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Peter 1

El fragmento de 'Peter Pan' narra la historia de Wendy y su familia, quienes se enfrentan al crecimiento y la llegada de Peter Pan, un niño que simboliza la infancia eterna. La relación entre Peter y Wendy se desarrolla a través de la pérdida y recuperación de la sombra de Peter, lo que representa un vínculo entre lo mítico y lo humano. A medida que los niños vuelan hacia Nunca Jamás, se adentran en un mundo donde los mitos cobran vida, enfrentándose a figuras como el capitán Garfio, que encarna las heridas de la adultez y el paso del tiempo.

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Peter 1

El fragmento de 'Peter Pan' narra la historia de Wendy y su familia, quienes se enfrentan al crecimiento y la llegada de Peter Pan, un niño que simboliza la infancia eterna. La relación entre Peter y Wendy se desarrolla a través de la pérdida y recuperación de la sombra de Peter, lo que representa un vínculo entre lo mítico y lo humano. A medida que los niños vuelan hacia Nunca Jamás, se adentran en un mundo donde los mitos cobran vida, enfrentándose a figuras como el capitán Garfio, que encarna las heridas de la adultez y el paso del tiempo.

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Peter Pan.

Todos los niños, menos uno, se hacen grandes. No tardan en darse cuenta de
que van a crecer, y Wendy lo supo de la si guiente manera. Tenía dos años y
estaba jugando en el jardín cuando arrancó una flor y corrió a dársela a su
madre. Supon go que la niña era hermosa, porque la señora Darling se puso la
mano en el corazón y exclamó: “Ay, ojalá pudieras quedarte así para siempre”.
No hablaron más del tema, pero desde ese momento Wendy supo que tenía que
crecer. Siempre se sabe eso a partir de los dos años. Los dos años marcan el
principio del fin. Por supuesto, vivían en el número 14, y hasta que llegó Wendy,
su madre era la más importante de la casa. Era una señora encantadora, de
ideas románticas y dulce boca risueña. El señor Darling conquistó a su esposa de
este modo: cuan do numerosos caballeros descubrieron al mismo tiempo que
estaban enamorados de ella y salieron corriendo hacia su casa para decírselo, él
fue en coche y llegó primero. Eso la enamoró. La señora Darling se casó con un
vestido blanco y al princi pio llevaba las cuentas perfectamente, casi con alegría,
como si fuera un juego, y no se le escapaba ni un repollito de Bru selas; pero
poco a poco empezaron a desaparecer repollos en teros y en su lugar aparecían
dibujos de bebés. Eran los presentimientos de la señora Darling. Wendy llegó
primero, luego John y por fin Michael. Luego de la llegada de Wendy, durante un
par de sema nas estuvieron haciendo cuentas para analizar cómo po dían
mantenerla, pues era una boca más que alimentar. El señor Darling se sentó en
el borde de la cama a calcular los gastos. Él hacía las cosas con un lápiz y un
papel. –Aquí tengo una libra con diecisiete chelines –le dijo a su esposa–. Si dejo
de tomar café en la oficina, ahorra remos dos libras, nueve peniques y seis
chelines. ¿Quién anda por ahí? Ocho, nueve, siete… No hables, mi amor... Más la
libra que le prestaste al hombre que tocó la puer ta… Silencio… ¿Había dicho
nueve, nueve, siete? Sí. La cuestión es: ¿podemos mantenerla durante un año
con nueve, nueve, siete?–Por supuesto que sí, George –exclamó ella. Con John y
Michael se produjo el mismo dilema, pero llegaron a la conclusión de que podían
mantenerlos a to dos, y pronto comenzaron a ir los tres en fila rumbo al jardín de
infantes acompañados por su niñera. A la señora Darling le encantaba tener todo
en orden, y el señor Darling estaba obsesionado por ser exactamente igual que
sus vecinos. Por eso tenían una niñera. Como eran pobres, debido a la cantidad
de leche que bebían los niños, su niñera era una perra de Terranova llamada
Nana. Los Darling la conocieron en los jardines de Kensington, donde pasaba la
mayor parte del tiempo asomando su ho cico en los cochecitos de los bebés.
Nana demostró ser una excelente niñera. Por supuesto, dormía en el cuarto de
los niños. Sabía cuándo se le debía dar importancia a una tos y cuándo hacía
falta abrigar la garganta. Era una lección de buenos modales verla
acompañando a los niños a la escuela. Caminaba con tranquilidad si se portaban
bien, y los hacía volver a la fila si se dispersaban. En la época en que John
comenzó a ir al colegio, Nana ja más se olvidó de su abrigo y llevaba un
paraguas en la boca por si llovía. Era imposible encontrar una niñera mejor, y el
señor Darling lo sabía, pero a veces se sentía inquieto por lo que pensarían sus
vecinos. Nana también le causaba otra preocupación. A veces tenía la sensación
de que no lo ad miraba. –Sé que te admira mucho –le aseguraba la señora Dar
ling, y luego les hacía señas a los niños para que fueran cariñosos con su padre.
Entonces improvisaban alegres bailes, en los que a veces también participaba
Liza, la otra empleada. Nunca se había visto una familia tan feliz, hasta la
llegada de Peter Pan. La señora Darling oyó hablar de Peter por primera vez una
noche en que ordenaba las mentes de sus hijos. Cuando sus hijos se duermen,
toda buena madre revisa sus mentes y las ordena para la mañana siguiente. Si
ustedes pudieran quedarse despiertos (pero, por supuesto, no pueden), verían
cómo sus madres ordenan sus mentes de rodillas junto a la cama y les resultaría
muy interesante. Se parece bastante a ordenar cajones. A la mañana siguiente,
las travesuras y los enojos del día anterior habrán quedado acomodados en el
fondo, y en la parte de arriba, bien ventilados, estarán los mejores
pensamientos. No sé si habrán visto alguna vez un mapa de la mente de una
persona. Se ven líneas en zigzag que probablemente son los caminos de la isla,
pues el País de Nunca Jamás es siempre más o menos una isla, con
sorprendentes manchas de color aquí y allá, arrecifes de coral, barcos que
parecen volar en alta mar, cuevas solitarias, gnomos y príncipes... Pero también
es tán en el mapa el primer día de clases, los padres, la torta de chocolate, la
tabla del nueve, las monedas del día en que se cayó un diente, y muchas cosas
más que son parte de la isla. Por supuesto, cada País de Nunca Jamás es distinto
a los demás. El de John, por ejemplo, tenía una laguna con fla mencos que
volaban por encima de su cabeza, mientras que el de Michael, que era muy
pequeño, tenía un flamenco con lagunas que volaban sobre su cabeza. John vivía
en una bar ca; Michael, en una tienda india, y Wendy, en una casa de hojas muy
bien cosidas. Pero es cierto que todos los Países de Nunca Jamás tienen cierto
aire familiar. A sus maravillo sas costas llegan siempre los niños cuando juegan
con sus barquitos. A veces, cuando la señora Darling observaba la mente de sus
hijos, encontraba cosas que no lograba entender. De to das ellas, la más
desconcertante era la palabra “Peter”. No conocía a ningún Peter y, sin embargo,
el nombre aparecía en las mentes de John y Michael, mientras que en la de
Wendy estaba garabateado por todas partes. La señora Darling tenía la
impresión de que Peter era un poco insolente. –Sí, es bastante insolente –admitió
Wendy a regañadientes. Su madre se dedicó entonces a interrogarla:–¿Pero
quién es, querida? –Ya lo sabes: es Peter Pan. La señora Darling se acordó de un
tal Peter Pan al que había oído nombrar en su infancia. Se decía que vivía con las
hadas. Cuando era una niña, ella creía en él, pero ahora que era una mujer
casada dudaba seriamente de que existiera–Pero, Wendy –dijo la señora
Darling–. Ahora ya debe de ser mayor.–Oh, no, es como yo –le aseguró su hija.
Un niño es capaz de vivir las aventuras más extrañas sin sorprenderse. Fue así
que una mañana, cuando en el suelo del cuarto aparecieron unas cuantas hojas
de árbol, Wendy hizo un comentario inquietante: –¡Seguro que las ha dejado
Peter otra vez! ¡Debí haberlas barrido!–¿Qué quieres decir? –preguntó la señora
Darling. Wendy explicó con toda naturalidad que creía que a veces Peter entraba
al cuarto por la noche, se sentaba a los pies de su cama y tocaba la flauta.
Lamentablemente, Wendy nunca se despertaba, así que no sabía cómo lo sabía,
pero lo sabía. La señora Darling deseaba pensar que Wendy lo había so ñado.
Pero lo cierto es que allí estaban las hojas. Y según se demostró a la noche
siguiente, la misma en que empezaron las extraordinarias aventuras de los
niños, Wendy no lo ha bía soñado. Los niños ya estaban en la cama. Daba la
casualidad de que era la noche libre de Nana, y la señora Darling había ba ñado
a sus hijos y los había arrullado hasta que uno por uno se deslizaron hacia el país
de los sueños. Al verlos tan tranquilos, la señora Darling se sentó junto al fuego a
coser una camisa para el cumpleaños de Michael. Debido al calor del fuego y la
luz tenue del cuarto, no tardó en quedarse dormida. Mientras dormía, la señora
Darling soñó que el País de Nunca Jamás se había acercado demasiado y que un
extraño niño había conseguido salir de allí. El sueño en sí no tenía ninguna
importancia, pero mientras soñaba, la ventana del cuarto se abrió de golpe y un
niño se posó en el suelo. Iba acompañado de una luz extraña, del tamaño de uno
de tus puños, que revoloteaba por la habitación. Creo que fue esa luz la que
despertó a la señora Darling. Se levantó de un salto y gritó. Cuando vio al niño,
supo que era Peter Pan. Era muy hermoso, vestido con hojas se cas. Lo que más
llamaba la atención era que todavía conser vaba sus dientes de leche. Cuando
Peter se dio cuenta de que ella era una persona adulta, mostró esas pequeñas
perlas de su boca, haciéndolas rechinar. Más tarde, esa misma noche Cuando los
veladores que estaban junto a la cama de los niños se apagaron, se vio que en el
cuarto había otra luz, mil veces más brillante, que se metía en todos los cajones,
revol vía los armarios y no dejaba ni un solo bolsillo sin revisar en busca de la
sombra de Peter. No era una luz en realidad; se trataba de un hada del tamaño
de una mano, llamada Cam panita. El hada llevaba muy poco tiempo allí cuando
la ventana se abrió de golpe gracias al soplido de las estrellas más peque ñas y
Peter se posó con suavidad en el suelo. Todavía tenía la mano teñida de polvo de
hada, porque había llevado a Cam panita durante una parte del camino.–
Campanita, ¿dónde estás? ¿Encontraste mi sombra? –dijo en voz baja. La
respuesta fue un agradable tintineo, como de campa nas doradas. Así es el
lenguaje de las hadas. Ustedes, los ni ños normales, no pueden oírlo. Pero si
pudieran, tendrían la sensación de haberlo escuchado antes. Campanita le había
dicho a Peter que la sombra estaba en la cajonera. Peter se abalanzó sobre los
cajones y sacó todo lo que había dentro. Al encontrar la sombra se puso tan feliz
que no se dio cuenta de que había dejado a Campanita ence rrada en un cajón.
Lo único que pensaba era que su sombra y él se unirían como dos gotas de agua,
pero al ver que esto no ocurría quedó paralizado. Tomó un jabón del baño para
pegársela, pero no funcionó. Sintió un escalofrío y se sentó en el suelo a llorar. El
llanto despertó a Wendy, que se levantó de la cama. No le pareció extraño ver a
un desconocido llorando en el suelo; sentía mucha curiosidad.–¿Por qué lloras? –
preguntó con amabilidad. Peter, que cuando quería era muy educado, se levantó
e hizo una fina reverencia. Wendy, encantada, también hizo una reverencia
desde la cama.–¿Cómo te llamas? –preguntó Peter.–Wendy Moira Ángela Darling
–contestó ella–. ¿Cómo te llamas tú?–Peter Pan

🌒 La sombra perdida: un fragmento del alma


La sombra de Peter no es solo un accidente: es su parte humana, la que lo
ancla al mundo de los que recuerdan. Cuando la pierde en la casa de Wendy, es
como si un pedazo de su alma hubiera quedado atrapado en la estructura
doméstica, en el reino del orden y la memoria. La sombra quiere quedarse
porque reconoce en Wendy un hogar posible; Peter quiere recuperarla porque
sin ella es demasiado luz, demasiado mito, incapaz de tocar el mundo.
Wendy, al coserle la sombra, realiza un acto sacerdotal: une lo mítico con lo
humano, le devuelve contorno al niño que no quiere tenerlo. Ese gesto es el
primer pacto entre ellos.
🌕 El vuelo: rito de iniciación
Cuando Wendy, John y Michael vuelan, no solo cruzan el cielo: cruzan un umbral
iniciático. La nana queda atrás como guardiana del mundo conocido, mientras
ellos entran en un territorio donde los mitos respiran. El Nunca Jamás no es solo
una isla: es un plano de existencia donde lo que se pierde se transforma,
donde los deseos toman forma, donde la infancia es una fuerza cósmica.
Los Niños Perdidos son espíritus de ese plano: niños que se desprendieron del
tiempo, que olvidaron su origen, que viven en un eterno presente. Wendy llega
como memoria encarnada, como sacerdotisa del cuento, como quien recuerda lo
que ellos no pueden.
⚔️Garfio: el arquetipo del adulto herido
El capitán Garfio es más que un villano: es el arquetipo del adulto que
teme su propia sombra. Representa la linealidad del tiempo, la obsesión por el
control, la herida que nunca cierra. Su duelo con Peter es mítico: el eterno niño
contra el eterno herido. Garfio no solo quiere destruir a Peter: quiere capturar lo
que él perdió, esa libertad que ya no puede recuperar.
🐊 El cocodrilo: el tiempo devorador
El cocodrilo que se tragó el reloj es una criatura simbólica: el tiempo hecho
animal, el devorador de lo que envejece. Su tic-tac es un mantra, un conjuro, un
recordatorio de que incluso en el reino de los mitos, el tiempo acecha. Garfio lo
teme porque sabe que ese sonido es su destino. El cocodrilo no lo persigue por
hambre, sino por mandato: es la fuerza que reclama lo que ya está marcado.
🌑 El enfrentamiento: mito contra mito
En el barco pirata, Peter y Garfio no solo pelean: representan fuerzas
opuestas del universo. Peter, el niño eterno, danza como viento. Garfio, el
adulto herido, ataca como sombra afilada.
La batalla es un rito: el choque entre la libertad y la obsesión, entre el tiempo
circular y el tiempo lineal. Cuando el cocodrilo aparece, el mito del tiempo
reclama su presa. Garfio cae, huye o se entrega, pero siempre bajo el tic-tac que
marca el fin de su ciclo.
🌗 El regreso: la memoria vuelve a casa
Wendy y sus hermanos regresan al mundo humano, llevando consigo un brillo
que no existía antes. Los Niños Perdidos encuentran un hogar, un lugar donde el
mito puede descansar. Peter se queda en la isla, fiel a su naturaleza: ser el
guardián del umbral, el niño que nunca crece porque pertenece a otra
ley, a otro ritmo, a otro sueño.
Wendy lo mira desde la ventana, sabiendo que él es la infancia que se escapa, el
mito que no puede quedarse, la chispa que ilumina pero no se deja sostener.
Si quieres, puedo llevar esta versión hacia un tono más ritual, más
cosmológico, o más trágico-luminoso. ¿Qué dimensión te gustaría desplegar
ahora?

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