1.
El ser humano y la filosofía
A primera vista, el ser humano es uno más entre los seres que pueblan el universo. Sin
embargo, se diferencia de los demás porque es capaz de pensar. Y por eso reflexiona sobre
sí mismo y se pregunta qué es y por qué es así. De ahí que una de las principales
ocupaciones de la filosofía a lo largo de la historia haya sido investigar qué es el ser
humano.
1.1 La antropología filosófica
El término antropología procede de las palabras griegas anthropos («hombre» o «ser
humano») y lógos («estudio» o «tratado»); así pues, significa «tratado acerca del ser
humano».
Como los humanos son seres muy complejos, la antropología se divide en varias ramas,
dedicadas a aspectos concretos de su realidad.
Por ejemplo, la antropología cultural se ocupa del estudio de las diferentes formas de vida
humana que han existido y existen hasta nuestros días. Para ello investiga, analiza y
compara los valores, normas y tradiciones que orientan la vida de diferentes pueblos (por
ejemplo, la de una campesina china, la de un indígena de la cuenca del Amazonas, la de un
brahman hindú, etc.).
Otra rama de esta disciplina es la antropología filosófica, que trata de averiguar cuáles son
los rasgos específicos y universales, propios y característicos del ser humano, dejando
aparte la situación histórica, política, religiosa o cultural que le haya tocado vivir a cada
individuo o pueblo.
Es un saber que se ocupa de los rasgos esenciales y universales que nos hacen ser lo que
somos.
1.3. La relación entre el cuerpo y el alma
Las propuestas para entender la relación entre cuerpo y alma a lo largo de la historia son
muchas y muy diversas, pero principalmente se clasifican en dos tipos:
• Las teorías monistas sostienen que el alma y el cuerpo no son algo distinto, sino una única
realidad vista desde dos perspectivas diferentes. Algunas teorías de este tipo creen que el
alma predomina sobre el cuerpo, mientras que otras proponen lo contrario, pero
manteniendo que son dos caras de la misma realidad.
• Las teorías dualistas conciben el alma y el cuerpo como dos elementos de naturaleza
absolutamente distinta que se encuentran unidos durante la vida. Algunas de estas teorías
defienden que el alma es preexistente al cuerpo y que no muere con él, sino que
simplemente se separa de este.
2. Teorías sobre el alma humana
Nadie pone en duda que el ser humano tiene cuerpo. Esta es su dimensión física, biológica,
sensible. Pero también cuenta con otra dimensión no corporal para la que no hay un
nombre universalmente aceptado: psique, espíritu, alma, Yo, conciencia, mente, etc. Estas
son algunas de las principales teorías sobre el ser humano y su manera de entender el alma
en relación con el cuerpo.
2.1. El dualismo platónico
El filósofo griego Platón (V-IV a.C.) sostuvo que los seres humanos están compuestos por
dos elementos:
• El cuerpo es sensible, es decir, se puede captar con los sentidos.
Su existencia tiene un comienzo y un fin, y cambia a lo largo de la vida (primero crece y
después envejece).
• El alma es inteligible, es decir, se puede entender su existencia y sus funciones (amar,
odiar, pensar, etc.), pero no es posible captarla a través de los sentidos. Además, es
inmortal, pues tras la muerte de un cuerpo se introduce en otro cuerpo (transmigración).
Para entender el dualismo platónico, imagina la siguiente situación: estás en clase y sientes
mucho apetito; tendrás la sensación de que tu cuerpo te pide que comas allí mismo o que
vayas inmediatamente a buscar comida; la mente, en cambio, te exigirá que aguantes un
poco más. Así, tendrás que controlarte si no quieres ceder de modo
inmediato a la demanda del cuerpo.
Platón identificó el alma como la parte del ser humano que se encarga de controlar el
cuerpo y este último como la parte que debe ser controlada. En este sentido, el filósofo
utilizó metáforas como «el alma es como quien pilota un navío» o «el alma es como quien
monta un caballo» (en las que el navío y el caballo corresponden al cuerpo humano). Se
trata de una teoría dualista, que identifica al ser humano con el alma e infravalora el cuerpo.
Por eso no tiene que extrañar la metáfora platónica del cuerpo como cárcel del alma. Para
liberarse del cuerpo, el alma tiene que alcanzar el conocimiento de la verdad, algo que solo
es posible prescindiendo de toda influencia
corporal y de cualquier dato sensible.
El mito del carro alado
Platón se apoyó en relatos y metáforas para hacer llegar a todo el mundo sus principales
teorías, también aquellas acerca del alma. Así, en su diálogo
Fedro, explica que el alma humana se parece a un carro con alas tirado por dos caballos y
guiado por un auriga (conductor). Según el relato, uno de los caballos es dócil y está
dispuesto siempre a obedecer las órdenes del auriga; mientras que el otro es desobediente
e impulsivo, y no se deja controlar fácilmente. Por esta razón, al auriga le resulta difícil
conducir el carro y llevarlo por el camino adecuado.
De esta manera, a diferencia de las almas de las divinidades, que son perfectas, las almas
de los seres humanos están atrapadas en un cuerpo que deben encargarse de dirigir.
La narración del carro alado encierra las ideas fundamentales sobre la concepción platónica
del alma:
• El alma humana tiene tres partes, lo que equivale a decir que desempeña tres funciones
diferentes:
• La parte irascible del alma (el caballo obediente) se pone al servicio de la razón para
controlar los impulsos del alma apetitiva (ca-ballo desobediente).
• Para vivir bien, la parte racional del alma (auriga) debe ser la que dirige las acciones de
cada persona.
2.2. El alma según Aristóteles
Aristóteles (siglo IV a.C.) estudió durante cerca de veinte años en la
Academia de Platón, por lo que conocía muy bien la teoria del alma de su maestro y,
aunque en un principio la defendió, poco a poco se fue distanciando de ella y acabó por
rechazar que el alma fuera independiente del cuerpo. Para ello se basó en varios
argumentos:
• Las actividades que se atribuyen al alma no pueden realizarse
Sin el cuerpo. Por ejemplo, hablar, pensar o desear son acciones imposibles para un alma
sin cuerpo. Pero también lo son para un cuerpo inanimado (sin alma), como es el caso de
un cadáver.
• Alma y cuerpo mantienen una estrechísima relación. Aristóteles puso el ejemplo de la cera
y la impresión que se marca en ella.
El filósofo estaba pensando en el sello con el que se garantizaba que un escrito (carta, ley,
etc.) procedía verdaderamente de quien lo emitía. De esta manera, afirmó que la relación
entre el alma y el cuerpo es semejante a la que se da entre la cera (cuerpo, materia) y la
impresión del sello (esencia, alma, forma).
• El alma es la forma del cuerpo. Aristóteles consideró que la realidad es sustancia, es decir,
que lo realmente existente son los individuos, pues solo a ellos se les puede atribuir
cualidades. Por ejemplo, de un caballo se puede decir que es blanco, ágil, veloz, resistente,
etc. Aunque esas cualidades son reales, ni la blancura ni la agilidad existen como algo
aparte, sino que son cualidades o atributos que solo pueden existir en el individuo o
sustancia, que en este caso es un caballo. Ahora bien, los individuos o sustancias están
compuestos de dos elementos: la materia y la forma.
Esto se conoce como teoría hilemórfica (del griego hyle = mate-ria» y morphé = (forma») de
la sustancia, lo que significa composición materia-forma de la sustancia.
En un ser vivo, la forma es el alma, mientras que la materia es el cuerpo. Juntos constituyen
una única realidad que Aristóteles denomina sustancia viviente. En esta sustancia, la forma
o alma no puede existir separada de la materia o cuerpo, porque no tiene sentido hablar, por
ejemplo, de la estructura que conforma y da vida al gato si no hay una materia (carne,
huesos, etc.) a la que proporcionar un orden y una vitalidad. El alma no es algo distinto de
las funciones que desempeña el ser vivo. Por eso, existen diferentes tipos de alma,
dependiendo de las funciones vitales que tenga que desempeñar
cada ser.
Aristóteles defendió que cada ser vivo tiene un alma capaz de realizar todas las funciones
que ese ser necesita. Así, los seres humanos poseen un alma que, además de las
funciones propias de su carácter racional, desempeña las funciones del alma sensitiva y
ve-getativa. El filósofo griego no la localizó en ninguna parte del cuer-po, sino que consideró
que el alma está presente en el ser vivo en su totalidad.
De todo lo dicho se sigue que el alma (forma) es mortal, ya que no puede existir sin el
cuerpo: ni existe antes del cuerpo ni sobrevive a él. Cuando se quema un libro, no solo
desaparecen para siempre el papel y la tinta (materia), sino también el mensaje que este
contiene
(que es la parte principal de su forma).
Sin embargo, cuando Aristóteles estudia el conocimiento humano dice que existe un
entendimiento agente que es (separado, inmortal y eterno». Esta afirmación ha propiciado
múltiples discusiones entre quienes han estudiado su obra acerca de la posibilidad de que
el filósofo creyera que hay en el ser humano algún componente in-mortal.
2.3. Agustín de Hipona: la verdad está en el interior De la vida exterior al interior de uno
mismo
Agustín de Hipona nació en el siglo IV d.C. en la ciudad de Tagaste, perteneciente a la
provincia romana de Numidia (en la actualidad Souk Ahras, en Argelia). Cuando aún era
muy joven, leyó el tratado filosófico Hortensius de Cicerón, que despertó en él la necesidad
de emprender la búsqueda de la verdad. Esta búsqueda le condujo hasta los principales
centros culturales e intelectuales de su época:
• En Cartago estudió el maniqueísmo, que defendía que el mundo se regía por dos
principios: el Bien y el Mal. El Bien era la luz que ilumina el alma, mientras que el Mal la
oscurece y la enturbia.
• En Roma entró en contacto con el escepticismo de la Academia neoplatónica, que
sostenía que los seres humanos carecen de facultades para alcanzar la verdad.
• En Milán conoció al obispo Ambrosio, cuya influencia le llevó a descubrir que la verdad
que buscaba se encontraba en la Biblia.
Se convirtió al cristianismo, fue ordenado sacerdote y más tarde llegó a ser obispo de
Hipona.
Agustín no buscaba una verdad cualquiera, sino la verdad absolu-ta, eterna e inmutable. A
lo largo de su vida se fue convenciendo de que esa verdad no se encontraba en los
acontecimientos externos ni en las cosas que lo rodeaban, sino en su propio interior.
Así, su concepción del ser humano tiene dos características funda-mentales:
• Enlaza con la tradición socrática, que defendía que la verdad esta en el interior y que hay
que sacarla al exterior. La verdad se encuentra en la intimidad más profunda del ser
humano y no en las realidades del mundo exterior que le muestran los sentidos.
• Encuentra una serie de verdades que no pueden ser rechazadas en la conciencia que el
ser humano tiene de sí mismo, la autocon-ciencia.
Razón, fe y certeza interior
Los seres humanos se dan cuenta de que pasan cosas a su alrededor: tienen conciencia de
si es de día o de noche, del lugar en el que se encuentran o de la temperatura del ambiente.
Pero, además, tienen lo que Agustín llamó sentido interior, la capacidad de volverse sobre sí
mismos. Pueden hacer introspección, es decir, observar su interior, su subjetividad o
intimidad. Esto es lo que se conoce como autoconciencia y en ella Agustín descubrió una
triple verdad imposible de refutar: «somos, conocemos y amamos». Su argumentación
fue la siguiente:
• «No puedo dudar de que yo soy o existo, pues si no existiera, ¿cómo podría equivocarme?
Es indudable que cometo errores, pero si no existiera,
¿cómo podría cometer esos errores? Los errores que cometo producen en mí la seguridad
completa de que soy o existo».
• «Tampoco puedo dudar de que yo conozco. Aunque todas las cosas que conozco fueran
completamente falsas, es verdad que las conozco. Puede ocurrir que todos mis
conocimientos sean falsos, pero aun en ese caso puedo afirmar que conozco cosas falsas,
y esto último sería verdadero».
• «No puedo equivocarme en que yo amo. Aquí amar tiene el sentido del sentimiento
amoroso, pero también del acto de la voluntad. Puedo equivocarme en las cosas que amo o
quiero, y que estas no respondan a las expectativas que tenía sobre ellas, pero mi quererlas
o amarlas es auténtico y verdadero».
Con esta argumentación basada en la introspección o autoconcien-cia, el filósofo creyó
rebatir todas las dudas escépticas. Pero, ade-más, reforzó su confianza en que estas
verdades eran irrefutables con la lectura de la Biblia. En el libro del Génesis, en el relato
sobre la creación de Adán y Eva, se dice que «Dios creó al hombre a su imagen y
semejanza». Agustín interpretó esta frase de la siguiente manera: en el alma humana
encontramos una imagen de Dios. Ahora bien, el Dios cristiano es Trinidad («tres personas
distintas y un solo Dios verdadero»). Las tres verdades descubiertas mediante la
introspección o la autoconciencia (((somos, conocemos y amamos»)
son para Agustín la imagen del Dios trinitario en el alma humana.
Así pues, lo que el ser humano encuentra en su alma es la imagen que Dios ha puesto de sí
mismo en ella.
2.4. Descartes y el fantasma en la máquina
Sustancia pensante y sustancia extensa
René Descartes (1596-1650), al igual que Platón, sostuvo la existencia de dos realidades
diferentes e independientes en el ser humano:
• El cuerpo, que es extenso y divisible, funciona como una máquina y obedece a las leyes
físicas, tal y como el de los demás animales.
• El alma, que no ocupa lugar ni puede dividirse en partes, es una entidad capaz de pensar
y de dar órdenes al cuerpo.
El filósofo se refirió al cuerpo y al alma diciendo que ambos eran sustancias. En el sentido
cartesiano, sustancia es toda realidad que no precisa de ninguna otra cosa para existir.
Descartes pensaba que tanto el alma como el cuerpo dependían de Dios, que los había
crea-do. Pero, aun así, se refirió a ellos como sustancias, con el objetivo de remarcar la
distinción entre ambos. Aunque el cuerpo no existiera, el alma no dejaría de ser todo lo que
es. De hecho, es posible pensarse sin un cuerpo, dice Descartes; pero es imposible
imaginarse no pensando.
«Pienso, luego soy» es una de las sentencias más conocidas de Descartes y uno de los
pilares más importantes de su pensamiento.
Su significado es muy amplio, pero desde la perspectiva antropológica ha de entenderse de
la siguiente manera:
• Dudando se puede llegar a encontrar algo indudable, es decir, algo absolutamente
verdadero.
• Iras un largo proceso de duda, Descartes encuentra que no le es posible poner en duda
que está pensando. Cabe la posibilidad, aunque sea remota, de que todo lo que alguien
piensa sea falso, pero, incluso en ese caso, sería verdad que está pensando.
• Por eso, en un primer momento, lo que Descartes sabe con absoluta seguridad es que
está pensando, que es una realidad pensan-te, y así lo expresa: «Soy una cosa que
piensa», porque, para pen-sar, es preciso ser.
• Esto es lo que propiamente son los seres humanos: sustancias pensantes, porque antes, y
con más seguridad que los conocimientos relativos al cuerpo, cada uno tiene la conciencia
clara y completamente segura de que está pensando.
Por tanto, lo que quiere decir Descartes con su famosa afirmación es que el ser humano es
fundamentalmente alma, mente, pensa-miento.
Después de haber distinguido y caracterizado el alma y el cuerpo como dos sustancias
diferentes, el filósofo se enfrentó al problema de explicar la relación entre ambos.
Es frecuente que cuando alguien se siente triste (estado anímico), llore (fenómeno
corporal); o que cuando siente vergüenza, se coloreen sus mejillas. Si se trata de dos
sustancias diferentes, ¿cómo explicar estos y otros comportamientos paralelos entre el
cuerpo y el alma? Descartes creyó encontrar la respuesta en la glándula pineal o epifisis,
donde, según él, se producía el contacto que hacía posible la interacción entre ambos.
Si el cuerpo humano es una máquina, pero las personas son propiamente alma, entonces el
ser humano es un alma cautiva en un cuer-po. Más exactamente, el ser humano es un
fantasma que pretende gobernar una máquina; considerando el alma un fantasma, en el
sentido de que no se puede controlar ni estudiar científicamente de la misma manera que el
cuerpo humano. Según Descartes, solo se tiene acceso a la propia alma y no se puede
saber nada del alma
de los otros.
2.5. ¿Una máquina sin fantasma?
A partir de la teoría dualista de Descartes, se desarrollaron otras teorías que pretendieron
definir al ser humano como si no fuera nada más que una máquina. Este es el caso de
Julien Offray de La Mettrie, médico y filósofo francés del siglo XVIII que, para alejarse del
dualismo cartesiano, defendió un monismo materialista, es decir, aceptó la concepción
cartesiana según la cual los animales y el cuerpo humano son máquinas, pero rechazó la
existencia de una sustancia pensante o alma.
La Mettrie sostuvo que no había más que una única realidad de carácter material y sensible
con, además, el dinamismo necesario para explicar todos los estados anímicos. Aquello que
los filósofos conocen como alma debía ser entendido como diferentes estados del cuerpo,
considerando las sensaciones, los sentimientos o las emociones como alteraciones
corporales.
Según esta teoría, no es necesario recurrir al alma para explicar la tristeza, el pensamiento
o la euforia, sino que bastaría con estudiar a fondo el funcionamiento del cuerpo para
descubrir que su propia materia posee un principio de movimiento capaz de justificar todos
los estados anímicos imaginables.
La Mettrie adoptó una posición animista al pensar que la materia estaba animada y que no
existía diferencia alguna entre la sustancia alma y la sustancia cuerpo, ya que, en realidad,
eran una y la misma cosa.
El materialismo de este pensador ha continuado, por ejemplo, con el premio Nobel de
Fisiología y Medicina Jacques-Lucian Monod, que en el siglo XX desarrolló su labor de
investigador en el Instituto Pas-teur. Monod defendió que los seres humanos son máquinas
biológi-cas, ya que los procesos genéticos y bioquímicos que se producen en su cuerpo son
automáticos y están sometidos a leyes generales.
3
El ser humano tiene voluntad
La voluntad se define como la facultad o la capacidad del ser humano para querer. Todo el
mundo cuenta con cierta capacidad para realizar una determinada acción entre otras
posibles y ejerce esta capacidad de dos maneras diferentes:
• Espontáneamente, incluso de manera inconsciente, cuando a alguien le pasa algo que no
se ha planteado o propuesto. Por ejem-plo, cuando siente cansancio y quiere dormir, etc.
• Conscientemente, cuando la acción tiene su origen en la persona misma. Es decir, cuando
esa acción no se habría realizado sin la colaboración expresa de quien la lleva a cabo. Por
ejemplo, escribir un mensaje a una amiga.
En filosofía, una acción voluntaria es siempre una acción consciente y no una mera
inclinación o tendencia. Por eso, la capacidad de actuar voluntariamente está directamente
relacionada con la libertad: una acción voluntaria se realiza siempre con un cierto margen
de libertad, eligiendo entre varias posibilidades. Por ejemplo, no es voluntario caerse al
suelo tras haber tropezado; en cambio, sí es voluntario estudiar para el próximo examen.
3.1. Voluntad frente a mecanicismo
Admitiendo que las personas tienen voluntad, es imposible mantener que son tan solo
máquinas o plantas, como decía La Mettrie: ni el reloj más perfecto ni la planta más
evolucionada tienen capacidad para querer. Si las personas tienen voluntad, no pueden ser
meras máquinas. La comparación con una máquina puede resultar útil a la hora de
desarrollar prótesis que reemplacen órganos corporales dañados (prótesis de rodilla o de
cadera, un corazón artificial, lentes artificiales que sustituyen al cristalino, etc.), pero esto no
significa que sea válida para explicar todo lo humano, tal y como ocurre con la voluntad.