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08 Capítulo V

El capítulo narra la vida de Francisco de Quevedo en Madrid durante el reinado de Felipe IV, donde fue encarcelado tras una acusación grave contra el Conde-duque de Olivares. Tras cuatro años de prisión, Quevedo se retira a su señorío, reflexionando sobre la muerte y su legado literario, mientras su amigo Lorenzo de Miranda admira su valentía ante el final de la vida. La historia culmina con la muerte de Quevedo, quien enfrentó su destino sin temor, dejando un impacto duradero en quienes lo conocieron.

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08 Capítulo V

El capítulo narra la vida de Francisco de Quevedo en Madrid durante el reinado de Felipe IV, donde fue encarcelado tras una acusación grave contra el Conde-duque de Olivares. Tras cuatro años de prisión, Quevedo se retira a su señorío, reflexionando sobre la muerte y su legado literario, mientras su amigo Lorenzo de Miranda admira su valentía ante el final de la vida. La historia culmina con la muerte de Quevedo, quien enfrentó su destino sin temor, dejando un impacto duradero en quienes lo conocieron.

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CAPÍTULO QUINTO

De cómo el dueño de la casona admiraba a su maestro Quevedo y de cuando,


pensando en los peligros de la vida, consideraba la posibilidad de su muerte

Durante aquellos días que Francisco de Quevedo vivió la daba con gran contento.
en Madrid, reinando ya Felipe IV, sucedió un hecho en Sangre noble, de hombres nobles,
apariencia poco importante pero que comprometió sangre azul que compromete
seriamente al escritor. y lleva a grandes hazañas
donde el hombre se ennoblece.
En el comedor del Real Alcázar se celebraba una cena ¿Por qué se pierde el sentido
y alguien colocó debajo de la servilleta del rey un papel de la lucha bella y digna,
que el monarca leyó con sorpresa. Se trataba de una grave por la vida, por la insignia?
acusación contra su Primer Ministro, el Conde-duque de ¿Dónde están los ideales
Olivares. Muchos de los presentes pensaron que el texto que movieron a los hombres?
procedía de la pluma de Quevedo y el valido del Felipe IV ¿Y dónde quedó el esfuerzo
no se conformó fácilmente con esta afrenta hecha contra su de aquellos ilustres nombres?
persona. El escritor fue condenado a prisión sin mediar
juicio alguno. Lorenzo de Miranda escribió estos versos recordando el
Transcurrieron entonces para Quevedo cuatro largos pasado glorioso de aquellos nobles guerreros que vivieron en
años de penalidades preso en San Marcos de León, de los esta su tierra. No sin razón el Campo de Montiel es llamado
que salió envejecido, cansado y enfermo. Al recuperar la «tierra de caballeros». ¿Pero se siente él digno continuador de
libertad, una vez muerto el Conde-duque, el escritor se aquellas hazañas? Le faltan fuerzas. ¡Distinto sería si su tutor,
retiró a su señorío manchego. poeta, espadachín y literato viviese ahora! Con Quevedo a su
A pocas leguas de Villanueva de los Infantes Francisco lado tendría el valor que ahora le flaquea.
de Quevedo encontró sosiego, «blanda paz, tras dura Le admira el temple que demostró Quevedo afrontando la
guerra», en sus posesiones de Torre de Juan Abad. Paseaba muerte, viéndola venir, esperándola sin temor. Lee un soneto
y leía («hablo con muertos, los libros») y entretenía su que el poeta escribió pocos días antes de su muerte.
vejez en estos parajes. De esa aldea serrana, cerca ya de
Sierra Morena, nos dejó páginas muy bellas, preñadas de Ya formidable y espantoso suena,
su característica socarronería. dentro del corazón, el postrer día:
y la última hora, negra y fría,
se acerca, de temor y sombras llena.
Si me hallo, preguntáis,
en este dulce retiro,
Si agradable descanso, paz serena,
y es aquí donde me hallo,
la muerte, en traje de dolor, envía,
pues andaba allá perdido.
señas da su desdén de cortesía:
más tiene de caricia que de pena.
No nos engaitan la vida
cortesanos laberintos,
¿Qué pretende el temor desacordado
ni la ambición, ni soberbia
de la que a rescatar, piadosa,
tienen por acá dominio.
viene espíritu en miserias anudado?

Lorenzo de Miranda sabe de memoria estos versos de Llegue rogada, pues mi bien previene:
su maestro y amigo. Repasa las páginas escritas por hálleme agradecido, no asustado:
Quevedo, en prosa y en verso. Selecciona lo que piensa mi vida acabe y mi vivir ordene.
enviar a un editor; todas las ideas geniales de este
impaciente, irritable, arrebatado y parcial hombre. Le Oigamos el pensamiento de Lorenzo de Miranda:
vemos reflexionando en su despacho sobre la posible «El temor desacordado: yo lo siento pensando en la
aventura que a él mismo, de seguir con la búsqueda de las posibilidad de morir. Siento temor y me emociona esto que
espuelas, le llevaría a Italia. ¿Encontrará las espuelas o escribió Quevedo, porque estaba convencido de que la muerte
encontrará quizá la muerte? viene a rescatar, piadosa, el espíritu. Seria bueno que
¡La muerte! Él la ha sentido palpitando en sus sienes Francisquillo leyera esto. ¡Ese chico sí que tiene coraje! Él
cuando, muchacho impulsivo en Madrid, se enredaba junto también es noble de espíritu y absorbe como una esponja todo
a su amigo espadachín en tantas pendencias. Ahora la aquello que le leo. Me he propuesto hacer de él un hombre
administración de sus tierras le lleva la mayor parte del día cabal y ¡creo que lo conseguiré!».
y se ha convertido en un acomodado terrateniente de vida Mientras el señor de Miranda leía los versos de Quevedo,
fácil. Ya no siente cosquillear en su sangre el reclamo de la Francisquillo escondido en un rincón de la buhardilla
aventura. Su ánimo de poeta le llevó a escribir unos devoraba un libro escrito por el poeta amigo de su amo. Este
mediocres versos hace tiempo, pensando en aquellos que se lo ha dejado para que practique la lectura y el aventajado
derramaron su sangre por defender la honra: alumno disfruta con una novela picaresca. En ella Quevedo da
muestras de un verdadero dominio del lenguaje. Oigamos lo
¡Tiempo aquel de caballeros, que piensa en voz alta Francisquillo:
en que la sangre y la honra, «¡Pardiez, que el caballero Quevedo describía bien a sus
que se desprecian ahora, personajes! En este libro de El Buscón retrata al licenciado
se valoraba a gran precio! Cabra de un modo que me admira. En verdad soy un chico
Y el que entregaba la vida
afortunado, que tengo un amo que me trata como si yo fuese
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su hijo, no como el desventurado Pablos que cayó de que resucité y diéronme los Padres della una celda admirable.
huésped en el pupilaje del desagradable Cabra. Según dice Todos los doctos y religiosísimos me asisten de manera que
Quevedo, el tal licenciado «era un clérigo cerbatana, largo tengo grandes esperanzas de breve convalecencia.
solo en el talle (con los dineros, corto), los ojos avecinados
en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos, tan -¿Y ya no salió de aquella celda?
hundidos y escuros, que era buen sitio el suyo para tienda -No, Francisquillo, ya no salió mas que a dar algún corto
de mercaderes (¡qué cuevas debía tener por ojos!). Traía paseo por el bello claustro renacentista. A la celda íbamos a
un bonete los días de sol, ratonado con mil gateras y visitarle los buenos amigos que aquí tenía: el señor de Bustos,
guarniciones de grasa (¡deberían vuestras mercedes ver a yo mismo y Juan López, su criado. Otros buenos amigos
mi amo, tan gallardo, con su sombrero de alas anchas estaban lejos y un sobrino, Pedro de Aldrete, único pariente
adornado de plumas blancas!). Era de cosa de paño, con que tenía, vivía a la sazón en Granada. Tres días antes de
los fondos en caspa. La sotana, según decían algunos, era morir, al llevarle Juan López unas cartas para firmar,
milagrosa, porque no se sabía de qué color era. Unos, exclamó: «Estas son las últimas cartas que tengo que firmar».
viéndola tan sin pelo, la tenían por cuero de rana; otros El día de su muerte, llamó al médico quien le tomó el
decían que era ilusión; desde cerca parecía negra, y desde pulso.
lejos entre azul y verde. Conjuraba los ratones de miedo Quevedo le insistía al doctor que le hablase con franqueza,
que no le royesen algunos mendrugos que guardaba. La pues ningún temor sentía a la muerte. El médico aseguró que
cama tenía en el suelo y dormía siempre de un lado por no le quedaban tres días. «¿Tres días? ¡Ni tres horas!». Pidió la
gastar las sábanas. Al fin, él era archipobre y proto- Santa Unción y expiró antes de las tres horas. Así fue la
miseria». impresionante muerte de un hombre, gran pecador pero
Terminada la descripción que Quevedo hace del sinceramente arrepentido. Era el 8 de septiembre de 1645,
licenciado Cabra, Francisquillo interrumpe la lectura. festividad de Nuestra Señora. Le vistieron los frailes con el
Apoya la barbilla sobre una mano y piensa. Piensa en hábito de Caballero de la Orden de Santiago y unas espuelas
Lorenzo de Miranda. Oye la voz de su amo que a lo lejos de oro, como había pedido.
le llama. Eso es todo. Recemos por él.
-¡Ya voy, señor! Ya voy. ¿Deseáis algo, don Lorenzo? A Francisquillo le impresiona vivamente esta conver-
-Hablar contigo, Francisquillo. He estado leyendo unos sación. Mientras sirve la cena a su amo no pronuncia ninguna
versos de nuestro poeta en los que se refiere a la muerte palabra. En silencio toma una frugal colación y se retira a su
que veía cercana, sin ningún temor. Yo he sentido miedo camastro. Tarda en dormirse. Piensa en la muerte. ¿Es la
pensando en perseguir al italiano que se fue después de muerte una «dulce sombra»?
comprar sus espuelas de oro. Ya se considera un admirador del caballero Quevedo.
-¿Miedo vos? ¡Si sois un hombre arrojado y valiente! ¡Cuánto debió sufrir este hombre al que «el alma le dolía y la
Lorenzo de Miranda sonrió ante la espontaneidad del sombra le pesaba»!
chico.
-Los valientes también sienten miedo ante el peligro. Y
es propio de caballeros cristianos encomendarse a Dios y
pedir oraciones a los amigos. ¿Quieres escuchar esta carta
que escribió don Francisco en su celda de los Dominicos?
Está fechada el 5 de septiembre de 1645. Él no tenía miedo
a la muerte. Falleció tres días después, el día 8. Va dirigida
a otro buen amigo suyo, don Francisco de Oviedo. Dice
así:

Pocos renglones dictaré, por quedar muy afligido y flaco


de una difteria que me ha sobrevenido y no la puedo atajar.
Vuestra merced me ha de encomendar a Dios, que es el
mejor oficio de los amigos; y suplique de mi parte al señor
Bernardo de Oviedo me haga esta misma caridad y merced.
Dios me ayude y me mire en la cara de Jesucristo y guarde a
vuestra merced como deseo.

-Don Lorenzo -exclama serio Francisquillo-, el


caballero Quevedo sabía que iba a morir cuando entró a
vivir con los Dominicos, ¿no es cierto?
-Los primeros meses se mantuvo optimista. Otra carta
que tiene fecha del 5 de abril de ese mismo año demuestra
que tuvo grande amor a la vida y no se daba por vencido
fácilmente, aunque ya estaba mortalmente enfermo.
Escucha:

Me apretó tanto mi mal estos días, que determiné llevar


mi cuerpo al convento de Santo Domingo, de esta Villa, por
la devoción que le tengo a la religión, a su Santo Patriarca y
al angélico doctor. (Santo Tomás de Aquino, dominico)
Pareciéndome que para vivir o morir era toda la buena
disposición que podía desear. En entrando en la casa parece

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