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Comercio

El comercio en el mundo medieval creció significativamente, con mercados semanales y ferias organizadas por grandes propietarios y ayuntamientos, facilitando el acceso a bienes de consumo. Las ferias anuales en regiones como Champaña se convirtieron en eventos clave para el comercio internacional, atrayendo a comerciantes de diversas partes de Europa. A medida que avanzaba la Edad Media, el comercio se volvió más complejo y global, con el desarrollo de nuevas prácticas financieras y un aumento en las relaciones comerciales entre estados.
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Comercio

El comercio en el mundo medieval creció significativamente, con mercados semanales y ferias organizadas por grandes propietarios y ayuntamientos, facilitando el acceso a bienes de consumo. Las ferias anuales en regiones como Champaña se convirtieron en eventos clave para el comercio internacional, atrayendo a comerciantes de diversas partes de Europa. A medida que avanzaba la Edad Media, el comercio se volvió más complejo y global, con el desarrollo de nuevas prácticas financieras y un aumento en las relaciones comerciales entre estados.
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El comercio en el mundo medieval se desarrolló hasta tal punto que incluso las

comunidades relativamente pequeñas tenían acceso a mercados semanales y a ferias más


grandes (a un día de viaje en algunos casos) pero menos frecuentes, donde todos los
bienes de consumo de la época se exponían para tentar al comprador y al pequeño
comerciante. Los grandes propietarios de fincas, los ayuntamientos y algunas iglesias y
monasterios quienes organizaban los mercados y ferias y que, con licencia de su soberano,
esperaban obtener ingresos de las cuotas de los puestos y mejorar la economía local en el
momento en el que los compradores hacían uso de los servicios periféricos. El comercio
internacional estuvo presente desde la época romana, pero las mejoras en el transporte y
la banca, así como el desarrollo económico del norte de Europa, provocaron un auge
a partir del siglo IX. La lana inglesa, por ejemplo, se enviaba en grandes cantidades a los
fabricantes de Flandes; gracias a las cruzadas, los venecianos ampliaron sus intereses
comerciales hacia el Imperio bizantino y Levante, y se desarrollaron
nuevos instrumentos económicos con los que incluso los pequeños inversores podían
financiar expediciones comerciales que atravesaban Europa por mar y tierra.

Mercados y tiendas
En las aldeas, villas y grandes ciudades a las que el monarca había concedido licencia, los
mercados tenían lugar en plazas públicas (a veces plazas triangulares) de forma regular, en
calles anchas o incluso en salas construidas a tal efecto. También se organizaban
mercados a las puertas de muchos castillos y monasterios. Aunque normalmente se
celebraban una o dos veces por semana, las ciudades más grandes podían tener un
mercado diario que se movía por diferentes partes de la ciudad dependiendo del día o
mercados para productos como la carne, el pescado o el pan. Los vendedores de ciertos
productos, que pagaban una cuota por el privilegio de tener un puesto a los propietarios
de las fincas, a la ciudad o al ayuntamiento, solían colocarse unos al lado de otros en zonas
de alta competencia. La mayoría de vendedoras eran mujeres (aunque los vendedores de
carne y pan solían ser hombres) y vendían productos básicos como huevos, lácteos, aves
de corral y cerveza. Había intermediarios, conocidos como regradores, que compraban las
mercancías a los productores y las vendían a los dueños de los puestos del mercado, o los
productores podían pagar a un vendedor para que les vendiera su mercancía. Además de
los mercados, los vendedores de mercancías también iban de puerta en puerta, y se les
conocía como vendedores ambulantes.
El comercio de productos comunes y baratos era algo principalmente local por los costes
de transporte. Los comerciantes tenían que pagar peajes en determinados puntos del
camino y en lugares clave como puentes o puertos de montaña, de modo que sólo
merecía la pena transportar los productos de lujo a largas distancias. El transporte de
mercancías por barco o nave era más barato y seguro que por tierra, pero había que tener
en cuenta posibles pérdidas por el mal tiempo y los piratas. En consecuencia, los
mercados locales se abastecían de las fincas agrícolas cercanas y los que querían artículos
no cotidianos como ropa, telas o vino debían prepararse para andar hasta la ciudad más
cercana durante medio día o más.
En las ciudades, el consumidor tenía, además de los mercados, la opción de las tiendas.
Los comerciantes normalmente vivían encima de su tienda, con un gran escaparate a la
calle y un puesto que sobresalía bajo una cubierta de madera. En las ciudades, las tiendas
que vendían el mismo tipo de mercancía se agrupaban en barrios, para aumentar la
competencia y facilitar la vida de los inspectores municipales y gremiales. Algunas veces,
la ubicación estaba directamente relacionada con los productos que se vendían, como los
vendedores de caballos, que se colocaban cerca de las puertas de la ciudad para captar a
los viajeros que pasaban por allí, o los libreros, cerca de la catedral y escuelas asociadas.
Los oficios relacionados con mercancías cuya calidad era vital, como los orfebres y los
armeros, se encontraban cerca de los edificios administrativos del ayuntamiento, donde
los reguladores les podían vigilar de cerca. Las ciudades también tenían bancos y
prestamistas, muchos eran judíos, ya que la iglesia prohibía la usura a los cristianos. Como
consecuencia de esta agrupación de oficios, muchas calles adoptaron el nombre del oficio
más representado, nombres que en muchos casos siguen vigentes.

Ferias comerciales
Las ferias eran eventos de venta a gran escala que se celebraban anualmente en las
grandes ciudades, donde la gente encontraba una mayor variedad de productos que en su
mercado más local y los comerciantes podían comprar productos al por mayor. Los precios
también eran más baratos al haber más competencia entre los vendedores de artículos
específicos. En los siglos XII y XIII, las ferias tuvieron gran auge en Francia, Inglaterra,
Flandes y Alemania, y una de las zonas más famosas fue la región francesa de Champaña.
Las ferias, que se celebraban en junio y octubre en Troyes, en mayo y septiembre en Saint
Ayoul, en cuaresma en Bar-sur-Aube y en enero en Lagny, eran fomentadas por los condes
de Champaña, que también proporcionaban servicios de vigilancia y pagaban los salarios
del ejército de funcionarios que supervisaban las ferias. Los comerciantes de lana, telas,
especias, vino y todo tipo de productos se reunían en toda Francia e incluso venían del
extranjero, especialmente de Flandes, España, Inglaterra e Italia. Algunas de estas
ferias duraban hasta 49 días y aportaban unos ingresos considerables a los condes. Tal era
su importancia, que los reyes franceses incluso garantizaban la protección de los
comerciantes que iban y venían de las ferias. Las ferias de Champaña no sólo se hicieron
famosas en toda Europa, además fomentaron la fama internacional del vino de Champaña
(que en aquella época aún no era la bebida espumosa de la que Dom Pérignon sería
pionero en el siglo XVII).
Las ferias de cualquier lugar suponían el gran acontecimiento del año para el ciudadano
corriente. Normalmente había que viajar más de un día para llegar a la feria más cercana,
por lo que la gente se hospedaba uno o dos días en las numerosas tabernas y posadas que
se desarrollaban a su alrededor. Había espectáculos públicos, como bailarinas de
Champagne y todo tipo de artistas callejeros, así como algunos aspectos más
desagradables, como el juego y la prostitución, que dieron a las ferias una mala reputación
ante la Iglesia. En el siglo XV, las ferias entraron en decadencia, ya que habían aumentado
de forma considerable las posibilidades de comprar productos en cualquier lugar y
momento.

La expansión del comercio internacional


El comercio en Europa a principios de la Edad Media continuó hasta cierto punto como lo
había hecho bajo los romanos, con la navegación como algo fundamental para el
movimiento de mercancías de un extremo a otro del Mediterráneo y a través de los ríos y
vías fluviales del sur al norte y viceversa, aunque los historiadores no se ponen de acuerdo
en el alcance del comercio internacional en esta primera época. Hubo un movimiento de
mercancías, especialmente de bienes de lujo (entre otros metales preciosos, caballos y
esclavos), pero no está claro en qué cantidades y si las transacciones implicaban dinero,
trueque o intercambio de regalos. Es posible que los comerciantes judíos y sirios llenaran
el vacío dejado por la desaparición de los romanos hasta el siglo VII d.C., mientras que el
Levante también comerciaba con el norte de África y los moros en España. Es probable
que el comercio internacional siguiera siendo un asunto exclusivo de la élite aristocrática y
que sirviera de apoyo a las economías en lugar de impulsarlas.
Hacia el siglo IX, se dibuja una imagen más clara del comercio internacional. Las ciudades-
estado italianas, bajo el dominio nominal del Imperio bizantino, empezaron a
apoderarse de las redes comerciales del Mediterráneo, en particular Venecia y Amalfi, a
las que más tarde se unirían Pisa y Génova y los puertos adecuados del sur de Italia. Las
mercancías que se comerciaban entre el mundo árabe y Europa incluían esclavos,
especias, perfumes, oro, joyas, artículos de cuero, pieles de animales y tejidos lujosos,
especialmente la seda. Las ciudades italianas se especializaron en la exportación de telas
como el lino, el algodón sin hilar y la sal (que originalmente procedían de España,
Alemania, el norte de Italia y el Adriático). También desarrollaron importantes centros
comerciales en el interior, como Milán, que llevaban las mercancías a las ciudades
costeras para su exportación o a ciudades más septentrionales. Las conexiones
comerciales a través del Mediterráneo se evidencian en las descripciones de los puertos
europeos en las obras de los geógrafos árabes y en el elevado número de monedas de oro
árabes encontradas, por ejemplo en lugares como el sur de Italia.
En los siglos X y XI el norte de Europa también exportaba internacionalmente, ya que
los vikingos acumulaban un gran número de esclavos en sus incursiones y los vendían.
La plata se exportaba desde las minas de Sajonia, el grano de Inglaterra se exportaba a
Noruega, de donde se importaba la madera y el pescado escandinavos. Tras la conquista
normanda de Bretaña en el año 1066, Inglaterra cambió su comercio hacia Francia y
Países Bajos con la importación de telas y vino y la exportación de cereales y lana para que
los tejedores flamencos produjeran tejidos.
A medida que la triada italiana de Venecia, Pisa y Génova ganaba más y más riqueza,
extendía sus tentáculos comerciales, con el establecimiento de puestos comerciales en el
norte de África, y con monopolios comerciales en partes del Imperio Bizantino y, a cambio
de proporcionar transporte, hombres y barcos de combate para los cruzados, una
presencia permanente en las ciudades conquistadas por los ejércitos cristianos en el
Levante a partir del siglo XII. En el mismo siglo, las cruzadas bálticas proporcionaron aún
más esclavos al sur de Europa. También al sur había metales preciosos como el hierro, el
cobre y el estaño. En el siglo XIII se intensificó el comercio a larga distancia de productos
cotidianos menos valiosos, ya que los comerciantes se beneficiaron de mejores carreteras,
canales y, sobre todo, de barcos más avanzados tecnológicamente; factores que se
combinaron para reducir el tiempo de transporte, aumentar la capacidad, reducir las
pérdidas y hacer más atractivos los costes. Además, cuando las mercancías llegaban a su
punto de venta, un mayor número de personas disponía ahora de un excedente de
riqueza gracias a una creciente población urbana que trabajaba en la industria
manufacturera o era ella misma comerciante.

Puertos comerciales y regulación


Este era un momento de auge para los negocios internacionales, ya que muchas ciudades-
puerto establecieron puntos de comercio internacional donde se permitía que los
comerciantes extranjeros vivieran de forma temporal y comerciaran con sus mercancías.
Génova, por ejemplo, contaba a principios del siglo XIII, con 198 comerciantes residentes,
de los cuales 95 eran flamencos y 51 franceses. Había comerciantes alemanes en el
famoso puente de Rialto de Venecia (que aún está en pie), en la zona de Steelyard de
Londres y en el barrio de Tyske brygge de Bergen, en Noruega. Los comerciantes de
Marsella y Barcelona acampaban permanentemente en los puertos del norte de África. La
migración económica llegó a ser tan numerosa que estos puertos desarrollaron sus
propios consulados para proteger los derechos de sus nacionales y surgieron tiendas y
servicios para satisfacer sus gustos en cuanto a comida, ropa y religión.
Con este crecimiento, las relaciones comerciales se volvieron más complejas entre los
estados y los gobernantes, y se sumaron intermediarios y agentes a la fórmula. Los
inversores con mucho dinero financiaban las expediciones comerciales, y si ponían todo el
capital inicial, a menudo obtenían el 75% de los beneficios, mientras que el resto iba a
parar a los mercaderes que acumulaban las mercancías y las enviaban a cualquier lugar
donde hubiera demanda. Este sistema, utilizado por los genoveses, entre otros, se
denominaba commenda. había una alternativa, la societas maris, consistía en la que
el inversor aportaba dos tercios del capital y el comerciante el resto. Los beneficios se
repartían al 50%. Detrás de estos grandes inversores, se desarrollaron consorcios de
pequeños inversores que ponían dinero para obtener un rendimiento futuro, pero que no
podían permitirse pagar una expedición completa. De este modo, se desarrollaron
sofisticados mecanismos de préstamo y empréstito, en los participó en especial un gran
número de familias de las ciudades italianas. Cada vez había más instrumentos financieros
para tentar a los inversores y ampliar el crédito, como las notas de crédito, las letras de
cambio, los seguros marítimos y las acciones de las empresas.
El comercio adquiere ahora la forma que hoy reconocemos, con negocios bien
establecidos dirigidos por generaciones de comerciantes de la misma familia (por ejemplo,
los Médicis de Florencia). Se intensifican los esfuerzos de estandarización de la calidad de
los productos y se elaboran útiles tratados para comparar pesos, medidas y monedas
entre diferentes culturas. El control del estado aumentó con la codificación de las leyes y
reglamentos comerciales y con la conocida imposición de impuestos, derechos y cuotas
proteccionistas. Por último, también había consejos sobre la mejor forma de saltarse estas
normas, como se menciona en este extracto sobre los funcionarios de comercio
de Constantinopla, extraído de la guía del comerciante florentino del siglo XIV
Francesco Balducci Pegolotti sobre el comercio mundial, La
Practica della Mercatura
A mediados del siglo XIV, las ciudades-estado italianas comerciaban incluso con socios tan
lejanos como los mongoles, aunque este aumento del contacto global trajo consigo
efectos secundarios no deseados, como la peste negra (que alcanzó su punto álgido
entre 1347 y 1352), que entró en Europa a través de las ratas que infestaban los barcos
comerciales italianos. Los exploradores europeos, tanto religiosos como comerciales, se
dirigieron en otra dirección, y así los portugueses descubrieron las islas de Cabo Verde en
1462 y, tres décadas más tarde, Cristóbal Colón abrió el camino hacia el Nuevo
Mundo. A continuación, en 1497, Vasco de Gama navegó audazmente alrededor del cabo
de Buena Esperanza para llegar a la India, de modo que, a finales de la Edad Media, el
mundo se convirtió en un lugar mucho más conectado, que traería riqueza para unos
pocos y desesperación para muchos.

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