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1
Había estado trabajando durante un largo rato para intentar conseguir
buenas reseñas por parte de sus proveedores. Desde hace tiempo había
buscado la meta de conseguir más médicos que utilizaran los equipos que
en su compañía ofrecían, pero muchos de ellos no tenían interés en probar
sus productos por contar con la confianza que previamente habían
construido con otras personas.
En general, Robert era un ser humano bastante peculiar, siempre se
caracterizaba por trabajar duro, yendo todas las mañanas a caminar por los
distintos hospitales de la ciudad, visitando aquellos que eran pequeños y
hasta los más grandes, pues consideraba que nadie en general era más que
otro, pues dichos establecimientos tenían la labor de brindar salud a sus
pacientes.
El asunto era que para funcionar, un doctor necesitaba de medicinas y
equipo médico, muchos de los cuales eran provistos por empresas
especializadas en la materia, las cuales competían por ser los principales
proveedores de un hospital en general.
Gracias a su dedicación, había conseguido una clientela fiable, la cual
siempre le había dado una mano amiga cuando más lo necesitaba. No
obstante, como todo vendedor, debía estar moviéndose en diversas
oportunidades para lograr ampliar su lista de contactos.
Había sido catalogado por sus conocidos del trabajo como un excelente
trabajador, llegando a ganar buenas comisiones de vez en cuando, pero
mantener un estilo de vida en una ciudad tan grande como la capital costaba
mucho. Era bien sabido que las ciudades grandes se caracterizaban por un
elevado costo de la renta de sus apartamentos, pero si tomaba en cuenta
gastos como la gasolina, la luz, el teléfono o el agua, era casi imposible
vivir si un ingreso de al menos dos mil dólares mensuales en un
apartamento de clase media.
Él vivía bien, pero debido a los altos costos de vida, para vivir de manera
adecuada tenía que “matarse” trabajando. Su padre siempre le enseñó la
importancia del trabajo, haciendo hincapié en que para lograr sus objetivos,
la mejor forma de hacerlo era esforzándose cada vez más.
En general, es debido a este tipo de actitudes que mucha gente no trataba
con él. Los amigos que tenían los había hecho en su labor como proveedor,
pero eran contados con los dedos de su mano. No solo eso, su voluntad de
dedicar su vida al trabajo era algo que le había afectado también la
posibilidad de tener relaciones.
Era complejo, pero a pesar de que era gay, no le era tan fácil inmiscuirse en
la cultura de las “citas” o la comunidad. Le parecía bastante horrible la
forma en como era tratado el amor, quedando en un segundo plano por una
simple noche de placer, la cual podría costarle a muchos más de lo que
algunos creían.
El estar con alguien en ese plano significaba todo para él. Nunca había
hecho el amor con alguien solo por hacerlo, quizás era por eso que solo
había tenido dos relaciones a lo largo de su vida. Ahora había llegado al
punto en el que simplemente se preocupaba de que jamás hallaría a la
persona ideal para compartir su vida, temiendo quedarse solo en un cuarto
mientras moría lentamente.
Su fobia a la muerte a veces hacía que se levantara a media noche,
respirando con fuerza mientras intentaba que el sudor no inundara su frente.
A veces tenía miedo de salir a la calle mientras estaba lloviendo por la
posibilidad de tener que contraer gripe o caerse. En varias ocasiones había
tratado de resolver el problema yendo al terapeuta, pero en el fondo
entendía perfectamente que no era fácil.
No obstante, no permitió jamás que dicho miedo dictaminará cómo debía
ser como persona, lo cierto es que lidió con dicho miedo durante varios
años de su vida y llegó a los treinta y dos sabiendo perfectamente que no
podía dejarse abatir jamás.
Por eso estaba en el hospital privado “Carl Jefferson”, el cual era
considerado por muchos como uno de los mejores hospitales de toda la
zona, contando con la posibilidad de atender a varios pacientes debido a su
nuevo edificio de consultas, el cual fue invadido por doctores de todas las
edades.
Cabe destacar, que esto representaba “carne fresca” para mucho en el
ámbito donde laboraba, aun así, el hospital tenía una estricta política de no
permitir la entrada a comerciantes, por lo que los doctores solo podían
contratar proveedores fuera del edificio.
Cualquiera vería este escenario como algo imposible, pero gracias a un
contacto personal que conocía a un doctor de la institución, consiguió la
posibilidad de entrar a la misma como paciente, logrando un chequeo con
un doctor especialista en los huesos de la espalda, cuyo nombre era Alex
Brianca.
El hombre al parecer era uno de los pesos pesados más populares de todo el
hospital, pues había estado casado y tenía dos hijos, pero actualmente
estaba soltero y tenía apenas treinta y nueve años, algo que era considerado
por muchos, impresionante, ya que la mayoría de los doctores superaban los
cincuenta para tener al menos una familia.
Dicha información fue recabada con la ayuda de su contacto, pues una de
las políticas que siempre trataba de llevar a cabo al momento de lidiar con
cualquiera de sus clientes, era conocer muy a fondo varios de los detalles
personales de estos, ya que en diversas ocasiones podría usarlos para su
beneficio personal si la mente lo requería.
En una oportunidad, tuvo la ocasión de ver que uno de sus clientes era
amante de las figuras de acción, por lo que a través de internet, se ilustró
sobre dicho tema durante un periodo considerable, consiguiendo saber lo
suficiente en una noche para entablar una conversación amena con el
aludido, quien se sintió tan a gusto con que alguien compartiera su
pasatiempo, que decidió leer los panfletos con los productos que la
compañía de Robert estaba ofreciendo, convirtiéndose así en un cliente leal
de la misma.
Así que ahí estaba, siendo examinado por el doctor, quien resultó ser todo
un galán. Para ser un hombre que rondaba la mediana edad, su apariencia
parecía propia de una persona que tenía al menos veinticinco años. Su
personalidad alegra también lo hacía sonreír, parecía una persona bastante
exitosa y capaz de lograr muchas cosas con tan solo proponérselo, y viendo
los títulos que este había conseguido en su oficina, debía admitir que tenía
cierta envidia de lo que había logrado.
No era para menos que aquel hombre había logrado una increíble
reputación. Una vez que las manos suaves de aquel sujeto terminaron de
examinar su espalda y hubo respondido todas las preguntas, pasó a la
siguiente fase, la cual era sentarse a hablar con el doctor sobre el resultado
de su examen.
- Bueno, puedo decirle señor Linwood, que tiene una excelente postura,
aunque creo que debe tratar de hacer más ejercicios de estiramientos, estoy
notando cierta resistencia al momento de agacharse, así que sería bueno que
empezara a caminar por las mañanas.
- Gracias. -Dijo algo avergonzado al ver que este sacaba a colación su falta
de ejercicio-. Y… Doctor, cuénteme, ¿hace cuánto tiempo está trabajando
en este hospital?
- Pues no mucho, empezamos hace poco en la consulta cuando inauguraron
este edificio, así que debo admitir que tengo como dos meses aquí,
anteriormente tenía una consulta privada en otro hospital, pero me quedaba
muy lejos de mis hijos.
- ¿En serio? -Sintió una oportunidad acercarse, así que decidió
aprovecharla-. ¿Y qué tal ha sido el proceso para mudarse a este lugar?
- Muy fácil, aunque hemos tenido cierta dificultad para conseguir algunos
materiales. -Admitió el hombre mientras escribía un papel algunas
medicinas-. Tome, esto podrá ayudarlo con los dolores musculares si
empieza a sentirlos luego de hacer ejercicio.
- Gracias. -Tenía que apresurarse o sería echado de aquella consulta-. Me
alegro mucho haber venido para aquí, es una lástima que mi trabajo
demande tanto.
- ¿A qué se dedica? -El hombre parecía realmente interesado.
- Pues no me creerá, pero me dedico a proveer materiales médicos a varias
personas.
- ¡No puede ser! -Dijo anonadado aquel hombre.
Sonriendo para sus adentros, trató de mantener la compostura mientras
seguía hablando con él. Ya tenía asegurada una venta.
- Sí, de hecho, mi compañía es una de las más conocidas, se llama “Farma”,
supongo que el nombre debe sonarle.
- Oh, sí, algunos de mis colegas trabajan con ella, pero no había tenido la
oportunidad de lidiar con ellos personalmente.
- Oh, que bien, pues si no es molestia, ¿podría dejarme su número? Me
encantaría contar con la colaboración de su parte para poder usarlos
productos en mi consulta o al operar.
- Claro que sí.
Contento de haber hecho un cliente nuevo, sonrió ante la posibilidad de
llevarse una nueva comisión. Tan feliz estaba que ni siquiera se dio cuenta
de que al darle la tarjeta de presentación a Alex, golpeó accidentalmente
una pequeña estatua griega de tamaño para escritorio que cayó al suelo.
De no haber sido por sus reflejos, la estatua se hubiese roto en varios
pedazos, pero por suerte eso no pasó. Aun así, eso no evitó que la misma se
abriera o mejor dicho, se separara en dos piezas. El asunto con esa estatua
es que estaba diseñada para abrirse de esa forma, pero el contenido de la
misma hizo que quedara algo anonadado.
Había una llave en el interior, incrustada en una pequeña caja de terciopelo,
la cual suponía que servía para abrir algo. No había nada más dentro de la
estatua, por lo que se la dio a Alex con una extraña mirada.
El doctor tomó la estatua algo aterrado, pues sus ojos estaban abiertos como
platos y tenía unas mejillas de color rojo debido a una razón que le parecía
desconocida.
- Lo siento. -Fue lo que alcanzó a decir al mismo tiempo que le daba la cara
de aquel dios griego.
- No pasa nada.
El pequeño tono de voz con el que habló le hizo dudar un poco de la
situación en particular. Mirando alrededor, intentó ver por qué alguien
ocultaría una llave como esa en aquel lugar.
- “Para guardar algo importante”. -Fue lo que pensó.
Al mirar alrededor. Sus sentidos trabajaron a gran velocidad para encontrar
lo que podía ser una especie de caja fuerte, la cual estaba en la repisa del
lado izquierdo con varios libros alrededor de la misma. Pudo detectar una
pequeña abertura en donde se podía apreciar el lugar en donde la llave iba y
estaba casi seguro de que la misma era para ese sitio en particular.
- Bueno… me tengo que ir, de verdad que ha sido un placer hablar con
usted.
No podía evitar sentir una inmensa curiosidad por saber qué había en esa
caja fuerte. Tenía que hacer algo para evitar salir del sitio y aprovechar la
oportunidad de ver lo que había en el interior.
Intentando mover los engranajes de su cabeza, pensó en la mejor manera
para hacer que el doctor saliera por lo menos cinco minutos de aquel sitio.
Fue así como dio con la idea de fingir un desmayo, logrando que caer sobre
sus rodillas y fingiendo un mareo al colocarse las manos sobre la cabeza.
- ¿Qué pasa? -Preguntó sin poder entender Alex al mismo tiempo que
soltaba la estatua para ir hasta él.
- Me siento algo… mal… no sé… creo que me duele la cabeza…
Alex le dio la mano y lo sentó en la silla, tocando su frente para ver si
percibía algún tipo de fiebre o algo, pero al no notar nada la retiro para
verlo preocupado.
- ¿Necesita ayuda? Puedo llamar a un doctor especialista en diagnósticos si
eso es lo mejor.
- Bueno… quizás sea buena idea verificar primero…
- De acuerdo, deme cinco minutos y ya regresó.
Alex salió de aquel cuarto con mucha rapidez, oportunidad que Robert
aprovechó para buscar la estatua tan pronto lo escuchó salir de la consulta.
En menos de cinco segundos estaba colocando la llave en la cerradura de la
caja fuerte, alegrándose de confirmar que la misma se abría con facilidad
con el uso de la misma.
Una vez logró abrir la caja, observó el interior con curiosidad. Más allá de
algo que parecían joyas y algo de dinero, observó que había una serie de
documentos. Al cogerlos, comenzó a leer el título de los mismos y se
percató de que eran papeles de divorcio, lo cual le causó curiosidad, pues en
otras circunstancias cualquiera hubiese dejado esos papeles en su casa.
Su vista fue hasta lo que parecía el motivo por el cual su esposa había
solicitado el divorcio. Según los papeles había sido por “Diferencias
irreconciliables”, pero no puedo evitar leer la frase de las declaraciones de
ella en donde decía que “mi esposo sexualmente no es compatible
conmigo”.
Sin pensarlo dos veces, metió de nuevo los papeles en su lugar volviendo a
su puesto y dejando la llave en el sitio con el corazón latiéndole a millón.
No mucho después de que hubiera sido imprudente estuviera revisando las
pertenencias del doctor Alex, este se apareció con uno de sus colegas, el
cual era alto y de piel oscura con ojos castaños.
- Este es el paciente que te dije Richard.
- Vale, ya me encargo.
El doctor Richard uso una linterna para verificar sus pupilas, así como un
estetoscopio para chequear su pulso. Durante todo el proceso, simplemente
asintió y negó con la cabeza a las preguntas del doctor, pues no se sentía
con ganas de responder a nada en particular.
- Creo que sufrió una especie de shock, pues su actitud parece propia la de
un hombre que recibió una noticia impactante, ¿todo bien en casa? -
Preguntó con una mueca de preocupación el doctor.
- Sí… yo… creo que no he dormido lo suficiente, me siento algo…
desconcertado…
- Pues lo mejor será que vayas a descansar, estoy casi seguro de que mañana
podrás seguir trabajando como lo haces usualmente.
- Sí, sí…
- Por cierto, ya le dije a mi amigo sobre tu trabajo, así que espera una
llamada de él también. -El tono de Alex era jocoso y cargado de alegría.
- Ah… gracias, bueno… me retiro…
No estaba seguro de lo que estaba haciendo. Sus pies parecían moverse por
su cuenta, y juraba que en algún lugar había alguien observándolo, solo así
podría explicar lo que acababa de pasar.
Era gay.
No había ninguna duda, no quiso seguir leyendo más de la cuenta, pero
estaba más que consciente de que su esposa se refería a la sexualidad de su
marido al declarar dicho argumento, pues había visto sentencias similares
en el pasado en el periódico de casos famosos, por lo que usualmente estaba
relacionado el uso de dicho argumento para decir que su esposo le gustaban
los hombres.
No debía haberse entrometido. ¿Por qué diablos no aprendía a meterse en
sus asuntos? Ahora tenía en su mente lo que había hecho, y lo peor de todo,
no se creía capaz de traer a colación dicho tema en frente de Alex en su
vida.
Se sentía demasiado culpable. Alex no se merecía que hubiese hurgado de
dicha forma en su vida privada, sobre todo si tomaba en cuenta la confianza
que este había depositado en él al querer contratar sus servicios.
¿Qué haría si lo volvía a ver?
Lo peor de todo es que quería verlo de nuevo. Su cuerpo estaba más que
nunca atraído al físico de aquel doctor al saber que compartían los mismos
gustos, aunque su mente por otro lado, le decía que esa actitud lo llevaría a
un camino oscuro y lleno de decepciones.
No obstante, por ese día ya habían pasado muchas cosas fuera de lugar, por
lo que necesitaba ir directo a su casa para poder conciliar algo de sueño. Lo
necesitaría.
2
Alex había pasado toda su vida trabajando duro para conseguir lo que
quería. Desde pequeño se había esforzado en ser el mejor de su clase. No
importaba lo que pusieran en frente, siempre se proponía en hacer lo mejor,
pues su padre le había puesto altos límites de exigencia cuando realizaba las
cosas.
Aun así, su progenitor parecía poco impresionado con lo que él solía hacer,
haciéndolo sentir inútil. Pero él jamás permitió que esto lo detuviera,
siempre se dispuso a dar lo mejor de sí, no importaba cuándo ni dónde, pero
él iba a triunfar en todos los ámbitos posibles para restregar en la cara el
éxito a su padre y ver algún día su gesto de aprobación.
Su madre por su parte fue más compresiva, ofreciendo el apoyo y
compresión que necesitaba, pero por alguna extraña razón, nunca lo
encontró como suficiente, ya que siempre andaba buscando de la
aprobación de ese hombre o al menos lo hizo durante gran parte de su
adolescencia.
Ya entrando en la etapa de su adultez, comenzó a darse cuenta que su padre
nunca estuvo impresionado por sus logros por la manera en que él nació, ya
que en lo personal no quería casarse o tener hijos según escuchó de sus
abuelos, pero tuvo que hacerlo por presión social por parte de su familia al
dejar embarazada a su madre.
Esto en definitiva terminó por dejar en evidencia que no valía la pena luchar
por la atención de alguien que no la merecía. Aunque de forma irónica, al
cortar esta necesidad de su parte en querer llamar la atención, su padre cayó
en una espiral desafortunada que lo llevó a la muerte.
Sus últimas palabras fueron: “No cometas los mismos errores que yo”.
Si con eso se refería a dejar embarazada a una mujer y casarse por presión
social, Alex sabía perfectamente en ese instante que eso jamás pasaría, pues
tenía un futuro predeterminado y no lo iba a echar por la borda por una
aventura de media noche.
Casualmente terminó casándose con la que fue su novia en la universidad,
teniendo su primer hijo tan pronto se graduaron de la misma. Ambos eran
doctores bastante eficientes, él especializado en la parte de la columna
vertebral y el cerebro, mientras que ella se dedicaba al corazón.
Melina era una mujer impresionante, bella, inteligente y dedicada, la esposa
perfecta si quisiera ser exagerado. Pero él por su parte comenzó a darse
cuenta de los problemas de su matrimonio conforme pasaban los años.
Con el tiempo, notó que no se sentía a gusto teniendo relaciones con su
mujer, cada vez era más y más común ver cómo su rostro se tornaba apático
e inexpresivo cuando hacía el amor con ella, al punto de que las ocasiones
en las que ambos tenían relaciones se reducían a épocas esporádicas y aun
así no las disfrutaba.
De igual forma, poco a poco empezó a experimentar un extraño deseo por
algunos de sus colegas hombres. En diversas ocasiones quiso negar
semejante atracción a estas personas pero la misma solo crecía y crecía en
diversas ocasiones.
Finalmente, cedió. Específicamente con un hombre que era uno de los
médicos más exitosos del hospital. Giancarlo era claro con lo que quería,
solo ansiaba el cuerpo de Alex, no le interesaba más nada, pero él siempre
creyó que había algo especial en la manera en que ambos compartían el
lecho.
Fue la noticia de que el hombre iba a casarse con la hija del dueño del
hospital lo que terminó por enseñarle lo estúpido que había sido.
Decepcionado de sí mismo y por la traición que había cometido a su
matrimonio por no ser honesto con sus sentimientos, Alex tomó la decisión
de ser sincero con su mujer.
Estaba demás decir que Melina no se lo tomó bien, pero a pesar de todo, la
joven de cabellos rubios terminó reconociendo que ella sabía desde hace
tiempo de la orientación sexual de su marido, solo que se negaba a sí misma
que eso fuera posible, más por egoísmo y miedo a lo que dijeran los demás
de ella.
Lo cierto es que ambos pasaron la etapa del “rencor”, y trabajaron juntos
para sacar adelante a sus hijos, quienes al final del día eran las personas más
importantes de sus vidas. Es por eso que el divorcio pasó años después,
pues consideraban que sería bueno hacerlo cuando los chicos estuvieran
más adultos para comprender diversos temas.
No obstante, nunca reveló que era homosexual y tampoco pensaba a
hacerlo. Siempre había sentido un miedo apabullante ante la idea de que sus
colegas lo vieran como menos por el hecho de que le gustaban los hombres.
Melina le aseguraba que eran otros tiempos, pero él se empeñaba en ocultar
esta parte de su vida, a lo que ella simplemente le dijo que lo apoyaría
siempre que pudiera.
Así llegó a la edad de casi cuarenta años, todavía buscando un lugar en la
vida e intentando determinar qué era lo que realizaría de ahora en adelante
en cuanto a su vida amorosa se refiere.
Alex estaba actualmente observando el reloj, divagando un poco sobre el
pasado mientras intentaba estacionar su coche. Su esposa le había dicho que
fuera al juego de futbol de su hijo mayor, ya que eran las semifinales, y
había tenido un compromiso a última hora que le había impedido salir a
tiempo.
Por eso arribó al lugar con al menos diez minutos de retraso. Cuando vio las
gradas, apreció que Melina estaba sentada con sus lentes de sol en el medio
de las mismas, observando a Damián jugar con sus compañeros en la
posición que le asignaron en esa oportunidad.
Al acercarse hacia donde estaba ella, pudo observar que esta levantaba la
cabeza momentáneamente para después volver a enfocar su mirada en su
hijo.
- ¿Otro compromiso? -Dijo sin más al mismo tiempo que le daba unas
palomitas de maíz que había comprado.
- Lo mismo de siempre, a veces no entiendo qué diablos quieren estos
idiotas que haga uno en su tiempo libre si no pueden solucionar sus
problemas.
- Guau, primera vez que te veo tan molesto, normalmente eres mucho más
“lindo” con tus colegas de trabajo. -Dijo ella tomando un sorbo de la bebida
gaseosa que tenía al lado.
- Sí, pero intenta ser “lindo” con alguien que te tiene en la oficina durante
horas porque no entiende un simple procedimiento, detesto a los pasantes. -
Dijo fastidiado al mismo tiempo que tomaba otro bocado de las palomitas.
- Sí, me ha tocado lidiar con ellos, pero siempre trató de establecer las
normas claras desde un principio en donde trabajo. -Melina seguía mirando
a Damián, quien ahora pateaba la pelota a otro de sus amigos-. Eres
demasiado amable con la gente Alex, sabes perfectamente que te cuesta
decir que no.
Aunque quería negarlo con todas sus fuerzas, el aludido bajó la cabeza
avergonzado. Era precisamente por eso que describía Melina que terminó
con personas como Giancarlo y era también por eso que había gente que se
aprovechaba de él cuando notaban su debilidad sobre el tema.
- Lo sé…
- Sé que lo sabes, el problema es que te cuesta tomar el primer paso.
Esa frase la había escuchado varias veces, alegrándose un poco de recordar
los momentos que pasaron juntos como marido y mujer.
- Parece mentira que pasen los años y aún hablemos como si estuviéramos
casados, ¿no? -Comentó él con una media sonrisa.
- Sí… yo también me he preguntado lo mismo, pero creo que cuando se
trata de nosotros somos una pareja muy particular. -Melina sonría al ver que
su esposo estaba de mejor humor.
- Lo siento. -No sabía por qué se estaba disculpando, pero sentía que era
apropiado.
- No hace falta disculparse. -Aseveró ella colocando su mano en la de él.
- ¿Sabes que te amé mucho, no? -Habían pasado meses desde que se hizo
oficial su divorcio y aún no podía creerlo.
- Yo también, pero al final las cosas no funcionaron, no podíamos seguir así
y al final estoy segura de que solo queda esperar para que llegue alguien por
ti.
- ¿Cómo está tu pareja? -No había hablado en persona con el novio de
Melina, pero sabía que era extranjero.
- Muy bien, aún no habla bien el idioma, pero está en el proceso de
aprender las palabras más difíciles, al menos es un excelente doctor. -Indicó
ella riéndose al ver que su hijo festejaba un gol con sus amigos.
- Tienes tanta suerte… ya quisiera yo encontrar a alguien. -La verdad es que
se sentía algo solo cada noche al llegar a su apartamento.
- Descuida, de seguro aparecerá alguien interesante en el camino.
Ambos guardaron silencio, momento que aprovechó para ver a su hijo
jugar. Parecía mentira, pero consideraba que hace al menos un par de días
había visto a alguien interesante, una persona que casualmente volvería ver
hoy en la tarde para almorzar. Se trataba de un paciente que había atendido
en una consulta, y había resultado ser un proveedor de materiales médicos.
El chico en cuestión se llamaba Robert, y debía admitir que era bastante
amable y educado. Había algo en su forma de ser que le atraía mucho, y es
que su personalidad alegre lograba hacerlo sonreír mientras estaban
hablando.
Si no fuera por el hecho de que aquel hombre emanaba un aura “hetero”, no
dudaría ni cinco minutos en proponerle salir de noche, aunque no podía
evitar pensar que detrás de aquella sonrisa había algo más, por lo que quizás
eso fue lo que lo motivó a reunirse con él para discutir algunos precios para
la compañía.
La verdad es que tenía miedo de salir con la gente, la última vez que tuvo
una cita fue hace más de cinco años, y fue cuando Giancarlo y él salieron al
cine antes de ir a tener relación, así que no estaba muy seguro de que
contara como cita. Luego de eso tuvo puros encuentros casuales con
hombres y sinceramente esto lo había hecho ver a la vida como algo simple
y sin sabor.
El juego terminó minutos más tardes, el equipo de Damián terminó ganando
por dos puntos, así que disfrutó de ver a su hijo festejar durante todo el
camino al coche de su madre.
- ¿Oye, papá? -Preguntó el adolescente de dieciséis años.
- ¿Sí?
- ¿Podríamos ir a la fiesta de Gina este fin de semana?
- ¿Este fin? -Preguntó extrañado de recibir dicha propuesta cuando era
Melina la que siempre estaba dispuesta a llevarlo.
- Sí, lo que pasa es que es todos mis amigos van a ir con sus papás, pues es
un día antes del día del padre y su mamá decidió hacer una fiesta temática.
- Ah, ya.
Ahora que lo pensaba, estaban en junio, por lo que era lógico que las
celebraciones estuvieran relacionadas con el día del padre, pero nunca antes
había ido a un cumpleaños con dicha temática.
Al ver la cara ansiosa de su hijo, sintió un ligero atisbo de culpa, pues su
corazón se sentía incapaz de decirle que no.
- Sí, claro hijo, no hay problema.
- ¡Genial! -Su hijo Damián era bastante inocente al comportarse.
No podía evitar sonreír al ver a aquel joven tan alegre. De verdad que le
alegraba muchísimo el poder observar que era parte de su vida. No les había
dicho a sus hijos sobre su sexualidad, pero sabía que en algún punto tendría
que hacerlo, en especial si terminaba encontrando a una persona con la que
pasara su vida.
Al despedirse de Damián y Melina, sintió un pequeño vacío en su corazón.
Era muy común que desde la separación, se levantara todos los días
mirando la cama para ver que su esposa no estaba allí y que sus hijos no
amanecían en el comedor para desayunar con él.
Los primeros días lloró mucho, pero poco a poco fue acostumbrándose a la
soledad, entendiendo que a pesar de que su matrimonio no funcionó, al
menos aún podía ver a sus hijos y estaba en bueno términos con su esposa,
algo que muchos de sus compañeros no podían decir.
De camino a la reunión con Robert, pensó un poco en lo que le deparaba
aquel fin de semana, ya que si la fiesta iba a estar orientada al día del padre,
de seguro terminaría recibiendo un regalo por parte de su hijo.
Su estómago rugió debido al hambre así que se apresuró para llegar al sitio
indicado, el cual era un lugar especial de la ciudad debido a sus excelentes
precios y recetas. Le parecía que dicho sitio era un excelente restaurante
para comer, pues era económico y fácil de localizar, por lo que el hombre
no se perdería en el camino o dudaría de pagar su parte de la comida.
Se estacionó y bajó rápido del coche, sintiendo unas fuertes ganas de
devorar lo primero que se le atravesara.
Para su suerte, Robert ya estaba en el sitio sentado y esperando. El joven
estaba observando el menú del lugar cuando vio que llegó, levantando la
mano para saludar con entusiasmo. Por su cara, se lo veía mucho mejor
respecto a la otra vez que se desmayó en su consulta.
No entendía aquella reacción tan extraña. Según pudo entender por su
Richard, él había sufrido de un fuerte shock, pero él consideraba que el
mismo había pasado recientemente y no por eso era común que una persona
se pusiera como si puso Robert.
Indiferentemente de eso, se deleitó con la sonrisa del chico, quien estaba
usando unos lentos que lo hacían parecer mucho más viejo de lo que
realmente era, pero que resaltaban sus ojos azules. El joven era bastante
apuesto, cada vez que lo veía se imaginaba con él en todo tipo de
situaciones comprometedoras.
Buscando mantener la compostura, decidió dejar a un lado todos sus
problemas y enfocarse en Robert, quien le dio el menú tan pronto se sentó.
- La verdad es que todo se ve delicioso, pero en lo personal voy a probar el
pollo agridulce con lumpias, creo que es algo muy rico.
- A mí también me encantan las lumpias. -Dijo con una sonrisa mientras
veía el precio de esa comida tan deliciosa.
- Pues no se diga más, vamos a pedir una buena ración, tengo hambre.
- Ni que lo digas.
Aunque aquella conversación iba a ser para que Robert le presentará el
catálogo de productos que su empresa tenía a su disposición para los
médicos del hospital, debía admitir que se sentía como una agradable cita
romántica. Los dos se reían bastante, descubriendo que tenían muchas cosas
en común cuando se trataba de alimentos preferidos, así como otros detalles
que fue descubriendo y que le fascinaron enormemente de aquel joven.
No tenía idea por qué, pero Robert era mucho más joven, más intelectual y
menos extrovertido que la mayoría de los hombres que escogía para pasar la
noche o salir un momento, y con todo eso se sentía bastante cómodo y cero
presionado de llevar las cosas a otro nivel como solía hacer con los
hombros con los que había salido.
- Bueno, creo que eso es todo lo que tengo para ofrecer, ¿qué te parece?
- Me parece que hemos empezado a tratarnos de tú sin darnos cuenta. -Dijo
él con una pequeña risa.
- ¡Dios! ¿Quién lo diría? -Comentó él con felicidad.
- Respondiendo a tu pregunta, la verdad es que no tengo más nada que
decir, eres bastante elocuente al explicar la cosas, y si antes quería que
trabajaras conmigo, puedo decirte que ya eso es más una aseveración que
un supuesto.
Ambos se dieron la mano, oportunidad que tomó él para sentir la aspereza
de las mismas, propias de alguien que había estado trabajando durante un
largo rato con materiales de toda clase, cosa que le recordaba un poco a su
padre si era sincero consigo mismo.
- Ya que hemos terminado de comer, me gustaría preguntarte un par de
cosas. -Alex estaba bastante intrigado por la personalidad de Robert.
- Claro, dime.
- Pues lo primero que me gustaría saber es dónde vives como tal.
- No muy lejos de aquí, tengo un apartamento a cuatro cuadras de la zona.
- Mmm, ya veo, yo también vivo cerca, aunque un poco más apartado.
- ¿En dónde? -Pidió saber curioso.
- Cerca de la iglesia ortodoxa del centro.
- ¡Guau! -Soltó de manera ipso facto el chico-. Esa es una de las zonas más
ricas de la ciudad, yo por mi parte me conformo con una vivienda de clase
medie.
- Tampoco te des mala vida, no es la gran cosa. -Indicó algo ruborizado.
- Bueno, debo admitir que el sueldo de un proveedor como yo depende
mucho de los clientes.
- ¿Cuánto se gana en ese trabajo?
- Pues al menos treinta mil o cincuenta mil al año, aunque debes pagar
impuestos como todos y tu sueldo depende mucho de las comisiones.
- ¡¿Tan poco?! -Estaba algo impresionado e indignado por el salario que
recibía Robert en vista de su ardua labor como trabajador.
- ¿Acaso ganas más tú?
Una pequeña sonrisa que vino acompañada de un ligera risa, sonó algo
“pedante” de su parte, pero fue una respuesta más que suficiente de su
parte.
- Vaya, supongo que serás un “sugar daddy” si te lo propones. -Bromeó
Robert.
- Puede ser, pero no de cualquiera. -Afirmó de forma seductora.
Durante algunos segundos, ambos se miraron durante un largo rato, dejando
que sus ojos hablaran por ellos. Debía admitir que dicha atracción de su
parte era extraña, no quería llevarse a la cama al joven, pero en su corazón
tenía un profundo deseo de seguir hablando con él en otra oportunidad.
- Oye… este… tengo que irme, pero fue un placer hablar contigo. -Dijo con
una sonrisa el proveedor.
- Ah… sí… bueno…
Los dos estaban algo sonrojados. ¿En serio estaba considerando salir con
él?
Por más que quisiera hacer a un lado ese pensamiento, no podía visualizar
al menor como alguien único. Al pagar la comida, ambos salieron con un
aura alicaída, demostrando así que les pesaba dejar de estar juntos.
Cuando salió de aquel restaurante, observó durante unos segundos que
Robert usaba su teléfono para buscar una aplicación, lo que hizo que de
forma involuntaria preguntar:
- ¿Qué haces?
El aludido solo atinó a levantar la cabeza, parpadeando durante algunos
segundos para procesar la información recibida.
- Ah… este… estoy pidiendo un transporte para este sitio.
- ¿No tienes un coche? -Preguntó algo curioso.
- No, vine usando esta aplicación, la verdad es que no puedo permitirme un
coche, al menos no aún. -Reconoció pasando la mano por su nuca con unas
mejillas sonrojadas.
Nunca antes había sentido tanta pena por alguien. No era justo ver cómo el
pobre gastaba su dinero en transporte, así que por alguna extraña razón, dio
rienda suelta a ese instinto protector que surgió en su alma.
- Oye, si no te molesta, ¿te gustaría que te llevará hasta tu casa?
De forma instantánea, Robert se puso colorado de nuevo, haciendo que
Alex tuviera que contener la risa debido a lo adorable que era su expresión.
- ¡No! ¡Alex no tienes por qué hacerlo!
La frustración y vergüenza del chico solo hacían que su “príncipe salvador”
interno inflara aún más el pecho.
- No seas tonto, vamos a llevarte a tu casa, no es justo que gastes dinero
cuando puedes tener la oportunidad de llegar a tu casa conmigo.
- Pero…
- No acepto un no como respuesta. -Indicó con el ceño fruncido y cruzando
sus brazos en son de broma.
Durante algunos momentos Robert meditó su respuesta, instantes durante
los cuales Alex llegó a pensar que este se negaría de plano de nuevo. Pero
para su alivio, vio como el guapo proveedor exhalaba un largo suspiro,
observando con una media sonrisa al médico que sería su nuevo cliente.
- De acuerdo, pero solo por esta vez, no quiero convertirme en una peste.
- No te preocupes, te prometo no molestarte. -Dijo con mucha felicidad al
hablar.
Aunque internamente Alex planeaba que se repitiera aquella oportunidad en
varias ocasiones futuras.
3
Robert sabía que estaba haciendo mal.
Después de la reunión con Alex, no había evitado tener más oportunidades
de reunirse con él durante la semana. Lo cierto es que habían pasado varios
días hablando por mensajes de texto, lo cual los llevó a entablar una
relación muy cercana.
Alex era una persona bastante atenta, abierta y cariñosa, dispuesta a dar lo
mejor de sí cuando se trataba de complacerlo, pero él no podía evitar sentir
un fuerte sentimiento de culpa por lo que sabía de su persona.
Estaba formando una relación íntima con alguien a quien había engañado en
un principio, y más allá de eso, su actitud propia de un espía privado le
había hecho saber sobre la sexualidad de aquel amable doctor. ¿Quién era él
para aspirar a tener una relación con ese hombre? No podía verse al espejo
a veces debido al fuerte deseo de querer revelar la verdad a Alex.
No obstante, sus sentimientos estaban mezclados con el miedo. Alex había
cumplido su promesa de recomendarlo con varios de sus amigos médicos y
en cuestión de días había recibido una infinidad de solicitudes como
proveedor, recibiendo las más altas comisiones de su vida, así como una
serie de pagos astronómicos que le permitieron respirar tranquilo durante al
menos unos tres meses.
Aunque sonara egoísta, tenía mucho miedo de decir lo que sabía por perder
dicha entrada económica, pues su reputación como proveedor quedaría
arruinada si hacía molesta a uno de los doctores más famosos.
Fue así como sus interacciones con Alex no cesaron en ningún momento, al
punto de que este lo invitó a una fiesta infantil en la cual su hijo participaría
en honor al día del padre. Nunca antes había sido fan de dicha fecha, pues
su progenitor no era de hacer esas celebraciones jamás, pero debía admitir
que sentía curiosidad sobre la misma, por lo que terminó aceptando.
Cuando ambos llegaron con Damián, el lugar estaba lleno de todo tipo de
padres con diversas profesiones. Conoció a ingenieros, bomberos y hasta
policías, pero lo más interesante de todo fue lidiar con doctores de otros
hospitales, los cuales tenían una relación previa en muchos casos con Alex
debido a la profesión y quedaron encantados de saber que su compañía era
un proveedor de materiales, ya que varios necesitaban de uno.
La fiesta fue realmente agradable, y los niños la pasaron muy bien entre
ellos. Pero ya avanzada la velada, Robert notó que Damián estaba algo
triste. Su ánimo no concordaba con lo que había mostrado al llegar a dicho
sitio, por lo que sintió curiosidad por saber qué le había pasado.
Mientras los doctores conversaban, Robert percibió que el chico se retiraba
de la sala para ir a otro lugar con una cara que demostraba su fatalismo. Él
conocía perfectamente esa expresión, pues en algún punto la llegó a
experimentar cuando llegó a ser molestado por sus compañeros del colegio
por la condición humilde de su familia.
Al seguirlo, se dio cuenta de que el joven estaba en la escalera que daba al
piso superior, llorando en silencio mientras posaba su cabeza en sus brazos.
Con el corazón roto al escuchar la forma en la que estaba lamentándose,
Robert se acercó hasta él para sentarse a su lado, hablando con un tono
suave y conciliador.
- Hola, Damián.
- Déjame. -Pidió con voz pastosa mientras seguía cubriendo su rostro.
- No he dicho nada.
- Vienes a preguntarme si estoy bien, no quiero hablar de eso. -Manifestó el
chico con una voz cargada de dolor.
- De acuerdo.
Permaneció en silencio mientras seguía escuchando los lamentos del
muchacho, manteniendo su promesa de no pronunciar palabra. Aunque no
llevaba a la mano un reloj, calculó que debieron transcurrir al menos unos
minutos antes de escuchar al niño aclarar su garganta.
- ¿Y?
- ¿Qué?
- ¿No vas a decirme nada? -Preguntó limpiando su cara al levantar su
cabeza de la posición previa.
- Me dijiste que no dijera nada.
Con los labios presionados por la rabia y la tristeza, Damián soltó un fuerte
suspiro cargado exasperación. No era fácil llorar como adolescente, en
especial si era un chico, pero apreciaba que él comprendiera perfectamente
que no iba a juzgarlo y que respetaba las decisiones que este tomará a partir
de entonces.
- Mis amigos están molestándome.
- Ya veo.
- Están insultando a mi padre.
Alzando una ceja ante esa situación se preguntó qué era lo que podían estar
diciendo unos adolescentes que molestara tanto a Damián.
- ¿Qué están diciendo?
El chico bajó la mirada apenado.
- No puedo decirlo.
- ¿Por?
- Porque es una palabra que mi padre me dijo que no podía pronunciar.
Aquello no estaba haciendo gracia y poco a poco empezaba a dilucidar qué
era lo que podría estar detrás de todo.
- Damián, ¿acaso los chicos llamaron a tu padre con una palabra grosera?
- Sí… es una palabra muy fea, usada por la gente que odia a los
homosexuales.
Juraba que hubiese preferido que llamaran a Alex “idiota” u otra cosa, pero
saber que jóvenes menores de edad usaban “maricón” como insulto le
causaba tristeza y rabia al mismo tiempo. No solo eso, estaba también el
hecho de que no podía negar que en parte los chicos tenían razón respecto
al gusto de sus padres, pero no podía jamás reconocer que sabía dicho
secreto en frente del hijo de Alex, quien al parecer tampoco estaba enterado
de esto.
- Entiendo, ¿y quién te dijo esto?
- El tío de Gina le dijo que a mi papá no le gustaban las mujeres, y ella se lo
dijo a mis compañeros y todos empezaron a burlarse de mí en cuanto
tuvieron la oportunidad.
- Ya… ¿Y por qué no le dijiste al padre de Gina esto?
- No quiero chivarme como lo haría cualquier llorón, eso solo haría que me
molestarán más.
- ¿Entonces planeas sufrir en silencio? ¿De verdad te gustaría llevar ese
karma?
La pregunta iba para los dos, pues él también sabía que tarde o temprano
tenía que ser sincero con Alex si aquellos sentimientos llegaban a florecer.
No obstante, lo importante ahora era ayudar al joven de cabellos castaños
que estaba afectado por la actitud homofóbica de sus compañeros.
- Escúchame, Damián, puede que no te guste hablar de estas cosas con la
gente por miedo de lo que digan los demás, pero si estas personas saben que
tienen control sobre ti por algo que dicen de tu papá, el día de mañana
seguirán haciéndolo. -Hablaba desde la experiencia-. Darles la posibilidad
de que ellos se regocijen al saber que te ha afectado solo les da más fuerza,
por eso es importante evitar que se repita esto en un futuro cercano.
- Pero…
- Escúchame, solo te quiero hacer una pregunta, ya si decides decirle o no a
los adultos es tu decisión, pero supongamos que fuera “verdad” lo que dicen
de tu papá. -Comentó haciendo énfasis en la palabra verdad-. ¿Odiarías a tu
padre?
- ¡No! -Soltó de inmediato el niño con una mueca de horror.
Por alguna extraña razón sentía un gran sentimiento de felicidad que le hizo
salir algunas cuantas lágrimas.
- ¿Y por qué no? Estás aquí, eso quiere decir que si te importa.
- ¡Claro que no! ¡Yo quiero a mi papá! -Comentó de forma desafiante y sin
un atisbo de duda mientras fruncía el ceño.
- Lo sé. -Dijo con tranquilidad.
Durante unos segundos, Damián lo observó molesto, pero luego de procesar
la información recibida, se sentó de nuevo con una expresión de sorpresa.
- Vaya… no puedo creer lo fácil que fue… ¿Usted tiene hijos? -Preguntó
impresionado de sí mismo el joven.
- No, pero soy como un “vendedor”, tengo que aprender a convencer a la
gente de cosas, y a veces de creer en lo que sienten.
- Gracias. -Indicó con felicidad la joven proeza de futbol.
- De nada, ¿Qué vas a hacer entonces?
- Quiero hablar con los adultos, no voy a permitir que me traten como un
inútil.
- Así se habla, vamos entonces.
Luego de eso, él y Damián fueron directamente hasta el padre de Gina,
explicando la situación que había vivido el chico. Durante algunos
segundos, llegó a pensar que aquel hombre los echaría de la casa y
defendería a su hija, pero para su sorpresa, el adulto estaba indignado con lo
que escuchó y llamó inmediatamente a la aludida a la cocina, en donde
reunió a Alex, Damián y Robert, así como la madre de la niña.
- Gina Anastacia Borgia, ¡¿Se puede saber en qué diablos estabas pensando
al usar esa palabra con el padre de uno de tus compañeros?!
- Pero…
- ¡Nada de peros! ¡Debería darte vergüenza! ¡Sabes que el primo de mamá
también le gustan los hombres! ¡¿Te vas a burlar de ella también?! -El
hombre estaba rojo mientras que la madre de la niña la veía algo dolida.
- ¡No quise hacerlo! -Dijo la joven limpiando sus ojos con fuerza debido al
llanto-. ¡Fue el tío Gian! ¡Él me dijo que…!
- ¡Basta! -El señor Borgia era una persona realmente intimidante-. Ya
hablaré con tu tío luego, no es la primera vez que se comporta como un
tarado, tú por otro lado, estás castigada, buena manera de terminar el
cumpleaños.
La chica estaba hecha un mar de llanto, pero Damián parecía contento de
haberse reivindicado, mientras que Robert juraba que una parte de él se
sentía mucho mejor.
No obstante, cuando miró a Alex, su expresión era propia de una persona
que había visto la muerte. Su cara estaba pálida como la tiza. Suponiendo
que toda esa situación lo había afectado por su sexualidad, Robert decidió
hablar para excusarse.
- Nosotros nos vamos a ir, creo que lo mejor que podemos hacer es esperar
a que los ánimos se calmen, más adelante estoy seguro de que su hija
entenderá la situación.
- De verdad disculpen. -Dijo la madre de Gina con una expresión de dolor-.
Les juramos que nuestra hija no es así.
- No se preocupen, entiendo perfectamente la situación, es algo que todos
tenemos que tratar como personas y estoy seguro de que el día de mañana
esta experiencia nos hará crecer emocionalmente.
- Gracias, son realmente amables. -La señora se acercó para darles un
abrazo-. Un saludo y espero volver a verlos pronto.
- Hasta luego, muchas gracias señor Borgia, usted también es un gran
hombre.
- De nada, no tolero ese comportamiento en mi casa. -Aseveró el patriarca
de la familia más calmado mientras veía que su hija ya estaba dejando de
llorar.
- Bueno, nos vemos.
Los tres se despidieron, aunque Alex por su parte seguía con los mismos
ánimos. Robert juraba que había una voz interna diciéndole que debía
aprovechar la oportunidad para hablar de ese tema tan delicado, pero
decidió no molestar y mantener el debido silencio para concederle el
espacio que requería, pues tenía experiencia en que no decir mucho era bien
recibido en diversas oportunidades.
Una vez que dejaron a Damián con su madre, el chico se despidió de ambos
con mucho entusiasmo, pidiéndole a su padre que por favor lo invitara más
seguido a salir con su “amigo cool”.
Sonrojado ante la posibilidad de llevarse bien con los hijos de Alex en un
futuro, hizo a un lado dicho pensamiento por considerarlo imposible y
completamente fuera de lugar. Ni siquiera había hablado con el hombre de
su mayor secreto, el cual posiblemente haría que dejara de hablarle para
siempre y se estaba imaginando un futuro con él.
Una vez llegaron al frente de su edificio, pensó en si debía pronunciar
palabra, pues ni siquiera se miraron en todo el camino. Parecía que ambos
tenían una especie de pacto de silencio, sin embargo, se mantuvo firme.
Miró a Alex a la cara y aunque este no lo veía directamente, estaba
consciente de que lo escuchaba.
- Gracias por la fiesta, lo aprecio mucho…
- Ayudaste a mi hijo a defenderme, yo soy el que debería agradecerte. -
Comentó sin mirarlo y la voz rasposa.
- Alex…
- No. -Dijo con firmeza-. Tú hiciste el trabajo que me tocaba a mí, y mejor
de lo que jamás hubiese imaginado, no tienes idea de lo feliz que estoy…
Los ojos de Alex lo miraban con lágrimas en los ojos. Sentía una fuerte
sensación de desprecio a sí mismo, ahora más que nunca. ¡Dios como le
gustaba ese hombre! Necesitaba decirle lo que sabía, no podía seguir con el
sentimiento de culpa, terminaría perdiendo todo, pero al menos podría
volverlo a mirar tranquilo.
- Eres una gran persona, Robert.
- Alex…
- Honrado… Sincero…
- Alex… yo…
- No puedo dejar de dar gracias a Dios por ponerte en mi camino.
- ¡Escúchame!
Explotó soltando aire por los orificios nasales, hiperventilando con un
fuerte palpitar. No podía seguir escuchando dichas palabras tan bonitas y
guardar silencio, tenía que hablar ahora o nunca.
Con la vergüenza plasmada en su rostro, miró los iris de Alex, los cuales
mostraban una fuerte impresión debido a la forma en la que alzó la voz,
pero en esos momentos tenía que soltar todo lo que tenía.
Comenzó con el principio, con la manera en como lo conoció, sobre cómo
lo único que quería era ganar el dinero y una buena comisión, después
explicó hasta dónde lo llevó su maldita curiosidad, aseverando a su vez que
no lo había hablado con nadie. Finalmente, terminó por expresar los
sentimientos que habían empezado a florecer desde que compartieron su
primera “cita” hasta el día de hoy y de cómo le era imposible verlo a los
ojos debido a lo avergonzado que estaba siempre de su pecado.
Una vez que hubo terminado, dejó que su mente lo llevara a otro lugar, pues
juraba que su alma estaba en otra parte. Se sentía vacío. No podía recordar
la última vez que había tenido una chala similar con alguien, pero podía
aseverar que la misma no había sido nunca como esta.
Esperó con calma que Alex le dijera que se bajara del coche, que le gritara
por lo idiota y egoísta que había sido, que simplemente permaneciera en
silencio de forma eterna hasta que por fin decidiera irse debido a la
vergüenza.
No obstante, él no hizo semejante cosa, más bien colocó su mano sobre la
suya y posó sus labios en la misma. Azorado a más no poder, y algo
anonadado, Robert parpadeó varias veces para intentar comprender lo que
estaba pasando.
- ¿Qué…? ¿Alex?
- Eres increíble.
- ¿Escuchaste lo que acabo de decir? -Comentó él con el ceño fruncido y sin
comprender lo que pasaba.
- Claro que sí, eres especial.
- Pero… te he mentido, desde el primer momento en el que nos conocimos,
es una de las cosas que dije.
- Robert… -Alex hablaba como si fuera su padre-. Tú has sido una persona
impresionante, no solo ayudaste a mi hijo, sino que tuviste la oportunidad
de seguir mintiendo y aquí estas… reconociendo lo que hiciste, ¿cuántas
personas son lo suficientemente valientes para hacerlo y al mismo tiempo
revelar sus sentimientos?
Estaba sintiendo una fuerte presión en su corazón la cual venía acompañada
de unas innegables ganas de llorar.
- Pero…
- No, por favor, has sido una persona increíble… y la verdad… no me
importa que sepas mi sexualidad. -Dijo con seguridad en su rostro-. Puede
que no lo parezca, pero son una persona muy insegura, temerosa de lo que
sabrán los demás de mí y la verdad es que yo también desde hace tiempo
quería decirte que siento algo especial desde que nos vimos.
Ahora ya sus cachetes estaban mojados, pues lloraba a cántaros, pero a
Alex no le importaba en lo absoluto.
- Lo cierto es que me gustaría seguir contigo hasta donde pueda llevarnos lo
que sea que estamos sintiendo, pero de verdad que me gustas mucho.
Sentía que se estaba acercando, pero no pudo evitar cerrar los ojos de
manera inconsciente. Podía sentir que sus lágrimas se mezclaban con sus
labios, dando un toque salado a los labios de ambos cuando se besaron.
Sus pensamientos se dejaron llevar mientras la boca del hombre lo
exploraba. Finalmente, se separaron a regañadientes y porque necesitaban
algo de oxígeno.
- Gracias… yo, también quiero ver hacia dónde nos puede llevar esto que
estamos sintiendo, pero aprecio de verdad que quieras darme la oportunidad
de conocerme.
- Más bien aparte de lo que me acabas de decir, siempre te has mostrado
como una persona abierta, ahora básicamente conozco más de lo que tú me
conoces a mí y siento que no es justo.
- Pero no deberías sentirte presionado por ese tipo de cosas. -La forma en la
que Alex veía decepcionado el volante hacía que se preguntara varias cosas.
Durante algunos segundos, los dos volvieron a permanecer callados,
mirándose con una rara expresión. Robert juraba que había algo más que
estaba guardado en la mente del doctor, algo que le hubiese dicho si no lo
hubiera interrumpido al revelar su verdad.
- Alex…
- ¿Sí?
- Hay algo que quería preguntarte y me parece apropiado hacerlo ahora que
estamos siendo sinceros.
- De acuerdo. -Fue todo lo que dijo ante la petición particular del proveedor.
- Cuando el señor Borgia estaba regañando a Gina, pude apreciar que
estabas muy pálido luego de que terminara de hablar con ella… -Podía
visualizar la cara blanca y en shock como si fuera una película-. No estoy
seguro de qué puede ser lo que estaba pasando, pero estoy casi seguro de no
fue por lo acontecido con Damián.
Alex no respondió al inicio, solo dejo que las palabras flotaran en el aire,
permitiendo a Robert confirmar que tenía razón en sus presunciones.
Finalmente, el aludido respiró profundo antes de confrontar sus miedos.
- La verdad… es que yo tampoco he sido honesto, y considero que si vamos
a salir, lo más importante es que tengamos conocimiento de quiénes somos
en realidad.
- ¿A qué te refieres?
- Cuando Borgia le hablaba a su hija, solo pude escuchar una palabra salir
de la boca de la niña y la misma me perturbó por completo, porque no había
procesado la información por completo hasta unos segundos después.
Viendo que estaba pasando mucho tiempo en el vehículo y los dos estaban
todavía en frente del edificio, lo mejor que se le ocurría era pedirle a Alex
que estacionara en el puesto que nunca usaba por no tener un vehículo.
- Alex…
- Quiero contarte sobre “Gian” el hombre que Gina mencionó y tengo la
sensación de que conozco a este sujeto.
Aquello lo detuvo ipso facto, pues no podía percibir por qué debería
conocer a ese ser que era capaz de decirle a una niña la palabra “maricón” y
pretender que esto era algo apropiado para un joven.
- ¿Cómo así?
- Porque creo que salí con él hace años y fue el hombre con el cual mi
esposa me descubrió.
La boca de él era un perfecto círculo y la verdad es que le dolía mucho
pensar en la posibilidad de Alex estando con otro hombre, pero era más que
evidente que este tenía la necesidad de revelar lo que su corazón le gritaba
que develara a su reciente pareja.
- Alex… escucha, no creo que estando aquí mucho tiempo hagamos nada,
¿habría alguna posibilidad de que nos estacionaras el coche y fuéramos a mi
apartamento a hablar con calma?
Sin decir nada, Alex encendió de nuevo el vehículo y lo llevó al
estacionamiento del edificio, siguiendo las indicaciones de Robert para
colocar el coche en posición.
Robert observó en todo momento la actitud del doctor mientras se dirigían a
su hogar, prestando especial atención a la forma casi “apática” a la que
reaccionaba. Estaba claro que el hablar de su pasado con ese tal “Gian” era
algo que odiaba intensamente y develar dichas memorias dolorosas era
como hacer que toda la felicidad se filtrara de su cuerpo, dejándolo sin
interés de nada.
Al entrar a su apartamento, se sintió un poco inseguro del interior de
mismo, pensando en que debería haber limpiado exhaustivamente, pero con
la misma actitud desinteresada, Alex se sentó en el sofá del comedor sin
pronunciar palabra.
Fue a la cocina para servir algunos tragos, sabiendo que aquel momento lo
ameritaba. Una vez puso el whisky en frente de Alex, este lo cogió y se lo
bebió de un trago, dejando entrever que sería una larga velada entre los dos.
Para su suerte, había traído la botella entera, así que le sirvió otro vaso más
que este procedió a proceder.
Los segundos pasaban, y juraba que tenía una especie de “deja vu”, pues se
pareció a mucho a lo que había experimentado con Damián en la escalera
de la casa de los Borgia, y de cierta forma, Alex se parecía mucho a su hijo
cuando se trataba de ese comportamiento en específico.
Finalmente, parecía que Alex estaba preparado para hablar luego de su
tercer trago o al menos su cara cargada de decisión lo decía.
- Todo comenzó hace cinco años...
4
“Cuando tenía más o menos treinta cinco años, conocí a Giancarlo
Massini. Él era un hombre muy inteligente, fuerte y bien parecido, la
verdad es que me atrajo su mirada retadora desde el primer momento, y
creo que tenía que ver con el hecho de que su personalidad era bastante
propia de un casanova de las películas italianas.
Su actitud siempre era propia de alguien que sabía lo que quería, quizás
por eso también consideraba que otros detalles más profundos de su
personalidad no importaban, aunque siempre pude ver que era algo más
“pedante” en algunos de sus comentarios y hasta presumido si se quería.
Este tipo de cosas tan pequeñas deberían ser una mala señal para algunos,
pero yo en lo personal no le presté atención al inicio. Solo podía ver la
belleza externa que mostraba. No obstante, poco sabía que su actitud era
mucho peor con el resto de los que eran inferiores a él, al punto de que hizo
llorar una vez a una enfermera sin ni siquiera gritarle, pero esta dijo que
había sido su culpa así que el hospital no hizo nada.
Con el pasar del tiempo, mientras trabajábamos juntos, empezamos a
congeniar y poco a poco fui cayendo en su red de palabras zalameras y
cargadas de elogios.
Giancarlo es un hombre que sabe exactamente lo que quiere, y una de esas
cosas era disfrutar del cuerpo de uno de los doctores más populares de
aquel hospital. Era como una especie de competencia, pues él también
sentía que nadie que fuera inferior a él merecía compartir su lecho, por lo
que yo era el premio perfecto siendo él un nuevo doctor llegando de un
hospital extranjero.
La primera vez que estuvimos juntos sentí que era muy especial, me aferré
a él porque juraba que en mi corazón había el amor suficiente para que
estuviera a mi lado y hasta cambiar su fría actitud. Estaba pasando por
una situación difícil con mi esposa en ese entonces, y no puedo negar que
parte de eso tenía que ver con mis dudas internas. Por una parte, me sentía
como una basura por engañarla con un hombre, pero por otro lado, estaba
dando rienda suelta a los deseos que tenía reprimido en mi interior durante
varios años.
Era una situación bastante compleja, de la cual creo que él sabía y no me
había dicho nada, pero me cuesta saber con exactitud si era así. Giancarlo
nunca hacía preguntas, no le interesaban, por lo que yo en lo personal
tampoco me avocaba a saber más de él o de su vida personal, por lo que la
mayor parte de las veces terminabas teniendo sexo cuando él lo decidía y
nunca podía decirle que no, la forma como me manipulaba era propia de
alguien que había hecho eso antes.
La relación entre los dos fue consolidándose con el tiempo, al punto de que
no veía a más nadie que no fuera yo para los encuentros sexuales. Pero fue
en una ocasión, luego de casi un año juntos, que él me reveló que estaba
planeando casarse con la hija del director del hospital, una oportunidad
única para él, pues significaría que lograría ascender de escala social
entre los doctores, algo que siempre buscaba hacer.
Por dicho motivo, me dijo que no iba a seguir en el mismo hospital una vez
que terminara de concretarse dicha unión, aunado al hecho de que no nos
veríamos más, porque se había “aburrido” de mí y mi forma “pegajosa”
de ser.
Destruido por dicha revelación y humillación, me aislé del mundo, al punto
de que mis hijos tenían miedo de hablarme, pues tenía un humor de perros
cada vez que iba a mi casa, explotando ante el más mínimo detalle con
aquellos que me rodeaban. En varias ocasiones discutí con Melina, pero no
me importaba. Estaba dolido por dentro, al mismo tiempo que me sentía
como un imbécil por haber creído que era posible algo con ese hombre, a
pesar de que en diversas ocasiones mi consciencia me dijo que debía
alejarme.
Juro que estuve a punto de caer en el alcohol y hasta el suicidio, pero
durante una de esas noches de estar bebiendo, terminé amaneciendo con
dos hombres en un hotel de mala muerte, sin poder recordar nada de lo que
habíamos hecho en dicha ocasión.
Por unos instantes tuve un miedo brutal, pues me percaté de que no
habíamos usado protección. Sabiendo que no podía dejar pasar ni un
segundo más, decidí tomar medicamentos PREP en otro hospital, pero el
simple hecho de haber caído tan bajo y haberme expuesto al peligro de esa
forma fueron algo que podría haberme destruido en otras circunstancias.
Pero dicho evento me sirvió para darme cuente de que no iba a mejor si no
cambiaba, de que era prácticamente imposible mantener mi matrimonio de
esa manera y si quería permanecer mentalmente sano, tenía que esforzarme
en conseguir la forma de hablar con Melina.
Fue horrible. Al principio intenté hacerlo estando solo con ella mientras
los chicos estaban en el colegio, pero me puse a llorar tan pronto ella
empezó a preguntarme qué pasaba. Le dije que quería ir a un especialista
para hablar de algunos temas personales, pues no me sentía bien conmigo
mismo y ella aceptó como buena esposa que era, esperando que aquel
hombre más bien la ayudara a salvar un matrimonio que ya estaba más que
acabado, solo que ella no lo sabía para ese entonces.
Durante la terapia revelé las cosas que había hecho, no con tantos detalles
para evitar traumatizar más a mi mujer, pero fui muy claro en mi engaño
hacia ella. Demás está decir que ella se lo tomó mal, al principio me gritó,
me insultó y me hizo quedarme fuera de la casa durante varios días.
No la culpo. ¿Quién podría? No es fácil enterarse de que tu esposo es
homosexual y que había estado siéndote infiel por un largo tiempo. El
sentimiento de traición y decepción que debía haber sentido no pudo ser
normal, hasta yo mismo me preguntaba qué no hubiese hecho en su lugar
de haberme ocurrido exactamente lo mismo.
Afortunadamente, accedió a volver a ir a terapia conmigo unas semanas
después cuando se lo propuse. Creía que valía la pena que al menos
habláramos por los niños, quienes para ese entonces preguntaban por su
padre. Melina aceptó, pero podía ver un fuerte rencor en sus ojos cuando
nos volvimos a ver.
Una vez en la terapia, volví a hablar con el corazón. Con mucha emoción
al explicar mi situación, les comenté lo que me pasaba a ella y al doctor,
detallando cómo me sentía y que en ninguna circunstancia quería perder a
mis hijos, pues jamás dejé de luchar por ellos cuando estábamos casados y
no lo dejaría de hacer aún en el divorcio.
Aquella debacle de llanto y lamentos hicieron efecto, pues al parecer mi
esposa comenzaba a notar por el dolor que había estado pasando,
aceptando que volviera a la casa para que al menos no durmiera en un
sitio extraño y tuviera algo que comer. Así estuvimos por al menos unos
varios meses.
Melina con el tiempo entendió, no fue fácil, pero la admiro por ser lo
suficientemente fuerte para apoyarme. Creo que la terapia y su trato
conmigo le permitieron percibir que este tipo de cosas nos afecta de
muchas formas y a veces no sabemos el momento exacto en el que
ocurrirán dichas situaciones.
Decidimos permanecer casados durante un tiempo extra, más que todo por
el bienestar emocional de los niños, quienes no sabían absolutamente nada
de lo que me pasaba a lo largo de todo este tiempo. No obstante,
acordamos ver a otras personas en el proceso, y en caso de tal de que
encontráramos a alguien especial para nosotros, seríamos honestos con
nuestros sentimientos y nos divorciaríamos para poder empezar de nuevo.
Estuve con algunos hombres, pero nunca nada serio. La posibilidad de
estar en una relación me era traumática, no quería hacerme falsas
ilusiones como me ocurrió con Giancarlo, pero de verdad que no podía
evitar añorar ese sentimiento de cariño que en algún sentía por él y por
Melina.
Por otro lado, a ella le costó un poco volver a confiar en la gente. Pasar
por una experiencia como esa hace que tu mente haga cortocircuito y
pierdas el horizonte. Afortunadamente, ambos comenzábamos a entablar
una gran amistad, en la cual nos brindamos apoyo en los momentos más
oscuros y reafirmando que encontraríamos a alguien especial pronto.
Así pasó, pero en este caso fue Melina quien terminó hallando a alguien
que la quiere mucho hasta el sol de hoy. Debo admitir que desde que
comenzó a estar con este hombre la veo más renovada y nada me alegra
más que su felicidad.
Por dicho motivo, nos divorciamos cuando ella creyó conveniente entablar
una relación permanente con dicho sujeto. Le dijimos a los niños que era
hora de seguir adelante con nuestras vidas y que seguiríamos como
amigos. Al principio, a ninguno no les gustó la idea, admito que tomamos
una sabia decisión en esperar, pues creo que la madurez de la adolescencia
les permitió lidiar con las cosas mucho mejor.
Mi hijo fue el que más se molestó, evitando hablarme durante un largo
tiempo, pero fue el apoyo de Melina lo que me permitió volver a
conectarme con Damián, quien aceptó que mi felicidad era lo único que le
importaba.
No obstante, el recuerdo fatídico de Giancarlo volvió a aparecerse en frente
de mí hoy. Cuando Gina dijo que su tío “Gian” le había hablado de mí,
supe de inmediato que se trataba de él, pues solo su familia y yo lo
llamábamos así en la intimidad, y tengo pavor al pensar que solo quiere
hacerme daño de nuevo”
Alex terminó de contar su historia mirando el vaso que tenía en la mano,
apreciando las extrañas formas que hacía el hielo al bailar en el agua que se
estaba acumulando en el fondo del mismo. Quizás de esa manera calmaría
un poco el nivel de ansiedad que estaba experimentando.
Ese había sido un largo relato. No esperaba contar tantas cosas en una
noche, pero por fin había revelado lo que había callado a muchos. Dudaba
inclusive de que pudiera hablar de ese tema de nuevo en un futuro con
alguien más.
No podía levantar la mirada para ver a Robert, pues no quería apreciar la
rabia o sus ojos juzgándolo como persona por los errores del pasado, ya
había tenido bastante de eso en diversas oportunidades mientras se miraba
al espejo, maldiciendo al hombre que era y no quería pasar por dicha
situación otra vez en donde terminaría deprimido.
No obstante, la mano del chico se posó sobre la suya con suavidad,
acariciando con su pulgar la muñeca de la misma. Buscando consolar al
Alex, Robert puso su cabeza en el hombre derecho del hombre,
manteniendo el silencio hasta que el decidiera romperlo, algo que parecía
ser muy típico de él por lo que Alex apreciaba.
Robert podría haber optado por juzgarlo, criticarlo y demás, pero solo se
había quedado allí junto a él con el mayor de los cariños, demostrando que
tenía su apoyo hasta el final.
Algo más calmado después de al menos unos diez minutos, decidió hablar,
sintiendo que tenía la confianza suficiente para responder.
- Es la primera vez que hablo de esto…
Lo decía con un tono que develaba las extrañas sensaciones de su corazón.
- Lo sé.
- ¿Qué piensas?
- ¿Aparte de querer matar a tu ex? Si es que se le puede llamar así…
Río un poco, sabiendo que los celos de Robert habían estado al límite con
su historia en todo momento.
- No entiendo por qué me preguntas eso, más bien tú has hecho una gran
labor al perdonarme por lo que te he dicho anteriormente.
- Robert…
- Sabes que no fui bueno contigo al no decirte la verdad desde un principio.
-Protestó él al verlo fijamente.
- No empieces con eso, sabes que no te guardo rencores, quiero saber qué
piensas de mí como persona, ¿cometí un grave error? ¿Soy un idiota? Si
queremos estar juntos debemos ser honestos.
Robert mordió su labio inferior y lo miró durante algunos segundos,
meditando mucho lo que diría a continuación. Luego de una eternidad, él
inhaló oxígeno para aclarar su mente y comenzar a expresar lo que sentía.
- Pues debo decir que lamento que hayas tomado la decisión de estar con un
hombre sin romper tu matrimonio, es una situación triste y creo que ya
pediste perdón por eso, por lo que no voy a reclamarte o algo similar, pero
debes entender que un matrimonio es sagrado y al final la honestidad es la
base del mismo. -Indicó con tranquilidad-. Tampoco creo que debes
crucificarte por lo que pasó con Giancarlo, si realmente este hombre está de
vuelta por la zona, eres otra persona y estás capacitado para negar sus
avances si es necesario hoy en día.
- Pero… si él llega a revelar mi orientación…
El miedo podía más que él, y la sola idea de tener que confrontar las
miradas llenas de prejuicio de sus compañeros de trabajo lo hacía temblar
como nunca. Un doctor homosexual no era algo raro, pero había construido
su imagen para ser alguien completamente distinto a lo que era en realidad,
no sabía si sería capaz de vivir de otra forma.
- Entonces él estaría perdiendo tanto como tú, tú podrías hacer lo propio y
dudo que tengas fama de mentiroso, ¿De verdad estaría dispuesto a perder
su matrimonio por tener la razón? Yo no creo que quiera arriesgarse a tanto.
Viéndolo desde ese punto de vista, no podía negar que Robert estaba siendo
sensato. Giancarlo podría revelar que había estado con él en la intimidad
desde hace tiempo, pero si su relación salía a la luz, afectaría su vida
personal de igual manera, ¿Acaso le convenía manchar su imagen ante sus
colegas?
Quizás quería amenazarlo con lo que le había dicho a su sobrina antes de su
cumpleaños, pero por la impresión que tuvo de la fiesta, no tenía una muy
buena relación con su familia en general. Parecía que no era la primera vez
que tenía una confrontación con ellos, y podía visualizar que ellos sabían de
su verdadera personalidad y lo repelían por dicha razón.
Al pensar un poco en lo que escuchó y vio en la casa de los Borgia, se dio
cuenta que el apellido de estos no concordaban con el de Giancarlo, por lo
que era probable que fuera pariente de la madre de Gina, quien en todo
momento no mostró ningún interés de defender a su hermano de los ataques
personales de su marido.
- ¿Y bien?
- Quizás sí… creo que es posible.
- Claro que es así, ese hombre de seguro se da cuenta de lo que perdió y
está resentido, solo alguien muy celoso hablaría tonterías de un ex colega.
Nunca había visto a Giancarlo celoso, pero la idea de que este tuviera
rencor por no tenerlo en ese momento le resultaba algo divertida.
- Veo que estás contento. -Dijo Robert acariciando su mejilla derecha.
- Es raro… aunque me aterra la posibilidad de que revele mi vida personal,
no puedo evitar darte la razón. -Confesó mientras respiraba pausadamente y
con más calma.
- Lo sé, tengo la particularidad de acertar de vez en cuando.
Ambos rieron, pero no dudaron en verse a los ojos con un gran cariño
debido a la jornada de revelaciones que habían vivido juntos.
- Escucha, es difícil enfrentar todo este tipo de situaciones, siempre he sido
partidario de que las personas deben salir del clóset cuando mejor les
parezca, pero debes entender que nos guste o no, en algún momento deberás
hacerlo con tu familia. -Dijo Robert al abrazarlo para darle confianza.
Por un momento se imaginó frente a Damián y Anabelle, contando lo que
había vivido y de cómo tenía una pareja que era hombre. De forma
inevitable tembló, pero Robert siguió junto a él, pasando su brazo por su
espalda con suavidad y dejando que sus preocupaciones volaran.
- Sí… tienes razón.
- Cuando sea ese momento, yo estaré allí, pero recuerda algo, si alguien
puede usar tu orientación para atormentarte, entonces debes darles una
razón para evitar hacerlo.
Le sorprendía lo valiente que era su nueva pareja. Aunque debía reconocer
que habían pasado años desde que había confiado en alguien, no tenía dudas
de que Robert era alguien ideal para compartir sus sentimientos.
- ¿Robert?
- ¿Mmm?
- ¿Te importaría si me quedó está noche aquí? -Preguntó con una gran
timidez.
No lo había dicho con una voz sexual y tampoco tenía interés de comenzar
algo con Robert en ese plano, pero no quería estar solo ese día. Vio con ojos
suplicantes al más joven y este asintió lentamente antes de inclinarse para
darle un beso en la frente.
- Claro que sí.
- Solo quiero estar a tu lado, me siento… no sé… quiero que no me dejes ir.
- No hace falta que me des explicaciones.
- Eres único, ¿lo sabías?
Su voz inocente revelaba su vulnerabilidad, y Robert aprovechó la ocasión
para darle otro beso.
- Vamos, te voy a prestar unos de mis pijamas, te prometo que no voy a
espiarte mientras te cambias. -Dijo a la vez que guiñaba un ojo de forma
pícara.
Los dos fueron hasta la habitación del proveedor, la cual estaba decorada de
forma sencilla. Con paredes blancas y desnudas, así como una cama un
poco más grande que una individual que tenía el espacio suficiente para que
los dos durmieran justos.
- No tengo mucho, pero no soy médico. -Dijo bromeando por la falta de
cosas del sitio.
- Me gusta. -Admitió con felicidad-. Es la primera vez que veo un cuarto
tan limpio.
- La verdad es que no me gusta tener tantas cosas, en especial cuando se
trata de ahorrar para llegar a fin de mes.
- ¿Estás tan corto de dinero? -Preguntó algo preocupado mientras veía que
buscaba ropa en su clóset.
- No, pero tampoco es que estaba nadando en dinero. -Admitió con
tranquilidad al pasarle un pijama-. Aunque debo admitir que desde la última
vez que hablamos, he recibido una larga suma de comisiones por tus amigos
doctores.
- Ah, sí, se me olvidaba que yo fui responsable de eso. -Comentó con una
risa al mismo tiempo que veía que Robert se cambiaba.
- Sí… al final sirvió para unirnos, ¿no?
Ambos rieron con ganas. Tenía que admitir que la confesión de hace no
mucho por parte de Robert, lo había impactado a más no poder, pero
consideraba que debía dar gracias por los infortunios de la vida a que
terminó conociendo al hombre.
Haciendo gala de una gran fuerza de voluntad, Alex intentó no observar
demasiado la figura de Robert cuando estaba en ropa interior y este se
cambiaba. En realidad, no era un atleta ni mucho menos, pero había algo en
la forma en la que su torso estaba hecho que no podía dejar de mirarlo.
Notando que estaba comenzando a mostrar un interés muy sexual, se
concentró en colocarse su ropa, la cual terminó siendo un poco apretada
para él, pero no lo suficiente como para ser incómoda.
Al acostarse, pensó un poco en si debía pedirle a Robert que lo abrazara,
pero este no duró ni cinco segundos con la cabeza reposando en su
almohada antes de pasar su brazo por debajo de él y acercarlo a su pecho.
Era mucho más alto, por lo que ambos entrelazaron sus pies para encajar
perfectamente como toda una pareja.
- La verdad es que es la primera vez que duermo con alguien en la primera
cita. -Reconoció riéndose al mismo tiempo que acariciaba su cabello.
- Yo también… -Era muy feliz y sus preocupaciones estaban en otro lugar
gracias a al cariño de Robert-. Estoy muerto, lo peor es que no sé por qué.
- Supongo que han sido demasiadas cosas el día de hoy, entre enfrentar a la
gente que hizo insultos homofóbicos a tu persona y contar la historia de tu
ex, creo que más bien es natural que pase eso.
Alex levantó un poco la cabeza para fijar sus ojos en la dulce mirada de
Robert, quien a la luz de la luna que entraba por la ventana del cuarto,
parecía una especie de ángel de la guarda que le reafirmaba con sus
acciones que no iba a dejarlo solo.
- Buenas noches, Robert. -Dijo con mucho cansancio y cerrando los ojos.
- Buenas noches, Alex.
Esa noche Alex durmió mejor que nunca en toda su vida.
5
Las semanas pasaron, y la relación entre Robert y Alex parecía solidificarse
con cada paso que daban. Ambos compartían hermosas y gratificantes citas
en restaurantes, en el parque y en diversos lugares, pudiendo incluso
coordinar sus horarios para poder hacer ejercicio en el mismo gimnasio.
Lo cierto es que la actitud de los dos parecía haber dado un giro brutal.
Robert no podía creer lo feliz que era con su trabajo, cosa que antes veía
como una obligación, ahora era algo que lo hacía sonreír al visitar a cada
uno de sus clientes, los cuales a veces parecían aparecer de repente debido a
lo bueno que era.
Su nuevo estilo de vida le había traído varios beneficios económicos,
logrando que pudiera mejorar su calidad de vivienda. Ya hace tiempo que
había dejado de comer recetas recalentadas o fáciles de hacer para
comenzar a tener una dieta mucho más balanceada.
De igual forma, estaba compartiendo mucho más seguido con gente de alta
clase al salir con Alex, llegando a conocer doctores prestigiosos a los cuales
nunca antes espero llegar a tratar por mucho que quisiera. Esto abrió una
amplia gama de oportunidades, por lo que incluso Robert llegó a recibir un
“premio” al mejor vendedor del mes en la ciudad debido a sus ganancias,
oportunidad en la que se le solicitó asistir a una reunión especial.
Alex lo recogió para ir al lugar en cuestión, el cual era un anfiteatro en
donde se premiaban a los mejores proveedores de la ciudad. Ese año se
llevaba a cabo la ceremonia anual, por lo que se esperaba que también
varios doctores asistieran como invitados.
- Me siento como un pingüino. -Dijo Robert mientras tomaba algo de
champán.
- No seas tonto, te ves divino. -Susurró Alex con tono seductor a la vez que
guiñaba un ojo.
- Fácil para ti, no tienes que llevar un traje como este que te estrangula la
circulación.
- La verdad es que debo llevar una bata todo el tiempo o un uniforme
médico, así que puedo decirte que mi sentido de la moda es muy restrictivo.
Ambos rieron y la verdad es que Robert estaba muy feliz, nunca antes había
congeniado tan bien con una persona como Alex, quien al parecer estaba
permitiéndose ser mucho más coqueto con él en público que antes.
- Oye… este… ¿qué tal está tu hijo?
- ¿Cómo?
- ¿Recuerdas el incidente de hace unas semanas? -Preguntó con los ojos
fijos en su mirada-. La verdad es que me preguntaba si había tenido más
problemas con la chica o alguno de sus amigos.
- Ah, bueno, la verdad es que Damián me dijo que ella personalmente le
pidió disculpas. -Explicó con una sonrisa-. Estaba bastante arrepentida de
haber hecho algo similar, su padre también habló con la escuela y se hizo
una charla contra la homofobia a todos los niños.
- ¿Eso no te afecta? -Pidió saber Robert algo preocupado de que surgieran
rumores sobre su sexualidad.
- No, en realidad mi hijo más bien está feliz, lo he visto más alegre y
contento con sus amigos, parece ser que todos se dieron cuenta de sus
errores.
- Interesante, ¿quién lo diría? -Comentó sorprendido por el cambio de los
adolescentes.
- No te he contado la mejor parte. -Indicó con una sonrisa antes de tomar
otro trago de su copa.
- ¿Qué?
- ¿Recuerdas a Gina?
- Claro, estábamos hablando de ella hace cinco segundo. -Manifestó como
si fuera lo más obvio del mundo.
- Solo puedo decirte que Damián ha estado hablando mucho con ella por
teléfono y se han visto varias veces.
Durante algunos segundos analizó la sonrisa pícara de su pareja, cayendo en
cuenta en lo que decía.
- No…
- Sí.
- Esto de verdad tiene que ser un chiste. -Dijo riéndose.
- Pues no, creo que los dos están comenzando a salir.
- Dios… yo pensaba haber visto todo en esta vida, pero, ¿Esto? De verdad
que me supera. -Aseveró Robert terminando su copa de champán.
Alex y él siguieron riéndose, pues de pasar a insultar a tu padre a salir como
pareja había un largo camino, pero parecía que estos adolescentes ya lo
habían recorrido.
- Bueno, yo tampoco imaginaba verte ganando un premio pero aquí estás…
- No podría haberlo hecho sin el apoyo de mí “sugar daddy”.
Los dos estaban muy cerca, viéndose con un hambriento deseo.
- Mmm… Es una lástima que debamos quedarnos aquí más tiempo, ¿falta
mucho para que termine la ceremonia?
- ¿Qué tienes pensado? -Preguntó con curiosidad y sonando bastante
interesado.
- Pues me gustaría ver si podemos celebrar de una manera “especial”, ¿me
doy a entender?
Ninguno de los dos había cruzado la línea de la intimidad, y la verdad es
que la posibilidad de estar íntimamente con él lo hacía bastante feliz.
Tragando con fuerza, busco mantener a raya su excitación, esperando
pronto poder compartir con él en la cama.
- Bueno… no me lo esperaba, pero… ¿Quién soy yo para rechazar un
regalo?
Con cariño, Alex pasó su mano por su hombro. Era un gesto suave y dulce,
el cual estaba destinado a calmarlo, pero terminó siendo mucho más erótico
de lo que él pensaba.
Lo hubiese besado de inmediato, de no ser porque escucharon una pequeña
risa detrás de ellos que hizo que ambos se separaran con algo de sorpresa,
viendo quién era la persona que estaba allí con ellos, preguntándose a la vez
si había visto sus interacciones románticas.
- Vaya, parece ser que nos encontramos otra vez.
Aquella voz sonaba tan arrogante que Robert juraba que quería escupirle
con solo escucharlo. No sabía por qué, pero en su corazón sentía un
profundo desprecio por el hombre que acababa de aparecer. Era como una
de esas personas que de repente aparecían por primera vez y sabías de
inmediato que no podías llevarte bien con este individuo.
- Giancarlo…
Las palabras de Alex le dieron sentido al odio que estaba manifestando en
su interior, no podía creer que estaba viendo al famoso hombre que había
jugado con los sentimientos de su pareja al punto de dejarlo por otra mujer
y casarse por “conveniencia”.
- Un saludo, Alex, veo que no has perdido el interés en hombres, supongo
que ahora te gustan los proveedores, ¿no es así?
Las mejillas de Robert se pusieron rojas de rabia, mirando a aquel individuo
con mucha ira. Parecía increíble que después de haber hablado pestes de él
a su sobrina y haberle roto el corazón a su pareja actual, el hombre no tenía
ningún tipo de remordimiento por lo que había hecho.
- ¿Qué haces aquí? -Preguntó Alex con algo de temor en su voz.
- Vine porque me invitaron, muchos doctores están aquí, ¿no sabías? -Dijo
con tono sarcástico.
- No, me refiero a qué haces aquí. No tienes nada que hablar contigo, ¿no se
supone que tienes esposa?
Alex estaba molesto, pero Robert podía percibir que había miedo en su
comportamiento.
- Disculpa, Alex, pero no recuerdo haber dicho que solo por perder interés
en ti significara que no podía hacer lo que yo quisiera.
- Hijo de… -Robert estaba a punto de lanzarse encima de él antes de ser
detenido por Alex.
- ¿Qué? ¿Tu amiguito quiere pelear? Adelante, estoy seguro de que se vería
muy bien frente a todos estos doctores que de seguro son posibles clientes.
Temblaba de rabia e indignación, pero era imposible negar la verdad. Si
comenzaba a pelear y causaba una escena, mancharía por completo su
reputación, perdiendo incluso la posibilidad de volver a trabajar en un
futuro.
- No tienes nada que hacer aquí, lárgate.
- ¿Por qué estás tan arisco? -Preguntó como paloma inocente mientras no
dejaba de sonreír.
- Sé lo que le dijiste a tu sobrina, Gina.
- Por tu culpa se formó una escena en la fiesta de cumpleaños de ella y el
hijo de Alex recibió insultos homofóbicos de parte de varios de sus amigos.
-Robert no podía evitar hablar por más que quisiera.
El aludido permaneció impertérrito, haciendo que él se preguntara que tan
cínico podía llegar a ser.
- No tengo ningún tipo de control sobre lo que hacen los niños.
- Pero sí sabes que las palabras tienen consecuencias. -Alex lo miraba como
todo padre-. No entiendo qué te pasa, ¿Por qué te comportas así?
- Vamos, Alex, ¿uno no se puede divertir ahora?
Robert podía apreciar que detrás de los ojos de aquel hombre había algo
más, algo que no le estaban diciendo y estaba casi seguro de que tenía que
ver con su vida personal, pues una persona que estuviera feliz con su
matrimonio no pensaría en molestar a gente del pasado.
- Tu concepto de diversión me enferma, Giancarlo. -Soltó Alex rabioso-.
Quizás tu cuñado ya te lo dijo, pero no estés hablando pestes, guárdatelas
para ti mismo, ya has causado muchos problemas.
- Lamento decirte que no tengo interés de escuchar a mi cuñado, una
lástima que mi hermana se casara con ese hombre tan blandengue. -Dijo
con desprecio en su voz.
- Son tu familia. -Alex parecía anonadado ante tal actitud.
Él solo se encogió de brazos, indiferente ante aquel comentario. Parecía
más bien que toda esa situación le era divertida. Robert podía notarlo.
Había trabajado con ese tipo de gente antes, lo único que querían era
encender una llama para causar un gran incendio, vivían de ese tipo de
cosas.
- Vayámonos, Alex, no vale la pena este perdedor. -Dijo tomando de la
mano al doctor.
- ¿Oh? ¿Acaso no te molesta que vaya y revele a mis colegas tu relación
con el proveedor? ¿Qué crees que dirían?
Robert se paralizó durante algunos segundos, observando a Alex. Le dolía
saber que aquel hombre podía manipularlo con algo tan simple, pero por
más que quería responder, no era capaz de hablar por su pareja, no era su
lugar tomar esa decisión y no quería exponerlo yendo en contra de sus
deseos.
- Hazlo.
Aquella afirmación hizo que jadearan tanto Robert como Giancarlo, quienes
vieron con una expresión de shock al Alex.
- ¿Qué?
- Hazlo, no me importa.
- Que no te… me parece que no estás entendiendo lo que dices. -Comentó
con el ceño fruncido y evidentemente frustrado de que sus amenazas no
tuvieran un efecto mayor.
- No, entiendo perfectamente. -Reafirmó Alex más decidido que nunca-. La
verdad es que durante mucho tiempo he vivido inseguro de mí mismo,
manteniendo una imagen estúpida solo para que gente como tú abuse de mí,
y la verdad es que no me importa ya, haz lo que quieras.
- ¿Me estás diciendo que no te importa que revele que nos acostamos
juntos? Porque puedo hacerlo. -El tono estaba rayando un poco en lo
desesperado, y se notaba-. Te arruinarías, tu carrera, tu familia…
- Mi familia me va a amar pase lo que pase, y mis pacientes… bueno, creo
que mi talento habla por sí solo, que ellos decidan.
La respiración de Giancarlo se estaba tornando agitada. Estaba claro que no
se había preparado para semejante respuesta. Quizás nadie le había plantado
cara antes, pero Robert notaba mucha inseguridad, lo cual lo hizo dilucidar
algo más.
- Tú tienes problemas con tu familia… -Dijo Robert con una ceja levantada
al analizar el comportamiento.
Viéndolo por primera vez como un rival, Giancarlo se irguió tan alto como
era ante aquella afrenta.
- ¿Y qué te hace pensar eso?
- Está claro que tu familia no te soporta por lo que vimos en la reunión con
Gina. -Robert no era idiota y sabía dónde golpear-. Lo cual me hace pensar
que tu matrimonio tampoco va bien, ¿por qué otra razón estarías detrás de
Alex?
- Cállate. -Giancarlo estaba cerrando los puños con fuerza y su piel estaba
mostrando unas pequeñas manchas rojas en sus mejillas.
- ¿Oh? ¿Acaso toqué un nervio sensible? -Comentó él con una sonrisa-. Ya
veo… tienes serios problemas con tu vida matrimonial y personal, por eso
vienes aquí, creyendo que puedes seguir manipulando a Alex como antes y
hacer que caiga en tus estúpidos juegos.
- Basta.
- ¿Por qué? -Preguntó altivo e inflando el peso-. No me importa que seas
doctor o algo más, si quieres golpearme hazlo, pero tú eres él que debería
tener presente sus prioridades.
Ya Giancarlo se veía en una situación complicada, al parecer nunca antes
había encontrado semejante respuesta de la gente. No quería pensar que
estaba metiéndose en un profundo hoyo, pero no le importaba, aquel infeliz
había abusado por completo de su posición en diversas ocasiones y quería
pretender volver a tratar a Alex como si fuera un objeto cualquiera.
- Giancarlo. -Comentó Alex de nuevo captando la atención de los dos.
- ¿Qué? -Su tono revelaba que era un perro a punto de morder y poco a
poco podía verse en sus ojos una ira inmensa.
- Ya nos están llamando para entrar, si no te molesta, mi novio aquí
presente… -Alegó pasando su brazo por la cintura de Robert-. Tiene que
recibir un premio y dar un discurso, así que no vamos a hablar más, esta
conversación se terminó.
La mano de Alex lo apretó suavemente, consiguiendo un efecto calmante.
Al ver la dulce sonrisa de aquel hombre a su persona, supo de inmediato
que tenía que mantener la compostura. ¿Qué le importaba que aquel infeliz
se metiera con ellos dos? Simplemente ansiaba lo que no podía tener, algo
que no era su problema.
Alex lo había llamado su novio en frente de alguien más. El que ahora era
para él un némesis tan siquiera conocerlo.
- No me dejes atrás, Alex. -Dijo con advertencia Giancarlo.
Sin voltearse, Alex se detuvo unos segundos colocando su vista al frente
mientras hablaba.
- Lo siento por ti, sé que en el fondo estás dándote cuenta de que estás solo
y tienes que hacer todo esto para tratar de crear una especie de burbuja en la
cual quieres vivir, pero otros tenemos derecho a ser felices, adiós Giancarlo.
Sin más que decir, los dos se unieron a la multitud de doctores y
proveedores médicos que entraban al anfiteatro. Robert tampoco volteó su
mirada para observar qué pasaba con ese individuo, pero juraba que detrás
de él había un ser que miraba anonadado y sin poder entender las espaldas
de aquella pareja, preguntándose cuál era su lugar en el mundo ahora
mismo.
La ceremonia fue por demás encantadora, muchos se emocionaron con las
palabras del director general, quien tenía varias décadas a cargo de dicha
organización, pero la parte más compleja de todas era saber que tendría que
decir algunas palabras cuando llamaron su nombre.
Jamás había ganado un premio, pero tenía que reconocer que lo que estaba
haciendo la compañía lo llenaba de orgullo y ganas de seguir trabajando.
Recompensar las labores de un trabajador siempre venía bien para la
autoestima del mismo, cosa que en lo personal le venía de maravilla en esos
momentos tan complejos.
Había meditado varias veces lo que diría, pero luego del encuentro con
Giancarlo, podía jurar que las palabras que tenía pensadas no eran
suficientes. Estando solo tras bambalinas, pensó en cómo Alex había sido
valiente en alzarse en contra de su ex amante. En otras circunstancias de no
haber contado con su apoyo, hubiese perdido los estribos y caído en la
trampa de aquel sociópata, quien se hubiese complacido de hacerlo estallar.
¿Cómo podía agradecerle? ¿Cómo podía expresar todas las emociones que
sentía cuando al mismo tiempo debía controlar lo que decía para no revelar
su relación?
Quería hacer algo por él. Por los dos.
Cuando escuchó su nombre, casi trastabilla al caminar, así que respiró
profundo mientras salía al escenario, siendo recibido con una gran cantidad
de aplausos de todas clase.
Las luces blancas del lugar lo cegaban un poco, pero tenía su mirada fija en
la pequeña placa que sostenía una chica con un lindo vestido mientras el
presentador dedicaba unas palabras antes de separarse del atril.
Finalmente, esperó a que el reto de la audiencia guardara silencio,
procurando así que tuviera tiempo suficiente para recobrar su compostura.
Aunque le era imposible ver dónde estaba ubicado Alex, sabía que se
habían sentado en la fila de en medio, por lo que enfocó su mirada y trató
de darle forma a lo que había pensado en los últimos segundos, esperando
que su corazón pudiera llegar hasta él con sus palabras.
- Hace unos cuantos meses, era un simple proveedor que solo aspiraba a
llegar a fin de mes con lo que ganaba. -Algunos rieron mientras él seguía-.
Pero hubo varias cosas que sucedieron que puedo decir que fueron la buena
fortuna de Dios en ponerme en el camino a gente impresionante.
Esperaba que Alex no estuviera nervioso o creyera que lo iba a delatar.
- Estos últimos días han sido de constantes nervios, y aunque a veces me he
sentido algo extraño por recibir un premio como esto, quiero decirles que
estoy muy agradecido por el mismo.
Aquí venía la “bomba”, pedía que por favor Alex pudiera escuchar bien, ya
que necesitaba que su mensaje no se malinterpretara.
- Quisiera dedicar este premio a mi pareja, él es un hombre único que me
hace sonreír cada vez que puede. -Esperó a ver si había algún problema,
pero no hubo ningún tipo de reacción negativa-. La verdad es que no
tenemos mucho tiempo saliendo, pero no sé por qué siento que nos
conocemos de toda la vida.
Sabía que Alex estaba en algún punto entre el mar de cabezas, así que
siguió mirando al frente mientras intentaba que su voz llegara hasta él.
- Los dos hemos enfrentado muchos obstáculos, pero sé que lo superaremos
juntos, y quiero decirte que eres alguien muy preciado para mí, por lo que
espero que nunca te separes de mi lado. -Respiró profundo antes de
culminar-. Gracias, tu valentía en enfrentar los problemas más severos me
inspiran a seguir adelante, espero que este sea el inicio de muchos otros más
premios a tu lado.
Una vez terminado su discurso, sintió que estaba sudando a borbotones,
jurando que la temperatura del recinto era al menos cinco grados más
calientes de lo que realmente decía el termostato.
Al principio nadie dijo nada, pero luego de varios segundos, comenzaron a
escucharse algunas palmas, las cuales poco a poco fueron replicadas con
fuerza por todos los presentes, convirtiéndose en una fuerte marea de
vítores y silbidos de alegría que hicieron que él sonriera de felicidad.
Ya estaba hecho.
Al salir del escenario se dirigió hacia la parte trasera, bajando las escaleras
para ir hasta su asiento. Mientras cruzaba las filas, las personas lo
felicitaban por su “valentía” y “humildad”, por lo que no pudo evitar
sonrojarse ante dichos halagos.
No obstante, lo mejor fue que cuando llegó a donde estaba sentado Alex,
observó que este se estaba cubriendo los ojos y dándole su espalda.
A primera vista pensó que le había pasado algo, pero al sentarse y notar
mano, apreció que esta estaba mojada. Sonrió un poco y puso su mano
sobre la de él como solía hacer para calmarlo, acariciándolo en silencio
mientras este recobraba la compostura.
- ¿Podrías… no… tocarme…? -Preguntó él con la voz ahogada y sin
voltearse.
- ¿Por qué? -Pidió saber confundido.
- Estoy tratando de no verte, porque entonces tendría que besarte de
inmediato y de verdad que no puedo hacer eso ahora mismo.
Con tranquilidad siguió en silencio mirándolo llorar de felicidad e
intentando recobrar la compostura, lo cual sucedió algunos minutos
después. Sonó su nariz en un pañuelo que tenía, y se limpió los ojos con
fuerza, volteando a mirarlo con un rostro propio de alguien que había
recibido una excelente noticia.
- Gracias…
- Ya puedes mirarme. -Dijo riendo mientras le guiñaba un ojo.
- Por favor… ya tuve bastante por una noche. -Aseveró él aclarando su
garganta al hablar.
- ¿Eso quiere decir que la oferta de hace rato no sigue en pie?
Su tono seductor lo sorprendió, pero realmente no le importaba. Estaba
demasiado excitado y emocionado como para avergonzarse, y ansiaba que
los dos hicieran el amor por primera vez.
Ante dicho flirteo, Alex se acercó a él con el ceño fruncido.
- No tienes ni idea de lo que te espera esta noche.
Si Giancarlo hubiese estado allí, Robert sentía que podría haberlo ignorado
aun si tuviera un arma apuntándole en ese momento.
6
- Te amo.
- Ya.
- Te quiero.
- Ya. -Repitió Alex sintiendo que las orejas le quemaban.
- Eres tan…
- ¡Ya! -Exclamó alterado mientras ocultaba su cabeza en las almohadas.
- Alex, llevamos saliendo más de cinco meses y no puedo entender por qué
te comportas como una colegiala cuando terminamos de hacer el amor.
- ¡Pero es que eres demasiado intenso! -Expresó él, rojo a más no poder.
- ¿Y cómo puedes culparme si tengo a un novio tan lindo?
- ¡Dios! -Dijo fastidiado mientras le pegaba con una almohada.
Parecía mentira que ahora estuvieran viviendo juntos, pero Alex no pensaba
que hubiese otra manera de pasar sus días que no fuese disfrutando de la
compañía del proveedor estrella.
La verdad es que luego de su discurso, muchas personas lo llamaron para
seguir haciendo negocios con él, felicitando su valor en revelar su
homosexualidad ante muchas personas desconocidas.
Alex por su parte no escuchó de nuevo de Giancarlo, pero por lo que se
rumoreaba, él había terminado su relación con su esposa y estaba en
proceso de divorciarse, por lo que de alguna forma podía entender la actitud
del doctor durante la premiación.
Cuando se levantó, se vio al espejo, contemplando con una sonrisa el
hombre que le devolvía la mirada. Se sentía cinco años más joven, y
consideraba que todo aquello tenía que ver con Robert, quien había traído a
su vida la felicidad que necesitaba.
Con una sonrisa vio las fotos en la mesa de noche en donde él y Robert
compartían la imagen, así como otras fotos de su ex esposa con sus hijos y
Robert en diversas ocasiones.
Alex no esperaba que Robert se llevara tan bien con sus hijos, pero parecía
que lo de la fiesta de Gina simplemente fue un inicio para él. Melina de
igual forma se llevaba bastante bien con el joven proveedor, congeniando
alegremente de muchas maneras cuando tenían la oportunidad de reunirse.
Al parecer, toda su familia lo quería mucho.
Por eso la presión de lo que iba a hacer ese día era mucho más fuerte de lo
que jamás había sentido por diversos motivos.
Era el cumpleaños de Robert y había planeado una fiesta especial para él,
invitando a su familia para celebrar con un pastel que había comprado y le
había pedido a Melina que trajera como sorpresa. Se había tomado el día
libre específicamente para esa fecha, ansiando que Robert tuviera la
oportunidad de compartir junto a él dicha fecha.
- ¿Y puedes quedarte conmigo? -Preguntó tanteando el terreno y abrazando
por detrás al más joven.
Los ejercicios por parte de Robert le habían pasado factura a su cuerpo con
un saldo positivo, pues su torso definido mostraba una contextura
envidiable que él disfrutaba todas las noches mientras tenía la oportunidad.
- Sabes que ansío eso más que nada, pero debo llevar unos papeles a unos
doctores de un nuevo hospital y me pidieron que lo presentara en una
reunión.
- Eres malo. -Dijo fingiendo un puchero y feliz de tener la casa sola para él
para poder planificar la fiesta.
- Basta, sabes que no puedo evitarlo.
Un dulce beso en los labios fue más que suficiente para terminar la
discusión.
- De acuerdo, pero prométeme que vendrás a pasar la noche conmigo. -
Pidió con un toque suave de su nariz en su cuello.
- Eso sí que no me lo perdería por nada.
Dejando que se bañara solo en dicha ocasión, Alex procedió a asegurarse de
que no lo vigilaba nadie para buscar su teléfono y mandar un mensaje de
texto a Melina.
- “Estoy listo para recibirte, va a irse pronto”.
Esperó un poco a que leyera el mensaje, el cual no tardó en llegar.
- “Yo estoy aún ocupada con las decoraciones, voy a mandar a los chicos”.
- “¿Solos?” -Estaba algo anonadado por la confianza de Melina.
- “Recuerda que Damián sacó su permiso de conducir hace poco, así que no
habrá problema”.
Aunque quería hacer esto con Melina a su lado, sabía que no había mejor
forma de enfrentar la situación que siendo sincero.
Desde hace tiempo quería hablar con sus hijos de lo que pasaba entre él y
Robert. En diversas oportunidades sintió que era una basura por ocultar su
felicidad o momentos especiales solo por mantener una imagen que poco a
poco se daba cuenta de que era inútil de mantener.
Enfrentar a Giancarlo le había demostrado que valía mucho más que lo que
dijeran los demás de él, así que era lógico pensar que lo que pensara su
familia no debía importarle tampoco. Sus hijos lo querían por ser un buen
padre según Melina, así que no deberían tener algún tipo de rencor hacia su
persona por simplemente decirles que amaba a alguien más.
Le dolía pensar que los ojos de aquel par de jóvenes lo verían con asco,
pero era imposible. Varias veces se había convencido a sí mismo de que
nunca había enseñado a odiar a sus hijos, por lo que tenía fe de que su
reacción no sería diferente a la que había discutido con Melina.
Robert salió de la ducha con una sonrisa, vestido para irse a trabajar,
mientras que él por su parte aún permanecía en paños menores.
- Bueno, me debo ir, nos vemos más tarde, ¿de acuerdo? -Dijo con
tranquilidad antes de coger su maletín del suelo.
- Me parece bien.
- ¿Estás bien?
- Sí, ¿por?
- Te noto algo extraño desde que entré a la ducha. -Comentó con una ceja
levantada y viéndolo de forma suspicaz.
- No, no, estoy bien. -Dijo nervioso y pidiendo que no se diera cuenta de
más nada.
Aunque se lo veía poco convencido de aquella excusa, Robert asintió con
lentitud y se acercó hasta él para darle un beso en los labios.
- De acuerdo, nos vemos entonces, cuídate.
Se despidió con su mano en silencio, observando como este salía del cuarto
con su andar pausado característico. Esperó a que la puerta de la entrada del
aparentemente se cerrara antes de comenzar a prepararse.
Sus hijos no deberían de tardar mucho tiempo en llegar, así que quería estar
presentable para recibirlos, pues más allá de la conversación que quería
tener con ellos debía también alistarse para preparar la fiesta en cuestión.
No había terminado de colocarse sus zapatos cuando escuchó el timbre
sonar con fuerza, lo cual significaba que ya habían llegado.
Tragó con fuerza e intentó controlar sus inhalaciones, buscando que su
corazón se calmara un poco. Al abrir la puerta, pudo observar que Anabelle
estaba con su hermano cargando una gran cantidad de bolsas, las cuales
debía de tener las decoraciones y aditamentos necesarios para prepararlo
todo para la fiesta.
- ¡Papá!
Anabelle siempre demostró ser mucho más efusiva con su padre que su
hermano, por lo que, aun cargando bolsas en sus manos, se lanzó a
abrazarlo con mucho cariño, dándole un beso en la mejilla.
Él hizo lo propio, recibiendo poco después un pequeño apretón por parte de
su hijo, quien estaba más cargado que su hermana y por lo tanto no podía
mover sus brazos con tanta facilidad.
- Tenía tiempo sin verte.
- No exageres, nos vimos hace dos semanas. -Dijo la chica con una sonrisa.
- Sí, pero últimamente estás más ocupada con tus estudios, ¿cómo te va con
eso?
- Muy bien, pronto empezaremos el programa de música y espero pronto
tener la posibilidad de escoger una academia para estudiar.
Su hija siempre estuvo interesada en las artes, por lo que no le sorprendió
que escogiera dicha profesión para desenvolverse.
- Me parece genial, ¿qué hay de ti? Escuché de tu mamá que estás saliendo
mucho más.
- Tampoco es para tanto. -Dijo él con las mejillas rojas y llevando sus
bolsas hasta la sala.
- Gina y él se ven una vez por semana, al menos es mejor que las
conversaciones que tienen por teléfono. -Comentó ella riéndose.
- ¡Cállate! -Exclamó Damián más rojo que un tomate.
- Cuesta creer que ahora seas novio de esa chica, la creía un poco infantil
luego de lo que nos pasó la otra vez.
- Bueno, la verdad es que yo tampoco lo creo, pero ha cambiado muchísimo
y considero que todos merecen una segunda oportunidad, ¿no?
Su hijo lo miraba expectante, pues sabía que Gina había sido la que había
hablado mal de su padre y aunque desde hace tiempo él le dijo que no tenía
ningún tipo de problema en su relación, siempre trataba de no nombrarla
mucho en frente de él.
- Descuida, tienes razón, solo que en lo personal me cuesta creer que mi
hijo esté creciendo tan rápido. -Admitió con un pequeño gesto de cariño al
acariciar su cabello-. Aunque me llama la atención que tú sigas soltera, la
mitad de las chicas de tu edad tienen novio.
- Sí bueno, la mitad de las chicas de mi edad son tontas. -Manifestó ella sin
darle mayor importancia al asunto.
Tenía un gran orgullo paternal al ver a sus hijos tan vibrantes y llenos de
energía. Eso le daba más confianza en revelar lo que sentía por Robert, pues
no detectaba ningún rastro de maldad en su comportamiento.
- Chicos, dejen las cosas en el suelo, tengo que hablar con ustedes de algo
importante.
Aquel par se miró unos momentos a los ojos, procediendo a hacer lo que su
padre decía para después trasladarse hasta la sala en cuestión, en donde se
sentaron en el sofá mientras él lo hizo en una silla individual.
- ¿Qué pasa papá?
- ¿Acaso esto es sobre Gina?
- ¡Guacala! ¡No quiero la charla otra vez! -Soltó Anabelle con horror
mientras su hermano abría los ojos como platos.
- Cálmense, no es nada de eso.
Era mucho más difícil de lo que había imaginado, pero sabía que debía
seguir adelante, pues solo tenía esa posibilidad de revelar algo que hasta
ahora casi nadie sabía. Cuando se trataba de secretos profundos, los
humanos eran propicios a desarrollar gestos que delataban su nerviosismo,
él por su parte era más propenso a sudar y juraba que ya había mojado toda
su camisa para ese entonces.
- Chicos, quiero decirles algo… Me imagino que desde hace tiempo saben
que estoy viviendo aquí con Robert, ¿no es así?
- Sí. -Contestaron los dos.
- Y supongo que sabrán que nos hemos vuelto muy cercanos él uno al otro.
- Aja. -Comentó Damián algo desinteresado.
- Pues… miren… la verdad es que…
- ¿Acaso esto es relacionado con que tú y Robert son pareja? -Preguntó
como si nada Anabelle mientras cruzaba sus piernas y adoptaba una pose
despreocupada en el sofá.
Durante unos segundos, la habitación completa permaneció en silencio,
oportunidad que tuvo para escuchar los latidos de su corazón y apreciar la
cara poco atrayente de los chicos, quienes miraban a su padre como si fuera
algo muy normal lo que acababa de decir la chica.
- ¿Anabelle?
- ¿Qué?
- ¿Cómo sabes de eso? ¿Tu madre te dijo algo?
No creía que Melina fuera capaz de traicionar su confianza de esa manera,
pero era realmente ilógico pensar que ella se atrevería a revelar dicha
información sin su consentimiento.
- Claro que no. -Dijo Damián como respuesta.
- Es obvio, por Dios, ¿qué edad crees que tenemos?
- O sea, cuando tu padre te dice que se va a ir a vivir con un “amigo”, es
más que obvio a que se refiere con eso. -Argumentó el chico sin darle
mucha importancia al tema.
- Desde… pero… momento… -Alzó la mano para hacer una pausa y
respirar-. ¿Me están diciendo que sabían de mi relación con Robert desde
hace tiempo y no me habían dicho nada?
- Creíamos que no era necesario. -Explicó Anabelle con una sonrisa.
- Creo que ya viste mi comportamiento durante la fiesta de cumpleaños de
Gina, así que no entiendo por qué debería ser un problema que estés con un
hombre.
El corazón se le estaba hinchando de felicidad y juraba que estaba por
llorar. Saber que sus hijos tenían conocimiento de sus preferencias y
decidieran permanecer a su lado no tenía precio, y la verdad es que aquello
en su alma lo hacía sentirse muy feliz.
- Dios… no puedo creerlo, había preparado esta tarde para conversar con
ustedes de esto y resulta que ya sabían.
- Podemos pretender que nos importa mucho y así nos puedes dar un regalo
para compensar. -Propuso con tono sarcástico Anabelle mientras miraba a
su hermano con una sonrisa.
- Oh quizás nos podríamos poner a llorar para que se sienta culpable. -Dijo
Damián riéndose de las ocurrencias de la chica.
- Son de lo peor… vengan aquí.
Con lágrimas en los ojos los abrazó con fuerza, agradeciendo a Dios por
tener los mejores hijos del mundo en ese momento.
…
Una vez terminaron de limpiar la casa y decorarla, Melina llegó con el
pastel, justo a tiempo, pues Robert había dicho que regresaría muy pronto al
apartamento, ya que la reunión duró mucho menos de lo que él esperaba.
Todos se escondieron y apagaron las luces para sorprenderlo, esperando a
que este abriera la puerta del lugar y procediera a encender la luz debido a
que él solo iluminaba muy tenuemente el sitio.
Cuando cruzó el umbral del pasillo y encendió las luces, todos saltaron de
sus puestos, gritando:
- ¡Feliz cumpleaños!
Al principio Robert tuvo una reacción propia de alguien que había entrado a
su casa, tomando la posición de ataque, pero en cuanto vio que todos
comenzaron a reírse con fuerza, no dudo en unirse a la dicha de sus amigos.
Mientras cantaban la canción del cumpleaños, Melina traía la torta en sus
manos, moviéndose al compás de la misma con alegría al mismo tiempo
que todos aplaudían con algarabía. Robert se tuvo que secar las lágrimas de
felicidad, pues nunca antes le habían celebrado el cumpleaños de esa
manera, así que terminó soplando las velas dos veces debido a que estaba
muy emocionado como para apagarlas bien la primera vez.
Las risas de todos prosiguieron cuando fue la hora de entregar los regalos.
Melina le otorgó un excelente libro de acción que él desde hace tiempo
estaba queriendo leer, mientras que Anabelle le regaló unos zapatos nuevos,
que combinaban a la perfección con los nuevos pantalones que su hijo le
dio.
Llegado el momento del regalo de Alex, este recibió un sobre, el cual al
principio Robert vio con una ceja levantada, pues había esperado un
paquete tradicional como el que había recibido hasta ahora.
- ¿Qué es esto?
- Es una sorpresa.
Robert meditó durante algunos segundos y procedió a abrir el sobre sin
miramientos, descubriendo que había una carta en su interior. Todos
permanecieron en silencio mientras observaban cómo los ojos de él se
deslizaban por las líneas cuidadosamente escritas por Alex, quien estaba
ansioso por ver la reacción de su amante.
Una vez terminado, vio a todos los presentes con ojos cargados de sorpresa
e incredulidad, sosteniendo la carta en alto como si fuera una especie de
prueba que demostrara que no estaba loco.
- Esto… ¿Esto es verdad?
- Sí. -Dijo Alex con alegría.
- ¿Quiere decir que ustedes…?
- Sí, ya sabemos. -Respondieron Anabelle, Damián y Melina al mismo
tiempo.
Acto seguido, Robert se levantó con los ojos llorosos por segunda vez en la
noche, corriendo hacia los brazos de Alex, quien recibió aquel apresurado
beso de su parte con mucho placer.
En dicha carta se relataba lo que había hablado con su familia, saliendo por
fin del armario con ellos y de cómo planeaba hacer lo mismo con el resto de
sus compañeros del trabajo cuando algunos de ellos se lo preguntaran
directamente.
- ¿Asumo que te gustó el regalo?
- Calla… es el momento más feliz de mi vida.
Su corazón se regocijaba al saber que de ahora en adelante no tendría que
ocultar lo que sentían por ambos y esperaba que pronto hubiera incluso la
posibilidad de hacer que dicho amor estuviera de forma permanente entre
ambos, quizás casándose en un futuro cercano.
Por ahora tenía esto y quería aprovechar dicha ocasión hasta el final.
Los demás se fueron ya cerca de las doce de la noche, dejando a la pareja
sola para recoger lo que quedaba en el apartamento. Viendo a Robert barrer
el suelo, se imaginó a sí mismo en dicha situación en algunos veinte años,
pensando en si era posible que ambos estuvieran aún capacitados para
expresar su amor de diversas maneras, pues algunos consideraban que con
la edad mucho de ese amor podía diluirse.
Sacudió su cabeza con fuerza. ¿Por qué debería tener dudas desde ahora?
Era una persona realmente insegura si creía que la edad podría afectarlos,
pues había esperado mucho para volver a sentirse feliz con alguien que
compartiera su vida y en lo personal no creía que iba a dejar de amar a
Robert nunca.
Llegada la hora de dormir, ambos estaban agotados por el día, en especial
Robert, quien en lo personal había estado trabajando a más no poder para
garantizar más clientes. No obstante, su novio estuvo particularmente
callado luego de la ida de su familia, casi como si la fiesta lo hubiese dejado
en trance por alguna extraña razón.
Al acostarse, no pudo evitar ver al hombre en cuestión, quien reposaba su
cabeza en la almohada sin cerrar los ojos y con los brazos cruzados sobre su
pecho. Sin poder contenerse más, prendió la luz de la mesa de noche para
hablar con él directamente sobre lo que ocurría.
- ¿No puedes dormir?
Durante algunos segundos, Robert permaneció en silencio, pero luego
suspiró con una mueca extraña en el rostro.
- No.
- ¿Qué pasa amor?
- ¿Sabes que me di cuenta una vez que tus hijos se fueron?
- ¿Qué?
- Que eres muy afortunado en tener una familia que te quiere. -Indicó con
una gran sonrisa.
Aunque se sentía halagado, había algo más detrás de aquella expresión.
- Entiendo, pero esto no es sobre lo afortunado que soy al ser padre de ellos,
¿no?
- En parte. -Admitió con un poco de vergüenza-. La verdad es que me
pregunté si yo podría tener la posibilidad de tener algo semejante en un
futuro, ¿sabes?
- Amor…
- Vale, vale… -Dijo yendo al grano-. Es que me preguntaba lo que se
sentiría, ¿sabes? El tener hijos propios que me digan papá.
Ahora comprendía mejor lo que pasaba por la mente de su amante. Nunca
antes había considerado que a él le pudiera importar en lo más mínimo el
tener un hijo, pero suponía que no todas las personas eran iguales. Ya antes
había dicho que tenía su cuota saldada al salir con Melina y tener sus
propios hijos, pero era lógico que su nueva pareja viera su familia y quisiera
algo propio.
- ¿Quieres tener hijos? -Preguntó poniéndose derecho en la cama.
- Sí… nunca antes se me había ocurrido semejante cosa, pero admito que
para mí el estar contigo me ha hecho darme cuenta de que internamente
tengo ese reloj biológico, un poco tonto, ¿no crees?
- No cree que sea tonto. -Aseveró con alegría al tomar la mano de él.
Robert lo observó con ojos brillantes, parecía bastante emocionado por todo
lo que había pasado y saber que Alex consideraba la posibilidad de estar
junto a él con más hijos debía de ser la manera perfecta de terminar esta
jornada.
- ¿En serio?
- Bueno, no voy a negarte que no estoy pensando actualmente en tenerlos,
pero realmente nunca se sabe las vueltas que da la vida, unos meses atrás no
me esperaba encontrar a un proveedor que estuviera dispuesto a enamorarse
de mí y aquí estoy.
Se rieron con entusiasmo, siendo Robert el primero en recuperar la
característica sonrisa que siempre tenía cuando estaba junto a Alex.
- Hagamos algo, casémonos primero y después pensaremos en hijos, ¿vale?
- Mmm, ¿y para cuándo podría ser eso? -Preguntó chistoso él.
- No sé, supongo que necesitaría un anillo primero.
- Bueno a mí en lo personal eso no me importa.
Ambos estaban viéndose sin respirar o mover un músculo.
- Si quiero. -Dijo Robert con seriedad.
- ¿Sí… quieres? -La voz le temblaba mucho, pero no estaba seguro de si
estaba perdiendo la capacidad de pensar apropiadamente.
- Si me lo pides, ¿no? -Comentó con una sonrisa cargada de felicidad.
Estaba respirando con mucha dificultad para ese momento.
- Robert… se supone que tu cumpleaños termina en una hora, ¿desde
cuándo los regalos se los da el cumpleañero?
- Oye, yo no fui el de la idea.
Ya para ese entonces tenía los ojos llorosos de felicidad y podía notar que
Robert también estaba emocionado.
- Esto es de locos.
- Lo sé.
- Mis hijos enloquecerán.
- Lo sé.
- ¿Puedes decir otra cosa? -Pidió con una ceja levantada y limpiándose su
mejilla.
- La verdad es que estoy intentando controlar las ganas de gritar de
felicidad, así que mientras más hable mejor para los dos y los vecinos.
Sin esperar un segundo más, se acercó hasta él para darle un fuerte beso,
uno de esos que hacían que su cerebro viajara a otra dimensión. Él era
perfecto, no había ningún tipo de cosa que quisiera cambiar y que Dios
fuera testigo de que haría a ese hombre el más feliz de la tierra.
- ¿Alex?
- ¿Sí?
- Dijiste que me quedaba tiempo antes de que acabara mi cumpleaños,
¿verdad?
- Sí…
- Entonces, ¿podría pedir un regalo especial antes?
Con una sonrisa pícara supo exactamente lo que quería.
- Puedo imaginar que será…
- Pues mañana no tengo trabajo y supongo que tú tampoco tienes mucho,
así que… no tengo muchas ganas de dormir.
Alex no esperó más y decidió complacer a su “prometido”, sabiendo que
ambos no dormirían en toda la noche a partir de entonces.
NOTA DEL AUTOR
Espero que hayas disfrutado del libro. MUCHAS GRACIAS por leerlo. De
verdad. Para nosotros es un placer y un orgullo que lo hayas terminado.
Para terminar… con sinceridad, me gustaría pedirte que, si has disfrutado
del libro y llegado hasta aquí, le dediques unos segundos a dejar una
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parecido de verdad. Desde el corazón. El público decidirá, con el tiempo, si
merece la pena o no. Yo solo sé que seguiremos haciendo todo lo posible
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Capítulo 1
Cuando era adolescente no me imaginé que mi vida sería así, eso por
descontado.
Mi madre, que es una crack, me metió en la cabeza desde niña que
tenía que ser independiente y hacer lo que yo quisiera. “Estudia lo que
quieras, aprende a valerte por ti misma y nunca mires atrás, Belén”, me
decía.
Mis abuelos, a los que no llegué a conocer hasta que eran muy
viejitos, fueron siempre muy estrictos con ella. En estos casos, lo más
normal es que la chavala salga por donde menos te lo esperas, así que
siguiendo esa lógica mi madre apareció a los dieciocho con un bombo de
padre desconocido y la echaron de casa.
Del bombo, por si no te lo imaginabas, salí yo. Y así, durante la
mayor parte de mi vida seguí el consejo de mi madre para vivir igual que
ella había vivido: libre, independiente… y pobre como una rata.
Aceleramos la película, nos saltamos unas cuantas escenas y aparezco
en una tumbona blanca junto a una piscina más grande que la casa en la que
me crie. Llevo puestas gafas de sol de Dolce & Gabana, un bikini exclusivo
de Carolina Herrera y, a pesar de que no han sonado todavía las doce del
mediodía, me estoy tomando el medio gin-tonic que me ha preparado el
servicio.
Pese al ligero regusto amargo que me deja en la boca, cada sorbo me
sabe a triunfo. Un triunfo que no he alcanzado gracias a mi trabajo (a ver
cómo se hace una rica siendo psicóloga cuando el empleo mejor pagado que
he tenido ha sido en el Mercadona), pero que no por ello es menos
meritorio.
Sí, he pegado un braguetazo.
Sí, soy una esposa trofeo.
Y no, no me arrepiento de ello. Ni lo más mínimo.
Mi madre no está demasiado orgullosa de mí. Supongo que habría
preferido que siguiera escaldándome las manos de lavaplatos en un
restaurante, o las rodillas como fregona en una empresa de limpieza que
hacía malabarismos con mi contrato para pagarme lo menos posible y tener
la capacidad de echarme sin que pudiese decir esta boca es mía.
Si habéis escuchado lo primero que he dicho, sabréis por qué. Mi
madre cree que una mujer no debería buscar un esposo (o esposa, que es
muy moderna) que la mantenga. A pesar de todo, mi infancia y
adolescencia fueron estupendas, y ella se dejó los cuernos para que yo fuese
a la universidad. “¿Por qué has tenido que optar por el camino fácil,
Belén?”, me dijo desolada cuando le expliqué el arreglo.
Pues porque estaba hasta el moño, por eso. Hasta el moño de
esforzarme y que no diera frutos, de pelearme con el mundo para encontrar
el pequeño espacio en el que se me permitiera ser feliz. Hasta el moño de
seguir convenciones sociales, buscar el amor, creer en el mérito del trabajo,
ser una mujer diez y actuar siempre como si la siguiente generación de
chicas jóvenes fuese a tenerme a mí como ejemplo.
Porque la vida está para vivirla, y si encuentras un atajo… Bueno,
pues habrá que ver a dónde conduce, ¿no? Con todo, mi madre debería estar
orgullosa de una cosa. Aunque el arreglo haya sido más bien decimonónico,
he llegado hasta aquí de la manera más racional, práctica y moderna
posible.
Estoy bebiendo un trago del gin-tonic cuando veo aparecer a Vanessa
Schumacher al otro lado de la piscina. Los hielos tintinean cuando los dejo
a la sombra de la tumbona. Viene con un vestido de noche largo y con los
zapatos de tacón en la mano. Al menos se ha dado una ducha y el pelo largo
y rubio le gotea sobre los hombros. Parece como si no se esperase
encontrarme aquí.
Tímida, levanta la mirada y sonríe. Hace un gesto de saludo con la
mano libre y yo la imito. No hemos hablado mucho, pero me cae bien, así
que le indico que se acerque. Si se acaba de despertar, seguro que tiene
hambre.
Vanessa cruza el espacio que nos separa franqueando la piscina. Deja
los zapatos en el suelo antes de sentarse en la tumbona que le señalo. Está
algo inquieta, pero siempre he sido cordial con ella, así que no tarda en
obedecer y relajarse.
—¿Quieres desayunar algo? –pregunto mientras se sienta en la
tumbona con un crujido.
—Vale –dice con un leve acento alemán. Tiene unos ojos grises muy
bonitos que hacen que su rostro resplandezca. Es joven; debe de rondar los
veintipocos y le ha sabido sacar todo el jugo a su tipazo germánico. La he
visto posando en portadas de revistas de moda y corazón desde antes de que
yo misma apareciera. De cerca, sorprende su aparente candidez. Cualquiera
diría que es una mujer casada y curtida en este mundo de apariencias.
Le pido a una de las mujeres del servicio que le traiga el desayuno a
Vanessa. Aparece con una bandeja de platos variados mientras Vanessa y yo
hablamos del tiempo, de la playa y de la fiesta en la que estuvo anoche.
Cuando le da el primer mordisco a una tostada con mantequilla light y
mermelada de naranja amarga, aparece mi marido por la misma puerta de la
que ha salido ella.
¿Veis? Os había dicho que, pese a lo anticuado del planteamiento, lo
habíamos llevado a cabo con estilo y practicidad.
Javier ronda los treinta y cinco y lleva un año retirado, pero conserva
la buena forma de un futbolista. Alto y fibroso, con la piel bronceada por
las horas de entrenamiento al aire libre, tiene unos pectorales bien formados
y una tableta de chocolate con sus ocho onzas y todo.
Aunque tiene el pecho y el abdomen cubiertos por una ligera mata de
vello, parece suave al tacto y no se extiende, como en otros hombres, por
los hombros y la espalda. En este caso, mi maridito se ha encargado de
decorárselos con tatuajes tribales y nombres de gente que le importa.
Ninguno es el mío. Y digo que su vello debe de ser suave porque nunca se
lo he tocado. A decir verdad, nuestro contacto se ha limitado a ponernos las
alianzas, a darnos algún que otro casto beso y a tomarnos de la mano frente
a las cámaras.
El resto se lo dejo a Vanessa y a las decenas de chicas que se debe de
tirar aquí y allá. Nuestro acuerdo no precisaba ningún contacto más íntimo
que ese, después de todo.
Así descrito suena de lo más atractivo, ¿verdad? Un macho alfa en
todo su esplendor, de los que te ponen mirando a Cuenca antes de que se te
pase por la cabeza que no te ha dado ni los buenos días. Eso es porque
todavía no os he dicho cómo habla.
Pero esperad, que se nos acerca. Trae una sonrisa de suficiencia en los
labios bajo la barba de varios días. Ni se ha puesto pantalones, el tío, pero
supongo que ni Vanessa, ni el servicio, ni yo nos vamos a escandalizar por
verle en calzoncillos.
Se aproxima a Vanessa, gruñe un saludo, le roba una tostada y le pega
un mordisco. Y después de mirarnos a las dos, que hasta hace un segundo
estábamos charlando tan ricamente, dice con la boca llena:
—Qué bien que seáis amigas, qué bien. El próximo día te llamo y nos
hacemos un trío, ¿eh, Belén?
Le falta una sobada de paquete para ganar el premio a machote
bocazas del año, pero parece que está demasiado ocupado echando mano
del desayuno de Vanessa como para regalarnos un gesto tan español.
Vanessa sonríe con nerviosismo, como si no supiera qué decir. Yo le
doy un trago al gin-tonic para ahorrarme una lindeza. No es que el
comentario me escandalice (después de todo, he tenido mi ración de
desenfreno sexual y los tríos no me disgustan precisamente), pero siempre
me ha parecido curioso que haya hombres que crean que esa es la mejor
manera de proponer uno.
Como conozco a Javier, sé que está bastante seguro de que el
universo gira en torno a su pene y que tanto Vanessa como yo tenemos que
usar toda nuestra voluntad para evitar arrojarnos sobre su cuerpo
semidesnudo y adorar su miembro como el motivo y fin de nuestra
existencia.
A veces no puedo evitar dejarle caer que no es así, pero no quiero
ridiculizarle delante de su amante. Ya lo hace él solito.
—Qué cosas dices, Javier –responde ella, y le da un manotazo cuando
trata de cogerle el vaso de zumo—. ¡Vale ya, que es mi desayuno!
—¿Por qué no pides tú algo de comer? –pregunto mirándole por
encima de las gafas de sol.
—Porque en la cocina no hay de lo que yo quiero –dice Javier.
Me guiña el ojo y se quita los calzoncillos sin ningún pudor. No tiene
marca de bronceado; en el sótano tenemos una cama de rayos UVA a la que
suele darle uso semanal. Nos deleita con una muestra rápida de su culo
esculpido en piedra antes de saltar de cabeza a la piscina. Unas gotas me
salpican en el tobillo y me obligan a encoger los pies.
Suspiro y me vuelvo hacia Vanessa. Ella aún le mira con cierta
lujuria, pero niega con la cabeza con una sonrisa secreta. A veces me
pregunto por qué, de entre todos los tíos a los que podría tirarse, ha elegido
al idiota de Javier.
—Debería irme ya –dice dejando a un lado la bandeja—. Gracias por
el desayuno, Belén.
—No hay de qué, mujer. Ya que eres una invitada y este zopenco no
se porta como un verdadero anfitrión, algo tengo que hacer yo.
Vanessa se levanta y recoge sus zapatos.
—No seas mala. Tienes suerte de tenerle, ¿sabes?
Bufo una carcajada.
—Sí, no lo dudo.
—Lo digo en serio. Al menos le gustas. A veces me gustaría que
Michel se sintiera atraído por mí.
No hay verdadera tristeza en su voz, sino quizá cierta curiosidad.
Michel St. Dennis, jugador del Deportivo Chamartín y antiguo compañero
de Javier, es su marido. Al igual que Javier y yo, Vanessa y Michel tienen
un arreglo matrimonial muy moderno.
Vanessa, que es modelo profesional, cuenta con el apoyo económico y
publicitario que necesita para continuar con su carrera. Michel, que está
dentro del armario, necesitaba una fachada heterosexual que le permita
seguir jugando en un equipo de Primera sin que los rumores le fastidien los
contratos publicitarios ni los directivos del club se le echen encima.
Como dicen los ingleses: una situación win-win.
—Michel es un cielo –le respondo. Alguna vez hemos quedado los
cuatro a cenar en algún restaurante para que nos saquen fotos juntos, y me
cae bien—. Javier sólo me pretende porque sabe que no me interesa. Es así
de narcisista. No se puede creer que no haya caído rendida a sus encantos.
Vanessa sonríe y se encoge de hombros.
—No es tan malo como crees. Además, es sincero.
—Mira, en eso te doy la razón. Es raro encontrar hombres así. –Doy
un sorbo a mi cubata—. ¿Quieres que le diga a Pedro que te lleve a casa?
—No, gracias. Prefiero pedirme un taxi.
—Vale, pues hasta la próxima.
—Adiós, guapa.
Vanessa se va y me deja sola con mis gafas, mi bikini y mi gin-tonic.
Y mi maridito, que está haciendo largos en la piscina en modo Michael
Phelps mientras bufa y ruge como un dragón. No tengo muy claro de si se
está pavoneando o sólo ejercitando, pero corta el agua con sus brazadas de
nadador como si quisiera desbordarla.
A veces me pregunto si sería tan entusiasta en la cama, y me imagino
debajo de él en medio de una follada vikinga. ¿Vanessa grita tan alto por
darle emoción, o porque Javier es así de bueno?
Y en todo caso, ¿qué más me da? Esto es un arreglo moderno y
práctico, y yo tengo una varita Hitachi que vale por cien machos ibéricos de
medio pelo.
Una mujer con la cabeza bien amueblada no necesita mucho más que
eso.
Javier
Disfruto de la atención de Belén durante unos largos. Después se
levanta como si nada, recoge el gin-tonic y la revista insulsa que debe de
haber estado leyendo y se larga.
Se larga.
Me detengo en mitad de la piscina y me paso la mano por la cara para
enjuagarme el agua. Apenas puedo creer lo que veo. Estoy a cien, con el
pulso como un tambor y los músculos hinchados por el ejercicio, y ella se
va. ¡Se va!
A veces me pregunto si no me he casado con una lesbiana. O con una
frígida. Pues anda que sería buena puntería. Yo, que he ganado todos los
títulos que se puedan ganar en un club europeo (la Liga, la Copa, la Súper
Copa, la Champions… Ya me entiendes) y que marqué el gol que nos dio la
victoria en aquella final en Milán (bueno, en realidad fue de penalti y
Jáuregui ya había marcado uno antes, pero ese fue el que nos aseguró que
ganábamos).
La Mujer Trofeo
Romance Amor Libre y Sexo con el Futbolista Millonario
— Comedia Erótica y Humor —
Ah, y…
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