0% encontró este documento útil (0 votos)
1 vistas13 páginas

L L 5 A Don Quijote de La Mancha (Selección de Capítulos) : Engua Y Iteratura TO ÑO

El documento presenta una selección de capítulos de 'Don Quijote de la Mancha', donde se describe la vida de un hidalgo que, obsesionado con los libros de caballería, decide convertirse en caballero andante. A lo largo de su primera salida, se presenta su escudero Sancho Panza y se discuten sus aspiraciones de aventuras y conquistas. La narrativa destaca la locura de Don Quijote y su percepción distorsionada de la realidad, como se evidencia en su famoso encuentro con los molinos de viento.
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
1 vistas13 páginas

L L 5 A Don Quijote de La Mancha (Selección de Capítulos) : Engua Y Iteratura TO ÑO

El documento presenta una selección de capítulos de 'Don Quijote de la Mancha', donde se describe la vida de un hidalgo que, obsesionado con los libros de caballería, decide convertirse en caballero andante. A lo largo de su primera salida, se presenta su escudero Sancho Panza y se discuten sus aspiraciones de aventuras y conquistas. La narrativa destaca la locura de Don Quijote y su percepción distorsionada de la realidad, como se evidencia en su famoso encuentro con los molinos de viento.
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

EESOPI 3015

SAN ROQUE

LENGUA Y LITERATURA 5TO AÑO


DON QUIJOTE DE LA MANCHA
(Selección de capítulos)
Lengua y Literatura 5to Año - DON QUIJOTE DE LA MANCHA - 2026
PRIMERA PARTE
Capítulo I
Que trata de la condición y ejercicio del famoso y valiente hidalgo don Quijote de la Mancha.

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un
hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que
carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de
añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas
de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de
lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un
mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo
con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de
la [Link] decir que tenía el sobrenombre de
«Quijada», o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por
conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana». Pero esto importa poco a nuestro cuento:
basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso -que eran los más del año-, se
daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y
aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas
hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y, así, llevó a su casa todos
cuantos pudo haber dellos; y, de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano
de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando
llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la
sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra
fermosura». Y también cuando leía: «Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os
fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza...»
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el
sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para solo ello (...)
En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y
los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a
perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de
pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal
modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para
él no había otra historia más cierta en el mundo (...)
En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el
mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su
república, hacerse caballero andante y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a
ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo
género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.
Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda; y así, con
estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo
que deseaba. Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de
orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas
lo mejor que pudo; pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple;
mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada que, encajada con el morrión,
hacían una apariencia de celada entera. Es verdad que, para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una
cuchillada, sacó su espada y

2
Lengua y Literatura 5to Año - DON QUIJOTE DE LA MANCHA - 2026
le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de
parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de
nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y,
sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.
Fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela,
que «tantum pellis et ossa fuit», le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se
igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque - según se decía él a sí mesmo- no
era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí
procuraba acomodársele, de manera que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante y lo
que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el
nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya
profesaba; y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su
memoria e imaginación, al fin le vino a llamar «Rocinante», nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo
que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del
mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró
otros ocho días, y al cabo se vino a llamar «don Quijote»; de donde, como queda dicho, tomaron ocasión los
autores desta tan verdadera historia que sin duda se debía de llamar
«Quijada» , y no «Quesada», como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís no
sólo se había contentado con llamarse «Amadís» a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por
hacerla famosa, y se llamó «Amadís de Gaula», así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la
suya y llamarse «don Quijote de la Mancha», con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la
honraba con tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí
mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el
caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él:
-Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de
ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o,
finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado, y que entre y se hinque de
rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida: «Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor
de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote
de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza
disponga de mí a su talante»?
¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien
dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy
buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio
cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y,
buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora,
vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y
significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

Capítulo VII
De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha.
(…) En este tiempo solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien -si es que este título se
puede dar al que es pobre -, pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y
prometió, que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de escudero. Decíale entre otras cosas don
Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder aventura que ganase, en
quítame allá esas pajas, alguna ínsula, y le dejase a él por gobernador della. Con estas promesas y otras tales,
Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó su mujer y hijos y asentó por escudero de su vecino.
Dio luego don Quijote orden en buscar dineros, y, vendiendo una cosa y empeñando otra y

3
Lengua y Literatura 5to Año - DON QUIJOTE DE LA MANCHA - 2026
malbaratándolas todas, llegó una razonable cantidad. Acomodóse asimesmo de una rodela que pidió prestada a
un su amigo y, pertrechando su rota celada lo mejor que pudo, avisó a su escudero Sancho del día y la hora que
pensaba ponerse en camino, para que él se acomodase de lo que viese que más le era menester. Sobre todo, le
encargó que llevase alforjas. Él dijo que sí llevaría y que ansimesmo pensaba llevar un asno que tenía muy bueno,
porque él no estaba duecho a andar mucho a pie. En lo del asno reparó un poco don Quijote, imaginando si se le
acordaba si algún caballero andante había traído escudero caballero asnalmente, pero nunca le vino alguno a la
memoria; mas, con todo esto, determinó que le llevase, con presupuesto de acomodarle de más honrada
caballería en habiendo ocasión para ello, quitándole el caballo al primer descortés caballero que topase.
Proveyóse de camisas y de las demás cosas que él pudo, conforme al consejo que el ventero le había dado; todo
lo cual hecho y cumplido, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una
noche se salieron del lugar sin que persona los viese; en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por
seguros de que no los hallarían aunque los buscasen.
Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de
verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido. Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y
camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con
menos pesadumbre que la vez pasada, porque por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo los rayos del sol
no les fatigaban. Dijo en esto Sancho Panza a su amo:
-Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le olvide lo que de la ínsula me tiene prometido, que
yo la sabré gobernar, por grande que sea.
A lo cual le respondió don Quijote:
-Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de los caballeros andantes antiguos hacer
gobernadores a sus escuderos de las ínsulas o reinos que ganaban, y yo tengo determinado de que por mí no falte
tan agradecida usanza, antes pienso aventajarme en ella: porque ellos algunas veces, y quizá las más, esperaban
a que sus escuderos fuesen viejos, y, ya después de hartos de servir y de llevar malos días y peores noches, les
daban algún título de conde, o por lo mucho de marqués, de algún valle o provincia de poco más a menos; pero si
tú vives y yo vivo bien podría ser que antes de seis días ganase yo tal reino, que tuviese otros a él adherentes que
viniesen de molde para coronarte por rey de uno dellos. Y no lo tengas a mucho, que cosas y casos acontecen a
los tales caballeros por modos tan nunca vistos ni pensados, que con facilidad te podría dar aun más de lo que te
prometo.
-De esa manera -respondió Sancho Panza-, si yo fuese rey por algún milagro de los que vuestra merced dice, por
lo menos Juana Gutiérrez, mi oíslo, vendría a ser reina, y mis hijos infantes.
-Pues ¿quién lo duda? -respondió don Quijote.
-Yo lo dudo -replicó Sancho Panza-, porque tengo para mí que, aunque lloviese Dios reinos sobre la tierra,
ninguno asentaría bien sobre la cabeza de Mari Gutiérrez. Sepa, señor, que no vale dos maravedís para reina;
condesa le caerá mejor, y aun Dios y ayuda.
-Encomiéndalo tú a Dios, Sancho -respondió don Quijote-, que Él dará lo que más le convenga; pero no
apoques tu ánimo tanto, que te vengas a contentar con menos que con ser adelantado.
-No haré, señor mío -respondió Sancho-, y más teniendo tan principal amo en vuestra merced, que me
sabrá dar todo aquello que me esté bien y yo pueda llevar.

Capítulo VIII
n suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros
sucesos dignos de felice recordación
En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don
Quijote los vio, dijo a su escudero:
-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho
Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a
todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra, y es gran servicio de
Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
-¿Qué gigantes? -dijo Sancho Panza.
-Aquellos que allí ves -respondió su amo-, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos

4
Lengua y Literatura 5to Año - DON QUIJOTE DE LA MANCHA - 2026
leguas.
-Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de
viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
-Bien parece -respondió don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes
miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le
daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero
él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque
estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo en voces altas:
-Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.
Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don
Quijote, dijo:
-Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal
trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante
y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con
tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho
por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía
menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.
-¡Válame Dios! -dijo Sancho-. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino
molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?
-Calla, amigo Sancho -respondió don Quijote-, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua
mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los
libros ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me
tiene; mas al cabo al cabo han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
-Dios lo haga como puede -respondió Sancho Panza.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba. Y, hablando en la
pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de
hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; sino que iba muy pesaroso, por haberle faltado
la lanza; y diciéndoselo a su escudero, le dijo:
-Yo me acuerdo haber leído que un caballero español llamado Diego Pérez de Vargas, habiéndosele en una
batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día y
machacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre «Machuca», y así él como sus decendientes se llamaron
desde aquel día en adelante «Vargas y Machuca». Hete dicho esto porque de la primera encina o roble que se me
depare pienso desgajar otro tronco, tal y tan bueno como aquel que me imagino; y pienso hacer con él tales
hazañas, que tú te tengas por bien afortunado de haber merecido venir a vellas y a ser testigo de cosas que
apenas podrán ser creídas.
-A la mano de Dios -dijo Sancho-. Yo lo creo todo así como vuestra merced lo dice; pero enderécese un poco, que
parece que va de medio lado, y debe de ser del molimiento de la caída.
-Así es la verdad -respondió don Quijote-, y si no me quejo del dolor, es porque no es dado a los caballeros
andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella.
-Si eso es así, no tengo yo que replicar -respondió Sancho-; pero sabe Dios si yo me holgara que vuestra merced se
quejara cuando alguna cosa le doliera. De mí sé decir que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si
ya no se entiende también con los escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse.
No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero; y, así, le declaró que podía muy bien
quejarse como y cuando quisiese, sin gana o con ella, que hasta entonces no había leído cosa en contrario en la
orden de caballería. Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondióle su amo que por entonces no le
hacía menester, que comiese él cuando se le antojase. Con esta licencia, se acomodó Sancho lo mejor que pudo
sobre su jumento, y, sacando de las alforjas lo que en ellas había

5
Lengua y Literatura 5to Año - DON QUIJOTE DE LA MANCHA - 2026
puesto, iba caminando y comiendo detrás de su amo muy de su espacio, y de cuando en cuando empinaba la
bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga. Y en tanto que él iba de
aquella manera menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le hubiese hecho, ni
tenía por ningún trabajo, sino por mucho descanso, andar buscando las aventuras, por peligrosas que fuesen.
En resolución, aquella noche la pasaron entre unos árboles, y del uno dellos desgajó don Quijote un ramo
seco que casi le podía servir de lanza, y puso en él el hierro que quitó de la que se le había quebrado. Toda aquella
noche no durmió don Quijote, pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en sus libros,
cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados, entretenidos con las
memorias de sus señoras. No la pasó ansí Sancho Panza, que, como tenía el estómago lleno, y no de agua de
chicoria, de un sueño se la llevó toda, y no fueran parte para despertarle, si su amo no lo llamara, los rayos del sol,
que le daban en el rostro, ni el canto de las aves, que muchas y muy regocijadamente la venida del nuevo día
saludaban. Al levantarse, dio un tiento a la bota, y hallóla algo más flaca que la noche antes, y afligiósele el
corazón, por parecerle que no llevaban camino de remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse don
Quijote, porque, como está dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias. Tornaron a su comenzado camino
del Puerto Lápice, y a obra de las tres del día le descubrieron.

Capítulo XVIII
Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor don Quijote, con otras aventuras dignas de ser
contadas.

(…) En estos coloquios iban don Quijote y su escudero, cuando vio don Quijote que por el camino que iban
venía hacia ellos una grande y espesa polvareda; y, en viéndola, se volvió a Sancho y le dijo:
-Este es el día, ¡oh Sancho!, en el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado mi suerte; este es el día, digo,
en que se ha de mostrar, tanto como en otro alguno, el valor de mi brazo, y en el que tengo de hacer obras que
queden escritas en el libro de la fama por todos los venideros siglos. ¿Ves aquella polvareda que allí se levanta,
Sancho? Pues toda es cuajada de un copiosísimo ejército que de diversas e innumerables gentes por allí viene
marchando.
-A esa cuenta, dos deben de ser -dijo Sancho-, porque desta parte contraria se levanta asimesmo otra semejante
polvareda.
Volvió a mirarlo don Quijote y vio que así era la verdad y, alegrándose sobremanera, pensó sin duda
alguna que eran dos ejércitos que venían a embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura.
Porque tenía a todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas batallas, encantamentos, sucesos, desatinos,
amores, desafíos, que en los libros de caballerías se cuentan, y todo cuanto hablaba, pensaba o hacía era
encaminado a cosas semejantes. Y la polvareda que había visto la levantaban dos grandes manadas de ovejas y
carneros que por aquel mesmo camino de dos diferentes partes venían, las cuales, con el polvo, no se echaron de
ver hasta que llegaron cerca. Y con tanto ahínco afirmaba don Quijote que eran ejércitos, que Sancho lo vino a
creer y a decirle:
-Señor, pues ¿qué hemos de hacer nosotros?
-¿Qué? -dijo don Quijote-. Favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos. Y has de saber, Sancho, que este
que viene por nuestra frente le conduce y guía el grande emperador Alifanfarón, señor de la grande isla
Trapobana; este otro que a mis espaldas marcha es el de su enemigo, el rey de los garamantas, Pentapolín del
Arremangado Brazo, porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho desnudo.
-Pues ¿por qué se quieren tan mal estos dos señores? -preguntó Sancho.
-Quiérense mal -respondió don Quijote- porque este Alifanfarón es un furibundo pagano y está enamorado de la
hija de Pentapolín, que es una muy fermosa y además agraciada señora, y es cristiana, y su padre no se la quiere
entregar al rey pagano, si no deja primero la ley de su falso profeta Mahoma y se vuelve a la suya.
-¡Para mis barbas -dijo Sancho-, si no hace muy bien Pentapolín, y que le tengo de ayudar en cuanto pudiere!
-En eso harás lo que debes, Sancho -dijo don Quijote-, porque para entrar en batallas semejantes no se

6
Lengua y Literatura 5to Año - DON QUIJOTE DE LA MANCHA - 2026
requiere ser armado caballero.
-Bien se me alcanza eso -respondió Sancho-, pero ¿dónde pondremos a este asno que estemos ciertos de hallarle
después de pasada la refriega? Porque el entrar en ella en semejante caballería no creo que está en uso hasta
agora.
-Así es verdad -dijo don Quijote-. Lo que puedes hacer dél es dejarle a sus aventuras, ora se pierda o no, porque
serán tantos los caballos que tendremos después que salgamos vencedores, que aun corre peligro Rocinante no le
trueque por otro. Pero estáme atento y mira, que te quiero dar cuenta de los caballeros más principales que en
estos dos ejércitos vienen. Y para que mejor los veas y notes, retirémonos a aquel altillo que allí se hace, de
donde se deben de descubrir los dos ejércitos.
Hiciéronlo ansí y pusiéronse sobre una loma, desde la cual se vieran bien las dos manadas que a don
Quijote se le hicieron ejército, si las nubes del polvo que levantaban no les turbara y cegara la vista; pero
con todo esto, viendo en su imaginación lo que no veía ni había, con voz levantada comenzó a decir:
-Aquel caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado, rendido a los pies de
una doncella, es el valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores de oro, que
trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; el
otro de los miembros giganteos, que está a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbarán de Boliche,
señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de serpiente y tiene por escudo una puerta, que
según es fama es una de las del templo que derribó Sansón cuando con su muerte se vengó de sus enemigos.
Pero vuelve los ojos a estotra parte y verás delante y en la frente destotro ejército al siempre vencedor y jamás
vencido Timonel de Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas partidas a
cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el escudo un gato de oro en campo leonado, con una letra
que dice «Miau», que es el principio del nombre de su dama, que, según se dice, es la sin par Miulina, hija del
duque Alfeñiquén del Algarbe; el otro que carga y oprime los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las
armas como nieve blancas y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de nación francés,
llamado Pierres Papín, señor de las baronías de Utrique; el otro que bate las ijadas con los herrados carcaños a
aquella pintada y ligera cebra y trae las armas de los veros azules, es el poderoso duque de Nerbia, Espartafilardo
del Bosque, que trae por empresa en el escudo una esparraguera, con una letra en castellano que dice así:
«Rastrea mi suerte».
Y desta manera fue nombrando muchos caballeros del uno y del otro escuadrón que él se imaginaba, y a
todos les dio sus armas, colores, empresas y motes de improviso, llevado de la imaginación de su nunca vista
locura, y, sin parar, prosiguió diciendo:
-A este escuadrón frontero forman y hacen gentes de diversas naciones: aquí están los que bebían las dulces
aguas del famoso Janto; los montuosos que pisan los masílicos campos; los que criban el finísimo y menudo oro
en la felice Arabia; los que gozan las famosas y frescas riberas del claro Termodonte; los que sangran por muchas
y diversas vías al dorado Pactolo; los numidas, dudosos en sus promesas; los persas, arcos y flechas famosos; los
partos, los medos, que pelean huyendo; los árabes de mudables casas; los citas, tan crueles como blancos; los
etiopes, de horadados labios, y otras infinitas naciones, cuyos rostros conozco y veo, aunque de los nombres no
me acuerdo. En estotro escuadrón vienen los que beben las corrientes cristalinas del olivífero Betis; los que
tersan y pulen sus rostros con el licor del siempre rico y dorado Tajo; los que gozan las provechosas aguas del
divino Genil; los que pisan los tartesios campos, de pastos abundantes; los que se alegran en los elíseos
jerezanos prados; los manchegos, ricos y coronados de rubias espigas; los de hierro vestidos, reliquias antiguas de
la sangre goda; los que en Pisuerga se bañan, famoso por la mansedumbre de su corriente; los que su ganado
apacientan en las extendidas dehesas del tortuoso Guadiana, celebrado por su escondido curso; los que
tiemblan con el frío del silvoso Pirineo y con los blancos copos del levantado Apenino; finalmente, cuantos toda
la Europa en sí contiene y encierra.
¡Válame Dios, y cuántas provincias dijo, cuántas naciones nombró, dándole a cada una con maravillosa
presteza los atributos que le pertenecían, todo absorto y empapado en lo que había leído en sus libros
mentirosos!
Estaba Sancho Panza colgado de sus palabras, sin hablar ninguna, y de cuando en cuando volvía la cabeza
a ver si veía los caballeros y gigantes que su amo nombraba; y como no descubría a ninguno, le dijo:

7
Lengua y Literatura 5to Año - DON QUIJOTE DE LA MANCHA - 2026
-Señor, encomiendo al diablo hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra merced dice parece por todo
esto. A lo menos, yo no los veo. Quizá todo debe ser encantamento, como las fantasmas de anoche.
-¿Cómo dices eso? -respondió don Quijote-. ¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido
de los atambores?
-No oigo otra cosa -respondió Sancho- sino muchos balidos de ovejas y carneros. Y así era la verdad, porque ya
llegaban cerca los dos rebaños.
-El miedo que tienes -dijo don Quijote- te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas, porque uno de los efectos
del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, retírate a
una parte y déjame solo, que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda.
Y, diciendo esto, puso las espuelas a Rocinante y, puesta la lanza en el ristre, bajó de la costezuela como
un rayo.
Diole voces Sancho, diciéndole:
-Vuélvase vuestra merced, señor don Quijote, que voto a Dios que son carneros y ovejas las que va a embestir.
Vuélvase, ¡desdichado del padre que me engendró! ¿Qué locura es esta? Mire que no hay gigante ni caballero
alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni enteros, ni veros azules ni endiablados. ¿Qué es lo que hace?
¡Pecador soy yo a Dios!
Ni por esas volvió don Quijote, antes en altas voces iba diciendo:
-¡Ea, caballeros, los que seguís y militáis debajo de las banderas del valeroso emperador Pentapolín del
Arremangado Brazo, seguidme todos! ¡Veréis cuán fácilmente le doy venganza de su enemigo Alifanfarón de
la Trapobana!
Esto diciendo, se entró por medio del escuadrón de las ovejas y comenzó de alanceallas con tanto coraje y
denuedo como si de veras alanceara a sus mortales enemigos. Los pastores y ganaderos que con la manada
venían dábanle voces que no hiciese aquello; pero, viendo que no aprovechaban, desciñéronse las hondas y
comenzaron a saludalle los oídos con piedras como el puño. Don Quijote no se curaba de las piedras, antes,
discurriendo a todas partes, decía:
-¿Adónde estás, soberbio Alifanfarón? Vente a mí, que un caballero solo soy, que desea, de solo a solo, probar tus
fuerzas y quitarte la vida, en pena de la que das al valeroso Pentapolín Garamanta.
Llegó en esto una peladilla de arroyo y, dándole en un lado, le sepultó dos costillas en el cuerpo. Viéndose
tan maltrecho, creyó sin duda que estaba muerto o malferido y, acordándose de su licor, sacó su alcuza y
púsosela a la boca y comenzó a echar licor en el estómago; mas antes que acabase de envasar lo que a él le
parecía que era bastante, llegó otra almendra y diole en la mano y en el alcuza tan de lleno, que se la hizo
pedazos, llevándole de camino tres o cuatro dientes y muelas de la boca y machucándole malamente dos dedos
de la mano.
Tal fue el golpe primero y tal el segundo, que le fue forzoso al pobre caballero dar consigo del caballo
abajo. Llegáronse a él los pastores y creyeron que le habían muerto y, así, con mucha priesa recogieron su ganado
y cargaron de las reses muertas, que pasaban de siete, y sin averiguar otra cosa se fueron.
Estábase todo este tiempo Sancho sobre la cuesta mirando las locuras que su amo hacía, y arrancábase las
barbas, maldiciendo la hora y el punto en que la fortuna se le había dado a conocer. Viéndole, pues, caído
en el suelo, y que ya los pastores se habían ido, bajó de la cuesta y llegóse a él, y hallóle de muy mal arte,
aunque no había perdido el sentido, y díjole:
-¿No le decía yo, señor don Quijote, que se volviese, que los que iba a acometer no eran ejércitos, sino
manadas de carneros?
-Como eso puede desparecer y contrahacer aquel ladrón del sabio mi enemigo. Sábete, Sancho, que es muy fácil
cosa a los tales hacernos parecer lo que quieren, y este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vio
que yo había de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en manadas de ovejas. Si no, haz
una cosa, Sancho, por mi vida, porque te desengañes y veas ser verdad lo que te digo: sube en tu asno y síguelos
bonitamente y verás como, en alejándose de aquí algún poco, se vuelven en su ser primero y, dejando de ser
carneros, son hombres hechos y derechos como yo te los pinté primero. Pero no vayas agora, que he menester tu
favor y ayuda: llégate a mí y mira cuántas muelas y dientes me faltan, que me parece que no me ha quedado
ninguno en la boca.
Llegóse Sancho tan cerca, que casi le metía los ojos en la boca, y fue a tiempo que ya había obrado

8
Lengua y Literatura 5to Año - DON QUIJOTE DE LA MANCHA - 2026
el bálsamo en el estómago de don Quijote; y al tiempo que Sancho llegó a mirarle la boca, arrojó de sí, más recio
que una escopeta, cuanto dentro tenía y dio con todo ello en las barbas del compasivo escudero.
-¡Santa María! —dijo Sancho—, ¿y qué es esto que me ha sucedido? Sin duda este pecador está herido de
muerte, pues vomita sangre por la boca.
Pero, reparando un poco más en ello, echó de ver en la color, sabor y olor que no era sangre, sino el
bálsamo de la alcuza que él le había visto beber; y fue tanto el asco que tomó, que, revolviéndosele el estómago,
vomitó las tripas sobre su mismo señor, y quedaron entrambos como de perlas. Acudió Sancho a su asno para
sacar de las alforjas con qué limpiarse y con qué curar a su amo, y como no las halló estuvo a punto de perder el
juicio: maldíjose de nuevo y propuso en su corazón de dejar a su amo y volverse a su tierra, aunque perdiese el
salario de lo servido y las esperanzas del gobierno de la prometida ínsula.
Levantóse en esto don Quijote y, puesta la mano izquierda en la boca, porque no se le acabasen de salir
los dientes, asió con la otra las riendas de Rocinante, que nunca se había movido de junto a su amo - tal era de
leal y bien acondicionado-, y fuese adonde su escudero estaba, de pechos sobre su asno, con la mano en la
mejilla, en guisa de hombre pensativo además. Y viéndole don Quijote de aquella manera, con muestras de tanta
tristeza, le dijo:
-Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos
suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es
posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya
cerca. Así que no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas.
-¿Cómo no? -respondió Sancho-. Por ventura el que ayer mantearon ¿era otro que el hijo de mi padre? Y las
alforjas que hoy me faltan con todas mis alhajas ¿son de otro que del mismo?
-¿Que te faltan las alforjas, Sancho? -dijo don Quijote.
-Sí que me faltan -respondió Sancho.
-Dese modo, no tenemos qué comer hoy -replicó don Quijote.
-Eso fuera -respondió Sancho- cuando faltaran por estos prados las yerbas que vuestra merced dice que conoce,
con que suelen suplir semejantes faltas los tan malaventurados andantes caballeros como vuestra merced es.
-Con todo eso -respondió don Quijote-, tomara yo ahora más aína un cuartal de pan o una hogaza y dos cabezas
de sardinas arenques, que cuantas yerbas describe Dioscórides, aunque fuera el ilustrado por el doctor Laguna.
Mas, con todo esto, sube en tu jumento, Sancho el bueno, y vente tras mí, que Dios, que es proveedor de todas
las cosas, no nos ha de faltar, y más andando tan en su servicio como andamos, pues no falta a los mosquitos del
aire ni a los gusanillos de la tierra ni a los renacuajos del agua, y es tan piadoso, que hace salir su sol sobre los
buenos y los malos y llueve sobre los injustos y justos.
-Más bueno era vuestra merced -dijo Sancho- para predicador que para caballero andante.
-De todo sabían y han de saber los caballeros andantes, Sancho -dijo don Quijote-, porque caballero andante
hubo en los pasados siglos que así se paraba a hacer un sermón o plática en mitad de un campo real como si fuera
graduado por la Universidad de París; de donde se infiere que nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la
lanza.
-Ahora bien, sea así como vuestra merced dice -respondió Sancho-; vamos ahora de aquí y procuremos donde
alojar esta noche, y quiera Dios que sea en parte donde no haya mantas ni manteadores ni fantasmas ni moros
encantados, que si los hay, daré al diablo el hato y el garabato.
-Pídeselo tú a Dios, hijo -dijo don Quijote-, y guía tú por donde quisieres, que esta vez quiero dejar a tu eleción el
alojarnos. Pero dame acá la mano y atiéntame con el dedo y mira bien cuántos dientes y muelas me faltan deste
lado derecho, de la quijada alta, que allí siento el dolor.
Metió Sancho los dedos y, estándole tentando, le dijo:
-¿Cuántas muelas solía vuestra merced tener en esta parte?
-Cuatro -respondió don Quijote-, fuera de la cordal, todas enteras y muy sanas.
-Mire vuestra merced bien lo que dice, señor -respondió Sancho.
-Digo cuatro, si no eran cinco -respondió don Quijote-, porque en toda mi vida me han sacado diente ni muela de
la boca, ni se me ha caído ni comido de neguijón ni de reuma alguna.
-Pues en esta parte de abajo -dijo Sancho- no tiene vuestra merced más de dos muelas y media; y en la de arriba,
ni media, ni ninguna, que toda está rasa como la palma de la mano.

9
Lengua y Literatura 5to Año - DON QUIJOTE DE LA MANCHA - 2026
-¡Sin ventura yo! -dijo don Quijote, oyendo las tristes nuevas que su escudero le daba-, que más quisiera que me
hubieran derribado un brazo, como no fuera el de la espada. Porque te hago saber, Sancho, que la boca sin
muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante; mas a todo esto
estamos sujetos los que profesamos la estrecha orden de la caballería. Sube, amigo, y guía, que yo te seguiré al
paso que quisieres.
Hízolo así Sancho y encaminóse hacia donde le pareció que podía hallar acogimiento, sin salir del camino
real, que por allí iba muy seguido (...)

SEGUNDA PARTE
Capítulo LXIV
Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido.

(…) Y una mañana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa armado de todas sus armas, porque,
como muchas veces decía, ellas eran sus arreos, y su descanso el pelear, y no se hallaba sin ellas un punto, vio
venir hacia él un caballero, armado asimismo de punta en blanco, que en el escudo traía pintada una luna
resplandeciente; el cual, llegándose a trecho que podía ser oído, en altas voces, encaminando sus razones a don
Quijote, dijo:
-Insigne caballero y jamás como se debe alabado don Quijote de la Mancha, yo soy el Caballero de la
Blanca Luna, cuyas inauditas hazañas quizá te le habrán traído a la memoria. Vengo a contender contigo y a probar
la fuerza de tus brazos, en razón de hacerte conocer y confesar que mi dama, sea quien fuere, es sin comparación
más hermosa que tu Dulcinea del Toboso: la cual verdad si tú la confiesas de llano en llano, escusarás tu muerte
y el trabajo que yo he de tomar en dártela; y si tú peleares y yo te venciere, no quiero otra satisfación sino que,
dejando las armas y absteniéndote de buscar aventuras, te recojas y retires a tu lugar por tiempo de un año,
donde has de vivir sin echar mano a la espada, en paz tranquila y en provechoso sosiego, porque así conviene al
aumento de tu hacienda y a la salvación de tu alma; y si tú me vencieres, quedará a tu discreción mi cabeza y
serán tuyos los despojos de mis armas y caballo, y pasará a la tuya la fama de mis hazañas. Mira lo que te está
mejor y respóndeme luego, porque hoy todo el día traigo de término para despachar este negocio.
Don Quijote quedó suspenso y atónito, así de la arrogancia del Caballero de la Blanca Luna como de la
causa por que le desafiaba, y con reposo y ademán severo le respondió:
-Caballero de la Blanca Luna, cuyas hazañas hasta agora no han llegado a mi noticia, yo osaré jurar que jamás
habéis visto a la ilustre Dulcinea, que, si visto la hubiérades, yo sé que procurárades no poneros en esta demanda,
porque su vista os desengañara de que no ha habido ni puede haber belleza que con la suya comparar se pueda;
y, así, no diciéndoos que mentís, sino que no acertáis en lo propuesto, con las condiciones que habéis referido
aceto vuestro desafío, y luego, porque no se pase el día que traéis determinado, y solo exceto de las condiciones
la de que se pase a mí la fama de vuestras hazañas, porque no sé cuáles ni qué tales sean: con las mías me
contento, tales cuales ellas son. Tomad, pues, la parte del campo que quisiéredes, que yo haré lo mesmo, y a
quien Dios se la diere, San Pedro se la bendiga.
Habían descubierto de la ciudad al Caballero de la Blanca Luna y díchoselo al visorrey, y que estaba
hablando con don Quijote de la Mancha. El visorrey, creyendo sería alguna nueva aventura fabricada por don
Antonio Moreno o por otro algún caballero de la ciudad, salió luego a la playa, con don Antonio y con otros
muchos caballeros que le acompañaban, a tiempo cuando don Quijote volvía las riendas a Rocinante para tomar
del campo lo necesario.
Viendo, pues, el visorrey que daban los dos señales de volverse a encontrar, se puso en medio,
preguntándoles qué era la causa que les movía a hacer tan de improviso batalla. El Caballero de la Blanca Luna
respondió que era precedencia de hermosura, y en breves razones le dijo las mismas que había dicho a don
Quijote, con la acetación de las condiciones del desafío hechas por entrambas partes. Llegóse el visorrey a don
Antonio y preguntóle paso si sabía quién era el tal Caballero de la Blanca Luna o si era alguna burla que querían
hacer a don Quijote. Don Antonio le respondió que ni sabía quién era, ni si era de burlas ni de veras el tal desafío.
Esta respuesta tuvo perplejo al visorrey en si les dejaría o no pasar adelante en la

10
Lengua y Literatura 5to Año - DON QUIJOTE DE LA MANCHA - 2026
batalla; pero no pudiéndose persuadir a que fuese sino burla, se apartó diciendo:
-Señores caballeros, si aquí no hay otro remedio sino confesar o morir, y el señor don Quijote está en sus trece, y
vuestra merced el de la Blanca Luna en sus catorce, a la mano de Dios, y dense.
Agradeció el de la Blanca Luna con corteses y discretas razones al visorrey la licencia que se les daba, y
don Quijote hizo lo mesmo; el cual, encomendándose al cielo de todo corazón y a su Dulcinea, como tenía de
costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían, tornó a tomar otro poco más del campo, porque vio que
su contrario hacía lo mesmo; y sin tocar trompeta ni otro instrumento bélico que les diese señal de arremeter,
volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos, y como era más ligero el de la Blanca Luna,
llegó a don Quijote a dos tercios andados de la carrera, y allí le encontró con tan poderosa fuerza, sin tocarle con
la lanza (que la levantó, al parecer, de propósito), que dio con Rocinante y con don Quijote por el suelo una
peligrosa caída. Fue luego sobre él y, poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo:
-Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de nuestro desafí[Link] Quijote, molido y
aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:
-Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es
bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la
honra.
-Eso no haré yo, por cierto -dijo el de la Blanca Luna-: viva, viva en su entereza la fama de la hermosura de la
señora Dulcinea del Toboso, que solo me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un año, o hasta
el tiempo que por mí le fuere mandado, como concertamos antes de entrar en esta batalla.
Todo esto oyeron el visorrey y don Antonio, con otros muchos que allí estaban, y oyeron asimismo que
don Quijote respondió que como no le pidiese cosa que fuese en perjuicio de Dulcinea, todo lo demás cumpliría
como caballero puntual y verdadero.
Hecha esta confesión, volvió las riendas el de la Blanca Luna y, haciendo mesura con la cabeza al visorrey,
a medio galope se entró en la ciudad.
Mandó el visorrey a don Antonio que fuese tras él y que en todas maneras supiese quién era. Levantaron
a don Quijote, descubriéronle el rostro y halláronle sin color y trasudando. Rocinante, de puro malparado, no se
pudo mover por entonces. Sancho, todo triste, todo apesarado, no sabía qué decirse ni qué hacerse: parecíale
que todo aquel suceso pasaba en sueños y que toda aquella máquina era cosa de encantamento. Veía a su señor
rendido y obligado a no tomar armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus hazañas escurecida, las
esperanzas de sus nuevas promesas deshechas, como se deshace el humo con el viento. Temía si quedaría o no
contrecho Rocinante, o deslocado su amo, que no fuera poca ventura si deslocado quedara. Finalmente, con una
silla de manos que mandó traer el visorrey, le llevaron a la ciudad, y el visorrey se volvió también a ella con deseo
de saber quién fuese el Caballero de la Blanca Luna que de tan mal talante había dejado a don Quijote.

Capítulo LXXIV
De cómo don Quijote cayó malo y del testamento que hizo y su muerte.

Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su
último fin, especialmente las vidas de los hombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo para
detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque o ya fuese de la
melancolía que le causaba el verse vencido o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una
calentura que le tuvo seis días en la cama, en los cuales fue visitado muchas veces del cura, del bachiller y del
barbero, sus amigos, sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero.
Estos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido su deseo en la libertad y
desencanto de Dulcinea le tenía de aquella suerte, por todas las vías posibles procuraban alegrarle, diciéndole el
bachiller que se animase y levantase para comenzar su pastoral ejercicio, para el cual tenía ya compuesta una
écloga, que mal año para cuantas Sanazaro había compuesto, y que ya tenía comprados de su propio dinero dos
famosos perros para guardar el ganado, el uno llamado Barcino y el otro Butrón, que

11
Lengua y Literatura 5to Año - DON QUIJOTE DE LA MANCHA - 2026
se los había vendido un ganadero del Quintanar. Pero no por esto dejaba don Quijote sus tristezas.
Llamaron sus amigos al médico, tomóle el pulso, y no le contentó mucho y dijo que, por sí o por no,
atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro. Oyólo don Quijote con ánimo sosegado, pero
no lo oyeron así su ama, su sobrina y su escudero, los cuales comenzaron a llorar tiernamente, como si ya le
tuvieran muerto delante. Fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan. Rogó don
Quijote que le dejasen solo, porque quería dormir un poco. Hiciéronlo así y durmió de un tirón, como dicen, más
de seis horas: tanto, que pensaron el ama y la sobrina que se había de quedar en el sueño. Despertó al cabo del
tiempo dicho y, dando una gran voz, dijo:
-¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las
abrevian ni impiden los pecados de los hombres.
Estuvo atenta la sobrina a las razones del tío y pareciéronle más concertadas que él solía decirlas, a lo
menos en aquella enfermedad, y preguntóle:
-¿Qué es lo que vuestra merced dice, señor? ¿Tenemos algo de nuevo? ¿Qué misericordias son estas, o qué
pecados de los hombres?
-Las misericordias -respondió don Quijote-, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien,
como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia
que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco
sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja
tiempo para hacer alguna recompensa leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de
muerte: querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala, que dejase
renombre de loco; que, puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte. Llámame, amiga, a
mis buenos amigos, al cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás el barbero, que quiero confesarme y
hacer mi testamento.
Pero de este trabajo se escusó la sobrina con la entrada de los tres. Apenas los vio don Quijote, cuando
dijo:
-Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a
quien mis costumbres me dieron renombre de «bueno». Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita
caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería; ya conozco mi
necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído; ya, por misericordia de Dios escarmentando en cabeza
propia, las abomino.
Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron sin duda que alguna nueva locura le había tomado, y
Sansón le dijo:
-¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada la señora Dulcinea, sale vuestra merced
con eso? ¿Y agora que estamos tan a pique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos príncipes,
quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí y déjese de cuentos.
-Los de hasta aquí -replicó don Quijote-, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con
ayuda del cielo, en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa: déjense burlas aparte y
tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales trances como este
no se ha de burlar el hombre con el alma; y, así, suplico que en tanto que el señor cura me confiesa vayan por el
escribano.
Miráronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunque en duda, le quisieron creer; y
una de las señales por donde conjeturaron se moría fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo,
porque a las ya dichas razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto concierto, que del
todo les vino a quitar la duda, y a creer que estaba cuerdo.
Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con él y confesóle.
El bachiller fue por el escribano y de allí a poco volvió con él y con Sancho Panza; el cual Sancho, que ya
sabía por nuevas del bachiller en qué estado estaba su señor, hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenzó a
hacer pucheros y a derramar lágrimas. Acabóse la confesión y salió el cura diciendo:
-Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para
que haga su testamento.
Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de ama, sobrina y de Sancho Panza, su buen
escudero, de tal manera, que los hizo reventar las lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque
verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano

12
Lengua y Literatura 5to Año - DON QUIJOTE DE LA MANCHA - 2026

el Bueno a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable
trato, y por esto no solo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían.
Entró el escribano con los demás, y después de haber hecho la cabeza del testamento y ordenado su
alma don Quijote, con todas aquellas circunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo:
-Ítem, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene, que
porque ha habido entre él y mí ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos ni se le
pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno después de haberse pagado de lo que le debo, el restante sea
suyo, que será bien poco, y buen provecho le haga; y si, como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de
la ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y
fidelidad de su trato lo merece.
Y, volviéndose a Sancho, le dijo:
-Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo
he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.
-¡Ay! -respondió Sancho llorando-. No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos
años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que
nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama,
y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la
señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido,
écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más que vuestra
merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros y el que es
vencido hoy ser vencedor mañana.
-Así es -dijo Sansón-, y el buen Sancho Panza está muy en la verdad destos casos.
-Señores -dijo don Quijote-, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui
loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda
con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga
adelante el señor escribano.
» Ítem, mando toda mi hacienda, a puerta cerrada, a Antonia Quijana mi sobrina, que está presente,
habiendo sacado primero de lo más bien parado della lo que fuere menester para cumplir las mandas que dejo
hechas; y la primera satisfación que se haga quiero que sea pagar el salario que debo del tiempo que mi ama me
ha servido, y más veinte ducados para un vestido. Dejo por mis albaceas al señor cura y al señor bachiller Sansón
Carrasco, que están presentes.
» Ítem, es mi voluntad que si Antonia Quijana mi sobrina quisiere casarse, se case con hombre de quien
primero se haya hecho información que no sabe qué cosas sean libros de caballerías; y en caso que se averiguare
que lo sabe y, con todo eso, mi sobrina quisiere casarse con él y se casare, pierda todo lo que le he mandado, lo
cual puedan mis albaceas distribuir en obras pías a su voluntad.
» Ítem, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que
dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de
la Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de
haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de
haberle dado motivo para escribirlos.
Cerró con esto el testamento y, tomándole un desmayo, se tendió de largo a largo en la cama.
Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tres días que vivió después deste donde hizo el testamento se
desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada, pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama y se
regocijaba Sancho Panza, que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es
razón que deje el muerto.
En fin, llegó el último de don Quijote, después de recebidos todos los sacramentos y después de haber
abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallóse el escribano presente y dijo que
nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan
sosegadamente y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se
hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió.
Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por testimonio como Alonso Quijano el Bueno, llamado
comúnmente «don Quijote de la Mancha», había pasado desta presente vida y muerto naturalmente; y que el tal
testimonio pedía para quitar la ocasión de que algún otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase
falsamente y hiciese inacabables historias de sus hazañas (…)
13

También podría gustarte