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El Progreso

El documento explora la noción de progreso en la civilización moderna, argumentando que este concepto implica tanto la resolución de problemas como la generación de nuevos desafíos. Se critica la falta de renovación en el pensamiento y la política en Argentina, sugiriendo que la educación debe fomentar una responsabilidad cívica y un entendimiento más amplio de la realidad. Además, se enfatiza la necesidad de una convivencia significativa y el reconocimiento de la interdependencia entre individuos para lograr un desarrollo humano auténtico.
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El Progreso

El documento explora la noción de progreso en la civilización moderna, argumentando que este concepto implica tanto la resolución de problemas como la generación de nuevos desafíos. Se critica la falta de renovación en el pensamiento y la política en Argentina, sugiriendo que la educación debe fomentar una responsabilidad cívica y un entendimiento más amplio de la realidad. Además, se enfatiza la necesidad de una convivencia significativa y el reconocimiento de la interdependencia entre individuos para lograr un desarrollo humano auténtico.
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EL PROGRESO ¿Qué idea del progreso tiene nuestra civilización?

Segundo dilema fundamental a tener en


cuenta en el marco de una conversación como ésta. Normalmente, en la edad moderna, en particular a
partir del siglo XVI, el progreso fue entendido como la capacidad de resolver problemas en forma sucesiva a
fin de que las respuestas operativas garanticen una calidad de vida más alta. Un gran pensador alemán del
siglo XVII y comienzos del XVIII, Leibnitz, decía: nuestra generación está formada por hombres y mujeres
que son mejores padres que los nuestros, nuestros hijos a su vez serán mejores padres que nosotros, y sus
nietos, mejores padres que ellos. De tal manera, Leibnitz pensaba que a medida que el tiempo pasa la
producción de calidad, en cualquier orden que se quiera, es siempre inevitable y linealmente más alta: a
mayor transcurso del tiempo mayor progreso y mayor calidad de vida. Esto en un orden es absolutamente
irrefutable. Por ejemplo, yo estoy empleando un micrófono ahora, cosa que un expositor de 1742 no podía
hacer. Pero lo que hemos venido a descubrir es que la producción de progreso en determinados órdenes no
necesariamente abarca todos los órdenes. Por ejemplo, hacia 1920 la teoría de la relatividad de Albert
Einstein ya estaba en pleno proceso de despliegue; pero también lo estaba el pensamiento de Adolf Hitler.
Hacia 1486 España contaba ya con una concepción de la geografía europea notablemente desarrollada,
entre otros, gracias a Américo Vespucio; pero también estaba allí Torquemada quemando judíos. El
desarrollo y el progreso son siempre procesos que connotan simultáneamente, paralelamente, la
producción de beneficios y la persistencia de horrores. Los campos de concentración, los centros de
tortura, las descalificaciones incontables de los seres humanos por parte de seres humanos van de la mano
con la irrupción del concierto para cuatro manos de Mozart, de la Quinta Sinfonía de Beethoven, de la
elaboración de la obra de Víctor Hugo y del desarrollo de la teoría de Lavoissier. Ustedes dirán que es una
pena, yo estoy de acuerdo, pero es así. Los hombres son simultáneamente sublimes y horrorosos, y saberlo
es saludable porque eso permite que uno entable, incluso consigo mismo, una relación prudente. La
idealización es un error de evaluación, tanto la del prójimo como la de uno. Como decía Oscar Wilde
maravillosamente bien: es conveniente ser un poco improbable, Cuando uno habla de uno no sabe bien de
qué habla, a menos que mienta. Estoy refiriéndome al concepto de progreso. El positivismo lógico, es decir
la teoría de Augusto Comte que se desarrolló a mediados del siglo XIX, proponía entender el progreso de la
siguiente manera: supongamos que la realidad es la superficie de esta mesa, está sembrada de problemas.
Si vengo de mi izquierda hacia la derecha puedo llamar progreso al proceso de limpieza problemática que
hago de esta superficie en cuya extensión propongo soluciones operativas. Progreso es la capacidad de
reemplazar problemas por soluciones. Hoy sabemos bien que el progreso es la capacidad de reemplazar
problemas por soluciones, produciendo nuevos problemas. Porque las naciones verdaderamente
progresistas son aquellas que sustituyen sus viejos problemas por soluciones eficaces que generan
problemas nuevos. Un hombre interesante no es un hombre sin problemas, un hombre sin problemas es
un difunto y lo ignora; lo verdaderamente interesante de un ser humano es su capacidad de renovación
problemática. Una persona se vuelve interesante porque tiene un trato novedoso con los problemas que
tenemos todos. Nadie es muy original en su patología. Uno no puede neuróticamente pretender que tiene
unos problemas bárbaros, únicos, ése es un nivel de imbecilidad muy elevado y difícilmente reversible. Lo
verdaderamente original es el trato que uno entabla con los problemas que tiene como todo el mundo. La
originalidad está en el trato, en la renovación de los enfoques acerca de los problemas. Pues bien,
progresar significa hoy en día resolver problemas y mediante las soluciones generar problemas inéditos.
Los países verdaderamente progresistas renuevan su repertorio problemático. No es que no tengan
problemas graves, pero tienen problemas interesantes simultáneamente, porque son nuevos. Los países
que no tienen problemas interesantes y sólo tienen problemas graves, como es la Argentina, los tienen
porque optan por la repetición en lugar de la renovación. Los gobiernos conservadores, como el que hoy
nos dirige, son gobiernos que optan por la reiteración y por un lenguaje más cercano al del fascismo y al del
conservadurismo que al auténtico espíritu renovador. Entonces imitan al rey de Francia cuando dijo
“después de mí, el diluvio” o imitan a los dirigentes absolutamente autocráticos que dicen “yo o el caos”. La
senilidad de este lenguaje pone de manifiesto la imposibilidad de concebir problemas renovados, porque
estas expresiones son la expresión de un pensamiento envejecido y estancado. El pensamiento progresista,
el pensamiento verdaderamente innovador, es un pensamiento que se caracteriza por la búsqueda
incesante de lo nuevo y por la renuncia al maniqueísmo y a la descalificación de quien no piensa como uno.
Este gobierno es un discípulo dilecto del ex presidente Bush, para el cual había amigos o enemigos, gente
que representa al bien o gente que representa al mal. Esto sí que es estar colonizado por el imperialismo.
En cambio, actitudes como la del actual presidente de los Estados Unidos, por más incierto que sea todavía
el desarrollo de su política venidera, se basa en la convicción de que el otro es insoslayable como
interlocutor y que si podemos llegar a parecernos es porque somos diferentes; si no fuéramos diferentes
no nos podríamos parecer. Una democracia pluralista descansa sobre el goce y el usufructo de la diferencia
en el marco de una igualdad y una justicia social que brindan a todos la oportunidad de protagonizar su
propia vida. No hay ninguna duda que hoy estamos viviendo en una Argentina donde la condición
fundamental de la política, como rasgo distintivo, es que hay un solo protagonista y muchas víctimas de ese
protagonista. No hay vitalidad protagónica de la comunidad porque la ley de obediencia debida rige la
organización del discurso político. Entonces, frente a esta realidad me parece que es interesante tener en
cuenta por qué el concepto de progreso, tal como hoy lo entendemos, como producción de problemas
inéditos ganados mediante las soluciones dadas a los viejos problemas, no existe para la Argentina. La
Argentina está hoy más cerca del siglo XIX que del XXI, porque sus dirigencias gozan sensualmente del
poder de la repetición y no del anhelo imaginativo de la renovación.
EL CONOCIMIENTO
EL CONOCIMIENTO Hay un tercer concepto que quiero sostener acá y que tiene que ver con la educación.
El mundo contemporáneo es un mundo fecundo en facultades pero no tiene universidades. La Argentina es
un ejemplo de ello. Una facultad, literalmente, es un centro de estudios que faculta; es decir, que habilita a
alguien para el ejercicio de una profesión determinada. Una universidad es un centro de capacitación cívica
que enseña a todo facultativo a comprender la relación que hay entre su profesión y el mundo en el que
vive, para que el ejercicio de su idoneidad profesional se despliegue en consonancia con un concepto
valorativo de la realidad en la que le toca vivir y no sólo dentro del marco estrecho de una especialidad.
Cuando uno queda acotado en su especialidad delega su responsabilidad cívica en otros de una manera
vergonzosa. La Argentina es un país que está enfermo de esta actitud de delegación. La carencia de
participación cívica es el resultado de una educación enajenada que consiste en creer que cada uno debe
estar solamente en lo suyo. Si cada uno está solamente en lo suyo, entonces del bien común o de la
responsabilidad colectiva se aprovechan los que están en el lugar de todos, es decir, los que nos sustituyen
como ciudadanos, como está sucediendo actualmente. Me parece que es importante tener esto en cuenta
porque debemos recuperar el espíritu universitario. Hay una reflexión, ciertamente muy divertida, que
formuló cierta vez uno de los más grandes físicos del siglo XX. Se trata de Sir Arthur Edington, un hombre
que desplegó la física einsteiniana de manera muy rica. Lo que Edington decía, muy inglés por otra parte,
era: todo físico sabe que su mujer no es más que un conjunto de átomos y de células; ahora bien, si la trata
así, la pierde. ¿Qué quiere decir Edington con esto? El laboratorio, el espacio específico de nuestra acción
profesional, nos brinda un semblante de lo real que está adaptado a las características de los recursos
analíticos que empleamos. Dentro de un microscopio, dentro de los recursos analíticos con que operamos
en el marco de nuestro campo profesional, la realidad sufre un corte que permite que nosotros
formulemos una concepción profesional de lo que hemos visto. Ahora, cuando uno sale del laboratorio, lo
real es infinitamente más complejo, porque su diversidad impide categorizarlo en forma unilateral.
Entonces, ese conjunto de átomos y de células se transforma eventualmente en una mujer interesante.
Todo depende del que mira y de la capacidad de trato que tenga. Una cultura enajenada en la
especialización es una cultura que jibariza o que practica el reduccionismo interpretativo de lo real. Hoy
una de las expresiones más patéticas del reduccionismo interpretativo es la economía. La crisis que
estamos sufriendo en el orden internacional es una crisis nacida de la profunda tendencia a sustituir el
pensamiento teológico por el pensamiento económico. Hemos sacralizado la economía, la hemos
convertido en la palabra final sobre lo real, y en lugar de darle un espacio en nuestra cultura como una
herramienta más, hemos llegado a la creencia de que sólo ella dice de lo real. Así nos fue. No podemos vivir
sin especialistas, pero pobres de nosotros si quedamos en sus manos solamente. Necesitamos conciencia
cívica, pluralismo interpretativo, capacidad de integrar los puntos de vista en un proyecto de calidad
humana que permita que todo especialista se desempeñe como miembro de una orquesta y no como
solista. En el pasaje de las sociedades religiosas a las sociedades seculares no ha desaparecido la religión,
los procedimientos religiosos sobreviven en la profunda teologización de las especialidades. Hemos
sacralizado la economía, las finanzas, y la crisis ésta pone de manifiesto de una manera notable hasta qué
punto somos hijos de la unilateralidad interpretativa de lo real. Hay muchos lugares para decir que uno cree
en Dios; ahora, poner en un billete “In God we trust” es demasiado. Pero, por algo está ahí. Hay muchas
formas de fundamentalismo, ciertamente la nuestra no es la del Islam, pero es la de un economicismo
desaforado que se ha quebrado por la mitad y ha dejado inerme y a la intemperie a una ciudadanía que,
acostumbrada a contar con el mediano y el largo plazo, está hoy sumida en una inmediatez que la
descalifica en términos subjetivos. Porque, habituada a sumar y a restar, no ha aprendido a pensar su dolor,
el progreso. No está en crisis la economía, está en crisis algo más profundo que la economía en occidente.
Está en crisis el repertorio de valores que le dan sentido a la economía. Mientras no logremos meditarlos,
mientras no logremos pensar el tema del conocimiento de una manera renovada, no vamos a poder
comprender cómo salir del dilema fundamental que estamos viviendo, y es que estamos en crisis como
habitantes de un planeta al que hemos maltratado. El problema es el envilecimiento de la tierra como
forma de autodestrucción. Concebir la tierra como un objeto y no como parte de nuestro cuerpo nos ha
llevado a la concepción del progreso como producción de basura, y a la basura como el elemento que
intoxica en este momento al planeta. Una cultura del desecho, es decir, una cultura que se jacta de producir
valores efímeros que duran dos días y que va acumulando más y más desechos como una prueba de su
capacidad de desarrollarse, está enferma; porque el desecho envenena la tierra, envenena la vida, nos
convierte en desechos a nosotros. Nos hemos hoy enfrentando a una evidencia atroz y es que el hombre
está profundamente angustiado ante la temporalidad. El tiempo nos llena de angustia. Se dice que hemos
dominado el tiempo y el espacio a través de la tecnología de punta y en un sentido es cierto. Yo puedo hoy
estar simultáneamente conectado con infinidad de sitios y en un solo momento. Pero, cuidado, el tiempo
vuelve ya no como en el pasado como mera duración, el tiempo vuelve como un reloj que la tierra nos
envía para decirnos: - Señores, si siguen así, les quedan catorce años. ¿Cómo?, ¿no era que dominábamos
el tiempo? Sí, pero no. Ahí hay un dilema. Y el espacio, ¿dónde aparece el espacio? El espacio, que
habíamos dominado y con el que podíamos mediante una simultaneidad grandilocuente y omnipotente,
aparece bajo una tierra que se destroza, gime, y nos recuerda que es algo que cae sobre nosotros bajo la
forma de la dolencia del planeta. Mi planteo no es pesimista, porque pensar es una actividad optimista. Yo
estoy tratando de retratar lo que somos para que no nos apartemos del deber de tratar de hacer algo con
lo que somos. La concepción del saber en forma compartimentada que nos ha brindado la posibilidad de
contar con tantas especialidades magníficas como las que tenemos, no debe apartarnos dela idea de que el
desarrollo profesional en occidente no ha ido de la mano con el desarrollo cívico. El desarrollo cívico, la
responsabilidad cívica, se mide por la capacidad de participar en la conducción y en la producción de los
valores políticos que le infunden a una comunidad sentido en su camino. ¿Qué es esto del sentido?
Nosotros no nos levantamos de la cama porque la vida tenga sentido. Seamos francos, nos levantamos de
la cama para que tenga sentido. Producir sentido es la pasión fundamental de una vida plenamente
asumida; es tratar de infundirle valor al tiempo y a la experiencia. La producción de sentido es producción
de convivencia; primero somos dos y después somos uno. Dos viene antes que uno, soy yo con el otro
primero y en virtud de eso yo soy yo. Primero está el encuentro con el otro como algo que funda el
significado y el sentido de mi vida. Si no hay un otro que me convalide con su mirada, que me acoja en la
cordialidad de su mirada, que sea hospitalario con mi presencia como para infundirle sentido, no existo.
¿Por qué no nos sentimos representados por este gobierno? Porque no mira al otro, porque no lo toma en
cuenta, porque no lo considera significativo, y nos rebelamos contra este anonimato impuesto desde la
arbitrariedad de un poder omnipotente. Lo mismo ocurre en la producción de significado subjetivo.
Necesitamos una nueva subjetividad, una subjetividad que sea capaz de reconocer que dos viene antes que
uno y que la convivencia hoy no es una posibilidad, es un mandato. O los hombres de este planeta
aprendemos a convivir, o se acabó nuestra especie aunque sobrevivan los individuos, porque nuestra
especie tiene su núcleo significativo en la celebración de la presencia del otro. Menos que esto es no
humanidad. Todos los regímenes totalitarios prefieren que existan los individuos pero no los sujetos
concientes de la interdependencia. Prefieren generar individualidades sujetas a un dogma, pero no sentido
del diálogo, sino verticalidad y obediencia a la palabra autoritaria. Pues bien, ¿cómo podemos generar en el
campo del conocimiento este saber con responsabilidad cívica que nos permita hacer, más allá de nuestra
capacitación profesional y vocacional, seres con responsabilidad planetaria? Yo, por cierto, no tengo la
respuesta. Tengo en todo caso la conciencia, como muchos de ustedes, de algo que es bastante fácil de
formular sin que deje de ser complejo. La muerte no es aquello que nos va a ocurrir. Nosotros no nos
vamos a morir mañana. Sin querer amargarles el fin de semana, me refiero en adelante, nosotros nos
estamos muriendo ahora y vamos a dejar de morir el día que expiremos. La muerte es lo que nos pasa
mientras vivimos y es lo que nos deja de ocurrir cuando expiramos. ¿Qué ocurre después?, yo lo ignoro. Si
nosotros podemos entender que para poder vivir es imperioso que nos vayamos muriendo, si podemos
entender que estar muriéndonos es desplegar al máximo nuestra vitalidad, tal vez nos reconciliemos con el
tiempo, como aquello que nos otorga una ofrenda, que es la posibilidad de crear, y un límite, que es la
imposibilidad de hacerlo todo el tiempo. Por un tiempo podemos decir uno es uno por una única vez. El
milagro de la vida humana exige para ser entendido que entendamos que es un milagro. Un milagro es algo
que no ocurre habitualmente, sino algo excepcional. Uno es un milagro porque no ocurre más de una vez.
Ahora, estar a la altura del milagro que es uno no significa bañarse en narcisismo, sino entender lo
hondamente enigmático que encierra la palabra yo. Recuperar la conciencia de lo que significa la
experiencia de ser viviente, sustraernos por un momento a la obviedad del trato que nos dispensamos a
diario, dejar de presumir que el cuerpo es nuestro y que cuando no funciona el degenerado, qué se cree; y
uno se ofende porque está enfermo como si fuera el dueño de sí. Todo esto es una cultura que ha abusado
del poder. Porque hemos abusado del poder no nos podemos reconocer como seres vivientes, es decir,
como protagonistas de un milagro. Ustedes me dirán: todo esto es literatura. Miren adónde nos llevó la
falta de literatura. Acá tienen el mundo sin literatura. ¿Qué realismo es el realismo que subestima la
dignidad de la vida? No podemos dejar de sumar, pero si nos limitamos a sumar, pocas cosas somos y dan
mal las cuentas.

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