de mi cabello
mojan la tela. Solo ruego que mi ropa se seque lo más rápido posible.
Andar prácticamente desnuda en un lugar totalmente desconocido me provoca
ansiedad. Abrazo mi cuerpo en busca de calor; cuando desperté aquí hacía más calor, pero
parece que la temperatura desciende con el paso de los minutos.
Recorro la habitación con la mirada. Cualquiera pensaría que, por tratarse del in erno,
todo debería verse ruinoso, tenebroso, con telarañas colgando y sangre en las paredes.
Pero no.
El espacio luce antiguo, sí, pero limpio y ordenado. Incluso yo creía que estaría repleto
de cadáveres o lamentos de almas penando en cada rincón. Mis ojos se detienen en los
estantes cargados de libros viejos; hojeo algunos con curiosidad. Los armarios están
atiborrados de ropa negra masculina, así que no hay duda: esta es la habitación de Häel.
Ni hablar de la colección de colonias que huelen endiabladamente bien… hasta el rey del
in erno se preocupa por su aroma.
—Adivina qué encontré.
Un grito se me escapa al escuchar su voz justo detrás de mí.
—¡Por qué te apareces así! ¡Me asustas! —llevo la mano al pecho, agitada.
—¿Para qué materializarme afuera si puedo hacerlo dentro?
—Tal vez para no darme un infarto con tu entrada repentina —replico, rodando los
ojos. Es la segunda vez en poco tiempo que me hacen saltar del susto. Suspiro, intentando
recuperar la calma.
—Ya, deja el drama. Te traje algo que te va a encantar.
Me acomodo sobre la cama para observar qué trajo. Si hay un tema que me delata es la
comida; mis antojos siempre terminan siendo suyos también.
—¿Qué trajiste?
—Un corazón.
Lo dice en un murmullo, con sus ojos claros tornándose oscuros. Trago saliva y me
humedezco los labios.
Odio que mi cuerpo —y sobre todo mi estómago— reaccionen así.
—¿Un corazón de qué?
Desde que supe del embarazo, mis antojos se intensi caron. Al principio solo quería
carne, pero cada semana escalaba un poco más. Lo peor es que no solo me saciaba: me
sabía deliciosa. Y Häel, claro, nunca dudó en complacerme.
—De algo que dio su vida para que mi reina se alimente.
De pronto saca la mano de detrás de su espalda y me ofrece un pedazo de carne
perfectamente reconocible, limpio, como recién lavado. Mis tripas rugen; me relamo los
labios. Debería darme asco. No lo hace.
—Lo quiero cocido.
—Como lo pida mi reina.
Su palma envuelve la pieza y una llama roja la consume suavemente, cocinándola como
si fuera un horno experto.
Mientras lo observo, me descubro estudiando su sonrisa. Sé que algo en su
comportamiento cambió, que me llama de una forma distinta… pero ahora mismo lo
único que me importa es lo bien que huele esa carne. Y el hambre voraz que me quema
por dentro.
Cuando me entrega la pieza completamente cocida, no dudo en devorarla. El sabor
estalla en mi boca con una fuerza extraña, placentera. Su textura es distinta a la carne
común; aún tibia, a pesar de haber estado hace segundos envuelta en llamas. Mi
estómago, al n, empieza a calmarse, y un gemido de satisfacción se me escapa sin querer.
No puedo creer que esto me sacie, pero lo hace.
—Gracias.
Es lo único que alcanzo a decir al terminar el pedazo. No sé cómo demonios lo
consiguió esta vez. Al principio mi conciencia me carcomía, pensando en qué hacía para
obtener lo que le pedía, por más hipócrita que sonara al reprocharle mientras seguía
aceptando la comida. Pero tenía que alimentarme.
Mi hijo necesitaba nutrirse para volverse fuerte. No se trataba solo de mí. Era una lucha
interna: dejar de pensar únicamente en mi propia hambre y empezar a pensar en él. No
importaba de dónde Häel sacara la comida; tenía que comer, sin remordimientos.
—Ahora me debes algo.
Lo miro desconcertada.
—¿Te debo algo?
—Sí.
—¿Y según tú… qué?
Con un gesto insólitamente delicado, toma un mechón de mi cabello suelto y lo
acomoda detrás de mi oreja. Sus ojos grises me atrapan.
—Un beso.
—¿Ahora mismo?
—No el que te pedí antes, al menos no todavía. Este será distinto.
Trago saliva cuando siento su respiración rozarme el oído. Mi espalda se tensa al
instante. Un suspiro entrecortado escapa de mis labios ante su cercanía, como si analizara
cada rincón de mi rostro. Bajo la mirada, clavándola en el suelo, en espera de su siguiente
movimiento.
Estoy nerviosa, y no lo niego. No solo porque se trate de Häel, sino porque él ha sido el
único hombre con el que he tenido algún tipo de contacto. Hasta ahora caigo en cuenta:
él fue mi primer beso… y, seguramente, mi primera vez en aquel instante que mi
memoria bloquea.
Eso me frustra.
No debería sentir nervios por volver a besarlo. Es solo un beso. Además, se lo merece,
en cierta forma: cumplió con traerme comida, aunque fuera su responsabilidad.
Un roce en mi clavícula me arranca de mis pensamientos. Sus labios avanzan despacio,
como en un recorrido calculado, ascendiendo hasta detenerse en la comisura de mi boca.
—Cierra los ojos.
Mis manos aprietan el borde de la bata que me cubre. Antes de obedecer, alzo la vista:
sus pupilas se han oscurecido varios tonos. Trago saliva al verlo tragar él también, su
manzana de Adán moviéndose con lentitud. Su cabello negro como la noche cae sobre su
rostro sin cuidado.
Y en sus ojos descubro algo más que deseo:
Seguridad.
Dominio.
Y un matiz de impaciencia.
—Cierra los ojos, Alya. Y no los abras.
Obedezco al instante, cuando su voz se torna más grave, casi una orden. Lo siguiente
que siento son sus labios, que se apoderan de los míos con brutalidad. Su cuerpo me
cubre, tomándome por sorpresa. Mis manos se aferran a sus hombros, aunque no
impiden que termine recostada en la cama mullida con él encima.
Ni siquiera tengo tiempo de pensar.
Sus labios devoran los míos con urgencia, como si hubiese esperado este momento
desde que desperté. Mis dedos ascienden por sus hombros hasta enredarse en su cabello,
tirando suavemente. No sé de dónde me nace esa jación, pero me obsesiona. Y más aún
cuando sé que lo irrita. Lo hago de nuevo, con más fuerza.
Tal vez no debería permitir que me bese, pero en este instante lo necesito. Me siento
más unida a él, como si existiera algo invisible entre nosotros que no solo se tratara de
nuestro hijo, sino de algo más profundo. Mi piel hormiguea bajo sus caricias, como si lo
reconociera, estremeciéndose con cada roce de sus manos.
Vuelvo a jalar su cabello, esta vez con más fuerza, logrando que se irrite y rompa el beso
dejando una mordida de castigo en mi labio inferior.
Mi pecho sube y baja con violencia por la respiración agitada. La suya suena igual o
incluso más descontrolada debido a la cercanía. No sé si puedo abrir los ojos, y esa duda
me mantiene ansiosa. Lo siguiente que siento es cómo atrapa mis muñecas y las
inmoviliza sobre mi cabeza, apartando mis manos de su cabello.
—No abras los ojos por nada del mundo —susurra ronco—. Y mantén tus malditas
manos lejos de mi cabello.
Su gruñido, tan cerca de mi oído, me obliga a entreabrir los labios para tomar aire.
Suena molesto, y la forma posesiva en la que se cierne sobre mí lo con rma: su cuerpo
pesado cubre el mío por completo.
Sus manos descienden hasta mi cintura. El hecho de no ver nada, de tener los ojos
cerrados, me mantiene en tensión. No sé qué hacer ni qué expresión lleva en el rostro.
Aunque quisiera abrirlos, no puedo; siento como sus poderes me lo impiden. Tampoco
puedo mover las manos, atrapadas sobre mi cabeza bajo su maldito hechizo.
La impaciente ahora soy yo. De pronto, su cuerpo se aparta y no tengo idea de lo que
hace. Un recuerdo vago me golpea de inmediato y siento cómo mi rostro se tiñe de rojo.
Solo llevo la bata encima.
Otra vez.
Me remuevo inquieta sobre la cama, cada bra de mi cuerpo atenazada por la
incertidumbre. La tela ligera se adhiere a mi piel y sé perfectamente qué partes pueden
transparentarse.
—Häel…
—Shh.
Trago saliva, aún más nerviosa.
Capítulo 22

HÄEL

Observo su cuerpo con atención. Cada curva reclama mi mirada; su cabello se esparce
sobre las sábanas negras y sus pechos se marcan bajo la bata blanca que deja demasiado a la
imaginación. Paso la lengua por mis labios resecos al imaginármela desnuda; una visión
que ya he tenido antes.
Una na capa de tensión nos envuelve, no solo de mi parte: también de la suya. Su
cuerpo grita que lo toque.
Que lo bese.
Que lo torture.
Las ganas de hacerla mía recorren mi interior de forma incontrolable.
—Häel…
—Shh.
Aprieto su cintura, arrastrándola hacia mí. La bata se sube, dejando a la vista un lugar en
especí co que provoca que cierta parte de mi cuerpo despierte ansiosa. Deslizo mi mano
por su muslo, subiendo la tela poco a poco; su piel es suave, se eriza bajo mi contacto.
Distintas maneras de corromperla des lan por mi mente. Quiero tenerla sometida debajo
de mí, suplicándome que no me detenga aunque le duela. Intento apartar esos
pensamientos, porque solo lo haré si me lo pide. Pero… no puedo.
La necesito como un loco.
¡Maldita sea!
Lo que debí hacer no era borrar solo sus recuerdos, sino también los míos. Son ellos los
que me torturan.
Sabía que, si la traía al Averno, nuestro vínculo se intensi caría. Ella lo percibe, aunque
aún no comprenda de qué se trata. Tal vez esté confundida, tal vez su piel arda porque
espera impaciente a que la devore como un lobo a su presa. Guarda silencio, aguardando
mi próximo movimiento.
Me inclino sobre ella sin apartar las manos de su cintura. Detengo mi rostro frente a
uno de sus pechos, visible a través de la na tela de satén. Me relamo los labios antes de
lamerlo un par de veces, hasta sentir cómo su pezón responde. Aferro su cintura con más
fuerza cuando se remueve sobre la cama, dejando escapar suspiros.
Si supiera que esto apenas comienza.
Si supiera que su piel arde solo con mi roce, que cada caricia, aunque delicada, podría
ser aún más.
Más ruda.
Más fuerte.
Lo su ciente para arrancarle gritos.
Para que todo mi maldito castillo escuche cómo la reclamo como mía.
Atrapo su pezón con mi boca, succionando hasta humedecer la tela. Sus jadeos llenan la
habitación de manera deliciosa. Mis manos ascienden por sus muslos, empujando el
camisón hasta su cintura. Necesito besar su piel directamente antes de perder el control.
Vuelvo a sus labios con hambre, y entonces siento sus dedos hundirse en mi cabello. Estoy
a punto de detenerme para preguntarle cómo demonios logró mover las manos que tenía
bajo mi hechizo.
¡Pero al carajo!
Que me deje calvo si quiere.
Sus labios reciben los míos, me conceden espacio para invadir con mi lengua,
saboreando la suya en un baile perfecto de necesidad. Entre tirones a mi cabello, sus
manos bajan por mi pecho; aunque la mantengo sometida, aprovecha para quitarme la
camisa negra. Sus dedos tiemblan, con rmando que está consciente de lo que hace. En
ningún momento la he obligado. Puede detenerme si lo desea.
Aunque preferiría que no lo hiciera.
Con su ayuda termino de despojarme de la prenda y la lanzo a un rincón de la
habitación. Tomo de nuevo sus muñecas y las inmovilizo sobre su cabeza, sin un atisbo de
suavidad. Acerco mi rostro a sus labios, hinchados y rojos por nuestros besos.
—Vuelve a acercar tus manos a mi cabello y te juro que voy a tomarte por detrás tan
fuerte, que no podrás sentarte en una semana.
Alya entreabre los labios cuando termino de hablar con voz ronca. Sus párpados, aún
cerrados, se agitan antes de abrirse, dejando ver sus ojos teñidos de un púrpura brillante.
Eso, de nitivamente, no es humano. Sé con certeza que ella es poderosa, mucho más de
lo que imagina, pero ese poder puede destruirla si no aprende a controlarlo… y, peor aún,
poner en riesgo la vida de mi heredero. Pre ero que permanezca dormido hasta que
nazca.
—Solo lo toqué, suéltame —intenta liberarse de mi agarre.
—Lo jalaste como siempre lo haces, mujer.
—No seas llorón. Si no aguantas eso, mejor quítate.
Frunzo el ceño por su reproche. Sus ojos me observan con furia, pero se equivoca si cree
que esto terminará aquí.
—La que no va a resistir vas a ser tú. —Dejo sus muñecas inmovilizadas con uno de mis
conjuros—. Cuando me ruegues que pare… —voy subiendo la bata hasta descubrir sus
pechos—, iré más rápido. Y cuando me digas que vaya suave… —beso el valle entre sus
senos, ahora medio expuestos—, lo haré más fuerte. Porque al nal te va a gustar tanto
que no querrás que me detenga ni un maldito segundo.
—Suenas demasiado seguro.
Su voz no tiembla, pero su cuerpo sí. Está afectada por mis palabras, lo sé.
—Lo estoy. ¿Aun así quieres que me aparte?
Muerdo la piel bajo sus pechos al sentir cómo se estremece. La tengo medio desnuda
debajo de mí y ni siquiera he empezado. De verdad me estoy conteniendo como nunca
en mi vida.
—No quiero que te detengas.
Suspiro contra su piel. Apoyo los antebrazos a cada lado de su cuerpo y levanto la
cabeza para observar su rostro. Sus ojos buscan los míos, igual de hambrientos, igual de
desesperados. La habitación se siente más sofocante de lo normal; por lo general la
temperatura desciende con el tiempo, pero ahora parece arder.
—¿Estás segura?
—¿Y tú lo estás? —eleva una ceja, burlona.
—Yo no soy seguro.
Rozo sus labios antes de morder suavemente el inferior.
—Uy, qué miedo me da eso. —Su comentario irónico coincide con sus dedos
hundiéndose en mi cabello, y aprieto la mandíbula.
—¿Acaso quieres morir esta noche?
—Si me vas a matar tú, encantada.
—Voy a hacer algo más que matarte.
De un movimiento la giro y la dejo boca abajo, rendida bajo mi control. Su rostro
re eja sorpresa… y algo más. Quizás dude de lo que acabo de prometerle, pero cada
palabra que le he dicho es cierta. Sí, fui cuidadoso la primera vez para no lastimarla, pero
hoy… hoy será distinto.
No habrá compasión.
—¿Qué haces?
—Eres mi reina, ¿no? —susurro contra su oído, mordiendo el lóbulo mientras me
presiono contra su trasero—. Puedo tomarte en la posición que me dé la gana.
—P-pero…
—Shh. —Rompo su camisón de un tirón, dejando su espalda al descubierto. Me relamo
al ver las pequeñas pecas esparcidas por su piel—. Solo siente cómo te hago mía.
Cada centímetro de ella arde bajo mis labios. Mientras recorro su espalda con besos,
desabrocho mi pantalón, comenzando por el cinturón.
Necesito atarle las manos si quiero que mi cabello sobreviva. Volteo su delicado y
hermoso cuerpo con facilidad y, al estar frente a ella, mi mente se incendia, mi cuerpo se
carboniza…
Ardo. Ardo por ella.
Mierda.
—¿Qué haces, Häel? ¡No!
Chisto. Me gusta mi nombre en sus labios, más no si trae una puta negativa que no
pienso acatar. Con el cinturón sujeto sus muñecas; gime al sentir cómo aprieto más de lo
previsto. Vuelvo a levantarlas, atándolas juntas sobre su cabeza.
—No quiero tus manos en mi cabello, y no sé cómo mierda logras moverlas aunque las
inmovilice.
—Eres un abusador.
Sonrío de lado, deslizando mi otra mano por su cadera hasta la curva de su cintura.
—Estás ansiando que este abusador te toque, ¿o me equivoco?
Escucho cómo traga saliva. Se retuerce intentando liberarse, pero no responde. La
suelto solo para deshacerme de mis pantalones y quedo arrodillado en la cama, a un lado
de ella. Alya se incorpora lo justo, con las piernas exionadas. La penumbra ilumina lo
su ciente para repasar cada rincón de su desnudez. Ella me sostiene la mirada,
temblorosa… y expectante.
Si supiera lo inocente que se ve en este momento, nadie pensaría que es capaz de
calcinar a alguien con solo desearlo. Acaricio una de sus mejillas, enrojecida por el calor
que sofoca la habitación. Sus ojos se cierran ante mi toque. No sé qué tiene esta mujer que
me enloquece.
Solo debía poner a mi hijo dentro de ella y desaparecer hasta que naciera. Pero no…
aquí estoy, a punto de intentar engendrarle otro.
Lo haría sin pensarlo dos veces de ser posible.
Su cuerpo se inclina hacia mí para besarme. Cierro los ojos cuando sus labios rozan los
míos con suavidad; no entiendo por qué me besa de esa forma. Le sigo el ritmo, su lengua
entra lentamente en mi boca y yo jalo de su cadera para pegarla más a mí… hasta que sus
malditas manos vuelven a tirar de mi cabello con fuerza.
Me aparto de golpe, abro los ojos y me recibe con una sonrisa burlona.
—¿Cómo carajos…? —sujeto sus muñecas, ya sin el cinturón—. ¿Dónde está? ¿Cómo
te lo quitaste? —frunzo el ceño, irritado y desconcertado.
—Allá. —señala con la cabeza el sofá en la esquina. El cinturón descansa ahí como si yo
mismo lo hubiera dejado—. ¿No es increíble?
—¿Quieres que lo traiga y te azote por desobediente?
—Estoy embarazada, no serías capaz.
—No me toques los cojones, Alya.
—Ni siquiera te he tocado —susurra con ngida inocencia.
Aprieto la mandíbula, furioso. Esta niña va a acabar con lo poco de paciencia que me
queda.
—¿Cómo te lo quitaste y lo llevaste allá?
—Magia.
—Alya, no estoy jugando. Me estás haciendo perder la calma.
—¿Yo? —inquiere. Aprieto más sus muñecas y la jalo hacia mí, obligándola a quedar
encima—. Solo relájate.
Me besa sin aviso. Cuando libero sus muñecas, rodea mi cuello con los brazos para
acortar aún más la distancia. El beso es intenso, cargado de hambre. Me gusta verla
entregarse, dejando a un lado su maldita timidez. Pero esa magia suya… esa manía de
desa arme, de salirse de mi control, me crispa los nervios.
No sé cómo lo hace ni cómo ha aprendido, y eso me jode. Estoy acostumbrado a
manejarlo todo, a ordenar y que se cumpla, no a que jueguen conmigo de esta manera.
Ya le advertí desde el principio que odiaba que me jalara el cabello. Debió entenderlo.
Pero no… parece que le divierte. O le excita demasiado hacerlo.
Lo dejaré pasar, solo esta vez, porque la deseo más desnuda y temblando bajo mí que
discutiendo.
Deslizo una mano por sus muslos hasta colarme por un pequeño espacio, arrancándole
gemidos. Muerdo su labio inferior mientras la otra mano sube a su cabello, obligándola a
pegarse más a mí. Sus pechos presionan mi piel y un estremecimiento nos sacude a
ambos.
Dejo sus labios y bajo a su cuello mientras la recuesto en la cama. Mis manos recorren
cada centímetro de su piel y mis besos descienden con calma. Un suspiro se me escapa
cuando siento sus dedos juguetear cerca del elástico de mi bóxer. Chupo un punto
sensible en su cuello sin detener el ritmo de mis dedos en su interior.
—Häel… —gime arqueando la espalda.
—Y eso que solo tienes mis dedos dentro.
Sonrío contra su piel y muerdo suavemente el lóbulo de su oreja al colar otro dedo. Ella
se estremece, sus uñas se clavan en mis hombros, y echa la cabeza hacia atrás,
ofreciéndome la perfecta vista de su cuello, listo para marcarlo. No solo con mis dientes.
También con mis manos.
Mis labios recorren su piel, raspando apenas con los dientes. Jadea. Succiono despacio
antes de trazar un camino hasta sus pechos.
—Ya basta de juegos.
—¿Qué juegos, mi reina? —murmuro, atrapando uno de sus pezones con la boca. Su
mano vuelve a mi cabello; gruño y muerdo cuando tira con fuerza.
—Ay, no me muerdas. —acaricia su pecho enrojecido.
Poso ambas manos en su cadera y la jalo hacia mí. Sus labios, hinchados de tanto
morderlos, me tientan demasiado. La tomo del cabello y reclamo su boca con violencia.
Será la primera vez que la tome de esta manera, y todo porque ya no soporto más. La
necesito ahora. La he imaginado en esta posición desde aquella noche. Sí, entonces fui
gentil, porque quería que fuera especial.
Esta vez no.
Hoy no habrá compasión.
De un solo movimiento la giro, dejándola de espaldas a mí. Tomo sus caderas mientras
me coloco de rodillas detrás de ella. Me relamo los labios, impaciente. Alya gira el rostro
para mirarme con confusión.
—Ni se te ocurra.
—No es lo que piensas, sucia. —sonrío con picardía—. Aunque ganas no me faltan. —
acaricio sus glúteos con ambas manos.
—No seas tan brusco. —suspira, mordiéndose el labio.
Trago saliva al ver su cara. ¿Cómo quiere que mantenga la calma si está ahí, desnuda,
con esa expresión inocente?
A punto de que la folle.
Y sin intenciones de ser suave.
Acomodo mi miembro en su entrada. Inspiro hondo, observando su espalda arqueada
en silencio. Solo nuestras respiraciones agitadas llenan la habitación. Me inclino sobre su
cuerpo, deslizo apenas la punta dentro de ella. Una descarga de rayos atraviesa mi cuerpo;
la ansiedad y la excitación me devoran. Con la mano libre recojo su cabello entero como
si fuera una liga y lo jalo hacia atrás, obligándola a alzar el rostro. Un jadeo escapa de sus
labios.
Para que sepa cómo se siente.
Rozo mis labios en el lóbulo de su oreja.
—Eres un ángel rodeada de demonios —susurro, aferrándome a su cadera antes de
hundirme en ella de un solo golpe—. Y yo soy el peor de todos.
La habitación se llena de gemidos y jadeos. Entreabro los labios, disfrutando lo
indescriptible que es estar otra vez dentro de Alya. Sus dedos se aferran a las sábanas con
una mano y con la otra se sostiene del marco de la cama. Esta posición me permite ir más
profundo. Meto la mano entre nosotros y froto su clítoris con el pulgar, arrancándole
gemidos más fuertes. No quiero ser el único desquiciado aquí: necesito que se pierda
conmigo en esta locura.
Después de unos minutos, cuando sé que puede agotarse, cambio de posición. La
recuesto en la cama y me coloco encima, enterrándome en ella de nuevo.
Mis labios bajan a sus pechos, dándoles la atención que reclaman mientras nuestras
caderas chocan en un vaivén brusco y desesperado. Tomo una de sus piernas y la enrosco
alrededor de mi cadera para hundirme aún más en su interior. Reposo mi frente en medio
de sus senos, jadeando.
Sé que estoy en el in erno, pero dentro de ella se siente como sobrevolar el maldito
cielo.
Sus uñas se clavan en mi espalda, su voz se mezcla entre quejidos y gemidos.
—Häel…
Entreabro los labios al escuchar cómo mi nombre sale de su dulce boca.
Se supone que debía mantenerme lejos de ella.
Pero ya es demasiado tarde.
Maldita sea.
Capítulo 23

ALYA

Danzo sobre nubes, salto de una a otra tratando de no caer. El cielo tiene un color único, igual
que ellas, como si estuvieran hechas del algodón más no. A lo lejos distingo un puente
resplandeciente; no sé de qué se trata todo esto. Seguramente es un sueño, como siempre, pero
eso no impide que se sienta real. Es como si volara, sin miedo alguno a precipitarme. En la
distancia, algunos pájaros cruzan el horizonte.
Al llegar al inicio del puente me topo con una puerta cerrada. Bajo la mirada: llevo un
vestido blanco, suelto, adornado con bordados de ores del mismo tono. Mis pies desnudos se
hunden en el suave algodón que cubre el suelo mientras me acerco a las puertas doradas.
Empujo una hoja con cautela y esta se abre lentamente.
No entiendo qué hago aquí, pero puedo jurar que esto tiene que ver con el cielo. El aire
transmite una paz tan profunda que asusta. Dentro, un camino bordea árboles de colores
imposibles y conduce hasta un castillo majestuoso, todo bañado en blanco y armonía.
Se ve tan puro.
Y la duda me corroe.
¿Qué hago en este lugar?
La angustia oprime mi pecho. Tal vez este sitio irradie calma, pero a mí me la arrebata.
Trago saliva y aprieto los pliegues del vestido entre mis puños. Avanzo unos pasos hasta
escuchar voces. No me hablan a mí: conversan entre ellos.
Me giro en círculos, buscando la fuente. No muy lejos distingo a dos guras vestidas de
blanco. Una me da la espalda, pero ese cabello oscuro como la noche me resulta inconfundible.
Frunzo el ceño. El otro hombre lleva el cabello castaño recogido en una coleta, el rostro serio,
como si debatiera algo importante.
Vuelvo la mirada al pelinegro y me acerco despacio, bordeando el lugar para verle de frente,
aunque una parte de mí ya sabe que es él. No tengo duda alguna.
No alcanzo a oír con claridad lo que discuten, apenas murmullos. Sigo avanzando hasta que
el per l del hombre me con rma lo que temía.
Häel.
Sus ojos grises resplandecen a tal punto que parecen blancos. Su cabello es más largo, su
aspecto más joven… pero sigue siendo él. Examino cada rasgo de su rostro. Su piel está libre de
tatuajes y el blanco de sus ropajes lo hace ver menos siniestro, aunque su semblante conserva esa
expresión de alguien capaz de matar a quien se interponga en su camino. Una ligera corona
de oro, con hojas namente trabajadas, reposa sobre su cabeza. Frunce las cejas, concentrado en
las palabras de su interlocutor.
Me acerco otro poco. Creo que no pueden verme; ya lo habrían notado si fuera así. Me
detengo de golpe cuando Häel se vuelve hacia mí y camina en mi dirección. El corazón me
martillea en el pecho, el sudor me empapa las palmas. Respiro aliviada al comprobar que en
realidad no me ve: sus ojos atraviesan mi gura como si yo no existiera. Vuelve a girarse
cuando el castaño le habla de nuevo. Parecen discutir con fuerza, pero aun estando más cerca,
solo percibo fragmentos incomprensibles.
El rey del in erno niega con la cabeza, zanja la conversación y retoma su camino.
Observo su rostro sin un ápice de maldad. Poderoso, sí, pero distinto… hay algo en su
interior que brilla con un fulgor angelical. Algunos mechones rebeldes se escapan de la corona y
caen sobre su frente, haciéndolo ver todavía más perfecto.
Me pregunto por qué sueño esto, por qué Häel aparece de esta forma, qué hace aquí arriba.
Pero todas esas dudas se disipan cuando se detiene a escasos pasos de mí. Sus ojos se abren
desmesuradamente y comienzan a oscurecerse. Frunzo el ceño, desconcertada, hasta que lo veo.
Una línea de sangre brota lentamente de la comisura de su boca.
Bajo la mirada poco a poco y descubro una mancha roja que comienza a extenderse en su
camisa blanca, justo a la altura del corazón. De repente cae de rodillas, dejando ver a la
persona responsable detrás de él. Retrocedo un paso, los ojos llenos de lágrimas, y me tapo la
boca con las manos, horrorizada. Todo a mi alrededor cambia bruscamente: las nubes se
tornan negras y los árboles, antes llenos de vida, empiezan a marchitarse.
Regreso la vista al hombre castaño que sostiene una daga ensangrentada. Me observa en
silencio, con una ligera sonrisa que me hiela la sangre. Sus ojos color miel me atraviesan y me
obligan a retroceder más, hasta que caigo.
El vacío me envuelve. El golpe seco contra el pecho me saca el aire cuando las nubes se abren
bajo mis pies y me dejan caer. Trato de apartar el cabello de mi rostro mientras desciendo a
toda velocidad. El cielo ya no es azul. Es gris. Es rojo.
El viento azota mi cuerpo, el vértigo me consume. Extiendo los brazos y un grito desgarrador
se escapa de mis labios.
Despierto sobresaltada. El sudor hace que el cabello se me pegue a la frente. Trato de
tragar saliva y respiro hondo para llenar mis pulmones. Un nudo me oprime la garganta
al recordar el cuerpo inerte de Häel, la imagen del hombre apuñalándolo por la espalda.
Intento calmarme, pero la escena de mi sueño se repite una y otra vez. Me obligo a
contar las estrellas en el techo de la habitación —ese falso cielo nocturno— hasta que la
respiración vuelve a estabilizarse.
¿De verdad pasó o solo fue un maldito sueño?
Me levanto y envuelvo mi cuerpo en una sábana. Hace rato que el pelinegro salió por
un problema con sus soldados. Apenas entendí lo que ocurría; tampoco se molestó en
darme muchas explicaciones. Escuché más de lo que Horns le decía que de lo que él me
aclaró. Ni siquiera sabía que tenía un ejército.
Solo pedí que me trajeran ropa que no fuera demasiado reveladora para poder salir de la
habitación. En una esquina de la cama noto lo que seguramente Häel dejó para mí. Me
acerco y descubro un pantalón negro, una blusa y una chaqueta de cuero del mismo tono.
Obvio él lo escogió.
Ruedo los ojos antes de vestirme. Decido no abrochar el botón del pantalón; no quiero
que apriete demasiado mi vientre. Acomodo mi cabello y salgo al pasillo en busca de algo
de comer.
Porque sí: tengo hambre otra vez.

Mis dedos acarician una de las paredes de piedra mientras avanzo. Todo el corredor está
iluminado, la arquitectura antigua llama mi atención. El castillo se conserva en perfecto
estado, aunque no puedo evitar sentir un escalofrío al ver guras encapuchadas en cada
esquina. Seguramente son guardias, pero el hecho de no poder ver sus rostros me crispa
los nervios; mi cabeza inventa imágenes monstruosas bajo esas telas.
Apuro el paso, convencida de que este pasillo no termina nunca. No sé dónde está la
cocina, la sala, o cualquier lugar que no sea este maldito corredor interminable.
Al doblar una esquina me topo con una mirada verde oscura que me paraliza. Trago
saliva. Su cabello castaño me con rma de quién se trata.
—Justo a ti te estaba buscando.
—Aquí estoy.
—Ya me di cuenta, primita. —me recorre de arriba abajo con una sonrisa antes de
girarse y caminar en dirección contraria—. Sígueme, mi abuela quiere que vayas a comer.
No confía en lo que Häel te da.
—Me ha alimentado bien.
—Sí, todo el castillo escuchó eso, querida. —aprieta los puños con fuerza. Yo frunzo el
ceño mientras mis mejillas arden de vergüenza.
—No es a lo que me refería —murmuro, incómoda—. Quiero decir que siempre
procura cumplir mis antojos. Gracias a él como bien.
—Eso no me interesa.
Presiono los labios, ofendida. No entiendo por qué se comporta así conmigo. Apenas la
conozco desde hace unas horas y, desde que desperté, no ha hecho más que contestarme
de mala gana. Si se trata de Häel… tendré que hablar con él más tarde.
Bajamos unas escaleras angostas que descienden hacia una cocina sorprendentemente
hermosa. Nunca imaginé que en el in erno podría existir un lugar así. A veces incluso
siento que no estoy en ese sitio macabro que tanto describen. El techo sigue cubierto de
nubes, pero ahora lo que parece ser el cielo se ilumina con un resplandor rojizo tenue.
Supongo que ya no es de noche, sino de día. Dormí tan a gusto en los brazos del
demonio, rendida después de que me dejara exhausta… si no hubiera puesto un alto,
porque ya estaba más dormida que despierta, probablemente aún seguiríamos en esa
habitación.
Suelto un suspiro al recordarlo; mi cuerpo vibra y aparto esos pensamientos
pecaminosos cuando noto que Circe me observa.
Lo poco que mi abuela me alcanzó a decir en mi sueño, después de la confusión inicial,
aún resulta difícil de digerir. Aunque… ya nada me sorprende. Después de tener al
mismísimo Lucifer en mi casa y llevar en el vientre a su heredero, todo parece posible.
Capaz que mi prima hasta puede leerme la mente. Mejor mantengo mis pensamientos en
blanco, lejos de escenas subidas de tono que lo involucren.
—¿Qué pasa?
—Mi abuela tiene muchas expectativas puestas en ti. Y eso que ni siquiera sabes
controlar tu magia. —Cruza los brazos y se apoya en la pared frente a mí.
—Puedo aprender. Lyna dijo que me enseñaría. Además, he estado practicando con
cosas pequeñas.
—¿Cosas pequeñas? —alza las cejas, incrédula.
—Sí, mover objetos de un sitio a otro y…
—¿Mover objetos? —frunce el ceño. Asiento, confundida—. Yo no aprendí eso hasta
que cumplí catorce. Y, se supone, tú no deberías ni saber cómo hacerlo.
—Solo lo hice, no me resultó difícil.
Me examina en silencio, como analizándome. En su cuello cuelga un dije en forma de
luna. Está vestida de negro, igual que todos aquí abajo. Supongo que tendré que
acostumbrarme; al nal combina con todo. Y disimula las manchas de sangre.
—No me sorprende —dice al n—. Puedes hacer mucho más que solo mover cosas,
Alya. —Se acerca lentamente, sus ojos verdes brillan—. Solo debes practicar… hasta que
seas capaz de controlar el mundo entero.
—No quiero controlar el mundo entero. —Frunzo el ceño.
—Eso dices ahora.
Me guiña un ojo y se esfuma al nal del pasillo.
Para ser nuestra primera conversación, no estuvo tan mal. Pudo ser peor. Y aunque
siento claramente que no le caigo bien, tampoco es como que yo esté feliz de estar aquí.
Nunca imaginé acabar en el in erno… y mucho menos viva.
Miro la palma de mi mano derecha. Recuerdo la llama que la envolvió en la catedral, el
fuego que me cubrió entera. No he intentado invocarlo de nuevo porque no sé cómo lo
hice aquella vez. Surgió de la rabia, del odio puro. Y aunque sabía lo que hacía, no me
detuve. El recuerdo de su cuerpo ardiendo, con sus gritos de fondo, me recorre con un
escalofrío.
Ella se lo merecía. No tuvo compasión conmigo, así que yo no tengo por qué sentir
remordimiento.
Cierro el puño y aparto esos pensamientos. No valen la pena ahora.
Me adentro más en la cocina y distingo algunas voces. Allí está Lyna, la hermana de mi
abuela. Su sola presencia me sacude por dentro; me recuerda tanto a ella… incluso el
aroma a rosas que solía usar.
Una punzada de envidia me atraviesa el pecho. Siempre he creído que era un
sentimiento ajeno a mí, hasta ahora. Circe tiene la suerte de contar con su abuela viva… y
yo daría lo que fuera por volver a tener a la mía conmigo.
—¡Alya! Qué bueno que bajas, preparé un caldo de res para chuparse los dedos.
—Huele delicioso.
—¡Y sabe mejor! —me toma del brazo y me arrastra más al interior.
Hay otra persona allí, vestida con un atuendo marrón que no había visto nunca. Su
cabello está alborotado, sostiene una taza humeante y una marca roja adorna su rostro. Al
verme, hace una leve inclinación de cabeza.
—Mi reina.
Trago saliva, nerviosa. No sé cómo reaccionar. No estoy acostumbrada a esto. Häel y
Horns ya me han llamado así, pero escucharlo de alguien más… me descoloca.
Lanzo una mirada asustada a Lyna.
—Tranquila, no tienes que hacer nada —aprieta un poco mi brazo y me conduce hacia
el comedor; la chica de la marca vuelve a lo suyo—, solo siéntate aquí y te traerán un
plato. Lo he preparado yo misma, así que no te preocupes. —Se acomoda a mi lado hasta
que nos sirven a cada una. La verdad, el caldo luce delicioso. Relamo mis labios antes de
probarlo—. Cuando Circe enfermaba, solía cocinarle esto. La reconfortaba y le devolvía
fuerzas. Sé que también te ayudará… a ti y al bebé.
Escucho cada palabra con atención mientras devoro el plato en tiempo récord.
—Estaba exquisito. —Lamo mis labios—. ¿La carne estaba sazonada con ajo, pimienta,
orégano y cebolla?
—Sí —sonríe, intrigada—. Sí que tenías hambre. Pensé que Häel te había dado algo de
comer.
—Lo hizo, pero últimamente no me basta con nada.
—Eso es normal. No es un embarazo común, aunque lo parezca. —Sigue comiendo;
yo me recuesto satisfecha. No pensé que pudiera terminarlo todo, la ración no era
pequeña. Si no estuviera embarazada, seguramente habría dejado la mitad—. Debemos
empezar con tu entrenamiento cuanto antes. Mis libros están en casa; iremos por ellos.
Practicaremos lo básico en el camino y también quiero que conozcas el pueblo donde
naciste. —Acaricia mi cabello con ternura.
Donde nací.
Mi abuela también me habló de eso. No puedo creer que crecí ignorando mis raíces,
que me ocultaron todo por protegerme. Si Häel no hubiera irrumpido en mi vida, quizá
jamás me habría enterado. Siempre pensé que mi madre y yo estábamos solas en el
mundo…
Esbozo una leve sonrisa y asiento.
—Yo también quiero conocerlo. Pero antes necesito hablar con mi madre. Hay tantas
cosas que preguntarle… Ella no sabe dónde estoy ni cuánto tiempo llevo aquí. —Hago
una mueca—. No quiero que se preocupe.
—Cariño… —acomoda un mechón detrás de mi oreja, sus ojos destilan compasión—,
ella no te dejará ir.
—¿Por qué? —frunzo el ceño mirando mis manos—. Tal vez nunca le importó que
aprendiera sobre mi naturaleza, pero tengo derecho. Si decidió renunciar a todo por
miedo, no puede esperar que yo haga lo mismo.
—Debes entenderla. Para tu madre no fue nada fácil —me toma las manos con pesar
—. Sus recuerdos de juventud no son buenos, y si le mencionas volver al pueblo donde
creció, se opondrá sin dudarlo.
—¿Por qué?
Más secretos. ¿Por qué no me sorprende? Todos ocultan algo. Que ahora sea mi madre
quien lo hace… y que ni ella ni mi abuela jamás me lo hayan contado, me hace
preguntarme qué más me esconden.
—Es mi decisión. Voy a ir. —Lo digo con rmeza.
—No vas a salir de este castillo.
La piel se me eriza al escuchar esa voz ronca y profunda detrás de nosotras. Me enderezo
al instante, los pasos pesados de Häel resuenan acercándose. Lyna lo observa seria, con
una ceja en alto. La serenidad que llenaba el comedor se disuelve ante su presencia.
Aprieto los labios y me pongo de pie, decidida a enfrentarlo. Él no puede decidir por mí.
Si no pienso dejar que lo haga mi madre, menos lo permitiré de un demonio.
—¿Por qué no?
—Porque yo lo digo.
Me giro para encararlo. Sus ojos lanzan dagas, encendidos de ira. Si cree que puede
doblegarme solo porque es el rey del in erno, se equivoca. Yo no vivo aquí, y él no es mi
rey. Su cuerpo tenso, sus puños apretados, me dejan claro que se irrita aún más al ver que
no bajo la cabeza. Y no pienso hacerlo.
Elevo el mentón.
—Esa no es una explicación válida.
—Aquí se hace lo que yo ordeno. Y punto.
—Pues fíjate que no. Soy libre de decidir y de ir a donde me plazca.
Cierra los ojos unos segundos, respira hondo.
—Lyna, retírate.
—Ella se queda.
Miro de reojo a la bruja, que se levanta titubeante. Estoy harta de su arrogancia, ¿con
qué derecho decide por mí? Muerdo mi mejilla con fuerza; puedo sentir cada emoción
que emana, como si me obligara a percibirlo: está furioso, y si lo desafío más, podría
desatarse una tormenta de sangre.
—Dije que se va, Alya.
—Con respeto, necesita empezar a aprender. No podemos perder tiempo. Le hará bien
ir con nosotras al lugar donde nació.
—He dicho que no. —Sus ojos se tiñen de rojo. Lyna reprime su enojo y obedece,
saliendo en silencio del comedor.
El ambiente queda cargado, sofocante. El silencio es tan denso que podría cortarse con
un cuchillo. Todo el in erno parece contener la respiración porque su rey está colérico.
Pero yo tengo otra idea en mente.
Ahora me toca a mí: arder en sus llamas y convencerlo de que me deje ir.
Porque no pienso quedarme encerrada aquí.
Capítulo 24

ALYA

Camino de un lado a otro pensando cómo convencerlo de que me deje ir. Quiero
aprender sobre mi origen, entender la magia que, se supone, corre por mi sangre. No
puede encerrarme aquí toda la vida. Si aprendo a cuidarme sola, mucho mejor para
ambos: así no tendrá que estar siempre detrás de mí. No quiero seguir encerrada en este
lugar. No es lo más horrible del mundo, pero tampoco es grato recordar a cada segundo
que estoy en el in erno.
Sigo los pasos del demonio cuando se interna en un pasillo. ¿Me va a dejar hablando
sola? Pues no. Me juré hacerlo cambiar de opinión, y lo haré.
—¿A dónde vas?
Lo veo entrar a una habitación sin siquiera dedicarme una mirada. Además de imponer
y exigir, siempre está de mal humor. Le saco la lengua a su espalda.
Nadie tiene derecho a decidir por otra persona. Y menos cuando esa persona es adulta y
sabe lo que hace. Entro detrás de él y cierro la puerta.
Lo primero que noto es un escritorio enorme cubierto de papeles y una laptop. En una
esquina hay un pequeño bar con botellas de alcohol que seguramente no son de mi gusto.
Una pared entera está forrada de libros, algunos viejos, otros más recientes. Del otro lado
hay un sofá que parece una mini sala.
Vaya sorpresa.
Y yo que me lo imaginaba rodeado de cráneos como decoración y corazones palpitantes
en frascos de vidrio.
Häel se sienta detrás del escritorio. Lleva una corona igual a las que ya le he visto, y su
ropa negra lo hace lucir aún más pálido. Los primeros botones de su camisa están
desabrochados, dejando a la vista su pecho.
Una tentación en carne y hueso.
El sueño de hace unas horas regresa a mi cabeza como una punzada. ¿Qué signi caba?
¿Fue solo eso, un sueño? ¿O había algo más detrás?
¿Y si realmente ocurrió?
—¿Qué quieres que haga para que me dejes ir? —me planto frente a su escritorio.
—Nada. No irás.
—Dame un maldito motivo coherente para que no quieras que vaya.
Bufo mientras doy vueltas por la habitación como un león enjaulado. Necesito
comprender sus razones. ¿Por qué no quiere que salga de su castillo, de este maldito lugar?
Solo se limita a negarme la oportunidad de conocer lo que siempre me ocultaron: mi
origen, mi linaje.
El demonio se talla el rostro, fastidiado, y se recuesta en la silla. Sus ojos grises, oscuros,
me miran con un destello que parece querer atravesarme. Estoy segura de que en su
cabeza me está estrangulando de mil maneras distintas.
Me acerco despacio hasta quedar a su lado. Lo empujo del pecho, obligando a que la
silla se deslice un poco, y me siento en sus piernas sin pedir permiso. Después de lo que
compartimos, me siento con más con anza. No necesito una invitación para tocarlo. Si
tanto insiste en llamarme su reina mientras se entierra dentro de mí, que se atenga a las
consecuencias: como tal, no necesito su autorización para acariciarlo… ni para decidir
salir de aquí.
—Lo que hagas no servirá de nada —su voz es un murmullo ronco mientras cierra los
ojos bajo mis caricias en su cabello.
Alzo una ceja con sorna. ¿Tan seguro está de eso? Me inclino hasta su cuello e inhalo su
olor. No parece usar perfume, pero su aroma varonil es tan propio de él que parece
grabado en su piel.
—Voy a hacer lo que me pidas, lo que sea.
—No lo entiendes, Alya.
—¿Entender qué? ¿Está mal que quiera aprender más de mí? ¿Que tenga curiosidad por
descubrir de qué soy capaz con la magia? —me aparto de su cuello y lo miro con los
brazos cruzados. Este hombre es un muro—. Tú viste lo que hice con esa mujer, perdí el
control y lo arrasé todo con fuego. No quiero que vuelva a pasar… necesito aprender a
controlarme.
—No, no está mal. Pero hay algo que todavía no comprendes. —Me quedo en silencio
esperando que lo diga—. Ya no eres solo tú. No puedes poner en peligro su bienestar. No
eres inmortal, Alya. Hay demasiados mitos que los humanos inventan sobre nosotros. Las
brujas mueren igual que ellos: viven su ciclo y luego se desvanecen. También sangran,
también pueden ser heridas. Si sales de aquí hasta el aquelarre donde naciste, habrá
criaturas que quieran tu cabeza. El camino atraviesa un bosque repleto de monstruos, y
no todos me son leales. Tal vez Lyna no te lo dice, pero es la verdad. Afuera hay
demasiados que desean acabar conmigo, y no dudarán en usarte en mi contra.
Bajo la mirada a su pecho, trago saliva, hasta que su mano toma mis mejillas
obligándome a encontrarme con esos ojos in nitos.
—Llevas a mi hijo dentro de ti. Y tu magia, en este estado, podría dañarlo.
—No lo lastimo —lo interrumpo furiosa por siquiera pensarlo.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque lo sé. No le pasará nada.
Me levanto de su regazo y doy unos pasos atrás. Me indigna que crea que podría hacerle
daño, como si esa fuera mi intención. ¿Acaso olvida que también es mi hijo? Está
creciendo en mi vientre, nuestro vínculo es más fuerte de lo que él cree. Al principio me
costaba aceptar lo que estaba pasando, lo que iba descubriendo… y aún me ocultan
secretos. Eso me quema por dentro. ¿Cuándo van a entender que tengo derecho a saberlo
todo? No soy una niña para que me lo escondan.
—Podrías mandar a tus guardias a cuidarnos, o que Horns me acompañe. —Sus ojos
bajan a mi vientre. Lo veo debatirse, dudando. Eso ya es un avance—. Te prometo que
no nos pasará nada. Solo confía en mí.
Frunce el ceño, pensativo. Un destello azul cruza sus pupilas. Los mechones caen sobre
su frente, y cada músculo de su cuerpo parece tenso, a punto de estallar. Se levanta de la
silla y avanza hacia mí, envuelto en esa aura oscura que lo delata. No bajo la mirada ni un
instante. Ya no me intimida como al principio, cuando apenas lo conocía. Ahora sé que
nunca me haría daño. Confío en él… y espero lo mismo de su parte.
Debería asustarme su tamaño, pero no lo hace. Sus ojos grises transmiten demasiadas
emociones que no comprendo… pero todas me embriagan.
Se detiene frente a mí sin apartar su mirada.
—Si alguien llega a tocar un solo centímetro de ti, los mataré a todos, Alya. Quiero que
seas consciente de lo que digo. —Eleva mi rostro hasta tenerlo pegado a sus labios—. Los
mataré a todos: a mis guerreros, a Horns, a Lyna, a Circe… a cualquiera. —Gruñe, cada
palabra cargada de rabia, certeza y muerte.
Sé que lo cumpliría, y de alguna manera me aterra cargar con todas esas vidas sobre mis
hombros.
—No será necesario.
—Lo será si vuelves con un rasguño.
Ruedo los ojos ante su dramatismo.
—Voy a regresar entera, viva… y contigo.
—Más te vale, Alya. Porque no dudaré en hacer que el mundo arda.
Nos sostenemos la mirada unos segundos que parecen eternos. Luego Häel vuelve a su
silla y palmea su regazo, invitándome. Camino hacia él con una sonrisa de triunfo. Al n
conseguí lo que quería. Una parte de mí se enciende de emoción, ansiosa por marcharnos
ya, por atravesar ese bosque del que habló el demonio… aunque pre ero ignorar lo de los
monstruos.
Me dejo caer en su regazo y me acomodo a propósito. No tarda en atrapar mis labios
con los suyos en un beso agresivo; una de sus manos se enreda en mi cabello, marcando el
ritmo. Un jadeo escapa de mi garganta por la sorpresa, pero termino rindiéndome. Es
como volar. Sus labios, suaves y a la vez demandantes, me obligan a seguirles el compás.
Son adictivos, me arrastran directo al abismo, hacia la oscuridad… y hacia un sentimiento
nuevo que no sé si debería permitirme. Hablo del mismísimo Lucifer, el rey del in erno,
señor de las tinieblas, de la muerte y del caos.
De un demonio sin escrúpulos, incapaz de sentir.
Y, mientras mi mente se enreda en esa contradicción, un recuerdo asoma entre las
sombras:
Mi sueño.
Ese hombre de ojos miel hundiendo una daga en la espalda de Häel. Justo en el
corazón.
Rompo el beso en busca de aire. Peino su cabello hacia atrás y contemplo su rostro,
delineando con los dedos sus cejas oscuras, las pestañas que tanto envidio, la nariz recta y
los labios gruesos. Cierra los ojos bajo mis caricias y, así, tranquilo, no parece tan
malvado. De un solo movimiento me coloca a horcajadas sobre él. Yo sigo sosteniendo su
rostro, mientras permanece relajado contra el respaldo de la silla. Bajo lentamente las
manos hacia su camisa negra y acaricio los primeros botones.
Necesito comprobar si lo que vi fue solo un sueño… o una advertencia.
La primera vez que estuvimos juntos no noté nada. La segunda tampoco. Dicen que la
tercera es la vencida. Relamo mis labios y los acerco a los suyos, que se ven enrojecidos
por nuestros besos salvajes. Se entreabren como una invitación, y trago saliva con ganas
de volver a probarlos, pero me obligo a no distraerme.
Desabrocho los dos primeros botones cuando, de pronto, estampa sus labios sobre los
míos con una lujuria desbordante que me hace temblar. Es un deseo carnal, apremiante.
¿Por qué no puede esperar un poco más? Sentirlo endurecerse bajo mí tampoco ayuda.
Su lengua se apodera de la mía sin pedir permiso —como si lo necesitara—, y el maldito
sueño se esfuma de mi cabeza. Tiro de su cabello cuando muerde mi labio, para luego
sentir su boca en mi cuello. Sus manos recorren cada centímetro de mi piel, apretándome
con fuerza, volviéndome loca.
Aprovecho la oportunidad para deslizar mis manos por su pecho, le quito la camisa y la
lanzo lejos. Un gemido se me escapa cuando muerde la parte sensible de mi cuello,
obligándome a cerrar los ojos. Los abro de golpe al recordar mi objetivo.
No debo olvidarlo.
Cómo no, Alya. Con semejante hombre.
Acaricio su pecho, cerca del corazón, buscando cualquier señal. Y, justo cuando estoy a
punto de rendirme, siento un relieve bajo mis dedos. Bajo la mirada y la excitación se me
congela en el cuerpo.
Ahí está.
Una cicatriz recta, más pálida que su piel, marcando el lugar exacto donde late su
corazón.
Las palabras escapan de mis labios antes de poder detenerlas:
—Oh, por Dios…
La espalda de Häel se tensa y detiene sus besos en mi piel. Ni siquiera me doy cuenta de
que ya no tengo blusa hasta que siento su enorme mano cerrarse bruscamente en mi
garganta. Abro los ojos de golpe, y mentiría si dijera que el miedo no me invade cuando
el agarre se intensi ca. Aprieto sus hombros buscando sus ojos, pero su ceño fruncido y
esa oscuridad devoradora en su mirada me as xian tanto como su mano.
—No quiero que vuelvas a repetir esa maldita frase en tu vida —gruñe entre dientes, su
aliento chocando contra mis labios.
Cuando su agarre se suaviza, logro tomar aire de golpe y llevo mis manos a mi cuello,
intentando calmar el ardor.
—Solo puedes decir mi nombre, ¿entendiste? —tira de mi cabello hacia atrás,
obligándome a mirarlo.
Mis ojos se llenan de lágrimas por la falta de aire. Trago saliva, temblando bajo su
mirada.
Por un instante pienso que su furia se debe a que toqué la cicatriz de su pecho, pero
pronto entiendo que es por ese nombre prohibido que me había advertido jamás volver a
pronunciar. No sé si lo odia con todo su ser o si escuchar aquel nombre lo hiere de alguna
forma… No quiero averiguarlo ahora.
El shock aún me sacude: la cicatriz que vi en mi sueño es real, y quizá fue causada
exactamente como lo presencié allí. No tengo el valor de preguntarle directamente, pero
tarde o temprano descubriré la verdad.
—No lo volveré a mencionar, pero tampoco debiste ahorcarme —murmuro, tratando
de apartarme de su regazo para salir de esa habitación—. Pudiste matarme.
—Pero no lo hice —me responde con burla mientras me aferra de las caderas. Su otra
mano aprieta mis mejillas como si disfrutara mi cara de susto.
Gruño, molesta, intentando apartarlo. A él parece divertirle. Hace apenas unos minutos
estaba as xiándome y ahora sonríe, como si nada.
Sé que es el rey del in erno, capaz de cualquier atrocidad, pero aun así… tiene que
controlar ese maldito temperamento.
Y, aunque su mano en mi garganta me inquieta, lo que realmente me aterra es la
cicatriz. Y él no debe enterarse de eso.
—Pero pudiste hacerlo. Suéltame.
—Si apenas vamos empezando —se levanta conmigo en brazos y me deposita sobre el
escritorio. Me sostengo con las manos contra la madera, echándome un poco hacia atrás
mientras él se acomoda entre mis piernas—. Te vas a arrepentir de haber dicho ese
asqueroso nombre gimiendo el mío, vita mea.
Un estremecimiento me recorre cuando sus manos comienzan a desabrochar mi
pantalón. Ni se detiene: va despojándome de la ropa con violencia medida, arrojándola a
un lado. Muerdo mi labio mientras mis ojos se desvían a la cicatriz. Está ahí, marcada y
visible. Si la daga no era grande… ¿cómo atravesó su pecho? ¿Acaso creció dentro de él,
desgarrando su carne?
Estoy tan aturdida por ese hallazgo que apenas registro lo que hace hasta que siento una
mordida en mi muslo. Grito suave y vuelvo a la realidad. Sus ojos, oscuros y dilatados, me
hipnotizan cuando se incorpora lentamente hasta quedar frente a mí otra vez.
—¿Dónde tienes la cabecita? —su voz ronca me eriza la piel.
Trago saliva.
—Aquí.
—¿Ah, sí? Te hablé y no respondiste.
—Lo siento… estaba avergonzada por lo que dije. No debí.
Asiente, aunque me estudia con descon anza. Siento que no me cree.
—No, no debiste. Y por eso voy a castigarte. Para que aprendas la lección.
Frunzo el ceño sin entender del todo. Bajo la mirada y la respiración se me corta al
descubrirlo completamente desnudo. ¿En qué momento se deshizo de toda su ropa? Yo
también estoy igual.
—Abre las piernas y apoya las plantas de los pies en el escritorio.
—¿Qué?
—Hazlo, Alya.
La orden suena tan tajante que, lejos de asustarme, me enciende todavía más. Me
muerdo el labio y obedezco, apoyando las palmas detrás de mí. Un escalofrío me recorre
al sentir la ligera brisa; los pezones se me endurecen cuando lo veo inclinarse hasta
perderse entre mis piernas.
Una serie de jadeos escapa de mi boca. Echo la cabeza hacia atrás mientras sus manos me
sujetan los muslos, obligándome a mantenerlos abiertos. Aprieto los dedos en el borde del
escritorio, ya que no puedo tomarlo del cabello. Siento su lengua hundirse en mi carne
húmeda.
—Mierda… —gimo, agitada. Las sensaciones me invaden con tal fuerza que no puedo
contener la voz. ¿Es normal sentir su lengua en todas partes?
—Tam dives gustas, mea regina. (Sabes tan rico, mi reina).
No tengo idea de qué demonios acaba de decir, pero el tono ronco con que lo
pronuncia, mientras habla de mi parte más íntima, me provoca un espasmo. Como
puedo, termino incorporándome y observo su cabeza entre mis piernas.
—¿Puedo tocarte el cabello? —pregunto entre jadeos.
Antes de que responda, acerco la mano para jalarlo, pero otra se cierra en torno a mi
muñeca.
—Ni se te ocurra.
Cuando deja de lamerme, suelto un leve quejido. Lo observo relamerse el labio inferior;
sus ojos están dilatados, brillantes.
—No voy a jalar tan fuerte.
—No quiero tus jodidas manos en mi cabello.
—Häel… —suplico—. Por favor.
—No.
Me toma de la cadera y, con un movimiento rápido, me deja en el suelo, de espaldas a
él, para que sus manos puedan masajear mi trasero con descaro.
—¿Vas a seguir? —pregunto, impaciente, tragando saliva.
—¿Seguir con qué? —se hace el desentendido.
Me muerdo el labio al sentir cómo presiona su cuerpo contra mi trasero.
—Sabes con qué, Häel.
—No lo sé. Necesito que me expliques.
Reparte besos en el inicio de mi columna; entre ellos, algunos mordiscos me hacen
arquearme.
—No necesito explicarte lo que ya sabes.
—Si no me lo dices, no haré nada.
Frunzo el ceño, irritada, y lo observo por encima del hombro.
—¿Vas a dejarme así?
Trato de mantener la calma. Su cuerpo se endereza y deja las manos tibias sobre mi
cadera. Veo cómo la comisura de sus labios se eleva, y deseo arrancarle esa maldita sonrisa
de triunfo a cualquier precio.
—Debía castigarte de algún modo —susurra en mi oído. La mordida en el lóbulo me
obliga a contener la furia.
—¿Es en serio? ¡Eres un maldito idiota! —gruño, furiosa.
Las manos me arden por las ganas de golpearlo; bien merecido lo tendría. Ignoro el
hecho de estar desnuda, con las mejillas encendidas no solo por el enfado. Lo empujo
cuando lo siento volver a pegarse a mi espalda.
—¿Mi reina está molesta?
—Tu reina va a romperte la nariz si no te apartas.
—Uff… ¿no quieres romperme otra cosa?
Alzo una ceja.
Estoy enojada, maldita sea. No tengo por qué ponerme caliente con sus malditas
insinuaciones.
—¿Qué te voy a romper? —giro a verlo—. ¿El pene?
Su risa ronca resuena por el despacho. Trago saliva, apretando las piernas. Una de sus
manos se enreda en mi cabello y tira con fuerza; suelto un jadeo por la brusquedad
cuando me acerca a su rostro. Nuestros alientos se mezclan.
—Yo te voy a romper a ti, mea regina.
Chupo su labio inferior justo cuando los roza con los míos.
Un ligero azote en mis nalgas me deja a su merced. Con una facilidad insultante, me
vuelve a colocar sobre el escritorio, aunque esta vez una de mis piernas descansa sobre su
hombro. Una mano me obliga a recostarme mientras la otra se aferra a mi muslo. Sonríe
abiertamente, el maldito condenado, cuando mi cadera se arquea para buscarlo.
—¿Tantas ganas tienes de mí…? ¿Tanto necesitas a este maldito condenado?
Intento incorporarme. ¿Cómo mierda…?
Cuando lo busco con la mirada, lo veo acercar su erección a mi entrada, y de la
impaciencia me olvido hasta de mi nombre. Echo la cabeza hacia atrás cuando me estira
de golpe. Grito al sentirlo llenarme por completo en una sola embestida. No me
sorprende: es tan Häel como siempre.
Dijo que iba a castigarme.
Pero esto, más que un castigo, es un incentivo para seguir provocándolo, para tentar los
límites y repetir esas palabras que lo enfurecen.
Es imposible contener los sonidos: jadeos, gritos y súplicas se mezclan con el crujido del
escritorio, que se sacude bajo cada embestida. Entra con violencia y sale despacio, solo
para volver a arremeter con la misma brutalidad. El mueble chirría, se desplaza, y yo me
mareo entre tanto placer y vértigo.
—Exquisita. Mía.
Abro apenas los ojos y lo encuentro mirándome jamente, sin frenar el ritmo. El ceño
fruncido, la voz ronca mascullando mi nombre. Aunque es él quien me domina, siento lo
contrario: que es suyo el cuerpo sometido, que arde y se desgarra por mí.
—Mía. Solo mía.
Me aferro a él, incapaz de soltarlo. Häel no se detiene. No suaviza. Al contrario: me
toma más fuerte, más profundo. Una línea de dolor me arranca un gemido entrecortado,
casi un sollozo. Pero no le pido que pare. No quiero que lo haga. Y lo sé con certeza: si lo
pidiera, se detendría. Aunque sea el rey del in erno, aunque podría ignorar mis súplicas,
sé que me escucharía.
—¿Qué pasa, mi reina? —deja algunos besos húmedos sobre mi pierna, aferrando con
fuerza mi tobillo—. ¿Es mi culpa que tu piel sea una perdición? —lame toda la longitud
de mi gemelo—. ¿Que seas una delicia para mí? —muerdo el labio al escucharlo—. Si
vieras lo preciosa que te ves bajo mí… —su voz, profunda y cargada de deseo, me
enloquece—. ¿Te gusta lo que te hago?
—Ajá.
—Dilo.
Su cadera se mueve con más fuerza; lo siento entrar y salir por completo, llenándome.
—Sí, me gusta… me gusta mucho.
—Eres mía. Nadie más que yo puede tocarte.
Una de sus manos se posa en mi garganta, apretándola con rmeza. Entre la neblina de
placer en la que ambos nos perdemos, solo puedo concentrarme en las embestidas y en las
pulsaciones de mi zona más sensible.
—Mmm… sí, sí a todo.
—¿A todo?
—¡Sí!
El orgasmo me sacude en un santiamén, dejándome rendida. El gruñido de Häel llena
mis oídos, avisándome que ha llegado justo después de mí. Pasan unos minutos en los que
intentamos recuperar el aliento. Cuando abro los ojos, descubro su mirada ja en mí, con
una sonrisa nada inocente curvándole los labios.
—Dijiste sí a todo.
—Estaba en mi momento más débil.
—Aun así, dijiste que sí.
Sonrío, negando con la cabeza sin abrir los ojos.
—¿Y a qué se supone que dije que sí?
—¿Ya no te acuerdas?
—¡Estaba vulnerable! —rio, exhausta.
—Si algún cabrón se te acerca, lo haré cenizas.
—Eso ya lo sabía.
Su aliento choca contra mi oreja; roza mis labios antes de hablar.
—Vas a ser mi mujer.
—Pensé que eso ya lo era.
—Ahora lo serás o cialmente.
—¿De qué hablas? —balbuceo, incorporándome hasta quedar frente a él.
Sus ojos grises brillan con algo que no sé nombrar. Häel, de por sí, es un misterio con
piernas, pero cuando habla en clave me dan ganas de golpearlo en la primera parte de su
anatomía que alcance.
Sonríe de lado y apoya las manos en el escritorio, a ambos lados de mis caderas, para
alcanzar mi boca.
—Serás mi reina frente a todo el inframundo.
Y, sin dejarme opción a réplica, pega sus labios a los míos. Su mano desciende por mi
espalda hasta la zona lumbar mientras su boca se mueve con vehemencia sobre la mía. Y
cuando me empuja hacia delante para que sienta que vuelve a estar duro…
Me hace olvidar hasta mi propia piel.

—El camino es largo. Se dice que este bosque es in nito. Nadie ha llegado jamás a su
nal. Cuando éramos jóvenes solíamos recorrerlo, y apostábamos que quien encontrara el
n se quedaba con la rebanada de pastel más grande. Nadie lo consiguió. Tu abuela, una
vez, quiso hacer un conjuro para descubrir si tenía un nal… —sonríe al recordarlo—.
No nos lo permitieron. El bosque siempre ha sido nuestro hogar y también el de otras
criaturas. Muchas no son buenas. Mientras no se metan con nosotros, no nos meteremos
con ellas.
—¿Y cómo saben dónde está el aquelarre?
—Una bruja siempre encuentra su casa. No está justo en el centro, pero sí bastante
adentro. Hay que seguir unas cuantas curvas, cruzar los arcos de los árboles y después un
sendero de lirios hasta llegar a los pensamientos que rodean nuestro pueblo —acaricia mi
cabello con suavidad.
Llegamos hace unos minutos a la entrada del bosque, y desde el primer instante me
deslumbra lo inmenso y hermoso que es. Los árboles son altos y frondosos, las ores de
colores tan intensos que no sé nombrarlas todas.
—¿Son ores como estas?
—No, Alya. Las que mencioné son únicas. Solo crecen cerca del aquelarre. Ya las verás.
Tú tranquila.
Muerdo el labio, nerviosa y ansiosa a la vez. Estar tan cerca me transmite algo que jamás
había sentido: no es miedo puro, pero tampoco calma. Es poder. Una fuerza que se pega a
la piel y me pone en alerta. Quizá es eso lo que me mantiene inquieta: lo que podamos
hallar allí dentro.
Lyna dice que podemos practicar en el camino. No sé con qué hechizos quiera empezar.
Esta mañana le conté que podía mover objetos, y se emocionó. Dijo que mi abuela la
fastidiaba todo el tiempo con eso, cambiándole de lugar las cosas hasta que ella olvidaba
dónde las había dejado.
Bajo las manos a mi vientre, que poco a poco va tomando forma. La comida ya hace
efecto: las blusas ajustadas empiezan a apretarme. Hace exactamente un mes le pedí a Häel
que me dejara venir, y aunque esa vez accedió… al día siguiente, cuando despertamos, se
negó con la misma locura de siempre a dejarme partir tan pronto.
Quería retenerme más tiempo a su lado, incluso me pidió que no me fuera hasta que
naciera el bebé. Obviamente me negué. No podía esperar tanto, y aunque casi incendia su
propio castillo ayer cuando le dije que ya estaba decidida, al nal terminó cediendo.
Durante toda la noche no apartó su mano de mi vientre.
A veces me resulta tan extraño que tenga esas muestras de afecto conmigo. Cuando
estamos completamente solos nos comportamos de un modo distinto, y eso acelera mi
corazón de una forma que no sé controlar. Hablo del mismísimo rey del in erno, de uno
de los siete príncipes más poderosos del averno según la Biblia. Aunque él siempre diga
que está por encima de todos ellos.
Ruedo los ojos; casi puedo escucharlo repitiéndolo con ese tono arrogante suyo.
Antes de partir le pedí que nos acompañara. Se negó. Tenía “asuntos que arreglar”,
según dijo, y no quise insistir. Además, seguía enojado; su semblante y el modo en que me
ignoraba lo delataban. No negaré que me dieron ganas de llorar al verlo sin apartar la
vista de lo que hacía, sin regalarme ni una palabra. Al nal, solo besé su mejilla y llevé su
mano hasta mi vientre de tres meses antes de marcharme.
Giro la cabeza hacia Horns, quien se ha autoimpuesto como mi guardaespaldas personal
en esta travesía y no se despega de mí ni un instante. Además, me escoltan ocho soldados
de los diez mil que Häel quería imponerme. Convencerlo de reducir la cifra fue un
in erno en sí mismo.
Y ahora aquí estamos: frente a un bosque inmenso, a punto de adentrarme en un
mundo nuevo, con la promesa que le hice a Häel retumbando en mi pecho.
Volver sin un rasguño.
Ahora debo cumplirlo.
Espero poder cumplirlo.
Capítulo 25

ALYA

Llevamos aproximadamente dos horas caminando y lo único que he aprendido es que ya


no tengo la misma condición de antes. Nunca fui de entrenar ni de ir al gimnasio —
porque sí, siempre he sido oja desde nacimiento, debo admitirlo—, y ahora, con un peso
extra además del mío, la caminata se complica mucho más. Apenas estoy cayendo en
cuenta de que mi hijo empieza a pesar. Y es difícil, sobre todo cuando tienes que caminar
más de veinte horas, según Lyna.
Tendremos que pasar una noche en este bosque que, para ser sincera, no se ve tan
tenebroso como esperaba. Está lleno de ores de colores, con árboles enormes y verdes
que, si no tienes cuidado, pueden hacerte tropezar con sus raíces o perderte entre ellos.
El bosque me recuerda demasiado a los de mis sueños, en los que siempre corría
huyendo de alguien cuyo rostro jamás lograba ver. Siempre creí que se trataba de Häel…
pero ahora, con solo pensarlo, me recorre un escalofrío. Juro que no era él. Sí confesó
que hubo sueños provocados por él, pero nunca con intención de asustarme. Aunque
aquella escena de alguien saltando sobre el techo de mi casa todavía me persigue: mi
cerebro la reproduce una y otra vez como si quisiera torturarme.
Y ya bastante tengo con las palabras de mi madre antes de venir. Tal y como todos me
advirtieron, se negó rotundamente desde el primer instante en que me vio entrar a la casa
con Lyna y Circe detrás de mí. Jamás en mi vida la había visto tan exaltada. Traté de
contarle todo lo que no sabía y, aunque estaba enojada con ella por haberme ocultado la
existencia de este mundo —que yo jamás imaginé—, se me ablandó el corazón cuando
me abrazó y confesó que estaba preocupada por mí.
La última que me había visto en el mundo terrenal fue Rosie, y nada agradable, porque
justo en ese momento me estaban secuestrando esos psicópatas religiosos. Lo más lógico es
que ella haya corrido a contárselo todo a mi madre. Imaginarla morti cada por mí, sin
saber qué me había pasado, me apachurraba el corazón. Yo jamás he querido causarle
daño.
Al principio intenté convencerla de que viniera conmigo al bosque, pero tras tantos
reclamos y su negativa absoluta, traté al menos de que las cosas terminaran en paz. No
quería desobedecerla, pero tampoco estaba dispuesta a perder esta oportunidad única, que
difícilmente volvería a repetirse. Vi en sus ojos las ganas de encerrarme en la habitación
más profunda, castigada como una niña. Algo arriesgado, considerando que Häel me
esperaba afuera y nunca lo habría permitido.
Hasta Lyna trató de hacerla entrar en razón.
Nada funcionó.
Y sí, trato de entenderla. Enterarse de tantas cosas en un solo día es un golpe fuerte. No
debe de ser nada grato saber que tu hija va a regresar al pueblo del que huiste, que visitó el
in erno y, para colmo, que está embarazada del mismísimo Lucifer. Puedo comprenderlo.
Pero… ¿quién pensaba en mí? Yo también me he enterado de verdades nada agradables,
difíciles de tragar, y sé que aún hay más por venir.
—¿Tienes hambre, Alya?
—Un poco, pero puedo aguantar hasta que lleguemos a la primera parada.
—Mi reina… debería comer a sus horas.
—Horns, puedo esperar un poco más. No me va a pasar nada por no alimentarme
siempre a la misma hora —murmuro, mirándolo de reojo.
Lyna avanza delante de nosotros, los guardias marchan detrás, y la única que mantiene
distancia es Circe.
—Podemos detenernos aquí también —propone Lyna, girando hacia mí.
—No, no tengo hambre —niego con rmeza—. Pre ero empezar con mi
entrenamiento.
Estoy decidida y siento que solo están postergando más mi aprendizaje. El bosque puede
ser hermoso hasta cierto punto, pero no es nada acogedor. Desde que entramos, el frío no
ha hecho más que intensi carse. Las manos, ocultas dentro del suéter de peluche, vuelven
a congelarse; ni la capa afelpada —como he decidido llamarla— logra protegerme del
todo cuando las saco fuera. Todos parecen tan tranquilos que me hace cuestionarme si
seré la única que se está muriendo de frío.
—Entonces podemos empezar aquí. ¿Qué te parece algo básico?
—Me parece bien.
Lyna se coloca frente a mí, mirándome con atención. Trago saliva, nerviosa y ansiosa al
mismo tiempo. Observo cómo todos se quedan alrededor, menos mi prima, que sigue
recostada sobre un tronco mirando hacia nuestra dirección con evidente aburrimiento.
—Mírame, Alya —su voz suena rme, casi como una orden. Enfoco mis ojos en los
suyos—. Concéntrate solo en ti, en tu mente. Lo que quieras lograr, dilo para ti misma y
se hará realidad. Solo confía en tu poder. Siéntelo dentro de ti, invócalo. Del bosque, de
cada una de las plantas y árboles que nos rodean. —Alza los brazos al cielo con los ojos
cerrados.
Obedezco, y lo primero que pienso es en que desaparezca el frío, en que necesito calor
si quiero seguir esta caminata interminable. No sé si la magia puede hacer eso,
simplemente lo intento.
De pronto, una tibieza comienza a brotar en mis palmas, como un cosquilleo que
recorre mis brazos. Abro los ojos y me topo con las llamas que ya había visto antes. Agito
la mano para disiparlas, pero lo único que consigo es que una chispa caiga directo sobre
las hojas secas del suelo, incendiándolas al instante.
—Apaga eso, Alya.
Repito el mismo proceso inútilmente, pensando que con el aire se apagarán, pero no
pasa nada. En mi desesperación abro y cierro las manos, sin conseguir sofocarlas.
Retrocedo un paso, horrorizada, viendo mis palmas en llamas y el fuego expandiéndose
entre las hojas.
—¡No puedo hacerlo, no sé cómo!
—Contrólate. Inhala y exhala, solo tú puedes apagarlo.
—¡No puedo! ¡No se apaga!
Agito las manos con más fuerza, presa del pánico.
—Relájate. Si no lo haces, no lograrás nada.
—¡Voy a incendiar el bosque!
—No lo harás, enfócate en ti.
De reojo alcanzo a ver a Horns, a unos pasos de mí, listo para intervenir si lo pido. Mis
manos siguen ardiendo, el pecho me sube y baja desbocado. Los ojos se me llenan de
lágrimas por el miedo. Aquella vez que me pasó, yo no hice nada: no entendí cómo
apareció el fuego ni cómo desapareció.
Trato de tranquilizarme, de pensar con la cabeza fría. Cierro los ojos, respiro una y otra
vez, relajo los músculos, dejo que la calma me arrastre. Lo último que quiero es perder el
control y terminar incendiando todo el bosque.
Aunque… ¿y si sí puedo hacerlo?
No sé cuánto tiempo pasa hasta que me atrevo a abrir los ojos. Mis manos ya no arden.
Las hojas alrededor están intactas, sin fuego alguno. Y lo más curioso: el frío ha
desaparecido de mi cuerpo. Funcionó. Aunque casi prendo en llamas el bosque entero.
Alzo la mirada hacia Lyna, que me observa en silencio con una ligera sonrisa.
—Ahora que estás relajada… intenta algo más.
Pienso en qué podría hacer. He visto en películas cómo las brujas logran cientos de
cosas, pero yo no tengo ni idea de cómo maniobrarlas. Supongo que basta con
imaginarlo, como me han dicho. Me agacho frente a las hojas que quemé hace unos
momentos y acaricio la tierra ennegrecida. En segundos, pequeñas ores azules brotan de
las manchas negras, como si el bosque aceptara mi disculpa.
Solo debo pensar en lo que quiero lograr. Sé que no suena complicado, pero mantener
la mente despejada es otra historia. Más difícil aún cuando todas las preguntas que me
atormentan día y noche no dejan de rondar.
—¿No se necesita un libro para hacer magia?
—No siempre, solo para ciertos conjuros por su complejidad y antigüedad.
Me incorporo de nuevo y me acerco a ella, observando los árboles altísimos que parecen
no tener n.
—¿Hay algo que no podamos hacer?
—No podemos volar.
—¿Cómo que no podemos volar? —la miro rápido, incrédula—. Pero en todas las
películas las brujas se suben a su escoba. —Frunzo el ceño, confundida.
Lyna sonríe ante mi comentario, y de fondo una carcajada burlona retumba en el
bosque.
Circe.
—No todo lo que muestran es cierto, Alya. Los humanos inventan lo que no entienden
y lo plasman para su propio bene cio —explica la bruja mayor mientras toma una de mis
manos entre las suyas—. Olvida lo que viste en las películas, cariño.
—¿Entonces?
—No volamos, levitamos. Y es muy distinto —interviene la castaña, que había
permanecido apartada durante el trayecto—. Tampoco necesitamos escobas. Si queremos
llegar a algún sitio lejano sin caminar, simplemente nos desplazamos de un lugar a otro.
—Chasquea los dedos y, en un parpadeo, aparece justo frente a mí—. ¡Buh!
Retrocedo un paso, tragando saliva al toparme con sus ojos verdes. Puede que haya
querido asustarme, pero no lo consigue. Miro de reojo a los guerreros apostados a nuestro
alrededor.
—¿Puedo ir con Häel y luego volver aquí?
—No de forma directa. Para entrar al Averno necesitas cruzar un portal. No es tan
simple como aparecer. Podemos transportarnos al portal más cercano y, desde ahí, ahorrar
camino. Esta caminata, por ejemplo… pero mi abuela siempre repite que no debemos
llamar la atención con magia.
—Es necesario llegar caminando, Circe. Lo sabes.
—Lo sé, abuela. —Rueda los ojos con fastidio.
Me muerdo el labio cuando el hambre empieza a apretar. Paso una mano por mi
vientre, acariciándolo para calmar la sensación. ¿No puedes esperar un poco más,
pequeño demonio?
Me aparto unos pasos de las dos brujas que siguen conversando. La idea de Circe sobre
aparecer en otro lugar me hace imaginarme frente al hombre de ojos grises, pidiéndole
carne. Solo de pensarlo se me hace agua la boca. Cuando pedí que empacaran comida,
olvidé lo más importante: la carne. Seguramente en lo que trajeron no hay nada de eso.
Con esa sola idea ya me estoy poniendo de malas. Con tanta emoción por venir aquí, lo
esencial se me pasó por alto: la comida y mis antojos.
¿Podría yo hacer aparecer algo así? Miro mi mano con duda. ¿Y si en lugar de carne
hago aparecer al animal entero, vivo o muerto? Niego rápido, quitándome esa imagen de
la cabeza.
Me jo en un árbol pequeño, a un costado. Vamos a intentar algo más sencillo.
Extiendo la mano y toco su corteza. En un instante, se transforma en un manzano
cargado de frutas hermosas y grandes. Sonrío al verlo cambiar, fascinada, aunque las
manzanas cuelgan demasiado alto.
Me quedo pensando si sería mejor hacer caer una con un gesto o intentar levitar para
alcanzarla. Apoyo la palma en mi mejilla, indecisa. De reojo, descubro la sonrisa torcida
de Circe acercándose, mientras Lyna y Horns siguen hablando un poco más alejados.
—Tan fácil como hacer que caiga una.
—No quiero que caiga.
—Entonces ve por ella. —Alza la vista hacia la fruta—. No es tan alto, y no creo que mi
abuela se moleste. —Se encoge de hombros.
Tomo una bocanada de aire, intentando concentrarme. Abro y cierro las manos con
nerviosismo; nunca he sido fanática de las alturas, podría decirse que les temo, aunque no
sea tan alto como asegura Circe. Pruebo cerrando los ojos unos segundos; lo único que
percibo es la brisa del bosque y los murmullos de quienes conversan a nuestro alrededor.
Cuando los abro, no solo estoy frente a una de las manzanas, sino también a varios
metros del suelo. Trato de no mirar hacia abajo y tomo la fruta rápidamente, pegándola a
mi pecho con miedo a dejarla caer.
—¿Y ahora cómo bajo?
—Igual que subiste, desciende despacio.
—Oh, por dios… —es lo primero que escapa de mis labios al tocar tierra rme. Se
siente extraño, como cosquillas en el estómago. La castaña emite un sonido de desagrado
y borro mi sonrisa al recordar lo que dije.
—Si yo fuera Häel, ya te habría prohibido la entrada al in erno por mencionar ese
nombre.
—¡Lo siento! Es lo que suelen decir los humanos y no sé con qué frase reemplazarlo.
—Tantas expresiones, y eligieron la peor.
—Hace unos meses ni siquiera sabía que existía este mundo, tenme un poco de
paciencia, ¿sí? —Le doy un mordisco a la manzana. Podría imaginar que es un pedazo de
carne y tal vez así engañe a mi antojo… o se convierta en carne.
Oh, eso sería maravilloso. Un trozo cocinado, bien jugoso…
—Evita decirlo, bórralo de tu mente. —De pronto se detiene y gira hacia mí con una
sonrisa torcida—. Mejor aún: yo lo hago por ti, Alya. Déjame borrarlo. —Alza las palmas
hacia mi rostro.
Trago apresurada el pedazo de fruta y retrocedo.
—No, no —niego, viendo en su expresión la emoción de intentarlo—. Lo olvidaré yo
sola, no te preocupes.
Sigo retrocediendo hasta tropezar con algo y caer de espaldas. La manzana rueda lejos
de mí mientras un quejido escapa de mi garganta: el golpe se reparte entre mi espalda y
codo.
—¿Me metiste el pie acaso?
—Shh.
Ni siquiera alcanzo a incorporarme cuando me sujeta del brazo. Antes de poder
reclamarle que no es necesario que borre mi mente con sus juegos, me quedo en silencio
al ver su rostro serio, casi alarmado.
El bosque ha cambiado: se deja envolver por un silencio espeso, lúgubre. Hace apenas
unos segundos estaba más iluminado; ahora la penumbra se adueña del entorno. Los
guerreros que Häel me asignó se colocan en posición de ataque, como si algo estuviera a
punto de suceder. Y rezo porque no sea así. Mi mala suerte no puede empeorar, no ahora.
Todos miran a su alrededor con extrema atención, aguardando la amenaza. Lyna nos
hace una seña a Circe y a mí para que nos acerquemos, ya que somos las más alejadas del
grupo. Trago saliva, nerviosa, y me levanto junto a la causante de mi caída: una raíz. Circe
camina despacio hacia su abuela; yo sigo detrás, con pasos cautelosos.
Siento la mirada de Horns ja en mí, igual que la de los demás. Eso solo me pone más
tensa. Me detengo de golpe al escuchar un ruido a mi espalda. Es leve, pero lo bastante
fuerte como para helarme la sangre. No sé qué es, y siendo honesta, no quiero
averiguarlo.
—Alya, apresúrate.
Obedezco y acelero el paso hasta ponerme al lado de la bruja mayor. Detrás de mí no
hay nada… y, aun así, el sonido persiste, cada vez más cercano. Mi cuerpo entero está
rígido, y puedo apostar que los demás sienten lo mismo. La amenaza que recibieron al
salir del castillo pesa sobre todos.
Si algo me pasa, Häel los va a matar.
Y, por lo que parece, está a punto de ocurrir.
Capítulo 26

ALYA

Mantengo la vista al frente, esperando lo peor. Nadie se mueve, como si dar un solo paso
desatara el caos. Frunzo el ceño al percibir de nuevo el mismo sonido, retumbando como
si viniera desde las entrañas de la tierra. De reojo noto a Lyna ja en un punto,
concentrada. Si algo ocurre, no estoy segura de ser útil; apenas comienzo a aprender lo
básico. Y, aun así, en lo más hondo de mí, sé que soy capaz de lo que me proponga. Nadie
va a lastimarme. Esa seguridad me mantiene en pie.
—Aléjense despacio —murmura la bruja mayor.
Por instinto, llevo una mano a mi vientre y retrocedo lentamente. El crujir de las hojas
se mezcla con mi respiración agitada. El bosque se transforma en un lugar distinto: la
neblina lo invade, volviéndolo lúgubre. La temperatura desciende; mis labios tiemblan y
un vaho helado brota de nuestra respiración. Hace apenas unos minutos los rayos del sol
acariciaban mi rostro, y ahora el ambiente se siente opresivo.
Lo extraño es que parece que todos saben lo que ocurre… menos yo. ¿Es eso bueno o
malo?
Lyna me toma de la muñeca y seguimos retrocediendo, hasta que la tierra comienza a
vibrar bajo nuestros pies. Un estruendo nos hace tambalear. Abro los ojos de par en par
cuando algo empieza a abrirse paso desde las profundidades.
Y digo algo porque no sé qué es.
Retrocedo más rápido al ver su tamaño. El aire se atasca en mi garganta. Su aspecto es
terrorí co: parece un esqueleto, aunque no del todo, porque no se distinguen bien los
huesos. Su rostro emerge primero y me recibe con dos luces brillando en lugar de ojos. El
miedo que me provoca me paraliza.
Es enorme.
Descomunal.
Podría aplastarnos y seguramente ni nos sentiría.
Cuando termina de salir del agujero, nos observa de manera escalofriante. Un hedor
insoportable inunda la zona y hago una mueca de asco. Entonces, un tirón en mi ropa
me arranca del trance.
—¡Alya! ¡Alya, vámonos! —Circe jala de mi brazo con desesperación—. ¡No te quedes
parada, carajo!
Comienzo a moverme lo más rápido que puedo, aunque volteo hacia atrás. Los
guerreros intentan luchar contra la criatura. Uno se abalanza con su espada, pero sale
volando de una patada, como si nada. Aparto la mirada.
—¿Qué demonios es eso?
No corremos, pero avanzamos a toda prisa.
—Un giant mortuis.
Frunzo el ceño. No tengo ni idea de qué es esa cosa, y pre ero no saberlo. La horrible
imagen ya basta para atormentarme.
—Debimos ayudarlos.
—¿Y qué íbamos a hacer ahí, Alya? Solo estorbar. —No suelta mi muñeca mientras
avanzamos; aprieto los labios, molesta—. Mi abuela sabe cómo acabar con esa cosa.
—¿Por qué salió de la tierra? —pregunto, confundida.
—No salió de la tierra. Salió del in erno. Están debajo de nosotros y suelen deambular
por el bosque.
—Era espantoso… y olía a muerte —susurro, recordando su tamaño y la repulsión que
me provocó.
—Cualquier ser que venga del in erno lo será.
Me suelta la mano una vez que estamos lejos. Giro para comprobar que no nos siguen.
La neblina aún cubre todo a nuestro alrededor, como si tuviera vida propia y supiera que
algo anda mal.
—¿Y si no pueden detenerlo? Era gigantesco, podría herirlos.
—Eres tan ingenua, Alya. —Se detiene y me mira con burla—. Era enorme porque es
un gigante muerto. Y los guerreros están aquí porque Häel los envió para eso. Si mueren,
será porque no hicieron bien su trabajo. —Continúa caminando.
Observo su cabello castaño balanceándose con cada paso. No es mi culpa no estar al
tanto de todos los seres extraños que existen en este mundo. Ni siquiera sabía que era una
bruja; si me ocultaron algo tan crucial, mucho menos iban a contarme los nombres de
cada monstruo.
Sigo andando, pensando que debe de existir un libro antiguo con el registro de estas
criaturas. Sin duda se lo preguntaré a Lyna. Cuanto más conozco este mundo
sobrenatural, más quiero saber cómo identi carlos y, sobre todo, cómo derrotarlos si
algún día me encuentro sola frente a uno.
Quizá todo lo que los humanos llaman mitos exista en realidad: sirenas, duendes y…
¿también dragones?
En parte me asusta y, al mismo tiempo, me emociona. Nunca imaginé que este lado del
mundo existiera. Y mucho menos que yo fuera parte de él.
—¿Falta mucho para llegar?
—No. ¿Por qué? —Me lanza una mirada inquisitiva.
Me muerdo el labio sin atreverme a decirlo. Acaricio mi vientre con la yema de los
dedos.
—Tengo hambre.
La veo rodar los ojos. Sé que no le caigo del todo bien, aunque jamás le he hecho nada
para que tenga esa actitud hacia mí.
—Ya casi llegamos. Los demás no deben andar muy lejos. Llegaremos antes gracias a un
hechizo de mi abuela. Redujo el bosque. Claro, no somos los únicos bene ciados y
tampoco dura tanto, así que debemos apurarnos.
No se detiene en ningún momento y yo sigo tras ella. La espina de preguntarle qué
tiene conmigo me carcome por dentro. Y, aunque suene absurdo, sé que la incomodidad
nace de una pregunta que me quema por dentro:
¿Circe tuvo algo con Häel?
No me cabe duda de que se conocían, pero… ¿qué tanto? Quizás no debería
importarme porque Häel y yo nunca hablamos de “nosotros”. Como dicen, lo pasado,
pisado. Pero tratándose de ella, que además es mi prima, sí me importa. No quiero
descubrir que entre ellos hubo algo, porque en ese caso yo sería quien se metió en medio.
Tal vez por eso Circe me trata con tanta hostilidad.
Aunque no lo quiera aceptar, todas esas ideas se deben al nuevo sentimiento que ha
nacido de golpe en mi pecho. Flota ahí, asustado, sin saber cuál es su lugar ni qué hacer
conmigo.
Me detengo de pronto, decidida a no seguir sacando conclusiones. Es hora de
preguntarle de frente.
—Circe.
—¿Um? Ya te dije que no falta mucho.
—No es eso.
—¿Entonces qué? —Se gira sobre su eje, fastidiada—. No podemos detenernos sin
motivo, Alya. No es seguro.
La miro a los ojos. Circe es hermosa. Si pasó algo entre ellos, no culparía a Häel…
aunque sí lo odiaría por meterme en medio sin saberlo.
—Quiero hacerte una pregunta, y necesito que me respondas con la verdad.
Frunce el ceño, confundida. Ajusto la capa para cubrirme del frío y me coloco el gorro.
—Lo que sea, pregúntalo ya.
Trago saliva, humedezco mis labios. Ella espera, paciente.
—¿Tú… llegaste a tener algo con Häel?
—¿Qué estás diciendo?
—He visto cómo lo miras.
Bajo la mirada, nerviosa. No quiero que piense que hablo por celos. Aunque, siendo
sincera, la sola idea de ellos dos me molesta. Y me dolería más saber que me interpuse. No
es como si hubiera tenido opción… ahora llevo dentro de mí al hijo de Häel, y merezco
saber lo que me rodea.
De repente, su risa estalla en todo el bosque. Levanto la cabeza para verla carcajear
como si hubiera contado un chiste brillante.
Me arde la cara. Siento que se burla de mí. Aprieto los labios, irritada.
—¿Qué tiene de gracioso?
Tarda en responder, con una mano en el estómago mientras se apoya en un árbol para
calmarse.
—Me has hecho reír, primita.
—¿Vas a contestar sí o no?
—Mira —suspira, por n seria—, seamos sinceras. Häel no es feo, lo sabes y yo
también. Todos lo saben. Incluso él lo sabe… y lo usa a su favor. Es solo belleza externa.
Por algo es Lucifer, rey del in erno, ¿no crees? Capaz de lo inimaginable y de lo más
atroz.
—¿Y a qué viene eso?
Camina hacia mí lentamente.
—A que te importa más saber si tuvo algo conmigo que preguntar por todo lo que ha
hecho. Pensé que eras más lista, prima. —Suspira, alejándose de nuevo.
Me muerdo el labio con fuerza.
—Si te deja tranquila: no. Nunca tuve ni tengo nada con él. No voy a negarte que me
atrae físicamente, pero jamás me dio entrada. Siempre estuvo obsesionado contigo.
Frunzo el ceño con lo último que dice y llevo ambas manos a mi vientre.
—¿Obsesionado conmigo?
—Por el demonio, Alya… —hace una mueca irritada—. No sabes nada. —Gruñe.
—Nadie quiere decirme nada. Necesito que lo hagas tú, ahora. —Exijo, decidida a
enterarme de todo.
¿Por qué insisten en ocultarme cosas?
Cada vez que creo haber descubierto algo nuevo, aparecen más secretos. Mi vida se ha
vuelto solo eso: caminar a ciegas, atrapada en una niebla interminable, sin saber qué me
espera al frente.
Por el rabillo del ojo capto una sombra fugaz, como un borrón. Circe también la
percibe y me aferra de la muñeca, acercándome a ella con gesto protector. ¿De verdad el
destino se empeña en ponerme más obstáculos? Tengo que llegar sin un rasguño y
regresar igual. ¿Por qué resulta tan difícil? Sé que Häel me lo advirtió y, aunque quiso
enviar más soldados, me negué. Ojalá todos hayan salido vivos tras enfrentarse a la bestia
gigante.
Todo ocurre en cuestión de segundos. Una daga ota frente a mis ojos, detenida justo a
tiempo; el lo apenas roza mi frente. Retrocedo un paso, paralizada por el shock. El
mango está cubierto de espinas, imposible de asir sin salir herido.
—Oh, vamos, Circe. Tenía que detenerla la reinita.
Giro hacia la voz. Una chica de piel trigueña y rizos desordenados nos observa con un
puchero, como si lo que acabara de intentar no hubiese salido como esperaba. ¿Acaso
pretendía matarme?
—No vuelvas a hacer eso, Tamara.
—No seas agua estas —lloriquea.
La daga regresa otando hasta detenerse frente a su rostro, igual que ocurrió conmigo.
La diferencia es que yo ni siquiera la vi venir; fue Circe quien la detuvo.
—Hablo en serio. La próxima esta será tu funeral.
La chica toma el cuchillo por el lo en vez del mango y lo guarda en un estuche de su
cintura.
—¿Quién eres? —pregunto al notar que me clava la mirada. Circe, mientras tanto,
inspecciona el bosque.
De pronto la muchacha está a un respiro de distancia. Tropiezo hacia atrás intentando
conservar espacio.
—Tamara. —Sonríe risueña. En un parpadeo desaparece, y frunzo el ceño—. O tal vez
soy Blaze.
Su voz cambia: ronca, provocadora. Vuelvo la cabeza hacia el sonido y descubro a un
chico de cabello blanco casi albino acercándose con calma.
Sacudo la cabeza, aturdida. ¿Me estoy volviendo loca? Busco a la chica, pero no hay
rastro de ella. ¿De verdad son la misma persona?
—Deja ya, Tam.
—¿Qué mierda…? ¿Y la chica?
Sus ojos son de un azul helado, nada que ver con el café de ella. ¿Cómo es posible? ¿Está
jugando con mi mente? ¿Un hechizo, tal vez? Vuelve a desvanecerse y me giro,
buscándolo.
—¿Me hablas a mí? —Tamara otra vez está junto a mí.
—Deja de jugar conmigo —murmuro, con un deje de rabia. Me revuelve el estómago.
—No juego. Blaze solo quería saludar. —No borra la sonrisa ni un instante.
Sé que debería mantener la mente abierta, pero esto me resulta inquietante. Me provoca
náuseas.
—Pero… ¿eres los dos? —pregunto, confundida.
—Larga historia, ya te la contaré. ¡Pero quítate esa cara de susto! A Blaze le encanta
asustar. —Su silueta femenina se disuelve y vuelve a surgir el chico albino—. Más si se
trata de reinas hermosas como usted.
Sonríe con descaro, guiña un ojo y, con una mano fría, toma la mía para depositar un
beso en el dorso.
—Creo que voy a vomitar. —Me aparto, respirando hondo para controlar las náuseas.
Apoyo las palmas en el tronco de un árbol y me agacho, buscando estabilidad.
—¿Ves lo que causas? —La voz de Circe suena cargada de fastidio al fondo—. Trae a
Tamara y vete a donde quiera que te vayas.
El malestar me hace sentir débil. No sé si se debe a lo que acabo de presenciar o a los
síntomas del embarazo. Suelto un quejido mientras llevo una mano a la cabeza; la
primera arcada me sacude y, aunque trato de contenerla, resulta inútil. Hundiendo las
uñas en la corteza del árbol, cedo.
—Uy… creo que ahora sí me despido. Chau.
—Alya, solo déjalo salir. —Circe se acerca y se agacha a mi lado; su palma frota mi
espalda con suavidad—. Seguro que, cuando vomites, se te pasan las náuseas.
La cabeza me da vueltas y su voz se escucha distante. Otra arcada me golpea y ya no me
resisto. Todo lo que desayuné esta mañana en el castillo de Häel es expulsado de manera
dolorosa. Le siguen más vómitos hasta dejarme exhausta. Cuando ya no queda nada en el
estómago, respiro hondo intentando calmarme. Me dejo caer de espaldas sobre el suelo
cubierto de hojas secas y me limpio la boca con el dorso de la mano. El sabor amargo y
ácido es repulsivo.
Escucho a Circe preguntarme si estoy bien. Con las pocas fuerzas que me quedan, le
respondo:
—Tranquila, solo estoy cansada. —Trago saliva sin abrir los ojos—. Déjame reponerme
y seguimos.
—No podemos descansar, es peligroso aquí.
—Circe, podemos levantar un escudo a nuestro alrededor para que recupere fuerzas.
Mírala, está pálida.
—¡Tú ni siquiera deberías estar aquí! ¿Qué hacías fuera del aquelarre?
—No te enojes, las estaba esperando.
—¿Esperándonos tan lejos de los perímetros establecidos?
—Por Satán, contigo no se puede.
—Si mi abuela te hubiera visto fuera, ya te habría reprendido. No solo sales tú:
cualquiera puede verte y seguirte. ¿Y si un niño te imita?
—Nadie me vio salir —rueda los ojos—. Estaba aburrida de esperar adentro. Solo salí
un poco, me puse a jugar con la daga y me alejé sin querer.
—Claro… —alarga la última vocal—, sin querer.
—Ya, por favor… —abro los ojos apenas, con un esfuerzo que me pesa; ambas me
observan—. Dejen de pelear. Solo… solo denme cinco minutos. —Los cierro de nuevo.
—¿Quieres seguir vomitando?
—Déjala, con esas preguntas vas a lograr que lo haga otra vez.
—Es bueno vomitar —interviene Tamara—. Una se siente mejor después. Lo que
necesita ahora es agua.
—Oh, sí, claro. —Circe revira con sarcasmo—. Traigo una botella justo aquí en el
bolsillo. Lo que ella necesita es descansar y comer. Tenemos que llegar cuanto antes al
aquelarre, o al menos encontrar a la abuela y al shadow, que es quien carga la comida.
—¿Viene un shadow con ustedes? —los ojos de la trigueña brillan—. ¡Yo lo busco!
Desaparece en cuanto termina de hablar. Circe suspira y me lanza una mirada que
nunca pensé ver en ella: preocupación.
Deslizo una mano sobre mi vientre y lo acaricio. Se me ha vuelto una costumbre. No
puedo mantener las manos lejos de él por mucho tiempo. Puede sonar absurdo, pero
siento que así lo tranquilizo, que percibe que estoy bien… y que él también lo está. El
hambre vuelve a golpearme y lo único que deseo es un pedazo de carne. Quisiera pedirlo,
pero temo que me juzguen. Solo con Häel siento la con anza de hacerlo, y él no está
aquí. La comida la trae Horns, y todavía no aparece. Necesito alimentarme para recuperar
fuerzas, y si esa bruja lo encuentra, se lo agradeceré con el alma.
Capítulo 27

ALYA

Llevo una fresa a la boca tras masticar las otras dos que acabo de devorar junto con varios
trozos de carne. Por una razón extraña, encuentro exquisita la mezcla de lo dulce con lo
salado. El momento desagradable que pasé hace menos de media hora, devolviendo la
comida, fue realmente horrible. Hacía mucho que no vomitaba, y menos de esa forma.
Pensé que ya no tendría esos síntomas, pues solo los sufrí al principio del embarazo. Al
parecer estaba equivocada.
Hace unos diez minutos, Lyna llegó junto a Horns y los guerreros gracias a la ayuda de
Tamara. Los primeros, al verme tendida en el suelo, habían entrado en pánico. Lo único
que necesitaba era comer algo, y Horns cargaba la comida. No dudó en sacarla con
rapidez mientras me ayudaban a incorporarme. Me enteré por él de que quien la había
empacado era Häel, con órdenes estrictas de que nadie la abriera excepto yo, pues estaba
destinada únicamente para mí. El corazón aún me late acelerado por esa revelación; no
me lo esperaba. Se había tomado el tiempo, y no solo era eso: también era el detalle.
Aunque, claro, no era solo para mí. También era para su hijo.
Al ver las fresas junto con los trozos de carne —justo como a mí me gustaban— sentí
un escalofrío de sorpresa. Había piezas semicocidas, otras bien cocinadas y, las mejores,
crudas. Sonará repugnante, y quizá hace unos meses habría golpeado a mi “yo” del futuro
si me hubiera dicho que disfrutaría de la carne sin cocinar. Al principio era una
controversia: lo correcto contra lo incorrecto, lo permitido contra lo prohibido. Pero,
aunque se termine enterando la gente, nadie se atrevería a juzgarme… porque, a n de
cuentas, Häel los terminaría matando.
Al fondo de la canasta, pequeños trozos de chocolate amargo adornaban lo que parecía
ser el nal de la comida, aunque nunca se acababa. La cesta no tenía fondo. Otra obra del
rey del in erno. Pensaba en todo. Ni siquiera entendía cómo lo había hecho.
Cuando terminé de comer, retomamos el camino hasta llegar a lo que parecía un
pequeño pueblo. Antes de entrar, la bruja mayor pronunció unas palabras extrañas en un
idioma irreconocible para mí, jamás lo había escuchado. Con un ademán, nos indicó
avanzar y volvió a repetirlas antes de seguirnos. Era como un conjuro que levantaba un
telón invisible, cubriendo el aquelarre para que nadie pudiera atravesarlo.
O al menos eso me explicó Tamara.
Hace una hora que llegamos y todas las brujas me miran de manera extraña, como si
vieran un fantasma. No solo eso: sus ojos bajan a mi vientre con la misma curiosidad. Si
Tamara supo quién era yo, era obvio que todas lo sabían. Pero… ¿quién soy exactamente
para ellas? Caminar resulta incómodo; dondequiera que voy, las miradas me persiguen. Lo
único que quiero es refugiarme detrás de Lyna. Durante el trayecto, noto que hay muchas
más mujeres que hombres; no abundan los niños, y los pocos que hay juegan en lo que
parece un pequeño parque con escasos juegos. Sin duda es un pueblo diminuto.
—Mi reina, ¿quiere descansar? —me pregunta Horns.
Lo miro. Me gustaría decirle que no, que quiero seguir aprendiendo magia con Lyna.
Pero la verdad es otra. Siento el cuerpo pesado desde que vomité y, aunque ya he vuelto a
comer, las arcadas de hace una hora me dejaron débil, sumadas a la larga caminata.
—Quiero descansar. —Asiento.
La bruja mayor se gira para quedar frente a mí.
—Podemos seguir mañana, ¿verdad?
—Claro. Ya fue demasiado por hoy, pequeña. Debes descansar y recuperar fuerzas. —
Me toma la mano con ternura. Todos se detienen a nuestro alrededor—. Ven, voy a
llevarte a la casa que era de tu abuela.
La sigo con una sonrisa. Circe se pierde entre las casas, yendo en dirección contraria
junto con Tamara. Esta última, aunque me parece inquietante que pueda transformarse
en chico de un segundo a otro, me ha caído bien. Los guerreros nos rodean y nos escoltan
hasta una cabaña más grande que las demás. Desde afuera se distinguen ventanales
enormes y un sendero bordeado de ores. Aquí parece haber de todas las especies y
colores. Incluso hay una fuente en el centro que bombea agua cristalina. Me cuesta creer
que todo esto permanezca oculto en medio del bosque.
Al entrar, la calidez del ambiente y un intenso aroma a canela me envuelven de
inmediato. Aspiro profundo y llevo una mano a mi vientre. No te preocupes, bebé… yo
también quiero de eso que huele tan bien.
—Están horneando roles de canela. A tu abuela le fascinaban y he pedido que preparen
unos especialmente para ti.
—Huele delicioso. Comeré uno antes de descansar.
—No te inquietes, mi niña. Puedo llevarte uno a la habitación. Has caminado
demasiado hoy y necesitas reposar. —Acaricia mi hombro con ternura.
Verla duele. Es tan idéntica a mi abuela que, por un instante, siento que estoy a su lado.
Que en cualquier momento me dirá que todo esto es una broma y que sí, que en realidad
es mi abuela. Pero no… no son los ojos de mi Sady. No es ella.
—Está bien… solo espero no quedarme dormida, ya me pesan los ojos —murmuro con
una sonrisa apenada.
—Es normal, durante el embarazo te sientes más cansada y con más apetito.
—Además de las náuseas.
—Exacto. Y al no tratarse de un embarazo humano común, los síntomas son más
intensos.
—De eso me he dado cuenta. —Acaricio mi vientre por encima de la tela—.
Últimamente tengo antojos un poco… raros.
—¿Raros? —Frunce el ceño, intrigada. Muestro una sonrisa nerviosa, debatiéndome si
contarle o no.
—Sí, extraños. —Río suavemente mientras acaricio la or de un pequeño orero—. Ya
sabes… de esos que suelen tener las brujas.
—¿De esos que tienen las brujas? —Repite, mirándome como si intentara adivinar a
qué me re ero.
Toso ngiendo cansancio y señalo las escaleras, dando unos pasos hacia ellas. Su rostro
se arruga aún más por la confusión.
—Bueno… iré a descansar.
—Claro, te mostraré tu habitación.
Suspiro aliviada cuando Lyna no insiste. Si no entendió lo que quise decir es porque
realmente desconoce de lo que hablo. Parte de mí pensaba que todas las brujas —o al
menos los seres sobrenaturales durante la gestación— tenían ese tipo de antojos tan…
peculiares.
Llamémoslos así.
Cuando la vieja bruja sale de la habitación que me asigna, prometiendo volver con un
rol de canela recién hecho, me recuesto en la cama. Los párpados me pesan y el cuerpo
me exige dormir. Apenas alcanzo a detallar la habitación antes de que la negrura me
consuma por completo, arrastrándome a un bosque que ya he visitado antes.

Acaricio la hoja de un árbol, observando el sendero que se abre hacia lo más profundo del
bosque. No tengo dudas: ya he estado aquí.
Camino unos pasos y bajo la mirada a mi ropa cuando una ráfaga de viento me estremece.
Mis pezones se marcan bajo el no vestido y cruzo los brazos, sintiendo las mejillas arder. Sé
que esto es un sueño… o una de esas pesadillas que solían atormentarme. Retrocedo asustada,
temiendo lo que pueda ocurrir en cualquier instante. Lo único que me cubre es este vestido de
satén, ligero y frágil.
—Regina mea. (Mi reina).
Giro el rostro al escuchar el susurro ronco en mi oído. El gris acerado de sus ojos se cruza con
el azul de los míos. Su cabello negrísimo, desordenado, le cae sobre la frente. Bajo la mirada a
su torso y descubro que solo viste unos pantalones del mismo color que su melena. En el in erno
parecen tener una obsesión con el negro. Una caricia ligera me saca de mis pensamientos: sus
dedos apartan mi cabello para besarme el hombro. Las preguntas se me atascan en la
garganta, pero la curiosidad me obliga a soltar la que más me quema por dentro.
—¿Esto es real?
—Tan real.
—¿No es un sueño? —murmuro confundida—. Me quedé dormida en la habitación que me
asignó Lyna y luego… esto.
—Tal vez te parezca un sueño, pero no lo es, Alya. —Gira mi cuerpo hasta dejarme frente a
él. Su altura me obliga a alzar el rostro para mirarlo a los ojos.
—¿Cómo puedo estar segura de que eres tú y no una pesadilla?
Su semblante se ensombrece con mi pregunta; el ceño fruncido y el destello oscuro en su
mirada me ponen en alerta. De pronto me aferra de las muñecas y me empuja contra un
árbol. Suelto un jadeo sorprendido por el golpe en la espalda; no es fuerte, pero sí brusco.
—¿Crees que permitiría que alguien entrara en los sueños de la madre de mi hijo y la viera
en un simple vestido, sin nada debajo? —gruñe contra mis labios. Su pecho oprime el mío y
me cuesta respirar.
—Ya lo permitiste antes. Tuve muchas pesadillas.
—Y sigo buscando al malnacido responsable para arrancarle la jodida cabeza.
Aprieta más mis muñecas. Una parte de mí me dice que debería asustarme por su
comportamiento… pero la otra, la retorcida y oscura, lo disfruta. Quiere provocarlo, hacerlo
enfurecer hasta ver hasta dónde puede llegar. Aunque se trate del mismísimo Lucifer, estoy
convencida de que no me hará daño. Esto va más allá.
Me arden las manos por la necesidad de enredarlas en su cabello y tirar de él.
—Te haces llamar rey del in erno, pero ni siquiera eres capaz de encontrar al culpable que
tortura a la madre de tu heredero con pesadillas —siseo contra su boca.
Sus dientes rechinan por la rabia contenida; sus ojos se hunden en una negrura absoluta. Es
como si mis palabras fueran piedras lanzadas a su orgullo, como si escupiera en su cara
recordándole que, si no puede protegerme ni vengarme, ¿cómo se atreve a proclamarse lo que
dice ser?
—Cállate, no sabes lo que dices.
—Digo lo que se ve.
—Cierra la boca —ruge a escasos centímetros de mi rostro—. Esa escoria la mato yo, y, si
quiero, la revivo una y mil veces solo para volver a matarla.
—Ni siquiera sabes quién es. ¿Cómo planeas matarla? —pregunto con ngida inocencia.
Su mano se cierra bruscamente en torno a mi garganta, robándome el aire.
—Cierra la puta boca de una vez si no quieres que te la cierre con mi jodida verga.
Lo miro con los ojos vidriosos mientras mis uñas se clavan en su piel, intentando a ojar su
agarre. Cuando nalmente me suelta, apenas tengo tiempo de inhalar antes de que sus labios
reclamen los míos con violencia. El beso es una descarga de rabia, tan furioso como as xiante.
Trato de apartarme para recuperar aire, pero es imposible moverlo. Mis manos se enredan en
su cabello, tirando con fuerza, rogando por un respiro.
Cuando al n se separa, siento que todo me da vueltas. Jadeo desesperada, llenando mis
pulmones como si hubiera estado bajo el agua demasiado tiempo. Un ardor punzante recorre
mi labio inferior: me ha dejado un mordisco de recuerdo.
—¿Solo así puede callarse mi reina? —pregunta con sorna.
—Eres… un maldito idiota —balbuceo, masajeando mi cuello adolorido.
—Anda, sigue provocándome —sonríe con cinismo.
Un rastro de sangre humedece su labio; paso mi lengua por los míos.
Me impulso contra el tronco y, tomándolo del cabello, lo obligo a inclinar la cabeza para
alcanzar su boca. Es mi turno de besarlo con todo lo que tengo. Tal vez me merecía lo de hace
un momento; no debería haber puesto en duda su título como rey del in erno. Pero que me
parta un rayo si no me excitó hasta los huesos.
Envuelvo un brazo en su cuello cuando este me eleva, obligándome a enredar las piernas en
su cadera. Sus manos aprietan con fuerza mi trasero, arrancándome un gemido contra sus
labios. El beso es feroz, abrasador, como si absorbiera cada uno de mis pecados. Vuelvo a jalarle
el cabello, arrancándole un gruñido gutural. Una de sus manos se cuela por la abertura de mi
vestido y me estremezco al sentir sus fríos dedos rozar mis pliegues; un respingo se me escapa
involuntario. Busco su lengua con más hambre, devorándolo, tirando con mayor violencia de
sus hebras oscuras.
—¿Te mojó que te ahorcara? —murmura entre besos.
Para no separarme de su boca, solo contesto con un murmullo a rmativo. Y no, ahora
mismo no me incomoda. Al demonio con todo.
De pronto, mi espalda se hunde en una super cie mullida y cómoda. Aprovecho un instante
para morderle el labio cuando me da espacio. Él me sujeta de las mejillas al apartarse apenas
por falta de aire. Sus ojos me escrutan todavía tensos, con los dientes apretados. Intento
reprimir una sonrisa, paso los dedos por su cabello hacia atrás cuando una gota de sangre
resbala desde su labio inferior.
—Me excitó que fueras rudo conmigo.
—Y lo seré aún más después de esto.
—Recuerda que el primero que se enfada, pierde.
—Y la primera que rete al diablo… arderá en llamas.
—Ahora mismo ya estoy ardiendo. —Me deslizo hacia el centro de la cama, que no tengo
idea de cómo apareció en medio del bosque. Sonrío en su dirección, muerdo mi labio y, con
lentitud, exiono las piernas para abrirlas.
Su mirada desciende sin prisa hasta un punto especí co de mi cuerpo. Sus ojos se oscurecen
varios tonos. Trago saliva al verlo avanzar a gatas hacia mí. Me baja las piernas con rmeza
para colocarse encima.
Tal vez la lujuria nuble mis pensamientos, porque siempre tengo preguntas y ahora me
asaltan todas: dónde estamos, qué hago aquí y, si esto es un sueño, ¿cómo puede sentirse tan
real? Quiero formularlas, pero la boca del demonio sobre uno de mis pezones, por encima del
vestido, me roba las palabras. Entorno los labios, jadeando.
—Mi reina anda muy juguetona hoy, ¿no? —susurra antes de lamer y succionar, mientras
sus manos suben el satén hasta mi cintura.
—Häel… —suspiro—, ¿qué tan real es esto?
—Tan real que, cuando despiertes, te dolerá aquí.
Un gemido se me escapa al sentir uno de sus dedos hundirse dentro de mí. Mis uñas se clavan
en sus hombros.
—¿Cómo?
—Es aquí donde lo hicimos la primera vez. Fue tan real que ahora llevas en tu vientre a mi
heredero.
—Explícame… —pido con la voz entrecortada, perdida entre el vaivén de sus dedos en mi
interior.
—Tal vez parezca un sueño, pero no lo es. Estás aquí. Yo estoy aquí. Y lo que está por
suceder… nada ni nadie podrá detenerlo.
Muerdo mi labio cuando se vuelve más rudo con los dedos y baja otra vez para devorar mis
pechos a través de la tela. Sé que eso le fascina, porque la última vez lo repitió igual. Pero para
mí es una tortura no sentir su piel contra la mía. Me retuerzo bajo su cuerpo, intentando
arrancarme el vestido.
Él se aparta apenas de uno de mis pechos para observarme, sin dejar de penetrarme con los
dedos. Un quejido ronco se me escapa al no lograr deshacerme de la tela. Los pezones me arden,
hipersensibles; no estoy segura de si es por el embarazo o porque los ha succionado demasiado…
Y eso que aún solo ha sido a través de la tela.
—Quítame el vestido.
—¿Acaso quieres mandar tú hoy? —su voz ronca me estremece; me muerdo el labio y echo la
cabeza hacia atrás, soltando un jadeo cuando sus dedos se hunden más en mí.
—Sácalo.
—¿Tan rápido?
—¡Sácame el vestido!
—Mi reina está ansiosa…
Ignoro la burla en su voz y, como puedo, me deshago de la tela. De un movimiento quedo
boca abajo; suspiro hondo con la mejilla hundida en las sábanas negras. Sus manos recorren
mi trasero hasta levantar mis piernas y exionarlas. Trato de apartar el rubor; no lo necesito
ahora, no cuando el cuerpo me arde bajo sus caricias. Giro apenas para verlo: su desnudez me
golpea con fuerza. Los tatuajes extraños, las cicatrices, todo en él me atrae y me recuerda que
debo descubrir el origen de esa marca en su pecho.
Sus ojos grises, oscurecidos, me atraviesan. Los mechones de su cabello caen sobre la frente, y
mis manos ansían hundirse en esas hebras. Todo él grita pecado. Caos. Quisiera levantarme y
besarlo, entregarme sin pensar. Pero su mirada me mantiene quieta; puedo intentar
imponerme, pero Häel siempre termina dominándome y colocando mi cuerpo en la posición
que le place.
Agarra mi trasero y lo masajea, haciéndome jadear de expectación. Luego me toma del
cabello, jalándome hacia atrás; un quejido se escapa de mis labios, lo muerdo con fuerza. Lo
hace por todas las veces que yo se lo he hecho, pero lejos de detenerme, me incita a hacerlo más
fuerte la próxima vez.
—¿Algún antojo en especial, mi reina?
Su boca reparte besos en mi cuello y nuca. Siento su erección rozando mi trasero y un
estremecimiento me recorre la espalda.
—Tú.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Cómo me quieres devorar? —muerde el lóbulo de mi oreja, frotándose contra mí—.
¿Crudo?
—Ah… —gimo cuando pellizca mi pezón.
—¿Cocido?
—Häel…
—¿Término medio?
—Häel… —me quejo al sentir otra mordida en el hombro y un pellizco más—. ¡Todo! Te
quiero de todas las formas.
—Eres una pervertida. —Sus manos se deslizan a mi cadera. Lo miro con las pupilas
dilatadas, y de un tirón me coloca a gatas. Relamo mis labios, ansiosa. Todo mi cuerpo clama
por él, sobre todo un punto que late con fuerza, hambriento de su contacto.
Me muerdo el labio cuando siento la punta de su miembro rozando mis pliegues húmedos
sin entrar del todo. Juega conmigo, y eso me desespera. ¿No entiende que lo quiero ya?
—Lo entiendo, mi reina, pero… ¿sabías que lo bueno tarda en llegar? —besa uno de mis
glúteos, lo lame y muerde hasta dejar la piel enrojecida. Aprieto las sábanas entre los puños,
frustrada.
—Deja de torturarme… —lloriqueo.
—¿Crudo o cocido?
—Crudo.
Lo miro directo a los ojos al decirlo. Sé perfectamente a qué se re ere; no hablamos de carne,
entendí la maldita insinuación.
Sus manos aprietan mi cadera al colocar la punta en su lugar. Frota contra mi clítoris y
descargas eléctricas me recorren el cuerpo, estremeciendo cada rincón sensible. De una sola
embestida me penetra por completo. Aprieto los ojos, reprimiendo el grito que amenaza con
desgarrarme la garganta; un gemido escapa inevitable, acompañado de su gruñido grave. Me
muerdo el labio, las sábanas se arrugan bajo mis dedos y una punzada de dolor se mezcla con
la excitación que me empapa todavía más.
—Tan jodidamente apretada.
Sale despacio y vuelve a entrar con la misma brutalidad. Sus dedos se clavan en mi carne
con cada estocada. El ardor se mezcla con un placer obsceno, y los gemidos ya no pueden
retenerse. Mis quejidos llenan la habitación mientras sus manos exploran cada rincón de mi
cuerpo.
—Häel… —gimo su nombre en medio del éxtasis.
Lo observo de reojo moverse sin cesar; sus embestidas son crudas y salvajes. Tiene la mirada
ja en nuestra unión y la forma en que aprieta la mandíbula lo vuelve aún más varonil, más
incendiario. Sus ojos grises se clavan en los míos, dilatados por el placer.
—Deja de mirarme así, Alya, o voy a correrme como un maldito puberto —gruñe entre
irritado y excitado.
De pronto se detiene. Su cuerpo abandona el mío lentamente y un quejido de frustración se
me escapa cuando me deja vacía. Sin darme tiempo, me gira con brusquedad hasta dejarme
boca arriba. El colchón me recibe y me relajo un instante, hasta que coloca una almohada
bajo mi cadera y vuelve a situarse entre mis piernas.
Entra de golpe, sin aviso, hundiéndose hasta el fondo. Un grito se mezcla con el gemido que
suelto mientras me dejo llevar por el vaivén de sus caderas. Sostengo mis pechos con las manos
porque me duelen al rebotar con cada embestida, pero Häel captura mis muñecas y las aprieta
sobre mi cabeza, obligándome a soltarlos. Un lloriqueo se escapa de mi garganta entre
gemidos.
—No los toques. Son míos.
Frunzo el ceño ante su reclamo, pero lo olvido en cuanto su boca se apodera de uno de mis
pezones. Succiona con fuerza, arrancándome un gemido mientras sus gruñidos llenan el aire.
No sé en qué momento la habitación se convierte en esto; recuerdo lo que dijo: que todo era
como un sueño real, y que aquí podía hacer lo que quisiera. Cierro los ojos e imagino otro
escenario: un bosque iluminado por estrellas, ores alrededor, mientras una de sus manos
aprisiona mis muñecas y la otra se aferra a mi cadera, penetrándome sin compasión.
Abro los ojos y lo veo: el cielo nocturno, los árboles, el aroma de las ores. Entorno los labios,
sorprendida y excitada, hasta que una mordida en mi pecho me hace soltar un jadeo.
—Eso dolió…
—Shh. —Me hunde una embestida profunda y suelta mi pezón.
De reojo miro mis pechos enrojecidos y sensibles. Trato de soltar mis manos para jalar su
cabello.
—¿Te gusta hacerlo al aire libre, eh?
—Suéltame las manos.
—Ni mierda. No las quiero cerca de mi cabello.
—Suéltame… —lloriqueo, insistente.
—Voy a castigarte si llegas a tocar una sola hebra de mi cabello.
En cuanto me libera, lo agarro del cuello y aplasto mis labios contra los suyos. Su lengua se
adueña de la mía en una danza voraz, una pelea en la que no sé si puedo ganar. Mis uñas se
clavan en su espalda cuando entrelazo las piernas en su cadera. El beso se rompe cuando
muerde mi labio, y reprimo el grito hundiendo mis dientes en su hombro justo cuando acelera.
Un remolino ardiente comienza a construirse en mi vientre bajo, un clímax que amenaza
con devorarme.
—Más rápido… por favor.
—A mi reina, lo que pida —gruñe, obediente.
—¡Sí, sí, sí!
—Acabas de irte y ya muero por ir por ti.
Su rostro se crispa por el placer, los ojos cerrados y el ceño fruncido. Recorro con las yemas de
mis dedos su mandíbula, luego sus mejillas, hasta delinear sus cejas. Suspiro y paso mis manos
hacia su cabello, besando su mandíbula con una sonrisa contenida. Häel cierra los ojos justo
cuando jalo con fuerza de sus hebras oscuras.
Su respuesta es brutal: intensi ca sus embestidas como si quisiera partirme en dos. Lo hace
enfurecido, y una parte retorcida dentro de mí lo disfruta. Disfruta provocarlo, hacerlo perder
el control para que sea aún más duro conmigo.
Un poco masoquista, tal vez.
—Ay… —me quejo cuando un azote en mi trasero me arranca un gemido y me deja ir; el
orgasmo me consume mientras jalo con fuerza de su cabello, gritando su nombre. Lo siento
hincharse dentro de mí sin detenerse hasta correrse junto conmigo. Los calambres deliciosos se
expanden por todo mi vientre bajo, mezclados con la sensación de su semen llenándome, y me
dejan adormecida. Todo a mi alrededor gira.
—Te dije que quería tus malditas manos fuera de mi cabello. —Otro azote me hace abrir
los ojos de golpe; el dolor se expande en mi carne y me devuelve a la realidad.
—No seas brusco conmigo. —Hago un puchero, relajando el cuerpo cuando sale de mí y se
recuesta a mi lado.
—Hace un rato me pediste que lo querías rudo, ¿y ahora te quejas de unos azotes?
—Cambios de humor de embarazada. —Suspiro con los ojos cerrados, acariciando mi
vientre abultado mientras intento estabilizar la respiración.
Abro de nuevo los ojos al sentir unas caricias ligeras a un costado de mi estómago. Häel está
ahí, rozándome con la punta de la nariz como si delineara el contorno de mi piel. Sus
mechones me hacen cosquillas.
Aparto su cabello hacia atrás con una mano; el demonio gruñe.
—Solo lo moví, no voy a jalarlo.
—Más te vale.
Sonrío de lado, mientras coloca su palma en mi vientre, acariciando apenas unos segundos
antes de apartarse. Se incorpora y comienza a vestirse. Frunzo el ceño y jalo la sábana para
cubrirme, preguntándome por qué no quiso tocar más tiempo.
—¿Pasa algo?
—No. —Revuelve su cabello tras ponerse los pantalones—. Vas a despertar en diez minutos,
así que deberías tratar de dormir.
Es lo último que dice antes de desaparecer tan rápido como llegó.
Me recuesto con un dejo de amargura, acaricio mi vientre redondeado y pienso que ya
debería saber qué es, pero no sé si acudir a un médico humano sería lo correcto. Tendré que
preguntarle a Lyna. Me acurruco abrazando la almohada que Häel ocupaba hace unos
minutos y dejo que el sueño me venza. Lo último que distingo es una gura apoyada en un
árbol, a unos metros, oculta entre la penumbra del bosque.
Después de eso, la oscuridad me traga por completo.
Capítulo 28

ALYA

Termino de desenredar mi cabello húmedo con los dedos, ya que no encontré ningún
cepillo. Hago una mueca al sentarme en la cama para ponerme los zapatos. Cuando
desperté, seguía recostada justo donde me había quedado al llegar; no sabía cuánto tiempo
había dormido ni si Lyna había ido a buscarme. El sol ya se escondía, dejando que solo las
antorchas iluminaran desde el balcón. Decidí darme un baño al encontrar ropa en el
clóset. No estaba acostumbrada a usar vestidos, y menos tan ostentosos como el que me
había entregado la bruja mayor antes de partir, así que tomé prestados unos pantalones y
una blusa sencilla.
Quería sentirme cómoda, pero no hallé nada más holgado. La blusa me quedaba
ajustada en el vientre y lo hacía notarse aún más. Me pongo de pie con una ligera mueca:
Häel no había mentido cuando dijo que me dolería. La molestia sigue ahí, igual que el
recuerdo de tenerlo dentro de mí. Al ducharme descubrí pequeñas marcas en mis pechos.
Lo que pensé que era un simple sueño era, en realidad, mucho más que eso. Y no
comprendo cómo puede ser posible. Hay tantas cosas que aún escapan a mi
entendimiento.
Tras mirarme en el espejo, decido salir de la habitación. Necesito probar ese rol de
canela. No comí nada antes de acostarme y, otra vez, el hambre me apremia. Llevo una
mano a mi vientre mientras bajo las escaleras. Esta noche se ve más abultado que nunca.
No entiendo por qué Häel ha actuado de esa manera: apenas tocó mi estómago,
desapareció. Aunque, al verlo de lejos hasta que me dormí, sentí que velaba mis sueños. Le
preguntaré qué pasó o por qué actuó así.
¿Sigue molesto porque decidí venir al aquelarre? ¿O por lo que le dije antes? Admito que
me pasé de la raya. Por más cierto que fuera, no debí soltarlo de esa forma. Seguramente
herí su ego.
—Mi señora, ¿se le ofrece algo?
Debo acostumbrarme al trato que siempre me brinda el pequeño con cuernos.
—Hola, Horns. ¿Sabes dónde está Lyna?
—Claro, sígame. —Los guerreros están apostados en distintos puntos de la casa, tan
inmóviles que parecen estatuas—. Justo iba a despertarla. En unos minutos servirán la
cena.
—Me alegra oírlo, tengo mucha hambre. —Procuro no sonar tan desesperada.
—Es necesario que se alimente bien. El heredero del rey debe nacer sano y fuerte. Él
mandó más agua infernal para que la beba.
Chasqueo la lengua y coloco ambas manos sobre mi vientre. Ni siquiera quiere tocarlo
el idiota, pero me ordena beber esas porquerías que saben a mierda, sacadas de no sé
dónde. Si tanto se preocupa, ¿por qué no se atreve a sentirlo? La molestia me hierve por
dentro; antes no me sentía así. Supongo que los cambios de humor se han vuelto
demasiado drásticos.
—¿Él la mandó?
—Sí, mi reina.
La manera en que Horns pronuncia esas palabras es muy distinta a la de Häel. El
pequeño lo hace con respeto y calidez, como si realmente creyera que yo soy su reina.
Aunque, técnicamente, si me quedo con Häel lo seré… ya que él es el Rey del In erno.
—¿Y tendré que beber eso en la cena? —pregunto con mueca de asco, deteniéndome
antes de entrar. Solo de imaginar esa agua turbia y con su olor repugnante me dan
arcadas.
—Me temo que sí.
—Es asquerosa, Horns.
—Lo sé, mi reina.
—¿La has probado?
—No, pero me lo han contado.
Bufo y cruzo los brazos.
—No es justo. Voy a terminar vomitando la cena. —Trago saliva y trato de contener las
náuseas.
Me separo de la pared antes de entrar a la cocina, miro al pequeño demonio parado a
unos metros y, con un puchero, intento ablandarlo:
—¿No hay algo que podamos hacer?
Horns me observa con sus ojos oscuros, dubitativo. El pequeño viste de manera extraña:
pantalón, camisa y un saco demasiado grande para su diminuto cuerpo, todo en negro.
Con esos cuernos pequeños que asoman entre su cabello lacio, parece un niño. Si alguien
lo viera en la calle —sin reparar en los ojos ni en los cuernitos— juraría que tiene apenas
dos años.
—Bueno… podríamos añadir jugo, para disimular el sabor del agua infernal y hacerlo
un poco dulce.
—¿Jugo de arándano?
—El que más le agrade, mi reina.
Sonrío como una niña traviesa que ha conseguido salirse con la suya. Extiendo la mano
y acaricio su cabello; es imposible no sentir ternura con esa carita de bebé. Recuerdo que
la primera vez que lo vi sus cuernos eran más largos y su piel roja; entonces cambió de
aspecto para que yo no me asustara. Ahora sé que jamás me haría daño. Con el tiempo he
aprendido a ver que Horns es un demonio tranquilo, casi inocente.
—Ya no hace falta que ocultes tu verdadero aspecto para no asustarme, Horns.
Sus pequeñas manos rodean la mía. Como la de Häel, su temperatura corporal es más
cálida de lo normal.
—No se preocupe, mi reina. Ese otro aspecto solo lo uso para espantar a la gente. Aquí,
en este bosque lleno de criaturas sobrenaturales, dudo mucho que asuste a alguien. —
Hace una mueca divertida.
—Más bien, ellos son los que nos asustan a nosotros.
Asiente, dándome la razón.
—Debería estar ya en el comedor. Seguramente han servido la cena y usted sigue aquí.
Debe alimentarse. —Su voz lleva un dejo de preocupación.
Lo sigo hasta que llegamos a una mesa amplia donde varias personas ya están sentadas.
Aprieto las manos, inquieta. No conozco a nadie. Me detengo a unos pasos, incapaz de
reunir valor para presentarme entre tantos desconocidos. Busco a Horns con la mirada,
pero ya no lo encuentro. ¿A dónde fue?
Entonces distingo a Lyna levantarse, seguida por los demás. Incluso Circe se pone de pie
con un resoplido.
—Alya, qué bueno que llegas. Ven, acércate. —Me señala el asiento vacío a su lado.
Camino con inseguridad hacia ella. Tener tantos pares de ojos encima no es nada
agradable, menos aún cuando no todos se muestran amables. La atmósfera se vuelve
densa, pesada. Juego con uno de mis anillos para contener la ansiedad, y entrelazo las
manos sobre mi vientre como escudo.
—Quiero presentarte a algunos miembros del aquelarre.
Respiro hondo y levanto la mirada. No voy a quedarme viendo el suelo como si
estuviera intimidada, aunque lo esté un poco. Debo aparentar lo contrario. No soy menos
que ellos. Desde nuestra llegada he sentido esas miradas inquisitivas, y aunque no vienen
de todos, resultan incómodas.
Mantengo la cabeza erguida mientras Lyna me presenta uno a uno. Sostengo la mirada
de cada persona sin pestañear. La mayoría son mayores, como ella, y me examinan con
atención.
En cuanto terminan, sirven la cena. Tengo tanta hambre que, cuando Lyna me
pregunta si estoy bien, solo asiento. Sin embargo, al mirar el plato frente a mí, reprimo
una mueca de desagrado apretando los labios. Unas verduras desparramadas acompañan
un pedazo de lasaña. Sin carne.
Claro, pienso con ironía. Como si se hubiesen puesto de acuerdo para fastidiarme. Lo
improbable es que sepan mi secreto.
No es que la lasaña me disguste —se parece al espagueti, y yo amo el espagueti—. Mi
único problema es que… ¡no hay carne!
Y hoy lo único que se me antoja es carne cruda. Maldigo a quien haya cocinado esto.
Observo cómo colocan un vaso junto a mi plato. Miro al pequeño demonio con un
rayo de esperanza.
—Horns.
—¿Sí, señora?
—¿No habrá un poco de carne por aquí? —susurro para que nadie más escuche.
—¿Carne?
—Sí. —Bebo un sorbo de lo que me ha traído con demasiada con anza. Apenas el
líquido toca mi lengua me arrepiento, pero ya es tarde: lo trago de golpe. El sabor es
repugnante. Respiro hondo antes de hablar—. Pensé que habíamos quedado en que
agregarías jugo.
—Lo siento, mi reina. Mi rey no lo permitió. Dice que perdería el efecto, que debe
beberse así. —Baja la mirada, arrepentido.
—Tu rey puede irse a la…
—¿Sucede algo, Alya?
Giro hacia Lyna, que me observa con calma desde su asiento. Aprieto el vaso entre mis
dedos.
—Oh, no, Lyna. Todo bajo control. La comida está deliciosa. —Fuerzo una sonrisa y
llevo una hoja de lechuga a la boca. Mastico con desgana.
Ni que fuera un maldito conejo.
Después de una cena que no me ha quitado ni un gramo de hambre, la gente se dispersa
hacia sus casas. Necesito encontrar a Lyna antes de que se me olviden las preguntas.
Camino por la cabaña buscándola, mientras mis tripas rugen como bestias hambrientas.
Solo espero que mi bebé no intente devorarme desde adentro.
Resiste, chiquito. Si nadie nos trae carne, yo misma saldré a buscarla.
Me detengo en seco al toparme con unos ojos verdes y una cabellera castaña.
—¿Se te perdió algo? —Circe me clava la mirada.
—Estoy buscando a tu abuela.
—La acabo de ver en su habitación, justo al lado de la tuya.
—Gracias, iré a hablar con ella. —Me dispongo a seguir mi camino, pero su mano
atrapa mi muñeca. Me coloca una pulsera de tela roja. Frunzo el ceño, desconcertada—.
¿Qué es esto?
—Protección contra las malas vibras.
—¿Malas vibras? —Miro la frágil pulsera incrédula.
—O contra las víboras, como pre ero llamarlas. —Se sube la manga y me muestra la
misma pulsera en su muñeca. Sus ojos son sinceros, no percibo sarcasmo ni burla.
¿Entonces por qué hace esto?
—¿Por qué me ayudas?
—Vi cómo te miraban en la cena. No todas son buenas solo por pertenecer al
aquelarre, Alya. —Se apoya contra la pared con los brazos cruzados. Su coleta alta deja a
la vista un mechón teñido de verde en la nuca.
—Yo no les he hecho nada para que me miren o me traten así.
—No. Pero al ser diferente, desconfían.
—¿Diferente?
—Este mundo no es como el tuyo. Aquí las especies no se mezclan. Y que tú estés
embarazada de un demonio siendo bruja… no lo ven con buenos ojos.
—Pero… ¿por qué? —pregunto confundida.
—Porque los demonios son más poderosos. Ellos sí son inmortales, nosotras no. Y
llevar dentro al heredero del rey del in erno lo hace todavía más complicado.
Aprieto los labios, pensativa. Acaricio mi vientre como si pudiera tranquilizar a mi hijo,
asegurándole que nada malo le pasará. Puedo soportar miradas, susurros y hasta rechazo.
Pero si alguien se atreve a cruzar la línea, no me quedaré callada.
Ya hice arder a una. No me temblará la mano si alguien más se mete conmigo.
—Tengo que hablar con Lyna. Después quiero que me cuentes todo lo que sepas. ¿Cuál
es tu habitación?
Circe señala con un gesto la puerta frente a la mía. Asiento y me dirijo hacia la de su
abuela. Sus palabras siguen rebotando en mi cabeza.
Las especies no se mezclan… ¿y qué pasa si lo hacen?
Me detengo frente a la puerta de la bruja mayor tratando de calmar mi corazón. Hasta
el hambre se me ha esfumado, dejando a cambio un dolor de cabeza que late sin piedad.
Masajeo mis sienes antes de armarme de valor para tocar y preguntar por la cicatriz de
Häel. Sé que ella tiene respuestas gracias a su experiencia y sabiduría. El problema es que
quiera dármelas.
Llevo un dedo a la boca y empiezo a morderme las uñas; los nervios me carcomen.
Apenas la puerta se abre, enderezo la postura a toda prisa. La anciana me recibe con una
sonrisa que intento devolver, ignorando el martilleo en mi cabeza.
—Alya, ¿ocurre algo?
Niego despacio, con una mano en el estómago.
—No… pero tengo una pregunta, y tal vez usted tenga la respuesta.
Me observa entre preocupada y confundida antes de abrir del todo la puerta e invitarme
a pasar.
Ojalá no fuera nada importante. Pero lo es. Se trata del rey del in erno, apuñalado por
la espalda… en el cielo. Si aquel sueño fue un recuerdo real, tiene que haber un porqué.
¿Quién fue esa persona que lo atravesó con la daga? ¿Por qué lo hizo? ¿Y qué demonios
hacía Häel en el cielo? Algún día voy a enloquecer con tantas preguntas devorándome la
cabeza. El dolor se expande en mis sienes hasta hacerme arder los ojos. Necesito un
respiro. Y, sobre todo, algo que comer que no me revuelva el estómago.
Solo espero que Lyna no se vaya por las ramas.
Me siento con cuidado sobre la cama; dudo que mis piernas aguanten mucho más. La
bruja mayor se acomoda a mi lado. Viste un traje negro con una gabardina igual de
oscura. Ahora me arrepiento de no haberme puesto la mía: el frío comienza a colarse en
mis huesos.
Echo un vistazo rápido a la habitación. En una esquina hay un mueble repleto de libros;
todo está impecablemente ordenado, excepto una mesa cubierta de volúmenes abiertos.
—¿Cuál es tu pregunta?
Aparto la mirada de los libros y jo los ojos en ella, mordiéndome el labio inferior
mientras entrelazo las manos en el regazo.
—Es algo delicado.
Su ceño se frunce. Se recoloca sobre la cama con gesto serio.
—¿Sobre qué?
—Sobre Häel.
Respiro hondo, jugueteando con los dedos. Ella me observa con atención, evaluando
cada uno de mis movimientos. Sus ojos, de un azul tan claro como los de mi abuela —y
casi como los míos—, me atraviesan antes de cerrarlos. Chasquea los dedos. El aire
cambia de golpe; un peso extraño llena la habitación.
—Nadie podrá escucharnos. El hechizo no durará mucho, así que sé breve. ¿Qué quieres
saber?
Trago saliva. La pregunta me arde en la garganta.
—Hace tiempo tuve un sueño. Sobre Häel. Allí se veía más joven, sin tatuajes… y sin
esa oscuridad en la mirada. No sé por qué lo soñé, aún no lo entiendo, pero estoy segura
de que era el cielo. Él discutía con alguien, aunque no pude escuchar nada. —Respiro
profundo, la observo y continúo—. De repente, ese hombre lo apuñaló por la espalda.
Fue tan real… todavía lo veo frente a mí como si estuviera ocurriendo otra vez. —Me
cubro la boca, consternada—. Quiero saber si lo que vi pasó de verdad. Häel tiene una
cicatriz en ese mismo lugar. ¿Eso fue lo que ocurrió?
Lyna mantiene la mirada baja, sin sorpresa alguna en su rostro. Como si lo que acabo de
decir fuera información vieja para ella. Una de sus manos cubre la mía, obligándome a
dejar de moverla nerviosa.
—¿Por qué no se lo preguntaste a él?
—Porque no creo que me lo diga.
—Te noto rara. ¿De verdad estás bien? —su voz arrastra un matiz de preocupación.
—Sí, Lyna. Solo necesito saber qué pasó exactamente.
—Lo que soñaste… fue lo que ocurrió. —Se pone de pie y empieza a caminar por la
habitación. La observo impaciente, con el ceño fruncido por el dolor de cabeza—. Häel
era un ángel guerrero. Todos conocen la historia de Lucifer, ¿no? Lo traicionaron. Fue
apuñalado por la espalda y condenado a gobernar el averno. Lo expulsaron del cielo de la
forma más cruel: lo dejaron caer desde lo alto de las nubes hasta que la oscuridad lo
consumió. Se convirtió en el rey del in erno, cegado por la rabia de haber sido
traicionado por su mejor amigo. Yo nunca justi qué a ninguno de los dos.
—¿Quién era su mejor amigo?
—Deus.
—¿Por qué lo hizo? —pregunto confundida, buscando una respuesta que no encuentro.
—Eso solo lo saben Häel y Deus.
—Lo apuñaló —susurro, horrorizada—. Lo mató, Lyna.
Abrazo mi vientre con fuerza, asustada. El dolor de cabeza no me deja procesar lo que la
bruja mayor acaba de contarme. Ella se acerca y me rodea con un abrazo protector, como
si pudiera calmar el caos que llevo dentro.
—Tranquila, no debes exaltarte o podrías lastimarte. —Acaricia mi cabello. Cierro los
ojos intentando regular la respiración—. No va a pasarles nada. Häel está movilizando a
sus guerreros para terminar la guerra en el in erno antes de que nazca su heredero.
—¿Guerra? ¿Hay una guerra en el in erno?
—Algunos seres y demonios rebeldes que no obedecen a Häel. Él se está encargando de
eso… y yo lo estoy ayudando. Ahora que sé que tu bebé viene en camino, buscaremos
resolverlo lo más rápido posible. Eres parte de mi familia, Alya. No voy a dejarte sola.
Las lágrimas amenazan con salir, pero trato de contenerlas. Estar entre sus brazos es
como volver a tener a mi abuela. Y eso lo hace todavía más doloroso. Su rostro idéntico,
su calidez… es un golpe demasiado fuerte. Un mar de emociones me revienta en el
pecho; llevo demasiado tiempo acumulando cosas y ahora todas me golpean de una sola
vez.
Mi cabeza retumba.
Quiero carne.
Necesito descansar.
Es lo único en lo que puedo pensar. Tengo hambre desde hace rato, necesito comer algo
antes de dormir. Mi bebé pide carne… y yo pido el rol de canela.
—En la tarde estuve esperando a que me llevaran el rol de canela. —Cambio de tema
bruscamente. Ella suelta una leve risa mientras me suelta. Me abrazo a mí misma por el
frío.
—Fui a tu habitación y no estabas. Supuse que habías ido a caminar.
Frunzo el ceño. ¿Que no estaba? Pero si me quedé dormida… y soñé que tenía sexo con
el demonio bipolar.
Es real.
Recuerdo sus palabras, y al levantarme de la cama vuelve ese pinchazo en mi intimidad,
recordándome lo que pasó hace unas horas.
—Es mejor que vaya a descansar.
—Me parece bien. Es tarde. Mañana aprenderás más sobre la magia.
Asiento y me despido con un murmullo de buenas noches antes de salir de su
habitación. Mis pasos son lentos y pesados hasta la mía, agradezco que no quede lejos. De
reojo miro la puerta de Circe. Mañana hablaré con ella. Ahora solo necesito recostarme.
Cierro la puerta detrás de mí con un suspiro y pongo el pestillo. Me tallo el rostro. Ha
sido un día agotador. Me apoyo en la puerta y comienzo a quitarme los zapatos; quiero
deshacerme de todo y meterme bajo las sábanas. Quizá suene absurdo desnudarme
teniendo frío, pero quiero sentirme cómoda.
Me quito los pantalones y los lanzo a cualquier rincón. Mi pequeño vientre se hace
notar cuando me saco la blusa. Camino hasta la cama en ropa interior. Al levantar la
mirada noto una canasta junto a la cama. Me llevo una mano al estómago y me acerco,
sentándome al borde del colchón mientras aparto un mechón de cabello. El olor a carne
y canela me golpea las fosas nasales, haciéndome agua la boca.
Tomo la nota que descansa encima antes de agarrar un trozo de carne y llevármelo a la
boca. Cierro los ojos, disfrutando del sabor. Un leve gemido de satisfacción se me escapa.
Miro el rol de canela con ilusión; podría devorarlo todo sin siquiera leer el papel, pero la
curiosidad me gana.
Come todo. Y sí, es una orden.
Te dejo mi camisa por si quieres sentir que te abrazo.
–Tu rey.
Ruedo los ojos y dejo la nota en el buró junto a la cama. Le agradezco mentalmente por
la comida, aunque sigo molesta con él. Que no crea que, por mandarme carne y canela,
voy a perdonarlo por dejarme sola después de entregarme a él otra vez.
Chupo un dedo manchado de sangre mientras termino la carne cruda. Miro de reojo el
vaso sobre la mesita. Seguramente es esa asquerosa agua infernal. Suspiro resignada, lo
tomo y doy un sorbo. Relamo mis labios cuando descubro el sabor a jugo de arándano.
Maldito demonio.
Cuando termino todo me siento un poco mejor; tal vez la debilidad que cargaba era por
no haber comido bien. Y por comer bien me re ero, claro, a la carne. Dejo la canasta
vacía a un lado y aparto las cobijas para acostarme. Con cierta torpeza me quito el
sujetador y lo lanzo a los pies de la cama. Mis ojos se posan en la camisa negra que, sin
duda, es la que mencionó Häel.
Me subo al colchón sin dejar de mirarla. Gruño antes de tomarla y ponérmela de mala
gana. La tela suave me envuelve con un calor inesperado. Me acurruco entre las sábanas,
cerrando los ojos con la intención de dormir.
Entre la inconsciencia, siento unos brazos rodearme por detrás y asentarse en mi
vientre. Pienso en abrir los ojos para comprobar que es él, pero estoy tan a gusto que me
dejo ir.
Capítulo 29

HAËL

Observo a los demonios arrodillados frente a mí. Algunos se retuercen, rabiosos por
encontrarse aquí de esta forma. Alguna vez fueron mis subordinados… hasta que
decidieron rebelarse. Yo no doy segundas oportunidades: corto los problemas de raíz. Y
ahora que mi heredero está por llegar, debo poner n a esta guerra en el in erno. No voy
a permitir que pasen por encima de mis órdenes como si fueran superiores. No son nada.
Basura que puedo aplastar como cucarachas.
Levanto la mirada hacia uno más inquieto que el resto. Ha estado despotricando contra
mí desde que lo trajeron. Deberían darme un maldito premio por la paciencia que he
tenido; ya le habría arrancado los ojos y la cabeza con un simple chasquido de dedos.
Sonrío de lado al escucharlo insultarme. ¿Acaso sabe con exactitud a quién se dirige? ¿Que
soy su jodido rey?
Meto las manos en los bolsillos del pantalón negro. La camisa, también oscura, abierta
en los primeros botones, deja al descubierto los tatuajes. El que más llama la atención es el
ojo con una lágrima en el centro de mi pecho. La corona de espinas se asienta sobre mi
cabello revuelto, adornando la oscuridad. Me vestí para la ocasión; hoy tengo asuntos
pendientes que resolver.
—Repite lo que dijiste.
El demonio alza los ojos, rojos como brasas. Si no estuviéramos en el in erno, juraría
que parecen poseídos. Jamás tuve este tipo de problemas, y estoy seguro de que Deus tiene
algo que ver. Les ha lavado la mente para ponerlos en mi contra.
—Nos vas a llevar a la perdición —masculla, enardecido.
—Tu perdición es hablarme así.
—¡Tu capricho nos hará miserables!
Frunzo el ceño, elevo una ceja.
—Miserable ya eras.
—Nos condenaste.
—Cierra la jodida boca. Ya me diste migraña. —Me alejo, ignorando sus gritos—. Todo
está mejor desde que llegué yo. Y estará mejor muy pronto. Ustedes son los malditos locos
que se rebelan sin motivo.
Repaso con la mirada la la de demonios de baja jerarquía. Me acerco hasta mis
guerreros, que esperan la orden para acabar con ellos. El bullicio de gritos e insultos no se
hace esperar.
Me han llamado de peores formas.
—No quiero que quede rastro de ellos. Los borras completamente.
—Como usted mande, señor. ¿Y qué hacemos con las almas recién llegadas?
—¿Qué pasa con ellas? —pregunto, recargándome en un pilar con los brazos cruzados.
—Han llegado violentas. Reportaron daños fuera del castillo… como si tuvieran un
único objetivo.
Frunzo el ceño, rechino los dientes. Cada día me entran más ganas de hacer polvo a
cada maldito ser de este in erno para que dejen de tocarme los cojones.
Las cosas no cambian de un día para otro. El problema comenzó hace meses, sin razón
aparente. Se vuelven locos, olvidan su lugar y solo buscan destruir… destruirme. Es como
si ya no me reconocieran como su rey. Lyna intenta ayudarme: los calma, investiga qué
demonios está ocurriendo.
Pero yo sospecho de alguien.
De aquel que ya me traicionó una vez.
De quien me hizo caer sin importar cuánto me resistiera.
Nunca pedí ser rey, mucho menos del in erno. Los años me enseñaron lo mierda que
puede llegar a ser cualquiera. No confío en nadie, aunque me juren mil veces lealtad. Pero
lo que no saben es que yo puedo ser todavía más mierda que ellos.
Si él quiere jugar con fuego, lo hará conmigo… y lo veré arder desde mi trono, con mi
reina a un lado.
—Investigaré qué está ocurriendo. Acaba con estas ratas antes de que descargue mi furia
en ellas. —Me interno en el castillo.
Aquí dentro la luz es tenue, apenas sostenida por antorchas. Puede que posea la
tecnología más avanzada, pero la iluminación sigue proviniendo del fuego. El castillo
debe mantenerse sombrío, escalofriante.
Debe conservar la esencia del in erno.
—Häel.
Detengo mi andar a mitad del pasillo cuando escucho mi nombre. Reconozco esa voz.
—Abrahel. ¿Qué haces aquí?
—Intuí que me necesitabas —sonríe y se acerca con calma—. Además, debía volver;
tengo asuntos que resolver aquí.
—Bienvenido. —Abro la puerta de mi despacho y entro—. Aprovechemos que estás
aquí para hablar. —Camino hasta mi silla y me dejo caer, tomo la botella de alcohol y
lleno un vaso, que vacío de un trago.
Necesito relajarme. Tanto maldito estrés va a acabar con la poca paciencia que me
queda.
El rubio cierra la puerta, sus pasos son sigilosos mientras se aproxima. Ruedo los ojos,
como si no supiera de qué vamos a hablar. Abrahel lo sabe todo.
Observo al ángel de la muerte sentarse con esa particularidad tan suya. Con un ademán
le ofrezco la botella, pero niega con una sonrisa.
—Más para mí —murmuro, sirviéndome otro vaso—. ¿Has visto algo nuevo?
—Poco. La chica está en el bosque con Lyna. Parece que aprenderá a dominar los
hechizos demasiado rápido.
—Mejor. Mientras antes, mejor.
Asiente, coincidiendo conmigo.
—Las cosas aquí siguen igual… o peor, desde la última vez que vine.
—No me interesa —gruño, bebiendo otro trago—. Dime el día exacto en que nacerá
mi heredero.
—¿Piensas que matando a todos los que se te rebelen vas a resolver los problemas?
—Maldita sea, Abrahel.
Revuelvo mi cabello, recostándome en la silla mientras aprieto los puños. Me enerva
que siempre intente hacerme entrar en razón.
—Te dije la última vez que lo más seguro era que todo fuera obra de él. Los problemas
se cortan de raíz, Häel.
—El destino me la chupa. Soy el maldito rey del in erno, Abrahel. Que no se te olvide.
Niega con disgusto.
—Así no funcionan las cosas. No puedes cambiar lo que ya está escrito.
—¿Has visto o no el jodido día en que nacerá mi hijo? —me incorporo, apoyando
ambas palmas en el escritorio. Su ceño fruncido me con rma que intenta contenerse.
Si supiera que él también me importa una mierda. Como todos los demás. Ellos no
mandan: mando yo. Abrahel, además de ángel de la muerte, es mi profeta. Siempre un
paso adelante del tiempo. Gracias a él supe dónde estaba Alya… y aun así me recomendó
no ir a buscarla.
El imbécil creyó que le haría caso.
Me compadezco de él. Pensó que lo obedecería. No es que me caiga mal; Abrahel es un
buen soldado, un buen amigo. Me ha ayudado cuando no sabía qué hacer, como la
primera vez que llegué aquí.
—Lo he visto. Nacerá bien, como tú deseas —gruñe lo último antes de ponerse de pie.
—¿De qué mierda te molestas, si sabes que nunca le hago caso a nadie?
—¡Todo se va a ir a la mierda, Häel! ¿Acaso no te importa el averno? Te mostré parte del
futuro y aun así fuiste tras ella. No hablamos solo de las almas que se te rebelan, sino de ti,
de cómo vas a terminar por culpa de…
—¡Cierra la puta boca! —golpeo el escritorio con rabia—. No le permito a nadie
recriminar mis decisiones. Mucho menos tú.
Su postura se encorva bajo mi mirada desa ante. Abro la puerta de golpe, el ruido
retumba en la habitación: señal de que quiero que saque su maldito culo de mi vista. El
rubio respira hondo, tratando de calmarse. Usualmente conserva la compostura, lo
opuesto a mí, que me importa una mierda. Da un paso atrás al sentir mi advertencia. No
necesito un espejo para saber que mis ojos se han vuelto rojos, y eso lo intimida.
—Lo lamento. No debí exaltarme de esa manera.
Agacha la cabeza, con las manos tras la espalda. Yo enderezo mi postura, arrogante,
soberbio. Sonrío apenas al verlo arrepentido por su arrebato.
—Que no se te olvide quién es el rey del in erno.
Asiente despacio antes de desvanecerse de mi vista.
En este mundo la debilidad no es una opción. La maldad corrompe incluso a la criatura
más pura. Y antes de que pasen por encima de ti, debes pasar tú sobre ellos.
Tal vez gobierne como un tirano; la crueldad corre por mi sangre y no puedo
contenerla. Pero siempre busco lo mejor para mi mundo. Porque este es mi reino, mi
pueblo y mis malditas almas. Nadie va a decirme qué es lo mejor para ellas. Yo lo sé.
Y si debe correr sangre… que así sea.

Observo a la chica comenzar a desvestirse con timidez; el cabello apenas le roza el pecho
cuando se quita el sujetador que ni siquiera alcanza a cubrirlos.
Demasiado pequeños para mi gusto.
Cruzo los brazos y me apoyo contra la pared. Mi mirada recorre cada rincón de su
cuerpo hasta detenerse en el abdomen plano. Sus ojos, color chocolate, delatan
nerviosismo. Solo con rma lo que ya intuía: es la primera vez que se desnuda frente a
alguien.
Virgen.
Sus movimientos, insoportablemente lentos, la conducen hasta la cama. Titubea antes
de subirse y me pregunto si es consciente de lo que está a punto de hacer.
—¿Abro las piernas para ti, papi?
—Sí, caramelito.
Frunzo el gesto por el mote repugnante que ha usado.
Ambos son asquerosos.
Ruedo los ojos con hastío cuando él empieza a tocarla. Seguramente ni sabe dónde está
el maldito clítoris. Ese hombre, de unos setenta años, me invocó hace veinte minutos solo
para obligarme a ver cómo se folla a una niña que seguramente es menor de edad.
Contengo una mueca de asco y aparto la mirada, ignorando los sollozos y quejidos de la
chica.
No soy su puto ángel guardián, y mucho menos Deus.
Los humanos son una mierda.
Miro el pentagrama trazado en el suelo con impaciencia. Cierro los ojos, buscando
pensar en algo que no sean los gritos. Y ahí aparecen: unos ojos azules junto a una sonrisa
delicada. Alya camina por la sala de estar, frente a la chimenea, con las manos sobre su
vientre hinchado. Habla con Lyna y Horns de algo que no logro escuchar. Frunzo el
ceño, irritado: lleva puesta la maldita camisa que le dejé la otra noche. Aunque le queda
como un camisón, verla con las piernas desnudas me enfurece.
¿Quién mierda le dio permiso?
La forma en que acaricia su estómago suaviza mi gesto poco a poco. Me maldigo por
perderme el crecimiento de mi diablito. La misma razón por la que no quise tocarlo la
última vez: había cambiado desde la ocasión anterior y eso me llenó de rabia.
Quiero estar presente en cada centímetro de su desarrollo… y no puedo.
La imagen de mi reina se hace añicos cuando alaridos y jadeos de terror desgarran mis
oídos. Abro los ojos y veo al viejo apretando el cuello de la mujer, todavía encima de ella.
—Lucifer, te entrego a esta puta en sacri cio.
Camino despacio hasta quedar frente a la cama. Los ojos marrones de la joven imploran
aire mientras araña los brazos de su verdugo. Desde el principio debió huir al verlo, pero
no lo hizo.
Y ahora su alma me pertenece.
La observo rendirse, los párpados cerrarse lentamente, la fuerza abandonarla hasta
convertirse en un cuerpo vacío. El cerdo no duda en seguir usándola. Las luces
parpadean; el foco estalla y esparce fragmentos por el suelo. La única claridad entra desde
el balcón donde estuve recostado: la luna llena brilla con intensidad esta noche.
Una buena noche para morir.
Y para arrastrar sus asquerosas almas al averno.
Mi presencia se materializa con un aire pesado y lúgubre. El anciano se sobresalta al ver
mi sombra cruzar la habitación en la que minutos antes se revolcaba.
—¿L-Lucifer…?
Lo miro con ojos gris claro, casi blancos. Grita y cae de la cama, dominado por el
pavor.
Viejito patético.
—¿Qué quieres a cambio de su alma?
Mi voz, ronca y sombría, resuena con eco. Sus ojos se clavan en la corona sobre mi
cabeza. El terror lo consume: sabe que las púas que a mí no me hieren podrían
destrozarlo a él. Sonrío con malicia.
—Y-yo… yo…
—¿Qué mierda quieres? No agotes mi jodida paciencia —gruño, y la habitación se
vuelve gélida; las paredes arden en tonos rojos, como si fueran llamas.
—L-lo siento —tiembla, casi arrastrándose bajo la cama—, quiero dinero. Riqueza… y
juventud.
—¿Me ves cara de tu hada madrina? Solo una maldita cosa.
—Riqueza, señor. Le pido riqueza.
Miro de reojo el cuerpo inerte y desnudo de la chica. Asiento en su dirección y, con un
chasquido de dedos, la habitación se llena de oro y billetes. No pidió una cantidad exacta,
así que no tengo idea de cuánta mierda es esa. La sonrisa en su rostro arrugado no tarda
en aparecer: gatea como un bebé hasta uno de los montones. Reprimo la arcada al ver su
jodida cosita colgando.
Qué miserable.
Sus manos se aferran al dinero y lo besan; además de miserable, es patético. Ruedo los
ojos y camino hacia el balcón. Aunque parece que ya hice bastante hoy, aún me quedan
tareas y obligaciones. No puedo estar en todos lados a la vez —para eso tengo a mis
demonios—, pero debo cumplir con lo mío.
Siento un tirón en la mano que me detiene de golpe; aprieto los dientes al oír los besos
y el roce.
—Muchas gracias, mi señor —profesa, besando el dorso de mi mano.
Quito la mano con una mueca de desagrado y la limpio en la camisa negra. De una
patada lo arrojo al suelo; el viejo se queja. ¿Cómo osa tocarme con sus sucias manos? Lo
observo hervir en cólera; su cuerpo se encoge como un cordero tembloroso. Siento que
los cuernos me pican detrás de la cabeza y eso lo hace arrastrarse como un insecto
miserable.
—L-lo siento, s-solo quería agradecerle.
Mientras se aleja balbuceando y lloriqueando, mi furia sube. ¿Encima que le doy riqueza
y la grandeza de tenerme enfrente? Su cuerpo desnudo intenta esconderse bajo la cama
como si eso fuera protección. Sonrío con malicia, agarro su tobillo y lo lanzo contra una
pared; añadamos otra palabra más a la lista de los humanos:
Débiles.
Rebota contra el hormigón como si fuera plástico; cada paso que doy retumba en su
cráneo. La forma en que se mueve y luego intenta escapar me divierte.
¿De verdad piensa que tiene escapatoria?
Un hilo de líquido rojo brota de su cabeza por el golpe. Se gira, desorientado; sus ojos
buscan desesperadamente un lugar donde ocultarse.
Pobre cosita fea.
En un movimiento ágil lo sujeto por la garganta y lo alzo; sus pies ya no tocan el suelo y
empieza a patalear. Mis ojos se tornan negros mientras su sangre hierve dentro de su
cuerpo. Los gritos por aire y por dolor estallan; suenan más a alaridos animales.
Música para mis oídos.
Sus ojos me miran hasta quedarse vacíos. La satisfacción que viene después nadie me la
quita. Puedo mostrar misericordia, pero esperaba un mínimo fallo para llevarme también
su alma. Por lo que he presenciado esta noche, no la necesita más.
Aviento su cuerpo inerte lejos de mí; haberlo tocado me provoca más asco. En un
parpadeo hago desaparecer el dinero de toda la habitación.
Recorro la escena con la mirada antes de jarme en los dos cadáveres que no remueven
ni una bra mía. Sonrío y salgo.
—Solo venía por un alma y termino llevándome dos. Qué oferta.
Salto del balcón y caigo de pie. Miro a ambos lados del callejón; podrían ser las tres de
la mañana en una ciudad donde nadie imagina rituales, invocaciones y sacri cios. Hay
lugares así, y no solo de noche. Los seres paranormales salen a pasear, a comer, a
divertirse; suena loco, pero existe una zona en la ciudad donde se reúnen, donde
conviven con los humanos sin que estos lo noten.
Me detengo en una esquina. La calle está medianamente vacía; algunas almas en pena
deambulan sin acercarse. Hay una parte de mí que quisiera visitar a la chica de ojos azules:
podría abrir un portal y aparecer allí, serían solo unos minutos u horas. Imposible no
pensar en ella debajo de mí, gimiendo mi maldito nombre mientras la hago mía.
A la mierda todo. Voy a verla.
Me despego de la pared y me pongo en marcha por las calles hasta que una fuerza
sobrenatural me lanza contra la maldita pared; la rompo al impactar. Escombros y polvo
me cubren; gruño, furioso por no haberlo visto venir.
Me pasa por andar pensando estupideces.
Me levanto y arrojo un bloque fuera de mi cuerpo. El polvo blanquea mi cabello; la
ropa que era negra ahora parece gris. La corona no se mueve: siempre rme en su sitio.
Salgo con la respiración agitada y las manos en puños, listo para encontrar al cabrón que
se ha atrevido a tanto.
Capítulo 30

HÄEL

—Oh, hola, hermanito. ¿Te gustó mi saludo?


—¡Voy a matarte, hijo de puta!
El estruendo de su risa no tarda en escucharse, y eso solo aviva la llama dentro de mí.
Con el cuerpo tenso, me acerco al chico de brazos cruzados, vestido con su habitual ropa
negra, salvo por la camisa blanca y el collar de púas en el cuello. No le gusta ir de negro
completo porque dice que no va con él.
Mierdas y más mierdas.
—Oh, vamos, tranquilízate —levanta las palmas—. No es mi culpa que no estuvieras
atento.
—¿Quién mierda te crees, Exen?
—Uno de los siete príncipes del in erno. Me presento, ¿en qué puedo ayudarte?
—¡Déjate de juegos! —gruño, empujándolo contra un poste hasta doblarlo.
—Auch, eso ha sido grosero.
Lo tomo de la camisa y lo lanzo contra la pared contraria, la respiración agitada. Me
alejo sin esperar a que el maldito salga de entre los escombros. No pienso perder mi
tiempo con él. Sacudo el polvo de mi camisa; al ver que no mejora, me la arranco.
Ningún rasguño marca mi cuerpo.
Es difícil herirme.
Arrojo el trozo de tela a un rincón con un gruñido. Esa jodida camisa era de mis
favoritas y ahora está arruinada. Mis pasos suenan pesados mientras me alejo. La molestia
me recorre entero; me entran ganas de matar a alguien en este mismo instante.
Si dijera que nadie va a sufrir mi furia, estaría mintiendo.
—¿A dónde vamos?
Me detengo en seco y cierro los ojos con fuerza. Inhalo profundo para reunir paciencia
al escuchar la voz de Exen a mi lado.
—Tú no vas a ningún maldito lado —retomo el camino, ignorando su presencia.
—¿Vas a dejarme aquí, abandonado como a un perrito?
—Si fueras un perro te llevaría —lo miro con desdén—, pero como eres tú, no.
—Oh, vamos, hermano, soy más tierno que un perro.
—Eres un grano en el culo.
—Pero un grano bonito, ¿no? —se cruza otra vez en mi camino.
Bufo, harto de él. Su cabello castaño claro ahora parece blanco por el polvo, igual que
seguramente el mío.
—¿Por qué no vas a fastidiar a otro, Exi?
—Porque me divierte molestarte a ti. Es gracioso cuando pierdes los estribos.
Niego despacio, tratando de invocar la paciencia de Deus. Si quiero ir a ver a Alya, no
puedo llegar molesto ni exaltado. Respiro varias veces intentando calmarme; soy un
maldito fósforo a punto de incendiar todo a su paso, y la presencia de este cabrón no
ayuda en nada.
Avanzo por las calles sombrías del mundo terrenal. Todo aquí está impregnado de malas
vibras: el olor a envidia y egoísmo me revuelve el estómago, como si la ciudad se estuviera
pudriendo. Sé que el in erno es despiadado, hundido en lo peor de la tierra, pero existe
una línea clara entre ambos.
—¿No vas a preguntar qué hago aquí?
—No me interesa.
—Está bien —murmura, y cuando creo que ya se callará, vuelve a hablar—. Estaba
aburrido en mi castillo y, al enterarme de que voy a ser tío, quería felicitarte. Me costó un
poco encontrarte, pero lo logré.
—Por desgracia.
Su risa estalla de nuevo; ruedo los ojos. No es que me caiga mal, pero su presencia, por
alguna razón, me irrita.
Aunque en realidad todos me irritan.
Exen es lo opuesto a mí: suele tener paciencia, pre ere jugar con sus víctimas y, cuando
hemos estado juntos, nunca cierra la maldita boca con sus bromas y carcajadas. Aun así,
debo admitirlo: es un buen amigo y conoce la lealtad, algo que los demás príncipes no
tienen.
—¿Vas a ir a ver a la chica?
—Puede ser.
—¿Puedo acompañarte?
—No.
Sigo mi camino con el chico detrás. No sé si sea buena idea que me acompañe. Me
detengo y Exi se coloca a mi lado; lo observo de reojo, pensando qué hacer. ¿Renunciar a
ver a mi reina por él? Está loco.
Me planto frente a él. Hace tantos años que no lo veía… me alegra que siga vivo, pero
este no es el mejor momento para reencontrarnos. Tengo asuntos pendientes y no
necesito una carga más. Puede ser un grano en el culo, pero sigue siendo mi hermano
menor. Los demás pueden pudrirse donde les dé la maldita gana.
—Lo estás pensando —sonríe triunfante.
Chasqueo la lengua, irritado. Me revuelvo el cabello y hago una mueca al ver que solo
cae polvo.
—Estamos a mano —añade.
—No quiero que abras la maldita boca en todo el trayecto.
Retomo la marcha por la calle, atento a cada rincón. Por aquí debe de haber un portal
que nos lleve más cerca del bosque.
—Qué aburrido eres; mientras más viejo, más amargado.
—¡No hagas que me arrepienta!
Entramos en un callejón y detecto el portal más cercano. A lo lejos se mueven unas
sombras; no dudo que por aquí merodeen los malditos chupa sangre.
Las ganas de ver a Alya me superan. Necesito sentirla cerca, tocarla, inhalar su aroma,
asegurarme de que ella y mi hijo están bien. No me basta con verla unos minutos en
sueños. Voy a verla, y si no quiere, es su maldito problema.
Porque yo sí quiero hacerlo. Y lo haré.
Ni ella ni nadie me lo va a impedir.

ALYA
Inhalo la brisa fresca con los ojos cerrados; de fondo escucho las olas del mar. La arena entre
los dedos de los pies me relaja: es un momento de paz. Fuera de lo que sucede en mi cabeza
existe un mundo que podría devorarme viva.
Abro los ojos y bajo la vista a mi vientre abultado. Los movimientos bruscos del interior
aumentan y hago una mueca de dolor.
—Siempre tan inquieto, Rean.
Me doy la vuelta y me alejo del mar. La brisa se enfría y temo resfriarme; ahora no puedo
permitírmelo. Dejo la playa y me adentro en el bosque; abrazo el cuerpo para protegerme del
aire seco. El vestido blanco ni siquiera me llega a los tobillos; la piel se me enfría conforme
avanzo. Los pies se me embarran de lodo y hojas esparcidas por el camino; evito pisar piedras.
A veces me pregunto cómo será.
Su carita.
Si tendrá mis ojos.
O tal vez los de Häel.
Me detengo ante dos senderos distintos, sin saber cuál elegir. La duda me paraliza; uno se ve
más oscuro que el otro. El mar queda atrás y ahora solo hay árboles altos y frondosos, típicos del
bosque donde está el aquelarre. Tomo un camino, nerviosa; la brisa levanta mi cabello y deja
un olor áspero en el ambiente.
Frunzo el ceño, desorientada. ¿No estaba yo en el aquelarre? Giro sobre mí misma y miro el
inicio del sendero: parece estar muy lejos, como si me hubiese alejado demasiado cuando apenas
di unos pasos. Coloco una mano en mi vientre, asustada. Todo alrededor pesa; una neblina
densa reduce mi visión.
¿Es esto un sueño?
Aunque se siente tan real, no puede ser. No es posible aparecer de repente en un lugar… y no
hay mar cerca del bosque.
Vuelvo la cabeza cuando escucho voces a lo lejos, como gritos ahogados que me ponen en
alerta. Suspiro hondo para calmarme; no puedo alterarme por mi estado. Retrocedo hasta
topar con un tronco. Los gritos se acercan. Cierro los ojos, intentando despertar.
Ya basta. No quiero volver a esto.
Me revuelvo el cabello, frustrada: repetir el mismo tormento de hace meses no es algo que
desee. Un grito se me queda en la garganta cuando siento una mano aferrarse a mi tobillo.
Bajo la vista y veo una mano huesuda brotar de la tierra. Pataleo con desesperación hasta que
me suelta y caigo al suelo con un golpe que no alcanzo a evitar.
Me arrastro hacia atrás con una mueca de dolor. Mi columna arde por culpa del impacto.
Me incorporo de inmediato al oír un ruido a mi costado. Inspiro hondo y dejo salir una llama
en la palma de la mano. Puede ser un sueño, pero eso no quita que ahora mismo deba
defenderme.
Contengo la respiración, alerta a cualquier movimiento. La oscuridad se espesa más de lo
habitual; intento ver por todos lados para no ser sorprendida. Arrojo una bola de fuego hacia
los matorrales, esperando iluminar el perímetro con las llamas. Con mejor visión, escudriño el
entorno.
¿Si llamo a Häel, me escuchará desde aquí?
—¡Mami! ¡Mami!
Giro hacia los gritos que me hielan la sangre. El aire se atora en la garganta y respiro con
di cultad; el miedo me cala hasta los huesos. Bajo la vista a mi vientre: esta vez está
totalmente vacío.
Jadeo con horror y llevo una mano al estómago; palpo por encima de la bata blanca
buscando mi pancita y no la encuentro.
—¡Mami!
Niego, desesperada, con la respiración entrecortada.
—N-no, no, no, no…
El pánico me invade; las manos me tiemblan y la vista se me nubla por las lágrimas. Esto
tiene que ser una pesadilla.
De un segundo a otro corro hacia el lugar de donde vienen los gritos; la angustia carcome
mis nervios. Abro paso entre ramas que golpean mi cuerpo; el dolor en las plantas de los pies lo
dejé de sentir varios metros atrás. Las lágrimas recorren mi rostro y, entre desesperación e
impotencia, grito:
—¡Rean! ¡Rean!
Me detengo, respiro con agitación, miro a todas partes y sollozo sin saber qué pudo ocurrir.
Caigo de rodillas: la debilidad me vence. El dolor en el pecho no se compara con nada; es como
si clavaran vidrios en mi interior. Algo me dice que es mi hijo, mi bebé…
Me lo han quitado.
Aunque sea un sueño, el dolor, la angustia y la rabia son reales. Tiemblo por los espasmos del
llanto; empuño la tierra sin importarme los piquetes de piedras y ramas. No sé si la sangre en
mis manos es mía o de otro; no puedo pensar con claridad.
—¿Mami?
Me incorporo tragando saliva. El silencio que sigue a ese murmullo es escalofriante: todo a
mi alrededor está tenebroso; ni siquiera entra la luz de la luna. La oscuridad me envuelve por
completo.
Mis movimientos son lentos al ponerme en pie. Cierro los ojos con fuerza y dejo salir las
últimas lágrimas; el terror de saber qué hay detrás me carcome. Tomo aire para armarme de
valor y giro.
Me llevo la mano a la boca, conteniendo el grito con la palma; cierro los ojos intentando
borrar la imagen de la cabeza.
—¡No! —grito, alargando la última letra; intento retener los demás sonidos, pero es
imposible—. M-mi bebé… mi bebé —sollozo, derrotada, abrazándome el vientre plano.
¡Quiero despertar ahora! No puedo volver a ver eso. No quiero verlo nunca más. La peor
pesadilla de mi vida se mani esta y solo deseo despertar. ¡No es real!
Los sonidos se intensi can: los llamamientos lastimeros de esa vocecita que suplica ayuda. No
puede ser mi bebé. No puede ser él.
—¡Ya, por favor! ¡Ya basta! —me agarro del cabello, desesperada.
De pronto, como si regresara a la vida de un tirón, me incorporo en la cama sin poder
respirar. Giro y me doy cuenta: estoy en la habitación que Lyna me asignó.
Sigo en el bosque, en la casa del aquelarre.
Palpo mi vientre y lo encuentro: está ahí. A salvo.
Suspiro aliviada y me vuelvo a recostar de lado, abrazando de forma protectora mi tripa.
No quiero que nadie la toque; es mía.
—Nadie te va a tocar, mi niño. Antes lo haré arder. Te lo juro —murmuro, como una
promesa.
Permanezco unos minutos acostada, intentando recomponerme de la horripilante
pesadilla. Desde mi posición noto que ya amaneció, pero las pocas fuerzas y el miedo me
impiden moverme.
Debo seguir practicando, y esa es la razón por la que nalmente me levanto para
bañarme. La bruja mayor me ha estado enseñando hechizos que casi domino al cien por
ciento, y no son pocos. Es una in nidad que me asusta, porque temo equivocarme al
momento de ejecutarlos. Tengo que esforzarme más; no quiero ser una carga. Puedo
defenderme sola… y defenderé a mi bebé.
Hace una semana que no sé nada del demonio. Según Horns, está bien, ocupado en el
in erno resolviendo asuntos que el pequeño de cuernos no ha querido contarme.
Salgo de la habitación con un vestido negro hasta los tobillos, de cuello alto y mangas
largas de encaje oral del mismo color. No soy fanática de los vestidos, aunque
últimamente son los que más cómodos me resultan. Elegí este por ser el más sencillo; los
otros son demasiado elegantes para mí. El corte suelto no marca tanto mi vientre, lo cual
agradezco, porque hoy Rean quiere hacerse notar. Decido recogerme el cabello en un
chongo, como solía llevarlo en mis clases de enfermería, dejando algunos mechones
sueltos por falta de pasadores.
Bajo con cuidado cada escalón hasta llegar a la planta baja. No sé la hora exacta, pero
estoy segura de que todos ya están despiertos; los rayos del sol se cuelan por los grandes
ventanales.
Un aroma dulce me embriaga mientras me acerco a la cocina. Reconozco lo que puede
ser, y no sé quién esté cocinando, pero tendrá que servirme un poco: el antojo se
intensi ca. Entro relamiéndome los labios. Lyna está de espaldas, frente a la estufa.
—Buen día, ¿qué es eso que huele tan rico?
La bruja gira al escucharme y me sonríe, dejando a la vista las arrugas de su rostro.
—Buen día, Alya. ¿Cómo dormiste? —sirve un par de panqueques en un plato.
Por inercia llevo una mano al vientre. Desvío la mirada, dudando si contarle la
pesadilla. Cierro los ojos, apartando las imágenes que amenazan con enloquecerme.
La sangre.
La muerte.
Esos ojos apagados.
Mi… mi bebé.
—¿Alya?
Salgo de mis cavilaciones con la sacudida en mi antebrazo.
—¿Qué pasa?
—¿Estás bien? —pregunta preocupada.
Asiento despacio.
—Sí. Solo tengo hambre, nada más.
—Me alegra. He preparado panqueques de zanahoria. También hay huevos fritos. ¿Qué
se te antoja más?
—Todo —digo, haciendo una mueca apenada.
Su risa no se hace esperar. Sonrío agradecida cuando deja frente a mí un plato con un
poco de todo, junto con un vaso de jugo de naranja.
—Gracias. No sé qué haría sin ti, Lyna —tomo su mano con calidez—. Eres como una
abuela para mí.
—Tranquila, niña, no tienes que agradecer. Solo hago lo mejor.
Le devuelvo la sonrisa antes de que se aleje a limpiar lo que ha usado. Intento no dejar
que la nostalgia me invada y arruine mi desayuno. El parecido con mi abuela difunta es
impresionante; no encuentro ninguna diferencia que las separe. Pienso que quizá así
debía ser, que el destino estaba escrito. Agradezco el tiempo que la tuve conmigo, aunque
me ocultara verdades tan importantes como mi origen.
Sus razones tuvo en su momento.
Me detengo al ver un lazo rojo tirado en el suelo. Frunzo el ceño y lo recojo: es la
pulsera que me dio Circe. Está rota.
Capítulo 31

ALYA

Cuando termino de desayunar salgo de la casa en busca de Circe o Tamara. Lyna tardará
un tiempo en regresar; dijo que debía resolver unos asuntos importantes. Mientras
camino, aprieto la pulsera de tela entre mis dedos. No puede haberse roto así como así. Es
extraño. La guardo en el bolsillo del vestido para mostrársela a Circe cuando la encuentre.
La pequeña aldea está llena de movimiento. No sé exactamente qué hace cada persona,
pero se nota que disfrutan trabajar. Giro hacia atrás y veo a los guerreros siguiendo mis
pasos; ninguno quiso quedarse atrás. Aunque me parece exagerado, estando dentro de una
barrera, no digo nada. Solo cumplen con su deber.
Avanzo atenta a todo. La gente que pasa cerca me observa igual que lo ha hecho desde
que llegué al aquelarre.
Juzgan sin saber.
Como si lo que atravieso fuera sencillo.
No es agradable vivir con miedo, sintiendo que en cualquier momento podría ocurrir
algo terrible. Podría decir que la pesadilla me ha dejado paranoica… pero de verdad
siento que alguien me vigila.
Miro en todas direcciones y solo encuentro personas concentradas en sus tareas,
demasiado ocupadas como para reparar en mí o en cómo me siento. Ni siquiera los
guerreros logran tranquilizarme. Aprieto los labios sin saber qué hacer; odio este
presentimiento. Es desagradable sentirse en peligro, vigilada, intimidada.
Es como si en cualquier instante alguien apareciera para hacerme daño.
O para… arrebatarme a mi bebé.
Entre los árboles busco señales de alguien escondido, espiándome. No hay nada. Aprieto
las manos hasta que las uñas se me clavan en las palmas y acelero el paso.
La ansiedad me carcome mientras busco un rostro familiar entre la multitud. Entonces,
a lo lejos, diviso una cabellera blanca. Me apresuro, aliviada. Nadie más tiene ese color tan
característico. Y, por suerte, Circe está a su lado.
—Miren quién nos honra con su presencia: la reina del inframundo.
Ignoro el comentario y trato de sonreír, incómoda, echando un vistazo detrás de mí.
—Hola… quizá no debí vestirme así. —Bajo la vista al vestido, insegura por mi
elección.
—Está precioso. Solo te falta la corona. Así que no dudes de lo hermosa que te ves.
Le sonrío en agradecimiento por el cumplido. Tener todos esos ojos puestos en mí me
hace dudar, aunque en la habitación no lo había hecho.
Miro a Circe, que me observa en silencio desde que llegué, como si me evaluara. Cruzo
las manos sobre mi vientre, sin saber cómo contarle lo de la pulsera: fue un regalo suyo…
y ahora está rota.
—¿Y mi abuela?
—Dijo que resolvería unos asuntos antes de comenzar la clase de hoy.
Circe asiente y se cruza de brazos sin añadir nada. Blaze —el chico que también suele
presentarse como chica, demasiado confuso para alguien que apenas entra en este mundo
sobrenatural— toma la palabra.
—¿No tienes ningún antojo?
Niego, mirando hacia el bosque.
—Acabo de comer. —Me quedo pensando—. Aunque… si me ofrecieran un trozo de
carne, no diría que no.
—Tengo curiosidad sobre eso. —Lleva la mano a la barbilla, pensativo—. No es que sea
chismoso ni nada parecido.
—Sí lo eres —murmura Circe.
El peliblanco rueda los ojos y vuelve a enfocarme.
—¿Qué tipo de carne te gusta?
Me muerdo el labio, nerviosa. No sé qué responder. ¿Se habrán dado cuenta de que
como carne cruda?
—¿Quién pregunta esas cosas, Blaze? Mejor deja a Tamara con nosotras; eres raro.
—Tamara está descansando ahora. Solo es una simple duda. También puedes contestar
tú; no te pongas celosa, Circe.
—No me gusta la carne.
—¡Y me dice raro a mí!
—Que no te guste la carne no es ser raro.
—Para mí sí lo es.
Circe lo fulmina con la mirada, y el peliblanco sonríe como si disfrutara provocarla.
—Mejor mantente callado hasta que llegue mi abuela.
—No estaba hablando contigo, estaba hablando con Alya. —Le saca la lengua de
manera infantil. Sonrío, divertida por cómo se llevan—. Volviendo a lo importante, ¿qué
carne te gusta más? —Vuelvo a ser el centro de atención.
Pienso mis palabras antes de responder.
—Häel suele conseguirla para mí.
—Uy, el demonio hace el trabajo sucio entonces. —Levanta las cejas con picardía.
Lucho para que no se me enrojezca la cara—. ¿Qué tipo de carne es? ¿No sabes?
Niego despacio, sin querer decirlo. Sigo sin saber si es algo común y no quiero quedar
como una loca que come carne cruda. Además, ¿por qué tanta insistencia? ¿Acaso ya sabe
algo y solo espera que yo se lo con rme?
—No, lo siento.
—Es una pena. Lo que estabas comiendo el día que llegaste olía muy bien. Tal vez
pueda pedirle la receta… o preguntarle a él mismo.
—No solo era carne, también tenía chocolate y arándanos secos.
Dudo que el rey del in erno le con ese realmente qué tipo de carne es. Y si lo hace, se
las verá conmigo. No quiero que me vean como un bicho raro; ya bastante tengo.
—Su heredero ya come festines y uno aquí que ni siquiera le lanzan una pieza de pollo.
Río ante su comentario. Su forma de hablar y desenvolverse es tan distinta a la de
Tamara que aún me cuesta creer que sean la misma persona.
—¿Por qué dices eso?
—Tamara es vegetariana. No ingiere nada de carne y tengo prohibido hacerlo también.
—Oh, eso sí es triste. No sé qué haría sin comer carne.
—Aunque a veces se queda dormida y aprovecho. No le digas nada —susurra en
secreto.
—¿Puedo hacerte una pregunta yo a ti?
Asiente, y continúo:
—¿Cómo es que Tamara y tú son la misma persona?
Suspira con un aire de nostalgia. Tal vez es demasiado personal. La curiosidad me
puede, pero si no quiere responder lo entenderé. Nunca había conocido algo así y tenerlo
de frente me hace querer saber más.
—Tamara y yo somos mejores amigos. Crecimos juntos en el aquelarre. Desde
pequeños nos enseñan a controlar nuestros hechizos; nunca nos separábamos, éramos uña
y mugre, como dicen en tu mundo. —Sonríe con melancolía—. Quiero que sepas que
no le contamos esto a cualquiera, Alya.
Levanta la mirada para encontrarse con la mía. Circe permanece en silencio; no dudo
que ya sepa la historia. Aun así, la expresión de Blaze me a ige. Seguramente es algo duro
que me encogerá el corazón. Con el embarazo estoy más sensible y no sé si hice bien en
preguntar. Tal vez debí quedarme con la duda.
—No tienes que decírmelo si no te sientes listo. Sé que apenas me conoces y lo
entiendo.
—No te preocupes por eso. Me caes bien y quiero contártelo. Tamara suele ser más
reservada y sé que ella no lo hará. —Le doy su tiempo hasta que se sienta preparado—.
Teníamos aproximadamente doce años. Una noche entraron espectros a atacarnos;
murieron cientos de brujas y brujos… entre ellos yo. En ese momento estaba con Tam.
Salimos juntos al escuchar lo que pasaba y corrimos al bosque en vez de refugiarnos. Nos
interceptaron y, antes de que llegaran a ayudarnos, morí en sus brazos. —Sonríe con
nostalgia; sus ojos apagados miran el suelo—. Esa semana nos habían enseñado un
hechizo: el duplex anima —alma doble—. Solo habíamos practicado con animales
muertos y funcionaba. Nunca con uno vivo.
—¿Tamara lo hizo contigo? —deduzco.
Blaze asiente.
—No sabía qué podía pasar si lo intentaba con otra alma viva o con una persona, y aun
así lo hizo con ella misma. Se arriesgó por salvarme, y es algo que voy a agradecerle toda
la vida. Entré en su cuerpo y ahora somos uno solo.
—Es algo realmente fuerte… —murmuro, sin saber qué decir.
—No te voy a negar que al principio sufrimos mucho. Estábamos acostumbrados a estar
siempre juntos, y ahora no podemos coexistir al mismo tiempo en una sola habitación.
—¿No hay nada que pueda hacerse? —pregunto con esperanza—. ¿Algún nuevo
hechizo?
Niega, decaído. Verlo así me parte. Quizá no haya pasado por algo parecido, pero siento
su dolor, y no solo el suyo, también el de su compañera de cuerpo.
—Lyna ha estado trabajando en ello, y hasta ahora no ha encontrado nada.
—Tiene que haber algo que podamos intentar.
—No creo que sea seguro sacar el alma de Blaze —opina mi prima—. Ya estaba muerto
antes de entrar al cuerpo de Tamara.
Puede que tenga razón. Quizá es el cuerpo de Tamara lo que ha mantenido con vida el
alma de Blaze.
—Aun así, no perdemos las esperanzas. Me siento culpable por robarle vida a mi mejor
amiga —susurra él.
Le pongo una mano en el hombro y le doy un suave apretón al ver sus ojos apagados.
No lo conozco tanto; desde que lo vi me pareció divertido y bromista, y ahora verlo así
no me gusta: me transmite su tristeza. Los ojos se me humedecen sin poder evitarlo. Ya no
sé si culpar a las malditas hormonas. Parpadeo un par de veces para ahuyentar las lágrimas.
Le aprieto la mano, y él sonríe apenas.
Un movimiento en mi vientre me hace bajar la vista. Es como si mi bebé sintiera mi
a icción y, con ese ligero impulso, me dijera que no llore. Me trago las lágrimas y tomo la
mano del peliblanco, llevándola a mi tripa justo cuando se repite el movimiento.
Entre tanta destrucción, guerra y oscuridad, existe la esperanza, lo inocente y benévolo.
Y eso es mi bebé.
Por más que sea el heredero del in erno, que vaya a gobernar las penumbras en el
futuro, hoy es un ser puro que, por más pequeño que sea, entiende que su madre está
triste. Es inteligente; sabe que con leves pataditas, con dejarme sentirlo, me doy por bien
servida.
—Es bastante inquieto —sonríe el chico, acariciando mi vientre—. ¿Cómo es posible
que se sientan tanto sus patadas si aún es pequeño?
—Supongo que, al no tratarse de un embarazo normal, tiene más fuerza.
—Circe, ven a sentir esto.
—Paso —se mantiene alejada con los brazos cruzados.
—No seas odiosa, eres la tía principal.
—Y la ausente.
Río por lo que dice. Aunque se mantenga al margen, alcanzo a ver una ligera sonrisa en
su boca. No es cariñosa ni expresiva; apenas estamos empezando a llevarnos bien. Vamos
por buen camino y, quién sabe, tal vez después seamos buenas amigas.
El bebé vuelve a moverse y Blaze sonríe entusiasmado.
—A veces se me olvida que esta criatura estará gobernando el inframundo en algunos
años.
Sonrío, orgullosa por sus palabras. Acaricio mi costado cuando otra patada se hace
sentir.
—Será mi niño —susurro, más para mí que para ellos.
—Ya quiere salir a jugar a la pelota con el tío Blaze —bromea él.
Río por su ocurrente comentario; vuelve a sobar justo donde se ha movido. Parece saber
exactamente dónde debe golpear para que lo sintamos. Antes de que Blaze retire la mano
de mi estómago, el cielo se nubla de pronto y el sol queda oculto bajo una capa de nubes
oscuras. Un estremecimiento me recorre al escuchar un grito no muy lejos. El chico retira
la mano de mí lo más rápido posible, como si fueran a cortársela.
—¡Quita tus malditas manos asquerosas de mi mujer!
Giro hacia la procedencia del grito; lo primero que me impacta son unos ojos gris
oscuro, cejas fruncidas por la evidente ira. Le doy un repaso rápido: viste la habitual ropa
negra, la corona de espinas se asienta de forma imponente sobre su cabeza. Me gustaría
decir que no me intimida su mirada… pero mentiría.
—T-tranquilo, solo estaba sintiendo cómo se mueve tu bebé —balbucea Blaze a mi
lado.
El comentario lo enfurece aún más; noto cómo aprieta los puños. Me acerco despacio,
consciente de todas las miradas clavadas en él, unas de asombro, otras de miedo. Si no lo
conociera, me daría el mismo pavor que a ellos: un hombre de un metro ochenta y cinco,
tatuado, musculoso, vestido de negro, envuelto en un aura sombría y con una corona de
espinas puntiagudas. Yo, por ejemplo, huiría.
—Relájate. —Coloco las manos sobre sus brazos tensos, empeñada en no distraerme
con los músculos bajo mis palmas—. No hizo nada.
—Te tocó —gruñe entre dientes sin mirarme.
—Solo fue el vestido.
—Los tocó. A ambos.
—Häel, no hizo nada malo; quita esa cara.
Frunce el ceño y aprieta la mandíbula; puedo jurar que sigue acechando al peliblanco,
buscando alguna forma de matarlo —aunque no lo hará—. Me acerco más para desviar
su atención hacia mí, pero soy demasiado baja para taparle la vista.
—Mírame. —Tomo su rostro entre las manos. Sus ojos oscuros se encuentran con los
míos; siento su irritación—. Cálmate. Ven, entra conmigo; quiero enseñarte algo. —
Entrelazo nuestros dedos y lo empujo suavemente para que camine.
Se queda parado unos segundos mirando al vacío desde que llegó; insisto llamándolo
hasta que avanza. Esquivamos a la gente que se abre paso; los guerreros nos siguen de
cerca hasta que entramos en la cabaña.
Dentro, siento un empujón de su parte que me acorrala contra un mueble; un jarrón de
ores en la esquina tambalea. Lo detengo con la mirada y lo traslado a un lugar seguro.
Coloco ambas palmas sobre mi vientre para cubrirlo por completo y levanto la vista hasta
encontrarnos con sus ojos aún oscuros.
—Te tocó.
—¿Sigues con eso? Solo quería que sintiera cómo se movía.
—Entonces tú dejaste que te tocara.
—Yo le di permiso. ¿Hay algún problema con eso?
—No me gusta que toquen lo que es mío.
—No soy tuya. —Frunzo el ceño, empezando a irritarme—. Deja tus malditos celos,
Häel; ni siquiera querías tocarlo.
Él aprieta el ceño sin retirar las manos de mi estómago.
—Lo estoy tocando ahora.
—¡Porque te pusiste celoso porque alguien más lo hizo!
—No me lo recuerdes o iré ahora mismo a matar a esa escoria. —Gruñe entre dientes.
—Tú no vas a matar a nadie. —Lo sujeto de la camisa para impedir que se mueva y
pueda detenerlo si intenta lanzar una locura—. Menos a mi amigo.
—Oh, ¿ahora es tu amigo? ¿Cuántos días llevas aquí para ya tener amistades?
—Que seas un gruñón huraño no es culpa mía. Yo puedo socializar y hacer amigos sin
problema. Y no llevo días —le devuelvo con lo—, ¿para ti han sido solo días?
Sus cejas se elevan como si lo hubiera abofeteado. No entiendo qué hace aquí ni por qué
llega de esa manera. Por una parte, me alegra que haya venido, pero no soporto su forma
de hablarme. Está furioso, lo sé, mas no es culpa mía.
Durante unos segundos libramos una guerra de miradas que no estoy dispuesta a perder.
¿Quiere pelear? Bien, le daré pelea.
Aspira hondo y vuelve a acercarse, posando ambas palmas sobre mi vientre, cubriéndolo
por completo.
—Ni siquiera se mueve.
—Porque lo asustas —le reprocho, intentando apartarlo.
—No lo asusto. —Frunce el ceño, sin despegar los ojos de mi vientre—. Muévete.
Ahora.
—No le ordenes como si fuera uno de tus sirvientes, Häel. Rean se moverá cuando le
plazca.
—¿Rean?
—Sí, así le puse.
—¿Cómo estás tan segura de que es un niño?
—Lo es. Lo sé. Lo siento dentro de mí.
Su semblante se suaviza mientras acaricia mi vientre abultado con ligeros movimientos
de los pulgares. En un arranque de fastidio lo empujo con ayuda de mis hechizos y logro
apartarlo; levanta la cabeza, desconcertado. Me alejo del mueble donde me había
acorralado.
—¿Ahora qué hice? —murmura, tenso.
—Estoy enojada contigo.
Le doy la espalda, decidida a marcharme. Camino hasta el inicio de las escaleras para
subir a la habitación. No puedo creer lo rápido que me agoto con tan poco esfuerzo. Solo
quiero sentarme.
Antes de avanzar otro paso, una gura aparece frente a mí. Retrocedo de golpe y choco
contra el pecho de Häel. El desconocido me mira con unos ojos azul claro llenos de
gracia.
—Antes de que se retire, me gustaría presentarme. Quizá ya está molesta porque el
idiota de mi hermano no sabe comportarse, pero confío en que lo pueda domar.
—Cierra la maldita boca —escupe Häel.
—¿Quién eres? —pregunto, ignorando los gruñidos a mi espalda.
El chico sonríe con arrogancia. Aunque parece más joven que Häel, carga la misma aura
destructiva y perversa. Distingo un collar de púas en su cuello, semejante a la corona que
lleva el demonio detrás de mí.
—Tercer príncipe del in erno. Mi castillo está un ala más arriba que el del idiota que
tienes detrás. Castigador de almas, destructor de imperios. Exen para todos; Exi para los
amigos… pero si quieres, dime simplemente Ex. —Toma mi mano y la besa con descaro.
No puedo evitar sonreír de lado por cómo se re ere a Häel.
—No la toques, adulador de cuarta.
Häel me arranca la mano y entrelaza nuestros dedos. Luego pasa un brazo por mi
cintura, posando la otra mano en mi vientre. Se pega tanto a mí que apenas cabe el aire
entre nosotros. Su nivel de celos es francamente impresionante.
—No seas grosero, Häel. Es tu hermano.
—No te preocupes, siempre me ha tratado mal —habla Exen con ngida a icción.
—Cierra la boca, hijo de…
—¡Häel! —Trato de girarme hacia él, pero me lo impide, inmovilizándome—. Lo
siento por eso. Soy Alya, un gusto conocerte.
—Yo no lo siento —murmura el celoso.
Lo ignoro. Empiezo a entender que esa es su dinámica: Exen le saca la lengua divertido,
disfrutando de su reacción. Parecen niños. Nunca imaginé que Häel tuviera hermanos.
—Tranquilo, hermano, toda tuya —hace un ademán levantando las manos y baja la
mirada a mi vientre, que su hermano intenta ocultar con su mano. Ruedo los ojos—.
Espero que mi sobrino herede mi nombre. Quedaría bien, ¿no, hermanito?
—Desaparece de mi vista ahora, antes de que yo te desaparezca.
—De hecho, se va a llamar Rean —le revelo el nombre que desde hace meses ronda mi
cabeza.
—Suena imponente. Justo para un príncipe del in erno —sonríe orgulloso—. Un
placer conocerte, Alya. Confío en que sabrás controlar al demonio. Estaré afuera por si
me necesitan —apunta la puerta—, o por si quieres divertirte un rato. —Guiña un ojo
divertido ante el nuevo gruñido de su hermano. Desaparece de mi vista antes de poder
reaccionar.
Suspiro agotada. Exen es carismático y bromista; me cayó bien, aunque hay que admitir
que le gusta el peligro. Provoca a Häel como si estuviera seguro de que no le hará nada.
Suelto un respingo cuando el rostro del demonio se esconde en mi cuello. Reposo la
cabeza sobre su pecho sin ganas de discutir. Eso no signi ca que ya no esté molesta; me
irrita su comportamiento en ciertas ocasiones. No sé qué piensa ni qué quiere y eso me
confunde.
La última vez que nos vimos terminamos en la cama; aunque fue fantástico, la cagó al
nal. Nunca hemos hablado de nuestros sentimientos. ¿Le importo de verdad? ¿O solo soy
la madre de su hijo?
Aprieto los labios ante mis pensamientos. Su cuerpo empuja suavemente el mío
mientras caminamos. Antes de subir las escaleras me toma en brazos al estilo nupcial.
Envuelo mis brazos en su cuello sin protestar. Si quiero empezar mi ronda de preguntas,
no necesito que se altere desde ahora.
Detallo su rostro en silencio: las pestañas largas, esos ojos que me atormentan de la
mejor manera, el semblante serio, como si nada a su alrededor le afectara. Mis manos
hormiguean por tocarlo, pero me contengo. La barba de varios días me dice que ha estado
demasiado ocupado como para rasurarse.
Le indico cuál es mi habitación. Cierra la puerta y me deja sentada en la cama.
—¿A qué viniste?
—Quería verte.
Inspecciona la habitación con minuciosidad. Lo sigo con la mirada.
—¿A mí o a tu hijo?
—A ambos.
Suspiro, bajando la vista a mi vientre. Todo se me agolpa en la cabeza: la pesadilla de
hace unas horas todavía me perturba. Las preguntas me devoran como si tuvieran
respuesta para todo. A veces quisiera leer la mente o saberlo todo sin preguntar.
Los secretos y las mentiras parecen ser mis compañeras de vida.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Ya lo estás haciendo.
—¿Por qué siempre responden con eso?
—Porque tú misma lo dices en forma de pregunta.
Ruedo los ojos. Subo los pies a la cama y me quito los zapatos.
—Otra pregunta. De hecho, son varias.
—Dispara —se deja caer de espaldas en la cama. La corona ni se inmuta.
—¿Por qué yo?
—Sé más explícita.
—¿Por qué me escogiste a mí?
—Yo no te escogí, Alya —abre los ojos y me mira. Intento que el dolor en mi pecho no
se note—. Fue el destino. Solo que yo me adelanté un poco.
Frunzo el ceño sin lograr comprender.
—¿Podrías explicarte mejor?
—Así como el rey de los cielos tiene sus profetas, yo también tengo el mío. Me reveló el
futuro. Son capaces de ver lo que ocurrirá dentro de algunos años. En este caso, fue
mucho antes de que nacieras. Yo lo sabía todo: sabía lo que le pasaría a tu madre y que de
ahí nacerías tú. Aunque en algún momento te perdí la pista cuando ella huyó. Cuando te
encontré, solo esperé el momento indicado. Y no porque yo quisiera, sino porque tu
abuela me prohibió ir por ti.
—¿Mi madre? ¿Qué le sucedió a mi madre? —pregunto, frunciendo el ceño.
Häel coloca las manos detrás de su cabeza, usándolas como almohada. Me observa
pensativo, como si debatiera si contármelo o no.
—Eso es algo que solo puedes hablar con ella. Puedo ser un hijo de puta, pero no me
corresponde decírtelo yo.
—No se vale —bufo, cruzando los brazos—. ¿Entonces ya sabías de mí?
Asiente, cerrando los ojos. Me acerco más para poder tocar su corona.
—Nos íbamos a conocer cuando tuvieras veinticinco años, en un hospital.
—¿En un hospital?
—Atendías a un paciente que iba a llevarme.
¿Llevarse?
—¿Ibas a matarlo?
—No puedo matar algo que ya está muerto, solo iba a recoger su alma. —Abre los ojos
y me observa de reojo—. De todos modos, eso ya no va a pasar. Decidí ir por ti antes.
—Muy antes, déjame decirte. Pude haber sido doctora, trabajar en lo que más me gusta
—susurro, imaginando cómo habría sido.
—Ya no pienses en eso, Alya.
—¿Eso es lo único que puedes decir? ¿Que no piense en eso? Déjame decirte que es
imposible.
—Vendrá algo mejor para ti. Desde que nos conocemos todo es distinto. No quiero que
te pongas triste por algo que no fue. Lo entenderás más adelante.
—¿Solo porque tú lo dices? —cruzo los brazos, molesta, mirando al frente—. Ni
siquiera me has contado cómo nos conocimos. ¿Se te hace eso justo?
Su suspiro resuena en la habitación. Observa el techo en silencio durante varios
segundos.
—Es algo que sabrás en su momento. Sé que no hice bien en buscarte antes de tiempo,
pero no podía más. Desde que supe de tu existencia te he buscado y te han alejado de mí
sin conocer mis intenciones…
—Si tus intenciones desde el principio eran embarazarme, creo que queda claro por qué
te alejaban de mí, ¿no? —elevo las cejas con sarcasmo, posando una mano en mi vientre
mientras me recargo con la otra.
Rueda los ojos; una pequeña sonrisa le curva las comisuras.
—No es culpa mía que a la primera diera en el clavo.
Su sonrisa se ensancha al ver mi rostro de sorpresa.
—Yo no recuerdo nada de eso —juego con mis manos en el regazo—. Es injusto.
Tengo algunos recuerdos, pero nada concreto, y me hace sentir que yo…
Me quedo callada. La cama se hunde cuando se levanta y se acerca. Sus dedos elevan mi
mentón hasta que lo miro directamente a los ojos. La marea gris claro me recibe.
—No quiero que pienses que no fue consensuado. Lo fue. Y en algún momento todos
los recuerdos volverán a ti. Solo tenme paciencia.
—¿Seguro?
Sin despegar los ojos de los míos, asiente.
—Seguro.
—Entonces, tú que lo sabes todo, dices que no debíamos conocernos hasta que yo
tuviera veinticinco. ¿En ese entonces yo tenía pesadillas?
—No tengo idea de eso. Desde que te veo, comienzo a visitarte e imagino que tenemos
a nuestro hijo y… —se detiene.
Frunzo el ceño cuando desvía la mirada hacia otro lado.
—¿Y qué? —lo aliento a continuar.
Su cuerpo se endereza. Observo su espalda tensa sin saber por qué adopta esa postura de
repente.
—Cambié el destino. No estoy seguro de qué va a pasar.
—¿Cómo? ¿No dijiste que te lo habían dicho?
—Abrahel solo me contó un poco de lo que sucedería cuando nos conociéramos en
siete años. Me precipité, ¿recuerdas? No sé si ocurrirá lo mismo o será diferente.
—¿Quién es Abrahel? —gateo hasta su costado, nerviosa.
—Ya basta, Alya. —Talla su rostro, estresado—. Me está empezando a doler la cabeza
con tantas preguntas.
—Solo quiero saber, no te enojes —susurro muy bajo—. No sabía que al rey del
in erno le podía doler la cabeza.
Coloco una mano en su espalda tensa. Siento que merezco saberlo, sobre todo si se trata
de mí. Si a él le duele la cabeza, imagínate a mí, que voy por la vida sin saber nada.
—No es nada. En algún momento te contaré. Ya te dije que no es algo que yo vea; lo ve
mi profeta y él me lo comunica.
—¿Y si ve algo que no te ha dicho? ¿O si lo ve y no te lo dice a tiempo… y sucede?
Llevo una de mis uñas a la boca, nerviosa. La pesadilla se reproduce en mi cabeza de
manera escalofriante. Trato de sacarla de mi sistema, pero no funciona; es como si mi
cerebro se empeñara en recordármela. La ansiedad se esparce por mis venas hasta que la
paranoia de que algo le suceda a mi bebé me consume.
Salgo de mis cavilaciones cuando unas manos tibias toman mi rostro. Enfoco sus ojos
grises, que me miran con preocupación.
—¿Qué sucede?
Me mantengo en silencio, dudando si es buena idea contarle la pesadilla. Las veces que
le he hablado de ellas no me ha creído, ni siquiera cuando le mencioné lo que veía en mi
propia casa. Pre ero guardármelo, aunque me carcoma la cabeza y la desesperación por
olvidarlo.
—Nada. Solo estaba recordando algo.
Me aparto de su toque y me recuesto en la cama, colocando una mano en mi vientre
como de costumbre. De reojo veo cómo se quita la corona sin ningún esfuerzo y la deja
en el mueble a un lado.
—¿Puedo acostarme?
Acomodo la almohada bajo mi cabeza y hago un sonido a rmativo sin mirarlo. La cama
se hunde detrás de mí hasta que siento sus brazos envolverme. Su palma queda encima de
mi vientre.
—Häel.
—¿Sí?
—¿De verdad soy tu reina? —susurro.
—Lo eres.
—Pero… ¿lo soy porque así lo sientes o porque el destino te lo dijo?
Sus dedos trazan suaves caricias sobre mi vientre.
—Lo eres porque lo siento. Porque lo quiero.
El corazón me da un vuelco al escucharlo. Häel podrá ser el rey del in erno, pero
conmigo demuestra ser otra persona, alguien con corazón. No puedo decir que sea el
hombre más amoroso del mundo, pero tiene lo suyo; sabe expresarlo a su manera,
protegiéndonos a Rean y a mí.
Giro en la cama hasta quedar frente a él. Sus ojos están cerrados. Con una mano aparto
el cabello de su rostro, ignorando su gruñido con una sonrisa.
Creo que lo he traumado con tocarle el cabello.
Me refugio en sus brazos, que me dan un poco de calor. Gracias a las cortinas gruesas no
entra ningún rayo de luz. Su olor masculino me hace enterrar la nariz en su camisa negra.
Por más que venga del inframundo, este hombre jamás huele mal. Es justo como me lo
imagino cada noche que duermo con su camisa: sus brazos envolviéndome, su cuerpo
caliente pegado al mío.
Es difícil ocultar los sentimientos. No puedo decir que no me gusta Häel, porque sería
la mentira más grande de mi vida. Me asusta pensar que no es mutuo, que solo está
conmigo por el bebé, mientras yo muero de ganas de que me tome como quiera, que me
diga que me hará suya encima del peinador con su voz ronca, mirándome por el espejo…
aunque yo me enfade y termine aceptando resignada.
—Alya, ¿recuerdas que puedo leer tus pensamientos?
Levanto la cabeza hasta conectar con sus ojos. El rostro se me calienta de inmediato por
lo que ha dicho y por su mirada intensa. Sin entender qué está mal ni por qué me pasa
esto, los ojos se me llenan de lágrimas. Su ceño se frunce con confusión absoluta. La yema
de sus dedos acaricia mi mejilla con suavidad.
Malditas hormonas.
—¿Qué sucede?
—¿P-por qué, si sabes todo lo que pienso, no me sacas de la duda?
—¿De qué duda hablas?
—¿Me quieres o no? ¿De verdad sientes algo por mí o solo nos une el bebé?
Limpio las lágrimas que se deslizan por mi cara mientras espero su respuesta. Sus ojos
recorren todo mi rostro y, cuando creo que va a quedarse callado para siempre, sus manos
cálidas vuelven a tocar mi piel, borrando los rastros de agua salada.
—Haría arder hasta el maldito in erno si me lo pides.
Entorno los labios para poder inhalar aire. Empiezo a comprender su forma de
demostrar lo que siente. En sus brazos me siento segura; por más que en ellos pueda
descender al in erno, sé que, si se lo pido, es capaz de llevarme al cielo, aunque él no
pueda entrar.
—Por si eso no te queda claro… soy capaz de arrancarme mi propio corazón para
dártelo de comer.
Sus palabras son electricidad en mi pecho. Es como si toda su fuerza, su energía, se
trans riera a mi cuerpo. Siento cómo esas líneas invisibles me llenan de lo que necesitaba,
de eso que disipa cualquier inseguridad latente.
Entierro el rostro en su pecho, aferrándome a él. Sus dedos acarician las hebras de mi
cabello para calmarme. El sueño comienza a arrastrarme y esta vez cierro los ojos
tranquila.
Porque sé que Häel no dejaría que nos hicieran daño.
Capítulo 32

ALYA

Dos meses después (Cinco meses de embarazo)


Acomodo las velas en su lugar, sin encenderlas aún, terminando el círculo que me ha
pedido Circe. Trato de agacharme con calma por culpa de mi estómago, que ha crecido
más de lo normal en los últimos meses. Los vestidos se han convertido en mis eles
aliados: ya nada me queda como antes y, aunque a veces extraño mis pantalones, me
siento más cómoda con ropa suelta y con las gabardinas que me protegen del frío del
bosque.
—Sigo pensando que es una pésima idea.
Levanto la mirada hacia Tamara, que está recargada en un tronco a unos metros. Desde
que le contamos el plan se ha mostrado renuente. No tenemos certeza de que esto
termine bien, pero… quien no arriesga, no gana.
—Mejor cierra la boca y ayúdanos.
Circe sigue esparciendo la sal alrededor de nosotras. Según me explicaron, el círculo nos
protegerá e impedirá que lo que invoquemos salga de ahí.
Eso nos incluye.
—¡Lyna debería estar aquí por si algo sale mal!
—¿Y para qué queremos a mi abuela aquí, Tamara? —responde Circe, enderezándose
para fulminarla con la mirada.
—Para que supervise. ¿Y si algo sale mal? ¿Qué haremos?
—No seas negativa, Tam. Todo va a salir bien.
Hablo por primera vez al verla tan nerviosa. Si estuviera en su lugar, también lo estaría.
—Claro, como ustedes no son el experimento. ¡El maldito conejillo de indias soy yo!
—Mejor deja de quejarte y entra al círculo. Lo voy a cerrar.
La pelirroja suspira, se separa del tronco y camina hasta nosotras. Circe termina de
esparcir la sal y arroja el bote lejos.
—Bien. Ahora no podemos salir de aquí, así que comencemos.
Acaricio mi vientre cuando siento una ligera patada. Me acerco a la orilla del círculo e
intento sacar la mano, pero no puedo: es como si hubiera una barrera invisible que lo
impidiera.
Hace unas dos semanas nos dedicamos a investigar en los libros antiguos de la biblioteca
de Lyna. Sinceramente, no encontramos casi nada; por no decir nada en absoluto. Era
como si el hechizo que, según Tamara, les enseñaron cuando eran niños nunca hubiese
existido. Incluso le preguntamos a la bruja mayor. Ella dijo que todos los grimorios
estaban en su biblioteca, que ese encantamiento era demasiado peligroso y seguramente
había sido borrado.
Lo extraño es que, entre todos los volúmenes que revisamos —y fueron muchos—, no
faltaba ni una sola página. ¿Entonces cómo lo borraron si Tamara insiste en que lo vio?
Ella asegura que estaba en un libro negro con dorado, y hasta recuerda el número exacto
de la página.
Mientras continuaba con mi entrenamiento, intentaba sacar información que nos
ayudara a realizar la separación de almas, o al menos así lo llamó Exen. El demonio ha
sido de gran ayuda; Häel lo dejó para que me cuidara después de llevarse a Horns y a sus
guerreros.
Aunque me molesta que no confíe en que puedo protegerme sola, estoy por terminar
mi preparación y me siento capaz de defenderme. No solo debo hacerlo por mí, sino
también por Rean.
Más que nada por él.
Desde mi último sueño se han repetido cientos de pesadillas. Aunque a veces Häel viene
a dormir conmigo porque no quiere dejarme sola tanto tiempo, no logro conciliar el
sueño. Es como si algo me torturara y me impidiera descansar. No son solo las pesadillas,
sino también la sensación constante de estar observada. La paranoia no me deja en paz y
mis nervios han acabado con mis uñas.
Quedarme despierta hasta altas horas de la noche, mirando el techo mientras abrazo al
demonio, no era lo que tenía en mente. Me siento más tranquila con él cerca, sí, pero la
ansiedad no disminuye.
No me dejan disfrutar de mi embarazo y eso me irrita.
Siento que no es solo algo en mi cabeza, sino que alguien lo provoca. No he querido
contárselo a Häel porque sé que se molestaría: no solo porque no se lo dije antes, sino
porque él no tiene control sobre esto. Si antes no sabía cómo solucionarlo, solo lograría
estresarlo más de lo que ya está.
Por lo que sé, hay problemas en el in erno. Y aunque él no quiera contarme nada, Exen
me lo dice todo. Si uno imagina el in erno, puede pensar en caos, desorden, gritos sin
sentido… pero, pese a todo eso, hay un orden. Una autoridad que maneja todo de pies a
cabeza, que rige con disciplina. No es un desorden frenético: cada alma tiene su castigo,
cada grito su lugar y cada demonio su función. Por eso ni siquiera yo entiendo qué ocurre
allí ahora, por qué todos parecen enloquecer y rebelarse contra su rey.
—Volví, ¿cómo van?
Exen se ha autoproclamado nuestro protector esta noche. Espero que no haga falta que
intervenga, pero, por si acaso, se mantendrá cerca. Decidimos hacerlo lejos del aquelarre,
más que nada por seguridad de los que están allí y porque seguramente Lyna terminaría
enfadándose.
—Vamos a comenzar.
—Tengan en cuenta que están invocando fuerzas espirituales y demoníacas. Puede
abrirse un portal.
—Lo sabemos. Las brujas somos nosotras, no tú.
Circe y Exen no se llevan precisamente bien. No sé si se conocían de antes, aunque Exi
tal vez lo haga solo por molestar. Mi prima, en cambio, no es precisamente la persona con
más humor del mundo.
—Quiero que sepan que sigo oponiéndome a esto —Tamara se coloca en medio del
otro círculo, hecho con hojas secas de muérdago.
—Ten esperanza. Sé positiva. Todo va a salir bien y podrán convivir como antes.
—¿Y si no es así? ¿Y si lo pierdo para siempre?
—No digas eso, Tam.
—Saca eso de tu cabeza, Tamara —Circe deja de ojear el libro más parecido que
encontramos. No habla del hechizo como tal, pero podría funcionar.
—Soy realista. Ese no es el libro que recuerdo. Seguramente lo quemaron después de
que una niña tonta lo usara una noche, tras practicarlo solo una vez.
—Esa “niña tonta” salvó a su mejor amigo. Por más que ambos se sientan encarcelados
en un mismo cuerpo y tengan que turnarse para salir… le salvaste la vida, Tam. Ni
siquiera su alma seguiría aquí. No habría la mínima posibilidad, y gracias a ti la hay.
La pelirroja parpadea varias veces para ahuyentar las lágrimas. Se abraza a sí misma con
fuerza, y sé que no es un abrazo para ella, sino para su amigo que vive dentro de su
cuerpo. Percibo su miedo; está asustada, y es válido estarlo. Entiendo su pánico. Extiendo
una mano y acaricio su pierna para brindarle apoyo. Sonríe levemente y asiente.
—Voy a ser positiva, pensar en cosas buenas… en que haremos skin care después de
esto, nos pondremos mascarillas y contaremos chismes.
—Blaze seguramente tiene buenos chismes —la aliento, haciéndola reír.
—Qué cursi se volvió todo.
Las tres le damos una mirada fulminante al castaño recostado en un árbol.
—Tú, cierra la boca.
Mi prima lo manda callar como siempre. Tamara asiente, se limpia la nariz y toma aire.
—Estoy lista.
Asentimos al unísono.
Blaze ni siquiera ha querido salir a saludarnos. Creo que es el que más nervioso está.
Hemos estado hablando y, aunque él y Tam sean inseparables, sé que a veces se siente
atrapado por no poder quitarle más peso a ella. Aunque no esté físicamente con nosotras,
es como si pudiera percibir cómo se siente.
La melancolía y el escepticismo otan en el aire.
Me coloco de rodillas con cuidado. Frente a mí está Circe y, en medio de ambas,
Tamara. Nunca he participado en algo así y, aunque me da miedo, lo hago por esas dos
personas que, poco a poco, se han convertido en mis amigas.
Suspiro hondo y tomo las manos de mi prima cuando me las extiende, quedando las
piernas de la pelirroja entre nosotras. Sus ojos apenas re ejan un verde apagado por la
oscuridad, pero ella se ve segura de sí misma. Sabe lo que hace y eso me tranquiliza.
—Repite conmigo. Pase lo que pase, veas lo que veas, no te detengas. —Asiento,
tomando una bocanada profunda de aire—. Tamara, avísanos cualquier cosa; y tú —alza
la voz hacia el demonio fuera del círculo—, mantente alerta.
—Como ordene, capitán.
Le doy una última mirada a uno de los príncipes del inframundo antes de centrarme en
la chica frente a mí. Ella me mira de la misma forma antes de cerrar los ojos; yo decido
hacer lo mismo, escuchando el silencio del bosque. Un bosque que ya se ha vuelto parte
de mis pesadillas. No voy a mentir: al principio me daban escalofríos mirar a algún lado y
toparme con la oscuridad. Lo único que me tranquiliza es que no estoy sola… nadie
puede dañarme mientras no esté sola.
—Invoco a los espíritus del bosque, de la luna y las tinieblas, la fuerza del inframundo.
Te invoco a ti, Hécate, madre de todas las brujas. Te pido que nos guíes y, con la llave que
portas, nos abras la puerta de la verdad y la sabiduría. Ayuda a dos de tus hijos que se
encuentran atrapados en un hechizo de duplex anima y bríndanos el poder para separar
sus almas.
Repito cada palabra que pronuncia Circe. Aprieto sus manos cuando siento a Rean
moverse en mi vientre; sus patadas comienzan a incomodarme en ciertas partes. De
pronto lo siento inquieto. El ambiente se enfría y una tensión ligera se extiende. El viento
me revuelve el cabello y me obliga a abrir los ojos. Mi prima observa a la chica en medio
de nosotras con el ceño fruncido. Las ores secas de muérdago giran a nuestro alrededor
sin salir del círculo de sal. Es curioso: el viento no solo sopla dentro, también afuera; el
cabello del chico se agita junto con todas las hojas de los árboles.
—Envía a tus eles criaturas para que nos protejan. Acompáñanos en esta luna
menguante y bendícenos con tu sabiduría —murmura, por último. Es extraño que,
aunque el viento arrecia, ninguna de las velas se apaga—. ¿Sientes algo diferente, Tam?
La pelirroja niega, encogiéndose de hombros mientras se revisa a sí misma.
—Me siento igual.
—¿Estás segura?
—Sí. Blaze sigue dentro y ambos nos sentimos igual.
Frunzo el ceño, confundida. Repaso en mi cabeza todo lo que recitó Circe. Cada
palabra estuvo bien; debería haber sucedido algo… y no pasó nada. Miro a mi alrededor:
los altos cipreses se extienden como columnas oscuras y el cielo sigue teñido de un negro
profundo que no deja ver ni una sola estrella.
De repente, un grito desgarrador llena el bosque y me estremece. Dirijo la vista al frente
justo a tiempo para ver cómo Tamara es succionada por un agujero abierto bajo sus pies,
como si la tierra misma se abriera para llevársela. Mi grito se une al de Circe, que trata en
vano de atraparla. El hoyo se cierra en ese mismo segundo sin dejarnos actuar.
Llevo las manos a la boca, incapaz de creer lo que acabo de presenciar. La cara de mi
prima re eja incredulidad pura.
—¡¿Qué mierda fue eso?!
Circe aparta las hojas secas y la tierra del lugar donde estaba Tamara. No hay nada. Todo
permanece exactamente igual, como si no la hubiéramos visto ser tragada por el suelo
frente a nuestros ojos.
—¡Tamara! —grito, como si pudiera oírme—. ¿Cómo pudo salir del círculo?
Circe niega, perturbada, aún de cuclillas con las manos en la tierra.
—No tengo la menor idea.
—Esto no fue obra nuestra, estoy segura.
Su mirada se cruza con la mía en silencio. Un segundo después se incorpora y me ayuda
a ponerme de pie.
—Es mejor que salgamos del círculo —propone. Busca con la mirada a Exen, que nos
da la espalda mientras mira un punto jo—. Es hora de que remuevas la sal.
El cuerpo del demonio no se mueve ni un centímetro. Su espalda está rígida, y eso solo
hace que mis alertas se disparen. Vuelvo a inspeccionar el perímetro, sin encontrar nada
fuera de lo normal. El ambiente ha cambiado de nuevo: ahora es más frío… más
siniestro.
—¡Ex! —lo llamo, alzando la voz, preocupada—. ¡Exen!
—¡Exen, maldita sea, haz caso!
—Tenemos que buscar a Tamara.
—¡Quita la maldita sal! —la chica a mi lado empieza a perder los estribos y golpea la
barrera invisible con los puños.
Llevo una mano a mi vientre, inquieta por los movimientos de Rean. ¿Qué pasa,
pequeño?
—Shh… —el demonio nalmente se gira hacia nosotras y deja ver sus ojos
completamente negros—. Es mejor que se queden dentro del cir—
Y entonces sucede.
Una gura borrosa se abalanza sobre Exen y lo arrastra, estampándolo contra todos los
árboles que se interponen en su camino. Retrocedemos por el vendaval que deja a su
paso. No tengo idea de qué es esa cosa. El aura oscura que emana es tan grande como la
del demonio. Sea lo que sea, no ha venido a saludar.
—Mierda.
—¿Qué fue eso? —pregunto, consternada.
Desde el principio dudé de todo esto. No porque no quisiera ayudar a Tamara y a Blaze,
sino porque este bosque me pone la piel de gallina. Me aterra que de repente algo
aparezca y me arrebate a Rean. Parecía ridículo… pero mis pesadillas pueden hacerse
realidad.
Y ese se ha vuelto mi mayor miedo.
—Tenemos que salir de aquí y volver al aquelarre. —Circe se acerca a la línea de sal e
intenta soplarla, pero ni un solo grano se mueve.
—Nosotras no podemos quitar la sal, Circe.
Trago saliva, todavía inquieta, y levanto la vista al cielo como si pudiera ver la esfera
invisible que nos aprisiona. Tomo varias bocanadas de aire cuando el ambiente empieza a
volverse sofocante. Mi prima deja de soplar de repente y gira la cabeza hacia mí.
Nuestras miradas dicen más que mil palabras.
Estamos en problemas. Y no hay nadie cerca.
La única persona que podía ayudarnos está perdida en el bosque, enfrentándose a otra
criatura. Coloco ambas manos sobre mi vientre y lo froto buscando calma. No sabemos
dónde está Tamara. La angustia amenaza con envolverme entera, pero debo
tranquilizarme. No es momento de perder la cabeza.
Los movimientos en mi estómago se intensi can; por alguna razón, siento que Rean
percibe mi inquietud. Sus pataditas son como un: Tranquila, mami, estoy contigo. Y, de
verdad, me calman.
—Debemos salir de aquí —digo con determinación mientras me acerco a la orilla de la
sal y respiro hondo. Coloco la mano contra la barrera invisible.
—¿Qué piensas hacer? —pregunta Circe detrás de mí.
—No tengo ni idea.
—Alya, no podemos. Entiende: somos brujas, no podemos romper la barrera de sal.
Pongo la otra mano sobre mi vientre y trago saliva, nerviosa por lo que voy a intentar.
No tengo claro si funcionará, pero no pierdo nada con probar. Cierro los ojos y
murmuro unas palabras en silencio.
Por favor, no me falles, bebé. Es momento de ayudar a mamá.
Podré ser una bruja, pero el ser que llevo en mi vientre es un demonio.
Una oleada de viento me golpea de repente y hace que mi cabello vuele. Bajo la mano y
abro los ojos, sorprendida, con una sonrisa incrédula. Si me preguntaran cómo lo hice,
no sabría responder. No fue solo obra mía.
Bajo la mirada al suelo: donde estaba la sal ahora solo quedan las hojas secas de los
árboles.
El viento la ha barrido.
—¿Cómo mierda hiciste eso?
—No me preguntes, porque no lo sé. —Salgo del círculo sintiéndome algo más aliviada
y acaricio mi vientre en silencio, agradeciéndole.
—No lo entiendo… ¿cómo? —Circe se coloca frente a mí, aún incrédula.
—¡No lo sé, Circe! Solo pasó. Eso no es lo importante ahora. —La miro con rmeza—.
Tenemos que encontrar a Tamara. No sabemos qué pasó con ella ni quién se la llevó.
Ella deja de escrutarme y asiente, inspeccionando el bosque.
—Tienes razón. Exen tampoco está por aquí y debemos hallarlo cuanto antes.
—¿Qué crees que haya sucedido?
—El ambiente cambió. Tal vez tenga que ver con el hechizo.
—¿Lo hicimos mal?
Gira con una mueca pensativa. Su cabello está algo desordenado, y puedo jurar que el
mío también.
—No lo sé, quizá algo salió mal y no nos dimos cu— ¡Cuidado!
Todo ocurre en milésimas de segundo. Circe me empuja con fuerza y terminamos
ambas en el suelo. Un estruendo retumba después, haciéndome cubrirme los oídos. Me
incorporo despacio, mirando las hojas de los árboles volar por todas partes; algunas se
enredan en mi cabello. Me froto la cadera por el golpe.
Carajo, eso dolió.
—¿Te encuentras bien? —la chica inspecciona mi cuerpo buscando algún rasguño; lo
único que atino es a asentir—. Häel sin duda nos va a cortar en pedazos. —Se incorpora
sobándose la cabeza antes de ayudarme a ponerme en pie.
—¿Qué fue eso? —miro los árboles derribados, como si alguien los hubiese arrojado al
suelo con fuerza.
—Creo que Exen anda ocupado.
Circe sacude su cabello para quitar la tierra; me acerco al hueco que quedó entre los
troncos y frunzo el ceño al percibir la misma aura maligna de antes. Mantengo los
sentidos en alerta mientras ella camina con naturalidad por el perímetro. ¿Soy yo la única
que la nota? ¿Por qué no la sentí antes?
Me acerco más al vacío de casi diez metros cuando atisbo movimiento al fondo. Una
gura se incorpora como si nada y lo identi co: es Exen. Suspiro aliviada mientras él se
acerca, tenso y con el cabello revuelto por la pelea que ha debido sostener. Me apoyo en
un tronco y me asalta una pregunta: ¿dónde está la criatura con la que se enfrascó?
Frunzo el ceño, desconcertada; no siento la presencia maligna. Bajo la vista al suelo
intentando captar su rastro… y entonces oigo gemidos detrás de mí. Giro y me
sobresalto: una mujer de cabellera roja fuego me mira con una sonrisa satírica mientras
sostiene a Circe por la garganta con una sola mano. Los ojos de mi prima imploran aire;
sus uñas arañan la mano de la agresora.
—Al n tengo el gusto de conocerte —su voz rezuma veneno.
Veo a Circe llorar.
—Suéltala —susurro entre dientes, apretando los puños.
Una de las perfectas cejas de la mujer se eleva con petulancia. Como si Circe no pesara
nada, ni importara lo más mínimo, la suelta a un lado con fuerza.
Aprieto aún más los puños por la rabia. Miro el cuerpo de Circe y me calma comprobar
que se mueve: la ha arrojado como una muñeca de trapo.
—Listo, mi reina. ¿Algo más?
El mote le sale con burla y desprecio. No sé quién es esa mujer, pero algo tengo claro:
ella sí sabe quién soy yo. Por la ropa negra y las uñas largas, también negras, intuyo su
origen infernal. Al acercarse lentamente, con la vista ja en mi vientre, entro en alerta.
—No te me acerques.
—¿Acaso me tienes miedo? —alza una ceja sin dejar de avanzar—. ¿O tienes miedo de
algo más?
—No te me acerques. —Lo digo más fuerte, con pausa; siento mis venas calentarse.
Si cree que no voy a defenderme, está muy equivocada.
Su risa me eriza la piel. El color de sus ojos se vuelve negro por completo. ¿Es un
demonio? La sigo con la mirada sin apartarla. No me dejaré intimidar por una mujer que
se cree superior. Me importa una mierda quién sea; si se mete conmigo, no se lo dejaré
fácil.
Veo de reojo a Circe toser mientras se recupera; Exen vuelve a estar desaparecido y yo
me quedo sola frente a esa loca.
—¿O qué? ¿Vas a quemarme?
—No estaría mal. Aunque preferiría verte implorar por aire.
Se pasea alrededor mío.
—¿Y quién me va a hacer implorar por aire? —pregunta con sorna—. ¿Tú? —me
examina de arriba abajo.
Aprieto los dientes, molesta.
—Yo.
—Quiero ver eso.
Antes de que pueda abalanzarse, levanto un escudo de protección y lanzo una bola de
fuego que ella esquiva con precisión, como si lo aguardara.
—¿Eso es todo lo que tienes?
Tomo bocanadas cortas de aire para calmarme. No debo exaltarme; tengo que
protegerme, pero sin poner en peligro a mi hijo. Recuerdo cada consejo de Lyna: que los
hechizos sean concisos y certeros. Aunque yo tengo otros planes en mente. Sonrío de lado
cuando la bola de fuego que esquivó hace unos segundos regresa por detrás y le impacta
en la espalda sin que se dé cuenta. Su rostro se contrae por el ardor; me acerco un poco
más, aún tras el escudo protector, con una sonrisa victoriosa.
—¿Te dolió? —susurro cerca de su cara.
No levanto la barrera por miedo a ella; no sé de lo que es capaz, pero sí sé que nos
protege a los dos.
Su expresión cambia: la burla se desvanece y deja paso a una rabia fría; ahora tiene la
cara de quien quiere matarme.
—Voy a sacarte a ese niño y lo mataré frente a tus malditos ojos —dice con voz helada
—. Te arrancaré lágrimas de sangre hasta que grites que pare. Me reiré al oírte implorar
que no lo destroce.
—¡Cállate!
—Y será tu culpa. ¡Tu maldita culpa por engendrar un hijo del diablo!
Mi cuerpo tiembla de rabia; cada palabra se proyecta en mi cabeza como una película de
horror.
—Cierra la maldita boca —gruño.
En un gesto impulsivo quito la barrera y la agarro del cabello, perdiendo el control. Sé
que está prohibido: la regla de Lyna es mantener la calma y no acercarse. Pero sus palabras
me retumban en los huesos, hieren cada célula, envenenan mi mente. He visto tantas
veces a mi bebé morir en las pesadillas que solo pensarlo me desgarra.
—Te salpicarás de su sangre, y cuando termine con él te lo entregaré para que lo
sostengas por primera vez —su sonrisa diabólica me hace estremecer—. ¿Te parece bien?
¿Quieres matarte después de cargarlo?
—No.
—Morirás con él en brazos; ¿no es eso lo que quieres?
—¡No!
Su carcajada reverbera en mi cráneo.
—¡Deja de hacer eso!
—¿Hacer qué? No hago nada —ladea la cabeza, ngiendo inocencia.
Niego con fuerza y me alejo; sus ojos siguen negros y no puedo despegar la vista de
ellos: entro en un trance del que no sé cómo salir. Nada de lo que dice ocurre realmente,
ni ocurrirá, me repito. Aun así, las imágenes vuelven una y otra vez: mi bebé empapado
en sangre. Tomo la cabeza entre las manos para intentar detener la reproducción de la
escena; mis ojos arden por las lágrimas.
—Para. Detente. —La veo sonreír mientras se acerca. La desesperación me obliga a
clavar las uñas en las palmas hasta sangrar—. ¡Sal de mi cabeza! ¡Para!
—¿Ya no es divertido, eh? —musita con falsa lástima.
Mi espalda golpea algo duro: un tronco. Me deslizo, agotada. No puedo creer lo
poderosa que es la mente; estoy segura de que ella provoca esto. La arpía usa mi propia
psique para reproducir mi peor miedo.
—Déjala en paz, Ara.
—Solo me divierto un poco.
—No vinimos a eso. Déjala.
Escucho la conversación como si estuvieran a metros, porque lo están. De pronto los
gritos y las visiones se apagan. Aún aturdida, no puedo moverme. Las ganas de matarla se
intensi can, pero me siento drenada; no me quedan fuerzas.
—Eres un agua estas, Melek.
—Es hora de irnos. Exen no tardará en regresar.
—Ese idiota no puede hacerme nada —escupe, riéndose.
—Solo te defendí, hermanita, pero no volveré a hacerlo si no te comportas.
—¡Nunca me dejan divertirme!
Entreabro los ojos para observarlos. El otro sujeto está de brazos cruzados, mirando a la
pelirroja con fastidio. El parecido entre ambos es sorprendente; si tuviera el cabello largo,
no sabría decir quién es quién.
—¿Crees que soy tu maldito juguete, Aradia? —la voz reprochadora de Exi llega desde
la distancia; aparece sudoroso y agitado—. ¡¿Qué mierda hiciste?!
—Solo jugué un poco.
—¡Estás loca! —se acerca a mí deprisa; sus manos frías toman mi rostro para
inspeccionarlo, y el frío me obliga a cerrar los ojos—. Si no te golpeé fue porque eres mi
maldita hermana.
—Wow, qué suertuda soy —carcajea, como si fuera el mejor chiste del mundo.
La molestia me recorre; aprieto la mandíbula y los puños. Su risa zumbona se diluye
hasta que lo único que oigo son jadeos de súplica.
Mis oídos se llenan de gemidos desesperados. Abro los ojos para contemplar la escena: el
rostro de Ara está enrojecido por la falta de aire; araña su propia garganta como si eso
fuera a calmar su ahogo. El semblante de Exen es inexpresivo, como si no entendiera lo
que ocurre; igual que el otro tipo. El chico frente a mí me mira, da un paso atrás al
verme. No sé qué cambió en mí; mi único objetivo es que esa arpía deje de respirar.
Endurezco la mirada. La veo otar, como si alguien la agarrara por la garganta, pero ese
alguien parezco ser yo, sin moverme. Sus pies patalean por la desesperación.
—Alya, basta. No es la manera.
—La verdad, se lo merece.
Escucho la voz del muchacho parecido a la tipa. De reojo veo a Circe observarme; su
cuello está amoratado y puedo apostar que aún se recupera del ahogo.
¿Por qué debería mostrar piedad?
Ella hizo que mi peor miedo se repitiera mil veces.
Nadie tiene compasión por mí… ¿por qué mierda debo tenerla yo por ellos?
Veo todo borroso por las lágrimas. No dejo de apretar los puños; siento mi propia
sangre deslizarse por las palmas y caer sobre la tierra.
—Alya, detente, por favor. Mírame; tú no eres como ella.
—Si ella no la mata, lo haré yo.
Dejo de jarme en la arpía al escuchar la voz ronca que se acerca desde unos metros; su
cabello negro brilla bajo la luz de la luna. Su rostro se endurece al contemplar la escena.
¿Cómo no pude percibir su presencia antes?
Escucho la bocanada de aire que arranca Aradia, seguida de una tos infernal; espero que
le esté ardiendo hasta la maldita alma. Está de rodillas, intentando recuperarse. Vuelvo la
atención a Häel: se acerca despacio, la mirada clavada en la chica que aún lucha por
respirar.
Con el entrecejo fruncido y un semblante demoníaco, no sé si lanzarme a sus brazos o
esconderme bajo la primera piedra que encuentre. Está furioso. Se nota a kilómetros.
Y, aun así, no puedo evitar jarme en cómo algunos mechones le caen sobre la frente.
¿Por qué, incluso con la cara de quien en cualquier momento va a matar a alguien, puede
verse tan jodidamente guapo? La corona de espinas lo hace imponente; los primeros
botones de su camisa negra están desabrochados y asoma el tatuaje del ojo en su pecho.
—Una maldita razón para no cortarte el cuello ahora mismo, Aradia.
Su voz me estremece por completo. Nadie respira; al oír ese tono ronco, suelto un
suspiro sin querer.
La pelirroja lo mira suplicante, con las manos en la garganta que ya se le ve amoratada;
parece incapaz de hablar.
—S-soy t-u h-erma-na —tartamudea.
—Respuesta incorrecta. Me importa una mierda.
Giro la cabeza cuando Häel levanta la mano. Nadie se interpone. Pueden ser hermanos
y odiarse, pero cada quien tiene sus límites. Suena un impacto sordo; los huesos crujen.
Pre ero no ver más hoy, por el bien de mi estómago, que empieza a revolverse.
—¿Alguien más que quiera morir el día de hoy?
—Soy demasiado hermoso para morir —responde el chico junto a mí.
—A mí ni me mires; solo la acompañaba y ella se volvió loca.
—No quiero que estés cerca de lo que es mío, Melek.
—Tranquilo, no te odio tanto como para hacerle daño a tu mujer y a tu crío.
Miro al pelirrojo. Es cierto que no me hizo nada directo, aunque pudo detener a su
hermana antes de que me hiriera. Ahora que lo pienso: todos ellos son hermanos de Häel.
Exen dijo que hay siete príncipes del in erno.
¿Eso quiere decir que mi demonio acaba de matar a uno?
¿Por mí?
Capítulo 33

ALYA

—¿Qué mierda estaban tratando de hacer, Exen? —el gruñido cargado de ira me saca de
mis pensamientos.
—Solo íbamos a ayudar a Tamara.
—¿Con un puto exorcismo o qué?
—No es un exorcismo, era un conjuro.
—¡Tú cierra la maldita boca!
Mi prima aprieta la mandíbula y baja la cabeza. Yo me quedo callada, sin ganas de
convertirme en su próxima víctima.
—No te enojes, solo salió un poquito mal… e invocaron a este cabrón —Exen señala al
chico que se hace llamar Melek.
—No me invocaron. Estábamos cerca y sentimos las vibras. Imposible no acercarse;
cualquier ser pudo haberlo hecho. Era como una bola luminosa que atrae a los mosquitos.
Miro a Häel cuando niega, molesto. Trago saliva: ni siquiera me dirige la mirada. Sé que
también tengo culpa, pero Rean está bien. No nos pasó nada grave.
—Lo hicieron todo mal. Para eso se necesita otro cuerpo.
—¿Otro cuerpo?
—¿Dónde creen que va a quedarse el alma que saquen? —pregunta con evidente sorna.
—Ah… no pensé en eso.
—¡No pensaron en nada! ¡Te dejé cuidando a Alya!
—Estaba aquí, protegiéndola como me pediste.
—¿Protegiendo? —la sonrisa de incredulidad que le dedica es helada, cargada de furia.
Sus pasos se aproximan al chico, que aún se ve tenso y maltrecho por los golpes de sus
hermanos—. Si yo no llego, Aradia la hubiera matado. Era más que capaz de hacerlo.
—¡Pero estaba yo aquí, joder! ¡No iba a dejar que les hiciera daño!
—¡Es que no entiendes que ya lo había hecho, jodido idiota!
El empujón del hermano mayor envía al menor contra un árbol. Siento la garganta
seca, quisiera gritarle que no se desquite con él, pero la voz se me atasca. Las venas
marcadas en los brazos de Häel muestran cuán furioso está, y yo parezco una estatua
clavada en el suelo.
—Basta. Ara no volverá a molestar. La chica está bien. ¿Por qué no te relajas, Häel?
—No me toques. —El pelinegro sacude el brazo con brusquedad. Melek levanta las
manos en señal de paz, niega con la cabeza y se aleja.
—Mátense entonces. Siguen siendo unos críos de mierda —murmura con frustración.
Me debato entre intervenir o no. Hablan de mí y de Rean; sé que el rey del in erno
está echando fuego por esa misma razón, pero… no sé qué decir.
Exen muerde su labio, culpable, aunque no sea del todo su responsabilidad. Circe y yo
fuimos las que investigamos para que todo saliera bien y terminó peor. Además, le
rogamos que no le contara nada a su hermano y estuviera presente para “asegurarnos” de
que fuera más seguro. Todo resultó al revés.
La presencia de Häel se intensi ca; sé que es porque se aproxima. Me muevo inquieta,
temiendo lo que va a decir. Sin embargo, hubiera preferido que escupiera espuma por la
boca antes que hacer lo que hace.
Sin levantar la mirada, siento cómo me toma en brazos al estilo nupcial. Trago saliva
mientras lo observo de per l: mantiene la vista al frente, la mandíbula rígida.
—Häel…
—No quiero hablar ahora, Alya. Estoy jodidamente furioso.
—No tienes que hablar. Lo que debes hacer es soltarme.
Él suelta una carcajada burlona mientras, poco a poco, dejamos atrás a los demás. Cada
paso que da me crispa aún más. No sé si me irrita más que se ría en mi cara o que me trate
como un objeto que puede cargar de un sitio a otro sin quejarme.
—Häel, bájame al suelo —ordeno, temblorosa—. Me estoy enfadando.
—¿Ah, sí? —el hueso de su mandíbula tiembla de rabia—. Mira, mi reina, así sabes qué
se siente que te toquen los cojones.
Me incorporo con las manos en su pecho y trato de apartarlo. No quiero moverme
bruscamente por miedo a caer, pero tampoco siento que le haga nada: sigue caminando
como si no fuera una culebra retorciéndome.
—¡Bájame! —grito, golpeándole los hombros.
—Alya… —gruñe, con una advertencia implícita en su tono—. Estás jugando con
fuego.
—Y tú con mi paciencia. ¡Suéltame!
Sus labios esbozan una mueca de dolor. Con calma me deposita en el suelo antes de
llevarse la mano al hombro y palmearlo varias veces. Cuando se detiene, un hilo de humo
se escapa de su camisa. Atónita, bajo la mirada a mi mano: no hay fuego… pero está
ardiendo.
La culpa me inunda. ¡Lo hice sin querer! Estoy a punto de disculparme, pero al volver a
mirarlo a los ojos lo único que me apetece es salir corriendo y esconderme en el agujero
que se tragó a Tam.
—¿Me has quemado? —masculla, apretando los puños.
Trago saliva. Miro por encima de su hombro y veo a Exen acercándose, pero alzo una
mano para que se detenga. Quiero creer que a mí no es capaz de dañarme, pero tampoco
quiero que descargue su rabia en el castaño como chivo expiatorio.
Me da igual lo sobrenatural que sea este demonio. Soy la madre de su hijo: lo mínimo
que merezco es respeto por lo que quiero o no quiero hacer. ¡Si no le enseñaron modales,
lo haré yo! Y, de paso, que aprenda que los problemas se hablan, no se aparcan hasta que
se olvidan ni se tapan con sexo. Por muy delicioso que sea.
—Sí —alzo la barbilla—. No era mi intención, pero parece que es la única forma de
que me prestes un mínimo de atención y dejes de comportarte como un animal. ¡Tamara
ha caído en ese hoyo! No pienso dar un solo paso hasta que sepamos que está bien.
—¡Me importa un carajo la pelirroja y el sin cuerpo!
—¡Son mis amigos!
—¡Me importa una mierda! —brama, acortando la distancia—. Tus amigos me valen
mierda. Por mí, que la estén torturando donde diablos haya ido. ¿Sabes lo único que me
importa, eh? ¡Esto!
Señala mi vientre con ambas manos y, despacio, asciende hasta mi rostro. Aprieto los
labios, conteniendo las ganas de llorar.
—Si hubiera sido por mí, ni siquiera los conocerías —masculla junto a mi cara—. Te
habría tenido en el in erno conmigo hasta que dieras a luz a mi hijo. Si quieres jugar a la
bruja salvadora de desgraciados inútiles, hazlo cuando no lleves a mi heredero dentro.
—Lástima que también sea mi hijo —replico, sin dejar que los temblores me venzan—.
Lástima que yo sea una persona con emociones, sentimientos y vida. Me destrozaste los
sueños al no dejarme continuar mis estudios porque al condenado rey del in erno le dio
la gana adelantar su recipiente. ¿Es eso lo que querías? ¿Un cuerpo sumiso que te
obedeciera sin rechistar y pariera a tu heredero? Haber elegido a otra; ¡tenías miles! ¿Sabes
lo que es cargar con un bebé que, aunque amo profundamente, no sé cómo demonios
concebí? ¿Tener lagunas en gran parte de mi historia? ¿¡De mi propia historia!?
—¡Te dije que lo irías…!
—¡Cállate! ¡Estoy harta del maldito discurso de que lo sabré en un futuro! ¡Han pasado
casi seis meses y no sé una mierda! ¡Me robaste mi vida y ni siquiera sé por qué!
No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que las lágrimas me nublan la vista. Me
las aparto de un manotazo, sin entender qué carajo anda mal conmigo. No sé qué me
hizo explotar: si que me haya dejado aquí sola, que no me acompañe en mi
autodescubrimiento, que solo venga a buscarme para tener sexo o que me considere una
incubadora con piernas. Pero ya no puedo más.
Todo cuerpo, humano o sobrenatural, tiene límites… y yo he rebasado el mío.
—Estoy harta —susurro, sorbiéndome la nariz—. Tan, pero tan harta… No tienes idea
del horrible sentimiento que despiertas en mí cuando vienes aquí con tus ínfulas de
todopoderoso y todos tenemos que agachar la cabeza. No soy una de tus siervos, Häel. Ni
siquiera me consideras una igual.
—Eso no es cierto.
—¿Así tratas a tus iguales? —lo señalo con desdén—. No. Así tratas a tus lacayos. Una
incubadora y una esclava sexual: eso soy para ti. A veces pienso que, si hubieras
encontrado la forma de traer a Rean sin conocerme, lo habrías hecho. No te importo,
Häel. Y no es justo. No lo es. Porque tú me importas demasiado.
Él mira mis manos. Por primera vez desde que lo conozco, es incapaz de mirarme a la
cara.
Bufo, sin poder dejar de llorar. Doy un paso atrás cuando él intenta acercarse. Al mirar
hacia el hoyo, veo a Circe y a Exen cerca, revisando. Mi prima parece notar mi mirada;
conecta la suya con la mía, me dedica una sonrisa tensa y un leve asentimiento: ellos se
encargarán de recuperar a Tam y Blaze.
Le devuelvo el gesto y doy media vuelta.
—Entendido, señor —musito, empezando a caminar—. Me iré de aquí. Pero lo haré
por mi propio pie.
Durante todo el trayecto a la habitación intento contener las lágrimas, aunque él no
pueda verlas caminando tras de mí. Sé que hice mal. Sé que debo cuidarme en mi estado.
Pero jamás imaginé que su hermana loca intentaría matarme. Solo quería devolverle una
vida digna a mis amigos. Tam y Blaze no merecen no poder coexistir a la vez; son los seres
más increíbles que he conocido, y se perdieron el uno al otro.
¿Cómo puede decir que le importa una mierda Tam? Sin ella, Blaze habría desaparecido.
No tiene sentimientos. O peor: los tiene podridos.
Sin embargo, al entrar en la habitación, una tristeza profunda me invade. Es como si
hubiera abierto una compuerta dentro de mí, como si alguien hubiera apretado un
interruptor y, de pronto, todo mi interior necesitara frío para no convulsionar.
Ni siquiera soy capaz de contener los sollozos. O bueno: ni lo intento, más bien. Todo
mi cuerpo tiembla cuando me dejo caer sobre la cama, sentándome en el borde mientras
cubro el rostro con ambas manos.
Quiero irme… necesito irme.
—Me has humillado.
Alzo la cabeza despacio. Su presencia invade la estancia: demasiado oscura, demasiado
violenta para poder lidiar con ella.
—¿Eso es lo único que te importa ahora, Häel? ¿Que haya herido tu ego delante de tu
hermano pequeño?
Me pongo en pie con brusquedad para acercarme, pero ni por asomo tengo la misma
adrenalina que en el bosque. Si pudiera creer que no piensa así, que me equivoco y que
para él yo signi co lo mismo que él para mí… lo perdonaría sin dudar. Solo quiero que
vea en mí algo más que carne. Quiero saber qué ve realmente.
—¿Entiendes la gravedad del asunto? —sus manos aprietan mis brazos; sus ojos, llenos
de furia, se clavan en los míos—. ¡Si no hubiera llegado yo, ahora mismo no estarías aquí!
¡Habrías muerto! ¿Por qué no pensaste en lo que podía pasar? No solo podían aparecer
Aradia y Melek, sino demonios externos que no están bajo mi control.
—Me estás lastimando —murmuro entre dientes.
—Así no se te olvidará que estás tratando con el rey del in erno —susurra rozando mis
labios.
—¡Que se está comportando como un maldito imbécil!
Intento empujarlo, forcejeo para zafarme de su agarre. Doy un paso atrás, tentada a usar
alguno de mis hechizos contra él. Su presión cede por un instante y, cuando creo que por
n va a soltarme, su mano se cierra en torno a mi garganta.
Veo sus ojos: glaciares negros, sin emoción. Son cuencas vacías, distintas a las que
conocía. No parece Häel. La ira lo consume. Su cuerpo vibra; las venas se marcan en un
rojo incandescente bajo la piel.
—Soy tu rey y me debes respeto.
Aferro sus muñecas y apoyo la otra mano en su pecho. Puede ser quien demonios
quiera, pero por muy enfadado que esté, no son formas de hablarme ni de tratarme. En
un parpadeo su cuerpo impacta contra la pared; la tapicería y el hormigón se abollan,
dejando un boquete.
—Te devolveré el mismo maldito respeto que tú me muestres.
Häel levanta la cabeza; el cabello le cae sobre los ojos, y yo trago saliva al verlo
incorporarse sin un solo rasguño.
Muchas veces dejo que pasen por encima de mí, que me pisoteen porque no me gusta
defenderme. La violencia no se borra con más violencia. Pero ahora que puedo actuar, no
dudo en protegerme, aunque él sea más poderoso. Entreno hasta volverme más fuerte.
Tras el ataque de hoy debo tapar mis puntos débiles y trabajar en ellos para que la
próxima vez no necesite que me salven. Sé que puedo sola; solo tengo que aprender. Mis
miedos no pueden dominarme. Si los entierro en el rincón más recóndito de la cabeza,
no podrán encontrarme. Contarlos les quita peso. Necesito confesármelos a mí misma,
porque no sé cómo reaccionará el demonio si le con eso que sueño, una y otra vez, con
que me arrebatan a nuestro hijo.
Coloco una barrera frente a mí justo cuando el hombre, con la respiración agitada,
arremete de nuevo. Sus manos golpean el escudo invisible ante mi rostro y me mira como
si quisiera matarme. Sé que lo he herido, pero no entiendo por qué actúa así. Ladeo la
cabeza, buscando sus ojos oscuros.
No es él.
No parece él.
—¡Quita esta maldita mierda! —ruge, golpeando el escudo.
Arremete con furia contra la barrera. Me sorprende que nadie se acerque con el
estruendo que está armando; su respiración es la de un toro, y todo su cuerpo irradia la
rabia que lo devora. Verlo descontrolarse porque no puede atravesar el escudo me llena
los ojos de lágrimas. Lo observo lanzar y destrozar todo lo que encuentra a su alcance: la
lámpara vuela contra la pared, el espejo donde me miro cada mañana queda hecho añicos
en el suelo, y los libros que tanto he leído terminan esparcidos, desgarrados.
Se aproxima de nuevo, jadeante, y me ja la mirada. Parpadeo, tratando de contener las
lágrimas, acaricio mi vientre y él se detiene en el gesto. Ese simple movimiento parece
encender algo en su interior: pestañea varias veces como si luchara por recuperar el
control.
Como si estuviera en una guerra interna.
—¿Qué te sucede?
—Sácame de aquí… no puedo estar aquí —su voz es apenas un susurro; se nota el
esfuerzo titánico que hace por hablar.
Apoya la frente contra la mía sin apartar los ojos. A cualquiera le daría pavor verlo así:
su altura, su porte, el aura oscura que lo envuelve.
No negaré que me asusta, pero sé que este no es él. No es el hombre que cada noche se
aferra a mi cuerpo en silencio, creyendo que no lo noto. El que mató a su hermana por
atentar contra la vida… de su hijo.
No sé qué despierto en él, pero sé que el Häel que conozco no dañaría a nuestro
diablillo.
La puerta de la habitación se abre de golpe y cuerdas invisibles lo inmovilizan,
obligándolo a detenerse. Salimos de allí y entramos al cuarto contiguo. No importa: este
lugar está lleno de habitaciones para invitados. La estancia es prácticamente igual: una
cama grande, un mueble, un espejo. Lo único distinto es el enorme ventanal que deja
entrar la luz de la luna.
Disuelvo la barrera justo cuando su cuerpo exhausto se desploma de rodillas frente a mí.
Paso los dedos por su cabello húmedo de sudor, peinándolo hacia atrás. No se mueve ni
un centímetro, la cabeza gacha, inmóvil. Decido guardar silencio unos minutos, hasta que
poco a poco siento cómo la tensión abandona su cuerpo.
—No podía tranquilizarme.
—Ya pudiste hacerlo —susurro, acariciando sus cabellos oscuros.
—No podía… nunca me había pasado. Nunca me había sentido así. Solo quería
romperlo todo.
—Y lo hiciste. Ahora tendrás que arreglar mi habitación —trato de sonar ligera, como si
fuera una broma, para disipar el aire denso.
Alza la cabeza y me encuentro con esos ojos grises que tanto me gustan. La negrura ha
desaparecido y, por n, vuelve el demonio que reconozco.
—Nunca me había ocurrido —repite—. Fue como si algo se adueñara de mi cuerpo.
—Ya venías molesto desde antes.
—Venía enfadado y dolido, sí; pero no tanto como para reaccionar así. No quería
hacerte daño. Pude lastimarte.
Dolido.
Un espasmo me sacude el pecho. Nada puede dolerle. Dudo que algo sea capaz de
herirlo.
—Por favor, ya —suspiro, agotada, y camino hasta la cama, que parece mucho más
cómoda que la otra—. Estoy cansada y me duelen los pies.
Al principio, no viene conmigo. Por un instante, incluso dudo que siga en la
habitación. Al menos hasta que noto cómo el colchón a mi lado se hunde. Agradezco que
no haga el más mínimo intento por tocarme, porque no sé si lo que me corroe es más
dolor o rabia, pero nada bueno puede salir de ahí.
—Necesito ir a ver a mi madre —rompo el silencio, sin girarme.
Lo escucho suspirar.
—Necesito arreglar algunos asuntos primero. ¿No puede esperar, Alya?
—No, quiero verla. Necesito hablar con ella.
—Alya…
—No te estoy preguntando, Häel —musito, aguantando las ganas de llorar—. Te
informo de que necesito ver a mi madre.
Silencio. Uno tenso. Quiero girarme, abrazarlo y hundir la cara en la curvatura de su
cuello. Quiero que me asegure que Tam está bien. Quiero que niegue con contundencia
todo lo que dije en el bosque, que declare que no es real y que, aunque sea imposible por
ser el rey del in erno, el sentimiento que tengo hacia él es recíproco.
Pero, en su lugar, solo recibo un:
—De acuerdo.
Y yo únicamente puedo hacerme pequeñita, arropada contra mí misma, pensando que
nunca me sentí tan lejos de él… y de mí misma.
Capítulo 34

HÄEL

Ni en mil mundos haría algo que pudiera dañarla.


Puedo ser un infame, un demonio sin escrúpulos ni sensibilidad, un rey que disfruta
desmembrando las almas que se me ofrecen como entretenimiento. He visto arder
ciudades, he gozado lo inimaginable con los gritos de los traidores, he hundido reinos
enteros en la desesperación más absoluta solo por aburrimiento...
Ese soy yo. Eso siempre fui. A eso me condenaron.
Pero no con ella.
Todos tenemos una grieta, y la mía es esa bruja. Desde el instante en que su existencia
fue concebida, el in erno dejó de ser su ciente. Nada me sacia cuando no está cerca.
Nada me importa si no puedo hundirme en el brillo mordaz de sus ojos, en esa manera
feroz con la que me desafía aunque tiemble por dentro.
Alya es la única que me enfrenta sin medir las consecuencias. La única capaz de gritarme
que soy un imbécil cuando el resto del universo se inclina ante mí.
Puede que sea su in erno, sí. Pero también su maldito guardián.
Lo que siento por ella no es amor. El amor es frágil, humano, efímero. Lo mío es
hambre, condena, destino. Si Alya cae, caigo yo. Y aunque nunca lo admitiré en voz alta,
cada vez que me grita o me reta, me encadena más fuerte a ella.
Mi alma gemela.
Mi debilidad.
Mi ruina.
Mi única verdad.
No suena bien en mi boca —¿quién soy yo para hablar de fragilidades?—, pero la
verdad no cambia por más que intente endurecerla. No hay hierro que temple este
sentimiento. Cuando pienso en mi reina, algo se deshace dentro de mí y solo queda la
necesidad salvaje, primitiva, de protegerla.
Me enviaron al Averno para torturar... y terminé necesitando salvar.
Salvarla a ella.
De todo. Incluso de mí.
La observo mientras se cepilla el cabello. Lleva un vestido color vino, sencillo, pero con
un encaje que la hace ver... distinta. La pequeña curva de su vientre dibuja su silueta.
Podría usar una palabra que detesto pronunciar, pero ahí está: se ve... adorable.
Maldita sea. No estoy hecho para mirar con ternura.
Apenas me dirige la palabra. Se mueve por la habitación sin mirarme, como si mi
presencia fuera la de un insecto.
Aunque me culpo por lo ocurrido en su cuarto, sigo sin entender por qué actué así. No
me sentía yo. Era como si algo extraño hubiera entrado en mi cuerpo y lo manejara a su
antojo. Cuando ella usó sus poderes para sacarme de allí, sentí un alivio inmediato, como
si me arrancaran un peso del pecho.
Últimamente suceden cosas para las que no hallo explicación, y eso me enfurece. ¡Soy el
rey del in erno, carajo! Nada puede herirme; nada puede enfrentarse a mí. Debo estar
siempre un paso adelante de mis enemigos, aunque esos enemigos sean mis propios
súbditos... o mis propios hermanos.
Aradia cometió el peor error de su vida al ponerle una mano encima. Intento no pensar
demasiado en ello, porque con solo imaginar lo que pudo hacerle antes de que yo llegara
me hierve la sangre y me entran ganas de devolverla a la vida solo para matarla de una
forma aún más cruel.
Son mis hermanos, sí. Pero nadie está por encima de ella. Nadie, en este maldito plano,
está por encima de mi reina.
Dejé a Horns a cargo del inframundo. Para mis desgracias y migrañas, las tensiones allá
siguen creciendo. Por eso no he estado tan pendiente de Alya y del bebé... pero lo que
pasó ayer me hace no querer apartarme nunca más del condenado aquelarre.
Confío en Exen. No lo habría dejado aquí en primer lugar de no ser así. Pero ayer
estuve a un suspiro de borrarlo de la faz de la tierra por no haber sido capaz de protegerlos
como debía.
—Häel, quiero carne.
Salgo de mi ensoñación al escuchar el débil murmullo de mi mujer y sentir sus dedos
aferrarse a mi brazo, reclamando atención. Es la primera vez desde el incidente que me
dirige más de un monosílabo... y que me toca sin que sea por accidente.
—Vamos a la mesa; ahí tendrás tu desayuno.
La rabia me arde al ver todavía el rastro de enfado en sus ojos. No ha cedido desde
anoche, cuando tuve que bloquear sus pensamientos por la cantidad de barbaridades que
me lanzó... contra mí y contra cada rama podrida del in erno.
Y lo peor no fueron los insultos. Eso podía soportarlo. Lo que me atravesó como una
daga fue su tristeza. Cada palabra empapada de dolor me golpeaba el pecho como hierro
incandescente; cuanto más intentaba resistirlo, más me hundía. Tuve que apartarme de su
mente, porque si seguía escuchando, iba a abrirme la caja torácica para entregarle mi
corazón como sacri cio.
—¿Muffins de chocolate?
—Los habrá.
—¿Arándanos?
—También.
Carajo. Con tal de que vuelva a hablarme, desmembraría al bastardo que me pidiera y se
lo serviría en bandeja de plata.
Me sostiene la mirada con dureza. Uno, dos, tres segundos... y luego la aparta, como si
no mereciera más atención, asintiendo apenas antes de abrir la puerta.
—Alya...
—Tengo hambre —gruñe, esquivando mi intento de detenerla—. Rean se despertó con
mucha hambre hoy.
Suspiro, siguiéndola escaleras abajo. Jamás creí que terminaría corriendo detrás de
alguien —menos de una mortal— como si la vida se me fuera en ello.
Pero... mierda. Es que lo hace. O volvemos a ser los de antes, o voy a enloquecer.
—Entonces vamos a cumplirle los antojos a Der Prinz.
Se detiene en seco al pie de la escalera y se vuelve hacia mí. Si no hubiera estado
pendiente de cada paso suyo, habríamos chocado.
—¿Qué signi ca? —me interroga, frunciendo el ceño.
—Debes aprender los idiomas que hablo.
—Hablas demasiados. Mejor dime qué dijiste.
Maldita obstinada.
—“Príncipe”, en alemán.
Sus ojos azules se iluminan mientras acaricia su vientre.
—Lo será. —Baja la mirada hacia su abdomen redondeado y luego vuelve a alzarla; algo
en mi interior se enciende cuando su ereza se suaviza apenas—. ¿Me dirías algo a mí?
—¿En qué idioma?
—En el que quieras.
Pienso unos segundos, sin apartar los ojos de los suyos. Centenares de frases me
recorren la mente: sobre su cuerpo, la curva hermosa de su vientre, sus pechos, su lengua
venenosa y cruel...
Pensamientos intensos. Siniestros. Perversos. Todo lo que despierta en mí y todo lo que
quiero hacerle.
Pero, cuando abro los labios, lo que sale es lo más sincero de mi pecho:
—Das Funkeln in deinen Augen lässt mein Herz rasen. (El brillo de tus ojos hace que mi
corazón se acelere).
Las comisuras de su boca se arquean en una diminuta sonrisa, y el maldito resplandor se
intensi ca, como si comprendiera exactamente lo que acabo de confesar. Mis latidos
golpean con fuerza, queriendo romperme las costillas para alcanzarla.
Hay una parte de mí que querría encerrarla en una torre custodiada por cien mil
guerreros, asegurarme de que nada ni nadie pudiera rozarla. Ni siquiera el aire. Porque si
llegara a perder ese brillo, si la sombra de la tristeza volviera a teñir su mirada...
incendiaría este mundo miserable.
Y aun así, comienzo a entender que no puedo. Alya no es alguien que se deje encadenar,
menos ahora que empieza a comprender el poder que dormía en su interior.
Pero no puede culparme por intentarlo.
No puede culparme por querer protegerlos a ambos.
No es inmortal.
Las brujas mueren. Cumplen su ciclo. Se desvanecen.
Y yo no voy a permitir que nadie me arrebate a mi mujer antes de tiempo.
—¿Y eso... qué signi ca?
Sonrío de lado.
—Te lo dejo de tarea.
La protesta muere en sus labios en cuanto ve la comida. La observo acercarse a un trozo
de carne apenas cocida y, sin esperar permiso, lo muerde con ansia. Cierra los ojos
mientras mastica, como si aquel bocado la redimiera del in erno entero. Es normal que
su apetito aumente con los meses de gestación, pero no deja de ser hipnótico
contemplarla entregarse a ese deseo.
Me apoyo en el marco de la entrada con los brazos cruzados, sin apartar la mirada
mientras va probando distintos platos. Decidí cerrar el comedor y, aunque pueda sonar
excesivo, sé lo mucho que la atormenta el tema de la carne. Nunca lo confesó en voz alta,
pero lo deduje... y lo escuché. Oí la vergüenza en sus pensamientos.
Se siente más cómoda sin miradas encima, y respeto esa elección. No son solo sus
antojos: son los de Rean. Él pide carne cruda y sabores inusuales; ella, con tal de saciarlo,
los acepta.
El nombre que eligió para nuestro hijo me complace. Me da paz que, después de todo,
lo reconociera como suyo y le regalara un nombre. Rean. Príncipe del in erno. Digno de
lo que será: mejor soberano de las tinieblas que yo.
El sonido sutil del corazón de mi diablillo y los movimientos en su vientre se perciben
desde donde estoy. A veces me sobrecoge la idea: un pequeño yo. Dar vida en lugar de
arrebatarla. No sé cómo ser padre. No sé si estas manos, acostumbradas a destruir, sabrán
sostener algo tan frágil. Pero lo intentaré.
Aprenderemos juntos. Alya y yo.
Me acerco y me coloco a su lado. Apenas ha probado la mitad de lo servido, pero va
picando de todo, mordisco tras mordisco, como si quisiera retener cada sabor.
Mi mirada desciende a su vientre, y vuelve a asaltarme esa sensación: parezco un
maldito débil incapaz de asimilar que va a ser padre. Me alegra, sí... pero también me
aterra.
El in erno conspira contra mí y no puedo permitirme fallar. Aunque Abrahel me
aseguró que todo saldría bien, algo me carcome por dentro. Alya no sabe nada. En algún
momento lo descubrirá —cuando visite a su madre—, y pre ero que sea ella quien lo
escuche de los labios que le dieron la vida. No de los míos.
El nacimiento está cada vez más cerca. No puedo estar con la pelinegra tanto como
deseo, por lo que pronto tendré que llevarla al inframundo. Y sé que se resistirá hasta
hablar con su madre. Lo entiendo: esa mujer no acepta nada de lo que rodea a su hija.
Tiene motivos. Pero ahora hay otra vida en juego. En algún momento también fue joven,
y lo que pasó no es culpa de Alya.
Además... su hija ya es más mía que suya. Y de eso no pienso arrepentirme.
—¿Puedo preguntarte algo?
Salgo de mis pensamientos al escuchar su voz más cerca; sus ojos, jos en los míos,
reclaman respuesta.
—Por supuesto —me acomodo en una silla apartada de la mesa.
—La carne que suelo comer... —empieza despacio, chupándose un dedo—. Es de
animales, ¿cierto?
—De ne “animales”.
—¿Cómo que “de nir”? —frunce el ceño—. ¡Pues animales, Häel! Vacas, caballos,
conejos... lo de siempre.
—Conformate con saber que es buena carne.
—¿De animales? —repite, insistente.
Ruedo los ojos. ¿Para qué quiere saberlo? Si le gusta, que lo coma y ya.
—Todos son animales para mí.
—¿Yo también? —inquiere, arqueando una ceja y cruzando los brazos bajo el pecho.
Mi respiración se agita apenas. Mis dedos aprietan con fuerza los brazos de la silla,
luchando contra el impulso de arrastrarla hasta mí. El espacio que exige me está
destrozando.
—Du bist meine Königin. (Tú eres mi reina).
—¿Qué dijiste? ¿“Perra”?
—No. —Sonrío, disfrutando de sus ocurrencias, porque me encanta hacerla enfadar.
—¡Odio que me hables en idiomas que no entiendo! —chilla, dándome un manotazo
en el pecho—. Tú hablas mi idioma, yo no los tuyos. ¡El que debe adaptarse eres tú!
«Me duele que nunca hagas un mínimo esfuerzo por entenderme. Estoy loca por un ser
idiota, egocéntrico e incapaz de amar.»
Alzo las cejas y, sin pensar en las consecuencias —cuando aún no comprendo cómo su
magia pudo quemarme si nada debería dañarme—, la tomo del mentón y la obligo a
mirarme. Sus iris ya no son del azul que siempre devoré; brillan púrpuras, encendidos por
toda la furia, la tristeza y el poder que lleva dentro, como si hubieran despertado de golpe.
Durante unos instantes quedamos atrapados en las pupilas dilatadas del otro, sin
parpadear. Esos ojos me embrujan: quiero besarla, someterla a mi voluntad y no soltarla
jamás.
Me urge tenerla conmigo en el Averno. No me importa que aún no termine su
entrenamiento; lo hará después del nacimiento de nuestro hijo. En cuanto regrese de
visitar a su madre, la llevaré conmigo y la presentaré como la reina que es ante todo el
in erno. Y, si tengo que segar algunas vidas ese día, lo haré encantado. Serán ofrendas a
mi mujer.
—¿Me vas a besar? —pregunta.
Sonrío al percibir esa mezcla absurda y magnética de necesidad y urgencia en su voz.
Rozo sus labios, tanteándola, y sus ojos se cierran con ese gesto mínimo, como si, bajo
toda esa maraña de rabia, hubiera en realidad un anhelo reprimido.
Yo estoy peor.
—¿Quiere mi reina que la bese?
Entreabre los ojos, con un matiz cristalino en ellos. Trago saliva. Si me dice que no,
tendré que ser civilizado y apartarme para demostrarle que su cuerpo —aunque no salga
de mi cabeza ni un segundo— no es lo único que me importa de ella. Aunque no quiera
soltarla. Aunque, si fuera por mí, levantaría ese vestido y me hundiría en ella hasta perder
la razón.
—Sí —musita—. Sí, quiero.
No necesito más. Mi mano se aferra a su nuca; atrapo su cabello en un puño y estampo
nuestros labios. El beso comienza lento: disfrutamos del roce, del sabor compartido.
Nuestras bocas se encuentran y la llama entre nosotros se aviva con violencia.
Mierda. La echaba tanto de menos.
Le muerdo el labio al separarnos. Abro los ojos y me encuentro con su rostro
encendido; apoyo mi frente en la suya y acaricio su mejilla hasta que nuestras
respiraciones se aquietan.
—Me pones tan malditamente duro.
—Pensé que, por n, ibas a decir algo romántico.
Cuando se aparta, me rasco la nuca con una mueca. ¿Que me excite por ella no cuenta
como romántico?
Quiero decir algo, cualquier cosa que le suavice un poco el humor. Grano a grano, hasta
que su enojo se disipe. Pero ella ignora mi intento de tomarla de la muñeca y se acerca a
la mesa para seguir comiendo.
Aunque usa las dos manos para devorar los platos, parece no percatarse de nada más.
Empiezo a pensar que mi reina necesita lentes. O eso, o Rean se despertó con tanta
hambre que no deja que su madre vea otra cosa que no sea comida.
Horns me consiguió una de las joyas del inframundo. Una de las más especiales. Única
en su especie... como ella.
Cuando le dije que la haría mi mujer frente a todo el Averno, no mentía. No puedo
formalizarlo sin antes entregarle una sortija. Una que represente su rareza: obsidiana
negra y rubí.
—Häel...
Me incorporo al oír su susurro. Su respiración es lenta, acompasada. Me acerco sin
hablar y me coloco detrás de ella, observando cómo acaricia con delicadeza el pequeño
anillo negro con destellos rojos entre sus dedos.
Tal vez suene egoísta, posesivo incluso, pero no pienso hacer la pregunta. No hay
opciones: su respuesta es sí, siempre sí. El “no”, simplemente, no existe.
Se gira para encararme. Aprovecho y sujeto su mano izquierda; el anillo reposa en su
dedo anular. Se lo puse mientras dormía, y ya iba siendo hora de que lo notara.
—Tu corona espera junto a la mía —susurro.
—¿Hablabas en serio?
—Muy en serio. Eres la única mujer que quiero gobernando a mi lado.
Ella cierra los ojos y niega lentamente con la cabeza. Pone una mano en mi pecho, pero
no le permito apartarse. Tiro de su melena para obligarla a mirarme. Dicen que los ojos
son el espejo del alma, y aunque la mía esté podrida, cubierta de cenizas y sangre, necesito
que comprenda que solo sigue en este plano por ella.
Vivo y mato por ella.
—Häel… no sé cómo funcionan las cosas ahí abajo, ni a qué estás acostumbrado.
Supongo que, al tener sometido a cualquier ser vivo existente, no necesitas ni un gramo
de empatía, pero…
—Eres mi reina —la interrumpo con un gruñido tenso. No puede negarse.
—La gente normal habla —susurra con la voz rota—. La gente resuelve sus problemas.
No los entierra bajo joyas o pidiendo… lo que demonios signi que lo que me estás
proponiendo. —Respira hondo, mirándome con dureza—. Tenemos que hablar.
Trago saliva. Mi ojo tiembla, pero no por estrés. Es por miedo.
Carajo.
—Hablemos. Pero eres mi reina.
Chasquea la lengua con un dejo de cansancio.
—Esto es como discutir con un nene de cinco años… —suspira, apoyándose en el
borde de la mesa. Intento acercarme de nuevo; sin embargo, cuando se vuelve, sus ojos
me mantienen clavado al suelo—. Vamos a tener un hijo, Häel.
—Lo sé.
—¿Y qué dirá Rean cuando vea que a su madre no la tratas como una igual?
Mi mandíbula se tensa. Sí la trato como igual. Incluso pongo su vida y bienestar muy
por encima del mío.
—Mira… —bufa, frotándose los ojos—. No quiero hablar de esto antes de ir a ver a mi
mamá. No sé cómo terminará esta conversación, pero veo dos caminos, y no quiero
visitar mi casa con las consecuencias de ninguno de ellos re ejadas en mi rostro.
Aprieto los puños. ¿Va a irse? ¿Así, sin más? ¿Sin decirme que sí? ¿Sin explicarme por qué
demonios cree que no la tengo en cuenta? Sin...
—Mírame —me pide, acunando mi rostro.
Lo hago a regañadientes. Esto es… humillante. No quiero que se vaya. Si quiere hablar,
que sea ahora. Puede ver a su madre en cualquier otro momento. Esto no puede esperar.
Tiene que decir que sí para devolverme el aire.
—Necesito escuchar algunas cosas de parte de mi madre —susurra, acariciando con sus
pulgares mis pómulos—. Y después solucionaremos esto. Pero no en la cama. No con
sortijas. Hablando. Si quieres que sea tu reina, debes demostrarme que mi vida va a
signi car algo más que agachar la cabeza ante ti.
Asiento sin ganas. Tomo sus muñecas y las llevo a mi pecho. Mis dientes rechinan de
tanto apretarlos, pero ella no retrocede.
—Tenemos una conversación pendiente, ¿vale?
—No dejaré ni que te sientes —respondo con la voz baja, pero rme—. En cuanto
pongas un pie…
Ella sonríe, interrumpiendo mi amenaza. Se alza de puntillas y, antes de que pueda
reaccionar, roza mis labios con un beso fugaz que me desarma por completo. Cuando
intento atraparla para profundizarlo, ya se ha apartado.
—Lo prometo, Häel.

Antes de irme del aquelarre dejé a Horns con Alya. Él sería el encargado de
acompañarla a visitar a su madre. No sabía cómo reaccionaría una vez que volviera; tal
vez lo haría con pensamientos distintos a los que tenía cuando me fui. Trataría de
entenderla; no era fácil asimilar lo que su madre estaba a punto de confesarle. Por eso
envié al pequeño demonio con ella. Según sabía, se llevaban bien, y además tenía otros
planes para Exen. Esta vez lo necesitaba a mi lado para contener a la muchedumbre que
se nos venía encima en los próximos días.
Al marcharme, algo me retenía. Quizá eran esos ojos azules que ahora me miraban
distinto.
Apenas puse un pie en el despacho cuando empezaron a bombardearme con toda clase
de problemas que me ponían de mal humor. Uno pensaría que, en el in erno, solo se
trata de robar almas y hacer el mal.
Pero no.
Incluso para robar almas y sembrar el caos hay papeleo. Y, al nal, si existe el bien, debe
existir el mal. Es el equilibrio: blanco y negro, cielo e in erno.
Uno no tiene sentido sin el otro.
O al menos así lo veo yo. Y, hasta donde recuerdo, también lo veía Deus. Aunque sea
un traidor, fue un buen amigo en su momento. Ahora puede pudrirse en toda su maldita
luz si quiere.
—Häel, qué bueno verte de regreso.
—Solo estuve fuera dos días.
Entro al despacho con Exen siguiéndome los pasos.
—Hey, Abrahel —saluda con esa energía absurda de siempre—. Pensé que ya habías
muerto; hace siglos que no te veía.
Ruedo los ojos ante sus idioteces y abro la laptop para revisar los pendientes de la
semana. Quiero dejar todo en orden antes de enfocarme en mi mujer y nuestra
conversación cuando vuelva. Le ordené a Horns traerla directamente al Averno, aunque
se opusiera. Alya puede ser condenadamente terca cuando se lo propone.
—No, no he muerto aún, Exen. ¿Cómo te va? —el ángel de la muerte le tiende la
mano, tan educado como siempre. Como si mi hermano no le hubiera deseado la muerte
hace apenas unos segundos.
—De maravilla —responde, estrechándole la mano antes de dejarse caer en uno de los
sofás. Trato de ignorar su conversación insustancial—. ¿Sabías que voy a ser tío? Al n el
amargado dio su brazo a torcer.
Ruedo los ojos otra vez. Abrahel asiente con calma. Siento su mirada ja unos segundos
antes de que vuelva a posarse en Exen.
—Algo de eso supe —dice, sentándose en la misma silla de antes.
—Ex, recuerda que Abrahel lo sabe todo.
—¡Es cierto! —exclama exaltado, como si le hubieran revelado una gran verdad. A veces
me recuerda a cuando era niño—. Entonces sabías que iba a hacerte esa pregunta
estúpida. —Se acaricia la barbilla, pensativo.
—Ya lo sabía, pero no te preocupes. Estoy acostumbrado.
Remueve unos papeles que trae consigo. No tengo idea de qué está haciendo, pero si
trabaja en lo que le ordené, debería tenerlo terminado desde hace tiempo.
—Está acostumbrado a idiotas como tú —murmuro sin levantar la vista del portátil.
La sonrisa de Exen se borra de inmediato. Me lanza una mirada que intenta ser asesina.
Hago una mueca para disimular la sonrisa sarcástica que amenaza con escapárseme.
—¿Entonces sabes que Häel va a presentar a Alya como su reina o cialmente?
—¿Cómo? —Abrahel frunce el ceño y se gira hacia mí. Ignoro la conversación; dudo
que sea algo que no haya visto.
—¿Me vas a decir que no lo sabías, angelito?
—No, eso no lo había previsto —responde con seriedad, carraspeando mientras enfoca
la mirada en los papeles—. Creí que había quedado claro la última vez que hablamos,
Häel.
—No tengo por qué seguir tus malditas órdenes. Hago lo que quiero —replico, sin
apartar los dedos del teclado ni dignarme a mirarlo.
—Pero sabes las consecuencias.
Levanto la cabeza para enfrentarlo. Sus ojos dorados me atraviesan, como si con esa
mirada quisiera obligarme a entrar en razón. Pero ya tomé la decisión: si el in erno tiene
que arder, arderá.
Si el mundo terrenal debe consumirse, yo mismo le prenderé fuego.
Incluso si eso salpica mi vida personal, es un riesgo que correré.
Por Alya. Por mi familia.
Solo por ellos.
Lo vale. Tal vez pueda cambiar el destino y, si no es así... me la jugaré.
—Lo que tenga que arder, que arda.
—¿Estás loco? —exclama, poniéndose en pie—. ¡El Averno va a enloquecer con tu
decisión!
—Que enloquezcan, entonces. No voy a cambiar de opinión.
—¿Así que te importa una mierda?
—El in erno ya es un caos. Alguien está moviendo los hilos, y si creen que van a
detenerme, están equivocados. Seguiré con lo previsto.
Exen se queda callado en su rincón. Me resulta extraño que ni siquiera pregunte nada,
siendo el chismoso número uno del inframundo.
—¡Es tu maldita vida, Häel!
—¡Ella es mi vida ahora! ¿No lo entiendes? —aviento la silla al levantarme. Me cabrea
que me lleven la contraria.
—¡Tu reino se va a caer a pedazos! Te mostré cómo sería y, aun así, vas a hacerlo —
gruñe, desbordando rabia—. ¡Yo me preocupo por el in erno, por cada rincón, y tú solo
vas a destruirlo todo como si no valiera nada!
—Si tanto te importa, ¿por qué no creas un in erno para ti mismo y lo diriges a tu
antojo? —golpeo la mesa de madera con un puño—. Tú mismo lo dijiste: es mi reino y
yo lo gobierno como me dé la gana.
—No puedes reinar sobre cenizas.
—¿Por qué mierda tienes que ser tan pesimista, Abrahel? —de un manotazo tiro todo lo
que hay sobre la mesa; me importa una reverenda mierda que se pierda o se rompa—.
¡Por una maldita vez que me pasa algo bueno en la vida! ¡Una maldita vez! ¿Y crees que
voy a dejarlo escapar así como así? ¡Pre ero morir!
—¡Y lo harás! —me grita en la cara, furioso. Nunca lo había visto así—. Cuando el
pueblo se desate y te linche, no habrá nadie que te salve.
—Bienvenida sea la muerte.
—Moriremos todos por tu maldita culpa.
Le doy la vuelta a la mesa para acercarme a él. Su cabello rubio está despeinado,
seguramente por las veces que se ha pasado la mano; sus ojos parecen manar sangre. Puede
que Abrahel esté más furioso que yo, pero eso no le da derecho a gritarme como si
fuésemos iguales, cuando no lo somos.
Además, empieza a irritarme.
Lo tomo del cuello en cuanto estoy frente a él y lo alzo; sus ojos se abren más de lo
habitual antes de que lo arroje contra la pared, que se hace añicos al atravesarla. Sabe que
no tiene oportunidad y, si sabía que esto pasaría, es mejor que recoja su dignidad y se
largue.
Que vaya a profetizar mierda a otra parte.
No lo necesito.
—Lárgate. No quiero ver tu asquerosa cara en mi castillo. —La frase sale dura—. La
única razón por la que no te acabé fue por la ayuda que me prestaste en su momento.
Gracias... pero ahora puedes irte a la mierda.
Aprieto la mandíbula y los puños. Por más que quiera golpearlo, exiliarlo o matarlo de
una vez, no lo hago; pre ero que se marche a donde quiera, mientras pueda.
Su cuerpo magullado, cubierto de escombros, se incorpora con di cultad; el tambaleo le
impide enfocarme, y eso que no usé toda mi fuerza. Me señala con un dedo y niega,
como si estuviera decepcionado de mí.
Me importa una reverenda mierda lo que piense.
—Ahora entiendo por qué Deus te exiló del cielo: ibas a llevarlo a la ruina si no lo
hacía. Todo lo que tocas lo destruyes; no lo olvides.
En un parpadeo, su gura desaparece de mi vista; me deja más cabreado que nunca. El
lápiz que apretaba en la mano se parte por la presión. Trato de inhalar y exhalar para
recobrar la compostura: tengo asuntos que resolver y debo mantener la cabeza fría.
—Eso estuvo intenso; parecía un partido de tenis.
—Cierra la boca, Exen, si no quieres que te mande a comer tierra también.
De reojo lo veo hacer un ademán, como si cerrara su boca con un candado. Respiro
hondo y luego ruedo los ojos.
Necesito un jodido trago antes de que algo más suceda.
Capítulo 35

ALYA

Suspiro hondo mientras acaricio mi vientre desnudo con la yema de los dedos. El anillo,
con esa pequeña piedra brillante, contrasta con mi piel. Hoy mi pancita se ve más
redonda que nunca; incluso, de lo cansada que estaba, dormí toda la mañana y parte de la
tarde.
Hubiera pospuesto visitar a mi madre si no fuera porque Horns debe regresar al in erno
por órdenes de Häel. No quiero quitarle más tiempo del necesario ni provocar que el
demonio se enfade con él por mi culpa. Ya he demorado demasiado, practicando algunos
hechizos.
—¿No vas a comer, Alya?
Dejo de revolver los trozos de carne con el tenedor. He probado apenas un bocado; ni
siquiera el tocino me resulta apetecible.
—No tengo mucha hambre, Lyna.
El entrecejo de la anciana se frunce con preocupación. Es difícil de creer que no tenga
hambre: siempre soy la primera en terminar de comer. Pero hoy las náuseas tomaron mi
mañana, dejándome tendida en la cama después de devolver todo lo que había ingerido.
—Ni siquiera tocaste el jugo de arándano.
Esbozo una sonrisa débil antes de levantarme de la mesa.
—Te juro que todo está delicioso, solo que hoy no es un buen día para estar
embarazada. —Acomodo la silla con una mueca; la bruja mayor niega en silencio—.
Debo ir a ver a mi madre. No quiero que piense que me he olvidado de ella. Quizá estoy
nerviosa; no sé cómo reaccionará al verme después de tantos meses… y con mi pancita.
Coloco una mano sobre mi abdomen. El estómago revuelto me provoca dolor de
cabeza. Si no hubiera dormido toda la mañana y parte de la tarde, a estas horas ya estaría
de regreso.
—Yo creo que tu madre entendería si no vas hoy tampoco.
—Tengo que ir. No quiero quitarle más tiempo a Horns.
—Mi niña, si no te sientes bien, es mejor que te quedes aquí. —Acomoda un mechón
de mi cabello detrás de la oreja. Niego con suavidad.
—Solo son náuseas, puedo sobrevivir. Le diré a mi mamá que me prepare mi comida
favorita cuando llegue. —Sonrío con nostalgia al recordarla.
La expresión indecisa de Lyna la entiendo: no está segura de dejarme ir. No debería
preocuparse tanto.
—Te dejaré ir con una condición. —Me señala con su dedo. Sonrío apenas.
—¿Cuál?
—Les haré un portal para que aparezcan justo frente a tu casa y no tengan que caminar
tanto. Además, vas a llevarte un puñado de arándanos secos con chocolate... —Hago una
mueca por eso último—. Y un pedazo de carne.
—Se me va a revolver el estómago.
—Tienes que comer, Alya. Aunque sea un poco. No te dejaré marchar sin probar
bocado.
Suspiro hondo, pensándolo un segundo, aunque en realidad no tengo opción. El
problema es que no sé qué tanto aguante tenga mi estómago. Rean ha estado renuente
con la comida todo el día y no quiero arriesgarme.
—Está bien. —Acepto resignada.
Su sonrisa maternal aparece mientras se encamina a la cocina, donde seguramente
empaquetará la comida. Me siento de nuevo cuando siento una patadita. Acaricio todo mi
abdomen abultado, mirando a la nada. El nerviosismo recorre mi cuerpo.
No puedo creer que hayan pasado casi tres meses desde el incidente con los fanáticos de
la iglesia. De solo recordarlos me recorren escalofríos. Aún no entiendo cómo hay gente
tan enloquecida como para cometer atrocidades contra un ser que ni siquiera puede
defenderse.
Soy consciente de que la mayoría de las iglesias no son tan puras como las pintan.
Dentro ocurren cosas inhumanas. Y no culpo al Altísimo: cada quien es dueño de sus
actos. Aquellos desalmados se ganaron todo lo que les pasó, desde su muerte hasta su
tortura eterna en el in erno.
Ni siquiera creo que hayan hablado con Deus. Simplemente enloquecieron y pensaron
que hacían lo correcto, cuando en realidad solo dictaron su propia sentencia.
—Mi reina, ¿se encuentra lista?
Enfoco al pequeño demonio de los cuernos retorcidos. Si supiera cuánto extrañé su
compañía...
Apoyo el mentón sobre las manos cruzadas en el respaldo de la silla y sonrío al mirar sus
característicos cuernitos.
—Solo estoy esperando que Lyna regrese. Se ofreció a abrirnos un portal justo frente a
la casa de mi madre.
—Eso suena bien. Así usted no tendrá que caminar tanto.
—Puedo hacerlo, Horns. Solo necesito recuperar fuerzas. —Hago una mueca al
moverme; el estómago me duele por las arcadas de la mañana. Mi cuerpo quedó molido.
—Mañana también podría ser un buen día para ir —propone, señalando por la ventana
el sol que comienza a descender—. Además, podríamos salir más temprano.
—Quiero ir hoy, por favor. Así mañana te desocupas y puedes ir a ayudar a Häel...
Y yo podré, por n, hablar con el hombre que me vuelve loca sobre que, si mi destino
es pasar la eternidad con él, lo acepto siempre y cuando deje de enloquecerme. Terminaré
sucumbiendo a algo si no deja de tantear mis límites con su manera infame, tóxica y
aniñada de tratarme.
Pero mi terquedad no es solo por no seguirle robando tiempo al pequeño demonio, o
por querer responderle a Häel que sí, sino porque hoy... hoy necesito más que nunca un
abrazo de mi madre. Que me diga que todo estará bien, como antes. Que me recueste en
su cama, me acaricie el cabello y me deje llorar hasta que el miedo se disuelva un poco.
El terror de no ser una buena madre me persigue. Esas pesadillas —las que no he
compartido con nadie— me devoran. Tal vez Häel las ha escuchado, o quizá no, porque
no ha dicho nada. Pero decidí callar. No quiero preocupar a nadie. Aunque me
atormenten, sé que son solo sueños, cosas que no pasarán. Me he preparado mental y
físicamente desde lo de Aradia. Juro que protegeré a mi hijo y a mí misma con uñas y
dientes, aunque la vida se me vaya en ello.
—El señor pidió que la llevara conmigo al Averno.
—Bien. No me voy a oponer en absoluto. —Le dedico una sonrisa leve.
Es momento de descansar lo que me queda de embarazo. Hay muchas cosas que ya no
puedo hacer bien. Me fatigo con facilidad, los pies me laten de dolor y, según lo que vi en
internet, las náuseas deberían haber desaparecido en los primeros meses. No entiendo por
qué regresan ahora. Tal vez algo me cayó mal.
Además, mi vientre ha crecido demasiado en las últimas semanas. Sé que no es un
embarazo normal, y ese pensamiento comienza a pesarme. Siento el cuerpo agotado,
como si llevara más de un alma dentro. La espalda me está matando.
—Es un alivio, mi reina. No me gusta obligarla a hacer algo que no desea. Ya sabe cómo
es mi señor.
—Tranquilo por eso, Horns. Sé perfectamente cómo es tu señor. —Ruedo los ojos,
provocando una sonrisa en su rostro.
—He terminado —anuncia Lyna desde la cocina.
Me levanto al verla salir con una canasta entre las manos. Eso no parece poca comida.
Reprimo la mueca que amenaza con escaparse y tomo la botella de agua para calmar las
náuseas. El líquido frío desciende por mi garganta y, por unos segundos, me alivia.
—¿Segura de que solo empacaste arándanos, chocolate y un poco de carne? —frunzo el
ceño, mirando la canasta con descon anza.
Lyna ríe ante mi gesto y hace un ademán restándole importancia.
—Tal vez me pasé un poco, pero te va a gustar lo que preparé; metí los postres que más
te gustan.
Suspiro y apoyo una mano sobre el vientre. El vestido de hoy me encanta: es color
cielo; la zona del pecho está cubierta de pequeñas ores del mismo tono que parecen
pegadas a la piel por la tela transparente; las mangas también llevan ores y pedrería. Pero
lo que más valoro es la comodidad: es suelto de los pechos hacia abajo y, aunque largo, me
permite caminar sin problema. Ya estaba harta de colores opacos y negros; necesitaba algo
de brillo, sobre todo porque mi ánimo está por los suelos.
—Yo me encargaré de que coma, señora Lyna, no se preocupe.
Horns toma la cesta y la hace desaparecer en un segundo. Frunzo el ceño, pero no
pregunto; mejor así. Creo que no voy a probar nada de esa comida.
—Confío en ti, pequeño Shadow.
Me vuelvo a sentar cuando un mareo me golpea; aprieto la botella de plástico entre las
manos sin decir nada. La conversación entre ellos continúa y no logro prestar atención;
inhalo y exhalo, tratando de calmar el malestar. De verdad, hoy no es un buen día.
Quizá debería hacerles caso y quedarme a descansar, aunque, si llegamos pronto a mi
casa gracias al portal, podré recostarme allí.
Hago una mueca indecisa. Rean, ayuda a mami.
Sus movimientos son leves, apenas perceptibles, pero están ahí; sonrío y presiono un
costado del vientre, provocando que una patadita se haga notar.
Tarareo una canción que le canto algunas noches, esas en las que las pesadillas me
asaltan a la madrugada y el sueño no vuelve.
La única compañía que tengo ahora es mi bebé.
Incluso he tenido pesadillas cuando duermo con Häel; lo único que me reconforta es
sentirlo a mi lado y abrazarlo hasta que el mal sabor de boca pasa. No hay noche en que
no sueñe con sucesos escalofriantes; aunque durante el día intento mantenerlos lejos,
siempre regresan y torturan mi mente.
Odio sentirme así: atemorizada por todo, sin con anza para salir sola y mucho menos
para internarme en el bosque.
La última vez que puse un pie fuera fue cuando se llevaron a Tamara y Blaze. Por lo
visto, están en el Averno con el hermano de Häel, Melek. Se fue sin mencionarnos que se
había llevado a mis amigos, y ahora los tiene retenidos; algo que ni a Circe ni a mí nos
gusta, pero que mi demonio estaba tratando de solucionar.
Confío en que, cuando vuelva al in erno tras ver a mi madre, todo estará arreglado. Si
no, iré personalmente al ala donde esté ese Melek y le exigiré que me los devuelva. ¿Con
qué derecho se los llevó?
—Mi reina, ya todo está listo.
Parpadeo varias veces al sentir un tirón leve en mi vestido y bajo la mirada hacia el
demonio. Le sonrío y le acaricio el cabello sin llegar a tocar sus adorables cuernos. No sé
cómo pude tenerle miedo la primera vez; es un amor.
—Entonces vámonos.
Me incorporo al ver un gran agujero en la pared de la cocina; supongo que ese es el
portal. Lyna cierra el libro que sostiene y nos mira con una sonrisa. Al enfocar mejor la
vista, noto un símbolo extraño, dorado, brillando en la tapa.
De todos los libros que han pasado por mis manos, nunca había visto ese. Aunque, para
ser justa, leímos tantos intentando ayudar a Blaze que ya perdí la cuenta.
—Ya pueden pasar. Aparecerán por la puerta trasera, para que nadie los vea.
—Gracias, Lyna. —Tomo su mano con cariño. Las arrugas en su rostro se marcan más
cuando sonríe—. Me despides de Circe; vendré a verlas después.
—O nosotras iremos a visitarte. No te preocupes por eso ahora.
—Es momento de pasar, mi señora. —La pequeña mano de Horns se aferra a un
costado de mi vestido, como si temiera perderme de vista.
Vuelvo a pasar la mano por su cabello sedoso. Es imposible no imaginarme a mi bebé,
preguntarme cómo serán sus facciones.
Nos despedimos de Lyna antes de cruzar. Realmente no se siente nada: en cuestión de
segundos ya estamos al otro lado. Distingo la puerta trasera de mi casa. El cielo aquí está
oscuro y algunos montones de nieve se apilan en el suelo; parece que hubo tormenta hace
poco. Las hojas secas de los árboles revolotean empujadas por el viento.
La nostalgia me golpea de lleno. Un nudo se forma en mi garganta. Siento como si
hubiera estado aquí hace unos días, cuando en realidad han pasado meses desde la última
vez. ¿Ella realmente me estará esperando o seguirá molesta, intentando comprender lo
que soy... lo que soy capaz de hacer?
Sin dudar más, abro la puerta. La luz de la cocina está encendida. Entro despacio,
observando cada rincón que aún recuerdo con claridad. Sonrío, olvidando por un
momento los malestares del día. Huele a comida recién hecha y, por el aroma, apuesto a
que es lasaña. Aunque hoy no tenga mucho apetito, me emociona que mi madre
recordara que vendría.
—¿Mamá?
La palabra me sale en un murmullo mientras camino hacia la sala de estar, donde la luz
es tenue. Horns me sigue de cerca.
Una taza de café descansa sobre la mesa de centro, aún humeante; acaba de servirse.
Levanto la vista hacia las escaleras. No escucho ningún ruido. Frunzo el ceño: tanto
silencio me resulta extraño. Me giro lentamente hacia Horns, hasta que un sonido rompe
el aire.
—¿Alya? ¿Hija?
Contengo la respiración cuando mi madre sale del cuarto de lavado. Siento cómo se me
llenan los ojos de lágrimas que lucho por contener. Sin pensarlo dos veces, corro a
abrazarla, enterrando el rostro en su pecho. Sus brazos cálidos y protectores —tal como
los recordaba— me envuelven.
Sollozo, aferrándome a ella. Todo lo que me ha estado pasando se derrama en ese
abrazo: las pesadillas, las miradas cargadas de desprecio, los intentos por arrebatarme la
vida sin siquiera detenerse un segundo.
La sociedad puede ser una mierda. Eso he aprendido estos meses. Nadie es de ar, y
tener a mi madre protegiéndome me reconforta de una forma que había olvidado.
Extrañaba tanto esto: estar de nuevo en casa, ir a la escuela, quejarme de las tareas, de
los exámenes, de lo cansada que me sentía cada mañana y de lo sola que estaba en mi día a
día.
—Mi niña, me alegra que vinieras a verme. —Acaricia mi cabello; me aparto un poco
para secarme las lágrimas.
—Te extrañé mucho, mamá. —Sonrío entre lágrimas mientras ella limpia mis mejillas
con delicadeza.
—Y yo a ti, hija mía. —Baja la mirada hacia mi vientre abultado; sus ojos se humedecen
con algo que no alcanzo a descifrar. Vuelve a abrazarme con fuerza, como si temiera
perderme—. Tenemos tanto de qué hablar.
—A eso vine, mami. —Me separo y voy a sentarme en uno de los sofás. Siento cómo
los pies me punzan; podría jurar que están hinchados. Me recuesto con un suspiro largo.
—¿Tienes hambre? ¿Quieres algo de beber?
—No, gracias. Así estoy bien.
Ignoro que Horns ha desaparecido; seguramente nos está dejando espacio para hablar, y
se lo agradezco.
Megara —mi madre— se sienta en el sillón individual. Toma su taza de café y le da un
sorbo. Noto cómo sus manos tiemblan apenas; está nerviosa, sin duda.
—¿Cómo te ha ido con el embarazo?
—He tenido días buenos y días malos.
—Por tu cara puedo apostar que hoy es uno de esos días malos.
Sonrío con fatiga mientras acaricio mi vientre redondeado.
—Desde que me levanté he tenido náuseas y vómito. Estoy cansada y casi no he
comido, porque todo lo devuelvo.
—¿Ya te medicaste?
Niego, mirando por la ventana.
—Quiero que se pase solo.
—Sufres más así, hija. Voy a ver qué tengo para ayudarte. Las náuseas son lo peor del
embarazo... bueno, junto con el dolor de piernas y de espalda.
Se levanta y va a la cocina.
—Ni que lo digas. —Suspiro hondo.
—Una enfermera siempre tiene su propia farmacia en casa. No entiendo por qué no has
tomado nada.
Hago una mueca. Regresa con una caja de pastillas, saca una y me la tiende.
—¿Qué es?
—Diclegis.
—No la conozco. —Frunzo el ceño mientras abro la botella de agua. Miro la píldora
un instante y me la tomo sin protestar.
—Es nueva. El hospital la está implementando y las embarazadas están encantadas. —
Sonríe, volviendo a sentarse.
—¿Cómo va el hospital?
—Mucho trabajo, como siempre. —Suspira, cansada—. Hoy salí un poco tarde; pensé
que ya no vendrías.
—Aquí estoy. Parece que nuestros horarios se cruzaron.
Me sonríe, como si quisiera decirme algo. Pasan unos segundos de silencio en los que
sus ojos se detienen en mis manos acariciando mi estómago. Entiendo su posición:
aunque al principio se molestó al enterarse, me apoyó incluso cuando yo aún no había
asimilado nada. Su resistencia hacia Häel era comprensible; de verme como su hija sin
preocupaciones, pasó a encontrarme embarazada y con una fuerza distinta.
Pero ahora había venido también a sacarme de dudas, y debía aprovechar el momento.
—Tengo preguntas. Espero que puedas responderlas todas. —Me enderezo para hablar
mejor.
—Lo sé. Sabía que en algún momento esto pasaría… aunque hubiera preferido que no
fuera así.
Frunzo el ceño, sin entender.
—¿A qué te re eres, madre?
—Lo que voy a contarte tal vez pueda parecerte extraño, incluso injusto. Y acepto que
puedas enojarte conmigo. Yo no tengo la culpa de lo que viví… solo quise borrar todo
rastro de mi pasado, aunque tú me lo recordaras una y otra vez.
Se queda mirando un punto jo en la pared. Me acerco más, intrigada.
—Prometo escucharlo todo y opinar solo al nal.
Mi madre toma un largo trago de café, deja la taza sobre la mesa y se queda en silencio,
pensativa. Aprieto mis manos sobre el regazo; la ansiedad me devora. Quiero saberlo
todo: eso que me ocultan como si no tuviera derecho a conocerlo, cuando se trata de mí.
—Desde antes de que nacieras corría el rumor de que una bruja daría a luz al alma
gemela de Lucifer. —Su voz suena lejana, como si se obligara a hablar—. No se sabían los
detalles, pero tu abuela decía que todas las brujas capaces de concebir estaban aterradas.
Algunas incluso se negaban a quedar embarazadas, y sus parejas lo aceptaban. Dar a tu
bebé al diablo era como vender tu propia alma. —Se abraza a sí misma, como si reviviera
aquel miedo—. Pero eso no fue lo peor… —Abrazo mi vientre, contagiada por la
desesperación que se adivina en su mirada—. Tenía veinte años cuando quedé
embarazada de ti. Tal vez, si las cosas hubieran sido distintas… No te culpo, mi niña, de
verdad que no lo hago. —Toma mis manos con fuerza, desesperada; lágrimas gruesas
corren por sus mejillas.
—No entiendo… ¿de qué no me culpas?
Vuelve a recostarse en el sofá, agotada. Hablar parece dolerle.
—Aquel día estábamos en el bosque. Había una esta… no recuerdo exactamente por
qué. Lo que sí recuerdo es que decidieron celebrarla lejos del aquelarre, para no molestar
con la música. Algunas de mis amigas bebían, pero a mí nunca me gustó. Me alejé un
poco; el ruido me incomodaba. La luna se veía preciosa esa noche. —Sonríe apenas,
perdida en el recuerdo—. Solo quería contemplarla a solas. Cuando me di cuenta, me
había alejado demasiado y empecé a buscar el camino de regreso. Escuché pisadas,
ruidos... creí que alguna de las chicas quería asustarme, así que no les di importancia.
Se detiene de golpe. Su respiración se vuelve irregular. Espero unos segundos, pero no
continúa. Trago saliva y me inclino hacia ella, colocando una mano sobre su hombro para
darle apoyo.
—¿Mamá? —susurro.
Evita mi mirada. Su voz se quiebra cuando al n habla:
—Era un vampiro.
—¿Qué? —pregunto, temblando. Nunca en mi vida he visto uno.
—Tu papá era un vampiro.
Frunzo el ceño, confundida. ¿Cómo que un vampiro? Miles de preguntas se atropellan
en mi cabeza.
—¿A qué te re eres? —balbuceo.
¿Cómo puede decirme eso cuando siempre me aseguró que mi padre había muerto
cuando yo era niña? Incluso hay retratos donde aparecemos los tres.
—Abusó de mí. —Su voz se rompe—. Ahí, en el bosque. No importó cuánto grité o
cuánto intenté defenderme… nadie me escuchó. —Las lágrimas le resbalan por las
mejillas como ríos imposibles de contener.
Jadeo, llevándome una mano a la boca. La respiración se me atasca en la garganta y
niego con la cabeza.
No. No puede ser.
Esto tiene que ser una pesadilla.
Pero al sentir el temblor de mis labios, las lágrimas me ganan. Nunca habría imaginado
que mi madre, mi ejemplo de fortaleza, hubiera pasado por algo así. Para mí siempre fue
mi todo, la mujer más fuerte que conocí.
—No... —sollozo, ocultando el rostro entre las manos. El hipo me sacude mientras
lloro, y me sorprende que ella no diga nada, que solo deje que las lágrimas uyan sin
resistencia—. Mami… lo siento tanto. Yo… no sé qué decir.
La abrazo con fuerza. Cuántos años guardó ese secreto, tratando de borrarlo de su
memoria.
Tu padre era un vampiro.
De aquel horror nací yo.
Lloro con más intensidad al comprender por n por qué siempre fue tan
sobreprotectora. Prefería mil veces tenerme encerrada en casa antes que arriesgarse a
perderme. Y aunque nunca le reclamé —porque nunca fui de salir mucho—, me
molestaba que no me dejara siquiera caminar sola con Rose.
Todo porque, seguramente, tenía miedo. Ahora lo entiendo.
—Cuando se sació de mí, me dejó tirada en el bosque. Me chupó la sangre hasta
hartarse y, por desgracia, me dejó con vida. Con las pocas fuerzas que me quedaban
caminé hasta el aquelarre. Tu abuela estaba como loca buscándome. —Acaricia mi cabello
como si quisiera calmarme; soy un mar de lágrimas y sollozos, incapaz de tranquilizarme
después de escuchar eso—. En cuanto llegué, me derrumbé en sus brazos y comenzaron
las especulaciones. Lo único que agradezco es que hayan cazado a ese vampiro hasta
quemarlo en la hoguera. Pasé un mes encerrada en mi habitación, no solo por lo rota que
me sentía, sino también por las miradas. En el mundo sobrenatural siempre ha existido la
ley de no cruzarse entre razas… como si yo hubiera tenido opción.
—Algo de eso me comentó Circe, pero nunca me dijo que tú… —sollozo, mirando sus
ojos apagados. Cierro los míos con fuerza, dejando que las lágrimas corran. Siento como
si esto fuera mi culpa, aunque sé que no lo es.
—Seguramente porque ella no lo sabe. Estaba prohibido hablar del tema o serían
desterrados. Nunca se ha visto bien mezclarse entre seres sobrenaturales; les aterra lo que
pueda salir de eso.
—Ma… mami, perdón.
—No tienes por qué pedirme perdón. No es tu culpa, mi niña. —Me toma de las
mejillas; absorbo por la nariz, intentando calmarme—. Cuando supe que estaba
embarazada, quise morirme. Intenté deshacerme de ti sin decírselo a nadie; tenía
muchísimo miedo. Pero no pude. Nunca pude… y ahora agradezco eso. —Me sonríe
maternalmente, como si no estuviera rota por dentro. Yo también me siento así, hecha
pedazos. No puedo imaginármelo… y, sin embargo, si lo hubiera hecho, no podría
culparla—. Cuando tu abuela se enteró, lloramos juntas. No solo debía lidiar con que me
señalaran por haber sido abusada, sino con que cargaba en mi vientre a un bebé híbrido.
Me habían mezclado en contra de mi voluntad, y aun así me juzgaban.
Levanto la cabeza de golpe al escuchar la palabra híbrido.
—¿Soy híbrida? —pregunto, temblorosa.
—Aunque no muestres ningún indicio físico de ser vampiro, por tus venas corre la
sangre de… ese hombre. Eres mitad bruja, mitad vampiro. Esperé pacientemente tus
primeros meses para ver qué rasgos desarrollabas y, al no notar ninguno, le pedí a tu
abuela que nos fuéramos del aquelarre. No quería seguir ahí; el bosque me recordaba
siempre lo que había pasado. Aunque te tenía conmigo, quería olvidarlo. Y, además, poco
después vino lo peor.
Bebo un sorbo de agua para tranquilizar mi corazón desbocado; las náuseas revolotean
otra vez en mi estómago como mariposas molestas.
—Una noche encontré a un hombre frente a tu cuna. Tenía cuernos y una corona
escalofriante en la cabeza. Nunca voy a olvidar esos ojos rojos: parecían inyectados en
sangre. Grité y quise tomarte en brazos… pero él me lo impidió. —Niega al recordarlo.
Acaricio mi vientre cuando Rean se agita; el estómago se me endurece de pronto, más de
lo normal—. En ese instante lo supe: eras tú. El alma gemela que llevaban años
anunciando. Esa fue la gota que derramó el vaso. Tu abuela Sádira no lo pensó dos veces
antes de intentar negociar con Lucifer. Por lo que supe, él se negó a todo. Solo te quería a
ti, y tú apenas eras una niña de meses. No lo permitiría.
Ya relajada, comienza a relatarlo más despacio; sin embargo, yo no estoy nada tranquila.
Hago una mueca al sentir un dolor que me recorre la espalda hasta el costado derecho. Es
tanta información para mi cabeza que incluso me cuesta procesarla toda de una sola vez.
—Le di todo mi poder a tu abuela para que pudiera lanzar un hechizo que borrara
nuestro rastro. Huimos del aquelarre en el que alguna vez crecí; tu abuela cedió su puesto
a Lyna para que liderara a las brujas. Por lo que sé, lo ha hecho bien. Mamá estaría
orgullosa.
—El tiempo que estuve en el aquelarre las miradas no paraban. Me hacían sentir
incómoda —con eso por primera vez en voz alta.
—Supongo que se ha seguido hablando de lo ocurrido. Que provengas de un abuso,
seas mitad bruja, mitad vampiro y, además, el alma gemela de Lucifer, atrae miradas
morbosas. La gente etiqueta sin importar los sentimientos.
—No tengo necesidad de sangre… entonces, ¿por qué dices que lo llevo dentro?
—Mi amor, hay demasiadas cosas que ni tu abuela comprendía. Siempre investigó, pero
nunca supo con certeza. Y no sabes lo que me alegra que no seas como ese chupasangre.
—Acaricia mis mejillas con alivio. Yo trato de exprimir todas mis preguntas—. Solo está
en tu genética. No tienes que preocuparte por eso ahora.
¿Ni siquiera por tener antojos de carne cruda?
—Tengo el recuerdo de mi padre… si murió antes de que yo naciera, ¿entonces a quién
recuerdo?
—A un novio que tuve al llegar aquí. Estuvo con nosotras durante tus primeros años.
Simplemente no funcionó después y, cuando tenías seis años, se fue.
—¿Por qué dijiste que había muerto? ¿Por qué nunca me dijiste que él no era mi padre?
—Hija, por favor… —masajea sus sienes—. Hay demasiadas cosas que no quiero
remover. Lo hacía por ti, por tu salud mental.
Agacho la cabeza con ese pensamiento. Justo lo que menos ayudó a mi salud mental fue
todo este encubrimiento.
—Häel nunca me dijo que yo era su alma gemela.
Me recuesto en el sofá, comenzando a marearme. No puedo creer que en un solo día
me haya enterado de que mi madre fue abusada por un vampiro, que yo fui producto de
una violación, que soy híbrida, con sangre de vampiro en mi sistema… y, sobre todo, que
Häel seguramente sabía todo esto y nunca me lo dijo.
Veo a mi madre jugar con los dedos, nerviosa. Me incorporo despacio sin quitarle la
mirada de encima. Nunca la había visto así.
—¿Qué pasa? —exijo.
—Hay más cosas que no sabes.
—Dime. No quiero seguir viviendo con una venda en los ojos.
—Es mejor que hables con ese demonio. —Se levanta y se seca las manos sudadas en su
pantalón de chándal.
Niego, molesta, y me pongo en pie apoyando una mano en el sofá.
—Dímelo tú. No me interesa si cada uno tiene que contarme un secreto; ya ha pasado
bastante tiempo como para que tenga que esperar más. Necesito saberlo ahora… por
favor, mamá. —Imploro con los ojos cristalizados.
Hay indecisión en su mirada. Seguramente ahora mismo se libra en ella una batalla
interna. Si ya me confesó lo que me ocultó toda mi vida, si me hizo ver a otra persona
como mi padre y aun así su conciencia no se lo reprochó, no entiendo por qué no
decirme también lo de Häel.
—Necesito que te sientes —me dice, obligándome suavemente a volver al sofá al
colocar sus manos en mis hombros. Me acomodo de nuevo, lista para lo que venga—. No
sé qué tan cierto sea todo esto; corrían tantos rumores que nunca se supo cuál era el
original.
—Aun así, quiero saberlos todos.
—Y te los diré, hija. Tranquilízate. Son demasiadas cosas y debes estar calmada… por mi
nieto.
Cuando su mano se posa sobre la mía, que descansa en mi vientre, me apaciguo un
poco. Es la primera vez que la escucho decir eso, y es tan reconfortante. Llegué a pensar
que no lo quería, y eso me afectaba igual que las pesadillas.
—Bien, me calmo. Solo quiero saber.
Ella carraspea antes de comenzar a hablar:
—Después de que se supo que una bruja engendraría al alma gemela de Lucifer,
empezaron a correr rumores de que una vidente había dicho que esa mujer estaría
condenada a muerte. Nunca se con rmó nada. Corrían demasiadas historias; otras
hablaban incluso sobre la destrucción del dios de la oscuridad.
—¿Dios de la oscuridad? —pregunto, confundida.
Mi madre se encoge de hombros sin dejar de acariciar mi mano.
—Supongo que se referían a Häel. Lo único que se ha cumplido es que el alma gemela
le daría un heredero. Tú eres la única que puede darle hijos. —Mira mi vientre, pensativa.
Yo lo observo del mismo modo, en shock.
¿Condenada a muerte?
Había escuchado de la boca de Horns que yo era la única que podía darle hijos, y eso
me generó bastante inseguridad al principio. Pero, a estas alturas, sé que no solo me buscó
por eso.
Mi ritmo cardíaco se acelera y las náuseas me atacan. Inhalo y exhalo, tratando de
mantener los síntomas a raya.
—Son tantas cosas… —susurro, llevándome una mano a la cabeza.
—Tu abuela nunca quiso que Lucifer te encontrara; siempre intentó ocultar tu
identidad hasta su último aliento.
—Necesito hablar con él. —Me levanto de golpe—. Necesito saber qué rumor es el
real.
Un mareo me deja inmovilizada a un lado del sofá. Cierro los ojos para controlarlo.
—Es mejor que te quedes aquí, hija. Descansa, estás pálida. —Me toma del brazo para
sostenerme.
—No, mamá. Quiero saberlo ahora mismo.
—No seas testaruda, Alya. Debes pensar en tu bebé. Es mejor que descanses y comas
algo.
Niego, reacia a obedecer. Solo es cuestión de cruzar un portal para llegar.
No avanzo ni dos pasos cuando siento el líquido subir por mi garganta. Me tapo la boca
con la mano y corro al baño más cercano. Me hinco frente al inodoro y devuelvo la poca
comida que pude ingerir antes de venir. Las arcadas me debilitan hasta dejarme sin
fuerzas. Siento unas manos apartando mi cabello para que no me caiga sobre la cara.
Luego de unos minutos, cuando logro estabilizarme y lavarme la boca, levanto la vista al
espejo. Estoy mareada. Me veo pálida.
No me siento bien.
Quizá sí necesito descansar… aunque la necesidad de preguntarle directamente a Häel
es todavía más grande.
Observo el cuerpo pequeño del demonio que me mira con preocupación. Hago una
mueca. Pensé que era mi madre quien me sostenía el cabello.
—Me veo fatal, pero podrías disimularlo un poco.
—Lo siento, mi reina. —Baja la mirada, avergonzado—. Estoy preocupado por usted.
¿Quiere que llame a mi señor?
Me lo pienso. Estoy tentada a decirle que sí, aunque seguramente esté ocupado y no
quiero molestarlo.
—No, nos iremos mañana temprano. Necesito descansar un poco.
—Necesita comer.
—Acabo de devolver todo, Horns. No creo que volver a ingerir comida sea buena idea.
—Necesita agua infernal para sentirse mejor.
—Ahora mismo acepto de todo con tal de sentirme bien. —Le dedico una leve sonrisa.
Acomodo mi cabello antes de salir del baño, pero me detengo al ver a mi madre parada
al nal de las escaleras. Antes de poder preguntarle nada, un estruendo sacude la casa. Me
quedo pasmada; las paredes se estremecen.
Llego hasta donde está mi madre y la sacudo un poco. Es como si hubiera visto un
fantasma.
—¿Mamá?
—Vete, Alya. Vete ahora.
—¿Qué pasa? ¿Qué fue eso?
Sus uñas se clavan en mis hombros por la fuerza con la que me agarra. Sus ojos están
abiertos de par en par, llenos de terror.
La sangre se me congela al escuchar un grito chirriante. Me tapo los oídos cuando el
sonido retumba dentro de mi cabeza. Los objetos de la casa se tambalean con el temblor.
Trato de identi car de dónde proviene, hasta que veo una sombra al comienzo de las
escaleras. Su aura oscura se alza por encima de ella, haciéndome temblar.
No puede ser.
Se parece demasiado a la que vi en el pasillo de la universidad, antes de desmayarme.
Retengo la respiración y doy un paso hacia atrás.
Hasta que sucede.
Capítulo 36

ALYA

Retrocedo unos pasos y choco con el sofá a mis espaldas. Parpadeo varias veces, tratando
de enfocar bien al espectro frente a mí.
Esto no puede ser un sueño ni uno de mis delirios.
La casa se sumerge en una neblina sofocante; las luces parpadean hasta estallar en
millones de fragmentos, dejándonos en penumbras.
—¡Alya, vete!
Giro hacia donde está mi madre. Un borrón oscuro la atraviesa, haciéndola encorvarse
como si le faltara el aire. Me apresuro a tomarla del brazo hasta que logra estabilizarse. La
oscuridad apenas deja ltrar la luz del exterior. Vuelvo la vista al segundo piso, pero no
encuentro rastro de esa cosa que ya se me había presentado una vez.
—Mi reina, no logro percibir del todo la amenaza. Será mejor que salgan de aquí —la
voz de Horns resuena a mi lado.
—No vas a quedarte solo aquí. —Busco su pequeño cuerpo entre la oscuridad.
—Hija, hazle caso. Si hubiera querido atacarnos, ya lo habría hecho. Estoy segura de
que quiere algo más.
—Mi deber es defenderla. Para eso estoy aquí —insiste Horns.
Los ignoro cuando un dolor me recorre el vientre, obligándome a cerrar los ojos. Llevo
una mano a ese lugar y suelto un quejido, encorvándome. Un estruendo nos sobresalta
cuando los focos que no reventaron parpadean para volver a encenderse. Aprieto los
labios, atenta a lo que pueda suceder.
Inhalo y exhalo, concentrándome en lo que importa ahora. El dolor pasa a segundo
plano.
—Estoy bien. Solo no se separen.
Nos colocamos de espaldas, vigilando cada rincón de la casa. Hago brotar una llama en
mi mano, lista para defenderme. Todo parece extrañamente calmado; el silencio reina
donde la paz se extingue. Un viento fuerte apaga la llama, y aprieto el puño, molesta.
¿Acaso está jugando con nosotros?
—Hija, por favor. Te suplico que te vayas.
Los ojos de mi madre me miran con súplica. Niego con rmeza.
—No te dejaré.
—Tengo algo de magia, puedo defenderme.
—No, mamá. No te dejaré sola.
—Mi reina, yo me quedo con ella. Puedo abrir el portal que creó la señora Lyna para
que usted se marche —propone Horns.
Acaricio distraídamente el costado de mi estómago. No entiendo cómo esa cosa apareció
solo una vez para luego desvanecerse. Sopeso las opciones: necesito tomar una decisión,
aunque no debería pensarlo demasiado. Sé que debo proteger a mi hijo. Entrené todo este
tiempo para que nadie pudiera dañarlo.
Trago saliva, nerviosa. Miro de hito en hito a mi madre y a Horns. Antes de poder
aceptar lo que me proponen, una voz se alza sobre la mía. Es burlona, fría.
Distingo un movimiento al nal de las escaleras. Un hombre desciende como si
estuviera en su propia casa. Frunzo el ceño al ver la corona de espinas que lleva en la
cabeza; se parece demasiado a la que Häel suele portar.
La cara de Horns es de puro asombro. No sé quién es, pero parece conocerlo.
—Es difícil deshacerse de ti.
Sus ojos, de un color miel oscuro, no se apartan de los míos.
¿Deshacerse de mí?
Trato de escarbar en mi memoria. Estoy segura de haber visto a este hombre antes.
—No se acerque más, señor, o me veré obligada a atacarlo —Horns es el primero en
interponerse. Aún aturdida, retrocedo unos pasos.
Los ojos del intruso observan al pequeño demonio con burla y prepotencia; se nota que
no le importa quién se cruce en su camino. Esa seguridad me incomoda. Mueve los hilos
del miedo y del nerviosismo dentro de mí.
—No me hagas darte una maldita patada, Horns.
—No le hable así —intercedo.
Sus orbes vuelven a jarse en mí. La incomodidad que me provoca sentir esos ojos
clavados en los míos es as xiante.
—Qué felicidad me da tenerte de frente… que me reconozcas. —Sonríe entrelazando
las manos frente a su cuerpo. Viste la tradicional ropa negra del in erno.
No hay duda de que es un demonio. Uno de rango mayor que Horns, a juzgar por su
arrogancia. Me irrita la corona de espinas que lleva en la cabeza; no creo que todos los
demonios del Averno las porten.
Solo Häel.
¿La usa como burla? ¿O pretende parecerse a él?
—No eres bienvenido en esta casa. ¿Cómo entraste?
—Soy bienvenido donde yo quiera entrar.
—La casa está protegida. ¿Cómo entraste? —mi madre vuelve a desa arlo, acercándose
despacio.
—¿Protegida? —pregunta con evidente sorna—. Si estaba protegida cuando torturaban
a tu hija, ¿por qué no puedo entrar ahora?
Su respuesta me desestabiliza. Meg gira hacia mí, confundida. Nunca le conté todo lo
que me atormentaba cuando ella no estaba en la casa. Entiendo su rostro de desconcierto,
pero no es momento de explicar nada. No sé cómo sabe eso y tampoco quiero preguntar.
Solo quiero que se largue.
¿A qué mierda vino?
—Voy a pedirle de nuevo que se retire. Según tengo entendido, Häel lo despidió. No
tiene nada que hacer aquí —Horns vuelve a hablar.
Un segundo después, de reojo, veo la luz incandescente que lanza al pequeño demonio
por los aires hasta estrellarlo contra una de las paredes, partiéndola por completo. Un
grito ahogado se me atasca en la garganta justo cuando un dolor agudo me atraviesa el
bajo vientre, obligándome a encorvarme.
—¡No!
—¡Horns! —mi madre grita al ver al demonio enterrado entre los escombros. Sus
manos me sostienen para mantenerme de pie. Sus ojos asustados brillan de indecisión al
verme—. Hija, ¿qué pasa? ¡¿Qué le haces, maldito infeliz?! —grita hacia la presencia
maligna. El sudor comienza a deslizarse por mi frente.
Levanto la mirada y veo al hombre caminar a nuestro alrededor. La sonrisa no se borra
de sus labios en ningún momento.
Me provoca repulsión.
—Parece que llegué en el momento indicado.
Inhalo y exhalo despacio. No puede estar pasando esto.
La angustia por no ver los escombros moverse me carcome. Retengo los quejidos
cuando otra contracción me invade.
La cabeza se me llena de inseguridad. No puedo defenderme así. Mi madre no tiene la
fuerza su ciente, y Horns ha recibido un golpe del que aún no se recupera.
—Hija, ¿qué te duele? —su preocupación es genuina. Decido ignorarla; cuanto menos
piense en lo que me está pasando, mejor.
—¿Quién mierda eres y por qué estás aquí?
Ladea la cabeza, como si me estudiara.
—Es mejor hacer las cosas con tus propias manos.
—Aléjate de mi hija.
El cuerpo de mi madre se interpone entre él y yo. El dolor cede lentamente, dejándome
respirar. En un abrir y cerrar de ojos, una bola de aire se lanza hacia el rostro del intruso;
él la esquiva con agilidad. Lo observo, asombrada, y miro a la mujer que me crió toda mi
vida. Me resulta difícil verla como una bruja.
¿No dijo que le había cedido todo su poder a mi abuela?
—Qué lindo, la madre protegiendo a su hija. Algo que no creí ver jamás.
Retrocedo unos pasos al ver las manos de mi madre; podrá creerse débil, pero siento que
es todo lo contrario: es capaz de dar batalla. Confío en ella. Me acerco a los escombros
que cubren a Horns; no puedo creer que el golpe fuera tan contundente como para
dejarlo noqueado.
—Horns, despierta. Necesito volver al inframundo. Por favor, despierta.
Los rasguños en su rostro no son tan visibles; hasta parecen irse regenerando. Se me
cristalizan los ojos cuando abre los suyos; está desconcertado. Termino de quitarle una
roca de encima sin prestar atención a lo que murmuran las dos personas detrás de mí.
Ahora lo único que me preocupa es Horns. Con su cuerpo menudo, lo único que me
viene a la cabeza es un bebé; eso es para mí Horns: un niño chiquito que, aunque
también me cuide, debo proteger yo. Aunque no me necesite, verlo lleno de tierra y
desvalido me provoca ansiedad y desesperación.
Tengo unas ganas inmensas de llorar.
—Mi reina —se incorpora, preocupado; lo primero que hago es abrazarlo, saber que
está bien—. Debemos salir de aquí cuanto antes. No hay tiempo para abrazos. Se los daré
después.
Se pone en pie deprisa, como si nada; hace unos minutos lo aventaron como un saco de
papas y le bastan unos instantes para reponerse. Me sueno la nariz y limpio las lágrimas
con el dorso de la mano.
—No voy a dejar a mi madre aquí.
Sus ojos oscuros me miran con reproche.
—Con el debido respeto, mi reina, no está en posición de decidir.
—Horns, no vas a hacerme cambiar de opinión.
—Debe irse. No sé de qué sea capaz ese… ese ángel de la muerte. —Sus manitas se
aferran a la tela de mi vestido con desesperación—. Me quedo con su madre; le juro que
la protegeré como si fuera usted, pero necesita irse ahora mismo.
—¿Por qué irse, si apenas estamos empezando con la esta?
La voz del intruso, ese tono que me hiela la sangre, vuelve a resonar y me da escalofríos.
Al girarme, lo veo tomar a mi madre del cuello. Un calor inexplicable se expande en mi
pecho; sin pensarlo, le lanzo una bola de fuego que choca contra la palma de su mano
cuando apenas alcanza a cubrirse.
—¡Suéltala ahora mismo!
Aprieto los dientes y los puños; su burla me enfurece.
—Eso fue rápido. No te subestimo, pero pudiste hacerlo mejor.
—Te–dije–que–la–sueltes.
Las llamas crecen en mis manos. Mi madre patalea, implorando aire; el entrecejo del
supuesto ángel se frunce con molestia por mi orden. No le gusto, y me importa una
mierda.
—¡A mí nadie me ordena! —su grito hace retumbar la casa.
—Lo he hecho ya. Ahora acata la maldita orden.
Quizá hable la furia, quizá el instinto de proteger lo que es mío; no me gusta mandar,
pero he aprendido a plantarme con Häel. Este hombre me enerva y, si esa es su debilidad,
lo atacaré.
El que se enfurece, pierde. Así de simple.
Sus ojos me lanzan dagas; mi cuerpo se llena de determinación. No me interesa quién
sea ni qué pretenda: entrené para poder defenderme. No soy una princesa en apuros y
tampoco planeo quedarme a pelear.
Debo pensar con claridad. No estoy en condiciones: puede que no sienta una
contracción ahora, pero bastaría una para desconcentrarme. Solo quiero entretenerlo, que
crea que me quedaré, que subestime mi siguiente movimiento.
Cuando no es así: mi bebé es más importante.
El hombre arroja a mi madre como si fuera una muñeca. Actúo rápido, deteniéndola en
el aire con ayuda de mi magia antes de bajarla con cuidado para que recupere el aliento.
Pero apenas levanto la guardia, una fuerza descomunal me lanza contra la pared. Mi
cabeza rebota con violencia contra el concreto; por suerte no se fractura, aunque el golpe
me arranca una mueca de dolor. Llevo la mano a la nuca y, al retirarla, la veo manchada
de rojo. Ahogo una maldición.
La vista se me nubla; solo distingo sombras y borrones que se mueven de un lado a otro.
—Mi niña… debemos irnos ahora —la voz rasposa de mi madre me llega lejana—.
Horns lo distraerá.
Sus manos me ayudan a incorporarme. Paso un brazo sobre sus hombros para
sostenerme, pero apenas damos dos pasos cuando el dolor me dobla por la mitad. Jadeo,
llevándome una mano al vientre. Mi madre se detiene a mi lado, esperando que pase la
contracción. Entonces, un escalofrío me recorre de arriba abajo al sentir un líquido
caliente descender por mis muslos.
Levanto el vestido con desesperación y veo el agua cristalina mezclada con nos hilos de
sangre. Trago saliva.
No. No puede ser.
—Rompí fuente…
—Tenemos que apurarnos. No vas a quedarte aquí, hija.
Intento avanzar, pero cada paso es una tortura. Aprieto los labios para no gritar; por
más que intento distraer mi mente, solo puedo pensar en una cosa: voy a dar a luz.
¿De verdad Rean no pudo escoger otro maldito día para nacer?
La impotencia me devora por dentro. ¿Por qué todo lo que toco se arruina? Los pocos
momentos que podría atesorar me los arrebatan sin piedad.
No disfruté mi embarazo por las pesadillas, la ansiedad y el miedo.
Y ahora, tampoco podré disfrutar el nacimiento de mi hijo.
—Estoy tan harta… —balbuceo con rabia, conteniendo el sollozo.
La tristeza mezclada con la ira me desestabiliza. En mis momentos de debilidad siempre
vienen a buscarme; parece que saben exactamente cuándo atacar.
Y eso me enfurece más que el dolor.
Puedo defenderme, pero este no es el momento.
—Tranquila, Aly, respira… inhala y exhala. Ya casi llegamos al portal.
La casa está apenas iluminada por los pocos focos que siguen vivos. Al cruzar la cocina,
la luz parpadea como si estuviéramos atrapadas en una maldita película de terror.
Nos detenemos de nuevo cuando otra contracción me atraviesa entera. El dolor no solo
se concentra en mi vientre: recorre cada bra de mi cuerpo con una intensidad
inhumana. Me aferro al mesón, usándolo de apoyo, mientras mi madre acaricia mi
espalda para darme fuerzas.
Jamás imaginé que el parto dolería así. Sabía que llegaría el momento, pero no lo pensé
de verdad.
Las piernas me tiemblan tanto que temo desplomarme. Tengo que salir de aquí cuanto
antes.
Debo dar a luz a Rean, pero no puedo hacerlo en este lugar. No mientras ese maldito
ángel de la muerte siga rondando.
—M-me duele mucho… No voy a poder llegar —balbuceo entre lágrimas.
—Claro que vas a llegar, hija. Eres fuerte. Confío en ti. —Su voz tiembla, pero me
arrastra hacia adelante.
Jadeo con cada paso. Aprieto los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas corran.
Cada maldita contracción se vuelve más intensa. Antes de alcanzar la puerta —cerrada
de golpe—, una fuerza invisible nos lanza hacia atrás. Reacciono al instante, conjurando
un hechizo para frenar el impacto; aun así, mis pies resbalan por el suelo hasta detenerme.
Sello los labios para contener los gritos, encorvada, con una mano en el bajo vientre.
Mi madre ya no está a mi lado. Aprieto los puños al escuchar pasos y una risa gutural
que me hiela la sangre.
Me enferma.
—¿Por qué tanta prisa por irte? —pregunta con tono burlón.
—Tocas a mi hijo y te juro que te mato.
—¿Me estás amenazando? —responde divertido.
—Te–mataré. —Mi voz tiembla de furia.
—Pero si justo vine a recibirlo. —Hace rechinar mis dientes solo con hablar—. Por lo
que veo, es momento de dar a luz. ¿Quieres verlo antes de que me lo lleve?
La impotencia me ahoga, pero inhalo profundo y me obligo a mantenerme erguida. El
sudor y las lágrimas se mezclan en mi rostro, pero el odio que me domina borra cualquier
rastro de miedo.
No me importa lo débil que esté.
No voy a dejar que se lleve a mi hijo.
Tendrá que pasar por encima de mi cadáver.
Las llamas arden no solo dentro de mí, sino también en mis manos. Él sonríe con esa
seguridad asquerosa que me enerva, como si todo estuviera bajo su control. Y esa maldita
corona en su cabeza… ¿intenta imitar a Häel?
—¿Sabes qué es lo curioso de todo esto? —da un paso hacia mí; retrocedo con el cuerpo
tenso, preparada para atacar—. Hice de todo para sacarte del juego, y aun así aquí sigues.
—¿De qué hablas?
—Primero quiero presentarme… si me lo permites, claro. —Sonríe, disfrutando cada
palabra—. Soy el ángel de la muerte. El antiguo profeta del egoísta de Häel.
Frunzo el entrecejo. Reconozco el nombre que mencionó Häel una vez.
Abrahel.
El que podía ver los futuros posibles.
—Si tienes algún problema con Häel, arréglalo con él —respondo, rme.
Entrelaza las manos y me observa con esos ojos color miel oscura. Hay algo en ellos que
me resulta familiar… pero no tengo tiempo para descifrarlo. No puedo perderlo de vista.
—No es solo con Häel —dice, con voz baja y envenenada—. Es con tu hijo.
—¿Qué? —doy un paso atrás, instintiva—. Es un bebé, no te ha hecho nada.
—Existir. —Su rostro se deforma por la furia—. Eso es lo que ha hecho. No permitiré
que me arrebate lo que me pertenece.
—Estás loco.
—Tú tampoco debiste existir, ¿sabías? —me apunta con un dedo tembloroso. Su mirada
se desquicia, como si estuviera divagando.
Nada de lo que dice tiene sentido. Pero sé quién es: el profeta que todo lo veía, el que
conocía el destino antes de que ocurriera.
Y eso me aterra.
—¿Por qué dices eso? No entiendo qué quieres.
Su risa, seca y desquiciada, resuena por toda la casa, haciendo vibrar las paredes.
No tengo tiempo para pensar en dónde están Horns o mi madre. No puedo distraerme
ni un segundo.
Sus ojos se tornan amarillos, brillando con un fulgor enfermizo. Su aura es tan densa
que apenas puedo respirar.
Inhalo profundo, tratando de mantener la calma. Las contracciones me dan un
respiro… pero sé que no durará. El reloj sigue corriendo.
—Te voy a contar por qué me das lástima…
Elevo el mentón con autosu ciencia. ¿Lástima? Aprieto el puño tras de mí,
conteniéndome. Que hable. Necesito tiempo para pensar un plan mientras suelta
información.
—El vampiro que abusó de tu madre… lo envié yo. Robin hizo un buen trabajo, si te
soy sincero. Aun así, el maldito destino se empeñó en que nacieras. Se suponía que, si
alteraba el orden del futuro, podría modi carlo y tú no existirías. Años estuve planeando
qué hacer contigo. Häel no debía encontrarte bajo ninguna circunstancia, mucho menos
encapricharse contigo. ¿Y qué fue lo que hizo? —gruñe, desquiciado, jalándose el cabello
—. ¡Fue y cometió justo lo que le advertí que no hiciera!
La casa retumba; los pocos focos parpadean.
Lo que dice encaja.
El responsable de la desgracia de mi madre… está frente a mí.
—Por tu culpa tengo pesadillas —escupo entre dientes.
—No me des tanto crédito. Aunque la idea fue mía, es tan satisfactorio verte temblar
cada vez que sales, girando la cabeza como una niña asustada… —carcajea, disfrutando de
mi horror—. Mandaba a mis espectros solo para ver cómo te quebrabas aquí.
—Ni siquiera te conozco —respondo, temblando de ira—. No entiendo por qué me
torturas. Si tu problema es con Häel, arréglalo con él, no conmigo.
—Aún no lo entiendes. El problema es con el bastardo que llevas dentro. —Señala mi
vientre con desprecio.
—No lo llames así —gruño, enfurecida—. Me importa una mierda quién seas: ángel de
la muerte, profeta o lo que sea. No me interesa si estás ardido porque intentas parecerte a
Häel con esa corona de espinas o si te pudres de celos porque mi hijo será su heredero.
Su rostro se enciende de ira. Cada palabra mía lo descompone más. Tal parece que no
soporta que lo desenmascaren.
—No me importa si tengo que arrancártelo de los brazos recién nacido —vocifera—.
Ese niño no ocupará mi lugar.
—¿Ahora te crees el rey del in erno?
—No hablo de ese pozo inmundo, maldita bruja.
Las llamas vuelven a encenderse en mis manos; crecen con mi rabia. Lo sigo con la
mirada mientras da vueltas a mi alrededor, calculando.
Sus respuestas no son claras.
—Busca un mejor insulto, angelito —le escupo.
Lanzo una bola de fuego directo a su cabeza y otra, más pequeña, a su pecho. La
primera la esquiva, pero la segunda impacta de lleno, haciéndolo tambalear. Aprovecho
para correr escaleras arriba, el corazón latiéndome con fuerza. Lanzo un jarrón tras de mí
para frenarlo, pero una presión invisible me sujeta el tobillo y me arrastra hacia atrás.
Caigo con fuerza; las rodillas se raspan contra la madera. Suelto un quejido,
protegiendo instintivamente mi vientre. Giro y lanzo otra bola de fuego; le roza el
costado, dejando su ropa humeante. Su rostro, de furia pura, me espera al pie de la
escalera.
Clavo las uñas en los escalones mientras la fuerza invisible me arrastra. Él ni siquiera se
mueve.
A anzo una cuerda invisible al soporte de las escaleras para sostenerme con rmeza y
hago un poco de fuerza para subir. Cuando menos lo espero, algo me toma del cuello,
levantándome del suelo y lanzándome con violencia al segundo piso. Mi cabeza golpea
contra la madera y el sonido retumba en mis oídos.
El silencio que sigue es escalofriante. Toso sin poder evitarlo; el sabor metálico de la
sangre se mezcla con el aire pesado. No he usado toda mi fuerza, lo sé. Soy plenamente
consciente de ello… como también lo soy de que no puedo hacerlo ahora.
Estoy en trabajo de parto.
Y no debería estar peleando así, no cuando mi cuerpo ya está al límite.
Me incorporo con lentitud; cada músculo me punza y arde. La herida en la cabeza
nubla mi vista por unos segundos, y las piernas, temblorosas, apenas me sostienen. Siento
su presencia aproximarse con rapidez. Actúo por instinto, apartándome antes de que
llegue a tocarme, y me apoyo contra la pared, exhausta.
Mi respiración acelerada me delata entre la penumbra. Una mano se cierra con
brutalidad alrededor de mi garganta; los ojos amarillos aparecen frente a mí de un
segundo a otro.
—No entiendo qué te vio Häel… eres tan débil. —Entierro las uñas en su mano,
intentando que me suelte—. Se suponía que me darías batalla, pero me lo estás dejando
demasiado fácil.
Entreabro los labios buscando aire. Mis pies dejan de tocar el suelo. Pataleo con
desesperación hasta que logro borrar la sonrisa de su rostro con una patada directa que lo
lanza contra la ventana. El vidrio estalla en mil pedazos y su cuerpo sale despedido al
exterior.
Abro los ojos de par en par. Mi corazón martillea; lo escucho en mis oídos como un
tambor que retumba cada vez con más fuerza mientras la secuencia se repite una y otra
vez ante mis ojos.
Supongo que ahí tenemos el rastro de mi naturaleza vampírica. Supongo que, después
de todo, solo necesitaba un detonante… como con la magia.
Toso con una mano en la garganta y respiro entre jadeos mientras me arrastro hasta una
habitación.
La luz del baño está encendida. Cierro la puerta de una patada. Me aferro al lavabo para
incorporarme; cada movimiento me arranca un gemido de dolor. Una presión
insoportable me oprime el bajo vientre. Mis manos, manchadas de sangre, dejan huellas
sobre la cerámica de la bañera blanca.
Es el momento. No puedo esperar más.
Contengo los gritos mordiéndome los labios. Con esfuerzo, termino dentro de la tina.
El sudor se desliza por mi frente, pegando mi cabello al rostro. Me sostengo de los bordes
de la bañera, jadeante, y me quito las bragas con torpeza.
Cierro los ojos y comienzo a recitar un hechizo para mantener la habitación protegida.
No puedo pensar en otra cosa que en sacar a mi hijo. Recordé estas técnicas en mis clases
de enfermería. Abro el grifo: el agua empieza a llenar la tina. Rean no puede seguir
dentro o se ahogará.
Tiene que salir ahora.
—Praesidium, praesidium, protege la habitación de existencias malignas. Nadie entra sin
mi autorización. Praesidium, praesidium…
Aprieto los ojos con fuerza cuando un dolor desgarrador me atraviesa. A pesar de sellar
los labios, un grito se escapa. Flexiono las piernas y subo el vestido. Sollozo, dominada
por el miedo y la ansiedad. Inhalo y exhalo, intentando serenarme, pero el temblor de mi
cuerpo me traiciona.
—Ayuda a mamá, chiquito… por favor —susurro entre lágrimas, empujando con todas
mis fuerzas.
Aprieto el vestido empapado entre mis manos, buscando algo a lo que aferrarme. El
agua se tiñe de rojo; pujo otra vez cuando siento que algo avanza dentro de mí. Mi
vestido, antes claro, ahora es un lienzo de sangre.
—¡Häel! —grito con desesperación.
La luz del baño parpadea. Intento contener los alaridos, pero es inútil. El dolor me
parte en dos. Inhalo y exhalo entre gemidos; mi cabeza retumba al ritmo del corazón
desbocado. Aprieto los dedos de los pies y, con el último esfuerzo, dejo escapar un grito
que me quema las cuerdas vocales.
Siento cómo algo se desliza fuera de mí. Con las pocas fuerzas que me quedan, tomo el
diminuto cuerpo y lo acerco a mi pecho. Sigo, como puedo, lo que aprendí en mis clases:
improviso sin herramientas, sola.
El único consuelo que tengo es el movimiento de sus pequeñas manos. Su piel está
manchada de sangre, pero cálida.
Su llanto llena el baño, rebotando en las paredes.
Y aunque la cabeza me duele como si fuera a estallar, sonrío entre lágrimas.
Mi hijo está vivo.
—Dile hola a mami más bajito —susurro sobre su frentecita.
Sus ojos están cerrados; empuña las manitas con el mismo coraje con el que llora. Las
lágrimas vuelven a nublarme la vista.
Es un niño.
Lo sabía; siempre lo supe.
Los párpados se me cierran por el cansancio y la debilidad; niego, intentando no
dejarme ir. No puedo. No ahora, con ese loco suelto afuera.
—Häel, por favor.
El agotamiento me vence; me encuentro fatigada y dolorida. Abro los ojos cuando se
me cierran: ni siquiera el llanto de Rean me mantiene despierta. Abrazo a mi hijo con
fuerza. Imploro que el demonio responda a mis llamados.
¿Cuántas veces debía decir su nombre?
Di mi nombre tres veces.
Los párpados pesan y se me cierran de nuevo.
—Häel.
Susurro por última vez antes de dejarme ir, con el llanto de mi hijo de fondo.
Rean.
Capítulo 37

HÄEL

La sangre corre por mis manos y gotea en el suelo sucio; su color denso y el aroma
metálico llenan mis fosas nasales. No me desagrada.
Disfruto ver cómo se les escapa la vida a los que osan desa arme.
Los disturbios entre demonios siguen causando problemas; no entiendo por qué se
rebelan. Siempre goberné con mano dura y di castigo a quien intentó pasar por encima
de mí, pero nunca habían llegado a este extremo. Deus está detrás de todo, no tengo
duda. Después de desterrarme sin explicación, ahora pretende truncar lo que construyo
en el Averno. Cree que puede seguir siendo el rey desde sus nubes. Está muy equivocado:
aquí abajo el rey soy yo, y no voy a redimirme como hace unos siglos.
—Veo que no perdiste el tiempo en venir a castigar —comenta Exen al entrar en el
purgatorio, donde miles de almas deambulan dejando un alarido constante.
—Ya me hacía falta. Además, no quiero quedarme demasiado tiempo aquí; necesito
estar libre para dedicar toda mi atención a Alya y Rean.
—De eso me he dado cuenta —se revuelve el cabello—. Siempre hay trabajo; llegan
demonios y almas a diario.
—Eso lo sé. Me mantienen más ocupado los demonios empeñados en verme caer que
los millones de almas que ingresan día tras día.
—Mira el lado bueno: es mejor que estés ocupado aquí a que andes de un lado a otro en
la o cina.
—Estoy inquieto, nada más —me seco las manos con agua; la sangre se diluye en el
líquido—. Me pone nervioso no tenerlo todo listo a tiempo.
—¡Vas muy bien! Solo falta que nazca tu primogénito. Alya es una buena mujer. No la
conocí mucho, pero te aplaudo: supiste manejarlo, esperaste y resististe hasta donde
pudiste.
—Si dependiera de mí, la habría raptado desde que era niña.
—¿Y qué? ¿Que te llamara papá con el tiempo? —se carcajea—. Menos mal que la
dejaste con su familia.
Bufo y me revuelvo el cabello negro. Me acerco al demonio, que está de brazos
cruzados en la puerta.
—Si me contuve fue porque Abrahel me jodía con que no era el momento.
—Le aplaudo; es el único que te ha soportado tanto tiempo. —Me da una palmada en
la espalda al pasar junto a él.
—Y mira dónde acabó el idiota.
Los pasillos del castillo están iluminados por antorchas; el ambiente es tétrico, como
debe ser en el in erno. Algunas llamas se tornan verdes al pasar. Exen me sigue los pasos.
—Hasta yo, que me ausenté años de tu vida, sé que no sigues órdenes de nadie. Él vivía
poniéndote reglas como si fuera el mismísimo rey del in erno.
Gruño al oírlo; ¿cómo se atreve a insinuar semejante aberración? Me detengo en seco y
lo obligo a frenar también. Lo único a lo que obedecí fue a no ir por Alya cuando aún era
una cría. Tenía una razón de peso para esperar, y lo hice. Ahora viene mi heredero, y
tendrían que pasar por encima de mí para frenar lo que sea que tenga que pasar.
—¿Él, rey del in erno? —escupo.
—Es un decir.
—No me importa si es “un decir” o no; no vuelvas a repetirlo. El único rey del in erno
soy yo. Que no se te olvide eso.
—No se me olvida, su majestad; no te alteres por una palabra —responde, tomándolo
todo a broma—. Se me olvidaba que también eres temperamental y dramático. No te
toco, nada más porque aprecio mi vida y mi hermosa cara.
Cierro y abro las manos hechas puños; siento su presencia adelantarse hacia el gran
salón, donde está mi trono. Intento relajarme respirando. Me fastidia que me lleven la
contraria, pero me indigna todavía más que especulen mierda sin fundamento.
Aunque lo diga en broma, solo pensarlo ya me enfurece.
Entro al salón y lo encuentro cerca de la mesa de comida. Me dirijo hacia mi trono sin
prestarle atención a nada más. Espero que se quede allá mientras se me baja la molestia.
Exen suele ser demasiado transparente: dice lo que piensa sin medir consecuencias. Eso
cava tumbas; nunca sabes cuándo te toparás con alguien que no soporte tus malditas
bromas y te sumerja en el averno eterno. Como yo.
Necesito relajarme. La corona de espinas en mi cabeza, aunque ligera, hoy ha pesado
más de lo debido. Las púas no me lastiman como al principio; parecen espinas comunes,
pero están forjadas en oro puro y son capaces de abrir la piel al contacto.
Sentado en mi trono, pienso en Alya. No ha de tardar en llegar con Horns. Le pedí a
Lyna que los ayudara con los portales para transportarse más rápido, pero aun así me
siento intranquilo. Hoy ha estado más movido que otros días: las almas y demonios se
han agitado agresivamente alrededor del palacio.
Reclino la cabeza hacia atrás, mirando el techo cubierto de nubes grises. Distintos rayos
rojos cruzan el cielo, volviéndolo aún más tétrico. Aprieto los reposabrazos del trono.
—¿Tenso otra vez? —cierro los ojos al escuchar la voz del único que no se ha despegado
de mí—. Relájate, hermano. ¿Qué es lo que te preocupa?
Abro los ojos de nuevo y miro de reojo a Exen.
¿Qué me tiene así?
Alya.
El ansia y la desesperación por verla cruzar la maldita puerta me consumen. Necesito
tener esa conversación, y aunque prometí esperar a que volviera para hacerlo, algo dentro
de mí dice que no. Que vaya. Que la traiga.
Me levanto de golpe, pasando de largo junto al demonio; mis pasos son apresurados y
rmes hacia la salida.
—¿A dónde mierda vas?
—A buscar a Alya.
—Está con su madre, ¿no?
—Me importa un carajo. Voy a verla.
—Cuánta posesividad… no la dejas ni un segundo. Hace apenas unos días la viste.
—¿Crees que eso me interesa? —le lanzo una última mirada cargada de advertencia.
—Te acompaño, entonces. —Me detengo al escucharlo; mis ojos, seguramente rojos, lo
observan con una intensidad que lo hace retroceder un paso—. ¿Ahora qué? —pregunta,
frustrado.
—Necesito que te quedes aquí. El Averno no puede quedarse solo.
—Me lleva la mierda —gruñe, tallándose el rostro con fastidio. No espero su respuesta
cuando retomo el camino. Aunque no quiera, sé que terminará obedeciendo—.
Cualquier cosa, me…
Dejo de escucharlo apenas cruzo el gran salón. El corazón me palpita con fuerza; la
sensación que me invade es inédita. Estoy ansioso, desesperado por verla, por saber que
están bien. Me ahoga la idea de que algo haya pasado. Tal vez Alya se sintió mal en casa de
su madre o…
No. No quiero pensar en eso. Pensar en lo peor solo enciende más la furia.
Una sola vez en mi vida sentí algo similar, y no pienso revivirlo: el destierro del reino de
los cielos. Por más que juré que no me dolió, aún trato de olvidarlo.
Enterré ese recuerdo el mismo día que caí al Averno y fui nombrado su rey. No puedo
permitir que, por segunda vez, me arrebaten lo que me pertenece.
Por más que lo intenten, no lo lograrán.
Y aun así… algo me mantiene intranquilo.
La voz de mi reina retumba en mi cabeza una y otra vez, sin descanso. Se clava como
un eco abrasador. Sé que algo ocurre, pero no sé qué exactamente. Pre ero verlo con mis
propios ojos, asegurarme de que todo esté bajo control.
Entro a la sala donde los portales aguardan, listos para usarse. Ventajas de ser el rey del
in erno. Cruzo uno sin perder más tiempo y resoplo cuando descubro que me ha dejado
a unos metros de la entrada, no dentro como esperaba.
El cielo está tan oscuro como el del Averno. Algunas gotas golpean el suelo sucio y los
copos de nieve vuelan a mi alrededor. Me apresuro hacia la puerta y, sin esperar
invitación, giro el pomo.
El interior se siente denso, opresivo. Apenas hay luz, lo que me obliga a fruncir el ceño.
Parece una casa abandonada.
Parpadeo tratando de enfocar el camino. Tropiezo con algo que parece un trozo de
madera. El desasosiego me consume. La angustia por encontrar a Alya viva y poder
respirar en paz me arde en el pecho.
Me detengo al percibir una respiración débil no muy lejos.
Me muevo con rapidez, escaneando el lugar con la mirada. Los escombros de una pared
están regados por toda la sala. Todo es un desastre.
Y bajo los restos… siento un aura conocida.
Horns.
Está herido.
Con un solo ademán levanto todos los escombros y descubro su pequeño cuerpo
tendido en el suelo. Aparto los ladrillos a un lado y me arrodillo junto a él.
—Horns. —Le sostengo la cabeza, pero la retiro de inmediato al sentir algo pegajoso.
Miro mi mano manchada con un líquido rojizo oscuro. Está débil. Coloco una mano
sobre su pecho, buscando el pulso—. ¡Horns, carajo!
Su corazón late despacio.
Y si él está así… no quiero imaginar dónde demonios está Alya.
Siento dos presencias más en la casa: una, no muy lejos de aquí, sin pulso; la otra, débil,
casi imperceptible. Me rehúso a pensar que sea ella —apenas la percibo por lo tenue que
está— y la otra… no, no puede ser ella. Intento alejar los pensamientos negativos; me
concentro en el poder y le transmito un poco de fuerza al demonio.
Nunca en mi vida lo había visto tan maltrecho. Desde que tengo memoria me ha
seguido. Bajó del cielo por mí, el único ser que jamás me ha traicionado. Fue quien me
escoltó, a pesar de lo que eso implicaba. No le importó perder las alas en el proceso; por
duro que sea con él, siempre procuro velar por su bienestar, por el de todos. Así soy yo.
Eso no signi ca que no me preocupe o no los cuide.
Le palmeo la mejilla al sentir su corazón latir con normalidad.
—Horns, abre los ojos, maldita sea. ¿Dónde está Alya? —sus párpados se agitan con
desesperación; la jodida ansiedad comienza a consumirme—. ¡Horns!
¡Necesito saber dónde está mi mujer!
Tras unos segundos, sus ojos empiezan a abrirse. No quita del todo el peso de encima,
pero me siento aliviado por él: si hubiera llegado un poco más tarde, tal vez habría sido
imposible.
—Mi señor… —murmura.
—No hables mucho; aún estás débil —le digo, quitando escombros con el antebrazo
para acomodarlo mejor en el suelo—. Necesito saber dónde está Alya. ¿Dónde está?
—Traté de defenderla, señor —responde con los ojos entumecidos y llenos de
remordimiento—. Sabe que nunca dejaría que la lastimaran.
—Sé claro, Horns. Necesitas descansar y no te queda mucha fuerza. ¡Solo dime dónde
está!
Siempre se ha preocupado por los demás; sé cuánto ha cuidado a mi reina, lo que
signi ca para mí, y tengo claro que nunca la habría dejado desamparada. Esto se le fue de
las manos, y no dudo de que el imbécil de Deus tenga algo que ver.
—Se encuentra en el segundo piso, mi señor.
Asiento ante su débil murmullo. Una parte de mí se tranquiliza: el cuerpo sin pulso está
abajo, no arriba —así que Alya sigue viva. Frágil, pero viva. La casa guarda un silencio
sepulcral; la oscuridad la hace parecer deshabitada. Reposo la cabeza del demonio y me
pongo en pie.
—Cierra los ojos y descansa. Tomará tiempo que tus heridas se regeneren por completo;
te necesito fuerte —le advierto desde mi posición. Sus ojos, apretados por el dolor, me
devuelven la mirada.
Miro las escaleras, que me parecen eternas. No dudo de que Alya se defendió —sé de lo
que es capaz—, pero por su embarazo no está en condiciones de pelear con la misma
agilidad, y eso me enfurece. ¿Cómo se atrevieron a venir por ella estando en desventaja?
Tomo el pilar de la escalera que conecta con el barandal y, en un arranque de ira, lo
destrozo con mis manos.
No quiero subir.
Por primera vez en mi maldita vida tengo miedo de lo que me espera arriba.
Porque podré ser el rey del in erno, del maldito mundo entero, pero lo que siento
ahora es inexplicable.
Saber que el pulso débil que percibo arriba pertenece a Alya me enloquece.
Porque solo siento el de ella. Ningún otro lo acompaña como de costumbre. Ese pulso
tenue, delicado, que se colaba entre mis oídos...
No está.
Subo las escaleras de dos en dos, apresurado. A la mierda todo.
Si tengo que consumir el mundo entero en cenizas, lo haré.
La parte superior no está tan destruida como la planta baja; el techo, en cambio, se ha
deshecho. Parece que intentaron huir por ahí antes que por la puerta. Un olor metálico
invade mis fosas nasales.
Sangre.
Me dirijo a lo que parece ser el baño y abro la puerta de golpe; la luz está encendida y lo
ilumina todo. Está limpio y en perfecto estado, salvo la tina: hay huellas de manos
pintadas de sangre y manchones que no logro descifrar. Me acerco despacio y la
encuentro dentro; el agua llena la mitad y es roja. El olor a sangre se clava en mis fosas
nasales.
Está inconsciente, seguramente por la pérdida de sangre; me arrodillo y le tomo la
cabeza. En una rápida inspección busco la zona herida y compruebo que no es super cial
ni visible. Aunque su abdomen está hinchado, ya no es como antes.
La presencia de mi hijo ha desaparecido.
La alzo en brazos sin importarme mojarme; aunque debo ser cauto, quiero incendiar
cada maldito lugar del universo.
Mi hijo.
Mi heredero.
—Tranquila, mi reina… —murmuro—. Vas a estar bien. Debes estarlo, pequeña. Tú y
yo tenemos una conversación pendiente y, si no me dejas arrodillarme ante ti para
mostrarte cuánto te idolatro… prenderé fuego al jodido universo. ¿Quieres tener…?
Aspiro hondo al ver cómo su cabeza cae hacia atrás. Voy a matar al responsable de esto.
Voy a hacer que en sus últimos momentos de vida se arrepienta de cada segundo de
existencia.
—¿Quieres tener en tu conciencia que este plano ardió? —balbuceo, apoyándola contra
mi pecho—. No. Eres demasiado buena. Así que recupérate. Vas a estar bien.
Demasiado buena para este mundo cruel y oscuro. Un alma pura en un universo en el
que los seres únicamente velan por sí mismos. Mi reina era un rayo de luz; nuestro hijo, el
heredero del equilibrio.
Van a pagar muy caro lo que le hicieron a mi familia.
Le beso la frente mientras bajo las escaleras a toda prisa. Lo primero es ponerla a salvo y
que la examinen; no sé si dio a luz sola o si le indujeron el parto antes de tiempo. Lo
último que supe fue que aún faltaban semanas. Si está herida, su estado puede empeorar.
Su cuerpo pesa tan poco que no logro calmar mi respiración; hasta los brazos me
tiemblan del coraje que siento.
—¡Horns! ¡Nos largamos ahora! —grito, mirando al demonio. Cuando no se mueve,
me desespero—. ¡Horns! No tengo tu maldita paciencia ahora.
Gruño enfurecido. Sé que dije que debía mantener la calma, pero pensar que el maldito
de Deus puede estar detrás de esto me encoleriza. No voy a perder más tiempo: lo
confrontaré. ¿Es lo que quiere? Entonces lo haré.
Estoy a punto de volver cuando Horns se aparta a un lado y deja ver un cuerpo bajo los
escombros. Apenas distingo el rostro; cierro los ojos con fuerza al reconocer a la madre de
Alya.
—Puede irse sin mí, señor. Ahora lo importante es la reina; yo estoy demasiado débil.
Solo sería un estorbo.
Aprieto los dientes y miro de reojo el rostro pálido de Alya.
—Súbete a mi espalda. No pienso dejarte.
—Señor…
—Es una jodida orden —gruño; mi voz se vuelve más sombría—. No voy a perder a
otro miembro más.
Horns se acerca, derrotado. Sé que es horrible dejar el cuerpo de Meg, pero ya no
podemos hacer nada. No quiero que Alya despierte y descubra no solo la ausencia de
nuestro hijo, sino también la noticia de que su madre está muerta.
Cuando el pequeño demonio se engancha a mi cuello, recostando su mejilla en mi
hombro, inclino la cabeza en señal de respeto hacia el cuerpo de la madre de Alya.
Tocó mucho mis cojones, pero me dio lo más valioso que tengo. Y, a su vez, la pelinegra
me dio lo más puro que jamás he creado.
Requiescat in pace.
Deus ha cruzado un límite que creí impensable para seguir fastidiándome. Si ha hecho
esto por mí, se encontrará conmigo y sufrirá las consecuencias.
El camino no es largo; cruzamos los portales rápido. No puedo perder ni un segundo.
Al llegar, Exen nos intercepta; su rostro exige explicaciones.
—¿Qué mierda pasó? —pregunta, observando a Alya en mis brazos, impregnada de
sangre.
—No lo sé; lo averiguaré —respondo—. Que revisen a Horns: está débil; se desmayó al
pasar el primer portal.
—Häel…
—¡Haz caso, carajo! —estallo—. Estoy que me lleva la mierda; no quiero que nadie me
cuestione ahora. —Exen asiente, comprende la gravedad, y toma a Horns sin mediar
palabra—. Dile a Lyna que la necesito ya en la habitación.
—Lyna no está; sigue en el bosque con su aquelarre.
—¡Necesito que revisen a mi mujer! —grito—. ¡Que venga ahora o envía a alguien!
No me detengo ni un instante. Entro a la estancia y recuesto su cuerpo. Aparto el
cabello de su rostro; la furia que corre por mis venas me hace temblar. Lo único que deseo
es ver arder al culpable de todo esto.
E iré por él.
Coloco una mano en su vientre aún hinchado y cierro los ojos con fuerza, apoyando la
frente sobre él.
—Te juro por el maldito in erno que traeré a nuestro hijo de regreso. —Me levanto y
le dejo un beso en la frente.
No puedo quedarme; por más que lo desee, no puedo. Debo actuar rápido.
Salgo de la habitación sin mirar atrás. En el pasillo me cruzo con Exen y una mujer.
—Quiero a todos los jodidos guardias atentos fuera de la habitación. Nadie entra y
nadie sale, ¿entendiste?
—Entendido. —Asiento y sigo mi camino sin detenerme—. ¿A dónde vas?
—Solo haz lo que te pido; vuelvo en cuanto pueda.
—¡Necesito contexto! No sé qué está pasando.
Me detengo en seco y aprieto los puños; tengo que reunir fuerzas para no arrancar de
cuajo a cualquiera que se me interponga. Incluido mi propio hermano.
—Estoy seguro de que Deus tiene a mi hijo. Iré por él; si me quiere a mí, me tendrá.
Los ojos azules de Exen me observan desconcertados. Indica a la mujer que entre en la
habitación y se acerca a mí.
—¿Vas a ir al cielo?
—Él nunca vendría aquí. Desataré el puto apocalipsis si tocó un solo cabello de mi hijo.
Las llamas se expanden por todo el castillo, arden más de lo habitual; incluso la lava a
nuestros pies se intensi ca. El palacio está conectado conmigo y re eja cómo me siento.
Inhalo y exhalo tratando de controlarme: estoy en un punto en el que las ganas de
incendiar el mundo terrenal me carcomen por dentro. Si para Deus sus humanos son lo
más sagrado, yo podría herirlo donde más le duele. No sin antes recuperar a mi heredero.
—Horns también está inconsciente; no entendí lo que balbuceaba. Necesita regenerarse
internamente, lo lastimaron demasiado.
—Lo sé. Quien lo hizo quería matarlo y llevarse a mi hijo. Alya está herida, pero no de
gravedad… iban con un único objetivo.
—¿Crees que lo hizo él personalmente? Debió ser alguien poderoso.
Aprieto los puños, furioso. Esta vez Deus fue demasiado lejos.
—A quien sea, lo mataré.
—Sabes que es imposible; te deseo suerte al entrar al reino de los cielos.
—Reino, mis huevos. Suerte necesitan ellos —gruño, alejándome.
El coraje me empuja a avanzar; de un salto aparezco en el mundo terrenal. El cielo,
cargado de nubes y descargas eléctricas, obliga a la gente a resguardarse. Observo todo ese
espacio encima de mí. Hace siglos que no piso ese maldito paraíso al que muchos llaman
Edén.
Sé que no seré bienvenido, pero me importa un carajo. Respiro hondo y, tras mucho
tiempo, despliego las alas. Están dormidas y entumecidas por el poco uso. Hago una
mueca de dolor al estirarlas, sintiendo cómo tiran las plumas negras que comienzan a
asomarse.
Volver a ver a Deus no será nada grato, después de todo lo que le ha hecho pasar a Alya.
Yo no soy él.
Yo no perdono.
Y me importa una mierda quién sea.
Si quiere un villano, lo tendrá.
Lo seré para él, para el maldito bastardo que se atrevió a ponerle una mano encima a mi
familia.
Termino de desplegar las alas con un tirón seco y comienzo a elevarme. Al principio me
cuesta batirlas, entumecidas por la inactividad, pero termino sobrevolando el cielo. Hace
tanto que no lo hacía que la sensación es extraña: agridulce. Cruzo las nubes en un
santiamén; no resulta difícil avanzar con la velocidad que alcanzo. A lo lejos distingo un
templo blanco con puertas doradas. No dudo que siga custodiado como siempre.
Ha cambiado desde la última vez que estuve aquí arriba, pero no le presto atención.
Tengo cosas más importantes en las que pensar. Apenas aterrizo, cinco guerreros alados se
aproximan con sus espadas luminosas y sus alas níveas desplegadas.
—¡No eres bienvenido aquí!
—Seré bienvenido donde se me dé la maldita gana —gruño, sin inmutarme ante sus
armas—. Háganse a un lado, tengo asuntos que hablar con Deus.
—No puedes pasar. Tienes el acceso restringido.
Sonrío de lado y bajo la cabeza. ¿De verdad creen que pueden detenerme? Los
mechones negros me caen a los costados del rostro.
—Si no se apartan, los apartaré yo —digo con voz grave.
Un destello de miedo cruza sus ojos azules. Se miran entre ellos, sopesando sus
opciones… aunque no tienen ninguna. Podrán ser ángeles guerreros, pero frente a mí no
son nada. De una patada los lanzo a un lado.
Como cucarachas.
El que parece su líder le susurra algo al rubio que tiene junto a él. Alzo una ceja.
¿De verdad creen que no puedo oírlos? ¿Son estúpidos o solo se hacen?
—¿Van a pedir permiso a “su señor”? —pregunto con hastío.
—Te toca esperar, Lucifer.
Frunzo el ceño al escuchar ese nombre. Aprieto los puños con furia; los dientes me
crujen. Mando todo al carajo y los empujo con tal fuerza que salen despedidos. De una
patada reviento las rejas, ignorando el candado sagrado. Los árboles, llenos de vida,
parecen darme la bienvenida. Algunos ángeles se apartan del camino, asustados.
Mientras avanzo, los querubines cuchichean entre ellos; no pueden creer que haya
regresado. Todo sigue igual que en mis recuerdos, así que no necesito buscar demasiado
para saber dónde está el todopoderoso.
Sonrío con ironía al pensar en ese título.
Todo aquí brilla: blanco, puro, impecable. La mayoría tiene ojos azules, cabello dorado
y túnicas inmaculadas, como si la perfección les perteneciera. Yo soy lo opuesto: vestido
de negro, con el cabello oscuro y los ojos grises. La corona de espinas, símbolo de mi
poder y mi condena, descansa en mi cabeza.
Un ángel, más valiente —o más idiota— que los demás, se acerca con una espada.
Aunque tiembla, veo la determinación en su mirada.
—Tócame con esa puta mierda y te quedas sin manos.
Retrocede de inmediato, dejando caer el arma. Nadie se atreve a enfrentarse a mí.
Ni siquiera los guerreros. Qué decepción.
De un salto alcanzo la tercera planta del Castillo de Gloria. Aquí todo está bañado en
dorado: oro por todas partes. Pura basura.
Ninguna de las presencias que percibo pertenece a mi hijo. Lo sabría. Aunque haya
estado dentro del vientre de Alya, reconocería su esencia en cualquier parte.
Camino por el gran balcón donde solíamos hablar de asuntos con denciales, del
mundo terrenal y del reino de los cielos.
—¡Deus! No tengo tu jodido tiempo. Sé que ya sabías que iba a venir.
La presencia que siento detrás de mí la conozco demasiado bien. Lo consideré mi
hermano, hasta que decidió desterrarme. Giro sobre mis talones y quedo frente a un
hombre alto, de melena larga y clara, vestido de blanco. Igual que siempre. Me observa
sin poder creer que haya osado entrar en su templo, en su terreno sagrado.
—¿Qué haces aquí, Lucifer?
Me froto la mandíbula y sonrío con la mayor hipocresía posible. El apodo que él mismo
me dio al exiliarme me repugna. Tengo muchos nombres, pero todos me asquean por
igual.
—Ahora soy Häel, por si no lo sabías… ¿o te quieres hacer el chistosito?
—¿Qué haces aquí? —repite—. No puedes subir, y mucho menos entrar amenazando
de muerte a los ángeles.
Lo observo jamente. La sonrisa desaparece; la burla se disuelve.
—Eso es exactamente lo que va a pasar. Voy a matar a cada maldito espíritu celestial que
encuentre aquí. Les arrancaré las alas y teñiré sus túnicas de rojo. Luego arrojaré sus
cuerpos al vacío para que tus estúpidos humanos sepan que fui yo quien los mató.
El cielo, antes azul y despejado, comienza a cubrirse de nubes negras que estallan con
cada respiración que doy.
Sé que soy yo quien las provoca.
Deus mira de reojo el caos que genero sin mover un dedo. Los ángeles revolotean,
inquietos, aterrados.
—Voy a pedir que te tranquilices.
—¿Que me tranquilice? —gruño mientras avanzo lentamente hacia él—. Devuélveme a
mi hijo.
Su rostro se des gura. La confusión lo invade.
—¿A tu hijo?
—No te hagas el idiota. Has intentado destruirme desde el día en que me desterraste.
Cada maldito intento ha fallado, así que decidiste ir por mi mujer y por mi hijo. Has
caído muy bajo, incluso para el supuesto salvador del mundo.
—No entiendo de qué hablas, Lucifer.
—¡No me llames así, maldita sea!
Mi grito retumba. El cielo se agita, los truenos estallan; la furia me hierve por dentro.
—Tranquilízate —dice, alzando las manos en un gesto de calma—. No dejes que tus
emociones te dominen. No sé de qué estás hablando. Si es por eso que has venido, déjame
decirte que ni siquiera sabía que ibas a tener un hijo.
Frunzo el ceño, incrédulo. ¿Cómo mierda no va a saberlo? Es él quien manipuló a esos
fanáticos de mierda para que Alya sufriera en aquella iglesia. Él convirtió su embarazo en
una tortura, impidiéndole disfrutarlo.
Él es quien puso a mis súbditos en mi contra. Eso fue lo que Abrahel me dijo: que el
único que se interpondría en mi camino sería Deus, que haría lo que fuera por destruirme
a mí… y a mi familia.
Antes de que empiece a gritar, distingo un movimiento detrás de él. Una melena larga y
rubia, casi platinada, se asoma con cautela por la esquina de la pared. Sus ojos azules, tan
claros como el agua, me observan con miedo y desconcierto. Pero lo que más llama mi
atención es el bulto en su vientre, perfectamente visible bajo el vestido. Alzo una ceja y
miro a Deus.
—Issa, ve a la habitación y no salgas.
La mujer obedece sin decir palabra, alejándose y dejándonos solos nuevamente.
—Vaya… eso sí que es una sorpresa.
—Seré claro, Häel —responde con calma—. Nunca me metería con un bebé indefenso
o con una mujer, mucho menos si sé que están ligados a ti. Por más que te haya
desterrado, sabes perfectamente por qué lo hice. Fuiste mi mejor guerrero… y mi mejor
amigo. No tengo nada que ver con lo que te está ocurriendo. Si quieres mi ayuda, puedo
dártela…
—No necesito tu maldita ayuda —replico, retrocediendo un paso. Si mi hijo no está
aquí… ¿entonces dónde demonios está?—. Nunca la necesité, y no voy a empezar ahora.
—Si te desterré fue porque con aba en ti. Te concedí tu propio reino, tu gente, porque
lo merecías. Muchos te siguieron y te han sido leales.
—¿A qué maldito costo? ¡Me apuñalaste por la espalda!
Su ceño se frunce; niega lentamente.
—No fue eso lo que ocurrió.
—No me vengas con tus mierdas ahora. Si mi hijo no está aquí, no pienso seguir
respirando el mismo aire que tú.
De un salto desciendo de nuevo. Las calles están vacías; los guerreros preparados para
luchar apenas me provocan lástima.
No tardo en llegar a mi castillo. Soy consciente de que tengo miles de enemigos, pero si
no fue él… ¿entonces quién carajo fue? Me llevo las manos al cabello, tirando de los
costados con rabia. Necesito encontrarlo.
¿Por qué el maldito de Abrahel nunca me advirtió de esto?
Antes de poder entrar a mi despacho, un estruendo me obliga a detenerme. Frunzo el
ceño, irritado. ¿Qué mierda está pasando ahora? ¿Acaso todos se volvieron locos y nadie
piensa informarme?
Exen se acerca corriendo. Antes de que pueda decir nada, lo suelta de golpe:
—Alya despertó.
Suspiro, llevándome las manos a las sienes. La cabeza me palpita.
—¿Dónde está?
—En el gran salón. Está como loca. La encerré ahí porque no supe dónde más
meterla… casi me mata.
—¿Cómo que la encerraste? —le gruño, apartándolo de un empujón.
—¡Te estoy diciendo que se volvió loca! Hasta secuestró a uno de nuestros soldados.
—¿Cómo mierda se te ocurre?
—¿No escuchas? ¡Secuestró a uno de tus hombres! Lo tiene retenido en el salón y planea
matarlo.
—Puede matar a quien se le dé la maldita gana.
Camino hacia el lugar que mencionó.
¿Con qué maldita cara voy a decirle que todavía no he encontrado a nuestro hijo?
Capítulo 38

ALYA

Siento un frío inmenso. El cuerpo me tiembla, seguramente por el agua helada de la


bañera.
Aunque… ya no estoy mojada.
El dolor regresa de golpe en cuanto abro los ojos. Frunzo el ceño y hago una mueca.
Cierro los párpados de nuevo, intentando enfocar dónde estoy. No hay tanta luz como en
el baño. Trato de incorporarme y un paño húmedo resbala hasta caer sobre mi regazo.
—No, mi reina, recuéstese —dice una voz femenina.
Giro hacia ella. La gura borrosa de una mujer me sostiene por los hombros para
acostarme de nuevo. No la he visto antes, pero reconozco su energía: una bruja
curandera.
El techo oscuro, surcado de relámpagos rojizos, me con rma que estoy en el Averno.
Seguramente Horns llamó a Häel y él vino por nosotros.
Suspiro, algo más tranquila.
Después de tener a Rean no recuerdo nada. El dolor fue tan intenso, el agotamiento tan
brutal, que terminé desmayándome. La mujer a mi lado limpia mis piernas, aún
manchadas de sangre. Coloco las manos sobre mi vientre, todavía un poco hinchado.
—¿Y mi bebé? —pregunto, mirándola.
Me duelen las piernas, los pechos… y esa parte baja de mi cuerpo que arde con cada
movimiento. No puedo creer que haya dado a luz sola.
La curandera evita mi mirada mientras continúa limpiando. Frunzo el ceño y miro
alrededor de la habitación.
—¿No quiere darse un baño? —dice con voz temblorosa—. Le haría bien. Debe
guardar reposo, al menos unos días.
—¿Dónde está mi bebé? —insisto, incorporándome pese al dolor.
La mujer se queda inmóvil, sin saber qué responder. Se levanta, secándose las manos en
su vestido. Está nerviosa. Y eso me asusta más. Me obligo a ponerme de pie, aunque el
cuerpo me pese.
—¿Qué hace? Debe recostarse —intenta detenerme.
—¡No! ¿Dónde carajos está mi hijo? —me aparto de su alcance—. Te hice una
pregunta. Contesta.
Aprieto las manos contra la orilla de la cama. Sé que no puedo hacer mucho esfuerzo; lo
poco que estudié de enfermería me sirve para entenderlo. Aun así, trato de controlar mi
respiración. La presión en mis pechos me recuerda a Rean… y la angustia se clava más
hondo.
—Lo siento, mi reina.
—¿Lo siento? —levanto la cabeza con brusquedad. La mujer retrocede un paso,
dudando en hablar.
—Solo la trajeron a usted. No venía ningún bebé.
Sus palabras retumban en mi mente como un eco roto. Bajo la mirada a mi vientre,
todavía in amado, y niego despacio.
—¿C-cómo que no venía ningún bebé?
—No, mi reina. Desde que llegó, solo me ordenaron atenderla a usted.
—Yo di a luz. Lo vi. Lo escuché llorar. No pueden decirme que… que no está.
La bruja niega en silencio y se aparta. Me quedo paralizada unos segundos, intentando
asimilar lo que acabo de oír. Las lágrimas comienzan a nublarme la vista.
Recuerdo tenerlo entre mis brazos, sentir lo liviano que era, el calor de su cuerpecito
pegado al mío.
No… no pueden decirme que eso fue un sueño.
No pueden decirme que fue una pesadilla.
La habitación empieza a volverse sofocante. Un calor espeso me oprime el pecho, y una
rabia sorda comienza a burbujear dentro de mí cuando la primera lágrima cae.
Ese hombre se lo llevó.
—Señora, por favor, no puede levantarse. Debo asearla, tiene que descansar.
—¡No! ¿Qué no entiendes? ¡Mi hijo no está aquí! ¡Se lo llevaron!
Apenas me pongo de pie, las piernas me aquean y un dolor punzante me atraviesa
desde la entrepierna hasta el vientre. Lo ignoro.
—Lo sé, señora, pero acaba de dar a luz. Tiene que reposar.
Sus palabras me hacen cerrar los ojos. El labio me tiembla de pura impotencia. Me
aferro a su brazo cuando un mareo me sacude.
—Acabo de dar a luz… —murmuro con voz quebrada—. Di a luz y no tengo a mi
hijo.
Sus ojos, llenos de susto y compasión, me observan sin comprender realmente lo que
digo, sin imaginar lo que siento.
—Quítate o te quito —le advierto.
Ella duda, jugando nerviosa con los dedos. Sé que solo cumple órdenes, pero cuando se
planta frente a la puerta, bloqueándome el paso, pierdo la poca paciencia que me queda.
No estoy para juegos. Ni para perder el tiempo.
—No puedo hacerlo.
—Yo sí puedo.
Con un simple movimiento, su cuerpo sale despedido hacia la cama. Las sábanas se
enrollan en torno a sus muñecas, inmovilizándola. No quiero hacerle daño —ella no
tiene la culpa—, pero mi furia necesita un objetivo, y no será ella.
Avanzo despacio, mordiéndome el dolor. Sus gritos me taladran los oídos, me obligan a
cerrar los ojos por un instante.
Abro la puerta. De inmediato, se cierra de golpe.
—¡No puedo dejarla salir, señora! ¡Debo limpiarla, está sangrando! —grita forcejeando.
Su poder no es nada comparado con el mío.
Bajo la mirada. El vestido, rasgado y empapado, vuelve a mancharse con sangre fresca.
El cruel recordatorio de que di a luz.
Abro la puerta otra vez, ignorando sus súplicas. Afuera, los guardias me observan
desconcertados. Más les vale mantener la boca cerrada si no quieren terminar pegados a
las paredes. Cierro la puerta tras de mí.
—¿Se encuentra bien, señora? —pregunta uno, dudando.
—¿Dónde está Häel?
—El señor salió. ¿Necesita algo? Nos ordenaron no dejarla salir de la habitación…
Dejo de escucharlo. En un parpadeo, su cuerpo —y el de los otros— se estrella contra la
pared, suspendido por hilos invisibles. No pienso perder el tiempo.
El pasillo está oscuro y desierto. Me resulta extraño; parece que han pasado siglos desde
la última vez que caminé por aquí.
Y cada rincón me recuerda a mi bebé.
Camino despacio, conteniéndome del dolor. Mi vestido, desgarrado por partes, se pega
a la piel. La mujer no quiso quitármelo del todo para no invadir mi intimidad, y en parte
se lo agradezco… aunque haya tenido que atarla a la cama.
No pienso matar a nadie —aunque ganas no me faltan—. Solo quiero encontrar a los
responsables de todo esto, de que mi embarazo haya sido un in erno.
Un guerrero se interpone en mi camino justo al llegar al gran salón. Sus ojos recorren
mi gura con cautela; cuando su mirada se cruza con la mía, veo cómo la comprensión le
atraviesa el rostro. Luego mira por encima de mi hombro, seguramente notando a sus
compañeros colgados de las paredes.
—Debe guardar la calma, señora.
—¿Guardar la calma? —susurro con amargura. Me duele el alma que me pidan
serenidad cuando mi hijo no está conmigo.
El guardia levanta las manos a medida que se aproxima. Siento los ojos llenos de
lágrimas, pero ninguna cae.
—Sí, señora. Debe mantenerse tranquila para que su recuperación sea favorable. Debe
guardar reposo.
—¿Debo preocuparme por mí? —mi voz tiembla—. Por mi salud, ¿cierto?
El hombre —al que no logro verle el rostro por el casco metálico que lleva puesto,
grotesco y amenazante— sigue avanzando, con intenciones que nada tienen de buenas.
Su energía es tan densa que la percibo desde el momento en que se plantó frente a mí. No
entiende que mi salud me importa una mierda si no tengo a Rean conmigo.
—Así es, mi reina —responde con tono suave—. Debe descansar para reponerse. Los
hijos vienen y van. Lo encontrarán en algún momento, no se preocupe. —Extiende una
mano, intentando tocarme.
Ladeo la cabeza, observándolo con frialdad. Nego despacio ante lo que acaba de decir.
Puedo sentir sus pensamientos: son repulsivos, retorcidos. Entre ellos, un nombre destaca.
Abrahel.
Mi mente se aclara.
Si el ángel de la muerte fue tan cercano a Häel, lo más probable es que aún tenga
demonios, guerreros y sirvientes in ltrados… dentro del castillo.
Antes de que sus manos inmundas me rocen, las lleva instintivamente a la garganta. Le
falta el aire. Lo levanto sin esfuerzo; su cuerpo se alza del suelo, otando, mientras la
sangre empieza a ltrarse por la máscara de su casco.
—Tú vas a decirme todo lo que sabes… quieras o no.
Con un leve movimiento, su cuerpo sale disparado hacia las puertas del gran salón,
abriéndolas de par en par con estruendo. Lo retengo en el suelo mientras avanzo hacia él.
—¡¿Qué carajos?! —la voz inconfundible de Exen rompe el silencio. Su mirada se cruza
con la mía, luciendo tensa, casi asustada. Traga saliva—. Alya, deberías estar desc…
—No te atrevas a decirlo —lo interrumpo con un tono gélido.
—¿Qué?
—¡Todos me miran con lástima! —grito, llevándome las manos al cabello. Parte de los
presentes comienza a salir por órdenes suyas—. ¡No quiero calmarme ni descansar!
¡¡Quiero a mi hijo!!
Las lágrimas nalmente uyen, liberando el dolor que me consume.
—Cuñada… sabes cómo es Häel —dice Exen con voz suave—. Volverá con el pequeño
Rean, aunque tenga que atravesar el in erno entero para lograrlo.
Niego con rapidez, mordiéndome una uña con ansiedad.
—Tenía al enemigo dentro de su propio castillo, Exen. Al que me atormentaba cada
noche. ¿O acaso Häel lo sabía?
Sus ojos re ejan curiosidad y confusión.
—¿De qué estás hablando?
La rabia vuelve a hervir en mi interior. Tomo al hombre moribundo que intenta
arrastrarse y lo lanzo con un hechizo contra la mesa llena de comida.
—No… la comida —susurra Exen, con voz apenas audible.
—Abrahel fue el que se llevó a mi bebé —digo entre dientes—. Estaba ahí antes de que
diera a luz. Me lo confesó todo.
—¿Abrahel?
—Ese maldito es su amigo, o al menos su aliado. Estoy cien por ciento segura.
—¿Cómo que Abrahel, Alya? —pregunta acercándose. Me toma de los hombros,
buscando mis ojos, intentando con rmar que digo la verdad. Pero en cuanto me toca, los
retira con un gesto de dolor—. Quemas.
Retrocede unos pasos, mirando sus manos enrojecidas. Yo observo mis brazos: lucen
normales. Ni siquiera siento calor.
—No es mi intención.
—Tus ojos… son púrpuras.
Trago saliva al escucharlo, aunque eso ahora me importa poco. No quiero terminar
incendiando el castillo de Häel por un arrebato.
—Eso no es lo importante, Exen —lo fulmino con la mirada y hago una mueca al
sentir punzadas en el bajo vientre—. Ese maldito se llevó a mi hijo… y voy a ir por él,
aunque me cueste la vida.
Empiezo a avanzar hacia el hombre que aún se retuerce en el suelo.
—No es la manera, Alya. Si el guerrero sabe dónde está, torturarlo no te servirá de
nada.
—Sabe dónde está. Y hablará… si no quiere morir.
La sangre brota a borbotones del casco a medida que me acerco. La hemorragia interna
es obra mía; la provoqué a propósito. Sentir el poder recorrerme, dominar la magia, es
casi placentero.
Exen vuelve a interponerse en mi camino.
—No voy a permitirlo, lo siento. Por más que quiera ayudarte, quien manda aquí es
Häel, y tú estás débil ahora mismo. Voy a pedirte que te retires y regreses a la habitación.
—Frunce el ceño, como si recordara algo—. Por cierto, ¿dónde está la mujer que dejé
contigo?
—¿La que está amarrada a la cama? —giro lentamente hacia él—. ¿No vas a preguntar
por los guardias que están pegados a las paredes?
Una ceja se alza en su rostro ante mi comentario. De reojo noto cómo mueve
discretamente la mano detrás de su espalda. No le doy tiempo. Con un solo movimiento
de mis ojos, el cuerpo del hombre de cabello castaño y collar de púas sale despedido,
golpeando las puertas del salón con tanta fuerza que se abren de par en par. Queda tirado
afuera.
—¡Es mejor tranquilizarse, Alya! ¡Piensa con calma! —grita Exen, golpeando las puertas
cuando las cierro de un portazo en su cara.
—Ya estuve tranquila muchos meses —susurro entre dientes, clavando la mirada en el
demonio tendido a unos metros—. Vas a responder todo lo que te pregunte, si no quieres
que te destroce el cuerpo.
—A-aun a-así… lo harás —balbucea con di cultad.
—No lo haré si me dices todo lo que sabes. Te lo prometo.
Los ojos oscuros del guerrero se alcanzan a vislumbrar bajo el casco. Sé que es un
demonio, como todos aquí; no encontraré un humano ni por error. Aun así, debo
mantenerme alerta, incluso si está moribundo.
—No confío en usted —responde con voz entrecortada—. Solo quiere arrasar con todo
lo que encuentre por esa criatura que le arrebataron.
La sola mención de mi hijo me atraviesa el cuerpo como una punzada. Aprieto el puño
bajo el vestido para no perder el control.
—Cumplo mis promesas. Te dejaré libre si me dices todo lo que sabes. —Lo observo
jamente. Sé que duda, que se debate entre hablar o morir. Le importa más su miserable
vida que cualquier lealtad—. Te lo juro por mi hijo.
—N-no sé mucho —responde al n, intentando incorporarse con una mueca de dolor.
Si supiera lo dañado que tiene el interior, no lo intentaría—. Solo sé que su hijo… le
estorbaba a Abrahel. Nunca quiso que naciera.
—¿Por qué? ¿Te lo dijo?
—Mencionó algo sobre el ángel de la muerte… dijo que ese niño le quitaría su puesto.
—¿Mi hijo? —frunzo el ceño, tratando de comprenderlo. ¿No estará confundiendo los
planos? Abrahel siempre ha codiciado el in erno. Seguramente teme que mi hijo le
arrebate el poder.
—Sí. Él lo vio. Su hijo va a gobernar el in erno… como el nuevo ángel de la muerte.
Sus palabras despejan mi mente en un segundo.
Claro. Abrahel teme perder su lugar. Por eso lo hizo.
—¿Te dijo qué piensa hacer con mi hijo?
El demonio niega con un débil movimiento de cabeza, apoyándose contra la pared.
—Hace mucho que no hablo con él, se lo juro… eso es todo lo que sé. Se le notaba el
odio en el rostro. Envenenaba la mente del señor cada vez que tenía oportunidad. Ni
siquiera le contaba todo lo que veía, porque decía que él lo arruinaría.
Me sostengo del pilar más cercano cuando un mareo me golpea. Cierro los ojos con
fuerza. Si mi hijo “estorba”, lo más probable es que intente deshacerse de él… y eso es
algo que no podría soportar.
Ni voy a permitirlo.
Un estruendo detrás de mí pone en alerta al moribundo a mis pies. Suspiro y me
recompongo. No necesito girarme para saber quién es; su aura la sentí desde el pasillo.
Hago lo posible por no parecer agotada ni vulnerable, aunque mi vestido esté empapado
de sangre, me duela el vientre, los pechos, la entrepierna… y el corazón.
Los pasos pesados del rey del in erno se detienen justo detrás de mí. Presiono los labios,
sin mirarlo. De alguna forma, estoy enfadada con él. Sé que no tiene la culpa de haber
tenido a un enfermo vengativo viviendo bajo su techo, pero mi ira no discrimina.
—Señor —dice el guerrero con voz temblorosa, hincándose con esfuerzo y agachando
la cabeza.
Cuánta hipocresía.
—Deberías estar en cama, Alya —pronuncia Häel, ignorando olímpicamente a su
subordinado.
Parpadeo varias veces, intentando ocultar el cansancio y las lágrimas contenidas. Solo
tenerlo cerca me provoca una mezcla de nostalgia y desasosiego.
Su cabello negro está despeinado, y aunque la corona permanece en su sitio, parece que
ahora pesa más. Las sombras bajo sus ojos me dicen que no soy la única que sufre. Sus
pupilas grises recorren mi cuerpo, buscando señales. Se detienen en el vestido rasgado y
manchado de sangre.
—A eso iba.
Me giro, sin ganas de continuar la conversación, y avanzo despacio hacia la salida,
donde Exen se soba la cabeza con gesto torpe.
—¿Y tú qué haces aquí? —gruñe Häel—. Ordené que nadie abandonara su puesto.
—S-sí, señor. Solo cu-idaba a su reina —balbucea.
Me detengo, mirando el suelo.
—Él ayudó a Abrahel todo este tiempo —digo con voz fría—. Fue su cómplice. Le
saqué lo que pude.
Vuelvo a caminar, arrastrando los pies. A mis espaldas escucho un golpe sordo, seguido
de un grito ahogado. No me detengo.
—¡M-me lo prometió! ¡Prometió que n-no me m-ataría!
—Te lo prometí yo, no él.
Salgo del gran salón sin intención de escuchar más súplicas. Si Häel necesita desquitarse,
que lo haga.
Al llegar a la habitación, noto que la curandera ya no está. Camino directo al baño y,
casi en modo automático, me quito el vestido. El agua de la bañera está tibia cuando me
sumerjo. Apoyo la cabeza en el borde de cerámica, dejando que el silencio me envuelva.
Miro mis pechos, sensibles incluso al respirar. El abdomen, todavía estirado, volverá a la
normalidad con el tiempo. Supongo que la sangre vampírica en mis venas acelerará la
recuperación.
Todo lo que me contaron mi madre y Abrahel resuena sin parar en mi cabeza.
Ni siquiera he preguntado por nadie.
Ni por Horns.
Me sumerjo un poco más en la bañera. Necesito vaciar mis pechos, y solo pensarlo me
hace apretar los ojos con fuerza. Las lágrimas se acumulan, los labios me tiemblan, pero
no dejo escapar ningún sonido.
Mi mente, cruel y cómplice, decide traer de vuelta cada recuerdo del embarazo, el
instante en que lo tuve entre mis brazos.
Cruzo los brazos sobre el pecho, imaginando que aún lo sostengo.
Una caricia leve en la mejilla me obliga a abrir los ojos. Las lágrimas, traicioneras, se
deslizan sin permiso. Los ojos grises frente a mí, antes tan duros, ahora lucen apagados,
cansados.
—Te juro por mi vida que voy a traerlo de regreso.
—Apenas pude sostenerlo… —sollozo con la voz rota—. Era tan chiquito.
—Alya, no quiero que te tortures. Lo traeré, te lo prometo. Al nal del día, todo esto
será solo una pesadilla… un mal sueño.
—He estado en una puta pesadilla desde el maldito día en que apareciste en mi
habitación —murmuro, devastada—. Estoy cansada de que me siembren el miedo, de ser
manipulada a su antojo. De tener que mirar a todos lados, esperando el siguiente golpe.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque creí que solo eran eso: pesadillas… sueños que jamás se volverían realidad. —
Alzo la vista hacia el techo, donde las sombras del cielo se mezclan con destellos rojos y
relámpagos distantes.
Sus dedos siguen recorriendo mi mejilla. Häel permanece acuclillado junto a la bañera,
observándome con una expresión que me rompe.
—Debí haber estado más atento —susurra—. Asegurarme de que nadie se acercara a
ustedes. Nunca imaginé que Abrahel sería capaz de traicionarme.
Se quita la corona de espinas y la contempla en silencio. Su ceño está fruncido, igual
que el de Rean cuando lloraba.
Extiendo una mano y enredo los dedos en su cabello negro, acariciándolo con ternura.
Las lágrimas vuelven a arder en mis ojos; el pecho me duele.
—No soporto verte así.
Vuelvo la cabeza hacia el frente. El agua se tiñe lentamente con hilos de sangre. Un
sonido ahogado escapa de mis labios, débil, pero cargado de todo lo que he contenido.
En cuestión de segundos, Häel se mete a la bañera sin quitarse la ropa. Se coloca detrás
de mí y me rodea con los brazos. Ese abrazo… no sabía cuánto lo necesitaba. Me
acurruco de lado, hecha un ovillo entre sus brazos, y dejo que los sollozos se mezclen con
los gritos que ya no puedo contener.
Él no dice nada. Solo me sostiene mientras paso por el desahogo. Sus dedos dibujan
líneas suaves por mi espalda, intentando apaciguar el temblor.
La pesadumbre y la culpa se re ejan en su mirada; el gris de sus ojos se ha tornado
oscuro. Sufre en silencio, queriendo mostrarse fuerte, aunque yo sé que no lo está.
Está bien romperse de vez en cuando.
Juro que, cuando tenga a mi hijo de nuevo en mis brazos, nadie —nadie— volverá a
hacerle daño. Tendrán que pasar sobre mí primero.
Respiro con di cultad, entre hipidos, ya un poco más calmada. Las caricias de Häel se
deslizan entonces por mi pecho izquierdo. El contacto me hace fruncir el ceño: están
duros, pesados, llenos.
Abro los ojos y lo observo mientras acerca el rostro, pasando la punta de su nariz por el
costado de mi seno. Levanta la mirada, y sus ojos se clavan en los míos, haciéndome
entender exactamente lo que está a punto de hacer.
Durante el tiempo que estudié medicina tuvimos varias materias sobre los procesos del
parto: el antes, el durante y el después. Aprendí que los pechos comienzan a producir
leche pocas horas después de dar a luz; se llenan, se in aman y duelen al tacto.
Exactamente lo que me está ocurriendo ahora.
Están tan tensos que apenas puedo tocarlos sin que me ardan, y debo vaciarlos, aunque
no tenga un extractor ni quiera lastimarme al hacerlo.
—¿Me dejas? —susurra junto a mi aureola. Una gota se desliza por la piel sensible y
trago saliva antes de asentir lentamente—. La leche es de Rean —añade con voz suave—.
Solo quiero aliviarte un poco.
Me acomoda con cuidado contra su cuerpo. Luego, sin dudar, rodea mi seno con los
labios y succiona por primera vez. Aprieto los puños sobre su pecho, conteniendo un
gemido de dolor cuando la presión me atraviesa, punzante.
No se aparta durante un par de minutos, y poco a poco el malestar disminuye. El pecho
se siente más liviano, y un suspiro se escapa de mis labios. Repite el gesto con el otro, y
cierro los ojos, dejando que el alivio me invada.
El momento es agridulce. Por un lado, debería ser mi hijo quien bebiera esa leche; por
otro, es conmovedor que él quiera aliviar mi dolor, que entienda lo que signi ca esta
sensación, que sepa que si la leche se queda, todo se complica.
El cansancio comienza a vencerme a medida que el cuerpo se relaja. Trato de mantener
los ojos abiertos, pero su voz me arrulla cuando murmura en mi oído:
—Descansa.
Me dejo llevar. Necesito recuperar fuerzas para lo que viene.
Para recuperar a mi hijo.

A lo lejos alcanzo a oír una voz autoritaria que grita y da órdenes a diestra y siniestra.
Abro los párpados y noto el cuerpo menos débil que hace unas horas… ¿o fueron días?
No lo sé. Las sábanas rozan mi piel desnuda; llevo puesta una camisa negra de Häel y unas
bragas. Decido que ya es momento de levantarme.
La prenda está manchada de leche a la altura del pecho. Bufo con fastidio. Al menos ya
no duele tanto, gracias a que Häel me alivió. Mi cabello está seco; no tengo idea de
cuánto dormí, pero debió ser bastante.
Del armario tomo unos pantalones ajustados, del mismo tono oscuro que todos usan
aquí. Me decido por un corsé para ceñir el cuerpo: debería usar una faja, pero no tengo
una. El corsé sirve para sostener el vientre y también presiona mis senos, di cultando que
la leche vuelva a salir. Frente al espejo, cepillo mi cabello. Aunque dormí, no parece haber
sido su ciente: las ojeras bajo mis ojos son profundas, violáceas, imposibles de disimular.
Verme en el espejo sin la barriga es como recibir una puñalada en el corazón. Aprieto
los puños y salgo de la habitación, no sin antes colocarme el anillo de rubí que Häel me
regaló.
Afuera, los guardias permanecen como robots. Camino despacio hacia la sala de los
portales. No pienso avisar a nadie; iré a buscarlo. Ya descansé, ya me repuse. El dolor ha
disminuido y mis pasos son más rmes. Pero justo cuando estoy por abrir la puerta, una
mano rme la cierra de golpe.
—¿A dónde crees que vas?
—No voy a quedarme aquí sin hacer nada.
—Mis demonios lo están buscando por todas partes: en el mundo terrenal, en los reinos
intermedios y aquí mismo, en el in erno. No puede esconderse bajo una piedra sin que lo
encuentre. No hace falta que salgas.
—Lo haré de todos modos. —Desvío la mirada hacia su mano, que aún sujeta la puerta.
En su dedo lleva un anillo con tonos rojizos, igual que el mío, aunque sin incrustaciones.
En su interior parece uir lava viva—. No me dijiste que tú también tenías uno.
Él baja la mano, negando, y observa el anillo del mismo modo que yo.
—Me lo entregaron hace poco. Iba a mostrártelo cuando regresaras. —Lo hace girar
entre los dedos, y levanto la vista hacia sus ojos grises—. No dejaré que salgas sola.
—No va a pasarme nada.
Mantengo la mirada ja en la suya. Me supera fácilmente por una cabeza. No lleva la
corona que suele acompañarlo, y el cansancio sigue grabado en su rostro. Yo al menos
pude dormir; él, no.
—Iremos juntos, o no irá nadie. No pienso dejarte sola. —Su mano aparta un mechón
de mi cabello.
Me pongo de puntillas para alcanzar sus labios y rodeo su cuello con los brazos. Siento
como si hubieran pasado años desde la última vez que lo besé. Cierro los ojos y me
permito disfrutarlo por unos instantes.
El beso se vuelve más intenso, más voraz. Me toma del cabello y me empuja contra la
pared. Se separa apenas por falta de aire, y su voz ronca rompe el silencio:
—¿Ya no duelen? —pregunta, señalando mis senos.
Niego y me aparto. No es algo que me avergüence; de hecho, por alguna razón, el
contacto me trajo alivio, descanso… al menos hasta que mis pechos vuelvan a llenarse de
leche. Pero solo pensar que mi bebé podría tener hambre me desgarra por dentro. La
necesidad de tenerlo conmigo se vuelve insoportable.
Tomo el collar de oro con la letra de mi nombre que siempre cuelga de mi cuello. Lo
observo en silencio, y una idea cruza mi mente. Lo retiro despacio, sin dejar de mirarlo, y
se lo extiendo. Häel arquea una ceja, sin entender qué intento.
—Me diste el anillo y yo no te obsequié nada.
—No hace falta, Alya. Lo hice porque quise, no porque esperara algo a cambio.
—Aun así, quiero hacerlo. —Tomo su mano y dejo el collar sobre su palma. Lo observa
con curiosidad, acariciando la letra “A” entre sus dedos—. No tengo nada más ahora, pero
te prometo que, cuando todo esto acabe, te regalaré algo mejor.
—Mi reina, contigo y con Rean me basta. —Intenta devolvérmelo.
Niego lentamente.
—Es para que me sientas un poco más cerca de ti.
Sus dedos vuelven a rozar la letra grabada. Una sonrisa ladeada se dibuja en sus labios.
—A mí me parece que lo que quieres es marcar territorio. —Sonríe apenas mientras
envuelve la cadena alrededor de su muñeca.
Cruzo los brazos, esbozando una sonrisa al ver la “A” colgando de su piel.
—Tal vez sí, tal vez no. —Me encojo de hombros.
—¿Puedo pedir yo qué es lo que quiero como regalo?
Exhalo despacio, recorriendo con la mirada la línea rme de su mentón.
—No. A mí no me diste a elegir.
—Pero yo sí quiero. —Su voz se vuelve un susurro mientras me toma de la cintura—.
Si te empeñas en darme un obsequio, lo aceptaré solo si puedo elegirlo.
—Häel, no quiero hablar de se… —intento decir, pero él chasquea la lengua y posa dos
dedos sobre mis labios, obligándome a callar.
Inclina el cuerpo hacia mí, y su otra mano asciende despacio desde mi cintura hasta la
nuca.
—Es irónico que creas que solo pienso en el sexo, cuando eres tú la que lo mete en
todos lados —murmura con una media sonrisa.
—¿No quieres…? —pregunto, confusa. Él niega enseguida, sus ojos grises jos en los
míos—. ¿Entonces?
—La conversación —responde, apenas rozando mi mejilla con los labios—. Quiero
que, por n, hablemos. Ese es el único regalo que quiero de ti, Alya.
Alzo las cejas, sorprendida. Con todo lo que ha pasado, no imaginé que aún lo
recordara. Incluso yo, que todavía sentía las punzadas en el pecho, lo había dejado en un
rincón del olvido.
Rean es mi prioridad. Mi única prioridad, si se me permite ser egoísta.
Pero él… sus ojos, la tristeza que carga en los gestos…
—No has dejado de pensar en eso —digo, subiendo la mano hasta acariciar su rostro—.
Häel… ¿cuánto llevas sin dormir?
—Desde que te fuiste —responde con voz ronca, tragando saliva mientras apoya la
frente contra la mía—. Desde que no dijiste que sí querías ser mi reina. Por eso quiero
que ese sea mi regalo. Cuando volvamos, cuando entierre el alma del ángel de la muerte
en los con nes del in erno, cuando nuestro pequeño diablillo esté aquí, con nosotros…
quiero que…
Le chisto suavemente y le tomo la barbilla para que me mire. No sé en qué momento
bajó la cabeza, pero solo puedo ver su garganta tensándose, la manzana de Adán subiendo
y bajando con nerviosismo.
¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo no entendí que su silencio no era frialdad, sino torpeza?
Que no sabía cómo decir lo que sentía, porque nunca había tenido que hacerlo.
Debía sentirme orgullosa de ser la primera persona que logró derribar sus muros, y sin
embargo solo pensaba que no signi caba nada para él. Y aunque aún tengamos que
aprender a nombrar sus excesos —su sobreprotección, sus celos, su oscuridad, sus
mentiras, sus prohibiciones—…
—Vamos a buscar a nuestro hijo —susurro—, y te daré tu regalo.
Él asiente con los dientes apretados, y antes de que pueda reaccionar, me adelanto y me
pongo de puntillas. Lo beso.
Este beso, sin embargo —aunque no me disgusta—, me rompe en mil pedazos.
Sabe a tristeza.
Ambos llevamos la pena contenida en la boca: en esas lágrimas que él nunca dejará
caer… y que yo me niego a soltar.
Nos adentramos en la sala de portales, dejando atrás la conversación. Diversas puertas se
abren ante nosotros, cada una con un destino distinto. Sin pensarlo demasiado, elijo la
del bosque. Ese mismo bosque que durante meses me atormentó en sueños, que me
enseñó parte de mi magia y que ahora me llama con la voz insistente de una certeza: ahí
está mi hijo.
Aunque sé que es enorme, inabarcable. No podremos explorarlo todo en un solo día.
Las hojas secas crujen bajo mis pies al cruzar el umbral. El sol aún ilumina el mundo
terrenal, y agradezco que no sea de noche.
—¿Tienes una idea de por dónde empezar? —pregunta Häel mientras camina con paso
calculado, inspeccionando cada rincón del suelo cubierto de hojas—. Mandé a Exen a
revisar hasta debajo de las piedras del in erno.
Lo observo en silencio. Su espalda rme contrasta con el silencio absoluto del bosque.
Todo parece tan quieto, tan engañosamente pací co.
—Mis pesadillas siempre eran sobre este lugar —susurro—. Solo recuerdo correr por un
sendero lleno de hojas… alguien me perseguía, me torturaba, me hacía gritar. Escuchaba
el llanto de un bebé y luego… —cierro los ojos, y un temblor me recorre el cuerpo. Los
brazos fuertes de Häel me rodean antes de que pueda derrumbarme—. No quiero que mi
pesadilla se haga realidad.
—No lo hará.
Agarro con fuerza su camisa negra. Las imágenes se reproducen en mi mente como una
película, desgarrándome, arrancando lo poco que queda de esperanza. Me escondo en su
pecho, buscando refugio. Es lo único que nos calma ahora: el calor del otro, el saber que
seguimos respirando pese a todo.
Perdimos a nuestro hijo. Y ni siquiera el rey del in erno, con todo su poder, pudo
evitarlo.
Me aparto apenas unos centímetros. No quiero parecer débil, aunque mantenerme
rme me cueste cada bra del cuerpo. Mis pensamientos giran sin descanso, como una
tormenta que no se detiene. Lo único que deseo es volver a sentir el peso tibio de mi bebé
en mis brazos.
—Es mejor que nos separemos —digo con decisión—. El bosque es demasiado grande;
no alcanzaremos a cubrirlo si seguimos juntos.
Él me mira con duda, buscando cualquier señal de vacilación en mi rostro.
—¿Segura? No me molesta pasar todo el día buscándolo.
—No quiero estar aquí cuando caiga la noche. Si nos dividimos, podremos abarcar más
terreno.
—Mmm… no lo sé. —Su expresión revela que no le convence la idea.
—Confía en mí, Häel. Estaré bien.
Hace una mueca leve y aparta un mechón de cabello que se ha deslizado sobre mi
rostro.
—Exen vendrá con los guerreros. Lo más probable es que ya haya avisado a Circe, y las
brujas se unirán a la búsqueda. Melek me apoya; sabe que es un momento crítico.
Mandará demonios a rastrear, y puede que tu amiga la morena y el peliblanco aparezcan
también.
—¿Tamara y Blaze? —levanto la cabeza de golpe. Él asiente, apartándose un poco—.
Bien. Entonces que nos alcancen después. Cuantos más seamos, mejor. Tal vez Lyna
pueda lanzar un hechizo para rastrear más rápido.
—Sí, eso mismo he pensado. —Se pasa una mano por el rostro, que ahora luce más
pálido que antes. La falta de color en su piel me preocupa. Parece consumirse poco a
poco. Ni siquiera lleva puesta su corona.
Doy un paso hacia él y tomo su rostro entre mis manos. Sus ojos grises, opacos, se jan
en los míos. Y por un instante, el silencio del bosque nos envuelve, cargado de todo lo
que no hemos dicho.
—¿Tú estás bien? Me he estado concentrando tanto en lo que yo siento que no me he
detenido a pensar en cómo te sientes tú.
Coloca sus manos sobre las mías y suspira hondo. Su cuerpo está tenso, en constante
alerta.
—Nadie está bien, ni siquiera tú —responde con amargura—. No necesito mirarte
mucho para saber que te estás conteniendo. Lo que más me pesa es no haber podido
protegerlos. Debí estar ahí. No debí con ar tanto en Abrahel… ni escucharlo siquiera.
—Yo no con aba ni en mi sombra y mira lo que pasó. No es tu culpa, Häel. En
realidad, no es culpa de nadie. Tal vez no esté del todo bien, pero tengo la fuerza para
buscar a Rean. No voy a dejar que la ansiedad o el miedo me devoren. Ya no. Quiero
hacer arder a cada uno de los que convirtieron mi vida en una pesadilla durante el
embarazo. —Mantengo la mirada ja en la suya, sin pestañear.
—Si va a arder, que ardan.
—Y arderán —respondo con rmeza—. Todos.
—Me siento agobiado… —admite, llevándose una mano al pecho—. Hay algo aquí
que no me deja respirar con normalidad. —Da unos pasos hacia atrás, negando con
frustración—. Tal vez sea la culpa… saber que ni siquiera siendo el rey del in erno tengo
el control. ¡No puedo ni siquiera dominar el maldito Averno!
Aprieto los labios, observándolo con el corazón encogido. Su semblante abatido me
golpea más fuerte que sus palabras. Recuerdo entonces las conversaciones con ese maldito
impostor. ¿Y si también él metió cizaña entre los demonios para provocar la rebelión
contra Häel?
Según lo que mi madre me contó, existe una profecía: una que dice que moriré y que el
dios de la oscuridad será destruido.
Es lo que busca Abrahel.
—¿Y si no es por ti? —divago con cautela—. ¿No crees que tal vez Abrahel movió las
piezas para que los demonios se te rebelaran?
Häel guarda silencio unos segundos, pensativo. La luz del sol se ltra con di cultad
entre los árboles, tiñendo el bosque de sombras.
—Voy a despedazarlo con mis malditas manos —ruge entre dientes.
Una parte de mí se alegra de verlo así: enfurecido, vivo. Pre ero verlo gritar, maldecir y
descargar su ira a tener que soportar ese silencio sombrío que lo carcome por dentro.
—El que lo encuentre primero gana, mi amor —respondo, acercándome a él y dándole
un beso rápido en los labios. Su ceño se frunce aún más, endurecido por la rabia.
Me aparto antes de que el sol baje del todo. Debo mantenerme rme. No puedo
permitir que el miedo me paralice.
Por mi bebé.
—¡Cualquier cosa dices mi nombre!
—Tres veces, lo sé —respondo sin girarme, levantando el pulgar en señal de que lo
escuché.
Hace unas horas apenas podía respirar del dolor. Lloré hasta vaciarme, hasta que solo
quedó la determinación. Me desahogué en sus brazos, y ahora el cuerpo me duele menos.
No necesito compadecerme más. No pienso pasar el resto de mi vida encerrada en una
habitación lamentándome. Pre ero morir buscándolo que seguir viva sin hacer nada.
Camino entre los árboles, esperando ver la silueta de Häel a lo lejos, pero no hay rastro
de él. Estoy completamente sola.
El viento hace crujir las hojas bajo mis pies; los árboles se mecen, enormes y
amenazantes. La penumbra crece entre las ramas, pero no me detengo.
No debo bajar la guardia.
He estado miles de veces en este bosque, tanto en sueños como en la realidad. Y,
sinceramente, no sé en cuál de las dos versiones se ve más tétrico. Supongo que las
pesadillas son mil veces peores, pero el miedo —ese terror profundo de que se vuelvan
reales— las supera con creces.
Me detengo en seco al escuchar pasos detrás de mí. Por el rabillo del ojo distingo un
destello rojo. Empuño las manos, lista para atacar. Unos segundos después, unos ojos
verdes, oscuros y brillantes, me observan de cerca con una sonrisa traviesa. Trastabillo
hacia atrás al reconocer a… ¿Circe?
Frunzo el ceño, confundida. La examino de arriba abajo: viste un vestido color sangre
que resalta su piel pálida, y su cabello ondulado cae hasta la cadera. No deja de sonreír con
malicia, y eso basta para que todo mi cuerpo se tense.
—¿Circe? —pregunto, descon ada.
—¿Buscas a tu bebé? —responde con voz melosa.
La sola mención me hace erguirme, el cuerpo rígido, la rabia trepando por mis venas
como fuego líquido.
—¿Fuiste tú? ¿Todo este maldito tiempo fuiste tú?
Su sonrisa se ensancha mientras observa sus uñas largas y puntiagudas, pintadas del
mismo rojo que su vestido, como si nada más existiera. Aprieto la mandíbula, lista para
lanzarle una bola de fuego, pero antes de hacerlo mi cuerpo sale disparado contra un
árbol. Un gemido de dolor se me escapa cuando mi espalda impacta el tronco.
Intento recomponerme y ponerme de pie; mis dedos se hunden entre las hojas húmedas
del suelo hasta que logro levantarme. La espalda me arde, el estómago se me revuelve. Tal
vez necesitaba un poco más de reposo.
¡Joder, si di a luz ayer!
El dolor, sin embargo, no dura mucho. No sé por qué, pero se desvanece rápido. Tomo
una bocanada de aire y me preparo para el contraataque.
—Parece que alguien está empezando a usar sus poderes híbridos —se burla, su voz
impregnada de veneno.
Levanto la cabeza con desafío. Logró golpearme una vez, pero no volverá a hacerlo. Se
parece tanto a Circe… y, aun así, hay algo en ella que me grita que no es la misma.
De pronto, una roca vuela y golpea de lleno su rostro. La mujer chilla y grita de furia.
Me giro hacia el origen del ataque y ahí están: Circe con Exen a su lado.
La observo sin comprender del todo lo que ocurre, con la adrenalina aún zumbando en
mis venas.
—¡Sucia imitadora de mierda! —escupe Circe con una sonrisa feroz.
Sí… sin duda, eso lo diría la Circe real.
Capítulo 39

ALYA

No entiendo del todo lo que está ocurriendo. Hay dos Circe frente a mí: una vino sola y
me atacó —gran golpe el del árbol, por cierto—, y la otra aparece acompañada de Exen.
Más creíble, si soy honesta.
—¿Quién eres y por qué tienes mi cara?
—No solo tiene tu cara —interviene el demonio con su típica insolencia, repasando a la
impostora de arriba abajo. Ella sonríe con autosu ciencia.
—Es mejor que cierres la boca, Exen.
Suspiro, intentando procesar lo que ocurre. El dolor físico se disipa con rapidez; lo
único que persiste es el malestar del parto. Mis pechos vuelven a doler, y mi cuerpo entero
clama por mi hijo.
Observo con atención a ambas mujeres. Son parecidas, sí, pero no idénticas. Algo en la
impostora no encaja.
—Querida —ronronea la falsa Circe con un aire de burla—, no solo tengo tu rostro…
también tu sangre. —Camina entre nosotros con una con anza que hiela la sangre.
Somos tres contra una, y, aun así, parece estar disfrutando.
Circe frunce el ceño. Me acerco a ella y a Exen, alejándome un poco de la otra mujer.
—¿Quién eres?
—No me reconocen porque me quité unos cuantos años de encima.
Su voz, su tono… hay algo familiar. Aspiro el aire con discreción, y un olor intenso a
rosas me golpea de lleno. Me resulta demasiado conocido. Las imágenes de mi infancia se
amontonan en mi mente: el jardín, los hechizos, la risa suave de una mujer que amé toda
mi vida.
Y entonces lo entiendo.
—¿Lyna? —murmuro, frunciendo el ceño. La mujer sonríe, satisfecha, como si acabara
de ganar una apuesta.
—¡¿Qué?! ¿Abuela?
—¿Abuela? ¿Lyna? —replica Exen con una mueca de asco.
—Se tardaron más de lo que pensé, mis pequeños —responde ella con tono teatral.
—¿Qué crees que estás haciendo? —pregunto, confundida.
Ella levanta los brazos con euforia y da una vuelta sobre sí misma, como si estuviera
celebrando el mejor día de su vida. No entiendo cómo ha logrado rejuvenecer tanto; se ha
quitado, al menos, cincuenta años de encima. ¿Un hechizo?
—Hago lo que se me da la gana.
—¡Abuela! Debes estar bromeando —murmura Circe, atónita—. ¿De dónde sacaste ese
vestido?
—Lo tomé prestado de tu armario —responde con altivez—. Y la verdad, me queda
mucho mejor a mí.
—No diría lo mismo si volvieras a tener ochenta años —se burla Exen, con una sonrisa
ladeada.
El comentario borra la sonrisa de Lyna. Su rostro se endurece; los ojos le arden de
cólera.
—Siempre has sido un niño desobediente… incapaz de decir algo que no sean
estupideces.
El suelo vibra bajo mis pies. Miro hacia abajo, alarmada, y retrocedo junto con Circe,
alejándonos de Exen.
—Oh, vamos, solo era una pequeña broma.
—¿Una bromita? ¡¿Una bromita?! ¡Estoy harta de tus payasadas sin sentido!
El demonio arquea una ceja, provocándola aún más. Hace un gesto con la mano a su
espalda —una señal que solo Circe y yo entendemos—, y ambas damos un paso atrás. Los
ojos de mi abuela están jos en Exen, y por primera vez la veo verdaderamente furiosa.
Antes de que la tierra se abra bajo él, el demonio desaparece. Retrocedo justo cuando un
enorme agujero se forma a pocos centímetros de mis pies. Es profundo, oscuro… y de él
emergen manos huesudas que se aferran a la tierra, intentando salir. Una de ellas roza mi
pierna y la pateo con todas mis fuerzas para apartarla.
Todos esos meses de tortura, viendo espectros y espíritus atormentando mi paz
mental… siendo sincera, lo único que temo ahora es perder a mi hijo.
Pateo una cabeza cuando los esqueletos comienzan a salir del agujero; sus cráneos
horripilantes chocan entre sí con un sonido seco. Observo a Circe del otro lado, luchando
con uno de ellos, y tomo una bocanada de aire para llenar mis pulmones.
Bien dicen que debes temerle a los vivos, no a los muertos.
De una sola patada destrozo a uno, pero la sonrisa se me borra al ver cómo su cuerpo se
recompone en cuestión de segundos.
—Debe ser una maldita broma.
Antes de que pueda arrojarle la cabeza lo más lejos posible, Exen cae encima del
esqueleto, reduciéndolo a polvo en el acto.
—Tienes que darles más fuerte —grita—. Que no puedan regenerarse. Así como lo
hace Circe.
Miro de lleno a mi prima, que lanza hechizos a diestra y siniestra, combinándolos con
patadas que pulverizan a los esqueletos en segundos. ¿Por qué demonios se me olvida que
soy una bruja?
Sigo sus pasos, deshaciéndome de unos cuantos, aunque el método de Exen es más
brutal: golpea los cráneos con tal fuerza que quedan completamente destruidos.
Siempre me he sentido como en una película de terror, donde los protagonistas sufren y
luchan contra todo… y al nal logran su nal feliz.
Espero estar en una de esas historias.
No en una donde todos mueren o el nal queda en el aire.
Ambos me hacen una señal para que los deje encargarse de los huesudos. Giro y quedo
frente a la impostora, a unos metros. La misma mujer que juró protegerme… y terminó
haciendo todo lo contrario.
—Mi abuela estaría decepcionada de ti.
—Me alegra que no esté aquí —responde con una sonrisa cruel—. Vería a su nieta
morir.
—No cantes victoria tan rápido.
Comenzamos a rodearnos, sin dejar de movernos. Damos vueltas en un círculo
invisible, y ella parece creer que intento alejarme, cuando en realidad estoy ganando
tiempo para cargar de poder la bola de fuego que se forma en mi mano.
—Soy más poderosa de lo que crees, Alya —se jacta, echando el cabello hacia atrás—.
No solo soy joven y hermosa… también soy inmortal.
Nunca imaginé que alguien pudiera tener tanta vanidad.
—También tengo poder, ¿lo olvidas?
—Te enseñé solo lo básico, para que no fueras un estorbo en mi camino.
—Aprendí muchas cosas en tu ausencia, Lyna. No eras la única que me enseñaba.
Aunque aún no entiendo… ¿por qué haces esto?
—Por todo.
La llama a mi espalda empieza a calentarse; la siento viva. He trabajado demasiado en
controlar el fuego. Sé que es una de mis mayores fortalezas. Encender mi mano ahora es
pan comido.
Puedo hacerlo.
Lanzo la bola de fuego directo a su cabeza, pero la esquiva con facilidad, desapareciendo
ante mis ojos. Giro sobre mi eje, buscando el destello rojo de su vestido entre los árboles.
No la veo.
Hasta que un empujón brutal me lanza contra el suelo de espaldas.
El dolor estalla de nuevo en mi cuerpo. Toso, intentando respirar, pero algo invisible
me aprieta el cuello. Llevo las manos a mi garganta, arañándola en el intento por
soltarme. Todo se distorsiona a mi alrededor; los árboles y el cielo se vuelven una masa
borrosa.
El aire no entra.
—Te falta demasiado, pequeña.
Lyna me mira con una sonrisa, plantada frente a mí.
Los ojos se me ponen en blanco por la falta de oxígeno; estiro una mano y agarro uno
de sus pies, hasta que ella me pisa. Con un movimiento rápido levanto la pierna y le doy
justo en el muslo, doblando su cuerpo y haciéndola caer; el agarre imaginario en mi
garganta a oja y puedo toser.
Me coloco de lado y tomo bocanadas profundas de aire. Gateo lejos de su alcance,
tratando de recomponerme; aún siento la mano as xiante sobre el cuello.
—Maldita estúpida… —Un tirón en el cabello me detiene y me somete; reacciono con
el codo hacia atrás, clavándolo en alguna parte de su torso—. ¡Ah!
Cuando me suelta intento recuperarme, pero la falta de aire nubla mi vista y me deja
débil. Me pongo en pie a duras penas y miro en derredor: no hay nada cerca; Exen y
Circe siguen enfrentándose a los huesudos. Lyna desaparece de mi perímetro. Aprieto los
puños sin bajar la guardia.
Un dolor punzante cruza uno de mis brazos, como si un vidrio hiriente atravesara la
piel. El lo apenas rozó mi carne, pero deja un ardor que me hace apretar la mandíbula;
un hilo de sangre corre por mi brazo.
—¿Sabes? Siempre odié a tu abuela. La inteligente, la poderosa, la más bella… la que lo
tenía todo al chasquear los dedos.
—Dijiste que me cuidarías.
—Sí, al principio iba a hacerlo. Luego me ofrecieron algo mejor y mírame ahora: bella
y poderosa. —Da vueltas, radiante, más loca de lo habitual; la dejo seguir hablando—.
Cuando tu abuela se fue, pude tenerlo todo. Una parte de mí celebró lo que le pasó a tu
madre. Me colé en el castillo de Häel; puede que sea inteligente, pero la mayoría termina
traicionándolo.
—Yo no.
—Ahora no; tal vez en el futuro sí —se burla.
Aprieto los puños, harta de tanta mierda. Los años le han dado ventaja para conocer
debilidades; mi rabia va en aumento con cada palabra.
—Yo no —repito, rme.
—Oh, vamos, pequeña —farfulla con desdén—. Al principio huías de él, querías
escapar. Tenías pesadillas con él. ¿Acaso te enamoraste? ¿Es eso? —Se acerca hasta quedar a
unos centímetros—. ¿Te enamoraste de Lucifer?
—No te incumbe.
—¡Eres patética! —se carcajea—. Te usó para tener un heredero; te metió en este
mundo que solo te trajo miedo y miseria. ¡Aun así lo veneras y lo amas!
El bosque se sacude por el aire y el volar de las hojas.
—Él no me provocó las pesadillas, no me torturó en sueños… —le replico con rabia—.
Eso fueron ustedes. Ustedes me hicieron temer salir, temer al bosque y a la noche.
—Exacto —responde, con sorna—. Fuiste tan fácil de manipular que hasta me diste
lástima. Casi pongo mi libro de hechizos frente a ti para que te quitaras el male cio sola.
—Supongo que es ese mismo libro donde está el hechizo de separación de almas para
Tamara y Blaze.
—Lo es. Lo escondí lejos de ustedes.
—¿Por qué haces esto? —insisto, exigiendo una explicación.
—¿No es obvio? Por poder, por juventud, por inmortalidad. Por no ser una más, sino la
mejor.
—¿Metiendo a un bebé recién nacido?
—Esa no fue idea mía. A mí no me interesa tu hijo.
—A Abrahel sí. Y tú lo ayudaste en esto.
—A la familia nunca le ha interesado emparentarse con el rey del in erno. Ni siquiera
tu abuela quería que él supiera tu paradero.
Rueda los ojos con hastío, cambiando el peso de un pie al otro mientras se limpia una
uña con los dientes. Justo el tiempo que necesitaba. La he mantenido distraída con la
conversación, sin que note los movimientos sigilosos de Circe detrás de ella… hasta que
ya es demasiado tarde. Mi prima la inmoviliza con unas cuerdas de energía morada que
chispean en el aire.
Lanzo una bola de fuego al ver cómo rompe las ataduras y empuja a Circe. Ambas se
enredan en una pelea feroz, a base de patadas, empujones y hechizos. No quiero ni
imaginar cómo se siente mi prima: su propia abuela, su sangre, la ha traicionado sin
dudarlo.
Mi estómago se revuelve al pensar que, tal vez, lo que Lyna dijo es cierto. Que a mi
familia nunca le agradó que Häel apareciera en mi vida. Que incluso mi abuela prefería
mantenerme escondida.
Las uñas a ladas de Lyna se hunden en la garganta de Circe; líneas delgadas de sangre
recorren su piel. Sin pensarlo, arrojo una esfera de fuego directo al rostro de la bruja. Su
grito es tan desgarrador que me hiela la sangre. Pero este fuego no es como los demás.
Mis llamas se mezclan entre el naranja y el azul. No se apagan fácilmente.
Entre más lucha, más se intensi can.
Más queman.
Y aunque no planeaba matarla… se lo merece.
Por lo menos, mientras aún conservo mis cinco sentidos, no pienso convertirme en una
asesina. Tampoco quiero perderme a mí misma como aquella vez en la catedral.
—¡A-apágalo! ¡Apágalo, maldita sea! —ruge entre alaridos.
Ni aunque supiera cómo hacerlo, lo haría.
Su cuerpo se desploma de rodillas, con las manos cubriéndose el rostro en llamas. Me
apresuro hacia Circe para ayudarla a ponerse de pie. La sangre de su cuello se desliza por
su pecho, desapareciendo bajo la ropa.
—¿Estás bien?
—Un poco de sangre no mata a nadie —responde, jadeante.
Ambas giramos hacia Lyna. Su cuerpo tiembla, tal vez de dolor o de pura rabia. Los
sollozos escapan entre sus dedos y, de repente, el aire cambia: la temperatura cae en
picada.
Siento algo a lo lejos.
Angustia.
Culpa.
Está cerca. A unos metros.
No creo que Lyna se levante pronto; si algo he aprendido, es que a los vanidosos les
duele más perder la belleza que la vida. Llora como si le hubieran arrebatado su muñeca
favorita.
¿Ahora quién es la patética?
—¿A dónde vas, Alya? —pregunta Exen a mis espaldas.
—A buscar a Häel.
—No deberíamos separarnos.
—Entonces no se queden atrás.

HÄEL
El peso que cargo en los hombros no se aligera con nada.
Saber que fallé en lo único que me propuse desde el momento en que supe del
embarazo de Alya me consume. Me esforcé para que todo estuviera en orden, para que
nada saliera mal. Pero el miedo nunca se fue; cada vez que sentía los movimientos de
Rean, su presencia tan viva, me aferraba más a la idea de que todo saldría bien.
Y aun así, me traicionaron.
Otra vez.
En mi propio reino.
Abrahel.
Pagará con su sangre esta infamia.
Cuando Alya se entere de la muerte de su madre, no quiero imaginar el dolor que
sentirá. Por ahora guardo el secreto. No existe un buen momento para decir algo así.
Ninguno.
Carajo.
A veces me pregunto si hubiera sido mejor no acercarme a ella. Tal vez soy el peor de
sus males. Todo lo que le ha pasado… todo por mi culpa.
Entiendo su dolor.
Entiendo su miedo, aunque lo oculte.
Ella es la que más ha soportado.
Cualquiera en su lugar ya habría perdido la cordura.
Mi reina es fuerte. Lo será incluso sin mí.
El sonido de mis pasos resuena en la tierra húmeda. El aire se vuelve denso y un olor
putrefacto me obliga a contener el aliento. Giro sobre mi eje, retrocediendo. Los truenos
retumban a lo lejos, aunque no hay una sola nube en el cielo. Hasta que, de pronto, las
nubes se agolpan sobre mí.
Ya sé lo que signi ca.
—Sal de una vez, maldito traidor.
—Pensé que el traidor eras tú. Así lo dijo Deus.
Me giro y me encuentro con esos ojos color miel oscura que conozco demasiado bien.
Está recostado en un árbol, encorvado, con una sonrisa de autosu ciencia y una corona
de espinas —parecida a la mía— adornando su cabeza.
—Nunca traicioné a Deus, y tú lo sabes.
Frunce el ceño, ngiendo pensarlo, y se encoge de hombros.
—¿Seguro que lo sé? Creo que ya se me olvidó.
Aprieto los puños. Solo unos metros nos separan, y me contengo para no arrancarle la
cabeza aquí mismo.
—¿Dónde está mi hijo?
—Oh, cierto —dice con sarcasmo—. Quiero felicitarte por eso. Ya eres padre. —
Aplaude lentamente; su sonrisa es falsa, repulsiva.
Su burla me sabe amarga.
—No voy a repetirlo, Abrahel. ¿Dónde diablos está mi hijo?
—¿Y si no lo digo, qué vas a hacerme? —responde, ladeando la cabeza con burla—.
Eres una vergüenza para el Averno. Dejarlo todo por una mujer…
—Yo no dejé a nadie —gruño, avanzando unos pasos—. Que tú lo veas así no es mi
problema. Me retenías en el in erno con los con ictos que tú mismo provocabas, ¿no?
¿Para mantenerme ocupado? ¿Para que no fuera por Alya?
Su sonrisa se ensancha. El viento sopla con fuerza; las nubes se arremolinan sobre
nosotros, oscuras y pesadas. Todo es obra suya. Intenta intimidarme.
Como si se le olvidara quién soy.
—Ningún problema logró mantenerte lejos de ella, de todas formas —responde,
carcajeando—. Por más que intenté que te temiera, no lo conseguí. Ustedes sí que están
destinados. —Se separa del árbol con esa sonrisa demente aún grabada en el rostro.
—¿Qué es lo que realmente quieres? ¿El Averno? ¿Ser el rey del in erno?
—Alya no te lo dijo, ¿cierto? —pregunta, acariciándose la barbilla sin apartar la vista de
mí.
Frunzo el ceño, desconcertado.
—¿Decirme qué?
—Mi único problema aquí es tu hijo. No debió nacer. Nunca.
—¿Qué puede hacerte un bebé? —gruño entre dientes.
—No me interesa lo que pueda hacer ahora… sino lo que hará en el futuro.
Niego despacio, sin creer una sola palabra.
—Ya no te creo nada. Nunca me dijiste la verdad sobre las profecías. ¿Por qué debería
hacerlo ahora?
—Nunca te mentí sobre ellas —responde con una sonrisa perversa—. Realmente una
espada atravesará tu espalda. Tal vez no ahora, pero sí algún día.
Su mirada me hiela. Habla como si estuviera reproduciendo esa escena en su cabeza.
Como si lo estuviera viendo ante sus ojos… y disfrutándolo.
Aprieto la mandíbula.
Es su ciente.
Debo acabar con él.
Le prometí a Alya que traería de regreso a nuestro hijo, y lo haré.
De mi mano izquierda comienza a surgir un humo negro que se enrolla directamente
en su garganta. Los ojos color miel, salpicados de verde, se abren por el miedo. Y con
razón. He estado en cientos de batallas y guerras; antes de que me condenaran a gobernar
las tinieblas, fui un ángel guerrero.
Abrahel, en cambio, no tiene idea de cómo pelear realmente.
Cuando lanza un rayo oscuro hacia mí, lo esquivo sin di cultad.
—Mi mujer arroja cosas continuamente. ¿No sabes hacer algo mejor que alguien que
acaba de aterrizar en este mundo? Qué decepción… qué siervo tan inútil.
Lo lanzo lejos. Su cuerpo atraviesa varios árboles antes de estrellarse contra el suelo.
—Antes de venir aquí y raptar a mi hijo, debiste pensarlo dos veces, maldito cobarde. Te
metes con un bebé indefenso y no con alguien de tu tamaño.
Camino hacia él. Está de rodillas, tambaleante. Le doy una patada en la mandíbula que
lo manda al suelo otra vez. Siento la rabia ardiendo en mi interior; quisiera matarlo con
mis propias manos, pero no puedo hacerlo todavía. Primero debo saber dónde está Rean.
—Es gracioso, ¿sabes? —escupe sangre y sonríe con desprecio—. El rey del in erno,
incapaz de proteger a su propia familia. —Se limpia la boca con el dorso de la mano y me
mira con los ojos completamente negros—. Me desharé de ti primero… y después de tu
bastardo.
El crujir de mis dientes resuena entre los árboles. Me lanzo contra él, pero un golpe
invisible me arroja hacia atrás, estrellándome contra el suelo. Me levanto en un segundo y
le lanzo una patada al abdomen, pero bloquea el golpe con agilidad.
Nos movemos tan rápido que el entorno se vuelve un borrón. Para nosotros, sin
embargo, es una danza mortal.
Intenta golpearme, pero soy más rápido. Retrocedo y esquivo una ráfaga incandescente
que pasa rozándome el rostro.
—Esto sí que es gracioso. Una vez más, yo contra un angelito.
—Te crees demasiado. Actúas como si fueras el dueño del mundo, y no lo eres.
—Del mundo no. Pero sí del maldito in erno, y eso ya es bastante —sonrío con
autosu ciencia.
—Me encantará ver cómo esa sonrisa asquerosa se borra cuando veas la sangre de tu
bastardo —escupe.
La furia me nubla. Le pateo el estómago con todas mis fuerzas, haciéndolo retroceder.
Los puños me hormiguean por la presión; contengo el impulso de destrozarlo ahí mismo.
No puedo matarlo todavía.
Primero debo saber dónde está mi hijo.
Mi puño tenso impacta en su rostro; el sonido del hueso rompiéndose resuena entre los
truenos. La sangre le cubre la cara, pero sigue sonriendo.
Sigo golpeando, una y otra vez. Cada puñetazo descarga días de impotencia, dolor y
rabia contenida. Cuando los músculos me arden y mis manos tiemblan, lo suelto.
Mátalo.
Mátalo.
Mátalo.
Lo haría.
Maldita sea, que si lo haría… si no lo necesitara vivo.
La respiración irregular me quema los pulmones. La sangre —su sangre— empapa mis
manos. Esa que tantas veces he disfrutado derramar, hoy se siente vacía.
No me causa nada. No me da satisfacción. No cuando por dentro estoy hecho polvo.
Mi mente no para de culparme, de repetir que no cuidé a mi familia como debía.
Es mi culpa. Mi maldita culpa.
—Häel.
Levanto la cabeza de golpe, dejando de mirar el cuerpo moribundo a mis pies. Parpadeo
varias veces, tratando de disipar la humedad que se acumula en mis ojos. El cabello negro
de Alya brilla bajo la luz anaranjada del atardecer. Está a unos metros, observándome con
esos ojos llenos de dolor… el mismo dolor que yo cargo desde que nos arrebataron a
nuestro hijo.
Camino hacia ella con cautela, temeroso.
—Perdón —mi voz apenas sale—. Perdóname por no cuidarlos como debía. Debí estar
ahí… debí acompañarte, ver nacer a nuestro hijo. No merezco tu perdón, lo sé. Pero te
juro que lo traeré de regreso, mi reina. Te lo prometo.
Caigo de rodillas ante ella. Sus dedos se enredan en mi cabello y tiran hacia atrás con
fuerza.
Cómo odio eso.
Pero no me muevo. Me siento tan miserable que dejaría que hiciera conmigo lo que
quisiera, con tal de que me perdone.
No recuerdo haber sentido esta opresión antes: una mezcla insoportable de culpa,
angustia y desesperación.
Bueno, sí. La sentí cuando los malditos fanáticos se la llevaron.
Solo ella me hace sentir así.
Ella… y nuestro hijo.
—Tienes razón. Es tu culpa.
Su voz me descoloca. La tristeza y el rencor en sus ojos me atraviesan. Sus manos caen a
ambos lados del cuerpo, alejándose de mi cabeza.
—Lo remediaré —respondo sin dudar—. Tendremos a nuestro hijo de vuelta. Te lo
juré, y cumplo mis promesas.
—No te creo. Dijiste que nunca nos harían daño… y no lo cumpliste. Me fallaste,
Häel.
Niego rápido, atrapando sus manos entre las mías, pero ella se suelta y retrocede un
paso. Me incorporo, desesperado.
—Créeme, soy capaz de dar mi vida por ustedes.
—¡No nos cuidaste!
Las lágrimas en sus ojos azules me desgarran. Siento la garganta cerrarse. No soporto
verla así… y saber que tiene razón.
—Alya… maldita sea, lo traeré de regreso.
—¡Es tu culpa! ¡No tengo a mi bebé por tu culpa! —Sus puños golpean mi pecho una y
otra vez. La dejo hacerlo. Que me golpee, que se descargue. Me lo merezco—. ¡Es tu
maldita culpa!
Cada palabra suya duele más que los golpes.
Me lo merezco.
—Lo es —murmuro, derrotado.
Fallé.
¿Para qué demonios quiero ser el rey del in erno si no puedo proteger a los míos?
De pronto se aleja unos pasos. Cuando levanto la vista, sostiene una daga negra entre las
manos. Sus lágrimas aún caen, y su voz tiembla entre sollozos.
—Dijiste que darías la vida por nosotros —susurra, con el lo apuntándome—. Quiero
a mi bebé de regreso, Häel. Lo quiero de vuelta.
Observo la punta losa de la daga. La vista se me nubla; los ojos se me llenan de
lágrimas que me niego a dejar caer. Las emociones me dominan, y eso me enfurece más
que cualquier herida. Quisiera arrancarlas de raíz, encerrarlas en una caja de hierro y
enterrarlas en lo más profundo del in erno.
Intercalo la mirada entre el lo y los ojos de Alya, que me observan cargados de dolor.
Sus labios se acercan a mi oído, rozando el lóbulo con un susurro que me eriza la piel.
—Tu vida por la de tu hijo.
Desliza sus labios por mi mandíbula hasta alcanzarme la boca. Su beso es distinto: vacío,
gélido.
Sabe a azufre.
Cuando se separa, guía la daga hasta mi pecho. La observo jamente… hasta que una
echa de fuego atraviesa su cabeza. La sangre salpica mi rostro. Me quedo inmóvil
mientras el cuerpo cae y se desintegra en cenizas frente a mí.
—Aléjate de mi hombre, maldita zorra.
—Caramba, hoy es el día de los clones.
—¿Cómo permites que otra estúpida te toque? —gruñe, empujándome con fuerza—.
¡Dejaste que te besara! —Su palma arde contra mi pecho.
Su ceño fruncido, el cabello negro como la noche, los pechos apretados dentro del
corsé…
La tomo del rostro con ambas manos, sin creer del todo que esta vez sí sea ella. Está
furiosa.
Real.
Y mía.
Me apodero de sus labios antes de que pueda apartarse.
Diablos. Dejé que aquella cosa me besara.
Envuelvo un brazo en su cintura y la atraigo hacia mí, ignorando los golpes que lanza
contra mi pecho. La sujeto por la nuca, sin darle oportunidad de escapar.
Sus labios son cálidos, dulces… mi condenada adicción.
—Iugh, consíganse una habitación.
Los comentarios de Exen y Circe se pierden en el fondo. No me importa.
Solo quiero que ella me devuelva el beso.
Y lo hace.
Cede. Su rabia se mezcla con la mía en un beso intenso, hambriento, que quema más
que el fuego infernal. Cuando por n se separa, me muerde el labio con fuerza. Saboreo
la sangre, y sé que ella también.
—Escúchame bien, idiota —reclama, con la voz rme—. No tienes la culpa de
absolutamente nada. No me fallaste, Häel. Estoy segura de que traeremos a nuestro hijo
de regreso. No tienes que torturarte ni cargar con la culpa, porque no es tu culpa.
Repite esas últimas palabras como si me las tatuara en la piel.
Suelto un suspiro, dejando que mi frente caiga sobre su hombro.
—No siempre tienes que hacerte el duro —continúa, acariciándome el cabello—. Estoy
aquí para ti, para levantarte cuando caigas, para darte fuerza cuando la pierdas. Estamos
juntos en esto, ¿lo entiendes?
—Lo hago. —Entrelazo mis dedos con los suyos. Su piel cálida me devuelve el aire.
—Eres el rey del in erno. Hazle honor a tu nombre.
Como si encendiera un interruptor, mi cuerpo vuelve a reaccionar. La determinación
regresa.
—El demonio oscuro ha vuelto —comenta Exen con sorna.
—Cierra la puta boca, Exen.
—Cállame a besos, ¿qué te parece?
—Aléjate de mí, demonio.
—Puedo limpiar tu sangre con mi lengua, si quieres.
Bufo ante la constante riña entre esos dos. Parecen gatos rabiosos.
—Qué emotivo fue ese discurso. Casi me haces llorar, Alya —dice una voz gélida detrás
de nosotros.
Giramos al mismo tiempo.
Junto al cuerpo destrozado de Abrahel se encuentra una mujer envuelta en un vestido
rojo. Mantiene la cabeza baja, el cabello cubriéndole el rostro. Apenas se escuchan sus
sollozos.
Cuando el viento aparta los mechones, alcanzo a ver las quemaduras recientes que le
devoran la cara.
—Pequeño detalle —murmura Exen—, Lyna está de su lado.
Alzo una ceja, incrédulo. ¿Esa mujer es Lyna?
Mi reina enciende una llama en su mano, la furia re ejada en su rostro.
Y antes de que pueda procesar lo que sucede, todo a nuestro alrededor estalla en fuego.
Capítulo 40

ALYA

Los puntos blancos invaden mi visión. He recibido un golpe desde algún punto que no
logro identi car; fue como un borrón que pasó a mi costado antes de lanzarme varios
metros lejos.
La espalda me arde y el aire se me escapa de los pulmones, obligándome a toser.
De nitivamente, esa no ha sido Lyna.
Ha sido otro.
Giro sobre mí misma hasta quedar boca abajo y me incorporo con esfuerzo.
—¿Crees que a tu rey le importará si termino lo que empecé en tu casa?
Levanto la mirada y me encuentro con esos ojos color miel, llenos de malicia. La sonrisa
que me dedica es una burla descarada. Apenas unos centímetros nos separan. De reojo
alcanzo a ver cómo los malditos esqueletos emergen otra vez desde el suelo. Pero ahora
algo cambia: cuatro demonios vestidos de negro se acercan entre la neblina.
Exen patea a uno de los huesudos sin apartar la vista de los recién llegados.
—No puede ser… ¡no se cansan de morir!
Häel intenta acercarse, la preocupación marcada en su rostro, pero Lyna le lanza una
ráfaga de aire que lo arrastra varios metros atrás. Su cara está cubierta de sangre, los ojos
encendidos de rabia cuando me mira. Trago saliva, con el estómago hecho un nudo.
—Déjamela a mí. Encárgate de Häel —ordena Abrahel.
La orden parece irritar a la bruja; es evidente que quiere acabar conmigo por lo que le
hice. Empujo con todas mis fuerzas al demonio… o ángel, ya ni siquiera sé qué es.
—Pudiste matarme cuando me desmayé.
—¿Y perdernos de esto? —responde con una sonrisa, abriendo los brazos y señalando el
bosque entero.
Aprieto los puños hasta que las llamas los envuelven. Lanzo una bola de fuego que
esquiva con una facilidad exasperante. La siguiente pasa rozándole el costado.
—¿De tu muerte? —elevo una ceja—. Es lo único que va a pasar hoy.
—Tal vez la muerte de tu hijo —sisea con burla.
Aprieto la mandíbula con fuerza, y escucho el gruñido de Häel a la distancia.
—Eso no sucederá. Ni hoy ni nunca.
Corro hacia él y lo embisto, logrando que retroceda. En esos breves segundos en que
trastabilla, le doy una patada en el costado. Si tan solo hubiera practicado más el combate
cuerpo a cuerpo… No tengo experiencia, y si esto fuera una verdadera batalla física, ya
estaría muerta.
Reúno el aire a mi alrededor, creando una corriente de viento que lo rodea. Las hojas
giran en espiral hasta formar un pequeño torbellino que lo encierra, robándole el
oxígeno.
Aprieto los puños, concentrando toda mi energía en mantenerlo dentro. Abrahel se
arquea, intentando respirar.
Entonces, un movimiento rápido me toma desprevenida. No alcanzo a verlo del todo, y
un golpe seco en el estómago me dobla en dos. Caigo de rodillas.
Cada parte de mi cuerpo grita en protesta.
El dolor es mental, Alya. Ignóralo.
Aspiro una bocanada de aire, intentando recomponerme. El sol se oculta entre las
montañas y el bosque se sumerge en penumbra.
Una mano se enreda en mi cabello y tira con fuerza, arrancándome un gemido. Siento
cómo me obliga a mirar hacia arriba; la cabeza me late por el impacto anterior. Quedo
hincada frente al ángel de la muerte.
—Eres débil. Lo supe desde aquella noche. No sabes canalizar tu poder y desperdicias tu
fuerza en hechizos inútiles.
—Púdrete.
Hago rechinar los dientes cuando otro tirón me arranca un gemido ahogado. El cuero
cabelludo me arde; siento cómo me arranca mechones de cabello. No puedo moverme.
Es como si una soga invisible me envolviera, sujetándome con fuerza, impidiéndome
escapar.
—Häel no puede ayudarte. ¿Sabes lo que eso signi ca? —su sonrisa es un lo—. Que
será demasiado fácil matarte.
De reojo veo cómo el hombre de los ojos grises pelea con tres demonios al mismo
tiempo. Todos están concentrados, sumidos en su propia batalla. ¿Cómo es posible que yo
no pueda con el mío?
No soy débil.
Lyna me lo repitió una y otra vez.
Y lo sé.
No. Lo. Soy.
—No voy a morir —susurro, mordiéndome la lengua para creerlo.
Intento grabarlo en mi cabeza como un mantra. No voy a morir.
No hoy.
—Eso mismo debió pensar tu madre.
—¿Qué? —mi voz se rompe.
—¿No te lo dijeron? Su poder no fue su ciente contra mí —pronuncia con ngida
tristeza, bajando la cabeza—. Siento ser el portador de malas noticias.
El corazón se me encoge. No había preguntado por ella. Todo este tiempo, lo único que
me importó fue mi hijo…
El aire abandona mis pulmones cuando la cuerda invisible me suelta. Caigo de rodillas,
apoyando las palmas sobre la tierra cubierta de hojas secas.
El agua salada se desliza lentamente por mis mejillas. No puedo creerlo.
Mi madre está muerta.
—La mataste.
—Oh, vamos. No es momento de ponerse sentimental —replica con burla,
inclinándose hacia mí—. La verás en unos minutos. ¿Eso no te alegra?
Niego con la cabeza, soltando un sollozo que me rasga la garganta. Entierro los dedos
en el suelo húmedo mientras él se agacha frente a mí y me toma del mentón.
—¿Mi reina está triste? —su tono es una mueca, una provocación asquerosa.
Las ganas de reducirlo a cenizas me consumen. Una llama se abre paso desde el fondo
de mi pecho; el calor sube por mi garganta mientras las lágrimas, ardientes, me queman la
piel.
La ira se acumula y me hace temblar.
La tristeza se transforma en rabia.
Los recuerdos me golpean uno tras otro.
Desde que tengo memoria, mi madre y mi abuela fueron mi mundo. La pérdida de la
segunda me destrozó, aunque sabíamos que tarde o temprano sucedería. Nunca se está
lista para perder a alguien que amas.
Después de su muerte, Megara se ausentó. Se refugió en el trabajo, en el silencio… pero
yo siempre supe que había algo más.
Enterarme de la verdad no ha sido fácil. He vivido rodeada de mentiras “piadosas”,
como las llaman, cuando en realidad solo eran cadenas. A veces dudo de todo: no sé si me
dicen la verdad o si aún siguen escondiendo algo.
Recuerdo sus regaños, las veces que la abuela intercedía por mí. Nunca le gustó que
saliera con otros niños; decía que no sabía cómo podría reaccionar. Vivió toda su vida con
miedo a que se manifestara aquello que juraba que su hija no era.
Pero sí lo soy.
Más de una vez le pedí carne a Häel —a veces cocida, a veces cruda—. Ni yo misma
quería admitir lo que mi cuerpo anhelaba. Lo justi caba como simples antojos de
embarazo. Quizás algunos lo fueron… pero no todos.
Era esa parte de él. Esa oscuridad que nunca dejó de atormentar a mi madre. Y eso me
destroza, porque no pude abrazarla como quise. No pude pedirle perdón por pensar que
simplemente era una mala madre o que no me amaba, cuando la verdad era otra.
Yo era su recordatorio viviente de todo aquello que la quebró.
Y ahora está muerta.
No voy a poder abrazarla nunca más.
Alzo la mirada. El rostro de Abrahel se tensa en una expresión de desconcierto y, sin
motivo aparente, me suelta con un jadeo.
Un grito nace desde el fondo de mi pecho y se abre paso hasta desgarrarme la garganta.
Todo lo que quiero es acabar con él, arrancarle la vida y recuperar a mi hijo.
El dolor físico pasa a segundo plano. Mis pechos se sienten más pesados de lo normal, y
el punzante ardor en un costado del abdomen me anuncia que nada bueno está
ocurriendo.
El rugido que escapa de mi interior sacude el aire. Abrahel sale disparado, estrellándose
contra los árboles. Las ramas y las hojas secas a su alrededor se prenden fuego en cuestión
de segundos. Los ojos que me rodean —demonios, espectros, enemigos— me observan
sin atreverse a moverse.
Las lágrimas se mezclan con sollozos desgarradores; lloro de rabia, de impotencia. Ya no
pienso contener nada.
Häel da un paso hacia mí, pero un demonio lo embiste, lanzándolo al suelo. Intentan
dominarse mutuamente, envueltos por una densa oscuridad. De un solo movimiento,
extiendo una llamarada que atrapa al demonio de ojos negros y lo incinera al instante.
Häel me lanza una rápida mirada, el pecho agitándose por la respiración entrecortada,
justo antes de que otro demonio se le suba a la espalda. En segundos, reduzco al enemigo
a cenizas. El fuego lo devora sin dejar rastro.
Exen retrocede unos pasos mientras patea un esqueleto. Cuando alza la vista, me
observa jamente. En sus ojos alcanzo a ver mi propio re ejo… ardiendo.
Cierro los puños y me enfoco en mi objetivo, que apenas logra incorporarse. Su rostro
muestra una confusión casi infantil.
Un esqueleto corre hacia mí, pero antes de que me alcance se convierte en una antorcha
humana y luego en polvo. A medida que avanzo, cada paso deja un rastro de fuego sobre
el suelo.
—Vas a quemar el bosque —gruñe Abrahel, retrocediendo.
—Voy a quemarte a ti —respondo, con una calma que ni yo reconozco.
—No sabes controlar tanto poder. Vas a incendiar todo si no te detienes.
—¿Lo has visto en tus visiones? —ladeo la cabeza, observando cómo da un paso atrás
por cada uno que yo doy hacia adelante—. ¿Por qué retrocedes? ¿Te doy miedo?
—¡El poder te está consumiendo! No sabes manejarlo.
—¿No?
Miro mi propia mano envuelta en llamas. Finjo preocupación, aunque en realidad solo
pienso en destrozarlo. Puedo sentir la energía vibrando dentro de mí; no he perdido el
control. No todavía. Lo que quiero es una sola cosa: que me diga dónde está mi hijo.
Una luz atraviesa el aire. Levanto la mano justo a tiempo para detener una lanza que va
directo a mi pecho. La energía que emana de ella es distinta: mis llamas no logran
consumirla. No importa cuánto poder concentre, no se quema.
Con un golpe seco, me arrebata el arma de las manos. Doy un paso atrás, tambaleando,
mientras el ángel de la muerte la sostiene con elegancia, como si siempre le hubiera
pertenecido.
—Lo único que conseguirás será debilitarte —dice, alzando la voz—. No sabes canalizar
tanto poder.
—Cierra la maldita boca —escupo, y arrojo una bola de fuego que pasa rozándole. Esta
vez es del tamaño de una cabeza humana. Impacta contra un tronco, atravesándolo de
lado a lado.
Me frustra que sea tan rápido. Respiro hondo, dejando que la furia se avive dentro de
mí, concentrándola. Formo una nueva esfera, más grande, más densa. La lanzo directo a
su cabeza.
La detiene con ambas manos, sin el menor esfuerzo. Luego gira el rostro hacia Häel y
sonríe con malicia.
—No te atrevas —le advierto, sintiendo cómo la temperatura a mi alrededor vuelve a
subir.
Observo con detenimiento a cada uno de ellos. El hombre de ojos grises está demasiado
ocupado enfrentando a dos demonios como para notar lo que ocurre. El corazón me da
un latido doloroso. Corro tan rápido como el cuerpo me lo permite; todo parece
transcurrir en cámara lenta.
La esfera de fuego avanza a toda velocidad. Los dos demonios sujetan al rey del in erno
por los hombros, empujándolo contra un árbol, sin dejarle espacio para moverse. Häel
logra liberar una mano y la hunde en el pecho de uno de ellos, justo donde debería estar
su corazón. Desvío la mirada hacia el peligro que se aproxima.
El miedo de no llegar a tiempo amenaza con detenerme, pero no puedo. Ni siquiera sé
qué voy a hacer. Dudo de mí misma por un instante… y, antes de pensarlo más, me
interpongo entre la bola de fuego y Häel, cerrando los ojos como si eso pudiera
protegerme.
El silencio me obliga a abrirlos. Todo sigue igual que antes. La esfera ha desaparecido,
como si el fuego hubiera regresado a su origen. Abrahel me observa con incredulidad; no
puede creer lo que acabo de hacer. La verdad, yo tampoco.
Un golpe sordo suena a mi lado. El cuerpo sin vida de uno de los demonios cae al suelo.
Häel termina con el otro en cuestión de segundos. Alcanzo a ver una herida profunda en
su hombro; está cubierto de sangre, aunque sé que no es la suya, y parece no darle
importancia.
—No puedes matarlo, Alya.
—Lo sé. Solo quiero que me diga dónde está nuestro hijo.
No se atreve a acercarse más por culpa de las llamas que aún me rodean.
—¿Lyna? —pregunta, mirando alrededor.
Busco con la vista entre el caos que nos envuelve. Lyna está peleando con Circe. No
puedo creer que ambas se estén enfrentando con tanta ferocidad. Mi prima lanza un
grito, intentando alejarla. Exen, por su parte, decapita de un solo tajo al último demonio.
Empiezo a sentir el cuerpo pesado. Un dolor agudo en el bajo vientre me obliga a cerrar
los ojos y apretar los dientes.
—Alya… —Häel intenta tocarme, pero me aparto; si lo hace, podría quemarlo—. ¿Qué
te pasa? Necesitas descansar. Deja de usar tanta energía.
—No puedo —respondo con di cultad—. Necesito que nos diga dónde tiene a nuestro
hijo.
—Lo hará. De eso me voy a encargar yo.
Sus ojos grises transmiten tanta seguridad que no me queda más remedio que creerle.
Tengo unas ganas inmensas de abrazarlo, de tener a Rean en mis brazos. ¿Por qué mi
vida tiene que ser siempre tan jodidamente complicada?
Dicen que después de la tormenta siempre llega el sol, pero de este maldito bosque
oscuro no puede salir nada bueno.
—¡Häel! Tenemos un problema —Exen aparece, rompiendo la efímera calma—. Se
acercan diez demonios poderosos. Están del lado de Abrahel. No podremos con todos.
El fuego que recubre mi cuerpo se extingue de golpe. Me tambaleo y, antes de caer, un
brazo rme se envuelve alrededor de mi cintura. Cierro los ojos y respiro hondo,
llenándome de aire.
—Mi reina, estás débil. Debes descansar.
Amo cuando me llama así, sin importarle que los demás lo escuchen.
—Puedo hacerlo —susurro, abriendo los ojos para toparme con los suyos—. Solo
necesito tomar un respiro. —Le acaricio la mejilla—. Debo ir a ayudar a Circe.
—Diste a luz ayer —gruñe con frustración—. Necesitas descansar.
—No es momento.
—No me obligues a encerrarte en el castillo, Alya. —Su tono se vuelve una advertencia.
—No podrán solos contra tantos demonios. Voy a quedarme. —Cuando logro
estabilizarme, me aparto con suavidad—. Me necesitan.
—Tiene razón, Häel. Necesitamos toda la ayuda posible.
Häel no me suelta de inmediato. Puedo notar la batalla interna que libra dentro de sí.
Finalmente, aprieta la mandíbula y me deja libre.
Nuestro entorno no podría ser más desfavorable. Si no actuamos antes de que lleguen
los demonios que se aproximan, no sé qué podría pasar. Es increíble cómo Abrahel tiene
tanto control sobre ellos, mientras que Häel —el mismísimo rey del in erno— no puede
dominarlos. Algo hizo ese maldito ángel de la muerte para doblegar al Averno y ponerlo
bajo su mando.
El grito de Circe nos pone en alerta. Abrahel se lanza hacia ella con una fuerza
descomunal, pero antes de que logre alcanzarla, Exen lo taclea con violencia. Le doy una
última mirada al hombre de ojos grises y corro hacia mi prima, que sigue forcejeando con
Lyna. De un solo ademán aparto a la bruja de su nieta.
No puedo creer que, siendo familia, hayamos llegado a esto.
A pelear.
A destruirnos por el maldito deseo de tener más poder.
—Basta. No tienes que hacer esto —le digo, avanzando con calma hacia donde ha
quedado inmovilizada, pegada al suelo. Circe se incorpora a mi lado, jadeante.
—¡Me quemaste la cara! —grita Lyna, con una furia que le deforma los rasgos.
—Te convertiste en el enemigo sin razón alguna.
—¡¿Sin razón?! —escupe, temblando—. ¡Yo merezco tenerlo todo! ¡Lo merezco! ¡Lo
merezco! ¡Lo merezco!
Ambas la observamos, desconcertadas.
¿En qué momento se convirtió en esto?
¿En una sombra hambrienta de poder?
El suelo tiembla bajo nuestros pies. Los alaridos de Lyna retumban en todo el bosque,
que se ha vuelto más oscuro, más denso. Una brisa gélida nos atraviesa los huesos. Ella se
libera y se eleva unos metros, otando con las manos cerradas en puños. Su rabia se siente
incluso en el aire.
—Debes quemarla —murmura Circe con voz temblorosa—. Es la única manera.
—No quiero matarla. Es hermana de mi abuela.
—Es mi abuela, Alya —responde, volviéndose hacia mí. Sus ojos están vidriosos, el
cabello lleno de hojas y cortes—. Te estoy pidiendo que la quemes.
Niego con fuerza, incapaz de aceptar esa idea.
—No… debe haber otra forma.
—No la hay. No se detendrá.
Los ojos de Lyna se tornan completamente blancos. Su vestido rojo, rasgado y
chamuscado por mis llamas, ondea al compás del viento helado. La ira y la corrupción la
consumen; el ambiente se vuelve denso, insoportable.
De reojo percibo una gura que se aproxima a gran velocidad. Levanto una barrera
justo antes de que un demonio de ojos negros choque contra ella. De su boca brota un
líquido oscuro, una mezcla asquerosa entre saliva y bilis. Parece un humano rabioso, pero
no lo es.
Su chillido agudo me arranca una mueca de dolor. Antes de poder incinerarlo, otro se
estrella contra el mismo escudo. Lo sostengo con ambas manos; no son los únicos. Häel y
Exen están rodeados, peleando contra varios más.
—Por el in erno…
—Maldita sea, viene otro.
Lanzo un grito cuando el tercer demonio impacta con la barrera, haciéndome
retroceder unos centímetros. Circe se coloca a mi lado, apoyando las palmas sobre el
campo invisible que nos protege. Lyna nos observa desde la distancia con una sonrisa
torcida, llena de malevolencia.
Häel degüella al demonio que tiene enfrente con una daga negra. Se aproxima con paso
rme, el rostro impasible, aunque la tensión en su mandíbula revela lo molesto que está.
Nos están robando tiempo.
Y mi bebé…
Mi bebé necesita comer.
Han pasado veinticuatro horas desde el parto.
Una daga con el mango cubierto de espinas se clava en el ojo de uno de los demonios.
Frunzo el ceño al reconocerla. Esa arma… la he visto antes.
El ser gruñe, girando furioso en busca del atacante.
Sigo su mirada. A unos metros, tres siluetas emergen de entre la oscuridad.
Entreabro los labios, incrédula, al reconocerlas.
—Parece que necesitan un poco de ayuda.
—Tamara… Blaze.
—Carajo, sí. Necesitamos ayuda —grita Exen desde alguna parte del bosque.
Melek cumplió su palabra. Le dijo a Häel que vendrían, y lo hizo.
El rey del in erno les lanza una mirada fugaz mientras se enfrenta a dos demonios que
no parecen ceder. Tamara, con su cabello rizado, y Blaze, el chico de melena blanca, se
lanzan sin dudar a la batalla.
No puedo creerlo.
Están separados.
Han logrado romper el hechizo.
El encuentro no dura mucho. Un dolor ensordecedor me sacude. Una mano se enreda
en mi cabello y me jala hacia atrás con tanta fuerza que suelto un alarido.
—¡Déjala! —grita Circe justo antes de caer. Ya no puede mantener la barrera; los dos
demonios se abalanzan sobre ella.
Mis pies se separan del suelo. Pataleo desesperada, las manos aferradas a mi propio
cabello mientras intento liberarme.
Estoy agotada.
Siento que ha pasado una eternidad, aunque apenas han sido unas horas.
—Te haré pagar.
—¿Tú a mí? —gruño con furia—. ¡Tú me quitaste a mi hijo!
—No fui yo, ¿no lo entiendes? —ríe, con un brillo enfermizo en los ojos—. Nunca fue
mi plan. Solo quiero poder, todo el poder que pueda obtener. No voy a negar que fue
divertido asustarte de vez en cuando… pero la idea de robar al niño siempre fue de
Abrahel. Él lo tiene.
Aprieto los dientes, conteniendo la ira que amenaza con desbordarse. Cierro los ojos y
respiro hondo, concentrándome.
El agarre en mi cabello desaparece cuando Lyna grita. Caigo al suelo con fuerza; el
impacto me arranca el aire de los pulmones. Un dolor agudo me recorre el pie al doblarse
bajo mi peso. Gimo, apretando los dientes, y guardo el dolor en esa caja imaginaria que
escondo dentro del pecho.
No tardo en levantarme. La ropa está sucia, manchada de sangre. A unos metros, Lyna
desciende lentamente, sosteniéndose el muslo. Tamara me hace una seña con el pulgar
alzado.
Quémala.
Si quiero terminar con esto, debe ser ahora.
Estoy cansada de esperar. De tener piedad con quienes jamás la tuvieron conmigo.
Relajo los hombros. Lyna intenta arrancarse la daga de espinas de la pierna. Cierro los
ojos y me concentro.
En lo que arde dentro de mí.
En lo que soy.
Siento el aire.
La tierra.
La naturaleza.
El caos.
El cielo y el in erno existen; no son simples mitos.
Las brujas existen. Caminan entre los árboles del bosque eterno.
Yo intenté hacer lo correcto.
Intenté que me devolvieran a mi hijo por las buenas.
Pero no les importó el dolor de una madre.
Así que a mí no me importará verlos arder.
Abro los ojos y la encaro. Lyna me observa con el ceño fruncido; las llamas se
encienden en mis manos y las hojas bajo mis pies comienzan a arder, aunque el fuego no
se expande.
—Con asustarme no basta, Alya.
—¿Asustarte? —mi voz suena distinta, más aguda, casi inhumana—. No quiero
asustarte.
—Es una lástima que domines el fuego más que cualquier otra habilidad. Hay cientos, y
solo te aferras a una.
—Deberías sentir lástima por ti —respondo con calma peligrosa—. Es mejor dominar
una al cien por ciento que tener todas a medias.
Sus ojos me recorren de arriba abajo. Lanza un chorro de agua que apaga una de mis
llamas; gruño y la reavivo de inmediato. Lo repite con la otra mano, y esta vez le
respondo lanzando una cuerda de fuego que se enrolla en torno a su cuello.
Grita con furia.
Pero no la quema.
Porque aún no quiero que lo haga.
La voy arrastrando a tirones. Se resiste, clava los talones en el suelo y se echa hacia atrás,
forzando la dirección contraria. No necesito ejercer demasiada fuerza para jalarla de
nuevo y hacer que caiga de bruces a mis pies. A nuestro alrededor, el fuego forma un
círculo cerrado que no nos permite escapar. Lyna lo contempla con furia, los ojos
encendidos de rabia.
—Se nota que no quieres matarme. Le das tantas vueltas que luces patét…
No termina la frase. Entreabre los labios, perpleja, sin apartar la mirada de mí. Una
daga de fuego atraviesa su estómago, hundiéndose hasta la empuñadura. En el mismo
instante, mi puño impacta de lleno contra su rostro.
—Espero que mi abuela te perdone, porque yo no lo haré.
—Lo hará… tú lo harás —balbucea, señalándome con un dedo ensangrentado.
Niego, conteniendo el temblor en la voz y las lágrimas que pugnan por salir.
—Nadie perdona que la torturen con su peor miedo: perder a un hijo.
Cierro los puños con tanta fuerza que las uñas se hunden en mis palmas. Su risa
reverbera en el bosque, hueca, distorsionada.
—A mí me arrebataron el poder —gruñe—. Lo único que siempre quise, me lo
quitaron. Incluso después de muerta, su maldito espíritu me sigue, me persigue. ¡Siguen
confundiéndome con ella! ¡Siguen creyendo que soy ella!
—¿Y por eso lastimas a tu familia? —le lanzo, incrédula—. Nadie te hizo nada, Lyna.
Eso está solo en tu cabeza. ¿Vas a condenar a tu propia sangre por poder? ¿A tu hija? ¿A
Circe?
Sonríe de lado, una mueca torcida entre llanto y delirio.
—No lo entenderías —susurra—. A ti no te han comparado toda tu vida. No te han
llamado la hermana débil, la fea, el estorbo. Nadie te ha hecho sentir invisible. Nunca me
agradecieron nada… hasta que Sadira se fue. —Su voz tiembla, y luego cambia, amarga,
venenosa—. Le agradecí a Satán todo lo que le pasó a tu madre. Y luego llegaste tú —me
recorre con la mirada, llena de desprecio—. No sabes el in erno que te espera.
No entiendo lo último que dice, pero algo dentro de mí se contrae: una punzada helada
que se expande por el pecho como un virus.
El silencio cae sobre nosotras. Las llamas del círculo se apagan poco a poco, hasta que
solo queda una tenue luz danzante iluminando el claro.
De pronto, se incorpora de un salto y se lanza hacia mí. No tengo tiempo de reaccionar.
Sus manos se cierran con fuerza en torno a mi cuello y me arrastra con ella, hasta que mi
espalda golpea un árbol. Jadeo cuando mi cabeza rebota contra el tronco.
A este paso, voy a terminar con una conmoción cerebral.
Sus uñas a ladas se clavan en la carne de mi cuello. Grito, forcejeo, intento apartarla,
pero sus arañazos me cruzan el rostro. Su sonrisa es una mueca de locura; los ojos
completamente blancos. Quiere matarme. Y lo hará, si no lo hago yo primero.
Con un esfuerzo desesperado, la empujo con una explosión de fuerza. Sale despedida
unos metros y caigo de rodillas, tosiendo, buscando aire. Me tiemblan los hombros por la
agitación; el pecho me arde. No estoy hecha para la lucha física, y mi cuerpo lo sabe.
Antes de que logre acercarse de nuevo, levanto una barrera protectora. Su rostro es un
retrato de demencia: el maquillaje corrido, la mitad del semblante quemado por mis
llamas. Ya no queda rastro de la mujer elegante que apareció hace unas horas. Solo queda
un monstruo consumido por su propia ira.
Me distraigo por un segundo. Solo uno. Y eso basta para que Lyna actúe.
Sus dedos se clavan en la herida del brazo que me abrió antes. Grito al sentir cómo
escarba la carne viva, sus uñas a ladas cortando más profundo. La patada que le doy es
instintiva. La hago retroceder, pero el dolor me arranca un quejido.
Algunas gotas de sudor me recorren la frente; el dolor se extiende por todo mi cuerpo.
Aprieto los labios para no dejar escapar los gemidos. El olor metálico de la sangre me
inunda las fosas nasales, y siento el líquido tibio descender por mi brazo. No quiero mirar
la herida. Los dientes me castañean.
—¿Te dolió?
La voz melosa, cargada de crueldad, retumba en mi cabeza. Enderezo el cuerpo y
encierro el dolor lo más lejos posible dentro de mí. Una de sus manos gotea mi sangre
sobre la tierra.
Levanto la cabeza, rme, sin mostrar debilidad.
—No.
—¿No? —da vueltas a mi alrededor, como un depredador acechando a su presa—. Tal
vez intente sacarte el corazón, entonces.
—Inténtalo.
Sin apartar la mirada de ella, coloco una mano sobre la herida. El calor de mi palma, el
fuego en mis venas, hace que la carne se cierre lentamente. Aprieto los dientes sin dejar
escapar un solo sonido, limpio la sangre en el pantalón negro y me preparo para lo que
venga.
Sea lo que sea que esté por hacer.
A pesar de las punzadas que recorren mi cuerpo, contengo cada hechizo que me lanza.
Gruño cuando una ráfaga de aire me golpea las piernas, lanzándome de espaldas contra el
suelo cubierto de hojas que crujen bajo mi peso. No le doy el gusto de acercarse más de
dos pasos antes de que una daga de fuego se clave en su costado. Lyna cae de rodillas, con
las manos presionando la herida.
Me reincorporo, ignorando las pisadas que escucho a lo lejos. Me preparo para cercarla
con fuego, rodeándola una vez más con un círculo ardiente, cuando un grito corta el aire.
—¡Alya! —alcanzo a escuchar la voz de Circe, desesperada, a unos metros—. ¡Abrahel
intenta esc…!
—¡No!
El tiempo se detiene.
El aire se congela en mis pulmones al ver cómo una lanza dorada atraviesa el pecho de
mi prima. Cae de rodillas antes de desplomarse por completo. La primera en reaccionar es
Lyna, que, ignorando su propia herida, corre hacia ella. Yo la sigo, pero me detengo a
unos pasos, incapaz de asimilar lo que veo.
—Circe…
Retengo un grito contra las palmas de mis manos, manchándome con mi propia sangre.
Las lágrimas brotan sin control. Los ojos verdes de mi prima se llenan de agua salada
mientras mira a su abuela con una tristeza in nita.
—Debemos hacer algo… cuanto antes —musito, paralizada.
—No podemos —responde Lyna con la voz quebrada—. Es una lanza sagrada. Si la
quitamos, morirá más rápido.
Camino en círculos, desesperada, sin saber qué hacer. Circe tose, y nos hilos de sangre
se deslizan por su boca. No puedo controlar el temblor de mis manos. Ella nunca fue
cruel conmigo; siempre me apoyó, incluso cuando no le agradaba del todo al principio.
Miro en dirección al punto donde Abrahel desapareció, sintiendo la rabia hervir en mis
entrañas.
—T-tranquila, mi niña… eres fuerte —susurra Lyna, su voz cada vez más débil.
—A-Alya… —la voz de Circe apenas es un hilo de aire.
Regreso la mirada a mi prima tendida en el suelo. Parpadeo varias veces, tratando de
enfocarla a través de las lágrimas. Lyna llora a su lado, pidiendo perdón, pero Circe no la
escucha. Sus labios se mueven despacio, lo su ciente para que solo yo entienda.
Quémala.
Niego, limpiándome las lágrimas.
Quémala, repite con los labios.
Trago el nudo que me oprime la garganta y retrocedo un paso. Lyna está demasiado
cerca de ella; si lo hago, ambas se quemarán.
Agacho la cabeza, negando una y otra vez.
Respiro hondo, tratando de concentrarme en una sola presencia. Siento el poder
recorrer mis venas como fuego líquido, el aire vibrando a mi alrededor. Las lágrimas caen,
cálidas, ardiendo en mis mejillas.
—Gracias… por todo lo bueno que me enseñaste, abuela. Por más que hayas perdido la
razón al nal… te doy las gracias.
Lyna le acaricia el cabello con ternura, justo antes de que las llamas la envuelvan por
completo. Su grito se eleva, desgarrador, y Circe la abraza con fuerza, prendiéndose fuego
también.
Niego, retrocediendo, el alma hecha trizas.
—No… no, no, no… ¡No! —caigo de rodillas, los gritos de ambas resonando por todo
el bosque. El fuego las consume y, poco a poco, solo queda silencio.
Ve por tu hijo… y haz pagar a los culpables.
La voz débil resuena en mi cabeza.
Las lágrimas se deslizan por mis mejillas manchadas de sangre mientras me aferro a la
tierra. Las hojas se mezclan con mis lágrimas y la sangre de mis palmas.
Lyna está muerta.
Y Circe también.
Capítulo 41

HÄEL

Todo ocurre en cámara lenta.


Las dagas —igual que mis manos y mi ropa— están empapadas de sangre, aunque el
negro no permita que resalte.
Jadeante, le propino una patada al demonio que se me abalanza rabioso. Clavo el lo de
la daga en su cuello y presiono hasta arrancársela. Estoy harto.
Quiero acabar con esto cuanto antes.
Exen y Melek se ocupan del último enemigo. Me irrita estar enfrentándome a mi
propia familia solo por las manipulaciones del ángel de la muerte. Son demonios de
rango alto; me desafían sin comprender lo que hay detrás, y no voy a explicarles nada: si
escogieron un bando, morirán en él.
Cuento los segundos en que Abrahel respira. No le queda mucho.
Escucho los gritos de Alya en algún lugar. Limpio las dagas en mi camisa y las guardo
antes de correr entre los árboles, temiendo encontrar lo peor. La localizo sollozando a un
costado del fuego. El olor a carne quemada me golpea las fosas nasales. No necesito
preguntar qué sucedió: lo sé.
Me acerco con paso rme. Demasiado daño le han hecho a mi reina en las últimas
horas. Ha perdido a personas fundamentales en su vida.
Entre ellas, su madre.
La reviso: tiene algunas heridas, pero ninguna mortal.
—Levántate. Debemos irnos.
—¡No! ¡Yo no quise quemarla!
Paso los brazos por debajo de sus axilas para alzarla. Se resiste al principio, dejándose
arrastrar por el dolor. Apenas asimila una pérdida cuando otra la golpea.
Observo la lanza dorada atravesando uno de los cuerpos irreconocibles.
—Tú no tienes la culpa —gruño entre dientes. Hago que me mire tomándola de la
mandíbula. Sus ojos azules están atormentados, apagados—. Estoy harto de esta mierda.
Iré por mi hijo y haré pagar a esa escoria.
—Mi hijo… —parpadea; parece recordar.
—Vas a quedarte aquí… —empiezo, pero ella niega—. Me importa un carajo si no
quieres: vas a quedarte.
—Debo ir. Mi bebé me necesita. Seguramente tiene hambre, necesito cargarlo.
—No —sentencio, decidido—. Vas a quedarte con Exen y van a esperarme en el
Averno.
—No puedes pedirme eso, Häel.
—No te lo estoy pidiendo. Te lo estoy ordenando. —Su pálida piel está manchada de
rojo. Aunque la sangre no me incomoda, en ella me repugna. No quiero volver a verla
herida, ensangrentada, rota—. Vas a esperar sentada en mi trono hasta que vuelva con
Rean.
—No quiero, no voy a poder —le limpio las lágrimas y la sangre con los pulgares,
apoyo nuestra frente—. Por favor, no me hagas esto.
—No pienso arriesgarte más. Diste a luz hace un día.
—¡No lo entiendes! Está aquí, lo presiento —se lleva una mano al pecho—. Lo tiene
aquí.
Solloza, perdiendo la poca fuerza que le queda. No planeo que me acompañe. Si no va
a irse por las buenas, se irá por las malas.
—Mi amor, iré por Rean, te lo juro. Tienen que curar tus heridas y necesitas descansar.
Has resistido y luchado como una auténtica guerrera. No eres débil; es lo que ellos
querían que pensaras. No lo eres. Eres más fuerte que el maldito Lucifer. Ya se los has
demostrado.
Le sostengo el rostro para que vea mis ojos, para que vea que no miento. Que es capaz
de todo lo que quiera. Si intentara quemar el mundo, la acompañaría sin dudarlo, sin
cuestionarla.
—Tú eres Lucifer —murmura, llorosa.
—Eres más fuerte que yo, mi reina.
Sus ojos azules me observan sin parpadear, asustados, buscando alguna duda… pero no
la encuentran. Porque no la tengo.
Acaricio el lugar donde descansa el anillo que le obsequié. Se merece que el maldito
in erno se arrodille ante ella.
Y haré que así sea. Cuando regrese con Rean, si tengo que desatar una guerra para
detener a los demonios rebeldes, lo haré.
—Déjame ir, por lo que más quieras —implora en un susurro quebrado.
Agacho la cabeza y niego.
—Pre ero perderme a mí mismo antes que perderte a ti.
—Häel…
—Lo que más quiero son Rean y tú. Te prometo que todo terminará pronto. En un
abrir y cerrar de ojos tendrás de nuevo a nuestro hijo en brazos.
Las emociones me atraviesan el pecho. Dos palabras en concreto se quedan en mi
lengua; las saboreo, pero no las dejo salir.
La beso despacio, como si fuera la última vez. Me deleito en cada movimiento. Sus
manos se aferran a mi camisa manchada de sangre; la tomo de la nuca, intensi cando el
beso. Me aprendo el sabor dulce de sus labios, la desesperación con la que busca fundirse
en mi cuerpo.
Al separarnos, una lágrima traicionera se desliza por la comisura de su ojo. La limpio
con los nudillos antes de apartarme por completo.
Su cuerpo cae inerte en mis brazos. Paso un brazo por debajo de sus rodillas y la cargo,
apoyando su cabeza en mi pecho.
Seguramente despertará furiosa conmigo por haberla dormido. El efecto no durará más
de dos horas; espero volver antes.
Sabía que no se quedaría tranquila: la conozco. Sería capaz de escaparse para seguirme, y
no pienso permitirlo.
Necesita descansar.
Apenas puedo mirar su rostro magullado sin sentir el impulso de matar. Cada maldito
segundo pienso en formas de torturar a Abrahel: las más crueles, las más despiadadas.
Es culpa mía que estemos aquí. No pretendo martirizarme, solo asumir mis actos.
Me abro paso entre los árboles hasta llegar al claro donde permanecen las únicas cuatro
personas aún en pie. Las raíces se mueven a mi alrededor con cada paso; es extraño cómo
este bosque puede ser tan siniestro y protector al mismo tiempo.
—Llévala al Averno y no la dejes salir. Intenta calmar a los rebeldes en lo que regreso.
—¿A dónde vas? —pregunta Exen, recibiendo a una Alya dormida con cuidado.
—Por mi hijo —respondo, apartando un mechón de cabello de su rostro manchado de
sangre y besándole la frente—. Curen sus heridas. Se aproxima una guerra en el in erno,
y no pienso perderla.
Le doy una última mirada a Alya y luego observo a Melek, que asiente en silencio.
—Cuenta con ello. Estamos aquí para ayudar.
La chica de tez trigueña y el muchacho de cabello blanco me observan confundidos. No
tuve tiempo de conocerlos bien ni de presentarme. Alya confía en ellos; son sus amigos,
los que la sostuvieron cuando yo no estuve.
Y ahora entiendo lo que buscaban en el bosque.
—Circe está muerta. Igual que Lyna.
No espero ver sus reacciones. Me doy la vuelta y emprendo el camino.
Tengo las horas contadas.
Y no pienso fallarle a mi reina.
Pierdo la cuenta de los minutos que han pasado. Siento su maldita presencia, aunque
aún no lo vea. Está cerca.
Mantengo las manos cerca de las empuñaduras de las dagas. Podría vencerlo sin ellas,
usando mi poder… pero ¿qué gracia tendría eso?
Quiero oírlo suplicar.
Llorar de dolor.
Ver su sangre derramada en la tierra.
—Dile hola a papi.
El cuerpo se me tensa al escuchar esa voz detrás de mí. Giro y encuentro a Abrahel con
Rean en brazos, envuelto en una sábana blanca, completamente dormido. Sus pequeñas
manos rodean uno de los dedos del ángel de la muerte.
Encajo el cuerpo, sintiendo cómo la ira me recorre las venas.
—Oh, ¿tan rápido te alteras? Solo estoy cargando al próximo heredero del in erno… al
futuro ángel de la muerte —despega la mirada del bebé para clavarla en mí, con una
sonrisa torcida—. Si es que lo dejo vivir.
Respiro con calma, aunque por dentro me estoy incendiando. Los nudillos se me han
vuelto blancos de tanto apretar los puños. Apenas logro apartar la vista del rostro de mi
hijo, que duerme plácidamente, ajeno a todo.
Abrahel lo deposita con cuidado en una pequeña canasta antes de girarse hacia mí,
acomodándose la ropa. Hago crujir el cuello por la tensión, preparándome, observando
cada movimiento de su cuerpo, pensando cuál será la primera extremidad que le
arrancaré.
—¿Te comió la lengua algún demonio? —provoca.
Levanto apenas la comisura de los labios, saco una de las dagas y la hago girar entre mis
dedos por puro re ejo.
—El demonio ha venido a comerte la lengua.
No espero ni un segundo. Me lanzo contra él, alejándonos del lugar donde descansa la
canasta. Sus ojos re ejan una seguridad que me repugna. Detiene el golpe con un escudo
de protección.
—¿Pretendes hacerme daño con unas simples dagas?
—¿Simples dagas? —desenvaino la otra y clavo la punta en su escudo. El metal atraviesa
la barrera, creando una grieta que empieza a extenderse. Abrahel frunce el ceño—. No
son simples dagas.
De una patada en las costillas me desestabiliza y aprovecha para empujarme, escapando
de la prisión que lo retenía. Puedo ser el rey del in erno, pero no soy invencible. Debo
tener cuidado: Abrahel convivió conmigo demasiados años. Conocemos nuestras
debilidades.
Lo único que me tranquiliza es saber que Alya está a salvo, en el Averno. Solo tengo que
preocuparme por mi hijo.
Lanzo una barrera de protección a su alrededor. Desde mi posición lo veo mover las
manitas, sin emitir sonido alguno. Las yemas de mis dedos arden por tocarlo. Es parte de
mí. Es el lazo más poderoso que me une a Alya.
La empuñadura de las dagas se clava en mis palmas por la fuerza con la que las sostengo.
Algunos mechones de cabello caen sobre mi frente, empapados en sudor. Fijo la mirada
en mi enemigo principal. Deus puede irse al carajo; Abrahel es mi prioridad.
—¿Qué se siente no haber sido el primero en cargar a tu hijo? —se burla, caminando
hacia mí con pasos calculados—. ¿Crees que me llame “papá” dentro de unos años?
Sabe que tiene una desventaja enorme contra mí. Si no mide cada movimiento,
terminará sin lengua.
Sin cabeza.
Sin corazón.
—¿Por qué tan seguro, Abrahel? ¿Bebiste alguna pócima de la que no estoy enterado y
ahora eres invencible?
Una mueca lo acompaña. Observo sus pasos; caminamos en círculos. No porque
temamos acercarnos, sino porque cada movimiento es calculado.
—No. Es todavía mejor.
—Esa seguridad te va a durar unos minutos.
—No traes tu espada, solo las dagas Tenebris Mortem.
—¿Eso te parece poco? —elevo una ceja.
—Me crees un enemigo fácil.
—Lo eres.
De un movimiento, lanzo una piedra con la punta de la bota. Lo toma por sorpresa: la
roca impacta contra su pecho. Abrahel ríe, sacudiéndose el polvo.
—¿Es todo lo que tienes?
Cuando levanta la mirada, la sonrisa se le borra. No me encuentra. Antes de que pueda
girar, le clavo la daga en la espalda. La hoja se hunde en su piel y gruñe. De una patada
arranco el arma, viendo cómo el líquido rojo se desliza por la camisa blanca que lleva
puesta. Trastabilla unos pasos antes de recomponerse.
De un solo puñetazo me estampa contra un tronco. Rechino los dientes al sentir el
sabor metálico de la sangre en la boca. Muevo la mandíbula y salgo del agujero que he
dejado en la madera por la fuerza del impacto. Corro hacia él; no le daré tiempo de
respirar. La daga es detenida por la maldita lanza que sostiene, pero le pateo una pierna y
le planto un rodillazo en el estómago, robándole el aire.
Abrahel no se queda atrás. Su lanza corta mi palma; la sangre se mezcla con el sudor. El
labio me sangra, pero no cedo. Lo más que consigo son cortes super ciales en su piel,
su cientes para debilitarlo. Esa es la función de las dagas: desgastar, drenar, torturar.
Lanzo una mirada rápida hacia la canasta. Ese segundo basta para que el ángel de la
muerte lo note y sonría. Espero su movimiento. Tal como imaginaba, envía cuchillos de
energía oscura directo hacia mi hijo. Todos chocan contra la pared de protección que he
reforzado.
Predecible.
—Jugando sucio. El problema y la pelea son entre nosotros dos. Deja a mi hijo fuera de
esto.
—¿Por qué no me lo vi venir? —ríe, sin apartar los ojos de mí.
—Porque eres un imbécil —me encojo de hombros. El único hechizo que he usado es
para proteger a mi heredero—. Esa es tu debilidad. Eres un idiota. Tu cabeza no da para
más. Eres predecible y crees que estás por encima de mí… cuando no es así.
—Aquí vamos con el ego engrandecido.
Niego, empuñando la daga con fuerza. Fijo la mirada en su cuello, imaginando cómo la
hoja se hunde hasta dejarlo desangrado.
—No es ego —respondo con voz grave—. Es seguridad. Parece que, en realidad, no
sabes lo que es.
Aprieta los puños. Aunque intenta disimularlo tras esa sonrisa tensa, está molesto. Mis
palabras han tocado algo en su podrido orgullo. Las ganas que tengo de arrancarle el
corazón me consumen.
Visualizo su siguiente movimiento antes de que ocurra. Levanta la pierna para patearme
la cara, pero le retengo la bota antes de que me alcance. Giro, usándolo como punto de
apoyo, y lo lanzo lejos. Gruñe al caer varios metros atrás, cubierto de hojas y tierra.
Se levanta furioso, empuñando la lanza. Se precipita hacia mí. Esquivo los golpes,
buscando una apertura para volver a hundirle el lo.
Las sombras a nuestro alrededor revolotean sin descanso; las energías del bosque se han
acercado demasiado, y estoy seguro de que la mayoría no son buenas. Esperan pacientes,
igual que algunas almas en pena: las que no pudieron subir al paraíso ni descender al
in erno. Almas rebeldes.
Aguardo el momento justo para liberar más de mi poder. Quiero que se canse, que crea
que ha ganado, que se le dibuje la victoria en los ojos… y, al siguiente segundo, sienta el
terror recorrerle las venas.
Que se cague del miedo.
Dejo que me golpee en la cara. Si solo yo lo ataco, no tiene gracia.
El sabor metálico de la sangre se mezcla con mi saliva; escupo en la tierra,
tambaleándome apenas.
—Ese ha sido un buen golpe, tengo que admitirlo.
—Me subestimas.
Se quita la corona de espinas y la lanza al suelo.
—¿Ya te cansaste de imitarme?
—No te imito. Soy mejor que tú.
La respuesta me arranca una carcajada. Me sorprende lo estúpidamente con ado que
puede llegar a ser. No puedo creer que alguna vez lo considerara un aliado… un amigo.
No es más que basura.
Un segundo golpe me da de lleno en el abdomen y otro me parte el labio. Siento el
líquido caliente resbalar por mi rostro. Agacho la cabeza. El dolor punza, pero no es nada
que no haya soportado antes.
Envuelve una mano en mi garganta y aprieta. Levanto la mirada, clavando mis ojos en
los suyos. Le saco unos centímetros de altura. Retengo su brazo cuando me empuja contra
un árbol. La luz de la luna apenas nos alcanza; su rostro se ve sombrío, pero aun así sé que
el mío infunde más miedo.
El siguiente movimiento me toma desprevenido. Mis defensas están altas, pero ha sido
más rápido. Toma uno de los cuchillos de mi cinturón y lo hunde en mi muslo derecho.
La hoja se entierra por completo en la carne. Gruño, tensando el cuerpo. Le asesto tres
rodillazos en el costado, haciéndolo toser antes de lanzarlo al suelo.
Mi respiración se agita. Él se retuerce, llevándose una mano a las costillas, seguramente
fracturadas. Miro el cuchillo clavado en mi pierna y aprieto los dientes. Le doy un vistazo
rápido a la canasta, solo unos segundos.
Un rugido me brota desde lo más profundo de la garganta cuando el cuchillo empieza a
moverse, arrastrándose hacia abajo y desgarrando más piel. Lo detengo con la mandíbula
apretada. Ha avanzado unos diez centímetros desde la herida inicial. Una fuerza ajena,
sobrenatural, intenta seguir moviéndolo. Lo detengo con toda mi voluntad hasta
arrancarlo de raíz. La sangre cae a borbotones sobre la tierra. Aprieto el arma —aún
empapada— en mi mano.
Su risa retumba entre los árboles. Inspiro despacio, recordándome que debo matarlo
con calma. Que se lo merece. Levanto la vista. Si no me temiera, no se habría alejado
tanto. Ignoro el hecho de que me estoy desangrando y camino hacia él sin vacilar, sin
mostrar dolor, sin cojear.
Su sonrisa titubea.
Siento mis ojos ennegrecerse y los pequeños cuernos asoman entre mi cabello. Paso la
lengua por uno de los colmillos —más largo de lo habitual— y sonrío. Le dedico una
mirada despectiva al verlo tragar saliva.
Estira la mano para tomar la lanza.
Abrahel está en un punto intermedio entre el bien y el mal; al n y al cabo, es un
ángel… y también invoca la muerte.
Yo, en cambio, soy la maldad.
La oscuridad.
El miedo de los hombres.
Porque también recojo sus almas. También pertenezco a la muerte, a lo siniestro.
Soy el pecado.
Soy un monstruo cruel, sin compasión.
—¿Por qué crees que Deus te envió a matarme la primera vez?
Sus ojos se abren de par en par. Se supone que no debería recordar nada de aquel día,
cuando me enviaron al Averno a gobernar.
—Porque le estorbabas.
—Claro, le estorbaba tanto que decidió enviarme a gobernar las tinieblas… a mí solo
—el dolor en mi pierna empieza a desvanecerse a medida que la oscuridad corre por mis
venas; el poder despierta dentro de mí—, y no a ti. Eres tan irrelevante, Abrahel. Si
bajaste conmigo fue solo para intentar cumplir tus malditos planes. Eres una basura,
porque no has logrado nada de lo que te propusiste. No entiendes que todo lo que ha
ocurrido es por ti, por tu culpa. Tus profecías se cumplieron porque, cada vez que
intentabas sabotearlas, sucedía exactamente lo que debía pasar. Si no te hubieras dejado
consumir por la envidia y el rencor, lo habrías visto.
Aplaudo, satisfecho, al ver cómo su rostro se convierte en un poema de horror. Se da
cuenta, por n, de que él mismo echó todo a perder con sus acciones. Su insistencia en
mantenerme alejado de Alya solo logró que la deseara más. Cada profecía se cumplió por
su mano.
—No es cierto… no puede ser.
—No sé si agradecerte o romperte la cara, porque en el proceso también heriste a la
persona que más me importa.
—Aun así, vas a morir.
—Deja esa mierda.
—¡Vas a morir! ¡Lo he visto!
—Si voy a morir, te mataré primero.
Salto.
Al caer, clavo el lo de la daga directo en su yugular. Sus ojos se abren
desmesuradamente. Hago presión, hundiéndola más. Su espalda golpea un árbol. Intenta
darme con la lanza, pero esquivo el ataque y, de una patada, se la arrebato de las manos.
Trata de hablar, pero lo único que sale de su boca es sangre.
Reúno la fuerza que me queda —a pesar del dolor punzante en la pierna— y hundo
otra daga en su pecho, directo al corazón. Desgarro hacia abajo, abriéndole la carne. Sus
dedos se clavan en mis brazos. Observo cada gesto en su rostro, el ceño fruncido por la
agonía.
Gruño cuando su pie impacta mi herida. Arranco la daga del pecho, empapada en
sangre, y la entierro hasta la empuñadura en el otro lado de su cuello.
Sus ojos tiemblan, resistiendo. Sé que le he causado heridas fatales, y si no le perforé el
corazón, estuve a punto. Sonrío, saboreando el maldito momento.
Entreabre la boca, dispuesto a soltar alguna estupidez, pero solo logra toser. En cuanto
veo su lengua, me inclino sobre él. Mis dientes la atrapan y tiro con fuerza hasta
arrancársela de raíz.
Escupo la carne ensangrentada. Los hilos rojos me corren por la boca, cálidos.
Deslizo ambas dagas, cruzándolas en el aire, y de un solo tajo le corto la cabeza.
El cuerpo se desploma a mis pies. Trastabillo, sin borrar la sonrisa demoníaca del rostro.
Todo está cubierto de sangre, incluso el tronco en el que estaba recostado. Limpio las
dagas en la camisa roja de Abrahel —porque del blanco ya no queda nada— y me alejo
unos pasos, contemplando la obra de arte que acabo de crear. Sinceramente, es digna de
una fotografía.
Aún saboreo su sangre en mi boca.
Me acuclillo junto al cadáver y entierro la mano en su pecho para arrancarle el corazón,
que ya no late. Arranco pedazos de su camisa empapada en sangre y lo envuelvo como si
fuera un regalo.
Un obsequio para mi reina.
Lo ato a la cinturilla del pantalón, en una de las presillas por donde pasa el cinto. Luego
arranco otro trozo de tela y lo uso como torniquete en el muslo. Aprieto los dientes por el
dolor.
Por último, tomo la cabeza del egocéntrico que se atrevió a imitarme y la arrojo junto a
su cuerpo, justo antes de que todo empiece a arder.
El olor a sangre y muerte se mezcla con el de la carne chamuscada.
—Una puta porquería, compañero.
Camino hacia la canasta. Un par de grandes ojos me observan en silencio. Suspiro,
mirando mis manos manchadas de rojo. Me encojo de hombros y levanto su diminuto
cuerpo. La sábana lo envuelve a la perfección; incluso lleva un pañal.
Uno que huele a mierda.
—Eres muy tranquilo, ¿eh?
Acaricio su mejilla regordeta, manchándola de sangre. Tiene que acostumbrarse al olor.
Vivirá rodeado de muerte a medida que crezca.
Sus manitas delicadas empujan la mía más cerca. Su boca atrapa uno de mis dedos
ensangrentados y comienza a chuparlo, como si fuera su biberón.
Sonrío, lleno de orgullo.
De nitivamente es nuestro hijo.
Uno muy tranquilo, al parecer.
Y eso… es todavía más preocupante.
Nos alejamos del bosque, dejando las llamas atrás. Extiendo un brazo con la palma
abierta, y la lanza de Abrahel acude a mi llamado. Brilla, majestuosa. Puedo convertirla en
una espada; me servirá de maravilla en el in erno.
—Es hora de ir a casa, Rean.
Capítulo 42

ALYA

El peso delicado de Rean en mis brazos es como sostener un puñado de nubes, tan ligero que
apenas se siente.
Acaricio su mejilla redondeada y suave. Ha mantenido los ojos cerrados desde esta mañana.
Es demasiado tranquilo; solo llora cuando tiene hambre.
El sol golpea nuestra piel al salir del castillo de diseño victoriano y oscuro. Busco con la
mirada a Häel, pero no estoy segura de dónde se encuentra. Todo aquí resulta distinto a lo que
recordaba. No hay ni un alma dentro de la enorme casa.
Regreso la vista a mi bebé y le acaricio el cabello no. Sus mejillas están sonrojadas, y el
mameluco gris, cálido y mullido, lo hace parecer un pequeño conejo. Sonrío.
Estoy segura de que a Häel no le gustará; habría elegido algo negro, sin duda. Pero, al nal
de cuentas, es un bebé, y quiero disfrutar cada instante de su etapa.
—Eres el príncipe más hermoso —susurro, delineando con un dedo sus cejas delgadas. Luego
bajo la mirada a mi propio atuendo y frunzo el ceño, borrando la sonrisa: un vestido amarillo
—. Odio el amarillo.
Acaricio de nuevo la carita de Rean, mirando a mi alrededor. Trago saliva al notar que no
hay absolutamente nadie. No es normal. Niego, apretándolo contra mi pecho, temerosa de que
en cualquier momento alguien intente arrebatármelo.
Al girar, choco de lleno contra un cuerpo que parece una muralla. El hombre frente a mí
tiene el rostro cubierto y mide casi dos metros; es pura altura y músculo. Retrocedo al ver el
hacha de doble lo que sostiene en una mano. Trago saliva y doy otro paso atrás. Él avanza sin
dudar. Aprieto con fuerza a Rean contra mí.
Alzo el mentón, aunque no logro verle la cara. Siento el poder arremolinándose dentro de
mí, listo para salir si intenta algo. Intento mantener la distancia.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres?
No responde. Solo inclina la cabeza, lentamente.
El llanto de Rean rompe el silencio. Doy palmaditas suaves en su espalda para calmarlo, pero
el hombre resopla, como si el sonido lo irritara. Ese bu do basta para que el instinto me grite
lo obvio: tengo que correr.
Y lo hago. Corro directo hacia el bosque, sin mirar atrás. Las pisadas retumban detrás de mí,
pesadas, constantes. El llanto de mi hijo me tensa los músculos. No dejo de pensar que esto
podría ser un sueño. O peor: otra de esas pesadillas.
Las torturas.
El bosque.
Rean.
Lo aprieto más contra mi pecho, si es que aún es posible. La cabeza me retumba con cada
paso. Siento que en cualquier momento ese gigante me lanzará el hacha y no tendré
oportunidad de esquivarla. Esquivo ramas, salto raíces… o lo intento. Tropiezo con una raíz
gruesa y me voy de bruces, recibiendo todo el golpe en el codo mientras protejo a Rean. El dolor
me arranca un jadeo.
Cuando levanto la vista, la muralla humana ya está sobre mí. Grito. Me arrastro por el
suelo, desesperada por poner distancia.
Se detiene frente a mí, imponente, con una mueca que parece una burla. Levanto el brazo,
intentando conjurar algún hechizo que nos proteja. Pero nada sale de mi mano.
No hay fuego.
No hay poder.
Solo vacío.
El corazón se me paraliza. Abrazo a mi bebé con todas mis fuerzas cuando veo el hacha
descender hacia nosotros. Un grito nace en mi garganta al mismo tiempo que el llanto
desgarrado de Rean.
Abro los ojos de golpe y me incorporo en la cama. Miro en todas direcciones, comprobando
que estoy en un lugar seguro. Suspiro aliviada y me dejo caer de nuevo sobre mis libros de
anatomía humana. Acaricio las páginas antes de volver a sentarme despacio.
Le echo un vistazo a mi habitación: está ordenada. El escritorio, a unos metros de la cama;
la laptop descansa al costado, con el ensayo a medio escribir, y algunas velas aromáticas que
suelo encender. El silencio me aterra.
¿Qué hago aquí?
Aparto los libros de mi regazo. Parece que me quedé dormida haciendo tareas, pero… ¿qué
hago en mi habitación? ¿En mi casa?
Trago saliva al mirar mi atuendo: el pijama con el que solía dormir. El suelo se siente helado
bajo mis pies descalzos. Abro la única cortina de la habitación y afuera todo es blanco. La
nieve cae como de costumbre. Me llevo las manos al estómago completamente plano.
Tenía a mi bebé en los brazos hace apenas unos segundos. Todavía siento su peso, su calor…
Niego, desesperada, con los ojos llenos de lágrimas.
Debe seguir siendo una pesadilla. Debo estar dormida.
Observo mis manos sin sentir ese característico poder vibrar en ellas.
—Esto no puede ser verdad… Esto no es verdad.
La respiración se me acelera. Antes de que el nombre de Häel escape de mis labios, la puerta
se abre y aparece… mi madre.
Quedo inmóvil en medio de la habitación. Sus grandes ojos me miran con desconcierto. El
color de su cabello, la ropa que usa después del hospital… se ve tan real.
Se siente tan real.
No puede ser.
—La cena ya está lista, Aly. —Retrocedo al escucharla. Un sollozo se me escapa mientras me
cubro la boca—. ¿Qué pasa? Estás pálida, parece que viste un fantasma.
Su rostro de confusión se transforma en preocupación. Se acerca y, antes de que intente
tocarme, yo retrocedo.
—Tú estás muerta. Estoy soñando y voy a despertar.
La sorpresa en sus ojos es inmediata. Baja la mano y niega.
—No estoy muerta. ¿Estás sonámbula otra vez, Alya?
—Voy a despertar. Tengo que despertar. Mi bebé… mi bebé me necesita. —Doy un paso
atrás, acariciando mi vientre inexistente.
—Voy a ir por un calmante. —Sonríe con tensión, avanzando sin dejar de observarme.
Sollozo, dejando que las lágrimas me caigan—. Tranquila, mi niña, vas a estar bien.
—No… No estoy bien. Ya no quiero… no quiero que las pesadillas me sigan atormentando.
—Me apoyo en la pared y me deslizo hasta el suelo, abrazando mis piernas sin dejar de llorar
—. Quiero que me dejen en paz. Por una vez en la vida, quiero que me dejen en paz.
Me agarro el cabello con desesperación. Sus pasos se acercan, a igida por mi estado. Si tan
solo esto fuera real, si ella estuviera viva… Pero sé que no es así. He pasado tantas veces por lo
mismo que, aunque entre en pánico por minutos y dude de mí misma —de mi cordura—,
logro diferenciar la pesadilla.
El sueño.
La realidad.
El fuego de las velas aromáticas se extiende a unos metros, pero el olor no se percibe. Huele
a… nada.
Aun así, mi mente me tortura. Me hace sufrir. Me hace pensar que la loca soy yo.
—Mi niña, vas a dormir y, cuando despiertes, te vas a sentir mejor. —Se acuclilla frente a
mí. No aparto la mirada de su rostro—. Puedo traerte pastillas para dormir.
La ignoro y extiendo una mano hacia su mejilla. Su piel se siente tersa y cálida, con una
calidez extraña, casi irreal.
—Perdón, mami… p-perdóname —sollozo, grabando cada una de sus facciones en mi
mente—. Por no estar ahí, por no poder defenderte cuando me necesitaste.
—Levántate, el suelo está frío. Debes dormir. No tengo nada que perdonarte.
Niego, conteniendo el nudo en la garganta y los sollozos que amenazan con salir. Me lanzo a
abrazarla sin poder evitarlo. Sus caricias en mi espalda me tranquilizan un poco; siempre lo
hacían cuando estaba nerviosa o asustada.
—Te extraño.
—Aquí estoy, mi niña.
—Te extraño… pero mi bebé me necesita.
Se aparta para mirarme, desconcertada. Le sonrío con tristeza, con esa melancolía que
quema por dentro. Guardo cada recuerdo con mi madre en una cajita dentro de mi mente; los
atesoraré por siempre como lo más sagrado que poseo. Le acaricio la mejilla una vez más.
—Te amo, mi niña. Es hora de dormir. Cuando despiertes, te vas a sentir mejor, y luego
iremos a cenar.
Asiento despacio, deseando despertar de una vez. Siento que llevo horas atrapada en este
lugar. Tener a mi madre cerca me da un poco de paz, pero también me as xia. Saber que todo
esto es una maldita pesadilla me resulta insoportable. Por más cruel que suene, sé que mi
madre está muerta, y necesito saber dónde está mi hijo. Ya.
Entonces la veo.
Una jeringa en su mano.
El líquido oscuro dentro burbujea, como si estuviera vivo.
—¿Qué vas a hac…? —Grito cuando la aguja se hunde en mi brazo, sin un ápice de
delicadeza. El líquido entra por mis venas, ardiendo.
Quema.
Siento mi propio fuego quemar.
Mi madre se incorpora y me dedica una última mirada. Sus ojos… negros. Completamente
negros. Luego sale de la habitación.
El dolor me desgarra. ¿Cómo pude ser tan estúpida? No es mi madre. Nunca lo fue.
Es una pesadilla. Una más.
Y, como siempre, duele.
Me retuerzo entre quejidos sobre el suelo. No sé qué me ha inyectado, pero cada movimiento
hace que el ardor se expanda. Grito cuando el líquido parece burbujear dentro de mí. ¿Veneno?
—Ya basta… ya basta… ¡ya basta!
Las venas de mis brazos se tiñen de negro. No sé si todas estarán igual. Gruño, con la frente
pegada al suelo. No puedo levantarme. Estoy débil, perdida. No sé qué hacer.
Grito otra vez, desgarrada por el dolor.
Y entonces, abro los ojos.
Me incorporo de golpe, como impulsada por un resorte, tomando una bocanada de
aire. Unas manos cálidas me sujetan de los hombros. Escucho una voz lejana, suave. Me
recuestan de nuevo en la cama. Los ojos color café y el cabello rojo oscuro de Tamara
entran en mi campo de visión, y mi cuerpo, al n, se relaja.
—¿Me escuchas? —pregunta.
Asiento una sola vez. Pequeñas gotas de sudor me recorren la frente. Tengo la boca seca
y la debilidad se siente antinatural. Una punzada en la nuca atrae mi atención, pero antes
de que intente tocarme, la pelirroja me detiene.
—No lo recomiendo. Debes esperar a que sane.
—¿Qué tengo? —carraspeo, la voz casi inaudible.
Tamara me pasa un vaso de agua. No dudo en beberlo hasta la última gota.
—¿Aparte de los golpes en la cabeza? Nada, una ligera incisión de dos centímetros.
—¿Incisión? ¿Por qué?
Se deja caer sobre la cama. El corsé negro con detalles azul oscuro le ciñe el torso,
dejando entrever, por el escote en forma de corazón, un atisbo de su belleza. Lleva
pantalones negros ajustados al cuerpo. El día que desapareció vestía de otro modo, y aún
me reprocho no haber ido a buscarla. Häel no me dejó. Me mantuve al margen solo por
estar embarazada.
Me alegra que hayan regresado con vida.
—¿Por qué no nos habías dicho que tenías pesadillas?
—Es normal tener pesadillas.
—No a ese grado, ni tan recurrentes.
Cada músculo de mi cuerpo grita de dolor cuando me muevo. La herida del brazo ya ha
sido tratada, seguramente por ella. Dejo el vaso en la mesita de noche. La habitación es la
misma en la que he dormido antes: la de Häel.
—No es necesario gritarle a todo el mundo que sufro de pesadillas recurrentes.
—Sí lo es, cuando esas pesadillas te torturan —me mira jamente—. ¿Cuándo
comenzaron?
Me encojo de hombros, incapaz de dar una fecha exacta. El dolor en el hombro me
arranca una mueca y las punzadas en mis senos son un recordatorio aún más punzante.
—No lo sé… poco antes de que Häel apareciera en mi vida.
Ella se levanta, pensativa. Yo suspiro hondo, llenando mis pulmones de aire. Después de
cada pesadilla, un miedo profundo me invade. El dolor se siente tan real… todo parece
tan real que me cuesta diferenciar el sueño de la realidad.
—No estoy segura si fue Abrahel o Lyna, pero la fuente de tus pesadillas no es normal.
Es un espíritu nocturno que se mete en tu cabeza e intensi ca los sueños al punto de
hacerte creer que son reales. Provoca delirios, somnolencia diurna, ansiedad… entre otras
cosas. Debiste decirnos, Alya. Ahora entiendo el miedo con el que mirabas a todas partes,
el bosque…
Llevo las manos a mi vientre todavía in amado por el parto. Trato de asimilar la
información. Realmente me estaban torturando cada día, cada noche. No me dejaban en
paz.
—Dime que lo sacaste… ¡¿Lo sacaste?! —la sujeto por los hombros, fuera de mí. Siento
los ojos llenarse de lágrimas.
—Lo saqué. Me di cuenta cuando empezaste a gritar. Ya te había escuchado gritar en la
casa del aquelarre, pero nunca me animé a preguntar.
Baja la mirada, apenada. La suelto y me recuesto de nuevo en la cabecera. El nudo en la
garganta crece sin razón aparente. Cada pesadilla que me atormentó durante los últimos
meses des la como un recuerdo borroso: desde las más suaves hasta las más aterradoras.
—Häel dijo que había protegido la casa donde vivía, que nada me atormentaría.
—El drude ya estaba dentro de ti. Por más que protegiera mil veces el lugar en el que
estabas, no habría servido de nada.
—¿Drude? —pregunto, limpiando una lágrima que se escapa. No quiero llorar ahora.
La bruja se inclina y toma un frasco de vidrio transparente. Dentro, lo que parece ser
un gusano se retuerce, golpeando la cabeza contra el cristal. Tiene una forma extraña,
repugnante. Las entrañas se me revuelven al saber que eso estaba dentro de mí. En mi
cabeza.
—Esto es un drude. No descansará hasta volver a ti. Es mejor que me deshaga de él
ahora mismo. Se alimentaba de ti, de tus pesadillas, de tus miedos. —Me aparto cuando
ella se pone de pie sin soltar el frasco. El animal —o espíritu— sigue golpeando el vidrio
en mi dirección. Desvío la mirada, sin querer seguir observándolo, y suspiro para
mantener la bilis donde pertenece—. No quiere decir que no volverás a tener pesadillas;
las seguirás teniendo, pero esta vez serán normales. Culpa de tu mente, no de un espíritu
malévolo.
Asiento, apretando las manos sobre mis piernas. La ropa aún está sucia y manchada de
sangre. La puerta se abre, dejando ver al chico de cabello blanco que sonríe al verme
despierta. Su expresión cambia al notar el frasco en manos de su mejor amiga.
—¿Qué es esa jodida mierda? —pregunta, acercando el rostro al vidrio y golpeando con
el índice.
—Un drude.
—Pensé que ya no existían.
Cierro los ojos al ver cómo muestra los dientes. Me abrazo más fuerte.
—Llévatelo. No quiero verlo. —Pido mirando hacia el techo, con la vista perdida en el
cielo oscuro salpicado de estrellas.
Tamara asiente hacia Blaze antes de salir de la habitación.
La cabeza me late, igual que otras partes del cuerpo, pero lo ignoro. Después de haber
sido torturada durante meses, puedo soportar un poco de dolor físico.
—¿Por qué no tomas una ducha? —dice Blaze, dejándose caer al borde de la cama, con
las manos entrelazadas detrás de la cabeza. Sus ojos azules, tan claros como el agua…
hacía tanto que no los veía. Pensé que no volvería a hacerlo.
—¿Tan mal me veo?
—Un poquito —sonríe con cierta cautela, aunque no percibo lástima en su voz—.
Debes estar fuerte para tu bebé.
El recuerdo me golpea de repente. El bosque. Häel. Mi bebé.
Me durmió.
—¿Ya volvió? ¿Tienen noticias? —me deslizo hasta la orilla de la cama. Él se levanta y
niega.
—No, nada todavía. Exen dijo que no debe tardar. Están conteniendo los disturbios…
los demonios se volvieron locos, quieren derribar las puertas del castillo.
Aprieto los bordes del colchón. Todo esto es culpa de Abrahel.
El olor a humo irrumpe de pronto. Retiro las manos al ver cómo la cama empieza a
arder. Me levanto de un salto, pero Blaze apaga el fuego con un chorro de agua que brota
de sus palmas. Observo mis manos, luego lo miro a él. No puedo contener la rabia que
me arde por dentro. Saber lo que Abrahel y Lyna me hicieron pasar —todo lo que
soporté por su culpa— me llena de furia.
Hay una mezcla de miedo y desesperación dentro de mí. No solo por Rean, también
por Häel. Confío en mi demonio: traerá de vuelta a nuestro hijo, sin un rasguño. Ambos
volverán, y Häel detendrá los disturbios en el in erno.
—Voy a esperar en la puerta a que Häel regrese.
—¿Vas a recibir a tu bebé cubierta de sangre? —arquea una ceja, cruzándose de brazos.
Miro mi ropa, sucia y endurecida por las manchas secas. Tiene razón. Debo estar lista
para cargar a Rean, para alimentarlo. Mi bebé debe tener hambre.
—¿Puedes conseguirme algo de ropa?
—Claro. Te la dejaré en la cama —responde, acercándose a la puerta.
—Gracias. Tomaré un baño rápido.
Entro al baño donde me he duchado tantas veces. Mi champú y el jabón siguen en una
esquina, intactos. La última vez que estuve aquí siento que fue hace mil años. Abro la llave
de la ducha y dejo de lado la tina donde Häel me metió ayer.
Al quitarme el sujetador, noto las manchas de leche. Aprieto los dientes por el dolor en
los senos. Es imposible evitar mirarme en el espejo: mi cuerpo, magullado por el
nacimiento de mi hijo, me obliga a alzar el mentón.
El posparto dura cuarenta días. No me importa mi gura ni mi cuerpo ahora; solo
quiero tener a mi hijo sano y salvo, ver a mi demonio entrar por esa puerta y decirme que
todo ha terminado, que por n estaremos en paz.
El agua fría me hace estremecer, pero la dejo correr sobre mi piel. Me doy una ducha
rápida, aunque lo su cientemente larga como para relajarme. Agradezco los
conocimientos que la medicina me dejó, aunque no haya terminado la carrera; ahora me
son útiles.
Salgo envuelta en una toalla. No me detengo a mirar la ropa que Blaze dejó sobre la
cama; simplemente me la pongo. Ajusto con fuerza el corsé negro de encaje sobre la blusa
color sangre oscura. El encaje resalta mis senos, llenos de leche, y las mangas blancas
caídas bajo los hombros contrastan con el pantalón negro, de un material similar al cuero.
Salgo de la habitación limpia y más tranquila. Las heridas siguen frescas: la cortada del
brazo arde de vez en cuando, y la de la nuca ni se diga. Me recuerdo a mí misma que cada
una de ellas me ha hecho más fuerte. He enfrentado cosas peores en estos meses, cuando
mi mente estuvo al borde del abismo.
Dejo que el cabello se seque solo y entro al gran salón, custodiado por guardias y
sombras. A lo lejos se escuchan gritos: desesperación, odio, caos.
—Te miras mejor. Me alegra verte así.
Tamara se acerca y me envuelve en un abrazo. El recuerdo de Circe me golpea de lleno.
Nunca tuve la oportunidad de tratarla como a la familia que era… sin saber que era la
última que me quedaba. Aunque su madre aún vive, dudo que le agrade mi presencia,
después de la distancia que siempre hubo entre nosotras.
Mi prima luchó hasta el último momento. Y sé que su muerte no será en vano.
—Me siento un poco mejor —murmuro. Blaze se aparta de la ventana y se une a
nosotras, pasándome un brazo por los hombros—. ¿Dónde está Exen?
—Con Melek, tratando de calmar los disturbios.
Solo pensar que alguien más podría morir me llena de ansiedad. Ya tengo su ciente con
el miedo de que Häel no regrese.
—Lamento no haber ido por ustedes cuando el suelo se los tragó. Juro que intentamos
hacerlo. Incluso se lo pedí a Häel, pero dijo que no había nada de qué preocuparme, que
estaban bien con Melek.
—Tranquila, entendemos a tu hombre. Estabas embarazada, y ya de por sí era riesgoso.
—Melek le avisó a Häel que estábamos bien. Al principio nos asustamos mucho; Blaze
ni siquiera quería salir. Le daba miedo el demonio.
—¡Oye! ¡Era intimidante con esa voz!
El peliblanco empuja suavemente a Tamara, haciéndola tambalear entre risas. Los
observo, algo confundida por el rumbo de su conversación.
—Ahora esa voz te eriza —bromea ella, levantando y bajando las cejas.
Los ojos azules de Blaze se abren, escandalizados.
—A ti también, perra. No me hagas hablar.
—A ver, a ver… no estoy entendiendo nada —me meto entre ambos. Los dos bajan la
mirada, ruborizados. Parece que se pusieron a hablar sin recordar que yo estaba aquí—.
Mientras nosotros estábamos preocupados… ¿ustedes estaban follando?
—¡No!
—¡Sí! —Tamara se cruza de brazos, con una mirada desa ante—. Sí, Blaze. Al principio
teníamos miedo, no te lo voy a negar. Se portó muy educado y, en unos días, encontró el
hechizo para separar almas. Lo hicimos mal en el bosque, necesitábamos…
—Otro cuerpo. Häel nos lo dijo al llegar. De hecho, nos regañó a todos.
—Exacto. ¿Dónde creían que iba a parar mi pobre alma?
—No seas exagerado. Tampoco pensaste en eso.
—Entonces… ¿tienen algo con Melek porque los ayudó con la separación de almas? —
pregunto, más confundida que nunca, mientras de fondo los disturbios siguen rugiendo.
—No fue por eso. Empezamos a conocernos los tres y, bueno… una cosa llevó a la otra.
Blaze comenzó a coquetear con él, Melek le devolvió cada uno de los coqueteos y yo no
me quedé atrás. Tenemos una relación… extraña.
—¿Los tres? —los miro con una sonrisa. Verlos nerviosos, felices y sonrojados me hace
saber que están en buenas manos.
—Los tres —a rman ambos, entrelazando los brazos.
—Les deseo lo mejor. Si necesitan ayuda para carbonizarlo en algún momento, estoy a
la orden.
—No será necesario. Lo tenemos todo controlado.
—Agarrado por los huevos.
Río, ignorando el dolor en mis pechos. Me acerco a la ventana y observo a miles de
demonios empujando las puertas de madera con furia. Estamos completamente rodeados.
La sonrisa y el buen momento desaparecen.
¿Cómo va a controlar Häel los disturbios?
¿Cómo podríamos detener esto?
Por costumbre, llevo las manos a mi vientre. El vacío que vuelve a instalarse amenaza
con desestabilizarme.
¿Qué demonios les dio Abrahel para volverlos tan agresivos? Desde mi posición alcanzo
a ver sus pieles rojas, los cuernos, las venas marcadas de negro. Sé que son seres oscuros,
sin corazón. Por más enamorada que esté de uno de ellos, no creo que se comporten así
sin razón.
—Buscaremos cómo controlar todo esto. Si la única forma es pelear, lo haremos con
gusto —la mano de la bruja acaricia suavemente mi hombro. Blaze se coloca a mi lado y
me toma la mano al verme tan tensa y perdida en mis pensamientos.
—Estoy de acuerdo con mi alma gemela. Circe nos arrancaría la yugular si saliéramos
corriendo como cobardes a escondernos en el aquelarre.
Parpadeo varias veces, ahuyentando las lágrimas. Unas pisadas en el pasillo ponen en
alerta a mis amigos. El corazón se me acelera; las puntas de los dedos me hormiguean al
percibir el aura oscura de Häel. Soy la única que parece saber que es él.
Sin perder tiempo, me aparto de la ventana y avanzo hacia las puertas de doble hoja.
Me detengo a mitad del salón justo cuando se abren, dejando ver a Exen con Melek.
Y detrás de ellos viene Häel.
Lo recorro con la mirada: una sola herida en la pierna por la forma de caminar, la ropa
empapada en sangre… pero los ojos con la misma determinación oscura de siempre.
Bajo la vista al bulto que carga en sus brazos. El corazón me da un salto y dejo escapar
un sollozo sin poder contenerlo.
Mis piernas se rinden sin que pueda evitarlo. No puedo creer que, por n, mi bebé esté
en la misma habitación que yo. Me tapo la boca para contener los sollozos que me
escapan mientras el demonio se acerca y se acuclilla para mostrarme la carita de mi hijo.
—Lo traje a casa. A los brazos de su madre.
Con miedo, acaricio una de sus mejillas sonrojadas. Su piel se siente real, suave, cálida,
como terciopelo.
Los grandes ojos, despiertos, me observan en silencio mientras chupa uno de sus
pequeños puños. El labio me tiembla… no puedo creerlo.
Mi bebé.
Sollozo, rodeando con mis brazos el cuello de Häel. Sabía que lo lograría. Cumplió su
promesa de traerme a mi pequeño. Me aferro a él, acariciando su nuca. Al apartarme,
musito un “gracias”, sin despegar mis ojos de los suyos, grises e intensos. Me seco las
lágrimas antes de tomar a mi hijo en brazos.
Es tan ligero… unas manchas de sangre le ensucian la boquita, pero no me preocupo:
no es suya.
Lo abrazo, pegándolo a mi cuerpo, al calor y la protección de su madre.
No voy a dejar que me lo quiten jamás.
No sin antes pasar por encima de mí.
Le doy un beso en la frente. Se mantiene tranquilo, chupando su manita. Es imposible
saber aún de qué color serán sus ojos; podrían cambiar a medida que crezca. Sin embargo,
verlos tan claros me hace pensar que seguramente heredará el tono de su padre.
Siento un beso en la coronilla. Con su ayuda me pongo de pie. Las personas a nuestro
alrededor nos dan espacio, y lo agradezco.
—Es muy tranquilo, aunque lloró un par de veces en el camino hasta aquí.
—Tiene hambre —acaricio su cabello casi inexistente y lo reviso bajo la sábana,
encontrándolo sin pañal—. Debo cambiarlo; no lleva pañal.
La mirada de Häel se centra en nosotros dos. Observa cómo arrullo a nuestro hijo en
los brazos.
—Tuvimos un pequeño altercado. Sí tenía pañal, pero se echó a perder.
Pego los labios a la frente delicada de mi bebé, sin dejar de mirar al demonio frente a
mí. Se le nota agotado, y por alguna razón eso me inquieta. Nos apartamos un poco más
cuando saco uno de mis pechos y lo acerco a la boca del niño. Él lo toma desesperado y
cierra los ojos al instante. Hago una mueca por el dolor leve que me causa amamantar.
Vuelvo a repasar con la vista la herida en la pierna de Häel. Ni siquiera está cerrada. Ha
dejado un rastro de sangre desde la puerta hasta aquí.
—Deja que te curen la pierna.
—Debo encargarme de los rebeldes.
—Por favor —imploro, viendo cómo apoya la frente en la pared para sostenerse—.
Estás débil. Por favor, deja que te curen.
—Es por culpa de la daga, no de ese cabrón.
—¿Qué daga?
—El lo de esas dagas te debilita al entrar en la piel, en la sangre. El maldito la hundió
en mi pierna. Solo debo dejar que pasen unos minutos. El efecto dura una hora y está por
terminar.
Me muerdo el labio, regresando la mirada a Rean, que come ajeno a todo lo que ha
sucedido. No puedo creer que estuvo un día sin probar bocado. Su tamaño es grande para
ser un recién nacido, aunque entiendo que sus genes no son humanos.
Mi embarazo ni siquiera llegó a término. Uno de mis mayores miedos era que se tratara
de un bebé prematuro… pero nadie lo diría. Parece que ya tenga cuatro o cinco meses.
No sé cómo pudo salir de mi interior sin desgarrarme. Entiendo la profecía: de no
haber tenido mi sangre, mi naturaleza híbrida, habría muerto incluso en un parto
controlado y con ayuda.
Murmuro suavemente una canción en su oído mientras acaricio su cabecita. Después de
unos minutos suelta mi pecho; le saco el aire con mucho cuidado. Ser madre primeriza
signi ca andar con extrema precaución. Lo último que quiero es equivocarme… aunque
sé que de los errores se aprende.
Mientras Häel intercambia unas palabras con Exen, voy a cambiar a Rean. Toda la ropa
está en la habitación; le pongo lo más cómodo y sustituyo la sábana sucia por una negra
con ribetes dorados. Su pecho sube y baja con calma.
—Mami te ama, bebé. Con todo su corazón —beso su cabeza antes de salir de la
habitación.
El pasillo está lleno de guardias; una pesadez me oprime el pecho. Lo único que quiero
es que todo esto termine. Tengo a mi bebé y, sin embargo, no puedo sentirme en paz.
La mirada de Häel me encuentra apenas pongo un pie en el gran salón. La corona de
espinas ha vuelto a su cabeza. Ha cambiado su ropa por otra igual de oscura y ahora lleva
una armadura de cuero que parece impenetrable. Espero que lo sea. Su herida en la
pierna, al parecer, ha sanado y ha recuperado fuerzas.
No avanzo más de dos pasos cuando él viene en mi dirección. Antes de que pueda
hablar, me toma del rostro y sella nuestros labios. Suspiro, relajada; el beso arrastra mis
inseguridades, la pesadumbre, la ansiedad de saber que irá a luchar por su reino con
aquellos que deberían apoyarlo.
Rompo el beso por falta de aire. Sin soltar mi cara, acaricia mis mejillas. Mantengo los
ojos cerrados, nuestras frentes unidas.
—Quédate aquí. Voy a terminar esto de una vez por todas.
—Por favor, no dejes que te lastimen.
—Prométeme que vas a quedarte —aprieta con más fuerza mi rostro, con un deje de
desesperación—. Promételo, Alya.
Su tono es duro, casi molesto.
—Lo prometo.
Asiente despacio, inseguro. Preocupado.
—Cuida a Rean. Cualquier cosa… no dudes en quemarlo todo.
Baja la mirada a nuestro hijo y deja un beso en su frente. Nos observa a ambos con algo
que no logro descifrar.
—Con mi vida.
Sonríe por mi respuesta. Algunos mechones le caen en la frente; se los acomodo,
disfrutando la textura de su cabello entre mis dedos. Se queda unos segundos viéndonos,
debatiendo en su mente algo que desconozco.
—Gracias por llegar a mi vida, por convertirme en padre, por seguir aquí a pesar de
todo lo que has pasado por mi culpa —hace una mueca que identi co como nerviosismo
—. Los amo. El rey del in erno tiene una familia ahora y no va a dudar en protegerla. Te
amo, mi reina, desde el maldito momento en que supe que serías tú.
Da una última caricia en mi mejilla. Las palabras se me quedan atascadas en la garganta.
No sé qué decir. Estoy enamorada de él. Lo estoy.
Entreabro los labios al ver su espalda alejarse con Exen a su lado, la seguridad con la que
camina, con la que se mueve. La envidio.
Quiero gritarle que lo amo. Quiero decírselo.
Y decirle también que he hecho trampa.
Que mentí.
Crucé los dedos cuando le prometí que iba a quedarme.
No puedo prometer lo que tal vez no cumpla.
Capítulo 43

ALYA

Mecer a Rean no logra calmarme. El pecho me duele; siento un dolor as xiante que arde
cada vez que respiro. Acaricio la carita de mi bebé con unas ganas inmensas de soltar el
llanto.
No solo de felicidad, por tenerlo al n en mis brazos, sino también por el miedo que
recorre cada partícula de mi cuerpo. Ese maldito sentimiento no me deja tranquila: me
envuelve, me aprieta… hasta as xiarme.
—Deberías sentarte, siento que en cualquier momento te vas a caer.
—Apoyo a Blaze, Alya. Trato de mantenerme serena, pero solo de verte tan angustiada
me resulta imposible.
—Lo siento —me dejo caer en el sofá, avergonzada—. No puedo dejar de pensar en
Häel. Debí ir con él… podría ayudarlo.
—Él se encargará de eso, tranquila.
Niego con la cabeza, observando el rostro apacible de mi hijo.
—Exacto —interviene Blaze—, además no va solo. Tiene a Melek y Exen.
Los gritos y disturbios no cesan; incluso parecen intensi carse. Me pongo de pie y
camino hacia la ventana. Las puertas del balcón están cerradas. El cielo oscuro
relampaguea en tonos rojos. A lo lejos alcanzo a distinguir al rey del in erno, rodeado de
sus guerreros, sus hombres, sus hermanos.
Aunque todos vistan de negro, me resulta fácil encontrarlo.
Parece sentir mi mirada, porque se vuelve hacia mí. Por unos segundos, nos observamos
en silencio… hasta que Melek le dice algo y desvía la vista.
La adrenalina se dispara en mi interior. Intentan contener a los demonios que quieren
irrumpir a la fuerza. Están furiosos, fuera de control. Sé que los demonios no son
precisamente seres calmados, pero ante su rey deberían, al menos, mostrar respeto.
Y, sin embargo, verlo parece enfurecerlos aún más.
Estoy cien por ciento segura de que Abrahel hizo algo. Podría ser con ayuda de Lyna
o…
Un recuerdo me cruza la mente: Häel, poseído por la ira en la habitación del aquelarre.
Sus ojos no eran los mismos. No era él.
Hay por lo menos doscientos demonios rebeldes abajo, gritando, lanzando piedras.
¿Podría existir un hechizo capaz de volverlos así?
—¿Existen conjuros para volver agresiva a una persona? —pregunto sin apartar la vista
del ventanal.
—¿Para qué querrías volver agresiva a una persona? —responde Blaze con ironía—.
Con los demonios de ahí abajo tienes de sobra.
Ignoro su comentario.
—¿Y si ellos están bajo un hechizo? ¿Podría usarse también en demonios?
—Técnicamente, sí —responde Tamara, pensativa.
—¿Cuántos hechizos existen? ¿Pueden revertirse? Tal vez los estén controlando…
incluso después de muertos.
—Es muy posible —admite Tam—, pero no tengo idea de cuántos existen.
—Lyna lo mencionó una vez —interrumpe Blaze.
Ambas giramos hacia él al unísono.
—¿Qué dijo?
—No recuerdo cómo lo llamó exactamente. No es un hechizo muy conocido. ¿Para qué
querrías enfurecer a alguien sin motivo?
—Aquí sí que hay motivo, Blaze.
Rean suelta un leve quejido. Lo arrullo suavemente y lo aprieto contra mi pecho hasta
que se calma.
—Deben encontrarlo. En algún libro debe estar. ¿Hay una biblioteca en el castillo? —
los miro a ambos; irónicamente, la que más tiempo ha pasado aquí soy yo, pero nunca
tuve oportunidad de visitar una biblioteca cuando lo único que hacía era dormir por el
embarazo.
Mis amigos se observan entre sí y se encogen de hombros. Suspiro, frustrada, sin dejar
de oír los gritos que resuenan afuera.
—La hay, mi reina.
El suave susurro que atraviesa la estancia me provoca un escalofrío. El pequeño cuerpo
con cuernos y piel pálida me sonríe con timidez. Viste, como siempre, de negro.
—Horns.
Le devuelvo la sonrisa y me acerco. Noto su forma de andar: aún no está del todo
recuperado. Me pongo en cuclillas y acaricio su mejilla tibia con los nudillos. Su mirada
baja hacia Rean, que hace pucheros entre sueños.
—El príncipe del in erno.
Sus ojos se iluminan con un brillo reverente antes de hacer una pequeña reverencia. Soy
consciente de lo que mi bebé representa al haber nacido… y el miedo se clava más hondo.
Si intentaron deshacerse de él cuando aún estaba en mi vientre, ahora que ha llegado al
mundo temo por su vida.
—No es necesario que te arrodilles, Horns.
—Lo cuidaré como lo hice con el rey Häel. Lo guiaré y defenderé de cualquiera que
amenace su existencia.
Parece un juramento. Me mantengo en cuclillas, sin interrumpirlo, mientras cierra los
ojos por unos segundos antes de incorporarse.
—Agradezco lo que hiciste en mi casa… y lo que intentaste hacer por mi madre. De
verdad, Horns, no tengo cómo pagártelo.
Tomo una de sus pequeñas manos, pero él niega, moviendo su cabello oscuro que
apenas le cubre los cuernitos.
—No tiene que pagarme nada. Lo haría de nuevo con gusto. Lamento sus pérdidas… y
no haber podido defender a su madre —su voz suena sinceramente apenada.
—No es culpa tuya.
Solo recordar a mi madre me revuelve el estómago. Una parte de mí quiere creer que
sigue viva, allá, en nuestra casa; esa parte que se niega a aceptar que mi vida cambió por
completo.
—Hay una biblioteca con una sección de libros mágicos. Seguramente encontraremos
algo. Me perdí la parte donde Lyna tenía que ver con todo esto.
—Lyna se vendió por un poco de juventud y belleza al ángel de la muerte… y terminó
más fea que antes, toda chamuscada.
Le lanzo una mirada poco amistosa a Blaze, que pre ere quedarse callado durante el
camino hacia la biblioteca. No me enorgullece ser la causa de la muerte de Lyna. Por más
que haya elegido el bando equivocado y se convirtiera en mi enemiga, seguía siendo mi
familia. Sangre de mi sangre.
—No puedo asegurar que el libro que buscan esté aquí. Se supone que hay una copia de
cada uno en esta biblioteca.
—No los vean tanto o van a deshacerse —murmura Tamara, hojeando un tomo que
amenaza con desintegrarse entre sus dedos.
—Llevan siglos aquí… algunos ya son ilegibles.
Hago una mueca. Justo lo que menos tenemos es tiempo, y esta biblioteca es
interminable: muros tapizados de libros, estantes hasta el techo, pasillos repletos de polvo
y misterio.
Observo a Rean dormido en mis brazos y acaricio el poco cabello que tiene. Continúa
chupando su dedo, ajeno al mundo.
Ajeno a la guerra que se libra a pocos metros de nosotros.
Estoy segura de que, si esos demonios poseídos logran entrar, vendrán por él. Y eso no
volveré a permitirlo.
Mi bebé no volverá a estar en peligro.
Aspiro profundamente el aroma de su piel, tan puro, tan mío. Dejo un beso en su
frente y cierro los ojos, meciéndolo con suavidad, sintiendo su peso, su vida.
—Prince des ténèbres.
Trago el nudo que se forma en mi garganta. Si no hay forma de detener a los demonios,
los mataré a todos. No pienso dejar ninguna amenaza viva que pueda poner en peligro a
Rean en el futuro. Si debo eliminarlos uno por uno, así será.
Giro hacia los chicos, que hojean los libros antiguos en busca de algo que pueda
ayudarnos. Mecer a mi bebé unos minutos más me da fuerzas, pero nalmente llamo la
atención del demonio y de los dos brujos.
—Necesito que cuiden de Rean.
—¿Qué?
—Iré a ayudar a Häel.
—Mi reina, permítame aconsejarle que no creo que sea seguro —interviene Horns con
tono preocupado.
—Nada lo es, Horns. Ya no tengo miedo. Mi mayor temor se hizo realidad una vez, y
no voy a permitir que vuelva a suceder —acaricio la mejilla regordeta de Rean—. Quiero
que cuiden de mi hijo con su vida mientras buscan el hechizo.
Trago saliva, mirándolos a los tres con determinación. Tamara, la bruja de tez trigueña,
es la primera en acercarse. Me quita con cuidado a Rean de los brazos. El vacío que deja
su ausencia es inmediato, profundo, imposible de describir.
Lo sostuve apenas una hora, y ahora me aterra soltarlo… aunque sé que está en las
mejores manos.
—No te preocupes por él, tiene a los mejores tíos del in erno —bromea Tamara,
intentando aliviar la tensión.
—Lo cuidaré con la condición de no cambiarle el pañal —añade Blaze, con un libro
antiguo en las manos.
Tamara le lanza una mirada fulminante. Le dedico una sonrisa leve antes de
concentrarme en Horns, que sigue mirándome con desaprobación.
No es una decisión sensata, lo sé. Le prometí a Häel que me quedaría… y le mentí.
—La dejaré ir con una condición.
Alzo las cejas. Cojeando, se acerca a un mueble cubierto de polvo, se agacha y saca una
caja. La abre, levantando una nube de polvo que me hace toser y dar un paso atrás. De su
interior extrae dos dagas negras, idénticas a las que vi en manos de Häel en el bosque. Las
limpia con el borde de su bata antes de tendérmelas.
—Dagas Tenebris Mortem —explica—. Basta un solo corte para desestabilizar al
enemigo. Lo debilita sin que lo note. La espada de Häel está forjada con el mismo
veneno, aunque nunca la ha usado. Dice que no lo necesita. A veces es un orgulloso…
piensa que con sus propias manos puede destripar a mil demonios.
—¿Y no puede hacerlo? —pregunto, alzando una ceja. Creo que sí; lo creo capaz de eso
y más.
—Puede —admite Horns—, pero no con el veneno de estas dagas en su sangre.
Frunzo el ceño, confundida. Häel me dijo lo contrario.
—Él está bien. Se recuperó. Dijo que solo necesitaba unos minutos para sanar y que el
efecto desaparecería de su cuerpo.
Lo digo más para convencerme a mí misma que a él. Horns baja la mirada hacia la
vaina que protege los los.
—La traducción es “muerte en la oscuridad”. Toma al menos dos días, si no tres, para
que el veneno salga completamente del cuerpo. Son armas mortales. Häel no recibió un
rasguño… recibió una apuñalada hasta el fondo.
El frío se cuela por mi espalda, helando cada músculo. El sudor brota de inmediato, la
garganta se me seca y el dolor en el pecho se intensi ca hasta volverse insoportable. Es un
peso que me aplasta, una presión que me impide respirar.
Niego con la cabeza, aturdida, incapaz de aceptar lo que Horns acaba de decir. Tropiezo
hacia atrás, mareada, mientras todo comienza a dar vueltas a mi alrededor. Aprieto el
mango de las dagas con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos.
Yo misma vi el rostro de Häel de cerca. Se veía bien. Fuerte. Lleno de energía.
Tomo una tira para el muslo y la ajusto con rmeza; ahí coloco las dagas antes de
colgarme la vaina de la espada.
—Lo traeré de regreso para que descanse. ¿Hay algún antídoto? ¿Algo que acelere la
salida del veneno de su sangre?
Horns asiente y cierra la caja con cuidado. Detrás de mí, los dos brujos siguen hojeando
los libros sin mucho entusiasmo.
—Lo tendré preparado —responde el pequeño demonio—. Procure que no vuelvan a
herirlo.
Asiento una sola vez. Deposito un último beso en la frente de Rean antes de salir.
Afuera, tres guardias custodian la puerta. Al verme, intentan detenerme, pero basta una
mirada dura para que se hagan a un lado.
Cada paso retumba en mi cabeza. No sé cómo reaccionará Häel al verme donde me
prohibió estar. Las palabras de Horns se clavan en mi pecho como agujas: no puedo
permitir que Häel se sacri que por todos nosotros. Aunque tenga a Exen y a Melek de su
lado, si lo que dijo el pequeño demonio es cierto, Häel está débil y necesita descansar.
Soy una bruja. Puedo hacer arder la tierra, puedo partir en dos a quien se interponga,
levantar muros de fuego y escudos de protección imposibles de quebrar. Nadie podrá
contra mí.
Debo mantenerme rme. No dejar que el miedo me paralice en un mundo que aún
estoy aprendiendo a comprender. Si el universo me ató a Häel, es porque debía ser así.
Porque él es mi alma gemela. Y no permitiré que dañen a mi familia.
La chiquilla de hace un año se habría escondido debajo de la cama, habría gritado de
terror al ver una sombra o un cadáver andante.
Pero la Alya de hoy, la que fue llevada al límite, la que aprendió a no con ar ni en su
propia sombra, la que ha sido herida una y otra vez… y la que ahora es madre…
Esa Alya ya no le teme ni al mismísimo diablo.
Porque se ha enamorado de él.
Desciendo las escaleras con las dagas y la espada pesando sobre mi cuerpo. No puedo
salir por la entrada principal, así que tomo la trasera, también custodiada por guardias. La
oscuridad del cielo es imponente, iluminada por relámpagos rojos. Pienso que quizá este
es el último muro que debemos atravesar antes de alcanzar la paz, después de tanto caos.
La horda de demonios rebeldes golpea con furia las puertas del castillo. Me subo a una
roca, buscando entre el tumulto esa melena revuelta que conozco, esa corona de espinas
imposible de confundir. No muy lejos, Exen lucha contra cinco demonios al mismo
tiempo; los arroja lejos, les rompe el cuello como si fueran muñecos. Trago saliva al
contemplar los cuerpos esparcidos por el suelo.
Debe haber otra manera…
Una forma de detenerlos sin seguir derramando sangre, de hacerlos entrar en razón, de
romper el hechizo que Lyna o Abrahel les impusieron.
Respiro hondo, varias veces, intentando calmarme. Dejo que mi cuerpo se eleve unos
metros sobre el suelo para tener una mejor vista. En el centro del campo, el rey del
in erno combate sin tregua contra miles de ellos. Todos se le lanzan encima, intentando
destrozarlo.
El corazón me martillea en el pecho cuando lo veo apoyar una mano en el suelo,
exhausto.
Compruebo que las dagas y la espada estén bien sujetas… y me dejo caer entre la marea
de demonios.
El impacto retumba, la tierra vibra. Me abro paso entre ellos con hechizos que los
arrojan lejos, los dispersan. Sus cuerpos, de un blanco casi traslúcido, dejan ver la sangre
negra que corre por dentro.
Son grotescos.
Aterradores.
Los demás notan mi presencia y corren para interceptarme. Alzo una barrera a mi
alrededor que los mantiene a raya y, sin detenerme, le doy una patada a uno de ellos.
Miro el camino que debo seguir y me cuesta entender de dónde han salido tantos ni
cómo lograré librarme de todos. Lanzo una bola de fuego y los reduzco a cenizas en
segundos.
Miro mi mano y sonrío. Esa es la táctica.
Lanzo varias esferas de fuego más, acertando directo en sus cabezas mientras mi otra
mano sirve de escudo. El brazo aún me escuece, pero el dolor ya no es tan fuerte. Intento
ignorarlo. Quisiera correr, correr sin mirar atrás hasta encontrar la silueta del demonio
que busco. Deseo con todas mis fuerzas que esto termine pronto y podamos estar juntos,
como una familia.
Durante todo este tiempo he llegado a una conclusión: si uno no devora al enemigo, el
enemigo termina devorándote sin remordimiento.
La culpa de matar demonios ya no pesa. Son los enemigos, y si tengo que atravesarlos a
todos para volver con mi hijo, lo haré.
Primero mi familia, luego yo… y después, el resto del mundo.
Disparo una echa de fuego que impacta en el pecho de un demonio, reduciéndolo a
cenizas en segundos. Mi fuego los consume desde adentro, los devora hasta que no queda
nada. Me gusta sentir el dominio del fuego en mi piel; podría usar otros hechizos, pero
nada se compara a la sensación del poder ardiendo en mis venas.
Ese poder que Abrahel decía que no podría controlar.
El mismo del que Lyna se burló por usarlo tanto sin dominar otros.
Qué equivocados estaban.
Soy capaz de hacer cualquier cosa que mi mente imagine con el fuego. Solo aprendí a
usar a mi favor lo que mejor se me da.
Una idea se forma en mi cabeza mientras avanzo por el pasillo, rodeada de demonios
que me di cultan el paso. Si no puedo abrirme camino en el suelo… puedo crear uno
nuevo.
Cierro los ojos, sin bajar la barrera de protección, y visualizo una estructura sólida bajo
mis pies. Al abrirlos, un bloque rectangular de fuego se materializa a unos centímetros del
suelo, justo a la altura de mis rodillas, lo bastante ancho para sostenerme.
Apoyo el pie. Es rme.
Al instante, otro bloque aparece más adelante, un poco más alto. Subo, erguida,
dejando a los demonios furiosos por debajo. Desde esta altura puedo ver todo el campo:
miles y miles de ellos, una marea in nita. Extiendo la mano, dibujo con los dedos un arco
imaginario y disparo echas de fuego que atraviesan sus cráneos con precisión.
Por mucho que seamos poderosos, hoy no podemos vencerlos. Son demasiados.
Observo cómo se empujan, cómo se aplastan entre sí, todos con un solo propósito:
llegar hasta Häel.
Avanzo sobre los peldaños de fuego hasta quedar a unos metros de él. El suelo está
cubierto de cuerpos inertes. Un demonio se abalanza sobre su espalda, pero antes de que
pueda tocarlo, una de mis echas le atraviesa la frente.
Häel se gira hacia el cadáver tendido y luego levanta la mirada hacia mí. Su ceño se
frunce, la expresión se le endurece.
Sin apartar sus ojos de los míos, toma por el cuello a otro demonio y le arranca la
cabeza de un solo movimiento.
Oh, oh.
Creo que no le agrada verme fuera del castillo.
Me pongo en cuclillas sobre el bloque de fuego y continúo lanzando cuchillos y echas
a todo lo que se mueve. Por el rabillo del ojo alcanzo a ver a Exen forcejeando con un
demonio enorme, mucho más alto que él. Lanzo un cuchillo que se incrusta en su
hombro; desde mi posición escucho un rugido grave, gutural. Los ojos del demonio, rojos
y vacíos, se clavan en mí y me recorre un escalofrío. Recuerdo dónde estoy: en el
in erno. Aquí nada es hermoso ni inspira ternura.
Disparo una echa de fuego hacia su cabeza, pero por la distancia fallo y la llama se
estrella contra el suelo. La mirada del monstruo se enciende de furia; suelta a Exen,
herido, y comienza a avanzar hacia mí. Estoy al menos a tres metros del suelo, y él mide
fácilmente dos. Me incorporo sobre el bloque y hago aparecer otro un poco más alto, sin
apartar los ojos de la bestia.
Por descuidada, doy un paso en falso. Uno de mis pies resbala fuera del bloque y suelto
un chillido mientras me aferro al siguiente peldaño de fuego. Recupero el equilibrio,
respirando con di cultad. Busco al grandullón con la mirada, pero ha desaparecido. Solo
veo demonios comunes saltando debajo de mí, desesperados por alcanzarme.
—¡Alya!
Giro al escuchar la voz de Häel y abro los ojos de par en par: el demonio de dos metros
está parado en uno de mis bloques, no muy lejos de mí. La piel se me eriza. Lo veo
impulsarse de un bloque a otro con una agilidad aterradora, y juro que una sonrisa se
dibuja en sus labios pálidos.
—¡Baja de ahí, ahora!
Ignoro la orden del rey del in erno y adopto una posición de ataque. De mis palmas
brotan llamas justo donde, meses atrás, me habían clavado clavos. Lanzo la primera bola
de fuego directo a su pierna: impacta en el blanco; el monstruo tambalea y gruñe de
dolor. Seguramente llegó saltando, pero no pienso en eso ahora.
Lanzo otra bola, esta vez a su rostro. El demonio pierde el equilibrio, cae del bloque y se
estrella contra el suelo. Häel no duda: se acerca de un salto y le arranca la cabeza con una
de sus dagas. La mirada que me dirige deja claro lo furioso que está.
Desciendo con cuidado, procurando no perder pie mientras arrojo cuchillos de fuego a
los demonios que intentan acercarse. Entonces, sin previo aviso, siento una mano fría
cerrarse alrededor de mi tobillo.
Uno de ellos ha logrado trepar hasta mí. Intento mantener el equilibrio mientras me
enseña los dientes negros, podridos. Antes de que pueda dispararle una echa, me jala con
fuerza; caigo de rodillas sobre el bloque, gritando, y me aferro al borde con ambas manos.
Miro hacia abajo: otro demonio se ha colgado de las piernas del primero, tirando de mí
con todo su peso.
Dudo en soltar una mano para intentar quitármelos de encima, pero sé que si lo hago,
caeré. Aprieto los dientes, haciendo fuerza para mantenerme, aunque la rodilla resbala
peligrosamente sobre el fuego sólido.
Cierro los ojos y tiro de mi pierna con todas mis fuerzas, gritando.
—No, no, no… —susurro al ver cómo otro demonio intenta trepar sobre el segundo;
están tratando de tumbarme con su peso.
Las manos me sudan y el corazón late tan fuerte que parece querer salirse del pecho. La
rodilla se me resbala, quedando colgada solo de las manos; el bloque me quema los
antebrazos. Grito con todas mis fuerzas; el sonido resuena en todo el lugar. Zarandeo el
pie con desesperación, esperando que me suelten, pero en lugar de eso, el demonio
comienza a escalar por mi cuerpo. Siento sus uñas clavarse en mi piel.
—¡Suéltame, maldita cosa!
Calculo la distancia hasta el suelo.
Tengo que soltarme.
No puedo seguir sosteniéndome; el bloque me desgarra la piel por el peso que cargo.
Debe de haber al menos seis o siete metros de altura. Si caigo, debo hacerlo rápido y
levantarme antes de que esos engendros reaccionen.
Cierro los ojos, presa del pánico, y me dejo ir.
El aire me azota el rostro, el cabello vuela desordenado. A mi alrededor hay gritos,
rugidos, un estruendo infernal. Intento concentrarme solo en la caída, imaginar que bajo
hacia un colchón de plumas, hacia un prado lleno de ores o nubes suaves como las de los
pocos sueños bonitos que alguna vez tuve.
Pero el golpe con la realidad es brutal.
Amortigua un poco el hecho de caer sobre los cuerpos de otros demonios, pero no lo
su ciente. Grito al sentir un dolor agudo en el tobillo. La luz desaparece entre un
enjambre de manos huesudas y pálidas que me agarran desde todas direcciones.
Lanzo una bola de fuego, logrando liberar un brazo, pero es inútil: son demasiados. Me
aplastan, me jalan, me as xian.
Entonces, una ráfaga de aire caliente me golpea. Un hueco se abre entre la multitud y
veo la silueta imponente de Häel. Su gura se abre paso entre los demonios, los arranca
de mi cuerpo y los lanza por los aires. Patea, corta, despedaza sin detenerse hasta que me
deja libre.
Aspiro una bocanada de aire; los pulmones me arden, pero sigo viva. Me incorporo con
esfuerzo, aún jadeante.
Lo observo sacar la espada de la vaina que cuelga de mi espalda y, con un solo
movimiento, cercena cuatro cabezas a la vez. La sangre salpica a escasos centímetros de
mí. El estómago se me revuelve; lucho por no vomitar. Un punzón de dolor recorre mi
tobillo y suelto un gemido. Seguramente es un esguince. Necesito vendarlo, inyectarme
algo para el dolor.
—¡Te dije que te quedaras en el castillo!
El rugido que me lanza me hace estremecer; su voz está cargada de furia. Tomo varias
bocanadas de aire para contener las lágrimas que amenazan con brotar.
—N-no iba a quedarme de brazos cruzados —balbuceo.
—Y ahora estás herida, todo por terca y no saber seguir órdenes —gruñe, propinando
una patada al pecho de un demonio que intenta acercarse. No permite que ninguno se
me aproxime—. ¡Exen! ¡Saca a Alya de aquí!
Por el rabillo del ojo distingo a Exen luchando junto a Melek, ambos rodeados de
enemigos. No pueden acercarse. Niego con la cabeza y, apoyándome solo en un pie, me
incorporo con di cultad. No tengo tiempo que perder: lanzo tres cuchillos de fuego al
mismo tiempo, cada uno directo a un blanco diferente.
—Estoy bien, puedo seguir.
—Alya, no me hagas amarrarte a la jodida cama —su tono es una súplica quebrada—.
Por favor… vete.
Observo a los demonios rabiosos acercarse sin compasión y retrocedo hasta topar con su
espalda musculosa.
—No voy a abandonarte aquí. No volveré a dejar a nadie atrás.
Dejo que el poder burbujee dentro de mí hasta arder en mis palmas. Prometí que
regresaría con él, y eso haré. No voy a dejarlo a su suerte.
Cada uno pelea en su rincón mientras los demonios avanzan juntos. Escucho su
gruñido, seguido del sonido inconfundible de la espada desgarrando carne.
Levanto el mentón cuando las criaturas corren hacia mí y, con un ademán, disparo
echas de fuego. Mantenerme sobre una sola pierna empieza a pasarme factura, pero no
me rindo.
Al escuchar un jadeo, giro la mirada: el rey del in erno está siendo mordido por uno de
ellos; se lo arranca de encima con un golpe envuelto en fuego.
—Nos vamos ahora mismo. No pienso seguir poniéndote en peligro. Retrocede… —
traga saliva, su tono se vuelve más grave—. No entiendo de dónde mierda siguen
saliendo. Matamos dos y aparecen ocho.
Sin apoyar demasiado el pie, camino hacia la entrada del castillo, apartando a los
engendros a mi paso. Un brazo rme se enrosca en mi cintura para ayudarme. La
respiración agitada y el calor del cuerpo de Häel me calman un poco. Su cabello está
revuelto y varias heridas sangran sin cesar.
—¿Exen y Melek?
—Ya les hice una seña para retirarnos.
No deja de blandir la espada, arrancando extremidades de sus enemigos con una sola
mano. Es letal.
—Dejé a Rean dormido en brazos de Tamara —susurro, intentando sostener una
conversación normal en medio del caos.
Sus ojos grises me miran, oscuros y cansados. Alza apenas las comisuras, luego suelta un
quejido ahogado y su cuerpo pesado se desploma contra el mío. Lo sostengo como puedo,
hasta que mi único pie falla y ambos caemos al suelo.
—¿Häel? ¿Qué sucede?
Me incorporo de golpe, aterrada, sin soltarlo. Su cuerpo queda boca abajo sobre mis
piernas… y entonces la veo: una lanza dorada atraviesa su espalda. Mis labios se
entreabren y las lágrimas inundan mis ojos.
—H-Häel… ¡Häel!
Levanto la vista y distingo una gura a un metro de distancia. Todo se vuelve borroso a
través de las lágrimas. Las manos me tiemblan al ver la lanza incrustada en su cuerpo.
Sollozo sin saber qué hacer; cierro los ojos con fuerza y, al abrirlos, enfoco al culpable.
Es la persona que menos esperaba.
—Tenía que hacerlo, Aly. Tenía que hacerlo por ti.
—¿Q-qué hiciste? ¡¿Qué hiciste?!
—Lo que debí hacer desde el instante en que empezó a acosarte en nuestra casa. Desde
el momento en que volvió a encontrarte. Si lo hubiera sabido, jamás habría dejado que se
acercara a ti… no a mi bebé. Ese mundo ya me quitó demasiado, y este demonio no iba a
arrancarte de mí también.
Capítulo 44

ALYA

Un dolor as xiante me oprime el pecho y se mezcla con el nudo en mi garganta. El peso


del cuerpo de Häel sobre mis piernas me aterra de una manera mortal: no se mueve, no
respira… La misma lanza dorada que atravesó el cuerpo de Circe está aquí otra vez,
riéndose en mi cara, clavada en el demonio al que me niego a soltar. Mis pesadillas se han
vuelto realidad.
Me sentía maldita, hastiada de tanta tragedia. El caos y la oscuridad me persiguen donde
quiera que vaya. No soporto que me tomen por estúpida. Ella estaba muerta, y ahora
aparece para arrebatarme al hombre que amo… la persona que menos imaginé que me
haría daño.
—Mi amor, no llores. Todo acabará pronto.
Intento arrancar la lanza sin conseguirlo; casi le atraviesa el pecho, y el hecho de que no
se mueva me destroza. Se encuentra inconsciente, porque me niego a pensar algo peor.
—¡Cállate! ¿¡Cómo te atreves!? ¡Tú! De entre todas las personas que me hicieron daño…
estabas tú —murmuro, incrédula, con las lágrimas manchando mis mejillas.
Lleva un vestido de color morado tan oscuro que parece negro. Jamás la vi así. Ahora se
asemeja más a una bruja, esa misma que me dijo haber vivido un in erno en su aquelarre
después de concebirme. Trato de encontrar una razón para lo que está haciendo; nunca lo
vi venir. Tanto me culpé por su muerte…
—Todo mejorará, Aly. Viviremos en una cabaña lejos de estos seres, sin problemas ni
complicaciones, en paz. Justo como estábamos antes de que él te encontrara. Estaremos
bien, te lo prometo.
—No iré contigo… Estás demente. Fingiste tu muerte y quién sabe qué otras cosas
hiciste. Eres igual que Lyna. Y mi abuela… quién sabe si hubiera sido igual que tú.
—¡No hables de ella cuando no puede defenderse! —grita, la voz rota—. ¡Huimos de él
por defenderte! ¡Nosotras cuidamos de ti, velamos por tu bienestar y, qué haces tú? Te
enamoras del enemigo por encima de tu familia. De tus raíces. ¡Has tenido un hijo con él!
Frunzo el ceño sin entender su furia. Las venas de sus ojos se tornan rojas mientras se
acerca con los puños apretados. Por encima de su hombro distingo a Exen acercarse, y
decido distraerla.
—Mamá… ¿por qué no me dejan ser feliz? Yo no les he hecho daño a ustedes. Todos
han intentado matarme, matar a mi hijo. ¿Cuál es el maldito objetivo? ¿Hacerme enojar
para que los consuma en cenizas? —aparto las lágrimas con el dorso de la mano.
Si me han alcanzado, es porque ya no puedo más. Protejo con mis brazos al hombre
que amo, con miedo de perderlo. Un llanto retumba en mi cabeza y el pecho se me
encoge: Rean está llorando. Parece que sabe lo que ocurre.
—No eres tú, querida, es él —responde ella, con voz amarga—. El problema siempre
ha sido él. Quiere algo que nunca podrá tener. Por más que ansíe tenerte, no le
perteneces. Te obligó a tener un hijo que nunca pediste. Se metió en tu cabeza y, por su
culpa, te han perseguido para matarte.
Bajo la mirada hacia la cabellera negra que descansa en mis piernas. Una lágrima
silenciosa se desliza por mi mejilla, igual que su sangre: caliente, espesa.
—El problema no es Häel… son ustedes. Y te equivocas, porque ese “algo” que siempre
ha querido ya lo tiene. Me tiene a mí.
Hago puño una de mis manos y la envuelvo en fuego. El rostro de mi madre se
deforma en ira pura. Exen se acerca por detrás, pero antes de que logre tocarla, Meg alza
una mano y lo lanza lejos sin siquiera mirarlo. Sintió su presencia. No hay otra
explicación: no se volvió ni un instante para verlo.
—Has elegido el camino equivocado. Tu abuela estaría muy decepcionada.
—Me importa una mierda cómo estaría mi abuela.
Me libero del agarre de Häel y me pongo de pie, apretando los dientes por el dolor del
tobillo. Ambas manos desprenden llamas; siento mi interior arder, un incendio que me
devora desde dentro. Me han apuñalado por la espalda más de una vez, pero ninguna
herida dolió tanto como esta.
Mi madre… mi propia madre ha traicionado mi lealtad. Apoyo ambos pies en el suelo,
ignorando el dolor.
El cielo, teñido de tonos rojos, comienza a nublarse. Los demonios nos rodean,
rabiosos, como esperando órdenes de ella. ¿Es posible que mi madre tenga que ver con
todo esto? Recuerdo que alguien me dijo que la casa estaba protegida. ¿Cómo lograron
entrar a perturbarme? ¿Acaso fue ella quien le dio permiso a Abrahel para pasar? Häel
también había protegido la casa, y aun así me atacaban sin que él percibiera nada.
A menos que esa presencia ya estuviera dentro desde antes.
Exen y Melek nos observan desde una roca a cierta distancia; el primero se agarra el
abdomen, seguramente por el golpe que le dio mi madre. Les hago una seña hacia Häel.
Pienso distraer al enemigo para que ellos lo saquen de aquí. No quiero pensar si respira, si
sobrevivirá a la herida. No necesito pensamientos intrusivos ahora.
La sonrisa de mi madre crece al verme cojear mientras me aparto del cuerpo del
demonio. Se ha dado cuenta de que estoy herida.
—Atente a las consecuencias, Alya.
En un segundo, una lluvia de piedras y escombros se dirige al cuerpo moribundo del
demonio. Con un solo movimiento la detengo antes de que lo lastimen y se la devuelvo,
lanzándola a la cara de mi progenitora, más que furiosa. Los fragmentos no la tocan y
caen a su alrededor, golpeando a varios demonios que estallan en pedazos.
—Dijiste que habías abandonado tu magia. Mentiste.
—En esta vida todos mienten. Solo fueron mentiras piadosas que no dañaron a nadie.
—Dañaste a tu hija.
Ella ladea la cabeza, mirándome desde otro ángulo. No reconozco a la mujer que tengo
enfrente. Esta no es mi madre. Es maquiavélica. Trato de convencerme de que esto no
está ocurriendo, de que es otra pesadilla… como las que tuve antes de que me sacaran ese
espíritu nocturno de la cabeza. Seguramente ella lo puso ahí. Ya nada me sorprende.
Soñé con Meg. En la pesadilla, ella estaba viva. ¿Realmente era un sueño del demonio o
una advertencia de lo que sucedería después?
—No seas sentimental, mi niña. La malagradecida eres tú.
—A tus ojos. ¿Realmente trabajabas o solo era una cuartada?
—¡Claro que trabajaba! Vivíamos una vida normal, lejos de la magia, de lo
sobrenatural… lejos de todo eso que me dañó. Éramos felices, aunque tu abuela ya no
estuviera con nosotras.
—No fue culpa mía. Fue suya, por empeñarse en alejarme de mi destino. ¿No dijiste tú
misma que estaba escrito? Así tenía que pasar.
Sus ojos se cierran con a icción. Niega despacio.
—No. Pudo evitarse que sufrieras. Ese demonio entró en tu vida para destruirla.
Por mucho que la desconozca, noto que le duele; siento su dolor en sus palabras. Me
acerco unos pasos. No me arrepiento de Häel, y mucho menos de mi hijo. Por más que
haya sufrido, lo volvería a sufrir mil veces más.
—Solo quisimos evitar que te encontrara, que le temieras para que no fueras con él.
Nada funcionó. Ni Lyna pudo detenerlo. Tenía un objetivo, una promesa hecha a tu
abuela… y no lo logró.
—Mami… soy feliz. Soy feliz con él, con mi bebé. No tienes que preocuparte por mí.
Me voy acercando mientras le hablo. No quiero herirla. Por más que sea una de las
responsables de mi dolor, es mi madre. No la justi co por lo que vivió, pero tampoco
quiero lastimarla. Quedo a dos pasos de ella. Su cabello castaño cae en cascadas por su
espalda; mi cabello negro no lo heredé de ella. Me analiza en silencio, buscando
seguramente un ápice de duda o de mentira.
No lo hay.
Por más que en algún momento le haya reprochado a Häel el hecho de escogerme, de
no tomar mi opinión antes de embarazarme o atarme a él de alguna retorcida forma, no
lo culpo. Ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida: él y nuestro hijo.
Los amo. Los amo a ambos y no los cambiaría por nada del mundo.
Por encima de su hombro alcanzo a ver cómo sus dos hermanos arrastran al rey del
in erno. Suspiro con algo de alivio… hasta que un golpe seco me estalla en la mejilla y
me tira al suelo. El sabor metálico de la sangre me inunda la boca. Levanto la vista hasta
encontrarme con una mirada ennegrecida.
—Nos vamos ahora mismo —ordena.
Niego, limpiando la sangre que brota de mis labios. Una cuerda de fuego se enrolla en
su tobillo y la arrastra, estrellándola contra la pared y haciéndola pedazos. Aprovecho para
levantarme de un salto, apoyándome solo en un pie. Alcanzo a ver cómo sacan a Häel y
solo puedo rogar que esté bien.
Por favor… resiste por nosotros.
Alzo los brazos a cada lado, con las palmas hacia arriba, consumidas por las llamas. Mi
familia está en peligro y no descansaré hasta que mi hijo pueda caminar en paz, sin miedo
a que lo dañen. Y volveré a él, porque me necesita…
Si va a arder, que arda.
Los demonios corren hacia mí como animales hambrientos tras un trozo de carne.
Podrían confundirse con zombis de una película. Lanza tras lanza, los arrojo lejos,
consumiéndolos en segundos. Coloco una barrera tras de mí y comienzo a lanzar dagas
de fuego, hasta que algo me golpea por la espalda y me hace tambalear. Un grito me brota
de la garganta por el dolor que me atraviesa.
La sangre me hierve dentro. Caigo de rodillas, tratando de soportarlo. Múltiples
gemidos escapan de mis labios sin poder contenerlos. El dolor es igual o peor que en
aquel último sueño en que mi madre me inyectaba algo extraño. Imploro porque se
detenga. Encogida contra el suelo sucio del castillo, lágrimas ardientes brotan de mis ojos.
Es demasiado dolor; no puedo soportarlo.
Voy a desmayarme.
Si no se detiene, voy a desmayarme.
Suelto ligeros quejidos lastimeros. Las pisadas se acercan hasta que unos zapatos rojos se
plantan frente a mí. Apenas puedo alzar la mirada nublada hacia la causante de mi dolor.
—Tu madre te ha dado una orden, Alya. Acátala sin rechistar.
—N-no… detente.
Me llevo las manos a la cabeza. Pequeños hilos de sangre se deslizan de mis fosas nasales
y de mis ojos. Estoy llorando sangre a causa del dolor; sollozo sin saber cómo detenerlo.
Quisiera frenarlo yo misma, pero no sé cómo. No sé qué hace que me duela tanto. Ni
siquiera puedo tocarla, por más que estire la mano.
Va a terminar matándome.
Mi cuerpo se eleva del suelo y queda otando frente a ella mientras me as xia. Es como
ahogarse en agua: intento respirar y solo trago más agua, ahogándome aún más.
—Si tengo que llevarte inconsciente, lo haré.
Resiste.
Resiste.
Resiste.
No cierres los ojos.
El llanto de Rean me retumba en la cabeza y la voz de Häel lo sigue. Aprieto los puños,
reprimiendo el dolor; las uñas se me entierran en las palmas, desgarrando la piel.
Hasta que, de pronto, se detiene.
El tormento cesa y mi cuerpo cae contra el concreto. Aspiro una bocanada de aire,
tragando todo el oxígeno que me había sido negado. Los gritos de mi madre me golpean
los tímpanos. ¿Por qué grita?
Apenas logro abrir los ojos para verla cubrirse el rostro con un terror absoluto. A unos
metros de ella se encuentran dos guras tomadas de las manos: piel trigueña y cabello
blanco.
Tamara y Blaze.
El aire vuelve a llenar mis pulmones. Trato de recomponerme poco a poco.
—¡Malditos insolentes! ¡No van a intervenir! ¡Voy a llevarme a mi hija y no podrán
evitarlo!
Me da la espalda para encarar a los dos que la atacan. Intento reincorporarme, pero las
piernas me tiemblan; todo mi cuerpo se siente como gelatina, debilitado tras soportar su
poder burbujeando dentro de mí. Como puedo, me pongo de pie sin apoyar el tobillo
herido. Las lágrimas me empapan las mejillas y me trago los sollozos. Por alguna extraña
razón, la muñeca izquierda sangra por una tajada. Arranco un trozo de tela y lo amarro
con fuerza.
Blaze le arroja un espiral de agua que la hace retroceder, furiosa. Ambos la atacan al
mismo tiempo, sin desistir. Tomo aire. Al dar un paso, el pie se me dobla y la rodilla
golpea el suelo. Siento como si mi poder hubiera mermado tras llevarme al límite. Todo
se percibe tan lejano, tan ajeno a mí.
Cierro los ojos y me enfoco en la persona que quiero. Canalizo mi energía interior e
intento invocar los elementos naturales a mi alcance para fortalecerme. Apoyo una mano
en el suelo; este comienza a agrietarse hasta rodear el cuerpo de la mujer que me dio la
vida. Su rostro se transforma en pura confusión al verme. Me pongo de pie al sentir que
la fuerza regresa.
De un golpe arroja a Tamara contra el piso. Le lanzo una mirada para asegurarme de
que esté bien. Blaze corre a ayudarla. Vuelvo a centrarme en mi madre, con las manos
envueltas en llamas.
—Deja de jugar, Alya. Estás haciendo que se me acabe la paciencia —murmura con
frialdad, un dejo de molestia impregnando su voz.
—¿Por qué? ¿Vas a castigarme?
Frunce el ceño y ladea la cabeza; hay desconcierto en su semblante. Puedo jurar que mis
ojos vuelven a volverse púrpuras. Exen me lo dijo cuando torturaba a aquel guerrero:
sucede cuando estoy enfadada o cuando alcanzo mi poder máximo. Tal vez ambas cosas a
la vez. Desconozco hasta dónde puedo llegar o si esto tiene que ver con la sangre de
vampiro que corre por mis venas. Aún no estoy del todo informada de lo que las criaturas
del mundo sobrenatural son capaces de hacer.
Después de todo esto, es lo que haré: trabajaré mi poder y mi mente para conocer el
nuevo mundo que me rodea.
—En tan solo unos meses has cambiado bastante. Ya no eres la niña que vivía bajo mi
techo.
Elevo la comisura de los labios, apenas revelando mis dientes.
—Te sorprendería saber todo lo que le hicieron a tu niña para que se convirtiera en la
mujer que es ahora.
La expresión de mi madre se borra de repente. Retrocede un paso, negando, asustada,
incapaz de creer lo que ve. Como si su peor pesadilla se hiciera real. Avanzo hacia ella,
aprovechando su distracción. Su cabello castaño le ondea por la espalda.
—¿Te comió la lengua el rato, mami?
—A-Alya…
—¿Qué?
Preparo una bola de fuego en la palma.
—Tienes colmillos…
Paso la lengua por mis dientes, rasgándola sin querer en el proceso. El sabor metálico
me cubre el paladar con un dulzor extraño de mi propia sangre. No dejo que eso me
detenga. Debo aprovechar que ella está tan sorprendida que ni siquiera parpadea.
Parece que su pesadilla se hizo realidad. Era de esperarse: la sangre de vampiro corre por
mis venas.
Una cuerda de fuego la rodea, apretándola y quemándola en el proceso. Sus alaridos me
hacen estremecer, pero ignoro que se trata de mi madre. Es otra de las personas
implicadas en mi sufrimiento, y así la veo. No puedo dejar cabos sueltos cuando mi hijo
crecerá rodeado de amenazas; pre ero acabar con ellas de una vez por todas.
Aunque una de ellas sea su abuela.
Aprieto el puño, estrujando la cuerda como una anaconda comprimiendo su cuerpo y
sus huesos. Sus ojos desorbitados me miran con angustia… y algo más que no logro
descifrar.
—No te guardo rencor. Pero te lo dije en el sueño… mi bebé me necesita.
Su boca se abre intentando decir algo que no alcanzo a escuchar. No debería
importarme. Voy cerrando más la mano hasta que mis dedos casi se tocan.
Cada momento feliz que viví con ella des la en mi cabeza: las caídas de la bicicleta, los
curitas con corazones que me ponía en los raspones, las veces que fue a recogerme al
colegio, nuestros ratos a solas… Las mentiras, los engaños y el daño que vino después
eclipsan cada uno de esos recuerdos.
Yo jamás me atrevería a herir a Rean. Por más que creyera que es “por su bien”, hablaría
con él, trataría de orientarlo, pero dejaría que tomara sus propias decisiones. Sí, he sufrido
por elegir a Häel, pero sigo aquí, luchando por ellos. Sería peor si me hubiera dejado
vencer hace tiempo.
De pronto me invade un desconsuelo inmenso. Tristeza. Una tristeza tan profunda que
se mezcla con el pesar. Es como si una mano me hubiera arrancado el corazón de un tajo.
Algo me falta.
Me siento incompleta.
Gotas de agua comienzan a caer del cielo negruzco, teñido de tonalidades rojas. El agua
apaga las llamas de mis manos. Caigo de rodillas, perturbada por esa avalancha de
emociones negativas. Las lágrimas mojan mis mejillas al mismo tiempo que la lluvia cae a
chubascos.
El ambiente se vuelve distinto.
No entiendo por qué me siento tan mal. Tan asustada. Tan desgarrada.
Es una tristeza oscura, densa, que me envuelve hasta lastimarme. Mi cuerpo se desploma
contra el suelo sin que me dé cuenta de que estaba levitando. Apoyo las palmas en la tierra
mojada. El labio me tiembla y suelto un sollozo lastimero.
—Murió.
Levanto la cabeza al escuchar el susurro de la mujer que agoniza a unos centímetros de
mí. La cuerda la apretó tanto que le quebró los huesos. La palabra retumba en mi cabeza,
girando una y otra vez.
Murió.
Murió.
Murió.
Häel.
Capítulo 45

ALYA

Los pulmones se me cierran, di cultándome la respiración; cada bocanada quema mi


tráquea como si tragara fuego.
Niego despacio, sin fuerzas para ponerme de pie, negándome a aceptar las palabras de
esa mujer que dejó de ser mi madre en el momento en que pre rió verme infeliz. No
puedo asimilar el grado de locura en su cabeza para orquestar todo esto. Una parte de mí
está segura de que ella es la culpable de muchas de mis desgracias. Nadie más pudo
hacerlo, ahora que lo pienso.
Nunca había visto a Abrahel. Y Lyna no estaba tan cerca de mí. No como ella… mi
madre.
Mi madre fue la autora intelectual de mi sufrimiento.
Sollozo otra vez, cegada por el dolor y la ira, sintiendo el pecho hueco.
El vacío en mi corazón escuece por la falta de calidez.
Aprieto con fuerza la grava entre mis manos, negándome a soltarlo, a dejarlo ir. Me
aferro a esa pequeña parte que aún siento de él. El viento helado me cubre, me
estremezco con el hipo de mi llanto, de mis gritos desesperados. La lluvia cesa, dejándome
empapada.
A lo lejos escucho balbuceos apagados que ignoro. Debería importarme que mi madre
esté muriendo ahora mismo por mi culpa; sin embargo, una parte de mí no lo siente.
Extraño ese lado cálido de mi corazón que ya no está.
Se ha ido.
El dolor es tan intenso que me cuesta respirar con normalidad. Me levanto un poco,
apoyando las manos en mis muslos manchados de sangre… su sangre. Vuelvo a sollozar,
un grito lastimero que retumba en mi entorno. Lo único que escucho es silencio. Un
silencio exasperante que sabe a un minuto de duelo.
Tallo las palmas contra mis muslos, como si intentara calmar un dolor externo… un
dolor que me está matando por dentro. Mi cuerpo tiembla, no solo por el dolor, sino
también por el frío sombrío que me ha invadido.
Dejo escapar varios sonidos lastimeros que se transforman en gritos. Mi cuerpo se
sacude a causa del llanto, y lo siguiente que siento es una explosión que estalla desde mi
interior junto con un alarido. El dolor se expulsa de mi ser, pero no me libera. Al
contrario: más desconsuelo me embarga, llenándome otra vez por completo.
Escucho murmullos a mi alrededor, pero desconozco sus voces. Mis fosas nasales arden
al intentar aspirar aire en un vano esfuerzo por llenar los pulmones. No hay nada ni nadie
que detenga este dolor que convulsiona mi cuerpo y lo oscurece todo.
—¡Alya!
Mi mente reproduce un disco interminable de Häel, calándome más hondo en el
pecho: la primera vez que se apareció en mi habitación a las tres de la mañana; cómo
cumplía mis caprichos sin pedírselo, sin yo saber aún que estaba embarazada; las veces que
me miraba en silencio; cómo me salvó de aquellos fanáticos religiosos; el anillo en mi
dedo —ahora más frío que nunca—, sus sonrisas torcidas, la primera vez que probé sus
labios…
Un latido lejano me sacude los oídos. Algo me agita, pero no le doy importancia.
Mantengo los ojos cerrados.
—¡Alya!
Las voces me llegan ahogadas, lejanas, como si vinieran de otro plano. Al abrir los ojos,
la sangre se mezcla con las lágrimas y el fuego lo cubre todo. Si antes no se asemejaba al
in erno, ahora sí.
Mi cuerpo está envuelto en llamas.
Siento la punta de mis nuevos colmillos rozar mi lengua, y la sed por acabar con el
dolor del pecho me consume.
Tamara grita algo frente a mí, pero no le presto atención. Tras ella, Blaze me observa
con un deje de miedo; en sus ojos se re eja una Alya envuelta en fuego, con las pupilas
rojas, como brasas encendidas.
He reducido todo a cenizas sin siquiera notarlo.
De repente, el sonido golpea mis oídos de nuevo. Miro mis manos en el regazo: las
llamas siguen sin menguar.
—Alya… ¿me escuchas?
Asiento despacio. Los demonios que nos rodeaban ya no están de pie; yacen calcinados
bajo mis llamas. Los pocos que quedan retroceden, tropezando. A unos metros, el cuerpo
moribundo de la mujer se arrastra lejos de mí. Aprieto los puños y el fuego se aviva, casi
alcanzando a Tamara, que trastabilla.
Me pongo de pie sin tambalear. No siento dolor alguno.
No siento nada.
Doy pasos cortos, percibiendo su miedo. Ella se da cuenta de que voy tras ella.
Pobrecita.
Al llegar a sus pies, la observo en silencio. Se nota que sufre; le he machacado los huesos.
Sin pronunciar palabra, la agarro del cuello del vestido sucio y la elevo sin esfuerzo. Mis
colmillos se hunden en su garganta, desgarrándola al instante. El sabor de su sangre llena
mi boca, y ni siquiera lo saboreo.
Suelto el cuerpo inerte de mi madre y me dejo caer de rodillas junto a ella.
La sangre se desliza por mi barbilla y cuello, manchándome.
Ya no lloro. Ya no me lamento.
Solo me quedo ahí, hasta que el cuerpo comienza a doler y las llamas se apagan,
dejándome en una oscuridad absoluta que lo invade todo. Me desvanezco, escuchando de
fondo los truenos del cielo enfurecido.

Mezo con suavidad el cuerpecito de mi bebé, que mueve la boquita succionando la


leche de mi pecho. Acaricio con el dedo, desde el puente de su naricita hasta la frente,
mientras entono la canción que lo acompaña desde que lo tuve por primera vez en mis
brazos, hace tres meses:
Duerme, pequeño príncipe, de oscuro corazón,
en cuna de sombras, donde nace la luna.
Tu madre, la bruja, te protege de umbría y sustos retorcidos,
con susurros antiguos que espantan el temer.

Duérmete, mi dulce bebé,


proclamando las fuerzas de la tierra y las tinieblas.
Los vientos del norte guardan tu sosiego,
las llamas te cuidan, los cuervos te ven,
y estrellas oscuras se rinden a tus pies.
Crecerás en secretos y magias de antaño,
príncipe del mundo oculto y extraño.
Así que cierra los ojos, no temas el n;
que en el sueño, pequeño,
los cánticos que aúllan tu nombre te arrullen,
príncipe de las tinieblas.

—Descansa, mi dulce bebé —susurro sobre su frente antes de dejar un beso.


Suelta mi pecho y se acurruca mejor entre mis brazos. Vuelvo a cubrirme los senos y me
acerco a la cuna adornada con enredaderas y rosas negras.
Dejarlo aún me resulta difícil. Quisiera estar pegada a él todo el tiempo, pero no puedo.
Hay tantas cosas que reclaman mi atención inmediata… Por eso disfruto cada momento
en que lo alimento y lo tengo entre mis brazos.
Lo recuesto en las suaves almohadas, tan mullidas como nubes. Ha crecido más este
último mes; su peso ha aumentado y, aunque duerme mucho, hay días en los que
permanece muy despierto. Su diminuta mano atrapa mi dedo, como si no quisiera que
me vaya. Sonrío con melancolía, sintiendo su ausencia anticipada en mis brazos.
—Mami debe irse. Volveré en tres horas, mi bebé. Lo prometo.
Le retiro con cuidado el dedo de su alcance. Se queda tranquilo, sin llorar, con los ojos
cerrados. El resplandor de la cuna me con rma que el hechizo protector sigue activo:
nadie puede sacarlo de allí más que yo o Tamara, la única en quien confío para cuidarlo
en mi ausencia. No le tengo la misma con anza a nadie más.
Después de recibir tantas puñaladas por la espalda, la con anza nunca vuelve a ser igual.
Salgo de la habitación, dedicándole un último vistazo a la cuna con sus pequeños
móviles colgantes y esa canción de cuna que mece el aire. Afuera me recibe el calor de los
pasillos y la presencia de los guardias que custodian la puerta; bajan la cabeza al verme.
—Mi reina —murmuran al unísono.
Un escalofrío me recorre la columna al escuchar ese sobrenombre. Es extraño oírlo de
otras personas y no de la voz del hombre al que amo.
La chica de tez morena y cabello rojo se aparta de la pared y se acerca a mí. Aprieto las
manos, esperando que me diga algo.
—¿Se quedó dormido?
Asiento.
—Sí. Seguramente no se despierte en las próximas dos horas.
—O seguramente hasta que lo despierten. Podría pasarse la vida durmiendo.
—Está creciendo, es normal. Blaze me dijo que vendría a acompañarte más tarde,
cuando termine lo que Melek le pidió.
—Lo sé, me lo dijo antes de que me saliera —responde, jugando con su distintiva daga
sin pincharse con ninguna de las espinas del mango.
Recuerdo haberla tenido a un centímetro de mi frente, y cómo Circe se la devolvió sin
chistar. El recuerdo sigue siendo doloroso… todos lo son.
—Bien —salgo de mis pensamientos—, cuídamelo mucho. Y cualquier cosa, estaré…
en la habitación.
Asiente, dedicándome una sonrisa tranquila. Me acaricia el hombro antes de entrar en
la habitación, quedándose con un pedacito de mi corazón; con el único latido por el que
lucho cada día.
Camino hacia el gran salón, donde Melek conversa con algunos guerreros. Me alegra
que haya decidido quedarse; hoy en día necesitamos toda la ayuda posible.
En un tiempo récord se ha restaurado todo lo destruido. Los demonios que quedaban
recuperaron su conciencia, como bien habíamos previsto: estaban bajo el hechizo de mi
madre. Ya no tengo dudas de ello.
Aún no puedo creer cómo su corazón tan podrido fue capaz de lastimar a su propia hija.
Desde un principio yo pude decidir por mí misma.
Si estoy aquí ahora, es porque quiero.
El in erno y el mundo sobrenatural son ahora mi hogar, y soy feliz con eso. Pese a todo
lo que he vivido —o sobrevivido, mejor dicho—, no me arrepiento de nada.
Las inclinaciones de cabeza a mi paso no pasan desapercibidas, como todos los días.
Aunque no se haya hecho una coronación formal, me reconocen como lo que soy… su
reina.
Aun así, las palabras que salen de sus bocas no provocan en mí las mismas sensaciones
que las suyas.
Camino por el pasillo iluminado por antorchas en las paredes. Es mi recorrido habitual
desde hace tres meses, el tiempo que llevo sin dejar de pensar en todo lo que ocurrió.
La sangre manchando mis manos.
El ardor recorriendo mis venas.
Los ojos blancos de mi madre al morir.
El dolor as xiante.
Mis gritos y lamentos.
El silencio y la nada.
El cuerpo del demonio al día siguiente.
Cierro los ojos con fuerza, tratando de arrancar esas imágenes de mi cabeza.
Entro en la habitación donde Horns trabaja incansablemente, día tras día. A veces hay
otros curanderos en distintos turnos, pero hoy solo está él.
—Buenos días —saludo al cruzar el umbral.
Sus grandes ojos, detrás de unas gafas redondas, lo hacen parecer más tierno de lo que
realmente es.
—Buenos días, mi reina.
Le devuelvo una pequeña sonrisa mientras cierro la puerta. Cuando conocí a Horns
jamás imaginé que supiera tanto de medicina. Es un especialista en su área, aunque di era
de la humana: aquí no usan analgésicos, solo ungüentos y magia. He estado aprendiendo
con él; nuestras técnicas se han complementado y mejorado. Desde siempre he querido
ayudar a los demás, y si se me da la oportunidad, no pienso desaprovecharla.
—¿Algo nuevo? —pregunto, acercándome al cuerpo del demonio tendido en la gran
cama.
Camino despacio. La sensación eléctrica que solía recorrerme al tenerlo cerca ya no está.
Es como si su cuerpo existiera… pero no su alma.
Deslizo los dedos por su cabello negro con una ternura que me duele. Me tomo mi
tiempo, como todos los días, esperanzada de ver algún cambio.
—No, mi reina —responde Horns con voz apagada—. Su corazón sigue igual. Aunque
la sangre se ha ido puri cando del veneno, aún no hay movimiento.
El pequeño baja del banco y se acerca a mi lado. Se le notan las ojeras bajo los ojos, las
mismas que esta mañana he tratado de disimular en mi propio rostro.
—Han pasado tres meses. ¿Cuánto más debe pasar?
—Él es fuerte, lo superará. Su cuerpo necesita descansar, regenerarse… y que el veneno
desaparezca por completo.
—¿Pero cuándo, Horns? —mi voz se quiebra—. Rean está creciendo y… se está
perdiendo de etapas que no volverán. Lo necesito. Quiero que esté con nosotros.
Las lágrimas se abren paso sin permiso. Verlo postrado, inmóvil, día tras día, me
destroza. Mis sueños están llenos de él: hablándome, sonriendo, de recuerdos mezclados
con ilusiones que mi mente fabrica solo para consolarse. Pero nunca hay noticias nuevas.
Nunca despierta. Nunca lo encuentro sentado en la cama o recorriendo su castillo.
Su corona descansa a su lado, silenciosa, como si también lo esperara… como si le
reprochara por haberla dejado olvidada tanto tiempo.
—Lo entiendo, mi reina. Hacemos todo lo que está en nuestras manos. Pero no
depende solo de nosotros, sino también de él: de su cuerpo y de la capacidad que tenga
para combatir el veneno. Tenga en cuenta que ya estaba herido, y que una gran cantidad
de veneno corría por su sangre. Aun así, no ha muerto. Está luchando, y estoy seguro de
que la escucha. Es el rey del in erno; tiene la fuerza su ciente para sobrevivir, por más
que le cueste. Cualquier otro ser, en su lugar, ya habría muerto.
—¿Y lo otro? —pregunto con voz baja—. ¿Investigaste si su… lado angelical lo está
ayudando?
—Oh, claro. Su lado angelical no está despierto todo el tiempo; de hecho, él mismo
suele reprimirlo. Ha tenido una lucha constante desde que fue desterrado, pero ahora que
no se encuentra en pleno control, ese poder ha despertado de nuevo. Es muy probable
que su energía celestial también esté ayudando a combatir el veneno.
—¿Tan poderosas son las dagas? —murmuro, sin apartar la vista de los labios rosados de
Häel. Aun en ese estado casi vegetativo, se mantiene increíblemente bien; parece que
bebiera agua todos los días. Quizá sea por lo que dice Horns.
Sus dos mitades están luchando como una sola para mantenerlo con vida. Hay un
equilibrio perfecto entre ellas: la luz y la oscuridad, no como enemigos irreconciliables,
sino como aspectos de una misma existencia. Ambas fuerzas convergen con un solo
propósito: preservar a Häel.
—Lo son. Son las armas más letales del in erno. Se forjan en los lugares más
profundos, donde ni siquiera llega la luz. No todos se atreven a usarlas, porque el peligro
es doble: nunca sabes cuándo tu enemigo podría volverlas contra ti.
—Hay algo que no entiendo —digo, apartando con cuidado el cabello de su frente fría,
aunque el ambiente aquí es cálido—. Nunca se lo pregunté a Häel… ni siquiera lo pensé
antes. ¿Por qué sigue teniendo un lado angelical si Deus lo desterró? ¿No se supone que lo
habría mandado al in erno vacío, sin nada de su antigua esencia?
El rostro de Horns re eja agotamiento. Ha velado el cuerpo del demonio tanto como
yo. Cuando no estoy aquí, él se queda, o lo hacen los curanderos encapuchados con sus
batas negras. No confío del todo en ellos… pero confío en Horns, y eso basta.
—Es su esencia. Un vestigio de la conexión que alguna vez tuvo con el cielo.
—¿Entonces… no puede morir? —pregunto, volviéndome hacia él.
Niega lentamente, con una débil sonrisa.
Suelto un suspiro profundo. Cuando el pequeño se aleja para continuar con su labor,
me acerco al oído de Häel y le susurro las mismas palabras de siempre: que debe volver,
por nosotros, por él. Que su corona lo espera, igual que su reino.
Los demonios son distintos cuando no están rabiosos o poseídos por hechizos. Se han
comportado con respeto hacia mí, aunque no me conocen realmente. Algunos aún me
intimidan, no voy a mentir. Pero ¿qué podría asustarme hoy en día? Todos mis miedos ya
se hicieron realidad.
Las pesadillas, aunque menos intensas y menos frecuentes, siguen acechando. A veces
logro ignorarlas; otras, me persiguen incluso despierta.
Porque siento que son reales.
Siento a Häel conmigo, y siento que se burlan de mí en mi cara al saber que él sigue
postrado en una cama. Por más que me susurren que está bien, que pronto despertará —y
aunque esas palabras salgan de su propia boca en mis sueños—, verlo dormido al
despertar… puede conmigo.
Extraño pedirle carne cruda sin que nadie lo sepa. Ahora que mis colmillos salieron,
todos los días tengo la necesidad de un trozo de carne. Agradezco que no sea sangre… por
lo menos, no todavía. Pero no tengo la con anza su ciente para pedírselo a alguien más;
no sé si saben exactamente lo que soy, y el miedo a asustarlos me paraliza. No debería
temer, lo sé. Hay criaturas mucho peores aquí abajo.
Por suerte, no tengo urgencias incontrolables ni desesperación al ver a las personas o las
venas en sus cuellos. Escucho sus corazones latir, bombeando sangre, y eso no me
desequilibra. Por ahora, es algo que agradezco.
Dejo un beso suave en su frente. Cada vez que debo irme, el corazón se me encoge.
Hay algo en él, un magnetismo que me arrastra incluso dormido, aunque no pueda
sentirlo ni escuchar su voz. Le susurro que volveré más tarde, con su hijo… con nuestro
pequeño, que crece sin tenerlo presente.
En el castillo hay demasiadas tareas. Nunca imaginé que algo así fuera posible, pero
aunque esto sea el in erno, las obligaciones de un reino nunca terminan. He visitado
varias veces el despacho de Häel; Exen suele acompañarme. A pesar de sus bromas tontas,
sabe perfectamente cómo se maneja todo. Hay días especí cos en los que el rey del
in erno castiga a los demonios que desobedecen o se rebelan contra él. Esos asuntos se los
he dejado especialmente a Exi.
No quiero saber más de muertes. No quiero volver a oír de personas que intenten hacer
daño a mi familia o a mí.
—Reina.
Exen hace una reverencia exagerada al verme, y ruedo los ojos ante su sonrisa burlona.
—Creí que los príncipes no se inclinaban ante nadie.
—Tengo a mis favoritas —responde con desenfado—. Mi cuñada merece todas mis
reverencias. —Se encoge de hombros.
Su comentario me saca una sonrisa genuina. Aprieto las manos y recupero la
compostura.
—¿Hay algo que debas informarme?
La sonrisa desaparece de su rostro. De inmediato me pongo alerta.
—Las brujas siguen molestas —empieza—. Hace un mes, la líder más anciana tomó las
riendas del aquelarre, pero no todas están conformes. Te quieren a ti en su lugar.
—No puedo estar en dos sitios a la vez. Mi hijo me necesita, y Häel también. Lo sabes.
—Lo sé. —Se apoya en la pared, con una mueca cansada—. Solo te comunico lo que
ocurre a tu alrededor mientras estás ocupada.
Las púas plateadas que rodean su cuello se mueven con el vaivén de su garganta. Parecen
espinas, pero no hieren su piel.
—¿Y si enviara a alguien en mi nombre?
—Te quieren a ti exactamente. ¿A quién más van a obedecerle?
Una sola persona viene a mi mente.
Alguien que creció entre el aquelarre, que conoce a la mayoría de las brujas… y que
sabrá imponer orden si no la siguen.
Capítulo 46

ALYA

—¿Estás loca? ¡Van a comerme viva! No has visto a esas brujas cuando están enojadas.
—No, no las he visto porque no conviví demasiado con ellas —respondo con calma—.
Y no me inspiran con anza. Por más que haya nacido ahí, mi estancia durante el
embarazo no fue precisamente grata. No quiero regresar… al menos no ahora. Te lo
pido, por favor. —Insisto, tratando de sonar serena.
Los ojos castaños de Tamara me observan unos segundos antes de que suelte un suspiro.
Rean se mueve inquieto en mi regazo; parece mucho mayor de lo que es. Está alerta,
mirando todo a su alrededor, y cuando está despierto no para de balbucear mientras
empapa su puñito de baba.
—Que conste que no lo hago por ti… —dice, bajando la mirada hacia el bebé y
acariciándole la mejilla—. Lo hago por esta criatura hermosa que necesita a su madre
cerca. ¿Quién es el más precioso del mundo? Sí, sí, sí… tú.
Las carcajadas de Rean me llenan de vida. Sé que Tamara bromea con lo primero que
dice; está claro que lo hace por los dos. Si ella y Blaze siguen aquí, es por Melek… y por
mí. Porque los necesito a mi lado más que nunca. No puedo hacerme cargo de todo sola.
Tam se levanta y se sienta en el borde del escritorio, su mirada ja en la mía. Aunque no
lo diga, es poderosa. Este tiempo me ha ayudado a identi car las energías de los demás —
no solo la de Häel—, y puedo percibir el poder de cada uno. Desconozco si ellos también
pueden hacerlo.
—Debemos ir juntas el primer día. Si quieres que me acepten y que esto funcione, se
molestarán aún más si me envías sola, sin darles explicaciones.
—Parece que todo les molesta.
—Es una falta de respeto para ellas. Tú no creciste con sus creencias y tienes las tuyas
propias, pero si quieres ganarte su aceptación, debes acatarlas.
—No quiero agradarle a nadie, Tam. —Me pongo de pie con Rean en brazos,
meciéndolo suavemente hasta que se queda dormido.
—Entonces no entiendo por qué te quieren a ti. —Cruza los brazos—. Estuve contigo
durante esos meses y recuerdo cómo te miraban… con desprecio. No sé por qué el
cambio tan drástico.
—Porque saben que soy poderosa. —Miro a mi hijo dormido; mi voz suena más
cansada que orgullosa—. Seguramente piensan que podría dirigirlas mejor que las demás.
Pero no tengo experiencia. Aquí solo hago lo que creo correcto, lo que Melek, Exen y
Horns me aconsejan. No soy apta para ser líder.
—Eso es lo que tú crees. —Cruza las piernas sobre el escritorio, apoyando las manos en
la madera—. Y, aun así, estás aquí. Dirigiendo un reino oscuro del que apenas conoces
una fracción, y lo haces por él. Cuidas su lugar, su trono, su corona. Lo haces sin esperar
nada a cambio… lo haces porque lo amas.
Trago saliva al escuchar sus palabras. Hasta Rean abre los ojos, y en ellos se re eja un
profundo remolino de grises y azules: una pequeña galaxia en su mirada. Tiene el cabello
negrísimo de su padre… y mi nariz.
Es algo que ya había aceptado: lo amo.
Se lo he susurrado un par de veces, y aun así no ha despertado. Debe volver… resurgir
por su reino, por los suyos, por mí, y especialmente por Rean. Mi bebé es tan inteligente:
cada vez que lo visitamos, se pone a balbucear, pasando sus manitas por el rostro del
demonio. Anhelo tanto verlos juntos… quitarme este peso insoportable de ver crecer a
Rean sin que Häel pueda verlo.
Por un instante alcanzo a percibir un brillo rojo rodeando el iris de mi hijo. Son apenas
unos segundos en los que me observa en silencio; parpadea y recuesta su cabeza en mi
pecho. Intento distinguir si lo que he visto fue real o solo una ilusión, aunque, en el
fondo, no debería sorprenderme. Rean no es humano. Se ha convertido en un híbrido…
igual que yo.
Lo aprieto contra mi cuerpo antes de alzar la vista hacia Tamara, que me observa con el
ceño fruncido, seguramente por haberme quedado callada tanto tiempo.
—Iremos ahora mismo. Que nos acompañen algunos guerreros. Cuanto antes, mejor.
Hace una mueca, probablemente porque no respondí a lo que me había dicho. Pero
¿qué más necesita oír? Hasta ella sabe lo que siento. Se me nota cada vez que lo miro. Se
me notaba incluso antes.
—¿Dejarás a Rean con Blaze?
Niego despacio. No pienso despegarme de mi hijo.
—Iremos todos.
Ponernos de acuerdo no fue complicado. Exen enseguida ocupa su lugar a mi costado;
no lo piensa dos veces antes de ofrecernos su compañía. Lo mismo hacen Blaze y los
guerreros. Melek y Horns se quedan en el castillo. Antes de partir, me acerco al pequeño
demonio y le pido que me avise de alguna manera si ocurre algo. Sea lo que sea, estaré allí
en segundos.
El camino no es tan complicado como la primera vez que llegué al aquelarre. Recuerdo
que entonces tardamos días, enfrentando obstáculos como aquellos gigantes muertos. Esta
vez es distinto: el trayecto resulta más rápido y tranquilo. Rean lo agradece, durmiendo
plácido en mis brazos casi todo el recorrido. Aunque su tío, a mi lado, no ayuda mucho a
mantener el silencio.
—Oh, vamos, que no lo he despertado yo.
—Pero si no te callas, ¿cómo no lo vas a despertar?
—Todos pelean conmigo, solo chi é —murmura, como si eso justi cara algo.
Niego con una sonrisa mientras lo arrullo. Rean se queja un poco en sueños y le palmeo
suavemente la espalda, esperando a que abran la barrera protectora del aquelarre.
—Los bebés son muy sensibles a los sonidos. Ahora imagina uno sobrenatural —dice
Tamara, con tono obvio—. Puede escuchar lo que ocurre a metros de distancia.
—Bueno, lo tendré en cuenta la próxima. Pero no te preocupes, cuñada, yo puedo
dormirlo en segundos. Soy excelente con los bebés.
Lo observo entrecerrando los ojos y alejando instintivamente el cuerpo de mi hijo
cuando intenta tomarlo.
—¿Cuándo fue la última vez que cargaste un bebé?
Baja los brazos, con el rostro confundido, pensativo.
—Nunca.
—Ahí tienes tu respuesta. Mi hijo no será el primero.
—¿Y entonces cuál? Si no hay más bebés, ¡jamás podré cargar uno!
—Posiblemente el tuyo —interviene Blaze con una sonrisa pícara, guiñándole un ojo
justo cuando la protección del aquelarre se abre ante nosotros—. Si es que algún día
engendras.
Intento no reírme del comentario. He descubierto que a Exen le encanta pelear; no era
solo con Circe con quien no se soportaba, sino con todo el mundo. Es como un niño
pequeño que necesita entretenerse con algo o, de lo contrario, explota.
El hipo de mi bebé es lo único que queda de su llanto. Seguramente tiene hambre. Sus
ojitos, aún humedecidos por las lágrimas, brillan con la luz del amanecer mientras mira a
su alrededor. Beso su mejilla regordeta y le coloco el chupón, del que salen ligeras gotas de
agua infernal cada vez que succiona. Horns me la recomendó; no solo me sirvió a mí en
su momento, sino que ahora le alivia a mi pequeño.
Las calles del aquelarre están casi vacías. Apenas comienza a amanecer, y las brujas deben
de estar despertando. Lo pre ero así. No estoy segura de cómo reaccionaría si vuelven a
mirarme como lo hacían cuando estaba embarazada… y menos aún si esas miradas se
dirigen a mi hijo.
Los guardias nos rodean, avanzando a nuestro paso. Son cuerpos imponentes, cubiertos
por armaduras negras y armas que sostienen con rmeza. Estoy casi segura de que esas
armas tienen magia; brillan con un fulgor antinatural. No se les ve el rostro, y tampoco
me interesa demasiado. Los he visto antes y ya me acostumbré, mientras sigan
cumpliendo su propósito: protegernos.
—Nuestra líder los espera dentro de la casa. Solo pueden pasar dos personas —nos
informan al llegar a la gran cabaña que recuerdo con claridad. La mirada curiosa de la
bruja se posa un instante en mis brazos, donde acuno a Rean.
—Entraremos Tamara y yo. Ustedes manténganse atentos —ordeno a los demás que se
quedarán afuera.
Blaze asiente con naturalidad; se crió aquí, es evidente que se siente en su elemento. En
cambio, Exen no parece nada conforme con quedarse afuera. Le dedico un asentimiento
para tranquilizarlo. No creo que esto sea una trampa. Me devuelve la mirada y se coloca
justo frente a la puerta, en guardia.
Dentro, un aire gélido me atraviesa la piel. Arropo mejor a mi bebé, cubriéndole el
rostro aunque proteste un poco. Antes de venir, me aseguré de protegerlo todo. Conozco
la maldad del mundo, la envidia y la traición. No dejaré que ninguna entidad o espíritu
extraño se acerque a mi hijo, mucho menos una maldición.
Bajo la capucha de mi capa al encontrarme frente a una mesa rodeada por tres mujeres.
Entre ellas hay una anciana. Las llamas de las velas chisporrotean al acercarme; el fuego
me llama, me susurra, me reconoce. Levanto el mentón, sin permitir que sus miradas me
intimiden. La mujer del centro, de cabello blanco como la ceniza, se incorpora
lentamente con ayuda de un bastón.
—Estamos felices de que atendieras nuestro llamado. Los vientos nos susurraron que
vendrías.
—No estoy aquí por ustedes. Lo único que quiero es paz. Estoy cansada de las guerras.
—Nosotras sentimos lo mismo —responde con voz rasposa—. Mataste a nuestra líder
más antigua, y necesitamos sucesión de su mismo linaje. Conocí a tu abuela; fue la mejor
guía que tuvimos en su tiempo.
—Ella se lo buscó —gruño, y las llamas de las velas se avivan con mi enojo. Las tres lo
notan.
—Lo sabemos, tranquila —la mujer sonríe levemente, mientras la que está a su lado
aprieta los puños. Creo reconocerla de reojo: tiene los mismos ojos que Lyna, aunque no
me interesa—. Buscamos que nos guíes como mejor te parezca. Eres la bruja más
poderosa que haya existido. Me eligieron a mí como vocera para pedirte que aceptes el
liderazgo del aquelarre, como un obsequio de los dioses.
No lo pienso dos veces antes de responder.
—No.
Su rostro no muestra sorpresa; seguramente ya sabían que diría que no.
—Es arriesgado traer contigo al único heredero del in erno.
Endurezco la mandíbula y vuelvo la mirada hacia la mujer que acaba de pronunciar esas
palabras.
—¿Acaso eso es una amenaza?
—No. Te dije que no hablaras, Romina —la reprenden.
—¡Mataste a mi madre! ¡A mi hija! ¿Y quieren que me quede callada viendo cómo la
invitan a ser la líder del aquelarre? —me señala con furia, mirando a las otras dos.
La anciana aprieta con fuerza el bastón entre sus dedos.
—Fue un error traerla aquí. Dijiste que estabas de acuerdo con esto. Tu madre, aunque
nos dirigió bien, fue en contra de todas nosotras: nos robó hechizos, libros antiguos… y
vendió su alma.
—¡Porque se lo prometió a su hermana! Promesas estúpidas que la hicieron elegir el
camino equivocado antes que a su propia familia. —Los ojos, antes de un café claro, se le
tornan negros por la ira. No me inmuto; era de esperarse que mi propia tía me guardara
rencor—. ¡Mataste a tu madre!
—Y voy a matarte a ti si no cierras la boca —siseo, harta.
Tamara, a mi lado, se mantiene alerta. Tener a Rean en brazos no me impide
defenderme. Si esto termina en un acuerdo y aceptan a Tamara como nueva líder, no
dejaré que esta bruja desquiciada atente contra ella solo por querer dañarme.
No pienso dejar a ningún enemigo con vida si eso signi ca proteger a mi hijo. Rean
balbucea, ajeno al peligro; acaricio su espalda con suavidad mientras estira las manitas por
encima de mi hombro. La manta lo cubre por completo, impidiendo que alguien más lo
vea.
—No tenemos mucho tiempo. ¿Van a aceptar mis condiciones o no?
—¿Qué condiciones? Has dicho que no deseas pertenecer al aquelarre —la bruja mayor
vuelve a enfocarme, dejando de susurrarle a mi tía que se calme.
—Yo no —respondo con rmeza—. No crecí aquí, no conozco a su gente, no estoy
familiarizada con sus costumbres y, francamente, no me sentiría cómoda. —Dirijo una
mirada a la mujer de cabello corto—. Pero Tamara sí. La vieron crecer, tiene carácter,
determinación… y será una buena líder.
Las tres giran hacia la bruja a mi lado, que se mantiene serena y atenta, la daga habitual
descansando entre sus dedos, lista para atacar si alguna se atreve a moverse. Tal vez ellas
no lo sepan, pero yo sí.
—No es lo que estamos pidiendo, Alya —replica la anciana con voz grave.
—Aun así, es lo mejor para ustedes. Es algo que las mantendrá unidas a mí. He
escuchado que los demás seres las llaman traidoras por lo que hizo Lyna… desleales. No
creo que eso las bene cie. Me comprometo a buscar su bienestar si me son leales; Tamara
estará con ustedes y será quien las guíe. Yo vendré, por lo menos, una vez al mes, si eso es
lo que desean. No puedo ofrecerles más.
La anciana da un paso atrás y las otras dos se acomodan, formando un círculo. Susurran
entre ellas. No me pasa desapercibida la forma en que mi tía niega, disconforme con lo
que las otras dicen. Le lanzo una mirada a Tamara, que me la devuelve sin pronunciar
palabra. Intento hacer oídos sordos a la discusión.
—Fin del tema —zanja la mayor, y todas retoman su lugar.
Suspiro, esperando el veredicto. A mí no me causa ningún problema si deciden rechazar
la oferta; al n y al cabo, son ellas quienes necesitan los lazos, y sé que, tarde o temprano,
los necesitarán más de lo que imaginan.
Arrullo con suavidad el cuerpo de mi hijo al escuchar su quejido. Debo alimentarlo
pronto.
—¿Y bien? —presiona Tamara, viendo a la mujer mayor medir sus palabras.
La anciana levanta la cabeza, jando sus ojos casi blancos en los míos. Con solo esa
mirada, sé la respuesta.
—Aceptamos. Creemos que es lo mejor para el aquelarre: la ausencia de con ictos y una
convivencia pací ca para los pequeños.
Su comentario no solo hace referencia a mi hijo, sino también a los niños que crecen
dentro de este lugar. Han elegido el mejor camino posible, aunque la mujer a su lado no
lo acepte; la energía que desprende es oscura, agresiva, y se nota que sería capaz de
cualquier cosa.
Es la única que queda de mi familia, porque estoy completamente segura de que los
antiguos parientes que alguna vez conocí no eran reales; mi madre debió inventarlos.
Hace poco más de un año pensaba que era una persona común, y resultó ser todo lo
contrario.
—Han elegido bien. Tamara se quedará aquí. Cualquier cosa que necesiten pueden
decírsela a ella, y lo sabré de inmediato.
La mirada de la anciana cambia: ahora se la nota más serena, probablemente convencida
de haber hecho lo correcto. Y así es. Cumpliré mi palabra: les brindaré protección.
Ellas no tienen la culpa de que unas cuantas de las suyas fueran tan soberbias y desleales,
cegadas por su propio egoísmo. Soy una estúpida por no sentir rencor hacia mi madre…
o hacia mi abuela, que seguramente habría hecho lo mismo. No siento nada por ellas. Ni
siquiera por Lyna.
La anciana asiente, entendiendo mis palabras.
—Gracias. Sea lo que sea que necesites, puedes pedírnoslo. Se nos prohibió la entrada al
in erno…
—Y así seguirá —interrumpo, cortante—. No tienen nada que pueda servirme. Nos
vemos en un mes. Espero que me den buenas noticias. Quiero que se lleven bien con
Tamara y haya comunicación entre ustedes.
—La habrá.
La observo en silencio unos segundos antes de dar media vuelta. Cubro un poco más la
carita de mi bebé y comienzo a alejarme. Entonces escucho un crujido sordo, seguido de
un golpe seco, pesado, cayendo al suelo.
—¡Por Satanás!
—¡Romina!
No me tiembla el pulso al quitarle la vida a esa mujer. Sé que podría lastimarme en el
futuro, no solo a mí, sino también a quienes amo. Salimos de ahí entre respiraciones
agitadas y gritos. Al cruzar la puerta, más brujas entran para ver qué ocurre. Lo último
que veo es el cuello torcido del único familiar que me quedaba.
—¿Todo bien? —pregunta Exen al acercarse.
—Perfecto. Volvemos ahora mismo al Averno. Tamara se quedará unos días. —Me giro
hacia ella—. No tienes que quedarte aquí para siempre; sé que extrañarás a Melek y a
Blaze. No tengo el corazón tan duro como para separarlos.
—Lo sé, Alya. Haré lo mejor que pueda. Y no te preocupes por esos dos, sé que
encontraré el modo de visitarlos… o ellos vendrán a verme. —Sonríe y me guiña un ojo.
Le devuelvo la sonrisa y, sin poder evitarlo, la abrazo con fuerza. Protegeré a los que me
quedan con uñas y dientes. El quejido de Rean nos separa.
—Ay, ese niño tan comelón.
Lo acomodo en mis brazos, riendo.
—Sí, tengo que alimentarlo en el camino.
—Tengan buen viaje. —Tamara nos mira jamente; Blaze se le acerca y la cubre con su
cuerpo en un gesto de despedida.
Empiezo a alejarme. Los guardias me siguen, igual que Exen.
—Esos tres tienen una relación muy extraña.
—No te metas en sus asuntos, Exi.
—No me meto, pero ganas no me faltan. No me vendría mal experimentar. —Me
guiña un ojo; lo ignoro, rodando los míos y adelantándome unos pasos para alimentar a
Rean bajo la manta. Él toma mi pecho con hambre—. Deben pasarlo muy bien juntos.
—Deja de pensar en eso y consíguete una novia.
—Nah, yo no soy de novias. Y no las busco… ellas me encuentran.
—Me aseguraré de que no metas esas ideas en la cabeza de mi hijo —bromeo mientras
salimos del aquelarre y tomamos el camino del bosque.
—Si no se las inculca su tío, lo hará su padre.
Desde que conozco a Exen, he aprendido a leerlo: es carismático, burlón, con un
humor tan peculiar que a veces irrita. Todo lo contrario a Häel. Por más que él sea un
demonio severo, tiene momentos de ternura… momentos que me enamoran. Aunque
quiera aparentar dureza, es un hombre amoroso, y sé que lo será también con su hijo.
Una punzada me atraviesa el pecho al escucharlo mencionar a Häel. Aún puede
conmigo. Oír su nombre, recordarlo, pensar en sus ojos grises o en su voz grave… me
destroza. Aprieto a Rean contra mí mientras sigue mamando, y escucho el suspiro de
Exen unos pasos más atrás.
—Lo siento. Yo también lo extraño, ¿sabes? Por más que a veces solo estuviera para
regañarme, se siente su ausencia… esa oscuridad que llenaba el castillo. Va a despertar. Ese
cabrón es fuerte.
—Tiene que hacerlo. No puede dejarme sola con Rean… y además, me debe un beso.
Un beso oscuro.
Rean suelta mi pecho, así que me acomodo el vestido y le doy suaves palmadas en la
espalda. Luego de unos segundos, al no escuchar respuesta, me detengo y giro hacia Exen,
que se ha quedado quieto, mirándome con el ceño fruncido.
—¿Un beso oscuro? ¿De dónde sacaste eso?
—Häel me lo dijo.
—¿Cuándo? —pregunta, acercándose con aire pensativo.
Frunzo el ceño, tratando de recordar, mientras Rean se mueve inquieto en mis brazos.
—Hace unos meses. Dijo que me daría un beso oscuro, pero no me explicó qué era ni
cuándo sería. “Lo sabrás cuando te dé uno” —repito sus palabras. Después de eso tuvimos
sexo. Y eso… no debería recordarlo.
Observo a Exen, que se queda pensativo, dándole vueltas al asunto mientras
caminamos. Los guardias siguen detrás de nosotros y Blaze juega con las hojas del suelo,
lanzando pequeños hechizos hasta alcanzarnos.
De pronto, Exen se detiene. Su expresión cambia.
—Ya sé cómo vamos a despertar a Häel.
Capítulo 47

ALYA

Acaricio con suavidad el cabello negro del hombre recostado sobre la mesa de piedra. Se
ve tan tranquilo, tan indefenso. Su cuerpo, en lugar de debilitarse por la falta de
alimento, ha ganado fuerza. Horns dice que está evolucionando, transformándose y
regenerándose desde adentro.
No entiendo del todo a qué se re ere.
Los nutrientes que necesita parecen surgir de alguna fuente que escapa a mi
comprensión, y ya ni pregunto: no se le ve enfermo. Su piel ha recuperado el color; se
siente cálida, viva. Paso mis dedos por sus cejas, bajando hasta sus labios cerrados en una
línea rme —esos labios que llevo tres meses sin besar—.
Ambos hemos cambiado tanto desde aquella primera vez que nos vimos. Aunque, para
mí, la verdadera “primera vez” fue cuando apareció en mi habitación a las tres de la
mañana. Ya estaba embarazada y ni siquiera lo sabía. Él vestía una capa negra, el pecho
desnudo, y no le importó haberme asustado hasta la médula. Cuesta creer que de eso haya
pasado más de un año. Desde entonces, mi vida se llenó de pruebas, miedos, pesadillas,
dolor… y, aun así, no me arrepiento de nada.
Rean balbucea a mi lado, jugando con sus pequeñas manos. Sus ojos —entre grises y
azules— están más despiertos de lo que deberían. A esta hora ya tendría que estar
dormido, pero algo en su mirada me hace pensar que sabe lo que está por suceder. Sabe
que su padre podría volver hoy. Que va a volver.
Lo he abrigado bien y envuelto en su manta favorita, protegido del frío del bosque. Las
velas dispersas por la zona nos envuelven con su luz tenue. Sé que este no es un lugar
apropiado para un bebé, pero he aprendido a con ar. Nos libramos de nuestros enemigos,
y merecemos estar en paz.
Merecemos ser felices.
Mi hijo merece crecer sin miedo… y yo también. Ya he tenido su ciente oscuridad en
mi vida.
—¿Qué pasa, mi bebé? —susurro cuando él gira hacia mí. Bosteza con ternura, y no
puedo evitar reír—. ¿Ya quieres que papá te cargue? Te prometo que lo hará en cuanto
despierte. Te mecerá en sus brazos y te protegerá de todo… igual que yo, mi pequeño
príncipe oscuro.
Dejo un beso suave en su frente antes de apartarme de la mesa de piedra. A unos
metros, Horns y Exen ultiman los preparativos del ritual. Aunque insistan en que no lo
es, lo parece: lo realizaremos bajo la luz de la luna, en medio del bosque, rodeados de
miles de velas. Y habrá sangre.
Nuestra sangre.
—Oh, ¿este niño no debería estar dormido ya?
—Al parecer no tiene sueño —respondo, mirando a mi hijo. Sus párpados se cierran y
abren con esfuerzo—. O está luchando por no quedarse dormido.
—Tamara no tardará en llegar. Por si acaso, tenemos guardias custodiando el perímetro
—añade Melek.
Sonrío al escucharlo. Todos están colaborando para que su rey despierte.
—Gracias, Melek —agradezco sinceramente al demonio de ojos oscuros y cabello rojo.
No sé qué fue de su hermana gemela, Ara, y tampoco quiero saberlo. No entiendo
cómo Häel pudo matarla… pero, de algún modo, ella sigue en el in erno. ¿Eso signi ca
que si Häel muere también puede volver? ¿O no funciona igual? El mundo sobrenatural
es tan vasto y desconcertante que no deja de sorprenderme.
Pero no importa. Mi hijo crecerá en él… y está destinado a gobernar, tal como su
padre.
—No tienes que agradecerme, lo hago por ese idiota —dice Melek, señalando con un
ademán el cuerpo inmóvil del demonio de ojos grises—, y por mis parejas. Ellos te
aprecian, y estoy seguro de que harías lo mismo si nosotros lo necesitáramos.
—Lo haría. Aun así, te doy las gracias.
Elevo el mentón; él asiente en comprensión y se aleja, enfundado en su traje oscuro,
igual que todos los presentes. Los únicos que resaltan son Rean, envuelto en su manta
dorada, y Exen, que insiste en llevar una camisa blanca bajo el atuendo negro.
Más allá de las velas, todo se encuentra en penumbras. La única que falta es Tamara, que
pasó la semana en el aquelarre. Las brujas han comenzado a aceptarla, y eso me
tranquiliza. Por más que les haya prometido mantenerme al tanto y escuchar lo que Tam
tenga para decirme, no quiero involucrarme de nuevo con ellas… al menos, no por
ahora. Lo único que deseo es tener a Häel de vuelta y concentrarme en mi hijo, en
asegurarme de que nada le falte y de que crezca rodeado de amor.
Sé lo que signi ca la soledad. Y no pienso permitirle eso a él.
Acaricio su cabecita antes de acercarme a los dos que dirigen el ritual.
—¿Estás seguro de que desaparecerá la luna?
—¿Qué? —me detengo de golpe.
Exen me lanza una mirada por encima del hombro.
—Solo serán unos segundos, no te preocupes.
—Relativamente así debe ser —interviene Horns—. La oscuridad devorará la luna si
todo funciona, y cuando vuelva a aparecer, el rey despertará.
—Eso lo verá todo el mundo.
—Sí. El cielo se sumirá en tinieblas y luego la luna regresará.
—¿Y si no lo hace? ¿Si no vuelve a salir?
—Lo hará, mi reina. Confíe en nosotros. Usted debe estar lista para dar el beso —
explica Horns con calma.
—¿Y para eso se necesita la sangre? —pregunto, observándolos—. ¿O para qué sirve?
—La sangre es para el beso oscuro. Cuando lo mencionaste, no creí que Häel te lo
hubiera contado, pero lo recordé. Podemos acelerar su recuperación mediante ese
vínculo. Él podría permanecer así meses… incluso años. Su cuerpo se está limpiando,
puri cándose del veneno que corrió por su sangre. Las dagas son extremadamente
poderosas. De hecho… —Exen baja la mirada hacia Horns—. Anota en tu cuaderno que
debemos modi carlas. Hay que asegurarnos de que solo funcionen contra nuestros
enemigos, no contra nosotros. Cualquier otro ya habría muerto.
Horns saca una pequeña libreta y apunta lo que acaba de escuchar. Todavía me
sorprende su estatura y lo adorable que se ve.
—Anotado, príncipe.
—Perfecto. Prosigo: lo que más lo dañó fue la lanza que atravesó su pecho. Lo que
haremos —dice Exen, mirándome con seriedad— es acelerar su regeneración. El beso
oscuro, o “beso de muerte”, une las almas…
—¿Cómo que beso de muerte? —pregunto, alarmada al escuchar esa palabra. Exen
rueda los ojos ante mi interrupción.
—Sí, mi señora. Aunque el rey no esté muerto, ese es el nombre que se le ha dado
durante milenios. Lo que hará será enlazar sus almas, volverlas más fuertes, mientras
nosotros invocamos la oscuridad que lo despertará.
—A eso iba —dice el príncipe, cruzándose de brazos.
—La sangre del rey y la suya se unirán como una sola. Deberá untarla en sus labios y
besarlo mientras repite una oración. Eso es el beso oscuro.
—Une nuestras almas…
—Más de lo que ya están unidas, pero sí.
—¿Y cuándo comenzaremos?
Los observo. Se miran entre ellos antes de responder al unísono:
—Ahora mismo.
El corazón se me agita en el pecho con violencia. Los nervios me recorren la piel.
No quiero preguntar cuáles son los riesgos ni si existen. Pre ero no saberlo. Caminar a
ciegas es lo más prudente para mí en este momento. Inhalo y exhalo despacio sin soltar la
mano del demonio que parece dormir plácidamente.
—No voy a permitir que sigas perdiendo tiempo valioso con tu hijo. Si debo jalarte del
cabello para que despiertes y me gruñas que no lo vuelva a hacer, lo haré. Correré el
riesgo por ti —susurro cerca de su rostro.
Sé que me escucha.
—En unos años nos reiremos de esto, de nuestra historia. De lo que pasamos, sufrimos
y aprendimos. Veremos a nuestros hijos crecer… porque quiero una niña. Quiero darle
una hermanita a Rean… y la quiero contigo. Me niego a esperar meses o años a que
despiertes. Si puedo adelantar todo con un beso, lo haré. Y me niego a vivir sin ti. Ya que
hiciste de mi vida un in erno… ahora te quedas y ardes en él.
Trago saliva, tratando de deshacerme del nudo en la garganta. Parpadeo varias veces para
ahuyentar las lágrimas. No es momento para llorar.
No todavía.
A unos metros, Tamara carga a Rean, que al n se ha rendido y se ha dormido. No lo
culpo: es un bebé de casi cuatro meses, y su hora de dormir fue hace dos. Resistió lo que
pudo. Solo espero que, cuando abra los ojos, pueda ver a su padre despierto.
Exen, Horns, Melek y Blaze se mantienen a dos metros de la mesa de piedra. En un
tazón del mismo material hemos mezclado mi sangre con la de Häel; al unirse se volvió
negra. Apenas unas gotas han bastado.
Levanto la mirada al cielo vacío de estrellas. Está completamente desnudo, y lo único
que nos ilumina es la luna llena y las velas que nos rodean. Sin soltar su mano, acaricio el
dorso con ansiedad.
—Bien. Es momento de empezar.
Tamara me dedica una sonrisa tranquilizadora desde su posición. Se la devuelvo, sin
apartar la vista de mi hijo en sus brazos. El ritual necesita la ayuda de una bruja o brujo, y
Blaze se ofreció voluntario en medio de ambos demonios poderosos y príncipes del
in erno, dos de los siete.
Horns, a un costado, entona palabras en un idioma que no entiendo. Yo acaricio el
cabello negro del hombre recostado para no dejar que los nervios me devoren entera. El
viento hace su aparición, moviendo las llamas de las velas sin poder apagarlas: son mi
fuego. Cierro los ojos, sintiendo cómo me golpea el aire en la piel.
El vestido de esta noche es completamente negro, un homenaje a los seres del in erno
que lo portan siempre. Los hombros quedan descubiertos, las mangas caen hasta las
manos; el escote, en forma de corazón, resalta el pecho, y una de las piernas se muestra
desnuda hasta el muslo, revelando un short negro ceñido. Las mallas con diseño de
telaraña envuelven mis piernas y la falda, corta y ondulante, no llega a rozar el suelo. Las
botas suben justo por debajo de la rodilla.
No puedo decir que no me haya esmerado, porque lo hice. Todo, por volver a ver esos
ojos grises mirándome una vez más.
El olor metálico de la sangre invade mis sentidos. No me enloquece, pero despierta una
curiosidad insana. No solo porque sea la mía, sino porque distingo con claridad el aroma
de la de Häel. Es diferente… huele a frutos rojos, dulce y profundo, tan embriagador que
me marea. Me seduce. Tal vez sea la sangre vampírica que aún corre por mis venas. No
puedo tapar el sol con un dedo: mientras no pierda la razón por los olores, estaré bien.
—Mi señora, es su momento —dice Horns con voz serena.
Regreso a la realidad. Blaze mantiene los ojos cerrados mientras los otros dos demonios
a su lado los tienen completamente negros. Tomo una bocanada de aire y hundo el dedo
índice en la mezcla de sangre. Embadurno con cuidado los labios de Häel, y luego repito
el gesto en los míos sin probarla. Recuerdo las palabras que debo pronunciar y comienzo:
—Oh, oscuridad… antiguas fuerzas que tejen el destino, entrelacen nuestras almas como
raíces que abrazan la tierra, como estrellas que comparten la misma luz. Que el tiempo se
doble y la muerte se incline. Que ninguna sombra ni juramento nos separe. Por la sangre, por
el fuego y por los ecos de lo eterno, que mi amor sea su ancla, y el suyo, mi refugio… hasta que
el universo deje de existir.
Me inclino y sello mis labios con los suyos.
El viento ruge. En un parpadeo, todo se vuelve negro.
La luna desaparece y algo —quizás el aire, quizás la oscuridad misma— apaga las velas.
El sabor de la sangre me estalla en la boca justo cuando los labios bajo los míos se
mueven, devolviéndome el beso. Una corriente eléctrica me recorre entera, como si algo
penetrara en mi pecho y me envolviera desde dentro. Es una sensación extraña, poderosa,
reconfortante… y me impulsa a seguir.
El mundo se detiene a mi alrededor. Jamás había sentido tanta paz.
Una mano fuerte se enreda en mi cabello, empujándome más cerca, hundiéndome en
un beso que no pide: exige. Que no suplica: reclama.
Cuando nos separamos, las velas vuelven a encenderse y la luna reaparece en el mismo
punto del cielo. Aspiro aire como si emergiera de las profundidades del agua.
Abro los ojos y me encuentro con los suyos: grises, brillantes, más luminosos que la
propia luna. Nos miramos durante lo que parecen horas, aunque apenas transcurren
segundos. Algo ha cambiado. No… no es que sea distinto.
Todo sigue igual, pero más intenso.
Mis sentimientos hacia él son más fuertes, tan profundos que me cuesta respirar. Y, al
mismo tiempo, percibo emociones que no son mías.
Felicidad.
Miedo.
Amor.
Siento lo que él siente.
—Mi reina…
Esas palabras bastan para romperme por completo. El llanto me sacude sin control, sin
contención alguna.
Apenas se incorpora, me aferro a su cuello, envolviéndolo con mis brazos sin intención
de soltarlo jamás. Cuánto extrañé su voz, su calidez, el simple latido bajo su piel. Sus
manos me elevan con facilidad, sentándome sobre su regazo. Sollozo contra su pecho,
temblando, temiendo que todo esto sea una cruel ilusión de la que vaya a despertar.
Todo lo que no lloré en estos meses, todo el dolor que me dejó la traición de mi madre,
cada pensamiento que me tragué sin compartir con nadie… lo libero al n en ese
instante. Fui fuerte. Lo fui por mi hijo.
Pero ahora, en sus brazos, me desmorono.
—Shh, mi amor… ya estoy aquí. Ya estoy con ustedes —susurra contra mi cabello.
Me aferro más a él, tanto que mis uñas se clavan en su espalda. Poco a poco empiezo a
sentir una calma tibia, como si me la transmitiera sin palabras. Quiere que me tranquilice,
que respire. Pero las lágrimas siguen cayendo, y los sollozos siguen saliendo, tercos. Una
de sus manos recorre mi espalda, lenta, de arriba abajo. Entonces percibo otra presencia.
Alzo el rostro del pecho del demonio, limpiándome la cara con el dorso de la mano.
Tamara se acerca con una pequeña sonrisa y me entrega a un Rean somnoliento,
aunque con los ojos medio abiertos. Häel lo sigue con la mirada, sin parpadear, hasta que
lo acomodo entre ambos. Aspiro profundamente, conteniendo otro sollozo.
Padre e hijo se observan en silencio.
Hace tanto que no se ven… y temo que Rean ya no lo recuerde. Los bebés olvidan
pronto, lo sé, aunque nunca dejé de llevarlo a ver a su padre dormido, hablándole de él
cada noche.
Su cabecita gira hacia mí; le devuelvo una sonrisa temblorosa entre lágrimas, y entonces
vuelve la vista hacia Häel. Sin previo aviso, una de sus manitas se posa en la mejilla del
demonio. Los ojos grises se le llenan de brillo, como si el mismo fuego que siempre porta
se volviera líquido. Lo atrae despacio, con ternura, y lo estrecha entre sus brazos.
—Hola de nuevo, bebé.
El pecho se me llena de paz. Me siento completa.
Y sé que él también, porque sus emociones se mezclan con las mías, se enredan, vibran
juntas. Siempre lo supe. Siempre me escuchó, incluso dormido. Le hablé tantas veces de
que Rean era mi bebé… y ahora, al n, es nuestro bebé.
—Por n estás con nosotros —susurro, acariciándole la mejilla. Sus ojos grises se
enfocan en mí, más claros que nunca.
—Te prometí que te haría mi reina… y pienso cumplirlo. Además —mira a Rean, que
chupa su dedo gordo—, jamás me perdería el crecimiento de mi heredero.
Sonrío, conmovida hasta los huesos. A nuestro alrededor, los demás se han apartado,
dándonos espacio, y lo agradezco con el alma. Paso los dedos por su cabello, sintiendo la
suavidad entre ellos, hasta que noto algo distinto: una emoción punzante, dual.
Excitación… y enojo.
Frunzo el ceño, conteniendo la risa.
—Así que por eso me prohibías tocarte el cabello.
—Será mejor que mantengas tus manos lejos de mi cabello si quieres llegar a tiempo a
tu coronación.
La sonrisa se me desvanece de golpe. Aún sigo sentada en su regazo, mientras nuestro
hijo balbucea entre nosotros, riendo por los besos que recibe de su padre.
—¿Mi coronación? —pregunto con voz entrecortada.
Sus ojos grises se clavan en los míos, y un ejército de mariposas en llamas se desata en mi
estómago. Su sonrisa se ensancha, encendiendo las brasas en mi interior.
Sabe perfectamente el efecto que provoca en mí. Y, por supuesto, lo disfruta.
—Tu coronación como mi reina. Como mi esposa. Como la madre de mi hijo. Como
mi todo.
—¿No es muy pronto? Acabas de despertar… ¿no quieres comer? ¿No te sientes débil?
¿Agua? ¿Algo?
Niega despacio; los mechones de su cabello se mueven mientras sus ojos no dejan de
observarme con intensidad.
—Creo recordar que solo había una cosa que debía hacer antes —murmura, acunando
mi rostro—. ¿O vas a decirme que olvidas tus promesas?
Frunzo el ceño, desconcertada.
—¿Que yo te prometí qué?
Él esboza media sonrisa, apretando con rmeza su agarre en mi rostro para que no
desvíe ni un solo milímetro mi atención.
—No eres mi igual, Alya. Y no pienso tratarte como una.
Trago saliva. La convicción en su voz, nuestros sentimientos enredados… Por más que
busco, no encuentro mentiras ni bromas dentro de él.
Lo dice completamente en serio.
Pero, cuando mis ojos comienzan a cristalizarse, su sonrisa se vuelve… tierna.
Jodidamente bella. Tan amplia que juraría no tener vida su ciente para disfrutarla.
—Estás por encima de mí —musita, subiendo despacio su otra mano hasta envolver mi
otra mejilla—. No puedo tratar como mi compañera a alguien como tú. Sería bajarte de
rango… y una ofensa para ti.
—Serás hijo de…
Una carcajada ronca nace de su pecho. Por mucho que me alegre de que vuelva a ser ese
Häel perverso que me enamoró… ahora mismo quiero clavarle una daga yo misma por el
susto.
—Shh… —contiene la risa, sujetando mis muñecas—. ¿Cómo podías creer que,
después de todo lo que has demostrado ser, de todo lo que hemos vivido juntos… no te
considero una igual? Mi reina, desde el mismo día en que me colé en tu mente, supe que
nunca podría asemejarme a ti. Y no hablo de fuerza. No hablo de valentía. No hablo de
poder. Hablo del conjunto. Eres tan endemoniadamente perfecta que, por más que
quiera, por más podrida que esté mi alma… tú le das luz.
Me sorbo la nariz. Rean hace un sonidito que me obliga a sonreír, y las lágrimas que
tanto me esforzaba por contener se desatan.
Con calma, una calma casi reverente, Häel me sujeta por la cadera y me obliga a
levantarme. No soy consciente de lo que está haciendo hasta que, con sus manos
amarrando la mía —la que lleva el anillo—, mientras con la otra sostengo a Rean,
comienza a descender.
—¿Qué haces? —susurro, alarmada.
—No voy a desperdiciar ni un segundo más. Quiero recuperar todo el maldito tiempo
perdido.
Deja caer su cuerpo de rodillas con un ruido sordo. No es la primera vez que lo hace,
pero sí la única en la que está plenamente consciente de su cuerpo, de su entorno… sin
haber sido atacado ni manipulado.
Joder… ¡Carajo! Tengo al rey del in erno hincado ante mí.
—Alya King. Mi reina. Mi alma gemela. Mi otra mitad. Mi mujer. La madre de mi
primer hijo, y de todos los que vengan… ¿quieres gobernar el reino de las tinieblas
conmigo?
Entreabro los labios. Esto es lo más cercano a una “pedida de mano” convencional que
voy a tener nunca, y aun así…
—Sí —respondo sin pensar—. Sí, mierda, sí.
Su sonrisa se amplía cuando me agacho frente a él. Rean busca los brazos de su padre
con desesperación, mientras yo siento dentro suyo…
Paz. Está en paz.
—Pero no tiene que ser ahora mismo. ¿No te duele nada? —pregunto, buscando con
los dedos, bajo su camisa desabrochada, la herida de la lanza. Solo queda una cicatriz,
junto a la otra, la de la daga, al lado de su corazón—. ¿Cómo se organizará todo tan
rápido?
—Mi reina, soy el rey del in erno. Para mí no hay imposibles.
—Pero los chicos… —al girarme, descubro que ya no queda nadie, absolutamente
nadie. Todo está vacío. Vuelvo la vista hacia el demonio frente a mí y veo que mis dos
personas favoritas me miran del mismo modo… solo que una se chupa el dedo. Se
parecen tanto…—. Parece ser que la última en enterarse fui yo. ¿Qué estamos esperando
entonces?

HÄEL
Siento que he regresado a la vida. Solo que restaurado. Más fuerte. Más loco por Alya y
con emociones que nunca creí sentir.
Desde el principio supe que, en algún momento, necesitaría el beso oscuro. Lo supe
desde que Abrahel me mostró mi futuro, uno que intenté evitar. Por eso, al inicio, me
mantenía distante de Alya: sabía que mi nal llegaría de una forma u otra.
Ahora ya no vale la pena recordar nada de eso. No cuando tengo a las dos personas más
importantes de mi vida junto a mí.
No he podido soltar a Rean desde que me lo pusieron en los brazos. Está tan grande…
y el mismo dolor que sentí aquella vez en el bosque —cuando vi el vientre de Alya y supe
que me estaba perdiendo etapas de su embarazo— vuelve a apuñalarme. Perdí meses de su
crecimiento que no recuperaré jamás. Por eso no pienso separarlo de mí en este
momento.
Yo mismo elegí su ropa. Lo vestí como a un pequeño príncipe, y quedó tan guapo que
terminó dormido en mis brazos.
Mi corona ha vuelto a mi cabeza y, al sentir su peso, me reconozco. Soy el mismo…
pero mejor. Un rey con una nueva familia.
—Te ves preciosa. No sabes cuánto espero que termine todo esto para follarte en la
habitación hasta dejarte embarazada otra vez.
—¡Häel! —chilla ella, con las mejillas encendidas.
—¿Qué? Fuiste tú quien me pidió otro hijo cuando yo estaba dormido.
—Sí, pero no ya. Rean apenas va a cumplir cuatro meses.
—¿Y eso qué? Al nacer, Rean ya tendría un año.
—Dije que no.
—Entonces déjame follarte sin hijos.
—Häel, por favor… concéntrate y pon atención. Van a escucharte.
—A ti también van a escucharte gritar toda la noche desde nuestra habitación.
Sonrío al verla enrojecer aún más. Me encanta ponerla nerviosa. Extrañaba tanto esto.
Si supiera que, desde que entró enfundada en ese vestido rojo con detalles y encajes
negros, no he puesto atención a nada más… Sus hombros desnudos me invitan a besarlos.
Me muero por hundirme en ella, por volver a hacerla mía con locura.
La extrañé tanto.
Ver cómo traen su corona hacia nosotros me recuerda el momento en que pedí que la
forjaran. Fue antes de todo el caos, antes de que naciera Rean. Ha quedado exactamente
como la imaginé: tres llamas negras que se encenderán cuando la coloquen sobre la
cabeza de Alya. Puede que ahora le parezca poca cosa o… bueno, mi reina no pensaría así.
Sabe que jamás haría algo tan simple para ella.
Ella merece más. Mucho más.
Mi propia corona no brilla, no arde ni lanza dagas, pero sus púas son letales para quien
se atreva a tocarlas. Ironías del destino: morí en vida tres meses por el veneno de las dagas
tenebris mortem y, aun así, llevo ese mismo veneno en mi corona.
Pero joder, soy el rey del in erno.
De nitivamente es algo que haría yo.
—Alya King, ¿acepta esta corona como suya y el cargo de reina del in erno? —
pregunta la voz del maestro de ceremonias.
Ella asiente sin dudarlo, el cabello negro y lacio cayéndole como un velo por la espalda.
—Acepto.
No puedo evitar sonreír. La alegría me desborda al ver cómo las llamas se encienden
sobre su cabeza, delineando su gura como lo que realmente es.
Mi reina.
La reina del in erno.
Dirijo la mirada a nuestro hijo, que observa todo con los ojos muy abiertos. Para tener
apenas tres meses, está más grande de lo normal y parece entenderlo todo: atento,
curioso.
—Eres muy inteligente, ¿eh? Espero reines con esa misma sabiduría. —Deposito un
beso en su cabeza antes de acercarme a Alya, rodeada por aplausos y vítores.
El in erno volvió a su habitual calma. Y digo “habitual” porque, siendo sinceros, aquí la
tranquilidad no existe. Aun así, no todos los demonios se rebelan o enloquecen de la
noche a la mañana; eso ocurre solo de vez en cuando.
Los invitados alzan sus copas y beben en honor a la nueva coronación. Espero a que sus
amigos más cercanos la feliciten para poder robarla solo para mí. Ahora que nuestras
almas están unidas, la siento incluso cuando no está a mi lado.
Aunque, para quien no sepa controlar esa conexión, no verla podría volverse un
tormento.
Nosotros no. Ya estábamos destinados desde antes. Nuestra unión solo fortaleció lo
inevitable.
Por otro lado, apenas volví a mi o cina, me llegó una carta de Deus. Justo de quien
menos esperaba una muestra de alegría por mi regreso. Todo sigue igual que antes: cada
quien en su lugar, sin cruzar la línea. Nada complicado.
Por más que me gustaría aplastarlo por haberme exiliado, reconozco que es mejor así.
Sin guerras. Por ahora.
—Qué hermoso, mi bebecito, quiere a su mami —dice la voz aguda de Alya,
arrancándome una sonrisa.
Dejo de sentir el peso de Rean en mis brazos. Ella lo acoge enseguida, cubriéndole el
rostro de besos y abrazándolo contra su pecho.
—¿Y yo qué? —pregunto, ngiendo indignación—. También merezco besos.
Los ojos azules de Alya se llenan de burla al cruzarse con los míos. Me planto con los
brazos cruzados.
—Ay, no, el bebé grande se pone celoso —se inclina y roza mis labios con un beso
fugaz; al llevar tacones no necesita esfuerzo para alcanzarme.
La sujeto de las caderas, negándome a recibir un beso tan breve.
—No. Yo quiero un buen beso.
Alza las cejas. Se nota la felicidad que desprendemos; ya no nos importa quién nos mira
ni cuántas personas hay en el gran salón.
—¿Quieres un beso oscuro?
—Quiero todos tus besos.
—Todos son tuyos. Y no solo mis besos: mi corazón, mi alma…
—Toda tú.
Asiente sin romper el contacto de nuestras miradas. Nuestro hijo balbucea en sus brazos.
La atraigo de la nuca para saborear sus labios más tiempo. El cuerpo me cosquillea y una
corriente eléctrica lo recorre. Sé que siente lo mismo, porque ahora ya no podemos
ocultarlo: sentimos igual.
—Te amo, regina mea.
Su respiración se detiene apenas un instante; sus ojos se cristalizan y me acaricia la
mejilla con dulzura.
—Te amo… meus rex inferis.
—¿Dónde aprendiste eso? —pregunto, frunciendo el ceño con el corazón repleto de
malditas emociones. Su sonrisa me arrastra a sonreír también.
—Mientras dormías estuve practicando. Horns me enseñó algunas palabras en latín.
—Sobre todo esas.
—Sobre todo esas —repite.
Sonrío de par en par, la tomo de las mejillas y la beso como un loco. Qué no haría por
esta mujer. Dije que sería capaz de hacer arder mi propio in erno, y eso hice: todo por
protegerla, por tenerla donde pertenece y siempre debió estar.
—¡Un brindis por los reyes del in erno que hacen desaparecer lunas! —grita Exen.
Río por la estupidez que ha soltado. Nos separamos y la abrazo por detrás para
mantenerla cerca. Todos levantan sus copas y brindan por nosotros. Alya no bebe porque
amamanta a Rean, y yo le hago segunda. Pre ero estar sobrio para disfrutar mi regreso y a
mi familia.
Observo mi reino, a mis guardias y a mis hermanos; a cada uno de los que estuvieron
para mí, que me demostraron lealtad. A los que están y a los que ya no. Nunca me alegré
tanto de tener compañía, por más que a veces me irriten y me den ganas de matarlos.
Estaré para quienes han estado para mí.
—Häel.
—¿Sí, mi reina?
—Tengo hambre.
—¿Qué se te antoja? ¿Carne normal o corazón?
—Corazón —susurra bajo, como si le diera vergüenza que los demás la escuchen.
—Soy capaz de arrancar mi propio corazón para que comas. ¿Recuerdas?
Gira dándome una mirada letal. Rean ya dormita en sus brazos.
—No digas eso ni de broma.
Levanto las manos, retrocediendo un par de pasos. Las llamas de su cabeza crecen con el
gesto.
—Bien, bien. Iré por ese corazón. Pero esta noche te va a costar muy caro —subo y
bajo las cejas con malicia.
Me mira apenas entre las pestañas.
—Pagaré lo que valga.
—Esa es mi reina.
Choco nuestros labios en un beso profundo que se tiñe de sangre cuando me muerde el
labio. La atraigo de la cintura, devolviéndole la mordida.
De nitivamente esto es lo que siempre deseé: alguien que me entienda como soy, que
no intente cambiarme, que me acepte con mis defectos y virtudes, con mis errores y
aprendizajes.
Ahora no solo tengo a mi heredero.
También tengo a mi reina.
Epílogo

ALYA

Cinco años después


Observo con una sonrisa al hombre correr detrás del niño de cabellos negros de cinco
años. Sé que lo hace para que se le acabe la energía y duerma toda la noche. Su hermana
cayó hace media hora y, como siempre, Rean es quien más tarda en conciliar el sueño;
tiene que agotarse por completo para poder dormir hasta el amanecer.
Le echo un vistazo a la camita donde mi bella Brisandra descansa. Su cabello, con suaves
ondas, se esparce sobre la almohada y me arranca otra sonrisa. Es tranquila y duerme a sus
horas, no como sus hermanos, que parecen tener un pacto con el caos. Para tener apenas
cuatro años, es muy inteligente: anoche intentó llevarse a Rean de la mano para dormirlo
a la par, pero no lo consiguió. Conozco demasiado bien a mi hijo; siempre termina
rindiéndose pasadas las doce, y eso que todo el día intentamos bajarle la energía entre
todos.
Extiendo una mano y acaricio el cabello de mi niña. Aún recuerdo la sorpresa que sentí
seis meses después de tener a Rean, cuando supe que estaba embarazada otra vez. No voy
a negar que me invadieron la ansiedad y el miedo. Mi primer embarazo no fue planeado,
y quedar nuevamente tan pronto —aunque ya nadie pudiera hacernos daño— despertó
viejas sombras en mi mente. Häel no se separó de mí ni un segundo durante todo el
embarazo, y debo admitir que pude disfrutarlo como hubiera querido disfrutar el de
Rean.
Tener dos hijos con solo un año de diferencia fue complicado al principio: Häel con sus
ocupaciones en el in erno y yo visitando de vez en cuando el aquelarre de brujas. Por eso
agradezco que Brisandra sea tan serena.
Y por último, pero no menos importante, la más pequeña del castillo. Häel me insistió
durante dos años en tener otro hijo; esperó pacientemente a que yo estuviera lista y a que
los mayores crecieran un poco. Creo que, si Bris hubiera sido tan incansable como su
hermano, me habría detenido en dos.
Nyxaria, con apenas cuatro meses de nacida, es una bebita apacible. Parece que el alma
traviesa de la familia recae por completo en Rean. Nyx solo llora cuando tiene hambre o
está incómoda… ah, y cuando Häel la despierta al llegar porque no la ha visto en todo el
día. Es el padre más feliz del in erno, y no lo digo yo: lo dice él cada vez que tiene a sus
tres hijos en brazos.
Es un sueño verlo.
Un sueño que me ha costado construir a base de sudor, esfuerzo, sangre y lágrimas.
No puedo arrepentirme de nada de lo que hice para llegar hasta aquí.
Nos lo merecemos.
Ambos.
Häel y yo lo merecemos.
—Lo logré.
Giro al escuchar su voz ronca junto a mi oído. Sonrío al ver a mi niño rendido en los
brazos de su padre. Los ojos grises del demonio brillan al jarse en Nyx, que sigue
mamando sin intención de soltarme.
—Por n —digo con alivio—. Pensé que pasaríamos la madrugada entera intentándolo.
—Es un diablillo. Vive de noche y duerme de día.
—No le digas así —le lanzo una mirada de reproche mientras aparto el cabello de la
frente de Rean—. Mejor acuéstate a su lado antes de que despierte y quiera saltar sobre la
cama o correr por todo el patio, como ayer.
—No lo dudo. Todavía siento que no está completamente dormido… y en cuanto le
quitemos los ojos de encima, va a desaparecer.
Suspiro profundamente. Le doy un último vistazo a la bebé en mis brazos y separo, con
cuidado, el pecho de su boca. Cuando lo suelta sin llorar, con rmo que está
completamente dormida. Guardo mi pecho dentro de la bata y la acomodo en su cama,
una especie de cuna que diseñamos especialmente para ellos. Me gusta saber que todo está
perfectamente asegurado. Puede parecer una prisión, pero me da paz saber que mis hijos
no pueden salir por sí solos… y que nadie, excepto Häel o yo, puede tocarlos.
No son niños comunes, y eso lo sé mejor que nadie. Comprendo la energía inagotable
de Rean; en su sangre corre una mezcla peligrosa de especies, no solo las que le heredamos
Häel y yo, sino una quinta… una que casi le cuesta la vida sin siquiera saberlo.
—¿Qué tanto piensa mi reina? —susurra mi demonio al envolverme por detrás.
Sonrío y recuesto la cabeza en su pecho, mi lugar seguro.
—En que he recordado los primeros sueños que tuve contigo.
—¿Ah, sí? —puedo imaginarlo arqueando una ceja mientras sus dedos trazan caricias
suaves en mis caderas.
Ambos miramos a nuestros hijos dormir.
—Sí.
—Yo no los llamaría sueños… Es ahí donde te dejé embarazada por primera vez.
—Ajá. Comienzo a pensar que fue un plan con maña para atarme a ti.
Su pecho vibra con una carcajada. Giro en sus brazos y tapo su boca con la palma de mi
mano.
—Shh, vas a despertar a los niños.
—Pido perdón —susurra divertido—, pero me has tomado por sorpresa. No creí que
llegaras a descubrir mi plan maligno.
Entorno los labios, ngiendo indignación, y me aparto caminando hacia el balcón. Las
cortinas se agitan con el viento infernal, suave pero constante.
—Ya sabía yo que borrar nuestros primeros encuentros de mi memoria tenía un
trasfondo.
—El único trasfondo era que no quería enamorarme más de lo que ya estaba… pero
fracasé estrepitosamente. —Su voz suena sincera, profunda—. Debí borrar mis recuerdos,
no los tuyos.
—¿O sea que tú sí los recordabas?
Hace una mueca al apoyarse en el barandal. Luego se coloca detrás de mí, rodeándome
con sus brazos. El cabello le ondea con el viento tibio del in erno. La noche está serena;
el cielo oscuro brilla con destellos rojos y descargas eléctricas que parecen estrellas furiosas.
—Recuerdo absolutamente todo —susurra, sin apartar la vista de mis ojos. El mismo
brillo de siempre, ese fuego, le arde en la mirada—. Desde la primera vez que te encontré.
Estabas dormida… y no soporté la idea de irme sin que me vieras, sin que me vieras de
verdad. Siempre hemos estado conectados, en esta vida y en las otras. Entré a tus sueños y
me presenté. Se me hizo tan fácil hacerlo cada noche… que, cuando me di cuenta, ya era
demasiado tarde.
Hace una pausa. Su voz se quiebra apenas al continuar:
—Sabía, por boca de Abrahel, que moriría de algún modo… Así que intenté evitarlo.
Borré tus recuerdos y me comporté como un imbécil al principio. Debí borrar los míos,
pero siempre he sido un maldito egoísta cuando se trata de ti.
Apoya la frente en la mía y respira hondo, llenándose de mi olor. Le acaricio la nuca
con ternura.
—Ya estaba enamorado, Alya —susurra con la voz cargada de verdad—. Me tenías
comiendo de tu mano, mientras yo ngía que nada me importaba.
—Entonces… ¿mi cerebro recordó por sí solo o me devolviste los recuerdos?
Jalo su cabello para obligarlo a levantar la cabeza. Aprieto los labios para no sonreír
cuando tensa la mandíbula. Eso le pasa por haberme borrado la memoria.
—Te los devolví hace bastante tiempo. Que los estés recordando ahora no tiene nada
que ver conmigo.
—¿Ah, no? Porque recuerdo cada detalle: yo corriendo por el bosque entre risas
mientras me perseguías; la vez del lago… o cuando amenazaste con matar un conejito si
no te daba un beso. Muy bueno no fuiste: me obtuviste a base de chantajes.
Vuelvo a tirar de su cabello hasta rozar nuestros labios. Sus ojos encendidos me
observan, a la vez irritados y deseosos.
Me encanta provocarlo. Y él lo sabe.
—Nunca te chantajeé más que esa vez. No creas que en una sola noche lo conseguí todo
de ti. Fuiste difícil de conquistar, y yo me moría por probarte. No juegues con fuego; sé
que te encanta quemarte, pero no tientes tu suerte, mi reina.
—Me encanta tentarte a ti.
Deslizo las manos por su pecho, sobre la camisa negra. Sus dedos se hunden en mi
trasero, pegándome más a su cuerpo. Ahora que he recuperado todos esos recuerdos,
con rmo lo que siempre supe: es el hombre que quiero, el que elegí para formar una
familia. Tal vez ya estaba enamorada cuando me entregué a él. Nunca he sido fácil, y
durante mucho tiempo me perturbó recordar solo fragmentos de esos sueños. Pero ahora
lo entiendo: mis sentimientos ya estaban ahí.
Siempre hemos estado destinados.
Levanto la cabeza y rozo sus labios. Sus ojos brillan con intensidad, y sé que los míos
también lo hacen. Paso mis dedos por su cabello, embelesada con su belleza infernal.
—Te amo, mi reina.
Sonrío; yo lo había pensado, y él lo dijo primero.
—Te amo, mi rey.
—Me haces el hombre más feliz del in erno.
—¿Solo del in erno? —pregunto, arqueando una ceja mientras le rodeo el cuello con
los brazos.
—Del in erno, del mundo terrenal, del universo, de esta vida y de las que vengan. Tú y
mis pequeños demonios son lo mejor que tengo.
Sonrío y aparto un mechón de su rostro.
—Quién lo diría… el rey del in erno, siendo cursi.
Chillo bajito al sentir sus labios deslizarse por mi cuello. Mis pies dejan de tocar el suelo
cuando me alza en brazos; me aferro a él, riendo en voz baja para no despertar a los
niños. Sus manos se quedan en mis muslos, bajo la tela del vestido de dormir. Desde mi
altura, lo observo con ternura y deseo.
—Soy cursi con mi mujer. Ahora, si me disculpa el in erno, le voy a hacer el amor a mi
reina.
Río, completamente embobada por sus palabras, y me adueño de sus labios mientras las
puertas del balcón se cierran tras nosotros.
FIN
FIN
Agradecimientos

Podría decir que no me costó terminar este libro, pero estaría mintiendo. Me tomó más
años de los que pensaba, y verlo ahora en físico es un logro que nunca creí alcanzar. Le
tomé un cariño inmenso a los personajes y a la trama, y verlos por n plasmados en papel
me llena de orgullo.
Agradezco profundamente a todas las personas que hicieron posible que esta historia se
convirtiera en una realidad.
A Lío, mi editora, por impulsarnos mutuamente en cada audio, por pulir mi libro como
si fuera suyo y por querer tanto a mis personajes como yo.
A Criss, por aguantarme en mis momentos de estrés, por darme ánimos y emocionarse
conmigo con cada pequeño avance que le compartía.
A mis padres y a mis hermanos, por alentarme siempre a seguir con lo que realmente
me apasiona; y, en especial, a mi hermana pequeña, por escuchar todas mis locuras y
ayudarme a hacer el boceto de una de las ilustraciones que después enviamos a la
ilustradora.
A cada una de esas personitas les agradezco de corazón. Pero, sobre todo, a Alya y a
Häel, por acompañarme durante casi diez años de mi vida. Ahora su historia está escrita,
tienen su nal feliz, y solo puedo darles las gracias por haber esperado a que les pusiera el
punto nal.

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