Ha
Ha
Cap 1
Me llamo Isaac y estoy en décimo grado de colegio. La
verdad, el colegio nunca ha sido el lugar más genial para
mí. No me malinterpreten, tengo amigos muy buenos y,
generalmente, no suelen molestarme demasiado; sin
embargo, nunca he sentido que encajo del todo, ¿saben?
Soy gay… aunque todavía no se lo he dicho a nadie.
Toda mi vida he tenido que lidiar con las típicas
preguntas5, las dudas de por qué prefiero pasar más
tiempo con chicas o por qué no actúo como “debería”.
Pero, sinceramente, nunca les di demasiada importancia.
O al menos eso intentaba creer.
Aun así, siempre he tenido ese cuestionamiento: si algún
día habrá alguien que me quiera tal y como soy. Algún
chico por ahí al que no le importen mis rarezas ni mis
gustos.
Siendo sincero, a veces me parece un poco fantasioso
pensar que exista alguien así para mí. Incluso me causa
algo de gracia imaginarlo.
Cuando ingresé por primera vez a mi colegio, me
imaginaba siendo el chico más popular y sociable de
todos. Pensaba en fiestas, reuniones y en tener un montón
de amigos. Pero nada estuvo más alejado de la realidad.
Desde mi primer año, las cosas no salieron como
esperaba. Nunca he sido muy bueno haciendo amigos
rápido, ni tampoco el más sociable. Y mis notas… bueno,
tampoco son las mejores.
Sé que todo esto puede sonar un poco triste, como si
estuviera intentando dar lástima, pero no es eso.
Simplemente me gusta reconocer mis defectos y pensar
en ellos, porque quizá, de alguna manera, en el futuro
pueda mejorarlos.
Ese año fue un tremendo caos para mí. Mi anterior
escuela no tenía el mejor nivel académico y, cuando me
transferí al nuevo colegio, sufrí algo parecido a un
choque. Todo era mucho más difícil de lo que esperaba,
así que mis notas bajaron muchísimo. De hecho, casi me
quedo de año.
Aunque, viendo el lado positivo, al final de todo eso
conseguí un amigo: Daniel. Él era parecido a mí, ¿saben?
Ese tipo de chico que no todos pueden soportar, pero que,
de alguna manera, conmigo encajaba perfectamente.
Nuestro humor era parecido y compartíamos muchas
cosas más. Y, para sorpresa de nadie, también era
bastante malo en las notas. Ambos terminamos yéndonos
a supletorio —para quienes no sepan qué es, es algo
parecido a una escuela de verano—.
Fue también en esa época cuando conocí a mis otros dos
amigos, Sebas y Matías. Con ambos terminé formando
una muy buena amistad al acabar el año, y eso me dio
cierta alegría, porque por primera vez en mucho tiempo
sentí que pertenecía a algún lugar.
Desde entonces, nosotros cuatro hacíamos absolutamente
todo juntos: trabajos, tareas, salidas en el receso…
prácticamente todo.
Debo admitir que, gracias a ellos, poco a poco fui
soltándome más. Empecé a ser más sociable y a sentirme
más cómodo con las personas. No hablo de volverme
popular ni nada de eso, pero la ansiedad que antes tenía
comenzó a desaparecer lentamente.
Aún recuerdo con gracia cómo nos reventábamos de la
risa por cosas bastante tontas. Aunque suene un poco
mal, algunos profesores nos daban risa, ya fuera por su
forma de hablar o por ciertas actitudes. Y no me
malinterpreten, respeto muchísimo a las personas tal y
como son, pero creo que es normal que, a esa edad,
algunas cosas te parezcan graciosas, especialmente
cuando se trata de profesores.
Cada uno de nosotros tenía alguna materia —y algún
profesor— con los que simplemente no congeniábamos.
Daniel , por ejemplo, era malísimo en inglés y la
profesora tampoco parecía tenerle mucha paciencia. Yo,
en cambio, jamás he podido entender completamente las
matemáticas. Mi profesor era bastante estricto y eso hacía
que me pusiera aún más nervioso.
Aunque, casi al final de ese año, habló conmigo después
de clases y me dio una charla sobre la responsabilidad y
sobre cómo debía empezar a tomarme las cosas más en
serio. De alguna manera, esas palabras se quedaron
resonando en mi cabeza. Intenté ser más responsable
después de eso, pero el daño ya estaba hecho y, aun así,
casi pierdo el año.
Cuando nos quedamos en supletorio —excepto Sebas—,
aunque técnicamente era por nuestras malas notas,
recuerdo esa época con bastante cariño. Hablábamos
durante horas y nos quedábamos conversando incluso
hasta la siguiente clase. Y así, entre bromas, tareas y
estrés, al final terminamos dando los exámenes y pasando
de año.
Aunque, en ese mismo tiempo de supletorio, por ser algo
torpe, me caí y terminé cortándome la oreja. Tuvieron
que coserme una parte y acabé haciendo los exámenes
con una enorme venda en la cabeza. Obviamente, eso se
convirtió en el material favorito de burlas para Matías,
Sebas y Daniel.
Pero, siendo sincero, incluso eso lo recuerdo con gracia.
Hasta yo mismo me burlaba de cómo me veía con aquella
venda gigante, como si acabara de salir de una película
de guerra o algo así.
Retomando el tema, creo que ellos me ayudaron
muchísimo en ese tiempo, porque en casa las cosas no
estaban muy bien. Mis padres peleaban constantemente y
yo me sentía bastante solo. Para un chico de nuestra
edad, cargar con tantas cosas al mismo tiempo puede
llegar a ser pesado, aunque muchos adultos crean que no
es para tanto.
Las pocas vacaciones que me quedaron las pasé en casa,
descansando la mayor parte del tiempo y dibujando,
porque es algo que me apasiona desde que tengo
memoria.
Y, tal como lo dije, mis vacaciones transcurrieron sin
ninguna novedad. Aunque, de alguna manera, siento que
el destino me estaba preparando para todo lo que vendría
después.
Cap 2
El año había comenzado y, sinceramente, mi vida no iba
nada mal. Tenía amigos; las peleas en mi casa seguían
existiendo, pero ya no eran tan graves, así que intentaba
no darles demasiada importancia. El primer mes pasó con
bastante normalidad: yendo y viniendo del colegio,
haciendo tareas y tratando genuinamente de ser más
responsable. Aunque, no voy a negarlo, me costaba un
poco.
Pero había algo que seguía molestándome. No sabía
exactamente qué era ni cómo explicarlo; simplemente era
un sentimiento extraño que aparecía de vez en cuando.
En esa época todavía no cuestionaba del todo mi
sexualidad ni lo que realmente me atraía.
—¿En qué piensas tanto? —dijo Daniel.
—No lo sé… creo que todavía sigo acostumbrándome a
los horarios. Vamos a comer algo antes de que termine el
recreo.
A la salida dejamos a Daniel en su casa, ya que vivía
cerca del colegio. Luego, Sebas, Matías y yo caminamos
hacia la parada de buses que quedaba debajo del colegio.
Ellos dos tomaban el mismo transporte, mientras que yo
tenía que coger otro bus. De los cuatro, yo era el que
vivía más lejos.
—Nos vemos, Isaac. Y no te olvides del material para la
presentación de mañana —dijo Matías antes de subir al
bus.
Yo me aparté un poco más adelante de la parada. Nunca
me había gustado estar entre demasiados alumnos; el
ruido y toda la gente me incomodaban un poco. Miré
hacia la calle y el bus todavía no llegaba, así que me puse
los audífonos para distraerme.
Cuando finalmente apareció, subí rápidamente. Para mi
suerte, iba casi vacío, así que alcancé a sentarme junto a
la ventana.
El viaje a casa transcurrió sin ninguna novedad. Yo
seguía sumido en mis pensamientos mientras la música
sonaba en mis audífonos. Ese sentimiento extraño volvía
cada vez que estaba solo, porque no tenía a nadie que
distrajera mi mente con otras cosas. En esos momentos
solo éramos mis pensamientos y yo.
Intentaba entender qué era lo que sentía, pero no tenía
idea. No sabía por dónde empezar a descifrar todo lo que
pasaba por mi cabeza, así que prefería concentrarme en la
música.
Cuando quiero relajarme, me gusta imaginar cómo se
separa cada sonido de las canciones que escucho. Trato
de distinguir la batería, la guitarra, la voz del cantante…
como si cada instrumento tuviera su propio espacio. No
sé por qué, pero hacer eso siempre logra calmarme un
poco
Al acabar la canción, abrí los ojos por un momento. Unos
puestos delante de mí había un chico. La verdad, no le
tomé mucha importancia; solo asumí que estudiaba en mi
mismo colegio porque llevaba el mismo uniforme que yo.
Así que simplemente volví a cerrar los ojos.
—¡Pare, por favor! Aquí me bajo —exclamó alguien de
repente.
Para ser sincero, en ese momento lo único que pensé fue:
qué voz tan chillona. Era un poco aguda… o al menos así
la recuerdo. La verdad, no estoy muy seguro, porque
todavía llevaba los audífonos puestos.
Cuando volteé a verlo, me di cuenta de que era el mismo
chico que había estado sentado unos puestos delante de
mí. Fue entonces cuando noté que probablemente no
vivíamos tan lejos, porque yo me bajaba apenas dos
paradas después de la suya.
Los días transcurrieron con normalidad. Yo seguía viendo
a ese mismo chico subir al mismo transporte que yo
todos los días. Pero, para ser sincero, no le daba
demasiada importancia. Simplemente subía al bus y
volvía a perderme en mis pensamientos.
Paralelamente, empecé a pensar más en lo que sentía y en
por qué me sentía de esa manera. Quizá, en el fondo, ya
sabía lo que pasaba conmigo; sin embargo, no quería
aceptarlo ni mucho menos detenerme a pensarlo
demasiado.
Y entonces pensé: quizá esa era la razón por la que nunca
sentía que encajaba del todo. Quizá por eso siempre
había tenido la sensación de ser diferente.
Para un chico de esa edad, todo era demasiado confuso. Y
más aún cuando no tenía con quién hablar de esas cosas.
Sí, tenía a mis amigos, pero eran de mi misma edad y no
creía que realmente pudieran aconsejarme sobre algo así.
Pero, como siempre he dicho, existe Google: la fuente de
sabiduría de hoy en día.
Así que terminé escribiendo en el buscador, con palabras
que mi mente todavía no se atrevía a decir en voz alta:
“¿Cómo saber si soy gay?”
Con el tiempo comencé a indagar más, a investigar, leer y
ver videos sobre el tema. Mientras más buscaba, más
claro se volvía que por ahí iban todas mis dudas y
cuestionamientos.
—Últimamente andas raro —dijo Matías.
—No me pasa nada, tranquilo. Simplemente estoy algo
cansado. Vamos, salgamos al recreo.
—Está bien, pero sabes que puedes contarnos lo que te
pasa.
—Gracias, pero de verdad no es nada.
Yendo al recreo, a veces me topaba con el chico del bus.
No sabía quién era ni en qué curso estaba; simplemente
recordaba que tomaba el mismo transporte que yo.
Quizá debería hablarle. Tal vez así conseguiría un
acompañante de viaje y el trayecto dejaría de sentirse tan
aburrido.
Mmm… mejor no. ¿Qué podría hablar con él si ni
siquiera me conoce?
Una mañana me levanté como siempre a las cinco para
alistarme y tomar el bus temprano, así evitaba llegar
tarde. Lo bueno de donde vivo es que el transporte nunca
suele ir ni demasiado lleno ni demasiado vacío, así que
casi siempre logro encontrar asiento.
Durante el trayecto terminé cediéndole mi puesto a una
señora de avanzada edad, así que me quedé de pie,
apoyado cerca de una de las ventanas. Tenía los
audífonos puestos, nada fuera de lo normal.
Pero cuando volteé hacia la puerta del bus, ahí estaba él.
El chico del bus.
Y algo se sintió diferente.
Fue extraño… como si todo se hubiera alineado por un
instante. La música encajó perfectamente con el
momento en que lo vi y un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Cuando nuestras miradas casi se cruzaron, sentí que el
tiempo se detenía. Como si, por unos segundos, solo
existiéramos él y yo dentro de ese bus lleno de gente.
Pasó a mi lado y, aunque intenté actuar normal, me
resultó imposible dejar de mirarlo.
Algo ocurrió en ese momento… algo que simplemente
no podía explicar.
Al llegar a la parada, todavía teníamos que caminar unas
cuadras hasta el colegio. Y durante todo el trayecto no
pude apartar la mirada de él.
¿Qué es esto que estoy sintiendo? me repetía una y otra
vez. Pero no encontraba una respuesta.
Cuando entramos al colegio, él se acercó a sus amigos y
yo fui con los míos. Aun así, no podía dejar de pensar en
ese sentimiento tan extraño que seguía dando vueltas
dentro de mí.
Toda la mañana pasé intentando entender qué me ocurría,
pero nunca llegué a una conclusión clara. Aunque,
independientemente de todo eso, había algo todavía más
fuerte creciendo dentro de mí:
la necesidad de volverlo a ver.
Ese día fue raro para mí.
—¿Alguna vez han sentido que ven a alguien y se ponen
algo ansiosos por volverlo a ver? —pregunté mientras los
cuatro estábamos acostados sobre el césped del colegio.
—Uyyyy… a Isaac le gusta alguien —dijo Daniel de
inmediato.
—Claro que no. Solo digo… como si quisieras saber
quién es esa persona por alguna razón —respondí
rápidamente.
—Pues… de mi parte, no. ¿Y ustedes? —preguntó
Daniel.
Matías y Sebas negaron con la cabeza, confirmando que
tampoco habían sentido algo así.
—Esta conversación ya se puso muy rara. Vamos a comer
algo —dijo Daniel mientras se levantaba.
—Tú siempre quieres comer. Acabamos de venir del bar
—contestó Sebas riéndose.
—¿Y qué tiene? ¿Prefieren pasar hambre? Vamos rápido
antes de que se acabe el recreo.
—Matías, ve con él —dije mientras ambos se alejaban
poco a poco.
Cuando Daniel y Matías ya estaban lo suficientemente
lejos, Sebas volteó a verme.
—¿Te gusta alguien, Isaac?
Me quedé en silencio unos segundos antes de responder.
—La verdad… no lo sé. Nunca me había gustado alguien
antes.
—A mí tampoco, la verdad. Sin embargo, por lo poco
que sé, supongo que uno simplemente debería saberlo,
¿no? O bueno… eso es lo que dicen.
Antes de que pudiera seguir pensando en eso, la alarma
sonó indicando que el recreo había terminado y era hora
de volver al aula.
Sin embargo, el sentimiento y el recuerdo de lo que había
pasado esa mañana seguían inundando mi mente. No
podía concentrarme del todo en las clases. Miraba
constantemente el reloj, esperando que llegara la hora de
salida para volver a verlo… y quizá entender de una vez
qué era lo que me estaba pasando.
Cuando por fin llegó la hora de salida, apresuré a mis
amigos para irnos cuanto antes.
—Vamos rápido, estoy apurado —exclamé mientras
guardaba mis cosas.
—Tranquilo, Isaac. ¿Y si mejor vamos a comer algo? —
dijo Daniel, como de costumbre.
—No otra vez, quiero irme a mi casa —respondió Matías
inmediatamente.
—Ay, pero solo sería ir al bar a comprar algo.
—Ya dije que no.
—Ya, tranquilos, muchachos —intervino Sebas mientras
se colgaba la mochila al hombro—. Isaac tiene cosas que
hacer, vamos.
Mientras caminábamos hacia la salida, no podía dejar de
mirar a mi alrededor.
¿Dónde estará? ¿Irá hoy en el bus? ¿Y si me acerco a
hablarle?
Quizá solo era una intuición extraña de que deberíamos
ser amigos… o al menos eso intentaba decirme a mí
mismo.
Pero, para mi mala suerte, ese día no apareció.
Cuando llegué a mi casa, fui directo a mi cuarto. No
quería hablar con nadie; solo quería encerrarme en mis
pensamientos.
¿Qué era lo que me pasaba con ese chico? Bastante tenía
ya con todas mis confusiones sobre lo que me atraía
como para cargar también con este extraño desastre
emocional.
Para dejar de pensar en eso, agarré mi mochila y
comencé a sacar los cuadernos para hacer las tareas.
Asumí que, con el pasar de las horas y las distracciones,
terminaría olvidándome del tema.
Pero no fue así.
A la mañana siguiente me levanté con toda la actitud. De
alguna manera, me animaba pensar que volvería a verlo.
No importaba si no hablábamos o si él ni siquiera sabía
que yo existía; aun así, la idea de encontrarlo otra vez
hacía que mi día comenzara mejor.
Pero no volvió a aparecer en el bus de la mañana.
Maldición… Antes lo veía por todos lados y ahora, justo
cuando quería encontrarlo, desaparecía.
Y en mi mente no dejaba de repetirse la misma pregunta:
¿por qué quiero verlo tanto si ni siquiera lo conozco?
Pero, aun sin entenderlo, esa necesidad seguía ahí.
En mi colegio había un día a la semana donde solo
teníamos clases hasta el mediodía. El resto de la tarde
debíamos asistir a distintos clubes. Yo me había metido al
club de monaguillos… quién sabe por qué tomé esa
decisión en ese tiempo, pero bueno.
El punto es que cada curso tenía asignado un día
diferente: octavo iba los miércoles, noveno los jueves y
décimo los viernes.
Así que, un miércoles después del mediodía, pedí
permiso para ir al baño. Para esto tienen que saber que
las aulas de octavo estaban en el piso más bajo del
edificio, y los baños también quedaban ahí, así que me
tocó bajar las escaleras.
Bajé acompañado de Matías.
—Esta clase en serio que es aburridísima. Y qué pereza
bajar hasta acá… tengo hambre. ¿Y si mejor nos
escapamos y vamos al bar? —dijo mientras caminábamos
por las escaleras.
—Claro que no. ¿Quieres que nos suspendan por
fugarnos? —respondí riéndome un poco.
Mientras bajábamos, yo iba mirando distraídamente las
distintas aulas. Los pasillos tenían muchas ventanas y,
para ese punto, ya sabía que los de octavo estaban en
clubes a esa hora.
Cuando llegamos al baño, terminé primero, así que me
tocó esperar a Matías afuera. Desde una de las aulas
cercanas se escuchaban guitarras, así que, por simple
curiosidad, me acerqué a ver qué estaban tocando.
Y entonces, por fin, lo vi otra vez.
Dios… mi corazón comenzó a acelerarse de inmediato y
ni siquiera sabía por qué. Solo lo estaba viendo a través
de una ventana.
Ahí estaba él, sentado con una guitarra entre las manos,
intentando aprender a tocarla.
Cap 3
Ahí estaba, intentando tocar la guitarra.
Y entonces, por primera vez, realmente lo vi.
El chico del bus tenía la piel morena, el cabello negro,
corto y algo ondulado. No era ni muy flaco ni muy
gordo; simplemente… lindo. O bueno, al menos a mí me
lo parecía.
Y por primera vez en tanto tiempo, finalmente pude saber
algo sobre él.
Era un año menor que yo.
—Ya terminaste, vamos —dijo Matías, quien me
encontró embobado mirando por la ventana.
—¿Qué estás viendo?
—¡Nada! —respondí un poco alarmado mientras lo
empujaba suavemente hacia las escaleras para irnos de
ahí.
Durante toda la clase no pude dejar de pensar en él.
Se veía lindo sosteniendo la guitarra.
Y aunque todavía no entendía del todo lo que estaba
sintiendo… comenzaba a darme cuenta de algo:
Me estaba empezando a gustar ese sentimiento.
Ese día por fin volví a verlo en el bus.
Aunque todavía no entendía exactamente lo que sentía, el
simple hecho de que estuviera cerca de mí era suficiente
para hacerme sentir bien. Me gustaba observarlo e
imaginar cómo sería ser su amigo.
¿De qué hablaríamos?
¿Qué gustos tendría?
¿Encajaríamos si llegáramos a conocernos?
Y, como era de esperarse, cada miércoles —sin falta—
terminaba yendo a verlo con la excusa de que necesitaba
ir al baño.
—Hola —exclamó alguien al frente de mi pupitre—. Me
llamo Allison, ¿y tú?
Volteé a verla y me encontré con una chica de cabello
café y tez morena que me miraba sonriente.
—Hola, soy Isaac. Eres nueva, ¿no? No te vi el año
pasado.
—Sí, soy nueva en este colegio.
—Genial.
Poco a poco comencé a hablar más con Allison. Me
parecía interesante. Le gustaba el fútbol y a veces me
hablaba de cosas que ni siquiera sabía que podían resultar
tan entretenidas.
Yo nunca había sido alguien que hablara demasiado; sin
embargo, ella decía que eso le parecía lindo de mí, que
sabía escuchar.
Los meses fueron pasando y, aunque pasaba mucho
tiempo hablando con Allison, seguía pensando en el
chico del bus. Seguía buscándolo cada miércoles sin
falta. A veces incluso me lo encontraba en los pasillos
durante el recreo, pero yo era demasiado tímido como
para acercarme a hablarle, incluso si coincidíamos en el
mismo bus todos los días.
—¿En qué piensas? —me preguntó Allison.
—En nada… solo estoy preocupado.
—¿Por qué?
—Pues… todavía no me adapto al cien por ciento al
colegio. Vengo de una escuela donde el nivel de
educación no era muy bueno y ahora todo me resulta más
difícil.
—¿En serio?
—Sí. De hecho, me pasó exactamente lo mismo cuando
me transferí aquí. Tranquila, es normal sentirse así.
—¿De verdad lo dices?
—¿Lo dudas? —solté una pequeña risa—. Casi me quedo
de año.
—Está bien, te creeré.
—Aquí están los tortolitos —exclamó Matías apenas
apareció junto a Sebas y Daniel.
—Déjalos —dijo Sebas riéndose un poco mientras Daniel
asentía divertido.
—Vamos a comer algo —dijo Matías.
—Qué novedad —comentó Sebas.
—Vamos —dije mientras me levantaba—. ¿Quieres
venir, Allison?
—Claro —respondió ella sonriendo.
No sé qué me pasa con Allison. Está bastante claro que le
gusto. Nos quedamos hablando hasta tarde casi todos los
días y ella siempre me dice cuánto le gusta conversar
conmigo. Empezó a ponerme apodos de animales tiernos
y, sin darme cuenta, yo también terminé apodándola de la
misma manera.
Estoy seguro de que, si seguimos así, en algún momento
va a querer que seamos pareja. Pero no sé si ella
realmente me gusta.
Quiero decir… todo este tiempo he seguido dudando de
si soy gay o no. Y, por otro lado, está el chico del bus,
que aunque ni siquiera he podido acercarme a hablarle,
logra que mi corazón se acelere cada vez que lo veo.
No sé si sea buena idea ponerme de novio con una chica
cuando todavía tengo tantos problemas y dudas dentro de
mi cabeza.
Ya en el bar estábamos sentados comiendo y
molestándonos entre nosotros. Allison nos contaba cómo
había sido la mejor jugadora de fútbol en su anterior
colegio, exagerando algunas partes solo para hacernos
reír.
Y entonces lo vi.
El chico del bus estaba sentado unas mesas más allá junto
a sus amigos, riéndose y conversando tranquilamente.
Lo admito… tenía una sonrisa linda. Y, por la forma en
que hablaba con los demás, parecía alguien educado y
gentil.
—¡Isaac! ¡ISAAC! —gritó Sebas de repente.
—Sí, dime —respondí, volviendo a la realidad.
—Allison preguntó si queremos ir mañana a verla jugar
fútbol en el recreo.
—Ah… sí, sí. Por mí está bien —contesté rápidamente.
—¿Qué estabas mirando? —preguntó Sebas con una
sonrisa sospechosa.
—Nada. Solo estaba recordando que tenía que hacer algo
en mi casa hoy.
—Está bien —dijo Allison—, con tal de que vengan a
verme jugar fútbol.
—Claro, ahí estaré —respondí mientras seguía comiendo
la hamburguesa que había comprado en el bar.
El día transcurrió sin ninguna novedad, al igual que la
noche.
Al día siguiente fuimos a ver a Allison jugar fútbol
durante el recreo. Era miércoles, así que, de alguna
manera, también aproveché para escaparme un rato y
buscar al chico del bus.
Sin embargo, tuve que ir rápido y volver rápido para que
los demás no notaran demasiado mi ausencia.
Y todo eso me hizo pensar.
¿Qué estaba ganando con solo observarlo desde lejos? Sí,
me gustaba verlo, lo admitía, pero realmente no estaba
llegando a ningún lado con todo esto.
Esa noche, Allison y yo hablamos hasta tarde. En un
momento me dijo algo que se me quedó dando vueltas:
“Me gusta estar contigo.”
Y después de eso solo pensé…
¿Y a mí qué me gusta de ella?
Al día siguiente, Allison y yo estuvimos juntos todo el
recreo. Cada vez nos acercábamos más. Yo, la verdad, me
sentía bien con ella… y parecía que ella también se sentía
bien conmigo.
—Salgamos —dijo de repente.
Me tomó por sorpresa.
Pero quizá ese sentimiento de estar cómodo con
alguien… era lo que significaba que me gustaba. Aunque
no le puse nombre.
—La verdad… sí me gustaría —le dije.
Nos acercamos.
Fue extraño… no sentí ese nerviosismo que siempre
había imaginado. Nos besamos.
Y en ese momento, más que emociones hacia ella, lo que
realmente me invadió fue la conciencia de que era mi
primer beso. No sabía si eso significaba algo… o si
simplemente debía significar algo.
¿Esto es gustar de alguien?
No lo sé…
Después del beso algo no se sentía bien, no se supone
que debería estar feliz, alguien gusta de mi y se supone
que yo gusto de ella.
Capas es por que es mi primera relación.
Sin embargo… ¿qué voy a hacer con el chico del bus?
No quiero pensar en alguien más ahora que ya acepté ser
novio de otra persona. Pero, al mismo tiempo, ni siquiera
sé qué es lo que siento por él.
Será difícil… pero tendré que distanciarme por un
tiempo. O al menos hasta saber si tomé la decisión
correcta al estar con Allison.
Cap 5
—Arturo Ortega, ¿y tú?
—Pues… mucho gusto, me llamo Isaac Macías —dije
algo nervioso.
Pero ¿qué carajos acababa de decir?
“Mucho gusto”. Soné demasiado formal.
—Jaja, mucho gusto, Isaac. Bueno, ya me tengo que ir.
Mis amigos deben estar buscándome, pero gracias por el
asiento.
—Y… gracias por el agua —respondí mientras veía a
Arturo alejarse.
Y eso fue todo.
Isaac, pudiste haber hecho más.
¿Qué te pasa?
Podías haberle preguntado algo más, seguir la
conversación, decir cualquier otra cosa.
Y lo de “mucho gusto”… ¿qué fue eso?
¿Acaso era un profesor o qué?
Solté un suspiro avergonzado y me levanté para seguir
caminando hasta volver a encontrarme con mis amigos.
Ya una vez arriba de la colina nos dieron refrigerio: un
sánduche de queso con jamón y un jugo. Me senté con
mis amigos mientras esperaba, quizá, volver a ver a
Arturo.
Aunque ya había hablado con él, mi corazón seguía
latiendo rapidísimo. Era una sensación extraña entre
felicidad y nervios.
No puede ser… por fin hablé con él.
¿Y si le di una mala impresión?
No, no creo… le di espacio, me dio agua y… Dios, no
puedo creer que bebí de la misma botella que él.
—¿Y ahora qué piensas tanto? —preguntó Sebas.
—En nada, la verdad. Estoy muerto. Oigan, ¿qué les
parece si cuando lleguemos al colegio vamos a comer
helado?
—Me parece bien —dijo Matías.
—Por mí igual —añadió Daniel.
—¿Y a qué se debe este repentino buen humor? —
preguntó Sebas mirándome con sospecha.
—No lo sé… solo quiero pasar tiempo con mis amigos.
—Awwww —dijo Matías exagerando la voz—. ¿Te vas a
acabar ese sánduche?
—Sí, aléjate —respondí mientras lo apartaba un poco.
—Está bien, está bien.
Después del refrigerio nos dirigimos a una cabaña grande
donde iban a dar una misa. No podía creer que después
de semejante caminata todavía quisieran hacernos
escuchar una misa.
Todos nos reunimos y nos hicieron formar.
Y entonces lo vi.
A lo lejos estaba Arturo, algo distraído, como si estuviera
perdido en sus pensamientos. Hasta que levantó la cabeza
y me miró.
Sonrió levemente.
Y con la mano hizo un pequeño gesto de saludo.
¿Me estaba saludando a mí?
No… no puede ser.
Arturo me acababa de saludar.
Le devolví el saludo rápidamente, intentando disimular
los nervios. Él alcanzó a verlo, pero el momento se
interrumpió cuando uno de sus amigos comenzó a
hablarle.
Ya una vez que volvimos al colegio, fuimos a una
heladería cerca con mis amigos. Pasé toda la tarde con
ellos y, sinceramente, me sentía bien.
Arturo me había saludado.
Puede sonar como algo pequeño, pero para mí no lo era.
No había pasado nada malo en todo el día y, de alguna
manera, sentía que flotaba en una nube de buena suerte.
Todo había salido mejor de lo que esperaba.
Hasta que llegué a mi casa.
Mis padres estaban discutiendo.
Otra vez.
Lo mismo de siempre: dinero, reclamos y explicaciones
vacías.
Había pasado tanto tiempo intentando que dejaran de
pelear que terminé cansándome. Ya no tenía energía para
intervenir ni para intentar arreglar algo que claramente no
dependía de mí.
Y era frustrante.
Porque no era posible que todo el buen humor que tenía,
y lo increíble que había sido el día, terminara opacado
por otra discusión más.
En ese tiempo, cada vez que pasaba eso, simplemente me
encerraba en mi cuarto. La verdad, escuchar sus peleas
me desgastaba demasiado.
Y aunque intenté ignorarlo… creo que ese día ya no pude
disfrutar todo al cien por ciento por culpa de ellos.
Pasaron los días y no volví a ver a Arturo. Parece que
tanto él como yo hemos estado ocupados.
Además, mi mamá ha comenzado a venir a recogerme al
colegio. Supongo que, de alguna manera, esa es su forma
de decir “lo siento” por las peleas.
Y no es que me enoje porque discutan de vez en
cuando… el problema es que casi siempre es lo mismo.
Mis padres nunca han sido personas que expresen mucho
lo que sienten. No suelen pedir disculpas ni hablar
demasiado de sus emociones.
Y, de alguna forma, creo que yo me parezco bastante a
ellos en eso.
A veces me cuesta decir lo que siento.
O incluso pedir perdón cuando debería hacerlo.
El punto es que no había ido en transporte esos días, así
que tampoco había visto a Arturo.
Me sentía algo decaído.
Entonces recordé que era miércoles. Revisé la hora y era
el momento perfecto para verlo. Quizá eso me animaría
un poco.
Bajé las escaleras en dirección al baño, pasando
sutilmente frente a las ventanas de las aulas para ver si
lograba encontrarlo.
Y efectivamente, ahí estaba.
Sentado, tocando la guitarra.
Cuando terminé en el baño, me disponía a volver a mi
salón, pero la puerta se abrió de repente y me detuvo.
Era él.
Arturo.
Al verme, esbozó una sonrisa.
—Hey, hola… espera, deja recordar tu nombre —dijo
mientras hacía una expresión seria, intentando acordarse.
Mi corazón estaba a punto de explotar.
—Isaac, ¿verdad? —preguntó finalmente, sonriendo al
haberlo recordado.
—Hola… sí, soy Isaac.
En mi mente solo podía pensar:
Qué imbécil, Arturo acaba de decir tu nombre y aun así te
presentaste otra vez.
—Bueno, hola, Arturo… igualmente.
Dios.
¿Qué acababa de decir?
—Así que eres de octavo grado —comentó.
—La verdad no. Soy del piso de arriba… o sea, noveno.
No podía más.
Estaba demasiado nervioso.
¿Cómo no se me ocurrió que él también podía ir al baño
y que podíamos coincidir ahí?
—Genial, pues suerte en tus clases, Isaac —dijo mientras
se lavaba las manos.
—Espera… ¿solo viniste a lavarte las manos? —
pregunté.
La verdad, más allá de todos los nervios que tenía, solo
quería alargar un poco más la conversación.
—Pues sí, jaja. Mi amigo derramó jugo en la mesa y lo
ayudé a limpiar. Mis manos se sentían pegajosas.
Arturo era diferente a como lo había imaginado.
No sé… pensaba que sería más tímido o quizá un poco
más intimidante de alguna manera.
Pero ahora que había hablado un poco con él, parecía ser
mucho más amigable de lo que pensé.
Y eso solo hacía que me gustara más.
Me despedí de él y, cuando se fue, sentí que mi cuerpo
flotaba.
Estaba extasiado.
Y, de alguna manera, completamente enamorado.
Había hablado conmigo.
Recordaba mi nombre.
Y no parecía incómodo estando a mi lado.
Todo se sentía como una canción con un puente tan
hermoso que logra transportarte por completo a un
ambiente de amor y fantasía.
Lo lamento mucho, pero esta vez las clases quedaron en
segundo plano.
Obviamente iba a pasar el resto del día pensando en
Arturo.
—Llegué a mi casa y me senté en la mesa, mirando
fijamente mi celular, que estaba frente a mí.
—¿Debería hacerlo? —dije en voz alta.
No, no debería.
Deja que las cosas fluyan.
Pero la curiosidad me carcomía por dentro.
¿Y si solo doy una pequeña ojeada?
No… no debería.
Aunque quería hacerlo.
—No, no puedo…
Volteé la cabeza y cerré los ojos.
Medio segundo después, ya tenía el celular en la mano.
Abrí Instagram y busqué rápidamente: Arturo Ortega.
Y ahí estaba.
Su perfil apareció casi de inmediato.
Dios…
Qué lindo se veía en esa foto.
Empecé a deslizar entre las publicaciones casi sin darme
cuenta.
Tenía dos hermanos.
Y… sinceramente, su familia se veía muy bonita.
También parecía gustarle el básquet y salir a caminar.
Dios.
Dejé el celular sobre la mesa de golpe, como si me
hubieran atrapado haciendo algo ilegal.
—Está bien, está bien… ya lo viste. Ya viste sus fotos.
Tomé aire profundamente.
Y entonces apareció otra duda todavía peor:
¿Debería seguirlo?
—Al final no lo seguí.
Consideré que todavía no era el momento. Además, no
era como si siguiéramos a las mismas personas o
tuviéramos amigos en común. Sentía que sería demasiado
raro hacerlo de la nada.
Pero hubo una foto que me emocionó más que todas las
demás.
Era Arturo en una clase de pintura.
Tenía manchas de colores en las manos y estaba
sosteniendo un pincel mientras sonreía ligeramente a la
cámara.
Parece que también le gusta dibujar.
Sentí unas ganas enormes de gritar de emoción, pero me
contuve inmediatamente.
Dios…
Tenemos algo en común.
Bueno… yo tengo algo en común con él.
—Los meses transcurrieron con normalidad.
Y, sinceramente, cada día me gustaba más Arturo.
De vez en cuando me lo encontraba por los pasillos o
coincidíamos en el bus. Siempre nos saludábamos, pero
nunca había un avance más allá de eso.
Simplemente eran pequeños saludos.
En el transporte él siempre se sentaba con sus amigos y
yo seguía siendo demasiado tímido como para acercarme
e iniciar una conversación.
Aunque, siendo justos, él sí solía saludarme primero
algunas veces.
Pero rara vez lográbamos hablar más de unos cuantos
segundos.
Y así terminó mi año de noveno.
Sin grandes inconvenientes… bueno, excepto por el
pequeño detalle de que me quedé a supletorio en inglés.
Como podrán imaginar, mi mamá estuvo relativamente
molesta conmigo durante un tiempo. Aunque,
sinceramente, no le di demasiada importancia, porque en
el fondo sabía que igualmente terminaría pasando el
examen.
—Las vacaciones pasaron y, como dije, terminé
aprobando el supletorio.
Pasaron meses sin volver a ver a Arturo y, sinceramente,
creo que era lo mejor. Así podía enfocarme al cien por
ciento en mejorar mis materias.
Sin embargo, esa sensación de extrañarlo y las ganas de
volver a verlo se hacían cada vez más grandes.
Incluso tomé la decisión de dejar de buscar tanto sus
redes sociales.
Era difícil… pero sentía que era lo mejor para mí.
No quería desarrollar una dependencia emocional más
grande de la que ya tenía hacia él.
—El nuevo año escolar comenzó otra vez.
Yo ya iba a décimo, lo que significaba que Arturo ahora
estaba en noveno.
Mi último año antes del bachillerato.
Y, a inicios de ese año, me planteé algo seriamente:
Debía decirle lo que sentía a Arturo.
Pero antes de eso… necesitaba acercarme más a él.
Ser su amigo.
Porque, siendo sincero, sería rarísimo acercarme de la
nada y decirle:
“Me gustas”.
Ni siquiera éramos cercanos.
Apenas hablábamos de vez en cuando.
Y aunque para mí Arturo había significado muchísimo
durante todos esos meses, probablemente para él yo solo
era “el chico del bus”.
—El primer día de clases, la verdad, estaba ansioso. No
solo por volver a ver a Arturo, sino también por
reencontrarme con mis compañeros.
La primera persona que vi fue Allison.
Apenas me vio, esbozó una sonrisa enorme y
prácticamente se abalanzó hacia mí.
—¡ISAAAC! Qué lindo verte otra vez. ¿Cómo te fueron
las vacaciones? Tenemos tanto de qué hablar.
—Hola, Allison. Sí, tenemos mucho de qué hablar —
respondí mientras dejaba mi maleta en mi nuevo asiento.
—¿Qué te parece una llamada hoy en la noche? —
preguntó señalando su celular.
—Me parece bien.
La verdad, estaba algo extrañado.
Era como si toda la historia de nuestro intento fallido de
relación jamás hubiera pasado. Ella seguía siendo igual
de linda y atenta conmigo, y yo también me sentía
cómodo con ella.
Y, sinceramente, me parecía bien que las cosas siguieran
así… mientras no hubiera malos entendidos otra vez.
—Hola, hola —dijo Matías mientras se sentaba detrás de
mí.
—¿Por qué no te sientas a mi lado? —pregunté
confundido.
—Ese puesto todos sabemos que es para Sebas.
—Claro que no… ¿o sí? —pregunté mientras volteaba a
ver a Allison, quien me miró con una expresión de
completa confirmación.
—Está bien, está bien —respondí resignado.
—Además, este semestre planeo molestar a Daniel
incluso más que otros años —dijo Matías mientras hacía
una expresión rarísima que, de alguna manera, solo a él
le salía graciosa.
—Sebas y Daniel entraron juntos al salón, conversando
entre ellos.
—Hola, chicos —saludó Sebas mientras Daniel también
levantaba la mano para saludarnos.
—Hey, ¿y ustedes por qué vienen juntos? —pregunté.
—Ah, pues Daniel se mudó cerca de mi casa, así que
ahora mis papás lo traen conmigo —respondió Sebas.
—Ahh, qué genial —asentí mientras miraba
distraídamente hacia la ventana.
El profesor entró poco después y comenzó con las típicas
indicaciones del primer día: materiales, reglas, tareas y
todo eso.
Y así transcurrió la mañana, entre profesores nuevos,
conversaciones y bromas con mis amigos.
Pero, sinceramente, yo solo esperaba una cosa:
el recreo.
Quería verlo.
Cuando por fin sonó el timbre, me levanté antes que
todos.
—Bueno, vamos a comer —dije mientras prácticamente
iba directo hacia la puerta.
Mis amigos se quedaron algo extrañados por mi actitud,
pero ya estaban acostumbrados a mis momentos raros, así
que no dijeron mucho.
Cuando llegamos al bar, mi vista comenzó a ir de un lado
a otro.
Tenía que estar ahí en algún lugar.
—Cuando por fin lo encontré sentado en una de las
mesas de la cafetería, sentí que el corazón me daba un
vuelco.
Tengo que saludarlo… pero ¿cómo?
Entonces se me ocurrió una idea.
Esperaría a que fuera solo al baño y ahí intentaría
hablarle otra vez.
Sí… ese era el momento perfecto.
Pasé un buen rato observándolo discretamente hasta que
finalmente se levantó solo y caminó hacia el baño.
Era mi oportunidad.
—Ya vengo, voy al baño —dije mientras me levantaba
rápidamente, sin siquiera dejar que mis roabres
respondieran.
Cuando entré, Arturo estaba ahí.
Y, por suerte, el baño estaba vacío.
Perfecto.
El momento ideal para saludarlo.
Pero cuando crucé la puerta, él ya iba saliendo.
Ninguna sonrisa.
Ningún “hola”.
Ni siquiera un intento de acercarse.
Solo me miró por un segundo.
Y luego apartó la vista hacia la puerta antes de irse.
El baño quedó en silencio.
Solo se escuchaba el leve goteo de una llave mal cerrada.
Y, por alguna razón, ese pequeño silencio se sintió
muchísimo más incómodo de lo que debería.
—Volví a la mesa de la cafetería mientras mis amigos me
preguntaban por qué me había ido tan rápido.
Pero sinceramente, apenas podía escucharlos.
Lo único en lo que podía pensar era en la expresión que
Arturo tuvo al verme.
Esa mirada fría.
Distante.
Como si yo ni siquiera debiera estar ahí.
Y poco a poco sentí cómo todo mi ánimo comenzaba a
derrumbarse.
Me había ignorado por completo.
¿Acaso hice algo mal?
¿Y si se enteró de que me gusta?
¿Y si piensa que soy raro?
Las preguntas comenzaron a acumularse una detrás de
otra dentro de mi cabeza.
Confusión tras confusión.
Y, aun así, seguía sin entender nada.
—Los días transcurrieron y, básicamente, Arturo y yo
volvimos a ser completos desconocidos.
Ya no había saludos.
Ni sonrisas.
Ni pequeños gestos con la mano en el bus.
Simplemente volvimos a ser dos personas que coincidían
en el mismo lugar sin decirse nada.
Y, sinceramente, eso me estaba destruyendo por dentro.
Se suponía que este sería el año en el que me acercaría
más a él.
El año en el que intentaríamos ser amigos.
Pero eso nunca pasó.
Cap 6
—Después de que Arturo volviera a convertirse en un
desconocido para mí, traté de dejar de imaginar cosas
relacionadas con él.
Dejar de pensar en él.
Dejar de ilusionarme.
Poco a poco volví a acercarme más a Allison y, después
de un tiempo, ella empezó una relación con alguien más.
Y, sinceramente, me alegró verla feliz.
Mis amigos seguían ahí, como siempre.
Daniel con sus tonterías.
Matías molestando a todo el mundo.
Y Sebas escuchándome incluso cuando yo no decía las
cosas directamente.
Así que intenté seguir con mi vida.
Con la idea de que Arturo ya no volvería a acercarse a mí
nunca más.
—Poco a poco comencé a sentirme más decaído.
Después de todo, el simple hecho de pensar que quizá
algún día podría tener a alguien conmigo me había hecho
sentir feliz.
Me había dado esperanza.
Y ahora que sentía que eso nunca iba a pasar… volví a
hundirme un poco.
Aunque, siendo sincero, quizá no todo era por Arturo.
Tal vez también era el hecho de sentirme solo.
De sentir que necesitaba el cariño o el afecto de alguien.
Y darme cuenta de eso solo hizo que me sintiera todavía
peor.
—En mi casa las cosas no iban del todo bien.
Mis padres seguían peleando constantemente y, además,
estaba ese miedo silencioso dentro de mí:
mi homosexualidad.
No podía evitar preguntarme cómo reaccionarían si algún
día se enteraban.
Y eso era otro peso más sobre mis hombros.
Pero ¿qué estaba pasando conmigo?
Sentía como si una nube de mala suerte se hubiera
quedado encima de mi vida.
Arturo, el primer chico que realmente me había gustado,
había vuelto a convertirse en un desconocido.
Mi familia se sentía cada vez más insoportable.
Y encima tenía que esconder una parte de quien era
realmente.
Lo único que todavía sentía estable… eran mis amigos.
—¿Te pasa algo? —preguntó Sebas.
—¿A mí? Nada —respondí con un tono más serio de lo
normal.
Sebas me miró fijamente.
—Es obvio que algo te pasa. Ya dime ahora que no hay
nadie.
Suspiré.
Maldita sea esa costumbre mía de no poder expresar lo
que siento.
—Pues… no sé. Siento que últimamente nada me sale
bien.
—Escucha, no sé exactamente qué te pasa, pero te
conozco desde hace tiempo. A ver, habla… ¿quién te hizo
sentir así?
—¿De qué hablas? —pregunté intentando hacerme el
desentendido.
—Pues de la persona que te tiene así. ¿Qué te hizo?
—No es nadie.
—Dímelo rápido o les diré a los demás —respondió
medio en broma.
—Bueno, bueno… no pasó nada realmente. Solo… creí
que quizá podía llegar a tener algo con alguien, pero no
fue así. Me ignoró y dejó de hablarme.
Sebas guardó silencio unos segundos.
—¿Y estás listo para decirme quién es?
Negué con la cabeza.
—No lo creo.
—Está bien —dijo mientras apoyaba el brazo sobre mi
hombro—. Escucha, eres una persona increíble, Isaac. Y
sea quien sea el que te hizo sentir así, no significa que el
mundo se acabe.
Hizo una pequeña pausa antes de continuar.
—Todavía hay muchísimas personas que puedes conocer.
Personas que van a querer escucharte, hablar contigo… y
quedarse.
Me sorprendió un poco que Sebas hubiera notado todo
eso. Yo pensaba que lo ocultaba mejor, pero, de alguna
manera, sus palabras lograron reconfortarme un poco.
Intenté levantar el ánimo y, aunque no fue inmediato,
funcionó. Todavía me entristecía lo que había pasado con
Arturo, pero Sebas me hizo sentir que podía seguir
adelante.
Volví a repetirme lo que tenía claro desde el inicio: no iba
a dejar que los problemas de mis padres ni lo ocurrido
con Arturo destruyeran mi vida. Arturo había sido un
recuerdo lindo… pero hasta ahí.
Aunque, siendo sincero, no podía olvidarlo tan
fácilmente.
Seguía esperando verlo en el bus.
Seguía imaginando escenarios donde éramos pareja,
donde nos llevábamos bien y hablábamos de cualquier
cosa como si nos conociéramos de toda la vida.
Era inevitable.
Después de todo, el primer amor no se olvida de la noche
a la mañana.
—Hola de nuevo…
Y hasta ahí llegó mi paz.
Cap 7
Me encontraba sentado en un pasillo. No me sentía bien
físicamente, así que decidí que lo mejor era saltarme esa
clase. El problema era que, si algún supervisor me veía,
podía meterme en graves problemas. Por eso terminé
refugiándome en un pasillo poco concurrido que había
descubierto hacía poco. De alguna manera, se había
convertido en mi lugar seguro.
Estaba sentado con los audífonos puestos, mientras mi
celular —como si quisiera hacerme daño— reproducía la
música más triste posible.
Yo mismo había dicho que intentaría mejorar mi ánimo,
pero había momentos del día donde los bajones
regresaban sin avisar. Y la música que sonaba en mis
audífonos definitivamente no ayudaba.
Me encogí sobre mí mismo y apoyé la cabeza entre las
rodillas.
No quería hablar con nadie.
La música se volvía cada vez más melancólica, haciendo
inevitable el ardor en mis ojos. Poco a poco, las lágrimas
comenzaron a caer, mojando lentamente mi pantalón.
Y ya no pude contenerme más.
Comencé a llorar.
A sacar todo lo que había guardado durante tanto tiempo:
los problemas con mis padres, Arturo, la soledad que
cada vez parecía apoderarse más de mí… todo.
No importaba.
Nadie iba a verme ahí.
Y quizá eso era justamente lo que necesitaba:
un desahogo.
Una forma de sacar todo lo que llevaba atrapado dentro
de mí.
Tal vez la paz que tanto estaba intentando encontrar solo
podía aparecer después de derrumbarme por completo.
Quizá, en cada lágrima que caía de mis ojos, también se
iba una parte de todo lo negativo que llevaba acumulando
dentro.
Los pensamientos se apoderaban cada vez más de mí. Era
como si mi cuerpo me dijera que no iba a detenerse hasta
dejarme completamente vacío por dentro. Sin embargo,
escuché algo que me hizo volver a la realidad.
—Hola de nuevo.
Antes de levantar el rostro para ver quién era, alcé uno de
mis brazos y me sequé rápidamente las lágrimas. Aun así,
mi cara ya tenía demasiadas señales de que había estado
llorando.
—Tranquilo, no se lo diré a nadie.
¿Quién era esta persona que me estaba hablando?
¿Y por qué hablaba como si me conociera?
Levanté la mirada rápidamente y me quedé quieto.
El mundo volvió a silenciarse.
Era Arturo.
¿Otra vez me habla? ¿Entonces no estaba enojado
conmigo? pensé de inmediato.
—Tranquilo, no se lo diré a nadie. A veces yo también
vengo aquí a pensar.
¿Acaso Arturo también consideraba este lugar como un
refugio?
Arturo estaba parado a mi lado, mirando hacia la ventana.
La luz del sol de la tarde iluminaba su rostro y, gracias al
llanto, no me había dado cuenta de que el pasillo, que
antes parecía frío y vacío, ahora se había vuelto cálido,
lleno de luz naranja entrando por las ventanas.
—Ah… está bien. Mejor me voy —dije mientras me
levantaba rápidamente para irme.
—No, quédate —respondió—. Creo que es mejor tener a
alguien que quedarse solo con todo el ruido de mi mente.
¿Ruido de mi mente?
¿Acaso Arturo acababa de decirme que él también se
sentía mal?
—¿Ruido de tu mente? ¿A qué te refieres? —pregunté
mientras lo miraba.
Él siguió viendo hacia la ventana unos segundos antes de
responder.
—No lo sé… quizá sea lo mismo que te pasa a ti, porque
por algo también estás aquí solo.
—Pues no creo que sea por lo mismo… porque parte de
mi razón para llorar eres tú y tu maldita forma de
ignorarme.
—Pues no lo sé. Cada uno tiene sus propios problemas
—asentí mientras me dejaba caer otra vez al suelo,
apoyando la espalda contra la pared.
—¿Y tú qué problemas tienes? —preguntó Arturo sin
dejar de mirar hacia la ventana.
—Ja… demasiados —respondí con una sonrisa
desilusionada.
Por primera vez sentía tranquilidad.
Creo que todos los problemas de mi vida hacían que,
aunque Arturo estuviera a mi lado, mi corazón ya no se
acelerara como las primeras veces que me habló. Era
como si el cansancio emocional hubiera apagado parte de
mis nervios.
—Pues supongo que andamos igual —dijo Arturo con un
tono triste.
Lo miré unos segundos antes de hablar.
—¿Te puedo preguntar algo?
—Claro.
Tragué saliva.
—¿Te caigo mal?
La pregunta salió de mi boca con más miedo del que
quería admitir. Era ahora o nunca. Llevaba demasiado
tiempo guardándome esa duda.
Arturo volteó a verme desde arriba. Su rostro estaba
completamente inexpresivo mientras yo le sostenía la
mirada, esperando cualquier respuesta que pudiera
destrozarme.
Entonces esbozó una pequeña sonrisa.
—No.
Y volvió a girar el rostro hacia la ventana, recuperando
esa expresión vacía que había tenido todo el tiempo.
El pasillo quedó en silencio otra vez.
Hasta que Arturo volvió a hablar.
—¿Por qué lo dices?
—Mmm… no lo sé. Todas las veces que te veía ya ni
siquiera me mirabas o me saludabas —respondí con un
tono algo melancólico.
Arturo bajó un poco la mirada.
—Creo que no me di cuenta… He pasado por momentos
difíciles últimamente.
Esa frase hizo que algo dentro de mí encajara de repente.
No había visto sonreír a Arturo en mucho tiempo.
Creo que había estado tan encerrado en mis propios
sentimientos, en mis dudas y en mi tristeza, que nunca
me detuve realmente a observarlo a él.
Arturo se veía triste.
Y entonces recordé todas las veces recientes en las que su
sonrisa había desaparecido por completo, como si cargara
algo pesado todo el tiempo.
—Lo lamento —dijo Arturo mientras seguía con la
mirada fija en la ventana.
Era como si, aunque no quisiera estar solo, tampoco
quisiera que lo vieran vulnerable.
—No hay problema —respondí.
La campana sonó, anunciando que la siguiente clase
estaba por comenzar. Sin embargo, mis ganas de
quedarme ahí eran mucho más grandes, así que no le
tomé importancia. Y, al parecer, Arturo tampoco, porque
no mostró ninguna intención de irse.
—¿No vas a entrar a tu clase? —preguntó.
—La verdad… no tengo ganas. ¿Y tú?
—Tampoco.
Tomé aire antes de hablar.
—Pues… podemos quedarnos aquí haciéndonos
compañía.
No sé de dónde saqué el valor para decir eso, pero a
Arturo no pareció molestarle la idea.
—Está bien.
El pasillo volvió a quedar en silencio.
Arturo apartó la vista de la ventana y lentamente se
deslizó por la pared hasta sentarse a mi lado.
Rodeó sus rodillas con los brazos y apoyó la mejilla
sobre una de ellas mientras miraba hacia mi dirección.
—¿Alguna vez has sentido que no encajas? —preguntó
de repente.
Mi cuerpo se tensó un poco.
La verdad, todavía me costaba muchísimo sostenerle la
mirada, pero aun así intenté responder con sinceridad.
—Sí… todo el tiempo.
—¿En serio? —preguntó sorprendido—. No quiero sonar
como un acosador ni nada, pero siempre te veo riéndote
con tus amigos y hablando con todos. Pareces encajar
perfectamente con ellos.
¿Arturo me observaba?
Por un momento sentí que el pecho me latía más fuerte
otra vez.
—Pues… qué te diré —respondí soltando una pequeña
risa nerviosa—. No siempre las cosas son como se ven
desde afuera.
Bajé un poco la mirada.
—Ellos son prácticamente mis únicos amigos. Con el
resto de personas… casi siempre me siento aparte.
Pues tienes razón para ce que no debo creer en todo lo
que veo volteo su cabeza mirando hacia al frente
—¿Por qué la pregunta? —dije mientras también miraba
hacia el frente.
—No lo sé… creo que me siento un poco decaído, eso es
todo.
Era extraño pensar en cómo funcionaba el destino.
¿Qué hacía yo en un pasillo, solo con Arturo, cuando
jamás imaginé que algo así podría pasar? Y más aún…
hablando de esta manera.
Me estaba contando cómo se sentía.
Lo que pensaba.
Era la conversación más larga que había tenido con él.
—¿Por qué me dices todo esto a mí? —pregunté.
Arturo se quedó en silencio unos segundos antes de
responder.
—Al parecer tenemos el mismo lugar seguro… quizá el
destino hizo que nos encontráramos y termináramos
hablando.
Mi corazón se estremeció un poco al escucharlo.
—Aunque yo ya hablé de mí… ¿qué hay de ti? —
preguntó Arturo—. Porque no se me olvida que te vi
llorando.
Mientras lo decía, una pequeña sonrisa apareció en su
rostro.
—Yo… pues no lo sé. Creo que tengo una nube de mala
suerte encima.
—¿Una nube?
—Sí. Una grande y gris, llena de agua, que se la pasa
lloviendo sobre mí todo el día.
De alguna manera, eso le dio un poco de gracia a Arturo
y soltó una pequeña risa.
Y Dios…
Creo que no me había dado cuenta de cuánto extrañaba
verlo sonreír.
—Qué cosas dices —comentó todavía riéndose un poco
—. ¿Y por qué piensas que tienes mala suerte?
Suspiré antes de responder.
—Pues… porque a mi familia no le ha ido muy bien.
Además, creo que me rechazaron… o algo parecido. Y
últimamente me he sentido bastante solo.
El lugar volvió a quedar en silencio.
Pero esta vez no era incómodo.
—No soy mucho de creer en la suerte, ¿sabes? —dijo
Arturo después de unos segundos—. Pero, si te sirve de
consuelo, creo que estoy en una situación parecida…
excepto por lo del rechazo.
Solté una pequeña risa.
—¿De qué te ríes? —preguntó Arturo.
—Pues… crees en el destino, pero no en la suerte. Vaya
ironía.
Arturo sonrió otra vez.
Los dos nos quedamos en silencio, pero no era un
silencio incómodo. Era como si ambos estuviéramos de
acuerdo en quedarnos callados por un momento.
—¿Sabes? Me gustó haberte encontrado aquí —dijo
Arturo de repente.
Esa pequeña frase hizo que mi corazón volviera a latir
rápidamente.
—Ah… ¿sí? ¿Por qué? —pregunté con la poca
tranquilidad que me quedaba.
Arturo bajó un poco la mirada antes de responder.
—Porque así no me siento tan solo.
Ya en mi habitación, mi mente comenzó a divagar otra
vez.
Era raro pensar en cómo el destino jugaba con nosotros.
Cómo, por puro azar, terminé hablando con Arturo de
verdad. No solo saludándonos o cruzando miradas en el
bus, sino hablando realmente. Escuchándolo. Viéndolo
vulnerable.
Y aunque me entristecía saber que también cargaba con
problemas y sentimientos de soledad, al mismo tiempo
eso me hacía sentir menos solo a mí también.
Como si, por primera vez, alguien pudiera entenderme de
verdad.
Quizá sonara tonto… pero después de todo lo que pasó
hoy, sentía que tal vez, en algún momento, Arturo y yo
podríamos llegar a ser amigos.
Bueno, los días pasaron y Arturo y yo no volvimos a
encontrarnos tan seguido. Sin embargo, mi corazón
estaba más en calma.
A veces lo veía en los pasillos; nos saludábamos y luego
cada uno seguía con sus asuntos. En el bus también
comenzaron a ser cada vez más escasas las ocasiones en
las que coincidíamos, aunque aun así yo seguía
esperándolo algunas tardes con la esperanza de poder
pasar un poco de tiempo con él.
Y, curiosamente, eso ya era suficiente para mí.
No necesitábamos conversaciones enormes ni momentos
dramáticos. El simple hecho de saber que ya no éramos
completos desconocidos hacía que todo se sintiera
distinto.
—Las convocatorias para ayudantes del departamento de
comunicación se abrieron. ¿Y si postulamos? —dijo
Matías.
—¿Para qué o qué? —preguntó Sebas.
—Porque así podríamos faltar a clases e ir a eventos.
—Tiene un punto —dijo Daniel.
—Pero igual es trabajo. Tomar fotos, redactar, editar
videos…
—Eso no importa. Vamos, Isaac, sé que tú quieres —
insistió Matías.
—Por mí está bien —respondí—. Todo con tal de pasar
tiempo fuera del aula y despejar mi mente un rato.
—Bien, entonces está decidido.
Lo que ninguno esperaba era que ese trabajo fuera
muchísimo más pesado de lo que imaginábamos.
Cargar cámaras, editar videos, cubrir eventos y asistir a
reuniones larguísimas todos los miércoles y viernes.
—¿Ves lo que te dije? Esto es trabajo pesado. Te odio,
Matías —dijo Daniel mientras Matías lo abrazaba
dramáticamente pidiéndole perdón.
—Bueno, ya no podemos salirnos hasta final de año —
comentó Sebas—. Así que mejor aguanten.
Aunque, siendo sincero, había algo bueno de todo eso.
Teníamos justificantes ilimitados para faltar a clases.
Y, algunas veces, me tocaba ir a tomar fotos a cursos
menores.
Incluyendo el de Arturo.
Cada vez que entraba a su salón, él me saludaba apenas
me veía.
Y, aunque pareciera algo pequeño, eso bastaba para
alegrarme el día entero.
Un día estaba acomodando un trípode en la cancha para
grabar unas tomas cuando escuché una voz detrás de mí.
—Hola, señor fotógrafo.
Volteé rápidamente.
Era Arturo.
—Sabes… he extrañado volver a tener una charla como
la del pasillo —dijo mientras se acomodaba la mochila.
Sentí cómo el corazón me daba un pequeño vuelco.
—H-Hey… hola —respondí algo nervioso—. Yo igual,
pero como ves… he estado ocupado.
—Mmm, está bien. Oye… me preguntaba si después de
tus fotos podríamos hablar un rato en el pasillo de
siempre.
Por un segundo me quedé congelado.
Arturo quería verme.
—Pues… me parece bien —respondí intentando sonar
tranquilo, aunque por dentro estaba muriéndome de
nervios.
Mientras hacía las tomas y acomodaba la cámara, no
podía dejar de pensar en lo que Arturo quería hablar
conmigo.
¿Acaso quería volver a desahogarse como aquella vez en
el pasillo?
Y, si era así… ¿por qué conmigo?
Esa pregunta no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.
¿Acaso ya éramos amigos?
No… bueno, quizá sí. O al menos algo parecido.
Porque sería raro que quisiera hablar conmigo otra vez
solo porque sí, ¿no?
Tal vez Arturo ya me consideraba alguien cercano.
Y, sinceramente, esa idea hacía que mi pecho se sintiera
extrañamente cálido.
Aunque también me ponía nervioso.
Porque mientras más hablábamos, más miedo me daba
arruinarlo todo.
La sesión de fotos finalmente había terminado. Sin
embargo, todavía tenía que subir todo a la computadora y
editarlo lo más rápido posible.
La tarde se alargó tanto que, por un momento, olvidé
completamente que Arturo me estaba esperando después
de la sesión.
—Carajo… —murmuré levantándome rápidamente de la
silla.
Matías, que estaba sentado a mi lado, se sobresaltó.
—¿Qué sucede? —preguntó confundido.
—No es nada, pero… ¿crees que puedas seguir un
momento? Ya vuelvo.
Ni siquiera le di tiempo para responder. Salí apresurado
del salón.
Cuando llegué al pasillo, ahí estaba Arturo.
Sentado en el suelo, apoyado contra la pared, mientras
los rayos del sol atravesaban las ventanas e inundaban
todo el lugar con una luz cálida.
—Hola —dijo esbozando una pequeña sonrisa mientras
levantaba la mano.
Mi corazón se calmó de inmediato al verlo ahí.
—Así que sí viniste. Sabes… estaba por irme.
—P-Perdón —respondí todavía intentando recuperar el
aire.
Arturo soltó una pequeña risa.
—No te preocupes. Te ves cansado. Viniste corriendo,
¿verdad?
—Pues… se podría decir que sí.
—Vamos, siéntate —dijo mientras daba unas palmadas
en el suelo a su lado.
Me senté junto a él.
—Y… ¿qué querías hablar conmigo? —pregunté.
Arturo permaneció en silencio unos segundos, pensando.
—Pues… no lo sé realmente. Solo no quería estar solo
otra vez en este pasillo.
Volteé a verlo por un momento.
No lo entendía del todo.
Arturo tenía amigos.
La gente parecía llevarse bien con él.
Entonces… ¿por qué buscarme precisamente a mí?
—¿Por qué yo? —pregunté casi sin pensarlo.
Y, curiosamente, sentí que las palabras salían de mí con
más facilidad que antes.
Quizá porque ya no tenía nada que perder.
O quizá porque últimamente había empezado a entender
algo importante.
Tal vez Arturo no solo había llegado a mi vida para
gustarme.
Tal vez apareció para hacerme entender quién era
realmente.
Porque gracias a él finalmente había aceptado algo que
llevaba años evitando:
Soy gay.
Y aunque todavía me gustaba… una parte de mí
empezaba a pensar que, quizá, —
Pues… creo que es porque contigo no tengo que dar
tantas explicaciones —dijo Arturo después de pensar un
momento.
Lo miré en silencio.
—No lo digo en un mal sentido —continuó—. Solo
que… nosotros somos como un cuaderno limpio. No
tenemos demasiado contexto el uno del otro.
Bajó un poco la mirada mientras jugaba distraídamente
con las mangas de su uniforme.
—Supongo que por eso quería que fueras tú quien
estuviera aquí.
Sentí cómo mi pecho se tensaba lentamente.
—Porque contigo no siento que tenga que aparentar
algo… ni fingir ser alguien más.
El silencio volvió a apoderarse del lugar.
Se escuchaban los pájaros en los árboles y el viento
moviendo las hojas afuera del pasillo.
—Tienes un punto —dije con calma.
Aun así… me da curiosidad saber qué te sucede —añadí
mientras volteaba a verlo.
Nuestros rostros se encontraron por un segundo.
—¿De verdad quieres saber? —preguntó Arturo,
desviando otra vez la mirada hacia el frente.
—Vamos, me encontraste llorando aquí la primera vez.
No creo que haya algo más vergonzoso que eso.
Arturo sonrió apenas.
—No lo sé… este año he sentido como si hubiera una
pared invisible entre las personas y yo.
Guardó silencio un momento antes de continuar.
—En vacaciones tuve que ir a cuidar a mi abuelo a otra
ciudad. Cuando regresé, mis amigos hablaban de todas
las salidas que hicieron y los lugares que visitaron… y,
de alguna manera, me sentí excluido.
Bajó la mirada.
—Ellos no lo hicieron a propósito, lo sé. Pero sentí como
si el lugar que creía tener con ellos desapareciera si yo no
estaba ahí para recordarlo.
—Te entiendo… —dije otra vez, intentando mantener la
calma.
Arturo soltó una pequeña risa sin humor.
—No lo creo.
—En serio. Lo he sentido toda mi vida.
Bajé la mirada un momento antes de continuar.
—Es difícil explicar algo así. Es como ver a las personas
felices, conectando entre ellas… y sentir que, si tú
desaparecieras, nadie lo notaría realmente.
Arturo se quedó mirándome en silencio.
—Pero, siendo sincero… aunque a veces me sienta
excluido, sé que siempre voy a tenerme a mí mismo.
Tomé aire lentamente.
—Y también sé que siempre aparecerán personas nuevas
que te hagan sentir querido… aceptado de verdad.
Arturo sonrió apenas.
—¿Y dónde están esas personas?
Lo miré directamente por primera vez en toda la
conversación.
—Puedo ser una de ellas.
Nuestros rostros se quedaron mirando fijamente.
Mi corazón volvió a latir con fuerza.
Antes había pensado que quizá Arturo solo era un amor
pasajero… pero verlo tan cerca de mí, siendo tan amable,
me hizo entender que no era así.
Era él.
La persona con la que quería estar.
Arturo sonrió apenas.
—Pues me gustaría, señor Isaac.
—¿QUIÉN ESTÁ AHÍ? ¡VAYAN A SU CLASE!
La voz de un profesor resonó por todo el pasillo.
—¡Carajo! —salté del susto—. ¿Qué hacemos?
Antes de que pudiera reaccionar, Arturo tomó mi brazo y
me levantó rápidamente.
—Ven.
Corrimos por el pasillo mientras la luz naranja del
atardecer desaparecía detrás de nosotros. Escuchaba
nuestras risas ahogadas, los pasos apresurados y mi
corazón golpeando tan fuerte que parecía hacer eco.
Arturo abrió la puerta del baño del patio y ambos
entramos rápidamente al primer cubículo vacío.
Cerró la puerta con cuidado.
El espacio era demasiado pequeño.
Estábamos absurdamente cerca.
Arturo levantó una mano haciéndome una señal de
silencio mientras afuera se escuchaban los pasos del
profesor acercándose lentamente.
Contuve la respiración.
La puerta del baño se abrió.
Los pasos resonaron unos segundos… pero después
volvieron a alejarse.
El silencio regresó.
Entonces Arturo me miró y sonrió de lado.
—Qué momento más romántico, ¿no crees?
Cuando salimos del cubículo, mi mente seguía
completamente en blanco.
¿A qué se refería Arturo con “romántico”?
¿Sabía que estaba enamorado de él?
¿O simplemente se estaba burlando?
—¿Puedes darme tu número? —preguntó de repente.
Lo miré sorprendido.
—¿Mi número? ¿Para qué lo necesitas?
Arturo sacó su celular mientras sonreía apenas.
—Simplemente porque quisiera tenerlo, ¿sabes?
Mi cabeza estaba a punto de explotar.
Arturo me estaba pidiendo mi número.
—Claro… —respondí intentando sonar tranquilo
mientras sacaba mi celular lentamente.
—¿Tienes algo que hacer? —preguntó Arturo mientras
anotaba mi contacto.
—No… ¿por qué lo dices?
Arturo levantó la mirada hacia mí.
—Tu pierna.
Bajé la vista confundido.
La estaba moviendo sin parar.
Maldición.
Había estado tan metido en mis pensamientos que olvidé
mantener la calma.
—Ah… no es nada —dije nervioso—. Quizá es la
adrenalina por casi ser atrapados por el profesor.
Arturo soltó una pequeña risa.
Ya en mi habitación, después de un día lleno de
emociones distintas, lo único en lo que podía pensar era:
¿EN QUÉ MOMENTO ARTURO ME IBA A
ESCRIBIR?
¿O acaso debía escribirle yo primero?
Las preguntas comenzaron a desfilar por mi mente una
tras otra.
—No, no… mejor voy a hacer la tarea —me dije a mí
mismo intentando calmarme.
Pero era inútil.
Cada vez que mi celular sonaba, no pasaba ni medio
segundo antes de que lo revisara pensando que quizá era
Arturo.
Aunque nunca lo era.
No quería parecer demasiado intenso.
No iba a escribirle primero.
Cuando terminé la tarea, mi madre ya había llegado de
trabajar.
Pero no todo podía ser bueno.
Comenzó a quejarse del dinero, de mi padre y de todos
los problemas de la casa, haciendo que mi ánimo volviera
a apagarse poco a poco.
Aun así, incluso mientras la escuchaba, había una parte
de mí que seguía pensando en Arturo.
En que quería que me escribiera.
Sin embargo, las horas pasaban y Arturo no me escribía.
Debo admitir que eso me desilusionó un poco, aunque
tampoco me hizo sentir mal.
Después de todo, ambos teníamos vidas ocupadas.
Me fui a mi cuarto a arreglar mis cosas para el siguiente
día mientras escuchaba música.
Mi ánimo estaba… estable.
No era el mejor por todos los problemas de mi familia,
pero tampoco estaba tan bajo como antes.
Después de bañarme y acostarme, me quedé despierto un
rato mirando el techo hasta que el peso en mis ojos me
avisó que ya era hora de dormir.
Entonces soñé con él.
Estábamos caminando por una calle vacía en medio de la
noche.
Los negocios estaban cerrados y las luces de los postes
iluminaban apenas la acera.
Arturo iba a mi lado sonriendo mientras hablaba de
cualquier cosa y yo solo lo escuchaba atento.
No había nadie más.
Solo nosotros.
Fue entonces cuando sentí algo cálido rozar mi mano.
Bajé la mirada.
Arturo estaba sosteniéndola mientras seguía hablando
como si fuera lo más normal del mundo.
Y, aunque sabía que estaba soñando…
era un sueño del que no quería despertar.
El sonido de mi alarma interrumpió mi sueño.
Cuando desperté, ya era tarde.
Me levanté sobresaltado; tenía que alcanzar el transporte.
Me puse el uniforme rápidamente y salí casi corriendo de
la casa. Por suerte, dejar todo listo la noche anterior
siempre me salvaba.
—¡Chao, mamá! —grité antes de salir.
Corrí hacia la parada y, para mi suerte, logré alcanzar el
bus.
Ese día nada podía ponerme triste.
Había soñado con Arturo.
Con mi Arturo.
Una pequeña sonrisa apareció en mi rostro.
En medio de todo el ajetreo no había revisado mi celular.
Pero cuando por fin me senté y tuve un momento de
calma, lo vi.
¿Estás despierto?
Enviado a las 00:43.
Arturo me había escrito.
Maldición.
A esa hora yo ya estaba profundamente dormido.
Le respondí rápidamente:
—Hey, hola. Ya me había dormido. ¿Necesitabas algo?
No pasó ni un minuto antes de que contestara.
—No, nada realmente. ¿Ya vas camino al colegio?
Sonreí sin darme cuenta.
—Sí, ¿y tú?
—También. Voy en el carro de mi mamá.
Arturo respondía rápido.
Demasiado rápido.
—Qué genial. Quisiera ir en carro.
—Si quieres, podría llevarte algún día.
Sentí que podía morir en paz ahí mismo.
—No, tranquilo. Ir en bus tampoco es tan malo.
—Jajaja, si tú lo dices.
—Aunque sí da sueño.a
—Literalmente me quedé dormido.
—JAJAJA, yo igual.
La conversación tuvo que terminar porque ya me tocaba
bajar del bus.
Llegando al colegio le respondí el último mensaje
mientras caminaba hacia la entrada.
Ese día tocaba formación.
Como siempre, nos harían rezar, escuchar anuncios y ver
las noticias del mes.
—Llegando igual. Hoy toca formación… qué pereza.
Arturo respondió casi al instante.
—Jajaja, sí. Pero así es la vida, ¿no?
Sonreí mientras avanzaba entre los estudiantes.
Entonces llegó otro mensaje.
—Aunque… si conociéramos un lugar donde casi no
pasan profesores…
Me detuve un segundo.
Espera.
¿Arturo estaba insinuando faltar a la formación?
—¿Insinúas que faltemos? —respondí.
—Ey, yo solo lo pensé. Tú fuiste quien lo dijo.
Solté una pequeña risa.
—La última vez casi nos atrapan.
—Pero admitelo, nunca has sido un estudiante tan
ordenado.
Negué con la cabeza sonriendo.
—¿Y tú qué dices?
Miré el pasillo del fondo desde lejos.
Nuestro lugar.
—Nos vemos allá.
Mientras me dirigía al pasillo, mi alegría ya no cabía en
mi cuerpo.
Arturo.
El chico en el que pasé meses pensando sin siquiera
atreverme a hablarle bien…
me había invitado a faltar a formación.
Quería morirme de felicidad.
Apenas llegué cerca del pasillo intenté actuar normal.
No quería levantar sospechas, así que evité cruzarme con
profesores o compañeros que pudieran preguntarme algo.
Cuando finalmente llegué, Arturo estaba ahí mirando su
celular.
Levantó la vista apenas escuchó mis pasos.
—Hola… —dije con una voz más nerviosa de lo que
esperaba.
Arturo pareció sorprendido de verme tan rápido, pero su
expresión cambió enseguida a una sonrisa cálida mientras
levantaba la mano para saludarme.
—Bueno… si vamos a faltar a la formación, que sea por
algo mejor.
—¿A qué te refieres? —pregunté confundido.
Arturo no respondió de inmediato.
Solo tomó mi brazo y comenzó a jalarme fuera del
pasillo.
—Ven, ya verás.
—¡Oye! ¿A dónde me llevas?
—Tranquilo.
El colegio era antiguo.
Había edificios pequeños usados para guardar materiales,
máquinas y cosas que casi nadie utilizaba.
Por eso esconderse no era tan difícil.
Pero yo, que nunca había sido precisamente rebelde,
siempre pensé que todos esos lugares permanecían
cerrados.
Cap 8
Mientras subíamos las escaleras hacia la terraza, Arturo
hablaba de todos los deberes y proyectos que tenía
pendientes.
Yo respondía contándole también las cosas que debía
hacer, aunque sinceramente apenas podía concentrarme.
Todo esto se sentía como un sueño.
No podía creerlo.
Arturo y yo realmente nos estábamos acercando.
Si alguien me hubiera preguntado un año atrás si esto era
posible, habría dicho que no sin dudarlo.
Y aun así, ahí estábamos.
Hablando como si siempre hubiéramos sido cercanos.
Aunque, en el fondo, todavía existía una duda que no
podía sacarme de la cabeza:
¿Arturo realmente me consideraba su amigo?
¿O solo era un chico con el que podía pasar el rato
cuando se sentía solo?
Al llegar al último piso nos encontramos con una puerta
vieja, gris y oxidada.
Honestamente, parecía que podía caerse en cualquier
momento.
—Espera aquí un momento —dijo Arturo.
Caminó hacia una esquina y sacó un pequeño alambre de
su bolsillo.
—¿Para qué es eso? —pregunté confundido.
Arturo no respondió.
Solo me miró con una sonrisa cómplice que parecía
decir:
“Confía.”
Introdujo el alambre en la cerradura y comenzó a
moverlo de un lado a otro.
Clack.
La puerta se abrió.
—No puede ser… —murmuré sorprendido.
Arturo abrió lentamente para evitar hacer ruido, aunque
las bisagras viejas soltaron un leve chirrido.
Luego extendió el brazo para dejarme pasar primero.
Del otro lado había una terraza.
El viento frío atravesó mi chaqueta, pero apenas levanté
la vista me olvidé completamente de eso.
Al fondo había una pequeña estructura de cristal cubierta
parcialmente por plantas.
Parecía un invernadero abandonado.
Caminé lentamente hacia él mientras Arturo permanecía
detrás observando mi reacción en silencio.
Cuando entré, sentí el aire fresco rodearme.
Algunas plantas habían crecido libremente entre las
paredes y parte del techo estaba cubierto de hojas verdes
por donde la luz de la mañana se filtraba lentamente.
Era hermoso.
—¿Cómo es que esto estaba aquí? —pregunté
maravillado.
—¿Te gusta? —dijo Arturo sonriendo—. Hace años el
colegio daba clases sobre cuidado de plantas, pero
dejaron de hacerlo y abandonaron el lugar.
Giré sobre mí mismo observando cada rincón.
—Esto es demasiado genial.
Arturo soltó una pequeña risa.
—Sí. A veces traigo aquí a mis amigos… o a mi pareja.
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
—¿Pareja? —pregunté casi sin voz.
—Bueno… ex pareja. Terminamos hace unos meses.
Y ahí llegó el golpe de realidad.
Arturo era heterosexual.
El lugar quedó en silencio. Solo podía pensar en que era
el peor momento para escuchar algo así. El contraste
entre lo hermoso del lugar y lo doloroso de la noticia me
hacía sentir aún peor.
—¿Pasa algo? —preguntó Arturo.
—Ah… no, nada —respondí, intentando que las lágrimas
no salieran y que toda mi tristeza se quedara dentro.
—Bien —dijo mientras seguía observando el
invernadero.
Soltó un suspiro de comodidad.
—No me canso nunca de estar aquí.
—¿Y cómo lo descubriste?
—Pues una vez me fugé de clases. Sí, lo sé, suena mal,
pero no estaba preparado para una exposición. Quise ir a
nuestro pasillo, pero había profesores cerca, así que
decidí explorar el lugar… y terminé llegando aquí.
“¿Nuestro pasillo?”
Así que él también lo consideraba nuestro lugar.
—¿Nuestro pasillo? —repetí.
—Ah… lo siento. Es que, amigo, qué raro nunca
habernos encontrado antes si a los dos nos gustaba el
mismo lugar.
—Sí, la verdad. Ya no paso tanto tiempo ahí. Voy más
cuando mi cabeza tiene demasiado ruido.
—Te puedo preguntar algo —dije mientras lo miraba.
—Claro.
Respiré hondo.
Como me había repetido tantas veces antes, no perdía
nada preguntando.
Aunque esta vez toda la tranquilidad que creía tener
había desaparecido. Mi cuerpo era un desastre de
emociones: tristeza por entender que probablemente
nunca pasaría nada entre Arturo y yo, pero también
felicidad porque quizá había encontrado un amigo de
verdad.
Aun así, temía su respuesta.
—¿Puedo ser tu amigo? —pregunté finalmente.
Arturo me miró unos segundos.
—Pensé que ya lo éramos —respondió.
Cap 14
—Ya basta con tus bromas —dije mientras apagaba el
cigarrillo, que ya estaba en sus últimos momentos de
vida.
Antes de que Matias pudiera responder, escuchamos una
voz detrás de nosotros.
—Bueno, ¿nos pod…? Ah, hola Matias.
Era Arturo.
—Arturo —respondió Matias con un tono extrañamente
energético—. ¿Qué tal? ¿Cómo te va?
—Bien —respondió Arturo con cierta seriedad—.
Vámonos, Isaac.
Su tono dejaba bastante claro que Matias no era
precisamente de su agrado.
Sin decir mucho más, Arturo tomó mi brazo y comenzó a
caminar conmigo hacia su auto.
—Bueno, adiós Matias —dije algo apresurado mientras
avanzábamos.
—Espera.
La voz de Matias hizo que tanto Arturo como yo nos
detuviéramos en seco.
Matias caminó lentamente hacia nosotros.
Su sonrisa había desaparecido.
Ahora tenía un rostro serio. Ilegible.
Se detuvo frente a Arturo, quedando cara a cara con él
mientras yo observaba al lado.
Entonces, de repente, volteó hacia mí.
La sonrisa regresó inmediatamente a su rostro.
—¿Me puedes dar tu número?
Estiró la mano con su celular hacia mí.
—Aaah… claro —respondí algo confundido mientras
registraba mi número.
Cuando terminé, Matias volvió a mirar a Arturo.
—Gracias.
Lo dijo sin sonreír.
Luego volvió a sonreír otra vez, guardó el celular y
retrocedió.
Arturo no dijo nada.
Simplemente abrió la puerta del auto y ambos entramos.
Ya en el auto, Arturo procedió a encenderlo y arrancar.
En el camino permaneció en silencio.
Eso me recordó un poco a cómo era en el colegio, cuando
algo le molestaba y dejaba de hablar incluso conmigo.
Pero esta vez no pensaba quedarme callado ni aguantarlo.
Arturo no había cambiado eso de él.
—¿Te molesta algo? —pregunté con tono serio.
—A mí nada —respondió sin apartar la vista de la
carretera.
—Es obvio que te molesta algo.
—No me pasa nada.
—Bien. Para el carro —dije seriamente.
—¿Qué? —preguntó algo sorprendido.
—Que pares el carro —repetí, esta vez más firme.
—¿Por qué lo pararía?
—Arturo, no tiene sentido ir a comer con alguien que
está serio y no quiere hablar. Así ni se disfruta la comida.
Arturo guardó silencio unos segundos.
—Está bien… lo siento. Solo que… Matias no me agrada
mucho.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque es una persona arrogante y piensa demasiado
en sí mismo.
—Pues no me pareció tanto. Algo molestoso sí, pero
igual tú lo conoces más.
—Escucha, lo mejor es que no le hagas mucho caso.
Lo miré directamente.
—Arturo, soy una persona adulta. Creo saber cuándo
alguien es bueno o malo conmigo.
Arturo suspiró levemente.
—Está bien… mejor dejemos ese tema. Vamos a comer.
¿Qué quieres?
—Lo que tú desees —respondí.
—Entonces te llevaré a un lugar sorpresa.
Solté una pequeña sonrisa.
—Como quieras.
Metí la mano al bolsillo para revisar mi celular y vi un
mensaje nuevo de un número desconocido.
Hola, soy Matias. Pero puedes agendarme como la mejor
persona que conocerás.
Solté una pequeña risa por la nariz.
En serio, ese tipo también era bastante raro.
Arturo lo noto
Que sucede dije
—Ah, no es nada —dije rápidamente—. Solo es Allison
que me mandó un mensaje.
Guardé el celular otra vez en mi bolsillo.
Lo mejor era no decirle que era Matias. Ya de por sí
Arturo estaba algo tenso.
—¿Allison? —preguntó él.
—Sí. ¿Te acuerdas aquella vez que te conté que tenía una
ex con la que seguía llevándome?
—Aaah, sí… esa ex —dijo Arturo con una pequeña
sonrisa—. Vaya sorpresa, han pasado años.
—Sí. Somos muy buenos amigos.
No pude evitar sonreír un poco al decirlo.
Arturo soltó una pequeña risa.
—¿Qué sucede? —pregunté.
—Nada… solo que en ese tiempo, cuando me contaste
eso, me molesté.
Lo miré sorprendido.
—¿En serio? ¿Pero por qué?
Arturo guardó silencio unos segundos.
—En ese tiempo no lo entendía bien. Solo sentía
molestia… pero con el pasar de los años entendí lo que
era.
Arturo volteó a verme directamente.
—Eran celos.
—Un poco tarde esa confesión —dije.
Volteé el rostro hacia la ventana, observando los árboles
de las calles y las casas que poco a poco se convertían en
grandes edificios.
Después lo miré nuevamente.
Arturo volvió la vista al frente.
—Las cosas no sucedieron como hubiera querido que
pasaran —dijo con un tono triste.
—Pues yo creo que sí. Al final acabamos bien. Yo
trabajando en lo que me gusta, tú igual… e incluso te vas
a casar.
—Si tú lo dices… —respondió Arturo, aunque no sonaba
del todo convencido.
Por cierto a todo esto a donde me llevas
Ya veras dijo el
Cuando llegamos, Arturo estacionó el carro frente a un
restaurante con poca luz, pero bastante elegante.
En la entrada nos recibió una chica que nos preguntó si
teníamos reservación.
—Reservación a nombre del señor Arturo Ortega —dijo
él.
—Sí, claro. Síganme por aquí —respondió ella mientras
nos guiaba hacia nuestra mesa.
Yo estaba algo perdido.
Era la primera vez que alguien me llevaba a un
restaurante así de elegante… y probablemente caro.
Miré alrededor.
Todo el lugar tenía una estética sofisticada:
copas brillando bajo la luz tenue, conversaciones suaves,
personas vestidas de manera impecable y música
tranquila sonando de fondo.
—Arturo… no sé si yo encaje bien aquí —dije en voz
baja mientras caminábamos.
Arturo soltó una pequeña sonrisa.
—¿De qué hablas? Mira a tu alrededor, nadie te está
viendo.
Me acomodó un poco la camisa desde el hombro antes de
continuar.
—Y si alguien lo hace, debe ser por lo atractivo que eres.
Solté una pequeña risa inevitablemente.
Después ambos nos sentamos uno frente al otro.
Un mesero nos trajo la carta, y me sorprendía lo poco que
sabía de etiqueta o de platillos; no conocía ninguno y mi
expresión seguramente lo delató, porque Arturo lo notó
de inmediato.
—Tranquilo, yo pediré por ti —dijo mientras llamaba al
mesero.
—¿Ya decidieron qué ordenar? —preguntó el mesero.
Arturo cerró la carta tranquilamente.
—Sí. Quiero una pasta alfredo con lomo y para mí el
salmón en salsa de mantequilla con vino blanco.
Volteó a verme.
—¿Está bien eso?
La verdad no tenía idea de cómo sabía ninguna de las dos
cosas, pero asentí lentamente.
—Y también una botella de vino tinto —agregó Arturo
mientras devolvía la carta.
—Este es mi restaurante favorito —dijo Arturo.
—Pues parece que te ha ido muy bien —respondí con
una pequeña sonrisa.
—No me quejo —dijo él—. Aunque reconozco que sin la
empresa de mi padre no estaría donde estoy ahora.
—¿Y qué pasó? —pregunté.
—¿Qué pasó con qué? —dijo algo confundido.
—No sé… recuerdo que en el colegio decías que no
querías saber nada de trabajar en la empresa familiar.
Arturo bajó la mirada unos segundos antes de responder.
—Pues… qué te diré, Isaac. Cuando uno es pequeño
tiene una forma distinta de ver la vida, pero a medida que
creces tus intereses se van ajustando a tu realidad.
—Supongo que en cierto modo tienes razón —dije.
Arturo tomó la copa de vino entre sus dedos.
—Pero veo que tú sí seguiste lo que te apasiona —dijo
mirándome nuevamente—. Y no lo digo en mal sentido.
—Pues qué te diré… no es del todo fácil. Aunque venda
pinturas y trabaje en ferias, aún sigo ayudando a mi padre
en el taller.
—De alguna forma me parece admirable.
—¿Admirable? —pregunté algo confundido.
—Sí. Me parece admirable que sigas siendo fiel a ti
mismo y a lo que te apasiona, incluso sabiendo que no es
fácil.
Por un momento no supe qué responder.
—Pues… creo que nunca pasó por mi cabeza vivir
haciendo algo que no quiero —dije finalmente.
Arturo me observó en silencio unos segundos.
Después apoyó ambos brazos sobre la mesa, inclinándose
ligeramente hacia adelante.
—Qué interesante es este nuevo Isaac —dijo con una
pequeña sonrisa.
En ese momento el mesero apareció con los platos.
Colocó la pasta frente a mí y el salmón frente a Arturo.
Luego sirvió vino en ambas copas antes de retirarse
silenciosamente.
Durante la cena conversamos de muchos temas.
Hablamos de nuestra época de colegio, de nuestra
graduación, de la universidad y de nuestros amigos. Poco
a poco nos fuimos sumergiendo en un sinfín de recuerdos
que cada vez se volvían más variados.
Compartimos anécdotas de nuestras vidas como si los
cuatro o cinco años que pasamos sin vernos hubieran
desaparecido por completo.
Entre bocados y risas la noche comenzó a alargarse.
Entre copa y copa hablábamos de todo:
nos reíamos, nos poníamos nostálgicos y recordábamos
aquellas tardes en las que simplemente nos quedábamos
juntos hablando por horas.
Entonces vino a mi mente el recuerdo de la primera vez
que hablé profundamente con Arturo.
Nunca supe realmente cuáles eran sus problemas, porque
él jamás habló demasiado de ellos, pero sabía que aquella
tarde conmigo había significado algo para él.
Había sido una especie de respiro en medio de todo lo
que cargaba, aunque al final las cosas terminaran mal
entre nosotros.
Ninguno de los dos se dio cuenta de la hora hasta que el
mesero nos pidió retirarnos porque ya iban a cerrar.
—Esta vez pago yo —dijo Arturo mientras sacaba su
billetera.
—No, ¿cómo crees? —respondí rápidamente.
—Tranquilo, la siguiente tú invitas —dijo guiñándome
un ojo mientras sacaba una tarjeta.
Seré sincero, no tenía ni un dólar en mi billetera, por eso
acepté. No era por interés, pero tampoco podía quedar
mal en ese momento.
Cuando salimos decidimos caminar un rato por las calles
de la ciudad.
Aunque los negocios ya estaban cerrando, todavía se
podía ver gente pasar, carros ir y venir y las luces de las
calles alumbrando las viejas casas con focos que se
entrelazaban de un lado a otro.
—Me alegra habernos encontrado otra vez —dijo Arturo
mientras guardaba las manos en los bolsillos de su
chaqueta larga que le llegaba hasta las rodillas.
Me quedé unos segundos en silencio mirando al frente
mientras caminábamos.
—A mí también —respondí finalmente.
Por un momento ambos nos miramos al rostro.
Y no podía dejar de pensar en el Arturo que me gustaba
cuando era adolescente:
el cabello algo despeinado, los lunares en su rostro, la
piel morena ligeramente quemada por el sol…
Sin embargo, el sonido de un celular nos interrumpió.
Era Mia llamando a Arturo.
Y eso me dio un golpe de realidad.
Esta especie de cita debía quedarse únicamente en una
salida entre amigos y nada más.
Por un momento me quedé viendo a Arturo mientras
hablaba con Mia por teléfono.
Se lo notaba cómodo hablando con ella:
sonriente, tranquilo… feliz de estar con ella.
Eso me hizo pensar que quizá todo lo que estaba pasando
por mi cabeza solo existía ahí.
Tal vez Arturo sí estaba feliz de verme, pero no por las
razones que yo imaginaba, sino simplemente porque
había vuelto a encontrarse con alguien importante de su
pasado.
Todo aquello era muy confuso.
—¿Quieres ir a un bar? —preguntó Arturo mientras
guardaba su celular, interrumpiendo mis pensamientos.
—¿A un bar? —repetí algo sorprendido.
—Sí. Vamos a tomar algo. Me encantaría saber más sobre
lo que ha pasado en tu vida.
—Pues… está bien. Mañana tengo libre, así que no
importaría quedarme hasta tarde.
—Bien, entonces vamos —dijo él—. Conozco uno cerca
de aquí.
Cuando llegamos me sorprendió el lugar.
Era un bar enorme; desde la calle ya se podía escuchar la
música retumbando.
La verdad había imaginado algo mucho más tranquilo.
—Pues… suena a que hay mucho ambiente —le dije a
Arturo mientras observaba la entrada iluminada con luces
de colores.
—Sí, pero también hay espacios más tranquilos adentro
para conversar —respondió él.
—Está bien —dije.
Cuando entramos, el lugar era incluso más grande de lo
que parecía desde afuera.
La música sonaba al máximo, las luces recorrían el sitio
de un lado a otro y la gente bailando formaba una enorme
ola de cuerpos moviéndose al ritmo de la música.
Debo admitir que el lugar se veía increíble.
Y siendo sincero, para mí era un ambiente mucho más
cómodo. Me gustaba bailar, moverme y perderme un
poco entre el ruido y las luces.
Quizá necesitaba algo así.
De pronto Arturo apareció nuevamente con dos bebidas
en las manos.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Solo bébelo —dijo entregándome uno de los vasos—.
Te va a gustar.
Cuando lo bebí sentí primero lo refrescante de la bebida,
seguido del sabor amargo del alcohol. Sin embargo, me
gustó.
Después logré reconocer el sabor.
—¿Esto es mojito? —pregunté.
—En efecto —respondió Arturo con una pequeña
sonrisa.
Comenzamos a conversar un rato.
Incluso con la música alta no sentimos la necesidad de
movernos a un lugar más silencioso; el ambiente se sentía
bien así.
Después de algunos tragos comencé a sentir cómo el
efecto del alcohol caía lentamente sobre mí.
—Vamos a bailar —dije mientras dejaba el vaso sobre la
mesa.
—No, yo no sé bailar —respondió Arturo rápidamente.
—Ay, por favor. Entonces ¿para qué me trajiste a una
fiesta? —dije mientras me levantaba y quedaba parado
frente a él, listo para ir a la pista.
Arturo soltó una pequeña risa nerviosa.
—Bailo muy mal —dijo pasando una mano por la nuca.
—Vamos, no necesitas ser profesional para bailar.
Evidentemente ya estaba algo ebrio.
Tomé su mano y lo llevé hasta la pista.
La música estaba increíble; mezclaban varios géneros
que parecían encajar perfectamente con el ambiente:
reguetón, salsa y canciones viejas remixadas que hacían
vibrar todo el lugar.
Yo solo veía cómo Arturo intentaba seguirme el ritmo
con movimientos algo torpes mientras el alcohol hacía
que mi cuerpo se moviera cada vez más libre.
Debo admitir que me daba gracia verlo intentar bailar tan
seriamente.
Entre tragos, baile y risas ya eran las dos de la mañana, y
la discoteca parecía no tener intención de cerrar todavía.
Sin embargo, yo ya estaba cansado, así que decidí salir a
tomar aire fresco junto con Arturo.
Ya afuera sentí una necesidad demasiado común en mí.
Saqué de mi bolso un encendedor junto con una cajetilla
de cigarrillos. Procedí a sacar uno y colocarlo entre mis
labios antes de encenderlo.
Cuando estuvo prendido le di una calada, sintiendo el
humo y el sabor del tabaco entrar lentamente en mi
cuerpo.
Arturo estaba sentado a mi lado; ambos nos
encontrábamos en la vereda frente a la discoteca mientras
las luces de colores seguían escapando desde el interior
del lugar.
Él solo me observaba.
Probablemente porque también ya estaba ebrio.
—¿Cuántos cigarrillos te fumas a la semana? —preguntó
Arturo mientras me miraba.
—Pues… no sé. Creo que esta cajetilla me dura unas dos
semanas. ¿Por qué la pregunta?
Arturo desvió un momento la mirada hacia la calle.
—No lo sé… creo que en todos estos años nunca imaginé
que serías de las personas que fuman.
Solté una pequeña risa.
—Pues cuando estuve en la universidad comencé a
hacerlo por estrés. Supongo que esa costumbre
simplemente se quedó conmigo.
—Pues intenta no fumar tanto —dijo mientras me
quitaba el cigarrillo de la boca.
Lo observé sorprendido mientras él le daba una calada.
—Pensé que no fumabas —dije.
—Pues una vez no hace daño —respondió antes de darle
otra calada.
—Si tú lo dices —murmuré mientras le arrebataba
nuevamente el cigarrillo y volvía a fumar.
Por un momento ambos nos quedamos viendo fijamente.
Y entonces una tensión extraña comenzó a sentirse entre
nosotros.
No sabía si Arturo también la percibía…
pero yo podía sentirla perfectamente.
—Bien —dije interrumpiendo el momento—. Creo que
ya deberíamos irnos.
—¿A dónde? —preguntó Arturo algo confundido.
—Pues a descansar —respondí.
Aunque yo también estaba algo ebrio, sabía
perfectamente que ya era hora de irnos. Sin embargo,
Arturo estaba demasiado mal como para conducir.
—No puedo llegar así a mi casa —dijo mientras seguía
sentado en la vereda—. Mi papá me mataría.
Lo pensé un momento.
Mi casa estaba vacía, así que decidí que podía llevarlo
conmigo para que descansara ahí esa noche.
—Puedes venir a la mía —dije finalmente.
—¿En serio? —preguntó Arturo, aunque luego volvió a
recostarse—. Pero quiero quedarme un rato más.
—No, ya vamos. Estás que te caes de lo ebrio —dije
mientras lo ayudaba a levantarse y rodeaba uno de sus
brazos sobre mis hombros.
—Qué aburrido eres.
—¿Yo aburrido? —solté una pequeña risa.
Pedí un taxi para llegar a mi casa.
Sin embargo, todavía quedaba el problema del carro de
Arturo.
No podía llamar a Mia; no quería que lo viera en ese
estado. Y Allison probablemente me mandaría al
demonio si la despertaba a las dos de la mañana para
mover un auto.
Hasta que recibí un mensaje.
“Quiero saber cómo me guardaste en tus contactos.”
Era Matías.
Sí, ya sé que parece demasiada coincidencia, pero
créanme, a mí también me sorprendió.
Lo llamé de inmediato; necesitaba ayuda.
—¿Qué haces despierto a esta hora? —pregunté apenas
contestó.
—La verdadera pregunta es qué haces tú despierto —
respondió enseguida.
—Escucha… sé que no me conoces del todo y estás en
todo tu derecho de negarte, pero necesito pedirte un
favor.
—¿Un favor a estas horas de la noche? —dijo con tono
divertido—. ¿Acaso estás insinuando que…?
—¡¿Qué?! ¡No! —respondí sobresaltado.
Matías soltó una risa al otro lado de la llamada.
—Tranquilo, estoy bromeando. Aunque… depende del
favor.
—Es que… me da pena decirlo.
—Veámoslo así: si hago tu pequeño favor, después tú
harás algo por mí.
—¿Cómo qué?
—No lo sé, ya lo pensaré —dijo con un tono
peligrosamente coqueto.
—Necesito que vengas y estaciones el carro de Arturo en
su oficina.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Arturo? —preguntó finalmente.
—Sí. Larga historia, después te cuento. ¿Puedes o no?
—Mmm… tienes suerte de que más o menos me agrades
—dijo—. Y también de que no estoy en mi casa.
—Si haces esto te deberé una para siempre.
—Ya veremos qué te pediré a cambio.
Algo en esa frase me asustó.
—Por favor, no seas puerco.
—¿Qué puedo hacer? A veces me pongo así.
—Ya basta —dije soltando una pequeña sonrisa.
Le mandé la dirección y, unos minutos después, Matías
apareció.
Se llevó el carro de Arturo y luego tomó un taxi para
regresar por el suyo.
—Gracias —volví a decirle.
—Está bien —respondió mientras guardaba las llaves—.
Pero no lo olvides, me debes un favor.
Sus ojos me recorrieron de arriba hacia abajo antes de
volver a sonreír.
Debo admitir que incluso así Matías se veía demasiado
atractivo.
Ya en el taxi, Arturo se sentó a mi lado, medio dormido
durante todo el camino.
Cuando finalmente llegamos a mi casa, lo llevé hasta mi
cuarto.
Mi familia no estaba; se habían ido de viaje y yo tuve que
quedarme porque tenía algunas entregas de ropa que
hacer.
Cuando llegamos a mi casa, dirigí a Arturo hasta mi
cuarto.
Apenas entró, se dejó caer sobre la cama dispuesto a
dormir.
—Vamos, levántate. Tienes que irte a bañar antes, te
prestaré ropa.
—No quiero —murmuró.
—Vamos, te estás comportando como un niño chiquito.
—No quiero.
—Bueno, no me queda de otra.
Lo tomé del brazo y tiré de él para levantarlo, pero
Arturo hizo fuerza hacia el otro lado, provocando que
terminara cayendo encima suyo.
Nuestros rostros quedaron frente a frente.
Podía ver sus ojos, su piel, su cabello mucho más de
cerca, y por un momento sentí unas ganas inmensas de
acercarme y besarlo.
Sin embargo, me controlé.
El silencio se apoderó del cuarto mientras yo seguía
encima de Arturo.
Él solo sonrió.
Luego movió ligeramente la cabeza hacia un lado sin
apartar la mirada de mí.
—Eres muy atractivo —dijo en voz baja—. No recordaba
que fueras tan lindo.
Sentí cómo mis mejillas se calentaban un poco, pero aun
así intenté mantener la compostura.
Me levanté rápidamente.
—Vamos a bañarte —dije mientras volvía a tirar de él.
Busqué entre mis cosas y le pasé una toalla junto con
algo de ropa.
Por suerte Arturo era apenas un poco más alto que yo, así
que aunque mis prendas le quedaban algo ajustadas,
podía usarlas. Además, siempre me gustó vestir ropa
holgada.
Pasaron unos quince minutos hasta que Arturo salió del
baño.
La ducha parecía haberlo despejado un poco, y al menos
ya no olía a alcohol.
Apenas salió comenzó a recorrer el cuarto con la mirada.
Mi habitación era grande, aunque estaba lejos de verse
ordenada.
Algunas paredes tenían manchas de pintura, había lienzos
apoyados por todas partes y un gran caballete descansaba
frente a mi cama.
El olor a pintura se mezclaba con el aroma persistente del
tabaco.
Mi madre creía que ese olor venía de los productos que
usaba para trabajar.
—Qué lindo cuarto —dijo Arturo mientras observaba
alrededor.
—Es un desastre —respondí.
Arturo negó suavemente con la cabeza.
—Pero este cuarto eres tú.
—¿Yo? —pregunté algo confundido.
—Sí. Básicamente tiene tu esencia.
Lo observé unos segundos.
—Si tú lo dices —murmuré antes de levantarme—. Voy a
bañarme.
Y con eso entré al baño intentando ignorar cómo mi
corazón seguía latiendo demasiado rápido.
Cap 15
Ya eran casi las cuatro de la mañana cuando apagamos
las luces para irnos a dormir. Sin embargo, yo dejé
encendida una pequeña lámpara de luz cálida que
siempre me resultaba reconfortante por las noches.
Como no tenía nada para dormir en el piso, decidimos
compartir la cama.
Arturo se acomodó de costado, mirándome.
—Ya duérmete —dije mientras mantenía los ojos
cerrados.
—Gracias por hoy —murmuró.
—¿Por qué me das las gracias? Tú fuiste quien me llevó.
—Sí, pero… —Arturo se quedó mirando el techo unos
segundos—. Creo que hace mucho tiempo no me divertía
así.
Abrí lentamente los ojos para verlo.
—Pues si te sirve de algo, yo también me divertí mucho
hoy.
Arturo volvió a girarse hacia mí.
—Deberíamos hacerlo más seguido.
Nuestros ojos volvieron a encontrarse.
Y entonces algo volvió a sentirse entre nosotros.
La luz cálida de la lámpara iluminaba apenas el cuarto,
mientras el sonido lejano de la ciudad se colaba por la
ventana.
Sin darnos cuenta comenzamos a acercarnos lentamente.
Mi mente decía que me detuviera.
Pero mi cuerpo ya no quería hacerlo.
Mi corazón latía demasiado rápido y podía sentir cómo la
respiración de Arturo se mezclaba con la mía mientras la
distancia entre ambos desaparecía poco a poco.
Cerré los ojos.
Y entonces sentí sus labios rozar los míos.
El beso fue suave al principio.
Cálido.
Lento.
Sentía cómo nuestros labios encajaban mientras nuestros
rostros se movían apenas de un lado a otro, como si
ambos lleváramos años esperando ese momento.
No quería detenerme.
Quería seguir besándolo.
Quería quedarme así toda la noche.
Arturo llevó una mano hacia mi nuca, intensificando un
poco más el beso, y yo terminé sujetándolo también,
acercándolo todavía más a mí.
Pero entonces el recuerdo de Mia golpeó mi mente de
repente.
Me separé rápidamente.
Ambos respirábamos agitados.
—No… no podemos hacer esto —dije casi en un susurro.
Arturo bajó la mirada.
—Tienes razón —respondió—. Yo… lo siento. No sé qué
pasó.
El silencio volvió a llenar el cuarto.
—Tranquilo —murmuré intentando controlar mi
respiración—. Solo nos dejamos llevar… seguramente
fue el alcohol.
Aunque ambos sabíamos que no era solo eso.
—Simplemente olvidemos que pasó.
Me giré hacia el otro lado intentando dormir.
Y después de unos segundos, Arturo hizo lo mismo.
En la mañana siguiente nos despertamos algo tensos y
pensativos por lo que había pasado la noche anterior.
—¿Quieres comer algo? —pregunté mientras me
incorporaba un poco.
—Está bien… ¿tienes algo ligero? Perdón, es que me
duele horrible la cabeza —dijo Arturo aún metido entre
las cobijas—. Tengo una resaca espantosa.
De repente comenzó a sonar su celular.
—Carajo… es mi papá —murmuró mientras salía de
entre las sábanas completamente despeinado.
No pude evitar soltar una pequeña sonrisa al verlo así.
—Hola, papá… —contestó rápidamente—. Sí, sí, lo
siento. Tuve que quedarme en la casa de un amigo
terminando un proyecto… sí, mañana estaré ahí… hoy
me siento indispuesto.
Apenas colgó, dejó caer el celular sobre la cama y volvió
a taparse.
—¿Indispuesto? —pregunté con sarcasmo.
—Déjame en paz, me duele la cabeza.
—Está bien, qué gruñón.
Fui a cocinar algo ligero porque yo también tenía resaca.
Cuando terminé, ambos comimos sentados en la cama en
medio de un silencio extraño.
No incómodo.
Solo… extraño.
—Toma —dije mientras le pasaba un vaso de agua junto
con una pastilla.
—¿Qué es esto?
—Una pastilla para la resaca.
—Gracias —murmuró.
Yo hice lo mismo antes de volver a recostarme.
—Y ahora… dormir —dijo Arturo mientras volvía a
esconderse entre las cobijas.
—¿En serio no vas a hacer nada hoy?
—No —respondió con un tono casi infantil.
Sonreí un poco.
—Está bien.
Tomé mi computadora y comencé a revisar algunos
pedidos que necesitaba enviar.
—¿Qué haces? —preguntó Arturo con la voz apagada.
—Trabajando un poco.
No tardé demasiado en volver a meterme entre las cobijas
también.
Era extraño.
La primera vez que nos besamos terminamos
separándonos durante años…
y ahora que había pasado otra vez, ambos fingíamos
demencia.
Quizá era miedo.
Miedo de volver a perder al otro.
Porque mientras ninguno hablara de lo que había pasado,
todavía podíamos seguir disfrutando de la compañía del
otro sin destruir todo nuevamente.
Ya era de tarde y los dos seguíamos acostados en la
cama.
Arturo había apagado su celular; parecía como si
estuviera descansando todo lo que no había descansado
en años.
Yo, por otra parte, solo podía observarlo de vez en
cuando mientras mantenía los ojos cerrados.
No podía dejar de pensar en sus labios cálidos rozando
los míos y en cómo su expresión tranquila, acostado en
mi cama, hacía que no quisiera que ese momento
terminara nunca.
De repente sentí cómo una mano me sujetaba del brazo y
me hacía recostarme nuevamente.
Arturo se abalanzó suavemente sobre mí, abrazándome
con fuerza.
—¿Qué haces? —pregunté soltando una pequeña sonrisa.
—Duerme conmigo —murmuró con la voz aún
adormilada.
Arturo estaba sobre mí, abrazándome, y podía sentir su
aroma; un perfume tenue mezclado todavía con el olor
del alcohol impregnado en su ropa.
No lo negaré.
Me encantaba estar así.
Pero al mismo tiempo me sentía culpable.
Mi corazón se debatía entre la felicidad de tener a Arturo
entre mis brazos y la culpa de saber que estaba
comprometido.
—Esto está mal —murmuré mientras seguía aferrado a
él.
—¿Qué dices? —preguntó Arturo medio dormido.
—Esto está mal… no deberíamos estar así.
Arturo levantó apenas el rostro para mirarme.
—Entonces… ¿por qué no me has apartado?
Sentí un nudo formarse en mi pecho.
Porque tenía razón.
Porque incluso sabiendo que todo esto estaba mal…
no quería soltarlo.
—Porque aun sabiendo que está mal… quiero quedarme
así contigo un poco más.
El silencio volvió a llenar el cuarto.
Pero esta vez no era incómodo.
Era un silencio triste.
Uno que parecía saber que tarde o temprano todo aquello
iba a terminar.
—Tengo hambre —dijo Arturo—. Vamos por algo de
comer.
—Pues, ¿qué esperabas? Hemos pasado todo el día aquí
encerrados.
Arturo soltó una pequeña risa antes de volver a
acomodarse entre las almohadas.
—Sabes qué, mejor pidamos algo. No tengo ganas de
salir… además mi carro lo dejé allá.
—Tranquilo, tu carro está en el parqueadero de tu oficina.
Arturo levantó una ceja sorprendido.
—Espera… ¿tú hiciste todo eso?
—La verdad tuve algo de ayuda.
—¿Ayuda? ¿De quién?
—De la única persona que parecía estar despierta
anoche… Matías.
—¿Matías? —preguntó algo sorprendido—. Me
impresiona que haya querido ayudarme.
—¿En serio? ¿Por qué?
—Pues tú mismo viste que no nos llevamos muy bien.
Además, es un ególatra.
—A mí me pareció buena persona.
—Mmm… lo que tú digas —respondió Arturo algo serio.
Sin embargo, unos segundos después volvió a sonreír.
—Bueno, ¿qué pedimos de comer?
—Algo ligero, aún seguimos con resaca… ¿qué tal unas
hamburguesas?
—¿Eso te parece ligero? —preguntó con sarcasmo.
—Lo siento, me has retenido en esta cama todo el día.
Tengo hambre.
—¿Retenido? No es como si hubieras puesto mucha
resistencia —dijo soltando una risa.
Después de eso, el recuerdo de Mia volvió a golpear mi
mente.
Y entonces entendí que ya no podía seguir evitando el
tema.
Decidí romper el momento.
—Hablando en serio… ¿qué estamos haciendo? —
pregunté.
Arturo dejó de sonreír.
—¿De qué hablas?
—Ya sabes de qué hablo. Ayer nos besamos… y hoy
pareciera que ninguno de los dos quiere separarse del
otro. Esto está mal.
Arturo guardó silencio unos segundos.
—Dijimos que no volveríamos a hablar de lo de anoche.
—Sí, pero…
—Pero nada —interrumpió él—. Dejemos las cosas
como están.
Su voz sonaba tranquila, pero cansada.
—Solo quiero pasar un poco más de tiempo con mi
amigo cercano antes de volver a la aburrida vida de
oficina.
Arturo levantó la mano y tomó suavemente mi barbilla,
obligándome a mirarlo.
—Te prometo que lo de anoche no volverá a pasar.
Sentí un vacío extraño en el pecho al escucharlo.
Porque la verdad era que sí quería que volviera a pasar.
Quería volver a besarlo.
Quería seguir así con él.
Pero ninguno de los dos podía seguir al corazón.
Arturo estaba comprometido…
y yo no pensaba convertirme en la razón por la que
alguien terminara herido.
—Qué buena hamburguesa —dijo Arturo mientras le
daba otro bocado.
—Me impresiona la facilidad con la que te estoy dejando
comer en mi cama y pasar todo el día aquí.
—Vamos, admite que soy buena compañía —respondió
él.
Solté una pequeña risa.
—¿Compañía? Me tocó obligarte a bañarte y acostarte.
—Es que hacía mucho que no tomaba como ayer.
—No puedo decir lo mismo —dije.
Y era verdad.
Yo sí era una persona que salía bastante, iba a fiestas y
tomaba con frecuencia, aunque claramente no pensaba
contarle eso a Arturo.
—¿Tomas seguido? —preguntó mientras me observaba.
—Solo diré que he vivido muchas cosas —respondí
intentando no sonar como un alcohólico sin control.
Arturo soltó una pequeña risa y siguió comiendo su
hamburguesa.
Algo en él se veía distinto.
Desde que lo reencontré siempre estaba usando trajes,
perfectamente arreglado y comportándose de manera
impecable.
Pero verlo ahora, sentado en mi cama con el cabello
despeinado, usando una camiseta grande prestada por mí
y comiendo sin preocuparse por verse elegante, me hacía
pensar que quizá todo ese Arturo oficinista era solo una
fachada.
Sonreí ligeramente mientras pensaba en eso.
—¿En qué piensas? —preguntó Arturo.
—En nada… solo que es raro verte tan desarreglado.
—Bueno, me siento cómodo aquí —respondió mientras
se acomodaba mejor entre las almohadas—. Veamos una
película.
—¿En serio no te cansas de no hacer nada?
—No —dijo sin darle importancia—. ¿Qué quieres ver?
—Lo que tú quieras.
Arturo terminó poniendo una película de terror mientras
volvía a arroparse a mi lado.
—Oye… ¿y cuándo piensas irte? —pregunté.
—No lo haré —respondió tranquilamente.
—¿Qué?
—Mañana me iré. Quiero pasar la noche aquí.
Lo miré incrédulo.
—Estás loco.
—Vamos, solo una noche más —dijo casi suplicando.
Suspiré resignado.
—Lo permitiré solo si prendes tu celular y contestas a
todos los que deben estar buscándote.
—Está bien, está bien.
Arturo encendió el teléfono y enseguida comenzaron a
aparecer llamadas perdidas y mensajes.
—¿Ves lo que te digo? No puedes simplemente
desaparecer así, la gente se preocupa.
—Ya, ya… perdón.
Al finalizar la película ya era bastante tarde.
Cuando volteé a verlo, Arturo ya estaba dormido otra
vez.
Así que decidí dormir yo también.
Cuando desperté a la mañana siguiente, Arturo ya se
había ido.
Lo único que dejó fue un mensaje:
“Perdón, tenías razón. Creo que hoy estaré en problemas.
Pasaré ocupado todo el día, pero luego te escribiré.
Gracias… descansé muy bien.”
Me quedé viendo la pantalla del celular durante unos
segundos.
Y por alguna razón, leer eso me hizo sentir un vacío
extraño en el pecho.
Ese día trabajé hasta el mediodía en el taller de mi padre.
Aunque él estaba de viaje, yo tenía que seguir yendo para
asegurarme de que todo estuviera bien.
Después de eso decidí ir a comprar un lienzo nuevo para
una pintura que tenía planeado hacer, además de algunos
materiales para comenzar el cuadro de la oficina de
Arturo.
Justo cuando estaba esperando transporte recibí una
llamada.
Era Matías.
—Hola, hola… después de esa noche esperaba que me
escribieras suplicando saber qué quería a cambio de mi
favor.
—Hola, Matías.
—Ey, qué frío.
—Ah, lo siento. Estoy esperando transporte, tengo que ir
a comprar unas cosas.
—¿Y dónde estás?
—Cerca del centro, ¿por?
—Mándame ubicación, estoy cerca.
—Espera, ¿qué…?
Pero colgó antes de que pudiera terminar la frase.
Me quedé mirando el celular confundido.
“¿Ubicación? ¿Para qué la quería?”
Aun así terminé enviándosela.
Segundos después respondió:
“En cinco estoy ahí. No te vayas.”
Y efectivamente, unos minutos después una camioneta
negra se estacionó frente a mí.
Cuando la ventana bajó, vi a Matías al volante.
—Vamos, sube.
Abrí la puerta y me subí a la camioneta, que parecía
prácticamente nueva.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—Bueno, tengo la tarde libre. Te llevo.
—No, espera, no quiero tenerte comprando cosas
conmigo.
—A todo esto, ¿qué tienes que comprar?
—Pintura y lienzos.
—Entonces con más razón te llevo —dijo mientras
arrancaba el carro.
Encendió la radio y justo comenzó a sonar una canción
que me encantaba de una artista llamada Bonnie Tyler.
Era vieja, sí, pero me fascinaba.
Sin pensarlo demasiado subí el volumen.
Comencé a cantarla mientras miraba por la ventana, y
honestamente no me importaba si Matías me escuchaba
desafinar. Esa canción simplemente debía cantarse con
ganas.
Matías se me quedó viendo unos segundos.
Y luego, de repente, comenzó a cantar también.
Los dos terminamos cantando mientras las calles de la
ciudad pasaban frente a nosotros y el paisaje comenzaba
a llenarse de locales y edificios comerciales.
—No pensé que te gustara esta canción —dije entre risas.
—¿Bromeas? Es de las mejores canciones que existen.
Y, sin darme cuenta, la conversación empezó a volverse
extrañamente cómoda.
Descubrí que tenía varias cosas en común con Matías.
—Incluso me contó que antes pintaba un poco.
—¿En serio te gusta la pintura? —pregunté algo
sorprendido.
—Pues antes pintaba un poco —respondió él—, pero lo
dejé como pasatiempo. Además, creo que simplemente
no era algo en lo que fuera bueno y terminé dedicándome
a otras cosas.
—Nadie nace siendo bueno —dije.
—¿Tú crees?
—Sí. Incluso yo considero que todavía no soy bueno en
mis pinturas.
—Si fuera así, nadie te compraría tus cuadros —
respondió mientras volteaba a verme.
Solté una pequeña risa.
—Gracias, pero mira el camino.
—Perdón —rió él mientras volvía la vista al frente.
Creo que Matías y yo empezamos con el pie izquierdo.
Sin embargo, poco a poco comenzaba a sentir que
podríamos llegar a ser buenos amigos.
—Hemos llegado —anunció.
Cuando entramos a la tienda de pintura, el tiempo
empezó a desaparecer para mí.
Siempre me había gustado recorrer cada pasillo. Cuando
tenía un color específico en mente, me entretenía
buscando el tono exacto o imaginando qué mezclas
tendría que hacer para conseguirlo.
—Perdón, sé que te he tenido aquí bastante tiempo —dije
mientras Matías caminaba a mi lado cargando una cesta
llena de pinturas que yo había ido escogiendo.
—No te preocupes —respondió—. Aunque quiero
preguntarte algo.
—Dime.
—¿Por qué esto?
—¿A qué te refieres?
—Perdón, quiero decir... ¿por qué escogiste pintar? ¿Por
qué decidiste vivir de esto?
Fijé la mirada en un bote de pintura que tenía en la mano.
—Te seré sincero... no vivo de esto.
—¿Cómo?
—Pensé que vivías de vender cuadros y cosas así.
—Ojalá —respondí soltando una risa—. No, la verdad
también tengo otro trabajo.
—¿Y en qué trabajas?
—En la empresa de mi padre.
—¿En serio? ¿Y qué es?
—Un taller mecánico.
Matías se quedó mirándome unos segundos.
—La verdad... no te veo como mecánico.
—Lo sé —reí—. Pero necesito dinero. Entre la mecánica,
vender algunas pinturas y la ropa que hago, no me va tan
mal.
—Estás lleno de sorpresas, Isaac.
—Idiota —respondí con una sonrisa.
—Lo tomaré como un cumplido.
Ya de vuelta en el carro de Matías, decidí que era
momento de recompensarle toda la ayuda que me había
dado. Después de todo, me había llevado, esperado y
cargado todas mis cosas; era lo mínimo que podía hacer.
—Vamos a comer —dije.
—Me encantaría, pero tengo que volver a arreglar unos
asuntos.
—Oh, qué mal. Quería recompensarte por ayudarme hoy.
—¿Recompensarme? —preguntó divertido—. Pues creo
que ahora me debes dos favores.
—Está bien, está bien.
Solté una pequeña risa.
—Bueno, si tienes cosas que hacer tomaré un taxi.
—No te preocupes. ¿Dónde vives? Pásame tu ubicación.
—No podría pedirte eso.
—Tranquilo, solo envíamela.
Después de unos segundos observó la dirección en su
celular.
—Tienes suerte, me queda de paso.
—¿Seguro?
—Sí, tranquilo.
Matías me dejó en mi casa, no sin antes recordarme
nuevamente que le debía dos favores.
De alguna manera, su forma de ser me resultaba
divertida.
Cuando entré a mi cuarto comencé a ordenar un poco.
Entre el trabajo y todo lo que había pasado con Arturo,
prácticamente no había tocado nada en dos días.
Además, mi familia estaba a punto de regresar del viaje.
Mientras acomodaba algunas cosas, mi celular vibró.
¿Estás ahí?
Era Arturo.
Sí, dime.
La respuesta apenas se envió cuando una llamada
entrante apareció en la pantalla.
Contesté.
—¿Sucede algo? —pregunté.
—No, nada. Quería saber si quieres salir a comer.
—¿Qué acaso no nos vimos lo suficiente? —respondí en
tono burlón.
Arturo soltó una pequeña risa.
—Sí, pero digamos que aún quiero verte. Además, Mia
está ocupada.
Y fue esa última frase la que me molestó.
No porque tuviera algo contra Mia.
Al contrario.
Ella siempre había sido amable conmigo.
Pero escuchar aquello me hizo sentir como una segunda
opción.
Como si me estuviera llamando porque la persona con la
que realmente quería estar no estaba disponible.
—¿Isaac? ¿Sigues ahí?
Guardé silencio unos segundos.
—No puedo.
—Pero...
—Lo siento, no puedo.
Y colgué.
Me quedé mirando la pantalla apagada del celular.
Aquella frase me había recordado algo que llevaba días
intentando ignorar.
No podía hacerle eso a Mia.
Arturo seguiría atrayéndome.
Seguiría gustándome.
Probablemente seguiría queriendo besarlo.
Pero estaba comprometido.
Y esa era una línea que no pensaba volver a cruzar.
Como tampoco pensaba permitir que él la cruzara otra
vez.
Así que tomé un bote de pintura y un pincel. Encendí un
cigarrillo y dejé que los brochazos ocuparan mi mente. El
olor a pintura se mezcló con el humo mientras los colores
comenzaban a cubrir el lienzo. Era mejor perderme entre
trazos y manchas de pintura que enfrentar todo lo que
rondaba por mi cabeza.
Apagué mi celular y seguí pintando hasta perder la
noción del tiempo.
Cuando finalmente lo encendí, ya era la una de la
madrugada.
Tenía varias llamadas perdidas de Arturo.
Y muchos mensajes.
¿Te molestó algo?
Lo siento si dije algo que no te gustó.
Contesta.
No quiero volver a perderte.
Eres importante para mí.
Lo siento, hablemos.
Me quedé observando la pantalla en silencio.
Pero el último mensaje fue el que me dejó sin saber qué
hacer.
Voy para allá.
Enviado a la una y quince de la madrugada.
Miré la hora.
Era la una y veinte.
Arturo estaría aquí en cualquier momento.
—Carajo, carajo, carajo... —murmuré mientras me
lavaba las manos y la cara.
Hasta que escuché el timbre sonar. Miré por la ventana y
vi el carro de Arturo.
Me pasé rápidamente la toalla por la cara y bajé a abrir.
Arturo estaba parado en la puerta. No dijo nada;
simplemente entró.
—Arturo, ¿qué haces aquí?
Estaba claro que había tomado.
—¿Has estado bebiendo? —le pregunté.
—¿Por qué no contestas? —dijo él.
—Vamos, Arturo. Ven a dormir. Mañana hablamos.
Lo tomé del brazo para llevarlo hacia mi cuarto, pero él
apartó mi mano bruscamente.
—¿Por qué no contestas? —repitió.
Me pasé las manos por el cabello.
—Arturo, ¿qué quieres? Estaba ocupado.
—No lo entiendes. No puedo soportarlo. Si estás enojado
conmigo, no puedo estar bien.
—Arturo, por favor. Solo vamos a dormir. Estoy cansado
y tú estás tomado.
—Yo solo quiero estar contigo.
—¿Conmigo? —reí con amargura—. Eso debiste haberlo
pensado en el colegio.
—Perdón. Yo no sé qué hacer. Quiero estar contigo, pero
me da miedo.
—No. No vas a hacer esto ahora.
Mi voz comenzaba a sonar molesta.
—Vienes a mi casa, apareces de nuevo en mi vida y
pretendes que todo vuelva a ser como antes. Ni siquiera
entonces sabía qué éramos.
—Yo lo sé, pero...
—No hay peros. Me besas y después dices que quedemos
como amigos. Quieres salir conmigo solo porque Mia no
está. Y además, ¿qué haces aquí diciéndome todo esto?
Estás comprometido con ella.
Mi voz tembló. Las lágrimas comenzaron a caer por mi
rostro.
Arturo se acercó un paso.
—Lo sé. Sé que soy un imbécil. Pero desde que volviste
a aparecer, eres lo único en lo que pienso.
—Pues en quien deberías pensar es en Mia.
—Lo sé.
Suspiré y aparté la mirada.
—Lo mejor es irnos a dormir.
Me di la vuelta en dirección a mi cuarto.
—Puedes quedarte por hoy. Ya es tarde.
Sentí cómo Arturo sujetaba mi brazo. Cuando me giré,
nuestros ojos se encontraron por un instante.
Y entonces volvió a besarme.
—Para... —murmuré—. Esto no está bien.
Intenté apartarme, intenté recordarme todas las razones
por las que debía hacerlo, pero cada una parecía perder
fuerza cada vez que lo sentía cerca.
Después de unos segundos dejé de resistirme.
Le devolví el beso.
Con rabia.
Con tristeza.
Con todo lo que llevaba años guardando.
Las lágrimas seguían cayendo por nuestras mejillas
mientras nuestros labios volvían a encontrarse una y otra
vez.
Era un beso desesperado, cargado de emociones que
ninguno había sabido expresar con palabras.
Retrocedimos sin separarnos, dejándonos llevar por el
momento.
Sin darme cuenta llegamos a mi habitación.
La puerta se cerró a nuestras espaldas.
Ninguno parecía dispuesto a alejarse.
Las caricias comenzaron a ser más constantes, más
necesitadas. Mis manos se aferraban a él mientras las
suyas recorrían lentamente mis brazos y mi espalda.
La respiración de ambos era cada vez más agitada.
Sentía el corazón golpeándome con fuerza en el pecho.
Todo era confuso.
Todo estaba mal.
Pero ninguno parecía pensar en eso.
Entre besos y abrazos, la distancia que habíamos
intentado mantener desapareció por completo. Poco a
poco, las barreras que ambos habíamos levantado durante
años comenzaron a derrumbarse.
Por un instante no existían Mia, los errores del pasado ni
las conversaciones pendientes.
Solo estábamos nosotros.
Dos personas agotadas de seguir luchando contra lo que
sentían.
Y aunque una parte de mí sabía que aquello traería
consecuencias, en ese momento fui incapaz de
detenerme.
Sentía el cuerpo de Arturo contra el mío mientras
nuestras manos recorrían cada espacio que los años nos
habían impedido conocer.
No lo había notado antes, pero tenía algunos lunares
dispersos por el pecho. Mis dedos se detuvieron un
instante sobre ellos, como si intentara grabar aquel
momento en mi memoria.
Arturo seguía aferrándose a mí, mientras sus labios
buscaban los míos una y otra vez.
Esa noche olvidamos quiénes éramos.
Olvidamos los problemas, las dudas y todo aquello que
nos había separado durante años.
Por unas horas solo fuimos dos personas agotadas de
seguir guardándose sentimientos.
Dos personas que nunca habían conseguido cerrar un
capítulo de sus vidas.
Y que, por primera vez en mucho tiempo, dejaron de
tener miedo de sentir.
Pero la noche terminó y, con ella, llegó el amanecer,
recordándonos todo aquello que habíamos olvidado por
unas horas.
Arturo despertó mientras yo permanecía sentado frente a
mi escritorio.
—¿Qué sucede? —preguntó con la voz todavía
adormilada.
—Esto no puede volver a pasar, Arturo. No puedo hacer
esto. Tú te vas a casar.
Arturo se incorporó lentamente en la cama y se pasó una
mano por el rostro.
—Isaac, escucha. No voy a mentirte. No puedo romper el
compromiso.
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía al escucharlo.
—Entonces no hay nada más que hablar.
—¿Por qué no?
Lo miré confundido.
—¿Qué?
—¿Por qué no podemos estar así?
Fruncí el ceño.
—¿Así cómo?
Arturo bajó la mirada por unos segundos antes de
responder.
—Tú y yo.
Sentí que la rabia volvía a subir por mi pecho.
—¿Me estás escuchando? Te vas a casar.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué se supone que significa eso?
Arturo suspiró.
—No lo sé. Solo sé que cuando estoy contigo todo parece
más fácil.
Solté una risa amarga.
—Claro. Porque tú puedes volver con Mia y seguir con tu
vida como si nada hubiera pasado.
Arturo guardó silencio.
Y eso fue suficiente.
—No pienso convertirme en el secreto de nadie.
—Isaac, yo no quise decir eso.
—Pero es exactamente lo que significa.
Me puse de pie y me alejé unos pasos.
—Esto estuvo mal desde el principio.
Mi voz tembló, pero no aparté la mirada.
—Yo no soy la segunda opción de nadie, Arturo. Hace
mucho tiempo dejé de ponerme en segundo lugar por los
demás.
—Isaac...
—¿Sabes qué? Vete al carajo.
Las lágrimas amenazaban con salir otra vez.
—No quiero volver a verte. Lo mejor es que te vayas.
Arturo abrió la boca para decir algo, pero terminó
guardándose las palabras.
Por dentro estaba destrozado.
Una parte de mí quería correr hacia él y pedirle que se
quedara.
Quería que me dijera que estaba dispuesto a elegirnos.
Quería que, por una vez, dejara de tener miedo.
Pero no lo hizo.
Y aunque lo quisiera más de lo que me gustaría admitir,
no estaba dispuesto a convertirme en el otro de nadie.
No después de todo lo que me había costado aprender a
elegirme a mí mismo.
Por la tarde me reuní con Allison. Necesitaba hablar con
alguien y, ¿quién mejor que ella? En todos estos años
había logrado conocerme mejor que nadie.
Sin embargo, hacía bastante tiempo que no
conversábamos. Ambos habíamos estado ocupados con
nuestras propias vidas.
—¿Qué sucede? —preguntó Allison mientras daba un
bocado al pastel de chocolate que, para mí, siempre había
sido demasiado empalagoso.
—¿Te acuerdas de Arturo?
Frunció el ceño unos segundos, intentando recordar.
—¿Arturo? No... la verdad es que no.
—Arturo, el del colegio. El primer chico que me gustó.
—¡Ah! Sí, el idiota que te rechazó de la peor forma y
después te besó. ¿Qué pasa con él?
—Pues... nos volvimos a encontrar.
Después de decir eso, comencé a contarle todo lo que
había ocurrido desde aquel día hasta la noche anterior.
Allison solo me observaba en silencio. Sus expresiones
cambiaban constantemente: sorpresa, enojo,
preocupación... parecía sentir conmigo cada parte de la
historia.
Cuando terminé, permanecimos unos segundos en
silencio.
—Sabes que esto te está haciendo mal, ¿verdad? —dijo
finalmente.
Bajé la mirada.
—Lo sé. He intentado que no pase, pero no puedo
evitarlo. Y me siento muy culpable por lo que pasó.
—Mira, no soy quién para juzgarte. Me conoces, yo
también he cometido errores. Pero una cosa sí puedo
decirte: sentir ansiedad, tristeza y culpa por alguien no
son señales de que esa persona te haga bien. No es sano.
Sentí cómo las lágrimas amenazaban con salir otra vez.
—Yo no quiero volver a verlo.
Allison me tomó de la mano.
—Lo sé. Y sea lo que sea que decidas hacer, tienes todo
mi apoyo.
Sonrió de lado antes de añadir:
—Pero si Arturo vuelve a hacerte sufrir así, le voy a dar
una golpiza que nunca va a olvidar.
No pude evitar soltar una pequeña risa.
—Eso quiero verlo.
Ella también se rió y el ambiente se volvió mucho más
ligero.
Después seguimos conversando de otras cosas. Estar con
Allison siempre hacía que todo pareciera más sencillo.
Con ella podía olvidarme, aunque fuera por un momento,
del desastre que tenía en la cabeza. Incluso acordamos un
día para ir a buscar ropa para la feria.
Una llamada interrumpió el momento.
Era Matías.
—Hola, Matías. ¿Qué pasó?
—Hola, Isaac... —respondió con un tono algo nervioso
—. Quería preguntarte algo.
—Sí, dime.
—¿Esta noche estás libre?
Lo pensé un momento.
—La verdad... no tenía nada planeado. ¿Por qué?
—Es que... no sé si te gustaría acompañarme. Tengo
entradas para el estreno de una película.
Hablaba con cierto nerviosismo. Era extraño escucharlo
así.
—Mmm... no lo sé. Pásame un poco más de información,
la hora y todo eso, y te confirmo más tarde, ¿te parece?
—Ah... sí, claro. Espero que puedas ir.
Colgué la llamada y me quedé unos segundos mirando la
pantalla del celular.
—Qué extraño sonó...
—¿Quién sonó extraño? —preguntó Allison.
—Ah... nadie.
—Vamos, habla. ¿Quién era?
—Es un compañero de Arturo que conocí cuando fui a
verlo.
—¿Y qué quería?
—Quería invitarme al cine.
El rostro de Allison cambió por completo. Una enorme
sonrisa apareció en su cara.
—¡Tienes que ir! Anda, distráete. Deja de pensar en
Arturo. Capaz y este termina siendo el nuevo amor de tu
vida.
Solté una risa.
—No lo sé... No tengo muchos ánimos para salir.
—¡Claro que sí! —dijo mientras me quitaba el celular de
las manos—. Mira, te escribió. Dice que es a las siete de
la noche.
Antes de que pudiera reaccionar, escribió una respuesta.
"Acepto. Ahí nos vemos."
—¡Allison! ¡No!
Intenté quitarle el teléfono, pero ya era demasiado tarde.
Ella miró la foto de perfil de Matías y levantó una ceja.
—Uy... además es guapo. Ahora sí tienes que ir.
Suspiré resignado.
—Pues... ya qué.
Allison solo sonrió satisfecha, como si acabara de
resolver uno de los mayores problemas de mi vida.
Arturo había estado escribiéndome durante todo el día.
No tenía fuerzas para bloquearlo, pero tampoco para
responderle, así que simplemente dejé que los mensajes
siguieran llegando. No quería saber nada de él.
Su propuesta tan estúpida me había herido demasiado
como para hablar con él en ese momento.
Un nuevo mensaje apareció en mi celular.
Matías:
"¿Paso por tu casa?"
Fruncí el ceño.
"¿Mi casa?"
"Sí. Sé que dijiste que nos viéramos en el cine, pero creo
que es mejor si paso por ti. Ya sé el camino."
"Ammm... está bien."
"Perfecto. A las seis estoy ahí."
Sonreí sin darme cuenta.
Hace un momento estaba nervioso y ahora ya organizó
todo.
Miré mi armario.
—Bueno... ¿y ahora qué me pongo?
Era el estreno de una película. Tal vez debía verme un
poco más arreglado.
Me duché, me cepillé el cabello y me vestí con un
pantalón ancho de tela color café, una chaqueta de cuero
color vino, una camisa negra y unas botas negras.
Siempre me había gustado combinar ropa, aunque nunca
estaba completamente seguro de si realmente me veía
bien.
Me observé unos segundos frente al espejo. Me acomodé
el cabello, me puse algunos accesorios y mis lentes.
Aún eran las cinco y media, así que salí al balcón.
Abrí mi bolso, saqué la cajetilla de cigarrillos, encendí
uno y le di una calada.
Volví a mirar el celular.
Los mensajes de Arturo seguían ahí.
Pero todavía no estaba listo para leerlos.
Me quedé observando las calles mientras terminaba el
cigarrillo.
Y, tal como había dicho, a las seis en punto sonó el
timbre.
Abrí la puerta.
—Hola.
—Hola —respondió Matías con una sonrisa—. Luces
muy bien.
Sentí un poco de calor en las mejillas.
—Gracias.
—Deberías dar clases para vestir con estilo.
Se rió después de decirlo.
—Tampoco exageres. Tú también te ves muy bien.
Matías llevaba una chaqueta larga de gamuza negra, un
suéter negro de cuello alto y un pantalón ancho del
mismo color. El conjunto le quedaba increíblemente bien.
—Antes de irnos... ¿podrías regalarme un vaso de agua?
—Claro, pasa.
Entró a la casa mientras observaba todo con curiosidad.
—¿Con quién vives?
—Con mi papá y mis hermanos. Aunque estoy ahorrando
para independizarme.
—¿En serio? ¿Por qué?
—No lo sé... quiero un poco más de privacidad y
aprender a vivir por mi cuenta.
—Me parece una buena idea.
Mientras hablábamos, se detuvo frente a una cómoda
llena de fotografías.
—¿Qué miras?
Entonces recordé que ahí estaban todas mis fotos de niño.
—¡Pero mira qué lindo eras!
Tomó una de las fotografías antes de que pudiera
impedirlo.
—¡Devuélvemela! Qué vergüenza.
—¿Vergüenza? Si eras adorable.
Intenté alcanzarla, pero levantó el brazo para que no
pudiera tomarla.
Al acercarme, nuestros brazos terminaron rozándose.
Quedamos frente a frente.
Por un instante me quedé inmóvil.
De cerca podía notar mejor sus ojos oscuros y la
tranquilidad con la que me observaba.
Aparté la mirada casi de inmediato.
—¿Qué? ¿Te puse nervioso? —preguntó con una sonrisa
divertida.
—Idiota.
Él soltó una carcajada.
—Bueno... ¿no ibas a darme un vaso de agua?
—Sí, ya voy.
Después de beber el agua, miró la hora.
—Será mejor que nos vayamos. A esta hora suele haber
mucho tráfico.
—Está bien.
Tomé mis llaves, el celular y la billetera. Cerré la puerta
y ambos subimos al auto.
Durante el camino hablamos de muchas cosas: música,
películas, los planes que teníamos para el futuro. La
conversación fluía con tanta naturalidad que el trayecto
se me hizo mucho más corto de lo que esperaba.
—Oye, por cierto... el cuadro que vi colgado en tu sala,
¿lo hiciste tú?
—Sí. Lo pinté hace más o menos un año.
—¿En serio? Tienes muchísimo talento.
Sonreí con algo de vergüenza.
—Gracias.
—Conozco al dueño de una galería. Creo que tus cuadros
podrían interesarle.
Lo miré sorprendido.
—¿De verdad?
—Claro. Si quieres, puedo escribirle.
La idea me emocionó más de lo que quería admitir.
—No es necesario.
—¿Por qué no?
—No quiero que pienses que soy un aprovechado.
Matías negó con la cabeza.
—Tranquilo. Yo fui quien lo propuso. Además, me gusta
ayudar a la gente cuando creo en su trabajo.
Lo observé unos segundos antes de sonreír.
—Está bien... gracias.
Cuando llegamos, el lugar estaba lleno de gente. Había
filas para entrar y el murmullo de las conversaciones
apenas dejaba escuchar la música del vestíbulo.
Pero la sorpresa llegó casi de inmediato.
Arturo también estaba ahí.
Carajo…
Desvié la mirada de inmediato mientras caminaba junto a
Matías, esperando que no nos hubiera visto.
No tuve tanta suerte.
—¡Matías! —escuché detrás de nosotros.
Nos detuvimos.
—Arturo… —respondió Matías con naturalidad—. No
sabía que estarías aquí.
—Quería distraerme un rato —contestó con un tono
serio.
Sus ojos pasaron de Matías a mí.
Y se quedaron ahí.
—Con razón no contestabas mis mensajes —dijo
finalmente Arturo.
Sentí un golpe en el pecho.
No respondí.
Matías, en cambio, sonrió como si no hubiera tensión en
el aire.
—¿Así que vinieron ustedes dos?
—Sí. ¿Algún problema? —respondió con calma—. Isaac
y yo nos hemos vuelto bastante cercanos. Creo que
debería agradecerte por eso.
Arturo frunció ligeramente el ceño.
—¿Agradecerme?
—Claro. Gracias a ti conocí a Isaac ese día en el
ascensor.
Una sonrisa breve, casi irónica, apareció en el rostro de
Arturo.
—Si no recuerdo mal, ese día no lo trataste muy bien.
Matías soltó una pequeña risa.
—Tienes razón. Pero ya lo solucionamos.
El aire entre los tres se volvió más pesado.
Arturo volvió a mirarme.
—Veo que estabas ocupado.
No supe qué responder.
—Por cierto… —añadió Matías, rompiendo el silencio—
¿dónde está tu prometida? No la veo.
La expresión de Arturo cambió apenas un segundo.
—Está en el baño.
—Entiendo.
Matías dio un paso hacia adelante.
—Bueno, nosotros ya vamos a entrar. Disfruta la
película.
Arturo no respondió.
Solo nos observó.
Y por primera vez, su mirada no era solo seria.
También era algo más.
Molesta. Herida.
Yo no dije nada.
No podía.
Ni siquiera estaba seguro de poder respirar con
normalidad.
Cuando nos alejamos lo suficiente, Matías bajó un poco
la voz.
—¿Pasa algo, Isaac?
Negué demasiado rápido.
—No… nada. Vamos a ver la película.
Me miró unos segundos más, como si no me creyera del
todo.
—Si quieres podemos irnos a otro lado.
Lo pensé.
Una parte de mí quería salir de ahí.
La otra… no quería seguir huyendo.
Respiré hondo.
—No… está bien. Vamos.
La película empezó, pero yo no podía concentrarme en
absolutamente nada.
Las imágenes frente a mí pasaban como ruido lejano. Mi
cabeza estaba en otro lugar.
En Arturo.
En su mirada.
En lo que había dicho.
“Con razón no contestabas mis mensajes…”
No dejaba de darle vueltas.
Hasta que el celular vibró.
Un mensaje.
De él.
Sentí un golpe en el estómago.
Después de ignorarlo todo el día, lo abrí.
Arturo:
"Quiero verte en el baño ahora. O voy y te saco yo
mismo."
—Carajo… —susurré.
Me levanté lentamente.
—Tengo que ir al baño —le dije a Matías, sin mirarlo
mucho—. Ya regreso.
—Está bien —respondió él—. Ve con cuidado.
Tragué saliva y caminé por el pasillo.
El baño estaba casi vacío.
Entré.
Y apenas lo hice, la puerta se cerró detrás de mí.
Seguro.
Arturo estaba ahí.
—¿Qué haces? —dije de inmediato.
—¿Qué haces tú con él? —respondió sin rodeos.
Su voz era fría. Tensa. Contenida.
—Estoy viendo una película —contesté—. Como
cualquiera.
—No te hagas el idiota, Isaac.
Lo miré.
Sus ojos estaban cargados de molestia.
—Ese día dijiste que lo detestabas —continuó—. Y ahora
estás con él como si nada.
—Con quien salga o no es mi problema —respondí, más
firme—. No estoy reclamándote que estés aquí con…
Mia.
La tensión subió de inmediato.
—Es diferente —dijo él.
—No. No lo es —respondí, sin apartar la mirada—. Lo
que sí es diferente es lo ridículo que es esto.
Silencio.
El aire se volvió pesado.
Arturo apretó la mandíbula.
—No todos podemos ser como tú, Isaac.
—No —respondí—. Pero al menos yo no hago daño a la
gente y luego finjo que no pasa nada.
El silencio cayó por completo.
Por un segundo, pensé que la conversación había
terminado.
Pero no.
Arturo dio un paso hacia mí.
Y antes de que pudiera reaccionar, me tomó del rostro y
me besó.
Todo pasó demasiado rápido.
Demasiado intenso.
Me quedé inmóvil un segundo… y luego reaccioné.
Lo empujé con fuerza.
—Déjame —dije, respirando agitado.
Arturo me miró, sin retroceder del todo.
—Sé que te gusto —dijo—. Y tú también me gustas.
Sentí rabia. Confusión. Algo que no quería nombrar.
—No me interesa todo esto —respondí, seco—. Esto
hubiera sido diferente si no fueras un cobarde.
Abrí la puerta del baño.
Lo miré por última vez.
—Déjame en paz.
Y salí.
Una vez de vuelta en el cine, pasé toda la película
tratando de no pensar en nada. Pero era imposible. Cada
cierto tiempo mi mente volvía a lo mismo: Arturo, el
baño, sus palabras… el beso.
Sentía que todo había sido demasiado.
También me parecía injusto para Matías. Él me había
invitado con una buena intención y no quería hacerle
pasar un mal rato.
Cuando la película terminó, las luces se encendieron
lentamente y la gente comenzó a levantarse.
Salimos junto con la multitud.
—¿Quieres ir a cenar? —preguntó Matías mientras
guardaba su celular.
—Sí, pero ya es algo tarde… no creo que haya muchos
restaurantes abiertos.
Él suspiró.
—Ah… tengo demasiada hambre.
Me quedé pensando un segundo.
—Hay un lugar… pero no sé si quieras ir.
—¿Por qué no?
—Porque no es algo muy elegante que digamos.
Matías soltó una risa.
—Bro, yo soy muy de calle.
Lo miré de reojo.
—Claro… muy de calle —dije con sarcasmo.
Él se rió más fuerte.
—Vamos, no me subestimes.
Llevé a Matías a un restaurante que, en realidad, era solo
una carpa cerca de mi casa. Me daba gracia, porque se
notaba que no estaba acostumbrado a ese tipo de lugares.
—Vamos, siéntate —dije.
Matías solo se limitó a acomodarse, tratando de verse lo
más natural posible, lo que me causó aún más gracia.
—Hola, ¿nos puedes dar dos empanadas de viento con
café cargado? —pedí.
—¿Empanadas de viento? —repitió Matías.
—Sí, empanadas de viento. ¿No las conoces?
—Sí… o sea, sí he escuchado, pero nunca las he probado.
—Pues hoy es tu día de suerte.
El ruido de la calle, junto con las personas pidiendo y
conversando, hacía que el ambiente se sintiera extraño…
pero de alguna manera acogedor.
—Y qué tal, te dije que no era algo muy sofisticado —
comenté.
—Está perfecto —respondió él sin dudar.
Cuando nos trajeron el pedido, Matías se quedó mirando
la comida con sorpresa.
—Qué grandes son.
—Así son las empanadas de viento —dije riendo—.
Vamos, pruébalas.
Matías tomó un trozo con algo de duda y lo probó.
Después de unos segundos, su expresión cambió por
completo.
—Esto está buenísimo —dijo sorprendido, y siguió
comiendo.
Yo solo me reía. Era como ver a un niño probando un
dulce nuevo por primera vez.
—Y el café también está muy bueno —añadió.
—¿Ves? Te dije que era un buen lugar.
—Tienes que recomendarme más lugares así —dijo.
—Me parece bien.
Por un momento, toda la tensión que había sentido
durante el día desapareció.
Matías pidió otra empanada. Yo solo me quedé con una
más.
—Ya estoy muy lleno —dijo al final, recostándose un
poco.
—Te dije que comieras solo una —respondí riendo.
—Es que estaban muy buenas.
Cuando terminamos, lo llevé hasta la puerta de mi casa.
Matías se quedó unos segundos en silencio dentro del
auto. El ruido de la calle parecía más lejano ahora.
—Gracias —dijo finalmente.
—¿Por qué? —pregunté—. Yo debería agradecerte a ti.
Esta noche fue muy linda.
Matías negó suavemente.
—La verdad… quería distraerme un rato. Y no pensé en
nadie más con quien pudiera ver esa película que contigo.
Sus palabras me golpearon de una forma extraña.
No sabía si sentirme feliz… o inquieto.
—Me alegra que me hayas considerado —dije al final.
Abrí la puerta del auto.
—Bueno… entra. Ya es muy tarde.
—Sí —respondí—. Escríbeme cuando llegues a casa.
—Está bien.
Matías se quedó mirando hasta que entré.
Y por alguna razón… no me di la vuelta de inmediato.