Los incendios son reacciones químicas de combustión no controlada
que liberan calor, luz y humo, y se propagan afectando materiales,
vegetación o estructuras cuando se combinan tres elementos:
combustible, oxígeno y una fuente de calor, lo que se conoce como el
triángulo del fuego. Sus causas se dividen en dos grandes grupos:
naturales y humanas. Las causas naturales representan una menor
proporción y se deben a fenómenos como los rayos durante
tormentas eléctricas, que pueden encender pastizales secos o
bosques, o la actividad volcánica que expulsa material incandescente.
Por otro lado, las causas de origen humano son las más frecuentes y
responsables de más del 90 % de los casos; entre ellas están el
descuido al manipular fuego, como dejar encendidas fogatas en zonas
rurales sin apagarlas completamente, tirar colillas de cigarrillo en
zonas con vegetación seca, o usar equipos eléctricos en mal estado
que generan cortocircuitos y chispas. También ocurren por actividades
agrícolas cuando se queman residuos o rastrojos sin control y el
viento extiende las llamas, o incluso por acciones intencionales. Para
prevenirlos es fundamental adoptar medidas claras: nunca abandonar
una fogata hasta asegurarse de que esté totalmente fría y cubierta
con tierra, no arrojar materiales encendidos en la naturaleza, revisar
periódicamente instalaciones eléctricas y electrodomésticos, respetar
las prohibiciones de encender fuego en épocas de sequía, mantener
limpios los alrededores de viviendas y cultivos eliminando maleza
seca, y enseñar a la población sobre los riesgos para actuar con
responsabilidad. Por ejemplo, en Guayaquil y sus alrededores, durante
la estación seca, la falta de humedad hace que la vegetación se
vuelva muy inflamable, por lo que apagar bien cualquier fuego y
evitar quemas no autorizadas reduce drásticamente el riesgo de
incendios que pueden destruir bosques, afectar la fauna y la salud de
las personas por el humo.