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Lec

En una aldea de Rusia, tres viajeros hambrientos, liderados por Iván, intentan conseguir comida pero son rechazados por los aldeanos. Deciden hacer 'sopa de piedras' y, al ver el interés de los aldeanos, comienzan a agregar ingredientes que los habitantes traen, convirtiendo la sopa en un platillo compartido. Al final, todos los aldeanos colaboran y comparten sus alimentos, demostrando que la cooperación puede transformar una situación difícil en una celebración comunitaria.

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En una aldea de Rusia, tres viajeros hambrientos, liderados por Iván, intentan conseguir comida pero son rechazados por los aldeanos. Deciden hacer 'sopa de piedras' y, al ver el interés de los aldeanos, comienzan a agregar ingredientes que los habitantes traen, convirtiendo la sopa en un platillo compartido. Al final, todos los aldeanos colaboran y comparten sus alimentos, demostrando que la cooperación puede transformar una situación difícil en una celebración comunitaria.

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Dejo mis bienes a mi sobrino Juan no a mi hermano Luis tampoco jamás se pagará la cuenta

al sastre nunca de ningún modo para los Jesuitas todo lo dicho es mi deseo».

sobrino:
«Dejo mis bienes a mi sobrino Juan. No a mi hermano Luis. Tampoco, jamás, se pagará la
cuenta al sastre. Nunca, de ningún modo, para los Jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo».

hermano:
«¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¡A mi hermano Luis!. Tampoco, jamás, se pagará la
cuenta al sastre. Nunca, de ningún modo, para los Jesuitas. Todo lo dicho es mi deseo».

- El sastre: «¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco, jamás.
Se pagará la cuenta al sastre. Nunca, de ningún modo, para los Jesuitas. Todo lo dicho es mi
deseo».- Los Jesuitas:
«¿Dejo mis bienes a mi sobrino Juan? No. ¿A mi hermano Luis? Tampoco, jamás.¿Se pagará
la cuenta al sastre? Nunca, de ningún modo. Para los Jesuitas todo. Lo dicho es mi deseo».

Dejo mis bienes a mi sobrino Juan no a mi hermano Luis tampoco jamás se pagará la cuenta
al sastre nunca de ningún modo para los Jesuitas todo lo dicho es mi deseo».

Dejo mis bienes a mi sobrino Juan no a mi hermano Luis tampoco jamás se pagará la cuenta
al sastre nunca de ningún modo para los Jesuitas todo lo dicho es mi deseo».

Dejo mis bienes a mi sobrino Juan no a mi hermano Luis tampoco jamás se pagará la cuenta
al sastre nunca de ningún modo para los Jesuitas todo lo dicho es mi deseo».

Dejo mis bienes a mi sobrino Juan no a mi hermano Luis tampoco jamás se pagará la cuenta
al sastre nunca de ningún modo para los Jesuitas todo lo dicho es mi deseo».

Dejo mis bienes a mi sobrino Juan no a mi hermano Luis tampoco jamás se pagará la cuenta
al sastre nunca de ningún modo para los Jesuitas todo lo dicho es mi deseo».

Dejo mis bienes a mi sobrino Juan no a mi hermano Luis tampoco jamás se pagará la cuenta
al sastre nunca de ningún modo para los Jesuitas todo lo dicho es mi deseo».

Dejo mis bienes a mi sobrino Juan no a mi hermano Luis tampoco jamás se pagará la cuenta
al sastre nunca de ningún modo para los Jesuitas todo lo dicho es mi deseo».
Hace muchos años, llegaron unos viajeros a una pequeña aldea de Rusia. Eran dos jóvenes y un
hombre mayor llamado Iván. Estaban muy cansados y hambrientos, porque habían recorrido una
gran distancia. Cuando vieron la aldea se pusieron muy contentos, y pensaron que al fin podrían
comer y descansar de su largo camino.

Iván dijo: “Compañeros yo pienso que en esta aldea porfin comeremos, probaremos suerte en esta
casa”. Iván se acercó a una casa y tocó la puerta. “¿Quién es?” preguntó una voz de mujer.
“Somos tres viajeros camino a nuestros hogares, ¿Podría compartir con nosotros un poco de su
comida, buena mujer?”
¿Comida? No, no puedo. No tengo nada que compartir con ustedes”. Dijo la mujer
“¡Gracias!” contestaron los tres hombres.
Iván tocó otra puerta, pero obtuvo el mismo resultado, nadie abrió y mucho menos los invitaron a
cenar. Dijo uno de los jóvenes: “¡Que gente más egoísta!”, dijo otro de los viajeros: “Vamos a hacer
una sopa de piedras y ya verán.

Mientras tanto los viajeros prendieron una fogata en medio de la aldea. Sobre el fuego colocaron
una olla que encontraron abandonada en un patio.
“Vamos al arroyo por agua” dijo uno de los jóvenes.
“Está bien. Y no olviden traer unas piedras para la sopa” gritó Iván para asegurarse que todos en el
pueblo lo oyeran, “pero elijan unas sabrosas y redonditas.”
Al poco rato los compañeros de Iván regresaron con unas piedras y las pusieron dentro de la olla.
“Esta sopa va a quedar muy rica” dijeron los tres.

En un rato la gente ya se había juntado, Iván comenzó a mover la sopa de piedra y luego la probó
“¡Mmm, esta muy rica! Sólo le falta un poco de cebolla. Dos amigas ya se habían acercado al fuego
y una de ellas dijo que tenía una cebolla en su casa.

“¡Qué bien!, así le daremos un mejor sabor a nuestra sopa. Traiga también su plato para que cene
con nosotros”.

La mujer se echo a correr y enseguida volvió con varias cebollas. Iván las puso en la olla de la
sopa y después de un rato la probó de nuevo.

“¡Qué rica está!, pero con unas zanahorias quedaría mejor”.

“Yo tengo algunas en mi casa” dijo otro de los aldeanos. “Voy por ellas”.

Casi al instante el aldeano regresó con un pequeño costal de zanahorias muy limpias. Iván las
agregó a la sopa y después de un rato volvió a probarla. Y dijo: “Quedaría mejor con un poco de
papas” y volvió a probarla y… “¡Ay no!... son muchas papas ya no sabrá rica”. Los aldeanos
dijeron: “Que lastima tan rica que estaba quedando”.

“Todavía se puede arreglar” dijo Iván, “¿Qué les parece si agregamos un poco de carne?” “Yo
tengo en casa” dijo otro aldeano. Por fin el aldeano trajo la carne y se la agregaron a la sopa.

Mientras la sopa terminaba de cocinarse, varias personas de la aldea se acercaron para preguntar
a los viajeros si cualquiera podía hacer sopa de piedra.

“¡Claro que si!” afirmaron Iván y sus compañeros. “Sólo se necesita agua, piedras y un poco de
hambre”.

Por fin la sopa quedó lista y todos los aldeanos sin darse cuenta compartieron sus alimentos con
aquellos viajeros.
Hace muchos años, llegaron unos viajeros a una pequeña aldea de Rusia. Eran dos jóvenes y un
hombre mayor llamado Iván. Estaban muy cansados y hambrientos, porque habían recorrido una
gran distancia. Cuando vieron la aldea se pusieron muy contentos, y pensaron que al fin podrían
comer y descansar de su largo camino.

Iván dijo: “Compañeros yo pienso que en esta aldea porfin comeremos, probaremos suerte en esta
casa”. Iván se acercó a una casa y tocó la puerta. “¿Quién es?” preguntó una voz de mujer.
“Somos tres viajeros camino a nuestros hogares, ¿Podría compartir con nosotros un poco de su
comida, buena mujer?”
¿Comida? No, no puedo. No tengo nada que compartir con ustedes”. Dijo la mujer
“¡Gracias!” contestaron los tres hombres.
Iván tocó otra puerta, pero obtuvo el mismo resultado, nadie abrió y mucho menos los invitaron a
cenar. Dijo uno de los jóvenes: “¡Que gente más egoísta!”, dijo otro de los viajeros: “Vamos a hacer
una sopa de piedras y ya verán.

Mientras tanto los viajeros prendieron una fogata en medio de la aldea. Sobre el fuego colocaron
una olla que encontraron abandonada en un patio.
“Vamos al arroyo por agua” dijo uno de los jóvenes.
“Está bien. Y no olviden traer unas piedras para la sopa” gritó Iván para asegurarse que todos en el
pueblo lo oyeran, “pero elijan unas sabrosas y redonditas.”
Al poco rato los compañeros de Iván regresaron con unas piedras y las pusieron dentro de la olla.
“Esta sopa va a quedar muy rica” dijeron los tres.

En un rato la gente ya se había juntado, Iván comenzó a mover la sopa de piedra y luego la probó
“¡Mmm, esta muy rica! Sólo le falta un poco de cebolla. Dos amigas ya se habían acercado al fuego
y una de ellas dijo que tenía una cebolla en su casa.

“¡Qué bien!, así le daremos un mejor sabor a nuestra sopa. Traiga también su plato para que cene
con nosotros”.

La mujer se echo a correr y enseguida volvió con varias cebollas. Iván las puso en la olla de la
sopa y después de un rato la probó de nuevo.

“¡Qué rica está!, pero con unas zanahorias quedaría mejor”.

“Yo tengo algunas en mi casa” dijo otro de los aldeanos. “Voy por ellas”.

Casi al instante el aldeano regresó con un pequeño costal de zanahorias muy limpias. Iván las
agregó a la sopa y después de un rato volvió a probarla. Y dijo: “Quedaría mejor con un poco de
papas” y volvió a probarla y… “¡Ay no!... son muchas papas ya no sabrá rica”. Los aldeanos
dijeron: “Que lastima tan rica que estaba quedando”.

“Todavía se puede arreglar” dijo Iván, “¿Qué les parece si agregamos un poco de carne?” “Yo
tengo en casa” dijo otro aldeano. Por fin el aldeano trajo la carne y se la agregaron a la sopa.

Mientras la sopa terminaba de cocinarse, varias personas de la aldea se acercaron para preguntar
a los viajeros si cualquiera podía hacer sopa de piedra.

“¡Claro que si!” afirmaron Iván y sus compañeros. “Sólo se necesita agua, piedras y un poco de
hambre”.

Por fin la sopa quedó lista y todos los aldeanos sin darse cuenta compartieron sus alimentos con
aquellos viajeros.
Hace muchos años, llegaron unos viajeros a una pequeña aldea de Rusia. Eran dos jóvenes y un
hombre mayor llamado Iván. Estaban muy cansados y hambrientos, porque habían recorrido una
gran distancia. Cuando vieron la aldea se pusieron muy contentos, y pensaron que al fin podrían
comer y descansar de su largo camino.

Iván dijo: “Compañeros yo pienso que en esta aldea porfin comeremos, probaremos suerte en esta
casa”. Iván se acercó a una casa y tocó la puerta. “¿Quién es?” preguntó una voz de mujer.
“Somos tres viajeros camino a nuestros hogares, ¿Podría compartir con nosotros un poco de su
comida, buena mujer?”
¿Comida? No, no puedo. No tengo nada que compartir con ustedes”. Dijo la mujer
“¡Gracias!” contestaron los tres hombres.
Iván tocó otra puerta, pero obtuvo el mismo resultado, nadie abrió y mucho menos los invitaron a
cenar. Dijo uno de los jóvenes: “¡Que gente más egoísta!”, dijo otro de los viajeros: “Vamos a hacer
una sopa de piedras y ya verán.

Mientras tanto los viajeros prendieron una fogata en medio de la aldea. Sobre el fuego colocaron
una olla que encontraron abandonada en un patio.
“Vamos al arroyo por agua” dijo uno de los jóvenes.
“Está bien. Y no olviden traer unas piedras para la sopa” gritó Iván para asegurarse que todos en el
pueblo lo oyeran, “pero elijan unas sabrosas y redonditas.”
Al poco rato los compañeros de Iván regresaron con unas piedras y las pusieron dentro de la olla.
“Esta sopa va a quedar muy rica” dijeron los tres.

En un rato la gente ya se había juntado, Iván comenzó a mover la sopa de piedra y luego la probó
“¡Mmm, esta muy rica! Sólo le falta un poco de cebolla. Dos amigas ya se habían acercado al fuego
y una de ellas dijo que tenía una cebolla en su casa.

“¡Qué bien!, así le daremos un mejor sabor a nuestra sopa. Traiga también su plato para que cene
con nosotros”.

La mujer se echo a correr y enseguida volvió con varias cebollas. Iván las puso en la olla de la
sopa y después de un rato la probó de nuevo.

“¡Qué rica está!, pero con unas zanahorias quedaría mejor”.

“Yo tengo algunas en mi casa” dijo otro de los aldeanos. “Voy por ellas”.

Casi al instante el aldeano regresó con un pequeño costal de zanahorias muy limpias. Iván las
agregó a la sopa y después de un rato volvió a probarla. Y dijo: “Quedaría mejor con un poco de
papas” y volvió a probarla y… “¡Ay no!... son muchas papas ya no sabrá rica”. Los aldeanos
dijeron: “Que lastima tan rica que estaba quedando”.

“Todavía se puede arreglar” dijo Iván, “¿Qué les parece si agregamos un poco de carne?” “Yo
tengo en casa” dijo otro aldeano. Por fin el aldeano trajo la carne y se la agregaron a la sopa.

Mientras la sopa terminaba de cocinarse, varias personas de la aldea se acercaron para preguntar
a los viajeros si cualquiera podía hacer sopa de piedra.

“¡Claro que si!” afirmaron Iván y sus compañeros. “Sólo se necesita agua, piedras y un poco de
hambre”.

Por fin la sopa quedó lista y todos los aldeanos sin darse cuenta compartieron sus alimentos con
aquellos viajeros.
Hace muchos años, llegaron unos viajeros a una pequeña aldea de Rusia. Eran dos jóvenes y un
hombre mayor llamado Iván. Estaban muy cansados y hambrientos, porque habían recorrido una
gran distancia. Cuando vieron la aldea se pusieron muy contentos, y pensaron que al fin podrían
comer y descansar de su largo camino.

Iván dijo: “Compañeros yo pienso que en esta aldea porfin comeremos, probaremos suerte en esta
casa”. Iván se acercó a una casa y tocó la puerta. “¿Quién es?” preguntó una voz de mujer.
“Somos tres viajeros camino a nuestros hogares, ¿Podría compartir con nosotros un poco de su
comida, buena mujer?”
¿Comida? No, no puedo. No tengo nada que compartir con ustedes”. Dijo la mujer
“¡Gracias!” contestaron los tres hombres.
Iván tocó otra puerta, pero obtuvo el mismo resultado, nadie abrió y mucho menos los invitaron a
cenar. Dijo uno de los jóvenes: “¡Que gente más egoísta!”, dijo otro de los viajeros: “Vamos a hacer
una sopa de piedras y ya verán.

Mientras tanto los viajeros prendieron una fogata en medio de la aldea. Sobre el fuego colocaron
una olla que encontraron abandonada en un patio.
“Vamos al arroyo por agua” dijo uno de los jóvenes.
“Está bien. Y no olviden traer unas piedras para la sopa” gritó Iván para asegurarse que todos en el
pueblo lo oyeran, “pero elijan unas sabrosas y redonditas.”
Al poco rato los compañeros de Iván regresaron con unas piedras y las pusieron dentro de la olla.
“Esta sopa va a quedar muy rica” dijeron los tres.

En un rato la gente ya se había juntado, Iván comenzó a mover la sopa de piedra y luego la probó
“¡Mmm, esta muy rica! Sólo le falta un poco de cebolla. Dos amigas ya se habían acercado al fuego
y una de ellas dijo que tenía una cebolla en su casa.

“¡Qué bien!, así le daremos un mejor sabor a nuestra sopa. Traiga también su plato para que cene
con nosotros”.

La mujer se echo a correr y enseguida volvió con varias cebollas. Iván las puso en la olla de la
sopa y después de un rato la probó de nuevo.

“¡Qué rica está!, pero con unas zanahorias quedaría mejor”.

“Yo tengo algunas en mi casa” dijo otro de los aldeanos. “Voy por ellas”.

Casi al instante el aldeano regresó con un pequeño costal de zanahorias muy limpias. Iván las
agregó a la sopa y después de un rato volvió a probarla. Y dijo: “Quedaría mejor con un poco de
papas” y volvió a probarla y… “¡Ay no!... son muchas papas ya no sabrá rica”. Los aldeanos
dijeron: “Que lastima tan rica que estaba quedando”.

“Todavía se puede arreglar” dijo Iván, “¿Qué les parece si agregamos un poco de carne?” “Yo
tengo en casa” dijo otro aldeano. Por fin el aldeano trajo la carne y se la agregaron a la sopa.

Mientras la sopa terminaba de cocinarse, varias personas de la aldea se acercaron para preguntar
a los viajeros si cualquiera podía hacer sopa de piedra.

“¡Claro que si!” afirmaron Iván y sus compañeros. “Sólo se necesita agua, piedras y un poco de
hambre”.

Por fin la sopa quedó lista y todos los aldeanos sin darse cuenta compartieron sus alimentos con
aquellos viajeros.
El primer ingrediente que le agregaremos a la sopa será el segundo ingrediente para

nuestra sopa será lo que le dará sabor a nuestra sopa será lo que hará más

abundante la sopa es y finamente lo más rico de nuestra sopa será

El primer ingrediente que le agregaremos a la sopa será el segundo ingrediente para

nuestra sopa será lo que le dará sabor a nuestra sopa será lo que hará más

abundante la sopa es y finamente lo más rico de nuestra sopa será

El primer ingrediente que le agregaremos a la sopa será el segundo ingrediente para

nuestra sopa será lo que le dará sabor a nuestra sopa será lo que hará más

abundante la sopa es y finamente lo más rico de nuestra sopa será

El primer ingrediente que le agregaremos a la sopa será el segundo ingrediente para

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