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Los poemas de Kiara Jazmín Cáceres exploran el dolor emocional y la lucha interna tras la pérdida de un amor. A través de metáforas vívidas, la autora expresa la angustia, la nostalgia y la confusión que siente al lidiar con la ausencia de alguien que fue fundamental en su vida. La obra refleja la complejidad de las relaciones y el impacto duradero que tienen en la identidad y la percepción del mundo.
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Los poemas de Kiara Jazmín Cáceres exploran el dolor emocional y la lucha interna tras la pérdida de un amor. A través de metáforas vívidas, la autora expresa la angustia, la nostalgia y la confusión que siente al lidiar con la ausencia de alguien que fue fundamental en su vida. La obra refleja la complejidad de las relaciones y el impacto duradero que tienen en la identidad y la percepción del mundo.
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Poema 1

Post-trauma de Kiara Jazmín Cáceres

Pensar las caras al recibir la noticia es lo único que me mantiene con vida
Y el miedo solo aumenta cuando la ansiedad se hace presente.
Yo, esclavo de unos labios no correspondidos.

¿Por qué los latidos de mi corazón aumentan cuando no me estoy escondiendo en la


muchedumbre?
Mi exterior y mi interior: una lucha constante por entender la contradicción.
Llegó la encrucijada.
Me apreto los labios como último acto de fe, ya que el conjunto de mis pensamientos son
carroñeros.
Esperan lentamente que me diluya en la orquidea.
Sus pétalos son un recordatorio de mis impulsos.
En el medio, la observo bailar con el polen, junto a un tinte de bondad.
Es ahí, en ese preciso momento donde mi cuerpo ya decidió, donde solo obedezco lo
inevitable.
¿Que hago acá, si ayer sonreía en inocencia?
Y estoy harto de este nudo en mi garganta, de este temblor que aparece cuando escribo.
Se supone que no debería ser así.
Se supone que no me pueden ver mal.
Se supone que yo era feliz.
Me desentiendo frente a un árbol con raíces enormes, me nublan los rayos del sol
inexistente.
Pero entonces, no entiendo la razón de mis lágrimas.
¿Realmente lo hice?
No debía terminar así, no así.
Ahora, enterrado en los sentimientos que reflejan mi inquebrantable voluntad de seguir.
Oh, que débil, los colores se invierten y la luz, testigo de lo que no pudo ser.
Pensaba que este dolor en la garganta, que este nudo se iría, pero mi aparente solución no
dió frutos.
Hay días donde creo que no me equivoco en tomar esa salida, pero la soledad que le
dejaría a mi hermana es más grande que mi necesidad de ponerle un fin a todo.
Soy egoísta.
No hay una representación más grande del egoísmo que el suicidio, que ironía.
Poema 2
Perdón Kiara Jazmín Cáceres

Sección 1
No creo poder salir de los lugares donde alguna vez fui feliz.
Es un problema grave porque los lugares no siempre son calles, ni casas, ni ciudades. A
veces tienen ojos. A veces tienen cachetes. A veces tiene la risa más contagiosa que existe
y, aun así, sigue caminando como si no fuese un delito.. El peor de todos los problemas es
que esos lugares aprenden a respirar, y cuando finalmente se van, uno descubre que nunca
estuvo viviendo en una casa. Vivía dentro de otra persona.
Las escaleras del colegio siempre me parecieron raras. Suben demasiado convencidas de
que existe un segundo piso. Yo nunca confié en las cosas que prometen alturas. Ella sí. Por
eso se fue para allá arriba y me dejó abajo, mirando los escalones de mármol gastados por
miles de zapatos.
La cúpula que exhibe mi vulnerabilidad se rinde ante tus ojos; no se rompe, se arrodilla. Es
una ridiculez. ¿Qué jurisdicción tienen dos pupilas sobre la ley de gravedad? Ninguna. Tus
pupilas poseen una jurisdicción anterior al miedo. Entran porque fueron ellas quienes
inventaron la puerta. Desde entonces camino con cuidado. No rengueo de una pierna.
Rengueo de vos.
Nueve meses. Doscientos setenta y tres días creyendo que el tiempo era un psicologo. Qué
ingenuidad la mía. El tiempo nunca vino a curarme; vino a enseñarme a disimular la herida.
Lo único que logró es que la gente deje de preguntarme por ella, de que yo pare en cierto
punto por miedo a parecer repetitivo.
Yo confundí costumbre con recuperación. Pensé que dejar de llorar era dejar de extrañarla.
Pensé que una cicatriz era una solución y resulta que solamente era piel tratando de
esconder el desastre.
Pero no existe la nostalgia. Existe una versión fósil del presente que continúa respirando
debajo de las costillas. Yo camino con un animal adentro. Come mis horas y mastica su
nombre hasta volverlo irreconocible. El plástico de las botellas tarda cuatrocientos años en
degradarse. Nosotros tardamos nueve meses en volver a hablarnos y el plástico seguía ahí,
tirado en el patio del colegio, idéntico. Todo sigue idéntico.
Y de repente, el viernes a las doce y media del mediodía, volvió.
No a mí. A mi vida. Hay una diferencia insoportable entre esas dos cosas.
Menos ella. Kiara vino con él. Ahora puedo saludarla. Puedo preguntarte cómo está. Puedo
escuchar que su sobrina hizo algo tierno de nuevo y simular una madurez que francamente
no tengo, saber cómo le fue, saber de su vida. Puedo hacer todo excepto lo único que
importa: tocarte la mano sin tener que inventar una excusa o construirlo como respuesta
lógica. Lo curioso es que uno nunca sabe cuánto pesa una mirada hasta que deja de tener
derecho sobre ella.
Porque sí. Era mía.
No como se posee una silla o una campera. Era mía como un paisaje del que lo
contemplaba todos los días hasta desgastar los bordes con los ojos. Como una canción
termina siendo de quien la escucha cuando nadie más entiende por qué llora en el mismo
verso. Era mía porque yo había tardado en aprender su idioma, la velocidad exacta con la
que la hacía reír, el tono exacto de su voz cuando tenía frío. Sus ojos ya no necesitaban
subtítulos para hablar conmigo. Y un día, simplemente, dejaron de hacerlo. No hay funeral
para esas cosas. Nadie te llama para darte el pésame porque se terminó un código secreto.
Simplemente deja de ocurrir.
Ahora estoy en el colegio, el sol entra de costado por el ventanal sucio de la pátina de los
años que tiene el aula, me siento en el banco del medio casi al fondo y le miro el culo. Se
me va la vista. Me da asco mi propia mirada, me da culpa, parezco un enfermo, me odio por
pensarlo y por escribirlo, pero ¿cómo perdí eso? Era mío, ella era mía. Pero el amor nunca
fue elegante. El amor verdadero llega lleno de barro. Se arrastra. Se humilla. Hace cosas
absurdas. Miro para todos lados esperando que el novio desaparezca cinco minutos del
universo para poder imaginar una vida entera en ese intervalo.
¿Quién es él? ¿Por qué no me deja estar a su lado? Nunca tuve la oportunidad correcta de
construir algo genuino con ella, solo una, una sola oportunidad y los dos haríamos el resto.
No lo pregunto porque quiera conocerlo, ni saber qué música escucha o si prefiere el
invierno. Lo pregunto porque quiero entender qué puerta abrió para llegar al lugar donde yo
sigo golpeando desde afuera con los nudillos ensangrentados. No lo odio. Ojalá pudiera
odiarlo, sería un alivio biológico, como vomitar cuando algo te cae mal. Lo cuál
curiosamente sí me provocó al recordar su existencia tras un par de tragos encima.
Lo realmente insoportable es que existe. Es un hecho. Una evidencia. Como la lluvia. Como
la muerte. Él está ahí, parado cerca del buffet, sosteniéndole la mochila. No puedo discutir
su existencia; solamente puedo discutir con la mía. Con ese ser que ni se compara a lo que
ella se merece. Yo sé que no es amor verdadero, sé que está confundida, que el ruido del
mundo la mareó durante estos nueve meses. Ella fue feliz conmigo, y nuestro tiempo juntos
no le hizo justicia al tamaño de lo que éramos capaces de incendiar con un solo encendedor
en la parada del bondi.
¿Qué me falta? Me quedé con las ganas de tantas cosas. Hay días donde sospecho que
Dios olvidó una habitación sin terminar dentro de mi cabeza. Vos vivís ahí, entre los
escombros y las bolsas de cal. Los albañiles abandonaron la obra hace meses, pero cada
noche encuentro una ventana nueva desde donde imaginarte. La arquitectura de mi pecho
fue diseñada para soportar terremotos, qué ironía descubrir que un par de pupilas conocen
el punto exacto donde la gravedad cambia de opinión y decide derrumbarlo todo.
Y yo conocía la velocidad exacta —dos segundos, te tomaba exactamente dos segundos—
en la que tardabas en responder cuando estabas pensando una mentira piadosa para
decirme. Dos segundos. Yo los contaba mentalmente. Uno, dos, y ahí venía tu mentira.
Extraño eso. Extraño la mentira. Extraño el peso de saber que me estabas ocultando algo
pero que te importaba lo suficiente como para armar la actuación.
¿Por qué mierda no se muere de una vez el novio? Lo pienso en serio. Que lo pise un auto,
que le dé algo, que desaparezca del mapa. Seríamos tan felices ahora mismo, estaríamos
acostados en mi cama mirando el celu, pasándonos reels y riéndonos, llenándonos de
besos la cara hasta que no queden ganas de respirar. Sin ella siento que vivo equivocado.
La soledad no es un espacio vacío; es una sustancia densa que te reemplaza cuando no
estás. Es como el veneno de las noches de insomnio, pero ya me hice inmune. Esperé a
que vuelvas, siempre supe que ese no era el final.
Mis sueños son todavía más raros. Son una pesadilla constante. Vos aparecés. Siempre
aparecés. Y es curioso porque es el amor que siempre quise de ella, puedo sentirlo de
distintas formas, en una realidad que es muy distinta a la verdadera, una donde sus manos
parecen volverse arena cuando intento agarrarla. De igual forma, me levanto sonriendo.
¿Por qué carajo sonrío en mis pesadillas se que nada de eso es real? No lo entiendo. Me
confunde. Soy feliz con ella en la tortura y a la vez soy la persona más triste de toda la
comuna 15.
Prefiero la pesadilla con ella que el despertar vacío.

Sección 2
Dicen que empezar de cero es olvidar. Qué palabra de mierda. “Cero”. Los números
inventaron el cero para descansar del infinito; las personas lo inventamos para mentirnos
con elegancia. No existe el cero en el cuerpo humano. Las cenizas no vuelven a ser árbol,
las cicatrices no vuelven a ser piel, el vidrio roto no recuerda cómo era la transparencia.
Empezar de cero no es olvidar, es más bien una forma ignorante de que tus sentimientos
sean más fuertes que tus pensamientos. Es una tregua estúpida. Mis pensamientos dicen
“ya fue, sos un arrastrado, estás perdiendo el tiempo". Mis sentimientos no leen, no tienen
ojos, siguen caminando hacia Kiara como zombies que huelen carne fresca y siempre
llegan antes. Ella volvió a decirme un comentario insignificante y el corazón ya respondió
antes de que el cerebro terminara de procesar las palabras.
Así funciona este laberinto. No tiene salida.
Yo avanzo por el pasillo, doblo una esquina que me parece nueva, pienso que ahora sí, que
esta vez entendí el truco, que puedo dejarte ir, y cuando levanto la cabeza descubro que la
pared de piedra tiene la forma de tu cara. Entonces vuelvo a empezar. No desde el principio
del laberinto. Desde ella. Siempre desde ella.
Todavía no puedo mirar las ocho y diecisiete en el reloj del celular sin pensar que el
universo alguna vez intentó decirme algo que no llegué a anotar. La memoria no necesita
testigos para doler.
Hay algo profundamente injusto en que una persona pueda ocupar tanto espacio sin
siquiera rozarte la ropa. Ella ocupa mis canciones, las veces que fumo, mis insomnios, mis
silencios más largos, la cama vacía, las veces que salí de joda, donde fingí superarla
delante de mis amigos. Las canciones que escucho me hacen imaginar una serie de
infinitas situaciones imposibles, algunas lindas, otras horrorosas, pero lo cierto es que mi
corazón se acelera. Ocupa la frazada con la que me tapo cuando hace frío. Incluso ocupa
cosas que nunca viví junto a ella. Extraño recuerdos que no existen. Eso debería ser
físicamente imposible, pero el amor nunca respetó las leyes de la termodinámica. Me tiene
como un mogólico, un mogólico que la ama como nadie; lo saben todos menos ella. O tal
vez lo sabe y disfruta ver cómo me hundo. ¿Cómo puedo estar tan cerca y tan lejos a la
vez? Mis ojos la contemplan como una obra de arte, las palabras con ella tienen una
intención y un peso detrás de cada una. No hay nada de ella que no me enamore, caí
derretido hasta de sus errores. Que le termine de una vez y por fin pueda mecerme en ella.
Las persianas americanas de mi pieza dejan pasar la luz en tiritas. El sol corta la cama en
pedazos. Me hace acordar a las cebras. ¿Por qué las cebras tienen rayas? Para confundir a
los depredadores cuando corren juntas. Yo corro solo y no confundo a nadie.

Sección 3
El problema de perderla no fue perder un futuro. Fue perder la gracia con la que ese futuro
iba a ser contado. Mi memoria dejó de ser una biblioteca ordenada; ahora es un océano
donde los libros aprendieron a ahogarse y las páginas se leen únicamente cuando decido
hundirme a pulmón de noche. Hay algo profundamente obsceno en seguir respirando con
normalidad cuando el universo personal acaba de implosionar. El cuerpo continúa
insistiendo en sobrevivir, pide comida, pide aire, camina hacia el colegio; mi alma todavía no
firmó ese acuerdo de supervivencia. La esperanza es una enfermedad disimulada: me da
calendarios en vez de fiebre.
El último viernes me preguntó si realmente me había dolido lo nuestro. Estábamos sentados
en los bancos a la hora de geografía. Me miró con esa timidez ensayada, como si no
supiera el tamaño del cráter que dejó y se acomodo uno de los tantos anillos que tiene en
su mano derecha. Yo me reí, me acomodé y le dije: “Sí, más o menos, qué sé yo”. Qué
pedazo de mierda mentirosa. Nunca podría entender las veces que estuve de la cabeza
hablando de ella hasta que mis amigos me miraban con lástima, me decían "basta, gordo,
cortala, te hace mal" y cambiaban de tema porque estaban hartos de escuchar el mismo
monólogo. La cantidad de veces que estuve drogado, mirando el patio de Coghlan en la
casa de Lolo, cuando lo único que quería en todo el plano existencial era ser feliz con ella,
que me sacara de ese agujero. No puede entenderlo porque para mudarse a un país nuevo
hay que pedir visa, y ella se mudó a uno donde yo tengo la entrada prohibida. Detrás de sus
palabras ella quiere, algo sabe, no es inocente.
Esta vez mis manos no van a doler. Prometo no aferrarme a la soga hasta que me corte los
tendones y me sangre la piel como la última vez. Esta vez sí voy a conseguirlo, voy a volver
a enamorarla desde el subsuelo si es necesario, empezando de cero entendiendo todo lo
que dejamos atrás. Se está tornando raro no poder tener un trato distinto. Ahora parece que
nunca amanece. Ella volvió a mi vida, creo que nunca se fue. Y mis caras no le hacen
justicia a todo lo que quiero con ella, no puedo detallarme, no hay margen de error.
Caí de nuevo en la arena movediza. Siento el barro en las rodillas, en la panza, en el cuello,
pero prometo salir, prometo estar con ella, prometo conseguir lo que tanto busqué. ¿Cómo
hago para borrarte si sos parte de mí? No hay quien me salve; si muero en el intento,
espero que sea en sus brazos, espero que ella haya visto lo que yo hice por ella. Espero
que entienda que nadie se puede parar al lado mío. Nadie te va a amar así, con esta locura
enferma que te quema el pelo si te acercás demasiado.
No puedo fingir lo que no soy, pero en este punto, me quebraré brazos y piernas para
moldearme como ella quiera. Si me pide que sea otra persona, me transformo. No me
importa el orgullo, el orgullo es para los que tienen a dónde ir a dormir tranquilos. Yo no
tengo nada. Solo quiero encontrarla en mi frazada, terminar de hablar las cosas. ¿Hacia qué
dirección va esto?
Ya no te provoco nada. Pienso en cómo todo se desgastó. Me mirás como quien mira un
cartel de publicidad viejo en la ruta. Un cartel que ya nadie lee porque el producto dejó de
fabricarse. Pero yo sigo acá, fijado al poste, oxidándome bajo el sol, esperando que el auto
frene. Al menos me gustaría irme sabiendo que lo intenté, sabiendo que no me guardé las
cosas.

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