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Prince

En 'Princesa Corrupta', la protagonista lidia con su tumultuosa relación con Nico Cirillo, un chico malo de la mafia que ha arruinado su vida y su corazón. A pesar de sus intentos por mantenerlo alejado, la atracción entre ellos es innegable y Nico está decidido a recuperar su lugar en su vida. La historia explora temas de amor, traición y la lucha interna de la protagonista mientras enfrenta sus propios muros emocionales.

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Prince

En 'Princesa Corrupta', la protagonista lidia con su tumultuosa relación con Nico Cirillo, un chico malo de la mafia que ha arruinado su vida y su corazón. A pesar de sus intentos por mantenerlo alejado, la atracción entre ellos es innegable y Nico está decidido a recuperar su lugar en su vida. La historia explora temas de amor, traición y la lucha interna de la protagonista mientras enfrenta sus propios muros emocionales.

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Princesa Corrupta

El Imperio Knight’s Ridge


Libro 14

Tracy Lorraine
Copyright © 2026 by Tracy Lorraine
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including information storage and retrieval systems, without written permission from the author,
except for the use of brief quotations in a book review.
Índice

Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Biografía del autora
Blurb

Aprendí desde muy joven que me las tengo que arreglar sola, que no
puedo contar con nadie más.

Durante años me he contentado con aventuras de una noche y cero


promesas para mañana.

Tenía algo bueno en marcha, hasta que él se coló en mi vida… y en mi


corazón, y los hizo trizas.
Nico Cirillo.

El chico malo, el príncipe de la mafia, y el único hombre que me ha dejado


anhelando
más. Aunque no quiera admitirlo.

Y ahora, no sólo es un error que he cometido una y otra vez, él está a donde
quiera que voy.

Burlándose de mí.
Tentándome.
Haciendo todo lo que está en su mano para joderme la vida, manchar mi
reputación y corromper el único sueño que he tenido.

Pero mientras hago todo lo posible por mantenerlo alejado, sus decisiones y
su comportamiento impulsivo le han obligado a recapacitar.

Su giro en U es suficiente para darme un latigazo, pero ni de lejos es


suficiente para que baje mis muros y le deje entrar.

Para darle una oportunidad que no merece.


Se va a necesitar algo más que unos cuantos ruegos, después de todas las
formas en las que me ha hecho daño, aunque él este de rodillas.
Capítulo Uno

NICO

—J oder. Tienes el coño más demente que he sentido nunca, Sirena —


gemí mientras sus apretadas paredes de terciopelo me engullían y
mi agarre de su cabello se hizo más fuerte.
Sabía que sería bueno desde la primera vez que le metí los dedos
cuando bailábamos en el Spot.
Tenía más de una idea de hacia dónde quería que se dirigiera esta
noche mientras sus caderas se movían y su culo chocaba con mi dolorida
polla, pero nunca podría haber predicho lo que mi mejor amigo había
planeado para las dos chicas que nos las arreglamos para encontrarnos
esta noche.
—Nico —gritó mientras la penetraba con tanta fuerza que veo las putas
estrellas.
Dios, ¿quién es esta mujer y por qué no la encontré antes?
Otro grito llenó la habitación, y cuando arranco la mirada de la chica
que tenía tendida sobre el caballo en esta habitación llena de pecado y
desenfreno, me encontré con los ojos de la chica que mi mejor amigo estab
follando por detrás.
El placer estaba grabado en cada centímetro de su cara, sus dedos se
retorcían en la sábana bajo ella mientras Toby se la follaba como el salvaje
que no todo el mundo se daba cuenta de que era.
—Puedes unirte si ella no es suficiente para ti —se burlaba mientras
seguía viéndola perderse.
El fuerte golpe de la palma de la mano de Toby contra el culo de su
chica sonó en toda la habitación antes de que él gritara—: Nadie te toca
excepto yo —obligando a su chica a mirarlo por encima del hombro y
prestarle atención.
—Tengo las manos más que ocupadas —dije, deslizando la palma por el
vientre de Sirena, agarrando un puñado de teta sólo para probar un punto.
Su coño brotó a borbotones alrededor de mi polla ante mis toques poco
suaves.
—Te encanta, ¿verdad, Sirena? Que yo te folle mientras mi mejor amigo
se folla a la tuya. ¿Te excita que otros te vean ser una guarrilla?
—Sí —gritó ella, levantando la mano para ahuecarse el pecho y
pellizcarse el pezón mientras yo me centro en el otro.
—Voy a hacer que te corras tan fuerte que vas a pasar el resto de tu
vida deseando poder sentir mi polla abriéndote una vez más.
—Joder. Tu boca es una guarrada. Me encanta, joder. Sigue hablando
—suplicó, con la mano libre rozando la curva de su vientre hasta encontrar
su hinchado clítoris.
Su coño me apretaba tan fuerte que casi derramaba mi carga dentro de
ella en ese mismo instante.
—Dios, Sirena.
Ella gritó mientras trabajábamos juntos, y yo me perdía en el placer
que inundaba mis venas junto con la visión de ella preparándose para caer
ante mí, todo mientras intentaba ignorar la voz chillona en el fondo de mi
cabeza, que intentaba decirme que esta noche no va a ser suficiente.
Pero tenía que serlo.
Yo no repetía.
Nunca.
Eso sólo significaba una cosa…
Necesitaba saciarme esta noche. Necesitaba mi polla gastada, mi
cuerpo exhausto y mi banco de pajas lleno de imágenes de esta chica para
cuando venga la siguiente y, como era de esperar, no esté a su altura.
—Nico, Nico, Nico —cantó, claramente recordando mejor mi nombre
que yo el suyo.
No importaba. Sirena le sienta mucho mejor que cualquier cosa que su
madre le pudiera haber dado.
—Córrete para mí —le exigí, empujándola con desenfreno mientras el
sudor me recorría la espina dorsal y mis pelotas empezaban a hincharse.
Maldigo al condón que me envolvía la polla.
Siempre había sido un firme defensor del sexo seguro, pero joder si no
quiero salirme de esta mujer y ver mi semen correr por su coño. Quiero
poseerla, marcarla, hacerla mía.
Espera… ¿qué?
No.
No, nunca quiero…
—Joder. —gemí cuando echó la cabeza hacia atrás y gritó mi nombre
mientras su coño ahogaba mi polla y me ordeñaba—. SIRENA.
Respiro bruscamente, el pánico se apodera de mí y me pongo en pie de
un salto.
Cuando me muevo, siento en todo el cuerpo más dolor del que he
sentido nunca. Mi pecho se agita, mi visión se nubla y nada tiene sentido.
Me estaba follando a Brianna. ¿Qué carajo pasó…?
—Nico, joder, cálmate, amigo —dice una voz conocida, aunque suena
como si estuviera al otro lado de un túnel.
—¿Qué está pasando? —exijo mientras la oscuridad empieza a
desvanecerse, dando paso a luces cegadoras que hacen que me lloren los
ojos.
—Tienes que calmarte. Siéntate, ¿sí?
Una mano cálida se posa en mi hombro antes de que me empujen hacia
algo blando.
—¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando? —Pero cuando vuelvo a hacerme
esa pregunta, mi visión empieza a aclararse.
Las sábanas blancas que cubren mis piernas son lo primero que percibo
antes de darme cuenta de que no estoy en mi propia cama.
El tubo en el dorso de mi mano es la segunda pista de que algo no va
bien.
Y entonces por fin levanto la vista y me encuentro en medio de una puta
habitación de hospital.
El pánico se apodera de mí como cuando volví en mí, pero no sé por
qué.
No recuerdo nada, ni la razón por la que estoy aquí.
Pero algo va mal. Realmente mal.
—Respira, Nico —vuelve a decir esa voz familiar. Pero a pesar de ser
familiar, es diferente a lo que estoy acostumbrado. Es… más suave.
Al girar la cabeza hacia un lado, el dolor me recorre el cuello.
Pero pronto lo olvido cuando miro a quien está a mi lado, más
preocupado de lo que creo que nunca le he visto.
—¿Daemon? —Susurro.
—Es bueno tenerte de vuelta con nosotros, hombre.
—¿Nosotros? —Tartamudeo antes de que mueva la barbilla hacia el
otro lado de la habitación y, cuando me doy la vuelta lentamente, se me
corta la respiración al ver a mi hermana acurrucada en una cama provisional
en un rincón.
—Se ha negado a irse desde que llegaste. Está volviéndose loca con que
tú también hayas estado a punto de dejarla.
El dolor de mi cuello palidece en comparación con el dolor de mi pecho
cuando Daemon me lo confiesa.
—Mierda. No. Jamás. No lo haría —argumento, aunque no tengo ni
idea de hasta qué punto son ciertas esas palabras. Ni siquiera sé por qué
estoy aquí. Lo único que sé es que duele, joder.
—Lo sé —dice con seguridad—. Se lo dije.
En mi cabeza flotan un millón de cosas que me vendrían muy bien
ahora mismo. La más obvia es que no necesito estar en la puta cama de un
hospital.
—¿Necesitas algo? —pregunta.
Mis ojos se fijan en la jarra de agua y un vaso vacío que hay sobre la
mesa a mi derecha.
—Toma.
Se acerca, me sirve un vaso, le pone un popote y me lo lleva a la boca.
Algo parecido a la diversión brilla en sus ojos oscuros, y hace que el
fuego lama mis entrañas.
—No hace falta que disfrutes tanto, ¿sabes? —gimo. Ahora que me han
prometido el alivio del agua fría, tengo la garganta en carne viva.
Se le dibuja una sonrisa en los labios, pero no dice nada. Se limita a
acercarme la pajita a los labios, animándome a beber.
Bebo unos sorbos, pero me detengo en cuanto llega al estómago, porque
me dan ganas de vomitar.
Tras dejar el vaso de nuevo sobre la mesa, acerca una silla y se sienta a
mi lado.
—¿Cómo te encuentras? —pregunta, con esa preocupación de vuelta y
arrugando el ceño. No me gusta una mierda.
—Como si me hubiera atropellado un autobús —confieso—. ¿En serio?
—pregunto, realmente sorprendido.
—No. ¿No te acuerdas?
Cerrando los ojos, intento concentrarme en cualquier cosa que haya
pasado antes de despertar aquí.
Un buen corte de carne. Recuerdo comer carne. Y bebiendo el whisky
favorito de papá.
El dolor me atraviesa el pecho al pensar en él. ¿Por qué no puedo
recordar los acontecimientos que me han llevado hasta aquí, pero el dolor
que me ha consumido desde la noche en que murió papá sigue ahí y es tan
opresivo como siempre?
—No —digo, manteniendo los ojos cerrados y echando la cabeza hacia
atrás.
Nadie, especialmente el puto novio de mi hermana, necesita ver la
mirada de dolor en mis ojos ahora mismo.
Hay una razón por la que me encerré en mi apartamento durante tanto
tiempo. Es para que ninguno de ellos pudiera ver el puto desastre que soy.
Aquí, sin embargo, van a tener acceso completo al desastre en que me he
convertido.
—No tengo ni idea.
—Nico —dice Daemon en voz baja y yo abro los ojos de golpe,
presintiendo que está a punto de decir algo importante, pero antes de que
salgan más palabras de sus labios, la puerta que hay detrás de él se abre y
entra una enfermera que me resulta familiar.
—Nico Cirillo, eres un regalo para la vista. —Janice, la terrorífica
enfermera que parece que siempre tenemos la desgracia de que nos trate, se
acerca a mi cama—. Creí haberles dicho que no quería volver a verlos por
aquí.
—No puedo decir que lo haya planeado —admito con un suspiro
cuando empieza a pincharme.
—¿Cuánto te duele? —pregunta.
—Mucho. Y que me pinches seguro que no ayuda.
Hace una pausa y me lanza una mirada de advertencia.
—Aumentaré tus analgésicos.
—Eso sería maravilloso.
—Aunque te darán sueño.
No hay problema. Prefiero estar fuera de la vida real en este momento,
de todos modos.
—Perfecto. Dame todo lo que tienes.
Me da vueltas durante un rato, comprobando mis constantes vitales y
escribiendo notas en el portapapeles que hay al pie de la cama… estoy
segura de que cualquier cosa con tal de retrasar el alivio de mi sufrimiento
con más analgésicos.
Respiro aliviado cuando se marcha, sabiendo que traerá consigo el
olvido.
Un movimiento en la esquina de la habitación me llama la atención y la
culpa me inunda, porque volver a entrar en un coma inducido por las drogas
significa volver a controlar a Calli.
—¿Quieres que la despierte? —Daemon ofrece.
Sacudo la cabeza.
—No, déjala descansar. Supongo que no ha tenido mucho en los
últimos… —Me detengo—. ¿Qué hora es? Diablos, ¿qué día es?
—Son casi las ocho de la mañana del sábado.
—Claro —respondo, como si descubrir el día y la hora ayudara en algo.
Se hace el silencio entre nosotros y vuelvo a descansar con los ojos
cerrados. No tengo nada que decir.
Ahora mismo, estoy tan entumecido que ni siquiera tengo el ardiente
deseo de descubrir por qué estoy aquí. Estoy seguro de que sea lo que sea,
es toda mi jodida culpa .
Llevo un tiempo en un camino sin retorno hacia la autodestrucción.
Supongo que acabar aquí en algún momento era inevitable.
La apertura de la puerta me saca de mis negros pensamientos, pero no
abro los ojos, sólo permito que Janice haga su trabajo. Y mientras el frescor
de las drogas se abre camino por mi brazo desde la cánula en el dorso de mi
mano, rezo por poder volver a soñar con tiempos mejores en los que era
capaz de perderme en mi coño de sirena en lugar de drogas y alcohol para
ahogar el dolor.
Afortunadamente, la oscuridad llega rápidamente y me quedo dormido.
Pero esta vez, no es mi sirena la que me saluda, sino mi padre, y eso es
todo tipo de dolor.
—¿Qué coño? —ladré mientras una luz brillante iluminaba mi
dormitorio, haciendo que me lloren los ojos incluso detrás de los párpados.
—Levanta el culo, soldado —me exigió papá, arrojándome un montón
de ropa antes de abalanzarse sobre mí con las manos en las caderas y una
expresión peligrosa en la cara.
—Joder —siseé, echando las sábanas hacia atrás e intentando forzar a
mi cuerpo a despertarse tan rápido como necesita.
Un vistazo a mi despertador me dijo que apenas eran las cuatro de la
mañana.
Como todas las mañanas de este mes.
Sabía que iba a ocurrir. Durante años, me advirtió que las cosas se
intensificarían cuando cumpliera doce años.
No tengo ni idea de quién hizo de los doce años la edad mágica en la
que los miembros masculinos de la familia empiezan a embarcarse en sus
vidas como hombres, como soldados de Cirillo. Pero ahora estaba metido
de lleno en ello, y tengo que decir que es más duro de lo que esperaba.
Papá se quedó ahí con cara de cabreo mientras me pongo la ropa
oscura.
—No lo bastante rápido, chico —gruñó cuando no conseguía ponerme
los tenis al primer intento y acababa rebotando por la habitación en un pie
—. Cuando el deber te llame, tienes que estar preparado.
Me mordí la lengua para no decirle que estaba agotado y que lo único
que quería es volver a acurrucarme en la cama.
Todavía estaba oscuro. Lo último que quería hacer ahora mismo es
correr por el jardín, hacer tiro al blanco nocturno o rebotar en un
cuadrilátero mientras él me entrenaba para luchar como un hombre.
Pero entonces pensaba en él, en mi abuelo y en todos los hombres que
vinieron antes que ellos.
Pienso en mí dentro de unos años.
Un hombre. Un soldado. Un capo.
El heredero.
Claro que sí.
Un día, todo lo que mi padre tiene ahora será mío.
Mantendré el poder junto a Theo. Al diablo con gobernar la escuela
Knight’s Ridge. Codo con codo, gobernaremos todo este lado de la ciudad.
Y vamos a ser jodidamente buenos en ello, también.
En cuanto estoy listo, papá cruzó la habitación, abrió la puerta de un
tirón y se dirigió a las escaleras.
Por supuesto, le seguí.
Era lo que se esperaba de mí. Seguir sus pasos, convertirme en la clase
de hombre respetado que él era.
Mis ojos parpadearon hacia la puerta de Calli.
Ella estará acurrucada en su cama, durmiendo profundamente. Ignora
por completo lo que ha sido mi vida últimamente.
No hablábamos de este tipo de cosas cuando ella está cerca. Siempre ha
sido así. Lo entiendo, creo. Va a llevar una vida muy diferente a la mía,
siendo una chica y todo eso. Pero no estoy seguro de que sea correcto
mantenerla totalmente a oscuras. Pero, ¿quién soy yo para discutir? Todo
lo que tengo que hacer ahora es seguir órdenes, pasar mi entrenamiento y
dar los siguientes pasos para convertirme en soldado y asegurar mi futuro
como parte de esta Familia.
Seguí a papá en silencio fuera de casa y me adentro en la fría y oscura
noche… o mañana, supongo.
Me llevó hacia el campo de tiro, pero justo antes de llegar, vi dos
figuras oscuras que nos esperaban.
No necesitaba ver la diferencia de tamaño entre ellos para saber de
quién se trataba.
Puede que Theo sea un año más joven que yo, pero como futuro jefe de
toda esta Familia, el tío Damien decidió que doce años era demasiado
tiempo para esperar, y empezó el entrenamiento de Theo el mismo día que
yo empecé el mío.
No es frecuente que nos reúnan, nuestros padres prefieren entrenarnos
solos. Así que el hecho de que ambos estemos aquí ahora hizo sonar
algunas alarmas.
Nos detuvimos delante de ellos, con un extraño crujido de tensión en el
aire que me hizo un nudo en el estómago.
—Buenos días —dijo animosamente el tío Damien, y mi padre asintió a
modo de saludo—. Queremos ver lo que ustedes dos han aprendido. No nos
iremos de aquí hasta que uno de ustedes se desmaye o pierda el
conocimiento.
Se me cortó la respiración cuando la realidad me dio una bofetada en
la cabeza.
—¿Quieres que luchemos? —Theo preguntó, su cerebro funcionaba más
rápido que el mío.
—Muéstrennos lo que tienen, soldados.
Mis ojos encontraron los de Theo y reconocí la misma inquietud,
incluso en la oscuridad.
Di un paso adelante, pero una gran mano se posó en mi hombro y me
tiró hacia atrás.
—Tú puedes, hijo. Y recuerda, no importa el resultado, estoy orgulloso
de ti.
Capítulo Dos

BRIANNA

—N ico —grité, saltando de la silla en la que estaba recostada y


haciéndola caer hacia atrás mientras salía corriendo. El corazón
me palpitaba en el pecho mientras me seguían unos pasos
pesados que me hacían sentir mariposas en el estómago.
Puede que esté corriendo, pero tengo toda la intención de dejar que me
atrape.
Nico ha sido como un oso con la cabeza dolorida desde el momento en
que apareció por aquí con los chicos.
Sabía que iba a venir, Jodie me aseguró que Toby le había avisado, pero
eso no le había impedido observarme con desprecio desde el momento en
que salió del carro.
Pero con el paso de las horas y el alcohol y la hierba, ese desprecio se
había convertido en algo totalmente distinto.
Claro, el odio entre nosotros seguía ahí. No estaba segura de que
desaparezca alguna vez. Sin ni siquiera hablar, pareciera que nos las
arreglábamos para fastidiarnos mutuamente. Pero al hacerlo, también nos
tentábamos mutuamente en el buen sentido.
Y cuanto más borracha estoy, más me apetecía el lado de Nico al que
me había vuelto adicta en los últimos meses.
—Vuelve aquí, puta —me exigió Nico mientras saltaba del entarimado
que conectaba todos nuestros tipis donde hemos estado pasando el rato
toda la noche.
Aterricé con un golpe seco, pero me recuperé rápidamente y despegué
de nuevo.
Pero ahora estaba más cerca, incluso sin mirar atrás, pude sentirlo.
Sentí un hormigueo en la piel, como si estuviera a unos segundos de
tocarme.
Di otros dos pasos antes de que sus dedos se enredaran en mi cabello y
me arrastrara dolorosamente hacia su cuerpo.
—Corre tan rápido como quieras, Sirena. Sabes que siempre te
atraparé.
—Bárbaro. Bájame —chillé cuando me echó por encima del hombro,
mostrando mi trasero a todos los que hemos dejado atrás. Cerré los puños
y se los golpeé en el culo, mientras pataleaba frenéticamente con la
esperanza de que me soltara.
Pero nunca lo hizo. En lugar de eso, echó a correr hacia la oscuridad
de los árboles.
—NICO —grité—. Para y bájame ahora mismo.
Su risa llenó el silencio que nos rodeaba, pero nunca se detuvo. Y
cuanto más corría, más sangre me subíae a la cabeza.
Pero al final aminoró la marcha y, cuando por fin volvió a ponerme en
pie, estábamos junto a uno de los tipis. Su pecho se agitaba por el esfuerzo,
pero sus ojos brillaban de necesidad, lo que me hizo sentir calor y me
apretó el coño de deseo.
Me arrastró hacia un lado y me estampó contra la pared. Sus labios
chocaron con los míos mientras seguiamos recorriendo esa fina línea
familiar de odio y lujuria, dejándonos engullir por ambos.
—Tú. —Beso. —Me—. Beso—. Vuelves. —Beso—. Completamente. —
Beso—. Loco.
—Es mutuo —confesé en un suspiro mientras me besaba por el cuello y
enganchaba mi pierna alrededor de su cintura, permitiéndole chocar con
mi coño.
Sí, puede que hubiera elegido llevar falda esta noche por una buena
razón. Y esa razón no tenía nada que ver con la ola de calor que Stella nos
prometió cuando reservó este viaje, porque hace un frío de la mierda.
Aunque seguro ayúdame ayudaba tener las manos de Nico sobre mí.
Sus labios volvieron a encontrar los míos mientras su mano se
deslizaba por el interior de mi muslo, buscando lo que realmente quiere.
—Sí, Nico. Te necesito dentro de mí.
—Guarrilla —gimió mientras nos besábamos y sus dedos tocan la tela
empapada de mis bragas.
Un profundo gruñido retumbó en su garganta mientras me frotaba a
través del encaje.
—Me sorprende que te molestes en llevar algo cuando has pasado toda
la noche tentándome, Sirena.
—¿Cuándo un par de bragas te han impedido conseguir lo que querías,
Nico?
Metió los dedos bajo la tela y los deslizó por mis pliegues, recogiendo
mis jugos.
—Supongo que ya sabemos que no sería para evitar que mis chicos
vean lo que escondes, ¿verdad? Te gusta el público, ¿verdad, Sirena?
—Nico —grité cuando me metió dos dedos hasta el fondo.
—Me dejarías llevarte de vuelta por ahí ahora mismo y permitir que
todos me vieran follarte como la puta que eres, ¿verdad?
—Sí, sí —corée mientras sus dedos encontraban ese punto mágico del
que parece tener las coordenadas exactas. —Quiero tu polla, Nico.
—Claro que sí, joder. Apuesto a que has estado soñando conmigo
llenando ese pequeño y apretado coño desde la última vez que me tentaste
para que te follara de nuevo.
—Nunca —argumenté, no dispuesta a hacerle saber lo mucho que
ansiaba su polla y sus alucinantes habilidades. Incluso si son tan buenas
como su ego cree que son.
Idiota.
—Tan jodidamente mentirosa, Sirena.
—No —grité, llorando inmediatamente la pérdida de sus dedos cuando
me los arrancó, dejando mi coño apretándose alrededor de la nada.
Pero lo olvidé enseguida cuando se llevó los dedos a la boca y cerró los
labios en torno a ellos. Bajó los párpados e imaginé su lengua lamiendo los
dedos, saboreando mi sabor.
Un gemido me desgarró la garganta antes de agarrarle la muñeca y
arrancarle los dedos de la boca para que pudiera besarme en su lugar.
En el momento en que su lengua recorrió la mía, mi propio sabor
explotó en mi boca, aumentando aún más mi deseo.
Subí mi pierna alrededor de su cintura, Nico se bajó los jeans por las
caderas, liberando su gloriosa y gruesa polla.
Desesperada por él, alargue la mano, necesitando sentir su dureza bajo
mis propios dedos.
—Puta codiciosa. Puedes darle toda la atención que se merece cuando
estemos dentro. Pero ahora mismo, necesito estar dentro de ti antes de
explotar —confesó, con la voz rasposa por el deseo—. Ahora sé una buena
chica y agarra mi polla.
Me apartó las bragas antes de que la cabeza de su polla recorriera mis
pliegues mientras se cubría de mis jugos.
—Por favor —gimoteé.
—Me encanta cuando me suplicas, Sirena —gruñí antes de empujar sus
caderas hacia delante y llenarme de un solo movimiento.
—Sí —grité, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho, pero
entonces… no hay nada.
Un calor del que antes no era consciente me recorre el brazo cuando
algo, tal vez alguien, me aprieta la mano.
—¿Brianna? Bri, ¿estás despierta?
El sonido de la voz de mi mejor amiga me inunda, calmando el malestar
que no sabía que existía hasta que ella habló.
Jodie.
Pero por mucho que quiera hablar con ella, decirle que estoy despierta,
no puedo.
¿Estoy despierta?
La confusión se arremolina a mi alrededor mientras el pánico empieza a
cundir.
Mi pecho se agita a medida que aumenta mi ritmo cardíaco.
—Está bien, Brianna. Estás bien. Estoy justo aquí.
¿Pero por qué está Jodie aquí?
Yo estaba con Nico. Me estaba follando contra…
Pero antes de que pueda terminar de pensar en ello, todo vuelve a
oscurecerse.

La oscuridad del sueño sin sueños es bienvenida.


Durante muchos, muchos años, de niña, dormirme era tan doloroso
como estar despierta. Cerraba los ojos e inmediatamente llegaban las
pesadillas… aunque en realidad no eran pesadillas, sino recuerdos.
Momentos en los que me hacía un ovillo, intentando desesperadamente
ignorar cómo me gruñía el estómago y cómo se me hacían nudos de agonía
por la falta de comida, mientras mi cuerpo temblaba de frío.
Fueron necesarios muchos años—y más de un par de psiquiatras—para
desterrar esas pesadillas recurrentes y poder dormir decentemente. Algo que
nunca he agradecido tanto como ahora, mientras sigo entrando y saliendo
del sueño.
La mayoría de las veces que he vuelto en mí ha sido en silencio. No
tengo ni idea de dónde estoy ni de quién está aquí. Aparte de Jodie, no he
sido capaz de reconocer ninguna de las voces que he oído en los pocos
momentos de consciencia.
Todo lo que sé es que, dondequiera que esté, no debería estar.
Lo último que recuerdo es estar afuera, aburrida como una ostra
mientras Brad hablaba de algo igual de aburrido.
¿Por qué acepté salir con él?
Frunzo el ceño al pensar en él.
No he oído su voz. ¿Sabe que me fui?
¿Por qué me fui?
Yo no me habría ido sin más. Puede que estuviera aburrida, pero no soy
tan grosera. No después de que gastó todo ese dinero en mí. Normalmente
dejaría que me llevara a casa y…
La bilis me sube por la garganta al pensar en lo que haría normalmente
con él y se me revuelve el estómago.
—Brianna —grita Jodie mientras me dan arcadas.
Sus pasos vuelan por la habitación antes de que su mano se pose en mi
nuca, ayudándome suavemente a inclinarme hacia delante.
—No pasa nada, tengo una bandeja —me dice mientras vomito el
contenido de mi estómago, que, para ser justos, no es mucho.
—Voy a llamar a la enfermera —añade cuando por fin dejo de tener
arcadas y me recuesto.
¿La enfermera?
¿Por qué hay una enfermera?
Pero nunca obtengo la respuesta a esas preguntas tácitas, porque vuelvo
a quedarme a la deriva.
—No, en realidad no se despertó. Murmuró algo, vomitó y volvió a
quedarse dormida —dice mi mejor amiga en algún lugar cercano.
—Ella va a estar bien, Diablilla. Tuvo suerte. Ellos tuvieron suerte.
¿Ellos? ¿Quiénes son ellos?
¿Brad y yo?
¿Nos fuimos? ¿Volvimos a mi casa o a un hotel? ¿Pasó algo por el
camino? ¿Cuándo llegamos?
¿Brad está bien?
Puede que nunca sea el amor de mi vida como creo que él quiere que
sea, pero eso no significa que no me importe a cierto nivel. Es un… amigo,
supongo. Un amigo con el que literalmente no tengo nada en común aparte
de querer buen sexo. Quiero decir, podría ser peor.
Estaré triste si le ha pasado algo malo. Pero no se me romperá el
corazón.
—Lo sé. Es que… no puedo seguir viendo a mis mejores amigos en esta
situación. Es desgarrador, Toby. Todo lo que quiero para ellos es lo mejor, y
siguen siendo jodidos a diestra y siniestra.
Toby no contesta durante mucho tiempo, su silencio me confunde.
—Lo sé, cariño. Pero todos van a estar bien. Son más fuertes que esto.
Jodie suelta un fuerte suspiro y me la imagino arrimada al costado de
Toby mientras él la consuela.
Me alegro mucho de que lo encontrara.
Después de toda la pérdida y la angustia que ella sufrió, incluso si parte
de ella fue a manos de él, estoy tan feliz de que encontraran una manera de
trabajar a través de todo.
—Estoy aquí, Diablilla. Apóyate en mí todo lo que necesites.
—Te quiero —jadea, con la voz entrecortada por la emoción, lo que
hace que un nudo tan enorme se me suba a la garganta que me cuesta
aspirar el aire que necesito.
Siempre me he dicho que no lo necesito. Llámalo efectos persistentes de
mis problemas de abandono en la infancia. Pero incluso después de la
terapia, me aterra tener que depender de alguien.
La única persona en la que confío es en mí. Y ya.
Vale, y quizá Jodie y Joanne, un poco. Pero han estado ahí para mí
desde el momento en que aparecieron en el hospital al que llevaron a mamá,
y ambas me estrecharon entre sus brazos y me prometieron que todo iba a ir
bien.
Con el corazón en la garganta, vuelvo a quedarme dormida.
Capítulo Tres

NICO

T
odo está más que borroso cuando vuelve la realidad.
Pero esta vez, cuando abro los ojos, la habitación está a oscuras y,
sobre todo, vacía.
Se me corta la respiración y me invade una oleada de soledad que no
esperaba sentir.
Se me hace un nudo en la garganta y juro que me arden los ojos.
¿Qué coño pasa, Cirillo?
Levanto la mano en la que no tengo el catéter e intento frotarme el
sueño de los ojos, pero en cuanto hago contacto, el dolor se irradia por toda
la cara y me baja por el cuello.
—¿Qué coño? —murmuro, con la voz rasposa por el sueño, mientras
aparto la mano y me la quedo mirando como si fuera la causante.
Un inodoro tira de la cadena en algún lugar cercano, pero estoy
demasiado perdido en mi confusión sobre lo que ha pasado y cómo he
acabado aquí como para centrarme realmente en lo cerca que está hasta que
se abre una puerta y unos pasos ligeros recorren mi habitación.
En el momento en que miro a la izquierda y mis ojos se fijan en los de
mi agotada hermana, esa emoción me inunda de nuevo con toda su fuerza.
No estoy solo.
—Calli —respiro.
El alivio cubre su bonita cara durante unos segundos antes de dar paso a
algo más, algo un poco aterrador, lo cual es nuevo para mi hermana
pequeña.
—Jodido idiota egoísta —grita furiosa, acercándose con los puños a los
lados—. Si tu cara no estuviera ya jodida, te la arreglaría yo misma.
Mis cejas se disparan, haciendo que mi antes mencionada cara jodida
grite de dolor.
¿Qué coño me ha pasado?
—¿Cómo pudiste, Nico? ¿Cómo pudiste ser tan jodidamente estúpido?
Mis labios se separan para responder, pero ningún sonido sale de mi
boca. ¿Cómo es posible? No recuerdo nada.
—Podrías haber muerto, Nico. Los dos podrían estar muertos ahora
mismo sólo porque eres demasiado marica para enfrentarte a la vida. Fue un
shock, créeme, lo entiendo. Pero no fui por ahí tratando de matar a todo el
mundo cuando me enteré. Dios, Nico. No estoy segura de haber estado
nunca tan jodidamente furiosa contigo.
Sigo mirándola mientras camina de un lado a otro junto a mi cama, pero
sigo sin recordar nada.
Al final, sin embargo, consigo hacerle una de las preguntas más
apremiantes sobre lo que acaba de decir.
—¿Los dos? —pregunto, haciendo que se detenga a medio paso.
Se da la vuelta y me clava una mirada que casi hace que me arrepienta
de haberme despertado.
—¿De verdad no te acuerdas? —pregunta, acercándose un poco más.
Sacudo la cabeza, arrepintiéndome al instante cuando el dolor me
golpea.
—No, yo no lo recuerdo.
—Increíble —suspira, levantando las manos en señal de incredulidad—.
Todo esto, todo este dolor y ni siquiera lo recuerdas.
Mis labios se abren y cierran como un puto pez dorado.
—¿Qué tal si te muestro? ¿Crees que puedes meter tu lamentable culo
en una silla de ruedas?
—¿Una silla de ruedas? —Escupo, totalmente ofendido de que piense
que necesito una—. Puedo caminar.
—Bien. De todas formas, no quería presionarte. —Extiende la mano,
me quita las mantas y me hace un gesto para que me levante.
Mis ojos observan el soporte con el gotero puesto a mi lado, pero el
hecho de que esté pegado a él no parece inquietar a mi hermana.
—Nos lo llevaremos, no te preocupes —se burla.
—¿Crees que tal vez… —Me detengo antes de mencionar nada sobre
una enfermera, porque conociendo mi suerte, será Janice la que se pasee
buscando una víctima a la que hacer daño.
Huir podría ser mi mejor opción en este momento.
—¿Tal vez qué? ¿Deberías seguir aquí tumbado en la ignorancia por lo
que has hecho?
Se me hace un nudo en el estómago y el miedo que siento como un peso
muerto en el fondo se hace cada vez más pesado.
Balanceo las piernas por el lateral, avanzo arrastrando los pies y los
apoyo en el fresco suelo.
—Vamos, pues —exige mi hermana, impaciente por mi lentitud.
Para alguien que aparentemente no ha salido de esta habitación desde
que me trajeron, no está siendo muy atenta.
En el momento en que empujo mi peso sobre mis pies, mis rodillas
amenazan con doblarse debajo de mí.
Calli me observa con una ceja levantada.
—¿Quieres que agarre ahora la silla de ruedas? —bromea mientras
vuelvo a sentar lentamente el culo en el borde de la cama.
No digo nada. No hace falta. Mi hermana puede leerme lo
suficientemente bien.
—Menos mal que te quiero, Nico Cirillo —sisea antes de salir furiosa
de la habitación.
Agacho la cabeza, el dolor palpitante de mi cara no mejora con el
traslado mientras sigo intentando recordar cómo llegué aquí. Pero todo está
oscuro, como si nada de lo que pasó antes de estar aquí hubiera sucedido
realmente.
Calli vuelve en un santiamén, empujando una maldita silla de ruedas
hacia mí como si fuera un lisiado o algo así.
—Siéntate, idiota —susurra siniestramente.
—Sabes, creo que hubiera preferido despertarme con Janice —siseo una
vez sentado.
—Tendrías mucha suerte.
Me arropa con una manta como si fuera un ancianito a punto de agarrar
un resfriado antes de acercarme mi soporte de goteo.
—Haz algo útil y sujeta esto —exige.
—¿Adónde vamos?
—Al lado.
Mi corazón late con fuerza mientras ella me empuja hacia delante.
Aparte de ella, la única persona que he visto desde que desperté es
Daemon. Podría ser cualquiera en esa habitación.
—¿Dónde está Dae…?
—Calla —me reprende mi hermana antes de que pueda decir su nombre
completo.
—Lo envié a casa. Es demasiado arriesgado que esté aquí.
—¿Qué hora es?
—Tres de la mañana.
—¿Fueron los italianos? —En cuanto se me escapa la pregunta, me
arrepiento.
Calli deja inmediatamente de empujar y se pone delante de mí. Me
estudia con los ojos entrecerrados y la ira desprendiéndose de ella en
oleadas.
Nunca había visto a mi hermana tan feroz. Es un poco aterrador.
—No, Nico. Fuiste tú. Todo lo hiciste tú.
Con esas ominosas palabras, se desplaza a mi alrededor una vez más y
continúa hacia la puerta contigua a la mía.
—Pues abre la puerta —me exige cuando estoy justo delante de ella,
obligándome a inclinarme hacia delante y a aspirar aire mientras me
escuecen las costillas.
Me empuja a la habitación oscura. Al igual que en la mía, lo primero
que veo es una persona acurrucada en una cama al otro lado, pero no tengo
forma de saber quién es desde mi posición, y queda claro que no es a quien
mi hermana me trajo aquí a ver en el momento en que me hace girar y una
cama de hospital llena mi visión.
Si pensaba que me emocionaba cuando creía que estaba solo, no es nada
comparado con el momento de infarto en que mis ojos se posan en la mujer
de la cama.
—Sirena —respiro, con la voz quebrada por la emoción.
Está profundamente dormida y, a pesar de los ojos oscuros, los
moretones y la sangre seca, me parece tan guapa como siempre.
Esto es mi culpa.
Yo soy la razón por la que está ahí tumbada con el brazo vendado y
sujeto con un cabestrillo alrededor del cuello.
—Más cerca —exijo, no contento con sentarme al final de la cama,
observándola.
Calli me gira hacia un lado con su brazo bueno y me detiene.
Inmediatamente tiendo la mano hacia Brianna, aunque vacilo antes de
establecer contacto.
Si de verdad es culpa mía, no querrá que me acerque a ella, y mucho
menos que la toque.
Pero al final, mi necesidad de ella se impone a mis pensamientos
mientras tomo su mano entre las mías.
Ella no se mueve ni reacciona de ninguna manera, y me duele el pecho
directamente por el centro.
—Dime qué ha pasado, Calli. Por favor —suplico en voz baja, sin
apartar los ojos de mi sirena.
—Tomaste una copa, te enfadaste y la metiste a la fuerza en tu carro
antes de conducir como un puto imbécil por la ciudad y hacer derrapar
directo contra el lateral de un puto edificio.
Todo el aire sale de mis pulmones.
—¿Yo hice esto? —Las palabras son tan silenciosas que no estoy
convencido de que me oiga, así que cuando responde, salto como un felino.
—Sí.
—¿Por qué? Nunca le haría daño.
Calli se burla, y me hiere tan profundamente que no sé si me recuperaré
de ello.
—Así no, Cal. Nunca así.
—¿Qué pensabas realmente que iba a pasar, Nico? Esto entre ustedes ha
sido inútil desde que empezó. Era obvio para todos que ibas a lastimarla
eventualmente.
Sus palabras se interrumpen mientras me pierdo en mis oscuros
pensamientos.
¿Tiene ella razón? ¿Siempre iba a acabar así?
No.
Brianna nunca debió acabar en una cama de hospital por mi culpa.
Los juegos que hemos estado jugando.
Son sólo eso… juegos.
A los dos nos excitan tanto como al otro.
Que los demás no entiendan nuestra dinámica no significa que no
funcione para nosotros.
No es que haya un nosotros.
De eso se trata.
Ninguno de los dos quiere un nosotros. Por eso es tan divertido.
¿Verdad?
—¿Qué le pasa? —Me fuerzo a salir a través del nudo en la garganta.
Calli hace una pausa, y estoy seguro de que es sólo para aumentar la
tensión y asegurarse de que el nudo de mi estómago se aprieta hasta el
punto de dolerme.
—Conmoción cerebral. Sobre todo, cortes y contusiones.
—¿Pero su brazo? —Mis ojos se posan en el cabestrillo y el vendaje
que se cuelan entre las feas batas de hospital que ambos llevamos.
—Tiene algunos cortes graves en la parte superior del brazo. Tuvieron
que operarla para quitarle el cristal.
—Mierda.
—Sí. Se va a quedar con un recuerdo de esa noche, y de ti, para el resto
de su vida. Bien hecho, hermano mayor. Espero que estés jodidamente
orgulloso de ti mismo.
—Joder —suspiro, dejando caer la cabeza sobre una de mis manos,
negándome a soltar a Brianna para hacer uso de la otra.
El dolor y los remordimientos me recorren las venas mientras aprieto
con fuerza la mano de Brianna.
No tengo ni idea de cuánto tiempo paso allí sentado pensando en toda la
gente a la que he decepcionado últimamente antes de que un susurro me
golpee el oído.
—¿Nic? —dice una voz profunda y familiar.
Mirando por encima del hombro, descubro que la mitad del bulto de la
otra cama pertenece a mi mejor amigo.
A pesar de que la habitación está a oscuras, aparte de algunas luces de
emergencia y la luna que se filtra por las rendijas de las persianas, sus ojos
se abren de par en par al verme y aspira un fuerte suspiro.
—Mierda, te has visto mejor.
—Yo también lo siento —murmuro, odiando el amargo rechazo que me
invade al darme cuenta de que no me ha visitado para verme antes.
Es lo correcto. Brianna se merece todo su apoyo ahora mismo.
Yo no. El imbécil que causó todo esto.
—Estoy seguro de que mi chica te va a partir la cara cuando se
despierte.
—Es más que bienvenida —digo en un suspiro mientras se sienta
suavemente sin molestar a Jodie—. La he cagado.
—Sí, amigo. Realmente la cagaste.
Se hace el silencio a nuestro alrededor y vuelvo a ver dormir a Brianna.
—¿Se ha despertado ya?
—En realidad, no. La anestesia todavía está desapareciendo. Los
médicos no están preocupados.
—Bien. —Creo.
Me restriego la mano por la cara una vez más, restregándome las
asperezas de la mandíbula.
—Lo siento —susurro, y mi pecho vuelve a partirse en dos cuando esas
palabras salen de mis labios.
—No es a nosotros a quien tienes que decir eso.
—Lo sé. Pero parece el lugar adecuado para empezar.
—¿Nico? —dice una voz somnolienta.
—Sí, Diablilla. Está aquí.
Miro justo a tiempo para verla darse la vuelta.
Sus ojos chocan con los míos y se entrecierran con rabia.
—Me alegro de que hayas sobrevivido para que Brianna pueda matarte
ella misma cuando se despierte —suelta con rabia en cada palabra.
—Lo siento, Jodie. Nunca quise…
—Podrías haberla matado, Nico —grita, poniéndose en pie y
mirándome con odio puro—. ¿Qué te ha hecho?
Mis labios se separan para responder, pero Jodie me interrumpe
rápidamente.
—Nada, Nico. Nada es la respuesta que buscas.
—Vale, nena —la tranquiliza Toby, poniéndose en pie detrás de ella y
atrayéndola hacia su cuerpo.
—Estoy tan jodidamente enfadada —dice mientras él le besa el cuello.
—Lo sé. Pero insultar a Nico no nos va a llevar a ninguna parte. Creo
que su nariz rota es un doloroso recordatorio de que la cagó.
Nariz rota. Bueno, supongo que eso tiene mucho sentido.
—Vamos a tomar un café —dice, arropándola a su lado—. Y un poco de
aire fresco.
—Pero…
—Brianna estará a salvo con Calli.
—¿Y yo qué? —suelto, arrepintiéndome al instante. Culpo a los
analgésicos.
—¿Qué coño pasa contigo, Nico? —Jodie escupe—. No te confiaría ni
un puto hámster ahora mismo. Eres un puto lastre. Damien necesita que le
examinen la cabeza si está considerando seriamente permitirte ascender en
el escalafón.
—Vamos, nena. —Toby tira de Jodie a través de la puerta antes de que
tenga la oportunidad de escupirme más verdades dolorosas, aunque eso no
la detiene, su voz se mantiene hasta que la puerta finalmente se cierra con
un clic.
El silencio llena la habitación mientras el peso de mis acciones me
presiona.
—Ella nunca va a hablar conmigo de nuevo, ¿verdad? —
Calli se mueve por detrás de mí antes de arrastrar una silla hasta el otro
lado de Brianna y apoyarle la mano en la pierna.
—¿Crees que te lo mereces? —me pregunta, mirándome, con sus ojos
cansados clavados en los míos.
—No —susurro.
—¿Por qué lo hice, Cal? ¿Qué pasó para que perdiera el control? —
pregunto, porque es la única explicación. Es imposible que haya puesto a
Brianna en peligro a no ser que la neblina roja de la ira haya descendido y
haya perdido el control por completo.
Calli mueve los labios para responder, pero se traga lo que iba a decir y
niega con la cabeza.
—No conozco los detalles, Nico—. Sus ojos finalmente se apartan de
los míos mientras se mueve inquieta en la silla—. Eso es algo que tendrás
que hablar con Brianna. No me corresponde adivinar.
Cuando me devuelve la mirada, entrecierro los ojos con desconfianza.
—Me estás mintiendo, Calli. ¿Qué sabes tú?
Deja escapar un suspiro—: Nada que esté dispuesta a discutir aquí y
ahora.
Quiero discutir, exigirle que me lo cuente todo, pero cuando vuelve a
mirarme, sé que sería inútil.
—De acuerdo. Pero cuando salgamos de aquí, quiero oírlo todo.
—Vete a la mierda, Nico. No te debo nada.
La tensión cruje entre nosotros. Me rechinan los dientes y me duele la
cara, pero prefiero el dolor físico al peso de mis remordimientos y a la
confusión de no saber qué ha pasado.
El aire es denso entre nosotros mientras caemos en un silencio
incómodo.
Probablemente debería volver a mi habitación. Pero me imagino que no
he hecho nada que debiera cuando se trata de Brianna antes. Ella no debería
esperar nada más de mí.
Al final, Calli empieza a quedarse dormida, casi doblada por la mitad
con la cabeza apoyada en los brazos sobre la cama de Brianna.
—Deberías irte a casa y dormir un poco —digo, recordando que
Daemon me dijo que se había negado a irse de mi lado.
—No me voy.
—Calli —suspiro—. Yo estoy bien. Brianna va a estar bien. Tienes
colegio. Exámenes.
—Es domingo —argumenta.
—Exactamente. Tienes escuela mañana. Puede que hayas decidido no ir
a la uni, pero no voy a dejar que jodas esto.
—No me dejas hacer nada —suelta, aunque es mucho menos feroz con
su cansancio que cuando intentó hacerme una nueva antes.
—Vete, o haré que Daemon venga y te saque a rastras —amenazo.
—No lo harías.
—Pruébame —advierto, más que consciente de que ella no querrá poner
a Daemon en más riesgo del que ya ha estado, estando aquí con ella.
—Bien —escupe—, pero sólo porque estoy tan cansada que apenas
puedo mantener los ojos abiertos.
—Pásame tu teléfono. Llamaré a uno de los chicos para que te lleve.
—¿Te parezco una maldita paciente? —se burla—. Puedo arreglar mi
transporte. Hay un guardia de seguridad que parece estar siguiendo todos
mis movimientos. Seguro que me llevará sana y salva.
—Es por tu propia seguridad.
—¿Me ves discutiendo? Todo lo que quiero ahora mismo, Nico, es que
todos estemos bien y podamos seguir adelante con esta mierda. Y si eso
significa que todos necesitamos una sombra, entonces me callaré y la
tomaré. No estoy seguro de que Stella y Emmie estén de acuerdo, pero
dejaré que lo averigüen por su cuenta. Ya tengo suficiente con mi propia
mierda de la que preocuparme.
—¿Cómo?
—Mi mierda, Nico. No la tuya, recuerda.
Se levanta, se acerca a Brianna y le coloca suavemente un mechón de
cabello detrás de la oreja.
—Si me necesitas, llámame. Estaré aquí —promete—. Y si te echa la
bronca, haré que los chicos se aseguren de que no pueda volver a salir de la
cama del hospital. —Me lanza una mirada con esa advertencia—. ¿Puedo
confiar en ti con ella? ¿O necesito traer a Jodie y Toby antes de irme?
Las palabras bailan en la punta de mi lengua, pero me las trago porque,
en realidad, ¿alguien puede confiar en mí a estas alturas?
Jodie tiene razón.
Soy un maldito lastre.
Y no sólo a la Familia, sino a todos los relacionados conmigo.
Soy una bomba de relojería, y parece que estuve muy cerca de explotar
el viernes por la noche.
Si pudiera recordar qué fue lo que me empujó.
Capítulo Cuatro

BRIANNA

E
n cuanto recupero el sentido, sé que algo es diferente.
Puede que siga con los ojos cerrados, pero todo está más claro. Ya
no me siento atrapada en un túnel sin posibilidad de salir.
Estoy aturdida y cansada, pero casi… normal.
El único sonido que llega a mis oídos es el de alguien respirando.
Jodie.
Ella ha estado aquí todo este tiempo. Puede que no haya podido verla, ni
siquiera oírla, pero la he sentido. Su amor, su apoyo.
Ella es mi roca, lo ha sido durante años, y no creo que realmente tenga
ni idea de lo mucho que me ha ayudado a superar todo lo que tengo, para
estar donde estoy ahora.
Si no hubiera sido por ella y Joanne, no habría podido terminar mis
estudios, y mucho menos ser admitida en la universidad. Se lo debo todo.
Necesitada de verla, de decirle lo mucho que la quiero, me fuerzo a
abrir los ojos.
No tengo ni idea de cuánto tiempo he estado dormida, pero siento como
si alguien hubiera intentado pegar mis pestañas. Seguro que incluso me
arranco algunas cuando por fin consigo levantar los párpados.
La luz del sol entra a raudales por las persianas abiertas, abrasándome
los globos oculares y haciéndome estremecer, pero soy incapaz de
concentrarme en eso o en la habitación en la que estoy porque mi atención
se dirige inmediatamente a la persona que está sentada a mi lado y me
agarra de la mano.
Desde luego, no es Jodie, y mientras contemplo su rostro descompuesto,
en mi mente empiezan a reproducirse imágenes de los acontecimientos que
nos han llevado hasta este punto.
Se me acelera el corazón cuando pienso en él siguiéndome hasta el
baño, follándome contra la pared y luego…
Se me revuelve el estómago al imaginármelo mirando mi teléfono con
lo que ahora sé que era la imagen del ultrasonido de Calli en la pantalla.
—Oh, Dios —respiro, intentando alcanzar la bandeja para vomitar que
hay en la mesa con ruedas junto a mi cama.
Me equivoco y golpeo la jarra de agua. Todo se viene abajo,
derramando agua por todas partes.
—Joder —ladra Nico, poniéndose en pie de un salto asustado cuando le
cae agua fría en el regazo—. Brianna.
—Voy a vomitar —consigo decir en medio del pánico, intentando
alcanzar la bandeja.
—Joder. Sí. Mierda, Sirena.
Se las arregla para ponerlo delante de mí justo a tiempo, y me dan unas
arcadas poco atractivas. Supongo que aguantar mi cubo es lo mínimo que
me debe a estas alturas.
Apenas sale nada. Apenas una sorpresa realmente, viendo que no he
comido nada para… una cantidad indefinida de tiempo.
—¿Qué día es? —Me fuerzo a decir después de apartar la bandeja.
Nico la sostiene delante de él, con cara de terror, antes de arrastrar los
pies por la cama hacia la puerta de la esquina, donde supongo que está el
baño.
No es hasta que se da la vuelta, o más bien su culo desnudo, que me doy
cuenta de que también lleva una bata de hospital.
—Domingo —dice cuando regresa lentamente.
Duda a mi lado, parece totalmente inseguro de sí mismo.
Es la primera vez que lo veo y no soy fan.
Me gusta el Nico fuerte, poderoso, que lo controla todo.
No esta versión débil, preocupada y confusa.
Va en contra de casi todo lo que ha intentado mostrarme sobre sí mismo.
No soy idiota. Sé que casi todo lo que me ha dejado ver de él es una
actuación.
Sólo ha sido sincero conmigo un par de veces en los últimos meses,
pero ninguna más que la semana pasada, cuando fui a su apartamento a
contarle lo de Knight’s Ridge y se derrumbó delante de mí.
Ese momento es la razón por la que ha sido tan despiadado desde
entonces.
Lo entiendo. Está asustado.
Demonios, yo también lo estoy, la mayor parte del tiempo, pero no
estoy tan decidida a ocultarlo como para alejar a todo el mundo de mí.
Sus ojos se clavan en los míos y juro que veo algo, una suavidad, en
ellos que nunca antes había visto.
Estoy tan ensimismada que no me doy cuenta de que se ha movido hasta
que lo tengo delante y su mano me toca la mejilla.
—Sirena, lo siento mucho.
Sus ojos brillan con una humedad que hace que me salte el corazón y
me duela el pecho incómodamente.
Está hecho un desastre. Tiene la nariz cubierta por un feo vendaje que
apenas disimula los moretones. La sangre seca pinta su barbilla y su cuello,
sus manos también. Una de ellas tiene una cánula, que supongo que está
conectada a algo que no he visto.
Parece tan destrozado como me siento yo.
Todavía me estoy ahogando en sus ojos oscuros cuando se abre una
puerta y se acerca el chirrido de los pasos de alguien.
—Vaya, no estaba esperando encontrarme con esto al entrar , señor
Cirillo —dice una voz suave—. Aunque debo confesar que he visto cosas
mucho peores en este trabajo.
Me invade un extraño sentimiento de posesividad en cuanto me doy
cuenta de que está hablando de su culo, que sin duda sobresale de su bata
por la forma en que se inclina sobre mí. Por suerte, consigo tragarme
cualquier comentario sobre su mirada.
No debería importarme. Estoy aquí por su insoportable e irrazonable
culo.
Apartando sus ojos de los míos, Nico se echa la mano a la espalda para
cubrirse antes de bajar lentamente hacia…
Mierda. Una silla de ruedas.
Debe de estar aún peor de lo que parece si ha recurrido a permitir que
alguien le empuje.
—¿Te duele mucho? —pregunto, manteniendo una expresión neutra.
—Bastante, sí.
—Bien —escupo.
El aire sale de sus pulmones y su ceño se arruga por la confusión.
—¿En serio? —Siseo—. ¿Te sorprende que esté cabread? Podrías
habernos matado, Nico.
Me arde la garganta mientras le grito.
—Bien, Brianna. Por favor, intenta mantener la calma —me tranquiliza
la enfermera, acercándose a mí con un tensiómetro en la mano que en
realidad no es necesario. Ya sé que está por las nubes.
—¿Recuerdas lo que pasó? —me pregunta Nico, todavía con cara de
cachorro roto y confuso.
—Sí —siseo.
—Creo que es hora de que me deje atender a mi paciente, señor Cirillo.
Nico baja la barbilla y me mira a mí y a la enfermera, sorprendido.
—Pero…
—Haz lo que te digo por una vez en tu vida, Nico, y vete a la jodida.
Levanta la mano, se restriega la mandíbula y me mira como si hablara
en otro idioma.
Justo cuando estoy a punto de repetirlo, él habla.
—Bien —resopla, rodea con los dedos el tubo que desaparece en el
dorso de su mano y tira.
Mi estómago se convulsiona cuando se suelta y un poco de sangre corre
por su piel.
—Nico, eso no es…
—No me importa, Janice. No me importa una mierda, ¿vale?
Antes de que termine de hablar, se dirige hacia la puerta.
—Esto no ha terminado, Sirena —dice siniestramente antes de huir de
la habitación, dejándonos de nuevo a los dos con la imagen de su culo
desnudo.
—Bueno —dice la enfermera, Janice creo, sin dejar de mirar a la puerta
—. No estoy segura de que ese culo compense su actitud.
No tengo ni idea de si es por las drogas que me han puesto, pero durante
dos minutos me olvido de toda esta mierda, echo la cabeza hacia atrás y me
río.
Y joder que bien se siente. Incluso si hace que todo duela muchísimo.
—Necesitabas eso, ¿eh? —Janice dice una vez que he vuelto a la
realidad.
—Como no creerías. ¿Qué pasa aquí? —pregunto, señalándome a mí
misma.
—Buenas noticias. Te pondrás bien. Tienes una conmoción cerebral, así
que probablemente sufras sus efectos durante unos días. Dolor de cabeza,
náuseas, mareos posiblemente.
—¿Y esto? —digo, señalando con la cabeza el cabestrillo que envuelve
mi cuerpo—. ¿Está roto?
—No, cariño. El cirujano sólo puso eso ahí para apoyarlo mientras
dormías. Tenías algunos fragmentos de cristal bastante profundos. Tuvieron
que sacarlos y suturar las laceraciones.
—Oh —chillo, con los ojos estúpidamente llenos de lágrimas.
De alguna manera, con toda la mierda que ha pasado en mi vida, me las
he arreglado para evitar cualquier lesión grave o cirugía, y odio que Nico
fuera el que me obligó a esta mierda.
—¿Me dejará cicatriz? —pregunto en voz baja.
No estoy en contra de las cicatrices. Creo sinceramente que demuestran
fortaleza de carácter, pero no estoy segura de que esto sea lo que quiero
como recordatorio permanente de lo mucho que he superado.
—No he visto debajo de tu vendaje, cariño, así que no puedo decirlo.
Pero creo que habrá algunas cicatrices, sí.
—Coño —siseo—. Mierda, lo siento.
Se ríe ligeramente.
—Estás en el ala Cirillo de este hospital. He oído cosas peores⁠—.
Suelto un fuerte suspiro y vuelvo a apoyar la cabeza en la almohada
mientras Janice sigue haciendo su trabajo.
—¿Cómo está tu dolor?
—Duele.
—¿Entre uno y diez?
—No sé. Como… siete. Es soportable. —El dolor en mi pecho sabiendo
que Nico nos hizo esto es peor.
—Vale, te aliviaré un poco más, pero si alguna vez sientes que es
demasiado, dímelo, ¿vale?
—Claro —acepto.
—¿Te gustaría probar a comer algo?
Sacudo la cabeza.
—Nada más agua.
Echo un vistazo a mi jarra, sin sentirme culpable por el hecho de que
Nico la lleve casi toda.
Me sirve un vaso de agua de una botella que tenía guardada en el bolso
y me deja beber un sorbo, pero eso es todo lo que consigo porque en cuanto
cae en mi estómago vacío, estoy convencida de que voy a volver a vomitar.
—Si empeora, puedo darte algo para ello —me promete Janice.
—¿Cuánto tiempo crees que necesitaré quedarme aquí? —pregunto,
ignorando su oferta de más drogas.
—Esperemos que sólo unos días. El médico querrá asegurarse de que tu
conmoción ha remitido y de que tus heridas cicatrizan bien.
—¿Y Nico? —pregunto con una mueca de dolor.
—Ese cabeza de chorlito puede irse cuando quiera —se burla.
—Entonces… ¿está bien?
Su expresión se suaviza ante mis palabras.
—Sí, está bien. Con suerte, el golpe en la cabeza habrá despertado
también algunas neuronas.
—Sólo podemos esperar, ¿eh?
Recoge sus cosas y se dispone a salir, pero la detengo antes de que
llegue a la puerta.
—¿Alguien más resultó herido? —pregunto, un vago recuerdo de
alguien caminando por la carretera delante de nosotros me golpea.
—No, cariño. El único testigo salió afortunadamente ileso y confesó
que todo fue culpa suya cuando salió inesperadamente.
Frunzo el ceño por la confusión, porque todo esto no era culpa de un
borracho cualquiera.
Pero cuando por fin se marcha de mi habitación, me doy cuenta de que
así es como funciona la mierda cuando estás ligado a la puta mafia. El
asesinato, la extorsión y la corrupción son tan cotidianos como ir a la tienda
a por leche.
Otro de mis suspiros de dolor llena el aire antes de cerrar los ojos.
Pero no me alejo durante mucho tiempo. No puedo. La cabeza me da
vueltas pensando en el tipo apenas vestido con la nariz rota que se fue no
hace mucho con los hombros caídos en señal de derrota.
Capítulo Cinco

NICO

—¿Q uéde coño ha pasado aquí? —pregunta Toby un segundo después


que se abra la puerta de mi habitación y suenen pasos
pesados. Aunque se detiene bruscamente cuando el crujido de
cristales rotos llena el aire.
Me doy la vuelta lentamente desde la silla en la que estoy sentado y que
da al recinto del hospital, y observo la devastación de mi habitación.
Janice va a tener un puto coraje cuando venga y lo encuentre.
Perdí la cabeza. Ser alejado de Brianna después de verla tan débil y
vulnerable rompió algo dentro de mí. No tenía ni idea de cómo manejarlo,
aparte de atacar.
Cuando volví a entrar, apenas podía contenerme, y entonces vi las flores
a un lado y la tarjeta metida en la parte superior.
Recupérate pronto.
Mamá.
La bestia oscura y furiosa que vive dentro de mí, y que cada vez me
cuesta más contener, estalló, y lo siguiente que supe fue que la habitación
daba vueltas a mi alrededor mientras me agarraba a la pared para
sostenerme y todo estaba destrozado. Las flores estan esparcidas por el
suelo, junto con cristales rotos y agua. Todos los muebles y el equipo
médico estan desordenados, algunos rotos y otros tirados por la habitación
de pura frustración.
¿Cómo se atreve a aparecer por aquí y dejar flores como si le importara?
Yo, obviamente, estaba dormido. ¿Pero qué pasa con Calli?
¿También estaba durmiendo cuando apareció la perra?
Apuesto a que pensó que todas sus Navidades habían llegado de golpe
cuando se dio cuenta de que no tenía que tratar con nosotros.
Jodida suertuda.
—Iré a buscar algo para limpiar esto —murmura Toby, sin esperar una
respuesta verbal por mi parte.
No lo necesita.
Me conoce lo suficiente como para saber interpretar las cosas. La mayor
parte del tiempo, lo odio. Pero ahora mismo no tengo energía para
explicarle o intentar convencerle de que no tiene nada que ver con el estado
en que encontré a Brianna o la reacción que tuve cuando me dijo que me
fuera.
El rechazo me quema. El recuerdo de la firmeza de su voz me atraviesa
como si estuviera pronunciando las palabras en ese mismo instante, y
vuelvo a hundirme en la silla.
Me duelen la cara y el cuerpo, pero es fácil ignorarlo.
Sin embargo, lo que me pasa en el pecho me duele de una forma
totalmente nueva que nunca antes había experimentado.
Cada centímetro de mí quiere volver a la habitación de al lado, tanto
como soy capaz de ir a cualquier sitio ahora mismo, y negarme a irme hasta
que me haya contado todo lo que pasó antes de nuestro accidente y la haya
convencido de lo mucho que lo siento.
Aunque debo admitir que ahora mismo, el miedo me recorre las venas
de que lo que hice va a ser imperdonable.
¿Y si esta vez la he cagado de verdad?
¿Y entonces?
¿Qué pasará si se marcha?
Como debería haber hecho hace semanas, si no meses, dice una
vocecita en mi cabeza.
Un fuerte gruñido sale de mi garganta al mismo tiempo que Toby entra
en la habitación.
—Las cosas van bien, ¿eh?
Suelto un suspiro mientras el sonido de él limpiando mi desastre llega a
mis oídos.
La culpa me inunda, pero no hago ningún esfuerzo por moverme
mientras el vaso tintinea al barrerlo.
—Me echó —confieso.
—No puedo decir que me sorprenda.
—Sólo… sólo quiero saber qué pasó. No puedo recordar nada.
—¿Y por eso estás cabreado? ¿Porque no te lo explica?
—Sí —asiento con una mueca de dolor.
—Estás lleno de mierda—. Se mueve detrás de mí, tirando el vaso a la
papelera y enderezando otros trozos de la habitación. —No hay nada malo
en preocuparse por ella.
—Ya lo sé —me burlo, mientras mis dedos rodean el brazo de la silla
con fuerza.
—Claro que sí.
Se hace el silencio entre nosotros mientras sigue ordenando antes de
bajar el culo a la silla frente a la mía y colocar un café y un panini en la
mesita que hay entre nosotros.
En cuanto lo veo, mi estómago gruñe ruidosamente.
—Pensé que tendrías hambre.
—Janice está reteniendo comida —murmuro, necesitando culpar a
alguien más.
—Probablemente decidió que te lo merecías. ¿Dónde está Calli?
—La envié a casa. Estaba cansada.
—Difícilmente sorprendente. ¿Qué pasó con Brianna?
—Se despertó, se enfadó conmigo y me obligó a irme.
Me mira fijamente, buscando en mis ojos la verdad que sabe que le
oculto.
—Le pedí disculpas. No quiso oírme —confieso con dolor.
Lo último que espero es que eche la cabeza hacia atrás y lance una
carcajada.
—¿Qué? —Exijo, confundido como la mierda.
—Está en la cama de un hospital, Nico. Aparecer con cara de mierda y
decirle que lo sientes por ser un jodido idiota total no te va a llevar a
ninguna parte.
—También me vio el culo.
—Joder —murmura, restregándose la mano por la cara—. Lo juro por
Dios, si le ofreciste que te la chupara…
—No soy tan estúpido. Aunque si ayuda, estoy a favor.
—Jesucristo, esto va a ser más difícil de lo que pensaba.
—¿Qué es?
Inclinándose hacia delante, apoya los codos en las rodillas y me sostiene
la mirada.
—Dime la verdad, Nico —suplica—. ¿La quieres?
—En mi cama, sí. Me la…
—No —retumba, haciéndome estremecer como un puto gatito—. No
me refiero a tu puta cama, Nic. Quiero decir en tu vida. ¿La quieres a ella?
¿O sólo lo que hay entre sus muslos?
—¿Para siempre? —pregunto, mi cara se tuerce como si estuviera
masticando un limón amargo.
Sólo pensarlo ya da miedo.
Pasar el resto de mi vida con una sola mujer. Un coño.
Sí, el mejor que has probado nunca, y el único que has querido desde
que lo probaste aquella noche en el Hades.
—Sí, gilipollas. Para siempre.
Mis labios se abren y se cierran como los de un puto pez dorado, pero
no sale ninguna palabra mientras me quedo sentada mirando a mi engreída
mejor amiga.
—Dime que la quieres, que vas en serio con ella, y haré todo lo que
pueda para ayudarte. Pero si de verdad todo esto es sólo por el jodido juego
que tienes entre manos, entonces estás por tu cuenta. No me quedaré
mirando cómo lastimas a alguien que mi chica ama como a una hermana.
—¿Así que estás eligiendo su lado en todo esto? —pregunto,
necesitando confirmación de lo que estoy oyendo.
—No estoy eligiendo a nadie, Nico. Aunque si lo hiciera, después de
todo lo que has hecho, no puedo negar que ahora mismo me inclinaría por
ella. La has cagado. Todo lo que has estado haciendo desde la noche en que
las conocimos es cagarla.
—Ella no me quiere —argumento.
Esto entre nosotros funcionó o no, según se mire, porque ninguno de los
dos quiere nada serio de esto.
—¿Estás seguro? —me pregunta, tirando de la alfombra.
—Uh…
—¿Ves? —dice, levantando las manos en señal de frustración—. Ni
siquiera sabes lo que ella quiere porque nunca te has tomado un segundo
para escucharla.
—No hay nada malo en preferir hacerla gritar —argumento.
—Tienes que tomar una decisión —dice, poniéndose en pie. —O la
quieres o no la quieres. Hazla tuya, o déjala ir.
El fuego me lame las entrañas cuando me ofrece ese ultimátum.
—Oh, así que ha llegado a eso ahora, ¿verdad?
—Sí, Nico. Lo ha hecho.

Toby se quedó el tiempo suficiente para que me comiera el panini que me


trajo, pero el ambiente entre nosotros no era muy agradable.
Está cabreado conmigo, lo entiendo. Estoy jodidamente cabreado
conmigo mismo por ponernos a los dos aquí, pero no hay una mierda todo
lo que puedo hacer al respecto ahora.
Se fue con muy pocas palabras dichas entre nosotros. No necesitó
decirme adónde iba. Era obvio que prefería pasar tiempo con Jodie y
Brianna que conmigo.
Diablos, preferiría no pasar tiempo conmigo si no tuviera que hacerlo.
Al menos, cuando se fue, la habitación parecía haber vuelto a la
normalidad, lo que espero que impida que Janice se vuelva loca conmigo en
su próxima visita.
Me siento allí con dolor, pero me niego a hacer nada al respecto durante
mucho tiempo. Me lo merezco. Lo que pasó el viernes por la noche fue
culpa mía. Lo sé a ciencia cierta. Cada vez que una enfermera asoma la
cabeza, la despido de nuevo. Por suerte, la mayoría son más fáciles de
convencer que Janice, que parece haberse salido del turno.
La idea de que Brianna esté en la puerta de al lado me atormenta todo el
tiempo que estoy allí sentado, pero por mucho que quiera entrar a la fuerza
en su habitación, no lo hago. Al menos, todavía no.
Las voces de fuera son mi primera pista de que mi pacífica y silenciosa
tortura está llegando a su fin unos tres segundos antes de que la puerta se
abra de golpe y Theo, Seb y Alex se amontonen en la habitación con
camisetas de fútbol y cubiertos de barro y sudor.
—Me alegra ver que se la han pasado bien —murmuro mientras roban
cualquier resto de comida que me quede, vacían mi jarra de agua y se
acomodan en las dos sillas libres y en mi puta cama.
—Bueno, no creímos que necesitaras que apareciéramos señalando
todas tus cagadas a primera hora. El estado de tu cara debería haber bastado
—reflexiona Theo.
—Vete a la mierda.
—No, olvídalo. No cuando estás herido—. Me sonríe, pareciendo un
puto maníaco.
—¿Cómo va todo? ¿Janice cuida bien de ti? —pregunta Seb, echándose
una uva a la boca. A saber, de dónde salieron o cómo sobrevivieron a la
carnicería que causé antes.
—Ah, sí. Me está tratando con delicadeza —murmuro.
—Apuesto a que sí. Espero que le hayas dicho que tu novia está al lado
—se burla Alex, haciendo que me rechinen los dientes.
—No es mi novia —gruño.
—Dulce —canta, saltando sobre sus pies—. Probablemente debería
estar en su habitación, haciéndola sentir mejor entonces.
—Vuelve a sentarte, Deimos.
Una sonrisa de satisfacción cubre su rostro mientras hace lo que le
dicen.
—De todos modos, no importaría, ya está llena de mi semen —me burlo
cuando un recuerdo mío follándomela en el baño de un lugar me golpea
como un camión. Jadeo mientras se reproduce en mi mente, alzo la mano
para echarme el cabello hacia atrás mientras mi sangre empieza a calentarse
—. Joder. —Eso fue caliente como la mierda. ¿Cómo coño he podido
olvidar algo así?
—Creía que no recordabas nada —murmura Theo.
—No podía. Eso sólo… me llegó.
—Claro que recordaría mojarse la polla por encima de todo lo demás —
se ríe Seb.
—Cierra la puta boca —ladro—. No tiene ni puta gracia, no tengo ni
idea de por qué perdí los papeles y acabé en ese edificio.
El silencio se extiende por la sala.
—¿De verdad no recuerdas nada? —pregunta Alex, que ahora parece un
poco más preocupado.
—No.
—Cristo, al final te golpeaste la cabeza tan fuerte que se te cayó el
cerebro —bromea Theo. —Quiero decir, siempre ha sido bastante pequeño
así que…
—¿Alguien está empacando? —Gruño, mirando con odio puro a mi
primo.
—En serio, hermano —dice Alex, inclinándose hacia delante con el
ceño profundamente fruncido—. ¿No recuerdas nada?
Vuelvo a sentarme, intentando forzar mi cerebro para que se me ocurra
algo.
La imagen de follarme a Brianna contra la pared en aquel baño se repite
en mi cabeza, haciendo que mi polla se hinche bajo mi poco atractiva bata
de hospital.
—Estuvimos en el Twenty Five —confirmo. No sé cómo lo sé. No es
que haya estado alguna vez en los baños de damas, pero lo sé.
—¿La llevaste a una cita? —Seb pregunta, casi sonando impresionado.
—¿Realmente suena como algo que yo haría?
—No, probablemente no.
—¿Probablemente? —Alex resopla—. Nico no reconocería las citas y el
romance ni, aunque le dieran una bofetada en la cara.
—¿Y tú lo harías? Apuesto a que ni siquiera recuerdas la última vez que
echaste un polvo —me burlo.
—Te puedo asegurar que mi memoria es mucho mejor que la tuya ahora
mismo⁠—.
—Vale, ¿quién era?
—¿Ella? —pregunta, moviendo las cejas como un bicho raro—. ¿No
querrás decir ellos?
—Joder —gime Seb—. Por mucho que todos queramos los sucios
secretos de Alex, ¿podemos centrarnos en la tarea que tenemos entre
manos? Estabas en el Twenty Five, no en una cita con Brianna… —
continúa.
—Ni idea de por qué alguno de los dos estaba allí o por qué pateé hasta
el punto de estrellar mi carro contra un edificio.
Cuando Alex y Seb miran a Theo, yo hago lo mismo, con la esperanza
de que pueda llenar algunos de los espacios en blanco.
—Por el amor de Dios, tírame debajo del autobús, ¿por qué no? —se
burla.
—¿Qué? Fuiste tú quien interrogó a su seguridad hasta que se chivó.
—No le he interrogado. Su trabajo es proteger a Brianna. No sabía que
debía protegerla de uno de los nuestros.
—¿Y? —Siseo, más que dispuesta a descubrir la verdad sobre todo esto.
—Brianna salió en una cita con Brad. Ella…
—Brad el imbécil —murmuro para mis adentros.
—Sí, claro, lo que sea. La llevó al Twenty Five. Tú los seguiste.
—La acusé de ser una puta porque la había vestido con ropa de diseño y
la paseaba como si fuera suya.
—Los viste comer y luego organizaste que una de nuestras chicas
entretuviera a Brad mientras la seguías al baño.
—Y ahora todos sabemos lo que pasó ahí dentro —dice Seb con una
sonrisa.
—¿Y qué pasó después? —Insisto, necesitando el final de esta historia.
—No lo sabemos. Phillip dijo que la arrastraste fuera del edificio como
si el lugar estuviera en llamas. Tardó un poco en alcanzarte, pero cuando lo
hizo, ya era demasiado tarde.
—Entonces, ¿qué pasó en el baño, Nico? —incita Seb.
Pienso en el pasado, pero mi memoria se limita a estar dentro de ella.
—No tengo ni idea.
—¿Hizo algo? —Alex pregunta—. ¿Contarte algo?
Levanto la vista, encontrándome con sus ojos mientras me insta en
silencio a pensar, pero juraría que veo algo más allí.
—¿Sabes algo? —Le acuso.
—¿Qué? No. No tengo ni idea. Ninguno de nosotros la tenía hasta que
desperté con Daemon aporreando mi puerta.
—¿Daemon? ¿Cómo lo sabía Daemon?
—Brianna se las arregló para llamar a Calli.
—¿Por qué Calli? —pregunto, frunciendo el ceño. Seguro que, si iba a
pedir ayuda a alguien, sería a Jodie.
—Ni idea.
—Joder —siseo—. Odio esto, joder.
—Brianna es la única que tiene las respuestas —señala Theo con ayuda
—. Vas a tener que dejarte de tonterías de macho y buscar la manera de que
hable contigo.
—Claro que ya sabes que me echó —murmuro.
—No hacía falta que nos lo dijeran. Era bastante obvio cuál iba a ser su
reacción.
—Alégrate de tener una cama. Cuando me echaron de aquí, dormí en
una fila de sillas durante una semana —recuerda Seb.
—A lo mejor no soy tan patético como tú —replico mientras Alex saca
el móvil y pulsa la pantalla.
—Pfft, lo dudo. Estabas aquí enfurruñado como una nenaza cuando
aparecimos.
—Sí, sobre eso. ¿Por qué coño estás aquí?
—¿No es obvio? Para ver tu hermosa cara—. Seb sonríe.
—¿Tan malo es?
—Sí, es así de jodido —anuncia Alex alegremente—. Ahora vuelvo —
dice antes de escabullirse de la habitación.
—¿A dónde coño va? —pregunta Theo mientras Seb mantiene su
atención en mí.
—¿No has mirado?
—No —confieso. Antes, cuando entré en el baño arrastrando los pies,
me esforcé por mantener la vista en el suelo, aunque tenía poco que ver con
el estado de mi cara y más con los remordimientos que encontraría en el
fondo de mis ojos si me mirara en el espejo.
Capítulo Seis

BRIANNA

E
l sonido de la puerta me despierta del sueño.
Igual que antes de cerrar los ojos, Jodie y Toby están sentados a mi
lado, acurrucados en una silla.
Intenté decirle que estaba bien, pero no lo aceptó.
Pero esta noche se van. Ambos necesitan dormir en su propia cama, no
en la improvisada en la que han pasado las dos últimas noches.
Si aún no sabía que Toby era lo mejor para mi mejor amiga, ahora lo sé,
después de haber experimentado un poco de su apoyo en todo esto. Apenas
se ha separado de ella y se lo agradezco un montón.
Primero la verdad sobre su padre, luego Sara, y ahora yo. La pobre
chica necesita un descanso.
Abro los ojos y sonrío cuando Alex entra en la habitación.
Si llevara otra cosa, tardaría un momento en averiguar de qué gemelo se
trata, pero algo me dice que a Daemon no lo verían ni muerto con una
camiseta de los Spurs.
—Hola, ¿cómo está el paciente? —pregunta acercándose.
—Sí, ya sabes. Me siento como si me hubieran golpeado contra el
costado de un edificio.
Se acerca y, para mi sorpresa, se inclina y me besa en la frente.
—Me alegro de que estés bien, Bri —dice en voz baja antes de bajar el
culo al asiento de repuesto.
—Aparentemente, estaré bien y estaré mejor en unos días, con sólo
algunas cicatrices de mierda como recordatorio para siempre de lo imbécil
que es Nico.
Alex suelta una carcajada.
—Como si alguna vez nos dejara olvidarlo.
Tengo el impulso de preguntarle cómo está en la punta de la lengua,
igual que cuando Toby volvió de su habitación, pero me lo trago. No
debería importarme.
—Está bien, Bri —dice, haciéndome dudar de si esas palabras salieron
de mis labios sin que yo lo supiera. Malditas drogas—. Veo que quieres
preguntar.
Abro la boca para decirle que no, pero habla antes de que tenga
oportunidad.
—Está ahí dentro intentando recordar qué le hizo perder la cabeza.
—Oh —suspiro. Es algo que todos mis visitantes me han preguntado en
las últimas horas. Pero hasta ahora, no he dicho ni una palabra sobre lo que
le hizo volverse nuclear.
Sin embargo, Alex sabe la verdad.
Es la única persona de este grupo de amigos que lo hace.
—¿Jojo? —pregunto—. ¿Hay alguna posibilidad de que me traigas uno
de esos frappes de la cafetería? Tengo la garganta en carne viva.
—Sí, por supuesto —acepta, escabulléndose del regazo de Toby ante la
oportunidad de hacer algo útil—. ¿Necesitas algo más?
Abro la boca para responder, pero rápidamente la vuelvo a cerrar.
—Cualquier cosa —insta Jodie.
—De acuerdo. ¿Puedes traerme el frappe? Luego se irán a casa, se
ducharán y tomarán un tiempo para ustedes. Pero antes de volver, ¿podrías
pasarte por mi casa?
La culpa se refleja en su expresión.
—Mierda, ya debería haber agarrado tus cosas.
—Jojo, está bien. Has estado aquí. No puedo pedir nada más. Pero estoy
bien. Alex me hará compañía un rato, ¿no? —le digo, lanzándole una
mirada.
—Por supuesto. Y estoy seguro de que los otros encontrarán su camino
aquí cuando hayan dejado de reñir a Nico en la puerta de al lado.
Se me hace un nudo en el estómago al pensar que está tan cerca.
—Lo mantendremos fuera si no lo quieres aquí, Bri. No tienes que
preocuparte por él.
—No lo estoy —miento. Aunque no estoy segura de sí estoy más
preocupada por él que por verlo. Y lo odio aún más por eso.
—¿Hay algo que quieras específicamente? —pregunta Jodie,
arrastrando mi mente de nuevo a la tarea en cuestión.
Menciono algunas cosas que quiero, como mi vestido, tenis, ropa
interior limpia y productos faciales. Pero estoy segura de que lo conseguirá.
Se hace el silencio cuando por fin salen y Alex no habla hasta que la
puerta está bien cerrada.
—Se enteró, ¿no?
Trago saliva nerviosa antes de confirmar lo que él ya sabe.
—Sí. Calli fue a hacerse un ultrasonido…
—Ella tenía un poco de sangrado y Daemon estaba volviéndose loco —
él suministra útilmente.
—Me envió una foto. Nico agarró mi teléfono y estaba justo ahí con su
nombre. Se volvió loco. Me sacó a rastras, me metió en su carro y se largó
como un loco. Aunque no estaba borracho, como han dicho que estaba.
—Lo sé. Fue puesto a prueba. Y el tipo que se fue ha asumido toda la
responsabilidad.
Asiento con la cabeza, consciente de ello.
—No deberían haberle dicho que había estado bebiendo cuando se
despertó. Eso fue mezquino.
—Necesitaba una llamada de atención, Bri. Ha estado perdiendo la
cabeza durante semanas. Algo como esto siempre iba a suceder.
—Podrías haberme avisado —murmuro.
—Lo sabías tan bien como nosotros, si no mejor.
—Lo sé. Sólo desearía…
Me detengo, no muy segura de lo que realmente deseo. Probablemente
debería decir que desearía no haber conocido al maldito Nico Cirillo. Pero
eso no es cierto. Tristemente. Más que nada, desearía que sufriera menos. O
que hubiera algo que yo pudiera hacer para mejorarlo.
—Todos lo hacemos —asiente Alex, reclinándose en la silla y apoyando
una zancadilla embarrada contra la barandilla bajada de mi cama.
—¿En serio? —pregunto, torciendo la nariz.
—Créeme, no querrás que me los quite.
—Encantador.
—¿Y qué pasa ahora? —pregunta.
—Tengo que hablar con Calli, averiguar cuál es su plan. Nico podría
acordarse en cualquier momento. ¿Es eso mejor o peor que ella
anunciándolo a todo el mundo?
—Umm… paso. Él va a explotar como loco a pesar de todo.
—Seguro que la segunda vez no puede ser tan mala —reflexiono.
—Quizá deberíamos llevarlo a una celda acolchada o algo así para que
no se haga daño.
—Necesita superarlo. Calli es una adulta capaz de tomar este tipo de
decisiones y que todos los que la quieren la apoyen.
—No tengo ninguna duda de que él la apoyará, Bri. La quiere con
locura. Él sólo… todavía se aferra a la niña que solía ser. En aquel entonces,
la vida era más fácil. Tenía a Evan, Cassandra no era la mayor idiota del
mundo, y el peso del mundo no le presionaba los hombros.
—Bueno, tiene que superarlo.
—Sabes todo esto, pero todo lo que ha hecho es porque le importas,
¿verdad?
—Pfft, Nico no se preocupa por mí hasta que estoy de espaldas con las
piernas abiertas.
Alex se ríe entre dientes.
—Claro, eso es una parte. Pero hay más. Se niega a aceptarlo o
reconocerlo, pero está ahí.
—Estás viendo cosas.
—No lo estoy —afirma con seguridad—. No seguirías formando parte
de su vida si él no te quisiera aquí.
—Está haciendo un buen trabajo intentando deshacerse de mí.
—No, se volvería loco si le dieras la espalda —dice Alex con confianza.
—Bueno, tal vez estamos a punto de averiguarlo, ¿eh?
—¿De verdad? —pregunta, sentándose hacia delante, con más cara de
preocupación de la que le he visto en mucho tiempo.
Me encojo de hombros. —No tomo decisiones mientras estoy drogada.
Espero que las cosas empiecen a aclararse pronto y tenga una epifanía.
—Si lo haces, mándame una —dice distraídamente. No estoy segura de
que deba oírlo, pero lo oigo.
—¿Qué pasa, Alex?
—Mierda —sisea, desviando la mirada mientras se pasa los dedos por el
cabello revuelto, arrastrándolo hacia atrás de su frente—. Nada. Olvida lo
que he dicho.
Se niega a mirarme, mantiene los ojos fijos en mi cama.
—No voy a ninguna parte, y literalmente no tengo nada más que hacer
si necesitas un oído. Sabes que puedo guardar secretos.
Finalmente, levanta la vista hacia mí, pero justo cuando sus labios se
separan, la puerta se abre.
—Brianna, qué espectáculo para la vista —canta Seb con una amplia
sonrisa.
Alex respira aliviado por no tener que decirme nada mientras Theo
sigue a Seb a la habitación para saludarme.
Mantengo la mirada en la puerta demasiado tiempo, dándoles una pista
de lo que estoy pensando.
—No viene. Ha aparecido una enfermera para hacerle un lavado íntimo
—se ríe Theo.
—Parecía jodidamente aterradora, no estoy seguro de quererla cerca de
ninguna de mis partes íntimas —añade Seb mientras se sube al extremo de
mi cama mientras Theo ocupa el catre en el que estaban Toby y Jodie.
Los tres me estudian como si estuviera a punto de ofrecerme a ir a
lavarle las pelotas a Nico.
—Así que no se molestaron en ducharse antes de venir de visita, ¿eh?
—Pensamos que nos echarías demasiado de menos como para
preocuparte —dice Seb, apretándome el tobillo en señal de apoyo.
—No estoy segura de decir eso.
Los tres entablan una conversación fácil a mi alrededor. Al principio me
uno a ellos y les digo algunas palabras, pero al final los párpados vuelven a
pesarme y no tengo más remedio que cerrarlos.
—Deberíamos irnos —dice Theo, dándose cuenta de que estoy medio
dormida.
—No —digo, tendiendo la mano hacia alguien, pero también hacia
nadie al mismo tiempo—. Quédense. Me gusta tener compañía.
—Las chicas vienen en un rato. Han estado en el gimnasio de Mickey.
—Genial, entonces van a aparecer tan sudadas como ustedes tres.
—Eso espero —dice Seb, y sin abrir los ojos, puedo imaginarme la
sonrisa de comemierda en su cara mientras se frota las manos con deleite.
—Adicto.
—Se necesita uno para conocer a otro. Sé lo que ha estado haciendo en
el ascensor de nuestro edificio, señorita Andrews.
Abro los ojos justo a tiempo para ver cómo Theo le golpea en la nuca.
—No lo ha hecho —respiro, aunque no estoy segura de por qué me
molesto, porque claro que lo ha hecho, joder.
—Eh…— empieza Alex, frotándose la nuca con torpeza. Para ser
justos, es el único que tiene la decencia de parecer avergonzado.
—Oh, venga ya. Literalmente follaste delante de Toby y Jodie la noche
que se conocieron —anuncia Seb. —No tienes ni un hueso tímido en el
cuerpo⁠—.
—Puede que no, pero me gusta ser yo quien elija qué enseñar a los
demás. No me digas, ¿tú también has visto los vídeos de la biblioteca?
Se hace el silencio en la habitación y los tres me miran estupefactos.
—¿La biblioteca? —pregunta Seb, medio sorprendido y medio
impresionado.
—Joder —murmuro—. Debería haber dejado que se fueran.
—¿Qué te hizo Nico en la biblioteca, Bri? —pregunta Alex con
impaciencia, deslizándose hasta el borde de la silla en su excitación por
escuchar la respuesta.
—Nada que debas vigilar.
—Maldición, señorita Andrews, eso es…
—¿Vas a hacer que me despidan? —Interrumpo.
—¿Qué? No, nunca. El jefe es prácticamente el dueño de Knight’s
Ridge. Nunca dejaría que Middleton te echara por algo tan trivial como
follarte a Nico en la biblioteca.
—¿Trivial? —Suelto—. No somos dos estudiantes en un momento de
pasión. Soy su maldita profesora.
—No. —Alex se lo quita de encima como si nada—. Todo irá bien, Bri.
No te preocupes.
—Este es mi trabajo. Literalmente, la única cosa que siempre he querido
hacer y…
—No va a pasar nada, Brianna —me asegura Theo—. Terminarás tu
entrenamiento en Knight’s Ridge sin problemas, por mucho que Nico
intente complicarte la vida.
—Genial —murmuro. —Quizá debería aplazar el resto de mi
entrenamiento hasta el año que viene. —Incluso mientras digo las palabras,
la decepción me inunda. No quiero hacer eso. Quiero tener mi primer
trabajo de verdad en septiembre, no seguir formándome. Pero con todo lo
que ha pasado, y ahora este accidente, no puedo evitar preguntarme si es lo
que va a tener que pasar.
—No digas tonterías. Nos aseguraremos de que apruebes pase lo que
pase.
—Oh no, — digo, mirando fijamente a los ojos de Theo—. No voy a
aceptar ningún trato fácil sólo porque mi mejor amiga se folla a uno de
ustedes.
—No te estoy ofreciendo un trato gratis, y si lo hiciera, no sería por
Toby y Jodie. Ahora eres uno de nosotros, Brianna.
—Pero…
—Me importa una mierda lo que está pasando entre tú y Nico. Eso se
arreglará de una forma u otra. Pero no vas a ir a ninguna parte pronto, así
que será mejor que te acostumbres.
Mis labios se abren y cierran como los de un pez mientras devuelvo la
mirada al enigma que es Theo Cirillo antes de conceder en este argumento y
susurrar—: Gracias.
—No es necesario. Cuidamos de los nuestros, Brianna. Ahora vamos a
dejar que descanses un poco. Si necesitas algo, aunque sea librarte de ese
idiota en mitad de la noche, llámanos, ¿vale? —dice, señalando con la
cabeza el teléfono que tengo sobre la mesa a mi lado.
—De acuerdo —acepto.
—Oye, ¿es el video de ustedes dos…?
—Cierra la puta boca, Deimos —le suelta Theo, estirando la mano y
arrastrándolo hacia la puerta por el brazo.
—Nos vemos pronto, Bri.

Estoy segura de que en el momento en que la puerta se cerró tras los chicos,
me dormí.
Cuando vuelvo en mí, está oscuro y mi habitación está en silencio,
aunque hay indicios de que Stella y Emmie han estado aquí como
prometieron los chicos.
Sobre mi mesa hay un montón de bombones, caramelos y otras
golosinas, junto con una página arrancada de un cuaderno de bocetos. En la
parte superior dice—: Las flores mueren, pero la tinta dura para siempre. —
Debajo hay un impresionante dibujo a bolígrafo negro de lirios y rosas,
junto con una pequeña flor que no puedo nombrar. Hay calaveras, coronas y
lo que creo que es piel de serpiente entrelazadas y las palabras—: Sé feroz.
Sé imparable. Sé tú.
Mis ojos están pegados a él durante mucho tiempo, captando todos los
detalles intrincados. Es increíble. Sin duda, Emmie ha heredado el talento
de su padre y algún día será una artista fantástica, si no está demasiado
ocupada creando pequeños herederos de Cirillo.
Me estoy riendo entre dientes mientras imagino a Emmie como una
madre y ama de casa cariñosa cuando se abre la puerta y entra una
enfermera que aún no conozco.
—Hola, Brianna. Soy María. He venido a cambiarte el vendaje.
Me quedo callada, todavía con el dibujo de Emmie en la mano mientras
ella hace lo que tiene que hacer.
Me digo que no mire cuando me baja la bata y me quita el vendaje del
hombro y el brazo, pero no puedo evitarlo.
Mi grito de sorpresa resuena en toda la habitación y los ojos de María se
disparan instantáneamente hacia los míos.
—No es tan malo como parece, lo prometo.
Unos feos puntos cubren mi piel roja, manchada de sangre e hinchada.
—Me cuesta creerlo —me ahogo mientras ella tira el apósito viejo y
saca uno limpio de su envoltorio.
—Te dejará cicatrices, Brianna. Pero te sorprenderá lo rápido que
mejorará.
Exhalo un suspiro mientras lucho por evitar que mis lágrimas se
derramen por mis mejillas.
—Toma, es hora de tomar más analgésicos—. Me pasa un vasito blanco
con pastillas y me las trago rápidamente. Con un poco de suerte, me
volverán a dormir y, cuando me despierte, estaré en mi piso y todo esto
habrá sido una gran pesadilla.
—Mañana te levantaremos y te lavaremos —me dice después de
limpiarse.
Hay una parte de mí que quiere discutir, decirle que lo haga ahora y que
se vaya a por los papeles del alta, pero hay otra parte más grande que está
demasiado agotada para molestarse en intentarlo, así que cuando se marcha
con la promesa de traerme pronto algo de cenar, la dejo marchar.
Sólo estoy sola cinco minutos antes de que llamen a mi puerta y una
cabeza que no esperaba se asome a la habitación.
—¿Brad? —Me resisto.
—Hola, cariño. ¿Cómo te sientes?
Algo muy incómodo se instala pesadamente en mi estómago cuando
entra y cierra la puerta tras de sí.
La última vez que estuve con él, estuvo a dos minutos de ser seducido
por esa puta. El hecho de que nunca vino a buscarme sólo me lleva a creer
que ella hizo su trabajo en distraerlo.
Se mueve por la habitación en silencio, pero sus ojos sostienen los míos
con firmeza. Si se siente culpable por lo ocurrido, no lo demuestra.
—¿Así que el ala Cirillo? —me pregunta finalmente tras bajarse a la
silla más cercana a mí—. Seguro que tienes amigos en los sitios adecuados,
¿eh?
—Esto…
—Está bien, cariño. Me alegro de que te cuiden.
Se sienta hacia delante y toma mi mano entre las suyas.
—Lo siento, Brianna. Si hubiera tenido alguna idea de que no te sentías
bien entonces…
—¿Qué? —Tartamudeo, desconcertada por sus palabras.
—Hablé con Jodie. Dijo que te fuiste porque estabas enferma.
—Claro —murmuro.
—Deberías haberme llamado —dice en voz baja, como si no estuviera
encima de una rubia glamurosa dos segundos después de que saliera del
restaurante.
—No quería arruinar tu noche.
—Cuidar de ti nunca arruinaría mi noche.
Mis labios se separan para decir algo. Seguro que no se cree de verdad
la burrada que se le está cayendo de los labios. Han pasado dos días desde
que estuvimos en el restaurante y, que yo sepa, es la primera vez que intenta
verme. ¿Muy culpable?
Probablemente debería sentir algún tipo de celos, sabiendo que mientras
yo estaba en el quirófano para que me cosieran el brazo, él probablemente
estaba metido hasta las pelotas en alguna puta. Pero honestamente, no me
importa. Más que nada me sorprende que cayera en la trampa. Aunque,
conociendo a Nico, no habría contratado a alguien que se hubiera desecho
fácilmente si fuera en serio lo de mantenerme alejada de Brad.
—Vine ayer —confiesa como si pudiera leerme el pensamiento—, pero
estabas durmiendo. De todas formas, he traído esto —dice, señalando con la
cabeza un jarrón de flores al que no había prestado atención.
—Gracias.
En las últimas semanas, ha crecido entre nosotros una desconexión que
no existía cuando nos conocimos, pero ahora, mientras estamos aquí
sentados incómodamente, no hace más que aumentar.
—¿Qué hiciste con el resto de tu noche? —pregunto, incapaz de dejarlo
estar.
—Me encontré con un viejo amigo. Me avergüenza decir que no fui a
buscarte tan rápido como debería. Pasé por tu piso, pero no estabas. Luego,
ayer por la mañana, recibí un mensaje de Jodie diciendo que había habido
un accidente y que estabas aquí. ¿Cómo te sientes?
—He estado mejor —confieso, aunque enseguida me doy cuenta de que
no es sólo por lo que ha pasado, sino también por la compañía.
Capítulo Siete

NICO

C
uando los chicos se fueron, dejé de luchar contra el cansancio y me
metí en la cama, aunque el sueño no llegó tan rápido como esperaba.
No tomé la última dosis de analgésicos y se estaba empezando a
notar.
Pero ya no me sentía somnoliento, aunque durmiendo se me pasara
todo.
Era hora de dejar de esconderme como un marica y tratar de ordenar mi
mierda.
Y eso tenía que empezar por hablar con Brianna.
No estoy seguro de cómo va a suceder.
Por lo que yo sé, tiene un guardia de seguridad en la puerta para impedir
que la vea. Los chicos nunca dijeron nada, pero no me extrañaría que uno
de ellos accediera a protegerla. Ella parece tenerlos a todos alrededor de su
dedo meñique, al igual que me tiene a mí en estos días. Alex,
especialmente, parecía ansioso por verla, algo que todavía me molesta.
Sé que no haría nada de lo que amenazó, pero la idea de que esté ahí
dentro con ella hace que la furia burbujee en mi estómago. Quiero ser yo
quien se asegure de que está bien. Para empezar, es culpa mía que esté aquí,
quiero intentar compensarla como sea, y si eso significa ser su putita
mientras se recupera, que así sea.
Cuando me despierto, las luces están encendidas, iluminando la
habitación, y hay una enfermera dando vueltas.
—Ah, buenas noches, Nico. ¿Cómo te sientes?
—Genial —miento. La verdad es que me duele muchísimo y lo único
que quiero es hacerme un ovillo y bloquearlo—. ¿Alguna posibilidad de
que me den el alta? He terminado aquí.
—Eh… —parece a punto de decir que no, pero algo en mi expresión
debe hacerla cambiar de opinión—. Mientras tengas a alguien que pueda
vigilarte en casa, no veo por qué no puedes recuperarte allí en lugar de
ocupar una de nuestras habitaciones.
—Cuidado, estás empezando a sonar como Janice. No es posible que
me odies tanto.
Su risita me hace saber que es consciente del desagrado que Janice
siente por todos nosotros.
—Seguro que le encantará ver que estás fuera de su lista de pacientes
cuando fiche por la mañana.
—Oye, a lo mejor hasta te suben el sueldo —bromeo.
—Déjame revisarte; luego iré a arreglar el papeleo. Tienes ropa,
¿verdad?
—Claro que sí —asiento, echando un vistazo a la bolsa que encontré en
un rincón de la habitación después de que se fueran los chicos.
Puede que estén cabreados conmigo, pero eso no impidió que Teo,
supongo, se pasara por mi casa y me trajera algunas cosas.
—Puedes ducharte y te arreglaré la nariz cuando vuelva.
No quiero perder ni un segundo más de mi tiempo en esta habitación,
así que me dirijo al baño y abro la ducha.
Finalmente, me despojo de la fea bata y me sumerjo en el agua.
Un gemido retumba en lo más profundo de mi pecho cuando el agua
caliente golpea mi piel, y permanezco de pie durante largo rato dejando que
me golpee los hombros. Ojalá pudiera arrastrar los acontecimientos de los
últimos días por el desagüe.
Parte de que no quisiera tomar esos analgésicos era la esperanza de que
volvieran más recuerdos. Pensé que recordar haber follado a Brianna en el
baño iba a ser el principio de la noche emergente para mí, pero incluso
después de que Theo me explicara lo que sabía, no me quedó más claro por
qué salí de aquel lugar como si estuviera a punto de estallar a nuestro
alrededor, arrastrando a Brianna detrás de mí.
¿Qué pasó dentro de ese baño, Nico?
Pero, no importa cuántas veces me haga esa pregunta, la respuesta no
llega.
La enfermera vuelve poco después de que yo salga del baño, fresco y
listo para enfrentarme al mundo. O, al menos, listo para intentar volver a la
habitación de Brianna. Esa es la única batalla que tengo energía para librar
ahora mismo.
Me vendó la nariz, como me había prometido, cosa que me parece
totalmente innecesaria, pero se niega en redondo a que me vaya sin ella. Así
que me siento a seguirle la corriente, rechinando los dientes hasta el punto
de que estoy seguro de que voy a romperme uno cada vez que me toca
suavemente la nariz.
No es la primera vez que me la rompo. Cuando te encuentras en medio
de peleas tan a menudo como nosotros, es inevitable que se rompa. Pero te
juro que nunca me había dolido tanto. Se me saltan las lágrimas, algo que
no quiero que vea esta enfermera.
En cuanto termina, meto mis escasas pertenencias en una bolsa y salgo
de la habitación sin mirar atrás.
El pasillo está vacío cuando me giro hacia la habitación contigua a la
mía.
Estoy totalmente dispuesto a entrar y darle pocas opciones para que
hable conmigo cuando se abre la puerta y sale un hombre con un elegante
traje azul marino.
Con los efectos persistentes de las drogas corriendo por mis venas, tardo
un par de segundos más de lo debido en reconocerlo como Brad, el imbécil.
En el momento en que lo hago, mi agarre de la bolsa en la mano se
tensa hasta que las uñas se me clavan en la palma y no tengo más remedio
que apoyarme en la pared de al lado para mantenerme en pie.
Al notar mi presencia, mira por encima del hombro.
Sus ojos se clavan inmediatamente en los míos, y el fuego que hay en
ellos hace que se me corte la respiración.
No puede saber lo que hice el viernes por la noche. Lola es una de
nuestras mejores chicas y sabe que su vida no valdría la pena si nos
traicionara. Pero eso no significa que no me haya descubierto.
Demonios, por lo que sé, podría haberme fichado mucho antes de que
hiciera notar mi presencia a Brianna.
Pero, ¿y qué si lo hizo? El puto banquero aburrido difícilmente va a
enfrentarse a mí. Puede que sea aburrido de cojones, pero algo me dice que
no es estúpido.
Sin decir palabra, ni siquiera aminorar el paso, se vuelve hacia donde
iba antes de doblar la esquina y dejarme allí de pie como si me lo hubiera
imaginado todo.
En cuanto me recupero, me dirijo hacia la puerta de Brianna. Al ver que
no está bien cerrada, presiono la madera con la palma de la mano y la abro.
Lo que encuentro dentro me parte el pecho.
Está sentada en su cama con la cabeza entre las manos, los hombros
temblorosos mientras solloza; sus suaves gemidos llenan el silencio de la
habitación a su alrededor.
—Sirena —respiro; mis piernas me llevan más adentro de la habitación
mucho antes de que mi cerebro haya registrado la decisión. Ella me llama a
ese nivel.
Sin pedirle permiso, levanto las sábanas y me meto en la cama con ella,
girándola para que quede medio sentada sobre mí mientras envuelvo su
cuerpo tembloroso en mis brazos y meto su cabeza bajo mi barbilla.
No estoy seguro de haber consolado a nadie antes. Bueno, tal vez a Calli
cuando era una niña, pero eso es diferente. Nunca he consolado a una mujer
con la que me he acostado. Sería más probable que las echara llorando.
Demonios, puedo garantizar que lo he hecho.
—No pasa nada, sirena —la tranquilizo en voz baja, aterrorizado en
silencio de que el sonido de mi voz atraviese su angustia y me suelte de
inmediato y me exija que me vaya.
Afortunadamente, eso no es lo que ocurre.
En lugar de eso, se aferra a mí con más fuerza mientras sus lágrimas
empiezan a empapar la tela de mi camisa.
—Te tengo, Bri —le digo, dejándole caer un beso sobre la cabeza y
abrazándola tan fuerte como me atrevo con el enorme vendaje que sé que
lleva en el brazo. La idea de hacerle daño me aterroriza, a pesar de que ya
es demasiado tarde.
Al final se calma, pero, para mi sorpresa, no me suelta. Y, tras unos
minutos de silencio, me muevo dolorosamente para volver a tumbarme en
su cama y traerla conmigo.
Apoya la cabeza en mi pecho, justo sobre mi corazón, escuchándolo
latir vergonzosamente rápido bajo su oreja.
Su mano se desliza bajo mi camisa y el calor que desprende me quema
por dentro mientras me abraza. Pone su pierna sobre la mía, uniéndonos de
todas las formas posibles. Pero sigue sin pronunciar palabra.
Hay un millón y una cosas que no se dicen entre nosotros, pero parece
que, por ahora, ella se conforma con tener este momento. Y no puedo
mentir: yo también estoy jodidamente contento.
Finalmente, su respiración se estabiliza y su cuerpo se vuelve flácido
mientras se queda dormida.
Pero yo no puedo. No puedo apartar los ojos de ella ni dejar que mi
mente se calme.
¿Esto es lo que Theo, Seb, Toby y Dae —no, no voy por ahí— hacen
todas las noches? ¿Se acurrucan literalmente con la misma persona y se
duermen así?
Si lo es, tengo que decir que no es tan malo como pensaba.
Joder. ¿Quién soy ahora?
Me he acostado con mujeres antes… Vale, es mentira. Me he acostado
con Brianna antes. Todas las demás se han ido en cuanto he terminado con
ellas. Pero siempre nos hemos desmayado en nuestros propios lados de la
cama, en montones saciados, sudorosos y exhaustos. La mayoría de las
veces me olvido de que está ahí hasta que me da un susto de muerte a la
mañana siguiente, o me despierto con un vago recuerdo de su presencia,
pero descubro que ya se ha escapado, como suele hacer últimamente.
Pero esto… esto es… ¿bonito?
Una carcajada silenciosa brota de mis labios mientras me río de mi
propia ridiculez.
Quizá debería haberme tomado esas pastillas.
Pero mis propios pensamientos no son nada comparados con la
diversión que siento cuando tanto Jodie como Toby se cuelan en la
habitación un rato después con bolsas en las manos.
Jodie abre tanto los ojos que casi se le salen de la cabeza al verme con
Brianna en brazos.
—¿Alguien le ha hecho una lobotomía mientras no estábamos? —
susurra finalmente, mientras Toby se limita a estudiar nuestra posición con
interés.
—Eres graciosa —le respondo, siseando.
—Literalmente quería matarte la última vez que mencioné tu nombre.
¿Cómo pasaste de eso a… esto?
Me encojo de hombros, porque no tengo ni puta idea.
—Brad el imbécil vino de visita —confieso en voz baja—. Lo vi irse y
luego la encontré llorando.
—¿La hizo llorar? —pregunta Toby, frunciendo el ceño.
—No —dice Jodie—. Es imposible que la haya hecho llorar. Ella no se
preocupa lo suficiente por él…
—Aparte de su magnífica polla —señalo, citando lo que Brianna me ha
dicho muchas, muchas veces al burlarse de mí con su habitual amigo con
derechos.
—No estoy segura de que incluso eso sea lo suficientemente bueno para
hacerla llorar.
—De todos modos, se quedó dormida así, así que…
—Estás muy mono —dice Toby, con un brillo divertido en los ojos—.
¿Qué se siente al descubrir por fin el placer de acurrucarse?
—Que te jodan —siseo, aunque no hay acaloramiento en la amenaza, y
si su sonrisa sirve de algo, es que ha oído cada una de mis palabras no
pronunciadas.
Sí, estoy disfrutando esto, imbécil. Supéralo.
—Vale, bueno, acabamos de traerle algunas cosas. Si te parece bien, nos
vamos a casa, pero volveré antes de empezar a trabajar mañana.
—¿Tienes idea de cuándo le darán el alta? —pregunta Toby.
Sacudo la cabeza.
—¿Puedes averiguarlo? —pregunto, necesitándola fuera de aquí tanto
como yo.
—Claro. Y prepararemos nuestra habitación de invitados.
—Espera, ¿qué? —suelto.
—No vamos a dejar que se vaya a casa mientras aún se está
recuperando —dice Jodie, poniendo los ojos en blanco como si fuera obvio.
Ella tiene razón. La idea de que Brianna vuelva sola a su piso tampoco
me gusta. Pero, honestamente, la casa de Toby y Jodie no es mucho mejor.
Entonces, ¿qué prefieres? ¿Que se mude contigo?
—¿Tienes alguna otra sugerencia? —pregunta Toby con una sonrisa
cómplice.
—No, creo que no había pensado mucho en lo que pasará cuando
salgamos de aquí —mentiras. Puras mentiras.
—Seguro que no. Si se te ocurre alguna, dínoslo —bromea.
—Vete, antes de que la despiertes —siseo, más que dispuesto a
quedarme a solas con mi sirena una vez más.
Capítulo Ocho

BRIANNA

M
e despierto acalorada, con la piel cubierta de sudor, la mejilla
apretada contra algo que no es una almohada y los dedos enredados
en…
—Dios mío —jadeo cuando mi cerebro se despierta y me doy cuenta de
lo que tengo entre manos.
Tiro de la mano para soltarla, pero se atasca contra la cintura elástica
que me sujeta la muñeca.
Un profundo gruñido retumba a mi lado y el corazón me salta a la
garganta cuando la realidad me golpea.
—Joder —ladro, tirando con más fuerza y consiguiendo liberar mi
mano de los pantalones deportivos de Nico y alejándola todo lo que puedo
de su polla dura como una roca.
—Aguafiestas —gruñe, con la voz áspera por el sueño.
Parpadeo un par de veces, dejando que mi visión se aclare
correctamente, y me doy cuenta de que, por primera vez desde que desperté
aquí, me siento un poco más viva. Pero entonces recuerdo la razón por la
que me he despertado tan acalorada y me vuelvo hacia mi compañero de
cama.
—¿Qué coño te crees que estás haciendo? —suelto un chasquido,
tratando desesperadamente de ignorar lo atractivo que está con los ojos
hinchados por el sueño, la barba incipiente más larga de lo normal en la
mandíbula y la pequeña… No vayas por ahí, Brianna. Por él estás aquí con
puntos en el brazo.
—Sirena…
—No, no me digas así. Lárgate de mi cama —le exijo.
—Nena, vamos.
—¿Nena? ¿Estás hablando en serio? ¿Crees que sólo porque estaba
agarrando tu polla mientras dormía te he perdonado? ¿Que todo esto está
bien y podemos volver a cómo eran las cosas?
Frunce el ceño y juro que cualquier esperanza que pudiera haber en sus
ojos se disuelve en decepción. Dios mío, ¿realmente ha pensado eso? Esa
visión me produce un dolor que me atraviesa el corazón. Pero no es nada
comparado con el persistente dolor de cabeza y el dolor de los puntos, así
que es fácil dejarlo a un lado.
—Eres increíble. Puede que tu polla sea buena, Nico, pero no es tan
jodidamente mágica —escupo, y luego frunzo el ceño cuando una mueca se
dibuja en sus labios—. ¿Qué?
—Parece que te encuentras mejor esta mañana, Brianna —dice María
con un tono divertido.
—Por el amor de Dios —suspiro, dejándome caer de nuevo sobre la
cama—. No he hecho nada con su polla —confieso mientras ella saca mis
notas del extremo de la cama y las estudia.
—No soy quién para juzgar si lo has hecho. Sólo recuerda que esos
puntos son sólo tan buenos.
Me mira y sus ojos se arrugan mientras lucha contra la sonrisa que
quiere dibujarse en su rostro.
—Eso suena como todo el permiso que necesito.
—Creía que te ibas, joven —dice María, volviendo los ojos hacia mi
compañero de cama.
—Lo es —confirmo, dándole un empujón en el hombro—. No eres
bienvenido aquí. No sé cuándo se coló.
María le fulmina con la mirada.
—Janice está dentro. Puedo traerla si necesitas…
—No, no será necesario —tartamudea Nico antes de recolocarse bajo la
sábana y salir de la cama.
María me guiña un ojo mientras se acerca.
—¿Cómo te sientes?
Ignorando al elefante de la habitación, que decide no marcharse como
se le ha pedido y en su lugar baja el culo a la silla, me centro en mi
enfermera.
—Mejor, en realidad. Yo… esto… —dudo, no queriendo confesar esto
—. Siento que he dormido mejor.
No necesito mirar para saber que tiene una sonrisa en los labios.
—Estupendo. ¿Estás lista para levantarte y lavarte?
—Sí —suspiro, más que un poco desesperada por limpiarme todo este
sudor y mugre.
—¿Necesitas ayuda con eso, Sirena? —pregunta Nico.
—Creo que lo tengo, gracias. Pero si pudieras, ya sabes, irte a la mierda,
sería genial.
María suelta una carcajada y, para mi decepción, no me sigue ni lo echa
a patadas.
Genial, también tiene al personal bajo su control.
Bajo las piernas de la cama y apoyo los pies en el suelo.
Afortunadamente, mi cuerpo obedece y me permite arrastrar los pies hacia
el baño, olvidando que le estoy devolviendo el favor de enseñarle el culo a
Nico.
—Maldita sea, Sirena. Tú sí que sabes cómo torturar a un hombre —
gime detrás de mí.
Me entran ganas de levantar los dedos, soltar el lazo que sujeta la bata y
dejar que caiga al suelo para castigarlo de verdad. Pero el miedo a ver mi
brazo vendado estropeándolo todo me detiene. Lo odio, joder. Nunca he
tenido miedo de defenderme, pero me ha reducido a esto.
—¿Qué posibilidades hay de que te encuentre fuera cuando termine?
—Pocas, Sirena. Realmente ninguna.
Por suerte, María cierra la puerta tras nosotras, impidiendo que Nico
oiga el gruñido de frustración que brota de mis labios.
—Si realmente quieres que se vaya, puedo hacer que suceda en un
santiamén. Pero algo me dice que…
—¿Estás de su lado? —siseo.
—¿Qué? No. No sé lo suficiente como para considerar unirme a un
bando aquí. Sólo siento que ustedes dos necesitan hablar.
—¿Por qué necesitaba a la enfermera romántica sin remedio? Apuesto a
que Janice no habría sido tan comprensiva. —Sinceramente, no sé qué
enfermera es Janice, pero he oído mencionar su nombre unas cuantas veces.
Hay pocas personas de las que los chicos desconfíen, pero ella es una de
ellas. Ya me cae bien.
—Oh, garantizado. Ya estaría en el estacionamiento si ella tuviera algo
que ver.
Dejo que me desate la bata y la separe suavemente de mi cuerpo. Luego
me envuelve con algo parecido a un filme transparente antes de indicarme
que me siente en un taburete en medio de la ducha.
Quiero discutir e insistir en que puedo estar de pie, pero algo me dice
que voy a necesitar toda mi energía para lidiar con Nico una vez que esto
termine.
El agua caliente que corre sobre mi piel es increíble, y me pierdo en la
sensación durante mucho tiempo. Pero al final, María lo estropea.
—¿Quieres hablar de ello?
—¿Sobre qué? —pregunto inocentemente.
—Sobre él. Entré un par de veces durante la noche. Estaba ahí tumbado,
viéndote dormir. Era la cosa más dulce.
—Nico no hace cosas dulces, así que puedes quitarte esa idea de la
cabeza ahora mismo.
Suspira y se pone a lavarme el cabello con la delicadeza de una buena
peluquera.
—Todos los hombres pueden ser dulces con la chica adecuada, Brianna.
—Entonces no soy la chica adecuada. Lo que Nico y yo tenemos es…
tóxico. Por lo tanto, es cómo terminamos aquí.
—Fue un accidente —argumenta ella, que probablemente ha oído las
gilipolleces que están soltando todos sobre lo ocurrido.
—Claro.
—Por la forma en que te mira, Brianna, es imposible que haga algo para
lastimarte.
—Créeme, María, no lo conoces como yo. Lastimarme es su pasatiempo
favorito. —Sus dedos aún en mi cabello—. Oh, mierda, no. Así no. No
tienes que llamar a la policía ni nada de eso. Es sólo un chico gilipollas que
sólo piensa con la polla.
—Si miras un poco más profundo, puede que descubras que hay algo
más en él que eso.
—Sí, un jodido montón de dolor y rabia que intenta ocultar al mundo.
—Pero tú lo has visto. ¿No te dice eso algo?
—Sí, que soy una puta tonta que no puede evitarlo. Ojalá fuera un inútil
en la cama —musito, para su diversión—. Estás disfrutando demasiado con
esto.
—En absoluto. Pero no te equivocaste antes. Soy una romántica
empedernida, y siempre apoyo a los chicos malos, porque es verdad lo que
dicen: pueden ser domados, pero sólo por la mujer adecuada.
Miro por encima del hombro y entrecierro los ojos hacia ella.
—Tienes un chico malo, ¿no?
Se ríe entre dientes.
—Sí, lleva un chaleco y va en moto.
Sacudo la cabeza.
—¿Reaper?
—Tenía la sospecha de que habrías oído hablar de ellos.
—Supongo que eso explica por qué estás dispuesta a tratar a todos estos
hijos de puta retorcidos.
—Esa es mi vida en pocas palabras —se ríe—. Creo que has terminado
aquí. ¿Lista para ir a lidiar con tu chico malo?
—No, la verdad es que no.
—Bueno, tienes unas horas para tomar una decisión; luego te daré el
alta y podrás apartarlo de tu vida si quieres.
—Ojalá fuera tan fácil.
—Si lucha por ti, sabes que es el indicado.
—O está tan cegado por mi coño como yo por su polla.
María se ríe.
—Si no funciona, encajarías bien con los Reapers.
—Creo que tener una organización corrupta en mi vida es suficiente.
Pero gracias.
—Puedo ver por qué Emmie y tú son amigas.
—¿La viste ayer?
—Brevemente. Estaba empezando cuando ella se fue. Ella es el ejemplo
perfecto de lo que quiero decir sobre domar a los chicos malos.
Echo la cabeza hacia atrás y me río.
—Oh, sí, tiene a Theo justo donde quiere.
—Pues pon a su primo en el mismo sitio —me dice, haciéndome saber
que es más que consciente de la dinámica familiar que se vive en el seno de
los Cirillo.
Después de que María me cambie de ropa, me visto con un par de
leggings, un sujetador y una sudadera con capucha y cremallera de gran
tamaño que, al parecer, me dejó Jodie mientras dormía anoche. Alguien más
que sabe exactamente lo cómoda que estaba acurrucada al lado de Nico.
Recuerdo a Brad yéndose después de una incómoda visita en la que yo
sabía que se había follado a una puta el viernes por la noche, y él intentó
fingir que no lo había hecho. Debería haberle llamado la atención. No me
importa dónde se meta la polla, mientras no sea en mí. Pero obligarlo a ser
sincero significaría que yo tendría que ofrecerle lo mismo a cambio, y no
tenía ningún deseo de hablar de mi vida con sinceridad.
Una ráfaga de aire fresco inunda la habitación cuando María abre la
puerta de un tirón, y se me hace un nudo en el estómago y el corazón me
salta a la garganta al pensar en salir y enfrentarme a Nico una vez más.
Estaba agotada cuando Brad se fue, y no sé si fue sólo eso o las hormonas o
qué, pero me rompí. Se veía venir. Me había sentido más y más inestable
cada vez que me despertaba, pero verlo salir fue la gota que colmó el vaso.
No recuerdo haber permitido nunca que Nico fuera quien me consolara.
Pero sé que lo hizo. A una parte de mí le encanta que estuviera ahí cuando
necesité a alguien. Pero hay otra parte que lo odia. Y esa parte entiende por
qué se asustó como lo hizo la semana pasada cuando se desmoronó en mis
brazos.
Con un poco de confianza, levanto la cabeza, abro más la puerta y
salgo. Sólo que… no está aquí.
Me detengo en medio de la habitación, observando cómo María rellena
mis almohadas y ordena todo.
—Ten fe —me dice, capaz de leer la expresión de mi cara.
—Hizo lo correcto —me fuerzo a decir, mientras lucho contra las
lágrimas una vez más.
¿Qué demonios me pasa? A menos que tenga algo que ver con Jodie, no
me emociono por la gente. Nunca.
Evitando la cama —los recuerdos de cómo me desperté en ella con él
aún están demasiado frescos—, me dirijo a la silla reclinable a la que María
ha vuelto, mirando por la ventana.
—Toma —dice suavemente—. Es hora de volver a tu vida.
Me deja el bolso en el regazo y yo suelto un suspiro.
—Nada puede ser peor que estar atrapada aquí, Brianna. Súbete esas
bragas de niña grande. Tendrás gente que se preocupa y que quiere saber de
ti.
No discuto con ella. ¿Qué sentido tiene?
—Pronto saldré de mi turno, pero alguien vendrá enseguida con el
desayuno —dice María mientras yo me concentro en la brillante mañana de
verano que hay al otro lado de la ventana. Anhelo sentir el calor del sol en
la piel, sentir el dulce aroma de las flores y la hierba fresca en la nariz en
lugar del aire estéril del hospital.
—Gracias —susurro, mientras sigo luchando con mis emociones.
—Con suerte, te habrás ido para cuando vuelva más tarde. Buena suerte,
¿sí?
Suspiro.
—Ten fe —repite—. Es imposible que te haya dejado.
—Debería hacerlo. Sería más fácil para los dos.
—Nada por lo que merezca la pena luchar es fácil, Brianna.
Con ese ominoso consejo flotando en el aire entre nosotras, me aprieta
el hombro bueno en señal de apoyo y sale de mi habitación.
El silencio me envuelve como un abrazo no deseado, y rápidamente me
encuentro sacando el teléfono del bolso para distraerme del dolor que siento
en el pecho al saber que se ha escapado en cuanto me he dado la vuelta.
No tiene batería y, tras rebuscar en la bolsa que me entregó Jodie,
encuentro el cargador, lo enchufo a la pared y espero a que se encienda.
Empieza a vibrar casi de inmediato con mensajes, correos electrónicos y
notificaciones de las redes sociales.
Tengo mensajes de Calli asegurándome que la ayuda está en camino y
que aguante, que lo único que importa es que los dos estemos bien.
Hay otras, llenas de culpa, de Brad, diciéndome que vendrá a visitarme
en cuanto pueda y que lo siente. Todo parece totalmente inútil. Si le
importara, seguramente habría ignorado las insinuaciones de esa mujer y
habría venido a buscarme en lugar de dejar que un toro furioso me sacara a
rastras de ese lugar.
Tengo unas de Joanne haciéndome saber que está pensando en mí y
asegurándome que está aquí para cualquier cosa que necesite, pero que
Jodie le ha dicho que estoy bien y que me dé espacio, lo cual agradezco.
Reviso mis redes sociales, más como distracción que como otra cosa,
porque cuanto menos piense en la marcha de Nico, mejor. Lo odio por lo
que hizo, por cómo enloqueció y casi nos mata a los dos. Pero me cuesta
más que nunca convencerme de que eso es verdad.
Admitiendo la derrota, dejo caer el teléfono sobre mi regazo y apoyo la
cabeza en la silla, con la ansiedad inundándome mientras pienso en lo que
va a pasar a continuación.
Pero antes de que me pierda demasiado en elucubraciones, la puerta se
abre y el aroma del café me golpea casi de inmediato. Se me hace la boca
agua y miro hacia allí, esperando encontrar a una enfermera de pie con una
bandeja, pero la imagen que aparece ante mí es muy diferente.
—Te fuiste —suelto como una idiota mientras las largas piernas de Nico
se comen el espacio entre nos.
—Para conseguirte un desayuno decente.
Mis ojos abandonan los suyos, exhaustos y magullados, en favor de lo
que sostiene, y jadeo ante la caja que encuentro.
—¿Betties? —pregunto, con el recuerdo de haber pedido una caja llena
el viernes por la mañana.
—Tu favorito, ¿verdad? Y un café con leche y caramelo con un shot
extra, porque pensé que probablemente querrías el empujón.
Mi boca se abre y se cierra mientras el corazón me da un vuelco en el
pecho. Maldito sea por ser tan dulce.
Arrastra una de las sillas antes de bajar el culo a ella y asegurarse de que
su rodilla choca con la mía. El inocente contacto me hace saltar chispas por
las piernas.
Idiota.
Vuelvo a dirigirle la mirada, justo a tiempo para captar la sonrisa que
cubre su rostro. Maldito sea, él sabe exactamente el efecto que tiene en mí,
incluso cuando estoy activamente tratando de despreciarlo.
—¿Cómo sabes que me gustan las Betties? —pregunto.
—Puede que las cosas estén borrosas, pero no lo he olvidado todo,
ladrona —dice. A diferencia de cuando me acusó anteriormente de robarle,
la ira no oscurece sus ojos. En su lugar, estoy segura de que hay orgullo en
ellos.
—Me lo debías —afirmo—. Había tenido la peor resaca del mundo por
tu culpa y por ese puto truco que hiciste en la biblioteca.
—Te ha encantado —vuelve a sonreír mientras abre la caja y me ofrece
primero los pasteles que se esconden dentro.
—¿Por qué no te estoy echando? —murmuro para mis adentros.
—Porque sabes que me las llevaré conmigo. Y, seamos sinceros, te
sentirías sola y ambos sabemos lo mucho que te gusta mirar mi cara tan
bonita.
—¿Bonita? —me burlo—. ¿Te has mirado en un espejo recientemente?
Su diversión desaparece al instante.
—No, la verdad. No lo he hecho.
—¿Por qué? Pensé que querrías ver lo “duro” que estás —me burlo.
Aspira una bocanada llena de un millón de secretos que no creo que
tenga intención de soltar. Pero entonces me sorprende diciendo en voz baja:
—Porque todo lo que veré es una cagada mirándome fijamente.
—Nico —respiro, arrepintiéndome al instante de haber simpatizado de
alguna manera. Dios, este hombre me jode la cabeza.
Aparta sus tristes ojos de los míos y vuelve a empujarme la caja para
obligarme a elegir, antes de robar un croissant y metérselo en la boca. Se
hace un tenso silencio entre nosotros mientras yo me debato entre exigirle
que siga hablando y patearle el culo.
—La enfermera me está dando el alta.
—Lo sé. Ya he hablado con Toby y he organizado para que te lleven a tu
casa.
—No necesitas hacer eso. Soy más que capaz de pedir un Uber para
irme a casa.
Capítulo Nueve

NICO

E
n cuanto le confesé que era un fracaso, supe que no me echaría.
Claro que quería. Pero no lo haría.
No pudo.
Porque a pesar de lo despiadada que puede ser a veces, Brianna se
preocupa. Se preocupa más de lo que creo que nunca admitirá, pero lo veo
de vez en cuando. Y aún más cuando se siente vulnerable.
Sus paredes están bajas en este momento. Quizá no tanto como anoche,
cuando me permitió consolarla, pero sí más bajas de lo normal.
—No irás a casa, Sirena.
Se le corta la respiración al leer entre líneas esa afirmación.
—No voy a ir a tu casa —responde.
—Ni siquiera lo habría sugerido, nena.
—¿Puedes dejar eso? —exige—. No soy tu nena, tu sirena, tu nada.
Sus palabras cortan, pero no puedo discutir con ella.
He pasado todos estos meses tratando de convencerme de que ella no es
nada para mí. No tengo ni idea de por qué las cosas son tan diferentes sólo
porque ambos hemos tenido algo parecido a una experiencia cercana a la
muerte.
Ahora, no estoy diciendo de repente que quiero que sea algo. Supongo
que estoy menos en contra.
Estoy seguro de que me golpeé la cabeza más fuerte de lo que los
médicos creen en ese accidente.
—Claro —murmuro, agarrando otro pastelito para tener algo que hacer
y una excusa para no irme.
Me duele la cara de cojones al masticar, pero incluso con eso puedo
admitir que son los mejores pasteles que he comido en mi vida. No me
extraña que se arriesgara a mi ira para pedir unos la semana pasada.
—Jodie quiere que te quedes un tiempo en casa de Toby y ella mientras
te recuperas. —Espero algún tipo de respuesta, una discusión, pero ella se
queda sentada comiendo su pain au chocolat.
El silencio se alarga. Quiero decir que es incómodo, pero nunca lo es
cuando estamos juntos. Incluso si la mierda está tensa como ahora, algo
sigue sintiéndose bien.
Sigue ocultando secretos y, aunque me cabree, sé que no estoy en
posición de empezar a exigir.
—No te he perdonado —dice finalmente—. Anoche… Anoche fue un
lapsus alimentado por los analgésicos y el cansancio.
—Claro. Sí. Lo sé —digo, intentando mantener a raya el dolor que me
atraviesa el pecho.
Abrazarla anoche, verla dormir, saber que de alguna pequeña manera
estaba ayudando fue… bueno, lo fue todo. Sabía que no iría muy lejos en el
gran esquema de las cosas. Que se despertaría y lo lamentaría. Igual que yo
lo hice en el momento en que descubrí que romperme en sus brazos no
hacía tanto tiempo era real y no un sueño, o una pesadilla, como había
creído al principio.
—Nada de esto está bien, Nico. Necesito que lo sepas.
—Créeme, lo sé. Pero te lo voy a compensar.
—Ni siquiera sabes lo que estás compensando. No recuerdas lo que
hiciste ni por qué.
—Estoy seguro de que lo averiguaré con el tiempo. Estoy empezando a
recordar partes.
—¿Ah, sí? —musita con la boca llena de pasteles.
—Sí. Recuerdo ponerte contra la pared en el baño y lo jodidamente
increíble que se sentía tu coño envuelto alrededor de mi polla.
Una risa amarga cae de sus labios.
—Por supuesto que eso es lo que recuerdas.
Me trago el resto de la palabra cuando me lanza una mirada cortante.
—Sólo digo que nunca olvidaré estar dentro de ti por mucho tiempo.
—Aunque en realidad no era lo más importante de la noche, ¿verdad?
¿Qué me dices de la mujer a la que pagaste para distraer a mi cita? ¿O el
hecho de que te sentaras allí toda la noche acechándome como un asqueroso
de primera? Toda la situación estaba jodida mucho antes de que intentaras
matarme.
—Créeme, no intentaba matarte. Yo nunca…
—Podrías haberme engañado. Fue jodidamente aterrador, Nico.
—Lo siento.
—Aunque eso no arregla nada, ¿verdad?
Sacudo la cabeza. —No sé qué más decir, hacer.
—No hay nada. La cagaste. Una y otra vez, la cagaste, Nico. Hasta que
no arregles tu propia mierda, no habrá compensación por ninguna de las
mierdas que me hiciste. Eres un desastre. Y no hablo sólo de tu cara.
—Lo sé —susurro cuando se abre la puerta del otro lado de la
habitación y entra una enfermera, seguida rápidamente por Jodie y mi
hermana.
Los ojos de Calli se entrecierran mientras me observa sentado aquí con
Brianna. Se arremolinan con rabia y alivio, pero ese alivio no es suficiente
para que deje de estar enfadada conmigo.
Lo entiendo, de verdad. ¿Pero cuándo coño decidió ponerse de parte de
Brianna y no de la mía?
—Ya puedes irte, Brianna —dice suavemente la enfermera cuando Jodie
y Calli entran en la habitación.
—¿Qué haces aquí? —Calli gruñe.
—Yo también me alegro de verte, hermanita —bromeo.
—Me trajo el desayuno —explica Brianna—. Le estoy siguiendo la
corriente.
—Ay —digo, levantando la mano para taparme el corazón. Aunque,
maldita sea, no todo es una actuación.
—Estás ladrando al árbol equivocado si quieres compasión, hermano.
—Calli me frunce el ceño antes de volverse hacia Brianna, su cara se
transforma en una sonrisa—. ¿Preparada para reventar este antro?
No puedo evitar soltar una carcajada.
—No eres tan mala como para hablar así.
Me mira por encima del hombro, pero por lo demás me ignora.
—Tenemos un carro esperándote abajo, y la habitación de invitados de
Jodie está lista para una reina.
—¿No puedo irme a casa? —pregunta Brianna, aunque no puedo evitar
sentir que es el último lugar donde realmente quiere estar ahora mismo.
—No —afirma Jodie—. Te quiero cerca. Mamá también. Se ha vuelto
loca.
Los labios de Brianna se separan para discutir, pero está claro que se lo
piensa mejor.
Veo cómo las dos recogen todas las cosas de Brianna y se preparan para
que se vaya.
Para alejarla de mí.
Mi mirada recorre la habitación con la de mi hermana, mientras algo se
agita en el fondo de mi mente. Hay un recuerdo que quiere liberarse, pero
sea lo que sea, está fuera de mi alcance.
—¿Qué? —Calli suelta un chasquido, percibiendo mi atención.
—Nada.
Sus ojos se dirigen a Brianna, confirmando prácticamente lo que
sospecho.
Lo que pasara el viernes por la noche tenía algo que ver con mi
hermana. Y algo me dice que tiene que ver con lo que se negó a contarme
cuando irrumpí en su piso la semana pasada.
El malestar me atenaza por dentro.
Sé que Calli tiene razón. Sólo porque sea su hermano, no significa que
tenga que ser partícipe de todos sus secretos. Pero cuando es algo tan serio
que casi me mata, entonces sí, creo que merezco saberlo.
Sigo mirando entre los dos mientras terminan.
—¿Lista? —Jodie pregunta a Brianna mientras se acerca a ella.
—Sí, estoy lista para alejarme de todo esto.
Me sostiene la mirada y oigo sus palabras tácitas alto y claro.
Quiere alejarse de mí.
Me obligo a sostenerle la mirada mientras prácticamente me mete la
mano en el pecho y me arranca pedazos de corazón.
—Déjame agarrar las bolsas —digo, necesitando ser útil de alguna
manera.
—Ya lo tenemos —dice Calli, echándose las bolsas de Brianna al
hombro—. Por si no te habías dado cuenta, en realidad no necesitamos
hombres.
Me quedo ahí de pie como una pieza de repuesto mientras Calli
mantiene la puerta abierta y Jodie pasa su brazo por el de Brianna mientras
se dan la vuelta para irse.
Las miro irse, con el corazón hundiéndose en mis pies.
—¿Sirena? —digo justo antes de que desaparezcan al doblar la esquina.
Hace una pausa y, por un segundo, no creo que vaya a reconocer que he
dicho algo.
Pero entonces, justo cuando estoy a punto de perder la esperanza, mira
por encima del hombro.
—Lo siento. Por todo.
Me sostiene la mirada durante un instante antes de levantar la barbilla
en señal de desafío y darse la vuelta para marcharse.
—Joder.

Mi dedo se detiene sobre el botón de la planta de Toby en nuestro edificio,


consciente de que es exactamente allí donde ella se encuentra ahora mismo.
La tentación de seguirles, de exigirles que yo viniera aquí con ellos era
enorme, pero me reprimí y me quedé exactamente dónde estaba hasta que
tuvieron que estar en el ascensor y saliendo del hospital.
Me tambaleé hacia atrás, dejé caer el culo en la silla y hundí la cabeza
entre las manos.
Allí me encontró la enfermera algún tiempo después, cuando volvió
para preparar la habitación de Brianna para otro paciente.
Con muy pocas palabras, agarré mis escasas pertenencias y me dirigí a
la salida.
A diferencia de Brianna, nadie vino a recogerme. Todos estaban en la
escuela, o cuidándola. Es donde deberían estar, pero no estoy seguro de
haber sentido nunca su ausencia con tanta intensidad.
¿Dónde está tu mamá, Nico? pregunta una vocecita.
Si papá estuviera aquí, no estaría solo ahora.
Aunque… nada de esto habría pasado si él siguiera aquí. Perderlo fue lo
que inició este efecto dominó de desastres en mi vida. Él fue el detonante.
El enorme agujero negro de la pérdida que aún crece dentro de mí es la
razón de todo el odio, la ira, las decisiones imprudentes y los actos brutales
contra Brianna.
Está mal, todo.
Pero lo necesito. Necesito la emoción, la excitación, el riesgo. Lo
necesito para sentirme vivo. Ese subidón cuando la follé en la biblioteca, el
zumbido de adrenalina de que alguien pudiera pillarnos. Ansío eso, joder.
El miedo en sus ojos cuando amenacé su futuro. Por muy jodido que
fuera—como lo es—me hizo sentir vivo y me recordó que, aunque me esté
ahogando, sigo aquí.
Aunque, al final, mi obsesión, mi adicción a ella casi nos mata a los dos.
A pesar de sus acciones de anoche y de esta mañana, esa última mirada
vale más que mil palabras, y—aléjate de mí, joder—es una de las más
importantes.
¿Seré capaz de hacerlo?
¿Puedo alejarme sabiendo que ella vive justo debajo de mí, sufriendo
por mi culpa? ¿Puedo hacer lo correcto y darle lo que me pide?
Probablemente no.
Pensar en ella, en todas las cosas por las que la he hecho pasar, es lo
último que necesito para convencerme de levantar la mano y pulsar con el
dedo el botón de la última planta del edificio.
Ella no te necesita, Nico.
Haciendo lo correcto por una vez, la dejo en paz.
Salgo por la puerta principal con el corazón encogido. Me parece que
hace toda una vida que no estoy aquí, no solo tres días.
Cuando atravieso el vestíbulo y llego a mi impresionante ático, no tardo
en darme cuenta de que está impecable. Jocelyn debe haber pasado aquí
casi todo el fin de semana.
Ese pensamiento sólo hace que el dolor en mi pecho sea mucho peor.
Puede que no estuviera sentada junto a mi cama, pero estaba aquí para
mí. Aquí de una manera que otros no han estado. Realmente es un maldito
ángel.
Dejo el bolso sobre la mesa y me dirijo a la cocina.
Los frascos se alinean en el mostrador, y no necesito abrirlos para saber
que encontraré una gran variedad de mis productos caseros favoritos.
En lugar de eso, me centro en la nota.
Nico,
Calli me contó lo que pasó. Chico tonto, tonto.

Oigo su voz tan claramente en mi cabeza como si estuviera a mi lado.


Agacho la cabeza, derrotado, porque no se equivoca.

Espero que te encuentres mejor, aunque los remordimientos de tus actos te


estén golpeando la cabeza en estos momentos.
He preparado tus favoritos para tu recuperación. Encontrarás más tanto en
el refrigerador como en el congelador. Si necesitas más o te apetece algo
diferente, ya sabes dónde estoy.
También he organizado algo para ti para mañana por la mañana. Tu timbre
sonará a las nueve en punto. Levántate, prepárate y sé valiente.
Todo el mundo te necesita ahora mismo, Nico. Nadie más que Calli.
Si necesitas algo, llámame.
Con todo mi amor,
J

—Joder —murmuro, con la voz quebrada por la emoción mientras las


lágrimas queman mis malditos ojos.
No estoy seguro de que Jocelyn llegue a entender lo que significa para
nosotros.
El hecho de que esté a nuestro lado ahora mismo mientras nuestros
mundos se van a la mierda lo es todo.
Puede que odie que siga trabajando para nuestra madre, pero sólo puedo
suponer que hay una razón. Jocelyn no es estúpida. Tampoco es avariciosa,
así que sé que no se queda por el dinero. Calli y yo podríamos igualarle el
sueldo y quedárnosla, pero algo me dice que no estaría dispuesta. Por
alguna razón, le encanta su trabajo y está más que dispuesta a aguantar a
nuestra madre. Es más, de lo que se puede decir de sus propios hijos.
Finalmente, quito la tapa de uno de los frascos y me meto en la boca
una galleta casera con chispas de chocolate antes de encender la cafetera y
dirigirme a mi dormitorio.
Puede que lo peor de la pesadilla que he causado este fin de semana
haya pasado, pero aún queda un jodido largo camino hasta que vuelva a
sentirme como antes. Sinceramente, no sé ni por dónde empezar para
intentar desenterrarlo. Pero sé que tengo que hacerlo.
Este fin de semana ha sido una llamada de atención que no debería
haber necesitado.
Si sigo por este camino de ira y autodestrucción, sólo acabaré en un
sitio.
El suelo junto a papá. Y aunque haya partes de esa fantasía que suenen
muy atractivas, no es suficiente para que la desee más que la vida.
Aún no estoy listo para rendirme.
Tengo que vengarme de los italianos y de una mujer que se merece la
mejor disculpa que pueda darle… si es que consigo averiguar cómo podría
ser.
Capítulo Diez

BRIANNA

—T eascensor,
tenemos —me susurra Jodie al oído cuando entramos en el
sintiéndome temblar a su lado.
—Lo sé —digo débilmente.
Sinceramente, sé que alejarme así de Nico fue lo correcto. En realidad,
debería haberlo echado en cuanto me desperté y lo encontré a mi lado, pero
por alguna razón no pude hacerlo.
Pero dejar que me acompañara a su edificio no iba a suceder.
No le he perdonado, y desde luego no le he olvidado, y no tengo ningún
deseo de permitirle creer que eso pueda ocurrir pronto. Ahora mismo, estoy
luchando por olvidar lo imprudente que fue el viernes por la noche después
de arrastrarme a su carro.
Estaba cabreado, lo entiendo.
Le he estado ocultando un gran secreto. Pero no me correspondía
entonces, y sigue sin corresponderme ahora decirle lo que sé.
Pero tampoco puedo negar que nunca debí permitir que lo descubriera
tan fácilmente.
Dejar activada la vista previa de mis mensajes fue una estupidez y me
estaba buscando problemas. Pero en retrospectiva es una gran cosa.
En cuanto Calli pulsa el botón de la planta baja, viene a ponerse a mi
otro lado.
—Se lo merecía.
—Sí, lo sé. Aunque no significa que fuera fácil. —Se me escapa un
suspiro dolorido y los tres recorremos el resto del camino en silencio.
Me guían fuera del ascensor y directamente a través de las puertas
dobles donde hay un todoterreno a oscuras esperando en la acera.
Me asaltan los recuerdos de cuando, no hace mucho, intenté salir del
ascensor de su edificio y me topé de bruces con Nico. A pesar de saber que
no está aquí, que es imposible que nos haya golpeado hasta aquí, la
tentación de darme la vuelta y comprobarlo me quema.
—¿Brianna? —pregunta Jodie, y no es hasta que su voz fluye por mis
oídos que me doy cuenta de que me he detenido.
Finalmente, miro hacia atrás. Pero como ya sabía, no está allí.
No me ha seguido.
Y tampoco lo va a hacer.
Leyó mi advertencia silenciosa alto y claro, y no ha venido a
perseguirme.
El dolor me atraviesa el pecho al imaginarme su cara antes de apartarme
de él.
—Lo siento. Vámonos.
Sus ojos se entrecierran mientras me estudia. Puede que piense que
estoy loca por preocuparme por él, pero también sé que lo entiende. Lo que
ella pasó con Toby fue… menos que convencional, así que sé que nunca me
juzgará por dudar de mi decisión de alejarme de él. Pero eso no significa
que vaya a expresarlo ahora mismo.
—¿Segura?
—Sí. Estoy lista para terminar con este lugar.
Me lleva hacia el carro, donde Calli espera con la puerta abierta. Hay un
conductor trajeado a pocos metros, pero nos presta poca atención. Sus ojos
están en todas partes.
La idea de que estemos en peligro hace que el corazón me salte a la
garganta.
—Ignóralo —susurra Calli cuando me acerco—. Los chicos solo están
siendo sobreprotectores.
Mientras me deslizo torpemente en la parte trasera del enorme carro, no
puedo evitar pensar en todo lo que he hecho desde aquel desastre italiano la
noche del cumpleaños de la madre de Calli. He estado paseando por la
ciudad como si todo fuera normal.
Eso fue realmente estúpido… ¿no?
—¿Estás bien? —Calli pregunta, subiendo a mi lado.
—¿Ha pasado algo? —susurro—. ¿Con los italianos?
—No, no que yo sepa, ¿por qué?
—Ese tipo, parece de seguridad.
—Lo es. —Ella se inclina un poco más cerca—. No se lo digas a Stella
o Emmie, pero los chicos tienen detalles sobre todos nosotros ahora mismo.
—¿Qué? —jadeo cuando Jodie se une a nosotros.
—Tómatelo como un cumplido —me dice, apretándome la mano en
señal de apoyo.
—¿Incluso yo? —pregunto frunciendo las cejas.
—¿Quién crees que los encontró a los dos tan rápido el viernes por la
noche?
Abro la boca para responder, pero no hay palabras.
En cuanto nuestro conductor se deja caer en su asiento, se aleja del
bordillo. Pero una mirada por encima del hombro me hace saber que no
estamos solos.
Otro todoterreno ennegrecido nos sigue.
—Esto es serio, ¿no?
Calli se adelanta y pulsa un botón que hace aparecer una pantalla que
nos impide ver al conductor.
—Siempre ha sido así —dice finalmente cuando estamos en la
intimidad de nuestro pequeño capullo—. Pero cada día que pasa, el riesgo
de que ocurra algo es mayor.
—Los chicos se están poniendo nerviosos. Y enterarse de lo tuyo con
Nico no ha ayudado —añade Jodie, demostrando que está escuchando. No
es que no pudiera mientras estamos atrapados en la parte trasera de un
coche.
La culpa corre por mis venas, pero me niego a disculparme por algo que
no fue culpa mía. No fui yo quien perdió los papeles el viernes por la noche
y condujo por la ciudad como un loco.
—Tiene que pasar algo antes de que exploten todos.
—¿No pueden hacer el movimiento? —pregunto, totalmente ajena a lo
que está pasando ahora.
—Podrían. Pero no quieren.
—¿Así que sólo somos blancos fáciles?
—Más o menos. Están probando lo buena que es su filtración
permitiendo que información falsa llegue a los italianos. Sólo el tiempo dirá
si la filtración es parte de la Familia que ha sido informada.
—Fíjese en usted, señorita Cirillo —le digo, tratando de forzar un poco
de ligereza en mi tono. Cuando nos conocimos, era una princesa frustrada y
protegida, desesperada por abrazar la sangre mafiosa que corre por sus
venas. Parece que, con la ayuda de cierto chico malo, puede que haya
cumplido su deseo.
—Me encanta que no me oculten nada —confiesa—. Y Daemon me lo
cuenta todo. Bueno, probablemente no todo, pero confío en él, y sé que
habrá cosas que no pueda divulgar, ni siquiera a mí. Pero por fin siento que
estoy donde debo estar, que he encontrado mi lugar.
—Bueno, te queda bien. Estás radiante —le digo, haciendo que casi se
le salgan los ojos de las órbitas.
No puedo evitar reírme de ella.
Puede asustarse todo lo que quiera, pero está en tiempo prestado, y lo
sabe.
—Todo esto parece propio de una película de Jungla de Cristal —
murmuro, volviendo al tema más acuciante.
—Acostúmbrate —dice Calli—. Algo me dice que va a ser peor antes
de mejorar.
Se hace el silencio entre nosotros, con el peso del peligro que corremos
sobre mis hombros.
—¿Qué ha pasado con Brad? —Jodie suelta de repente, inclinándose
alrededor de Calli para mirarme.
—Umm…
—Nico dijo que lloraste cuando se fue.
No puedo evitar reírme. —No estaba llorando porque se fue, te lo puedo
asegurar.
—¿Qué ha dicho?
—Fue su habitual encantador, disculpón y aburrido yo.
Jodie se ríe entre dientes mientras Calli frunce el ceño.
—¿Quién es?
—Un tipo con el que he estado saliendo durante unos meses. Es…
—¿Aburrido? —Jodie ofrece.
—Aburrido pero un gran polvo. Es fácil. Y él…
—Quiere casarse contigo y tener sus pequeños y aburridos bebés
contigo.
—¿En serio? —siseo a mi mejor amiga.
Se encoge de hombros inocentemente.
—Sabes que es verdad. Está totalmente enamorado de ti.
—¿Tan enamorado estaba que el viernes por la noche estaba demasiado
ocupado distrayéndose con una puta como para venir a rescatarme?
—Bri, no puedes esperar que de repente sea exactamente el tipo de
hombre que siempre le has dicho que no quieres sólo porque te hayas visto
acorralada por Nico.
—Esto…
—Sabes que te es tan fiel como tú a él. Probablemente —y casi siempre
correctamente— supuso que se habían enrollado. Diablos, por lo que
sabemos, podría haber visto a Nico antes que tú.
—Imposible. Nunca me habría dejado ir si lo hubiera hecho.
—Bueno, pasara lo que pasara, se creyó mi mentira de que estabas
enferma y se fue fácilmente.
—Probablemente porque sabe que es mentira. Puede que sea tonto de
remate, pero no es estúpido —murmuro.
—¿No deberías terminar? —Calli pregunta inocentemente.
—¿Crees que no lo he intentado? Es persistente de cojones. —
Cuando… bueno, follamos, y recuerdo sus mejores momentos—. Tal vez
debería irme. Empezar de nuevo en algún sitio nuevo y dejar atrás a todos
estos hombres irritantes.
—¿Estás bromeando, verdad? —Jodie chasquea.
—Tal vez. Parece que sería una buena solución.
—No, no lo haría —afirma Calli antes de que Jodie tenga oportunidad
—. Y, de todas formas, estoy segura de que mi hermano te seguiría hasta el
fin del mundo.
—No, no lo haría —me burlo, negándome a creer que sus palabras sean
ciertas.
—¿No viste su cara ahí arriba cuando nos fuimos? Sólo he visto tanto
dolor en él una vez antes, y esa no es una noche que quiera repetir.
Un pesado silencio cae a nuestro alrededor, estoy segura de que todos
nuestros recuerdos se remontan a esa noche. Los escombros, el olor a
muerte y destrucción.
Aprieto los ojos mientras recuerdo cómo Nico se arrodillaba junto a su
padre e inclinaba la cabeza cuando la realidad se abalanzó sobre él y la
incredulidad y el dolor lo atenazaron con fuerza.
Fue angustioso verlo. Algo que no le desearía ni a mi peor enemigo.
—Esto se lo va a comer vivo, Bri. Lastimarte… lo va a joder aún más
de lo que ya está.
—Es culpa suya.
—No —dice con tristeza—. Es mía.
—¿Por qué? ¿Qué has hecho? —pregunta Jodie con incredulidad.
Calli sacude la cabeza mientras el carro oscuro en el que estamos
sentados entra en el garaje subterráneo del edificio de los chicos.
—Es lo que no he hecho —confiesa antes de que se apague el motor y
nos abran la puerta.
Me aseguro de echar un buen vistazo a los cuatro hombres trajeados que
rodean el garaje para garantizar nuestra seguridad.
—¿Estamos a salvo aquí?
—Uno de los lugares más seguros de la ciudad, señorita Andrews —
confirma uno de los guardias.
Quiero decir que sus palabras me hacen sentir mejor, pero no estoy del
todo segura de que sea así.
Nos llevan hacia el ascensor, dejando atrás a los guardias.
Mientras subimos, un suspiro de dolor sale de mis labios y Jodie me
agarra la mano.
—Sé que preferirías irte a casa. Pero puedo cuidar de ti.
—Lo sé —susurro. Por no mencionar que probablemente esté más
segura, algo en lo que no quiero pensar.
En cuanto entramos en el piso de Jodie y Toby, Joanne viene corriendo
hacia mí y me da un fuerte abrazo.
—Estoy bien, Jo —le digo suavemente mientras le froto la espalda,
intuyendo que ella necesita el apoyo más que yo ahora mismo.
—Lo sé. Lo sé. Pero no deja de preocuparme. Eres una de mis chicas —
dice con una sonrisa y los ojos llenos de lágrimas mientras retrocede.
—Lo prometo, estoy bien. De todas formas, ¿a quién no le gustan unas
cuantas cicatrices de mala muerte? —pregunto, esperando que mi voz no
me delate.
Tengo miedo de cómo va a quedar mi brazo. Sé que es vanidoso y que
sólo es piel. Pero no puedo evitarlo.
¿Y si es feo?
¿Y si Nic…? No. ¿Y si asusta a los chicos y los ahuyenta?
Dejo que Joanne me rodee la cintura con su brazo y me adentre en el
piso.
—Tenemos la habitación de invitados preparada para ti. Todo lo que
puedas necesitar está allí. Toby intentó comprarle a Jodie un traje de
enfermera para ti, pero te alegrará saber que puse fin a esas discusiones.
—¿Ah, sí? —pregunto mirando por encima del hombro a mi mejor
amiga. Ella me devuelve la sonrisa cómplice con otra propia. Ah, sí, tiene
ese modelito.
—Han prometido portarse muy bien mientras tengan un invitado. ¿No
es así, Jojo?
—No tengo ni idea de lo que estás hablando, mamá —dice Jodie
inocentemente.
—No puedes engañarme, niña. Recuerdo muy bien cómo es la vida con
un chico malo.
—Dios —murmura Jodie mientras Calli y yo soltamos una risita.
—¿Dónde te gustaría descansar? —me pregunta Joanne—. ¿En el sofá o
en la cama?
—¿Somos sólo nosotras? —pregunto.
—Por ahora. Los chicos están en la escuela.
—Aquí afuera entonces. No estoy segura de tener suficiente energía
para tratar con todo el mundo todavía.
Joanne me acomoda en el sofá con más almohadas de las que sé qué
hacer con ellas y una manta gruesa y mullida que probablemente sería
demasiado en invierno y mucho menos en esta época del año.
Las chicas se reúnen a mi alrededor, me ofrecen bebidas y aperitivos y
mantienen una conversación ligera mientras Joanne escucha. Pero por muy
agradable que sea pasar tiempo con ellas, el elefante en la habitación que es
Nico nunca se va.
A medida que pasan los minutos, sólo puedo pensar en dónde está, qué
hizo después de que nos fuéramos y si está bien.
Lo odio. Debería poder apartarlo. Todo esto es culpa suya.
Pero nunca se va.
Supongo que debería esperarlo. Ha sido igual desde la primera noche
que nos conocimos. No sólo se metió en mi cuerpo aquella noche. También
fue a mi cabeza.
Ojalá se fuera tan rápido como entró.
Finalmente, las clases llegan a su fin y Toby, Seb, Alex y Theo aparecen
para ver cómo estoy.
Agradezco el gesto, pero no me quedo mucho tiempo, prefiero
esconderme en el lujo de la habitación de invitados de Toby. Esta habitación
es más grande y elegante que todo mi piso. Pero por muy bonita que sea,
anhelo mi propio espacio. Paz para permitirme procesar lo que pasó el
viernes y encontrar la manera de seguir adelante.
Me imagino que hoy tendré tiempo para lamentarme y mañana tendré
que ponerme las bragas de niña grande y buscar la manera de retomar mi
vida.
Que haya pasado el fin de semana en el hospital no significa que el
mundo se haya detenido. Todavía tengo que preocuparme por las prácticas y
el trabajo final, suponiendo que lo que pasó la semana pasada no haya
salido a la luz y me hayan expulsado de Knight’s Ridge y de mi curso.
—El jefe es prácticamente el dueño de Knight’s Ridge. Nunca dejaría
que Middleton te echara por algo tan trivial como follarte a Nico en la
biblioteca. —Las palabras de Alex del otro día vuelven a mí, y lo único que
puedo hacer es esperar que sean ciertas.
Sólo unas semanas y luego podrá empezar el siguiente capítulo.
Capítulo Once

NICO

A
pesar de saber que los chicos han vuelto de la escuela, nadie llama a
mi puerta ni me cabrea entrando sin permiso.
Me duele. Pero lo entiendo.
Están todos con Brianna en el apartamento de Toby, no tengo ninguna
duda.
Y deberían estarlo. Ella merece toda su atención y apoyo en este
momento.
A pesar de seguir exhausto y agotado emocional y mentalmente tras los
últimos días, apenas he podido dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, podía ver la expresión desafiante de
Brianna, antes de alejarse de mí. Literalmente me persigue. Y saber que está
tan cerca y fácilmente accesible es la peor de las torturas.
Tengo acceso total a cada piso, celda y cámara de tortura de este
edificio. Podría colarme fácilmente en casa de Toby y en su habitación de
invitados sin que nadie lo supiera.
Ni siquiera tendría que despertar a Brianna. Podría sentarme y verla
dormir como hice en el hospital.
—Joder —murmuro, restregándome la mano por la cara.
Estoy tan jodido.
Si antes pensaba que estaba perdiendo la cabeza cuando se trataba de
esta mujer, no tiene nada que ver con lo que pasa ahora por mi cabeza.
Mi necesidad de verla, de saber que está bien, de volver a pedir perdón,
joder, cada vez es más incontrolable. Son cosas que nunca antes me había
planteado hacer.
Dios sabe cuánto tiempo más tarde todavía estaba allí tumbado, siendo
un patético gilipollas, cuando suena mi timbre.
El corazón me salta a la garganta. Mi primer pensamiento es que podría
ser ella la que está al otro lado de mi puerta. Es una fantasía sin sentido,
pero a la que me aferro durante unos segundos antes de que la nota de
Jocelyn de ayer vuelva a mí.
—Mierda —siseo.
Si alguien me hubiera dejado instrucciones así, las ignoraría. Pero esta
es Jocelyn, y no puedo.
Me pongo una sudadera y saco una camiseta limpia del cajón. Cuando
llego a la puerta, todavía estoy metiendo los brazos en ella y la abro sin
mirar por la mirilla.
—Eh… —Tartamudeo cuando veo a una atractiva joven de pie ante mí,
vestida con lo que obviamente es un traje muy caro y cargada con dos cafés
para llevar.
—Tengo entendido que el tuyo es un capuchino doble y uno de azúcar
—dice con naturalidad antes de entrar descaradamente en mi piso sin
invitación.
—Eh…— Vuelvo a decir como un idiota mientras cierro la puerta tras
ella y la sigo hasta mi salaa.
—¿Nico? —pregunta, volviéndose hacia mí después de colocar los
vasos de comida para llevar y lo que ahora veo que es una bolsa de
empanadillas sobre mi mesita.
—Sí…
—Soy Jade, la sobrina de Jocelyn. También soy consejera de duelo.
El corazón me retumba tan fuerte en el pecho que me sorprendería que
ella no pudiera oírlo desde el otro lado de la habitación.
Mis labios se separan para discutir, pero ella me interrumpe como si
pudiera leerme la mente.
—Sé que no me quieres aquí, Nico, y sé que vas a luchar contra esto.
Pero también sé que Jocelyn no me habría llamado si no fuera totalmente
necesario.
—Ni siquiera estoy seguro de que debas estar en el edificio —confieso.
—Me han investigado a fondo y estoy bajo un acuerdo de
confidencialidad muy, muy estricto. No tienes que preocuparte. He
trabajado con la familia Cirillo antes. Puedes confiar en mí.
—¿Pero puedo? —No quiero decir las palabras en voz alta, pero si Jade
se siente ofendida por ellas, no lo demuestra.
—Toma —me dice tendiéndome el teléfono—. Llama a tu jefe si tienes
dudas. Sabe que estoy aquí. Hablé con él personalmente ayer.
—Joder —murmuro mientras me acerco y me dejo caer en el sofá.
Ella no dice nada durante mucho tiempo y, con los ojos cerrados
mientras echo la cabeza hacia atrás, casi puedo creer que he soñado todo
eso y que ella es producto de mi imaginación.
Pero entonces ella rompe esa ilusión cuando su voz llena el aire a mi
alrededor.
—Entiendo que las cosas han sido difíciles recientemente, Nico.
Me burlo de sus palabras.
—Y también sé que hablar conmigo es probablemente lo último que
quieres hacer en este momento. Pero puedo prometerte que hablar de esto,
de tu padre y de tu pérdida, te ayudará⁠—.
Cierro los puños y me clavo las uñas cortas en las palmas de las manos
hasta que estoy casi segura de haberme hecho sangre.
Al levantar la cabeza, mis ojos encuentran los suyos y ella me anima en
silencio a decir algo.
Respiro, recordando las palabras de la nota de Jocelyn.
Levántate, prepárate y sé valiente.
Es más fácil decirlo que hacerlo, Jocelyn.
Entonces pienso en Brianna abajo, posiblemente todavía en la cama y
sufriendo por mi culpa, y antes de darme cuenta de lo que está pasando, mi
boca se abre y las palabras empiezan a salir a borbotones.

Jade se queda toda la mañana. La mayoría de las veces se limita a


escucharme hablar de papá y del enorme agujero negro que ha dejado en mi
vida, pero de vez en cuando me hace una pregunta que me obliga a pensar, a
sentir más y a desgarrar aún más la ya dolorosa herida.
Es una jodida agonía hablar de todo lo que he perdido, del odio y la
rabia que me ha dejado y de todas las jodidas decisiones estúpidas que he
tomado desde aquella noche, la mayoría de las cuales giran en torno a una
mujer.
Cuando se levanta para marcharse, estoy emocionalmente agotado como
nunca antes lo había estado.
Me duele el corazón, tengo los músculos tan tensos que estoy segura de
que algunos están a punto de romperse y la cabeza me da vueltas. Si no lo
supiera, pensaría que acabo de despertarme con una resaca de muerte por la
forma en que gira la habitación.
—Jocelyn me ha apuntado a sesiones semanales contigo —me informa
Jade, para mi horror.
Aunque no puedo negar que, a pesar de mi dolor, hay una parte de mí
que se siente más ligera por haber hablado con ella.
—De acuerdo —digo, tanto para su sorpresa como para la mía.
Saca su agenda del bolso y programamos sesiones semanales los jueves
por la tarde.
Se marcha de mi piso con unas pocas palabras más, dejándome en el
sofá.
Y ahí es donde me despierto esa misma tarde con la piel resbaladiza de
sudor por el rayo de sol en el que estoy tumbado.
Aún me duele el corazón al recordar todo lo que le conté a Jade. Quiero
odiar a Jocelyn por haber preparado todo aquello, por obligarme a abrirme y
soltar parte de la fealdad que llevo dentro, pero no soy capaz de hacerlo.
Así que, en lugar de enfadarme, me levanto del sofá y me dirijo a mi
dormitorio, donde mi teléfono sigue sobre la mesilla de noche.
Ignorando la notificación y los mensajes de los chicos, busco mi chat
con Jocelyn y le envío un simple mensaje.

Nico: Fui valiente. Gracias

Como si lo estuviera esperando, el mensaje se muestra como leído


inmediatamente y los puntitos empiezan a rebotar.

Jocelyn: Estoy orgullosa de ti, Nico. Sé que puede que ahora no lo


sientas así, pero vas a salir de esta más fuerte.
Una pequeña sonrisa se dibuja en mis labios porque, a pesar de todo,
soy capaz de empezar a creer que puede tener razón.
Cierro su mensaje, abro el chat de grupo con los chicos, leo los chistes y
memes que han enviado a lo largo del día y luego voy al chat de Toby.

Toby: ¿Cómo te sientes?: Bri está bien. Jodie está cuidando bien de
ella.

Pero aún te odia.


—Gilipollas.

Nico: Gracias. Espero que hayas tenido un día de mierda.

Bajo el teléfono y miro fijamente mi reflejo en las puertas de espejo del


armario.
Los elegí específicamente porque me dan una visión completa de la
cama. Sabía que me proporcionarían un placer infinito mientras me
ensañaba con chicas sin nombre ni rostro noche tras noche. Pero cuando mi
propio reflejo se desdibuja, sólo veo a una mujer.
Me invaden los recuerdos de las últimas semanas y me olvido del
mundo mientras nos veo rodar juntos por la cama. Mi polla se endurece
cuando me imagino abriéndole los muslos y comiéndosela hasta que grita, y
luego dándonos la vuelta y dejándola cabalgar sobre mí hasta que vuelve a
desmoronarse, con su coño apretando mi polla mientras me utiliza para su
propio placer.
—Joder, sí —gruño, dejándome caer de espaldas en la cama y metiendo
la mano por debajo de la cintura.
Mi longitud es como el acero mientras la envuelvo con el dedo, de cuya
punta ya gotea precum.
Me bombeo unas cuantas veces, perdiéndome en las sensaciones
mientras obligo a mi cuerpo a creer que no es mi mano, sino las imágenes
de mi sirena que se reproducen en mi mente.
Estoy casi en el punto de no retorno cuando me detengo de repente. Me
suelto y suelto un largo suspiro.
Lo que hice antes, confesando mi vulnerabilidad e incapacidad para
afrontar mi pérdida, fue por ella.
Me prometí a mí mismo en aquel hospital que encontraría la forma de
arreglar esto, de demostrarle a ella, y a los demás, que esto no me vencerá.
Saco la mano del pantalón y me pongo en pie, con la polla dura
burlándose de mí desde detrás de la tela, mientras mis pelotas gritan de
frustración por no haberme liberado.
Pero hay algo que necesito hacer más que masturbarme como un
perdedor.
Rebusco entre mis cosas de la escuela hasta que encuentro un cuaderno.
Agarro un bolígrafo, me siento en la cama y apoyo el bloc en los muslos.
—A la mierda —siseo. Ya me he dejado desangrar una vez hoy. ¿Por
qué iba a dejar que el dolor cesara tan pronto?
Golpeo el bolígrafo contra la parte superior del papel durante unos
segundos antes de obligarme a dejar de darle vueltas a lo que tengo que
decir y limitarme a escribir.
Sirena…

El corazón se me acelera y vuelvo a sudar cuando por fin bajo el bolígrafo y


el cuaderno a la cama.
Miro fijamente mi desordenada escritura, dudando de mí mismo.
Probablemente no le importe nada de eso.
Demonios, puede que nunca sea lo suficientemente valiente como para
permitirle siquiera saber que existe, pero me siento mejor ahora que lo he
sacado.
Lo dejo donde está, me levanto de la cama y entro en el baño, donde
encuentro otro espejo que me trae más recuerdos de ella.
Cuando me afeito la mandíbula y me meto en la ducha, la polla vuelve a
dolerme, pero, aparte de limpiarme, no me toco.
¿Es una especie de jodida auto tortura? Sí, definitivamente. Pero a la
mierda. Se siente como lo que hay que hacer. La próxima vez que me corra,
quiero que ella lo controle. Y no porque le haya dado pocas opciones, sino
porque ella quiere. Quiero decir porque me ha perdonado, pero no estoy
seguro de que eso vaya a ocurrir de verdad. Pero no veo un futuro para
nosotros en el que no tengamos que vernos, así que tiene que aguantarme de
alguna forma, y eso incluye el placer que tanto nos gusta sacarnos el uno al
otro.
Me estoy volviendo a vestir cuando mi teléfono vibra sobre la cama.
Al acercarme, encuentro un mensaje en nuestro chat de grupo. Casi lo
ignoro, asumiendo que es otra broma de mal gusto de Alex, pero cuando
veo el nombre de Theo como remitente, le presto un poco más de atención.

Theo: Mi casa. Ahora. Hay noticias

El corazón me salta a la garganta y la mano me tiembla como un


miedoso cuando desbloqueo el teléfono y tecleo un mensaje rápido para
avisar de que estoy de camino.
Me guardo el teléfono en el bolsillo antes de doblar la carta, garabatear
el nombre de Brianna en el anverso y metérmela en los jeans.
El piso de Theo está en silencio cuando entro. No me sorprende ser el
primero en llegar, ya que soy la única persona de este piso.
Mientras avanzo por el pasillo, empiezo a preguntarme si estará aquí,
hay tanto silencio, pero cuando salgo a la sala, lo encuentro de pie en la
cocina, con las palmas de las manos sobre la encimera y la cabeza
inclinada.
Nada de su postura me llena de alegría.
—¿Qué está pasando? —pregunto, odiando lo inseguro que suena mi
voz.
Se sobresalta al oír mis palabras, haciéndome saber que no se había
percatado de mi presencia, pero para cuando sus ojos se cruzan con los
míos, ya se ha puesto la máscara y no delata nada.
Pero es demasiado tarde. Ya lo he visto.
Mira detrás de mí como si quisiera esperar a que lleguen los demás.
—Que se jodan, hermano. Dímelo de una puta vez.
—Han mordido el anzuelo.
Sus palabras me dejan sin aire en los pulmones.
—¿Creen que Daemon y Ant están en el otro lugar? —pregunto, sólo
para confirmar que no me he perdido algo más mientras estaba fuera este
fin de semana.
—Sí. Enzo los ha oído hablar… planeando.
—¿Cuándo? ¿Como? ¿Qué están…?
Una puerta se cierra detrás de mí antes de que las voces llenen el
espacio, cortando mis preguntas. Dentro de treinta segundos harán
exactamente las mismas, así que mejor espero.
—Oye, ¿qué pasa? —Alex pregunta como el idiota que es.
Seb, Toby, Daemon y Ant entran en el apartamento de Theo detrás de él,
todos sus ojos se posan en Theo que ahora sale de su cocina.
—Los italianos se están preparando para atacar.
—Joder, ¿en serio? —pregunta Seb casi con incredulidad mientras se
deja caer en el sofá de Theo como si no acabara de anunciar que estamos a
punto de ir a la guerra.
Supongo que a estas alturas es casi un hecho cotidiano.
—Enzo acaba de transmitir la información —dice Theo, asintiendo a
Ant.
—Entonces, ¿cuál es el plan? ¿Una emboscada en el almacén? —
Daemon pregunta.
—¿Almacén? —pregunto, dándome cuenta de que han estado
trabajando en esto mientras yo he estado fuera de combate.
—Creo que sí. El jefe está trabajando en un plan.
—¿Estamos seguros al cien por ciento de que esta vez se lo han creído?
—pregunto, odiando tener que hacer esta pregunta. Pero después de nuestra
última mierda de plan, creo que todos deberíamos ser muy escépticos con
cualquier cosa que nos envíen.
—Sí —afirma Theo con seguridad. Quiero creerle, de verdad, joder,
pero perdí a la persona más importante del mundo la última vez que
entramos con confianza en lo que creíamos que era un plan bien pensado.
Mis ojos se posan en Daemon. Era el único que sospechaba de la noche
de la fiesta de cumpleaños de mi madre.
Si le hubiéramos escuchado.
—¿D? —pregunto.
La espalda de Theo se endereza al instante ante mi simple pregunta.
Pero que se joda. No voy a poner en peligro voluntariamente a nadie a
quien quiera. Eso no va a ocurrir.
Daemon asiente.
—De acuerdo⁠—.
—Increíble —sisea Theo.
—Lo siento. ¿Querías correr hacia otra emboscada de la que no
pudiéramos salir?
—Lo entendemos —dice Alex, intentando calmar la situación antes de
que presione demasiado—. Pero esto es sólido. Enzo nos cubre las espaldas.
—Espero que tengas razón.
—Entonces, ¿cuál es el plan? —pregunta Toby, intentando desviar la
conversación de mis inseguridades.
Supongo que hay algo más de lo que puedo hablar con mi nuevo
psiquiatra.
Joder, ¿a dónde va a parar mi vida?
Capítulo Doce

BRIANNA

A
pesar de mis argumentos de que estaba bien, Jodie insistió en tomarse
la semana libre para poder recuperarme.
Totalmente innecesario. Soy más que capaz de cuidar de mí
misma. Y no es que haya sido una buena compañía. He pasado la mayor
parte de los últimos días encerrada en su habitación de invitados.
Los chicos han venido a pasar el rato. Los chicos menos Nico. Ha sido
agradable, supongo. Pero no puedo evitar sentirme como una extraña.
No es culpa suya. Todos me han aceptado como parte de su pequeña
familia. Pero odio que sienta que no puede salir con sus amigos por mi
culpa. Quiero decir, asumo que yo soy el problema.
He estado a punto de preguntar por él un millón de veces, pero por
alguna razón, las palabras se me atascan en la lengua. Así que ahora, se ha
convertido en un elefante en la habitación aún más grande de lo que era
antes.
Mi última imagen de él en mi habitación del hospital todavía se niega a
abandonarme. Calli tenía razón. Parecía destrozado cuando le di la espalda
y me alejé de él. ¿Pero qué esperaba realmente? Casi me mata.
Exhalo un suspiro mientras miro fijamente el techo blanco que hay
sobre mí.
Quiero irme a casa. Quiero volver a empezar mi vida, pero cada vez que
digo que me voy, Jodie me mira con ojos tristes y yo me acobardo.
La mayor parte del tiempo, he mantenido el teléfono apagado desde que
volví del hospital. Todas las personas importantes saben dónde estoy, y he
estado en contacto con mi tutora de la universidad y con Melissa por correo
electrónico.
Por suerte, ambos me desearon una pronta recuperación y dijeron que
esperaban con impaciencia mi regreso. Supongo que es algo por lo que
sonreír.
Es casi lo único.
Lo que sea que esté pasando entre los chicos y los italianos se está
poniendo serio.
No han dicho nada a mi alrededor, y cuando le he preguntado a Jodie,
tampoco tiene muchos más detalles. Sea lo que sea lo que está pasando es
alto secreto, y para ser honesta, estoy contenta con eso.
Tengo cero ganas de sumergirme más en el peligroso mundo de Nico.
En algún momento, Jodie llama a la puerta para entregarme un
chocolate caliente antes de irse a la cama con Toby.
Digo todo lo correcto, pero en realidad no lo siento. Me apago, y cuanto
más tiempo paso encerrada en esta habitación, peor.
Ella también lo ve, pero su preocupación por que esté sola prevalece.
Le he dicho que me quedaré hasta el domingo, pero luego volveré a mi
vida y a mi trabajo.
Ya he perdido más tiempo en la escuela del que quisiera; me niego a
perder más y arriesgarme a no completar mi formación.
Agarro el portátil de la cama y me pongo a buscar trabajo.
He señalado algunos puestos de profesor que me han llamado la
atención. Ahora tengo que decidir si soy lo bastante valiente como para
presentarme a alguno.
Estudio el sitio web de cada escuela hasta que me arden los ojos.
El resto del piso está en silencio. Sé que Jodie y Toby están siendo
corteses porque tienen una invitada, y detesto que pongan fin a sus
habituales salvajadas sexuales para que yo no tenga que soportarlo. Sin
embargo, estoy agradecida. No hay mejor manera de darse cuenta de la
poca acción que estás teniendo que escuchar a tu mejor amiga ser follada al
otro lado del pasillo.
Cuando me inclino para apagar la luz, mi teléfono me acosa en la
mesilla de noche.
Dudo, cuestionándome si debo encenderlo o no.
¿Se habría molestado siquiera en enviar un mensaje?
Seguro que no ha intentado entrar aquí a la fuerza para verme, así que
no sé por qué lo haría.
Al final, me pica la curiosidad y lo agarro, encendiéndolo.
En cuanto se conecta al WiFi de Toby, empiezan a aparecer mensajes y
notificaciones.
Pero no hay ni una sola de Nico.
Desgraciadamente, la mayoría son de Brad y su mala conciencia.
—Contrólate, Brianna. A él no le importa —me siseo a mí misma, con
la esperanza de que al oír esas palabras deje de obsesionarme con él.
Hace tres días que no le veo. Debería estar aliviada.
Golpeo la pantalla con rabia para volver a apagar el teléfono, irritada
por haberme rebajado a ese nivel en mi necesidad de saber de él.
Eres una mujer fuerte e independiente, Brianna Andrews. No necesitas
la validación de Nico ni de ningún otro hombre.
Lo sé. Lo sé. Pero también quiero ver cómo está.
Miro hacia la puerta. Sería tan fácil escabullirse del piso y subir las
escaleras.
¿Está en casa? ¿O ya se ha olvidado de mí y está con Alex buscando una
mujer con la que pasar la noche?
Seguramente era lo que hacía cuando nos conocimos.
Sin embargo, muchas cosas han cambiado desde entonces. Y por mucho
que quiera decirme que está viviendo su vida, algo me dice que no es así.
No es la misma persona que la noche que me folló de seis maneras
desde el domingo en el Hades.
Diablos, yo tampoco soy la misma persona.
Vuelvo a caerme en la cama y vuelvo a mirar al techo, preguntándome
si estará ahí arriba. Y si está, qué estará haciendo.

No recuerdo haberme quedado dormida, pero ocurre más rápido de lo que


esperaba, ya que apenas he salido de esta habitación en los últimos dos días.
Al parecer, curarme de mi experiencia cercana a la muerte es un trabajo a
tiempo completo.
Lo primero que percibo cuando empiezo a volver en mí es que me
observan.
El corazón me salta a la garganta y mi cuerpo comienza inmediatamente
a arder.
Pero entonces, un gruñido profundo y retumbante atraviesa el aire, uno
que reconocería en cualquier parte, y me relajo. Aunque no mucho.
Abro los ojos y veo que la habitación está demasiado oscura para verle.
Solo puedo distinguir su forma oscura en la sombra.
Lucho por mantener la respiración uniforme para que no se dé cuenta de
que estoy despierta.
¿Qué coño está haciendo aquí?
Vuelve a gemir, y mis ojos bajan a su entrepierna, esperando encontrarlo
masturbándose como un cretino sobre mi cuerpo dormido.
Pero a pesar de no poder ver dónde está realmente su mano, no hay
movimiento.
Él sólo… se sienta allí.
Me pesan los ojos demasiado mientras estoy tumbada en la oscuridad,
viéndole mirarme.
La tentación de hacerle saber que soy consciente de su presencia es
jodidamente fuerte, pero no muevo ni un músculo a pesar de que mi cuerpo
arde bajo el edredón.
El bajo vientre se me retuerce de deseo, el coño se me resbala de
excitación, como siempre que él está cerca.
Es como la maldita kriptonita.
No le quiero. La mayor parte del tiempo no le soporto. Sin embargo, mi
cuerpo le habla al suyo como a ningún otro que haya conocido.
Me muevo ligeramente, conteniendo la respiración mientras pruebo el
agua.
No sé si el movimiento es demasiado leve, si está demasiado oscuro o si
no está prestando atención, pero no se inmuta.
¿No le importa que le pillen?
—Estoy tan jodidamente duro por ti, Brianna —dice en voz tan baja que
casi creo que me lo estoy imaginando—. Te echo de menos.
Respiro con fuerza ante esa confesión. Es muy diferente a la primera.
—Nico —suspiro, su nombre no es más que un suspiro en mis labios
mientras ruedo descaradamente sobre mi espalda, pateando las mantas de
mi cuerpo acalorado.
—¿Sirena? —Su voz áspera es un poco más fuerte esta vez.
—Si vas a mirar, también podría darte un buen espectáculo, ¿eh?
Deslizo la mano por mi vientre, metiendo los dedos bajo el borde de
encaje de mis bragas.
—Oh, joder —gruñe, sentándose hacia delante y levantando una mano
para apartarse el cabello de la frente.
Un grito ahogado sale de mis labios cuando mis dedos encuentran mi
clítoris hinchado.
Empujando más abajo, sumerjo los dedos en mi coño antes de
arrastrarlos de nuevo hacia arriba y esparcir mis propios jugos sobre mi
carne acalorada.
—Nico —gimo, sabiendo que le volverá loco mientras arqueo la
espalda.
Un gruñido sale de sus labios. —Eres una provocadora, Sirena.
Muéstrame como es debido —exige.
Pero para su irritación, esta vez no sigo sus órdenes. En vez de eso,
acelero el paso.
Tengo mucha experiencia en excitarme y sé exactamente cómo tocarme
para asegurarme de que me dirijo hacia ese precipicio en cuestión de
segundos.
Me froto el clítoris con más fuerza, mi coño ansía que lo llenen.
Levanto la mano libre y me agarro el pecho, pellizcándome el pezón
cuando lo encuentro duro contra los límites de la camiseta.
—Joder. Eres hipnotizante, Sirena.
—Nico —grito, acercándome cada vez más a la cornisa.
—¿Vas a correrte mientras estoy aquí sentado viéndote ser una
guarrilla?
—Sí, sí —grito, mi cuerpo se bloquea mientras me preparo para
lanzarme por ese precipicio.
Pero justo antes de la caída libre, todo se detiene bruscamente.
Parpadeo en la oscuridad cuando me arranca la mano de la ropa interior
y la tira a un lado, ya no la necesita, antes de arrastrarme las bragas por los
muslos. Me suelta un pie, pero me deja colgando del otro mientras me
presiona con las palmas de las manos en el interior de los muslos y me abre
para él.
—Te he echado de menos, Sirena. Me muero sin ti —gime, soplando
una corriente de aire frío contra mi piel sensible.
—Por favor —le suplico, acercándome a él y enredando los dedos en
sus suaves mechones con la esperanza de arrastrar su boca más cerca de mí.
—Tan impaciente, Sirena. Cualquiera diría que tú también me echas de
menos.
—Te odio —jadeo cuando vuelve a soplarme el clítoris.
Se ríe entre dientes—: Claro que sí. Pero no mi lengua ni mi polla,
¿verdad?
—Y tus dedos —confieso, haciendo rodar mis caderas tentadoramente.
—Cualquiera pensaría que sólo me tienes cerca por una cosa.
—No te tengo cerca, Nico. No puedo deshacerme de ti.
—Hay una razón para eso, Sirena. Somos demasiado buenos juntos.
Antes de que pueda responder, inclina la cabeza y me lame el coño.
—Joder, sí —grito, echando la cabeza hacia atrás en la almohada
mientras mis dedos se retuercen en su cabello, manteniéndolo contra mí.
—Tu puta boca debería ser ilegal.
—Tomaré eso —gruñe contra mí—. Ahora, concéntrate. Quiero que te
corras en mi cara y dormirme con tu sabor en mi lengua.
Si no me metiera inmediatamente dos dedos gordos, podría argumentar
que yo también quiero correrme sobre su polla, pero cuando encuentra mi
punto G, pierdo todo el sentido y me limito a hacer lo que me dice.
Su lengua lame mi clítoris mientras sus dedos rozan una y otra vez ese
punto mágico de mi interior, preparándome para lo que sé que va a ser una
liberación alucinante. Siempre lo es con él. Por eso no protesto porque él
tome el control. Sé que mañana me arrepentiré. Le hará pensar que le he
perdonado.
No lo he hecho. No por mucho, pero soy muy fuerte.
¿Y cuál es mi otra opción, aparte de mis propios dedos en este
momento? ¿Llamar a Brad? Si, no. No lo creo.
—Nico —grito cuando mi liberación está al alcance de la mano.
—Córrete por mí, Sirena. Dame todo.
Sus palabras me golpean y por mis venas corre el temor de que me exija
más de lo que puedo darle, pero ya es demasiado tarde. Estoy demasiado
lejos, y un lametón más de su hábil lengua y me elevo.
—NICO —grito mientras el placer estalla en mí, recorriendo mis
miembros y haciendo que las puntas de mis dedos de las manos y los
extremos de los pies hormigueen con su intensidad.
Mi pecho se agita mientras una oleada tras otra de placer se apodera de
mi organismo, dejándome hecha un desastre sudoroso y saciado ante él.
—Joder, ha estado bien —confieso con un gemido—. Puede que seas un
capullo cruel, pero tienes unas habilidades locas.
Su risita llena el aire, claramente no ofendida en lo más mínimo, pero
antes de que tenga la oportunidad de decir o hacer algo más, mi
agotamiento se apodera de mí y llega la oscuridad.
Malditos analgésicos.
A partir de mañana, he terminado con ellos.
A la mierda el dolor. Quiero vivir.

Me despierto sobresaltada. Abro tanto los ojos que me duelen, pero no veo
nada. Las cortinas opacas son demasiado buenas.
Escudriño la oscuridad, buscando pruebas de lo ocurrido la noche
anterior. Pero no hay nada. La silla está vacía, aparte de la ropa que he
tirado sobre ella en los últimos días. Y lo que es más importante, cuando
deslizo la mano hacia el otro lado de la cama, también está vacía. Y fría.
—Mierda —siseo, rodando sobre mi espalda.
Algo me tira del tobillo y, cuando bajo la mano, me encuentro las bragas
enroscadas en él.
Joder.
¿En qué estaba pensando?
Un ruido en el piso llama mi atención y, cuando miro el despertador,
veo que hace mucho que Toby debería haberse ido a la escuela.
Balanceo las piernas sobre el borde de la cama e intento ignorar el dolor
de estómago.
Puede que me haya librado anoche, pero ni de lejos fue suficiente.
Ni siquiera me folló con esa deliciosa polla suya.
¿Por qué pensó que abandonarme sin la experiencia completa de Nico
Cirillo me haría sentir más dispuesta a perdonarle? No es que cualquier
número de orgasmos sea suficiente para perdonar sus acciones. Pero aun
así. Una buena follada habría ayudado.
Quizá no quería hacerte daño, dice una vocecita racional en mi cabeza,
pero la aplasto tan rápido como aparece. Nico no es tan considerado. Si
quisiera follarme, nada se lo impediría.
Mierda. ¿Fue sólo un orgasmo de lástima?
¿Estaba sentado en su piso sintiéndose culpable por lo ocurrido y pensó
que me vendría bien pasar un buen rato para hacerme sentir mejor?
—Gilipollas —siseo, agarrando el cepillo de dientes con más fuerza de
la necesaria.
Me aseo y me doy una ducha rápida. Aún tengo un vendaje sobre el
hombro, pero cada día que pasa tengo menos cuidado de mojármelo. Hoy
especialmente, mientras estoy bajo la ducha en cascada del baño de
invitados de Toby.
Quiero creer que tirando por el desagüe cualquier prueba de su visita,
mi memoria se irá con ella. Es una ilusión; lo sé incluso antes de intentar
olvidar.
Ignorando la ropa empapada y medio despeluchada, me pongo unos
pantalones cortos y un chaleco y salgo en busca de un café que tanto
necesito.
Jodie está sentada a la mesa del comedor con el portátil abierto. Está
completamente distraída, tecleando.
No es hasta que mi sombra cae sobre ella cuando se da cuenta de que
tiene compañía.
Un pequeño jadeo sale de sus labios antes de que sus ojos se dirijan a
los míos.
—¿Qué? —pregunto cuando algo malvado baila en sus ojos.
—Oh, nada. Nada de nada.
La miro con el ceño fruncido, intentando averiguar qué está pasando.
—¿Quieres un café? —pregunto.
—Por favor. —Desliza su taza hacia mí para que se la rellene—. Yo
haría el tuyo con un shot doble si fuera tú.
Quiero decir, sí, lo necesito, pero… me doy cuenta de una bofetada en
la cabeza.
—Ya me has oído. —No es una pregunta, no hace falta. La respuesta
está escrita en su cara.
—Nena, fue difícil no hacerlo. ¿Sabes lo fuerte que puedes gritar?
—¿Tenemos que hacerlo?
—Pensé que alguien estaba tratando de matarte, Bri. Me desperté
aterrorizada y ya estaba a medio camino de tu habitación, lista para luchar
por ti.
—Aunque te lo agradezco, no era necesario.
—No. Por lo que vi cuando abrí la puerta.
No hay muchas cosas que me avergüencen estos días, especialmente
con mi mejor amiga, que literalmente ya lo ha visto todo, pero mi cuerpo
me desafía y el calor florece en mis mejillas.
—Por Dios —murmuro, caminando hacia la cocina mientras ella se ríe
de mí.
—No es nada de lo que avergonzarse, Bri. Todos tenemos necesidades.
Capítulo Trece

NICO

H
oy he vuelto a la escuela. No quería hacerlo. Quería hacer
exactamente lo contrario, pero mi tiempo escondido en mi piso ha
terminado.
Ya he hecho bastante en las últimas semanas.
Así que, en lugar de eso, hablé conmigo mismo, me puse el uniforme,
me pasé cera por el cabello e intenté olvidarme de todo lo demás.
Tengo exámenes. Necesito concentrarme. Quiero decir que tendré el
verano para joder. Pero no lo haré. En cuanto termine los exámenes, me
meteré de cabeza en mi papel de soldado. No me importa si Damien piensa
que no soy material de subjefe. Ya sé que no lo soy. Pero tengo toda la
intención de demostrarle que un día, lo seré.
Un día me pondré en la piel de mi padre y haré que se sienta orgulloso.
Eso es lo que quiero. Y por primera vez en mi vida, creo que tampoco es
lo único que quiero.
—¿Señor Cirillo? —Me llama la señora Hendrix, agachándose para
ponerse en mi línea de visión.
—Lo siento. ¿Puede repetir la pregunta?
Frunce el ceño, preocupada, y sigue mirándome.
Tras un par de segundos de silencio, acerca una silla y se sienta frente a
mí.
No es hasta que lo hace que me doy cuenta de que el salón está vacío.
La clase ha terminado y yo… sigo aquí sentado.
Mierda.
—Lo siento, me fui totalmente.
—¿Cómo está? —La señora Hendrix pregunta en voz baja.
—¿Cómo está quién?
—Nico, no soy tonta, y te agradecería que no me trataras como tal. Sé
que tú y Brianna… se conocen.
—¿Lo sabías? —pregunto, frunciendo el ceño mientras ella asiente—.
¿Por qué la programaste en esta lección?
Diablos, yo podría haber sido el que hizo el daño en lo que respecta a
Brianna, pero la señora Hendrix la puso justo en la línea de fuego.
—Porque estoy preocupada por ti. Esperaba que su presencia te ayudara
a concentrarte.
No puedo evitar reírme.
—También funcionó, ¿verdad? He visto el trabajo que le has dado en
tus sesiones de repaso. Quieres impresionar así que te estás esforzando⁠—.
—Arriesgado juego el que está jugando, señora Hendrix.
—Porque nunca juegas sucio —se burla, haciéndome tragar saliva
nerviosamente.
—Las cosas entre nosotros… son…
—¿Complicadas? —me pregunta cuando me entretengo.
—Iba a decir tóxico, pero sí, eso funciona.
—Sin embargo, te preocupas por ella, ¿no?
Trago saliva una vez más.
—No necesitas responder a eso. Lo veo en tus ojos. —Me dedica una
sonrisa suave y alentadora—. Hagas lo que hagas, Nico, ella te perdonará.
Solo necesita tiempo. Eso y que no la lancen contra un edificio a un millón
de kilómetros por hora.
Entorno los ojos hacia ella.
—¿Quién es usted? —pregunto, más que sospechando cómo podríamos
estar conectados.
—Nada de eso importa —dice, haciendo caso omiso de mi
preocupación—. Tienes que centrarte en ti, y en ella.
Me desplomo en la silla y suelto un fuerte suspiro.
—No quiere verme —confieso, restregándome la mano por la cara.
—¿Cuánto lo has intentado?
Mis labios se separan para decir algo, pero pronto me doy cuenta de que
no tengo una respuesta decente a esa pregunta.
—Esfuérzate más, Nico. Ninguna batalla se ha ganado sentándote y
dejando que todo ocurra a tu alrededor.
Con esa ominosa afirmación resonando en mis oídos, vuelve a colocar
su silla en el lugar que le corresponde y se dispone rápidamente a recoger,
dejándome allí desplomado, perdido en mi propia cabeza.
—Por favor, mándale mis saludos cuando la veas. Estoy deseando
tenerla de vuelta la semana que viene.
—¿La semana que viene? —Suelto.
—Eso es lo que decía su último correo electrónico, sí.
El malestar corre por mis venas al pensar en ella abandonando el piso de
Jodie y Toby. Mientras está encerrada con ellos, está a salvo. Protegida.
Pero una vez que esté de nuevo en la naturaleza, cualquier cosa podría
pasar. Cualquiera podría pasar. Y no me refiero sólo a Brad el imbécil.
Nunca pensé mucho en ello antes, pero si los italianos se están
preparando para atacar, entonces nos estarán observando como halcones. Y
la forma más fácil de desarmarnos es usar a nuestras chicas.
Solo de pensarlo se me retuerce el estómago hasta estar seguro de que
estoy a punto de vomitar sobre la inmaculada moqueta de esta aula.
Pero por mucho que quiera envolverlos en plástico de burbujas y
mantenerlos a salvo, sé que no puedo. Y si alguna vez tengo la oportunidad
de que Brianna vuelva a hablarme, tengo que dar un paso atrás. Asfixiarla
con mis miedos e inseguridades ahora mismo no va a ayudar.
—Gracias por… esto —digo, poniéndome finalmente en pie y
dirigiéndome hacia la puerta.
—Brianna es una en un millón, Nico. No la dejes escapar. Te
arrepentirás⁠—.
No tengo palabras para responder a eso, así que me limito a asentir y
sigo caminando fuera del aula y luego de la escuela.
Como esperaba, Toby está sentado en el asiento del conductor
esperándome.
—Hola, ¿has pasado una buena tarde? —pregunta inocentemente.
—¿Quién es la señora Hendrix? —Ladro.
—Umm… ¿Profesora de inglés?
—Ella es Cirillo.
—¿Qué? —suelta, claramente sin esperar que esas palabras salieran de
mi boca.
—Sabe lo mío con Brianna —confieso—. Lo ha hecho todo el tiempo.
—No tengo ni idea. Pero puedo investigarla.
Asiento con la cabeza a pesar de que la idea de que él husmee en su
vida no me gusta nada. Más que nada, necesito saber con quién trabaja
Brianna.
—Estoy seguro de que no es nada de qué preocuparse. Ya lo sabríamos
si lo fuera.
—Supongo —murmuro mientras saca el carro del estacionamiento.
—Así que —empieza en cuanto salimos de los terrenos de Knight’s
Ridge—, ¿vas a hablar con ella esta noche?
Me froto las manos por los muslos.
—No puedo —confieso.
—¿Por qué diablos no? Te echa de menos.
—¿En serio?
—Sabes tan bien como yo que sí.
—No es lo mismo —murmuro, con la polla hinchándose dentro del
pantalón sólo de pensar en lo que echa de menos de verdad. Yo también,
joder. Pero no la quiero sólo porque esté desesperada por mi polla.
Quiero…
Quiero más.
—Joder —murmuro, restregándome la mano por la cara y mirando por
la ventana. —De todas formas, esta noche no puedo, estoy ocupado —
confieso estúpidamente.
—¿Oh? ¿Cita de la que no sé nada?
—Algo así.
Me mira y me clava los ojos en la cara mientras espera a que explique
algo.
No quiero, y me reprendo en silencio por no decir nada.
—Jocelyn me ha juntado con su sobrina psiquiatra.
—¿Oh? —pregunta Toby, con los ojos abiertos de sorpresa.
Buscar ayuda en forma de terapia o asesoramiento no es realmente el
camino de Cirillo. Por lo general, nos centramos en la tarea que tenemos
entre manos y derramamos suficiente sangre para resolver nuestros
problemas. Pero aparentemente, Jocelyn me obliga a ser rebelde y resolver
esta mierda de la manera normal. Lo entiendo. Sé por qué lo está haciendo.
No es sólo por mí, sino también por Brianna. Porque ella se lo merece. Y es
exactamente por eso que lo estoy soportando.
—Aparentemente, tengo problemas.
—Amigo, no necesitas que te lo diga un psiquiatra. Podría haberlo
hecho gratis.
—Qué gracioso, capullo —murmuro.
—En serio, creo que es una buena idea. Diablos, probablemente a todos
nos vendría bien un poco. Ya estamos bastante jodidos.
Murmuro una especie de acuerdo. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Dice la
verdad.
—Entonces, ¿cuál es el plan aquí? ¿Tratar de ordenar tu cabeza y luego
hacer algún gran gesto?
—¿Quién dice que tengo un plan para ella?
—Estás tan lleno de mierda. ¿Asumo que este psiquiatra va a tratar de
probarte que te preocupas por ella? Toda esta negación no es buena para tu
alma.
—Claro que me importa, gilipollas. Ella es… Brianna. Pero eso no…
—Oh, déjalo, hermano. Has estado enamorado de ella desde la noche en
que te dejó entrar en sus bragas y todos lo sabemos. Te tiene tan agarrado a
su dedo meñique que nunca te va a soltar. ¿Y sabes algo más? —añade
rápidamente antes de que yo pueda decir una palabra. —Te encanta, joder.
—No tienes ni idea de lo que estás hablando. Yo no quiero eso. Lo que
todos ustedes tienen. Una mujer para el resto de mi vida. Ugh. —Me obligo
a estremecerme físicamente, pero es falso. Todo.
La verdad es que… creo que podría tener razón.
—Sólo habla con ella. Y me refiero con palabras reales, Nico. No
promesas nocturnas de placer que sé que te gustan tanto.
—Gilipollas —me burlo.
Pero lo único que hace es reírse a su vez.
—Al menos intenta hablar con ella antes de que empiece toda esta
mierda.
—¿Has oído algo?
—No. Pero no puedo imaginar que se queden con esta información por
mucho tiempo. Apostaría a que será este fin de semana.
—Lo mismo —estoy de acuerdo.
—Tienes que estar preparado, Nico. ¿A qué hora viene tu psiquiatra?
Deberíamos ir al gimnasio.
El entrenamiento en el gimnasio con Toby y la sesión con Jade son tan
tortuosos y dolorosos el uno como el otro. Cuando Jade sale de mi piso por
la noche, estoy agotado emocional y físicamente.
Sigo llevando la ropa de gimnasio, con la piel todavía cubierta de sudor
rancio, que, seguro que Jade disfrutó muchísimo, pero no encuentro la
energía para moverme. Y todavía tengo que hacer la revisión.
Me imagino que eso va a tener que esperar mientras me desplomo en el
sofá, mis ojos se cierran incluso antes de que mi cabeza haya golpeado el
cojín.
La oscuridad llega rápido para mí, y rápidamente caigo en mis fieles
sueños de una rubia con curvas que consume cada segundo de mi vida estos
días.
Sabía que era diferente desde la primera noche que nos conocimos, pero
nunca hubiera imaginado que llegaríamos a esto.
En cuanto pasó por delante de mi mesa, me pongo en pie, con el
corazón martilleándome en el pecho mientras la veo estudiar a la mujer
con la que había quedado para entretener a su cita mientras le robo lo que
me pertenece.
Su culo se balanceaba de la forma más tentadora mientras se acercaba
a los baños con ese vestido ceñido en el que la había envuelto ese capullo.
Si no lo odiara tanto, podría agradecérselo.
Será una pena quemarlo y convertirlo en polvo cuando por fin lo separe
de su cuerpo.
Después de que Brianna la haya adelantado, los ojos de Lola se fijaron
en los míos.
Una inclinación de cabeza casi imperceptible me aseguraba que conoce
la tarea y la tiene más que controlada.
No dudo de sus habilidades. Ha trabajado en el Empire desde que tengo
memoria. Se toma su trabajo muy en serio. Sabe muy bien lo que pasaría si
fallara.
Atrapé la puerta del baño justo antes de que se cerrara y esperé un
minuto a que Brianna se encerró en un cubículo. Lancé una mirada a Raúl,
que me observa desde el final del pasillo, y me colé en la habitación y me
escondí en la que está a su lado.
La espera para que volviera a salir fue insoportable. Pero sé que
merecerá la pena.
Mi polla se tensó contra los límites de mis pantalones, desesperado por
salir a jugar.
Hace demasiado puto tiempo que no estoy dentro de su cuerpo. Los
videos que tengo de nosotros juntos y mi propia mano sólo me llevan hasta
cierto punto.
Se me subió el corazón a la garganta cuando por fin tiró de la cadena y
abrió la puerta.
Conté hasta diez antes de salir.
Una sonrisa de satisfacción se dibujó en la comisura de mis labios en el
momento en que su grito de asombro recorrió el aire cuando sus ojos se
posaron en los míos en el espejo que tenía delante.
—¿Qué haces? —jadeó cuando estaba casi a su alcance.
—Podría hacerte la misma pregunta, Sirena —gruñí, la imagen de ella
sentada ahí fuera con ese capullo hace que mi ira siguiera burbujeando
bajo la superficie.
Ella bajó su teléfono a un lado mientras nuestras miradas siguieron
sosteniéndose.
—No deberías estar aquí —siseó.
—Y tú no deberías estar aquí con otro hombre —le respondi.
Su pecho se agitó cuando me acerquée, y mis dedos se cerraron en
puños para impedir que la alcanzara.
—Sólo es Brad —argumentó como si eso fuera a mejorar las cosas.
Hizo todo lo contrario, y mi ira, mis celos, sólo arden más.
—Me importa una mierda si es Dios. Se ha pasado toda la noche
follándote con los ojos en este vestido, planeando lo que va a hacer una vez
que te saque de él. Tocándote.
Mi voz fue áspera, profunda. Sonó desquiciada mientras luchaba apor
contener todo lo que intentaba explotar dentro de mí.
—Cuidado, Nico. Suenas terriblemente celoso.
Un fuerte gruñido salió de mi garganta y de repente me lancé hacia
delante.
Estoy sobre ella antes de que se diera cuenta de que me había movido.
Le rodeé el cuello con la mano y la atraje hacia mí. Un gemido retumbó en
mi garganta cuando su culo rechinó contra mi polla. Deslicé la mano libre
por la curva de su cintura y me agarré a su cadera para impedir que se
escapara.
La piel se le puso de gallina cuando respiré contra su cuello. Su
reacción visceral solo hizo que mi agarre sea más fuerte.
—Nadie más puede tocar mis juguetes, Brianna —advertí
peligrosamente.
—Vete a la mierda, Nico. No te pertenezco. Nunca lo he hecho y nunca
lo haré. No soy más que una puta barata…
La hice girar y la apreté contra la pared antes incluso de que percibiera
sus palabras. Todo el aire salió de sus pulmones antes de que mi mano
encontrara su lugar alrededor de su garganta, apretando en señal de
advertencia, haciendo que sus labios se abrieran más.
Aprovechando al máximo, golpeé mi boca contra la suya, lamiendo
profundamente en su boca mientras ella se resiste. Pero no va a funcionar.
No hay nada que ella pueda hacer ahora que me impida tener lo que es
mío.
—Deja de pelear, Brianna —advertí en nuestro beso.
—Vete a la mierda —siseó.
—Sí, Sirena. Esa es la puta idea.
Apreté una vez más su garganta y, finalmente, ella cedió a este fuego
entre nosotros y me devolvió el beso con la misma violencia que yo a ella.
Encontré la raja de su vestido y deslicé la mano por su muslo,
enganchándola en mi cadera mientras seguía explorando bajo la tela.
Todo mi cuerpo se tensó cuando descubrí que no llevaba nada debajo
de ese vestido pecaminoso.
—Sirena —gruñí entre dientes apretados—. Has estado sentada ahí
fuera con él así. —Todo mi cuerpo tembló por la agresividad contenida.
El hecho de que no haya salido furioso y me haya cargado al hijo de
puta es un puto milagro.
—Me dijo que no me pusiera nada —dijo, empeorando la situación.
—Y escuchas todo lo que dice ese hijo de puta, ¿eh? Tal vez deberíamos
traerlo aquí, para que vea lo sucia que es mi sirena.
Sus ojos se abrieron de golpe.
Pero es inútil. Su no tan leal mascota está por ahí teniendo su ego
acariciado por Lola mientras hablamos.
—¿Qué te pasa? ¿Preocupada por lo que pensará de la verdadera tú?
¿La profesora corrupta que se excita follándose a su alumno? —. Gruñí.
—Me importa una mierda lo que piense de mí.
—¿Pero puedes permitirte perderlo? ¿O es uno de los que compré? —.
me burlé, mirando su vestido.
Intentó luchar contra su reacción, pero fracasó rotundamente. Lo vi
todo arder en el fondo de sus ojos. Y todo lo que hizo es alimentar al
monstruo que llevo dentro, desesperado por salir.
—Entonces, ¿qué es lo que haces aquí… dejar que te compre ropa de
diseño y te vista como su muñequita antes de tumbarte y abrirte de piernas
para pagarle?
Crack.
Ese poco de dolor es todo lo que necesitaba para liberar a la bestia.
Mis labios chocan con los suyos con tanta fuerza que el sabor a cobre
llenó mi boca mientras mis dedos enconraron su coño, dos de ellos
hundiéndose profundamente en su interior.
—Nico —gritaba mientras me la follaba como un salvaje.
Seguimos escupiéndonos insultos, pero ambos sabíamos que esto sólo
acababa de una manera.
Conmigo tan dentro de su coño, ninguno de los dos sabía dónde
acababa uno y empezaba el otro.
Exactamente como debería ser.
—Más. Nico. Necesito más —suplicó.
—Ruega como una buena putita y puede que lo consigas, Sirena.
Me retiré un poco, viéndola acercarse a su orgasmo con mi polla
dolorida, llorando por una liberación.
—Fóllame, Nico. Necesito tu polla.
Mis dedos apretan su garganta, lo suficiente para cortarle el aire esta
vez, mientras seguía metiendo mis dedos dentro de ella.
Sólo tardó un par de segundos más en destrozarse, y fue jodidamente
hermoso. Me ordeñó los dedos como lo haría con mi polla en solo unos
minutos.
Sus gritos de placer rebotaron en las paredes que nos rodeaban
mientras me abrí los pantalones y me los bajé por las caderas, liberando mi
polla. Pero no le quité los ojos de encima. No podía. Era tan jodidamente
hermosa cuando se entregaba a esta conexión entre nosotros.
No fue hasta que estaba en fila en su entrada que ella volvió a mí.
—Bien —afirmé cuando sus ojos encontraron los míos—. No quería que
te perdieras esto.
Empujé dentro de ella, llenándola de un solo movimiento. Sus paredes
húmedas y aterciopeladas se abrazaban a mi polla, sus músculos aún
espasmódicos por la liberación y me succionaban más profundamente.
Ella lo es todo para mí. Está en todas partes.
—Joder, nunca te ves mejor que cuando estás empalada en mi polla,
Sirena —confesé, incapaz de mantener la verdad atrapada en mi interior.
Intentaba luchar contra mí, impedir que la follara así en el baño
mientras su cita se entretenía en el restaurante. Pero era inútil, y ella lo
sabía. Y en poco tiempo, ambos sucumbimos a nuestras liberaciones, mi
polla sacudiéndose violentamente dentro de su coño, marcándola como mía
y sólo mía.
Y para dejar claro mi punto de vista, solté su garganta y hundí mis
dientes en la piel ya marcada.
—¿Querías mearte encima de mí también, para dejar claro tu punto de
vista? —siseó enfadada mientras el subidón de lo que acabamos de hacer
empieza a escurrirse de mí.
Mi profunda risita llenó la habitación mientras me retiraba tristemente
de su cuerpo. Mi polla apenas se había reblandecido, más que preparada
para volver a hacerlo.
—No creo que sea necesario. Los dos sabemos la verdad —afirmé con
seguridad mientras me arreglaba la ropa.
—¿Ah, sí? —preguntó, tirando de su vestido hacia abajo, impidiéndome
ver la evidencia de lo que acabábamos de hacer deslizándose por sus
muslos—. ¿Y qué es eso?
—Me perteneces.
Ella no se tomó esa afirmación tan en serio como yo, su risa me llenaba
los oídos mientras avanzaba hacia el cubículo.
Sus palabras entraron por un oído y salen por el otro. Los dos sabemos
que va a pasar el resto de la noche conmigo en vez de con ese marica de
ahí fuera. Lo que acababa depasar aquí fue sólo una muestra de lo que
somos capaces de hacer cuando chocamos.
Su teléfono vibró sobre el mostrador mientras se encerraba en un
cubículo y me dí la vuelta para mirarlo en lugar de salir como me exigió.
No tenía ninguna intención de leer sus mensajes, pero una parte de mí
esperaba que fuera el imbécil que la dejaba tranquila por esta noche en
favor de su nueva mascota.
Desgraciadamente, no es eso lo que encontré.
Capítulo Catorce

NICO

M
e despierto sobresaltado. Tengo el corazón acelerado y la piel
cubierta de sudor fresco, pero me concentro en la imagen que tengo
delante de mí.
Una imagen escaneada.
Mi hermana le ha enviado a Brianna una imagen en blanco y negro.
Una ecografía del bebé.
La cabeza me da vueltas mientras me siento con el pecho agitado.
Era sólo un sueño… ¿no?
Pero incluso mientras pienso esas palabras, sé que no son ciertas.
No era sólo un sueño.
Es la realidad.
Por eso hice lo que hice.
Estaba intentando llegar a Calli.
Me pongo en pie antes de darme cuenta de que he tomado una decisión
y salgo furioso de mi piso.
Ignorando el ascensor, bajo volando las escaleras como hice la noche
que impedí que Brianna se marchara. Solo que esta vez, tengo un objetivo
diferente en mente.
Presiono el escáner biométrico con mi mano temblorosa, abro la puerta
de un empujón en cuanto la luz verde parpadea y entro en el piso a toda
velocidad, estrellando la puerta contra la pared a mi espalda.
No me doy cuenta de que está oscuro hasta que me detengo en medio de
la sala.
¿Qué puta hora es?
Todavía estoy dándole vueltas a esa pregunta cuando se abre una puerta
y me encuentro en el lado equivocado de la pistola de Daemon.
—Nico, ¿qué coño? —ladra cuando me reconoce un instante después y,
por suerte, baja el arma en lugar de dispararme el cargador a la cabeza.
—¿Nico? —pregunta Calli somnolienta antes de salir detrás de su
novio.
Aprieta el interruptor de la luz, lo que hace que ambos se estremezcan
cuando la claridad les penetra en los ojos y me permite ver a mi hermana
allí de pie, con uno de los playeras sin mangas de Daemon.
A la mierda mi vida.
—¿Qué demonios está pasando? —Calli exige, vacilante dando un paso
un poco más cerca.
La culpa está grabada en su expresión. Sin que yo diga una palabra, ella
sabe que lo sé.
Mis puños se curvan mientras mi ira se desata, un movimiento que
Daemon no desaprovecha. Se coloca detrás de mi hermana y le rodea los
hombros con el brazo libre, sin soltar el otro.
—Estás… —tartamudeo como una idiota—. Estás…
El sollozo de Calli corta mis palabras y, antes de que me dé cuenta, se
ha liberado del agarre protector de Daemon y se ha lanzado contra mi
cuerpo.
Mis brazos la rodean por instinto, una mano sujeta su nuca y la otra su
espalda mientras se estremece contra mí.
—No pasa nada, Cal —susurro contra su cabeza antes de que mis ojos
encuentren los de Daemon a unos metros de distancia.
Por fin ha bajado el arma y ha cruzado los brazos sobre su pecho lleno
de cicatrices mientras se apoya en la pared.
—Debería ser yo quien te apuntara a la cabeza —gruño mientras el peso
de esta situación me aprieta el hombro.
—Pero no lo harás —afirma con seguridad.
—Pareces demasiado seguro de eso, Deimos.
—Por supuesto que sí. Ella me ama y lleva a nuestro pequeño bebé.
Todo el aire sale de mis pulmones cuando él confirma mi sueño.
—¿Es realmente cierto?
Calli aparta la cabeza de mi pecho y me mira con sus grandes ojos
azules llenos de lágrimas que me han derretido el corazón desde mucho
antes de que pueda recordar.
—Lo siento —susurra—. Queríamos esperar hasta… Lo siento —dice,
cortando su propia explicación.
—No me debes nada, Cal. Lo entiendo —digo apretando los dientes.
No soy un puto imbécil; sé que la gente no va anunciando estas cosas
nada más enterarse. Y tiene aún más razones para mantener la boca cerrada
con todo lo que está pasando últimamente. Ya estamos preocupados por la
seguridad de las chicas con los italianos husmeando. Añade esto a la
mezcla…
Joder.
El agarre de mi hermana se hace más fuerte a medida que mi
posesividad y mi necesidad de protegerla se hacen más fuertes que nunca.
—Debería habértelo dicho. Sabía que te volverías loco y…
—Tenías razón. Me volvería loco. Te entiendo. Joder. Lo siento mucho,
joder.
Soltándola, la empujo suavemente en dirección a su novio.
No tengo derecho a consolarla ahora mismo. Soy yo el que la ha jodido
tanto que ella sintió que no podía acudir a mí con esta mierda.
Hemos perdido a papá. Mamá se ha ido y…
—¿Brianna lo supo todo este tiempo?
A regañadientes, Calli asiente.
—El día que me di cuenta… Era la mañana de la fiesta de mamá y me
encontró enloqueciendo en el baño del lugar. Me calmó, se inventó una
excusa de mierda para poder ir a la farmacia a conseguirme una prueba.
—La tomé antes de la fiesta, pero no tuve ocasión de ver el resultado.
—Luego pasó todo y me quedé sin ti, sin Daemon, sin papá, y tuve la
realidad de esto sentado en mi bolso.
—Brianna y Jocelyn, ellas me sostuvieron, me mantuvieron en pie.
Luego volviste, pero papá nos dejó y todo se fue a la mierda. Estabas tan
enfadado, tan…
—¿Roto? —Termino por ella.
—Sí, pero yo también. Pensé que iba a tener que hacerlo por mi cuenta.
Alex me prometió…
—¿Alex lo sabe? —pregunto, con dolor en mi voz.
—Lo siento —susurra Calli—. Eras impredecible, Nico. Volátil. Me
aterrorizaba que todo empeorara si te enterabas, y ya era un puto desastre
masivo.
—Entonces Daemon regresó, y yo sólo quería que tuviéramos esto
juntos antes que todos los demás…
—Pero la mitad de ellos ya lo saben —argumento.
—Sólo Bri y Alex. Ellos me mantuvieron en marcha, Nico. Sin ellos…
—Sin mí —corrijo, con el remordimiento retorciéndose en mi interior
por no haber estado ahí cuando más me necesitaba, por no haber sentido
que podía confiar en mí. Me destroza.
—Nico —empieza, pero no la dejo decir nada más.
—¿Puedo ver?
Sus cejas se fruncen de confusión, pero Daemon lo entiende.
—El ultrasonido, Ángel. Muéstrale nuestra pequeña mancha.
En cuanto la suelta, vuelve corriendo a su dormitorio mientras los dos
nos miramos.
Pero esta vez, no estoy enfadado. No estoy furioso porque haya dejado
embarazada a mi hermana adolescente. Estoy aliviado. Aliviado de que ella
tenga su total dedicación y apoyo. Su amor.
Lo veo brillar en sus ojos oscuros y mortales. La ama como nunca ha
amado a nada en su vida. Ella está literalmente por encima de cualquier
cosa.
—Toma —dice Calli suavemente, entregándome una hilera de pequeñas
imágenes en blanco y negro—. Me las hicieron el viernes. Tuve una
pequeña hemorragia y Daemon se asustó y exigió que nos hiciéramos un
ultrasonido en cuanto aparecimos en el hospital.
—Como debe ser —estoy de acuerdo—. Llevas una carga preciosa.
Estas cosas necesitan revisión.
—¿Ves? —Dice Daemon con suficiencia, haciendo que mi hermana
ponga los ojos en blanco.
—¿Cuánto tiempo tienes?
—Casi nueve semanas. La fecha tentativa es el veintiocho de diciembre.
—Menudo regalo de Navidad —murmuro, mirando la imagen casi
indescifrable que tengo delante.
—Está ahí —señala Daemon, y la punta de su dedo cae exactamente
dónde estoy mirando.
—Sí. Ya veo… ¿él?
—Obviamente —afirma Daemon—. El siguiente mejor subjefe de
Cirillos merodeando por ahí.
—¿El siguiente mejor? —pregunto, mis cejas golpeando la línea de mi
cabello.
Daemon resopla de un modo muy poco propio de Daemon antes de
darme una palmada en la espalda.
—Con un padre como yo y un tío como tú, ¿qué otra cosa va a ser?
No se puede discutir con esa lógica, pero…
—A mi hermanita le está saliendo un hijo del diablo —murmuro en voz
baja mientras marcha hacia la cocina.
—A todos les falta algo —dice Calli, recuperando las imágenes.
—¿Ah, sí?
—Sí, tu futura subjefa es una chica.
—No, estoy con Daemon en esto. Definitivamente un niño.
—No. Estamos en el siglo XXI, ya era hora de que la mafia fuera
controlada por una mujer malvada. Piensa, si Emmie y Theo tienen una niña
primero, toda la Familia podría estar bajo control femenino —reflexiona
Calli.
—Uh… así no es cómo funciona, Cal. Es el primogénito quien obtiene
el poder.
—Ahora mismo lo es. Pero las cosas pueden cambiar. Theo y tú tienen
el poder. Y si Emmie tiene algo que ver, le apretará tanto las pelotas a Theo
que no tendrá más remedio que darle todo el poder a su niña.
—Hay muchos —si— en este plan, Cal.
Se encoge de hombros, sin inmutarse por esta loca idea que le ronda la
cabeza. —Estoy segura.
Miro a Daemon en busca de algún tipo de apoyo. No hay forma de que
quiera a su niña, si es eso lo que tienen, cerca de ese tipo de peligro, pero
ahora mismo parece tan relajado como Calli mientras saca un batido del
refrigerador.
Me doy cuenta y me siento como un imbécil por no haber sumado dos
más dos antes.
—Por eso tu refrigerador parece como si una tienda de comida sana
hubiera vomitado en ella.
—Sólo lo mejor para nuestro chico —se burla Daemon.
—Nueve semanas —reflexiono—. Así que tenemos qué… como,
¿treinta más para discutir así?
—Depende de si decidimos averiguarlo —dice Calli.
—¿Y ustedes, quieren?
—Sí.
—No.
Les sacudo la cabeza mientras Calli bosteza.
—Mierda, ¿qué hora es?
—Dos de la mañana —dice, acercándose a Daemon y robándole la
botella de la que está bebiendo.
Ella se acurruca a su lado y se la lleva a los labios mientras él la observa
con una expresión de completa adoración en el rostro.
—Siento haber irrumpido —digo en voz baja.
Honestamente, mi cabeza todavía está dando vueltas con este
descubrimiento, pero verlos juntos, felices, hace que parte de mi ira por
todo el asunto se disipe.
Puede que sea la influencia de Jade, pero estoy llevando esto mucho
mejor que la semana pasada. Eso o casi matarnos a los dos me ha dado un
poco de realidad.
Podrían pasar cosas mucho peores que mi hermana felizmente feliz y
embarazada en una relación.
Cuando vuelve a bostezar, recuerdo que debo irme.
—Voy a dejar que vuelvas a la cama.
Calli me estudia mientras me dirijo hacia la puerta.
—Estás muy tranquilo —dice Calli, frunciendo las cejas—. ¿Debería
preocuparnos que estés a punto de irte y tirarte del edificio o algo así?
No puedo evitar reírme.
—No. Estoy bien, Cal. Me… me alegro por ti. —Un nudo me sube por
la garganta. Es tan grande que casi no consigo que pasen las siguientes
palabras—. Papá se alegraría mucho por ti.
Las lágrimas inundan inmediatamente sus ojos.
—¿Lo sabe mamá? —pregunto, aunque estoy segura de que ya sé la
respuesta.
—No. Y me alegro de que siga así.
—Lo tienes. De todas formas, no se lo merece. Tu soldadito va a estar
rodeado de gente que le quiere. Él tampoco la necesita.
—Por favor, tampoco se lo digas todavía —dice Daemon—. Queríamos
que lo supieran primero, y ahora que lo saben, lo anunciaremos.
—Lo que tú quieras.
—Y por favor, no seas tan duro con Brianna por esto. Ha sido como la
hermana que nunca tuve. —Sus palabras son como un sólido puñetazo en el
corazón—. Así que, si pudieras ser un hombre y hacer realidad esa
situación, estaría totalmente aquí para ello.
—Dios —murmuro, pasándome los dedos por el cabello revuelto—.
Ahora mismo no quiere hablar conmigo, y mucho menos casarse conmigo.
La sonrisa más amplia y genuina ilumina el rostro de Calli.
—No has discutido ni negado que lo quieres —respira, e
inmediatamente me doy cuenta de mi error.
—Cal —advierto sombríamente—. Deja de dejar volar tu imaginación.
—Pero…
—Sin peros. Brianna y yo… es…
—¿Inevitable?
—Un poco de diversión. Ahora tienes herederos, yo no necesito, así que
se acabó la presión, ¿no?
Habría pensado que esas palabras serían un alivio. Estoy seguro de que,
si las hubiera dicho en cualquier momento anterior, lo habrían sido. Pero
ahora mismo, todo lo que siento es la punzada de la decepción.
¿Quiero eso? Un futuro con mujer e hijos. ¿Quiero hacer de mi antigua
casa familiar mi futura casa familiar e intentar no cometer los mismos
errores que nuestros padres cometieron con nosotros?
—¿Vas a echar a mamá o mudarte aquí para tener espacio? —suelto,
con un extraño pánico de que vayamos a pelearnos por ese sitio.
—Diablos, no. Estamos bien aquí.
—Pero es un piso —argumento por alguna razón desconocida.
—Es más grande que la mayoría de las casas de Londres. Estamos bien.
—La casa es toda tuya. Primero tienes que librarte de la zorra de tu
madre —se burla Daemon.
—Me sorprende que no me la hayas quitado de las manos también —
digo con tono inexpresivo.
—No, esa perra es toda tuya cuando sientas que es el momento
adecuado.
Sacudo la cabeza, preguntándome por millonésima vez en qué estaría
pensando mi padre, aguantando su frío culo durante tanto tiempo.
Me pregunto si siempre fue tan distante. No lo recuerdo al nivel que
hemos experimentado recientemente, pero nunca fue exactamente una
madre práctica, prefería dejarnos en manos de niñeras y asistentas. Pero
estoy segura de que solía demostrarnos que le importábamos. ¿O es sólo mi
retorcida imaginación?
—Gracias. Menudo regalo —murmuro antes de decir unas palabras que
nunca pensé que saldrían de mis labios—. Lleva a mi hermana a la cama.
Está agotada.
—Con mucho gusto. Es mi lugar favorito.
—Hablaremos mañana, Cal. —Me sonríe somnolienta antes de que
Daemon la coja en brazos y la lleve hacia su dormitorio, dejándome allí de
pie con un dolor implacable en el corazón.
Salgo de su piso sólo unos segundos después.
Debería girarme hacia el ascensor para que me lleve de vuelta arriba.
Pero no lo hago. Aunque mi cabeza me dice que vaya en esa dirección, mis
piernas me llevan en una dirección totalmente distinta.
Entro en el piso de Toby un poco más tranquilo que en el de Daemon.
Pero eso no significa que mi corazón lata más despacio o que no me
tiemblen las manos.
Mi hermana está embarazada. De un puto bebé de verdad.
Y Brianna lo supo todo el tiempo y nunca insinuó una palabra.
Respiro para calmarme mientras intento aplastar la ira que sigue
amenazando.
Estoy cabreado, pero también soy consciente de que tenía razón con lo
que me siseó mientras huía de la biblioteca la semana pasada.
Mi hermana es la prueba de que podemos confiar en ella.
Podría habernos llevado tan lejos que ya nos habríamos ahogado. Pero
no lo ha hecho. Ella está aquí. Está con nosotros.
Es de los nuestros.
Soy un puto manojo de nervios cuando alargo la mano y rodeo con los
dedos el pomo de la puerta.
La oscuridad me recibe cuando entro y me dirijo a la silla del rincón,
para verla dormir.
Con los ojos clavados en el bulto de la cama que es mi sirena, bajo el
culo y me reclino hacia atrás.
Los ojos me arden de cansancio y la cabeza me da vueltas por las
revelaciones de la noche, pero el mero hecho de estar en su presencia calma
todo lo que se agita en mi interior. No tengo ni idea de en qué momento
empezó a tener este efecto calmante en mí, pero ahora que lo he
descubierto, me estoy volviendo aún más adicto.
El piso está en silencio. Lo único que oigo son sus respiraciones
somnolientas y superficiales, mi propio corazón acelerado y la sangre que
me pasa por los oídos.
Los segundos pasan mientras estoy allí sentado. Ni siquiera puedo verla
en la oscuridad. Pero sé que está ahí, y eso es suficiente.
—¿Estuviste aquí anoche?
Su voz somnolienta me da un susto de muerte cuando llena la
habitación. El corazón se me sube a la garganta al estudiar su silueta
ensombrecida.
—Sí —confieso, mi mente se remonta a la noche anterior.
Abro las piernas y me llevo la mano a la entrepierna mientras mi polla
se endurece.
Claro que sí, estuve aquí anoche. Y fue tan jodidamente increíble como
tortuoso.
Su grito de sorpresa rasga el aire.
—¿Me… me has tocado? —pregunta dubitativa.
Una risita malvada sale de mis labios.
—Nico —suelta, aunque no hay mucho fuego detrás.
—¿Quieres que diga que te he tocado?
Se le escapa un gemido que estoy seguro de que no debería oír,
dándome todas las respuestas que necesito.
—¿Qué necesitas, Sirena? —pregunto, deslizándome hacia el borde de
la silla.
—¿De ti? Nada —escupe.
—¿Ah, sí? —gruño—. ¿Estás segura de eso?
—Más que segura. Quise decir lo que dije, Nico. Hemos terminado.
Puedes colarte aquí como un asqueroso todo lo que quieras. No voy a caer
en tu trampa otra vez. Estoy aquí por mi mejor amigo, y eso es todo. Ya no
apareces en ninguno de mis pensamientos.
—Mientes —afirmo con seguridad.
—Estás delirando.
—Y tú eres una mentirosa.
—Oh, qué bien —bromea—. Volvemos a lo mismo.
Me pongo en pie y me acerco. Su olor se intensifica a medida que me
acerco a ella y se me hace la boca agua.
—Pero esta vez no hay duda. Sé a ciencia cierta qué estás mintiendo.
—Mentira.
No se mueve cuando me pongo a su lado y me inclino. Pongo las manos
en la almohada, a ambos lados de su cabeza, y desciendo hasta quedar
frente a su cara.
—Pero no lo es, ¿verdad?
—Hemos terminado, Nico. Quiero que te alejes de mí y me dejes en
paz. —Pero mientras dice esto, no hace ningún movimiento para obligarme
a ir a ninguna parte. En todo caso, sólo me atrae a medida que su voz se
hace más profunda.
—¿Por eso te corriste anoche mientras gritabas mi nombre, Sirena?
¿Porque no me quieres?
Respira hondo y entrecierra los ojos.
—Te dije que estuve aquí anoche —gruño—. Lo vi todo. Pero nunca te
toqué. Lo que estabas experimentando eran imaginaciones tuyas. Ahora
dime, Sirena. ¿Qué te imaginabas que te hacía para que gritaras mi nombre
tan fuerte?
—Nada —miente ella—. No te estaba imaginando.
No puedo evitar reírme de su descarada gilipollez.
—Sigues diciéndote eso, nena. Pero ambos sabemos la verdad, ¿no?
—Tienes que irte —dice débilmente.
—Mentiras, mentiras, mentiras. Qué mentirijillas tan bonitas —canto,
apoyando mi peso en una mano y moviendo la otra para pasarle un dedo por
el costado de la cara.
Se estremece como si mi tacto le quemara, pero no hace nada más para
detenerme.
Sus brazos y piernas están libres. Si realmente quisiera, podría luchar
contra mí.
Yo ganaría. Ambos lo sabemos. Pero al menos podría intentarlo.
Cuando llego a la suave piel de debajo de su oreja, su cuello se ondula
al tragar. Se me hace la boca agua por la necesidad de sumergirme y
chupársela, pero me mantengo firme, demasiado perdido en ver cómo sus
ojos se oscurecen de deseo.
—Lo dije en serio, Nico. Hemos terminado.
—Lo sé —suspiro, trazando la tira de la camiseta.
—¿Entonces por qué sigues aquí? —exige, malinterpretando mis
palabras.
Dejo que mis ojos se posen en sus labios. Los tiene entreabiertos, con la
respiración entrecortada mientras me burlo de ella.
Al bajar más, veo que su pecho se agita y veo cómo engancho un dedo
bajo el edredón y tiro de él hacia abajo, dejando su cuerpo al descubierto.
Está oscuro, pero ahora que mis ojos se han adaptado por completo,
puedo ver todo lo que necesito para demostrar que su cuerpo está
totalmente de acuerdo con lo que estoy haciendo.
Sus pezones están duros, presionando contra la fina tela de su top,
desesperados por que los toque.
—Mírate, tan necesitada de mí.
—En tus sueños.
—No, nena. En el tuyo, ¿recuerdas?
—¿Qué estaba haciendo? —Bajo más, presionando mis labios contra la
comisura de su boca, ignorando el ardor de mi nariz al presionarla contra su
mejilla—. ¿Te estaba besando aquí?
Ella no responde.
—¿Aquí? —pregunto, acariciando su cuello y rozando su piel con mis
dientes.
Un violento estremecimiento recorre su cuerpo y un gemido retumba en
el fondo de su garganta.
—¿No? Tal vez esto, entonces.
Arrastrando hacia abajo la parte superior de su top, libero su pecho e
inmediatamente chupo su duro pezón en mi boca.
Grita, arquea la espalda y levanta el brazo de la cama, pero no para
apartarme. En lugar de seguir las órdenes de su cabeza, se deja llevar por
las ansias de su cuerpo y me enreda los dedos en el cabello, sujetándome
mientras la lamo.
—Sí —digo, acariciando su pico con la punta de la lengua—. Eso está
mejor, ¿no?
—Nico —gimotea, haciendo que mi polla llore en mis sudores.
—Joder, qué sexy eres, nena —confieso, revelando su otro pecho y
dándole el mismo tratamiento mientras mi polla intenta rasgar la tela tras la
que se esconde.
—¿Esto es en lo que estabas pensando mientras te excitabas anoche? —
Seguro que era una de las cosas en las que pensaba mientras la veía
enloquecer.
—No —grita, admitiendo por fin la verdad mientras muerdo su carne
sensible.
—¿No? ¿Entonces qué estaba haciendo?
Sus labios se cierran de golpe, negándose a darme lo que quiero.
No, Sirena. Así no es como va este juego.
Le muerdo el costado del pecho con tanta fuerza que le rompo la piel.
Ella grita mientras el sabor de la sangre me llena la boca y sus dedos se
retuercen con tanta fuerza en mi cabello que estoy seguro de que acaba de
arrancarme el lote.
—Dime, Sirena. Dime qué estaba haciendo⁠—.
Ella sigue negándose.
—NICO —grita cuando le marco el otro pecho a juego.
—Puedo hacer esto toda la puta noche, nena. Pero al final, conseguiré la
verdad y estarás gritando mi nombre lo suficientemente alto como para
recordar a todo este edificio a quién perteneces.
—No pertenezco a nadie.
Me río mientras desciendo por su cuerpo y presiono mis labios sobre el
encaje de su ropa interior.
—¿Estuve aquí abajo?
Su gemido es toda la confirmación que necesito.
—¿Te abrí bien las piernas y te comí hasta que olvidaste tu propio
nombre?
—Por favor.
—Joder. Me destrozas, nena —confieso mientras engancho los dedos
bajo sus bragas y se las bajo por las piernas. Las desengancho de uno de sus
tobillos, pero dejo el otro mientras aprieto mis manos contra sus rodillas y
la abro para mí.
Incluso en la oscuridad, su coño brilla para mí.
—Tan húmeda para mí —murmuro, deslizando la mano por el interior
de su muslo. Arrastro el dedo por sus pliegues.
—Nico —suplica cuando empiezo a rodear su entrada, provocándola
con lo que puedo darle.
—¿Cuánto me necesitas, nena?
—Por favor —gimotea.
—No es suficiente.
Inclino la cabeza y mordisqueo la piel del interior de su muslo antes de
iniciar una sucesión de besos que nos conducen a lo que ambos más
deseamos.
Su aroma inunda mi nariz mientras arrastro la lengua por su suave piel.
—Tan jodidamente duro para ti, Sirena. Sólo puedo pensar en ti.
—¿Mi coño, quieres decir? —corrige.
—No —afirmo, levantando la vista y sosteniendo sus ojos—. Tú,
Brianna. Toda tú.
Se le corta la respiración y el susto le cubre la cara. Pero se recupera
más rápido de lo que esperaba y se pone su máscara impenetrable.
Inmediatamente me pongo de frente y le abro las piernas al máximo.
Joder. Me perdí esto.
Me abalanzo sobre ella antes de que pueda exigirme que me vaya y la
lamo a lo largo de su coño antes de centrarme en su clítoris y succionarlo en
mi boca, haciéndola gritar. Me arde la cara de dolor, pero merece la pena.
Merece la pena volver a saborearla.
—Eso fue todo, ¿no? Te excitaste anoche con la imagen de mí
comiéndote como mi postre favorito.
Apenas me aparto de ella, dejándola que se beneficie de las vibraciones
de mi voz antes de clavar mi lengua en su interior.
—Sí —grita, sus muslos apretándose alrededor de mi cabeza—. Más.
—Por ti, lo que sea —digo sinceramente, aunque no soy tan estúpido
como para pensar que oye mi confesión; está demasiado perdida ante el
placer que puedo proporcionarle.
Adicto a su sabor, no paro de comerla. No puedo. No tengo ni idea de
cuándo volveré a estar tan cerca.
Evito darle más durante todo el tiempo que puedo para prolongarlo,
pero al final tengo que ceder.
Grita cuando introduzco dos dedos en su húmedo coño y los enrosco
hasta encontrar su punto G. Sus músculos se aprietan contra mí, tratando
desesperadamente de succionarme más profundamente. Sus músculos se
aprietan contra mí, tratando desesperadamente de succionarme más
profundamente, y mi polla se sacude irritada porque no está enterrada
profundamente en ella.
—Nico. Nico. Nico —corea, haciéndome sentir como un puto rey
mientras la conduzco hacia su liberación.
—Córrete para mí, nena. Muéstrame cuánto te gusta que te coma el
coño.
Le chupo el clítoris antes de rozarlo con los dientes y ella estalla como
un cohete. Sus gritos rebotan en las paredes. Es tan fuerte que es imposible
que Toby y Jodie no sepan lo que está pasando aquí.
No paro de jugar con ella hasta que se gasta.
Finalmente, me siento y me paso la mano por los labios antes de
levantar los dos dedos que tenía dentro y chuparlos hasta dejarlos limpios.
Sus pupilas se dilatan mientras me observa.
—Adicto, nena.
Me mira fijamente con el pecho hinchado, la piel cubierta de sudor,
expuesta ante mí y pareciendo mi guarrilla perfecta.
Capítulo Quince

BRIANNA

M
i corazón late tan fuerte que me nubla la vista mientras mi cuerpo se
recupera del subidón del orgasmo.
En mi fuero interno, pongo los ojos en blanco cuando asume, al
igual que Daemon y Alex, que el bebé de Calli debe ser un niño. Eso solo
hace que desee aún más que sea una princesita.
—¿Y sentiste la necesidad de venir a decirme esto ahora mismo por
qué? —pregunto.
—Estoy aquí como todas las noches, porque no puedo alejarme de ti,
Sirena. Y estoy aquí después de descubrir esto porque te debo otra disculpa.
—Bien, bueno, ese orgasmo apenas araña la superficie de lo que me
debes, pero aprecio la liberación, así que gracias, supongo.
El orgullo me invade por mi capacidad de defenderme mientras estoy
inmovilizada bajo su cuerpo tentador.
Mantengo los ojos fijos en los suyos, temerosa de derrumbarme si tan
solo miro hacia abajo y veo el contorno de su dura polla presionando la tela
de su chándal como sé que lo hace.
—El orgasmo no fue mi disculpa.
—Entonces, ¿qué es? Porque verme dormir como un asqueroso no es…
—me corta las palabras cuando sus labios se posan en los míos. Su lengua
penetra en mis labios abiertos, lamiéndome profundamente la boca en un
intento de que me rinda a él.
Cada músculo de mi cuerpo se tensa y, cuando mueve las caderas y deja
que su erección roce mi vientre, mi contención casi se rompe.
—No —digo alrededor de su lengua—. Nico. No. No vamos a hacer
esto.
Se aparta, tomándose en serio mi —no— por una vez.
Sus cejas se fruncen mientras la decepción y la derrota inundan sus
rasgos.
—No estaba mintiendo, Nico. Hemos terminado. Ya sabes dónde está la
puerta.
Aprieto tanto los dientes que me duele. Pero tengo que hacer algo; de lo
contrario, su patética y triste cara de cachorro va a ganar. Y no me vencerá.
—Brianna —respira, con la voz quebrada por la emoción.
—No puedes ganar tu camino de vuelta con orgasmos, Nico. No
importa lo buenos que sean. Anoche viste por ti mismo que en realidad no
te necesito.
En un instante, su tristeza se transforma en ira. Siento alivio. Puedo
lidiar con el Nico enfadado. Con el Nico emocional, no tanto.
—Eres una jodida burla, Sirena.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Intentar pasar por mis labios otra vez y correrte
en mi cara cuando me niegue a abrirme para ti como una buena putita? —
pregunto, con la mente en el baño de Theo.
—Debería —dice, agarrando bruscamente uno de mis pechos expuestos
con su mano ardiente.
Me trago el gemido de satisfacción que quiere salir de mis labios
cuando empieza a tocarme el pezón. Unas descargas eléctricas llegan
directamente a mi clítoris, humedeciendo aún más mi ya resbaladizo coño.
No mentía. Ese orgasmo que me dio era necesario.
A pesar de mi buen juicio, llevo toda la semana deseando que me toque,
de ahí que acabara en el lío que acabé anoche.
—Vete, Nico. No te quiero aquí —digo apretando los dientes.
Esa tristeza vuelve a bañar su rostro, amortiguando la ira.
No se mueve y, durante unos segundos, creo que va a ignorarme.
Pero entonces, en un arrebato, me suelta las muñecas y se separa de mi
cuerpo.
Se queda mirándome durante unos instantes, dándome la oportunidad de
hacer lo que hace unos momentos me desesperaba y bajar los ojos por su
cuerpo.
Seguro como el infierno, su polla está dura como una roca y
desesperada por entrar en acción. La idea de exponerla y metérmela en la
boca me hace salivar.
Y cuando vuelvo a arrastrar mis ojos hasta los suyos, sé que él también
lo sabe.
Una parte de mí espera que extienda la mano, me arrastre de la cama y
me obligue a arrodillarme para hacer exactamente lo que ambos deseamos.
Pero no lo hace.
En lugar de eso, hace todo lo contrario y sale directamente de mi
habitación sin decir una palabra más y sin mirar atrás.
—Joder —siseo en cuanto la puerta se cierra tras él.
Me pongo en pie en menos de lo que canta un gallo y me asomo a la
puerta con los dedos alrededor del picaporte. Pero me paralizo justo antes
de empujarla.
No puedo perseguirlo. Le dará esperanzas.
Me planté y le dije que se fuera.
Tengo que ser firme con esa decisión.
Ir tras él sólo confundirá las cosas que ya están más que jodidas.
Así que, en lugar de abrir la puerta de un tirón y perseguirle como me
piden a gritos el cuerpo y el corazón, suelto el picaporte y doy un paso de
gigante hacia atrás, siguiendo a mi cabeza. Y la sigo hasta el baño para
darme una ducha que elimine su olor de mi piel.

No sé qué tiene la soledad de una ducha, pero en el momento en que estoy


allí bajo la loca cascada que llueve sobre mí, me rompo.
De mi garganta brotan fuertes y feos sollozos mientras los ojos se me
llenan de lágrimas.
Ni siquiera estoy segura de por qué lloro. Pero lo hago, más fuerte de lo
que nunca recuerdo haberlo hecho.
Deslizándome por la pared de azulejos, mi culo choca con el plato de
ducha, subo las piernas hasta el pecho y las rodeo con los brazos.
El vendaje que me cubre el hombro y el brazo me llama la atención y
me hace llorar más.
Le quito el borde suelto y observo la piel roja y arrugada. Mi eterno
recuerdo de Nico. Del nivel de ira que guarda en su interior y que puede
explotar en cualquier momento.
El tiempo se desdibuja mientras estoy allí sentada, perdida en mi propia
cabeza, mis lágrimas mezclándose con el agua, arremolinándose por el
desagüe como si mi dolor, mi frustración por toda esta mierda de situación
no fuera nada.
No oigo ninguna voz ni se abre la puerta, así que cuando una sombra
cae sobre mí, chillo asustada.
—¿Bri? —Jodie dice suavemente mientras se deja caer sobre sus
rodillas y extiende la mano para ponerla sobre mi brazo ileso.
—Estoy bien —digo débilmente.
—No me mientas —me lanza una mirada severa que hace que una
sonrisa se dibuje en mis labios.
—¿Tengo que enviar a Toby a su piso para darle una paliza?
Sacudo la cabeza. Por una vez, no ha hecho nada malo.
Fui yo. Fui yo la que me partió las entrañas al echarlo.
—¿Has terminado aquí? —me pregunta, observándome con ojos
preocupados.
—Sí —susurro. Nada más pronunciar la palabra, ella se levanta, cierra
la ducha y agarra una de las mullidas toallas de Toby para envolverme en
ella.
—Vamos —me coge de la mano, me lleva al dormitorio y saca el
taburete del tocador—. Siéntate.
Hago lo que me dicen, demasiado agotada emocionalmente para hacer
otra cosa.
Después de limpiarme la cara con una toallita, me aplica la crema
hidratante y se dispone a domar el desorden de mi cabello.
Estaba bastante jodida después de la visita de Nico, y la ducha, sin
champú ni acondicionador, no ayudó mucho.
Trabaja suavemente en los nudos, su apoyo silencioso me envuelve
como un cálido abrazo.
Una vez que está contenta, escurre el exceso de agua y agarra el
secador, algo que no me imagino que hubiera aquí hasta que se mudó al
piso de soltero de Toby.
Trabaja meticulosamente, secando y alisando de la forma que sabe que
me gusta pero que nunca tengo tiempo de hacer.
Mis ojos se vuelven cada vez más pesados mientras ella trabaja, mi
necesidad de volver a acurrucarme en la cama y desmayarme se hace cada
vez más fuerte.
—¿Quieres hablar de ello? —pregunta Jodie cuando termina, dejando el
secador y el cepillo en el suelo.
—En realidad no hay nada que contar. Se acordó de algunas cosas del
viernes por la noche y vino a hablarme de ello —confieso, sin ganas de
entrar en detalles. Evito su mirada intrigada, me pongo en pie y me dirijo a
la cómoda en busca de un pijama limpio.
—No parecía que se hablara mucho desde nuestra habitación —bromea
—. ¿Recordó por qué se puso así? —me pregunta cuando estoy en la cama.
—Sí.
—Y sigues sin decírmelo —conjetura, con un pequeño destello de dolor
en los ojos.
—No puedo, Jojo. No se trata de mí, ni siquiera de Nico.
—Es Calli. —No es una pregunta. No hace falta que lo sea, ella misma
lo dijo en el viaje de vuelta desde el hospital.
Mis labios se abren, pero rápidamente vuelven a cerrarse.
—Mientras todos estén bien, puede guardar todos los secretos que
quiera.
—Todo el mundo está bien.
—Deberías dormir —dice, inclinándose sobre mí y dándome un beso en
la cabeza.
Un nudo vuelve a subirme por la garganta, impidiéndome responder.
—¿Quieres que me quede? —ofrece, lanzando una mirada al otro lado
de mi cama.
Sacudo la cabeza. —Estoy bien. Sólo estoy cansada.
—Como deberías estar después de ese orgasmo.
—Jodie —la reprendo.
—¿Qué? ¿Realmente esperabas que no me diera cuenta de lo fuerte que
gritaste? Estaba segura de que esta vez no estabas sola.
—Gracias por no decirme que estaba aquí anoche y que entraste cuando
me estaba excitando.
Levanta las manos para defenderse.
—Pensé que estabas despierta y plenamente consciente de la situación.
—Pues yo no —me enfurruño, haciéndola reír.
—Sal y ve a despertar a tu hombre con una mamada.
Aspira sorprendida, pero se recupera rápidamente.
—Sabes, no es mala idea. Si me necesitas, sólo grita, ¿sí?
—Estoy bien. Ve y disfrútalo.
La observo caminar alrededor de la cama y frunzo el ceño cuando se
detiene bruscamente frente a la puerta.
—¿Qué pasa?
Cuando se agacha para recoger algo, me siento más erguida, más que un
poco intrigada.
—Es… —se levanta con un sobre blanco en la mano—. Para ti.
Frunzo el ceño de confusión, pero me doy cuenta en cuanto me lo
tiende. Conozco esa letra.
—Deberías leerlo —anima Jodie.
Se lo quito con mano temblorosa.
Una carta de Nico era lo último que esperaba.
A menos que no lo sea, y un montón de fotografías sórdidas estén a
punto de caer en mi regazo o algo así. Eso parece más probable.
No me doy cuenta de que Jodie se ha ido hasta que oigo el clic de la
puerta al cerrarse.
Me desplomo en la cama, con los ojos fijos en mi nombre, garabateado
con su letra en la parte delantera del sobre.
Me tiembla la mano y me late el corazón cuando le doy la vuelta y lo
abro.
No encuentro fotografías, sólo un papel rayado doblado.
Lo despliego y lo sostengo delante de mí, mis ojos vuelven a lagrimear
inmediatamente con sólo leer la primera línea.

Sirena,
Mi sirena.
Esta noche he tenido una reunión con una psiquiatra y, entre otras cosas,
me ha preguntado qué quería. Lo que realmente quería.
Sólo se me ocurrían dos cosas dignas de contarle.
1. Quiero demostrar que tengo derecho a seguir los pasos de mi padre. Ya
sea la semana que viene, el mes que viene o dentro de diez años, lo quiero.
Capítulo Dieciséis

T
ú.
Capítulo Diecisiete

NICO

Jefe: Carro nuevo esperándote en el garaje. Conduce con cuidado.

D
ejo el teléfono sobre mi regazo y suelto un suspiro. He pasado la
mayor parte de la noche dando vueltas en la cama, esperando
inútilmente que leyera mi carta y viniera a verme.
Incluso dejé la puerta abierta para que no tuviera que preguntarse si su
huella le permitía entrar. Lo haría, pero ella no lo sabe.
No lo hizo.
Nunca vino, y mi teléfono nunca se iluminó con ningún tipo de
respuesta.
Puede que no lo haya leído. Cuando empujé el sobre por debajo de la
puerta, había un secador de cabello funcionando dentro, así que supe que
estaba despierta. Pero eso no significa que lo haya visto.
Podría seguir durmiendo, felizmente inconsciente de que he dejado un
trozo de papel en el suelo de su habitación por el que he sangrado. No
literalmente, eso sería jodidamente raro, sino metafóricamente.
Cuando escribí esa carta después de que Jade se marchara el lunes por la
noche, no estaba seguro de si tendría el valor suficiente para dársela. Pero
después de que me despidiera anoche como si no fuera más que un juguete
sexual glorificado, eso es algo que nunca pensé que me molestaría, me sentí
bien.
Ella necesita saber que las cosas han cambiado para mí. Que mis
intenciones con ella han cambiado.
Vale, puede que no me ponga de rodillas y le ofrezca una vida eterna en
un futuro próximo, pero también sé que me he estado mintiendo a mí
mismo sobre lo que somos. Sobre lo mucho que disfruto pasando tiempo
con ella.
Ya he perdido demasiado. Sólo me hago daño continuando por ese
camino autodestructivo, negándome lo que quiero. Lo que necesito.
Pasan los minutos mientras repaso mentalmente los acontecimientos de
la noche, desde que me despierto recordando por qué me asusté tanto el
viernes por la noche hasta que Brianna me vuelve a decir que hemos
terminado.
No quería creerlo cuando me dio la espalda en el hospital el lunes por la
noche, y sigo sin querer creerlo ahora. Pero esta vez parece más definitivo.
Como si lo dijera en serio.
Si me la hubiera chupado primero…
No.
Me reprendo por ese pensamiento.
Estás destinado a empezar de nuevo, Nico. Tratándola como se merece.
Mi teléfono me sobresalta cuando la alarma empieza a sonar,
haciéndome saber que tengo que levantar el culo de la cama si quiero llegar
a tiempo a la escuela.
—A la mierda —gruño, echando las mantas hacia atrás y caminando
hacia el baño.
Cada paso es duro y siento un nuevo dolor en el pecho al que no estoy
acostumbrada. Pero lo hago a un lado para intentar cumplir una de las dos
cosas que escribí en la carta.
Me probaré a mí mismo. De una forma u otra, lo haré y me pondré en la
piel de mi padre.

—Puedes borrar esa sonrisa de tu cara —murmuro cuando, una hora


después, entro en la sala común y encuentro una sonrisa de complicidad en
el rostro de mi chico.
Sí, era imposible que no hubiera oído lo que pasaba anoche en su
habitación de invitados.
—Hermano, las putas paredes vibraban —anuncia alegremente,
ganándose la atención de Alex y Seb, cuyas cabezas giran más rápido de lo
que debería.
—¿Te ha dejado volver a sus buenos libros? —Seb pregunta mientras
los ojos de Alex se entrecierran preocupados.
—No, yo no diría eso. Pero volví a su coño.
—Debía de estar desesperada —se burla Seb.
—Capullo —gruño mientras me dejo caer en el sofá junto a Toby.
—Para ser alguien que ha echado un polvo, no eres precisamente feliz
—señala Alex.
—Nunca dije nada de echar un polvo —murmuro—. Sólo uno de
nosotros vio el cielo.
Seb se ríe.
—Era ese tipo de noche. La puta casa de los perros apesta —dice con
conocimiento de causa—. Nunca he conocido bolas azules como esta.
Afortunadamente, Theo aparece con su brazo alrededor del hombro de
Emmie y los dos roban la atención de Alex y Seb.
—¿Qué coño ha pasado? Creía que se estaban reconciliando y Jodie
volvió después de que te fueras, diciendo…— Se interrumpe bruscamente y
cierra los labios de golpe.
—¿Decir qué? —pregunto, la preocupación por mi sirena inunda mi
sistema.
—Nada. Ella no dijo nada.
—Tobías —gruño, con el puño curvado sobre el regazo. Estoy más que
dispuesto a sacárselo a golpes si hace falta.
Pone los ojos en blanco, frustrado por no haber dicho nada.
—Estaba disgustada, ¿vale? Jodie dijo que la encontró llorando en la
ducha⁠—.
Se me escapa todo el aire de los pulmones mientras le miro con
incredulidad.
—¿Estaba llorando? —pregunto, asumiendo que debo haberle oído mal.
—Olvida lo que he dicho.
—Sí, como si eso fuera a pasar.
Me pongo en pie, saco el móvil del bolsillo y salgo de la sala común.
Encuentro su contacto, pulso llamar y me pongo el teléfono en la oreja
mientras bajo el culo a un banco de picnic lejos de los estudiantes que se
agolpan aquí al sol de la mañana.
Suena y suena y suena. Pero al final, en lugar de su sensual voz, me veo
obligado a escuchar su buzón de voz automatizado.
Ni siquiera fue capaz de hacerme un favor grabando uno personalizado
para que pudiera escuchar su voz.
Vaya manera de sonar como un marica, gilipollas.
—Contesta, joder —le exijo, intentándolo de nuevo. Sé que está
mirando la pantalla, viendo mi nombre. Demonios, puede que incluso tenga
una foto de mi polla como contacto. Después de todo, es mi mejor
característica. También sé que está tentada. Realmente tentada de responder.
De escuchar lo que tengo que decirle. O al menos eso es lo que me digo a
mí mismo mientras llamo una y otra vez.
Maldita sea.
Estoy a punto de volver a hacerlo, porque parece que hoy me he
rebajado a esos niveles, cuando el timbre suena con fuerza en el edificio
que tengo detrás.
En lugar de volver a pulsar el botón de llamada, abro nuestros mensajes.

Nico: Puedes intentar evitarme todo lo que quieras, Sirena. Sabes que
al final llegaré a ti.

No puedo evitar sonreír al pensar en cómo va a interpretar eso como una


amenaza.
Pero no lo es.
Es una promesa.

No espero saber nada de ella, así que no me sorprende que mi teléfono


permanezca en silencio durante mis clases.
Estuve a punto de intentarlo de nuevo en el descanso, pero pensé que
sería inútil. Si voy a llegar a ella, entonces tengo que ser más inteligente.
Al final del pasillo del edificio que alberga el departamento de inglés,
espero a que la señora Hendrix abandone su despacho para ir al restaurante.
Aquí todo el personal se sirve de los talentosos chefs que se emplean
para alimentar a las masas, así que no me cabe duda de que ella saldrá en
cualquier momento para ponerse al frente de la cola. Yo haría lo mismo si
no tuviera otros planes.
No tengo que esperar mucho para que me dé la razón y, como trabaja en
la escuela más exclusivo de la ciudad, me lo pone fácil al no cerrar ni
siquiera su puerta. ¿Qué sentido tiene cuando todos los chicos de este lugar
podrían comprar cien veces su contenido?
Compruebo que no me vigilan y me deslizo por el pasillo hasta su
despacho.
El espacio está impecable, y mis ojos se posan en segundos en el
teléfono que hay sobre su mesa.
Bingo.
Saco el número de Brianna, lo tecleo y me acerco el auricular a la oreja.
Suena un par de veces, como antes, pero a diferencia de todas esas
veces, la línea cruje, el timbre se detiene y su sensual voz llena la línea.
—¿Hola? —Sólo puedo suponer que sabe que la llama alguien de
Knight’s Ridge, pero dudo que sospeche que soy yo.
—Espero que sepas que sólo tu voz me la pone dura.
—Joder —sisea ella—. ¿No te ha dicho nada ignorar tus llamadas? No
quiero hablar contigo⁠—.
—Sirena —gruño.
—Lo digo en serio, Nico. Nada ha cambiado.
Me sobresalto cuando el irritante tono de llamada suena en mi oído.
Me ha colgado, joder.
Me siento derrotado durante unos segundos. Pero no dura mucho.
Puede que piense que puede mantenerme alejada, pero tiene que saber
que soy mejor encontrándola que ella escondiéndose de mí.
Abro nuestra aplicación de seguimiento y espero a que se cargue.
Espero encontrarla sentada en el piso de Toby. Eso es bastante fácil de
conseguir, tengo acceso después de todo, pero hay una parte retorcida de mí
que quiere algo un poco más desafiante que eso.
Una sonrisa de satisfacción se dibuja en mis labios cuando los teléfonos
de ella y Jodie por fin se cargan, mostrándome que están en un centro
comercial del este de Londres.
Sí, eso me gusta más.
Se me hace la boca agua mientras las imágenes de acecho por las
tiendas, observándola relajada con su mejor amiga, llenan mi mente.
Aunque no tanto como todas las formas en que podría anunciarle mi
presencia.
Casi puedo oír el grito de asombro que saldrá de sus labios antes de que
le ponga la mano encima y la obligue a refugiarse en un rincón oscuro.
—Debería advertirle de que tiene un acosador de culo espeluznante —
dice una voz suave desde detrás de mí, asustándome de cojones.
En un segundo estoy con el culo en la silla y al siguiente estoy cogiendo
la navaja que llevo en el bolsillo y sacándola lista para herir al capullo que
pensó que era buena idea acercarse sigilosamente.
Pero cuando mi visión se aclara, descubro que herir al intruso sería una
muy mala idea.
—¿Rhea? ¿Qué coño estás haciendo? —pregunto, guardando mi navaja
en el bolsillo una vez más.
—Podría pedirte lo mismo, primo —bromea, cruzando los brazos sobre
el pecho. Lleva la camisa tan desabrochada que se le ve demasiado escote
para lo que mi prima de catorce años debería mostrar.
—¿Has olvidado cómo vestirte correctamente o algo así? Tienes catorce
años, tienen que estar lejos, donde ningún hijo de puta pueda verlos —
afirmo, señalando con la cabeza sus pechos. ¿Cuándo le han crecido?
Seguro que hace una semana era una niña de ocho años que iba por ahí con
vestidos de volantes.
—Quince, en realidad.
Abro la boca para decir algo, pero ella se me adelanta.
—Fue la semana pasada. Gracias por acordarte, gilipollas.
Mis ojos se abren de par en par, pero en realidad no tengo nada que
decir por haberme perdido su cumpleaños.
—Mierda, yo…
—A la mierda, Nico. —Me hace señas para que me vaya—. Puedes
compensármelo ahora.
—¿Ah, sí? —pregunto, imitando su postura y cruzando los brazos sobre
el pecho.
—Llévame contigo, dondequiera que vayas. —Sus ojos se clavan en los
míos, su fuego arde con fuerza en sus profundidades verdes. Son como los
de Theo, pero un poco menos fríos y cerrados. Aunque no por mucho. Todo
lo que le advertí a su hermano mayor es cierto. Va a ser una puta pesadilla.
—¿Cómo sabes que voy a alguna parte?
—Estabas siguiendo a alguien. Estoy segura de que no te conformas con
vigilar a quien fuera a través de tu teléfono.
Me rechinan los dientes, porque tiene razón.
—Quieres ir a verla, puedo verlo en tus ojos.
—¿Ella? —pregunto ingenuamente.
—Sé que te estás tirando a la señorita Andrews, Nico. No me insultes.
—Dios —murmuro, restregándome la mano por la cara.
—Y a menos que quieras que salga a gritarlo a los cuatro vientos,
entonces tienes que llevarme contigo.
—No lo harías. —Honestamente, realmente no importa si lo hace.
Nadie va a hacer una mierda al respecto. El jefe se asegurará de eso. Pero
aun así, en realidad no quiero que el resto del personal sepa lo que Brianna
está haciendo en su tiempo libre, o no en este momento, según sea el caso.
Puede que quisiera asustarla para que demostrara su lealtad a los Cirillo,
pero nunca habría manchado su reputación permitiendo que todos los
miembros del personal supieran que se había estado follando a uno de sus
alumnos.
—¿Quieres arriesgarte? —pregunta Rhea, frunciendo el ceño.
Se hace el silencio a nuestro alrededor mientras su desafío resuena en
mis oídos.
—¿Por qué estás aquí? —pregunto, entrecerrando los ojos. No es
ningún secreto que Rhea no es la alumna más aplicada y cortés de Knight’s
Ridge.
—No es asunto tuyo —sisea, aunque amenaza con una sonrisa malvada.
Sea lo que sea lo que haya hecho para ganarse la hora de comer en el
despacho de la señora Hendrix, está muy orgullosa de ello.
Casi me da miedo averiguarlo.
—¿Y cómo crees que se tomará la señora Hendrix que te escapes
cuando deberías estar aquí cumpliendo condena por tus fechorías?
—No tengo ni idea. Pero me imagino que ese es tu problema ahora. Una
emergencia familiar parece la excusa más fácil, ¿no crees, primo?
—Eres un puto grano en el culo, Rhea Cirillo.
—Y yo que pensaba que te gustaban las mujeres fuertes e
independientes.
—Sí, pero no mi maldita prima, chica.
Marcho hacia la puerta, consciente de que va a seguirme.
Pero cuanto más tiempo estemos aquí discutiendo, más probable es que
nos pillen, o que Brianna y Jodie se aburran de comprar y se vayan a otro
sitio.
—Bueno, eso fue más fácil de lo que esperaba —reflexiona Rhea detrás
de mí.
Me rechinan los dientes, pero no la detengo. No merece la pena.
—Si le cuentas esto a tu hermano, yo…
—Amenázame todo lo que quieras, Nico. No tengo nada que ocultar.
—Oh, no. ¿Qué hay de ese chupetón en tu cuello?
Miro hacia atrás justo a tiempo para ver cómo levanta la mano para
tapar la débil marca que debería ocultar su camiseta de la escuela, si la
llevara bien puesta. Cosa que, por supuesto, no lleva.
—Te lo contaré todo si quieres saberlo —dice con confianza mientras
salimos volando del edificio, con el ardiente sol del verano quemándome
las retinas.
—¿A cuántos tipos tendré que matar si me lo dices?
—Umm… dos o tres.
Me paro en seco.
—Dime que estás bromeando, Rhea.
Sus ojos mantienen los míos firmes durante unos segundos mientras me
late una vena en la sien. Pero entonces echa la cabeza hacia atrás y se ríe.
—Joder, deberías verte la cara, primo.
—Joder —murmuro despegando una vez más—. Theo tiene que
encerrarte en su sótano y no dejarte salir hasta que llegue el momento de
casarte para tener hijos.
Sus pasos ligeros golpean el asfalto del estacionamiento cuando me
alcanza.
—Quiero decir… ¿a quién podría encontrar ahí abajo conmigo?
—No es el puto punto, Rhea —grito.
—Me encantan los compañeros de juego peligrosos. Hacen que los
juegos sean mucho más divertidos.
—Tienes suerte de que ahora tenga mis propios problemas. —Tal vez
debería estar agradecido de que mi hermana quedó embarazada de Daemon.
Al menos lo conozco y sé de lo que es capaz. Joder sabe con quién anda
Rhea y permite que le chupe el cuello como un puto vampiro.
—Tienes razón, tienes problemas —confirma, como si necesitara esa
mierda de mi prima de quince años—. Pero si esta pequeña misión
encubierta sale bien, podríamos arreglar uno de ellos.
—No estoy del todo seguro de que haya nada que arreglar en lo que
respecta a Brianna —confieso, incapaz de explicar por qué abrirme a mi
prima pequeña es más fácil que a casi todos los demás en mi vida. Es la
última persona a la que debería echarle esta mierda encima.
—Por supuesto que la hay. Se ha ido a por ti, primo.
—Ella me odia.
—Ella cree que te odia. Por lo que he oído, le gustan demasiado las
cosas que puedes ofrecerle como para odiarte de verdad.
—¿De dónde has oído eso? —le pregunto mientras entramos en mi
coche nuevo. Silba en señal de agradecimiento, pero no dice nada.
—Oh, oigo todo tipo de cosas. Pero por suerte para ti, soy una tumba.
—Eso no me hace sentir mejor⁠—.
—¿Alguna noticia de cuándo van a hacer algo los italianos?
—¿Cómo coño sabes eso? —ladro, mirándola sorprendido.
Lo único que hace es encogerse de hombros inocentemente mientras
saca su teléfono del bolsillo interior de su americana.
—Ya, ya, Nico. No voy a soltar todos mis secretos. Sonríe —dice antes
de inclinarse sobre la consola y hacernos una foto.
—¿En serio? —ladro.
—Claro que sí —dice contenta antes de inclinarse más y tomar unas
cuantas más—. A mis seguidores les encantará.
—¿Tus seguidores? —Me quedo mudo.
—Pfft. Alex lo conseguiría.
—Entonces vete a la mierda y chantajéale para que te ayude a escaparte
de la escuela.
—Quizá mañana. Ahora estoy deseando ir de compras —dice,
demostrando que me ha estado observando lo suficiente como para saber
exactamente hacia dónde nos dirigimos—. Necesito sujetadores nuevos.
Los míos me quedan pequeños. Y tú eres el indicado para el trabajo.
Joder con mi vida.
Capítulo Dieciocho

BRIANNA

—O tro, por favor —digo cuando el cantinero se acerca para llevarse


nuestras copas vacías.
Después de interrogarme sobre lo ocurrido la noche anterior,
Jodie insistió en que saliéramos del piso.
No me entusiasmaba demasiado la idea de salir del edificio y volver a la
vida real. Parecía una buena idea cuando estaba encerrada a salvo en su
habitación de invitados, pero cuando estaba en la puerta principal, me lo
cuestionaba todo.
—Quieres volver a la escuela el lunes, ¿recuerdas? —me recordó
mientras bajábamos las escaleras, demostrando que la cara de valiente que
ponía no la engañaba ni por un segundo.
—Brianna —advierte una vez que nos quedamos solas en el bistró que
eligió para que almorzáramos—. No deberías beber con tus analgésicos.
—Dejé de tomarlas —confieso.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque me dan sueño y lo odio.
—¿No te sigue doliendo? —me pregunta, haciendo que los dolores de
todo mi cuerpo sean un poco más persistentes cuando los menciona.
—Nada que otra mimosa no pueda arreglar.
Me fulmina con la mirada. La mirada es muy parecida a la que Joanne
nos ha lanzado a los dos tantas veces en el pasado cuando hemos hecho
alguna estupidez.
—Está bien, Jojo. Te prometí que me quedaría contigo esta noche, y
mañana me voy a casa. Ya es hora. —Y realmente necesito poner distancia
entre Nico y yo.
—No me gusta —se enfurruña mientras nos ponen delante dos bebidas
frescas.
Inmediatamente, me llevo el mío a los labios y bebo un sorbo.
Jodie suspira, consciente de que no va a ganar, y acerca su propia
bebida.
Mi teléfono vibra sobre la mesa y se me hace un nudo en el estómago.
Lleva toda la mañana llamando y mandando mensajes. Pero aún no he
respondido a ninguno.
Sin duda, su carta me ha tocado la fibra sensible en más aspectos de los
que quisiera admitir. Pero eso no significa que vaya a ceder ante él solo
porque haya dicho algunas verdades.
Si es que son eso.
No me extrañaría que se inventara todo tipo de gilipolleces en esa carta
sólo para que le volviera a dar fácil acceso a mi coño.
—¿Nico? —pregunta Jodie cuando cojo el teléfono y le doy la vuelta.
Se me encoge el corazón cuando veo un nombre diferente.
—No. Brad.
—Realmente los tienes corriendo como tontos enamorados, ¿eh?
—Ninguno de ellos me ama, Jojo. Sólo les falta un polvo fácil.
—Brianna —me reprende—. Eres más que eso y ambos lo saben.
—No importa lo que piensen. Me centro en lo que es importante de aquí
en adelante. Yo.
—No podría estar más de acuerdo con eso, Bri. ¿Pero de verdad crees
que alguno de los dos se rendirá? ¿Cuántas llamadas y mensajes has
acumulado de ambos desde que te levantaste esta mañana?
Mascullo una respuesta ininteligible, porque no he contado y no quiero
hacerlo.
De acuerdo, he tenido mucho más de Nico que de Brad. Pero aun así, sé
que no se dará por vencido. No voy a tenerlo tan fácil.
No ha escuchado ni una palabra de lo que le he dicho desde la primera
noche que nos enrollamos y le dije que era cosa de una sola noche; ¿por qué
debería esperar ahora que escuche mis palabras no dichas?
—¿Qué quiere? —me pregunta Jodie mientras deslizo el dedo por la
pantalla y leo su mensaje.
El otro día, cuando volví a encender el teléfono, desactivé todos los
recibos de lectura. Sabía que iba a recibir mensajes y que no podría
ignorarlos. Mi curiosidad y mi metiche iban a poder conmigo, así que supe
que sería mejor evitar que vieran si los leía o no.
—Para verme.
—¿Y? —pregunta.
—No estoy lista. Todavía no, al menos.
—¿Todavía no? —bromea, levantando una ceja hacia mí.
—Voy a tener que enfrentarme a él un día y decirle que por fin hemos
terminado. No más enganches rápidos y orgasmos épicos.
—¿Por qué tengo la sensación de que ya estás llorando tu pérdida?
—Es bueno, pero no vale la pena el drama. Ninguno de los dos lo vale.
Me mira fijamente como si fuera a seguir con algo. Una risa, tal vez.
—He terminado, Jojo. De ahora en adelante, lo mío son los amigos
vibrantes y los libros más obscenos que pueda encontrar.
—Te doy una semana.
—Vaya, tu apoyo me asombra —digo sin palabras.
—Tengo razón y lo sabes. Ahora bebe. Vamos a las tiendas.
Yo gruño. —Esperaba que estuvieras bromeando sobre eso.
—No. Necesito lencería nueva para mi hombre. Sigue rompiendo todo
lo que tengo.
—Nada como distraerme de mi voto de celibato —murmuro, bebo lo
que queda de mi cóctel y meto el teléfono en el bolso sin responder a Brad.
—Ay, puedes disfrazarte para tus vibradores. Lo apreciarán mucho.
—Zorra —toso. Jodie echa la cabeza hacia atrás riendo antes de
dirigirse a la barra para pagar el almuerzo.
Cuando salimos, nos espera un Uber y no tardamos en entrar en el
centro comercial.
No se dirige inmediatamente a su tienda de lencería favorita, sino que
empezamos a entrar y salir de todas las tiendas.
Es como en los viejos tiempos. Solo que ahora puede permitirse
comprar lo que quiera gracias a su novio.
Tengo un buen zumbido después de las mimosas, pero no va a ser
suficiente cuando empiece a comprar lencería sexy.
—¿Qué te parece? —Jodie pregunta, sosteniendo un vestido contra su
cuerpo.
—Caliente —respondo, sin apenas mirar el vestido en cuestión.
—Bri —suspira, sus ojos se suavizan con simpatía.
—No, no me mires así. Estoy bien y totalmente presente.
Su ceño se frunce ante mi flagrante mentira.
—Tienes que hablar con él.
—No volveré a hacer esto.
Atravieso la tienda con la mirada, pero no veo nada.
El zumbido de mi teléfono en el bolso me distrae y, a pesar de mi buen
juicio, meto la mano y lo saco.
Espero ver el nombre de Nico mirándome fijamente. Tenía una foto de
él desnudo en mi cama como contacto, pero la quité después de jurar que
habíamos terminado para evitar cualquier tipo de tentación cuando me
llamara para tener sexo. Pero cuando veo Knight’s Ridge como contacto,
inmediatamente deslizo el dedo por la pantalla, esperando que Melissa esté
al otro lado. Le envié un correo electrónico para comunicarle que pensaba
volver el lunes, y me dijo que nos pondríamos al día antes.
—¿Hola? —digo en cuanto tengo el teléfono pegado a la oreja.
Hay una pausa lo suficientemente larga como para que mi corazón
empiece a acelerarse antes de que ocurra lo inevitable.
—Espero que sepas que sólo tu voz me la pone dura. —Su voz profunda
me atraviesa y me golpea justo entre los muslos. Se me eriza el vello de los
brazos y la nuca, y me tiemblan las manos.
—Joder —siseo con la esperanza de que sólo se oiga mi enfado por la
línea—. ¿No te ha dicho nada ignorar tus llamadas y mensajes? No quiero
hablar contigo.
Se queda callado un momento y no puedo evitar imaginarme que se le
cae la cara como anoche, cuando le eché.
Pero todo cambia cuando gruñe—: Sirena.
El calor me recorre el cuerpo y un dolor insoportable se apodera de mis
muslos.
Maldito sea. Maldito sea a las fosas del infierno.
Apretando los dientes, me obligo a recordar todas las razones por las
que sigo echándole y diciéndole que hemos terminado.
—Lo digo en serio, Nico. No ha cambiado nada —digo con toda la
convicción posible antes de colgar.
Se me agita el pecho, se me escapa la respiración mientras miro
fijamente la pantalla, esperando a que vuelva a intentarlo. Pero mi teléfono
se duerme, demostrándome que me equivoco.
—¿Estás bien? —pregunta Jodie, acercándose al perchero de ropa junto
al que estoy.
Levanto los ojos hacia los suyos y enderezo la columna.
—Sí, todo está bien.
—¿Otra vez Nico? —adivina correctamente.
—Sí, está probando nuevas tácticas y usando el teléfono de la escuela
para confundirme.
—Descarado. Pero me gusta su estilo. Vamos, no encuentro nada que
me guste aquí.
—¿Y el vestido?
—Meh. Puedo encontrar algo mejor.
—Vale, pero quiero más copas después de la siguiente.
Me lanza una mirada, pero no discute.
Por suerte, la siguiente tienda tampoco le entusiasma mucho, así que
antes de que me dé cuenta estamos bajando el culo a un banco de un bar de
copas, esperando a que nos traigan dos manhattans más.

Tres cócteles después, salimos del bar entre carcajadas.


Con el alcohol corriendo por mis venas y el brazo de mi chica
entrelazado con el mío, casi vuelvo a sentirme como antes.
Al doblar la esquina, Jodie ya ha anunciado que nos dirigimos a su
nueva tienda de lencería favorita, y un escalofrío me recorre la espalda.
Dando media vuelta, arrastro a Jodie conmigo para buscar en el espacio
que nos rodea alguna cara conocida, o incluso desconocida, que pudiera
estar observándonos.
Ahora que sé que nos sigue la seguridad, nuestra realidad es mucho más
grave.
Los chicos piensan que estamos en riesgo suficiente para emplear un
detalle cada uno para mantenernos a salvo. Eso es una mierda seria, o están
llevando sus tendencias posesivas a un nivel completamente nuevo.
Encuentro nuestras dos colas con bastante rapidez, pero no es su
atención lo que me hizo reaccionar así.
Al no ver nada preocupante, dejo a un lado mis preocupaciones,
diciéndome a mí misma que es sólo el alcohol lo que me está volviendo
paranoica.
—¿Qué pasa? —Jodie pregunta cuando la arrastro una vez más.
—Nada. Por favor, sigue.
Sus ojos se entrecierran al mirarme.
—Sabía que tenía que haberte detenido a las dos copas.
—¿Qué tiene eso de divertido? Vamos a comprarte unos conjuntos
sexys para tu chico —anuncio feliz, dejando que me guíe hacia la tienda.
Una tienda en la que nunca habríamos puesto un pie antes de que ella se
liara con Toby. Estaba fuera de nuestro alcance. Bueno, para mí, todavía lo
está.
No puedo evitar sonreír al pensar en su nueva vida. Los viajes a Primark
se acabaron para ella.
Voy detrás de ella mientras recorre con los dedos el delicado encaje y el
suave satén. Agarra su talla de los estantes y se la engancha en los dedos,
lista para probársela.
—Dios mío, este lleva tu nombre por todas partes —dice, sacando un
sujetador de la barra y girando para enseñármelo.
No puedo evitar reírme.
—No lo creo, Jojo.
No necesito mirar el precio para saber que está fuera de mi alcance.
—Yo invito —dice, volviéndose hacia la barandilla y sacando mi talla.
—No, Jodie. Yo no…
—Sólo pruébatelo. Te vas a aburrir esperando a que acabe con todo
esto. Podrías sacar algunas fotos mientras estás ahí para torturar a Nico.
Su sugerencia me hace rugir un gruñido en la garganta, pero me entrega
las prendas en los brazos y se marcha antes de que pueda decir nada.
La alcanzo cuando entra en la sección de ropa de dormir y agarra
algunas prendas más.
Toby no tiene ni idea de lo que se le viene encima.
—¿Estás tratando de quebrar a tu novio o algo así? —pregunto
ligeramente.
—No, sólo recordarle lo afortunado que es de tenerme.
—Estoy segura de que ya lo sabe —murmuro mientras otro escalofrío
recorre mi espina dorsal.
Me doy la vuelta y examino la tienda. Pero, al igual que afuera, no
encuentro a nadie. Aparte de un puñado de mujeres y dos dependientas,
aquí no hay nadie.
—Venga, vamos a probárnoslos.
Se dirige hacia los probadores antes de que yo pueda decir nada. La sigo
como una buena mejor amiga con el conjunto de lencería colgando de mis
dedos.
La verdad es que no quiero probármelo, significaría ponerme delante de
al menos un espejo de cuerpo entero con mi hombro maltrecho a la vista.
Probablemente la razón exacta por la que deberías hacer esto.
Los probadores están vacíos, sólo cuatro cubículos solitarios con sus
pesadas cortinas echadas hacia atrás, a la espera de que alguien los utilice.
Jodie elige una, y yo elijo la contraria por si siente la necesidad de
compartir sus mercancías, que probablemente lo hará.
Hace mucho tiempo que no hay vergüenza entre nosotros. Hemos visto
literalmente todo y hablado de todo lo demás. Normalmente, me encantaría
un viaje como este-uno un poco menos caro tal vez.
Desengancho la cortina, dejo que se cierre tras de mí, cuelgo la lencería
del gancho y dejo caer mi bolso en la silla del rincón.
Me miro fijamente en el espejo, intentando sacar de algún sitio algo de
mi antiguo yo para encontrar el valor que necesito.
Odio que sea un problema. Se me hace un nudo en el estómago al
reprenderme por ser tan patética. Pero no puedo evitarlo.
Después de respirar hondo, me quito el abrigo que llevo sobre el vestido
camisero entallado que me oculta la parte superior del brazo. Y, sin mirarme
al espejo, me desnudo hasta quedarme solo con el tanga.
—Dios mío, Toby va a explotar cuando vea esto —anuncia Jodie
alegremente, arrastrándome de vuelta a la realidad.
—Capullo con suerte —le respondo, aunque con el corazón encogido.
La mirará como si fuera la única mujer del mundo.
Quiero eso. Ansío eso. Aún más ahora que tengo esta fealdad en mi
hombro.
—No es el único —gruñe una voz profunda y familiar detrás de mí.
Se me disparan los ojos, pero antes de que consiga gritar, una mano
caliente me rodea la boca para detenerme.
Capítulo Diecinueve

BRIANNA

—N ocerca
hace falta que te vistas con nada y siempre estoy peligrosamente
de correrme, Sirena.
Mis grandes ojos sostienen los suyos en el espejo, mi corazón
como un tren desbocado en mi pecho.
—Me has estado ignorando —respira, pasando la punta de su nariz por
la concha de mi oreja.
Intento gritarle, decirle que me deje en paz, pero es inútil. En lugar de
eso, prefiero las acciones a las palabras.
Empiezo a mover los brazos hacia atrás con la esperanza de herirle lo
suficiente como para obligarle a soltarse.
Pero lo único que hace ese hijo de puta cada vez que le asesto un golpe
poco impresionante es reírse. Y antes de que me dé cuenta, se las ha
arreglado para agarrarme las dos muñecas con una de sus gigantescas
manos, impidiéndome luchar.
Jadeo cuando toda la parte delantera de mi cuerpo queda presionada
contra el frío espejo de cristal que tengo delante.
—Nico —grito desde detrás de su mano, haciéndole reír una vez más.
—Todo lo que tenías que hacer era hablarme, cariño —me dice al oído
—. Pero debo confesar que ahora mismo me alegro mucho de que no lo
hicieras.
Se inclina más, alineando cada centímetro de su cuerpo contra el mío.
Es imposible no ver lo duro que está cuando su erección me aprieta el culo.
El calor me inunda por dentro y mis muslos se tensan por voluntad
propia. Mis pezones se fruncen contra el espejo, pidiendo su cálido
contacto.
—Sólo necesitaba saber que estabas bien.
Frunzo el ceño. ¿Por qué pensaría que no estoy bien?
Me entra el pánico de que no se haya ido cuando yo creía que lo había
hecho anoche y me había oído llorar. Pero eso es ridículo, porque Jodie le
habría visto.
Estoy tan perdida en mi cabeza y en el fuego que me quema las venas
que no me doy cuenta de que retrocede un poco hasta que algo duro me
rodea las muñecas.
Mis ojos bajan hasta mi cintura justo a tiempo para ver el extremo de su
cinturón mientras me sujeta.
Joder.
—¿Has leído mi carta? —me pregunta. Vacila un poco y no puedo
evitar notar que no me mira a los ojos. Su mirada se clava en mi piel herida.
El malestar y la vulnerabilidad me invaden. Pero me niego a acobardarme, a
parecer débil ante él.
Me quedo quieta hasta que no tiene más remedio que mirar hacia arriba.
Entonces asiento con la cabeza.
—Lo dije en serio. Cada puta palabra.
Mi corazón golpea contra mis costillas al recordar lo que dijo. Lo en
serio que hablaba de nuestro futuro.
Me suelta las muñecas y me pasa la mano por el culo.
—Joder, eres sexy —gime, deslizando la mano hacia mi vientre y luego
hacia arriba para acariciarme el pecho.
Un gemido retumba en el fondo de mi garganta cuando me pellizca un
pezón.
Jodie dice algo, pero no entiendo ni una palabra.
—No tiene ni idea —me susurra Nico al oído—. Ni idea de que estás
aquí siendo mi guarrilla.
Otro gemido.
Me pellizca el pezón con tanta fuerza que aspiro por la nariz antes de
que su mano descienda de nuevo y sus dedos desaparezcan bajo el encaje de
mi tanga.
Grito detrás de su mano. Una parte de mí quiere creer que soy yo la que
intenta rechazar su contacto. Pero otra parte de mí sabe que lo estoy
incitando.
Me encanta estar a su merced, y él lo sabe.
Todo mi cuerpo se estremece cuando encuentra mi clítoris hinchado.
—Maldita sea, Sirena. Tus bragas ya están arruinadas y apenas te he
tocado.
Sabe lo mucho que me gusta el riesgo de que me follen tanto como él.
Por eso está aquí, intentando demostrarme por qué debería ceder y lanzarme
a lo que me ofrece.
Es tentador. Realmente tentador.
Pero no estoy preparado.
—¿Pensabas en mí antes de que me colara aquí? —me pregunta, y
niego con la cabeza.
Es mentira y ambos lo sabemos.
Sólo he podido pensar en él. Para mi propia irritación.
—No estoy seguro de creer eso, Sirena.
Grito cuando baja los dedos y clava dos en mi interior, abriéndome para
él.
—Echo de menos este coño —murmura como si hablara consigo
mismo.
Mis ojos se clavan en los suyos en el espejo antes de que él baje su
rostro hasta el pliegue de mi cuello y bese una línea que recorre la sensible
piel, y no se detiene hasta que sus labios rozan el primer corte de mi
hombro. El arrepentimiento y la disculpa brillan en sus ojos mientras sigue
mirándome fijamente.
Se me pone la carne de gallina mientras sigue follándome con los dedos
como un profesional.
Mis pulmones piden a gritos más oxígeno del que soy capaz de aspirar
por la nariz. Mi cabeza empieza a dar vueltas, pero no es inoportuno cuando
él enrosca los dedos y me roza el punto G.
Mis ojos se apartan de los suyos cuando los cierra por un momento y
descubren el corte que se está curando en el puente de su nariz.
Eso, y sus moretones, se ven mucho mejor que la última vez que lo vi a
la luz. Pero todavía parece doloroso como la mierda. Sólo Dios sabe cómo
diablos me comió anoche sin gritar de dolor. Aunque no me quejo, porque
ciertamente no entorpeció su actuación.
Se desplaza ligeramente detrás de mí, y su dura polla aterriza en mi
mano. Algo que sólo puedo suponer que no fue un accidente.
Mis dedos se enroscan alrededor de su longitud de acero lo mejor que
pueden con la tela de sus pantalones cubriéndolo.
Se me hace la boca agua detrás de su mano para probarlo.
—Joder, acabas de chorrear alrededor de mis dedos, nena. Sea lo que
sea en lo que estés pensando, sigue —me anima—. Joder —ladra, un poco
más alto de lo que debería, mientras aprieto sus dedos y mi orgasmo se
dispara.
Vuelve a engancharse a mi cuello y chupa con fuerza, asegurándose de
que todo el mundo fuera de este espacio cerrado va a saber lo que he estado
haciendo y que soy propiedad de alguien.
La idea no debería excitarme tanto como lo hace.
—Sí, Sirena. Córrete sobre mis dedos. Dámelo todo y recuerda lo
buenos que somos.
En cuanto sus dientes rozan la ya sensible piel de mi garganta, estallo.
Todo mi cuerpo se convulsiona entre él a mi espalda y el espejo, ahora
resbaladizo, a mi frente.
Mis gritos llenarían el cubículo si no fuera por su mano, mientras una
oleada tras otra de placer me inunda.
No deja de follarme hasta que los últimos temblores de mi liberación se
han desvanecido, y cuando saca los dedos de mi coño, deja caer la otra
mano de mi boca.
Hambrienta, aspiro profundas bocanadas de aire mientras todo mi
cuerpo tiembla por la liberación.
Levantando la mano que tenía dentro, Nico me sostiene la mirada
mientras separa los labios y chupa los dos dedos que acaba de usar para
excitarme, lamiendo mis jugos de su piel.
—Saben a míos —gruñe después de soltarlos.
—Nic…
Me sobresalto cuando su mano vuelve a taparme la boca.
—No discutas, Brianna. Eres mía. Lo sé. Tú lo sabes. Y ya es hora de
que el resto del mundo lo sepa.
Entrecierro los ojos, diciéndole en silencio que está loco. Pero lo único
que hace es sonreírme amenazadoramente.
Tras largos y tortuosos segundos, sus ojos abandonan por fin los míos
en favor de la lencería que cuelga de la barandilla a mi derecha.
—Cómpralo —ordena—. Y todo lo que quieras.
Saca su tarjeta de crédito del bolsillo y hace ademán de meterla bajo la
cintura de mi tanga.
—Entonces quiero fotos tuyas en todo ello.
—Estás como una puta cabra, y yo no soy una puta —le digo en cuanto
me suelta la boca.
Mi grito de sorpresa corta el aire cuando me da la vuelta y me golpea
contra el espejo con la mano alrededor de la garganta.
—Eres mi puta, Brianna. Y si quiero que tengas lencería sexy, entonces
la tendrás.
—No soy tuya —consigo jadear mientras me corta el suministro de aire.
Una sonrisa amenazadora se dibuja en sus labios.
—Oh, pero lo eres. Y cuanto antes te des cuenta, mejor.
—Estás como una cabra. La semana pasada estabas más que dispuesto a
tirarme como a un trozo de basura —argumento cuando afloja un poco el
agarre.
—Deja de mentirte a ti misma, Brianna. —Se inclina, su nariz roza la
mía—. No me follo a las chicas dos veces. Nunca. Pero contigo… no puedo
tener suficiente de ti. Puede que haya necesitado una experiencia cercana a
la muerte para verlo de otra forma, o puede que fuera el psiquiatra. Pero sea
lo que sea, ahora lo veo.
—Tú y yo. Somos inevitables, nena. Tu coño lo sabe. Ahora sólo
necesitamos que el resto de ti se suba a bordo.
Todo el aire sale de mis pulmones.
—¿Hablas en serio?
—¿Qué? ¿Creías que bromeaba en mi carta? Eso salió de aquí, Sirena
—dice, levantando la mano libre y dándose golpecitos en el pecho, justo
encima del corazón—. Ahora empieza a escuchar el tuyo y dame lo que
necesito.
—Alguien tiene que enviarte al hospital para que te revisen la cabeza.
Vuelve a sonreír, y maldita sea si no hace que se me contraigan todos
los músculos al sur de la cintura.
Su mano libre se desliza desde donde descansa posesivamente en mi
cadera para liberar mis muñecas.
Mis brazos caen a los lados en cuanto pierdo las ataduras y tengo que
luchar contra la necesidad de levantarlos y frotarlos.
—Te veré pronto, Sirena. —Me suelta el cuello y da un paso hacia la
cortina antes de detenerse y mirar hacia atrás por encima del hombro—.
Gasta mi dinero, nena. Lo que es mío es tuyo, ¿vale?
No me doy cuenta de que estoy aguantando la respiración hasta que la
cortina vuelve a su sitio y me quedo sola con mis recuerdos de lo que
jodidamente acaba de pasar.
Capítulo Veinte

NICO

E
n cuanto la cortina se cierra tras de mí, me encuentro con un par de
ojos oscuros, confusos, pero igualmente ardientes.
Ah, sí. Ella sabe lo que hice, y esta celosa como la mierda.
—¿Qué coño estás haciendo? —Jodie sisea.
Me acerco un paso más, y sus ojos se apartan de los míos en favor del
cinturón que tengo en la mano.
—Si le haces daño… —empieza a advertirme, pero rápidamente la
corto.
—No le he hecho daño. No de ninguna manera que ella no quiera —
bromeo—. Sólo vine a probar algunos puntos.
Su pecho se agita mientras me mira fijamente, un millón y una cosas
que quiere escupirme en la punta de la lengua.
—Vamos, puedo soportarlo. No soy lo suficientemente bueno para tu
mejor amiga. Debería dejarla en paz. Confía en mí, las conozco a todas⁠—.
Abre y cierra la boca antes de decidirse por algo con lo que
responderme.
—Si vuelves a hacerle daño de alguna manera, te mataré con mis
propias manos.
Se me dibuja una sonrisa en una comisura de los labios.
—Por mucho que me gustaría verte intentarlo, Jojo —me burlo—, no
será necesario.
—Suenas demasiado confiado al respecto —señala.
Se me revuelve el estómago. No hay manera de que pueda hacer ese
tipo de promesas. En primer lugar, soy un puto lastre. No necesitaba que los
últimos acontecimientos me demostraran que soy impulsiva e irracional
cuando estoy enfadada. Pero, además, no vivo precisamente una vida
carente de peligros.
Salir del piso puede ser un riesgo cualquier día, y más cuando estamos
en guerra con los italianos.
Cualquiera que esté conectado a nosotros, por no hablar de los que de
verdad nos importan, siempre está en peligro. Sólo tienen que decidir si
vale la pena correr el riesgo de estar con nosotros.
Stella y Emmie lo adoptaron muy pronto. Por sus venas corre sangre
Cirillo. Calli siempre ha estado desesperada por liberarse de las
restricciones en las que insistía nuestra madre; papá y yo nos limitábamos a
seguir sus exigencias porque, ¿por qué coño no? Es mi hermana pequeña,
merecía que la protegieran de la fealdad de nuestras vidas. Puede que Jodie
tardara un poco más en subirse al carro. Pero al igual que Stella y Emmie,
es una chica Cirillo. Aunque ninguno de nosotros quiera volver a mencionar
al hombre que la creó. Ella es uno de nosotros. Dispuesta a ir a la guerra
con nosotros, por nosotros.
Pero Brianna…
Ella no es como ellos. Bueno, no por el informe de antecedentes que
Theo sacó de ella.
Había una parte de mí que esperaba que descubriéramos que estaba
conectada de alguna manera. Quiero decir, aún podría estarlo. No sería
demasiado exagerado creer que mientras Joanne estaba con Jonas, su
hermana pequeña también estaba involucrada con la misma gente. Después
de todo, alguien la dejó embarazada a los catorce años. Quienquiera que sea
su padre puede que ni siquiera sepa que tiene una hija caliente como la
mierda exhibiéndose por la ciudad.
—Es mía —le gruño a Jodie, recordando que ha dicho algo.
—Ella no está de acuerdo con esa afirmación.
—Lo hará.
Dicho esto, me voy, dejando atrás tanto a Jodie como a la mujer que se
oculta tras la cortina.
—Por supuesto que no —digo, arrancando la lencería de encaje de los
dedos pegajosos de mi prima.
—¿Qué? Es sexy —argumenta ella, intentando recuperarlo.
—Cuando tengas veintiuno, ve a por ello. Ahora mismo, deberías llevar
unos de algodón con Peppa Pig en la parte delantera.
Su cara se pone morada con mi comentario.
—Vete a la mierda, Nico. No soy una niña.
Se da la vuelta y sale corriendo de la tienda, dejándome allí de pie como
si fuera la niña a la que acaban de regañar y abandonar.
Un movimiento a mi derecha me llama la atención y, cuando levanto la
vista, veo que Jodie sigue mirándome con los brazos cruzados sobre el
pecho.
Parece jodidamente salvaje. Toby sería duro como la mierda para ella
ahora mismo si estuviera aquí y arrastrándola a uno de esos probadores, no
tengo ninguna duda.
Pongo los ojos en blanco y arranco, dejando atrás a Brianna a
regañadientes en busca de mi desafiante prima.
¿Por qué pensé que sería buena idea dejar que me acompañara?
—Rhea, espera —le exijo, rodeando con mis dedos la parte superior de
su brazo y tirando de ella para que se detenga.
—¿Qué? —escupe, con la cara aún tensa por la ira—. —¿Vas a intentar
meterme en el juego suave?
No puedo evitar el bufido de risa que se me escapa.
—Vamos, te compraré un helado.
Le paso el brazo por el hombro y la conduzco en otra dirección.
—El helado no lo compensará —se enfurruña.
En solo unos segundos, estamos haciendo cola.
No puedo mentir, había un ligero motivo oculto para ofrecerle helado. A
partir de aquí, voy a ser capaz de ver el segundo Brianna y Jodie emergen;
es de esperar, Brianna se balancea con una bolsa llena de ropa interior sexy
de sus dedos, y entonces voy a llegar a ver dónde van después.
Una tarde acechando a la mujer, que se niega a ser mía, mientras va de
compras es algo totalmente cuerdo, ¿no?
—Sé lo que estás haciendo —murmura Rhea una vez satisfecha con un
helado de caramelo salado en el cucurucho más elegante del tipo—. Eres
tan transparente.
—¿Qué sabes tú de lo que estoy haciendo?
—Has acechado a la mujer con la que te acuestas y también has
intentado matar, debo añadir en un centro comercial. Te has colado en su
probador para hacer cosas en las que no quiero ni pensar, y el resultado ha
sido que te has ido con cara de haber encogido los pantalones mientras
estabas allí. —Me muevo en el banco que hemos encontrado,
escondiéndome detrás de alguna planta rara para que no nos vean,
intentando disimular el hecho de que todavía me mece un semi mientras
como helado y me siento al lado de mi primo pequeño—. Y ahora estamos
aquí sentados fingiendo ser el 007 o alguna mierda esperando detrás de un
arbusto a que ella aparezca. Y algo me dice que cuando lo haga, vas a
querer seguirla.
Mi boca se abre y se cierra, pero rápidamente descubro que no tengo
respuesta, porque todo lo que acaba de decir es correcto. Dolorosamente.
—Oh, cuidado, allá vamos —se burla Rhea cuando salen Jodie y
Brianna. Brianna está sin bolsa de la compra.
Mis dientes rechinan, mi cucurucho de helado se rompe bajo mi agarre.
—Muy bien, cavernícola. Tranquilízate —bromea Rhea cuando estoy a
punto de evitar que mi helado aterrice en mi regazo cuando la mitad
superior se cae.
Un movimiento me llama la atención desde ambos extremos de la hilera
de tiendas, y me relajo un poco cuando sus detalles de seguridad les siguen
a una distancia prudencial.
Ambos saben que están allí ahora, y estoy jodidamente contento de que
no hayan hecho un gran escándalo al respecto. Ninguno de nosotros
conseguiría nada si supiéramos que las chicas están a la intemperie, un
blanco a la espera de los italianos.
—Eres un puto tonto —empieza Rhea cuando también empezamos a
seguirlas, observando cómo se mueven de tienda en tienda. Brianna nunca
compra nada, pero yo me acerco lo suficiente para ver las cosas que le
llaman la atención y enviar a Rhea a comprarlas cuando se han ido.
—Oye, mira, se dirigen a una joyería. ¿Debería comprar un anillo de
compromiso mientras estoy allí? —pregunta casi una hora después.
Su sugerencia hace que mi ritmo cardíaco aumente, pero no ofrezco una
respuesta ni le permito ver ningún tipo de reacción cuando me devuelve la
mirada.
—Debería haberte encerrado en el carro —murmuro.
—Sí, pero entonces no tendrías todo este cebo de Brianna —bromea,
levantando las bolsas con una amplia sonrisa en la cara.
No soy estúpido. Sé que es más que probable que me den un rodillazo
en las pelotas por hacer esto. Pero el dolor de eso no es suficiente para
detenerme.
Se merece que la traten como a una reina, y voy a hacerlo como pueda.
—Joder —siseo cuando mi teléfono empieza a vibrar en mi bolsillo
mientras nuestros objetivos se dirigen a un bar.
Brianna había estado bebiendo antes de que yo la encontrara, eso era
obvio cuando la miraba a sus preciosos ojos azules. Pero por mucho que me
guste la idea de que se relaje, también odio la idea de que esté cerca de
otros chicos en ese bar.
Mi necesidad de seguirles y sentarme a su mesa para advertir a
cualquiera de ella es casi suficiente para que ignore la llamada de Theo.
Pero la realidad de para qué podría estar llamándome es demasiado para
negarlo, y deslizo el dedo por la pantalla y me acerco el teléfono a la oreja.
—¿Qué? —ladro.
—Empire. Ahora —exige, con voz fría y escalofriante.
Una descarga de adrenalina corre por mis venas. Me tiembla la mano
contra la oreja mientras se me revuelve el estómago.
—¿Esta noche? —pregunto crípticamente.
—Sí.
Cuelga en cuanto confirma mis sospechas.
—Joder. Tenemos que irnos —digo, agarrando el brazo superior de
Rhea y arrastrándola lejos de la barra que era mi mayor preocupación hace
solo unos segundos.
—¿Irnos? —suelta Rhea, con los ojos abiertos de sorpresa—. ¿Irnos a
dónde?
—Vuelves al instituto, que es donde deberías estar —gruño, agarrándola
por el brazo y arrastrándola conmigo mientras, arrepentido, le doy la
espalda a Brianna y atravieso el centro comercial como si me ardiera el
culo.
—Oh, no. No voy a volver a la escuela ahora. Hendrix me estrangulará.
—Entonces quizás nunca deberías haberte ido.
Se ríe detrás de mí, apenas puede seguir mi ritmo, pero no se queja.
Supongo que elige sus batallas. Aunque habría pensado que ya se habría
dado cuenta de que no va a ganar ninguna.
—Porque eso es lo que tú habrías hecho —se burla.
—Bien —concedo—. Te llevaré a casa.
—Joder, no. Eso es peor.
Me rechinan los dientes cuando por fin llegamos al aparcamiento.
—Rhea —gruño—. No te voy a llevar conmigo.
—¿Me has oído preguntar? No quiero involucrarme en tus jueguitos.
Déjame en tu edificio, iré a pasar el rato con Daemon ya que dudo que le
dejen salir a jugar.
Me asalta la necesidad de exigirle que me diga de dónde saca toda su
información. Pero lo hago a un lado. Su fisgoneo es lo que menos me
preocupa ahora.
—Bien —suspiro, sin molestarme en señalar lo poco impresionado que
estará Daemon por esto. Después de todo, ella tiene razón. No va a ir a la
reunión en persona. Es más probable que lo haga por videoconferencia, y
seguro que es capaz de ocultárselo a ella, si es que tiene sentido. Parece que
ya lo sabe todo—. Pero muévete más deprisa, joder —ladro, acelerando aún
más el paso cuando mi carro se pone a la vista.
—Papá no reparó en gastos con esto, ¿eh? —murmura cuando se deja
caer en mi asiento del copiloto.
Tiene razón. Claro que la tiene. Damien reemplazó mi carro por el
modelo más nuevo, y parece que ha añadido todos los extras que se ofrecen.
Estoy agradecido. Lo estoy. Pero también me invade una enorme ola de
culpabilidad cada vez que pienso en lo que hice aquella noche.
—Me lo merezco —afirmo con seguridad, expresando todo lo contrario
de lo que pienso.
—Eso es discutible —se burla Rhea.
—Lo siento, ¿querías que te llevara o qué?
—Como si me fueras a dejar aquí. Asumo que notaste que nos saltamos
mi detalle de seguridad.
Aprieto con fuerza el volante mientras mis ojos se fijan en un Range
Rover ennegrecido detrás de nosotros.
Ella puede pensar que desvió su protección, pero está subestimando la
necesidad de Damien de mantenerla a salvo.
—No me tientes.
El motor ruge ante nosotros y lo piso para salir del espacio, alcanzando
al Range Rover que sale detrás de nosotros antes de doblar la esquina, en
dirección a nuestro edificio.
No me molesto en salir para entregar a mi prima a lo que supongo que
será un Daemon cabreado. Por muy divertido que sea ese encuentro, no
tengo tiempo para ello. En lugar de eso, apenas espero a que desaparezca
por la puerta del garaje subterráneo que lleva a los ascensores antes de
volver a despegar.
No le pasará nada; tiene ojos en todas direcciones. Ella no me necesita
también.
Tengo el corazón en la garganta cuando asciendo por el Empire en el
ascensor.
La necesidad de venganza me quema, me hace la boca agua y me
duelen los dedos de causar dolor. Ricardo Mariano no tiene ni idea de lo
que se le viene encima. Pero tiene que ser consciente de una cosa. Seré yo
quien lo ponga bajo tierra. Y seremos nosotros quienes ganemos esta
maldita guerra.
Soy un puto desastre cuando por fin salgo del ascensor. Los
pensamientos sobre papá y aquella noche aún tienen el poder de
consumirme, de hacerme caer un manto de oscuridad como nunca antes
había experimentado. Y estar a punto de derramar sangre italiana sólo hace
que mi necesidad de venganza sea mayor.
Apenas me fijo en los hombres de seguridad mientras me dirijo al
despacho de Damien, pero en cuanto abro la puerta, invitándome a entrar,
veo las caras que me miran.
Damien, Galen, Stefanos y mis chicos —todos menos Daemon— me
estudian con comprensión y la misma necesidad de venganza ardiendo en
sus ojos.
Nadie habla hasta que la puerta se cierra tras de mí con un sonoro
chasquido.
—Lo tenemos, hermano —dice finalmente Theo, rompiendo el silencio.
—Ven y siéntate, hijo —dice Damien, señalando la silla vacía que hay
junto a su hijo, justo enfrente de él.
Sólo cuando me acerco me doy cuenta de que Alex, Seb y Toby están de
pie.
La mano de Toby se posa en mi hombro al pasar y siento su apoyo hasta
en los dedos de los pies.
—Los italianos han mordido el anzuelo. Están planeando emboscar
nuestro almacén donde creen que escondemos a Daemon y Anthony. Enzo
lo ha confirmado. Sólo estamos esperando la hora —dice Damien,
corroborando lo que Theo aludió en su vaga llamada telefónica.
Asiento con la cabeza mientras mi puño se enrosca en mi regazo. Pero
cuando abro la boca, salen palabras muy distintas de las que esperaba.
—Las chicas necesitan moverse. Si nos equivocamos de nuevo, podrían
estar en peligro.
Un silencio inunda la sala a medida que la tensión se hace más pesada.
Nadie dice nada, pero siento su acuerdo.
Finalmente, Damien asiente.
—De acuerdo. Hazlo. Te enviaré una dirección para llevarlas. Esta vez
no perdemos nada. Ya se han llevado más de lo que estábamos dispuestos a
ofrecer.
Esto termina.
Termina esta noche.
Capítulo Veintiuno

BRIANNA

—I gnorarlo no significa que no ocurriera —dice Jodie, y no es la


primera vez, mientras subimos por el edificio hacia su piso. Lleva
intentando que hable de lo que pasó en aquel probador desde que
corrí la cortina de mala gana y la encontré allí de pie con una expresión
divertida y curiosa a la vez.
—No ocurrió —afirmo, negándome en redondo a aceptar que sí ocurrió.
—Bri…
—No —argumento mientras se abren las puertas y salimos al piso de
ella y Toby—. No me vengas con ese tono. Fue un error de juicio. Me pilló
desprevenida y no estaba preparada…
—O le echas de menos y estabas desesperada por un trozo.
—¿De qué lado estás aquí? —escupo.
—Tuyo. Siempre tuyo. Sólo intento que hables. No has dicho nada
sobre esa carta, al menos no en detalle. Y ahora esto. Estoy preocupada.
Sus palabras son como una patada en las tripas.
—No hace falta —susurro.
—No te dejaré volver allí, Bri. No te dejaré.
—Esto no es lo mismo —argumento, sabiendo exactamente de qué está
hablando.
Cuando ella y Joanne me llevaron a casa después de la sobredosis de
mamá, me encerré en mí misma. Me negué a hablar con ellas. Con nadie.
Pero lo que no entienden es que no se trataba de no querer abrirme a ellas.
Sí quería. Tenía tanto miedo de que me volvieran a llevar que tardé mucho
en confiar en que me apoyarían.
Esto. Nico. Es completamente diferente.
Creo.
Estoy ocupada haciendo malabarismos con cafés para llevar y las pocas
bolsas que me permitió quitarle después de su épica juerga de gastos
mientras ella presiona su mano contra el escáner para desbloquear su puerta
principal.
—Ya era hora, zorras —grita una voz familiar desde el interior del piso.
Sabíamos que nos estaban esperando.
Sólo unos minutos después de que Toby llamara a Jodie para decirle que
les habían llamado, Stella estaba haciendo estallar nuestros teléfonos,
anunciando que íbamos a tener una noche de chicas mientras los chicos
estaban fuera corriendo por la ciudad, intentando matar italianos.
Se me revuelve el estómago solo de pensar en que todos ellos—sobre
todo Nico—están en peligro, pero enseguida lo reprimo y me concentro en
lo que está pasando aquí.
—Muy bien, ahora te callas —responde Jodie mientras se quita los
zapatos.
—¿Café? —escupe Stella cuando finalmente entramos en la sala de
estar—. ¿Tenemos noche de chicas y has traído café?
—Brianna ha estado en una misión para ponerse esa cara de mierda
todo el día. Lo necesita si quiere seguir adelante —se burla Jodie.
—Habla por ti —murmuro, dejando las tazas sobre la mesa y cogiendo
rápidamente las mías y las de Calli de la bandeja—. Pero conozco una
buena forma de darles un toque. Aquí tienes, pequeña C —anuncio feliz,
entregándole su descafeinado al pasar junto a ella en dirección a la cocina.
Alargo la mano hasta el armario, saco una botella de whiskyy le quito la
tapa.
—Bri —advierte Jodie.
No reacciono y, desde luego, no levanto la vista, porque sé exactamente
lo que me voy a encontrar.
Preocupación.
La quiero como a la hermana que nunca tuve. Pero estoy harta de esa
mirada. Por eso necesito irme a casa.
Necesito mi propio espacio para enfurruñarme por mis estúpidas
decisiones y elecciones vitales.
—Créeme, Jojo. Estarías haciendo lo mismo si la situación fuera al
revés.
—Bueno, supongo que, si te emborrachas, podrías soltar los detalles.
—¿Qué detalles? —pregunta Emmie, mordiendo inmediatamente el
anzuelo.
Lanzo a mi mejor amiga la mejor mirada de muerte que puedo
desenterrar mientras todos los ojos de la sala se clavan en mi piel.
—No hay nada que derramar. Sólo un lapsus momentáneo.
—¿Sólo esos minutos o cada vez que has estado cerca de él? —
pregunta.
—¿Qué coño, Jojo? —siseo; mis niveles de irritación crecen. Y su
encogimiento de hombros no ayuda.
—Tienes que parar esto —dice finalmente.
—¿Parar qué? —vierto una generosa cantidad de alcohol en mi café,
hasta el punto de que casi se derrama sobre la encimera de granito de Toby.
—Deja de huir de la verdad. De lo que realmente sientes.
—¿Oh? ¿Y qué es lo que realmente siento? Ya que pareces ser una
experta.
—¿Qué ha hecho Nico? —pregunta Calli, adivinando correctamente
que esta pequeña disputa le involucra.
—No importa lo que haya hecho. Que, por cierto, fue ardiente como la
mierda, por cierto.
Calli gime mientras Stella y Emmie se interesan aún más.
—Te escuchamos —dice Stella, inclinándose sobre el respaldo del sofá.
—Lo que importa es Brianna tratando de vivir con la cabeza enterrada
bajo una roca.
—Ser sensato no es vivir bajo una roca.
—Que te follen en un probador no es ser sensato.
—Creo que eso está abierto a opiniones —bromea Stella.
—¿Te follaste a Nico en un probador? —suelta Emmie, con una amplia
sonrisa salaz en la cara.
Suelto un fuerte suspiro.
—Técnicamente, no.
—¿Te has corrido o no? —pregunta Stella.
—Dios —murmura Calli, claramente sin necesitar este nivel de detalle.
Pensaba que ya estaría acostumbrada.
—Yo lo hice. Él no lo hizo.
—Se fue con algunas bolas azules graves. Definitivamente puede
esperar una visita esta noche.
—Esto no ayuda —me enfurruño.
—No estoy de acuerdo —argumenta Stella—. Deberías seguir
hablándolo. Necesitamos escuchar todo esto si queremos ayudar.
—Las visitas nocturnas son las mejores, ¿verdad? —reflexiona Emmie.
Levanto las manos con desesperación antes de tragarme un buen trago
de café, con el whisky quemándome hasta el fondo de la garganta.
—Voy a ducharme. Todavía puedo olerlo.
Con el café en la mano, salgo corriendo por la habitación. Sus ojos
siguen todos mis movimientos y casi he salido de la habitación cuando
Stella sugiere:
—Quizá deberías enviarle un vídeo. Enséñale el premio que podría
conseguir después de todo su duro trabajo de esta noche.
—Saben, no creo que ninguna de ustedes se esté tomando esto en serio.
Es más que sexo. Es…
Me detengo al oír mis propias palabras.
—Exactamente —anuncia Jodie—. Ese es exactamente mi punto.
Grito de frustración antes de encerrarme en su habitación de invitados.
Mientras me siento en la cama le doy otro trago al café y le pido a mi
corazón que deje de acelerarse.
Jodie me está presionando por una razón. Sólo quiere lo mejor para mí,
y sabe que esconderme de todo esto y sofocar lo que siento de verdad sólo
va a empeorar las cosas a largo plazo. Pero no sé hacer otra cosa. La
perspectiva de abrirme a cualquier otro tipo de posibilidad que no sea la que
hemos tenido en el pasado es poco menos que aterradora.
En cuanto llaman a la puerta, sé quién es.
—Adelante —llamo, y la puerta se abre inmediatamente, revelando a
quien esperaba.
—¿Estás bien? —pregunta Calli, cerrando suavemente la puerta tras
ella.
El suspiro de dolor que sale de mis labios le dice todo lo que necesita
oír. Baja el culo junto al mío y me coge la mano.
—Todo va a estar bien, ¿sabes? Y no importa cuánto tiempo te lleve
procesar todo esto y lo que sientas por Nico, o cualquier otra cosa.
—Gracias —respiro, apretando su mano.
—Jodie odia verte así. Quiere que lo arregles todo para verte sonreír de
nuevo.
—Lo sé.
Se hace el silencio entre nosotras mientras pienso en mi mejor amiga y
en todo lo que ha hecho por mí en los últimos años.
Sus intenciones nunca son menos que querer lo mejor para mí. Y no han
sido pocas las veces que no ha tenido más remedio que tomar el camino
difícil y obligarme a lidiar con mi mierda.
—Nico sabe lo del bebé —confiesa finalmente Calli en voz baja.
—Lo sé. Vino a decírmelo.
—¿Estaba… enfadado?
Sacudo la cabeza mientras hago memoria.
—No. Estaba extrañamente tranquilo. Orgulloso, creo.
La miro justo a tiempo para ver cómo se quita una lágrima de la mejilla.
—Se estrelló contra nuestro piso como un huracán. Pensé que Daemon
iba a dispararle cuando salí corriendo del dormitorio detrás de él y me lo
encontré con la pistola en alto.
—No sé si estoy aliviada o cabreada porque no lo haya hecho —
confieso.
—Lo mismo —se ríe Calli.
—¿Qué hizo?
—Me abrazó. —Mis ojos se abren de par en par cuando sus palabras me
golpean—. Fue… muy dulce. Me apoyó. Todo lo que esperaba que fuera.
—Quizá el fin de semana pasado le ayudó a entrar en razón, porque
habría sido una historia muy diferente si hubiéramos llegado hasta aquí. Era
como un toro enjaulado.
—Odio que te hayan herido, Bri. Pero también creo que tienes razón.
Necesitaba esa llamada de atención. En más de un sentido.
Asiento con la cabeza, incapaz de encontrar palabras con las que
responder. Tiene razón, por supuesto. Nico estaba en un camino sin retorno
hacia una grave colisión. Sólo deseo… Demonios, ni siquiera sé lo que
deseo.
—Debería dejarte ducharte —dice finalmente Calli—. Y luego vamos a
disfrutar todas e intentar no preocuparnos por lo que estén haciendo los
chicos ahí fuera.
Nuestros ojos chocan y miro profundamente en sus ojos azules,
buscando la respuesta a todas mis preguntas.
—Sucederá esta noche, ¿no?
Basta un solo movimiento de cabeza para que se me caiga el mundo
encima.
Pensar que Nico por fin tendrá su oportunidad de vengarse me llena
tanto de alivio como de miedo.
—Todo irá bien —vuelve a decir Calli, pero esta vez no hay tanta
seguridad en su voz como cuando lo dijo antes. También está nerviosa.
Aterrorizada, en realidad. Ya ha estado demasiado cerca de perder a
Daemon; no puedo imaginar que ese nivel de miedo la abandone nunca.
Diablos, ella lo sentirá cada vez que él deje este lugar para trabajar. Pero, a
diferencia de mí ahora, no está dejando que gobierne sus decisiones. Por el
contrario, lo ha aceptado y se ha lanzado a lo que realmente quiere.
Ojalá fuera tan fácil como ella lo hace parecer.
—Al final del fin de semana, todo habrá terminado y se reanudará la
vida normal —le aseguro, intentando ser tan fuerte como ella para mí.
Una carcajada sale de sus labios, haciendo que frunza el ceño.
—¿Normal? —pregunta—. Pensaba que tú, más que nadie, entenderías
que aquí nada es normal.
—Bueno, lo más normal que puedas experimentar. Daemon y tú podran
salir juntos del edificio como pareja. Él podría llevarte a una cita.
—¿Daemon en una cita? —suelta—. ¿Qué tan fuerte te golpeaste la
cabeza, Bri?
—Oh, shush, ese chico te ama algo feroz, haría cualquier cosa por ti.
Sus ojos se clavan en los míos un instante antes de ponerse en pie con
una suave sonrisa.
—No es el único —susurra antes de salir de mi habitación y dejarme la
cabeza dando vueltas otra vez.
Cuando salgo de la habitación de invitados recién duchada y en pijama,
es obvio que Stella, Emmie y Jodie están bailando al ritmo de una canción
clásica de Usher. Puede que me haya escondido un poco, pero no me he
dado cuenta de que he estado fuera tanto tiempo.
—Bri, ven a bailar con nosotras —dice Jodie, con una sonrisa alegre y
perezosa en los labios.
Si fuera cualquier otra persona, probablemente pasaría por alto la
preocupación que oscurece sus ojos, pero no es así. Lo veo, y sé que es una
de las razones por las que me empujó antes. Todas las mujeres de esta sala
están aterrorizadas por sus hombres ahora mismo. Supongo que eso explica
lo rápido que está fluyendo el alcohol.
Me sirvo dos de los tragos alineados sobre la mesita y los bebo sin
pensármelo dos veces antes de que mi cara se tuerza de disgusto.
—¿Qué coño es eso? ¿Líquido más ligero?
—¿Por qué crees que lo evito como a la peste? —pregunta Calli con un
brillo de picardía en los ojos.
—Es buena mierda. Especial de Emmie.
—Si esto es lo que beben en Lovell, entonces puedo entender por qué la
mayoría de la gente de allí está medio descerebrada.
—Oye, esa es mi ciudad natal. Me ofende.
—Pero no es mentira, ¿verdad?
Una sonrisa malvada se dibuja en la cara de Emmie.
—No. Ni mucho menos. Y puedo decir con absoluta certeza que apenas
has experimentado lo descerebrados que son algunos de ellos. Deberías
estar agradeciendo a tus estrellas de la suerte que no tuviste que enseñar
allí.
—¿Quieres decir que ninguno de los estudiantes me habría follado en la
biblioteca?
Emmie rocía a Stella con uno de los potentes tragos por mis palabras y
las dos se caen de risa como locas.
—Probablemente habría sido más como un gang bang.
—Tal vez subestimé la cantidad de diversión que podría haber tenido
allí —bromeo.
—Es el infierno. Ni siquiera enviaría a Sloane allí.
—Que se joda esa zorra —grita Stella—. Nada importa más que
nosotras disfrutando ahora mismo. Todo ha sido demasiado estresante
últimamente. Nos merecemos esto.
Incapaz de discutir con ella, me bebo rápidamente otro trago de veneno
y me subo a la mesita.
Al fin y al cabo, si no puedes vencerlas, únete a ellas.
—Vamos, pequeña C. Veamos esos movimientos que ponen a Daemon
de rodillas. —Extiendo mi mano, la subo a la mesa conmigo mientras la
música que ya rebota en las paredes sólo sube de volumen.
—¿Quién demonios es? —grita Stella un rato después, cuando se oyen
unos golpes en la puerta de entrada al terminar una canción.
—Lo siento, me he dejado las gafas mágicas en casa, así que no puedo
ver a través de la madera —bromea Emmie mientras Jodie se acerca a
trompicones a la puerta.
—Mira por la mirilla —grita Calli. El tono de su voz me produce un
escalofrío por todo el cuerpo.
Stella se saca el móvil del sujetador y baja el volumen cuando empieza
la siguiente canción; de repente parece mucho más sobria y despierta de lo
que estaba hace sólo unos minutos.
—Está bien —llama Jodie—. Sólo un ladrón de puertas.
Calli respira aliviada cuando imagino a Isla uniéndose a nosotras.
Sólo la he visto un par de veces, pero parece guay. Quiero decir,
cualquiera que haya conseguido derribar algunos de los muros de Daemon
debe ser bastante impresionante.
Pero cuando Jodie vuelve, descubro rápidamente que no es Isla.
—¿Rhea? —La encuentro allí de pie, más que excitada por lo que ha
encontrado, con su uniforme de Knight’s Ridge puesto.
—Pensaba que Daemon te había enviado a casa —dice Calli.
—Pfft, como si me fuera a ir tan fácilmente —dice Rhea con un
desafiante giro de ojos—. ¿Qué vamos a beber? —pregunta esperanzada,
posando su mirada en los vasos de tragos vacíos—. ¿Saben que aún es por
la tarde, verdad?
—Uno —empieza Calli—, no vas a beber nada. Tienes quince años, por
si lo has olvidado.
—Improbable —se burla—. ¿Y dos?
—En realidad es temprano por la noche, y nos merecemos soltarnos un
poco, así que deja de juzgar.
—¿Quién ha hablado de juzgar? Quiero participar. La vida ha sido muy
estresante últimamente.
Todas la miramos estupefactas.
—¿Por qué estás aquí? —pregunto sin rodeos y con rudeza.
—Bueno —dice, dejando la mochila y quitándose los zapatos—, estaba
con mi primo en el centro comercial, pero me dejaron aquí para pasar el
rato con Daemon cuando mi padre convocó a todos sus secuaces.
Sus palabras y el brillo cómplice de sus ojos me hacen bajar la barbilla.
Jesucristo, incluso Rhea sabe lo que pasó en ese probador.
—Estabas…
—Sí, justo fuera de la tienda —confirma con una sonrisa—. El pobre
Nico estaba como un oso con dolor de cabeza después de eso. Realmente lo
dejaste calenturiento, ¿eh?
—Rhea —corta Calli.
—¿Qué? Tengo quince años, no cinco. Sé exactamente lo que pasaba
detrás de esa cortina. Yo también estaba bastante celosa —confiesa—. Ew,
espera… eso ha salido muy mal. No quiero a mi primo. Es asqueroso. Sólo
quería decir…
—Por favor, deja de hablar —suplica Calli, mientras Stella y Emmie
apenas contienen la risa.
—Deberías haber salido con nosotras antes —anuncia Stella feliz.
—No estoy en desacuerdo —dice Emmie—, pero Theo nos matará por
corromper a su hermanita.
Rhea se burla.
—Un poco tarde para eso. Ahora, ¿alguien va a traerme algo de tomar?
¿Y tenemos hierba para llevar?
Capítulo Veintidós

NICO

—¿Q uéToby,carajos pasa? —ladra Theo en cuanto entramos al depa de


donde sabemos que están todas las chicas.
No esperábamos encontrarlas de fiesta… con Rhea justo en
el centro de sus giros.
—Ah, hola, hermano. ¿Cómo te va? —pregunta inocente mientras los
demás, incluida su esposa, ignoran su llegada.
Alex suelta una carcajada a mi lado mientras Toby murmura:
—Oh, mierda. Me alegro de no ser ninguno de ellos ahora mismo.
—Apaga la puta música, Doukas —vocifera, adivinando bien quién está
a cargo de esta pequeña fiesta.
Con un dramático gesto, suelta:
—Eres un puto aguafiestas, en serio —Stella se saca el celular del
brasier y apaga la música.
—¿Necesitas ayuda, princesa? —pregunta Seb, adelantándose a su
chica.
Todas están borrachas, eso es más que evidente, y tras estudiar a
Brianna unos segundos, mira a cualquier parte menos a mí, mis ojos
encuentran a mi hermana.
—Será mejor que no estés bebiendo, carajo —ladro.
—¿Qué carajos, imbécil? ¿Quién eres tú para decirle a Calli lo que
puede o no puede hacer? —maldice Emmie, tan ida como Stella en este
momento.
—No tenemos tiempo para esta mierda —gruñe Daemon, apareciendo
como por arte de magia—. Tenemos que movernos. Vayan todas a vestirse,
carajo —ordena, para irritación de Theo.
—¿Quién carajo te puso al mando?
—Dios —murmura Alex—. D tiene razón, no hay tiempo para esto. —
Aparta la vista de nuestro intrépido líder y mira a las chicas—. Todas tienen
que estar sobrias y hacer la maleta. Van a pasar la noche fuera.
—¿Qué? —suelta Stella, antes de entrecerrar los ojos con sospecha—.
¿Por qué?
—Considéralo un regalo de nosotros.
Stella, Emmie, Calli y Jodie se giran hacia nosotros, hombro con
hombro y con un aspecto feroz de cojones.
—Buena puta suerte —murmuro, caminando hacia Alex para ver el
espectáculo desde la barrera.
Todo esto podría haber sido mi idea, pero ni de chiste me meto en
medio de ellas.
—¿Qué está pasando? —exige Emmie, poniendo las manos en la
cintura y mirando fijo a su marido como si no tuviera el poder de romperle
el cuello sin sudar.
—Les reservamos una noche en uno de los hoteles–spa más elegantes
de la ciudad.
—¿Por qué? —Emmie exige, sin retroceder.
—Oh, no. No nos vamos a tragar esa mierda. Dinos la verdad —salta
Stella.
Alex se inclina más cerca, su aliento me hace cosquillas en el cuello,
antes de susurrar:
—¿Está mal que me la ponga dura?
—Jódete, cabrón.
—¿Qué? No puedes decirme que toda esa fiereza no te afecta.
Mis ojos vuelan hacia Brianna, que se mantiene al margen.
—Puedo decir sinceramente que esas cuatro no me mueven nada, por
muy fieras que se pongan.
—No me jodas, güey. Ella sí te tiene azotado, ¿no?
Abro la boca para rebatir—aunque es obvio—cuando la voz chillona de
Stella corta el aire.
—No pueden escondernos como mujercitas débiles e incapaces.
Déjennos ayudar. Déjennos pelear por lo que es nuestro tanto como de
ustedes.
—Sí, no. Eso no va a pasar —gruñe Seb.
—Increíble. Sabes tan bien como todos aquí que soy buena para esto.
—No lo sé, carajo —murmura Seb para sí.
—Necesitamos que permanezcan juntas. Todas ustedes. Necesitamos
saber que están a salvo para poder hacer nuestro trabajo, de lo contrario…
—Tiene razón, Stella —dice Jodie, posando una mano tranquilizadora
en su hombro—. Necesitan que nos protejas. ¿Mamá está a salvo? —añade.
—Sí —le asegura Toby—. Está con una amiga. No hay de qué
preocuparse.
—Pero… —empieza de nuevo Stella.
—Cariño, por favor —casi suplica Seb.
Stella le devuelve la mirada a Emmie. Puede que no esté hablando, pero
su necesidad de pelear brilla en sus ojos. A mí me encanta tanto como lo
odio.
Puede que los chicos tengan razón al negarse a dejarlas. No importa lo
hábiles que sean, ponerlas en la línea de fuego me hiela la sangre.
—Necesitamos saber que podemos volver a ustedes cuando todo
termine —digo, con la esperanza de aplastar la discusión de una vez.
La cabeza de Brianna gira enseguida en mi dirección; sus ojos se
enganchan a los míos mientras algo familiar crepita entre nosotros.
Necesito saber que puedo volver a ti.
Le suplico en silencio que esté de nuestro lado, que ayude a convencer a
Stella de que esto es lo correcto.
A los segundos, asiente, y contengo un suspiro de alivio.
—Vamos a hacer la maleta. Cuanto más tiempo estemos aquí
discutiendo, más tiempo perdemos. Los chicos tienen un trabajo que hacer,
y nosotras también.
Por fin, Stella cede, pero Seb no la deja alejarse: le rodea la cintura y la
atrae, pegándole un beso.
Antes de que me dé cuenta, todos los chicos han cargado a sus chicas en
brazos y desaparecen de la sala, dejándome, mirando a Brianna,
desesperado por hacer lo mismo.
—Claro… esa maleta no se hace sola —murmura, dando un par de
pasos hacia los cuartos y sacándome del trance.
—Sirena —ordeno, obligándola a detenerse.
Cuando no hace nada más, me acerco, comiéndome el espacio entre
nosotros.
Pero en cuanto mira por encima del hombro, vacilo.
—Esto no cambia nada, Nico. Seguiré tus órdenes porque es lo correcto,
pero no te hagas ideas. Lo hago por ellos, no por ti.
Abro los labios para responder, pero es más rápida y sale volando de la
habitación, como si esos segundos no hubieran ocurrido.
—Oh, arde, primo —se burla Rhea, y despierta al demonio que me
habita.
Giro sobre mis pies y le caigo encima, cara a cara.
—¿Por qué carajos sigues aquí? —gruño, bajo y letal.
—¿Qué? —pregunta inocente—. ¿No se me permite salir con mi primo
y su novia?
Esa última palabra me golpea como bate al pecho.
—Ella no es…
—Déjalo, cabrón —dice Alex, agarrándome del brazo y jalándome lejos
de la mocosa.
—Debería estar en su casa para que Damien se preocupe, no nosotros.
Ya tenemos suficiente en el plato.
—Está bien. Estará segura con las chicas. Vamos a prepararnos, ¿sí?
Tira otra vez de mí y me obliga a seguirlo. Obedezco porque no hay
opción, pero no antes de fijar la mirada en el pasillo hacia la habitación de
invitados de Toby.
—Más tarde —dice Alex—. Acabemos esto y luego puedes pasar la
noche intentando conquistarla.
—Pfft, suerte con eso —se burla Rhea.
Me tenso, listo para girarme, pero el agarre de Alex me mantiene en
marcha.
—Ignora a la mocosa —dice lo bastante alto para que Rhea lo oiga;
luego vuelve a mirarla y, lo juro, le guiña un ojo.
—¿Está bien Stella? —pregunto ya en el pasillo y lejos de oídos—.
¿Deberíamos permitir que ella y Emmie vayan con nosotros?
—¿Estás loco? —pregunta Alex, soltándome por fin.
—No. Oíste al jefe igual que yo. Andamos cortos de números. Sólo
aquellos en quienes confiamos de verdad están en esto. Necesitamos toda la
ayuda posible.
—¿Sugieres que no somos suficientes?
—¿Qué? No. Nunca. Digo que podríamos tener refuerzos.
Mientras nosotros nos dirigimos al almacén al que Damien jaló a los
italianos, junto con Galen, Stefanos y un par más de nuestros leales,
Daemon, Ant y algunos más se quedan aquí. El riesgo de que yo tuviera
razón y los italianos nos la jugaran de nuevo era demasiado alto como para
dejar nuestro hogar —nuestras chicas— desprotegido.
Si sospechan que mentimos y que Daemon y Ant están aquí, desviarán
el señuelo y vendrán directo a este lugar a recuperar lo que creen suyo.
—Espero que lo hayamos calculado bien —reflexiona Alex—. Tal vez
deberían quedarse más…
—Lo tenemos —afirmo con seguridad—. Además, Daemon y Ant
cubren esto. El sitio está cerrado a cal y canto. Ningún puto italiano va a
entrar.
—Eso espero. Te veo en diez, ¿sí?
Quedo inmóvil mientras entra a su depa y me deja solo en el pasillo.
La necesidad de ir tras Brianna me quema por dentro, pero Alex tiene
razón. Habrá tiempo después.
Ahora debo enfocarme en esta noche, en la venganza que ansío desde
que vi el cuerpo sin vida de papá.
En cuanto entro a mi cuarto, abro el clóset y, al ver los trajes negros,
algo se asienta dentro de mí. Olvido todo lo demás y sólo veo la cara
satisfecha de ese hijo de puta. La próxima vez que le mire a los ojos
mientras le aprieto la sien con mi pistola, no estará tan contento consigo
mismo.
Me visto en piloto automático; los años de entrenamiento toman el
control. Lo último que busco es mi corbata. Bueno, no es mía: es de papá.
Es de las pocas cosas que me llevé de casa cuando mamá estaba ocupada
absorbiendo la lástima de todos. Es una tontería, pero llevar algo suyo
cuando voy a la batalla me hace sentirlo cerca. Como si estuviera aquí con
nosotros, animándonos. Las mancuernillas son lo último que añado al
uniforme: plata con el emblema de Cirillo grabado en el cuadro y brillantes
piedras doradas.
Bajo el brazo después de asegurar la segunda y respiro hondo antes de
mirarme al espejo.
Me sostengo la mirada, buscando algo que me recuerde a él, algo que
me dé la fuerza extra que necesito.
—Dales duro, hijo.
Oigo su voz como si estuviera detrás de mí. Me lo dijo mil veces
mientras crecía, mientras me entrenaba. Nunca necesité oírlo tanto como
ahora.
—Esto es para ti, papá —murmuro, bajo la cabeza y me aparto del
espejo.
Los demás estarán esperando y no pienso fallarle a nadie esta noche. Ni
nunca más, si puedo evitarlo.
Cuando salgo de mi depa, Theo y Emmie también salen del suyo. Él
viste como yo, listo para la batalla. Y aunque Emmie va de negro de pies a
cabeza, no oculta el coraje en la cara.
Entiendo que estén encabronados. Pero no hay forma de que ninguno de
ellos se acerque a un italiano esta noche. Mis chicos necesitan a sus chicas
cuando todo esto termine. Demonios, yo también necesito a la mía, pero
algo me dice que seguiré soñando.
La decepción me pesa en el estómago al pensar en mis hermanos, que
después de esto serán recibidos con los brazos abiertos y la promesa de
placer infinito por lo que soportaron para mantenerlas a salvo. Yo volveré
solo a una cama fría. Genial. El único consuelo es que Alex quizá tenga la
misma experiencia, aunque, conociéndolo, irá a perderse en alguna mujer
dispuesta. Antes me habría lanzado a eso; ahora no podría pensar en nada
peor.
Emmie me ofrece una sonrisa lacónica cuando pasan, Theo cargando su
bolso —lo que seguro la cabreó más—. Casi puedo oír la discusión de hace
minutos.
El aire está tenso cuando entramos al elevador y descendemos, y no
mejora cuando salimos y encontramos a los demás esperándonos.
—Hay carros esperando afuera para llevarlas al hotel. Pase lo que pase,
no salgan hasta que uno de nosotros vaya por ustedes. No abran la puerta,
no contacten a nadie. De hecho, apaguen los teléfonos ahora —exige Theo,
frío.
Cualquiera ajeno pensaría que no le importa, pero es lo contrario: la
postura de sus hombros y la mandíbula apretada cuentan otra historia.
—Necesitamos saber que están encerradas y a salvo. Hagan lo que
quieran dentro de esa habitación, pero no pongan un pie fuera.
—Ya oímos, papá —murmura Emmie.
Les clava una mirada que pondría a otros de rodillas, pero no a Emmie
Ramsey. La sangre Cirillo y Segadora que corre en ella impide que se
achique ante cualquiera. Especialmente ante su marido.
—Creo que descubrirás que es tu padre y harás lo que te digan.
—Carajo, creo que acabo de correrme —gime Stella, antes de soltar un
gritito cuando Seb enrosca los dedos en su cabello plateado y le echa la
cabeza atrás para obligarla a mirarlo.
—Los carros esperan —digo, antes de que empiecen a montarse como
animales—. Cal, sé una buena chica y ve adelante.
Mi hermana frunce el ceño, sorprendida, pero cierra la boca con
prudencia. Daemon no; por suerte, lo que sea que le susurra para ponerla
roja como marinero no lo alcanzo a oír.
Tras unos segundos más de PDA de los que cualquier soltero
desesperado necesita ver, las chicas por fin salen y se deslizan a los dos
autos que las esperan.
Los muchachos las miran con anhelo; en cuanto los carros se alejan y
todos se giran hacia donde Alex y yo aguardamos, sus caras sólo muestran
determinación pura.
—Daemon, ve y pon a tu equipo en posición —ordena Theo—. Los
demás, movámonos de una puta vez. Tenemos sangre que derramar.
Él toma las escaleras hacia el estacionamiento subterráneo y Seb, Alex,
Toby y yo no tenemos más remedio que seguirlo.
Casi llegamos a su Maserati cuando me vibra el celular en el bolsillo.
Incapaz de ignorarlo, lo saco y despierto la pantalla. Las palabras que
me miran me dejan sin aliento y me oprimen el pecho.
Sirena: Muéstrales el color del infierno, soldado.
Capítulo Veintitrés

BRIANNA

—¿E stás bien? —me pregunta Jodie mientras vuelvo a meter el


celular en el bolso y reclino la cabeza hacia atrás, mirando el
techo negro sobre mí.
—Sí —respiro.
—Saben lo que hacen. Hay que confiar en ellos.
—Ya lo creo. Todo va a salir bien —digo, pensando en las palabras que
Calli me dijo antes en mi habitación.
Levanto la cabeza, miro alrededor de mi mejor amiga y me encuentro
con los preocupados ojos azules de Calli.
—¿Estás bien? —pregunto, mientras ella levanta instintivamente la
mano y la apoya contra su estómago.
Asiente; sus ojos se llenan de lágrimas que sólo puedo suponer que está
tratando de contener.
—Umm… lo que Nico dijo antes —empieza Jodie, siguiendo mi línea
de visión—, sobre que no bebas…
—Idiota —murmura Calli, para mi diversión.
—Es verdad… tú…
—Sí —asiente Calli—. Los otros no lo saben todavía, así que…
—Mis labios están sellados —promete Jodie antes de volverse hacia mí
—. ¿Te lo puedes creer? —pregunta emocionada, antes de que se le caiga la
cara de vergüenza—. Lo sabías.
—Lo sabía.
Abre los labios para decir algo, pero en su lugar suelta un fuerte suspiro
y se desploma un poco en su asiento.
—Supongo que todo eso tiene mucho sentido —reflexiona.
—Mi hermano es un idiota.
—No puedo discutir eso, Cal —confiesa Jodie—. Pero él es mucho más
que eso.
—Sí, eso también.
El silencio cae a nuestro alrededor mientras nos conducen por la ciudad.
No tenemos idea de adónde vamos, y sólo puedo suponer que hay una
razón para ello, así que me siento y confío en que los chicos saben lo que
hacen. Las mujeres de estos dos autos son lo más importante de sus vidas.
No nos arriesgarían por nada.
Jodie y Calli retoman su conversación cuando la curiosidad de Jodie por
el embarazo de Calli se apodera de ella y empieza a hacer las preguntas de
rigor. Pero yo no participo; estoy demasiado perdida en mi cabeza, llena de
imágenes de Nico vestido como el brutal soldado que es.
Verlo de pie junto a Theo cuando salieron del ascensor hizo que se me
parara el corazón, estoy jodidamente segura.
Peligroso. Formidable. Hermoso.
Y todo mío, así lo quiero.
Aunque quererlo no está realmente en cuestión. Lo he deseado desde la
primera noche que lo vi. ¿Quién no lo querría? Está buenísimo. Pero
embarcarme en encuentros regulares y permitir que se conviertan en algo
más es mi punto de fricción.
Nunca he tenido novio. Nunca he querido que ningún hombre sea un
elemento permanente en mi vida. No quiero caer en la trampa de depender
de uno, y desde luego no quiero que nadie dependa de mí para nada.
Pero si eso es cierto, ¿por qué anhelo algo más?
¿Algo que me aterra tanto como me entusiasma?

—Dios —murmuro unos segundos después de desviarnos de la carretera


principal por un camino solitario que acaba revelando una enorme casa
señorial.
El sol se pone detrás del edificio victoriano. Bueno, sinceramente,
castillo sería una mejor descripción del lugar. Es más probable que lo vea
en un episodio de Antiques Roadshow que en la vida real.
Tiene torretas y pilares y todo.
—¿Qué es este lugar? —pregunto, con la nariz prácticamente pegada al
cristal de la ventana ennegrecida que tengo delante.
—Ni idea. Pero es precioso —reflexiona Jodie.
—Mira, tienen una boda —señala Calli.
Jodie y yo nos giramos hacia su lado del carro justo a tiempo para ver a
los novios desaparecer entre los árboles que bordean el recinto, con un
fotógrafo pisándoles los talones.
—Su vestido es impresionante —jadea Jodie cuando desaparece la larga
cola de encaje.
—Apuesto a que esas fotografías serán increíbles.
—Pronto serás tú —le dice Jodie a Calli, que se ríe.
—No tengo prisa —dice suavemente.
—Lo que tienes creciendo en la barriga dice lo contrario —se burla
Jodie.
—Ahora mismo tengo todo lo que podría desear —una sonrisa triste se
dibuja en los labios de Calli. Aunque pueda estar diciendo la verdad, sé que
su dolor por la pérdida de sus padres aún está vivo. Igual que el de su
hermano—. Además, no quiero ser una ballena varada con un vestido
blanco.
—En primer lugar, eso no es posible. Serás hermosa sin importar cuánto
crezcas. Y, en segundo lugar, nada podría impedir que Daemon te haga suya
permanentemente.
—Soy suya permanentemente —argumenta—. No necesitamos un
certificado ni anillos para demostrarlo.
—Haces que parezca tan fácil.
No me doy cuenta de que las palabras salen de mis labios hasta que
ambas se vuelven hacia mí.
—Pensé que tú más que nadie sabrías que no ha sido nada fácil, Bri —
dice Calli—. Ha sido todo tipo de dolor y trauma llegar a donde estamos
ahora. Y algo me dice que nos esperan más.
—No, no digas eso —dice Jodie con tristeza—. Todo esto se va a
solucionar. Los chicos van a poner fin a todo y podremos seguir adelante.
—Tengo plena confianza en que lo harán, sí. ¿Pero entonces qué? Este
puede ser el final de la guerra con los italianos, pero ¿qué viene después?
Este tipo de cosas siempre serán nuestras vidas. Siempre estaremos
esperando la próxima guerra, la próxima pérdida, el siguiente golpe.
—Dios. Tal vez debería huir mientras tenga la oportunidad —digo.
—Deberías —asiente Jodie, sorprendiéndome—. Pero no lo harás. Aquí
es donde perteneces y lo sabes.
—Contigo, sí.
Se ríe entre dientes y sacude la cabeza.
—No sólo yo, Bri. Todos nosotros. ¿Recuerdas cuando eras niña y te
dormías por las noches deseando tener una familia?
Frunzo el ceño; odio que saque esa mierda deprimente cuando ya
tenemos bastante con lo nuestro.
Noto que Calli se inclina hacia delante para mirarme mientras yo vuelvo
a mirar por la ventana a mi lado. La parte derecha de mi cara arde por su
atención, su curiosidad, pero me niego a girarme y mirarla a los ojos.
—Esto es, Bri. Puede que no sea lo que aquella niña pensaba que era
una familia hace tantos años, pero es una de todos modos.
Mis ojos arden en lágrimas mientras asiento con la cabeza.
—Esos chicos están ahí afuera luchando por todos nosotros. Da miedo y
es aterrador, y ahora mismo estoy flipando. Pero es lo que tienen que hacer
para proteger a su familia, y nosotras tenemos que hacer lo que podamos
para apoyarlos. Y si eso significa encerrarnos ahí y esperar a que pase, eso
es lo que haremos. Permaneceremos unidas.
—Pase lo que pase —añade Calli—. Y cuando vuelvan, te va a
necesitar, Bri. Tanto si han conseguido llegar a Ricardo como si no, te va a
necesitar de una forma que le asusta tanto como a ti.
—Dios —murmuro, renunciando a intentar contener las lágrimas y, en
su lugar, secándomelas de las mejillas.
—Venga, vamos a ver este sitio —anima Jodie—. Ciertamente podría
pensar en peores lugares para esperar.
Mientras Calli empuja la puerta para abrirla, un movimiento fuera de mi
ventana llama mi atención y encuentro a Stella, Emmie y Rhea
esperándonos.
—Hoy tomé la decisión correcta al faltar a clase —me dice Rhea feliz,
todas ignorando el hecho de que estoy al borde de un colapso emocional.
—¿Saben tus padres dónde estás?
—Muy bien, cálmese, señorita Andrews. Cielos.
—Los chicos lo han solucionado —me asegura Emmie—. Sólo tenemos
que mantenerla alejada de los problemas.
Stella suelta una carcajada.
—¿Qué? Soy un ángel.
—Nosotras también —dice Stella con una amplia y amenazadora
sonrisa.
—Cristo, todas ustedes van a mantenerse alejadas de los problemas —
advierte Calli, tirando de rango como la más sensata. Supongo que es la que
está más cerca del liderazgo. ¿O es Rhea? Que me jodan si lo sé.
Nuestros chóferes toman nuestras maletas de los carros y nos siguen
como buenos cachorritos para que podamos registrarnos.
En cuanto Calli y Emmie cruzan las enormes puertas, las dos mujeres
detrás del mostrador se ponen de pie.
—Buenas tardes, señoritas. Nos alegra tenerlas con nosotras. Ya está
todo organizado. Si gustan seguirme, las llevaré a su suite.
Comparto una mirada con Jodie cuando una de ellas sale de detrás del
enorme escritorio de caoba en el que estaban sentadas y nos hace un gesto
para que la sigamos.
No tengo idea de si saben quiénes somos. Por la situación en la que
estamos, diría que no. Pero está claro que piensan que somos una especie de
realeza.
Entramos en el elevador más loco que he experimentado en mi vida. Y
aunque intento ignorar mi reflejo, sabiendo que mi cara va a estar roja e
hinchada de llorar, y el hecho de que no podría parecer que pertenezco a
este lugar, menos en pijama, es imposible no verme. Las paredes son de
espejo e incluso la decoración dorada es tan brillante que nuestros reflejos
son más que evidentes.
Subimos hasta lo alto del edificio antes de que se abran las puertas;
salimos a una gruesa y lujosa alfombra púrpura y seguimos a la mujer del
traje hasta un enorme conjunto de puertas intrincadamente talladas.
Nuestros chóferes nos siguen diligentemente con nuestras maletas, ya
que se han negado a entregárselas al portero del vestíbulo.
—Aquí tienen, señoritas. Si necesitan algo, marquen el uno en el
teléfono y podremos ayudarles.
Ella mantiene la puerta abierta y yo me quedo atrás con Jodie mientras
las demás entran corriendo a la habitación para echar un vistazo.
—¿Quién iba a predecir cómo iban a acabar nuestras vidas, eh? —
pregunta a mi lado mientras la seguimos.
—Joder —jadeo; mis ojos recorren la colosal habitación. Es más grande
que la casa de la mayoría de la gente.
—Ésta es nuestra suite más exclusiva. Seis habitaciones salen tanto de
la sala principal como de ese pasillo —dice la recepcionista.
—¿No debería estar aquí la feliz pareja? —pregunta Jodie, haciéndose
eco de mis pensamientos.
—Estaba fuera de su presupuesto.
—¿Cuánto cuesta este lugar?
—Si tienes que preguntarlo, es que no te lo puedes permitir —murmura
Jodie, para diversión de la mujer.
—Son muy pocos los que pueden —asiente—. Aprovéchenlo al
máximo. Todo lo que puedan necesitar o desear será atendido durante su
estancia. Y tenemos instrucciones estrictas en cuanto a su seguridad, así
que, por favor, relájense sabiendo que lo tenemos todo cubierto.
Dirige una mirada a nuestros chóferes —que también son nuestros
agentes de seguridad— como si les dijera que sus servicios no son
necesarios, aunque no me imagino que fueran a ir en contra de las órdenes
de Damien y abandonarnos aquí, incluso si sus habilidades podrían ser
utilizadas en otro lugar esta noche.
—Gracias. Se lo agradecemos mucho.
Se excusa, y Jodie y yo compartimos otra mirada de pura incredulidad
antes de observar la habitación con más detalle.
—Esto es una puta locura —la voz excitada de Rhea viene del pasillo
—. Las seis podríamos caber en este baño con espacio de sobra.
Nuestras miradas chocan de nuevo y ambas estallamos en carcajadas
mientras nuestros pensamientos siguen la misma sucia línea.
—Si Rhea no estuviera aquí, incluso podría sugerirlo. Stella y Emmie
estarían de acuerdo. No estoy segura de Calli —bromeo mientras seguimos
la voz para descubrir lo grande que es esta bañera—. Los chicos perderían
la cabeza cuando nos encontraran.
Encontramos a Rhea completamente vestida y relajada como si nada
fuera mal en nuestro mundo, exactamente en lo que ella dijo: una puta
bañera enorme.
—Dios, lo bien que se podría pasar ahí —dice Stella cuando se abre una
puerta al otro lado de la habitación y sale a la elegante estancia blanca y
cobriza.
—Es realmente algo —murmura Jodie.
—¿Alguien quiere traerme la botella de burbujas que pasamos en la
sala? —pregunta Rhea.
Hay un momento de silencio antes de que todas nos miremos —un
acuerdo tácito pasa entre nosotras— y, sin una palabra, damos media vuelta
y salimos corriendo de la habitación.
—Oye —se queja Rhea—. ¿Qué dije? ¿Adónde van?
Emmie alcanza la cubitera que contiene dos botellas de champán,
mientras Stella recoge las seis copas.
—Espera, éste es sin alcohol —dice Emmie, poniendo cara de ofendida
por la etiqueta.
—Me estás jodiendo —se enfurruña Rhea, que ha salido de la bañera
para seguirnos—. ¿Estamos en guerra y yo ni siquiera puedo tomar un poco
de alcohol? Todos ellos se emborrachaban y follaban cada fin de semana
cuando tenían mi edad. Es una puta mierda.
—No es para ti —suelta Calli—. Es para mí.
El labio de Rhea se despega hacia atrás, sin entender por qué alguien
querría una bebida sin alcohol. Aunque, en esta situación, no puedo evitar
querer darle la razón.
—¿Por qué demonios…?
—No —jadea Stella; sus ojos se abren de par en par mientras se acerca
con las copas de champán aún en sus manos—. ¿Estás…?
—¿Embarazada? —remata Emmie.
Calli traga saliva, nerviosa, antes de levantar la cabeza.
—Sí. Estoy de diez semanas.
—Mierda, esto es grande, Cal.
—¿Lo sabe Daemon? —pregunta Stella, aún tan sorprendida como si
alguien le dijera que es ella la que está embarazada.
Calli echa la cabeza hacia atrás y se ríe.
—Por supuesto que lo sabe. Sólo se los estaba ocultando a ustedes.
—Oh, bonito —se burla Emmie.
—¿De verdad estás embarazada? —pregunta Rhea—. ¿Como si
estuviera creciendo una persona de verdad? —Sus ojos se posan,
horrorizados, en el vientre plano de Calli.
—Sí, una persona real. Apuesto por una niña, pero Daemon, Alex y
Nico están convencidos de que es un niño.
—Claro que lo están —se burla Emmie.
—Definitivamente es una niña —asiente Stella, sin parecer disgustada
por la confesión de Calli de que sus dos hermanos ya lo sabían.
—Bueno, supongo que eso merece un brindis —dice Emmie,
arrancando por fin el papel de aluminio de la botella que tiene en la mano y
descorchando.
Llena cinco copas —una mucho más pequeña que el resto, que le pasa a
Rhea—. Parece encantada hasta que ve el contenido comparado con el
nuestro; entonces Emmie destapa la botella sin alcohol para Calli y le sirve
una copa también.
Las seis nos sentamos en los sofás increíblemente cómodos que rodean
una mesa de centro más grande que la mayoría de las mesas de comedor, y
empezamos a charlar tranquilamente, sobre todo acerca del embarazo de
Calli, pero también sobre Nico y lo que pasó el fin de semana pasado.
Es bonito. Es fácil. Pero, a medida que pasa el tiempo y baja el
champán, la tensión que nos rodea se hace cada vez más pesada.
Las preocupaciones de todas van en aumento, y estamos totalmente
indefensas para hacer algo al respecto.
Sé que no es su primer rodeo. Han pasado por esto antes, pero,
honestamente, no sé cómo lo hacen. Tengo los nervios a flor de piel. Cada
ruido que viene de afuera de la suite me sobresalta y mis ojos saltan hacia la
puerta como si fueran a estrellarse contra ella.
Pero nunca ocurre y, al caer la noche, lo único que podemos hacer es
quedarnos sentadas, intentando distraernos unas a otras mientras seguimos
bebiendo como si eso fuera a ayudarnos a ahogar la preocupación y el
malestar de lo que está ocurriendo ahora mismo en otra parte de la ciudad.
Capítulo Veinticuatro

NICO

—B ueno, esto es… un bastante anticlimático —le digo enfurruñado a


Theo mientras estamos sentados en la oscuridad, esperando a que
esos hijos de puta den la cara.
Llegamos pronto; queríamos asegurarnos de estar en posición mucho
antes de la hora prevista de llegada de los italianos, pero mierda. Esto es
jodidamente aburrido.
Theo me fulmina con la mirada. Está en modo soldado; yo también,
pero él tiene mucha más paciencia que yo. Especialmente esta noche.
—Esto va a pasar, nos guste o no —me asegura—. Enzo dijo que la
información era vaga, que su hermano hablaba con acertijos para evitar que
esta filtración saliera a la luz. Pero llegarán.
—Ya sabes, si esto sale mal, entonces van a saber que tienen una fuga.
Esta podría ser nuestra única oportunidad.
—Lo conseguiremos —promete, antes de sacar su teléfono y mirar
fijamente la pantalla, la luz iluminando su rostro como un faro en la
oscuridad.
—Todavía nada —suspira, lo que me hace preguntarme si le va tan bien
con este juego de espera como lo pinta.
Puede que aquella noche perdiéramos a mi padre, pero sé que él siente
su pérdida casi tan profundamente como yo. No era sólo su tío, era casi tan
importante como su propio padre. Quiere esta justicia con la misma
ferocidad.
—¿Algo de Daemon?
—No, sigue despejado por allí también.
—Si ya han descubierto que esto es un montaje, entonces podríamos
estar todos jodidos.
—No lo han hecho. Sólo los soldados más confiables saben de esta
misión. No habría vuelto.
—¿Pero cómo sabemos que son de fiar? Alguien ha estado divulgando
nuestra información a pesar de que todo el mundo está siendo investigado y
vigilado. No hay razón para creer que…
El teléfono de Theo vibra y rápidamente lo descuelga de nuevo.
—Movimiento —afirma, haciendo que el corazón me salte a la
garganta.
—¿Sí? —pregunto, con la esperanza en mis venas de que esta noche
realmente va a ser la noche.
—Prepárate —dice, poniéndose de pie y sacando su pistola de la
cintura.
Estamos dentro del almacén del que hemos avisado a los italianos. El
plan es simple, discreto y, espero, perfecto.
Queremos que entren por la fuerza, haciéndoles creer que están a punto
de encontrar a sus dos prisioneros perdidos, sólo que nuestros chicos van a
seguirlos adentro, eliminando en silencio a su séquito. Y cuando lleguen a la
parte más profunda del edificio, todo lo que van a encontrar somos nosotros
con nuestras armas apuntando a sus cabezas.
Discutimos otras opciones. Muchos querían tenderles una emboscada en
el camino, eliminarlos a todos de un solo golpe, pero acordamos rápido que
esa no sería la mejor manera de manejar esto. En primer lugar, no quiero
que Ricardo muera a distancia. Quiero mirarlo profundamente a los ojos
mientras pongo fin a su miserable existencia. Y, en segundo lugar, Enzo va
a estar con ellos. Forma parte del círculo íntimo de Ricardo, al igual que su
hermano, a quien todos hemos predestinado a tomar las riendas una vez que
el mayor de los Mariano, sediento de poder, desaparezca de la ecuación. Y
después de todo lo que Ant y Enzo han hecho por nosotros… bueno, ni
siquiera nuestros oscuros y retorcidos corazones podrían dejarlos de lado en
favor de nuestra necesidad de venganza.
Me pongo de un salto, sigo el movimiento de Theo y tengo mi arma en
la mano, listo para la acción mientras permanecemos hombro con hombro.
Mientras esperamos, no se oye nada más que el silencio y el sonido de
nuestras pulsaciones aceleradas.
—¿Están encendidas las comunicaciones? —pregunta Theo después de
tocarse la oreja.
—No, no hay nada —confieso, sacándome el pequeño aparato de la
oreja para inspeccionarlo.
—Mierda —sisea Theo—. Debemos estar fuera de alcance.
—Pensé que estos eran la mierda.
—Sí, bueno. Está claro que no.
Arranca su propio aparato y lo lanza por la habitación, frustrado. Choca
con la pared y luego rebota por el suelo.
La ira y la frustración se desprenden de él en oleadas.
—Estamos preparados para esto, amigo. Tranquilo —le digo.
Sus ojos encuentran los míos, y trago saliva al verlos llenos de una
emoción que él suele ser capaz de contener.
—Quiero esto para ti, primo. No quiero que nada joda esto.
—No necesitamos comunicaciones. Los oiremos venir y los haremos
nuestras zorritas.
Asiente una vez, parpadeando ante esa inusual muestra de sus
verdaderos sentimientos, y vuelve a colocarse su fría máscara de piedra.
Con la mirada fija en la puerta cerrada que tenemos delante, esperamos.
Y esperamos. Y esperamos.
Sin comunicación de los que pueden ver lo que está pasando, sólo
podemos suponer que están registrando lo que creen que es un almacén
abandonado. Bueno, abandonado a excepción de los prisioneros que están
buscando.
Si son listos, puede que se den cuenta de que es una trampa cuando
descubran que no hay nadie de guardia. Pero aparte de poner a alguien en la
línea de fuego, estaríamos arriesgando la vida de alguien demasiado
importante si los pusiéramos a buscar primero.
Un golpe fuerte al otro lado de la puerta es la primera pista de que se
están acercando. La segunda son sus voces altas pero amortiguadas.
Oh, sí, están jodidamente cabreados.
Bien. Sólo hará que el final de esto sea mucho más dulce.
La adrenalina se dispara por mis venas cuando el sonido de pasos llega
a mis oídos.
No tenemos idea de cuántos hay ahí afuera. Podríamos estar empatados,
o podríamos ser superados en número.
Honestamente, no importa. Theo y yo tenemos suficiente odio hacia
esos cabrones como para acabar con toda su familia. O al menos, eso es lo
que me gusta decirme.
Nos colocamos a ambos lados de la puerta, con los dedos en los gatillos
y listos para la acción cuando los pasos se hacen más fuertes.
Nos miramos: un acuerdo silencioso pasa entre nosotros antes de que se
detengan al otro lado.
—Esta es la sala final, jefe —dice una voz muy acentuada.
—No están aquí —afirma con seguridad—. Los hijos de puta han
estado jugando con nosotros.
—Nos están esperando.
Mis ojos chocan con los de Theo un instante antes de que algo ruede por
debajo de la puerta.
El fogonazo ilumina de inmediato la habitación, robándome la visión y
haciendo que me piten los oídos como a un hijo de puta. No sé qué ha
pasado después hasta que me arrancan la pistola de la mano y un puño
choca con mi mejilla.
Mi cabeza se echa hacia atrás mientras el dolor se extiende por mi cara
y se dispara por mi cuello.
Mi cuerpo actúa por instinto, luchando contra quien sea que esté encima
de mí, y, a pesar de estar prácticamente ciego durante más tiempo del
necesario, consigo asestar unos cuantos puñetazos sólidos, mientras rezo
para que nuestros chicos estén a punto de atravesar la puerta y ayudarnos.
Incluso después de que mi visión se aclare, no consigo ver bien al
hombre que intenta acabar conmigo con su puño como si su propia vida
dependiera de ello. Quiero decir, para ser justos, así es. En cuanto tenga mi
pistola, le volaré la tapa de los sesos.
—Hijo de puta —es lo primero que oigo cuando recupero el oído, antes
de ver a Theo cargar contra el tipo con el que se ha estado peleando.
Tardo un segundo, pero estampo un:
—¡Alto! —cuando veo los tatuajes que cubren las manos levantadas en
preparación para el golpe de Theo.
Theo acata de inmediato la orden —aunque provenga de mí—, aunque
no aparta la mirada de la figura encapuchada que tiene delante.
Y para demostrar que tengo razón, no se dan más golpes.
—Pueden quitárselas, zorras —me burlo, levantando la mano para
limpiarme la sangre que gotea de mi labio partido—. Se han ido.
No sé a ciencia cierta si había más de dos cuando entraron, pero mi
sexto sentido me dice que sí, y que han huido como putos maricas.
Dándome la razón, tanto Matteo como Enzo se arrancan las máscaras
que cubren sus rostros ensangrentados y magullados, justo cuando Alex,
Toby y Seb entran corriendo por la puerta.
—¿Qué mierda está pasando aquí? —ladran, encontrándonos a los
cuatro luchando por respirar y cubiertos de sangre. No es que ellos tres se
vean mucho mejor, para ser justos.
—Se han ido —confiesa Toby, sosteniéndome la mirada y dejándome
ver el pesar dentro de la suya.
—Hijo de puta —bramo, golpeando mis nudillos ya reventados contra
la pared—. ¿Dónde? —grito, acercándome a la cara de Matteo.
Sabíamos que Ant y Enzo estaban firmemente de nuestro lado en esta
lucha, y sospechábamos que Matteo también podría estarlo, pero Enzo
nunca lo confirmó abiertamente.
Parece que teníamos razón.
Matteo sacude la cabeza.
—No —ladro, golpeándole el pecho con las palmas y haciéndolo
retroceder—. Hay algo más. ¿Adónde han ido?
Traga saliva mientras Theo entra en mi campo de visión.
En cuanto nuestros ojos chocan, la respuesta se vuelve más que obvia.
Daemon.
—Vamos —exijo, ya girando sobre mis talones, listo para correr hacia
donde Theo dejó su auto.
Las pisadas golpean el polvoriento suelo de cemento detrás de mí
mientras fuerzo mis piernas a moverse tan rápido como pueden.
Mi cuerpo grita de dolor por el ataque de Enzo mientras vuelo por el
largo pasillo bordeado de lo que antaño fueron oficinas.
Me desparramo en la noche oscura; mis ojos escudriñan la zona y se
centran en los puntos inundados de luz.
—Oh, joder —respiro.
—No estábamos aquí celebrando una puta fiesta —se burla Seb,
deteniéndose a mi lado y observando el caos que dejaron cuando vinieron
por nosotros.
Stefanos, Galen y los otros que estaban aquí esperando por si
necesitábamos refuerzos están ocupados arrastrando cadáveres italianos
ensangrentados a una pila lista para que nuestro equipo de limpieza los
ordene cuando lleguen.
—Tenemos unos cuantos menos —dice Stefanos con orgullo.
—Sí, aunque no el puto que queremos —murmuro.
—¿Qué coño pasó? —ladra Theo.
—Nos dio esquinazo cuando descubrió que era un montaje —confiesa
Galen.
—Sí, pero la cuestión es dónde están ahora —me burlo.
—¿Daemon? —pregunta Stefanos, la preocupación reemplazando el
orgullo anterior.
—Sólo hay una forma de averiguarlo.
Abandonando los cuerpos, Theo ordena a todos que nos sigan mientras
corremos entre los árboles en dirección a los autos.
Abro de un tirón la puerta del acompañante de Theo y me dejo caer en
el asiento, mientras los demás hacen lo mismo.
—Amigo, estás sangrando —dice Alex, haciéndome girar para ver de
quién habla.
—Tú también, idiota —ladra Seb, con los ojos clavados en la cara de
Alex. Pero mi mirada se desvía rápido hacia donde Seb se está agarrando el
brazo. Y, tal como dijo Alex, la sangre se filtra por sus dedos.
—¿Te dispararon?
—No pasa nada. Sólo un roce.
—Amigo, deberías… —empieza Theo.
—Sólo conduce, jefe. Tenemos un trabajo que terminar.
Theo aprieta el botón de arranque, da vida a la bestia del motor, pisa el
acelerador y salimos volando del almacén.
No nos dirigimos la palabra mientras cruzamos la ciudad a toda
velocidad, con varios autos negros justo detrás de nosotros.
No tenemos ni idea de lo que estamos a punto de encontrarnos, pero
estoy seguro de que nos estamos preparando para lo peor.
Y menos mal, porque al doblar la última curva descubrimos que el
humo que se eleva hacia el cielo no es un incendio cualquiera.
Son los italianos intentando poner de rodillas a nuestra familia.
Capítulo Veinticinco

BRIANNA

—M ecomo
muero de hambre —se queja Stella, agarrándose el estómago
si estuviera a punto de comerse a sí misma.
—Han pasado como tres cuartos de hora; el servicio de
habitaciones llegará pronto.
—En un lugar tan caro, debería haber llegado hace treinta minutos.
—El dinero no hace que las cosas se cocinen más rápido —racionaliza
Calli mientras Stella se enfurruña.
Han pasado horas desde que vimos o supimos algo de los chicos, y los
niveles de ansiedad de nuestro grupo crecen por segundos. Y por mucho
que las quejas de Stella sobre su estómago puedan ser molestas, lo entiendo.
Ella necesita una distracción. Demonios, yo también.
Dejamos de beber tras agotar una segunda botella de champán. Puede
que ansiáramos un subidón, pero ninguna de nosotras quería estar tan
borracha como para no estar con ella cuando volvieran los chicos. Si es que
vuelven. Solo de pensarlo se me revuelve el estómago y me reprendo por
haberlo considerado.
Volverán y estarán bien. No hay otra opción.
—Quizá si no hubieras pedido tanto, ya habría llegado.
—Mi bebé tiene hambre.
—Uf, no me vengas ahora con esa mierda del embarazo bonito, Cirillo
—advierte Stella burlonamente.
—En serio, ¿tienen que hacerlo? —pregunta Emmie, claramente más
cabreada por sus bromas que yo.
El silencio cae a nuestro alrededor.
Rhea está dormida en el otro sofá. A pesar de afirmar que podía
aguantar el alcohol, se puso muy risueña después de solo unos sorbos de
champán. Y por suerte para ella, parecía ser suficiente para ayudarla a
olvidarse de la razón por la que todas estamos aquí en primer lugar y se
desmayó como un maldito bebé.
—Está muy linda —musita Jodie, viendo claramente quién retiene mi
atención.
—No le digas que cuando se despierte es probable que te apuñale —
murmura Emmie.
—Se necesita uno para conocer a uno. Y, de todos modos, ella no es del
gueto, así que tendrá un arma mejor.
—Vete a la mierda, Stel. Espero que te mueras de hambre.
—Basta, chicas.
—Lo siento, señorita Andrews —cantan todas como niñas de preescolar,
haciéndome poner los ojos en blanco.
—¿Podemos… seguir adelante? Enfrentarnos no va a mejorar nada de
esto.
—Estamos bien. Stella es vil cuando tiene hambre —me asegura Calli.
—No me había dado cuenta.
Agarro el control de la tele y cambio de canal mientras la película que
ninguna está viendo llega a su fin, para encontrar otra cosa que todas
podamos ignorar.
—Por fin —grita Stella cuando llaman a la puerta de la suite.
Se pone en pie y corre hacia su comida antes de que yo haya oído las
palabras.
Desde mi posición en el sofá, puedo ver la puerta y cómo se clava con
elegancia en la pared de al lado.
La risa está a punto de brotar de mis labios hasta que Calli se pone de
un salto a mi lado y grita:
—Stella, no —justo cuando la mujer en cuestión gira el picaporte y abre
la puerta de un tirón, dispuesta a recuperar su codiciado servicio de
habitaciones.
Todo sucede tan jodidamente rápido que me pregunto si realmente estoy
alucinando. Pero en lugar de girar sobre sí misma con una bandeja en las
manos, o incluso un carrito, se da la vuelta y retrocede de golpe con una
mano enguantada alrededor de la garganta.
Su gruñido de dolor al romperse la nuca contra la pared me atraviesa
mientras Calli grita; ella, Emmie y Jodie corren a toda velocidad hacia el
tipo que está estrangulando a Stella.
Mi cabeza me grita que me mueva, que vaya y haga algo, cualquier cosa
que pueda ayudar, pero mi cuerpo está congelado en su posición, mi sangre
se convierte en hielo cuando otro hombre vestido de negro de pies a cabeza
entra en la habitación.
Por suerte, Stella no está tan colocada como parecía, o el ataque la ha
dejado sobria de inmediato, porque justo cuando Calli alcanza al otro tipo,
encuentra la pelea, le da una patada en los huevos al gilipollas y consigue
zafarse de su agarre.
Estoy demasiado distraída con sus habilidades para darme cuenta de lo
que está haciendo el otro tipo hasta que un grito espeluznante atraviesa la
suite y miro justo a tiempo para ver a Calli deslizarse por la pared y hacerse
un ovillo en el suelo.
—Te vas a arrepentir, joder —grita Emmie, lanzándose a puñetazos con
un hombre que al menos la dobla en tamaño.
El agresor de Stella se recupera de sus pelotas rotas y la sigue hasta el
interior de la suite.
Quiero gritar por el puto camino equivocado, pero soy incapaz de hacer
nada mientras observo la carnicería.
—Pase lo que pase, no te vas hasta que uno de nosotros venga a
buscarte. No abras la puerta, no contactes con nadie.
La advertencia mortalmente seria de Theo de antes vuelve a mí.
Nos van a matar. Si estos dos tipos no consiguen su primera.
Un movimiento en el otro sofá me llama la atención y veo a Rhea
escabullirse por el lado opuesto al que Emmie le está dando por el culo al
hombre, y arrastrarse hasta Calli, que está temblando en el suelo.
Jodie está distraída, siguiendo a Stella y a su atacante hacia el interior
de la suite con una mirada oscura que nunca había visto antes. Un destello
de luz procedente de su cintura capta mi atención y, cuando bajo la mirada,
descubro que tiene los dedos enroscados alrededor de un cuchillo flip.
¿Qué coño pasa?
Sé que las chicas y Toby la han estado entrenando, pero creo que podría
haber subestimado la facilidad con la que ha abrazado la sangre mafiosa
que corre por sus venas.
—Maldito idiota —grita Emmie cuando su atacante logra imponerse y
la hace tropezar, obligándola a caer de espaldas.
No es que la detenga por mucho tiempo y, afortunadamente, el
movimiento lo distrae lo suficiente como para que Rhea pueda arrastrar a
Calli del suelo.
Pero antes de que lleguen muy lejos, otra figura oscura llena la puerta.
Se queda parado un momento, evaluando la carnicería que tiene delante.
Imagino que no esperaba entrar en una zona de guerra comandada por
brutales mujeres de la Familia Cirillo.
Sus ojos se abren de par en par al ver cómo Emmie se impone una vez
más a su amigo, antes de recordar lo que debía estar haciendo y fijar la
mirada en las espaldas de Rhea y Calli, que se retiran.
Levanta las manos, se hace crujir los nudillos y saca del bolsillo un
trozo de cuerda que encaja amenazadoramente.
Su pie abandona el suelo y comienza a acechar tras ellas.
Las dos son totalmente inconscientes de que están siendo acechadas por
un asesino desquiciado, y sé que, si no hago algo, me veré obligada a
quedarme aquí sentada mientras él consigue lo que solo puedo suponer que
le han enviado a hacer.
Un rugido salvaje arrasa la habitación, del que no tenía ni idea de que
era capaz hasta que llega a mis oídos.
Me abalanzo hacia adelante, necesitando hacer algo para impedir que
ponga sus manos sobre alguna de ellas.
Mis dedos rodean la botella de champán vacía que todavía está sobre la
mesita y golpeo con el cuello contra la esquina, rompiendo el cristal y
dejándome un borde irregular.
Me lanzo a través de la mesa de centro y sobre el otro sofá mientras el
tipo se acerca a Rhea, situándose ligeramente detrás de Calli. Justo cuando
levanta el brazo para alcanzarla, levanto el mío y le clavo el filo de la
botella en el cuello.
Se detiene al instante y la sangre le salpica, cubriéndome en un
santiamén.
Se me revuelve el estómago cuando me doy cuenta de lo que acabo de
hacer.
En estado de shock, el tipo echa la mano hacia atrás y, estúpidamente,
tira de la botella. Si antes pensaba que estaba cubierta de su sangre, no es
nada comparado con lo que ocurre en el momento en que el vidrio
abandona su cuerpo.
Joder, a saber, qué le he dado, pero un río de puta sangre mana del
agujero que tiene en un lado del cuello.
Intenta cubrirlo con la mano, pero no consigue detener la hemorragia.
Al cabo de unos segundos, tropieza con la pared, la cubre de sangre y se
desploma en el suelo. Es entonces cuando Rhea y Calli se dan cuenta de lo
cerca que han estado de la muerte.
—Brianna —grita Jodie—. Ve y cierra la puerta. AHORA.
Me doy la vuelta completamente aturdida, pero sabiendo que tengo que
seguir su orden, justo cuando Stella lanza su propio cuchillo rosa brillante
hacia el tipo que aún lucha por dominarla.
La navaja atraviesa su estómago como si fuera mantequilla. La bilis me
sube por la garganta mientras más sangre se derrama a mi alrededor y el
tipo ruge de agonía, mirando la sonrisa maníaca de Stella con pura
incredulidad. Supongo que nadie le informó de los detalles de este trabajo.
El pobre cabrón probablemente pensó que le esperaba una noche fácil al ser
enviado a qué… ¿secuestrar, matar, tal vez, a seis jóvenes indefensas? Qué
ingenuo.
—Ahora —empieza ella—, ¿vas a admitir la derrota o quieres que
continúe?
Él la mira fijamente desde su posición inclinada y sus labios se
entreabren para responder, pero no tiene oportunidad, porque Stella tira de
su brazo hacia atrás y le da un puñetazo tan fuerte en la sien que cae
inmóvil y se estrella contra el suelo.
—Em, ¿estás bien? —pregunta despreocupada, extendiendo la mano y
comprobando cómo están sus amigas, mientras Emmie y Jodie trabajan
juntas para inmovilizar al otro tipo. A diferencia de sus amigos, sigue vivo y
consciente, y parece confundido mientras Emmie y Jodie lo atan como si
estuvieran a punto de asarlo en una hoguera.
—Puerta, Bri —me recuerda Jodie, asintiendo con la cabeza hacia
donde sigue abierta de par en par.
Me acerco corriendo, la cierro de golpe y giro la cerradura.
Me doy la vuelta y contemplo la carnicería que tengo ante mí y que no
había visto en mi trayecto hasta aquí.
La habitación está destruida. Los cuadros y las obras de arte que antes
colgaban de las paredes están ahora destrozados y retorcidos por el suelo.
Los muebles están rotos, las paredes están cubiertas de sangre y hay
adornos, vasos, lámparas y cualquier otra cosa que hubiera estado
cuidadosamente colocada por toda la sala de estar ahora esparcida por todas
partes.
—Mierda —respiro, con el peso de todo lo que he presenciado en los
últimos… no sé cuánto tiempo, presionándome.
Un grito de terror sale de mis labios cuando alguien llama a la puerta
detrás de mí.
—Servicio de habitaciones.
Emmie, Jodie y Stella se detienen al oír la voz femenina, pero ninguna
hace ademán de contestar. De hecho, esta vez, Stella se opone firmemente.
—Hemos cambiado de opinión. Puedes comértelo —brama—. Gracias.
—Bri, ven a ayudarnos —dice Emmie, asegurando que no registre lo
que la mujer al otro lado de la puerta dice como respuesta.
—Mierda, sí.
Las cuatro trabajamos juntas para arrojar a los tres tipos a la épica
bañera antes de abrir el grifo frío, dejándolos tiritando. Bueno, los dos que
siguen vivos.
—Mierda, Calli —respiro cuando cerramos la puerta del baño tras
nosotras.
Corriendo hacia ella, todas nos agolpamos a su alrededor mientras Rhea
permanece inmovilizada a su lado, abrazándola mientras solloza.
—Calli, háblanos. ¿Estás bien? ¿Te hizo daño? ¿Estás…?
—Estoy bien —fuerza en voz baja.
—El bebé… —empieza Stella.
—Nada duele. Nada se siente… diferente. Creo… creo que estoy bien.
—Joder. Tenemos que hacerte un chequeo —sisea Emmie.
—No, no podemos. Tenemos que esperar. Ya la hemos fastidiado.
Calli levanta los ojos de su regazo y recorre la habitación, observando la
carnicería que nos rodea.
—Todo esto es culpa mía —admite Stella, bajando la cabeza en señal de
derrota.
—No, no lo es. Deberíamos haber estado a salvo aquí. La única persona
a la que culpar es a quien esté dando información a los italianos sobre lo
que estamos haciendo.
—¿Y si supieran lo del montaje? ¿Y si…?
—No —ladra Jodie—. No vayas ahí. Ni siquiera lo pienses.
—Tengo miedo —confiesa Rhea.
Sentada a su otro lado, Emmie la abraza mientras yo me subo al sofá
junto a Calli.
Stella y Jodie acercan la mesita, alejándola del vidrio que he dejado en
el suelo, y se sientan de modo que sus rodillas tocan las nuestras. Extiendo
la mano y tomo la de Jodie. Ella hace lo mismo con Stella, que a su vez
toma a Emmie.
—No tuvieron miedo, joder —les digo a todas, porque, aunque Stella y
Emmie tengan unas habilidades realmente impresionantes, todas merecen
un elogio por lo que acabamos de vivir.
—No se trata de ser valiente —razona Stella—. Se trata de luchar por tu
familia, por tus seres queridos.
Sus palabras hacen que me duela el pecho al recordar lo que me dijo
Jodie en el carro hace apenas unas horas.
Calli solloza una vez más y eso me rompe. Las lágrimas que ya llenaban
mis ojos finalmente se desbordan, caen en cascada por mis mejillas y
aterrizan sobre mi pijama empapado de sangre.
—Realmente necesito ducharme.
—Realmente no deberías —afirma Emmie.
—Estoy cubierta de sangre. ¿Por qué demonios no lo haría?
Emmie y Stella comparten una mirada cómplice.
—Tiene razón —asiente Stella—. Conozco a alguien que se divertirá
mucho ayudándote a lavarla.
—¿Qué hora es? —pregunta Rhea, sin levantar la cabeza del hombro de
Emmie.
—Casi la una.
—¿Dónde están? —pregunta Jodie.
Sin tener respuesta, nos quedamos en silencio, cada una haciendo lo
posible por apoyar a las demás y no derrumbarnos bajo la presión a la que
nos ha sometido esta noche.
Y así es exactamente como nos descubren no mucho después, cuando la
puerta de nuestra suite se abre, revelando algunas caras familiares que
parecen haber pasado incluso más que nosotras.
Capítulo Veintiséis

NICO

M
i adrenalina por fin empieza a agotarse mientras el ascensor sube por
el edificio del hotel en el que hemos asegurado a las chicas para
pasar la noche.
Pero cuando miro a cada uno de mis chicos, no veo el mismo cansancio
en sus caras. Detrás de la sangre y la suciedad, sus ojos siguen alerta y sus
mandíbulas firmes, como si esta noche, esta lucha, no hubiera terminado.
Bueno, supongo que no. No estamos más cerca del maldito Ricardo
Mariano de lo que estábamos ayer a esta hora. De hecho, estamos más lejos.
El hijo de puta no había vuelto corriendo a nuestro edificio para intentar
echar a Ant y a Daemon por la fuerza; en vez de eso, dejó que sus soldados
de a pie hicieran el trabajo sucio por él mientras él se escondía como un
marica.
—Lo atraparemos, Nic —me asegura Toby, con su mano ensangrentada
rodeando mi hombro en señal de apoyo.
—Tienes que sacártelo de la cabeza, porque ahí adentro hay una mujer
esperando a que la lleves al cielo —añade Alex, tratando de aligerar un
poco el ambiente.
—Lo dudo —murmuro—. Probablemente ni siquiera me mire —
confieso, sonando como un maldito llorón mientras pienso en su reacción, o
la falta de ella, cuando entré antes al depa de Toby con los chicos.
—Amigo, tienes que superar esa mierda de “ay, yo, que mi chica no me
quiere” —anuncia Seb, cabreándome de inmediato—. Si todos tuviéramos
esa actitud, ahora mismo estaríamos solteros. Si la quieres, pelea por ella.
Hazle ver que no puede vivir una vida sin ti, o sin tu verga.
—Pensé que lo hacía.
—¿Cómo? Dime una cosa que hayas hecho para demostrarle que eres el
indicado.
Mis labios se entreabren, pero no sale ninguna palabra.
—Yo… eh… yo…
—Caso en cuestión.
—Le escribí una carta —suelto como un idiota—. Le dije cómo me
sentía, lo que quería, y ella simplemente… lo ignoró. Intentó alejarme más.
—Y tú se lo permitiste —replica—. Está asustada, Nico. Asustada de
que estés jugando. Aterrada de que el jugador que conoció no pueda ir en
serio con ella.
—Dios, ¿quién te hizo el experto?
—No hace falta ser experto para ver lo que tienes delante de las narices
—señala—. Entra ahí y demuéstraselo con hechos, no solo con palabras en
un puto pedazo de papel.
El ascensor suena, poniendo fin a su consejo posiblemente útil, y en
cuanto se abren las puertas todos salimos al inmaculado vestíbulo.
Está vacío.
—¿Dónde carajos están nuestros muchachos? —ladro.
Dejamos a los detalles de seguridad de las chicas aquí con el único
trabajo de mantenerlas a salvo.
No había ni rastro de ellos cuando entramos. Para ser justos, no había
rastro de nadie, pero era medianoche.
Este no es uno de nuestros hoteles, pero es uno en el que las chicas
deberían estar seguras. Si algo pasara aquí, los Mariano no solo tendrían
que estar pendientes de los Cirillo, sino de alguien mucho, mucho peor.
Siguiendo ese consejo, avanzo hacia la puerta un paso antes que Theo y
Seb. No los miro por miedo a que la expresión de sus caras haga que mis
temores parezcan fundados.
Todo va bien. Tiene que estarlo.
Mi puño golpea la madera maciza con la fuerza suficiente para despertar
a un muerto viviente, antes de que Theo saque una llave maestra y la
introduzca en la cerradura. Por supuesto.
Apenas puedo contener los ojos en blanco cuando la abre con facilidad,
grita, feliz:
—Cariño, ya estoy en casa —y entra en la suite.
Durante un par de segundos, todo lo que ha estado revolviéndose dentro
de mí toda la noche se calma. La perspectiva de verla, de estrecharla entre
mis brazos, de respirar su aire, de demostrarme a mí mismo que, por muy
jodido que esté todo fuera de esta habitación, ella está aquí y está a salvo.
Pero entonces miro hacia arriba y todo vuelve a derrumbarse a mi
alrededor.
La habitación está destruida. Los muebles están destrozados, las cosas
hechas añicos y hay…
La bilis se me sube por la garganta al ver la sangre… por todas partes.
—¿Qué pasó? —exige Seb un compás antes de que Daemon surja desde
la parte trasera de nuestro grupo.
—Calli, ¿qué pasa?
Se abre paso entre las chicas en cuestión de segundos y carga a mi
hermana en brazos.
—¿Estás bien? ¿Estás herida? Te voy a llevar al hospital —le dice, sin
darle tiempo a responder a las dos primeras, ya que el pánico se apodera de
él.
Lo entiendo. Más que jodidamente lo entiendo.
Apenas alcanza a susurrar:
—Estoy bien —antes de que Stella confiese:
—Fue culpa mía.
—¿Por qué no me sorprende? —murmura Seb, mientras todos nos
agolpamos alrededor de las chicas.
—Tenemos que hacer que las revisen a las dos, nena —arrulla Daemon,
sonando como una persona totalmente diferente de la que sabemos que
causó nada menos que una masacre italiana esta noche.
—Está bien, D. Deja de asustarte. No tiene ninguna marca —argumenta
Theo, mientras mis ojos se clavan en Brianna.
Está cubierta de sangre. Y no solo un poco.
Mi corazón salta en mi pecho, mi pulso martillea tan rápido que hace
que la sangre me zumbe en los oídos.
—No es mía —me asegura en voz baja, leyendo mis pensamientos
como si fueran suyos.
No sé si me alivia más ese hecho o que ya no me ignore.
Me acerco a ella y a Calli, mi preocupación por ambas se traga todos los
demás pensamientos que tenía en la cabeza antes de entrar en esta
habitación.
—Daemon tiene razón —dice Brianna, apartando sus ojos de los míos y
volviéndose hacia Calli—. Te diste un buen golpe contra esa pared.
Deberías…
—¿Qué está pasando? —exige Theo, plantado frente a Calli y Daemon
con las manos en las caderas y una expresión feroz en el rostro.
Calli parpadea, intentando apartar las lágrimas, mientras Daemon la
mira como si fuera lo más preciado del mundo.
—Estoy embarazada —susurra, provocando que todo el cuerpo de Theo
se quede rígido por el shock.
Sus labios se abren y se cierran, pero no sale ninguna palabra.
Estoy seguro de que es la primera vez que lo veo quedarse en silencio.
—Tú…
Me mira con los ojos muy abiertos, como si esperara que me
desmoronara.
Internamente, lo estoy, pero por la misma razón que Daemon. Yo ya
superé el shock inicial de la noticia que nos cambió la vida.
—¿Y no tienes nada que decir sobre esto? —pregunta Theo.
—Sí, claro que sí. Daemon tiene que llevarla al hospital ahora mismo.
—Yo las llevo —ofrece Alex, viendo que tanto Seb como Toby tienen
ahora las manos ocupadas con sus chicas.
—Yo me encargo, hermano. Tú ayuda aquí. No tardaremos mucho —le
asegura Daemon.
Antes de que Calli alcance a procesar esas palabras, Daemon la
envuelve en sus brazos y la guía fuera de la habitación.
Tengo en la punta de la lengua decirle que pare, que debería esconderse.
Pero sé que es inútil. Su prioridad es Calli, como debe ser, y nada lo
detendrá ahora mismo.
—¿Y te vas a quedar ahí parado? —me dice Theo mientras desaparecen.
—No, no lo haré.
Me abalanzo sobre Brianna y le arranco un chillido de asombro antes de
llevarla por el pasillo hacia lo que espero sea un dormitorio, seguido de un
baño.
—Espera —llama Stella antes de que pase la primera puerta—.
Tenemos algo de lo que tienes que ocuparte.
—O algo así —añade Emmie.
—¿Qué? —ladran a la vez Seb y Theo a sus mujeres.
Stella salta y corre hacia donde estoy con Brianna, que,
sorprendentemente, por una vez no se resiste a mí.
—Tenemos unos juguetes para que juegues.
Abre la puerta de golpe, permitiéndonos a mí, a Seb y a Theo ver lo que
han hecho.
—Dios —murmuro, mientras Brianna mete la cara en el pliegue de mi
cuello para no tener que ver.
—Sólo uno de ellos está muerto. ¿No es cierto, Bri? —dice Stella con
orgullo.
—Joder —murmura Seb.
—Llamaremos al jefe, organizaremos que limpien este lugar.
—Es un hotel Cirillo, ¿verdad? —pregunta Stella, inocente.
—No —afirma Theo—. Y los dueños no van a estar muy
impresionados.
—A, ven aquí ya mismo —llama Theo—. Tengo un trabajo para ti.
—¿Yo? ¿Estás demasiado ocupado o qué? —se enfurruña Alex.
—Lo estaré en unos dos minutos, sí. Arregla esto, llama a la cuadrilla.
Hablaré con mi padre cuando termine.
—¿Termine? ¿Termine con qué…?
Alex se corta cuando Theo se acerca a Emmie, la echa al hombro y sale
con ella.
—Bien. Ya veo.
Seb le sigue rápidamente.
—¿Así que dices que todo esto fue culpa tuya, princesa? —murmura—.
Supongo que eso significa que necesitas un castigo por tus acciones.
—Jesucristo, ¿van a ir todos y…?
—Hasta luego, primo —añado, retomando mi misión de dejar a Brianna
a solas.
—Puedes hacerle compañía a Rhea —le digo por encima del hombro.
—Hijos de puta —escupe justo antes de que entre en una habitación y
yo cierre la puerta tras nosotros.
Brianna ni se inmuta cuando la acompaño al baño.
—Nena —susurro, bajándola a la encimera entre los lavabos dobles.
Sacude la cabeza y se aferra a mí. El movimiento me duele en el pecho
de la mejor manera posible, pero ahora no puedo centrarme en eso. Me
necesita, y voy a ser todo—y más—de lo que cree necesitar.
—Créeme, yo tampoco quiero soltarte. Pero necesito meterte a la ducha.
Tú…
—Iba a hacerle daño a Calli y a Rhea —suelta, con la voz entrecortada
por la emoción.
Todo mi cuerpo se congela ante la idea de que alguien ponga una mano
encima de mi hermana y de mi prima.
—Sólo reaccioné. Stella y Emmie… estaban…
Un sollozo de dolor le corta las palabras, y por fin consigo apartar su
cara de mi cuello.
Le sujeto las mejillas manchadas de sangre y la miro fijamente a los
ojos.
—Lo hiciste muy bien, nena. Jodidamente bien —le aseguro.
Las lágrimas se derraman, caen y corren sobre mis dedos sucios.
—Stella… abrió la puerta —intenta explicar en voz baja.
—Está bien, Sirena. Ya pasó.
Al oírme, sus ojos se iluminan un poco y, por primera vez desde que
entramos, siento que me está viendo.
—Te lastimaste —me dice, pasándome suave el pulgar por la mejilla
dolorida. Si aún no tengo moretones brillantes, no dudo que los tendré por
la mañana. Ese cabrón de Enzo tiene un buen poder detrás del puño.
Supongo que debería estar agradecido de que no me tocara la nariz.
—Estoy bien —le prometo—. Últimamente me he hecho cosas peores
—confieso, refiriéndome al fin de semana pasado—. ¿Tu hombro?
—Estoy bien.
Asiento, y un gran alivio me afloja el pecho. Si uno de esos hombres le
hubiera hecho daño —daño a lo que es mío—, no sé si sería capaz de
contenerme y no salir a terminar el trabajo que las chicas empezaron.
Me inclino hacia delante, apoyo la frente en la suya y dejo caer las
manos a sus hombros, odiando que todo su cuerpo tiemble. Sus ojos llenos
de lágrimas sostienen los míos apenas un instante antes de que cierre los
párpados y corte nuestra conexión.
—No te escondas de mí, Bri. Esta noche no. —Le ruego—. Te necesito,
y creo… creo que tú también podrías necesitarme.
El silencio se instala entre nosotros, y me preparo para su rechazo.
Pero, por suerte, cuando vuelve a abrir los ojos, no encuentro a la mujer
cerrada y lista para echarme. Es todo lo contrario, y exhalo aliviado antes de
que me diga:
—Lávamelo, Nico. Necesito que desaparezca.
—Lo sé, nena. Brazos arriba.
La suelto, rodeo con los dedos el dobladillo de su camiseta y se la
arranco por el cuerpo. Luego le bajo el pantalón del pijama de algodón y las
bragas hasta los tobillos, dejándola deliciosamente desnuda para mí.
Desnuda y cubierta con la sangre de nuestro enemigo.
Por ahora me guardo lo jodidamente sexy que es. Algo me dice que no
apreciaría el comentario.
Así que, en lugar de decir nada, dejo que mis ojos trabajen por mí:
recorro su cuerpo apetitoso, observo la curva de sus caderas, la caída de su
cintura, la plenitud de sus pechos y sus pezones duros y sonrosados. Me
duele la polla detrás del pantalón, y mi desesperación por ella hace que se
formen gotas en la punta.
No es hasta que mis ojos suben a su hombro cuando reacciona e intenta
esconderse de mí.
—No —ladro, haciéndola estremecerse—. Cada centímetro de ti es
hermoso, Brianna Andrews. Nunca, nunca me ocultes nada. Especialmente
el recuerdo de lo cerca que estuve de perderte.
—Es feo —confiesa débil, bajando la mirada al suelo.
—Mentira —escupo; estiro la mano, le sujeto la barbilla y la obligo a
mirarme—. Lo único feo aquí soy yo: mi temperamento, mi oscuridad.
Empieza a negar, pero no quiero escucharla —sea verdad o un intento
de discutir—, así que hago lo único que se me ocurre para evitar que vuelva
a atacarme: cierro mis labios sobre los suyos.
Permanece inmóvil unos segundos mientras la beso y el pulso se me
dispara al pensar que quizá cambió de opinión sobre pedirme que le lave la
sangre.
Pero en cuanto gruño:
—Ríndete, Sirena —su determinación se desmorona, sus labios se
entreabren y su lengua busca la mía con avidez.
Un gemido hondo me retumba en la garganta cuando su sabor explota
en mi boca.
Doy un paso adelante, necesito sentir sus curvas contra la dureza de mi
cuerpo, y ella jadea cuando la aprieto contra la encimera.
—Nico —gime cuando me separo apenas para respirar, y, carajo, casi
me corro en los pantalones.
—Desvísteme, Sirena. Necesito sentirte contra mí. Sin nada entre
nosotros —exijo antes de reclamar sus labios de nuevo.
Capítulo Veintisiete

BRIANNA

M
is manos se mueven por sí solas, se meten bajo las solapas de la
chaqueta de Nico y se la quitan de los hombros.
En cuanto baja los brazos, la tela, de un precio desorbitado, se
desliza y se acumula a sus pies.
A continuación, le quito la corbata y luego le abrocho los botones de la
parte delantera del cuerpo.
Tiene la cara jodida, los nudillos reventados y cada centímetro de piel
que no cubre su caro traje está moteado de sangre y suciedad, pero eso no
me disuade de coger lo que necesito. De hecho, hace todo lo contrario.
Saber lo que él y los otros han hecho potencialmente esta noche debería
apagarme. Pero entonces pienso en lo que he hecho y rápidamente lo dejo
de lado.
Me he pasado toda mi vida adulta leyendo libros sobre hombres que
salen ahí fuera y luchan por lo que creen -ya sea bueno o malo- y luego
vuelven a casa y reclaman a sus mujeres como cavernícolas y, ahora mismo,
estoy aquí para eso, joder. Cualquier cosa que detenga el recuerdo de mí
golpeando el cuello de esa botella en la garganta de ese tipo que se ha
repetido constantemente en mi cabeza desde el momento en que sucedió.
Su camisa cae al suelo, dejando a la vista su torso esculpido. O al menos
lo haría, si abriera los ojos para mirar. Pero no puedo. Estoy demasiado
perdida en su beso, en la huida de la pesadilla en que se ha convertido esta
noche que me promete en silencio.
Nuestro beso vacila cuando mis dedos rozan la piel por encima de su
cintura y él se estremece, aspirando un suspiro agudo.
—No pares —suplica.
Su voz suena totalmente diferente a la primera vez que me trajo aquí. Es
más suave, más… vulnerable. Mi corazón da un vuelco en cuanto llega a
mis oídos.
—Te necesito, nena. Tan jodidamente mal.
Le abro la bragueta y le paso los pantalones y los calzoncillos por las
caderas. Su dura polla se libera de inmediato y me presiona el estómago.
Me acerco a él mientras empieza a quitarse los zapatos e intenta
liberarse de la ropa a patadas.
En cuanto mis dedos rodean su pene, se queda quieto y grita:
—Joder.
Me mira fijamente con ojos grandes, oscuros y desesperados, y yo me
quedo allí abrazada a él, con el pecho agitado y todo el cuerpo dolorido por
él.
Sin decir una palabra, pasan entre nosotros promesas silenciosas, que no
quiero aceptar pero que al mismo tiempo acepto.
Ahora mismo, los necesito, y no estoy en condiciones de cuestionar
nada.
Necesitado de hacer algo, deslizo la mano por su polla y, al mismo
tiempo, paso el pulgar por la punta, cubriéndola de su propia humedad.
—No, Bri. Para —me ordena. Su voz es tan severa, tan exigente, que no
tengo más remedio que obedecer.
Mi corazón se hunde y mis dedos lo sueltan al instante.
—Lo siento, pensé…
—A la mierda, Brianna —me regaña, rodeando con sus manos la parte
trasera de mis muslos, levantándome de los pies y dándome pocas opciones
para rodear su cintura con mis piernas.
Jadeo cuando su longitud roza mi más que preparado coño.
—Joder, eso se siente…
—Llévame —le suplico mientras nos acompaña a la enorme ducha.
Creía que la de su dormitorio era impresionante, pero esta… esta es del
tamaño del baño entero de la mayoría de la gente.
Me estremezco cuando aprieta mi espalda contra las frías baldosas.
—Prepárate.
Un grito sale de mis labios mientras una lluvia de agua helada cae sobre
los dos.
—Maldito idio… —Mi insulto se lo tragan sus labios al reanudar el
beso que había roto hacía sólo unos minutos.
Apretando los músculos de mis muslos, intento trepar por él como si
fuera un árbol para colocarme en una posición mejor, pero me sujeta
demasiado fuerte para tener éxito.
—No te he traído aquí para follarte como a un animal, Brianna —me
gruñe al oído después de besarme a lo largo de la línea de la mandíbula.
—Mentiroso —siseo, haciéndole soltar una risita.
—Es verdad —susurra—. Me dije a mí mismo cuando estábamos en el
ascensor que iba a venir aquí y demostrarte que todo lo que dije que quería
en esa carta es verdad. Que iba a demostrarte por todos los medios que voy
en serio, que eres la única para mí. Cuando miro a mi futuro, sólo te veo a
ti.
—Pero entonces entré y te vi cubierta de sangre, y estoy segura de que
toda mi vida pasó ante mis ojos.
—Entonces descubrí la verdad, y joder, no pensé que fuera posible
quererte más de lo que ya te quería. Pero… mataste por nosotros, Bri. Eres
uno de nosotros; no importa lo que pase, nunca te dejaré escapar ahora.
Nunca.
—Eres mía. Puedes pelear, gritar, patear y golpear todo lo que quieras.
Pero lo tomaré todo. Porque lo eres para mí, Brianna Andrews. Cada
pulgada desafiante, sexy y corrupta de ti.
—Y por mucho que quiera llevarte ahora mismo, no lo haré, porque te
debo más que eso.
—A la mierda, Nico.
—Lo digo en serio. Eres mi puta reina, y mereces ser tratada como tal.
El corazón me late como un puto bombo en el pecho mientras me sujeta
a la pared con las caderas y agarra el gel y la esponja de la ducha.
—Antes de adorarte hasta que no tengas más remedio que perdonarme y
aceptar todo lo que te digo como un hecho, voy a lavar cada pedacito de ese
hijo de puta de tu piel, porque la única sangre de persona que deberías
llevar es la mía⁠—.
Hay tantas cosas jodidamente malas en esa afirmación, pero no tengo ni
idea de cuáles son en ese momento, mientras él hace que la esponja estalle
en burbujas y me la acerca al cuello.
Trabaja en silencio mientras limpia diligentemente cada centímetro de
mí, tal y como prometió.
Se me pone la piel de gallina con cada roce de la esponja y cada caricia
de sus manos.
Mi pecho se agita al ver cómo me cuida y, cuando cae de rodillas ante
mí, apenas puedo respirar por la emoción que me atasca la garganta y el
deseo que inunda mi cuerpo.
La esponja se desliza por un muslo mientras su mano repite el
movimiento en el otro hasta llegar a mis tobillos.
Vuelve a sentarse sobre sus ancas y levanta uno de mis pies sobre su
muslo, dejando caer la esponja al suelo antes de inclinarse hacia delante y
darme un beso en el interior de la rodilla.
Mi corazón se aprieta al ver sus labios sobre mi piel.
Pero esa reacción no es nada comparada con cuando me mira.
El cabello le cuelga sobre la frente y de las puntas le caen gotas de agua
que le resbalan por la cara mientras sus ojos oscuros miran fijamente los
míos.
—Soy tuyo, Brianna. Y pasaré el tiempo que haga falta de rodillas
adorándote hasta que entiendas lo en serio que voy.
Respiro entrecortadamente mientras bajo por fin los muros que han
encerrado mi corazón desde que era una niña.
Es un riesgo. Un maldito riesgo enorme, uno que estoy seguro de que
voy a lamentar. Pero no puedo hacer otra cosa que dejar que suceda.
Mi lengua se escabulle, lamiendo el agua de la ducha que queda en ellos
mientras lucho por encontrar unas palabras de respuesta.
Incapaz de encontrar algo que me cambie la vida como él en los últimos
minutos, recurro a algo que rezo para que funcione.
—Entonces pruébalo. Hazme tuya.
Sus ojos destellan calor antes de que la palma de su mano presione el
interior de mi muslo, abriéndome para él y dejándome apenas en equilibrio
sobre una pierna mientras se lanza sobre mí.
—Oh, mierda —grito mientras me lame todo el coño antes de centrarse
en mi clítoris.
Mis dedos se enredan en su cabello, arrastrándolo más cerca, exigiendo
más de su talentosa lengua.
—Mía, Brianna. Eres mía —gruñe contra mí, las vibraciones de su voz
profunda me golpean exactamente donde él quiere.
—Sí —grito, arqueando la espalda y pidiendo que me cierren los ojos
para poder concentrarme únicamente en el placer que satura mi cuerpo.
Pero lucho contra ellos, porque quiero verle.
Quiero verle de rodillas ante mí, confesando sus verdaderos
sentimientos, olvidándose de todas las gilipolleces y bravuconadas alfa, y
siendo simplemente sincero.
Y, joder, hay algo en ver a ese playboy destrozarse ante mis ojos. No es
algo que esté dispuesto a perderme.
—Nico —grito mientras su otra mano se desliza por mi pierna
temblorosa antes de meterme dos gruesos dedos.
Aumenta la presión sobre mi clítoris mientras sus dedos encuentran mi
punto G, y casi instantáneamente me rompo para él.
La pierna me cede, pero incluso mientras me libera, se las arregla para
que no me caiga de culo, algo que tengo que agradecerle más tarde.
Apenas se ha calmado mi liberación, mis pies vuelven a estar sobre las
baldosas y él vuelve a empujar hasta alcanzar su altura máxima.
Se cierne sobre mí, una cabeza más alta que yo.
—Joder, qué bonita eres —murmura antes de que sus labios encuentren
los míos.
Mi propio sabor explota en mi lengua mientras me besa como aquella
primera vez. Está lleno de promesas, de esperanza, de sucio desenfreno.
Solo que esta vez no es solo para una noche, sino para siempre.
—Me arruinas, Sirena. Me pones de rodillas y me haces querer ser un
hombre mejor. Un hombre digno.
—Nico —gimo mientras me rodea la cintura con la pierna,
provocándome con lo que más necesito ahora mismo.
La cabeza de su polla rodea mi clítoris hinchado, haciendo que las
réplicas de mi orgasmo recorran todo mi cuerpo y hagan que mi coño se
contraiga, desesperado por sentir cómo me abre una vez más.
—Por favor, Nico. Necesito…
—Me dije que no volvería a follarte hasta que me perdonaras. Hasta que
me creyeras —confiesa.
—Por favor —gimoteo.
—Ni siquiera me he corrido desde que estábamos en ese baño.
—No quiero que te castigues —respiro.
—Sí, te lo mereces —argumenta—. Me lo merezco y lo sabes.
—¿Y me merezco que me aguantes ahora? —pregunto, esperando que
dé en el blanco.
Sus ojos brillan de sorpresa, aunque estoy seguro de que también hay
algo de orgullo en ellos.
—Maté a un hombre esta noche, Nico. Lo maté por esta familia. —No
necesito explicarle a qué familia me refiero; él sabe perfectamente que no
me refiero a su banda, sino al grupo de personas que nos rodean . Aquellos
que han llegado a significarlo todo para mí en los últimos meses. La familia
que siempre deseé tener—. Y lo volvería a hacer, porque lo eres todo para
mí.
Su garganta se ondula y su nuez de Adán se balancea mientras traga con
fuerza.
Puede que lo haya dicho como si hablara de todos, pero él sabe tan bien
como yo que hablo de él.
Me inclino hacia delante y rozo sus labios, aunque no le permito
profundizar el beso cuando intenta corresponderme.
—Y puede que yo sea la zorra más estúpida del planeta, pero… —
Suspiro, arrastrando algo de fuerza con ello—. Te perdono.
—Joder —jadea antes de empujar finalmente hacia delante mientras me
roba los labios.
Mis pies se despegan del suelo y él me rodea la cintura con las dos
piernas, sin usar nada más que sus potentes embestidas para mantenerme en
pie mientras me folla tan profundamente que la cabeza me da vueltas.
El agua nos golpea mientras nos perdemos el uno en el otro, recordando
lo alucinante que es cuando chocamos.
Mi cuerpo arde mientras me folla con una precisión y una contención
que rara vez muestra.
Separo mis labios de los suyos y aspiro ávidas bocanadas de aire
mientras le observo.
—Suéltame, Nico. Dame todo.
Sus cejas se levantan sorprendidas.
—No quiero hacerte daño⁠—.
No puedo evitar soltar una carcajada.
—Un poco tarde para preocuparse por eso, ¿no crees?
—Joder, Sirena. —El remordimiento inunda sus ojos, y al instante me
arrepiento de mis palabras.
—Sólo tú y yo, Nico. No existe nada más. Ahora, muéstrame por qué es
el mejor lugar del mundo para estar.
Ante mi desafío, me arranca de la pared y me lleva de vuelta al
dormitorio, goteando los dos sobre la lujosa alfombra antes de detenerse al
final de la enorme cama.
—Tú te lo has buscado —me advierte antes de lanzarme sobre el
colchón.
Salto una vez, pero cualquier otro movimiento se detiene cuando
aterriza encima de mí.
No me deja más remedio que abrir las piernas, se cierne sobre mí, me
agarra de las muñecas y me lleva los brazos por encima de la cabeza,
sujetándolos con una de sus gigantescas manos.
—Vas a tener que aguantar, nena —me advierte, colocándose entre mis
muslos y presionando una vez más la cabeza de su polla contra mi entrada.
Mis músculos se contraen, intentando desesperadamente succionarlo de
nuevo dentro de mí.
—Mi guarrilla desesperada —murmura, viéndome retorcerme bajo él.
Clavándole los talones en la parte baja de la espalda, intento forzarle a
avanzar.
—Fóllame, Nico. Te necesito —grito mientras él hace lo que le digo y
vuelve a penetrarme.
—Oh, joder —jadeo cuando impone un ritmo de castigo que incluso
hace que el pesado armazón de la cama de roble se estrelle contra la pared
—. Joder, Nico.
Me consume, me consume por completo mientras me llena por
completo, arruinándome para cualquier otra persona.
Me mira con tanta reverencia y… ¿amor? Hace que me duela el pecho
de la forma más increíble.
—No voy a decepcionarte otra vez, Bri. Te lo prometo, joder.
Apenas lo oigo por encima de los golpes y crujidos de la cama, pero
cada palabra me golpea justo en el corazón. Y puede que sea ingenua,
voluble y jodidamente estúpida, pero me creo cada una de ellas.
—Joder, echaba de menos este coño, Sirena. Eres adicta.
Se sostiene con la mano que me rodea las muñecas y deja caer la otra
por mi cuerpo para jugar con mi clítoris mientras sus movimientos se
vuelven espasmódicos y erráticos.
—Sí —grito en cuanto presiona el pulgar exactamente donde lo
necesito.
—Córrete para mí, Sirena. Y hazlo lo suficientemente fuerte como para
que todos los hijos de puta de este edificio sepan que acabas de entregarte a
mí.
Empuja una vez más y yo salgo disparada como un cohete, gritando su
nombre como me había ordenado.
—Joder. Joder. Brianna. Joder. —Justo antes de caer, hay un fuerte
crujido, luego un estallido, y el mundo cae debajo de nosotros. O al menos
un pie o dos de ella.
—Nico… —chillo, pero si se ha dado cuenta, no le ha hecho ni caso
mientras su liberación le reclamaba por fin, echaba la cabeza hacia atrás y
rugía mientras su polla se sacudía violentamente dentro de mí.
Me embeleso al verle perder el control mientras me llena de su semen,
reivindicándose de una vez por todas.
Cuando se agota, cae hacia delante, aplastándome contra el colchón
mientras lucha por recuperar el aliento y su polla apenas se ablanda dentro
de mí.
Estoy tumbada, con el pecho agitado y la cabeza dándome vueltas
pensando en lo que me ha deparado esta noche. Pero lo único que falta es
cualquier tipo de arrepentimiento. Hice lo que tenía que hacer esta noche.
Tanto en el salón de esta suite como aquí mismo con Nico.
Supongo que todos tenían razón. ¿Nosotros dos? Somos inevitables.
Capítulo Veintiocho

NICO

V
ale, lo admito. Quedarme abrazado en la cama con Brianna es mi
nueva cosa favorita.
En el momento en que volví en mí y descubrí que estábamos casi
boca abajo sobre la cama, obviamente aproveché la situación y la volteé de
frente, follándomela como un salvaje mientras toda la sangre se le subía a la
cabeza.
Valió más que la pena, porque cuando se corrió, joder, pensé que iba a
hacer que mi polla se saliera de mi cuerpo con lo apretado que se contrajo
su coño a su alrededor.
El sexo con mi sirena siempre ha sido fuera de serie. ¿Pero sexo con ella
después de que aceptó ser mía? Puro éxtasis.
Después de esa ronda, y con mi semen saliendo de su coño y la huella
de mi mano, roja y brillante, brillando en su culo, una vez más nos
desplomamos sobre la cama destrozada. Ninguno de los dos dijo nada
acerca de que nuestras piernas estuvieran más altas que nuestras cabezas.
Estábamos demasiado felices para que nos importara.
Agarrando su muslo, deslizo la mano por su suave piel, acercándome a
la tentación más de lo que probablemente debería. Es imposible que no esté
adolorida después de la rudeza con la que la he…
—Nico —ronronea, y la aspereza de su voz hace que mi polla se ponga
firme una vez más.
En cuanto abre los ojos, la miro fijamente, buscando cualquier señal de
que pueda arrepentirse de lo que me dijo en la ducha.
No merezco su perdón. Eso lo sé. Pero eso no significa que no vaya a
ser un hijo de puta egoísta y tomarlo a pesar de todo.
Al no encontrar nada que me haga pensar que está a punto de dar media
vuelta sobre mí, arranco mis ojos de los suyos en favor de su hombro
herido.
—No lo hagas —susurra, intentando apartarse de mí para que no pueda
verla.
Deslizo la mano hacia arriba, agarro su delicioso culo y la acerco,
impidiendo que retroceda.
—No te escondas de mí, Sirena. Jamás. Eres hermosa, cada centímetro
de ti.
—Es feo —dice, el disgusto consigo misma evidente en su voz.
—Imposible.
Inclinándome hacia delante, aprieto los labios sobre uno de los peores
cortes, salpicándolo de besos.
—Nunca podré expresar cuánto me mata haber causado esto. Fui
estúpido, imprudente…
—Estabas perdido, Nico. El dolor es… —Sus palabras se interrumpen
cuando suspiro y apoyo la frente en su hombro.
—No es excusa suficiente. Podría haberte perdido a ti también esa
noche. Eso me aterroriza, Sirena. No sobreviviría a eso. Sé que no lo haría.
—Sólo soy una chica, Nico.
Levanto la cabeza y vuelvo a encontrar sus ojos.
—No. No eres cualquier cosa, Brianna. Lo eres todo. Todo, joder. —Me
inclino más cerca y dejo caer un beso casto en sus labios—. Y. —Beso—.
Toda. —Beso—. Mía. —Beso.
Sus dedos me rodean la nuca y me sujeta en el último roce de nuestros
labios, sin dejarme otra opción que profundizar el beso.
—No pertenezco a nadie, Nico. Si acaso, me perteneces tú —dice con
fiereza cuando salimos a tomar aire.
—¿No es esa la puta verdad? —murmuro antes de ponerla boca arriba,
más que dispuesto a embarcarme en un tercer asalto más lento y suave.
Hasta que alguien empieza a aporrear la puerta del dormitorio.
—Se acabó el tiempo, cabrones. Saca tu polla de Brianna, Nico.
Tenemos que movernos —ladra Toby, divertido.
—Vete a la mierda, Tobes —le grito.
—No se puede. El jefe quiere que nos vayamos. Esta ubicación ha sido
comprometida.
—Joder —gimo, ya llorando la pérdida del coño de Brianna y ni
siquiera estoy dentro todavía.
Pero entonces la chica en cuestión lo mejora todo con cuatro palabritas.
—Llévame a casa, Nico.
—Joder, nena. ¿Tienes idea de lo que me haces?
Me sonríe tímidamente antes de mover las caderas y dejar que mi dura
polla roce su coño.
—Tengo una idea.
—Eres un problema.
—¿Te acabas de dar cuenta?
—Nico —brama Toby—. Cinco segundos para moverte o entro.
—Siéntete libre —respondo, rodando fuera de Brianna y sentándome en
el borde del colchón—. Puedes ver el estado de esta cama.
Miro por encima del hombro y le guiño un ojo a Brianna, que se ríe
como colegiala.
—Nunca había roto una cama —confiesa.
—Y yo que pensaba que eras una experta en el dormitorio —me burlo.
Sus cejas se levantan, sorprendidas.
—¿Esa es tu forma de desviar la atención del hecho de que ya has roto
una cama antes? Porque, si es así, estoy más que feliz de contarte todas mis
experiencias con otros hombres. En detalle.
—Se acabó el tiempo —anuncia Toby un instante antes de abrir la
puerta.
—¿Qué coño, amigo? —suelto de inmediato, agarrando una almohada
para tapar a Bri.
—¿Qué? He visto sus tetas muchas veces. No voy a sugerir un
intercambio. Dios. —Sus ojos se apartan de los míos, pero en lugar de
dirigirse a mi chica, la ignora en favor de la cama—. Joder, sí que la
rompiste. ¿Cómo? Esas patas son casi tan gruesas como troncos de árbol.
—Es que soy así de bueno —confieso, poniéndome descaradamente de
pie y caminando desnudo hacia mi pila de ropa para tomar los calzoncillos.
—Toma —dice Toby, lanzándome un pants y una camiseta—. Daemon
nos agarró algo de mierda.
—¿Han vuelto? ¿Están bien Calli y el bebé? —pregunto apresurado,
con un nudo de culpa en el estómago por haberme perdido tanto en Brianna
que me olvidé de mi hermana y mi sobrino.
—Nuestra futura reina y yo estamos bien —grita una voz femenina,
suave, desde algún lugar detrás de Toby.
—Gracias, joder —susurro.
—Nos vamos a casa. La limpieza ya entró, el jefe se ocupó de la policía,
y los hijos de puta de la bañera estarán de camino al sótano para “jugar” en
cualquier momento.
—¿Hora de jugar? —pregunta Brianna detrás de mí.
—Dejaré que Nico te cuente sobre eso. Buen trabajo con el muerto, Bri.
No tenía ninguna posibilidad de sobrevivir a eso.
Miro a mi chica justo a tiempo para ver cómo se le va la sangre de la
cara.
—Saldremos en un minuto.
Toby deja la bolsa de viaje que Brianna preparó antes, justo dentro de la
habitación, y cierra la puerta, dejándonos solos.
—Tiene razón, Sirena. Lo hiciste muy bien.
—Maté a alguien —dice, con la voz vacía de cualquier tipo de emoción.
—Para salvar a nuestra familia. No fue premeditado ni innecesario. Si
no lo hubieras hecho, cualquiera de ustedes podría estar ahora en esa
situación, o podrían haberlos agarrado a todos y tratarlos como hicieron con
Daemon y Ant. —Juro que su rostro, antes pálido, se vuelve un poco verde
ante mi sugerencia.
—Estoy jodidamente orgulloso de ti. Los chicos también.
—En realidad fueron Stella y Emmie. Son brutales —dice, desviando
los elogios.
—Sí, dan un poco de miedo cuando se trata de proteger a los suyos.
Estoy seguro de que muchos dirían lo mismo de nosotros. Pero no creo que
eso sea malo.
—Nunca tuve eso —confiesa—. Al crecer, nadie habría peleado así por
mí. Es… raro.
—Pues ya es hora de que empieces a acostumbrarte, porque todos
nosotros vamos a luchar hasta la muerte para protegerte.
Ella niega con la cabeza.
—No quiero eso.
—Ni modo. Lo tienes de todas formas. Vamos —le digo, dejando su
bolso al extremo de la cama que sigue en pie—. Es hora de volver a casa.
Sus labios se separan para discutir, pero la corto antes de que suelte las
palabras que sé que tiene en la punta de la lengua.
—Ni se te ocurra, Sirena. Después de lo que pasó esta noche, no te voy
a perder de vista.
—Seguro que puedo con eso —concede—. Y estoy bastante cansada.
—Algo me dice que vas a estar aún más agotada antes de que
finalmente te deje dormir esta noche.
—Grandes promesas para un hombre herido, Nico.
Sus ojos bajan por mi cuerpo, deteniéndose en cada moretón furioso que
oscurece mi piel.
—¿He dado ya alguna muestra de no ser capaz de darte lo que
necesitas?
—Estás loco.
—Certificable, nena. Y es divertido.
Una vez vestidos, echamos otra mirada cariñosa a la cama rota antes de
abrir la puerta y salir de la habitación que cambió nuestras vidas para
siempre.
No me importa si se levanta sobria por la mañana y se arrepiente de
todo esto. De ninguna manera voy a dejar que eche para atrás. Nunca.
Esto es ahora. No más pendejadas ni dramas.
Nico Cirillo está oficialmente fuera del mercado. No es que alguna vez
estuviera realmente en él, pero da igual.
Sólo un par de minutos después, Bri y yo salimos de esa habitación, con
pants y camiseta, de la mano, ante un mar de caras satisfechas.
—Oh, pueden irse todos a la mierda —me burlo, arrastrando en chinga
a mi chica hacia la puerta de la suite.
—Espera —dice Bri, tirando de mi brazo y volviéndose hacia mi
hermana—. ¿De verdad va todo bien?
Me acerco por detrás, le rodeo la cintura con los brazos y apoyo la
barbilla en su hombro sano. Me parece lo más natural del mundo, y no
puedo evitar preguntarme por qué no lo he estado haciendo todo este
tiempo.
¿De qué carajos tenía tanto miedo?
—Sí, todo está bien.
—¿Y ahora qué? —pregunta Bri, mirando a Theo y luego de nuevo a
mí, como si tuviéramos todas las respuestas a nuestra situación actual.
—No me siento cómodo discutiéndolo aquí. Si… —Theo sacude la
cabeza. No necesita decir nada más; todos lo sabemos. La evidencia de lo
que pasó aquí está a nuestro alrededor—. Podemos irnos.
—¿Qué hora es? —pregunto, mirando las caras agotadas frente a mí.
—Casi las cuatro de la mañana.
Mis ojos se abren de par en par al descubrir cuánto tiempo me perdí en
el cuerpo de Brianna en ese dormitorio.
—Volveremos e informaremos, y luego podrán dormirse —explica
Theo.
—¿Están todas bien? —pregunta Bri, mirando a las chicas.
Stella se levanta como si fuera un día cualquiera.
—No tienes que preocuparte por nosotras, chica. Esos cabrones nunca
tuvieron oportunidad.
Bri sacude la cabeza; su cuerpo tiembla con una risita suave.
—Rhea, ¿estás bien?
Ella asiente somnolienta.
—Vamos, pueden quedarse en mi casa y yo las llevaré de vuelta mañana
—ofrece Theo, poniendo a su hermana en pie y metiéndola bajo su brazo de
forma protectora—. ¿Listos? —les pregunta a todos.
—Sí, sácame de este lugar —asiente Emmie, encontrando su otro lado.
Pasa junto a nosotros camino a la puerta y se detiene para soltar a las
dos chicas y sacar la pistola de la cintura.
Sin más instrucciones, Emmie toma la mano de Rhea y la sigue hacia
afuera.
Bri y yo vamos detrás y el resto se pone en fila.
Todos estamos en alerta máxima mientras descendemos por el edificio y
cruzamos el vestíbulo desierto hasta donde nos esperan los coches.
—¿Qué pasó con nuestra seguridad? —pregunta Bri mientras subimos a
la parte trasera del coche de Theo.
—Ahora mismo no estamos al cien por ciento, pero no apostaría
demasiado por volver a verlos —confieso.
—Papá ya está trabajando para sacar las grabaciones de seguridad y
averiguar cómo entraron los italianos sin ser detenidos. Con suerte, eso nos
dará respuestas.
En cuanto estamos todos dentro, Theo arranca. Alex, Daemon y Calli, y
luego Toby y Jodie, le siguen de cerca.
Para cuando volvemos a cruzar la ciudad, tanto Bri como Rhea están
dormidas sobre mis hombros.
—Mírate —dice Emmie, girándose en el asiento del copiloto—. Quién
diría que serías tan blandengue.
—Vete a la mierda —gruño—, no hay nada blando en mí.
—Oh, no lo sé —murmura Bri, medio dormida, arrastrando su mano
por mi muslo y dándome un apretón en el trasero.
—Guácala, qué asquito —murmura Rhea cuando Theo abre la puerta
para dejarla salir.
—¿Quieres ir directo a mi casa para poder dormir? —le ofrezco a Bri,
consciente de que no me voy a librar de sentarme con los chicos para hablar
de todo.
—No. Estaré donde tú estés.
Una sonrisa se me dibuja sola; una felicidad como nunca antes florece
por dentro. Ignoro la vocecita que me dice que se siente vulnerable después
de matar por primera vez y que no quiere estar sola. Lo recuerdo bien.
—Le diré que lo haga rápido —le digo, mientras abre la puerta y baja.
—No pasa nada. Esto es importante. Tenemos todo el tiempo del
mundo.
—¿Lo dices en serio? —pregunto, odiando lo patético y desesperado
que sueno. Por lo visto, esta noche me convertí en un maldito tonto.
Cruzo los dedos para que unas horas más en su coño y un buen sueño
me acomoden la cabeza. No tengo ninguna intención de convertirme en un
imbécil como esos.
Capítulo Veintinueve

BRIANNA

D
espués de dos horas de discutir cada cosa que pasó esta noche en el
enlace de vídeo con Damien, Galen, Stefanos, y Enzo y su hermano,
Nico finalmente envolvió su brazo alrededor de mis hombros listo
para llevarme a su piso, y con suerte su cama.
Estoy completamente agotada. Tanto física como emocionalmente.
Escuchar todo lo que los chicos habían pasado esta noche, lo cerca que
estuvo este lugar de ser tomado por los italianos, fue aterrador. Pero cuando
Stella y Emmie empezaron a relatar los sucesos de nuestra noche, descubrí
que lo que habíamos vivido no era mucho mejor.
Sin embargo, he aprendido algunas cosas, cosas que nunca quise ni
necesité saber, como quién es el verdadero propietario de esa casa señorial
en la que estábamos, y el hecho de que más personal del necesario ha
perdido la vida esta noche cuando los italianos han hecho la tontería de
atacarla con la esperanza de llegar hasta nosotros.
No tengo ni idea de lo que estaban pensando. Ninguno de los chicos lo
sabe, lo que no es precisamente tranquilizador. Sólo pueden suponer que el
ego de Ricardo Mariano se ha inflado tanto que cree que puede enfrentarse
a cualquiera y ganar. Eso es algo con lo que casi todo el mundo en la ciudad
parece no estar de acuerdo.
Resulta que no sólo los miembros de más confianza de la Familia
salieron a luchar esta noche para acabar con el maldito retorcido. Para
sorpresa de Emmie, su tío, su padre y sus viejos amigos de la finca Lovell
habían confiado en participar.
Esa medida en sí misma, y el hecho de que se nos permitiera a todos
estar presentes en esas discusiones, realmente demostró lo grave que es la
situación con la filtración.
Damien y los chicos no pueden confiar en sus propios hombres en este
momento.
Alguien filtró nuestra ubicación y, por lo que a todos respecta, sólo
nosotros lo sabíamos. Parece que sus problemas podrían estar más cerca de
lo que pensaban inicialmente.
—Vuelvan aquí mañana por la noche —ordena Theo cuando todos
empezamos a movernos.
—Entendido, Jefe. —Seb saluda como un imbécil antes de barrer a
Stella y echársela al hombro—. Estaremos ocupados hasta entonces de
todos modos. Sabes que mi chica se pone cachonda.
No siento que Nico se mueva hasta que sus dedos se enroscan en mi
cabello y mi cabeza es arrastrada hacia atrás, de modo que no tengo más
remedio que mirarle.
—No está jodidamente equivocado, nena. Estoy seguro de que nunca
olvidaré verte cubierta de la sangre de nuestro enemigo. Se me pone dura de
cojones —gruñe, y por si acaso pensaba que mentía, presiona su miembro
contra mi cadera para demostrarme lo que dice.
A pesar de mi agotamiento, un gruñido de deseo retumba en lo más
profundo de mi garganta mientras un mordisco de dolor me recorre la
columna vertebral por su posesivo agarre sobre mí.
—A la mierda mi vida real —ladra Alex de repente, sacándonos de
nuestra neblina llena de lujuria en favor de él—. ¿En serio están todos a
punto de irse a… bueno, a follar? ¿Otra vez?
Echo un vistazo a las otras parejas de la sala.
—Sí, seguro de que así es como va a ser.
—¿Y yo qué? —hace pucheros como un lindo cachorrito.
—Umm…—
—Uno de ustedes me dejará unirme, ¿verdad?
—Vete a la mierda, amigo —ladra Theo.
—¿Qué? Ni siquiera tengo que tocar a nadie más que a mí mismo. Pero
no es divertido solo.
—Hasta luego, amigo. Disfruta de esa mano derecha —anuncia Seb,
saliendo de la habitación con Stella aún sobre el hombro.
—¿Hermano? —pregunta, mirando a Daemon esperanzado.
—Buen intento. Tuviste tu oportunidad de robarme a mi chica, y la
jodiste. Ahora es toda mía⁠—.
Toby y Jodie siguen rápidamente su ejemplo y abandonan el ático de
Theo.
—A la mierda con esta mierda —sisea Alex, asumiendo correctamente
que Nico y yo no estamos a punto de invitarlo a jugar, o al menos, espero
que Nico esté en la misma página que yo con esto.
—¿Adónde vas? —Emmie pregunta, para horror de Theo.
—Emmie —gruñe.
—Cálmate, papá —se burla—. No voy a sugerir nada. —Pone los ojos
en blanco, exasperada.
Alex niega con la cabeza a los dos.
—Voy a encontrar a alguien más divertido que ustedes, hijos de puta—.
Sale volando del piso dramáticamente, dando un portazo tras de sí.
—Bien. Que pases una buena noche, primo —murmura Nico antes de
sacarme de la habitación en la dirección que tomaron los demás.
Apenas puedo mantenerle el ritmo con las piernas mientras él corre
hacia el otro extremo del pasillo, hacia su propia puerta, y en cuanto
estamos dentro y solos, me estampa contra la pared y aplasta sus labios
contra los míos como si no pudiera esperar ni un momento más para
saborearme.
Es todo.
Igualo su desesperación y le devuelvo el beso con ferocidad. Nuestros
dientes chocan y nuestras lenguas chocan mientras nos devoramos
mutuamente.
—Joder. Ha sido más largo de lo necesario. Sólo podía pensar en
besarte, comerte, follarte, oírte gritar —confiesa.
Arrastrándome desde la pared, empieza a tirar de mi ropa,
abandonándola detrás de nosotros mientras avanzamos hacia su dormitorio.
Para cuando llegamos, ambos estamos desnudos y más que preparados
para lo que viene a continuación.
En cuanto mi espalda toca las sábanas, mis piernas se abren y él está
dentro de mí. Sin preparación, sin alboroto, solo un hombre desesperado
tomando exactamente lo que necesita, y yo estoy aquí para ello.
—Joder, sí —grito cuando toca fondo dentro de mí, todo mi cuerpo se
dispara sobre la cama con sus potentes embestidas.
A diferencia de la cama anterior que destruimos, la de Nico es un poco
más robusta. La cosa solo hace como un traqueteo mientras el me folla
como si su vida depende de ello.
—Córrete para mí, Sirena. Necesito sentirte estrangulando la vida de mi
polla⁠—.
—NICO —grito, mis uñas rastrillando la piel ya arañada de su espalda
mientras él me lleva cada vez más alto.
—Joder, sí. Joder, Nico.
—Joder, sí… —brama, siguiéndome hasta el borde, llenándome hasta
más no poder una vez más.
Sus brazos ceden y se desploma sobre mí. Está caliente, pegajoso y
sudoroso, pero ninguno de los dos hace nada por evitarlo. Ni siquiera se
separa de mí antes de que los dos nos quedemos profundamente dormidos.

Cuando vuelvo en mí, el sol brillante del verano entra por las cortinas
abiertas y el calor hace que mi cuerpo arda junto con el peso muerto que me
inmoviliza en la cama.
Miro hacia abajo y veo a Nico profundamente dormido y enroscado a
mi alrededor como una maldita serpiente.
Si no fuera por mi desesperada necesidad de orinar, podría tumbarme y
disfrutar de este raro momento de paz con él. Pero, tal y como están las
cosas, si no me muevo, nos vamos a dar el baño que ninguno de los dos
quiere.
—Nico —susurro, con la esperanza de despertarlo lo suficiente para que
me suelte.
Pero el gran zoquete ni se inmuta.
—Nico —digo un poco más alto.
Nada.
—Realmente te enviaron para ponerme a prueba, ¿eh? —murmuro,
intentando desenvolver sus miembros de mi cuerpo.
Me cuesta un poco, pero al final consigo deslizarme por debajo de él.
Y sigue sin despertarse.
Me dirijo a su baño con una sonrisa ñoña en la cara, asegurándome de
darme la vuelta antes de cerrar la puerta para contemplar a Nico tumbado
boca abajo, con el culo desnudo a la vista mientras se abraza a una
almohada.
Mi necesidad de ir al baño me impide correr a buscar mi teléfono para
hacer una foto, pero él puede apostar su reputación de playboy a que
conseguiré esa imagen para mi banco de azotes en cuanto salga.
—Oh, sí —respiro mientras el alivio inunda mi organismo.
Mientras estoy allí sentada, observo el ordenado baño de Nico, pienso
en otras ocasiones en las que he estado aquí y aprecio lo diferente que se
siente todo esta vez.
Por primera vez… posiblemente en mi vida, no estoy planeando mi
huida.
Puede que haya pasado la noche con Nico antes —Brad, incluso…
escalofrío—, pero siempre me he despertado con un plan de huida; mi
necesidad de poner espacio entre mi compañero de cama y yo era lo más
importante en esos pocos momentos.
Pero ahora mismo, irme es lo último que tengo en mente.
Habría pensado que este momento sería aterrador, pero después de todo
lo que pasó ayer, estoy más que relajada con la idea de salir de esta
habitación y volver a meterme en la cama con él.
La semana pasada estaba haciendo todo lo que se me ocurría para
apartarlo de mi vida. Sabía que era inútil, aunque me negara a reconocerlo.
Es increíble lo rápido que pueden cambiar las cosas. Especialmente cuando
vives una vida como la de Nico y los otros chicos.
Cualquiera de ellos, cualquiera de nosotros, podría haber muerto
anoche. Un paso en falso y a nuestra pequeña familia podrían faltarle hoy
partes vitales.
Pensar en cómo podría haber acabado la noche anterior me impide
volver a la cama. Sé que, si lo hago, acabaré allí tumbada, repitiendo todo
en mi cabeza una y otra vez hasta volverme loca.
Así que, en lugar de volver a salir a hurtadillas, abro la ducha, tomo
prestado el cepillo de dientes de Nico y me dispongo a prepararme para un
día en el que espero no hacer nada.
Sigue desmayado, gloriosamente desnudo, cuando vuelvo del baño con
una toalla envuelta alrededor de mi cuerpo aún húmedo.
Ignorando mi bolsa de viaje, abro el armario de Nico y le robo una de
sus camisetas. Tomo un par de bragas, pero no me las pongo. En su lugar,
retuerzo el encaje alrededor de mis dedos expuestos y voy en busca de mi
teléfono.
Una vez me he cerciorado de que he visto su delicioso culo desde todos
los ángulos posibles, salgo de la habitación de puntillas y cierro la puerta
tras de mí.
Recorro todas las habitaciones de su ático, absorbiendo todo lo que
puedo de Nico.
Puede que haya estado aquí unas cuantas veces, pero nunca he visto lo
que hay detrás de la mayoría de las puertas. Puede que haya tenido pleno
acceso a su cuerpo, pero su vida, su hogar, siempre fue diferente.
Por aquel entonces, jamás se me habría ocurrido fisgonear. Pero ahora
las cosas son diferentes, o al menos a mí me parecen diferentes.
De repente, no me siento como una pieza que no encaja en su casa.
Como un mueble que no pertenece ahí.
Lo rápido que ha cambiado todo hace que me dé vueltas la cabeza. Pero
supongo que dos experiencias cercanas a la muerte en una semana hacen
eso.
Ambos tuvimos mucha suerte de salir de ese choque el fin de semana
pasado, pero aún más anoche.
Cierro la puerta de su despacho, una habitación que ni siquiera sabía
que tenía, y me dirijo a la cocina.
Busco una cápsula de café y la meto en su cafetera antes de buscar una
taza en los armarios.
Suelto una carcajada cuando me llama la atención una con un
dinosaurio de dibujos animados.
Alrededor del simpático personaje está escrito «ni se te ocurra
venderte».
Definitivamente algo que Alex compró.
Pienso en el único soltero del grupo y no puedo evitar preguntarme qué
habrá hecho anoche. Es muy probable que bajara a su piso, tomara un bote
de vaselina y se pusiera a bailar solo. Pero si superó el agotamiento de la
noche, ¿adónde habría ido? ¿A un club? Por alguna razón, no puedo verlo.
Me sacudo los pensamientos sobre él de la cabeza, tomo mi taza
humeante y mi teléfono de la encimera antes de abrir la pared de cristal que
va del piso al techo de Nico y ponerme cómoda en su sofá exterior, a la
sombra.
El calor del día de verano me envuelve como un cálido abrazo,
haciéndome desear estar en algún lugar del extranjero vestida solo con un
bikini y a punto de ir a la playa.
Mierda.
Doy un sorbo de mi café y me relajo.
Todo el mundo está bien y estamos a salvo aquí.
Si algo aprendí anoche es que este edificio es uno de los más protegidos
de la ciudad. Supongo que no debería ser una sorpresa, en realidad. La
próxima generación de la familia Cirillo vive aquí. Algo me dice que están
protegidos aún más ferozmente que los líderes actuales. Son el futuro,
tienen todo el poder.
Me asombra pensar en el futuro de estos chicos. Por un lado, son
adolescentes normales. Bueno, adolescentes increíblemente ricos y guapos.
Pero, por el otro, son estos importantes, formidables soldados de la mafia.
Algunos días, es realmente difícil casar a los dos juntos. Pero luego hay
momentos como el de anoche, cuando todos entraron en la suite del hotel
cubiertos de sangre y suciedad como si hubieran estado en la guerra, y se
hace mucho más fácil entenderlo todo.
Son como yo, solo que mucho más peligrosos.
Puedo ser Brianna, la chica fiestera que se enrolla con cualquier chico
que me mire con buenos ojos, y al mismo tiempo ser la profesora sensata
que se pone delante de una habitación llena de adolescentes impresionables
e intenta enseñarles a ser seres humanos decentes.
Pueden coexistir dos personalidades totalmente distintas.
Mi teléfono vibra a mi lado, sacándome de mis pensamientos, y en
cuanto encuentro el nombre de Jodie esperándome, lo desbloqueo y leo su
mensaje.

Mejor Amiga: ¡Buenos días! ¿Cómo está tu cabeza y tu vagina?


¿Dando vueltas y dolorida?

Suelto una carcajada, sonando como una idiota.

Bri: Yo no podría decirlo mejor. ¿Puedes hablar?


Mejor amiga: Dame cinco y te llamo

Al bajar el teléfono, vuelvo a perderme en mis pensamientos mientras


doy un sorbo a mi café y, antes de darme cuenta, mi teléfono suena con una
videollamada entrante de mi chica.
—Hola —digo después de deslizar la pantalla y sostenerla frente a mí.
—Hola, ¿cómo estás?
—¿Aparte de dar vueltas y estar adolorida? —pregunto ligeramente.
—Sí, anoche fue…
—¿Intenso? —interrumpo.
—Es una forma de describirlo.
Se desploma, permitiéndome ver dónde está.
—Jodie Walker, ¿sigues desnuda en la cama en la que tu hombre te folló
anoche? —pregunto, fingidamente horrorizada.
—Claro que sí. También me pregunto por qué no estás en el mismo sitio
con un Cirillo entre los muslos.
No puedo evitar soltar una risita como una niña ante su sugerencia.
—Bri —respira, ablandándose y empalagándose ante mi muestra de
afecto por el hombre al que llevo meses intentando convencer de que no
quiero.
—Todavía está durmiendo. Creo que lo agoté.
—Lo dudo. He visto a ese chico en acción. Podría estar toda la noche.
—Y puedo confirmar que es cierto.
—Zorra con suerte —se burla.
—Oh, sí, porque tienes algo de lo que quejarte con tu hombre
pervertido.
—No vas a oír ninguna queja mía —dice con una amplia sonrisa.
—¿Le gustó la nueva lencería, eh?
Dios, comprar eso ayer por la mañana parece que fue hace toda una
vida.
—Ni siquiera lo saqué de la bolsa.
Silbo en señal de agradecimiento.
—En serio, Bri. ¿Estás bien?
No necesita decir nada más para que yo sepa que se refiere al tipo al que
anoche le corté las carótidas con una botella.
Un escalofrío me recorre al recordar su sangre caliente salpicándome la
cara. Se me revuelve el estómago y la bilis me sube por la garganta, pero
consigo controlarme antes de verme obligada a correr al lujoso baño
principal de Nico.
—Era… era necesario.
—De acuerdo —asiente con la cabeza, pero no se me escapa cómo me
estudia detenidamente—. Estoy aquí si eso cambia.
—Lo sé —digo en voz baja, más agradecida por su apoyo de lo que creo
que entiende.
No soy ingenua, sé que lo que hice anoche volverá para atormentarme.
Pero ahora mismo me estoy enfocando en el otro gran cambio de mi vida, el
más positivo que aquel en el que me convertí en una asesina.
La bilis vuelve a revolotear en mi estómago.
—Entonces, ¿cómo es tu plaga sexual favorita? —pregunta Jodie,
cambiando de tema.
—Él es… Nico —digo riendo a modo de explicación.
—Entonces, ¿es esto? ¿Están juntos de verdad o…?
—Sí —gruñe una voz profunda detrás de mí—. Estamos juntos. Trato
hecho. ¿No es así, nena?
Su sombra cae sobre mí, pero no me giro a mirarlo antes de que Jodie
chille:
—Nico Cirillo, aparta la polla ahora mismo.
Al oír sus palabras, me giro más deprisa. Exactamente como esperaba,
está ahí de pie, tan descarado y desnudo como el día en que nació, con la
polla ya erecta en la mano, algo que aprecio muchísimo. Mi mejor amiga,
sin embargo, no tanto.
—Jojo, no estés triste —bromea—. Sé que la de Toby es pequeña, pero
puede compensarlo totalmente con esfuerzo y un juguete sexual o dos.
Lanzo una carcajada mientras Jodie echa humo al otro lado.
—Sí, me voy a ir. Disfrútalo, Bri. Y llámame si me necesitas.
Me arrebatan el teléfono de la mano antes de que pueda despedirme.
—Oye —me quejo, viendo cómo Nico le da un beso a Jodie y corta la
llamada.
Lo tira al otro extremo del sofá y me mira con ojos acalorados y un
poco inseguros.
—Te habías ido —dice; esas tres palabras explican plenamente esa
mirada inusual.
—Necesitaba hacer pis —le explico—. Luego vine por café y… quería
que descansaras. —Me encojo de hombros, sintiéndome extrañamente
tímida bajo su intensa mirada.
—¿Es cierto lo que le dijiste a Jodie? —me pregunta crípticamente,
obligándome a devanarme los sesos para recordar de qué hablamos. Es más
fácil decirlo que hacerlo mientras se acaricia lentamente la polla delante de
mí.
—Umm… ¿qué parte? —pregunto, observándolo descaradamente.
—Sobre que estés bien.
—Oh, ¿no será que eres una peste sexual? —pregunto, recordando de
repente algo que debió oír por casualidad.
—Ya sabemos que es verdad —bromea, acercando su apetitoso cuerpo.
Desenroscando las piernas por debajo de mí, pongo los pies en el suelo,
más que dispuesta a ir hacia él.
—Brianna —me advierte, obligándome a apartar los ojos de su polla en
favor de su cara.
La culpa es suya. Si quería tener una conversación seria, debería haber
venido completamente vestido. O ponerse un par de calzoncillos, como
mínimo.
—Estoy bien —susurro, sintiendo la intensidad de su mirada hasta el
alma.
—No me mientas. Si…
—No lo estoy, lo prometo. No estoy pensando en eso. Pero cuando lo
haga, si necesito hablar, hablaré.
Asiente una vez, aceptando mis palabras.
—He pasado por eso, ¿recuerdas? Sé lo que se siente al hacer lo que
hiciste anoche.
—Quizá podamos comparar notas algún día.
—Sí, tal vez —reflexiona—. Entonces, si no estás pensando en eso, ¿en
qué estás pensando?
Dejo que mis ojos desciendan por su cuerpo, contemplando cada
músculo esculpido, cada hendidura y cada cresta de su impresionante pecho
y estómago, hasta que trazo las líneas de su V hasta su dura polla.
—¿Realmente necesitas preguntar?
—Guarrilla —murmura.
—No tiene sentido cambiar las cosas ahora —murmuro.
—Ponte de rodillas, Sirena. Quiero verte chupármela mientras la ciudad
se mueve a nuestro alrededor.
Echo un vistazo a través del balcón acristalado y veo los pequeños
coches que se mueven por la carretera bajo nosotros. Hay gente ahí abajo.
Cientos, miles. Pero ninguno de ellos puede vernos aquí arriba. No es que
importara, aunque pudieran. Es poco probable que el miedo a ser observada
me impida probar a mi hombre ahora mismo.
Deslizándome desde el cojín, apoyo las rodillas en el cálido suelo de
baldosas y recorro con las palmas de las manos sus muslos macizos antes de
inclinarme hacia delante para lamer el precum que gotea de la punta.
Capítulo Treinta

NICO

P
ánico.
Puro pánico sin filtro, estoy a punto de infartarme.
Sólo así puedo describir la escalofriante sensación que sentí
cuando me desperté y me encontré sola en la cama.
Fue ridículo. Patético. Débil y necesitado. Pero joder, no podía
contenerme.
Lo primero que pensé fue que se había escapado como suele hacer y que
todo lo que había pasado ayer no era real. Era sólo un sueño increíble y
totalmente jodido.
Pero entonces salté de la cama, con el cuerpo doliéndome de una forma
que sólo indicaba que mi recuerdo era real, y salí volando del dormitorio
como si los perros del infierno me estuvieran pisando los talones.
Estaba más que dispuesto a salir corriendo del edificio completamente
desnudo para cazarla y arrastrarla de vuelta pataleando y gritando si era
necesario.
Me había hecho una promesa la noche anterior. Una promesa que tengo
toda la intención de hacerla cumplir.
Me dijo que era mía. Y así es como va a ser, joder.
Mi ritmo cardíaco no disminuye y mis músculos no se relajan a pesar de
las señales que me rodeaban de que ella seguía aquí.
Ni siquiera me fijé en sus bragas hechas una bola en mi puño mientras
dormía como un niño pequeño con una puta mantita, ni en su bolso que
seguía en el suelo de mi habitación.
No es hasta que oigo su voz que todo se calma y la neblina roja de
pánico que había descendido sobre mí se desvanece.
Y en cuanto eso ocurre, me siento como un marica.
¿Y qué si se fue? Podría haberlo manejado, ¿verdad?
Soy un maldito hombre.
Me gano la vida torturando y matando gente. Una mujer no debería
tener el poder de ponerme de rodillas cuando unos hijos de puta aterradores
apenas me hacen sudar.
Pero no es sólo una mujer.
Es mi mujer.
Cada día, desde que me desperté en aquella cama de hospital, he
comprendido más y más que eso es un hecho. Y también empiezo a
entender que esos sentimientos no son nuevos. De hecho, estoy segura de
que siempre han estado ahí. Sólo que me negaba a aceptarlos en favor de
sofocarlos con las mentiras de mierda que me decía a mí misma.
Me quedo de pie junto a la isla de la cocina observando su nuca,
escuchándola hablar. Desde aquí no oigo lo que dice. No necesito saberlo.
Está aquí y eso es lo único que importa.
Bueno, lo es durante unos minutos, porque mi necesidad de verla de
frente, de averiguar con quién está hablando en lugar de estar en la cama
conmigo se apodera de mí.
Sin apartar los ojos de ella, me acerco hasta que empiezo a distinguir las
palabras. Al instante me doy cuenta de con quién está hablando. Y supongo
que no debería sorprenderme.
—En serio, Bri. ¿Estás bien? —Jodie pregunta, la preocupación por su
mejor amiga es más que obvia en su tono.
Brianna hace una pausa y yo me quedo quieto, necesitando oír la
respuesta a esta pregunta tanto como Jodie.
Matar por primera vez es muy importante cuando has entrenado casi
toda tu vida para hacerlo. No puedo ni imaginar cómo debe sentirse ahora
mismo.
—Era… era necesario —razona. Pero rápidamente descubro que eso no
es suficiente para Jodie, porque sigue con—: Estoy bien, lo prometo.
—De acuerdo. Pero si eso cambia, estoy aquí.
—Lo sé —dice Brianna en voz baja.
Aunque estoy muy agradecido de que Brianna cuente con el apoyo de
Jodie -algo que estoy seguro de que no tendrá precio en los próximos meses
y años, cuando ambas se enfrenten a la vida como parte de la familia
Cirillo, quiero que confíe en mí, que me permita apoyarla en todo esto.
—Entonces, ¿cómo es tu plaga sexual favorita? —Jodie pregunta,
cambiando de tema y sacándome de mis pensamientos anteriores.
Ahora sí. Estoy totalmente de acuerdo con escuchar un poco de charla
de chicas sobre lo bueno que soy en la cama.
—Es… Nico —dice Brianna riendo, acabando con todas mis fantasías.
Esperaba que me hiciera una descripción muy larga y detallada de lo
mágica que es mi polla.
—Entonces, ¿Qué es esto? ¿Están juntos de verdad o…? —Incapaz de
permanecer fuera de su vista, y por si acaso está a punto de dar la puta
respuesta equivocada, hago notar mi presencia.
—Sí —anuncio, saliendo a mi balcón detrás de donde está sentada
Brianna.
Vale, probablemente debería haberme puesto algo de ropa, pero a la
mierda. Jodie lo ha visto todo antes, y no es que tenga planes de ponerme
nada aquí mientras estemos los dos solos. Por lo que veo, tenemos tiempo
que recuperar y la ropa sólo lo desperdiciará.
—Estamos juntos. De acuerdo. ¿No es así, nena?
El resto de la conversación se me pasa por alto. Mi única atención es
ella y, por supuesto, mi dolorida polla.
No tengo ni idea de cuánto tiempo he dormido o cuántas horas han
pasado desde que estuve dentro de ella. Sea lo que sea es demasiado
tiempo.
En cuanto se arrodilla y envuelve mi cuerpo con sus labios
pecaminosos, me siento el rey del puto mundo.
—Sí, Sirena —ladro cuando ella se inclina hacia delante, llevándome
hasta el fondo de su garganta.
Mis dedos se enredan en su cabello desordenado y rizado, y la sujeto en
mi longitud durante unos segundos.
—Mírate —gimo, empujándola hacia abajo una vez más—. Mi guarrilla
tomándolo todo de mí.
En su garganta retumba un gemido que noto en toda la longitud de mi
polla.
—Te gusta eso, ¿verdad? Te gusta saber que eres una buena chica por
chupármela.
Vuelve a gemir y esta vez me penetra más.
—Joder, apuesto a que tu coño está goteando por mí ahora mismo.
Le suelto la cabeza un instante, agarro la camiseta que lleva puesta y se
la arrastro por la cabeza, obligándola a soltar mi polla durante unos
segundos mientras la tela le pasa por la cara.
—Eso está mejor. Ahora, ¿dónde estabas? —pregunto, tendiéndome
hacia ella.
Ansiosa, vuelve a colocarse en posición y empieza a lamer alrededor de
la cabeza de mi polla, haciendo que se sacuda pidiendo más.
Suelto mis dedos en favor de su cabello y dejo que haga lo suyo,
observando cómo me lame el tronco, provocándome misericordiosamente
antes de volver a meterme en su boca.
—Eso es, nena. Me la chupas de puta madre. Tócate, muéstrame lo
mojada que estás. Muéstrame cuánto te gusta complacerme.
Sin perder un segundo, separa las rodillas y mete la mano entre los
muslos.
Su atención en mi polla vacila un instante cuando sus dedos chocan con
su carne sensible.
—Mete los dedos en tu bonito coño, Sirena. Luego déjame saborearte.
Jadea alrededor de mi cuerpo y hace lo que le digo antes de levantar el
brazo y ofrecerme la mano.
Agarro su muñeca y me llevo los dedos a los labios, pintándolos con los
jugos de sus yemas antes de metérmelos en la boca, lamiéndolos con la
lengua mientras explota su sabor.
Imita mis acciones con mi polla, lamiendo la vena que corre por la parte
inferior, haciendo que me duelan los huevos por la necesidad de correrme.
—En cuanto termine, voy a empujarte contra la barandilla y a comerte
hasta que todos en esta ciudad sepan a quién perteneces, Sirena —prometo
mientras suelto sus dedos.
Sube la apuesta, su necesidad de liberarse la estimula mientras me hace
una mamada profunda como una profesional.
—Tan jodidamente hermosa. Y toda mía, joder —anuncio unos
segundos antes de que me corra de golpe y derrame hilos calientes de
semen por su garganta—. No te lo tragues —le exijo antes de salir de ella,
asegurándome de dejar lo último en su lengua—. Enséñamelo.
En cuanto mi polla sale de su boca, separa los labios.
—Joder, sí —gruño, con la polla ya acelerándose para más acción.
Introduzco un dedo en su boca, recojo un poco de mi semen y se lo
pinto en los labios.
—Mío —gruño—. Toda. Malditamente. Mía.
Ella asiente, su cuerpo temblando de necesidad mientras lucha por
quedarse quieta y no intentar encontrar la fricción que necesita.
—Traga —ordeno finalmente.
Sus labios se cierran de golpe, siguiendo órdenes, mientras la cojo, la
pongo en pie y la empujo contra el cristal que impide que caigamos hacia la
muerte.
La barandilla cromada presiona contra su suave vientre, lo que me
permite inclinarla y exponer lo que necesito.
—Qué te parece… la altura perfecta.
—Nico —gime desesperada.
—Nunca he tenido a nadie aquí antes, Sirena. ¿Crees que tus gritos
tendrán eco?
—Sólo hay una forma de averiguarlo.
—Sí. Tienes razón.
—Nico —grita cuando mi palma choca con la mejilla redonda de su
culo antes de que yo caiga de rodillas.
—No. Tendrás que ser más ruidosa, Sirena.

Después de chupármela y de hacerla correr hasta que se quedó ronca de


tanto gritar mi nombre, llevé a Brianna al piso y me negué a bajarla hasta
que estuvimos de nuevo en la ducha recibiendo una lluvia de agua helada.
Nos aseamos, volvimos a follar, nos bañamos de nuevo y salimos en
busca de comida. Y luego, mientras esperábamos a que llegara el reparto,
volvimos a follar.
Aparte de una breve puesta al día con Theo y los demás el sábado por la
noche, así es básicamente como pasamos el fin de semana.
La ropa está prohibida y los orgasmos son una necesidad.
Quiero que dure para siempre. Un mundo en el que sólo estemos
nosotros dos y en el que todo lo que hay fuera de las cuatro paredes de mi
piso deje de existir. Pero cuando Brianna desaparece en mi dormitorio un
domingo por la noche durante más tiempo del que estoy dispuesto a
perderla, todo llega a un abrupto final.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto, observando horrorizado cómo
cubre sus deliciosas curvas con un par de pantalones deportivos y una
camiseta de gran tamaño.
Se ríe entre dientes, pero por muy bonito que sea, me pone de los
nervios.
—No te irás —afirmo con firmeza.
—Nico —suspira, girándose para mirarme mientras se recoge el cabello
en una coleta—. No puedes tenerme encerrada aquí como tu esclava sexual
para siempre.
—Mírame. —Doy un paso más hacia la habitación, más que dispuesto a
usar mi cuerpo desnudo para convencerla de todas las razones para
quedarse.
—Tengo un trabajo, Nico. Una vida. Una a la que me gustaría volver.
—No tienes que hacerlo. Ya tengo más de lo que tú podrías…
Lanza una carcajada de incredulidad.
—¿Lo dices en serio?
—Claro que sí.
—No quiero ser tu esposa trofeo, Nico. Nunca seré el tipo de mujer que
puedes apaciguar con dinero. No me doblegaré a tu voluntad ni a la de
nadie. Soy mi propia persona, yo…
—Vaya —digo, levantando las manos en señal de defensa—. Cálmate.
Sólo decía que si…
—Pues no lo hagas. No quiero tu dinero, ni tus limosnas, ni tus
contactos. Quiero irme a casa y prepararme para volver a mi trabajo
mañana.
Trago saliva nervioso, más que consciente de lo que es ese trabajo.
—Puede que haya accedido a esto. Pero eso no significa que todo va a
ser en sus términos.
—Nunca dije que tuviera que serlo. Simplemente no quiero que sientas
que tienes que volver corriendo después de todo esto si no estás preparada.
El dinero ya no tiene que ser la fuerza motriz para cualquier cosa que hagas
en la vida.
—No quiero tu dinero.
—Bueno, eso es difícil, porque puedes tener todo lo que quieras.
Y lo digo en serio, joder.
Ahora que he tomado una decisión sobre lo que quiero en la vida, estoy
dispuesto a abrirlo todo por ella.
Lo que es mío es suyo. Ahora y siempre.
Capítulo Treinta Y Uno

BRIANNA

M
iro a Nico con incredulidad.
Su giro de ciento ochenta grados sobre lo que quiere en la vida
me da un maldito latigazo.
La necesidad de discutir arde al rojo vivo en mi estómago, la furia por el
hecho de que piense que voy a arrodillarme una vez más y aceptar todas las
limosnas que me ofrece burbujea en mis venas. Pero lucho contra ambas.
No dice estas cosas para ser vengativo o controlador. Puedo ver en sus
ojos que lo dice porque realmente quiere ayudar.
Pero no lo aceptaré.
No importa si decide ponerle un anillo y darme su nombre; seguiré sin
aceptar su fortuna.
Gano lo que gasto. Trabajo por lo que tengo.
Vale, si alguna vez me mudo con él, puede que tenga que cambiar un
poco mis reglas. Pero eso es un problema para el futuro. Ahora mismo, no
tengo razones para pensar que llegaremos al final de la semana.
Todo esto, todas estas promesas de futuro, de no tener cargas
económicas cuando me he pasado casi toda la vida contando los céntimos…
Son demasiado. Esto… todo esto es demasiado.
—Necesito ir a casa, Nico. Necesito prepararme para mañana y yo…—
Trago saliva nerviosa, sabiendo que esto le va a doler. —Necesito algo de
espacio⁠—.
Su ceño se frunce y sus ojos se oscurecen por la confusión.
Lo odio, joder, pero sé lo que necesito y voy a conseguirlo cueste lo que
cueste.
No perderé la cabeza después de sólo unas horas. Los orgasmos han
sido una locura, pero no han adormecido del todo mi cerebro.
—Te llevaré a buscar lo que necesitas y luego podemos…—
—Nico, no me estás escuchando —le digo, acercándome a él y
apretando sus mejillas ásperas entre mis manos. —Me he pasado la vida
cuidando de mí misma, sin permitir que nadie lo suficientemente cercano
influyera en mis decisiones. Esto… —digo, haciendo un gesto entre los dos
—, me va a costar adaptarme⁠—.
Parece que se ha metido de cabeza en esto, pero no puedo olvidar tan
fácilmente todas las razones por las que actúo como un llanero solitario.
La última vez que realmente confié en alguien…
Me estremezco pensando en todas las situaciones en las que mamá me
dejó hace tantos años.
—Un paso a la vez, ¿sí?
Tomo el teléfono de la cama y abro la aplicación Uber.
—No —brama arrebatándome el teléfono.
—¿Perdón? —Me enfurezco—. ¿Qué acabas de hacer?
—No vas a pedir un maldito Uber. Cualquiera podría estar esperando
fuera de este edificio a que alguien salga.
—Tengo un nuevo equipo de seguridad, ¿no? —pregunto, refiriéndome
a la reunión que tuvimos con Theo ayer por la tarde, cuando él y Damien
expusieron el plan a seguir.
—Sí, pero…
—Puede llevarme a casa, así podrás dormir bien esta noche sabiendo
que estoy a salvo.
—No voy a dormir en absoluto a menos que estés a mi lado.
—Quién hubiera dicho que eras tú él que tenía problemas de apego. —
Sinceramente, después de la cantidad de terapia que he recibido gracias a
mamá querida, habría pensado que habría sido yo.
—No es… no es… Brianna —respira, sonando totalmente exasperado
—, sólo intento protegerte. Si pasara algo, nunca me lo perdonaría.
—No me va a pasar nada. Estaré a salvo en mi piso, y mañana
conduciré hasta la escuela con seguridad sin duda siguiéndome. Mi teléfono
está rastreado, ¿verdad? Podrán ver dónde estoy.
—Sigo pensando que deberíamos ir a buscar tus cosas y…
—No. —Me mantengo firme—. Si te hace sentir mejor, puedes
llevarme de vuelta, pero no volveré aquí hoy. Necesito una noche en mi
casa. Ha pasado… demasiado tiempo —digo, habiendo perdido la noción
de cuánto tiempo he estado fuera.
Vuelve a dejar caer mi teléfono sobre la cama, me rodea la nuca con la
mano y me arrastra hacia su cuerpo.
—Creía que ahora iba a ser más fácil —confiesa en voz baja.
—¿Qué te hizo pensar que la vida conmigo sería fácil? —bromeo,
deseando poder ser el tipo de persona que le hiciera la vida más sencilla en
lugar de luchar contra él a cada paso. Pero, sinceramente, ¿qué gracia
tendría eso?
—Quédate aquí conmigo mañana por la noche —me ruega.
—¿Le parece apropiado, señor Cirillo? Mañana tiene doble clase de
literatura inglesa, ¿recuerda?
—Joder que apropiado. Seguro que hay muchas cosas que me puedes
enseñar.
Me encojo interiormente, arrepintiéndome de haber sacado a relucir
estas bromas entre alumnos y profesores. Está mal. Tan jodidamente mal, y,
sin embargo, no va a detenerme.
—La señora Hendrix lo sabe, Brianna. A Middleton no le importará
porque no puede permitirse ir contra Damien. Y, prometo comportarme.
—Aburrido —murmuro.
—O no lo haré —bromea con una sonrisa que hace temblar las rodillas
—. Supongo que tendrás que esperar y averiguarlo.
Le sacudo la cabeza, intentando dar un paso atrás para que me lleve a
casa.
—Sólo una cosa más —me dice, arrastrándome hacia atrás y pegando
sus labios a los míos para darme otro beso estremecedor.
Cuando agarra mi mochila y se la echa al hombro para que podamos
irnos, ya me estoy cuestionando seriamente mis decisiones. ¿Sería tan malo
que mañana me presentara en el instituto sin estar preparada?
Sí. Sí, lo haría.
Con la cabeza bien alta y la decisión de volver a casa como único
objetivo, atravieso la puerta de Nico y me dirijo hacia el ascensor.
El viaje de vuelta a casa es algo tenso. No está contento, eso es obvio,
pero por suerte no intenta discutir conmigo, ni intenta hacerme cambiar de
opinión otra vez.
Se me hace un nudo en el estómago y vuelvo a cuestionar mi propia
decisión cuando se detiene frente a mi edificio.
Es extraño. Este lugar ha sido mi hogar durante bastante tiempo, pero
sentado aquí fuera, no tengo la misma sensación de satisfacción, la
sensación de volver a casa a la que estoy acostumbrado.
Nico apaga el motor y cometo el error de mirarle.
Mi exigencia de que vuelva a darse la vuelta baila en la punta de mi
lengua, pero mi negativa a doblegarme, mi obstinación en seguir mi propio
plan se impone.
—Te acompaño, luego tienes que mandarme un mensaje antes de salir
por la mañana, y luego otra vez cuando llegues a la escuela.
Separo los labios para burlarme de sus exageradas exigencias, pero
entonces le miro a los ojos y veo su genuina preocupación y mis palabras
son tragadas por la culpa.
Sus preocupaciones están justificadas. Y es egoísta de mi parte exigir
esto. Pero es lo que necesito. He estado asfixiada casi desde el momento en
que desperté en ese hospital. Le dije a Jodie que me iría a casa antes de la
escuela mañana, y tengo toda la intención de cumplir con eso.
—Lo haré —acepto, abro la puerta del acompañante y salgo.
Cuando abro la puerta principal y miro a mi alrededor, siento el olor
familiar del hogar.
Está exactamente igual a como lo recordaba. El vaso que dejé en la
mesita sigue ahí, junto con la pila de platos en el fregadero.
—¿Quieres que te ayude a ordenar? —pregunta Nico, observando el
caos en el que suelo vivir.
—No, está bien. Seguro que tienes cosas mejores que hacer.
Quiere discutir, prácticamente puedo verlo en la punta de la lengua.
Pero, por suerte, nunca tiene la oportunidad de expresarlo, porque suena su
teléfono.
Lo saca del bolsillo y se queda mirando la pantalla.
—Tengo que contestar esto —dice de mala gana.
—Estaré bien aquí. Mantendré mi teléfono encendido. Todo irá bien.
—Sigue sin gustarme —confiesa.
—Lo sé, pero es como es. Ve y pasa la noche haciendo estrategias con
los chicos. Yo voy a trabajar y a acostarme temprano para mañana.
—Llámame por la mañana, ¿vale?
—Lo tienes, buen hombre.
Una sonrisa arrogante se dibuja en sus labios al oír mi apodo.
—Ven aquí. No me iré sin recordarte por qué aceptaste esto.
—¿Crees que sería posible olvidarme de ti? —digo rápidamente antes
de que me robe los labios una vez más.
Su teléfono vuelve a sonar antes de que finalmente retroceda,
estudiándome con ojos encapuchados y hambrientos.
—Vete —le insto—. Tengo cosas que hacer.
Con un último beso casto en los labios, se da la vuelta y se marcha.
Tiene los dedos enroscados en la empuñadura antes de que se me ocurra
algo y lo llame por su nombre. Se queda inmóvil y se vuelve con una
sonrisa de suficiencia.
Ignorándolo, corro hacia la cómoda que está a su lado y abro el cajón
superior.
—Sé que esto no te gusta, pero toma.
Saco dos llaves y se las paso.
Los mira fijamente, con la confusión dibujada en el rostro.
—Son para el edificio. Para este piso —añado por si no se había dado
cuenta.
—Mierda, yo…
—Para emergencias. Para la tranquilidad.
—¿No para dejarme entrar en mitad de la noche y follarte hasta dejarte
sin sentido?
—Supongo que eso dependería de tu definición de emergencia.
Su teléfono vuelve a sonar y levanta la otra mano para mirar la pantalla
una vez más.
—Vete, antes de que haga que quien sea te saque de aquí a rastras.
Me besa de nuevo y finalmente se va.
Cierro la puerta tras él y la atranco bien. Pero en el último momento,
vuelvo a aflojar el pestillo, suponiendo que no pasará mucho más allá de la
puesta de sol antes de que reaparezca con alguna emergencia de mierda.
Con una carcajada, atravieso mi piso y ordeno todo rápidamente. Luego
me meto en la ducha para refrescarme y me pongo a trabajar.
No tengo mucho que preparar para la mañana. Como no tenía nada más
que hacer mientras estaba en casa de Jodie la semana pasada, me he puesto
al día, así que no tardo en encontrarme en la cama de con mi Kindle y un
chocolate caliente, perdiéndome en el tórrido romance en el que estaba
inmersa antes de que mi vida se volviera dramática.
Como era de esperar, pronto me cuesta mantener los ojos abiertos, las
palabras se desdibujan y se arremolinan en torno a la pantalla que tengo
delante.
Lo dejo en la mesilla de noche y me dirijo al baño para lavarme los
dientes y hacer pis antes de volver a la cama. Sin embargo, algo me
sobresalta cuando estoy casi en la puerta de mi habitación y no puedo evitar
reírme cuando la puerta principal se abre detrás de mí.
—Sabía que no serías capaz de mantenerte alejado.
Capítulo Treinta Y Dos

NICO

I
gnorando las llamadas de Alex, me centro en el otro nombre que ha
iluminado mi teléfono en los últimos diez minutos. Pero no me molesto
en devolverle la llamada. Puede que quiera oír su voz, pero necesito algo
más que eso.
De todos modos, es la única en quien confío para que me dé consejos
sensatos cuando se trata de Brianna, así que en lugar de dar media vuelta y
volver a mi piso, voy en dirección contraria, hacia el edificio que llamé
hogar durante dieciocho años.
He evitado este lugar desde que murió papá. Hay demasiados recuerdos
dolorosos de él en cada rincón de la casa, y no podía soportar verlos,
sentirlos.
Pero afrontarlo parece hoy un poco más posible.
Aunque empiezo a cuestionármelo cuando entro y veo el coche de
mamá estacionándose.
Esperaba que al menos me hiciera el favor de estar fuera. Parece que mi
suerte se ha acabado.
Después, me alejo de la puerta principal y me dirijo a la parte trasera del
edificio.
Tal como sospechaba, la mujer a la que he venido a ver está en la cocina
haciendo algo extravagante con unos pasteles, cantando alegremente
mientras lo hace.
Me siento más ligero sólo con verla. Es una sensación que estoy seguro
de que la mayoría de los demás tienen al ver a sus madres hacer algo
parecido. Supongo que debería estar agradecido de que, aunque mi madre
es una mierda de proporciones épicas, sigo teniendo una figura materna
cariñosa que lleva años cuidando de Calli y de mí.
—Nico —respira, una sonrisa sorprendida pero genuina ilumina su
rostro—. ¿Cómo estás? Pareces… adolorido. —Hace una mueca de dolor al
ver los moretones que cubren mi cara—. ¿Te ha pasado algo?
—Sabes que no puedo decir nada.
Levanta las manos.
—Lo sé, lo sé. Sólo me preocupo por ti. ¿Cómo está Calli?
No puedo evitar reírme.
—¿“Sólo Calli” o “Calli y su pequeño secreto”?
Los ojos de Jocelyn se abren de par en par.
—Me alegro por ella —digo sinceramente.
—A mí también. Nunca la he visto sonreír como lo hace con él.
Mi corazón se derrite cuando el amor de Jocelyn por mi hermana
pequeña brilla en sus ojos.
—Oh, toma —dice, volviendo en sí de repente—. Llamaba para ver si
podía dejar esto.
—Muy amable por llamar —me burlo.
—Un pajarito me dijo que tenías una compañera de piso este fin de
semana.
Un suspiro fácil cae de mis labios.
—¿Hay algo que mi hermanita no te diga?
—Estoy segura de que hay suficiente. Cuéntame, jovencito. ¿Voy a
tener que comprar un vestido nuevo pronto?

Paso una hora hablando de todo con Jocelyn. No sé si las sesiones con Jade
me han ayudado a abrirme, pero parece que me resulta más fácil ser sincero
sobre lo que siento por Brianna. Para ser justos, podría ser el hecho de que
por fin he admitido lo que siento.
No tengo ni idea de si mamá sabe que estoy aquí. No escondí el carro ni
mantuve mi llegada en secreto, pero aun así no ha hecho ningún esfuerzo
por asomar la cabeza por la cocina y saludarme. No es que me sorprenda.
Parece haber renunciado a su papel de madre y, sinceramente, si es así
como se siente, preferiría que se atuviera a eso.
—Estaba en su habitación preparándose para algo —dice Jocelyn, capaz
de leer extrañamente mis pensamientos.
—¿Quién es? —pregunto, intentando barrer la situación bajo la
alfombra.
—¿Por qué no vas y tratas de hablar con ella?
—No, está bien. La posibilidad de que la mate es demasiado alta para
mi gusto.
—¿Crees que no lo sé? —se burla Jocelyn.
—¿Es eso lo que se necesita para robarte de ella?
Jocelyn no comenta esa afirmación. No lo necesita. Sea lo que sea que
la ha retenido aquí tanto tiempo, no va a desaparecer hasta que su
empleadora se haya ido.
Hay una explosión en algún lugar más profundo de la casa que me
sacude.
—Oh, tal vez te honre con su presencia —dice Jocelyn con cierta
esperanza.
—Preferiría que no lo hiciera.
Me alegra ignorar su existencia tanto como ella la mía, pero entonces
una voz masculina baja flotando hasta nosotras y mi curiosidad se despierta
con creces.
Sin decir palabra, me bajo del banco y me dirijo hacia la entrada.
Lo primero que veo es la espalda de mamá. Como de costumbre, lleva
un vestido que parece pintado sobre su cuerpo. Trae el cabello impecable y
me imagino que la cara también. Siempre es la imagen de la perfección.
Una tapadera para la mujer rota y fea que se esconde bajo la superficie.
A su lado hay un hombre trajeado y, aunque no puedo verle la cara,
reconozco perfectamente su voz. Aunque, en realidad, no distingo las
palabras que le murmura.
—¿Dónde está Iris? —pregunto, haciendo notar mi presencia mientras
me adentro más en el lugar, y los dos se separan rápidamente un poco más.
—Oh, Nico —respira fingidamente mamá, alisando con mano firme la
parte delantera de su vestido—. Es tan bueno verte. No sabía que estabas
aquí.
—No, parece que estás algo distraída —digo, con la mirada clavada en
Christos, el padre de Jerome.
—Sólo estoy ayudando a Christos a organizar algo para el cumpleaños
de Iris dentro de unas semanas —intenta explicar mamá.
—Claro que sí —murmuro, mirando entre los dos.
Para ser justos con él, Christos tiene la decencia de parecer un poco
avergonzado. Mamá, en cambio, está tan fría y cerrada como me tiene
acostumbrado.
—Bueno, sólo pasé a ver a Jocelyn. Pero yo tendría cuidado si fuera tú
—digo, manteniendo la mirada fija en Christos—. La hierba no siempre es
más verde.
Me doy la vuelta para volver a la cocina.
Sorprendentemente, Jocelyn no está mirando desde las sombras.
—¿Está aquí a menudo? —siseo, barriendo la habitación como una
tormenta.
—No —dice sinceramente—. Él e Iris sólo están aquí como pareja.
—Bueno, algo está pasando ahí.
Sus labios se separan para decir algo, pero la interrumpo rápido.
—Gracias por esto —le digo, tomando el recipiente de galletas de
chocolate blanco y frambuesa que horneó —las favoritas de Brianna, por lo
visto— y yéndome hacia la puerta—. Nos vemos pronto. La oferta de
trabajo sigue en pie, como siempre.
Sin esperar respuesta, rodeo la casa y me dirijo a mi auto.
El carro de Christos está estacionado junto al mío, lo que me hace dudar
de que haya algo entre ellos.
Es imposible que no haya visto mi carro. Seguro que no habría entrado
si estuviera pasando algo.
Sacudiendo la cabeza, me dejo caer en el asiento del conductor y meto
reversa.
El sol casi se ha puesto y el calor del día por fin ha desaparecido. No es
que Bri y yo lo hayamos notado mucho, ya que pasamos casi todas las horas
del día revolcándonos en mi cama.
Con la cabeza dándome vueltas pensando en Brianna junto con mamá y
Christos, conduzco sin rumbo por la ciudad.
Debería irme a casa. Es tarde y tengo que hacer una revisión para
mañana, pero la idea de ir a mi apartamento y entrar sin ella no me gusta
nada.
No me sorprende que acabe conduciendo por su calle. Mis ojos recorren
el edificio a medida que me acerco, buscando sus ventanas.
Me estaciono en un espacio libre y sigo observando, esperando alguna
señal de que está despierta. De que está bien.
No he sabido nada de ella, pero, igualmente, tampoco le he mandado
mensajes.
La canción que suena quedito por mis bocinas cambia más de un par de
veces mientras estoy aquí sentado, esperando que una sombra llene la
ventana, pero nunca lo hace.
—Vamos, nena. Sólo muéstrame que estás ahí y que estás a salvo.
El GPS de su celular dice que sí, y no tengo motivos para creer otra
cosa. Pero, aun así, algo me hace apagar el motor y abrir la puerta de un
empujón.
Con las llaves que me dio antes, abro la puerta principal y subo
corriendo las escaleras.
No debería hacerlo, lo sé. Me dio esta llave para emergencias, y esta no
es una de ellas. Pero mi necesidad de ella no tiene límites y dejo de pensar
en mi decisión mientras introduzco la llave en su cerradura y abro la puerta.
Todo está ordenado, su dulce aroma llena el aire. Pero hace un frío que
no puedo explicar. Me adentro en el departamento, buscándola. Pero antes
de encontrarla, me llama la atención una nota en la barra de la cocina.
Su celular está clavado en la madera oscura y, cuando lo miro, se me cae
el mundo encima.

Nico,
Lo siento.

La historia de Brianna y Nico continúa en Unión Corrupta


Biografía del autora

Tracy Lorraine es una autora bestseller de novelas románticas contemporáneas para adultos del USA
Today y del Wall Street Journal. Tracy vive en el lindo pueblo de Cotswold en Inglaterra junto con su
esposo, su hija y su adorable, pero un poco loco springer spaniel. Habiendo sido siempre una adicta a
los libros con la cabeza metida en su Kindle, Tracy decidió probar suerte con la idea de una historia
que soñó y no ha mirado atrás desde entonces.

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