Roma Queen
Roma Queen
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B B O OO OK K E E S S C C A A P P E E
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Lvic15, Neera & Lieve
Rebecatrr Mariela
Sarita NataliCQ
Lvic15 Annette-Marie
Neera beckysHR
lili-ana Candy20
[Link] Lieve
ElenaTroy
Neera Mariela
Daniela Herondale
Sinopsis _______________________________________________________________________ 6
Glosario _______________________________________________________________________ 7
Primera Parte __________________________________________________________________ 8
1 ____________________________________________________________________________ 10
2 ____________________________________________________________________________ 15
3 ____________________________________________________________________________ 22
4 ____________________________________________________________________________ 33
5 ____________________________________________________________________________ 42
6 ____________________________________________________________________________ 47
7 ____________________________________________________________________________ 55
8 ____________________________________________________________________________ 62
Segunda Parte ________________________________________________________________ 70
9 ____________________________________________________________________________ 71
10 ___________________________________________________________________________ 82
11 ___________________________________________________________________________ 89
12 ___________________________________________________________________________ 96
13 __________________________________________________________________________ 101
14 __________________________________________________________________________ 104
15 __________________________________________________________________________ 115
16 __________________________________________________________________________ 129
17 __________________________________________________________________________ 136
Tercera Parte ________________________________________________________________ 149
18 __________________________________________________________________________ 151
19 __________________________________________________________________________ 159
20 __________________________________________________________________________ 164
21 __________________________________________________________________________ 168
22 __________________________________________________________________________ 172
23 __________________________________________________________________________ 179
24 __________________________________________________________________________ 182
25 __________________________________________________________________________ 191
26 __________________________________________________________________________ 197
Cuarta Parte _________________________________________________________________ 202
27 __________________________________________________________________________ 204
28 __________________________________________________________________________ 214
29 __________________________________________________________________________ 219
30 __________________________________________________________________________ 229
31 __________________________________________________________________________ 235
32 __________________________________________________________________________ 241
33 __________________________________________________________________________ 246
Epílogo _____________________________________________________________________ 250
Sobre el autor ________________________________________________________________ 264
Hijo.
Amante.
Protector.
REY
He sido muchas cosas para mucha gente a lo largo de mi vida, pero ese
título —Rey— ha sido siempre un duro trago. Si quiero ayudar a Zara a
salvar a su amiga, entonces tengo que encontrar una manera de trabajar
con la presión, sin embargo. Debo desenredar este complicado lio de pistas
y cazar a un loco que pensaba que ya había matado hacia tres años para
traer a Sarah a casa de una pieza.
Mi gente depende de mí para protegerles.
Zara confía en que la mantenga a salvo.
No hay ningún sacrificio que no fuera a hacer por ella.
Mi Luciérnaga.
Mi Reina.
Arrasaré este mundo hasta los cimientos para mantenerla a salvo…
Gadje (gad-jeh): Un forastero. Una persona no gitana.
Marime (mah-ree-mey): Espiritualmente impuro.
Prikaza (pree-KOH-zah): Mala suerte.
Vitsa (vit-sah): Un clan Roma, formado por numerosas familias
extendidas.
Vardo (vardo): Un vagón gitano pintado.
Kris (Kris): Un tribunal legal Roma.
Ves ’tacha (Ves tatcha): Amado/a.
Rom Baro (RomBahrow): “Gran Hombre” o Rey.
Rom (rom): Un hombre Roma.
La habitación no tiene ventanas.
Dentro de la habitación, hay una pequeña cuna.
Una manta.
Una almohada.
Un cubo.
Una puerta.
Y un niño.
Desnudo, se estremece, agachado en un rincón, mirando hacia la puerta,
sabiendo que se va a abrir en cualquier momento y la pesadilla comenzará
de nuevo. Es imposible marcar el paso del tiempo aquí. Es bastante fácil leer
el cielo: si es brillante en el exterior, es de día. Oscuro, y es de noche. Dentro
de la caja sin ventanas, sin embargo, existe un permanente estado de limbo.
El sueño es desaconsejable. Si cierra los ojos, siquiera por un momento,
entonces el agotamiento lo reclamará, y no estará preparado. No estará listo
y esperando para luchar cuando llegue el momento. Porque vendrá. Él vendrá,
y el dolor se iniciará de nuevo, y a pesar de que la lucha es inútil, y siempre
se impone sobre el niño, es importante luchar porque, durante unos segundos
preciosos, el niño permanece intacto, ileso, sin mácula, y esos segundos
adicionales sirven para algo.
Dentro de la caja, el niño se pregunta cuando vendrán sus padres. Lo
dejaron en casa y prometieron volver pronto, pero no volvieron. ¿Cuánto
tiempo ha pasado desde que los ha visto? ¿Días? ¿Semanas? ¿Meses? Es
difícil de decir, pero deben estar preguntándose donde está en este momento.
Deben estar buscándole.
En su mente, el niño tiene fantasías de su padre hiriendo al hombre. Su
padre es tan fuerte. Tan poderoso. Sus manos son como palas—grandes
palmas y dedos gruesos y carnosos. El niño vio a su padre golpear a alguien
una vez, y el otro hombre cayó al suelo, sangrando por la nariz. Si su padre
puede hacer eso con un solo golpe, entonces probablemente puede hacer
mucho más si sigue golpeando. Eso es lo que el niño quiere—que su padre
golpee al hombre y no deje de golpearlo hasta que esté en el suelo, sangrando
y llorando y pidiendo volver a casa.
No le haría ningún bien, sin embargo. El niño lloró y rogó y rogó ser
llevado a casa, pero el hombre seguía burlándose de él. Le abofeteó tan fuerte
que sus oídos resonaron. Si el padre del niño viniera e hiriese al hombre,
tendría lo mismo para él al final. Su padre sería implacable. Y el niño se
pararía y miraría, y le haría sentir mejor ver al hombre sangrando por una
vez.
El niño muerde el pan duro, pero le duele la boca. Sus dientes se sienten
sueltos. Cuando sondea con la punta de la lengua, la superficie agrietada,
mellada de sus molares se siente extraña y rara. Sus dientes delanteros se
habían sentido de la misma manera, antes de que el hombre finalmente los
sacase de un golpe de la cabeza del niño.
Con aire ausente, el niño recuerda una tarta de cumpleaños. La textura
suave y sedosa de la cobertura, y el dolor de algo dulce deleitando sus papilas
gustativas. El pastel de cumpleaños es el favorito del chico. Nada de
chocolate, o red velvet, sino pastel de zanahoria. Su madre siempre le llama
su pequeño conejito, porque ama tanto el pastel de zanahoria. El chico solía
amar ser el pequeño conejito de su madre, pero ahora desearía que hubiera
sido su gran lobo malo. Quizás si hubiera aprendido a ser más duro antes,
entonces tal vez se podría defender ahora.
Como siempre, la puerta de la habitación se abre finalmente sin previo
aviso. El hombre es una silueta sin rostro negro en el rectángulo amarillo de
la luz que arde ante los ojos sensibles del niño, y por un momento el niño se
permite creer. ¿Podría ser? ¿Podría ser su padre que viene a llevárselo a casa?
Y entonces el hombre habla. El niño puede decir por la febril y excitada
voz que hoy va a ser particularmente malo.
—Lo de siempre, pedazo de mierda. Gírate y de cara a la pared. Abre
esas piernas.
Toda esperanza huye del niño.
Quizás eso es una buena cosa.
No hay nada más cruel que la esperanza.
Zara
TEMOR
Te galvanizará o te romperá.
La gente se pliega bajo la presión del miedo todo el tiempo, arrugándose
sobre sí mismos, haciéndose pequeños, escondiéndose del oscuro frío puño
que se envuelve alrededor de sus corazones. También están aquellos que se
levantan para enfrentar el miedo, enderezando sus hombros, preparándose
para enfrentarse al objeto de su terror.
Siempre he sido una persona de elevarse y encontrarse con el miedo.
Nunca he dejado que otra persona o situación clame poder sobre mí antes,
y de esa manera… supongo que me he sentido impermeable ante la noción
de estar realmente asustada. Si puedes mirar a tus mayores miedos a los
ojos, estar parada, negarte a dar marcha atrás, dejarlo, o marchitarte,
entonces superarás la emoción turbulenta que de otro modo destruiría tu
esperanza y se comería viva tus sueños. Es liberador, darse cuenta de hasta
qué punto un poco de valor te puede servir.
Ahora, sin embargo, estoy minada de coraje.
Ahora, por primera vez en mi vida, estoy realmente asustada.
A mi lado, un hombre con el pelo como el ala de un cuervo y brillantes
ojos verdes toma mi mano y la aprieta con fuerza, como si pudiera percibir
hasta qué punto estoy asustada. La sonrisa que me envía se ve un poco
gastada en los bordes, pero refuerza mi confianza un poco.
—No será tan malo —retumba. Su voz me ha perseguido en sueños, sin
aliento y llena de lujuria durante años, y oírla ahora, en voz alta, mientras
estamos unidos bajo la lluvia en la esquina de Delongpre y Cross Street, en
uno de los barrios de más dudosa reputación en Spokane, su sonido envía
un escalofrío por mi espalda. Alfileres y agujas muerden en las puntas de
mis dedos de las manos y los pies, y mi respiración se queda atrapada en la
parte posterior de mi garganta, porque es real. Su voz es real. Pasha es real,
y se las arregló para encontrarme.
Ante nosotros, una oscura escalera desciende bajo tierra, por debajo de
las aceras desgastadas de Rochester Park. Los ojos de Pasha son febriles
cuando mira hacia abajo a la oscuridad y mueve la cabeza hacia la izquierda,
haciendo espetar los huesos de su cuello. No se ve excitado por la posibilidad
de bajar las escaleras y a la oscuridad más allá —realmente yo tampoco
quiero jodidamente hacerlo— pero hay una energía determinada y acerada
que brota de él, y la puedo sentir picar en mi piel como una corriente
eléctrica.
—Probablemente es mejor si no hablas con nadie hasta que hayamos
tenido la oportunidad de encontrar a mi madre —dice Pasha, apretando su
mandíbula—. Las cosas se saldrán de las manos de otra manera.
¿Salirse de las manos?
No me gusta el sonido de eso, pero no pregunto qué quiere decir. El
nudo de pánico aceitoso que continúa torciendo y girando sobre sí mismo
en la boca de mi estómago no me deja preguntar, por si acaso las respuestas
son aún más preocupantes que el no saber. Muy muy patético, la verdad.
Pasha da el primer paso, abriendo el camino hacia las escaleras, y un
sonido alto empieza a chirriar en mi cabeza como uñas en una pizarra. Hace
menos de una hora, en la calle afuera de mi apartamento, estaba enfadada
con él por impedirme coger un teléfono público.
Él respondió a la llamada que había sonado durante unos buenos cinco
minutos bajo la ventana de mi dormitorio. Era el que había hablado con el
hombre al otro extremo de la línea. Por lo tanto, había sido su trabajo darme
la noticia de que Corey Petrov estaba muerto. Asesinado por un hombre
llamado Lazlo, que ahora aparentemente iba a matar a mi amiga Sarah. Y
entonces…
... y entonces sólo Dios sabe qué.
Mi ira hacia Pasha ahora desvanecida, la noticia de la muerte de Corey
todavía está hundiéndose, y en lugar de estar molesta porque no me había
dejado responder al teléfono, estoy extraordinariamente agradecida porque
me salvó de tener que escuchar esas palabras viles goteando de la lengua
de Lazlo. Me habría perseguido, atormentado y torturado.
Pasha, por el contrario, no parece estar cayendo a pedazos. En lo más
mínimo. Hay dolor en sus ojos, sí, y algo así como furia verdosa —quemando
lo suficientemente brillante como para ser detectada a kilómetro y medio de
distancia —pero también es sólido e inamovible, como un pilar de roca
antiguo en medio de una fuerte tormenta.
—Siento haberte arrastrado a todo esto —le susurro. Estas palabras
son inútiles, ya lo sé, pero tengo que llenar el silencio; el aire en la estrecha
escalera se siente cercano, sofocante y despojado de oxígeno, y su espesor
se está metiendo por mi garganta, por el interior de mis orejas y en mi nariz.
No puedo jodidamente soportarlo.
La gran mano de Pasha, encerrada alrededor de la mía, se aprieta de
nuevo.
—Nada de esto es tu culpa. Nada de esto es culpa mía. Lazlo es... —Me
quedo viendo las pequeñas hebras de pelo estirada en la base de su cabeza
mientras Pasha sacude su cabeza, suspirando pesadamente—. Lazlo es un
extraño. No nació en el clan. Apreció años antes de que yo naciera, de otro
clan. Siempre era problemas. Nunca encajó. Nunca siquiera trató. La gente
amaba al bastardo por ello. Todo el mundo pensaba que caminaba sobre
agua. Cuando traté de decirles lo que le encontré haciendo, no me creyeron.
O simplemente no quisieron escucharlo. A veces es así. La gente no quiere
sentir que fueron engañados para confiar en alguien que no se lo merecía.
Es más fácil si alguien está mintiendo que el hecho de que ellos estén
equivocados.
En la parte inferior de la escalera, mi corazón se abre paso hacia arriba
en mi garganta y se niega a hundirse abajo en su lugar correcto. Cuando
vine aquí por primera vez, hace sólo una semana, un muchacho joven que
llevaba una chaqueta de color naranja estaba sentado aquí, vigilando la
puerta a la feria. Su nombre era Leo. No lo sabía cuando me encontré con
él, por supuesto, que era el mismo niño que había sido atacado por Lazlo
hacía tres años. Casi había sido violado por el hijo de puta, y Pasha le había
matado por ello.
Había pensado que lo había matado por ello.
Resulta que Lazlo está muy vivo, y su interés en los niños pequeños
está lejos de haber disminuido. Casi me doblo y vomito sobre mis zapatos
ante el pensamiento oscuro y desagradable. Corey. El pobre jodido Corey.
¿Qué salió mal? Yuri Petrov había estado tan seguro de que recibiría a su
hijo de vuelta; que no parecía siquiera cerca de preocupado cuando se
acercó a mí en el estacionamiento la otra noche. Me mostró el vídeo del niño
—viviendo y respirando, de una pieza— y permitió al cabeza de la mafia rusa
Spokane de convencerme que la situación estaba bajo control. Salté ante la
oportunidad de creer que había un final a la vista de la pesadilla, porque mi
preocupación por el niño me había estado comiendo viva.
Por lo tanto, había vuelto a casa. Me había re-regalado el abrigo de piel
horrible que Yuri me había enviado, y rápidamente había decidido el asunto
estaba mejor siendo tratado por las personas más educadas en materia de
secuestros, sobornos y crimen organizado en general. No había estado bien,
sin embargo. La situación no estaba bajo control, y Corey había pagado el
precio más alto.
Pasha me deja ir y saca un gran revoltijo de llaves del bolsillo de su
chaqueta de cuero. El metal destella en cobre y plata en sus manos mientras
sus dedos vuelan rápidamente a través de las piezas individuales de metales
hasta que encuentra la que está buscando. Un segundo más tarde, la puerta
grande, pesada, de acero que conduce a la feria, se abre, y…
Pasha maldice.
Tras la puerta, no hay nada más que oscuridad.
La Feria de Medianoche se ha ido.
***
Pasha
El cavernoso espacio que albergaba al clan hace sólo unos días huele a
azúcar rancio y al fantasma del humo. Había veinticinco puestos aquí abajo,
junto con numerosas tiendas y otras atracciones, pero ahora no hay nada
excepto silencio, la luz de mi teléfono rebotando en las estrellas frustrados
con azulejos en el techo y el suelo desgarrado bajo nuestros pies. Ni un trozo
de papel ha quedado atrás. Ni una sola pieza de basura, ni un libro olvidado,
o un pañuelo extraviado.
Así ha sido siempre; una hora después de salir de la ciudad, la única
señal de que habíamos estado eran nuestras huellas. Una semana después
de que la familia Rivin desaparece, incluso las huellas de las botas se han
ido, y todo el clan está en el viento.
Zara pasa junto a mí, sus ojos muy abiertos por la confusión mientras
gira alrededor, observando el absoluto... vacío. Se detiene, frente a mí, con
sus manos hacia arriba hacia el techo.
—¿Cómo pueden haber hecho las maletas con tanta rapidez? Este lugar
se siente como si hubiera sido abandonado durante años, pero lo vi. Vi todas
las velas. Los alimentos. La gente.
—Los Rivins son expertos en escapar en un plazo muy corto. —Aprieto
mi mandíbula, respirando con dificultad por la nariz. Esto es perfecto.
Jodidamente perfecto.
—¿Dónde diablos se fueron?
—No he estado con ellos durante los últimos tres años. Podrían haber
cambiado su ruta mientras he estado viviendo en Spokane. Hay un millón
de lugares a los que podrían haberse trasladado. —A pesar de que estoy
diciendo esto, sin embargo, ya sé dónde se han ido mi madre, Patrin, Leo y
los demás. Es sólo que no quiero admitírmelo, porque admitírmelo
significará que tenemos que ir allí. Y realmente no quiero ir allí.
Finalmente encontré a la chica de mis sueños. Finalmente la sostuve
en mis jodidos brazos, y la hice mía. La besé. La reclamé. Encendí su alma,
justo mientras ella encendía una cerilla y causaba que los harapos de mi
propia alma ardieran. Ahora mismo, debería estar acariciando el pelo rojo
salvaje de Zara mientras duerme plácidamente sobre mi pecho. Se supone
que deberíamos encerrarnos en su apartamento durante los siguientes tres
días mientras exploramos el cuerpo del otro, así como nuestros límites,
olvidándonos de comer o de ducharnos, o de salir afuera mientras
aprendemos lo que necesitamos sobre el otro.
Pero en su lugar, un pequeño niño está muerto, una tía que nunca
conocí ha sido secuestrada y un diablo se ha levantado de entre los muertos.
¿Y ahora vamos a tener que ir a la cañada?
Jódeme.
Una vez que todo esto termine, destruiré ese teléfono público.
Lo arrancaré del suelo, y volcaré la jodida cosa en la parte más
profunda y que fluye más rápido del río Spokane.
Me aseguraré que el teléfono público nunca suene de nuevo, joder.
Zara
—TENDRÁS que empacar una maleta. —Pasha está lleno de frustración
mientras se dirige directamente al Mustang que está estacionado en la calle
frente a una sucia tienda de víveres que funciona las veinticuatro horas. Mi
corazón todavía está latiendo por tener que correr escaleras arriba tras él, y
no parece que esté planeando reducir la velocidad; troto un par de pasos,
tratando de seguirle el paso.
—No podemos salir de la ciudad, Pasha. Lazlo... joder. Este tipo tiene a
Sarah encerrada en algún lugar de la ciudad. Tenemos que quedarnos y
encontrarla.
El humo ondea en el aire frío de la noche mientras Pasha responde.
—Dijo que la única manera de salvarla era aceptar la corona.
Probablemente ha estado observando al clan si sabe que todavía no he
aceptado el rol. Sabe que tendremos que ir a buscarlos si le vamos a dar lo
que quiere. —Abre la puerta del lado del pasajero y la abre para mí. De pie
frente a él, la puerta del auto entre nuestros cuerpos, lo miro, tratando de
imitar su compostura.
Sin embargo, no puedo suprimir las preguntas que queman en mi
mente. Las escupo, frenéticamente, una tras otra.
—¿Y si solo nos quiere fuera del camino? ¿Qué pasa si nos quiere fuera
de la ciudad para poder matar a Sarah y salir de Spokane? ¿Por qué querría
que fueras su rey, que estuvieras en una posición de poder, si te odia tanto?
La boca de Pasha se contrae en una línea mientras levanta su mano
hacia mi mejilla y acaricia sus dedos a lo largo de la línea de mi pómulo. Su
pelo oscuro se riza en los extremos, cayendo sobre su cara. Su olor me
envuelve, tranquilizador y fuerte, y tengo ganas de envolverme en él,
hundirme en él y perderme para siempre. Si no me preocupase por Sarah.
Si Corey no estuviera muerto. No importaría que me suspendieran del
trabajo, porque mi trabajo ya no importaría. Sólo él importaría. El príncipe
Roma de pelo oscuro.
—Lazlo nunca ha entendido bien la realidad. Te puedo garantizar que
tiene un objetivo final aquí. Probablemente está obsesionado con ese
objetivo, y sólo con ese objetivo. Está jugando un juego. Ha establecido las
reglas. Desde este punto en adelante, tenemos que seguirlas o pagar el
precio. Pero él también tiene que seguir esas reglas.
Pasha conoce a Lazlo. Pasó años de su vida viviendo cerca del hombre.
Esto nos da una clara ventaja, especialmente si significa que Pasha puede
predecir cómo actuará o se comportará el bastardo. Confía en que este es el
curso de acción correcto, lo puedo ver en sus ojos. Pero... ¿y si se equivoca?
Empujo hacia abajo mi pánico cada vez mayor, cerrando de golpe una tapa,
pero puedo sentirlo burbujeando violentamente bajo esa tapa, amenazando
con hervir.
—Tal vez debería quedarme aquí. Por si algo pasa.
Sin embargo, Pasha ya está sacudiendo la cabeza.
—Lo siento. No es una opción. Te dije que te iba a proteger en tu
apartamento y lo dije en serio. No podré hacerlo si estamos a dos horas y
media de distancia. Si Lazlo está jodiendo con nosotros, lo último que haré
es dejarte sola aquí en la ciudad. Tienes que venir conmigo.
El calor sube por mi cuello, manchando mis mejillas de rojo. No me
haría callar así. De ninguna manera.
—No soy tu propiedad ahora. No puedes obligarme a obedecerte. Puede
que estés a punto de convertirte en su rey, pero no me interesa que seas el
mío.
Una línea de manchas rojas llena también las mejillas de Pasha. Sus
ojos brillan, los músculos de su mandíbula saltan mientras baja su mano y
agarra la parte superior de la puerta del auto.
—No soñaría con pedirte que lo hagas. Voy a reformularlo. Jodidamente
me mataría dejarte aquí, sabiendo que podrías estar en peligro. Realmente
necesito que vengas conmigo, Zara. Te necesito donde pueda verte, así no
perderé mi jodida mente. ¿Puedes por favor confiar en mí? ¿Puedes por favor
venir conmigo? —Sus palabras son duras. Cortantes. Tensas. No le gusta
decirlas, está claro que nunca antes tuvo que pedirle algo a alguien, pero lo
dice en serio. Su frustración está luchando abiertamente con su necesidad
de que yo esté a salvo.
¿Puedes por favor confiar en mí?
Hizo esta petición enorme y monumental no hace ni tres segundos, pero
sus ojos todavía la están pidiendo. Exhalo, con la esperanza de estar
tomando la decisión correcta; Las consecuencias si tomo la decisión
equivocada son realmente graves.
—Vale. Vale. Iré contigo. Pero hay más de una persona de la que
necesitas protegerme, Pasha. Lazlo nos está atacando a los dos por alguna
razón, pero no lo olvides... hay otra persona que también la ha tomado
conmigo de verdad.
El alivio suaviza la preocupada expresión de Pasha. Sus cejas se
juntan, formando una línea dura.
—No te preocupes por mi madre, Luciérnaga. Si ella te mira de reojo,
desataré la clase de infierno que la hará jodidamente correr a buscar
cubierto antes de que pueda siquiera pensar tu nombre de nuevo.
***
***
***
Zara
—¡Pasha!
—¡Pasha está aquí!
—¡Está de vuelta!
Un coro de murmullos excitados se levanta a nuestro alrededor al
entrar en el campamento. Numerosos fuegos queman delante de la vardos
que Pasha mencionó —brillantemente pintados, vagones coloridos con
techos inclinados, decorados con pequeñas hojas y flores. La mayoría son
rojas, sus tallos de un oscuro verde imperecedero. Los aleros salientes,
creando una especie de porche sobre las estrechas escaleras, que están
apoyadas contra las puertas de los vagones, casi todas pintadas de un rico
color crema. Mientras que los esquemas de colores son prácticamente
idénticos, cada vardo es diferente de alguna manera. Único por derecho
propio. Un pequeño y redondo ojo de buey en una. Una gran claraboya en
otra. Una forma más cuadrada y como de caja en un par de ellas, mientras
otras son más curvadas y circulares en su diseño. Son todo lo que imaginé
que serían —tan gitanas que siento que estoy caminando en algún tipo de
libro de cuentos.
Lo que no esperaba, sin embargo, son los remolques regulares.
Winnebagos. Airstreams. Un VW brillante de color amarillo —uno de los
modelos con veintisiete ventanas, en condiciones prístinas. La cosa
probablemente valga cerca de un centenar de los grandes por sí sola. En el
otro extremo del campo, dos remolques dobles, de lado a lado, se ciernen
sobre el asentamiento, con humo saliendo de la chimenea en la parte
posterior de la improvisada estructura. Los niños entran y salen de entre los
vardos y los remolques, bordeando los fuegos, persiguiéndose en un juego
loco de etiquetas mientras sus padres paran todo lo que están haciendo, sus
conversaciones muriendo en sus labios mientras todos se giran a mirarnos.
Pasha desliza su brazo alrededor de mi cintura, jadeando en voz baja,
y me doy cuenta de que yo también estoy mirando y mi boca está abierta.
—¿No era lo que esperabas? —pregunta. Sus ojos, tan, tan verdes en
este momento, verdes como el laurel, y el musgo, y el mirto, son brillantes,
y no puedo descifrar la emoción que veo dentro de ellos. ¿Orgullo? ¿Temor?
¿Preocupación? Podría ser cualquiera de estas cosas. Podría ser las tres
cosas.
—No sé lo que esperaba —contesto, la verdad sonando alta y clara en
cada palabra—. He estado demasiado preocupada para realmente esperar
algo. —En el otro extremo del campo, reconozco a Patrin saliendo del
remolque doble, llevando sólo una camiseta negra de Pogues y pantalones
—claramente, como Pasha, no siente el frío tampoco. El hombre alto y de
aspecto sombrío irradia un aire de tristeza tan potente e intenso que puedo
sentir su descontento conmigo abrasándome como una marca desde los
veinte metros de distancia.
—No te preocupes por ese idiota —dice Shireen, mientras llega a mi
lado, tirando de un par de guantes gruesos, de trabajador gastados del
bolsillo trasero de sus pantalones vaqueros y poniéndolos sobre sus
manos—. No va a decir una mala palabra. No si sabe lo que es bueno para
él.
Pasha se ríe, fuerte y descarado, el sonido de su obvia diversión
enviando una cálida caricia por mi espalda, entre mis hombros; Patrin debe
saber que estamos hablando de él, porque el ceño en su frente se frunce
exponencialmente. Se gira, a punto de abrir la puerta a la doble, pero se
abre antes de que siquiera pueda asir el mango, y entonces Shelta está ahí,
vestida en negro, demasiado delgada, su pelo en un moño, su cara furiosa,
la encarnación misma de un mal presagio.
Pasha maldice coloridamente en voz baja. Por mucho que me siento
intimidada por la adivina, me siento desesperadamente apenada por su hijo.
Mi propia madre no era de las que daban cálidos abrazos, ¿pero haber tenido
una mujer así cuidándote cuando eras niño? Jodidamente brutal.
—De acuerdo, entonces. Es hora de mover el barco —murmura en voz
baja con tristeza.
Con cansancio, Shireen suspira.
—Pash, vas a hundir el condenado barco esta vez. Espero por ustedes
que ambos sean buenos nadadores.
Pasha
—SABES, casi hice que le cortasen la lengua a Patrin. Vino a mí y me
dijo esta... esta mentira, pero no le creí. No creí que fueras tan estúpido. Que
me desobedecieras directamente de una manera tan flagrante.
Dentro de la sala de reunión, mi madre camina arriba y abajo frente a
la estufa de leña, con las manos en las caderas, ojos enfurecidos
azotándome cada vez que me mira. Todavía no ha mirado a Zara. Cuando
se atreva a desviar su mirada malévola en dirección a Luciérnaga, habrá
graves problemas.
—He estado esperando que recobres tus sentidos. Cleo y Bonnie dijeron
que no me decepcionarías así. Respondieron por ti. Te llamaron un buen
hijo Roma. Dijeron que ibas a volver con nosotros y hacer lo correcto, y les
creí. —Se burla—. ¿Cuán estúpida me veo ahora? —Con la cabeza inclinada
hacia atrás, la barbilla levantada, el pecho subiendo y bajando demasiado
rápido, finalmente detiene el ritmo y prácticamente anuda sus brazos sobre
su pecho, como si la piel y los huesos de sus extremidades fueran lo
suficientemente fuertes como para formar una barrera impenetrable entre
nosotros.
—Sabes que ella es de quién nos advirtió tu abuela, ¿verdad? Esa chica
es la que dijo que destrozaría a esta familia y te alejaría de nosotros para
siempre.
Nunca he sido tan bueno manteniendo la cabeza fría. En la escuela
secundaria, solía tener que apretar mis nudillos contra la pared de ladrillo
detrás de la cantina para atemperar la rabia dentro de mí. Si no extinguía
la ira con dolor propio, me encontraba extinguiéndola con los demás, y eso
nunca terminaba bien. Detención. Suspensión. No me importaba el castigo
que imponían cuando rompía las reglas. Lo que me importaba era el juicio
en sus ojos. Los maestros, los administradores, los otros niños, sus padres:
todos habían tomado una decisión acerca de mí antes de conocerme. Cada
vez que golpeaba los dientes de un niño o lanzaba una silla en un aula,
confirmaba sus sospechas y justificaba sus prejuicios.
Tomó un serio esfuerzo, pero cuando llegué al tercer año ya era un
estudiante modelo. Sin peleas. Sin maldiciones. No robaba, rompía o
causaba estropicios. Estudié, trabajé duro y superé a cada uno de esos hijos
de puta. Habían esperado que deshonrara la escuela con mi cuestionable y
maliciosa herencia, pero al final todo lo que hice fue dejarles con un sabor
amargo en la boca, el sabor de su propio fanatismo de mente estrecha.
¿Cuántas oportunidades he tenido de enfadarme desde la secundaria?
Ni siquiera sería capaz de adivinar el número. Me he liberado, y he usado
las peleas para contener mi ira, y en su mayor parte el sistema que he
desarrollado funciona. Cuando los problemas vienen a buscarme, me volteo
hacia el otro lado. Cuando alguien tiene un problema conmigo y quiere usar
sus puños para sentirse mejor al respecto, resuelvo el asunto con ellos
dentro de la jaula, donde al menos puedo ganar algo de dinero con su
deslumbrante estupidez, o les digo que se vayan a la mierda.
Me han golpeado y empujado, se han reído de mí, me han amenazado,
antagonizado y provocado, y nunca he perdido la calma. Pero ahora mismo,
apenas estoy en control. El control sobre mis emociones se está debilitando
con cada segundo que pasa, mis nervios se desgarran. La bestia enjaulada
dentro de mí quiere salir, está sacudiendo los barrotes en su prisión, y estoy
tan cerca de decir que lo jodan y dejarla salir.
Y todo por culpa de mi maldita madre.
—No es una chica —murmuro en voz baja—. Es una mujer. Se llama
Zara y merece tu respeto.
Shelta se detiene. Tiene el aspecto de una nube de tormenta a su
alrededor, gris, oscura y siniestra, a punto de desatar el infierno.
—¿Respeto? ¿Quieres que la respete?
A mi lado, Zara se eriza. Está mirando hacia abajo a sus zapatos
embarrados, balanceándose hacia adelante y hacia atrás sobre las puntas
de sus pies, sus ojos brillando con indignación. Todo lo que quiero hacer es
tomar su mano y largarnos de aquí, pero eso no va a suceder. No puede
pasar hasta que hayamos llegado al fondo de todo esto, tenemos que estar
aquí, y tenemos que tratar con Shelta. Suspirando, me muerdo la punta de
la lengua y me tomo un segundo para respirar.
—Estaría bien, pero no soy estúpido. Sé que sería imposible. No
respetas a nadie ni a nada.
Ella niega, su pelo espeso, con rayas grises, rozando la parte superior
de sus hombros.
—Como de costumbre, te equivocas. Respeto a esta familia. Respeto
todo lo que hemos construido juntos a lo largo de los años. Respeto nuestra
cultura y nuestra herencia. Tú eres el que tira todo eso a un lado, debido a
una gadje whore que no sabe nada de ti o de tu gente.
Zara deja de moverse sobre sus talones. Es una estatua viviente y que
respira, sus ojos fiados en las tablas de madera bajo sus pies.
Gadje whore.
Las palabras han sido comidas por un grueso silencio que ahora llena
la sala de reuniones, pero no puedo no escucharlas. No puedo evitar que se
repitan viciosamente como el eco de una pistola dentro de mi cabeza.
Apuesto a que el odio y la crueldad de las palabas de mi madre están ahora
repitiéndose una y otra vez dentro de la cabeza de Zara, también. Miro a
Shelta —la espalda totalmente recta, fríos ojos de acero, las aletas de la nariz
elevadas, arrogancia y orgullo saliendo de ella como humo— y por primera
vez en mi vida, de verdad quiero golpear a una mujer.
No lo haré.
Nunca lo haría.
Pero joder si no se lo merece.
La resolución de Shelta parece flaquear cuando la miro fijamente; la
conozco mejor de lo que ella cree que me conoce. Está esperando que me
lance contra ella en un torbellino de ira y puños, pero estoy más allá de esa
mierda. Una vez más, la estoy decepcionando. Si dejo que mi temperamento
saque lo mejor de mí y lo dejo salir, si le hago daño, entonces ella se
convertirá en la víctima justa, y cumpliré el papel que indudablemente me
asigna: el papel de un hijo brutal, impredecible e imprevisible.
Zara me mira por el rabillo del ojo, su cabello castaño rojizo se vuelve
claro y dorado a la luz del invierno que entra por el tragaluz sobre nuestras
cabezas. Está claramente molesta, pero su rostro está lleno de resolución.
No reacciones. No respondas. No le des lo que quiere.
Ella es jodidamente increíble.
Me doy la vuelta y me agacho para recoger un par de trozos de leña de
la cesta de mimbre junto al quemador de leña. El mango de metal resuena
con calidez cuando abro la pequeña rejilla de la parte delantera del
quemador y tiro los troncos hacia adentro, avivando el fuego con lo largo de
la tubería de acero que está apoyada contra la pared, claramente utilizada
como póker.
—La presencia de Zara aquí no es negociable —digo—. Ella no irá a
ninguna parte, y yo tampoco. No durante las próximas cuarenta y ocho
horas, de todos modos.
—Si vas a ser coronado...
—Tengo que ser coronado.
Ella se ve sorprendida. Parpadea un par de veces antes de decir.
—Me alegra saber que has visto la luz. Todos los demás estarán
encantados, también. ¿Puedo preguntar qué cambió tu opinión?
Mis dientes se sienten como si estuvieran a punto de romperse cuando
cierro la rejilla del quemador y me enfrento a ella nuevamente.
—¿Hay algo que quieras contarme sobre mi destierro? Cualquier… —
Me encogí de hombros—. ¿Alguna información pertinente sobre mi crimen
que pudieras haber omitido en ese momento?
—Por favor, Pasha. Crece. No tengo ni idea de qué estás hablando.
Mentirosa.
Mentirosa.
Mentirosa.
La acusación late a través de mí con cada latido de mi corazón.
—Bien. Tres años fue un destierro bastante largo. Por acabar con la
vida de un violador. Por proteger a los niños del clan.
Shelta pone los ojos en blanco.
—Jesús. Realmente te mimé demasiado de niño, ¿verdad? Tres años no
es nada. Eras libre de ir a dónde quisieras. Podías hacer lo que te placiera.
¿Cuál crees que hubiera sido tu sentencia si hubieras sido juzgado en un
tribunal de justicia gadje? Te habrían arrojado a una celda, cerrando la
puerta tras de ti y tirando la llave.
—¿Habrían hecho eso si no hubiera matado a nadie en realidad? —
pregunto. Espero por ello. La sombra en sus ojos. La expresión aturdida que
revolotea en su cara. El momento en el que veo la verdad: ella sabía que
Lazlo no murió en mis manos en absoluto. Sin embargo, ese momento no se
muestra en su cara. Son sus manos las que la delatan. Ambas se curvan
por reflejo en puños, mi madre apretó tan fuerte que sus nudillos se
pusieron blancos y sin sangre. Aparte de esto, su compostura permanece
completamente intacta. Es una jodida profesional en esto. Si hubiera
parpadeado, si me hubiera perdido el momento en que se tensó, entonces
podría creer que no sabía que Lazlo ha sobrevivido cuando dice—. Pasha,
no estoy segura de cuál es el punto de esta conversación, pero mataste a un
hombre. Fuiste el responsable de la muerte de alguien y fuiste castigado de
acuerdo con nuestras tradiciones y nuestras creencias. Eso es todo al
respecto.
—Si eso es cierto, entonces por favor. Ilumíname. ¿Cómo diablos pudo
Lazlo haber irrumpido en la casa de un jefe de la mafia rusa hace dos
semanas, haber raptado a un niño de cinco años y asesinarle? ¿Y CÓMO
PUEDE SER QUE ACABE DE RAPTAR A KEZIA?
Mi voz hace eco alrededor del salón de reuniones, sonando cada vez
más furiosa con cada repetición. Shelta se tambalea hacia atrás, blanca
como una sábana.
—¿Qué? ¿De qué diablos estás hablando? No puede haber secuestrado
a Kezia. Eso no es posible.
Su declaración murmurada me dice mucho. No ha negado de nuevo el
hecho que dos personas que se suponía que estaban muertas están muy
vivas. No negó haber estado mintiéndole a su hijo y a su clan durante
malditos años. Tampoco parece sorprenderse de que un niño haya sido
secuestrado y luego asesinado. Lo único que parece desconcertarla es la
mención de que, de alguna manera, Lazlo tiene a Kezia.
Zara entrecierra los ojos hacia Shelta, dando un paso adelante.
—Lo sabías, ¿verdad? Cuando llegué a la feria y te pregunté por Corey,
sabías que ese cabrón lo tenía.
Shelta desata una carcajada mordaz.
—No seas ridícula.
—O al menos lo sospechabas. Por eso mantuviste esa fotografía de
Corey. Querías hacer tus propias preguntas. Descubrirlo por ti misma.
Mi madre ha mantenido la ilusión de que Zara ni siquiera está aquí
desde que entramos en la sala de reuniones, pero ahora deja la pretensión.
Se gira hacia ella, sus ojos estrechados en líneas llenas de odio.
—No vienes aquí y me hablas así. Ni siquiera te diriges a mí. Sal.
Muchas personas vacilarían bajo tal escrupuloso escrutinio. Muchos lo
han hecho, entre los que me incluyo, cuando era mucho más joven. Pero no
Zara. Se endereza, devolviéndole la mirada a Shelta, y resopla por la nariz.
—Podrías haber hecho algo. Podrías haber dicho algo. Incluso si sólo
fuera una sospecha, podrías haber actuado. Podrías haberlo salvado, pero
no lo hiciste. Me echaste, y ese niño pequeño murió. Su sangre está en tus
manos.
Zara es juez y jurado. Es la justicia del infierno, y está lloviendo sobre
la cabeza de mi madre. Shelta simplemente se queda allí, mirándola
boquiabierta como si mi Luciérnaga gloriosa, asombrosa e impresionante
hubiera aparecido, se hubiera materializado de la nada y tuviera la audacia
de hablarle como si fuera algo desagradable que acabase de raspar de la
parte inferior de su zapato .
—Podrías pensar que le conoces. —Los ojos de mi madre se lanzan
hacia mí, afilados como cuchillos; y revolotean de regreso a Zara—. Pero no
tienes ni idea de en qué te estás metiendo ahora mismo. No tienes la primera
idea de lo complicado que es esto. Y si crees que estás a salvo aquí, solo
porque Pasha te trajo aquí, entonces estás muy equivocada. No importa lo
que te prometió. No importa si él juró que te protegería. No eres bienvenida
aquí, y sentirás muy pronto cuán verdad es lo que digo. Mi consejo para ti...
—Puedes quedarte con tu consejo. No lo necesito.
La cabeza de mi madre se mueve hacia atrás; sus ojos son salvajes,
llenos de una furia aturdida que, en todos mis veintiocho años en este
planeta, nunca antes había visto en su cara. Manchas gemelas de color rojo
se forman en lo alto de sus pómulos. Una vez más, me mira, nerviosa, y me
doy cuenta de que la mujer está avergonzada. Está jodidamente mortificada
porque yo estuviera aquí para presenciar esto. Por el amor de Dios. La mujer
realmente está engañada si piensa que todavía la veo como una especie de
deidad todopoderosa que debe ser respetada y obedecida. No la he obedecido
en mucho tiempo. La he respetado por mucho menos que eso.
Sofoco una carcajada mientras Zara se acerca a Shelta. Hay una pelea
en los ojos de mi Luciérnaga, y estoy muy feliz de no estar en el extremo
receptor de su ardiente mirada; Shelta se desplaza incómoda cuando la
gadje pelirroja por la que he roto todas las reglas se pone ante ella.
—Tienes razón. No sé mucho acerca de tu hijo, pero sí sé esto. Me
preocupo por él. Me siento atraída por él. He estado... —Mira hacia el techo,
sacudiendo la cabeza—. He estado encontrando mi camino hacia él durante
mucho tiempo. Lo quiero, y no voy a permitir que nadie, y menos tú, se
interponga entre lo que quiero y yo. Eso va también por mi carrera. Sí, es
cierto. Encontré tu pequeño regalo. —Zara desliza su mano en su bolsillo y
saca un pequeño pedazo de tarjeta: La Emperatriz. La hoja de oro atrapa la
luz de la sala de reuniones y arde en la mano de Zara por un segundo. Al
momento siguiente, la carta de tarot desapareció, tal y como mi abuela
predijo antes de morir, está flotando para aterrizar a los pies de Shelta.
Mi madre se tambalea hacia atrás, inestable, como si la carta del tarot
estuviera a punto de explotar y tomarla por los tobillos.
—¿Qué demonios estás haciendo? —Sisea—. ¿Por qué demonios
trajiste eso de vuelta aquí?
—Te pertenece, ¿verdad?
Shelta patea la carta del tarot, y la Emperatriz se desliza por el piso de
la sala de reuniones, desapareciendo bajo un gran escritorio caoba.
—Una vez que dejó mi baraja ya no podía volver. La carta está atada a
ti ahora. Debería estar contigo.
—Entonces está bien que esté aquí. Porque no me voy a ninguna parte
—dice Zara. Su voz es limpia y alta. Llena de desafío. Sus palabras hacen
eco alrededor de la sala, repitiéndose en un bucle, y Shelta se vuelve gris.
—Eres como ella —dice ella—. Demasiado testaruda. Demasiado
descarada. Demasiado fuerte y obstinada. Kezia nunca supo cuándo
mantener la boca cerrada.
He permitido a Zara manejar la situación, decirle todo lo que necesita
a Shelta, pero ahora no puedo evitarlo. Tengo que hablar.
—¿Entonces no niegas que mi tía está viva? ¿Que no está muerta?
Ella me mira con ojos fríos y duros. Sus labios, se aprietan en una línea
delgada y, no se separan.
—Maravilloso. ¿Cómo diablos pudiste mentirnos a todos por tanto
tiempo? O… —resoplo. Suena a risa, pero no lo es. Lejos de ello. Es
frustración. Enfado. Incredulidad—. O tal vez no. Tal vez no les mentiste a
los demás. Me mentiste, ¿verdad, mamá?
—No seas tan mártir —susurra mi madre—. Eras demasiado curioso
de niño, Pasha. Preguntas incesantes, todo el tiempo. Preguntas
interminables. Eras exasperante. Si hubieras sabido que Kezia estaba viva,
habrías querido saber dónde estaba. Por qué ella ya no viajaba con nosotros.
Por qué no quería ningún trato con la mujer. Qué había pasado entre
nosotras. Por qué no nos visitaba. Una y otra y otra vez. Habría sido
demasiado. Entonces sí. Te dije que estaba muerta. Y a todos los efectos, te
decía la verdad. Tu tía está muerta. Muerta para el clan rivin. Fue desterrada
permanentemente. Si hubieras hecho lo que te dijeron, nunca lo hubieras
sabido.
—¿Puedes realmente escucharte en este momento? ¡Estás tratando de
culparme por alterar el equilibrio, cuando eres la que me ha mentido
durante toda mi puta vida! Necesitas ayuda. Ayuda profesional. Maldita sea.
Shelta es de mármol. Inmovible. Una criatura rígida, insensible.
No mueve ni un músculo cuando dice.
—Podríamos hacer esto todo el día, pero seamos sinceros. Estoy segura
de que todos tenemos mejores cosas que hacer. Y la luz se está
desvaneciendo. Será mejor que te marches ahora si quieres llegar al
estacionamiento antes del anochecer. Di lo que viniste a decir y vete. Los
dos.
Una mancha negra y aceitosa sube por mi garganta, sabe a venganza.
Sabe a desierto. Lamentablemente, también sabe a amarga traición. Me
muerdo la lengua mientras sacudo la cabeza lentamente. Está en lo
correcto. Era un niño inquisitivo. Tenía muchas preguntas sobre el mundo
y un ardiente deseo de aprender todo lo que había que saber sobre las
personas. Tampoco ha cambiado mucho desde entonces. Todavía tengo
preguntas. Tantas.
¿Cuándo fueron mal las cosas para mi madre? ¿Qué le pasó para
hacerla tan despiadada? ¿Nació de esta manera, o se transformó en esta
perra mentirosa, despiadada y calculadora con el tiempo? busco en mis
recuerdos, tratando de recordar un solo momento en mi juventud donde ella
quizás hubiera sido más suave. Mostrado un poco de amabilidad. Sonreído
incluso. Pero… no encuentro nada. Mierda. Hablando de deprimente.
—Como dijo Zara, ella no va a ninguna parte. Y yo tampoco. Nos
quedaremos aquí por la noche. Deberías estar feliz, Shelta. Te estoy dando
lo que querías. Seré rey, si la gente me quiere.
Una luz victoriosa cobra vida dentro de los ojos de mi madre. Está feliz
ahora, porque cree que me estoy rindiendo. Sin embargo, está tristemente
equivocada.
—Las cosas van a cambiar por aquí —digo rotundamente—. Todo va a
cambiar, madre.
Su chispa de triunfo se desvanece.
—¿Qué significa eso?
—Estoy seguro de que lo descubrirás pronto.
La boca de Shelta se abre. La cierra de nuevo, tan rápido y tan fuerte
que escucho sus dientes juntarse desde el otro lado del salón.
—Me odias entonces. Debes hacerlo, si estás dispuesto a echarme esto
descaradamente en mi cara. Si estás planeando quitarme todo.
La miro. Realmente la miro. Cuando era niño, ella era una fuerza tan
grande como para ser considerada. Tan fuerte. Tan poderosa. Ahora veo que
nunca fue fuerte. Estaba más enfadada que todos los demás. ¿Y el poder
que irradiaba, inspirando a todos a su alrededor a inclinarse ante su
voluntad y sus deseos, obedeciéndola en todo? Ése poder nunca fue
verdaderamente suyo. Simplemente era prestado, y ahora puede sentirlo
escapando de ella, desapareciendo en el éter.
Hablo en voz baja cuando tomo la mano de Zara y la guío fuera de la
sala de reuniones.
—No te odio —digo por encima de mi hombro—. Jodidamente, te
compadezco, Shelta. Hay un mundo de diferencia.
Zara
TAN PRONTO como la puerta de la sala de reuniones se cierra, agarro
la mano de Pasha y la aprieto, usándola como un ancla. Necesito algo para
mantenerme enraizada en el suelo. Para mantenerme cuerda. Nunca he
estado tan enojada en toda mi vida. En el pasado, tuve que lidiar con un
montón de mierda que me llevaron al punto de ver rojo, pero este
intercambio con Shelta... Nunca antes tuve que enfrentar a una persona tan
hostil, terrible... simplemente mala. Dudo que muchas personas lo hayan
hecho. La ira pura que desaparece dentro de mi cabeza hace que sea difícil
respirar adecuadamente.
—Lo sé —dice sombríamente Pasha en voz baja—. Es una ley en sí
misma. No puedo creer que mintió sobre Kezia. Y no parecía importarle que
Lazlo la tuviera ahora mismo. Oye estás bien. Luces un poco... desubicada.
Se vuelve hacia mí, todo preocupado, su mano libre se levanta para
apartar un mechón de cabello de mis ojos; quiero lanzarme a sus brazos,
enterrar mi cara en su camisa y jodidamente gritar hasta que todo el enfado
haya salido de mí, pero no puedo. Sería totalmente inapropiado, ya que
parece que hemos atraído una multitud durante el tiempo que estuvimos
dentro con la adivina del clan.
Casi salgo de mi piel cuando miro por encima del hombro de Pasha y
me doy cuenta de la multitud de personas que están allí, todas mirando,
esperando, susurrando entre sí detrás de sus manos o directamente en los
oídos de otro. Mujeres viejas; ancianos nudosos y viejos; mujeres con ojos
saltones, rebotando a bebés en sus caderas; hombres con chalecos,
sudaderas, camisetas; camisetas de fútbol; un puñado de muchachos
jóvenes, adolescentes, agrupados, mirando a Pasha con sonrisas de emoción
en sus caras: parece que todos han salido para presenciar el regreso del hijo
pródigo. Los niños chillando corren entre la multitud, riendo y tirando de la
ropa de los otros mientras se persiguen, ajenos a la tensión que ha caído
sobre el campamento.
Puedo sentirla, espesa como la miel, pero no tan agradable: estas
personas están en conflicto. Es muy obvio que están felices de ver a Pasha
otra vez, ¿pero a mí? Hmm, no tanto. Pasha lanza una mirada sobre su
hombro y se pone rígido cuando ve a su familia, a su gente, todos alrededor
de un gran fuego que alguien debe haber encendido mientras estábamos
dentro.
—Ah, joder —siseó en voz baja—. Esperaba que esto no fuera una...
cosa.
La gente se separa, despejando un camino estrecho, y emerge un
hombre vestido de negro de pies a cabeza. Es Patrin. Su expresión es oscura
y poco acogedora por decir lo menos. El bastardo parece que acaba de
tragarse una abeja y le está picando el interior hasta la garganta. Cuando
llega al frente del grupo, asiente con la cabeza a Pasha, y puedo decir que
está haciendo todo lo posible para evitar mirarme.
—No sabía que se nos permitía traer a amigos ahora —dice. Adopta un
tono burlón y ligero, pero no soy tonta. La sombra de molestia en su voz
cuando habla es suficiente para oscurecer todo el campamento.
Pasha aprieta su mandíbula.
—Pueden traer a quién sea donde quieran. Son adultos, ¿verdad?
Con movimientos medidos y lentos, Patrin cruza sus brazos sobre su
pecho, su cara ilegible.
—Este lugar ha sido un refugio de la familia Rivin durante mucho
tiempo, Pash. Espero que tengas una buena razón para traer a un forastero
aquí.
El hombre que está a mi lado, un ángel de cabello oscuro con ojos del
color de un frío cielo escandinavo, hace retroceder sus hombros y da un
paso desde el porche que rodea la sala de reuniones, acercándose a la
multitud.
—Lo hago —dice. A pesar que no son particularmente fuertes, esas dos
palabras atraviesan todo el campamento.
Los niños han dejado de chillar. Todos los indicios de risa se han ido.
Todos permanecen en silencio mientras Pasha mira los rostros de
aquellos que han venido a verlo, sus ojos brillantes y alertas, sus pechos
alzándose y parados orgullosos mientras todos contienen una respiración
colectiva y ardiente.
—Hace tres años, fui expulsado del clan por matar a un hombre. Mi
destierro se ha cumplido ahora y estoy aquí... —Pasha explora el horizonte
por un segundo, con un pequeño ceño fruncido en su frente—. Deberías
saber que le dije a Shelta que no iba a volver al clan. Le dije que quería
quedarme aquí en Washington y continuar con las cosas dado que me
echaron.
Un murmullo incómodo ondea entre la multitud. Varios ojos me miran,
entrecerrados e infelices, como si yo fuera la causa de la reticencia de Pasha
a regresar al clan. Pasha tiene que darse cuenta de esto; levanta una mano,
apretando la mandíbula, la comisura de su boca tirando hacia abajo
mientras suspira.
—Esta mujer, Zara —dice, señalándome—, no tiene nada que ver con
la decisión que tomé. Ni siquiera la había conocido cuando le dije a Shelta
que rechazaba la corona. Nuestros caminos se cruzaron después, y desde
entonces han sucedido muchas cosas. Descubrí que Lazlo no murió en
realidad hace tres años. Sobrevivió, y creo que Shelta lo ayudó. Creo que
ella hizo arreglos para que lo cuidaran, incluso si ella no lo cuidó para que
recuperara su salud, y sabía que yo no era responsable de su muerte,
incluso cuando estaba presionando por mi castigo.
En la parte posterior de la multitud, se oye una voz, femenina, vieja
pero firme y fuerte.
—¿Y por qué demonios tu propia madre haría eso Pasha Rivin?
Pasha busca la dueña de la voz y la encuentra, encerrada entre un
borrón de caras. Sigo su mirada y la encuentro, también, una mujer
sorprendentemente alta con cabello gris acero, barrido hacia atrás con
elegancia y sujeto fuera de su rostro por brillantes boinas doradas. Lleva un
mono de pana verde y una camisa azul pálida debajo, arrugada y manchada
en el hombro izquierdo con lo que parece grasa de motor. Los rápidos y
cálidos ojos marrones de la mujer se deslizan sobre mí, una evaluación breve
e informal, y no veo ninguna ira allí. Sólo una gentil curiosidad que refleja
la mía.
—¿Realmente necesitas preguntar, Cleo? —Pasha se ríe, su voz
profunda y retumbante se aclara mientras transporta un viento helado a
través de la meseta—. Todos ustedes votaron por mí. Hace quince años, y
luego otra vez, hace diez años. Cada uno de ustedes votó para que yo
gobernara cuando tuviera la edad suficiente, no ella. Shelta ha sido una
cuidadora y nada más. Pero en la mente de mi madre, ella es la líder legítima
de este vitsa. De todos los vitsas de la costa oeste. Un destierro de tres años
para mí le dio más tiempo en el trono. Es así de simple.
Se levanta un gruñido. Se intercambian expresiones confusas. Ninguno
de los miembros del clan de la familia Rivin parece aturdido por esta
revelación. Han estado viviendo con Shelta durante años, después de todo.
Todos conocen muy bien a la mujer. Sería imposible pasar tiempo con la
adivina y no creerla capaz de tal cosa.
En el horizonte, el sol ha comenzado a hundirse bajo una lejana cresta
dentada. En lo alto, ha desaparecido cualquier indicio nubes, y el azul pálido
y rígido del cielo se está profundizando, magullando, teñido de un violento
matiz violeta mientras pequeños focos de luz perforan el manto de los cielos.
El frío hunde sus dientes en mi piel, profundo, más profundo, hasta que
penetra en mis huesos.
—¿Cuántos de ustedes conocían a Kezia? —grita Pasha—. ¿Alguno de
ustedes recuerda a mi tía cuando ella viajó con el clan?
Los pies se arrastran contra la tierra dura. Algunas personas fruncen
el ceño, los miembros más jóvenes de la vitsa, claramente no reconocen el
nombre. Sin embargo, otros asienten. Dos tercios de la multitud, por el
aspecto de las cosas.
—Por supuesto —dice la mujer del mono, Cleo—. Era mi amiga. Un
amiga para todos nosotros.
Pasha asiente. Hay un fuego en su voz que está incendiando el
atardecer. Me pregunto si lo oye. Cada persona aquí está pendiente de las
palabras que salen de su boca. Su tono llama la atención. Habla con
autoridad, y exige respeto. Habla como si ya hubiera sido coronado rey.
—Shelta siempre me dijo que su hermana estaba muerta. No tengo idea
de cuántos de ustedes sabían lo contrario, pero Kezia, Sarah, como se llama
ahora, está viva y está secuestrada por el mismo hombre al que mi madre
ayudó a escapar del clan. El mismo hombre que encontré asaltando a un
menor. Por la razón que sea, Lazlo tiene a Sarah y se niega a dejarla ir hasta
que acepte el rol de rey.
El murmuro se hace cada vez más fuerte. Sobre el bullicio, un hombre
grita.
—¡Rex Pasha! ¡Hagámoslo aquí y ahora! Entonces encontremos al
bastardo y acabemos con él.
Otra voz se eleva sobre las otras, también.
—Kezia es una gadje. ¡Ya no es nuestra preocupación!
No puedo discernir cuánta gente está de acuerdo o en desacuerdo con
esta afirmación, pero el miedo se enrosca en mi estómago, lo que me hace
sentir mareada. ¿Y si han cambiado de opinión? ¿Y si los Rivins ya no
quieren que Pasha sea su rey? Se ha ido por tanto tiempo. Los miembros de
esta familia podrían estar acostumbrados a que Shelta tome sus decisiones
por ellos. Dios... si ya no quieren a Pasha y no lo coronan rey, entonces...
mierda. ¿Qué pasará con Sarah? Todavía no tenemos idea de por qué Lazlo
exigió una petición tan extraña, pero Pasha dice que fue firme. Si Pasha no
se convierte en rey de los romaníes, entonces Sarah sin duda pagará el
precio, y no puedo vivir con eso.
A mi lado, Pasha levanta sus manos, calmando la combinación de
conversación y desacuerdo que surgió de su gente, y todos se callan
rápidamente.
—No seré coronado esta noche. No exigiré el título simplemente porque
me fue otorgado hace años. Podrán hablar de nuevo, por tercera y última
vez. No hay tiempo para reunir a todos los otros clanes, así que voy a dejar
que ustedes tomen esta decisión. Mis hermanos y hermanas. Tías y tíos.
Rastreadores de setos y hedonistas. —Los dos últimos títulos le ganaron un
murmullo de risas bajas entre la multitud.
Pasha sonríe mientras continúa.
—Mañana por la noche, podrán emitir sus votos de nuevo. Pueden
votar por mí, ayudar a salvar a Sarah y llevar a Lazlo ante la justicia de una
vez por todas. O pueden votar por cualquier otro. Estoy seguro que conozco
al menos a otros dos candidatos que querrían poner sus sombreros en el
ring, y eso está bien para mí. Confío en ustedes. Confío en que hagan la
elección correcta.
Pasha me toma de la mano y me lleva por los últimos pasos desde la
sala de reuniones hasta la multitud. Me siento pequeña. Desnuda. Afectada.
Joder, no puedo decidir cómo me siento mientras nos abrimos paso a través
de la masa de cuerpos; hay tantos ojos atravesándome con la mirada que
siento que estoy a punto de incendiarme espontáneamente.
Llegamos a Cleo, y la mujer se para frente a Pasha, con sus manos
enterradas en los bolsillos. Inclina su cabeza, mirando a Pasha por debajo
de una ceja gris plateada y arqueada.
—Aún no nos has dicho qué está haciendo ella aquí —dice en voz baja—
. Creo que se nos debe una explicación.
Ella.
Cleo obviamente se está refiriendo a mí. Como con Shelta en la sala de
reunión, su atención se centra únicamente en Pasha; ni siquiera me ha
mirado mal. No hay malicia en su voz, pero la pregunta es firme. Quiere una
respuesta, y todos los demás también. La multitud se acerca mientras Pasha
los mira a todos, abriendo la boca. No tengo ni idea de lo que va a decir. No
tengo ni idea de lo que va a pasar si a la vitsa Rivin no le gusta su respuesta.
Aprieta mi mano con fuerza, tirándome hacia su costado, y luego habla con
convicción.
—La traje aquí porque es mía y soy suyo. Vino porque yo vine, y de
ahora en adelante... donde quiera que uno de nosotros vaya, el otro lo sigue.
Dos oraciones. Oraciones simples, en realidad, pero francamente son
aterradoras. Me las arreglo para controlar mi conmoción, dominando mis
rasgos en una expresión que espero pase como calma, pero dentro de mí
todo gira. ¿Qué quiso decir con eso? ¿Cómo puede sonar tan jodidamente
seguro? ¿De mí? ¿De nosotros, de lo que sea que seamos?
La explicación de Pasha se encuentra con un silencio absoluto. La
cabeza de Cleo se desplaza lentamente hacia un lado mientras se acerca,
mirando a los ojos de Pasha. Él no renuncia. Tampoco parpadea. Pasa un
segundo, y luego otro, largo y doloroso segundo, y finalmente, Cleo, vestida
con elegante desorden, se vuelve hacia mí y me mira correctamente por
primera vez. Sonríe con una sonrisa pequeña y gentil —una sonrisa más
visible en sus ojos que en su boca— y luego se me acerca, colocando su
mano en mi brazo, tirándome con cuidado hacia adelante, y me está
atrayendo dentro de su abrazo sorprendentemente fuerte. Sorprendida, le
devuelvo el abrazo. El momento se acaba rápidamente, y luego me está
liberando.
Con un encogimiento de hombros casual, Cleo se gira, dirigiéndose a
los otros miembros del clan.
—Suficientemente bueno para mí. Diría que deberíamos llamarnos
afortunados por tener una huésped tan hermosa. —Luego, me dice—: Zara,
eres bienvenida aquí. Si necesitas algo, vienes a buscarme. Me aseguraré de
que te cuiden.
Pasha —el estoico, oscuro y serio— se ilumina como un niño en la
mañana de Navidad. Lo he escuchado reír más de una vez, una risa fuerte
e infecciosa que penetra profundamente en las mismas raíces de una
persona, pero he estado demasiado abrumada como para verlo hacerlo. Su
sonrisa es transformadora. Con su pelo de cuervo, sus ojos verdes helados
y su piel demasiado pálida, Pasha siempre se siente como la luna: fría,
hermosa y brillante. Aunque ahora no. En este momento, sus ojos entre
cerrados, inclinados en media luna, profundos hoyuelos en ambas mejillas,
su sonrisa tan auténtica y real, tan grande, es un maldito sol de invierno y
me encuentro atrapada en su órbita, atrapada por su gravedad, y en
cualquier momento me perderé y me quemaré por completo.
Envolviendo un brazo alrededor de Cleo, Pasha le da un abrazo rápido,
más breve que el que ella me dio.
—¿Te he dicho últimamente cuánto te adoro? —murmura.
La mujer frunce el ceño, juguetonamente encogiéndose de hombros.
—¿Por qué no dices simplemente gracias y todos podemos seguir
adelante? —gime en voz baja.
La multitud se dispersa a nuestro alrededor, todos aparentemente
satisfechos por lo que se ha dicho, al menos por ahora, y finalmente sólo
Shireen y Cleo se quedan. Con una mirada de preocupación en su rostro,
Shireen golpea a Pasha con su cadera.
—Sabes cómo causar una escena, ¿verdad, hermanito? Patrin va a
perder la mitad de su jodido cabello por esto.
Pasha sonríe.
—Él será feliz como un cerdo en la mierda y lo sabes. Finalmente tendrá
su oportunidad. ¿Competir con Shelta y conmigo al mismo tiempo? Esta
noche no podría haber funcionado mejor para él.
Un destello de preocupación pasa por el rostro de Shireen, pero aun así
sonríe.
—Qué pesadilla. Se pondrá furioso cuando no gane.
La sorpresa me golpea directa en el pecho. Al ser Shireen la esposa de
Patrin pensé que habría un poco más de solidaridad entre ellos. Por lo
general, la pareja de alguien estaría apoyándole, incluso si las
probabilidades no estuvieran a su favor. Sin embargo, la mujer pálida y
sorprendentemente rubia no parece estar dispuesta a fingir.
Cleo pone los ojos en blanco.
—Tal vez se calme de una vez por todas si le patean el culo un poco.
Vamos, ustedes dos. Archie no llegará hasta mañana por la mañana. Estoy
segura que estará bien contigo al mando de su carro hasta entonces. Estoy
segura que quieres calentarte. Va a hacer mucho frío esta noche.
Zara
UNO Y NOVENTA Y TRES CENTIMETROS. Así de alto es Pasha, y aún
así, de alguna manera, se las arregla para meterse dentro del pequeño y
pintado vardo al que Cleo nos lleva sin ningún problema en absoluto. Se
quita el chaleco, se quita las botas, llena la pequeña tetera de hierro con
agua (¡de un grifo!) y prepara dos tazas de té, y luego se pone cómodo en el
pequeño sofá, todo sin chocar con nada, sin hacerse daño y sin romper
nada.
Yo, por otro lado, no tengo esa suerte.
En el espacio de sesenta centímetros, logro golpearme la cadera en la
esquina de un banco con tanta fuerza que siento que estoy a punto de
vomitar, derribo un pequeño jarrón de vidrio lleno de flores silvestres secas,
y sólo para terminar me giro demasiado rápido y casi me caigo de culo en la
puerta del vardo y caigo por la pequeña escalera de madera hasta el suelo.
Eso es exactamente lo que habría pasado si Pasha no hubiera saltado del
sofá y me hubiera agarrado de la mano en el último momento, tirándome de
nuevo dentro de la carreta.
El jodido ni siquiera derrama su té.
Sus ojos están bailando con diversión cuando cierra la puerta detrás
de mí.
—Mejor a salvo que lamentándose —murmura. Tengo que luchar
contra las ganas de darle un puñetazo justo en el estómago.
—Mi apartamento es pequeño, pero esto es simplemente salvaje.
Destrozaré todos los muebles aquí para cuando llegue tu amigo. Es como
un armario de carne aquí. Estoy congelada hasta la médula de los huesos
—gruño—. Nunca volveré a estar caliente.
Pasha simplemente se ríe.
—Bonita, gruñona Luciérnaga. Te pones irritable cuando estás cansada
y tienes frío. La paciencia claramente no es tu fuerte tampoco.
Gruño por lo bajo, la mirada amenazadora que disparo a través del
estrecho tramo de carreta tiene el efecto deseado mientras levanta las manos
en señal de rendición.
—Guau, tranquila. Te acostumbras al tamaño. Lo prometo. Y tendré
un lugar cálido en un segundo. Sólo no me mates antes de derretirte, ¿vale?
Hemos tenido un infierno de un día. Esperaba que pudiéramos relajarnos
un segundo.
Oculto una sonrisa, pretendiendo seguir siendo gruñona mientras se
mueve metódicamente a través del carro, recogiendo tres troncos grandes
de una canasta bajo el fregadero de la cocina y tirándolos dentro de la estufa
de leña. El olor a humo me roza la nariz, me recuerda a los campamentos
de verano, y la cabaña que mi abuelo solía tener en los bosques de Montana.
También me recuerda al hombre que está construyendo el fuego.
Sus rasgos contrastan cuando las llamas dentro de la estufa de leña
estallan y se elevan, lavándolo en una luz y sombra doradas. No puedo dejar
de mirarlo. Cuando subimos al auto para conducir hacia el norte, hice mi
mejor esfuerzo para disimular mi constante necesidad de ver a Pasha.
Parecía una mala idea dejarle saber cuán intrigada estaba por él, la manera
en que conducía, la manera en que movía su rodilla, la manera en que su
pecho subía y bajaba mientras jodidamente respiraba, pero ahora he
abandonado mis patéticos intentos de un subterfugio. Soy mala en ello,
siempre lo he sido, y sé que me ha pillado mirándole al menos tres veces.
Soy tan flagrante mientras le observo cuando enciende el fuego, con los
brazos cruzados sobre su pecho, apoyado contra la pared del carro,
separándole, pieza por pieza. No me estremezco cuando me mira con recelo,
sus ojos se encuentran con los míos mientras cierra la rejilla de golpe,
deslizando la chimenea para que salga el humo de la chimenea.
—Si no lo supiera, diría que estabas un poco enamorada de mí, Zara
Llewellyn —observa—. Sin embargo, no puede ser verdad, ¿verdad?
—¿Por qué? ¿Porque una chica como yo no sería lo suficientemente
estúpida como para que le guste un chico como tú?
Pasha se endereza, gruñendo un poco, y luego se posa en el borde de
la encimera, asumiendo una pose relajada y cómoda. Sin embargo, ahora
no está sonriendo.
—No. Simplemente no podría ser tan afortunado —dice en voz baja,
corrigiéndome. El pequeño ceño fruncido que tiene se afloja entre sus cejas,
desapareciendo por completo—. No tienes que preocuparte más porque te
acepten, Zara. Creo que eso fue bastante bien, considerando todas las cosas.
—¡Ah! Escuchaste a tu madre, ¿verdad? Ella casi me dijo, en términos
sencillos y simples, que me joderían si me quedara aquí, sin importar lo que
dijeras.
—Sí, la oí decir eso. Pero la anciana ha sido anulada. Si ella te toca
ahora, o si alguien te jode en su nombre, entonces se encontrará con el
cuello en la mierda.
—¿Lo siento? ¿Me he perdido algo? ¿Cuándo demonios fue anulada
Shelta?
—Cuando Cleo le dijo a todo el clan con toda la fuerza de sus pulmones
que teníamos la suerte de tenerte como invitada. Que eras bienvenida aquí.
Que ella se encargaría personalmente de que tuvieras todo lo que necesitas
aquí.
Ésas fueron en verdad las palabras de Cleo. Las recuerdo vívidamente.
—¿Así que... la palabra de Cleo es el evangelio, entonces? ¿Por qué su
bienvenida significa más que las amenazas de Shelta?
Pasha se mueve. Está de pie frente a mí, y de repente el vardo parece
incluso más pequeño que hace unos segundos. Su pecho está apenas a
centímetros del mío. Sus manos encuentran su camino hacia mis caderas,
y respiro profundamente, forzando el oxígeno fuera de mis pulmones. Cristo,
este hombre no es sano. Si tuviera alguna idea del poder que tiene sobre
mí... ¿lo usaría para su beneficio?
Si me lo pidiera, arrasaría mi propia vida por él. Daría aviso en mi
apartamento. Diría adiós a mi carrera. Me alejaría de todos los que conozco
o cuido. Si se tratase de eso, le escogería sobre cualquier otro aspecto de mi
vida, y eso me asusta jodidamente. No quiero sacrificar mi vida en Spokane
por él, realmente no. Quiero encontrar a Sarah. Quiero resolver el estúpido
reclamo de acoso del trabajo y volver a ayudar a la gente que lo necesita.
Quiero seguir reuniéndome con mis amigos el martes por la noche para
beber mi bebida y unirme a ellos para enderezar el mundo.
Yo sólo... le quiero a él también.
Quiero encontrar un equilibrio. Una forma de continuar con las rutinas
que me han hecho sentir cómoda y segura en Spokane, al mismo tiempo
que logrando lo imposible y creando espacio para Pasha. Tengo la sospecha
de que solo podré tener uno, y no la otra. Pasha no es el tipo de hombre que
sólo ocupa una pequeña parte de la vida de alguien; él la ordena, la consume.
Es una droga, la droga más potente, adictiva y embriagadora de la faz del
planeta, y un golpe es todo lo que se necesita. De repente, ya nada importa.
Nadie más importa, y no estoy segura de cómo me siento al sucumbir a ese
nivel de necesidad.
Siento que estoy siendo hipnotizada cuando me mira, y me envuelve el
brillante y luminoso verde de sus ojos.
—Es mi tía abuela. La hermana de mi abuela. Es la mujer sabia del
campamento. Si dice algo, nadie irá contra ella. Nadie se atrevería. Da mala
suerte de verdad ir contra ella.
—Correcto. Así que es bueno tenerla de nuestro lado, entonces.
Libera una breve y divertida carcajada.
—Podrías decirlo así. Además, a la gente le gusta Cleo. Eso sirve para
mucho. Es una chica dura. Tiene casi ochenta y ocho, y todavía es la mejor
mecánico del clan. La mujer puede arreglar cualquier cosa.
Le doy una mirada dudosa.
—Sí, bueno. Algunas cosas realmente no pueden ser arregladas.
—¿Supongo que estás hablando de mi madre?
Asiento.
—Un equipo de terapeutas y todo el Valium en el mundo no pudo
arreglarla.
—Ya no tenemos que preocuparnos por Shelta. Al menos, no por esta
noche, de todos modos. —Pasha desliza su mano bajo el dobladillo de mi
suéter; sus dedos hacen contacto con la piel por encima de mi cadera, y me
estremezco involuntariamente. No está frío. Muy lejos de ello. Su toque me
abrasa, terriblemente caliente, provocando una reacción por mi parte que
parece hacerlo muy feliz. Se inclina, respirando profundamente en mi
cabello, acariciando su rostro en el hueco de mi cuello, y mis ojos ruedan
en mi cabeza.
Dios, eso se siente...
…eso…
…se…
…siente…
—Mierda. Me encanta la forma en que te derrites cuando te toco,
Luciérnaga —susurra Pasha en mi cabello—. Se siente como si tuvieras una
corriente eléctrica corriendo sobre tu piel. No puedo tener suficiente. No
puedo apartar mis manos para mí. Soy como un jodido adolescente. Mi polla
está tan dura que follaría durante horas.
Oh, mierda.
Cierro mis ojos. Mis pensamientos están en espiral. Debería luchar
contra ellos para someterles, para poder recuperar el control sobre la
situación y sobre mí, pero maldita sea. Cada vez que trato de calmar mi
mente acelerada, mi corazón acelerado se aleja de mí y me llevan en dos
direcciones diferentes a la vez.
—Tengo... —trago—. ¿Alguna vez te has acostado con alguien aquí
antes?
Los labios de Pasha se encuentran con la piel de mi cuello y la realidad
se desliza un poco más lejos de nuestro alcance.
—Aquí ¿Adentro? Estoy seguro de que Archie sí. Pero no. Yo no.
Mis brazos se levantan por su propia voluntad, y mis manos
encuentran su camino por su espalda ancha, fuerte y musculosa. Debajo de
su camiseta, su cuerpo se siente jodidamente increíble. Enrollo mis dedos
en su cabello, tirando suavemente de las hebras hasta que lo siento sonreír
contra mi cuello, justo por encima de la clavícula.
—¿Te molestaría si lo hubiera hecho? —pregunta—. ¿Te sientes un
poco posesiva en este momento, Zara?
—Tal vez. Sólo un poco —admito. Joder, parezco tan sin aliento, como
si hubiera estado corriendo a tope durante los últimos veinte minutos.
Penoso. En realidad, borra eso. Más como vergonzoso. ¿Un poco de atención
de un chico sexy y pierdo la habilidad más innata y esencial que tengo?
¿Una con la que nací, que no requiere ningún pensamiento o conciencia real
para llevar a cabo? Soy oficialmente una maldita causa perdida—. Lo siento
—murmuro—. No te preocupes, no estoy loca. Sé que te has acostado con
gente antes. No estoy celosa.
—¿No lo estás? —murmura. Un calor húmedo se burla de mi piel, y me
doy cuenta de que me está lamiendo el cuello, chupando la piel con su boca,
besándome y lamiéndome. Mis rodillas se doblan, amenazando con dejar de
trabajar. Me dirijo hacia atrás, buscando algo de apoyo, algo contra lo que
pueda apoyarme. Pasha enrolla un brazo alrededor de mi cintura, tirando
de mí hacia él, aplastándome contra su pecho, duramente.
»Estoy celoso —gruñe—. Cada vez que pienso en ti con otros chicos,
quiero localizarlos, averiguar dónde viven y hacerles una visita con un par
de putos cortadores de pernos. Si pudiera retroceder en el tiempo, te
encontraría y te haría mía antes de que pudieras entregarte a nadie más.
Deseo más que nada haber sido el único hombre con el que hubieras estado.
—Su mano, la que todavía está bajo mi suéter, se levanta lentamente, hasta
que mi piel está cubierta de piel de gallina, y la almohadilla de su dedo índice
y su pulgar cepillan la varilla de mi sostén. Sus dientes rozan mi cuello, y
mi sorpresa sobresaltada llena el vardo.
Los ojos de Pasha son febrilmente brillantes cuando se retira y me mira.
—Ojalá nunca me hubiera follado a nadie más tampoco. Joder, odio ser
imperfecto para ti.
—Estás lejos de ser imperfecto —susurro. ¿Cómo diablos puede
mirarse en el espejo y pensar de esa manera sobre sí mismo? No tiene
sentido. Su boca, con los labios todavía un poco hinchados por la atención
que me estaba prestando, se eleva en el lado izquierdo en una aproximación
de una sonrisa.
—Sí. Soy caliente. Parece que a las mujeres les gusta que tengo
abdominales durante días. Pero no quise decir eso. Simplemente... hubiera
sido mejor si no me hubiera follado a nadie antes de follarte a ti.
Mi cabeza todavía está inundada de endorfinas de su boca en mi cuello,
pero tengo una sonrisa arrogante para él.
—No te tenía catalogado como un romántico desesperanzado, Pasha.
La mayoría de los hombres estarían contentos de haberse acostado con
tantas mujeres como pudieran antes de conocer una perspectiva real a largo
plazo.
Los dedos de Pasha se hunden un poco más en mi piel.
—¿Quién dijo algo acerca de que seas algo a largo plazo?
Oh. Oh, mierda, jodido infierno. Mi corazón se acelera a través de mi
cuerpo y explota en un sangriento desastre a mis pies. ¿Cómo? ¿Cómo he
malinterpretado esto tan mal? No cree que sea material de largo plazo. Ni
siquiera pienso dos veces las palabras mientras dejan mi boca, pareciendo
simplemente obvias. Había empezado finalmente a calentarme, con su
cuerpo contra el mío y la madera quemando mientras deja salir olas de calor,
pero un desagradable y penetrante frío empieza a introducirse en mi pecho
de nuevo mientras trato gentilmente de alejarle.
—¿Qué fue todo eso frente a tu familia, entonces? ¿Todo eso de soy
suyo y ella es mía? ¿Estabas diciendo eso para asegurarte de que nadie
intenta apuñalarme hasta la muerte mientras estamos dormidos?
Mierda. Odio que haya diversión en sus ojos en este momento.
Desprecio el hecho de que le parezca entretenido mientras me rodea con sus
brazos, negándose a dejarme liberarme de él.
—Detente. Para, para, para. Jesús, Zara, sólo deja de retorcerte. Te
estás enfadando sin razón. No eres un prospecto para mí. No eres una jodida
posibilidad. Eso es todo lo que estaba tratando de decir. Eres algo definitivo.
Un absoluto. Y no, nunca he sido un romántico desesperanzado, pero de
alguna manera tú has venido y me ha convertido en uno. ¡Mierda! Deja de
mirarme así. Ya es bastante difícil poner esta mierda en palabras. No soy
jodidamente bueno en eso.
Es mucho mejor de lo que se piensa.
He puesto tantas apuestas en esta conexión improbable e imposible
entre Pasha y yo, que en el momento en que parecía que quizás podría haber
actuado precipitadamente, atándome a él tan enfermizamente rápido, me di
cuenta de lo devastada que estaré si me equivoco en esto. Estaré en un nivel
jodidamente grande de devastación, y ésa es una perspectiva preocupante.
Con un puñado de simples palabras, Pasha ha borrado mi miedo y
vergüenza, pero ahora queda una pizca de pánico. El hecho de que él
estando con un extraño probablemente sea difícil para él, incluso con la
bendición de Cleo. Podría llegar un momento en que la atracción que siente
por mí disminuya, y la molestia de maniobrar a través de la política del clan
en lo que a mí respecta se vuelva molesta y ya no valga la pena para él.
Pasha se levanta y frota su dedo índice entre mis cejas. Su rostro es
muy serio.
—Detente. Lo que sea que estés haciendo allí ahora mismo, sólo… para.
No va a ayudar.
—No lo sabes.
—Una mierda que no. Está pensando en los posibles escenarios que no
tienen peso ni relación con nuestra situación. Puedo decirlo. —Es tan
malditamente confiado todo el maldito tiempo. Completa y absolutamente
seguro de su lugar en el mundo. Cuando abre la boca y habla, no hay duda
ni preocupación en las cosas que dice.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? ¿Cómo diablos puedes decirme que
no te cansarás de todas estas peleas una vez que el brillo haya desaparecido
y ya no sea tan nuevo e intrigante?
Tomando mi cara entre sus manos, presiona suavemente su frente
contra la mía.
—¿Me siento nuevo para ti, luciérnaga? —pregunta. Su voz es tan
tranquila como la nieve cayendo.
Abro la boca, las palabras se quedan en mi lengua: por supuesto que sí.
Como no puedes Todavía hay mucho que necesito averiguar sobre ti. Pero...
ninguna de esas declaraciones perturba el silencio que ha envuelto al vardo.
Vacilante, me armo de valor y le digo la verdad.
—No. No lo haces. Te sientes como una constante. Eres una canción
que siempre he conocido. Puedo tararearte, tu sonido, tono y melodía
llenando cada fibra de mi ser. Parece que no puedo recordar tu letra, pero
cada segundo que paso contigo, parece que descubro dónde encajan.
Los ojos de Pasha están en llamas. Pasa sus pulgares sobre mis
pómulos mientras se inclina hacia adelante y con cuidado, con gran
intención, coloca sus labios contra los míos. Al principio, el beso es lento y
abrasador. Quema su camino hacia mi alma, marcándose allí. Mis pulmones
están vacíos de oxígeno, y no puedo recordar cómo rectificar la situación. Mi
mente nada con él, su olor, la sensación de su cuerpo contra mi cuerpo, su
cadera presionando contra mi costado, su pierna entre mis piernas, el peso
de él acomodado contra mí, satisfactorio, aterrador y seguro.
Cuando separa mis labios, su pulgar se burla del borde de mi labio
inferior mientras aumenta la presión entre nuestras bocas, me olvido de mi
propio maldito nombre. Su lengua se desliza entre mis dientes, explorando
y buscando, y yo respondo, probándole, descubriéndole de la forma en que
me está descubriendo, y todo el mundo se queda en silencio.
Este beso es un robo a mano armada. Como un ladrón, Pasha me lo
quita todo mientras se frota contra mí, clavándome contra la pared del
vardo. Mi aliento: se ha ido. Mi audición: se ha ido. Todas mis habilidades
cognitivas; desaparecidas. Mi visión: desaparecida.
Saquea mis sentidos mientras me besa. Me deja con nada más que mi
capacidad de sentir, y joder, mi cuerpo cobra vida. En mi lecho de muerte,
cuando todos los desafíos, los triunfos, las pruebas, las tribulaciones y las
victorias de mi vida se exponen ante mí, cuando los momentos más
importantes me vuelven a visitar, mostrándome los momentos
fundamentales en que todo cambió y me encontré viajando a lo desconocido,
por un nuevo camino no planificado, conozco este momento, este beso, será
uno de los momentos más codiciados de mi humilde existencia.
Rutina hace nada soportable. Eso es lo que dice el hombre.
No hay ninguna rutina para el chico, sin embargo. Dentro de la
habitación, no hay más que la anticipación sin fin de dolor, y el dolor en sí
mismo. Y el chico ha comenzado a darse cuenta de que la espera es a menudo
la peor parte. Ahora, el chico se encuentra esperando que la puerta se abra.
Porque al menos cuando el hombre viene, el chico ya no está solo. Al menos
el dolor que entrega el hombre trae consigo algún tipo de contacto físico. Un
contacto equivocado y sucio, el chico es lo suficientemente mayor como para
saber eso, pero estar solo, y frío, y hambriento en la oscuridad cuando el
hombre se ha ido ha empezado a aterrorizarle más que las atenciones
gruñidas del hombre.
Ha pasado un largo tiempo desde que salió de la habitación. Ha pasado
un largo tiempo desde que se bañó. El chico no sabe si los residuos agrietados
y escamosos que saca de su cuerpo es sangre, o suciedad, o la humedad
grasienta y con olor a almizcle que el hombre deja en su piel.
Le duele ponerse en cuclillas sobre el cubo e ir al baño. El hombre sólo
solía tocar, coger, pellizcar, y golpear y patear, pero ahora empuja también.
Empuja cosas donde no deberían ir. Esto excita al hombre más que el resto
de las cosas juntas. El dolor se siente más grande que el chico, y más grande
que la habitación. Más grande que los recuerdos del cielo del chico, incluso.
El dolor se convierte en él mientras el hombre empuja dentro de él. Una vez
acaba, parece que el hombre está tomando el dolor que ha infligido al chico
de vuelta hacia él, y duele más de lo que puede tolerar. A veces, el hombre se
agacha en el rincón, desnudo, y grita, como hace el chico.
El chico cometió el error de tratar de consolar al hombre una vez.
El hombre le rompió tres de sus dedos.
Pasha
NUNCA he pensado mucho en la idea, porque siempre supe en el fondo que
nunca sería rey, pero ahora que tengo que asumir el papel, aunque solo sea por
escrito, entonces la posibilidad de que necesite una reina se ha vuelto muy real, y
tan jodidamente raro.
Esto es todo por el espectáculo. Es un acto, pretender por el bien de Lazlo,
pero Jesús esto me golpea en los sentimientos. Una vez que Sarah esté a salvo y el
hijo de puta que se la llevó esté muerto o entre rejas, realmente no habrá necesidad
de seguir adelante con este plan extravagante. Pero... por un momento... me
permito imaginar: Shelta fuera. Sin peleas. Sin puñaladas por la espalda. Sin
tonterías por parte de Patrin. Una vida diferente para todos. Tal vez no haya más
ferias. O muchos menos viajes al menos. Y Zara, en algún lugar de esta imagen
borrosa, deformada y sin desarrollar, a mi lado, gloriosa y jodidamente increíble y
de alguna manera mi esposa.
¿Qué. Mierda. Está. Mal. Conmigo?
Tomo un fósforo dentro de mi cabeza, lo enciendo y sostengo la llama sobre
esa imagen mental, haciéndomela ver mientras arde hasta que se desvanece. No es
prudente dejar que esas ideas estúpidas se hagan realidad. Son peligrosas, son
imposibles, sólo te llevarán a la locura y al desamor.
Zara no puede saber qué cosas tan ridículas están ocurriendo en mi cabeza
mientras saco algo de ropa de cama, un montón de mantas y una bolsa de agua
caliente del arcón de madera que ayudé a Archie a construir cuando era sólo un
niño. Ella se ríe cuando levanto la gruesa cortina brocada hacia la parte trasera
del vardo, revelando la cama doble elevada más allá.
—Estaba empezando a preguntarme dónde íbamos a dormir —dice,
frotándose los ojos. Está cansada. También estoy cansado, pero hay algo que debo
hacer antes de dejarla dormir, y no puedo esperar. Mis habilidades para hacer la
cama dejan mucho que desear mientras tiro todo sobre el colchón lo más rápido
que puedo. Zara ayuda a encajar la sábana y la mete correctamente, y está a medio
camino de deslizar una almohada en una funda de almohada cuando saco ambos
artículos de sus manos, los arrojo sobre mi hombro y la empujo de nuevo sobre la
cama.
—¡Pasha! ¡Oh, Dios mío! —chilla, muy poco como Zara, mientras golpea la
colmena de mantas—. ¿Qué demonios estás haciendo?
Gruño, la vibración retumbando en la parte de atrás de mi garganta mientras
me pongo sobre ella. Su cabello se ha desprendido de su cola, y sus largas olas
color rojizo fluyen como seda sobre sus hombros y sobre las sábanas, un marcado
contraste de rojo contra el algodón blanco. Sus tetas se tensan contra el delgado
suéter que está usando, y todo lo que puedo pensar es en arrancarle la maldita
cosa de su cuerpo y palpar su carne. Jodidamente festejar en ella.
—¿Qué crees que estoy haciendo, Luciérnaga?
La pregunta no necesitaba plantearse. Está claro lo que planeo hacer, y está
igual de claro lo que quiero de ella. Sin embargo, dejo que me mire, permito que su
escrutinio pase por encima de mí, mientras lentamente me desabrocho el cinturón
y lo saco de mis vaqueros. Sus ojos se redondean, sus labios se separan ligeramente
mientras estudia la longitud del cuero negro en mis manos.
—No usarás eso en mí —dice ella.
—¿Oh? ¿No puedo?
—¡Absolutamente no! No aquí, con tanta gente alrededor. Nos oirán.
Doy un paso más hacia la cama.
—¿Qué crees que oirán?
—No lo sé. ¿Gritos? —se ríe, haciendo un mal trabajo fingiendo que la idea de
tal cosa le resulta graciosa, pero soy sensible a los débiles cambios en el tono de
su voz. En este momento, está en el borde y tratando de ocultarlo.
Pobre y engañada Luciérnaga. No puede ocultarme nada, como yo no puedo
ocultarle nada. Coloco el cinturón en el borde de la cama mientras agarro mi
camisa y la saco sobre mi cabeza. La última vez que me quité la camisa delante de
una mujer, ella comenzó a decir ooh y ahh por mis tatuajes, trató de pasar sus
manos sobre mí, tocar mi tinta, pero no la dejé. Ella no tenía el jodido derecho a
tocarlos. No tenía ni idea de lo que significaban y tampoco le importaba. Todo lo
que le importaba era el peligroso borde de los símbolos negros y la línea intricada
de trabajo prestada. Golpeé su mano tan jodidamente fuerte que ella empezó a
patearme, trató de arrancarme los jodidos ojos cuando la cogí y la llevé fuera del
apartamento, arrojándola al otro lado de la puerta delantera antes de cerrarla.
Zara mira con cautela la tinta en mi piel mientras procedo a sacarme las botas
y los calcetines y a sacarme los tejanos. Sé que tiene mucha curiosidad por mis
tatuajes, pero no dice nada, sin embargo. No reacciona mientras me saco la ropa
interior y pongo mis bóxers sobre la madera de suelo al lado de mis pies descalzos.
Sus ojos, un color azul verdoso la mayor parte del tiempo, se han oscurecido,
llegando casi a marrones, ardiendo como carbones calientes mientras con descaro
me escanea de pies a cabeza sin una pizca de vergüenza.
Sus ojos se posan sobre mi pene erecto, vacilando allí, cerrándose un poco, y
no puedo evitar provocarla un poco. Lo tomo, lo aprieto, disfruto de la sensación
de la presión mientras paso mi mano a lo largo de la dura longitud.
Joooodeerr, eso se siente tan jodidamente bien. Se siente aún mejor con los
ojos de Zara sobre mí, observando cada uno de mis movimientos. Ella está mirando
fijamente, fijada en la punta de mi polla, y no mira hacia otro lado cuando envuelvo
mi pulgar y mi dedo alrededor de la cabeza, apretando de nuevo, esta vez
produciendo una gota de pre-semen que se acumula y rueda sobre el final de mi
polla, mojándome los dedos.
Zara se lame los labios y casi canto en voz alta. Me quiere en su boca. Quiere
lamer eso antes de que salga de mí y saborear el sabor al final de su jodida lengua.
Mira hacia arriba, su mirada se encuentra con la mía, y parpadea lentamente.
—Eres un pequeño pervertido, ¿verdad? —susurra ella.
—Oh, Luciérnaga. En serio. No tienes idea.
Ella arquea una ceja hacia mí.
—¿Quieres que te lo muestre? —pregunto.
Ella traga profundamente. Dios, es tan jodidamente adorable cuando solo
tiene un poquito, muy poco miedo.
—No sé si estoy lista para enfrentar las verdaderas profundidades de tu
depravación. Por otra parte, dudo que alguna vez lo esté. Así que a la mierda. Por
supuesto. Yo... supongo que quiero que me lo muestres.
—No te preocupes si la gente te oye, entonces. No podrás mantenerlo todo
embotellado en tu interior. Tendrás que gemir. Tendrás que maldecir. Si no eres
libre de mí, entonces tampoco seré libre de ti tampoco, Luciérnaga.
Se hunde de nuevo en las mantas, retrocediendo un poco para dejarme
espacio mientras subo por el borde de la cama.
—Me sorprende que corras el riesgo de que tu gente nos escuche follar cuando
esperas que te voten mañana.
Una sonrisa melosa se extiende por mi cara. La agarro por los tobillos y la
arrastro hacia mí. Le desato las zapatillas y se las quito.
—Luciérnaga. Nosotros, los romaníes, somos bastante cerrados cuando se
trata de sexo. No hablamos de eso. No lo mencionamos. No lo aludimos. Pero hay
una cosa de la que no puedes escapar cuando vives en lugares tan cercanos con
tantas otras personas. Lo escuchamos todo el puto tiempo. Dame tu mano. Ahora.
Los labios de Zara están separados, haciendo un mohín tan jodidamente
bonito. Su boca es de un delicado tono rosa. Sus pezones y su coño, también. Las
partes más íntimas de ella son tan delicadas, suaves, flexibles, pálidas y finas. No
puedo esperar a extenderla desnuda como si fuera un maldito bufé de todo lo que
puedas comer; planeo comérmela de todas las formas posibles.
Una pequeña línea se forma entre el gracioso arco de sus cejas, sugiriendo
que podría sentirse un poco intimidada por mi orden. Sus ojos son salvajes, sin
embargo, grandes y redondos, del tamaño de platillos mientras extiende
tentativamente su mano derecha y me la ofrece.
—Bueno. Ahora... siente lo que me haces. Siente lo jodidamente duro que me
has puesto hoy, con toda esa charla sobre masturbarse y ver pornografía. Y tu
trasero en esos jodidos vaqueros, Zara —gruño.
He estado pensando en esto durante malditas horas. Todo el maldito día.
Incluso cuando estábamos en la sala de reuniones, luchando con Shelta, mi polla
no se enfrió completamente. Eso no era mi culpa. Si Zara no hubiera estado tan
jodidamente magnífica mientras destrozaba a mi madre, mi erección me habría
abandonado seguro. Aunque ella era una cosa salvaje. Una fuerza imparable de la
naturaleza. Una tormenta mortal, con penetrantes ojos y cabello color avellana del
color de una puesta de sol. O una pesadilla.
Cuando su mano se cierra a mí alrededor, sus dedos se enroscan alrededor
del eje de mi polla, un violento temblor me atraviesa, obligando a mi cabeza a
retroceder. Santa mierda. Cuando me toca... no puedo contenerme. Su indecisión
enciende algo oscuro y lujurioso dentro de mí. No me acaricia como una mujer que
ha tenido mucha práctica. Pasa su mano arriba y abajo a lo largo de mí tan
lentamente, tan cautelosamente, sus ojos se fijan en su propia mano en mi polla,
sus ojos llenos de sorpresa, como si realmente no pudiera creer que esté haciendo
tal cosa... todo es tan inocente
No me gustan las chicas inocentes.
No quiero chicas inocentes.
Quiero, siempre he querido, una mujer que sepa lo que quiere y cómo
conseguirlo. Pero es diferente con Zara. En el exterior, es tan feroz, alzando el dedo
medio al mundo, lista para enfrentar cualquier desafío en cualquier momento. Es
tan sólida y está tan segura de sí misma. Sin embargo, todo eso desaparece cuando
está conmigo. Puedo ver este lado de ella. Llego a ser la razón por la que su corazón
late fuerte en su pecho, y sus pupilas se dilatan tanto que sus ojos se vuelven casi
completamente negros. Es por mi culpa que está temblando ligeramente, y
realmente no sabe qué hacer.
Mierda me encanta tener ese tipo de efecto en ella, porque ella también me
afecta a mí. Mis pensamientos se enredan cuando estoy con ella. Estoy pensando
cada palabra que sale de mi jodida boca. Me encuentro pensando dos veces cada
acción, y cada paso, preguntándome si es una acción o un paso que ella aprobará,
o hará que yo le guste más. Éstas son las formas en las que ella me afecta.
¿Aquí, sin embargo, en un dormitorio, con un cinturón en mi mano y una
puerta cerrada entre nosotros y el mundo exterior? Aquí, no me lo pienso. La duda
es una imposibilidad categórica para mí aquí.
Donde hubiera estado molesto por su inexperiencia si solo hubiera sido una
chica de una noche, que hubiera traído a casa de un bar para follar, estoy
literalmente electrificado por la inocencia de Zara ahora. Dejo que mis ojos se
cierren un segundo, y su mano se aprieta a mí alrededor. Tengo que apretar los
dientes.
—Joder, Zara —susurro—. Mierda.
Un segundo más. Un segundo más delicioso y celestial de ella, provocándome
con su mano arriba y abajo, y la detengo. Hay otra perla de pre-semen brillando en
la cabeza de mi polla. Utilizo mi pulgar para limpiarlo, y luego tomo a Zara por la
barbilla con la otra mano, levantando su cara para que me esté mirando.
—Abre tu boca —ordeno. Se lame los labios. Dios, quiero morderlos tan fuerte.
Quiero romper su piel. Aunque no lo haré. Nunca soñaría con estropear algo tan
precioso y perfecto. Nunca la lastimaría. Abre su boca, y reprimo el gemido que
está pidiendo ser liberado, tirando contra mi diafragma.
—Saca la lengua —digo.
Por un segundo, creo que me va a decir que me vaya a la mierda; la
insubordinada llamarada que ilumina sus ojos es un claro recordatorio de que no
le gusta que le digan qué hacer. Pero, como una buena chica, finalmente hace lo
que le he pedido y saca su lengua. Su ceja izquierda se arquea en una pregunta
silenciosa: ¿Y ahora qué, estúpido?
Presiono la yema de mi pulgar sobre la parte plana de su lengua y lentamente
la empujo hacia la punta, extendiendo mi pre-semen sobre sus papilas gustativas,
y la respiración de Zara se atasca en su garganta. No, ella no esperaba eso. No
esperaba que fuera tan directo. Será mejor que se acostumbre a ello, y rápido, de
lo contrario la próxima hora más o menos va a ser una gran sorpresa para ella.
Deslizando mi pulgar en su boca, lo empujo hasta que sus labios se
encuentran con mi nudillo.
—Chúpalo —le ordeno.
Sus pestañas se agitan como locas, pero cierra sus ojos y envuelve sus labios
alrededor de mi pulgar.
Jódeme.
Tanto calor…
Tan mojada…
Muestro la moderación de un santo mientras saco lentamente el pulgar de su
boca y lo deslizo de nuevo. Sé lo que se sentiría si fuera mi polla la que metiera en
su boca. Se sentiría jodidamente fenomenal, pero no lo permitiré. No voy a tomar
eso. Lo primero es lo primero, quiero darle a Zara lo que necesita. Lo que ha estado
anhelando durante años, incluso si todavía no lo sabe.
—Quítate la ropa. Dámela —exijo, quitando mi pulgar de su boca. Sus ojos se
abren, y una carga de energía pasa entre nosotros. Eléctrica. Viva. Peligrosa. Sus
pestañas son mucho más oscuras que el rojo de su cabello, son gruesas y rizadas
como las pestañas de una muñeca, tan delicadas y hermosas como las paletas
sobre una pluma. Permanece en la cama, pero se quita la ropa con movimientos
hábiles y seguros. Su cuerpo es jodidamente impresionante cuando recoge el
material en un paquete y me lo pasa.
He estado tatuando gente desde que era un niño. Siempre tuve una afinidad
por las formas y los trazos, mi familia y otros miembros del clan Rivin venían a
verme cada vez que volvía de la escuela en las vacaciones, y me pedían que les
tatuase con este diseño o aquel símbolo. Me encantaba. Era un reto, y era divertido.
Sin embargo, no fue hasta que fui desterrado que tomé las cosas más
profundamente. No solo quería poder hacer un buen trabajo con una pistola de
tatuaje. Quería poder pintar. Dibujar. Convertirme en un experto en... en joder, en
algo, además de estafar a las personas y aprovecharme siempre que podía. Fui a
una clase de arte en vivo todos los días durante un año (el luchador maltratado y
magullado de los pantalones vaqueros rotos) y durante cada sesión, otra mujer
hermosa posaba desnuda para ser dibujada.
He visto cientos de cuerpos diferentes. Largos, magros, cuerpos de bailarina.
Cuerpos fuertes, tonificados y musculosos, del tipo que se encuentra en los adictos
al gimnasio. Cordiales, gráciles, de diosas del yoga. Mujeres con curvas,
voluptuosas, con caderas y pechos femeninos. Mujeres con muslos en los que
quieres hundir tus dedos mientras las follas, y chicas con culos que puedes ver
rebotar todo el día.
Pero ni una sola vez durante mi tiempo asistiendo a esas clases encontré un
cuerpo como el de Zara. Podría decir que es perfecta, pero la perfección es muy
subjetiva. El ideal de un hombre. La forma en que el plano de su estómago se
inclina para encontrarse con sus piernas. La forma en que sus huesos de la cadera
sobresalen solo un poquito. La forma en que su areola izquierda es ligeramente
ovalada e inclinada sobre un eje en comparación con el círculo casi perfecto de su
areola derecha. La forma en que su labio inferior está un poco más lleno que su
labio superior. Estos pequeños detalles que completan su forma podrían no excitar
a otro hombre de la misma manera que me excitan a mí.
No es perfecta
Pero ella es perfecta para mí, y la tomaría sobre un robot falso, perfectamente
simétrico e impecable cualquier día de la semana.
Desecho su ropa, la arrojo sobre el baúl de mantas abierto junto a la cama, y
luego cierro la tapa de golpe. Su piel es pálida y está viva. Parece que está
irradiando la luz de luna. Mi polla palpita con dolorosa urgencia cuando coloco mis
manos sobre sus hombros, empujándola hacia abajo sobre el colchón.
—¿Planeas castigarme con ese cinturón, Pasha Rivin? —susurra.
Muerdo el interior de mi mejilla, esperando mantener la sorpresa de mi cara.
—No, Luciérnaga. No soy un monstruo. Nunca usaría una herramienta para
lastimarte. Nunca te tomaría con una correa de cuero. Jesucristo.
Se ríe suavemente, rizando un mechón de mi cabello alrededor de su dedo.
—Entonces, ¿por qué no está en el piso con el resto de tu ropa?
—Porque no estoy planeando en contenerme. Estoy a punto de follarte tan
fuerte que probablemente tendrás que morderlo, Zara. Solo trato de ser un
caballero.
Levanta el cinturón, haciendo pucheros. Con su delgado cuerpo estirado en
diagonal a través de la cama, mis palmas se estremecen como locas. Ya puedo
imaginar cómo se sentirá su piel suave y satinada bajo la aspereza de mis manos,
y tratar de controlarme ahora mismo es una práctica seria para la paciencia.
Le acabo de decir que no soy un monstruo, pero tal vez eso no sea cierto.
Seguro que me siento como uno a veces. Soy mucho más grande que ella. Cuando
me acuesto sobre ella, mi cuerpo la envuelve y la retiene. Es delgada de huesos,
sus muñecas son tan estrechas que puedo rodearlas fácilmente entre mi pulgar y
mi dedo índice. La línea de su cuello es elegante y fina como la de un cisne. Me
recuerda a una bailarina, cada parte de ella es equilibrada y controlada con
absoluta precisión, cada músculo entrenado y sostenido en su lugar, una tarea
sumamente difícil, hecha para parecer tan fácil ante la serenidad en su rostro. Es
tan intrincada como un reloj suizo. Construida por expertos como un Sting Ray
’69, todas las líneas fluidas están diseñadas para ocultar un motor potente y feroz
bajo el capó.
Yo, por otro lado, fui construido con mucha menos delicadeza. Fui construido
con la fuerza bruta de la mente. Soy un martillo. Un jodido tanque de Sherman.
Soy descarado y directo: una olla a punto de hervir, veinticuatro horas al día, siete
días a la semana.
Me gustan las diferencias evidentes entre nosotros. Me gusta que sea tan
pequeña. Me gusta que sea tan vulnerable en situaciones como ésta. Nunca la
lastimaría. Ni en un millón de años. Pero hay una oscuridad en mí que disfruta de
su rendición. Sabe que soy más fuerte que ella, que soy jodidamente peligroso y
que no movería ni una pestaña por matar a alguien si tuviera que hacerlo, pero no
le importa. Se entrega a mí de buena gana. Pone su cuidado en mis manos
violentas, confiando en que tendré cuidado con ella, pase lo que pase.
Ésta no es una tontería machista inducida por la testosterona. No me gusta
el hecho de ser más grande que ella y que sea tan delicada que me haga sentir más
hombre. No entiendo esa mentalidad. No entiendo por qué otros chicos incluso se
sentirían de esa manera en primer lugar. Me gusta por esa confianza.
Me gusta probar los límites de eso. Ver hasta dónde puedo empujarla y
esperar para averiguar dónde comienza y terminan los límites de esa confianza.
Nunca dejaré de desafiarla. Nunca llegará el día en que deje de explorar su valentía,
o la agilidad de su corazón de león. Nunca le haré la vida fácil, porque la facilidad
genera complacencia.
Tal vez todo eso me hace un monstruo. Si ese es el caso, entonces es una capa
que estoy dispuesto a usar.
—¿Esa bonita pequeña boca tuya me va a tomar de nuevo, Luciérnaga? ¿Qué
tanto quieres mi polla? ¿Debería empujarla directamente contra la parte de atrás
de tu garganta, hmm?
Suspira, tartamudea y se deshace. Sus iris color mercurio son como piscinas
gemelas de fuego ardiente. Es un jodido giro ver su deseo construirse de esta
manera. Prácticamente jadea mientras se arrastra hacia mí a cuatro patas.
—Hazlo —me reta.
Retarme es como agitar una bandera roja ante un toro.
—Oh, Luciérnaga... realmente no deberías.
Enrollo su cabello alrededor de mi puño, mostrando mis dientes y aprieto mi
agarre. Zara jadea. Ni siquiera necesito decírselo esta vez: abre la boca
voluntariamente, y ver su lengua rosada y húmeda casi me pone en un jodido
frenesí.
—Más amplio —ordeno.
Ella la abre más.
Agarro mi polla, apretándola hasta el punto de dolor, y luego la deslizo
lentamente en su boca. Vibra como un jodido póquer al rojo vivo, más fuerte que
cuando era un jodido adolescente, y su cabeza cae sobre mí, maldiciendo entre
dientes.
—Santa mierda, luciérnaga. Mierda, sí.
No dejo de guiar su cabeza hacia abajo hasta que siento sus labios hinchados
alrededor de la base de mi eje. Deja escapar un gemido, una combinación de
necesidad y advertencia, y sé que la tengo justo en el borde. Apenas puede respirar
así. Su boca y su garganta están tan jodidamente llenas de mí que le estoy robando
el oxígeno que necesita para sobrevivir.
La libero, y el sonido de ella jadeando desesperadamente por aire es como
música para mis oídos. Mi polla está mojada con su saliva, y también sus labios.
Aprieto mi agarre sobre su cabello, y los ojos de Zara se abren. Sabe lo que
viene.
—De nuevo —ordeno.
Sus labios se deslizan hasta llegar a mis jodidas bolas, y puedo sentir cómo
se estremece su garganta; está a punto de vomitar, pero me alejo un poco, sintiendo
que la tensión en sus hombros se alivia. No se trata de eso. No es un acto de
degradación. No la quiero tosiendo y balbuceando, con los ojos llorosos,
maquillando sus mejillas. Quiero que ambos caminemos por la cuerda floja —
demasiado lejos y no lo suficiente.
Me mira, su boca llena con mi polla, sus ojos lanzando un desafío por su
cuenta, y es demasiado, joder. Tengo que. Dios, tengo que hacerlo. Balanceo mis
caderas hacia adelante, sosteniendo su cabeza en su lugar, y follo su boca. Duro,
rápido y apenas controlado, aprieto mis dientes mientras empujo a través de sus
labios, una y otra vez.
Gime, jadeando por su nariz, su lengua masajeando la punta de mi polla cada
vez que retrocedo, y me siento como un maldito dios. Cuando ella retrocede,
resistiendo la presión que estoy aplicando en la parte posterior de su cabeza, la
suelto. Si necesita un momento, se lo daré. Pero no necesita un momento. Su
barbilla está mojada y reluciente cuando se agacha y toma una de mis bolas en su
boca y...
¡MIERDA!
Chupa, sentándose sobre sus talones para que salga de su boca, y entonces
está lamiendo, limpiándome, chupándome. Su mano está apretada alrededor de mi
eje, y…
¡DEMONIOSDIOS!
Ya no tengo el control aquí. En un abrir y cerrar de ojos, ha volteado el guión
y, literalmente, me tiene por las bolas. Mis manos caen a mis costados, mi cabeza
cae hacia atrás, y el calor resbaladizo de su boca está sobre mí, conduciendo, más
profundo, más rápido que el ritmo que estaba marcando hace un momento.
—Zara. Mierda, Zara, para...
No lo hace. El placer que obtiene de mí se siente como si me cubriera en
capas, mantas de calor, éxtasis, fuego, uno tras otro, hormigueo, dolor y urgencia.
Es despiadada. Implacable. Dios, si no se detiene, va a acabar con esto muy rápido.
La agarro por el pelo y la jalo hacia atrás, girando por la cintura, retirando mis
caderas, y Zara gruñe por lo bajo.
—Jajaja, pequeña luciérnaga enojada. ¿Te quité tu juguete? Pon ese trasero
en el aire. Ahora.
Sus ojos brillan, como si estuviera a punto de abalanzarse sobre mí, clavarme
contra la cama y subirse sobre mi polla me guste o no.
Interesante.
Tomo su barbilla, y caigo hacia adelante, poniendo mi boca sobre la de ella.
Se siente como si estuviera tratando de luchar contra el beso, de pelear conmigo,
pero no está tratando de escapar. Lejos de ahí. Está tratando de pelear conmigo
por el dominio. Sin embargo, hoy no me rendiré tan fácilmente con ella. Alejo mi
boca, disfrutando de la frustrada blasfemia que se derrama de sus labios, y la
agarro por la cintura, con los dedos presionando su carne mientras le doy la vuelta.
—Dije trasero en el aire. —Llevo mi palma hacia abajo por su trasero, y tengo
que agarrar mi labio inferior con mis dientes y morder con fuerza mientras veo su
carne rebotar. Joder, sólo su trasero es suficiente para hacer que un hombre pierda
la cabeza. Como una fotografía desarrollándose, del blanco de su piel comienza a
surgir un enrojecimiento rojo por mi mano furiosa.
—Eso jodidamente dolió —susurra ella.
—¿Sí? ¿Cuánto? —Me muevo rápidamente, cayendo sobre ella, mi pecho
contra su espalda, y luego me estoy estirando, sujetando mi mano alrededor de su
garganta, tirando de ella hacia mí para que ambos nos pongamos de rodillas.
Puedo sentir su gruñido de ira bajo mi mano, y sólo sirve para poner mi polla
aún más dura. Con mi otra mano, acaricio y palpo sus pechos, un fuego ardiendo
dentro de mí mientras amaso y meto mis dedos entre sus tetas.
Suficiente.
No demasiado.
Nunca demasiado.
Zara tiembla contra mí mientras froto la rudeza de mi barba contra la parte
posterior de su cuello. Beso, lamo, muerdo, y Zara tiembla más fuerte, más fuerte,
y más fuerte.
—Pasha —jadea—. Dios, por favor... —Arquea su espalda, apoyándose contra
la mano que todavía sostengo alrededor de su cuello, y me doy cuenta rápidamente.
Quiere más.
Agito su pezón, presionando rudamente mis dedos contra su pecho otra vez,
y gime aún más fuerte. De la nada, está agarrando mi mano y deslizándola por su
estómago, guiándome entre sus piernas. Mis dedos la encuentran
instantáneamente caliente, húmeda y pulsante. Su coño está goteando de lo
mojado que lo tiene. Está tan desesperada por mí que grita cuando toco la punta
de mis dedos contra su clítoris.
—Ya veo —gimo en su oído—. No te preocupes, lo entiendo. Sé lo que
necesitas, pequeña luciérnaga. —Le suelto el cuello y la empujo hacia adelante, y
ella vuelve a ponerse a cuatro patas en la cama. Mi mano cae sobre su trasero otra
vez, y el grito de placer que hace eco a través del vardo está teñido con un elemento
de dolor.
—Cállate, Zara —ordeno—. Última vez que lo digo.
Obedece rápidamente esta vez, arqueando su espalda, presentándome su
trasero, y tengo que sofocar el rugido que se está formando en mi garganta. Tan
malditamente bonita. Tan jodidamente rosa. Tan endemoniadamente mojada.
Froto mi mano por ella, extendiendo la evidencia de su necesidad sobre ella,
usando mi pulgar para frotar su humedad entre sus nalgas. Zara gime, y el sonido
es como un disparador dentro de mi mente. Estoy ido. Perdido. Jodidamente
acabado.
Se tensa mientras empujo dentro de ella. La sostengo por las caderas, tirando
de ella sobre mi polla, y Zara deja escapar un suspiro de sorpresa.
—Sí. Siéntelo. Siente que te estoy llenando —gruño—. Puedes intentar
contenerlo todo lo que quieras, pero voy a hacerte gritar. Te lo prometo, tu garganta
estará en carne viva cuando terminemos aquí.
Tengo la intención de mantener esa promesa.
No puedo ser lento, y no puedo ser amable. Imposible. Me lanzo contra ella, y
Zara aprieta sus manos, apretando las sábanas.
—Joder, Pasha. Oh, Dios mío. Estás tan profundo Por favor. Por favor. Por
favor…
Hay una diferencia entre una mujer que pide más y otra que suplica que
pares. En este momento, Zara me está suplicando que le dé mi polla... y le doy lo
que quiere. Su espalda se arquea y se arquea, flexionándose mientras me meto en
ella. Es mi turno de ser despiadado. Una y otra y otra vez…
La mano de Zara se mueve a la parte superior de la cama, y luego está
deslizando mi cinturón entre sus dientes, sujetando el cuero. Es la criatura más
increíble, feroz y hermosa que camina sobre esta tierra. La adoro mientras la follo,
provocándola con cuidado con mi pulgar, aplicando la más mínima presión, lo
suficiente para que se sienta bien, y Zara muerde el cuero con más fuerza, el sudor
sale por su espalda, brillando en el surco de su columna vertebral
Es jodidamente magnífica.
No pasa mucho tiempo antes de que ella grite mientras se acerca, y agarro
sus caderas con fuerza, siento que mi mandíbula va jodidamente a destrozarse
mientras se remueve y gime contra mí. Me corro con ella, y es más que sólo una
liberación. Es más que sólo un momento descarado de placer.
Es el sol explotando, y el cielo cayendo, y el mundo como lo conozco está
jodidamente acabando. Con mi corazón golpeando en mi pecho, me acuesto a su
lado, y los ojos calurosos y nublados por las endorfinas de Zara se encuentran con
los míos.
Justo en ese momento, sé que mi antigua vida está en ruinas, y no hay nada
a lo que volver si no la tengo a ella.
Zara
EL MUNDO ESTÁ TAN, tan quieto. Aguantando la respiración.
Cuando me despierto, aplastada contra el lado del vardo, con el pesado
brazo musculoso de Pasha apretado en un fuerte abrazo alrededor de mi
cuerpo, siento como si mis orejas estuvieran bloqueadas. Es casi como si
estuviera usando un par de auriculares contra el ruido y el sonido ambiental
hubiera sido extraído del mundo. Todo lo que puedo escuchar es el
constante y lento inhalar y exhalar del aliento de Pasha sobre mi cabeza, y
el susurro suave de las mantas mientras me retuerzo, acercándome al calor
de su cuerpo y lejos del lado frío del vagón.
Mi cuerpo zumba por el dolor —un dolor profundo en mis músculos
excesivamente estirados y en mis articulaciones, recordando de una manera
muy placentera el entrenamiento que hice anoche. Los recuerdos pasan por
mi cabeza: las manos de Pasha en mis pechos, sus dedos introduciéndose
en mi carne por un segundo, acariciando suavemente y provocando al
siguiente. Su talentosa boca sacándome suspiro tras suspiro, seguido de su
nombre, repetidamente y haciendo que grite sin aliento mientras le rogaba
por la liberación.
Siempre he encontrado que eso era algo que me hacía rodar los ojos en
las películas —ese momento cuando la pareja finalmente follaba, y la mujer
era un desastre caliente, jadeando el nombre del chico, en cada respiración.
Siempre me ha parecido demasiado e innecesario, como que la heroína está
tratando de usar el nombre del chico para asegurarse de recordarlo después.
Anoche, aprendí mi lección, sin embargo. No podía pararme. Su nombre era
una plegaria en mis labios. Un ruego. Una exhalación. Su olor anuló mi
olfato. Mi piel volvió a la vida bajo sus meticulosas atenciones. Su voz, piedra
sobre piedra, arrogante y humilde, ruda y gentil, era una acción en mis
oídos. Demandaba cada parte de mí, y me di a él con gusto. Supongo que
tiene sentido que la única palabra que pudiera decir fuera su nombre.
Se remueve detrás de mí, sus dedos se contraen en mi estómago, y
luego acaricia su cara contra mi nuca. Me duelen las mejillas por el esfuerzo
necesario para mantener la sonrisa pequeña y secreta de mi cara. Me tapo
la boca con la mano, ocultando la sonrisa traidora mientras se extiende sin
mi permiso, pero al final me rindo, le doy rienda suelta mientras me sonrío
a mí misma, aturdida por el hecho que estoy siendo sostenida por un
hombre que yo...
Un hombre que yo...
Guau. ¿Qué demonios? Cierro los ojos, sacudiendo el pensamiento de
mi cabeza antes que pueda tomar forma y solidificarse. No estoy enamorada
de Pasha Rivin. No puedo. Hay normas sociales que deben ser observadas
aquí. Un período de espera. Necesito descubrir cada pequeño detalle que
hay que saber sobre él antes de poder afirmar tal cosa. Y luego tengo que
esperar un poco más, sólo para asegurarme, antes de dejar que una palabra
tan arriesgada salga en mi vocabulario. Así es como funcionan estas cosas.
Esto es lo que me digo mientras paso ligeramente mis dedos sobre los finos
y oscuros vellos en la parte posterior de su brazo, preguntándome por el
puro milagro del hombre.
Está compuesto por células de la piel, huesos, plasma y hierro. Un
porcentaje considerable de su cuerpo es agua. Tiene folículos pilosos, y
tendones, y uñas, y dientes. Como yo, Pasha es una criatura hecha de una
serie de partes e ingredientes, combinados para hacer que una forma de
vida respire, funcione y viva. Entonces, ¿por qué se siente como si fuera
mucho más que eso? Si se parece mucho a mí, ¿cómo puede sentirse su
existencia como un jodido milagro? Ni siquiera puedo empezar a entender
esto.
Siento que sus labios se mueven contra la parte de atrás de mi cabeza
antes de escucharlo hablar. Me besa ligeramente, soltando un ronroneo
complaciente, como un gato, y luego susurra.
—¿Puedes sentirlo, Luciérnaga?
—Si estás hablando de tu gloria matutina, entonces sí, puedo —le
susurro de vuelta.
Se ríe, y el brazo que ha mantenido envuelto a mi alrededor durante
toda la noche se aprieta mientras me aplasta en un feroz abrazo. Se siente
como si mis costillas estuvieran a punto de romperse, pero afortunadamente
no lo hacen.
—No, guarra. No estaba hablando de mi polla. Por una vez. —Muerde
juguetonamente la parte superior de mi oreja, luego coloca sus labios contra
mi oreja. Su barba envía un escalofrío violento y sorprendente a través de
mí cuando susurra—. Nevó.
¿Nieve? Señor. Por eso suena como si el mundo estuviera en silencio.
Ayer, cuando estábamos caminando hacia el campamento Rivin,
ciertamente había estado lo suficientemente nublado y frío para nevar, pero
anoche, cuando Pasha y yo entramos al vardo, el cielo estaba despejado, las
estrellas en lo alto resplandeciendo, distantes y brillantes. Lo último que
esperaba cuando caí en la cama era despertar en un mundo cubierto de
nieve.
No quiero levantarme de la cama, pero necesito mirar por la ventana.
Necesito verlo por mí misma. Pasha gruñe como un lobo salvaje cuando me
siento, quitando las mantas de su cuerpo, exponiendo su pecho desnudo.
—Jesucristo, mujer, ¿quieres morir? Estamos a menos diez grados. Mi
polla se retraerá dentro de mi cuerpo.
—Es como arrancarse una tirita. Tienes que ser un hombre y acabar
de una vez lo más rápido posible. —Dejo escapar un suspiro de risa,
trepando sobre él para salir de la cama. Pasha me alcanza, tratando de
agarrarme por las caderas, pero soy demasiado rápida para él. Siseo entre
dientes mientras mis pies descalzos se encuentran con los fríos tablones de
madera. Pasha se apoya sobre sus codos, mirándome mientras salto de un
pie a otro, maldiciendo coloridamente por lo bajo.
—Esa camisa luce malditamente bien en ti, Luciérnaga —dice.
—¿Qué? ¿Esta cosa vieja? —Es su camiseta, la que llevaba puesta ayer.
Huele celestial, tan claramente Pasha. Le doy un pequeño giro—. Apenas
cubre mis nalgas.
Pasha gime.
—Eso es lo que más me gusta. Y el hecho de que puedo ver esas largas
piernas tuyas. Tal vez no debería devolverte tu ropa. Tal vez solo te
mantendré atrapada aquí conmigo, medio desnuda sin nada más que mis
viejas camisetas para usar.
—Nunca conseguiríamos hacer jodidamente nada —me río.
—Haríamos jodidamente mucho —responde.
Mis mejillas se colorean con solo pensarlo. En horas, días y semanas
atrapada en este pequeño espacio confinado con él. Sería genial. Sería
celestial. Serían nuestras vidas, si el mundo fuera un lugar perfecto. “Sin
embargo, tu mundo no es perfecto, ¿verdad Zara?” Me recuerda una pequeña
voz en el fondo de mi mente. “Tu mundo está muy jodido en este momento.
Un niño pequeño está muerto. Tu amiga está perdida, y este hermoso salvaje,
este enigmático hombre con el que te has enredado, es heredero del trono
romaní.”
Si la gente del clan Rivin vota por él esta tarde, entonces Pasha no será
simplemente un tatuador de luchadores. Será un rey. Su rey. Y eso cambiará
las cosas innegablemente entre nosotros. Hemos tenido tan poco tiempo
juntos que no hemos tenido la oportunidad de formar una rutina juntos. No
nos hemos despertado juntos por la mañana y compartido el desayuno
juntos. Ningún beso de despedida mientras me deja en el trabajo. Nada de
discusiones sobre qué deberíamos cenar. Los fáciles altibajos de una
relación no existen entre nosotros todavía, y dudo que jamás lo hagan. No
puedo ni por un segundo vernos jamás compartiendo una existencia tan
mundana y rutinaria. Incluso una vez que nos hayamos encargado de Lazlo
y encontrado a Sarah, ya sé que esa vida no volverá a ser normal para
nosotros, lo que sea que eso signifique.
No tengo ni idea de cómo el nuevo rol de Pasha afectará a su vida de
ahora en adelante, pero habrá responsabilidades y deberes a los que tendrá
que atender. Su gente requerirá de su guía y liderazgo y, sin importar cuán
pequeño quiera considerar el pensamiento, hay muchas posibilidades de
que el clan quiera dejar Washington. Lo dijo él mismo: los Roma son
nómadas. Los Rivins piensan que está absolutamente loco por poner su
tienda en Spokane, es muy raro que quieran quedarse aquí para siempre,
incluso en esta hermosa, escondida y aislada esquina del mundo.
Shelta nunca le permitirá poner la Feria de Medianoche en una ciudad.
Incluso si ella quisiera quedarse, incluso si ella pensase que quedarse en
Washington era una gran idea, no importaría. Se aseguraría que el clan
votase en contra sólo por despecho. Odio pensar qué tipo de fuegos artífices
se lanzarán si Pasha es votado rey esta noche. Shelta nunca aceptará la
decisión del clan, especialmente ahora que significa que Pasha se quedará
con ellos. Ella perdería el poder que tiene sobre su gente. No será nadie. Sólo
otro miembro del clan. Pasar de ser al líder de los Rivin durante tanto tiempo
a hundirse a su nivel, ni mejor ni peor que ellos, será una píldora muy dura
para que ella la trague.
Empujo todos los pensamientos de la votación de esta noche de mi
mente mientras abro la pequeña cortina que cubre esa ventana redonda en
el lado del vagón. La parte de debajo del panel de la ventana está llena de
vaho condensado en el interior y oscurecido por hielo en la parte de fuera.
Pero tras el vidrio veo que Pasha tenía razón: ha nevado. El mundo está
completamente envuelto en un mantel grueso y blanco que cubre las piceas,
los abetos y los pinos que envuelven la pequeña cañada, defendiendo el
campamento Rivin del resto del parque. A la derecha del vagón, el río donde
encontramos a Shireen recogiendo agua anoche está fluyendo todavía, sin
congelarse, pero el agua gris baja rápidamente por el valle, cubierta de
espuma y burbujas. Se ve enfadado, como una cuerda de plomo fundido.
Los fuegos todavía queman frente a los vagones, cuyos tejados están llenos
con al menos quince centímetros de nieve. En el suelo, estrechos caminos
de pisadas han cortado a través de la sábana blanca de nieve que cubre
todo, haciendo caminos entre los vardos y la sala de reuniones, volviendo
hacia donde sólo puedo asumir que están las casas de las afueras y el área
de lavado.
Parece como que la mayor parte de los miembros del vitsa Rivin son
demasiado inteligentes como para estar fuera esta mañana, pero hay un par
de personas juntadas enfrente del vardo más lejano —un vagón pintado de
rojo con una pared blanca y una línea naranja. En la distancia es difícil
decir si son hombres o mujeres. Están tan juntos contra el viento, con
gruesos abrigos y guantes, y sombreros, y bufandas, que su forma es
simplemente humana en lugar de masculina o femenina. Columnas de
niebla se elevan, llenando el aire frío de la mañana mientras hablan entre
ellos. La figura de la derecha gesticula salvajemente, lanzando sus brazos
en el aire, y la otra sacude su cabeza, tomando un paso atrás. Obviamente
están enredados en una profunda conversación. Una discusión, quizás. La
persona en la derecha se saca los guantes y los lanza al suelo antes de volver
su espalda contra la otra persona y alejarse corriendo del campamento,
dirigiéndose hacia el río.
Casi salgo de mi maldita piel cuando siento manos en mis caderas otra
vez. Pasha, silencioso como siempre, se ha levantado de la cama y está de
pie detrás de mí. Descansa su barbilla sobre mi cabeza y gime.
—Veo que empiezan temprano —observa—. Todos van a estar
quejándose y en desacuerdo con el otro hoy. Si hay algo por lo que el clan
Rivin es conocido, es el hecho de que sus miembros rara vez piensan igual.
Suspiro, girándome dentro del círculo de sus brazos hasta que estoy
frente a él, con la cabeza inclinada hacia atrás para poder mirarlo a los ojos.
Su cabello oscuro se enrosca desordenado, enmarcando su rostro. En la
cruda luz, blanca y fría de la mañana, el color de su cabello es realmente
como la pluma de un cuervo. Teñido de azul. Un tono tan inusual, único.
Uno que nunca he visto antes. Sus ojos son del color de la menta y la hierba
cargada de escarcha.
Mencionó que había querido mantenerme aquí en nada más que en su
camiseta, encerrándonos para siempre para así poder mantenerme para él.
Si pudiera hacer lo mismo por él, lo haría. Bloquearía la puerta de este
vagón, cerrándola. Mi objetivo principal no sería mantenerlo dentro, sin
embargo, sería mantenerlos a ellos fuera. Nunca ha querido la
responsabilidad que su familia ha tratado de poner sobre sus hombros.
Siempre ha tratado de escapar. Siempre ha corrido de ella. Siempre negó su
reclamo sobre el trono romaní.
Una ola de culpa amenaza con ahogarme mientras le miro. Toda esta
situación se siente como si fuera mi culpa. Si no le hubiera encontrado, si
no me hubiera embarcado en esa loca cruzada para tratar de encontrar a
Corey Petrov, si no hubiera aparecido en la Feria de Medianoche (y
posteriormente olvidado mi teléfono allí), entonces él y yo nunca nos
habríamos encontrado. Nunca nos habríamos enredado tanto. Nuestros
caminos nunca habrían convergido y tal vez la vida de Pasha hubiera
continuado como estaba. Sencilla, sin complicaciones, libre de la bruja de
su madre y la política de su gente.
Tal vez esa nunca fue una posibilidad, sin embargo. Los sueños que
ambos tuvimos durante años, sueños tan explícitos y seductores, se sienten
como un faro, guiándonos el uno hacia el otro. Tal vez jugar el juego de “qué
pasaría sí” es inútil. Tal vez siempre íbamos a terminar aquí. Nuestros
caminos siempre cruzándose, sin importar el que. Sarah siempre habría
acabado secuestrada. El pequeño Corey Petrov siempre habría terminado
muerto. Y Pasha Rivin siempre hubiera acabado siendo rey.
Me estoy adelantando, por supuesto. Hay posibilidades de que Shelta
tenga sus garras clavadas en el clan mucho más profundamente de lo que
hemos imaginado. Y, por supuesto, incluso Patrin podría tener la
oportunidad de ser elegido Rey.
Pasha aparta el cabello de mi cara casi con reverencia mientras me
mira. También hay un huracán de pensamientos dentro de su cabeza; puedo
decirlo por la mirada tormentosa y llena de conflicto en sus ojos.
—Siempre podemos irnos sabes —dice, sonriendo—. Podría vender la
tienda. Recoger el efectivo de mis peleas. Vaciar mi cuenta bancaria.
Reservar el primer vuelo fuera de aquí. Nunca he dejado el maldito país. Se
supone que Panamá es agradable en esta época del año.
Todo esto es verdad. Podríamos simplemente cortar con todo y correr.
Podríamos abandonar nuestras vidas. Todo lo que ambos construimos a lo
largo de los años. Podríamos empacar nuestros artículos esenciales, lo
suficiente como para caber en una mochila, y podríamos simplemente
desaparecer de Spokane. Por un segundo hermoso y brillante, es agradable
soñar. Porque eso es todo, por supuesto... un sueño. Nada más. No hay
absolutamente ninguna manera de dejar Spokane sin saber que Sarah está
a salvo. Pasha lo sabe. Él nunca se iría tampoco, abandonar a su extraña
tía mientras ella pudiera necesitarlo. Simplemente no es ese tipo de hombre.
Una sombra oscura se posa sobre su cara.
—Nunca pasé mucho tiempo con Lazlo cuando él todavía estaba con el
clan —me dice—. Siempre era demasiado ruidoso. Demasiado descarado.
Demasiado lleno de ridículas ideas de mierda. No me gustaba la forma en
que trataba a las mujeres del campamento. Les hablaba como si fueran
esclavas. Peor, en realidad. —Se ríe amargamente—. Las trataba como si no
fueran más que perras. Debería haber sabido en ese entonces por la forma
en que siempre estaba pasando el rato con los niños, siempre bromeando
con ellos, jugando, tratando de hacerlos reír... —Sacudiendo la cabeza, me
suelta y se aleja de la ventana, abriendo su mochila con movimientos
rápidos y seguros, sacando un suéter. La lana oscura está desgastada y
parece vieja, apilada en las mangas. Lo arroja sobre su cabeza, deslizando
sus brazos en las mangas, y noto el pequeño agujero en el cuello, exponiendo
un destello de su clavícula.
—Espera aquí. No te vistas —me dice—. Iré a buscarnos un poco de
café y algo de comida. No tienes que salir al frío todavía. —Estoy a punto de
discutir con él. Las palabras en la punta de mi lengua. Pero capto la vista
desde la ventana, de nuevo y mi piel se pone de gallina. Esto no es solo el
invierno en Spokane. Éste es un mal invierno en Spokane. Y, por muy
cobarde que sea, planeo pasar el menor tiempo posible afuera hoy.
Pasha agarra un par de tejanos y se los pone, seguidos por calcetines
y sus botas. No se molesta en abrocharse los cordones. Me besa áspera,
dura y profundamente, y luego toma mi rostro en sus manos.
—Si alguien viene a la puerta, no abras. Y por el amor de Dios, no
deambules. Es un desierto. Hay osos y muchos leones de montaña, por no
mencionar los jodidos lobos. Con la nieve, no hay puntos de referencia.
Caminarás por el bosque y nunca volverás a salir. Prométeme que te
quedarás quieta.
Dios, está loco si realmente cree que saldría y me iría por mi cuenta.
Sin embargo, hay una luz de preocupación en sus ojos. Nerviosismo,
apretando su boca alrededor de las esquinas. Hay una parte de él, una parte
pequeña quizás, pero está allí de todos modos, está empezando a
preocuparse. Empezando a pensar que podría haber sido una mala idea
traerme aquí. En el fondo de su mente, probablemente esté empezando a
preguntarse cuándo voy a enloquecer y a escapar.
Y sí, tal vez eso es lo que haría una persona sana. Siempre me he
enorgullecido de ser una persona lógica y razonable, pero muchas cosas han
cambiado desde que la Feria de Medianoche llegó a Spokane. La cordura ya
ni siquiera entra en ello. Ni la razón, ni la lógica se aplican a nuestra
situación. Al final del día, no importa cuán locas sean las cosas, cuán
peligrosas, cuán tristes puedan parecer, Pasha está aquí en el campamento
con su familia, y para bien o para mal, no irá a ninguna parte hasta que
haya logrado lo que se propuso hacer. Anoche tuvo razón cuando hizo el
anuncio delante de Cleo y los demás, aunque un poco aterrador en su
honestidad: nos hemos reclamado mutuamente. Y si aquí es donde Pasha
necesita estar para ayudar a salvar a Sarah, entonces yo también estaré
aquí, justo a su lado.
Necesito ponerme de puntillas para besarle. Sonríe contra mi boca
cuando nuestros labios se encuentran.
—No te preocupes —le digo alejándole—. No voy a ninguna parte. Pero
si no te das prisa con ese café pronto, podría tener la tentación de quemar
este vardo.
Pasha
El aire se está congelando mientras troto hacia el río y luego a lo largo
de sus orillas hacia la sala de reuniones. Mis pulmones arden como locos
cuando giro a la izquierda, dando la vuelta a lo largo del perímetro del
campamento, dirigiéndome hacia el carro de Patrin. Los romaníes siempre
han amado sus pequeños lujos, y mi familia no es diferente, pero Patrin es
aún más exquisito que la mayoría. Él es otro nivel cuando se trata de
muestras de riqueza y lujo. A diferencia de los otros vardos y carros que
conforman el campamento, la casa que Patrin ha hecho aquí para su familia
es jodidamente enorme. De alguna manera, logró arrastrar un Winnebago
de 9 metros hacia el claro y hundió pilares de cemento para formar una base
para él, atornillando la cosa al maldito suelo. Aquí, en la naturaleza, no hay
servicios de red. Sin electricidad. No hay agua corriente. No hay gas o
internet. Sin embargo, Patrin se ha ocupado de todo eso.
Detrás del Winnebago, enterrado a ciento ochenta centímetros de
profundidad, el bastardo descargó un enorme tanque de gasolina y lo llenó
hasta el borde con combustible para poder alimentar el monstruoso
generador industrial que asegura que tiene luz y calor las veinticuatro horas
del día. Hace un par de años, incluso se inscribió a internet por satélite,
pero al ser Spokane, y el clima en Spokane ser lo que es, nunca recibe una
señal clara. Pregúntale y te dirá que se tomó muchas molestias para hacer
que la vida sea más cómoda para Shireen y los niños. Sin embargo, estará
mintiendo entre sus dientes de mierda.
Conozco a Shireen toda mi vida, y ella siempre ha sido una feminista.
Siempre ha estado dispuesta a ensuciarse, sin preocuparse por destrozar
un clavo, preparada y lista para embarrarse y emprender una aventura en
cualquier momento. No le importaba una mierda el hecho de tener agua
caliente; eso es todo sobre su marido. Incluso las viviendas de Shelta no son
tan ofensivas y tan exageradas como las de Patrin. En el otro lado del
campamento, la Airstream de cuatro metros y medio de mi madre parece
una cabaña de mierda comparada con la plataforma palaciega de su
segundo al mando.
La mayoría de los clanes Rivin usan libros y narran cuentos cuando
están acampados en el National Forest, pero puedo escuchar el televisor al
otro lado de la puerta mientras pongo mis nudillos contra el cristal. En el
interior, Patrin grita algo, y una serie de ruidos fuertes y estridentes llegan
a mis oídos.
La puerta se abre un momento después y Shireen está allí parada con
su pijama de franela de lunares negros. Su cabello es un revoltijo
ingobernable de ondas blancas brillantes y rizadas. Sonríe cuando posa sus
ojos en mí.
—Gracias, joder, eres tú —dice, agarrándome por el cuello. Un segundo
después, me arrastra dentro del Winnebago, y hay dos niños pequeños
luchando por todo mi cuerpo, colgando de mis extremidades mientras me
usan como un gimnasio de la jungla.
De memoria, el hijo de Patrin y Shireen, Albert, ya debe tener seis años.
Su hija, Evelyn, sólo puede tener tres años. Cuando me expulsaron del clan
por asesinar a Lazlo, Shireen ni siquiera había dado a luz a Evelyn, así que
la niña no puede tener ningún recuerdo de mí. Si Albert tiene algún recuerdo
de mí, entonces sólo puede ser arrebatado momentos de su infancia. Eso no
parece molestarles cuando meten sus pequeñas manos y pies en mi ropa,
chillando de placer mientras intentan atraparse y matarse entre sí.
—Jesús. Lo siento, Pasha. Son pequeños paganos —dice Shireen,
agarrando el brazo de Albert. Un momento después, tiene a Evie por el cuello
y arrastra a los dos niños por el estrecho pasillo entre las habitaciones—.
La tetera está encendida —grita por encima de su hombro—. Hay tazas con
tapas en el armario sobre el fregadero.
—¿Cómo lo supiste? —le grité. Segundos más tarde, Patrin sale del
baño, secándose el cabello con el pelo corto. No parece sorprendido de
verme. De hecho, casi no parece registrar mi presencia mientras se abre
camino hacia el área de la cocina y desliza dos trozos de pan en la tostadora.
—Te das cuenta de que ya no puedo andar por mi propia casa sin mi
camisa, ¿verdad? —dice.
Me rasco la nuca, fingiendo ignorancia.
—¿Y por qué demonios sería eso?
Me lanza una mirada asesina de reojo, enseñando los dientes mientras
se sirve un vaso de agua.
—Esa tinta tardará ocho putas sesiones en irse. Fui a un chico en
Broad Street. Dice que me costará mil pavos deshacerme de ese jodido
tatuaje. ¿Alguna vez te han quitado un tatuaje, Pasha? La tinta pica un
poco, pero duele diez veces más cuando sale, bastardo.
—No. Nunca me quitaron un tatuaje. No soy lo suficientemente
estúpido como para hacer algo de lo que pueda arrepentirme más tarde.
Claro que no dejaría que un tipo me tatuara sin firmar primero la obra de
arte. ¿Qué clase de imbécil haría algo así?
Patrin se da vuelta y se apoya contra el mostrador de la cocina. Sostiene
su vaso como si fuera a tirar el agua al suelo, romper el recipiente y luego
triturar los fragmentos de vidrio en mi cara.
—Este es tu problema, Pash —dice. Su voz está cansada, desvaída,
como si estuviera harto de decir lo mismo una y otra vez—. Sólo haces lo
que te conviene en cada momento. Nunca piensas en cómo tus acciones
pueden afectar a los demás.
Ni siquiera trato de ocultar la sonrisa en mi cara.
—Oh, vamos Patrin. Claro, soy un bastardo irresponsable, pero sabía
cómo te afectaría el hecho de tatuarte una gigantesca polla fotorrealista en
la espalda. No soy estúpido. Estuviste tres años lejos de mí. Tres años libre
de Pasha. No había tenido una oportunidad de joder contigo en un largo
tiempo, hermano. Simplemente estaba recuperando el tiempo perdido.
Shireen entra en la cocina, pareciendo apresurada.
—Joder, si vais a empezar a pelear, los encerraré en el dormitorio con
Albert y Evelyn. ¿Por qué ninguno de los dos puede actuar como un adulto?
Son demasiado mayores para esta mierda. —Shireen regresa a la cocina,
arroja un plato y un vaso en el fregadero. Ella es un movimiento rápido
mientras recorre los armarios, sacando latas de alimentos, productos secos
y utensilios de cocina—. Si puedes esperar, te haré algo para llevar a Zara,
Pash. Pero lo juro por Dios, tienen que cambiar de discusión. Si escucho
una palabra más sobre ese tatuaje de la polla, voy a gritar de verdad.
—Por supuesto, Shireen. No diré otra palabra al respecto. Honor de
Scout. —Hay un alarido de risas en la parte de atrás de mi garganta, rogando
por ser liberado, pero lo reprimo. Si me río, Patrin me va a linchar. Se ve
furioso mientras gruñe, alejándose de la encimera. Luego hace una cara
infantil desde detrás de la cabeza de su esposa.
—¿Todavía no sabes que tengo ojos atrás, Patrin Rivin? —reprende
Shireen—. ¿No crees que sé cuándo estás poniéndome estúpidas caras como
uno de nuestros hijos?
Él pone los ojos en blanco, recogiendo una camiseta que Shireen debió
haber puesto sobre el respaldo del sofá para él. Rápidamente se la pone, y
luego acepta una taza de café de ella. Entonces ella me da una.
—Tengo que irme y asegurarme que Connie termine su desayuno. El
viejo murciélago no ha estado comiendo. Sigo encontrando platos de comida
bajo su cama. ¿Creen que, si me voy por diez minutos, puedo confiar en
ustedes para que actúen civilmente el uno con el otro?
Mierda, cómo he echado de menos a Shireen. Es una de las únicas
personas en el mundo que puede intimidar a Patrin para que se someta.
También es una de las únicas personas en nuestro clan que no le tiene
miedo. He visto a mucha gente dejar que Patrin camine sobre ellos. Me
siento aliviado de que Shireen no le deje hacerlo. Levanto mis manos, mis
cejas casi tocando mi pelo.
—Ningún problema por mi parte —digo—. Sólo venía a por el desayuno
y un café.
Patrin rezonga en voz baja.
—Sí, ¿y por qué esperas que mi esposa los alimente a ti y a tu novia
gadje? No recuerdo que hayas trabajado duro en la feria recientemente.
Cada miembro del clan comparte su dinero y comida entre sí.
Técnicamente, ninguna familia está destinada a estar mejor que la otra. Por
supuesto, nunca es así. La gente guarda un poco de dinero para un mal día.
Ahorra para una emergencia, si algo sale mal, como a veces pasa. Sin
embargo, nadie realmente atesora la comida. Siempre hay para todos.
Shireen golpea a Patrin en la parte superior de su brazo, hundiendo su
nudillo en su bíceps.
—Si vas a ser un bastardo, puedes ir y disfrutar de tu desayuno con
Shelta si quieres —dice ella. Plano, duro y claramente antipático, el tono de
su voz incluso me hace encogerme un poco.
Patrin cruza sus brazos sobre su pecho como un niño regañado.
—Es una pregunta justa, sin embargo. Se fue hace tres años. No ha
hecho nada para contribuir a la seguridad y el bienestar del clan. ¿Por qué
debería comer nuestra comida? Hace buen dinero luchando en la jaula.
Deben ser diez de los grandes cada vez, ¿verdad, Pash? ¿Ha dado su diezmo?
¿Ha traído los ingresos al clan o nos ha dado dinero de su tienda de tatuajes?
Joder, se compró esa caja de cristal en la colina en su lugar.
Por primera vez desde que entré al tráiler, una punzada de ira comienza
a calentar mi temperamento. Necesito un verdadero esfuerzo para no
desgarrar al hijo de la puta un nuevo agujero mientras le rodeo.
—¿Estás bromeando ahora, gilipollas? Me ensucié las manos
protegiendo a un miembro del clan y me expulsaron durante tres malditos
años como agradecimiento. ¿Y ahora estás parado aquí orinando y gimiendo
porque no te he enviado ningún maldito dinero?
Shireen siente la tensión creciente; debe haberlo sentido, de lo
contrario no se deslizaría entre su marido y yo, usando su cuerpo de metro
sesenta y siete y cincuenta nueve kilos como barricada.
—Es suficiente. Patrin, eso fue realmente una estupidez. ¿En qué
estabas pensando? Me voy ahora, pero si vuelvo y hay agujeros en
cualquiera de estas paredes, voy a estar furiosa, ¿me oyes? ¿Los dos? —Nos
mira, un desafío escrito en su cara. He luchado contra luchadores
experimentados en la jaula. Luché contra hombres el doble de mi peso y me
burlé de hombres que, seguro que han asesinado a muchas personas en su
tiempo, pero incluso yo no sería tan estúpido como para joder con Shireen.
—Sólo ve y asegúrate de que Connie no haya muerto mientras duerme
—se queja Patrin—. No somos jodidos niños. Estaremos bien.
Shireen le da una mirada fulminante que hace que el hombre se aclare
la garganta, evitando su mirada. Sale con una caja llena de huevos
revueltos, una jarra de leche caliente y los dos testículos de Patrin en el
bolsillo de atrás. Patrin no dice una palabra más hasta que la puerta del
Winnebago se cierra de golpe.
—Bien, entonces. —Arquea una ceja infeliz hacia mí—. Escúpelo.
Podrías haber ido a cualquier lugar a por comida, pero viniste aquí. ¿Por
qué? Ya. Lo puedo adivinar, pero quiero escucharte decirlo.
Tiene razón, podría haber ido a otro lado. Shireen es una maldita santa,
pero es una cocinera terrible. Cleo felizmente nos hubiera dado un festín de
huevos y tocino, champiñones asados y sémola, además que el café de la
mujer no tiene rival. Pero necesitaba hablar con Patrin. Venir aquí esta
mañana significa matar dos pájaros de un tiro. Meto mis manos en mis
bolsillos mirando al, sorprendentemente, alto techo.
—Quiero que renuncies esta noche —digo. La solicitud no sale
fácilmente. Se pega en la parte posterior de mi garganta, lo que me dificulta
empujar las palabras. Está jodidamente amando esto. Tiene que estarlo.
¿Cuántas veces me ha pedido ayuda recientemente? Al menos tres veces, y
cada vez le he rechazado. Ahora aquí estoy, gorra en mano, pidiéndole un
favor y uno grande.
Patrin ha estado buscando mi título desde que éramos niños. Este
juego de poder constante entre nosotros no es nada nuevo. En cada
oportunidad disponible, ha tratado de burlarse de mí, de ser más que yo, de
superarme y de destacar. Mientras estaba fuera, se abrió camino en los
buenos libros de Shelta y se convirtió en alguien en quien ella confiaba. Le
hizo fácil el apoyarse en él, no porque quisiera ayudarla o asistirla en la
gestión del clan en mi ausencia. Sin duda quería acercarse a ella, descubrir
sus secretos y debilidades para poder usarlas luego contra ella cuando
hiciera su movimiento para convertirse en rey.
La sonrisa incrédula en su cara ahora realmente lo dice todo.
—Tienes un maldito nervio, hermano. Has venido aquí porque sabes
que existe la posibilidad de que no puedas ganar esta noche. Nuestra gente
se ha desenamorado de ti mientras te has ido. Puedes verlo en sus caras.
Escucharlo en sus voces. Y ahora estás preocupado de que pueda quitarte
esto. Por fin.
Sacudiendo la cabeza, sonrío mientras tomo un sorbo de mi taza de
café.
—Joder, tu ego es ridículo. ¿Realmente crees que tienes una
oportunidad? No hay un plano de realidad o universo paralelo en el que
puedas realmente vencerme en esta votación. Seamos realistas. Eres fuerte.
Le gustas a la gente. Puedes arreglar cosas. Puedes luchar. Construir cosas.
Proteger a la gente. Pero no puedes liderar. No fuiste bendecido con la
paciencia, la perspicacia o la visión de ser rey y todo el mundo lo sabe.
—Si realmente crees eso, entonces ¿por qué viniste aquí? —exige.
Me encojo de hombros, tratando de restarle importancia a lo
significativo que podría ser esto.
—Tienes razón. La gente me olvidó mientras estaba fuera. Hay un
puñado de personas en el clan que probablemente te elegirían sobre mí.
Sienten que te conocen mejor ahora. Sin embargo, hay muchas más
personas que se han alineado con Shelta a lo largo de los años. Muchas más
personas que prefieren ver que las cosas continúan como hasta ahora en
lugar de aceptar a un nuevo gobernante. Sin embargo, si me apoyases, esos
que te soportan seguramente me seguirían también. Y podría fácilmente ser
suficiente para inclinar la balanza a mi favor contra mi madre.
Patrin se ríe suavemente, apretando y aflojando su mano a su lado
—¿Realmente eres un imbécil, lo sabes? Tal vez tienes razón, tal vez no
tengo suficientes seguidores para ganar todavía. Pero tienes que estar loco
para pensar que me volvería contra Shelta. Ella me ha dado una posición
dentro de este clan. Me dio un poder que no tenía antes. Si esperas que le
dé la espalda a eso, simplemente dejarlo todo en un segundo porque me lo
has pedido, entonces no tienes ni idea.
Urgh. Es tan malditamente egoísta. No es raro en personas como
nosotros, pero no tiene ni idea de cómo servir a una idea más grande que
él. Sólo quiere gobernar para acariciar su propio ego. Voy a tener que hacer
una concesión, un compromiso, y realmente va a ser una mierda. Patrin
está tan desesperado por gobernar que nunca podré confiar en él, no del
todo. Siempre estaré esperando sentir la punta de un cuchillo entre mis
omóplatos mientras se prepara para apuñalarme por la espalda, pero en
este preciso momento, el fin justifica los medios. Lo necesito, lo que significa
que debo hacer sacrificios.
Suspirando pesadamente, dejo mi taza de café.
—No estarás dando la espalda a tu posición dentro del clan. Tendrás
un lugar conmigo. Tendrás el mismo poder del que disfrutas. Tu papel
dentro del clan seguirá siendo el mismo. Sólo estarás sirviendo a un jefe
diferente.
—¡Ah! Realmente no estás vendiendo esto bien —dice con amargura—.
Si fueras inteligente, no te llamarías jefe.
—Lo que sea. Tu rey, entonces. ¿Qué te hace sentir mejor? Seré tu rey
y tú serás mi segundo al mando.
Patrin sacude la cabeza; por el color carmesí que llena su rostro, esto
va tan bien como esperaba.
—Tu madre es una perra fría, pero puedo tolerarla. No ha hecho su
misión especial joderme cada hora del día. No soportamos vernos el uno al
otro la mayor parte del tiempo. Me temo que vas a tener que endulzar el
trato, hermano.
Sabía que esto llegaría. Me he preparado para ello. De todas formas, el
peso de lo que voy a prometer me hunde como mil toneladas.
—Si me das soporte esta noche —digo, tomando una profunda
respiración—, entonces te ayudaré. Te daré lo que viniste a pedirme en la
tienda de tatuajes. Ayudaré a sacar a Sam y Jamus de la humeante pila de
mierda en la que se han hundido, y me aseguraré de que se libren de la
cárcel. Sí. Eso es. Ésa es mi oferta. Lo tomas o lo dejas.
Patrin piensa. Aprieta su mandíbula, mirándome a los ojos, y después
dice.
—Vale. Bien. Tienes un trato. Pero, por Dios, Pasha Rivin, mejor que no
lo arruines, joder.
Zara
Estoy completamente vestida y poniéndome mis calcetines cuando
escucho el sonido de las botas subiendo el pequeño conjunto de escaleras
que conducen a la puerta del vardo. Pasha no estará contento porque
encontré un conjunto de ropa limpia en mi mochila y me la puse, pero
incluso con el pequeño fuego que me las ingenié para empezar en la parrilla,
me estaba congelando el culo y no podía esperar más. Hay una reprimenda
burlona en la punta de mi lengua. Estoy lista para cantarle las cuarenta por
tomarse tanto tiempo, pero cuando la puerta del vardo se abre…
Oh.
El hombre de pie en la puerta no es Pasha. Lo reconozco de inmediato,
sin embargo. El abrigo gastado, pesado y de lana con la solapa de piel de
oveja es nuevo. Pero el chaleco de seda descolorido y la raída camisa a rayas
bajo él son muy familiares para mí, como los pantalones de pana marrón
que lleva, que están húmedos por la nieve, el material oscurecido hasta sus
rodillas. Su mata de pelo plateado está aún más rebelde que cuando le
conocí por primera vez. Sus ojos se centran en mí, su boca abriéndose
mientras me ve sentada encima de la caja de las mantas, mi pie medio metió
en un calcetín.
—Tú —dice en un tono acusador—. ¿Cómo puedes ser tú?
Es muy estúpido por mi parte. El Zorro de la Feria de Medianoche con
su juego de copas, debería realmente haber puesto dos y dos juntos. Shelta
siquiera mencionó su nombre cuando estábamos hablando en la feria.
¿Cuáles fueron sus palabras exactas? “Hmm sí. Supongo que Archie se ve
como un zorro.” Pasha mencionó el nombre de Archie en numerosas
ocasiones desde que llegamos al campamento. Dejando claro que estábamos
en el vardo del hombre. Han pasado tantas cosas, sin embargo, tantas
partes diferentes moviéndose en este escenario, que no he tenido de verdad
tiempo de encajar ninguna de las piezas del rompecabezas.
Archie me está fulminando como si acabara de ver un jodido fantasma
y no estuviera nada contento por la visita.
—Si has venido a recuperar la llave, me temo que no puedo ayudarte
—me dice—. Hace tiempo que no está. La intercambié. Quiero decir, la perdí
—dice. No parece demasiado seguro de lo que le pasó a la llave que dejé
sobre la mesa con él en la feria. Lo que le pasara, esté en su posesión o no,
claramente no quiere devolverla. Tan condenadamente raro. Los blancos de
sus ojos se muestran mientras toma otro paso atrás en las escaleras que
llevan al vardo. Si no me equivoco, el hombre está de verdad atemorizado.
Me pongo de pie, extendiendo mis manos.
—Mierda, lo siento. No he vuelto a por la llave. Puedes quedártela. Vine
aquí con Pasha. Dijo que no le importaría si dormíamos aquí anoche. Lo
siento por las molestias. Si me puedes dar unos momentos, recogeré
nuestras cosas y desapareceremos de tu vista.
Al oír el nombre de Pasha, la expresión de Archie se transforma en una
de pura incredulidad.
—¿Pasha? ¿Está aquí? ¿Y estás aquí con él? —Suena satisfecho de que
el heredero de la población Roma haya encontrado su camino de regreso a
su clan. Por el contrario, no suena feliz con que me trajera de vuelta con él
como su invitada.
»Joder —murmura en voz baja—. El corazón del niño ha sido pinchado
por una gadje pelirrojo. Sabía que iba a haber problemas en cuanto vi esa
lechuza esta mañana.
—No estoy aquí para causar problemas, lo prometo. Estamos tratando
de ayudar. Sarah ha sido tomada como rehén por Lazlo. Él quiere que Pasha
acepte su papel como rey. Si lo hace, entonces Sarah queda libre.
Archie mete su capa desgastada de nuevo en sus caderas, colocando
ambas manos en sus costados.
—Lazlo. ¿Lazlo está vivo? ¿Y tiene a Sarah?
Debería estar acostumbrada a la reacción sorprendida ya. Se está
volviendo molesto el tener que explicar esto, sin embargo. Un frío nudo de
culpa se aprieta dentro de mí mientras asiento.
—También mato al pequeño niño.
Las líneas que enmarcan la boca de Archie se profundizan mientras
hace una mueca.
—¿El niño que buscabas en la feria esa noche?
—Sí.
—Bueno, que me condenen.
Archie estudia las tablas del suelo ante él, el ceño fruncido en su rostro.
—Qué lío, entonces —dice—. Qué jodida y completa pesadilla.
Algo me ocurre cuando miro al anciano, con sus ojos fuera de foco y
distantes mientras presumiblemente trata de procesar esta información.
—Espera. No preguntaste quién es Sarah.
Sus ojos se elevan, atravesándome con una mirada intensa.
—Conozco a Sarah. La conozco por su verdadero nombre. Y sé por qué
lo cambió, también. La he estado vigilando, de vez en cuando, a lo largo de
los años. No esta vez, sin embargo. Aún no. Tenía planeado ir a su casa la
próxima semana. —Se pasa la mano por la boca como si estuviera tratando
de borrar la tensión de su rostro. Creo que va a decir algo más sobre la
situación del secuestro de Sarah, pero en lugar de eso dice algo totalmente
sin relación.
»Mi moneda. La copa que escogiste en la feria. La moneda no estaba
bajo ella. No estaba bajo ninguna de las copas. ¿Qué tengo que hacer para
recuperarla?
—Lo siento. ¿Moneda?
—Sí. El juego que jugamos, pequeña gadje. La moneda en las copas.
Cuando te alejaste de mi mesa, la moneda se fue contigo, de una manera u
otra. Me gustaría la oportunidad de reclamar su devolución.
—¿Perdón? —Acaricio mis bolsillos, como si la maldita cosa estuviera
conmigo, aquí, en el vardo—. No la tengo. Te vi poniendo la moneda dentro
de la taza y ésa fue la última vez que la vi. Lo prometo.
Por un segundo horrible se ve como si Archie estuviera a punto de
estallar en lágrimas.
—Era un dólar de plata, ¿verdad? ¿Cuánto valía?
Archie me mira de reojo como si acabara de plantear la preguntar en
un idioma extranjero. Su cara entonces se suaviza, su confusión
derritiéndose.
—Oh, no lo sé. Treinta dólares. Cuarenta. No mucho. Tenía un valor
sentimental eso es todo. Y una moneda Roma vale un favor Roma. No es
inteligente ir por ahí perdiendo cosas así.
Pobre Archie. Se ve realmente angustiado porque le falte su dólar de
plata. Realmente no tengo ni idea de donde está, sin embargo. Estaba
seriamente molesta por su comportamiento en Feria de Medianoche. En
realidad, no me preocupaba dónde había ido la moneda, sólo que parecía
que él me había engañado. Por derecho, debería haberle pedido la llave de
vuelta. Es una cosa rara que poner como garantía en primer lugar. O era
nada. Sólo una llave de buzón sencilla, completamente inútil para mí ahora,
pero realmente no es ese el punto.
Archie me no quiso responder mis preguntas desde el principio e hizo
todo nuestro intercambio increíblemente difícil. Entonces, cuando sí
respondió a mi pregunta, fue vago en el mejor de los casos y me echó con
poco menos que un adiós. Después de la manera en que Shelta me trató esa
noche, no me preocupé mucho por Archie y su moneda, o mi llave, pero
ahora que está aquí preocupándose por el jodido dólar de plata como si se
lo hubiera robado o algo, estoy empezando a irritarme de nuevo.
—No te preocupes —dice, tirando del cuello de su chaqueta—. No tienes
que irte. Tú y Pasha son más que bienvenidos a quedarse. Vendré más tarde
para recoger algunas cosas.
—¡Espera! —Un ciclón de preguntas está girando en el interior de mi
cabeza. Desde que llegamos al campamento Rivin, no he tenido la
oportunidad de preguntar nada a nadie... Aparte de Shireen y Shelta, Archie
es el primer miembro del clan con el que he conversado desde que Pasha y
yo entramos al valle. Doy un paso apresurado hacia adelante, después de
llamarle de nuevo—. Archie, espera. ¿Puedo preguntarte algo?
Sus agudos ojos oscuros, están descontentos cuando me mira.
—Tú y tus preguntas, Gadje. Vas a preguntar a la persona equivocada
un día equivocado. Una mente inquisitiva sólo te meterá en problemas por
aquí.
Directamente le ignoro. Ya he tenido suficientes advertencias de estas
personas para que me duren toda la vida, y estoy absoluta y
condenadamente harta de que nadie sea sincero conmigo.
—Háblame de Lazlo —exijo—. ¿Qué clase de hombre era? ¿Qué clase
de ser humano?
Realmente no podría importarme menos Lazlo, cómo era o cómo
interactuaba con otros miembros del clan. Incluso pronunciar su nombre
me hace sentir sucia, pero tengo que entenderlo para averiguar sus motivos.
Si puedo hacer eso, entonces tal vez pueda predecir lo que va a hacer a
continuación.
Debajo de su barba y sus cejas tiesas de color gris acero, Archie se
vuelve de un tono alarmante carmesí.
—Lazlo era un estafador. Tomaba lo que podía de quien podía. Era
tóxico. Venenoso. Lo dije en su momento, claro y fuerte, y lo diré de nuevo
ahora. Ese hombre nunca debería haber sido autorizado a unirse a nuestro
clan.
—Espere. ¿Así que Lazlo no nació en el clan?
—No —confirma Archie—. Yo tampoco, pero al menos venía de un clan
itinerante. Entendía las formas del clan. Lazlo conocía nuestras tradiciones,
pero en realidad nunca entendió lo que significaba ser una parte de este
clan Rivin. No tenía ningún respeto, y ninguna voluntad de aprender.
—¿De dónde salió, entonces?
Archie deja escapar una risa sin humor que parece un gruñido
apretado y rígido.
—Lazlo era un gadje. Era un extraño, como tú.
Zara
Archie ya hace tiempo que se ha ido para cuando Pasha llega con un
desayuno en la mano. Le hablo de mi encuentro con el anciano, y Pasha
asiente a sabiendas cuando menciono la moneda.
—Ha tenido esa cosa siempre. Probablemente perdió su mierda cuando
se dio cuenta de que faltaba. Probablemente alguien la robó mientras estaba
haciendo el trueque contigo. Nunca ha sido fácil obtener información de él.
Es un gran tipo, con corazón tan grande como un océano, pero es un
observador. Un oyente. Pídele información y es como intentar sacar sangre
de una piedra.
No tiene ni idea de lo cierto que es lo que dice. La noche de la feria
estaba lista para lanzarme hacia él por ser tan difícil. Realmente no estoy
pensando en Archie más, sin embargo. He seguido adelante. Ahora, todo por
lo que estoy realmente preocupada es la información.
—Me contó sobre Lazlo. ¿Sabías que Lazlo era un extraño? —
pregunto—. Archie dijo que era como yo.
Pasha muerde en una rebanada de pan tostado. Mastica y traga
rápidamente.
—Sí, por supuesto. Todo el mundo lo sabía. Fue aceptado en el clan,
pero eso en realidad no tiene mucha diferencia. Era raro, y la gente tiene
una gran memoria aquí. Puedes ser aceptado en el clan, pero algunas
personas nunca olvidarán que no naciste en él. Para algunos, tú siempre
serás una gadje sin importar el qué.
No me sorprende. Estoy pensativa, perdida en mis pensamientos
mientras como el plato de huevos y tocino que Pasha trajo de Shireen para
mí. Todo sabe cómo ceniza en mi boca, y mi mente se tambalea.
—¿Cuánto tiempo crees que va a esperar? —pregunto—. ¿Qué pasa si
no sabe que el clan se fue? ¿Y si ha estado llamando al teléfono público fuera
de mi apartamento durante las últimas veinticuatro horas, y está perdiendo
la paciencia? Si algo le pasa a Sarah...
Pasha deja caer su tostada a medio comer en el plato y se pone de pie,
moviéndose a través del pequeño espacio del vardo. Me pone de pie al
segundo siguiente, aplastándome entre sus brazos.
—Lo sabe. No te preocupes. Es un maldito psicópata. Te puedo
garantizar que ha estado espiando al clan desde que llegaron a Spokane. Es
probable que les haya estado observando desde hace semanas. No hay ni
una sola duda en mi mente que sabe exactamente dónde estamos y que tú
y yo estamos aquí con el clan. No le hará nada a Sarah hasta que hayamos
hecho lo que me pidió y estemos de vuelta en Spokane. Ha esperado tres
años para su venganza. Tres años, dejando esto cuando podría sin duda
haberme hecho daño en el momento en que el clan se fue de Washington.
No lo hizo, sin embargo. Ha estado esperando, saboreando este momento.
La última cosa que va a hacer es perder su temperamento en el espacio de
veinticuatro horas y quedarse sin rehén.
Pienso en la última llamada de Lazlo, y no puedo dejar de temblar.
Pasha lo sorprendió tratando de asaltar a Leo. Pasha fue el que metió un
cuchillo en el estómago de Lazlo y casi lo mató, así que tiene sentido que
esté enfadado con él, pero Lazlo insinuó que había estado observándome
desde hacía algún tiempo, también. Que había estado tirando de las cuerdas
en mi vida, por razones desconocidas. Perdí horas desde esa llamada
tratando de averiguar lo que posiblemente podría haber significado.
¿Qué podría haber hecho para molestarle o ganarme su atención? Nada
de esto tiene sentido. Nunca he tenido ninguna interacción con la población
gitana antes. Aparte de tener, unos inútiles padres de mierda, mi vida ha
sido bastante normal hasta ahora.
Si hubiera estado en el lugar de Pasha cuando entró en ese vardo y
encontró a Lazlo atacando a Leo, habría hecho exactamente lo mismo que
él. Hubiera cogido cualquier arma que pudiera encontrar en ese momento,
y la hubiera usado contra él, sin dudarlo. No hubiera dudado. No hubiera
vacilado. Ni por un segundo pienso que Pasha hizo algo incorrecto. La
verdad es que no estaba allí esa noche. No tomé un arma y la usé contra
Lazlo. Nunca he hecho nada que pudiera hacer que alguien buscase
venganza contra mí.
Así que, ¿por qué entonces, estaría este hombre invirtiendo tanto
tiempo en conectar mi vida con la de Pasha? La enorme profundidad de este
misterio es alucinante para mí. No encontraré paz hasta que haya
descubierto la verdad y hayamos destruido a Lazlo. He hecho todo lo posible
para no pensar en cómo vamos a lograrlo.
Primero, tenemos que encontrar a Lazlo y evitar que lastime a Sarah,
pero entonces ¿qué? ¿Qué pasa cuando le hayamos desarmado y asegurado,
incapaz de causar más daño a la gente de Spokane?
Pasha y yo somos tan diferentes de muchas maneras. Es un luchador,
él pelea. Es infinitamente suave y cuidadoso conmigo, pero tiene un borde
innegablemente peligroso. No dudará en hacer daño a Lazlo de nuevo si
piensa que el hombre plantea una amenaza a cualquiera que le importe.
¿Seré capaz de soportar eso? ¿Ver a Pasha hiriendo a alguien por rabia o
ira, o en nombre de la justicia?
Hay una parte de mí que no quiere reconocerlo en este momento. Una
oscura sombra aterradora, y amenazante que parece haber caído sobre mí,
que ocupa día y noche mis pensamientos. ¿Y si quiero hacer daño a Lazlo?
¿Y si quiero castigarlo por lo que ha hecho?
Trabajando como telefonista durante tanto tiempo, siempre he tenido
fe completa en el departamento de policía. Siempre he respetado su
autoridad y la necesidad de mantener el orden, pero este monstruo ha
matado a un niño pequeño, y me involucró. Si no hubiera sido la que hubiera
tomado la llamada de Corey Petrov entonces tal vez me sentiría diferente,
pero oí el miedo en la voz de Corey. Sentí su terror, como si fuera mío, y no
puedo negar eso ahora.
Le devuelvo el abrazo a Pasha, hundiendo mis dedos en su espalda
mientras él se aferra a mí. No puedo dejar de pensar en ello. Si Lazlo
estuviera de rodillas ante mí, y tuviera una pistola en la mano, ¿sería capaz
de no apretar el gatillo? ¿Sería capaz de mostrarle piedad, o habría fuego en
mi sangre demandando que tomase acción?
Zara
SOLO DIOS SABE dónde está Archie, pero él no regresa al vardo. A lo
largo del día, muchas otras personas vienen a hablar con Pasha, y me dejan
para caminar por el espacio estrecho del vagón, masticando mis uñas
mientras me pregunto qué demonios está pasando afuera. Las voces
elevadas cruzan mis oídos varias veces, ninguna de ellas pertenece a Pasha.
En un momento, observo a Cleo llegar, todavía con el mono que llevaba
anoche, apoyada pesadamente contra un bastón largo y lacado. Ella lo
apoya casualmente contra su cuerpo, dándole un aspecto puramente
estético. Veo la forma en que la mujer cambia su peso y mueve el bastón de
un lado a otro, ocasionalmente confiando en él para mantenerla erguida. Se
queda con Pasha durante aproximadamente una hora. Se turnan para
dirigirse a un grupo de personas que parecen estar profundamente
enojadas. En su mayoría hombres, sus hombros tensos contra el frío, los
cuellos de los abrigos levantados para proteger sus cuellos. Sus ojos
muestran sus dudas claramente para que todos las puedan ver. No necesito
estar parada ahí afuera en el frío con ellos para saber que no están contentos
con el voto de esta noche y lo que podría significar para ellos. No puedo decir
si están a favor o en contra de Pasha, pero de cualquier manera, están
nerviosos.
Alrededor de las tres de la tarde, Pasha desaparece en la sala de
reunión con la mayoría de los otros miembros del clan. No pregunta si quiero
unirme a él, y no lo pido. No tengo lugar en el clan, y no tengo nada que ver
con estar presente cuando hablan de sus políticas. En cambio, permanezco
dentro del vardo, observando cómo la nieve comienza a caer nuevamente,
preguntándome cómo diablos vamos a volver al estacionamiento donde
Pasha dejó el Mustang. Independientemente de lo que suceda con la
votación de esta noche, tendremos que volver a Spokane muy pronto, y no
podremos hacerlo si tenemos que volver por el camino por el cual vinimos.
Como dijo Pasha antes, la nieve ha borrado cada punto de referencia, y el
mundo es un lienzo, blanco, casi un metro de profundidad en la nieve.
Miro por las pequeñas ventanas redondas del vardo mientras la gente
comienza a llevar piedras grandes al centro del campamento Rivin. Se dejó
un área de tierra libre de vardos y remolques, y uno tras otro, los miembros
del clan colocaron enormes rocas sobre sus hombros y las arrojaron al suelo
en la nieve.
Después de aproximadamente una hora, la pila de rocas tiene
aproximadamente un metro y medio de altura, y un hombre alto con un
bigote tupido comienza a dirigir a las personas, haciendo que cambien las
rocas una a una para colocarlas en el suelo en un círculo. Muy rápidamente,
se vuelve obvio que están construyendo un pozo de fuego. Luego traen leña.
Dios sabe de dónde la sacan, pero está pre cortada y seca, lo que significa
que deben tenerla almacenada en algún lugar al menos durante la noche.
El sol comienza a bajar cuando finalmente encienden la leña y la amontonan
dentro de sus piezas de madera apiladas a propósito. En poco tiempo, el
fuego está ardiendo, saltando para encontrarse con el cielo oscuro de la
tarde, y la nieve en el claro comienza a derretirse. Mis niveles de frustración
alcanzan un máximo alrededor de las seis de la tarde. Pasha aún no ha
regresado, y ya no tengo idea de lo que está pasando. Estoy empezando a
sentirme como que sobro.
Quizás debería haberme quedado en casa, en la ciudad. Al menos en
mi propio apartamento, podría estar haciendo algo útil, investigando en
Internet, o yendo de puerta en puerta, preguntando si alguien vio a Sarah
con un hombre hace dos noches. Joder, podría estar haciendo mi maldita
colada. Incluso las tareas domésticas vencerían esta espera, no poder hacer
o lograr nada. Me siento jodidamente inútil.
Está completamente oscuro afuera cuando suena un golpe en la puerta
del vardo. Pasha se fue a buscar el desayuno esta mañana y me dijo que no
abriera la puerta, pero ya hace más de seis horas que se fue, y estoy harta
y cansada de hacer un agujero en las tablas del piso, sin hacer nada más
que torcer mis pulgares.
Abro la puerta y me encuentro con una amplia sonrisa de mierda y una
chaqueta naranja fluorescente. Es Leo, el chico de la Feria de Medianoche,
el adolescente que intentó coquetear conmigo la primera vez que bajé las
escaleras del metro con Garrett y todo cambió. También es el chico que
Pasha salvó del asalto de Lazlo.
—¡Ja! Sabía que te volvería a ver —dice mientras entra corriendo junto
a mí dentro del vardo, golpeando sus pies contra las tablas del suelo y
quitándose la capa de nieve que apelmaza sus zapatos. Es más alto de lo
que recuerdo, unos treinta centímetros más alto que yo, de hecho. Sus
manos están desnudas, de color rojo brillante, sus nudillos casi morados
por el frío mordaz. Aplaude mientras se mueve para pararse frente a la
estufa de leña, la diversión brotando de él mientras me mira por el rabillo
del ojo.
—Hay un gran problema por ahí —me dice, riendo suavemente—.
Todos refunfuñan y hacen berrinche, quejándose de que un extraño no
debería estar aquí para uno de nuestros rituales más privados e
importantes. Todos están siendo jodidamente ridículos, si me preguntas. Yo,
por mi parte, me alegro de que estés aquí. Ya es hora de que mi tío encuentre
una mujer hermosa para establecerse. —Se sonroja cuando me da su
cumplido, y casi siento la necesidad de abrazar al pobre chico.
»Pasha me envió aquí para recogerte. Pronto comenzarán la votación.
Patrin y sus muchachos ya están reunidos por el fuego. Shelta estará abajo
en cualquier segundo. Si yo fuera tú, me pondría un par de capas más.
¿Trajiste algo cálido contigo?
Por suerte, traje una chaqueta conmigo. La capa se ajusta muy bien
sobre mi suéter y debajo de mi abrigo. Leo charla amistosamente mientras
me visto, hablando sobre las discusiones que están teniendo lugar en todo
el campamento. Me dice que su amiga, una niña llamada Anya, ha estado
llorando toda la mañana porque su madre le había prometido que Pasha
volvería y se casaría con ella durante los últimos seis meses. Al parecer, la
pobre chica está al lado de sí misma. Sin embargo, Leo parece pensar que
todo es gracioso.
—Tiene dieciséis años. Ni siquiera ha terminado su GED todavía. No sé
por qué demonios pensó que Pasha estaría interesada en ella. Su madre,
Kitty, es el verdadero problema. Ella se casó en el clan. Todavía mantiene
algunas de las viejas formas. Kitty sigue diciéndole a Anya que morirá como
una vieja solterona si no encuentra un hombre este verano. ¿Qué tan jodido
es eso?
Tengo que estar de acuerdo con él. Cuando tenía dieciséis años, lo
último en lo que estaba pensando era en encontrar un marido. Jesús, ni
siquiera estaba pensando en los chicos en ese entonces. Lacrosse, voleibol,
obtener mi licencia de conducir, salir con mis amigas. Los muchachos de mi
año en mi escuela secundaria ni siquiera estaban en mi radar todavía. Sin
embargo, todos eran imbéciles con espinillas y mal aliento, por lo que
obviamente desempeñaron un papel. Si hubiera estado en la escena un
hombre mayor, atractivo y apuesto como Pasha, entonces probablemente
hubiera estado muy interesada.
Me he engañado pensando que estoy lista para salir; las heladas
explosiones de aire que se abrían camino hacia el vardo cada vez que Pasha
venía o iba, debían haberme preparado para el clima. Pero ahora, al salir a
la cañada congelada, me doy cuenta de que no estoy preparada para nada.
Mi abrigo, mi chaqueta de abajo y mi suéter hacen poco para
protegerme del frío. Mientras Leo toma mi mano, arrastrándome a través del
claro hacia el enorme fuego que ahora está rugiendo en la noche, se siente
como si miles de cuchillas heladas estuvieran cortando mi ropa, cortando
mi piel y metiéndose entre mis costillas. No es sólo frío. Se siente
jodidamente ártico aquí, aunque a nadie más parece importarle. Las
personas se reunieron alrededor del fuego, envueltos en sus abrigos y
sombreros, charlando ruidosamente entre ellos, riendo a carcajadas y
agitando los brazos mientras intentan expresar su opinión.
Ojos patinan sobre mí, algunos amistosos, otros no, mientras me abro
camino entre las figuras agrupadas, siguiendo de cerca a Leo. Un murmullo
susurrado sigue mi estela, y comienzo a desear haberme quedado dentro del
vardo. Podría mantener mi cabeza baja, mis ojos en el suelo y esperar que
nadie me notase, pero sería inútil. Incluso en la oscuridad, mi cabello es
increíblemente brillante, increíblemente rojo. Incluso con mi capucha
levantada, es muy difícil no verme. Encontramos a Pasha al borde del fuego
junto a Shireen, que tiene un niño pequeño en equilibrio sobre su cadera.
El cabello de la niña es oscuro, negro como la tinta, pero no se puede
negar que es la hija de Shireen. Comparte las mismas características que
su madre, los hermosos ojos de gato con forma de almendra, la delgada nariz
hacia arriba y la misma cara en forma de corazón. La niña chilla,
escondiéndose en el pelo de su madre cuando le sonrío.
—No creas el acto de tímida ni por un segundo —dice Shireen, riendo—
. Dios sabe lo que se le ha metido. Dale cinco minutos y se irá al diablo. Sólo
espera y veras.
Los ojos de Pasha no se han oscurecido ni un poco con la llegada de la
noche. En todo caso, son incluso más brillantes de lo habitual, su tono verde
pálido parece brillar cuando la luz del fuego los golpea y refracta.
Lentamente, él sonríe, poniendo un mechón de cabello detrás de mi oreja.
Su rostro está lleno de tantas emociones cuando me mira, pero cuando
nuestros ojos se encuentran, todo lo que veo es adoración. Acercándose a
mí, pasa una mano por mi cintura y la apoya en mi espalda, acercándome
a él. Su enorme cuerpo sobre mí cuando se inclina y coloca su boca junto a
mi oído, luego me susurra:
—Jodidamente mátame, luciérnaga. Eres hermosa durante el día, pero
por la noche, con el resplandor del fuego en tu piel, Dios, pareces un ave
fénix envuelto en llamas.
Nunca he conocido a un hombre que diga lo que sea que esté pensando,
sin importarle si eso lo hace parecer vulnerable. Pero hay tal inocencia en
Pasha a veces. Tal vez fue su crianza, pero no hay reservas para él. Él fue a
la escuela secundaria, por lo tanto, debe haber pasado tiempo con
deportistas y otros niños adolescentes ebrios de testosterona. Mierda, él
lucha en una jaula para ganarse la vida. Pero incluso eso no parece haberle
endurecido hasta convertirlo en piedra. Cuando me susurra cosas así, tan
reverentemente, como si estuviera confesando, no hay vergüenza. Sin
vergüenza. Mi hermoso, abierto y honesto Pasha, que lleva su corazón en la
manga. Es un soplo de aire fresco. Una revelación. No lo tendría de ninguna
otra manera.
Apoyo mi frente contra su pecho, cerrando los ojos con fuerza. Él planta
un beso tierno contra mi sien.
—Espero que estés lista, luciérnaga —me dice—. Esto probablemente
se va a volver un caos. Según Patrin, mi madre está perdiendo la cabeza en
este momento.
No sé para qué necesito estar lista. No tengo nada que hacer en el teatro
del ritual de esta noche. No soy nada más que un espectador no deseado,
una gadje, que no tiene absolutamente ningún derecho a presenciar la
elección de un nuevo líder para el clan Rivin. ¿Cree que podría haber
problemas para mí si no gana? ¿Qué pasa si no gana? Ya tengo una idea
bastante decente de lo que le sucederá a Sarah, y ni siquiera me atrevo a
pensar. ¿Pero mi propio destino? ¿El de Pasha? Eso aún está por verse. Sólo
espero que no nos echen del campamento, que no nos obliguen a salir en
mitad de la noche, en medio de una tormenta de nieve, con el viento helado
arañándonos la espalda.
Pasha engancha su meñique alrededor del mío, un pequeño gesto
oculto, destinado a tranquilizarme.
—Si ellos eligen a mi madre... —Se calla. Cuando levanta la vista,
contempla a la creciente multitud de miembros del clan, pasa por alto a
cada individuo como si estuviera realizando algún tipo de recuento de
personas en el último minuto, sus ojos están llenos de estrellas, reflejando
el parpadeo y las luces brillantes emitidas por el pozo. Los incendios
alimentados que se han encendido para frenar la noche—. Es una perra fría
como la piedra, pero es inteligente. No hará nada frente al clan que pueda
poner en peligro a cualquiera de nosotros. ¿Pero fuera de la vista? La he
visto hacer mierdas jodidas, Zara. Si gana esta votación, tenemos que irnos
con la primera luz.
—¿Y cómo evitaremos que Lazlo conozca el resultado de la votación si
no te eligen? —pregunto—. ¿Cómo podemos evitar que descubra la verdad
si no ganas?
Pasha chasquea la lengua contra el paladar, sonriendo mientras
sacude la cabeza.
—Realmente no tenemos que preocuparnos por eso, luciérnaga. Voy a
ganar. Ya sabes que es verdad.
Arrogante hasta el amargo final, su orgullo demasiado activo lo matará
uno de estos días o terminará siendo rey de más que de los Roma, de una
forma u otra, con el mundo inclinándose ante él en su gran tamaño.
Le sonrío, entusiasta por la idea de que podría llegar a presenciar que
suceda.
—Lo sé. —Estoy de acuerdo.
Un suave sonido se engancha en mi oído a nuestra izquierda: el sonido
de la caída del invierno seco deja susurros en una brisa nocturna. Es la niña
en los brazos de Shireen; se ve como una muñeca rusa en miniatura, cabello
oscuro recogido hacia atrás, dos puntos de color rosado en sus pálidas
mejillas, sus labios de un rojo rubí brillante. Está hablando. Susurrando,
para ser precisos.
—¿Qué...? —Sus brillantes y oscuros ojos se lanzan a Pasha
momentáneamente, luego de regreso a su madre—. ¿Qué es un rey?
Shireen deja escapar una risa ronca y cruda.
—Bueno, es un hombre que puede decirles a todos qué hacer —
responde ella—. El rey es el hombre que llega a estar a cargo.
—¿Todos se turnan? —pregunta Evelyn.
—No bebé. No es así como funciona con los reyes. Algunos reyes nacen.
Otros son elegidos. Nos gusta elegir a nuestros reyes.
—Y... entonces... ¿vamos a elegirlo ahora? —Evelyn señala a Pasha con
otra mirada rápida. Hasta ahora, Pasha ha estado fingiendo no escuchar el
intercambio que tiene lugar junto a él. Sus ojos permanecen fijos en mí, pero
ahora se arrugan ligeramente en las esquinas, el lado izquierdo de su boca,
el lado que Evelyn no puede ver desde su posición ventajosa en la cadera de
su madre, y la mitad de él sonríe.
—En realidad, ya lo hemos elegido dos veces —informa Shireen a la
niña—. Una vez cuando era pequeño, y una vez más cuando era mayor.
Ahora el tonto nos está haciendo elegirlo de nuevo.
Evelyn se ríe.
—Eso es tonto. Sólo necesitas ser elegido una vez.
—Tienes razón niña. Tu tío es grande y fuerte, pero en realidad es sólo
un bebé grande. Necesita que se le recuerde que a la gente le gusta.
La risita dulce y aguda de Evelyn atrae sonrisas de adoración de
algunos de los otros miembros del clan, que parecen olvidarse por un
segundo que se supone que me están mirando con recelo por el rabillo del
ojo.
—¿Es mi tío? —Escucho la maravilla en su voz. El puro deleite. Está
claro que la perspectiva de que Pasha sea su tío es mucho más importante
para Evelyn que la posibilidad de que él sea su rey. Shireen acaricia un rizo
negro detrás de la oreja de la niña.
—Oh, él es tu tío, sí. Si Pasha y Patrin Rivin no estuvieran relacionados
por la sangre, entonces definitivamente estarían relacionados por su propia
estupidez. —Su burla aumenta de volumen, destinada a ser escuchado por
Pasha, que rebota sobre las puntas de sus pies, sonriendo al fuego.
Mira hacia atrás por encima del hombro y dice:
—Cuidado, Stafie. Si vuelvo a ganar, me aseguraré de que recibas el
servicio de agua durante el resto del invierno.
—Oh, ¿escuchaste eso? —Shireen retuerce sus dedos en el costado de
su hija, haciéndole cosquillas—. Él es tan malo. Tal vez no lo queremos como
rey después de todo. ¿Qué piensas, Evie? ¿Deberíamos echarlo?
La niña grita de júbilo, retorciéndose, intentando alejarse del
despiadado cosquilleo. Pasha aprieta mi mano rápidamente, soltándome, y
luego él se adelanta, toma a la niña debajo de los brazos, la rescata de su
madre y la sienta en su cadera.
—Ven acá. Déjame decirte algo —le dice. Ella tentativamente se inclina,
colocando su oreja cerca de la boca de Pasha. Le sonríe maliciosamente a
Shireen mientras le habla a la chica—. Cuando sea rey, prohibiré las
cosquillas para siempre. Lo convertiremos en un delito que se castigará con
panqueques —dice de forma conspirativa.
Sus ojos se han duplicado en tamaño.
—¿Panqueques?
Pasha asiente solemnemente.
—Si soy rey y tu madre te vuelve a hacer cosquillas, tendrá que hacerte
panqueques para el desayuno, todos los días durante todo un mes.
La boca de Evelyn se abre para formar una —O— linda como un botón.
Intenta retorcerse fuera de los brazos de Pasha y regresar a la de su madre.
—¡Hazme cosquillas, mamá! Hazme cosquillas.
—Espera, espera. —Pasha no devuelve a Evelyn de inmediato. La apoya
en su cadera hasta que ella deja de reírse e inclina su carita hacia arriba
para mirarle. De repente, la niña parece sobrecogida de asombro, como si
estuviera viendo a Pasha por primera vez, y estuviera hipnotizada por él.
Puedo simpatizar con ella; estoy segura de que adopto la misma expresión
aturdida, atónita, cada vez que miro sus ojos de jade también.
»Acabas de preguntarle a tu madre qué era un rey, y ella te dijo que él
es el hombre que puede decirles a todos qué hacer. Tenía razón, más o
menos, pero ser rey es más que eso. El rey es responsable de muchas cosas
diferentes. Tiene que tomar decisiones muy difíciles. Tiene que tratar de
hacer a todos felices, y mantenerlos calientes y alimentados. Tiene que
resolver las discusiones y asegurarse de que todos se lleven bien. Tiene que
arreglar las cosas cuando están rotas. Lo más importante, el rey protege al
clan. Si alguien intenta causar problemas o quiere lastimar a uno de
nosotros, entonces es trabajo del rey defender al clan y mantenerlo a salvo.
Evelyn reflexiona sobre esto, por cómo se ve está dando vueltas a las
palabras de Pasha dentro de su cabeza, considerándolas muy
profundamente. Finalmente, dice:
—¿Vas a hacer todo eso? ¿Nos vas a defender?
Lentamente, muy en serio, Pasha asiente. Cada parte de su rostro tiene
el peso de su responsabilidad.
—Si tu madre y el resto del clan me eligen de nuevo esta noche,
entonces sí. Eso es exactamente lo que voy a hacer. Lo juro.
Anteriormente, me dijo que planeaba alejarse de esto una vez que el
tema de Lazlo estuviera resuelto, y lo decía en serio en ese momento. No
conozco lo que sucedió en todas las conversaciones que tuvo esta tarde, pero
ahora está claro que alejarse de esto ya no es una opción para él. Si gana la
votación, si le ponen una corona en la cabeza, joder, ni siquiera sé si llevaría
una corona física real. Simplemente no puedo imaginármelo, entonces no
podrá darle la espalda. No se apartaría de eso, porque eso sería romper una
promesa. Y eso es algo que ya sé que él nunca haría.
Pasha me mira, cauteloso y preocupado, y veo la disculpa en sus ojos.
Honestamente, nunca creí realmente que no cumpliría con su deber y no
serviría a su gente. Ha querido más que nada negar la petición de su gente,
pero nunca fue realmente una posibilidad realista. Incluso yo sé eso. Pasha
tiene las costillas magulladas y el fantasma de un ojo negro descolorido.
Tiene callos en todas las manos, y hay más cicatrices en su cuerpo de las
que puedo contar. No camina por este mundo con suavidad o gentileza, y
no lo maneja con cuidado. Pero dentro de su pecho late un corazón que se
preocupa profundamente por los demás, sin importar cuánto intente
ocultarlo, y tiene honor. Será su rey. Será complicado y desordenado, y
podría costarnos más de lo que queremos rendir, pero lo resolveremos.
Sonrío suavemente, asintiendo con la cabeza, y de alguna manera
entiende. Sabe que lo apoyaré, aunque estoy enojada por no correr una puta
milla. El alivio en su rostro cuando me devuelve mi sonrisa es profundo.
A nuestro alrededor, la noche cae oficialmente. De pie dentro de un
anillo de luz naranja expulsado de una fogata, un joven se para con un niño
en su cadera. La conversación que acaba de pasar entre ellos fue simple,
pero real, y cada palabra sonó con una sorprendente profundidad de verdad.
El joven ha estado tan obsesionado con la pequeña niña que no ha notado
los numerosos pares de ojos que lo han mirado en la oscuridad; no sabe
nada de los oídos que le han estado escuchando y han escuchado su
promesa. No ve la tensión derritiéndose de sus rostros, como si hubiera
tomado su pulgar y aliviado personalmente las líneas de preocupación entre
sus frentes arrugadas.
Me paro en el borde del fuego, observando cómo ocurre todo esto, y sé
que acabo de presenciar algo importante. Shireen se está abrazando a sí
misma, sus dedos hundiéndose en la parte superior de sus brazos. Su
mirada se encuentra con la mía, y sus ojos se ven vidriosos, como si
estuviera al borde de las lágrimas. Inhala, su pecho subiendo bruscamente,
y luego da un paso adelante, alcanzando a Evelyn y recogiéndola de Pasha.
—Sabes que no puedo hacer panqueques —sisea en un tono molesto y
tenso. Sin embargo, sus ojos siguen brillando; Pasha vacila cuando ve la
emoción que ella está tratando de ocultar—. Espero que sepas cómo
hacerlos —continúa, apartándolo mientras él le tiende la mano—. Vas a
tenerla en tu puerta a primera hora de la mañana, queriendo lo que le
prometiste. Sólo espera. —Shireen le muestra a Pasha una sonrisa radiante
y luego la corta de inmediato, como si todo su ser pudiera desmoronarse si
permitiera que la sonrisa tomara el control total de su rostro—. Necesito
encontrar a mi marido. Probablemente esté causando problemas en alguna
parte. Además, comenzaremos pronto.
Pasha y yo vemos a Shireen irse, la carita de Evelyn nos mira por
encima del hombro de su madre mientras se escurre entre la multitud. En
pocos segundos, se han ido.
—Extraño. ¿Te parece… te parece que está bien? —murmura Pasha.
Suena genuinamente preocupado.
—Sólo está conmovida, eso es todo. No quería que lo supieras.
Los agudos ojos de Pasha se fijan en mí.
—¿Conmovida? ¿Por qué?
Shireen tenía razón; Pasha es un poco estúpido. Él es estúpido de la
misma manera en que todos los hombres son un poco estúpidos a veces. No
tiene ni idea de lo que la vista de un hombre tatuado, tosco y peligroso, con
una niña vulnerable y delicada como Evelyn en sus brazos y prometiendo
fielmente protegerla, le hará a una mujer. Especialmente a su madre.
—Tú... —Fruncí el ceño, tratando de encontrar la manera correcta de
decirle que su amiga probablemente está enamorada de él. Siempre ha
estado enamorada de él. O, si ella no estaba enamorada de él antes,
entonces ciertamente lo está ahora. Sin embargo, no puedo conjurar las
palabras apropiadas. Entonces, me doy cuenta de que he encontrado la
palabra, la única palabra que importa, y que es completamente suficiente—
. Tú.
Un destello de preocupación estropea la cara de Pasha.
—Mierda. No quise molestarla. Sólo estaba tratando de ser amable con
la niña. —Dirige sus ojos rápidos y preocupados hacia el fuego, buscando a
Shireen, pero todo lo que encuentra son otros miembros del clan, todos se
volvieron hacia él y lo miraron como si fuera un sol eclipsante.
Pasha se estremece.
Sólo está ahí por un segundo, la reacción de asombro ante el peso de
tantos ojos expectantes en él. Al siguiente segundo, desapareció, retrocedió
magistralmente, se transformó en una expresión plana y uniforme de calma.
Dudo que alguien más lo viera, pero, más cerca que su propia sombra,
metida en su costado, lo vi muy bien: Pasha se está volviendo loco.
Él traga, estirando sus hombros.
—Joder, luciérnaga —silbó entre dientes—. Ese boleto de avión para
Panamá suena bastante bien en este momento.
Quiero estar de acuerdo con él. Quiero intentar que se sienta un poco
mejor con respecto a lo que está haciendo, pero no puedo. No hay tiempo
para reafirmaciones. Una ola de anticipación recorre el clan y se forma un
camino al otro lado del fuego. Un latido más tarde, y allí está Shelta.
La mujer es un maldito genio malvado.
Sólo me he encontrado con la mujer dos veces, pero en esas dos
ocasiones llevaba una camisa con botones y pantalones de vestir
pulcramente ajustados con una línea nítida en la parte delantera de cada
pierna. Sencillo. Inteligente. Casi atuendo de oficina.
Aunque esta noche no.
Cuando se acerca al fuego, la luz se engancha en la cortina de pequeños
medallones dorados que cuelgan de la bufanda verde brillante que cubre su
cabello oscuro, color acero. Su prístina camisa de botones ha desaparecido,
reemplazada por una camisa oscura, casi negra de manga media, suelta y
la falda plisada de color verde oscuro que lleva termina en la mitad de la
pantorrilla, dejando un espacio de cuatro pulgadas entre el borde del
material y la parte superior de sus botines negros, pulidos y con cordones.
Ésta no es una mujer que juega a disfraz de adivina gitana en
Halloween. Shelta es el verdadero negocio. Es la encarnación de la cultura
y la historia de los gitanos, vistiendo la ropa tradicional con un orgullo agudo
y feroz...
...y quiero matar a la perra por ello.
Éste es un movimiento calculado. Una pieza de ajedrez se movió con
sorprendente precisión estratégica a través del tablero a cuadros. Al mismo
tiempo, también es la cosa más hipócrita y manipuladora que he
presenciado. Shelta no es así; este último, patético, insultante control del
poder, y lo más preocupante es que podría funcionar.
Respeto y sorpresa brillan en los ojos de los otros miembros del clan.
Cuando miro a Pasha, su mandíbula se endurece, y sus ojos arden con una
furia viva.
—Touché, perra —murmura en voz baja.
Agarro su mano, anudando mis dedos con los suyos.
—Es humo y espejos. Nada más. Ella juega con ellos. Ayúdales a verlo.
Haz que te elijan. Sarah... Sarah necesita que esto suceda, Pasha. Ella te
necesita.
Pasha suspira pesadamente; De repente, parece jodidamente cansado
de todo esto.
—De acuerdo, entonces. Joder. —Agitando la cabeza de lado a lado,
Estira el cuello, y puedo imaginármelo haciendo exactamente lo mismo
cuando se prepara para meterse dentro de una jaula para pelear. Él me
mira, sonriendo con fuerza—. La tercera es la vencida, ¿verdad, luciérnaga?
Pasha
He estado esperando por esto. Bueno, no esto específicamente, pero el
truco. El truco que Shelta estaba obligada a intentar para tratar de ganar la
simpatía del clan Rivin. Vestida con su pañuelo en la cabeza, sus ojos
delineados con kohl1, algo que recuerdo nunca ha hecho, está tratando de
alcanzar los corazones de la gente Rivin y aferrarse a cualquier sentimiento
que pueda permanecer allí, cualquier cariño que la gente tenga hacia las
tradiciones y cómo las cosas solían ser.
Algo se me ocurre cuando llega Shelta, deteniéndose frente al fuego
crepitante: será la generación más joven la que compre esta pieza de
actuación. La generación de más edad en realidad recuerda cómo era la vida
cuando seguíamos las viejas costumbres, y aunque algunas cosas podrían
haber sido más fáciles, otros aspectos de la vida ciertamente no lo fueron.
La desigualdad. La falta de educación. Los matrimonios concertados. La
superstición paralizante que dictaba cada acción de cada día. No, la
generación anterior, la propia generación de Shelta, no apreciará que se le
recuerde eso.
Irónicamente, los miembros del clan Rivin más cercanos a mi edad
pueden sentirse un poco diferentes, sin embargo. Están acostumbrados a
ser perseguidos y tratados como una mierda en el mundo exterior, pero
realmente no saben por qué. En lo que a ellos respecta, hay poco que los
separe de la comunidad gadje. Al igual que Patrin, pueden sentir que su
cultura y su patrimonio han sido arrebatados, y muchos de ellos
probablemente la desean.
Shelta me sonríe benévolamente desde el otro lado de las llamas
saltadoras, siempre orgullosa, amable, comprensiva, aunque quizás una
figura maternal dañina. Cristo, la mujer merece un Premio de la Academia
por esta actuación. Si fuera un forastero, observando, creería que ella
valientemente ha venido a enfrentar su destino, lista y dispuesta a aceptar
1
Kohl: Una preparación utilizada especialmente en Arabia y Egipto para oscurecer los
bordes de los párpados.
la decisión tomada esta noche por su gente, con toda la gracia y humildad
de un líder amado.
Una puta de mierda.
—¡Hermanos, hermanas! ¡Hijos e hijas! —Shelta grita al aire helado de
la noche. Las palabras forman estallidos de niebla en su aliento que flotan
hacia el cielo azul medianoche—. Gracias por aceptar participar en el
repentino ritual esta noche. No tuvieron tiempo para prepararse para esta
interrupción, pero estamos muy agradecidos de que se hayan reunido aquí
esta noche, ante los ancianos del clan, para arreglar este asunto de la familia
Rivin.
Estamos. Está hablando en mi nombre, como si todavía hablara por mí.
Como si confiara en ella como mi portavoz, aunque fui yo quien convocó la
reunión.
—En el pasado, nuestra gente ha seleccionado reyes según su edad,
experiencia y sabiduría. Siempre han mostrado respeto y comprensión al
elegir a alguien que es inteligente en el mundo, capaz de utilizar sus propios
y amplios conocimientos y habilidades para guiar a nuestra gente. Cuando
mi esposo murió, nuestra gente rompió sus bases con el pasado y decidió
que su hijo debería sucederlo. Esta fue una decisión inusual e inesperada
que muchos han cuestionado a lo largo de los años...
Mentiras. Jodidas. Malditas. Mentiras. Es una maldita serpiente. Para
mi gran decepción en los últimos trece años, nadie ha cuestionado la
decisión de que me hicieran rey. Quería que lo hicieran. Oré por eso cada
noche antes de irme a dormir, pero siempre tenía mala suerte. Cleo fue el
que previó que yo sería rey. Fue la que se puso de pie ante el pomano
conducido después de la muerte de mi padre y les dijo a todos que debía
seguir sus pasos. Nadie ha cuestionado a la anciana ahora, y nadie la
cuestionó entonces. Mi ascenso al trono se ha escrito en piedra desde ese
día, no importa lo poco que me guste, y sin embargo, aquí está Shelta,
tratando de arrojar dudas en sus mentes.
Es una táctica inteligente, eso es seguro. Señalarles que nuestras
tradiciones siempre nos han hecho elegir a un sabio, un anciano del clan
experimentado para que nos gobierne, no un niño, inmaduro y sin
experiencia.
Aprieto mis dientes mientras Shelta continúa casualmente,
astutamente retorciendo un cuchillo en la mente del clan.
—En su sabiduría, Pasha nos ha brindado otra oportunidad para
reconsiderar la vital e importante decisión que se tomó hace tantos años,
cuando las cosas eran muy diferentes para el Clan Rivin. Es prudente que
volvamos a evaluar quién nos guiará hacia el futuro, para asegurarnos de
que continuemos prosperando y progresando como hemos hecho en
ausencia de Pasha.
Dios, esto es jodidamente doloroso de escuchar. Su significado se está
volviendo cada vez menos velado a medida que dice: Pasha nunca quiso esta
responsabilidad. Pasha se ha ido. En el timón, guiando este barco, soy quien
ha llenado de dinero vuestros bolsillos y se ha asegurado de que haya comida
en vuestras mesas cada noche cuando estáis sentados para comer.
—Sabemos qué hace frío, y está empezando a nevar de nuevo, así que
lo haremos rápido. Todos saben cómo funciona esto —dice Shelta, abriendo
sus brazos, como si estuviera abrazando a todos y cada uno de los miembros
de la multitud—. Cualquiera que desee ser considerado para el papel de
líder del clan traerá su tazón y lo colocará ante el fuego. Todos los que
queden tomarán una piedra y lo echarán en el t...
—Ella está en lo correcto. Nunca quise tomar el cargo que me
impusieron —digo, acercándome un poco más al fuego. Shelta continúa
hablando, ignorándome, diciéndole a las personas que deben arrojar sus
piedras en el tazón de la persona por la que desean votar, pero mi voz,
siempre tan profunda y resonante, una bendición a veces y una maldición
otras, exige la atención de la gente se acurrucada contra el viento amargo.
Uno a uno, los rostros se vuelven hacia mí, en blanco, enojados,
esperanzados, irritados, y una ráfaga de pánico me atraviesa hasta las
botas.
Mierda.
Joder, joder, joder.
No sé cómo hacer esto.
No sé si puedo hacer esto.
Sin embargo, siento la presencia en mi espalda, y sé que tengo que
hacerlo. Por ella. Zara, la gadje por la que estoy rompiendo todas las reglas.
No ha dado un paso adelante conmigo, obviamente sabe que debo
separarme para esto. Con mis dos pies, orgulloso y fuerte, pero la siento a
mi lado de la misma manera, siempre presente y constante, de la misma
forma que ha estado en mis sueños durante tanto tiempo.
Shelta suspira con cansancio.
—Pasha, todos conocemos nuestras opciones aquí. ¿Por qué no lo
hacemos y dejamos que todos entren antes de que nos congelemos hasta
morir?
Ahora me toca a ignorarla.
—Mucha gente que veo ante mí aquí esta noche comparte conmigo un
apellido. Shireen Rivin. Cleo Rivin. Boyd Rivin. Clara y Delia Rivin. Paige
Rivin. Leo Rivin. Pero hay muchos de ustedes con otros apellidos. Entre
ustedes, veo Tanners, Whites, Yancers, Birches y Youngs. No son nuestros
nombres los que nos han unido para formar este clan. Ni siquiera es nuestra
sangre, aunque la mayoría de nosotros compartimos al menos una o dos
gotas entre nosotros. Érase una vez, nos unimos por necesidad, para
sobrevivir, para asegurarnos de que podíamos resistir los desafíos de la raza,
el credo y la fe que parecían decididos a aplastarnos a cada momento.
Formamos este grupo familiar fuerte porque había fuerza en los números, y
era la manera más fácil de asegurarnos de que nuestros hijos crecieran sin
miedo.
Las voces se confunden mientras un rumor de acuerdo viaja a través
de la multitud. Shelta sonríe. Tal como lo hizo Shireen antes, los ojos de mi
madre brillan con emoción.
—Gracias a los cielos. Estoy tan contenta, Pasha. Me alegra tanto oírte
decir esto, finalmente. Desde que Patrin me dijo que te negaste a volver a
casa y que no querías tener nada más que ver con nosotros, he estado
esperando y rezando para que tú...
—Este clan siempre ha sido fuerte —grito—. Sus miembros siempre
han estado juntos, apoyándose unos a otros. Eso es lo que nos ha unido y
dado la columna vertebral del clan Rivin. Pero... —Finalmente, miro
fijamente a Shelta. Ha tratado de robarme mi voz desde que vino aquí vestida
con sus atuendos por dos razones. Uno: no quiere darme la oportunidad de
decir algo que pueda hacer que la gente se una a mi lado. Dos: no quiere
darme la oportunidad de decirles lo que jodidamente ha hecho. No me robará
ninguna de esas oportunidades. Son mis derechos, y no hay nada que Shelta
pueda hacer legítimamente para quitármelos.
Levantando mi voz, la miro con furia mientras proyecto mis palabras a
través de la cañada silenciosa e invernal.
—Hace tres años, fui avergonzado a los ojos del clan. Tomé la vida de
otro miembro del clan. A pesar de que ese hombre tomó algo mucho más
importante de parte de nuestros propios hijos, mi madre exigió que me
desterraran por tres años para pagar mi crimen. Esta semana, descubrí que
el hombre por el que fui castigado no murió. Shelta lo protegió. Lo había
mantenido y cuidado hasta que se recuperó. Fui desterrado, y Lazlo salió
libre, y todo porque mi madre no podía soportar la idea de renunciar a su
posición aquí con el clan.
»Fue conveniente para ella que me consideraran un asesino ante sus
ojos. Un caso perdido no confiable, que hirió y mató a otro miembro del clan
sin evidencia de haber hecho algo incorrecto. Sin embargo, hubo evidencia.
Mucha. Shelta se negó a permitir que los miembros afectados del clan
hablaran en el kris porque afirmó que eran demasiado jóvenes. Bueno, ya
no son tan jóvenes.
Murmullos enojados fluyen a través de la multitud como agua
corriendo sobre un lecho rocoso de río. La fingida compasión y benevolencia
de Shelta se desliza mientras aplaude, llamando la atención de todos.
—Ese asunto se trató hace mucho tiempo, como sabes muy bien. Fuiste
sentenciado, desterrado, y cumpliste tu tiempo aquí en Washington,
luchando y garabateando a personas con tatuajes en lugar de hacer algo
productivo. Ése es el final de esto. No perderemos el tiempo arrastrando este
disparate otra vez solo para satisfacer tu orgullo, Pasha. No lo permitiré.
Una voz sube, fuerte y áspera. Un hombre, en algún lugar cerca de la
parte de atrás de la multitud.
—¿Le ayudaste, Shelta? ¿Le diste ayuda a Lazlo y lo salvaste?
Alguien más agrega su voz, junto con otra pregunta.
—¿Te enfrentaste a Pasha en el kris y lo hiciste desterrar? ¿Sabiendo
que Lazlo estaba vivo?
El alivio me golpea fuerte en el estómago. He estado temiendo esto. En
general, los miembros del Clan Rivin pueden ser tercos y un poco sordos
cuando escuchan algo que no les gusta especialmente. Sin embargo, están
haciendo preguntas, las preguntas correctas, y Shelta tiene que
responderlas, venga el infierno o marea alta. Si miente ahora y lo descubren,
su castigo será igual, si no peor, que el que ella me dio.
Los ojos oscuros de Shelta están hirviendo de fuego cuando me atrapa
en el lugar, mostrando sus dientes. Sabe que está jodida. No puede negar
sus acciones si se la ha confrontado. No puede ofuscar la verdad o evitar
hablar de esto. Lo sé, y ella lo sabe. Alzando la barbilla, levanta la cabeza
desafiante, mirando a los miembros del clan reunidos.
—A veces, un líder tiene que tomar decisiones difíciles para proteger a
su gente. A veces es necesario hacer algo desagradable para mantener la
paz. Sí, sabía que Lazlo no estaba muerto. Sí, lo ayudé después de que lo
encontraron en la mañana, muriendo de pérdida de sangre. Lo traté en un
pequeño hospital, donde le hicieron una transfusión de sangre y una serie
de cirugías para reparar el considerable desgarro de sus intestinos y
entrañas. Lesiones que mi propio hijo infligió. Consideré mi deber expiar los
pecados de Pasha de cualquier forma que pudiera, así que salvé la vida de
Lazlo. Para quitar su sangre de las manos de mi hijo. Para salvarlo de la
culpa de un crimen tan atroz. ¿Y ahora está tratando de crucificarme por
cuidar de sus mejores intereses? No lo permitiré. Esta conversación ha
terminado, Pasha. Si no dejas de hablar, habrá consecuencias...
—¿Violó a esos muchachos? —grita una mujer desde la parte de atrás
de la multitud—. Nos dijiste que era inocente. Todos te creímos.
La boca de Shelta se abre y se cierra como un pez, jadeando por aire.
—Los chicos eran demasiado jóvenes para pararse en el kris, eso es
cierto —dice ella—. Era difícil saber si los niños decían la verdad o
inventaban cuentos de hadas para apoyar las afirmaciones de Pasha, un
hombre al que admiraban e idolatraban.
Demonios ¿Cómo puede pararse allí y decir eso, sabiendo que esos
niños fueron brutalmente agredidos por él? ¿Cómo puede defender la idea
de que Lazlo podría ser inocente incluso ahora, cuando sabe que Lazlo acaba
de asesinar a un niño pequeño? Dios, ¿qué clase de monstruo es ella?
No puedo contener mi disgusto por más tiempo. Siento que se extiende
por mis venas como un veneno.
—Shelta tiene razón. Les di la espalda después que terminara mi
destierro. No quería volver aquí. No porque no los ame a todos. No quería
volver aquí debido a las innumerables mentiras y manipulaciones que todos
hemos soportado en las manos de Shelta. Ella no es una verdadera Rivin.
No encarna la unidad y la solidaridad que fortalece a este clan. Ella
voluntariamente sacrificaría a cualquiera de ustedes en el altar del poder si
pensara que ganaría su favor o la ayudaría a alcanzar sus metas. Su propia
hermana es la cautiva de Lazlo, porque Shelta también la echó. Los propios
pecados de Shelta contra esta familia son numerosos... y son
imperdonables.
Mientras respiro hondo, preparándome para lo que voy a decir a
continuación, una extraña sensación de alivio me invade. Sé que las
palabras que arden al final de mi lengua son ciertas. La vida sería
infinitamente más fácil si no lo fueran, pero lo siento en mis huesos y no
hay forma de negarlo. Es como si hubiera tenido un yugo de acero alrededor
de mi cuello durante todo el tiempo que puedo recordar, y finalmente, la
maldita cosa se está convirtiendo en polvo y flotando en la brisa,
liberándome para respirar adecuadamente por primera vez.
—No espero que ninguno de ustedes vote por mí para ayudar a Kezia.
Aunque es lo que hacemos los Rivins, nos cuidamos unos a otros. No espero
que ninguno de ustedes vote por mí porque Cleo me vio en el trono de Roma
hace trece años. No espero que ninguno de ustedes vote por ninguna razón.
Espero que voten por mí esta noche, porque estoy tratando de hacer lo
correcto y porque lo siento. Debería haber regresado antes. No debería haber
sido tan egoísta. Debería haber sido más valiente. Debería haber reclamado
la corona hace mucho, mucho tiempo y asegurarme de que estuvieran a
salvo.
Mi pulso palpita en mis oídos; todo lo que puedo escuchar es el urgente
zumbido de mi sangre brotando alrededor de mi cuerpo. Nadie habla.
Cuarenta miembros del clan Rivin me miran fijamente, con el reflejo
parpadeante de la hoguera bailando en sus ojos, y no puedo leer ninguno
de ellos. Podría haberles mentido. Fabricar una historia elaborada sobre por
qué no regresé tan pronto como terminó el destierro. También podría haber
llamado mentirosa a Shelta y afirmar que siempre he querido ser coronado
como su rey, pero si hay algo que aprendí de mi madre, es que mentir solo
envenena el pozo. Puede ser capaz de persuadir a la gente para que beba de
ese pozo, pero siempre podrán probar el engaño, y siempre sufrirán las
consecuencias de saciar su sed sobre las verdades a medias y las falsedades.
No tengo idea si decir la verdad será lo suficientemente bueno para
ganarme la corona, pero sé que he hecho lo correcto. Estas personas han
sido coaccionadas, influenciadas y controladas durante demasiado tiempo;
es hora de que tomen una decisión por sí mismos en base a los hechos
simples y honestos.
Una risa aguda y cruel rompe el silencio.
—Bueno, lo escucharon por ustedes mismos —anuncia Shelta—. Mi
hijo. Su futuro rey. Simplemente admitió que, hasta hoy, no quería estar
aquí. Como espera que cualquiera de ustedes ponga su confianza en él es
simplemente desconcertante. Habla bien, pero no respeta a este clan. Si lo
hiciera, ya no tendría a esa gadje aquí, entrometiéndose en nuestros rituales
y contaminando nuestra casa.
Una figura emerge de entre las sombras, entrando en la luz del fuego.
Es Cleo, envuelta en un abrigo, apoyado pesadamente contra su alto bastón.
—Nos mentiste acerca de tu hermana. Kezia era mi amiga, Shelta. Ella
salió al mundo, pensando que no me importaba.
El ceño de mi madre es amargo y vil.
—¿Qué hay con eso? No se merecía ninguna simpatía. Violó nuestras
leyes.
—¿Qué ley rompió? —Cleo pregunta, su voz mortal.
—La misma ley que mi hijo está violando ahora. Se enamoró de un
gadje. Quería manchar nuestra línea de sangre con un extraño. Le di la
opción. Si deseaba tanto al forastero, ella misma podría convertirse en uno.
O podría permanecer fiel al clan y casarse con alguien más apropiado.
Cleo sacude la cabeza, consternada.
—Nos dijiste a todos que se ahogó. Todos hemos estado llorando por
ella durante treinta jodidos años. ¿Nos la quitaste, porque... porque se
enamoró? ¿Dónde está tu corazón, mujer?
Mi madre parece darse cuenta de repente que no se está haciendo
ningún favor al discutir este punto con Cleo. Ella se recupera,
reconstruyendo su calma, exterior controlado en una maniobra suave y
práctica; todo lo que necesita es un segundo, y toda la ira y el veneno que
la absorbían como el calor de una llama se desvanecen.
—Kezia no quería quedarse aquí con ninguno de ustedes. Escogió su
camino y no miró hacia atrás. Ni una sola vez. Cuando te dije que estaba
muerta, simplemente estaba tratando de ahorrarte saber que te había
rechazado. Eso es todo. En mi mente, lo pensé como un acto de bondad,
pero ahora puedo ver que tal vez estaba equivocada. Debería haberte dicho
la verdad, aunque era fea, y te habría causado aún más dolor.
—¡SUFICIENTE! —La multitud cede, y Archie empuja su camino hacia
adelante. Sombras afiladas y angulosas caen sobre su rostro, haciéndolo
parecer una gárgola mientras tira un cubo de plata golpeado en el suelo, a
un pie del fuego—. Todos hemos elegido a nuestro líder ya, de una manera
u otra. No tiene sentido toda esta disputa y ataque. Cualquiera que quiera
ser jodidamente la realeza, que venga y ponga su maldito tazón sobre la
mesa. Todos los demás, tomen su piedra y emitan su voto.
Los ojos de Shelta se reducen en hendiduras viciosas, dirigidas a la
cabeza de Archie. Aunque no dice nada. Inclinándose, recoge de sus pies un
brillante cuenco plateado, bellamente grabado con vides arremolinadas y
flores. Lo pone sobre la mesa que se ha colocado a una distancia segura del
fuego y luego se hace a un lado.
Ahí es cuando me doy cuenta de que he cometido un jodido grave error.
Por el amor de Cristo. Ya he estado en dos de estas cosas. Habrías pensado
que ya habría memorizado el procedimiento, pero resulta que, en el apuro
de todo esto, he olvidado uno de los componentes más cruciales de la
votación: no he traído un puto cuenco conmigo.
El frío parece haber encontrado su camino debajo de mi chaqueta y las
tres capas debajo de eso, y está cortando dentro de mí mientras camino
lentamente alrededor del fuego. Cuando llego a la mesa, me enfrento a
Archie y me encojo de hombros.
—Lo siento —le digo tímidamente, mientras levanto mis manos y las
junto. Archie no parece impresionado por mi improvisación. Shelta me envía
una sonrisa compasiva al ver mis manos ahuecadas junto a su hermoso y
brillante cuenco plateado.
Patrin...
Lo veo por primera vez, parado entre la multitud, con las manos
apoyadas en los hombros de su hijo, y creo que me va a enviar la misma
mirada despectiva que mi madre. Aunque no lo hace. Asiente y sonríe
suavemente, una extraña muestra de aprobación, como si realmente fuera
así como se supone que debe ser.
Lentamente, uno a la vez, todos los miembros del clan se inclinan para
recoger una roca del cubo abollado y oxidado de Archie, y luego comienzan
a formar una línea, serpenteando alrededor del fuego y saliendo a la
oscuridad.
—No te preocupes, Pasha. —Mi madre cruza sus brazos sobre su pecho,
levantando una ceja hacia mí—. Estarás más feliz una vez que regreses a tu
vacía caja de vidrio. Las cosas serán mucho más seguras para tu gadje allí.
Exteriormente, no reacciono a su comentario burlón. En el interior,
estoy listo para matar a la mujer. Si hace una amenaza más contra Zara,
voy a perder mi jodida mente. Rápidamente, me arriesgo a echar un vistazo
a mi luciérnaga, y mi corazón se atasca en mi garganta. No se ha movido ni
un centímetro desde que dejé su lado. Está sola, alta y orgullosa, junto al
fuego. Su capucha se ha caído y su cabello, que fluye en gruesas olas sobre
sus hombros, parece arder aún más que las llamas. Nuestros ojos se
encuentran, y mucho pasa entre nosotros:
Estoy orgullosa de ti.
Estoy asombrada por ti.
Estoy aquí para ti.
Jodidamente nunca voy a dejarte.
El sonido de un metálico golpe me quita la atención de ella. Miro hacia
abajo, y allí, en el fondo del cuenco de Shelta, yace una roca. Un voto.
Otis Yancey, un hombre al que he conocido toda mi vida, se encoge de
hombros mientras se aleja.
—Lo siento, Pash. Sabes que me gustas y todo eso. Sin resentimientos.
—La siguiente persona da un paso adelante, esta vez Anya Rivin. Una niña,
una joven ahora, a la que acostumbraba dar vueltas por las muñecas
cuando era pequeña. Ella arroja su piedra en el tazón de Shelta.
—Mi madre dice que lo que estás haciendo con esa chica está mal. —
Esnifa. Parece que ha estado llorando—. Deberías haber elegido a uno de
nosotros. Eso hubiera sido lo correcto.
Tres personas más dan un paso adelante, y cada una de ellas vota por
Shelta. Me dan una disculpa “Lo siento” cada vez que un golpe metálico
señala otra piedra golpeando el fondo del tazón de Shelta, y empiezo a
pensar que me he jodido a lo grande. Una cosa es que todos los miembros
del clan voten por Shelta sobre mí. Sin embargo, es otra cosa tener que
pararme aquí con las manos extendidas y vacías, ya que cada uno de ellos
pasa a mi lado y emite su voto en otra parte, sin embargo. Hablar de ser
humillado.
No me atrevo a mirar a mi madre. La perra presumida probablemente
está celebrando. En cambio, mantengo mis ojos fijos al frente y al centro, mi
barbilla en alto, mientras tres personas más arrojan sus piedras en el tazón
de Shelta.
Y luego, Shireen está de pie frente a mí, con una pequeña sonrisa
burlona que se retuerce en las comisuras de su boca cuando coloca su
piedra en las manos de Evelyn y dice:
—Vamos, entonces. ¿Qué piensas? ¿Lo queremos o no?
Evelyn asiente firmemente, se acerca y coloca la roca en el centro de mi
palma izquierda.
—Recuerda —susurra ella en voz baja—. Panqueques.
Quiero sonreírle a la niña, reírme con ella y compartir una sonrisa
secreta, pero descubro que no puedo. Hay un bulto del tamaño de una puta
sandía en mi garganta, y parece que no puedo moverlo.
—Lo recordaré —me ahogo.
Shireen toma mi mano y la cierra alrededor de la roca, luego la aprieta
con fuerza.
—Recuerda también las otras cosas —dice rápidamente. Y luego se
aleja, se apresura hacia el salón de reunión, y Evelyn se despide de mí por
segunda vez esta noche.
Antes de que tenga la oportunidad de volver a la línea, otra piedra cae
en mis manos. Connie Rivin está de pie ante mí, tan vieja como las colinas,
con su rostro aún más arrugado que la última vez que la vi. Su cabello es
apenas más que la sugerencia de una nube blanca en la parte superior de
su cabeza. Completamente en desacuerdo con el resto de ella, tiene los ojos
de una traviesa niña de catorce años.
—He estado esperando para finalmente pegarle uno a tu madre antes
de que yo muera. Supongo que puedo irme ahora sin pelear. A menos que
planees venir a comer una comida final conmigo. Supongo que puedo
quedarme un poco más si lo necesito.
Me río esta vez. Su piel se siente como terciopelo cuando tomo el lado
de su cara con mi mano.
—No vas a ir a ningún lado por mucho tiempo todavía, Con. Me temo
que voy a necesitarte para lo previsible.
—¿Para qué diablos? —Se queja.
—No lo sé. ¿Cocina? ¿Cuentacuentos?
Un destello descarado aclara aún más sus ojos.
—¿Cuidar niños?
Casi me ahogo en mi propia lengua.
—Podría ser un poco pronto para pensar en eso.
—Eh. —Connie me sacude con un movimiento de su muñeca—. Todo
bien. Bueno, solo házmelo saber. —Se retira y, para mi total sorpresa e
incredulidad, cuatro personas más agregan una piedra a la pequeña
colección que tengo en mis manos antes de que alguien más vote por Shelta.
El turno de Patrin se acerca, y él gruñe incoherentemente mientras
arroja una piedra en mis manos.
—Mejor no jodas esto —murmura—. Shelta va a despellejarme vivo si
gana esta cosa. Espero que sepas eso, Rom Baro.
Y es como si Patrin pronunciara estas palabras abriendo una puerta
que inunda dentro del campamento. Cada miembro del clan que da pasos
hacia mí en lugar del tazón de mi madre, y las mismas palabras se
pronuncian cada vez.
—Por ti, Rom Baro.
—Baksheesh2, Rom Baro.
—Bendiciones, Rom Baro.
—Suerte, Rom Baro.
Cleo llora abiertamente mientras coloca su voto en mis manos y me
besa en la mejilla. La línea comienza a disminuir, y algo jodidamente
aterrador sucede. De repente, mis manos están jodidamente llenas.
Cada vez que alguien nuevo da un paso adelante, tiene que equilibrar
precariamente su roca en la parte superior de la pila que estoy luchando por
contener en mis manos ahuecadas, y... y no sé cómo lidiar con eso. Siento
que mi pecho está siendo abierto. Después de todo. Después de que me
fuera, y sin mirar atrás...
Aquí están, todavía dispuestos a darme una oportunidad.
La última persona en colocar con cuidado su roca sobre las otras en
mis manos es Archie. Él guiña un ojo, moviendo su dedo índice hacia mí
como lo haría un cómplice.
—Esa chica es más lista que tú. Sólo recuerda eso. Las mujeres como
ella son peligrosas para los hombres como nosotros. Es el pelo. Más roja que
la sangre. Más roja que la pasión. Confunde nuestras mentes.
Una vez que se ha ido, me miro las manos y luego miro el tazón de
Shelta, que contiene apenas una cuarta parte de los votos que actualmente
están cayendo entre mis dedos. No hay necesidad de contar. No hay
necesidad de molestarnos con las matemáticas. A una parte de mí le
gustaría deleitarse con el número exacto, para saber con precisión con
2
Baksheesh: La palabra baksheesh tiene sus orígenes en la palabra persa bakshish
()ب خ شش, que significa "regalo".
cuántos votos la he vencido, pero a una gran parte de mí no le importa una
mierda.
Se acabó.
Está hecho.
Gané.
Sarah va a estar a salvo, y yo...
Realmente voy a ser rey.
Cuando me recupero del shock y miro hacia arriba, Shelta desapareció.
Lentamente, el sonido del canto inunda la noche.
—Rom Baro, Rom Baro, Rom Baro, Rom Baro. —No hay un aplauso
ensordecedor. Sin gritos y vítores. Solo hay estas dos palabras, una y otra
vez, elevándose más y más alto, más y más fuerte con cada repetición.
Ella le ha estado dando al clan su distancia, pero ahora Zara rodea el
fuego y se une a mí. Se ve tan viva con sus mejillas teñidas de rojo por el
frío y por la emoción que es tan evidente en su rostro. Dios, es tan
jodidamente hermosa. Pone sus brazos alrededor de mi cuello, besándome
profundamente, y el mundo cubierto de nieve se queda en silencio por un
segundo. Docenas y docenas de pequeñas rocas rebotan en la parte superior
de nuestros zapatos cuando inclino mis manos y rodeo a mi luciérnaga con
mis brazos, abrazándola.
—¿Eso es, entonces? —susurra—. ¿Eres su rey ahora?
Niego con la cabeza.
—Habrá una ceremonia súper odiosa. Los otros clanes necesitarán ser
invitados.
Un destello de preocupación pasa sobre ella.
—Pero... ¿será esto suficiente? ¿Será esto suficiente para aplacar a
Lazlo?
—Dijo que necesitaba aceptar mi rol, y lo he aceptado. No puede
objetar. —Odio al hijo de puta por lastimar a ese niño pequeño. Lo odio aún
más por secuestrar a Sarah. O Kezia. Lo que sea. No tengo ni puta idea de
cómo se supone que debo pensar más en mi tía. Pero odio a Lazlo por causar
tanta preocupación y angustia a Zara. Si pudiera tomar su dolor por ella, lo
haría. Tomaría todo de ella y asumiría con gusto la carga de ello, si solo ella
pudiera estar libre de preocupaciones y feliz. Una vez que haya tratado con
Lazlo, nadie se atreverá a causarle dolor nuevamente. Ni siquiera se
arriesgarán a amargar su estado de ánimo por temor a lo que les voy a hacer.
Planeo ser un buen líder. Honesto. Amable. Justo en todas las cosas.
Pero si alguien siquiera sueña con joder a mi mujer, los destruiré y colgaré
sus entrañas de un árbol como si fueran malditas decoraciones navideñas.
El calor de su cuerpo y el dulce olor de ella, floral y brillante,
intensificado por el frío, alivia esos oscuros pensamientos de mi mente. Toda
mi vida adulta, junto con una parte considerable de mi adolescencia, el
interior de mi cabeza ha sido un lugar oscuro y enojado. Comencé a soñar
con una mujer con el pelo rojo, sueños tan claros, brillantes y luminosos, y
la oscuridad se levantó un poco. Ahora, está sucediendo cuando estoy
despierto; Zara de alguna manera ha dominado la capacidad de borrar la
oscuridad durante mis horas conscientes, incluso en circunstancias de
pesadilla tan estresantes, y no tengo idea de cómo.
No tengo ni idea de cómo ha sucedido nada de esto. Lo único que sé es
que, hace dos semanas, estaba luchando todas las noches en el mercado de
las flores, tatuando clientes cuando me apetecía, feliz de saber que el clan
estaba muy, muy lejos. Apenas catorce días, y aquí estoy, acunando a una
mujer feroz, fuerte, valiente e increíblemente hermosa en mi pecho, y soy un
maldito rey.
El sonido de una garganta siendo aclarada nos interrumpe. Cuando
levanto la vista, Patrin está a un pie de distancia, sosteniendo una botella
de whisky. La mayoría de los miembros del clan que se fueron después de
que votaron han regresado y muchos de ellos han agarrado un abrigo extra
y una botella de licor, al igual que Patrin, que ahora están pasando entre
ellos para protegerse del frío.
Zara jadea, mirando al cielo.
—Está empezando a nevar de nuevo.
Efectivamente, enormes y gordos copos de nieve flotan desde el cielo,
silenciosos y fantasmales; Una cae sobre la pestaña de Zara, un blanco
brillante contra el oscuro y casi negro azote que rodea su ojo.
—¿Vamos a beber esto o qué? —Patrin se queja. —Voy a congelarme si
me quedo así así por más tiempo.
Tomando la botella de él, rompo su sello y abro la tapa de corcho,
bebiendo profundamente de ella; el alcohol arde en el camino por mi
garganta, pero es una quemadura agradable, y un calor reconfortante
comienza a extenderse por mi pecho y fluye hacia la boca del estómago. Zara
rechaza el whisky. Cuando se lo ofrezco a Patrin, él agarra la botella por el
cuello, pero la retengo por un momento.
—¿Dónde está ella? ¿A dónde iría, Pat?
Sabe de quién estoy hablando. Frunciendo el ceño, señala con la
barbilla sobre mi hombro.
—En la corriente aérea. Probablemente empacando.
Algo duro, frío e incómodo se engancha en el fondo de mi mente.
—¿Shelta? ¿Qué, tiene que irse? —pregunta Zara—. ¿Porque perdió?
Tanto Patrin como yo negamos con la cabeza al mismo tiempo. Sin
embargo, soy quien lo dice, la verdad que tanto mi primo como yo sabemos
con certeza.
—No importa. Podría quedarse aquí si quisiera. Es parte de la familia.
Una anciana. Siempre sería bienvenida aquí y sería muy respetada por eso.
Sin embargo, no se quedará. Es demasiado orgullosa. Enojada. Muy
humillada. Se irá antes de que llegue la mañana.
—Y la camioneta junto con ella —agrega Patrin con amargura.
—Deja que se la lleve. Podemos conseguir otra aquí cuando sea tiempo
de que todos se vayan. Si eso significa que nos desharemos de ella, entonces
es un pequeño precio que pagar.
Los tres nos acercamos al fuego, y esta vez, cuando Patrin le ofrece
casualmente la botella de whisky a Zara, ella lo acepta.
—A la mierda —dice, sus dientes castañeando—. Hace mucho frío. Por
qué no. Mmm. —Ella levanta su dedo índice mientras bebe. Cuando baja la
botella, se limpia la boca con el dorso de la mano, haciendo una mueca de
dolor, y dice—. Tengo una pregunta. ¿Qué significa esa palabra? La que
todos estaban recitando. ¿Rombarrow?
Ruedo mis ojos, tratando de no reírme.
—¿Literalmente? Significa “hombre grande”. No es importante.
—Estás mintiendo —gruñe Patrin en voz baja. Pone su brazo alrededor
de mis hombros, gimiendo como si se estuviera rindiendo involuntariamente
a algo que ha estado posponiendo durante mucho tiempo—. Rom Baro
significa «rey», Zara Llewelyn. Todos lo hicimos. Todos lo llamamos Rey. Y
ahora estamos atrapados con el bastardo hasta que caiga y muera. —Él me
mira y frunce el ceño—. Va a ser una larga puta vida, ¿verdad, hermano?
Zara
Sus manos están sobre mí antes de que la puerta del vardo esté incluso
cerrada. No tengo idea de cómo regresamos al vagón sin arrancarnos la ropa,
pero de alguna manera lo hicimos. Me apresuro a golpear el interruptor,
pero Pasha gruñe en mi oído.
—Déjalo. Déjalo. Sólo quítate la ropa, Luciérnaga. Necesito tu cuerpo
sobre mí ya, joder.
Estoy borracha por el whisky de la noche anterior, pero todavía puedo
pensar lo suficiente como para obedecerle. Quitándome la ropa, por otro
lado...
—Aquí. Déjame. —Pasha detiene mis manos, luego agarra el dobladillo
de mi camisa, rasgándolo sobre mi cabeza. Hace un trabajo rápido de las
horribles térmicas que estoy usando, y luego también se deshace de mi
sostén y mis bragas. Lo siguiente que sé es que estoy desnuda, temblando
de frío a pesar del zumbido del alcohol en mis venas, y Pasha me levanta de
las tablas de madera y me sienta en el mostrador. Se desnuda rápidamente,
se quita la ropa y veo el espectáculo, pretendiendo no estar afectada por su
cuerpo increíblemente marcado.
No está completamente oscuro en el vardo. La luz de la luna se filtra
por las ventanitas, proyectando sombras sobre el rostro de Pasha y su
pecho, y siento la necesidad de pellizcarme. Él es tan jodidamente hermoso.
Sexy. Guapo. Dios, no hay una palabra adecuada para describir lo guapo
que es este hombre. Cada vez que lo veo, vestido o no, siento que he ganado
la maldita lotería.
—¿Qué estás mirando? —dice burlonamente.
—Tú. Tu piel. Tu cuerpo. Tus tatuajes. Me dijiste que ibas a explicar lo
que significaban todos.
—Lo sé...
—Lo prometiste.
—Lo sé. ¿Cuál te gusta más? —Se ríe, alejándose de mí mientras
pretendo lanzarle un puñetazo en la cabeza—. En serio. ¿Dónde quieres que
empiece? —dice—. Voy a explicar cada uno de ellos.
—Ahí. Ese. —Toco con un dedo algo bruscamente en su hombro.
Hombre, estar borracha hace que incluso las cosas más simples sean mucho
más complicadas de lo que deberían ser. Pasha hace una mueca,
sosteniendo una mano sobre el punto donde lo apuñalé, fingiendo una
lesión—. Ahh, déjalo, niño grande —gimo—. ¿Crees que alguien hubiera
votado por ti esta noche si supieran que eres tan raro?
—Eso realmente duele —argumenta.
—Sólo sigue con esto.
—Bueno. Bien. —Se mira el hombro, comprobando qué tatuaje le he
indicado—. Eso es un rayo. Develeskri Jak. El fuego de dios. El hijo de Rey
Fuego.
—¿Rey fuego?
—Mmm hmm. El rayo ama jugar en el cielo, pero rey fuego lo envía
hacia la Tierra, su madre. Si se pierde en su camino hacia el suelo, se
petrifica, transformándose en una piedra de trueno.
—¿El fuego es una persona? ¿Un rey, nada menos?
—Sí. Raj Yag. El hijo más joven de todos los reyes. Vive en el centro de
la tierra.
—¿Hay más reyes? ¿Además de ti y Raj Yag, por supuesto?
—Naturalmente. Rey Luna, Raj Shon —dice, señalando un icono
redondo en la parte inferior de su abdomen—. Rey Serpiente, Raj Zap. —
Señala a la serpiente sutil y sinuosa que se abre paso a través de la manga
de su brazo izquierdo. A continuación, golpea su dedo índice contra el sol
ardiente sobre su pectoral derecho—. O Kham —dice—. Probablemente
puedas adivinar qué rey es.
—¿Rey Sol?
Él asiente.
—Este es Raj Vátola, Rey Niebla —dice, tocando una figura encorvada,
parado frente a un árbol, entintado con impresionantes detalles en su caja
torácica—. Su árbol tiene tres manzanas. La fruta es custodiada por
criaturas que son mitad hombre, mitad perro. La primera manzana hace
rico a un hombre. La segunda le hace feliz. La tercera le trae salud eterna.
—Suena como un bonito árbol.
Pasha asiente sabiamente.
—Y este es O Bavol, Rey Viento. —Toma mi mano y la coloca al otro
lado de su caja torácica, sobre lo que parece una gama de montañas con
picos irregulares—. Es dueño de una flauta de hierro que te dará si le
ayudas.
Escaneo la tinta de Pasha, sintiéndome un poco atemorizada. Está
cubierto de folklore, bellamente decorado en la historia de su gente.
—Tantos reyes —le digo, trazando suavemente mi dedo sobre las
montañas de su lado—. Parece un poco sexista, si me preguntas.
—¿Por qué? Toda la Tierra es una mujer. Una madre. Lo más
importante de todo.
—¿Y dónde está ella, entre todos tus hombres reales? —le pregunto,
pellizcando su costado.
Él toma mi mano y la coloca alrededor de la base de su garganta,
encima de lo que parece una cadena de flores en expansión, envuelta
alrededor de cuchillas de cuchillos. Desliza nuestras manos sobre su
hombro derecho, pasando sobre una representación compleja de una pareja
de pájaros, dando vueltas una alrededor de la otra, una que se zambulle en
la manga que cubre su brazo derecho. Me empuja hacia abajo, sobre una
serie de animales bellamente dibujados, un pez, un oso, un caballo, un
cuervo, y luego vuelve a bajar, donde las raíces de los árboles forman un
intrincado diseño tejido que cubre su muñeca.
—Ella está allí —dice en voz baja—. Mi mano derecha. Pero el tatuaje
más importante de todos es, y siempre será, este. —Apila nuestras manos
sobre su corazón, sobre el tatuaje de luciérnaga que ya está entintado—.
Este es tuyo, Luciérnaga.
Me mira fijamente, la luna transforma su piel en plateada y su cabello
en color carbón, y lucho contra el impulso de alejarme de él. Me está
mirando como si de alguna manera estuviera viéndome más que nadie, y
está fascinado por lo que ha encontrado. El peso de una mirada tan potente
es difícil de soportar, especialmente cuando estás a tres capas del viento. Al
final, le saco la lengua como un jodido niño de cinco años, lanzando su
propia frase juguetona hacia él.
—¿Qué estás mirando?
Él sonríe, pero tiene una calidad pesada, casi triste.
—Una hermosa mujer desnuda, sentada en un mostrador de cocina —
dice en voz baja.
—No, Pasha. ¿Qué estás mirando realmente?
Coloca ambas manos sobre mis muslos, agachando la cabeza.
—No estoy seguro. ¿El futuro? ¿Algo bueno? ¿Esperanza?
Mierda. ¿Cómo? ¿Cómo puede usar tan pocas palabras y significar
tanto? Siento que es él quien tiene su mano en mi garganta ahora, y ni
siquiera estoy un poco preocupada por la posibilidad de que tenga la
capacidad de aplastarme en cualquier momento.
¿Sabe lo mucho que le amo?
—¿Pasha?
Me mira, firme, tranquilo, sus ojos perforando hasta mi alma.
—Tócame. Bésame. Fóllame —susurro—. Haz que me pierda en ti.
Quiero olvidar dónde terminas tú y comienzo yo.
No necesita que se lo diga dos veces. Me estoy preparando para que él
me tome y me tire en la cama, pero no lo hace. En su lugar, cae de rodillas,
extendiendo mis piernas, y sa... santa mierda joder, su lengua está en mí
antes de que pueda pensar y...
Entierro mi mano en el grosor de su cabello, y me dejo hundir en la
sensación de su lengua en mi coño.
—¡Ahh! ¡Mierda, Pasha! Oh Dios mío.
Gruñe, enrollando sus brazos alrededor de mis muslos para poder
comerme mejor, y todo mi cuerpo sufre un espasmo cuando sacude mi
clítoris con su lengua. Arqueo la columna vertebral e inmediatamente golpeo
la parte posterior de mi cabeza contra la puerta del armario detrás de mí,
pero apenas noto el dolor. Pasha no sale a la superficie a por aire para
descubrir qué fue el golpe fuerte, así que le dejo continuar en su misión.
Inclino mis caderas hacia delante, apretando mis piernas alrededor de su
cabeza, y Pasha gime dentro de mí, su aliento caliente, patinando sobre mi
sensible piel.
—Te gusta esto —jadea—. ¿Te gusta tener enterrada mi cara en tu coño
mojado?
Afrontémoslo, estoy borracha. Esto sólo se refuerza cuando agarro su
cabeza y la empujo hacia abajo entre mis piernas.
—Sí, me gusta. De vuelta al trabajo, Pasha Rivin. No se te permite parar
hasta que yo lo diga.
Si le importa, nunca lo sabré. No dice una palabra. Eso podría tener
algo que ver con el hecho de que está usando su lengua para un propósito
que no sea el habla, pero joder.
Mierdamierdamierda...
—¡Mierda! ¡Pasha!
Es jodidamente bueno. Balanceo mis caderas, aplastándome contra su
cara, sin vergüenza, y él clava sus dedos en mi piel, dejando escapar otro
gruñido oscuro y posesivo. Incluso si fuera capaz de hablar en este
momento, dudo que fuera capaz de cualquier otra cosa que no sean los
sonidos guturales y urgentes que ya está haciendo.
Un fuego nos envuelve, nos consume. Roba todo el oxígeno del vardo,
dejándonos a los dos jadeando, tragando el aire como si estuviéramos
jodidamente ahogados. Le araño la espalda mientras desliza sus dedos
dentro de mí, y es demasiado, no puedo soportarlo, y...
Pasha se libera de mi agarre. Se tambalea hacia atrás, apoyándose
contra la pared opuesta del vardo, y nuestros ojos se cruzan en el espacio
estrecho. De repente, mi respuesta de lucha o huida se activa, y me pregunto
cómo voy a pasar por él para huir del vardo.
—Zara —dice en tono de advertencia—. No lo hagas.
No sé cómo mierda sabe lo que pasa por mi cabeza, pero debe poder
decir que estoy planeando una carrera. Es la mirada en sus ojos. El brillo
pícaro y malévolo que está ahí. Sé que está planeando todo tipo de mierda
sucia para mí, y una parte animal de mí piensa que debería salir corriendo
de aquí antes de que pueda ponerme las manos encima. No le tengo miedo.
No quiero escapar de él, pero mi mente borracha se apoya en algunos
instintos muy básicos. Dios mío, parece que está a punto de devorarme.
—Pasha, espera. —Trato de no reír—. Lo siento, no te dejaría por aire.
—Pon tu culo de nuevo en ese mostrador —ordena, moviéndose hacia
la puerta.
—No puedo. Creo que estoy demasiadoooooo... —Hago una carrera.
Muuuuuy demasiado lento, sin embargo. Pasha es dos veces más grande
que yo, pero también bebió dos veces la cantidad de whisky que tomé, lo
que significa que ambos estamos tan borracho como el otro. Aún así, él llega
allí delante de mí, bloqueando la puerta.
—¿Qué fue eso, luciérnaga? Pensé que no me tenías miedo.
—No. Yo sólo... —Hago puchero. Encogiéndome de hombros—. ¿Quería
tomar un poco de aire?
—Está casi congelando ahí. Y estás desnuda.
—No iba a estar allí por mucho tiempo.
—Sube a esa cama, Zara Llewellyn.
—¡No! —Estoy riendo como una jodida adolescente mientras trato de
empujar más allá de él.
—¡Sube a esa cama!
—¡NO!
Pasha prácticamente me aborda, me agarra por la cintura, y por un
momento agitado me siento sin peso. Entonces mi estómago realmente se
está revolviendo y estoy cayendo hacia atrás sobre el colchón, chillando a
todo pulmón.
—Shhh. Joder, van a pensar que te estoy asesinando —susurra Pasha.
—Lo estás. ¡AYOOODA!
Él está encima de mí, colocando su mano sobre mi boca un segundo
después. De repente, abrumadoramente, ambos estamos desnudos y él está
encima de mí, mirándome fijamente, y no puedo dejar de mirar hacia atrás.
—Dios, eres un problema —susurra.
No puedo responder. Su mano todavía está cubriendo mi boca, pero no
me importa. No necesito decir nada. Con cuidado, saco mi pierna de debajo
de él y la engancho alrededor de la parte posterior de su muslo. Se necesita
un poco más de esfuerzo para liberar la otra, pero me las arreglo. Pasha
respira bruscamente mientras empujo mis caderas hacia arriba, dejándole
saber lo que quiero.
Todavía estoy lejos de estar sobria, pero estoy mucho menos borracha
de lo que estaba hace un momento. El peso de él presionándome hacia abajo
me ha hecho caer de nuevo a la tierra, y lo necesito más que antes. Yo, joder,
debo tenerle.
Se balancea hacia atrás, reposicionándose, y luego mis ojos están
rodando en mi cabeza, y está dentro de mí. Estoy llena, tan jodidamente
llena de él, y lo último que quiero hacer ahora es huir de él.
Está jadeando, respirando con dificultad mientras retira su mano y
desliza sus dedos dentro de mi boca, forzando mis dientes a separarse.
—Debería follarte la boca por eso. Debería follarte el culo. Me asustaste,
Luciérnaga. —Rueda sus caderas, y siento que todo su cuerpo se desliza
dentro de mí. Es tan grande. Tan jodidamente duro. La presión hacia arriba
de su polla dentro de mí en este ángulo es demasiado grande para soportar.
Me muevo una fracción, curvándome contra él, y... ahí... la intensa presión
disminuye, transformándose en placer.
Se balancea contra mí, todavía tan jodidamente profundo, su polla lo
suficientemente fuerte como para hacerme silbar, y comienzo a perderme en
su ritmo. Sus manos están en todas partes, y también las mías. Su espalda;
su culo sus brazos; la parte superior de sus muslos: me adapto a él,
haciendo todo lo que está a mi alcance para hacerlo aún más profundo,
como si pudiera empujarlo dentro de mí. No puedo conseguir suficiente.
Nunca podré tener suficiente...
Sus movimientos se vuelven más urgentes, y yo respondo
gustosamente. No pasa mucho tiempo antes de que esté presionando su
frente contra mi hombro, maldiciendo desde lo profundo de sus pulmones,
y yo esté gritando su nombre, aferrándome a él como si estuviera
preocupada de que pudiera desaparecer en el aire cuando llegue.
No lo hace. Sigue siendo sorprendentemente corpóreo mientras cae de
costado, cambiando su peso y sosteniéndome contra su pecho mientras gira
hasta que está de espaldas, y estoy tendida sobre su pecho.
—¿Zara? —susurra, su voz silenciosa perturbando el silencio de seda.
—¿Sí?
—Eso casi me mató. Eso... eso casi me destruyó. —Suena sin aliento,
como si todavía estuviera tratando de recuperarse del sexo. Sin embargo,
puedo escuchar el latido constante, incluso el latido de su corazón debajo
de mi oído, así que sé que no es eso. Sé perfectamente lo que significa. Se
refiere al hecho de que intenté huir de él.
Con infinito cuidado, presiono mis labios contra su pecho, cerrando
mis ojos.
—Lo siento. No te preocupes Nunca volveré a hacer eso.
Y no lo haré.
Zara
—Tienes que estar jodidamente bromeando.
Tal como Pasha predijo, la puerta del lugar de Shelta está abierta de
par en par y vulnerable a los elementos cuando despertamos, y la mujer no
se encuentra en ninguna parte. Se las arregló para poner en marcha la
camioneta y salir sin llamar la atención, por lo que cuándo salió, nadie
puede decirlo. Lo único que todos saben es que la adivina del campamento
de Rivin ha desaparecido, y muy pocas personas parecen molestas por el
hecho.
Sin embargo, con la camioneta fuera y un pie fresco de nieve en el suelo,
no hay ninguna posibilidad de que Pasha y yo regresemos al
estacionamiento. Me sorprende cuando me guía por el costado del
Winnebago de Patrin y quita una lona congelada y crujiente, revelando un
Ski-Doo debajo.
—¿Qué? —La boca de Pasha se desvía hacia un lado en una expresión
sorprendentemente infantil—. Es como andar en moto. Simplemente te
sientas en la parte de atrás y me abrazas.
Escaneo la nieve, sin rasgos distintivos, mis ojos no pueden distinguir
ni una sola subida o sumergirme en el paisaje con el telón de fondo de todo
ese blanco.
—Nos vas a tirar por un acantilado.
Me mira escandalizado.
—¿Por quién mierda me tomas? Hemos venido aquí cada invierno
durante toda mi vida. Conozco este valle como la palma de mi mano. Y
además, hay un rastro de fuego al otro lado de esa subida. Es cinco millas
más larga que la ruta por la que caminamos, pero será rápido en esta cosa.
Todavía estoy llena de dudas mientras Pasha enciende el Ski-Doo, pero
no hay nada que hacer al respecto. Cabalgo en la parte de atrás de esta
trampa mortal, o me siento afuera el resto del invierno aquí, esperando que
la nieve se disperse o que todo se derrita milagrosamente durante la noche.
Pasha parece una especie de estrella de rock cuando se sube al Ski-
Doo y extiende su mano para ayudarme a ponerse detrás de él. Su chaqueta
de cuero todavía está en el Mustang, pero santo infierno, no la necesita. Los
tatuajes que suben por sus antebrazos y asoman por debajo del cuello del
mismo suéter rasgado que llevaba ayer son suficientes por sí solos. Pero es
el brillo agudo, atrevido y divertido en sus pálidos ojos verdes lo que grita:
«Soy un chico malo, muy malo».
—¿Gallina? —pregunta.
—¿Niño? —replico. Pero soy quien le saca la lengua como una niña de
cinco años mientras trepo a la parte trasera del Ski-Doo, negándome a
propósito a aceptar la ayuda que me ofrece. Se ríe suavemente, el humo de
su aliento patina en el aire helado de la mañana.
—Tan malditamente terca —murmura para sí mismo. Golpeo
juguetonamente mi nudillo en la parte baja de su espalda, y él aúlla, girando
hasta que me mira por encima del hombro—. Podría hacer que te quedes
aquí con Patrin —me informa. Su sonrisa se desvanece y sus ojos se vuelven
distantes, como si se hubiera dado cuenta de algo—. Siendo honestos, éste
es probablemente el lugar más seguro para ti. Lazlo nunca se atrevería a
venir aquí. Patrin y los muchachos lo despellejarían vivo.
No. De ninguna manera. Envuelvo mis brazos alrededor de la cintura
de Pasha, sujetándolo firmemente.
—Estás loco. Enciende el motor antes de que me vuelva loca.
—Zara...
—Pasha, no. Estoy regresando a Spokane. Estaré allí para ayudar a
encontrar a Sarah. Y voy a descubrir quién es Lazlo, de una vez por todas.
Voy a descubrir cómo está conectado conmigo, y me aseguraré de que sea
castigado por lo que le hizo a Corey. Ni siquiera te molestes en tratar de
hablar conmigo otra vez. Estarás perdiendo el aliento.
Está frustrado, puedo decir. Los músculos de sus hombros están
tensos, más duros que el granito, pero mantiene sus objeciones y
sugerencias para sí. Con las fosas nasales ensanchadas, resopla por la
nariz, con los ojos llenos de preocupación mientras gira la llave de encendido
del Ski-Doo y el motor ruge, retumbando como un terremoto debajo de mí.
—¿Por qué pasan cada invierno aquí? —le digo las palabras al oído,
para que pueda oírme sobre el alboroto.
Sonríe, y que me jodan si no tengo que frenar la tentación de trepar y
montarlo a horcajadas para poder tomar su labio inferior en mi boca y
chuparlo.
—Somos almas muy torturadas —dice, riendo—. Nos gusta hacer las
cosas innecesariamente difíciles para nosotros mismos.
—¿De verdad? ¿No tienen una razón para pasar tan horribles semanas
de frio aquí, cuando podrían estar tomando el sol en una playa en el sur de
California?
Pasha pone en marcha el Ski-Doo y se desliza de nuevo en su asiento,
girándose para mirar hacia adelante de nuevo.
—Venimos aquí porque es difícil, y hacer cosas difíciles nos hace
fuertes. No se supone que todo en la vida sea fácil, Luciérnaga.
***
TRES MINUTOS en el Ski-Doo y confío en Pasha implícitamente. No es
imprudente como lo serían la mayoría de los hombres, queriendo lucirse
frente a la chica que les gusta. En su lugar, elige el camino más seguro, y
es increíblemente cuidadoso cuando navega por el terreno.
Todavía es temprano, y el sol aún no ha salido por completo sobre las
copas de los árboles. La mañana es del color de perlas pálidas y algodón de
azúcar, la más leve sugerencia de color, brillante en el este, desnuda contra
una amplia franja de cielo frío, invernal y desgastado. Enterrado bajo una
gruesa capa de nieve, el paisaje me recuerda a un pastel de bodas helado de
alta calidad.
¿Cuánto tiempo nos tomó caminar al campamento el otro día? No
recuerdo, no miré el reloj, marcando cada minuto laborioso y sin aliento que
pasó, así que solo puedo adivinar que tomó alrededor de tres horas. Nuestro
progreso en el Ski-Doo es mucho más impresionante.
Pasha localiza el rastro del incendio de inmediato, y estamos
acelerando en una suave pendiente, dirigiéndonos hacia el estacionamiento
en poco tiempo. El mundo transcurre en un borrón y estoy casi hipnotizada,
arrullada por el ritmo de los motores del Ski-Doo. El sordo golpe de la resaca
que me gané después de beber todo el whisky de la noche anterior se alivió
a medida que descendíamos por el valle y el aire fresco inundaba mis
pulmones. Se siente como si estuviéramos dentro de un globo de nieve, dos
pequeñas figuras rodeadas por un sueño de invierno perfecto, brillante y
prístino.
Cuando llegamos al estacionamiento cuarenta minutos más tarde, me
las arreglo para convencerme de que todo esto es sólo parte de un cuento
de hadas, y estoy fuera de mí, fuera de mi vida real. La vista de la carretera
que atraviesa el parque nacional me hace volver a la realidad con un ruido
sordo.
Pronto, Pasha está apagando el motor del Ski-Doo y lanzándome las
llaves del Mustang. Me congelo hasta los huesos mientras Pasha
desengancha una rampa de deslizamiento de la parte trasera de un camión
de plataforma y hace un trabajo rápido de enganchar el Ski-Doo en la parte
trasera del vehículo, atando el trineo con correas y asegurándolo
firmemente. Cuando salta de la parte trasera de la camioneta, Pasha recoge
un puñado de nieve, la comprime en una bola y me la arroja. Por suerte
para él, falla.
—Entra en el auto. Enciende el calentador. Te vas a poner azul —dice.
Lo espero por solidaridad. Francamente, no tengo que esperar mucho. Cinco
minutos y ya está. Rápidamente frota las manos arriba y abajo por la parte
superior de mis brazos mientras me empuja hacia el Mustang, y me permito
un momento de disfrutar del pequeño espectáculo de afecto. Es muy normal,
un chico que intenta asegurarse de que su chica se mantenga caliente.
En este breve y pequeño momento, realmente podríamos ser
cualquiera, una pareja enloquecida por estar encerrada por el clima,
desafiando al frío para estirar las piernas. Llego primero al auto e insisto en
abrir la puerta yo misma. Luego le lanzo las llaves a Pasha al otro lado del
vehículo.
Una hora más tarde, estamos a medio camino de regreso a Spokane
cuando Pasha se da cuenta de que el Mustang se está quedando sin
gasolina. No hemos desayunado, tampoco queríamos despertar a Shireen y
a los niños para molestarlos por un café, y mi estómago está gruñendo con
bastante ferocidad. Dándome palmaditas, asegurándome de que tengo mi
billetera encima cuando Pasha entra en la primera estación de servicio que
encontramos, también salgo del auto y me dirijo hacia adentro para recoger
suministros.
Dentro de la gasolinera, un informe de noticias se está reproduciendo
en unos altavoces. Detrás del mostrador, un hombre alto, de aspecto apático
y con la nariz torcida, me mira con recelo mientras camino por los pasillos
en busca de algo que parezca vagamente medio comestible.
—Los pacientes del hospital Saint Peter's of Mercy corrieron
atemorizados por los asaltantes armados, mientras la lucha contra el fuego
llevaba a las escaleras del edificio. Al menos un oficial de policía murió en el
lugar, mientras que otros resultaron heridos.
Al final me conformo con una bolsa de papas fritas, dos cafés, dos
croissants de un calentador junto a la máquina de café, y en el último
minuto, cuando me dirijo al mostrador, tomo un par de manzanas del bol
junto a los billetes de lotería.
—En una rara declaración pública de la DEA, el agente Lowell se dirigió
a la gente de Seattle esta tarde, y les pidió que se presentaran si tenían
alguna información que pudiera ayudar a detener a los dos hombres
armados. Estas personas no son sólo criminales. Son una amenaza para
nuestra forma de vida. Si ni siquiera podemos trabajar para asegurarnos de
que nuestros hospitales estén a salvo, entonces no pasará mucho tiempo
antes de que las calles de Washington se conviertan en una guerra total. En
este momento, creemos que la mujer que los dos hombres armados sacaron
del hospital es médico y que podría estar en peligro. Si alguien ve a Sloane
Romera, por favor llame...
—Desayuno de campeones, ¿verdad?
Levanto la vista de la pila de alimentos que acabo de colocar en el
mostrador para encontrar al tipo de nariz torcida mirándome lascivamente.
Asqueroso. Se ve sospechoso como la mierda.
Busco mi billetera en el bolsillo, mirando el quiosco de periódicos,
medio interesada en averiguar más sobre el hospital que mencionan en la
radio, y casi jadeo en voz alta cuando veo la portada del periódico sobre un
estante. A mi derecha. No solo un periódico, sino cuatro periódicos,
diferentes publicaciones, todos locales en el área de Spokane, y luego un
periódico nacional en el final, todos los cuales muestran la misma foto del
mismo niño. Un niño pequeño que conozco muy bien por cierto.
«El cuerpo mutilado de un niño de cinco años fue encontrado a
orillas del río Spokane.»
«Se encontró asesinado al segundo hijo del jefe de la mafia rusa. El
asesino del niño todavía está en libertad.»
«El cuerpo mutilado del pequeño niño fue encontrado e
identificado anoche. La policía llama al asesinato un acto de pura
maldad.»
Mis ojos pasan por alto las grandes letras mayúsculas de cada uno de
los periódicos, pero parece que realmente no puedo captar la información.
Lazlo admitió que lo había hecho. Confesó que había matado a Corey. Pero
esto... verlo en blanco y negro, plasmado en la página principal del periódico,
se ha vuelto dolorosamente real para mí.
Me he estado esforzando, pensando en Sarah, sólo haciendo lo
necesario para asegurarme de que regrese a salvo. Lo que no he hecho es
darme permiso para pensar realmente en lo que le sucedió a Corey Petrov.
Fue encontrado a orillas del río Spokane. ¿Eso significa que se ahogó? ¿Lazlo
mantuvo al niño pequeño bajo el agua, luchando, peleando por su vida hasta
que dejó de moverse? ¿O ya estaba Corey muerto antes de que incluso
entrara en el agua? El titular dice que su cuerpo fue mutilado...
Mis manos tiemblan cuando intento sacar un billete de veinte dólares
de mi bolso. Parece que no puedo mantenerlas el tiempo suficiente para
pagarle al cajero.
—Los padres de estos niños deberían ser más cuidadosos —dice el
hombre, señalando con la cabeza hacia los papeles—. Todo el mundo sigue
hablando sobre cómo no se tenían que asegurar las puertas en otros
tiempos. Los niños solían poder jugar en la calle hasta que oscurecía, y nada
malo nunca le pasaba a nadie. Pero los tiempos han cambiado, ¿no es así?
La gente no piensa dos veces antes de robar o romper algo. Parece que ahora
hay muchos más psicópatas, matando niños y violando mujeres, de los que
solía haber. Las personas deben saber que no deben perder de vista a sus
hijos ni por un segundo. Si me preguntas, les pasa por ser tan descuidados.
¿Sería el hombre tan descarado si supiera que el hombre al que
acusaba de descuidado era Yuri Petrov? Quién sabe. ¿Cambiaría su tono si
supiera que el niño había sido sacado de una casa cerrada? Corey no se
había quedado solo, abandonado por sus padres, como sospeché por
primera vez cuando recibí su llamada al 911. Lo habían dejado en casa al
cuidado de su hermano. No era como si hubiera estado vagando por las
calles solo después del anochecer.
Mi cabeza comienza a girar, y de repente me doy cuenta de que no he
respirado en los últimos treinta segundos. Tomo el billete de veinte dólares
de mi bolso, empujando el dinero al cajero, y recojo la comida y los cafés,
apresurándome hacia la puerta.
—Oye, ¿no quieres tu cambio? —El cajero me llama. No le contesto. Ni
siquiera miro hacia atrás.
Al otro lado de la entrada, Pasha ve la expresión de mi cara y se acerca,
encontrándome a medio camino entre la tienda y el Mustang, su expresión
se oscurece por un segundo.
—¿Qué es? ¿Qué pasa?
Niego, dándole un café.
—Nada. Dios, nada. Está bien —digo, negando—. Es sólo que...
tenemos que encontrar a Sarah.
Pasha no presiona. Me da un minuto para calmarme, sentada en
silencio en el auto mientras conduce, mientras me quedo mirando mis
manos, tratando de no pensar en el hecho de que, en este momento, el
cuerpo de Corey está apoyado en una placa de metal frío. Un depósito de
cadáveres en algún lugar del lado sur de la ciudad. Finalmente, le explico
los titulares de los periódicos a Pasha, y él maldice entre dientes, su rostro
es una máscara de furia.
No me lleva a casa. En lugar de eso, bordea la ciudad y toma una serie
de caminos de retorno hacia las montañas que dominan la extensa
extensión de las calles. Atravesamos bosques, árboles altos y nevados a
ambos lados de la carretera, hasta que el asfalto termina abruptamente en
una esquina cerrada frente a un edificio blanco de un solo piso de aspecto
modesto con un garaje para dos autos en lado derecho.
No hay nada particularmente notable en el edificio. Es la vista más allá,
lo que es asombroso. Situada en el borde de un acantilado, la casa da a toda
la ciudad. Trescientos pies por debajo de nosotros y a unos diez kilómetros
de distancia, doscientas mil personas viven sus vidas cotidianas,
completamente ajenas al hecho de que se las observa desde este punto de
vista elevado y aislado. Todo se siente tan inalcanzable desde aquí.
Intocable. En serio, es magnífico.
Cuando se da cuenta de la mirada en mi cara, Pasha trata de ocultar
el hecho de que está contento. Falla épicamente.
—Es aún mejor por dentro —me dice—. La vista desde el balcón es una
locura.
Honestamente, me sorprende un poco cuando Pasha desliza una llave
en la cerradura de la puerta principal y la abre sin ceremonias. No hay un
teclado de seguridad, ningún panel secreto en la pared que salta y escanea
su mano. Simplemente asumí que Pasha sería súper consciente de la
seguridad, y me sorprende el hecho de que esté confiando en un simple
candado Yale que incluso yo podría elegir para mantener su propiedad
segura.
Por otra parte, se trata de Pasha. El tipo es jodidamente grande y sabe
pelear. No me he olvidado de las peleas en la jaula. Los moretones en su
caja torácica que eran tan claros, vívidos y púrpuras cuando se quitó la
camisa por primera vez en mi apartamento se han desvanecido un poco,
pero aún son muy visibles. Pasha probablemente no se ha vuelto loco con
la seguridad del hogar porque no le teme a una pelea. Probablemente le
agradaría la posibilidad de que alguien entrara en su propiedad solo para
poder enseñarles una lección. Casi me río entre dientes mientras me lo
imagino. ¡Pobre de cualquier hombre lo suficientemente estúpido como para
intentar robar a Pasha Rivin!
Suspiro de alivio cuando entramos y una ráfaga de aire cálido me
golpea en la cara. Los dedos de Pasha rozan la parte de atrás de mi cuello
mientras me libera de su abrigo, y me estremezco por su toque. He estado
esperando que mi cuerpo se acostumbre a esto. He asumido que cuanto más
tiempo pase con Pasha, menos reaccionaré. Sin embargo, parece que no
pasará. Cada minuto que paso con él parece llevarme más profundo por un
agujero de conejo. Cada vez que su piel hace contacto, cada vez que sus
labios se encuentran con mis labios, cada vez que nuestros ojos se
encuentran, por el amor de Dios, me encuentro cada vez más paralizada por
él.
Mi cara se enrojece cuando me toma de la mano y me lleva por una
entrada abierta a un espacio vasto, cavernoso y abierto. No hay una
transición real de un área a otra. En un minuto estamos en la entrada, al
siguiente estamos parados en un enorme espacio loft de planta abierta, y
estoy cara a cara con una galería de ventanales de piso a techo.
Estaba tan equivocada afuera. Dije que el lugar no tenía nada de
especial, pero eso no podía estar más lejos de la verdad. Desde allí, la casa
de Pasha se veía como si fuera un apartamento pequeño de una habitación,
pero la arquitectura del lugar es engañosa. Los lados del edificio están
ocultos por los árboles, pero deben desplegarse tanto a la izquierda como a
la derecha en un ángulo de veinticinco grados, dando al espacio del desván
una forma encajada.
Tal como Pasha me había dicho que sería, la vista es espectacular, pero
estoy mucho más interesada en lo que se puede ver dentro del loft que fuera
de él. No hace mucho tiempo me había avergonzado mi pequeño y modesto
apartamento. Se había sentido demasiado abarrotado y demasiado lleno. Y
ahora, al ver las líneas duras y simples del espacio de Pasha y escuchar la
forma en que mis pasos realmente hacen eco dentro del lugar, de repente
descubro que me siento avergonzada nuevamente.
No hay verdaderas trampas modernas aquí. Claro, en la cocina hay un
microondas, una tostadora y un hervidor. Sí, hay un televisor modesto, una
pequeña pantalla plana en la pared. Pero no hay cargadores de teléfono que
sobresalgan de las paredes, no hay dispositivos amontonados, luchando por
el espacio de salida.
En el lado más alejado del desván, la cama de Pasha está
cuidadosamente hecha, una enorme King California con sábanas de color
gris pálido. Más allá, la ropa de Pasha cuelga cuidadosamente de un
perchero rodante. Un par de zapatos para correr sobresalen de debajo del
extremo de su cama.
El sofá de cuero en el centro de la habitación es pequeño, apenas lo
suficientemente grande para dos personas, y me da la impresión de que a
Pasha le gusta de esa manera, como si al limitar el espacio para sentarse en
su casa, puede evitar la posibilidad de que pueda haber más de dos personas
aquí al mismo tiempo.
En el lado este del edificio, sobresale de la pared una chimenea de un
metro de ancho, y una mancha de hollín negro tiñe el concreto y se levanta
sobre la pared. En frente de la chimenea, una única silla está colocada,
inclinada hacia las llamas inexistentes, con una pila de libros en el suelo a
sus pies.
La escena se pinta para mí sin que yo tenga que intentarlo e
imaginármelo: Pasha, sentado solo en la noche frente a un fuego crepitante
con un libro en la mano, la luz en su rostro mientras desciende a cualquier
reino o mundo que cobra vida para él en las páginas entre sus manos.
Lentamente, me doy vuelta, tomando cada pequeño aspecto del lugar,
cada pequeño detalle, cada pequeño elemento. El lugar huele claramente y
específicamente a Pasha. Quiero respirar el lugar, como si pudiera
absorberlo a través de mis pulmones y así poder tenerlo conmigo para
siempre.
A mi lado, Pasha se frota tímidamente en la nuca.
—Probablemente debería comprar una alfombra o algo así.
Intento no reírme.
—Estoy segura de que volvería un poco acogedor el lugar. Aunque, me
gusta. Es limpio. Minimalista.
—He sido perfectamente feliz aquí hasta ahora —admite—. De repente,
empiezo a desear haber hecho un mayor esfuerzo para convertir este lugar
en un hogar.
—¿De qué estás hablando? Esto es hogareño —digo, gesticulando hacia
el espacio casi vacío. Nuestras palabras resuenan, rebotando contra las
paredes, refutando mi afirmación incluso mientras lo hago. Pasha de un
lado a otro en el desván, deslizando las manos en sus bolsillos. Siempre tan
engreído y arrogante, en realidad es entretenido verlo tímido por una vez—.
Archie tiene más cosas en su vardo que tú aquí —le digo—. Pero es un
cambio bienvenido. No voy a hablar del mobiliario cuando esté aquí, eso es
seguro.
—Supongo que eso servirá como un lado positivo —dice Pasha
secamente—. Espera aquí. Agarraré algo de ropa y te llevaré de regreso a tu
casa. Mejor volvamos antes. No queremos perder ninguna llamada
telefónica.
Por qué Lazlo decidió elegir el teléfono público fuera de Bakersfield
como nuestro punto de contacto, no tengo idea. Habría sido mucho más
fácil si hubiera llamado a mi teléfono celular en su lugar. Claro, mi número
no está en la lista, pero el hombre es un maldito criminal. Estoy segura de
que podría haberlo descubierto si hubiera querido. Al decidir llamar al
teléfono público, Lazlo estaba tomando un gran riesgo. Hay muchas
posibilidades de que no lo hubiera escuchado. Una posibilidad aún mayor
de no haberlo respondido. La única razón por la que respondí fue porque el
tono de timbre estridente e incesante me estaba llevando al punto de la
locura.
Quizás Lazlo había contado con eso, y sabía que yo bajaría las escaleras
con mis zapatillas y eventualmente arrancaría el auricular de su base. La
idea de que él pudo haber discernido esto acerca de mí, de que pudiera saber
algo sobre mí, me hace sentir muy incómoda.
—Voy a robar algo de tu electricidad —le digo a Pasha, sacando mi
teléfono celular de mi bolsillo trasero. Sin energía y sin recepción en Riven
Glen, mi teléfono ha estado muerto durante las últimas dieciséis horas por
lo menos. Busco en mi bolsa hasta que localizo un cable de carga y luego lo
conecto en la cocina. La batería tardará un rato en cargarse lo suficiente
para volver a encender, así que me dirijo a las enormes ventanas y miro
hacia la ciudad.
No nací aquí. No he vivido aquí mucho tiempo. Honestamente, la ciudad
ni siquiera se siente como mi hogar, a pesar de que adoro mi vida aquí.
Cuando miro a Spokane, me doy cuenta de que hay una desconexión en
alguna parte. Una parte de mí que puede apreciar este punto de vista y
admirarlo desde lejos, pero tiene poco interés en dirigirme o sumergirme en
él. Hay una parte de esto que simplemente no entiendo y nunca lo haré.
Como una obra de arte contemporáneo colgada en la pared de una galería,
observo la ciudad, el fresco sol de media mañana que asoma por las
ventanas de las torres de gran altura en la distancia río abajo, y puedo
apreciar sus pinceladas maestras. Pero no lo colgaría de las ventanas de mi
propia casa en la colina.
Intento imaginar qué vista colgaría frente a estas ventanas, si pudiera
elegirla, pero... lo único que puedo ver cuando lo intento es un reflejo de
Pasha, parado detrás de mí en el espejo.
—¿Extrañas Nueva York? —me pregunta en voz baja, barriendo mi
cabello sobre mi hombro, exponiendo mi piel desnuda. ¿Cómo había dicho
que los Roma llamaban a los vampiros cuando estaba bromeando con
Shireen el otro día? Un Strigoi. Sí. Así es como se ve, tan pálido, su cabello
tan oscuro, sus ojos llenos de un intenso fuego mientras se agacha y me
besa suavemente en el hueco de mi cuello.
Tendría mucho sentido si realmente fuera un vampiro. Al menos
explicaría cómo puede leer mi estado de ánimo tan fácilmente y adivinar mis
pensamientos con tanta precisión. No hay forma de que supiera lo que
estaba pensando en este momento y, sin embargo, todavía me preguntó
sobre Nueva York.
—No. No lo extraño —le digo—. Yo... yo... —Mis párpados se cierran,
mis ojos giran hacia atrás en mi cabeza mientras me besa de nuevo. El calor
de su boca sobre mi piel es tan jodidamente vertiginoso que apenas puedo
pensar alrededor de la sensación. Me derrito en él, mi cuerpo se afloja y se
suaviza cuando Pasha me agarra por la cadera, desliza su otra mano
alrededor de mí y la sube por mi estómago. Es entonces cuando siento la
dura longitud de su erección presionando en la parte baja de mi espalda.
—Oh, mierda, Zara. Sabía que iba a querer esto.
—¿Qué? ¿Qué deseas?
—Te quiero desnuda y presionada contra estas ventanas —gruñe en mi
oído—. Quiero ver el contorno de tus tetas cada vez que me pare aquí por la
mañana y vea salir el sol. Quiero tus huellas marcadas en sudor en cada
maldito panel de vidrio. Quítat…
¡BOOM!
Reacciono en cámara lenta.
Pasha no lo hace.
Sus brazos me rodean, sujetándome fuerte, y me está levantando...
…dándose vuelta…
...apartándome de las ventanas antes de que incluso haya registrado
que se están rompiendo.
Mis pies están fuera del suelo.
El corazón de Pasha está tronando en su pecho, puedo sentirlo a través
de la gruesa lana de mi suéter tejido.
Un sonido chocante rebota en el interior del desván y luego llueven
cristales.
Imitando la nieve que cayó sobre nosotros la noche anterior, miles de
diminutos fragmentos de vidrio explotaron en el desván, cayendo sobre mi
cabello, enredados en mi suéter, tocando mi piel y luego golpeando el
concreto pulido antes de dispersarse en todas direcciones.
El momento dura un latido.
El pecho de Pasha se hincha contra mi espalda mientras toma una
respiración profunda. No ha movido un músculo, su torso aún está torcido,
su espalda girada hacia la ciudad para poder protegerme de los proyectiles
de vidrio.
—Mierda —jadea él—. ¿Estás bien?
No siento ningún dolor. No puedo sentir el dolor caliente y sordo de la
sangre que mana de mi cuerpo.
—Yo... sí, creo que sí.
Con cuidado, Pasha me deja en el suelo. Los pedazos de vidrio de
seguridad crujen y se rompen bajo las suelas de mis zapatos cuando me
apoyo contra el respaldo del sillón junto al fuego. La cara de Pasha está
blanca como una sábana. Se da la vuelta, observando la destrucción que
tiene ante él, su irregular ceño fruncido está tan profundo en su frente que
parece que está cortado hasta el hueso.
En todas partes: vidrio.
De lado a lado, dos de los enormes paneles de vidrio de tres metros de
altura, allí hace un segundo, ahora están desaparecidos, rotos en un millón
de pedazos en el piso, y un viento del norte áspero y premonitorio se abre
paso. Dentro del loft, tirando de la camisa de Pasha. Clava los dedos en su
cabello, mirando hacia abajo a los vidrios rotos, y luego, de la misma manera
que el vidrio, él explota.
—¡JODER! —Su rugido brutal hace eco alrededor del desván,
escapando de las grandes fauces donde solían estar las ventanas, y estalla
en el valle, repitiéndose una y otra vez antes de que la montaña a nuestra
izquierda capte su grito furioso y lo apague.
—¿Qué dia... diablos... pasó? —No puedo meter suficiente oxígeno en
mis pulmones para sacar la frase de una vez. Me doy cuenta de que estoy
temblando; mis piernas se sienten tan jodidamente débiles, me preocupa
que realmente puedan colapsar debajo de mí. Me inclino alrededor del sillón,
sentándome en él mientras trato de darle sentido a la escena frente a mí.
—Algo golpeó el cristal —dice Pasha. Su voz es plana ahora. Tranquila.
Si no fuera por la rabia en su rostro, diría que está en shock. Definitivamente
estoy en shock. Oh, Cristo, creo que voy a...
Me pongo de pie de nuevo, con las manos en las caderas, arrastrando
un suspiro a los pulmones, llenándolos hasta que sienten que están a punto
de estallar. Mientras tanto, estoy presionando la inquietante sensación de
que podría estar a punto de desmayarme. No me voy a desmayar. No me voy
a desmayar. No te atrevas a desmayarte, estúpida perra. Esto no es mil
ochocientos noventa y tres. Las mujeres no se desmayan sólo porque tienen
un shock.
—Lo vi venir. Blanco. De la nada. Apenas tuve tiempo de agarrarte —
murmura Pasha. Atraviesa el cristal roto, pateando a través de él con la
punta de su bota. Un segundo después, encuentra lo que está buscando. Lo
veo al mismo tiempo, mis ojos se fijan en el pequeño charco de rojo que se
está extendiendo lentamente debajo de la aguamarina del cristal de
seguridad.
No es una roca, o un ladrillo. No es un proyectil hecho por el hombre
de ningún tipo.
Es un pájaro.
Pasha limpia el desorden, recogiendo a la criatura en sus manos.
Muestra sus dientes, como si tuviera miedo de lastimarlo, pero el pobre está
muerto, por supuesto. El ritmo de mi corazón se vuelve a ralentizar, se
normaliza con cada respiración profunda que tomo. Me siento
considerablemente más estable cuando avanzo para ver mejor, pero luego
una de las alas de un pájaro sale disparada, blanca como la nieve y
manchada de sangre, y casi aterrizo sobre mi trasero, salto hacia atrás tan
rápido.
—Ah, Jesús —se queja Pasha—. ¿Golpeó la ventana lo suficientemente
fuerte como para romper dos jodidos paneles, pero no lo suficiente como
para matarlo?
Me aferro a mi pecho, el horror me atraviesa mientras el ave se
estremece, sus dos alas ahora se mueven mientras se agita en las manos de
Pasha, tratando de alejarse de él. Contra mi propio buen juicio, miro más
de cerca, y mi corazón se astilla justo en el medio cuando el pájaro me mira.
Su ojo se asemeja a una cuenta de vidrio, un hermoso color dorado con una
pupila de obsidiana negra, a diferencia de la mayoría de los ojos de las aves.
Un nivel sorprendente de inteligencia me devuelve la mirada, y todo lo que
veo es el pánico del ave. Todo lo que veo es su dolor.
—Oh, Dios mío, no puedo. —Me doy la vuelta, cubriéndome la boca con
la mano.
—Quédate allí. No salgas. —Pasha se va, el vidrio cruje cuando sale al
balcón.
Cuando regresa, sus manos están vacías, y el pájaro se ha ido.
—¿Acabas de...? —Dios, ni siquiera puedo decirlo.
Asiente.
—Su cuello estaba roto. Estaba muriendo de todos modos.
Esa información no me hace sentir mejor. Realmente no.
—¿Qué clase de ave era ésa? Ese panel tiene media pulgada de grosor,
Pasha. Esas ventanas nunca deberían haberse roto de esa manera.
La boca de Pasha se baja cuando se frota la frente; cierra sus ojos por
un segundo, respirando por la nariz. Cuando vuelve a abrir los ojos, su
expresión es aún más sombría.
—No era sólo un pájaro, Luciérnaga. Era un búho.
Fuera de la caja, el mundo es un vívido desorden de color.
Hay hojas en el suelo. El niño no puede recordar si estaban allí o no
cuando entró en la caja. El hombre toma la mano del niño. Caminan
rápidamente por el parque, su aliento hace nubes de niebla que se arrastran
detrás de ellos en el frío, y el hombre mira. Él siempre está mirando. Al niño
le tomó un poco de tiempo darse cuenta de lo que el hombre estaba buscando,
pero luego el hombre encontró a otro niño como él y también lo trajo de vuelta
a la caja, y el niño lo descubrió.
El otro niño no había dejado de llorar durante días. El otro niño se
llamaba Peter y su papá era bombero. Al hombre no le había gustado que el
niño hablara con Peter. El hombre había venido y se había llevado a Peter
después de solo tres visitas, y Peter no había regresado.
El niño sabe que no debe preguntar qué le pasó a Peter. En su lugar, le
gusta pensar que el padre de Peter trajo su camión de bomberos y lo rescató.
Si el propio padre del niño tuviera un camión de bomberos, indudablemente
él habría hecho lo mismo.
—No hagas ningún sonido —advierte el hombre cuando se acercan al
parque—. Si eres bueno, te compraré un poco de algodón de azúcar.
El corazón del niño sube a su garganta. Es muy difícil saber cómo ser
bueno y hacer feliz al hombre, pero el niño quiere hacerlo feliz. Quiere ese
algodón de azúcar más que cualquier otra cosa en el mundo. Regalos como
ese solían ser comunes en su vida anterior, pero ahora son pocos y no se los
puede perder.
El hombre toma al niño y se sienta en un banco, mirando a los otros
niños jugar. Luego, el hombre sienta al niño en un columpio y lo empuja, y por
unos momentos, el vertiginoso potencial de volar sin peso es un éxtasis que
agarra al niño y lo sacude físicamente.
Pronto, el hombre ha tomado una decisión.
Saca al niño del columpio y se dirige de nuevo al banco.
—Ahí. Él. —Señala el que ha seleccionado. El niño sabe lo que debe
hacerse. Envuelto en su grueso abrigo de invierno, el niño cruza el parque y
se acerca al niño jugando solo en la tierra.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta el niño.
—Cavando. —Es la respuesta.
—¿Puedo jugar?
El otro niño asiente. Su nombre es Samuel, y su papá es médico. El chico
se pregunta vagamente cómo el padre de Samuel lo salvará, si no tiene un
camión de bomberos.
En el camino de regreso al auto, el hombre lleva a Samuel en sus brazos.
Él no llora. No parece importarle la aventura.
El hombre deja que el niño se siente adelante para comer su algodón de
azúcar en el camino a casa.
Pasha
La mala suerte es una cosa complicada. Es fácil de conseguir y difícil
de eliminar. Como regla, generalmente hago mi mejor esfuerzo para no creer
en ello. Cultivé una mentalidad científica cuando fui a un internado cuando
era un adolescente y me aseguré de dejar de dar peso a las numerosas
supersticiones que solían ir de la mano de los romaníes. Llené mi cabeza
con tantos datos científicos como pude, y comencé a lavarme las manos en
el mismo maldito fregadero que las mujeres, no soltaba un sudor frío cada
vez que escuchaba el aullido de un perro, y antes de que me diera cuenta
ya ni siquiera pensaba en tales cosas.
Pero los jodidos búhos...
Los búhos son más que mala suerte. Son un presagio de muerte, y uno
acaba de volar a través de las ventanas de mi desván y trajo una lluvia de
cristales rotos y afilados que llovieron sobre la mujer que amo.
Prikoza.
Nunca pensé que me estaría diciendo esto a mí mismo, pero esta es
una seriamente jodida prikoza.
Zara no habla mucho en el camino a su casa. Está atrapada en un
bucle dentro de su cabeza. El mismo bucle en el que estoy girando. Las
palabras que le susurré al oído; el calor entre nuestros cuerpos; el momento
en que ambos nos dimos cuenta del hecho de que íbamos a follar como
animales frente a la ventana; yo, notando que el borrón del blanco corriendo
hacia nosotros; yo, agarrando a Zara y protegiéndola con mi cuerpo; un
sonido increíblemente ensordecedor cuando el cristal se astilló y cayó; yo,
sacando al pájaro roto afuera y golpeando la cabeza de la pequeña criatura
con un jodido cenicero.
He tenido que sacar a los animales de su miseria antes, y no se vuelve
más fácil. Puedo golpear mis puños en la cara de otro hombre todo el día y
toda la puta noche hasta que mis nudillos se abran o su cráneo lo haga, y
no sentiré ni una puta onza de culpa. No es un bocado pequeño. ¿Pero un
animal indefenso? ¿Un animal herido? Si hubiera estado solo en el desván
cuando eso sucedió, no me avergüenzo de admitir que habría estado
llorando como una pequeña perra cuando recogí suavemente el frágil cuerpo
de ese pájaro y lo solté, dejándolo navegar por el costado del balcón y en el
dosel de árboles abajo.
Debería haberlo sacado y enterrado apropiadamente. Ojalá lo hubiera
hecho, pero no teníamos tiempo. Teníamos que salir de allí. Porque ningún
pájaro pudo haber volado accidentalmente por esas ventanas y realmente
haberlas roto. Eso era un jodido vidrio templado, del tipo realmente
jodidamente difícil de romper, y ese pájaro no había pesado más de tres
jodidas libras. Como la mayoría de las aves, sus huesos eran huecos, su
masa estaba compuesta principalmente de plumas, así que esto plantea la
pregunta: ¿cómo diablos se rompió el vidrio?
Sigo sacando la misma conclusión una y otra vez. El pájaro no lo
rompió. Algo o alguien más lo hizo, y la lechuza era solo un mensaje. Un
mensaje muy claro y muy directo que mi herencia me obligó a entender.
Estás jodiendo con gente peligrosa, Pasha Rivin. Estás involucrado en
algo mucho más grande de lo que sabes. Has mordido mucho más de lo que
puedes masticar, mi amigo... y ahora alguien está a punto de morir.
Sentada a mi lado en el Mustang, Zara hojea las llaves de su llavero,
moviendo cada una de ellas alrededor del lazo de latón, una a la vez. Se
perdió dentro de su propia cabeza, pero al menos no tuvo que sentir la
sangre de cobre pegajosa del ave en sus manos mientras acariciaba sus
plumas de manera suave una última vez antes de que muriera. Ella no tuvo
que sentir el golpe en el cráneo del ave cuando se derrumbó. Me alegro de
haberle ocultado eso, al menos.
Ambos salimos de nuestro ensueño compartido en el momento en que
nos detuvimos frente al edificio de su apartamento. Dejo el Mustang
directamente al lado del teléfono público, con las ruedas apoyadas contra el
bordillo, a pesar de que no es una zona de estacionamiento, y ambos
subimos los tres tramos de escaleras hasta el apartamento de Zara en
silencio.
Ella nos deja entrar, y lo primero que noto son los zapatos de cuero
italianos talla ocho, pulidos a un alto brillo, asentados cuidadosamente al
lado del puesto de correo en el pasillo. Zapatos de hombre. No estaban allí
cuando nos fuimos para el claro Rivin. Cuando se trata de este lugar, el
lugar donde Zara y yo dormimos juntos por primera vez, mi memoria es
jodidamente eidética.
Zara ve los zapatos y se queda completamente quieta, sus ojos son
salvajes cuando sacude la cabeza en respuesta a mi pregunta no formulada:
no, no tiene idea de a quién pertenecen los zapatos. Mierda. ¿Es mucho
pedir? ¿Que una cosa vaya jodidamente bien por una vez? No tengo un arma
conmigo. Debería haber tomado la Especialista que guardo en la caja de
seguridad de mi armario antes de abandonar mi lugar, pero tenía otras
cosas en mente. Pero no importa. Voy a terminar jodidamente con quien sea
que esté aquí con mis propias manos si tengo que hacerlo.
—¿Señora Llewelyn? Oí la puerta cerrarse. Por favor. No se alarme.
La voz viene de la sala de estar. Una voz masculina cortada por vocales
de Europa del Este.
No me había dado cuenta hasta ahora: la mano de Zara está
descansando en el pomo de un bate de béisbol. Debe haber estado apoyado
contra la pared detrás de la puerta o algo así. Hay una determinación feroz
en su rostro que incluso la dispersión de pecas en el puente de su nariz no
puede disminuir. Joder, esta chica va a ser mi final. Está planeando cargar
en la sala de estar con el bate sobre su puta cabeza, y no voy a poder
detenerla, porque la mujer está a punto de darme un maldito ataque al
corazón.
Le arrebato el bate de las manos, enviándole una mirada de reproche.
La mirada que envía es un dedo medio en forma de ceño fruncido. Puede
estar enojada conmigo todo lo que quiera. Me ocuparé de su ira más tarde
si tengo que hacerlo. En este momento, todo lo que me importa es
mantenerla a salvo, y si eso significa que tengo que molestarla
desarmándola para poder manejar la situación, entonces, maldita sea.
Hombros hacia atrás y bate en mano, entro en la sala de estar, primero
observando al tipo vestido con un traje sentado en el sofá antes de escanear
rápidamente las esquinas de la habitación, buscando un segundo y un
tercer intruso. Aunque no hay otros tipos. Solo el hombre solitario sentado
en el sofá. Vuelvo mi atención sobre él, notando los detalles más finos de él
ahora: ligeramente calvo; mediados de los cuarenta, cara estrecha, ojos
azules débiles, acuosos, que aún parecen exigir respeto. Su traje a rayas y
sus nudosas manos apiladas una encima de la otra en su regazo le dan el
aire de un gánster de los años veinte. Un prohibicionista. Cortaría una figura
mucho más amenazante si no estuviera sentado aquí con un par de
calcetines Argyle negros y grises.
Hay dos preguntas que cualquier persona inteligente haría en esta
situación. En primer lugar, ¿quién diablos eres, imbécil? En segundo lugar,
¿qué carajos quieres? Estas preguntas son importantes, sin embargo. Este
hijo de puta, quienquiera que sea, irrumpió en el apartamento de Zara. Ella
no parece complacida de verlo. Solo tengo una cosa que decirle a este tipo,
y no me costará más de tres sílabas. Levanto el bate sobre mi cabeza y suelto
un gruñido bajo desde la parte de atrás de mi garganta.
—Corre, hijo de puta.
—¡Pasha, espera!
La mano de Zara va a mi hombro. Mi instinto es seguir adelante con el
movimiento, golpear el bate para que la madera de arce se conecte con la
sien del bastardo, resolviendo este problema de una manera rápida y muy
permanente. Pero la presión de los dedos de Zara aumenta, cavando en la
parte superior de mi hombro, y vacilo.
A lo largo de todo esto, el tipo en el sofá ni siquiera se ha echado atrás.
Me mira con sus acuosos ojos azules, como si solo tuviera curiosidad por lo
que ocurrirá a continuación. Resoplando, bajo el bate y lo sostengo el
extremo en su cara.
—Explique. Rápido.
Los labios del hombre se separan. Despliega sus manos y pasa sus
palmas a lo largo de sus muslos, como si barriera una pelusa imaginaria.
Se mueve y le presta atención a Zara.
—Soy un hombre desconfiado, señorita Llewelyn. Creo que sabe eso de
mí.
Los ojos de Zara son casi negros, sus pupilas tan hinchadas y anchas
cuando se encuentra con la inescrutable mirada del extraño.
—Sí, señor Petrov. Creo que lo he notado después de nuestra última
reunión.
Petrov.
Una vez familiar. Inmediatamente preocupante. Este es el padre del
niño muerto. También es uno de los hombres más influyentes y poderosos
de Spokane, y por todas las razones equivocadas. Cuando era niño, no había
rusos en Spokane. Llegaron un año mientras estaba fuera en el internado,
y cuando regresé aquí para las vacaciones de Navidad, todos hablaban sobre
ellos. Se habían apoderado de la ciudad y no les gustaba que los Rivin
estuvieran aquí. Una serie de peleas siguieron, donde los Petrov intentaron
coaccionar al clan, alentándonos a seguir adelante, y varios de los hombres
del clan habían salido a visitarlos con cuchillos metidos en la manga.
Cuando regresaron, había dos hombres derribados, los filos de sus cuchillos
de un rojo brillante y se había llegado a un acuerdo: no interferiríamos con
los rusos, y ellos no interferirían con nosotros. Sencillo.
He tenido numerosos roces con los rusos en los mercados de flores. Hay
mucho dinero en las peleas, y, como todos los demás, los Petrov tienen su
participación en la sangre y el sudor que golpea el lienzo. Sin embargo,
nunca he conocido al jefe de la organización Petrov. Descender al reino
infernal debajo del mercado de las flores está literal y figurativamente debajo
de la posición de un hombre de la posición de Yuri Petrov.
El hombre tiene el aspecto de un pez frío y muerto que ha sido
descartado en un muelle. He llegado a la firme decisión de que no me gusta,
y definitivamente no me gusta la forma en que mira a Zara.
—Me disculpo por violar su privacidad, tanto ahora como la última vez
que uno de mis hombres vino aquí, a su apartamento —dice—. Estaba muy
interesada en el destino de mi hijo. Fue usted quien tomó su llamada. El
detective dijo que estabas haciendo muchas preguntas. Parecía que podrías
estar involucrada en la desaparición de Corey. Simplemente estaba...
asegurándome de que sus motivos fueran... honestos.
—Lamento que mi preocupación general por un niño desaparecido de
cinco años le pareciera nefasta, señor Petrov. Simplemente estaba haciendo
mi trabajo —dice Zara con frialdad. Está nerviosa, puedo sentirlo irradiar
de ella, pero está erguida. Desafiante. Si solo supiera cuántos criminales el
hombre que estaba sentado en su sillón ha despellejado vivo y despachado
de este mundo gritando como bebés, es posible que no tuviera una mirada
tan desafiante en sus ojos.
Pero entonces...
La segunda vez que repaso el escenario en mi cabeza, volviéndolo a
reproducir, con Zara completamente consciente de cada crimen oscuro y
siniestro que mancha el alma de Yuri Petrov, sé que su espalda aún estaría
erguida. Todavía estaría lista para defenderse y ni por un segundo se dejaría
intimidar por el hombre.
Estoy seguro de que, para la mayoría de los hombres, darse cuenta de
que están enamorados de alguien viene durante los momentos nebulosos y
adormecidos después del sexo, con la chica de sus sueños acurrucada
contra su cuerpo, su piel resbaladiza por el sudor y endorfinas.
Para mí, se trata de una sala de estar llena de libros y con poca luz, ya
que una mujer con cabello del color de fuego y brasas enfrenta a un asesino
en masa y no parpadea.
Ella es la imagen de la compostura cuando se dirige al hombre.
—Lo siento mucho. Sobre Corey. Vi los periódicos esta mañana.
Esperaba...
Yuri Petrov gira rápidamente la cabeza para mirar por la ventana. Él
traga.
—Sí. Bien. Me temo que te mentí la última vez que nos vimos. El video
de Corey que te mostré era real, pero la amenaza estaba lejos de terminar.
Quería ver lo que harías. Quería ver cómo reaccionarías. Si tuviste algo que
ver con su secuestro, entonces me había convencido de que lo vería en tu
cara. Cuando saliste del estacionamiento, supe que eras inocente. Aunque
ya era demasiado tarde. Mi colega ya había estado aquí y te había dejado mi
regalo.
—No debería haber hecho eso —concuerda Zara—. Usted invadió mi
privacidad. Me hizo sentir insegura en mi propia casa. Al igual que está
haciendo ahora mismo.
Lentamente, Petrov se aleja de la ventana, como si hubiera visto
suficientes techos al otro lado de la calle. Su atención se dirige a mí, no a
Zara. Sin embargo, sus palabras están claramente destinadas a ella.
—Lamento haberte robado la ilusión de que estabas a salvo aquí. Pero
vine desarmado, y tienes a tu protector aquí para defenderte. Te prometo
que no lo necesitarás. —Sus ojos se estrechan cuando me mira, su
evaluación de mí es pedregosa y ligeramente desinteresada—. Te conozco —
dice—. Tú eres el chico Roma. Le rompiste la nariz a mi entrenador hace
unas semanas.
Vuelve a mí: la pelea con el bastardo lento y perezoso la noche en que
Patrin vino a buscarme por primera vez. El entrenador que había tratado de
decirme que perdiera mi lucha. Él me había puesto las manos encima, lo
cual no había apreciado, y le había dejado saberlo. Sus palabras suenan
claras en mi cabeza ahora.
—¿No tienes ningún maldito sentido, maldito imbécil? ¿Tienes idea de
qué carajos acabas de hacer? —Las palabras del entrenador habían sido una
advertencia; el trozo de carne que golpeé era uno de los hombres de
Petrov. Debí haberlo adivinado.
—Tu entrenador fue estúpido. Un hombre no debe poner un pie dentro
de una jaula a menos que sepa cómo luchar para salir —informo.
Yuri adopta una sonrisa atrofiada. Luce incómodo; probablemente no
haya ejecutado la maniobra en bastante tiempo.
—Le dije lo mismo. Él no estaba feliz. Quería que se hiciera algo
respecto a ti.
—¿Y?
La sonrisa de Yuri se profundiza, suavizando un poco su rostro. Parece
que ahora se está acostumbrando a sentirla.
—Le dije que soy un hombre de negocios. Si eliminara a todos los
hombres dispuestos a meterse en una jaula con uno de mis luchadores, se
quedarían rápidamente sin oponentes, ¿no?
—Muy práctico de tu parte.
—Usted se negó a perder la pelea. Tienes honor. Es un rasgo de
personalidad tonto para poseer. La mayoría de los hombres lo han perdido
bastante rápido en mi experiencia. —Él me mira de reojo y luego agrega—:
Pero lo admiro. Significa que puedes confiar en un hombre con su palabra,
pase lo que pase.
—Genial. Entonces me creerás cuando te digo que te voy a
hacer daño si no explicas por qué estás acechando en la sala de estar de mi
novia como el fantasma de navidad.
Zara cruza los brazos sobre su pecho.
—Bien. Me temo que esta es una situación complicada. Tengo que
confesar que hice peor que hacer que alguien irrumpiera en tu apartamento,
Zara. El regalo que te di fue un caballo de Troya, en cierto modo. Había un
dispositivo cosido en el forro.
Zara se pone pálida.
—¿Qué quiere decir con un dispositivo? ¿Un dispositivo de rastreo?
Sacudiendo la cabeza, Yuri suspira. Parece que está aburrido por tener
que explicarse.
—Era mucho más importante escuchar tus conversaciones. Mis
asociados pensaron que quizás podrías decir algo para incriminarte. Si lo
hacías…
—¿Si lo hacía?
—Habríamos venido por ti —admite esto fácilmente, sin el más mínimo
indicio de vergüenza. Lo odio por eso, pero de nuevo, en sus zapatos, ¿me
habría resistido a tomar a una mujer y torturarla para tener el paradero de
mi hijo desaparecido y secuestrado? Diablos no, no lo haría.
—Ponerlo en el abrigo parece bastante estúpido —dice Zara,
cruzándose de brazos—. Habría tenido más sentido plantar el dispositivo en
mi apartamento, ¿no?
Yuri se ve arrepentido mientras desliza su mano en su bolsillo y saca
algo. Cuando extiende su mano, con los dedos abiertos, un pequeño y claro
disco se asienta en su palma, bordeado de rojo alrededor de su borde, con
dos pequeños cables que serpentean fuera de él, uno negro y otro rojo.
—Hemos tenido motivos para hacer esto varias veces antes, señorita
Llewelyn. No somos aficionados. El abrigo era un dispositivo
secundario. Una contingencia, para cuando saliera de casa.
Zara parece que está a punto de hervir; su rostro ha adquirido un tono
carmesí. Mis propios niveles de ira también están tocando el techo. Este
bastardo se metió al apartamento de Zara. La ha estado escuchando en su
propia casa durante días. Los Petrov deben haber estado escuchando
cuando regresamos aquí, calientes y achispados por el tequila, y follando en
el sofá en el que Yuri está sentado.
Voy... a… jodidamente... matarlo...
—Estoy seguro de que estaba decepcionando cuando se dieron cuenta
de que no planeaba mantener su soborno —gruñó Zara.
Por un momento fugaz, un destello de diversión sin alegría ilumina los
ojos de Yuri.
—Podrías decirlo. Tal vez estoy un poco... fuera de contacto con la
generación más joven. En mi época, había muy pocas mujeres que pudieran
resistir un hermoso abrigo de piel. Pero tú, Zara... lo regalaste.
—Lamento haberlo decepcionado.
Lentamente, Yuri Petrov suspira, se inclina hacia adelante, apoya las
manos contra el borde del sofá y se levanta de la silla. Él no reacciona
cuando hago una demostración de apretar mi agarre en el bate de
béisbol. De hecho, me ignora por completo cuando camina hacia Zara.
—Tu disculpa es falsa. Puedo entender por qué. La mía, sin embargo,
no lo es. Lo siento por dudar de tus motivos. Lo siento por entrometerme en
tu vida privada tan flagrantemente. En cierto modo, me alegro de haberlo
hecho, Zara. Si no lo hubiera hecho, mis asociados no habrían escuchado
lo que sucedió aquí hace tres noches. Ellos no habrían oído...
—¡Oh, Dios mío! —Zara se cubre la boca con las manos. Sus ojos son
el doble de su tamaño normal, mostrando los bordes blancos. Luce
aturdida. Me doy cuenta de por qué un segundo después. De vuelta en su
cocina, cuando me contó sobre su suspensión del trabajo, también me contó
sobre su primer encuentro con Petrov y el regalo que él le había dejado en
su apartamento. Y luego me dijo que había regalado el abrigo... a Sarah.
—¿Ella lo llevaba puesto? ¿Cuándo él se la llevó? —susurra Zara detrás
de sus manos.
Yuri Petrov asiente.
—Ellos. Lo llevaba puesto cuando ellos se la llevaron.
Zara
Estoy bajo el agua.
No sé cuál es el camino.
Mis ojos están llenos de estallidos de luz que dejan mi visión irregular
y borrosa.
Mi apartamento gira alrededor de mí mientras el cabecilla de la mafia
rusa de Spokane camina en mi pasillo y cuidadosamente desliza sus pies en
sus zapatos.
Pasha observa al hombre como un halcón mientras se inclina, fallando
en esconder un espasmo de dolor en la espalda mientras se ata un par de
cordones y luego otro. Cuando Yuri se endereza, luce repentinamente
enfermo. Una década mayor que hace cinco minutos.
—Qué conste, espero que la información sea de tu uso. Si encuentras
a estos hombres antes que nosotros, tráelos a mí. Por mi hijo, me aseguraré
de que no mueran lentamente. Tienes mi palabra.
El apartamento resuena con silencio una vez que se ha ido. Pasha y yo
estamos a ambos lados de la mesa de la cocina, mirando fijamente al
dictáfono que Yuri colocó en mi mano después de que me dijo que su gente
había transferido el audio del secuestro de Sarah en una cinta. La delgada
y plateada grabadora es una bomba sin explotar. Es lo suficientemente
inofensiva, ubicada allí en mi mesa de la cocina, pero tiene el potencial de
devastar sin previo aviso. No creo tener en mí el propósito activarla.
—¿Vas a hacerlo? —pregunto suavemente.
Pasha asiente. Su cabello es una masa de ondas oscuras mientras
inclina su cabeza y se inclina sobre el dictáfono, golpeando el botón de
reproducción.
Una estática crepitante llena la estrecha cocina. Luego, el sonido de un
auto pasando, los neumáticos retumbando contra un camino húmedo. El
sonido susurrante del movimiento, el clip, clip, clip de tacones. Oigo
respiraciones inalterables también; debieron haber cosido el micrófono en
el cuello del abrigo o algo así.
De repente, el clip de los tacones de Sarah se detiene, y ella se ríe.
—¡Bueno, hola! Eso se ve nuevo. ¿Lo pediste prestado?
No oigo lo que le dicen de regreso. Mis oídos están sonando. Dios, solo
ha pasado poco tiempo, pero extrañaba el sonido de la voz de Sarah. Hay
una posibilidad de que nunca la escuche de nuevo en persona, y eso hace
que sea aún más difícil de escuchar ahora, así.
—Oh, no. Estoy bien, gracias, cariño. Tuve una migraña antes, pero ya
se fue. Oh, oh, está bien, bueno... —Hay un sonido de raspado, y luego un
estrépito. Mis ojos van a los de Pasha, está tan tenso como yo mientras que
se esfuerza para escuchar lo que está sucediendo. Ambos nos agachamos,
inclinándonos más cerca de los pequeños altavoces—. ¿Qué demonios estás
haciendo? —pregunta Sarah. Su voz es ligera y juguetona, pero al borde de
pánico. Otro fuerte estrépito distorsiona la grabación, y luego un fuerte grito
le sigue rápidamente—. ¡No! No, no quiero…
La objeción de Sarah se corta. Ella deja salir un grito de pánico, pero
se silenció casi inmediatamente. Un sonido staccato, como un nudillo
golpeando contra una puerta, viene a continuación, pero no es eso. El ritmo
está muy lejos, por todas partes. Es otra cosa. Es... Dios, no puedo ubicarlo.
No sé si incluso hacerlo.
Un fuerte golpe pone fin al golpeteo.
Sarah deja salir un gemido.
—Por favor —susurra—. ¿Qué he hecho? ¿Po… por qué? —Suena
desconcertada, completamente confundida por lo que le está sucediendo.
Estoy igual. No he oído una sola cosa hasta ahora que pueda decirme quién
se la ha llevado.
Un motor arranca, y los tranquilos y asustados sollozos de Sarah
continúan mientras el estruendo de los neumáticos regresan, esta vez más
fuerte y más cerca. Por lo que puedo reunir, está dentro de un vehículo en
este punto.
Me muerdo la uña del pulgar, tratando de no perder mi mierda.
—¿Eso es todo?
Pasha revisa la lectura digital del dictáfono.
—No. Hay otros treinta minutos.
Oh, señor. ¿Cómo diablos voy a pasar otros treinta minutos de esto?
Va a ser imposible. Como si él pudiera leer mi mente, Pasha golpea el botón
de avance rápido en la grabadora una vez, entonces otra vez, y otra vez,
cuando no hay otros sonidos en la barra de grabación además del ruido de
fondo del vehículo y el débil llanto de Sarah. La cuarta vez que se inclina
hacia adelante y luego golpea el botón de reproducción, todo está en silencio.
Y luego, hay un chirrido y un gemido, el sonido de una puerta rígida que se
balancea abierta.
—Mira. No sé de qué se trata esto, pero no necesitas hacer esto. Si ella
dijo que te pagaría... si te dijo que tenía dinero... puedo prometerte que estaba
mintiendo. Espera, espera, no. Olvídalo. Yo no... no voy a bajar allí. Qué te
dije. Si esto es algún tipo de broma práctica, entonces realmente no es
gracioso ¿bien? No qui…
Lo que ella había estado a punto de decir muere en sus labios. Sarah
se queda en silencio, pero una gama de ruidos todavía es captada por el
micrófono. Más crujido. El crujido de una puerta de hierro. El sonido de
pasos fuertes. El silencioso correr del agua a lo lejos, y sobre todo, el lento
tirón y la percepción de alguien respirando muy fuertemente.
La calidad del sonido cambia, como si Sarah y su captor, hasta ahora
en un pequeño y apretado espacio, hubieran entrado en un lugar mucho
más grande.
Luego una voz profunda y masculina, llega por la derecha.
—¿Qué mierda? Se ve medio muerta. Dije que la noquearas, no que la
mataras. —Hay una pausa, y luego—: Déjala en la camilla. Usa las correas.
Deshazte de su ropa primero. Intentará huir cuando despierte. Podría
pensarlo dos veces si está desnuda.
La bilis arde caliente y amarga en la parte de atrás de mi garganta.
Quiero vomitar. Pobre Sarah. ¿Quién le quitó su ropa? Una serie de
imágenes horribles gira alrededor del interior de mi cabeza y no puedo
ponerle fin. Dios, si la han lastimado. Si ellos... le han hecho algo. Si ellos...
joder, si ellos la violaron, nunca me lo perdonaré.
La grabadora capta otro sonido, un adormecido y aturdido gemido que
hace que los vellos en la parte de atrás de mi cuello se ericen.
—¿Dónde? —La voz de Sarah dice, distante y confusa. Ella murmura
algo demasiado silencioso para que sea audible, pero oigo lo siguiente que
dice perfectamente bien—. ¿Estrellas? ¿Bajo tierra? —murmura—. Son tan
bonitas.
***
Pasha
Odio mentir. Realmente lo odio. Es el acto de traición más grande que
hay entre dos personas que confían entre sí, pero ahora mismo no tengo
otra opción. Necesito mantener a Zara a salvo, y voy a romper todos los
juramentos que he hecho, y voy a mentir a cada última persona que me
importa, incluyendo a ella, si esto significa que seré capaz de llevar a cabo
esa tarea. Está paseando por la cocina, prácticamente arrancándose su
cabello mientras intenta descifrar el significado detrás de la grabación, y le
sigo la corriente, mordiendo mi labio, frunciendo el ceño profundamente
mientras tamborileo mis dedos contra su mesa de la cocina.
Sin embargo, no estoy tratando de descifrar la grabación. Lo descubrí
al instante, mientras los segundos continuaban reproduciéndose en
dictáfono y mis tímpanos registraban cada nuevo sonido. Sé dónde está
Sarah. No, estoy más que preocupado por la grabación. Estoy tratando de
averiguar cómo voy a asegurarme de que Zara se mantenga a salvo mientras
la dejo y me ocupo de este lío. Ella va a estar furiosa más tarde, pero voy a
lidiar felizmente con su ira después del hecho, una vez que Lazlo esté muerto
o bajo custodia policial, y mi tía esté de vuelta en su apartamento.
—No es de extrañar que los Petrov no hayan descubierto a dónde se la
llevaron. Nada de eso tiene sentido. No había sonidos ambientales para
decirnos dónde terminaron. Ya sabes, como en las películas, cuando el
policía oye un cuerno de barco o un motor de avión o algo que los lleva a los
muelles o un aeropuerto o lo que sea. A menos que nos hayamos perdido de
algo cuando adelantaste la grabación. ¿Tal vez deberíamos volver a escuchar
esa parte?
—Probablemente una buena idea. —Regreso de nuevo a través de la
grabación, presionando el botón de reproducción mientras escuchamos a
Sarah ser encerrada dentro de la parte posterior de una camioneta una vez
más, y Zara se sienta frente a mí en la mesa otra vez, mordiendo las uñas
de sus dedos. Estoy sumergido en un mar de conflictos, preguntándome
dónde diablos puedo llevarla por un par de horas, donde no se vuelva
inmediatamente desconfiada y trate de venir tras de mí.
El lugar perfecto me golpea como un rayo. Ya me arrepiento de esta
primera mentira que voy a decirle, pero me trago mi culpabilidad y me obligo
a actuar. Más mentiras van a seguir después de esta primera, así que bien
podría acostumbrarme. Me extiendo, recogiendo el dictáfono y detengo la
grabación.
—La carretera suena demasiado fuerte. El motor está bloqueando todos
los detalles más finos. El audio debe limpiarse.
Zara se queda quieta.
—Hay un mezclador en el centro del despacho. Los transcriptores que
teclean las llamadas del 911 utilizan el ecualizador para limpiar los archivos
que son difíciles de oír algunas veces. Eso podría funcionar.
Me siento como una mierda al negarle esa idea.
—Todavía estás suspendida. Ni siquiera nos dejan entrar en el edificio.
Conozco a alguien en Korea Town. Él será capaz de hacerlo más rápido que
nosotros de todos modos.
Zara lo considera. Una mirada de esperanza se forma en su rostro, y
decido que quiero lanzarme del puto techo por ser un pedazo de mierda.
—Bien. Si crees que puede ayudarnos, deberíamos ir. —Se pone de pie,
dirigiéndose a la puerta.
A medida que la sigo, un mantra desesperado se repite dentro de mi
cabeza, una y otra vez, hasta que las palabras formen un ritmo sombrío.
Perdóname, Luciérnaga.
Perdóname, Luciérnaga.
Perdóname, Luciérnaga.
Pasha
—¿Un dentista? ¿Quieres que un dentista limpie el audio? —Zara se
queda mirando a la recepcionista de Cirugía Dental de Emergencia del
doctor Choi cuando la tomo del brazo y la guío por el pasillo hacia la oficina
de Seo-Jun.
No nos detenemos a pedir una cita.
El bombón rubio detrás del escritorio chilla cuando sale de su silla y se
apresura detrás de nosotros.
—¡El doctor Choi está en este momento con otro paciente! ¡Esperen!
¡Esperenesperenesperen!
La espera no está en las cartas. Abro la puerta de la oficina de Seo-Jun,
y por un breve, horrible momento, deseé haberme tomado el tiempo de tocar.
Solo esta vez. Si lo hubiera hecho, podría no haberme encontrado de pie
frente a un hacker/dentista coreano desnudo de unos veintiocho años con
la cabeza enterrada entre los muslos de una mujer con obesidad mórbida.
La mujer gruñe cuando nos ve, apenas sorprendida. Golpea la cima de
la cabeza de Seo-Jun, y el hombre levanta la cabeza como un maldito
suricato de su guarida. Tuvo la decencia común de lucir un poco alarmado
cuando me vio. O mejor dicho cuando ve a Zara, parada justo detrás de mí.
—Santa mierda —murmura Zara bajo su aliento—. ¿Éste es el tipo?
—Éste es el tipo —confirmo.
Seo-Jun se limpia la boca con el reverso de la mano.
—Sé que dije en cualquier momento, Rivin, pero una pequeña
advertencia previa podría ser una buena idea en el futuro.
Hago mi mejor intento para no hacer una mueca.
—Entendido. Alto y claro. Pero esto realmente no podía esperar. Vístete.
Necesito mostrarte algo.
Quince minutos después, la amiga de Seo-Jun había desocupado su
oficina, y el dentista se pone manos a la obra. Le digo lo que necesita saber,
y luego llevo a Zara a un lado. Las mentiras se sienten raras y torpes a
medida que salen de mi boca. La mitad de mí no cree que ella incluso me
crea, pero lo hace.
—Seguro. Puedo esperar aquí. ¿Pero crees que regresar todo el camino
hasta tu casa por una pistola es buena idea? Espera, ¿qué demonios estoy
diciendo? Por supuesto que una pistola es una buena idea. Mierda, esto es
un desastre.
Besando su frente, sostengo su rostro entre mis manos por un
segundo, respirando su olor. Saboreándola. Si esto no va bien, no tengo ni
idea de qué demonios voy a hacer, pero Seo-Jun sabe el guion. Él protegerá
a Zara si la mierda golpea el abanico, y sé que lo hará.
—No será mucho tiempo —digo—. Una hora y media. Dos, máximo.
Una vez esté en casa, te enviaré un mensaje.
—¡Mierda! No puedes. Urgh, dejé mi celular conectado en tu casa.
Salimos tan rápido, olvidé de…
—No te preocupes. Lo traeré de vuelta conmigo. Solo… solo quédate
aquí, ¿está bien? Prométemelo. Necesito saber que vas a estar aquí cuando
regrese.
Veo el miedo en sus ojos. La preocupación. Sin embargo, no deja que
las emociones la reclamen.
—Está bien. Bien. Lo prometo. Pero… solo por favor. Date prisa, ¿está
bien?
***
—Pero, por el amor de Dios, ¿por qué, Garrett? ¿Por qué él me quería
para encontrar a Pasha y me enamorara de él? ¿Por qué querría que Pasha
fuera rey?
A Lazlo le gusta tirar de las cuerdas.
Dios, esto es una locura. Lazlo está loco. Las paredes se sienten como
si se me estuvieran cercando, presionando desde todos los lados,
atrapándome en este pequeño espacio sin aire, haciendo que sea difícil
pensar con claridad.
—Corey nunca lastimó a Lazlo. Él era un chico. Un niño. ¿Por qué Lazlo
lo mató?
El rostro de Garrett se arruga. Nunca he visto a un hombre tan cerca
de las lágrimas. Gira la cabeza, mira por la ventana, y un extraño tipo de
vacío lo supera. Su cuerpo está aquí, en la sala de estar, pero en este mismo
momento su mente está en algún otro lugar. Cuando regresa a sí mismo,
recostándose en el sofá, toma la pluma y escribe.
Venganza. Yuri Petrov asesinó a mis padres en Nueva York.
Bueno, él no puede ser más claro que eso. Todo esto ha sido un acto.
Una historia de fantasía que he construido en mi propia cabeza. Por un
segundo, un estallido de ardiente rabia se apodera de mí, haciéndome sentir
tan jodidamente estúpida por haber creído siempre que Garrett era mi
aliado. Sin embargo, la ira se dispersa tan rápido como vino. No soy
estúpida. Me acaban de mentir. Garrett me engañó haciéndome creer que
podía contar con él. Al final, esto es todo sobre él.
Es un mentiroso
Un timador.
Es cómplice del secuestro y asesinato de un niño, y solo Dios sabe
cuántos otros crímenes horribles cometió Lazlo a lo largo de los años. Solo
porque Lazlo lo sacó de ese orfanato del convento en mil novecientos ochenta
y tres, no significa que tuvo que ayudar a Lazlo a infligir tanto dolor y miseria
en la vida de las personas.
Aprieto la mandíbula, decidida a obtener una información más de él,
no importa lo difícil que sea para mí preguntar. Necesito saberlo, no porque
la información cambie nada, Corey seguirá muerta, después de todo, sino
porque ya no puedo vivir con el misterio.
—Lazlo quiere que Pasha sufra porque casi lo mata hace tres años. No
estoy de acuerdo con eso, pero... lo entiendo. Sin embargo, ¿qué hice yo,
Garrett? ¿Por qué demonios ha venido Lazlo tras de mí?
El pecho de Garrett se levanta y sigue subiendo. Aspira un, largo y
enorme aliento en sus pulmones, y luego exhala por la nariz, el sonido del
aire corriendo sobre sus cuerdas vocales me hace saltar. Nunca antes lo
había escuchado hacer un sonido. Me pica con ojos distantes y acusatorios.
Entonces escribe.
Porque te pareces a La Emperatriz.
5 MENSAJES – PATRIN
Bueno, mierda.
El nivel de suficiencia que irradia Patrin es repugnante.
—Disculpa aceptada. Imbécil. No, tu chico no quería ayudarme.
Aparentemente, cierta pelirroja amenazó con reportarlo a la policía más
temprano hoy, y ahora no está muy contento contigo y con los tuyos. Tomó
un tiempo convencerlo de que sería lo mejor para él si me diera lo que quería.
—¿Así que lo lastimaste? —Seo-Jun me disparará en la cara si alguna
vez intento hablar con él de nuevo. El pobre bastardo tuvo un infierno de un
día por mi culpa. Sin embargo, es gracioso que Zara haya amenazado con
denunciarlo a la policía. No hay muchas mujeres que puedan chantajear a
un hacker de sombrero negro para obligarlos a hacer su voluntad. Ella
realmente es algo. Parece que lo hizo su perra.
—Mira, si no me crees, entra y pregunta a esa perra mocosa detrás del
mostrador de qué hablamos. Te describí a ella con detalle, hasta la expresión
de imbécil que siempre llevas en esa estúpida cara tuya. No puedo decir que
estará feliz de verme otra vez, pero volveré allí y te lo demostraré si necesito
hacerlo.
De acuerdo, bastante justo. Patrin puede ser un imbécil, y siempre
hemos estado en la garganta del otro, pero nunca he sabido que rompiera
una promesa. Al votar por mí anoche, básicamente juró servirme y me
prometió lealtad. Es poco probable que vaya corriendo a Shelta de esta
manera.
—¿Por qué diablos dejar el clan en absoluto, Patrin?
—Archie y yo vinimos a buscarte. Cleo tuvo un mal presentimiento. Y
además. Me hiciste una promesa la otra noche, hijo de puta. Pensé que sería
mejor si venía ahora y cobraba eso antes de que termines muerto en una
zanja en algún lugar.
Joder, le hice una promesa, y él nunca se rendirá hasta que la cumpla.
Afortunadamente, los eventos de hoy han ocurrido de tal manera que he
tenido una idea de qué hacer respecto a Sam y Jamus. Una buena idea, eso
es.
Rápidamente, explico lo que pasó con Lazlo en Rochester Park, y Patrin
escucha, frunciendo el ceño intensamente mientras repaso los detalles del
rescate de Sarah. Estoico y con la cara de piedra, Patrin no respira una
palabra hasta que termino la historia.
—Espera, ¿entonces tu gadje le disparó a Lazlo dos veces, y luego
procedió a torturarlo?
Lo agarro por el brazo, gruñendo mientras lo empujo hacia el Mustang.
—Si la llamas gadje una vez más, te juro por Dios que voy a dejar de
lado cada uno de tus dientes. ¿Me entiendes? Sabes su nombre. La próxima
vez que la llames de otra manera que no sea Zara, habrá un maldito
problema.
—Has conocido a esta mujer durante cinco minutos, Pash. Sé que
tienes una cabeza caliente, pero esto es una locura. No es necesario que te
vuelvas tan loco al principio del juego.
—Esto no es un juego. —Es todo lo que tengo que decir al respecto. Mi
tono rígido y sin argumentos debe registrarse como una advertencia para él,
porque Patrin tampoco dice otra palabra sobre Zara. Permanece con los
labios cerrados hasta que abro el maletero del Mustang, y Lazlo gime,
tratando de lanzarse hacia delante, tratando de arrebatar un arma que no
está allí.
—¡Ah, joder! —Patrin ya está moviéndose. Su puño se estrella contra la
sien de Lazlo, y la cabeza del bastardo rebota en el costado del maletero y lo
deja sin aliento.
Una vez más, recuerdo que Patrin se perdió en ese túnel cuando éramos
niños, y Lazlo se quedó atrás para buscarlo mucho después de que los
demás regresaran al clan. Estuvieron solos durante horas en la oscuridad.
Podría preguntarle a Patrin qué sucedió mientras Lazlo lo tenía en ese
búnker, pero sería una mierda. Patrin nunca admitiría la verdad por temor
a parecer débil, y probar si fue asaltado sexualmente cuando era niño solo
lo enojará más de lo que ya está.
Sin embargo, veo la expresión en su rostro, el brillo oscuro y furioso en
sus ojos, y su lenguaje corporal cuenta una historia propia. Irradia odio
cuando se estira hacia el maletero y saca a Lazlo, como si el hombre no
pesara nada.
—Será mejor llevarlo a la habitación antes de que alguien lo vea —
gruñe Patrin.
—Este estacionamiento es una puerta giratoria para cadáveres. No me
preocuparía demasiado. —Pero tiene razón, sin embargo. Sería menos que
ideal si nos vieran arrastrando un cadáver lleno de agujeros de bala al motel.
No importa que Lazlo no esté realmente muerto. No todavía, de todos modos.
El personal de aquí probablemente mantendrá la cabeza baja y fingirá
ignorancia mientras los cuerpos se dirijan a otro lado, fuera de las
instalaciones. Es más probable que llamen a la policía si creen que el
problema se está gestando tan temprano en la noche.
Me he preparado para uno de los saludos francamente hostiles y
glaciales de Shelta, pero cuando abre la puerta y ve a Lazlo colgado como el
pedazo de basura que es sobre el hombro de Patrin, el sollozo de pánico que
suelta jodidamente me retuerce las entrañas. Nunca la había visto tan
preocupada. Nunca. La perra se sentó durante todo el funeral de mi padre
sin siquiera molestarse en fingir un poco de melancolía, y aquí está ella,
boquiabierta, con el cabello salvaje y aterrorizada cuando ve a Lazlo en la
puerta de la muerte.
—¡Oh Dios mío! ¿Qué pasó? ¿Qué han hecho? —grita ella.
Supongo que se lanzará hacia mí y me golpeará el pecho con los puños,
pero en lugar de eso vuela hacia Lazlo, acunando su cabeza entre sus
manos, inclinándose para mirarlo mejor. Cuando ve el agujero en su mano,
parece que está a punto de desmayarse.
Esta mujer no es mi madre. No se parece en nada a ella.
—Ponlo adentro, Pat —ordeno. Shelta no parece que nos vaya a dejar
entrar a la habitación del motel, pero Patrin no le da opción. Él pasa junto
a ella, dejando claro que va a rodar por encima de ella si no se mueve, por
lo que ella regresa a la habitación, con las manos apretadas frente a su
pecho.
Patrin deja al hombre inconsciente en la más cercana de las dos camas
dobles de la habitación y se queja cuando ve que su chaqueta está
manchada de sangre.
—Salgan. Necesitan irse. ¡Ahora mismo! —grita Shelta—. ¡Llamaré a la
policía!
—¿La policía gadje? —Mi voz está cargada de burlona sorpresa—.
Ahora, ¿por qué harías algo así, madre? Este es un asunto Roma. Esto
debería ser tratado por un kris.
—Estará muerto para cuando podamos formar un kris, idiota. Le
disparaste, oh Dios mío, ¿le disparaste en el pecho?
—Eso es en realidad su hombro —ofrece Patrin amablemente—.
Todavía le quedan algunas horas, si no se desangra.
—Necesita una ambulancia. —Shelta ya está de camino a través del
cuarto, dirigiéndose hacia el teléfono en la mesita de noche; me paro frente
a ella, bloqueando su camino—. ¿Qué estás haciendo, Pasha? ¡Fuera de mi
camino!
—Tú... eres una maldita hipócrita del orden más alto —señalo.
—Oh, no ahora, por el amor de Dios. ¿No ves que un hombre se está
muriendo?
—Él puede continuar y morir por todo lo que me importa. Casi espero
que lo haga, solo para no tener que vivir con el conocimiento de que todavía
está respirando. Vine aquí para poder erradicar cualquier duda en mi mente.
Mira, no podría forzarme a creer que esto tuviera sentido.
—Pasha, por favor.
Abro la boca, a punto de comenzar a lanzar las preguntas que vine a
preguntarle directamente a la cara, pero...
...hay lágrimas en su rostro. Lágrimas reales. Ni siquiera sabía que ella
era capaz de hacer falsas. El aire en mí muere, dejándome repentinamente
a la deriva. Todas las cosas que quería preguntarle... ya nada de eso
importa. Nada. Ya tengo las respuestas que estoy buscando: sí, ella lo ama.
Sí, lastimó a su hermana solo para poder tenerlo para ella sola. Sí, lo eligió
a él sobre mí esa noche, cuando lo encontré rasgando la ropa interior de Leo
por sus piernas, gruñendo como un hombre desesperado y hambriento.
Todo es verdad. Entonces, ¿por qué molestarse con todo esto?
De repente me doy cuenta de que esto no sirve a nadie. Ella siempre ha
sido una madre terrible. Confrontarla por sus crímenes no logrará nada.
Libero la respiración que he estado conteniendo, y simplemente... dejo que
todo se vaya.
—Cambio de plan, Patrin —digo con firmeza—. Nos vamos. Y lo
llevaremos con nosotros.
—¡No! —Shelta intenta rodearme, tirando de mi camisa, pero a pesar
de todos sus años de frialdad de indiferencia, pareciendo mucho más grande
que la vida, mucho más fuerte y más poderosa que yo, resulta que es débil;
creo que es una sorpresa para los dos. La sostengo a un brazo de distancia,
ya compareciéndola por su caída en desgracia.
—Decídete —dice Patrin quejándose, lanzando a Lazlo sobre su
hombro. Mi madre solloza mientras él lo toma y sale de la habitación del
motel, y baja por las escaleras que conducen al estacionamiento. Hago una
pausa en la puerta, buscando su rostro, sabiendo que esta será la última
vez que mi madre y yo estemos juntos en la misma habitación.
—No te preocupes, Shelta. Si quieres volver a verlo, todo lo que tienes
que hacer es encender un televisor y ver las malditas noticias.
Con eso, me doy la vuelta y me voy.
Pasha
El detective Holmes no es como yo esperaba que fuera. Asumí que sería
calvo, con sobrepeso y vestiría una gabardina manchada de grasa como
Columbo o algo así. Cuando él revolotea fuera de la comisaría y baja los
escalones hacia el Mustang, de repente un tipo de mi edad, vistiendo una
chaqueta de cuero y unos desaliñados y descoloridos vaqueros como si
hubiera allanado mi armario, me desequilibra un poco. Se sube al asiento
del pasajero y ríe suavemente cuando se da cuenta de que Patrin se cierne
ominosamente en la parte de atrás.
—Esto no es un encuentro mafioso, señores. No hay necesidad de
ponerse entusiastas por mí.
Golpeo mis dedos contra el volante, haciendo una mueca.
—Sabes todo sobre las reuniones de la mafia, ¿eh, Holmes? Mejor
amigo de los Petrov, he oído.
Holmes se aclara la garganta, uniendo sus manos en su regazo.
—Los Petrov no son mafiosos. Son... los Petrov. Ahora, estoy a punto
de ir a casa esta noche, chicos. A menos que tengan algo para que hunda
mis dientes. Si ese es el caso, adelante.
—Lo tenemos. El tipo que se llevó a Corey Petrov —digo—. Ha herido a
mucha gente. Niños. También hubo una monja en Nueva York hace un
tiempo. Te lo entregaremos junto con declaraciones, pruebas... lo usual.
Holmes me está mirando ahora. Realmente prestando atención.
—¿Y a cambio? Quieres un día de pago. El departamento no…
—No. Queremos algo mucho más complicado. Queremos a dos chicos,
Sammy y Jamus Rivin.
—¿Los tipos gitanos? ¿Los que robaron ese banco?
Patrin gruñe como un perro rabioso en la parte de atrás. Le disparo
una mirada de advertencia, luego digo a Holmes:
—Son Roma. Tienen que salir de ahí.
—¿Estás malditamente loco? Nunca va a suceder. Mantuvieron un
banco a punta de pistola. Eso está más allá de la jurisdicción de la policía
de Spokane. Cometieron un crimen federal. Van a pasar los próximos veinte
a treinta años tras las rejas.
—Entonces no debemos perder el tiempo continuando con esta
conversación. Buenas noches, detective.
La mandíbula de Holmes se flexiona mientras mira desde el parabrisas,
frunciendo el ceño a la nieve que empieza a caer. Tiene los ojos de un halcón.
Me da la sensación de que ve todo.
—No tienes idea de lo difícil que será lograr lo que estás pidiendo —
dice.
—Difícil es mejor que el imposible que me diste hace dos segundos.
Ves, ya estamos avanzando.
Holmes gruñe. Piensa por un segundo.
—No puede haber garantías aquí.
—Qué mal. Porque eso es exactamente lo que queremos. Una garantía
de que Sam y Jamus Rivin serán hombres libres para el final de la semana.
Puedo sentir los ojos de Patrin quemándome en la nuca, pero mantiene
la boca cerrada. Le hice jurar que no diría una maldita palabra, y hasta
ahora ha mantenido esa promesa. Pero puedo decir que lo está matando.
Holmes se burla, su frente hecha un lío de líneas de preocupación.
—Voy a necesitar más que al hombre, entonces. Voy a necesitar el
dinero que esos chicos tomaron. El departamento nunca lo encontró.
—No tenemos ni idea dónde lo escondieron.
—No es mi problema. Cuarenta de los grandes y cambiamos. Si tus
chicos tienen alguna maldita esperanza de quedar libres, entonces ese
dinero debe estar en mi escritorio a las nueve de la mañana, o esta cosa no
va a ninguna parte.
—Bien. Entonces, consíguelo de Yuri Petrov.
—¿Perdón? ¿Por qué demonios Yuri entregaría cuarenta dólares para
rescatar a dos tipos que nunca ha conocido?
—Porque ese hijo de puta me lo debe. En realidad, se lo debe a Zara.
—Si este delincuente tuyo es quien dices que es, voy a enfrentarme a
los Petrov por no entregarlo inmediatamente a ellos para la justicia rusa. El
hombre mató al hij…
—El niño está vivo.
Eso lo para en seco. Parece como si hubiera pisado una maldita mina.
—Ve al apartamento de Zara en una hora. Puedes recogerlo y llevarlo a
casa. Yuri Petrov pensará que caminas sobre el agua por el resto de tu jodida
vida.
Holmes sacude su cabeza.
—Bien. Seguro. Si eso sucede... estoy seguro de que estará dispuesto a
soltar los cuarenta mil. Pero hay algo más. Tu gente tiene que irse de
Spokane.
—¿Y ahora qué?
—Tu clan. El Rivin vitsa —dice la palabra como si supiera de qué carajo
está hablando—. Tener una gran población de gita… lo siento, de Roma en
la zona ha puedo al gobierno local... inquieto.
—Hemos estado aquí por más de cincuenta años, imbécil —grita
Patrin—. No causamos ningún problema. No nos vamos a ir solo porque un
chupatintas sentado detrás de un escritorio en tu ayuntamiento cree que
somos malos para el lugar.
Dios, sabía que no podía mantener su silencio para siempre. Le envío
una mirada malévola lo suficientemente potente como para remover la
pintura cortesía del espejo retrovisor, pero Patrin deliberadamente me
ignora.
—Hemos sido expulsados de suficientes lugares a lo largo de los años.
Hemos sido golpeados y faltados al respeto. Nuestros hijos han sido
marginados y excluidos. Hemos sido despreciados y desdeñados a cada
momento, y todo porque no cumplimos con alguna mierda de sociedad ideal,
donde se supone que debemos encadenarnos a un solo lugar y trabajar
nuestros dedos hasta el hueso para que podamos pagar nuestros impuestos
y endeudarnos con las malditas tarjetas de crédito, y…
—¡Está bien, está bien! ¡Dios mío! ¡Bien! —Holmes levanta las manos,
haciendo una mueca de dolor. Simpatizo con él. Estoy acostumbrado a las
diatribas de Patrin, pero si eres nuevo a ellas pueden ser bastante
jodidamente abrumadoras—. Voy a resolver eso, pero para que conste, sí
causan problemas. Esos chicos robaron un banco. No tendrán elección.
Tendrán que irse. No me importa adónde los envíes, pero eso es un cambio
justo. La cagaron. De ninguna manera van a ser invitados a quedarse de
nuevo.
Patrin lentamente cierra su boca.
—Eso es justo. —Estoy de acuerdo. Ya sé que Patrin va a hacer un
escándalo por esta cláusula, pero él solo va a tener que aprender a estar
jodidamente agradecido por lo que está consiguiendo. Jamus y Sam pueden
ir a vivir con uno de los otros clanes si quieren, o pueden unirse al clan
Rivin cuando no estén en Spokane, luego irse de vacaciones o algo así—. No
voy a tener problema con decirles que no son bienvenidos dentro del estado
de Washington en absoluto, si realmente logran salir de esta cosa ilesos.
Probablemente no van a estar demasiado ansiosos por volver aquí de todos
modos, después de casi librarse de una maldita sentencia de prisión tan
grande.
—Bien entonces. —Holmes se rasca la barbilla, frunciendo el ceño
hacia el salpicadero—. Tengo que conseguir todo firmado por el jefe. Va a
estar en el teléfono toda la noche, engrasando las ruedas de esta cosa. Él
me va a jodidamente odiar.
—No. Te va a jodidamente amar. Vas a ser el tipo que encarcela un
asesino y pedófilo violador serial. Todos ya se habrán olvidado de los chicos
que robaron el banco. Esto va a ser noticia por meses. Harás tu carrera a
partir este trato y lo sabes.
El hecho de que Holmes elija no decir nada a esto me da la sensación
de que di en el clavo. En cambio, él dice:
—¿Dónde está, entonces? ¿Este tipo, Lazlo? ¿Tu asesino y pedófilo
violador serial? Necesitaremos enviar un equipo a…
—No necesitarás un equipo. —Mi mirada parpadea en la parte trasera
del auto, y Patrin se retuerce en su asiento incómodamente mientras el
detective se voltea. Y mira hacia atrás sobre su hombro. En el momento
perfecto, Lazlo despierta de su coma inducido por Patrin y golpea
impotentemente en el maletero del Mustang, gimiendo algo ofensivo que solo
Patrin puede oír.
Cuando Holmes me mira, ya ha empezado a sacudir su cabeza.
—No. No, no, no. No está bien, hombre. Tienes que estar bromeando.
—El detective sale corriendo del asiento del pasajero y se apresura a la parte
trasera del vehículo, grandes copos de nieve aterrizan en los hombros de su
chaqueta de cuero mientras golpea su palma contra el maletero—. Ábrelo
ahora mismo. Jesús, no tengo esposas.
—Sí, no vas a necesitarlas.
Toda la sangre se drena de la cara del detective Holmes.
—Si está muerto, no hay trato, lo sabes, ¿verdad?
—No se asuste, oficial. Los Roma simplemente tuvieron su ración de
carne primero. Podrá ir a juicio en un par de meses. Después de una corta
estancia en el hospital. —Abro el maletero, y Lazlo no intenta salir del
espacio esta vez. Empieza a maldecir, escupiendo sangre, y el detective
Holmes saca su arma.
Sus ojos se iluminaron como si fuera una maldita mañana de Navidad.
—Bueno, mierda. Mira eso. Hemos tenido una orden de arresto en este
tipo durante mucho tiempo. Excepto que te conocemos como Malcolm
Jarvis, ¿no es así, Mal? Tres cargos de asesinato. Otra agresión sexual. Eres
un caso regresando a la vida, ¿eh, amigo?
Patrin se encuentra frente al maletero. Frente a la pistola de Holmes,
para el caso, entre el policía y el violador.
—Aún mejor. Si él es doblemente importante para ustedes, entonces no
deberían tener problemas para liberar a nuestros chicos. ¿Tenemos un
trato?
Holmes considera a Patrin con un aire de incredulidad.
—Realmente eres un imbécil, ¿lo sabes?
Me río en el puño de mi chaqueta, convirtiéndolo en un ataque de tos
falsa cuando Patrin me envía una mirada fulminadora. Mi primo levanta las
manos y ofreciéndosela al detective Holmes.
—Sello con un apretón de manos.
—Este no es el salvaje oeste, hombre.
Echo un suspiro.
—Solo hazlo. De lo contrario estaremos aquí toda la noche.
Infeliz, Holmes sacude la mano de Patrin. Patrin asiente y sale del
camino.
—Toma el maldito enfermo. Y cumpla con su parte, detective. Haga lo
que ha acordado hacer.
Holmes no me parece un tipo que se tome las amenazas bien. Él arquea
una ceja, sus ojos saltando de mí a Patrin y de vuelta otra vez.
—¿Y si no lo hago? —desafía.
No trato de esconder mi risa esta vez.
—Oh, realmente no lo recomendaría.
Zara
Es pasada medianoche cuando regresa. Siento su tacto, ligero y suave
en mi piel, sus dedos acariciando el costado de mi cara y abro los ojos
lentamente. Se ha agachado frente a mí, recostado contra el lado del sofá de
Sarah, donde el cansancio finalmente me reclamó hace un tiempo, y me
mira como si fuera un tesoro con el que tropezó por casualidad.
—Hola, tú —susurra—. Lo siento. Parecías tan tranquila. No debería
haberte despertado. —Pasa la punta de su dedo índice por el puente de mi
nariz, todo el camino hasta la punta, mirada fija en mí, sus ojos vivos con
alguna emoción que no puedo precisar a través de mi cerebro nublado por
el sueño.
—¿Dónde está Lazlo? —gimo—. ¿Está...? —¿Muerto? ¿Enterrado vivo?
¿Encerrado? No sé qué opción preferiría en este momento.
Pasha sonríe con fuerza.
—Patrin me encontró. O yo lo encontré. No importa. Le dimos a Lazlo a
tu amigo, el detective Holmes. Tengo la sensación de que Lazlo está
enterrado tan profundamente en este momento que nunca volverá a ver la
luz del día. Holmes vendrá por Corey en cualquier momento. ¿El niño está
bien?
El niño está más que bien. Alimentado, bañado y vestido con la ropa
que Archie logró encontrar en algún lugar, Corey Petrov está a salvo.
—Sí. Está emocionado de ir a casa.
Cuando sostuve a Corey en mis brazos por primera vez, consolándolo,
sintiendo su corazón a través de su pequeña caja torácica, sentí como si la
mano del destino descansara sobre mi hombro. Todo esto comenzó con
Corey. Todo este viaje en una montaña rusa salvaje comenzó con el sonido
de su pequeña y aterrorizada voz en el otro extremo del teléfono. Había
renunciado a toda esperanza de que la historia terminaría con él vivo y bien.
Todavía no tengo idea de quién era el niño que se encontró en las orillas del
río Spokane, pero una parte egoísta y jodida en mí está tan contenta de que
fuera un niño diferente y no Corey.
—¿Y Garrett? —pregunta Pasha—. Debería matarlo por...
Paso mi pulgar a lo largo de la línea de su pómulo, sacudiendo la
cabeza.
—Se ha ido, Pasha. Nosotros... —Suspiro, profundizando en mis
propias emociones encontradas, tratando de llegar a algo que decir que
podría tener sentido—. Nunca vamos a entender a Garrett. Él fue la mascota
de Lazlo durante años. Casi toda su vida. Dios sabe lo que pasó, pero sé que
es un hecho que sufrió a causa de el hombre. Nunca debería haber tomado
a Sara. Hay un montón de cosas que no debería haber hecho. Pero protegió
a Corey al final. Lo salvó. Y él no me hizo daño. Hizo lo que era correcto al
final.
—Estoy seguro de que Sarah no lo ve de esa manera.
—Te sorprenderías. —Respiro hondo, reflexionando sobre ello—. Sarah
es la persona más compasiva que conozco. Cuando le quitamos esa
máscara... ella lo abrazó, Pasha. Podía escuchar la ira y el dolor en su voz,
pero le dijo que se perdonara, porque ella lo había hecho. Fue... fue
realmente jodido, en realidad.
Pasha suelta una respiración, sorprendido.
—Ella suena como una patea-traseros.
—Lo es. No tienes idea. No puedo esperar a que la conozcas
adecuadamente. Sin embargo, es mejor esperar hasta mañana. Ella va a
necesitar mucho sueño para recuperarse de esa terrible experiencia.
—Por supuesto. Archie la está vigilando de todos modos. Él ni siquiera
me dejaba asomar mi cabeza allí. Tengo la sensación de que el viejo bastardo
podría sentirse un poco demasiado protector hacia ella.
—¿Crees que ella volverá a vivir con el clan ahora? —susurro.
Pasha se encoge de hombros.
—La conoces mejor que yo. Pero es bienvenida. De aquí en adelante,
será bienvenida para ir y venir cuando quiera, si eso es lo que quiere.
Cuando exhalo, mis músculos se sienten como si se estuvieran
derritiendo de mis huesos. La tensión, el pánico y la preocupación parecen
disminuir, y por primera vez en semanas me siento en paz. Hasta este
momento, no me he dado permiso para creerlo. Que todo ha terminado. Que
estemos a salvo. Que Lazlo ya no sea una amenaza para nosotros. Pero al
ver el alivio en los ojos de Pasha, finalmente comienza a hundirse.
No he llorado ni una sola vez durante todo este lío, pero parece bien
permitirme un momento de debilidad ahora. Un suave ceño arruga las cejas
de Pasha, mientras se acerca con cuidado y quita una lágrima, atrapándola
con la punta de su dedo antes de que caiga.
—Lo siento mucho —susurra—. Entré en tu vida y la volví de cabeza,
¿no es así? Eso es lo último que quería.
Suavemente, lo agarro y lentamente le doy vuelta a su mano, colocando
un largo y suave beso suave contra la ruta de débiles venas azules y verdes
y las raíces de árbol negras bellamente tejidas, entintadas en el interior de
su muñeca.
—Nunca necesitas disculparte. No es así como sucedió todo esto y lo
sabes —susurro de vuelta—. Lazlo causó todo esto. Me trajo a Spokane. Me
espió. Me envió a la Feria Medianoche. Organizó nuestra reunión, sabiendo
que estaría allí para encontrar a Shelta. Él fue el catalizador que nos hizo
chocar juntos. Estaba empeñado en arruinar mi vida, tanto como estaba
decidido a arruinar la tuya. Fui una especie de obsesión enfermiza para él.
Tú eras parte de una venganza antigua. Nos lanzó al otro como un
experimento perverso, porque fue entretenido para él.
Las pestañas oscuras de Pasha lucen como tinta negra derramada
contra sus pómulos altos y pálidos. Se queda mirando mi mano, todavía en
su brazo desnudo y tatuado, y me doy cuenta de que no está respirando.
—¿Crees eso? —pregunta, cómo domina su voz profunda, tosca e
imposiblemente dominante a salir en un susurro tan frágil es un misterio—
. ¿Crees que todo esto es por Lazlo? Él te hizo a venir a Spokane, ¿así que
ahora crees que él tuvo una mano en obligarte a caer en la cama conmigo?
¿Crees que...? —Él me mira y el frío, penetrante e intenso poder de sus
hermosos ojos verde pálido me golpea como un golpe en el estómago—.
¿Crees que lo que sientes por mí no es real, Luciérnaga? ¿Que todo esto fue
algún tipo de manipulación?
Mi pulso disminuye. Nadie nunca me ha mirado de la forma en que él
me está mirando en este momento: tan orgulloso, tan feroz, esperanzado y
decidido. Entiendo por qué me está haciendo esta pregunta. Se me ha
ocurrido que podría ser verdad, que Lazlo logró someterme a su voluntad,
no solo a mí, sino a los dos, y que el fuego y la atracción innegable que sentía
hacia Pasha era simplemente la respuesta de mi cuerpo a la peligrosa y
terrible situación en la que me encontraba, porque lo necesitaba. Porque
necesitaba a alguien en quien apoyarme, y Pasha era la persona más fuerte
con la que me había topado en toda mi vida.
—Al inicio de esta noche, durante una fracción de segundo, me permití
creer que era cierto —admito—. Esperé sentirme aliviada, porque si esta
cosa entre nosotros no era real, entonces podría volver a mi vida y descartar
todo esto como nada más que una táctica de supervivencia.
Los ojos de Pasha se endurecen. Un pequeño músculo se flexiona en
su mandíbula. Paso mis dedos contra ella, alisando la tensión.
—Pero el alivio nunca llegó. Lo único que sentí fue una sensación de
pérdida angustiosa, profunda y aplastante. Y lo supe. A pesar de todo,
siempre he sabido que esto era real. Lazlo podría haber tratado de tirar de
nuestras cuerdas, pero no me hizo enamorarme de ti, Pasha. Tú eres la
razón por la que mi corazón te pertenece.
El busca en mi cara. Es el mismo estudio feroz que llevó a cabo la noche
en que estuvo a un pelo de chocar conmigo fuera de la tienda de Shelta en
la Feria Medianoche, pero esta vez no me siento atrapada en el lugar, violada
por su inspección. Lo estudio de nuevo, y se me ocurre, la razón por la que
me miró tan ferozmente en aquel entonces, porque también lo siento, es una
necesidad desesperada de capturar y etiquetar cada pequeño aspecto de su
rostro. Para grabar cada parte de él en mi memoria, la tarea más importante
y urgente del mundo, porque no hay manera de que sea real. Él no puede
serlo. Esta contradicción de un hombre ni siquiera debería ser posible, como
si fuera una especie de anomalía sobrenatural y soy la persona más
afortunada en el universo al estar aquí, al poder presenciar su improbable
existencia incluso por una fracción de segundo en el tiempo.
—No te habría dejado ir —dice—. Si decidieras que no deberíamos ser...
—Sacude la cabeza, cambiando de rumbo—. Hubiera luchado por ti, Zara.
Me hubiera asegurado de que supieras que, para mí, esto no es simplemente
real. Esto es lo único que es real. Lo único que importa. Todo lo demás es
solo ruido blanco. —Él desliza su mano debajo de mí, y luego me levanta del
sofá, me pone de pie, y me besa como si nuestras vidas dependieran de ello.
El miedo y el dolor y toda la preocupación de las últimas semanas se
desvanecen. Las piezas de mí que fueron destrozadas por el odio y la
enfermedad de Lazlo se juntaron, se unieron una vez más, y estoy completa,
no por la satisfacción de apuntar un arma a un enemigo y apretar el gatillo,
sino porque el toque vital de este hombre milagroso.
Cuando el beso pausa, porque continuará, no hay ninguna duda al
respecto, Pasha toma cuidadosamente mi rostro con sus manos y apoya su
frente contra la mía.
—¿Zara?
—Sí.
Nuestros cuerpos están tan cerca que siento su corazón golpeando
contra su caja torácica.
—Yo también te amo —susurra.
Zara
El valle se ve como si estuviera envuelto en llamas. Los tambores
retumban como truenos en la distancia, y la brisa helada parece decidida a
arrancar las flores de mi cabello, pero estoy demasiado distraída como para
recordar el frío, o la marea de ruidos que se baten y golpean justo al otro
lado de la cresta. Mi atención se centra únicamente en el hombre que está
delante de mí, desnudo hasta la cintura. Su torso está lleno de músculos, y
el mapa de tatuajes parece moverse sobre su piel, vivos, mientras levanta
una camisa y la considera.
—No te atrevas a ponerte eso —ordeno.
Una sonrisa escandalosa se extiende por su rostro, sus ojos brillan
cargados de lujuria cuando se gira hacia mí. Su cabello oscuro cae en ondas
alrededor de su rostro, mucho más largo que hace tres meses en las
profundidades del invierno. Con el deshielo de la primavera ya terminado y
la caravana atrapada en la agonía de la primavera, Pasha Rivin parece
haberse transformado en una criatura completamente diferente a la que
conocí en la Feria Medianoche.
Se negó a dejarme venir a las peleas de jaula. Dejó de hacerlas
completamente cuando llegó a casa con el labio partido y el ojo morado una
noche y vio la expresión de mi cara. Nunca le hubiera pedido que renunciara
a esa parte de su vida, por mucho que me molestara; cuando le pregunté
por qué tiraba la toalla, me dijo: “Peleaba porque estaba enojado. Ya no estoy
enojado, Luciérnaga”, y eso fue todo. Desde entonces, ha estado entrenando
como un demonio, entrenando con Patrin todos los días de la semana, y los
dos son jodidamente enormes ahora.
La tensión siempre presente que parecía envolverlo como una capa ha
desaparecido. Es... más libre ahora. Hemos estado viviendo juntos durante
meses, compartiendo una cama, sin importar dónde nos encontremos.
Dividimos nuestro tiempo entre mi apartamento en Bakersfield, el loft de
Pasha con vista a la ciudad, y también pasamos buena parte de nuestro
tiempo con el Clan. Ya no soy “la gadje”. En su lugar me han llamado “Ves”
o “Ves’ tacha”.
Shireen escuchó a Pasha susurrándome esas pequeñas palabras
dulces durante un momento muy privado, y luego procedió a provocarlo sin
piedad al dejarle saber a todos que era su nombre de pila para mí. No solo
soy su “amada”, sino que soy la de todos los demás, especialmente cuando
quieren molestarlo juguetonamente. Aparentemente, para Pasha está muy
no de Pasha dar un término tan cargado de cariño a cualquiera, y ha estado
brindando a los ancianos y jóvenes del Clan por igual horas de
entretenimiento.
Los ojos de Pasha están prácticamente bailando mientras merodea
hacia mí, dejando caer a sus pies la camisa que sostenía. Es un depredador
al cien por cien, y está obviamente hambriento. Rompiendo en una sonrisa,
considero hacerlo correr por ello, sabiendo que me perseguirá y me
alcanzará en cuatro segundos, pero todavía hay gente merodeando por el
campamento, preparándose para la ceremonia, y nunca lo sobreviviremos
si nos ven corriendo y gritando entre los vardos, como adolescentes
jodidamente locos por el sexo. Eso es lo que somos, sin embargo: locos por
el sexo. Ninguna pareja en la historia de la humanidad ha follado tanto como
Pasha y yo en los últimos tres meses. Es como si estuviéramos recuperando
todo el tiempo perdido solo para poder abusar del otro mientras dormimos.
—¿Estás nervioso? —pregunto, tratando de distraerlo.
—No. ¿Tú lo estás?
—¿Por qué estaría nerviosa? Tú eres el que está siendo coronado. —Sin
embargo, sé perfectamente que él no estaba hablando de su coronación. Se
refería a algo completamente distinto. Está a solo un metro de distancia de
mí ahora, y parece que está tratando de averiguar qué parte de mí va a
devorar primero—. Pasha. Pash, no —digo riendo—. Patrin viene a
buscarnos en un segundo. ¿Quieres que nos encuentre desnudos y follando
contra un árbol?
—No me importa cómo nos encuentre follando. Aunque el árbol suena
como una buena idea.
Está frente a mí, entonces, sus manos estiradas hacia las correas del
vestido verde irlandés que Shireen me prestó, el que me abroché a la cintura
con un trozo de seda púrpura. No es estrictamente un vestido que parezca
muy Roma, pero es muy bonito de todos modos, y los colores complementan
mi loco cabello. Los ojos de Pasha se alimentan de mis hombros desnudos
y la columna de mi cuello, y un calor comienza a elevarse en mi estómago,
extendiéndose hacia afuera, acumulándose en el vértice de mis muslos y
haciéndome retorcerme.
—Última oportunidad de follar a un príncipe —retumba Pasha.
—¿Oh sí? Estoy bastante segura de que follar a un rey será lo mismo.
—Diablos no. Follar a un rey es mucho peor. Son súper titulados.
Saben que han llegado a la cima de su juego, por lo que ya ni siquiera lo
intentan. Las cosas solo van a ir cuesta abajo desde aquí, Luciérnaga.
Me cuesta mucho fingir horror cuando todo lo que quiero hacer es
sonreír.
—Suena miserable. Tal vez sea mejor que acepte esa oferta.
Las correas están abajo sobre mis hombros en segundos, y el vestido
se desliza por mi cuerpo, reuniéndose a mis pies. Pasha atrapa su labio
inferior entre sus dientes, sus ojos se hunden para recorrer la longitud de
mi cuerpo desnudo.
—Sin ropa interior —reflexiona—. ¿Estás tratando de darme un jodido
ataque al corazón?
Su voz es como una caricia áspera; envía un violento escalofrío a lo
largo de mi espalda, siento pinchazos y agujas en la piel entre mis
omóplatos.
—Se suponía que era tu sorpresa posterior a la coronación. Pero eres
el hombre más impaciente que he conocido. Así que…
Sus callosas manos, incluso más ásperas ahora por trabajar afuera con
Patrin, son fuertes y poderosas cuando me agarran de las caderas y me
acercan a él. Es una deliciosa pared de calor y músculo. Mis pechos se
aplastan contra su pecho definido y entintado, y una oleada de necesidad
me golpea como una corriente eléctrica.
—¿Me quieres? —gruñe, voz áspera y gruesa con su propia lujuria.
Inclino mi cabeza hacia atrás, levantando mi rostro hacia él, mojando
mis labios de una manera que sé que lo vuelve absolutamente jodidamente
loco.
—Sí, su Alteza. Claro que sí.
—Buena chica.
Va a desabrocharse el cinturón, pero yo lo hago antes de que él pueda.
—Uno de estos días, te daré esto a ti para que lo muerdas. —Quito la
longitud del suave y flexible cuero de las pretinas de su pantalón,
sonrojándome un poco cuando me doy cuenta de que realmente puedo ver
mis propias marcas de dientes impresas en él.
La boca de Pasha se enrosca hacia un lado. Peligroso. Dios, es tan
jodidamente peligroso.
»Espero con ansias ese día. Pero ahora…
—El tiempo es la esencia —termino por él. Es posible que mis manos
hayan tropezado por intentar desvestir a este hombre al principio de nuestra
relación, pero he tenido mucha práctica desde entonces. Tengo sus
pantalones fuera de su cuerpo en tres segundos, junto con sus zapatos y
calcetines.
El cuerpo de Pasha es material de mitos y leyendas. Fácilmente
avergüenza a cada uno de los dioses griegos; ni el propio Zeus se veía tan
bien desnudo. La baja V que se sumerge en su ingle es suficiente para
hacerme hundir mis uñas en mis propias palmas con la fuerza suficiente
para extraer sangre. Joder, es más allá de perfecto. Los tatuajes que forman
un escudo en su pecho, los reyes de su gente, que serpentean por sus brazos
definidos y fuertes, y que suben por su cuello hacen que mi cabeza gire. Su
estómago es como una tabla de lavar, sus musculosos muslos y la curva de
su trasero extraordinariamente tonificado son todas las fantasías soñadas
de una mujer, pero son los detalles más finos del hombre lo que más aprecio.
Sus labios llenos, mordibles. El corte de su clavícula; los bellos finos y
suaves en la parte posterior de su cuello; el hoyuelo profundo que se forma
en su mejilla cada vez que realmente, realmente sonríe.
Deslizo mi mano entre nuestros cuerpos, agarrando su polla y
apretándola, y sus párpados se agitan. El suspiro entrecortado que libera
hace que mi ritmo cardíaco se acelere un poco. Con movimientos firmes y
seguros, comienzo a acariciarlo, y Pasha silba en voz baja.
—Mierda. Luciérnaga, eres demasiado buena para eso.
Entonces él hace su propio movimiento, palmeando mi pecho izquierdo
y amasando mi carne, pellizcando y girando el capullo hinchado de mi pezón
entre sus dedos, antes de maldecir e inclinarse sobre mí para que pueda
sujetarlo entre sus dientes. El dolor es intenso. El placer es insoportable.
—¡Ahh! ¡Joder, Pasha!
Él no cede. Cambia a mi otro pecho, dándole el mismo tratamiento al
pezón izquierdo, y agarro un puñado de su cabello, tirando de su cabeza
hacia atrás y empujándolo lejos.
—Chico malo —reprendo. Y estoy mordiendo su pecho un segundo
después, y siento su carne ceder contra mis dientes.
—¡Jesús! —gruñe Pasha mientras muerdo aún más fuerte. Lo siguiente
que sé es que él me está levantando en el aire, y me está acostado en el
suelo, tomando mis manos y sujetando mis brazos por encima de mi cabeza
por mis muñecas—. Tienes ganas de sacar sangre, ¿eh? —dice jadeando—.
De acuerdo entonces.
Y así comienza una guerra que ninguno de los dos tiene esperanza de
ganar. Él me muerde el cuello, aplastándose encima de mí, empujando mis
piernas para hacer espacio para él. Reclamo su boca, lo beso
profundamente, lo provoco y lo degusto con mi lengua, arrancándole
palabras dulces y frustrados, solo para apretar mis dientes alrededor de su
labio inferior un segundo después, tirando de él hasta que su mano se
apretó alrededor de mi cuello, empujándome de nuevo a la hierba.
—Cuidado, luciérnaga. Cuidado —advierte.
Pero no tengo cuidado. Agito mis caderas contra él, creando una
presión embriagadora e insoportable entre nosotros, y Pasha afloja su
control sobre mí. Uso mi codo para sacar el brazo que soporta su peso, y él
se cae de lado. Un segundo y un giro de mi cuerpo después, y el mundo está
girando mientras subo encima de él, sentándome directamente sobre su
polla dura como una roca. Coloco mi mano en su estómago y entierro mis
uñas en sus costados mientras me muevo contra él, provocándole con la
proximidad de mi vagina, y Pasha pierde su mierda. Su espalda se arquea
lejos del suelo, su cabeza cae hacia atrás, con su cuello expuesto, y gruñe
con los dientes apretados.
—Jooooder. Última advertencia, Luciérnaga.
—¿Qué vas a hacer al respecto, niño bonito? —me burlo. No debería.
Debería saberlo mejor... y la verdad es que sí lo sé. Quiero que él tome el
control. Quiero que él me maneje. Quiero sentir sus dedos presionando mi
piel lo suficientemente fuerte como para dejar un moretón. Mi estómago
retrocede cuando Pasha me agarra, rugiendo, y me pone de espaldas. Mis
muñecas están puestas sobre mi cabeza de nuevo en poco tiempo. Empuja
su mano libre hacia abajo entre nuestros cuerpos y fuerza sus dedos entre
mis piernas, gruñendo.
—Tan mojada. Ya estás preparada para mí, ¿mmm? —Me retuerzo,
tratando de salir de debajo de él, pero él es rápido—. ¿A dónde estás tratando
de escabullirte?
Aplasta su boca contra la mía, y las estrellas explotan detrás de mis
ojos. El beso es un saqueo. Él empuja sus dedos dentro de mí, me folla con
ellos, y mi visión se vuelve borrosa. Alejo mi boca de la suya, tratando de
recuperar el aliento, tratando de hundir los dientes en su hombro, pero él
desvía su cuerpo, apartándose del camino—. ¡Ahhh! ¡Pasha! Dios…
—Nunca supe que las luciérnagas tenían garras tan afiladas. —
Resopla—. Nunca supe que les gustaba morder.
—Esta luciérnaga lo hace —contesté.
Pasha desata una sonrisa brillante, riendo sin aliento, y mi corazón se
hincha en mi pecho. Siento que solo ha duplicado su tamaño cuando me
suelta las muñecas, me libera, pero luego me toma por el mentón, sostiene
mi cabeza en su lugar mientras me lame el labio superior, luego pasa su
lengua por la costura de mi boca.
—Sabes a sol y la miel, depravada —me informa—. Te voy a tomar
ahora. Me deslizaré dentro de este pequeño y húmedo coño tuyo y te haré
venir. Va a ser tu final. ¿Alguna última palabra? —Él muele sus caderas
contra mí, y la punta de su polla se frota contra mi vagina, dándome un
poco de mi propia medicina.
Dios, lo necesito. Lo necesito dentro de mí tan jodidamente mal. Si él
no me empuja ahora mismo, voy a perder mi maldita mente. Sacudo la
cabeza, reteniendo obstinadamente la súplica que lucha por escapar de mi
boca. Sin embargo, la sonrisa amplia de Pasha me dice que él ve a través de
mí.
—¿Puedes sentir lo mucho que te deseo, Zara? ¿Puedes? —Él empuja
sus caderas hacia adelante, apretando su erección contra mí tan fuerte que
realmente me duele el hueso púbico—. Estoy tan duro como el concreto
reforzado en este momento. Tu coño es más resbaladizo que un puto
resbaladero. Dime que me deseas.
Sacudo la cabeza.
—No.
—Dime.
—No.
—Admítelo, y puedo darte lo que necesitas.
Intento sacudir mi cabeza una última vez, pero Pasha aprieta su agarre
en mi mandíbula, manteniéndome inmóvil. Trato de sacarlo de su confesión
inclinando mis caderas hacia abajo debajo de él, tratando de deslizarlo
dentro de mí por mi cuenta, pero Pasha se desvía lo suficiente para alejarse
de mí. Sus ojos se ensanchan con reproche.
—Tut tut. Quieres mi polla dentro de ti, lo menos que puedes hacer es
pedirla bien.
Jodido infierno, siento que voy a implosionar.
—¡Pasha!
—¿Pasha qué?
—Solo... joder...
—¿Solo jodidamente fóllame? ¿Por favor? —Él hunde su cabeza hacia
abajo, rozando sus dientes sobre la piel hipersensible en la base de mi
cuello, y no puedo soportarlo más.
—¡Sí! Dios mío, sí, por favor. Por el amor de Dios. Te deseo. Te necesito
dentro de mí ¡Por favor!
Está en su poder torturarme aún más. Si él realmente quisiera que
sufriera, podría provocarme con su polla entre mis piernas otra vez,
sujetándome hasta que estuviera jadeando y gimiendo por él, lo
suficientemente desesperada como para decir absolutamente cualquier cosa
que él me pida, siempre y cuando me saque de mi miseria. Sin embargo, él
mantiene su mano.
Con un fuerte empuje hacia arriba, se estrella dentro de mí, y nos
congelamos al mismo tiempo, con la boca abierta, compartiendo aliento,
frotándonos los labios mientras intentamos llegar a un acuerdo con la
repentina y cegadora pared de placer que se ha estrellado en nosotros dos.
—Santa... mierda... —dice Pasha sin aliento—. Dios, Zara. Dios, voy a
correrme tan jodidamente duro dentro de ti.
Envuelvo mis brazos alrededor de él, aferrándome a él como si mi vida
dependiera de ello. En él. No me entierro las uñas en la piel esta vez. La
necesidad de luchar contra él, la frenética y desesperada necesidad de
consumirlo de alguna manera... ya se ha ido. Se desvaneció, como si alguien
hubiera pulsado un interruptor, y la única urgencia que me está
consumiendo ahora es la necesidad de acercarme, de hacer que este
momento dure.
Él comienza a moverse contra mí, torturadoramente lento. Él me echa
el cabello hacia atrás, reuniéndolo en un grueso mechón, luego desliza su
mano debajo de mí, apoyando mi cabeza mientras me mira fijamente con
total asombro en su rostro.
—Nunca en mis sueños más salvajes imaginé... a ti.
—Mentiroso —susurro—. Ese es el primer lugar en el que nos
conocimos.
El clímax que se infla en nosotros no mucho después, primero yo, luego
Pasha justo después, es uno de los récords. Estamos empapados de sudor
y sin aliento cuando el que pronto será el rey Roma me acerca a su pecho y
me dice que me ama.
***
Bajo su nombre legal, Frankie Rose, Callie escribe ficción para jóvenes
adultos que ha sido reconocida a nivel mundial, y ha recibido numerosos
premios por su serie 'Halo'. También es editora en jefe de Metric Magazine,
que se lanzará en 2017.