D. Nuevas sensibilidades éticas.
D. 1. La llamada «calidad de vida».
D. 2. Ecología y moral.
D. 1. La llamada «calidad de vida»>
La expresión «calidad de vida» es
reciente (no se remonta más allá de la
década de los cincuenta).
Sin embargo, su uso se ha extendido de
un modo tan notable que hasta se ha
convertido en eslogan político-social.
Por la sobrecarga emocional que
supone, es difí- cil precisar el contenido
exacto de este nuevo con- cepto. Sirve,
como concepto-medida, para describir
las condiciones de vida de una
determinada socie- dad; vale para la
discusión de los problemas socia- les del
crecimiento
demográfico, del desarrollo eco- nómico,
o de la protección del medio ambiente;
aglutina el malestar de amplios sectores
de la po- blación ante una civilización
que no colma las aspi- raciones del
hombre. Estas y otras connotaciones
significativas se adhieren a la expresión
calidad de
vida.
Tratando de superar estas
ambigüedades y bus- cando el contenido
preciso del concepto, podemos hacer las
siguientes precisiones. Calidad de vida
no es lo mismo que «nivel de vida»; este
último con- cepto designa el grado de
bienestar económico- social sometido a
medición cuantitativa (por ejem- plo, a
través de la medida de la «renta
nacional >>). La calidad de vida se
mueve en el ámbito de dos referencias:
vida y calidad. «Vida» designa aquí to-
da la realidad que tiene, o debe tener,
algún signifi- cado para el
hombre (desde las necesidades prima-
rias hasta los deseos más «humanos»).
El término «calidad» orienta los
significados de la «vida»> ha- cia el ser
humano, ser de cada hombre y de todos
los hombres.
Integrando las dos referencias, podemos
decir que «calidad de vida designa la
autorrealización desarrollada y plena del
hombre, el encuentro de su propia
identidad. Así, el concepto define la
plenitud de las posibilidades de
realización de la existencia humana que,
partiendo de la seguridad de una
constante satisfacción de las
necesidades vitales materiales
fundamentales (como alimentación, ves-
tido, habitación), se desarrolla en la libre
actividad de sí mismo como individuo en
el juego, en el arte, el intercambio
comunicativo, la entrega social y re-
ligiosa y el esfuerzo solidario de los
particulares por la configuración del
mundo de la vida humana co- mo causa
común ordenada. Por consiguiente, este
concepto de identidad permite en su
pluridimensio- nalidad que se hagan
perceptibles en cada caso la medida y el
grado de alienación respecto a la pleni-
tud de perfecciones a que puede llegar
el ser (la materialización en el proceso
laboral representaría un aspecto
particular de lo dicho). Calidad de vida,
como
en este sentido amplio, es una realidad
polifacética- mente condicionada, tanto
subjetivamente objetivamente, que
opone las mayores dificultades a una
determinabilidad genérica»
La calidad de vida, aunque no es una
realidad medible cuantitativamente,
aparece a través de un sistema
equilibrado de indicadores. El desarrollo
económico no es garantía segura de
calidad de vida, pero constituye un
presupuesto necesario
para ella; de ahí que tender a limitar el
crecimiento económi- co en los países
en vías de desarrollo (crecimiento cero)
supone un atentado contra la calidad de
vida. Las condiciones sociales para el
desarrollo de las necesidades
psicológicas y relacionales de la perso-
na son indicadores óptimos de la calidad
de vida, lo mismo que el sistema de
relación del hombre con el medio
ambiente. En síntesis, la realización,
para los más hombres posibles y para el
más largo tiem- po posible, de las
condiciones de vida correspon- dientes a
la dignidad humana: ése es el parámetro
global de la calidad de vida.
Mirada desde un punto de vista ético, la
calidad de vida se convierte en uno de
los criterios dinámi- cos del quehacer
humano. La meta que acabamos de
asignar a la calidad de vida corresponde
a
la finalidad básica de la ética: la
realización de condi- ciones de vida que
respondan a la dignidad humana para el
mayor número posible de hombres.
Consiguientemente, la realización de la
calidad de vida es uno de los
imperativos básicos del ethos humano:
objetivamente, en ese empeño se
totaliza el contenido de las exigencias
morales; y, subjetiva- mente, en esa
realización se concretan las instan- cias
éticas de la responsabilidad humana:
solidari- dad, justicia, libertad.
Así, pues, la ética apoya el empeño de
implantar interpelada por este concepto-
valor al organizar el en el mundo
humano la calidad de vida y se siente
campo de los contenidos y de las
responsabilidades morales. Podemos
suscribir la afirmación de que «<el factor
más importante del que dependerá el
des- tino humano es la misma calidad
humana, no sólo la calidad
de algunas élites, sino la calidad media
de los miles de millones de hombres que
pueblan la tierra» (A. Peccei, La calidad
humana. Madrid 1977
38). Este principio, tomado como
exigencia ética, es el motor de una
auténtica «revolución humana». Uno de
los aspectos más destacados en las
discu- siones sobre la calidad de vida es
la relación del hombre con su medio.
Sobre este tema nos fijamos
a continuación.
D. 2. Ecología y moral
La relación del hombre con su medio o,
según decir Marías, con su
«circunstancia», origi- prefiere na
múltiples problemas. El uso que el
hombre ha hecho de la tierra (el
nomadismo, las
civilizaciones fluviales, las grandes
migraciones, las actividades agrícolas y
mineras, las guerras, etc.), el tipo de ci-
vilización actual (urbanismo,
industrialización, tu- rismo, etc.), las
exigencias de la técnica (centrales
atómicas, etc.), el mismo crecimiento
económico han originado, a partir de los
años setenta, una si- tuación de angustia
que se expresa en el título signi- ficativo
de un libro de la Unesco (1986):
Estamos haciendo inhabitable el planeta.
Aunque algunos informes tengan un
tono excesi- vamente alarmista, y
aunque entre los economistas no exista
todavía acuerdo sobre los «<límites del
cre- cimiento»>, sin embargo el
problema de la relación del hombre con
su medio suscita serios interrogan- tes a
la humanidad. Como dice la carta
apostólica Octogesima adveniens:
«Mientras el horizonte se va así
modificando, partiendo de las imágenes
que pa- ra él se seleccionan, se hace
sentir otra transforma- ción,
consecuencia tan dramática como
inesperada de la actividad humana.
Bruscamente, el hombre adquiere
conciencia de ella: debido a una explota-
ción inconsiderada de la naturaleza,
corre el riesgo de destruirla y de ser a su
vez víctima de esta degra- dación. No
sólo el ambiente físico constituye una
amenaza permanente: contaminaciones
y deshe- chos, nuevas enfermedades,
poder destructor abso- luto; es el propio
consorcio humano el que el hom- bre no
domina ya, creando de esta manera
para el mañana un ambiente que podría
resultarle intole- rable. Problema social
de envergadura que incum- be a la
familia humana toda entera» (OA 21).
La toma de conciencia de este problema
ha
puesto de relieve un valor: la unidad de
destino del «planeta azul». «Los
hombres comienzan a percibir una
dimensión nueva y más radical de la
unidad, porque se dan cuenta de que los
recursos -como los preciosísimos
tesoros del aire y del agua, impres-
cindibles para la vida, y la limitada y
frágil 'biosfe- ra' de todo el conjunto de
los seres vivientes- no son infinitos, sino
que, por el contrario, deben ser cui-
dados y protegidos como un patrimonio
único de toda la humanidad» (Sínodo de
Obispos, 1971).
Como consecuencia de esa toma de
conciencia, surge la necesidad de
adoptar criterios y medidas concretas.
Han de ser replanteados los criterios que
iluminan la relación del hombre con el
cosmos. A este respecto, conviene
advertir que carecen de sen- tido las
acusaciones dirigidas contra el
cristianismo como si éste fuese el
culpable de la destrucción del medio
ambiente llevada a cabo por la
civilización tecnológica de occidente. La
relación de «dominio>> del hombre con
respecto a la naturaleza (cf. Gn 1, 26-28)
no se puede entender como justificación
de los estragos ecológicos que ha
realizado la humani- dad. La teología del
Vaticano II y las intervenciones
doctrinales de Pablo VI (a la FAO, 1970;
a los Juris- tas católicos italianos, 1971;
al Congreso Mundial de las Naciones
Unidas en Estocolmo, 1972) seña- lan
claramente que la cosmovisión cristiana
no sólo no provoca la degradación del
medio ambiente, si- no que apoya los
esfuerzos por su conservación. Con esto
no se quiere afirmar que los cristianos
hayan sido siempre, a ejemplo de san
Francisco de Asís, los más entusiastas
defensores de la protección de la
naturaleza.
Para adoptar medidas concretas, se
requiere sus- citar en la humanidad una
«ética ecológica». Esta ética no ha de
insistir tanto en detalles casuísticos
cuanto en un conjunto de actitudes que
testifiquen la opción del hombre por la
vida y por el respeto al patrimonio
común, presente y futuro, de la humani-
dad.
Una expresión del ethos ecológico actual
la en- contramos en la Declaración sobre
el medio ambien te, del Congreso
Mundial de las Naciones Unidas
(Estocolmo, 1972). Se recomienda su
lectura com texto complementario.