Freud
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1. Presentación
2. Biografía
3. Influencias y relaciones
4. Contexto histórico
5. Ideas y conceptos
7. Legado y polémicas
8. Ejercicios prácticos
CAPÍTULO
01
Presentación
Hay una frase que resume mejor que ninguna otra lo que Freud hizo con la mente humana:
descubrió que no somos dueños de nuestra propia casa. Antes de él, se daba por sentado que
una persona sabía, más o menos, por qué hacía lo que hacía. Freud fue el primero en sostener,
con un método y no solo con una intuición poética, que buena parte de lo que pensamos,
sentimos y deseamos se decide en un sótano al que no tenemos acceso directo: el
inconsciente.
No hace falta haber leído psicología antes, ni saber nada de neurología. Solo hace falta estar
dispuesto a sospechar de tus propias explicaciones más cómodas — porque para Freud, la
explicación que das de entrada casi nunca es la explicación completa. Este libro está pensado
para leerse de un tirón o en varias sesiones cortas, y cada capítulo cierra con una idea para
llevarte a la vida diaria, no solo al diván.
El recorrido es el siguiente: primero vas a conocer la vida de Freud, marcada por una
ambición enorme, un antisemitismo que lo persiguió toda su carrera y un exilio forzado al
final de su vida. Después vamos a repasar sus ideas más influyentes, siempre con la vista
puesta en la vida cotidiana. El corazón del libro es el capítulo más largo: cómo está armada la
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mente según Freud, y qué hacen los sueños, los lapsus y los síntomas para decirnos algo que
preferiríamos no escuchar. Y para cerrar, vas a encontrar ejercicios concretos, porque la idea
de este libro no es que sepas más sobre Freud, sino que empieces a notar, en tu propia vida,
las huellas de eso que él llamó inconsciente.
Vas a salir de esta lectura con una pregunta instalada que ya no se va del todo: de todo lo que
hago y digo, ¿cuánto decido yo, en el sentido en que creo que decido, y cuánto se decide en
otro lado?
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CAPÍTULO
02
Biografía
Sigmund Freud nació el 6 de mayo de 1856 en Freiberg, una pequeña ciudad de Moravia que
hoy pertenece a la República Checa y que entonces formaba parte del Imperio austrohúngaro.
Era hijo de Jakob Freud, un comerciante de lana judío ya entrado en años y con hijos de un
matrimonio anterior, y de Amalia Nathansohn, veinte años más joven que su marido y madre
de Sigmund. Freud fue el primero de los ocho hijos de esa segunda unión, y toda su vida
conservó el recuerdo, casi orgulloso, de haber sido el preferido indiscutido de su madre — un
dato que él mismo, ya adulto, conectaría con su propia teoría sobre la confianza que da a un
hombre haber sido el hijo favorito.
Cuando Freud tenía unos cuatro años, la familia se mudó a Viena por dificultades
económicas del negocio textil de su padre, y allí Freud viviría, con la única excepción de su
último año de vida, hasta 1938. Fue un alumno brillante desde chico: entró al gimnasio (la
escuela secundaria austríaca) un año antes de lo habitual, y durante casi toda su escolaridad
ocupó el primer puesto de su clase. Leía con fluidez varios idiomas, entre ellos alemán,
francés, inglés, italiano, español y hebreo, y desde joven mostró una ambición literaria y
científica que no se conformaba con poco: soñaba, según sus propias cartas de juventud, con
hacer un descubrimiento que cambiara para siempre la comprensión humana.
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de Ernst Brücke, donde pasó horas estudiando el sistema nervioso de peces y crustáceos,
publicando sus primeros trabajos científicos sobre neurología antes de especializarse en la
mente humana. Antes de dedicarse por completo a la psicología, de hecho, Freud realizó
contribuciones neurológicas reconocidas por derecho propio, entre ellas estudios pioneros
sobre la parálisis cerebral infantil y sobre la anatomía de las células nerviosas, que le valieron
cierto reconocimiento dentro de la comunidad neurológica europea incluso antes de que el
mundo lo conociera como el fundador del psicoanálisis.
En 1885 obtuvo una beca para viajar a París y estudiar durante varios meses con Jean-Martin
Charcot, el neurólogo más prestigioso de Europa, en el hospital de la Salpêtrière. Ver a
Charcot tratar casos de histeria mediante hipnosis fue, según el propio Freud reconocería
después, una experiencia que le cambió por completo el rumbo profesional: hasta ese
momento pensaba dedicarse a la neurología pura, y a partir de esa estadía en París empezó a
interesarse, cada vez más, en los trastornos que no tenían una causa física identificable, pero
que producían síntomas físicos reales.
De vuelta en Viena, se casó en 1886 con Martha Bernays, con quien había mantenido un
largo noviazgo de cuatro años marcado por una correspondencia intensísima —se conservan
más de novecientas cartas entre ambos— durante el período en que Freud, sin recursos
propios todavía, luchaba por establecerse profesionalmente antes de poder casarse. Tuvieron
seis hijos, el menor de los cuales, Anna Freud, se convertiría con el tiempo en una
psicoanalista de enorme influencia por derecho propio, y en la principal guardiana del legado
de su padre tras su muerte.
Los años noventa del siglo XIX fueron decisivos. Freud empezó a trabajar en estrecha
colaboración con Josef Breuer, un médico vienés mayor que él, con quien compartía el
interés por los casos de histeria. Juntos publicaron en 1895 los Estudios sobre la histeria, un
libro que incluye el célebre caso de Anna O. —en realidad Bertha Pappenheim, tratada por
Breuer, no por Freud—, cuyo tratamiento mediante lo que ella misma bautizó "la cura del
habla" (talking cure) se convertiría en la semilla del método psicoanalítico. La relación con
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Breuer se rompió pocos años después, en buena medida por el desacuerdo de Breuer con la
insistencia cada vez mayor de Freud en atribuir un origen sexual a los síntomas neuróticos,
un desacuerdo que anticiparía un patrón que se repetiría, con distintos colaboradores, a lo
largo de toda la carrera de Freud.
Entre 1897 y 1900, tras la muerte de su padre en 1896, Freud atravesó lo que él mismo
llamaría su autoanálisis: un período de introspección sistemática, apoyado en el registro
minucioso de sus propios sueños, que lo llevó a formular buena parte de su teoría sobre el
inconsciente, el complejo de Edipo y la interpretación de los sueños. El resultado de ese
trabajo, La interpretación de los sueños, publicado en 1899 aunque con fecha de 1900 en la
portada —una decisión editorial deliberada, para que el libro quedara asociado
simbólicamente al nuevo siglo—, vendió apenas seiscientos ejemplares en sus primeros ocho
años, un fracaso comercial inicial que contrasta con la enorme influencia que el libro tendría
después.
Durante la primera década del siglo XX, un pequeño grupo de médicos vieneses empezó a
reunirse los miércoles por la noche en el consultorio de Freud para discutir sus ideas, en lo
que se conocería como la Sociedad Psicológica de los Miércoles, germen de la futura
Asociación Psicoanalítica Internacional, fundada en 1910. Freud reclutó, con enorme
entusiasmo, a un joven psiquiatra suizo, Carl Gustav Jung, a quien llegó a considerar su
"hijo" intelectual y su sucesor designado, en parte porque el hecho de que Jung no fuera judío
le permitía, pensaba Freud, evitar que el psicoanálisis quedara reducido a "un asunto judío"
en la Europa antisemita de la época. La ruptura entre ambos, hacia 1913, por desacuerdos
profundos sobre la naturaleza sexual de la libido y sobre el propio concepto de inconsciente,
fue una de las más dolorosas de la vida de Freud, y dejó una herida personal que nunca cerró
del todo.
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pese a las operaciones sucesivas. Sufrió más de treinta cirugías a lo largo de los últimos
dieciséis años de su vida, tuvo que usar una prótesis incómoda en el paladar que le
dificultaba hablar y comer, y aun así continuó trabajando, escribiendo y recibiendo pacientes
casi hasta el final.
Con la anexión de Austria a la Alemania nazi en marzo de 1938, la situación de Freud, judío
y figura pública, se volvió insostenible: la Gestapo llegó a interrogar a su hija Anna, y solo
gracias a las gestiones y el dinero de admiradores influyentes —entre ellos la princesa Marie
Bonaparte, que pagó parte del rescate exigido por las autoridades nazis— la familia logró
emigrar a Londres. Antes de partir, Freud tuvo que firmar un documento declarando que
había sido tratado correctamente por las autoridades alemanas; según se cuenta, añadió de su
puño y letra una frase con ironía mordaz, recomendando calurosamente a la Gestapo a
cualquiera que lo necesitara. Cuatro de sus cinco hermanas, que no pudieron o no quisieron
emigrar a tiempo, morirían después en campos de concentración nazis.
Freud murió en Londres el 23 de septiembre de 1939, pocas semanas después del estallido de
la Segunda Guerra Mundial. Su dolor físico se había vuelto insoportable, y su médico
personal, John Rickman —en realidad Max Schur—, le administró, a pedido expreso del
propio Freud, una dosis de morfina que aceleró su muerte, un episodio que sus biógrafos
describen como una eutanasia acordada entre médico y paciente, coherente con la insistencia
de Freud, hasta el final, en enfrentar la realidad sin engaños ni consuelos artificiales.
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reconstruir, aunque también le dejó, según reconocerían después sus biógrafos, un temprano
hábito de observación entusiasta y a veces imprudente frente a fenómenos que prometían
resultados rápidos, un rasgo de carácter que reaparecería, más domesticado, en su
acercamiento posterior al inconsciente.
La relación de Freud con el dinero y con sus pacientes también revela un costado menos
conocido de su personalidad: cobraba honorarios elevados, coherentes con su estatus de
médico especialista de prestigio, y llegó a rechazar activamente tratar a pacientes que no
pudieran pagar la totalidad de sus sesiones, una postura que defendía con el argumento
clínico de que un tratamiento gratuito o subvencionado perdía, para el paciente, buena parte
de su valor psíquico. Esta postura, coherente con la Viena profesional de su época, generaría
después un debate persistente sobre el elitismo económico estructural del psicoanálisis
clásico, un debate que atraviesa aún hoy buena parte de las discusiones sobre el acceso a la
salud mental de calidad.
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Además, Freud desarrolló una relación de dependencia importante con el tabaco a lo largo de
toda su vida adulta, y fue plenamente consciente, según reflejan sus propias cartas, de la
contradicción entre su capacidad para analizar con lucidez los mecanismos de autoengaño
ajenos y su dificultad persistente para aplicar esa misma lucidez a su propia adicción — una
paradoja que él mismo reconoció, sin por eso lograr resolverla, y que sus biógrafos suelen
citar como recordatorio de que ni el fundador del psicoanálisis estuvo exento de los
mecanismos que describió con tanta precisión en sus pacientes.
El caso del "Hombre de las ratas" y el "Hombre de los lobos", dos de sus historiales clínicos
más extensos y más leídos, muestran además a un Freud dispuesto a dedicar cientos de
páginas al análisis minucioso de un solo paciente, con un nivel de detalle narrativo que
emparienta esos textos tanto con la literatura como con la ciencia médica — una ambigüedad
de género que, lejos de restarle rigor a su trabajo, según sus defensores, es precisamente lo
que permitió que sus casos clínicos se leyeran y discutieran durante más de un siglo, mucho
después de que buena parte de la literatura médica estrictamente contemporánea a Freud
cayera en el olvido.
El propio estilo narrativo de estos historiales, con su estructura casi de novela de detectives
—una serie de pistas aparentemente inconexas que el analista va hilando hasta revelar, al
final, el sentido oculto detrás de un síntoma—, ayuda a explicar por qué generaciones de
lectores sin ninguna formación clínica siguieron, y siguen, leyendo a Freud por placer
narrativo, más allá de cualquier interés profesional en el psicoanálisis como método
terapéutico.
En Londres, ya en el exilio y con su salud gravemente deteriorada, Freud fue recibido como
una celebridad intelectual: recibió la visita de artistas y escritores como Salvador Dalí, que
llegó a dibujar un retrato suyo durante el encuentro, y de Virginia Woolf, cuya editorial, la
Hogarth Press, había publicado durante años buena parte de las traducciones al inglés de su
obra. La Royal Society lo invitó a firmar su libro de socios distinguidos, un honor que Freud,
siempre consciente del peso simbólico de los reconocimientos institucionales, valoró
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especialmente en esos últimos meses de vida, después de una carrera marcada por tanto
rechazo académico inicial.
PARA PENSAR
Freud pasó buena parte de su vida profesional peleando por el reconocimiento de ideas que la
sociedad de su tiempo consideraba escandalosas. ¿Alguna vez sostuviste una convicción que
sabías que te costaría caro defender en público?
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CAPÍTULO
03
Influencias y relaciones
Jean-Martin Charcot. El neurólogo francés con quien Freud estudió en París durante 1885
fue, según el propio Freud, la persona que le abrió los ojos a la posibilidad de que síntomas
físicos —parálisis, ceguera, convulsiones— pudieran tener un origen puramente psíquico, sin
ninguna lesión orgánica que los explicara. Ver a Charcot inducir y hacer desaparecer
síntomas de histeria mediante hipnosis convenció a Freud de que la mente podía producir
efectos corporales reales sin que hiciera falta ningún daño físico, una idea que se convertiría
en el punto de partida de todo el edificio psicoanalítico.
Josef Breuer. Médico vienés mayor que Freud y su primer gran colaborador, le transmitió el
caso de Anna O. y la técnica catártica —hacer hablar al paciente sobre el origen olvidado de
sus síntomas hasta liberar la emoción asociada— que sería la base primitiva del método
psicoanalítico. La ruptura entre ambos, motivada en buena parte por la resistencia de Breuer
a aceptar que la sexualidad fuera la causa universal de las neurosis, marcó el primer episodio
de un patrón que se repetiría: Freud toleraba mal el desacuerdo profundo de sus
colaboradores más cercanos en torno al lugar central de la sexualidad en su teoría.
Wilhelm Fliess. Otorrinolaringólogo berlinés con quien Freud mantuvo, durante los años
noventa, una correspondencia extraordinariamente íntima y casi obsesiva, en la que
compartía sus ideas más tempranas y arriesgadas antes de publicarlas, incluidas teorías hoy
descartadas sobre la conexión entre la nariz y la sexualidad. Esta amistad, que terminó
rompiéndose de forma amarga hacia 1900, funcionó durante años como el único espacio en
el que Freud podía pensar en voz alta sin la exigencia de un rigor científico inmediato, y
buena parte de las ideas centrales de La interpretación de los sueños se gestaron en ese
intercambio epistolar.
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Carl Gustav Jung. El psiquiatra suizo al que Freud llegó a considerar su sucesor natural y a
quien nombró primer presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional en 1910, pese
a no ser vienés ni judío, algo que Freud valoraba estratégicamente para dar al movimiento
psicoanalítico un alcance más allá del círculo judío vienés. El desacuerdo, cada vez más
profundo, sobre si la libido debía entenderse como una energía específicamente sexual
(Freud) o como una energía vital más general (Jung), y sobre la propia noción de un
inconsciente colectivo compartido por la humanidad, llevó a la ruptura definitiva en 1913,
una de las más dolorosas y mejor documentadas —gracias a la correspondencia conservada
entre ambos— de la historia de la psicología.
Alfred Adler. Otro de los primeros colaboradores cercanos de Freud, y de los primeros en
romper con él, hacia 1911, por discrepar con el peso central que Freud daba a la sexualidad
como motor del psiquismo. Adler desarrollaría después su propia escuela, la psicología
individual, centrada en el complejo de inferioridad y en la voluntad de poder como motor
principal de la conducta humana, en lugar de la libido.
Franz Brentano. Filósofo y antiguo sacerdote católico que dictaba clases en la Universidad de
Viena, y a cuyas conferencias de filosofía asistió Freud durante sus años de estudiante, pese a
no ser una materia obligatoria para la carrera de medicina. De Brentano, y de su interés por la
intencionalidad de los actos mentales —la idea de que todo estado psíquico está siempre
dirigido "hacia" algo—, Freud conservaría un interés filosófico de fondo que rara vez
reconoció explícitamente, pero que resulta visible en su insistencia en que todo síntoma, todo
sueño, todo lapsus, tiene un sentido y apunta hacia algo, por oculto que esté.
Ernst Brücke. Director del laboratorio de fisiología donde Freud trabajó durante sus años de
formación, y representante de la escuela fisiológica alemana que sostenía que todos los
fenómenos vitales, incluidos los psíquicos, debían explicarse en última instancia por
procesos físicos y químicos, sin apelar a ninguna fuerza vital misteriosa. De esta escuela,
profundamente positivista, Freud heredó la ambición de construir una psicología con
pretensión de ciencia natural, medible y sujeta a leyes, aun cuando terminara trabajando con
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Sándor Ferenczi, Ernest Jones y Karl Abraham. El llamado "Comité secreto", un pequeño
grupo de discípulos leales que Freud organizó, con cierta desconfianza tras las rupturas con
Adler y Jung, para proteger la ortodoxia del movimiento psicoanalítico frente a futuras
disidencias. Ernest Jones, en particular, se convertiría con el tiempo en el biógrafo oficial de
Freud y en una figura clave para la difusión del psicoanálisis en el mundo anglosajón.
Sófocles y la tragedia griega. La lectura de Edipo Rey resultó decisiva para la formulación,
durante el propio autoanálisis de Freud, del complejo que lleva su nombre: la idea de que el
deseo inconsciente de poseer a la madre y eliminar al padre no es una rareza patológica
aislada, sino una etapa universal del desarrollo psíquico infantil, tan antigua y tan extendida
que ya había sido intuida, sin saberlo, por la tragedia griega dos mil trescientos años antes.
Charles Darwin. Aunque no fue un contacto personal, la lectura de El origen de las especies y
de La expresión de las emociones en los hombres y en los animales dejó una marca profunda
en la formación científica de Freud, que consideraba a Darwin una de las tres grandes heridas
narcisistas infligidas a la humanidad —junto con Copérnico, que había desplazado a la Tierra
del centro del universo, y el propio Freud, que había desplazado a la conciencia del centro de
la vida psíquica—. De Darwin, Freud tomó la convicción de que el ser humano debía
entenderse como parte de la naturaleza y sometido a sus mismas leyes, sin ningún estatuto
especial que lo eximiera de una explicación causal para su conducta, incluida su vida
emocional más íntima.
Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche. Freud reconoció, no sin cierta incomodidad, que
buena parte de sus ideas centrales sobre el papel dominante de fuerzas irracionales e
inconscientes en la vida psíquica habían sido anticipadas, en un lenguaje filosófico y no
clínico, por estos dos pensadores alemanes del siglo XIX. Se cuidó de leerlos en profundidad
durante los años en que desarrollaba su propia teoría, precisamente para poder afirmar
después que había llegado a conclusiones similares por una vía empírica propia,
independiente de la especulación filosófica, aunque los paralelismos entre la "voluntad"
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Otto Rank y Sabina Spielrein. Dos figuras más jóvenes del círculo psicoanalítico temprano
que ilustran, cada una a su manera, la dificultad de Freud para tolerar el desacuerdo. Otto
Rank, uno de sus discípulos más cercanos y prolíficos durante casi veinte años, terminó
rompiendo con Freud a comienzos de los años veinte al proponer que el trauma del
nacimiento, y no el complejo de Edipo, era la experiencia fundante de la angustia humana.
Sabina Spielrein, primero paciente y después colega tanto de Jung como de Freud, desarrolló
de manera independiente ideas sobre la pulsión de destrucción que anticipaban, varios años
antes, la teoría freudiana de la pulsión de muerte, aunque su contribución permaneció durante
décadas eclipsada por la de sus dos maestros varones, y solo fue revalorizada plenamente por
la historiografía del psicoanálisis mucho después de su muerte, asesinada por tropas nazis en
1942 en su Rusia natal.
Jean-Baptiste Charcot y la escuela de Nancy. Además de Charcot, Freud siguió con atención
el debate contemporáneo entre la escuela de la Salpêtrière, que consideraba la histeria una
condición ligada a una predisposición neurológica hereditaria, y la escuela de Nancy,
liderada por Hippolyte Bernheim, que sostenía en cambio que la sugestión hipnótica podía
producir síntomas histéricos incluso en personas sin ninguna predisposición especial, lo cual
apuntaba a un origen mucho más psicológico y menos orgánico del trastorno. Freud visitó
también a Bernheim en 1889, y ese contacto reforzó su convicción creciente de que la
sugestión y las ideas inconscientes, más que una lesión neurológica, eran la clave para
entender la histeria — un paso intermedio decisivo en su camino hacia el psicoanálisis
propiamente dicho.
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mucho mayor sistematicidad. Freud reconoció esta coincidencia con generosidad poco
habitual en él, citando a Popper-Lynkeus en ediciones posteriores de La interpretación de los
sueños como un precursor cuyo trabajo, aunque menos riguroso y menos influyente, merecía
ser recordado junto al suyo propio.
PARA PENSAR
Freud rompió, en distintos momentos, con casi todos sus colaboradores más cercanos apenas se
apartaban de un punto central de su teoría. ¿Alguna vez te costó aceptar que alguien a quien
admirabas mucho pensara distinto que vos en algo que considerabas innegociable?
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CAPÍTULO
04
Contexto histórico
Freud vivió y trabajó en la Viena de fin de siglo, capital de un imperio multiétnico —el
Imperio austrohúngaro— que gobernaba sobre una variedad enorme de pueblos, lenguas y
religiones, y que hacia 1900 vivía una época de una efervescencia cultural y científica
extraordinaria, la misma Viena que producía en simultáneo a Gustav Mahler en la música, a
Gustav Klimt y la Secesión vienesa en la pintura, y a un ambiente de crisis y renovación
intelectual que abarcaba desde la física hasta la arquitectura.
Esa misma Viena era, al mismo tiempo, una ciudad profundamente antisemita, incluso en sus
instituciones más prestigiosas. Aunque los judíos habían obtenido la plena igualdad legal en
el Imperio austrohúngaro en 1867, el antisemitismo social y político seguía siendo intenso, y
se agravó durante la infancia y juventud de Freud: en 1897, el mismo año en que Freud
iniciaba su autoanálisis, Karl Lueger, un político abiertamente antisemita, fue elegido alcalde
de Viena, con el consentimiento inicial reticente del propio emperador Francisco José. Freud
experimentó el antisemitismo de forma directa desde chico: en una anécdota que él mismo
relató como decisiva, su padre le contó que, de joven, un desconocido le había tirado su gorro
de piel al barro y le había gritado que se bajara de la vereda por ser judío, y que Jakob Freud
simplemente había recogido el gorro y seguido caminando sin responder. Freud reconoció
después que esa pasividad de su padre lo decepcionó profundamente, y que buena parte de su
propia tenacidad y ambición nació, en parte, como una respuesta a esa escena.
Este contexto explica una tensión que atraviesa toda la carrera de Freud: por un lado, su
carrera académica formal avanzó más lentamente de lo que sus méritos hubieran sugerido
—tardó años en conseguir el título de profesor extraordinario en la Universidad de Viena, en
parte por las trabas informales que enfrentaban los académicos judíos—; por otro lado, el
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propio movimiento psicoanalítico, formado en sus inicios casi exclusivamente por médicos
judíos vieneses, quedó marcado ante el resto de Europa con una etiqueta étnica que Freud
intentó activamente evitar, entre otras razones, promoviendo a Jung —suizo, protestante, no
judío— como su sucesor designado.
La medicina europea de fines del siglo XIX estaba dominada por un paradigma estrictamente
organicista: se asumía que toda enfermedad, incluidas las mentales, debía tener, en algún
momento, una causa física identificable —una lesión, una infección, una anomalía
cerebral—, aunque esa causa todavía no hubiera sido descubierta. Los pacientes con
síntomas de histeria —parálisis sin lesión nerviosa, ceguera sin daño ocular, convulsiones sin
epilepsia— representaban un problema incómodo para ese paradigma, y muchos médicos los
descartaban directamente como simuladores, o los trataban con métodos hoy considerados
brutales, desde el aislamiento forzado hasta la cauterización. Freud, apoyándose en lo
aprendido con Charcot, se apartó de ese consenso al proponer que esos síntomas eran
completamente reales, aunque su causa fuera psíquica y no orgánica — una postura que le
costó, durante años, el rechazo abierto de buena parte del establishment médico vienés.
La sociedad victoriana europea, incluida la Viena de la época, imponía además una represión
sexual extrema en el discurso público, especialmente sobre la sexualidad femenina e infantil:
hablar abiertamente de deseo sexual, y más todavía sugerir que existía algo parecido a una
sexualidad en la infancia, era prácticamente impensable en el ambiente médico y social
respetable. Cuando Freud presentó en 1896, ante la Sociedad de Psiquiatría y Neurología de
Viena, su primera teoría sobre el origen sexual de la histeria —entonces todavía centrada en
experiencias de abuso infantil real, la llamada "teoría de la seducción", que Freud
abandonaría pocos años después en favor de una teoría centrada en la fantasía y el deseo
infantil, no necesariamente en el abuso efectivo—, la reacción de sus colegas fue de rechazo
casi unánime, y Freud describiría después ese episodio como un momento de aislamiento
profesional casi total.
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La Primera Guerra Mundial, que estalló en 1914, apenas un año después de la ruptura con
Jung, tuvo un impacto directo en la obra de Freud: la enorme cantidad de soldados que
volvían del frente con lo que entonces se llamaba "neurosis de guerra" —hoy reconocido
como estrés postraumático— y que no respondía a ningún tratamiento puramente físico,
funcionó como una confirmación práctica, a gran escala, de que el sufrimiento psíquico podía
tener un origen y una lógica propia, independiente del daño corporal. La guerra también llevó
a Freud a revisar su propia teoría de las pulsiones, incorporando, hacia el final de su vida, la
idea de una pulsión de muerte junto a la pulsión de vida, en un intento de explicar la
repetición compulsiva de experiencias traumáticas que observaba en los veteranos de guerra,
algo que su modelo anterior, centrado casi exclusivamente en la búsqueda de placer, no
lograba explicar del todo.
Por último, el ascenso del nazismo en Alemania desde 1933, y su expansión a Austria en
1938, cerró trágicamente el círculo: los libros de Freud fueron quemados públicamente en
Berlín en mayo de 1933, en las mismas hogueras que consumieron obras de Einstein, Marx y
otros autores judíos o considerados subversivos, y el propio Freud, al enterarse, habría
comentado con ironía negra que en la Edad Media lo hubieran quemado a él, y que el
progreso consistía en que ahora solo quemaban sus libros. Cinco años después, tuvo que huir
de la ciudad donde había vivido casi toda su vida, en las condiciones ya descritas en el
capítulo anterior.
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El auge de los grandes almacenes, la publicidad de masas y una incipiente cultura del
consumo en las capitales europeas de comienzos del siglo XX proporcionan, además, un
telón de fondo económico que resultaría, décadas más tarde, decisivo para la recepción del
psicoanálisis fuera del consultorio: el sobrino de Freud, Edward Bernays, emigrado a los
Estados Unidos, sería uno de los primeros en advertir que las ideas de su tío sobre el deseo
inconsciente podían aplicarse, con enorme eficacia comercial, al diseño de campañas
publicitarias que ya no apelaban a la necesidad racional del consumidor, sino a sus deseos y
ansiedades más profundos y menos conscientes — un desarrollo que el propio Freud,
instalado en la Viena académica, nunca llegó a promover activamente, pero que su obra hizo
posible.
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PARA PENSAR
Freud desarrolló su teoría más escandalosa —el deseo sexual infantil— en la sociedad más
pudorosa de Europa, la Viena victoriana. ¿Las ideas que más chocan a una época suelen aparecer
precisamente en los lugares donde son más difíciles de decir en voz alta?
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CAPÍTULO
05
Ideas y conceptos
Los actos fallidos. En Psicopatología de la vida cotidiana, Freud analiza lapsus, olvidos,
deslices al hablar o al escribir y pequeños accidentes aparentemente casuales, y sostiene que
ninguno de ellos es realmente accidental: cada acto fallido es, para Freud, la irrupción
momentánea de un deseo o un pensamiento reprimido que encuentra una grieta para
expresarse, disfrazado, en medio de una intención consciente distinta. Decir el nombre
equivocado, olvidar una cita que preferís evitar, escribir mal una palabra cargada de
significado: todo eso, sostiene Freud, tiene sentido, aunque ese sentido nos resulte incómodo
de reconocer.
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La sexualidad infantil. Una de las tesis más resistidas de Freud: que el ser humano tiene una
vida pulsional, de naturaleza sexual en sentido amplio, desde la primera infancia, mucho
antes de la pubertad, y que esa vida pulsional atraviesa distintas etapas —oral, anal, fálica—
centradas cada una en una zona del cuerpo particularmente investida de placer. No se trata de
sexualidad en el sentido adulto y genital del término, sino de una búsqueda de placer y
satisfacción corporal que Freud consideraba la base sobre la que se construye después toda la
vida afectiva adulta, incluidas las elecciones de pareja y buena parte de los rasgos de
carácter.
El complejo de Edipo. Freud sostiene que, alrededor de los tres a cinco años, todo niño
atraviesa una etapa en la que desea de manera inconsciente la posesión exclusiva del
progenitor del sexo opuesto y experimenta, al mismo tiempo, rivalidad y hostilidad hacia el
progenitor del mismo sexo, en un eco directo del mito de Edipo, que sin saberlo mata a su
padre y se casa con su madre. La resolución de este conflicto, mediante la identificación con
el progenitor rival en lugar de la hostilidad abierta hacia él, es para Freud un paso decisivo en
la formación de la conciencia moral y de la identidad de género, y su resolución fallida o
incompleta dejaría, según su teoría, huellas duraderas en la vida adulta.
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Los mecanismos de defensa. Estrategias inconscientes que el yo utiliza para lidiar con la
ansiedad que produce un conflicto psíquico, sin necesidad de reconocerlo abiertamente.
Entre los principales: la negación (rechazar directamente una realidad displacentera), la
proyección (atribuir a otra persona un impulso o sentimiento propio inaceptable), la
formación reactiva (transformar un impulso inaceptable en su opuesto exacto, por ejemplo
una hostilidad reprimida que se expresa como amabilidad excesiva) y la sublimación,
considerada por Freud la más saludable y productiva de todas: canalizar un impulso
pulsional, típicamente sexual o agresivo, hacia una actividad socialmente valorada, como el
arte, la ciencia o el trabajo intelectual.
La pulsión de vida y la pulsión de muerte. En sus últimas obras, en particular Más allá del
principio de placer, escrito bajo el impacto de la Primera Guerra Mundial, Freud complejiza
su modelo pulsional inicial: junto a Eros, la pulsión de vida orientada a la conservación, el
placer y la unión, propone la existencia de Thánatos, una pulsión de muerte orientada a la
reducción de toda tensión hasta el estado inorgánico, que explicaría fenómenos difíciles de
justificar solo con la búsqueda de placer, como la repetición compulsiva de experiencias
traumáticas o la agresividad dirigida contra uno mismo o contra otros.
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tratamiento: permite que patrones inconscientes que de otro modo permanecerían invisibles
se hagan presentes, de forma viva, dentro del propio consultorio, donde pueden analizarse en
tiempo real.
El malestar en la cultura. En una de sus obras más pesimistas y también más influyentes
fuera del ámbito clínico, Freud sostiene que toda civilización exige, como condición
necesaria de su propia existencia, una renuncia constante a la satisfacción pulsional directa:
no podemos hacer todo lo que el ello desearía sin destruir la convivencia social que
necesitamos para sobrevivir. De ahí que la cultura produzca, de manera inevitable, un cierto
grado de infelicidad estructural en cada uno de sus miembros, un precio que Freud
consideraba inevitable, aunque necesario, para que la vida en común fuera posible.
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obedece las prohibiciones de sus padres, sino que termina incorporándolas como si fueran
propias, hasta el punto de sentir culpa incluso en ausencia de cualquier autoridad externa que
lo vigile.
El principio de constancia. Uno de los supuestos más tempranos y más duraderos del
pensamiento freudiano: la idea de que el aparato psíquico tiende, como un sistema físico, a
mantener la cantidad de excitación interna en el nivel más bajo posible, o al menos constante,
descargando cualquier exceso de tensión a través de la acción, la palabra o el síntoma. Este
principio, tomado en parte del modelo fisiológico de sus maestros vieneses, subyace a buena
parte de la teoría freudiana de las pulsiones: toda pulsión busca, en último término, no la
excitación sino su descarga y apaciguamiento.
La sobre-determinación. Freud advierte que un síntoma, un sueño o un lapsus rara vez tienen
una sola causa aislada: casi siempre están sobre-determinados, es decir, responden
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simultáneamente a varias cadenas causales distintas que convergen en el mismo punto. Esto
explica por qué la interpretación psicoanalítica de un síntoma nunca se agota en una única
explicación satisfactoria: siempre es posible, y hasta necesario, seguir indagando capas
adicionales de sentido superpuestas sobre la misma manifestación.
La labilidad de la libido y la elección de objeto. Freud describe la libido como una energía
capaz de desplazarse, a lo largo de la vida, de un objeto a otro —de los padres a los amigos,
de los amigos a una pareja, de una pareja a un proyecto o una causa—, y distingue dos
grandes tipos de elección amorosa adulta: la elección "por apuntalamiento", que reproduce en
la pareja adulta rasgos de las figuras parentales tempranas que brindaron cuidado, y la
elección "narcisista", que busca en la pareja una versión idealizada de uno mismo, de lo que
uno fue, o de lo que uno querría llegar a ser.
El trabajo de duelo. En su breve pero influyente ensayo Duelo y melancolía, Freud distingue
entre el duelo normal, un proceso doloroso pero finito por el cual la persona retira
gradualmente, recuerdo por recuerdo, la energía afectiva depositada en un objeto perdido,
hasta quedar nuevamente libre para investir esa energía en algo o alguien nuevo; y la
melancolía, una forma patológica de duelo en la que esa energía queda atrapada, incapaz de
desprenderse del objeto perdido, y termina volcándose contra el propio yo bajo la forma de
una autocrítica desproporcionada y un empobrecimiento generalizado de la vida anímica. La
distinción resultaría, décadas más tarde, un antecedente directo de la comprensión clínica
contemporánea de la depresión.
Lo ominoso (das Unheimliche). En un ensayo dedicado a la estética del terror, Freud analiza
por qué ciertas experiencias nos resultan inquietantes de un modo particular, distinto del
simple miedo: figuras como los dobles, las muñecas que parecen cobrar vida, o el regreso de
algo que creíamos superado. Su explicación es que lo ominoso surge, precisamente, cuando
algo familiar y antiguo —reprimido hace mucho tiempo— retorna bajo una forma disfrazada,
produciendo una sensación de extrañeza que en realidad delata la cercanía, no la lejanía, de
aquello que nos perturba.
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Los sueños típicos. Además de los sueños con un contenido singular para cada soñante,
Freud identificó un conjunto de sueños que se repiten, con variaciones menores, en
prácticamente todas las culturas y todas las épocas: el sueño de estar desnudo en público sin
poder ocultarse, el sueño de rendir un examen para el cual no se está preparado, el sueño de
volar sin esfuerzo, el sueño de la muerte de un ser querido. Freud interpreta estos sueños
típicos como ligados a experiencias y ansiedades tan universales en el desarrollo humano
—la vergüenza corporal infantil, la presión por demostrar valía ante una autoridad, la fantasía
de omnipotencia, la ambivalencia hacia los propios padres— que su contenido resulta
reconocible más allá de la biografía particular de cada soñante, aunque el sentido preciso de
cada uno siga dependiendo, siempre, del contexto asociativo específico de la persona que lo
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sueña.
La angustia como señal. En su última gran revisión teórica sobre el tema, Freud abandona su
primera idea de que la angustia es simplemente libido reprimida que se transforma
directamente en malestar, y propone en cambio que la angustia funciona como una señal de
alarma que el yo se envía a sí mismo ante la proximidad de un peligro interno —un deseo o
un recuerdo que amenaza con hacerse consciente de manera desbordante—, disparando por
anticipado los mecanismos de defensa necesarios para evitar ese desborde. Esta
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reformulación resulta central para entender por qué, muchas veces, sentimos una ansiedad
intensa frente a situaciones que, en apariencia, no deberían generarla: la señal de alarma se
dispara no por el peligro externo evidente, sino por su parecido inconsciente con un conflicto
interno mucho más antiguo.
Eros y las pulsiones parciales. Antes de consolidarse en una sexualidad genital adulta, Freud
describe la vida pulsional infantil como fragmentada en distintas "pulsiones parciales", cada
una asociada a una zona erógena del cuerpo y relativamente independiente entre sí —la
pulsión oral, la anal, la escópica (el placer de mirar), la pulsión de dominio—. Solo con el
desarrollo y bajo la primacía genital que se consolida en la pubertad estas pulsiones parciales
llegan a integrarse, según Freud, en una organización sexual unificada, aunque nunca de
manera completa ni definitiva: buena parte de lo que en la vida adulta se consideran
"particularidades" o incluso "perversiones" del deseo son, para Freud, simplemente pulsiones
parciales que no llegaron a subordinarse del todo a esa organización genital dominante.
PARA PENSAR
De estas ideas, ¿cuál te resulta más difícil de aceptar sobre vos mismo — que buena parte de tus
decisiones no las toma tu conciencia, que tus lapsus tienen sentido, o alguna otra?
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CAPÍTULO
06
El inconsciente, los sueños y el aparato psíquico
Este es el núcleo del proyecto freudiano, y aparece resumido en la obra que el propio Freud
consideraba su logro más importante, hasta el punto de escribir, años después y sin exagerar
demasiado, que ideas como esa solo se le presentan a una persona, si acaso, una vez en la
vida: La interpretación de los sueños.
Para Freud, ningún sueño es un producto azaroso del cerebro descansando. Todo sueño es, en
su núcleo, la realización disfrazada de un deseo, casi siempre un deseo inconsciente que la
conciencia despierta reprimiría de inmediato si se presentara sin disfraz. Durante el sueño, la
vigilancia que la conciencia ejerce habitualmente sobre los contenidos inaceptables se relaja,
y esos contenidos aprovechan la oportunidad para expresarse — aunque nunca de manera
directa, sino codificados a través de un lenguaje propio, hecho de imágenes, símbolos y
desplazamientos, que hace falta aprender a leer.
Freud distingue entre el contenido manifiesto del sueño —lo que efectivamente soñamos y
podemos recordar y contar al despertar— y el contenido latente —el deseo inconsciente real
que ese sueño disfraza y satisface de manera simbólica—. El trabajo del análisis onírico
consiste, precisamente, en reconstruir el camino que va de uno al otro, deshaciendo las
operaciones de disfraz que Freud llama, en conjunto, el "trabajo del sueño".
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Freud identifica dos mecanismos principales por los que el contenido latente se transforma en
contenido manifiesto. La condensación es el proceso por el cual varios elementos,
pensamientos o personas distintas del contenido latente se fusionan en una sola imagen del
sueño: un personaje soñado puede combinar, en un mismo rostro, rasgos de dos o tres
personas reales distintas, todas relevantes para el mismo conflicto inconsciente. El
desplazamiento, en cambio, es el proceso por el cual la carga emocional de un elemento
importante del contenido latente se traslada a un elemento aparentemente trivial del sueño
manifiesto, precisamente para despistar a la censura interna: por eso muchas veces soñamos
con un detalle menor que, al despertar, nos parece cargado de una intensidad emocional
desproporcionada respecto de su aparente insignificancia.
A estos dos mecanismos se suma la elaboración secundaria, el retoque final que la mente
aplica al sueño, al despertar o incluso durante el propio sueño, para darle una apariencia más
coherente y narrable — razón por la cual el relato que hacemos de un sueño, ya despiertos,
suele tener una lógica de historia que el sueño original, en su forma más cruda, no tenía.
La censura onírica
¿Por qué el deseo inconsciente no se presenta directamente en el sueño, sin disfraz? Porque,
sostiene Freud, incluso durante el sueño existe una instancia de censura, heredera de la
misma represión que opera en la vida despierta, que impide que los contenidos más
inaceptables —de naturaleza sexual, agresiva, o vinculados a figuras cercanas como los
padres— aparezcan sin disimulo. El disfraz onírico es, entonces, un compromiso: permite
que el deseo obtenga algo de satisfacción simbólica, sin llegar a perturbar tanto al soñante
como para despertarlo de golpe.
Detrás de esta teoría del sueño hay un modelo más amplio de cómo funciona la mente, que
Freud describe en términos casi hidráulicos: existe una cantidad limitada de energía psíquica
—la libido, en su sentido más general, no reducida únicamente a lo sexual— que busca
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En su primera formulación, Freud sostiene que el aparato psíquico está regido, en su origen,
por el principio de placer: la tendencia a buscar la satisfacción inmediata y a evitar el
displacer, sin ninguna consideración por las consecuencias. Con la maduración, y en
particular con el desarrollo del yo, ese principio se ve progresivamente moderado —nunca
eliminado del todo— por el principio de realidad, que introduce la capacidad de tolerar una
postergación de la satisfacción inmediata en función de las exigencias del mundo externo.
Buena parte de la salud psíquica adulta consiste, para Freud, en lograr un equilibrio viable
entre ambos principios, sin que ninguno anule completamente al otro.
Un problema que el propio Freud reconoció como difícil para su teoría es el de los sueños de
angustia y, sobre todo, las pesadillas repetitivas de los traumatizados de guerra, que
reproducen una y otra vez la escena traumática sin que ninguna satisfacción de deseo parezca
cumplirse en ellas. Este problema, que Freud aborda de frente en Más allá del principio de
placer, lo lleva a revisar su propia teoría e incorporar la noción de una compulsión de
repetición, un impulso que actúa incluso en contra del principio de placer, tratando de
dominar retroactivamente, mediante la repetición controlada en el sueño, una experiencia que
en su momento resultó abrumadora e ingobernable.
El método que Freud propone para descifrar tanto los sueños como los síntomas neuróticos
es la asociación libre: pedirle al paciente que diga, sin ningún filtro ni selección consciente,
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todo lo que se le ocurra a partir de cada elemento del sueño o del síntoma, por absurdo,
vergonzoso o irrelevante que parezca. La lógica detrás de esta técnica es que la censura
consciente, si se le da suficiente espacio y tiempo, termina bajando la guardia, y los
verdaderos hilos asociativos —los que conectan un elemento manifiesto con su origen
inconsciente reprimido— terminan apareciendo, aunque sea de manera indirecta y
fragmentaria.
Freud extiende este mismo esquema interpretativo mucho más allá del diván: sostiene que el
mismo tipo de análisis que se aplica a un sueño o a un síntoma puede aplicarse a los actos
fallidos de la vida diaria — el nombre que olvidamos, el objeto que perdemos justo que no
queríamos usar, el chiste que revela, entre risas, algo que preferiríamos no admitir en serio.
Para Freud, no existe una frontera nítida entre la vida psíquica "normal" y la "patológica":
ambas obedecen a los mismos mecanismos inconscientes, solo que en la neurosis esos
mecanismos producen un sufrimiento más intenso y más paralizante.
Freud consideraba que había un sueño en particular que merecía un lugar de honor en la
historia de su propio descubrimiento: el llamado "sueño de la inyección de Irma", soñado en
julio de 1895 y analizado en detalle en el primer capítulo de La interpretación de los sueños.
En el sueño, Freud examina a una paciente, Irma, cuyo tratamiento no había evolucionado
como esperaba, y descubre en su garganta una lesión inquietante, mientras varios colegas
médicos, presentes en la escena onírica, discuten displicentemente las causas del problema,
hasta que uno de ellos, Otto, resulta responsable de haberle aplicado una inyección con una
jeringa sucia. Freud interpreta este sueño como el cumplimiento de un deseo muy concreto:
liberarse de la responsabilidad profesional por el estancamiento del tratamiento de Irma,
trasladando la culpa hacia sus colegas. Décadas después, Freud llegaría a fantasear, medio en
broma, con que algún día se colocara una placa conmemorativa en el lugar donde había
tenido ese sueño, por ser el primero que logró interpretar de manera completa según su
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propio método — un gesto que revela hasta qué punto consideraba ese sueño el verdadero
punto de partida de todo su descubrimiento.
Entre los actos fallidos, Freud dedicó una atención particular al olvido temporal de nombres
propios, un fenómeno tan común que la mayoría de las personas lo consideran un simple
fallo de la memoria sin mayor trascendencia. Freud, sin embargo, mostró en varios ejemplos
de su propia vida —entre ellos el célebre caso del olvido del nombre del pintor Signorelli,
analizado con detalle en la Psicopatología de la vida cotidiana— que el nombre olvidado
suele estar conectado, a través de una cadena de asociaciones a menudo sorprendente, con un
pensamiento displacentero que la mente prefiere mantener alejado de la conciencia, y que ese
pensamiento reprimido "atrae" hacia sí, por así decirlo, al nombre inocente que queda
temporalmente bloqueado en su lugar. El ejercicio de reconstruir esa cadena asociativa,
mostraba Freud, casi siempre termina revelando una conexión que el propio sujeto no había
sospechado.
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Uno de los sueños típicos más comunes en la vida adulta es el de rendir un examen para el
cual la persona no está preparada, muchas veces referido a una etapa educativa ya
completada hace años o incluso décadas. Freud observó, con cierta ironía, que estos sueños
suelen presentarse precisamente antes de situaciones en las que la persona se siente segura de
tener éxito, y no antes de las que genuinamente la angustian: el sueño funcionaría entonces
como una suerte de tranquilizador retrospectivo, recordando que exámenes pasados que en su
momento generaron temor terminaron resolviéndose bien, como para asegurar, por
anticipado, que la prueba actual también saldrá bien.
PARA PENSAR
La próxima vez que recuerdes un sueño, en lugar de preguntarte "qué significa" de manera
directa, probá el ejercicio de Freud: elegí un elemento cualquiera del sueño y anotá, sin filtrar
nada, todo lo que se te ocurra asociado a él. Muchas veces el camino importa más que el destino.
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CAPÍTULO
07
Legado y polémicas
La crítica de Karl Popper: ¿es una ciencia? El filósofo de la ciencia Karl Popper, el mismo
que leyó a Platón como un peligro totalitario, sostuvo que el psicoanálisis no cumplía con el
criterio que él consideraba esencial para toda teoría científica: la falsabilidad, es decir, la
posibilidad de que existiera una observación capaz de refutarla. Según Popper, la teoría
freudiana estaba construida de tal manera que cualquier conducta, incluida su opuesta, podía
explicarse dentro del mismo marco —si alguien reconoce el complejo de Edipo, lo confirma;
si lo niega, la negación misma se interpreta como una resistencia que también lo confirma—,
lo que convertía al psicoanálisis, para Popper, en algo más parecido a un sistema de creencias
que a una ciencia empírica en sentido estricto.
La revisión feminista. Autoras como Karen Horney, ya en los años veinte y treinta, y más
tarde toda una generación de pensadoras feministas, cuestionaron con dureza conceptos
freudianos como la "envidia del pene" —la idea de que las niñas experimentan, al descubrir
la diferencia anatómica con los varones, un sentimiento de carencia que marcaría buena parte
de su desarrollo psíquico posterior— por considerarlos un reflejo directo de los prejuicios de
género de la Viena victoriana, disfrazado de teoría universal sobre la psicología femenina.
Horney propuso, en cambio, que buena parte de lo que Freud atribuía a una envidia
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anatómica innata podía explicarse mejor por la desigualdad social y cultural real entre
hombres y mujeres en la sociedad de su época.
Los avances de la neurociencia. Buena parte del aparato conceptual específico de Freud —la
energía psíquica como cantidad casi física, la localización precisa de ciertos procesos en
instancias como el ello o el superyó— no encuentra un correlato claro en la neurociencia
contemporánea, y muchos neurocientíficos consideran ese vocabulario hoy en día más
metafórico que literal. Al mismo tiempo, algunos investigadores del campo del
"neuropsicoanálisis", como Mark Solms, sostienen que ciertas intuiciones centrales de Freud
—la existencia de procesos mentales inaccesibles a la introspección consciente que
igualmente influyen sobre la conducta, la importancia de las experiencias tempranas en la
formación del carácter— encuentran hoy un respaldo razonable en la investigación sobre
memoria implícita, procesamiento automático y desarrollo del cerebro infantil, aun cuando el
mecanismo específico propuesto por Freud haya quedado superado.
El fin de semana está bien. La eficacia clínica en debate. Estudios controlados sobre la
eficacia del psicoanálisis clásico, en su forma más extensa y de varias sesiones semanales
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durante años, han sido durante décadas más difíciles de realizar y más ambiguos en sus
resultados que los estudios sobre terapias más breves y estructuradas, como la terapia
cognitivo-conductual, lo que llevó a buena parte de la psicología clínica contemporánea a
alejarse del modelo freudiano puro como tratamiento de primera elección para la mayoría de
los trastornos. Al mismo tiempo, formas derivadas y actualizadas del psicoanálisis,
agrupadas bajo el nombre de psicoterapias psicodinámicas, siguen practicándose y cuentan
con estudios que respaldan su eficacia para ciertos cuadros, particularmente aquellos
vinculados a patrones relacionales de larga data.
Su huella fuera de la clínica. Aunque su estatus como ciencia siga siendo objeto de debate, la
influencia de Freud en la cultura del siglo XX y XXI resulta difícil de exagerar: el
surrealismo de Salvador Dalí y André Breton se declaró explícitamente deudor de la teoría de
los sueños; la crítica literaria y cinematográfica incorporó conceptos como la represión, el
inconsciente o el complejo de Edipo como herramientas de lectura habituales; y el propio
lenguaje cotidiano —"lapsus freudiano", "represión", "trauma"— quedó impregnado de un
vocabulario que, hace poco más de cien años, sencillamente no existía.
Por qué sigue importando hoy. Cada vez que alguien sospecha que su reacción
desproporcionada frente a una situación menor tiene que ver con algo más antiguo y más
profundo que esa situación puntual; cada vez que alguien nota que repite, con distintas
parejas o distintos jefes, el mismo patrón de conflicto; cada vez que alguien toma en serio la
idea de que hablar de un problema, en voz alta y con atención sostenida, puede efectivamente
aliviarlo — está operando, lo sepa o no, dentro de un marco que Freud fue el primero en
describir con este nivel de detalle. No hace falta aceptar cada pieza de su teoría para
reconocer que cambió, de manera irreversible, la forma en que Occidente entiende qué es una
persona.
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Su huella en el cine. Pocas disciplinas artísticas absorbieron tan rápido y tan profundamente
el vocabulario freudiano como el cine, desde los experimentos surrealistas de Luis Buñuel y
Salvador Dalí en los años veinte hasta el uso explícito de simbolismo psicoanalítico en el
cine de Hollywood de mediados de siglo, incluida la colaboración directa entre Alfred
Hitchcock y Dalí para diseñar la célebre secuencia onírica de la película Recuerda (1945). La
estructura misma de buena parte del cine narrativo del siglo XX —el flashback como acceso
a un trauma reprimido, el personaje que actúa movido por motivaciones que ni él mismo
comprende del todo, la idea de que el pasado no resuelto determina el presente— debe una
parte considerable de su gramática visual y narrativa a la difusión masiva de las ideas
freudianas.
El psicoanálisis fuera de Europa y de los Estados Unidos. Aunque nació en Viena y encontró
en Estados Unidos, durante buena parte del siglo XX, su principal centro institucional, el
psicoanálisis freudiano echó raíces particularmente profundas en países como Argentina,
donde Buenos Aires llegó a tener, ya desde mediados del siglo XX, una de las mayores
concentraciones de psicoanalistas per cápita del mundo, con una influencia que se extendió
mucho más allá del consultorio hacia la cultura, la crítica literaria y el sentido común
cotidiano de buena parte de la población urbana.
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El mito del "Freud terapeuta silencioso". La imagen popular del analista freudiano como una
figura fría, silenciosa y distante, que apenas interviene mientras el paciente habla recostado
en un diván, corresponde solo parcialmente a la práctica real de Freud, que en muchas de las
sesiones documentadas por sus propios pacientes —incluido el célebre caso del "Hombre de
los lobos"— aparece conversando activamente, ofreciendo interpretaciones directas, e
incluso, en ocasiones, prestando dinero o interviniendo en la vida práctica de sus analizandos
de maneras que contradicen buena parte de la ortodoxia técnica que sus seguidores
institucionalizarían después en su nombre. Este arraigo profundo, poco comparable con el de
otros países de tradición hispanohablante, convirtió a la teoría freudiana en un idioma
compartido para hablar de la vida emocional que excede largamente el ámbito clínico
original.
El auge y la crisis de las neurociencias afectivas. Desde los años noventa, un campo
emergente conocido como neuropsicoanálisis, impulsado por investigadores como Mark
Solms y el neurocientífico Jaak Panksepp, buscó tender puentes explícitos entre los
conceptos freudianos y los hallazgos de la neurociencia moderna sobre las emociones y la
memoria. Aunque este cruce disciplinario sigue siendo minoritario y controvertido dentro de
ambos campos, representa un intento serio de rescatar del corpus freudiano aquellas
intuiciones —como la importancia de los procesos automáticos e inconscientes en la
regulación emocional— que podrían sobrevivir, en una forma actualizada, a la revisión
crítica de su aparato conceptual más específicamente decimonónico.
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Freud como personaje cultural. Pocas figuras científicas del siglo XX se convirtieron, como
Freud, en un personaje reconocible incluso para quienes jamás leyeron una sola de sus obras:
la imagen del diván, la pipa, la barba blanca y la pregunta "¿y cómo se siente con eso?"
forman parte del imaginario popular global, replicada en incontables viñetas, películas y
chistes. Esta caricatura, aunque simplificada hasta la distorsión, es también un testimonio
indirecto de la magnitud de su impacto: pocas teorías académicas logran convertir a su autor
en un ícono visual instantáneamente reconocible en prácticamente cualquier cultura del
mundo.
El debate sobre el estatus epistemológico del psicoanálisis. Más allá de la objeción puntual
de Popper sobre la falsabilidad, filósofos de la ciencia posteriores propusieron marcos
alternativos para evaluar teorías como la freudiana: Imre Lakatos, por ejemplo, sugirió
pensar el psicoanálisis no como una teoría única y monolítica, sino como un "programa de
investigación" con un núcleo duro de supuestos difíciles de refutar y un cinturón protector de
hipótesis auxiliares más flexibles, un esquema que permite entender por qué el psicoanálisis
pudo sobrevivir durante más de un siglo a pesar de las críticas metodológicas persistentes
que recibió desde fuera de su propio campo.
El psicoanálisis y la teoría literaria. A partir de mediados del siglo XX, la crítica literaria
académica incorporó de manera sistemática herramientas de lectura psicoanalítica para
analizar textos clásicos y contemporáneos, buscando en la trama, los personajes y hasta en
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los silencios de una obra los mismos mecanismos —represión, desplazamiento, deseo
edípico— que Freud había descrito para la vida psíquica individual. Autores como Harold
Bloom llegaron a sostener que la propia historia de la literatura podía leerse como una
sucesión de "angustias de influencia" entre un escritor y sus predecesores, en una clara
traducción literaria del complejo edípico freudiano al terreno de la creación artística.
La crítica de Michel Foucault. El filósofo francés, sin rechazar por completo el proyecto
freudiano, cuestionó en su Historia de la sexualidad la idea de que el psicoanálisis
representara una liberación frente a la represión victoriana de la sexualidad. Para Foucault, el
psicoanálisis, lejos de liberar al sujeto de un silencio impuesto, formaba parte de un
dispositivo histórico mucho más amplio que, desde el siglo XVIII, había multiplicado
exponencialmente los discursos sobre el sexo —incluida la obligación de hablar de él en
detalle ante un especialista—, produciendo con ello nuevas formas de control y de
normalización de la conducta sexual, no menos poderosas que la represión explícita que
decía combatir.
PARA PENSAR
Freud construyó una teoría enorme a partir, en buena medida, de su propio autoanálisis. ¿Qué
patrón repetido en tu propia vida podrías empezar a entender mejor si te animaras a mirarlo con
esa misma honestidad incómoda?
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CAPÍTULO
08
Ejercicios prácticos
Las ideas de Freud se leen rápido, pero revelan poco si no se aplican a la propia vida, con la
misma honestidad incómoda que él le exigía a sus pacientes. Los siguientes ejercicios están
pensados para hacerse con lápiz y papel, en el orden que prefieras. No hace falta creer al pie
de la letra en cada concepto freudiano para que el ejercicio de mirar hacia adentro con más
atención resulte útil.
Durante una semana, anotá cada lapsus, olvido o pequeño accidente que te resulte curioso: un
nombre que confundiste, una cita que se te "escapó", un objeto que perdiste justo antes de
usarlo para algo que en el fondo no querías hacer. Al final de la semana, revisá la lista y
preguntate, sin apuro, si hay algún patrón o algún deseo contradictorio detrás de alguno de
esos episodios.
Dejá una libreta o el celular junto a la cama y, apenas te despiertes, anotá lo que recuerdes de
tus sueños, sin editar ni ordenar la narración. Después de unas semanas de registro, releé todo
junto y buscá temas, personajes o emociones que se repiten — muchas veces el patrón se ve
mejor en la acumulación que en un sueño aislado.
Elegí un conflicto recurrente en tu vida —con una persona, con una decisión, con un
hábito— y escribí, sin parar y sin corregir, todo lo que se te ocurra asociado a él durante
cinco minutos seguidos, aunque parezca no tener relación directa. No busques la respuesta
correcta mientras escribís; revisá recién al final.
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Pensá en la última vez que te sentiste criticado o cuestionado y te defendiste con más
intensidad de la que la situación ameritaba. Preguntate con honestidad qué mecanismo estaba
en juego: ¿negaste algo evidente, proyectaste en el otro algo que en realidad te pertenecía a
vos, o reaccionaste con una versión exagerada de lo contrario a lo que sentías?
Sin necesidad de tomar el concepto de manera literal, escribí de qué manera tu relación
temprana con tus figuras parentales —o quienes cumplieron ese rol— sigue influyendo hoy
en tu forma de vincularte con figuras de autoridad, parejas o jefes. No se trata de buscar un
culpable, sino de notar un patrón heredado.
Elegí un tema que te cueste hablar en voz alta, aunque sea con vos mismo, y grabate
hablando sobre él durante cinco minutos sin editar ni interrumpirte. Después escuchá la
grabación como si fueras otra persona: muchas veces el simple hecho de poner en palabras
algo que dabas vueltas solo en la cabeza cambia la forma en que lo entendés.
La próxima vez que se te "trabe" un nombre que en general recordás sin problema, no
busques el nombre de inmediato: anotá qué otros pensamientos, personas o situaciones se te
cruzan por la cabeza en ese momento. Muchas veces, al reconstruir esa cadena, aparece una
conexión incómoda entre el nombre bloqueado y algo que preferís no pensar en ese
momento.
Pensá en la última vez que sufriste una decepción importante en un vínculo —una amistad,
una pareja, un proyecto compartido— y observá qué hiciste con esa energía afectiva en las
semanas siguientes: ¿la volcaste hacia otro vínculo, hacia un proyecto propio, o se quedó, por
un tiempo, replegada sobre vos mismo? Freud diría que ese repliegue temporal es esperable,
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incluso necesario, antes de poder reinvertir esa energía en algo o alguien nuevo.
Elegí un chiste que hiciste recientemente y que te salió "solo", casi sin pensarlo, y analizalo
con la lógica freudiana: ¿qué impulso agresivo, sexual o simplemente incómodo se coló,
disfrazado de humor, en esa broma? No hace falta compartir la respuesta con nadie; alcanza
con notar que el chiste, como el sueño, casi nunca es completamente inocente.
Pensá en un patrón que se repite en tu vida —el mismo tipo de conflicto, la misma clase de
decepción, el mismo desenlace en distintas relaciones— y escribí, con la mayor honestidad
posible, en qué se parecen las distintas versiones de esa historia. No busques todavía una
solución; alcanza, por ahora, con nombrar el patrón con claridad.
Durante un día, anotá cada vez que te critiques a vos mismo internamente, aunque sea por
algo mínimo. Al final del día, releé la lista y preguntate si un amigo cercano merecería ese
mismo nivel de exigencia por errores similares. La diferencia entre ambos criterios es, casi
siempre, la medida exacta de la severidad de tu propio superyó.
Pensá en una pérdida significativa —de una persona, un vínculo, una etapa de tu vida— y
describí en qué etapa del proceso sentís que estás hoy: ¿fuiste liberando gradualmente esa
energía afectiva para volcarla en algo nuevo, o sentís que una parte de ella sigue atrapada,
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Pensá en algo que te resultó inquietante de una manera difícil de explicar —no exactamente
miedo, sino una extrañeza incómoda— y preguntate si hay algo familiar, antiguo o reprimido
en tu propia historia que ese objeto o esa situación te esté, de alguna manera, recordando.
Pensá en una ausencia o una pérdida que te resulte difícil de tolerar pasivamente —la
distancia de alguien querido, la incertidumbre sobre un resultado importante— y preguntate
qué "juego" simbólico propio —una rutina, un objeto, un ritual— usás, sin habértelo
propuesto conscientemente, para sentir que tenés algún control sobre esa ausencia.
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CAPÍTULO
09
Frases clave comentadas
Sobre el inconsciente (La interpretación de los sueños). El sueño es, según Freud, el camino
real de acceso al conocimiento del inconsciente: en él, un deseo que la vigilia mantiene
reprimido encuentra, disfrazado, una vía de expresión que la conciencia despierta jamás le
permitiría de manera directa.
Sobre los actos fallidos (Psicopatología de la vida cotidiana). Ningún lapsus, ningún olvido,
ningún desliz al hablar es completamente casual: cada uno de ellos revela, en su forma
indirecta, un pensamiento o un deseo que la persona no se permite reconocer abiertamente en
ese momento.
Sobre la represión (Varios textos). Lo que se reprime no desaparece, sino que sigue actuando
desde el inconsciente, y tarde o temprano encuentra una vía de retorno, aunque sea disfrazada
bajo la forma de un síntoma, un sueño o una conducta que parece no tener explicación.
Sobre el yo y sus límites (El yo y el ello). El yo no es dueño absoluto de su propia casa: debe
negociar, de manera permanente y nunca del todo resuelta, entre las exigencias del ello, las
prohibiciones del superyó y las limitaciones que impone la realidad externa.
Sobre la cultura y la renuncia pulsional (El malestar en la cultura). Toda civilización exige,
como condición de su propia existencia, una renuncia constante a la satisfacción pulsional
inmediata, y esa renuncia produce, de manera estructural e inevitable, un cierto grado de
malestar en cada uno de sus miembros.
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Sobre los chistes y el inconsciente (El chiste y su relación con el inconsciente). El placer que
sentimos frente a un buen chiste proviene, en buena medida, de la descarga momentánea y
socialmente permitida de un impulso agresivo u obsceno que de otro modo permanecería
completamente reprimido.
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Sobre la compulsión de repetición (Más allá del principio de placer). Hay una tendencia
psíquica que empuja a repetir, una y otra vez, la misma situación dolorosa, como si la mente
intentara dominar retroactivamente una experiencia que en su momento resultó demasiado
abrumadora para procesarse por completo.
Sobre la culpa y el superyó (El malestar en la cultura). Cuanto más virtuosa es una persona,
más severo tiende a ser su propio juicio interior: la culpa no es proporcional a la falta
cometida, sino a la intensidad de la exigencia que esa persona interiorizó desde la infancia.
Sobre la sobre-determinación (Varios textos técnicos). Ningún síntoma, sueño o lapsus tiene
jamás una causa única y aislada: casi siempre responde, al mismo tiempo, a varias cadenas de
sentido distintas que convergen en un mismo punto, lo cual hace que la interpretación nunca
esté completamente cerrada.
Sobre lo ominoso (Lo ominoso). Lo que nos resulta inquietante de un modo particular no es
lo completamente ajeno, sino aquello familiar y antiguo que, tras haber sido reprimido,
retorna disfrazado bajo una forma que ya no reconocemos como propia.
Sobre el fort-da y el dominio simbólico (Más allá del principio de placer). Convertir en juego
activo y controlado por uno mismo aquello que en la vida real se padece de manera pasiva e
impotente es una de las funciones más elementales y más tempranas del símbolo.
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Freud Colección EduDigital
1. ¿Qué patrón se repite en tus últimos tres conflictos importantes, con personas distintas, que quizás no sea
casual?
2. Si tuvieras que interpretar tu propio lapsus o olvido más reciente como un mensaje del inconsciente,
¿qué diría ese mensaje?
3. ¿Qué mecanismo de defensa —negación, proyección, formación reactiva, sublimación— reconocés con
más frecuencia en vos mismo?
4. ¿Qué parte de tu carácter adulto podés rastrear hasta una experiencia temprana con tus figuras
parentales?
5. Si Freud te preguntara "¿puede amar y trabajar?", ¿qué le responderías hoy, con honestidad?
6. ¿Hay algún deseo que reconocés en tus sueños pero que jamás admitirías despierto?
7. Pensando en el malestar en la cultura: ¿qué renuncia cotidiana te cuesta más aceptar como necesaria para
convivir con los demás?
8. ¿En qué vínculo de tu vida reconocés una identificación temprana con una figura parental, para bien o
para mal?
9. ¿Qué chiste reciente tuyo, mirado con más atención, revela algo que en serio no dirías tan fácilmente?
10. ¿En qué duelo o pérdida de tu vida sentís que todavía hay energía afectiva "atrapada", sin poder fluir
hacia algo nuevo?
11. ¿Qué elección de pareja, en tu historia, se pareció más a buscar cuidado y qué elección se pareció más a
buscar una versión ideal de vos mismo?
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