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Ha

Isaac, un estudiante de décimo grado, lucha con su identidad y sentimientos mientras navega por la vida escolar y la amistad. A pesar de sus inseguridades y la presión de encajar, encuentra consuelo en sus amigos y comienza a cuestionar su sexualidad. Un encuentro con un chico en el bus despierta en él una mezcla de confusión y deseo, llevándolo a explorar sus sentimientos más profundos.

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Isaac, un estudiante de décimo grado, lucha con su identidad y sentimientos mientras navega por la vida escolar y la amistad. A pesar de sus inseguridades y la presión de encajar, encuentra consuelo en sus amigos y comienza a cuestionar su sexualidad. Un encuentro con un chico en el bus despierta en él una mezcla de confusión y deseo, llevándolo a explorar sus sentimientos más profundos.

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Cap 0

El sonido de la alarma retumba en mis oídos. Me cubro


nuevamente con las sábanas, intentando dormir aunque sea un
minuto más; sin embargo, recuerdo que tengo clases, así que
me levanto de inmediato. Me alisto, tomo la chamarra más
gruesa que tengo y salgo hacia la parada del bus público.
Cuando subo al bus, noto que está un poco lleno; aun así,
consigo un asiento. Miro por la ventana, sumido en mis
pensamientos, anhelando algo que ni yo mismo sé qué es.
Las calles pasan frente a mis ojos mientras mi mente se
pierde entre ideas confusas y sentimientos difíciles de
explicar.
Hasta que llego al colegio y lo veo.
Y en ese instante, lo entiendo todo.
Sé exactamente qué es lo que quiero…
Lo quiero a él.

Cap 1
Me llamo Isaac y estoy en décimo grado de colegio. La
verdad, el colegio nunca ha sido el lugar más genial para
mí. No me malinterpreten, tengo amigos muy buenos y,
generalmente, no suelen molestarme demasiado; sin
embargo, nunca he sentido que encajo del todo, ¿saben?
Soy gay… aunque todavía no se lo he dicho a nadie.
Toda mi vida he tenido que lidiar con las típicas
preguntas5, las dudas de por qué prefiero pasar más
tiempo con chicas o por qué no actúo como “debería”.
Pero, sinceramente, nunca les di demasiada importancia.
O al menos eso intentaba creer.
Aun así, siempre he tenido ese cuestionamiento: si algún
día habrá alguien que me quiera tal y como soy. Algún
chico por ahí al que no le importen mis rarezas ni mis
gustos.
Siendo sincero, a veces me parece un poco fantasioso
pensar que exista alguien así para mí. Incluso me causa
algo de gracia imaginarlo.
Cuando ingresé por primera vez a mi colegio, me
imaginaba siendo el chico más popular y sociable de
todos. Pensaba en fiestas, reuniones y en tener un montón
de amigos. Pero nada estuvo más alejado de la realidad.
Desde mi primer año, las cosas no salieron como
esperaba. Nunca he sido muy bueno haciendo amigos
rápido, ni tampoco el más sociable. Y mis notas… bueno,
tampoco son las mejores.
Sé que todo esto puede sonar un poco triste, como si
estuviera intentando dar lástima, pero no es eso.
Simplemente me gusta reconocer mis defectos y pensar
en ellos, porque quizá, de alguna manera, en el futuro
pueda mejorarlos.
Ese año fue un tremendo caos para mí. Mi anterior
escuela no tenía el mejor nivel académico y, cuando me
transferí al nuevo colegio, sufrí algo parecido a un
choque. Todo era mucho más difícil de lo que esperaba,
así que mis notas bajaron muchísimo. De hecho, casi me
quedo de año.
Aunque, viendo el lado positivo, al final de todo eso
conseguí un amigo: Daniel. Él era parecido a mí, ¿saben?
Ese tipo de chico que no todos pueden soportar, pero que,
de alguna manera, conmigo encajaba perfectamente.
Nuestro humor era parecido y compartíamos muchas
cosas más. Y, para sorpresa de nadie, también era
bastante malo en las notas. Ambos terminamos yéndonos
a supletorio —para quienes no sepan qué es, es algo
parecido a una escuela de verano—.
Fue también en esa época cuando conocí a mis otros dos
amigos, Sebas y Matías. Con ambos terminé formando
una muy buena amistad al acabar el año, y eso me dio
cierta alegría, porque por primera vez en mucho tiempo
sentí que pertenecía a algún lugar.
Desde entonces, nosotros cuatro hacíamos absolutamente
todo juntos: trabajos, tareas, salidas en el receso…
prácticamente todo.
Debo admitir que, gracias a ellos, poco a poco fui
soltándome más. Empecé a ser más sociable y a sentirme
más cómodo con las personas. No hablo de volverme
popular ni nada de eso, pero la ansiedad que antes tenía
comenzó a desaparecer lentamente.
Aún recuerdo con gracia cómo nos reventábamos de la
risa por cosas bastante tontas. Aunque suene un poco
mal, algunos profesores nos daban risa, ya fuera por su
forma de hablar o por ciertas actitudes. Y no me
malinterpreten, respeto muchísimo a las personas tal y
como son, pero creo que es normal que, a esa edad,
algunas cosas te parezcan graciosas, especialmente
cuando se trata de profesores.
Cada uno de nosotros tenía alguna materia —y algún
profesor— con los que simplemente no congeniábamos.
Daniel , por ejemplo, era malísimo en inglés y la
profesora tampoco parecía tenerle mucha paciencia. Yo,
en cambio, jamás he podido entender completamente las
matemáticas. Mi profesor era bastante estricto y eso hacía
que me pusiera aún más nervioso.
Aunque, casi al final de ese año, habló conmigo después
de clases y me dio una charla sobre la responsabilidad y
sobre cómo debía empezar a tomarme las cosas más en
serio. De alguna manera, esas palabras se quedaron
resonando en mi cabeza. Intenté ser más responsable
después de eso, pero el daño ya estaba hecho y, aun así,
casi pierdo el año.
Cuando nos quedamos en supletorio —excepto Sebas—,
aunque técnicamente era por nuestras malas notas,
recuerdo esa época con bastante cariño. Hablábamos
durante horas y nos quedábamos conversando incluso
hasta la siguiente clase. Y así, entre bromas, tareas y
estrés, al final terminamos dando los exámenes y pasando
de año.
Aunque, en ese mismo tiempo de supletorio, por ser algo
torpe, me caí y terminé cortándome la oreja. Tuvieron
que coserme una parte y acabé haciendo los exámenes
con una enorme venda en la cabeza. Obviamente, eso se
convirtió en el material favorito de burlas para Matías,
Sebas y Daniel.
Pero, siendo sincero, incluso eso lo recuerdo con gracia.
Hasta yo mismo me burlaba de cómo me veía con aquella
venda gigante, como si acabara de salir de una película
de guerra o algo así.
Retomando el tema, creo que ellos me ayudaron
muchísimo en ese tiempo, porque en casa las cosas no
estaban muy bien. Mis padres peleaban constantemente y
yo me sentía bastante solo. Para un chico de nuestra
edad, cargar con tantas cosas al mismo tiempo puede
llegar a ser pesado, aunque muchos adultos crean que no
es para tanto.
Las pocas vacaciones que me quedaron las pasé en casa,
descansando la mayor parte del tiempo y dibujando,
porque es algo que me apasiona desde que tengo
memoria.
Y, tal como lo dije, mis vacaciones transcurrieron sin
ninguna novedad. Aunque, de alguna manera, siento que
el destino me estaba preparando para todo lo que vendría
después.

Cap 2
El año había comenzado y, sinceramente, mi vida no iba
nada mal. Tenía amigos; las peleas en mi casa seguían
existiendo, pero ya no eran tan graves, así que intentaba
no darles demasiada importancia. El primer mes pasó con
bastante normalidad: yendo y viniendo del colegio,
haciendo tareas y tratando genuinamente de ser más
responsable. Aunque, no voy a negarlo, me costaba un
poco.
Pero había algo que seguía molestándome. No sabía
exactamente qué era ni cómo explicarlo; simplemente era
un sentimiento extraño que aparecía de vez en cuando.
En esa época todavía no cuestionaba del todo mi
sexualidad ni lo que realmente me atraía.
—¿En qué piensas tanto? —dijo Daniel.
—No lo sé… creo que todavía sigo acostumbrándome a
los horarios. Vamos a comer algo antes de que termine el
recreo.
A la salida dejamos a Daniel en su casa, ya que vivía
cerca del colegio. Luego, Sebas, Matías y yo caminamos
hacia la parada de buses que quedaba debajo del colegio.
Ellos dos tomaban el mismo transporte, mientras que yo
tenía que coger otro bus. De los cuatro, yo era el que
vivía más lejos.
—Nos vemos, Isaac. Y no te olvides del material para la
presentación de mañana —dijo Matías antes de subir al
bus.
Yo me aparté un poco más adelante de la parada. Nunca
me había gustado estar entre demasiados alumnos; el
ruido y toda la gente me incomodaban un poco. Miré
hacia la calle y el bus todavía no llegaba, así que me puse
los audífonos para distraerme.
Cuando finalmente apareció, subí rápidamente. Para mi
suerte, iba casi vacío, así que alcancé a sentarme junto a
la ventana.
El viaje a casa transcurrió sin ninguna novedad. Yo
seguía sumido en mis pensamientos mientras la música
sonaba en mis audífonos. Ese sentimiento extraño volvía
cada vez que estaba solo, porque no tenía a nadie que
distrajera mi mente con otras cosas. En esos momentos
solo éramos mis pensamientos y yo.
Intentaba entender qué era lo que sentía, pero no tenía
idea. No sabía por dónde empezar a descifrar todo lo que
pasaba por mi cabeza, así que prefería concentrarme en la
música.
Cuando quiero relajarme, me gusta imaginar cómo se
separa cada sonido de las canciones que escucho. Trato
de distinguir la batería, la guitarra, la voz del cantante…
como si cada instrumento tuviera su propio espacio. No
sé por qué, pero hacer eso siempre logra calmarme un
poco
Al acabar la canción, abrí los ojos por un momento. Unos
puestos delante de mí había un chico. La verdad, no le
tomé mucha importancia; solo asumí que estudiaba en mi
mismo colegio porque llevaba el mismo uniforme que yo.
Así que simplemente volví a cerrar los ojos.
—¡Pare, por favor! Aquí me bajo —exclamó alguien de
repente.
Para ser sincero, en ese momento lo único que pensé fue:
qué voz tan chillona. Era un poco aguda… o al menos así
la recuerdo. La verdad, no estoy muy seguro, porque
todavía llevaba los audífonos puestos.
Cuando volteé a verlo, me di cuenta de que era el mismo
chico que había estado sentado unos puestos delante de
mí. Fue entonces cuando noté que probablemente no
vivíamos tan lejos, porque yo me bajaba apenas dos
paradas después de la suya.
Los días transcurrieron con normalidad. Yo seguía viendo
a ese mismo chico subir al mismo transporte que yo
todos los días. Pero, para ser sincero, no le daba
demasiada importancia. Simplemente subía al bus y
volvía a perderme en mis pensamientos.
Paralelamente, empecé a pensar más en lo que sentía y en
por qué me sentía de esa manera. Quizá, en el fondo, ya
sabía lo que pasaba conmigo; sin embargo, no quería
aceptarlo ni mucho menos detenerme a pensarlo
demasiado.
Y entonces pensé: quizá esa era la razón por la que nunca
sentía que encajaba del todo. Quizá por eso siempre
había tenido la sensación de ser diferente.
Para un chico de esa edad, todo era demasiado confuso. Y
más aún cuando no tenía con quién hablar de esas cosas.
Sí, tenía a mis amigos, pero eran de mi misma edad y no
creía que realmente pudieran aconsejarme sobre algo así.
Pero, como siempre he dicho, existe Google: la fuente de
sabiduría de hoy en día.
Así que terminé escribiendo en el buscador, con palabras
que mi mente todavía no se atrevía a decir en voz alta:
“¿Cómo saber si soy gay?”
Con el tiempo comencé a indagar más, a investigar, leer y
ver videos sobre el tema. Mientras más buscaba, más
claro se volvía que por ahí iban todas mis dudas y
cuestionamientos.
—Últimamente andas raro —dijo Matías.
—No me pasa nada, tranquilo. Simplemente estoy algo
cansado. Vamos, salgamos al recreo.
—Está bien, pero sabes que puedes contarnos lo que te
pasa.
—Gracias, pero de verdad no es nada.
Yendo al recreo, a veces me topaba con el chico del bus.
No sabía quién era ni en qué curso estaba; simplemente
recordaba que tomaba el mismo transporte que yo.
Quizá debería hablarle. Tal vez así conseguiría un
acompañante de viaje y el trayecto dejaría de sentirse tan
aburrido.
Mmm… mejor no. ¿Qué podría hablar con él si ni
siquiera me conoce?
Una mañana me levanté como siempre a las cinco para
alistarme y tomar el bus temprano, así evitaba llegar
tarde. Lo bueno de donde vivo es que el transporte nunca
suele ir ni demasiado lleno ni demasiado vacío, así que
casi siempre logro encontrar asiento.
Durante el trayecto terminé cediéndole mi puesto a una
señora de avanzada edad, así que me quedé de pie,
apoyado cerca de una de las ventanas. Tenía los
audífonos puestos, nada fuera de lo normal.
Pero cuando volteé hacia la puerta del bus, ahí estaba él.
El chico del bus.
Y algo se sintió diferente.
Fue extraño… como si todo se hubiera alineado por un
instante. La música encajó perfectamente con el
momento en que lo vi y un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Cuando nuestras miradas casi se cruzaron, sentí que el
tiempo se detenía. Como si, por unos segundos, solo
existiéramos él y yo dentro de ese bus lleno de gente.
Pasó a mi lado y, aunque intenté actuar normal, me
resultó imposible dejar de mirarlo.
Algo ocurrió en ese momento… algo que simplemente
no podía explicar.
Al llegar a la parada, todavía teníamos que caminar unas
cuadras hasta el colegio. Y durante todo el trayecto no
pude apartar la mirada de él.
¿Qué es esto que estoy sintiendo? me repetía una y otra
vez. Pero no encontraba una respuesta.
Cuando entramos al colegio, él se acercó a sus amigos y
yo fui con los míos. Aun así, no podía dejar de pensar en
ese sentimiento tan extraño que seguía dando vueltas
dentro de mí.
Toda la mañana pasé intentando entender qué me ocurría,
pero nunca llegué a una conclusión clara. Aunque,
independientemente de todo eso, había algo todavía más
fuerte creciendo dentro de mí:
la necesidad de volverlo a ver.
Ese día fue raro para mí.
—¿Alguna vez han sentido que ven a alguien y se ponen
algo ansiosos por volverlo a ver? —pregunté mientras los
cuatro estábamos acostados sobre el césped del colegio.
—Uyyyy… a Isaac le gusta alguien —dijo Daniel de
inmediato.
—Claro que no. Solo digo… como si quisieras saber
quién es esa persona por alguna razón —respondí
rápidamente.
—Pues… de mi parte, no. ¿Y ustedes? —preguntó
Daniel.
Matías y Sebas negaron con la cabeza, confirmando que
tampoco habían sentido algo así.
—Esta conversación ya se puso muy rara. Vamos a comer
algo —dijo Daniel mientras se levantaba.
—Tú siempre quieres comer. Acabamos de venir del bar
—contestó Sebas riéndose.
—¿Y qué tiene? ¿Prefieren pasar hambre? Vamos rápido
antes de que se acabe el recreo.
—Matías, ve con él —dije mientras ambos se alejaban
poco a poco.
Cuando Daniel y Matías ya estaban lo suficientemente
lejos, Sebas volteó a verme.
—¿Te gusta alguien, Isaac?
Me quedé en silencio unos segundos antes de responder.
—La verdad… no lo sé. Nunca me había gustado alguien
antes.
—A mí tampoco, la verdad. Sin embargo, por lo poco
que sé, supongo que uno simplemente debería saberlo,
¿no? O bueno… eso es lo que dicen.
Antes de que pudiera seguir pensando en eso, la alarma
sonó indicando que el recreo había terminado y era hora
de volver al aula.
Sin embargo, el sentimiento y el recuerdo de lo que había
pasado esa mañana seguían inundando mi mente. No
podía concentrarme del todo en las clases. Miraba
constantemente el reloj, esperando que llegara la hora de
salida para volver a verlo… y quizá entender de una vez
qué era lo que me estaba pasando.
Cuando por fin llegó la hora de salida, apresuré a mis
amigos para irnos cuanto antes.
—Vamos rápido, estoy apurado —exclamé mientras
guardaba mis cosas.
—Tranquilo, Isaac. ¿Y si mejor vamos a comer algo? —
dijo Daniel, como de costumbre.
—No otra vez, quiero irme a mi casa —respondió Matías
inmediatamente.
—Ay, pero solo sería ir al bar a comprar algo.
—Ya dije que no.
—Ya, tranquilos, muchachos —intervino Sebas mientras
se colgaba la mochila al hombro—. Isaac tiene cosas que
hacer, vamos.
Mientras caminábamos hacia la salida, no podía dejar de
mirar a mi alrededor.
¿Dónde estará? ¿Irá hoy en el bus? ¿Y si me acerco a
hablarle?
Quizá solo era una intuición extraña de que deberíamos
ser amigos… o al menos eso intentaba decirme a mí
mismo.
Pero, para mi mala suerte, ese día no apareció.
Cuando llegué a mi casa, fui directo a mi cuarto. No
quería hablar con nadie; solo quería encerrarme en mis
pensamientos.
¿Qué era lo que me pasaba con ese chico? Bastante tenía
ya con todas mis confusiones sobre lo que me atraía
como para cargar también con este extraño desastre
emocional.
Para dejar de pensar en eso, agarré mi mochila y
comencé a sacar los cuadernos para hacer las tareas.
Asumí que, con el pasar de las horas y las distracciones,
terminaría olvidándome del tema.
Pero no fue así.
A la mañana siguiente me levanté con toda la actitud. De
alguna manera, me animaba pensar que volvería a verlo.
No importaba si no hablábamos o si él ni siquiera sabía
que yo existía; aun así, la idea de encontrarlo otra vez
hacía que mi día comenzara mejor.
Pero no volvió a aparecer en el bus de la mañana.
Maldición… Antes lo veía por todos lados y ahora, justo
cuando quería encontrarlo, desaparecía.
Y en mi mente no dejaba de repetirse la misma pregunta:
¿por qué quiero verlo tanto si ni siquiera lo conozco?
Pero, aun sin entenderlo, esa necesidad seguía ahí.
En mi colegio había un día a la semana donde solo
teníamos clases hasta el mediodía. El resto de la tarde
debíamos asistir a distintos clubes. Yo me había metido al
club de monaguillos… quién sabe por qué tomé esa
decisión en ese tiempo, pero bueno.
El punto es que cada curso tenía asignado un día
diferente: octavo iba los miércoles, noveno los jueves y
décimo los viernes.
Así que, un miércoles después del mediodía, pedí
permiso para ir al baño. Para esto tienen que saber que
las aulas de octavo estaban en el piso más bajo del
edificio, y los baños también quedaban ahí, así que me
tocó bajar las escaleras.
Bajé acompañado de Matías.
—Esta clase en serio que es aburridísima. Y qué pereza
bajar hasta acá… tengo hambre. ¿Y si mejor nos
escapamos y vamos al bar? —dijo mientras caminábamos
por las escaleras.
—Claro que no. ¿Quieres que nos suspendan por
fugarnos? —respondí riéndome un poco.
Mientras bajábamos, yo iba mirando distraídamente las
distintas aulas. Los pasillos tenían muchas ventanas y,
para ese punto, ya sabía que los de octavo estaban en
clubes a esa hora.
Cuando llegamos al baño, terminé primero, así que me
tocó esperar a Matías afuera. Desde una de las aulas
cercanas se escuchaban guitarras, así que, por simple
curiosidad, me acerqué a ver qué estaban tocando.
Y entonces, por fin, lo vi otra vez.
Dios… mi corazón comenzó a acelerarse de inmediato y
ni siquiera sabía por qué. Solo lo estaba viendo a través
de una ventana.
Ahí estaba él, sentado con una guitarra entre las manos,
intentando aprender a tocarla.

Cap 3
Ahí estaba, intentando tocar la guitarra.
Y entonces, por primera vez, realmente lo vi.
El chico del bus tenía la piel morena, el cabello negro,
corto y algo ondulado. No era ni muy flaco ni muy
gordo; simplemente… lindo. O bueno, al menos a mí me
lo parecía.
Y por primera vez en tanto tiempo, finalmente pude saber
algo sobre él.
Era un año menor que yo.
—Ya terminaste, vamos —dijo Matías, quien me
encontró embobado mirando por la ventana.
—¿Qué estás viendo?
—¡Nada! —respondí un poco alarmado mientras lo
empujaba suavemente hacia las escaleras para irnos de
ahí.
Durante toda la clase no pude dejar de pensar en él.
Se veía lindo sosteniendo la guitarra.
Y aunque todavía no entendía del todo lo que estaba
sintiendo… comenzaba a darme cuenta de algo:
Me estaba empezando a gustar ese sentimiento.
Ese día por fin volví a verlo en el bus.
Aunque todavía no entendía exactamente lo que sentía, el
simple hecho de que estuviera cerca de mí era suficiente
para hacerme sentir bien. Me gustaba observarlo e
imaginar cómo sería ser su amigo.
¿De qué hablaríamos?
¿Qué gustos tendría?
¿Encajaríamos si llegáramos a conocernos?
Y, como era de esperarse, cada miércoles —sin falta—
terminaba yendo a verlo con la excusa de que necesitaba
ir al baño.
—Hola —exclamó alguien al frente de mi pupitre—. Me
llamo Allison, ¿y tú?
Volteé a verla y me encontré con una chica de cabello
café y tez morena que me miraba sonriente.
—Hola, soy Isaac. Eres nueva, ¿no? No te vi el año
pasado.
—Sí, soy nueva en este colegio.
—Genial.
Poco a poco comencé a hablar más con Allison. Me
parecía interesante. Le gustaba el fútbol y a veces me
hablaba de cosas que ni siquiera sabía que podían resultar
tan entretenidas.
Yo nunca había sido alguien que hablara demasiado; sin
embargo, ella decía que eso le parecía lindo de mí, que
sabía escuchar.
Los meses fueron pasando y, aunque pasaba mucho
tiempo hablando con Allison, seguía pensando en el
chico del bus. Seguía buscándolo cada miércoles sin
falta. A veces incluso me lo encontraba en los pasillos
durante el recreo, pero yo era demasiado tímido como
para acercarme a hablarle, incluso si coincidíamos en el
mismo bus todos los días.
—¿En qué piensas? —me preguntó Allison.
—En nada… solo estoy preocupado.
—¿Por qué?
—Pues… todavía no me adapto al cien por ciento al
colegio. Vengo de una escuela donde el nivel de
educación no era muy bueno y ahora todo me resulta más
difícil.
—¿En serio?
—Sí. De hecho, me pasó exactamente lo mismo cuando
me transferí aquí. Tranquila, es normal sentirse así.
—¿De verdad lo dices?
—¿Lo dudas? —solté una pequeña risa—. Casi me quedo
de año.
—Está bien, te creeré.
—Aquí están los tortolitos —exclamó Matías apenas
apareció junto a Sebas y Daniel.
—Déjalos —dijo Sebas riéndose un poco mientras Daniel
asentía divertido.
—Vamos a comer algo —dijo Matías.
—Qué novedad —comentó Sebas.
—Vamos —dije mientras me levantaba—. ¿Quieres
venir, Allison?
—Claro —respondió ella sonriendo.
No sé qué me pasa con Allison. Está bastante claro que le
gusto. Nos quedamos hablando hasta tarde casi todos los
días y ella siempre me dice cuánto le gusta conversar
conmigo. Empezó a ponerme apodos de animales tiernos
y, sin darme cuenta, yo también terminé apodándola de la
misma manera.
Estoy seguro de que, si seguimos así, en algún momento
va a querer que seamos pareja. Pero no sé si ella
realmente me gusta.
Quiero decir… todo este tiempo he seguido dudando de
si soy gay o no. Y, por otro lado, está el chico del bus,
que aunque ni siquiera he podido acercarme a hablarle,
logra que mi corazón se acelere cada vez que lo veo.
No sé si sea buena idea ponerme de novio con una chica
cuando todavía tengo tantos problemas y dudas dentro de
mi cabeza.
Ya en el bar estábamos sentados comiendo y
molestándonos entre nosotros. Allison nos contaba cómo
había sido la mejor jugadora de fútbol en su anterior
colegio, exagerando algunas partes solo para hacernos
reír.
Y entonces lo vi.
El chico del bus estaba sentado unas mesas más allá junto
a sus amigos, riéndose y conversando tranquilamente.
Lo admito… tenía una sonrisa linda. Y, por la forma en
que hablaba con los demás, parecía alguien educado y
gentil.
—¡Isaac! ¡ISAAC! —gritó Sebas de repente.
—Sí, dime —respondí, volviendo a la realidad.
—Allison preguntó si queremos ir mañana a verla jugar
fútbol en el recreo.
—Ah… sí, sí. Por mí está bien —contesté rápidamente.
—¿Qué estabas mirando? —preguntó Sebas con una
sonrisa sospechosa.
—Nada. Solo estaba recordando que tenía que hacer algo
en mi casa hoy.
—Está bien —dijo Allison—, con tal de que vengan a
verme jugar fútbol.
—Claro, ahí estaré —respondí mientras seguía comiendo
la hamburguesa que había comprado en el bar.
El día transcurrió sin ninguna novedad, al igual que la
noche.
Al día siguiente fuimos a ver a Allison jugar fútbol
durante el recreo. Era miércoles, así que, de alguna
manera, también aproveché para escaparme un rato y
buscar al chico del bus.
Sin embargo, tuve que ir rápido y volver rápido para que
los demás no notaran demasiado mi ausencia.
Y todo eso me hizo pensar.
¿Qué estaba ganando con solo observarlo desde lejos? Sí,
me gustaba verlo, lo admitía, pero realmente no estaba
llegando a ningún lado con todo esto.
Esa noche, Allison y yo hablamos hasta tarde. En un
momento me dijo algo que se me quedó dando vueltas:
“Me gusta estar contigo.”
Y después de eso solo pensé…
¿Y a mí qué me gusta de ella?
Al día siguiente, Allison y yo estuvimos juntos todo el
recreo. Cada vez nos acercábamos más. Yo, la verdad, me
sentía bien con ella… y parecía que ella también se sentía
bien conmigo.
—Salgamos —dijo de repente.
Me tomó por sorpresa.
Pero quizá ese sentimiento de estar cómodo con
alguien… era lo que significaba que me gustaba. Aunque
no le puse nombre.
—La verdad… sí me gustaría —le dije.
Nos acercamos.
Fue extraño… no sentí ese nerviosismo que siempre
había imaginado. Nos besamos.
Y en ese momento, más que emociones hacia ella, lo que
realmente me invadió fue la conciencia de que era mi
primer beso. No sabía si eso significaba algo… o si
simplemente debía significar algo.
¿Esto es gustar de alguien?
No lo sé…
Después del beso algo no se sentía bien, no se supone
que debería estar feliz, alguien gusta de mi y se supone
que yo gusto de ella.
Capas es por que es mi primera relación.
Sin embargo… ¿qué voy a hacer con el chico del bus?
No quiero pensar en alguien más ahora que ya acepté ser
novio de otra persona. Pero, al mismo tiempo, ni siquiera
sé qué es lo que siento por él.
Será difícil… pero tendré que distanciarme por un
tiempo. O al menos hasta saber si tomé la decisión
correcta al estar con Allison.

—Hola, Isaac… o mejor dicho, cariño —dijo Allison con


un tono alegre.
—Hola, Allison. Vamos a clases.
Se siente extraño todo esto… y más porque hoy es
miércoles. Me acostumbré a ir al baño después del
mediodía, pero ahora no puedo. Tengo que dejarlo por un
tiempo.
—Deja de moverte tanto —dijo Sebas, que compartía
pupitre conmigo.
—Ah… lo siento.
—¿Quieres ir al baño? Te acompaño.
—No, no, tranquilo… solo estoy bien.
—Escuché que te pusiste de novio con Allison —dijo
Sebas bajando la voz.
—¿Era ella de la que decías que te sentías ansioso
cuando la veías?
—Ah… sí… sí era —respondí dudando.
Me quedé en silencio un momento.
¿Qué podía decirle? No es un chico… pero igual me puse
de novio con ella porque conectamos bien y siento que
quizá eso es lo que debería ser “gustar de alguien”.
Los días pasaban y yo seguía evitando, cada vez que
podía, al chico del bus. De alguna manera sentía que era
lo correcto… pero, aun así, nada terminaba de encajar del
todo.
—Me gusta estar así contigo —dijo Allison mientras
caminábamos hacia la parada.
—Ah… a mí también —le respondí.
Independientemente de todo, era la primera vez que tenía
una relación. No sabía cómo actuar del todo, y eso me
confundía más de lo que quería admitir.
Cuando dejé a Allison en el bus, me encontré con Sebas.
—¿Y qué tal vas con Allison?
—Pues… voy bien, ¿sabes? —respondí.
—¿Y te gusta mucho?
Esa pregunta se quedó dando vueltas en mi cabeza.
Pero si decía que sí… estaría mintiendo.
Cuando iba a responder, el chico del bus apareció. Lo
quedé mirando instintivamente.
Sebas se dio cuenta.
—¿Lo conoces?
—Ah, no, no, no… no es nada. Solo lo he visto en el
mismo bus que yo.
—Ahhh, interesante…
Hubo un pequeño silencio.
Sobre la pregunta… la verdad no estoy seguro.
El tiempo pasaba, pero era inevitable ignorar al chico del
bus.
Empecé a investigar más. Y de pronto, ese sentimiento
que no tenía nombre… tal vez por fin podía entenderlo.
Volví al buscador.
“Cómo saber si te gusta un chico siendo un chico”
Inmediatamente cerré la computadora.
Es imposible que me guste un chico… al menos eso es lo
que siempre había creído.
Y si fuera así, ¿qué haría con Allison?
Para ser sincero, la quiero mucho. Todo esto es
demasiado confuso.
Esa noche no pude dormir. Los nervios no me dejaban en
paz.
Mis pensamientos comenzaron a apoderarse de mí en los
días posteriores, y Allison empezó a darse cuenta.
Me preguntaba todo el tiempo si me pasaba algo, por qué
estaba distante. Yo me sentía mal… esta no era la
relación que quería tener. Así que tomé una decisión. No
quería hacer sufrir a nadie.
—Escucha, Allison… eres una chica extraordinaria, pero
en este momento no sé si podamos seguir con esta
relación.
—¿Acaso hice algo mal?
—No, no has hecho nada malo. Simplemente… creo que
nos apresuramos. Y prefiero dejarlo aquí antes de que
terminemos haciéndonos daño los dos.
Sorpresivamente, Allison lo tomó bastante bien. Dejamos
de hablarnos tan seguido, aunque era evidente que a los
dos nos había dolido un poco. A ella porque sentía algo
más por mí, y a mí porque, en el fondo, me daba miedo
perder a una amiga tan genuina como ella. Aun así, no
hubo enojo ni rencor entre nosotros, solo una distancia
tranquila que ninguno de los dos forzó.
Fue como si hubiéramos cerrado un ciclo corto. Uno que,
ahora que lo pienso, quizá llegó demasiado pronto para
alguien como nosotros.
Cap4
Bueno, aunque ya había terminado con Allison, mis
pensamientos aún no estaban claros. Me gustaba el chico
del bus… necesitaba saber su nombre. Si iba a intentar
entender lo que sentía, al menos debía empezar por algo
tan simple como eso.
Ese día llegó a la parada de siempre acompañado de un
amigo. Siendo sincero, no me gustó mucho la idea. No
podía decir nada, porque no éramos nada… pero aun así
sentí una especie de incomodidad, incluso algo de
envidia. Una parte de mí quería estar en su lugar: poder
verlo de cerca, hacerlo reír, contarle mi día y escuchar el
suyo.
Cuando subimos al bus, me senté detrás de ellos. Sé que
puede sonar como si fuera un acosador, pero en realidad
solo quería saber su nombre. Para no levantar sospechas,
me puse los audífonos, aunque no reproduje música.
Y fue ahí, después de tanto tiempo intentando averiguar
algo sobre él, cuando por fin lo escuché.
—Se llama Arturo.
No sé explicar la emoción que invadió mi cuerpo en ese
momento. Solo saber su nombre fue suficiente para que
mi mente se llenara de pensamientos. “Arturo…” repetía
en mi cabeza. Era un nombre simple, pero por alguna
razón se sentía distinto, como si ahora fuera más real.
“Arturo… Arturo… Arturo.”
Ese nombre rondaba mi cabeza todo el día. No podía
dejar de pensarlo. Qué lindo nombre… ¿vendrá de algo o
de alguien? Me encantaría escucharlo decir su nombre.
—¡Isaac! —interrumpió la voz de mi madre desde la
mesa.
—Ah, sí, dime.
—Come, que la comida se te enfría.
—Ah, sí… lo siento.
—¿Y qué tal tu día?
—Pues normal, mamá.
No me llevaba mal con ella, solo que a veces me sumía
demasiado en mis pensamientos y dejaba de prestar
atención a lo que pasaba a mi alrededor.
—Tienes tareas que hacer. Mira que no puede volver a
pasar lo del año anterior.
Aún recuerdo lo que fue decirles a mis padres que me
había quedado a supletorios. Dios… fue la regañada más
grande que he recibido.
—Sí, ma, tranquila. Me pondré a hacerlas después de
comer.
—Eso espero. Bueno, me tengo que ir, tu padre me llamó
para que le lleve un encargo.
En resumen, mis padres en ese tiempo estaban separados,
pero no divorciados. Por eso todavía había peleas
constantes, sobre todo porque trabajaban en el mismo
lugar.
En fin, como había dicho, no quiero darle más
importancia de la necesaria. He aprendido que es mejor
no sentirme mal por temas de adultos que no tienen que
ver conmigo.
Al terminar la comida, agarré mi maleta. Esta vez tenía
bastante tarea que hacer, así que saqué el cuaderno de
matemáticas, me puse los audífonos y empecé a trabajar.
De vez en cuando, Arturo aparecía en mi mente sin
avisar, como si no necesitara permiso para entrar. No era
un pensamiento fuerte, pero sí constante, de esos que
interrumpen sin hacer ruido.
Me gustaba saber que ya no tenía que llamarlo “el chico
del bus”. Ahora tenía un nombre. Arturo. Y eso lo hacía
sentirse más real, más cercano… aunque en realidad
siguiera igual de lejos.
A veces me quedaba pensando que tal vez eso era lo
peor: que mientras más cosas sabía de él, más presente se
volvía en mi cabeza sin siquiera hablarme.
Al terminar mis tareas quise ponerme a dibujar un rato
para relajarme, pero mi tranquilidad fue interrumpida por
mi mamá.
—Vamos, acompáñame a hacer unas compras para la
casa.
—Pero mamá, estoy en medio de algo…
—Vamos, hijo, necesito que me ayudes con las bolsas.
—Está bien…
Tomé mi chamarra azul, ya que estaba lloviendo.
En el carro se veía cómo las gotas empañaban toda la
ventana, mientras el tráfico se adueñaba de las calles.
Observaba los carros a mi lado y, de vez en cuando,
pasábamos junto al transporte público, lo que
inevitablemente me hacía pensar en él.
Al llegar a la tienda, nos dispusimos a comprar todo lo
necesario para la casa.
Mientras tanto, mi mente volvió a divagar, creando
escenarios ficticios donde me encontraba con Arturo. A
veces simplemente nos saludábamos; otras,
terminábamos siendo tan cercanos que salíamos juntos a
comprar cosas.
Incluso iba más lejos… imaginaba que éramos amigos
desde hace años, riendo, conversando y haciéndonos
bromas como si siempre hubiéramos estado ahí el uno
para el otro.
Llegando a casa estaba muerto de cansancio. Lo único
que quería era una cama. Pero resultó que las fantasías
que tenía en el supermercado me siguieron hasta la
almohada.
Soñé toda la noche con él: yendo al parque, saliendo en
los recreos, recibiendo las mismas clases, incluso yendo a
la universidad juntos. Estaría mintiendo si dijera que me
molestaba soñar con él.
Pero aun así, todavía no entendía del todo lo que sentía.
¿Qué quería de él?
Me gustaba la vibra que transmitía… pero no sabía si
quería ser como él, estar con él, o simplemente entender
por qué no podía dejar de pensarlo.
Ese día en el colegio tuvimos un evento donde todos los
estudiantes teníamos que ir al coliseo. Me encantaban ese
tipo de eventos: no había clases, solo nos sentábamos a
ver lo que pasaba y a conversar con Matías, Sebas y
Daniel. O sea, era lo mejor.
Ingresamos al coliseo, nos hicieron sentar y el evento
comenzó. Era lo típico: discursos, canciones y misas, ya
que mi colegio era católico.
Mientras todo eso pasaba, yo conversaba con mis
amigos, cuando miré al frente.
Arturo estaba sentado al otro lado del coliseo, mirando
hacia mi dirección.
Estaba con sus amigos, conversando y bromeando como
siempre. No puede ser… qué bien se ve.
Ese día llevaba el uniforme de calentador.
Como podrán imaginar, pasé el resto del evento
mirándolo. Era inevitable. Su sonrisa era linda, su forma
de reír también… era como si todo a mi alrededor no
existiera, como si el coliseo estuviera vacío y los únicos
ahí fuéramos él y yo.
Como si una canción melancólica sonara de fondo
mientras yo solo lo miraba desde lejos, mientras él seguía
con su vida sin darse cuenta de nada.
Cuando acabó el evento, nos llevaron a nuestros salones
a recoger las maletas, ya que era hora de salida. Yo estaba
rebosando de alegría, porque pude ver a Arturo por
mucho tiempo sin ningún tipo de restricción. Qué
momento tan emocionante.
—Ya… necesito aclarar estos sentimientos de una vez
por todas —me dije a mí mismo mientras observaba la
grieta en el techo de mi habitación.
“Cómo saber si te gusta un chico.”
Pasé toda la tarde viendo foros y videos sobre lo que
significaba que te gustara un chico siendo chico. Leí
historias normales, crushes fallidos, malas experiencias y
relatos de personas que nunca fueron correspondidas.
Todo eso hizo que mi corazón se encogiera un poco.
Esa noche soñé con él.
Arturo estaba frente a mí, acercándose lentamente
mientras todo a mi alrededor se volvía oscuro, iluminado
únicamente por la luz de las estrellas. Podía ver mejor su
rostro, su piel, los pequeños lunares que tenía en la cara,
sus ojos color café, su respiración agitada y sus labios…
que se veían perfectos.
Hasta que rozaron los míos.
Me levanté rápidamente.
¿Acaso soñé que besaba a Arturo?
Ese sueño aclaró todos los sentimientos que llevaban
tanto tiempo inundando mi cabeza.
Me gusta Arturo.
Incluso si solo había sido un sueño, el simple hecho de
imaginar un beso con él hacía que mi corazón latiera
como loco. Escalofríos recorrían todo mi cuerpo. Mi
mente se paralizaba… pero al mismo tiempo quería
seguir sintiéndolo.
Y ahí entendí algo importante.
Eso nunca me pasó con Allison.
Con ella me sentía cómodo, tranquilo… pero con Arturo
era diferente. Él lograba poner mi mundo de cabeza sin
siquiera hablarme.
Arturo me gusta.
El fin de semana lo pasé encerrado en mi cuarto:
pintando, escuchando música y leyendo.
Había algo que ya tenía claro. Aunque me gustara Arturo,
no podía simplemente quedarme pensando en él todo el
tiempo. Tenía que seguir con mi vida.
Aun así, quería contárselo a alguien. Me sentía un poco
solo con todo esto.
Pero… ¿qué podía decir?
No era solo aceptar que me gustaba un chico. Con eso
también venía otra idea mucho más grande:
Soy gay.
Y, sinceramente, eso explicaba muchas cosas.
Explicaba por qué a veces sentía que no terminaba de
encajar del todo por qué a veces sentía que algunas
personas me veían diferente.
De hecho, no debería sorprenderme tanto.
Ahora entendía por qué veía ciertas series solo por el
protagonista hombre, o por qué casi siempre terminaba
llevándome mejor con chicas. Y, siendo sincero, nunca
me sentí mal por esa parte de mí.
Simplemente… nunca había sabido cómo llamarla.
En fin, aunque diga que no me importa demasiado, la
verdad es que sí sentía algo de miedo por la reacción de
los demás. No podía pensar en tantas cosas al mismo
tiempo. Qué año tan caótico.
Las semanas pasaban y yo seguía con los estudios y la
vida escolar como siempre. Durante ese tiempo también
agarré la costumbre de esperar a que Arturo saliera de
clases para coincidir con él en el bus, aunque todavía me
daba miedo hablarle o intentar interactuar con él.
Y el miedo era claro.
¿Qué podría pensar de mí?
¿Que soy demasiado intenso?
¿Que quiero algo con él?
¿Y si me dice que me aleje?
Solo imaginarlo ya me rompía un poco el corazón.
Casi al final del año, el colegio organizó un viaje donde
teníamos que hacer senderismo en una montaña y, al
final, asistir a una misa. Obviamente no quería ir, pero
era obligatorio para todos los alumnos.
Esa mañana me levanté como siempre. La noche anterior
ya había dejado todo preparado para el viaje. Me despedí
de mi mamá y salí hacia el colegio con total normalidad.
Sin embargo, tenía un presentimiento extraño. No sabía si
era bueno o malo, pero sentía que algo iba a pasar.
Cuando llegué, mis amigos ya me estaban esperando.
—Bueno, al menos no tendremos clases —dijo Daniel
mientras subíamos al bus.
—Sí, pero tendremos una caminata agotadora —
respondió Matías.
—¿Por qué lo dices? —pregunté.
—Porque es larguísima. Hay que subir toda la colina
hasta la cima. Mi hermano me contó que cuando fue,
sentía que las piernas ya no le respondían.
—Dios… genial. Como si yo estuviera en buena forma
física —murmuré.
—Tranquilo, Isaac —dijo Sebas—. Todos llevamos agua
y gorras. Vamos a ir despacio, no te vas a morir.
Solté una pequeña risa.
Después de una hora, ya no podía avanzar más.
—Dios, estoy exhausto… y creo que ni vamos por la
mitad —dijo Matías quejándose.
—Lo sé, ¿por qué carajos hacen esto? —añadió Sebas.
—Tú eras el que decía que todo iba bien y que no íbamos
a morir —respondió Matías.
—Bueno… me equivoqué. Creo que hasta aquí llegamos,
muchachos.
—Tranquilos —dije—. Sigan avanzando, creo que me
sentaré un rato. En un momento los alcanzo.
Estaba demasiado cansado, así que me senté en un tronco
al lado del camino. Iba a tomar agua, pero me di cuenta
demasiado tarde de que mi botella estaba vacía y mis
amigos ya habían avanzado bastante.
Bueno… ya que estaba ahí, podía descansar un momento.
Después de todo, no todos los días tenía la excusa
perfecta para simplemente detenerme y no pensar en
nada.
El viento rozaba mi cara, pero no era un viento frío ni
pesado, sino uno ligero y fresco que calmaba el calor que
sentía por la caminata. El sol se filtraba entre los árboles,
que se movían suavemente al ritmo del viento.
Cerré los ojos y me relajé por un momento.
—Hola… disculpa —escuché mientras seguía con los
ojos cerrados.
Los abrí lentamente.
Y mi corazón se detuvo.
De hecho, todo pareció detenerse por un instante. Los
árboles dejaron de moverse, el viento desapareció y el
ruido del mundo se silenció dentro de mi cabeza.
Porque ahí estaba él.
Arturo.
Parado frente a mí, mirándome con esos ojos tan
tranquilos y ese rostro tan expresivo.
Traté de mantener la compostura.
—Hola… sí, dime, ¿qué necesitas?
—Ah, nada en realidad. Solo quería saber si me dejabas
sentarme un rato a tu lado. Lo siento, yo también estoy
cansado y ya no siento las piernas.
Con el poco aire que me quedaba, respondí:
—Claro.
Y me hice a un lado para darle espacio.
—Qué calor está haciendo, ¿no? —dijo mientras se
sentaba.
—Pues sí… aunque el viento está fuerte, así que no me
quejo.
—Eso sí. Oye, ¿quieres agua?
—Ah… claro, jaja. ¿Cómo sabías que estaba
muriéndome de sed?
—Pues, ¿quién no lo está? —me miró con una expresión
divertida—. Aparte vi que tu botella ya estaba vacía.
—Ah… pues gracias.
Por fuera seguramente sonaba como cualquier otro chico
hablando con alguien más.
Pero dentro de mí todo se estaba derrumbando.
Todas las dudas. Todas las paredes que había construido.
Toda la confusión.
Todo parecía desmoronarse por el simple hecho de estar
hablando con Arturo.
¿Acaso esto era el destino?
¿Y si a él también le gustaba?
¿Por qué sentía que el universo estaba jugando conmigo
de esta manera?
Aunque… de una forma u otra, tenía que aprovechar ese
momento.
Mi mente quería hacerle un millón de preguntas.
¿Cómo te llamas?
Bueno… eso ya lo sabía.
¿Cuántos años tienes?
¿En qué curso estás?
¿Qué cosas te gustan?
¿Qué cosas odias?
¿Te gustan las chicas… o los chicos?
¿Alguna vez me has visto en el bus?
¿Te gustaría ser mi amigo?
¿Te gustaría seguir hablando conmigo después de hoy?
Mi cabeza iba demasiado rápido.
Y, en medio de todos esos pensamientos, apareció uno
que hizo que el corazón me latiera todavía más fuerte.
¿Podrías llegar a quererme algún día?
Bueno me tengo que calamar empezare con un simple:
¿Y como te llamas?

Cap 5
—Arturo Ortega, ¿y tú?
—Pues… mucho gusto, me llamo Isaac Macías —dije
algo nervioso.
Pero ¿qué carajos acababa de decir?
“Mucho gusto”. Soné demasiado formal.
—Jaja, mucho gusto, Isaac. Bueno, ya me tengo que ir.
Mis amigos deben estar buscándome, pero gracias por el
asiento.
—Y… gracias por el agua —respondí mientras veía a
Arturo alejarse.
Y eso fue todo.
Isaac, pudiste haber hecho más.
¿Qué te pasa?
Podías haberle preguntado algo más, seguir la
conversación, decir cualquier otra cosa.
Y lo de “mucho gusto”… ¿qué fue eso?
¿Acaso era un profesor o qué?
Solté un suspiro avergonzado y me levanté para seguir
caminando hasta volver a encontrarme con mis amigos.
Ya una vez arriba de la colina nos dieron refrigerio: un
sánduche de queso con jamón y un jugo. Me senté con
mis amigos mientras esperaba, quizá, volver a ver a
Arturo.
Aunque ya había hablado con él, mi corazón seguía
latiendo rapidísimo. Era una sensación extraña entre
felicidad y nervios.
No puede ser… por fin hablé con él.
¿Y si le di una mala impresión?
No, no creo… le di espacio, me dio agua y… Dios, no
puedo creer que bebí de la misma botella que él.
—¿Y ahora qué piensas tanto? —preguntó Sebas.
—En nada, la verdad. Estoy muerto. Oigan, ¿qué les
parece si cuando lleguemos al colegio vamos a comer
helado?
—Me parece bien —dijo Matías.
—Por mí igual —añadió Daniel.
—¿Y a qué se debe este repentino buen humor? —
preguntó Sebas mirándome con sospecha.
—No lo sé… solo quiero pasar tiempo con mis amigos.
—Awwww —dijo Matías exagerando la voz—. ¿Te vas a
acabar ese sánduche?
—Sí, aléjate —respondí mientras lo apartaba un poco.
—Está bien, está bien.
Después del refrigerio nos dirigimos a una cabaña grande
donde iban a dar una misa. No podía creer que después
de semejante caminata todavía quisieran hacernos
escuchar una misa.
Todos nos reunimos y nos hicieron formar.
Y entonces lo vi.
A lo lejos estaba Arturo, algo distraído, como si estuviera
perdido en sus pensamientos. Hasta que levantó la cabeza
y me miró.
Sonrió levemente.
Y con la mano hizo un pequeño gesto de saludo.
¿Me estaba saludando a mí?
No… no puede ser.
Arturo me acababa de saludar.
Le devolví el saludo rápidamente, intentando disimular
los nervios. Él alcanzó a verlo, pero el momento se
interrumpió cuando uno de sus amigos comenzó a
hablarle.
Ya una vez que volvimos al colegio, fuimos a una
heladería cerca con mis amigos. Pasé toda la tarde con
ellos y, sinceramente, me sentía bien.
Arturo me había saludado.
Puede sonar como algo pequeño, pero para mí no lo era.
No había pasado nada malo en todo el día y, de alguna
manera, sentía que flotaba en una nube de buena suerte.
Todo había salido mejor de lo que esperaba.
Hasta que llegué a mi casa.
Mis padres estaban discutiendo.
Otra vez.
Lo mismo de siempre: dinero, reclamos y explicaciones
vacías.
Había pasado tanto tiempo intentando que dejaran de
pelear que terminé cansándome. Ya no tenía energía para
intervenir ni para intentar arreglar algo que claramente no
dependía de mí.
Y era frustrante.
Porque no era posible que todo el buen humor que tenía,
y lo increíble que había sido el día, terminara opacado
por otra discusión más.
En ese tiempo, cada vez que pasaba eso, simplemente me
encerraba en mi cuarto. La verdad, escuchar sus peleas
me desgastaba demasiado.
Y aunque intenté ignorarlo… creo que ese día ya no pude
disfrutar todo al cien por ciento por culpa de ellos.
Pasaron los días y no volví a ver a Arturo. Parece que
tanto él como yo hemos estado ocupados.
Además, mi mamá ha comenzado a venir a recogerme al
colegio. Supongo que, de alguna manera, esa es su forma
de decir “lo siento” por las peleas.
Y no es que me enoje porque discutan de vez en
cuando… el problema es que casi siempre es lo mismo.
Mis padres nunca han sido personas que expresen mucho
lo que sienten. No suelen pedir disculpas ni hablar
demasiado de sus emociones.
Y, de alguna forma, creo que yo me parezco bastante a
ellos en eso.
A veces me cuesta decir lo que siento.
O incluso pedir perdón cuando debería hacerlo.
El punto es que no había ido en transporte esos días, así
que tampoco había visto a Arturo.
Me sentía algo decaído.
Entonces recordé que era miércoles. Revisé la hora y era
el momento perfecto para verlo. Quizá eso me animaría
un poco.
Bajé las escaleras en dirección al baño, pasando
sutilmente frente a las ventanas de las aulas para ver si
lograba encontrarlo.
Y efectivamente, ahí estaba.
Sentado, tocando la guitarra.
Cuando terminé en el baño, me disponía a volver a mi
salón, pero la puerta se abrió de repente y me detuvo.
Era él.
Arturo.
Al verme, esbozó una sonrisa.
—Hey, hola… espera, deja recordar tu nombre —dijo
mientras hacía una expresión seria, intentando acordarse.
Mi corazón estaba a punto de explotar.
—Isaac, ¿verdad? —preguntó finalmente, sonriendo al
haberlo recordado.
—Hola… sí, soy Isaac.
En mi mente solo podía pensar:
Qué imbécil, Arturo acaba de decir tu nombre y aun así te
presentaste otra vez.
—Bueno, hola, Arturo… igualmente.
Dios.
¿Qué acababa de decir?
—Así que eres de octavo grado —comentó.
—La verdad no. Soy del piso de arriba… o sea, noveno.
No podía más.
Estaba demasiado nervioso.
¿Cómo no se me ocurrió que él también podía ir al baño
y que podíamos coincidir ahí?
—Genial, pues suerte en tus clases, Isaac —dijo mientras
se lavaba las manos.
—Espera… ¿solo viniste a lavarte las manos? —
pregunté.
La verdad, más allá de todos los nervios que tenía, solo
quería alargar un poco más la conversación.
—Pues sí, jaja. Mi amigo derramó jugo en la mesa y lo
ayudé a limpiar. Mis manos se sentían pegajosas.
Arturo era diferente a como lo había imaginado.
No sé… pensaba que sería más tímido o quizá un poco
más intimidante de alguna manera.
Pero ahora que había hablado un poco con él, parecía ser
mucho más amigable de lo que pensé.
Y eso solo hacía que me gustara más.
Me despedí de él y, cuando se fue, sentí que mi cuerpo
flotaba.
Estaba extasiado.
Y, de alguna manera, completamente enamorado.
Había hablado conmigo.
Recordaba mi nombre.
Y no parecía incómodo estando a mi lado.
Todo se sentía como una canción con un puente tan
hermoso que logra transportarte por completo a un
ambiente de amor y fantasía.
Lo lamento mucho, pero esta vez las clases quedaron en
segundo plano.
Obviamente iba a pasar el resto del día pensando en
Arturo.
—Llegué a mi casa y me senté en la mesa, mirando
fijamente mi celular, que estaba frente a mí.
—¿Debería hacerlo? —dije en voz alta.
No, no debería.
Deja que las cosas fluyan.
Pero la curiosidad me carcomía por dentro.
¿Y si solo doy una pequeña ojeada?
No… no debería.
Aunque quería hacerlo.
—No, no puedo…
Volteé la cabeza y cerré los ojos.
Medio segundo después, ya tenía el celular en la mano.
Abrí Instagram y busqué rápidamente: Arturo Ortega.
Y ahí estaba.
Su perfil apareció casi de inmediato.
Dios…
Qué lindo se veía en esa foto.
Empecé a deslizar entre las publicaciones casi sin darme
cuenta.
Tenía dos hermanos.
Y… sinceramente, su familia se veía muy bonita.
También parecía gustarle el básquet y salir a caminar.
Dios.
Dejé el celular sobre la mesa de golpe, como si me
hubieran atrapado haciendo algo ilegal.
—Está bien, está bien… ya lo viste. Ya viste sus fotos.
Tomé aire profundamente.
Y entonces apareció otra duda todavía peor:
¿Debería seguirlo?
—Al final no lo seguí.
Consideré que todavía no era el momento. Además, no
era como si siguiéramos a las mismas personas o
tuviéramos amigos en común. Sentía que sería demasiado
raro hacerlo de la nada.
Pero hubo una foto que me emocionó más que todas las
demás.
Era Arturo en una clase de pintura.
Tenía manchas de colores en las manos y estaba
sosteniendo un pincel mientras sonreía ligeramente a la
cámara.
Parece que también le gusta dibujar.
Sentí unas ganas enormes de gritar de emoción, pero me
contuve inmediatamente.
Dios…
Tenemos algo en común.
Bueno… yo tengo algo en común con él.
—Los meses transcurrieron con normalidad.
Y, sinceramente, cada día me gustaba más Arturo.
De vez en cuando me lo encontraba por los pasillos o
coincidíamos en el bus. Siempre nos saludábamos, pero
nunca había un avance más allá de eso.
Simplemente eran pequeños saludos.
En el transporte él siempre se sentaba con sus amigos y
yo seguía siendo demasiado tímido como para acercarme
e iniciar una conversación.
Aunque, siendo justos, él sí solía saludarme primero
algunas veces.
Pero rara vez lográbamos hablar más de unos cuantos
segundos.
Y así terminó mi año de noveno.
Sin grandes inconvenientes… bueno, excepto por el
pequeño detalle de que me quedé a supletorio en inglés.
Como podrán imaginar, mi mamá estuvo relativamente
molesta conmigo durante un tiempo. Aunque,
sinceramente, no le di demasiada importancia, porque en
el fondo sabía que igualmente terminaría pasando el
examen.
—Las vacaciones pasaron y, como dije, terminé
aprobando el supletorio.
Pasaron meses sin volver a ver a Arturo y, sinceramente,
creo que era lo mejor. Así podía enfocarme al cien por
ciento en mejorar mis materias.
Sin embargo, esa sensación de extrañarlo y las ganas de
volver a verlo se hacían cada vez más grandes.
Incluso tomé la decisión de dejar de buscar tanto sus
redes sociales.
Era difícil… pero sentía que era lo mejor para mí.
No quería desarrollar una dependencia emocional más
grande de la que ya tenía hacia él.
—El nuevo año escolar comenzó otra vez.
Yo ya iba a décimo, lo que significaba que Arturo ahora
estaba en noveno.
Mi último año antes del bachillerato.
Y, a inicios de ese año, me planteé algo seriamente:
Debía decirle lo que sentía a Arturo.
Pero antes de eso… necesitaba acercarme más a él.
Ser su amigo.
Porque, siendo sincero, sería rarísimo acercarme de la
nada y decirle:
“Me gustas”.
Ni siquiera éramos cercanos.
Apenas hablábamos de vez en cuando.
Y aunque para mí Arturo había significado muchísimo
durante todos esos meses, probablemente para él yo solo
era “el chico del bus”.
—El primer día de clases, la verdad, estaba ansioso. No
solo por volver a ver a Arturo, sino también por
reencontrarme con mis compañeros.
La primera persona que vi fue Allison.
Apenas me vio, esbozó una sonrisa enorme y
prácticamente se abalanzó hacia mí.
—¡ISAAAC! Qué lindo verte otra vez. ¿Cómo te fueron
las vacaciones? Tenemos tanto de qué hablar.
—Hola, Allison. Sí, tenemos mucho de qué hablar —
respondí mientras dejaba mi maleta en mi nuevo asiento.
—¿Qué te parece una llamada hoy en la noche? —
preguntó señalando su celular.
—Me parece bien.
La verdad, estaba algo extrañado.
Era como si toda la historia de nuestro intento fallido de
relación jamás hubiera pasado. Ella seguía siendo igual
de linda y atenta conmigo, y yo también me sentía
cómodo con ella.
Y, sinceramente, me parecía bien que las cosas siguieran
así… mientras no hubiera malos entendidos otra vez.
—Hola, hola —dijo Matías mientras se sentaba detrás de
mí.
—¿Por qué no te sientas a mi lado? —pregunté
confundido.
—Ese puesto todos sabemos que es para Sebas.
—Claro que no… ¿o sí? —pregunté mientras volteaba a
ver a Allison, quien me miró con una expresión de
completa confirmación.
—Está bien, está bien —respondí resignado.
—Además, este semestre planeo molestar a Daniel
incluso más que otros años —dijo Matías mientras hacía
una expresión rarísima que, de alguna manera, solo a él
le salía graciosa.
—Sebas y Daniel entraron juntos al salón, conversando
entre ellos.
—Hola, chicos —saludó Sebas mientras Daniel también
levantaba la mano para saludarnos.
—Hey, ¿y ustedes por qué vienen juntos? —pregunté.
—Ah, pues Daniel se mudó cerca de mi casa, así que
ahora mis papás lo traen conmigo —respondió Sebas.
—Ahh, qué genial —asentí mientras miraba
distraídamente hacia la ventana.
El profesor entró poco después y comenzó con las típicas
indicaciones del primer día: materiales, reglas, tareas y
todo eso.
Y así transcurrió la mañana, entre profesores nuevos,
conversaciones y bromas con mis amigos.
Pero, sinceramente, yo solo esperaba una cosa:
el recreo.
Quería verlo.
Cuando por fin sonó el timbre, me levanté antes que
todos.
—Bueno, vamos a comer —dije mientras prácticamente
iba directo hacia la puerta.
Mis amigos se quedaron algo extrañados por mi actitud,
pero ya estaban acostumbrados a mis momentos raros, así
que no dijeron mucho.
Cuando llegamos al bar, mi vista comenzó a ir de un lado
a otro.
Tenía que estar ahí en algún lugar.
—Cuando por fin lo encontré sentado en una de las
mesas de la cafetería, sentí que el corazón me daba un
vuelco.
Tengo que saludarlo… pero ¿cómo?
Entonces se me ocurrió una idea.
Esperaría a que fuera solo al baño y ahí intentaría
hablarle otra vez.
Sí… ese era el momento perfecto.
Pasé un buen rato observándolo discretamente hasta que
finalmente se levantó solo y caminó hacia el baño.
Era mi oportunidad.
—Ya vengo, voy al baño —dije mientras me levantaba
rápidamente, sin siquiera dejar que mis roabres
respondieran.
Cuando entré, Arturo estaba ahí.
Y, por suerte, el baño estaba vacío.
Perfecto.
El momento ideal para saludarlo.
Pero cuando crucé la puerta, él ya iba saliendo.
Ninguna sonrisa.
Ningún “hola”.
Ni siquiera un intento de acercarse.
Solo me miró por un segundo.
Y luego apartó la vista hacia la puerta antes de irse.
El baño quedó en silencio.
Solo se escuchaba el leve goteo de una llave mal cerrada.
Y, por alguna razón, ese pequeño silencio se sintió
muchísimo más incómodo de lo que debería.
—Volví a la mesa de la cafetería mientras mis amigos me
preguntaban por qué me había ido tan rápido.
Pero sinceramente, apenas podía escucharlos.
Lo único en lo que podía pensar era en la expresión que
Arturo tuvo al verme.
Esa mirada fría.
Distante.
Como si yo ni siquiera debiera estar ahí.
Y poco a poco sentí cómo todo mi ánimo comenzaba a
derrumbarse.
Me había ignorado por completo.
¿Acaso hice algo mal?
¿Y si se enteró de que me gusta?
¿Y si piensa que soy raro?
Las preguntas comenzaron a acumularse una detrás de
otra dentro de mi cabeza.
Confusión tras confusión.
Y, aun así, seguía sin entender nada.
—Los días transcurrieron y, básicamente, Arturo y yo
volvimos a ser completos desconocidos.
Ya no había saludos.
Ni sonrisas.
Ni pequeños gestos con la mano en el bus.
Simplemente volvimos a ser dos personas que coincidían
en el mismo lugar sin decirse nada.
Y, sinceramente, eso me estaba destruyendo por dentro.
Se suponía que este sería el año en el que me acercaría
más a él.
El año en el que intentaríamos ser amigos.
Pero eso nunca pasó.
Cap 6
—Después de que Arturo volviera a convertirse en un
desconocido para mí, traté de dejar de imaginar cosas
relacionadas con él.
Dejar de pensar en él.
Dejar de ilusionarme.
Poco a poco volví a acercarme más a Allison y, después
de un tiempo, ella empezó una relación con alguien más.
Y, sinceramente, me alegró verla feliz.
Mis amigos seguían ahí, como siempre.
Daniel con sus tonterías.
Matías molestando a todo el mundo.
Y Sebas escuchándome incluso cuando yo no decía las
cosas directamente.
Así que intenté seguir con mi vida.
Con la idea de que Arturo ya no volvería a acercarse a mí
nunca más.
—Poco a poco comencé a sentirme más decaído.
Después de todo, el simple hecho de pensar que quizá
algún día podría tener a alguien conmigo me había hecho
sentir feliz.
Me había dado esperanza.
Y ahora que sentía que eso nunca iba a pasar… volví a
hundirme un poco.
Aunque, siendo sincero, quizá no todo era por Arturo.
Tal vez también era el hecho de sentirme solo.
De sentir que necesitaba el cariño o el afecto de alguien.
Y darme cuenta de eso solo hizo que me sintiera todavía
peor.
—En mi casa las cosas no iban del todo bien.
Mis padres seguían peleando constantemente y, además,
estaba ese miedo silencioso dentro de mí:
mi homosexualidad.
No podía evitar preguntarme cómo reaccionarían si algún
día se enteraban.
Y eso era otro peso más sobre mis hombros.
Pero ¿qué estaba pasando conmigo?
Sentía como si una nube de mala suerte se hubiera
quedado encima de mi vida.
Arturo, el primer chico que realmente me había gustado,
había vuelto a convertirse en un desconocido.
Mi familia se sentía cada vez más insoportable.
Y encima tenía que esconder una parte de quien era
realmente.
Lo único que todavía sentía estable… eran mis amigos.
—¿Te pasa algo? —preguntó Sebas.
—¿A mí? Nada —respondí con un tono más serio de lo
normal.
Sebas me miró fijamente.
—Es obvio que algo te pasa. Ya dime ahora que no hay
nadie.
Suspiré.
Maldita sea esa costumbre mía de no poder expresar lo
que siento.
—Pues… no sé. Siento que últimamente nada me sale
bien.
—Escucha, no sé exactamente qué te pasa, pero te
conozco desde hace tiempo. A ver, habla… ¿quién te hizo
sentir así?
—¿De qué hablas? —pregunté intentando hacerme el
desentendido.
—Pues de la persona que te tiene así. ¿Qué te hizo?
—No es nadie.
—Dímelo rápido o les diré a los demás —respondió
medio en broma.
—Bueno, bueno… no pasó nada realmente. Solo… creí
que quizá podía llegar a tener algo con alguien, pero no
fue así. Me ignoró y dejó de hablarme.
Sebas guardó silencio unos segundos.
—¿Y estás listo para decirme quién es?
Negué con la cabeza.
—No lo creo.
—Está bien —dijo mientras apoyaba el brazo sobre mi
hombro—. Escucha, eres una persona increíble, Isaac. Y
sea quien sea el que te hizo sentir así, no significa que el
mundo se acabe.
Hizo una pequeña pausa antes de continuar.
—Todavía hay muchísimas personas que puedes conocer.
Personas que van a querer escucharte, hablar contigo… y
quedarse.
Me sorprendió un poco que Sebas hubiera notado todo
eso. Yo pensaba que lo ocultaba mejor, pero, de alguna
manera, sus palabras lograron reconfortarme un poco.
Intenté levantar el ánimo y, aunque no fue inmediato,
funcionó. Todavía me entristecía lo que había pasado con
Arturo, pero Sebas me hizo sentir que podía seguir
adelante.
Volví a repetirme lo que tenía claro desde el inicio: no iba
a dejar que los problemas de mis padres ni lo ocurrido
con Arturo destruyeran mi vida. Arturo había sido un
recuerdo lindo… pero hasta ahí.
Aunque, siendo sincero, no podía olvidarlo tan
fácilmente.
Seguía esperando verlo en el bus.
Seguía imaginando escenarios donde éramos pareja,
donde nos llevábamos bien y hablábamos de cualquier
cosa como si nos conociéramos de toda la vida.
Era inevitable.
Después de todo, el primer amor no se olvida de la noche
a la mañana.
—Hola de nuevo…
Y hasta ahí llegó mi paz.

Cap 7
Me encontraba sentado en un pasillo. No me sentía bien
físicamente, así que decidí que lo mejor era saltarme esa
clase. El problema era que, si algún supervisor me veía,
podía meterme en graves problemas. Por eso terminé
refugiándome en un pasillo poco concurrido que había
descubierto hacía poco. De alguna manera, se había
convertido en mi lugar seguro.
Estaba sentado con los audífonos puestos, mientras mi
celular —como si quisiera hacerme daño— reproducía la
música más triste posible.
Yo mismo había dicho que intentaría mejorar mi ánimo,
pero había momentos del día donde los bajones
regresaban sin avisar. Y la música que sonaba en mis
audífonos definitivamente no ayudaba.
Me encogí sobre mí mismo y apoyé la cabeza entre las
rodillas.
No quería hablar con nadie.
La música se volvía cada vez más melancólica, haciendo
inevitable el ardor en mis ojos. Poco a poco, las lágrimas
comenzaron a caer, mojando lentamente mi pantalón.
Y ya no pude contenerme más.
Comencé a llorar.
A sacar todo lo que había guardado durante tanto tiempo:
los problemas con mis padres, Arturo, la soledad que
cada vez parecía apoderarse más de mí… todo.
No importaba.
Nadie iba a verme ahí.
Y quizá eso era justamente lo que necesitaba:
un desahogo.
Una forma de sacar todo lo que llevaba atrapado dentro
de mí.
Tal vez la paz que tanto estaba intentando encontrar solo
podía aparecer después de derrumbarme por completo.
Quizá, en cada lágrima que caía de mis ojos, también se
iba una parte de todo lo negativo que llevaba acumulando
dentro.
Los pensamientos se apoderaban cada vez más de mí. Era
como si mi cuerpo me dijera que no iba a detenerse hasta
dejarme completamente vacío por dentro. Sin embargo,
escuché algo que me hizo volver a la realidad.
—Hola de nuevo.
Antes de levantar el rostro para ver quién era, alcé uno de
mis brazos y me sequé rápidamente las lágrimas. Aun así,
mi cara ya tenía demasiadas señales de que había estado
llorando.
—Tranquilo, no se lo diré a nadie.
¿Quién era esta persona que me estaba hablando?
¿Y por qué hablaba como si me conociera?
Levanté la mirada rápidamente y me quedé quieto.
El mundo volvió a silenciarse.
Era Arturo.
¿Otra vez me habla? ¿Entonces no estaba enojado
conmigo? pensé de inmediato.
—Tranquilo, no se lo diré a nadie. A veces yo también
vengo aquí a pensar.
¿Acaso Arturo también consideraba este lugar como un
refugio?
Arturo estaba parado a mi lado, mirando hacia la ventana.
La luz del sol de la tarde iluminaba su rostro y, gracias al
llanto, no me había dado cuenta de que el pasillo, que
antes parecía frío y vacío, ahora se había vuelto cálido,
lleno de luz naranja entrando por las ventanas.
—Ah… está bien. Mejor me voy —dije mientras me
levantaba rápidamente para irme.
—No, quédate —respondió—. Creo que es mejor tener a
alguien que quedarse solo con todo el ruido de mi mente.
¿Ruido de mi mente?
¿Acaso Arturo acababa de decirme que él también se
sentía mal?
—¿Ruido de tu mente? ¿A qué te refieres? —pregunté
mientras lo miraba.
Él siguió viendo hacia la ventana unos segundos antes de
responder.
—No lo sé… quizá sea lo mismo que te pasa a ti, porque
por algo también estás aquí solo.
—Pues no creo que sea por lo mismo… porque parte de
mi razón para llorar eres tú y tu maldita forma de
ignorarme.
—Pues no lo sé. Cada uno tiene sus propios problemas
—asentí mientras me dejaba caer otra vez al suelo,
apoyando la espalda contra la pared.
—¿Y tú qué problemas tienes? —preguntó Arturo sin
dejar de mirar hacia la ventana.
—Ja… demasiados —respondí con una sonrisa
desilusionada.
Por primera vez sentía tranquilidad.
Creo que todos los problemas de mi vida hacían que,
aunque Arturo estuviera a mi lado, mi corazón ya no se
acelerara como las primeras veces que me habló. Era
como si el cansancio emocional hubiera apagado parte de
mis nervios.
—Pues supongo que andamos igual —dijo Arturo con un
tono triste.
Lo miré unos segundos antes de hablar.
—¿Te puedo preguntar algo?
—Claro.
Tragué saliva.
—¿Te caigo mal?
La pregunta salió de mi boca con más miedo del que
quería admitir. Era ahora o nunca. Llevaba demasiado
tiempo guardándome esa duda.
Arturo volteó a verme desde arriba. Su rostro estaba
completamente inexpresivo mientras yo le sostenía la
mirada, esperando cualquier respuesta que pudiera
destrozarme.
Entonces esbozó una pequeña sonrisa.
—No.
Y volvió a girar el rostro hacia la ventana, recuperando
esa expresión vacía que había tenido todo el tiempo.
El pasillo quedó en silencio otra vez.
Hasta que Arturo volvió a hablar.
—¿Por qué lo dices?
—Mmm… no lo sé. Todas las veces que te veía ya ni
siquiera me mirabas o me saludabas —respondí con un
tono algo melancólico.
Arturo bajó un poco la mirada.
—Creo que no me di cuenta… He pasado por momentos
difíciles últimamente.
Esa frase hizo que algo dentro de mí encajara de repente.
No había visto sonreír a Arturo en mucho tiempo.
Creo que había estado tan encerrado en mis propios
sentimientos, en mis dudas y en mi tristeza, que nunca
me detuve realmente a observarlo a él.
Arturo se veía triste.
Y entonces recordé todas las veces recientes en las que su
sonrisa había desaparecido por completo, como si cargara
algo pesado todo el tiempo.
—Lo lamento —dijo Arturo mientras seguía con la
mirada fija en la ventana.
Era como si, aunque no quisiera estar solo, tampoco
quisiera que lo vieran vulnerable.
—No hay problema —respondí.
La campana sonó, anunciando que la siguiente clase
estaba por comenzar. Sin embargo, mis ganas de
quedarme ahí eran mucho más grandes, así que no le
tomé importancia. Y, al parecer, Arturo tampoco, porque
no mostró ninguna intención de irse.
—¿No vas a entrar a tu clase? —preguntó.
—La verdad… no tengo ganas. ¿Y tú?
—Tampoco.
Tomé aire antes de hablar.
—Pues… podemos quedarnos aquí haciéndonos
compañía.
No sé de dónde saqué el valor para decir eso, pero a
Arturo no pareció molestarle la idea.
—Está bien.
El pasillo volvió a quedar en silencio.
Arturo apartó la vista de la ventana y lentamente se
deslizó por la pared hasta sentarse a mi lado.
Rodeó sus rodillas con los brazos y apoyó la mejilla
sobre una de ellas mientras miraba hacia mi dirección.
—¿Alguna vez has sentido que no encajas? —preguntó
de repente.
Mi cuerpo se tensó un poco.
La verdad, todavía me costaba muchísimo sostenerle la
mirada, pero aun así intenté responder con sinceridad.
—Sí… todo el tiempo.
—¿En serio? —preguntó sorprendido—. No quiero sonar
como un acosador ni nada, pero siempre te veo riéndote
con tus amigos y hablando con todos. Pareces encajar
perfectamente con ellos.
¿Arturo me observaba?
Por un momento sentí que el pecho me latía más fuerte
otra vez.
—Pues… qué te diré —respondí soltando una pequeña
risa nerviosa—. No siempre las cosas son como se ven
desde afuera.
Bajé un poco la mirada.
—Ellos son prácticamente mis únicos amigos. Con el
resto de personas… casi siempre me siento aparte.
Pues tienes razón para ce que no debo creer en todo lo
que veo volteo su cabeza mirando hacia al frente
—¿Por qué la pregunta? —dije mientras también miraba
hacia el frente.
—No lo sé… creo que me siento un poco decaído, eso es
todo.
Era extraño pensar en cómo funcionaba el destino.
¿Qué hacía yo en un pasillo, solo con Arturo, cuando
jamás imaginé que algo así podría pasar? Y más aún…
hablando de esta manera.
Me estaba contando cómo se sentía.
Lo que pensaba.
Era la conversación más larga que había tenido con él.
—¿Por qué me dices todo esto a mí? —pregunté.
Arturo se quedó en silencio unos segundos antes de
responder.
—Al parecer tenemos el mismo lugar seguro… quizá el
destino hizo que nos encontráramos y termináramos
hablando.
Mi corazón se estremeció un poco al escucharlo.
—Aunque yo ya hablé de mí… ¿qué hay de ti? —
preguntó Arturo—. Porque no se me olvida que te vi
llorando.
Mientras lo decía, una pequeña sonrisa apareció en su
rostro.
—Yo… pues no lo sé. Creo que tengo una nube de mala
suerte encima.
—¿Una nube?
—Sí. Una grande y gris, llena de agua, que se la pasa
lloviendo sobre mí todo el día.
De alguna manera, eso le dio un poco de gracia a Arturo
y soltó una pequeña risa.
Y Dios…
Creo que no me había dado cuenta de cuánto extrañaba
verlo sonreír.
—Qué cosas dices —comentó todavía riéndose un poco
—. ¿Y por qué piensas que tienes mala suerte?
Suspiré antes de responder.
—Pues… porque a mi familia no le ha ido muy bien.
Además, creo que me rechazaron… o algo parecido. Y
últimamente me he sentido bastante solo.
El lugar volvió a quedar en silencio.
Pero esta vez no era incómodo.
—No soy mucho de creer en la suerte, ¿sabes? —dijo
Arturo después de unos segundos—. Pero, si te sirve de
consuelo, creo que estoy en una situación parecida…
excepto por lo del rechazo.
Solté una pequeña risa.
—¿De qué te ríes? —preguntó Arturo.
—Pues… crees en el destino, pero no en la suerte. Vaya
ironía.
Arturo sonrió otra vez.
Los dos nos quedamos en silencio, pero no era un
silencio incómodo. Era como si ambos estuviéramos de
acuerdo en quedarnos callados por un momento.
—¿Sabes? Me gustó haberte encontrado aquí —dijo
Arturo de repente.
Esa pequeña frase hizo que mi corazón volviera a latir
rápidamente.
—Ah… ¿sí? ¿Por qué? —pregunté con la poca
tranquilidad que me quedaba.
Arturo bajó un poco la mirada antes de responder.
—Porque así no me siento tan solo.
Ya en mi habitación, mi mente comenzó a divagar otra
vez.
Era raro pensar en cómo el destino jugaba con nosotros.
Cómo, por puro azar, terminé hablando con Arturo de
verdad. No solo saludándonos o cruzando miradas en el
bus, sino hablando realmente. Escuchándolo. Viéndolo
vulnerable.
Y aunque me entristecía saber que también cargaba con
problemas y sentimientos de soledad, al mismo tiempo
eso me hacía sentir menos solo a mí también.
Como si, por primera vez, alguien pudiera entenderme de
verdad.
Quizá sonara tonto… pero después de todo lo que pasó
hoy, sentía que tal vez, en algún momento, Arturo y yo
podríamos llegar a ser amigos.
Bueno, los días pasaron y Arturo y yo no volvimos a
encontrarnos tan seguido. Sin embargo, mi corazón
estaba más en calma.
A veces lo veía en los pasillos; nos saludábamos y luego
cada uno seguía con sus asuntos. En el bus también
comenzaron a ser cada vez más escasas las ocasiones en
las que coincidíamos, aunque aun así yo seguía
esperándolo algunas tardes con la esperanza de poder
pasar un poco de tiempo con él.
Y, curiosamente, eso ya era suficiente para mí.
No necesitábamos conversaciones enormes ni momentos
dramáticos. El simple hecho de saber que ya no éramos
completos desconocidos hacía que todo se sintiera
distinto.
—Las convocatorias para ayudantes del departamento de
comunicación se abrieron. ¿Y si postulamos? —dijo
Matías.
—¿Para qué o qué? —preguntó Sebas.
—Porque así podríamos faltar a clases e ir a eventos.
—Tiene un punto —dijo Daniel.
—Pero igual es trabajo. Tomar fotos, redactar, editar
videos…
—Eso no importa. Vamos, Isaac, sé que tú quieres —
insistió Matías.
—Por mí está bien —respondí—. Todo con tal de pasar
tiempo fuera del aula y despejar mi mente un rato.
—Bien, entonces está decidido.
Lo que ninguno esperaba era que ese trabajo fuera
muchísimo más pesado de lo que imaginábamos.
Cargar cámaras, editar videos, cubrir eventos y asistir a
reuniones larguísimas todos los miércoles y viernes.
—¿Ves lo que te dije? Esto es trabajo pesado. Te odio,
Matías —dijo Daniel mientras Matías lo abrazaba
dramáticamente pidiéndole perdón.
—Bueno, ya no podemos salirnos hasta final de año —
comentó Sebas—. Así que mejor aguanten.
Aunque, siendo sincero, había algo bueno de todo eso.
Teníamos justificantes ilimitados para faltar a clases.
Y, algunas veces, me tocaba ir a tomar fotos a cursos
menores.
Incluyendo el de Arturo.
Cada vez que entraba a su salón, él me saludaba apenas
me veía.
Y, aunque pareciera algo pequeño, eso bastaba para
alegrarme el día entero.
Un día estaba acomodando un trípode en la cancha para
grabar unas tomas cuando escuché una voz detrás de mí.
—Hola, señor fotógrafo.
Volteé rápidamente.
Era Arturo.
—Sabes… he extrañado volver a tener una charla como
la del pasillo —dijo mientras se acomodaba la mochila.
Sentí cómo el corazón me daba un pequeño vuelco.
—H-Hey… hola —respondí algo nervioso—. Yo igual,
pero como ves… he estado ocupado.
—Mmm, está bien. Oye… me preguntaba si después de
tus fotos podríamos hablar un rato en el pasillo de
siempre.
Por un segundo me quedé congelado.
Arturo quería verme.
—Pues… me parece bien —respondí intentando sonar
tranquilo, aunque por dentro estaba muriéndome de
nervios.
Mientras hacía las tomas y acomodaba la cámara, no
podía dejar de pensar en lo que Arturo quería hablar
conmigo.
¿Acaso quería volver a desahogarse como aquella vez en
el pasillo?
Y, si era así… ¿por qué conmigo?
Esa pregunta no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.
¿Acaso ya éramos amigos?
No… bueno, quizá sí. O al menos algo parecido.
Porque sería raro que quisiera hablar conmigo otra vez
solo porque sí, ¿no?
Tal vez Arturo ya me consideraba alguien cercano.
Y, sinceramente, esa idea hacía que mi pecho se sintiera
extrañamente cálido.
Aunque también me ponía nervioso.
Porque mientras más hablábamos, más miedo me daba
arruinarlo todo.
La sesión de fotos finalmente había terminado. Sin
embargo, todavía tenía que subir todo a la computadora y
editarlo lo más rápido posible.
La tarde se alargó tanto que, por un momento, olvidé
completamente que Arturo me estaba esperando después
de la sesión.
—Carajo… —murmuré levantándome rápidamente de la
silla.
Matías, que estaba sentado a mi lado, se sobresaltó.
—¿Qué sucede? —preguntó confundido.
—No es nada, pero… ¿crees que puedas seguir un
momento? Ya vuelvo.
Ni siquiera le di tiempo para responder. Salí apresurado
del salón.
Cuando llegué al pasillo, ahí estaba Arturo.
Sentado en el suelo, apoyado contra la pared, mientras
los rayos del sol atravesaban las ventanas e inundaban
todo el lugar con una luz cálida.
—Hola —dijo esbozando una pequeña sonrisa mientras
levantaba la mano.
Mi corazón se calmó de inmediato al verlo ahí.
—Así que sí viniste. Sabes… estaba por irme.
—P-Perdón —respondí todavía intentando recuperar el
aire.
Arturo soltó una pequeña risa.
—No te preocupes. Te ves cansado. Viniste corriendo,
¿verdad?
—Pues… se podría decir que sí.
—Vamos, siéntate —dijo mientras daba unas palmadas
en el suelo a su lado.
Me senté junto a él.
—Y… ¿qué querías hablar conmigo? —pregunté.
Arturo permaneció en silencio unos segundos, pensando.
—Pues… no lo sé realmente. Solo no quería estar solo
otra vez en este pasillo.
Volteé a verlo por un momento.
No lo entendía del todo.
Arturo tenía amigos.
La gente parecía llevarse bien con él.
Entonces… ¿por qué buscarme precisamente a mí?
—¿Por qué yo? —pregunté casi sin pensarlo.
Y, curiosamente, sentí que las palabras salían de mí con
más facilidad que antes.
Quizá porque ya no tenía nada que perder.
O quizá porque últimamente había empezado a entender
algo importante.
Tal vez Arturo no solo había llegado a mi vida para
gustarme.
Tal vez apareció para hacerme entender quién era
realmente.
Porque gracias a él finalmente había aceptado algo que
llevaba años evitando:
Soy gay.
Y aunque todavía me gustaba… una parte de mí
empezaba a pensar que, quizá, —
Pues… creo que es porque contigo no tengo que dar
tantas explicaciones —dijo Arturo después de pensar un
momento.
Lo miré en silencio.
—No lo digo en un mal sentido —continuó—. Solo
que… nosotros somos como un cuaderno limpio. No
tenemos demasiado contexto el uno del otro.
Bajó un poco la mirada mientras jugaba distraídamente
con las mangas de su uniforme.
—Supongo que por eso quería que fueras tú quien
estuviera aquí.
Sentí cómo mi pecho se tensaba lentamente.
—Porque contigo no siento que tenga que aparentar
algo… ni fingir ser alguien más.
El silencio volvió a apoderarse del lugar.
Se escuchaban los pájaros en los árboles y el viento
moviendo las hojas afuera del pasillo.
—Tienes un punto —dije con calma.
Aun así… me da curiosidad saber qué te sucede —añadí
mientras volteaba a verlo.
Nuestros rostros se encontraron por un segundo.
—¿De verdad quieres saber? —preguntó Arturo,
desviando otra vez la mirada hacia el frente.
—Vamos, me encontraste llorando aquí la primera vez.
No creo que haya algo más vergonzoso que eso.
Arturo sonrió apenas.
—No lo sé… este año he sentido como si hubiera una
pared invisible entre las personas y yo.
Guardó silencio un momento antes de continuar.
—En vacaciones tuve que ir a cuidar a mi abuelo a otra
ciudad. Cuando regresé, mis amigos hablaban de todas
las salidas que hicieron y los lugares que visitaron… y,
de alguna manera, me sentí excluido.
Bajó la mirada.
—Ellos no lo hicieron a propósito, lo sé. Pero sentí como
si el lugar que creía tener con ellos desapareciera si yo no
estaba ahí para recordarlo.
—Te entiendo… —dije otra vez, intentando mantener la
calma.
Arturo soltó una pequeña risa sin humor.
—No lo creo.
—En serio. Lo he sentido toda mi vida.
Bajé la mirada un momento antes de continuar.
—Es difícil explicar algo así. Es como ver a las personas
felices, conectando entre ellas… y sentir que, si tú
desaparecieras, nadie lo notaría realmente.
Arturo se quedó mirándome en silencio.
—Pero, siendo sincero… aunque a veces me sienta
excluido, sé que siempre voy a tenerme a mí mismo.
Tomé aire lentamente.
—Y también sé que siempre aparecerán personas nuevas
que te hagan sentir querido… aceptado de verdad.
Arturo sonrió apenas.
—¿Y dónde están esas personas?
Lo miré directamente por primera vez en toda la
conversación.
—Puedo ser una de ellas.
Nuestros rostros se quedaron mirando fijamente.
Mi corazón volvió a latir con fuerza.
Antes había pensado que quizá Arturo solo era un amor
pasajero… pero verlo tan cerca de mí, siendo tan amable,
me hizo entender que no era así.
Era él.
La persona con la que quería estar.
Arturo sonrió apenas.
—Pues me gustaría, señor Isaac.
—¿QUIÉN ESTÁ AHÍ? ¡VAYAN A SU CLASE!
La voz de un profesor resonó por todo el pasillo.
—¡Carajo! —salté del susto—. ¿Qué hacemos?
Antes de que pudiera reaccionar, Arturo tomó mi brazo y
me levantó rápidamente.
—Ven.
Corrimos por el pasillo mientras la luz naranja del
atardecer desaparecía detrás de nosotros. Escuchaba
nuestras risas ahogadas, los pasos apresurados y mi
corazón golpeando tan fuerte que parecía hacer eco.
Arturo abrió la puerta del baño del patio y ambos
entramos rápidamente al primer cubículo vacío.
Cerró la puerta con cuidado.
El espacio era demasiado pequeño.
Estábamos absurdamente cerca.
Arturo levantó una mano haciéndome una señal de
silencio mientras afuera se escuchaban los pasos del
profesor acercándose lentamente.
Contuve la respiración.
La puerta del baño se abrió.
Los pasos resonaron unos segundos… pero después
volvieron a alejarse.
El silencio regresó.
Entonces Arturo me miró y sonrió de lado.
—Qué momento más romántico, ¿no crees?
Cuando salimos del cubículo, mi mente seguía
completamente en blanco.
¿A qué se refería Arturo con “romántico”?
¿Sabía que estaba enamorado de él?
¿O simplemente se estaba burlando?
—¿Puedes darme tu número? —preguntó de repente.
Lo miré sorprendido.
—¿Mi número? ¿Para qué lo necesitas?
Arturo sacó su celular mientras sonreía apenas.
—Simplemente porque quisiera tenerlo, ¿sabes?
Mi cabeza estaba a punto de explotar.
Arturo me estaba pidiendo mi número.
—Claro… —respondí intentando sonar tranquilo
mientras sacaba mi celular lentamente.
—¿Tienes algo que hacer? —preguntó Arturo mientras
anotaba mi contacto.
—No… ¿por qué lo dices?
Arturo levantó la mirada hacia mí.
—Tu pierna.
Bajé la vista confundido.
La estaba moviendo sin parar.
Maldición.
Había estado tan metido en mis pensamientos que olvidé
mantener la calma.
—Ah… no es nada —dije nervioso—. Quizá es la
adrenalina por casi ser atrapados por el profesor.
Arturo soltó una pequeña risa.
Ya en mi habitación, después de un día lleno de
emociones distintas, lo único en lo que podía pensar era:
¿EN QUÉ MOMENTO ARTURO ME IBA A
ESCRIBIR?
¿O acaso debía escribirle yo primero?
Las preguntas comenzaron a desfilar por mi mente una
tras otra.
—No, no… mejor voy a hacer la tarea —me dije a mí
mismo intentando calmarme.
Pero era inútil.
Cada vez que mi celular sonaba, no pasaba ni medio
segundo antes de que lo revisara pensando que quizá era
Arturo.
Aunque nunca lo era.
No quería parecer demasiado intenso.
No iba a escribirle primero.
Cuando terminé la tarea, mi madre ya había llegado de
trabajar.
Pero no todo podía ser bueno.
Comenzó a quejarse del dinero, de mi padre y de todos
los problemas de la casa, haciendo que mi ánimo volviera
a apagarse poco a poco.
Aun así, incluso mientras la escuchaba, había una parte
de mí que seguía pensando en Arturo.
En que quería que me escribiera.
Sin embargo, las horas pasaban y Arturo no me escribía.
Debo admitir que eso me desilusionó un poco, aunque
tampoco me hizo sentir mal.
Después de todo, ambos teníamos vidas ocupadas.
Me fui a mi cuarto a arreglar mis cosas para el siguiente
día mientras escuchaba música.
Mi ánimo estaba… estable.
No era el mejor por todos los problemas de mi familia,
pero tampoco estaba tan bajo como antes.
Después de bañarme y acostarme, me quedé despierto un
rato mirando el techo hasta que el peso en mis ojos me
avisó que ya era hora de dormir.
Entonces soñé con él.
Estábamos caminando por una calle vacía en medio de la
noche.
Los negocios estaban cerrados y las luces de los postes
iluminaban apenas la acera.
Arturo iba a mi lado sonriendo mientras hablaba de
cualquier cosa y yo solo lo escuchaba atento.
No había nadie más.
Solo nosotros.
Fue entonces cuando sentí algo cálido rozar mi mano.
Bajé la mirada.
Arturo estaba sosteniéndola mientras seguía hablando
como si fuera lo más normal del mundo.
Y, aunque sabía que estaba soñando…
era un sueño del que no quería despertar.
El sonido de mi alarma interrumpió mi sueño.
Cuando desperté, ya era tarde.
Me levanté sobresaltado; tenía que alcanzar el transporte.
Me puse el uniforme rápidamente y salí casi corriendo de
la casa. Por suerte, dejar todo listo la noche anterior
siempre me salvaba.
—¡Chao, mamá! —grité antes de salir.
Corrí hacia la parada y, para mi suerte, logré alcanzar el
bus.
Ese día nada podía ponerme triste.
Había soñado con Arturo.
Con mi Arturo.
Una pequeña sonrisa apareció en mi rostro.
En medio de todo el ajetreo no había revisado mi celular.
Pero cuando por fin me senté y tuve un momento de
calma, lo vi.
¿Estás despierto?
Enviado a las 00:43.
Arturo me había escrito.
Maldición.
A esa hora yo ya estaba profundamente dormido.
Le respondí rápidamente:
—Hey, hola. Ya me había dormido. ¿Necesitabas algo?
No pasó ni un minuto antes de que contestara.
—No, nada realmente. ¿Ya vas camino al colegio?
Sonreí sin darme cuenta.
—Sí, ¿y tú?
—También. Voy en el carro de mi mamá.
Arturo respondía rápido.
Demasiado rápido.
—Qué genial. Quisiera ir en carro.
—Si quieres, podría llevarte algún día.
Sentí que podía morir en paz ahí mismo.
—No, tranquilo. Ir en bus tampoco es tan malo.
—Jajaja, si tú lo dices.
—Aunque sí da sueño.a
—Literalmente me quedé dormido.
—JAJAJA, yo igual.
La conversación tuvo que terminar porque ya me tocaba
bajar del bus.
Llegando al colegio le respondí el último mensaje
mientras caminaba hacia la entrada.
Ese día tocaba formación.
Como siempre, nos harían rezar, escuchar anuncios y ver
las noticias del mes.
—Llegando igual. Hoy toca formación… qué pereza.
Arturo respondió casi al instante.
—Jajaja, sí. Pero así es la vida, ¿no?
Sonreí mientras avanzaba entre los estudiantes.
Entonces llegó otro mensaje.
—Aunque… si conociéramos un lugar donde casi no
pasan profesores…
Me detuve un segundo.
Espera.
¿Arturo estaba insinuando faltar a la formación?
—¿Insinúas que faltemos? —respondí.
—Ey, yo solo lo pensé. Tú fuiste quien lo dijo.
Solté una pequeña risa.
—La última vez casi nos atrapan.
—Pero admitelo, nunca has sido un estudiante tan
ordenado.
Negué con la cabeza sonriendo.
—¿Y tú qué dices?
Miré el pasillo del fondo desde lejos.
Nuestro lugar.
—Nos vemos allá.
Mientras me dirigía al pasillo, mi alegría ya no cabía en
mi cuerpo.
Arturo.
El chico en el que pasé meses pensando sin siquiera
atreverme a hablarle bien…
me había invitado a faltar a formación.
Quería morirme de felicidad.
Apenas llegué cerca del pasillo intenté actuar normal.
No quería levantar sospechas, así que evité cruzarme con
profesores o compañeros que pudieran preguntarme algo.
Cuando finalmente llegué, Arturo estaba ahí mirando su
celular.
Levantó la vista apenas escuchó mis pasos.
—Hola… —dije con una voz más nerviosa de lo que
esperaba.
Arturo pareció sorprendido de verme tan rápido, pero su
expresión cambió enseguida a una sonrisa cálida mientras
levantaba la mano para saludarme.
—Bueno… si vamos a faltar a la formación, que sea por
algo mejor.
—¿A qué te refieres? —pregunté confundido.
Arturo no respondió de inmediato.
Solo tomó mi brazo y comenzó a jalarme fuera del
pasillo.
—Ven, ya verás.
—¡Oye! ¿A dónde me llevas?
—Tranquilo.
El colegio era antiguo.
Había edificios pequeños usados para guardar materiales,
máquinas y cosas que casi nadie utilizaba.
Por eso esconderse no era tan difícil.
Pero yo, que nunca había sido precisamente rebelde,
siempre pensé que todos esos lugares permanecían
cerrados.
Cap 8
Mientras subíamos las escaleras hacia la terraza, Arturo
hablaba de todos los deberes y proyectos que tenía
pendientes.
Yo respondía contándole también las cosas que debía
hacer, aunque sinceramente apenas podía concentrarme.
Todo esto se sentía como un sueño.
No podía creerlo.
Arturo y yo realmente nos estábamos acercando.
Si alguien me hubiera preguntado un año atrás si esto era
posible, habría dicho que no sin dudarlo.
Y aun así, ahí estábamos.
Hablando como si siempre hubiéramos sido cercanos.
Aunque, en el fondo, todavía existía una duda que no
podía sacarme de la cabeza:
¿Arturo realmente me consideraba su amigo?
¿O solo era un chico con el que podía pasar el rato
cuando se sentía solo?
Al llegar al último piso nos encontramos con una puerta
vieja, gris y oxidada.
Honestamente, parecía que podía caerse en cualquier
momento.
—Espera aquí un momento —dijo Arturo.
Caminó hacia una esquina y sacó un pequeño alambre de
su bolsillo.
—¿Para qué es eso? —pregunté confundido.
Arturo no respondió.
Solo me miró con una sonrisa cómplice que parecía
decir:
“Confía.”
Introdujo el alambre en la cerradura y comenzó a
moverlo de un lado a otro.
Clack.
La puerta se abrió.
—No puede ser… —murmuré sorprendido.
Arturo abrió lentamente para evitar hacer ruido, aunque
las bisagras viejas soltaron un leve chirrido.
Luego extendió el brazo para dejarme pasar primero.
Del otro lado había una terraza.
El viento frío atravesó mi chaqueta, pero apenas levanté
la vista me olvidé completamente de eso.
Al fondo había una pequeña estructura de cristal cubierta
parcialmente por plantas.
Parecía un invernadero abandonado.
Caminé lentamente hacia él mientras Arturo permanecía
detrás observando mi reacción en silencio.
Cuando entré, sentí el aire fresco rodearme.
Algunas plantas habían crecido libremente entre las
paredes y parte del techo estaba cubierto de hojas verdes
por donde la luz de la mañana se filtraba lentamente.
Era hermoso.
—¿Cómo es que esto estaba aquí? —pregunté
maravillado.
—¿Te gusta? —dijo Arturo sonriendo—. Hace años el
colegio daba clases sobre cuidado de plantas, pero
dejaron de hacerlo y abandonaron el lugar.
Giré sobre mí mismo observando cada rincón.
—Esto es demasiado genial.
Arturo soltó una pequeña risa.
—Sí. A veces traigo aquí a mis amigos… o a mi pareja.
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
—¿Pareja? —pregunté casi sin voz.
—Bueno… ex pareja. Terminamos hace unos meses.
Y ahí llegó el golpe de realidad.
Arturo era heterosexual.
El lugar quedó en silencio. Solo podía pensar en que era
el peor momento para escuchar algo así. El contraste
entre lo hermoso del lugar y lo doloroso de la noticia me
hacía sentir aún peor.
—¿Pasa algo? —preguntó Arturo.
—Ah… no, nada —respondí, intentando que las lágrimas
no salieran y que toda mi tristeza se quedara dentro.
—Bien —dijo mientras seguía observando el
invernadero.
Soltó un suspiro de comodidad.
—No me canso nunca de estar aquí.
—¿Y cómo lo descubriste?
—Pues una vez me fugé de clases. Sí, lo sé, suena mal,
pero no estaba preparado para una exposición. Quise ir a
nuestro pasillo, pero había profesores cerca, así que
decidí explorar el lugar… y terminé llegando aquí.
“¿Nuestro pasillo?”
Así que él también lo consideraba nuestro lugar.
—¿Nuestro pasillo? —repetí.
—Ah… lo siento. Es que, amigo, qué raro nunca
habernos encontrado antes si a los dos nos gustaba el
mismo lugar.
—Sí, la verdad. Ya no paso tanto tiempo ahí. Voy más
cuando mi cabeza tiene demasiado ruido.
—Te puedo preguntar algo —dije mientras lo miraba.
—Claro.
Respiré hondo.
Como me había repetido tantas veces antes, no perdía
nada preguntando.
Aunque esta vez toda la tranquilidad que creía tener
había desaparecido. Mi cuerpo era un desastre de
emociones: tristeza por entender que probablemente
nunca pasaría nada entre Arturo y yo, pero también
felicidad porque quizá había encontrado un amigo de
verdad.
Aun así, temía su respuesta.
—¿Puedo ser tu amigo? —pregunté finalmente.
Arturo me miró unos segundos.
—Pensé que ya lo éramos —respondió.

La formación había terminado y habíamos regresado a


nuestras respectivas clases. Sin embargo, durante todo el
día no pude dejar de pensar.
“Pensé que ya lo éramos”.
Es decir… Arturo siempre me había considerado su
amigo.
¿Desde cuándo? No lo sabía. Pero lo importante era que
esa amistad recién nacida estaba ahí.
—Yyyyy… ¿me vas a decir dónde estabas? —preguntó
Sebas.
—Estamos en clase —respondí mientras fingía escribir.
—Ay, por favor, como si eso te detuviera de hablar.
—No es nada, solo dormí un rato. Estaba cansado.
—¿Dormiste? —dijo Matías, que estaba atrás escuchando
—. Tú nunca faltas a la formación, así estés muriéndote.
—Eso es verdad —añadió Daniel.
—Ay, chicos, por favor, déjenlo. De seguro está enfermo,
se ve pálido y escuálido —dijo Allison mientras se giraba
para verme.
—¡USTEDES DEJEN DE HABLAR O SE VAN
AFUERA! —gritó el profesor mientras todo el curso
volteaba a vernos.
—Lo siento —dijo Matías rápidamente mientras todos
regresábamos la vista a la pizarra.
Gracias a Dios y a Allison dejaron de preguntarme tanto
durante el resto del día.
A la salida sentí una mano sobre mi hombro.
—Hola, señor Isaac —dijo Arturo.
Mi corazón dio un salto.
—Hola… ¿qué haces aquí? —pregunté intentando sonar
tranquilo.
—Pues yendo a casa. Tú haces lo mismo, ¿no? ¿Por qué
no caminamos juntos?
En ese momento mis amigos llegaron detrás de mí.
—Hola… ¿y tú quién eres? —preguntó Matías con una
expresión de completa extrañeza.
—Hola, soy amigo de Isaac —respondió Arturo con
naturalidad.
—¿Amigo? —repitió Sebas levantando una ceja.
—Sí. Perdón por quitárselos en la formación. No me
sentía bien y él me acompañó un momento.
“Carajo”, pensé.
De repente sentía como si una enorme máscara de
mentiroso se hubiera dibujado sobre mi rostro.
—Pero él nos di… —Sebas tapó rápidamente la boca de
Matías antes de que terminara la frase.
—Y se los quitaré un momento más —dijo Arturo
mientras me alejaba suavemente de ellos.
—Nos vemos —dijo Sebas mientras arrastraba a Matías
y Daniel lejos de ahí.
Cuando ya nos habíamos alejado un poco, Arturo soltó
mi brazo.
—¿Qué necesitas? —pregunté confundido.
—Nada importante, en realidad… solo quería decirte
que…
Su expresión se volvió un poco seria.
—Bueno… recordé que no nos hemos tomado una foto.
Parpadeé sorprendido.
Arturo sacó rápidamente su celular del bolsillo y, antes de
que pudiera entender qué estaba pasando, levantó el
brazo y nos tomó una foto desde arriba.
—Listo —dijo mirando la pantalla.
No pude evitar acercarme un poco para verla.
Salíamos despeinados, con cara de cansancio y el
uniforme algo desordenado por el día entero de clases.
Y aun así… me gustó.
—Eso es todo. Ya puedes volver con tus amigos —dijo
Arturo guardando el celular en el bolsillo.
—Ammm… está bien. Nos vemos mañana.
—Nos vemos, Isaac.
Mientras me alejaba solo podía pensar una cosa:
Por primera vez, Arturo me había parecido un poco torpe.
Y extrañamente… eso me gustó todavía más.
La tarde transcurrió con normalidad entre deberes,
estudios y, extrañamente, una paz poco habitual en mi
casa. Aproveché el momento perfecto para dibujar un
rato y perderme entre la pintura y los lápices.
Esa tarde Arturo no escribió.
Pero quien sí lo hizo fue Allison.
Hablamos de muchas cosas. Me contó cómo su novio
tenía actitudes algo cuestionables y yo traté de
aconsejarla lo mejor que pude. Extrañamente, nunca
preguntó por qué había faltado en la formación. De
alguna manera entendía que, si yo no quería contarlo, era
por algo, y no insistió.
Quienes sí estaban a punto de explotar mi celular con
tantos mensajes eran Daniel y Matías. Tuve que
silenciarlos porque, honestamente, eran un desastre.
Me gustaba hablar con Allison.
Me hacía sentir tranquilo.
Ella no me juzgaba de manera severa, aunque sí se
burlaba de mí de vez en cuando y hacía bromas solo para
molestarme. Pero supongo que esa era una de las razones
por las que seguíamos llevándonos bien después de todo
lo que había pasado entre nosotros.
La noche, antes de dormir, revisé mi celular por última
vez.
Una parte de mí esperaba un mensaje de Arturo, pero no
llegó. Aun así, no me sentía mal; entendía que debía estar
ocupado.
El fin de semana había llegado y quedé de salir con
Allison.
Allison era de esas chicas a las que no les gustaba
quedarse en casa. No porque tuviera problemas
familiares, sino porque le encantaba salir: comer, pasear,
observar cosas nuevas.
Fuimos a un museo y luego a una galería en el centro de
la ciudad, algo que tanto a ella como a mí nos gustaba
mucho.
Pasé toda la tarde fuera.
Cuando llegué a mi casa revisé Instagram, pues Allison
había subido una historia y me había etiquetado. Cuando
la resubí, recibí una notificación de seguimiento.
@artu__or comenzó a seguirte.
Revisé el perfil y sí, era Arturo.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Salté sobre mi
cama lanzando el celular a un lado.
No podía ser. Arturo me había comenzado a seguir.
Decidí esperar una hora antes de devolverle el follow
para que no pensara que lo estaba observando
desesperadamente.
Sin embargo, apenas cinco minutos después, recibí una
respuesta a la historia que había resubido de Allison.
“¿Es tu novia?”
“Claro que no”, respondí rápidamente.
“Respondiste muy rápido”, escribió Arturo.
“Jajaja, estaba justo en Instagram.”
“Genial. Perdón por no hablarte hoy, estuve algo
ocupado.”
“No te preocupes.”
Esa noche la conversación se extendió durante horas.
Hablamos de muchas cosas y me sorprendió lo mucho
que puedes llegar a conocer de una persona en una sola
noche.
Arturo sabía muchísimo de básquet. Aunque también era
un amante de la naturaleza; con razón su lugar favorito
era aquel invernadero abandonado.
Pero algo que realmente me dejó pensando fue que no era
el chico que yo imaginaba.
No era alguien extremadamente serio ni obsesionado con
los estudios o el ejercicio, como siempre pensé.
En realidad, era mucho más relajado. Sacaba buenas
notas, sí, pero no era el mejor estudiante. Le gustaban las
plantas —tenía muchas en su casa— y venía de una
familia bastante adinerada.
Y mientras más hablábamos, más sentía que la imagen
perfecta y lejana que había creado de él comenzaba a
desaparecer… para convertirse en alguien mucho más
real.
El domingo me levanté tarde, pues me había quedado
hablando mucho la noche anterior. Curiosamente, durante
el día Arturo y yo no hablamos, pero no le tomé mucha
importancia. De hecho, me gustaba que fuera así. Nunca
he sido de los chicos que hablan todo el día por chat;
prefería conversar de vez en cuando antes que pasar
pegado al celular todo el tiempo.
Salí con mi padre a andar en bicicleta. Yo no era muy
fanático del ejercicio, pero andar en bici era algo que
realmente me encantaba.
Llegué rendido a mi casa, con ganas únicamente de
dormir. Me bañé y, apenas me acosté, me quedé dormido.
Volví a ese lugar.
La calle desolada, oscura y apenas iluminada.
Iba tomado de la mano con Arturo mientras
caminábamos y reíamos sin preocupación alguna.
Curiosamente, ese era el mejor sueño que podía tener.
Él a mi lado… y esa sensación de compañía inundando
mi cuerpo me hacía sentir en paz de una manera que
nunca antes había experimentado.
La semana siguiente estuve realmente ocupado con el
departamento de comunicación. Era semana de ferias, así
que todos los cursos —y prácticamente todo el colegio—
estaban atareados armando carpas, vendiendo comida o
preparando juegos para recaudar dinero.
Y, sinceramente, me gustaba… principalmente porque
perdíamos clases.
Como miembro del departamento de comunicación
estaba exento de participar directamente en la feria, ya
que mi trabajo consistía en tomar fotos y grabar videos
para guardar todo “para la posteridad”, como decía el
coordinador.
Matías, Sebas, Daniel y yo nos pasamos la semana de un
lado a otro editando, grabando y capturando momentos.
Y, aunque terminábamos agotados, me gustaba la
sensación de que contaran conmigo para ese tipo de
eventos.
Casi no pude ver a Arturo durante toda la semana. Él
estaba en un stand realizando distintos juegos que había
organizado junto con su curso para recaudar dinero.
De vez en cuando pasaba por ahí.
Me invitaba a quedarme un rato, pero casi nunca podía
hacerlo porque siempre tenía algo pendiente. Aun así,
cada vez que llegaba me recibía con una sonrisa cálida…
y hacía exactamente lo mismo cuando me iba.
Al final de la semana el colegio realizaba el pregón.
Para quien no sepa qué es un pregón, básicamente es una
especie de festival nocturno donde hay bailes, cantos y
distintas presentaciones.
A mí me encantaban los pregones.
Había algo en ver el colegio de noche que me parecía
imposible de explicar.
Las luces encendidas, los pasillos vacíos a ciertas horas,
la música sonando a lo lejos y el aire frío de la noche
hacían que el lugar se sintiera completamente distinto…
casi mágico.
Último día de feria. Genial. Después de esto, el fin de
semana iba a invernar en mi cuarto sin que nadie me
molestara.
Como era el último día de feria y en la noche sería el
pregón, nos hicieron salir temprano para poder
arreglarnos y prepararnos, ya que para el pregón no era
obligatorio usar uniforme.
En ese tiempo yo no era de fijarme demasiado en cómo
me vestía, aunque igual me gustaba verme presentable.
Además, mi mamá tampoco me dejaría salir fachoso.
Decidí ponerme una chamarra jean y debajo un saco
verde con capucha, acompañado de unos pantalones
negros sueltos y unas botas. La verdad, no me quedaba
nada mal.
Mientras me cambiaba recibí un mensaje de Arturo.
—¿Estás listo o aún no sales de tu casa?
—Jaja, sigo cambiándome ¿y tú?
—Igual, aunque no sé qué ponerme. No soy muy bueno
vistiendo.
—Si supiera cómo te vas a vestir podría decirte si sí o si
no, pero nunca hemos salido.
¿Acaso eso era una indirecta para salir algún día?
—Jaja, puede ser.
—Bien, está claro que quieres ser mi cita.
Mi corazón se detuvo en seco.
¿Cita?
¿Quién habló de una cita? Claro que quería que fuera
una, pero… ¿quién habló de eso?
Cuando me calmé y lo pensé mejor, entendí que Arturo
seguramente estaba bromeando. Debía dejar de
sobrepensar todo.
—Pues… quién quita que sí —le respondí.
Ya en el pregón, todo iba bien. Las presentaciones iban
pasando una tras otra en el coliseo y las risas,
conversaciones y gritos de todos hacían que el ambiente
se sintiera extrañamente reconfortante. Todo se veía tan
vivo y ameno.
Como siempre, yo seguía conversando con mis cuatro
amigos. Allison no había podido asistir porque se había
enfermado y llevaba dos días molestándome para que
fuera a visitarla.
Planeaba ir a verla al día siguiente.
Aunque, siendo sincero, de vez en cuando mi vista se
dispersaba entre la multitud buscando a Arturo, quien
todavía no aparecía por ningún lado.
Las presentaciones continuaron hasta llegar a la última:
la banda del colegio.
La escuela la había formado hacía algunos años y,
sinceramente, eran muy buenos. Incluso habían ganado
varios premios, así que en cada evento importante ellos
cerraban la noche.
Decidí ir al baño porque había estado tomando
demasiada agua últimamente. Me sentía constantemente
deshidratado; quizás por dormir mal toda la semana y
casi no comer bien.
Cuando entré al baño lo vi.
Arturo estaba ahí.
Pero algo en él se sentía extraño.
Parecía molesto. Sujetaba su celular con fuerza mientras
mantenía ambos brazos apoyados sobre el fregadero,
mirando fijamente su reflejo en el espejo.
—Hey, hola —dije.
Pero solo recibí un:
—Hola.
Seco. Frío. Neutral.
Mi pecho se tensó un poco.
—¿Sucede algo? —pregunté.
Arturo evitó mirarme directamente.
—Ahora no, Isaac… —respondió en voz baja antes de
salir del baño sin siquiera despedirse.
¿Qué había pasado?
De repente, aquella sensación horrible de cuando Arturo
me ignoró por completo volvió a aparecer dentro de mí.
¿Y si otra vez iba a pasar lo mismo?
¿Acaso hice algo mal?
Quizás debía darle espacio y hablar con él después.
Decidí que, por el momento, no iba a insistirle. Tal vez
estaba pasando por un momento difícil y, si trataba de
hablarle ahora, solo empeoraría las cosas.
Así que regresé y seguí viendo el pregón junto a mis
amigos, aunque mi mente ya no estaba realmente ahí.
Cuando el evento terminó me dispuse a ir a casa. Matías
me acompañó hasta la parada porque él también iba en
transporte público.
Ya en casa me bañé, me cambié y me acosté en la cama.
Pero, inevitablemente, volví a pensar en Arturo.
¿Debería escribirle?
Últimamente sentía que él era quien siempre iniciaba las
conversaciones, mientras yo casi nunca daba el primer
paso.
—Mejor esperaré hasta mañana —me dije a mí mismo.
Apagué la lámpara junto a mi cama y me dispuse a
dormir.
A la mañana siguiente me levanté tarde. Era sábado y no
tenía nada importante que hacer, excepto ir a ver a
Allison más tarde.
Descansé todo lo que no había podido descansar durante
la semana.
Cuando revisé mi celular no había ninguna notificación.
Ni un mensaje.
Ni nada de Arturo.
Suspiré mientras dejaba el teléfono a un lado.
Tal vez era momento de que yo también diera un paso.
Después de todo, ya había algo de confianza entre
nosotros… supongo.
Tomé el celular otra vez.
Y ahí empezó mi sufrimiento.
Pasé casi media hora escribiendo, borrando y volviendo a
escribir mensajes que nunca enviaba.
No sabía qué poner ni cómo iniciar la conversación.
Lo peor era que hablar con Arturo en persona se me hacía
sencillo, natural incluso.
Pero tomar la iniciativa…
Eso ya era otra historia.
Todo eso para terminar escribiendo un simple:
—Hola.
Me dejé caer boca abajo sobre la cama, avergonzado
conmigo mismo.
Definitivamente era el mensaje más inepto que podía
haber enviado.
Quince minutos después ya me estaba arrepintiendo.
—Maldita sea… debí escribir algo mejor —murmuré
mientras tomaba el celular dispuesto a borrar el mensaje.
Pero ya era demasiado tarde.
Había sido enviado.
Y leído.
—Carajo… carajo, carajo…
La pequeña notificación de “escribiendo…” apareció en
la pantalla.
Sentí cómo el corazón comenzaba a latirme más rápido.
No quería ni imaginar qué estaría respondiendo.
Hasta que finalmente llegó el mensaje:
—Hasta que al fin me escribes primero tú… —12:55 p.
m.
—Pues… quería saber cómo estabas —respondí
rápidamente.
Arturo tardó unos segundos en contestar.
—¿Ammm?
Fruncí el ceño confundido.
—Pues… lo de anoche en el baño.
La respuesta llegó casi al instante.
—No lo recuerdo, la verdad.
Me quedé mirando la pantalla en silencio.
¿Arturo estaba evitando hablar del tema?
Pero… ¿por qué?
Él mismo había dicho que hablar conmigo lo hacía sentir
mejor, entonces no entendía por qué ahora actuaba como
si nada hubiera pasado.
Aunque, siendo sincero, tampoco sabía cómo abordar el
tema sin sentir que estaba invadiéndolo.
Así que decidí dejarlo pasar.
No sabía si había hecho bien o mal.
O quizás Arturo esperaba que insistiera un poco más.
Todo aquello era demasiado confuso y nuevo para mí.
Eso me hizo cuestionarme hasta qué punto nos estábamos
acercando realmente.
Quiero decir… ¿qué tanto conocía yo de Arturo? ¿Y qué
tanto conocía él de mí?
Más allá de algunos problemas y conversaciones en aquel
pasillo, ¿de verdad nos conocíamos?
Por primera vez sentí que esta especie de amistad podía
ser algo superficial.
Sí, conocía ciertos aspectos de él.
Sabía que le gustaba el básquet, las plantas, dibujar y
esconderse en lugares silenciosos cuando se sentía mal.
Pero… ¿sabía realmente cómo era Arturo?
Y, si lo pensaba mejor, él tampoco sabía mucho de mí.
Eso me dejó algo decaído, así que decidí seguir
durmiendo un rato más.
Me levanté únicamente para ir a ver a Allison. Por suerte
ella vivía relativamente cerca de mi casa, así que no me
fue difícil llegar.
Ya en su casa, su madre me recibió muy bien. Me dio de
cenar y me quedé hablando un rato con ambas.
La verdad, me sorprendió lo cómodo que me sentí.
Generalmente no soy muy bueno hablando con los padres
de mis amigos, pero después entendí por qué Allison era
tan… Allison.
Su mamá era prácticamente igual a ella.
—¿Qué te pasa? —preguntó Allison una vez que nos
quedamos solos en su cuarto.
—Nada —respondí.
—Mientes —dijo mientras se levantaba repentinamente
de la cama.
—Odio cuando haces eso —dije sobresaltado.
—Entonces dime —respondió mientras volvía a
recostarse.
Me quedé callado unos segundos antes de hablar.
—Pues… tengo una pregunta.
—Dímela, querido. Mamá Allison está aquí para
aconsejarte —dijo con una sonrisa divertida.
Solté una pequeña risa.
—Mmmm… ¿tú conoces bien a Santiago?
Para quien no lo sepa, Santiago era su novio.
—Pues sí. ¿Por qué la pregunta?
—Digo… ¿conoces cómo es realmente? O sea… cuando
está triste, ¿sabes inmediatamente por qué? ¿Conoces sus
gustos, su comida favorita, su forma de ser…?
Allison se quedó pensando un momento antes de
responder.
—Lo que pasa es que, mientras más tiempo estoy con él,
más lo voy conociendo.
—Pero… ¿no se supone que estás con alguien porque ya
conoces todo de esa persona?
Allison me miró con seriedad.
—Nunca terminas de conocer completamente a alguien.
Pero si esa persona te importa de verdad, estás dispuesto
a seguir descubriéndola… incluso con sus defectos y sus
virtudes.
Sus palabras hicieron que Arturo apareciera
inmediatamente en mi mente.
—¿Y qué pasa si esa persona no expresa lo que siente?
—pregunté mirando hacia otro lado.
—No tiene que hacerlo siempre —respondió Allison con
calma—. A veces solo tienes que esperar a que esa
persona decida contártelo. Lo importante es estar ahí
cuando quiera hacerlo.
Me quedé en silencio.
—No lo entiendo del todo…
—Lo entenderás cuando alguien te guste… y tú también
le gustes a esa persona.
Abrí los ojos un poco sorprendido.
—Ooooooh… espera. ¿Acaso hay alguien? ¡Isaac, dime
quién es! —dijo acercándose rápidamente a mí con una
sonrisa enorme.
—No hay nadie. Ya debo irme.
—¡¿Cómo te atreves?! —gritó Allison mientras me
seguía—. ¡¿Cómo vas a dejarme este chisme a medio
resolver?! ¡Ven acá!
Salí del cuarto riéndome mientras me despedía de la
mamá de Allison y luego de ella antes de regresar a casa.
En casa procedí a volverme a dormir el resto de la tarde
que quedaba. Cuando desperté ya era de noche, aunque el
sueño se me había quitado por completo, así que decidí
ver películas.
Últimamente había comenzado a gustarme mucho el
género BL. Me encantaba ver cómo los personajes se
enamoraban, peleaban, se reconciliaban y volvían a
encontrarse. Me parecía algo muy lindo y tierno.
Eran casi las dos de la mañana cuando recibí una
notificación.
Era Arturo.
—¿Estás despierto?
—Sí —respondí rápidamente.
—Genial.
—¿Por qué la pregunta?
—No lo sé… solo quería hablar un rato y distraerme.
¿Distraerse de qué?, pensé. Eran las dos de la mañana.
—Pues aquí estoy —respondí.
Pasaron unos segundos antes de que llegara otro mensaje.
—¿Nunca has pensado en dejar todo e irte a vivir muy,
muy lejos?
Me quedé mirando la pantalla.
La verdad… sí lo había pensado muchas veces.
—A veces sí.
Casi de inmediato apareció una llamada entrante.
Arturo.
Contesté.
—Hablo en serio —dijo apenas escuché su voz—. O
sea… vivir de cualquier cosa, pero siendo independiente
y sin tener que darle explicaciones a nadie.
Su voz sonaba cansada.
—Pues… sí —respondí mientras miraba el techo de mi
cuarto—. Pero estamos muy pequeños para siquiera
pensarlo.
—Lo sé. Pero si existiera la posibilidad en el futuro… ¿lo
harías?
La idea de desaparecer e irme lejos se me había cruzado
por la cabeza demasiadas veces.
—Tal vez sí… ¿y tú?
Escuché una pequeña risa al otro lado de la llamada.
—Sin duda lo haría. Viviría lejos… quizás en el campo,
donde el sol sea más cálido y la luna más brillante.
Sonreí un poco.
—¿Y de qué vivirías?
—Criaría animales. Vendería huevos, leche… lo que
salga.
Solté una pequeña risa.
—Jaja, no te rías. Hablo en serio —dijo Arturo, aunque él
también terminó riéndose un poco.
—¿Y vivirías solo? —pregunté.
Hubo un pequeño silencio.
—Viviría con alguien que me haga sentir ligero… y libre.
¿Y tú?
Mi corazón volvió a latir rápido.
—Pues… no suena como una mala idea.
El silencio regresó por unos segundos.
Y entonces Arturo habló otra vez.
—Si te pidiera ir conmigo… ¿qué dirías?
La llamada quedó completamente en silencio.
Tragué saliva.
—Pues… esperaba que me lo preguntaras solo para
aceptar.
La llamada quedó en silencio.
Pero mi corazón latía con tanta fuerza que sentía que, si
no decía algo, iba a explotar.
Así que decidí romper ese silencio.
—Me gustas… —susurré.
Esperé una respuesta.
Pero no llegó ninguna.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Arturo…?
Nada.
Al otro lado de la llamada, Arturo ya se había quedado
dormido.
Esbocé una pequeña sonrisa.
—Descansa… hasta mañana.
Colgué la llamada y me quedé mirando el techo de mi
habitación.
Una sensación extraña de vacío comenzó a invadirme.
Carajo… lo había dicho.
Pero Arturo no me escuchó.
Quizás era lo mejor.
Tal vez todavía no debía decírselo. Quizás habría
arruinado todo lo que habíamos construido hasta ahora.
El domingo transcurrió lento. Solo hice deberes y me
quedé encerrado en mi cuarto la mayor parte del día.
No quería salir.
Mis padres habían vuelto a pelear, aunque esta vez no le
tomé demasiada importancia. Últimamente mis
emociones subían y bajaban tanto que decidí que
simplemente no era capaz de cargar con más cosas.
Me sentía atrapado en una especie de limbo emocional.
Y, aun así, mi cabeza seguía regresando a Arturo.
¿Qué sentía él realmente?
Por primera vez me permití pensar que quizás sí podía
pasar algo entre nosotros.
Durante mucho tiempo jamás consideré esa posibilidad.
Pero las señales de Arturo eran demasiado confusas…
demasiado difusas.
Entonces, ¿qué era yo para él?
¿Solo un amigo?
¿O alguien con quien realmente quería quedarse?
Y así llegamos a la última semana de clases: la semana de
exámenes.
La verdad era mucho más tranquila de lo normal, porque
teníamos horarios separados para cada examen, lo que
dejaba bastante tiempo libre entre uno y otro.
Arturo me había escrito para pasar el rato en el
invernadero hasta el siguiente examen, así que acepté sin
pensarlo demasiado.
Pasamos un buen rato hablando de cualquier cosa.
A veces conversábamos sobre temas profundos y otras
simplemente bromeábamos, nos molestábamos o nos
reíamos de cosas absurdas.
Y me gustaba eso.
Porque no siempre todo era tenso o dramático entre
nosotros.
Había momentos donde simplemente éramos dos amigos
pasando el tiempo juntos.
Aunque… no podía evitar sobrepensarlo.
Tal vez solo yo veía las cosas de esa manera.
Quizás Arturo nunca había tenido intenciones de
coquetear conmigo y todo eso solo existía dentro de mi
cabeza.
Bajando las gradas vi aparecer lentamente el rostro de
Allison.
—¡Isaac! ¿Dónde estabas? Tenemos examen en un rato.
¿Y qué haces aquí arriba, por cierto?
—Pues… —intenté responder, pero Arturo me
interrumpió.
—Pues estaba conmigo. Mucho gusto, soy Arturo.
—¿Arturo? —repitió Allison mientras entrecerraba los
ojos pensativa—. ¿Y qué hacían aquí arriba?
—Nada —respondí rápidamente.
—Solo hablábamos —dijo Arturo con tranquilidad—.
Perdón por robártelo.
Allison entendió todo con solo esa frase.
Vi claramente cómo comenzaba a unir piezas dentro de
su cabeza hasta llegar a una conclusión.
Entonces esbozó una pequeña sonrisa.
—Perdón que te lo quite, Arturo, pero tenemos examen.
Después te lo devuelvo otra vez.
—No te preocupes, yo también tengo uno. Nos vemos al
rato —respondió Arturo antes de irse.
—Adiós —dije mientras comenzaba a caminar junto a
Allison.
Apenas nos alejamos lo suficiente, Allison se giró hacia
mí con los ojos completamente abiertos.
—NO ME MIENTAS. Dime ahora mismo… ¿te gusta
él? ¿Te gusta los…?
—¡Sí, está bien! ¡Me gusta él! —solté rápidamente.
—¡¡ASHHHHHHHH!! —gritó tan fuerte que el eco
recorrió el pasillo entero.
—¿Puedes hacer menos ruido? —dije tapándome los
oídos.
—Lo siento, pero ¿cómo pasó eso? ¿Él lo sabe? ¿Son
pareja? ¡Dime todo con lujo de detalle!
—Primero hagamos el examen y después te cuento —
respondí mientras aceleraba el paso y la dejaba atrás.
—¡NOOO! ¡Siempre me dejas así! —se quejó Allison
mientras corría para alcanzarme.
La verdad no sabía por qué terminé contándoselo.
Quizás porque la cercanía que tenía con Allison me hacía
sentir que no iba a juzgarme.
Una vez terminado el examen, Allison y yo nos sentamos
en unas gradas alejadas de todos y le conté toda la
historia.
Cómo aquel chico misterioso del bus poco a poco había
comenzado a tomar forma hasta convertirse en alguien
importante para mí.
Allison solo escuchaba atentamente mientras se
emocionaba cada vez más con lo que le contaba.
—Tienes que decirle que te gusta —dijo apenas terminé.
—Estás loca. Ya se lo dije una vez y ni siquiera me
escuchó.
—¡Por eso! Tienes que decírselo en persona. Estoy
segura de que a él también le gustas.
—¿Tú crees? —pregunté inseguro.
—Completamente.
—Lo pensaré…
Más tarde, ya en casa, Arturo y yo seguimos hablando
por chat un rato, aunque el consejo de Allison seguía
rondando mi cabeza.
¿De verdad debería declararme?
La primera vez había sido un desastre.
¿Qué me aseguraba que esta vez sería diferente?
Entonces llegó un mensaje suyo.
—¿Es tu novia?
Otra vez preguntaba lo mismo.
Y sobre la misma chica.
—Pues… es mi ex —respondí.
Vi cómo aparecía el “escribiendo…” y desaparecía varias
veces.
—Ammm… pero la primera vez no me dijiste eso.
—¿La primera vez? —pregunté confundido.
—Sí. Te pregunté si era tu novia y solo dijiste que no.
—Aaah… no pensé que fuera relevante.
Arturo tardó unos segundos en responder.
—Yyyy… ¿por qué sigues llevándote con ella si es tu
ex?
Fruncí ligeramente el ceño.
Había algo extraño en la forma en la que escribía.
—Pues terminamos en buenos términos.
—¿Existen los buenos términos entre ex?
Definitivamente había algo de molestia en sus mensajes.
—Ammm… pues no lo sé. Pero Allison ha sido una
buena amiga conmigo.
Pasaron varios segundos antes de que llegara el siguiente
mensaje.
—Si fue así… ¿por qué terminaron?
Me quedé mirando la pantalla.
—¿Te molesta algo? —pregunté finalmente.
Arturo tardó un poco en responder.
—No es nada. Mejor me voy a dormir. Hasta mañana.
¿Qué pasaba con Arturo?
Otra vez estaba distante.
Ya me estaba acostumbrando a que no me contara las
cosas de inmediato y solo viniera a hablar conmigo
cuando estuviera listo, pero aun así eso no me dejó
dormir bien en toda la noche.
Al día siguiente sentía que Arturo me evitaba.
Cada vez que lo veía, terminaba acercándose a algún
amigo o entrando rápidamente a una clase antes de que
pudiera hablarle.
¿Qué estaba pasando?
Aunque, siendo sincero, tampoco me sorprendía
demasiado.
Cada vez que Arturo se sentía mal parecía querer alejarse
del mundo entero.
Decidí escribirle.
—Está bien… ¿qué sucede?
No respondió.
Miré la pantalla unos segundos antes de volver a escribir.
—Te espero en el invernadero.
Esta vez fui yo quien tomó la iniciativa.
Ya no podía más.
No me gustaba esa parte de Arturo… y necesitaba
decírselo.
No quería sentirme invasivo, pero tampoco quería seguir
sintiéndome culpable por algo que ni siquiera entendía.
Cap 9
Esperé un buen rato en el invernadero, pero Arturo no
parecía llegar.
¿Qué le pasaba?
Me molestaba… pero al mismo tiempo me entristecía.
Cuando ya estaba a punto de irme, la puerta sonó al
abrirse.
Era él.
Pero la sonrisa que siempre aparecía al verme no estaba
esta vez.
En su lugar solo había una expresión seria.
Arturo se acercó lentamente.
—¿Qué necesitas hablar conmigo?
Fruncí el ceño.
—¿Qué pasa? —pregunté seriamente.
—¿A qué te refieres? —respondió con el mismo tono
frío.
—Sabes perfectamente a qué me refiero. ¿Por qué me
ignoras?
Arturo negó levemente con la cabeza.
—No te estoy ignorando.
—Entonces ¿por qué ni siquiera me respondiste?
Arturo desvió la mirada.
—No es mi obligación responderte.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Por qué me haces esto?
—No sé a qué te refieres —respondió secamente.
La conversación claramente no estaba yendo a ningún
lado.
Y eso solo me frustraba más.
—¿Por qué cada vez que te pasa algo terminas
desquitándote conmigo? —dije alzando un poco la voz.
Arturo me miró molesto.
—¿Yo? No tengo que darte explicaciones de nada.
—¿Entonces está bien que me cuentes cosas, me busques
y después me ignores como si nada?
—No me conoces. No sabes lo que me pasa —respondió
Arturo con una voz cada vez más tensa.
La discusión comenzaba a subir de tono.
—¡Entonces para qué me buscas! —solté finalmente—.
Me ilusionas y después vuelves a alejarte.
Arturo frunció el ceño.
—¿Ilusionarte yo? ¿Por qué pensarías eso?
Mi corazón latía con fuerza.
Ya no quería seguir guardándomelo.
—Porque me gustas.
El invernadero quedó en completo silencio.
Incluso el sonido del viento parecía haber desaparecido.
Arturo se acercó lentamente hacia mí.
Y por un segundo pensé que iba a decir algo diferente.
Pero entonces habló.
—Pero tú a mí no…
Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones.
—Será mejor que mantengas tu distancia.
Mi rostro quedó completamente vacío.
Como si todas las emociones se hubieran apagado de
golpe.
Arturo dio media vuelta y salió del invernadero sin
volver a mirarme.
Y me dejó ahí…
hecho pedazos.
Llegué a mi casa sin saber qué hacer y con un nudo
enorme en la garganta.
Mi madre apenas me vio supo que algo estaba mal.
Corrí directamente hacia ella y comencé a llorar
desconsoladamente.
Mi mamá no preguntó qué tenía.
Simplemente me abrazó, sostuvo mi cabeza entre sus
manos y comenzó a acariciarme el cabello mientras
lloraba.
Lo único que pude decir fue:
—Todo se acabó…
No podía más.
Mi corazón estaba completamente destrozado.
Las palabras de Arturo diciéndome que me alejara y que
yo no le gustaba seguían retumbando dentro de mi cabeza
una y otra vez, haciendo que mi alma se rompiera cada
vez más.
Esa tarde me la pasé acostado en mi cuarto mirando el
techo sin saber qué hacer.
Sin saber cómo curar mi corazón.
Aunque una parte muy pequeña de mí seguía esperando
un mensaje.
Un mensaje donde Arturo dijera que todo había sido un
error.
Que también le gustaba.
Que no quería perderme.
Pero ese mensaje nunca llegó.
Los siguientes días me quedé encerrado en mi habitación.
Como ya eran vacaciones, no tenía motivos para salir.
Allison vino a visitarme.
Apenas me vio, su expresión cambió por completo.
—¿Qué pasó? —preguntó preocupada.
Lo único que pude responder fue:
—Todo se acabó…
Y terminé abrazándola mientras volvía a llorar.
—¿Arturo te rechazó? —preguntó suavemente.
Yo solo asentí con la cabeza.
—Dijo que me alejara de él…
Allison frunció el ceño.
—Imbécil… tranquilo, querido. Llora todo lo que tengas
que llorar.
Negué con la cabeza mientras las lágrimas seguían
cayendo.
—Es que no lo entiendo… Todo este año él fue quien me
buscó. Él era quien me hablaba incluso cuando yo no
quería hacerlo. Entonces… ¿qué fui para él?
Mi voz comenzó a romperse.
—¿Solo sirvo como una especie de colchón para las
emociones de los demás? ¿Acaso no valgo lo suficiente
para que alguien quiera quedarse conmigo?
Cada palabra hacía que llorara todavía más.
Allison me abrazó con fuerza.
La miré a la cara y, sin poder detenerme, salió de mí la
frase más dolorosa de todas.
—¿Por qué no me eligió a mí?
Allison no quería irse de mi casa, pero insistí en que iba a
estar bien.
Ya se estaba haciendo tarde y después tendría problemas
si llegaba demasiado noche, así que terminó yéndose,
aunque no sin antes dejarme algo muy claro:
—No lo busques más.
Y traté.
Juro que traté no escribirle.
Pero cada hora que pasaba sin un mensaje suyo hacía que
quisiera hablarle todavía más.
Así que, después de un día entero de abstinencia
emocional, terminé cediendo.
—Hola… ¿estás ahí?
Apreté enviar mientras mi corazón latía con fuerza,
temiendo cualquier posible respuesta.
Esperé horas.
Horas y horas.
Y el mensaje seguía sin ser visto.
Mi cabeza comenzó a llenarse de pensamientos.
Tal vez ya lo había leído y solo me estaba ignorando.
Tal vez no quería volver a hablar conmigo.
Tal vez todo realmente había terminado.
Y, como siempre, terminé culpándome de todo.
De ser demasiado intenso.
De confundir las cosas.
De reclamarle.
De sentir demasiado.
De todo.
Hasta que finalmente llegó un mensaje suyo.
—Hola. ¿Qué necesitas?
Respondí tan rápido que ni siquiera pensé cómo podía
verme del otro lado de la pantalla.
Ya no me importaba parecer desesperado.
—Perdón por lo de ese día.
Pasaron unos segundos.
—No hay nada que perdonar.
Tragué saliva antes de volver a escribir.
—Pues… sí lo hay. Confundí las cosas contigo. Lo
siento.
La respuesta de Arturo tardó un poco más esta vez.
—Sabes… no me molestó eso. Me molestó pensar que
tenía un amigo y que las cosas terminaran
confundiéndose. Lo siento si pensaste cosas que no eran.
Sentí cómo algo dentro de mí volvía a romperse
lentamente con cada palabra que escribía.
—¿Estamos bien? —pregunté intentando aferrarme a
algo.
La respuesta llegó casi de inmediato.
—Sí… pero creo que lo mejor es que no nos acerquemos
más.
Las lágrimas volvieron a llenar mis ojos.
—¿En serio lo dices?
Hubo unos segundos de silencio antes de que apareciera
el último mensaje.
—Perdón… pero es lo mejor.
Después de esa noche, los mensajes y la complicidad que
alguna vez existieron entre Arturo y yo desaparecieron
por completo.
Los mensajes de Arturo se volvieron solo recuerdos
dentro de mi cabeza.
Mentiría si dijera que pasé todas las vacaciones pensando
únicamente en él.
Los sueños que antes tenía con Arturo, aquellos que
alguna vez fueron cálidos y felices, comenzaron a
transformarse en pesadillas que parecían recordarme todo
lo malo de mi vida.
Allison me hablaba de vez en cuando.
Mis amigos también me invitaban a salir.
Pero yo había caído en una depresión tan profunda que
incluso las peleas de mis padres dejaron de afectarme lo
suficiente como para hacerme salir de la cama.
Aunque, de alguna forma, seguían empeorando mi
estado.
A veces mi mamá me preguntaba qué era lo que me
pasaba, pero yo era incapaz de responderle algo.
Simplemente no estaba bien.
Cuando comenzó a acercarse el regreso a clases, una
ansiedad enorme empezó a invadir mi cuerpo.
No quería verlo.
No podía verlo después de todo lo que había pasado.
Después de todo lo que sentía.
Tenía vergüenza, tristeza y una melancolía constante que
parecía perseguirme a todas partes.
Sin embargo, recordé algo.
Yo iba a entrar a primero de bachillerato y, en mi colegio,
los estudiantes de bachillerato tenían horarios y recreos
distintos a los demás cursos.
Eso significaba que probablemente no vería a Arturo
durante un año entero.
Una pequeña calma recorrió mi cuerpo.
Aunque no duró demasiado.
En bachillerato los cursos se mezclaban dependiendo de
la especialidad que cada estudiante escogiera.
Yo había elegido una especialidad técnica,
principalmente porque mi padre trabajaba en eso y ya
conocía bastante del tema.
El único que quedó conmigo fue Sebas.
Mis otros amigos terminaron en cursos distintos, incluida
Allison.
Y eso solo hizo que me sintiera todavía más solo.
Sabía que tenía a Sebas, pero aun así era como volver a
convertirme en el chico nuevo rodeado de personas
desconocidas.
El primer día de clases me quedé parado en la entrada del
colegio mirando hacia adelante sin atreverme a entrar.
Sentía miedo.
Ansiedad.
Cada rincón del colegio me recordaba a Arturo.
Por supuesto, nunca más volví al pasillo.
Y mucho menos al invernadero.
No podía arriesgarme a encontrármelo.
El primer año de bachillerato pasó con relativa
normalidad.
Comencé a sacar mejores notas, especialmente porque la
especialidad que escogí era algo que entendía bastante
bien gracias al trabajo de mi padre.
Pero el colegio puede ser un lugar muy duro para alguien
cuyas preferencias comienzan a hacerse cada vez más
evidentes.
Y así, poco a poco, volví a sentir que no encajaba.
Tenía a Sebas, sí… pero últimamente él también se había
vuelto algo distante después de conocer nuevos amigos.
Otra vez me sentía solo.
De vez en cuando seguía hablando con Allison, aunque
ella también comenzó a formar nuevas amistades.
Y no me malinterpreten.
Me alegraba mucho por ella.
Pero aun así no podía evitar sentir que todos comenzaban
a encontrar su lugar… menos yo.
Los únicos que parecían mantenerse cerca eran Daniel y
Matías, con quienes pasaba la mayoría de los recreos.
Sebas también estaba algunas veces.
Pero ya no era igual.
Si me preguntaran qué es querer a alguien, diría que es la
sensación más hermosa del mundo.
Pero si me preguntaran si alguna vez he sentido que
alguien me ama de la misma manera, diría que eso parece
una completa fantasía.
La primera vez que quise a un chico fue algo duro,
confuso y doloroso.
Dejó un vacío dentro de mí.
Pero también me hizo entender algo.
Que no solo quiero amar a alguien.
También quiero sentirme amado.
Quiero sentir que alguien realmente me elige.
Si me preguntaran qué es lo que deseo ahora, diría que
quiero a alguien que pueda decir: “lo tengo”.
Alguien que, cuando me sienta mal, esté ahí para mí.
Que me abrace.
Que me consuele.
Y que me diga que todo estará bien mientras esa
conexión entre ambos se siente real.
El vacío que llevo dentro está lleno de necesidad de
afecto y carencia emocional.
Ver a los demás tener pareja y verse felices hace que me
pregunte constantemente qué es lo que está mal conmigo.
¿Soy feo?
¿Mi personalidad es horrible?
A veces siento que el problema soy yo.
Me quedé mirando el techo de mi cuarto mientras los
perros ladraban a lo lejos en la calle.
El ambiente de mi habitación se sentía frío y solitario.
Una lágrima recorrió lentamente mi rostro mientras yo ni
siquiera intentaba secarla.
Para segundo año ya había aceptado la idea de no ser
querido ni amado por nadie.
Había comenzado a pensar que quizá el amor
simplemente no era para mí.
Seguía hablando con mis amigos.
Sebas se había vuelto a acercar y también había hecho
dos amigas más, así que ya no me sentía tan
completamente solo como antes.
Sin embargo, las preguntas comenzaron a hacerse cada
vez más frecuentes.
—¿Eres gay?
—¿Te gustan los chicos?
—¿Por qué te portas así?
—No te vas a enamorar de mí, ¿verdad?
El ruido en mi cabeza comenzó a hacerse insoportable.
Y junto con las preguntas también llegaron más burlas.
Comentarios.
Miradas.
Risas disfrazadas de bromas.
Todo eso comenzó a afectar todavía más mi estado de
ánimo.
Especialmente porque ahora volvía a ver a Arturo en los
pasillos.
A veces cruzábamos cerca el uno del otro.
Pero él nunca volteaba a mirarme.
Como si yo ya no existiera.
Allison a veces se enteraba de las burlas hacia mí y
trataba de defenderme.
Pero tampoco quería eso.
No quería sentir que necesitaba que alguien peleara mis
batallas.
Yo podía defenderme solo.
Aunque, al final, casi siempre prefería callar y seguir con
mi vida.
En mi casa las cosas iban más o menos bien.
Parecía que mis padres habían llegado a un punto donde
ya no querían seguir peleando, y eso me alegraba
bastante.
Sin embargo, ese pequeño periodo de paz se interrumpió
con una noticia inesperada.
Mi mamá iba a tener otro bebé.
Y, sinceramente, lejos de molestarme, la idea me
emocionaba.
Me gustaba pensar que iba a tener un hermano pequeño.
Los meses pasaron y, cuando finalmente nació, mi vida
dio un giro enorme.
Era la cosa más hermosa que había visto.
Mi hermano.
Vivía pendiente de él.
Y creo que incluso ahora sigo haciéndolo.
A veces pienso que fue como una pequeña ventana de luz
alumbrando toda la oscuridad que llevaba dentro.
De alguna manera, cuidarlo y verlo crecer me ayudaba a
distraerme de todo lo demás.
Sin embargo, todo cambiaba cuando llegaba al colegio.
Las burlas y los rumores comenzaron a cansarme
mentalmente.
Y quiero aclarar algo.
Nunca llegó a existir daño físico realmente.
Nadie me golpeaba ni nada parecido.
Pero los comentarios, las miradas y los rumores sobre mi
orientación comenzaron a desgastarme poco a poco.
Una tarde me encontraba en mi cuarto cuidando a mi
hermano mientras mi mamá descansaba.
Era muy pequeño todavía.
Lo tenía recostado sobre mi pecho mientras yo estaba
acostado en la cama mirando el techo.
Sus pequeñas manos se aferraban suavemente a mi
camiseta mientras respiraba tranquilo.
De vez en cuando levantaba la vista para mirarme con
esos ojos curiosos que parecían observar el mundo por
primera vez.
—¿Qué pasa, peque? —susurré sonriendo levemente.
Mi hermano soltó un pequeño sonido incomprensible
antes de acomodarse mejor sobre mí.
Y entonces se quedó dormido.
Así de simple.
Se había quedado dormido escuchando mi corazón.
Me quedé inmóvil observándolo.
Sintiendo el peso cálido de su pequeño cuerpo sobre el
mío.
Y algo dentro de mí comenzó a romperse lentamente…
pero esta vez de una manera distinta.
Porque por primera vez en mucho tiempo sentía que
alguien encontraba paz estando conmigo.
Que alguien se sentía seguro a mi lado.
Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Entonces pensé:
“Tal vez sí hay algo bueno en mí.”
Tal vez no era tan horrible como mi cabeza me hacía
creer.
Tal vez sí merecía ser querido.
Miré nuevamente a mi hermano dormido sobre mi pecho
y solté una pequeña risa cansada.
—Arturo me rechazó… —susurré—. Pero no es el fin del
mundo.
Respiré profundo.
Soy gay.
¿Y qué?
Eso no debería definir cuánto valgo como persona.
Ningún rumor, ninguna burla y ninguna mirada volverán
a hacerme sentir menos.
Apreté suavemente a mi hermano contra mí mientras una
decisión terminaba de formarse dentro de mi cabeza.
Ya no quería esconderme.
SOY GAY.
Cap 10
Después de esa noche quise cambiar las cosas.
No digo que de la noche a la mañana fuera a convertirme
en alguien totalmente diferente, pero me di cuenta de
algo importante:
Lo único que realmente debía tener presente era que me
tenía a mí mismo.
Lo primero que quise hacer fue decirles a mis amigos que
era gay.
Aunque decidí hacerlo por chat.
Todavía no estaba listo para decirlo en persona.
—Chicos, necesito decirles algo —escribí en el grupo
que teníamos.
—¿Y esa tensión? —preguntó Matías bromeando.
Mi corazón comenzó a latir cada vez más rápido.
—Lo que quiero decirles es algo muy personal…
—¿Qué es? —preguntó Sebas.
Respiré profundo antes de volver a escribir.
—No sé cómo se lo vayan a tomar… pero llevo mucho
tiempo pensándolo y creo que es mejor decirlo que seguir
callándolo.
—Solo dilo —respondió Daniel.
Miré la pantalla durante unos segundos.
Y finalmente escribí:
—Me gustan los chicos.
El chat quedó completamente en silencio.
Fueron probablemente los minutos más largos de mi
vida.
—SE LOS DIJE, chicos —escribió Matías de repente.
—Cállate —respondió Sebas rápidamente.
No pude evitar soltar una pequeña risa nerviosa.
Entonces llegó otro mensaje.
—¿Y por qué no nos lo dijiste antes? —preguntó Daniel.
—No lo sé… supongo que no estaba listo —respondí
sinceramente.
Pasaron unos segundos más.
Hasta que apareció un mensaje de Daniel.
—Isaac, voy a ser franco contigo. Y creo que hablo por
todos cuando digo que nos importa muy poco quién te
guste o de quién te enamores. Nosotros te queremos por
quien eres, no por eso.
Al leer ese mensaje sentí cómo mi pecho se aflojaba
lentamente.
Una pequeña lágrima recorrió mi mejilla.
—Isaac, te queremos —escribió Daniel.
—Sí. Y si algún idiota te molesta por eso, le parto la cara
—añadió Matías.
Solté una pequeña sonrisa.
—Gracias, chicos. Los quiero mucho.
Esa noche dormí un poco más en paz.
Mi corazón dejó de sentirse tan tenso.
Y el ruido dentro de mi cabeza, por primera vez en
muchísimo tiempo, bajó un poco.
Algo dentro de mí había cambiado de verdad.
Era como si finalmente me hubiera quitado un peso
enorme de encim
Llegando nuevamente al colegio me quedé parado en la
entrada con un miedo y una ansiedad que no había
sentido desde hacía mucho tiempo.
Las burlas, los rumores y las miradas todavía seguían
presentes en mi cabeza.
Sin embargo, esta vez era diferente.
En vez de esconderme y sentir lástima por mí mismo,
recordé algo importante:
Las personas que realmente me importaban ya sabían
quién era.
Y aun así seguían a mi lado.
No necesitaba que nadie más aprobara mi forma de ser.
Y aunque el miedo seguía ahí…
Aunque la ansiedad todavía apretaba mi pecho…
Por primera vez en mucho tiempo decidí enfrentarlo todo
con la cabeza en alto.
Con miedo o sin él.
Me dirigí hacia mi salón como todas las mañanas.
No era como si fuera a entrar gritando “soy gay” a los
cuatro vientos.
Pero sí iba a dejar de fingir ser alguien que no era.
Sebastián me esperaba sonriente mientras me saludaba.
La verdad, él había estado algo distante anteriormente,
pero poco a poco volvió a acercarse.
Y, como dije antes, lo comprendía.
Yo no era el único que había pasado a sentirse como un
chico nuevo entre tantos compañeros diferentes.
Simplemente dejé que todo se acomodara con el tiempo.
En fin, el día transcurrió con normalidad.
Sin embargo, todavía tenía un dilema mucho más difícil
que afrontar:
Arturo.
Y no hablo de volver a hablarle.
Hablo de dejar de evitarlo.
Cada vez que lo veía mi corazón se tensaba y trataba de
nunca pasar cerca de él.
Pero si realmente quería cambiar…
Si de verdad iba a dejar de darle tanta importancia a la
opinión de los demás…
Entonces eso era algo que definitivamente tenía que
enfrentar.
—Te ves diferente —me dijo Allison mientras
caminábamos hacia el bar.
—¿Diferente en qué aspecto? —pregunté.
—No lo sé… tu semblante se ve menos sombrío. Menos
deprimido.
—No lo sé… supongo que solo estoy de buen humor —
respondí.
—Pues me gusta —dijo Allison sonriendo levemente—.
Ya no pareces alguien a quien la vida está destruyendo
lentamente.
Solté una pequeña risa.
—Qué lindo volver a verte reír —añadió.
—Gracias…
Y en mi mente pensé:
“Ya es hora de empezar a priorizarme.”
Entonces lo vi.
Al fondo del pasillo.
Venía caminando hacia nosotros.
Mi sonrisa se redujo apenas a un gesto leve cuando
nuestros ojos casi se cruzaron.
—Si quieres podemos irnos por otro lado —dijo Allison
al notar hacia dónde estaba mirando.
Negué suavemente con la cabeza.
—No. Estoy bien aquí.
Era hora.
No era como si fuera a saludarlo.
Después de todo, él había sido claro cuando dijo que
mantuviéramos distancia.
Pero tampoco iba a seguir avergonzándome de lo que
sentí.
Porque querer a alguien de verdad nunca debería ser algo
vergonzoso.
Así que seguí caminando directamente hacia él mientras
él avanzaba hacia mí.
No bajé la cabeza.
No me escondí.
Seguí hablando y riéndome con Allison, aunque no voy a
negar que mi corazón volvió a tensarse y mi respiración
se aceleró un poco.
Pero mantuve la calma.
Los dos pasamos hombro con hombro.
El viento que dejó su paso golpeó suavemente mi rostro.
Y por un momento sentí una mezcla extraña de
melancolía y tristeza.
Pero decidí dejar que ese sentimiento fuera solamente
pasajero.
No iba a permitir que volviera a destruirme.
—¿Estás bien? —preguntó Allison.
La miré y sonreí levemente.
—Tranquila. Estoy perfecto.
Luego seguí caminando.
—Bueno, es hora de comer algo. Me muero de hambre.
Esa noche no pude evitar pensar en Arturo.
Las heridas seguían ahí.
Todo lo que se dijo… y también todo lo que nunca
llegamos a decirnos… seguía haciendo ruido dentro de
mi cabeza y atormentando mis pensamientos.
Sin embargo, esa noche decidí verlo desde otro punto de
vista.
El rechazo puede ser doloroso, sí.
Pero algo dentro de mí me decía que, aunque yo tal vez
no fui importante para Arturo de la misma manera en que
él lo fue para mí… eso no cambiaba lo que significó en
mi vida.
Porque Arturo fue importante para mí.
Y eso era lo que realmente contaba.
Fue el primer chico del que me enamoré de verdad.
Y aunque todavía siguiera sintiendo cosas por él, no
podía negar que gracias a él descubrí una parte de mí que
llevaba demasiado tiempo escondiendo.
Así que decidí no quedarme con el recuerdo de cómo
terminó todo.
Preferí quedarme con lo bueno.
Con la emoción que sentía cuando hablábamos.
Con las risas.
Con el invernadero.
Con las noches hablando hasta tarde.
Con todo aquello que, aunque terminara doliendo,
también me hizo feliz en algún momento.
Y quizás eso era lo que realmente valía la pena recordar.
Me quedé dormido entre pensamientos melancólicos,
pero con una sensación diferente en el pecho.
Como si, poco a poco, todo finalmente fuera a mejorar.
Llegando nuevamente al colegio me topé con una
compañera de clase.
Se acercó a mí algo nerviosa y me preguntó si podía
hablar conmigo un momento.
—Claro, no hay problema —respondí.
—Gracias… vamos más acá.
Tomó suavemente mi brazo y me llevó hacia una parte
del pasillo donde no había muchos alumnos.
Aunque, siendo sincero, algo en toda esa situación me
incomodaba.
A lo lejos podía ver a varios compañeros del salón
observándonos atentamente.
Como si estuvieran esperando escuchar algo.
—Es que… no sé cómo decirte esto —dijo ella algo seria
e incómoda.
“Ya sé hacia dónde va esto”, pensé.
Y, sinceramente, no tenía ganas de volver a soportar lo
mismo de antes.
—Escucha, tengo que hacer algo ahora. ¿Puedes decirme
rápido qué pasa? —pregunté intentando mantener la
calma.
Ella dudó unos segundos antes de hablar.
—Bueno… es que… tú eres… ¿gay?
Mi corazón volvió a tensarse.
El ruido en mi cabeza regresó de golpe.
Las burlas.
Las miradas.
Los pensamientos.
Sentí cómo mi respiración comenzaba a agitarse.
Pero entonces recordé algo.
“Con miedo o sin él.”
Respiré profundo.
Era momento de decidir.
Y esta vez no iba a esconderme.
—Sí —respondí finalmente—. Sí lo soy.
Ella abrió ligeramente los ojos sorprendida.
Por un momento el silencio se apoderó del lugar.
Pero yo ya no quería quedarme callado.
Miré hacia el grupo de compañeros que observaban
desde lejos.
—Y si tus amigos están tan interesados en saberlo —dije
mientras levantaba el pulgar hacia ellos en forma de
aceptación—, entonces sí, lo soy.
La chica se quedó completamente quieta, sin saber qué
responder.
Entonces la miré nuevamente.
—Y te puedo pedir algo.
—¿Qué cosa? —preguntó algo nerviosa.
—No vuelvas a meterte en mi vida privada. Ni tú ni ellos.
Porque ni siquiera me conocen.
Después de decir eso me di la vuelta y caminé hacia el
salón.
Y aunque mi corazón seguía latiendo rápido…
Por primera vez no sentí vergüenza.
Después de eso, el rumor sobre mi aceptación y mi ya
nada escondida homosexualidad se esparció rápidamente
por todo el salón.
Me encantaría decir que todo se calmó enseguida.
Pero no fue así.
A diario recibía preguntas sobre si realmente lo había
dicho o no, además de comentarios relacionados con eso.
Pero el problema ya no era que la gente supiera sobre mis
gustos.
El verdadero problema era el cansancio.
Estaba agotado de responder siempre lo mismo.
Sin embargo, lejos de sentirme peor, también había una
parte de mí que se sentía… bien.
Porque cada vez que alguien preguntaba, yo simplemente
lo aceptaba.
Ya no sentía la necesidad de esconderlo.
Total, ya lo había dicho.
Y aunque parezca algo pequeño, eso logró quitarme un
peso enorme de encima.
Claro que no todo fue sencillo.
Mucha gente empezó a alejarse de mí.
Y sí, había momentos en los que eso me hacía sentir muy
mal.
Momentos en los que llegaba a mi casa y simplemente
lloraba.
Pero también descubrí algo importante:
Era normal tener bajones.
Era normal sentirse triste algunas veces.
Y entendí que sanar no significaba dejar de sufrir de un
día para otro.
Descubrí que podía fingir una confianza que nunca pensé
tener… hasta que poco a poco dejó de ser una actuación
y comenzó a sentirse real.
En el fondo todavía existía un vacío dentro de mí.
Pero ya no era lo único que sentía.
Ahora también sentía paz conmigo mismo.
Aún no les contaba nada a mis padres.
Pero al menos dentro del colegio ya no tenía que
esconderme más.
Y eso, sinceramente, me hacía sentir mejor.
Además, tenía a mis amigos.
Y para ellos nada de eso cambiaba quién era yo.
Sin darme cuenta, terminaron convirtiéndose en uno de
los mayores soportes emocionales de mi vida.
Y así fue como terminó mi segundo año de bachillerato,
un año lleno de emociones incontrolables: dolor, angustia
y tristeza, pero también de aprendizajes y de mi salida del
clóset. Debo admitir que fue un año muy duro para mí,
aunque al mismo tiempo siento que era algo que
necesitaba vivir. Ya sé que sueno como un anciano
diciendo eso, pero en realidad aprendí muchísimo
durante ese tiempo.
Para tercer año ocurrió una tragedia a nivel mundial. Una
enfermedad mortal azotó al mundo entero y nos obligó a
permanecer encerrados en nuestras casas. Al principio no
voy a negar que me alegró no tener que ir al colegio, no
tener que escuchar preguntas incómodas, rumores o
miradas sobre mí, pero jamás pensé que todo se alargaría
tanto.
Las clases virtuales comenzaron y las jornadas se
hicieron cada vez más pesadas. Poco a poco empecé a
estresarme más y el encierro me hizo entender algo que
antes intentaba ignorar: mi casa era un caos. La
convivencia familiar comenzó a sentirse agotadora; las
peleas con mi madre se volvieron constantes por cosas
insignificantes, las discusiones con mi hermana también
aumentaron y ni siquiera quería pensar en mi padre.
El único que realmente lograba darme algo de paz era mi
hermano pequeño. Por él siempre trataba de no explotar.
Mi infancia, siendo sincero, no había sido la mejor del
mundo y no quería que él creciera viviendo algo
parecido.
De vez en cuando todavía pensaba en Arturo. Me
preguntaba qué estaría haciendo, qué habría pasado con
nosotros si las cosas hubieran sido diferentes o si
seguiríamos hablando hasta ahora. Y la verdad era
extraña: podía sentirme mucho más seguro de mí mismo
que antes, pero cuando se trataba de Arturo toda esa
confianza seguía derrumbándose con facilidad.
Estaba claro que todavía no lo superaba del todo, aunque
tampoco intentaba aferrarme a él. Simplemente sentía
que, tarde o temprano, el recuerdo de Arturo iría
desapareciendo poco a poco de mi cabeza… hasta
borrarse por completo.
Aunque por mi mente también rondaba una idea mucho
más aterradora: ¿qué carrera escogería para la
universidad y a dónde iría después de graduarme?
La verdad, siempre me habían interesado muchas cosas.
Desde ser chef hasta mecánico, pero ahora estaba perdido
en un limbo. Tenía demasiadas ideas y no sabía por
dónde empezar, así que decidí que lo mejor sería seguir
investigando e intentando descubrir qué quería realmente
para mi futuro.
Las clases virtuales seguían su curso y, siendo sincero,
las odiaba. Eran horribles. Nos hacían prender la cámara
y el micrófono, vestirnos con el uniforme incluso estando
en casa y, para empeorar las cosas, las tareas se volvieron
muchísimo más estresantes.
La pandemia hizo que el mundo avanzara
tecnológicamente a pasos acelerados. Antes de eso mis
tareas eran cuadernos, hojas y carpetas; ahora todo era
digital y claramente yo no tenía la computadora más
increíble del planeta.
Pero, en fin, debía seguir adelante. Ya faltaba poco para
graduarme de una vez por todas y, sinceramente,
esperaba nunca más volver a pisar un colegio en mi vida.
Lo siento, pero como podrán imaginar, no me llevé los
mejores recuerdos de esa etapa. La gente siempre dice
que “el colegio es la mejor época de la vida”, pero para
mí eso era una mentira enorme. El colegio había sido una
época llena de inseguridades, rumores y miedo constante
a ser diferente.
Sin embargo, había algo bueno en toda esa pandemia: no
veía a Arturo.
Y aunque suene cruel, eso me ayudaba bastante a
concentrarme mejor y a mantener mi mente más
tranquila.
Aunque, siendo honestos, tercer año también fue
increíblemente aburrido. Extrañaba mucho a mis amigos.
Hablaba con ellos todos los días y con Allison ni se diga;
prácticamente hablábamos veinticuatro siete. Poco a poco
nos habíamos convertido en mejores amigos.
Cuando las cosas comenzaron a mejorar un poco y ya era
posible salir, aunque todavía no podíamos regresar a
clases presenciales, empezamos a reunirnos otra vez. A
veces salíamos todos juntos y otras veces solo algunos:
Allison, Matías, Daniel, Sebas y yo intentando recuperar
un poco de normalidad después de tantos meses
encerrados.
Bueno, después de un tiempo investigando universidades
y carreras, decidí estudiar diseño gráfico. Era bueno
dibujando y me gustaba muchísimo diseñar; realmente
era algo que quería hacer.
El problema era que no teníamos dinero para pagar una
universidad privada, así que decidí optar por una pública.
Sin embargo, la carrera que quería no estaba disponible
en ninguna universidad de mi ciudad, por lo que era claro
que tendría que mudarme lejos para poder estudiar.
Cuando finalmente me gradué, ya pudimos hacerlo de
manera presencial. Para ese momento mi decisión estaba
tomada: iba a estudiar en otra ciudad.
Cuando se lo conté a mis amigos, todos se pusieron
tristes, aunque entendieron perfectamente mi situación.
Hice las pruebas para entrar a una universidad pública y,
para mi sorpresa, me aceptaron en una bastante lejos de
mi ciudad natal.
Cuando recibí la noticia, un sentimiento extraño recorrió
todo mi cuerpo.
Miedo.
Nervios.
Emoción.
Pero, por encima de todo eso, sentía que era un nuevo
comienzo.
Lejos de mi casa.
Lejos de los problemas.
Lejos de los recuerdos dolorosos.
Lejos de todo.
Y, curiosamente, las cosas en mi familia también parecían
empezar a acomodarse poco a poco. Mi padre se había
mudado a otra casa; de vez en cuando lo visitábamos. Mi
hermano estaba bien, la relación con mi madre había
mejorado y también la relación con mi hermana.
Por primera vez en mucho tiempo sentía que, aunque
fuera lentamente, todo comenzaba a encontrar cierta
calma.
Antes de irme hice una última salida con mis amigos.
Fuimos a una fiesta.
Allison no dejaba de llorar porque me iba y, aunque
intentaban disimularlo, los demás también estaban
bastante decaídos.
Pero aun así decidimos que esa noche sería especial.
La mejor de todas.
Una última noche para recordar viejos tiempos juntos
antes de que cada uno comenzara una nueva etapa de su
vida.
Y aunque yo también estaba triste…
Había algo dentro de mí que, por primera vez en mucho
tiempo, tenía esperanza de que las cosas finalmente
comenzaran a mejorar.
Pero cuando pensé que la noche sería tranquila y amena,
me encontré con alguien que jamás imaginé volver a ver
de esa manera.
Era Arturo.
También había sido invitado a la fiesta.
No lo había visto en toda la noche; la casa era enorme y
simplemente nunca coincidimos… hasta que fui al baño
y lo encontré ahí.
Era Arturo.
Mi Arturo.
Me quedé completamente paralizado.
Petrificado.
Había pasado muchísimo tiempo desde la última vez que
lo vi de cerca y, aunque ya no le guardaba rencor, sentirlo
nuevamente frente a mí despertó una emoción que no
sabía cómo describir.
Arturo también me vio.
Y, por un instante, el mundo volvió a quedarse en
silencio.
Incluso la música de la fiesta parecía haberse apagado.
Nuestros ojos se encontraron otra vez.
La verdad, ya casi no recordaba bien su rostro; había
pasado tanto tiempo desde la última vez que lo vi que se
sentía extraño tenerlo frente a mí nuevamente.
—Hola… —dijo él mientras ninguno de los dos se
movía.
Mi mente gritaba una sola cosa:
“No puedo.”
No podía volver a hablar con él.
Mi vida recién comenzaba a acomodarse.
Además, pronto me iría lejos.
Pero mi corazón hizo exactamente lo contrario.
—Ho… hola… —respondí levantando ligeramente la
mano en un torpe gesto de saludo.
Estaba demasiado nervioso.
Mi corazón latía con fuerza y mi cuerpo entero se había
tensado, así que decidí que lo mejor era simplemente
irme de ahí antes de que los recuerdos comenzaran a
ahogarme otra vez.
Sin embargo, la noche terminó siendo muy diferente a lo
que esperaba.
Era una de las primeras veces que tomaba alcohol de
verdad y, como cualquier adolescente apenas
comenzando a experimentar con eso, claramente no sabía
controlarme.
Y bueno…
Terminamos tomando muchísimo más de la cuenta.
Ya era muy tarde, así que decidí quedarme a dormir ahí.
Le avisé a mi madre y no puso ninguna objeción; era la
casa de Matías, así que no había problema.
Entré a uno de los cuartos para recostarme un rato, pues
la fiesta seguía y parecía que no acabaría pronto. El
efecto del alcohol iba desapareciendo poco a poco
mientras yo permanecía acostado viendo el techo,
intentando ordenar mis pensamientos.
Hasta que escuché la puerta abrirse.
—Lo siento, lo siento —dijo alguien mientras se cubría
el rostro con las manos para no mirar—. No sabía si
interrumpía algo…
Su voz se me hizo demasiado conocida.
—Tranquilo, no interrumpes nada —respondí
incorporándome un poco.
Cuando bajó lentamente los brazos y dejó ver su rostro,
el silencio volvió a apoderarse de la habitación,
iluminada únicamente por la luz de la luna que entraba
por la ventana.
Era Arturo.
Otra vez.
—Hola… otra vez —dijo él algo incómodo.
—Hola… otra vez —respondí.
El cuarto se llenó de una tensión extraña. No era
incomodidad total, pero tampoco tranquilidad. Era como
si ambos estuviéramos intentando entender cómo actuar
después de todo lo que había pasado entre nosotros.
—Bueno… lo siento, creo que mejor me voy —dijo
mientras retrocedía un poco hacia la puerta.
—No, quédate si quieres. ¿Buscabas algo?
Otra vez mi corazón me traicionaba. Mi mente decía que
debía mantener distancia, pero mi boca hacía
exactamente lo contrario.
—Ammm… no, solo buscaba un lugar tranquilo. La
fiesta sigue muy movida y estoy algo cansado. Conozco
al dueño de la casa, pero quería preguntarle si podía
quedarme.
—Ah, sí. Es mi amigo Matías. Tranquilo, yo le digo
después.
—Gracias —respondió mientras se sentaba en el borde
de la cama.
Yo permanecí recostado al otro lado.
El silencio volvió por unos segundos.
—Y… ¿cómo has estado? —preguntó Arturo finalmente.
No sabía si seguía un poco mareado por el alcohol, pero
esa pregunta removió demasiadas cosas dentro de mí.
—¿En verdad te interesa saber? —pregunté con una
pequeña sonrisa cansada.
Arturo bajó un poco la mirada.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que
hablamos…
—Pues sí, pero ahora entiendo que tal vez era lo mejor
—respondí sin decirlo como reproche.
—¿Lo mejor? —preguntó mirándome.
—Sí… tú mismo lo dijiste aquel día.
Arturo guardó silencio unos segundos.
—No sé si realmente era lo mejor… —murmuró con voz
baja—. Después de todo eso me sentí muy mal por cómo
me porté contigo.
Solté una pequeña risa sin humor.
—Supongo que ambos nos sentimos mal.
—Yo… lo siento. Por todo. Tenías razón, no sé por qué
terminé desquitándome contigo por mis problemas.
Lo dijo sin mirarme directamente.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que Arturo
estaba siendo completamente sincero conmigo.
—Tranquilo… está bien —respondí suavemente—. Cada
uno lidia con las cosas como puede.
Entonces levantó la mirada.
Y nos quedamos observándonos en silencio mientras la
luz de la luna iluminaba parte de su rostro.
Al verlo tan cerca, una sensación de melancolía me
atravesó el pecho.
Todo volvió de golpe:
el invernadero,
las conversaciones,
las noches hablando,
los sentimientos que juré haber dejado atrás.
—Y también… perdón por tratarte así cuando me dijiste
que te gustaba —dijo finalmente.
Desvié la mirada un instante.
—Ah… eso. No te preocupes. Supongo que confundí
muchas cosas porque me gustabas demasiado.
Sobrio jamás habría sido capaz de admitir algo así con
tanta facilidad.
—No las confundiste —murmuró Arturo.
El aire pareció detenerse.
Ahora ambos estábamos sentados en el borde de la cama,
demasiado cerca.
Nuestras miradas volvieron a encontrarse.
Y, por un instante, el resto del mundo desapareció.
Solo éramos nosotros dos en aquella habitación oscura
bañada por la luz tenue de la luna.
Vi lentamente cómo Arturo comenzaba a acercarse.
Y, sin darme cuenta, yo también me acerqué.
Mi respiración se agitó.
Mi cuerpo se tensó.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que podía
escucharse en toda la habitación.
Arturo cerró lentamente los ojos.
Yo hice lo mismo.
Y entonces sentí sus labios rozar los míos en un beso
suave y tembloroso.
Sus manos sostuvieron mi rostro con delicadeza mientras
el miedo, la nostalgia y todo lo que había guardado
durante tanto tiempo parecían mezclarse en un solo
instante.
El beso se volvió un poco más intenso, más
desesperado… pero algo dentro de mí seguía teniendo
miedo.
Miedo de volver a romperme.
Miedo de que todo terminara igual otra vez.
Así que me aparté lentamente.
—No… no podemos hacer esto. Lo siento… —dije
mientras intentaba recuperar el aire.
Entonces vi cómo una lágrima descendía por el rostro de
Arturo.
—Lo siento… —murmuró con la voz quebrada—. Creo
que otra vez lo arruiné.
Tomé su rostro entre mis manos y sequé lentamente la
lágrima que caía por su mejilla con mis dedos.
Lo miré directamente a los ojos.
—No has arruinado nada —dije mientras le dedicaba una
pequeña sonrisa.
Arturo bajó un poco la mirada.
—Yo… yo simplemente tengo miedo… —murmuró con
tristeza.
Y, al escuchar eso, mi corazón se rompió un poco.
Porque entendí.
Tal vez no completamente, pero entendí.
Arturo tenía miedo.
Miedo de sentir todo eso por otro chico.
Miedo de lo que significaba.
Miedo de sí mismo.
Sin decir nada más, lo abracé.
Nos recostamos nuevamente y, poco a poco, Arturo
terminó quedándose dormido entre mis brazos mientras
yo permanecía despierto observando el techo, perdido
entre pensamientos y sentimientos que no sabía cómo
ordenar.
Hasta que el cansancio también terminó venciendo mi
mente.
Y me dormí abrazado a él.
En la madrugada volví a despertar.
La fiesta ya había terminado y la casa estaba
completamente en silencio. La mayoría de las personas
ya se habían ido.
Solo quedábamos Arturo y yo.
A los pocos minutos él también despertó, frotándose
lentamente los ojos.
—¿Qué hora es? —preguntó con voz adormilada.
—No lo sé… tal vez las cuatro de la mañana —respondí
mirando hacia la ventana oscura.
Arturo guardó silencio unos segundos antes de volver a
hablar.
—Perdón… otra vez.
Negué suavemente con la cabeza.
—Ya te dije que no tienes que disculparte.
Después de eso comenzamos a hablar otra vez.
De todo.
De cómo habían sido nuestras vidas durante el tiempo
que estuvimos separados.
Y era extraño… porque parecía que toda la distancia
entre nosotros hubiera desaparecido por unas horas.
Arturo me contó que había mejorado mucho en sus
estudios.
También confesó que nunca volvió al pasillo ni al
invernadero porque tenía miedo de encontrarse conmigo.
Y no sé por qué, pero escuchar eso me dolió y me alivió
al mismo tiempo.
Curiosamente, evitábamos hablar del beso.
O incluso de lo que realmente sentíamos.
Era como si ambos tuviéramos miedo de romper aquel
pequeño momento de paz que habíamos conseguido
recuperar.
La madrugada pasó rápido.
Demasiado rápido.
Y llegó el momento de irme.
Sabía que probablemente sería la última vez en mucho
tiempo que hablaría con Arturo.
Cuando le conté que me mudaría a otra ciudad para
estudiar, su expresión volvió a apagarse.
Pero ninguno de los dos podía hacer algo al respecto.
Me despedí rápidamente porque sentía que, si me
quedaba un segundo más, no sería capaz de irme.
Sin embargo, cuando me levanté de la cama, Arturo tomó
suavemente mi brazo.
Y en ese instante entendí que esa despedida iba a doler
más de lo que esperaba.
—No te vayas… —dijo con una voz tan triste que casi
me rompe por dentro.
Cerré los ojos unos segundos.
Luego tomé su mano lentamente y la aparté de mi brazo
con delicadeza.
—Creo que es lo mejor… —murmuré intentando sonar
fuerte aunque por dentro estaba destrozado.
Lo miré por última vez.
—Adiós, Arturo.
Y comencé a caminar hacia la puerta sintiendo las piernas
cada vez más pesadas.
Porque no quería irme.
Pero sabía que debía hacerlo.
Y así fue como, durante mucho tiempo, esa terminó
siendo la última vez que vi a Arturo.
Aún recuerdo su rostro desapareciendo lentamente
mientras cerraba la puerta detrás de mí.
Al día siguiente me fui de la ciudad.
Dejé atrás una parte enorme de mi vida:
mis amigos,
los recuerdos,
los momentos felices y dolorosos,
todo lo que alguna vez conocí.
Iba camino a una ciudad completamente nueva para
empezar otra etapa lejos de casa.
No podía evitar sentir miedo por el futuro.
Miedo de no encajar nuevamente.
Miedo de volver a sentirme solo.
Miedo de fracasar.
Pero, al mismo tiempo, por primera vez en mucho tiempo
sentía algo de paz conmigo mismo.
Había aceptado quién era.
Había aceptado mi vida.
Y entendí que, sin importar lo que pasara después, de
alguna manera iba a estar bien.
Aunque había algo que seguía doliendo.
El vacío que dejó aquella última noche con Arturo.
Ese sentimiento tardaría mucho tiempo en desaparecer.
Por eso decidí enfocarme completamente en mis
estudios.
Y así fue.
Durante los cuatro años que estuve en la universidad me
dediqué a crecer.
Conocí muchísimas personas, hice nuevos amigos, salía a
fiestas, me reía, me equivocaba, aprendía cosas nuevas y,
por primera vez en mucho tiempo, dejé de sentirme solo.
Si el Isaac de años atrás hubiera visto en quién me
convertiría durante la universidad, probablemente no lo
habría creído.
Y puedo decir con seguridad que esos años fueron de los
mejores de mi vida.
Claro que también hubo momentos difíciles.
La distancia hizo que poco a poco dejara de hablar con
muchos de mis amigos de mi ciudad natal.
Con quien realmente seguí manteniendo contacto fue con
Allison.
Sin embargo, nunca guardé rencor hacia Daniel, Matías o
Sebas.
Ellos fueron personas muy importantes para mí.
Me ayudaron cuando más lo necesitaba.
Y con el tiempo entendí algo:
Hay personas que llegan a nuestra vida no para quedarse
para siempre, sino para ayudarnos a atravesar ciertas
etapas y enseñarnos algo antes de continuar su propio
camino.
Pero, por otro lado, el vacío que dejó Arturo jamás
terminó de llenarse.
Y no hablo solo de él.
Hablo de todo lo que significó para mí.
Nunca volví a enamorarme de esa manera.
No diré que nadie volvió a gustarme; claro que hubo
chicos que llamaron mi atención. Algunos me parecían
lindos, otros interesantes, pero después de todo lo que
pasó con Arturo, algo dentro de mí cambió.
El miedo permaneció.
Miedo a volver a ilusionarme.
Miedo a confundir las señales otra vez.
Miedo a entregar demasiado de mí a alguien que quizá
nunca sentiría lo mismo.
Y, aunque intentaba ignorarlo, ese miedo terminaba
alejándome de cualquier posibilidad romántica antes
siquiera de comenzar.
Así que, con el tiempo, dejé de involucrarme
sentimentalmente con alguien más.
No porque no quisiera amar otra vez.
Sino porque una parte de mí seguía atrapada en aquella
historia que nunca terminó de cerrarse.
Cap 11
Después de la universidad, una vez graduado, me
dediqué a buscar trabajo. La situación era complicada;
los empleos no caían del cielo, y menos para un recién
graduado de diseño gráfico.
Por eso decidí emprender por mi cuenta: primero
vendiendo mis ilustraciones y, más adelante, ropa de
segunda mano.
Claro, como apenas estaba empezando, todavía no tenía
la solvencia suficiente para vivir solo de eso. Y aunque
realmente disfrutaba lo que hacía, necesitaba un segundo
ingreso.
Por esa razón terminé trabajando en el negocio de mi
padre: un pequeño taller que, aunque se veía viejo, era
bastante conocido en la zona y tenía varios clientes
frecuentes.
Además, ya tenía conocimientos sobre las máquinas y
sobre cómo funcionaba todo, ya que mi título del colegio
estaba especializado en esa área.
Y aunque parecía que todo estaba mejorando, la vida
adulta se volvía cada vez más difícil. Comenzaban a
aparecer gastos que, obviamente, ahora me tocaba pagar
a mí. Poco a poco empecé a sentir cómo iba a necesitar
trabajar más y cómo la vida que tenía antes de graduarme
de la universidad comenzaba a desaparecer.
El apoyo económico de mis padres prácticamente ya se
había ido. Aunque, siendo sincero, también era el
momento perfecto para emprender, porque todavía vivía
con ellos y no tenía que preocuparme por pagar alquiler
ni cosas así. Aunque, claramente, independizarme era
algo que pensaba hacer en un futuro.
Por otro lado, mi vida se había vuelto un poco solitaria.
Supongo que era algo inevitable. Me mudé otra vez a mi
ciudad natal porque, mientras vivía en la capital, tenía
más oportunidades para avanzar profesionalmente. Eso
significó dejar atrás a muchos amigos de la universidad,
y aunque intentaba no darle demasiada importancia… sí
fue un poco difícil.
Sin embargo, tampoco podía decir que me estuviera
yendo mal. Después de todo, poco a poco comencé a
cambiar muchas cosas de mí. Empecé a ir al gimnasio,
me arreglé los dientes y, en general, traté de convertirme
en una mejor versión de mí mismo.
Muchas cosas habían cambiado con el tiempo. El
ambiente hostil que antes existía en mi familia comenzó a
desaparecer. Mis padres empezaron a llevarse mejor; las
peleas casi cesaron y, aunque todavía había discusiones
de vez en cuando, ya no se sentían tan fuertes como
antes.
Mi hermanito también había crecido. Ya iba a la escuela
y yo lo consentía siempre que podía, quizá porque quería
darle la tranquilidad que a veces sentía que me faltó a mí.
Y, de alguna manera, la relación entre mi mamá y yo
también mejoró bastante. Ya no sentía esa distancia
incómoda de antes. Ahora podíamos conversar más,
bromear un poco e incluso acompañarnos en silencio sin
que se sintiera pesado.
Supongo que crecer también significaba eso:
darte cuenta de que las cosas sí cambian… incluso
aquellas que alguna vez pensaste que nunca iban a
mejorar.
Pero debía admitir que, después de tantos años, había un
recuerdo de mi adolescencia que seguía apareciendo cada
vez que mi mente se quedaba sola por demasiado tiempo.
Arturo.
Su rostro ya no era tan claro como antes. Con el paso de
los años, los detalles comenzaron a desvanecerse poco a
poco, como una fotografía vieja perdiendo color. A veces
olvidaba el tono exacto de su voz, la forma precisa de su
sonrisa o cómo se veía bajo la luz del bus por las
mañanas.
Pero las emociones… esas nunca desaparecieron.
Cada recuerdo suyo seguía cargado de una nostalgia
extraña, una mezcla entre tristeza, cariño y
arrepentimiento. Y, sobre todo, seguía recordando aquella
noche… la del beso.
Incluso ahora, después de tanto tiempo, pensar en eso
todavía lograba destrozarme un poco por dentro.
Porque una parte de mí siempre sintió que nuestros
caminos sí se habían encontrado… solo que no en el
momento correcto.
La adolescencia, las burlas, los rumores y el miedo
fueron obstáculos demasiado grandes para nosotros.
Nunca dejamos que nuestros sentimientos realmente
existieran. Nunca les dimos espacio para crecer.
Y, por encima de todo, estaba el miedo.
Miedo a ser juzgados.
Miedo a que nos señalaran.
Miedo a ser rechazados.
A veces creo que no fue la falta de amor lo que nos
separó… sino el miedo de vivirlo.
Incluso todo eso sigue repercutiendo en mi presente. Me
resulta imposible volver a querer a alguien de la forma en
que quise a Arturo.
Aún recuerdo al primer chico que me interesó después de
él. Sí, me gustaba… pero no era lo mismo. Esa intensidad
de querer verlo todo el tiempo, de interesarme por cada
cosa que hacía, de sentir el corazón acelerarse con solo
verlo aparecer… eso nunca volvió a pasarme de la misma
manera.
Y creo que fue ahí cuando entendí que Arturo había
dejado una marca demasiado profunda en mí.
Después de eso decidí no intentarlo más por un tiempo. Y
no, no me malinterpreten: no es que me cierre a la idea de
volver a amar. Supongo que simplemente hay heridas y
recuerdos que uno todavía no termina de soltar.
Quizá aún no estoy listo.
O quizá, en el fondo, todavía no he cerrado ese capítulo
de mi vida.
Después de aquella noche y de aquel viaje, borré a Arturo
de todas partes.
No sé si fue inmadurez o madurez; depende de cómo
quiera verlo cada persona. Pero no lo hice desde el enojo.
Más bien, sentía que ambos necesitábamos crecer
emocionalmente y que seguir hablando, o simplemente
seguir sabiendo el uno del otro, terminaría haciéndonos
daño.
Después de eso no volví a saber nada de Arturo.
Tampoco conocía a alguien cercano a él que pudiera
darme noticias suyas, así que, poco a poco, su existencia
comenzó a sentirse lejana… casi como si hubiera sido
una etapa de mi vida que solo yo recordaba.
Una vez intenté buscarlo en redes sociales.
No apareció.
Y hasta el día de hoy no sé si fue porque me bloqueó… o
porque, de alguna manera extraña, el destino nos estaba
diciendo que todavía no era momento de volver a
encontrarnos.
El tiempo fue pasando y las ventas de mis artes y de la
ropa comenzaron a crecer. Todavía no era suficiente
como para dejar mi otro trabajo, pero sí lo bastante para
sentir que todo el esfuerzo estaba dando frutos.
Empecé a ir a ferias, eventos y convenciones para
promocionar lo que hacía. Poco a poco fui conociendo a
más personas, nuevos talentos y distintas formas de ver el
arte. Incluso terminé interesándome mucho más por la
moda de lo que alguna vez imaginé.
Es curioso cómo las personas cambian tanto mientras
crecen.
De pequeño era alguien muchísimo más reservado, casi
invisible a veces. Pero ahora… me había hecho tatuajes,
tenía una perforación en la ceja y otra en la oreja. Mi
forma de vestir también cambió. Supongo que me volví
alguien más alternativo.
Y, sinceramente, me encantaba la persona en la que me
estaba convirtiendo.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba
construyendo una versión de mí que realmente se parecía
a quien siempre quise ser.
En la mañana me levanté muy deprisa. Era día de feria, lo
que significaba llegar temprano para armar mi stand,
decorar, acomodar la ropa, colocar mis cuadros,
ilustraciones y todo lo demás. Sabía que sería una tarde
bastante ajetreada.
Allison me estaba ayudando.
Sí, Allison.
Increíblemente, después de tantos años, seguíamos
siendo muy cercanos.
La mañana en la feria transcurrió con normalidad. Había
hecho varias ventas y, en general, me estaba yendo
bastante bien.
—Qué hermoso cuadro —dijo una chica, interrumpiendo
mis pensamientos.
—Hola, ¿qué tal? ¿Te gustó este? —pregunté con una
pequeña sonrisa.
—Sí, me encanta. ¿Tú lo hiciste?
Era una chica de cabello café lacio, piel clara y
contextura delgada. En general, era bastante atractiva.
—Sí, lo hice yo. Está pintado con acrílico.
Con el tiempo me había vuelto bastante bueno haciendo
cuadros, o al menos eso me gustaba pensar.
—Qué hermoso… Estoy segura de que a mi novio le va a
encantar —dijo mientras seguía observándolo.
No sé por qué, pero esa frase me hizo sentir una punzada
extraña en el pecho.
—Esperemos que sí —respondí con una pequeña risa—.
¿Viniste con él?
—Sí, aunque fue al carro por unas cosas que olvidó.
—Ya veo. Mira, también tenemos más cuadros por aquí,
ropa e impresiones de ilustraciones por si te interesa algo
más —dije señalando el resto del stand.
—Todo está muy lindo, pero me enamoré de este cuadro.
¿Me dirías cuánto cuesta?
—Claro. Ese está en veinte. Si quieres, puedo empacarlo
bien para que llegue seguro a tu casa.
—Sí, por favor. Ya viene mi novio, él hará el pago.
—Listo, como gustes.
Pasaron apenas unos segundos.
—¡Amor, mira! Ven acá —dijo ella levantando un poco
el brazo para llamarlo.
Yo estaba acomodando unas cosas en mi computadora
cuando escuché pasos acercarse.
—Bien, amor, ¿viste algo que te gustara? —dijo una voz.
Y algo dentro de mí se detuvo.
Había algo demasiado familiar en esa voz.
Cuando levanté la mirada, el mundo pareció quedarse en
silencio.
Ya no escuchaba la música de la feria.
Ni a las personas hablando.
Ni siquiera a Allison acomodando ropa detrás de mí.
Solo podía escuchar mi corazón latiendo con fuerza.
Arturo estaba frente a mí.
Mirándome directamente a los ojos.
—Hola, mucho gusto… serían veinte —dije, intentando
sostenerle la mirada.
En mi mente todo se sentía oscuro y silencioso, como si
el resto de la feria hubiera desaparecido. Los únicos
iluminados éramos él y yo.
—Claro… lindo cuadro —respondió mientras sacaba su
billetera.
¿Me habrá reconocido?
Quizá no he cambiado tanto. O tal vez simplemente ya no
se acuerda de mí, pensé.
Aun así, intenté mantener la calma. Tenía que recordar
que la chica a su lado era su novia. Podía ser muchas
cosas… menos el tipo de persona que arruina una
relación ajena solo por sentimientos del pasado.
De pronto, se escuchó un golpe seco en el piso.
La billetera de Arturo había caído.
—Amor, qué distraído estás hoy —dijo la chica entre una
pequeña risa.
—Lo siento, querida —respondió él mientras se
agachaba a recogerla.
Instintivamente, hice lo mismo.
Y ahí, tan cerca por primera vez en años, nuestros ojos
volvieron a encontrarse.
Sí… era Arturo.
El mismo Arturo en el que pensé durante años.
El mismo que todavía aparecía en mis sueños algunas
noches.
Por un instante sentí que el tiempo no había pasado.
Pero aun así, seguía repitiéndome lo mismo dentro de mi
cabeza:
Tiene novia.
Contrólate.
Una vez hecho el pago, le entregué rápidamente el
cuadro a Arturo sin apartar del todo la mirada de sus ojos.
—Muchas gracias por su compra —dije mientras ellos se
daban la vuelta para seguir recorriendo la feria.
Intenté volver a mis pendientes, acomodando algunas
ilustraciones y revisando pedidos en mi computadora,
tratando de ignorar el extraño encuentro que acababa de
tener con mi primer amor.
Pero era difícil.
Ellos seguían viendo otros stands y, aunque intentaba
concentrarme en otra cosa, sentía de vez en cuando cómo
Arturo volteaba a verme.
Yo preferí no levantar mucho la vista.
Todo esto se sentía extraño.
El chico con el que me había besado años atrás ahora
estaba ahí, frente a mí, compartiendo su vida con alguien
más.
Y no, no me sorprendía que tuviera novia. Arturo ya me
había hablado antes de una exnovia, así que siempre supe
que también le gustaban las mujeres.
Lo que realmente me dolía era otra cosa.
Era darme cuenta de que alguien más estaba viviendo
momentos que, en algún momento, yo imaginé para
nosotros.
Escucharla llamarlo “amor”.
Ver cómo lo miraba.
La naturalidad con la que caminaban juntos.
Todo eso hacía que una parte de mí se sintiera
absurdamente tarde.
¿Debería haberlo saludado?
¿Recordarle quién soy?
No.
Tal vez era mejor así.
Porque aunque el tiempo hubiera pasado, yo seguía
sintiendo cosas por él… y él ya parecía haber construido
una vida lejos de la mía.
En fin.
Una vez que se fueron, logré calmarme un poco. La tarde
transcurrió con normalidad hasta que llegó la hora de
recoger nuestras cosas e irnos. Cuando terminamos de
empacar todo y dejarlo en mi casa, Allison y yo fuimos a
tomar una cerveza a un bar cerca de donde había sido la
feria, más como forma de descanso y celebración porque,
después de todo, nos había ido bastante bien.
La verdad, nunca fui muy fan de la cerveza, pero a
Allison le encantaba. Aunque se había graduado de
Ingeniería en Alimentos, su verdadero sueño siempre
había sido abrir un bar.
La noche transcurría con normalidad hasta que mi celular
vibró.
artu_ro comenzó a seguirte.
Casi me voy para atrás al leer eso.
—¿Todo bien? —preguntó Allison.
—Sí… ya vuelvo —respondí levantándome rápidamente.
Fui al baño todavía confundido.
Cuando me senté y volví a mirar la pantalla, entendí
todo.
—Carajo… —murmuré.
Claro.
Le había dado el Instagram del emprendimiento a su
novia.
Eso significaba que Arturo sí me había reconocido desde
el primer momento en la feria.
Por eso las miradas.
Por eso parecía tan distraído.
Me quedé viendo la pantalla varios segundos sin saber
qué sentir.
Una parte de mí quería pensar demasiado en eso.
La otra solo repetía algo mucho más simple:
Tiene novia, Isaac. No vuelvas a meterte ahí.
Esa noche no pude dormir.
El día había sido demasiado sorpresivo para mí.
Decidí salir al balcón de la casa a tomar aire. La ciudad
estaba tranquila y el cielo apenas dejaba ver algunas
estrellas entre las luces y las nubes.
Saqué de mi bolsillo una caja de cigarrillos mentolados
junto con una fosforera. Al encender uno, sentí el calor
instantáneo de la llama iluminándome por un segundo,
seguido del suave sonido del tabaco quemándose.
Le di una calada mientras apoyaba los brazos en el
barandal.
El humo salió lentamente de mi boca, perdiéndose en el
aire frío de la noche.
Y ahí seguía la notificación en mi celular.
artu_ro comenzó a seguirte.
Me quedé mirándola varios segundos, como si mi cabeza
todavía intentara procesar todo lo que había pasado ese
día.
Después de tantos años…
seguía teniendo el mismo efecto en mí.
Y eso era precisamente lo que más me molestaba.
Aunque intenté calmarme y procesarlo con más
tranquilidad, no pude evitar pensar en cómo había
cambiado.
Había crecido más; ahora era un poco más alto que yo.
No tenía barba, pero sí había ganado bastante
musculatura. Sinceramente… se veía muy bien.
Ese día estaba vestido de traje y se veía demasiado
arreglado, casi como alguien del mundo empresarial. Eso
me hizo pensar que quizá terminó trabajando en la
empresa de su familia… aunque también recordé que,
hace años, me había dicho que no quería quedarse ahí.
Tal vez consiguió otro trabajo.
O tal vez la vida simplemente terminó llevándolo por un
camino distinto al que imaginaba.
Y por alguna razón, pensar en todo lo que había pasado
en su vida sin que yo supiera nada… me dejó una
sensación extraña en el pecho.
Pero había algo que sí quedaba claro:
Nuestros caminos habían tomado rumbos muy distintos.
Solo hacía falta vernos para notarlo.
Yo odiaba usar trajes, trabajar en oficinas y fingir
formalidad todo el tiempo. En cambio, Arturo parecía
encajar perfectamente en ese mundo elegante y
empresarial.
Y quizá él también pensaría lo mismo de mí.
Tal vez vería mis tatuajes, mi forma de vestir o el
ambiente alternativo en el que ahora me movía… y le
desagradaría.
Después de todo, ya no éramos los mismos chicos de
antes.
Sin embargo, también quedó claro que uno de sus
mayores sueños no se había cumplido.
Cuando éramos adolescentes, Arturo siempre hablaba de
irse lejos, empezar de nuevo en otro lugar y alejarse de
todo lo que tenía que ver con su familia.
Pero al verlo ahí, vestido de traje y viviendo
aparentemente la vida que alguna vez dijo que no quería,
entendí algo:
A veces, los sueños que tenemos cuando somos pequeños
parecen completamente posibles… hasta que crecemos y
la realidad termina llevándonos por caminos muy
distintos a los que imaginábamos.
Al día siguiente, mientras trabajaba en el taller de mi
padre, recibí el primer mensaje.
Algo dentro de mí ya sabía que tarde o temprano iba a
llegar.
Era Arturo.
Había escrito a la cuenta de mi emprendimiento.
Lo extraño fue que no empezó hablando de la feria ni de
que nos habíamos reencontrado después de tantos años.
Simplemente preguntó por la cotización de un cuadro que
había publicado hace unos días.
El chat fue sorprendentemente normal.
Le expliqué las medidas, los materiales y el precio. Él
respondió de forma tranquila, como cualquier otro
cliente… y al final decidió comprarlo.
Quedamos en que se lo entregaría esa misma tarde.
Intenté convencer a Allison de ir por mí. Incluso le
pregunté a otras personas si podían hacer la entrega, pero
nadie pudo.
Así que me tocaba ir a mí.
Suspiré mientras veía nuevamente el chat.
Bueno… dinero es dinero.
Planeamos encontrarnos en una zona bastante comercial
de la ciudad, rodeada de edificios altos y calles llenas de
tráfico. El lugar entero se sentía como una jungla de
cemento.
Y aun así, lo único en lo que podía pensar era en que iba
a volver a verlo.
Cuando lo divisé a lo lejos, ahí estaba Arturo,
esperándome.
—Buenas tardes —dije mientras sostenía el cuadro entre
mis brazos.
—Hola, buenas tardes. Escucha… sé que esto puede
parecer un poco incómodo, pero necesito que me
acompañes al lugar donde voy a colgarlo para que me
digas si queda bien o si sería mejor mandar a hacer uno
específico.
—Ammm… claro —respondí.
—Bien, vamos —dijo mientras me abría la puerta del
carro y me hacía una seña para entrar.
Carajo.
Carajo, carajo, carajo.
Eso era lo único que podía repetirse en mi cabeza.
Porque ambos sabíamos perfectamente quiénes éramos…
y aun así seguíamos fingiendo que éramos simples
desconocidos haciendo una transacción cualquiera.
El trayecto en el carro fue probablemente uno de los
momentos más incómodos de toda mi vida.
Cuando llegamos, entramos a un edificio enorme de
oficinas y luego al elevador.
Perfecto.
Como si el universo realmente quisiera encerrarnos solos
en espacios pequeños e incómodos.
El silencio ahí dentro era insoportable. Solo podía
escuchar el sonido del elevador subiendo y mi propia
cabeza intentando actuar normal.
Cuando finalmente llegamos, Arturo me llevó hasta su
oficina y señaló la pared donde quería colocar el cuadro.
—Mmmmm… la verdad, siento que aquí quedaría mejor
otro distinto —le dije mientras observaba el espacio.
—¿Tú crees? —preguntó él—. Consideré que quizá a la
oficina le hace falta un poco de color.
Y en eso estaba de acuerdo.
—Sí, pero tendría que ser algo que combine mejor con el
ambiente —respondí soltando una pequeña risa antes de
volver a ponerme serio—. Está bien querer darle color,
pero necesitas algo con un estilo que encaje con la
oficina. De hecho… creo que ya tengo algo en mente.
—¿En serio? Qué rápido —dijo sonriendo apenas—.
Entonces quiero que lo hagas. Tómate el tiempo que
necesites y luego me avisas los costos. Te daré libertad
creativa porque, sinceramente, yo no tengo idea de estas
cosas.
—Bien… tendría que venir algunos días a tomar fotos y
dibujar sobre ellas para ver qué podría funcionar mejor.
—No te preocupes. Avisaré para que te dejen pasar sin
problema.
—Está bien… ¿y qué hago con el cuadro que ya
compraste?
Hubo un pequeño silencio.
—Quédatelo, Isaac —dijo él.
Sentí un pequeño vacío en el pecho.
Isaac.
Hasta ese momento nos habíamos tratado con una
distancia casi absurda, como si realmente fuéramos
desconocidos.
—¿Isaac…? —repetí confundido.
Arturo dio un paso hacia mí.
—¿De verdad crees que no me acordaba de ti? —
preguntó mirándome directamente a los ojos—. Isaac.
Cap 12
—Ha pasado mucho tiempo —dije mientras observaba la
pared donde iría colgado el cuadro.
—¿Qué han sido? ¿Unos cuatro años? —dijo él—. Pero
veo que has estado bien.
—Tú igual —respondí mientras observaba su oficina—.
Mírate, todo un empresario.
Lo dije en tono de burla.
—Pues… qué te diré. No era exactamente lo que quería,
pero no me quejo —dijo encogiéndose un poco de
hombros.
La vida puede ser impredecible, pensé al recordar cómo
Arturo odiaba la idea de quedarse trabajando en la
empresa de su padre.
—La vida puede ser impredecible —dije finalmente.
—Sí… tienes toda la razón —respondió antes de
quedarse callado unos segundos—. ¿Qué te parece si
salimos a tomar algo y nos ponemos al día?
Mientras hablaba comenzó a acercarse lentamente hacia
mí.
Y yo quería aceptar.
De verdad quería hacerlo.
Pero también sabía lo peligroso que podía ser volver a
acercarme demasiado a él.
Una parte de mí sentía miedo.
Miedo de volver a caer en lo mismo.
Miedo de abrir heridas que me había tomado años cerrar.
Miedo de arruinar la estabilidad emocional que tanto me
costó construir.
Porque si aceptaba esa salida, todo podía salir muy
bien…
o terriblemente mal.
—¿Hoy? —pregunté intentando mantener la calma—. No
puedo, tengo algunas cosas que hacer.
Arturo bajó ligeramente la mirada, aunque después
volvió a sonreír.
—Qué mal. Aunque supongo que te veré seguido por
aquí, así que tendremos tiempo para ponernos al día.
—Ammm… claro —dije mientras recogía mis cosas.
—¿Ya te vas? —preguntó.
—Sí. De hecho, se suponía que solo iba a entregarte el
cuadro. Igual te avisaré qué día pasaré para tomar las
fotos.
En ese momento la puerta de la oficina se abrió.
—Hola, amor… ah, lo siento, no sabía que tenías visita.
Una chica acababa de entrar.
Y bastó verla unos segundos para notar que transmitía
una energía tranquila y cálida.
—Ey, hola amor —dijo Arturo antes de darle un beso
rápido.
Debo admitir que aquello me incomodó un poco.
—Perdón —dijo Arturo—. Te presento, ella es Mia. Él
es…
La chica abrió un poco más los ojos.
—Tú eres el de la feria, ¿verdad?
—Sí, el mismo —respondí con una pequeña sonrisa.
—¡Qué loco! ¿Y qué haces por aquí?
—Aaaah… pues Arturo me pidió que le hiciera un
cuadro.
No sentía necesidad de explicar que conocía a Arturo
desde mucho antes.
Sin embargo, Arturo sí parecía querer aclararlo.
—Nos conocemos desde el colegio —dijo rápidamente.
Por alguna razón, escuchar eso hizo que mi pecho se
tensara un poco.
—Ayyy, qué lindo —dijo Mia sonriendo—. No conozco
muchos amigos de Arturo.
—Pues sí, somos amigos desde el colegio —respondí—,
aunque perdimos contacto por bastante tiempo.
—Qué casualidad —dijo ella—. Bueno, los dejo. Tengo
que seguir trabajando.
Se acercó nuevamente a Arturo para despedirse.
—Los dejaré ponerse al corriente.
Después salió de la oficina cerrando suavemente la
puerta.
Y el silencio volvió a quedarse entre nosotros.
Hasta que decidí interrumpirlo.
—Se ve que es una buena chica —dije mientras mantenía
la mirada baja.
—La verdad es que sí —respondió Arturo con una
pequeña sonrisa—. Es muy simpática… y muy linda.
Mi pecho comenzó a tensarse cada vez más al escucharlo
hablar tan bien de ella.
Pero ¿qué podía hacer?
Tenía que controlarme.
Arturo siguió con su vida.
Y yo debía seguir con la mía.
—¿Y desde hace cuánto están juntos? —pregunté.
Aunque, en el fondo, mi mente no dejaba de repetir:
Carajo… ¿por qué sigo preguntando?
—Pues… unos dos años.
Arturo se quedó callado por un momento.
El silencio volvió a apoderarse de la oficina.
—De hecho… estamos comprometidos.
Sentí que el aire abandonó mis pulmones.
No podía ser.
Arturo iba a casarse.
Mi corazón comenzó a agitarse con fuerza mientras
intentaba mantener una expresión neutral.
Y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí miserable
conmigo mismo.
Porque no debía sentirme así.
No tenía derecho.
Pero aun así, la tristeza y una extraña sensación de enojo
comenzaron a mezclarse dentro de mí al escuchar aquella
noticia.
—Vaya… eso sí es nuevo —dije intentando cubrir mi
tristeza con una máscara de sorpresa—. Me alegro por
ustedes. Mia se ve como una muy buena chica.
—Lo es —respondió Arturo con una pequeña sonrisa.
Lo observé unos segundos antes de hacer una pregunta
que ni yo mismo entendía por qué necesitaba hacer.
—¿La amas?
Arturo me miró ligeramente confundido.
—¿Por qué la pregunta?
—No lo sé… simplemente me surgió la duda.
Arturo guardó silencio unos segundos.
—Pues… es lo que debería sentir, ¿no? —dijo mientras
sonreía levemente y dirigía la mirada hacia la ventana—.
Por algo voy a casarme con ella.
Esa respuesta hizo que algo dentro de mí se hundiera aún
más.
Porque no había dicho “sí”.
Solo había dicho:
“Es lo que debería sentir.”
—Tienes razón —respondí finalmente.
Tomé mis cosas rápidamente.
—Bueno… ya es hora de irme.
Porque si me quedaba un minuto más ahí, iba a
derrumbarme.
Y eso era algo que no pensaba permitir que nadie viera.
Me di la vuelta y caminé hacia la puerta.
—Gracias por venir —dijo Arturo detrás de mí mientras
se apoyaba sobre su escritorio.
Me detuve un momento.
Volteé a verlo, suspiré y le dediqué una pequeña sonrisa.
—Fue un gusto verte.
Y entonces salí de la oficina.
Él se casará.
—¿Quién se casará?
—Arturo.
—¿Arturo? Espera… ¿hablas de ese Arturo? —dijo
Allison con comida en la boca.
—Sí… ese Arturo —respondí algo triste.
—Espera, espera. ¿De qué me perdí? —dijo mientras
dejaba el tenedor a un lado—. ¿Desde cuándo se hablan?
Pensé que ya lo habías olvidado.
—Lo encontré en una feria… bueno, primero me
encontré con su novia y después con él.
—¿Qué él no era gay? —preguntó confundida.
—Supongo que es bi —dije encogiéndome un poco de
hombros.
—¿Y cómo sabes que se va a casar? —preguntó
mirándome con duda.
—Porque él mismo me lo dijo.
Allison abrió los ojos sorprendida.
—¿Se volvieron a ver?
—Pues… me pidió que le hiciera un cuadro para su
oficina.
—O sea, espera —dijo inclinándose hacia mí—. ¿Se
volvieron a ver y van a seguir viéndose?
—Tranquila —respondí rápidamente—. No pienso
meterme con él. Tiene prometida y respeto eso. Además,
no creo que quiera algo más que un cuadro. Me dejó
claro que la ama.
Allison entrecerró ligeramente los ojos.
—¿Te lo dijo explícitamente?
Me quedé callado unos segundos.
—Pues… si va a casarse con ella, es porque la ama.
—Está bien —dijo finalmente—. Solo te diré algo:
recuerda todo lo que sufriste por él.
—¿Y cómo olvidarlo? —respondí con una pequeña risa
amarga.
Allison me observó unos segundos en silencio.
Pero luego, como siempre, su expresión cambió
rápidamente.
Me miró con una sonrisa pícara.
—Pero bueno… ¿y cómo está? ¿Sigue guapo? —
preguntó soltando una pequeña risa.
No pude evitar reír un poco.
—Pues… qué te diré. No voy a negar que está muy lindo.
—¡Isaac! —dijo golpeando suavemente la mesa.
—¡¿Qué?! Es la verdad —respondí riendo—. Además…
con ropa de oficina se ve aún mejor.
—Ayyy no, ya empezamos.
—Siempre parece llevar ternos hechos a la medida —
continué ignorándola—. Y ahora se peina hacia atrás,
aunque deja caer algunos mechones sobre la frente.
—Interesante… —dijo Allison fingiendo analizar la
situación—. Bueno, pero hasta ahí. No puedes volver a
caer en eso, ¿escuchaste?
—Sí, tranquila —respondí mientras bajaba ligeramente la
mirada.
Aunque, en el fondo, sabía que ya estaba cayendo un
poco.
Me encontraba caminando por las veredas. Ese día no
tenía trabajo ni feria; por así decirlo, era uno de mis
pocos días libres.
El sol golpeaba con fuerza y el viento corría entre las
calles. Me gustaba esa sensación.
Caminaba sin rumbo alguno por los intrincados pasajes
de la ciudad con mis audífonos puestos, observando
tiendas y viendo cómo el mundo seguía marchando a su
manera.
A veces me gustaba pensar en lo interesante que era el
mundo.
Cada persona tenía sus propios problemas, conocía a su
propia gente y cargaba su propia historia. Era extraño
pensar que cada persona que cruzaba frente a mí era un
mundo completamente distinto al mío.
Me detuve afuera de una tienda de arte al ver un caballete
que desde hace mucho tiempo quería comprarme, pero
por una u otra razón nunca había tenido tiempo de
hacerlo.
Y ese día, por fin, iba a comprarlo.
Cuando entré a la tienda, me perdí entre los botes de
pintura, los pinceles, los cuadernos de bocetos que tanto
me fascinaban, las pequeñas espátulas, los crayones de
óleo y ese olor tan característico que aparece cuando
destapas una pintura por primera vez.
Era un lugar donde sentía que mi mente descansaba.
Perdí por completo la noción del tiempo.
Cuando finalmente compré el caballete y me dispuse a
salir, ya era demasiado tarde.
La lluvia había comenzado a caer con fuerza y ningún
taxi parecía pasar por la calle.
Suspiré mientras observaba el agua golpear las veredas.
No había otra opción más que esperar ahí hasta que la
lluvia cesara.
El tiempo pasaba y la lluvia parecía haber llegado para
quedarse un buen rato más.
—Carajo… —murmuré mientras observaba cómo el
agua golpeaba las calles.
Resguardado bajo el pequeño techo del local, saqué mi
caja de cigarrillos. Coloqué uno entre mis labios y lo
encendí, dejando que el calor y la nicotina me ayudaran
un poco con el frío.
Di una larga calada y solté el humo lentamente.
—No sabía que fumaras.
Mi cuerpo se tensó al escuchar aquella voz.
Giré lentamente la cabeza.
Era Arturo.
Estaba a unos pasos de mí, sosteniendo un paraguas
negro mientras la lluvia caía detrás de él.
Me observaba en silencio.
—Pues… han pasado muchas cosas —respondí mientras
daba otra calada al cigarrillo.
Arturo bajó la mirada hacia el caballete que tenía
apoyado a mi lado.
—Veo que necesitas ayuda.
—Algo así —respondí soltando una pequeña risa cansada
—. Estoy esperando a que baje la lluvia para poder irme
a casa.
—Si quieres, puedo llevarte.
Ay no.
¿Por qué hoy?
¿Por qué ahora?
—No te preocupes —respondí rápidamente—. Puedo
esperar.
—No tengo problema —dijo acercándose.
Antes de que pudiera responder algo más, Arturo tomó el
caballete que llevaba conmigo.
—Ven, vamos.
Ni siquiera me dio tiempo de protestar.
Cuando reaccioné, ambos ya caminábamos bajo el
mismo paraguas en dirección a su auto mientras la lluvia
seguía cayendo con fuerza sobre la ciudad.
Arturo me abrió la puerta del carro para que pudiera
entrar mientras él acomodaba el caballete en la parte
trasera.
Me quedé observando el interior del vehículo.
Todo estaba impecable.
El carro parecía prácticamente nuevo. No había papeles
tirados, polvo ni objetos fuera de lugar. Muy propio de
Arturo.
Siempre había sido demasiado ordenado.
—Bien, vamos —dijo mientras se abrochaba el cinturón.
—Está bien —respondí haciendo lo mismo.
El auto arrancó lentamente mientras la lluvia golpeaba el
parabrisas.
—Y cuéntame… ¿desde hace cuánto fumas? —preguntó
sin apartar la mirada de la carretera.
—Uff… creo que ese hábito empezó un año después de
mudarme a otra ciudad.
—¿En serio? —dijo sorprendido—. Yo la verdad
considero que eso no es lo mío.
—Pues, de hecho, tampoco era lo mío —respondí
soltando una pequeña risa—. Pero con el tiempo le agarré
gusto.
—Supongo que por la universidad —comentó.
—Capaz… no lo sé.
El silencio volvió a apoderarse del carro.
Era extraño.
Como si por momentos volviéramos a ser adolescentes y
las conversaciones incómodas fueran el pan de cada día
entre nosotros.
—Y… ¿qué estudiaste? —preguntó después de unos
segundos—. No pude preguntártelo antes de que te
fueras.
—Diseño gráfico.
—¿En serio? Qué cool —dijo Arturo, y sonrió levemente
—. Te queda bien.
Giré a verlo confundido.
—¿Me queda bien?
—Sí… no lo sé. En el colegio eras un chico muy
emocional y apasionado por el dibujo. Siempre te veía
haciendo aunque sea un boceto al día.
Solté una pequeña risa melancólica.
—Jaja… qué tiempos.
—¿Y por qué no estudiaste arte?
—Sí quise, pero no había muchas oportunidades para eso
después. Además… diseño gráfico me gustaba bastante.
Hice una pausa antes de mirarlo.
—Pero bueno, basta de hablar de mí. ¿Y tú? ¿Qué
estudiaste? ¿Qué es de tu vida?
Arturo soltó una pequeña risa nasal.
—¿Mi vida? Pues… ya conoces la parte más importante.
Mi pecho se tensó un poco al entender a qué se refería.
—De ahí… estudié arquitectura y terminé trabajando de
eso.
—¿En serio? Me alegra que te haya ido bien.
—Igual yo —respondió mientras giraba ligeramente el
volante—. Aunque nunca imaginé que terminaríamos
siendo tan distintos.
—¿En qué aspecto? —pregunté.
Arturo sonrió apenas.
—Pues míranos. Tú prácticamente te ves y eres un
artista… y yo terminé convertido en otro oficinista más
del mundo.
—Ey, no digas eso —respondí rápidamente—. Eres
arquitecto.
Los dos nos miramos por unos segundos.
Hasta que noté que Arturo había dejado de prestar
atención al frente.
—Ey, mira la carretera o nos vas a matar —dije soltando
una risa.
Arturo rió también antes de volver la vista al camino.
Y por un instante, dentro de ese carro y bajo la lluvia,
sentí que el tiempo no había pasado en absoluto.
Cap 13
—¿Puedo tener tu número? —preguntó Arturo afuera del
carro mientras estiraba su mano con el celular hacia mí.
La lluvia seguía cayendo alrededor nuestro.
—Amm… está bien —respondí.
Tomé el teléfono y registré mi número rápidamente.
—Gracias —dijo guardando el celular en el bolsillo—.
Así será más fácil hablar sobre lo del cuadro. Por cierto,
¿ya sabes cuándo podrás ir?
—Aaah sí, claro. Estaba pensando ir este viernes.
—Bien, lo agendaré —respondió con una pequeña
sonrisa.
El silencio volvió a aparecer entre nosotros.
Uno incómodo…
pero extrañamente cálido.
—Nos vemos entonces —dijo Arturo mientras me
observaba sonriente bajo la lluvia.
—Adiós —respondí levantando la mano en un pequeño
gesto de despedida.
Arturo entró al carro y se fue.
Me quedé unos segundos parado observando cómo las
luces traseras desaparecían lentamente entre las calles
mojadas.
Suspiré.
Cuando entré a casa, lo primero que hice fue darme una
ducha con agua caliente.
La necesitaba.
Por el frío…
y también para pensar en todo lo que estaba pasando.
El agua caía sobre mi cuerpo mientras mi mente daba
vueltas sin parar.
Arturo había vuelto a aparecer en mi vida de una forma
tan repentina que aún no sabía cómo sentirme al respecto.
Una parte de mí quería mantener distancia.
Pero otra…
otra simplemente no podía dejar de recordar lo bien que
se sentía volver a hablar con él.
A la mañana siguiente volví al trabajo con mi padre. Eso
me ayudó a distraerme un poco.
Y en la tarde me dediqué a hacer algunos pósters para mi
tienda mientras intentaba convencerme de que todo
aquello no significaba nada.
Los días pasaban y comencé a plantearme la idea de que
quizá todo había sido una gran coincidencia.
Capaz solo era una especie de broma del destino mientras
observaba cómo intentaba reconstruir mi desastrosa vida.
Sin embargo, a medida que el tiempo pasaba, un
sentimiento incómodo comenzó a crecer dentro de mí.
No podía dejar de pensar en qué había visto Arturo en
ella.
¿Qué tenía Mia de tan especial para que Arturo quisiera
casarse con ella?
Y no lo pensaba en un mal sentido.
Solo que… nunca imaginé a Arturo casándose para
empezar.
Y mucho menos imaginé que ese miedo irracional que
tenía a sentir y amar simplemente desapareciera de un
momento a otro.
Entonces mi cabeza comenzó a llenarse de dudas.
Quizá conmigo solo sentía miedo.
Quizá yo representaba algo que él nunca quiso aceptar.
Quizá el problema no era amar…
sino a quién amaba.
Tal vez conmigo todo era complicado porque yo era un
hombre y ella una mujer.
Quizá simplemente decidió que era más fácil seguir una
vida “normal” antes que arriesgarse a ser diferente.
Y aunque intentaba convencerme de que ya no me
importaba, cada vez que pensaba en ello sentía un
pequeño vacío abrirse nuevamente dentro de mi pecho.
En fin, no debía pensarlo demasiado tampoco.
Sea cual sea la razón o las dudas que tenía, eso no
cambiaría el hecho de que Arturo había decidido ser feliz
con ella… y yo tenía que respetarlo.
El viernes llegó y me dirigí al edificio donde trabajaba
Arturo.
La primera vez no me fijé mucho en el lugar debido a lo
nervioso que estaba por todo lo que había pasado.
Pero esta vez observé mejor mi entorno.
Al entrar, noté que era un edificio extremadamente
moderno.
Parecía sacado de esas películas donde la gente arregla
problemas importantes de empresas millonarias.
Me daba un poco de risa pensarlo de esa manera.
Veía personas caminando de un lado a otro mientras
contestaban llamadas, revisaban informes o cargaban
carpetas.
El edificio estaba lleno de oficinas con paredes de vidrio,
así que prácticamente podía verse todo:
reuniones,
entrevistas,
comidas formales,
personas trabajando frente a enormes computadoras.
Todo se veía demasiado… perfecto.
Y entonces caí en cuenta de algo.
Yo no encajaba para nada con esa estética.
Bajé la mirada para verme.
Llevaba mis tatuajes visibles, varios piercings, el mullet
algo despeinado por el viento y mi ropa de siempre:
unos jeans baggy negros,
una camisa oversized a cuadros rojos con negro,
unas botas oscuras
y mi totebag verde colgando del hombro.
No era por decir “wow, qué alternativo”.
Simplemente… resaltaba demasiado ahí.
Sentía que cualquiera que me mirara podía darse cuenta
de inmediato de que yo no pertenecía a ese lugar.
Y curiosamente eso me hizo pensar en Arturo otra vez.
Porque él sí parecía pertenecer perfectamente a un sitio
como ese.
En el ascensor no podía dejar de pensar en que,
claramente, ese mundo no era lo mío.
En la universidad me di cuenta de que pasar sentado
frente a una computadora durante horas simplemente no
encajaba conmigo.
A mí me gustaba diseñar,
crear,
pintar,
sentir cómo mi cuerpo se movía mientras hacía arte.
Me gustaba ensuciarme las manos de pintura y perderme
entre bocetos hasta olvidar la hora.
Por otro lado, también entendía que el mundo no siempre
veía bien a las personas diferentes.
Y por un instante pensé en Arturo.
Quizá él también había sentido algo parecido alguna
vez…
Pero tal vez decidió que lo mejor era seguir la corriente.
Encajar.
Tener una vida estable,
normal,
correcta.
Sin embargo, mientras las puertas del ascensor se abrían
lentamente, me di cuenta de algo.
Habían pasado cuatro años.
Y yo seguía asumiendo cosas sobre Arturo sin realmente
conocer su vida actual.
Capaz él sí era feliz así.
Capaz realmente amaba esa vida,
su trabajo,
a Mia,
todo lo que había construido.
Suspiré suavemente.
Debía dejar de juzgarlo solo porque nuestros gustos y
caminos eran diferentes.
Cuando salí del ascensor estaba algo perdido, pues no
conocía nada de lo que me rodeaba. Caminé por algunos
minutos entre los intrincados pasillos hasta entrar a una
especie de sala de descanso donde servían comida y café.
Sin embargo, estaba vacía. Me senté un segundo para
llamar a Arturo.
—¿Puedo ayudarte? —dijo alguien detrás de mí.
Cuando volteé a ver, había un hombre parado en la
puerta. Era joven, alto, de tez clara y cabello negro.
Vestía un traje azul con una corbata roja impecablemente
acomodada.
—Ammm… lo siento, estaba buscando una oficina.
—¿Una oficina? —dijo mientras me observaba de arriba
abajo.
Su mirada recorrió mis tatuajes, mis jeans anchos, la
camisa oversized y el totebag que llevaba colgado al
hombro.
—No eres de por aquí, ¿verdad?
—Pues… algo así, estoy…
—No era una pregunta —interrumpió con un tono serio y
algo arrogante.
Fruncí ligeramente el ceño.
—Estoy buscando la oficina de Arturo, ¿lo conoces?
—¿Arturo? —repitió mientras se recostaba un poco sobre
el marco de la puerta—. Al final de este pasillo.
—Gracias —dije mientras me levantaba para irme.
Sin embargo, él no se apartó de la puerta.
—¿Me puedes dar permiso? —pregunté algo incómodo.
—Con gusto —dijo mientras finalmente se hacía a un
lado—. Aunque, para la próxima, quizá deberías venir un
poco más… acorde al lugar.
Lo miré confundido por un segundo.
—¿Perdón?
—Nada —dijo encogiéndose ligeramente de hombros—.
Solo digo que destacar tanto aquí no siempre es algo
bueno.
Rodé los ojos.
—Vete al carajo —le dije mientras lo apartaba
suavemente del camino para salir de la sala.
Él simplemente dejó que lo apartara.
Y cuando pasé a su lado, noté de reojo una pequeña
sonrisa formándose en su rostro.
“Qué tipo tan irritante”, pensé.
La verdad, lo que tenía de atractivo lo tenía de idiota.
Cuando entré a la oficina, Arturo y Mia estaban
platicando tranquilamente. Ambos voltearon a verme.
Mia me saludó con emoción, mientras que Arturo
simplemente levantó la mirada desde su silla y sonrió
levemente.
—Hola, vine a tomar las fotos de la oficina —dije algo
incómodo.
—Vaya, cierto. Estoy ansiosa por ver cómo queda el
cuadro, realmente dibujas genial —dijo Mia—. Después
hasta podría recomendarte con más gente.
—Oh, vaya… gracias, eso sería muy gentil de tu parte.
—No hay de qué. Si eres amigo de años de Arturo,
entonces también te consideraré mi amigo —dijo ella con
una sonrisa cálida.
—Gracias, linda —respondí.
Mia tenía esa clase de energía que mejoraba el ambiente
apenas entraba a un lugar. Era el tipo de persona que
transmitía tranquilidad sin siquiera intentarlo.
—Bueno, seguiré trabajando. Arturo es todo tuyo —dijo
mientras salía de la oficina.
“Ja, quisiera”, pensé para mí mismo.
Cuando Mia salió, el cuarto quedó en silencio.
Arturo me observaba fijamente desde su escritorio.
—¿Sucede algo? —pregunté.
—No, nada. Empieza cuando quieras.
—Ammm… está bien.
Saqué mi cámara y comencé a tomar algunas fotografías
de la oficina.
—Lindos tatuajes —dijo Arturo después de unos
segundos.
Bajé la mirada hacia mi brazo.
—¿Estos? Gracias, me los hice hace algún tiempo. ¿Y tú?
¿Tienes alguno?
—No. La verdad siempre quise hacerme uno, pero
cuando vivía con mis padres nunca me dejaron. Y
ahora… no sé, ya ni me lo planteo.
—Pues, si te gustan, deberías hacértelo —dije mientras
ajustaba el enfoque de la cámara.
Arturo soltó una pequeña risa.
—¿Así fue como te hiciste el primero? ¿Simplemente
pensaste “quiero uno” y ya?
—Pues sí. Nunca sentí que tuviera que explicar por qué
quería hacérmelo.
Arturo bajó ligeramente la mirada.
—Ya veo… La verdad siempre quise hacerme uno en el
brazo, pero aún no sé.
—En serio, conozco un lugar buenísimo para tatuajes. Si
quieres, puedo llevarte algún día.
—No, ¿cómo crees? ¿Qué diría la gente si me hago uno?
Lo miré por un momento.
—La gente no debería tener nada que decir sobre tu
cuerpo.
El cuarto quedó nuevamente en silencio.
—Por cierto… ¿tú sabes quién es el tipo alto, de piel
clara y cabello negro que hoy llevaba un traje azul? —
pregunté mientras revisaba algunas fotografías en la
cámara.
Arturo levantó ligeramente una ceja.
—Mmmm… no sé, creo que todos llevamos traje aquí —
dijo esbozando una pequeña sonrisa—. Pero cuéntame,
¿qué pasó?
—Nada, solo me cayó algo mal. Dijo que debería venir
mejor vestido la próxima vez y prácticamente no me
dejaba salir de la sala de descanso. Bastante arrogante, a
mi parecer.
Arturo soltó una pequeña risa por la nariz.
—Creo que ya sé de quién hablas. ¿Matias?
—No lo sé, no me dijo su nombre.
—Sí, definitivamente es él. No le hagas caso, a veces
puede ser medio imbécil.
Solté una pequeña risa al escucharlo decir eso.
—Bueno… en cierto modo tiene razón. Tal vez debí
haber venido mejor vestido.
Arturo negó suavemente con la cabeza mientras me
observaba.
—Pues… a mí no me parece que estés mal vestido.
Lo miré por unos segundos.
—De hecho… me gusta cómo te ves.
—Gracias —dije mirándolo directamente.
Sentí mi pecho tensarse ligeramente.
Arturo apartó rápidamente la mirada hacia su escritorio,
como si se hubiera dado cuenta demasiado tarde de lo
que acababa de decir.
—Bueno… ¿ya tomaste las fotos? —preguntó
acomodando algunos papeles para disimular.
—Pues sí.
—Bien, entonces salgamos a comer —dijo Arturo
mientras se levantaba de la silla.
—Mmm… no pued…
—No —me interrumpió—. Me debes un favor por
llevarte a tu casa la otra vez, así que me lo recompensarás
saliendo a comer conmigo.
Lo dijo mientras recogía sus cosas con naturalidad, como
si ya hubiera decidido por ambos.
—Está bien… —terminé aceptando.
Intenté convencerme de que no era buena idea, pero algo
dentro de mí seguía disfrutando demasiado pasar tiempo
con Arturo.
De repente, el celular de Arturo comenzó a sonar.
—Este… tú adelántate al estacionamiento, ya te alcanzo.
—Claro —respondí mientras salía de la oficina.
Cuando llegué al estacionamiento escuché una voz detrás
de mí.
—Hey… otra vez tú. ¿Acaso me estás siguiendo?
Volteé y ahí estaba él.
Matias.
Estaba apoyado en la parte trasera de un carro mientras
fumaba un cigarrillo. El humo subía lentamente alrededor
suyo.
Intenté ignorarlo y seguir caminando.
—Hey, ¿por qué me evitas? ¿Es por mi comentario de
antes? Está bien, lo siento. A veces puedo ser demasiado
directo —dijo mientras soltaba una pequeña sonrisa.
Me detuve y lo miré por encima del hombro.
—Ten cuidado con lo que dices.
—Está bien, está bien —respondió levantando
ligeramente las manos en señal de rendición.
Luego estiró el brazo hacia mí, ofreciéndome el
cigarrillo.
—¿Quieres?
La verdad no rechacé su invitación.
Sí, ya sé, tenía un problema con fumar. Bueno… no me
consideraba adicto, pero sí había desarrollado el hábito.
Estiré la mano para agarrar el cigarrillo que emitía un
ligero calor, pero justo antes de que lo tomara, Matias lo
apartó hacia él.
Lo miré algo molesto.
Él simplemente volvió a sonreír.
Después volvió a ofrecerme el cigarrillo.
Lo tomé y le di una calada mientras esperaba a Arturo.
—¿Desde cuándo conoces a Arturo? —preguntó mientras
ambos estábamos recostados en la parte trasera del carro.
—Pues… es una larga historia —respondí expulsando
lentamente el humo—. Perdimos contacto hace años.
Ahora le estoy haciendo un cuadro.
—¿Un cuadro?
—Sí. Así me gano la vida, vendiendo arte.
—Se nota —dijo soltando una pequeña risa.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Tienes algún problema conmigo? —pregunté de una
vez, cansado de sus comentarios.
—Pues… no, la verdad no —respondió mientras volteaba
a verme—. Solo me pareces interesante.
Tomó el cigarrillo de mi mano y se lo colocó entre los
labios.
Debo admitirlo… era muy atractivo.
—¿Interesante? —pregunté—. Hace un momento
parecías bastante duro conmigo.
—Ya te lo dije —respondió mientras soltaba el humo
lentamente—. A veces suelo ser muy directo.
Volví a tomar el cigarrillo.
—Pero eso no quiere decir que me desagrades.
El ambiente se volvió extraño.
Pesado.
Diferente.
No sabía si aquello realmente era coqueteo… o si
simplemente yo lo estaba imaginando.
—Volviendo al tema de Arturo… no me imagino siendo
amigo de alguien como él —dijo Matias mientras
observaba el humo subir lentamente.
—¿A qué te refieres? —pregunté con algo de duda.
—Pues… no sé. Arturo puede ser raro a veces. Muy
reservado. Muy estricto con su trabajo. Tú pareces más
relajado, ¿sabes? Quizá cuando se conocieron era
diferente.
Solté una pequeña sonrisa mientras le daba otra calada al
cigarrillo.
—Qué te diré… al parecer estos años Arturo ha cambiado
bastante. Aunque, siendo sincero, nunca llegué a
conocerlo del todo.
—Interesante —murmuró Matias mientras volvía a tomar
el cigarrillo entre sus dedos.
—¿Interesante?
Matias volteó a verme directamente.
—Sí. Interesante. Como ya te dije… tú me pareces
interesante.

Cap 14
—Ya basta con tus bromas —dije mientras apagaba el
cigarrillo, que ya estaba en sus últimos momentos de
vida.
Antes de que Matias pudiera responder, escuchamos una
voz detrás de nosotros.
—Bueno, ¿nos pod…? Ah, hola Matias.
Era Arturo.
—Arturo —respondió Matias con un tono extrañamente
energético—. ¿Qué tal? ¿Cómo te va?
—Bien —respondió Arturo con cierta seriedad—.
Vámonos, Isaac.
Su tono dejaba bastante claro que Matias no era
precisamente de su agrado.
Sin decir mucho más, Arturo tomó mi brazo y comenzó a
caminar conmigo hacia su auto.
—Bueno, adiós Matias —dije algo apresurado mientras
avanzábamos.
—Espera.
La voz de Matias hizo que tanto Arturo como yo nos
detuviéramos en seco.
Matias caminó lentamente hacia nosotros.
Su sonrisa había desaparecido.
Ahora tenía un rostro serio. Ilegible.
Se detuvo frente a Arturo, quedando cara a cara con él
mientras yo observaba al lado.
Entonces, de repente, volteó hacia mí.
La sonrisa regresó inmediatamente a su rostro.
—¿Me puedes dar tu número?
Estiró la mano con su celular hacia mí.
—Aaah… claro —respondí algo confundido mientras
registraba mi número.
Cuando terminé, Matias volvió a mirar a Arturo.
—Gracias.
Lo dijo sin sonreír.
Luego volvió a sonreír otra vez, guardó el celular y
retrocedió.
Arturo no dijo nada.
Simplemente abrió la puerta del auto y ambos entramos.
Ya en el auto, Arturo procedió a encenderlo y arrancar.
En el camino permaneció en silencio.
Eso me recordó un poco a cómo era en el colegio, cuando
algo le molestaba y dejaba de hablar incluso conmigo.
Pero esta vez no pensaba quedarme callado ni aguantarlo.
Arturo no había cambiado eso de él.
—¿Te molesta algo? —pregunté con tono serio.
—A mí nada —respondió sin apartar la vista de la
carretera.
—Es obvio que te molesta algo.
—No me pasa nada.
—Bien. Para el carro —dije seriamente.
—¿Qué? —preguntó algo sorprendido.
—Que pares el carro —repetí, esta vez más firme.
—¿Por qué lo pararía?
—Arturo, no tiene sentido ir a comer con alguien que
está serio y no quiere hablar. Así ni se disfruta la comida.
Arturo guardó silencio unos segundos.
—Está bien… lo siento. Solo que… Matias no me agrada
mucho.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque es una persona arrogante y piensa demasiado
en sí mismo.
—Pues no me pareció tanto. Algo molestoso sí, pero
igual tú lo conoces más.
—Escucha, lo mejor es que no le hagas mucho caso.
Lo miré directamente.
—Arturo, soy una persona adulta. Creo saber cuándo
alguien es bueno o malo conmigo.
Arturo suspiró levemente.
—Está bien… mejor dejemos ese tema. Vamos a comer.
¿Qué quieres?
—Lo que tú desees —respondí.
—Entonces te llevaré a un lugar sorpresa.
Solté una pequeña sonrisa.
—Como quieras.
Metí la mano al bolsillo para revisar mi celular y vi un
mensaje nuevo de un número desconocido.
Hola, soy Matias. Pero puedes agendarme como la mejor
persona que conocerás.
Solté una pequeña risa por la nariz.
En serio, ese tipo también era bastante raro.
Arturo lo noto
Que sucede dije
—Ah, no es nada —dije rápidamente—. Solo es Allison
que me mandó un mensaje.
Guardé el celular otra vez en mi bolsillo.
Lo mejor era no decirle que era Matias. Ya de por sí
Arturo estaba algo tenso.
—¿Allison? —preguntó él.
—Sí. ¿Te acuerdas aquella vez que te conté que tenía una
ex con la que seguía llevándome?
—Aaah, sí… esa ex —dijo Arturo con una pequeña
sonrisa—. Vaya sorpresa, han pasado años.
—Sí. Somos muy buenos amigos.
No pude evitar sonreír un poco al decirlo.
Arturo soltó una pequeña risa.
—¿Qué sucede? —pregunté.
—Nada… solo que en ese tiempo, cuando me contaste
eso, me molesté.
Lo miré sorprendido.
—¿En serio? ¿Pero por qué?
Arturo guardó silencio unos segundos.
—En ese tiempo no lo entendía bien. Solo sentía
molestia… pero con el pasar de los años entendí lo que
era.
Arturo volteó a verme directamente.
—Eran celos.
—Un poco tarde esa confesión —dije.
Volteé el rostro hacia la ventana, observando los árboles
de las calles y las casas que poco a poco se convertían en
grandes edificios.
Después lo miré nuevamente.
Arturo volvió la vista al frente.
—Las cosas no sucedieron como hubiera querido que
pasaran —dijo con un tono triste.
—Pues yo creo que sí. Al final acabamos bien. Yo
trabajando en lo que me gusta, tú igual… e incluso te vas
a casar.
—Si tú lo dices… —respondió Arturo, aunque no sonaba
del todo convencido.
Por cierto a todo esto a donde me llevas
Ya veras dijo el
Cuando llegamos, Arturo estacionó el carro frente a un
restaurante con poca luz, pero bastante elegante.
En la entrada nos recibió una chica que nos preguntó si
teníamos reservación.
—Reservación a nombre del señor Arturo Ortega —dijo
él.
—Sí, claro. Síganme por aquí —respondió ella mientras
nos guiaba hacia nuestra mesa.
Yo estaba algo perdido.
Era la primera vez que alguien me llevaba a un
restaurante así de elegante… y probablemente caro.
Miré alrededor.
Todo el lugar tenía una estética sofisticada:
copas brillando bajo la luz tenue, conversaciones suaves,
personas vestidas de manera impecable y música
tranquila sonando de fondo.
—Arturo… no sé si yo encaje bien aquí —dije en voz
baja mientras caminábamos.
Arturo soltó una pequeña sonrisa.
—¿De qué hablas? Mira a tu alrededor, nadie te está
viendo.
Me acomodó un poco la camisa desde el hombro antes de
continuar.
—Y si alguien lo hace, debe ser por lo atractivo que eres.
Solté una pequeña risa inevitablemente.
Después ambos nos sentamos uno frente al otro.
Un mesero nos trajo la carta, y me sorprendía lo poco que
sabía de etiqueta o de platillos; no conocía ninguno y mi
expresión seguramente lo delató, porque Arturo lo notó
de inmediato.
—Tranquilo, yo pediré por ti —dijo mientras llamaba al
mesero.
—¿Ya decidieron qué ordenar? —preguntó el mesero.
Arturo cerró la carta tranquilamente.
—Sí. Quiero una pasta alfredo con lomo y para mí el
salmón en salsa de mantequilla con vino blanco.
Volteó a verme.
—¿Está bien eso?
La verdad no tenía idea de cómo sabía ninguna de las dos
cosas, pero asentí lentamente.
—Y también una botella de vino tinto —agregó Arturo
mientras devolvía la carta.
—Este es mi restaurante favorito —dijo Arturo.
—Pues parece que te ha ido muy bien —respondí con
una pequeña sonrisa.
—No me quejo —dijo él—. Aunque reconozco que sin la
empresa de mi padre no estaría donde estoy ahora.
—¿Y qué pasó? —pregunté.
—¿Qué pasó con qué? —dijo algo confundido.
—No sé… recuerdo que en el colegio decías que no
querías saber nada de trabajar en la empresa familiar.
Arturo bajó la mirada unos segundos antes de responder.
—Pues… qué te diré, Isaac. Cuando uno es pequeño
tiene una forma distinta de ver la vida, pero a medida que
creces tus intereses se van ajustando a tu realidad.
—Supongo que en cierto modo tienes razón —dije.
Arturo tomó la copa de vino entre sus dedos.
—Pero veo que tú sí seguiste lo que te apasiona —dijo
mirándome nuevamente—. Y no lo digo en mal sentido.
—Pues qué te diré… no es del todo fácil. Aunque venda
pinturas y trabaje en ferias, aún sigo ayudando a mi padre
en el taller.
—De alguna forma me parece admirable.
—¿Admirable? —pregunté algo confundido.
—Sí. Me parece admirable que sigas siendo fiel a ti
mismo y a lo que te apasiona, incluso sabiendo que no es
fácil.
Por un momento no supe qué responder.
—Pues… creo que nunca pasó por mi cabeza vivir
haciendo algo que no quiero —dije finalmente.
Arturo me observó en silencio unos segundos.
Después apoyó ambos brazos sobre la mesa, inclinándose
ligeramente hacia adelante.
—Qué interesante es este nuevo Isaac —dijo con una
pequeña sonrisa.
En ese momento el mesero apareció con los platos.
Colocó la pasta frente a mí y el salmón frente a Arturo.
Luego sirvió vino en ambas copas antes de retirarse
silenciosamente.
Durante la cena conversamos de muchos temas.
Hablamos de nuestra época de colegio, de nuestra
graduación, de la universidad y de nuestros amigos. Poco
a poco nos fuimos sumergiendo en un sinfín de recuerdos
que cada vez se volvían más variados.
Compartimos anécdotas de nuestras vidas como si los
cuatro o cinco años que pasamos sin vernos hubieran
desaparecido por completo.
Entre bocados y risas la noche comenzó a alargarse.
Entre copa y copa hablábamos de todo:
nos reíamos, nos poníamos nostálgicos y recordábamos
aquellas tardes en las que simplemente nos quedábamos
juntos hablando por horas.
Entonces vino a mi mente el recuerdo de la primera vez
que hablé profundamente con Arturo.
Nunca supe realmente cuáles eran sus problemas, porque
él jamás habló demasiado de ellos, pero sabía que aquella
tarde conmigo había significado algo para él.
Había sido una especie de respiro en medio de todo lo
que cargaba, aunque al final las cosas terminaran mal
entre nosotros.
Ninguno de los dos se dio cuenta de la hora hasta que el
mesero nos pidió retirarnos porque ya iban a cerrar.
—Esta vez pago yo —dijo Arturo mientras sacaba su
billetera.
—No, ¿cómo crees? —respondí rápidamente.
—Tranquilo, la siguiente tú invitas —dijo guiñándome
un ojo mientras sacaba una tarjeta.
Seré sincero, no tenía ni un dólar en mi billetera, por eso
acepté. No era por interés, pero tampoco podía quedar
mal en ese momento.
Cuando salimos decidimos caminar un rato por las calles
de la ciudad.
Aunque los negocios ya estaban cerrando, todavía se
podía ver gente pasar, carros ir y venir y las luces de las
calles alumbrando las viejas casas con focos que se
entrelazaban de un lado a otro.
—Me alegra habernos encontrado otra vez —dijo Arturo
mientras guardaba las manos en los bolsillos de su
chaqueta larga que le llegaba hasta las rodillas.
Me quedé unos segundos en silencio mirando al frente
mientras caminábamos.
—A mí también —respondí finalmente.
Por un momento ambos nos miramos al rostro.
Y no podía dejar de pensar en el Arturo que me gustaba
cuando era adolescente:
el cabello algo despeinado, los lunares en su rostro, la
piel morena ligeramente quemada por el sol…
Sin embargo, el sonido de un celular nos interrumpió.
Era Mia llamando a Arturo.
Y eso me dio un golpe de realidad.
Esta especie de cita debía quedarse únicamente en una
salida entre amigos y nada más.
Por un momento me quedé viendo a Arturo mientras
hablaba con Mia por teléfono.
Se lo notaba cómodo hablando con ella:
sonriente, tranquilo… feliz de estar con ella.
Eso me hizo pensar que quizá todo lo que estaba pasando
por mi cabeza solo existía ahí.
Tal vez Arturo sí estaba feliz de verme, pero no por las
razones que yo imaginaba, sino simplemente porque
había vuelto a encontrarse con alguien importante de su
pasado.
Todo aquello era muy confuso.
—¿Quieres ir a un bar? —preguntó Arturo mientras
guardaba su celular, interrumpiendo mis pensamientos.
—¿A un bar? —repetí algo sorprendido.
—Sí. Vamos a tomar algo. Me encantaría saber más sobre
lo que ha pasado en tu vida.
—Pues… está bien. Mañana tengo libre, así que no
importaría quedarme hasta tarde.
—Bien, entonces vamos —dijo él—. Conozco uno cerca
de aquí.
Cuando llegamos me sorprendió el lugar.
Era un bar enorme; desde la calle ya se podía escuchar la
música retumbando.
La verdad había imaginado algo mucho más tranquilo.
—Pues… suena a que hay mucho ambiente —le dije a
Arturo mientras observaba la entrada iluminada con luces
de colores.
—Sí, pero también hay espacios más tranquilos adentro
para conversar —respondió él.
—Está bien —dije.
Cuando entramos, el lugar era incluso más grande de lo
que parecía desde afuera.
La música sonaba al máximo, las luces recorrían el sitio
de un lado a otro y la gente bailando formaba una enorme
ola de cuerpos moviéndose al ritmo de la música.
Debo admitir que el lugar se veía increíble.
Y siendo sincero, para mí era un ambiente mucho más
cómodo. Me gustaba bailar, moverme y perderme un
poco entre el ruido y las luces.
Quizá necesitaba algo así.
De pronto Arturo apareció nuevamente con dos bebidas
en las manos.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Solo bébelo —dijo entregándome uno de los vasos—.
Te va a gustar.
Cuando lo bebí sentí primero lo refrescante de la bebida,
seguido del sabor amargo del alcohol. Sin embargo, me
gustó.
Después logré reconocer el sabor.
—¿Esto es mojito? —pregunté.
—En efecto —respondió Arturo con una pequeña
sonrisa.
Comenzamos a conversar un rato.
Incluso con la música alta no sentimos la necesidad de
movernos a un lugar más silencioso; el ambiente se sentía
bien así.
Después de algunos tragos comencé a sentir cómo el
efecto del alcohol caía lentamente sobre mí.
—Vamos a bailar —dije mientras dejaba el vaso sobre la
mesa.
—No, yo no sé bailar —respondió Arturo rápidamente.
—Ay, por favor. Entonces ¿para qué me trajiste a una
fiesta? —dije mientras me levantaba y quedaba parado
frente a él, listo para ir a la pista.
Arturo soltó una pequeña risa nerviosa.
—Bailo muy mal —dijo pasando una mano por la nuca.
—Vamos, no necesitas ser profesional para bailar.
Evidentemente ya estaba algo ebrio.
Tomé su mano y lo llevé hasta la pista.
La música estaba increíble; mezclaban varios géneros
que parecían encajar perfectamente con el ambiente:
reguetón, salsa y canciones viejas remixadas que hacían
vibrar todo el lugar.
Yo solo veía cómo Arturo intentaba seguirme el ritmo
con movimientos algo torpes mientras el alcohol hacía
que mi cuerpo se moviera cada vez más libre.
Debo admitir que me daba gracia verlo intentar bailar tan
seriamente.
Entre tragos, baile y risas ya eran las dos de la mañana, y
la discoteca parecía no tener intención de cerrar todavía.
Sin embargo, yo ya estaba cansado, así que decidí salir a
tomar aire fresco junto con Arturo.
Ya afuera sentí una necesidad demasiado común en mí.
Saqué de mi bolso un encendedor junto con una cajetilla
de cigarrillos. Procedí a sacar uno y colocarlo entre mis
labios antes de encenderlo.
Cuando estuvo prendido le di una calada, sintiendo el
humo y el sabor del tabaco entrar lentamente en mi
cuerpo.
Arturo estaba sentado a mi lado; ambos nos
encontrábamos en la vereda frente a la discoteca mientras
las luces de colores seguían escapando desde el interior
del lugar.
Él solo me observaba.
Probablemente porque también ya estaba ebrio.
—¿Cuántos cigarrillos te fumas a la semana? —preguntó
Arturo mientras me miraba.
—Pues… no sé. Creo que esta cajetilla me dura unas dos
semanas. ¿Por qué la pregunta?
Arturo desvió un momento la mirada hacia la calle.
—No lo sé… creo que en todos estos años nunca imaginé
que serías de las personas que fuman.
Solté una pequeña risa.
—Pues cuando estuve en la universidad comencé a
hacerlo por estrés. Supongo que esa costumbre
simplemente se quedó conmigo.
—Pues intenta no fumar tanto —dijo mientras me
quitaba el cigarrillo de la boca.
Lo observé sorprendido mientras él le daba una calada.
—Pensé que no fumabas —dije.
—Pues una vez no hace daño —respondió antes de darle
otra calada.
—Si tú lo dices —murmuré mientras le arrebataba
nuevamente el cigarrillo y volvía a fumar.
Por un momento ambos nos quedamos viendo fijamente.
Y entonces una tensión extraña comenzó a sentirse entre
nosotros.
No sabía si Arturo también la percibía…
pero yo podía sentirla perfectamente.
—Bien —dije interrumpiendo el momento—. Creo que
ya deberíamos irnos.
—¿A dónde? —preguntó Arturo algo confundido.
—Pues a descansar —respondí.
Aunque yo también estaba algo ebrio, sabía
perfectamente que ya era hora de irnos. Sin embargo,
Arturo estaba demasiado mal como para conducir.
—No puedo llegar así a mi casa —dijo mientras seguía
sentado en la vereda—. Mi papá me mataría.
Lo pensé un momento.
Mi casa estaba vacía, así que decidí que podía llevarlo
conmigo para que descansara ahí esa noche.
—Puedes venir a la mía —dije finalmente.
—¿En serio? —preguntó Arturo, aunque luego volvió a
recostarse—. Pero quiero quedarme un rato más.
—No, ya vamos. Estás que te caes de lo ebrio —dije
mientras lo ayudaba a levantarse y rodeaba uno de sus
brazos sobre mis hombros.
—Qué aburrido eres.
—¿Yo aburrido? —solté una pequeña risa.
Pedí un taxi para llegar a mi casa.
Sin embargo, todavía quedaba el problema del carro de
Arturo.
No podía llamar a Mia; no quería que lo viera en ese
estado. Y Allison probablemente me mandaría al
demonio si la despertaba a las dos de la mañana para
mover un auto.
Hasta que recibí un mensaje.
“Quiero saber cómo me guardaste en tus contactos.”
Era Matías.
Sí, ya sé que parece demasiada coincidencia, pero
créanme, a mí también me sorprendió.
Lo llamé de inmediato; necesitaba ayuda.
—¿Qué haces despierto a esta hora? —pregunté apenas
contestó.
—La verdadera pregunta es qué haces tú despierto —
respondió enseguida.
—Escucha… sé que no me conoces del todo y estás en
todo tu derecho de negarte, pero necesito pedirte un
favor.
—¿Un favor a estas horas de la noche? —dijo con tono
divertido—. ¿Acaso estás insinuando que…?
—¡¿Qué?! ¡No! —respondí sobresaltado.
Matías soltó una risa al otro lado de la llamada.
—Tranquilo, estoy bromeando. Aunque… depende del
favor.
—Es que… me da pena decirlo.
—Veámoslo así: si hago tu pequeño favor, después tú
harás algo por mí.
—¿Cómo qué?
—No lo sé, ya lo pensaré —dijo con un tono
peligrosamente coqueto.
—Necesito que vengas y estaciones el carro de Arturo en
su oficina.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Arturo? —preguntó finalmente.
—Sí. Larga historia, después te cuento. ¿Puedes o no?
—Mmm… tienes suerte de que más o menos me agrades
—dijo—. Y también de que no estoy en mi casa.
—Si haces esto te deberé una para siempre.
—Ya veremos qué te pediré a cambio.
Algo en esa frase me asustó.
—Por favor, no seas puerco.
—¿Qué puedo hacer? A veces me pongo así.
—Ya basta —dije soltando una pequeña sonrisa.
Le mandé la dirección y, unos minutos después, Matías
apareció.
Se llevó el carro de Arturo y luego tomó un taxi para
regresar por el suyo.
—Gracias —volví a decirle.
—Está bien —respondió mientras guardaba las llaves—.
Pero no lo olvides, me debes un favor.
Sus ojos me recorrieron de arriba hacia abajo antes de
volver a sonreír.
Debo admitir que incluso así Matías se veía demasiado
atractivo.
Ya en el taxi, Arturo se sentó a mi lado, medio dormido
durante todo el camino.
Cuando finalmente llegamos a mi casa, lo llevé hasta mi
cuarto.
Mi familia no estaba; se habían ido de viaje y yo tuve que
quedarme porque tenía algunas entregas de ropa que
hacer.
Cuando llegamos a mi casa, dirigí a Arturo hasta mi
cuarto.
Apenas entró, se dejó caer sobre la cama dispuesto a
dormir.
—Vamos, levántate. Tienes que irte a bañar antes, te
prestaré ropa.
—No quiero —murmuró.
—Vamos, te estás comportando como un niño chiquito.
—No quiero.
—Bueno, no me queda de otra.
Lo tomé del brazo y tiré de él para levantarlo, pero
Arturo hizo fuerza hacia el otro lado, provocando que
terminara cayendo encima suyo.
Nuestros rostros quedaron frente a frente.
Podía ver sus ojos, su piel, su cabello mucho más de
cerca, y por un momento sentí unas ganas inmensas de
acercarme y besarlo.
Sin embargo, me controlé.
El silencio se apoderó del cuarto mientras yo seguía
encima de Arturo.
Él solo sonrió.
Luego movió ligeramente la cabeza hacia un lado sin
apartar la mirada de mí.
—Eres muy atractivo —dijo en voz baja—. No recordaba
que fueras tan lindo.
Sentí cómo mis mejillas se calentaban un poco, pero aun
así intenté mantener la compostura.
Me levanté rápidamente.
—Vamos a bañarte —dije mientras volvía a tirar de él.
Busqué entre mis cosas y le pasé una toalla junto con
algo de ropa.
Por suerte Arturo era apenas un poco más alto que yo, así
que aunque mis prendas le quedaban algo ajustadas,
podía usarlas. Además, siempre me gustó vestir ropa
holgada.
Pasaron unos quince minutos hasta que Arturo salió del
baño.
La ducha parecía haberlo despejado un poco, y al menos
ya no olía a alcohol.
Apenas salió comenzó a recorrer el cuarto con la mirada.
Mi habitación era grande, aunque estaba lejos de verse
ordenada.
Algunas paredes tenían manchas de pintura, había lienzos
apoyados por todas partes y un gran caballete descansaba
frente a mi cama.
El olor a pintura se mezclaba con el aroma persistente del
tabaco.
Mi madre creía que ese olor venía de los productos que
usaba para trabajar.
—Qué lindo cuarto —dijo Arturo mientras observaba
alrededor.
—Es un desastre —respondí.
Arturo negó suavemente con la cabeza.
—Pero este cuarto eres tú.
—¿Yo? —pregunté algo confundido.
—Sí. Básicamente tiene tu esencia.
Lo observé unos segundos.
—Si tú lo dices —murmuré antes de levantarme—. Voy a
bañarme.
Y con eso entré al baño intentando ignorar cómo mi
corazón seguía latiendo demasiado rápido.

Cap 15
Ya eran casi las cuatro de la mañana cuando apagamos
las luces para irnos a dormir. Sin embargo, yo dejé
encendida una pequeña lámpara de luz cálida que
siempre me resultaba reconfortante por las noches.
Como no tenía nada para dormir en el piso, decidimos
compartir la cama.
Arturo se acomodó de costado, mirándome.
—Ya duérmete —dije mientras mantenía los ojos
cerrados.
—Gracias por hoy —murmuró.
—¿Por qué me das las gracias? Tú fuiste quien me llevó.
—Sí, pero… —Arturo se quedó mirando el techo unos
segundos—. Creo que hace mucho tiempo no me divertía
así.
Abrí lentamente los ojos para verlo.
—Pues si te sirve de algo, yo también me divertí mucho
hoy.
Arturo volvió a girarse hacia mí.
—Deberíamos hacerlo más seguido.
Nuestros ojos volvieron a encontrarse.
Y entonces algo volvió a sentirse entre nosotros.
La luz cálida de la lámpara iluminaba apenas el cuarto,
mientras el sonido lejano de la ciudad se colaba por la
ventana.
Sin darnos cuenta comenzamos a acercarnos lentamente.
Mi mente decía que me detuviera.
Pero mi cuerpo ya no quería hacerlo.
Mi corazón latía demasiado rápido y podía sentir cómo la
respiración de Arturo se mezclaba con la mía mientras la
distancia entre ambos desaparecía poco a poco.
Cerré los ojos.
Y entonces sentí sus labios rozar los míos.
El beso fue suave al principio.
Cálido.
Lento.
Sentía cómo nuestros labios encajaban mientras nuestros
rostros se movían apenas de un lado a otro, como si
ambos lleváramos años esperando ese momento.
No quería detenerme.
Quería seguir besándolo.
Quería quedarme así toda la noche.
Arturo llevó una mano hacia mi nuca, intensificando un
poco más el beso, y yo terminé sujetándolo también,
acercándolo todavía más a mí.
Pero entonces el recuerdo de Mia golpeó mi mente de
repente.
Me separé rápidamente.
Ambos respirábamos agitados.
—No… no podemos hacer esto —dije casi en un susurro.
Arturo bajó la mirada.
—Tienes razón —respondió—. Yo… lo siento. No sé qué
pasó.
El silencio volvió a llenar el cuarto.
—Tranquilo —murmuré intentando controlar mi
respiración—. Solo nos dejamos llevar… seguramente
fue el alcohol.
Aunque ambos sabíamos que no era solo eso.
—Simplemente olvidemos que pasó.
Me giré hacia el otro lado intentando dormir.
Y después de unos segundos, Arturo hizo lo mismo.
En la mañana siguiente nos despertamos algo tensos y
pensativos por lo que había pasado la noche anterior.
—¿Quieres comer algo? —pregunté mientras me
incorporaba un poco.
—Está bien… ¿tienes algo ligero? Perdón, es que me
duele horrible la cabeza —dijo Arturo aún metido entre
las cobijas—. Tengo una resaca espantosa.
De repente comenzó a sonar su celular.
—Carajo… es mi papá —murmuró mientras salía de
entre las sábanas completamente despeinado.
No pude evitar soltar una pequeña sonrisa al verlo así.
—Hola, papá… —contestó rápidamente—. Sí, sí, lo
siento. Tuve que quedarme en la casa de un amigo
terminando un proyecto… sí, mañana estaré ahí… hoy
me siento indispuesto.
Apenas colgó, dejó caer el celular sobre la cama y volvió
a taparse.
—¿Indispuesto? —pregunté con sarcasmo.
—Déjame en paz, me duele la cabeza.
—Está bien, qué gruñón.
Fui a cocinar algo ligero porque yo también tenía resaca.
Cuando terminé, ambos comimos sentados en la cama en
medio de un silencio extraño.
No incómodo.
Solo… extraño.
—Toma —dije mientras le pasaba un vaso de agua junto
con una pastilla.
—¿Qué es esto?
—Una pastilla para la resaca.
—Gracias —murmuró.
Yo hice lo mismo antes de volver a recostarme.
—Y ahora… dormir —dijo Arturo mientras volvía a
esconderse entre las cobijas.
—¿En serio no vas a hacer nada hoy?
—No —respondió con un tono casi infantil.
Sonreí un poco.
—Está bien.
Tomé mi computadora y comencé a revisar algunos
pedidos que necesitaba enviar.
—¿Qué haces? —preguntó Arturo con la voz apagada.
—Trabajando un poco.
No tardé demasiado en volver a meterme entre las cobijas
también.
Era extraño.
La primera vez que nos besamos terminamos
separándonos durante años…
y ahora que había pasado otra vez, ambos fingíamos
demencia.
Quizá era miedo.
Miedo de volver a perder al otro.
Porque mientras ninguno hablara de lo que había pasado,
todavía podíamos seguir disfrutando de la compañía del
otro sin destruir todo nuevamente.
Ya era de tarde y los dos seguíamos acostados en la
cama.
Arturo había apagado su celular; parecía como si
estuviera descansando todo lo que no había descansado
en años.
Yo, por otra parte, solo podía observarlo de vez en
cuando mientras mantenía los ojos cerrados.
No podía dejar de pensar en sus labios cálidos rozando
los míos y en cómo su expresión tranquila, acostado en
mi cama, hacía que no quisiera que ese momento
terminara nunca.
De repente sentí cómo una mano me sujetaba del brazo y
me hacía recostarme nuevamente.
Arturo se abalanzó suavemente sobre mí, abrazándome
con fuerza.
—¿Qué haces? —pregunté soltando una pequeña sonrisa.
—Duerme conmigo —murmuró con la voz aún
adormilada.
Arturo estaba sobre mí, abrazándome, y podía sentir su
aroma; un perfume tenue mezclado todavía con el olor
del alcohol impregnado en su ropa.
No lo negaré.
Me encantaba estar así.
Pero al mismo tiempo me sentía culpable.
Mi corazón se debatía entre la felicidad de tener a Arturo
entre mis brazos y la culpa de saber que estaba
comprometido.
—Esto está mal —murmuré mientras seguía aferrado a
él.
—¿Qué dices? —preguntó Arturo medio dormido.
—Esto está mal… no deberíamos estar así.
Arturo levantó apenas el rostro para mirarme.
—Entonces… ¿por qué no me has apartado?
Sentí un nudo formarse en mi pecho.
Porque tenía razón.
Porque incluso sabiendo que todo esto estaba mal…
no quería soltarlo.
—Porque aun sabiendo que está mal… quiero quedarme
así contigo un poco más.
El silencio volvió a llenar el cuarto.
Pero esta vez no era incómodo.
Era un silencio triste.
Uno que parecía saber que tarde o temprano todo aquello
iba a terminar.
—Tengo hambre —dijo Arturo—. Vamos por algo de
comer.
—Pues, ¿qué esperabas? Hemos pasado todo el día aquí
encerrados.
Arturo soltó una pequeña risa antes de volver a
acomodarse entre las almohadas.
—Sabes qué, mejor pidamos algo. No tengo ganas de
salir… además mi carro lo dejé allá.
—Tranquilo, tu carro está en el parqueadero de tu oficina.
Arturo levantó una ceja sorprendido.
—Espera… ¿tú hiciste todo eso?
—La verdad tuve algo de ayuda.
—¿Ayuda? ¿De quién?
—De la única persona que parecía estar despierta
anoche… Matías.
—¿Matías? —preguntó algo sorprendido—. Me
impresiona que haya querido ayudarme.
—¿En serio? ¿Por qué?
—Pues tú mismo viste que no nos llevamos muy bien.
Además, es un ególatra.
—A mí me pareció buena persona.
—Mmm… lo que tú digas —respondió Arturo algo serio.
Sin embargo, unos segundos después volvió a sonreír.
—Bueno, ¿qué pedimos de comer?
—Algo ligero, aún seguimos con resaca… ¿qué tal unas
hamburguesas?
—¿Eso te parece ligero? —preguntó con sarcasmo.
—Lo siento, me has retenido en esta cama todo el día.
Tengo hambre.
—¿Retenido? No es como si hubieras puesto mucha
resistencia —dijo soltando una risa.
Después de eso, el recuerdo de Mia volvió a golpear mi
mente.
Y entonces entendí que ya no podía seguir evitando el
tema.
Decidí romper el momento.
—Hablando en serio… ¿qué estamos haciendo? —
pregunté.
Arturo dejó de sonreír.
—¿De qué hablas?
—Ya sabes de qué hablo. Ayer nos besamos… y hoy
pareciera que ninguno de los dos quiere separarse del
otro. Esto está mal.
Arturo guardó silencio unos segundos.
—Dijimos que no volveríamos a hablar de lo de anoche.
—Sí, pero…
—Pero nada —interrumpió él—. Dejemos las cosas
como están.
Su voz sonaba tranquila, pero cansada.
—Solo quiero pasar un poco más de tiempo con mi
amigo cercano antes de volver a la aburrida vida de
oficina.
Arturo levantó la mano y tomó suavemente mi barbilla,
obligándome a mirarlo.
—Te prometo que lo de anoche no volverá a pasar.
Sentí un vacío extraño en el pecho al escucharlo.
Porque la verdad era que sí quería que volviera a pasar.
Quería volver a besarlo.
Quería seguir así con él.
Pero ninguno de los dos podía seguir al corazón.
Arturo estaba comprometido…
y yo no pensaba convertirme en la razón por la que
alguien terminara herido.
—Qué buena hamburguesa —dijo Arturo mientras le
daba otro bocado.
—Me impresiona la facilidad con la que te estoy dejando
comer en mi cama y pasar todo el día aquí.
—Vamos, admite que soy buena compañía —respondió
él.
Solté una pequeña risa.
—¿Compañía? Me tocó obligarte a bañarte y acostarte.
—Es que hacía mucho que no tomaba como ayer.
—No puedo decir lo mismo —dije.
Y era verdad.
Yo sí era una persona que salía bastante, iba a fiestas y
tomaba con frecuencia, aunque claramente no pensaba
contarle eso a Arturo.
—¿Tomas seguido? —preguntó mientras me observaba.
—Solo diré que he vivido muchas cosas —respondí
intentando no sonar como un alcohólico sin control.
Arturo soltó una pequeña risa y siguió comiendo su
hamburguesa.
Algo en él se veía distinto.
Desde que lo reencontré siempre estaba usando trajes,
perfectamente arreglado y comportándose de manera
impecable.
Pero verlo ahora, sentado en mi cama con el cabello
despeinado, usando una camiseta grande prestada por mí
y comiendo sin preocuparse por verse elegante, me hacía
pensar que quizá todo ese Arturo oficinista era solo una
fachada.
Sonreí ligeramente mientras pensaba en eso.
—¿En qué piensas? —preguntó Arturo.
—En nada… solo que es raro verte tan desarreglado.
—Bueno, me siento cómodo aquí —respondió mientras
se acomodaba mejor entre las almohadas—. Veamos una
película.
—¿En serio no te cansas de no hacer nada?
—No —dijo sin darle importancia—. ¿Qué quieres ver?
—Lo que tú quieras.
Arturo terminó poniendo una película de terror mientras
volvía a arroparse a mi lado.
—Oye… ¿y cuándo piensas irte? —pregunté.
—No lo haré —respondió tranquilamente.
—¿Qué?
—Mañana me iré. Quiero pasar la noche aquí.
Lo miré incrédulo.
—Estás loco.
—Vamos, solo una noche más —dijo casi suplicando.
Suspiré resignado.
—Lo permitiré solo si prendes tu celular y contestas a
todos los que deben estar buscándote.
—Está bien, está bien.
Arturo encendió el teléfono y enseguida comenzaron a
aparecer llamadas perdidas y mensajes.
—¿Ves lo que te digo? No puedes simplemente
desaparecer así, la gente se preocupa.
—Ya, ya… perdón.
Al finalizar la película ya era bastante tarde.
Cuando volteé a verlo, Arturo ya estaba dormido otra
vez.
Así que decidí dormir yo también.
Cuando desperté a la mañana siguiente, Arturo ya se
había ido.
Lo único que dejó fue un mensaje:
“Perdón, tenías razón. Creo que hoy estaré en problemas.
Pasaré ocupado todo el día, pero luego te escribiré.
Gracias… descansé muy bien.”
Me quedé viendo la pantalla del celular durante unos
segundos.
Y por alguna razón, leer eso me hizo sentir un vacío
extraño en el pecho.
Ese día trabajé hasta el mediodía en el taller de mi padre.
Aunque él estaba de viaje, yo tenía que seguir yendo para
asegurarme de que todo estuviera bien.
Después de eso decidí ir a comprar un lienzo nuevo para
una pintura que tenía planeado hacer, además de algunos
materiales para comenzar el cuadro de la oficina de
Arturo.
Justo cuando estaba esperando transporte recibí una
llamada.
Era Matías.
—Hola, hola… después de esa noche esperaba que me
escribieras suplicando saber qué quería a cambio de mi
favor.
—Hola, Matías.
—Ey, qué frío.
—Ah, lo siento. Estoy esperando transporte, tengo que ir
a comprar unas cosas.
—¿Y dónde estás?
—Cerca del centro, ¿por?
—Mándame ubicación, estoy cerca.
—Espera, ¿qué…?
Pero colgó antes de que pudiera terminar la frase.
Me quedé mirando el celular confundido.
“¿Ubicación? ¿Para qué la quería?”
Aun así terminé enviándosela.
Segundos después respondió:
“En cinco estoy ahí. No te vayas.”
Y efectivamente, unos minutos después una camioneta
negra se estacionó frente a mí.
Cuando la ventana bajó, vi a Matías al volante.
—Vamos, sube.
Abrí la puerta y me subí a la camioneta, que parecía
prácticamente nueva.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—Bueno, tengo la tarde libre. Te llevo.
—No, espera, no quiero tenerte comprando cosas
conmigo.
—A todo esto, ¿qué tienes que comprar?
—Pintura y lienzos.
—Entonces con más razón te llevo —dijo mientras
arrancaba el carro.
Encendió la radio y justo comenzó a sonar una canción
que me encantaba de una artista llamada Bonnie Tyler.
Era vieja, sí, pero me fascinaba.
Sin pensarlo demasiado subí el volumen.
Comencé a cantarla mientras miraba por la ventana, y
honestamente no me importaba si Matías me escuchaba
desafinar. Esa canción simplemente debía cantarse con
ganas.
Matías se me quedó viendo unos segundos.
Y luego, de repente, comenzó a cantar también.
Los dos terminamos cantando mientras las calles de la
ciudad pasaban frente a nosotros y el paisaje comenzaba
a llenarse de locales y edificios comerciales.
—No pensé que te gustara esta canción —dije entre risas.
—¿Bromeas? Es de las mejores canciones que existen.
Y, sin darme cuenta, la conversación empezó a volverse
extrañamente cómoda.
Descubrí que tenía varias cosas en común con Matías.
—Incluso me contó que antes pintaba un poco.
—¿En serio te gusta la pintura? —pregunté algo
sorprendido.
—Pues antes pintaba un poco —respondió él—, pero lo
dejé como pasatiempo. Además, creo que simplemente
no era algo en lo que fuera bueno y terminé dedicándome
a otras cosas.
—Nadie nace siendo bueno —dije.
—¿Tú crees?
—Sí. Incluso yo considero que todavía no soy bueno en
mis pinturas.
—Si fuera así, nadie te compraría tus cuadros —
respondió mientras volteaba a verme.
Solté una pequeña risa.
—Gracias, pero mira el camino.
—Perdón —rió él mientras volvía la vista al frente.
Creo que Matías y yo empezamos con el pie izquierdo.
Sin embargo, poco a poco comenzaba a sentir que
podríamos llegar a ser buenos amigos.
—Hemos llegado —anunció.
Cuando entramos a la tienda de pintura, el tiempo
empezó a desaparecer para mí.
Siempre me había gustado recorrer cada pasillo. Cuando
tenía un color específico en mente, me entretenía
buscando el tono exacto o imaginando qué mezclas
tendría que hacer para conseguirlo.
—Perdón, sé que te he tenido aquí bastante tiempo —dije
mientras Matías caminaba a mi lado cargando una cesta
llena de pinturas que yo había ido escogiendo.
—No te preocupes —respondió—. Aunque quiero
preguntarte algo.
—Dime.
—¿Por qué esto?
—¿A qué te refieres?
—Perdón, quiero decir... ¿por qué escogiste pintar? ¿Por
qué decidiste vivir de esto?
Fijé la mirada en un bote de pintura que tenía en la mano.
—Te seré sincero... no vivo de esto.
—¿Cómo?
—Pensé que vivías de vender cuadros y cosas así.
—Ojalá —respondí soltando una risa—. No, la verdad
también tengo otro trabajo.
—¿Y en qué trabajas?
—En la empresa de mi padre.
—¿En serio? ¿Y qué es?
—Un taller mecánico.
Matías se quedó mirándome unos segundos.
—La verdad... no te veo como mecánico.
—Lo sé —reí—. Pero necesito dinero. Entre la mecánica,
vender algunas pinturas y la ropa que hago, no me va tan
mal.
—Estás lleno de sorpresas, Isaac.
—Idiota —respondí con una sonrisa.
—Lo tomaré como un cumplido.
Ya de vuelta en el carro de Matías, decidí que era
momento de recompensarle toda la ayuda que me había
dado. Después de todo, me había llevado, esperado y
cargado todas mis cosas; era lo mínimo que podía hacer.
—Vamos a comer —dije.
—Me encantaría, pero tengo que volver a arreglar unos
asuntos.
—Oh, qué mal. Quería recompensarte por ayudarme hoy.
—¿Recompensarme? —preguntó divertido—. Pues creo
que ahora me debes dos favores.
—Está bien, está bien.
Solté una pequeña risa.
—Bueno, si tienes cosas que hacer tomaré un taxi.
—No te preocupes. ¿Dónde vives? Pásame tu ubicación.
—No podría pedirte eso.
—Tranquilo, solo envíamela.
Después de unos segundos observó la dirección en su
celular.
—Tienes suerte, me queda de paso.
—¿Seguro?
—Sí, tranquilo.
Matías me dejó en mi casa, no sin antes recordarme
nuevamente que le debía dos favores.
De alguna manera, su forma de ser me resultaba
divertida.
Cuando entré a mi cuarto comencé a ordenar un poco.
Entre el trabajo y todo lo que había pasado con Arturo,
prácticamente no había tocado nada en dos días.
Además, mi familia estaba a punto de regresar del viaje.
Mientras acomodaba algunas cosas, mi celular vibró.
¿Estás ahí?
Era Arturo.
Sí, dime.
La respuesta apenas se envió cuando una llamada
entrante apareció en la pantalla.
Contesté.
—¿Sucede algo? —pregunté.
—No, nada. Quería saber si quieres salir a comer.
—¿Qué acaso no nos vimos lo suficiente? —respondí en
tono burlón.
Arturo soltó una pequeña risa.
—Sí, pero digamos que aún quiero verte. Además, Mia
está ocupada.
Y fue esa última frase la que me molestó.
No porque tuviera algo contra Mia.
Al contrario.
Ella siempre había sido amable conmigo.
Pero escuchar aquello me hizo sentir como una segunda
opción.
Como si me estuviera llamando porque la persona con la
que realmente quería estar no estaba disponible.
—¿Isaac? ¿Sigues ahí?
Guardé silencio unos segundos.
—No puedo.
—Pero...
—Lo siento, no puedo.
Y colgué.
Me quedé mirando la pantalla apagada del celular.
Aquella frase me había recordado algo que llevaba días
intentando ignorar.
No podía hacerle eso a Mia.
Arturo seguiría atrayéndome.
Seguiría gustándome.
Probablemente seguiría queriendo besarlo.
Pero estaba comprometido.
Y esa era una línea que no pensaba volver a cruzar.
Como tampoco pensaba permitir que él la cruzara otra
vez.
Así que tomé un bote de pintura y un pincel. Encendí un
cigarrillo y dejé que los brochazos ocuparan mi mente. El
olor a pintura se mezcló con el humo mientras los colores
comenzaban a cubrir el lienzo. Era mejor perderme entre
trazos y manchas de pintura que enfrentar todo lo que
rondaba por mi cabeza.
Apagué mi celular y seguí pintando hasta perder la
noción del tiempo.
Cuando finalmente lo encendí, ya era la una de la
madrugada.
Tenía varias llamadas perdidas de Arturo.
Y muchos mensajes.
¿Te molestó algo?
Lo siento si dije algo que no te gustó.
Contesta.
No quiero volver a perderte.
Eres importante para mí.
Lo siento, hablemos.
Me quedé observando la pantalla en silencio.
Pero el último mensaje fue el que me dejó sin saber qué
hacer.
Voy para allá.
Enviado a la una y quince de la madrugada.
Miré la hora.
Era la una y veinte.
Arturo estaría aquí en cualquier momento.
—Carajo, carajo, carajo... —murmuré mientras me
lavaba las manos y la cara.
Hasta que escuché el timbre sonar. Miré por la ventana y
vi el carro de Arturo.
Me pasé rápidamente la toalla por la cara y bajé a abrir.
Arturo estaba parado en la puerta. No dijo nada;
simplemente entró.
—Arturo, ¿qué haces aquí?
Estaba claro que había tomado.
—¿Has estado bebiendo? —le pregunté.
—¿Por qué no contestas? —dijo él.
—Vamos, Arturo. Ven a dormir. Mañana hablamos.
Lo tomé del brazo para llevarlo hacia mi cuarto, pero él
apartó mi mano bruscamente.
—¿Por qué no contestas? —repitió.
Me pasé las manos por el cabello.
—Arturo, ¿qué quieres? Estaba ocupado.
—No lo entiendes. No puedo soportarlo. Si estás enojado
conmigo, no puedo estar bien.
—Arturo, por favor. Solo vamos a dormir. Estoy cansado
y tú estás tomado.
—Yo solo quiero estar contigo.
—¿Conmigo? —reí con amargura—. Eso debiste haberlo
pensado en el colegio.
—Perdón. Yo no sé qué hacer. Quiero estar contigo, pero
me da miedo.
—No. No vas a hacer esto ahora.
Mi voz comenzaba a sonar molesta.
—Vienes a mi casa, apareces de nuevo en mi vida y
pretendes que todo vuelva a ser como antes. Ni siquiera
entonces sabía qué éramos.
—Yo lo sé, pero...
—No hay peros. Me besas y después dices que quedemos
como amigos. Quieres salir conmigo solo porque Mia no
está. Y además, ¿qué haces aquí diciéndome todo esto?
Estás comprometido con ella.
Mi voz tembló. Las lágrimas comenzaron a caer por mi
rostro.
Arturo se acercó un paso.
—Lo sé. Sé que soy un imbécil. Pero desde que volviste
a aparecer, eres lo único en lo que pienso.
—Pues en quien deberías pensar es en Mia.
—Lo sé.
Suspiré y aparté la mirada.
—Lo mejor es irnos a dormir.
Me di la vuelta en dirección a mi cuarto.
—Puedes quedarte por hoy. Ya es tarde.
Sentí cómo Arturo sujetaba mi brazo. Cuando me giré,
nuestros ojos se encontraron por un instante.
Y entonces volvió a besarme.
—Para... —murmuré—. Esto no está bien.
Intenté apartarme, intenté recordarme todas las razones
por las que debía hacerlo, pero cada una parecía perder
fuerza cada vez que lo sentía cerca.
Después de unos segundos dejé de resistirme.
Le devolví el beso.
Con rabia.
Con tristeza.
Con todo lo que llevaba años guardando.
Las lágrimas seguían cayendo por nuestras mejillas
mientras nuestros labios volvían a encontrarse una y otra
vez.
Era un beso desesperado, cargado de emociones que
ninguno había sabido expresar con palabras.
Retrocedimos sin separarnos, dejándonos llevar por el
momento.
Sin darme cuenta llegamos a mi habitación.
La puerta se cerró a nuestras espaldas.
Ninguno parecía dispuesto a alejarse.
Las caricias comenzaron a ser más constantes, más
necesitadas. Mis manos se aferraban a él mientras las
suyas recorrían lentamente mis brazos y mi espalda.
La respiración de ambos era cada vez más agitada.
Sentía el corazón golpeándome con fuerza en el pecho.
Todo era confuso.
Todo estaba mal.
Pero ninguno parecía pensar en eso.
Entre besos y abrazos, la distancia que habíamos
intentado mantener desapareció por completo. Poco a
poco, las barreras que ambos habíamos levantado durante
años comenzaron a derrumbarse.
Por un instante no existían Mia, los errores del pasado ni
las conversaciones pendientes.
Solo estábamos nosotros.
Dos personas agotadas de seguir luchando contra lo que
sentían.
Y aunque una parte de mí sabía que aquello traería
consecuencias, en ese momento fui incapaz de
detenerme.
Sentía el cuerpo de Arturo contra el mío mientras
nuestras manos recorrían cada espacio que los años nos
habían impedido conocer.
No lo había notado antes, pero tenía algunos lunares
dispersos por el pecho. Mis dedos se detuvieron un
instante sobre ellos, como si intentara grabar aquel
momento en mi memoria.
Arturo seguía aferrándose a mí, mientras sus labios
buscaban los míos una y otra vez.
Esa noche olvidamos quiénes éramos.
Olvidamos los problemas, las dudas y todo aquello que
nos había separado durante años.
Por unas horas solo fuimos dos personas agotadas de
seguir guardándose sentimientos.
Dos personas que nunca habían conseguido cerrar un
capítulo de sus vidas.
Y que, por primera vez en mucho tiempo, dejaron de
tener miedo de sentir.
Pero la noche terminó y, con ella, llegó el amanecer,
recordándonos todo aquello que habíamos olvidado por
unas horas.
Arturo despertó mientras yo permanecía sentado frente a
mi escritorio.
—¿Qué sucede? —preguntó con la voz todavía
adormilada.
—Esto no puede volver a pasar, Arturo. No puedo hacer
esto. Tú te vas a casar.
Arturo se incorporó lentamente en la cama y se pasó una
mano por el rostro.
—Isaac, escucha. No voy a mentirte. No puedo romper el
compromiso.
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía al escucharlo.
—Entonces no hay nada más que hablar.
—¿Por qué no?
Lo miré confundido.
—¿Qué?
—¿Por qué no podemos estar así?
Fruncí el ceño.
—¿Así cómo?
Arturo bajó la mirada por unos segundos antes de
responder.
—Tú y yo.
Sentí que la rabia volvía a subir por mi pecho.
—¿Me estás escuchando? Te vas a casar.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué se supone que significa eso?
Arturo suspiró.
—No lo sé. Solo sé que cuando estoy contigo todo parece
más fácil.
Solté una risa amarga.
—Claro. Porque tú puedes volver con Mia y seguir con tu
vida como si nada hubiera pasado.
Arturo guardó silencio.
Y eso fue suficiente.
—No pienso convertirme en el secreto de nadie.
—Isaac, yo no quise decir eso.
—Pero es exactamente lo que significa.
Me puse de pie y me alejé unos pasos.
—Esto estuvo mal desde el principio.
Mi voz tembló, pero no aparté la mirada.
—Yo no soy la segunda opción de nadie, Arturo. Hace
mucho tiempo dejé de ponerme en segundo lugar por los
demás.
—Isaac...
—¿Sabes qué? Vete al carajo.
Las lágrimas amenazaban con salir otra vez.
—No quiero volver a verte. Lo mejor es que te vayas.
Arturo abrió la boca para decir algo, pero terminó
guardándose las palabras.
Por dentro estaba destrozado.
Una parte de mí quería correr hacia él y pedirle que se
quedara.
Quería que me dijera que estaba dispuesto a elegirnos.
Quería que, por una vez, dejara de tener miedo.
Pero no lo hizo.
Y aunque lo quisiera más de lo que me gustaría admitir,
no estaba dispuesto a convertirme en el otro de nadie.
No después de todo lo que me había costado aprender a
elegirme a mí mismo.
Por la tarde me reuní con Allison. Necesitaba hablar con
alguien y, ¿quién mejor que ella? En todos estos años
había logrado conocerme mejor que nadie.
Sin embargo, hacía bastante tiempo que no
conversábamos. Ambos habíamos estado ocupados con
nuestras propias vidas.
—¿Qué sucede? —preguntó Allison mientras daba un
bocado al pastel de chocolate que, para mí, siempre había
sido demasiado empalagoso.
—¿Te acuerdas de Arturo?
Frunció el ceño unos segundos, intentando recordar.
—¿Arturo? No... la verdad es que no.
—Arturo, el del colegio. El primer chico que me gustó.
—¡Ah! Sí, el idiota que te rechazó de la peor forma y
después te besó. ¿Qué pasa con él?
—Pues... nos volvimos a encontrar.
Después de decir eso, comencé a contarle todo lo que
había ocurrido desde aquel día hasta la noche anterior.
Allison solo me observaba en silencio. Sus expresiones
cambiaban constantemente: sorpresa, enojo,
preocupación... parecía sentir conmigo cada parte de la
historia.
Cuando terminé, permanecimos unos segundos en
silencio.
—Sabes que esto te está haciendo mal, ¿verdad? —dijo
finalmente.
Bajé la mirada.
—Lo sé. He intentado que no pase, pero no puedo
evitarlo. Y me siento muy culpable por lo que pasó.
—Mira, no soy quién para juzgarte. Me conoces, yo
también he cometido errores. Pero una cosa sí puedo
decirte: sentir ansiedad, tristeza y culpa por alguien no
son señales de que esa persona te haga bien. No es sano.
Sentí cómo las lágrimas amenazaban con salir otra vez.
—Yo no quiero volver a verlo.
Allison me tomó de la mano.
—Lo sé. Y sea lo que sea que decidas hacer, tienes todo
mi apoyo.
Sonrió de lado antes de añadir:
—Pero si Arturo vuelve a hacerte sufrir así, le voy a dar
una golpiza que nunca va a olvidar.
No pude evitar soltar una pequeña risa.
—Eso quiero verlo.
Ella también se rió y el ambiente se volvió mucho más
ligero.
Después seguimos conversando de otras cosas. Estar con
Allison siempre hacía que todo pareciera más sencillo.
Con ella podía olvidarme, aunque fuera por un momento,
del desastre que tenía en la cabeza. Incluso acordamos un
día para ir a buscar ropa para la feria.
Una llamada interrumpió el momento.
Era Matías.
—Hola, Matías. ¿Qué pasó?
—Hola, Isaac... —respondió con un tono algo nervioso
—. Quería preguntarte algo.
—Sí, dime.
—¿Esta noche estás libre?
Lo pensé un momento.
—La verdad... no tenía nada planeado. ¿Por qué?
—Es que... no sé si te gustaría acompañarme. Tengo
entradas para el estreno de una película.
Hablaba con cierto nerviosismo. Era extraño escucharlo
así.
—Mmm... no lo sé. Pásame un poco más de información,
la hora y todo eso, y te confirmo más tarde, ¿te parece?
—Ah... sí, claro. Espero que puedas ir.
Colgué la llamada y me quedé unos segundos mirando la
pantalla del celular.
—Qué extraño sonó...
—¿Quién sonó extraño? —preguntó Allison.
—Ah... nadie.
—Vamos, habla. ¿Quién era?
—Es un compañero de Arturo que conocí cuando fui a
verlo.
—¿Y qué quería?
—Quería invitarme al cine.
El rostro de Allison cambió por completo. Una enorme
sonrisa apareció en su cara.
—¡Tienes que ir! Anda, distráete. Deja de pensar en
Arturo. Capaz y este termina siendo el nuevo amor de tu
vida.
Solté una risa.
—No lo sé... No tengo muchos ánimos para salir.
—¡Claro que sí! —dijo mientras me quitaba el celular de
las manos—. Mira, te escribió. Dice que es a las siete de
la noche.
Antes de que pudiera reaccionar, escribió una respuesta.
"Acepto. Ahí nos vemos."
—¡Allison! ¡No!
Intenté quitarle el teléfono, pero ya era demasiado tarde.
Ella miró la foto de perfil de Matías y levantó una ceja.
—Uy... además es guapo. Ahora sí tienes que ir.
Suspiré resignado.
—Pues... ya qué.
Allison solo sonrió satisfecha, como si acabara de
resolver uno de los mayores problemas de mi vida.
Arturo había estado escribiéndome durante todo el día.
No tenía fuerzas para bloquearlo, pero tampoco para
responderle, así que simplemente dejé que los mensajes
siguieran llegando. No quería saber nada de él.
Su propuesta tan estúpida me había herido demasiado
como para hablar con él en ese momento.
Un nuevo mensaje apareció en mi celular.
Matías:
"¿Paso por tu casa?"
Fruncí el ceño.
"¿Mi casa?"
"Sí. Sé que dijiste que nos viéramos en el cine, pero creo
que es mejor si paso por ti. Ya sé el camino."
"Ammm... está bien."
"Perfecto. A las seis estoy ahí."
Sonreí sin darme cuenta.
Hace un momento estaba nervioso y ahora ya organizó
todo.
Miré mi armario.
—Bueno... ¿y ahora qué me pongo?
Era el estreno de una película. Tal vez debía verme un
poco más arreglado.
Me duché, me cepillé el cabello y me vestí con un
pantalón ancho de tela color café, una chaqueta de cuero
color vino, una camisa negra y unas botas negras.
Siempre me había gustado combinar ropa, aunque nunca
estaba completamente seguro de si realmente me veía
bien.
Me observé unos segundos frente al espejo. Me acomodé
el cabello, me puse algunos accesorios y mis lentes.
Aún eran las cinco y media, así que salí al balcón.
Abrí mi bolso, saqué la cajetilla de cigarrillos, encendí
uno y le di una calada.
Volví a mirar el celular.
Los mensajes de Arturo seguían ahí.
Pero todavía no estaba listo para leerlos.
Me quedé observando las calles mientras terminaba el
cigarrillo.
Y, tal como había dicho, a las seis en punto sonó el
timbre.
Abrí la puerta.
—Hola.
—Hola —respondió Matías con una sonrisa—. Luces
muy bien.
Sentí un poco de calor en las mejillas.
—Gracias.
—Deberías dar clases para vestir con estilo.
Se rió después de decirlo.
—Tampoco exageres. Tú también te ves muy bien.
Matías llevaba una chaqueta larga de gamuza negra, un
suéter negro de cuello alto y un pantalón ancho del
mismo color. El conjunto le quedaba increíblemente bien.
—Antes de irnos... ¿podrías regalarme un vaso de agua?
—Claro, pasa.
Entró a la casa mientras observaba todo con curiosidad.
—¿Con quién vives?
—Con mi papá y mis hermanos. Aunque estoy ahorrando
para independizarme.
—¿En serio? ¿Por qué?
—No lo sé... quiero un poco más de privacidad y
aprender a vivir por mi cuenta.
—Me parece una buena idea.
Mientras hablábamos, se detuvo frente a una cómoda
llena de fotografías.
—¿Qué miras?
Entonces recordé que ahí estaban todas mis fotos de niño.
—¡Pero mira qué lindo eras!
Tomó una de las fotografías antes de que pudiera
impedirlo.
—¡Devuélvemela! Qué vergüenza.
—¿Vergüenza? Si eras adorable.
Intenté alcanzarla, pero levantó el brazo para que no
pudiera tomarla.
Al acercarme, nuestros brazos terminaron rozándose.
Quedamos frente a frente.
Por un instante me quedé inmóvil.
De cerca podía notar mejor sus ojos oscuros y la
tranquilidad con la que me observaba.
Aparté la mirada casi de inmediato.
—¿Qué? ¿Te puse nervioso? —preguntó con una sonrisa
divertida.
—Idiota.
Él soltó una carcajada.
—Bueno... ¿no ibas a darme un vaso de agua?
—Sí, ya voy.
Después de beber el agua, miró la hora.
—Será mejor que nos vayamos. A esta hora suele haber
mucho tráfico.
—Está bien.
Tomé mis llaves, el celular y la billetera. Cerré la puerta
y ambos subimos al auto.
Durante el camino hablamos de muchas cosas: música,
películas, los planes que teníamos para el futuro. La
conversación fluía con tanta naturalidad que el trayecto
se me hizo mucho más corto de lo que esperaba.
—Oye, por cierto... el cuadro que vi colgado en tu sala,
¿lo hiciste tú?
—Sí. Lo pinté hace más o menos un año.
—¿En serio? Tienes muchísimo talento.
Sonreí con algo de vergüenza.
—Gracias.
—Conozco al dueño de una galería. Creo que tus cuadros
podrían interesarle.
Lo miré sorprendido.
—¿De verdad?
—Claro. Si quieres, puedo escribirle.
La idea me emocionó más de lo que quería admitir.
—No es necesario.
—¿Por qué no?
—No quiero que pienses que soy un aprovechado.
Matías negó con la cabeza.
—Tranquilo. Yo fui quien lo propuso. Además, me gusta
ayudar a la gente cuando creo en su trabajo.
Lo observé unos segundos antes de sonreír.
—Está bien... gracias.
Cuando llegamos, el lugar estaba lleno de gente. Había
filas para entrar y el murmullo de las conversaciones
apenas dejaba escuchar la música del vestíbulo.
Pero la sorpresa llegó casi de inmediato.
Arturo también estaba ahí.
Carajo…
Desvié la mirada de inmediato mientras caminaba junto a
Matías, esperando que no nos hubiera visto.
No tuve tanta suerte.
—¡Matías! —escuché detrás de nosotros.
Nos detuvimos.
—Arturo… —respondió Matías con naturalidad—. No
sabía que estarías aquí.
—Quería distraerme un rato —contestó con un tono
serio.
Sus ojos pasaron de Matías a mí.
Y se quedaron ahí.
—Con razón no contestabas mis mensajes —dijo
finalmente Arturo.
Sentí un golpe en el pecho.
No respondí.
Matías, en cambio, sonrió como si no hubiera tensión en
el aire.
—¿Así que vinieron ustedes dos?
—Sí. ¿Algún problema? —respondió con calma—. Isaac
y yo nos hemos vuelto bastante cercanos. Creo que
debería agradecerte por eso.
Arturo frunció ligeramente el ceño.
—¿Agradecerme?
—Claro. Gracias a ti conocí a Isaac ese día en el
ascensor.
Una sonrisa breve, casi irónica, apareció en el rostro de
Arturo.
—Si no recuerdo mal, ese día no lo trataste muy bien.
Matías soltó una pequeña risa.
—Tienes razón. Pero ya lo solucionamos.
El aire entre los tres se volvió más pesado.
Arturo volvió a mirarme.
—Veo que estabas ocupado.
No supe qué responder.
—Por cierto… —añadió Matías, rompiendo el silencio—
¿dónde está tu prometida? No la veo.
La expresión de Arturo cambió apenas un segundo.
—Está en el baño.
—Entiendo.
Matías dio un paso hacia adelante.
—Bueno, nosotros ya vamos a entrar. Disfruta la
película.
Arturo no respondió.
Solo nos observó.
Y por primera vez, su mirada no era solo seria.
También era algo más.
Molesta. Herida.
Yo no dije nada.
No podía.
Ni siquiera estaba seguro de poder respirar con
normalidad.
Cuando nos alejamos lo suficiente, Matías bajó un poco
la voz.
—¿Pasa algo, Isaac?
Negué demasiado rápido.
—No… nada. Vamos a ver la película.
Me miró unos segundos más, como si no me creyera del
todo.
—Si quieres podemos irnos a otro lado.
Lo pensé.
Una parte de mí quería salir de ahí.
La otra… no quería seguir huyendo.
Respiré hondo.
—No… está bien. Vamos.
La película empezó, pero yo no podía concentrarme en
absolutamente nada.
Las imágenes frente a mí pasaban como ruido lejano. Mi
cabeza estaba en otro lugar.
En Arturo.
En su mirada.
En lo que había dicho.
“Con razón no contestabas mis mensajes…”
No dejaba de darle vueltas.
Hasta que el celular vibró.
Un mensaje.
De él.
Sentí un golpe en el estómago.
Después de ignorarlo todo el día, lo abrí.
Arturo:
"Quiero verte en el baño ahora. O voy y te saco yo
mismo."
—Carajo… —susurré.
Me levanté lentamente.
—Tengo que ir al baño —le dije a Matías, sin mirarlo
mucho—. Ya regreso.
—Está bien —respondió él—. Ve con cuidado.
Tragué saliva y caminé por el pasillo.
El baño estaba casi vacío.
Entré.
Y apenas lo hice, la puerta se cerró detrás de mí.
Seguro.
Arturo estaba ahí.
—¿Qué haces? —dije de inmediato.
—¿Qué haces tú con él? —respondió sin rodeos.
Su voz era fría. Tensa. Contenida.
—Estoy viendo una película —contesté—. Como
cualquiera.
—No te hagas el idiota, Isaac.
Lo miré.
Sus ojos estaban cargados de molestia.
—Ese día dijiste que lo detestabas —continuó—. Y ahora
estás con él como si nada.
—Con quien salga o no es mi problema —respondí, más
firme—. No estoy reclamándote que estés aquí con…
Mia.
La tensión subió de inmediato.
—Es diferente —dijo él.
—No. No lo es —respondí, sin apartar la mirada—. Lo
que sí es diferente es lo ridículo que es esto.
Silencio.
El aire se volvió pesado.
Arturo apretó la mandíbula.
—No todos podemos ser como tú, Isaac.
—No —respondí—. Pero al menos yo no hago daño a la
gente y luego finjo que no pasa nada.
El silencio cayó por completo.
Por un segundo, pensé que la conversación había
terminado.
Pero no.
Arturo dio un paso hacia mí.
Y antes de que pudiera reaccionar, me tomó del rostro y
me besó.
Todo pasó demasiado rápido.
Demasiado intenso.
Me quedé inmóvil un segundo… y luego reaccioné.
Lo empujé con fuerza.
—Déjame —dije, respirando agitado.
Arturo me miró, sin retroceder del todo.
—Sé que te gusto —dijo—. Y tú también me gustas.
Sentí rabia. Confusión. Algo que no quería nombrar.
—No me interesa todo esto —respondí, seco—. Esto
hubiera sido diferente si no fueras un cobarde.
Abrí la puerta del baño.
Lo miré por última vez.
—Déjame en paz.
Y salí.
Una vez de vuelta en el cine, pasé toda la película
tratando de no pensar en nada. Pero era imposible. Cada
cierto tiempo mi mente volvía a lo mismo: Arturo, el
baño, sus palabras… el beso.
Sentía que todo había sido demasiado.
También me parecía injusto para Matías. Él me había
invitado con una buena intención y no quería hacerle
pasar un mal rato.
Cuando la película terminó, las luces se encendieron
lentamente y la gente comenzó a levantarse.
Salimos junto con la multitud.
—¿Quieres ir a cenar? —preguntó Matías mientras
guardaba su celular.
—Sí, pero ya es algo tarde… no creo que haya muchos
restaurantes abiertos.
Él suspiró.
—Ah… tengo demasiada hambre.
Me quedé pensando un segundo.
—Hay un lugar… pero no sé si quieras ir.
—¿Por qué no?
—Porque no es algo muy elegante que digamos.
Matías soltó una risa.
—Bro, yo soy muy de calle.
Lo miré de reojo.
—Claro… muy de calle —dije con sarcasmo.
Él se rió más fuerte.
—Vamos, no me subestimes.
Llevé a Matías a un restaurante que, en realidad, era solo
una carpa cerca de mi casa. Me daba gracia, porque se
notaba que no estaba acostumbrado a ese tipo de lugares.
—Vamos, siéntate —dije.
Matías solo se limitó a acomodarse, tratando de verse lo
más natural posible, lo que me causó aún más gracia.
—Hola, ¿nos puedes dar dos empanadas de viento con
café cargado? —pedí.
—¿Empanadas de viento? —repitió Matías.
—Sí, empanadas de viento. ¿No las conoces?
—Sí… o sea, sí he escuchado, pero nunca las he probado.
—Pues hoy es tu día de suerte.
El ruido de la calle, junto con las personas pidiendo y
conversando, hacía que el ambiente se sintiera extraño…
pero de alguna manera acogedor.
—Y qué tal, te dije que no era algo muy sofisticado —
comenté.
—Está perfecto —respondió él sin dudar.
Cuando nos trajeron el pedido, Matías se quedó mirando
la comida con sorpresa.
—Qué grandes son.
—Así son las empanadas de viento —dije riendo—.
Vamos, pruébalas.
Matías tomó un trozo con algo de duda y lo probó.
Después de unos segundos, su expresión cambió por
completo.
—Esto está buenísimo —dijo sorprendido, y siguió
comiendo.
Yo solo me reía. Era como ver a un niño probando un
dulce nuevo por primera vez.
—Y el café también está muy bueno —añadió.
—¿Ves? Te dije que era un buen lugar.
—Tienes que recomendarme más lugares así —dijo.
—Me parece bien.
Por un momento, toda la tensión que había sentido
durante el día desapareció.
Matías pidió otra empanada. Yo solo me quedé con una
más.
—Ya estoy muy lleno —dijo al final, recostándose un
poco.
—Te dije que comieras solo una —respondí riendo.
—Es que estaban muy buenas.
Cuando terminamos, lo llevé hasta la puerta de mi casa.
Matías se quedó unos segundos en silencio dentro del
auto. El ruido de la calle parecía más lejano ahora.
—Gracias —dijo finalmente.
—¿Por qué? —pregunté—. Yo debería agradecerte a ti.
Esta noche fue muy linda.
Matías negó suavemente.
—La verdad… quería distraerme un rato. Y no pensé en
nadie más con quien pudiera ver esa película que contigo.
Sus palabras me golpearon de una forma extraña.
No sabía si sentirme feliz… o inquieto.
—Me alegra que me hayas considerado —dije al final.
Abrí la puerta del auto.
—Bueno… entra. Ya es muy tarde.
—Sí —respondí—. Escríbeme cuando llegues a casa.
—Está bien.
Matías se quedó mirando hasta que entré.
Y por alguna razón… no me di la vuelta de inmediato.

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