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Roma Queen

El documento es una traducción no lucrativa de un libro titulado 'Midnight Dreams', que incluye una sinopsis, un glosario y varias partes con capítulos numerados. La narrativa se centra en temas de miedo, sacrificio y la lucha por la protección de seres queridos en un contexto oscuro y peligroso. Los personajes principales, Zara y Pasha, enfrentan una situación crítica relacionada con la amenaza de un villano llamado Lazlo, mientras lidian con sus propios miedos y la presión de salvar a otros.

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Perla Nuñez
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Roma Queen

El documento es una traducción no lucrativa de un libro titulado 'Midnight Dreams', que incluye una sinopsis, un glosario y varias partes con capítulos numerados. La narrativa se centra en temas de miedo, sacrificio y la lucha por la protección de seres queridos en un contexto oscuro y peligroso. Los personajes principales, Zara y Pasha, enfrentan una situación crítica relacionada con la amenaza de un villano llamado Lazlo, mientras lidian con sus propios miedos y la presión de salvar a otros.

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M I D N I G H T D R E A M S

&&
B B O OO OK K E E S S C C A A P P E E
Esta traducción fue hecha sin fines de lucro
Es una traducción de fans para fans. Ningún miembro del staff recibe una
retribución económica y se prohíbe el uso de éste con fines lucrativos. Si el
libro llega a tu país te invitamos a apoyar al escritor comprando su libro.
¡Disfruta la lectura!
Lvic15, Neera & Lieve

Rebecatrr Mariela

Sarita NataliCQ

Lvic15 Annette-Marie

Neera beckysHR

lili-ana Candy20

[Link] Lieve

ElenaTroy

Lvic15 Candy20 Lieve

Neera Mariela

Lieve & Neera

Daniela Herondale
Sinopsis _______________________________________________________________________ 6
Glosario _______________________________________________________________________ 7
Primera Parte __________________________________________________________________ 8
1 ____________________________________________________________________________ 10
2 ____________________________________________________________________________ 15
3 ____________________________________________________________________________ 22
4 ____________________________________________________________________________ 33
5 ____________________________________________________________________________ 42
6 ____________________________________________________________________________ 47
7 ____________________________________________________________________________ 55
8 ____________________________________________________________________________ 62
Segunda Parte ________________________________________________________________ 70
9 ____________________________________________________________________________ 71
10 ___________________________________________________________________________ 82
11 ___________________________________________________________________________ 89
12 ___________________________________________________________________________ 96
13 __________________________________________________________________________ 101
14 __________________________________________________________________________ 104
15 __________________________________________________________________________ 115
16 __________________________________________________________________________ 129
17 __________________________________________________________________________ 136
Tercera Parte ________________________________________________________________ 149
18 __________________________________________________________________________ 151
19 __________________________________________________________________________ 159
20 __________________________________________________________________________ 164
21 __________________________________________________________________________ 168
22 __________________________________________________________________________ 172
23 __________________________________________________________________________ 179
24 __________________________________________________________________________ 182
25 __________________________________________________________________________ 191
26 __________________________________________________________________________ 197
Cuarta Parte _________________________________________________________________ 202
27 __________________________________________________________________________ 204
28 __________________________________________________________________________ 214
29 __________________________________________________________________________ 219
30 __________________________________________________________________________ 229
31 __________________________________________________________________________ 235
32 __________________________________________________________________________ 241
33 __________________________________________________________________________ 246
Epílogo _____________________________________________________________________ 250
Sobre el autor ________________________________________________________________ 264
Hijo.
Amante.
Protector.
REY
He sido muchas cosas para mucha gente a lo largo de mi vida, pero ese
título —Rey— ha sido siempre un duro trago. Si quiero ayudar a Zara a
salvar a su amiga, entonces tengo que encontrar una manera de trabajar
con la presión, sin embargo. Debo desenredar este complicado lio de pistas
y cazar a un loco que pensaba que ya había matado hacia tres años para
traer a Sarah a casa de una pieza.
Mi gente depende de mí para protegerles.
Zara confía en que la mantenga a salvo.
No hay ningún sacrificio que no fuera a hacer por ella.
Mi Luciérnaga.
Mi Reina.
Arrasaré este mundo hasta los cimientos para mantenerla a salvo…
Gadje (gad-jeh): Un forastero. Una persona no gitana.
Marime (mah-ree-mey): Espiritualmente impuro.
Prikaza (pree-KOH-zah): Mala suerte.
Vitsa (vit-sah): Un clan Roma, formado por numerosas familias
extendidas.
Vardo (vardo): Un vagón gitano pintado.
Kris (Kris): Un tribunal legal Roma.
Ves ’tacha (Ves tatcha): Amado/a.
Rom Baro (RomBahrow): “Gran Hombre” o Rey.
Rom (rom): Un hombre Roma.
La habitación no tiene ventanas.
Dentro de la habitación, hay una pequeña cuna.
Una manta.
Una almohada.
Un cubo.
Una puerta.
Y un niño.
Desnudo, se estremece, agachado en un rincón, mirando hacia la puerta,
sabiendo que se va a abrir en cualquier momento y la pesadilla comenzará
de nuevo. Es imposible marcar el paso del tiempo aquí. Es bastante fácil leer
el cielo: si es brillante en el exterior, es de día. Oscuro, y es de noche. Dentro
de la caja sin ventanas, sin embargo, existe un permanente estado de limbo.
El sueño es desaconsejable. Si cierra los ojos, siquiera por un momento,
entonces el agotamiento lo reclamará, y no estará preparado. No estará listo
y esperando para luchar cuando llegue el momento. Porque vendrá. Él vendrá,
y el dolor se iniciará de nuevo, y a pesar de que la lucha es inútil, y siempre
se impone sobre el niño, es importante luchar porque, durante unos segundos
preciosos, el niño permanece intacto, ileso, sin mácula, y esos segundos
adicionales sirven para algo.
Dentro de la caja, el niño se pregunta cuando vendrán sus padres. Lo
dejaron en casa y prometieron volver pronto, pero no volvieron. ¿Cuánto
tiempo ha pasado desde que los ha visto? ¿Días? ¿Semanas? ¿Meses? Es
difícil de decir, pero deben estar preguntándose donde está en este momento.
Deben estar buscándole.
En su mente, el niño tiene fantasías de su padre hiriendo al hombre. Su
padre es tan fuerte. Tan poderoso. Sus manos son como palas—grandes
palmas y dedos gruesos y carnosos. El niño vio a su padre golpear a alguien
una vez, y el otro hombre cayó al suelo, sangrando por la nariz. Si su padre
puede hacer eso con un solo golpe, entonces probablemente puede hacer
mucho más si sigue golpeando. Eso es lo que el niño quiere—que su padre
golpee al hombre y no deje de golpearlo hasta que esté en el suelo, sangrando
y llorando y pidiendo volver a casa.
No le haría ningún bien, sin embargo. El niño lloró y rogó y rogó ser
llevado a casa, pero el hombre seguía burlándose de él. Le abofeteó tan fuerte
que sus oídos resonaron. Si el padre del niño viniera e hiriese al hombre,
tendría lo mismo para él al final. Su padre sería implacable. Y el niño se
pararía y miraría, y le haría sentir mejor ver al hombre sangrando por una
vez.
El niño muerde el pan duro, pero le duele la boca. Sus dientes se sienten
sueltos. Cuando sondea con la punta de la lengua, la superficie agrietada,
mellada de sus molares se siente extraña y rara. Sus dientes delanteros se
habían sentido de la misma manera, antes de que el hombre finalmente los
sacase de un golpe de la cabeza del niño.
Con aire ausente, el niño recuerda una tarta de cumpleaños. La textura
suave y sedosa de la cobertura, y el dolor de algo dulce deleitando sus papilas
gustativas. El pastel de cumpleaños es el favorito del chico. Nada de
chocolate, o red velvet, sino pastel de zanahoria. Su madre siempre le llama
su pequeño conejito, porque ama tanto el pastel de zanahoria. El chico solía
amar ser el pequeño conejito de su madre, pero ahora desearía que hubiera
sido su gran lobo malo. Quizás si hubiera aprendido a ser más duro antes,
entonces tal vez se podría defender ahora.
Como siempre, la puerta de la habitación se abre finalmente sin previo
aviso. El hombre es una silueta sin rostro negro en el rectángulo amarillo de
la luz que arde ante los ojos sensibles del niño, y por un momento el niño se
permite creer. ¿Podría ser? ¿Podría ser su padre que viene a llevárselo a casa?
Y entonces el hombre habla. El niño puede decir por la febril y excitada
voz que hoy va a ser particularmente malo.
—Lo de siempre, pedazo de mierda. Gírate y de cara a la pared. Abre
esas piernas.
Toda esperanza huye del niño.
Quizás eso es una buena cosa.
No hay nada más cruel que la esperanza.
Zara
TEMOR
Te galvanizará o te romperá.
La gente se pliega bajo la presión del miedo todo el tiempo, arrugándose
sobre sí mismos, haciéndose pequeños, escondiéndose del oscuro frío puño
que se envuelve alrededor de sus corazones. También están aquellos que se
levantan para enfrentar el miedo, enderezando sus hombros, preparándose
para enfrentarse al objeto de su terror.
Siempre he sido una persona de elevarse y encontrarse con el miedo.
Nunca he dejado que otra persona o situación clame poder sobre mí antes,
y de esa manera… supongo que me he sentido impermeable ante la noción
de estar realmente asustada. Si puedes mirar a tus mayores miedos a los
ojos, estar parada, negarte a dar marcha atrás, dejarlo, o marchitarte,
entonces superarás la emoción turbulenta que de otro modo destruiría tu
esperanza y se comería viva tus sueños. Es liberador, darse cuenta de hasta
qué punto un poco de valor te puede servir.
Ahora, sin embargo, estoy minada de coraje.
Ahora, por primera vez en mi vida, estoy realmente asustada.
A mi lado, un hombre con el pelo como el ala de un cuervo y brillantes
ojos verdes toma mi mano y la aprieta con fuerza, como si pudiera percibir
hasta qué punto estoy asustada. La sonrisa que me envía se ve un poco
gastada en los bordes, pero refuerza mi confianza un poco.
—No será tan malo —retumba. Su voz me ha perseguido en sueños, sin
aliento y llena de lujuria durante años, y oírla ahora, en voz alta, mientras
estamos unidos bajo la lluvia en la esquina de Delongpre y Cross Street, en
uno de los barrios de más dudosa reputación en Spokane, su sonido envía
un escalofrío por mi espalda. Alfileres y agujas muerden en las puntas de
mis dedos de las manos y los pies, y mi respiración se queda atrapada en la
parte posterior de mi garganta, porque es real. Su voz es real. Pasha es real,
y se las arregló para encontrarme.
Ante nosotros, una oscura escalera desciende bajo tierra, por debajo de
las aceras desgastadas de Rochester Park. Los ojos de Pasha son febriles
cuando mira hacia abajo a la oscuridad y mueve la cabeza hacia la izquierda,
haciendo espetar los huesos de su cuello. No se ve excitado por la posibilidad
de bajar las escaleras y a la oscuridad más allá —realmente yo tampoco
quiero jodidamente hacerlo— pero hay una energía determinada y acerada
que brota de él, y la puedo sentir picar en mi piel como una corriente
eléctrica.
—Probablemente es mejor si no hablas con nadie hasta que hayamos
tenido la oportunidad de encontrar a mi madre —dice Pasha, apretando su
mandíbula—. Las cosas se saldrán de las manos de otra manera.
¿Salirse de las manos?
No me gusta el sonido de eso, pero no pregunto qué quiere decir. El
nudo de pánico aceitoso que continúa torciendo y girando sobre sí mismo
en la boca de mi estómago no me deja preguntar, por si acaso las respuestas
son aún más preocupantes que el no saber. Muy muy patético, la verdad.
Pasha da el primer paso, abriendo el camino hacia las escaleras, y un
sonido alto empieza a chirriar en mi cabeza como uñas en una pizarra. Hace
menos de una hora, en la calle afuera de mi apartamento, estaba enfadada
con él por impedirme coger un teléfono público.
Él respondió a la llamada que había sonado durante unos buenos cinco
minutos bajo la ventana de mi dormitorio. Era el que había hablado con el
hombre al otro extremo de la línea. Por lo tanto, había sido su trabajo darme
la noticia de que Corey Petrov estaba muerto. Asesinado por un hombre
llamado Lazlo, que ahora aparentemente iba a matar a mi amiga Sarah. Y
entonces…
... y entonces sólo Dios sabe qué.
Mi ira hacia Pasha ahora desvanecida, la noticia de la muerte de Corey
todavía está hundiéndose, y en lugar de estar molesta porque no me había
dejado responder al teléfono, estoy extraordinariamente agradecida porque
me salvó de tener que escuchar esas palabras viles goteando de la lengua
de Lazlo. Me habría perseguido, atormentado y torturado.
Pasha, por el contrario, no parece estar cayendo a pedazos. En lo más
mínimo. Hay dolor en sus ojos, sí, y algo así como furia verdosa —quemando
lo suficientemente brillante como para ser detectada a kilómetro y medio de
distancia —pero también es sólido e inamovible, como un pilar de roca
antiguo en medio de una fuerte tormenta.
—Siento haberte arrastrado a todo esto —le susurro. Estas palabras
son inútiles, ya lo sé, pero tengo que llenar el silencio; el aire en la estrecha
escalera se siente cercano, sofocante y despojado de oxígeno, y su espesor
se está metiendo por mi garganta, por el interior de mis orejas y en mi nariz.
No puedo jodidamente soportarlo.
La gran mano de Pasha, encerrada alrededor de la mía, se aprieta de
nuevo.
—Nada de esto es tu culpa. Nada de esto es culpa mía. Lazlo es... —Me
quedo viendo las pequeñas hebras de pelo estirada en la base de su cabeza
mientras Pasha sacude su cabeza, suspirando pesadamente—. Lazlo es un
extraño. No nació en el clan. Apreció años antes de que yo naciera, de otro
clan. Siempre era problemas. Nunca encajó. Nunca siquiera trató. La gente
amaba al bastardo por ello. Todo el mundo pensaba que caminaba sobre
agua. Cuando traté de decirles lo que le encontré haciendo, no me creyeron.
O simplemente no quisieron escucharlo. A veces es así. La gente no quiere
sentir que fueron engañados para confiar en alguien que no se lo merecía.
Es más fácil si alguien está mintiendo que el hecho de que ellos estén
equivocados.
En la parte inferior de la escalera, mi corazón se abre paso hacia arriba
en mi garganta y se niega a hundirse abajo en su lugar correcto. Cuando
vine aquí por primera vez, hace sólo una semana, un muchacho joven que
llevaba una chaqueta de color naranja estaba sentado aquí, vigilando la
puerta a la feria. Su nombre era Leo. No lo sabía cuando me encontré con
él, por supuesto, que era el mismo niño que había sido atacado por Lazlo
hacía tres años. Casi había sido violado por el hijo de puta, y Pasha le había
matado por ello.
Había pensado que lo había matado por ello.
Resulta que Lazlo está muy vivo, y su interés en los niños pequeños
está lejos de haber disminuido. Casi me doblo y vomito sobre mis zapatos
ante el pensamiento oscuro y desagradable. Corey. El pobre jodido Corey.
¿Qué salió mal? Yuri Petrov había estado tan seguro de que recibiría a su
hijo de vuelta; que no parecía siquiera cerca de preocupado cuando se
acercó a mí en el estacionamiento la otra noche. Me mostró el vídeo del niño
—viviendo y respirando, de una pieza— y permitió al cabeza de la mafia rusa
Spokane de convencerme que la situación estaba bajo control. Salté ante la
oportunidad de creer que había un final a la vista de la pesadilla, porque mi
preocupación por el niño me había estado comiendo viva.
Por lo tanto, había vuelto a casa. Me había re-regalado el abrigo de piel
horrible que Yuri me había enviado, y rápidamente había decidido el asunto
estaba mejor siendo tratado por las personas más educadas en materia de
secuestros, sobornos y crimen organizado en general. No había estado bien,
sin embargo. La situación no estaba bajo control, y Corey había pagado el
precio más alto.
Pasha me deja ir y saca un gran revoltijo de llaves del bolsillo de su
chaqueta de cuero. El metal destella en cobre y plata en sus manos mientras
sus dedos vuelan rápidamente a través de las piezas individuales de metales
hasta que encuentra la que está buscando. Un segundo más tarde, la puerta
grande, pesada, de acero que conduce a la feria, se abre, y…
Pasha maldice.
Tras la puerta, no hay nada más que oscuridad.
La Feria de Medianoche se ha ido.

***

Pasha
El cavernoso espacio que albergaba al clan hace sólo unos días huele a
azúcar rancio y al fantasma del humo. Había veinticinco puestos aquí abajo,
junto con numerosas tiendas y otras atracciones, pero ahora no hay nada
excepto silencio, la luz de mi teléfono rebotando en las estrellas frustrados
con azulejos en el techo y el suelo desgarrado bajo nuestros pies. Ni un trozo
de papel ha quedado atrás. Ni una sola pieza de basura, ni un libro olvidado,
o un pañuelo extraviado.
Así ha sido siempre; una hora después de salir de la ciudad, la única
señal de que habíamos estado eran nuestras huellas. Una semana después
de que la familia Rivin desaparece, incluso las huellas de las botas se han
ido, y todo el clan está en el viento.
Zara pasa junto a mí, sus ojos muy abiertos por la confusión mientras
gira alrededor, observando el absoluto... vacío. Se detiene, frente a mí, con
sus manos hacia arriba hacia el techo.
—¿Cómo pueden haber hecho las maletas con tanta rapidez? Este lugar
se siente como si hubiera sido abandonado durante años, pero lo vi. Vi todas
las velas. Los alimentos. La gente.
—Los Rivins son expertos en escapar en un plazo muy corto. —Aprieto
mi mandíbula, respirando con dificultad por la nariz. Esto es perfecto.
Jodidamente perfecto.
—¿Dónde diablos se fueron?
—No he estado con ellos durante los últimos tres años. Podrían haber
cambiado su ruta mientras he estado viviendo en Spokane. Hay un millón
de lugares a los que podrían haberse trasladado. —A pesar de que estoy
diciendo esto, sin embargo, ya sé dónde se han ido mi madre, Patrin, Leo y
los demás. Es sólo que no quiero admitírmelo, porque admitírmelo
significará que tenemos que ir allí. Y realmente no quiero ir allí.
Finalmente encontré a la chica de mis sueños. Finalmente la sostuve
en mis jodidos brazos, y la hice mía. La besé. La reclamé. Encendí su alma,
justo mientras ella encendía una cerilla y causaba que los harapos de mi
propia alma ardieran. Ahora mismo, debería estar acariciando el pelo rojo
salvaje de Zara mientras duerme plácidamente sobre mi pecho. Se supone
que deberíamos encerrarnos en su apartamento durante los siguientes tres
días mientras exploramos el cuerpo del otro, así como nuestros límites,
olvidándonos de comer o de ducharnos, o de salir afuera mientras
aprendemos lo que necesitamos sobre el otro.
Pero en su lugar, un pequeño niño está muerto, una tía que nunca
conocí ha sido secuestrada y un diablo se ha levantado de entre los muertos.
¿Y ahora vamos a tener que ir a la cañada?
Jódeme.
Una vez que todo esto termine, destruiré ese teléfono público.
Lo arrancaré del suelo, y volcaré la jodida cosa en la parte más
profunda y que fluye más rápido del río Spokane.
Me aseguraré que el teléfono público nunca suene de nuevo, joder.
Zara
—TENDRÁS que empacar una maleta. —Pasha está lleno de frustración
mientras se dirige directamente al Mustang que está estacionado en la calle
frente a una sucia tienda de víveres que funciona las veinticuatro horas. Mi
corazón todavía está latiendo por tener que correr escaleras arriba tras él, y
no parece que esté planeando reducir la velocidad; troto un par de pasos,
tratando de seguirle el paso.
—No podemos salir de la ciudad, Pasha. Lazlo... joder. Este tipo tiene a
Sarah encerrada en algún lugar de la ciudad. Tenemos que quedarnos y
encontrarla.
El humo ondea en el aire frío de la noche mientras Pasha responde.
—Dijo que la única manera de salvarla era aceptar la corona.
Probablemente ha estado observando al clan si sabe que todavía no he
aceptado el rol. Sabe que tendremos que ir a buscarlos si le vamos a dar lo
que quiere. —Abre la puerta del lado del pasajero y la abre para mí. De pie
frente a él, la puerta del auto entre nuestros cuerpos, lo miro, tratando de
imitar su compostura.
Sin embargo, no puedo suprimir las preguntas que queman en mi
mente. Las escupo, frenéticamente, una tras otra.
—¿Y si solo nos quiere fuera del camino? ¿Qué pasa si nos quiere fuera
de la ciudad para poder matar a Sarah y salir de Spokane? ¿Por qué querría
que fueras su rey, que estuvieras en una posición de poder, si te odia tanto?
La boca de Pasha se contrae en una línea mientras levanta su mano
hacia mi mejilla y acaricia sus dedos a lo largo de la línea de mi pómulo. Su
pelo oscuro se riza en los extremos, cayendo sobre su cara. Su olor me
envuelve, tranquilizador y fuerte, y tengo ganas de envolverme en él,
hundirme en él y perderme para siempre. Si no me preocupase por Sarah.
Si Corey no estuviera muerto. No importaría que me suspendieran del
trabajo, porque mi trabajo ya no importaría. Sólo él importaría. El príncipe
Roma de pelo oscuro.
—Lazlo nunca ha entendido bien la realidad. Te puedo garantizar que
tiene un objetivo final aquí. Probablemente está obsesionado con ese
objetivo, y sólo con ese objetivo. Está jugando un juego. Ha establecido las
reglas. Desde este punto en adelante, tenemos que seguirlas o pagar el
precio. Pero él también tiene que seguir esas reglas.
Pasha conoce a Lazlo. Pasó años de su vida viviendo cerca del hombre.
Esto nos da una clara ventaja, especialmente si significa que Pasha puede
predecir cómo actuará o se comportará el bastardo. Confía en que este es el
curso de acción correcto, lo puedo ver en sus ojos. Pero... ¿y si se equivoca?
Empujo hacia abajo mi pánico cada vez mayor, cerrando de golpe una tapa,
pero puedo sentirlo burbujeando violentamente bajo esa tapa, amenazando
con hervir.
—Tal vez debería quedarme aquí. Por si algo pasa.
Sin embargo, Pasha ya está sacudiendo la cabeza.
—Lo siento. No es una opción. Te dije que te iba a proteger en tu
apartamento y lo dije en serio. No podré hacerlo si estamos a dos horas y
media de distancia. Si Lazlo está jodiendo con nosotros, lo último que haré
es dejarte sola aquí en la ciudad. Tienes que venir conmigo.
El calor sube por mi cuello, manchando mis mejillas de rojo. No me
haría callar así. De ninguna manera.
—No soy tu propiedad ahora. No puedes obligarme a obedecerte. Puede
que estés a punto de convertirte en su rey, pero no me interesa que seas el
mío.
Una línea de manchas rojas llena también las mejillas de Pasha. Sus
ojos brillan, los músculos de su mandíbula saltan mientras baja su mano y
agarra la parte superior de la puerta del auto.
—No soñaría con pedirte que lo hagas. Voy a reformularlo. Jodidamente
me mataría dejarte aquí, sabiendo que podrías estar en peligro. Realmente
necesito que vengas conmigo, Zara. Te necesito donde pueda verte, así no
perderé mi jodida mente. ¿Puedes por favor confiar en mí? ¿Puedes por favor
venir conmigo? —Sus palabras son duras. Cortantes. Tensas. No le gusta
decirlas, está claro que nunca antes tuvo que pedirle algo a alguien, pero lo
dice en serio. Su frustración está luchando abiertamente con su necesidad
de que yo esté a salvo.
¿Puedes por favor confiar en mí?
Hizo esta petición enorme y monumental no hace ni tres segundos, pero
sus ojos todavía la están pidiendo. Exhalo, con la esperanza de estar
tomando la decisión correcta; Las consecuencias si tomo la decisión
equivocada son realmente graves.
—Vale. Vale. Iré contigo. Pero hay más de una persona de la que
necesitas protegerme, Pasha. Lazlo nos está atacando a los dos por alguna
razón, pero no lo olvides... hay otra persona que también la ha tomado
conmigo de verdad.
El alivio suaviza la preocupada expresión de Pasha. Sus cejas se
juntan, formando una línea dura.
—No te preocupes por mi madre, Luciérnaga. Si ella te mira de reojo,
desataré la clase de infierno que la hará jodidamente correr a buscar
cubierto antes de que pueda siquiera pensar tu nombre de nuevo.

***

LA TEMPERATURA CAE mientras conducimos hacia el norte. Una hora


después de salir de la ciudad, Pasha se detiene en el estacionamiento de un
gran punto de venta al por menor —Norm’s Outdoors, el principal almacén
de caza y pesca de Washington— y desaparece en el interior. Espero un poco
más de quince minutos, preguntándome qué demonios está haciendo, antes
de que salga por las puertas automáticas, cargando una bolsa grande. La
arroja al maletero y luego regresa al Mustang. No dice una ni palabra. Solo
se inclina sobre el auto, coloca su dedo índice curvado bajo mi barbilla y
suavemente inclina mi cabeza hacia atrás.
Cuando me besa, mi cabeza nada. Sus labios encienden un fuego
dentro de mí en el momento en que entran en contacto con los míos, y el
mundo, aunque solo sea por un segundo, parece calmarse. La preocupación
que ha estado clavando sus garras en mi espalda afloja su agarre por un
momento, y todo está quieto. Este beso es diferente a los ardientes
intercambios que compartimos en mi apartamento. Éste es lento y profundo,
y se hunde en mi alma, fusionándonos.
Siempre he pensado que los sentimientos eran duros y rápidos, cosas
definidas. He experimentado mis emociones como si fueran colores
primarios: rojo para la ira; azul para la calma; verde para la emoción. Mi
brújula moral siempre ha visto las cosas en términos muy definidos,
también. Blanco para el bien. Negro para el mal. Resulta que, el rango de la
emoción humana es muy parecido a un arco iris. Hay tantas variantes y
combinaciones diferentes de cada sentimiento que a veces se mezclan,
creando un lío de colores, y es tan difícil elegir un tono entre todos ellos.
Las emociones que se han unido a Pasha en mi mente son tan
jodidamente confusas, todas se derraman unas sobre otras, complicando lo
que debería ser tan fácil de filtrar. Esto es más que una simple atracción.
Esto es más que un deseo de satisfacer un hambre dentro de mi cuerpo. Es
una necesidad física que fluye en mi sangre. Es un dolor ardiente que late
en mi pecho. Es una advertencia, una súplica y un disparo en la oscuridad,
y solo tengo una forma de responderle: desesperadamente, ferozmente, y
con cada parte de mi alma.
Está respirando rápidamente mientras se aleja de mí, enmarcando mi
rostro en sus manos.
—Joder, Zara. Das la vuelta a todo —susurra.
Cierro mis ojos.
—Al menos todavía sabes dónde es arriba. Yo ya no tengo ni idea.
Su resoplido de risa apenas suena, pero me hace sonreír. Cuando abro
los ojos otra vez, está recostado y estudiando mi cara con una intensidad
ardiente. Mi primer pensamiento es alejarme de él, hacer una broma,
terminar el momento donde se siente como si estuviera revisando una caja
de mis secretos más profundos y oscuros. Sin embargo, me mantengo en mi
sitio, forzándome a permanecer quieta mientras continúa evaluándome.
—Me miraste así cuando saliste de la tienda de Shelta —digo en voz
baja—. Me asustó muchísimo.
—¿Te asusta ahora?
Veo la curiosidad en sus ojos. Hay algo tan inusual en él. A veces, es
como si hoy fuera su primer día en el planeta, y esté viendo todo y a todos
por primera vez. Sus ojos no observan los objetos y las personas de la misma
manera que hacen los ojos de otras personas. Cuando mira algo, es como si
realmente lo estuviera viendo, catalogando su forma y apariencia, tratando
de entender su forma y existencia. Y cuando me mira... es como si la marea
de un gran océano se hubiera detenido inexplicablemente, y estoy mirando
hacia atrás en esta vasta e increíble fuerza de la naturaleza increíble, y está
a punto de arrastrarme en cualquier segundo.
—Sí —susurro—. Me aterroriza.
Su pulgar frota un pequeño círculo contra mi mejilla, y una ráfaga de
piel de gallina estalla en mis omóplatos.
—Me atrapa —murmura—. Eres como Medusa. Hermosa. Peligrosa. Me
conviertes en piedra.
Descarto la necesidad de hacer una broma ante su comparación. Sería
bastante fácil idear alguna burla autocrítica sobre mi cabello asemejándose
a un nido de serpientes, pero eso no es lo que quiso decir y lo sé.
—Lo siento, Luciérnaga. Fui un jodido gilipollas antes. Me encantaría
decir que no soy el tipo de persona que demanda cosas de la gente, pero a
veces lo soy. Shelta me enseñó a ordenar a todo el mundo a mi alrededor.
He hecho todo lo posible por sacudir ese rasgo en los últimos tres años, pero
es difícil contigo. Eres... eres jodidamente importante. Preciosa. Hace que
sea mucho más difícil controlar mi necesidad de controlar todo cuando
parece que podrías lastimarte si no lo hago.
Una disculpa. Una disculpa de un hombre como Pasha no es poca cosa.
En la universidad, salí con chicos que lo hicieron mucho peor que decirme
qué hacer, y no pudieron tragarse su propio orgullo durante cinco segundos
para decirme que lamentaban sus acciones, y mucho menos decir que lo
sentían. Pasha es mucho más arrogante que cualquiera de esos tipos.
Mucho más orgulloso pero es mucho más fuerte, también. No me refiero a
físicamente más fuerte (a pesar de que es cierto). Me refiero a su fuerza de
carácter.
Se necesita un hombre increíblemente fuerte para ver una falla en sí
mismo, y para dar un paso adelante voluntariamente y responsabilizarse de
ello. Se necesita una mujer aún más fuerte para hacer lo mismo.
Inclino mi frente contra la suya. A esta altura, sus pupilas parecen
pozos negros sin fondo, y estoy completamente preparada y dispuesta a caer
en ellos.
—Nunca te voy a dar mierda por querer asegurarte de que estoy a salvo
—le digo—. Probablemente... urgh, definitivamente reaccioné un poco...
bruscamente.
Su boca se tuerce en la más leve sugerencia de una sonrisa.
—Me evisceras, Zara Llewellyn.
Está exagerando, de verdad. Podría haber dejado sus entrañas en una
pila sangrienta en la acera por decirme qué hacer de esa manera, pero no lo
hice.
—El General. Así llama la gente a mi padre. Cuando da una orden,
espera que se siga de inmediato y sin preguntas. Me llevó años antes de que
finalmente me levantara y le dijera dónde debía meterse sus órdenes. Decidí
que no iba a dejar que nadie me volviera a ordenar. Y cuando me dijiste lo
que tenía que hacer y cómo, sin dejar espacio ni siquiera para mi propia
voluntad... bueno, creo que podría haber respondido un poco duramente.
Así que, yo también lo siento. No volveré a hacer eso.
Pasha roza mis labios con los suyos por última vez y luego se hunde de
nuevo en su asiento, arrancando el motor.
—Siéntete libre de decirme lo que hago mal cuando quieras,
Luciérnaga. Fue jodidamente excitante. Mi polla todavía está dura por lo que
me dijiste.
La mirada de soslayo que me lanza hace que mi estómago dé vueltas
hacia atrás. Dios, esto es tan ridículo. No puedo pasar mucho tiempo
pensando en esto, porque si lo hago, mi cerebro caerá derretido por mis
oídos. Los sueños que había tenido durante tanto tiempo me parecieron
reales de una manera que no pude reconciliar, y ahora la estrella de esos
sueños está sentada a menos de un metro de mí, y simplemente me besó y
me dijo que le ponía la polla dura. En un breve lapso de tiempo, se ha
fundido en mi cerebro, me ha dado una vuelta de ciento ochenta grado; no
puedo empezar a imaginar qué es lo que hará a continuación.
Pasha arranca el motor del Mustang, y salimos del aparcamiento. Su
sonrisa se convierte en una completa sonrisa de mierda.
—¿Por qué te ves tan contento contigo mismo? —pregunto, reprimiendo
una sonrisa.
Sus ojos permanecen en el camino.
—Porque te estás sonrojando. Te gusto, ¿verdad? Sólo un poco.
—Ni siquiera me estás mirando. No puedes decir que me estoy
sonrojando.
—Luciérnaga, podría asar malvaviscos en tu cara. Puedo sentir el calor
saliendo de tus mejillas desde aquí.
Lo golpeé en el brazo, el color rojo de mis mejillas empeorando cada
segundo.
—Estás tan lleno de mierda.
—Tú también. Te gusto. Más importante aún, te gusta mi polla.
Si hubiera alguna forma en que pudiera evitar que él dijera "polla", lo
haría. Mi corazón necesita un descanso. Las palpitaciones envían mi pulso
a cada parte de mi cuerpo cada vez que pronuncia esa palabra y ello me va
a acabar en cualquier momento.
Coloco mis manos sobre mis mejillas.
—Sólo conduce, idiota.
—Admítelo. Dime la verdad. Te gustó tener mi polla dentro de ti,
¿verdad? Me quieres dentro de ti otra vez.
No puedo decirle que no me gustó. Ésa sería una mentira flagrante,
descarada. Me hizo venir las veces suficientes como para saber cuánto me
gustaba no sólo su polla, sino también sus dedos y su jodida boca sucia. Y
la quiero de nuevo dentro de mí. Más que nada. Me enderezo en mi asiento,
quito las manos de mi cara y las pongo bajo mis piernas, decidida a no darle
la satisfacción de verme retorciéndome.
—Si debes saberlo, me gustó —digo—. Se sintió… se sintió increíble.
Increíble. Ése fue fácilmente el mejor sexo de mi vida. Nunca he perdido mi
mierda así antes. Tenerte dentro de mí tenía perfecto sentido. Todo lo demás
está tan desordenado ahora, pero mientras estábamos desnudos juntos en
ese sofá... Oh, Dios. —Esto está tomando un giro no planificado para peor.
No estaba planeando en ser tan honesta, pero ahora las palabras están
medio pronunciadas, suspendidas en el aire, y las manos de Pasha están
agarrando el volante tan jodidamente fuerte que sé que no puedo detenerme
ahora. ¿Qué demonios es lo que me pasa? Mierda.
Me aclaro la garganta, mirando por la ventana a mi derecha.
—Mientras estábamos desnudos en ese sofá juntos, sentí que al menos
una cosa buena me estaba sucediendo. Me sentí segura. Sentí que todo iba
a estar bien. Sentía que, mientras te quedaras conmigo, no había nada de
qué preocuparse, y todo lo que tenía que hacer era seguir aferrándome, y...
—Me quedé sin gasolina. Jesús. De todas las cosas tontas que decirle al
hombre con el que acabas de conectar por primera vez hace unas pocas
horas. No puedo seguir mirando por la ventana. Si lo hago, sólo lo voy a
empeorar. Pongo una sonrisa ligeramente loca en mi cara y me vuelvo hacia
Pasha—. Ahí. ¿Feliz ahora? Tu polla debe ser realmente jodidamente mágica
si es capaz de hacerme sentir todo eso.
Me río. Afortunadamente, el sonido es ligero y despreocupado, llenando
el Mustang por entero. Sin embargo, Pasha no está sonriendo. Su diversión
se ha desvanecido, reemplazada por una seriedad que me golpea la cabeza
y las palmas de mis manos rompen a sudar instantáneamente. Mierda,
parece que quiere detenerse y arrancar mi loco trasero del auto. Me estoy
encogiendo internamente cuando abre la boca y dice.
—Mi polla no tuvo nada que ver con eso, Luciérnaga. Ése fue mi
corazón. —Lentamente, se vuelve hacia la carretera, con sus afilados ojos
de jade, tan pálidos a la luz de la mañana, fijados en el frente.
Es la criatura más hermosa y salvaje que he visto en mi vida.
Pasha
LA MAYORÍA DE LAS PERSONAS RECUERDAN haber perdido su
virginidad.
Yo no.
Tenía quince años y mi padre acababa de morir. El anciano estaba
atado y enterrado, bajado al suelo, y había mirado fijamente el rostro en
blanco y sin emociones de Shelta durante todo el proceso, y eso me había
destruido. La estela fue ruidosa y bulliciosa, llena de hombres y mujeres
borrachos gritando unos por encima de otros, llorando, riendo, discutiendo
y contando historias, y no pude soportarlo ni un segundo más. Robé una
botella de Jack del vardo de mi tío, y me deslicé hacia la noche con él,
empeñado en beberme hasta la última gota dentro de la botella.
Eran las vacaciones de Navidad y la escuela había terminado; sólo
había estado en casa tres días cuando mi padre se desplomó, muerto del
todo. Estábamos alquilando un espacio temporal en una granja en el medio
de la nada, en Pensilvania, y el suelo estaba tan congelado que se
necesitaron tres hombres adultos empuñando picos para cavar la maldita
tumba.
Cuando comencé a beber, el licor me quemaba la garganta, esperaba
que el alcohol me quitase el dolor y finalmente lo hizo. Sin embargo, tomó
todo lo demás primero. Mi esperanza. Mi capacidad de pensar con claridad.
Tercamente, el dolor fue el último en desaparecer.
En algún momento, la chica me encontró en el jardín y vino a sentarse
conmigo. Era rubia, con el pelo del color de los fardos de paja que se
acumulaban en las vigas de los graneros de la granja. Su padre era dueño
de la granja. Le había dicho que se mantuviera alejada de nosotros, y le
advirtió de las consecuencias que sufriría si la sorprendían hablándonos.
A ella no le había importado.
Era dos años mayor que yo. Ya había desarrollado una habilidad para
beber Jack que superaba a la mía por mucho.
Ella me besó primero. Me sacó el pantalón y la camisa, a pesar de que
estaba bajo cero. Se sacó su propio suéter sobre la cabeza, se había quitado
las botas, los pantalones y luego se había acostado entre las hojas cubiertas
de escarcha, blancas y crujientes por el frío, y...
... y quién diablos sabe lo que pasó después.
Me desperté a la mañana siguiente en uno de los establos, acostado en
un montón de vómitos, todavía agarrando la botella de Jack. Estaba vacía,
aunque no podía recordar si había bebido la mayor parte o si la chica lo
había hecho. Volví a vomitar, golpeando mi cabeza con rabia, y cuando me
senté, tratando de limpiarme, fue cuando vi la sangre en toda mi polla.
Mi primer instinto: pánico.
Tras una inspección más cercana, me di cuenta de que la sangre no
era mía, lo cual fue un alivio hasta que comencé a preguntarme cómo había
llegado la sangre al lugar. O realmente le había hecho daño a alguien con
mi polla, o me había follado a una virgen, y ninguno era un pensamiento
cómodo, dado que no podía recordar ni una jodida cosa de lo que había
pasado después de que la chica se hubiera desnudado.
Me las arreglé para encontrar mi ropa, aún afuera, endurecida y
quebradiza por una capa de escarcha que se rompió como vidrio cuando
sacudí la camisa y los pantalones. Archie se había cruzado conmigo,
tambaleándose entre las tiendas y los remolques, todavía ebrio. Me llevó de
vuelta a su vardo, me trajo café y algo caliente para poner en mi estómago
vacío, y luego me hizo beber un trago de Jack, prometiéndome que me haría
sentir mejor. Sorprendentemente, lo hizo.
Tres horas después, vi a la niña aparecer en su oxidado Jeep Cherokee,
su cabello volaba como una pancarta de oro y plata en el viento, y la sonrisa
secreta y sabía que me envió me dijo que no la había lastimado. Solo había
sido sexo. Su virginidad, y la mía.
Salimos de la granja tres días después, y nunca la volví a ver. Ni
siquiera sabía su nombre y, por lo que puedo recordar, ella tampoco sabía
el mío.
He olvidado muchos otros encuentros sexuales desde entonces.
Muchas otras mujeres también. Ninguna de esas experiencias fue
importante. Ninguna de esas mujeres significaba nada. Pero follar a Zara en
el sofá de su apartamento que olía tan deliciosamente, llena con todo el arte
y libros que ella ha coleccionado, la luz de su contestador automático
parpadeando en rojo en el pasillo, el calendario desordenado y atestado que
colgaba en la nevera ¿Las manzanas Pink Lady en el frutero y las gotas
condensándose en las ventanas de la sala? Recordaré cada detalle
minúsculo de ese encuentro durante el resto de mi maldita vida.
Se me ha grabado a fuego. Marcado, como si hubiera tomado un póquer
rojo brillante en las sinapsis en mi mente y hubiera forjado cada pequeño
elemento de esas pocas y maravillosas horas en el cableado de mi cerebro.
Si ella me deja ahora, me perseguirá por el resto del maldito tiempo. Ninguna
otra mujer jamás se comparará con ella. Nadie podrá jamás encender la
misma necesidad rugiendo en mis venas como ella ha hecho. Su pelo
ardiente, de cobre, canela y oro hilado; sus pecas delicadas, apenas visibles,
dispersas por el puente de su nariz; el matiz cambiante de sus ojos, tan
impredecible e inescrutable como el mar: cada parte de ella es un fragmento
fracturado de un sueño que se ha hecho realidad milagrosamente, y ahora
sus piezas se han mezclado en la asombrosa criatura sentada a mi lado, y
estoy demasiado asustado como para creerlo.
A lo largo de los años, cada vez que me he despertado e intentado
evocarla, se evapora en el aire, deslizándose entre mis dedos como granos
de arena a través de un reloj de arena. Ahora, es una cosa tangible, viva,
que respira, pero tengo demasiado miedo de admitirlo ante mí por temor a
que ella se convierta en humo y se escape lentamente...
La miro a escondidas mientras nos dirigimos hacia el norte,
acercándonos cada vez más a la montaña. Está concentrada en el mundo
que está fuera de la ventana: la picea, la cicuta y el cedro que bordean la
carretera como centinelas, quince y treinta filas de profundidad, el bosque
se extiende en todas direcciones mientras avanzamos a través de la fresca
mañana de invierno, y me siento como un maldito ladrón, robándome estos
momentos y encerrándolos dentro de pequeñas cajas en mi mente, en caso
de que sean limitados y estén a punto de agotarse en cualquier momento.
Pasamos tan pocos autos, la ruta tan tranquila y pacífica, que Zara casi
sufre un ataque al corazón cuando una motocicleta viene a toda velocidad
por la montaña al otro lado de la carretera.
—Joder, ese tipo tiene un deseo de muerte Hay mucho hielo en la
carretera.
Veo la chupa que lleva el tipo a través de mi espejo cuando pasa junto
a nosotros —Widow Maker MC, Nuevo México— y sacudo la cabeza.
—No me preocuparía por él. Sabe qué coño está haciendo.
Ella vuelve a mirar el paisaje de invierno, y yo vuelvo a mirarla por el
rabillo del ojo. Después de un rato, dice:
—¿Ves algo interesante? —Su voz es tranquila, teñida de diversión. Se
aleja de la ventana y arquea una ceja hacia mí. Ella sabe claramente que la
he estado observando desde hace algún tiempo, pero no estoy avergonzado.
Ni siquiera un poco.
—Mucho —le contesto.
—Mi cabeza se siente como si fuera una tuerca que estás tratando de
romper por pura fuerza de voluntad.
Sonrió. Realmente no está equivocada. He estado tratando de
descifrarla durante los últimos setenta y cinco kilómetros.
—Dime algo, luciérnaga. Cuéntame tus secretos.
Ella se ríe por lo bajo.
—¿Cuáles?
—Todos ellos. Los quiero todos. Uno a la vez.
—Ese tipo de codicia te va a costar.
—Te pagaré con orgasmos.
—¡Ah! Muy tentador. Sin embargo, estaba pensando más en las líneas
de un secreto por un secreto. Te daré uno mío. A cambio, me entregas uno
de los tuyos.
Hundo mi pulgar en el volante, tratando de no apretar los dientes.
—No quieres saber mis secretos, Luciérnaga.
Hace un sonido burlón, desestimando la declaración.
—¿Estás olvidando que me dijiste que pensabas que habías matado a
alguien hace tres años?
—Sí. Pensé que lo había hecho. Acabo de descubrir que no lo hice.
Hubiera sido mucho más difícil confesarlo si hubiera tenido éxito.
Zara se muerde el labio inferior y lo aprieta lentamente a través de sus
dientes.
—En realidad lamento que no lo hicieras —dice. Apenas escucho las
palabras, pero están ahí, y las dice en serio. He vivido sabiendo que maté a
Lazlo durante tres años y no me ha mantenido despierto por la noche. No
me he sentido culpable por lo que hice; merecía ese cuchillo en sus entrañas
en lo que a mí respecta, pero ahora, al descubrir que no murió, debo admitir
que... siento como si una sombra oscura se hubiera levantado de mí. Estaba
preparado para vivir bajo esa sombra. Consideré que era un precio razonable
por salvar a Leo y a muchos otros de la amenaza de una mierda tan vil.
¿Pero qué Zara diga esto, sin embargo? ¿Que ella quisiera que yo le
hubiera matado? Eso es más un alivio que descubrir que no soy responsable
de la muerte de otro ser humano. Porque, dada la oportunidad, lo perseguiré
y heriré a ese hijo de puta. Tomaré un cuchillo de nuevo y lo hundiré en un
lugar más vital esta vez, y me aseguraré de que muera de verdad esta vez.
Y… ¿pensar que ella se alejaría de mí con miedo después de eso? Eso es
jodidamente genial.
—Solía estar enamorada de mi primo segundo —dice—. Nunca le había
dicho eso a nadie antes.
Es difícil no reírse.
—Hmm. Acabo de tatuar una polla gigante en la espalda de mi primo
segundo sin su permiso.
—¿Qué?
—Se lo merecía. ¿Qué más?
Piensa por un segundo, y luego se pone un poco roja.
—Me masturbo con porno casi todos los días.
Oh, buen jodido señor. Reprimo un gemido.
—¿Qué tipo de porno?
—Depende. Me gusta... —Se retuerce, obviamente incómoda con esta
confesión en particular—. Me gusta ver mujeres juntas. Y a veces... me gusta
ver cosas realmente rudas. Dos hombres. ¿Tal vez incluso tres?
Agarro mi labio inferior entre mis dientes, mordiéndolo con fuerza. Es
la única forma en que puedo mantener a raya la cadena de maldiciones que
arden en la punta de mi lengua. Dios, la idea de que ella se toque a sí misma
ya me está volviendo loco. ¿Pero la idea de ver a dos mujeres lamiéndose y
follando entre sí? ¿O ella viendo a un grupo de hombres follando con la
misma mujer a la vez?
—No tienes idea de lo mucho que quiero sacar este auto al costado de
la carretera y follarte ahora mismo, Luciérnaga.
Tira de las mangas de su suéter hacia abajo sobre sus manos,
moviéndose como loca.
—Oh, Dios. Por favor no bromees. Esto es mortificante.
—No lo hago. —Alargando mi mano, la agarro por la muñeca y levanto
su manga por su brazo. Un segundo después, tengo su mano en mi
entrepierna, y estoy apretando sus dedos a mi alrededor—. Estoy duro como
la mierda, Luciérnaga. Las imágenes... Jesús. Estaré masturbándome con
esas imágenes durante los próximos diez jodidos años.
Sus ojos están muy abiertos, sus labios abiertos mientras mira hacia
abajo al punto donde nuestros cuerpos se encuentran, su mano sobre mi
pene dolorosamente erecto.
—Oh. Quieres ser mala, ¿verdad, luciérnaga? —No estaba bromeando
con ella antes, pero estoy cien por ciento bromeando ahora.
Algo parecido al desafío brilla en sus ojos color avellana.
—Tal vez.
Me permito la sonrisa peligrosa que riza las comisuras de mi boca.
—Apuesto que sí.
Pone sus ojos en blanco, fingiendo molestia.
—La feria es justa, muchacho gitano. Es tu turno. Di otro secreto antes
de que me muera de vergüenza.
—Yo... joder. —Sacudo la cabeza, apartando mi mirada. Esto es tan
jodidamente tonto—. Solía tener este folleto cuando era un niño. Lo usé
como marcador de libros.
—¿Un folleto?
—Un folleto promocional de seguros del hogar. Había una casa enorme
en el frente con porche y un gran jardín. En frente de la casa, un hombre y
una mujer estaban jugando con un niño pequeño. Sus padres, supongo. El
niño estaba lanzando una pelota, y el perro de la familia, este peludo golden
retriever, estaba saltando para interceptar la pelota, y todos se reían como
locos, y... solía mirar la imagen de noche e imaginar que era ese niño. Solía
fingir que el hombre y la mujer eran mis padres. Normales. Teníamos una
vida normal con una casa normal, y todo lo que hacíamos era jodidamente
normal, y... joder. Solía querer eso tanto.
Se siente mal admitir esto. Me hace sentir débil. Torpe en mi propia
piel. No solo avergonzado, sino mal. Miro a Zara por el rabillo del ojo,
esperando encontrarla riendo, entretenida por el concepto de un Pasha Rivin
de nueve años soñando despierto con una vida suburbana promedio, pero
en cambio me encuentro con una sonrisa torcida y comprensiva.
—La mayoría de los niños sueñan con huir y unirse al circo. Ya eras
parte del circo. Más o menos. Tiene sentido que quisieras un poco de
estabilidad.
No tiene ni puta idea.
Estamos en silencio por un tiempo. Hemos llegado a la parte profunda
del Parque Nacional de Colville. Cada giro de la carretera parece que nos
está llevando hacia otro evento inevitable. Cada pico de montaña que se
eleva en el horizonte, irregular, cubierto de nieve, me resulta tan familiar
como mi propio reflejo en un espejo. Pasan cuatro kilómetros antes de que
Zara vuelva a hablar.
—¿Quién crees que hubieras sido? —pregunta—. ¿Si hubieras nacido
en una casa con porche, con una madre y un padre normales y una cerca
blanca?
Me tomo mi tiempo, pensando mi respuesta.
—No lo sé. Tal vez hubiera sido escritor. Siempre me ha gustado contar
historias. Tal vez hubiera comprado una casa junto a la playa en la costa
este. Tal vez hubiera empezado a correr y a pintar, y hubiera dedicado mi
tiempo a construir cosas en un taller, y todo hubiera sido tranquilo y
tranquilizadoramente predecible. Pero me alegro de no ser él, Zara. Me
alegra que mi vida no sea predecible o tranquila. O segura la mayor parte
del tiempo. Me gusta quien soy ahora. Estoy un poco jodido. Soy rudo.
Golpeo cosas y las rompo demasiado a menudo. No tengo absolutamente
ningún problema con golpear a alguien si me jode a mí o a alguien que me
importa. La gente cruza la calle cuando me ven caminando hacia ellos por
la noche. Sin embargo, nada de eso importa. Me convertí en la persona que
necesitaba para sobrevivir. Me niego a lamentarme o a sentirme mal por eso.
Nada de eso realmente importa.
—¿Por qué?
—Porque al final del día... Soy el afortunado hijo de puta que se quedó
con la chica.
Zara se ríe en voz baja.
—Estoy feliz por ti. Tendrás que presentármela algún día.
—Ahhh, Luciérnaga. ¿Qué es eso? ¿Pies fríos? ¿Temerosa de haberte
atado a un extraño de pelo negro que pelea en jaulas, está lleno de tatuajes
y es potencialmente increíblemente peligroso, que también resulta
realmente bueno en la cama? Di que no es así.
Una verdadera y amplia sonrisa estalla, tomando su rostro. Inclina su
cabeza hacia atrás, y el sonido que llena el Mustang hace que mi corazón
salga disparado de mi pecho. Dios, me encanta el sonido de su risa. Es la
cosa más jodidamente mágica que he escuchado. Cuando deja de reírse, se
gira en su asiento, metiendo su pierna bajo ella para que todo su cuerpo
esté frente a mí. Se acerca, su mano vacila antes de tomar una respiración
larga, lenta y constante y tocarme.
Ésta es la primera vez. La primera vez que ha sido lo suficientemente
valiente como para tocarme por su propia voluntad porque quiere hacerlo.
Me siento muy, muy jodidamente inmóvil mientras las puntas de sus dedos
hacen contacto con mi sien. Los pasa hacia abajo, sobre mi pómulo, a lo
largo de la curva de mi mandíbula, y luego por debajo, siguiendo la línea de
mi cuello hasta que alcanza el cuello de mi camiseta.
Un toque sencillo, fácil.
Exploratorio.
Curioso.
Tiene mi corazón golpeando en mi pecho.
Las mujeres normalmente me tocan como si estuvieran agarrando algo
antes de que alguien más pueda alcanzarlo. Hambrientas. Exigentes.
Desesperadas. No me malinterpretes a veces eso puede ser caliente, querer
así. Llevar a alguien al punto de la locura. Pero esto es tan, tan diferente.
En este momento, no soy un objeto de deseo carnal. No soy un premio difícil
de ganar, o un objetivo a quien perseguir.
Soy un rompecabezas. Una pintura intrincada. Una maravilla y un
misterio.
Zara es la primera persona que me estudia de cerca. Que trata de ver
algo más allá de los tatuajes, o mis ojos, o el hecho de que mi cuerpo fue
armado de una manera jodidamente placentera. Es la primera persona en
tocarme como si fuera algo que admirar en lugar de usar... y es jodidamente
aterrador.
Apenas estoy respirando mientras traza alrededor de la parte de atrás
de mi cuello, donde acaricia suavemente las yemas de sus dedos contra el
pelo de mi nuca, tarareando complacida por lo bajo.
—Me encanta la forma en que se siente —dice ella—. Tu cabello, aquí,
donde está afeitado en la parte posterior de tu cabeza. Suave, pero rasposo
cuando lo frotas de manera incorrecta.
Cada respuesta ingeniosa o arrogante ante esa declaración huye de mi
mente. Claro, hay muchas cosas que podría decirle para que se ruborice en
este momento, o para avergonzarla, o hacerla sentir estúpida por decir lo
que piensa. Es lo que habría hecho ante casi cualquier otra persona que me
hubiera dicho que está fascinada por una parte tan aleatoria de mi cuerpo.
Aunque no hago eso con Zara. No quiero, quiero escuchar lo que le fascina.
Sé que soy un chico guapo. Veo la forma en que las mujeres me miran
todo el tiempo, y para ser perfectamente sincero, me ha encantado
ridiculizarlas por ser tan jodidamente superficiales. En este momento, sin
embargo, con el toque ligero como una pluma de Zara acariciando la parte
posterior de mi cuello, tengo ganas de caer de rodillas y agradecerle a mi
afortunada estrella porque me quiere, porque está atraída por mí, porque el
pelo de mi nuca se siente bien para ella, porque eso significa que puedo
quedármela.
No tengo ni idea de lo que me está pasando. Tampoco estoy seguro de
que me guste, pero esto me resulta muy familiar. Como si ya hubiéramos
estado haciendo esto, tocándonos, besándonos, acariciándonos y
adorándonos el uno al otro, durante la mitad de nuestras vidas, y se supone
que debemos seguir haciéndolo mientras ambos respiremos.
No puedo decir nada. Incluso si tuviera las palabras para decirle lo bien
que se siente tenerla tocándome así, mi garganta se ha cerrado y apenas
puedo respirar.
Así que, sólo conduzco.
Finalmente, Zara se endereza en su asiento, estirándose, y mi piel deja
hormiguear ante el recuerdo de su toque. Por un tiempo, ninguno de los dos
dice nada, y está bien. Es cómodo y fácil. Al final, cedo. Sólo quiero escuchar
el sonido de su voz.
—¿Qué hay de ti, luciérnaga? ¿Cómo terminaste allá, en Spokane,
atendiendo al 911 y bebiendo jugo de manzana en un bar con un grupo de
personas de casi el doble de tu edad?
Suspira, tirando de un hilo en la costura de sus tejanos.
—Bueno, es complicado —dice lentamente—. Pero supongo que es
porque me gustaba prender fuego a las cosas cuando era una niña.
Oh. No es lo que esperaba, pero voy a morder.
—¿A todos los niños les gusta prender fuego a las cosas, no?
Se encoge de hombros.
—Probablemente. Pero me gustaba prender fuego a las iglesias. Las
bonitas, con elegantes vitrales y chapiteles. Y aún lo estaba haciendo
cuando tenía quince años, cuando la mayoría de las demás personas han
superado su fase de prender el mundo en llamas y verlo quemar.
—Luciérnaga era una mosca de fuego. Qué irónico. —También puedo
imaginármelo: una versión joven de Zara encendiendo una cerilla, la llama
vacila, ilumina su rostro, proyecta sombras mientras lo arroja sobre una
pila de libros de himnos empapados en gasolina. Casi puedo escuchar el
sonido del fuego encendiéndose, devorando el papel y todo lo demás en su
camino.
—¿Sólo iglesias? —pregunto.
—Sí —confirma ella.
—¿No eres fan de Dios, entonces?
Su sonrisa de labios cerrados cuenta una historia propia.
—¿No sabías que los pelirrojos son el engendro del diablo?
—He oído que todos ustedes son malos.
Esto hace que su sonrisa sea real.
—¿Qué hay de ti Roma? ¿A qué religión te suscribes?
—A ninguna. A todas. Depende de dónde estemos en el mundo.
Históricamente, nos alineamos con lo que es popular entre los locales.
—Muy pragmático. ¿Y qué? Los Rivins son... —Inclina su cabeza hacia
un lado—. ¿Católicos?
—Mis abuelos, sí. Mi madre, cuando le conviene. Yo, en absoluto.
Asiente, asimilando esta información. Sus ojos se vuelven distantes
mientras mira al frente, por el parabrisas.
—Nací en New York. Cuando tenía dieciséis años, mi padre
extremadamente religioso decidió que sería una buena idea pasar una
semana juntos durante las vacaciones de primavera. En ese momento no
había quemado nada, así que me llevó a esta hermosa iglesia. Tenía un par
de cientos de años, probablemente. Era tan pacífica. Serena. Me dejó
sentada en uno de los bancos mientras iba a encender una vela para mi tío.
Se estaba muriendo en ese momento. —Agrega esta información como si
fuera una idea de último momento—. Me senté allí por un tiempo muy, muy
largo, y absorbí el silencio. Lo absorbí. Deja que se hundiera en mis huesos.
Debí estar sentada allí, en ese banco, sola, durante al menos una hora. A
medida que pasaba el tiempo, me inquietaba. Aburrida. Todos mis amigos
habían ido a los Hamptons. Estaba furiosa por tener que quedarme atrás y
pasar el rato con mi papá. Y luego, de la nada, el silencio se hizo pedazos, y
hubo un sonido terrible, terrible. Gritos. Aterrados, agudos, sangrientos.
Todavía puedo oírlo ahora si cierro los ojos. —Se estremece al escuchar el
sonido en este momento.
»Se abrió una puerta en la parte de atrás de la iglesia, y este... hombre
salió. No corría. Simplemente caminaba, como si tuviera algún lugar donde
estar. Su cara totalmente blanca. Y cada parte de él estaba llena de sangre.
Recuerdo alejarme de él mientras pasaba al lado del banco donde estaba
sentada. No me miró. Ni siquiera notó que estaba allí. Debió haberme visto,
sin embargo. Segundos después de que saliera de la iglesia, un cura salió
del confesionario. Recuerdo pensar que se veía como un actor, no un cura.
Demasiado joven. Demasiado guapo. Demasiado fuerte. Corrió hacia la
parte de atrás, a través de la puerta por la que el otro tipo había salido, y
todo el infierno se desató. Gritos. Lloros. Llantos.
»Esta mujer rubia salió corriendo de la parte trasera y agarró a mi
padre, quien finalmente vino corriendo debido a todo el ruido. Estaba
llorando, sollozando, mocos corriendo por su cara. Rogó que llamara una
ambulancia. Cuando los paramédicos se presentaron, una multitud se
había reunido dentro del vestíbulo de la iglesia. Los médicos fueron a la
parte trasera. Cuando salieron, llevaban a esta mujer en una camilla. Una
monja. Había sido apuñalada tantas veces que no podía contar las heridas
en su pecho, su estómago y sus piernas. Y entre sus piernas... —Zara se
estremece. El recuerdo de este evento debió ser bastante jodidamente
traumático para que ella se separase del pasado. Sonaba jodidamente
horrible escuchándolo.
»Había sido violada —continúa—. Mientras estaba sentada allí,
absorbiendo el silencio, resintiendo a mi padre por arrastrarme a la iglesia,
enfadada porque no podía pasar las vacaciones con mis amigos, el hombre
que tan casualmente había pasado por mi lado, cubierto en sangre, había
estado violando y apuñalando a esa mujer en la habitación de atrás.
Mierdaaaaa.
Zara, de dieciséis años, sentada en un banco de una iglesia, observando
cómo se llevaban a una víctima de violación en una camilla: imagino la
escena, y en mi cabeza también estoy allí, de alguna manera, un par de años
mayor que ella, de pie tras ella, colocando mis manos sobre sus ojos,
protegiéndola de la violencia, susurrando en su oído. No mires, Luciérnaga.
No mires. Sin embargo, no puedo viajar en el tiempo y protegerla de ello. Es
demasiado tarde.
—Cristo —siseo entre dientes.
—Sí. Él estaba allí cuando sucedió —dice, dándome una sonrisa
torcida—. Dios, también. Estaba tan confundida sobre cómo un creador
bondadoso y benévolo había permitido que algo tan violento y cruel
sucediera bajo su techo. Y así, sentada allí, mirando a los médicos cuidar
de esa mujer, me di cuenta de que solo había una explicación simple para
tal cosa. No había dios. Una deidad todopoderosa hubiera intervenido y
ayudado a esa mujer. Un par de médicos al final de un turno de doce horas
encontraron su sangre y la mantuvieron con vida hasta que pudo llegar a
un hospital. Ellos salvaron su vida.
»Atrapada en esa iglesia, rodeada de policías y técnicos de emergencias
médicas... fue cuando decidí que no creía. Fue también cuando me di cuenta
de que quería ser operadora. En aquel entonces odiaba ver la sangre, así
que no había ninguna posibilidad de que alguna vez fuera a ser un técnico
de emergencias o un médico. Y los policías nunca me iban a tomar debido a
todo lo relacionado con los incendios infantiles. Así que decidí que ser la
persona en el otro extremo de ese teléfono era importante. Un operador es
la primera persona en escuchar el grito de ayuda de alguien y responder a
él lo mejor que puede. Pensé que si no había Dios para responder a esa
llamada... entonces ciertamente podría intentarlo. Fui a la universidad para
complacer a mis padres, pero en cuanto terminé, eso fue todo. Compré un
boleto de avión fuera de Nueva York y viajé tan lejos como pude en dirección
opuesta. Así es como me encontré viviendo en Spokane, tomando llamadas
del 911 y tomando jugo de manzana con un grupo de personas casi el doble
de mi edad.
Zara
NUNCA LE HE CONTADO a nadie sobre la iglesia antes. Incluso pensar
en lo que vi ese día generalmente me envía en espiral a un ataque de pánico,
por lo que generalmente hago todo lo posible para evitar el recuerdo por
completo. Pasha preguntó, sin embargo, y quería decirle la verdad, aunque
fuera desagradable.
—Estaremos allí pronto —dijo en voz baja—. Agarra esa bolsa del
asiento trasero. Te tengo algunas cosas.
Había olvidado todo sobre la bolsa de Norm’s Outdoors. Había olvidado
siquiera que entró en la tienda, hasta ahora. Girándome, agarro la bolsa y
tiro de ella hacia el frente, volcando el contenido en mi regazo.
—Oh guau. Calcetines rojos horrorosos. No debiste —digo, golpeándole
el brazo con los calcetines en cuestión—. Oh, y... ahora realmente me estás
echando a perder. Ropa interior térmica. ¿Estás tratando de decirme que
tienes algún fetiche secreto y realmente te gustan los calzoncillos largos?
Porque tengo que decir que estos no son muy atractivos. —Realmente no lo
son. Material grueso, beige, acanalado que se ve bastante sin forma, nunca
he visto nada menos sexy.
La sonrisa de Pasha es juvenil y burlona al mismo tiempo.
—¿Quieres saber qué es aún más feo que la ropa interior térmica?
—Por favor. Ilumíname.
—Congelarse. Estaremos aquí afuera toda la noche. Tal vez incluso dos
o tres noches, y nuestro campamento no tiene el beneficio de calefacción
ventilada. Vas a agradecerme esos horribles regalos en unas dos horas.
Prometo que trataré de no usar realmente las palabras específicas “te lo
dije”, pero es mejor que estés preparada para un poco de regodeo. Ahora
póntelos.
No me gusta el sonido de esto. Durante casi tres horas, he estado
mirando distraídamente por la ventana, observando el mundo pasar
volando, frío y austero, los árboles vestidos con chales de escarcha plateada,
los bordes de la carretera brillando con hielo, y ni una sola vez teniendo en
cuenta lo que va a pasar cuando lleguemos a nuestro destino. O cómo será
nuestro destino en realidad.
Pasha ha sido bastante claro acerca de cómo vive su familia. No he
prestado mucha atención a los detalles hasta ahora. Es invierno y no nos
dirigimos a un Four Seasons Resort y Spa. He acampado muchas veces, y
amo alojarme al aire libre, pero... ¿con este clima?
Dejo caer las térmicas en mi regazo, arqueándole una ceja.
—¿Pasha?
—¿Sí?
—¿Vamos a pasar la noche en una tienda de campaña? ¿En el corazón
de un parque nacional? ¿En pleno invierno? ¿En el estado de Washington?
Se echa a reír, fuerte y ruidoso, y por un segundo me siento aliviada.
Es risible que pensara algo tan ridículo, después de todo. Pero entonces
dice.
—No. No es una tienda de campaña. No exactamente. Estoy apostando
a que Archie irá a dormir con Gil y nos prestará su vardo durante la noche.
—Y... ¿qué es un vardo, exactamente?
El ojo verde pálido de Pasha destella con picardía mientras me da la
noticia.
—Una caravana. Una caravana gitana. No te preocupes. Creo que
Archie ha puesto una estufa de leña o algo así en su lugar. Si no,
simplemente nos agruparemos y compartiremos el calor del cuerpo. —Hace
que esa opción suene escandalosa, y casi preferible a la posibilidad de que
haya una estufa de leña.
Salimos del pequeño y sinuoso camino por el que hemos estado
conduciendo durante los últimos treinta minutos y nos encontramos en un
estacionamiento de tierra. Invisible desde la carretera, nunca hubiera
adivinado que el terreno despejado estaba aquí, o que ya había otros quince
vehículos. Pasha estaciona el Mustang al final de una fila de camiones y
remolques y apaga el motor.
—Tenemos un paseo por delante de nosotros —dice—. La Shedroof
Divide. Una caminata de tres horas hasta el campamento. No tienes miedo
de un poco de esfuerzo físico, ¿verdad?
—¡No, claro que no! Hago ejercicio. No tengo miedo de sudar. Me
encanta el senderismo. Pero... ¿cómo diablos armaron el campamento con
vardos si tenemos que ir a pie desde aquí?
Pasha abre la puerta del conductor, sale y gira su cuerpo en un
estiramiento que levanta su camiseta, dándome un breve vistazo de su
tonificado estómago. Se agacha, apoyándose contra el costado del auto para
poder mirarme, todavía sentada en el asiento del pasajero.
—La mayoría de las caravanas y remolques se dejan aquí todo el año.
Nadie sabe siquiera que están aquí, y quienes sí lo saben no los joden. Todo
lo demás se transporta aquí a mano antes que cambie el clima. Mis primos
habrán hecho el viaje hasta aquí hace un mes y habrán traído suministros
para durar seis semanas, si no diez. Tal vez doce, dependiendo de dónde
esté planeando Shelta el próximo rumbo.
Eso tiene sentido, supongo.
Aún no es mediodía, y el sol es débil e insustancial en el cielo, una
esfera baja de luz blanca pálida, envuelta en nubes. El frío me acuchilla
cuando salgo del auto, murmurando en voz baja. Pasha se ocupa, sin decir
nada, sacando cosas del maletero y volviéndolas a empacar en dos mochilas
mientras me quito la ropa, temblando lo suficiente como para dar a un
sobreviviente del Titanic, que acaba de salir del Atlántico, una carrera por
su dinero.
Toma diez segundos tirar del chaleco térmico sobre mi sostén, pero
puedo sentir los ojos de Pasha en cada uno de ellos, y su atención me
adormece a los elementos. Durante esos diez segundos, no siento frío. Solo
siento llamas lamiendo mi piel, y la sensación es vertiginosa. ¿Está mal que
quiera sus manos sobre mí, así como sus ojos? Sarah está cautiva, Corey
Petrov está muerto, un asesino nos está chantajeando y, sin embargo,
parece que no puedo concentrarme en lo que es importante en este
momento. Llegar al campamento de Rivin debería estar en el primer plano
de mi mente, aunque sólo sea por el hecho de que voy a tener que
enfrentarme a Shelta, pero en lugar de preocuparme por la vieja perra cara-
agria de un adivino, todo lo que puedo pensar es en su hijo.
Egoísta.
Estoy siendo tan jodidamente egoísta, pero seré condenada si puedo
evitarlo.
Rápidamente me quito los jeans y me siento en el asiento del pasajero
del Mustang, luchando con las horribles medias térmicas, cuando Pasha
cierra el maletero y tira una bolsa por la rueda trasera del auto. Sus ojos se
bloquean con los míos, luego bajan...
Los cierra cuando ve mis piernas desnudas, sus ojos me devoran desde
el tobillo hasta el muslo y vuelven a bajar. Lo siguiente que sé es que está
apoyado en el Mustang a mi lado, con las fosas nasales abiertas y las manos
metidas en los bolsillos.
—Joder, Luciérnaga. Realmente necesitas ponerte eso.
—Estoy tratando, sabes. No tienen ninguna jodida forma, no puedo
decir cuál es el frente y cuál el revés.
—No importa.
Me río.
—Sí, lo hace. Cuando tienes culo, lo hace.
Hace un sonido profundo, maravillosamente torturado.
—No hables de tu trasero.
—¿Por qué?
—Lo estás empeorando. Estoy tratando de no desnudarte, doblarte y
follarte como un estúpido sobre el capó de este auto ahora mismo. Esas
ridículas piernas. Las quiero envueltas alrededor de mi jodida cabeza
mientras me como tu coño.
Tener una imaginación excepcional es tanto una bendición como una
maldición. Mi cerebro me proporciona de inmediato todos los datos
relevantes, lo que se sentiría al estar completamente desnuda a estas
temperaturas; cómo la lengua de Pasha se sentiría sobre mí; cuan increíble
sería tenerlo desnudo contra mí también; cómo sonaría mi nombre en sus
labios si lo hiciera correrse. De repente, mis mejillas se sonrojan, mis manos
tiemblan, mi corazón se amotina en mi pecho. Solo Dios sabe por qué me
siento tímida en este momento, pero ni siquiera me atrevo a levantar mis
ojos mientras meto mis pies dentro de las medias y las enrollo por mis
pantorrillas.
—No quisiera traumatizar a los excursionistas que pasan —le digo. De
pie, me subo las medias por todo el cuerpo, cubriéndome. Cuando
finalmente tengo el valor de mirar hacia arriba, Pasha está chupando su
labio inferior, sus brazos cruzados sobre su cuerpo. Mis ojos atrapan la tinta
en sus muñecas, sobresaliendo bajo las mangas de su chaqueta. También
puedo ver los tatuajes que encadenan su cuello. Con su chaqueta de cuero,
los pantalones rotos desaliñados y la penetrante intensidad de sus ojos,
corta una maldita figura intimidante.
Me meto de nuevo en mis jeans, abrocho el botón, y agarro mi
sudadera, vistiéndome lo más rápido posible. Cuando levanto uno de mis
zapatos, a punto de volver a meter el pie, Pasha me agarra de la muñeca y
me quita la zapatilla. Muy lentamente, se agacha frente a mí y desliza la
zapatilla sobre mi pie. Sus dedos se mueven con gran precisión, amarrando
los cordones, mientras una lenta y divertida sonrisa se extiende por su
rostro.
—¿De repente me tiene miedo, señorita Llewellyn?
Trago.
—No. ¿Por qué tendría miedo de ti?
Mira a su alrededor, contemplando la vasta extensión de bosque y el
cielo que se inclina, y noto el pequeño agujero en el lóbulo de su oreja.
—Estamos aquí solos —dice—. No hay nadie en kilómetros. Si gritas...
nadie más que los leones de montaña te oiría, Luciérnaga. Nos han juntado
de una manera u otra, nuestras vidas han chocado de una manera muy
explosiva, pero... —Se gira para mirarme, con ojos ardiendo mientras alarga
su mano a por mí otro zapato. Se lo doy—. Me llama la atención, podrías
haber levantado la vista y visto a un hombre peligroso que no conoces muy
bien cerniéndose sobre ti, y eso podría haber sido un poco preocupante.
En parte está burlándose de mí, eso está claro, pero también hay un
bode de curiosidad en sus palabras. Está tratando de averiguar. Ver si estoy
a punto de levantarme y huir de él hacia los bosques salvajes, para no ser
vista nunca más.
Si soy honesta, cuando lo dice así, la situación en la que me encuentro
ahora parece un poco peligrosa. Cualquier mujer sensata probablemente se
sentiría un poco preocupada en este momento, al darse cuenta de lo alejada
que está del mundo, con solo un gran desconocido, de tres veces su tamaño
por compañía. Si me encontrara en esta posición con cualquier otro hombre,
creo que lo sentiría.
Sin embargo, Pasha no es ningún otro hombre. Puede parecer que es
parte de un club de motoristas. Puede maldecir más que tu marinero
promedio, y sus extensos tatuajes pueden darle una apariencia
amenazadora, pero no le tengo miedo. No en la forma que debería. He estado
perdida y sin rumbo durante mucho tiempo, tan segura de que se suponía
que debía estar en Spokane pero no estaba segura de por qué, y todo el
tiempo él estuvo allí, viviendo a pocos kilómetros de mí, respirando el mismo
aire, conduciendo por las mismas calles, observando la salida y puesta del
sol sobre el horizonte de la misma ciudad.
Ahora que lo he encontrado, Pasha se siente como volver a casa.
Extiendo la mano y coloco el lóbulo de su oreja entre mi pulgar e índice,
apretando suavemente.
—¿Usas un pendiente? —pregunto, inclinando mi cabeza hacia un
lado.
Agacha la cabeza, gimiendo un poco en voz baja. Su mano cubre
ligeramente la mía.
—Urgh. Solía.
—¿Como un pirata?
Su sonrisa transforma su rostro. Lo hace parecer libre, como si fuera
un chico normal de veintisiete años que sale con una chica que le gusta.
Joder, él es tan excesivamente caliente. Simplemente no puedo entender su
existencia.
—Como un gilipollas —dice, riendo en voz baja—. Debería haber sabido
mejor.
Aprovecho el momento. Sentándome hacia adelante, me acurruco en el
hueco de su cuello y aprieto mis dientes alrededor de su oreja, mordiéndolo
lo suficiente como para hacer que aspire sorprendido. Cuando libero la
presión y chupo en lugar de morder, los dedos de Pasha se hunden en mi
muslo, y su aliento caliente se desliza sobre mi cuello desnudo mientras
exhala con fuerza.
—Joder —susurra—. ¿Seguro que renunciaste a iniciar incendios?
El olor a humo de madera inunda mis sentidos, haciendo que sea difícil
pensar con claridad. Libero el lóbulo de su oreja y sonrío mientras le susurro
de nuevo.
—No tengo miedo de estar aquí contigo. Ni siquiera un poco.
Se inclina hacia atrás, con una sonrisa destructiva que haría que
incluso la mujer más inteligente se arrodillara.
—¿Entonces a qué le tienes miedo?
Me siento bastante presumida cuando me levanto, y por una vez, por
un corto, breve instante en el tiempo, soy quien se acerca a él.
—Cuando se trata de ti, alteza, no tengo miedo de nada. No tengo
ningún miedo.
El hermoso hombre con el cabello negro y espeso e hipnotizantes ojos
verdes me mira fijamente, sacudiendo lentamente su cabeza mientras
aprieta mis otros cordones.
—Bueno, mierda. No sé si debería estar orgulloso o realmente
preocupado por ti, Luciérnaga.

***

NUNCA PENSÉ en preguntarle a Pasha cuántos miembros de su familia


conforman el clan Rivin, pero a medida que caminamos por el bosque, Pasha
sigue un camino aparentemente invisible a través de los árboles, sobre las
cimas de las colinas, cruzando una pendiente de pedregal, y luego siguiendo
un tramo de río de rápidos, me siento obligada a descubrirlo. Cuando
expreso la pregunta, la respuesta de Pasha es un poco sorprendente.
—No lo sé.
Sólo parece que se está poniendo más frío; sacó un gorro de su mochila
aproximadamente tras medio kilómetro de caminata y ahora las puntas de
su cabello sobresalen bajo la descolorida lana roja, curvándose en las
puntas. Sigo pensando que no puede ser más atractivo, pero entonces saca
algo tan normal y de cada día como un sombrero, y por el amor de Dios, no
puedo dejar de mirarle. Su chaqueta de cuero, la dejó atrás en el Mustang.
Su reemplazo, una especie de chaleco negro, deja sus brazos tatuados bajo
las mangas de su camiseta desnudos contra el frío.
Me detengo, con las manos en mis caderas, el humo vibrando en mi
aliento mientras lo veo subir la cuesta empinada por delante de nosotros.
—¿Qué quieres decir con que no sabes?
Se detiene, también.
—Antes de irme, no habíamos hecho un recuento en mucho tiempo. La
gente tiene hijos. La gente muere. —Se encoge de hombros—. El número de
personas que viven en el campamento en algún momento es un poco fluido.
Aunque probablemente esté en algún lugar entre cuarenta y cincuenta.
Lo miro con los ojos entrecerrados, sacudiendo la cabeza.
—¿Cómo diablos hicieron cuarenta o cincuenta personas esta caminata
sin dejar un camino o algún tipo de marca?
—No la hicieron. Todas fueron en autobús.
Qué... mierda.
No acaba de decir lo que creo que hizo. No se limitó a decir la palabra
autobús. La ceja izquierda de Pasha se arquea dramáticamente.
—Parece que estás a punto de golpearme el cráneo con una roca.
Cierro mis ojos.
—¿Estás diciendo que... hay un autobús?
—No es un autobús como tal. Un servicio de transporte. Puede
transportar unas quince personas a la vez. Patrin hace algunos viajes para
transportar a todos.
—¿Y Patrin no pudo venir a buscarnos?
Pasha sonríe. Mira hacia el cielo, sus ojos entrecerrados mientras sigue
el camino de un pájaro distante a través del horizonte.
—Revisa tu celular, luciérnaga.
Lentamente, saco mi celular del bolsillo trasero. Es cierto que estoy un
poco horrorizada cuando miro hacia abajo a la pantalla y veo que no tengo
recepción. Ni una sola barra.
—Podría haberles enviado un mensaje antes que saliéramos de
Spokane. Hacerle saber que veníamos. Sin embargo, él no lo habría recibido.
Los móviles no son más que pesos de papel caros aquí afuera. Su mirada se
encuentra con la mía y guiña un ojo.
—¿Segura que ni siquiera estás un poco asustada ahora? —se burla.
Como una niña, le saco la lengua.
—No. No lo estoy. —Me niego a estarlo. No me permitiré estarlo. Tengo
que contenerme. También sé que no tengo nada que temer de Pasha.
Bueno... tacha eso. Tengo mucho que temer de Pasha. Es fácilmente capaz
de destruir mi corazón y a mí junto con él. Podría arruinarme para todos los
demás hombres (ya lo ha hecho, si soy sincera) y luego podría alejarse.
Podría abrirme como una tuerca como si trataba de hacer en el auto, tomar
todo lo bueno que encuentre en mi interior y no dejar nada más que una
cáscara hueca y vacía. Confío en que no lo hará, pero todo esto está dentro
de su poder.
Sin embargo, es incapaz de lastimarme. Físicamente. Nunca podría
causarme dolor corporal o permitir que alguien más lo hiciera. Juró que me
protegería, y sé que, por encima de toda razón, no romperá esa promesa. Sí,
estoy nerviosa como el infierno a medida que nos acercamos más y más al
campamento de Rivin, pero sé que él me mantendrá a salvo.
—Tan feroz. Tan determinada —dice Pasha en voz baja.
—Lamento decepcionarte. Estoy segura de que te gustan tus mujeres
un poco más sumisas y dóciles.
—Lejos de eso. Las mujeres que conceden a todos a su alrededor son
las criaturas más aburridas del mundo. Las mujeres que no tienen dos
células cerebrales para frotarse juntas son peores. Dame fuego cualquier
día. Dame una discusión furiosa si no estás de acuerdo conmigo. Sé más
valiente que yo. Sé jodidamente más lista que yo. Solo te amaré más por eso.
Seguimos un río mucho más ancho a lo largo de un terreno en ascenso
hasta que llegamos a la cima de una colina y llegamos a una cascada
rugiente y agitada. La columna de agua es magnífica, ensordecedora, y la
fina neblina que impregna el aire se adhiere a mi cabello y las cuentas en el
gorro de Pasha como el rocío de la mañana. Se ofrece a llevarme a través del
agua cuando me dice que tenemos que cruzar la corriente creciente, pero
sacudo la cabeza. El agua solo llega hasta la mitad de mis espinillas, y
además... no voy a dejar que piense que me preocupa mojarme un poco.
Una vez que estamos al otro lado, bajamos por un profundo barranco,
mis zapatillas empapadas, el agua del río se mete entre mis dedos, y nos
encontramos en la génesis de una meseta ancha y plana, bordeada por
árboles de abeto. En la distancia, el campamento de Rivin es visible,
enclavado en un codo del río. Sin embargo, antes de poner los ojos en los
carros pintados de brillantes colores y en los destartalados remolques,
puedo oler el humo de sus fogatas. Puedo escuchar la risa estridente y
vertiginosa de los niños.
La cautela tira de mí. Sé cómo la gente Roma ve a los forasteros ahora.
Los gadjes están mal vistos. Su negocio puede mantener la Feria de
Medianoche a flote, poniendo comida en la mesa para la familia de Pasha,
pero su presencia es muy resentida. Un mal necesario. Si fuera por Shelta
y el resto del clan, no tendrían que lidiar con los gadjes en absoluto. ¿Tener
un gadje en su campamento? Ya sé cuán bien les va a caer esa mierda.
Pasha debe sentir mi vacilación. Su brazo se enrosca alrededor de mi
cintura, su mano descansa tranquilizadora en mi cadera, y el calor que
irradia de él corta todo el camino a través de mi suéter, ahuyentando el frío
y algo de mi duda al mismo tiempo.
—No hay necesidad de estar tan sombría. No estás enfrentando el día
del juicio final.
—Fácil para ti decirlo.
—Voy a arriesgarme y diré que quiero estar aquí mucho menos que tú.
—La voz de Pasha es baja y sonora, como siempre, enviando profundas
vibraciones al núcleo de mi cuerpo, pero hay una estrechez a ella. Una
marca de su propia vacilación. No sé qué planea hacer una vez que
lleguemos al campamento. No he hecho la pregunta, demasiado asustada
por su respuesta, pero realmente no parece que quiera reunirse con su
familia—. Haremos esto lo más rápido posible —dice—. Regresaremos a la
ciudad y encontraremos a Sarah. Lo prometo.
Pero, cuando comenzamos la caminata final hacia el campamento, un
temor se asienta sobre mí en cada paso cansado. ¿Volveremos a tiempo?
¿Podremos volver a contactar con Lazlo? ¿O llegaremos demasiado tarde?
Pasha
Shireen es la primera que nos ve. La mujer de Patrin está en el río, a
solas, cuando mira hacia arriba y nos ve en la distancia. Todavía está
bastante lejos, pero sé que es ella; el cabello rubio ardiente, casi blanco es
un claro indicativo. Se pone de pie, protegiendo sus ojos del sol mientras los
entorna en nuestra dirección, y Zara se tensa. La tomo de la mano y aprieto.
—Sólo respira, Luciérnaga. Te va a dar un jodido ataque al corazón.
Se ríe, haciéndome una mueca, pero no soy estúpido. La forma en que
agarra mi mano, sus dedos clavándose en mi piel, es suficiente evidencia de
que está nerviosa. Shireen no se gira y llama a los otros. Se inclina hacia
abajo y desaparece de la vista.
Al llegar a la orilla pequeña y arenosa al lado del río, ella está inclinada,
cogiendo agua en un gran recipiente de cuatro galones, los puños de su
chaqueta de punto masiva de color beige cayendo al agua. Sus pies están
descalzos, sumergidos en el agua, y su piel parece como que está volviéndose
azul bajo la clara y ondulada superficie del río.
No levanta la vista de su tarea.
—Me imaginé que aparecerían mañana —dice—. Connie estará
molesta. No ha tenido tiempo de hacer su salmaia todavía. Nunca a tiempo,
¿verdad, Pasha? Siempre demasiado pronto. Siempre demasiado tarde. —
Niega mientras se pone de pie, levantando el enorme contenedor, y un
segundo después estoy allí, de pie junto a ella en el río, el agua corriendo
alrededor de mis tobillos mientras tomo el contenedor de ella, aliviándola de
su peso.
Sonríe, sus dientes destellando cuando finalmente se da vuelta y me
enfrenta. Siete años más que yo y tan mandona como la gallina madre,
siempre he considerado a Shireen la hermana mayor que nunca tuve.
También sentí jodida pena por ella puesto que finalmente cedió y aceptó
casarse con Patrin. Su piel es tan pálida que es luminosa, como la leche y
la porcelana. Sus ojos son de un azul tan claro, que casi no tiene color. Pone
sus manos en mis brazos y me abraza, el recipiente aplastado entre nuestros
cuerpos mientras se ríe en alto en mi oreja.
—Bastardo —dice—. Tres años. ¿Hemos perdido tres malditos años, y
te ha tomado cuatro meses adicionales volver a casa? Debería hervir tu
cabeza.
Por primera vez, experimento algo cercano a la culpa. Podría haberme
puesto en contacto con Shireen y hablado con ella al menos. Con Connie.
Con Archie. No odio a ninguna de estas personas. Malditamente les amo,
pero la vida que tengo que vivir con ellos, la responsabilidad, los sacrificios
que tendría que hacer para guiarles…
—Lo siento, Stafie. No puedes hervirme vivo aún. Dame una semana y
podrás hacerlo, sin embargo. ¿Vale?
Ella me fulmina con la mirada —ante el uso de su apodo— entonces
me golpea con su cadera, señalando con su barbilla por encima de mi
hombro.
—Veo que tu tiempo fuera no ha mejorado de ninguna forma tus
modales. ¿Vas a dejarla allí parada como si fuera la tercera rueda, o nos vas
a presentar?
Me siento como un jodido adolescente mientras me giro y sostengo mi
mano hacia Zara. Esta es una nueva experiencia para mí. Como, por
estrenar. El número de chicas que he traído y presentado al clan es un gran
cero por una jodida buena razón. No podía decir cómo iba a reaccionar el
resto de mi familia ante el hecho de que he traído a una mujer gadje conmigo
a casa, pero no me preocupa Shireen. Con ella, al menos, puedo saber que
será civil y amigable, lo cual hace que mi estómago se gire un poco. Me he
preparado tanto mental como físicamente para la pelea que tendré en mis
manos cuando le diga a la gente que planeo unirme a Zara. Pero no he
pensado mucho en qué haré o cómo me sentiré si ninguno de ellos la acepta,
y me deja un poco paralizado la manera en que Shireen se acerca y sonríe
ampliamente, ofreciendo su mano.
—Vas a tener que perdonarle —dice, guiñándole un ojo a Zara—. Es
una bestia salvaje como un niño. Un pequeño cachorro de lobo. Siempre lo
ha sido. Soy Shireen. Es un placer conocerte.
Zara acepta su mano, agitándola. Su ceño se frunce un poco.
—Lo mismo digo. Soy Zara. Lo siento, pensé... —Ella echa una mirada
confusa de mí a Shireen—. ¿Creo que Pasha te llamó Stafie?
Shireen hace una demostración gruñendo por lo bajo.
—Eso es sólo que mi hermano es un idiota. Stafie es un apodo. Uno
desagradable, encima.
Pego una mano contra mi pecho, fingiendo horro.
—Nunca sería desagradable contigo.
Ella pone sus ojos en blanco.
—Sí, sí. Estás lleno de mierda. Soy tan pálida, Zara, que nuestra familia
me llama Stafie a la espalda. Significa fantasma. O vampiro. Algo en el
medio. No llega a strigoi. Piensan que no sé cómo me llaman, y yo les sigo el
juego. Pasha, aquí, piensa que es divertido llamarme así a la cara, sin
embargo.
—Oye. Demándame. No me creo en llamar nombres a las personas
detrás de su espalda.
Ella sonríe con dulzura.
—Ni yo, hermano pequeño. Es por eso que te llamo idiota a la cara.
—Touché.
Zara sonríe ante nuestro intercambio fácil, y por un momento de
felicidad, increíble, todo es normal. Ningún jodido asesino loco
chantajeándonos. Ningún niño muerto. Nada de trabajos perdidos, ni
primos en la cárcel por robo a mano armada, ninguna tía, que siempre has
creído muerta, secuestrada. Así debe ser cómo se sienten los tipos normales
que llevan a chicas a casa para conocer a sus amigos y familia: un poco
raro. Un poco incómodos. Un poco aterrorizados. Pero también un poco
emocionados. Estoy inesperadamente orgulloso de Zara. Orgulloso de estar
parado a su lado ahora. Esta mujer valiente, divertida, inteligente, lista y
hermosa que ha escogido estar a mi lado, pese a que las posibilidades están
contra nosotros, y el mundo parece determinado a empujarnos a los dos
juntos y a separarnos al mismo tiempo y eso se siente… joder, se siente
increíble.
—Estás nerviosa —dice Shireen, sonriendo a Zara—. No te culpo. Pero
eres fuerte. Puedo ver eso. Muéstrales que eres fuerte. Mantén esa barbilla
bien alta. Sé feroz. No te acobardes, y te aceptarán sin preguntas.
Joder, podría abrazar a muerte a Shireen en este momento. No necesita
hacer esto. Le he dicho a Zara lo mismo, que todo va a estar bien si sólo
atraviesa la tormenta, pero probablemente significa mucho para ella
escuchar el mismo consejo de otra persona. Otra mujer. Un miembro de mi
familia que no sea yo.
Zara asiente lentamente, mirando hacia abajo a sus zapatos.
—Gracias. No habrá ningún problema, sin embargo. Sé lo que estoy
haciendo. Tengo esto.
Shireen sonríe, unos hoyuelos formándose en sus mejillas. Se ve
encantada por las fogosas y determinadas palabras de Zara. Sin embargo,
cuando ella me mira, sus ojos brevemente aterrizan sobre los míos antes de
que rápidamente su mirada se aleje, reconozco el silencioso mensaje que me
envía:
Dios bendito y todos los ángeles en el cielo, Pasha Rivin. Espero que
sepas malditamente lo que estás haciendo.

***

Zara
—¡Pasha!
—¡Pasha está aquí!
—¡Está de vuelta!
Un coro de murmullos excitados se levanta a nuestro alrededor al
entrar en el campamento. Numerosos fuegos queman delante de la vardos
que Pasha mencionó —brillantemente pintados, vagones coloridos con
techos inclinados, decorados con pequeñas hojas y flores. La mayoría son
rojas, sus tallos de un oscuro verde imperecedero. Los aleros salientes,
creando una especie de porche sobre las estrechas escaleras, que están
apoyadas contra las puertas de los vagones, casi todas pintadas de un rico
color crema. Mientras que los esquemas de colores son prácticamente
idénticos, cada vardo es diferente de alguna manera. Único por derecho
propio. Un pequeño y redondo ojo de buey en una. Una gran claraboya en
otra. Una forma más cuadrada y como de caja en un par de ellas, mientras
otras son más curvadas y circulares en su diseño. Son todo lo que imaginé
que serían —tan gitanas que siento que estoy caminando en algún tipo de
libro de cuentos.
Lo que no esperaba, sin embargo, son los remolques regulares.
Winnebagos. Airstreams. Un VW brillante de color amarillo —uno de los
modelos con veintisiete ventanas, en condiciones prístinas. La cosa
probablemente valga cerca de un centenar de los grandes por sí sola. En el
otro extremo del campo, dos remolques dobles, de lado a lado, se ciernen
sobre el asentamiento, con humo saliendo de la chimenea en la parte
posterior de la improvisada estructura. Los niños entran y salen de entre los
vardos y los remolques, bordeando los fuegos, persiguiéndose en un juego
loco de etiquetas mientras sus padres paran todo lo que están haciendo, sus
conversaciones muriendo en sus labios mientras todos se giran a mirarnos.
Pasha desliza su brazo alrededor de mi cintura, jadeando en voz baja,
y me doy cuenta de que yo también estoy mirando y mi boca está abierta.
—¿No era lo que esperabas? —pregunta. Sus ojos, tan, tan verdes en
este momento, verdes como el laurel, y el musgo, y el mirto, son brillantes,
y no puedo descifrar la emoción que veo dentro de ellos. ¿Orgullo? ¿Temor?
¿Preocupación? Podría ser cualquiera de estas cosas. Podría ser las tres
cosas.
—No sé lo que esperaba —contesto, la verdad sonando alta y clara en
cada palabra—. He estado demasiado preocupada para realmente esperar
algo. —En el otro extremo del campo, reconozco a Patrin saliendo del
remolque doble, llevando sólo una camiseta negra de Pogues y pantalones
—claramente, como Pasha, no siente el frío tampoco. El hombre alto y de
aspecto sombrío irradia un aire de tristeza tan potente e intenso que puedo
sentir su descontento conmigo abrasándome como una marca desde los
veinte metros de distancia.
—No te preocupes por ese idiota —dice Shireen, mientras llega a mi
lado, tirando de un par de guantes gruesos, de trabajador gastados del
bolsillo trasero de sus pantalones vaqueros y poniéndolos sobre sus
manos—. No va a decir una mala palabra. No si sabe lo que es bueno para
él.
Pasha se ríe, fuerte y descarado, el sonido de su obvia diversión
enviando una cálida caricia por mi espalda, entre mis hombros; Patrin debe
saber que estamos hablando de él, porque el ceño en su frente se frunce
exponencialmente. Se gira, a punto de abrir la puerta a la doble, pero se
abre antes de que siquiera pueda asir el mango, y entonces Shelta está ahí,
vestida en negro, demasiado delgada, su pelo en un moño, su cara furiosa,
la encarnación misma de un mal presagio.
Pasha maldice coloridamente en voz baja. Por mucho que me siento
intimidada por la adivina, me siento desesperadamente apenada por su hijo.
Mi propia madre no era de las que daban cálidos abrazos, ¿pero haber tenido
una mujer así cuidándote cuando eras niño? Jodidamente brutal.
—De acuerdo, entonces. Es hora de mover el barco —murmura en voz
baja con tristeza.
Con cansancio, Shireen suspira.
—Pash, vas a hundir el condenado barco esta vez. Espero por ustedes
que ambos sean buenos nadadores.
Pasha
—SABES, casi hice que le cortasen la lengua a Patrin. Vino a mí y me
dijo esta... esta mentira, pero no le creí. No creí que fueras tan estúpido. Que
me desobedecieras directamente de una manera tan flagrante.
Dentro de la sala de reunión, mi madre camina arriba y abajo frente a
la estufa de leña, con las manos en las caderas, ojos enfurecidos
azotándome cada vez que me mira. Todavía no ha mirado a Zara. Cuando
se atreva a desviar su mirada malévola en dirección a Luciérnaga, habrá
graves problemas.
—He estado esperando que recobres tus sentidos. Cleo y Bonnie dijeron
que no me decepcionarías así. Respondieron por ti. Te llamaron un buen
hijo Roma. Dijeron que ibas a volver con nosotros y hacer lo correcto, y les
creí. —Se burla—. ¿Cuán estúpida me veo ahora? —Con la cabeza inclinada
hacia atrás, la barbilla levantada, el pecho subiendo y bajando demasiado
rápido, finalmente detiene el ritmo y prácticamente anuda sus brazos sobre
su pecho, como si la piel y los huesos de sus extremidades fueran lo
suficientemente fuertes como para formar una barrera impenetrable entre
nosotros.
—Sabes que ella es de quién nos advirtió tu abuela, ¿verdad? Esa chica
es la que dijo que destrozaría a esta familia y te alejaría de nosotros para
siempre.
Nunca he sido tan bueno manteniendo la cabeza fría. En la escuela
secundaria, solía tener que apretar mis nudillos contra la pared de ladrillo
detrás de la cantina para atemperar la rabia dentro de mí. Si no extinguía
la ira con dolor propio, me encontraba extinguiéndola con los demás, y eso
nunca terminaba bien. Detención. Suspensión. No me importaba el castigo
que imponían cuando rompía las reglas. Lo que me importaba era el juicio
en sus ojos. Los maestros, los administradores, los otros niños, sus padres:
todos habían tomado una decisión acerca de mí antes de conocerme. Cada
vez que golpeaba los dientes de un niño o lanzaba una silla en un aula,
confirmaba sus sospechas y justificaba sus prejuicios.
Tomó un serio esfuerzo, pero cuando llegué al tercer año ya era un
estudiante modelo. Sin peleas. Sin maldiciones. No robaba, rompía o
causaba estropicios. Estudié, trabajé duro y superé a cada uno de esos hijos
de puta. Habían esperado que deshonrara la escuela con mi cuestionable y
maliciosa herencia, pero al final todo lo que hice fue dejarles con un sabor
amargo en la boca, el sabor de su propio fanatismo de mente estrecha.
¿Cuántas oportunidades he tenido de enfadarme desde la secundaria?
Ni siquiera sería capaz de adivinar el número. Me he liberado, y he usado
las peleas para contener mi ira, y en su mayor parte el sistema que he
desarrollado funciona. Cuando los problemas vienen a buscarme, me volteo
hacia el otro lado. Cuando alguien tiene un problema conmigo y quiere usar
sus puños para sentirse mejor al respecto, resuelvo el asunto con ellos
dentro de la jaula, donde al menos puedo ganar algo de dinero con su
deslumbrante estupidez, o les digo que se vayan a la mierda.
Me han golpeado y empujado, se han reído de mí, me han amenazado,
antagonizado y provocado, y nunca he perdido la calma. Pero ahora mismo,
apenas estoy en control. El control sobre mis emociones se está debilitando
con cada segundo que pasa, mis nervios se desgarran. La bestia enjaulada
dentro de mí quiere salir, está sacudiendo los barrotes en su prisión, y estoy
tan cerca de decir que lo jodan y dejarla salir.
Y todo por culpa de mi maldita madre.
—No es una chica —murmuro en voz baja—. Es una mujer. Se llama
Zara y merece tu respeto.
Shelta se detiene. Tiene el aspecto de una nube de tormenta a su
alrededor, gris, oscura y siniestra, a punto de desatar el infierno.
—¿Respeto? ¿Quieres que la respete?
A mi lado, Zara se eriza. Está mirando hacia abajo a sus zapatos
embarrados, balanceándose hacia adelante y hacia atrás sobre las puntas
de sus pies, sus ojos brillando con indignación. Todo lo que quiero hacer es
tomar su mano y largarnos de aquí, pero eso no va a suceder. No puede
pasar hasta que hayamos llegado al fondo de todo esto, tenemos que estar
aquí, y tenemos que tratar con Shelta. Suspirando, me muerdo la punta de
la lengua y me tomo un segundo para respirar.
—Estaría bien, pero no soy estúpido. Sé que sería imposible. No
respetas a nadie ni a nada.
Ella niega, su pelo espeso, con rayas grises, rozando la parte superior
de sus hombros.
—Como de costumbre, te equivocas. Respeto a esta familia. Respeto
todo lo que hemos construido juntos a lo largo de los años. Respeto nuestra
cultura y nuestra herencia. Tú eres el que tira todo eso a un lado, debido a
una gadje whore que no sabe nada de ti o de tu gente.
Zara deja de moverse sobre sus talones. Es una estatua viviente y que
respira, sus ojos fiados en las tablas de madera bajo sus pies.
Gadje whore.
Las palabras han sido comidas por un grueso silencio que ahora llena
la sala de reuniones, pero no puedo no escucharlas. No puedo evitar que se
repitan viciosamente como el eco de una pistola dentro de mi cabeza.
Apuesto a que el odio y la crueldad de las palabas de mi madre están ahora
repitiéndose una y otra vez dentro de la cabeza de Zara, también. Miro a
Shelta —la espalda totalmente recta, fríos ojos de acero, las aletas de la nariz
elevadas, arrogancia y orgullo saliendo de ella como humo— y por primera
vez en mi vida, de verdad quiero golpear a una mujer.
No lo haré.
Nunca lo haría.
Pero joder si no se lo merece.
La resolución de Shelta parece flaquear cuando la miro fijamente; la
conozco mejor de lo que ella cree que me conoce. Está esperando que me
lance contra ella en un torbellino de ira y puños, pero estoy más allá de esa
mierda. Una vez más, la estoy decepcionando. Si dejo que mi temperamento
saque lo mejor de mí y lo dejo salir, si le hago daño, entonces ella se
convertirá en la víctima justa, y cumpliré el papel que indudablemente me
asigna: el papel de un hijo brutal, impredecible e imprevisible.
Zara me mira por el rabillo del ojo, su cabello castaño rojizo se vuelve
claro y dorado a la luz del invierno que entra por el tragaluz sobre nuestras
cabezas. Está claramente molesta, pero su rostro está lleno de resolución.
No reacciones. No respondas. No le des lo que quiere.
Ella es jodidamente increíble.
Me doy la vuelta y me agacho para recoger un par de trozos de leña de
la cesta de mimbre junto al quemador de leña. El mango de metal resuena
con calidez cuando abro la pequeña rejilla de la parte delantera del
quemador y tiro los troncos hacia adentro, avivando el fuego con lo largo de
la tubería de acero que está apoyada contra la pared, claramente utilizada
como póker.
—La presencia de Zara aquí no es negociable —digo—. Ella no irá a
ninguna parte, y yo tampoco. No durante las próximas cuarenta y ocho
horas, de todos modos.
—Si vas a ser coronado...
—Tengo que ser coronado.
Ella se ve sorprendida. Parpadea un par de veces antes de decir.
—Me alegra saber que has visto la luz. Todos los demás estarán
encantados, también. ¿Puedo preguntar qué cambió tu opinión?
Mis dientes se sienten como si estuvieran a punto de romperse cuando
cierro la rejilla del quemador y me enfrento a ella nuevamente.
—¿Hay algo que quieras contarme sobre mi destierro? Cualquier… —
Me encogí de hombros—. ¿Alguna información pertinente sobre mi crimen
que pudieras haber omitido en ese momento?
—Por favor, Pasha. Crece. No tengo ni idea de qué estás hablando.
Mentirosa.
Mentirosa.
Mentirosa.
La acusación late a través de mí con cada latido de mi corazón.
—Bien. Tres años fue un destierro bastante largo. Por acabar con la
vida de un violador. Por proteger a los niños del clan.
Shelta pone los ojos en blanco.
—Jesús. Realmente te mimé demasiado de niño, ¿verdad? Tres años no
es nada. Eras libre de ir a dónde quisieras. Podías hacer lo que te placiera.
¿Cuál crees que hubiera sido tu sentencia si hubieras sido juzgado en un
tribunal de justicia gadje? Te habrían arrojado a una celda, cerrando la
puerta tras de ti y tirando la llave.
—¿Habrían hecho eso si no hubiera matado a nadie en realidad? —
pregunto. Espero por ello. La sombra en sus ojos. La expresión aturdida que
revolotea en su cara. El momento en el que veo la verdad: ella sabía que
Lazlo no murió en mis manos en absoluto. Sin embargo, ese momento no se
muestra en su cara. Son sus manos las que la delatan. Ambas se curvan
por reflejo en puños, mi madre apretó tan fuerte que sus nudillos se
pusieron blancos y sin sangre. Aparte de esto, su compostura permanece
completamente intacta. Es una jodida profesional en esto. Si hubiera
parpadeado, si me hubiera perdido el momento en que se tensó, entonces
podría creer que no sabía que Lazlo ha sobrevivido cuando dice—. Pasha,
no estoy segura de cuál es el punto de esta conversación, pero mataste a un
hombre. Fuiste el responsable de la muerte de alguien y fuiste castigado de
acuerdo con nuestras tradiciones y nuestras creencias. Eso es todo al
respecto.
—Si eso es cierto, entonces por favor. Ilumíname. ¿Cómo diablos pudo
Lazlo haber irrumpido en la casa de un jefe de la mafia rusa hace dos
semanas, haber raptado a un niño de cinco años y asesinarle? ¿Y CÓMO
PUEDE SER QUE ACABE DE RAPTAR A KEZIA?
Mi voz hace eco alrededor del salón de reuniones, sonando cada vez
más furiosa con cada repetición. Shelta se tambalea hacia atrás, blanca
como una sábana.
—¿Qué? ¿De qué diablos estás hablando? No puede haber secuestrado
a Kezia. Eso no es posible.
Su declaración murmurada me dice mucho. No ha negado de nuevo el
hecho que dos personas que se suponía que estaban muertas están muy
vivas. No negó haber estado mintiéndole a su hijo y a su clan durante
malditos años. Tampoco parece sorprenderse de que un niño haya sido
secuestrado y luego asesinado. Lo único que parece desconcertarla es la
mención de que, de alguna manera, Lazlo tiene a Kezia.
Zara entrecierra los ojos hacia Shelta, dando un paso adelante.
—Lo sabías, ¿verdad? Cuando llegué a la feria y te pregunté por Corey,
sabías que ese cabrón lo tenía.
Shelta desata una carcajada mordaz.
—No seas ridícula.
—O al menos lo sospechabas. Por eso mantuviste esa fotografía de
Corey. Querías hacer tus propias preguntas. Descubrirlo por ti misma.
Mi madre ha mantenido la ilusión de que Zara ni siquiera está aquí
desde que entramos en la sala de reuniones, pero ahora deja la pretensión.
Se gira hacia ella, sus ojos estrechados en líneas llenas de odio.
—No vienes aquí y me hablas así. Ni siquiera te diriges a mí. Sal.
Muchas personas vacilarían bajo tal escrupuloso escrutinio. Muchos lo
han hecho, entre los que me incluyo, cuando era mucho más joven. Pero no
Zara. Se endereza, devolviéndole la mirada a Shelta, y resopla por la nariz.
—Podrías haber hecho algo. Podrías haber dicho algo. Incluso si sólo
fuera una sospecha, podrías haber actuado. Podrías haberlo salvado, pero
no lo hiciste. Me echaste, y ese niño pequeño murió. Su sangre está en tus
manos.
Zara es juez y jurado. Es la justicia del infierno, y está lloviendo sobre
la cabeza de mi madre. Shelta simplemente se queda allí, mirándola
boquiabierta como si mi Luciérnaga gloriosa, asombrosa e impresionante
hubiera aparecido, se hubiera materializado de la nada y tuviera la audacia
de hablarle como si fuera algo desagradable que acabase de raspar de la
parte inferior de su zapato .
—Podrías pensar que le conoces. —Los ojos de mi madre se lanzan
hacia mí, afilados como cuchillos; y revolotean de regreso a Zara—. Pero no
tienes ni idea de en qué te estás metiendo ahora mismo. No tienes la primera
idea de lo complicado que es esto. Y si crees que estás a salvo aquí, solo
porque Pasha te trajo aquí, entonces estás muy equivocada. No importa lo
que te prometió. No importa si él juró que te protegería. No eres bienvenida
aquí, y sentirás muy pronto cuán verdad es lo que digo. Mi consejo para ti...
—Puedes quedarte con tu consejo. No lo necesito.
La cabeza de mi madre se mueve hacia atrás; sus ojos son salvajes,
llenos de una furia aturdida que, en todos mis veintiocho años en este
planeta, nunca antes había visto en su cara. Manchas gemelas de color rojo
se forman en lo alto de sus pómulos. Una vez más, me mira, nerviosa, y me
doy cuenta de que la mujer está avergonzada. Está jodidamente mortificada
porque yo estuviera aquí para presenciar esto. Por el amor de Dios. La mujer
realmente está engañada si piensa que todavía la veo como una especie de
deidad todopoderosa que debe ser respetada y obedecida. No la he obedecido
en mucho tiempo. La he respetado por mucho menos que eso.
Sofoco una carcajada mientras Zara se acerca a Shelta. Hay una pelea
en los ojos de mi Luciérnaga, y estoy muy feliz de no estar en el extremo
receptor de su ardiente mirada; Shelta se desplaza incómoda cuando la
gadje pelirroja por la que he roto todas las reglas se pone ante ella.
—Tienes razón. No sé mucho acerca de tu hijo, pero sí sé esto. Me
preocupo por él. Me siento atraída por él. He estado... —Mira hacia el techo,
sacudiendo la cabeza—. He estado encontrando mi camino hacia él durante
mucho tiempo. Lo quiero, y no voy a permitir que nadie, y menos tú, se
interponga entre lo que quiero y yo. Eso va también por mi carrera. Sí, es
cierto. Encontré tu pequeño regalo. —Zara desliza su mano en su bolsillo y
saca un pequeño pedazo de tarjeta: La Emperatriz. La hoja de oro atrapa la
luz de la sala de reuniones y arde en la mano de Zara por un segundo. Al
momento siguiente, la carta de tarot desapareció, tal y como mi abuela
predijo antes de morir, está flotando para aterrizar a los pies de Shelta.
Mi madre se tambalea hacia atrás, inestable, como si la carta del tarot
estuviera a punto de explotar y tomarla por los tobillos.
—¿Qué demonios estás haciendo? —Sisea—. ¿Por qué demonios
trajiste eso de vuelta aquí?
—Te pertenece, ¿verdad?
Shelta patea la carta del tarot, y la Emperatriz se desliza por el piso de
la sala de reuniones, desapareciendo bajo un gran escritorio caoba.
—Una vez que dejó mi baraja ya no podía volver. La carta está atada a
ti ahora. Debería estar contigo.
—Entonces está bien que esté aquí. Porque no me voy a ninguna parte
—dice Zara. Su voz es limpia y alta. Llena de desafío. Sus palabras hacen
eco alrededor de la sala, repitiéndose en un bucle, y Shelta se vuelve gris.
—Eres como ella —dice ella—. Demasiado testaruda. Demasiado
descarada. Demasiado fuerte y obstinada. Kezia nunca supo cuándo
mantener la boca cerrada.
He permitido a Zara manejar la situación, decirle todo lo que necesita
a Shelta, pero ahora no puedo evitarlo. Tengo que hablar.
—¿Entonces no niegas que mi tía está viva? ¿Que no está muerta?
Ella me mira con ojos fríos y duros. Sus labios, se aprietan en una línea
delgada y, no se separan.
—Maravilloso. ¿Cómo diablos pudiste mentirnos a todos por tanto
tiempo? O… —resoplo. Suena a risa, pero no lo es. Lejos de ello. Es
frustración. Enfado. Incredulidad—. O tal vez no. Tal vez no les mentiste a
los demás. Me mentiste, ¿verdad, mamá?
—No seas tan mártir —susurra mi madre—. Eras demasiado curioso
de niño, Pasha. Preguntas incesantes, todo el tiempo. Preguntas
interminables. Eras exasperante. Si hubieras sabido que Kezia estaba viva,
habrías querido saber dónde estaba. Por qué ella ya no viajaba con nosotros.
Por qué no quería ningún trato con la mujer. Qué había pasado entre
nosotras. Por qué no nos visitaba. Una y otra y otra vez. Habría sido
demasiado. Entonces sí. Te dije que estaba muerta. Y a todos los efectos, te
decía la verdad. Tu tía está muerta. Muerta para el clan rivin. Fue desterrada
permanentemente. Si hubieras hecho lo que te dijeron, nunca lo hubieras
sabido.
—¿Puedes realmente escucharte en este momento? ¡Estás tratando de
culparme por alterar el equilibrio, cuando eres la que me ha mentido
durante toda mi puta vida! Necesitas ayuda. Ayuda profesional. Maldita sea.
Shelta es de mármol. Inmovible. Una criatura rígida, insensible.
No mueve ni un músculo cuando dice.
—Podríamos hacer esto todo el día, pero seamos sinceros. Estoy segura
de que todos tenemos mejores cosas que hacer. Y la luz se está
desvaneciendo. Será mejor que te marches ahora si quieres llegar al
estacionamiento antes del anochecer. Di lo que viniste a decir y vete. Los
dos.
Una mancha negra y aceitosa sube por mi garganta, sabe a venganza.
Sabe a desierto. Lamentablemente, también sabe a amarga traición. Me
muerdo la lengua mientras sacudo la cabeza lentamente. Está en lo
correcto. Era un niño inquisitivo. Tenía muchas preguntas sobre el mundo
y un ardiente deseo de aprender todo lo que había que saber sobre las
personas. Tampoco ha cambiado mucho desde entonces. Todavía tengo
preguntas. Tantas.
¿Cuándo fueron mal las cosas para mi madre? ¿Qué le pasó para
hacerla tan despiadada? ¿Nació de esta manera, o se transformó en esta
perra mentirosa, despiadada y calculadora con el tiempo? busco en mis
recuerdos, tratando de recordar un solo momento en mi juventud donde ella
quizás hubiera sido más suave. Mostrado un poco de amabilidad. Sonreído
incluso. Pero… no encuentro nada. Mierda. Hablando de deprimente.
—Como dijo Zara, ella no va a ninguna parte. Y yo tampoco. Nos
quedaremos aquí por la noche. Deberías estar feliz, Shelta. Te estoy dando
lo que querías. Seré rey, si la gente me quiere.
Una luz victoriosa cobra vida dentro de los ojos de mi madre. Está feliz
ahora, porque cree que me estoy rindiendo. Sin embargo, está tristemente
equivocada.
—Las cosas van a cambiar por aquí —digo rotundamente—. Todo va a
cambiar, madre.
Su chispa de triunfo se desvanece.
—¿Qué significa eso?
—Estoy seguro de que lo descubrirás pronto.
La boca de Shelta se abre. La cierra de nuevo, tan rápido y tan fuerte
que escucho sus dientes juntarse desde el otro lado del salón.
—Me odias entonces. Debes hacerlo, si estás dispuesto a echarme esto
descaradamente en mi cara. Si estás planeando quitarme todo.
La miro. Realmente la miro. Cuando era niño, ella era una fuerza tan
grande como para ser considerada. Tan fuerte. Tan poderosa. Ahora veo que
nunca fue fuerte. Estaba más enfadada que todos los demás. ¿Y el poder
que irradiaba, inspirando a todos a su alrededor a inclinarse ante su
voluntad y sus deseos, obedeciéndola en todo? Ése poder nunca fue
verdaderamente suyo. Simplemente era prestado, y ahora puede sentirlo
escapando de ella, desapareciendo en el éter.
Hablo en voz baja cuando tomo la mano de Zara y la guío fuera de la
sala de reuniones.
—No te odio —digo por encima de mi hombro—. Jodidamente, te
compadezco, Shelta. Hay un mundo de diferencia.
Zara
TAN PRONTO como la puerta de la sala de reuniones se cierra, agarro
la mano de Pasha y la aprieto, usándola como un ancla. Necesito algo para
mantenerme enraizada en el suelo. Para mantenerme cuerda. Nunca he
estado tan enojada en toda mi vida. En el pasado, tuve que lidiar con un
montón de mierda que me llevaron al punto de ver rojo, pero este
intercambio con Shelta... Nunca antes tuve que enfrentar a una persona tan
hostil, terrible... simplemente mala. Dudo que muchas personas lo hayan
hecho. La ira pura que desaparece dentro de mi cabeza hace que sea difícil
respirar adecuadamente.
—Lo sé —dice sombríamente Pasha en voz baja—. Es una ley en sí
misma. No puedo creer que mintió sobre Kezia. Y no parecía importarle que
Lazlo la tuviera ahora mismo. Oye estás bien. Luces un poco... desubicada.
Se vuelve hacia mí, todo preocupado, su mano libre se levanta para
apartar un mechón de cabello de mis ojos; quiero lanzarme a sus brazos,
enterrar mi cara en su camisa y jodidamente gritar hasta que todo el enfado
haya salido de mí, pero no puedo. Sería totalmente inapropiado, ya que
parece que hemos atraído una multitud durante el tiempo que estuvimos
dentro con la adivina del clan.
Casi salgo de mi piel cuando miro por encima del hombro de Pasha y
me doy cuenta de la multitud de personas que están allí, todas mirando,
esperando, susurrando entre sí detrás de sus manos o directamente en los
oídos de otro. Mujeres viejas; ancianos nudosos y viejos; mujeres con ojos
saltones, rebotando a bebés en sus caderas; hombres con chalecos,
sudaderas, camisetas; camisetas de fútbol; un puñado de muchachos
jóvenes, adolescentes, agrupados, mirando a Pasha con sonrisas de emoción
en sus caras: parece que todos han salido para presenciar el regreso del hijo
pródigo. Los niños chillando corren entre la multitud, riendo y tirando de la
ropa de los otros mientras se persiguen, ajenos a la tensión que ha caído
sobre el campamento.
Puedo sentirla, espesa como la miel, pero no tan agradable: estas
personas están en conflicto. Es muy obvio que están felices de ver a Pasha
otra vez, ¿pero a mí? Hmm, no tanto. Pasha lanza una mirada sobre su
hombro y se pone rígido cuando ve a su familia, a su gente, todos alrededor
de un gran fuego que alguien debe haber encendido mientras estábamos
dentro.
—Ah, joder —siseó en voz baja—. Esperaba que esto no fuera una...
cosa.
La gente se separa, despejando un camino estrecho, y emerge un
hombre vestido de negro de pies a cabeza. Es Patrin. Su expresión es oscura
y poco acogedora por decir lo menos. El bastardo parece que acaba de
tragarse una abeja y le está picando el interior hasta la garganta. Cuando
llega al frente del grupo, asiente con la cabeza a Pasha, y puedo decir que
está haciendo todo lo posible para evitar mirarme.
—No sabía que se nos permitía traer a amigos ahora —dice. Adopta un
tono burlón y ligero, pero no soy tonta. La sombra de molestia en su voz
cuando habla es suficiente para oscurecer todo el campamento.
Pasha aprieta su mandíbula.
—Pueden traer a quién sea donde quieran. Son adultos, ¿verdad?
Con movimientos medidos y lentos, Patrin cruza sus brazos sobre su
pecho, su cara ilegible.
—Este lugar ha sido un refugio de la familia Rivin durante mucho
tiempo, Pash. Espero que tengas una buena razón para traer a un forastero
aquí.
El hombre que está a mi lado, un ángel de cabello oscuro con ojos del
color de un frío cielo escandinavo, hace retroceder sus hombros y da un
paso desde el porche que rodea la sala de reuniones, acercándose a la
multitud.
—Lo hago —dice. A pesar que no son particularmente fuertes, esas dos
palabras atraviesan todo el campamento.
Los niños han dejado de chillar. Todos los indicios de risa se han ido.
Todos permanecen en silencio mientras Pasha mira los rostros de
aquellos que han venido a verlo, sus ojos brillantes y alertas, sus pechos
alzándose y parados orgullosos mientras todos contienen una respiración
colectiva y ardiente.
—Hace tres años, fui expulsado del clan por matar a un hombre. Mi
destierro se ha cumplido ahora y estoy aquí... —Pasha explora el horizonte
por un segundo, con un pequeño ceño fruncido en su frente—. Deberías
saber que le dije a Shelta que no iba a volver al clan. Le dije que quería
quedarme aquí en Washington y continuar con las cosas dado que me
echaron.
Un murmullo incómodo ondea entre la multitud. Varios ojos me miran,
entrecerrados e infelices, como si yo fuera la causa de la reticencia de Pasha
a regresar al clan. Pasha tiene que darse cuenta de esto; levanta una mano,
apretando la mandíbula, la comisura de su boca tirando hacia abajo
mientras suspira.
—Esta mujer, Zara —dice, señalándome—, no tiene nada que ver con
la decisión que tomé. Ni siquiera la había conocido cuando le dije a Shelta
que rechazaba la corona. Nuestros caminos se cruzaron después, y desde
entonces han sucedido muchas cosas. Descubrí que Lazlo no murió en
realidad hace tres años. Sobrevivió, y creo que Shelta lo ayudó. Creo que
ella hizo arreglos para que lo cuidaran, incluso si ella no lo cuidó para que
recuperara su salud, y sabía que yo no era responsable de su muerte,
incluso cuando estaba presionando por mi castigo.
En la parte posterior de la multitud, se oye una voz, femenina, vieja
pero firme y fuerte.
—¿Y por qué demonios tu propia madre haría eso Pasha Rivin?
Pasha busca la dueña de la voz y la encuentra, encerrada entre un
borrón de caras. Sigo su mirada y la encuentro, también, una mujer
sorprendentemente alta con cabello gris acero, barrido hacia atrás con
elegancia y sujeto fuera de su rostro por brillantes boinas doradas. Lleva un
mono de pana verde y una camisa azul pálida debajo, arrugada y manchada
en el hombro izquierdo con lo que parece grasa de motor. Los rápidos y
cálidos ojos marrones de la mujer se deslizan sobre mí, una evaluación breve
e informal, y no veo ninguna ira allí. Sólo una gentil curiosidad que refleja
la mía.
—¿Realmente necesitas preguntar, Cleo? —Pasha se ríe, su voz
profunda y retumbante se aclara mientras transporta un viento helado a
través de la meseta—. Todos ustedes votaron por mí. Hace quince años, y
luego otra vez, hace diez años. Cada uno de ustedes votó para que yo
gobernara cuando tuviera la edad suficiente, no ella. Shelta ha sido una
cuidadora y nada más. Pero en la mente de mi madre, ella es la líder legítima
de este vitsa. De todos los vitsas de la costa oeste. Un destierro de tres años
para mí le dio más tiempo en el trono. Es así de simple.
Se levanta un gruñido. Se intercambian expresiones confusas. Ninguno
de los miembros del clan de la familia Rivin parece aturdido por esta
revelación. Han estado viviendo con Shelta durante años, después de todo.
Todos conocen muy bien a la mujer. Sería imposible pasar tiempo con la
adivina y no creerla capaz de tal cosa.
En el horizonte, el sol ha comenzado a hundirse bajo una lejana cresta
dentada. En lo alto, ha desaparecido cualquier indicio nubes, y el azul pálido
y rígido del cielo se está profundizando, magullando, teñido de un violento
matiz violeta mientras pequeños focos de luz perforan el manto de los cielos.
El frío hunde sus dientes en mi piel, profundo, más profundo, hasta que
penetra en mis huesos.
—¿Cuántos de ustedes conocían a Kezia? —grita Pasha—. ¿Alguno de
ustedes recuerda a mi tía cuando ella viajó con el clan?
Los pies se arrastran contra la tierra dura. Algunas personas fruncen
el ceño, los miembros más jóvenes de la vitsa, claramente no reconocen el
nombre. Sin embargo, otros asienten. Dos tercios de la multitud, por el
aspecto de las cosas.
—Por supuesto —dice la mujer del mono, Cleo—. Era mi amiga. Un
amiga para todos nosotros.
Pasha asiente. Hay un fuego en su voz que está incendiando el
atardecer. Me pregunto si lo oye. Cada persona aquí está pendiente de las
palabras que salen de su boca. Su tono llama la atención. Habla con
autoridad, y exige respeto. Habla como si ya hubiera sido coronado rey.
—Shelta siempre me dijo que su hermana estaba muerta. No tengo idea
de cuántos de ustedes sabían lo contrario, pero Kezia, Sarah, como se llama
ahora, está viva y está secuestrada por el mismo hombre al que mi madre
ayudó a escapar del clan. El mismo hombre que encontré asaltando a un
menor. Por la razón que sea, Lazlo tiene a Sarah y se niega a dejarla ir hasta
que acepte el rol de rey.
El murmuro se hace cada vez más fuerte. Sobre el bullicio, un hombre
grita.
—¡Rex Pasha! ¡Hagámoslo aquí y ahora! Entonces encontremos al
bastardo y acabemos con él.
Otra voz se eleva sobre las otras, también.
—Kezia es una gadje. ¡Ya no es nuestra preocupación!
No puedo discernir cuánta gente está de acuerdo o en desacuerdo con
esta afirmación, pero el miedo se enrosca en mi estómago, lo que me hace
sentir mareada. ¿Y si han cambiado de opinión? ¿Y si los Rivins ya no
quieren que Pasha sea su rey? Se ha ido por tanto tiempo. Los miembros de
esta familia podrían estar acostumbrados a que Shelta tome sus decisiones
por ellos. Dios... si ya no quieren a Pasha y no lo coronan rey, entonces...
mierda. ¿Qué pasará con Sarah? Todavía no tenemos idea de por qué Lazlo
exigió una petición tan extraña, pero Pasha dice que fue firme. Si Pasha no
se convierte en rey de los romaníes, entonces Sarah sin duda pagará el
precio, y no puedo vivir con eso.
A mi lado, Pasha levanta sus manos, calmando la combinación de
conversación y desacuerdo que surgió de su gente, y todos se callan
rápidamente.
—No seré coronado esta noche. No exigiré el título simplemente porque
me fue otorgado hace años. Podrán hablar de nuevo, por tercera y última
vez. No hay tiempo para reunir a todos los otros clanes, así que voy a dejar
que ustedes tomen esta decisión. Mis hermanos y hermanas. Tías y tíos.
Rastreadores de setos y hedonistas. —Los dos últimos títulos le ganaron un
murmullo de risas bajas entre la multitud.
Pasha sonríe mientras continúa.
—Mañana por la noche, podrán emitir sus votos de nuevo. Pueden
votar por mí, ayudar a salvar a Sarah y llevar a Lazlo ante la justicia de una
vez por todas. O pueden votar por cualquier otro. Estoy seguro que conozco
al menos a otros dos candidatos que querrían poner sus sombreros en el
ring, y eso está bien para mí. Confío en ustedes. Confío en que hagan la
elección correcta.
Pasha me toma de la mano y me lleva por los últimos pasos desde la
sala de reuniones hasta la multitud. Me siento pequeña. Desnuda. Afectada.
Joder, no puedo decidir cómo me siento mientras nos abrimos paso a través
de la masa de cuerpos; hay tantos ojos atravesándome con la mirada que
siento que estoy a punto de incendiarme espontáneamente.
Llegamos a Cleo, y la mujer se para frente a Pasha, con sus manos
enterradas en los bolsillos. Inclina su cabeza, mirando a Pasha por debajo
de una ceja gris plateada y arqueada.
—Aún no nos has dicho qué está haciendo ella aquí —dice en voz baja—
. Creo que se nos debe una explicación.
Ella.
Cleo obviamente se está refiriendo a mí. Como con Shelta en la sala de
reunión, su atención se centra únicamente en Pasha; ni siquiera me ha
mirado mal. No hay malicia en su voz, pero la pregunta es firme. Quiere una
respuesta, y todos los demás también. La multitud se acerca mientras Pasha
los mira a todos, abriendo la boca. No tengo ni idea de lo que va a decir. No
tengo ni idea de lo que va a pasar si a la vitsa Rivin no le gusta su respuesta.
Aprieta mi mano con fuerza, tirándome hacia su costado, y luego habla con
convicción.
—La traje aquí porque es mía y soy suyo. Vino porque yo vine, y de
ahora en adelante... donde quiera que uno de nosotros vaya, el otro lo sigue.
Dos oraciones. Oraciones simples, en realidad, pero francamente son
aterradoras. Me las arreglo para controlar mi conmoción, dominando mis
rasgos en una expresión que espero pase como calma, pero dentro de mí
todo gira. ¿Qué quiso decir con eso? ¿Cómo puede sonar tan jodidamente
seguro? ¿De mí? ¿De nosotros, de lo que sea que seamos?
La explicación de Pasha se encuentra con un silencio absoluto. La
cabeza de Cleo se desplaza lentamente hacia un lado mientras se acerca,
mirando a los ojos de Pasha. Él no renuncia. Tampoco parpadea. Pasa un
segundo, y luego otro, largo y doloroso segundo, y finalmente, Cleo, vestida
con elegante desorden, se vuelve hacia mí y me mira correctamente por
primera vez. Sonríe con una sonrisa pequeña y gentil —una sonrisa más
visible en sus ojos que en su boca— y luego se me acerca, colocando su
mano en mi brazo, tirándome con cuidado hacia adelante, y me está
atrayendo dentro de su abrazo sorprendentemente fuerte. Sorprendida, le
devuelvo el abrazo. El momento se acaba rápidamente, y luego me está
liberando.
Con un encogimiento de hombros casual, Cleo se gira, dirigiéndose a
los otros miembros del clan.
—Suficientemente bueno para mí. Diría que deberíamos llamarnos
afortunados por tener una huésped tan hermosa. —Luego, me dice—: Zara,
eres bienvenida aquí. Si necesitas algo, vienes a buscarme. Me aseguraré de
que te cuiden.
Pasha —el estoico, oscuro y serio— se ilumina como un niño en la
mañana de Navidad. Lo he escuchado reír más de una vez, una risa fuerte
e infecciosa que penetra profundamente en las mismas raíces de una
persona, pero he estado demasiado abrumada como para verlo hacerlo. Su
sonrisa es transformadora. Con su pelo de cuervo, sus ojos verdes helados
y su piel demasiado pálida, Pasha siempre se siente como la luna: fría,
hermosa y brillante. Aunque ahora no. En este momento, sus ojos entre
cerrados, inclinados en media luna, profundos hoyuelos en ambas mejillas,
su sonrisa tan auténtica y real, tan grande, es un maldito sol de invierno y
me encuentro atrapada en su órbita, atrapada por su gravedad, y en
cualquier momento me perderé y me quemaré por completo.
Envolviendo un brazo alrededor de Cleo, Pasha le da un abrazo rápido,
más breve que el que ella me dio.
—¿Te he dicho últimamente cuánto te adoro? —murmura.
La mujer frunce el ceño, juguetonamente encogiéndose de hombros.
—¿Por qué no dices simplemente gracias y todos podemos seguir
adelante? —gime en voz baja.
La multitud se dispersa a nuestro alrededor, todos aparentemente
satisfechos por lo que se ha dicho, al menos por ahora, y finalmente sólo
Shireen y Cleo se quedan. Con una mirada de preocupación en su rostro,
Shireen golpea a Pasha con su cadera.
—Sabes cómo causar una escena, ¿verdad, hermanito? Patrin va a
perder la mitad de su jodido cabello por esto.
Pasha sonríe.
—Él será feliz como un cerdo en la mierda y lo sabes. Finalmente tendrá
su oportunidad. ¿Competir con Shelta y conmigo al mismo tiempo? Esta
noche no podría haber funcionado mejor para él.
Un destello de preocupación pasa por el rostro de Shireen, pero aun así
sonríe.
—Qué pesadilla. Se pondrá furioso cuando no gane.
La sorpresa me golpea directa en el pecho. Al ser Shireen la esposa de
Patrin pensé que habría un poco más de solidaridad entre ellos. Por lo
general, la pareja de alguien estaría apoyándole, incluso si las
probabilidades no estuvieran a su favor. Sin embargo, la mujer pálida y
sorprendentemente rubia no parece estar dispuesta a fingir.
Cleo pone los ojos en blanco.
—Tal vez se calme de una vez por todas si le patean el culo un poco.
Vamos, ustedes dos. Archie no llegará hasta mañana por la mañana. Estoy
segura que estará bien contigo al mando de su carro hasta entonces. Estoy
segura que quieres calentarte. Va a hacer mucho frío esta noche.
Zara
UNO Y NOVENTA Y TRES CENTIMETROS. Así de alto es Pasha, y aún
así, de alguna manera, se las arregla para meterse dentro del pequeño y
pintado vardo al que Cleo nos lleva sin ningún problema en absoluto. Se
quita el chaleco, se quita las botas, llena la pequeña tetera de hierro con
agua (¡de un grifo!) y prepara dos tazas de té, y luego se pone cómodo en el
pequeño sofá, todo sin chocar con nada, sin hacerse daño y sin romper
nada.
Yo, por otro lado, no tengo esa suerte.
En el espacio de sesenta centímetros, logro golpearme la cadera en la
esquina de un banco con tanta fuerza que siento que estoy a punto de
vomitar, derribo un pequeño jarrón de vidrio lleno de flores silvestres secas,
y sólo para terminar me giro demasiado rápido y casi me caigo de culo en la
puerta del vardo y caigo por la pequeña escalera de madera hasta el suelo.
Eso es exactamente lo que habría pasado si Pasha no hubiera saltado del
sofá y me hubiera agarrado de la mano en el último momento, tirándome de
nuevo dentro de la carreta.
El jodido ni siquiera derrama su té.
Sus ojos están bailando con diversión cuando cierra la puerta detrás
de mí.
—Mejor a salvo que lamentándose —murmura. Tengo que luchar
contra las ganas de darle un puñetazo justo en el estómago.
—Mi apartamento es pequeño, pero esto es simplemente salvaje.
Destrozaré todos los muebles aquí para cuando llegue tu amigo. Es como
un armario de carne aquí. Estoy congelada hasta la médula de los huesos
—gruño—. Nunca volveré a estar caliente.
Pasha simplemente se ríe.
—Bonita, gruñona Luciérnaga. Te pones irritable cuando estás cansada
y tienes frío. La paciencia claramente no es tu fuerte tampoco.
Gruño por lo bajo, la mirada amenazadora que disparo a través del
estrecho tramo de carreta tiene el efecto deseado mientras levanta las manos
en señal de rendición.
—Guau, tranquila. Te acostumbras al tamaño. Lo prometo. Y tendré
un lugar cálido en un segundo. Sólo no me mates antes de derretirte, ¿vale?
Hemos tenido un infierno de un día. Esperaba que pudiéramos relajarnos
un segundo.
Oculto una sonrisa, pretendiendo seguir siendo gruñona mientras se
mueve metódicamente a través del carro, recogiendo tres troncos grandes
de una canasta bajo el fregadero de la cocina y tirándolos dentro de la estufa
de leña. El olor a humo me roza la nariz, me recuerda a los campamentos
de verano, y la cabaña que mi abuelo solía tener en los bosques de Montana.
También me recuerda al hombre que está construyendo el fuego.
Sus rasgos contrastan cuando las llamas dentro de la estufa de leña
estallan y se elevan, lavándolo en una luz y sombra doradas. No puedo dejar
de mirarlo. Cuando subimos al auto para conducir hacia el norte, hice mi
mejor esfuerzo para disimular mi constante necesidad de ver a Pasha.
Parecía una mala idea dejarle saber cuán intrigada estaba por él, la manera
en que conducía, la manera en que movía su rodilla, la manera en que su
pecho subía y bajaba mientras jodidamente respiraba, pero ahora he
abandonado mis patéticos intentos de un subterfugio. Soy mala en ello,
siempre lo he sido, y sé que me ha pillado mirándole al menos tres veces.
Soy tan flagrante mientras le observo cuando enciende el fuego, con los
brazos cruzados sobre su pecho, apoyado contra la pared del carro,
separándole, pieza por pieza. No me estremezco cuando me mira con recelo,
sus ojos se encuentran con los míos mientras cierra la rejilla de golpe,
deslizando la chimenea para que salga el humo de la chimenea.
—Si no lo supiera, diría que estabas un poco enamorada de mí, Zara
Llewellyn —observa—. Sin embargo, no puede ser verdad, ¿verdad?
—¿Por qué? ¿Porque una chica como yo no sería lo suficientemente
estúpida como para que le guste un chico como tú?
Pasha se endereza, gruñendo un poco, y luego se posa en el borde de
la encimera, asumiendo una pose relajada y cómoda. Sin embargo, ahora
no está sonriendo.
—No. Simplemente no podría ser tan afortunado —dice en voz baja,
corrigiéndome. El pequeño ceño fruncido que tiene se afloja entre sus cejas,
desapareciendo por completo—. No tienes que preocuparte más porque te
acepten, Zara. Creo que eso fue bastante bien, considerando todas las cosas.
—¡Ah! Escuchaste a tu madre, ¿verdad? Ella casi me dijo, en términos
sencillos y simples, que me joderían si me quedara aquí, sin importar lo que
dijeras.
—Sí, la oí decir eso. Pero la anciana ha sido anulada. Si ella te toca
ahora, o si alguien te jode en su nombre, entonces se encontrará con el
cuello en la mierda.
—¿Lo siento? ¿Me he perdido algo? ¿Cuándo demonios fue anulada
Shelta?
—Cuando Cleo le dijo a todo el clan con toda la fuerza de sus pulmones
que teníamos la suerte de tenerte como invitada. Que eras bienvenida aquí.
Que ella se encargaría personalmente de que tuvieras todo lo que necesitas
aquí.
Ésas fueron en verdad las palabras de Cleo. Las recuerdo vívidamente.
—¿Así que... la palabra de Cleo es el evangelio, entonces? ¿Por qué su
bienvenida significa más que las amenazas de Shelta?
Pasha se mueve. Está de pie frente a mí, y de repente el vardo parece
incluso más pequeño que hace unos segundos. Su pecho está apenas a
centímetros del mío. Sus manos encuentran su camino hacia mis caderas,
y respiro profundamente, forzando el oxígeno fuera de mis pulmones. Cristo,
este hombre no es sano. Si tuviera alguna idea del poder que tiene sobre
mí... ¿lo usaría para su beneficio?
Si me lo pidiera, arrasaría mi propia vida por él. Daría aviso en mi
apartamento. Diría adiós a mi carrera. Me alejaría de todos los que conozco
o cuido. Si se tratase de eso, le escogería sobre cualquier otro aspecto de mi
vida, y eso me asusta jodidamente. No quiero sacrificar mi vida en Spokane
por él, realmente no. Quiero encontrar a Sarah. Quiero resolver el estúpido
reclamo de acoso del trabajo y volver a ayudar a la gente que lo necesita.
Quiero seguir reuniéndome con mis amigos el martes por la noche para
beber mi bebida y unirme a ellos para enderezar el mundo.
Yo sólo... le quiero a él también.
Quiero encontrar un equilibrio. Una forma de continuar con las rutinas
que me han hecho sentir cómoda y segura en Spokane, al mismo tiempo
que logrando lo imposible y creando espacio para Pasha. Tengo la sospecha
de que solo podré tener uno, y no la otra. Pasha no es el tipo de hombre que
sólo ocupa una pequeña parte de la vida de alguien; él la ordena, la consume.
Es una droga, la droga más potente, adictiva y embriagadora de la faz del
planeta, y un golpe es todo lo que se necesita. De repente, ya nada importa.
Nadie más importa, y no estoy segura de cómo me siento al sucumbir a ese
nivel de necesidad.
Siento que estoy siendo hipnotizada cuando me mira, y me envuelve el
brillante y luminoso verde de sus ojos.
—Es mi tía abuela. La hermana de mi abuela. Es la mujer sabia del
campamento. Si dice algo, nadie irá contra ella. Nadie se atrevería. Da mala
suerte de verdad ir contra ella.
—Correcto. Así que es bueno tenerla de nuestro lado, entonces.
Libera una breve y divertida carcajada.
—Podrías decirlo así. Además, a la gente le gusta Cleo. Eso sirve para
mucho. Es una chica dura. Tiene casi ochenta y ocho, y todavía es la mejor
mecánico del clan. La mujer puede arreglar cualquier cosa.
Le doy una mirada dudosa.
—Sí, bueno. Algunas cosas realmente no pueden ser arregladas.
—¿Supongo que estás hablando de mi madre?
Asiento.
—Un equipo de terapeutas y todo el Valium en el mundo no pudo
arreglarla.
—Ya no tenemos que preocuparnos por Shelta. Al menos, no por esta
noche, de todos modos. —Pasha desliza su mano bajo el dobladillo de mi
suéter; sus dedos hacen contacto con la piel por encima de mi cadera, y me
estremezco involuntariamente. No está frío. Muy lejos de ello. Su toque me
abrasa, terriblemente caliente, provocando una reacción por mi parte que
parece hacerlo muy feliz. Se inclina, respirando profundamente en mi
cabello, acariciando su rostro en el hueco de mi cuello, y mis ojos ruedan
en mi cabeza.
Dios, eso se siente...
…eso…
…se…
…siente…
—Mierda. Me encanta la forma en que te derrites cuando te toco,
Luciérnaga —susurra Pasha en mi cabello—. Se siente como si tuvieras una
corriente eléctrica corriendo sobre tu piel. No puedo tener suficiente. No
puedo apartar mis manos para mí. Soy como un jodido adolescente. Mi polla
está tan dura que follaría durante horas.
Oh, mierda.
Cierro mis ojos. Mis pensamientos están en espiral. Debería luchar
contra ellos para someterles, para poder recuperar el control sobre la
situación y sobre mí, pero maldita sea. Cada vez que trato de calmar mi
mente acelerada, mi corazón acelerado se aleja de mí y me llevan en dos
direcciones diferentes a la vez.
—Tengo... —trago—. ¿Alguna vez te has acostado con alguien aquí
antes?
Los labios de Pasha se encuentran con la piel de mi cuello y la realidad
se desliza un poco más lejos de nuestro alcance.
—Aquí ¿Adentro? Estoy seguro de que Archie sí. Pero no. Yo no.
Mis brazos se levantan por su propia voluntad, y mis manos
encuentran su camino por su espalda ancha, fuerte y musculosa. Debajo de
su camiseta, su cuerpo se siente jodidamente increíble. Enrollo mis dedos
en su cabello, tirando suavemente de las hebras hasta que lo siento sonreír
contra mi cuello, justo por encima de la clavícula.
—¿Te molestaría si lo hubiera hecho? —pregunta—. ¿Te sientes un
poco posesiva en este momento, Zara?
—Tal vez. Sólo un poco —admito. Joder, parezco tan sin aliento, como
si hubiera estado corriendo a tope durante los últimos veinte minutos.
Penoso. En realidad, borra eso. Más como vergonzoso. ¿Un poco de atención
de un chico sexy y pierdo la habilidad más innata y esencial que tengo?
¿Una con la que nací, que no requiere ningún pensamiento o conciencia real
para llevar a cabo? Soy oficialmente una maldita causa perdida—. Lo siento
—murmuro—. No te preocupes, no estoy loca. Sé que te has acostado con
gente antes. No estoy celosa.
—¿No lo estás? —murmura. Un calor húmedo se burla de mi piel, y me
doy cuenta de que me está lamiendo el cuello, chupando la piel con su boca,
besándome y lamiéndome. Mis rodillas se doblan, amenazando con dejar de
trabajar. Me dirijo hacia atrás, buscando algo de apoyo, algo contra lo que
pueda apoyarme. Pasha enrolla un brazo alrededor de mi cintura, tirando
de mí hacia él, aplastándome contra su pecho, duramente.
»Estoy celoso —gruñe—. Cada vez que pienso en ti con otros chicos,
quiero localizarlos, averiguar dónde viven y hacerles una visita con un par
de putos cortadores de pernos. Si pudiera retroceder en el tiempo, te
encontraría y te haría mía antes de que pudieras entregarte a nadie más.
Deseo más que nada haber sido el único hombre con el que hubieras estado.
—Su mano, la que todavía está bajo mi suéter, se levanta lentamente, hasta
que mi piel está cubierta de piel de gallina, y la almohadilla de su dedo índice
y su pulgar cepillan la varilla de mi sostén. Sus dientes rozan mi cuello, y
mi sorpresa sobresaltada llena el vardo.
Los ojos de Pasha son febrilmente brillantes cuando se retira y me mira.
—Ojalá nunca me hubiera follado a nadie más tampoco. Joder, odio ser
imperfecto para ti.
—Estás lejos de ser imperfecto —susurro. ¿Cómo diablos puede
mirarse en el espejo y pensar de esa manera sobre sí mismo? No tiene
sentido. Su boca, con los labios todavía un poco hinchados por la atención
que me estaba prestando, se eleva en el lado izquierdo en una aproximación
de una sonrisa.
—Sí. Soy caliente. Parece que a las mujeres les gusta que tengo
abdominales durante días. Pero no quise decir eso. Simplemente... hubiera
sido mejor si no me hubiera follado a nadie antes de follarte a ti.
Mi cabeza todavía está inundada de endorfinas de su boca en mi cuello,
pero tengo una sonrisa arrogante para él.
—No te tenía catalogado como un romántico desesperanzado, Pasha.
La mayoría de los hombres estarían contentos de haberse acostado con
tantas mujeres como pudieran antes de conocer una perspectiva real a largo
plazo.
Los dedos de Pasha se hunden un poco más en mi piel.
—¿Quién dijo algo acerca de que seas algo a largo plazo?
Oh. Oh, mierda, jodido infierno. Mi corazón se acelera a través de mi
cuerpo y explota en un sangriento desastre a mis pies. ¿Cómo? ¿Cómo he
malinterpretado esto tan mal? No cree que sea material de largo plazo. Ni
siquiera pienso dos veces las palabras mientras dejan mi boca, pareciendo
simplemente obvias. Había empezado finalmente a calentarme, con su
cuerpo contra el mío y la madera quemando mientras deja salir olas de calor,
pero un desagradable y penetrante frío empieza a introducirse en mi pecho
de nuevo mientras trato gentilmente de alejarle.
—¿Qué fue todo eso frente a tu familia, entonces? ¿Todo eso de soy
suyo y ella es mía? ¿Estabas diciendo eso para asegurarte de que nadie
intenta apuñalarme hasta la muerte mientras estamos dormidos?
Mierda. Odio que haya diversión en sus ojos en este momento.
Desprecio el hecho de que le parezca entretenido mientras me rodea con sus
brazos, negándose a dejarme liberarme de él.
—Detente. Para, para, para. Jesús, Zara, sólo deja de retorcerte. Te
estás enfadando sin razón. No eres un prospecto para mí. No eres una jodida
posibilidad. Eso es todo lo que estaba tratando de decir. Eres algo definitivo.
Un absoluto. Y no, nunca he sido un romántico desesperanzado, pero de
alguna manera tú has venido y me ha convertido en uno. ¡Mierda! Deja de
mirarme así. Ya es bastante difícil poner esta mierda en palabras. No soy
jodidamente bueno en eso.
Es mucho mejor de lo que se piensa.
He puesto tantas apuestas en esta conexión improbable e imposible
entre Pasha y yo, que en el momento en que parecía que quizás podría haber
actuado precipitadamente, atándome a él tan enfermizamente rápido, me di
cuenta de lo devastada que estaré si me equivoco en esto. Estaré en un nivel
jodidamente grande de devastación, y ésa es una perspectiva preocupante.
Con un puñado de simples palabras, Pasha ha borrado mi miedo y
vergüenza, pero ahora queda una pizca de pánico. El hecho de que él
estando con un extraño probablemente sea difícil para él, incluso con la
bendición de Cleo. Podría llegar un momento en que la atracción que siente
por mí disminuya, y la molestia de maniobrar a través de la política del clan
en lo que a mí respecta se vuelva molesta y ya no valga la pena para él.
Pasha se levanta y frota su dedo índice entre mis cejas. Su rostro es
muy serio.
—Detente. Lo que sea que estés haciendo allí ahora mismo, sólo… para.
No va a ayudar.
—No lo sabes.
—Una mierda que no. Está pensando en los posibles escenarios que no
tienen peso ni relación con nuestra situación. Puedo decirlo. —Es tan
malditamente confiado todo el maldito tiempo. Completa y absolutamente
seguro de su lugar en el mundo. Cuando abre la boca y habla, no hay duda
ni preocupación en las cosas que dice.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? ¿Cómo diablos puedes decirme que
no te cansarás de todas estas peleas una vez que el brillo haya desaparecido
y ya no sea tan nuevo e intrigante?
Tomando mi cara entre sus manos, presiona suavemente su frente
contra la mía.
—¿Me siento nuevo para ti, luciérnaga? —pregunta. Su voz es tan
tranquila como la nieve cayendo.
Abro la boca, las palabras se quedan en mi lengua: por supuesto que sí.
Como no puedes Todavía hay mucho que necesito averiguar sobre ti. Pero...
ninguna de esas declaraciones perturba el silencio que ha envuelto al vardo.
Vacilante, me armo de valor y le digo la verdad.
—No. No lo haces. Te sientes como una constante. Eres una canción
que siempre he conocido. Puedo tararearte, tu sonido, tono y melodía
llenando cada fibra de mi ser. Parece que no puedo recordar tu letra, pero
cada segundo que paso contigo, parece que descubro dónde encajan.
Los ojos de Pasha están en llamas. Pasa sus pulgares sobre mis
pómulos mientras se inclina hacia adelante y con cuidado, con gran
intención, coloca sus labios contra los míos. Al principio, el beso es lento y
abrasador. Quema su camino hacia mi alma, marcándose allí. Mis pulmones
están vacíos de oxígeno, y no puedo recordar cómo rectificar la situación. Mi
mente nada con él, su olor, la sensación de su cuerpo contra mi cuerpo, su
cadera presionando contra mi costado, su pierna entre mis piernas, el peso
de él acomodado contra mí, satisfactorio, aterrador y seguro.
Cuando separa mis labios, su pulgar se burla del borde de mi labio
inferior mientras aumenta la presión entre nuestras bocas, me olvido de mi
propio maldito nombre. Su lengua se desliza entre mis dientes, explorando
y buscando, y yo respondo, probándole, descubriéndole de la forma en que
me está descubriendo, y todo el mundo se queda en silencio.
Este beso es un robo a mano armada. Como un ladrón, Pasha me lo
quita todo mientras se frota contra mí, clavándome contra la pared del
vardo. Mi aliento: se ha ido. Mi audición: se ha ido. Todas mis habilidades
cognitivas; desaparecidas. Mi visión: desaparecida.
Saquea mis sentidos mientras me besa. Me deja con nada más que mi
capacidad de sentir, y joder, mi cuerpo cobra vida. En mi lecho de muerte,
cuando todos los desafíos, los triunfos, las pruebas, las tribulaciones y las
victorias de mi vida se exponen ante mí, cuando los momentos más
importantes me vuelven a visitar, mostrándome los momentos
fundamentales en que todo cambió y me encontré viajando a lo desconocido,
por un nuevo camino no planificado, conozco este momento, este beso, será
uno de los momentos más codiciados de mi humilde existencia.
Rutina hace nada soportable. Eso es lo que dice el hombre.
No hay ninguna rutina para el chico, sin embargo. Dentro de la
habitación, no hay más que la anticipación sin fin de dolor, y el dolor en sí
mismo. Y el chico ha comenzado a darse cuenta de que la espera es a menudo
la peor parte. Ahora, el chico se encuentra esperando que la puerta se abra.
Porque al menos cuando el hombre viene, el chico ya no está solo. Al menos
el dolor que entrega el hombre trae consigo algún tipo de contacto físico. Un
contacto equivocado y sucio, el chico es lo suficientemente mayor como para
saber eso, pero estar solo, y frío, y hambriento en la oscuridad cuando el
hombre se ha ido ha empezado a aterrorizarle más que las atenciones
gruñidas del hombre.
Ha pasado un largo tiempo desde que salió de la habitación. Ha pasado
un largo tiempo desde que se bañó. El chico no sabe si los residuos agrietados
y escamosos que saca de su cuerpo es sangre, o suciedad, o la humedad
grasienta y con olor a almizcle que el hombre deja en su piel.
Le duele ponerse en cuclillas sobre el cubo e ir al baño. El hombre sólo
solía tocar, coger, pellizcar, y golpear y patear, pero ahora empuja también.
Empuja cosas donde no deberían ir. Esto excita al hombre más que el resto
de las cosas juntas. El dolor se siente más grande que el chico, y más grande
que la habitación. Más grande que los recuerdos del cielo del chico, incluso.
El dolor se convierte en él mientras el hombre empuja dentro de él. Una vez
acaba, parece que el hombre está tomando el dolor que ha infligido al chico
de vuelta hacia él, y duele más de lo que puede tolerar. A veces, el hombre se
agacha en el rincón, desnudo, y grita, como hace el chico.
El chico cometió el error de tratar de consolar al hombre una vez.
El hombre le rompió tres de sus dedos.
Pasha
NUNCA he pensado mucho en la idea, porque siempre supe en el fondo que
nunca sería rey, pero ahora que tengo que asumir el papel, aunque solo sea por
escrito, entonces la posibilidad de que necesite una reina se ha vuelto muy real, y
tan jodidamente raro.
Esto es todo por el espectáculo. Es un acto, pretender por el bien de Lazlo,
pero Jesús esto me golpea en los sentimientos. Una vez que Sarah esté a salvo y el
hijo de puta que se la llevó esté muerto o entre rejas, realmente no habrá necesidad
de seguir adelante con este plan extravagante. Pero... por un momento... me
permito imaginar: Shelta fuera. Sin peleas. Sin puñaladas por la espalda. Sin
tonterías por parte de Patrin. Una vida diferente para todos. Tal vez no haya más
ferias. O muchos menos viajes al menos. Y Zara, en algún lugar de esta imagen
borrosa, deformada y sin desarrollar, a mi lado, gloriosa y jodidamente increíble y
de alguna manera mi esposa.
¿Qué. Mierda. Está. Mal. Conmigo?
Tomo un fósforo dentro de mi cabeza, lo enciendo y sostengo la llama sobre
esa imagen mental, haciéndomela ver mientras arde hasta que se desvanece. No es
prudente dejar que esas ideas estúpidas se hagan realidad. Son peligrosas, son
imposibles, sólo te llevarán a la locura y al desamor.
Zara no puede saber qué cosas tan ridículas están ocurriendo en mi cabeza
mientras saco algo de ropa de cama, un montón de mantas y una bolsa de agua
caliente del arcón de madera que ayudé a Archie a construir cuando era sólo un
niño. Ella se ríe cuando levanto la gruesa cortina brocada hacia la parte trasera
del vardo, revelando la cama doble elevada más allá.
—Estaba empezando a preguntarme dónde íbamos a dormir —dice,
frotándose los ojos. Está cansada. También estoy cansado, pero hay algo que debo
hacer antes de dejarla dormir, y no puedo esperar. Mis habilidades para hacer la
cama dejan mucho que desear mientras tiro todo sobre el colchón lo más rápido
que puedo. Zara ayuda a encajar la sábana y la mete correctamente, y está a medio
camino de deslizar una almohada en una funda de almohada cuando saco ambos
artículos de sus manos, los arrojo sobre mi hombro y la empujo de nuevo sobre la
cama.
—¡Pasha! ¡Oh, Dios mío! —chilla, muy poco como Zara, mientras golpea la
colmena de mantas—. ¿Qué demonios estás haciendo?
Gruño, la vibración retumbando en la parte de atrás de mi garganta mientras
me pongo sobre ella. Su cabello se ha desprendido de su cola, y sus largas olas
color rojizo fluyen como seda sobre sus hombros y sobre las sábanas, un marcado
contraste de rojo contra el algodón blanco. Sus tetas se tensan contra el delgado
suéter que está usando, y todo lo que puedo pensar es en arrancarle la maldita
cosa de su cuerpo y palpar su carne. Jodidamente festejar en ella.
—¿Qué crees que estoy haciendo, Luciérnaga?
La pregunta no necesitaba plantearse. Está claro lo que planeo hacer, y está
igual de claro lo que quiero de ella. Sin embargo, dejo que me mire, permito que su
escrutinio pase por encima de mí, mientras lentamente me desabrocho el cinturón
y lo saco de mis vaqueros. Sus ojos se redondean, sus labios se separan ligeramente
mientras estudia la longitud del cuero negro en mis manos.
—No usarás eso en mí —dice ella.
—¿Oh? ¿No puedo?
—¡Absolutamente no! No aquí, con tanta gente alrededor. Nos oirán.
Doy un paso más hacia la cama.
—¿Qué crees que oirán?
—No lo sé. ¿Gritos? —se ríe, haciendo un mal trabajo fingiendo que la idea de
tal cosa le resulta graciosa, pero soy sensible a los débiles cambios en el tono de
su voz. En este momento, está en el borde y tratando de ocultarlo.
Pobre y engañada Luciérnaga. No puede ocultarme nada, como yo no puedo
ocultarle nada. Coloco el cinturón en el borde de la cama mientras agarro mi
camisa y la saco sobre mi cabeza. La última vez que me quité la camisa delante de
una mujer, ella comenzó a decir ooh y ahh por mis tatuajes, trató de pasar sus
manos sobre mí, tocar mi tinta, pero no la dejé. Ella no tenía el jodido derecho a
tocarlos. No tenía ni idea de lo que significaban y tampoco le importaba. Todo lo
que le importaba era el peligroso borde de los símbolos negros y la línea intricada
de trabajo prestada. Golpeé su mano tan jodidamente fuerte que ella empezó a
patearme, trató de arrancarme los jodidos ojos cuando la cogí y la llevé fuera del
apartamento, arrojándola al otro lado de la puerta delantera antes de cerrarla.
Zara mira con cautela la tinta en mi piel mientras procedo a sacarme las botas
y los calcetines y a sacarme los tejanos. Sé que tiene mucha curiosidad por mis
tatuajes, pero no dice nada, sin embargo. No reacciona mientras me saco la ropa
interior y pongo mis bóxers sobre la madera de suelo al lado de mis pies descalzos.
Sus ojos, un color azul verdoso la mayor parte del tiempo, se han oscurecido,
llegando casi a marrones, ardiendo como carbones calientes mientras con descaro
me escanea de pies a cabeza sin una pizca de vergüenza.
Sus ojos se posan sobre mi pene erecto, vacilando allí, cerrándose un poco, y
no puedo evitar provocarla un poco. Lo tomo, lo aprieto, disfruto de la sensación
de la presión mientras paso mi mano a lo largo de la dura longitud.
Joooodeerr, eso se siente tan jodidamente bien. Se siente aún mejor con los
ojos de Zara sobre mí, observando cada uno de mis movimientos. Ella está mirando
fijamente, fijada en la punta de mi polla, y no mira hacia otro lado cuando envuelvo
mi pulgar y mi dedo alrededor de la cabeza, apretando de nuevo, esta vez
produciendo una gota de pre-semen que se acumula y rueda sobre el final de mi
polla, mojándome los dedos.
Zara se lame los labios y casi canto en voz alta. Me quiere en su boca. Quiere
lamer eso antes de que salga de mí y saborear el sabor al final de su jodida lengua.
Mira hacia arriba, su mirada se encuentra con la mía, y parpadea lentamente.
—Eres un pequeño pervertido, ¿verdad? —susurra ella.
—Oh, Luciérnaga. En serio. No tienes idea.
Ella arquea una ceja hacia mí.
—¿Quieres que te lo muestre? —pregunto.
Ella traga profundamente. Dios, es tan jodidamente adorable cuando solo
tiene un poquito, muy poco miedo.
—No sé si estoy lista para enfrentar las verdaderas profundidades de tu
depravación. Por otra parte, dudo que alguna vez lo esté. Así que a la mierda. Por
supuesto. Yo... supongo que quiero que me lo muestres.
—No te preocupes si la gente te oye, entonces. No podrás mantenerlo todo
embotellado en tu interior. Tendrás que gemir. Tendrás que maldecir. Si no eres
libre de mí, entonces tampoco seré libre de ti tampoco, Luciérnaga.
Se hunde de nuevo en las mantas, retrocediendo un poco para dejarme
espacio mientras subo por el borde de la cama.
—Me sorprende que corras el riesgo de que tu gente nos escuche follar cuando
esperas que te voten mañana.
Una sonrisa melosa se extiende por mi cara. La agarro por los tobillos y la
arrastro hacia mí. Le desato las zapatillas y se las quito.
—Luciérnaga. Nosotros, los romaníes, somos bastante cerrados cuando se
trata de sexo. No hablamos de eso. No lo mencionamos. No lo aludimos. Pero hay
una cosa de la que no puedes escapar cuando vives en lugares tan cercanos con
tantas otras personas. Lo escuchamos todo el puto tiempo. Dame tu mano. Ahora.
Los labios de Zara están separados, haciendo un mohín tan jodidamente
bonito. Su boca es de un delicado tono rosa. Sus pezones y su coño, también. Las
partes más íntimas de ella son tan delicadas, suaves, flexibles, pálidas y finas. No
puedo esperar a extenderla desnuda como si fuera un maldito bufé de todo lo que
puedas comer; planeo comérmela de todas las formas posibles.
Una pequeña línea se forma entre el gracioso arco de sus cejas, sugiriendo
que podría sentirse un poco intimidada por mi orden. Sus ojos son salvajes, sin
embargo, grandes y redondos, del tamaño de platillos mientras extiende
tentativamente su mano derecha y me la ofrece.
—Bueno. Ahora... siente lo que me haces. Siente lo jodidamente duro que me
has puesto hoy, con toda esa charla sobre masturbarse y ver pornografía. Y tu
trasero en esos jodidos vaqueros, Zara —gruño.
He estado pensando en esto durante malditas horas. Todo el maldito día.
Incluso cuando estábamos en la sala de reuniones, luchando con Shelta, mi polla
no se enfrió completamente. Eso no era mi culpa. Si Zara no hubiera estado tan
jodidamente magnífica mientras destrozaba a mi madre, mi erección me habría
abandonado seguro. Aunque ella era una cosa salvaje. Una fuerza imparable de la
naturaleza. Una tormenta mortal, con penetrantes ojos y cabello color avellana del
color de una puesta de sol. O una pesadilla.
Cuando su mano se cierra a mí alrededor, sus dedos se enroscan alrededor
del eje de mi polla, un violento temblor me atraviesa, obligando a mi cabeza a
retroceder. Santa mierda. Cuando me toca... no puedo contenerme. Su indecisión
enciende algo oscuro y lujurioso dentro de mí. No me acaricia como una mujer que
ha tenido mucha práctica. Pasa su mano arriba y abajo a lo largo de mí tan
lentamente, tan cautelosamente, sus ojos se fijan en su propia mano en mi polla,
sus ojos llenos de sorpresa, como si realmente no pudiera creer que esté haciendo
tal cosa... todo es tan inocente
No me gustan las chicas inocentes.
No quiero chicas inocentes.
Quiero, siempre he querido, una mujer que sepa lo que quiere y cómo
conseguirlo. Pero es diferente con Zara. En el exterior, es tan feroz, alzando el dedo
medio al mundo, lista para enfrentar cualquier desafío en cualquier momento. Es
tan sólida y está tan segura de sí misma. Sin embargo, todo eso desaparece cuando
está conmigo. Puedo ver este lado de ella. Llego a ser la razón por la que su corazón
late fuerte en su pecho, y sus pupilas se dilatan tanto que sus ojos se vuelven casi
completamente negros. Es por mi culpa que está temblando ligeramente, y
realmente no sabe qué hacer.
Mierda me encanta tener ese tipo de efecto en ella, porque ella también me
afecta a mí. Mis pensamientos se enredan cuando estoy con ella. Estoy pensando
cada palabra que sale de mi jodida boca. Me encuentro pensando dos veces cada
acción, y cada paso, preguntándome si es una acción o un paso que ella aprobará,
o hará que yo le guste más. Éstas son las formas en las que ella me afecta.
¿Aquí, sin embargo, en un dormitorio, con un cinturón en mi mano y una
puerta cerrada entre nosotros y el mundo exterior? Aquí, no me lo pienso. La duda
es una imposibilidad categórica para mí aquí.
Donde hubiera estado molesto por su inexperiencia si solo hubiera sido una
chica de una noche, que hubiera traído a casa de un bar para follar, estoy
literalmente electrificado por la inocencia de Zara ahora. Dejo que mis ojos se
cierren un segundo, y su mano se aprieta a mí alrededor. Tengo que apretar los
dientes.
—Joder, Zara —susurro—. Mierda.
Un segundo más. Un segundo más delicioso y celestial de ella, provocándome
con su mano arriba y abajo, y la detengo. Hay otra perla de pre-semen brillando en
la cabeza de mi polla. Utilizo mi pulgar para limpiarlo, y luego tomo a Zara por la
barbilla con la otra mano, levantando su cara para que me esté mirando.
—Abre tu boca —ordeno. Se lame los labios. Dios, quiero morderlos tan fuerte.
Quiero romper su piel. Aunque no lo haré. Nunca soñaría con estropear algo tan
precioso y perfecto. Nunca la lastimaría. Abre su boca, y reprimo el gemido que
está pidiendo ser liberado, tirando contra mi diafragma.
—Saca la lengua —digo.
Por un segundo, creo que me va a decir que me vaya a la mierda; la
insubordinada llamarada que ilumina sus ojos es un claro recordatorio de que no
le gusta que le digan qué hacer. Pero, como una buena chica, finalmente hace lo
que le he pedido y saca su lengua. Su ceja izquierda se arquea en una pregunta
silenciosa: ¿Y ahora qué, estúpido?
Presiono la yema de mi pulgar sobre la parte plana de su lengua y lentamente
la empujo hacia la punta, extendiendo mi pre-semen sobre sus papilas gustativas,
y la respiración de Zara se atasca en su garganta. No, ella no esperaba eso. No
esperaba que fuera tan directo. Será mejor que se acostumbre a ello, y rápido, de
lo contrario la próxima hora más o menos va a ser una gran sorpresa para ella.
Deslizando mi pulgar en su boca, lo empujo hasta que sus labios se
encuentran con mi nudillo.
—Chúpalo —le ordeno.
Sus pestañas se agitan como locas, pero cierra sus ojos y envuelve sus labios
alrededor de mi pulgar.
Jódeme.
Tanto calor…
Tan mojada…
Muestro la moderación de un santo mientras saco lentamente el pulgar de su
boca y lo deslizo de nuevo. Sé lo que se sentiría si fuera mi polla la que metiera en
su boca. Se sentiría jodidamente fenomenal, pero no lo permitiré. No voy a tomar
eso. Lo primero es lo primero, quiero darle a Zara lo que necesita. Lo que ha estado
anhelando durante años, incluso si todavía no lo sabe.
—Quítate la ropa. Dámela —exijo, quitando mi pulgar de su boca. Sus ojos se
abren, y una carga de energía pasa entre nosotros. Eléctrica. Viva. Peligrosa. Sus
pestañas son mucho más oscuras que el rojo de su cabello, son gruesas y rizadas
como las pestañas de una muñeca, tan delicadas y hermosas como las paletas
sobre una pluma. Permanece en la cama, pero se quita la ropa con movimientos
hábiles y seguros. Su cuerpo es jodidamente impresionante cuando recoge el
material en un paquete y me lo pasa.
He estado tatuando gente desde que era un niño. Siempre tuve una afinidad
por las formas y los trazos, mi familia y otros miembros del clan Rivin venían a
verme cada vez que volvía de la escuela en las vacaciones, y me pedían que les
tatuase con este diseño o aquel símbolo. Me encantaba. Era un reto, y era divertido.
Sin embargo, no fue hasta que fui desterrado que tomé las cosas más
profundamente. No solo quería poder hacer un buen trabajo con una pistola de
tatuaje. Quería poder pintar. Dibujar. Convertirme en un experto en... en joder, en
algo, además de estafar a las personas y aprovecharme siempre que podía. Fui a
una clase de arte en vivo todos los días durante un año (el luchador maltratado y
magullado de los pantalones vaqueros rotos) y durante cada sesión, otra mujer
hermosa posaba desnuda para ser dibujada.
He visto cientos de cuerpos diferentes. Largos, magros, cuerpos de bailarina.
Cuerpos fuertes, tonificados y musculosos, del tipo que se encuentra en los adictos
al gimnasio. Cordiales, gráciles, de diosas del yoga. Mujeres con curvas,
voluptuosas, con caderas y pechos femeninos. Mujeres con muslos en los que
quieres hundir tus dedos mientras las follas, y chicas con culos que puedes ver
rebotar todo el día.
Pero ni una sola vez durante mi tiempo asistiendo a esas clases encontré un
cuerpo como el de Zara. Podría decir que es perfecta, pero la perfección es muy
subjetiva. El ideal de un hombre. La forma en que el plano de su estómago se
inclina para encontrarse con sus piernas. La forma en que sus huesos de la cadera
sobresalen solo un poquito. La forma en que su areola izquierda es ligeramente
ovalada e inclinada sobre un eje en comparación con el círculo casi perfecto de su
areola derecha. La forma en que su labio inferior está un poco más lleno que su
labio superior. Estos pequeños detalles que completan su forma podrían no excitar
a otro hombre de la misma manera que me excitan a mí.
No es perfecta
Pero ella es perfecta para mí, y la tomaría sobre un robot falso, perfectamente
simétrico e impecable cualquier día de la semana.
Desecho su ropa, la arrojo sobre el baúl de mantas abierto junto a la cama, y
luego cierro la tapa de golpe. Su piel es pálida y está viva. Parece que está
irradiando la luz de luna. Mi polla palpita con dolorosa urgencia cuando coloco mis
manos sobre sus hombros, empujándola hacia abajo sobre el colchón.
—¿Planeas castigarme con ese cinturón, Pasha Rivin? —susurra.
Muerdo el interior de mi mejilla, esperando mantener la sorpresa de mi cara.
—No, Luciérnaga. No soy un monstruo. Nunca usaría una herramienta para
lastimarte. Nunca te tomaría con una correa de cuero. Jesucristo.
Se ríe suavemente, rizando un mechón de mi cabello alrededor de su dedo.
—Entonces, ¿por qué no está en el piso con el resto de tu ropa?
—Porque no estoy planeando en contenerme. Estoy a punto de follarte tan
fuerte que probablemente tendrás que morderlo, Zara. Solo trato de ser un
caballero.
Levanta el cinturón, haciendo pucheros. Con su delgado cuerpo estirado en
diagonal a través de la cama, mis palmas se estremecen como locas. Ya puedo
imaginar cómo se sentirá su piel suave y satinada bajo la aspereza de mis manos,
y tratar de controlarme ahora mismo es una práctica seria para la paciencia.
Le acabo de decir que no soy un monstruo, pero tal vez eso no sea cierto.
Seguro que me siento como uno a veces. Soy mucho más grande que ella. Cuando
me acuesto sobre ella, mi cuerpo la envuelve y la retiene. Es delgada de huesos,
sus muñecas son tan estrechas que puedo rodearlas fácilmente entre mi pulgar y
mi dedo índice. La línea de su cuello es elegante y fina como la de un cisne. Me
recuerda a una bailarina, cada parte de ella es equilibrada y controlada con
absoluta precisión, cada músculo entrenado y sostenido en su lugar, una tarea
sumamente difícil, hecha para parecer tan fácil ante la serenidad en su rostro. Es
tan intrincada como un reloj suizo. Construida por expertos como un Sting Ray
’69, todas las líneas fluidas están diseñadas para ocultar un motor potente y feroz
bajo el capó.
Yo, por otro lado, fui construido con mucha menos delicadeza. Fui construido
con la fuerza bruta de la mente. Soy un martillo. Un jodido tanque de Sherman.
Soy descarado y directo: una olla a punto de hervir, veinticuatro horas al día, siete
días a la semana.
Me gustan las diferencias evidentes entre nosotros. Me gusta que sea tan
pequeña. Me gusta que sea tan vulnerable en situaciones como ésta. Nunca la
lastimaría. Ni en un millón de años. Pero hay una oscuridad en mí que disfruta de
su rendición. Sabe que soy más fuerte que ella, que soy jodidamente peligroso y
que no movería ni una pestaña por matar a alguien si tuviera que hacerlo, pero no
le importa. Se entrega a mí de buena gana. Pone su cuidado en mis manos
violentas, confiando en que tendré cuidado con ella, pase lo que pase.
Ésta no es una tontería machista inducida por la testosterona. No me gusta
el hecho de ser más grande que ella y que sea tan delicada que me haga sentir más
hombre. No entiendo esa mentalidad. No entiendo por qué otros chicos incluso se
sentirían de esa manera en primer lugar. Me gusta por esa confianza.
Me gusta probar los límites de eso. Ver hasta dónde puedo empujarla y
esperar para averiguar dónde comienza y terminan los límites de esa confianza.
Nunca dejaré de desafiarla. Nunca llegará el día en que deje de explorar su valentía,
o la agilidad de su corazón de león. Nunca le haré la vida fácil, porque la facilidad
genera complacencia.
Tal vez todo eso me hace un monstruo. Si ese es el caso, entonces es una capa
que estoy dispuesto a usar.
—¿Esa bonita pequeña boca tuya me va a tomar de nuevo, Luciérnaga? ¿Qué
tanto quieres mi polla? ¿Debería empujarla directamente contra la parte de atrás
de tu garganta, hmm?
Suspira, tartamudea y se deshace. Sus iris color mercurio son como piscinas
gemelas de fuego ardiente. Es un jodido giro ver su deseo construirse de esta
manera. Prácticamente jadea mientras se arrastra hacia mí a cuatro patas.
—Hazlo —me reta.
Retarme es como agitar una bandera roja ante un toro.
—Oh, Luciérnaga... realmente no deberías.
Enrollo su cabello alrededor de mi puño, mostrando mis dientes y aprieto mi
agarre. Zara jadea. Ni siquiera necesito decírselo esta vez: abre la boca
voluntariamente, y ver su lengua rosada y húmeda casi me pone en un jodido
frenesí.
—Más amplio —ordeno.
Ella la abre más.
Agarro mi polla, apretándola hasta el punto de dolor, y luego la deslizo
lentamente en su boca. Vibra como un jodido póquer al rojo vivo, más fuerte que
cuando era un jodido adolescente, y su cabeza cae sobre mí, maldiciendo entre
dientes.
—Santa mierda, luciérnaga. Mierda, sí.
No dejo de guiar su cabeza hacia abajo hasta que siento sus labios hinchados
alrededor de la base de mi eje. Deja escapar un gemido, una combinación de
necesidad y advertencia, y sé que la tengo justo en el borde. Apenas puede respirar
así. Su boca y su garganta están tan jodidamente llenas de mí que le estoy robando
el oxígeno que necesita para sobrevivir.
La libero, y el sonido de ella jadeando desesperadamente por aire es como
música para mis oídos. Mi polla está mojada con su saliva, y también sus labios.
Aprieto mi agarre sobre su cabello, y los ojos de Zara se abren. Sabe lo que
viene.
—De nuevo —ordeno.
Sus labios se deslizan hasta llegar a mis jodidas bolas, y puedo sentir cómo
se estremece su garganta; está a punto de vomitar, pero me alejo un poco, sintiendo
que la tensión en sus hombros se alivia. No se trata de eso. No es un acto de
degradación. No la quiero tosiendo y balbuceando, con los ojos llorosos,
maquillando sus mejillas. Quiero que ambos caminemos por la cuerda floja —
demasiado lejos y no lo suficiente.
Me mira, su boca llena con mi polla, sus ojos lanzando un desafío por su
cuenta, y es demasiado, joder. Tengo que. Dios, tengo que hacerlo. Balanceo mis
caderas hacia adelante, sosteniendo su cabeza en su lugar, y follo su boca. Duro,
rápido y apenas controlado, aprieto mis dientes mientras empujo a través de sus
labios, una y otra vez.
Gime, jadeando por su nariz, su lengua masajeando la punta de mi polla cada
vez que retrocedo, y me siento como un maldito dios. Cuando ella retrocede,
resistiendo la presión que estoy aplicando en la parte posterior de su cabeza, la
suelto. Si necesita un momento, se lo daré. Pero no necesita un momento. Su
barbilla está mojada y reluciente cuando se agacha y toma una de mis bolas en su
boca y...
¡MIERDA!
Chupa, sentándose sobre sus talones para que salga de su boca, y entonces
está lamiendo, limpiándome, chupándome. Su mano está apretada alrededor de mi
eje, y…
¡DEMONIOSDIOS!
Ya no tengo el control aquí. En un abrir y cerrar de ojos, ha volteado el guión
y, literalmente, me tiene por las bolas. Mis manos caen a mis costados, mi cabeza
cae hacia atrás, y el calor resbaladizo de su boca está sobre mí, conduciendo, más
profundo, más rápido que el ritmo que estaba marcando hace un momento.
—Zara. Mierda, Zara, para...
No lo hace. El placer que obtiene de mí se siente como si me cubriera en
capas, mantas de calor, éxtasis, fuego, uno tras otro, hormigueo, dolor y urgencia.
Es despiadada. Implacable. Dios, si no se detiene, va a acabar con esto muy rápido.
La agarro por el pelo y la jalo hacia atrás, girando por la cintura, retirando mis
caderas, y Zara gruñe por lo bajo.
—Jajaja, pequeña luciérnaga enojada. ¿Te quité tu juguete? Pon ese trasero
en el aire. Ahora.
Sus ojos brillan, como si estuviera a punto de abalanzarse sobre mí, clavarme
contra la cama y subirse sobre mi polla me guste o no.
Interesante.
Tomo su barbilla, y caigo hacia adelante, poniendo mi boca sobre la de ella.
Se siente como si estuviera tratando de luchar contra el beso, de pelear conmigo,
pero no está tratando de escapar. Lejos de ahí. Está tratando de pelear conmigo
por el dominio. Sin embargo, hoy no me rendiré tan fácilmente con ella. Alejo mi
boca, disfrutando de la frustrada blasfemia que se derrama de sus labios, y la
agarro por la cintura, con los dedos presionando su carne mientras le doy la vuelta.
—Dije trasero en el aire. —Llevo mi palma hacia abajo por su trasero, y tengo
que agarrar mi labio inferior con mis dientes y morder con fuerza mientras veo su
carne rebotar. Joder, sólo su trasero es suficiente para hacer que un hombre pierda
la cabeza. Como una fotografía desarrollándose, del blanco de su piel comienza a
surgir un enrojecimiento rojo por mi mano furiosa.
—Eso jodidamente dolió —susurra ella.
—¿Sí? ¿Cuánto? —Me muevo rápidamente, cayendo sobre ella, mi pecho
contra su espalda, y luego me estoy estirando, sujetando mi mano alrededor de su
garganta, tirando de ella hacia mí para que ambos nos pongamos de rodillas.
Puedo sentir su gruñido de ira bajo mi mano, y sólo sirve para poner mi polla
aún más dura. Con mi otra mano, acaricio y palpo sus pechos, un fuego ardiendo
dentro de mí mientras amaso y meto mis dedos entre sus tetas.
Suficiente.
No demasiado.
Nunca demasiado.
Zara tiembla contra mí mientras froto la rudeza de mi barba contra la parte
posterior de su cuello. Beso, lamo, muerdo, y Zara tiembla más fuerte, más fuerte,
y más fuerte.
—Pasha —jadea—. Dios, por favor... —Arquea su espalda, apoyándose contra
la mano que todavía sostengo alrededor de su cuello, y me doy cuenta rápidamente.
Quiere más.
Agito su pezón, presionando rudamente mis dedos contra su pecho otra vez,
y gime aún más fuerte. De la nada, está agarrando mi mano y deslizándola por su
estómago, guiándome entre sus piernas. Mis dedos la encuentran
instantáneamente caliente, húmeda y pulsante. Su coño está goteando de lo
mojado que lo tiene. Está tan desesperada por mí que grita cuando toco la punta
de mis dedos contra su clítoris.
—Ya veo —gimo en su oído—. No te preocupes, lo entiendo. Sé lo que
necesitas, pequeña luciérnaga. —Le suelto el cuello y la empujo hacia adelante, y
ella vuelve a ponerse a cuatro patas en la cama. Mi mano cae sobre su trasero otra
vez, y el grito de placer que hace eco a través del vardo está teñido con un elemento
de dolor.
—Cállate, Zara —ordeno—. Última vez que lo digo.
Obedece rápidamente esta vez, arqueando su espalda, presentándome su
trasero, y tengo que sofocar el rugido que se está formando en mi garganta. Tan
malditamente bonita. Tan jodidamente rosa. Tan endemoniadamente mojada.
Froto mi mano por ella, extendiendo la evidencia de su necesidad sobre ella,
usando mi pulgar para frotar su humedad entre sus nalgas. Zara gime, y el sonido
es como un disparador dentro de mi mente. Estoy ido. Perdido. Jodidamente
acabado.
Se tensa mientras empujo dentro de ella. La sostengo por las caderas, tirando
de ella sobre mi polla, y Zara deja escapar un suspiro de sorpresa.
—Sí. Siéntelo. Siente que te estoy llenando —gruño—. Puedes intentar
contenerlo todo lo que quieras, pero voy a hacerte gritar. Te lo prometo, tu garganta
estará en carne viva cuando terminemos aquí.
Tengo la intención de mantener esa promesa.
No puedo ser lento, y no puedo ser amable. Imposible. Me lanzo contra ella, y
Zara aprieta sus manos, apretando las sábanas.
—Joder, Pasha. Oh, Dios mío. Estás tan profundo Por favor. Por favor. Por
favor…
Hay una diferencia entre una mujer que pide más y otra que suplica que
pares. En este momento, Zara me está suplicando que le dé mi polla... y le doy lo
que quiere. Su espalda se arquea y se arquea, flexionándose mientras me meto en
ella. Es mi turno de ser despiadado. Una y otra y otra vez…
La mano de Zara se mueve a la parte superior de la cama, y luego está
deslizando mi cinturón entre sus dientes, sujetando el cuero. Es la criatura más
increíble, feroz y hermosa que camina sobre esta tierra. La adoro mientras la follo,
provocándola con cuidado con mi pulgar, aplicando la más mínima presión, lo
suficiente para que se sienta bien, y Zara muerde el cuero con más fuerza, el sudor
sale por su espalda, brillando en el surco de su columna vertebral
Es jodidamente magnífica.
No pasa mucho tiempo antes de que ella grite mientras se acerca, y agarro
sus caderas con fuerza, siento que mi mandíbula va jodidamente a destrozarse
mientras se remueve y gime contra mí. Me corro con ella, y es más que sólo una
liberación. Es más que sólo un momento descarado de placer.
Es el sol explotando, y el cielo cayendo, y el mundo como lo conozco está
jodidamente acabando. Con mi corazón golpeando en mi pecho, me acuesto a su
lado, y los ojos calurosos y nublados por las endorfinas de Zara se encuentran con
los míos.
Justo en ese momento, sé que mi antigua vida está en ruinas, y no hay nada
a lo que volver si no la tengo a ella.
Zara
EL MUNDO ESTÁ TAN, tan quieto. Aguantando la respiración.
Cuando me despierto, aplastada contra el lado del vardo, con el pesado
brazo musculoso de Pasha apretado en un fuerte abrazo alrededor de mi
cuerpo, siento como si mis orejas estuvieran bloqueadas. Es casi como si
estuviera usando un par de auriculares contra el ruido y el sonido ambiental
hubiera sido extraído del mundo. Todo lo que puedo escuchar es el
constante y lento inhalar y exhalar del aliento de Pasha sobre mi cabeza, y
el susurro suave de las mantas mientras me retuerzo, acercándome al calor
de su cuerpo y lejos del lado frío del vagón.
Mi cuerpo zumba por el dolor —un dolor profundo en mis músculos
excesivamente estirados y en mis articulaciones, recordando de una manera
muy placentera el entrenamiento que hice anoche. Los recuerdos pasan por
mi cabeza: las manos de Pasha en mis pechos, sus dedos introduciéndose
en mi carne por un segundo, acariciando suavemente y provocando al
siguiente. Su talentosa boca sacándome suspiro tras suspiro, seguido de su
nombre, repetidamente y haciendo que grite sin aliento mientras le rogaba
por la liberación.
Siempre he encontrado que eso era algo que me hacía rodar los ojos en
las películas —ese momento cuando la pareja finalmente follaba, y la mujer
era un desastre caliente, jadeando el nombre del chico, en cada respiración.
Siempre me ha parecido demasiado e innecesario, como que la heroína está
tratando de usar el nombre del chico para asegurarse de recordarlo después.
Anoche, aprendí mi lección, sin embargo. No podía pararme. Su nombre era
una plegaria en mis labios. Un ruego. Una exhalación. Su olor anuló mi
olfato. Mi piel volvió a la vida bajo sus meticulosas atenciones. Su voz, piedra
sobre piedra, arrogante y humilde, ruda y gentil, era una acción en mis
oídos. Demandaba cada parte de mí, y me di a él con gusto. Supongo que
tiene sentido que la única palabra que pudiera decir fuera su nombre.
Se remueve detrás de mí, sus dedos se contraen en mi estómago, y
luego acaricia su cara contra mi nuca. Me duelen las mejillas por el esfuerzo
necesario para mantener la sonrisa pequeña y secreta de mi cara. Me tapo
la boca con la mano, ocultando la sonrisa traidora mientras se extiende sin
mi permiso, pero al final me rindo, le doy rienda suelta mientras me sonrío
a mí misma, aturdida por el hecho que estoy siendo sostenida por un
hombre que yo...
Un hombre que yo...
Guau. ¿Qué demonios? Cierro los ojos, sacudiendo el pensamiento de
mi cabeza antes que pueda tomar forma y solidificarse. No estoy enamorada
de Pasha Rivin. No puedo. Hay normas sociales que deben ser observadas
aquí. Un período de espera. Necesito descubrir cada pequeño detalle que
hay que saber sobre él antes de poder afirmar tal cosa. Y luego tengo que
esperar un poco más, sólo para asegurarme, antes de dejar que una palabra
tan arriesgada salga en mi vocabulario. Así es como funcionan estas cosas.
Esto es lo que me digo mientras paso ligeramente mis dedos sobre los finos
y oscuros vellos en la parte posterior de su brazo, preguntándome por el
puro milagro del hombre.
Está compuesto por células de la piel, huesos, plasma y hierro. Un
porcentaje considerable de su cuerpo es agua. Tiene folículos pilosos, y
tendones, y uñas, y dientes. Como yo, Pasha es una criatura hecha de una
serie de partes e ingredientes, combinados para hacer que una forma de
vida respire, funcione y viva. Entonces, ¿por qué se siente como si fuera
mucho más que eso? Si se parece mucho a mí, ¿cómo puede sentirse su
existencia como un jodido milagro? Ni siquiera puedo empezar a entender
esto.
Siento que sus labios se mueven contra la parte de atrás de mi cabeza
antes de escucharlo hablar. Me besa ligeramente, soltando un ronroneo
complaciente, como un gato, y luego susurra.
—¿Puedes sentirlo, Luciérnaga?
—Si estás hablando de tu gloria matutina, entonces sí, puedo —le
susurro de vuelta.
Se ríe, y el brazo que ha mantenido envuelto a mi alrededor durante
toda la noche se aprieta mientras me aplasta en un feroz abrazo. Se siente
como si mis costillas estuvieran a punto de romperse, pero afortunadamente
no lo hacen.
—No, guarra. No estaba hablando de mi polla. Por una vez. —Muerde
juguetonamente la parte superior de mi oreja, luego coloca sus labios contra
mi oreja. Su barba envía un escalofrío violento y sorprendente a través de
mí cuando susurra—. Nevó.
¿Nieve? Señor. Por eso suena como si el mundo estuviera en silencio.
Ayer, cuando estábamos caminando hacia el campamento Rivin,
ciertamente había estado lo suficientemente nublado y frío para nevar, pero
anoche, cuando Pasha y yo entramos al vardo, el cielo estaba despejado, las
estrellas en lo alto resplandeciendo, distantes y brillantes. Lo último que
esperaba cuando caí en la cama era despertar en un mundo cubierto de
nieve.
No quiero levantarme de la cama, pero necesito mirar por la ventana.
Necesito verlo por mí misma. Pasha gruñe como un lobo salvaje cuando me
siento, quitando las mantas de su cuerpo, exponiendo su pecho desnudo.
—Jesucristo, mujer, ¿quieres morir? Estamos a menos diez grados. Mi
polla se retraerá dentro de mi cuerpo.
—Es como arrancarse una tirita. Tienes que ser un hombre y acabar
de una vez lo más rápido posible. —Dejo escapar un suspiro de risa,
trepando sobre él para salir de la cama. Pasha me alcanza, tratando de
agarrarme por las caderas, pero soy demasiado rápida para él. Siseo entre
dientes mientras mis pies descalzos se encuentran con los fríos tablones de
madera. Pasha se apoya sobre sus codos, mirándome mientras salto de un
pie a otro, maldiciendo coloridamente por lo bajo.
—Esa camisa luce malditamente bien en ti, Luciérnaga —dice.
—¿Qué? ¿Esta cosa vieja? —Es su camiseta, la que llevaba puesta ayer.
Huele celestial, tan claramente Pasha. Le doy un pequeño giro—. Apenas
cubre mis nalgas.
Pasha gime.
—Eso es lo que más me gusta. Y el hecho de que puedo ver esas largas
piernas tuyas. Tal vez no debería devolverte tu ropa. Tal vez solo te
mantendré atrapada aquí conmigo, medio desnuda sin nada más que mis
viejas camisetas para usar.
—Nunca conseguiríamos hacer jodidamente nada —me río.
—Haríamos jodidamente mucho —responde.
Mis mejillas se colorean con solo pensarlo. En horas, días y semanas
atrapada en este pequeño espacio confinado con él. Sería genial. Sería
celestial. Serían nuestras vidas, si el mundo fuera un lugar perfecto. “Sin
embargo, tu mundo no es perfecto, ¿verdad Zara?” Me recuerda una pequeña
voz en el fondo de mi mente. “Tu mundo está muy jodido en este momento.
Un niño pequeño está muerto. Tu amiga está perdida, y este hermoso salvaje,
este enigmático hombre con el que te has enredado, es heredero del trono
romaní.”
Si la gente del clan Rivin vota por él esta tarde, entonces Pasha no será
simplemente un tatuador de luchadores. Será un rey. Su rey. Y eso cambiará
las cosas innegablemente entre nosotros. Hemos tenido tan poco tiempo
juntos que no hemos tenido la oportunidad de formar una rutina juntos. No
nos hemos despertado juntos por la mañana y compartido el desayuno
juntos. Ningún beso de despedida mientras me deja en el trabajo. Nada de
discusiones sobre qué deberíamos cenar. Los fáciles altibajos de una
relación no existen entre nosotros todavía, y dudo que jamás lo hagan. No
puedo ni por un segundo vernos jamás compartiendo una existencia tan
mundana y rutinaria. Incluso una vez que nos hayamos encargado de Lazlo
y encontrado a Sarah, ya sé que esa vida no volverá a ser normal para
nosotros, lo que sea que eso signifique.
No tengo ni idea de cómo el nuevo rol de Pasha afectará a su vida de
ahora en adelante, pero habrá responsabilidades y deberes a los que tendrá
que atender. Su gente requerirá de su guía y liderazgo y, sin importar cuán
pequeño quiera considerar el pensamiento, hay muchas posibilidades de
que el clan quiera dejar Washington. Lo dijo él mismo: los Roma son
nómadas. Los Rivins piensan que está absolutamente loco por poner su
tienda en Spokane, es muy raro que quieran quedarse aquí para siempre,
incluso en esta hermosa, escondida y aislada esquina del mundo.
Shelta nunca le permitirá poner la Feria de Medianoche en una ciudad.
Incluso si ella quisiera quedarse, incluso si ella pensase que quedarse en
Washington era una gran idea, no importaría. Se aseguraría que el clan
votase en contra sólo por despecho. Odio pensar qué tipo de fuegos artífices
se lanzarán si Pasha es votado rey esta noche. Shelta nunca aceptará la
decisión del clan, especialmente ahora que significa que Pasha se quedará
con ellos. Ella perdería el poder que tiene sobre su gente. No será nadie. Sólo
otro miembro del clan. Pasar de ser al líder de los Rivin durante tanto tiempo
a hundirse a su nivel, ni mejor ni peor que ellos, será una píldora muy dura
para que ella la trague.
Empujo todos los pensamientos de la votación de esta noche de mi
mente mientras abro la pequeña cortina que cubre esa ventana redonda en
el lado del vagón. La parte de debajo del panel de la ventana está llena de
vaho condensado en el interior y oscurecido por hielo en la parte de fuera.
Pero tras el vidrio veo que Pasha tenía razón: ha nevado. El mundo está
completamente envuelto en un mantel grueso y blanco que cubre las piceas,
los abetos y los pinos que envuelven la pequeña cañada, defendiendo el
campamento Rivin del resto del parque. A la derecha del vagón, el río donde
encontramos a Shireen recogiendo agua anoche está fluyendo todavía, sin
congelarse, pero el agua gris baja rápidamente por el valle, cubierta de
espuma y burbujas. Se ve enfadado, como una cuerda de plomo fundido.
Los fuegos todavía queman frente a los vagones, cuyos tejados están llenos
con al menos quince centímetros de nieve. En el suelo, estrechos caminos
de pisadas han cortado a través de la sábana blanca de nieve que cubre
todo, haciendo caminos entre los vardos y la sala de reuniones, volviendo
hacia donde sólo puedo asumir que están las casas de las afueras y el área
de lavado.
Parece como que la mayor parte de los miembros del vitsa Rivin son
demasiado inteligentes como para estar fuera esta mañana, pero hay un par
de personas juntadas enfrente del vardo más lejano —un vagón pintado de
rojo con una pared blanca y una línea naranja. En la distancia es difícil
decir si son hombres o mujeres. Están tan juntos contra el viento, con
gruesos abrigos y guantes, y sombreros, y bufandas, que su forma es
simplemente humana en lugar de masculina o femenina. Columnas de
niebla se elevan, llenando el aire frío de la mañana mientras hablan entre
ellos. La figura de la derecha gesticula salvajemente, lanzando sus brazos
en el aire, y la otra sacude su cabeza, tomando un paso atrás. Obviamente
están enredados en una profunda conversación. Una discusión, quizás. La
persona en la derecha se saca los guantes y los lanza al suelo antes de volver
su espalda contra la otra persona y alejarse corriendo del campamento,
dirigiéndose hacia el río.
Casi salgo de mi maldita piel cuando siento manos en mis caderas otra
vez. Pasha, silencioso como siempre, se ha levantado de la cama y está de
pie detrás de mí. Descansa su barbilla sobre mi cabeza y gime.
—Veo que empiezan temprano —observa—. Todos van a estar
quejándose y en desacuerdo con el otro hoy. Si hay algo por lo que el clan
Rivin es conocido, es el hecho de que sus miembros rara vez piensan igual.
Suspiro, girándome dentro del círculo de sus brazos hasta que estoy
frente a él, con la cabeza inclinada hacia atrás para poder mirarlo a los ojos.
Su cabello oscuro se enrosca desordenado, enmarcando su rostro. En la
cruda luz, blanca y fría de la mañana, el color de su cabello es realmente
como la pluma de un cuervo. Teñido de azul. Un tono tan inusual, único.
Uno que nunca he visto antes. Sus ojos son del color de la menta y la hierba
cargada de escarcha.
Mencionó que había querido mantenerme aquí en nada más que en su
camiseta, encerrándonos para siempre para así poder mantenerme para él.
Si pudiera hacer lo mismo por él, lo haría. Bloquearía la puerta de este
vagón, cerrándola. Mi objetivo principal no sería mantenerlo dentro, sin
embargo, sería mantenerlos a ellos fuera. Nunca ha querido la
responsabilidad que su familia ha tratado de poner sobre sus hombros.
Siempre ha tratado de escapar. Siempre ha corrido de ella. Siempre negó su
reclamo sobre el trono romaní.
Una ola de culpa amenaza con ahogarme mientras le miro. Toda esta
situación se siente como si fuera mi culpa. Si no le hubiera encontrado, si
no me hubiera embarcado en esa loca cruzada para tratar de encontrar a
Corey Petrov, si no hubiera aparecido en la Feria de Medianoche (y
posteriormente olvidado mi teléfono allí), entonces él y yo nunca nos
habríamos encontrado. Nunca nos habríamos enredado tanto. Nuestros
caminos nunca habrían convergido y tal vez la vida de Pasha hubiera
continuado como estaba. Sencilla, sin complicaciones, libre de la bruja de
su madre y la política de su gente.
Tal vez esa nunca fue una posibilidad, sin embargo. Los sueños que
ambos tuvimos durante años, sueños tan explícitos y seductores, se sienten
como un faro, guiándonos el uno hacia el otro. Tal vez jugar el juego de “qué
pasaría sí” es inútil. Tal vez siempre íbamos a terminar aquí. Nuestros
caminos siempre cruzándose, sin importar el que. Sarah siempre habría
acabado secuestrada. El pequeño Corey Petrov siempre habría terminado
muerto. Y Pasha Rivin siempre hubiera acabado siendo rey.
Me estoy adelantando, por supuesto. Hay posibilidades de que Shelta
tenga sus garras clavadas en el clan mucho más profundamente de lo que
hemos imaginado. Y, por supuesto, incluso Patrin podría tener la
oportunidad de ser elegido Rey.
Pasha aparta el cabello de mi cara casi con reverencia mientras me
mira. También hay un huracán de pensamientos dentro de su cabeza; puedo
decirlo por la mirada tormentosa y llena de conflicto en sus ojos.
—Siempre podemos irnos sabes —dice, sonriendo—. Podría vender la
tienda. Recoger el efectivo de mis peleas. Vaciar mi cuenta bancaria.
Reservar el primer vuelo fuera de aquí. Nunca he dejado el maldito país. Se
supone que Panamá es agradable en esta época del año.
Todo esto es verdad. Podríamos simplemente cortar con todo y correr.
Podríamos abandonar nuestras vidas. Todo lo que ambos construimos a lo
largo de los años. Podríamos empacar nuestros artículos esenciales, lo
suficiente como para caber en una mochila, y podríamos simplemente
desaparecer de Spokane. Por un segundo hermoso y brillante, es agradable
soñar. Porque eso es todo, por supuesto... un sueño. Nada más. No hay
absolutamente ninguna manera de dejar Spokane sin saber que Sarah está
a salvo. Pasha lo sabe. Él nunca se iría tampoco, abandonar a su extraña
tía mientras ella pudiera necesitarlo. Simplemente no es ese tipo de hombre.
Una sombra oscura se posa sobre su cara.
—Nunca pasé mucho tiempo con Lazlo cuando él todavía estaba con el
clan —me dice—. Siempre era demasiado ruidoso. Demasiado descarado.
Demasiado lleno de ridículas ideas de mierda. No me gustaba la forma en
que trataba a las mujeres del campamento. Les hablaba como si fueran
esclavas. Peor, en realidad. —Se ríe amargamente—. Las trataba como si no
fueran más que perras. Debería haber sabido en ese entonces por la forma
en que siempre estaba pasando el rato con los niños, siempre bromeando
con ellos, jugando, tratando de hacerlos reír... —Sacudiendo la cabeza, me
suelta y se aleja de la ventana, abriendo su mochila con movimientos
rápidos y seguros, sacando un suéter. La lana oscura está desgastada y
parece vieja, apilada en las mangas. Lo arroja sobre su cabeza, deslizando
sus brazos en las mangas, y noto el pequeño agujero en el cuello, exponiendo
un destello de su clavícula.
—Espera aquí. No te vistas —me dice—. Iré a buscarnos un poco de
café y algo de comida. No tienes que salir al frío todavía. —Estoy a punto de
discutir con él. Las palabras en la punta de mi lengua. Pero capto la vista
desde la ventana, de nuevo y mi piel se pone de gallina. Esto no es solo el
invierno en Spokane. Éste es un mal invierno en Spokane. Y, por muy
cobarde que sea, planeo pasar el menor tiempo posible afuera hoy.
Pasha agarra un par de tejanos y se los pone, seguidos por calcetines
y sus botas. No se molesta en abrocharse los cordones. Me besa áspera,
dura y profundamente, y luego toma mi rostro en sus manos.
—Si alguien viene a la puerta, no abras. Y por el amor de Dios, no
deambules. Es un desierto. Hay osos y muchos leones de montaña, por no
mencionar los jodidos lobos. Con la nieve, no hay puntos de referencia.
Caminarás por el bosque y nunca volverás a salir. Prométeme que te
quedarás quieta.
Dios, está loco si realmente cree que saldría y me iría por mi cuenta.
Sin embargo, hay una luz de preocupación en sus ojos. Nerviosismo,
apretando su boca alrededor de las esquinas. Hay una parte de él, una parte
pequeña quizás, pero está allí de todos modos, está empezando a
preocuparse. Empezando a pensar que podría haber sido una mala idea
traerme aquí. En el fondo de su mente, probablemente esté empezando a
preguntarse cuándo voy a enloquecer y a escapar.
Y sí, tal vez eso es lo que haría una persona sana. Siempre me he
enorgullecido de ser una persona lógica y razonable, pero muchas cosas han
cambiado desde que la Feria de Medianoche llegó a Spokane. La cordura ya
ni siquiera entra en ello. Ni la razón, ni la lógica se aplican a nuestra
situación. Al final del día, no importa cuán locas sean las cosas, cuán
peligrosas, cuán tristes puedan parecer, Pasha está aquí en el campamento
con su familia, y para bien o para mal, no irá a ninguna parte hasta que
haya logrado lo que se propuso hacer. Anoche tuvo razón cuando hizo el
anuncio delante de Cleo y los demás, aunque un poco aterrador en su
honestidad: nos hemos reclamado mutuamente. Y si aquí es donde Pasha
necesita estar para ayudar a salvar a Sarah, entonces yo también estaré
aquí, justo a su lado.
Necesito ponerme de puntillas para besarle. Sonríe contra mi boca
cuando nuestros labios se encuentran.
—No te preocupes —le digo alejándole—. No voy a ninguna parte. Pero
si no te das prisa con ese café pronto, podría tener la tentación de quemar
este vardo.
Pasha
El aire se está congelando mientras troto hacia el río y luego a lo largo
de sus orillas hacia la sala de reuniones. Mis pulmones arden como locos
cuando giro a la izquierda, dando la vuelta a lo largo del perímetro del
campamento, dirigiéndome hacia el carro de Patrin. Los romaníes siempre
han amado sus pequeños lujos, y mi familia no es diferente, pero Patrin es
aún más exquisito que la mayoría. Él es otro nivel cuando se trata de
muestras de riqueza y lujo. A diferencia de los otros vardos y carros que
conforman el campamento, la casa que Patrin ha hecho aquí para su familia
es jodidamente enorme. De alguna manera, logró arrastrar un Winnebago
de 9 metros hacia el claro y hundió pilares de cemento para formar una base
para él, atornillando la cosa al maldito suelo. Aquí, en la naturaleza, no hay
servicios de red. Sin electricidad. No hay agua corriente. No hay gas o
internet. Sin embargo, Patrin se ha ocupado de todo eso.
Detrás del Winnebago, enterrado a ciento ochenta centímetros de
profundidad, el bastardo descargó un enorme tanque de gasolina y lo llenó
hasta el borde con combustible para poder alimentar el monstruoso
generador industrial que asegura que tiene luz y calor las veinticuatro horas
del día. Hace un par de años, incluso se inscribió a internet por satélite,
pero al ser Spokane, y el clima en Spokane ser lo que es, nunca recibe una
señal clara. Pregúntale y te dirá que se tomó muchas molestias para hacer
que la vida sea más cómoda para Shireen y los niños. Sin embargo, estará
mintiendo entre sus dientes de mierda.
Conozco a Shireen toda mi vida, y ella siempre ha sido una feminista.
Siempre ha estado dispuesta a ensuciarse, sin preocuparse por destrozar
un clavo, preparada y lista para embarrarse y emprender una aventura en
cualquier momento. No le importaba una mierda el hecho de tener agua
caliente; eso es todo sobre su marido. Incluso las viviendas de Shelta no son
tan ofensivas y tan exageradas como las de Patrin. En el otro lado del
campamento, la Airstream de cuatro metros y medio de mi madre parece
una cabaña de mierda comparada con la plataforma palaciega de su
segundo al mando.
La mayoría de los clanes Rivin usan libros y narran cuentos cuando
están acampados en el National Forest, pero puedo escuchar el televisor al
otro lado de la puerta mientras pongo mis nudillos contra el cristal. En el
interior, Patrin grita algo, y una serie de ruidos fuertes y estridentes llegan
a mis oídos.
La puerta se abre un momento después y Shireen está allí parada con
su pijama de franela de lunares negros. Su cabello es un revoltijo
ingobernable de ondas blancas brillantes y rizadas. Sonríe cuando posa sus
ojos en mí.
—Gracias, joder, eres tú —dice, agarrándome por el cuello. Un segundo
después, me arrastra dentro del Winnebago, y hay dos niños pequeños
luchando por todo mi cuerpo, colgando de mis extremidades mientras me
usan como un gimnasio de la jungla.
De memoria, el hijo de Patrin y Shireen, Albert, ya debe tener seis años.
Su hija, Evelyn, sólo puede tener tres años. Cuando me expulsaron del clan
por asesinar a Lazlo, Shireen ni siquiera había dado a luz a Evelyn, así que
la niña no puede tener ningún recuerdo de mí. Si Albert tiene algún recuerdo
de mí, entonces sólo puede ser arrebatado momentos de su infancia. Eso no
parece molestarles cuando meten sus pequeñas manos y pies en mi ropa,
chillando de placer mientras intentan atraparse y matarse entre sí.
—Jesús. Lo siento, Pasha. Son pequeños paganos —dice Shireen,
agarrando el brazo de Albert. Un momento después, tiene a Evie por el cuello
y arrastra a los dos niños por el estrecho pasillo entre las habitaciones—.
La tetera está encendida —grita por encima de su hombro—. Hay tazas con
tapas en el armario sobre el fregadero.
—¿Cómo lo supiste? —le grité. Segundos más tarde, Patrin sale del
baño, secándose el cabello con el pelo corto. No parece sorprendido de
verme. De hecho, casi no parece registrar mi presencia mientras se abre
camino hacia el área de la cocina y desliza dos trozos de pan en la tostadora.
—Te das cuenta de que ya no puedo andar por mi propia casa sin mi
camisa, ¿verdad? —dice.
Me rasco la nuca, fingiendo ignorancia.
—¿Y por qué demonios sería eso?
Me lanza una mirada asesina de reojo, enseñando los dientes mientras
se sirve un vaso de agua.
—Esa tinta tardará ocho putas sesiones en irse. Fui a un chico en
Broad Street. Dice que me costará mil pavos deshacerme de ese jodido
tatuaje. ¿Alguna vez te han quitado un tatuaje, Pasha? La tinta pica un
poco, pero duele diez veces más cuando sale, bastardo.
—No. Nunca me quitaron un tatuaje. No soy lo suficientemente
estúpido como para hacer algo de lo que pueda arrepentirme más tarde.
Claro que no dejaría que un tipo me tatuara sin firmar primero la obra de
arte. ¿Qué clase de imbécil haría algo así?
Patrin se da vuelta y se apoya contra el mostrador de la cocina. Sostiene
su vaso como si fuera a tirar el agua al suelo, romper el recipiente y luego
triturar los fragmentos de vidrio en mi cara.
—Este es tu problema, Pash —dice. Su voz está cansada, desvaída,
como si estuviera harto de decir lo mismo una y otra vez—. Sólo haces lo
que te conviene en cada momento. Nunca piensas en cómo tus acciones
pueden afectar a los demás.
Ni siquiera trato de ocultar la sonrisa en mi cara.
—Oh, vamos Patrin. Claro, soy un bastardo irresponsable, pero sabía
cómo te afectaría el hecho de tatuarte una gigantesca polla fotorrealista en
la espalda. No soy estúpido. Estuviste tres años lejos de mí. Tres años libre
de Pasha. No había tenido una oportunidad de joder contigo en un largo
tiempo, hermano. Simplemente estaba recuperando el tiempo perdido.
Shireen entra en la cocina, pareciendo apresurada.
—Joder, si vais a empezar a pelear, los encerraré en el dormitorio con
Albert y Evelyn. ¿Por qué ninguno de los dos puede actuar como un adulto?
Son demasiado mayores para esta mierda. —Shireen regresa a la cocina,
arroja un plato y un vaso en el fregadero. Ella es un movimiento rápido
mientras recorre los armarios, sacando latas de alimentos, productos secos
y utensilios de cocina—. Si puedes esperar, te haré algo para llevar a Zara,
Pash. Pero lo juro por Dios, tienen que cambiar de discusión. Si escucho
una palabra más sobre ese tatuaje de la polla, voy a gritar de verdad.
—Por supuesto, Shireen. No diré otra palabra al respecto. Honor de
Scout. —Hay un alarido de risas en la parte de atrás de mi garganta, rogando
por ser liberado, pero lo reprimo. Si me río, Patrin me va a linchar. Se ve
furioso mientras gruñe, alejándose de la encimera. Luego hace una cara
infantil desde detrás de la cabeza de su esposa.
—¿Todavía no sabes que tengo ojos atrás, Patrin Rivin? —reprende
Shireen—. ¿No crees que sé cuándo estás poniéndome estúpidas caras como
uno de nuestros hijos?
Él pone los ojos en blanco, recogiendo una camiseta que Shireen debió
haber puesto sobre el respaldo del sofá para él. Rápidamente se la pone, y
luego acepta una taza de café de ella. Entonces ella me da una.
—Tengo que irme y asegurarme que Connie termine su desayuno. El
viejo murciélago no ha estado comiendo. Sigo encontrando platos de comida
bajo su cama. ¿Creen que, si me voy por diez minutos, puedo confiar en
ustedes para que actúen civilmente el uno con el otro?
Mierda, cómo he echado de menos a Shireen. Es una de las únicas
personas en el mundo que puede intimidar a Patrin para que se someta.
También es una de las únicas personas en nuestro clan que no le tiene
miedo. He visto a mucha gente dejar que Patrin camine sobre ellos. Me
siento aliviado de que Shireen no le deje hacerlo. Levanto mis manos, mis
cejas casi tocando mi pelo.
—Ningún problema por mi parte —digo—. Sólo venía a por el desayuno
y un café.
Patrin rezonga en voz baja.
—Sí, ¿y por qué esperas que mi esposa los alimente a ti y a tu novia
gadje? No recuerdo que hayas trabajado duro en la feria recientemente.
Cada miembro del clan comparte su dinero y comida entre sí.
Técnicamente, ninguna familia está destinada a estar mejor que la otra. Por
supuesto, nunca es así. La gente guarda un poco de dinero para un mal día.
Ahorra para una emergencia, si algo sale mal, como a veces pasa. Sin
embargo, nadie realmente atesora la comida. Siempre hay para todos.
Shireen golpea a Patrin en la parte superior de su brazo, hundiendo su
nudillo en su bíceps.
—Si vas a ser un bastardo, puedes ir y disfrutar de tu desayuno con
Shelta si quieres —dice ella. Plano, duro y claramente antipático, el tono de
su voz incluso me hace encogerme un poco.
Patrin cruza sus brazos sobre su pecho como un niño regañado.
—Es una pregunta justa, sin embargo. Se fue hace tres años. No ha
hecho nada para contribuir a la seguridad y el bienestar del clan. ¿Por qué
debería comer nuestra comida? Hace buen dinero luchando en la jaula.
Deben ser diez de los grandes cada vez, ¿verdad, Pash? ¿Ha dado su diezmo?
¿Ha traído los ingresos al clan o nos ha dado dinero de su tienda de tatuajes?
Joder, se compró esa caja de cristal en la colina en su lugar.
Por primera vez desde que entré al tráiler, una punzada de ira comienza
a calentar mi temperamento. Necesito un verdadero esfuerzo para no
desgarrar al hijo de la puta un nuevo agujero mientras le rodeo.
—¿Estás bromeando ahora, gilipollas? Me ensucié las manos
protegiendo a un miembro del clan y me expulsaron durante tres malditos
años como agradecimiento. ¿Y ahora estás parado aquí orinando y gimiendo
porque no te he enviado ningún maldito dinero?
Shireen siente la tensión creciente; debe haberlo sentido, de lo
contrario no se deslizaría entre su marido y yo, usando su cuerpo de metro
sesenta y siete y cincuenta nueve kilos como barricada.
—Es suficiente. Patrin, eso fue realmente una estupidez. ¿En qué
estabas pensando? Me voy ahora, pero si vuelvo y hay agujeros en
cualquiera de estas paredes, voy a estar furiosa, ¿me oyes? ¿Los dos? —Nos
mira, un desafío escrito en su cara. He luchado contra luchadores
experimentados en la jaula. Luché contra hombres el doble de mi peso y me
burlé de hombres que, seguro que han asesinado a muchas personas en su
tiempo, pero incluso yo no sería tan estúpido como para joder con Shireen.
—Sólo ve y asegúrate de que Connie no haya muerto mientras duerme
—se queja Patrin—. No somos jodidos niños. Estaremos bien.
Shireen le da una mirada fulminante que hace que el hombre se aclare
la garganta, evitando su mirada. Sale con una caja llena de huevos
revueltos, una jarra de leche caliente y los dos testículos de Patrin en el
bolsillo de atrás. Patrin no dice una palabra más hasta que la puerta del
Winnebago se cierra de golpe.
—Bien, entonces. —Arquea una ceja infeliz hacia mí—. Escúpelo.
Podrías haber ido a cualquier lugar a por comida, pero viniste aquí. ¿Por
qué? Ya. Lo puedo adivinar, pero quiero escucharte decirlo.
Tiene razón, podría haber ido a otro lado. Shireen es una maldita santa,
pero es una cocinera terrible. Cleo felizmente nos hubiera dado un festín de
huevos y tocino, champiñones asados y sémola, además que el café de la
mujer no tiene rival. Pero necesitaba hablar con Patrin. Venir aquí esta
mañana significa matar dos pájaros de un tiro. Meto mis manos en mis
bolsillos mirando al, sorprendentemente, alto techo.
—Quiero que renuncies esta noche —digo. La solicitud no sale
fácilmente. Se pega en la parte posterior de mi garganta, lo que me dificulta
empujar las palabras. Está jodidamente amando esto. Tiene que estarlo.
¿Cuántas veces me ha pedido ayuda recientemente? Al menos tres veces, y
cada vez le he rechazado. Ahora aquí estoy, gorra en mano, pidiéndole un
favor y uno grande.
Patrin ha estado buscando mi título desde que éramos niños. Este
juego de poder constante entre nosotros no es nada nuevo. En cada
oportunidad disponible, ha tratado de burlarse de mí, de ser más que yo, de
superarme y de destacar. Mientras estaba fuera, se abrió camino en los
buenos libros de Shelta y se convirtió en alguien en quien ella confiaba. Le
hizo fácil el apoyarse en él, no porque quisiera ayudarla o asistirla en la
gestión del clan en mi ausencia. Sin duda quería acercarse a ella, descubrir
sus secretos y debilidades para poder usarlas luego contra ella cuando
hiciera su movimiento para convertirse en rey.
La sonrisa incrédula en su cara ahora realmente lo dice todo.
—Tienes un maldito nervio, hermano. Has venido aquí porque sabes
que existe la posibilidad de que no puedas ganar esta noche. Nuestra gente
se ha desenamorado de ti mientras te has ido. Puedes verlo en sus caras.
Escucharlo en sus voces. Y ahora estás preocupado de que pueda quitarte
esto. Por fin.
Sacudiendo la cabeza, sonrío mientras tomo un sorbo de mi taza de
café.
—Joder, tu ego es ridículo. ¿Realmente crees que tienes una
oportunidad? No hay un plano de realidad o universo paralelo en el que
puedas realmente vencerme en esta votación. Seamos realistas. Eres fuerte.
Le gustas a la gente. Puedes arreglar cosas. Puedes luchar. Construir cosas.
Proteger a la gente. Pero no puedes liderar. No fuiste bendecido con la
paciencia, la perspicacia o la visión de ser rey y todo el mundo lo sabe.
—Si realmente crees eso, entonces ¿por qué viniste aquí? —exige.
Me encojo de hombros, tratando de restarle importancia a lo
significativo que podría ser esto.
—Tienes razón. La gente me olvidó mientras estaba fuera. Hay un
puñado de personas en el clan que probablemente te elegirían sobre mí.
Sienten que te conocen mejor ahora. Sin embargo, hay muchas más
personas que se han alineado con Shelta a lo largo de los años. Muchas más
personas que prefieren ver que las cosas continúan como hasta ahora en
lugar de aceptar a un nuevo gobernante. Sin embargo, si me apoyases, esos
que te soportan seguramente me seguirían también. Y podría fácilmente ser
suficiente para inclinar la balanza a mi favor contra mi madre.
Patrin se ríe suavemente, apretando y aflojando su mano a su lado
—¿Realmente eres un imbécil, lo sabes? Tal vez tienes razón, tal vez no
tengo suficientes seguidores para ganar todavía. Pero tienes que estar loco
para pensar que me volvería contra Shelta. Ella me ha dado una posición
dentro de este clan. Me dio un poder que no tenía antes. Si esperas que le
dé la espalda a eso, simplemente dejarlo todo en un segundo porque me lo
has pedido, entonces no tienes ni idea.
Urgh. Es tan malditamente egoísta. No es raro en personas como
nosotros, pero no tiene ni idea de cómo servir a una idea más grande que
él. Sólo quiere gobernar para acariciar su propio ego. Voy a tener que hacer
una concesión, un compromiso, y realmente va a ser una mierda. Patrin
está tan desesperado por gobernar que nunca podré confiar en él, no del
todo. Siempre estaré esperando sentir la punta de un cuchillo entre mis
omóplatos mientras se prepara para apuñalarme por la espalda, pero en
este preciso momento, el fin justifica los medios. Lo necesito, lo que significa
que debo hacer sacrificios.
Suspirando pesadamente, dejo mi taza de café.
—No estarás dando la espalda a tu posición dentro del clan. Tendrás
un lugar conmigo. Tendrás el mismo poder del que disfrutas. Tu papel
dentro del clan seguirá siendo el mismo. Sólo estarás sirviendo a un jefe
diferente.
—¡Ah! Realmente no estás vendiendo esto bien —dice con amargura—.
Si fueras inteligente, no te llamarías jefe.
—Lo que sea. Tu rey, entonces. ¿Qué te hace sentir mejor? Seré tu rey
y tú serás mi segundo al mando.
Patrin sacude la cabeza; por el color carmesí que llena su rostro, esto
va tan bien como esperaba.
—Tu madre es una perra fría, pero puedo tolerarla. No ha hecho su
misión especial joderme cada hora del día. No soportamos vernos el uno al
otro la mayor parte del tiempo. Me temo que vas a tener que endulzar el
trato, hermano.
Sabía que esto llegaría. Me he preparado para ello. De todas formas, el
peso de lo que voy a prometer me hunde como mil toneladas.
—Si me das soporte esta noche —digo, tomando una profunda
respiración—, entonces te ayudaré. Te daré lo que viniste a pedirme en la
tienda de tatuajes. Ayudaré a sacar a Sam y Jamus de la humeante pila de
mierda en la que se han hundido, y me aseguraré de que se libren de la
cárcel. Sí. Eso es. Ésa es mi oferta. Lo tomas o lo dejas.
Patrin piensa. Aprieta su mandíbula, mirándome a los ojos, y después
dice.
—Vale. Bien. Tienes un trato. Pero, por Dios, Pasha Rivin, mejor que no
lo arruines, joder.
Zara
Estoy completamente vestida y poniéndome mis calcetines cuando
escucho el sonido de las botas subiendo el pequeño conjunto de escaleras
que conducen a la puerta del vardo. Pasha no estará contento porque
encontré un conjunto de ropa limpia en mi mochila y me la puse, pero
incluso con el pequeño fuego que me las ingenié para empezar en la parrilla,
me estaba congelando el culo y no podía esperar más. Hay una reprimenda
burlona en la punta de mi lengua. Estoy lista para cantarle las cuarenta por
tomarse tanto tiempo, pero cuando la puerta del vardo se abre…
Oh.
El hombre de pie en la puerta no es Pasha. Lo reconozco de inmediato,
sin embargo. El abrigo gastado, pesado y de lana con la solapa de piel de
oveja es nuevo. Pero el chaleco de seda descolorido y la raída camisa a rayas
bajo él son muy familiares para mí, como los pantalones de pana marrón
que lleva, que están húmedos por la nieve, el material oscurecido hasta sus
rodillas. Su mata de pelo plateado está aún más rebelde que cuando le
conocí por primera vez. Sus ojos se centran en mí, su boca abriéndose
mientras me ve sentada encima de la caja de las mantas, mi pie medio metió
en un calcetín.
—Tú —dice en un tono acusador—. ¿Cómo puedes ser tú?
Es muy estúpido por mi parte. El Zorro de la Feria de Medianoche con
su juego de copas, debería realmente haber puesto dos y dos juntos. Shelta
siquiera mencionó su nombre cuando estábamos hablando en la feria.
¿Cuáles fueron sus palabras exactas? “Hmm sí. Supongo que Archie se ve
como un zorro.” Pasha mencionó el nombre de Archie en numerosas
ocasiones desde que llegamos al campamento. Dejando claro que estábamos
en el vardo del hombre. Han pasado tantas cosas, sin embargo, tantas
partes diferentes moviéndose en este escenario, que no he tenido de verdad
tiempo de encajar ninguna de las piezas del rompecabezas.
Archie me está fulminando como si acabara de ver un jodido fantasma
y no estuviera nada contento por la visita.
—Si has venido a recuperar la llave, me temo que no puedo ayudarte
—me dice—. Hace tiempo que no está. La intercambié. Quiero decir, la perdí
—dice. No parece demasiado seguro de lo que le pasó a la llave que dejé
sobre la mesa con él en la feria. Lo que le pasara, esté en su posesión o no,
claramente no quiere devolverla. Tan condenadamente raro. Los blancos de
sus ojos se muestran mientras toma otro paso atrás en las escaleras que
llevan al vardo. Si no me equivoco, el hombre está de verdad atemorizado.
Me pongo de pie, extendiendo mis manos.
—Mierda, lo siento. No he vuelto a por la llave. Puedes quedártela. Vine
aquí con Pasha. Dijo que no le importaría si dormíamos aquí anoche. Lo
siento por las molestias. Si me puedes dar unos momentos, recogeré
nuestras cosas y desapareceremos de tu vista.
Al oír el nombre de Pasha, la expresión de Archie se transforma en una
de pura incredulidad.
—¿Pasha? ¿Está aquí? ¿Y estás aquí con él? —Suena satisfecho de que
el heredero de la población Roma haya encontrado su camino de regreso a
su clan. Por el contrario, no suena feliz con que me trajera de vuelta con él
como su invitada.
»Joder —murmura en voz baja—. El corazón del niño ha sido pinchado
por una gadje pelirrojo. Sabía que iba a haber problemas en cuanto vi esa
lechuza esta mañana.
—No estoy aquí para causar problemas, lo prometo. Estamos tratando
de ayudar. Sarah ha sido tomada como rehén por Lazlo. Él quiere que Pasha
acepte su papel como rey. Si lo hace, entonces Sarah queda libre.
Archie mete su capa desgastada de nuevo en sus caderas, colocando
ambas manos en sus costados.
—Lazlo. ¿Lazlo está vivo? ¿Y tiene a Sarah?
Debería estar acostumbrada a la reacción sorprendida ya. Se está
volviendo molesto el tener que explicar esto, sin embargo. Un frío nudo de
culpa se aprieta dentro de mí mientras asiento.
—También mato al pequeño niño.
Las líneas que enmarcan la boca de Archie se profundizan mientras
hace una mueca.
—¿El niño que buscabas en la feria esa noche?
—Sí.
—Bueno, que me condenen.
Archie estudia las tablas del suelo ante él, el ceño fruncido en su rostro.
—Qué lío, entonces —dice—. Qué jodida y completa pesadilla.
Algo me ocurre cuando miro al anciano, con sus ojos fuera de foco y
distantes mientras presumiblemente trata de procesar esta información.
—Espera. No preguntaste quién es Sarah.
Sus ojos se elevan, atravesándome con una mirada intensa.
—Conozco a Sarah. La conozco por su verdadero nombre. Y sé por qué
lo cambió, también. La he estado vigilando, de vez en cuando, a lo largo de
los años. No esta vez, sin embargo. Aún no. Tenía planeado ir a su casa la
próxima semana. —Se pasa la mano por la boca como si estuviera tratando
de borrar la tensión de su rostro. Creo que va a decir algo más sobre la
situación del secuestro de Sarah, pero en lugar de eso dice algo totalmente
sin relación.
»Mi moneda. La copa que escogiste en la feria. La moneda no estaba
bajo ella. No estaba bajo ninguna de las copas. ¿Qué tengo que hacer para
recuperarla?
—Lo siento. ¿Moneda?
—Sí. El juego que jugamos, pequeña gadje. La moneda en las copas.
Cuando te alejaste de mi mesa, la moneda se fue contigo, de una manera u
otra. Me gustaría la oportunidad de reclamar su devolución.
—¿Perdón? —Acaricio mis bolsillos, como si la maldita cosa estuviera
conmigo, aquí, en el vardo—. No la tengo. Te vi poniendo la moneda dentro
de la taza y ésa fue la última vez que la vi. Lo prometo.
Por un segundo horrible se ve como si Archie estuviera a punto de
estallar en lágrimas.
—Era un dólar de plata, ¿verdad? ¿Cuánto valía?
Archie me mira de reojo como si acabara de plantear la preguntar en
un idioma extranjero. Su cara entonces se suaviza, su confusión
derritiéndose.
—Oh, no lo sé. Treinta dólares. Cuarenta. No mucho. Tenía un valor
sentimental eso es todo. Y una moneda Roma vale un favor Roma. No es
inteligente ir por ahí perdiendo cosas así.
Pobre Archie. Se ve realmente angustiado porque le falte su dólar de
plata. Realmente no tengo ni idea de donde está, sin embargo. Estaba
seriamente molesta por su comportamiento en Feria de Medianoche. En
realidad, no me preocupaba dónde había ido la moneda, sólo que parecía
que él me había engañado. Por derecho, debería haberle pedido la llave de
vuelta. Es una cosa rara que poner como garantía en primer lugar. O era
nada. Sólo una llave de buzón sencilla, completamente inútil para mí ahora,
pero realmente no es ese el punto.
Archie me no quiso responder mis preguntas desde el principio e hizo
todo nuestro intercambio increíblemente difícil. Entonces, cuando sí
respondió a mi pregunta, fue vago en el mejor de los casos y me echó con
poco menos que un adiós. Después de la manera en que Shelta me trató esa
noche, no me preocupé mucho por Archie y su moneda, o mi llave, pero
ahora que está aquí preocupándose por el jodido dólar de plata como si se
lo hubiera robado o algo, estoy empezando a irritarme de nuevo.
—No te preocupes —dice, tirando del cuello de su chaqueta—. No tienes
que irte. Tú y Pasha son más que bienvenidos a quedarse. Vendré más tarde
para recoger algunas cosas.
—¡Espera! —Un ciclón de preguntas está girando en el interior de mi
cabeza. Desde que llegamos al campamento Rivin, no he tenido la
oportunidad de preguntar nada a nadie... Aparte de Shireen y Shelta, Archie
es el primer miembro del clan con el que he conversado desde que Pasha y
yo entramos al valle. Doy un paso apresurado hacia adelante, después de
llamarle de nuevo—. Archie, espera. ¿Puedo preguntarte algo?
Sus agudos ojos oscuros, están descontentos cuando me mira.
—Tú y tus preguntas, Gadje. Vas a preguntar a la persona equivocada
un día equivocado. Una mente inquisitiva sólo te meterá en problemas por
aquí.
Directamente le ignoro. Ya he tenido suficientes advertencias de estas
personas para que me duren toda la vida, y estoy absoluta y
condenadamente harta de que nadie sea sincero conmigo.
—Háblame de Lazlo —exijo—. ¿Qué clase de hombre era? ¿Qué clase
de ser humano?
Realmente no podría importarme menos Lazlo, cómo era o cómo
interactuaba con otros miembros del clan. Incluso pronunciar su nombre
me hace sentir sucia, pero tengo que entenderlo para averiguar sus motivos.
Si puedo hacer eso, entonces tal vez pueda predecir lo que va a hacer a
continuación.
Debajo de su barba y sus cejas tiesas de color gris acero, Archie se
vuelve de un tono alarmante carmesí.
—Lazlo era un estafador. Tomaba lo que podía de quien podía. Era
tóxico. Venenoso. Lo dije en su momento, claro y fuerte, y lo diré de nuevo
ahora. Ese hombre nunca debería haber sido autorizado a unirse a nuestro
clan.
—Espere. ¿Así que Lazlo no nació en el clan?
—No —confirma Archie—. Yo tampoco, pero al menos venía de un clan
itinerante. Entendía las formas del clan. Lazlo conocía nuestras tradiciones,
pero en realidad nunca entendió lo que significaba ser una parte de este
clan Rivin. No tenía ningún respeto, y ninguna voluntad de aprender.
—¿De dónde salió, entonces?
Archie deja escapar una risa sin humor que parece un gruñido
apretado y rígido.
—Lazlo era un gadje. Era un extraño, como tú.
Zara
Archie ya hace tiempo que se ha ido para cuando Pasha llega con un
desayuno en la mano. Le hablo de mi encuentro con el anciano, y Pasha
asiente a sabiendas cuando menciono la moneda.
—Ha tenido esa cosa siempre. Probablemente perdió su mierda cuando
se dio cuenta de que faltaba. Probablemente alguien la robó mientras estaba
haciendo el trueque contigo. Nunca ha sido fácil obtener información de él.
Es un gran tipo, con corazón tan grande como un océano, pero es un
observador. Un oyente. Pídele información y es como intentar sacar sangre
de una piedra.
No tiene ni idea de lo cierto que es lo que dice. La noche de la feria
estaba lista para lanzarme hacia él por ser tan difícil. Realmente no estoy
pensando en Archie más, sin embargo. He seguido adelante. Ahora, todo por
lo que estoy realmente preocupada es la información.
—Me contó sobre Lazlo. ¿Sabías que Lazlo era un extraño? —
pregunto—. Archie dijo que era como yo.
Pasha muerde en una rebanada de pan tostado. Mastica y traga
rápidamente.
—Sí, por supuesto. Todo el mundo lo sabía. Fue aceptado en el clan,
pero eso en realidad no tiene mucha diferencia. Era raro, y la gente tiene
una gran memoria aquí. Puedes ser aceptado en el clan, pero algunas
personas nunca olvidarán que no naciste en él. Para algunos, tú siempre
serás una gadje sin importar el qué.
No me sorprende. Estoy pensativa, perdida en mis pensamientos
mientras como el plato de huevos y tocino que Pasha trajo de Shireen para
mí. Todo sabe cómo ceniza en mi boca, y mi mente se tambalea.
—¿Cuánto tiempo crees que va a esperar? —pregunto—. ¿Qué pasa si
no sabe que el clan se fue? ¿Y si ha estado llamando al teléfono público fuera
de mi apartamento durante las últimas veinticuatro horas, y está perdiendo
la paciencia? Si algo le pasa a Sarah...
Pasha deja caer su tostada a medio comer en el plato y se pone de pie,
moviéndose a través del pequeño espacio del vardo. Me pone de pie al
segundo siguiente, aplastándome entre sus brazos.
—Lo sabe. No te preocupes. Es un maldito psicópata. Te puedo
garantizar que ha estado espiando al clan desde que llegaron a Spokane. Es
probable que les haya estado observando desde hace semanas. No hay ni
una sola duda en mi mente que sabe exactamente dónde estamos y que tú
y yo estamos aquí con el clan. No le hará nada a Sarah hasta que hayamos
hecho lo que me pidió y estemos de vuelta en Spokane. Ha esperado tres
años para su venganza. Tres años, dejando esto cuando podría sin duda
haberme hecho daño en el momento en que el clan se fue de Washington.
No lo hizo, sin embargo. Ha estado esperando, saboreando este momento.
La última cosa que va a hacer es perder su temperamento en el espacio de
veinticuatro horas y quedarse sin rehén.
Pienso en la última llamada de Lazlo, y no puedo dejar de temblar.
Pasha lo sorprendió tratando de asaltar a Leo. Pasha fue el que metió un
cuchillo en el estómago de Lazlo y casi lo mató, así que tiene sentido que
esté enfadado con él, pero Lazlo insinuó que había estado observándome
desde hacía algún tiempo, también. Que había estado tirando de las cuerdas
en mi vida, por razones desconocidas. Perdí horas desde esa llamada
tratando de averiguar lo que posiblemente podría haber significado.
¿Qué podría haber hecho para molestarle o ganarme su atención? Nada
de esto tiene sentido. Nunca he tenido ninguna interacción con la población
gitana antes. Aparte de tener, unos inútiles padres de mierda, mi vida ha
sido bastante normal hasta ahora.
Si hubiera estado en el lugar de Pasha cuando entró en ese vardo y
encontró a Lazlo atacando a Leo, habría hecho exactamente lo mismo que
él. Hubiera cogido cualquier arma que pudiera encontrar en ese momento,
y la hubiera usado contra él, sin dudarlo. No hubiera dudado. No hubiera
vacilado. Ni por un segundo pienso que Pasha hizo algo incorrecto. La
verdad es que no estaba allí esa noche. No tomé un arma y la usé contra
Lazlo. Nunca he hecho nada que pudiera hacer que alguien buscase
venganza contra mí.
Así que, ¿por qué entonces, estaría este hombre invirtiendo tanto
tiempo en conectar mi vida con la de Pasha? La enorme profundidad de este
misterio es alucinante para mí. No encontraré paz hasta que haya
descubierto la verdad y hayamos destruido a Lazlo. He hecho todo lo posible
para no pensar en cómo vamos a lograrlo.
Primero, tenemos que encontrar a Lazlo y evitar que lastime a Sarah,
pero entonces ¿qué? ¿Qué pasa cuando le hayamos desarmado y asegurado,
incapaz de causar más daño a la gente de Spokane?
Pasha y yo somos tan diferentes de muchas maneras. Es un luchador,
él pelea. Es infinitamente suave y cuidadoso conmigo, pero tiene un borde
innegablemente peligroso. No dudará en hacer daño a Lazlo de nuevo si
piensa que el hombre plantea una amenaza a cualquiera que le importe.
¿Seré capaz de soportar eso? ¿Ver a Pasha hiriendo a alguien por rabia o
ira, o en nombre de la justicia?
Hay una parte de mí que no quiere reconocerlo en este momento. Una
oscura sombra aterradora, y amenazante que parece haber caído sobre mí,
que ocupa día y noche mis pensamientos. ¿Y si quiero hacer daño a Lazlo?
¿Y si quiero castigarlo por lo que ha hecho?
Trabajando como telefonista durante tanto tiempo, siempre he tenido
fe completa en el departamento de policía. Siempre he respetado su
autoridad y la necesidad de mantener el orden, pero este monstruo ha
matado a un niño pequeño, y me involucró. Si no hubiera sido la que hubiera
tomado la llamada de Corey Petrov entonces tal vez me sentiría diferente,
pero oí el miedo en la voz de Corey. Sentí su terror, como si fuera mío, y no
puedo negar eso ahora.
Le devuelvo el abrazo a Pasha, hundiendo mis dedos en su espalda
mientras él se aferra a mí. No puedo dejar de pensar en ello. Si Lazlo
estuviera de rodillas ante mí, y tuviera una pistola en la mano, ¿sería capaz
de no apretar el gatillo? ¿Sería capaz de mostrarle piedad, o habría fuego en
mi sangre demandando que tomase acción?
Zara
SOLO DIOS SABE dónde está Archie, pero él no regresa al vardo. A lo
largo del día, muchas otras personas vienen a hablar con Pasha, y me dejan
para caminar por el espacio estrecho del vagón, masticando mis uñas
mientras me pregunto qué demonios está pasando afuera. Las voces
elevadas cruzan mis oídos varias veces, ninguna de ellas pertenece a Pasha.
En un momento, observo a Cleo llegar, todavía con el mono que llevaba
anoche, apoyada pesadamente contra un bastón largo y lacado. Ella lo
apoya casualmente contra su cuerpo, dándole un aspecto puramente
estético. Veo la forma en que la mujer cambia su peso y mueve el bastón de
un lado a otro, ocasionalmente confiando en él para mantenerla erguida. Se
queda con Pasha durante aproximadamente una hora. Se turnan para
dirigirse a un grupo de personas que parecen estar profundamente
enojadas. En su mayoría hombres, sus hombros tensos contra el frío, los
cuellos de los abrigos levantados para proteger sus cuellos. Sus ojos
muestran sus dudas claramente para que todos las puedan ver. No necesito
estar parada ahí afuera en el frío con ellos para saber que no están contentos
con el voto de esta noche y lo que podría significar para ellos. No puedo decir
si están a favor o en contra de Pasha, pero de cualquier manera, están
nerviosos.
Alrededor de las tres de la tarde, Pasha desaparece en la sala de
reunión con la mayoría de los otros miembros del clan. No pregunta si quiero
unirme a él, y no lo pido. No tengo lugar en el clan, y no tengo nada que ver
con estar presente cuando hablan de sus políticas. En cambio, permanezco
dentro del vardo, observando cómo la nieve comienza a caer nuevamente,
preguntándome cómo diablos vamos a volver al estacionamiento donde
Pasha dejó el Mustang. Independientemente de lo que suceda con la
votación de esta noche, tendremos que volver a Spokane muy pronto, y no
podremos hacerlo si tenemos que volver por el camino por el cual vinimos.
Como dijo Pasha antes, la nieve ha borrado cada punto de referencia, y el
mundo es un lienzo, blanco, casi un metro de profundidad en la nieve.
Miro por las pequeñas ventanas redondas del vardo mientras la gente
comienza a llevar piedras grandes al centro del campamento Rivin. Se dejó
un área de tierra libre de vardos y remolques, y uno tras otro, los miembros
del clan colocaron enormes rocas sobre sus hombros y las arrojaron al suelo
en la nieve.
Después de aproximadamente una hora, la pila de rocas tiene
aproximadamente un metro y medio de altura, y un hombre alto con un
bigote tupido comienza a dirigir a las personas, haciendo que cambien las
rocas una a una para colocarlas en el suelo en un círculo. Muy rápidamente,
se vuelve obvio que están construyendo un pozo de fuego. Luego traen leña.
Dios sabe de dónde la sacan, pero está pre cortada y seca, lo que significa
que deben tenerla almacenada en algún lugar al menos durante la noche.
El sol comienza a bajar cuando finalmente encienden la leña y la amontonan
dentro de sus piezas de madera apiladas a propósito. En poco tiempo, el
fuego está ardiendo, saltando para encontrarse con el cielo oscuro de la
tarde, y la nieve en el claro comienza a derretirse. Mis niveles de frustración
alcanzan un máximo alrededor de las seis de la tarde. Pasha aún no ha
regresado, y ya no tengo idea de lo que está pasando. Estoy empezando a
sentirme como que sobro.
Quizás debería haberme quedado en casa, en la ciudad. Al menos en
mi propio apartamento, podría estar haciendo algo útil, investigando en
Internet, o yendo de puerta en puerta, preguntando si alguien vio a Sarah
con un hombre hace dos noches. Joder, podría estar haciendo mi maldita
colada. Incluso las tareas domésticas vencerían esta espera, no poder hacer
o lograr nada. Me siento jodidamente inútil.
Está completamente oscuro afuera cuando suena un golpe en la puerta
del vardo. Pasha se fue a buscar el desayuno esta mañana y me dijo que no
abriera la puerta, pero ya hace más de seis horas que se fue, y estoy harta
y cansada de hacer un agujero en las tablas del piso, sin hacer nada más
que torcer mis pulgares.
Abro la puerta y me encuentro con una amplia sonrisa de mierda y una
chaqueta naranja fluorescente. Es Leo, el chico de la Feria de Medianoche,
el adolescente que intentó coquetear conmigo la primera vez que bajé las
escaleras del metro con Garrett y todo cambió. También es el chico que
Pasha salvó del asalto de Lazlo.
—¡Ja! Sabía que te volvería a ver —dice mientras entra corriendo junto
a mí dentro del vardo, golpeando sus pies contra las tablas del suelo y
quitándose la capa de nieve que apelmaza sus zapatos. Es más alto de lo
que recuerdo, unos treinta centímetros más alto que yo, de hecho. Sus
manos están desnudas, de color rojo brillante, sus nudillos casi morados
por el frío mordaz. Aplaude mientras se mueve para pararse frente a la
estufa de leña, la diversión brotando de él mientras me mira por el rabillo
del ojo.
—Hay un gran problema por ahí —me dice, riendo suavemente—.
Todos refunfuñan y hacen berrinche, quejándose de que un extraño no
debería estar aquí para uno de nuestros rituales más privados e
importantes. Todos están siendo jodidamente ridículos, si me preguntas. Yo,
por mi parte, me alegro de que estés aquí. Ya es hora de que mi tío encuentre
una mujer hermosa para establecerse. —Se sonroja cuando me da su
cumplido, y casi siento la necesidad de abrazar al pobre chico.
»Pasha me envió aquí para recogerte. Pronto comenzarán la votación.
Patrin y sus muchachos ya están reunidos por el fuego. Shelta estará abajo
en cualquier segundo. Si yo fuera tú, me pondría un par de capas más.
¿Trajiste algo cálido contigo?
Por suerte, traje una chaqueta conmigo. La capa se ajusta muy bien
sobre mi suéter y debajo de mi abrigo. Leo charla amistosamente mientras
me visto, hablando sobre las discusiones que están teniendo lugar en todo
el campamento. Me dice que su amiga, una niña llamada Anya, ha estado
llorando toda la mañana porque su madre le había prometido que Pasha
volvería y se casaría con ella durante los últimos seis meses. Al parecer, la
pobre chica está al lado de sí misma. Sin embargo, Leo parece pensar que
todo es gracioso.
—Tiene dieciséis años. Ni siquiera ha terminado su GED todavía. No sé
por qué demonios pensó que Pasha estaría interesada en ella. Su madre,
Kitty, es el verdadero problema. Ella se casó en el clan. Todavía mantiene
algunas de las viejas formas. Kitty sigue diciéndole a Anya que morirá como
una vieja solterona si no encuentra un hombre este verano. ¿Qué tan jodido
es eso?
Tengo que estar de acuerdo con él. Cuando tenía dieciséis años, lo
último en lo que estaba pensando era en encontrar un marido. Jesús, ni
siquiera estaba pensando en los chicos en ese entonces. Lacrosse, voleibol,
obtener mi licencia de conducir, salir con mis amigas. Los muchachos de mi
año en mi escuela secundaria ni siquiera estaban en mi radar todavía. Sin
embargo, todos eran imbéciles con espinillas y mal aliento, por lo que
obviamente desempeñaron un papel. Si hubiera estado en la escena un
hombre mayor, atractivo y apuesto como Pasha, entonces probablemente
hubiera estado muy interesada.
Me he engañado pensando que estoy lista para salir; las heladas
explosiones de aire que se abrían camino hacia el vardo cada vez que Pasha
venía o iba, debían haberme preparado para el clima. Pero ahora, al salir a
la cañada congelada, me doy cuenta de que no estoy preparada para nada.
Mi abrigo, mi chaqueta de abajo y mi suéter hacen poco para
protegerme del frío. Mientras Leo toma mi mano, arrastrándome a través del
claro hacia el enorme fuego que ahora está rugiendo en la noche, se siente
como si miles de cuchillas heladas estuvieran cortando mi ropa, cortando
mi piel y metiéndose entre mis costillas. No es sólo frío. Se siente
jodidamente ártico aquí, aunque a nadie más parece importarle. Las
personas se reunieron alrededor del fuego, envueltos en sus abrigos y
sombreros, charlando ruidosamente entre ellos, riendo a carcajadas y
agitando los brazos mientras intentan expresar su opinión.
Ojos patinan sobre mí, algunos amistosos, otros no, mientras me abro
camino entre las figuras agrupadas, siguiendo de cerca a Leo. Un murmullo
susurrado sigue mi estela, y comienzo a desear haberme quedado dentro del
vardo. Podría mantener mi cabeza baja, mis ojos en el suelo y esperar que
nadie me notase, pero sería inútil. Incluso en la oscuridad, mi cabello es
increíblemente brillante, increíblemente rojo. Incluso con mi capucha
levantada, es muy difícil no verme. Encontramos a Pasha al borde del fuego
junto a Shireen, que tiene un niño pequeño en equilibrio sobre su cadera.
El cabello de la niña es oscuro, negro como la tinta, pero no se puede
negar que es la hija de Shireen. Comparte las mismas características que
su madre, los hermosos ojos de gato con forma de almendra, la delgada nariz
hacia arriba y la misma cara en forma de corazón. La niña chilla,
escondiéndose en el pelo de su madre cuando le sonrío.
—No creas el acto de tímida ni por un segundo —dice Shireen, riendo—
. Dios sabe lo que se le ha metido. Dale cinco minutos y se irá al diablo. Sólo
espera y veras.
Los ojos de Pasha no se han oscurecido ni un poco con la llegada de la
noche. En todo caso, son incluso más brillantes de lo habitual, su tono verde
pálido parece brillar cuando la luz del fuego los golpea y refracta.
Lentamente, él sonríe, poniendo un mechón de cabello detrás de mi oreja.
Su rostro está lleno de tantas emociones cuando me mira, pero cuando
nuestros ojos se encuentran, todo lo que veo es adoración. Acercándose a
mí, pasa una mano por mi cintura y la apoya en mi espalda, acercándome
a él. Su enorme cuerpo sobre mí cuando se inclina y coloca su boca junto a
mi oído, luego me susurra:
—Jodidamente mátame, luciérnaga. Eres hermosa durante el día, pero
por la noche, con el resplandor del fuego en tu piel, Dios, pareces un ave
fénix envuelto en llamas.
Nunca he conocido a un hombre que diga lo que sea que esté pensando,
sin importarle si eso lo hace parecer vulnerable. Pero hay tal inocencia en
Pasha a veces. Tal vez fue su crianza, pero no hay reservas para él. Él fue a
la escuela secundaria, por lo tanto, debe haber pasado tiempo con
deportistas y otros niños adolescentes ebrios de testosterona. Mierda, él
lucha en una jaula para ganarse la vida. Pero incluso eso no parece haberle
endurecido hasta convertirlo en piedra. Cuando me susurra cosas así, tan
reverentemente, como si estuviera confesando, no hay vergüenza. Sin
vergüenza. Mi hermoso, abierto y honesto Pasha, que lleva su corazón en la
manga. Es un soplo de aire fresco. Una revelación. No lo tendría de ninguna
otra manera.
Apoyo mi frente contra su pecho, cerrando los ojos con fuerza. Él planta
un beso tierno contra mi sien.
—Espero que estés lista, luciérnaga —me dice—. Esto probablemente
se va a volver un caos. Según Patrin, mi madre está perdiendo la cabeza en
este momento.
No sé para qué necesito estar lista. No tengo nada que hacer en el teatro
del ritual de esta noche. No soy nada más que un espectador no deseado,
una gadje, que no tiene absolutamente ningún derecho a presenciar la
elección de un nuevo líder para el clan Rivin. ¿Cree que podría haber
problemas para mí si no gana? ¿Qué pasa si no gana? Ya tengo una idea
bastante decente de lo que le sucederá a Sarah, y ni siquiera me atrevo a
pensar. ¿Pero mi propio destino? ¿El de Pasha? Eso aún está por verse. Sólo
espero que no nos echen del campamento, que no nos obliguen a salir en
mitad de la noche, en medio de una tormenta de nieve, con el viento helado
arañándonos la espalda.
Pasha engancha su meñique alrededor del mío, un pequeño gesto
oculto, destinado a tranquilizarme.
—Si ellos eligen a mi madre... —Se calla. Cuando levanta la vista,
contempla a la creciente multitud de miembros del clan, pasa por alto a
cada individuo como si estuviera realizando algún tipo de recuento de
personas en el último minuto, sus ojos están llenos de estrellas, reflejando
el parpadeo y las luces brillantes emitidas por el pozo. Los incendios
alimentados que se han encendido para frenar la noche—. Es una perra fría
como la piedra, pero es inteligente. No hará nada frente al clan que pueda
poner en peligro a cualquiera de nosotros. ¿Pero fuera de la vista? La he
visto hacer mierdas jodidas, Zara. Si gana esta votación, tenemos que irnos
con la primera luz.
—¿Y cómo evitaremos que Lazlo conozca el resultado de la votación si
no te eligen? —pregunto—. ¿Cómo podemos evitar que descubra la verdad
si no ganas?
Pasha chasquea la lengua contra el paladar, sonriendo mientras
sacude la cabeza.
—Realmente no tenemos que preocuparnos por eso, luciérnaga. Voy a
ganar. Ya sabes que es verdad.
Arrogante hasta el amargo final, su orgullo demasiado activo lo matará
uno de estos días o terminará siendo rey de más que de los Roma, de una
forma u otra, con el mundo inclinándose ante él en su gran tamaño.
Le sonrío, entusiasta por la idea de que podría llegar a presenciar que
suceda.
—Lo sé. —Estoy de acuerdo.
Un suave sonido se engancha en mi oído a nuestra izquierda: el sonido
de la caída del invierno seco deja susurros en una brisa nocturna. Es la niña
en los brazos de Shireen; se ve como una muñeca rusa en miniatura, cabello
oscuro recogido hacia atrás, dos puntos de color rosado en sus pálidas
mejillas, sus labios de un rojo rubí brillante. Está hablando. Susurrando,
para ser precisos.
—¿Qué...? —Sus brillantes y oscuros ojos se lanzan a Pasha
momentáneamente, luego de regreso a su madre—. ¿Qué es un rey?
Shireen deja escapar una risa ronca y cruda.
—Bueno, es un hombre que puede decirles a todos qué hacer —
responde ella—. El rey es el hombre que llega a estar a cargo.
—¿Todos se turnan? —pregunta Evelyn.
—No bebé. No es así como funciona con los reyes. Algunos reyes nacen.
Otros son elegidos. Nos gusta elegir a nuestros reyes.
—Y... entonces... ¿vamos a elegirlo ahora? —Evelyn señala a Pasha con
otra mirada rápida. Hasta ahora, Pasha ha estado fingiendo no escuchar el
intercambio que tiene lugar junto a él. Sus ojos permanecen fijos en mí, pero
ahora se arrugan ligeramente en las esquinas, el lado izquierdo de su boca,
el lado que Evelyn no puede ver desde su posición ventajosa en la cadera de
su madre, y la mitad de él sonríe.
—En realidad, ya lo hemos elegido dos veces —informa Shireen a la
niña—. Una vez cuando era pequeño, y una vez más cuando era mayor.
Ahora el tonto nos está haciendo elegirlo de nuevo.
Evelyn se ríe.
—Eso es tonto. Sólo necesitas ser elegido una vez.
—Tienes razón niña. Tu tío es grande y fuerte, pero en realidad es sólo
un bebé grande. Necesita que se le recuerde que a la gente le gusta.
La risita dulce y aguda de Evelyn atrae sonrisas de adoración de
algunos de los otros miembros del clan, que parecen olvidarse por un
segundo que se supone que me están mirando con recelo por el rabillo del
ojo.
—¿Es mi tío? —Escucho la maravilla en su voz. El puro deleite. Está
claro que la perspectiva de que Pasha sea su tío es mucho más importante
para Evelyn que la posibilidad de que él sea su rey. Shireen acaricia un rizo
negro detrás de la oreja de la niña.
—Oh, él es tu tío, sí. Si Pasha y Patrin Rivin no estuvieran relacionados
por la sangre, entonces definitivamente estarían relacionados por su propia
estupidez. —Su burla aumenta de volumen, destinada a ser escuchado por
Pasha, que rebota sobre las puntas de sus pies, sonriendo al fuego.
Mira hacia atrás por encima del hombro y dice:
—Cuidado, Stafie. Si vuelvo a ganar, me aseguraré de que recibas el
servicio de agua durante el resto del invierno.
—Oh, ¿escuchaste eso? —Shireen retuerce sus dedos en el costado de
su hija, haciéndole cosquillas—. Él es tan malo. Tal vez no lo queremos como
rey después de todo. ¿Qué piensas, Evie? ¿Deberíamos echarlo?
La niña grita de júbilo, retorciéndose, intentando alejarse del
despiadado cosquilleo. Pasha aprieta mi mano rápidamente, soltándome, y
luego él se adelanta, toma a la niña debajo de los brazos, la rescata de su
madre y la sienta en su cadera.
—Ven acá. Déjame decirte algo —le dice. Ella tentativamente se inclina,
colocando su oreja cerca de la boca de Pasha. Le sonríe maliciosamente a
Shireen mientras le habla a la chica—. Cuando sea rey, prohibiré las
cosquillas para siempre. Lo convertiremos en un delito que se castigará con
panqueques —dice de forma conspirativa.
Sus ojos se han duplicado en tamaño.
—¿Panqueques?
Pasha asiente solemnemente.
—Si soy rey y tu madre te vuelve a hacer cosquillas, tendrá que hacerte
panqueques para el desayuno, todos los días durante todo un mes.
La boca de Evelyn se abre para formar una —O— linda como un botón.
Intenta retorcerse fuera de los brazos de Pasha y regresar a la de su madre.
—¡Hazme cosquillas, mamá! Hazme cosquillas.
—Espera, espera. —Pasha no devuelve a Evelyn de inmediato. La apoya
en su cadera hasta que ella deja de reírse e inclina su carita hacia arriba
para mirarle. De repente, la niña parece sobrecogida de asombro, como si
estuviera viendo a Pasha por primera vez, y estuviera hipnotizada por él.
Puedo simpatizar con ella; estoy segura de que adopto la misma expresión
aturdida, atónita, cada vez que miro sus ojos de jade también.
»Acabas de preguntarle a tu madre qué era un rey, y ella te dijo que él
es el hombre que puede decirles a todos qué hacer. Tenía razón, más o
menos, pero ser rey es más que eso. El rey es responsable de muchas cosas
diferentes. Tiene que tomar decisiones muy difíciles. Tiene que tratar de
hacer a todos felices, y mantenerlos calientes y alimentados. Tiene que
resolver las discusiones y asegurarse de que todos se lleven bien. Tiene que
arreglar las cosas cuando están rotas. Lo más importante, el rey protege al
clan. Si alguien intenta causar problemas o quiere lastimar a uno de
nosotros, entonces es trabajo del rey defender al clan y mantenerlo a salvo.
Evelyn reflexiona sobre esto, por cómo se ve está dando vueltas a las
palabras de Pasha dentro de su cabeza, considerándolas muy
profundamente. Finalmente, dice:
—¿Vas a hacer todo eso? ¿Nos vas a defender?
Lentamente, muy en serio, Pasha asiente. Cada parte de su rostro tiene
el peso de su responsabilidad.
—Si tu madre y el resto del clan me eligen de nuevo esta noche,
entonces sí. Eso es exactamente lo que voy a hacer. Lo juro.
Anteriormente, me dijo que planeaba alejarse de esto una vez que el
tema de Lazlo estuviera resuelto, y lo decía en serio en ese momento. No
conozco lo que sucedió en todas las conversaciones que tuvo esta tarde, pero
ahora está claro que alejarse de esto ya no es una opción para él. Si gana la
votación, si le ponen una corona en la cabeza, joder, ni siquiera sé si llevaría
una corona física real. Simplemente no puedo imaginármelo, entonces no
podrá darle la espalda. No se apartaría de eso, porque eso sería romper una
promesa. Y eso es algo que ya sé que él nunca haría.
Pasha me mira, cauteloso y preocupado, y veo la disculpa en sus ojos.
Honestamente, nunca creí realmente que no cumpliría con su deber y no
serviría a su gente. Ha querido más que nada negar la petición de su gente,
pero nunca fue realmente una posibilidad realista. Incluso yo sé eso. Pasha
tiene las costillas magulladas y el fantasma de un ojo negro descolorido.
Tiene callos en todas las manos, y hay más cicatrices en su cuerpo de las
que puedo contar. No camina por este mundo con suavidad o gentileza, y
no lo maneja con cuidado. Pero dentro de su pecho late un corazón que se
preocupa profundamente por los demás, sin importar cuánto intente
ocultarlo, y tiene honor. Será su rey. Será complicado y desordenado, y
podría costarnos más de lo que queremos rendir, pero lo resolveremos.
Sonrío suavemente, asintiendo con la cabeza, y de alguna manera
entiende. Sabe que lo apoyaré, aunque estoy enojada por no correr una puta
milla. El alivio en su rostro cuando me devuelve mi sonrisa es profundo.
A nuestro alrededor, la noche cae oficialmente. De pie dentro de un
anillo de luz naranja expulsado de una fogata, un joven se para con un niño
en su cadera. La conversación que acaba de pasar entre ellos fue simple,
pero real, y cada palabra sonó con una sorprendente profundidad de verdad.
El joven ha estado tan obsesionado con la pequeña niña que no ha notado
los numerosos pares de ojos que lo han mirado en la oscuridad; no sabe
nada de los oídos que le han estado escuchando y han escuchado su
promesa. No ve la tensión derritiéndose de sus rostros, como si hubiera
tomado su pulgar y aliviado personalmente las líneas de preocupación entre
sus frentes arrugadas.
Me paro en el borde del fuego, observando cómo ocurre todo esto, y sé
que acabo de presenciar algo importante. Shireen se está abrazando a sí
misma, sus dedos hundiéndose en la parte superior de sus brazos. Su
mirada se encuentra con la mía, y sus ojos se ven vidriosos, como si
estuviera al borde de las lágrimas. Inhala, su pecho subiendo bruscamente,
y luego da un paso adelante, alcanzando a Evelyn y recogiéndola de Pasha.
—Sabes que no puedo hacer panqueques —sisea en un tono molesto y
tenso. Sin embargo, sus ojos siguen brillando; Pasha vacila cuando ve la
emoción que ella está tratando de ocultar—. Espero que sepas cómo
hacerlos —continúa, apartándolo mientras él le tiende la mano—. Vas a
tenerla en tu puerta a primera hora de la mañana, queriendo lo que le
prometiste. Sólo espera. —Shireen le muestra a Pasha una sonrisa radiante
y luego la corta de inmediato, como si todo su ser pudiera desmoronarse si
permitiera que la sonrisa tomara el control total de su rostro—. Necesito
encontrar a mi marido. Probablemente esté causando problemas en alguna
parte. Además, comenzaremos pronto.
Pasha y yo vemos a Shireen irse, la carita de Evelyn nos mira por
encima del hombro de su madre mientras se escurre entre la multitud. En
pocos segundos, se han ido.
—Extraño. ¿Te parece… te parece que está bien? —murmura Pasha.
Suena genuinamente preocupado.
—Sólo está conmovida, eso es todo. No quería que lo supieras.
Los agudos ojos de Pasha se fijan en mí.
—¿Conmovida? ¿Por qué?
Shireen tenía razón; Pasha es un poco estúpido. Él es estúpido de la
misma manera en que todos los hombres son un poco estúpidos a veces. No
tiene ni idea de lo que la vista de un hombre tatuado, tosco y peligroso, con
una niña vulnerable y delicada como Evelyn en sus brazos y prometiendo
fielmente protegerla, le hará a una mujer. Especialmente a su madre.
—Tú... —Fruncí el ceño, tratando de encontrar la manera correcta de
decirle que su amiga probablemente está enamorada de él. Siempre ha
estado enamorada de él. O, si ella no estaba enamorada de él antes,
entonces ciertamente lo está ahora. Sin embargo, no puedo conjurar las
palabras apropiadas. Entonces, me doy cuenta de que he encontrado la
palabra, la única palabra que importa, y que es completamente suficiente—
. Tú.
Un destello de preocupación estropea la cara de Pasha.
—Mierda. No quise molestarla. Sólo estaba tratando de ser amable con
la niña. —Dirige sus ojos rápidos y preocupados hacia el fuego, buscando a
Shireen, pero todo lo que encuentra son otros miembros del clan, todos se
volvieron hacia él y lo miraron como si fuera un sol eclipsante.
Pasha se estremece.
Sólo está ahí por un segundo, la reacción de asombro ante el peso de
tantos ojos expectantes en él. Al siguiente segundo, desapareció, retrocedió
magistralmente, se transformó en una expresión plana y uniforme de calma.
Dudo que alguien más lo viera, pero, más cerca que su propia sombra,
metida en su costado, lo vi muy bien: Pasha se está volviendo loco.
Él traga, estirando sus hombros.
—Joder, luciérnaga —silbó entre dientes—. Ese boleto de avión para
Panamá suena bastante bien en este momento.
Quiero estar de acuerdo con él. Quiero intentar que se sienta un poco
mejor con respecto a lo que está haciendo, pero no puedo. No hay tiempo
para reafirmaciones. Una ola de anticipación recorre el clan y se forma un
camino al otro lado del fuego. Un latido más tarde, y allí está Shelta.
La mujer es un maldito genio malvado.
Sólo me he encontrado con la mujer dos veces, pero en esas dos
ocasiones llevaba una camisa con botones y pantalones de vestir
pulcramente ajustados con una línea nítida en la parte delantera de cada
pierna. Sencillo. Inteligente. Casi atuendo de oficina.
Aunque esta noche no.
Cuando se acerca al fuego, la luz se engancha en la cortina de pequeños
medallones dorados que cuelgan de la bufanda verde brillante que cubre su
cabello oscuro, color acero. Su prístina camisa de botones ha desaparecido,
reemplazada por una camisa oscura, casi negra de manga media, suelta y
la falda plisada de color verde oscuro que lleva termina en la mitad de la
pantorrilla, dejando un espacio de cuatro pulgadas entre el borde del
material y la parte superior de sus botines negros, pulidos y con cordones.
Ésta no es una mujer que juega a disfraz de adivina gitana en
Halloween. Shelta es el verdadero negocio. Es la encarnación de la cultura
y la historia de los gitanos, vistiendo la ropa tradicional con un orgullo agudo
y feroz...
...y quiero matar a la perra por ello.
Éste es un movimiento calculado. Una pieza de ajedrez se movió con
sorprendente precisión estratégica a través del tablero a cuadros. Al mismo
tiempo, también es la cosa más hipócrita y manipuladora que he
presenciado. Shelta no es así; este último, patético, insultante control del
poder, y lo más preocupante es que podría funcionar.
Respeto y sorpresa brillan en los ojos de los otros miembros del clan.
Cuando miro a Pasha, su mandíbula se endurece, y sus ojos arden con una
furia viva.
—Touché, perra —murmura en voz baja.
Agarro su mano, anudando mis dedos con los suyos.
—Es humo y espejos. Nada más. Ella juega con ellos. Ayúdales a verlo.
Haz que te elijan. Sarah... Sarah necesita que esto suceda, Pasha. Ella te
necesita.
Pasha suspira pesadamente; De repente, parece jodidamente cansado
de todo esto.
—De acuerdo, entonces. Joder. —Agitando la cabeza de lado a lado,
Estira el cuello, y puedo imaginármelo haciendo exactamente lo mismo
cuando se prepara para meterse dentro de una jaula para pelear. Él me
mira, sonriendo con fuerza—. La tercera es la vencida, ¿verdad, luciérnaga?
Pasha
He estado esperando por esto. Bueno, no esto específicamente, pero el
truco. El truco que Shelta estaba obligada a intentar para tratar de ganar la
simpatía del clan Rivin. Vestida con su pañuelo en la cabeza, sus ojos
delineados con kohl1, algo que recuerdo nunca ha hecho, está tratando de
alcanzar los corazones de la gente Rivin y aferrarse a cualquier sentimiento
que pueda permanecer allí, cualquier cariño que la gente tenga hacia las
tradiciones y cómo las cosas solían ser.
Algo se me ocurre cuando llega Shelta, deteniéndose frente al fuego
crepitante: será la generación más joven la que compre esta pieza de
actuación. La generación de más edad en realidad recuerda cómo era la vida
cuando seguíamos las viejas costumbres, y aunque algunas cosas podrían
haber sido más fáciles, otros aspectos de la vida ciertamente no lo fueron.
La desigualdad. La falta de educación. Los matrimonios concertados. La
superstición paralizante que dictaba cada acción de cada día. No, la
generación anterior, la propia generación de Shelta, no apreciará que se le
recuerde eso.
Irónicamente, los miembros del clan Rivin más cercanos a mi edad
pueden sentirse un poco diferentes, sin embargo. Están acostumbrados a
ser perseguidos y tratados como una mierda en el mundo exterior, pero
realmente no saben por qué. En lo que a ellos respecta, hay poco que los
separe de la comunidad gadje. Al igual que Patrin, pueden sentir que su
cultura y su patrimonio han sido arrebatados, y muchos de ellos
probablemente la desean.
Shelta me sonríe benévolamente desde el otro lado de las llamas
saltadoras, siempre orgullosa, amable, comprensiva, aunque quizás una
figura maternal dañina. Cristo, la mujer merece un Premio de la Academia
por esta actuación. Si fuera un forastero, observando, creería que ella
valientemente ha venido a enfrentar su destino, lista y dispuesta a aceptar

1
Kohl: Una preparación utilizada especialmente en Arabia y Egipto para oscurecer los
bordes de los párpados.
la decisión tomada esta noche por su gente, con toda la gracia y humildad
de un líder amado.
Una puta de mierda.
—¡Hermanos, hermanas! ¡Hijos e hijas! —Shelta grita al aire helado de
la noche. Las palabras forman estallidos de niebla en su aliento que flotan
hacia el cielo azul medianoche—. Gracias por aceptar participar en el
repentino ritual esta noche. No tuvieron tiempo para prepararse para esta
interrupción, pero estamos muy agradecidos de que se hayan reunido aquí
esta noche, ante los ancianos del clan, para arreglar este asunto de la familia
Rivin.
Estamos. Está hablando en mi nombre, como si todavía hablara por mí.
Como si confiara en ella como mi portavoz, aunque fui yo quien convocó la
reunión.
—En el pasado, nuestra gente ha seleccionado reyes según su edad,
experiencia y sabiduría. Siempre han mostrado respeto y comprensión al
elegir a alguien que es inteligente en el mundo, capaz de utilizar sus propios
y amplios conocimientos y habilidades para guiar a nuestra gente. Cuando
mi esposo murió, nuestra gente rompió sus bases con el pasado y decidió
que su hijo debería sucederlo. Esta fue una decisión inusual e inesperada
que muchos han cuestionado a lo largo de los años...
Mentiras. Jodidas. Malditas. Mentiras. Es una maldita serpiente. Para
mi gran decepción en los últimos trece años, nadie ha cuestionado la
decisión de que me hicieran rey. Quería que lo hicieran. Oré por eso cada
noche antes de irme a dormir, pero siempre tenía mala suerte. Cleo fue el
que previó que yo sería rey. Fue la que se puso de pie ante el pomano
conducido después de la muerte de mi padre y les dijo a todos que debía
seguir sus pasos. Nadie ha cuestionado a la anciana ahora, y nadie la
cuestionó entonces. Mi ascenso al trono se ha escrito en piedra desde ese
día, no importa lo poco que me guste, y sin embargo, aquí está Shelta,
tratando de arrojar dudas en sus mentes.
Es una táctica inteligente, eso es seguro. Señalarles que nuestras
tradiciones siempre nos han hecho elegir a un sabio, un anciano del clan
experimentado para que nos gobierne, no un niño, inmaduro y sin
experiencia.
Aprieto mis dientes mientras Shelta continúa casualmente,
astutamente retorciendo un cuchillo en la mente del clan.
—En su sabiduría, Pasha nos ha brindado otra oportunidad para
reconsiderar la vital e importante decisión que se tomó hace tantos años,
cuando las cosas eran muy diferentes para el Clan Rivin. Es prudente que
volvamos a evaluar quién nos guiará hacia el futuro, para asegurarnos de
que continuemos prosperando y progresando como hemos hecho en
ausencia de Pasha.
Dios, esto es jodidamente doloroso de escuchar. Su significado se está
volviendo cada vez menos velado a medida que dice: Pasha nunca quiso esta
responsabilidad. Pasha se ha ido. En el timón, guiando este barco, soy quien
ha llenado de dinero vuestros bolsillos y se ha asegurado de que haya comida
en vuestras mesas cada noche cuando estáis sentados para comer.
—Sabemos qué hace frío, y está empezando a nevar de nuevo, así que
lo haremos rápido. Todos saben cómo funciona esto —dice Shelta, abriendo
sus brazos, como si estuviera abrazando a todos y cada uno de los miembros
de la multitud—. Cualquiera que desee ser considerado para el papel de
líder del clan traerá su tazón y lo colocará ante el fuego. Todos los que
queden tomarán una piedra y lo echarán en el t...
—Ella está en lo correcto. Nunca quise tomar el cargo que me
impusieron —digo, acercándome un poco más al fuego. Shelta continúa
hablando, ignorándome, diciéndole a las personas que deben arrojar sus
piedras en el tazón de la persona por la que desean votar, pero mi voz,
siempre tan profunda y resonante, una bendición a veces y una maldición
otras, exige la atención de la gente se acurrucada contra el viento amargo.
Uno a uno, los rostros se vuelven hacia mí, en blanco, enojados,
esperanzados, irritados, y una ráfaga de pánico me atraviesa hasta las
botas.
Mierda.
Joder, joder, joder.
No sé cómo hacer esto.
No sé si puedo hacer esto.
Sin embargo, siento la presencia en mi espalda, y sé que tengo que
hacerlo. Por ella. Zara, la gadje por la que estoy rompiendo todas las reglas.
No ha dado un paso adelante conmigo, obviamente sabe que debo
separarme para esto. Con mis dos pies, orgulloso y fuerte, pero la siento a
mi lado de la misma manera, siempre presente y constante, de la misma
forma que ha estado en mis sueños durante tanto tiempo.
Shelta suspira con cansancio.
—Pasha, todos conocemos nuestras opciones aquí. ¿Por qué no lo
hacemos y dejamos que todos entren antes de que nos congelemos hasta
morir?
Ahora me toca a ignorarla.
—Mucha gente que veo ante mí aquí esta noche comparte conmigo un
apellido. Shireen Rivin. Cleo Rivin. Boyd Rivin. Clara y Delia Rivin. Paige
Rivin. Leo Rivin. Pero hay muchos de ustedes con otros apellidos. Entre
ustedes, veo Tanners, Whites, Yancers, Birches y Youngs. No son nuestros
nombres los que nos han unido para formar este clan. Ni siquiera es nuestra
sangre, aunque la mayoría de nosotros compartimos al menos una o dos
gotas entre nosotros. Érase una vez, nos unimos por necesidad, para
sobrevivir, para asegurarnos de que podíamos resistir los desafíos de la raza,
el credo y la fe que parecían decididos a aplastarnos a cada momento.
Formamos este grupo familiar fuerte porque había fuerza en los números, y
era la manera más fácil de asegurarnos de que nuestros hijos crecieran sin
miedo.
Las voces se confunden mientras un rumor de acuerdo viaja a través
de la multitud. Shelta sonríe. Tal como lo hizo Shireen antes, los ojos de mi
madre brillan con emoción.
—Gracias a los cielos. Estoy tan contenta, Pasha. Me alegra tanto oírte
decir esto, finalmente. Desde que Patrin me dijo que te negaste a volver a
casa y que no querías tener nada más que ver con nosotros, he estado
esperando y rezando para que tú...
—Este clan siempre ha sido fuerte —grito—. Sus miembros siempre
han estado juntos, apoyándose unos a otros. Eso es lo que nos ha unido y
dado la columna vertebral del clan Rivin. Pero... —Finalmente, miro
fijamente a Shelta. Ha tratado de robarme mi voz desde que vino aquí vestida
con sus atuendos por dos razones. Uno: no quiere darme la oportunidad de
decir algo que pueda hacer que la gente se una a mi lado. Dos: no quiere
darme la oportunidad de decirles lo que jodidamente ha hecho. No me robará
ninguna de esas oportunidades. Son mis derechos, y no hay nada que Shelta
pueda hacer legítimamente para quitármelos.
Levantando mi voz, la miro con furia mientras proyecto mis palabras a
través de la cañada silenciosa e invernal.
—Hace tres años, fui avergonzado a los ojos del clan. Tomé la vida de
otro miembro del clan. A pesar de que ese hombre tomó algo mucho más
importante de parte de nuestros propios hijos, mi madre exigió que me
desterraran por tres años para pagar mi crimen. Esta semana, descubrí que
el hombre por el que fui castigado no murió. Shelta lo protegió. Lo había
mantenido y cuidado hasta que se recuperó. Fui desterrado, y Lazlo salió
libre, y todo porque mi madre no podía soportar la idea de renunciar a su
posición aquí con el clan.
»Fue conveniente para ella que me consideraran un asesino ante sus
ojos. Un caso perdido no confiable, que hirió y mató a otro miembro del clan
sin evidencia de haber hecho algo incorrecto. Sin embargo, hubo evidencia.
Mucha. Shelta se negó a permitir que los miembros afectados del clan
hablaran en el kris porque afirmó que eran demasiado jóvenes. Bueno, ya
no son tan jóvenes.
Murmullos enojados fluyen a través de la multitud como agua
corriendo sobre un lecho rocoso de río. La fingida compasión y benevolencia
de Shelta se desliza mientras aplaude, llamando la atención de todos.
—Ese asunto se trató hace mucho tiempo, como sabes muy bien. Fuiste
sentenciado, desterrado, y cumpliste tu tiempo aquí en Washington,
luchando y garabateando a personas con tatuajes en lugar de hacer algo
productivo. Ése es el final de esto. No perderemos el tiempo arrastrando este
disparate otra vez solo para satisfacer tu orgullo, Pasha. No lo permitiré.
Una voz sube, fuerte y áspera. Un hombre, en algún lugar cerca de la
parte de atrás de la multitud.
—¿Le ayudaste, Shelta? ¿Le diste ayuda a Lazlo y lo salvaste?
Alguien más agrega su voz, junto con otra pregunta.
—¿Te enfrentaste a Pasha en el kris y lo hiciste desterrar? ¿Sabiendo
que Lazlo estaba vivo?
El alivio me golpea fuerte en el estómago. He estado temiendo esto. En
general, los miembros del Clan Rivin pueden ser tercos y un poco sordos
cuando escuchan algo que no les gusta especialmente. Sin embargo, están
haciendo preguntas, las preguntas correctas, y Shelta tiene que
responderlas, venga el infierno o marea alta. Si miente ahora y lo descubren,
su castigo será igual, si no peor, que el que ella me dio.
Los ojos oscuros de Shelta están hirviendo de fuego cuando me atrapa
en el lugar, mostrando sus dientes. Sabe que está jodida. No puede negar
sus acciones si se la ha confrontado. No puede ofuscar la verdad o evitar
hablar de esto. Lo sé, y ella lo sabe. Alzando la barbilla, levanta la cabeza
desafiante, mirando a los miembros del clan reunidos.
—A veces, un líder tiene que tomar decisiones difíciles para proteger a
su gente. A veces es necesario hacer algo desagradable para mantener la
paz. Sí, sabía que Lazlo no estaba muerto. Sí, lo ayudé después de que lo
encontraron en la mañana, muriendo de pérdida de sangre. Lo traté en un
pequeño hospital, donde le hicieron una transfusión de sangre y una serie
de cirugías para reparar el considerable desgarro de sus intestinos y
entrañas. Lesiones que mi propio hijo infligió. Consideré mi deber expiar los
pecados de Pasha de cualquier forma que pudiera, así que salvé la vida de
Lazlo. Para quitar su sangre de las manos de mi hijo. Para salvarlo de la
culpa de un crimen tan atroz. ¿Y ahora está tratando de crucificarme por
cuidar de sus mejores intereses? No lo permitiré. Esta conversación ha
terminado, Pasha. Si no dejas de hablar, habrá consecuencias...
—¿Violó a esos muchachos? —grita una mujer desde la parte de atrás
de la multitud—. Nos dijiste que era inocente. Todos te creímos.
La boca de Shelta se abre y se cierra como un pez, jadeando por aire.
—Los chicos eran demasiado jóvenes para pararse en el kris, eso es
cierto —dice ella—. Era difícil saber si los niños decían la verdad o
inventaban cuentos de hadas para apoyar las afirmaciones de Pasha, un
hombre al que admiraban e idolatraban.
Demonios ¿Cómo puede pararse allí y decir eso, sabiendo que esos
niños fueron brutalmente agredidos por él? ¿Cómo puede defender la idea
de que Lazlo podría ser inocente incluso ahora, cuando sabe que Lazlo acaba
de asesinar a un niño pequeño? Dios, ¿qué clase de monstruo es ella?
No puedo contener mi disgusto por más tiempo. Siento que se extiende
por mis venas como un veneno.
—Shelta tiene razón. Les di la espalda después que terminara mi
destierro. No quería volver aquí. No porque no los ame a todos. No quería
volver aquí debido a las innumerables mentiras y manipulaciones que todos
hemos soportado en las manos de Shelta. Ella no es una verdadera Rivin.
No encarna la unidad y la solidaridad que fortalece a este clan. Ella
voluntariamente sacrificaría a cualquiera de ustedes en el altar del poder si
pensara que ganaría su favor o la ayudaría a alcanzar sus metas. Su propia
hermana es la cautiva de Lazlo, porque Shelta también la echó. Los propios
pecados de Shelta contra esta familia son numerosos... y son
imperdonables.
Mientras respiro hondo, preparándome para lo que voy a decir a
continuación, una extraña sensación de alivio me invade. Sé que las
palabras que arden al final de mi lengua son ciertas. La vida sería
infinitamente más fácil si no lo fueran, pero lo siento en mis huesos y no
hay forma de negarlo. Es como si hubiera tenido un yugo de acero alrededor
de mi cuello durante todo el tiempo que puedo recordar, y finalmente, la
maldita cosa se está convirtiendo en polvo y flotando en la brisa,
liberándome para respirar adecuadamente por primera vez.
—No espero que ninguno de ustedes vote por mí para ayudar a Kezia.
Aunque es lo que hacemos los Rivins, nos cuidamos unos a otros. No espero
que ninguno de ustedes vote por mí porque Cleo me vio en el trono de Roma
hace trece años. No espero que ninguno de ustedes vote por ninguna razón.
Espero que voten por mí esta noche, porque estoy tratando de hacer lo
correcto y porque lo siento. Debería haber regresado antes. No debería haber
sido tan egoísta. Debería haber sido más valiente. Debería haber reclamado
la corona hace mucho, mucho tiempo y asegurarme de que estuvieran a
salvo.
Mi pulso palpita en mis oídos; todo lo que puedo escuchar es el urgente
zumbido de mi sangre brotando alrededor de mi cuerpo. Nadie habla.
Cuarenta miembros del clan Rivin me miran fijamente, con el reflejo
parpadeante de la hoguera bailando en sus ojos, y no puedo leer ninguno
de ellos. Podría haberles mentido. Fabricar una historia elaborada sobre por
qué no regresé tan pronto como terminó el destierro. También podría haber
llamado mentirosa a Shelta y afirmar que siempre he querido ser coronado
como su rey, pero si hay algo que aprendí de mi madre, es que mentir solo
envenena el pozo. Puede ser capaz de persuadir a la gente para que beba de
ese pozo, pero siempre podrán probar el engaño, y siempre sufrirán las
consecuencias de saciar su sed sobre las verdades a medias y las falsedades.
No tengo idea si decir la verdad será lo suficientemente bueno para
ganarme la corona, pero sé que he hecho lo correcto. Estas personas han
sido coaccionadas, influenciadas y controladas durante demasiado tiempo;
es hora de que tomen una decisión por sí mismos en base a los hechos
simples y honestos.
Una risa aguda y cruel rompe el silencio.
—Bueno, lo escucharon por ustedes mismos —anuncia Shelta—. Mi
hijo. Su futuro rey. Simplemente admitió que, hasta hoy, no quería estar
aquí. Como espera que cualquiera de ustedes ponga su confianza en él es
simplemente desconcertante. Habla bien, pero no respeta a este clan. Si lo
hiciera, ya no tendría a esa gadje aquí, entrometiéndose en nuestros rituales
y contaminando nuestra casa.
Una figura emerge de entre las sombras, entrando en la luz del fuego.
Es Cleo, envuelta en un abrigo, apoyado pesadamente contra su alto bastón.
—Nos mentiste acerca de tu hermana. Kezia era mi amiga, Shelta. Ella
salió al mundo, pensando que no me importaba.
El ceño de mi madre es amargo y vil.
—¿Qué hay con eso? No se merecía ninguna simpatía. Violó nuestras
leyes.
—¿Qué ley rompió? —Cleo pregunta, su voz mortal.
—La misma ley que mi hijo está violando ahora. Se enamoró de un
gadje. Quería manchar nuestra línea de sangre con un extraño. Le di la
opción. Si deseaba tanto al forastero, ella misma podría convertirse en uno.
O podría permanecer fiel al clan y casarse con alguien más apropiado.
Cleo sacude la cabeza, consternada.
—Nos dijiste a todos que se ahogó. Todos hemos estado llorando por
ella durante treinta jodidos años. ¿Nos la quitaste, porque... porque se
enamoró? ¿Dónde está tu corazón, mujer?
Mi madre parece darse cuenta de repente que no se está haciendo
ningún favor al discutir este punto con Cleo. Ella se recupera,
reconstruyendo su calma, exterior controlado en una maniobra suave y
práctica; todo lo que necesita es un segundo, y toda la ira y el veneno que
la absorbían como el calor de una llama se desvanecen.
—Kezia no quería quedarse aquí con ninguno de ustedes. Escogió su
camino y no miró hacia atrás. Ni una sola vez. Cuando te dije que estaba
muerta, simplemente estaba tratando de ahorrarte saber que te había
rechazado. Eso es todo. En mi mente, lo pensé como un acto de bondad,
pero ahora puedo ver que tal vez estaba equivocada. Debería haberte dicho
la verdad, aunque era fea, y te habría causado aún más dolor.
—¡SUFICIENTE! —La multitud cede, y Archie empuja su camino hacia
adelante. Sombras afiladas y angulosas caen sobre su rostro, haciéndolo
parecer una gárgola mientras tira un cubo de plata golpeado en el suelo, a
un pie del fuego—. Todos hemos elegido a nuestro líder ya, de una manera
u otra. No tiene sentido toda esta disputa y ataque. Cualquiera que quiera
ser jodidamente la realeza, que venga y ponga su maldito tazón sobre la
mesa. Todos los demás, tomen su piedra y emitan su voto.
Los ojos de Shelta se reducen en hendiduras viciosas, dirigidas a la
cabeza de Archie. Aunque no dice nada. Inclinándose, recoge de sus pies un
brillante cuenco plateado, bellamente grabado con vides arremolinadas y
flores. Lo pone sobre la mesa que se ha colocado a una distancia segura del
fuego y luego se hace a un lado.
Ahí es cuando me doy cuenta de que he cometido un jodido grave error.
Por el amor de Cristo. Ya he estado en dos de estas cosas. Habrías pensado
que ya habría memorizado el procedimiento, pero resulta que, en el apuro
de todo esto, he olvidado uno de los componentes más cruciales de la
votación: no he traído un puto cuenco conmigo.
El frío parece haber encontrado su camino debajo de mi chaqueta y las
tres capas debajo de eso, y está cortando dentro de mí mientras camino
lentamente alrededor del fuego. Cuando llego a la mesa, me enfrento a
Archie y me encojo de hombros.
—Lo siento —le digo tímidamente, mientras levanto mis manos y las
junto. Archie no parece impresionado por mi improvisación. Shelta me envía
una sonrisa compasiva al ver mis manos ahuecadas junto a su hermoso y
brillante cuenco plateado.
Patrin...
Lo veo por primera vez, parado entre la multitud, con las manos
apoyadas en los hombros de su hijo, y creo que me va a enviar la misma
mirada despectiva que mi madre. Aunque no lo hace. Asiente y sonríe
suavemente, una extraña muestra de aprobación, como si realmente fuera
así como se supone que debe ser.
Lentamente, uno a la vez, todos los miembros del clan se inclinan para
recoger una roca del cubo abollado y oxidado de Archie, y luego comienzan
a formar una línea, serpenteando alrededor del fuego y saliendo a la
oscuridad.
—No te preocupes, Pasha. —Mi madre cruza sus brazos sobre su pecho,
levantando una ceja hacia mí—. Estarás más feliz una vez que regreses a tu
vacía caja de vidrio. Las cosas serán mucho más seguras para tu gadje allí.
Exteriormente, no reacciono a su comentario burlón. En el interior,
estoy listo para matar a la mujer. Si hace una amenaza más contra Zara,
voy a perder mi jodida mente. Rápidamente, me arriesgo a echar un vistazo
a mi luciérnaga, y mi corazón se atasca en mi garganta. No se ha movido ni
un centímetro desde que dejé su lado. Está sola, alta y orgullosa, junto al
fuego. Su capucha se ha caído y su cabello, que fluye en gruesas olas sobre
sus hombros, parece arder aún más que las llamas. Nuestros ojos se
encuentran, y mucho pasa entre nosotros:
Estoy orgullosa de ti.
Estoy asombrada por ti.
Estoy aquí para ti.
Jodidamente nunca voy a dejarte.
El sonido de un metálico golpe me quita la atención de ella. Miro hacia
abajo, y allí, en el fondo del cuenco de Shelta, yace una roca. Un voto.
Otis Yancey, un hombre al que he conocido toda mi vida, se encoge de
hombros mientras se aleja.
—Lo siento, Pash. Sabes que me gustas y todo eso. Sin resentimientos.
—La siguiente persona da un paso adelante, esta vez Anya Rivin. Una niña,
una joven ahora, a la que acostumbraba dar vueltas por las muñecas
cuando era pequeña. Ella arroja su piedra en el tazón de Shelta.
—Mi madre dice que lo que estás haciendo con esa chica está mal. —
Esnifa. Parece que ha estado llorando—. Deberías haber elegido a uno de
nosotros. Eso hubiera sido lo correcto.
Tres personas más dan un paso adelante, y cada una de ellas vota por
Shelta. Me dan una disculpa “Lo siento” cada vez que un golpe metálico
señala otra piedra golpeando el fondo del tazón de Shelta, y empiezo a
pensar que me he jodido a lo grande. Una cosa es que todos los miembros
del clan voten por Shelta sobre mí. Sin embargo, es otra cosa tener que
pararme aquí con las manos extendidas y vacías, ya que cada uno de ellos
pasa a mi lado y emite su voto en otra parte, sin embargo. Hablar de ser
humillado.
No me atrevo a mirar a mi madre. La perra presumida probablemente
está celebrando. En cambio, mantengo mis ojos fijos al frente y al centro, mi
barbilla en alto, mientras tres personas más arrojan sus piedras en el tazón
de Shelta.
Y luego, Shireen está de pie frente a mí, con una pequeña sonrisa
burlona que se retuerce en las comisuras de su boca cuando coloca su
piedra en las manos de Evelyn y dice:
—Vamos, entonces. ¿Qué piensas? ¿Lo queremos o no?
Evelyn asiente firmemente, se acerca y coloca la roca en el centro de mi
palma izquierda.
—Recuerda —susurra ella en voz baja—. Panqueques.
Quiero sonreírle a la niña, reírme con ella y compartir una sonrisa
secreta, pero descubro que no puedo. Hay un bulto del tamaño de una puta
sandía en mi garganta, y parece que no puedo moverlo.
—Lo recordaré —me ahogo.
Shireen toma mi mano y la cierra alrededor de la roca, luego la aprieta
con fuerza.
—Recuerda también las otras cosas —dice rápidamente. Y luego se
aleja, se apresura hacia el salón de reunión, y Evelyn se despide de mí por
segunda vez esta noche.
Antes de que tenga la oportunidad de volver a la línea, otra piedra cae
en mis manos. Connie Rivin está de pie ante mí, tan vieja como las colinas,
con su rostro aún más arrugado que la última vez que la vi. Su cabello es
apenas más que la sugerencia de una nube blanca en la parte superior de
su cabeza. Completamente en desacuerdo con el resto de ella, tiene los ojos
de una traviesa niña de catorce años.
—He estado esperando para finalmente pegarle uno a tu madre antes
de que yo muera. Supongo que puedo irme ahora sin pelear. A menos que
planees venir a comer una comida final conmigo. Supongo que puedo
quedarme un poco más si lo necesito.
Me río esta vez. Su piel se siente como terciopelo cuando tomo el lado
de su cara con mi mano.
—No vas a ir a ningún lado por mucho tiempo todavía, Con. Me temo
que voy a necesitarte para lo previsible.
—¿Para qué diablos? —Se queja.
—No lo sé. ¿Cocina? ¿Cuentacuentos?
Un destello descarado aclara aún más sus ojos.
—¿Cuidar niños?
Casi me ahogo en mi propia lengua.
—Podría ser un poco pronto para pensar en eso.
—Eh. —Connie me sacude con un movimiento de su muñeca—. Todo
bien. Bueno, solo házmelo saber. —Se retira y, para mi total sorpresa e
incredulidad, cuatro personas más agregan una piedra a la pequeña
colección que tengo en mis manos antes de que alguien más vote por Shelta.
El turno de Patrin se acerca, y él gruñe incoherentemente mientras
arroja una piedra en mis manos.
—Mejor no jodas esto —murmura—. Shelta va a despellejarme vivo si
gana esta cosa. Espero que sepas eso, Rom Baro.
Y es como si Patrin pronunciara estas palabras abriendo una puerta
que inunda dentro del campamento. Cada miembro del clan que da pasos
hacia mí en lugar del tazón de mi madre, y las mismas palabras se
pronuncian cada vez.
—Por ti, Rom Baro.
—Baksheesh2, Rom Baro.
—Bendiciones, Rom Baro.
—Suerte, Rom Baro.
Cleo llora abiertamente mientras coloca su voto en mis manos y me
besa en la mejilla. La línea comienza a disminuir, y algo jodidamente
aterrador sucede. De repente, mis manos están jodidamente llenas.
Cada vez que alguien nuevo da un paso adelante, tiene que equilibrar
precariamente su roca en la parte superior de la pila que estoy luchando por
contener en mis manos ahuecadas, y... y no sé cómo lidiar con eso. Siento
que mi pecho está siendo abierto. Después de todo. Después de que me
fuera, y sin mirar atrás...
Aquí están, todavía dispuestos a darme una oportunidad.
La última persona en colocar con cuidado su roca sobre las otras en
mis manos es Archie. Él guiña un ojo, moviendo su dedo índice hacia mí
como lo haría un cómplice.
—Esa chica es más lista que tú. Sólo recuerda eso. Las mujeres como
ella son peligrosas para los hombres como nosotros. Es el pelo. Más roja que
la sangre. Más roja que la pasión. Confunde nuestras mentes.
Una vez que se ha ido, me miro las manos y luego miro el tazón de
Shelta, que contiene apenas una cuarta parte de los votos que actualmente
están cayendo entre mis dedos. No hay necesidad de contar. No hay
necesidad de molestarnos con las matemáticas. A una parte de mí le
gustaría deleitarse con el número exacto, para saber con precisión con
2
Baksheesh: La palabra baksheesh tiene sus orígenes en la palabra persa bakshish
(‫)ب خ شش‬, que significa "regalo".
cuántos votos la he vencido, pero a una gran parte de mí no le importa una
mierda.
Se acabó.
Está hecho.
Gané.
Sarah va a estar a salvo, y yo...
Realmente voy a ser rey.
Cuando me recupero del shock y miro hacia arriba, Shelta desapareció.
Lentamente, el sonido del canto inunda la noche.
—Rom Baro, Rom Baro, Rom Baro, Rom Baro. —No hay un aplauso
ensordecedor. Sin gritos y vítores. Solo hay estas dos palabras, una y otra
vez, elevándose más y más alto, más y más fuerte con cada repetición.
Ella le ha estado dando al clan su distancia, pero ahora Zara rodea el
fuego y se une a mí. Se ve tan viva con sus mejillas teñidas de rojo por el
frío y por la emoción que es tan evidente en su rostro. Dios, es tan
jodidamente hermosa. Pone sus brazos alrededor de mi cuello, besándome
profundamente, y el mundo cubierto de nieve se queda en silencio por un
segundo. Docenas y docenas de pequeñas rocas rebotan en la parte superior
de nuestros zapatos cuando inclino mis manos y rodeo a mi luciérnaga con
mis brazos, abrazándola.
—¿Eso es, entonces? —susurra—. ¿Eres su rey ahora?
Niego con la cabeza.
—Habrá una ceremonia súper odiosa. Los otros clanes necesitarán ser
invitados.
Un destello de preocupación pasa sobre ella.
—Pero... ¿será esto suficiente? ¿Será esto suficiente para aplacar a
Lazlo?
—Dijo que necesitaba aceptar mi rol, y lo he aceptado. No puede
objetar. —Odio al hijo de puta por lastimar a ese niño pequeño. Lo odio aún
más por secuestrar a Sarah. O Kezia. Lo que sea. No tengo ni puta idea de
cómo se supone que debo pensar más en mi tía. Pero odio a Lazlo por causar
tanta preocupación y angustia a Zara. Si pudiera tomar su dolor por ella, lo
haría. Tomaría todo de ella y asumiría con gusto la carga de ello, si solo ella
pudiera estar libre de preocupaciones y feliz. Una vez que haya tratado con
Lazlo, nadie se atreverá a causarle dolor nuevamente. Ni siquiera se
arriesgarán a amargar su estado de ánimo por temor a lo que les voy a hacer.
Planeo ser un buen líder. Honesto. Amable. Justo en todas las cosas.
Pero si alguien siquiera sueña con joder a mi mujer, los destruiré y colgaré
sus entrañas de un árbol como si fueran malditas decoraciones navideñas.
El calor de su cuerpo y el dulce olor de ella, floral y brillante,
intensificado por el frío, alivia esos oscuros pensamientos de mi mente. Toda
mi vida adulta, junto con una parte considerable de mi adolescencia, el
interior de mi cabeza ha sido un lugar oscuro y enojado. Comencé a soñar
con una mujer con el pelo rojo, sueños tan claros, brillantes y luminosos, y
la oscuridad se levantó un poco. Ahora, está sucediendo cuando estoy
despierto; Zara de alguna manera ha dominado la capacidad de borrar la
oscuridad durante mis horas conscientes, incluso en circunstancias de
pesadilla tan estresantes, y no tengo idea de cómo.
No tengo ni idea de cómo ha sucedido nada de esto. Lo único que sé es
que, hace dos semanas, estaba luchando todas las noches en el mercado de
las flores, tatuando clientes cuando me apetecía, feliz de saber que el clan
estaba muy, muy lejos. Apenas catorce días, y aquí estoy, acunando a una
mujer feroz, fuerte, valiente e increíblemente hermosa en mi pecho, y soy un
maldito rey.
El sonido de una garganta siendo aclarada nos interrumpe. Cuando
levanto la vista, Patrin está a un pie de distancia, sosteniendo una botella
de whisky. La mayoría de los miembros del clan que se fueron después de
que votaron han regresado y muchos de ellos han agarrado un abrigo extra
y una botella de licor, al igual que Patrin, que ahora están pasando entre
ellos para protegerse del frío.
Zara jadea, mirando al cielo.
—Está empezando a nevar de nuevo.
Efectivamente, enormes y gordos copos de nieve flotan desde el cielo,
silenciosos y fantasmales; Una cae sobre la pestaña de Zara, un blanco
brillante contra el oscuro y casi negro azote que rodea su ojo.
—¿Vamos a beber esto o qué? —Patrin se queja. —Voy a congelarme si
me quedo así así por más tiempo.
Tomando la botella de él, rompo su sello y abro la tapa de corcho,
bebiendo profundamente de ella; el alcohol arde en el camino por mi
garganta, pero es una quemadura agradable, y un calor reconfortante
comienza a extenderse por mi pecho y fluye hacia la boca del estómago. Zara
rechaza el whisky. Cuando se lo ofrezco a Patrin, él agarra la botella por el
cuello, pero la retengo por un momento.
—¿Dónde está ella? ¿A dónde iría, Pat?
Sabe de quién estoy hablando. Frunciendo el ceño, señala con la
barbilla sobre mi hombro.
—En la corriente aérea. Probablemente empacando.
Algo duro, frío e incómodo se engancha en el fondo de mi mente.
—¿Shelta? ¿Qué, tiene que irse? —pregunta Zara—. ¿Porque perdió?
Tanto Patrin como yo negamos con la cabeza al mismo tiempo. Sin
embargo, soy quien lo dice, la verdad que tanto mi primo como yo sabemos
con certeza.
—No importa. Podría quedarse aquí si quisiera. Es parte de la familia.
Una anciana. Siempre sería bienvenida aquí y sería muy respetada por eso.
Sin embargo, no se quedará. Es demasiado orgullosa. Enojada. Muy
humillada. Se irá antes de que llegue la mañana.
—Y la camioneta junto con ella —agrega Patrin con amargura.
—Deja que se la lleve. Podemos conseguir otra aquí cuando sea tiempo
de que todos se vayan. Si eso significa que nos desharemos de ella, entonces
es un pequeño precio que pagar.
Los tres nos acercamos al fuego, y esta vez, cuando Patrin le ofrece
casualmente la botella de whisky a Zara, ella lo acepta.
—A la mierda —dice, sus dientes castañeando—. Hace mucho frío. Por
qué no. Mmm. —Ella levanta su dedo índice mientras bebe. Cuando baja la
botella, se limpia la boca con el dorso de la mano, haciendo una mueca de
dolor, y dice—. Tengo una pregunta. ¿Qué significa esa palabra? La que
todos estaban recitando. ¿Rombarrow?
Ruedo mis ojos, tratando de no reírme.
—¿Literalmente? Significa “hombre grande”. No es importante.
—Estás mintiendo —gruñe Patrin en voz baja. Pone su brazo alrededor
de mis hombros, gimiendo como si se estuviera rindiendo involuntariamente
a algo que ha estado posponiendo durante mucho tiempo—. Rom Baro
significa «rey», Zara Llewelyn. Todos lo hicimos. Todos lo llamamos Rey. Y
ahora estamos atrapados con el bastardo hasta que caiga y muera. —Él me
mira y frunce el ceño—. Va a ser una larga puta vida, ¿verdad, hermano?
Zara
Sus manos están sobre mí antes de que la puerta del vardo esté incluso
cerrada. No tengo idea de cómo regresamos al vagón sin arrancarnos la ropa,
pero de alguna manera lo hicimos. Me apresuro a golpear el interruptor,
pero Pasha gruñe en mi oído.
—Déjalo. Déjalo. Sólo quítate la ropa, Luciérnaga. Necesito tu cuerpo
sobre mí ya, joder.
Estoy borracha por el whisky de la noche anterior, pero todavía puedo
pensar lo suficiente como para obedecerle. Quitándome la ropa, por otro
lado...
—Aquí. Déjame. —Pasha detiene mis manos, luego agarra el dobladillo
de mi camisa, rasgándolo sobre mi cabeza. Hace un trabajo rápido de las
horribles térmicas que estoy usando, y luego también se deshace de mi
sostén y mis bragas. Lo siguiente que sé es que estoy desnuda, temblando
de frío a pesar del zumbido del alcohol en mis venas, y Pasha me levanta de
las tablas de madera y me sienta en el mostrador. Se desnuda rápidamente,
se quita la ropa y veo el espectáculo, pretendiendo no estar afectada por su
cuerpo increíblemente marcado.
No está completamente oscuro en el vardo. La luz de la luna se filtra
por las ventanitas, proyectando sombras sobre el rostro de Pasha y su
pecho, y siento la necesidad de pellizcarme. Él es tan jodidamente hermoso.
Sexy. Guapo. Dios, no hay una palabra adecuada para describir lo guapo
que es este hombre. Cada vez que lo veo, vestido o no, siento que he ganado
la maldita lotería.
—¿Qué estás mirando? —dice burlonamente.
—Tú. Tu piel. Tu cuerpo. Tus tatuajes. Me dijiste que ibas a explicar lo
que significaban todos.
—Lo sé...
—Lo prometiste.
—Lo sé. ¿Cuál te gusta más? —Se ríe, alejándose de mí mientras
pretendo lanzarle un puñetazo en la cabeza—. En serio. ¿Dónde quieres que
empiece? —dice—. Voy a explicar cada uno de ellos.
—Ahí. Ese. —Toco con un dedo algo bruscamente en su hombro.
Hombre, estar borracha hace que incluso las cosas más simples sean mucho
más complicadas de lo que deberían ser. Pasha hace una mueca,
sosteniendo una mano sobre el punto donde lo apuñalé, fingiendo una
lesión—. Ahh, déjalo, niño grande —gimo—. ¿Crees que alguien hubiera
votado por ti esta noche si supieran que eres tan raro?
—Eso realmente duele —argumenta.
—Sólo sigue con esto.
—Bueno. Bien. —Se mira el hombro, comprobando qué tatuaje le he
indicado—. Eso es un rayo. Develeskri Jak. El fuego de dios. El hijo de Rey
Fuego.
—¿Rey fuego?
—Mmm hmm. El rayo ama jugar en el cielo, pero rey fuego lo envía
hacia la Tierra, su madre. Si se pierde en su camino hacia el suelo, se
petrifica, transformándose en una piedra de trueno.
—¿El fuego es una persona? ¿Un rey, nada menos?
—Sí. Raj Yag. El hijo más joven de todos los reyes. Vive en el centro de
la tierra.
—¿Hay más reyes? ¿Además de ti y Raj Yag, por supuesto?
—Naturalmente. Rey Luna, Raj Shon —dice, señalando un icono
redondo en la parte inferior de su abdomen—. Rey Serpiente, Raj Zap. —
Señala a la serpiente sutil y sinuosa que se abre paso a través de la manga
de su brazo izquierdo. A continuación, golpea su dedo índice contra el sol
ardiente sobre su pectoral derecho—. O Kham —dice—. Probablemente
puedas adivinar qué rey es.
—¿Rey Sol?
Él asiente.
—Este es Raj Vátola, Rey Niebla —dice, tocando una figura encorvada,
parado frente a un árbol, entintado con impresionantes detalles en su caja
torácica—. Su árbol tiene tres manzanas. La fruta es custodiada por
criaturas que son mitad hombre, mitad perro. La primera manzana hace
rico a un hombre. La segunda le hace feliz. La tercera le trae salud eterna.
—Suena como un bonito árbol.
Pasha asiente sabiamente.
—Y este es O Bavol, Rey Viento. —Toma mi mano y la coloca al otro
lado de su caja torácica, sobre lo que parece una gama de montañas con
picos irregulares—. Es dueño de una flauta de hierro que te dará si le
ayudas.
Escaneo la tinta de Pasha, sintiéndome un poco atemorizada. Está
cubierto de folklore, bellamente decorado en la historia de su gente.
—Tantos reyes —le digo, trazando suavemente mi dedo sobre las
montañas de su lado—. Parece un poco sexista, si me preguntas.
—¿Por qué? Toda la Tierra es una mujer. Una madre. Lo más
importante de todo.
—¿Y dónde está ella, entre todos tus hombres reales? —le pregunto,
pellizcando su costado.
Él toma mi mano y la coloca alrededor de la base de su garganta,
encima de lo que parece una cadena de flores en expansión, envuelta
alrededor de cuchillas de cuchillos. Desliza nuestras manos sobre su
hombro derecho, pasando sobre una representación compleja de una pareja
de pájaros, dando vueltas una alrededor de la otra, una que se zambulle en
la manga que cubre su brazo derecho. Me empuja hacia abajo, sobre una
serie de animales bellamente dibujados, un pez, un oso, un caballo, un
cuervo, y luego vuelve a bajar, donde las raíces de los árboles forman un
intrincado diseño tejido que cubre su muñeca.
—Ella está allí —dice en voz baja—. Mi mano derecha. Pero el tatuaje
más importante de todos es, y siempre será, este. —Apila nuestras manos
sobre su corazón, sobre el tatuaje de luciérnaga que ya está entintado—.
Este es tuyo, Luciérnaga.
Me mira fijamente, la luna transforma su piel en plateada y su cabello
en color carbón, y lucho contra el impulso de alejarme de él. Me está
mirando como si de alguna manera estuviera viéndome más que nadie, y
está fascinado por lo que ha encontrado. El peso de una mirada tan potente
es difícil de soportar, especialmente cuando estás a tres capas del viento. Al
final, le saco la lengua como un jodido niño de cinco años, lanzando su
propia frase juguetona hacia él.
—¿Qué estás mirando?
Él sonríe, pero tiene una calidad pesada, casi triste.
—Una hermosa mujer desnuda, sentada en un mostrador de cocina —
dice en voz baja.
—No, Pasha. ¿Qué estás mirando realmente?
Coloca ambas manos sobre mis muslos, agachando la cabeza.
—No estoy seguro. ¿El futuro? ¿Algo bueno? ¿Esperanza?
Mierda. ¿Cómo? ¿Cómo puede usar tan pocas palabras y significar
tanto? Siento que es él quien tiene su mano en mi garganta ahora, y ni
siquiera estoy un poco preocupada por la posibilidad de que tenga la
capacidad de aplastarme en cualquier momento.
¿Sabe lo mucho que le amo?
—¿Pasha?
Me mira, firme, tranquilo, sus ojos perforando hasta mi alma.
—Tócame. Bésame. Fóllame —susurro—. Haz que me pierda en ti.
Quiero olvidar dónde terminas tú y comienzo yo.
No necesita que se lo diga dos veces. Me estoy preparando para que él
me tome y me tire en la cama, pero no lo hace. En su lugar, cae de rodillas,
extendiendo mis piernas, y sa... santa mierda joder, su lengua está en mí
antes de que pueda pensar y...
Entierro mi mano en el grosor de su cabello, y me dejo hundir en la
sensación de su lengua en mi coño.
—¡Ahh! ¡Mierda, Pasha! Oh Dios mío.
Gruñe, enrollando sus brazos alrededor de mis muslos para poder
comerme mejor, y todo mi cuerpo sufre un espasmo cuando sacude mi
clítoris con su lengua. Arqueo la columna vertebral e inmediatamente golpeo
la parte posterior de mi cabeza contra la puerta del armario detrás de mí,
pero apenas noto el dolor. Pasha no sale a la superficie a por aire para
descubrir qué fue el golpe fuerte, así que le dejo continuar en su misión.
Inclino mis caderas hacia delante, apretando mis piernas alrededor de su
cabeza, y Pasha gime dentro de mí, su aliento caliente, patinando sobre mi
sensible piel.
—Te gusta esto —jadea—. ¿Te gusta tener enterrada mi cara en tu coño
mojado?
Afrontémoslo, estoy borracha. Esto sólo se refuerza cuando agarro su
cabeza y la empujo hacia abajo entre mis piernas.
—Sí, me gusta. De vuelta al trabajo, Pasha Rivin. No se te permite parar
hasta que yo lo diga.
Si le importa, nunca lo sabré. No dice una palabra. Eso podría tener
algo que ver con el hecho de que está usando su lengua para un propósito
que no sea el habla, pero joder.
Mierdamierdamierda...
—¡Mierda! ¡Pasha!
Es jodidamente bueno. Balanceo mis caderas, aplastándome contra su
cara, sin vergüenza, y él clava sus dedos en mi piel, dejando escapar otro
gruñido oscuro y posesivo. Incluso si fuera capaz de hablar en este
momento, dudo que fuera capaz de cualquier otra cosa que no sean los
sonidos guturales y urgentes que ya está haciendo.
Un fuego nos envuelve, nos consume. Roba todo el oxígeno del vardo,
dejándonos a los dos jadeando, tragando el aire como si estuviéramos
jodidamente ahogados. Le araño la espalda mientras desliza sus dedos
dentro de mí, y es demasiado, no puedo soportarlo, y...
Pasha se libera de mi agarre. Se tambalea hacia atrás, apoyándose
contra la pared opuesta del vardo, y nuestros ojos se cruzan en el espacio
estrecho. De repente, mi respuesta de lucha o huida se activa, y me pregunto
cómo voy a pasar por él para huir del vardo.
—Zara —dice en tono de advertencia—. No lo hagas.
No sé cómo mierda sabe lo que pasa por mi cabeza, pero debe poder
decir que estoy planeando una carrera. Es la mirada en sus ojos. El brillo
pícaro y malévolo que está ahí. Sé que está planeando todo tipo de mierda
sucia para mí, y una parte animal de mí piensa que debería salir corriendo
de aquí antes de que pueda ponerme las manos encima. No le tengo miedo.
No quiero escapar de él, pero mi mente borracha se apoya en algunos
instintos muy básicos. Dios mío, parece que está a punto de devorarme.
—Pasha, espera. —Trato de no reír—. Lo siento, no te dejaría por aire.
—Pon tu culo de nuevo en ese mostrador —ordena, moviéndose hacia
la puerta.
—No puedo. Creo que estoy demasiadoooooo... —Hago una carrera.
Muuuuuy demasiado lento, sin embargo. Pasha es dos veces más grande
que yo, pero también bebió dos veces la cantidad de whisky que tomé, lo
que significa que ambos estamos tan borracho como el otro. Aún así, él llega
allí delante de mí, bloqueando la puerta.
—¿Qué fue eso, luciérnaga? Pensé que no me tenías miedo.
—No. Yo sólo... —Hago puchero. Encogiéndome de hombros—. ¿Quería
tomar un poco de aire?
—Está casi congelando ahí. Y estás desnuda.
—No iba a estar allí por mucho tiempo.
—Sube a esa cama, Zara Llewellyn.
—¡No! —Estoy riendo como una jodida adolescente mientras trato de
empujar más allá de él.
—¡Sube a esa cama!
—¡NO!
Pasha prácticamente me aborda, me agarra por la cintura, y por un
momento agitado me siento sin peso. Entonces mi estómago realmente se
está revolviendo y estoy cayendo hacia atrás sobre el colchón, chillando a
todo pulmón.
—Shhh. Joder, van a pensar que te estoy asesinando —susurra Pasha.
—Lo estás. ¡AYOOODA!
Él está encima de mí, colocando su mano sobre mi boca un segundo
después. De repente, abrumadoramente, ambos estamos desnudos y él está
encima de mí, mirándome fijamente, y no puedo dejar de mirar hacia atrás.
—Dios, eres un problema —susurra.
No puedo responder. Su mano todavía está cubriendo mi boca, pero no
me importa. No necesito decir nada. Con cuidado, saco mi pierna de debajo
de él y la engancho alrededor de la parte posterior de su muslo. Se necesita
un poco más de esfuerzo para liberar la otra, pero me las arreglo. Pasha
respira bruscamente mientras empujo mis caderas hacia arriba, dejándole
saber lo que quiero.
Todavía estoy lejos de estar sobria, pero estoy mucho menos borracha
de lo que estaba hace un momento. El peso de él presionándome hacia abajo
me ha hecho caer de nuevo a la tierra, y lo necesito más que antes. Yo, joder,
debo tenerle.
Se balancea hacia atrás, reposicionándose, y luego mis ojos están
rodando en mi cabeza, y está dentro de mí. Estoy llena, tan jodidamente
llena de él, y lo último que quiero hacer ahora es huir de él.
Está jadeando, respirando con dificultad mientras retira su mano y
desliza sus dedos dentro de mi boca, forzando mis dientes a separarse.
—Debería follarte la boca por eso. Debería follarte el culo. Me asustaste,
Luciérnaga. —Rueda sus caderas, y siento que todo su cuerpo se desliza
dentro de mí. Es tan grande. Tan jodidamente duro. La presión hacia arriba
de su polla dentro de mí en este ángulo es demasiado grande para soportar.
Me muevo una fracción, curvándome contra él, y... ahí... la intensa presión
disminuye, transformándose en placer.
Se balancea contra mí, todavía tan jodidamente profundo, su polla lo
suficientemente fuerte como para hacerme silbar, y comienzo a perderme en
su ritmo. Sus manos están en todas partes, y también las mías. Su espalda;
su culo sus brazos; la parte superior de sus muslos: me adapto a él,
haciendo todo lo que está a mi alcance para hacerlo aún más profundo,
como si pudiera empujarlo dentro de mí. No puedo conseguir suficiente.
Nunca podré tener suficiente...
Sus movimientos se vuelven más urgentes, y yo respondo
gustosamente. No pasa mucho tiempo antes de que esté presionando su
frente contra mi hombro, maldiciendo desde lo profundo de sus pulmones,
y yo esté gritando su nombre, aferrándome a él como si estuviera
preocupada de que pudiera desaparecer en el aire cuando llegue.
No lo hace. Sigue siendo sorprendentemente corpóreo mientras cae de
costado, cambiando su peso y sosteniéndome contra su pecho mientras gira
hasta que está de espaldas, y estoy tendida sobre su pecho.
—¿Zara? —susurra, su voz silenciosa perturbando el silencio de seda.
—¿Sí?
—Eso casi me mató. Eso... eso casi me destruyó. —Suena sin aliento,
como si todavía estuviera tratando de recuperarse del sexo. Sin embargo,
puedo escuchar el latido constante, incluso el latido de su corazón debajo
de mi oído, así que sé que no es eso. Sé perfectamente lo que significa. Se
refiere al hecho de que intenté huir de él.
Con infinito cuidado, presiono mis labios contra su pecho, cerrando
mis ojos.
—Lo siento. No te preocupes Nunca volveré a hacer eso.
Y no lo haré.
Zara
—Tienes que estar jodidamente bromeando.
Tal como Pasha predijo, la puerta del lugar de Shelta está abierta de
par en par y vulnerable a los elementos cuando despertamos, y la mujer no
se encuentra en ninguna parte. Se las arregló para poner en marcha la
camioneta y salir sin llamar la atención, por lo que cuándo salió, nadie
puede decirlo. Lo único que todos saben es que la adivina del campamento
de Rivin ha desaparecido, y muy pocas personas parecen molestas por el
hecho.
Sin embargo, con la camioneta fuera y un pie fresco de nieve en el suelo,
no hay ninguna posibilidad de que Pasha y yo regresemos al
estacionamiento. Me sorprende cuando me guía por el costado del
Winnebago de Patrin y quita una lona congelada y crujiente, revelando un
Ski-Doo debajo.
—¿Qué? —La boca de Pasha se desvía hacia un lado en una expresión
sorprendentemente infantil—. Es como andar en moto. Simplemente te
sientas en la parte de atrás y me abrazas.
Escaneo la nieve, sin rasgos distintivos, mis ojos no pueden distinguir
ni una sola subida o sumergirme en el paisaje con el telón de fondo de todo
ese blanco.
—Nos vas a tirar por un acantilado.
Me mira escandalizado.
—¿Por quién mierda me tomas? Hemos venido aquí cada invierno
durante toda mi vida. Conozco este valle como la palma de mi mano. Y
además, hay un rastro de fuego al otro lado de esa subida. Es cinco millas
más larga que la ruta por la que caminamos, pero será rápido en esta cosa.
Todavía estoy llena de dudas mientras Pasha enciende el Ski-Doo, pero
no hay nada que hacer al respecto. Cabalgo en la parte de atrás de esta
trampa mortal, o me siento afuera el resto del invierno aquí, esperando que
la nieve se disperse o que todo se derrita milagrosamente durante la noche.
Pasha parece una especie de estrella de rock cuando se sube al Ski-
Doo y extiende su mano para ayudarme a ponerse detrás de él. Su chaqueta
de cuero todavía está en el Mustang, pero santo infierno, no la necesita. Los
tatuajes que suben por sus antebrazos y asoman por debajo del cuello del
mismo suéter rasgado que llevaba ayer son suficientes por sí solos. Pero es
el brillo agudo, atrevido y divertido en sus pálidos ojos verdes lo que grita:
«Soy un chico malo, muy malo».
—¿Gallina? —pregunta.
—¿Niño? —replico. Pero soy quien le saca la lengua como una niña de
cinco años mientras trepo a la parte trasera del Ski-Doo, negándome a
propósito a aceptar la ayuda que me ofrece. Se ríe suavemente, el humo de
su aliento patina en el aire helado de la mañana.
—Tan malditamente terca —murmura para sí mismo. Golpeo
juguetonamente mi nudillo en la parte baja de su espalda, y él aúlla, girando
hasta que me mira por encima del hombro—. Podría hacer que te quedes
aquí con Patrin —me informa. Su sonrisa se desvanece y sus ojos se vuelven
distantes, como si se hubiera dado cuenta de algo—. Siendo honestos, éste
es probablemente el lugar más seguro para ti. Lazlo nunca se atrevería a
venir aquí. Patrin y los muchachos lo despellejarían vivo.
No. De ninguna manera. Envuelvo mis brazos alrededor de la cintura
de Pasha, sujetándolo firmemente.
—Estás loco. Enciende el motor antes de que me vuelva loca.
—Zara...
—Pasha, no. Estoy regresando a Spokane. Estaré allí para ayudar a
encontrar a Sarah. Y voy a descubrir quién es Lazlo, de una vez por todas.
Voy a descubrir cómo está conectado conmigo, y me aseguraré de que sea
castigado por lo que le hizo a Corey. Ni siquiera te molestes en tratar de
hablar conmigo otra vez. Estarás perdiendo el aliento.
Está frustrado, puedo decir. Los músculos de sus hombros están
tensos, más duros que el granito, pero mantiene sus objeciones y
sugerencias para sí. Con las fosas nasales ensanchadas, resopla por la
nariz, con los ojos llenos de preocupación mientras gira la llave de encendido
del Ski-Doo y el motor ruge, retumbando como un terremoto debajo de mí.
—¿Por qué pasan cada invierno aquí? —le digo las palabras al oído,
para que pueda oírme sobre el alboroto.
Sonríe, y que me jodan si no tengo que frenar la tentación de trepar y
montarlo a horcajadas para poder tomar su labio inferior en mi boca y
chuparlo.
—Somos almas muy torturadas —dice, riendo—. Nos gusta hacer las
cosas innecesariamente difíciles para nosotros mismos.
—¿De verdad? ¿No tienen una razón para pasar tan horribles semanas
de frio aquí, cuando podrían estar tomando el sol en una playa en el sur de
California?
Pasha pone en marcha el Ski-Doo y se desliza de nuevo en su asiento,
girándose para mirar hacia adelante de nuevo.
—Venimos aquí porque es difícil, y hacer cosas difíciles nos hace
fuertes. No se supone que todo en la vida sea fácil, Luciérnaga.
***
TRES MINUTOS en el Ski-Doo y confío en Pasha implícitamente. No es
imprudente como lo serían la mayoría de los hombres, queriendo lucirse
frente a la chica que les gusta. En su lugar, elige el camino más seguro, y
es increíblemente cuidadoso cuando navega por el terreno.
Todavía es temprano, y el sol aún no ha salido por completo sobre las
copas de los árboles. La mañana es del color de perlas pálidas y algodón de
azúcar, la más leve sugerencia de color, brillante en el este, desnuda contra
una amplia franja de cielo frío, invernal y desgastado. Enterrado bajo una
gruesa capa de nieve, el paisaje me recuerda a un pastel de bodas helado de
alta calidad.
¿Cuánto tiempo nos tomó caminar al campamento el otro día? No
recuerdo, no miré el reloj, marcando cada minuto laborioso y sin aliento que
pasó, así que solo puedo adivinar que tomó alrededor de tres horas. Nuestro
progreso en el Ski-Doo es mucho más impresionante.
Pasha localiza el rastro del incendio de inmediato, y estamos
acelerando en una suave pendiente, dirigiéndonos hacia el estacionamiento
en poco tiempo. El mundo transcurre en un borrón y estoy casi hipnotizada,
arrullada por el ritmo de los motores del Ski-Doo. El sordo golpe de la resaca
que me gané después de beber todo el whisky de la noche anterior se alivió
a medida que descendíamos por el valle y el aire fresco inundaba mis
pulmones. Se siente como si estuviéramos dentro de un globo de nieve, dos
pequeñas figuras rodeadas por un sueño de invierno perfecto, brillante y
prístino.
Cuando llegamos al estacionamiento cuarenta minutos más tarde, me
las arreglo para convencerme de que todo esto es sólo parte de un cuento
de hadas, y estoy fuera de mí, fuera de mi vida real. La vista de la carretera
que atraviesa el parque nacional me hace volver a la realidad con un ruido
sordo.
Pronto, Pasha está apagando el motor del Ski-Doo y lanzándome las
llaves del Mustang. Me congelo hasta los huesos mientras Pasha
desengancha una rampa de deslizamiento de la parte trasera de un camión
de plataforma y hace un trabajo rápido de enganchar el Ski-Doo en la parte
trasera del vehículo, atando el trineo con correas y asegurándolo
firmemente. Cuando salta de la parte trasera de la camioneta, Pasha recoge
un puñado de nieve, la comprime en una bola y me la arroja. Por suerte
para él, falla.
—Entra en el auto. Enciende el calentador. Te vas a poner azul —dice.
Lo espero por solidaridad. Francamente, no tengo que esperar mucho. Cinco
minutos y ya está. Rápidamente frota las manos arriba y abajo por la parte
superior de mis brazos mientras me empuja hacia el Mustang, y me permito
un momento de disfrutar del pequeño espectáculo de afecto. Es muy normal,
un chico que intenta asegurarse de que su chica se mantenga caliente.
En este breve y pequeño momento, realmente podríamos ser
cualquiera, una pareja enloquecida por estar encerrada por el clima,
desafiando al frío para estirar las piernas. Llego primero al auto e insisto en
abrir la puerta yo misma. Luego le lanzo las llaves a Pasha al otro lado del
vehículo.
Una hora más tarde, estamos a medio camino de regreso a Spokane
cuando Pasha se da cuenta de que el Mustang se está quedando sin
gasolina. No hemos desayunado, tampoco queríamos despertar a Shireen y
a los niños para molestarlos por un café, y mi estómago está gruñendo con
bastante ferocidad. Dándome palmaditas, asegurándome de que tengo mi
billetera encima cuando Pasha entra en la primera estación de servicio que
encontramos, también salgo del auto y me dirijo hacia adentro para recoger
suministros.
Dentro de la gasolinera, un informe de noticias se está reproduciendo
en unos altavoces. Detrás del mostrador, un hombre alto, de aspecto apático
y con la nariz torcida, me mira con recelo mientras camino por los pasillos
en busca de algo que parezca vagamente medio comestible.
—Los pacientes del hospital Saint Peter's of Mercy corrieron
atemorizados por los asaltantes armados, mientras la lucha contra el fuego
llevaba a las escaleras del edificio. Al menos un oficial de policía murió en el
lugar, mientras que otros resultaron heridos.
Al final me conformo con una bolsa de papas fritas, dos cafés, dos
croissants de un calentador junto a la máquina de café, y en el último
minuto, cuando me dirijo al mostrador, tomo un par de manzanas del bol
junto a los billetes de lotería.
—En una rara declaración pública de la DEA, el agente Lowell se dirigió
a la gente de Seattle esta tarde, y les pidió que se presentaran si tenían
alguna información que pudiera ayudar a detener a los dos hombres
armados. Estas personas no son sólo criminales. Son una amenaza para
nuestra forma de vida. Si ni siquiera podemos trabajar para asegurarnos de
que nuestros hospitales estén a salvo, entonces no pasará mucho tiempo
antes de que las calles de Washington se conviertan en una guerra total. En
este momento, creemos que la mujer que los dos hombres armados sacaron
del hospital es médico y que podría estar en peligro. Si alguien ve a Sloane
Romera, por favor llame...
—Desayuno de campeones, ¿verdad?
Levanto la vista de la pila de alimentos que acabo de colocar en el
mostrador para encontrar al tipo de nariz torcida mirándome lascivamente.
Asqueroso. Se ve sospechoso como la mierda.
Busco mi billetera en el bolsillo, mirando el quiosco de periódicos,
medio interesada en averiguar más sobre el hospital que mencionan en la
radio, y casi jadeo en voz alta cuando veo la portada del periódico sobre un
estante. A mi derecha. No solo un periódico, sino cuatro periódicos,
diferentes publicaciones, todos locales en el área de Spokane, y luego un
periódico nacional en el final, todos los cuales muestran la misma foto del
mismo niño. Un niño pequeño que conozco muy bien por cierto.
«El cuerpo mutilado de un niño de cinco años fue encontrado a
orillas del río Spokane.»
«Se encontró asesinado al segundo hijo del jefe de la mafia rusa. El
asesino del niño todavía está en libertad.»
«El cuerpo mutilado del pequeño niño fue encontrado e
identificado anoche. La policía llama al asesinato un acto de pura
maldad.»
Mis ojos pasan por alto las grandes letras mayúsculas de cada uno de
los periódicos, pero parece que realmente no puedo captar la información.
Lazlo admitió que lo había hecho. Confesó que había matado a Corey. Pero
esto... verlo en blanco y negro, plasmado en la página principal del periódico,
se ha vuelto dolorosamente real para mí.
Me he estado esforzando, pensando en Sarah, sólo haciendo lo
necesario para asegurarme de que regrese a salvo. Lo que no he hecho es
darme permiso para pensar realmente en lo que le sucedió a Corey Petrov.
Fue encontrado a orillas del río Spokane. ¿Eso significa que se ahogó? ¿Lazlo
mantuvo al niño pequeño bajo el agua, luchando, peleando por su vida hasta
que dejó de moverse? ¿O ya estaba Corey muerto antes de que incluso
entrara en el agua? El titular dice que su cuerpo fue mutilado...
Mis manos tiemblan cuando intento sacar un billete de veinte dólares
de mi bolso. Parece que no puedo mantenerlas el tiempo suficiente para
pagarle al cajero.
—Los padres de estos niños deberían ser más cuidadosos —dice el
hombre, señalando con la cabeza hacia los papeles—. Todo el mundo sigue
hablando sobre cómo no se tenían que asegurar las puertas en otros
tiempos. Los niños solían poder jugar en la calle hasta que oscurecía, y nada
malo nunca le pasaba a nadie. Pero los tiempos han cambiado, ¿no es así?
La gente no piensa dos veces antes de robar o romper algo. Parece que ahora
hay muchos más psicópatas, matando niños y violando mujeres, de los que
solía haber. Las personas deben saber que no deben perder de vista a sus
hijos ni por un segundo. Si me preguntas, les pasa por ser tan descuidados.
¿Sería el hombre tan descarado si supiera que el hombre al que
acusaba de descuidado era Yuri Petrov? Quién sabe. ¿Cambiaría su tono si
supiera que el niño había sido sacado de una casa cerrada? Corey no se
había quedado solo, abandonado por sus padres, como sospeché por
primera vez cuando recibí su llamada al 911. Lo habían dejado en casa al
cuidado de su hermano. No era como si hubiera estado vagando por las
calles solo después del anochecer.
Mi cabeza comienza a girar, y de repente me doy cuenta de que no he
respirado en los últimos treinta segundos. Tomo el billete de veinte dólares
de mi bolso, empujando el dinero al cajero, y recojo la comida y los cafés,
apresurándome hacia la puerta.
—Oye, ¿no quieres tu cambio? —El cajero me llama. No le contesto. Ni
siquiera miro hacia atrás.
Al otro lado de la entrada, Pasha ve la expresión de mi cara y se acerca,
encontrándome a medio camino entre la tienda y el Mustang, su expresión
se oscurece por un segundo.
—¿Qué es? ¿Qué pasa?
Niego, dándole un café.
—Nada. Dios, nada. Está bien —digo, negando—. Es sólo que...
tenemos que encontrar a Sarah.
Pasha no presiona. Me da un minuto para calmarme, sentada en
silencio en el auto mientras conduce, mientras me quedo mirando mis
manos, tratando de no pensar en el hecho de que, en este momento, el
cuerpo de Corey está apoyado en una placa de metal frío. Un depósito de
cadáveres en algún lugar del lado sur de la ciudad. Finalmente, le explico
los titulares de los periódicos a Pasha, y él maldice entre dientes, su rostro
es una máscara de furia.
No me lleva a casa. En lugar de eso, bordea la ciudad y toma una serie
de caminos de retorno hacia las montañas que dominan la extensa
extensión de las calles. Atravesamos bosques, árboles altos y nevados a
ambos lados de la carretera, hasta que el asfalto termina abruptamente en
una esquina cerrada frente a un edificio blanco de un solo piso de aspecto
modesto con un garaje para dos autos en lado derecho.
No hay nada particularmente notable en el edificio. Es la vista más allá,
lo que es asombroso. Situada en el borde de un acantilado, la casa da a toda
la ciudad. Trescientos pies por debajo de nosotros y a unos diez kilómetros
de distancia, doscientas mil personas viven sus vidas cotidianas,
completamente ajenas al hecho de que se las observa desde este punto de
vista elevado y aislado. Todo se siente tan inalcanzable desde aquí.
Intocable. En serio, es magnífico.
Cuando se da cuenta de la mirada en mi cara, Pasha trata de ocultar
el hecho de que está contento. Falla épicamente.
—Es aún mejor por dentro —me dice—. La vista desde el balcón es una
locura.
Honestamente, me sorprende un poco cuando Pasha desliza una llave
en la cerradura de la puerta principal y la abre sin ceremonias. No hay un
teclado de seguridad, ningún panel secreto en la pared que salta y escanea
su mano. Simplemente asumí que Pasha sería súper consciente de la
seguridad, y me sorprende el hecho de que esté confiando en un simple
candado Yale que incluso yo podría elegir para mantener su propiedad
segura.
Por otra parte, se trata de Pasha. El tipo es jodidamente grande y sabe
pelear. No me he olvidado de las peleas en la jaula. Los moretones en su
caja torácica que eran tan claros, vívidos y púrpuras cuando se quitó la
camisa por primera vez en mi apartamento se han desvanecido un poco,
pero aún son muy visibles. Pasha probablemente no se ha vuelto loco con
la seguridad del hogar porque no le teme a una pelea. Probablemente le
agradaría la posibilidad de que alguien entrara en su propiedad solo para
poder enseñarles una lección. Casi me río entre dientes mientras me lo
imagino. ¡Pobre de cualquier hombre lo suficientemente estúpido como para
intentar robar a Pasha Rivin!
Suspiro de alivio cuando entramos y una ráfaga de aire cálido me
golpea en la cara. Los dedos de Pasha rozan la parte de atrás de mi cuello
mientras me libera de su abrigo, y me estremezco por su toque. He estado
esperando que mi cuerpo se acostumbre a esto. He asumido que cuanto más
tiempo pase con Pasha, menos reaccionaré. Sin embargo, parece que no
pasará. Cada minuto que paso con él parece llevarme más profundo por un
agujero de conejo. Cada vez que su piel hace contacto, cada vez que sus
labios se encuentran con mis labios, cada vez que nuestros ojos se
encuentran, por el amor de Dios, me encuentro cada vez más paralizada por
él.
Mi cara se enrojece cuando me toma de la mano y me lleva por una
entrada abierta a un espacio vasto, cavernoso y abierto. No hay una
transición real de un área a otra. En un minuto estamos en la entrada, al
siguiente estamos parados en un enorme espacio loft de planta abierta, y
estoy cara a cara con una galería de ventanales de piso a techo.
Estaba tan equivocada afuera. Dije que el lugar no tenía nada de
especial, pero eso no podía estar más lejos de la verdad. Desde allí, la casa
de Pasha se veía como si fuera un apartamento pequeño de una habitación,
pero la arquitectura del lugar es engañosa. Los lados del edificio están
ocultos por los árboles, pero deben desplegarse tanto a la izquierda como a
la derecha en un ángulo de veinticinco grados, dando al espacio del desván
una forma encajada.
Tal como Pasha me había dicho que sería, la vista es espectacular, pero
estoy mucho más interesada en lo que se puede ver dentro del loft que fuera
de él. No hace mucho tiempo me había avergonzado mi pequeño y modesto
apartamento. Se había sentido demasiado abarrotado y demasiado lleno. Y
ahora, al ver las líneas duras y simples del espacio de Pasha y escuchar la
forma en que mis pasos realmente hacen eco dentro del lugar, de repente
descubro que me siento avergonzada nuevamente.
No hay verdaderas trampas modernas aquí. Claro, en la cocina hay un
microondas, una tostadora y un hervidor. Sí, hay un televisor modesto, una
pequeña pantalla plana en la pared. Pero no hay cargadores de teléfono que
sobresalgan de las paredes, no hay dispositivos amontonados, luchando por
el espacio de salida.
En el lado más alejado del desván, la cama de Pasha está
cuidadosamente hecha, una enorme King California con sábanas de color
gris pálido. Más allá, la ropa de Pasha cuelga cuidadosamente de un
perchero rodante. Un par de zapatos para correr sobresalen de debajo del
extremo de su cama.
El sofá de cuero en el centro de la habitación es pequeño, apenas lo
suficientemente grande para dos personas, y me da la impresión de que a
Pasha le gusta de esa manera, como si al limitar el espacio para sentarse en
su casa, puede evitar la posibilidad de que pueda haber más de dos personas
aquí al mismo tiempo.
En el lado este del edificio, sobresale de la pared una chimenea de un
metro de ancho, y una mancha de hollín negro tiñe el concreto y se levanta
sobre la pared. En frente de la chimenea, una única silla está colocada,
inclinada hacia las llamas inexistentes, con una pila de libros en el suelo a
sus pies.
La escena se pinta para mí sin que yo tenga que intentarlo e
imaginármelo: Pasha, sentado solo en la noche frente a un fuego crepitante
con un libro en la mano, la luz en su rostro mientras desciende a cualquier
reino o mundo que cobra vida para él en las páginas entre sus manos.
Lentamente, me doy vuelta, tomando cada pequeño aspecto del lugar,
cada pequeño detalle, cada pequeño elemento. El lugar huele claramente y
específicamente a Pasha. Quiero respirar el lugar, como si pudiera
absorberlo a través de mis pulmones y así poder tenerlo conmigo para
siempre.
A mi lado, Pasha se frota tímidamente en la nuca.
—Probablemente debería comprar una alfombra o algo así.
Intento no reírme.
—Estoy segura de que volvería un poco acogedor el lugar. Aunque, me
gusta. Es limpio. Minimalista.
—He sido perfectamente feliz aquí hasta ahora —admite—. De repente,
empiezo a desear haber hecho un mayor esfuerzo para convertir este lugar
en un hogar.
—¿De qué estás hablando? Esto es hogareño —digo, gesticulando hacia
el espacio casi vacío. Nuestras palabras resuenan, rebotando contra las
paredes, refutando mi afirmación incluso mientras lo hago. Pasha de un
lado a otro en el desván, deslizando las manos en sus bolsillos. Siempre tan
engreído y arrogante, en realidad es entretenido verlo tímido por una vez—.
Archie tiene más cosas en su vardo que tú aquí —le digo—. Pero es un
cambio bienvenido. No voy a hablar del mobiliario cuando esté aquí, eso es
seguro.
—Supongo que eso servirá como un lado positivo —dice Pasha
secamente—. Espera aquí. Agarraré algo de ropa y te llevaré de regreso a tu
casa. Mejor volvamos antes. No queremos perder ninguna llamada
telefónica.
Por qué Lazlo decidió elegir el teléfono público fuera de Bakersfield
como nuestro punto de contacto, no tengo idea. Habría sido mucho más
fácil si hubiera llamado a mi teléfono celular en su lugar. Claro, mi número
no está en la lista, pero el hombre es un maldito criminal. Estoy segura de
que podría haberlo descubierto si hubiera querido. Al decidir llamar al
teléfono público, Lazlo estaba tomando un gran riesgo. Hay muchas
posibilidades de que no lo hubiera escuchado. Una posibilidad aún mayor
de no haberlo respondido. La única razón por la que respondí fue porque el
tono de timbre estridente e incesante me estaba llevando al punto de la
locura.
Quizás Lazlo había contado con eso, y sabía que yo bajaría las escaleras
con mis zapatillas y eventualmente arrancaría el auricular de su base. La
idea de que él pudo haber discernido esto acerca de mí, de que pudiera saber
algo sobre mí, me hace sentir muy incómoda.
—Voy a robar algo de tu electricidad —le digo a Pasha, sacando mi
teléfono celular de mi bolsillo trasero. Sin energía y sin recepción en Riven
Glen, mi teléfono ha estado muerto durante las últimas dieciséis horas por
lo menos. Busco en mi bolsa hasta que localizo un cable de carga y luego lo
conecto en la cocina. La batería tardará un rato en cargarse lo suficiente
para volver a encender, así que me dirijo a las enormes ventanas y miro
hacia la ciudad.
No nací aquí. No he vivido aquí mucho tiempo. Honestamente, la ciudad
ni siquiera se siente como mi hogar, a pesar de que adoro mi vida aquí.
Cuando miro a Spokane, me doy cuenta de que hay una desconexión en
alguna parte. Una parte de mí que puede apreciar este punto de vista y
admirarlo desde lejos, pero tiene poco interés en dirigirme o sumergirme en
él. Hay una parte de esto que simplemente no entiendo y nunca lo haré.
Como una obra de arte contemporáneo colgada en la pared de una galería,
observo la ciudad, el fresco sol de media mañana que asoma por las
ventanas de las torres de gran altura en la distancia río abajo, y puedo
apreciar sus pinceladas maestras. Pero no lo colgaría de las ventanas de mi
propia casa en la colina.
Intento imaginar qué vista colgaría frente a estas ventanas, si pudiera
elegirla, pero... lo único que puedo ver cuando lo intento es un reflejo de
Pasha, parado detrás de mí en el espejo.
—¿Extrañas Nueva York? —me pregunta en voz baja, barriendo mi
cabello sobre mi hombro, exponiendo mi piel desnuda. ¿Cómo había dicho
que los Roma llamaban a los vampiros cuando estaba bromeando con
Shireen el otro día? Un Strigoi. Sí. Así es como se ve, tan pálido, su cabello
tan oscuro, sus ojos llenos de un intenso fuego mientras se agacha y me
besa suavemente en el hueco de mi cuello.
Tendría mucho sentido si realmente fuera un vampiro. Al menos
explicaría cómo puede leer mi estado de ánimo tan fácilmente y adivinar mis
pensamientos con tanta precisión. No hay forma de que supiera lo que
estaba pensando en este momento y, sin embargo, todavía me preguntó
sobre Nueva York.
—No. No lo extraño —le digo—. Yo... yo... —Mis párpados se cierran,
mis ojos giran hacia atrás en mi cabeza mientras me besa de nuevo. El calor
de su boca sobre mi piel es tan jodidamente vertiginoso que apenas puedo
pensar alrededor de la sensación. Me derrito en él, mi cuerpo se afloja y se
suaviza cuando Pasha me agarra por la cadera, desliza su otra mano
alrededor de mí y la sube por mi estómago. Es entonces cuando siento la
dura longitud de su erección presionando en la parte baja de mi espalda.
—Oh, mierda, Zara. Sabía que iba a querer esto.
—¿Qué? ¿Qué deseas?
—Te quiero desnuda y presionada contra estas ventanas —gruñe en mi
oído—. Quiero ver el contorno de tus tetas cada vez que me pare aquí por la
mañana y vea salir el sol. Quiero tus huellas marcadas en sudor en cada
maldito panel de vidrio. Quítat…
¡BOOM!
Reacciono en cámara lenta.
Pasha no lo hace.
Sus brazos me rodean, sujetándome fuerte, y me está levantando...
…dándose vuelta…
...apartándome de las ventanas antes de que incluso haya registrado
que se están rompiendo.
Mis pies están fuera del suelo.
El corazón de Pasha está tronando en su pecho, puedo sentirlo a través
de la gruesa lana de mi suéter tejido.
Un sonido chocante rebota en el interior del desván y luego llueven
cristales.
Imitando la nieve que cayó sobre nosotros la noche anterior, miles de
diminutos fragmentos de vidrio explotaron en el desván, cayendo sobre mi
cabello, enredados en mi suéter, tocando mi piel y luego golpeando el
concreto pulido antes de dispersarse en todas direcciones.
El momento dura un latido.
El pecho de Pasha se hincha contra mi espalda mientras toma una
respiración profunda. No ha movido un músculo, su torso aún está torcido,
su espalda girada hacia la ciudad para poder protegerme de los proyectiles
de vidrio.
—Mierda —jadea él—. ¿Estás bien?
No siento ningún dolor. No puedo sentir el dolor caliente y sordo de la
sangre que mana de mi cuerpo.
—Yo... sí, creo que sí.
Con cuidado, Pasha me deja en el suelo. Los pedazos de vidrio de
seguridad crujen y se rompen bajo las suelas de mis zapatos cuando me
apoyo contra el respaldo del sillón junto al fuego. La cara de Pasha está
blanca como una sábana. Se da la vuelta, observando la destrucción que
tiene ante él, su irregular ceño fruncido está tan profundo en su frente que
parece que está cortado hasta el hueso.
En todas partes: vidrio.
De lado a lado, dos de los enormes paneles de vidrio de tres metros de
altura, allí hace un segundo, ahora están desaparecidos, rotos en un millón
de pedazos en el piso, y un viento del norte áspero y premonitorio se abre
paso. Dentro del loft, tirando de la camisa de Pasha. Clava los dedos en su
cabello, mirando hacia abajo a los vidrios rotos, y luego, de la misma manera
que el vidrio, él explota.
—¡JODER! —Su rugido brutal hace eco alrededor del desván,
escapando de las grandes fauces donde solían estar las ventanas, y estalla
en el valle, repitiéndose una y otra vez antes de que la montaña a nuestra
izquierda capte su grito furioso y lo apague.
—¿Qué dia... diablos... pasó? —No puedo meter suficiente oxígeno en
mis pulmones para sacar la frase de una vez. Me doy cuenta de que estoy
temblando; mis piernas se sienten tan jodidamente débiles, me preocupa
que realmente puedan colapsar debajo de mí. Me inclino alrededor del sillón,
sentándome en él mientras trato de darle sentido a la escena frente a mí.
—Algo golpeó el cristal —dice Pasha. Su voz es plana ahora. Tranquila.
Si no fuera por la rabia en su rostro, diría que está en shock. Definitivamente
estoy en shock. Oh, Cristo, creo que voy a...
Me pongo de pie de nuevo, con las manos en las caderas, arrastrando
un suspiro a los pulmones, llenándolos hasta que sienten que están a punto
de estallar. Mientras tanto, estoy presionando la inquietante sensación de
que podría estar a punto de desmayarme. No me voy a desmayar. No me voy
a desmayar. No te atrevas a desmayarte, estúpida perra. Esto no es mil
ochocientos noventa y tres. Las mujeres no se desmayan sólo porque tienen
un shock.
—Lo vi venir. Blanco. De la nada. Apenas tuve tiempo de agarrarte —
murmura Pasha. Atraviesa el cristal roto, pateando a través de él con la
punta de su bota. Un segundo después, encuentra lo que está buscando. Lo
veo al mismo tiempo, mis ojos se fijan en el pequeño charco de rojo que se
está extendiendo lentamente debajo de la aguamarina del cristal de
seguridad.
No es una roca, o un ladrillo. No es un proyectil hecho por el hombre
de ningún tipo.
Es un pájaro.
Pasha limpia el desorden, recogiendo a la criatura en sus manos.
Muestra sus dientes, como si tuviera miedo de lastimarlo, pero el pobre está
muerto, por supuesto. El ritmo de mi corazón se vuelve a ralentizar, se
normaliza con cada respiración profunda que tomo. Me siento
considerablemente más estable cuando avanzo para ver mejor, pero luego
una de las alas de un pájaro sale disparada, blanca como la nieve y
manchada de sangre, y casi aterrizo sobre mi trasero, salto hacia atrás tan
rápido.
—Ah, Jesús —se queja Pasha—. ¿Golpeó la ventana lo suficientemente
fuerte como para romper dos jodidos paneles, pero no lo suficiente como
para matarlo?
Me aferro a mi pecho, el horror me atraviesa mientras el ave se
estremece, sus dos alas ahora se mueven mientras se agita en las manos de
Pasha, tratando de alejarse de él. Contra mi propio buen juicio, miro más
de cerca, y mi corazón se astilla justo en el medio cuando el pájaro me mira.
Su ojo se asemeja a una cuenta de vidrio, un hermoso color dorado con una
pupila de obsidiana negra, a diferencia de la mayoría de los ojos de las aves.
Un nivel sorprendente de inteligencia me devuelve la mirada, y todo lo que
veo es el pánico del ave. Todo lo que veo es su dolor.
—Oh, Dios mío, no puedo. —Me doy la vuelta, cubriéndome la boca con
la mano.
—Quédate allí. No salgas. —Pasha se va, el vidrio cruje cuando sale al
balcón.
Cuando regresa, sus manos están vacías, y el pájaro se ha ido.
—¿Acabas de...? —Dios, ni siquiera puedo decirlo.
Asiente.
—Su cuello estaba roto. Estaba muriendo de todos modos.
Esa información no me hace sentir mejor. Realmente no.
—¿Qué clase de ave era ésa? Ese panel tiene media pulgada de grosor,
Pasha. Esas ventanas nunca deberían haberse roto de esa manera.
La boca de Pasha se baja cuando se frota la frente; cierra sus ojos por
un segundo, respirando por la nariz. Cuando vuelve a abrir los ojos, su
expresión es aún más sombría.
—No era sólo un pájaro, Luciérnaga. Era un búho.
Fuera de la caja, el mundo es un vívido desorden de color.
Hay hojas en el suelo. El niño no puede recordar si estaban allí o no
cuando entró en la caja. El hombre toma la mano del niño. Caminan
rápidamente por el parque, su aliento hace nubes de niebla que se arrastran
detrás de ellos en el frío, y el hombre mira. Él siempre está mirando. Al niño
le tomó un poco de tiempo darse cuenta de lo que el hombre estaba buscando,
pero luego el hombre encontró a otro niño como él y también lo trajo de vuelta
a la caja, y el niño lo descubrió.
El otro niño no había dejado de llorar durante días. El otro niño se
llamaba Peter y su papá era bombero. Al hombre no le había gustado que el
niño hablara con Peter. El hombre había venido y se había llevado a Peter
después de solo tres visitas, y Peter no había regresado.
El niño sabe que no debe preguntar qué le pasó a Peter. En su lugar, le
gusta pensar que el padre de Peter trajo su camión de bomberos y lo rescató.
Si el propio padre del niño tuviera un camión de bomberos, indudablemente
él habría hecho lo mismo.
—No hagas ningún sonido —advierte el hombre cuando se acercan al
parque—. Si eres bueno, te compraré un poco de algodón de azúcar.
El corazón del niño sube a su garganta. Es muy difícil saber cómo ser
bueno y hacer feliz al hombre, pero el niño quiere hacerlo feliz. Quiere ese
algodón de azúcar más que cualquier otra cosa en el mundo. Regalos como
ese solían ser comunes en su vida anterior, pero ahora son pocos y no se los
puede perder.
El hombre toma al niño y se sienta en un banco, mirando a los otros
niños jugar. Luego, el hombre sienta al niño en un columpio y lo empuja, y por
unos momentos, el vertiginoso potencial de volar sin peso es un éxtasis que
agarra al niño y lo sacude físicamente.
Pronto, el hombre ha tomado una decisión.
Saca al niño del columpio y se dirige de nuevo al banco.
—Ahí. Él. —Señala el que ha seleccionado. El niño sabe lo que debe
hacerse. Envuelto en su grueso abrigo de invierno, el niño cruza el parque y
se acerca al niño jugando solo en la tierra.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta el niño.
—Cavando. —Es la respuesta.
—¿Puedo jugar?
El otro niño asiente. Su nombre es Samuel, y su papá es médico. El chico
se pregunta vagamente cómo el padre de Samuel lo salvará, si no tiene un
camión de bomberos.
En el camino de regreso al auto, el hombre lleva a Samuel en sus brazos.
Él no llora. No parece importarle la aventura.
El hombre deja que el niño se siente adelante para comer su algodón de
azúcar en el camino a casa.
Pasha
La mala suerte es una cosa complicada. Es fácil de conseguir y difícil
de eliminar. Como regla, generalmente hago mi mejor esfuerzo para no creer
en ello. Cultivé una mentalidad científica cuando fui a un internado cuando
era un adolescente y me aseguré de dejar de dar peso a las numerosas
supersticiones que solían ir de la mano de los romaníes. Llené mi cabeza
con tantos datos científicos como pude, y comencé a lavarme las manos en
el mismo maldito fregadero que las mujeres, no soltaba un sudor frío cada
vez que escuchaba el aullido de un perro, y antes de que me diera cuenta
ya ni siquiera pensaba en tales cosas.
Pero los jodidos búhos...

Los búhos son más que mala suerte. Son un presagio de muerte, y uno
acaba de volar a través de las ventanas de mi desván y trajo una lluvia de
cristales rotos y afilados que llovieron sobre la mujer que amo.
Prikoza.
Nunca pensé que me estaría diciendo esto a mí mismo, pero esta es
una seriamente jodida prikoza.
Zara no habla mucho en el camino a su casa. Está atrapada en un
bucle dentro de su cabeza. El mismo bucle en el que estoy girando. Las
palabras que le susurré al oído; el calor entre nuestros cuerpos; el momento
en que ambos nos dimos cuenta del hecho de que íbamos a follar como
animales frente a la ventana; yo, notando que el borrón del blanco corriendo
hacia nosotros; yo, agarrando a Zara y protegiéndola con mi cuerpo; un
sonido increíblemente ensordecedor cuando el cristal se astilló y cayó; yo,
sacando al pájaro roto afuera y golpeando la cabeza de la pequeña criatura
con un jodido cenicero.
He tenido que sacar a los animales de su miseria antes, y no se vuelve
más fácil. Puedo golpear mis puños en la cara de otro hombre todo el día y
toda la puta noche hasta que mis nudillos se abran o su cráneo lo haga, y
no sentiré ni una puta onza de culpa. No es un bocado pequeño. ¿Pero un
animal indefenso? ¿Un animal herido? Si hubiera estado solo en el desván
cuando eso sucedió, no me avergüenzo de admitir que habría estado
llorando como una pequeña perra cuando recogí suavemente el frágil cuerpo
de ese pájaro y lo solté, dejándolo navegar por el costado del balcón y en el
dosel de árboles abajo.
Debería haberlo sacado y enterrado apropiadamente. Ojalá lo hubiera
hecho, pero no teníamos tiempo. Teníamos que salir de allí. Porque ningún
pájaro pudo haber volado accidentalmente por esas ventanas y realmente
haberlas roto. Eso era un jodido vidrio templado, del tipo realmente
jodidamente difícil de romper, y ese pájaro no había pesado más de tres
jodidas libras. Como la mayoría de las aves, sus huesos eran huecos, su
masa estaba compuesta principalmente de plumas, así que esto plantea la
pregunta: ¿cómo diablos se rompió el vidrio?
Sigo sacando la misma conclusión una y otra vez. El pájaro no lo
rompió. Algo o alguien más lo hizo, y la lechuza era solo un mensaje. Un
mensaje muy claro y muy directo que mi herencia me obligó a entender.
Estás jodiendo con gente peligrosa, Pasha Rivin. Estás involucrado en
algo mucho más grande de lo que sabes. Has mordido mucho más de lo que
puedes masticar, mi amigo... y ahora alguien está a punto de morir.
Sentada a mi lado en el Mustang, Zara hojea las llaves de su llavero,
moviendo cada una de ellas alrededor del lazo de latón, una a la vez. Se
perdió dentro de su propia cabeza, pero al menos no tuvo que sentir la
sangre de cobre pegajosa del ave en sus manos mientras acariciaba sus
plumas de manera suave una última vez antes de que muriera. Ella no tuvo
que sentir el golpe en el cráneo del ave cuando se derrumbó. Me alegro de
haberle ocultado eso, al menos.
Ambos salimos de nuestro ensueño compartido en el momento en que
nos detuvimos frente al edificio de su apartamento. Dejo el Mustang
directamente al lado del teléfono público, con las ruedas apoyadas contra el
bordillo, a pesar de que no es una zona de estacionamiento, y ambos
subimos los tres tramos de escaleras hasta el apartamento de Zara en
silencio.
Ella nos deja entrar, y lo primero que noto son los zapatos de cuero
italianos talla ocho, pulidos a un alto brillo, asentados cuidadosamente al
lado del puesto de correo en el pasillo. Zapatos de hombre. No estaban allí
cuando nos fuimos para el claro Rivin. Cuando se trata de este lugar, el
lugar donde Zara y yo dormimos juntos por primera vez, mi memoria es
jodidamente eidética.
Zara ve los zapatos y se queda completamente quieta, sus ojos son
salvajes cuando sacude la cabeza en respuesta a mi pregunta no formulada:
no, no tiene idea de a quién pertenecen los zapatos. Mierda. ¿Es mucho
pedir? ¿Que una cosa vaya jodidamente bien por una vez? No tengo un arma
conmigo. Debería haber tomado la Especialista que guardo en la caja de
seguridad de mi armario antes de abandonar mi lugar, pero tenía otras
cosas en mente. Pero no importa. Voy a terminar jodidamente con quien sea
que esté aquí con mis propias manos si tengo que hacerlo.
—¿Señora Llewelyn? Oí la puerta cerrarse. Por favor. No se alarme.
La voz viene de la sala de estar. Una voz masculina cortada por vocales
de Europa del Este.
No me había dado cuenta hasta ahora: la mano de Zara está
descansando en el pomo de un bate de béisbol. Debe haber estado apoyado
contra la pared detrás de la puerta o algo así. Hay una determinación feroz
en su rostro que incluso la dispersión de pecas en el puente de su nariz no
puede disminuir. Joder, esta chica va a ser mi final. Está planeando cargar
en la sala de estar con el bate sobre su puta cabeza, y no voy a poder
detenerla, porque la mujer está a punto de darme un maldito ataque al
corazón.
Le arrebato el bate de las manos, enviándole una mirada de reproche.
La mirada que envía es un dedo medio en forma de ceño fruncido. Puede
estar enojada conmigo todo lo que quiera. Me ocuparé de su ira más tarde
si tengo que hacerlo. En este momento, todo lo que me importa es
mantenerla a salvo, y si eso significa que tengo que molestarla
desarmándola para poder manejar la situación, entonces, maldita sea.
Hombros hacia atrás y bate en mano, entro en la sala de estar, primero
observando al tipo vestido con un traje sentado en el sofá antes de escanear
rápidamente las esquinas de la habitación, buscando un segundo y un
tercer intruso. Aunque no hay otros tipos. Solo el hombre solitario sentado
en el sofá. Vuelvo mi atención sobre él, notando los detalles más finos de él
ahora: ligeramente calvo; mediados de los cuarenta, cara estrecha, ojos
azules débiles, acuosos, que aún parecen exigir respeto. Su traje a rayas y
sus nudosas manos apiladas una encima de la otra en su regazo le dan el
aire de un gánster de los años veinte. Un prohibicionista. Cortaría una figura
mucho más amenazante si no estuviera sentado aquí con un par de
calcetines Argyle negros y grises.
Hay dos preguntas que cualquier persona inteligente haría en esta
situación. En primer lugar, ¿quién diablos eres, imbécil? En segundo lugar,
¿qué carajos quieres? Estas preguntas son importantes, sin embargo. Este
hijo de puta, quienquiera que sea, irrumpió en el apartamento de Zara. Ella
no parece complacida de verlo. Solo tengo una cosa que decirle a este tipo,
y no me costará más de tres sílabas. Levanto el bate sobre mi cabeza y suelto
un gruñido bajo desde la parte de atrás de mi garganta.
—Corre, hijo de puta.
—¡Pasha, espera!
La mano de Zara va a mi hombro. Mi instinto es seguir adelante con el
movimiento, golpear el bate para que la madera de arce se conecte con la
sien del bastardo, resolviendo este problema de una manera rápida y muy
permanente. Pero la presión de los dedos de Zara aumenta, cavando en la
parte superior de mi hombro, y vacilo.
A lo largo de todo esto, el tipo en el sofá ni siquiera se ha echado atrás.
Me mira con sus acuosos ojos azules, como si solo tuviera curiosidad por lo
que ocurrirá a continuación. Resoplando, bajo el bate y lo sostengo el
extremo en su cara.
—Explique. Rápido.
Los labios del hombre se separan. Despliega sus manos y pasa sus
palmas a lo largo de sus muslos, como si barriera una pelusa imaginaria.
Se mueve y le presta atención a Zara.
—Soy un hombre desconfiado, señorita Llewelyn. Creo que sabe eso de
mí.
Los ojos de Zara son casi negros, sus pupilas tan hinchadas y anchas
cuando se encuentra con la inescrutable mirada del extraño.
—Sí, señor Petrov. Creo que lo he notado después de nuestra última
reunión.
Petrov.
Una vez familiar. Inmediatamente preocupante. Este es el padre del
niño muerto. También es uno de los hombres más influyentes y poderosos
de Spokane, y por todas las razones equivocadas. Cuando era niño, no había
rusos en Spokane. Llegaron un año mientras estaba fuera en el internado,
y cuando regresé aquí para las vacaciones de Navidad, todos hablaban sobre
ellos. Se habían apoderado de la ciudad y no les gustaba que los Rivin
estuvieran aquí. Una serie de peleas siguieron, donde los Petrov intentaron
coaccionar al clan, alentándonos a seguir adelante, y varios de los hombres
del clan habían salido a visitarlos con cuchillos metidos en la manga.
Cuando regresaron, había dos hombres derribados, los filos de sus cuchillos
de un rojo brillante y se había llegado a un acuerdo: no interferiríamos con
los rusos, y ellos no interferirían con nosotros. Sencillo.
He tenido numerosos roces con los rusos en los mercados de flores. Hay
mucho dinero en las peleas, y, como todos los demás, los Petrov tienen su
participación en la sangre y el sudor que golpea el lienzo. Sin embargo,
nunca he conocido al jefe de la organización Petrov. Descender al reino
infernal debajo del mercado de las flores está literal y figurativamente debajo
de la posición de un hombre de la posición de Yuri Petrov.
El hombre tiene el aspecto de un pez frío y muerto que ha sido
descartado en un muelle. He llegado a la firme decisión de que no me gusta,
y definitivamente no me gusta la forma en que mira a Zara.
—Me disculpo por violar su privacidad, tanto ahora como la última vez
que uno de mis hombres vino aquí, a su apartamento —dice—. Estaba muy
interesada en el destino de mi hijo. Fue usted quien tomó su llamada. El
detective dijo que estabas haciendo muchas preguntas. Parecía que podrías
estar involucrada en la desaparición de Corey. Simplemente estaba...
asegurándome de que sus motivos fueran... honestos.
—Lamento que mi preocupación general por un niño desaparecido de
cinco años le pareciera nefasta, señor Petrov. Simplemente estaba haciendo
mi trabajo —dice Zara con frialdad. Está nerviosa, puedo sentirlo irradiar
de ella, pero está erguida. Desafiante. Si solo supiera cuántos criminales el
hombre que estaba sentado en su sillón ha despellejado vivo y despachado
de este mundo gritando como bebés, es posible que no tuviera una mirada
tan desafiante en sus ojos.
Pero entonces...
La segunda vez que repaso el escenario en mi cabeza, volviéndolo a
reproducir, con Zara completamente consciente de cada crimen oscuro y
siniestro que mancha el alma de Yuri Petrov, sé que su espalda aún estaría
erguida. Todavía estaría lista para defenderse y ni por un segundo se dejaría
intimidar por el hombre.
Estoy seguro de que, para la mayoría de los hombres, darse cuenta de
que están enamorados de alguien viene durante los momentos nebulosos y
adormecidos después del sexo, con la chica de sus sueños acurrucada
contra su cuerpo, su piel resbaladiza por el sudor y endorfinas.
Para mí, se trata de una sala de estar llena de libros y con poca luz, ya
que una mujer con cabello del color de fuego y brasas enfrenta a un asesino
en masa y no parpadea.
Ella es la imagen de la compostura cuando se dirige al hombre.
—Lo siento mucho. Sobre Corey. Vi los periódicos esta mañana.
Esperaba...
Yuri Petrov gira rápidamente la cabeza para mirar por la ventana. Él
traga.
—Sí. Bien. Me temo que te mentí la última vez que nos vimos. El video
de Corey que te mostré era real, pero la amenaza estaba lejos de terminar.
Quería ver lo que harías. Quería ver cómo reaccionarías. Si tuviste algo que
ver con su secuestro, entonces me había convencido de que lo vería en tu
cara. Cuando saliste del estacionamiento, supe que eras inocente. Aunque
ya era demasiado tarde. Mi colega ya había estado aquí y te había dejado mi
regalo.
—No debería haber hecho eso —concuerda Zara—. Usted invadió mi
privacidad. Me hizo sentir insegura en mi propia casa. Al igual que está
haciendo ahora mismo.
Lentamente, Petrov se aleja de la ventana, como si hubiera visto
suficientes techos al otro lado de la calle. Su atención se dirige a mí, no a
Zara. Sin embargo, sus palabras están claramente destinadas a ella.
—Lamento haberte robado la ilusión de que estabas a salvo aquí. Pero
vine desarmado, y tienes a tu protector aquí para defenderte. Te prometo
que no lo necesitarás. —Sus ojos se estrechan cuando me mira, su
evaluación de mí es pedregosa y ligeramente desinteresada—. Te conozco —
dice—. Tú eres el chico Roma. Le rompiste la nariz a mi entrenador hace
unas semanas.
Vuelve a mí: la pelea con el bastardo lento y perezoso la noche en que
Patrin vino a buscarme por primera vez. El entrenador que había tratado de
decirme que perdiera mi lucha. Él me había puesto las manos encima, lo
cual no había apreciado, y le había dejado saberlo. Sus palabras suenan
claras en mi cabeza ahora.
—¿No tienes ningún maldito sentido, maldito imbécil? ¿Tienes idea de
qué carajos acabas de hacer? —Las palabras del entrenador habían sido una
advertencia; el trozo de carne que golpeé era uno de los hombres de
Petrov. Debí haberlo adivinado.
—Tu entrenador fue estúpido. Un hombre no debe poner un pie dentro
de una jaula a menos que sepa cómo luchar para salir —informo.
Yuri adopta una sonrisa atrofiada. Luce incómodo; probablemente no
haya ejecutado la maniobra en bastante tiempo.
—Le dije lo mismo. Él no estaba feliz. Quería que se hiciera algo
respecto a ti.
—¿Y?
La sonrisa de Yuri se profundiza, suavizando un poco su rostro. Parece
que ahora se está acostumbrando a sentirla.
—Le dije que soy un hombre de negocios. Si eliminara a todos los
hombres dispuestos a meterse en una jaula con uno de mis luchadores, se
quedarían rápidamente sin oponentes, ¿no?
—Muy práctico de tu parte.
—Usted se negó a perder la pelea. Tienes honor. Es un rasgo de
personalidad tonto para poseer. La mayoría de los hombres lo han perdido
bastante rápido en mi experiencia. —Él me mira de reojo y luego agrega—:
Pero lo admiro. Significa que puedes confiar en un hombre con su palabra,
pase lo que pase.
—Genial. Entonces me creerás cuando te digo que te voy a
hacer daño si no explicas por qué estás acechando en la sala de estar de mi
novia como el fantasma de navidad.
Zara cruza los brazos sobre su pecho.
—Bien. Me temo que esta es una situación complicada. Tengo que
confesar que hice peor que hacer que alguien irrumpiera en tu apartamento,
Zara. El regalo que te di fue un caballo de Troya, en cierto modo. Había un
dispositivo cosido en el forro.
Zara se pone pálida.
—¿Qué quiere decir con un dispositivo? ¿Un dispositivo de rastreo?
Sacudiendo la cabeza, Yuri suspira. Parece que está aburrido por tener
que explicarse.
—Era mucho más importante escuchar tus conversaciones. Mis
asociados pensaron que quizás podrías decir algo para incriminarte. Si lo
hacías…
—¿Si lo hacía?
—Habríamos venido por ti —admite esto fácilmente, sin el más mínimo
indicio de vergüenza. Lo odio por eso, pero de nuevo, en sus zapatos, ¿me
habría resistido a tomar a una mujer y torturarla para tener el paradero de
mi hijo desaparecido y secuestrado? Diablos no, no lo haría.
—Ponerlo en el abrigo parece bastante estúpido —dice Zara,
cruzándose de brazos—. Habría tenido más sentido plantar el dispositivo en
mi apartamento, ¿no?
Yuri se ve arrepentido mientras desliza su mano en su bolsillo y saca
algo. Cuando extiende su mano, con los dedos abiertos, un pequeño y claro
disco se asienta en su palma, bordeado de rojo alrededor de su borde, con
dos pequeños cables que serpentean fuera de él, uno negro y otro rojo.
—Hemos tenido motivos para hacer esto varias veces antes, señorita
Llewelyn. No somos aficionados. El abrigo era un dispositivo
secundario. Una contingencia, para cuando saliera de casa.
Zara parece que está a punto de hervir; su rostro ha adquirido un tono
carmesí. Mis propios niveles de ira también están tocando el techo. Este
bastardo se metió al apartamento de Zara. La ha estado escuchando en su
propia casa durante días. Los Petrov deben haber estado escuchando
cuando regresamos aquí, calientes y achispados por el tequila, y follando en
el sofá en el que Yuri está sentado.
Voy... a… jodidamente... matarlo...
—Estoy seguro de que estaba decepcionando cuando se dieron cuenta
de que no planeaba mantener su soborno —gruñó Zara.
Por un momento fugaz, un destello de diversión sin alegría ilumina los
ojos de Yuri.
—Podrías decirlo. Tal vez estoy un poco... fuera de contacto con la
generación más joven. En mi época, había muy pocas mujeres que pudieran
resistir un hermoso abrigo de piel. Pero tú, Zara... lo regalaste.
—Lamento haberlo decepcionado.
Lentamente, Yuri Petrov suspira, se inclina hacia adelante, apoya las
manos contra el borde del sofá y se levanta de la silla. Él no reacciona
cuando hago una demostración de apretar mi agarre en el bate de
béisbol. De hecho, me ignora por completo cuando camina hacia Zara.
—Tu disculpa es falsa. Puedo entender por qué. La mía, sin embargo,
no lo es. Lo siento por dudar de tus motivos. Lo siento por entrometerme en
tu vida privada tan flagrantemente. En cierto modo, me alegro de haberlo
hecho, Zara. Si no lo hubiera hecho, mis asociados no habrían escuchado
lo que sucedió aquí hace tres noches. Ellos no habrían oído...
—¡Oh, Dios mío! —Zara se cubre la boca con las manos. Sus ojos son
el doble de su tamaño normal, mostrando los bordes blancos. Luce
aturdida. Me doy cuenta de por qué un segundo después. De vuelta en su
cocina, cuando me contó sobre su suspensión del trabajo, también me contó
sobre su primer encuentro con Petrov y el regalo que él le había dejado en
su apartamento. Y luego me dijo que había regalado el abrigo... a Sarah.
—¿Ella lo llevaba puesto? ¿Cuándo él se la llevó? —susurra Zara detrás
de sus manos.
Yuri Petrov asiente.
—Ellos. Lo llevaba puesto cuando ellos se la llevaron.
Zara
Estoy bajo el agua.
No sé cuál es el camino.
Mis ojos están llenos de estallidos de luz que dejan mi visión irregular
y borrosa.
Mi apartamento gira alrededor de mí mientras el cabecilla de la mafia
rusa de Spokane camina en mi pasillo y cuidadosamente desliza sus pies en
sus zapatos.
Pasha observa al hombre como un halcón mientras se inclina, fallando
en esconder un espasmo de dolor en la espalda mientras se ata un par de
cordones y luego otro. Cuando Yuri se endereza, luce repentinamente
enfermo. Una década mayor que hace cinco minutos.
—Qué conste, espero que la información sea de tu uso. Si encuentras
a estos hombres antes que nosotros, tráelos a mí. Por mi hijo, me aseguraré
de que no mueran lentamente. Tienes mi palabra.
El apartamento resuena con silencio una vez que se ha ido. Pasha y yo
estamos a ambos lados de la mesa de la cocina, mirando fijamente al
dictáfono que Yuri colocó en mi mano después de que me dijo que su gente
había transferido el audio del secuestro de Sarah en una cinta. La delgada
y plateada grabadora es una bomba sin explotar. Es lo suficientemente
inofensiva, ubicada allí en mi mesa de la cocina, pero tiene el potencial de
devastar sin previo aviso. No creo tener en mí el propósito activarla.
—¿Vas a hacerlo? —pregunto suavemente.
Pasha asiente. Su cabello es una masa de ondas oscuras mientras
inclina su cabeza y se inclina sobre el dictáfono, golpeando el botón de
reproducción.
Una estática crepitante llena la estrecha cocina. Luego, el sonido de un
auto pasando, los neumáticos retumbando contra un camino húmedo. El
sonido susurrante del movimiento, el clip, clip, clip de tacones. Oigo
respiraciones inalterables también; debieron haber cosido el micrófono en
el cuello del abrigo o algo así.
De repente, el clip de los tacones de Sarah se detiene, y ella se ríe.
—¡Bueno, hola! Eso se ve nuevo. ¿Lo pediste prestado?
No oigo lo que le dicen de regreso. Mis oídos están sonando. Dios, solo
ha pasado poco tiempo, pero extrañaba el sonido de la voz de Sarah. Hay
una posibilidad de que nunca la escuche de nuevo en persona, y eso hace
que sea aún más difícil de escuchar ahora, así.
—Oh, no. Estoy bien, gracias, cariño. Tuve una migraña antes, pero ya
se fue. Oh, oh, está bien, bueno... —Hay un sonido de raspado, y luego un
estrépito. Mis ojos van a los de Pasha, está tan tenso como yo mientras que
se esfuerza para escuchar lo que está sucediendo. Ambos nos agachamos,
inclinándonos más cerca de los pequeños altavoces—. ¿Qué demonios estás
haciendo? —pregunta Sarah. Su voz es ligera y juguetona, pero al borde de
pánico. Otro fuerte estrépito distorsiona la grabación, y luego un fuerte grito
le sigue rápidamente—. ¡No! No, no quiero…
La objeción de Sarah se corta. Ella deja salir un grito de pánico, pero
se silenció casi inmediatamente. Un sonido staccato, como un nudillo
golpeando contra una puerta, viene a continuación, pero no es eso. El ritmo
está muy lejos, por todas partes. Es otra cosa. Es... Dios, no puedo ubicarlo.
No sé si incluso hacerlo.
Un fuerte golpe pone fin al golpeteo.
Sarah deja salir un gemido.
—Por favor —susurra—. ¿Qué he hecho? ¿Po… por qué? —Suena
desconcertada, completamente confundida por lo que le está sucediendo.
Estoy igual. No he oído una sola cosa hasta ahora que pueda decirme quién
se la ha llevado.
Un motor arranca, y los tranquilos y asustados sollozos de Sarah
continúan mientras el estruendo de los neumáticos regresan, esta vez más
fuerte y más cerca. Por lo que puedo reunir, está dentro de un vehículo en
este punto.
Me muerdo la uña del pulgar, tratando de no perder mi mierda.
—¿Eso es todo?
Pasha revisa la lectura digital del dictáfono.
—No. Hay otros treinta minutos.
Oh, señor. ¿Cómo diablos voy a pasar otros treinta minutos de esto?
Va a ser imposible. Como si él pudiera leer mi mente, Pasha golpea el botón
de avance rápido en la grabadora una vez, entonces otra vez, y otra vez,
cuando no hay otros sonidos en la barra de grabación además del ruido de
fondo del vehículo y el débil llanto de Sarah. La cuarta vez que se inclina
hacia adelante y luego golpea el botón de reproducción, todo está en silencio.
Y luego, hay un chirrido y un gemido, el sonido de una puerta rígida que se
balancea abierta.
—Mira. No sé de qué se trata esto, pero no necesitas hacer esto. Si ella
dijo que te pagaría... si te dijo que tenía dinero... puedo prometerte que estaba
mintiendo. Espera, espera, no. Olvídalo. Yo no... no voy a bajar allí. Qué te
dije. Si esto es algún tipo de broma práctica, entonces realmente no es
gracioso ¿bien? No qui…
Lo que ella había estado a punto de decir muere en sus labios. Sarah
se queda en silencio, pero una gama de ruidos todavía es captada por el
micrófono. Más crujido. El crujido de una puerta de hierro. El sonido de
pasos fuertes. El silencioso correr del agua a lo lejos, y sobre todo, el lento
tirón y la percepción de alguien respirando muy fuertemente.
La calidad del sonido cambia, como si Sarah y su captor, hasta ahora
en un pequeño y apretado espacio, hubieran entrado en un lugar mucho
más grande.
Luego una voz profunda y masculina, llega por la derecha.
—¿Qué mierda? Se ve medio muerta. Dije que la noquearas, no que la
mataras. —Hay una pausa, y luego—: Déjala en la camilla. Usa las correas.
Deshazte de su ropa primero. Intentará huir cuando despierte. Podría
pensarlo dos veces si está desnuda.
La bilis arde caliente y amarga en la parte de atrás de mi garganta.
Quiero vomitar. Pobre Sarah. ¿Quién le quitó su ropa? Una serie de
imágenes horribles gira alrededor del interior de mi cabeza y no puedo
ponerle fin. Dios, si la han lastimado. Si ellos... le han hecho algo. Si ellos...
joder, si ellos la violaron, nunca me lo perdonaré.
La grabadora capta otro sonido, un adormecido y aturdido gemido que
hace que los vellos en la parte de atrás de mi cuello se ericen.
—¿Dónde? —La voz de Sarah dice, distante y confusa. Ella murmura
algo demasiado silencioso para que sea audible, pero oigo lo siguiente que
dice perfectamente bien—. ¿Estrellas? ¿Bajo tierra? —murmura—. Son tan
bonitas.
***

Pasha
Odio mentir. Realmente lo odio. Es el acto de traición más grande que
hay entre dos personas que confían entre sí, pero ahora mismo no tengo
otra opción. Necesito mantener a Zara a salvo, y voy a romper todos los
juramentos que he hecho, y voy a mentir a cada última persona que me
importa, incluyendo a ella, si esto significa que seré capaz de llevar a cabo
esa tarea. Está paseando por la cocina, prácticamente arrancándose su
cabello mientras intenta descifrar el significado detrás de la grabación, y le
sigo la corriente, mordiendo mi labio, frunciendo el ceño profundamente
mientras tamborileo mis dedos contra su mesa de la cocina.
Sin embargo, no estoy tratando de descifrar la grabación. Lo descubrí
al instante, mientras los segundos continuaban reproduciéndose en
dictáfono y mis tímpanos registraban cada nuevo sonido. Sé dónde está
Sarah. No, estoy más que preocupado por la grabación. Estoy tratando de
averiguar cómo voy a asegurarme de que Zara se mantenga a salvo mientras
la dejo y me ocupo de este lío. Ella va a estar furiosa más tarde, pero voy a
lidiar felizmente con su ira después del hecho, una vez que Lazlo esté muerto
o bajo custodia policial, y mi tía esté de vuelta en su apartamento.
—No es de extrañar que los Petrov no hayan descubierto a dónde se la
llevaron. Nada de eso tiene sentido. No había sonidos ambientales para
decirnos dónde terminaron. Ya sabes, como en las películas, cuando el
policía oye un cuerno de barco o un motor de avión o algo que los lleva a los
muelles o un aeropuerto o lo que sea. A menos que nos hayamos perdido de
algo cuando adelantaste la grabación. ¿Tal vez deberíamos volver a escuchar
esa parte?
—Probablemente una buena idea. —Regreso de nuevo a través de la
grabación, presionando el botón de reproducción mientras escuchamos a
Sarah ser encerrada dentro de la parte posterior de una camioneta una vez
más, y Zara se sienta frente a mí en la mesa otra vez, mordiendo las uñas
de sus dedos. Estoy sumergido en un mar de conflictos, preguntándome
dónde diablos puedo llevarla por un par de horas, donde no se vuelva
inmediatamente desconfiada y trate de venir tras de mí.
El lugar perfecto me golpea como un rayo. Ya me arrepiento de esta
primera mentira que voy a decirle, pero me trago mi culpabilidad y me obligo
a actuar. Más mentiras van a seguir después de esta primera, así que bien
podría acostumbrarme. Me extiendo, recogiendo el dictáfono y detengo la
grabación.
—La carretera suena demasiado fuerte. El motor está bloqueando todos
los detalles más finos. El audio debe limpiarse.
Zara se queda quieta.
—Hay un mezclador en el centro del despacho. Los transcriptores que
teclean las llamadas del 911 utilizan el ecualizador para limpiar los archivos
que son difíciles de oír algunas veces. Eso podría funcionar.
Me siento como una mierda al negarle esa idea.
—Todavía estás suspendida. Ni siquiera nos dejan entrar en el edificio.
Conozco a alguien en Korea Town. Él será capaz de hacerlo más rápido que
nosotros de todos modos.
Zara lo considera. Una mirada de esperanza se forma en su rostro, y
decido que quiero lanzarme del puto techo por ser un pedazo de mierda.
—Bien. Si crees que puede ayudarnos, deberíamos ir. —Se pone de pie,
dirigiéndose a la puerta.
A medida que la sigo, un mantra desesperado se repite dentro de mi
cabeza, una y otra vez, hasta que las palabras formen un ritmo sombrío.
Perdóname, Luciérnaga.
Perdóname, Luciérnaga.
Perdóname, Luciérnaga.
Pasha
—¿Un dentista? ¿Quieres que un dentista limpie el audio? —Zara se
queda mirando a la recepcionista de Cirugía Dental de Emergencia del
doctor Choi cuando la tomo del brazo y la guío por el pasillo hacia la oficina
de Seo-Jun.
No nos detenemos a pedir una cita.
El bombón rubio detrás del escritorio chilla cuando sale de su silla y se
apresura detrás de nosotros.
—¡El doctor Choi está en este momento con otro paciente! ¡Esperen!
¡Esperenesperenesperen!
La espera no está en las cartas. Abro la puerta de la oficina de Seo-Jun,
y por un breve, horrible momento, deseé haberme tomado el tiempo de tocar.
Solo esta vez. Si lo hubiera hecho, podría no haberme encontrado de pie
frente a un hacker/dentista coreano desnudo de unos veintiocho años con
la cabeza enterrada entre los muslos de una mujer con obesidad mórbida.
La mujer gruñe cuando nos ve, apenas sorprendida. Golpea la cima de
la cabeza de Seo-Jun, y el hombre levanta la cabeza como un maldito
suricato de su guarida. Tuvo la decencia común de lucir un poco alarmado
cuando me vio. O mejor dicho cuando ve a Zara, parada justo detrás de mí.
—Santa mierda —murmura Zara bajo su aliento—. ¿Éste es el tipo?
—Éste es el tipo —confirmo.
Seo-Jun se limpia la boca con el reverso de la mano.
—Sé que dije en cualquier momento, Rivin, pero una pequeña
advertencia previa podría ser una buena idea en el futuro.
Hago mi mejor intento para no hacer una mueca.
—Entendido. Alto y claro. Pero esto realmente no podía esperar. Vístete.
Necesito mostrarte algo.
Quince minutos después, la amiga de Seo-Jun había desocupado su
oficina, y el dentista se pone manos a la obra. Le digo lo que necesita saber,
y luego llevo a Zara a un lado. Las mentiras se sienten raras y torpes a
medida que salen de mi boca. La mitad de mí no cree que ella incluso me
crea, pero lo hace.
—Seguro. Puedo esperar aquí. ¿Pero crees que regresar todo el camino
hasta tu casa por una pistola es buena idea? Espera, ¿qué demonios estoy
diciendo? Por supuesto que una pistola es una buena idea. Mierda, esto es
un desastre.
Besando su frente, sostengo su rostro entre mis manos por un
segundo, respirando su olor. Saboreándola. Si esto no va bien, no tengo ni
idea de qué demonios voy a hacer, pero Seo-Jun sabe el guion. Él protegerá
a Zara si la mierda golpea el abanico, y sé que lo hará.
—No será mucho tiempo —digo—. Una hora y media. Dos, máximo.
Una vez esté en casa, te enviaré un mensaje.
—¡Mierda! No puedes. Urgh, dejé mi celular conectado en tu casa.
Salimos tan rápido, olvidé de…
—No te preocupes. Lo traeré de vuelta conmigo. Solo… solo quédate
aquí, ¿está bien? Prométemelo. Necesito saber que vas a estar aquí cuando
regrese.
Veo el miedo en sus ojos. La preocupación. Sin embargo, no deja que
las emociones la reclamen.
—Está bien. Bien. Lo prometo. Pero… solo por favor. Date prisa, ¿está
bien?
***

El motor del Mustang grita mientras corro por la ciudad. Me detuve en


una señal de Pare, y luego en otra. Afortunadamente los dioses de las luces
de los semáforos me están cuidando esta tarde, por lo menos. Estoy
apresurándome por cada luz verde desde Korea Town hasta Rochester Park,
y tampoco veo un solo auto de policía. Cuando llego a Cross Street,
considero dejar el auto a plena vista en la calle, pero luego decido no hacerlo.
Un Mustang del mil novecientos sesenta y seis es un vehículo lo
suficientemente raro, y Lazlo sabe qué tipo de auto conduzco. Si ve mi auto
estacionado a un lado de la vía, no lo considerará una coincidencia. Va a
saber que lo encontré, y se irá antes de que tenga la oportunidad de
enfrentarlo.
Dejo el auto en un estacionamiento a dos cuadras después de agarrar
una llave inglesa del maletero, y luego troto hacia mi destino, recorriendo
los rostros de cada persona que paso hasta que llego a la escalera que
desciende hacia la estación de tren subterráneo en desuso de Rochester
Park. La reja está sobre el hueco de la escalera, por supuesto. Patrin siempre
se asegura de que esté bloqueada cuando el clan sale una vez que la feria
cierra, pero por suerte aún tengo mi llave. La reja está abierta, sus barras
de acero se retiran hacia atrás, y las voy cerrando ligeramente tras de mí en
poco tiempo.
El sentido común me dicta que no debería bloquear el cerrojo de la reja
detrás de mí. Si necesito salir de aquí rápidamente, estar buscando a tientas
para abrir el seguro de nuevo podría terminar matándome, pero si Lazlo no
está aquí en este momento y regresa para encontrar algo fuera de lugar,
nuevamente, va a escapar. El sonido de la cerradura haciendo clic detrás de
mí tiene un sonido preocupante.
Sin embargo, no hay tiempo para preocuparse.
Bajo las escaleras, dos a la vez.
A lo largo del húmedo y mojado corredor, la oscuridad se cierra por
ambos lados, y luego a través de las pesadas puertas de madera, en el vasto
pasillo por delante. No estoy siquiera remotamente sorprendido de encontrar
el lugar iluminado como el Cuatro de Julio. No es como si pagáramos por la
electricidad aquí abajo, conectamos las lámparas de trabajo que son fijadas
a la pared al suministro de luz existente de la ciudad, pero aun así, somos
ambientalistas de corazón. Siempre nos aseguramos de que las luces estén
apagadas cuando no estamos en casa. Todo estaba a oscuras cuando Zara
y yo vinimos el otro día, lo cual me había engañado, pero claramente la gente
había estado viniendo aquí.
Cuando miro hacia arriba, mis ojos pasan sobre los bordes góticos y la
cámara acorazada en el techo, y las veo. La cosa que tenía todas las piezas
del rompecabezas juntándose mientras escuchábamos la grabación del
dictáfono de Petrov: un techo lleno de bellas, brillantes y, elaboradas
estrellas doradas.
El discurso de Sarah había estado confuso, pero la había entendido
perfectamente bien. Estrellas. ¿Bajo tierra? Son tan… bonitas.
El Clan Rivin ha estado manteniendo la Feria de Medianoche aquí
abajo, en la estación subterránea en desuso por mucho tiempo, pero no
tanto tiempo. Sarah nunca hubiera venido aquí. Nunca hubiera visto el
gloriosamente intricado mosaico que incluso yo había tenido mano en su
creación, cuando era un niño. Habría sido una sorprendente sorpresa para
ella, al igual que para todos los que desciendan a la Feria Medianoche por
primera vez, y escuché en su voz la sorpresa y el asombro estupefacto a
través de la confusión de lo que sonaba para mí como una lesión de cabeza.
En fin.
Resulta que Lazlo le dijo a Zara la verdad cuando había levantado el
teléfono público fuera de su apartamento por primera vez. Él había estado
en Rochester Park, esperando por ella todo el tiempo.
Cruzo la tierra compacta del salón principal y me encuentro flotando
en el borde de una plataforma subterránea inconclusa. Esta estación habría
sido una obra de arte de haber sido terminada. Las vías del tren nunca
fueron instaladas, pero el pozo profundo que debía haber tomado el tren fue
excavado, y el túnel a mi derecha continuaba por al menos una buena milla
y media, ramificándose en numerosos pequeños lados de túneles y
habitaciones sin aire que Patrin, yo, y otros niños de nuestra edad solían
explorar cuando eran niños.
Negándome a adivinar, salto de la plataforma elevada, hacia la tierra
que hay debajo. En este el nivel más bajo, desde un punto de vista diferente,
que puedo distinguir las pisadas gemelas y estrechas impresas en el suelo,
conduciendo hacia la oscuridad del túnel. ¿Qué había dicho Lazlo en la
grabación? Era su voz, la reconocí inmediatamente. Le había dicho a su
cómplice que atara a Sarah a una camilla. Y esas, para mí, lucían
sospechosamente como el tipo de rastros que haría una camilla.
Zara
Pasha Rivin obviamente no sabe cuán horrible mentiroso es. Me tuvo
convencida por un minuto en mi apartamento, cuando me dijo que teníamos
que visitar a su amigo en Korea Town, pero no pudo dejar de moverse en el
auto en el viaje hasta aquí. Su calma se desvaneció y su pequeño culo
engañoso y tonto no pudo dejar de retorcerse. Debe haber sido el hecho de
que sus pantalones estaban quemándose por las mentiras.
Ya sé que ha descubierto algo. Debe haberlo hecho y he estado
esperando este momento durante días: el momento en que intentaba
deshacerme de mí para mantenerme a salvo. No me malinterpretes.
Entiendo su razonamiento. Lazlo es un monstruo, un secuestrador y un
asesino. Soy una despachadora de veintiséis años, con muy poco
entrenamiento en defensa personal (solo lo que Waylon me enseñó en la sala
de mi apartamento hace tres años), y literalmente no tengo ninguna
esperanza de vencer a un hombre adulto.
Aunque no soy inútil. Soy inteligente y decidida, y Pasha podría no
darse cuenta de esto todavía, pero estamos mejor juntos que separados.
Tan pronto como deja el consultorio dental del doctor Choi, me dirijo al
tipo ruborizado que está enchufando el teclado frente a su computadora y
hago mis demandas. Al principio, Seo-Jun no está tan dispuesto a cumplir.
—De ninguna manera, señora. Eres caliente y todo, pero ¿has visto
pelear a Pasha? Él podría arrancarme la cabeza de mis hombros si quisiera.
Y querrá hacerlo si te dejo salir de aquí con una bolsa llena de golosinas.
El hombre es apenas unos centímetros más alto que yo y, además, está
sentado. Me enderezo, inclinando mi cabeza hacia un lado.
—¿Qué crees que yo voy a hacerte si no me das lo que quiero, Seo-Jun?
Me evalúa esperanzadamente.
—¿Una charla severa?
—No. Voy a llamar a uno de mis amigos en el departamento de policía.
Soy una despachadora. Tengo muchos amigos en la fuerza policial.
Probablemente estarían realmente interesados en el arreglo raro que tienes
aquí.
La boca de Seo-Jun se abre.
—Eso es realmente bajo. Sabes que estás aquí por el buen nombre de
Pasha. Acabas de joder su pase de acceso completo a la Sala de Emergencia
Dental del Doctor Ch…
Agarro al maldito por el borde de su camisa, enseñándole los dientes.
—Estoy segura de que perdonarás a Pasha por mi delito menor. Y si no
lo haces, estoy segura de que de todos modos está mejor sin ti. Ahora, ¿vas
a darme lo que necesito o no?
***

Si fuera a ser arrestada en este momento, estaría tan, tan jodida. La


bolsa negra colgada sobre mi hombro contiene una serie de artículos que,
de por sí, individualmente, serían considerados interesantes. Combinados,
pintan una imagen bastante condenatoria. Básicamente tengo un kit de
herramientas de asesino en serie atado a mi espalda y ni siquiera sé qué voy
a hacer con la mitad de eso.
La cinta adhesiva y las esposas son una cosa. Se pueden usar con
bastante facilidad, sin meterme en demasiados problemas. Pero las agujas
hipodérmicas son una historia diferente. También tengo suficiente ketamina
y midazolam para matar una manada de elefantes, según Seo-Jun, ¿y el
arma que saqué de su caja fuerte? Bien. Eso es solo la guinda de este bonito
pastel de asesinato.
Tomo un taxi por la ciudad, a solo un par de kilómetros de Bakersfield
y considero regresar allí rápidamente, en caso de que el teléfono público esté
sonando. Después de un momento de consideración, rechazo la idea. Lazlo
podría llamar, pero ya no importa. Se han puesto en marcha una serie de
eventos y tengo que intervenir, antes de que Sarah y Pasha terminen
muertos.
Vi las pupilas de Pasha explotar cuando escuchó el comentario de
Sarah sobre las estrellas. Mis propias pupilas hicieron lo mismo. Estaba a
punto de decir las palabras: ¡La feria! ¡Está hablando del techo en la estación
de metro! Pero la mandíbula de Pasha se apretó y supe que iba a tirar esta
mierda.
Estúpido, arrogante y ridículo hombre.
Hablaremos sobre esto, en el momento en que estemos a salvo y que
Lazlo esté tras las rejas. Mientras tanto, hay algo que tengo que hacer. No
soy lo suficientemente estúpida como para sentirme valiente al meterme en
esta situación. Ni de cerca. El miedo se retuerce dentro de mí como una
maraña de serpientes venenosas, pero me obligo a trabajar a su alrededor,
respirando con calma, aunque parece que debería estar hiperventilando en
una bolsa de papel.
El taxi se detiene en un lado de la carretera donde he solicitado que me
deje y salgo, armándome de valor. Esto no va a ser fácil. Esta va a ser la
cosa más difícil que he hecho, pero la idea de Sarah, desnuda, sola y
asustada en algún lugar debajo de Rochester Park hace que mis nervios se
calmen un poco.
Un anciano con un mechón de cabello plateado me sonríe cuando me
siento en el banco a su lado en la parada del autobús.
—¿Esperando el treinta y dos a Montgomery? —pregunta—. No
esperaban nieve tan temprano. Todo se está retrasando debido al hecho de
que tuvieron que sacar los arados a la mitad del día.
Es inusual que caiga nieve tan temprano en el año, y aún más inusual
que se mantenga. El paisaje es muy diferente al del parque nacional que
dejamos atrás esta mañana, pero el manto blanco de unos centímetros de
grosor que yace como cemento recién vertido en los techos de los autos
estacionados y en la parte superior de la parada de autobús, de repente
salta hacia mí, y estoy sorprendida de no haberlo notado antes.
—No. Estoy esperando el veintidós, en realidad —digo al anciano.
Comienza a divagar sobre cómo la gente estaba más preparada cuando
él era un hombre joven. Que la infraestructura de la ciudad se ha convertido
en una mierda. Apenas lo estoy escuchando mientras miro por la calle,
observando cómo se aproxima el flujo de tráfico, observando la forma
rectangular y cuadrada de un autobús aproximándose.
Cinco minutos más tarde, un número veintidós cierra la salida de la
autopista, dirigiéndose hacia nosotros, y el viejo hace un sonido de
desaprobación en voz baja.
—Justo mi suerte. Tendrán que arrancarme de este banco cuando
llegue el mío.
El autobús se detiene, las puertas emiten un sonido de estilo futurista
de Star Trek mientras se separan y una mujer morena de unos cuarenta
años me mira desde el asiento del conductor.
—¿Te vas a subir o qué? Es lo suficientemente difícil mantener esta
cosa caliente con este clima.
Doy un paso atrás y vuelvo a sentarme.
—No. Lo siento. Bus equivocado.
La conductora parece que me va a sacar el dedo. En cambio, se queja
entre dientes y las puertas se cierran.
—Ese era tuyo —dice el viejo—. Veintidós. Así decía en el frente.
Le doy una sonrisa apretada.
—Necesito un número veintidós específico.
El pobre bastardo me mira como si hubiera perdido mi maldita mente.
—Son todos iguales en el interior, cariño. Todos van a los mismos
lugares.
Oh, pero qué equivocado está. Uno de estos autobuses va directamente
al infierno. Finalmente, el número treinta y dos del anciano llega y él se
marcha sin decir una palabra más. Cinco minutos pasan y otro veintidós
sale de la autopista y gira hacia la calle, dirigiéndose directamente hacia mí.
Esta vez, cuando las puertas se abren, me encuentro con un rostro
familiar.
La persona que he estado esperando aquí, al lado de la carretera de
invierno en Spokane.
Garrett sonríe cuando subo al autobús, pero la sonrisa no llega a sus
ojos. Sabe por qué he venido.
Pasha
El halo de luz de mi celular ilumina el suelo frente a mí mientras
camino por el túnel hacia lo desconocido. Mi pulso está latiendo con fuerza
en mis oídos, tan fuerte que en realidad suena como si hubiera un tren
adelante, recorriendo las vías inexistentes, y estoy a punto de ser pegado en
el revestimiento del túnel en cualquier momento.
La llave es pesada en mi mano derecha. Estoy listo para hacer pivotar
la puta cosa a la primera señal de problemas, pero hasta ahora todo lo que
he visto son ratas del tamaño de gatos domésticos, escabulléndose en la
oscuridad. La tierra debajo de los pies hace que sea difícil estar en silencio,
pero hago lo mejor que puedo para arrastrarme hacia adelante,
esforzándome por captar cualquier cosa que pueda sonar como voces
humanas en las ráfagas de aire empalagosas, olorosas y sorprendentemente
cálidas que me golpean en la cara cada pocos segundos.
Debo viajar unos trescientos kilómetros antes de que mis ojos se
enganchen en un delgado fragmento de luz que hay delante, con un brillo
naranja entre las sombras. Apago la linterna en mi celular, deslizándola en
mi bolsillo trasero mientras avanzo hacia adelante. Cuanto más me acerco,
más fácil es distinguir que la barra de luz alta y estrecha proviene de una
puerta rota en el frente, probablemente un punto de acceso a uno de los
muchos ejes de mantenimiento que se encuentran a lo largo del túnel,
diseñado para hacerlo más fácil para los hombres de servicio entrar en la
pista y completar las reparaciones cuando se necesiten.
Estoy a quince metros de la puerta cuando escucho el suave zumbido
de la música. Extrañamente, suena como música de iglesia. La puerta no
emite ningún sonido cuando la abro lo suficiente como para inclinarme y
mirar alrededor. Más allá, la habitación es mucho más grande de lo que
esperaba, al menos ochocientos metros cuadrados, y dentro de tres filas de
camas pequeñas y delgadas, la mitad del tamaño que una cama sería si se
ajustara a un hombre adulto. Cada una está hecha con sábanas blancas,
una sola almohada blanca en la cabeza y cubierta con una fina manta gris
al pie. En el extremo opuesto de la sala, un altavoz montado en lo alto de la
pared rebosa al sonar la música del coro.
No hay nadie aquí.
Escaneo el espacio de nuevo, y algo me llama la atención. Algo que no
noté hace un momento: el catre más alejado de la puerta, en la esquina de
la habitación, medio escondido en las sombras, está deshecho. La almohada
tiene una abolladura profunda en ella, y las sábanas se despliegan de un
lado, se tiran hacia atrás, como si alguien hubiera salido de ella y
desapareciera en el aire.
Probablemente me lo estoy imaginando, pero el aire se siente 10 grados
más frío dentro de la habitación cuando entro; Los vellos de mis brazos están
en posición de atención, y una voz nerviosa e incómoda me susurra
urgentemente al oído, sugiriéndome que me regrese por el camino que vine
y que me vaya. Una malicia arrastrándose existe aquí. Se siente como si se
estuviera deslizando sobre mi piel, grasa y con clase, hundiéndose en mis
poros y cubriendo mis huesos.
El sonido de mis botas hace eco por el interior de la caja sin aire de una
habitación mientras me abro camino a través de las pequeñas camas de la
mitad del tamaño y me paro al lado de la que tiene las sábanas
desordenadas. El marco de metal pintado que forma una pequeña cabecera
arqueada está rayado; descubro por qué cuando vuelvo a empujar las
sábanas con mi bota y veo el par de esposas colgando de la barra de metal.
Ahí, en el centro de la sábana que cubre el delgado colchón de la cama,
una gota de sangre única, perfectamente redonda y una mancha roja en el
algodón sobre la almohada.
Esta gota de sangre es pequeña, pero es ruidosa. Jodidamente me grita.
Está tratando de contarme una historia que no quiero escuchar, pero es
todo lo que mis sentidos están captando. El brillo vívido de esto no me
permite mirar hacia otro lado. No puedo dejar de mirarlo. Yo…
La música del coro se detiene en seco.
Mi enfoque se dispara, como si pudiera ver a quien haya quitado la
aguja del registro de alguna manera mirando al altavoz. Mi boca está
inundada de cobre, el sabor de los viejos centavos se extiende por mi lengua.
Me he mordido el interior de la mejilla, pero por una fracción de segundo es
como si estuviera probando la violencia que ocurrió aquí en el aire.
—En 1956, una mujer dio a luz al lado de una vía férrea a cinco
kilómetros de la ciudad de Des Moines, Iowa —dice una voz profunda y
áspera. Lazlo, reconocería la voz del bastardo en cualquier parte—. El niño
la destrozó al salir. Mientras yacía sangrando hasta morir en la tierra, su hijo
aún emergiendo de su vientre, temblando y gritando, notó el sonido de las
campanas. Una mujer gitana la encontró allí, atraída por el sonido de los
gemidos del bebé. La mujer moribunda, demasiado débil para levantar a su
hijo, le rogó a la gitana que se llevara a su hijo y lo salvara. La mujer hizo lo
que le pidió y tomó al niño en sus brazos. La gitana cortó el cordón que
conectaba a la madre con el hijo, y la mujer murió instantáneamente,
sabiendo que la única razón de su existencia ya había terminado, y era hora
de que se fuera. La gitana se paró sobre el cuerpo sin vida e hizo una promesa
a la mujer: me ocuparé de este niño. Lo mantendré como mío. Le seré todo lo
que tú hubieras sido. Él sabrá lo que es el amor.
Parece que el elemento sorpresa ya no es mío. La voz de Lazlo, ahogada
por los parlantes deformados y envejecidos, llena la habitación y hace que
mis dientes rechinen juntos. Levanto la mirada hacia el altavoz, y ahí es
cuando noto la pequeña luz roja parpadeante que parpadea en la esquina:
una cámara. El bastardo. Enfermo, depravado, psicópata. Ha mantenido a
alguien aquí, esposado a este catre, y ha espiado a través de la lente de esa
cámara, observó cada uno de sus movimientos sin tener que enfrentarlos.
El hombre es el epítome del mal.
—¡LAZLO! ¡Ven aquí y enfréntame, pedazo de mierda!
La voz en el altavoz continúa sin pausa.
—La mujer gitana llevó al niño a su clan. Su gente estaba confundida
por la apariencia del niño. Tenía la cabeza cubierta de un pelo espeso y negro,
su piel pálida y blanca, y los otros gitanos pensaban que podría haber sido
un fantasma de algún tipo. El líder del clan echó un vistazo al niño y negó con
la cabeza. “No puede quedarse” dijo, el hombre. “Es un mal presagio. ¿Ves
cómo no deja de llorar? Él trae miseria con él a nuestros brazos”.
»La mujer que había llevado al niño desde las vías del tren lloró mientras
acunaba al bebé hacia ella. —Juré protegerlo —argumentó ella—. Hice una
promesa a los muertos. Oblígame a romper mi promesa, y el clan se verá
acosado por el fantasma de su madre para siempre.
»El rey Roma no estaba contento, pero no había ninguna discusión que
él pudiera hacer para resolver el malestar de su gente. Se opusieron a la idea
de la promesa rota, por lo que el rey no tenía otra opción. Frente a su gente,
hizo su declaración a la mujer gitana. “El niño permanecerá con nosotros
durante cuatro años. Si prosperamos y crecemos, se quedará y se convertirá
en uno de nosotros para siempre. Si nos marchitamos y perecemos, será
expulsado, y tú también. Tu promesa a la madre muerta del niño será
ininterrumpida, pero llevarás su mala suerte sobre tus propios hombros”.
Hay hormigas de fuego debajo de mi piel, arrastrándose, mordiéndome,
quemándome mientras Lazlo continúa con su historia. Tengo el
presentimiento de que esta es su historia. Sin embargo, no quiero
escucharlo. No me importa una mierda cómo llegó a ser en el mundo. Solo
me importa castigarlo por todo el daño que causó mientras estuvo en él.
—¡Lazlo! ¡Lazlo, ven aquí, maldito cobarde! —Sin embargo, no hay
respuesta. El hombre no puede escucharme, o simplemente no está
escuchando.
—Pasaron cuatro años, y ni la prosperidad ni el hambre visitaron a los
gitanos. Sus vidas fueron como lo habían sido antes. El niño creció—una
criatura silenciosa, delgada y cautelosa—y la gente del clan lo evitó. En el
aniversario de la declaración del rey, éste reunió a su gente alrededor del
fuego y les pidió que votaran sobre lo que debería hacerse respecto al niño.
Los hombres y las mujeres del clan lanzaron sus rocas, hasta que todas
menos una se asentaron en el mismo cuenco. Eso fue todo. Se había decidido:
el niño era prikoza. El Chico de la Mala Suerte.
»Fiel a su palabra, el rey desterró tanto al niño como a la mujer que lo
había salvado. Sola, afuera en el mundo por primera vez en su vida, la mujer
no tenía idea de cómo sobrevivir en una ciudad hostil que tampoco la quería
a ella ni al niño. Consiguió un trabajo. Luchó con uñas y dientes para
mantenerlo. Lo perdió. Una y otra vez, la mujer se las arregló para conseguir
un trabajo, solo para que este se deslizara entre sus dedos. Fueron días llenos
de hambre. Días fríos y desesperados, y parecieron no tener fin.
Las palabras del hombre resuenan en mis oídos mientras camino por
la habitación. Él no va a venir a enfrentarme. Se esconderá detrás de su
puta cámara parpadeante, despotricando, masajeando su propio ego
mientras relata su historia, y yo estoy aquí parado como un maldito idiota,
solo… jodidamente escuchándolo.
Bueno, no más.
Él podría estar en cualquier parte. Si está vinculado al audio y al video
aquí abajo, entonces él literalmente podría estar en otro país por todo lo que
sé… pero estoy dispuesto a apostar seriamente que no lo está. Despliego mis
dientes a la cámara, mirando fijamente a la lente de aspecto malévolo.
—Está bien, imbécil. Será a tu manera. Aguanta. Estoy yendo por ti.
Salgo como una tormenta de la misteriosa sala, contento de dejarla
atrás. De vuelta en el túnel, de vuelta en la vacía oscuridad, tengo que sacar
mi celular para poder ver. Me alegro de haber escapado de la macabra
historia de Lazlo… hasta que su voz inunda el túnel más adelante.
—Otros cinco años pasaron. A pesar de que su gente le dio la espalda,
la mujer le enseñó al niño sus maneras…
Mierda. Los altavoces están en todas partes.
—Ella apreciaba sus tradiciones y creencias, incluso mucho después de
que la abandonaran. A medida que las semanas, y luego los meses, y luego
los años desaparecían, la mujer se debilitó. Nunca hubo suficiente comida, y
la que tenían, ella se la daba al niño. Lentamente, en una ciudad llena de
personas ricas y gordas que se volvían más ricas y gordas por momentos, la
mujer se fue a la nada. Al final, porque era el final al menos para ella, no tuvo
otra opción. Se llevó al niño pequeño, todavía cubierto con el cabello grueso y
negro, y la piel pálida, a los escalones de una iglesia. Era el único lugar donde
estaría a salvo, le dijo ella. Cuando murió…
Dios, no puedo jodidamente escuchar esto más. Veo el altavoz
atornillado a la pared delantera, iluminado en el anillo de luz emitido por mi
teléfono. Cargo hacia allá, corriendo, mis botas golpeando contra la tierra
desnuda, y luego estoy saltando, arrojándome hacia arriba y haciendo que
la llave inglesa caiga sobre este. Una fuerte y aguda explosión de ruido
distorsiona el aire cuando la caja de metal se desprende de la pared y se
precipita hacia la oscuridad.
La voz de Lazlo se detiene…
… pero luego continúa por el túnel.
»Nunca estuviste muy interesado en la historia, ¿verdad? —Las palabras
hacen eco. Acusatoriamente—. Solo estabas interesado en pelear y follar,
incluso cuando eras adolescente. Te vi mear en tu propia cultura y tradición
todos los días, y sabía que no estabas en condiciones de ser rey.
Me dirijo al siguiente altavoz.
—¿Sí? Bueno, felicitaciones a ti, hijo de puta. Aunque parece haber
cambiado tu tono recientemente, ¿eh? ¿Por qué no me sacas de mi miseria,
Lazlo? Si siempre has sabido cuán pésimo rey sería, ¿por qué insistir en que
acepte la corona para salvar a Sarah ahora?
El silencio vibra por el túnel.
—Sí. Eso sería demasiado fácil, ¿no es así? —grito en la oscuridad—.
¿Solo escúpelo y jodidamente dime? Tengo que encontrarte y sacártelo a
golpes, ¿verdad?
—No recomendaría ponerme un dedo encima si quieres que Kezia viva,
Pasha.
Me acerco a la brecha, alcanzando el siguiente parlante, y repito mi
salto y ataque. Un ramo de chispas florece, naranjas y rojas, silbando
cuando los cables se desprenden de la caja.
—Eres patético. Si crees que tomar a una mujer que nunca he conocido
servirá como un castigo adecuado por apuñalarte, entonces estás realmente
loco.
La voz de Lazlo se escucha más lejos esta vez, casi tragada por la
oscuridad.
—¿Por apuñalarme? Casi me matas, Pasha. Vamos a alinear los hechos
de forma agradable y ordenada, ¿bueno? Pero no. Te adulas a ti mismo. La
tomé porque es culpable de sus propios crímenes. Al igual que tu madre. Igual
que tu abuelo.
—¿Mi abuelo? ¿Qué mierda tiene que ver con todo esto? —Odio que
esté logrando retenerme con esta mierda, pero joder. Tengo que saber. Esto
ha ido demasiado lejos. Necesito respuestas, tanto para mí como para Zara.
—Él era el rey, después de todo, ¿no es así? Cuando una mujer
simpática, poco más que una niña, ¿se le presentó con un niño en sus
brazos? Él fue quien la echó todos esos años después. Su nombre era
Calliope, pero no es así como la llamaban. Para el Clan Rivin, ella era
conocida como la Emperatriz. Se parecía a la representación en la carta del
tarot. Hermosa. Divina. Excepto que… su cabello era rojo, no rubio. Rojo
como los pétalos de una rosa y la sangre.
Mis pies están repentinamente pegados al suelo.
Espera…
¿Qué?
Rojo como los pétalos de una rosa. Rojo como la sangre.
Como una puesta de sol. O una pesadilla.
Mis propias palabras resuenan alrededor del interior de mi cabeza, la
respuesta a una campana siendo tocada. Mierda, todo esto es demasiado.
La historia que Lazlo me ha estado contando le pertenece a él… ¿y también
al Clan Rivin? La mujer que lo cuidó era apodada la Emperatriz… ¿la misma
carta de tarot que mi abuela predijo que sería el fin de todos nosotros en su
lecho de muerte? Y entre todo esto, Zara, con su cabello rojo brillante,
hermosa y benevolente, un espejo de la mujer que salvó la vida de Lazlo.
¿Cómo? ¿Cómo está todo conectado? Las piezas están aterrizando
frente a mí una a la vez, pero todavía me falta más de la mitad del
rompecabezas. No puedo hacer que ninguna de las partes individuales
encaje en su lugar. Es enloquecedoramente frustrante.
—Tu abuelo dijo que nos echaría si le traía mala suerte al clan. No hice
tal cosa, pero a los Rivins, los orgullosos y arrogantes Rivins no les gustaba
mi aspecto, así que nos obligaron a irnos. Maté a tu abuelo por romper su
promesa.
—Estás jodidamente loco. Mi abuelo murió mientras dormía, como un
anciano.
El sonido de la risa de Lazlo haciendo eco en el largo túnel me hizo
erizarme hasta los huesos.
—¿Lo hizo? ¿Quién te dijo eso? ¿Tu madre, quizás?
Mi abuelo había muerto y se había ido mucho antes de que yo naciera.
No tengo recuerdos de él para rebatir; parece que tampoco puedo recordar
a ningún otro miembro del clan hablando de la muerte de Jamis. La única
persona que puedo recordar hablando sobre Jamis, más allá de la extraña
mención de su nombre, es a mi madre. Ella me dijo que su padre murió
pacíficamente mientras dormía. No se mencionaron circunstancias
sospechosas, juego sucio ni nada remotamente preocupante. Ahora, ¿Lazlo
estaba confesando haberlo asesinado también?
—No importa lo que mi madre me dijo. No importa lo que mi abuelo
hizo o no. Kezia no es responsable de sus acciones.
—Kezia rompió sus propias promesas. Es culpable de sus propios
crímenes.
Estoy subiendo por el parlante. Levanto la llave inglesa por encima de
mi cabeza.
—¿Cómo demonios puede Kezia tener algo que ver con esto? ¡Ni
siquiera había nacido cuando Jamis te echó!
La risa fría y amarga de Lazlo se siente como si estuviera viva, reptando
sobre mi piel, venenosa y tóxica.
—Oh, querido, Pasha. Realmente no sabes nada, ¿verdad?
Rujo mientras bajo la llave inglesa, rompiendo el parlante en pedazos.
Zara
La estación de autobuses está desierta. Me siento como una
delincuente de camino a la horca mientras sigo a Garrett; como siempre, se
mueve en silencio, incluso sus pasos son difíciles de discernir al pasar por
un quiosco de periódicos y luego por un café a la izquierda, bajando por una
rampa larga y sinuosa hacia el estacionamiento debajo de la estación.
Si mi madre pudiera ver lo que estoy haciendo en este preciso
momento, tendría un jodido ataque al corazón. ¿Seguir a un hombre que
sospecho que está involucrado en un secuestro, en un estacionamiento
oscuro y aislado? Ella me arrancaría la puta cabeza por ser tan estúpida. Sin
embargo, no estoy completamente desprevenida. Tengo la pistola que saqué
de la caja fuerte de Seo-Jun en mis manos, apuntando directamente a la
parte baja de la espalda de Garrett, y mi amigo sabe que tengo la cosa
centrada en él. Le mostré el mango del arma cuando él llevó el autobús a la
bahía de servicio número veintidós y apagó el motor. Él es el mudo, pero no
tuve que decir una puta cosa para hacerme entender. Simplemente suspiró
y comenzó a caminar a través del estacionamiento de la estación, con los
hombros caídos, doblados hacia adentro, como si hubiera estado esperando
que llegara este momento durante mucho tiempo.
Bajamos al estacionamiento, las únicas personas a la vista eran un
hombre de aspecto abatido y cansado, con cinco días de rastrojo en su
mandíbula, y una mujer pelirroja con una bolsa llena de muerte y un
infierno ardiendo en sus ojos.
Garrett nunca ha tenido un auto. Ni una sola vez he sabido que él
conduzca otra cosa que no sea uno de los autobuses de la ciudad. Él me
lleva por el estacionamiento y se detiene frente al brillante Mercedes Sprinter
negro, asintiendo con la barbilla.
Miro el vehículo, un poco horrorizada.
—Esto es todo, ¿no?
Garrett me mira fijamente.
Tomo el dictáfono que Yuri Petrov me dio del bolsillo y presiono el botón
de reproducir. La voz de Sarah suena demasiado fuerte en el
estacionamiento subterráneo; tan pronto como Garrett la oye hablar, se
estremece visiblemente.
—¡Bueno, hola! Eso se ve nuevo. ¿Lo tomaste prestado?
—Eso se ve nuevo, Garrett. ¿Lo tomaste prestado? —Cierro mi mano
alrededor del dispositivo, formando un puño, y lo uso para atacar a Garrett,
golpeándolo en la parte superior de su brazo. Garrett no hace nada para
detenerme—. Fuiste tú, ¿verdad? —grito—. ¡Fuiste jodidamente tú! Fue
amable cuando habló, como si conociera a la persona. Y la otra persona no
habló. ¡No dijo ni una jodida palabra! Pensé que era la grabación al principio,
pero no...
Una vez más, lo golpeé. Una vez más, Garrett no hace nada para evitar
que lo lastime. Se queda allí, tomándolo mientras lo golpeo con ambos puños
ahora. El arma todavía está en mi bolsillo. Podría agarrarla, podría
jodidamente dispararle en la cara por lo que ha hecho, pero no lo
hago. ¿Cuánto tiempo hace que conozco a Garrett? Años. Jodidos años, y
en todo ese tiempo nunca lo había visto tan miserable. No lo ha negado, y
nunca lo oiré decirlo, pero... necesito que confirme que fue él quien se llevó
a Sarah. Que la lastimó. Que él fue quien la forzó a subir a la camioneta
junto a la que estamos parados, y fue quien la llevó a Lazlo.
Dejo de golpearlo, agotada, y me apoyo contra el costado del Sprinter,
porque apenas puedo respirar.
—Admítelo. Dime la verdad.
Garrett luce como si hubiera salido de su cuerpo y se hubiera quedado
en piloto automático. Está desenfocado. Aturdido. Sus ojos están sobre mí,
pero no creo que me esté mirando en absoluto. Estoy a punto de empezar a
gritarle de nuevo, cuando, como si hubiera salido de la nada, una corriente
eléctrica que lo golpea, un desfibrilador en su alma, y está de regreso, allí
mismo, con los ojos muy abiertos y alerta. Se encuentra con mi mirada, y
veo el conflicto en él. Y... y tanto dolor.
Lentamente, asiente.
Se siente como si acabara de enterrar un cuchillo en mi pecho, lo
torciera y luego rompiera de la hoja. Mi garganta está tan cerrada que
apenas puedo decir las únicas palabras que realmente tengo que decir.
—¿Por qué?
Garrett se estremece, agachando la cabeza. Una nube de vergüenza se
cierne sobre él, pero todo lo que realmente veo es la imagen que está grabada
en mi memoria, de él asintiendo, diciéndome que sí, que entregó a nuestra
amiga a un asesino.
Siento que voy a vomitar.
—Garrett, por favor. Dime que hay alguna excusa. Dime que te obligó
a hacerlo. Dime cualquier cosa que me ayude a entender esto, porque en
este momento me cuesta entender por qué le pusiste un dedo encima a
nuestra amiga.
Estoy tan enojada que apenas puedo ver correctamente. Mi visión está
borrosa y mis venas están zumbando con tanta adrenalina que es un
milagro que no me haya impactado, pero una parte de mí todavía se está
revelando contra esto; Garrett es amigo de Sarah. Mi amigo también. Él trae
mi correo para mí, aunque no lo necesite. Lleva mis enormes botes de agua
por tres tramos de escaleras cada semana sin falta. Todo lo que tengo que
hacer es pedir ayuda, y Garrett está allí con una mano, preguntándome en
silencio lo que necesito. Él no es una mala persona. No lo es. Simplemente
no lo creeré. No puedo cambiar la verdad de él, las verdades que sé de él,
por algo tan feo y siniestro como para golpear a Sarah y noquearla. Eso no es
lo que él es.
El rostro de Garrett es una imagen de tristeza cuando se da vuelta y se
desliza por el costado del Sprinter, abriendo la puerta del conductor. Sube,
y luego me mira a través del parabrisas, su postura completamente
rígida. Es obvio, está esperando que suba al asiento del pasajero.
Un argumento ruge dentro de mí. El lado lógico, responsable e
inteligente de mí es insistir en que me niegue. Que meterse en ese auto con
Garrett probablemente termine haciéndome matarlo. ¿La parte imprudente,
descuidada y desesperada de mí que quiere que mi amiga regrese sin
importar el costo? Ese lado de mí piensa que meterse en la camioneta con
Garrett también es una jodida idea horrible, y que en ninguna circunstancia
debería hacerlo.
El problema es que no obtendré ninguna respuesta si no voy con él. Es
improbable que los policías lo atrapen. Él estará en el viento, y nunca sabré
por qué un hombre que he considerado un buen amigo haría algo tan
terrible. Entonces, estoy en un callejón sin salida. ¿Qué tanto quiero
saber? ¿Cuánto voy a arriesgar por las respuestas?
¡Argh, joder!
Todavía soy la mujer que sostiene el arma.
Todavía estoy en control de esta situación.
Al menos eso es lo que me digo a mí misma cuando abro la puerta del
pasajero al Sprinter y entro.
Pasha
No estoy seguro de si Lazlo ha dejado de hablarme o simplemente he
jodido todas las bocinas y ya no puede hablarme. Estoy jodidamente
desconcertado por la revelación de que Lazlo mató a mi abuelo mientras
aceleraba por el túnel, hacia qué extremo no sé. Al mismo tiempo, estoy
adormecido.
Mi abuela estaba loca de fiebre cuando predijo que la Emperatriz sería
la ruina del Clan Rivin. Todo este tiempo, mi madre pensó que fue la llegada
de Zara lo que significó el final de todo para ella. Sin embargo, parece que
esto comenzó mucho antes de que naciera Zara. Calliope fue la primera
mujer pelirroja asociada con esa tarjeta. Ella murió porque mi familia le dio
la espalda. ¿Podría ser que ella es la razón por la que todo esto ha sucedido,
tanta muerte, angustia y dolores, tantas décadas después?
Casi no veo el final del túnel frente a mí; extraño por muy poco correr
directamente hacia la pared de tierra de doce pies de altura. Patinando hasta
detenerme, golpeo mi puño contra la tierra apurada, maldiciendo tan fuerte
que la palabra hace eco por el túnel, por donde llegué. ¿Dónde diablos está?
Tiene que estar aquí. Las cunas; Sarah, hablando de las estrellas en la
grabación de Petrov; la cámara de video. Todo ello. Lazlo está aquí. Sé que
lo está. Apretando la mandíbula más fuerte de lo que debería, cierro los ojos
y pienso.
Cuando Patrin y yo éramos niños, veníamos aquí y nos jodíamos el uno
al otro. Con una sola linterna entre nosotros, nos golpearíamos
mutuamente, y el vencedor robaría la luz, dejando que el otra regresara al
clan en la oscuridad absoluta. Una vez, gané nuestro combate y lo rescaté,
abandonándolo para encontrar su propio camino de regreso, de la misma
manera que me había abandonado muchas veces antes. Excepto que Patrin
no había regresado. Hasta que estuvo fuera tanto tiempo que finalmente se
lo dije a Archie, y le pidió a Connie, Lazlo y Ross, el padre de Patrin, que
fuera a ayudarlo a encontrar al niño.
Los cuatro habían entrado en el túnel y solo tres habían salido. Lazlo
se había quedado dentro para buscar a Patrin. Mucho, mucho tiempo
después de dejar a Patrin solo, temblando en la oscuridad con la nariz rota,
finalmente, salió del túnel, blanco como una sábana, con el rostro salpicado
de sangre, con Lazlo siguiéndolo. Cuando le pregunté a Patrin dónde había
estado escondido todo ese tiempo...
—¡Mieeeerda! —Me froté las manos por el pelo, tirando con la fuerza
suficiente para liberar las hebras de las raíces. ¿Dónde dijo que se había
estado escondiendo, Pasha? ¿Dónde diablos se escondió?
La información sube lentamente. Intento agarrarlo, tirarlo a la
superficie de mi memoria más rápido de lo que quiere entregarse. Flota en
las afueras de mi mente, amenazando con desaparecer por completo...
... pero luego lo tengo.
Una escotilla. Dijo que había una escotilla en el suelo. Estaba abierta,
y se había caído...
Me había dicho que se había encontrado en una especie de cuarto de
calderas, lleno de enormes tuberías de plata y grandes ventilaciones
cubiertas con rejillas. Se negó a decirme algo más que eso. Me había dicho
que Lazlo lo había encontrado, y luego se había calmado. Se enojó. Se negó
a decir otra palabra al respecto y me había golpeado lo suficientemente
fuerte como para darme un ojo morado.
Yo…
Mierda.
No tengo tiempo para descomprimir esa memoria adecuadamente, o
para averiguar qué significa para Patrin. Solo tengo que encontrar la
escotilla. Ahora que ya sé lo que estoy buscando, me encuentro con la gran
placa de acero oxidado muy rápidamente. Colocado en el suelo a mitad de
camino de regreso a la plataforma de la estación, maldigo suavemente por
lo bajo cuando lo veo tirado al ras del suelo, apoyado contra la pared de la
izquierda. Sé que he golpeado la suciedad cuando veo la cantidad de huellas
que perturban el suelo que lo rodea.
No hay cerradura. No hay teclado. Nada que me impida tomar el asa
grande y cuadrada que sobresale de la parte superior de la escotilla y
levantarla...
Una columna vertical de luz atraviesa el túnel. La música se eleva desde
el acceso debajo de mí. Es la misma música coral que se escuchaba a través
de los altavoces antes. El creciente e intenso tono de las voces del coro se
eleva, dulce y brillante, y una ola de picos de pánico me atraviesa. Esto se
siente tan mal. La música en sí misma, el eje, con la escalera de acero
atornillada a la pared... Siempre he confiado en mi instinto cuando se trata
de situaciones como esta, y ahora mismo mi instinto me dice que me vaya
de aquí y que nunca regrese. Habrá un precio que pagar si paso un pie hacia
abajo:
Una voz corta desde lo desconocido debajo.
—Déjame que te guarde la indecisión tortuosa, Pasha. Sí, estoy aquí
abajo. Sí, tu tía también está aquí abajo. Sí, estoy armado. ¿Te voy a matar
en el momento en que caigas por ese pozo? —Lazlo se detiene. Podría ser
para el efecto, o en realidad podría estar tomando una decisión. Finalmente,
parte con la respuesta a la pregunta—. No. No inmediatamente. No puedo
prometer que no voy a matarte, muchacho, pero creo que ya es hora de que
tengamos una conversación cara a cara, ¿verdad?
Bueno, eso apenas inspira confianza. Sin embargo, una promesa de no
matarme en el momento en que mis botas golpeen la tierra podría darme
tiempo para resolver la situación. Inhalo abajo con la nariz, girando la llave
inglesa dos veces en la mano, probando el peso mientras tomo mi decisión.
Un sonido metálico golpea el eje de acceso cuando la suela de mi bota
golpea el peldaño superior de la escalera. Otro chirrido suena cuando mi
otro pie golpea el segundo peldaño. Ha habido ocasiones en que la promesa
de un sueldo increíblemente gordo me ha tentado a morder más de lo que
normalmente intentaría masticar. De vez en cuando, habrá un moretón en
las tarjetas en los mercados de flores, y se me acercará para ver si quiero
continuar con la pelea. El chico suele ser una maldita bestia total. Una clase
de peso más pesado que yo. Un récord invicto. Un tipo con gusto por la
sangre, que sabe cómo lanzar los puños y no retrocede.
Los poderes que vienen primero a mí, para ver si quiero enfrentarme,
porque saben algo sobre mí: no importa cuán mal estén las probabilidades
en mi contra, nunca diré no a una pelea. Retroceder simplemente no es una
opción para mí. Nunca lo ha sido.
Sin embargo, mis circunstancias han cambiado. Por primera vez en mi
vida, tengo a alguien más a quien considerar, alguien que me importa más
que mi propio maldito orgullo. Y estoy descubriendo, muy rápidamente, que
estar enamorado de alguien puede fortalecerte y debilitarte en igual medida.
Mientras desciendo por el pozo, mi corazón está en mi jodida garganta.
Si no sobrevivo a esto, Zara estará desprotegida. Estará sola en la ciudad y
no podré protegerla. Mis pies se encuentran con la tierra firme, y me giro,
preparándome para lo que pueda encontrar...
Veo a la mujer primero. Está despierta. Alerta. Su espesa melena de
cabello rubio blanquecino está revuelta, por todas partes, gruñida, enredada
y manchada de rojo brillante en algunos lugares. Se sienta en una silla,
frente a mí, atada a los brazos y piernas de la silla en la muñeca y el tobillo
por medio de bridas. Sus ojos son la única parte de su rostro visible debajo
de la máscara de acero que ha sido atada a su cabeza.
—Una máscara de tortura. Difícil de conseguir en estos días y edad. La
gente es tan... políticamente correcta. Sin embargo, puedes encontrar casi
cualquier cosa en e-Bay, ¿verdad?
Giro, apretando mi agarre en la llave, y ahí está él, en carne y hueso:
Lazlo, con una pistola en la mano, apuntando el cañón directamente a mi
cabeza.
Tres años ha hecho poco al hombre. Connie siempre decía que el
bastardo era tan guapo como el mismo demonio, y supongo que de alguna
manera puedo entender por qué ella lo habría pensado. Alto; todavía ancho
y musculoso en los hombros, a pesar de tener su edad; cabello grueso,
oscuro como azabache, pero teñido de gris acero en las sienes. De
mandíbula cuadrada, espalda recta y confiado en su postura. Muchos otros
hombres de su edad estarían celosos de su apariencia.
Sin embargo, son sus ojos lo que lo hacen feo, la ira y el odio dentro de
ellos, derramándose hacia afuera, sin vigilancia. Cuando un par de ojos
como el de Lazlo se enfocan en ti, no puedes evitar sentir que una parte de
ti se está marchitando y encogiendo dentro de ti.
La sala de mantenimiento no es tan grande, pero la presencia de Lazlo
parece dominar cada centímetro cuadrado del lugar. Las rejillas metálicas
debajo de sus pies crujen y gimen cuando se dirige hacia mí, con la pistola
aún en mi contra.
—Nunca me ha gustado una mujer que hable demasiado —dice,
colocando una mano en el respaldo de la silla de Kezia—. ¿Y ésta? Chico…
—Se ríe—. Ella sabe hablar. Pensé que iba a tener que pegarle la boca. Sin
embargo, le habría hecho un poco difícil alimentarla. ¿Dónde está Zara?
Los ojos de Kezia se abren ante la mención de Zara. Ella murmura algo,
sus palabras ininteligibles, tirando de sus restricciones, y Lazlo pone los
ojos en blanco.
—Aquí vamos otra vez. —Se agacha y la mira a través de los ojos de la
máscara. Ahora sería el momento perfecto para apresurarme. Intentar
arrebatar el arma. Pero Lazlo cambia de táctica, apuntando el arma
directamente al estómago de Kezia. El propósito de este reposicionamiento
es obvio: si intento algo, él va a dispararle primero, y tan de cerca, que no
hay forma en que falle.
Estoy jodidamente sorprendido cuando se acerca y acaricia su mano
sobre el desordenado cabello de Kezia.
—Está bien, cariño. No te preocupes Voy a cuidar de Zara, al igual que
voy a cuidar de ti. Shhhh, Shhh, está bien.
Dios, no se le puede permitir estar cerca de Zara. De ninguna manera.
Tiene que haber una manera de quitarle esa pistola. Si me deslizo alrededor
de él, haciéndolo alrededor de su espalda...
Como si pudiera escuchar mis pensamientos, los ojos de Kezia se
encuentran con los míos sobre el hombro de Lazlo y niega con la cabeza.
Solo una temblorosa sacudida, seguida de un gemido. Lazlo se da vuelta
lentamente.
—No lo haría, superhéroe. Estoy de un humor terrible. Haces algo
precipitado, y podría estar tentado a poner fin a nuestra conversación un
poco antes de lo planeado.
—¿Qué te hace pensar que serías capaz de detenerme, viejo? Estás solo
aquí abajo. No tendrías una jodida oportunidad contra mí en una pelea
justa.
Lazlo se ríe, girándose para mirarme mientras se levanta. Extendiendo
las manos y agitando el arma en el aire, hace un gesto hacia la sala de
mantenimiento y la mujer a su lado atada a la silla.
—¿Qué parte de esto te grita justo?
—Bien. Lucha sucio, imbécil. No me importa. ¿No te acuerdas de la
última vez que estuvimos cara a cara?
Lazlo sonríe, irritante hijo de puta. Tengo muchas ganas de partir su
jodido rostro. Se cruza de brazos.
—Distintivamente. Eso de verdad que no fue divertido. La idea de ser
destripado nunca me atrajo antes de ese día. Definitivamente no me atrae
ahora. Las heridas estomacales son tan desordenadas. Dolorosas también.
Hubiera preferido que me hubieras apuñalado en el hombro, o incluso en…
—No estaba tomando solicitudes, imbécil. Estaba tratando de impedirte
violar a un chico adolescente. —Eso lo detiene en seco. La sonrisa se desliza
lentamente de su rostro, dejando una expresión amarga a su paso.
—Violar es una palabra tan fea. No me gusta usarla.
—A nadie le gusta usarla, maldito psicópata. Es un término feo, que
describe un acto feo.
Lazlo casualmente se encoge de hombros.
—Prefiero llamarlo... penitencia. No se trataba de mí. Nunca lo hace,
Pasha. Siempre se trata de ellos. Si se comportan, no son castigados. Si
actúan mal... —Arruga las cejas. Por un segundo, el hombre parece estar en
una enorme cantidad de dolor—... eres castigado.
No me escapa que Lazlo comenzó su oración con “Si actúan”, pero
terminó con “eres castigado”. Dondequiera que se haya ido su mente cuando
se detuvo hace un momento, no era un lugar agradable. Y fue él quien fue
castigado.
—Es la única manera de asegurarse de que los niños se conviertan en
hombres de verdad. Si no te respetan, si no te obedecen... entonces los haces
obedecerte. Los niños de hoy en día. Demasiado libres. Piensan que todo se
supone que debe ser a su manera, sin importar qué. A veces... necesitan un
rudo despertar. Parece que soy la única persona que está dispuesta a darles
una lección.
Santa jodida mierda. Él... él cree esto. Está ahí en su rostro, tan claro
como el día. No está haciendo excusas para sí mismo. Realmente cree que
atacar a los niños es su deber, y solo él es lo suficientemente fuerte como
para llevarlo a cabo.
—Jesucristo, Lazlo. Estás realmente enfermo si crees que lastimar a un
niño así es la mejor manera de enseñarles sobre el respeto. Eres jodidamente
malvado.
Un fuego furioso se ha encendido en sus ojos. Él me señala con su dedo
índice, escupiendo mientras habla.
—¡No! ¡No te atrevas a decir eso!
—¿Qué? ¿No quieres que te llame malvado? Si puedes pensar en una
mejo...
—No. Jesús. So… solo jodidamente no, jodidamente no uses su nombre
así.
—¿Jesús?
Lazlo cierra los ojos, con la cara en blanco, como si estuviera tratando
de retroceder del borde. Cuando vuelve a abrir los ojos, apuntándome con
el arma, parece haber recuperado la compostura.
—No hay necesidad de decir Jesucristo como... como si no significara
nada. Lo hace. Significa algo.
—¿Desde cuándo has sido religioso? ¿Encontraste a Dios después de
que te apuñalé en el estómago?
Lazlo muestra sus dientes, una exhibición animal y amenazadora.
—No encontré nada. Siempre he creído. Estaba tratando de decírtelo
antes de que comenzaras a romper los altavoces de las paredes. No estabas
escuchando.
—¿Cómo no iba a hacerlo? Estabas despotricando y rabiando como un
jodido loco. Tu madre murió al costado de una vía de trenes. Mi abuelo jodió
a la mujer que te acogió y te cuidó. Ella murió a causa de él.
—¡Antes de eso! ¡Antes de que ella muriera! Ella sabía que estaba
muriendo, así que me llevó a un lugar seguro. Me llevó a una iglesia. Un
lugar donde me cuidarían. ¡Un lugar donde diferenciaría lo correcto de lo
incorrecto!
—Lástima que esa lección no se te quedara —La cabeza de Lazlo se
inclina hacia un lado. Parece que no entiende mi significado. Las jodidas
bolas de este tipo—. La Iglesia. Dudo que te hayan enseñado que esto estaba
bien o mal, ¿verdad, Lazlo?
Sarah baja la cabeza. Está llorando. Sus olas rubias caen a su rostro,
ocultando la máscara de hierro, pero puedo escuchar sus sollozos ahogados.
Lazlo no reacciona. No se defiende. Solo me mira, como si estuviera
mirando directamente a través de mí... y ahí está, como un puño en las
tripas, envolviéndome con un devastador golpe.
Estaba equivocado.
Lo hicieron.
Ellos sí le enseñaron que esto estaba bien y no mal. Ahí es donde le
enseñaron disciplina y respeto. Donde fue taladrado en él.
La Iglesia.
Mierda.
Parpadeando rápidamente, Lazlo inhala, todavía asegurándose de
mantener el arma apuntándome mientras se aleja de Sarah. En cuatro
zancadas, está de pie frente a un banco con pantallas que están montadas
en la pared a la izquierda. Veo la habitación llena de catres primero. Hay
otros cuadros que muestran una serie de otras habitaciones.
—Me gusta ver a la gente durante una crisis —dice rígidamente—. No
hay nada más fascinante que observar a las personas mientras intentan
resolver un misterio. Me ayuda a entender cómo funcionan sus mentes.
Esperaba poder observarte a ti y a Zara un poco más antes de que
tuviéramos nuestro encuentro final. Ella es bastante notable, ¿no es así?
Muy hermosa.
Sigo su mirada, silbando entre dientes. A primera vista, no reconocí las
otras habitaciones en las demás pantallas. Aunque lo hago. Una de ellas es
muy familiar: la cocina de Zara. La cámara debe estar oculta en la parte
superior de su nevera. Desde su punto de vista, se puede ver la mesa de la
cocina con bastante claridad.
—Fueron tan fascinantes de ver, ustedes dos, tratando de descubrir lo
que estaba pasando. Iba a esperar un par de días antes de llamar, solo para
ver si se te ocurrían algunas teorías interesantes. Entonces Yuri Petrov llegó
y arruinó toda la maldita cosa con esa grabación.
Suena realmente molesto por el giro de los acontecimientos.
—Qué mal. ¿Yuri arruinó tu diversión? Asesinaste a su hijo. Yo diría
que estás al frente en este caso.
Los ojos de Lazlo se estrechan en finas rendijas.
—No me interesa hablar de eso contigo. Eso es un asunto privado.
—¿Castigaste a Corey de la misma manera que ibas a castigar a Leo?
Qué hizo ese pobre niño para ganarse una visita tuya, ¿eh? ¿Qué pudo haber
hecho para ganar la muerte violenta y terrible que le diste?
—¡DIJE QUE NO ME INTERESA HABLAR DE ESO! —El enfurecido grito
de Lazlo hace eco en la habitación, con un ruido ensordecedor. El brazo está
estirado delante de él, ahora a la altura de la cabeza. Su rostro se ha vuelto
rojo cereza, y una cuerda de saliva cuelga de su boca torcida—. No me
escuchas —gruñe—. Nunca me escuchas.
Estoy inquieto, retorciéndome, desesperado por hacer mi movimiento.
Él no está tan lejos, y soy jodidamente rápido. Podría lanzarme sobre él y
abrirle el jodido cráneo con la llave mucho antes de que Lazlo tenga la
oportunidad de apretar el gatillo. Aunque tengo que elegir el momento
adecuado. Lo necesito enojado de nuevo. Lo necesito tan jodidamente
enojado que no sepa qué demonios está pasando. Empujando las ganas de
lanzarme sobre él en este mismo instante, trato de ganar algo de tiempo
para pensar.
—Pues escuché esa grabación que hizo Yuri. Me llevó justo aquí,
¿verdad?
—Sí. ¿Y te diste cuenta de que había dos personas en esa grabación?
No, no lo hiciste Yuri lo hizo. Él fue quien se dio cuenta de eso. Y viniste
aquí sin pensar un momento en quién podría tener aquí conmigo, ¿verdad?
No te importó. Simplemente bajaste por esas escaleras, de cabeza a esto sin
tratar de averiguar con quién te podrías enfrentar.
—No importa quién sea. Lo mataré si muestra su rostro —respondo—.
Fue lo suficientemente inteligente como para mantener la boca cerrada en
esa grabación. Lo más probable es que sea lo suficientemente inteligente
como para mantenerse alejado ahora.
Lazlo sonríe.
—No contaría con eso. Le gusta hacerme feliz. No lo llamaría
excepcionalmente inteligente. Como Kezia aquí, él es solo una persona muy
silenciosa.
—No me importa una mierda si es el hijo de puta más hablador del
planeta, o si es un tipo silencioso...
Espera.
Espera…
Oh. No no, no no…
De ninguna jodida manera.
¿Garrett? No puede ser ¿Por qué mierda Garrett haría... esto?
Lazlo ha estado esperando a que yo sume dos y dos. El bastardo ve la
realización en mi rostro y se siente abrumado por la emoción.
—¡Aquí vamos! ¡Ahí está! Pasha, pensé que no lo resolverías. Toda esa
lucha en las jaulas, los golpes en la cabeza no dejan nada bueno para las
sinapsis.
—Garrett no haría nada que pudiera lastimar a Zara —gruño—. De
ninguna jodida manera.
—¡NO SEAS TAN JODIDAMENTE INGENUO! —ruge Lazlo—. Por
supuesto que lo haría. Garrett es un buen chico. Él hace lo que yo le pido.
Y eso incluye lastimar a Zara.
Hay demasiada locura en sus ojos. Miro a Kezia, buscando alguna pista
de que podría estar mintiendo, pero no lo encuentro. En cambio, encuentro
pena y dolor en los ojos oscuros que se encuentran con los míos.
Lentamente, Kezia asiente. La tía que nunca supe que tenía. Me mata verla
sufrir tanto. Sé que está preocupada por Zara.
—No te preocupes. Él no puede hacerle daño si no sabe dónde está —
digo.
Lazlo se ríe.
—Ay, Rom Baro. Ese es el problema con las pelirrojas. Demasiado
inteligentes para su propio bien —Levanta la mano y señala con el extremo
de la pistola una de las pantallas. Al principio, la escena no es nada fuera
de lo común: la habitación en un apartamento, una sala de estar,
escasamente amueblada. Un poco sucio, tal vez, aunque meticulosamente
ordenado. Entonces se abre una puerta, y entra Garrett…
... seguido de Zara
Zara
El arma es mucho más pesada de lo que pensé. Parecía prudente sacar
la cosa tan pronto mientras entramos en Bakersfield, y ahora mi brazo se
está cansando de sostenerla en un ángulo de noventa grados.
Joder, es tan irreal, estar de vuelta aquí, tan cerca de casa. Sin
embargo, no estamos en mi casa; estamos en el apartamento de Garrett.
¿Cuántas veces he estado aquí antes? No tantas veces como he estado en el
apartamento de Andrew o Waylon, pero aun así... soy quien compró el lirio
de la paz que está sentado en el alféizar de la ventana de la cocina. Soy la
que compró la pequeña impresión de la cordillera en blanco y negro que
cuelga de la pared detrás del sofá.
No recordaba cuando Garrett se mudó aquí antes. Desde hace un
tiempo, he pensado que él ha vivido en Bakersfield más tiempo que yo, y
todos los demás han estado de acuerdo conmigo. Él no tuvo nada que ver
con Sarah ni con los demás hasta que empezamos a reunirnos en el camino
para tomar una copa semanal el martes por la noche, pero eso nunca fue
extraño porque ninguno de ellos tenía nada que ver entre sí hasta entonces.
Es como... es como si llegué y me convertí en el pegamento que unió a
nuestra pequeña pandilla de amigos.
Pero lo he descubierto ahora. Me mudé aquí antes que Garrett. Un par
de semanas antes que él para ser exactos. Le traje ese lirio de paz aquí
porque le sonreí en el pasillo unos días antes, y traerle la planta parecía
oficial, como una forma adecuada de presentarme como su nueva vecina.
Recuerdo haber visto una caja sobre la desgastada y desvencijada mesa de
café y no haber pensado nada al respecto en ese momento.
Ahora, mirando alrededor de su desnuda y vacía vivienda, me parece
que la caja fue lo único que trajo consigo cuando se estableció aquí.
Todo lo que poseía en el mundo.
Garrett levanta las manos donde puedo verlas mientras entra en la sala
de estar. He estado detrás de él todo el camino hasta aquí. No me vio sacar
el arma del bolsillo de mi chaqueta, pero debe saber que tengo la cosa
apuntada a su espalda. Se detiene junto a la mesa de café y, con infinita
precaución, gira sobre las puntas de sus pies hasta que está frente a mí.
Sus ojos castaños son expresivos. Lo han sido desde el día que lo
conocí. Solo he necesitado hacer contacto visual con él para saber lo que
está sintiendo, o que ha tenido un día de mierda. Cuando nuestros ojos se
encuentran ahora, por primera vez... realmente no puedo leerlo. Él parece
cerrado. Como un muro que nunca ha existido entre nosotros de repente ha
subido, alto e impenetrable, y no hay absolutamente ninguna forma de
escalarlo.
Tragando saliva, apunto el extremo de la pistola hacia el sofá.
—Siéntate. Y ni siquiera pienses en intentar lanzarte contra mí. He
tenido entrenamiento con armas.
La mirada que Garrett me da está cargada. Vamos, Zara. Ambos
sabemos que esta es la primera vez que sostienes una puta pistola.
—Muy bien. Bien. No he tenido entrenamiento con armas. Pero no soy
una imbécil. Sé lo suficiente. Esta cosa está cargada, y he quitado el seguro
—Levanto la pistola para que él la vea. Sus ojos oscuros observan la pistola;
no tiene emociones, como si no estuviera afectado por la letal pieza de metal
que tengo en mis manos. Ni siquiera se acobarda cuando apunto la cosa
hacia su cabeza otra vez. Rodea la mesa y se desploma sobre el sofá, y luego
me da otra mirada fácil de leer: ¿Y ahora qué?
»Ahora me vas a decir por qué te llevaste a Sarah. Y luego vas a decirme
qué mierda quiere Lazlo conmigo. Joder, acaba de empezar por el principio.
¿Cómo diablos siquiera conoces al tipo?
Garrett extiende las manos frente a él, con las palmas hacia arriba. Se
encoge de hombros, arqueándome una ceja: ¿cómo quieres que te diga algo
cuando no tengo nada con qué escribir, Zara?
»Bien. ¿Dónde está? ¿Dónde está la pizarra blanca? —Ocasionalmente,
cuando lo he presionado lo suficiente, Garrett usa una pequeña pizarra y
un marcador para comunicarse. Él lo odia, estoy bastante segura de que soy
la única persona con la que lo ha usado, pero cuando necesito una
respuesta compleja a una pregunta, se ha rendido y la ha llevado a mi
apartamento. Suspira y señala por el pasillo. Su apartamento es un espejo
exacto del mío, excepto que todo se voltea; al final del pasillo en esa dirección
está su cocina. Por el pasillo en dirección opuesta: su dormitorio.
—De acuerdo. Levántate. Ve y tráela. Despacio. Estaré detrás de ti todo
el tiempo.
La expresión de Garrett es un poco compasiva; debe saber que me estoy
cagando de miedo. Es casi como si estuviera tratando de consolarme cuando
se pone de pie otra vez y camina más lentamente hacia la cocina, una vez
más manteniendo sus manos a los lados, a simple vista.
La pizarra blanca se encuentra en el mostrador de la cocina, junto a
una caja de cartón vacía de comida china para llevar. Aparte de la caja de
cartón y la pizarra, los mostradores están libres de revoltijo y desorden. De
hecho, parecen que Garrett los frotó recientemente con un maldito cepillo
de dientes. Hace un gesto hacia la pizarra blanca, y le pregunta en silencio
si está bien que lo recoja.
—Sí. Llévala a la sala de estar.
Hace lo que le he dicho y recoge la pizarra, llevándola de vuelta a la
otra habitación, donde se sienta en el sofá.
—Bueno. Ahora. Lo conoces, ¿verdad? ¿Lazlo? ¿Cómo?
Garrett quita la tapa del marcador que está sosteniendo y suspira de
nuevo. Escribe lentamente, tomándose su tiempo, luego levanta el tablero
para que lo vea.
Larga historia.

Resoplo, rodando los ojos.


—¿Cuánto tiempo? ¿Lo conoces desde hace meses? ¿Años?
Garrett limpia la pizarra con la manga y escribe de nuevo.
1983.

—¿Qué? Lo conoces desde que... mierda, ¿desde qué naciste?


Niega con la cabeza. Limpia. Escribe.
9 años. Él me reclamó.

—¿Te reclamó? ¿Qué diablos quieres decir con que te reclamó?


Yo era un huérfano. Me llevó un convento. Lazlo me adoptó cuando
era un niño.

Decir que estoy horrorizada ni siquiera se acerca. Esto es mucho más


complejo de lo que jamás podría haber imaginado. Garrett mira tristemente
hacia la pizarra, con los ojos fijos en las palabras que ha escrito, antes de
que rápidamente las friegue nuevamente con su manga. Todavía está
frotando la superficie brillante del pizarrón mucho después de que la tinta
del marcador negro ha desaparecido, como Lady Macbeth, frotando
furiosamente una mancha de sangre imaginaria.
—¿Por qué te mudaste aquí, Garrett? ¿Fue debido a mí? ¿Te dijo que
me vigilaras?
Él no escribe nada esta vez. Solo asiente.
—¿Por... por tres años? ¿Me has estado observando durante tres años?
Una vez más, el marcador permanece apretado con fuerza en su mano,
y asiente.
—¿Por qué ahora? ¿Por qué se llevó a Corey ahora?
La Feria Medianoche volvió.

—¿Y? ¿Él me quería para encontrar a Pasha?


Sí.

—Pero, por el amor de Dios, ¿por qué, Garrett? ¿Por qué él me quería
para encontrar a Pasha y me enamorara de él? ¿Por qué querría que Pasha
fuera rey?
A Lazlo le gusta tirar de las cuerdas.

Garrett considera lo que acaba de escribir, luego frunce el ceño. Borra


las dos últimas palabras y garabatea algo en su lugar, para que ahora lea:
A Lazlo le gustan los títeres.

Luego limpia la pizarra de nuevo y escribe rápidamente otra cosa.


A Lazlo le gusta la simetría.

Un rey Rivin lastimó a Lazlo antes. Él lo mató. Pasha lastimó a


Lazlo hace tres años. Lazlo quiere que él sea rey antes de que lo
mate. Pulcro. Organizado. Simetría.

Dios, esto es una locura. Lazlo está loco. Las paredes se sienten como
si se me estuvieran cercando, presionando desde todos los lados,
atrapándome en este pequeño espacio sin aire, haciendo que sea difícil
pensar con claridad.
—Corey nunca lastimó a Lazlo. Él era un chico. Un niño. ¿Por qué Lazlo
lo mató?
El rostro de Garrett se arruga. Nunca he visto a un hombre tan cerca
de las lágrimas. Gira la cabeza, mira por la ventana, y un extraño tipo de
vacío lo supera. Su cuerpo está aquí, en la sala de estar, pero en este mismo
momento su mente está en algún otro lugar. Cuando regresa a sí mismo,
recostándose en el sofá, toma la pluma y escribe.
Venganza. Yuri Petrov asesinó a mis padres en Nueva York.

Desenfoca su escritura, pasando la manga de su chaqueta sobre la


pizarra antes de que tenga la oportunidad de leer sus palabras por segunda
vez.
Lazlo se llevó a Corey por mí. Él lo lastimó por mí. Ojo por ojo.

Su última frase me quema, marcándome con horror.


—¿Ojo por ojo? Un mafioso ruso asesina a dos adultos, así que Lazlo
descuartiza a dos niños. Él mató a Jamie, el hermano de Corey, también,
¿verdad?
Los ojos de Garrett están llenos de acero y sufrimiento. Parpadea,
inclinando la cabeza ligeramente, la más mínima insinuación de un
reconocimiento.
—¿Y tú lo aprobaste? ¿Estuviste a bordo con eso? ¿Sabiendo que ese
niño solo estuvo vivo durante cinco jodidos años? ¿Y era inocente?
Su garganta se mueve. Se mira las manos, aunque no las mueve para
que me respondan. Ni siquiera me mira a los ojos ahora.
—Garrett, ¿cómo puedes estar de pie y permitir que todo esto suceda?
Pensé que eras un buen hombre. Creí que eras mi amigo.
Él mira hacia arriba, levantando la barbilla, y hay dos rayas mojadas
corriendo por sus mejillas. Parece tan sorprendido como yo por ese hecho.
“Los amigos son debilidad. No hay tal cosa como un buen hombre.”

Bueno, él no puede ser más claro que eso. Todo esto ha sido un acto.
Una historia de fantasía que he construido en mi propia cabeza. Por un
segundo, un estallido de ardiente rabia se apodera de mí, haciéndome sentir
tan jodidamente estúpida por haber creído siempre que Garrett era mi
aliado. Sin embargo, la ira se dispersa tan rápido como vino. No soy
estúpida. Me acaban de mentir. Garrett me engañó haciéndome creer que
podía contar con él. Al final, esto es todo sobre él.
Es un mentiroso
Un timador.
Es cómplice del secuestro y asesinato de un niño, y solo Dios sabe
cuántos otros crímenes horribles cometió Lazlo a lo largo de los años. Solo
porque Lazlo lo sacó de ese orfanato del convento en mil novecientos ochenta
y tres, no significa que tuvo que ayudar a Lazlo a infligir tanto dolor y miseria
en la vida de las personas.
Aprieto la mandíbula, decidida a obtener una información más de él,
no importa lo difícil que sea para mí preguntar. Necesito saberlo, no porque
la información cambie nada, Corey seguirá muerta, después de todo, sino
porque ya no puedo vivir con el misterio.
—Lazlo quiere que Pasha sufra porque casi lo mata hace tres años. No
estoy de acuerdo con eso, pero... lo entiendo. Sin embargo, ¿qué hice yo,
Garrett? ¿Por qué demonios ha venido Lazlo tras de mí?
El pecho de Garrett se levanta y sigue subiendo. Aspira un, largo y
enorme aliento en sus pulmones, y luego exhala por la nariz, el sonido del
aire corriendo sobre sus cuerdas vocales me hace saltar. Nunca antes lo
había escuchado hacer un sonido. Me pica con ojos distantes y acusatorios.
Entonces escribe.
Porque te pareces a La Emperatriz.

Porque viste lo que él hizo.


Pasha
No hay sonido, pero puedo ver la pizarra que Garrett tiene en sus
manos, y puedo adivinar lo que está pasando entre el hombre y la mujer que
amo. Le está contando una historia inconexa, explicando cómo llegó a estar
atado a Lazlo. Estoy tan jodidamente lejos. No hay nada que pueda hacer
para protegerla de él. No hay manera de evitar que la lastime. Todo lo que
puedo hacer es quedarme aquí, atrapado en las entrañas de la jodida tierra,
viendo cómo mi Luciérnaga se enfrenta a esta peligrosa y desconocida
entidad con un arma en su temblorosa mano.
Sabía que ese bastardo era un problema. Lo supe desde el momento en
que lo vi.
—Yo lo reclamé. Esa es una buena manera de decirlo —dice Lazlo—.
Hace mucho tiempo, volví a la iglesia donde me dejó Calliope y lo vi allí.
Horroroso, diminuto, con una mirada desafiante en sus ojos. Las monjas se
acordaron de mí. No dijeron una palabra cuando dije que quería llevármelo.
Nadie hace eso, señor. Nadie quiere adoptar a los débiles, escuálidos,
enojados y resentidos. Esos niños simplemente se pudren en lugares como
ese, causan problemas y enojan a los otros niños solo por su proximidad.
Esas perras se alegraron de deshacerse de él.
No me estoy concentrando en lo que dice Lazlo. Estoy muy preocupado
por lo que está pasando en la pantalla. Zara está en peligro. Debería haberse
quedado con Seo-Jun, por el amor de Dios. Ella habría estado a salvo allí.
Debería haber confiado en mí y haberme dicho que sospechaba que Garrett
estaba involucrado. Me doy cuenta de la ironía de este pensamiento, incluso
mientras lo alejo; no le dije a ella que venía aquí para enfrentar a Lazlo,
después de todo. Esto es diferente, sin embargo. Soy un luchador. Estoy
acostumbrado a este mundo. Me han lastimado y amenazado más veces en
mi vida de las que puedo contar. Yo puedo con esto. Lo que no puedo
manejar es presenciar que ella sea herida.
—No recuerdas cuando volví a vivir con el clan —dice Lazlo—. Ni
siquiera habías nacido. Garrett tenía dieciséis años, sin embargo. Lo había
cuidado durante seis años. Lo moldeé en un hombre. Le mostré cómo
funcionaba el mundo. Se resistió al principio. Trató de arremeter contra mí.
Rompió las reglas y pagó el precio, una y otra vez. Pero al final, se sometió.
»Dejarlo fue difícil, pero quería limpiarme de este veneno dentro de mí.
No podría hacerlo si un solo miembro del clan Rivin todavía existiera.
Necesitaban pagar por lo que le hicieron a mi madre. Así que Garrett se
quedó en Nueva York, mientras me ponía al día con la Feria Medianoche.
Los encontré en Wyoming. Criaturas de hábitos, Calliope siempre así
llamaba a su gente. Eran fáciles de encontrar, si conocías sus rutas y sus
tradiciones. Matar a Jamis tomó un segundo. Le corté la garganta mientras
dormía en su vardo.
»Iba a quemar todo el campamento hasta las cenizas. Habría sido
rápido. Era verano, un verano caluroso, y el clan decidió instalarse en un
campo lleno de hierba larga y seca. Yesca en todas partes. Todo habría
ardido en segundos. Estaba listo para hacerlo. Tenía el encendedor en la
mano... —Los ojos de Lazlo se desenfocan—. Pero luego la vi a ella. —Señala
a Kezia; ella se aleja de su dedo como si él la hubiera golpeado con un látigo.
»Tú no lo sabrías al mirarla, pero su cabello también era rojo. Rojo como
el de Calliope. Se lo dañó con todos esos productos. La vi corriendo por la
hierba, riendo, la sonrisa más… la sonrisa más hermosa en su rostro. Me
recordó a mi madre, pero era muy diferente al mismo tiempo. La quería allí
mismo, pero me hice esperar. Si ella viera a un extraño en el campamento,
sabría que yo era responsable de matar a Jamis una vez que hubieran
descubierto su cuerpo. Así que me fui. Los alcancé dos meses después, aquí,
en Spokane. Me presenté al clan. Tu padre ya había sido coronado rey. No
quería dejarme estar con el grupo, pero Calliope me enseñó todo sobre los
Rivin —escupe él—. Logré convencerlo de que era de otro clan y quería viajar
con el nuevo rey. Archie había aparecido casi al mismo tiempo, diciendo lo
mismo. Conveniente para mí. Hizo mi reclamo aún más creíble.
»Así que me quedé. Kezia y yo empezamos a vernos. Tendría que irme
por un mes para ver cómo estaba Garrett, pero cuando volviera, ella me
estaría esperando. Lo mantuvimos en secreto. Ella no quería que su
hermana se enterara hasta que estuviéramos listos para casarnos. Sin
embargo, sí lo descubrió, ¿verdad? —grita Lazlo a Kezia. La mujer
simplemente agacha la cabeza, apoyándose en sus restricciones. Sin
embargo, no está tratando de liberarse. Al mirarla, está claro que ha
aceptado las ataduras que la atan a la silla, y ahora no son más que un
medio para mantenerla en posición vertical.
»Shelta nos atrapó desnudos en el vardo de Kezia. Ella no estaba feliz.
Dijo que iba a decirle al rey, a su esposo, que ella misma se mancilló. Ya no
era pura y digna de un verdadero esposo Rom. Me fui para ver cómo estaba
Garrett, y Shelta me siguió, ¿verdad? Me amenazó. Me dijo que no te volviera
a ver. Dijo que me expondría como un gadje si te veía otra vez. No escuché.
Regresé y caí de nuevo en tu cama. Apenas salimos en busca de aire durante
tres semanas, y cuando lo hicimos, Shelta estaba furiosa. Hubo una
tormenta. Estábamos acampados en la cañada, en el mismo lugar exacto
donde ahora está acampada tu familia, Pasha. Shelta arrastró a tu tía hacia
el río bajo la torrencial lluvia. La tenía del cabello. —Lazlo se acerca a Kezia
y enrosca un mechón de su cabello alrededor de su dedo, casi con amor—.
No la vi empujándote, pero lo hizo, ¿verdad?
Kezia gime.
»Ella le dijo a todos que estabas muerta. Creo que ella misma también
lo creyó. Por mucho tiempo.
Estoy tan harto de escuchar la egocéntrica narración de Lazlo. Si él
quería contar la historia de su vida, pintándose a sí mismo como una especie
de héroe, debería haber escrito un jodido libro y haber terminado con ello.
Prefiero morir anciano en la cama, sin saber la razón detrás de todo esto
que tener que escuchar al jodido enfermo por un segundo más.
—¿Dónde está la llave? —gruño.
Lazlo comienza, como si se hubiera olvidado de que estoy aquí.
—¿Qué llave?
—La llave de la máscara.
Lazlo sonríe, mostrando sus dientes torcidos y amarillentos.
—Justo aquí en mi bolsillo. Pero no hay necesidad de preocuparse por
eso. Solo preocúpate por lo que le sucederá a Zara si no llamo a Garrett
pronto.
—¿Que se supone que significa eso?
Lazlo deja caer la cabeza hacia atrás. Alcanza sus brazos en el aire,
apuntando el arma al techo, gimiendo mientras se estira, como un gato.
—Oh. Bien. Ya sabes. Garrett es muy consciente de que estoy viendo
todo lo que está sucediendo en ese apartamento. Soy un planificador. Me
gusta pensar las cosas desde todos los ángulos y crear planes de
contingencia en consecuencia. Esta posibilidad, Zara descubriendo la
participación de Garrett y reteniéndolo a punta de pistola, no fue algo que
anticipé. Pero pensé que tal vez ella acudiría a él en busca de ayuda. Pensé
que había una posibilidad de que ella pudiera terminar en su apartamento.
Le di a Garrett órdenes en caso de que eso ocurriera. Le dije que tenía que
cortarle la jodida garganta si no llamaba y le daba órdenes en un plazo de
tiempo establecido.
—Ja. Mentira. —Tiene que serlo. Está tan lleno de mierda, no hay
manera de que esté diciendo la verdad—. ¿Le dejarías cortarle la garganta?
¿Después de que pasaste tanto tiempo buscando todo esto? Ella es
demasiado importante para ti.
—¿Importante? ¿Por qué demonios sería ella importante para mí?
—Porque te recuerda a Calliope, al igual que Kezia lo hizo. Dios, eres
un jodido enfermo, Lazlo. ¿Pensaste que ibas a tenerla? ¿Es eso? ¿La viste
caminando por la calle en Spokane y decidiste que ibas a acosarla hasta la
mierda?
Lazlo agarra un puñado del cabello de Kezia y tira de él, forzando su
cabeza hacia atrás. La mujer grita de dolor, y una luz tiránica y terrible brilla
en los agujeros negros de las pupilas de Lazlo.
—Cuidado, Pasha. No quieres que la lastime, ¿verdad? ¿A tu
encantadora tía?
Mi estómago cae cuando miro hacia abajo y me doy cuenta, por primera
vez, de que cada uña de Kezia ha sido arrancada. Quiero vomitar.
—Parece que ya hiciste eso.
—He sido muy bueno con ella hasta ahora, considerando lo que me
hizo.
—¿Qué diablos hizo ella, Lazlo? ¡Fue solo otra puta víctima del rencor
de mi madre!
—¡¡¡ELLA NO REGRESÓ POR MÍ!!! —ruge—. Me dijo que me amaba.
Juró que nunca me dejaría. Pero lo hizo. Aprovechó la oportunidad que se
le presentó, y malditamente no regresó.
Los hombros de Kezia están temblando. No veo sus lágrimas en su
rostro, gracias a la máscara. Las veo rodar por la columna de su cuello
mientras salen por debajo del grueso y pesado metal. Algo se rompe dentro
de mí.
—Mi abuelo tenía razón. Eres prikoza. El peor de los tipos. Todos los
que entran en contacto contigo pagan el precio. Todo lo que tocas se
convierte en ceniza. Tres generaciones de mi familia han sufrido a tus
manos. Estás lleno de tanto odio. Incluso tu amor está jodidamente
corrompido. Estás manchado, hasta las raíces de tu alma, Lazlo. Calliope
debería haberte dejado morir en un lado de esas vías del tren.
Esta es una jugada peligrosa. Sin embargo, va a valer la pena. Tiene
que hacerlo. El cebo es una táctica común en una pelea de jaula. Mofarse y
burlarse de tu oponente hasta el punto de que se enojen con rabia, bajando
la guardia y dejándolos abiertos para que entres y noquearlos. Nunca lo he
hecho antes. Nunca necesité hacerlo. Siempre lo he considerado un truco
débil y deshonroso, pero como dijo Lazlo... ¿qué parte de esta situación es
justa?
Lazlo se congela. No reacciona. Pero una marea roja sube por su cuello,
permitiéndome saber cuán furioso está.
—Realmente eres valiente, Pasha. Te daré eso. Arriesgar la seguridad
de ella diciéndome esas cosas... si no tienes cuidado, podría decidir que no
quiero retirar a mi perro de ataque.
Me preparo. Mirando la pantalla por el rabillo de mi ojo, mi corazón
tropieza en mi pecho, paralizándome momentáneamente con miedo. Ya no
están allí. Zara y Garrett. Jodidamente se han ido. Tengo que tragar mi
propio grito de pánico, forzándome a confiar en mis propios instintos. Zara
está bien. Está bien. No está muerta.
—No le dijiste que la matara, pedazo de mierda mentirosa —gruño.
—¿Estás seguro? ¿Estás cien por ciento seguro? Si te equivocas,
¿podrás vivir con las consecuencias? ¿Podrás vivir contigo mismo?
Es tan jodidamente arrogante. Voy a disfrutar de hacer gritar al hijo de
puta.
—Sí. Estoy seguro. No eres del tipo de entregar un premio después de
haber trabajado durante tanto tiempo. Y además... incluso si le hubieras
dicho a tu pequeño títere que la cortara de oreja a oreja... él nunca lo haría.
—¿Oh? —Inclina la cabeza Lazlo hacia un lado, desconcertado—.
Conozco a Garrett muchísimo más que tú. Yo lo construí, Pasha. Él es una
extensión de mí. Si le digo que haga algo, lo hace sin fallar.
Negando con la cabeza, empiezo a avanzar.
—Sí, pero te perdiste de algo en todo el tiempo que pasaste mirando a
Zara en esos monitores, maldito psicópata. —Cada molécula de mi cuerpo
está vibrando con energía. Cada terminación nerviosa está disparándose.
Cada pedazo y fibra de mi ser me exige que lo haga, que actúe, que termine
todo esto ahora. Respiro hondo, conteniéndome, y de repente un silencio
mortal se posa sobre mí. El silencio asesino.
—Ilumíname, por favor, Pasha. Dime —dice Lazlo burlonamente—. ¿De
qué me perdí?
—El momento en que tu perro de ataque se enamoró de la chica.
Me lanzo, y Lazlo reacciona. Levanta el arma y dispara, pero no estoy
donde está esperando que esté. Estoy a su izquierda, agachándome
alrededor de una silla, medio empujado debajo de un escritorio, y me lanzo
por la llave inglesa...
No trato de golpearlo con eso.
Tiro la pesada pieza de metal hacia arriba y golpea la luz desnuda
montada en el techo. La luz se rompe, enviando chispas sobre nosotros... y
la habitación se sumerge en la oscuridad.
El hombre está enojado con el niño. Cansado de él, dice.
El niño no sabe cómo mejorarlo. Mientras jure no dar una mirada furtiva,
el hombre lo deja sentarse en la sala de estar con el sonido apagado en la
televisión, o algunas veces lo deja leer un libro, pero el hombre rara vez viene
a visitar al niño por la noche.
Otro chico vive en la caja. Archer. Archer es un niño mayor con el cabello
rojo brillante, y cada vez que el hombre entra en la caja con la comida de
Archer, siempre hay muchos golpes y gritos. La mayoría de las veces, cuando
el hombre vuelve a salir, hay sangre en la entrepierna de sus pantalones, y
sus ojos salvajes se mueven como los del perro rabioso que vive en el
apartamento debajo de nosotros.
El mundo fuera de la ventana de nuestro apartamento está cubierto de
nieve. En la ciudad hay sirenas a toda hora, compitiendo con el canto de los
pájaros a primera hora de la mañana y el rumor de los camiones de reparto
nocturnos que llevan a la tienda de delicatessen en la planta baja. El niño
quiere salir y jugar en la nieve más que nada, pero el hombre lo ha prohibido.
Le dice al niño que tiene que quedarse adentro, caliente junto al fuego, o
habrá problemas.
Al chico no le gusta hacer enojar al hombre, y por eso hace lo que le dicen.
El hombre ahora deja al niño solo en el apartamento. Él va solo al parque, y
el niño está triste. Extraña caminar debajo de los árboles, observar a los
pájaros y obtener algodón de azúcar cuando hace feliz al hombre.
Al final de la semana, el hombre abre la puerta de la caja y dice que está
llevando a Archer al parque. Archer no quiere ir. El niño pelirrojo está
pateando y gritando, y el hombre lo hiere y lo hace dormir.
El niño mira por la ventana mientras el hombre lleva a Archer por los
escalones hasta el edificio y lo coloca en la parte trasera de la camioneta,
lamentado que el hombre eligiera al otro niño. ¿Por qué Archer debería ir al
parque? ¿No ha hecho el niño todo lo que se le ha pedido?
El niño sabe dónde el hombre guarda una llave de la puerta principal.
Una llave secreta, escondida en una lata en el armario, detrás de los
espaguetis secos y el pan de moldeo. Decidido a salir, toma la llave y hace su
plan. Una hora para jugar en la nieve. No hay nada peligroso en eso.
El sueño conjurado se convierte rápidamente en una realidad. Afuera, el
mundo es blanco, extraño y maravilloso, y el frío helado del viento en su piel
hace que el niño sienta que está cobrando vida. El niño corre y se desliza y
patina y grita. Se asegura de estar dentro mucho antes de que la furgoneta
se detenga fuera del edificio, y el hombre vuelve corriendo al apartamento.
Solo.
El chico se pregunta a dónde ha ido Archer.
El hombre no le dice. Agarra al niño por la garganta y golpea su cabeza
contra la pared.
—¿Pensaste que no lo sabría? ¿Pensaste que no me enteraría? Esa perra
loca de abajo me contó lo que estabas haciendo, corriendo por ahí sin zapatos.
La viste, ¿verdad? Le hablaste.
El niño niega ambas cosas.
—¡Mentiras! Putas mentiras. Todo lo que haces es mentir. —El hombre
se enfurece. Arrastra al niño a la sala de estar y le abre la boca, metiendo los
dedos dentro.
Es difícil pellizcar la lengua del niño, pero el hombre se las arregla al
final.
El filo de la cuchilla no es tan afilado como podría serlo, pero el hombre
se conforma con las herramientas a su disposición.
—No puedes decir ninguna mentira si no puedes hablar en absoluto
ahora, ¿verdad? —Escupe el hombre.
El dolor es furioso e implacable.
Cuando el hombre termina y la tarea está completa, el hombre arroja la
carne al fuego. Él hace que el niño mire mientras se quema.
Zara
—¿Vi lo que hizo? Eso no tiene sentido. Nunca he conocido a Lazlo.
Nunca lo he visto. No tengo ni la menor idea de cómo luce.
Garrett se encoge de hombros.
Lo harías, si lo vieras. Nadie nunca lo olvida.

Quiero que se explique. Quiero más información. Quiero... mierda,


quiero enfrentar a Lazlo en persona y obtener estas respuestas directamente
de él. Más que nada, quiero encontrar a Pasha. No quería que yo fuera con
él para encontrar a la mierda asesina porque estaba preocupado por mí.
Bueno, yo también estoy preocupada por él. Nunca deberíamos haber vuelto
aquí al Bakersfield. Ni siquiera sé por qué le dije a Garrett que nos trajera
de vuelta aquí. Tenía sentido en ese momento, ¿pero ahora? Ahora es el
momento de enfrentar esto de frente.
—Levántate, Garrett. Me llevarás a él.
Los ojos de Garrett se abren. Sacude la cabeza.
»Sí, lo harás. Me llevarás con él y luego me ayudarás a detenerlo.
Por un segundo, solo me mira fijamente. Luego echa la cabeza hacia
atrás y se ríe. Un sonido profundo, gutural y gárgaras, inunda el
apartamento, y estoy anclada al lugar, sin aliento y desconsolada cuando
veo dentro de la boca de Garrett.
No tiene lengua.
El bulbo de carne en la parte posterior de su boca es horrible, y
obviamente no es lo suficientemente largo como para permitirle hablar. Lo
más preocupante es que el muñón es desigual, retorcido, como si el resto
del músculo hubiera sido cortado. Esta es la razón por la que Garrett es
silencioso. Jadeo, y Garrett deja de reírse, cerrando la boca. Sus mejillas se
tiñen de vergüenza y, a pesar de todo, a pesar del hecho de que tiró a Sarah
en la parte trasera de una camioneta y se la entregó a un psicópata, lamento
haber reaccionado tan descaradamente a su desfiguración.
Pongo mis rasgos en una expresión neutral y tranquila y hago algo
realmente estúpido: bajo el arma de Seo-Jun.
—Él te hizo eso, ¿verdad? —pregunto.
Garrett mira hacia otro lado, fuera de la ventana, los músculos de su
mandíbula se tensan.
»Garrett. Vamos. Los amigos no son debilidad. Sé que no crees eso.
Podrías haberme lastimado muchas veces en los últimos tres años, pero no
lo hiciste. Has hecho lo contrario, de hecho. Me has cuidado. Me protegiste.
Si no me consideraras una amiga, no lo habrías hecho.
Sin mirar, Garrett toma la pizarra blanca y el marcador y sostiene los
dos artículos en su regazo. Todavía está mirando por la ventana, pero su
mente está trabajando furiosamente, puedo verlo. En la superficie, es un
lago inmóvil y plano. Debajo de la superficie, está hecho un torbellino de
confusión agitado e hirviente.
—Garrett, por favor. No sé toda la historia, pero sí sé esto. No le debes
nada a ese hombre. ¿Te gusta que haya lastimado a ese niño? ¿Te gusta que
te haya hecho secuestrar a Sarah? Ella te prepara la cena todos los
domingos, Garrett, al igual que ella cocina para mí. Es un buen ser humano.
Se preocupa por ti. Te ama. ¿Quieres que muera?
Entonces explota, su rostro torcido en un rictus de rabia y dolor. En
un segundo, sostiene el pizarrón blanco, y al siguiente, corre a través de la
habitación y golpea la pared, dañando el yeso antes de que caiga al suelo.
Garrett está jadeando, con los ojos ardiendo de ira. Por primera vez desde
que me di cuenta de que fue Garrett quien se llevó a Sarah, desde que lo
encontré en el autobús, le tengo miedo.
Levanto el arma de nuevo, apuntando a su cara, tratando de no
temblar.
—Solo llévame a él, Garrett. Por favor. Si te preocupas por mí, si te
preocupas por Sarah o por hacer lo correcto, entonces levántate y sal de
aquí conmigo ahora. No es demasiado tarde. Podemos arreglar esto. Juro
que lo resolveremos.
Garrett tiene una mirada oscura y ominosa mientras se levanta
lentamente.
***

El aire está lleno de nieve cuando Garrett se dirige hacia la camioneta.


Un tiquete de estacionamiento sobresale de debajo del limpiaparabrisas; lo
arranca y lo arroja al suelo, luego desbloquea el vehículo y me da una mirada
significativa antes de abrir la puerta. Puedo leerla: ¿Estás segura de que
quieres hacer esto? Es una idea jodidamente mala.
A modo de respuesta, me subo al asiento del pasajero y cierro la puerta
detrás de mí. Nos sentamos en un silencio tenso mientras Garrett nos
conduce a través de la ciudad. Gracias a la nieve, solo hay unos pocos autos
en las carreteras, y el tráfico es inexistente. Llegamos en un tiempo
excelente, aunque los veinte minutos que transcurren entre salir de
Bakersfield y detenerse junto a la entrada de la antigua estación de metro
de Rochester son dolorosos, como mínimo. No puedo sacar de mi cabeza la
imagen de su lengua arruinada. No puedo dejar de imaginarme cómo
demonios sucedió. Tampoco puedo evitar preguntarme cuánta gente Garrett
ha herido a lo largo de los años porque Lazlo le dijo que lo hiciera.
No puede ser la primera vez que esto ha sucedido. Según Pasha, Lazlo
está en sus sesenta años, y la enfermedad insidiosa y vil que lo aflige no
aparece repentinamente. Es probable que siempre la haya llevado con él, lo
que significa que es probable que haya una cadena de vidas que el bastardo
ha arruinado a lo largo de los años. ¿Qué papel ha jugado Garrett en la
destrucción que Lazlo ha hecho? En este momento, todo lo que sé es que él
es el responsable en obligar a Sarah a colocarse en la parte posterior del
Sprinter y llevarla a Lazlo, pero ¿Lazlo le ha asignado tareas mucho más
oscuras en el pasado? ¿Garrett ha abusado o asaltado a alguien de la misma
manera que su maestro? ¿Ha lastimado seriamente a la gente? ¿Ha matado?
Estoy disgustada y furiosa, y más que un poco asustada, pero de
alguna manera parece que no puedo imaginarme eso. Hay una suavidad en
Garrett que es difícil de fingir. Mi amistad con él ha sido una mentira. Los
últimos tres años han sido un acto. Obviamente, no lo conozco como creía,
pero me es imposible aceptar que sea capaz de tanta violencia. Cuando nos
acercamos a la intersección de Cross Street y Delongpre, Garrett corta por
una calle lateral y mi estómago da un vuelco. He mantenido mi arma en mi
mano todo el camino hasta aquí, pero la he mantenido apoyada en mi
regazo, sin soltarla. Ahora sostengo el arma y la apunto hacia él, con la
adrenalina corriendo por mi cuerpo.
—¿Qué estás haciendo? ¿A dónde me llevas? —siseo. Mis manos están
temblando. La pistola se siente pesada e inestable cuando la apunto hacia
su sien. Garrett resopla. No hemos traído la pizarra blanca con nosotros, e
incluso si lo hubiéramos hecho, no sería capaz de anotar a dónde me
llevaba. Me frunce el ceño por el rabillo del ojo, sacudiendo la cabeza, luego
sacudiendo la barbilla hacia delante, fuera del parabrisas, gruñendo.
Debería haberme llevado directamente a la entrada que conduce a la
estación de metro abandonada, pero en su lugar, conduce quinientos metros
por la calle lateral y detiene la camioneta, estacionándola frente a una
librería antigua.
Apaga el motor y saca la llave de la ignición, sosteniéndola pellizcada
entre los dedos de su mano derecha. Gruñe de nuevo, ofreciéndomelas,
rodando los ojos cuando no las tomo de inmediato. Las acepto al final, sin
embargo. Le insistí que me trajera aquí. Lo que realmente dije,
específicamente, fue que quería que me llevara a Lazlo. Señala por el
parabrisas, hacia la calle, haciendo un sonido de frustración, y me da la
impresión de que eso es exactamente lo que está tratando de hacer.
Mierda, debería solo llamar al Detective Holmes. No tengo idea de lo
que estoy haciendo aquí. Probablemente estoy caminando hacia algún tipo
de trampa. Sin embargo, llevaría mucho tiempo tratar de explicarle todo esto
al detective. Ha pasado demasiado. Hay demasiadas piezas en movimiento
para esta cosa ahora. Tendría que repasar todo tres o cuatro veces antes de
que comprendiera la información, y luego tomaría horas obtener el visto
bueno de sus superiores y conseguir traer una unidad de fuerza especial
aquí. Para entonces, Dios sabe lo que podría pasarles a Pasha y a Sarah.
Simplemente no hay tiempo para nada de eso. Con cuidado, recojo la
mochila del suelo y deslizo la correa sobre mi hombro, colocándola en mi
espalda.
—Lo digo en serio, Garrett. —Lleno mi voz con la mayor seriedad que
me es posible—. No me importa que estemos en los barrios bajos. No me
importa que sea la mitad del maldito día. No me importa que termine yendo
a la cárcel por el resto de mi vida. Te dispararé si intentas joderme.
¿Entiendes? ¿Estamos en la misma página?
Garrett solo me mira fijamente. Tengo la sensación de que no está
considerando la amenaza que acabo de hacer contra su vida. Se ve distraído.
Preocupado, incluso. Un poco consternado. Lentamente, él asiente.
Ambos salimos del Sprinter y el viento frío me atraviesa como un
cuchillo. Sin embargo, el clima es la menor de mis preocupaciones. Deslizo
la pistola en el bolsillo de mi chaqueta, advirtiéndole silenciosamente con
una mirada hostil a Garrett que se comporte. Él tiene que saber que soy
seria. Debe poder verlo en mis ojos, pero no parece ni siquiera un poco
preocupado. Asiente con la cabeza hacia la izquierda, haciéndome un gesto
para que lo siga, y lo hago.
Dos segundos después, me está guiando por otro callejón lateral, lleno
de basureros desbordados, y mi pulso se está acelerando de nuevo. El
callejón apesta a orina y comida podrida. Lucho contra las ganas de vomitar
mientras Garrett, aparentemente inmune al rancio olor, sigue avanzando en
el callejón.
—Garrett, en serio, ¿qué demonios? —Aprieto mi agarre en el mango
de la pistola dentro de mi bolsillo, colocando mi dedo en el gatillo. La acción
calma un poco mis nervios, incluso aunque estoy temblando desde la
coronilla hasta las plantas de los pies. Esto no es bueno. Esto
realmente, realmente no es bueno. Garrett finalmente se detiene y se gira
para mirarme, sus ojos duros y distantes mientras señala una tapa de
alcantarilla a sus pies.
»¿Quieres llevarme ahí abajo? —Mi voz está llena de incredulidad. Él
asiente, luego se agacha sacando una gran pieza de metal en forma de T de
su bolsillo que luce como una llave hexagonal. Desliza el extremo en un
pequeño agujero en la parte superior de la tapa, y presiona hacia abajo, gira
y luego levanta el pesado disco redondo de metal oxidado del suelo.
Nop.
De ninguna manera.
De ninguna maldita manera voy a bajar por ese agujero en el suelo. Lo
que debo hacer es meter el cañón de esta pistola en la base de la columna
de Garrett y hacer que me lleve a la escalera en Cross Street. Al menos así
sabré qué esperar si bajamos por ese lado. Este agujero oscuro en el que
Garrett obviamente quiere que descienda es algo desconocido. Dios sabe lo
que hay ahí abajo esperándome.
Garrett rueda los ojos con impaciencia. Mete la mano en su bolsillo, y
casi pierdo la calma. Sosteniendo el arma, trago saliva, observándolo como
un halcón mientras saca una delgada linterna de su bolsillo y la sostiene en
alto para que la vea.
Sus rasgos están dispuestos en una expresión casi divertida. Por el
entretenido resuello de risa que suelta por la nariz, piensa que es gracioso
que no confíe en él. Que sospeche de él. Pero no soy una maldita imbécil.
Hace dos semanas, habría confiado en él implícitamente. Habría confiado
en él para que me cubriera la espalda si me encontraba en una situación
peligrosa. Ahora me estoy dando cuenta de que no es la persona que creí
que era, y es la causa del peligro en el que me encuentro.
Garrett se señala a sí mismo y luego señala directamente al agujero,
encogiéndose de hombros. Quiere saber si debería bajar primero, o si quiero
hacerlo yo, y por un segundo, estoy paralizada por la indecisión. Si bajo
primero, entonces quién sabe a qué tipo de tormenta de mierda caeré
cuando llegue al fondo. También hay muchas posibilidades de que Garrett
corra en el momento en que baje por la alcantarilla.
Si él va primero, entonces podría intentar atraparme mientras bajo por
la escalera. Fácilmente podría superarme y arrebatarme el arma. ¿Y
entonces qué? Estaríamos en un agujero negro muy profundo, oscuro y solo,
sin nadie que acuda en mi ayuda si él decidiera atacarme. Mierda, toda esta
situación está tan jodida. Básicamente estoy jodida sin importar lo que
decida.
Me armo de valor, rezando al universo que esté tomando la decisión
correcta mientras sacudo un extremo de la pistola hacia el agujero en el
suelo y digo:
—Hazlo. Tú primero. Pero ayúdame, Garrett, estoy nerviosa como el
infierno ahora mismo, y si intentas algo estúpido, probablemente termine
descargando esta cosa en tu cara. No quiero hacer eso. Estoy segura de que
tú tampoco quieres que haga eso. Así que sin movimientos bruscos.
Su diversión solo parece crecer mientras sujeta el mango de la linterna
entre los dientes y comienza a descender por el agujero hacia el sistema de
alcantarillado debajo. Mis piernas se sienten como gelatina cuando me
aferro a la escalera y comienzo a bajar un peldaño a la vez, rezando que las
suelas de mis zapatos no se deslicen en el metal resbaladizo y helado.
Mantengo mis ojos clavados en la parte superior de la cabeza de Garrett todo
el camino hacia abajo. Cuando él toca el suelo, espero que intente tirar de
algo. Que haga exactamente lo que le advertí que no hiciera, pero no lo hace.
Da un paso hacia atrás, sosteniendo la linterna hacia arriba y dándome
espacio para que pueda saltar desde el peldaño inferior.
Me dispara una sonrisa sarcástica que dice: “Mira. Nada de qué
preocuparse”. Me siento como si tuviera ganas de lanzarme contra el chico
e intentar sacarle los ojos. En el transcurso de mi vida adulta, no he dejado
entrar a muchas personas. Me ha resultado difícil confiar en las personas.
Incluso más aceptarlos como amigos. El hecho de que Garrett nunca
hablara no me importaba. Nunca fue un factor en nuestra relación. Él era
amable y bueno, y cuidaba de mí. Durante los últimos tres años he sabido,
sin la menor sombra de duda, que él estaría ahí para mí si lo necesitara.
Eso me hizo sentir segura. Él me hizo sentir segura.
Su traición, esta horrible, desagradable y desgarradora traición, me ha
cortado hasta el fondo. No creo que alguna vez pueda recuperarme de eso.
He estado enojada desde que me di cuenta de que él fue quien se llevó a
Sarah, pero esa ira ahora ha disminuido. Se desvaneció rápidamente,
reemplazada por un dolor tan profundo que siento como si me estuviera
ahogando, sofocándome en él, y no importa cuánto lo intente, parece que no
puedo respirar.
Garrett debe ver algo en mi rostro que traiciona mis emociones, porque
su sonrisa se desvanece rápidamente.
—Continuemos. Acabemos con esto —digo, ignorando la opresión en
mi pecho. Él baja su mirada, asintiendo como para sí mismo, y luego se gira,
apuntando el rayo de luz hacia la derecha, usándolo para indicar cuál
camino estaremos siguiendo. Se pone en marcha, y el sonido de sus pisadas
resuena en mis oídos mientras lo sigo.
No estamos en un sistema de alcantarillado después de todo. Es un
túnel de acceso que serpentea hacia abajo y a la derecha. Garrett hace una
serie de giros, y me mantengo cerca de él, consciente de que sin esa linterna
suya, seré tragada por una oscuridad absoluta. Con bastante rapidez, un
zumbido bajo llena el aire y, a medida que avanzamos por el túnel de acceso,
el sonido se hace más fuerte hasta que puedo sentirlo en mis huesos y bajo
las plantas de mis pies. Parece que esté sacudiendo las mismísimas paredes
mientras Garrett toma otro giro a la derecha y llegamos a una pesada puerta
de acero.
Garret desliza su mano en su bolsillo y saca una llave. Rápidamente,
desbloquea la puerta y la abre. Del otro lado, un largo y estrecho corredor
nos esperaba. A diferencia del corredor de acceso, este túnel está iluminado.
A intervalos regulares a lo largo de la pared, el amarillo tenue de las luces
de emergencia emitía el suficiente brillo para iluminar los azulejos blancos
de las paredes y el techo bajo por encima.
Garret apaga la linterna y la desliza de vuelta en su bolsillo, luego se
desplaza por el pasillo sin una mirada hacia atrás sobre su hombro. Me
siento como una jodida idiota apuntando el arma a la parte posterior de su
cabeza mientras voy tras de él. No ha levantado ni un dedo para tratar de
quitármela. Ni siquiera ha realmente mirado a la cosa, como si no hiciera
absolutamente ninguna diferencia para él si la tengo en mis manos o no. No
ha tratado de correr. No ha intentado sobreponerse sobre mí, pero no me
arriesgo.
Mi corazón palpita a tiempo con el oscilante, sonido de pulsación que
ahora inunda el corredor, vibrando en mis oídos. Crece más y más alto a
medida que nos acercamos a una puerta verde del ejército al final del pasillo.
Aquí, Garret se detiene y me mira con tristeza. Él es cauteloso ahora, lo que
solo me preocupa más. Era bastante claro, está preocupado de lo que hay
al otro lado de esa puerta. Se estremece cuando mira hacia la manecilla y
luego de nuevo hacia mí, y mis entrañas empiezan a enrollarse.
Esto va a ser malo. Esto va a ser más de lo que pueda soportar. Si
Sarah está al otro lado de esta puerta y está lastimada, si está con dolor o
si está sangrando o, Dios, peor, si está muerta, entonces no sé qué demonios
voy a hacer. Una cosa es segura: Garret piensa que voy a reaccionar mal a
lo que sea que encuentre, y eso en sí es motivo de preocupación.
Respirando profundamente, agarro el arma, mis palmas resbaladizas
con sudor, y gruño las palabras que probablemente van a romperme por
siempre.
—Abre la maldita puerta, Garrett. Lo juro por Dios.
Mirando sus llaves y seleccionando la correcta, Garrett la desliza en la
cerradura y la gira. Su mano se cierne en la manecilla. Él vacila, sus ojos
suplicándome, y la tensión y frustración que había estado construyendo en
mí por los últimos minutos crece a niveles imposibles.
—Voy a soltar mi mierda si no giras esa manecilla —suelto.
El sonido metálico de rasgueo aumenta cuando Garrett abre la puerta
y la empuja. El sonido es ensordecedor. Por un segundo, el asalto del ruido
en sí es casi demasiado, pero luego parece hundirse y disminuir,
nivelándose a un volumen manejable. La habitación más allá es vasta, llena
de grandes jaulas de metal, con paneles de acero pintados de verde que
ocultan la cubierta dentro de lo que solo puedo asumir es una especie de
equipamiento eléctrico.
El lugar completo zumba con electricidad, de hecho. El aire parece
cargado de eso, y mi piel se eriza a medida que entro en la habitación,
explorando de izquierda a derecha, evaluando cada centímetro cuadrado del
lugar. El suelo está compuesto de acero rallado. Mis pisadas producen un
sonido metálico y de resonancia sobre el batido y repiqueteo de los equipos
de la subestación. Porque esto es, había decidido: una subestación eléctrica,
bajo tierra, debajo de Rochester Park. Estamos tan cerca de la línea de tren
abandonada que ya sabía que estos túneles debían conectarse con él de
alguna manera u otra.
Casi salto de mi maldita piel cuando Garrett coloca una mano
delicadamente en mi hombro. Me había permitido distraerme y no noté que
él se había detenido a mi lado. Giro, moviendo el arma en su dirección, e
inmediatamente retrocede, poniendo sus manos en el aire. Sin embargo,
todavía no lucía preocupado. De todas maneras, no parece que estuviera
realmente preocupado si le disparara. Apuntando su dedo índice a la
izquierda, indica que ambos debemos girar en esa dirección. Luego voltea
su cuerpo de lado a lado, deslizándose entre dos jaulas enormes de metal
que obstruían nuestro camino.
Dios, esto es tan jodidamente enfermo. Esto es el Premio Darwin al
nivel de la estupidez en su máxima expresión aquí, pero no tengo otra
opción. Voy tras él, y un pico de claustrofobia me golpea cuando siento las
jaulas presionando en ambos lados. A cuatro pasos delante de mí, Garrett
gira a la derecha al final de la primera jaula, y por un momento, no puedo
verlo. Me lanzo hasta el final de la jaula y giro, entonces…
…y entonces me detengo.
¿Qué carajo? Estamos en una especie de abertura, un espacio
cuadrado vacío creado por una enorme masa de maquinaria alrededor de
nosotros, y en el medio del espacio, un pilar alto de concreto sale del suelo.
Allí, al pie del pilar, acurrucado en una pequeña y lamentable bola, usando
nada más que un par de calzoncillos sucios y cubierto de un mosaico de
moretones, se encuentra un pequeño niño.
Está azul por el frío. Su cabeza está apoyada contra el pilar, sus ojos
cerrados. Me toma un segundo darme cuenta de que está dormido. Solo Dios
sabe cómo se las ha arreglado para dormirse con el ruido ensordecedor de
todos los equipos rodeándolo. Sus uñas están sucias, y sus pequeñas manos
están cubiertas de sangre. Ambas rodillas están raspadas, y una gran herida
corre desde su sien hasta su oreja derecha.
Mi corazón se detiene en mi pecho. Me olvido del arma en mis manos.
Me olvido del hombre traidor parado a menos de medio metro de mí. Me
olvido de cómo jodidamente respirar mientras el niño se despierta
sobresaltado y se gira para enfrentarnos, y de repente, me encuentro
mirando fijamente el rostro del pequeño niño que estaba enyesado en todos
los periódicos.
Increíble…
Imposible…
…es Corey Petrov.
Él me mira, y un miedo desgarrador se enciende en sus ojos. Me
agacho, abriendo mis brazos hacia él, todavía completa y jodidamente
pasmada, pero cuando el pequeño niño se pone de pie, se lanza a los brazos
de Garret, no a los míos.
—¿Quién es ella? —susurra—. ¿Me va a devolver? ¡No dejes que me
lleve de vuelta!
Garret niega con la cabeza, levantando al niño a su cadera. Corey
entierra su rostro en la chaqueta de Garrett, y siento como si una bomba
nuclear acabara de salir de mi cabeza.
—No. No. No dejes que me regrese allí. —Corey gime. Está temblando,
está tan aterrorizado. Garrett acuna la parte posterior de la cabeza del niño,
haciendo un sonido confuso y calmante. Se inclina para que el niño pueda
verlo y niega con la cabeza de nuevo. Esta vez duro.
Corey se asoma sobre su hombro hacia mí, estremeciéndose cuando
doy un paso hacia él.
—No voy a lastimarte, Corey, lo prometo. Hablamos por teléfono,
¿recuerdas? —digo tranquilamente—. Cuando… cuando tu hermano estaba
enfermo, y… el hombre malo vino.
Corey no dijo nada. Solo me mira fijamente, ojos marrón oscuro llenos
de temor y sospecha.
»¿Quieres venir hacia mí, cariño? —Abro mis manos, indicando que
puedo sostenerlo, si quiere que lo haga.
Él se aferra a Garrett, gimiendo de nuevo.
—¡No! No, él es mi amigo. Me escondió del hombre malo. Le dijo que me
había ido.
Miro a Garrett y encuentro los ojos del hombre brillando de dolor y
remordimiento.
—¿Tú hiciste eso? ¿Lo escondiste de Lazlo?
Garrett asiente, mirando hacia el niño, y veo mucho dolor en él. Tantas
emociones, ningunas de las cuales son siquiera cercanas a lo malicioso y al
sadismo. Todo… maldita sea, todo se había vuelto mucho más complicado.
De nuevo.
Maldito infierno.
Meto el arma en la parte posterior de mis pantalones, y le extendí la
mochila de condenas a Garrett. Será mejor que esté haciendo la llamada
decisión, aquí. Si no es así, no nunca me lo voy a perdonar.
—Aquí. Toma esto. Hay todo tipo de mierdas ahí. Úsalas si necesitas
defenderte. Me voy a quedar con el arma. Muéstrame dónde está Lazlo y
vete. Llévate al niño de aquí. Por amor a Dios, solo llévalo a un lugar seguro.
Pasha
Lazlo lleva aquí mucho tiempo. Él conoce este lugar como el dorso de
su mano, pero mientras estaba despotricando, contando su historia como
el maldito narcisista que es, yo también me estaba familiarizando con el
lugar. Memorizando el diseño. Tomando medidas. Construyendo un modelo
de la habitación dentro de mi propia mente.
Cuando se apagan las luces del techo, aterrizo sobre mis pies, ya
moviéndome, volando por la habitación, levantando la llave por encima de
mi cabeza y derribándola en la torre de la computadora que está sentada en
el escritorio frente a las pantallas de televisión.
—¡NOOOO! ¡Pasha, no! —grita Lazlo.
Un disparo suena, ensordecedoramente fuerte en la pequeña
habitación. El fogonazo es demasiado rápido para verlo, pero se quema en
mis retinas. En su ira y pánico, el objetivo de Lazlo es amplio. La bala rompe
la pantalla del televisor a la derecha de mi cabeza, justo cuando todo el
banco de pantallas parpadea y luego se apaga.
Ahora, una verdadera y absoluta oscuridad cubre la habitación.
La oscuridad es mi casa. Me siento cómodo en ella de una manera que
la mayoría de las personas no lo está. Mi conciencia espacial también es
insuperable, lo que me da una ventaja mientras corro de vuelta a través de
la habitación, apresurándome, no al lugar donde vi a Lazlo por última vez,
sino al lugar donde Sarah estaba sentada hace unos segundos.
—¿De verdad crees que fue un buen plan? —gruñe Lazlo.
Otro disparo, el sonido envía una descarga de adrenalina pulsando a
través de mi cuerpo. Esta vez, el destello del cañón imprime una única
instantánea de la habitación en la parte posterior de mis retinas. Lazlo está
apuntando con su arma a la escalera que conduce al túnel, con el brazo
extendido, como si pensara que solo lo cegué temporalmente para poder
escapar. Claramente, él no me conoce tan bien como cree que lo hace,
imbécil ese. El destello de luz se ha ido antes de que él pueda volverse y ver
dónde estoy. Sin embargo, me dejo llevar cuando coloco mis manos en la
parte superior de los brazos de Sarah. Ella grita a través de su máscara, su
terror se apodera de ella, y tengo que moverme rápidamente.
La necesito fuera del camino. Necesito asegurarme de que no se
lastime. Las piernas de la silla gritan cuando la arrastro hacia mi derecha,
usando cada gramo de mi fuerza para empujar a mi tía, todavía sujeta a la
silla, contra la pared, metiéndola entre un archivador y un gran conjunto de
estantes. Ella gime mientras rápidamente me agacho y busco a tientas,
tratando de ver si los brazos de la silla están sueltos. Lo suficientemente
como para que los arranque, uno a la vez, liberando sus manos por lo
menos. Pero son de metal, una pieza sólida que se extiende hasta el respaldo
de la silla y luego hacia el piso, formando una de las patas.
Mierda.
Algo cae al suelo a unos metros de distancia. Ahí hay una mesa, con
partes de computadora desmanteladas apiladas en la parte superior. Lazlo
debe haber caminado hacia la cosa. Soy sigiloso como un zorro cuando me
vuelvo hacia las pantallas de televisión. No hay sombras aquí abajo. No hay
vagos contornos de formas, ni sugerencias de objetos. Hasta ahora, bajo
tierra y sin ninguna fuente de luz, no hay brillo ambiental que le dé al
entorno figura. Mis ojos se oponen al vacío en blanco, lo que significa que
los ojos de Lazlo probablemente están haciendo lo mismo.
Lo uso para mi ventaja, arrastrándome hacia la mesa con la que Lazlo
acaba de tropezar, y extiendo la mano, siento con mis manos, acariciando
el aire... hasta que encuentro algo. ¿Una longitud de... alambre? Un cable
de algún tipo. Envolviéndolo alrededor de mi mano, recojo algo más también.
Un bolígrafo.
Muerdo mi labio inferior mientras arrojo el lapicero lejos de mi posición
y la de Sarah; hace un fuerte ruido cuando golpea algo, rebota y luego cae
al suelo. Lazlo muerde el anzuelo. La habitación se ilumina cuando dispara
el arma, sonando en mis oídos, y lo veo de pie a dos metros de distancia, se
vuelve hacia mí cuando descarga el arma hacia una pared como un maldito
imbécil.
Es fácil desde allí.
Una zancada corriendo, y estoy detrás de él.
Un rápido agarre, giro y chasquido, y el arma que él sostenía hace un
segundo está en el suelo a nuestros pies.
Media respiración después, y el cable que tomé de la mesa ya no está
enrollado alrededor de mi mano; está envuelto alrededor de la garganta de
Lazlo, y estoy tirando de los extremos, apretando mi agarre. Gorgotea, un
sonido húmedo de arcada llena la habitación mientras se ahoga. Sus
agitadas piernas golpean la mesa, y algo pesado se estrella contra el suelo,
seguido de una serie de sonidos metálicos que tintinean, cimbrando…
tornillos o baleros, o algo similar resonando en el suelo.
—Tú... no puedes... —dice Lazlo.
Me inclino sobre él, apenas capaz de recuperar el aliento por la furia
ardiendo en el centro de mi pecho mientras gruño en su oído:
—¿No? Me parece que sí.
—Ella... morirá...
—Sarah está a salvo.
—No... Sa... rah. Tu… madre.
¿Qué? Dudo. Me está mintiendo. Shelta dejó la caravana esta mañana
en la furgoneta. Probablemente ya esté a mitad de camino a uno de los otros
clanes, ya está planeando lo que les dirá para recuperar su sangre y
volverlos en mi contra. Lazlo no la tiene. De ninguna jodida manera. Tiro del
cable con más fuerza, sintiendo la mordida del cartílago de la garganta de
Lazlo.
—Estás mintiendo.
—Ella… vino… aquí —resuella. Las uñas de sus dedos me rasguñan,
rompiendo la piel debajo de mis manos mientras trata de liberarse—. Ella
trajo… la carta. La… Emperatriz…
Zara arrojó esa carta al rostro de mi madre. Se metió debajo de uno de
los cajones de la sala de reuniones. Si Lazlo la tiene...
Muevo mis dientes juntos, tirando aún más fuerte.
Y qué.
¡Qué mierda!
Si Shelta vino aquí voluntariamente, a un hombre que ella sabe que es
un jodido asesino, y se encontró con problemas hasta el cuello... entonces
se dio cuenta de a lo que vino. Si él la tiene escondida, encerrada bajo tierra
con una cantidad limitada de aire, o la ha enyesado a una maldita pared, o
si la ha enterrado viva y solo tiene minutos de vida, eso es culpa de ella.
Me mintió.
Conspiró contra mí.
Me desterró.
Amenazó con matar a la mujer que amo.
Intentó obligarme a casarme contra mi voluntad.
Trató de jugar conmigo como un maldito peón en su plan para la
dominación total de los Roma.
Es jodidamente malvada.
Puede pudrirse por lo que me importa.
Debería haber cuidado de mí, no haber tratado de lastimarme.
Es mi madre, por el amor de Dios.
Es mi madre.
Mierda…
Ella es mi madre.
Rujo mientras arranco la cuerda de la garganta de Lazlo. Estaba a
segundos de morir. Segundos, y me he detenido. Es una misericordia
temporal; todavía sostengo al bastardo por la parte de atrás de su cuello. Se
desploma sobre sus rodillas, tosiendo y balbuceando, el sonido de su
respiración entrecortada, tartamudeante y salvadora de vida me hace querer
empujar mi puño en la parte posterior de su puta cabeza.
Shelta.
Siempre la maltita Shelta, arruinando las cosas, causando el caos sin
importar a dónde vaya. La odio. Las mentiras; el engaño. Los retorcidos y
odiosos actos, lo odio todo. Pero ella me dio la vida, y le debo una deuda por
eso. La deuda más básica que existe. El derecho a existir.
Lazlo se retira, tosiendo tan fuerte que se levanta, y esta vez me inclino,
envolviendo mi brazo alrededor de esta garganta. Es mejor de esta forma.
Puedo sentir ceder su tráquea cuando comienzo a aplicar presión, cerrando
todo el suministro de aire nuevamente.
—¿Dónde está, Lazlo? ¿Qué mierda has hecho con ella?
El pedazo de mierda me agarra del brazo otra vez, tratando de sacarme
de él. En lugar de responder a la pregunta, el psicópata se ríe.
—Déjame… ir. Libérame, o… ella jodidamente... desaparece.
Pasa un largo segundo. Mierda. Debería dejar que Shelta pague por sus
pecados. Debería simplemente romper el cuello del maldito y salir de aquí
con Sarah, luego quemar las entrañas de este maligno lugar.
Pero no puedo.
Lo suelto, empujándolo al suelo. Seguido de una lucha de pánico,
donde Lazlo busca frenéticamente el arma que tiré de sus manos. Sin
embargo, no lo encuentra. Ya está clavada debajo de la suela de mi bota. La
levanto, corto cartucho y apunto hacia la parte de atrás de la cabeza de
Lazlo...
...justo cuando la habitación explota con luz.
Toma todo un segundo en adaptarme al intenso brillo que inunda la
habitación. Me tapo los ojos, y allí, de pie al pie de la escalera, está Zara.
Está más pálida que Shireen, su piel es de un blanco fantasmal, oscuros y
tumultuosos ojos bajo la brillante y austera luz blanca de una gran luz de
emergencia a su derecha. Ella mira a su alrededor, evaluando la pesadilla
en la que acaba de tropezar, y cuando su mirada se posa en Lazlo, se
congela.
De repente, tiene una pistola en la mano y la apunta directamente al
rostro del hombre.
—¿Tú? —susurra—. ¿Cómo puedes ser tú?
Zara
Archie dijo exactamente las mismas palabras cuando se topó con su
vardo y me encontró poniéndome los calcetines hace veinticuatro horas. Los
robé de él mientras veo al hombre arrodillado a los pies de Pasha, sus manos
extendidas contra el hormigón como si estuviera buscando una lente de
contacto perdido.
Fui transportada en el tiempo, a una iglesia en Nueva York. Estoy
enojada porque mi padre me hizo venir aquí y luego me abandonó en un banco
por mi cuenta. Mis amigos están celebrando después de nuestra graduación,
festejando como animales en los Hamptons, y el último lugar que quiero estar
es aquí. El silencio se asienta sobre mí, y eventualmente hago mi paz con mi
situación. Y luego hay gritos, separando el silencio aparte, y un hombre
emerge de la puerta que conduce a la rectoría.
Camina hacia mí por el pasillo, frotándose las manos en la parte
delantera de sus pantalones, manchando el material con... manchándolo con
sangre. Ni siquiera me mira. No es que lo note. Pero lo miro, sin embargo. Veo
las líneas profundas a cada lado de su boca. Su pelo casi negro y grueso se
ve fuera de lugar en él. Sus hombros hacia atrás, su pecho orgulloso. Su piel
es cetrina y cerosa, y sus hundidos ojos azules son inquietantemente vacíos
mientras mira hacia delante a las puertas de la iglesia.
Ese mismo hombre me está mirando a mí ahora, en el mismo vacío, de
manera vacante mientras se hunde en sus talones, su pecho agitado, y una
retorcida sonrisa contorsiona sus rasgos.
Un sacerdote explota desde el confesionario. La mujer que estaba
escuchando en confesión por gritos mientras ella me pasa a mí hacia mi
padre, suplicando usar un teléfono.
Mi cerebro se cierra mientras recuerdo la siguiente parte: los médicos
llegando y llevándose el cuerpo destrozado, roto y sangriento de la monja
fuera de la rectoría y bajando los escalones de la iglesia, cargándola en la
ambulancia que espera.
El olor cobrizo de la sangre empuja su camino hasta mi nariz mientras
apunto el arma a la figura arrodillada frente a Pasha.
—Hola, cariño —dice—. Por fin, aquí estamos, cara a cara. A la misma
altura. —Tose, frotando la base de su cuello—. Veo que te acuerdas de mí,
¿entonces?
—Violaste a esa mujer. Esa monja. Casi la apuñalaste hasta la muerte.
—Las palabras suenan ajenas a mis oídos. Se sienten desconectadas, como
si ni siquiera salieran de mi propia boca.
El hombre; Lazlo, porque todo es tan jodidamente obvio ahora, sonríe
de la manera más antinatural, de forma extraña; erizándome la piel.
—Te vi sentada allí tan bellamente en esa iglesia, y pensé, esto es el
destino. Un hermoso ángel pelirrojo, sentándose allí tan pacíficamente,
testigo de mi acto divino. Pensé que eras una visión. Pero entonces estabas
en el periódico. Zara Llewelyn, veintitrés años, hija de Stan Llewelyn,
abogado de derecho, y me di cuenta de mi error. Solo eras una mujer con
un hermoso pelo. Dijiste cosas terribles sobre mí en ese periódico, Zara. Me
llamaste con nombres desagradables.
¿Es... es jodidamente en serio? Abro mi boca, y luego la cierro de nuevo,
insegura de cómo reaccionar.
—Tú... violaste... a una... monja —digo, subrayando cada palabra—. Eso
no fue un acto divino. Casi la matas. Esas fueron las acciones de un jodido
monstruo.
Una cruel mueca barre la sonrisa de Lazlo a un lado, contorneando su
rostro y transformándolo en una especie de gárgola oscura y atrofiada.
—Ella no era monja —escupe—. Era una impostora. No sabía lo primero
de San Lucas. Nunca la había visto antes. Conocía a cada una de esas
perras.
—Era una novicia —susurro—. Era joven. Estaba en algún tipo de
intercambio de Canadá.
—Mierda. Sé lo que les dijo a todos, pero mintió. Estaba fingiendo ser
una santa hermana, pero me folló con los ojos. No crees que conozco a una
zorra cuando la veo. Era solo una ordinaria prostituta, faltando al respeto a
la iglesia, disfrazándose en un hábito. Bueno, le mostré algo. Le enseñé una
maldita lección.
—¿Él? ¿Él es el que viste en la iglesia? —La voz de Pasha corta a través
de la neblina caótica que está nublando mi mente, trayendo todo en nítido,
clarísimo enfoque. Hay sangre en sus manos y salpicada por el costado de
su cara. Parece sacudido por la tormenta, su cabello violentamente
desordenado en el extremo, su chaqueta abierta, deslizándose por un brazo.
Sus ojos son más intensos de lo que nunca he visto, ardiendo en mí, lleno
de calor y enojo, sorpresa y preocupación.
—Sí —respondo—. Fue él. Nunca pensé por un segundo…
—Nunca debiste haber dado esa declaración policial —dice Lazlo en voz
cantarina—. Esa fue una mala idea. No soy muy bueno con las
computadoras, pero Garrett, por otro lado... es bastante espectacular. Se
metió en la base de datos de la policía y consiguió tu dirección. Observarte
fue fácil después de eso. Peleaste con tus padres todos los días de la semana.
El ruido llega de un edificio tranquilo, ya sabes. Te oí que les dijiste que
querías irte. Te oí que les dijiste que querías mudarte lo más lejos posible.
»Fue simple, plantando la semilla en tu mente para traerte aquí. Un
volante dirigido a ti en tu buzón de correo “¡Ven a la Impresionante
Spokane!” —Lazlo comienza a reír, a pesar de que termina tosiendo y
carraspeando, tanteándose la base de su cuello de nuevo. Hay una línea
púrpura que comienza a formarse todo el camino alrededor de su garganta.
Puedo adivinar cómo consiguió ese moretón.
»Envié correos electrónicos a tu bandeja de entrada con Spokane en la
barra de temas. Encontré tu expediente académico y que aplicaste al
programa de maestría de la Universidad Gonzaga en tu nombre.
Dondequiera que mirabas, estabas siendo atraída aquí.
¿Qué diablos? No puede ser serio. Mi padre y yo peleábamos como locos
cuando recibí una carta de admisión de Gonzaga. Pensé que él había ido a
mis espaldas, aplicando a la escuela sin mi conocimiento. Lo negó.
“¿Por qué diablos te enviaría al maldito Spokane, Zara? ¿Crees que no
insistiría en que te quedarás aquí en Nueva York si vas a quedarte en la
escuela?” Pero no le había creído. Creía que me estaba tratando de
manipularme para que hiciera lo que pensaba que era mejor en ese
momento. Pero todo el tiempo, ¿fue Lazlo?
—Estás loco. Estás jodidamente loco si crees que me mudé hasta el
otro lado del país porque me atrajiste aquí. No soy tan impresionable.
Lazlo sonríe como el maldito gato Cheshire.
—La mente humana está tan abierta a la sugestión. Incluso los listos,
la gente más inteligente sucumbe a ello. Terminaste justo donde te guié.
Me siento enferma. Este hombre interrumpió mi vida de una manera
tan horrible. Me convertí en despachador porque quería estar allí para
ayudar a otros atrapados en situaciones tan horribles, pero estaba decidida
a no dejar que lo que había hecho alterara mi vida. Quería que fuera mía.
No quería que su violencia o incluso la tragedia de esa pobre monja moldeen
mi futuro. Necesitaba que fuera mía.
¿Y ahora estoy descubriendo que no he estado tomando mis propias
decisiones durante años por culpa de él? ¿Qué he sido influenciada,
controlada y conducida por un camino que podría no haber bajado de otra
manera? No puedo. Simplemente no puedo manejar esto...
—Zara. —Miro hacia arriba, y el rostro guapo de Pasha está sombrío—
. ¿Dónde está Garrett?
—Está con Corey. Lo está llevando a un lugar seguro.
El rostro de Pasha es una imagen de confusión.
—¿Corey?
—Perra delirante —sisea Lazlo—. ¿No lees las noticias? El chico está
muerto. Terminé con él. Garrett se deshizo de él por mí.
Trato de no temblar, pero la ira que se construye dentro de mí se siente
como si estuviera a punto de hervir en cualquier momento, y no seré capaz
de detenerlo.
—¿Lo hizo? Hmm. Acabo de tener una conversación muy interesante
con ese niño. Parece que Garrett es su amigo, y lo ha estado manteniendo
vivo y a salvo, lejos de ti.
—Maldita mentirosa. —Sin embargo, hay un rayo de duda en los ojos
de Lazlo. No puede estar seguro, pero sospecha que podría estar diciendo la
verdad.
—Le cortaste la lengua. Estoy dispuesta a apostar que también le
hiciste cosas mucho peores, ¿verdad? Fue tu primera verdadera
manipulación. Lo has tratado como a un perro toda su vida. Pero deberías
saber, Lazlo... si sigues pateando a un perro, y un día eventualmente se dará
la vuelta y te morderá.
—Él nunca me desobedecería.
—¿Por qué no? Su vida no vale nada para él. Le has hecho daño. Has
tomado todo de él. No le quedaba mucho por perder. Finalmente dijo que ya
era suficiente.
—Él no dijo nada. —La sonrisa de Lazlo es una tajada cruel y
sangrienta en su rostro—. Me encargué de eso. —Se encoge de hombros—.
Si él se ha ido, que así sea. El hombre está roto. Él no sobrevivirá sin mí.
Doy un paso adelante, preparándome. No estaba preparada para la
necesidad vengativa que me atrae ahora, exigiendo que pague por todo lo
que ha hecho. He pensado en esto durante días, si seré lo suficientemente
fuerte para hacer lo que se debe hacer cuando llegue el momento. Ahora que
estamos aquí y ese momento está sobre nosotros, yo... creo que puedo.
—Zara, espera. Tiene a Shelta.
Parpadeo, mirando a Pasha.
—¿Cómo?
—Ella salió del campamento y vino aquí, para encontrarlo.
—¿Por qué mierda haría eso?
Lazlo me mira de reojo.
—Ella desterró a su propia hermana por atarse a un gadje, pero ¿no
echó al gadje en cuestión? ¿Ni siquiera le dijo a nadie quién era él? No tiene
sentido, ¿verdad?
Una sospecha podrida y asquerosa comienza a roerme. Oh Dios. No,
por el amor de Dios, no. Es impensable. Ni siquiera Shelta haría algo tan vil.
—Ahí está —dice Lazlo, riendo sombríamente—. Te dije que era una
chica inteligente.
Pasha golpea al hombre en la parte posterior de su cabeza con su arma.
—No más juegos, imbécil. Solo escúpelo ya.
—Está enamorada de él —murmuro—. Estaba celosa. Por eso echó a
Sarah del clan. Por eso estaba tan indignada por las acusaciones que hiciste
contra él, por qué lo defendió, lo ayudó a recuperarse después de que lo
apuñalaste, Pasha. Es por eso que enloqueció y se quedó con la foto de Corey
que llevé a su tienda esa noche. Ella te la trajo, ¿verdad? —digo a Lazlo—.
Quería que le dijeras que no estabas involucrado en la desaparición del niño.
—Algunas mujeres creerán lo que quieran escuchar —admite Lazlo.
La repulsión de Pasha es clara como el día. Él retrocede, con
consternación escrita en toda su cara.
—No lo haría. Ella no tenía nada que ver contigo.
—Yo no quería tener nada que ver con ella, pero fue bastante
persistente. Me di cuenta de que cultivar una alianza con la esposa del rey
sería útil después de un tiempo. Especialmente una vez que el rey muriera.
—No le hiciste daño a mi padre —susurra Pasha.
—Mmm. El veneno es una cosa notable. Hay tantas toxinas que harán
que el corazón se detenga. Y no es como si su gente pudiera llamar a un
médico para una autopsia. Si se ve como un pato, y suena como un pato,
entonces es un puto pato. Tu padre cayó sobre la mesa, agarrando su pecho.
Parecía que su corazón estaba fallando en su pecho, así que eso es lo que
todos creyeron.
Pasha baja su arma. La misma encarnación de un tsunami, es el
océano que se aleja de la costa, exponiendo los huesos desnudos a su dolor
en un momento. En el siguiente es una ola furiosa, avanzando a velocidades
vertiginosas, destruyendo todo a su paso.
No lo detengo.
Pasha lleva el arma golpeando la parte posterior de la cabeza de Lazlo,
y una ráfaga de gotas de sangre impregnan en el aire. El hombre grita,
soltando un jadeo de dolor sin palabras mientras cae hacia adelante. En
cuatro patas, intenta alejarse... pero Pasha no está dispuesto a permitir eso.
Agarra con su mano un puñado de cabello oscuro de Lazlo y lo detiene en
seco, luego vuelve a colocar el arma en la parte superior del cráneo de Lazlo
con una grieta enfermiza.
—Imbécil enfermo —gruñe—. Pedazo de mierda enferma y retorcida.
¿Mi abuelo y mi padre? ¿Por qué? ¿POR QUÉ ÉL TAMBIÉN? —Lazlo se
desploma en el suelo. Pasha lo agarra por la parte de atrás de la camisa y lo
gira, luego lo agarra de su cuello, suspendiéndolo tres varios centímetros
del suelo—. ¡Responde a la puta pregunta!
Los ojos de Lazlo están desenfocados. Sus dientes están teñidos de rojo
brillante con sangre.
—Porque hice una promesa. Después de que Calliope muriera, juré...
—¿Juraste qué?
—Que ningún rey Rivin podría... sobrevivir. Que cada... uno... de
ustedes pagaría...
Pasha libera su agarre en la camisa del hombre. Se toma un momento
para mirar al hombre que le ha causado tanto dolor, que me ha causado
tanto dolor, y todo lo que puedo ver es el disgusto en sus ojos.
—¿Es por eso que querías que aceptara la corona? ¿Así podrías marcar
la casilla y asumir un rol, para que pudieras cumplir tu pequeño juramento?
—Iba a dejarte vivir. Pero luego metiste la nariz en donde no debías.
Interferiste en mi trabajo.
Un gemido ahogado interrumpe su intercambio. Jesús... hay alguien
detrás de mí. Me doy vuelta, asustada. Estoy lista para apretar el gatillo,
segundos después de hacerlo, pero luego veo la melena del cabello rubio y
me detengo.
Oh Dios mío…
Santa mierda, ¿esa es...? ¡Es Sarah!
Cuando las luces volvieron a encenderse, vi a Lazlo y todo lo demás
simplemente se cayó. No he mirado a ninguna parte, excepto a él y a Pasha,
parado sobre él, golpeándolo como un hombre poseído. Mi amiga está atada
a una silla, se desplomó, su cuerpo encajado entre un armario y un estante,
casi completamente fuera de la vista. Retengo un grito de alivio mientras
corro hacia ella, olvidando momentáneamente a los dos hombres detrás de
mí.
—Oh, Dios, Sarah. Sarah, está bien. Soy yo. Es Zara. No te preocupes,
te sacaremos de aquí en poco tiempo, te lo prometo, yo... —Mis palabras
mueren en mis labios cuando levanta la cabeza, su cabello se aparta de su
cara, y veo a la horrible, máscara de bordes ásperos que le cubre el rostro.
Sus ojos cerrados son la única parte de ella que puedo ver; los abre
débilmente, sus párpados se cierran, y se encuentra con mi mirada. Santo
cristo. Un fuerte sollozo sale de mi boca. ¿Qué le ha hecho? Con manos
temblorosas, toco con mis dedos el borde de la máscara, intentando quitarla
con cuidado.
Sarah grita de dolor, el sonido amortiguado, como si su boca estuviera
llena de algodón, e inmediatamente retiro mis manos. Esto está más allá de
la crueldad o la maldad. Este es un acto de puta tortura. Cómo alguien pudo
haberle hecho esto a ella, no lo entiendo.
—Oh, Sarah... —susurro, barriendo el resto de su cabello hacia atrás
para que no cubra los ojos de la máscara—. No te preocupes. Está bien.
Arreglaremos esto. Lo arreglaremos, lo juro.
Sus ojos brillan, llenos de lágrimas. Una cae, y mi corazón se divide en
dos. Tengo que quitarle esto. Tengo que quitársela ahora mismo. Dando
vueltas, primero me tomo un momento para buscar con frenéticas manos a
través de los elementos desordenados y revueltos en la mesa, tratando de
encontrar algo afilado. Cualquier cosa que corte a través de los gruesos
tirantes industriales que atan a mi amiga a la silla. Encuentro un cortador
de cajas con una cuchilla oxidada y me pongo a trabajar, cortando el plástico
rígido de las muñecas y los tobillos de Sarah hasta que cada una de las
ataduras se ha roto y está libre.
—Espera aquí. No vayas a ningún lado —ordeno. Luego me vuelvo de
nuevo, de vuelta a Pasha. Todavía está sobre Lazlo, el arma ya se había ido
mientras llovía los puños, golpeando al tipo tan fuerte que parecía que se
estaba rompiendo el hueso con cada golpe. Sus manos están empapadas en
sangre, sus nudillos se abren y sus dientes quedan al descubierto. Él no
levanta la mirada hasta que estoy de pie justo a su lado.
Bruscamente, vuelve en sí, la resolución brutal que había convertido
sus rasgos en piedra tallada se suaviza cuando se da cuenta de dónde está
y de lo que está haciendo.
—Joder, luciérnaga, lo... lo siento. —Se limpia el rostro con el dorso de
la mano, le mancha la mejilla con sangre, suya y de Lazlo.
Lánguido como un pez muerto, Lazlo sonríe, mostrando dos dientes
frontales rotos. Se ríe, sangre espumosa burbujea en las comisuras de su
boca.
—Cuidado. No dejes que vea tus... verdaderos colores, Su... Alteza. Ella
se pone... un buen... espectáculo, pero vas a... asustarla con... tus
tendencias violentas.
Pasha retrocede, como si las palabras de Lazlo hubieran alcanzado su
marca. Deja caer al hombre, frotándose la frente con las puntas de los
dedos.
—No iba a matarlo —murmura.
Suavemente, empujo a Pasha hacia atrás, y luego caigo como una
piedra, metiendo mi rodilla en el pecho de Lazlo, levantando el arma que
robé de Seo-Jun y presionando el hueco frío e implacable entre los ojos del
hijo de puta.
Mi dedo se cierne sobre el gatillo.
—No me importa una mierda si él tiene tendencias violentas. Yo tengo
algunas. —No grito. No arremetí. Ni siquiera parpadeo. Mi tono es firme y
tranquilo cuando cargo el arma—. No pretendas conocerme, maldito cretino.
No presumas pensar que sabes dónde están mis límites. Tú no sabes nada
de mí. ¿Dónde está Shelta?
La sonrisa de Lazlo se desvanece.
—Atada en la oscuridad en algún lugar —dice—. Me pregunto si ella lo
vio venir.
Inclino mi peso sobre la pistola. Lazlo se estremece contra el dolor
cuando el hueco presiona su frente.
—¿Dónde? —repito.
—No se suponía que fuera por este camino, ya sabes. Estabas...
destinada a enamorarte de él, claro. Pero…
—¿Pero qué? ¿No deberíamos ser mejores que tú? ¿Más fuertes que tú?
¿No se suponía que te sobreviviéramos?
Lazlo traga, su manzana de Adán se menea en su garganta.
—No me matarás, Calliope. No lo tienes en ti.
Un estallido de rabia estalla dentro de mí. Incluso me sorprendo a mí
misma cuando saco la pistola hacia atrás y apilo la cosa en su cara.
—No soy Calliope. Créeme, te mataré si no nos dices dónde está Shelta.
—¿Y entonces qué? ¿Solo dejas... que me vaya libre?
—Los policías pueden tenerte. No te preocupes, estoy segura de que tu
abogado declarará locura y que te llevarán a alguna prisión por el crimen.
Esos bastardos lo tienen bastante fácil.
Lazlo se ríe.
—No voy a ir a la cárcel, niña tonta.
Levanto la pistola de nuevo.
—Entonces vas a ir al suelo.
Lazlo levanta la barbilla, mirándome. Él está preparado. Listo. Me
atrevo a seguir adelante. Nunca he sido de decepcionar...
Aprieto el gatillo, y el estruendo de la grieta del disparo casi me
ensordece. El retroceso del arma levanta mi brazo y lo lanza al aire, pero no
importa, fui fiel a mi objetivo. No justo entre los ojos de Lazlo, como lo
amenacé, sino en su hombro derecho. Temblando, Lazlo mira el agujero
humeante que la bala creó cuando atravesó su carne y hueso y se enterró
en el concreto debajo de él. Sus ojos están muy abiertos, llorosos, por
primera vez llenos de miedo.
Pasha está detrás de mí. Él está diciendo algo, maldiciendo con fervor,
pero realmente no lo escucho. Todo lo que puedo escuchar es el ruido del
disparo, y mi propio corazón latiendo constantemente, de manera uniforme,
como un tambor tribal.
—Perra loca. —Lazlo gime, tratando de cruzarse para presionar una
mano a la herida. Lo agarro por la muñeca y golpeo su brazo contra el suelo.
Mi dedo está en el gatillo, luego está apretando el gatillo. El arma vuelve a
levantarse al aire, y baja y mira, hay otro agujero humeante justo en el
centro de la palma de Lazlo.
Su grito es lo suficientemente fuerte como para despertar a los muertos.
Se hace eco alrededor del búnker, por la escotilla y por el túnel, huyendo de
este lugar, justo como imagino que a Lazlo le gustaría huir.
—Luciérnaga. —La mano de Pasha descansa sobre mi hombro—. No
más. Dame el arma —dice en voz baja.
Podría discutir con él. No puede obligarme a entregar el arma, pero...
su tono es firme. Él no aceptará un “no” por respuesta. Cuando lo miro, su
mandíbula está apretada y sus fosas nasales están ensanchadas, pero sus
ojos están llenos de preocupación. Él está preocupado por mí, en realidad.
Hay una diferencia. Sabe que no seré la misma si aprieto el gatillo por
tercera vez, porque estaré descargando balas en el pecho de Lazlo o en su
cabeza, y eso es algo que hacer al final. Estaba lista para hacerlo. Lo estaba.
Hubiera sido lo suficientemente fuerte.
Lentamente, le entrego el arma.
—Ves. No eres una asesina. —Lazlo jadea.
—Tal vez no. —Volví mi atención a él—. Pero vas a desear que lo fuera
en un momento. Cuando termine contigo, rogarás por la muerte. —Metí mi
pulgar en el agujero de su hombro, un poco sorprendida de no enloquecer
por la sensación de la sangre, el tendón, el rasgado. La carne de él cede y
deja espacio para mi pulgar cuando lo presiono más profundo. Sí, el calor
húmedo de la herida no se siente muy bien, pero puedo manejarlo por un
momento si eso significa que puedo causar este dolor de puta madre.
El grito desgarrador de Lazlo se suma a la cacofonía de horrores que
circulan por mi cabeza.
—Zara, ve con calma —advierte Pasha.
—Lo estabas dejando sin sentido hace un momento —gruño.
—Sí. Y viste que estaba perdiendo mi mierda, y me detuviste. Ahora
estoy devolviendo el favor.
Meto el pulgar con más fuerza, y la espalda de Lazlo se arquea sobre el
concreto mientras aúlla.
—No voy a perder mi mierda —digo.
—Mírate. ¿Es esto algo que normalmente estarías haciendo?
Eso es todo lo que se necesita. De repente, me doy cuenta de que estoy
arrodillada encima de un hombre, cubierto de sangre, y tengo mi pulgar
enterrado hasta el nudillo dentro de la herida de bala que le di. Alejándome
de Lazlo, me vuelvo a hundir, caigo sobre mi trasero, mi garganta se hincha,
duele, se cierra, dificultando la respiración.
—Él no debería haber puesto esa máscara en ella —jadeo.
Pasha está allí, a mi lado, guiando un mechón de cabello errante detrás
de mi oreja. Está pálido, incluso sus labios están blancos, sin ningún color
real. Sin embargo, sus manos son firmes. Él está en completo control.
—Lo sé. Lo sé. No te preocupes. La sacaremos de esa cosa en un
segundo. —Él se aleja de mí, moviéndose hacia Lazlo, agachándose al lado
del sangrando saco de mierda—. Te maté una vez. Metí un cuchillo en tus
entrañas. Te dejé para que te desangraras en la hierba y no perdí ni una
noche de sueño por eso. No tendré ningún problema con una repetición.
Dime dónde está mi madre y te dejaré vivir. Te ignoraré, y los cuervos se
darán un festín en sus jodidos ojos al amanecer. Tú decides. Tienes tres
segundos para tomar tu decisión. No recomendaría probar mi paciencia.
La valentía de Lazlo se ha ido. Sus ojos arden con odio mientras estira
su cuello, levantando su cabeza del suelo.
—El Motel 6 en Drover. Habitación catorce.
—¿Y no está en peligro de morir?
Lazlo se atraganta con su propia sangre, escupiéndola en el concreto a
su lado.
—Está esperando allí para que le traiga tu puta cabeza.
Pasha deja escapar un largo, cansado suspiro.
—Supongo que no debería sorprenderme de que hayas mentido. Y
supongo que mi madre tendrá que estar decepcionada. No va a tener mi
cabeza hoy. Pero tal vez le lleve la tuya.
Zara
El mundo parece girar a medida que avanzamos hacia la
superficie. Lazlo está inestable sobre sus pies, pero puede caminar. Pasha
prácticamente lo arrastra por las escaleras del búnker, y luego lo empuja
por el túnel a punta de pistola, gruñendo y maldiciendo entre dientes cada
vez que el viejo tropieza. Sarah está débil e inestable y se apoya fuertemente
en mí mientras la guío por el camino que Garrett me llevó antes, hacia la
subestación eléctrica y la escalera que llevan a la camioneta.
La segunda escalera es difícil para todos los involucrados. Es difícil
decir si es un acto o no, Lazlo recibió dos disparos, pero grita de agonía
mientras Pasha lo empuja hacia arriba. Se requiere una serie de amenazas
y promesas de dolor aún mayores para obligarlo a subir los peldaños hacia
el nivel de la calle.
Subo detrás de Sarah, dejando que apoye su peso corporal contra el
mío mientras lucha una y otra vez para ascender. Cuando me lanzo de nuevo
al sucio y apestoso callejón, Pasha ya ha dejado a Lazlo en la parte trasera
del Sprinter y está ayudando a Sarah a subir al asiento del pasajero.
Todo sucede rápidamente desde allí. Entro con Sarah en el asiento del
banco, mi cuerpo presionado contra el de ella mientras solloza suavemente
debajo de la máscara de acero que todavía está atada a su cara. Pasha
conduce el Sprinter alrededor de la cuadra en una estructura de
estacionamiento. Localiza el Mustang y pone a Lazlo en el maletero de su
auto, desafiándolo con ojos feroces a intentar algo estúpido mientras lo
encierra.
Afortunadamente la estructura de estacionamiento está casi
vacía. Realmente de mucha suerte para nosotros considerando que estamos
empapados de pies a cabeza en sangre. Dios sabe cómo explicaríamos
nuestra apariencia aterradora si alguien nos encontrara ahora mismo.
Pasha está serio, todo negocios mientras me besa rápidamente en la
sien.
—Lleva a Sarah a casa. Mantenla caliente. Ponla cómoda. Espérame
allí hasta que regrese. No tardaré mucho. Lo digo en serio esta vez,
Luciérnaga. Realmente tienes que esperarme. ¿Lo entiendes?
—Bien, bien. ¡Lo juro! —Odio que nos esté dejando, pero de nuevo no
hay manera en el infierno que le permita llevar a Lazlo al apartamento de
Sarah o al mío, para el caso. Si no vuelvo a poner los ojos en ese hombre
otra vez, pronto será jodidamente demasiado.
Conduzco el Sprinter de vuelta al Bakersfield, y Sarah se hunde contra
mí, sollozando, mientras la ayudo a subir las escaleras. El progreso es
dolorosamente lento. Nunca me importó que no haya un ascensor en
nuestro edificio de apartamentos, pero ahora me siento un poco
resentida. Hubiera sido muy útil presionar un botón y luego estar frente a
la puerta sin tener que subir cinco pisos de escaleras primero.
Cuando llegamos a la puerta del apartamento de Sarah, golpeo la
madera y Garrett responde un segundo después. Sarah se congela,
paralizada, y lo entiendo; debería haberlo hecho esperar con Corey en mi
apartamento. Lo último que necesita esta pobre mujer es ser confrontada
por su secuestrador. Sarah no empieza a gritar. No hace un solo sonido. Ella
solo mira a Garrett a través de los pequeños agujeros para los ojos en la
máscara, respirando pesadamente, y luego inclina su cabeza. Ninguno de
los dos dice nada. En todo el tiempo que lo conozco, Garrett nunca
pronunció una sola palabra. Lazlo le robó esa habilidad cuando le cortó la
lengua.
Ahora, con la máscara atada a la cara, Lazlo también le ha robado a
Sarah su voz. Incómodo, raro, y muy claramente miserable como la mierda,
Garrett se mueve de un pie al otro en la puerta. Puede que no sea capaz de
formar palabras con su boca, pero sus ojos seguramente están hablando
mucho. Están diciendo que lo siente. Le están diciendo a Sarah que él
desearía poder devolver el tiempo. Le está haciendo saber lo culpable que se
siente por lo que hizo, y le está pidiendo perdón.
Si Sarah ha registrado alguna comunicación silenciosa de Garrett,
entonces no sé qué piensa ella. Aunque no parece tenerle miedo. Ella bordea
a su alrededor, entrando a su apartamento, y Garrett se aleja y me deja
pasar también.
Sarah se dirige directamente a la cocina, mientras Garrett me muestra
el dormitorio donde Corey Petrov está profundamente dormido en la enorme
cama king California de Sarah, con su pequeño cuerpo envuelto debajo de
sus sábanas de leopardo.
Una vez que me he asegurado de que el chico está bien, me uno a Sarah
en la cocina, donde está revolviendo los armarios y los cajones, tratando de
encontrar algo y cada segundo más agitada. Saca un cuchillo de mantequilla
del cajón de sus cubiertos y ataca el candado en el lado de la máscara,
tratando de meter la hoja del cuchillo dentro del mecanismo. Cuando eso
no funciona, se toma un cuchillo más afilado y trata de meterlo dentro de la
cerradura en su lugar.
—Whoa, whoa, whoa, cuidado. —Tomo el cuchillo de ella—. Está
bien. Está bien. Cálmate. Lo resolveremos. Lo prometo. —Al parecer, Lazlo
le dijo a Pasha que tenía la llave de la máscara de Sarah en su poder en el
bunker, pero cuando lo revisamos, no encontramos nada por el estilo. Pasha
lo había amenazado con otra paliza, pero Lazlo había permanecido
obstinadamente con los labios cerrados. Buscamos en el piso del bunker
con la esperanza de que la llave se hubiera caído del bolsillo de Lazlo durante
la lucha, pero no hubo suerte.
»Dios, Sarah, para. Detente. Te vas a mutilar, por el amor de
Dios. Garrett, ¿tienes algo en tu apartamento que pueda abrirla? —Garrett
sacude la cabeza con tristeza. Trato de pensar si tengo algo en mi propio
apartamento que pueda ayudar, pero nada me viene a la mente.
Estoy a punto de comenzar a buscar un teléfono, el mío todavía está en
la casa de Pasha. Qué bien hace allí, para buscar cerrajeros, cuando llaman
a la puerta. Los tres nos quedamos quietos, mirándonos nerviosamente. Un
mudo, una manicurista con una máscara de tortura y una oficial de
despacho cubierta de sangre. No hay manera de que ninguno de nosotros
pueda abrir la puerta ahora mismo. Es demasiado pronto para que sea
Pasha. No le pregunté qué iba a hacer con Lazlo, pero solo hemos estado
aquí por unos minutos y no hay forma de que ya haya terminado con el
bastardo asesino.
Los golpes vuelven a sonar, esta vez más fuerte. Más insistentes.
—Pasha —grita una voz masculina en el pasillo—. Sé que estás aquí. Vi
la luz de la calle.
Los ojos de Garrett brillan con recelo. En un instante, tiene el cuchillo
de Sarah en la mano y se dirige hacia la puerta.
—No lo hagas. No te atrevas —siseo, arrebatándole el cuchillo—. No
más. No más violencia. Estoy jodidamente harta de eso. —Garrett parece
marchitarse cuando me apresuro a pasar junto a él, dirigiéndome hacia la
puerta.
He visto demasiadas películas de acción para pensar que mirar por la
mirilla es una buena idea. Sin embargo, no voy a abrir esta puerta sin ver
quién está ahí afuera en el pasillo. Con cautela, poniéndome de puntillas,
miro a través del diminuto trozo de cristal, y me siento aliviada cuando veo
quién es. Es Archie, el zorro, con un cabello salvaje y gris y un chaleco de
seda a juego. Él mira directamente a la mirilla como si supiera que estoy al
otro lado mirándolo.
—Tú otra vez —dice, arqueando las cejas—. ¿Me vas a dejar entrar, o
voy a tener que derribar esta cosa? Soy viejo, Zara Llewellyn. ¿Quieres que
me disloque el hombro?
De pie en la sala de estar, a medio camino entre la cocina y la puerta
principal, Sarah es una estatua viviente. Se queda inmóvil, aturdida,
mientras quito la cadena de la puerta y giro la manija, dejando que Archie
entre al apartamento.
El hombre mira a Sarah y se tambalea, extendiendo la mano para
apoyarse contra la pared.
—Jesús, María y el maldito José. ¿Qué demonios le pasó? —Archie ni
siquiera reconoce a Garrett. Camina hacia Sarah y toca cautelosamente la
máscara, pasando sus dedos alrededor de su borde, como si estuviera
buscando una costura o algún tipo de captura de liberación.
—Lazlo no nos dio la llave —digo—. ¿Qué estás haciendo aquí,
Archie? Pensé que ibas a quedarte en la caravana con los demás.
—Patrin y yo nos fuimos una hora después de que se fueran ustedes —
dice—. Pensé que estaban en un mundo de mierda y les vendrían bien un
poco de ayuda.
—¿Caminaron? —Trato de hacer los cálculos, calculando la distancia
que deben haber recorrido en la fresca y helada nieve.
—Sí, somos unos jodidos idiotas —concuerda Archie—. Y Patrin se
quejó de que iba a morir de exposición todo el tiempo, pero eventualmente
llegamos al estacionamiento. ¿Cómo diablos vamos a sacar esto sin
arrancarle la mitad de la cabeza? Esta cosa parece jodidamente medieval.
Sarah se estira, agarrando a Archie por las muñecas. Su toque es
suave, y me toma un momento darme cuenta de que todavía no se ha
recuperado de la vista de un viejo amigo repentinamente en su sala de estar.
Archie me dijo que solía venir aquí para ver cómo estaba, pero él no
dijo nada sobre que él se había dado a conocer. Desde sus amplias y
dilatadas pupilas y la quietud en su cuerpo, estoy dispuesta a apostar que
no lo ha visto desde que Shelta intentó matarla.
Archie se detiene, mirando las manos de Sarah, y él silbó entre dientes.
—Cristo en la cruz, Kezia —susurra.
Mi estómago rueda cuando veo a lo que está maldiciendo. ¿Cómo no
me di cuenta antes? ¿Cómo no me di cuenta de que sus uñas se habían ido,
por el amor de Dios? Todas. Casi me pongo a llorar cuando veo las ronchas
sangrientas y crudas al final de cada uno de sus dedos. Es una vista
horrible. No tengo ningún problema en imaginar a Lazlo usando un par de
pinzas en cada una de sus uñas y quitándolas una a la vez.
Sarah intenta alejar las manos, pero Archie es demasiado rápido para
ella. Él las agarra y las acuna en las suyas, sacudiendo la cabeza con enojo.
—Debería haberlo matado yo mismo —gruñe—. Shelta me hizo jurar
meterme en mis propios asuntos. Me prohibió venir aquí. Me prohibió cazar
a ese bastardo. Ni siquiera me dejó decirle a Pasha que no había matado a
Lazlo en primer lugar. Si hubiera tratado con él en aquel entonces, nada de
esto habría sucedido.
Sarah sacude la cabeza. Estoy segura de que hay muchas cosas que
quiere decirle a Archie, pero con la máscara atada a la cara, solo puede
apretar sus manos. Ya sé lo que mi amiga le diría. Le diría que nada de esto
es su culpa. No era quién para saber qué pasaría. Que no puede
responsabilizarse por nada de eso.
Una tabla cruje a mi lado. Garrett se dirige hacia ellos dos. Ojos en el
suelo, la cabeza todavía inclinada, como si estuviera siendo aplastado bajo
el peso de su propia vergüenza. Se detiene a un medio metro de ellos, y
Sarah se mira los pies. Archie finalmente estudia a Garrett con los ojos
entrecerrados.
—¿Tuviste algo que ver con esto? ¿Eres en parte culpable?
Abatido, Garrett asiente. Él desliza su mano en el bolsillo de su
chaqueta. Veo un destello de plata en su palma, y luego los ojos de Archie
se han duplicado en tamaño.
—¿Fuiste tú quien la tomó? —exclama. Me acerco un poco más justo a
tiempo para ver a Archie tomar un dólar de plata de la palma de Garrett. No
cualquier dólar de plata. Es el dólar de plata, el que Archie usó en su truco
de vasos la noche en que Garrett y yo fuimos a la Feria Medianoche.
Archie parece que está a punto de caer muerto por la
conmoción. Sostiene la moneda en el aire, la inspecciona en un lado y luego
en el otro, como si estuviera comprobando daños.
—Es de mala suerte robarle una moneda a un gitano, muchacho —dice
Archie—. Pero... —Hace una pausa—. Es de buena suerte devolverla a él.
Recuerdo la cara de Archie esa noche en la feria, el asombro, claro como
el día, cuando levantó los tres vasos y la moneda no estaba allí. Pensé que
estaba haciendo otro truco, cambiando la artimaña. No se me había ocurrido
por un segundo que estaba siendo genuino, y Garrett había tomado la
moneda mientras Archie no prestaba atención.
El alivio inunda a Archie cuando desliza la moneda de nuevo en el
pequeño bolsillo de su chaleco, y le da una palmadita al dólar de plata una
vez que lo ha guardado de forma segura.
Garrett está tan apenado como un hombre puede ponerse. Él me señala
con un dedo, asintiendo hacia mí al mismo tiempo.
—¿Qué? ¿Quieres que se la dé?
Garrett sacude la cabeza. Me apunta de nuevo. Estoy a punto de
intentar encontrarle un trozo de papel y un bolígrafo, cuando levanta la
mano, con los dedos apretados como si estuviera sosteniendo algo, y gira su
muñeca en un movimiento de giro una vez, dos veces, y luego una tercera.
Entendimiento llena los ojos de Archie. Garrett repite el movimiento para
estar seguro, y luego señala la máscara de Sarah.
—Oh, bueno, yo... —Archie dice torpemente—. Sí, claro. Supongo que
podríamos intentarlo —dice. Solo entiendo su incomodidad cuando baja el
cuello de su camisa y saca una cinta negra y delgada en cuyo extremo cuelga
una pequeña llave de latón. La misma llave que cambié con Archie por una
pregunta en la Feria Medianoche. Archie había declarado la llave como
perdida en su vardo, pero resulta que ha estado a salvo alrededor de su
cuello todo este tiempo.
»No hay razón para que funcione —ofrece Archie tímidamente, mientras
desliza la llave sobre su cabeza y me la ofrece—. Pero la suerte es una
criatura extraña. Así son los favores gitanos.
Estudio la vieja llave de correo dudosa. No puedo evitar preguntarme
por qué diablos Archie tenía la cosa en un pedazo de cinta alrededor de su
cuello, como si fuera una querida reliquia familiar o algo así.
Cualquiera que sea su razonamiento, vale la pena el intento. Deslizo la
llave en la cerradura en el lado de la máscara, inicialmente anticipando que
los dientes de la llave no encajarán. Y no lo hacen. No realmente. La llave es
demasiado estrecha, demasiado delgada, pero cuando la muevo,
inclinándola hacia arriba y hacia abajo, de izquierda a derecha, comienzo a
sentir resistencia. Una presión que se intensifica al girar lentamente el metal
hacia la derecha.
—No es bueno. Se va a romper. —Pero luego, de la nada, siento un clic
inesperado y un lanzamiento...
...y la cerradura de la horrible máscara de tortura se abre.
Pasha
El Motel 6 en Drover es un jodido hoyo de mierda. Tuve la mala fortuna
de visitar a alguien ahí una vez, y juré jamás regresar. Putas, Johns,
vendedores, drogadictos, proxenetas: un conjunto de los elementos
criminales más prestigiosos, sombríos y de más mala reputación de Spokane
están representados entre los residentes a largo plazo del Drover 6. Preferiría
estar haciendo literalmente cualquier cosa que regresar allí ahora mismo,
pero tengo que saberlo por mí mismo. Tengo que escucharla admitirlo en mi
cara. Necesito que ella vea lo que le he hecho al hombre que ama más que
a su propio hijo. El hombre por el que me sacrificó. Sin importar que fuera
un pedófilo mentiroso y asesino.
Lazlo golpea contra el maletero hasta que estamos a mitad de camino
a través de la ciudad, y luego se detiene bruscamente a un kilómetro de
nuestro destino. Una parte de mí se deleita con la idea de que podría haberse
desmayado por la pérdida de sangre, pero el lado más sospechoso de mí lo
ve tirado allí, con la mente trabajando horas extras, planeando, planeando
qué hará cuando finalmente abra el maletero. Sin embargo, el hijo de puta
ha sido golpeado hasta el cansancio y ha sido disparado dos veces. Si él
piensa que podrá saltar sobre mí, entonces tiene otra cosa en camino.
Cuando llego al estacionamiento del Motel 6, me sorprende ver el
camión. Aseguré el Ski-Doo para regresar al parque nacional esta mañana
sentado afuera de la oficina de recepción.
Tomando una oportunidad, dejo a Lazlo en el maletero mientras aparco
el Mustang en un rincón apartado del lote y corro por el asfalto para mirar
por la ventana. En el mostrador, un hombre está de espaldas a mí, un
hombre que reconozco al instante. Lo conocería incluso con la parte
posterior de su cabeza afeitada. Es Patrin, que habla con la mujer detrás del
escritorio, que parece bastante agitada. No es sorprendente. Patrin tiene ese
efecto en las personas. No puedo escuchar lo que se dice y no hay forma de
que entre por la puerta, así que me alejo de la ventana y apoyo la espalda
contra la pared, esperando a que salga.
Cinco minutos después, el timbre de la puerta suena, y Patrin sale a la
nieve fangosa y medio derretida que cubre el estacionamiento. Salgo de las
sombras, silbando por lo bajo, y Patrin casi se caga ahí mismo.
—¡Jesús maldito Cristo, Pasha! A qué estás jugando. Casi me das un
maldito ataque al corazón.
Considero acorralar al hijo de puta donde se encuentra, pero luego
decido ir por el lado de la precaución.
—¿Qué estás haciendo aquí, Pat? Tú votaste por mí anoche, y, sin
embargo, aquí estás, apareciendo de la nada en el mismo motel de mierda
donde mi madre eligió descansar.
Patrin cruza los brazos sobre el pecho.
—Dios, eres tan precioso. ¿Alguien te ha dicho lo perra que eres?
—No. Nadie ha sido lo suficientemente estúpido.
Él ignora mi insulto.
—Estoy aquí buscándote, imbécil. Te he estado buscando toda la tarde.
Le pedí a tu amigo dentista coreano que hiciera una búsqueda de la placa
de la furgoneta Shelta que tomó esta mañana. Pensé, encuentro a Shelta, te
encuentro a ti. ¡Y mira! Sorpresa, sorpresa. Aquí estamos. El dentista
encontró la placa de la furgoneta en el sistema del motel.
—Mierda. Seo-Jun nunca te ayudaría, e incluso si lo hiciera, todo esto
es solo una pequeña coincidencia, ¿no crees? Podrías haberme llamado.
—¿Sí? ¿Has estado prestando atención a tu teléfono hoy? —gruñe
Patrin. Saco el aparato de mi bolsillo y, en la pantalla, veo:

15 LLAMADAS PERDIDAS – PATRIN

5 MENSAJES – PATRIN

Bueno, mierda.
El nivel de suficiencia que irradia Patrin es repugnante.
—Disculpa aceptada. Imbécil. No, tu chico no quería ayudarme.
Aparentemente, cierta pelirroja amenazó con reportarlo a la policía más
temprano hoy, y ahora no está muy contento contigo y con los tuyos. Tomó
un tiempo convencerlo de que sería lo mejor para él si me diera lo que quería.
—¿Así que lo lastimaste? —Seo-Jun me disparará en la cara si alguna
vez intento hablar con él de nuevo. El pobre bastardo tuvo un infierno de un
día por mi culpa. Sin embargo, es gracioso que Zara haya amenazado con
denunciarlo a la policía. No hay muchas mujeres que puedan chantajear a
un hacker de sombrero negro para obligarlos a hacer su voluntad. Ella
realmente es algo. Parece que lo hizo su perra.
—Mira, si no me crees, entra y pregunta a esa perra mocosa detrás del
mostrador de qué hablamos. Te describí a ella con detalle, hasta la expresión
de imbécil que siempre llevas en esa estúpida cara tuya. No puedo decir que
estará feliz de verme otra vez, pero volveré allí y te lo demostraré si necesito
hacerlo.
De acuerdo, bastante justo. Patrin puede ser un imbécil, y siempre
hemos estado en la garganta del otro, pero nunca he sabido que rompiera
una promesa. Al votar por mí anoche, básicamente juró servirme y me
prometió lealtad. Es poco probable que vaya corriendo a Shelta de esta
manera.
—¿Por qué diablos dejar el clan en absoluto, Patrin?
—Archie y yo vinimos a buscarte. Cleo tuvo un mal presentimiento. Y
además. Me hiciste una promesa la otra noche, hijo de puta. Pensé que sería
mejor si venía ahora y cobraba eso antes de que termines muerto en una
zanja en algún lugar.
Joder, le hice una promesa, y él nunca se rendirá hasta que la cumpla.
Afortunadamente, los eventos de hoy han ocurrido de tal manera que he
tenido una idea de qué hacer respecto a Sam y Jamus. Una buena idea, eso
es.
Rápidamente, explico lo que pasó con Lazlo en Rochester Park, y Patrin
escucha, frunciendo el ceño intensamente mientras repaso los detalles del
rescate de Sarah. Estoico y con la cara de piedra, Patrin no respira una
palabra hasta que termino la historia.
—Espera, ¿entonces tu gadje le disparó a Lazlo dos veces, y luego
procedió a torturarlo?
Lo agarro por el brazo, gruñendo mientras lo empujo hacia el Mustang.
—Si la llamas gadje una vez más, te juro por Dios que voy a dejar de
lado cada uno de tus dientes. ¿Me entiendes? Sabes su nombre. La próxima
vez que la llames de otra manera que no sea Zara, habrá un maldito
problema.
—Has conocido a esta mujer durante cinco minutos, Pash. Sé que
tienes una cabeza caliente, pero esto es una locura. No es necesario que te
vuelvas tan loco al principio del juego.
—Esto no es un juego. —Es todo lo que tengo que decir al respecto. Mi
tono rígido y sin argumentos debe registrarse como una advertencia para él,
porque Patrin tampoco dice otra palabra sobre Zara. Permanece con los
labios cerrados hasta que abro el maletero del Mustang, y Lazlo gime,
tratando de lanzarse hacia delante, tratando de arrebatar un arma que no
está allí.
—¡Ah, joder! —Patrin ya está moviéndose. Su puño se estrella contra la
sien de Lazlo, y la cabeza del bastardo rebota en el costado del maletero y lo
deja sin aliento.
Una vez más, recuerdo que Patrin se perdió en ese túnel cuando éramos
niños, y Lazlo se quedó atrás para buscarlo mucho después de que los
demás regresaran al clan. Estuvieron solos durante horas en la oscuridad.
Podría preguntarle a Patrin qué sucedió mientras Lazlo lo tenía en ese
búnker, pero sería una mierda. Patrin nunca admitiría la verdad por temor
a parecer débil, y probar si fue asaltado sexualmente cuando era niño solo
lo enojará más de lo que ya está.
Sin embargo, veo la expresión en su rostro, el brillo oscuro y furioso en
sus ojos, y su lenguaje corporal cuenta una historia propia. Irradia odio
cuando se estira hacia el maletero y saca a Lazlo, como si el hombre no
pesara nada.
—Será mejor llevarlo a la habitación antes de que alguien lo vea —
gruñe Patrin.
—Este estacionamiento es una puerta giratoria para cadáveres. No me
preocuparía demasiado. —Pero tiene razón, sin embargo. Sería menos que
ideal si nos vieran arrastrando un cadáver lleno de agujeros de bala al motel.
No importa que Lazlo no esté realmente muerto. No todavía, de todos modos.
El personal de aquí probablemente mantendrá la cabeza baja y fingirá
ignorancia mientras los cuerpos se dirijan a otro lado, fuera de las
instalaciones. Es más probable que llamen a la policía si creen que el
problema se está gestando tan temprano en la noche.
Me he preparado para uno de los saludos francamente hostiles y
glaciales de Shelta, pero cuando abre la puerta y ve a Lazlo colgado como el
pedazo de basura que es sobre el hombro de Patrin, el sollozo de pánico que
suelta jodidamente me retuerce las entrañas. Nunca la había visto tan
preocupada. Nunca. La perra se sentó durante todo el funeral de mi padre
sin siquiera molestarse en fingir un poco de melancolía, y aquí está ella,
boquiabierta, con el cabello salvaje y aterrorizada cuando ve a Lazlo en la
puerta de la muerte.
—¡Oh Dios mío! ¿Qué pasó? ¿Qué han hecho? —grita ella.
Supongo que se lanzará hacia mí y me golpeará el pecho con los puños,
pero en lugar de eso vuela hacia Lazlo, acunando su cabeza entre sus
manos, inclinándose para mirarlo mejor. Cuando ve el agujero en su mano,
parece que está a punto de desmayarse.
Esta mujer no es mi madre. No se parece en nada a ella.
—Ponlo adentro, Pat —ordeno. Shelta no parece que nos vaya a dejar
entrar a la habitación del motel, pero Patrin no le da opción. Él pasa junto
a ella, dejando claro que va a rodar por encima de ella si no se mueve, por
lo que ella regresa a la habitación, con las manos apretadas frente a su
pecho.
Patrin deja al hombre inconsciente en la más cercana de las dos camas
dobles de la habitación y se queja cuando ve que su chaqueta está
manchada de sangre.
—Salgan. Necesitan irse. ¡Ahora mismo! —grita Shelta—. ¡Llamaré a la
policía!
—¿La policía gadje? —Mi voz está cargada de burlona sorpresa—.
Ahora, ¿por qué harías algo así, madre? Este es un asunto Roma. Esto
debería ser tratado por un kris.
—Estará muerto para cuando podamos formar un kris, idiota. Le
disparaste, oh Dios mío, ¿le disparaste en el pecho?
—Eso es en realidad su hombro —ofrece Patrin amablemente—.
Todavía le quedan algunas horas, si no se desangra.
—Necesita una ambulancia. —Shelta ya está de camino a través del
cuarto, dirigiéndose hacia el teléfono en la mesita de noche; me paro frente
a ella, bloqueando su camino—. ¿Qué estás haciendo, Pasha? ¡Fuera de mi
camino!
—Tú... eres una maldita hipócrita del orden más alto —señalo.
—Oh, no ahora, por el amor de Dios. ¿No ves que un hombre se está
muriendo?
—Él puede continuar y morir por todo lo que me importa. Casi espero
que lo haga, solo para no tener que vivir con el conocimiento de que todavía
está respirando. Vine aquí para poder erradicar cualquier duda en mi mente.
Mira, no podría forzarme a creer que esto tuviera sentido.
—Pasha, por favor.
Abro la boca, a punto de comenzar a lanzar las preguntas que vine a
preguntarle directamente a la cara, pero...
...hay lágrimas en su rostro. Lágrimas reales. Ni siquiera sabía que ella
era capaz de hacer falsas. El aire en mí muere, dejándome repentinamente
a la deriva. Todas las cosas que quería preguntarle... ya nada de eso
importa. Nada. Ya tengo las respuestas que estoy buscando: sí, ella lo ama.
Sí, lastimó a su hermana solo para poder tenerlo para ella sola. Sí, lo eligió
a él sobre mí esa noche, cuando lo encontré rasgando la ropa interior de Leo
por sus piernas, gruñendo como un hombre desesperado y hambriento.
Todo es verdad. Entonces, ¿por qué molestarse con todo esto?
De repente me doy cuenta de que esto no sirve a nadie. Ella siempre ha
sido una madre terrible. Confrontarla por sus crímenes no logrará nada.
Libero la respiración que he estado conteniendo, y simplemente... dejo que
todo se vaya.
—Cambio de plan, Patrin —digo con firmeza—. Nos vamos. Y lo
llevaremos con nosotros.
—¡No! —Shelta intenta rodearme, tirando de mi camisa, pero a pesar
de todos sus años de frialdad de indiferencia, pareciendo mucho más grande
que la vida, mucho más fuerte y más poderosa que yo, resulta que es débil;
creo que es una sorpresa para los dos. La sostengo a un brazo de distancia,
ya compareciéndola por su caída en desgracia.
—Decídete —dice Patrin quejándose, lanzando a Lazlo sobre su
hombro. Mi madre solloza mientras él lo toma y sale de la habitación del
motel, y baja por las escaleras que conducen al estacionamiento. Hago una
pausa en la puerta, buscando su rostro, sabiendo que esta será la última
vez que mi madre y yo estemos juntos en la misma habitación.
—No te preocupes, Shelta. Si quieres volver a verlo, todo lo que tienes
que hacer es encender un televisor y ver las malditas noticias.
Con eso, me doy la vuelta y me voy.
Pasha
El detective Holmes no es como yo esperaba que fuera. Asumí que sería
calvo, con sobrepeso y vestiría una gabardina manchada de grasa como
Columbo o algo así. Cuando él revolotea fuera de la comisaría y baja los
escalones hacia el Mustang, de repente un tipo de mi edad, vistiendo una
chaqueta de cuero y unos desaliñados y descoloridos vaqueros como si
hubiera allanado mi armario, me desequilibra un poco. Se sube al asiento
del pasajero y ríe suavemente cuando se da cuenta de que Patrin se cierne
ominosamente en la parte de atrás.
—Esto no es un encuentro mafioso, señores. No hay necesidad de
ponerse entusiastas por mí.
Golpeo mis dedos contra el volante, haciendo una mueca.
—Sabes todo sobre las reuniones de la mafia, ¿eh, Holmes? Mejor
amigo de los Petrov, he oído.
Holmes se aclara la garganta, uniendo sus manos en su regazo.
—Los Petrov no son mafiosos. Son... los Petrov. Ahora, estoy a punto
de ir a casa esta noche, chicos. A menos que tengan algo para que hunda
mis dientes. Si ese es el caso, adelante.
—Lo tenemos. El tipo que se llevó a Corey Petrov —digo—. Ha herido a
mucha gente. Niños. También hubo una monja en Nueva York hace un
tiempo. Te lo entregaremos junto con declaraciones, pruebas... lo usual.
Holmes me está mirando ahora. Realmente prestando atención.
—¿Y a cambio? Quieres un día de pago. El departamento no…
—No. Queremos algo mucho más complicado. Queremos a dos chicos,
Sammy y Jamus Rivin.
—¿Los tipos gitanos? ¿Los que robaron ese banco?
Patrin gruñe como un perro rabioso en la parte de atrás. Le disparo
una mirada de advertencia, luego digo a Holmes:
—Son Roma. Tienen que salir de ahí.
—¿Estás malditamente loco? Nunca va a suceder. Mantuvieron un
banco a punta de pistola. Eso está más allá de la jurisdicción de la policía
de Spokane. Cometieron un crimen federal. Van a pasar los próximos veinte
a treinta años tras las rejas.
—Entonces no debemos perder el tiempo continuando con esta
conversación. Buenas noches, detective.
La mandíbula de Holmes se flexiona mientras mira desde el parabrisas,
frunciendo el ceño a la nieve que empieza a caer. Tiene los ojos de un halcón.
Me da la sensación de que ve todo.
—No tienes idea de lo difícil que será lograr lo que estás pidiendo —
dice.
—Difícil es mejor que el imposible que me diste hace dos segundos.
Ves, ya estamos avanzando.
Holmes gruñe. Piensa por un segundo.
—No puede haber garantías aquí.
—Qué mal. Porque eso es exactamente lo que queremos. Una garantía
de que Sam y Jamus Rivin serán hombres libres para el final de la semana.
Puedo sentir los ojos de Patrin quemándome en la nuca, pero mantiene
la boca cerrada. Le hice jurar que no diría una maldita palabra, y hasta
ahora ha mantenido esa promesa. Pero puedo decir que lo está matando.
Holmes se burla, su frente hecha un lío de líneas de preocupación.
—Voy a necesitar más que al hombre, entonces. Voy a necesitar el
dinero que esos chicos tomaron. El departamento nunca lo encontró.
—No tenemos ni idea dónde lo escondieron.
—No es mi problema. Cuarenta de los grandes y cambiamos. Si tus
chicos tienen alguna maldita esperanza de quedar libres, entonces ese
dinero debe estar en mi escritorio a las nueve de la mañana, o esta cosa no
va a ninguna parte.
—Bien. Entonces, consíguelo de Yuri Petrov.
—¿Perdón? ¿Por qué demonios Yuri entregaría cuarenta dólares para
rescatar a dos tipos que nunca ha conocido?
—Porque ese hijo de puta me lo debe. En realidad, se lo debe a Zara.
—Si este delincuente tuyo es quien dices que es, voy a enfrentarme a
los Petrov por no entregarlo inmediatamente a ellos para la justicia rusa. El
hombre mató al hij…
—El niño está vivo.
Eso lo para en seco. Parece como si hubiera pisado una maldita mina.
—Ve al apartamento de Zara en una hora. Puedes recogerlo y llevarlo a
casa. Yuri Petrov pensará que caminas sobre el agua por el resto de tu jodida
vida.
Holmes sacude su cabeza.
—Bien. Seguro. Si eso sucede... estoy seguro de que estará dispuesto a
soltar los cuarenta mil. Pero hay algo más. Tu gente tiene que irse de
Spokane.
—¿Y ahora qué?
—Tu clan. El Rivin vitsa —dice la palabra como si supiera de qué carajo
está hablando—. Tener una gran población de gita… lo siento, de Roma en
la zona ha puedo al gobierno local... inquieto.
—Hemos estado aquí por más de cincuenta años, imbécil —grita
Patrin—. No causamos ningún problema. No nos vamos a ir solo porque un
chupatintas sentado detrás de un escritorio en tu ayuntamiento cree que
somos malos para el lugar.
Dios, sabía que no podía mantener su silencio para siempre. Le envío
una mirada malévola lo suficientemente potente como para remover la
pintura cortesía del espejo retrovisor, pero Patrin deliberadamente me
ignora.
—Hemos sido expulsados de suficientes lugares a lo largo de los años.
Hemos sido golpeados y faltados al respeto. Nuestros hijos han sido
marginados y excluidos. Hemos sido despreciados y desdeñados a cada
momento, y todo porque no cumplimos con alguna mierda de sociedad ideal,
donde se supone que debemos encadenarnos a un solo lugar y trabajar
nuestros dedos hasta el hueso para que podamos pagar nuestros impuestos
y endeudarnos con las malditas tarjetas de crédito, y…
—¡Está bien, está bien! ¡Dios mío! ¡Bien! —Holmes levanta las manos,
haciendo una mueca de dolor. Simpatizo con él. Estoy acostumbrado a las
diatribas de Patrin, pero si eres nuevo a ellas pueden ser bastante
jodidamente abrumadoras—. Voy a resolver eso, pero para que conste, sí
causan problemas. Esos chicos robaron un banco. No tendrán elección.
Tendrán que irse. No me importa adónde los envíes, pero eso es un cambio
justo. La cagaron. De ninguna manera van a ser invitados a quedarse de
nuevo.
Patrin lentamente cierra su boca.
—Eso es justo. —Estoy de acuerdo. Ya sé que Patrin va a hacer un
escándalo por esta cláusula, pero él solo va a tener que aprender a estar
jodidamente agradecido por lo que está consiguiendo. Jamus y Sam pueden
ir a vivir con uno de los otros clanes si quieren, o pueden unirse al clan
Rivin cuando no estén en Spokane, luego irse de vacaciones o algo así—. No
voy a tener problema con decirles que no son bienvenidos dentro del estado
de Washington en absoluto, si realmente logran salir de esta cosa ilesos.
Probablemente no van a estar demasiado ansiosos por volver aquí de todos
modos, después de casi librarse de una maldita sentencia de prisión tan
grande.
—Bien entonces. —Holmes se rasca la barbilla, frunciendo el ceño
hacia el salpicadero—. Tengo que conseguir todo firmado por el jefe. Va a
estar en el teléfono toda la noche, engrasando las ruedas de esta cosa. Él
me va a jodidamente odiar.
—No. Te va a jodidamente amar. Vas a ser el tipo que encarcela un
asesino y pedófilo violador serial. Todos ya se habrán olvidado de los chicos
que robaron el banco. Esto va a ser noticia por meses. Harás tu carrera a
partir este trato y lo sabes.
El hecho de que Holmes elija no decir nada a esto me da la sensación
de que di en el clavo. En cambio, él dice:
—¿Dónde está, entonces? ¿Este tipo, Lazlo? ¿Tu asesino y pedófilo
violador serial? Necesitaremos enviar un equipo a…
—No necesitarás un equipo. —Mi mirada parpadea en la parte trasera
del auto, y Patrin se retuerce en su asiento incómodamente mientras el
detective se voltea. Y mira hacia atrás sobre su hombro. En el momento
perfecto, Lazlo despierta de su coma inducido por Patrin y golpea
impotentemente en el maletero del Mustang, gimiendo algo ofensivo que solo
Patrin puede oír.
Cuando Holmes me mira, ya ha empezado a sacudir su cabeza.
—No. No, no, no. No está bien, hombre. Tienes que estar bromeando.
—El detective sale corriendo del asiento del pasajero y se apresura a la parte
trasera del vehículo, grandes copos de nieve aterrizan en los hombros de su
chaqueta de cuero mientras golpea su palma contra el maletero—. Ábrelo
ahora mismo. Jesús, no tengo esposas.
—Sí, no vas a necesitarlas.
Toda la sangre se drena de la cara del detective Holmes.
—Si está muerto, no hay trato, lo sabes, ¿verdad?
—No se asuste, oficial. Los Roma simplemente tuvieron su ración de
carne primero. Podrá ir a juicio en un par de meses. Después de una corta
estancia en el hospital. —Abro el maletero, y Lazlo no intenta salir del
espacio esta vez. Empieza a maldecir, escupiendo sangre, y el detective
Holmes saca su arma.
Sus ojos se iluminaron como si fuera una maldita mañana de Navidad.
—Bueno, mierda. Mira eso. Hemos tenido una orden de arresto en este
tipo durante mucho tiempo. Excepto que te conocemos como Malcolm
Jarvis, ¿no es así, Mal? Tres cargos de asesinato. Otra agresión sexual. Eres
un caso regresando a la vida, ¿eh, amigo?
Patrin se encuentra frente al maletero. Frente a la pistola de Holmes,
para el caso, entre el policía y el violador.
—Aún mejor. Si él es doblemente importante para ustedes, entonces no
deberían tener problemas para liberar a nuestros chicos. ¿Tenemos un
trato?
Holmes considera a Patrin con un aire de incredulidad.
—Realmente eres un imbécil, ¿lo sabes?
Me río en el puño de mi chaqueta, convirtiéndolo en un ataque de tos
falsa cuando Patrin me envía una mirada fulminadora. Mi primo levanta las
manos y ofreciéndosela al detective Holmes.
—Sello con un apretón de manos.
—Este no es el salvaje oeste, hombre.
Echo un suspiro.
—Solo hazlo. De lo contrario estaremos aquí toda la noche.
Infeliz, Holmes sacude la mano de Patrin. Patrin asiente y sale del
camino.
—Toma el maldito enfermo. Y cumpla con su parte, detective. Haga lo
que ha acordado hacer.
Holmes no me parece un tipo que se tome las amenazas bien. Él arquea
una ceja, sus ojos saltando de mí a Patrin y de vuelta otra vez.
—¿Y si no lo hago? —desafía.
No trato de esconder mi risa esta vez.
—Oh, realmente no lo recomendaría.
Zara
Es pasada medianoche cuando regresa. Siento su tacto, ligero y suave
en mi piel, sus dedos acariciando el costado de mi cara y abro los ojos
lentamente. Se ha agachado frente a mí, recostado contra el lado del sofá de
Sarah, donde el cansancio finalmente me reclamó hace un tiempo, y me
mira como si fuera un tesoro con el que tropezó por casualidad.
—Hola, tú —susurra—. Lo siento. Parecías tan tranquila. No debería
haberte despertado. —Pasa la punta de su dedo índice por el puente de mi
nariz, todo el camino hasta la punta, mirada fija en mí, sus ojos vivos con
alguna emoción que no puedo precisar a través de mi cerebro nublado por
el sueño.
—¿Dónde está Lazlo? —gimo—. ¿Está...? —¿Muerto? ¿Enterrado vivo?
¿Encerrado? No sé qué opción preferiría en este momento.
Pasha sonríe con fuerza.
—Patrin me encontró. O yo lo encontré. No importa. Le dimos a Lazlo a
tu amigo, el detective Holmes. Tengo la sensación de que Lazlo está
enterrado tan profundamente en este momento que nunca volverá a ver la
luz del día. Holmes vendrá por Corey en cualquier momento. ¿El niño está
bien?
El niño está más que bien. Alimentado, bañado y vestido con la ropa
que Archie logró encontrar en algún lugar, Corey Petrov está a salvo.
—Sí. Está emocionado de ir a casa.
Cuando sostuve a Corey en mis brazos por primera vez, consolándolo,
sintiendo su corazón a través de su pequeña caja torácica, sentí como si la
mano del destino descansara sobre mi hombro. Todo esto comenzó con
Corey. Todo este viaje en una montaña rusa salvaje comenzó con el sonido
de su pequeña y aterrorizada voz en el otro extremo del teléfono. Había
renunciado a toda esperanza de que la historia terminaría con él vivo y bien.
Todavía no tengo idea de quién era el niño que se encontró en las orillas del
río Spokane, pero una parte egoísta y jodida en mí está tan contenta de que
fuera un niño diferente y no Corey.
—¿Y Garrett? —pregunta Pasha—. Debería matarlo por...
Paso mi pulgar a lo largo de la línea de su pómulo, sacudiendo la
cabeza.
—Se ha ido, Pasha. Nosotros... —Suspiro, profundizando en mis
propias emociones encontradas, tratando de llegar a algo que decir que
podría tener sentido—. Nunca vamos a entender a Garrett. Él fue la mascota
de Lazlo durante años. Casi toda su vida. Dios sabe lo que pasó, pero sé que
es un hecho que sufrió a causa de el hombre. Nunca debería haber tomado
a Sara. Hay un montón de cosas que no debería haber hecho. Pero protegió
a Corey al final. Lo salvó. Y él no me hizo daño. Hizo lo que era correcto al
final.
—Estoy seguro de que Sarah no lo ve de esa manera.
—Te sorprenderías. —Respiro hondo, reflexionando sobre ello—. Sarah
es la persona más compasiva que conozco. Cuando le quitamos esa
máscara... ella lo abrazó, Pasha. Podía escuchar la ira y el dolor en su voz,
pero le dijo que se perdonara, porque ella lo había hecho. Fue... fue
realmente jodido, en realidad.
Pasha suelta una respiración, sorprendido.
—Ella suena como una patea-traseros.
—Lo es. No tienes idea. No puedo esperar a que la conozcas
adecuadamente. Sin embargo, es mejor esperar hasta mañana. Ella va a
necesitar mucho sueño para recuperarse de esa terrible experiencia.
—Por supuesto. Archie la está vigilando de todos modos. Él ni siquiera
me dejaba asomar mi cabeza allí. Tengo la sensación de que el viejo bastardo
podría sentirse un poco demasiado protector hacia ella.
—¿Crees que ella volverá a vivir con el clan ahora? —susurro.
Pasha se encoge de hombros.
—La conoces mejor que yo. Pero es bienvenida. De aquí en adelante,
será bienvenida para ir y venir cuando quiera, si eso es lo que quiere.
Cuando exhalo, mis músculos se sienten como si se estuvieran
derritiendo de mis huesos. La tensión, el pánico y la preocupación parecen
disminuir, y por primera vez en semanas me siento en paz. Hasta este
momento, no me he dado permiso para creerlo. Que todo ha terminado. Que
estemos a salvo. Que Lazlo ya no sea una amenaza para nosotros. Pero al
ver el alivio en los ojos de Pasha, finalmente comienza a hundirse.
No he llorado ni una sola vez durante todo este lío, pero parece bien
permitirme un momento de debilidad ahora. Un suave ceño arruga las cejas
de Pasha, mientras se acerca con cuidado y quita una lágrima, atrapándola
con la punta de su dedo antes de que caiga.
—Lo siento mucho —susurra—. Entré en tu vida y la volví de cabeza,
¿no es así? Eso es lo último que quería.
Suavemente, lo agarro y lentamente le doy vuelta a su mano, colocando
un largo y suave beso suave contra la ruta de débiles venas azules y verdes
y las raíces de árbol negras bellamente tejidas, entintadas en el interior de
su muñeca.
—Nunca necesitas disculparte. No es así como sucedió todo esto y lo
sabes —susurro de vuelta—. Lazlo causó todo esto. Me trajo a Spokane. Me
espió. Me envió a la Feria Medianoche. Organizó nuestra reunión, sabiendo
que estaría allí para encontrar a Shelta. Él fue el catalizador que nos hizo
chocar juntos. Estaba empeñado en arruinar mi vida, tanto como estaba
decidido a arruinar la tuya. Fui una especie de obsesión enfermiza para él.
Tú eras parte de una venganza antigua. Nos lanzó al otro como un
experimento perverso, porque fue entretenido para él.
Las pestañas oscuras de Pasha lucen como tinta negra derramada
contra sus pómulos altos y pálidos. Se queda mirando mi mano, todavía en
su brazo desnudo y tatuado, y me doy cuenta de que no está respirando.
—¿Crees eso? —pregunta, cómo domina su voz profunda, tosca e
imposiblemente dominante a salir en un susurro tan frágil es un misterio—
. ¿Crees que todo esto es por Lazlo? Él te hizo a venir a Spokane, ¿así que
ahora crees que él tuvo una mano en obligarte a caer en la cama conmigo?
¿Crees que...? —Él me mira y el frío, penetrante e intenso poder de sus
hermosos ojos verde pálido me golpea como un golpe en el estómago—.
¿Crees que lo que sientes por mí no es real, Luciérnaga? ¿Que todo esto fue
algún tipo de manipulación?
Mi pulso disminuye. Nadie nunca me ha mirado de la forma en que él
me está mirando en este momento: tan orgulloso, tan feroz, esperanzado y
decidido. Entiendo por qué me está haciendo esta pregunta. Se me ha
ocurrido que podría ser verdad, que Lazlo logró someterme a su voluntad,
no solo a mí, sino a los dos, y que el fuego y la atracción innegable que sentía
hacia Pasha era simplemente la respuesta de mi cuerpo a la peligrosa y
terrible situación en la que me encontraba, porque lo necesitaba. Porque
necesitaba a alguien en quien apoyarme, y Pasha era la persona más fuerte
con la que me había topado en toda mi vida.
—Al inicio de esta noche, durante una fracción de segundo, me permití
creer que era cierto —admito—. Esperé sentirme aliviada, porque si esta
cosa entre nosotros no era real, entonces podría volver a mi vida y descartar
todo esto como nada más que una táctica de supervivencia.
Los ojos de Pasha se endurecen. Un pequeño músculo se flexiona en
su mandíbula. Paso mis dedos contra ella, alisando la tensión.
—Pero el alivio nunca llegó. Lo único que sentí fue una sensación de
pérdida angustiosa, profunda y aplastante. Y lo supe. A pesar de todo,
siempre he sabido que esto era real. Lazlo podría haber tratado de tirar de
nuestras cuerdas, pero no me hizo enamorarme de ti, Pasha. Tú eres la
razón por la que mi corazón te pertenece.
El busca en mi cara. Es el mismo estudio feroz que llevó a cabo la noche
en que estuvo a un pelo de chocar conmigo fuera de la tienda de Shelta en
la Feria Medianoche, pero esta vez no me siento atrapada en el lugar, violada
por su inspección. Lo estudio de nuevo, y se me ocurre, la razón por la que
me miró tan ferozmente en aquel entonces, porque también lo siento, es una
necesidad desesperada de capturar y etiquetar cada pequeño aspecto de su
rostro. Para grabar cada parte de él en mi memoria, la tarea más importante
y urgente del mundo, porque no hay manera de que sea real. Él no puede
serlo. Esta contradicción de un hombre ni siquiera debería ser posible, como
si fuera una especie de anomalía sobrenatural y soy la persona más
afortunada en el universo al estar aquí, al poder presenciar su improbable
existencia incluso por una fracción de segundo en el tiempo.
—No te habría dejado ir —dice—. Si decidieras que no deberíamos ser...
—Sacude la cabeza, cambiando de rumbo—. Hubiera luchado por ti, Zara.
Me hubiera asegurado de que supieras que, para mí, esto no es simplemente
real. Esto es lo único que es real. Lo único que importa. Todo lo demás es
solo ruido blanco. —Él desliza su mano debajo de mí, y luego me levanta del
sofá, me pone de pie, y me besa como si nuestras vidas dependieran de ello.
El miedo y el dolor y toda la preocupación de las últimas semanas se
desvanecen. Las piezas de mí que fueron destrozadas por el odio y la
enfermedad de Lazlo se juntaron, se unieron una vez más, y estoy completa,
no por la satisfacción de apuntar un arma a un enemigo y apretar el gatillo,
sino porque el toque vital de este hombre milagroso.
Cuando el beso pausa, porque continuará, no hay ninguna duda al
respecto, Pasha toma cuidadosamente mi rostro con sus manos y apoya su
frente contra la mía.
—¿Zara?
—Sí.
Nuestros cuerpos están tan cerca que siento su corazón golpeando
contra su caja torácica.
—Yo también te amo —susurra.
Zara
El valle se ve como si estuviera envuelto en llamas. Los tambores
retumban como truenos en la distancia, y la brisa helada parece decidida a
arrancar las flores de mi cabello, pero estoy demasiado distraída como para
recordar el frío, o la marea de ruidos que se baten y golpean justo al otro
lado de la cresta. Mi atención se centra únicamente en el hombre que está
delante de mí, desnudo hasta la cintura. Su torso está lleno de músculos, y
el mapa de tatuajes parece moverse sobre su piel, vivos, mientras levanta
una camisa y la considera.
—No te atrevas a ponerte eso —ordeno.
Una sonrisa escandalosa se extiende por su rostro, sus ojos brillan
cargados de lujuria cuando se gira hacia mí. Su cabello oscuro cae en ondas
alrededor de su rostro, mucho más largo que hace tres meses en las
profundidades del invierno. Con el deshielo de la primavera ya terminado y
la caravana atrapada en la agonía de la primavera, Pasha Rivin parece
haberse transformado en una criatura completamente diferente a la que
conocí en la Feria Medianoche.
Se negó a dejarme venir a las peleas de jaula. Dejó de hacerlas
completamente cuando llegó a casa con el labio partido y el ojo morado una
noche y vio la expresión de mi cara. Nunca le hubiera pedido que renunciara
a esa parte de su vida, por mucho que me molestara; cuando le pregunté
por qué tiraba la toalla, me dijo: “Peleaba porque estaba enojado. Ya no estoy
enojado, Luciérnaga”, y eso fue todo. Desde entonces, ha estado entrenando
como un demonio, entrenando con Patrin todos los días de la semana, y los
dos son jodidamente enormes ahora.
La tensión siempre presente que parecía envolverlo como una capa ha
desaparecido. Es... más libre ahora. Hemos estado viviendo juntos durante
meses, compartiendo una cama, sin importar dónde nos encontremos.
Dividimos nuestro tiempo entre mi apartamento en Bakersfield, el loft de
Pasha con vista a la ciudad, y también pasamos buena parte de nuestro
tiempo con el Clan. Ya no soy “la gadje”. En su lugar me han llamado “Ves”
o “Ves’ tacha”.
Shireen escuchó a Pasha susurrándome esas pequeñas palabras
dulces durante un momento muy privado, y luego procedió a provocarlo sin
piedad al dejarle saber a todos que era su nombre de pila para mí. No solo
soy su “amada”, sino que soy la de todos los demás, especialmente cuando
quieren molestarlo juguetonamente. Aparentemente, para Pasha está muy
no de Pasha dar un término tan cargado de cariño a cualquiera, y ha estado
brindando a los ancianos y jóvenes del Clan por igual horas de
entretenimiento.
Los ojos de Pasha están prácticamente bailando mientras merodea
hacia mí, dejando caer a sus pies la camisa que sostenía. Es un depredador
al cien por cien, y está obviamente hambriento. Rompiendo en una sonrisa,
considero hacerlo correr por ello, sabiendo que me perseguirá y me
alcanzará en cuatro segundos, pero todavía hay gente merodeando por el
campamento, preparándose para la ceremonia, y nunca lo sobreviviremos
si nos ven corriendo y gritando entre los vardos, como adolescentes
jodidamente locos por el sexo. Eso es lo que somos, sin embargo: locos por
el sexo. Ninguna pareja en la historia de la humanidad ha follado tanto como
Pasha y yo en los últimos tres meses. Es como si estuviéramos recuperando
todo el tiempo perdido solo para poder abusar del otro mientras dormimos.
—¿Estás nervioso? —pregunto, tratando de distraerlo.
—No. ¿Tú lo estás?
—¿Por qué estaría nerviosa? Tú eres el que está siendo coronado. —Sin
embargo, sé perfectamente que él no estaba hablando de su coronación. Se
refería a algo completamente distinto. Está a solo un metro de distancia de
mí ahora, y parece que está tratando de averiguar qué parte de mí va a
devorar primero—. Pasha. Pash, no —digo riendo—. Patrin viene a
buscarnos en un segundo. ¿Quieres que nos encuentre desnudos y follando
contra un árbol?
—No me importa cómo nos encuentre follando. Aunque el árbol suena
como una buena idea.
Está frente a mí, entonces, sus manos estiradas hacia las correas del
vestido verde irlandés que Shireen me prestó, el que me abroché a la cintura
con un trozo de seda púrpura. No es estrictamente un vestido que parezca
muy Roma, pero es muy bonito de todos modos, y los colores complementan
mi loco cabello. Los ojos de Pasha se alimentan de mis hombros desnudos
y la columna de mi cuello, y un calor comienza a elevarse en mi estómago,
extendiéndose hacia afuera, acumulándose en el vértice de mis muslos y
haciéndome retorcerme.
—Última oportunidad de follar a un príncipe —retumba Pasha.
—¿Oh sí? Estoy bastante segura de que follar a un rey será lo mismo.
—Diablos no. Follar a un rey es mucho peor. Son súper titulados.
Saben que han llegado a la cima de su juego, por lo que ya ni siquiera lo
intentan. Las cosas solo van a ir cuesta abajo desde aquí, Luciérnaga.
Me cuesta mucho fingir horror cuando todo lo que quiero hacer es
sonreír.
—Suena miserable. Tal vez sea mejor que acepte esa oferta.
Las correas están abajo sobre mis hombros en segundos, y el vestido
se desliza por mi cuerpo, reuniéndose a mis pies. Pasha atrapa su labio
inferior entre sus dientes, sus ojos se hunden para recorrer la longitud de
mi cuerpo desnudo.
—Sin ropa interior —reflexiona—. ¿Estás tratando de darme un jodido
ataque al corazón?
Su voz es como una caricia áspera; envía un violento escalofrío a lo
largo de mi espalda, siento pinchazos y agujas en la piel entre mis
omóplatos.
—Se suponía que era tu sorpresa posterior a la coronación. Pero eres
el hombre más impaciente que he conocido. Así que…
Sus callosas manos, incluso más ásperas ahora por trabajar afuera con
Patrin, son fuertes y poderosas cuando me agarran de las caderas y me
acercan a él. Es una deliciosa pared de calor y músculo. Mis pechos se
aplastan contra su pecho definido y entintado, y una oleada de necesidad
me golpea como una corriente eléctrica.
—¿Me quieres? —gruñe, voz áspera y gruesa con su propia lujuria.
Inclino mi cabeza hacia atrás, levantando mi rostro hacia él, mojando
mis labios de una manera que sé que lo vuelve absolutamente jodidamente
loco.
—Sí, su Alteza. Claro que sí.
—Buena chica.
Va a desabrocharse el cinturón, pero yo lo hago antes de que él pueda.
—Uno de estos días, te daré esto a ti para que lo muerdas. —Quito la
longitud del suave y flexible cuero de las pretinas de su pantalón,
sonrojándome un poco cuando me doy cuenta de que realmente puedo ver
mis propias marcas de dientes impresas en él.
La boca de Pasha se enrosca hacia un lado. Peligroso. Dios, es tan
jodidamente peligroso.
»Espero con ansias ese día. Pero ahora…
—El tiempo es la esencia —termino por él. Es posible que mis manos
hayan tropezado por intentar desvestir a este hombre al principio de nuestra
relación, pero he tenido mucha práctica desde entonces. Tengo sus
pantalones fuera de su cuerpo en tres segundos, junto con sus zapatos y
calcetines.
El cuerpo de Pasha es material de mitos y leyendas. Fácilmente
avergüenza a cada uno de los dioses griegos; ni el propio Zeus se veía tan
bien desnudo. La baja V que se sumerge en su ingle es suficiente para
hacerme hundir mis uñas en mis propias palmas con la fuerza suficiente
para extraer sangre. Joder, es más allá de perfecto. Los tatuajes que forman
un escudo en su pecho, los reyes de su gente, que serpentean por sus brazos
definidos y fuertes, y que suben por su cuello hacen que mi cabeza gire. Su
estómago es como una tabla de lavar, sus musculosos muslos y la curva de
su trasero extraordinariamente tonificado son todas las fantasías soñadas
de una mujer, pero son los detalles más finos del hombre lo que más aprecio.
Sus labios llenos, mordibles. El corte de su clavícula; los bellos finos y
suaves en la parte posterior de su cuello; el hoyuelo profundo que se forma
en su mejilla cada vez que realmente, realmente sonríe.
Deslizo mi mano entre nuestros cuerpos, agarrando su polla y
apretándola, y sus párpados se agitan. El suspiro entrecortado que libera
hace que mi ritmo cardíaco se acelere un poco. Con movimientos firmes y
seguros, comienzo a acariciarlo, y Pasha silba en voz baja.
—Mierda. Luciérnaga, eres demasiado buena para eso.
Entonces él hace su propio movimiento, palmeando mi pecho izquierdo
y amasando mi carne, pellizcando y girando el capullo hinchado de mi pezón
entre sus dedos, antes de maldecir e inclinarse sobre mí para que pueda
sujetarlo entre sus dientes. El dolor es intenso. El placer es insoportable.
—¡Ahh! ¡Joder, Pasha!
Él no cede. Cambia a mi otro pecho, dándole el mismo tratamiento al
pezón izquierdo, y agarro un puñado de su cabello, tirando de su cabeza
hacia atrás y empujándolo lejos.
—Chico malo —reprendo. Y estoy mordiendo su pecho un segundo
después, y siento su carne ceder contra mis dientes.
—¡Jesús! —gruñe Pasha mientras muerdo aún más fuerte. Lo siguiente
que sé es que él me está levantando en el aire, y me está acostado en el
suelo, tomando mis manos y sujetando mis brazos por encima de mi cabeza
por mis muñecas—. Tienes ganas de sacar sangre, ¿eh? —dice jadeando—.
De acuerdo entonces.
Y así comienza una guerra que ninguno de los dos tiene esperanza de
ganar. Él me muerde el cuello, aplastándose encima de mí, empujando mis
piernas para hacer espacio para él. Reclamo su boca, lo beso
profundamente, lo provoco y lo degusto con mi lengua, arrancándole
palabras dulces y frustrados, solo para apretar mis dientes alrededor de su
labio inferior un segundo después, tirando de él hasta que su mano se
apretó alrededor de mi cuello, empujándome de nuevo a la hierba.
—Cuidado, luciérnaga. Cuidado —advierte.
Pero no tengo cuidado. Agito mis caderas contra él, creando una
presión embriagadora e insoportable entre nosotros, y Pasha afloja su
control sobre mí. Uso mi codo para sacar el brazo que soporta su peso, y él
se cae de lado. Un segundo y un giro de mi cuerpo después, y el mundo está
girando mientras subo encima de él, sentándome directamente sobre su
polla dura como una roca. Coloco mi mano en su estómago y entierro mis
uñas en sus costados mientras me muevo contra él, provocándole con la
proximidad de mi vagina, y Pasha pierde su mierda. Su espalda se arquea
lejos del suelo, su cabeza cae hacia atrás, con su cuello expuesto, y gruñe
con los dientes apretados.
—Jooooder. Última advertencia, Luciérnaga.
—¿Qué vas a hacer al respecto, niño bonito? —me burlo. No debería.
Debería saberlo mejor... y la verdad es que sí lo sé. Quiero que él tome el
control. Quiero que él me maneje. Quiero sentir sus dedos presionando mi
piel lo suficientemente fuerte como para dejar un moretón. Mi estómago
retrocede cuando Pasha me agarra, rugiendo, y me pone de espaldas. Mis
muñecas están puestas sobre mi cabeza de nuevo en poco tiempo. Empuja
su mano libre hacia abajo entre nuestros cuerpos y fuerza sus dedos entre
mis piernas, gruñendo.
—Tan mojada. Ya estás preparada para mí, ¿mmm? —Me retuerzo,
tratando de salir de debajo de él, pero él es rápido—. ¿A dónde estás tratando
de escabullirte?
Aplasta su boca contra la mía, y las estrellas explotan detrás de mis
ojos. El beso es un saqueo. Él empuja sus dedos dentro de mí, me folla con
ellos, y mi visión se vuelve borrosa. Alejo mi boca de la suya, tratando de
recuperar el aliento, tratando de hundir los dientes en su hombro, pero él
desvía su cuerpo, apartándose del camino—. ¡Ahhh! ¡Pasha! Dios…
—Nunca supe que las luciérnagas tenían garras tan afiladas. —
Resopla—. Nunca supe que les gustaba morder.
—Esta luciérnaga lo hace —contesté.
Pasha desata una sonrisa brillante, riendo sin aliento, y mi corazón se
hincha en mi pecho. Siento que solo ha duplicado su tamaño cuando me
suelta las muñecas, me libera, pero luego me toma por el mentón, sostiene
mi cabeza en su lugar mientras me lame el labio superior, luego pasa su
lengua por la costura de mi boca.
—Sabes a sol y la miel, depravada —me informa—. Te voy a tomar
ahora. Me deslizaré dentro de este pequeño y húmedo coño tuyo y te haré
venir. Va a ser tu final. ¿Alguna última palabra? —Él muele sus caderas
contra mí, y la punta de su polla se frota contra mi vagina, dándome un
poco de mi propia medicina.
Dios, lo necesito. Lo necesito dentro de mí tan jodidamente mal. Si él
no me empuja ahora mismo, voy a perder mi maldita mente. Sacudo la
cabeza, reteniendo obstinadamente la súplica que lucha por escapar de mi
boca. Sin embargo, la sonrisa amplia de Pasha me dice que él ve a través de
mí.
—¿Puedes sentir lo mucho que te deseo, Zara? ¿Puedes? —Él empuja
sus caderas hacia adelante, apretando su erección contra mí tan fuerte que
realmente me duele el hueso púbico—. Estoy tan duro como el concreto
reforzado en este momento. Tu coño es más resbaladizo que un puto
resbaladero. Dime que me deseas.
Sacudo la cabeza.
—No.
—Dime.
—No.
—Admítelo, y puedo darte lo que necesitas.
Intento sacudir mi cabeza una última vez, pero Pasha aprieta su agarre
en mi mandíbula, manteniéndome inmóvil. Trato de sacarlo de su confesión
inclinando mis caderas hacia abajo debajo de él, tratando de deslizarlo
dentro de mí por mi cuenta, pero Pasha se desvía lo suficiente para alejarse
de mí. Sus ojos se ensanchan con reproche.
—Tut tut. Quieres mi polla dentro de ti, lo menos que puedes hacer es
pedirla bien.
Jodido infierno, siento que voy a implosionar.
—¡Pasha!
—¿Pasha qué?
—Solo... joder...
—¿Solo jodidamente fóllame? ¿Por favor? —Él hunde su cabeza hacia
abajo, rozando sus dientes sobre la piel hipersensible en la base de mi
cuello, y no puedo soportarlo más.
—¡Sí! Dios mío, sí, por favor. Por el amor de Dios. Te deseo. Te necesito
dentro de mí ¡Por favor!
Está en su poder torturarme aún más. Si él realmente quisiera que
sufriera, podría provocarme con su polla entre mis piernas otra vez,
sujetándome hasta que estuviera jadeando y gimiendo por él, lo
suficientemente desesperada como para decir absolutamente cualquier cosa
que él me pida, siempre y cuando me saque de mi miseria. Sin embargo, él
mantiene su mano.
Con un fuerte empuje hacia arriba, se estrella dentro de mí, y nos
congelamos al mismo tiempo, con la boca abierta, compartiendo aliento,
frotándonos los labios mientras intentamos llegar a un acuerdo con la
repentina y cegadora pared de placer que se ha estrellado en nosotros dos.
—Santa... mierda... —dice Pasha sin aliento—. Dios, Zara. Dios, voy a
correrme tan jodidamente duro dentro de ti.
Envuelvo mis brazos alrededor de él, aferrándome a él como si mi vida
dependiera de ello. En él. No me entierro las uñas en la piel esta vez. La
necesidad de luchar contra él, la frenética y desesperada necesidad de
consumirlo de alguna manera... ya se ha ido. Se desvaneció, como si alguien
hubiera pulsado un interruptor, y la única urgencia que me está
consumiendo ahora es la necesidad de acercarme, de hacer que este
momento dure.
Él comienza a moverse contra mí, torturadoramente lento. Él me echa
el cabello hacia atrás, reuniéndolo en un grueso mechón, luego desliza su
mano debajo de mí, apoyando mi cabeza mientras me mira fijamente con
total asombro en su rostro.
—Nunca en mis sueños más salvajes imaginé... a ti.
—Mentiroso —susurro—. Ese es el primer lugar en el que nos
conocimos.
El clímax que se infla en nosotros no mucho después, primero yo, luego
Pasha justo después, es uno de los récords. Estamos empapados de sudor
y sin aliento cuando el que pronto será el rey Roma me acerca a su pecho y
me dice que me ama.
***

—Oh Dios mío, ¿qué es eso en tu cuello? ¿Un chupetón?


Golpeo una mano sobre la herida ofensiva, revolviendo mi cabello para
ocultarlo de la vista.
—No. No tengo idea de qué estás hablando. No seas ridícula.
Shireen me da una mirada de complicidad, ambas cejas suben a su
frente.
—Por favor, niña. Conozco una mordida sexual cuando la veo. Y... —Se
detiene, inspeccionando la parte posterior de mi cabeza—. ¿De verdad? Hay
hierba y ramitas en tu cabello. Ustedes dos son unos jodidos animales.
No tiene sentido negarlo. Realmente lo somos. Afortunadamente,
nuestras ropas, ahora de vuelta a nuestros cuerpos, están cubriendo los
otros numerosos mordiscos, rasguños y huellas de manos con las que nos
decoramos. Shireen enloquecería si viera esas. Ella saca una brizna de
hierba de mi cabello, mostrándomela como si fuera una niña mala atrapada
con las manos en la masa, y luego me arregla un poco, metiendo algunas
flores más detrás de mi oreja y en la trenza que acaba de enredar alrededor
de mi cabeza.
—¿Nerviosa? —pregunta, recordándome que Pasha me preguntó lo
mismo hace una hora.
Repito lo mismo que le dije, entonces.
—Pasha va a ser el centro de atención. Estoy solo de paseo, ¿verdad?
Shireen resopla.
—Si crees eso, entonces claramente no has estado prestando atención.
—¿Qué significa eso?
—Eso significa que los otros clanes están aquí hoy. Toda la familia de
la Costa Oeste. Y todas y cada una de ellas han oído hablar de la gadje
pelirroja que ha hechizado al chico a punto sentarse en nuestro trono. Todos
saben quién es Pasha. Ninguno te ha visto todavía. ¿A quién crees que van
a estar mirando?
Oh… jodida… mierda.
Tiene razón. No lo he pensado apropiadamente. Ya puedo sentir mi piel
hormigueando con vergüenza bajo el peso de tantos ojos curiosos.
—Está bien. Estaré contigo y con los niños.
—Lo siento, mi amor. —Shireen me toma de la mano y me saca del
Winnebago—. Me temo que vas a estar ahí arriba, de pie junto a él.
—¿Qué? —Intento liberar mi mano, horrorizada, pero Shireen es una
ninja. Demasiado acostumbrada a que sus hijos traten de deslizársele. Ella
solo aprieta su agarre mientras me apresura fuera del campamento hacia
nuestra izquierda. Comenzamos a subir la cuesta empinada de la colina, y
difícilmente puedo pensar en el coro de objeciones reclamando mi atención
en mi cabeza—. No voy a estar a su lado. De ninguna manera. Esto no tiene
nada que ver conmigo, Shireen.
—¡Ah! Te he dado más crédito, cariño, pero si crees eso, entonces
realmente debes ser tan estúpida como ese bicho pelinegro. Por supuesto,
tiene todo que ver contigo.
—Él es su rey, Shireen. Yo solo soy…
—¿Solo eres la mujer con la que va a pasar el resto de su vida?
Mis mejillas se sienten como si estuvieran a punto de estallar en llamas.
—Ahora no nos adelantemos tanto…
Resoplando por el ascenso, Shireen se detiene, con los ojos
desorbitados, y me gira, soltando mi mano.
—¿Qué? ¿No quieres pasar el resto de tu vida con él? —pregunta con
incredulidad.
Incómodo. Oh Dios, esto es condenadamente incómodo.
—Por supuesto que sí. Pero… Pasha y yo apenas hemos hablado de
eso. Él no lo ha mencionado. ¿Quién dice que él quiere pasar el resto de su
vida conmigo?
El sonido de la carcajada de Shireen hace eco alrededor del lugar. Luce
como si se fuera a orinar encima, de tan fuerte que se está riendo.
—Ahhh, Ves ‘tacha. Eres tan jodidamente ciega que es gracioso. Él está
comprometido. Atrapado. Nunca he visto a un hombre Roma tan
jodidamente preparado para casarse en toda mi vida. Y créeme… una vez
que a estos idiotas se les mete la idea en sus cabezas, son del tipo de los que
se casan. Ha sido parte de su cultura y de su crecimiento toda su vida, Zara.
E incluso si no lo fuera, Pasha no es el tipo de hombre que juega. Él te ama
más que a nada en la faz de esta tierra. Te adora, y todo el mundo lo sabe.
No habrá una sola persona reunida al otro lado de esta cuesta que lo mirará
y no sabrá que su trasero te pertenece, mujer. Para bien o para mal. Así que
cuando te miren, no van a estar viendo… ¿cómo te llamó Cleo esa primera
noche? No van a estar viendo a una invitada de honor que solo viene a
celebrar la jodida promoción de su novio. Van a estar viendo a la mujer que
su rey ha elegido para estar a su lado hasta el día en que muera. Van a estar
viendo a su futura reina. Entiendes eso, ¿verdad?
Oh…
Mierda.
Lentamente, me agacho rodeando mis rodillas, consciente de que
probablemente me veo un poco rara, pero necesito un minuto para
recuperar el aliento. Si no lo hago, voy a desmayarme.
—Uhhhhhh…
—No seas un bebé —dice Shireen, riendo—. ¿No jugaste a disfrazarte
cuando eras una niña? Aunque, en realidad ni siquiera puedes disfrazarte
tanto en este papel —agrega ausentemente—. Va a estar bien. Por lo que
entiendo, Pasha va a estar a tiempo parcial de todos modos. Ustedes dos se
quedarán aquí en Spokane por una buena parte del año, ¿verdad?
—Sí, eso es… lo que decidimos. —Me siento entumecida, como si todo
mi cuerpo estuviera hecho de goma.
Shireen parece darse cuenta de que en realidad estoy enloqueciendo y
se agacha, agazapada frente a mí.
—Mierda —resopla—. De verdad, Zara. Estos últimos meses han sido
asombrosos. Eres increíble, y ya te considero una hermana, pero Pasha es
importante. Lo llamo por nombres tontos todo el tiempo, y le doy un infierno
tan a menudo como puedo, pero el tipo parado al otro lado de esta cuesta
representa el futuro de nuestra gente. No tenemos mucho. Ser Roma es
jodidamente duro en este país. Es difícil en cualquiera que sea el país en el
que se encuentre nuestra gente. Vamos a seguir intentando averiguar dónde
pertenecemos en este mundo durante mucho tiempo, y Pasha está firmando
para ser nuestro abanderado hoy. Nuestro defensor y nuestra voz.
»Honestamente, habrá ocasiones en las que eso será un trabajo de
mierda para él. ¿Si no crees que puedas pararte a su lado y sostener su
mano durante esos días… si no crees que puedas estar ahí para él y ser su
igual, ser su fuerza y su luz sin importar qué mierda pase? Entonces te lo
ruego… por favor, no bajes por el otro lado de esta colina. Porque
jodidamente lo romperá si sigues por esa línea. Y no puedo permitir que eso
suceda.
Guau. Bueno, la mierda se ha vuelto real, al parecer. Me encuentro con
la mirada de Shireen, y veo bondad ahí. Ella no está tratando de ser cruel.
Solo lo está diciéndolo como es, y… bueno, aprecio su honestidad. Trago a
través del nudo en mi garganta y respiro profundamente.
—Lo amo tanto como él me ama a mí. Él es parte de mi alma. Nunca
voy a alejarme de él, Shireen. Esa nunca fue siquiera una posibilidad. Solo
fue un poco inesperado, eso es todo. Toda… la cosa de reina.
El rostro de Shireen sigue serio, pero sus ojos están sonriendo ahora.
Se pone de pie, extendiendo su mano. Me ayuda a levantarme, luego
entrelaza su brazo con el mío y continuamos cuesta de nuevo.
—No te preocupes —dice, dándome juguetonamente un codazo en el
costado—. Tienes tiempo. Al menos un mes más o menos.
—¡Un mes!
Shireen se ríe como una bruja todo el camino al otro lado de la colina.
La vista, cuando llegamos al fondo del otro lado y atravesamos un
estrecho grupo de árboles, me deja pasmada. Definitivamente escuché la
reunión, pero no la había visto hasta ahora: un mar de personas,
extendiéndose desde un lado de un masivo claro al otro. Empiezo a sentirme
un poco mareada de nuevo.
—No me di cuenta de que iba a haber tantos.
—Casi diez mil —dice Shireen. Diez mil pares de ojos expectantes, que
nos siguen con la intensidad de un rayo láser mientras nos abrimos paso a
través de la multitud hacia la plataforma de madera elevada que Archie y
Leo construyeron a principios de semana. Me pellizco a mí misma, tratando
de recordarme seguir inhalando, exhalando, inhalando, exhalando, pero no
es jodidamente fácil. Cleo ya está de pie ahí en la plataforma, pero hoy su
espalda está recta, y su personal no está a la vista.
Ella lleva un vestido parecido al que Shireen usa, excepto que el suyo
está decorado con pequeños medallones de oro. Nunca había sabido que ella
usara cualquier cosa más que monos, así que verla así ahora es algo
impresionante. Me sonríe mientras subo al estrado, extendiendo su mano
hacia mí. Cuando miro por encima de mi hombro, Shireen ha desaparecido
en el maldito aire.
—No te preocupes por ella —dice Cleo—. Necesita estar con su familia.
Tú necesitas estar justo aquí arriba con la tuya. —Señala sobre mi hombro,
y ahí está él: Pasha, la única familia que me importa, o que verdaderamente
significa algo para mí. Está vestido con una camisa holgada, completamente
diferente a sus camisetas habituales, y sus pantalones están
sospechosamente sin rasgar. Mientras hace su camino a través del claro,
dirigiéndose hacia el estrado, las personas se separan a su alrededor,
despejando su camino.
Hombres y mujeres por igual se tocan sus frentes en señal de respeto
a él, y Pasha hace lo mismo de regreso. Desde la distancia, luce calmado.
Serio. Confiado. Sin embargo, lo conozco mejor que a mí misma. Está muy
lejos de la calma como se puede estar, y está tenso, simplemente esperando
a que algo vaya mal.
Sin embargo, no lo hace. Cada una de las caras en la multitud es feliz.
La gente más cercana a él lo alcanzan y tocan su brazo o espalda, asintiendo
en apoyo a medida que él los pasa. Luego, él está al pie del estrado, y Patrin
aparece de la nada a mi lado, ofreciéndole ayuda con la mano para subir a
la plataforma. Pasha ríe infantilmente, tirando una mueca al hombre
mientras acepta su mano.
Había sido interesante, observarlos formar su extraña amistad en los
últimos meses; todavía se sacaban la mierda el uno al otro, pero más a
menudo los veo riendo en lugar de luchando. El olor a humo de madera y
cítricos frescos inundan mi nariz cuando Pasha envuelve sus brazos a mi
alrededor, besando mi frente.
—Hablando del exceso de mierda —murmura. Me río, apretándolo
fuerte, las palabras de Shireen en la colina rebotan dentro de mi cabeza, y
me doy cuenta, de la nada, que no tengo miedo lo que deparará el futuro. Si
soy honesta conmigo misma, he sabido todo el tiempo en lo que me estaba
metiendo, y he corrido hacia eso de frente, con los brazos bien abiertos.
—Muy bien, ustedes dos. Vamos a poner este espectáculo en marcha.
Si no sacamos el whiskey pronto, va a ver un alboroto —silbó Cleo.
Pasha no me libera, así que lo aprieto mucho más fuerte.
—Vas a estar bien —susurro en su oído—. En realidad, vas a estar
mejor que bien. Vas a estar jodidamente fenomenal. El mejor rey de todos.
Él se ríe cuando me deja ir.
—Si tú lo dices, Luciérnaga. Si tú lo dices.
La ceremonia en sí es corta y dulce. Un montón de ella no la entiendo,
ya que es un lenguaje que aún no domino, pero puedo captar algunas frases
raras de vez en cuando.
Cleo le pregunta a Pasha si va a servir a su gente, y él jura que lo hará.
Ella le pregunta si siempre trabajará por sus intereses, y no por su
propia fama, gloria o riqueza. Él promete que lo hará.
Ella le pregunta si sacrificaría todo por las personas que ama. Él jura
que lo hará.
Pronto, Cleo se gira para enfrentar a la multitud, y grita a través del
claro con una voz fuerte y clara.
—¡Aquí está su rey! ¿Se arrodillan?
Un rugido de respuesta hace eco en las montañas cuando diez mil
personas responden con aclamaciones, y gritos, y aplausos. Cada uno de
los miembros de la multitud se ponen de rodillas, y mi corazón se eleva ante
la vista. Las manos de Pasha tiemblan mientras Cleo se mantiene firme en
sus puntillas, tratando de alcanzarlo para colocar una corona de laurel
verde tejida en la cima de su cabeza. Al final, él tiene que agacharse un poco,
inclinando su cabeza, para que ella pueda colocarla correctamente.
Otra fuerte y salvaje tormenta de sonidos se eleva cuando Pasha se
endereza, y Cleo se arrodilla frente a él. Para mi horror, veo que incluso
Patrin está de rodillas a mi lado, y que, aparte de Pasha, soy la única
persona en el claro que no está jodidamente de rodillas.
Rectifico el problema en un latido. Puedo no ser considerada Roma.
Todavía no… pero al amar a su rey, ya estoy jurando honor y respeto a ellos.
Y no tengo absolutamente ningún problema en honrar a Pasha y darle el
respeto que se merece en este momento.
Le dije al regresar a su Mustang, cuando él trató de decirme qué hacer,
que él podría ser el rey de su gente, pero no estaba buscando que él fuera
mi rey. Honestamente, él ya era mi rey, así como es mi sol y mi luna y mi
corazón y mi alma.
Por el rabillo de mi ojo, capto a Patrin mirándome, y gime en voz baja.
—Él ahora va a ser todo un idiota —se queja—. Probablemente iré e
intentaré sofocarlo mientras duerme.
—No si yo llego primero —contrarresto.
—Puedo escucharlos a los dos, saben. ¿Puede uno de los dos
levantarse? Creo que todos están esperando por una señal o algo. Mierda.
Patrin aúlla con una risa mientras se pone de pie. Abraza a su primo,
ahora su rey, y ambos miran a las personas con orgullo en sus ojos. Como
uno solo, el resto de los Roma se levantan, sacudiéndose entre ellos, y un
estallido de música corta por encima el sonido de charlas y vítores, una
banda a lo lejos del valle escondido empezando, llevando su música a través
del claro con facilidad.
—Suéltame, pequeña mierda —se queja Pasha, empujando en broma a
Patrin, y luego está frente a mí, envolviendo sus brazos a mi alrededor,
llevando sus labios a encontrarse con los míos mientras me besa
suavemente. En el círculo de sus brazos, es como si estuviéramos de pronto
dentro de nuestra pequeña burbuja.
—Esto es un poco demasiado, ¿eh? —susurra—. No es realmente lo que
la mayoría de las chicas esperan al inicio de una relación.
No puedo contener la sonrisa que tengo pegada en la cara. Golpeo la
punta de su nariz con la mía, sacudiendo mi cabeza solo un poco.
—¿Esto se siente como el inicio de nuestra relación para ti? —susurro.
Sus ojos, tan vibrantes y verdes con la corona de laurel que está
usando, se vuelven serios.
—No. Se siente como una canción. Una canción que siempre había
conocido la melodía, pero solo hasta ahora es que estoy recordando la letra…
Me besa de nuevo, y esta vez se siente como si el claro entero hubiera
desaparecido. Se siente como flotar del suelo, caminando sobre el aire, tan
arrastrada por él que ambos podríamos fácilmente ser llevados por la briza.
Cuando me libera de su beso, encuentro que mis pies en realidad están
elevados del suelo, Pasha me está sosteniendo en el aire, acunándome
contra pecho.
El hombre con estrellas en sus ojos y cabello de alas de cuervo me
sonríe en secreto mientras me planta de regreso al suelo.
—Sí sabes que será diez veces peor que esto cuando nos casemos,
¿verdad?
Mis mejillas duelen cuando mi sonrisa se ensancha incluso más.
—Sí, lo sé.
Un asombro y fugaz sorpresa lo transforma.
—Oh, lo sabes, ¿no es así?
Tímidamente, asiento en consentimiento, y Pasha coloca un beso suave
contra mis labios.
—Mi Luciérnaga. Dios, jodidamente me sorprendes.
La voz de Patrin dispersa nuestra pequeña burbuja rudamente.
—Oye, idiota. Tienes a diez mil personas esperándote por aquí. Ya
habrá tiempo para eso más tarde.
Pasha pone los ojos en blanco, da un paso atrás, respira
profundamente… y entonces está golpeando a Patrin en el brazo.
—Está bien —dice, guiñándome un ojo por encima del hombro del otro
hombre—. Toda esta cosa de la coronación en realidad es jodidamente
estresante. ¿Quién quiere una copa?
Callie Hart es una de las autoras más
vendidas de romance contemporáneo y
Dark de los [Link]. Su serie Blood & Roses
actualmente se está traduciendo a
múltiples idiomas en todo el mundo.
Después de haber pasado los últimos siete
años viviendo en Australia, Callie ahora
llama hogar a Los Ángeles, donde disfruta
hacer caminatas, pasar el tiempo en la
playa, tomar clases diarias de yoga y, en
general, fingir ser una hipster.

A Callie se le pregunta a menudo:


'¿Qué es el Dark Romance? Su respuesta
es siempre la misma: Dark Romance es
una historia que te hace enamorar del
antihéroe. Es una historia que te hará
caminar sobre la cuerda floja, cuestionar tu cordura y hacer que
compruebes tu compás moral. Si amas una buena historia sobre un chico
muy malo, entonces el romance oscuro es para ti.

Bajo su nombre legal, Frankie Rose, Callie escribe ficción para jóvenes
adultos que ha sido reconocida a nivel mundial, y ha recibido numerosos
premios por su serie 'Halo'. También es editora en jefe de Metric Magazine,
que se lanzará en 2017.

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