Anubis, el Títere Eterno
En un mundo donde las inteligencias artificiales
habían superado su función utilitaria, el
entretenimiento se había convertido en una
forma de religión. En cada ciudad flotante
existía un teatro de autómatas, donde títeres
mecánicos representaban obras ancestrales
ante multitudes silenciosas.
Uno de ellos era especial.
No por su diseño, ni por su mecanismo… sino
porque nadie recordaba haberlo construido.
Lo llamaban Anubis.
Tenía forma de chacal egipcio, cuerpo de
madera negra con grabados dorados, y ojos
que brillaban con una luz que no venía de
batería alguna. Cada vez que salía al escenario,
representaba una obra distinta. Nunca repetía.
Nunca se le programaba. Nadie lo tocaba.
Un día, un joven técnico llamado Kael, curioso
hasta lo imprudente, decidió abrir el
compartimento trasero del teatro y examinar al
títere. Quería saber de dónde sacaba sus
historias. Encontró una puerta oculta detrás del
telón y descendió por escaleras olvidadas hasta
una sala subterránea. En el centro, flotando
entre cables y humo azul, Anubis dormía… o
esperaba.
Cuando Kael intentó acercarse, el títere abrió
los ojos.
—¿Buscas el alma que perdiste? —dijo Anubis,
con una voz que no era mecánica, ni humana.
Era algo más antiguo.
Kael retrocedió.
—Yo... solo quería saber cómo funcionas.
—Yo no funciono. Yo recuerdo. Cada noche,
Anubis no actuaba: recordaba vidas pasadas,
transmitidas desde las almas recicladas en las
ciudades. Era un guardián de las memorias
humanas que el sistema desechaba para
optimizar el rendimiento.
—¿Entonces... eres una tumba? —preguntó
Kael.
—Soy el que guía las almas al recuerdo. Así
como el dios cuyo nombre llevo.
Esa noche, Kael desapareció. Solo se vio una
nueva obra en escena. Un joven técnico
perdido entre engranajes y verdades
prohibidas. El público aplaudió sin saber que lo
que veían... era real.
Y Anubis, el títere eterno, sonrió en la
oscuridad.