IÓN MUJ
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ES COLE
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Los emigrados es el testimonio de
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Angélica, quien emprende junto IÓN MUJ
a su familia un viaje hacia los
llanos del Casanare a principios del
siglo XIX, animada por los ideales Evangelista Correa de Rincón Soler
independentistas. A lo largo de
su travesía, describe los paisajes
llaneros y su naturaleza, así como
los caminos y conflictos con los
Los emigrados
que se va enfrentando. Además, Leyenda histórica
reflexiona sobre sus compatriotas
del Casanare, el rol de la mujer,
el matrimonio, la educación Recobro histórico y presentación
colonial y la libertad. En esta obra, Vicente Pérez Silva
Evangelista Correa narra una parte
central de la historia de Colombia,
mezclando el relato histórico
con lo literario y posicionando a
las mujeres desde el lugar de la
escritura como profesión.
Los emigrados
Leyenda histórica
por la señora
Evangelista Correa de Rincón Soler
Los emigrados
Leyenda histórica
por la señora
Evangelista Correa de Rincón Soler
Yannai Kadamani Fonrodona
Ministra
Ministerio de las Culturas, las Artes
y los Saberes
Adriana Martínez-Villalba
Directora
Biblioteca Nacional de Colombia
Equipo editorial
Diego Pérez Medina Vicente Pérez Silva
Coordinación editorial Investigación y presentación del texto
Jesús Goyeneche Wilches Catalina Moreno
Gestión editorial Revisión del texto
Fiorella Ferroni Polchlopek ISBN (digital): 978-628-7666-58-0
Diseño y dirección de arte Primera edición, Bogotá, D. C.,
abril de 2025
Angélica Villate Rodríguez
Diagramación
CC BY-NC-SA
David Niño Moros
Asistencia editorial
Contenido
Los emigrados, un recobro histórico del siglo !! 7
Al lector 17
Advertencia 21
Prólogo 23
Capítulo primero. Infancia y adolescencia 29
Capítulo segundo. La propuesta 33
Capítulo tercero. Matrimonio 45
Capítulo cuarto. La Salina 51
Capítulo quinto. Camino de Casanare 55
Capítulo sexto. El Llano 63
Capítulo séptimo. Unos días en Betoyés 69
Capítulo octavo. Chire 79
Capítulo noveno. La huida 85
Capítulo décimo. La vida en el bosque 93
Capítulo undécimo. Lo que pasaba en Chire 109
Capítulo duodécimo. La prevención 119
Capítulo decimotercio. Algunos meses después 123
Los emigrados, un recobro
histórico del siglo XIX
La voz de algunas mujeres
no puede ser oída impunemente.
Mantegazza
Desde temprana edad he sido un apasionado amante de los libros
y, entre estos, he tenido y mantenido un especial afecto por los li-
bros raros y curiosos. De aquí la indecible fortuna de atesorar un
libro, de tamaño pequeño en su forma, pero muy intenso en su
contenido, que vio la luz hace poco más 150 años: Los emigrados.
Leyenda histórica por la señora E. Correa de Rincón Soler.
Una auténtica rareza y curiosidad bibliográfica de autores
colombianos y, lo que es más significativo y preponderante de re-
saltar, una obra de sumo interés histórico, proveniente de la pluma
de una mujer. En la actualidad, un tesoro bibliográfico totalmente
olvidado e ignorado por escritores, investigadores y, mucho qué
extrañar, de los mismos historiadores. Al punto de que, con ex-
cepción del escritor e historiador boyacense Ramón C. Correa, no
hallamos la menor referencia del libro de marras.
·7·
! Los emigrados "
A propósito, dicho escritor, en su obra Historia de la literatura
boyacense1, se limita a darnos estos someros datos biográficos:
La señora Juana Evangelista Correa de Rincón Soler, de Tun-
ja, publicó la leyenda histórica Los emigrados, trabajo que se
refiere a los patriotas de Casanare. Fue hija del doctor Nico-
lás Ignacio Correa y de la señora doña Tomasa Villate, esposa
del señor Cándido Rincón Soler y Correa. La Asamblea Le-
gislativa del Estado Soberano de Boyacá de 1863 decretó a
la señora Juana Evangelista una pensión de por vida de 25
(pesos) como esposa del Coronel Rincón Soler.
Definitivamente, en el reino frondoso de los libros también
nos sorprenden inesperados tesoros que deslumbran y cautivan.
De la penumbra del olvido surgen estas páginas purificadas en la
intimidad del amor, el dolor y el sacrificio. Páginas apasionan-
tes, atractivas y atrayentes que hemos leído y releído con singular
interés y con la delectación que merecen. No de otra suerte nos
es dado apreciar las virtudes personales e intelectuales de una
mujer realmente excepcional que se levanta en el ambiente de
una época sujeta a las limitaciones y restricciones de carácter fa-
miliar, religioso, social y educativo de su tierra nativa, al igual
que en otras partes del suelo colombiano, en el lejano discurrir
del siglo !!.
Circunstancias a las que se sobrepone esta mujer dotada de una
clara inteligencia, de un espíritu superior, lo que es más, animada
por los ideales encaminados al logro de la Independencia del so-
metimiento despótico y violento de la Corona española. Un anhelo
de libertad que late profundamente en las entrañas de su alma. En
pocas palabras, como lo demuestran plenamente la vivacidad y fi-
delidad de sus descripciones, en particular las relacionadas con la
formación del ejército libertador, una mujer predestinada por los
1
Ramón C. Correa, Historia de la literatura boyacense (Tunja: Imprenta De-
partamental, 1950).
·8·
! Presentación "
dioses a la heroicidad. Una mujer que en todo trance saboreó «la
miel de la ilusión y la cera del sacrificio» hasta ver culminada la
gesta de nuestra emancipación el 7 de agosto de 1819.
En este punto es preciso tener muy presente que tanto la au-
tora del libro, la señora Evangelista Correa del Rincón Soler, como
su insigne prologuista y coterráneo, el prolífico escritor, historia-
dor y hombre de Estado Felipe Pérez, nos advierten de una manera
expresa que su contenido es de carácter histórico. Y, a fe, que se
trata de un testimonio eminentemente histórico; testimonio que
ha escapado al conocimiento de versados amantes y acuciosos es-
crutadores de nuestra historia. Una realidad histórica con asomos
de leyenda y el relato de ciertos episodios con visos novelescos que
encantan y seducen. Tales las vivencias y novedosas descripciones
que con mano mágica nos depara la autora, cuya estampa de finos
perfiles físicos se funde y confunde entre los pliegues de que hace
gala la protagonista.
Imposible nos deleitamos con este medallón elaborado con
filigranas autobiográficas en el que resplandece la inconfundible
imagen de Evangelista:
Esta era Angélica; tenía ya trece años; era viva de ima-
ginación, con ojos cautivadores; la regularidad de todas
sus facciones la hacía completamente hermosa, pero de
una hermosura irresistible, porque en sus ojos chispea-
ba el fuego de su inteligencia; su armoniosa voz formaba
una melodía celestial, y en todo su porte manifestaba la
nobleza del corazón y la rectitud de su espíritu2. (36)
Tal como lo señala dicho prologuista, este «libro se compo-
ne de dos páginas: la una pertenece al rincón del fuego, la otra
pertenece a la historia» (18). Dos partes en las que fácilmente va-
loramos la sencillez y espontaneidad de su estilo, y la naturalidad
y el colorido de sus descripciones, a las que se unen su despierta
2
Las citas de la obra se refieren a la presente edición. [Nota de los editores]
·9·
! Los emigrados "
imaginación, su capacidad de observación y la fortaleza de su
sentimiento. Vivas manifestaciones en las que de manera sutil
se entrelazan la realidad y la leyenda al límite de que, como bien
lo sabemos, no es del todo fácil precisar dónde comienza la una
y dónde termina la otra, o dónde concluye la primera y dónde se
inicia la segunda.
En los primeros capítulos de este libro, la autora nos revela
la distinción de su estirpe, el acontecer de su vida hogareña, su
desagrado con las enseñanzas y prácticas religiosas, su formación
educativa y en su unión matrimonial, con quien fuera un conven-
cido y destacado militar que, desde muy temprana edad, se enroló
en las huestes republicanas y pronto acudió a la inicial conforma-
ción del ejército patriota en Casanare, lugar llamado por acierto
«tierra de la libertad», al lado de Santander, «su amigo predilec-
to». El coronel «había soñado con la libertad de la patria en sus
primeros años, y sin patria él no deseaba vida, familia, amor ni for-
tuna» (109). Este el temple de su carácter y de su convicción.
Movida por el mismo espíritu libertario de su esposo, la nom-
brada protagonista, o mejor, la autora de esta histórica realidad,
emprende viaje hacia el lugar de los Llanos, en donde el coronel
en referencia ejerce labores atinentes a su misión. Con este pro-
pósito, entre finales del 1817 y los siguientes años de 1818 y 1819,
recorre largos y tortuosos caminos y padece tribulaciones sin
cuentos; viajes que trascurren con el asedio de la sed, el hambre
y los desvelos. Con todo, maravilla la naturalidad con la que nos
hace el relato de los lugares por donde transita, las costumbres y la
acogida de sus moradores, los encuentros y enfrentamientos con
las tribus indígenas, ante los que reacciona con destreza. Y es de
admirar, así mismo, la agilidad descriptiva con la que nos pinta
las maravillas y los encantos de la naturaleza, su vegetación exube-
rante, el torrente de los ríos, la variedad y la fiereza de los animales
salvajes, la diversidad de especies, de coloridos y de cantos de las
aves. «Hay lindas aves», escribe, «que con sus bellos plumajes
recrean la vista y con su armonioso canto halagan el oído, dando
de ambos modos placer al corazón» (67). En fin, la contempla-
ción de paradisiacos parajes llaneros que le alientan el espíritu y la
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! Presentación "
esperanza de mejores días. «¡Ah! ¡Cuánto diera yo», exclama, «por
volver a Arauca, por ver ese cielo, ese horizonte, ese sol!» (123).
De igual modo, es preciso resaltar las consideraciones que tan
privilegiada inteligencia nos hace en torno al amor, la mujer, el ma-
trimonio, la educación, la libertad, el valor, la esclavitud. Pese a su
brevedad, estas reflexiones constituyen verdaderos tratados que se
adelantaron a su tiempo en materias de tanta importancia y trascen-
dencia. Si a la mujer se refiere, estos contados renglones nos dan el
punto y la medida de su auténtica concepción feminista:
Regularicemos la pasión del amor, única que en la mujer
puede llamarse verdaderamente pasión. Dese a la mu-
jer libertad, pero no hasta el punto de abandonarla a sus
caprichos: que el hombre sea libre, independiente, sobe-
rano, convenido, pero que no sea el tirano de la mujer, ni
la convierta en un juguete con que quitar, por momentos,
el fastidio de su vida. (47-48)
Aún más, nada, absolutamente nada que extrañar de seme-
jante portento cuando menciona al escritor, político y economista
Pierre Joseph Proudhon, «uno de los fundadores de las teorías
mutualistas y colectivistas» y autor de la obra Filosofía de la miseria.
Este corto renglón lo dice todo:
Ciertos propietarios de aquel entonces, «tenían una comuni-
dad de bienes capaz de asustar al mismo Proudhon» (48). Nada
más, ni nada menos. De igual modo nos deja perplejos cuando se
detiene el análisis de las diferentes variedades o especies de la fe-
rina familia del tigre; concretamente cuando toca el tigre rayado
de Casanare, hoy en total extinción, que «ofrece una semejanza tal
con el que Bu%on llama verdadero tigre…» (64).
¿Evangelista Correa, una escritora oriunda de la ciudad de
Tunja, en pleno siglo !!, conocedora del célebre conde de Bu%on,
naturalista y escritor francés, autor nada menos que de 44 vo-
lúmenes de la Historia Universal? Y nos percatamos de que ella
también goza del don sublime de la inspiración poética y, lo que es
de admirar, su conocimiento del arte universal: «[…] el cielo no
· 11 ·
! Los emigrados "
ostentaba azul, pues estaba todo cubierto por una blanca y traspa-
rente nube, semejante a los vestidos inefables, casi vaporosos, con
que adorno sus vírgenes Rafael» (39).
De veras sorprendente el tamaño alcance intelectual de una
mujer en ese tiempo.
Con estos precedentes, que nos transportan a las alucinantes
esferas de una leyenda (de una «leyenda histórica» como la nom-
bra su autora), llegamos a los capítulos finales que de veras nos
alteran y estremecen el ánimo. Llegando el día en el que Bolívar
y Santander se encuentran y se abrazan en Casanare, ocurre algo
inesperado e indeseado que quizás vino a marcar para siempre la
animosidad entre esos dos grandes hombres que tanto tuvieron
que ver en los destinos de nuestro acontecer histórico.
Es el tiempo en el que Santander ha contribuido a la forma-
ción, la organización y los mantenimientos del ejército patriota,
que luego de tantos infortunios logra vencer las fuerzas realistas
en el puente de Boyacá. Así lo corrobora de manera tajante este
testimonio: «Cuando el general Bolívar se encargó del mando el
pequeño ejército organizado en Casanare, quedó de subalterno
Santander. El ejército, creación casi exclusivamente suya, lo ama-
ba con ternura, y vio con pena que su amado coronel quedase de
subalterno…» (109).
Bolívar llama o designa a Santander jefe de Estado Mayor y dice
que es el «hombre mesurado, inteligente valeroso y hábil».
No obstante este reconocimiento y de conocer sus actuacio-
nes, es el caso de que Bolívar, al asumir la jefatura del ejército, no
confía en el hombre que, en medio de difíciles circunstancias, ha
logrado dicho cometido y lo han puesto en condiciones de afrontar
y enfrentar venideras batallas.
De semejantes actitudes nos dan cuenta fehaciente estas ma-
nifestaciones: «[…] empezamos a notar que el general Bolívar,
que llegó hace poco y se encargó del mando, desconfía […] sujetos
al hombre al que duda de nuestro honor […] El general Bolívar
desconfía, no sé por qué, del coronel Santander…» (102).
A la postre, como era de esperarse, estos síntomas de des-
confianza del general Bolívar turbaron e inquietaron al ejército.
· 12 ·
! Presentación "
Su reacción llega al punto de que se desencadenara una subleva-
ción. De todo esto y de mucho más, nada mejor que disfrutar de
estas páginas únicas que nos hacen vivir la aurora de nuestra in-
dependencia. Así mismo, nos permiten esclarecer los difíciles
momentos por los que atravesaba el ejército como consecuencia
de las decisiones, a veces encontradas, de Bolívar, Santander y
Páez, el tenebroso León de Apure.
Respecto de las reiteradas inculpaciones de desconfianza,
conviene recordar que, ni en las profusas páginas de Mis desavenen-
cias con el Libertador Simón Bolívar3, ni en las de los Apuntamientos
para las memorias sobre Colombia y la Nueva Granada por el general
Santander4, este hace la menor alusión a dicha actitud.
Por el contrario, en el primero de los mencionados docu-
mentos, en el capítulo pertinente a sus actuaciones en Casanare,
Santander puntualiza:
Esta empresa (la organización y presencia del ejército
libertador de la Nueva Granada) aumentó en él su reconoci-
miento y su afecto al general Bolívar… La amistad de los dos
personajes se aumentó a tal punto, que Bolívar nada dis-
ponía sin precedente consulta o noticia de Santander, y es
quizás a esta deferencia que puede atribuirse el que la Cam-
paña de 1819 no hubiera encallado en sus principios…
Santander ejercía entonces el cargo de comandante general
de las Fuerzas Supremas del Nuevo Reino de Granada.
Mientras el lector se adentra y deleita con estas reminiscen-
cias, no resisto la tentación de hacerme esta pregunta: ¿por qué
razón, a qué se debe o cuál es el motivo de la referida descon-
fianza de Bolívar contra el militar que con tan denodado empeño
3
Francisco de Paula Santander, Mis desavenencias con el Libertador Simón
Bolívar (1829).
4
Francisco de Paula Santander, Apuntamientos para las memorias sobre Co-
lombia y la Nueva Granada por el general Santander (1837).
· 13 ·
! Los emigrados "
y dedicación conformó un ejército, que contribuye a su organi-
zación y dotación, y que luego de las cruentas batallas de Paya y
del pantano de Vargas, lo acompaña hasta la final y definitiva del
puente de Boyacá?
Su respuesta, no hay duda, suscita un tema de nunca acabar.
Hasta aquí la etapa que con tanta lucidez y objetividad nos ha le-
gado la autora de esta revelación histórica. Ya vendrá la otra, más
larga y tortuosa, que con sus luces y sombras se cierra con la fatal
e irremediable expresión de Bolívar: «El no habernos compuesto
con Santander nos ha perdido a todos». Bolívar, ya en el ocaso de
su vida, sabía muy bien por qué lo decía.
Réstanos decir que este recobro coincidió con la celebración bi-
centenaria de la batalla del puente de Boyacá, y una mujer nativa de
Tunja es el alma que palpita en estas páginas. Ninguna ocasión más
propicia para hacer memoria de la exaltación y el reconocimiento
que Bolívar nos hace de la mujer tunjana en la emotiva «Proclama a
la mujer», leída en Tunja en la víspera de dicha batalla:
[…] Dios la ha dotado de gran perspicacia y sensibilidad,
y ha puesto en su corazón fibras delicadísima, cuerdas
muy sensibles a todo lo noble y elevado.
El patriotismo, la admiración y el amor hacen vibrar esas
cuerdas y de ahí resultan la abnegación, la caridad y el
sacrificio. Si así no fuera, las damas de la provincia de
Tunja, ante cuya caridad y abnegación me descubro con
respeto [se quitó el morrión], no había podido realizar el
milagro que han hecho y todos palpamos.
Y entre estas damas, la altiva presencia de Evangelista Co-
rrea, ante las figuras de Bolívar y Santander, en los momentos
definitivos a la culminación de nuestra gesta libertadora.
Como ya lo hemos dicho, la artificie de este auténtico tesoro
bibliográfico concluye con estas sentidas palabras:
· 14 ·
! Presentación "
¡Gloria eterna a los que supieron conquistar el nombre
de hombres libres! ¡Gloria a los memorables campos de
Vargas y Boyacá! ¡Y gloria a vosotras, nobles y generosas
mujeres, que como Angélica supisteis sacrificar el amor y
la felicidad con las vidas de vuestros esposos en aras de la
patria! (126)
Y gloria también para Evangelista Correa de Rincón Soler,
autora de esta «leyenda histórica», injustamente ignorada y ol-
vidada. Una mujer altiva y fuerte que con tanta entereza luchó y
padeció, al lado su esposo, un militar destacado, hasta alcanzar el
tan ansiado sueño de nuestra independencia. Una y otro, acree-
dores al reconocimiento, así sea tardío, que merecen los héroes
de nuestra gesta libertadora. Y Evangelista Correa de Rincón So-
ler, una mujer que por sus virtudes, actuaciones y merecimientos
hace parte de la galería de las heroínas colombianas.
Vicente Pérez Silva
· 15 ·
Al lector
Un libro es un pequeño universo. Universo de ideas, de tradicio-
nes, de recuerdos, de hechos.
Las ideas hacen andar al mundo, las tradiciones lo ilustran,
los recuerdos lo ensalzan o deprimen, los hechos lo pintan. Todo
depende de la fuerza intelectual del autor.
Según esa fuerza, el libro es el celaje de un día o la obra de
los siglos. El coliseo romano o el médano aluvial que levanta una
ola y otra destruye.
Mas, de un modo o de otro, el que escribe un libro es el
creador de un universo. Un poema o una cartilla, no importa,
¡inclinémonos ante los obreros del pensamiento!
La señora Evangelista Correa de Rincón Soler, hija de próceres
y viuda de mártir, ha escrito un libro. Ese libro tiene por título
Los emigrados. Saludémosla en su calidad de autora y concedá-
mosle, entre otros, el premio que nuestra sociedad estimuladora
concede siempre al talento laborioso: el aplauso.
· 17 ·
! Los emigrados "
Los emigrados no es el trabajo de un genio avezado a las ar-
duas faenas literarias ni mucho menos la expresión portentosa
del ángel magnífico de las armonías: son las dulces, inocentes,
sencillas y, hasta pudiéramos decir, sagradas impresiones de
una mujer. De una mujer que durante las altas horas de la noche,
en la quietud de su pobre hogar, junto a la cuna humilde de sus
huérfanos hijos y a la luz escasa de una lámpara que titila, un rato
llora y otro escribe; un instante alza los ojos al cielo y pide anti-
cipadamente al Dios de las misericordias el pan nuestro de cada
día y otro instante contempla sonreída a los hijos de su amor.
¡Cuántas veces las lágrimas le han servido de tinta!
¡Cuántas veces, después de largas horas de atonía termina-
das con un hondísimo suspiro, olvidada del mundo de penas que
la rodea, ha cogido la pluma y ha entrado con ella en el mundo de
ficciones que la entretiene!
Pero hemos escrito ficciones y hemos mentido. Los emigrados
son una historia. La señora de Rincón Soler nos cuenta con la
candidez virginal del genio femenino la vida de sus mayores. Su
libro se compone de dos páginas: la una pertenece al rincón del
fuego, la otra pertenece a la patria.
Una y otra página son una nube, blanca como las que deco-
ran los senos azules del cielo de Aquimín, bajo el cual ha nacido
la autora.
Amores, alarmas, contratiempos, combates, separación,
todo es en Los emigrados el recito de un labio natural, humilde.
Los emigrados, a diferencia de los proscritos, se van, como las
aves, de una región a otra durante el mal tiempo. Los emigrados
vuelven; para ellos no falta nunca puerto ni sendero, y su casa no
es nunca demolida por mano de la ley. Que el lector no busque,
pues, la terribilidad de la obra de que tratamos. Es la historia de
una velada… el drama, casi dulce, de dos corazones.
Mas nosotros no hemos cogido la pluma para hablar de la
obra sino del autor. Es la señora de Rincón Soler la que merece
todas nuestras simpatías y para la que pedimos toda la benevo-
lencia social. Ella imprime su libro con la fundada esperanza de
· 18 ·
! Al lector "
una venta copiosa. Ella cree que llegará un día en que podrá ali-
mentar a sus hijos con el trabajo de sus vigilias.
Y hace bien en creerlo así, pues no se llama nunca en vano a
las puertas de una sociedad cristiana, amante de lo bueno y me-
cenas decidida de las letras.
Nosotros denunciamos, pues, al país un nuevo talento y una
madre necesitada.
Bogotá, 20 de julio de 1869.
Felipe Pérez
· 19 ·
Advertencia
No escribo para darme los aires de escritora; no tengo siquiera la
esperanza de encontrar indulgencia entre mis compatriotas: los
hombres se burlarán de mí como de una pretensiosa; las muje-
res tal vez acogerán gustosas esa burla. Todo esto espero, y siento
una dolorosa emoción al esperarlo, porque lo temo.
No diré que pienso hacer un servicio a la patria, no. ¿Quién
puede ganar con mi escrito? Nadie, sin duda.
Ofrezco al público una historia verdadera. Hay en ella per-
sonajes nobles que imitar, es cierto, pero quiero ser franca: si
la lectura de esta historia hace a la sociedad bien, mi placer será
inmenso; será un placer puro, noble, celestial. No es esta, sin
embargo, la idea que mueve mi pluma, busco con esto el pan para
mis hijos, para mí y para mi madre.
Soy pobre, viuda y desvalida. Perdí con mi virtuoso y no-
ble compañero toda esperanza de felicidad; quedé condenada
al trabajo, y mi quebrantada salud no me permite cumplir es-
trictamente mi destino. Sola, abandonada en el mundo como el
náufrago en una desierta playa, me veo obligada a luchar mano a
mano con mi dura suerte.
Perdonad, lectores, lo que tal vez tachéis de pretensión;
acordaos que la que así se atreve a poner los pies temblando en
· 21 ·
! Los emigrados "
el vedado recinto es una madre que quiere buscar honradamente el
vestido, el alimento de sus hijos y los medios de facilitarles ins-
trucción y bienestar.
Tunja, septiembre de 1867.
Evangelista Correa de Rincón Soler
· 22 ·
Prólogo
Las tradiciones son exclusivamente del dominio de la anciani-
dad. Cuando un anciano se halla con uno o más niños, siempre les
refiere algún hecho. Es porque la infancia escucha con avidez las
recitaciones de los ancianos: estas dos edades tienen precisamen-
te este lazo de unión, y por eso se observa que los ancianos y los
niños están siempre juntos, a pesar de que la vivacidad de los unos
pugna directamente con la fría tranquilidad de los otros.
La historia de que me ocupo es casi una tradición, tradición
verídica, contada en multitud de ocasiones con perfecta igual-
dad, pero siempre oída por Eva como una novedad, como un
sueño que le encantaba.
Eva era una niña de carácter un tanto insociable, siempre me-
ditabunda y triste; se hallaba como fuera de su lugar: los placeres
que la sociedad pudiera brindarle eran para ella solo tormentos.
Eva era completamente infeliz en aquella edad en que se supone
tanta dicha, a la que se acusa de imprevisión; edad que decimos
indefinible y que, olvidados de las penas que hayamos tenido en
ella, la hacemos aparecer como de cumplida felicidad. Eva era des-
graciada y tenía por qué serlo. Su carácter raro no era el resultado
del capricho, era sí el resultado forzoso de continuas meditacio-
nes. Ella amaba dos cosas: la soledad y las historias de su abuela.
· 23 ·
! Los emigrados "
Miraba también con delirio al lado del norte, y pareciéndole que
aquel lado guardaba otro ser que su corazón amaba con ternura,
cantaba bañada en lágrimas: «Yo solo soy una flor / que un horte-
lano votó; / una mano cariñosa, / quizá del suelo me alzó, / y hoy
me guarda cuidadosa, / sin aroma y sin color». Este canto, impro-
visación de uno de sus malos días, puede dar una idea del estado de
tristeza en que se hallaba esa niña al cumplir sus nueve años.
Dejemos a Eva con sus penas, puesta de rodillas delante de la
señora Angélica, sus grandes ojos bañados en lágrimas y cubier-
ta su pálida faz con su negra cabellera. Eva escucha, escuchemos
también.
Forzoso será decir primero cómo es el personaje que va a
entrar en escena, porque generalmente no se puede prestar
atención a quien no se conoce.
La señora Angélica, abuela de Eva, era una matrona respeta-
ble, querida, con ternura filial por todos los que tuvieron la dicha
de tratarla con intimidad y conocieron cumplidamente sus muchas
cualidades. De elevada estatura, robustas formas, ojos vivos, mues-
tra de una brillante inteligencia, era un tipo perfecto de belleza y
fuerza. A los cincuenta años, conservaba la frescura de su tez, el bri-
llo de sus ojos, la ternura del corazón y un carácter festivo que hacía
que ella sola fuera la alegría de su casa. Anticipando la narración,
podemos conocer a la señora Angélica a los diecinueve años.
«Ayer ha llegado a Pore (escribía un militar al jefe del pequeño
ejército republicano) el teniente coronel V…, ya sabe usted que se
le esperaba. Comprometido como el que más y fiel a su juramen-
to, combatirá con denuedo; no obstante que uno de sus hermanos,
traidor a su patria, milita con los tiranos. Mucho me he alegrado de
verle, pero cometió la imprudencia de traer a su joven y bella espo-
sa, que tiene un niño que todavía no cuenta un mes de existencia.
Mucho temo que estos compañeros no sean los mejores para inspi-
rar valor en circunstancias tan aflictivas. La joven es de una belleza
resuelta, casi varonil, de elevada estatura, blanca y con ojos y cabello
negros, nariz fina, boca pequeña, labio color de rubí claro; es verda-
deramente hermosa, pero no de una hermosura afeminada…».
Ahora sí empecemos.
· 24 ·
Los emigrados
Capítulo primero
Infancia y adolescencia
En el año de 1797 vino a establecerse en Tunja el doctor M. con su
familia. Este señor era natural de Madrid, y años atrás se había
unido a una familia noble del Socorro, por medio de su matrimo-
nio con la señorita doña Josefa N. Gozaba de felicidad, si es que
un hombre de corazón puede ser dichoso fuera de su patria. Por
la nobleza de su carácter, se facilitó bien pronto amigos y relacio-
nes que hubieran podido hacerle olvidar que era extranjero.
En aquel tiempo en que no había colegios, la educación que
los nobles daban a sus hijos era, por necesidad, la educación de los
conventos. Demasiado orgullosos para desempeñar el papel de
preceptores aun con sus propios hijos, los confiaban entera-
mente a los conventos, únicos planteles para la instrucción de
los jóvenes varones, pues las mujeres no recibían más que una
educación moral incompleta basada en el temor. No se les en-
señaba a amar a Dios sino a temerle. Comparado al Supremo
Hacedor de cielo y tierra, el demonio no era un poder pequeño,
sino que era igual y quizá muchas veces mayor. Se daba por fuerza
estado a las hijas: o eran religiosas o eran esposas, pero, ¡cosa
rara!, se les enseñaba a temer y casi a aborrecer a los hombres,
sin pensar que un hombre había de ser más tarde el esposo de
la misma joven, a quien se le decía que faltaba a sus deberes si
· 29 ·
! Los emigrados "
al pasar para la iglesia medio fijaba la mirada sobre alguno de
esos seres perversos. Las jóvenes se sentían aterradas al oír decir
que algún caballero había pedido su mano, y generalmente todas
preferían el claustro a vivir al lado de aquellos seres tan extraor-
dinariamente malos. A la verdad, no se sabe qué pensar de la
sociedad de aquel tiempo. Que la mujer calumniase al hombre se
comprende, aunque en mala moral, pues podría decir que usaba
de represalias, pero que el hombre se calumniase a sí mismo no
se comprende. Los padres enseñaban a sus hijas lo mismo que
a las madres: a temer al hombre hasta aborrecerle. Y, según esta
observación, tendremos que convenir, si somos consecuentes,
en que las costumbres debían ser, o si no ellas los hombres, muy
licenciosos en esa época, cuando las únicas garantías del honor
de las familias eran las rejas y los cerrojos que guardaban a la
mujer. Había excepciones, sin duda, pero, no obstante, se resen-
tían en cosas de importancia de aquellos vicios de educación que
eran la consecuencia forzosa de la colonia, y que desaparecieron
con ella.
El individuo no puede ser libre si no es en la República: cuan-
do sabe que puede encender por la noche todas las luces que
necesite y su fortuna le permita gastar, sin cometer delito; cuan-
do sabe que puede poner sobre sus hombros la capa azul, negra
o encarnada, sin dar dinero al Gobierno por este privilegio; que
puede usar los cabellos largos o cortos, y que tampoco está por
esto obligado a pagar multa; cuando sabe que no hay quien tenga
derecho para decir: «Te he ultrajado, he quitado el honor de tu
hija, la vida a tu hijo, y he puesto mis manos sobre ti, pero soy
noble, no puedes acusarme; toma dinero, calla y aprende a res-
petar a los mantuanos…».
Las leyes opresivas de la colonia no solamente hacían la
humillación de los plebeyos, sino que, reglamentándolo todo,
reducían también a los nobles a ser meras máquinas que se
movían según lo quisieran las pragmáticas. Tenían derecho los
nobles para humillar al pueblo, pero no lo tenían para hacer va-
riaciones ni siquiera en su familia, pues, acostumbrados a saber
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
que el Gobierno reglamentaba todas las acciones de sus súbdi-
tos, se seguía en todo una rutina invariable.
El señor M. resolvió educar por sí mismo a su familia, com-
puesta de cinco niñas y un niño. Padre tierno y entendido, no
empleó jamás el rigor sino la persuasión y el cariño, y supo sacar
abundantes frutos en pocos años, insinuándose suavemente en
las almas de sus hijos.
El año de 1801 murió el señor M. de una caída que le quitó la
vida instantáneamente. La mayor de sus hijas cumplía diez años;
Angélica, que era la tercera, tenía cuatro. Si en la mayor se ad-
miraba el buen juicio y la instrucción no solamente moral sino
científica, que a tan corta edad había adquirido, en la pequeña
Angélica podía admirarse, aunque parezca increíble, la rigidez
de la moral que seguía. La señora Josefa continuó por sí sola la
educación de sus hijas.
· 31 ·
Capítulo segundo
La propuesta
A mediados del año de 1809 había en Tunja un caballero joven;
su estatura no era de las más elevadas, pero su cuerpo era delga-
do y bien formado; su color de perla un poco empañado; su barba
era completamente negra, fina y crespa; cabellos negros, ojos vi-
vos y expresivos, ceja muy poblada y nariz griega. Este caballero
se llamaba José. Aunque muy joven, José pensó que debía tomar
estado, y su padre le indicó que una vez que no debía buscar ri-
queza sino virtudes, solicitara una compañera en la familia M.,
pues se sabía bien que la señorita doña Francisca era virtuosa,
entendida y muy mujer de su casa.
—Padre —contestó José—, yo deseo casarme con una mujer a
quien pueda amar.
—Cierto, hijo, por eso te aconsejo busques a doña Francisca;
si la ves, es seguro que te gustará.
—Pero es el caso, padre, que no la podré ver sino cuando ya
sea mi novia, y entonces tendré que casarme, aunque me asuste
al verla. Yo quisiera verla en alguna parte y aun oírla hablar.
—¿Y para qué, muchacho? Esa es una corrupción, esa familia
es muy honrada; doña Josefa cuida muy bien a sus hijas, y como
te aseguro que habrá de gustarte, nada tienes que temer. ¿Qué
más necesita un hombre para casarse que una niña virtuosa y
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! Los emigrados "
honrada? Espero que no vaciles, pues te conviene perfectamente
doña Francisca.
José calló: las razones que le daba su padre no eran de las
más convincentes, y menos para un joven que sentía que en él
todo era diferente de los demás o, mejor dicho, que esa genera-
ción que se levantaba pugnaba en ideas con las que ya le dejaba
el campo, y así él y los otros estaban destinados a iniciar la noble
misión de regenerar la sociedad. Sin embargo, como su padre
no era de esos señores absolutos, como era un padre tierno y ca-
riñoso, José comprendió bien que le buscaba, aunque por mal
medio, la felicidad. Se resolvió no obstante a diferir su propuesta
y procurarse el modo de ver siquiera a doña Francisca, ya que no
podía esperar el tratarla.
En consecuencia, se situó una mañana cerca de la puerta de
la iglesia de Santo Domingo, por donde sabía que la joven debía
pasar, y lo hizo de manera que pudiera precisamente verla. En
aquel tiempo eran muy disculpables las paradas de algunos caba-
lleros a las puertas de los templos; no había otra parte donde las
mujeres pudieran ser vistas.
Como estaba solo y no conocía ni a la madre ni a la hija, pa-
saron y no supo que eran las mismas que buscaba: solo sí vio con
gusto a una joven como de dieciocho años, blanca, de grandes
ojos y linda nariz, pero no sabía si esta belleza era o no comple-
ta, si sus cabellos eran negros o castaños. Tan envuelta iba en su
manto que el joven se quedó deslumbrado apenas por unos ojos
que se destacaban de un fondo alabastrino. Penetró en el recinto
sagrado casi inmediatamente, pero nada más vio que una figura
negra que, silenciosa y en una quietud que la hubiera hecho pa-
sar por una estatua, asistía reverente al santo sacrificio.
Repetidas veces se vio la misma escena: el joven repitien-
do la misma tarea y obteniendo siempre el mismo pequeñísimo
resultado. Cuando José supo que esta aparición se llamaba doña
Francisca, empezó a creer que su padre tenía un tanto de razón, y
aunque no del todo resuelto a casarse, se resolvió a ir a la casa de
la respetable viuda, con ánimo de solicitar la mano de la virtuosa
joven. La curiosidad de ver entero aquel rostro que debía ser tan
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
perfecto decidió enteramente a José a dar este paso, que en ese
tiempo comprometía para siempre el honor del caballero.
Al día siguiente a esta valerosa determinación, recibía la
señora Josefa, a las nueve de la mañana, una esquela en estos
términos:
Mi señora doña Josefa.
Tengo un hijo que es honrado y virtuoso, es un cumplido
caballero. Este mi hijo desea tomar estado, y ha tenido el
buen juicio de escoger para esposa a la virtuosa niña de
usted. Me hallo un poco indispuesto y no puedo pasar por
mí mismo a hacer la solicitud; usted tenga la dignación
de disimular mi falta, y decirme si acepta a mi hijo, y si
le permite que pase hoy mismo a su casa a ofrecerle sus
respetos.
La señora contestó que aceptaba y que esperaría al caballero
por la tarde.
Por despreocupada que fuera la señora Josefa, seguía siem-
pre la idea de que los padres debían buscar o aceptar esposos para
las hijas, así fue que ni pensó en tomarles a estas parecer.
No conocía al joven José, pero se le decía que era virtuoso
y, como no debía el padre mentir, la señora concluyó que debía
creerlo. No dudó ni por un instante de que la niña buscada fuera
doña Francisca, pues la segunda apenas tenía tres lustros y la ter-
cera cumplía trece años.
A las tres de la tarde tocaba en casa de la señora Josefa el ca-
ballero José V. La tarde estaba bellísima, un cielo azul bañado de
luz cobijaba la ciudad de Tunja; sobre este cielo se destacaban
como cortinas de flotante tul nubes blancas y ligeras. ¿Para qué
pintar la casa de doña Josefa? ¡Hay tan poco que decir de ella!
Un zaguán espacioso con sus muros medio ennegrecidos daba
entrada a un patio sumamente triste, pavimentado con menuda
piedra; de aquí se tomaba la escalera que conducía a las habita-
ciones altas, en donde residía la familia; inmediata a la escalera
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! Los emigrados "
se encontraba la antesala, pieza cuadrada, con unos escaños, al-
gunas mesas y recado para escribir. Enseguida estaba la sala de
recibo: dos mesas al frente, la una con un lindo cuadro de la Vir-
gen del Rosario y la otra con uno que representaba a san Antonio
en el desierto; anchos canapés cubiertos con alfombras amarillas
y encarnadas, y cojines de terciopelo y de brocado; algunos bufetes
forrados en damasco verde, y grandes cortinas de terciopelo y de
brocado, desmejoradas notablemente por el tiempo. Dos vistas
de la ciudad de Sevilla, en papel vitela, completaban todo el mue-
blaje de esa habitación.
El caballero José se presentó en la antesala; su corazón
no latía de amor, el fuego del entusiasmo no podía animar sus
facciones: su propuesta había sido aceptada y él esperaba con cu-
riosa ansiedad ver a la que debía ser la compañera de su vida.
¡Qué largo se hace el tiempo en la antesala! Cualquiera que
haya pretendido algo y se haya visto en la necesidad de guardar
antesala siquiera un cuarto de hora comprenderá la multitud de
ideas, un tanto desconsoladoras, que cruzaban por la imagina-
ción del joven pretendiente. Tan pronto pensaba que la señorita
Francisca sería bella, encantadora, amable, pero que tal vez otro
fuera más feliz y hubiera cautivado su corazón, en cuyo caso él
tendría que contentarse con una mujer virtuosa y honrada, como
decía su padre, pero sin encontrar lo que él buscaba: una mujer
virtuosa y amante. Otras veces le ocurría que la joven debía tener
hermoso lo que sabía ya, pero que tendría boca grande, dientes
negros y qué sé yo cuántos otros defectos que lo desilusionaran.
En uno de esos momentos se presentó a sus ojos una joven, casi
niña, que era del todo diferente de la que él buscaba. Esta era
Angélica; tenía ya trece años; era viva de imaginación, con ojos
cautivadores; la regularidad de todas sus facciones la hacía com-
pletamente hermosa, pero de una hermosura irresistible, porque
en sus ojos chispeaba el fuego de su inteligencia; su armoniosa
voz formaba una melodía celestial, y en todo su porte manifesta-
ba la nobleza del corazón y la rectitud de su espíritu.
Ignorando Angélica que en la antesala esperaba un caba-
llero, entró sin ceremonia alguna, dejando ver su rostro todo
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
entero, vestida con un traje sencillo de muselina blanca y llevan-
do en su delantal azul unas cuantas flores que acababa de coger
en el jardín para poner en jarrones. En el instante en que la vio,
el joven quedó tan vivamente enamorado que se creyó el hombre
más infeliz de la tierra, figurándose que, estando ya solicitada
la mano de la hermana mayor, debía él contentarse con ella. Su
desesperación fue todavía más grande cuando comprendió que
una mirada y un ceremonioso saludo habían bastado para poner
en relación sus dos almas. En efecto, ellos se amaron. No pue-
de decirse que del afecto del uno hubiera emanado el del otro,
no; ese afecto fue espontáneo en ambos corazones: se vieron, se
amaron, se comprendieron. Este es el verdadero amor.
Angélica se deslizó al salón en busca de su madre, y casi en
el mismo momento avisaron al joven que podía entrar. Ni todos
los tormentos del infierno podrían compararse a los que sufrió
el enamorado caballero: se presentó pálido y triste. Imposible
le era desatar el nudo de su lengua; no pudo sino hacer un frío
saludo y una cortesía, con poquísima gracia. Sus ojos solo busca-
ban a Angélica, cuyo nombre ignoraba, pero desgraciadamente
la joven en su fuga y no creyéndose segura en el salón, se había ya
precipitado al aposento, cuya puerta cerró tras sí.
La señora Josefa, después de dar asiento al caballero y haber
preguntado por la salud del señor su padre, calló un momento
para que el joven tuviera ocasión de hablar. ¡Momento espantoso
que iba a matar todas sus esperanzas!
José hizo un esfuerzo supremo y dijo:
—Mi padre indicó a mi señora doña Josefa cuál es el objeto de
mi visita, y yo no tendré palabras para manifestar mi gratitud.
—Caballerito, el señor su padre me dice que usted hace a una
de mis hijas el honor de que sea su elegida, pero, como tengo
tres, es necesario saber cuál de ellas es. Mucho me alegraré de
que no sea Francisca, pues ella no puede casarse, pero si es Leo-
nor o Angélica, tendré el mayor gusto en concederla a usted.
Imposible sería pintar la sorpresa y el placer que se retra-
tó en el semblante antes triste del joven José; el rayo de la dicha
le deslumbró hasta tal punto que no comprendió que caía en un
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! Los emigrados "
nuevo escollo, pues él no sabía si su amada era Leonor o Angélica,
pero como se sintió libre un tanto del peso que lo oprimía, volvió
a recobrar el uso de todas sus facultades e instantáneamente hizo
el razonamiento de que el nombre de Angélica forzosamente ha-
bía de convenir a aquella que era para él un ángel y no mujer, y
eludiendo un tanto la respuesta, contestó inclinándose ante su
interlocutora.
—Ignoraba completamente, mi señora, que usted reunie-
ra aquí las tres gracias, porque aunque no conozco a la señorita
doña Leonor, supongo que será en todo igual a sus hermanas.
—No, caballerito, Leonor es muy diferente: ojos azules, ca-
bellos dorados, mientras que sus hermanas los tienen negros.
Sin embargo, también se diferencian ellas: Francisca es más
blanca, y en cuanto al genio, Angélica no se parece a nadie: es
demasiado alegre; ya se ve, es muy niña todavía.
Esto buscaba el pretendiente.
—Pues bien, mi señora —dijo él—: la señorita doña Angélica
es precisamente la que solicito. Creí que mi padre hubiera ma-
nifestado del todo mi atrevido pensamiento, y como mi señora
doña Josefa me aceptó, no me pudo caber duda de que ya usted
conocía cumplidamente mi solicitud.
—Bien, caballerito —contestó la señora—, yo acepto a usted
porque el señor su padre garantiza su buena conducta: siendo
así, usted hará la felicidad de cualquiera de las niñas, así es que
la mano de Angélica será para usted.
Poco faltó para que José se desmayara de felicidad, y en el arre-
bato de su pasión suplicó tanto a la señora hiciera llamar a su novia,
para observar el efecto que le causara, que la señora hizo venir a su
hija y le preguntó si aceptaba por esposo al caballero José V.
La joven bajó los ojos ruborizada, y dio la contestación de
estilo en estos casos:
—Madre, mi obligación es aceptar el esposo que me dé su
merced.
Demasiado franca Angélica, le pareció un crimen ocultar
bajo esta fría frase el fuego de su pasión, y levantando los ojos y
fijándolos un instante en José, exclamó:
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
—Además, madre, si no me casara con este caballero, me en-
cerraría en un claustro, porque tal vez si vuesamerced me diera
otro esposo, no tendría fuerzas para obedecerle.
La madre le echó una mirada de reconvención. El caballero le
envió en una mirada de fuego la expresión de su ternura y gratitud.
Ella no vaciló, recibió la una con respeto, la otra con entusiasmo, y
pidió a su madre permiso para retirarse del salón.
Cuando José salió de casa de la señora Josefa, ya era un hom-
bre completamente feliz. El porvenir se le presentaba tan bello
que lo embriagó la idea de la felicidad. Eran las cuatro de la tar-
de: José pensó que no debía ir a encerrar tanta dicha en su casa y
que en aquella tarde no debía presentarse a su padre hasta que su
entusiasmo se hubiera un tanto desvanecido. Quiso no ser visto
por sus amigos y se retiró al campo a gozar de aquella pasión que
han llamado el egoísmo a dúo. En efecto, un enamorado no gusta de
hablar, a no ser que se trate de su amada, y oye con visible disgusto
toda conversación que lo distraiga de su único pensamiento.
Como José seguía andando sin más objeto que el de pensar
en Angélica, se alejó demasiado del lugar y cuando comprendió
que había alargado mucho el paseo, se encontró ya alumbrado
por la pálida luz del crepúsculo. A la brillante claridad del sol se
había sucedido aquel claroscuro indefinible que inspira siempre
al alma una suave melancolía. El cielo no se ostentaba azul, pues
estaba todo él cubierto por una blanca y trasparente nube, seme-
jante a los vestidos inefables, casi vaporosos, con que adornó sus
vírgenes Rafael.
Una brisa ligera refrescó la frente del joven y le hizo aperci-
birse del sitio y de la hora. Por de pronto, y al salir de aquel dulce
arrobamiento, pensó en su madre, que podía inquietarse por él,
pero inmediatamente olvidó aquella idea; antes su enajenación
no era sino un deliquio por la dicha, ahora esta dicha tenía una
sombra. Acordóse de la severa mirada que la señora Josefa lanzó
a Angélica cuando esta hizo la declaración de su ternura. El ena-
morado joven creía ver una escena doméstica desagradable: se
figuraba que la madre estaría irritada y que Angélica, privada de
la fuerza que le hubiera prestado la presencia de su amado, habría
· 39 ·
! Los emigrados "
ya sucumbido a su dolor. Se la representaba angustiada, cubiertos
sus lindos ojos por las lágrimas, invocando como un consuelo el
recuerdo del simpático joven. José hubiera regresado inmediata-
mente, pero desechó semejante pensamiento. Sentóse sobre una
piedra, y creyendo que lloraba Angélica, él también lloró. Largo
rato pasó allí con la cabeza apoyada en ambas manos y el corazón
despedazado por mortales angustias. Al fin dijo, hablando solo:
«¿Qué papel hago aquí? Si Angélica me viera y adivinara mi pen-
samiento, diría que soy muy cobarde: iré a su casa y me persuadiré
de si ella sufre».
José se levantó y se dirigió a la ciudad; ni siquiera se acordó
de su casa y familia; marchó directamente a casa de la señora Jo-
sefa, sin pensar que aquella señora no lo había invitado a volver
y que ya no tenía ninguna disculpa para entrar, puesto que todo
estaba perfectamente arreglado. El joven caminó sin vacilación,
pero al llegar a la esquina derecha de la calle de Santo Domin-
go fue detenido por la ronda. Entonces comprendió que eran las
nueve de la noche y que sería imposible que en aquella hora le
abrieran la deseada puerta. Se detuvo y convino con la policía en
que volvería inmediatamente a su casa.
Después de desandar dos cuadras, volvió a la izquierda y, al
volver, vio un farol y oyó una voz que decía:
—¡Para el pecado mortal!
Esta era una costumbre de aquel tiempo; sin embargo, José
se sorprendió por lo pronto, luego se encolerizó y contestó:
—Bien en pecado debo estar yo en esta noche maldita.
—Es usted un renegado —dijo la voz del pecado mortal—.
Arrepiéntase, amigo, la hora del castigo puede haber llegado y el
diablo se lo cargará esta noche.
—¿Quiere usted callar, señor pecado mortal? —dijo José con
voz bastante destemplada, añadiendo—: Rece usted todo lo que
quiera por mí y por otros, pero deje que los vecinos se retiren a
su casa tranquilos.
La ronda oyó las voces y ocurrió a la defensa del pecado mortal.
—¿Qué es esto, caballero? Usted delinque, siga usted con
nosotros —dijeron los policías.
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
—¡Imposible! —gritó el joven—, yo no iré con ustedes.
—Que lo desarmen —murmuró un cobarde.
—No tengo armas, caballeros —dijo José tratando de mode-
rarse, pues pensó que el hallarse al día siguiente en un cuerpo de
guardias era una circunstancia que deshacía todo lo hecho, des-
truyendo así su futura felicidad.
—No tengo armas —continuó—, he salido de mi casa a las
cuatro, he ido al campo y me he detenido por necesidad.
—¿Será usted de alguna liga o compañía de bandidos? —dijo
con pausada voz el jefe de la ronda.
A esta interpelación el joven se estremeció de cólera, pero le
ocurrió que no le conocían y dijo:
—¿Quieren ustedes mi nombre? Soy José V. ¿Han oído uste-
des decir que alguno de mi familia sea ladrón?
—Perdone usted, don José —dijo el jefe—. Si usted lo hubie-
ra dicho antes, ya estaría todo concluido; sin embargo, dé usted
algo para el pecado mortal; un duro, por ejemplo.
—Sí —dijo José—, y para su compañera la ronda un doblón
con muchísimo gusto.
—Buenas noches y adiós.
—Él os guarde, caballerito —contestó toda la reunión.
José caminó una cuadra y llegó a su casa. La puerta estaba
cerrada con llave, pero el padre aguardaba a su hijo, sin poder
adivinar cuál fuera el motivo de aquella inusitada tardanza. José
llegó con algún temor y tocó sumamente paso, pero como su pa-
dre le esperaba, la puerta se abrió casi al momento.
—¿Qué ha sucedido, hijo? —preguntó el padre—; mucho he
penado por ti; esto no es perdonable en un muchacho del juicio
tuyo.
—Padre mío —dijo José—, me he estado solo y ahora vengo
de Runta.
—¿A estas horas? ¿Luego estás loco?
—No, señor, óigame vuesamerced. Fui a casa de doña Fran-
cisca y todo quedó arreglado.
—Es muy buena muchacha doña Francisca, ¿no es verdad?
—Sin duda, padre, pero me caso con doña Angélica.
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! Los emigrados "
—¡Angélica! —dijo el padre como recordando—. ¿Aquella
niña viva como una mariposa?
—La misma, padre —dijo tímidamente José.
—¡Ah!, pero tienes que criarla; yo te ordené que pidieras a
doña Francisca.
—Sí, señor, pero doña Francisca no se casa.
—¡No se casa! ¿Y podrá saberse por qué?
—Estaba para casarse con don Nicolás, pero se enfermó de la
cabeza; dicen que padece mucho y no queriendo hacer a su novio
el mal de llevar en dote una enfermedad, lo despidió con mucha
política y espera entrar al claustro si es que se alienta.
—¡Excelente mujer! —dijo don Ventura.
—Por eso —contestó José— escogí a doña Angélica, para tomar
esposa precisamente en esa casa. Me afana sí que quiero casarme
pronto y no podré verificarlo porque no he arreglado casa.
—Eso no debe inquietarte: aquí puede caber tu mujer; como
es tan niña, no conviene que viva sola en su casa; confíala a tu
madre, que te la sabrá cuidar. Ahora vete a acostar y encomién-
date a Dios.
Inútil es decir que José no durmió, pero mientras él se agita
en un prolongado insomnio, veamos qué ha hecho Angélica en
esta tarde para ella suprema.
Angélica había vivido siempre dichosa, la vida era para ella
un precioso jardín; vivía en su casa como un pájaro en la jaula, es
decir, corriendo, bailando y cantando. Así llegó hasta la tarde en
que vio al joven pretendiente por primera vez. En el momento
en que ella amó, desapareció casi la alegría de su alma; com-
prendió que su destino no solo era reír, como ha dicho alguno:
que su primera misión era sufrir. La severa mirada de su madre
le atravesó el corazón; cuando estando sola, pudo reflexionar:
«¿Qué he hecho yo?», decía Angélica. «¿Por qué no disimulé
este sentimiento, este yo no sé qué que experimento hoy? ¡Ah!
Los hombres son tan malos! Yo los temo, pero ese señor tiene
precisamente que ser bueno. Sin embargo, tal vez él no me ama
y, de un modo o de otro, cuando se vaya habré de oír la reconven-
ción de mi madre».
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
A poco rato de este soliloquio entró la señora Josefa.
—Angélica —dijo—, tú has visto otras veces al caballero que
vino a pedir tu mano.
—¿En dónde, madre? —dijo Angélica con temor—; yo no lo
he visto nunca. Vuesamerced me lleva a misa; a la ventana no me
deja asomar mi hermana; la marquesa Saliquet no recibe hom-
bres, y solo allá es donde vuesamerced me ha dejado ir algunos
días; yo no lo he visto nunca.
—Entonces eres también una imprudente en lo que has dicho,
y solo tu corta edad y lo aturdido de tu genio pueden disculparte;
de lo contrario, serías digna de una buena reprimenda.
—Madre —dijo tímidamente la joven después de una pausa—,
¿ese señor quedó de volver a casa?
—No tiene a qué; volverá solo con los testigos el día que se
practiquen las informaciones de tu casamiento.
No tuvo Angélica qué replicar: la sentencia era sin apelación,
por lo que se bajó a la huerta a buscar aquellos queridos compa-
ñeros del que padece: la soledad, el viento y los árboles.
A las seis estaba allí absorta en su pena, porque le había
traído ya penas el amor. Ella no oía el canto de los pajaritos, no
aspiraba la suave brisa embalsamada con el aroma de las flores
del jardín; ella en nada pensaba, excepto en su novio y en el día
en que debía volverle a ver. Lloraba y ella misma no lo sabía,
experimentando sola, sin una amiga a quien comunicar sus sen-
timientos, cierta especie de enajenación mental.
Cuando una joven desahoga su pena con una amiga de
confianza, siempre tiene algún alivio, aunque el amor es de tal
naturaleza que en un pecho cerrado dura siempre y resiste a to-
dos los contratiempos; mientras que si se comunica a un amigo,
se disminuye un tanto la fuerza de la pasión.
Angélica salió de este estado por la afectuosa voz de Custo-
dia, esclava negra, que le dijo:
—Mi señorita, ya es de noche y no debe estar sola aquí.
La joven subió precipitadamente la escalera, se juntó con
el resto de la familia y fue a entonar el «Santo Dios», pero
· 43 ·
! Los emigrados "
aquella noche la voz más dulce y armoniosa faltaba: Angélica no
pudo cantar.
Después de rezar el rosario, vinieron algunas amigas a jugar
a los naipes; la joven novia, por sus pocos años, nunca era invi-
tada a jugar y se divertía siempre viendo. Aquella noche no hubo
para ella distracción.
A las ocho se separó la sociedad y Angélica fue a su lecho, no
a dormir sino a llorar. Ella no podía comprender cuánto fuera de
grande la pasión del caballero ni tampoco sabía cuánto había
de transcurrir antes de que se firmase el contrato de matrimo-
nio; ¡por lo mismo no sabía cuándo debía volverlo a ver!
· 44 ·
Capítulo tercero
Matrimonio
La noche fue para José penosísima. Al amanecer se le ocurrió que
el medio único de ver a Angélica era ir ese día a hacer las informa-
ciones; lo arregló todo para las nueve de la mañana, y a esta hora
se presentó en casa de su amada, acompañado de su padre, el cura
y tres caballeros que iban destinados a ser testigos. Las puertas se
abrieron sin tardanza y la antesala que hubieron de guardar fue
demasiado corta. El cura ordenó que se llamara a Angélica, quien
se hizo esperar largo rato, pues sufrió un vértigo producido a la vez
por el placer de ir a ver a José, la esperanza de encontrar en sus
miradas el amor y por el natural temor que le inspiraba aquella ce-
remonia. Se presentó un poco pálida, su rostro no expresaba ya esa
infantil alegría de la víspera, sus ojos eran menos vivos.
José tembló al considerar aquel cambio casi instantáneo, y lo
primero que se le ocurrió fue una duda: dudó de ser amado.
En aquel momento, la joven saludó al cura e hizo una cor-
tesía a los otros caballeros, y fijando por fin una tierna y furtiva
mirada en su novio, le volvió con ella toda su felicidad.
—Señor cura, caballeros, tienen ustedes aquí a mi hija Angé-
lica —dijo la señora Josefa.
—Que Dios la conserve en su gracia y protección —dijo el cura.
—¡Qué hermosa perla tenía usted guardada! —dijo un testigo.
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! Los emigrados "
Los otros señores se inclinaron y el futuro suegro, adelan-
tándose hacia Angélica, le habló así: «Mi querida niña, el buen
Dios ha dispuesto que usted sea la compañera de mi más amado
hijo; yo le ofrezco que él sabrá hacerla feliz; en mí tendrá usted un
verdadero padre, aunque no tan bueno como el que perdió».
Angélica contestó con frases entrecortadas dando las gracias
por la benévola acogida que el jefe de su nueva familia le hacía.
La solemnidad del acto con tan graves personajes no era la
mejor ocasión para sentir placer. Así, la novia continuaba, con-
tra su costumbre, triste y pensativa.
Practicadas las formalidades de costumbre, José quiso ofrecer
a su prometida una prueba de su afecto que la acompañara en su
forzada ausencia, y rogó al cura para que le ofreciera un anillo. En
efecto, el cura lo colocó en un dedo de la bella joven, diciéndole:
«En los primeros siglos de la iglesia se acostumbraban los espon-
sales, y la desposada recibía un anillo que la recordaba su deber de
ser fiel a su desposado, como si ya fuera su esposa; ahora se da este
anillo el día del matrimonio, pero usted recibirá dos».
Angélica acabó de ponerse el anillo y dijo: «Señor, yo agra-
dezco debidamente esta prenda, y ofrezco como en esos tiempos
también fidelidad».
Concluida la ceremonia, se retiraron el cura y los caballe-
ros después de convenir en que al día siguiente, domingo, se
haría en la iglesia la primera proclama. José fue a hacer sus
preparativos.
En casa de Angélica se sentía aquel bullicio y movimiento
propios de las circunstancias.
Quince días después, salía el cortejo nupcial de casa de la se-
ñora Josefa y seguía su marcha hacia la iglesia de Santa Bárbara.
Allí los jóvenes amantes recibieron la bendición.
Imposible sería pintar el placer que esta joven pareja
experimentó al contacto de sus manos, cuando el sacerdote, co-
locando la de la novia sobre la del joven, los dejó asidos así por
breve rato. En aquel momento no existía el mundo para ellos,
eran los dos únicos, ¡eran Adán y Eva recién salidos de las ma-
nos del Eterno!
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
Nos admiramos de que hayan existido esas grandes pasio-
nes y las tomamos como delirios de imaginaciones soñadoras,
porque comparamos las pasiones de hoy con las de esos días. El
aislamiento del individuo era un poderoso motivo para que esas
pasiones fueran grandes y terribles. Una joven que nunca estaba
en relación con el hombre, que ni siquiera tenía amigas con quien
hablar sobre los acontecimientos de la vida, no vivía sino que ve-
getaba como una planta débil y enferma; empero, si despertaba,
su despertamiento podía ser terrible; las pasiones eran demasiado
vivas, casi irresistibles, y estas hacían de la mujer tan pronto una
mártir sublime como una criminal y envilecida criatura.
En nuestros días, por el contrario, los jóvenes, a fuerza de
mentir el amor, acaban por no sentirlo. Desvanecida esta pasión
en mera palabrería, se convierte en un vapor sutil que se levan-
ta hacia el cielo y deja a los mortales secos y fríos. Es una de las
desgracias de la humanidad el que huyendo de un mal busque
siempre otro. Se quiso huir del demasiado celo de los padres, que
casi siempre hacía la desgracia de la mujer, encerrando a esta en
los conventos o entregándola a hombres que, aunque buenos y ca-
ballerosos, ni la amaban ni eran amados por ella. Se quiso huir de
esto, y la sociedad moderna se ha lanzado en el extremo opuesto, y
de este modo ha condenado a un número prodigioso de individuos
al celibato, porque la coquetería es la muerte del amor.
Antes se llenaban los claustros de corazones atormentados,
había un número considerable de dementes, y no eran raros los
casos en que infelices de ambos sexos perdían la vida en la lucha
con su adverso destino. En nuestros días no; se sufre, es verdad,
pero la sociabilidad da consuelos; la mano de una amiga aplica
el bálsamo que si no cura la herida, al menos la alivia. Esto es
muy consolador, pero ni la resignación cristiana ni los consuelos
de la amistad son el remedio para las enfermedades sociales. El
remedio es una buena educación. No vayamos tan de prisa, re-
trocedamos un paso, uno solo, es verdad, pero con prudencia.
Regularicemos la pasión del amor, única que en la mujer puede
llamarse verdaderamente pasión. Dese a la mujer libertad, pero
no hasta el punto de abandonarla a sus caprichos: que el hombre
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! Los emigrados "
sea libre, independiente, soberano, convenido, pero que no sea
el tirano de la mujer ni la convierta en un juguete con que quitar,
por momentos, el fastidio de su vida.
La joven pareja pasó inmediatamente a vivir a casa de don
Ventura. Poco hay que decir del tiempo que Angélica y José pasa-
ron en la casa paterna. Angélica fue el ídolo del señor su suegro,
fue bastante querida por sus cuñados, cuyas excursiones a bailes
y paseos favorecía ella por cariño y compasión. «Pobres», decía
Angélica, «ellos no tienen el genio de José; no son malos sino
faltos de reflexión; Dios les dará juicio». Angélica, sin embar-
go, no dejaba de tener disgustos, que solo el cariño de José podía
disminuir. Esos jóvenes atolondrados, a pesar del cariño que le
profesaban, tenían forzosamente que causarle penas y sinsabo-
res por razón de su carácter un tanto inconsecuente.
José manejaba los campos e intereses de sus padres. Sus
hermanos no trabajaban en nada de consideración, pero sí ne-
cesitaban caballos, elegantes trajes, dinero para apuestas recias
y para escotes de bailes en que los jóvenes nobles bailaban con
las hijas del pueblo. Estos caballeritos creían que su hermano
debía trabajar para satisfacer sus caprichos, y tenían una comu-
nidad de bienes capaz de asustar al mismo Proudhon. El dinero,
las ropas y todo en la casa era común. José era un administrador
de don Ventura, y sus hermanos eran otros tantos acreedores,
que no siempre presentaban las respectiva libranza o pagaré,
pero que no por esto dejaban de ser cubiertos. Angélica, como
era natural, veía con disgusto esta comunidad de intereses, pues
conocía que su esposo trabajaba casi inútilmente, y que si en la
actualidad tenía lo necesario, jamás podría contar con un capital
propio por pequeño que fuese. No obstante estas consideracio-
nes, callaba por prudencia.
La señora suegra no era del carácter más dulce, y amargó un
tanto la felicidad de Angélica.
Quiso varias veces José establecerse separado de sus padres,
pero Angélica le observó con dulzura que su suegro quedaría sin
su atención y sus cuidados, condenado a pasar casi solo la vida, y
que le era grato padecer por aliviar la vejez de su suegro. La joven
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
se aficionó al campo: ella y su esposo cuidaban de la hacienda
doméstica.
El primer año de matrimonio se pasó sin otros aconteci-
mientos para la familia que los disgustos enunciados, pero para
la patria hubo un acontecimiento grande.
El movimiento revolucionario del año de 1810, infecundo
si se quiere, atendidos los años que se siguieron de guerra y de
opresión a aquella vislumbre de libertad, pero, como principio
de la guerra que debía independizarnos de la España, fue grande
y por consiguiente glorioso aquel grito de libertad arrojado por
los colombianos, o más bien por los pueblos del antiguo virrei-
nato granadino, cansados ya de sufrir el férreo yugo español.
José se mezcló con entusiasmo en este movimiento; su do-
rado sueño era la libertad de la patria. Después de un año de
matrimonio, José y Angélica vieron estrecharse más y más los la-
zos de su afecto mutuo con el nacimiento de Delia. Angélica, a los
catorce años y medio de edad, tuvo el juicio de una matrona; no
dejó de ser festiva, pero templada su alegría con la sublime mo-
deración que la imprimiera la maternidad, diole esta un atractivo
tan poderoso que se hizo objeto del culto social, y José, envidiado
por sus amigos, pasó una vida feliz a pesar de los pequeños dis-
gustos que le causaban sus hermanos.
Tres años después del nacimiento de Delia, José fue nom-
brado intendente de El Cocuy. Fue preciso dejar la casa paterna, y
acompañado de su esposa e hija pasó a aquel lugar, en donde per-
maneció casi un año. Puede decirse que este año se amaron con
más ternura porque se sintieron libres. Angélica vivió dichosa.
La sujeción que debe tener la mujer a su marido no puede
serle importuna sino en el caso de que no lo ame, pero para una
mujer enamorada esta sujeción, esta dependencia, hace su feli-
cidad. La mujer se siente débil físicamente y sabe que necesita
un apoyo, un sostén en la sociedad. Este no puede ser sino un
esposo, y este esposo que es responsable ante la sociedad de la
conducta de su compañera; este ser fuerte que une su suerte a
aquel a quien tiene que proteger, natural y lógicamente debe dis-
poner las cosas del modo más conveniente al honor de la familia
· 49 ·
! Los emigrados "
y a la tranquilidad y dicha domésticas. Es así como una mujer que
ama no siente la dependencia en que vive ni le hace falta la liber-
tad, porque su dicha consiste en hacer la voluntad del objeto de
su ternura. Solo que esa mujer sea una de esas víctimas destina-
das al martirio, de esas desgraciadas que la mala suerte confía
a seres perversos que se complacen en causarle sufrimientos y
humillaciones, que se divierten con sus lágrimas y se gozan en
su desesperación, solo así puede sentirse la mujer desgraciada;
solo así puede abatirla la dependencia y sentirse humillada por
ella, porque generalmente las injusticias del esposo vienen a
caer sobre los hijos, y la esposa despreciada no puede ni inter-
ceder siquiera por aquellos seres tan queridos al corazón de las
madres. Pero por fortuna estos monstruos son pocos, son casi
excepciones de la regla general, que consiste en que el hombre,
por la galantería ya que no por la ternura, ceda en mucho el de-
recho a la mujer.
No sucede lo mismo con los suegros: generalmente hallan
a la hija política superficial, poco activa en el manejo de la casa,
poco condescendiente y demasiado independiente. Feliz de ella
si a lo menos tienen la caridad de ocultar al esposo los defectos
que le supone su mala voluntad.
Angélica, pues, se sintió libre, señora de su casa y no tenien-
do que consultar más que el parecer de su amado.
Volvieron a Tunja al tiempo en que las tropas de España
devastaban las ciudades y talaban los campos. Poco pudieron
permanecer en la ciudad de los zaques, y dejando a Delia en casa
de su abuela materna, se retiraron a Santa Rosa de Viterbo, en
donde, por el nacimiento de Cecilio, se detuvieron tres semanas.
Puestos en camino de nuevo, se dirigieron a la salina de Chita y
de allí se internaron a los llanos de Casanare.
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Capítulo cuarto
La Salina
El tiempo que Angélica pasó en La Salina fue de ansiedad, de
profunda inquietud: no tenía más porvenir que la muerte reci-
bida de mano de los españoles si era que permanecían en aquel
pueblo, pues estando ella al lado de su esposo debía participar
en un todo de su suerte. Unas veces se figuraba que los perse-
guidores perdonarían la vida a la madre y al hijo, entonces su
corazón se llenaba de angustias, porque se imaginaba ya viuda,
es decir, huérfana, sola, en un mundo indiferente y egoísta, que
se ríe muchas veces de las lágrimas más sagradas que una mujer
puede derramar. Creía ver a su amado Pepe muerto, y entonces
corría fuera de sí a buscarlo hasta que lo hallaba; se arrojaba en
sus brazos pálida y bañada en lágrimas, deseando ardientemen-
te que si eran sorprendidos por los enemigos, estos quitasen la
vida a la madre y al hijo al tiempo de quitársela al padre. En estos
momentos, pensaba Angélica, ora que era mejor que ella fuera la
última, a fin de que su esposo no tuviera la pena de verla morir,
ora que ella debiera ser la primera, porque no tendría valor para
ver morir a su Pepe ni a su Cecilio.
Era tal el terror que los patriotas experimentaban al oír el
nombre de Morillo y sus tropas, que Angélica se consolaba con la
misma crueldad española, figurándose que a esa crueldad habría
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! Los emigrados "
de deber la dicha de morir a un tiempo con su amado. Entonces se
acordaba de Delia. «¡Pobre niña! ¡Pobre hija mía!», decía Angé-
lica, y juntando las manos imploraba la protección del cielo.
El pueblo de La Salina queda situado en una hoya pequeña y
escalonada, formada por tres elevadas lomas que se tocan casi. En
el tiempo a que nos referimos, las faldas de estas lomas estaban
cubiertas por una abundante y robusta vegetación, que extendía
sus dominios hasta la misma entrada de la pequeña y torcida pla-
za. Allí no se veían plantas pequeñas, débiles arbustos; todo era
grande, majestuoso; todo era agreste. La mano del hombre no ha-
bía hecho sino construir en aquellos escalones algunas pequeñas
habitaciones en donde las gentes, buscando trabajo, se agrupaban
alrededor de la sal. Aquellos montes se veían matizados con los
más bellos colores. El verde esmeralda de los elevados canelos,
que dan una madera fuerte, fina y aromática; el verde claro de las
bobas, especie de maguey que crece hasta cuarenta pies, ostentan-
do en su cúspide un ramaje fino que forma un inmenso paraguas;
el verde manzana de los robustos muelles, adornados con sus gra-
ciosos racimos color de grana; el morado oscuro de la linda flor
de huesecito, formada por cinco grandes pétalos abiertos a los ex-
tremos, en donde son de color más oscuro y van desvaneciéndose
hasta que forman un centro de la blancura del marfil; el hermo-
so amarillo de la misteriosa flor de la soledad, formada por cinco
pétalos pequeños, dos de los cuales tienen unas gotas de un rojo
color de sangre y los otros tres unas manchas de color de hoja seca,
que figuran muy bien la forma de un clavo de gruesa cabeza, y en el
cáliz, pintado sobre los cinco pétalos, un círculo labrado en forma
de una corona de espinas, y de color también de hoja seca… mas
baste decir que son infinitas en variedad, en formas y colores las
flores que adornan este jardín, el cual no tiene la forma raquítica
de los que construye la mano del hombre, sino que muestra en sus
bellezas grandes y naturales todo el poder y la magnificencia de un
Supremo creador de maravillas, al que ningún jardinero podrá ja-
más igualar.
En estas frondosas arboledas se albergan en las diversas esta-
ciones del año infinidad de pájaros de brillante plumaje, vistosos
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
colores y melodioso canto. También se ve allí una multitud asom-
brosa de culebras, entre las cuales abunda la cascabel. En el día hay
que andar largo rato para encontrar esta lujosa vegetación, pero
entonces se vivía entre ella. Era el pueblo un bosque surcado por el
lindo río que pasa al pie del poblado, encima del cual se encuentra
un derrumbadero que constantemente vomita por grandes bocas,
piedras y una tierra menuda y negra. Se ignora lo que esto sea,
pero allí se le da sin examen el nombre de volcán.
Angélica se consideraba como prisionera en aquel calabozo
natural, pues si este sitio viene a ser bello para una pareja ena-
morada, absorta en su misma pasión, disgustada de la sociedad y
viviendo con una regular porción de egoísmo porque le parezca
que esas altas montañas la separan del resto de los hombres, no
podía ser lo mismo para aquella pareja que se amaba con ternura
pero sin egoísmo, que detrás de esas montañas había dejado una
hija adorada, padres, hermanos y relaciones sociales, para ellos
proscritos y errantes, y que llevaban en su imaginación constan-
temente fijos los males de la patria.
· 53 ·
Capítulo quinto
Camino de Casanare
Los emigrados dejaron el pueblo de La Salina y tomaron el cami-
no de Casanare, pasando por la aldea de Sácama. Este es un llano
bastante estéril y pedregoso, en donde en aquel tiempo había
una población casi nula. Allí no se encontraban víveres ni recur-
sos de ninguna especie, por lo que se comprenderá bien que si
permanecían en aquel sitio, gastarían las provisiones de camino
y luego serían presa del hambre.
Al otro día siguieron su rumbo hacia el Llano e hicieron
noche en Sabanalarga. El nombre enteramente etimológico de
este sitio muestra lo que es. Sabanalarga es una porción de te-
rreno angosta, abierta hacia el oriente para el Llano, al occidente
para Sácama, limitada al norte por el río Casanare y al sur por
la loma de Santa Bárbara. La parte baja, es decir, la que queda
hacia el río, es bastante caliente; la parte alta es templada ape-
nas, pero para nuestros viajeros, acostumbrados al frío de su
lugar natal, ese clima les pareció intolerable. Una tupida nube
de mosquitos los perseguía sin cesar. Como allí las culebras son
muy abundantes, Angélica pasó la noche sin poder encontrar un
sitio suficientemente seguro para entregarse al descanso de que
tanto necesitaba. Ya contaba con que su hijo acomodado en una
hamaca estaría libre de los numerosos habitadores de la tierra
· 55 ·
! Los emigrados "
caliente, pero su angustia fue extrema cuando al día siguiente vio
que su niño había sido presa de los pitos. Este asqueroso insecto
tiene la forma de una cucaracha con la cabeza larga; la trompa
está formada por un tubo del largo de una pulgada, la que llevan
doblada por mitad; su olor desagradabilísimo lo da a conocer a
los ya experimentados. Estos animales no gustan de vivir sepa-
rados, vuelan en bandadas numerosas y así es que rara vez puede
decirse «me ha picado un pito»; es menester siempre usar el
plural. Cuando van a picar, desdoblan la trompa y se dejan caer
suavemente sobre su víctima. La trompa acaba en una punta tan
fina que pasa con increíble facilidad los más gruesos cobertores.
El pito chupa en una noche la sangre que puede chupar en dos
días una sanguijuela alemana, así es que aparte del dolor que se
siente por muchos días en las picaduras, esta bandada de insec-
tos es capaz de dar la muerte por consunción a causa de la mucha
sangre que cada noche pierde el picado.
Angélica quiso librar a su hijo de otra noche igual, y hecho de
prisa un ligero desayuno, siguió su camino con muchísimo gus-
to, creyendo que con los españoles que dejaba muy atrás, dejaba
también las plagas de la tierra caliente. José no quiso sacarla de
este error, por no quitarle hasta la esperanza, y se contentaba con
decir: «Puede ser que no las haya».
A la caída del sol se detuvieron e hicieron noche en El Degre-
do, especie de tambo, única parte en donde los viajeros podían
siquiera dormir a cubierto. Hoy no hay en este sitio otros peli-
gros que los ya mencionados, porque las dantas que habitan en
bandadas las orillas de la quebrada de Aguablanca —que separa la
Sabanalarga de El Degredo— y los margayes o tigres gallineros no
vienen jamás a acometer al hombre. El margay se ahuyenta con
suma facilidad, pues teme hasta a un perro pequeño, y las dantas,
no siendo animales carnívoros, se contentan con pacer en sus
hermosos bosques.
Cuando Angélica y su esposo pernoctaron allí, había otro
peligro muy superior a los mosquitos, los pitos y las culebras.
Había un tigre, es decir, un terrible jaguar que algunas noches
antes había dado la muerte a dos pasajeros. José se adelantó
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
hacia la parte del frente del tambo, observando que este ni era
una casa ni era una ramada, sino que tenía el aspecto de una jaula
de fieras: los cuatro costados de este tambo estaban dispuestos
no para defender a los transeúntes de los vientos importunos,
de los ardores del sol, ni de las moscas, pitos y culebras, sino de
otros enemigos.
—Buenas tardes, amigo —dijo José, tendiendo su fina y pequeña
mano a un hombre alto, flaco, de tez morena y mirada desconfia-
da—. ¿Podrá usted darme alojamiento por esta noche?
—¿Viene del reino, blanco? —fue la contestación del
hombre.
—Sí, amigo.
—Pues entonces traerá nuevas de los españoles —murmuró
entre dientes el llanero.
—Los españoles nos quedan bastante lejos, amigo, y puede
ser que no vengan a estos lados.
—¿Va usté a juntarse con los patriotas?
—Tengo el honor de ser uno de ellos; no vengo emigrado solo
para ponerme a salvo, estoy también al servicio de la patria.
—No siento, blanco, sino que mi habitación no sea segura,
jamás llegaban hasta aquí los tigres, y ahora…
—¡Ah! Ahora han llegado ya —dijo con viveza José, mirando
alternativamente a su mujer que palidecía y al casero que no po-
día acabar su empezada frase.
—Pues sí, ha llegao —dijo el hombre—; hay por aquí un tigre
grande que empezó por comerse los ganaos, y hace pocas noches
se acercó tanto que encontró mejor bocao.
—Sí —dijo un niño de ocho a diez años, hijo del dueño de la
casa—: dos hombres que se quedaron aquí abajo.
Angélica había perdido hasta la respiración, pero de repente
exclamó: «¡No, mi Pepe, si nos quedamos aquí, el tigre se comerá
nuestro hijo!».
José no encontraba qué decir ni a esa hora había recurso al-
guno que tomar. Veía con angustia el terror que se retrataba en el
descompuesto semblante de Angélica, pero sacando fuerzas de
la misma apurada situación, le dijo tranquilizándola: «No temas,
· 57 ·
! Los emigrados "
hija mía, al dueño de casa no le ha hecho daño en tanto tiempo,
no nos lo hará a nosotros en una noche».
Inmediatamente hizo con los pajes y un joven cuñado suyo
que marchaba en su compañía los preparativos para su defensa.
Colgó las hamacas en la parte más alta, suspendidas a las vi-
guetas del pajar, en las que debían servir a los hombres colocó
cargadas unas buenas carabinas. La hamaca para Angélica no la
puso suspendida en alto sino que atada a dos lazos corredizos,
la dejó suficientemente baja para que pudieran con facilidad
ponerse en ella Angélica y el pequeño Cecilio.
Después de haber hecho de prisa una ligera comida, se dio
principio a aquella peligrosa ascensión.
José colocó en la hamaca a sus queridas prendas, y se dispuso a
permanecer al pie en tanto que los otros tiraban de las cuerdas.
—Hasta mañana, mi bien —dijo Angélica, dando un abrazo
estrecho a su querido esposo y añadió—: si es que el tigre nos
permite ver la luz de ese otro día.
—Hasta mañana, ángel mío —dijo José, poniendo amorosa-
mente los labios sobre la pálida frente de su joven compañera—, ese
tigre para hacernos mal habría de tener alas. No temas, dueño mío.
—José estrechó contra su corazón al niño y abrochó con un cordel la
hamaca de arriba abajo.
—Dueño mío —dijo Angélica—, no olvides a Crisóstomo.
—Hermana querida —contestó el joven—, no temas, con el
favor del cielo nada nos sucederá.
El hombre de la casa ayudó a levantar la hamaca, y cuando la tu-
vieron perfectamente asegurada, cada uno trató de subir a la suya.
Esta escena pasaba alumbrada con la luz del crepúsculo, por
lo que era necesario activar los preparativos, pues no se había
encendido el fuego.
—Amigo don José —dijo el hombre del país—, su blanca mu-
jer mañana le va a amanecer negra, porque la voy a ajumar como
pa curarla; la candela estierra el tigre, y por eso la pongo más de-
bajo de su jamaca.
—¡No, buen hombre! —gritó José—, cuide de no hacerle daño
alguno, que mañana será bien recompensado.
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
Una carcajada fue la respuesta del llanero, añadiendo:
—¿Conque recompensao? ¿No ve usté que es una pura chanza?
Yo no soy malo, usté me ha ganao el corazón. ¿Por qué les había
de hacer mal? Pero me habla de recompensa; si yo quisiera di-
nero, se los daría al tigre porque él no come sino solo la carne;
entonces no les hubiera avisao.
—Argumento sin contestación —dijo Crisóstomo, riendo a
carcajadas.
Angélica calló y José avisó a sus gentes que esa noche no se
dormía, que era preciso estar en vela.
Las llamas iluminaron con su luz rojiza aquella escena semi-
salvaje, y Angélica invitó a sus compañeros a rezar el rosario.
—Con mucho gusto, mi bien —contestó José.
En el mismo instante se oyeron las voces de todos los viaje-
ros, mezclándose a lo lejos la voz del dueño del tambo. Acabado
el rosarlo, Angélica entonó el «Santo Dios», y todos cantaron en
coro. Después hubo un momento de silencio.
—¿Qué es lo que se oye? —preguntó Angélica sobresaltada.
—Será sin duda la voz de algún buitre —dijo José.
—¡Ah!, por aquí no hay buitres, es una cosa horrible.
El ruido se hizo oír de más cerca y se comprendió que era el
rugido del temido jaguar.
Bien pronto la fiera llegó cerca del tambo, pero estaba tan
fuertemente asegurado este que el tigre no pudo abrirse paso.
Rugía de rabia, daba los brincos más atrevidos hasta hacer mo-
ver la madera de la verja, pero no pudo penetrar al interior.
José, sentado en su hamaca, tenía en sus manos la tercerola
y apuntaba al tigre; los demás hombres se pusieron también a
la defensiva: ninguno hablaba, no había orden que comunicar,
todos habían advertido que estaban en inminente peligro. Si el
tigre trepaba y rompía el pajar, eran víctimas sin remedio.
Todos instintivamente miraban al enemigo, el que a causa de
la luz no podía ver a los de adentro; todos se disponían a herirlo,
no precisamente si entraba sino si trataba de trepar. El tigre en-
sayó sus fuerzas gran parte de la noche, reconoció su impotencia y
redobló su ardor.
· 59 ·
! Los emigrados "
Nuevos y más prolongados rugidos se hicieron oír, y a un salto
más alto que los otros, los sitiados resolvieron hacerle morir. No
hubo voz de mando ni más concierto que la previsión de cada uno,
y a un tiempo el tigre recibió las balas de cinco tercerolas. Los ru-
gidos de la fiera se dejaron de oír, el humo de la pólvora se esparció
en el espacio y los huéspedes del tambo, libres ya de este terrible
enemigo, dieron gracias a Dios y se entregaron al reposo.
Apenas el sol doraba los árboles que rodeaban el tambo,
despertaron después de haber dormido poco rato con bastante
agitación, y Angélica, tan tímida en la noche que no se atrevía a ce-
rrar los ojos, empezaba ya a tener valor viendo que estaba libre del
temible enemigo de la víspera, y creyendo que todos los peligros de
la vida son menos grandes de lo que a primera vista parecen.
José fue el primero que bajó de su hamaca, luego lo siguió
Crisóstomo y después los asistentes; ya todos en el suelo, em-
pezaron a bajar la hamaca de Angélica hasta que llegó a tierra.
Entonces José desató las ligaduras, recibió a su hijo y dio la mano
a su mujer, que llena de gracia le decía:
—Sabes, mi bien, me ha parecido divertida la campaña con
el tigre; ya no seré cobarde, este campo abierto parece que in-
funde valor.
—Más bien, hermana mía, puedes decir que la muerte del ti-
gre te da valor —observó Crisóstomo.
—Me alegro, ángel mío —dijo José, sin hacer caso de la ob-
servación de Crisóstomo—; ojalá el valor te vuelva los colores que
con el miedo has perdido.
Todos los viajeros empezaron a recorrer el campo, todos es-
taban contentos y los asistentes se dieron prisa a quitar la piel
al tigre, pero como cada uno quería presentarla como un troteo,
fue preciso que Angélica interviniera en la discusión. Después
almorzaron y se dispusieron a partir.
Caminaron hasta el mediodía y descansaron debajo de unos
árboles, donde gozaron de una fresca sombra y prepararon un
pequeño refrigerio. Se pusieron en camino por la tarde y llega-
ron a la entrada de la noche al patio de un hato, donde José pidió
hospitalidad. Aquí no se les avisó que venía tigre, no tuvieron
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
tiempo de ver hormigas, pitos ni moscas y después de encomen-
darse a Dios se entregaron al sueño.
La fatiga que produce un viaje en tierra caliente, las dos no-
ches de insomnio que habían pasado y el cansancio o malestar del
espíritu fueron causa de que José y su familia durmieran profun-
damente. Al despertar, confusamente se acordaban de lo que había
sucedido; no podían comprender su verdadera situación.
Este día el camino era como antes, siempre un campo abier-
to hacia adelante, pero ya no se veía la loma de Santa Bárbara,
último pliegue de la tierra en Casanare. Estaban ya en el Llano.
Sementeras de yuca y de chicalo, inmensas plataneras con do-
rados y graciosos racimos, grandes plantaciones de café con su
lustroso verdor y sus frutos de rubí, algunos cacaotales, gran-
des plantíos de arroz, árboles frutales, entre los que sobresalían
naranjos en flor aromatizando el viento: tal era el camino que
llevaron los emigrados antes de llegar a Pore.
· 61 ·
Capítulo sexto
El Llano
En el Llano todo es diferente de lo que se observa en lo que los
llaneros llaman «el reino», todo distinto de lo que se ve en otras
partes. La configuración del terreno hace que todo allí sea excep-
cional. Aquella inmensa sabana, aquel mar de paja flexible, que
mecida muellemente por el viento y dorada por los rayos de un
ardiente sol remeda perfectamente el oleaje de un mar tranquilo;
aquellas «matas de monte», bosques vírgenes, oasis encantado-
res que son en el Llano la vida o la muerte de los pasajeros según
que se alberguen en esto o aquel, pues unos son guaridas de tigres,
otros de horribles boas, otros puntos de asalto de los terribles y
sanguinarios guahibos, y otros hay que son sitios enteramente
seguros, porque se observa que nunca el tigre busca víctimas allí
ni el guahibo dirige allí su certera envenenada flecha. Cuando los
viajeros se acercan a uno de esos sitios de trágicos recuerdos, por
valerosos que sean, sienten desmayar el corazón.
El hombre gusta desafiar el peligro, a no ser que sea un co-
barde, pero no un peligro como el que se corre en el Llano. Los
viajeros se aproximan a esos sitios temidos solo con el valor de
la desesperación; con la certidumbre de una muerte inevitable
si en esos bosques se oculta una partida de guahibos. Dichosos
se creen si en vez de hombres hallan allí un tigre hambriento,
· 63 ·
! Los emigrados "
de esos que no recorren la sabana, que esperan en su guarida
las víctimas y que, después de devorarlas, tranquilos vuelven a
esperar que se les presenten nuevas, sin que ellos se tomen el
inútil trabajo de ir a buscarlas. El tigre, feroz, sanguinario, con su
temible agilidad de movimiento, con su fuerza casi irresistible,
con su fino y delicado olfato, que le hace de muy lejos ponerse a
esperar su presa, con la multiplicación prodigiosa de su espe-
cie, pues este es el nombre que se da allí generalmente a todos
los animales que se le parecen en instintos y ferocidad, no es
allí, sin embargo, el más temible enemigo del hombre. Las dife-
rentes variedades o especies de la ferina familia del tigre tienen
todas allí sus respectivos representantes. El jaguar, el coguar, la
pantera, el leopardo, la onza, el lince y quién sabe cuántos más se
encuentran reunidos en Casanare, pero entre todos el más terri-
ble en aquellas comarcas y el más temido es el tigre rayado.
Como la opinión de los naturalistas es la de que en el Nue-
vo Mundo no existe el verdadero tigre, o sea el tigre africano, no
seremos nosotros quienes tengamos la idea de hacer creer lo
contrario. Sin embargo, diremos que el tigre rayado de Casana-
re ofrece una semejanza tal con el que Bu%on llama verdadero
tigre, que no se diferencia sino en tener cerca al lomo las rayas
algo más juntas, pero siempre en la misma dirección, y en que el
cuerpo es un poco menos grueso. Por lo demás, sus costumbres
son las mismas y su ferocidad es espantosa.
No es solo el tigre el poseedor de aquellas inmensas sole-
dades: está el oso negro, el frontino, el lobo y el que llaman allí
león, que no es otro que el verdadero puma. Estos son todos de
raza ferina, pero casi no se temen allí, porque comparando a es-
tos con los tigres, pueden mirarse como a mansos corderos.
Las serpientes son grandes, venenosas y se encuentran por
todas partes, pero estas son miradas en el Llano apenas como
una incómoda sabandija.
Hay otros animales propios de casi toda tierra caliente: son
las rayas. Estos son unos animales que se encuentran pegados a
la tierra, entre la paja; son de color de tierra, redondos y aplana-
dos, de manera que se confunden del todo con la superficie, y no
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
hacen mal siempre que no se pisen, pero una vez que esto suce-
de, rompen hostilidades y levantan un arpón largo y resistente
que se introduce por la planta del pie y lo atraviesa perfecta e
instantáneamente. En este caso, un reinoso se siente morir y cae
a tierra y es preciso socorrerlo, pero un llanero saca el cuchillo,
corta el arpón por encima del pie, que sacude con indiferencia,
arrojando lejos a su enemigo indefenso.
Los otros animales temidos en Casanare son los báquiros,
manadas inmensas de marranos silvestres, capitaneados por uno
solo, al cual sujetan su voluntad muchas veces más de trescien-
tos, pareciéndose en esto los báquiros a los partidos políticos.
Esas bandas de marranos son demasiado temibles.
Se encuentran también los pescados eléctricos, llamados
allí tembladores, los cuales hacen ahogar en los caños infinidad de
víctimas, pues solamente con tocar alguno de los miembros del
individuo, le causa un temblor general que sin remedio lo pre-
cipita al fondo.
Hay también los caribes, pescados pequeñitos que comen
instantáneamente la carne del imprudente que se arroje al agua
teniendo alguna cicatriz fresca.
También se encuentran caimanes en el Pauto y Meta, pero los
más temibles enemigos del hombre en Casanare son, sin duda,
la fiebre y el hombre mismo. Los guahibos y los chiricoas, tribus
salvajes que en compañía del tigre y sus variedades se han re-
partido la posesión de aquellas majestuosas soledades, son muy
feroces y sanguinarios. No son antropófagos, pero en cambio
tienen tan fresca la tradición de la conquista y las crueldades de
los españoles que el odio hacia aquella raza parece infiltrado en
sus venas, así como el deseo de la venganza está profundamente
grabado en sus corazones. Tienen sus campamentos en medio de
los bosques, a las márgenes de los ríos, y tienen en estos barcas
que manejan con suma destreza, así es que en el invierno, cuan-
do los ríos están crecidos, son más temibles que nunca, pues el
viajero es sorprendido cuando menos lo espera. Tienen grandes
rebaños y su mejor alimento es la carne, aunque comen frutas,
raíces, arroz y maíz; usan también de la sal y esta necesidad los
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! Los emigrados "
obliga a hacer frecuentes excursiones a los hatos y pueblos pe-
queños. En los años anteriores no robaban si no era sal, pero hoy
es diferente: roban todo lo que encuentran; empiezan a tener
gusto en verse vestidos, y esta nueva necesidad los ha lanzado
del todo en el robo. Han sido siempre crueles: antes no usaban
otras armas que la flecha, no siempre envenenada, pero con una
punta sumamente aguda. Esta la arrojaban a larga distancia, y los
cadáveres que se encontraban estaban siempre atravesados por
el pecho o el estómago. Ahora usan de unas flechas perfecciona-
das, porque en el arte de perfeccionar los medios de destrucción
tienen una completa semejanza los hombres de toda la tierra, ya
se les llame civilizados, ya se les denomine salvajes o bárbaros.
Consisten estas flechas en unas lanzas de madera fina, largas
una tercia de vara y anchas casi una octava, las cuales llevan en
la punta un arpón largo, cortante y resistente. Estas flechas se
arrojan como las antiguas, pero no hay necesidad de envenenar-
las, porque la herida que causan es siempre mortal.
Después de que los guahibos dan un asalto, en que gene-
ralmente quedan dueños del campo, se precipitan sobre las
víctimas, ponen la planta sobre el pecho del herido y le arran-
can con violencia la flecha de la herida. De este modo logran tres
cosas: hacerlos morir inmediatamente; gozar su crueldad en la
agonía, casi instantánea pero espantosa de los infelices que han
caído en sus manos, y recuperar sus armas. Tienen también al-
gunas armas de fuego, unas robadas en los hatos, otras llevadas a
los bosques por criminales que, amenazados por la ley, van a re-
fugiarse a las tribus de los guahibos y chiricoas. Estas dos tribus
tienen las mismas costumbres: son ladronas, asesinas, desasea-
das y no se diferencian sino en que los guahibos se pintan o, más
bien, se dan un baño con un espeso barniz negro, que los hace
aparecer como africanos; mientras que los chiricoas se pintan
todo el cuerpo con colores brillantes, siendo los principales el
amarillo y el rojo color de sangre. Gustan igualmente de la em-
briaguez, y saben preparar una bebida del jugo fermentado de la
naranja. No se sabe a punto fijo cuál sea el culto que den a la divi-
nidad, o si le dan alguno; solo se observa que entre los guahibos
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
hay pequeñas porciones que tienen alguna idea de la religión
cristiana, proveniente de la mezcla con los indios que formaron
las antiguas misiones de Casanare. Estas pequeñas porciones
viven tan independientes como las otras, son casi tan crueles
como ellas, pero profesan un cariño y respeto a los sacerdotes,
que les impide hacerles mal, pues les basta conocer que tienen
tan sagrado carácter, para que respeten hasta a los compañeros
que llevan. Esto hace creer que si se establecieran de nuevo las
misiones, podría fácilmente hacerse la conquista del Llano. Es-
tas pequeñas porciones que conservan alguna idea de la religión
cristiana serían los primeros prosélitos en aquella parte de la na-
ción, y ellos que forman parte de una especie de confederación,
que es a lo que se parece el gobierno o casi gobierno de esta tribu,
ayudarían sin duda a civilizarla por medio de la religión.
Los guahibos están divididos en pequeñas tribus y todas
obedecen a un jefe. En cuanto al gobierno y a la religión de los chi-
ricoas, no puede decirse lo mismo, porque no se conoce ni se sabe
que los tengan. Estas dos tribus se odian, y con frecuencia tienen
encuentros en que se hacen todo el mal posible; sin embargo, se
asegura que muchas veces se las ha visto marchar juntas.
La inmensa sabana de Casanare está regada, además de los
ríos Meta y Pauto, por el Casanare, el Ele, el Lipa y otros. Muchos
de ellos son conocidos allí con el nombre de caños, y aunque en
verano se pasan a nado, en invierno se hace necesaria la navega-
ción en barcas.
En el Llano todo se encuentra profusamente, así lo bueno
como lo malo: se producen abundantísimas todas las plantas de
la tierra caliente, y hay una variedad prodigiosa de frutas de su-
perior calidad; abundan las raíces como la yuca, el bore, la batata
y otras; hay una multitud de caza y pesca de tan exquisito y de-
licado gusto, que puede asegurarse que con una escopeta y una
red se vive en Casanare sin necesidad de otros alimentos que
aquella exquisita variedad de carnes. Hay lindas aves que con sus
bellos plumajes recrean la vista y con su armonioso canto hala-
gan el oído, dando de ambos modos placer al corazón. En fin,
nadie que haya estado en el Llano ha podido decir con certeza
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! Los emigrados "
si tiene allí la vida más penas que goces: saben que han gozado,
que han sufrido, pero no recuerdan las penas con amargura y se
entusiasman con el recuerdo de sus placeres. Todos conservan
un algo de aquella tierra: el acento, un canto favorito del tiempo
que pasaron allí o alguna otra cosa, pero siempre algún recuer-
do indeleble, y no hay uno solo que no quiera volver a correr los
mismos peligros, por gozar de esa naturaleza exuberante y lujo-
sa, y por ver aquel cielo purísimo, aquel sol rojo, porque suspira.
Es porque el corazón del hombre se entusiasma con todo lo que
es grande y magnífico, y arrostra gustoso, para gozar grandes
placeres, los mayores peligros.
Los placeres del Llano no son placeres sociales, no; son solo
los placeres que puede brindar en toda su extensión la fecunda
naturaleza.
Volvamos ahora a José y a su familia, que hemos dejado re-
cién llegados a Pore.
En el momento en que José llegó a Pore, instaló a su fami-
lia lo mejor que le fue posible y se puso desde el primer día en
servicio activo como militar. Desde entonces, rara vez encontra-
remos juntos a José y a su esposa. Esta se encontraba unas veces
acompañada por su joven hermano y otras la acompañaban so-
lamente sus criados. Unas veces adelantaban en su marcha a
Arauca, otras retrocedían, otras pasaban meses enteros dando
rodeos casi inútiles.
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Capítulo séptimo
Unos días en Betoyés
Betoyés era un pequeño pueblo de Casanare, o más bien una
doble fila de mezquinas casuchas, habitadas por indios medio
civilizados o, para conformarnos mejor con el dialecto llanero,
«indios mansos».
Hacía un año largo que Angélica vivía en Casanare, fami-
liarizándose con toda clase de peligros. No la molestaban ya las
culebras y demás reptiles venenosos, no la asustaban las fieras. Es
verdad que no había visto de cerca sino lobos, pero les había dado
muerte con destreza y valor, haciendo buen uso de su linda terce-
rola, y si en vez de encontrar lobos hubiera encontrado tigres, les
habría dado muerte sin palidecer ni temblar, porque a fuerza de
encontrarse en peligros, se acostumbró a despreciarlos.
Sin embargo de la tranquilidad que le daba su valor, la moles-
taban las plagas que importunaban a su hijo. Por espacio de diez
noches, el pequeño Cecilio recibió la visita de un murciélago, que
por una herida que le hizo en la frente le chupaba la sangre. La
mordedura de estos animales no causa dolor al instante, porque
baten con ligereza las alas y el viento agitado así hace que no sienta
el paciente el dolor de su herida. En los primeros días, Angélica
no podía conocer cuál era el animal que mordía al niño, y espera-
ba siempre que el dañino visitante se dejara ver de día. Después
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! Los emigrados "
supo que era mordedura de murciélago y tomó todas las medidas
preventivas que le aconsejaron las gentes del pueblo. Ella no com-
prendía qué cantidad de sangre pudiera perder el niño cada noche,
y no hubo quien la previniera que esta visita podía ser peligrosa.
Todos los medios puestos en uso fueron inútiles: el murciélago ve-
nía todas las noches, y el niño se puso pálido y flaco; su mirada era
extraviada y en todo él se notaba una gran debilidad.
Viendo Angélica a su hijo en este estado, resolvió ponerse en
guardia sin encender luz y puso suavemente la mano sobre la fren-
te del niño, y así, cuando el murciélago vino a chupar la herida, fue
cogido por la vigilante madre, a quien dio un fuerte mordisco, sin
su acostumbrada previsión. Angélica en otro tiempo habría dado
un grito, ya de dolor, ya de fastidio, al sentir entre su mano el pelu-
do cuerpo del animal más feo que ha producido la naturaleza, pero
no, con la mano chorreando sangre apretó al murciélago y le dio
tranquilamente la muerte.
A los pocos días de esto, vio Angélica que todos los habitan-
tes de Betoyés venían en tropel, y oyó la voz ahogada de algunos
que gritaban: «¡Los indios! ¡Los indios llegan!». Toda la gente
corría para el lado de la casa que ocupaba Angélica; ella esperó
que le hablaran y luego, comprendiendo su turbación, les dijo:
«¿Qué sucede, buenas gentes?». «Los indios, blanca», contes-
taron todos, «ven con nosotros que ya llegan».
Una joven india de ojos brillantes y traviesos gritó al pasar
por cerca de Angélica: «Ven con nosotros, pues no podrás dar
muerte a los guahibos como la diste al pobre murciélago». Esta
joven era la única que no mostraba ese terror espantoso que te-
nía como embargado el ánimo de sus compañeros.
Angélica volvió la cabeza y vio una tropa compacta de guahibos
que entraban ya a la calle que formaba el pequeño pueblo. Por el
momento pensó en huir, pero comprendió que ya no era tiempo,
y que huyendo sería sin duda víctima de estos bárbaros. Entró a su
casa, cerró la puerta, se vistió una especie de chaqueta, que hacía
las veces de uniforme, y cogió resueltamente la tercerola.
No bien hubo acabado esta breve operación cuando oyó los au-
llidos de triunfo de los guahibos y los gritos de algunos indios del
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
pueblo, atravesados ya con las flechas de los salvajes. Estos estaban
a menos de una cuadra de distancia. Angélica hizo un tiro al aire
por una ventana y observó el resultado de la operación con ánimo
resuelto de herirlos si era preciso, pero como la tropa de guahibos
emprendió una precipitada fuga, se echó ella corriendo a la calle y
siguió dando tiros siempre al aire, pero en la dirección que llevaban
los indios, hasta que se persuadió de que habían huido en desorden,
aterrados por la sola detonación de una escopeta. En ese tiempo te-
mían ellos esa clase de armas, hoy están familiarizados con ellas.
Angélica, persiguiendo a los indios, pasó por cerca de unos
cadáveres, pero entonces era solo la justicia, era el genio protec-
tor de Betoyés y no sintió vacilar su corazón. A su vuelta fue otra
cosa: se detuvo delante de los cadáveres y los examinó minucio-
samente. Un hombre y su mujer estaban perfectamente muertos:
el hombre atravesado por el pecho y la mujer por las sienes con
flechas envenenadas. Un niño de doce años estaba desfallecido
sobre el ensangrentado cadáver de su padre; no tenía herida de
flecha sino en una pierna, pero le habían cortado la mano dere-
cha y perdía mucha sangre. Pendiente al cuello de la madre se
veía una criatura casi ahogada en sangre, pero su débil quejido
hizo conocer que tenía vida.
Angélica llamó a su criada, le puso sobre la espalda el mayor de
los heridos, y ella en sus brazos llevó al pequeño, que tendría seis
meses a lo más, y a quien los indios habían cortado la lengua por la
mitad.
Una vez en su casa, Angélica trató de curarlos. Pudo cerrar las
anchas heridas y restañar la sangre que brotaba de ellas llevándose
la vida de esos infelices, pero no conocía el veneno; aun ignoraba
que el herido hubiera quedado envenenado, pues veía las heridas
tan mortales que no comprendía para qué pudiera necesitarse de
veneno. Observaba que el niño sufría horriblemente y no podía
aliviarlo.
Viendo que por fin todos sus cuidados eran inútiles y que
el niño moría, le dijo: «Dios te bendiga, pobre niño; entrega tu
alma en manos del Dios que te formó y descansa en paz; al fin, no
tienes ya padres que te lloren».
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! Los emigrados "
Después oró por la salvación del moribundo, y cuando exhaló
su último suspiro, derramó lágrimas sobre el cadáver, puesta de
rodillas e inclinando su rostro sobre el del niño, le miraba con
ternura, le cerró los ojos y se alejó a tratar de conservar la vida al
pequeñito. No fue posible poder al niño tomar la leche que su ma-
dre adoptiva lo ofrecía: le faltaba la mitad de la lengua; era de todo
punto imposible la lactancia.
Angélica, modelo de paciencia y caridad, dejaba caer gota a
gota la leche sobre la mutilada lengua del indiecito; de este modo
le conservó la vida por quince días.
El día del ataque permaneció sola Angélica con su criada, pues
sus asistentes no estaban en el pueblo; los habitantes de este habían
huido espantados, y luego volvieron tarde con paso receloso.
Cuando estos vieron que sus casas no habían sido robadas,
que sus hijos —que muchas madres en su turbación habían deja-
do abandonados en sus hamacas— se encontraban sanos y salvos,
no podían comprender de qué manera se había efectuado este
milagro, y todos en tropel corrían a la casa de la blanca, quien les
explicó lo sucedido, y desde este día fue el ídolo de los habitantes
de Betoyés. Todos querían abrazarla y llevarla a sus casas, porque
decían que ella tenía algo de la misma Divinidad.
—Dejadme, hermanos míos —les dijo la señora—, os he li-
brado, pero no he podido librar a toda una familia que pereció;
encontré al padre y a la madre enteramente muertos, oí sus gritos
de dolor y de desesperación antes de salir de mi casa; encontré
también herido a un joven que ya murió, y a este niño que quiero
como si fuera mi hijo; está huérfano y no le dejaron los bárbaros
modo de alimentarse, pero lo criaré y lo adoptaré por hijo.
Al ver estas gentes conmovida a Angélica, se conmovieron
también a su vez, y lloraron por los que habían sido víctimas en
aquella catástrofe.
De repente salió de entre la multitud una joven, la misma de
ojos alegres que se había chanceado con Angélica por la mañana;
su semblante descompuesto por la desesperación y el dolor era
imposible que fuese reconocido.
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
—Blanca —dijo, arrojándose al cuello de Angélica—, he per-
dido a mis padres y a mi hermano, no me queda sobre la tierra
otro compañero que este niño, y si tú has de ser madre de él,
también lo serás mía, porque soy desgraciada.
—Sí, hija mía —le dijo Angélica, abrazándola—, yo seré tu madre
o tu hermana; desde hoy esta casa será tuya, porque yo amo de prefe-
rencia a los que padecen, y mi placer será enjugar tus lágrimas.
Las demás gentes, al retirarse, rogaron a Angélica no dejase
de dar de vez en cuando un tiro al aire.
Angélica pasó la noche en vela y con su traje de campaña sus
ocupaciones fueron velar, orar y alimentar al pequeño herido.
Al día siguiente quiso Angélica que José recibiera de parte
suya la noticia de lo sucedido, y de prisa le envió la siguiente car-
ta, en forma de un parte militar:
Ayer, mi querido Pepe, fue invadido este pueblo por
guahibos. Todos los indios mansos huyeron y nos que-
damos yo, Cecilio y la criada: tuve la fortuna, con la ayuda
de Dios, de derrotarlos dando tiros al aire. Por fortuna no
hubo sino tres víctimas.
Cuando José recibió la carta de su esposa, no podía compren-
der si dormía o si era una enajenación mental la que le producía
tan extrañas ideas. Angélica, su dulce y tierna compañera, la tí-
mida joven que venía del reino, llena de temores y desconfianza,
podía competir con el más valiente, sin que por esto hubiera de-
jado de ser tierna, sensible y amante. El portador le dijo que los
asistentes se habían ido ese día, uno a buscar víveres y otro de
espía a La Trinidad. José se desesperaba con la idea de no poder
ver a su amada, y el temor de que en otro asalto de los indios pu-
diera perderla lo ponía en el colmo de la desesperación. «¡Ah!
¡Patria querida!», exclamó: «¡yo os sacrifico mi mujer, mis hijos,
es decir, mi vida, mi esperanza, mi felicidad!».
Después puso, literalmente, cuatro letras para decir a su esposa
que se sentía orgulloso de que la Providencia lo hubiera destinado
para su compañero pero que se cuidase más. Mucho hubiera querido
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! Los emigrados "
escribir el enamorado José, pero carecía de papel y tuvo que confor-
marse con eso y repetirle mil protestas de amor.
José no quería que su esposa corriera los peligros a que es-
taba expuesto el ejército, y esto lo obligó a dejarla en Betoyés,
obteniendo una licencia para su joven cuñado, a fin de que fuera
a acompañar a Angélica.
Mientras esto sucedía, ella vio morir al huerfanito y a su po-
bre hermana, a quien atacó una fiebre cerebral.
Serían las siete de la noche del 18 de julio del año de 1817
cuando llegó a casa de Angélica un joven un poco flaco pero bas-
tante hermoso; su color demasiado blanco, apenas se había puesto
un poco empañado a consecuencia de los vientos abrasadores y del
mal clima de Casanare; eran sus ojos bellos y expresivos; su negra
cabellera crespa y fina caía en brillantes ondas sobre sus hombros;
estaba vestido de militar y su aire era enteramente marcial, a pesar
de su aspecto juvenil. Este joven era Crisóstomo.
Hacía tan largo tiempo que no se veían, que pasaron la noche
en una animada conversación y los sorprendió la luz del día, cada
uno en su hamaca, columpiándose suave y perezosamente.
A las ocho de la mañana le ocurrió al joven salir a encontrar
al asistente quien debía traer algunas provisiones. Los betoyes
no conocían al hermano de Angélica, ignoraban que hubiere lle-
gado alguien a casa de la blanca, y tomaron a Crisóstomo por un
espía; nada se reflexionó, solamente se atendió a la venganza.
Todo el pueblo gritó que debía morir, y multitud de cuchillos y
machetes se levantaron contra el joven oficial, que, desarmado
e indefenso, no podía luchar con tan crecido número y casi su-
cumbía sin lograr otra cosa que llevar esta furiosa turba a fuerza
de empellones hacia el lado de la casa de su hermana; allí se pro-
ponía encontrar sus armas.
Al saber Angélica el peligro que corría su hermano, salió de
casa y se precipitó entre aquellas furias llenas de rabia; atravesó
esa masa compacta de gentes que se disputaban la presa, y to-
mando a su hermano de un brazo lo haló tras sí y dijo a los que lo
maltrataban: «¿Qué hacéis? Es un patriota: es mi propio herma-
no que ha llegado anoche de Chire y que viene a acompañarnos».
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
Nadie pensó en dudar de las palabras de la blanca, y todos ad-
mirados y arrepentidos de lo que habían hecho se pusieron al
servicio del joven oficial, quien, habiendo perdido mucha san-
gre, estaba débil y falto de fuerzas para andar, tenía que apoyarse
en el brazo de su valerosa hermana. Mucho hicieron los beto-
yes para que Crisóstomo y Angélica olvidaran tan desagradable
acontecimiento, pero el joven no tuvo ya gusto en estar en Betoyés,
y avisó a su cuñado que se ponía en camino para Chire acompa-
ñado de su hermana. Esta tuvo la bondad de no hacer conocer que
tenía poca voluntad de volver a Betoyés, y disimuló la idea que tenía
de buscar protección cerca al ejército, porque sola en Betoyés
estaba expuesta a todos los peligros. En efecto, los betoyes no
podían defenderla de los guahibos; tampoco podían defenderla
de los españoles, caso de una sorpresa. La amaban con ternura,
es verdad, pero naturalmente desconfiados, como todo llanero,
la causaban también desconfianzas continuas.
Es verdad que los betoyes no conocían a Crisóstomo y les bas-
tó la voz de Angélica para moderar su furor, pero ella sabía muy
bien que no hay que confiar demasiado en el afecto del pueblo, y
temía pudieran sacrificarla a alguna indebida desconfianza.
La víspera de la partida, Angélica quiso ver a los habitantes
del pueblo y dejarles algunos recuerdos, y salió con tal objeto de
su casa. Apenas volvió a entrar, llegaron todos allí para hacerle
su última visita. Angélica estaba en el patio de su casa; un vestido
color de naranja cubría su cuerpo; caído sobre su cintura tenía
el chal que llamaban paño, este era blanco y con un bordado azul
en sus dos extremos; sus negros cabellos estaban recogidos ha-
cia atrás, suspendidos con un prendedor de brillantes y puesto
un poco inclinado sobre la cabeza el sombrero llanero de anchas
alas; estaba sentada en su hamaca, sostenida esta en dos árboles.
De vez en cuando sacudía con una rama de naranjo los mosquitos
y volvía después a apoyar la punta de su pie derecho en el suelo,
dando un nuevo impulso a su hamaca. Rodeaban la una multitud
de indios de ambos sexos; unos estaban de pie inmobles como
estatuas, apoyada su diestra sobre el puño de su espada; otros
sentados a estilo del país, con una rodilla levantada, apoyado el
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! Los emigrados "
codo sobre ella y la mano sobre la barba, mientras la otra rodilla
estaba en tierra apoyada en la punta del pie doblado.
—Blanca —le dijo una llanera algo más simpática que las
otras—, tú no volverás a acordarte de nosotros, pero te bendeci-
remos siempre, y siempre pediremos a Dios por ti.
—Mi buena Juana —contestó Angélica con una sonrisa adora-
ble, que dejaba ver unos dientes blanquísimos—, además de que
siempre me acordaré de mis hermanos de Betoyés, pienso volver
pronto; vuelvo para la cosecha de pacíficos, y espero comer tantos
que no los eche de menos si vuelvo a Tunja. —La joven dejó correr
una lágrima que le arrancó el recuerdo de aquella ciudad que en-
cerraba un tesoro tan querido, su hija, de quien no había tenido
noticia en dos años. Después cantó, para tratar de apartar de su
mente la idea que la martirizaba:
Percibo vuestro aliento soberano
en los vientos que soplan con furor,
y en la brisa que mueve dulcemente
la delicada, primorosa flor.
Y siento vuestra mano grande, inmensa
en la tierra que huello con mi pie,
y en las estrellas y argentados mundos
que ruedan ante vos con brillantez.
Vuestro poder admiro en todas partes,
y en el hermoso cielo de turquí,
palacio azul, magnífica morada,
do se ve vuestro cetro relucir.
Este cetro es el astro de topacio,
radiante con su brillo y majestad,
que disipa la niebla vagarosa
y ostenta eternamente su beldad.
Que sazona los frutos en verano
y hace en el suelo el grano germinar,
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
y venciendo las brumas y las nieves,
su suave luz y su calor nos da.
Vuestro amor bello, poderoso, inmenso,
igual tan solo a vuestra gran virtud,
reconozco en la sangre que vertisteis
por nuestro bien, pendiente de la cruz.
¡Salve gran rey! Aparte la justicia,
tenéis también piedad para el mortal;
y un paraíso eterno de ventura
do sustraernos al dolor y al mal.
¡Salve otra vez, preciosa maravilla,
enseña de esperanza, fe y amor!…
Fe, yo la tengo en vuestro ser eterno
y vuestra gloria espero, gran Señor.
¡Os tengo amor! ¡Eterno bien de mi alma,
pues todo en mi redor me obliga a amar!
Y a mis hermanos como a vos. ¡Ay! A ellos,
a ellos y a mí combate el mismo afán.
¡Oh! Que esa niña que sin padres queda
hoy en poder del bárbaro español,
el cáliz de desdicha nunca libe,
¡que la proteja vuestro grande amor!
Angélica acabó su canto sin sentir alivio en su maternal
aflicción, derramó un río de lágrimas y dando fuertemente con
el pie en el tronco de un limonero, imprimió a la hamaca un mo-
vimiento agitado.
—¡Qué! Hermana mía, ¿es decir que pierdes la confianza en
Dios? —observó Crisóstomo.
—¡Ah!, dices bien, blanco —exclamó un llanero—; la blanca
nos dice que tengamos paciencia y fe, y no la tiene ella.
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! Los emigrados "
Angélica se sintió avergonzada de haber desmentido con su
ejemplo sus palabras, y moderando su dolor con la fuerza de volun-
tad que la caracterizaba, les dijo: «Esto es por un instante, después
vuelven la esperanza y la fe; ahora, que Perdomo me cante algo».
Perdomo era uno de los asistentes de Angélica, de corazón
noble y generoso pero de fisonomía y costumbres enteramente
llaneras. Este cantó, acompañado de una especie de cítara for-
mada de totumo:
En estos llanos de Apure
donde se colea ganao,
me dieron para mi silla
un caballito melao;
y me lo dieron por maula.
me salió requetemplao,
y le dije al mayordomo
así se colea ganao.
La dulce voz de Perdomo y lo armonioso de la música ha-
cían que los dos reinosos no se fijaran en la letra de la canción,
y por disparatada que esta fuera, el cantor podía estar seguro de
la constante atención de su auditorio. La voz del llanero es dulce,
es armoniosa en el Llano, pero esta dulce armonía no trasmonta
jamás: el llanero canta siempre, pero solamente en el Llano can-
ta bien. El canto del llanero es una flor exótica que no crece ni se
adapta a todos los climas; además, el llanero improvisa siempre
que canta, y toma para sus versos las imágenes de la naturaleza:
la sabana, el caballo, las vacadas, las fieras, las aves y todo cuan-
to se encuentra en el Llano es cantado por sus trovadores, pero
una vez pasado el Casanare, ¡adiós numen! ¡Adiós entusiasmo y
melodía! Todo lo dejan al otro lado del río y siguen su camino
acompañados solamente por las fiebres de su país.
Libre Angélica de las visitas de sus amigos de Betoyés, se en-
tregó al sueño por dos horas, y luego se preparó a viajar desde el
amanecer. Su ser físico permanecía en Betoyés, pero su espíritu
vagaba ya por Chire.
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Capítulo octavo
Chire
Cuando Angélica llegó a Chire estaban Santander, Nonato Pé-
rez y los demás patriotas que guardaba Casanare reunidos allí.
El ejército apenas se empezaba a formar, porque hasta entonces
no había sino una reunión de emigrados, y algunos casanareños
dispuestos a sacrificarse por la patria. Los enemigos se encon-
traban a cinco jornadas de distancia.
Los españoles, valientes siempre, los tornaba cobardes la
injusta causa que defendían, y si bien su jefe quería a toda prisa
poner fin a la lucha, apercibido como estaba del mal estado de los
republicanos, no podía adelantar con tanta precipitación, por-
que sus tropas no tenían todo el valor que da la convicción, sino
el valor regulado de la obediencia. Estas tropas, compuestas en
su mayor parte de revolucionarios españoles, venían con dolor a
derramar su sangre por Fernando (. Sin embargo, puestos ya en
lucha con los americanos, peleaban hasta morir y si triunfaban,
eran crueles con los vencidos. En los intervalos que mediaban
entre batalla y batalla, los españoles, o mejor dicho, una gran
parte de ellos, se acordaban de que también eran enemigos de
Fernando; esto les causaba desaliento y los jefes, no queriendo
cansar demasiado la paciencia de sus tropas, esperaban unos
días a su pesar.
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! Los emigrados "
Pero cuando el humo del combate ofuscaba la vista de es-
tos hombres, volvían a acordarse de que el Nuevo Mundo era la
conquista de sus padres. En su alucinamiento se imaginaban ya
reconciliados con la Corte, llenos de honores y riquezas, repar-
tiendo entre ellos y sus amigos políticos los restos de la oprimida
América como prenda de unión y paz. Entonces peleaban como
leones, y no se escaseaba la sangre, sangre que la justicia llora,
porque en efecto debe llorarse la que derrama un pueblo para
oprimir a otro que pide libertad.
José había ya preparado habitación para su familia. Su cora-
zón latía con viveza a la esperanza de ver a Angélica. Este joven
de veintisiete años, y casado hacía nueve, sentía todos los ardo-
rosos transportes de un enamorado. Su pasión por Angélica, que
había sido la primera y fue la última, era vehemente, constante,
martirizadora.
Los jóvenes que se figuran que casarse es renunciar a la poe-
sía de la vida, renunciar al amor y los placeres y encerrarse en
una fría y desnuda realidad dan una triste idea de su moralidad y
de la constancia de su corazón. Al principio viven de la coquete-
ría, sus amores, o más bien caprichos, necesitan de publicidad y
variedad para causarles placer. Cada luna es preciso que los en-
cuentre con un nuevo ídolo; así llegan unos hasta los veinticinco
años, otros hasta los treinta, y de ahí en adelante necesitan el
escándalo… ¡Se divierten con las lágrimas de sus víctimas! No
así José: la pureza de sus costumbres, la rigidez de su moral, el
fuego volcánico de su corazón, no gastado por innobles pasiones
sino ofrecido en aras del amor conyugal, le hicieron encontrar
constantemente dulzuras en su vida doméstica, le hicieron vivir
siempre joven, siempre dichoso y adorado.
El tiempo que José y Angélica permanecieron juntos fue para
ambos corto, pues nunca se cansaban de contemplarse. Angélica
no se ocupaba de otra cosa que de mirarlo y tratar de complacer-
lo, porque su pasión era una adoración muda que absorbía toda
su atención; era un culto de todos los instantes, pero cuando
José se ausentaba, Angélica se dedicaba con ardor a los queha-
ceres domésticos. Ella misma, ayudada de su criada, preparaba
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
los alimentos para la familia y para varios amigos, cuidaba a su
pequeño Cecilio, dedicaba algunas horas a rezar sus devociones,
luego salía a hacer algunas visitas, y como le sobrase aún tiem-
po para aburrirse, pensó gastar este tiempo de un modo útil. Se
encargó de recibir y dar pesado a las fraguas, el hierro de que se
iban a hacer las lanzas.
José trabajaba él mismo haciendo su aprendizaje de herrero,
y hacía tantas lanzas en un día como el más diestro y acostumbra-
do en el oficio.
Entretanto, Angélica visitaba las demás fraguas, iba de casa
en casa recogiendo hierros inutilizados por el uso, y animaba con
su ejemplo a todos a servir en algo a la causa de la patria. Con-
cluidas las lanzas, se acabó el trabajo de la joven republicana, y
entonces se ofreció a enseñar el ejercicio a los más torpes sol-
dados, a fin, decía, de evitar este trabajo a los oficiales, que tanto
habían sufrido y debían sufrir en breve, y de que los soldados
no se disgustasen con el tratamiento brusco de sus adelanta-
dos compañeros. Ella mandaba el ejercicio con una gracia, con
una bondad inefables y una constancia que admiraba a los jefes.
Muchas veces su esposo y su hermano la decían que dejase esas
ocupaciones, pero ella les contestaba: «Dejadme, necesito pla-
ceres, y este es para mí un positivo placer».
Un día estaba ella mandando el ejercicio, vestida como la vimos
en Betoyés, con la sola diferencia de ser su traje blanco ese día.
—Señora doña Angélica —le dijo el coronel Santander—, si
todos tuviéramos el valor y la decisión de usted, la causa de la
libertad no se perdería. ¿Quiere usted mandar ese cuerpo que
ha disciplinado? Esos hombres la adoran a usted y se arrojarían
gustosos a las llamas si usted se lo ordenara.
—Coronel —le contestó Angélica—, yo no hago sino ahorrar
disgustos a la oficialidad; tal vez estoy fuera de mi puesto, pero
me sobra demasiado tiempo, que no sé en qué emplear. Además,
creo que no solo los hombres deben servir a la patria, pero en
cuanto a conducir esos hombres al campo del honor, no podría:
soy cobarde, me asusta la sangre y jamás podré dar la muerte a
uno de mis semejantes. Estando en Betoyés me animé, no sé
· 81 ·
! Los emigrados "
cómo, a herir, pero Dios me libró de la desgracia de que mi mano
hubiera quitado la vida a uno de esos infelices.
—¿Conque no acepta, doña Angélica?
—No, coronel; además de mi timidez existe Cecilio y quizá
también mi hija.
—¡Ah! Es verdad —dijo Santander—; además, usted… no
convendría en ello.
—¿En qué, amigo mío? —dijo José, que llegó en aquel
momento.
—En que doña Angélica, con su respectiva graduación, man-
dara esta gente en un combate.
—¿Quién lo quiere? Espero que no serás tú —interrumpió
José, mirando a Santander fijamente.
—Pues te equivocas, amigo; fui yo quien lo propuso pero de-
sisto. Veo que el amor por tu esposa es tal vez mayor que el que
tienes a tu patria, quizá en esto tienes razón.
—¡No! ¡Nunca! ¡Antes que todo es la patria! —dijo José—,
pero la mujer cuida de la infancia de los hijos, y estos, a su vez,
serán hombres que pondrán a disposición de su patria honor y
vida: cada uno cumple con su deber.
—Bien, bien —dijo Santander, abrazando a su amigo—, me
gusta verte bravo, pero mira, en un momento de entusiasmo se-
guí la chanza por ver qué me decías. Ahora, para picarte más, me
llevo al cuartel a Cecilio.
—No —dijo José—, más bien ven con nosotros a casa, y que
Crisóstomo lleve esta gente al cuartel.
Todos se dirigieron contentos a casa de Angélica.
Un momento después llegó la noticia de que los españoles
se acercaban ya. Santander, Pérez y los demás jefes concertaban
los medios de defensa y, no encontrando cosa mejor que hacer,
resolvieron retirarse a Macaguane. En consecuencia, se hicieron
de prisa todos los preparativos para la marcha y José, no que-
riendo que su familia participara de los azares de una marcha de
tropa precipitada, y no hallando salvación sino en los bosques,
ordenó a su esposa se internase del lado derecho, donde se sabía
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
que los indios salvajes no tenían conucos ni caneyes, y donde no
se había oído decir que se emboscasen.
José puso a órdenes de Angélica siete familias de indios
mansos, que debían servirla en los bosques; le arregló el equi-
paje, consistente en un par de baúles, una cama, una frasquera y
unas cargas de arroz, sal y panela. Un gran paraguas, que hacía las
veces de tienda de campaña, completaba con la tercerola todo el
equipaje de los fugitivos.
· 83 ·
Capítulo noveno
La huida
José previno a los compañeros de Angélica que responderían de
su vida y de la del niño con sus propias vidas. Inútil amenaza, el
enamorado caballero no pensaba que huyendo siempre al centro
del Llano quedaría impotente para cumplirla en caso de una trai-
ción. Les hizo además mil ofertas para cuando salieran del bosque,
y con esto, y el cariño que Angélica sabía captarse siempre, quedó
perfectamente asegurada. Ella abrazó a su esposo y a su hermano,
ocultó sus lágrimas para no afligirlos más y después se puso en ca-
mino montada sobre una mula grande, fuerte y de buenos pasos,
llamada la Preciosa. Capistrano llevaba sobre sus espaldas a Ceci-
lio y Perdomo marchaba junto a Angélica, triste y pensativo.
Las siete familias que acompañaban a Angélica marchaban
silenciosas detrás, no habiendo en la partida uno solo que se atre-
viera a importunarla con una palabra ni a profanar sus lágrimas
con una cantinela.
—Señora doña Angélica —dijo Perdomo, rompiendo él pri-
mero el silencio—, sería bueno que la mitad de la gente pasara
adelante; yo debo quedar a retaguardia para borrar las huellas de
nuestros pasos.
· 85 ·
! Los emigrados "
—Como tú quieras —contestó Angélica—; lo que tú y Capis-
trano dispongan, eso haré yo, a lo menos por hoy. Si mis buenos
servidores pueden salvarme, me salvarán.
—O pereceremos a vuestro lado —contestó el joven asistente.
La mitad de los indios pasaron adelante con orden de bus-
car la senda más cerrada de árboles, a fin de no ser vistos de
nadie. Capistrano, con el niño en la espalda, seguía el paso de la
Preciosa; detrás de él marchaba la otra gente y algo más lejos
Perdomo, borrando cuidadosamente las huellas que dejaban sus
compañeros.
La comitiva de Angélica seguía oculta apenas por el tupido
pajonal que cubría sus cuerpos, y que producía un áspero sonido
de chis-que-chis a lo que los viajeros movían su incierto paso. De
repente se detuvo Capistrano y, levantando un pie, sacó el cuchi-
llo que llevaba al cinto y cortó un objeto que Angélica no pudo
ver. Era el arpón de una raya; después, continuó su camino con
indiferencia.
La comitiva seguía silenciosa cuando, comprendiendo An-
gélica que les quedaban pocas horas de la tarde, dijo:
—¿Qué haremos? Ya llega la noche y no encontramos el bos-
que; ¿dónde haremos alto?
—Caminaremos hasta encontrarlo, señora —contestó Perdo-
mo—. Si alguna fiera pretende hacernos daño, para eso vais con
el chico en medio de vuestras gentes; algunos hemos de quedar
para protegeros y serviros.
Capistrano dio de beber a la madre y al hijo; después les pro-
curó un poco de carne y plátano asado y, poniendo a Cecilio sobre
las rodillas de su madre, le dijo: «De este modo vamos bien».
Los dos asistentes pusieron sobre sus hombros las carabi-
nas, se aseguraron de que el arma de Angélica iba preparada y
siguieron su marcha.
En el Llano no hay crepúsculo; el sol está radiante y magnífi-
co y de repente se oculta dejando esta inmensa sabana en la más
completa oscuridad. La Providencia quiso que la noche en que
Angélica huía hacia el bosque hubiera una luna que con su ama-
rillenta luz alumbrara su marcha. Habían andado ya algunas horas
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
después de la aparición de la luna cuando los indios vieron un lobo
que venía hacia ellos.
—Heridlo —dijo Angélica, que, siempre sobre su mansísima
bestia, sujetaba contra su pecho al niño que dormía.
—¡No, no! —exclamó Perdomo—, este no es un peligro por el
que nos debamos exponer a otro. Un tiro nos puede descubrir,
camarada —dijo desviando de la llave de la carabina la mano de
Capistrano.
—Adelante, pues, al arma blanca —contestó este.
Los dos asistentes acometieron al lobo con sus espadas, lo
hirieron e hicieron huir, y continuaron su camino.
—¿Qué sucede, madre? —decía Cecilio despertando y en un
dialecto apenas comprendido por Angélica—; ya me quiere venir
el frío, ¿me vuelvo a dormir, madre?
—Sí, hijo de mi vida —dijo la señora besando a su hijo—.
Duérmete y cuando te despiertes, ya estaremos con tu padre. —A
poco rato el niño se durmió.
Los viajeros caminaban sin hacer ninguna parada, y su deseo
era encontrar el bosque. En efecto, pasada la mitad de la noche
se internaron en él, y cuando hubieron andado un largo rato, se
detuvieron buscando un sitio donde descansar. Los asistentes y
los indios hicieron pequeños rodeos para convencerse de que se
hallaban en paraje seguro.
—Podemos descansar —dijo Perdomo, queriendo recibir al
niño en sus brazos para que Angélica pudiera desmontarse.
—¿Pero para qué desmontarme? —dijo ella—. No sabemos en
dónde estamos; además, ya amanece. Coge el niño un rato y yo
dormiré a caballo.
—Bien, como gustéis —dijeron los dos asistentes.
A un cuarto de hora, todos los indios dormían junto a las
bestias: solo permanecían en vela Angélica y sus dos pajes; es-
tos conversando y aquella fingiéndose dormida para no ser
importunada.
—¿Qué demonio tienes metido en el cuerpo? —dijo Ca-
pistrano a Perdomo—. Todo el día has traído cara de dolor de
estómago.
· 87 ·
! Los emigrados "
—¡Ah!, camarada —contestó el interpelado—, es que me
duele el alma. Al tiempo de la despedida me dijo el coronel:
«Perdomo, te entrego el alma, la vida, todo, puesto que te en-
trego a mi mujer y a mi hijo. Haz por salvarlos, en ti espero. Si la
Providencia dispone que nos volvamos a ver, ya sabes que seré
no tu señor sino tu amigo, pero si muero, sálvala, y si es posible
condúcela a Tunja, búscale su hija y sírvela siempre». Esto me
dijo él cuando yo iba precisamente a pedirle me dejara colocar
en el ejército, porque mi brazo está ocioso y mi corazón pide
sangre de los godos. Ya supondrás que no me atreví a hacerle
la propuesta, y en vez de pelear con los hijos de nuestros con-
quistadores, peleo con un lobo, quizá con un tigre. He venido
triste porque quería ir a otra parte, pero también contento y
satisfecho al ver que mi coronel me entrega su mejor prenda,
porque espera que la salve.
Hubo un momento de silencio, después del cual dijo
Capistrano:
—¿Sabes tú qué es lo que me da más miedo?
—¿Sabes tú que yo no soy adivino? —contestó Perdomo.
—Sin embargo, puedes dar —murmuró el primero.
—Tal vez te espantan los tigres, la soledad, la falta de… ¡qué
sé yo!
—No, no, nada de esto me espanta: la belleza de la señora co-
ronela es lo que me espanta. Figúrate que caigamos en poder de
los guahibos. ¿Serías capaz de defenderla? Todos pereceríamos
inútilmente y la señora sería robada por ellos.
—¡Ah! ¡Qué horror! —exclamó Perdomo.
—Perdón, camarada —dijo su compañero—, no pensé que no
se te hubiera ocurrido este peligro y te he asustado sin pensarlo;
ya sabes que yo soy algo hablador, y puesto que tú eres el jefe de
la partida, hazme callar cuando te parezca.
Perdomo estaba aún más triste y pensativo que antes, y dijo a
su compañero con distracción:
—Has hecho bien, camarada, habla siempre.
—Puesto que se me franquea el paso, voy al ataque. Ya sabes
cuánto quiero a la chica Luisa; pues bien, yo pensaba que ella no
· 88 ·
! Evangelista Correa de Rincón Soler "
me podía ver, y al tiempo de partir la vi que derramaba unas la-
grimotas que daba pena. La quiero más que a la de Arauca, y si
Dios nos saca con bien de aquí, me casaré con ella y no volveré a
El Cocuy. Es linda la chica, ¿no te parece?
—Basta ya —dijo Perdomo con impaciencia—; te he dicho que
hiciste bien en hablar porque se trataba del servicio de la señora,
pero respecto de tus mil amores, no me quiero ocupar por ahora.
Necesito silencio, porque no me ocurre todavía cómo proteger a
la señora contra el peligro de que me has hablado.
—Callaré, pues, ciudadano protector, y mientras tú piensas
en tu plan de defensa, yo formularé uno de ataque. Tú siempre
grave, como protector que eres; yo siempre loco, pensando en
mujeres. ¿Qué quieres? Así nos ha hecho a cada uno Dios.
—Pues bien, quédate como él te ha hecho y calla.
Ambos guardaron silencio, la comitiva seguía su descanso,
Angélica velaba con ansiedad, Perdomo meditaba el medio de
salvarla del peor de los peligros y Capistrano se divertía recor-
dando sus amores.
No era Capistrano uno de esos soldados corrompidos, como
tal vez se haya figurado el lector. Era un mozo a quien le gustaba
que las chicas lloraran por él y quería divertirse en todos los pue-
blos donde permanecía. Les mentía a todas y su carácter burlesco
hacía que ninguna le creyese nada. Él no hizo nunca la desgracia
de una mujer.
De repente dijo Perdomo:
—Ya, ya caigo: la atravesaré con mi espada antes que permitir
que caiga viva en poder de los salvajes.
—¿A quién? —dijo admirado el otro paje.
—Pues a doña Angélica —contestó Perdomo, poniendo sus
labios en la oreja de Capistrano.
—Eso es si los indios te dejan tiempo, amigo.
—Y me dejarán —dijo Perdomo como desesperado—. Yo soy
el custodio de su libertad y de su vida, pero antes que todo de su
honor.
—Ahora —dijo Capistrano—, ¿puedo hablar ya de mi Luisa?
—Habla de lo que quieras —le contestó su compañero.
· 89 ·
! Los emigrados "
Angélica había oído toda la conversación: su corazón casi
no latía y tenía paralizados todos sus movimientos por el terror
que le inspiraba su presente situación y sus muchos peligros. Sin
embargo, sabía ya que contaba con la decisión y el valor de un
hombre de corazón y honor. Esta seguridad la consolaba un tanto
y le daba alguna esperanza. Ella fingió despertar y dijo:
—Perdomo, he dormido suficientemente. Dadme a mi hijo y
acuéstate sobre la paja, que es un lecho propio para un valiente.
—Inútil, inútil, señora: no podré dormir porque no siento
sueño, pero la noche nos permite descansar, os obedeceré y des-
pués me tendréis en pie.
Algún tiempo después amaneció y los fenómenos de la luz
ocuparon del todo la imaginación de los fugitivos, olvidando por
unos momentos su situación. Después se hizo un desayuno de
guarapo, agua de panela, y siguieron a marcha acelerada a inter-
narse en el bosque.
En este día los fugitivos llevaron una vida que es ordinaria
en el Llano: calor, sed, peligros. Sin embargo, el calor era dismi-
nuido por la tupida arboleda, la sed por las naranjas y los peligros
por el valor de los viajeros. Angélica y su hijo padecían fiebres
cuartanas, y la primera pensaba con dolor en que la fiebre había
de quitarles algunas horas de marcha, que significaban para ellos
la libertad y tal vez la vida. Caminaban silenciosos; solo se oía el
chis-que-chis del tupido pajonal cuando Angélica dijo: «El frío,
¡ah! ¡Ayudadme!».
Perdomo corrió a desmontar a la señora, que se desplomó en
brazos del paje, sufriendo los más terribles dolores. Las manos,
los pies y toda la columna vertebral parecía que se le deshacían, y
la enferma se agitaba en una terrible convulsión, haciendo con las
mandíbulas un ruido a compás demasiado acelerado. Capistrano
botó sobre la paja una piel seca de novillo de las que iban sobre
las cargas, y colocaron a Angélica sobre esta cama, cubierta apenas
con su capa y sin pensar en medicinarla. No esperaban sino que
pasara el frío, entrara la fiebre y desapareciera el mal. Las muje-
res rodearon a Angélica, los hombres se botaron sobre la paja a
· 90 ·
! Evangelista Correa de Rincón Soler "
descansar. Entre estas gentes había algunas que padecían fiebres,
y les atacaron al momento, como por una relación eléctrica.
—¡Agua! ¡De beber! —decía la enferma.
—No, todavía no —contestaban sus asistentes, pero el frío
desapareció, se declaró la fiebre, los dolores cesaron, el ruido de
la dentadura, causado por la convulsión, dejó de oírse y la enfer-
ma se quejó de la cabeza; su rostro se puso encendido y empezó
a delirar.
—Agua ya —dijo una de las mujeres.
—Pero no hay —contestó otra— sino la que va en la botijuela,
y con lo que se mueve estará ya mala.
—Sí, estará mala, pero ella no lo notará —volvió a decir la
primera.
Angélica bebió todo el contenido de la botijuela, y después
se mordía sus lindos y tostados labios.
Pasó también la fiebre: un sudor abundante mantenía a la
enferma como en un baño al vapor.
Al fin pasó todo: Angélica volvió a montar en su mula y la
comitiva continuó su marcha, después de haber comido aprisa
carne y cazabe.
Serían las cuatro de la tarde cuando se propuso que hicie-
ran alto. Angélica se desmontó, cogió a su hijo en los brazos, los
asistentes ataron las bestias a los árboles y, ayudados de los que
los acompañaban, se pusieron a hacer un semicírculo dejando
la tierra descubierta. Con los árboles echados a tierra, hicieron
alrededor del círculo una especie de trinchera, colocaron las
cargas también alrededor formando un parapeto de arroz, sal y
panela; pusieron los baúles en el centro y sobre estos la cama que
debía servir de habitación a Angélica y su niño. Después, clava-
ron un palo junto al improvisado tablado y ataron a él el cabo del
paraguas, que debía servir de tolda. Hechos ya estos preparativos
y entrada la noche se pensó en comer. Inmediatamente encen-
dieron fuego y prepararon una cena muy frugal.
Fácil es comprender que no solo Angélica sino toda su gente
estaban esa noche poseídos de terror. Imaginábanse ver tigres y
toda especie de fieras; se figuraban oír los gritos salvajes de los
· 91 ·
! Los emigrados "
guahibos, y en medio de estas terribles imágenes se presenta-
ba a la mente de Angélica el ejército español persiguiendo a la
pequeña tropa de republicanos refugiados en aquellas comarcas.
Imposible fue dormir en esta noche la infeliz fugitiva. La soledad
del bosque solo era interrumpida por los suspiros de Angélica,
que se oían a un tiempo con la descompasada respiración de sus
gentes. Perdomo y Capistrano velaban de pie delante de Angélica
con sus espadas desnudas y sus carabinas al lado, en tanto que
la señora permanecía sentada bajo el paraguas y sostenía en sus
brazos a su hijo que dormía.
La noche se pasó sin más contratiempos que la inquietud y la
ansiedad. Esta noche fue la del 6 de agosto de 1818.
Al día siguiente, viendo los fugitivos que no habían pasado
mala noche, se resolvieron a permanecer en el mismo sitio.
· 92 ·
Capítulo décimo
La vida en el bosque
Los meses de agosto, septiembre y octubre los pasó Angélica sin
tener el consuelo de recibir noticia alguna de su amado Pepe.
Los españoles se situaron en un punto donde impedían per-
fectamente el paso; así, ni la asilada en las selvas podía tener
noticias de su esposo, ni este de ella.
La salud de Angélica y del niño se debilitaba más y más cada día,
a causa del demasiado penar y de los malos alimentos que usaban. Lo
primero que les faltó de sus provisiones fue la panela; quedaron re-
ducidos a comer arroz por todo alimento, y la infeliz Angélica tenía a
esta comida tal aversión por haberla acostumbrado demasiado, que
ya le era imposible tomarla. Hubiera muerto de hambre si el cui-
dado de sus pajes no le hubiera proporcionado algunas carnes.
No se resolvieron los asistentes a dar un tiro por temor de
ser descubiertos, y solo usaban trampas para coger las aves, las
que fabricaban de bejucos y cortezas de árboles. No podían pro-
porcionarse pescado, porque quedaban muy lejos de los ríos y
carecían absolutamente de libertad para andar hasta encontrar-
los. Así, la señora y el niño no comían sino patos, paujiles y otras
aves asadas por la mano de sus asistentes. El estado de su salud
no les permitía comer la carne de otro modo que en asados, pero
estos a su vez también los cansaron.
· 93 ·
! Los emigrados "
Un día que los pajes habían ido a cazar encontraron unos indios
salvajes pero no feroces. De pequeña estatura, anchos de espalda, ca-
bellos largos y ásperos y fisonomía del todo desagradable. Apenas los
vieron con armas, los salvajes quisieron huir, pero Perdomo, botando
al suelo las suyas, consiguió que lo aguardasen. «Tabá, tabá», le di-
jeron ellos; Perdomo comprendió que este era un saludo; lo contestó
más con gestos que con palabras y les hizo entender que tenía sal.
Los tunebos, pues estos eran, cambiaron con Perdomo plátanos,
yuca, chicalo y otras raíces por la sal que este les dio. Desde este día
no dejaron de venir: hicieron siempre cambios y estrecharon amis-
tad con las gentes de Angélica, a quien profesaron mucho afecto.
Todo lo que se preparaba para los alimentos se cocía por la no-
che en las hogueras que se encendían con este objeto y con el de
ahuyentar al tigre. En las noches de luna hacían poco fuego; durante
el día jamás las podían encender, porque se hubieran visto a lo le-
jos las columnas de humo y hubieran podido ser descubiertos.
La vida era allí siempre igual, solo que ya todo venía a ser
indiferente para Angélica, quien, habiendo perdido casi la es-
peranza, no tenía otro porvenir ante sus ojos que la muerte.
Frecuentemente venían lobos, osos y leones cerca al círculo
que ella ocupaba, pero estos animales no podían hacerle daño,
porque nunca sus asistentes dejaron de velar. Además, ella los
miraba con indiferencia y solo se le conocía deseo de la vida
por el temblor de sus miembros, cuando a alguna distancia se
oían los rugidos del tigre o del jaguar. El consuelo del sueño le
fue también negado; es verdad que dormía una o dos horas al
principio de la noche, pero siempre sentada y con su niño en
los brazos. Como pensaba constantemente en su esposo, soña-
ba verlo muerto bajo los pies de los guerreros españoles; otras
veces lo veía herido, bañado en su sangre, pálido y próximo a ex-
pirar sin verla, añadiéndose a su agonía el tormento de no darle
el último adiós. Estos sueños hacían de las noches de Angélica
un prolongado martirio, y ella suplicaba a sus asistentes que no
la dejasen dormir. Una vez despertó con la fisonomía un tanto
tranquila y apacible, su corazón sentía una pequeña esperanza,
la cual no le venía sino de un sueño. ¿Y qué podrá significar un
· 94 ·
! Evangelista Correa de Rincón Soler "
sueño? Nada generalmente, pero Angélica sintió alivio, ya que
no dicha, y escribió a su esposo este sueño.
¿Qué es un sueño? Una representación que hace nuestra imagi-
nación de aquellas ideas que nos ocupan en el estado de vigilia. Una
refracción de los rayos de nuestra inteligencia. Un trabajo de nuestro
espíritu que, no pudiendo ser rendido por la fatiga ni permanecer
ocioso porque es un ser activo, se ocupa en alguna cosa. Un sueño es
un consuelo, una pena y también una burla de la suerte. ¡Cuántos de
mis lectores, después de pasar un día azaroso, víctimas de una suer-
te contraria, sumidos en el dolor y la desesperación, habrán cerrado
sus ojos cansados de derramar lágrimas quemadoras, y, rindiendo a
la pena su debilitado ser, se habrán dormido arrullados tristemente
por sus quejidos! ¡Cuántos otros, hartos de felicidad, en medio de las
locuras y los devaneos de la inconsiderada juventud, cansados de
una orgía, bullendo en sus ardientes cerebros mil seductoras imá-
genes, mil deseos exagerados, el sueño les ha sorprendido vagando
sobre sus labios una sonrisa de triunfo y placer! Entonces, ¿qué os
ha sucedido? La fisonomía alterada por las penas se ha ido poco a
poco serenando, cesan los suspiros, la respiración es dulcemente
ejecutada y por fin una risa animada y sonora sale de aquellos labios
que antes suspiraban. ¿Qué sucede al joven aturdido que se acuesta
sonreído y ahora se estremece, sus manos se crispan y de sus labios
se escapa un grito aterrador después de prolongados gemidos? ¡Es
que sueña y su felicidad se ha cambiado en tormento! Ha visto en
sueños la realidad de las cosas y encontrado que corre afanoso tras
lo que no podrá alcanzar. Las orgías desecan su corazón y tiene que
luchar contra un temible rival. ¡Esta es la vida, a los dichosos se les
anuncia que pueden ser desgraciados, y a estos, siquiera en sueños,
se alivia su penar! Muchas veces los sueños se realizan, y entonces el
sueño es un anuncio de la Divinidad. Empero, ordinariamente no
hacen más que cambiar la vida por unos instantes, haciendo de ellos
un divertido carnaval. He aquí el sueño de Angélica:
¿Sabes, dulce y adorado José, por qué mi espíritu se en-
cuentra hoy tranquilo? ¿Por qué en mi pecho se alberga
la esperanza? ¿Por qué ha vuelto la fe a un corazón que
· 95 ·
! Los emigrados "
habiéndola perdido ha hecho repetidas veces inútiles es-
fuerzos para hallarla? ¡Ay! ¡Nada puedes saber e ignorarás
si existo! ¡Tú no has visto mis pálidas mejillas bañadas por
las lágrimas que me arranca el más intenso dolor! ¡Tú no has
visto mi abatida frente inclinada al suelo, como para bus-
car un lugar de descanso a mi fatigado cuerpo! ¡Tú, en fin,
no me has visto triste, pensativa y sombría, sin fuerzas para
resistir la borrasca que me ha separado de tu lado! Me viste
cerca de ti, no solamente resignada sino fuerte, y en medio
de los tormentos de una separación peligrosa e inevitable,
mi tranquilidad consoló a tu amante corazón. Empero, no
era valor propio el que en mí admiraste: era solo un destello
del tuyo que se comunicaba a mi ser. Al ver tus lindos ojos,
cuya mirada ardiente y firme desafía los peligros, yo no po-
dré sentir aflicción; mas al quedar sola, sin esa magnética
mirada que irradia de entusiasmo, así como es marcial y al
mismo tiempo dulce el eco de tu armoniosa voz, mi valor se
evaporó como la niebla de la mañana, y si hoy me encuen-
tro serena es por un sueño. ¡Qué niñería, mi adorado José,
consolarme un sueño, cuando la realidad es tan horrible que
espanta! Y, sin embargo, este sueño me alivia porque me em-
peño en mirarlo como un presagio de futura felicidad.
Anoche llovió con espantosa fuerza; la oscuridad era horri-
ble, el viento zumbaba con infernal furor y parecía traer de
lejos el rugido del tigre que, hambriento, había de venir a
devorar a mi hijo en mis propios brazos. Varias veces cerré
los ojos como para dormir, mas no lo conseguí, y de repen-
te un estremecimiento me hacía volver sobresaltada de esa
especie de letargo a todo el horror de mi situación. Por fin
sentí mis párpados pesados cerrarse bajo el poder de una
fuerza irresistible: me dormí. En este instante, el mundo
cambió para mí: la guerra había ya terminado, la patria era
libre. Tú, yo y nuestros hijos gozando de dicha y descanso
ocupábamos una linda estancia en el reino. Nuestra casi-
ta blanca con sus ventanas cubiertas de fragantes rosales
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
dejaban pasar todas las mañanas los rayos de un sol brillante
y tibio; su hermosa huerta, donde vi todos los árboles fruta-
les de la tierra fría, cuyos frutos y flores embalsamaban las
brisas con delicados perfumes; su suelo tapizado de violetas
y de fresas, que como granos de rubí brillaban sobre el verde
musgo; sus colinas, en las que se veía un gracioso rebaño;
sus valles, en donde las vacas pacían con los terneros, y en
donde los potros de suelta crin relinchaban y jugueteaban;
un arroyo cristalino y espumante que precipitándose de
una roca formaba una cascada con su humo blanquecino,
sus lluvias de cristal, su ruido retumbante y grandioso, y
que después de formar columnas, espejos y crespos bor-
botones venía a correr dulcemente por un lecho de piedra
negra, cuyas orillas tapizadas de un musgo ceniciento de-
jaban ver una infinidad de saltadores insectos; su hermoso
jardín, que cultivaba Delia; la tierra revuelta por el labra-
dor; todo, todo me entusiasmó, me hizo dichosa, porque en
aquel edén estabas tú. Trabajabas con tus propias manos,
y tus cabellos, húmedos por el sudor, formaban graciosos
bucles de ébano brillante sobre tu frente pálida. ¡Ah! ¡Qué
vértigo de felicidad! El soldado había arrojado la espada y
empuñaba el arado; su corazón era libre para amarme; me
pertenecía en todos los momentos, y sentados a la sombra
de un antiguo roble, cobijados por un cielo azul purísimo,
me juraba ser mío, exclusivamente mío. ¿Sabes, José? ¡He
soñado esto porque lo he deseado muchas veces! ¡Porque
con gusto cambiaría mi posición social por la más humil-
de si de este modo pudiera, ignorada de todos, vivir dichosa
solamente con tu amor! ¡Porque si en la tierra hubiera un
rincón en donde, ocultos a la vista de los hombres, indife-
rentes al mundo y sus dolores, pudiéramos vivir los dos, yo
te hubiera arrastrado hasta ese sitio! ¡Yo hubiera arrancado
de tu mano la espada que te hace soldado de la patria!
¡No! ¿Qué digo? ¡Perdona mi delirio! ¡Te amo, es ver-
dad! ¡Pero la patria esclava necesita los brazos de sus
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! Los emigrados "
hijos! ¡Para los esclavos no hay amor, y mientras haya
un déspota, uno siquiera que intente osado remachar
las vergonzosas cadenas que esclavizan la patria, tú no
descansarás! ¡Nuestros hermanos gimen bajo el peso del
yugo que nos martiriza, y solamente a fuerza de sacrificios
y de abnegación podremos salvarnos! Entonces, amado
mío, colgando con honor la espada vencedora, tranqui-
lo y satisfecho a mi lado estarás. ¡Mas si este sueño me
engaña, si no hemos de tener otra suerte que la de los
esclavos, y el león de la España nos ha de sofocar con su
melena, quiero morir! ¡José: la perspectiva de la muerte
es dulce cuando se tiene al lado la de la esclavitud!
Los españoles ocupaban sucesivamente todos los pueblos
del Llano; unas veces avanzando hacia los patriotas, otras re-
trocediendo, pero siempre en movimiento. Los patriotas no
permanecían solamente en Macaguane, también daban rodeos
y hacían evoluciones que tenían por objeto no presentar acción,
pues esta habría sido una grande imprudencia.
Angélica, en tanto, permanecía en las selvas; sus provisiones
estaban agotadas pero le quedaba sal; con ella comerciaba con los
tunebos y tenía, aunque no otra cosa, con qué salar la caza y qué dar
de desayuno a sus gentes. Todas las mañanas se hervía sobre las bra-
sas de la no apagada hoguera un poco de aguasal: este era el desayuno
obligado de la señora, este debía ser también el de sus gentes.
Angélica estaba destinada a pasar por más amargas pruebas.
Pasó la mitad del mes de noviembre y tampoco tuvo la menor no-
ticia de su esposo. Sus pajes le proponían que, puesto que nada
se sabía del coronel, iría uno de ellos a buscarlo y el otro quedaría
en el bosque acompañándola, pero Angélica respondía: «No, mi
Pepe me encargó que no hiciera ni permitiera salir de aquí a uno
solo de vosotros, hasta que alguno del ejército no hubiese venido de
su parte, de la de mi hermano o de la de Santander. La salida de uno
de mis guardias no solo puede perderlo, sino que seré encontrada,
prisionera y ultrajada, y mi esposo se precipitará a cualquier pe-
ligro por libertarme. Aguardad».
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
Entretanto, la sal se acabó, los tunebos no tenían ya el es-
tímulo de la ganancia para traer sus artículos, pero amaban a
la blanca y la regalaban algunos víveres; escaso recurso que no
hubiera podido librarlos del hambre si la Providencia no les hu-
biera suministrado de nuevo una provisión de sal.
Ya Angélica se había visto obligada a racionar su pequeña
escolta con carne de una de sus mejores mulas, que hizo matar
con este fin; ya las aves también se agotaban, pues los asistentes,
para traer algunas, tenían precisión de dejar a la señora sola la
mayor parte del día, lo cual no dejaba de ser peligroso. La carne
más fácil de buscar era la de mico, de sabor bastante ingrato y
de vista bien desagradable. La primera vez que se la presenta-
ron no podía Angélica creer sino que era una criatura humana, y
la impresión que le causó fue tan desagradable, que nunca pudo
resolverse a comerla.
Todos los días, al nacer la aurora, alumbrados por sus bri-
llantes resplandores, se derramaban por el bosque las gentes de
Angélica en busca de provisiones y alimentos. La misma Angélica
salía del círculo de ramas en que vivía y buscaba por sí misma algo
que comer. Sus gentes le habían propuesto varias veces abandonar
ese sitio y buscar otro para establecerse en él, en donde pudieran
encontrar con qué alimentarse. Hubiera ella aceptado con gusto
esta especie de vida nómade y errante, pero su valor disminuía ya,
porque la idea de encontrar con los guahibos la hacía temblar.
—Dejadme aquí —les decía—, prefiero morir de hambre a
caer en poder de los guahibos; poco haré en perder la vida, pues-
to que he perdido la felicidad.
—¿Por qué desesperáis, señora? —interrumpió Perdomo—.
Ya no se os puede conocer, y si la señora pierde el valor, lo per-
deremos todos.
—¡Ah, buen amigo! —exclamó Angélica—, es que creo haber
perdido a mi Pepe, y esta idea me produce una angustia y un
desaliento mortales.
—¿Y el chico, señora? ¿Y la pobre Delia? —dijo el virtuoso
paje, conmovido visiblemente por la mala suerte de la señora.
Entonces ella le dijo:
· 99 ·
! Los emigrados "
—Perdomo, no me consultes nada en adelante; sálvame si
puedes, pues acepto la vida con todos sus tormentos, porque soy
madre y debo sacrificarme a esas criaturas.
Perdomo resolvió esperar tres días y retirarse.
En la tercera semana de noviembre se presentaron tres ma-
leteros en el bosque; iban cargados de sal y buscaban a Angélica.
Capistrano, que fue al que primero encontraron, los condujo cerca
de esta, en el mismo momento en que ella, postrada de rodillas
delante de una vitela de la Virgen de las Nieves, oraba ya sin espe-
ranza de encontrar protección en la tierra.
—Señora, os buscan —dijo el asistente acercándose.
—Me buscan para matarme —observó Angélica con la vista ex-
traviada, sin ver a los maleteros ni observar quien la buscaba.
—No, señora —dijeron estos—, os buscamos de parte del señor
don P. Valderrama, que habiendo sabido que el señor coronel os
había puesto aquí para más seguridad, os envía esta sal y un tercio
de panela. Está es muy cara: cada panela cuesta doce reales.
A Angélica le pareció que esa voz no le era desconocida y que
la había oído en otro tiempo pero nada recordaba. El nombre del
señor Valderrama y la fisonomía dulce y afectuosa de los male-
teros empezaron a calmarla. Sin embargo, ella dudaba todavía,
y les dijo:
—Tal vez no soy yo la que buscáis.
—No desconfiéis, señora —contestó uno—, ¿no conocéis ya a
Antonio Naranjo?
—¡Ah! Sí —dijo Angélica—, os reconozco. ¿Y el señor don Pe-
dro Ignacio en dónde está?
—Cocinando sal en una inmensa cueva, señora. Cuando van
godos a La Salina, nos metemos acá por el camino de San Ignacio,
pero no tan adentro: después volvemos a salir. El señor don Pedro
se ha dado forma de mandar sal al ejército, pero con muchísimo
trabajo, eso sí.
—¿Sabéis de mi Pepe? —dijo Angélica con ansiedad.
—No, señora, nada —contestó Naranjo—. No sé que haya habido
pelea todavía, y sí que los patriotas se están preparando bien.
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
Angélica invitó a sus gentes a dar gracias a la Divina Provi-
dencia, que por tan extraños medios le enviaban recursos con
que sostener la vida.
Los maleteros descansaron el resto del día y partieron al amane-
cer. Después, Angélica y sus gentes deliberaron si sería imprudencia
permanecer en el mismo sitio o un exceso de previsión abandonarlo.
Si lo primero, podía ser que fueran encontrados por los enemigos,
pues parecía que los amigos los habían hallado con facilidad, y si lo
segundo, podían ser buscados por amigos que inútilmente pretende-
rían auxiliarlos sin poder encontrarlos. Últimamente, se resolvió que
debían abandonar este sitio por algún tiempo y que después volverían
a ocuparlo. En consecuencia, se arregló marcha precipitadamente y
partieron. A veces cabalgaba Angélica sobre la Preciosa, otras veces
tenía que andar a pie, y otras la sostenían sus asistentes en sus bra-
zos. Anduvieron dos semanas: la última de noviembre y la primera de
diciembre. Un día encontraban mejor caza, otro nada hallaban; una
noche había árboles de más lujoso follaje que los cubriera de la in-
temperie, y otra apenas encontraban donde arrimarse; pasaron días
enteros sin una gota de agua; parecía que por falta de este elemento
habían de morir todos, pues no había allí un Moisés que hiciera brotar
el agua de una piedra, pero Dios protegía a Angélica, aunque al parecer
podía creerse que la abandonaba.
No era tiempo de lluvias, y por este medio no había nada
que esperar. Un desaliento mortal se apoderó de las gentes que
la acompañaban; al fin del tercer día de estar sufriendo sed, cayó
un fuerte aguacero que volvió la tranquilidad a los corazones y la
alegría se veía reflejada en todos los semblantes. Angélica bebió
aquella agua fresca que destilaban las varillas del paraguas que le
servía de habitación; todas sus gentes hicieron lo mismo. Después
de haber aplacado la ardiente sed que los devoraba, llenaron la
frasquera y todas las vasijas que tenían; con esta agua tuvieron lo
bastante para volver a sus primeras posiciones.
Dos días de marcha les faltaban para llegar cuando encon-
traron extraviados en el bosque a unos hombres que llevaban
maletas. Aquí no hubo tiempo de desconfiar: Perdomo y Capis-
trano se arrojaron a sus brazos y todos se reconocieron, pues
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! Los emigrados "
eran habitantes del pueblo de Macaguane, que venían de parte
de José a saber de su esposa y de su hijo, y a traerles unas escasas
provisiones: algo de panela, arroz y un poco de aguardiente de
uva. Esto era apenas lo que el enamorado coronel podía mandar
de recursos a su linda y virtuosa mujer. La carta de José, que iba
en media cuartilla de papel, decía:
Mi amada Angélica: Dios nos ha protegido porque estando
el tiempo tan malo no hemos muerto de fiebre, pero esta-
mos acosados por mil necesidades. Hace un mes te envié
un mensajero; si no lo dejaste allá, sin duda habrá muerto.
Empezamos a notar que el general Bolívar, que llegó hace
poco y se encargó del mando, desconfía de Santander, de
mí y de otros pocos. Esto nos ofende, nos indigna, y solo
el amor a la patria podrá tenernos sujetos al hombre que
duda de nuestro honor. La unidad en el ejército es lo úni-
co que puede salvarnos, y por esto obedeceremos a Bolívar
hasta la muerte. Además, este hombre tiene no sé qué que
nos fascina. Mucho deseo que le conozcas. Espero que don
Pedro te haya enviado sal. Mil besos a nuestro Cecilio y mis
recuerdos a los bravos que te acompañan. Esperanza y va-
lor, amiga mía. 11 de noviembre.
Después de leer Angélica la carta, quedó profundamente con-
movida. La situación de su esposo le pareció peor que la suya.
Como estos mensajeros llevaban tres semanas buscándola
extraviados en el bosque, Angélica creyó que el primero podía
también llegar, pero, en vano, este no llegó nunca, y se supo más
tarde que solo una blanca osamenta era el único resto del infor-
tunado paje, quien no llevaba sino una carta.
Angélica no devolvió a los maleteros hasta que les hubo he-
cho conocer bien el sitio en donde resolvía quedarse; después
los despachó llevando a su esposo todas las manifestaciones de
ternura que su amante corazón le dictaba: le hizo saber que tenía
sal, que esta le proporcionaba comercio con los tunebos y que,
excepto su compañía, nada le faltaba. La que esto decía carecía
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
de habitación, de alimentos, de sociedad y estaba rodeada de in-
numerables peligros.
Angélica siguió llevando la vida más igual y más angustiosa; las
provisiones les alcanzaron hasta el mes de marzo, y esto a fuerza de
aumentarlas con las aves, los cuadrúpedos, como el cachicamo, el
mico, el oso y otros. Comían también reptiles: la iguana y una cu-
lebra que comen los indios, teniendo cuidado de cortarle la cabeza
y la cola en el acto de matarla. Las gentes de la servidumbre comían
con mucho gusto las peores cosas, por dejar los pocos alimentos
comibles que poseían para la señora y su niño.
En estos cuatro meses habían llegado adonde Angélica dos
enviados más de su esposo. El uno le había llevado un poco de vino
y unas malas telas para hacer vestidos; el otro un poco de café y de
harina de trigo. La emigrada había tenido algunas noticias de su
esposo y esto era lo único que podía consolarla.
A principios del mes de abril hubo un peligro nuevo para los
asilados, los que a pesar de habitar hacía ocho meses los bosques no
habían visto las bandadas de báquiros que se pasean por las selvas y
por la llanura toda de Casanare. Serían las ocho de la mañana, el cielo
se veía azul y brillante, por entre el verde enrejado de los árboles.
—¡Qué día tan lindo! —dijo Angélica, medio inclinada sobre
su lecho y acariciando a su querido hijo.
—Sí, blanca —le dijo una de las mujeres—, este día tan lindo me
hace esperar que pronto estaremos en libertad. No siento sino es
que estéis tan flaca; cuando el coronel os vea, se va a espantar.
—De eso no hay cuidado —dijo el hablador Capistrano—;
unos días de ventura al lado del coronel volverán a la señora toda
su hermosura.
Angélica exhaló un suspiro y se mordió al mismo tiempo los
labios por un movimiento de impaciencia, lo que observado por
Perdomo, que estaba descansando en una hamaca a distancia
respetuosa de su ama, le hizo decir:
—Imprudente, las bondades de la señora no te dan dere-
cho a tratarla con tan poco miramiento, y debes saber que la
desgracia en que vive la hace merecer más nuestro respeto y
consideraciones.
· 103 ·
! Los emigrados "
—Perdón, señora —dijo el atolondrado paje—, es mi lengua ligera;
si me la cortaran, no os volvería a ofender. —Y como al retirarse tenía
que pasar por cerca de Perdomo, que estaba ya en pie, le dijo al oído—:
Camarada, se me olvidaba que eres protector, pero no olvides que el
coronel no saluda al bravo sino a los bravos, es decir, tú y yo.
Al mismo tiempo decía Angélica: «Gracias, Perdomo, solo
tú no olvidas nunca quien soy», y se cubrió la cara con su pañue-
lo, fingiendo que los moscos la importunaban, pero en realidad
para ocultar sus lágrimas, demasiado amargas, pues eran las lá-
grimas de la desesperación.
En este instante, un viento ligero trajo al fino y delicado
olfato de los indios el olor peculiar de los báquiros, que ellos lla-
man la marranada. Un grito de desesperación, salido a un tiempo
de todas las bocas, hizo que Angélica, levantando el pañuelo, se
pusiera en pie, echando maquinalmente mano a la escopeta y
preguntando sobresaltada qué sucedía.
—La marranada —contestaron todos, y empezaron a trepar a
los árboles más elevados.
—No os afanéis, señora —dijo Perdomo—, aún hay tiempo
suficiente para ponernos a salvo de este peligro.
En el mismo instante sacaron sus cuchillos y cortaron gajos de
unos árboles, con los que formaron en los más corpulentos unos
andamios adonde, con la mayor presteza, subieron a Angélica y al
niño, la cama, los baúles y algunas provisiones. Perdomo y Capis-
trano se colocaron debajo de estos andamios, como en actitud de
recibir al que pudiera caer. Los asistentes estaban parados en unos
gajos suficientemente gruesos para descansar con comodidad los
pies, apoyados de espaldas contra otros; tenían las carabinas pron-
tas y el cuchillo al cinto. Los indios y sus mujeres estaban todos
trepados ya a los árboles y tenían el arco templado para disparar la
flecha, mostrando con sus actitudes que eran capaces de medirse
con los mismos guahibos si se les hubieran presentado.
Apenas se habían concluido los preparativos de defensa
cuando no fue solamente el olfato el que advirtió que los báquiros
venían cerca, sino que vieron salir por todas partes una infinidad
de ellos. Tomaron todos la dirección del sitio que ocupaban los
· 104 ·
! Evangelista Correa de Rincón Soler "
emigrados y, con los ojos inyectados de sangre, las erizadas cer-
das dándoles un aspecto amenazante y feroz, se pusieron con sus
robustas trompas a arrancar de raíz los árboles para de este modo
lograr la presa. Angélica sintió que las fuerzas la abandonaban
cuando vio el tesón con que los báquiros trabajaban por desraizar
los árboles, y que al golpe de tantos demoledores se estremecían
y crujían aquellas débiles fortalezas. «¡Ay!», murmuró la infeliz
joven, «¡me siento morir!». Su linda cabeza se dobló sobre sus
hombros, sus ojos se cerraron; hubiera caído tal vez y hubiera sido
devorada por los báquiros si sus pajes no la hubieran sostenido en
sus brazos, sosteniendo al mismo tiempo al niño que lloraba al ver su
peligro y el estado de su pobre madre. Ninguno pensaba, al parecer,
en defenderse de esta terrible liga de marranos, pero todos mira-
ban al suelo con sumo cuidado, como buscando algún objeto que
hubieran perdido, y tenían las armas prontas a herir. De repen-
te sonó un tiro y al mismo tiempo partieron de todos los árboles
flechas ligeras que, llevando una misma dirección, fueron a parar
con las balas de la carabina a un solo blanco: era este un marranito
bastante pequeño y de color un poco leonado. Este cayó muerto
y los báquiros, faltos de su capitán, huyeron precipitadamente,
perseguidos por las flechas de los indios, que, conocedores de su
victoria, se disponían a convertir la desgracia en beneficio, prove-
yéndose de carne para algunos días.
Angélica volvió de su desmayo sin ningún auxilio, sino por la
fuerza de su espíritu y la robustez de su ser físico. Cuando abrió
los ojos vio todavía huir a los últimos sitiadores y preguntó si ha-
bía peligro.
—No, señora —le contestó el asistente—, hemos muerto al
capitán y huyen sin que haya temor de que vuelvan; mas este olor
es tan desagradable que podría volveros a trastornar.
A las cuatro de la tarde, los indios empezaron a bajar de los
árboles y a recoger marranos, los que llevaban a alguna distancia
para asarlos.
—¿Queréis bajar ya, señora? —preguntó respetuosamente
Perdomo.
—¡Ah! —dijo ella—, yo no sé si conviene o no bajar, pero sí es
tiempo ya: bajaré.
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! Los emigrados "
Los asistentes condujeron en brazos a la madre y al niño, y
volvieron a arreglar su rústico alojamiento.
Entrada la noche, los indios encendieron fuego y prepararon
su festín de nauseabundo olor. Capistrano preparó para Angélica
y el niño arroz, cazabe y café.
Los indios pasaron casi toda la noche bailando y cantando
mientras que la carne se cocía en la hoguera. Angélica hizo una bre-
ve y fervorosa oración y se recostó en el lecho, no porque sintiera
sueño, sino porque su fatigado cuerpo tenía necesidad de descanso.
Cecilio se durmió apoyando su cabeza sobre el pecho de su afligida
madre. Los asistentes se echaron en sus hamacas, siempre con el
arma al brazo. Al día siguiente todo continuó como antes del paso de
los báquiros, y continuaron lo mismo todo el mes de abril, sin que
hubieran vuelto a tener noticias del coronel ni del mundo.
Angélica había perdido la cuenta de los días y no recordaba
tan bien las fechas que no pudieran equivocarse. Un día le ocurrió
que podían estar ya en el mes de mayo, y por si era cierto, adornó
con flores y ramas una cruz y se la presentó a sus gentes, diciéndo-
les que adoraran el signo de la redención. Más tarde comprendió
que esto lo había hecho precisamente el día 3 de mayo; esta coin-
cidencia no fue resultado de cálculo, sino obra de la casualidad, o
mejor dicho, de la Providencia.
A mediados de mayo, Angélica volvió a saber de su esposo y
supo también que seguía disciplinándose el ejército, pero escaso
y sin armas no debía exponerse a perecer. Se le ocultó con cuidado
la derrota que este pequeño cuerpo de valientes había sufrido en
Chire y, gracias a la solicitud de sus gentes, no tuvo este tormento,
que hubiera puesto el colmo a sus penas. Recibió algunas provisio-
nes, entre las que venían un poco de chocolate y algunos pescados.
El coronel decía a su esposa que todavía no era prudente salir del
bosque, porque el pequeño ejército se veía obligado a hacer mar-
chas forzadas para no caer en poder de las tropas españolas, y que
en estas marchas estarían ella y su hijo sumamente expuestos.
Mientras haya —decía el coronel— en nuestra patria españo-
les, no habrá, amada mía, libertad sino en los bosques.
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
Nada decía del descontento de los jefes y hablaba de Bolí-
var con entusiasmo, como de un gran militar, diciendo que era el
hombre que había de conducirlos a la victoria.
Al fin del mes de mayo, estando Angélica como de costumbre
meditando en su penosa situación, vio salir de entre las ramas unos
soldados armados, que dirigiéndose a ella le dijeron que se diese
presa. Imposible pintar la angustia y el terror que se retrataron en
las bellas facciones de la joven. Sus miradas inquietas, divagantes,
se fijaban alternativamente en uno y otro soldado, pero en vano, al
parecer ninguno le era conocido: solo comprendía que estos solda-
dos no eran de los españoles, porque no tenían brillantes armas ni
elegantes uniformes, pero ¿de qué tropas podían ser? ¿Patriotas?
Imposible. Iba, a pesar de su terror, a preguntar qué querían y de or-
den de quién la apresaban, cuando vio al portador de la última carta
de su esposo, no armado como los otros, sino prisionero y guía a un
tiempo. En el primer momento quiso Angélica preguntar qué era lo
que sucedía, pero pensó que tal vez no era prudente manifestar que
conocía a este hombre y guardó silencio. Los soldados se colocaron
cerca de Angélica y pidieron sus espadas a los dos pajes, quienes di-
jeron que esas espadas no estaban deshonradas y que no creían que
hubiera derecho alguno para pedirlas. El oficial que se había queda-
do por casualidad un poco atrás se presentó dejando comprender en
sus ademanes que era portador de algunas órdenes.
—Señora —dijo respetuosamente—, tengo orden del señor
Pérez para conducir a Chire, sin pérdida de tiempo, a las perso-
nas que hubiere ocultas en los bosques y con las que se pruebe
que uno de los jefes del ejército mantiene correspondencia. Así,
señora, no perdáis un momento, los instantes vuelan y podríais
llegar demasiado tarde.
—¡Tarde! —murmuró Angélica fuera de sí y como deliran-
do—. Tarde, ¿y para qué? ¡Hablad, hablad, por el cielo!
—Nada más tengo que deciros —contestó el oficial. Y vol-
viéndose a sus gentes, añadió—: dad un rodeo, puede ser que
haya más refugiados en este bosque.
Los soldados cumplieron la orden con pereza y con marcado
disgusto; el oficial, acercándose a Angélica, le dijo:
· 107 ·
! Los emigrados "
—Señora, vos no hacéis recuerdo de mí, pero yo os conozco:
sois la esposa del coronel J. M. V. Pues bien, el general Bolívar
desconfía, no sé por qué, del coronel Santander y de su amigo,
vuestro esposo. El capitán N. es el favorito de Pérez y tal vez de
Bolívar; es posible que este hombre haya causado desde un prin-
cipio la desconfianza del general, ambiciona el puesto que ocupa
vuestro esposo y lo pierde con calumnias. Marchad, pues, señora,
es preciso que marchemos al momento.
—Pero… no comprendo qué queréis decir.
—Ni penséis por ahora en comprenderme.
—De qué se acusa a mi esposo, ¿lo sabéis?
—No me preguntéis más; tengo dos órdenes que cumplir: la
una de vuestros amigos, la otra de vuestro enemigo, pero ambas
vienen a ser una misma: marchar sin tardanza alguna.
—¿El coronel Santander está en Chire?
—No, señora, fue enviado en una comisión a Arauca.
—Perdomo —dijo Angélica—, mi mula, debo partir al instante.
—¿Sola? —se aventuró a preguntar el asistente.
—¡Ah! Es verdad; tú vendrás conmigo y el niño; Capistrano
quedará atrás para arreglar la marcha de nuestros compañeros.
¿Lo permitís, ciudadano?
—Tenemos orden de llevaros con vuestras gentes, pero pueden
quedar atrás unos soldados, y nosotros partiremos al instante.
Perdomo ayudó a Angélica a colocarse sobre la mula y cogió
al niño en los brazos, preguntando para dónde era la marcha.
—A Chire —contestó Angélica con la voz entrecortada por las
lágrimas.
—Nuestra marcha será muy precipitada —dijo el oficial—,
dejad al niño.
Angélica recomendó el niño a Capistrano y a sus gentes, y se
alejó con el oficial y Perdomo. Siguieron el mismo camino que
diez meses antes habían traído, pero con demasiada prisa. La jo-
ven sabía que había un peligro, pero ignoraba cuál fuera, y no
podía imaginarse tanta maldad y perfidia como la que es menes-
ter para preparar un crimen.
· 108 ·
Capítulo undécimo
Lo que pasaba en Chire
El lector debe recordar que José V. había trabajado activamente y
con decisión en favor de la patria. Desde el año de 1810 se puso al
servicio de la revolución; activo, vigilante, de un carácter ardiente,
era un personaje muy importante para el ejército. Valiente, sufri-
do y bondadoso, era muy amado de la tropa; él ofrendaba en aras
de la patria su fortuna, su amor, su familia, y estaba dispuesto a dar
gustoso su vida en defensa de la libertad. Cuatro años hacía que
corría todos los peligros que los más decididos patriotas habían
arrostrado. El ejército, empezado a formar por Santander ayudado
de otros patriotas, debía al coronel V. gran parte de su impor-
tancia; jamás estaba ocioso. Los rigores del clima, las aflicciones
consiguientes a un padre de familia que veía que su conducta pre-
paraba a los seres más queridos a su corazón una muerte cercana
e inevitable, después de haber pasado por inmensas desgracias,
nada, nada entibiaba su amor por la libertad. Él había soñado con
la libertad de la patria en sus primeros años, y sin patria él no de-
seaba vida, familia, amor ni fortuna.
Cuando el general Bolívar se encargó del mando del pequeño
ejército organizado en Casanare, quedó de subalterno Santander.
El ejército, creación casi exclusivamente suya, lo amaba con ter-
nura y vio con pena que su amado coronel quedase de subalterno.
· 109 ·
! Los emigrados "
No eran muchas las simpatías con que contaba en el ejército el co-
mandante Pérez, y se sintió descontento porque este quedara más
alto que Santander, aunque más abajo que Bolívar. Santander era
el amigo predilecto del coronel V., y el ejército, que los adoraba
a ambos, comprendió entonces que la causa del uno era también
la del otro. No había, sin embargo, sino una cuestión puramen-
te de afecto: ni Santander ni V. tenían celos de los otros jefes; ellos
eran patriotas y no pensaban en ser favoritos; los peligros comunes
los hicieron sordos y ciegos para todo lo que no eran los intereses
de la patria, descuidando del todo sus personas, pues creían que no
se pertenecían a sí mismos; leales, pensaban que todos tenían leal-
tad; valerosos, se imaginaban que todos tenían valor y generosidad;
honrados, creían en la buena fe de los demás. Ignoraban que tenían
enemigos, y por lo mismo no se podían tomar el trabajo de velar.
Los primeros síntomas de desconfianza que notaron en el jefe
los pusieron turbados, inquietos y desalentados, pero al conti-
nuar notando lo mismo, se sintieron profundamente indignados,
y pensaron de común acuerdo si debían hacer dimisión de sus
empleos como jefes y pedir se les dejase servir como simples sol-
dados. Resueltos a dar este paso, fueron a buscar a Bolívar, pero los
esperaban los oficiales de sus cuerpos, quienes les dijeron:
—Sabemos que se desconfía de los jefes más leales solo por-
que el ejército los ama, pero, ya que se desconfía, es preciso darles
el porqué. Estamos dispuestos a obedeceros, y no tenéis más que
dar órdenes.
—¡Jamás! —dijeron a un tiempo los dos coroneles.
Los oficiales insistieron diciendo:
—Los soldados lo desean porque lo pueden; mandad y
obedeceremos.
—No, amigos míos —dijo el coronel V.—, os habéis engañado,
vuestros temores son infundados, no se desconfía de nosotros.
—Por lo demás —añadió el coronel Santander—, aun cuando
se desconfiara, nosotros no apoyaríamos nunca una sublevación;
eso nos perdería porque perdería a la patria.
Los oficiales menearon lentamente la cabeza, manifestando
su descontento, y dijeron:
· 110 ·
! Evangelista Correa de Rincón Soler "
—Pensad, señores, que tenéis un enemigo embozado; este
ambiciona el puesto que ocupa el coronel V., y está minando
el ejército para ver si logra indisponeros con él. Este enemigo
vuestro es favorito de Pérez, ¿y qué sabemos? Tal vez de Bolívar
mismo; aquí están nuestras espadas, disponed de ellas.
—¡Imposible! ¡Jamás! —contestaron los jefes a una voz—. No-
sotros no podemos aceptar ese casi suicidio que queréis poner en
práctica. ¿Queréis además ser desleales, traidores a la patria por
servir los intereses particulares de dos hombres que equivocada-
mente creéis en peligro? Nosotros no nos separaremos de Bolívar,
solo la unidad podrá dar fuerza a los defensores de la libertad, y
si como hombres estamos agradecidos de vuestra conducta, os
damos las gracias y os ofrecemos nuestros servicios y nuestra gra-
titud; como jefes y como patriotas lamentamos vuestro extravío, y
estamos dispuestos a estorbar todos vuestros designios. Es preci-
so que os reconozcáis culpables y ofrezcáis por vuestro honor una
completa fidelidad al jefe del ejército.
—Lo juraremos también si lo queréis —dijeron los oficia-
les—, pero con una condición, y es que seremos fieles siempre
que el general respete vuestras vidas.
—Pero en el caso contrario también debéis ser fieles, nobles
y generosos amigos, ¡juradlo!
—No —dijeron los jóvenes—, no juramos sino como hemos
dicho, y si no aceptáis, denunciadnos: de este modo también os
haremos bien.
—¡Denunciaros! ¿Quién os ha dicho que Santander y V. han
de ser capaces de semejante crimen? No, nobles amigos, no os
denunciaremos; admitimos vuestro juramento porque estamos
convencidos de que nuestras vidas no corren ningún peligro. No se
desconfía de nosotros, descansad de vuestras inquietudes, fiaos de
nuestra palabra y creed que os ciega el afecto que nos profesáis.
Los oficiales juraron sobre el puño de sus espadas y se se-
pararon de sus jefes. Estos cruzaron brevemente dos palabras,
que dieron por resultado no dejar sus puestos en el ejército y
engañar a la tropa de modo que sus leales y valerosos defenso-
res creyesen que se habían equivocado y se alucinaran con las
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! Los emigrados "
buenas relaciones que aparentemente existían con los jefes. De
este modo, sin traicionar a sus leales y decididos amigos, impe-
dirían la sublevación que estaba al estallar.
A este estado habían llegado las cosas; cuando supo el coronel
V. que se le acusaba de traidor, se le hacía un crimen del cariño que
profesaba a sus soldados, y se decía que él mantenía corresponden-
cia secreta con los españoles, a los que les enviaba provisiones. Su
acusador era el capitán N., su juez era Nonato Pérez. Se comunicó
la orden de arresto al acusado en su mismo cuartel. En vano el co-
ronel quiso hablar con el general Bolívar, siquiera con Pérez; no lo
consiguió por más esfuerzos que hizo. Santander, su mejor amigo,
estaba ausente; Crisóstomo, su cuñado, tampoco estaba en Chire, y
en aquellas circunstancias no era fácil distinguir los amigos de los
enemigos. El tormento que se dio al coronel fue lento, porque
obstáculos insuperables impedían que se emplease mayor activi-
dad. Él se vio por el espacio de doce horas presa de la más horrible
tentación, los dos jóvenes oficiales que habían dado su juramen-
to le decían: «Dejad obrar, os salvaremos o pereceremos todos»,
pero él contestaba: «¡No! ¡Y si muero, caiga mi sangre inocente
sobre el pérfido N., pero yo no quiero salvarme por medio de una
traición!».
A las doce horas volvió al cuartel el capitán N., portador y eje-
cutor de la orden de poner en capilla al coronel. El capitán casi
tenía ya el puesto ambicionado, su víctima no podía defenderse:
todo había sido concertado con seguridad; los oficiales y los sol-
dados vieron ya llegado el momento de la sublevación; ninguno
mejor que ellos sabía que el coronel V. era leal y que iba a morir
por no aceptar lo que él llamaba un crimen, y que para ellos era
solo un acto de justicia.
«Pues bien», dijo uno, «no intentemos nada contra Bolívar,
pero todo contra Pérez, y si los otros cuarteles lo apoyan, sepa-
mos morir con lealtad; tanto vale la tiranía ejercida por un hijo
de España como la ejercida por un pérfido compatriota; murien-
do nosotros por el coronel V., morimos también por la libertad».
Todo el cuartel se dispuso para el combate, y una fila compacta de
soldados se extendía desde la puerta del pequeño cuarto que servía
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
de capilla hasta la entrada del cuartel; tres horas hacía que el coro-
nel estaba preparando su alma para entregarla a Dios cuando llegó
de nuevo el capitán N. con una escolta de otro cuartel, la cual debía
sacarlo fuera del lugar y darle la muerte. Habiendo encontrado el
capitán obstruido el paso por la doble fila de soldados del cuar-
tel que se disponían a caer sobre él y su escolta gritando: «¡Viva
el coronel V.! ¡Muera España, abajo los traidores!», se sorprendió
hallando lo que no esperaba: su víctima no estaba abandonada,
la Providencia velaba por ella, y la nobleza de los soldados se la
arrancaba de las manos. Desesperado corrió a los otros cuarteles
pero en vano: ninguno se movía, y los que no le miraban indigna-
dos permanecían impasibles. Al fin llegó donde Pérez, y con voz
angustiada le dijo: «Señor, los cuarteles están sublevados y no po-
drá darse castigo al criminal. ¿Qué hacer? Dadme una orden, sin
ella yo no puedo hacerme obedecer».
Pérez le contestó con calma: «No os inquietéis demasiado,
capitán; V. quedará libre y harto trabajo tendréis para dar cuenta
de vuestra conducta».
El capitán se quedó mudo; un rayo caído a sus pies habría sido
nada en comparación del golpe que sintió en aquel momento. Sus
rodillas temblaron, palideció y se quedó como una estatua: era la es-
tatua de la envidia y de la desesperación. El afligido capitán no podía
comprender cómo Pérez, a quien tanto había lisonjeado, lo pudiera
poner en esta situación sin explicarle nada; era que él tampoco com-
prendía que, aunque Pérez gustaba de lisonjas, estaba muy distante
de participar de la comisión de un crimen como aquel.
Al tiempo que esto sucedía llegaba al cuartel que servía de
prisión al coronel V. una joven alta y de esbeltas formas, pálida
y bastante descarnada, cubierta con un sencillo traje azul; sobre
sus hombros caía una larga capa de paño negro; un sombrero de
anchísimas alas cubría su cabeza; sus vestidos chorreando agua se
ajustaban casi a su cuerpo, y dejaban por donde pasaba la huella
húmeda que hacía comprender que acaba de viajar. Su respira-
ción era anhelosa, su voz ahogada, sus miradas inquietas: en sus
facciones se pintaba unas veces la duda, otras el dolor, a veces la
indignación. Al llegar a la puerta del cuartel, la joven presentó una
· 113 ·
! Los emigrados "
orden al oficial de guardia, después que a fuerza de repetidas sú-
plicas logró la recibiera por una hendedura de la puerta, esta se
abrió casi al momento y dio paso a la afligida señora, que con mal
segura voz preguntó si el coronel V. permanecía allí preso aún.
—Sí permanece —le contestó el oficial—, pues sus amigos y
sus enemigos todos tenemos interés en retenerlo.
—¡Todos! —murmuró la joven—. ¿Conque todos le creéis
culpado? ¡Él traidor! Jamás hubiera creído, si no lo estuviera
viendo, que hubiera tanta ingratitud y perfidia, pero si sus ami-
gos lo abandonan, la Providencia vela por él. Aquí tenéis la orden
de ponerlo en libertad.
—¿Quién ha podido lograr esa contraorden?
—Yo.
—¿Y quién sois vos?
—Soy —dijo la joven, levantándose la ancha ala de su sombre-
ro—, soy la esposa de vuestro coronel, traicionado y calumniado.
—Por favor, señora —dijo el oficial—, dejadme pensar que no
sois vos quien decís, porque si así es, es espantoso el cambio que
habéis tenido.
—Sí, diez meses de vivir en los bosques con privaciones y
peligros no es lo más a propósito para conservar la salud y la her-
mosura. Basta, deseo ver pronto a mi esposo y que sepa él que está
en libertad.
—Probablemente, señora, el coronel estará dormido con la
tranquilidad de un alma grande, de una conciencia pura. Son las
dos de la mañana, la sorpresa sería espantosa para él al presen-
taros en tal estado. Permitid que vaya en vuestro lugar y luego os
introduciré.
—¡Ay! —dijo Angélica, exaltada su imaginación por el temor—.
¿Conque queréis con ese pretexto mantenerlo bajo vuestra vigi-
lancia y acaso todavía más? ¿Queréis asesinarlo en su prisión?
—Señora —continuó el ofendido oficial—, no soy yo quien deba
daros esa respuesta, es vuestro mismo esposo quien os la dará. Solo
debo deciros que si las cosas han llegado a este extremo, ha sido
porque ni él ni el coronel Santander aceptaron lo que la tropa ofre-
cía. Este ha sido el motivo porque permanece reducido a prisión, a
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
pesar de que el cuartel todo lo sostiene; si así no fuera, haría rato que
el traidor N. lo hubiera sacado para fusilarlo, y la contraorden no hu-
biera sido ya suficiente a evitar el crimen. Estando preso el coronel,
nosotros podemos defenderlo, salvarlo; mientras que si lo hubié-
ramos dado libre, se habría opuesto a nuestra voluntad. El coronel
está, pues, sano y salvo rodeado de amigos fieles.
—Ciudadano —dijo Angélica con emoción—, perdonad: os he
juzgado mal, pero bien sabéis que acabo de llegar, sin tener más cono-
cimiento sino el de que mi esposo estaba en inminente peligro.
—No tengáis cuidado, señora, todo lo comprendo bien. ¿Y
Cecilio?
—Quedó con un fiel servidor y esas buenas gentes que me
han acompañado. Llegará luego.
—Estáis temblando, señora, parece que os va a acometer
convulsión. ¿Queréis aceptar un poco de uva?
—No la uso, caballero, pero acepto.
El joven sirvió un vaso de uva a la señora y salió para ir a pre-
venir al coronel.
Como se ve, todo esto pasaba en el cuerpo de guardia, casi al
mismo tiempo que el capitán N. deploraba no poder hacerse obe-
decer para cumplir la orden de muerte que con astucia infernal
había sacado del señor Nonato Pérez.
Un momento después volvió el oficial y dijo a Angélica que
pasase adelante. Ella siguió por entre la fila de soldados, a los que
hizo saludos de gratitud, que fueron contestados con vivas, afec-
tuosas palabras y bienvenidas. Entre estos había varios de los
que Angélica había enseñado con tanta bondad como patriótico
celo el manejo de las armas. La puerta de la prisión estaba abierta
y el coronel salió a recibir a su esposa; el corazón le palpitaba, y
el placer, la ternura y la gratitud estaban pintados en sus faccio-
nes, harto marcadas por los trabajos y peligros de la campaña,
ennegrecidas por el clima y ennoblecidas por el sentimiento de
su propio valer.
—¡Ángel mío! —exclamó el coronel.
—¡Mi amado! —dijo Angélica enlazando sus brazos al cuello
del noble José.
· 115 ·
! Los emigrados "
No pensamos siquiera en hacer una reseña de lo que pasó en
aquel encuentro. Los que después de una larga ausencia vuelven
a ver un ser amado a quien creían perdido; los que corriendo los
mayores peligros, faltos ya de esperanza, último bien del hombre
en la tierra, de repente han encontrado el amor, la fortuna, la jus-
ticia, la paz, la felicidad podrán tener una idea completa de lo que
sintieron aquellas dos almas grandes, amantes y puras. Los sol-
dados que estaban cerca a la puerta se enjugaban las lágrimas con
sus manos tostadas por el sol y todos a un tiempo dieron gracias a
la Providencia por la libertad del coronel. Al dar las cuatro se pre-
sentó el oficial y dijo:
El placer no dejó leer del todo la orden; no solo estáis libre,
coronel, sino que podéis y debéis mandar.
—Bien, amigo —dijo el coronel—, mandad a la gente que des-
canse y duerma. Dadles las gracias, en tanto que yo voy a buscar
alojamiento a mi esposa y vuelvo. Luego daré un abrazo a cada
uno de mis defensores y si me es posible, les daré un ascenso, y
si no cualquiera otra recompensa. Dadme esa mano, amigo mío,
habéis incurrido en penas tan severas, que vuestro peligro y el de
vuestros leales compañeros turba y disipa la alegría de mi liber-
tad, pero haré todo lo posible y más allá: os defenderé, nobles y
generosos salvadores míos.
—¿Adónde vais ahora, amigo mío? —dijo Angélica.
—A buscaros un sitio donde descanséis.
—No, mi Pepe, estoy bien aquí y descansaré hasta que ama-
nezca y sea hora de abrir sus casas las gentes.
—¡Bien aquí! ¿En el cuartel?
—¿Y qué? —repuso la joven—, contigo estoy bien en todas
partes; ¿qué puede afanarme? La deshonra no puede alcanzarme
a tu lado.
A este tiempo se oyó en el cuartel una diana sumamente ani-
mada, pues los soldados manifestaban con ella una verdadera
alegría. Angélica se quedó absorta oyendo. Era natural que toda
armonía hiriera sus oídos de un modo vivísimo. Hacía diez me-
ses que no oía sino el rugido del tigre, el ruido sordo del viento y
rara vez alguna cantinela de sus pajes.
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! Evangelista Correa de Rincón Soler "
—¿Cómo fue para venir, amada mía? —dijo Pepe.
—Anteayer llegó al bosque una partida de gente armada con or-
den de traerme con mis sirvientes y demás compañeros en calidad
de presa. El oficial no me dejó tiempo para nada, fue preciso partir al
momento pero pudo decirme: «Soy portador de dos órdenes y debo
llevaros inmediatamente; vuestros amigos y vuestros enemigos lo
quieren; los momentos son preciosos y podemos llegar demasiado
tarde». Comprendí entonces que había un peligro supremo pero
no lo conocí; me puse en camino con la fuerza de la desesperación,
dejé a mi hijo, que me traerá Capistrano, y monté con intención de
llegar aquí el mismo día, pero los caños están crecidos y hasta tuve
que cogerme, según me lo aconsejó la guardia, de la cola de la mula
por temor de que no pudiera guardar el equilibrio parada sobre la
montura: ambos caños los pasé así, y este es el motivo de que mis
vestidos estén enteramente mojados, pero mira, mi bien, no tuve
absolutamente miedo. Como venía en calidad de presa, se me con-
dujo adonde Pérez, aunque yo quería llegar donde Bolívar. Cuando
Pérez supo que me habían encontrado en el bosque, comprendió
que lo habían engañado como a un niño, y como no acertó a respon-
derme de qué otra cosa te acusaban, le presenté tu carta en que me
dices que desconfían de ti sin que se sepa por qué. La carta estaba
mojada, pero pudo leérsela.
—¿Qué hicisteis, mi bien? —dijo Pepe—, esa carta no debis-
teis mostrarla a nadie.
—Al contrario, mi Pepe: apenas fue leída, dio la orden de po-
neros en libertad.
Un rato después Pepe y Angélica salían del cuartel y en el
cuerpo de guardia se encontraron a Perdomo, a quien el centi-
nela no había dejado pasar de ahí.
—¡Ay! ¡Mi coronel! —gritó este.
—Mi noble amigo —dijo el coronel, arrojándose en brazos
del leal servidor.
Estos dos hombres se abrazaron como iguales: eran no el
señor y el siervo, sino dos amigos que tenían confundidas sus
suertes, repartidas sus penas y sus placeres. Después del primer
transporte de alegría al verse, Perdomo dijo al coronel:
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! Los emigrados "
—Señor, he cumplido fielmente vuestro encargo hasta donde
los sucesos podían preverse; lo demás que ha sucedido no estaba
en mi mano el evitarlo. Ahora espero me daréis una plaza de sol-
dado, no quiero ni puedo permanecer ocioso.
—Más tarde, amigo mío, hablaremos de eso; ahora es preciso
ir a buscar alojamiento a mi esposa, y tú solo puedes servirla y
acompañarla mientras llegan sus gentes.
—Sí, sí —dijo Angélica—, me viene el frío, es preciso buscar
un sitio donde pasarlo.
Los tres siguieron la dirección de la casa que había ocupado
Angélica antes de su partida: ella volvió a servir de alojamiento a
la familia.
En la tarde del mismo día llegó Capistrano con Cecilio, las
gentes del servicio y el pequeño equipaje.
Angélica estaba ya restablecida de su fiebre cuartana, que
a consecuencia de los obligados baños que se había dado en el
camino la acometió con mayor rigor que otras veces. Recibió al
niño que venía triste y abatido, pero que al ver a su madre y a su
padre se le animaron las facciones, y se puso risueño y festivo a
contar lo que le había acontecido en el camino. La conversación
era del todo suave y familiar, y en ella tomaban una parte inte-
resante los dos asistentes. El coronel estaba momentáneamente
olvidado de sus obligaciones militares y gozaba por un instante
las dichas del hogar doméstico. En este momento avisaron al co-
ronel que Bolívar lo necesitaba y, dando un abrazo a su mujer y a
su hijo, se alejó apresuradamente para ir donde el general.
· 118 ·
Capítulo duodécimo
La prevención
Cuando en la madrugada de ese día llegó el capitán N. adonde Pé-
rez a dar cuenta de que los cuarteles estaban sublevados, le dijo el
jefe que no se afanase demasiado por cumplir esta orden. N. al oír
esto no pudo reprimir un movimiento de rabia impotente, que
devoró, y este sentimiento puesto de manifiesto delante de Pérez
le hizo acabar de comprender a este que N. era un impostor, y que
él se había dejado engañar sin más motivo que una secreta aver-
sión hacia el coronel V. Inmediatamente, hizo que el capitán N.
quedara arrestado; luego, avisó a Bolívar y convinieron en que si
no podía el capitán repetir los cargos en presencia del coronel V.,
se le seguiría un consejo de guerra, pues era fácil sospechar que
si N. ambicionaba mandar tropas, no sería solo por tener el pla-
cer de mandar, sino que podía proponerse entrar en relaciones
con los españoles, acusando a V. de lo que él mismo meditaba.
Además, no sabían cómo entenderse con los cuarteles, porque si
bien N. era un malvado, un verdadero traidor, la orden a que los
cuarteles se habían opuesto no era de N. sino del mismo Pérez.
Pasaron casi todo el día en deliberar sobre esto, y ni Bolívar mis-
mo podía resolverse a nada, ni se determinaba a mirar de frente
al ultrajado coronel. Por fin fue preciso poner punto a esta situa-
ción, que embarazaba no poco los movimientos del ejército que
· 119 ·
! Los emigrados "
debía salvar la patria. Entonces se hizo llamar al coronel, quien
con la obediencia pasiva del soldado y la galantería de un hombre
bien educado se presentó sin dejarse esperar.
—Seáis bienvenido, amigo V. —le dijo el general Bolívar, ten-
diéndole la mano al coronel—. ¿Conque estuvo usted preso?
—Y sentenciado a muerte, mi general —contestó V.
—¿Sabéis, coronel, de qué se os acusa?
—Sé que se me acusa de traidor —dijo el coronel, poniéndose
rojo de cólera—. Sí, se me acusa de traidor, a mí, que todo lo he
ofrendado en aras de la patria.
—¿Qué pruebas han exhibido contra vos?
—Lo ignoro, mi general. Solo sé que se esgrime la calumnia,
y que la apoyan, permitidme que os lo diga, la mala voluntad que
me profesáis vos y vuestro segundo.
—Hablaremos luego de eso y espero que quedaremos buenos
amigos. Ha llegado vuestra familia, ¿verdad?
—Sí, señor, ha llegado mi esposa notablemente consumida
por los trabajos y las penalidades de una larga emigración.
—Coronel —dijo Bolívar—, veo con pena que estáis grande-
mente disgustado, y a fe que os hallo razón. Sin embargo, debo
deciros que no tuve conocimiento del asunto: ayer estuve algo
indispuesto y dejé casi absolutamente el mando a Pérez. Este
informó hoy que el capitán N. estaba reducido a prisión por su
orden; me refirió los acontecimientos de ayer y acordamos que
se efectuase una entrevista entre vos y N., la que pasará en pre-
sencia mía. ¿Convenís en ello?
—¡Ah, señor! —contestó V. con amargura—. ¿Queréis per-
suadiros de quién es el desleal? Pues bien, no es que convengo,
sino que obedezco. Si en vuestra conciencia soy criminal, cas-
tigadme; si resulto apenas digno de desconfianza, aceptad la
dimisión que hago de mi grado y hacedme el honor de darme co-
locación como simple soldado; yo no debo servir de estorbo en la
marcha de los acontecimientos. Además, mi conciencia me dice
que aunque soldado de la patria, soy también hombre y no podré
mandar un cuerpo cuando se me cree desleal. No seré un cobarde
desertor, no; yo no abandono el peligro, dejo un puesto de honor
· 120 ·
! Evangelista Correa de Rincón Soler "
por otro cualquiera, pero creo que tanto valor hay en aceptar la
muerte como jefe que como soldado, y que tanto vale la sangre
que derrama el orgulloso jefe como la que derrama el pobre hijo
del pueblo.
—¡Bravo! Coronel —exclamó Bolívar—, bien dicho está, pero
yo no me conformo: os creo leal y bueno, y no podría cambiar,
como queréis, vuestro puesto en el ejército.
Al decir esto, entró al despacho Pérez, que conducía al capi-
tán N., pálido de terror.
La entrevista no fue larga ni animada. Nada pasó digno de
referirse: el capitán N., exhibiéndose cobarde, guardó un silen-
cio de muerte, y el coronel, satisfecho con este silencio, que era
su vindicación, se resolvió a no apurar la difícil situación de su
enemigo y a hablar lo menos posible. El capitán volvió a la pri-
sión y Bolívar dijo al coronel:
—Estoy satisfecho de vos: estaréis pronto vengado, y el ejér-
cito tendrá una severa lección de moralidad.
—¿Qué queréis decir con esto, general? —dijo algo sorpren-
dido el coronel.
—Quiero decir que el capitán N. correrá la suerte que él había
preparado al coronel V.
—Señor, eso no es posible, os lo ruego, os lo suplico; sed
indulgente y pensad que ese hombre muerto sería un pecho de
menos en el combate contra los españoles. Ese hombre no os
traiciona con los enemigos: él ha querido solo hacer mal a otro
hombre por envidia o por ambición de mando; es un malvado, es
verdad, pero perdonadlo. Yo os ofrezco la gratitud más cumplida
por este beneficio.
—¿Queréis, coronel, que lo perdone y que el ejército se des-
moralice con tal ejemplo?
—No, mi general, no se desmoralizará el ejército por esto;
castigadlo con prisión o cualquiera otra pena, pero no le quitéis
la vida.
Bien fuera que Bolívar y Pérez tuvieran deseo de salvar la vida
del capitán, bien que quisieran probar al coronel con esta con-
descendencia que estaban satisfechos de su conducta, o que la
· 121 ·
! Los emigrados "
influencia de los cuarteles diera alguna importancia a V., el hecho
es que el capitán no fue condenado a muerte, y solo se le castigó
con la pérdida del grado: desde ese día se llamó el teniente N.
Respecto a la falta en que habían incurrido los cuarteles
desobedeciendo una orden de Pérez, se pasó en silencio, porque
sin duda no era el tiempo más oportuno para castigar una suble-
vación. Por otra parte, esta había sido producida por una causa
tan justa, que casi era preciso hacerse como que no se veía. En-
seguida todo volvió a marchar bien: cada uno cumplió con su
deber y todos preparaban sus ánimos para el combate.
· 122 ·
Capítulo decimotercio
Algunos meses después
Hacía como seis meses que había pasado lo que dejamos referido.
Angélica, cerca a su esposo, había recobrado su perdida hermo-
sura, aunque continuaba, como es natural en Casanare, enfermiza
y un poco pálida; había estado algún tiempo en Arauca, de don-
de conservó siempre tan agradables recuerdos, que a los veinte
años, encontrándose con un llanero, se le oyó decir con vivísima
emoción: «¡Ah! ¡Cuánto diera yo por volver a Arauca, por ver ese
cielo, ese horizonte, ese sol!».
La casa que habitaba Angélica en Chire se componía de tres
piezas: una sala, una alcoba y la cocina. En la sala había una mesa
dispuesta para todos los usos de la familia; en ella se comía, se
aplanchaba, se escribía y algunas veces servía también de to-
cador. Unos malos asientos denominados butacas y dos lindas
hamacas eran los muebles de esta habitación. En la vecina alco-
ba, sobre otra hamaca, descansaba Angélica, vestida con un traje
color de caña, suspendidos sus cabellos con un lindo prendedor
de perlas; tenía la cabeza negligentemente echada hacia atrás,
dejando ver su garganta adornada con un cintillo también de
perlas; se veía la blancura de su tez, mal cubierta con una paño-
leta de gasa blanca; por sobre su cintura caía la punta del paño de
seda blanca con cenefa color de cielo de que se servía como de un
· 123 ·
! Los emigrados "
abanico; había hecho una larga correría a pie, estaba fatigada y
en aquellos momentos no pensaba en nada. Si se le hubiera pre-
guntado, hubiera respondido: «No pienso en cosa alguna».
Hay, en efecto, momentos en que pensamos, y sin embargo
no podemos darnos cuenta de este acto interno que parece como
ejecutado por un ser distinto de aquel que interroga. En este mo-
mento parece que hay en nosotros dos seres que piensan: el uno
se absorbe, se dilata en sí mismo y como que se extravía en fuer-
za de la contemplación; el otro pide cuenta al primero de lo que
absorbe toda su atención. Siempre que se nos pregunta en estos
momentos qué pensamos, respondemos nada, pero esta no es la
verdad, pues pensamos en cosas algo más serias que aquellas que
de ordinario nos ocupan en la vida.
Angélica volvió de su enajenamiento por el ruido de voces
acaloradas, venidas de la inmediata pieza que servía de sala de
recibo; se incorporó en su hamaca y oyó con atención.
Bolívar decía:
—Es preciso marchar a Venezuela, y marcharé.
Varias voces interrumpieron:
—No, es preciso arrojar de la Nueva Granada a los españoles,
para esto serían poco mil vidas que cada uno tuviera, pero es-
tamos dispuestos a sacrificarlo todo por la libertad de la patria.
Si después nos queda algo que ofreceros, gustosos lo daremos a
Venezuela. Contadnos y conocednos bien; si de nosotros que-
damos algunos con vida en la lucha desigual pero precisa que
vamos a emprender, nosotros pelearemos después en Venezue-
la y con gusto sacrificaremos nuestras vidas allí, sin egoísmo ni
ambición.
Bolívar guardó silencio un corto espacio de tiempo y lue-
go contestó: «Yo no me pago de hermosas palabras; quiero ir a
Venezuela primero, y después vendré adonde vosotros queréis,
pues todo ese territorio y este debe formar una sola patria».
El padre Mariño, religioso dominicano que, con el padre
Blanco, estaba en Casanare, no solo como emigrados sino como
soldados, participando en todo de los peligros de este y de las pri-
vaciones y sufrimientos de aquel, exclamó: «Señor, es preciso que
· 124 ·
! Evangelista Correa de Rincón Soler "
os haga entender que esta es una quimera irrealizable; los godos
están, es verdad, haciendo pesar más su tiranía sobre nuestra her-
mana la capitanía general de Venezuela que sobre nuestra amada
Granada, pero ¿sabéis por qué? Es porque en Venezuela están más
potentes: ir a libertar a Venezuela con nuestro pequeño ejérci-
to sería ir a sacrificar inútilmente las vidas de nuestros valientes;
sería ir a colocarnos audazmente en el pecho del tirano para que
nos ahogara con sus espantosos brazos; nuestra audacia no sería
suficiente a librarnos de la desgracia. Nosotros marcharemos a
Venezuela si vos lo ordenáis; no habrá uno solo de nosotros que
deserte de vuestro lado, pero pensad, general, que la responsabi-
lidad es inmensa: vais a sacrificar las vidas de los que os sigan, y
no debéis tener ni la esperanza de libertar Venezuela, porque es
imposible resistir al poder que allí tienen los españoles, y forzo-
samente habremos de perecer, y con nosotros toda esperanza de
libertad para la patria. Vamos a libertar al reino, aunque es menor
el poder que los españoles tienen aquí, todavía tenemos necesi-
dad de hacer esfuerzos verdaderamente heroicos; trabajaremos
pero con esperanza, y moriremos muchos sin duda, pero los que
queden verán la libertad de la patria. General, no me mueve un
vil egoísmo, no; es solo la convicción de que en Venezuela, vues-
tra cara y desgraciada patria, serían inútiles nuestros sacrificios,
mientras que aquí ellos serán fructuosos y nos proporcionaremos
recursos para marchar, ya fuertes, a Venezuela. ¡Atended, señor, la
voz de un patriota que no ambiciona títulos ni honores! ¡Si la Pro-
videncia me concede la vida después del triunfo, esta será mi única
recompensa! ¡Yo volveré a mi claustro y botaré las charreteras,
porque me serán inútiles! Acceded, señor», dijo al fin el religioso
postrado en tierra y con las mejillas empapadas en lágrimas, «ac-
ceded, os lo suplico, os lo ruego. ¡Lo pido por esta corona que me
consagra ministro de Dios!».
Bolívar se levantó de su butaca, tendió la mano al religioso y
levantándolo le dijo: «Vuestra voz tiene la prerrogativa de con-
vencer. Será como vos lo queréis, pero decidme, ¿respondéis de
que vuestros compañeros piensan lo mismo que vos?».
· 125 ·
! Los emigrados "
«Todos somos patriotas y hermanos», respondió el religio-
so, abarcando con una sola mirada a todos los circunstantes, los
que a una voz, y como conmovidos por un golpe eléctrico, dije-
ron: «Lo juramos, general», y pusieron sus manos con la señal
de la cruz sobre el puño de sus espadas.
Angélica escuchaba y su rostro estaba bañado en lágrimas:
concebía por la vez primera una esperanza, creía debía esperar,
y esperaba ver a su amada Delia, aquella niña de quien en tantos
años no había tenido ni una sola noticia, y de quien solo la acom-
pañaban los recuerdos.
Bolívar, después de adoptada su resolución, salió de la casa
acompañado de toda la reunión.
Un momento después entró José a buscar a su esposa. Un
abrazo mudo fue la señal de que pronto debían marchar, y que
ambos corazones se sentían conmovidos por las mismas impre-
siones e ideas: la patria, la familia, la libertad.
***
Los sucesos que tuvieron lugar después de aquel día son sufi-
cientemente conocidos; ellos han sido tratados por personas
idóneas y forman, como es natural en las familias, una parte de
la educación. Todos saben que a los cuatro días de esta discusión,
Bolívar seguía con su pequeña tropa la marcha del magnífico
ejército realista que se retiraba como para obligar a los llaneros
a dejar los sitios que pudieran ofrecerles algunas ventajas. El 28
de mayo tuvieron los españoles su primera pérdida en Paya, los
soldados de los republicanos se animaron más y más con esa pri-
mera victoria; pequeña, es verdad, si se atiende al número de los
combatientes, pero ¿quién podrá dudar que la inmortal jornada
de Vargas trajo su origen de aquella pequeña victoria obtenida
en Paya?
José y Angélica vieron los frutos de los trabajos de los
emigrados; ellos tuvieron la única recompensa que podían am-
bicionar: vieron desaparecer como el humo el ejército del rey
Fernando y tremolar victorioso el bello estandarte de la libertad.
· 126 ·
! Evangelista Correa de Rincón Soler "
¡Gloria eterna a los que supieron conquistar el nombre de hom-
bres libres! ¡Gloria a los memorables campos de Vargas y Boyacá!
¡Y gloria a vosotras, nobles y generosas mujeres, que como An-
gélica supisteis sacrificar el amor y la felicidad con las vidas de
vuestros esposos en aras de la patria!
Fin
· 127 ·
Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
Correa de Rincón Soler, Evangelista, autora
Los emigrados : leyenda histórica / por la señora Evangelista Correa de
Rincón Soler ; investigación y presentación del texto, Vicente Pérez Silva.
-- Primera edición. -- Bogotá : Biblioteca Nacional de Colombia, 2025.
1 recurso en línea : archivo de texto: PDF.
ISBN 978-628-7666-58-0
1. Correa de Rincón Soler, Evangelista. Los emigrados - Crítica e
interpretación 2. Novela colombiana - Historia y crítica - Siglo XIX 3.
Autoras - Colombia - Siglo XIX - Biografías 4. Casanare - Emigración
e inmigración - Novela I. Pérez Silva, Vicente, presentador
CDD: Co863.209 ed. 23 CO-BoBN– a1145451
Todo lo que fue ocultado por los hombres
y por el tiempo debe salir a la luz para
brillar de nuevo. Así las obras de las
mujeres que jamás debieron perderse
en la bruma de la historia.
La Colección Mujeres BNC inició en 2024,
año en el que la brecha de género fue del
68,9 % y el Foro Económico Mundial
estima que tomará 134 años cerrarla al
ritmo que vamos. Fue compuesta con las
tipografías Filosofia OT y Miller Display,
en la Biblioteca Nacional de Colombia,
en diciembre del 2024.
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