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Kyusaku Yumeno

El infierno
de las chicas

Traducción del original japonés, epílogo y notas


a cargo de Daniel Aguilar

Q� saTORI
COLECCIÓN SATORI FICCIÓN - 6

PRIMERA EDICIÓN, mayo 2014

TÍTULO ORIGINAL: Shojo Jigoku j;-:t{±tMit Nandemo nai, fiiJ-C-t f�\,, ';
Satsujin riree, �A lJ v-; Kasei no onna, !k!J:.<T):t{

AUTOR: Kyusaku Yumeno

EDICIÓN EN ESPAÑOL: El infierno de las chicas

© SATORI EDICIONES
Todos los derechos reservados
C/ Perú, 12, 33213, Gijón, España
[Link]

Ilustración de cubierta: Thoughts ofSpring, Takato Yamamoto


© Takato Yamamoto/Uptight Co.,Ltd. 2014
[Link]

© de la traducción, notas y epílogo: Daniel Aguilar

Composición: Emiliano Molina ([Link])

ISBN: 978-84-941920-7-4
Depósito legal: AS-00244-2014

Impresión: Gráficas Rigel


Impreso en España - Printed in Spain

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución,


comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la
autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO
(Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún
fragmento de esta obra.
Indice

No tiene importancia. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
Asesinatos por relevos. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . III

La mujer de Marte . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 139


Epílogo
El infierno según Kyusaku
por Daniel Aguilar. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 225
No tiene importancia
A mi estimado Hidemaro Shirataka, de su servidor
Toshihira Usuketa.

Este humilde servidor tuvo el honor de conocerle y ad­


mirarle durante unos breves momentos en la pasada re­
unión del Koboku1 en el Marunouchi Club, y se licenció
en Otorrinología por la Universidad Imperial de Kyushu
en una promoción posterior a la suya. Desde primeros
de junio del pasado año de este 1933, he colgado el le­
trero de neón «Clínica Usuketa - Otorrinología» en el
barrio de Miyazaki, en Yokohama. Le ruego me disculpe
la impertinencia de remitirle esta estrambótica carta de
manera tan inesperada.
Yuriko Himegusa se ha suicidado.
Aquella muchacha, inocente, pura y delicada como su
propio nombre2 ha cometido suicidio maldiciendo el
,

nombre de usted y el mío. Mediante las fantasías sin fun­


damento que anidaban en ese pecho pequeño como el de
una paloma, la familia de usted y la mía por descontado,

1
El término Koboku hace referencia al año 1910. Según se ex­
plica varias páginas más adelante, se trata de una reunión de
profesionales de Medicina que comenzó a tener lugar en di­
cho año. Marunouchi es el nombre de la zona inmediatamen­
te situada en la salida oeste de la estación central de Tokio.
2
El nombre completo, traduciendo literalmente los ideogra­
mas de que se compone, sería «chica-de-los-lirios hierba-prin­
cesa» (o «brotecillo de hierba»).
pero incluso los periódicos de toda la capital, la Agencia
Metropolitana de Policía, y hasta los Tribunales de la
Prefectura de Kanagawa 3, se han visto convertidos en
materiales con los que tejer todo un paraíso de mentiras
que, sin embargo, ha terminado convirtiéndose en un
escalofriante y amenazador paisaje del infierno que se
ha aparecido ante ella misma, transformándose en un
pozo en el que su propia creadora ha debido enterrarse.
Y ahora, mediante su propia muerte, la existencia de ese
retrato del infierno ha sido endosada a otros como yo.
Qué espantoso resulta el mecanismo psicológico que
late en las fantasías del interior de una chica tan extraor­
dinariamente enigmática, en lo que a primera vista pare­
ce una sucesión de incidentes banales y sin importancia.
Este servidor siente un deber anómalo hacia usted de
explicar, diseccionar y analizar la manera en que ella se
aferraba a dicho mecanismo psicológico.
Y, encima, ese anómalo sentimiento de responsabili­
dad tan dificil de llevar a cabo ha recaído sobre mis hom­
bros de manera inesperada en la tarde de hoy, por obra
de un sujeto desconocido. Por ello, me permito ordenar
esto que podríamos llamar informe especial, de manera
que empiece con el inexplicable suceso de esta tarde con
ese sujeto desconocido.

Sucedió hacia la una de la tarde de hoy.


Me hallaba fatigado tras la operación a un paciente
con grave inflamación de la meninge, y estaba medio
tumbado en un sofá de la sala de espera aprovechando

3 Kanagawa es el nombre de la prefectura (equivalente a


nuestras provincias) situada al sur de Tokio, cuya capital es
Yokohama.

12
que por fin no quedaba ningún paciente. Cuando estaba
adormilado escuchando una confusa mezcla de ruidos
bajo la ventana desde la que se divisaban esos barcos del
puerto de Yokohama que dejaban oír su intermitente
sonido de sirenas, me sobresaltó el vibrar del timbre
de la puerta, tras el cual se deslizó silenciosamente una
oscura figura masculina.
Me levanté de un brinco. Ante mí se hallaba un hom­
bre con todo el aspecto de un detective privado salido de
una película extranjera. Debía de tener unos cuarenta y
cuatro o cuarenta y cinco años. El rostro era alargado, las
cejas gruesas y espesas, y la nariz alta y bien proporcio­
nada. Sus alargados ojos desprendían un fulgor negro
que transmitía astucia, todo lo cual daba la impresión
de un Sherlock Holmes a la japonesa. El aspecto general
de su piel presentaba, como la mía, una tonalidad oscu­
ro-amoratada, y su constitución era esbelta pero de gran
robustez. Vestía un elegante traje a la medida de color
negro, una gorra también negra totalmente nueva y
unos zapatos de charol igualmente negros, y portaba un
bastón de madera terminado en una cabeza de serpiente
plateada. Tras penetrar en la sala con este aspecto y aires
impecables, cerró la puerta cuidadosamente sin volverse
y, permaneciendo en pie, echó una escrutadora mirada
en derredor para comprobar que me encontraba solo. Y
a continuación, de pie ante mí, se descubrió cortésmen­
te la gorra que hasta entonces ocultaba cuidadosamente
esa cabeza un tanto calva e hizo una reverencia.
Despreocupado como soy, pensé que este recién llega­
do era un nuevo paciente y me puse en pie cordialmente
para recibirle.
-Adelante, tome asiento -le dije indicándole una
silla de tapiz jacobino-. Yo soy Usuketa.

13
Sin embargo, el caballero permaneció inmutable, pa­
rado como una fría y oscura sombra ante mí. Entrecerró
levemente los ojos y se limitó a poner una expresión que
parecía significar «lo sé todo», continuando sin soltar
palabra. Poco después, su mano azulada y vellosa se
introdujo en el bolsillo interior de su chaleco, de donde
tras rebuscar un instante, extrajo un papel del tamaño
de una tarjeta postal. Mirándome significativamente,
colocó la tarjeta en una mesita y la empujó hacia mí.
Ante esto, ridículamente, me dio por pensar: «Vaya,
así que ha venido un paciente mudo...» mientras recogía
el tarjetón. Inesperadamente, se hallaba escrito con una
letra deficiente, que parecía hecha por un niño, pero
claramente podía leerse «¿ Sabe usted a dónde se ha ido
Yuriko Himegusa?».
Estupefacto, levanté la mirada hacia el hombre. Debe­
ría de tener cerca de un metro setenta de estatura.
-Aah, ya veo... pues la verdad es que no lo sé. Como
se marchó sin decir nada... -le contesté enseguida.
Pero, en ese instante, me dije repentina e instintiva­
mente: «Ajá, este hombre ha sido enviado aquí por la
propia Yuriko Himegusa. Ha venido para chantajearme
de alguna manera», por lo que inmediatamente tomé la
decisión de mandar todo a la mierda y que pasase lo que
pasase. Sin embargo, no dejé que esta decisión se refle­
jase en mi rostro y, aparentemente, seguí con el aspecto
inocente de un médico vulgar sin más interés que su
clínica. Por fortuna, no conocía el paradero de Yuriko Hi­
megusa. Algo en mi interior me indicaba que si hubiera
dicho que lo conocía, indudablemente mi interlocutor se
aferraría a ello para amenazarme de algún modo.
Durante algo más de diez segundos, el caballero que
tenía ante mí fijó sus penetrantes y fríos ojos negros en
mi cara de manera implacable, escudriñando, hasta que,
finalmente, rebuscó en el interior de su chaleco y sacó
un sobre blanco, que colocó ante mí ceremoniosamente.
Con una suave sonrisa que parecía decir: «Vea usted
esto, por favor... ».
Dentro del sobre blanco había unas hojas de papel
corriente, pero la escritura era, sin lugar a dudas, la del
lápiz de Yuriko Himegusa, que en algunas partes estaba
feamente borrosa, y que en otras aparecía temblorosa,
provocando una inquietante sensación de desasosiego.

Dr. Shirataka
Dr. Usuketa
Voy a suicidarme. Para evitar causarles ningún proble­
ma a los dos, voy a cometer suicidio en una de las habi­
taciones para los pacientes de la clínica ginecológica del
Dr. Mandara en Tsukiji. He pedido al Dr. Mandara que
haga aparecer mi muerte como el resultado de un paro
cardíaco debido a una infección de difteria mientras me
hallaba hospitalizada por una enfermedad de los ovarios.
Dr. Shirataka, Dr. Usuketa
El cariño que ustedes dos me han dispensado y la grati­
tud que siento hacia sus esposas -porque, a pesar de que
yo fuera receptora de aquel cariño suyo, no han sentido
odio hacia mí, sino que me han tratado afectuosamente,
como a una auténtica hermana- es algo que no podré
olvidar ni después de muerta. Por eso, para pagar aunque
sea una milésima de ese deber contraído hacia sus esposas,
me suicido de esta manera furtiva. A partir de ahora, mi
pequeña alma se convertirá en protectora eterna de la paz
de sus hogares.
Una vez que expire mi último aliento, se cierren mis ojos
y se sellen mis labios, todas aquellas verdades que he visto y
oído se convertirán en mentiras sin rastros, y creo que am­
bos podrán disfrutar de la paz de sus hogares en compañía
de sus fieles y bellas esposas, sin más preocupación.
Yuriko, que ha cometido tan terrible, terrible falta.
Yuriko Himegusa ha perdido la esperanza en este mundo.
¿ Qué esperanza puede haber en este mundo en que
dos personas de condición y renombre tan elevados como
dos doctores de la respetabilidad de ustedes no creen en
mi sinceridad? ¿ Cómo puede merecer la pena vivir en un
mundo donde las palabras de aquellos que tienen una res­
petabilidad y posición social, aunque puedan ser falsas, se
aceptan por verdaderas, y las palabras de una chica pura
que nada conoce, aunque sean verdaderas, se toman por
mentiras?
Adiós.
Dr. Shirataka, Dr. Usuketa
La pobre Yuriko está a punto de morir.
Por favor, queden ustedes tranquilos.
A 3 de diciembre de 1933.

Esta carta es una copia del original que entregué


al Sr. Tamiya, Jefe del Departamento Especial de In­
vestigación, y que tomé porque quería mostrársela a
usted. Cuando la leí por primera vez, conseguí no sentir
emoción alguna por ello. Mantuve mi expresión entre
asombrada y ajena, y devolviendo despreocupadamente
la mirada a esos ojos penetrantes, pregunté:
-¡Ah!, entonces ¿usted es el Dr. Mandara que se
menciona en la carta?
-Así es.
Por primera vez mi interlocutor abría la boca. Era una
voz seca y profunda.
-¿Ya ha dispuesto del cadáver?

16
-He hecho incinerarlo y conservo las cenizas, pero
ya han pasado tres días desde la muerte.
-¿Ha seguido usted las indicaciones que pedía Hi-
megusa en su carta?
-Así es.
-¿Qué utilizó para suicidarse?
-Falleció por inyección intracutánea de morfina.
Pero no sé de dónde la obtendría.

Al llegar a este punto, escudriñó de nuevo mi rostro,


como buscando algún indicio que me traicionase, pero
continué manteniéndome inexpresivo.
El brillo de los ojos del Dr. Mandara se suavizó. Sus
labios, un tanto curvados, se movieron ligeramente.
-Fue el mes pasado, el 21 de noviembre. La Srta.
Himegusa ingresó en mi clínica debido a una grave
inflamación de la membrana interna de los ovarios pero,
poco después, presentó una infección de difteria de la
que al parecer se había contagiado fuera, antes de ingre­
sar. Cuando pensaba que por fin se había curado...
-¿No pidió usted que la viese un especialista en oto­
rrinología?
-No, para algo del calibre de una inyección contra la
difteria no hace falta un especialista y se puede aplicar
en nuestra clínica.
-Ya veo...
-Cuando pensaba que por fin se había curado de
aquello, la noche del día tres de este mes, después de
que le tomaran la temperatura por última vez en la ronda
habitual de las doce, parece que se inyectó por sí misma
la morfina. El día cuatro... sí, eso es, la mañana de hace
tres días, la enfermera la encontró bajo las sábanas con
el cuerpo ya frío.
-¿No había nadie cuidando de ella en la habitación?
-No, como ella misma dijo que no necesitaba a
nadie...
-Naturalmente.
-Estaba tan perfectamente maquillada, con su colo-
rete y lápiz de labios, que resultaba difícil de creer que
uno estuviera ante un rígido cadáver, y hasta mantenía
esa leve sonrisa que presentaba cuando vivía. Realmente
me produjo un sentimiento de pavor. Este papel con sus
últimas palabras se hallaba debajo de la almohada...
-¿Se le hizo un peritaje forense?
-No.
-¿Cómo es eso? ¿No supone una infracción del regla-
mento médico?
Mi interlocutor me miró tranquilamente a los ojos.
Soltó una fría risita, típica de un canalla.
-Pues porque si se hubiera hecho un peritaje fo­
rense, se habría corrido el riesgo de que saliera a la luz
el contenido de esta carta. Hay una cosa que se llama
simpatía hacia los colegas de profesión...
-Ya entiendo. Gracias. Por lo que veo, cree usted en
las palabras de Yuriko, ¿verdad?
-No puedo creer que una mujer tan bonita como
ella muera sin ningún motivo. Sin algún motivo muy
fuerte...
-Es decir, que usted cree que entre ese hombre
llamado Shirataka y este servidor, hemos convertido a
Yuriko Himegusa en un juguete sexual, y por si fuera
poco y sin ninguna consideración, la hemos empujado
al suicidio, ¿no es eso?
-Bueno, sí, en realidad digamos que he venido a
preguntar si tal cosa es cierta o no. Pensé que era mejor
que el asunto no se desbordase...

18
-¿Es usted pariente de Yuriko Himegusa?
-No, no tengo nada que ver con ella. Sin embargo...
-Ah, vaya, vaya. Pues entonces, usted, al igual que
nosotros, es una más de las víctimas. Ha sido usted
engañado por Himegusa, quien además le ha hecho
cometer una infracción del reglamento médico.
De repente, el rostro de mi interlocutor se crispó con
una maldad demoníaca.
-¡Insultante! ¿Qué pruebas tiene usted?
-¿Pruebas, dice? Si llamamos a la otra víctima, ense-
guida lo verá claro.
-Pues llámela. ¡Es vergonzoso! Mancillar de esa
manera la última voluntad de una muerta tan inocente
como ella.
-Bien, entonces ¿puedo llamar a la otra persona,
verdad?
-Desde luego. Cuanto antes, por favor.
Levanté el auricular del teléfono que tenía sobre la
mesa y pedí comunicación con la oficina del Gobierno
Prefectura! de Kanagawa, donde me pasaron la llamada
al jefe del Departamento de Investigaciones Especiales.
-Ah, ¿es el Jefe del Departamento, el Sr. Tamiya?
Aquí Usuketa. El Dr. Usuketa, de la Clínica Usuketa.
Disculpe las molestias que le causé la vez pasada con
el asunto de Himegusa. ( ... ). Bien, iré al grano, verá...
lamento mucho molestarle en sus ocupaciones, pero
¿no podría venir cuanto antes a mi clínica? Ya sé dónde
está Yuriko Himegusa. ( ... ). No, no, está muerta. En
cierto lugar ... la verdad es que ha aparecido una nueva
víctima de Yuriko Himegusa. ( ... ) No, no, esta vez es
auténtica. El alcance del daño es bastante grave. Se trata
de un caballero llamado Dr. Mandara, que tiene una clí­
nica en Tsukiji ( ... ). Así es, así es. ( ... ). Nunca había oído

19
hablar de dicha clínica, pero... ( ...). Está aquí porque se
ha tomado la molestia de venir a propósito a mi clínica
para explicarme que ha caído en la típica representación
teatral en que era maestra la chica, y que le ha llevado a
infringir el reglamento médico. Dice que guarda las ce­
nizas del cadáver de Yuriko Himegusa tras suicidarse...
( ...). Así es, así es. Es una historia disparatada, pero es
la verdad. Está aquí conmigo, en la sala de espera. Dice
que quiere verle a usted sin falta... ( ...) ¡Eh! Oiga, oiga.
( ...). ¡Oiga, oiga! ( ...). El Dr. Mandara ya se marcha. Ha
recogido su sombrero y su bastón y sale a toda prisa.
Sí, sí, acaba de salir. En estos momentos, una valerosa
enfermera ha salido apresuradamente a acompañarle
hasta la puerta. Espere un momento, por favor. Voy a ver
hacia dónde ha ido y le informo( ...). ¿ Eh? ¿Que cómo va
vestido? Para decirlo en una palabra, va vestido con un
elegante traje negro. Medirá unos 170 cm. Delgado, con
un tono de piel negro-azulado, con aspecto de elegante
caballero extranjero. ( ... ). ¿ Eh? La carta que traía para
chantajearme la ha olvidado aquí.( ...). Sí, eso es. Parece
que se sobresaltó por esta llamada. Sí, sí. ( ...). ¿ Eh? Ah,
comprendo. Entonces, por favor, pase por aquí en el
camino de regreso porque todavía tengo más cosas que
contarle.( ...). Realmente lo siento mucho( ...). Disculpe
las molestias. Adiós.

A pesar de la rápida actuación del Inspector Jefe Mi­


yata, parece que finalmente el Dr. Mandara no pudo ser
atrapado, y llegó la noche sin que todavía llegara ningún
tipo de comunicación. Por tanto, todavía no es posible
aventurar con certeza cosas como qué clase de relación
mantuvo con la chica, qué tipo de persona era, cómo
consiguió el escrito que ella dejó antes de morir, desde

20
cuándo y hasta qué punto anduvo a la sombra de ella, o
si seguía o no sus instrucciones.
Sin embargo, el Inspector Jefe Miyata, en su camino
de vuelta hacia la oficina de la Prefectura de Kanagawa,
pasó por mi hospital para escuchar las novedades que
yo pudiera ofrecer sobre el caso de Yuriko Himegusa,
y por lo visto concluyó enseguida que este no era un
caso sencillo, dando a entender que tenía la intención de
trasladar las competencias a Tokio, por lo que creo que
en un futuro no muy lejano se aclararán las verdaderas
circunstancias en tomo a su muerte. Pero antes de espe­
rar a todo eso, siento la responsabilidad de comunicarle
a usted cuanto antes toda la verdad que yo conozco con
relación a ella con objeto de que pueda tenerla en cuenta
para entonces. Por ello, con decisión firme, empuño la
pluma para redactar este texto. Hasta ahora la vergüenza
me había hecho dudar a la hora de hablar sobre este
asunto, pero... No, no. Más bien, el que hasta ahora no
haya podido encontrarme con usted de alguna manera,
es posible que se haya debido a que la espantosa habili­
dad de esa extraña chica llamada Yuriko Himegusa ha
mantenido mi cerebro paralizado...

Antes que nada, lo primero que quisiera dejar claro


es que ella... esa inocente muchacha que dice llamarse
Yuriko Himegusa, es, sin ninguna duda, aquella «mu­
jer misteriosa» a la que se aludía en grandes y vistosos
titulares de la edición especial del periódico Toto que se
publicó hacia el mes de marzo de la pasada primavera.
Creo que puede intuirse que el hecho de que hoy yo
haya explicado esta certeza mía al representante de la
Fiscalía antes citado ha sido determinante para que lle­
gase al punto a la conclusión de que este no era un caso

21
sencillo y haya decidido por ello trasladar la competencia
de la investigación a Tokio. Puede que usted lo recuerde,
pero según aquel artículo de periódico, para evitar que
se descubriera su encuentro secreto con un ¿amante?,
ella telefoneó al puesto de policía más próximo al lugar
con objeto de alejar de allí a los agentes.
«Soy una chica inocente, a la que han secuestrado y
tienen encerrada en la casa de ******** en ********.
Quieren hacerme algo terrible, pero he conseguido
aprovechar un momento de distracción para hacer esta
llamada. ¡Sálvenme, por favor! ¡Sálvenme, por favor!».
Con voz apresurada, entrecortada, daba este tipo de
avisos con gran verismo, haciendo que el coche patru­
lla se desplazase a lugares completamente apartados.
De esta manera, realizó varias llamadas, provocando
cada vez el correspondiente revuelo, por lo que se llegó
a la conclusión de que se trataba siempre de la misma
persona, con gran enfado de la Policía y gran regocijo
de los periodistas. Esta es la realidad sobre aquellos
sucesos.
Que este genio de la mentira más audaz y disparatada,
para quien no existen adjetivos capaces de definirle, es
esa misma mujer que le mantuvo a usted preocupado y
que hasta hace nada correteaba por mi clínica vistiendo
una bata blanca, es algo que, a fecha de hoy, ya ha sido
reconocido por la persona que ejercía de garante suyo.
Además, el motivo por el que dicha persona ha declara­
do estos hechos es que profundizando en la condición
psicológica de esta chica, no queda sino admitir tal he­
cho. La Policía tampoco guarda ya la menor brizna de
duda sobre esta cuestión.
Con todo, ¿cuál sería el motivo que llevó a una sim­
ple chica como ella a sumirnos a nosotros dos en una

22
inexplicable y desagradable situación en la que estando en
un mundo en el que se han desarrollado tanto las comu­
nicaciones y los transportes, y viviendo nuestras familias
una tan cerca de la otra como es el caso de Tokio y Yoko­
hama, durante un largo tiempo hayamos estado el uno
desconfiando del otro e intentando vernos sin que haya­
mos podido encontramos nunca? Una situación que, por
si fuera poco, le ha llevado a ella misma a que su propio
destino se hunda sin remedio hasta lo más profundo...

Las páginas que siguen están redactadas a modo de


informe a partir de extractos de mi diario. Por ello, se­
guramente hay partes que se superponen con recuerdos
que usted guarde de algunas situaciones relativas a la
chica. Por otro lado, puede que haya también algunos
puntos que le ofendan. Por último, debido al estilo do­
cumental en que está escrito, he decidido prescindir del
lenguaje de cortesía, por lo que en algunos momentos
las palabras pueden parecer algo rudas, pero le ruego
que prosiga la lectura sin tomárselo a mal. Comprenda
usted que he escogido conformar el texto a base de los
apuntes de mi diario tal y como los escribí entonces por­
que me gustaría transmitir de la forma más directa y fiel
posible mis sentimientos de aquellos días.
Fue el pasado 31 de mayo de 1933 cuando Yuriko
Himegusa apareció en mi hospital, al atardecer del día
anterior a su inauguración. Vestía un kimono sencillo
pero precioso, acompañado de un parasol color cobalto
y unas zapatillas nuevas de fieltro, y llevaba una especie
de cesto. Con tal aspecto, se presentó en el recibidor,
con aire abatido.
-¿ Por casualidad no necesitarán ustedes una enfer­
mera?

23
Mi esposa Matsuko y mi hermana mayor, que en ese
momento estaban en medio de una confusa conver­
sación con el encargado de los muebles acerca de su
disposición en la sala de los reconocimientos médicos,
quedaron admiradas de su valor. Justo habían comen­
tado que con las dos enfermeras recién contratadas a
lo mejor no sería suficiente, por lo que al momento le
hicieron pasar a la salita de espera de los pacientes, y
junto conmigo procedimos a entrevistarla probando con
algunas preguntas.
-¿Ha venido usted por el anuncio del periódico?
-No. Vi el letrero anunciando la apertura del hospital
por el cristal de la ventanilla del tren y me bajé en la
estación para venir aquí.
-Ya veo. ¿ De dónde es usted?
-De la ciudad de H4, en la prefectura de Aomori.
-¿Sus padres viven allí?
-Sí, somos una antigua familia de H.
-¿A qué se dedican sus padres?
-Tienen una bodega de fabricación y venta de sake.
-Vaya... entonces, disculpe la pregunta, pero, su fa.
milia debe estar económicamente bien situada, ¿no?
-Sí, bueno, tampoco demasiado, pero... Mis padres y
mi hermano mayor estaban en contra de que yo viniese
a Tokio, pero yo quería labrar por mí misma mi desti­
no, y además no podía aguantar mis ganas de trabajar
como enfermera.
-Entonces, ¿ahora ya no mantiene ningún contacto
con sus padres?

4 En aquella época, la única ciudad de Aomori que comenzaba por


H era Hirosaki, por lo que el formalismo de ocultar los nombres
reales tan habitual en Japón no encierra mucho sentido.
-Nada de eso, mantenemos correspondencia por
carta frecuentemente. Además, después de que viniera
yo, mi hermano mayor también decidió probar suerte
en Tokio y ahora está de aprendiz en las oficinas de una
empresa de productos enlatados en el Edificio Marus.
-¿ En qué colegio se licenció usted?
-En la Escuela Prefectura! Femenina de Aomori.
-¿Tiene usted experiencia como enfermera?
-Sí. En cuanto terminé mis estudios, empecé a tra-
bajar en la Sección de Otorrinología del Hospital de la
Universidad K de Shinanomachi6 • Hasta ahora...
-¿Por qué ha dejado usted ese trabajo?
-Es que... hubo muchas cosas desagradables.
-Cosas desagradables... ¿de qué tipo?
-Lo siento mucho, no puedo decirlo. El trabajo era
muy interesante, pero...
-Hmmm. ¿Tiene usted algún garante?
-Pues... tengo una tía que trabaja de peluquera en
Shitaya, a la que le he pedido el favor. ¿No serviría?
-¿Por qué no ha recurrido a su hermano?
-Mi tía tiene más experiencia en los asuntos mun-
danos de la sociedad, y como hasta ahora he estado en
su casa... Hoy mismo, ha sido mi tía la que me ha dicho
que no me esté parada en casa y salga a deambular por
la ciudad a ver si encuentro algún buen trabajo.

5 El Edificio Maru, que tras varias demoliciones y reconstruc­


ciones existe todavía hoy, se halla enfrente de la estación
central de Tokio.
6 Shinanomachi se halla en el centro de Tokio, un poco más al
norte del Palacio Imperial y la Universidad K es, indudable­
mente, la prestigiosa Universidad Keio. De hecho, en una de
las· últimas páginas, el propio autor se traiciona y escribe el
nombre completo en un descuido.
-¿Cómo se llama usted?
-Mi nombre es Yuriko Himegusa.
-Yuriko Himegusa... ¿y su edad?
-Diecinueve años y dos meses. ¿Me dará usted
empleo?
Sin más fundamento que este simple intercambio
de preguntas y respuestas, tomamos la irremediable
decisión de contratarla. No se trató solamente de mí.
Tanto mi esposa como mi hermana quedaron también
totalmente atrapadas, como con el espíritu succionado,
por esa chica que valerosamente luchaba contra su
lastimoso destino, y que con un cesto colgado del brazo
deambulaba por la ciudad en busca de trabajo... Como
una candorosa paloma, de brillantes y claras pupilas
castañas, con una actitud conmovedora como la de un
pajarito al que hubieran arrojado contra el suelo y que
estuviera pidiendo ayuda...
Ríase, ríase de mi sentimentalismo barato. Solo con
leer esta serie de preguntas y respuestas, cualquiera se
dará cuenta de que existen varias contradicciones en
cuanto a las circunstancias de esta chica y varios pun­
tos inquietantes. Uno se da cuenta claramente de que,
como mínimo, antes de tomar la decisión de contratar­
la, era de sentido común haber telefoneado a la sección
de Otorrinología del Hospital de la Universidad K y
haber aclarado toda una serie de cuestiones en torno a
ella. Sin embargo, en aquel momento no percibimos en
lo más mínimo la ligereza de nuestra decisión. No po­
demos negar que, para nosotros, la absorbente inocen­
cia que emanaba de su aspecto y su manera de hablar,
produjeron una faceta de aguda compasión por ella,
un cierto romanticismo que de alguna manera trastocó
cualquier tipo de sentido común en relación con los
muchos peligros reales que probablemente envolvían
tanto a ella como a su entorno.

Al día siguiente, mi esposa y mi hermana mantenían


la siguiente conversación:
-Escucha, hermana. Si por un casual finalmente esa
chica no funcionase bien como enfermera, la podríamos
utilizar como doncella, ¿verdad? Es que da tanta pena...
-¡ Qué casualidad! Si yo pensaba consultarte lo mis­
mo a ti... Además, con el tiempo aumentarán las visitas.
Lo cual muestra hasta qué punto se habían sentido
ilusionadas con ella.
Y no es solo eso. Además, hay otra cosa. Supongo que
podemos decir que se trata de un tipo de deformación
profesional por mi parte. La primera vez que la vi, lo
primero en que me fijé fue en el caballete de su nariz.
Ella, de ninguna manera poseía las facciones de lo que
llamamos una belleza. Más bien puede decirse que los
ojos y la nariz eran de un nivel regular y, aunque su
piel era bastante clara, su estatura era algo inferior de
lo normal, ya que apenas sobrepasaría los 150 centíme­
tros. Por otra parte, la nariz, que caía en el centro de su
cara, era baja y producía la impresión de que los ojos y
la nariz se encontraban muy separados, todo lo cual le
daba una indiscutible apariencia de buena persona, de
carácter inocente.
En el momento en que eché la primera mirada sobre
ese rostro, me entraron ganas de llevar a cabo una ope­
ración de cirugía rinoplástica. Inyectando esta cantidad
de parafina aquí, su nariz alcanzaría una altura más o
menos así. Pensé que la terminación de su nariz era ex­
traordinariamente fácil de operar, ya que no parecía que
estuviera firmemente adherida al hueso nasal. Es una
realidad innegable que esta estúpida fascinación surgida
de un tipo de deformación profesional mía se agitaba en
el fondo de mi estado de ánimo a la hora en que tomé la
decisión de contratarla.
Este propósito mío al poco tiempo se vio deslumbran­
temente cumplido. Antes de que pasara una semana de
haber sido contratada para mi centro médico, de repente
se vio convertida en una preciosa muchacha que corre­
teaba por los pasillos del hospital, a la que se hubiera
podido tomar por otra persona. Aseguro que de ningún
modo estoy haciendo aquí propaganda de mi hospital,
pero el resultado de la operación de cirugía nasal que
llevé a cabo en ella me sorprendió al superar todas mis
expectativas. Cuando la mañana siguiente a la operación
que le practiqué, la vi aparecer sonriente con un maqui­
llaje suave y diciendo « ¡ Buenos días!» . . . sentí que había
hecho algo tremendo. La había convertido en una gran
belleza, y sentí una mezcla de temor y estupefacción.
Sin embargo, no se acabó aquí la extraordinaria sor­
presa que nos llevamos con ella. No es ya que no se le
pudiera poner ninguna pega como enfermera, sino que,
aun teniendo en cuenta la habilidad que hubiera podido
adquirir durante su periodo en el Hospital de la Univer­
sidad K, descubrimos que realmente poseía un auténtico
talento para dichas tareas, lo cual nos hizo chasquear la
lengua de admiración desde lo más hondo de nuestros
corazones.

Al poco tiempo de haber empezado a trabajar en mi


hospital, durante una operación de sinusitis en el seno
maxiliar superior que hice a un caballero de mediana
edad, ejerció por primera vez como mi ayudante y re­
buscaba entre los resquicios de esos dedos míos que se
movían afanosamente, introduciendo sin descanso en el
abierto labio superior del anestesiado paciente el algo­
dón hidrófilo y limpiando la sangre que brotaba para que
en todo momento yo pudiese ver bien el lugar del corte.
Sentí una admiración casi estremecedora por la experta
viveza y práctica que demostraba con su habilidad. Me
hizo experimentar la profunda sensación de que incluso
una enfermera que durante varios años hubiera estado
de asistente en operaciones quirúrgicas, muy raramente
presentaría una viveza de movimientos como esta y una
sensibilidad tal para percibir al momento lo que el ciru­
jano desea.
Pero por encima de todo, ¡qué maravillosa era la
comprensión que como enfermera demostraba hacia los
pacientes de un hospital recién inaugurado! ¡Y el agrade­
cimiento que mostró toda mi familia hacia ella por eso!
Y también por eso mismo, ¡qué cantidad de trabajos del
hospital dejamos completamente en sus manos hasta
un punto que quedaba fuera del sentido común! Y de
esta manera, lo cierto es que nadie podría imaginar has­
ta qué extremo con nuestra actitud le permitimos una
total libertad de movimientos a esa «mujer misteriosa»
en su particular estilo de actuar.

Desde que inauguré mi hospital, decidí, como hubie­


ra hecho cualquiera, distribuir el trabajo según la hora.
Así, dispuse que desde las diez de la mañana hasta la
una y desde las tres de la tarde hasta las seis, sería el
horario de consulta y tratamiento y, pasadas las seis,
regresaría a mi casa de la Cuesta de los Arces, muy
cercana, para cenar con mi familia. Sin embargo, como
responsable natural por tratarse de mi hospital, si nada
más llegar a casa resultaba que algún paciente sufría
alguna molestia, por insignificante que fuera, ensegui­
da recibiría un aviso para pedirme que regresase. Por
otra parte, desde un principio estaba hecho a la idea de
que siempre habría algún paciente caprichoso que se
negase a entrar en razón y que me llamarían más de
una vez a esas horas de la noche cerrada en que hasta la
hierba y los árboles están durmiendo. No hay duda de
que esto es algo que a título particular incomoda mucho
a cualquier médico pero, en la medida de lo posible,
uno busca emplearse a fondo en ello. Hay que esforzar­
se en atender con amabilidad, se dice uno a sí mismo.
Incluso había descubierto que para la mayoría de los
pacientes el objetivo de ser hospitalizado no era tanto el
ser curado de sus enfermedades como aliviar el dolor,
por lo que aguardaba dispuesto a que me avisaran en
cualquier momento. Y, sin embargo, desde que inau­
guré el hospital, no recibía ni un solo aviso, por lo que
poco a poco comencé a sentirme extrañado. Pensé si a
lo mejor era porque en casa todavía no habían termina­
do de instalar la línea telefónica, pero aun así resultaba
extraño, por lo que comenté el asunto con mi hermana
y esposa. Pero el misterio se resolvió pronto. Cuando
comencé a prestar más atención al asunto, terminé
dándome cuenta de que todo se debía exclusivamente al
trabajo de Yuriko Himegusa.

Cuando por ejemplo comenzaban a pasarse los efec­


tos de la anestesia, o cuando el paciente se empezaba
a quejar de los dolores post-operatorios , o cuando se
producían dolores relacionados con la subida y bajada de
fiebre según la constitución del enfermo paciente, Yuri­
ko poseía la amable intuición propia de las enfermeras.
Pero no, no, mucho más agudizada todavía. Al parecer,
siempre que el paciente estaba a punto de pedir algo, ella
lo presentía y se adelantaba para prestarle alivio; de vez
en cuando y por propia iniciativa se aplicaba a limpiar o
lavarles oídos y nariz y, ya el colmo, sin avisarme a mí les
inyectaba morfina o algún otro tipo de calmante para el
dolor. Descubrí por la evolución posterior de los hechos
que también había llegado a practicar anestesias, pero,
aun así, por lo visto los pacientes estaban muy contentos
con todo ello. Por supuesto, hay que reconocer que ese
proceder suponía una extraordinaria ayuda para mí.
Sin embargo, la cosa no quedaba ahí.
El encanto que ella poseía de nacimiento era cierta­
mente algo que iba mucho más allá de la cuestión hom­
bre-mujer o adulto-niño. Frente a esto, mi familia no
encontraba más palabra que «admirable» para calificar
el respeto que sentían por su habilidad.

Tratar a los viejos como viejos, a los niños como


niños, a los hombres como hombres y a las mujeres
como mujeres, dicho así, es algo que parece simple y sin
importancia, pero escuchar con amabilidad los detalles
de la enfermedad de todos estos tipos de pacientes,
conseguir que depositen su confianza en mí como direc­
tor del hospital, que se sometan con tranquilidad a los
análisis y operaciones quirúrgicas o hacer que acepten
despreocupadamente ser hospitalizados . . . En ocasiones,
incluso convertirse en fiel oyente de las circunstancias
privadas de cada familia, compadecerse de ellos, darles
ánimo y consuelo hasta que felizmente reciben el alta
y abandonan el hospital. . . Una destreza tal, en absoluto
quedaba al alcance de la gente normal como nosotros.
Desde los ancianos nerviosos y de temperamento com­
plicado hasta los niños más traviesos, todos repetían

31
«Himegusa-san», «Himegusa-san» y aunque había otras
dos enfermeras, era como si no existieran. Es un comen­
tario algo mezquino, pero la situación llegó a tal punto
que cuando los pacientes recibían el alta, antes de venir
a darme las gracias a mí, que soy el director del hospital,
iban a dárselas a Yuriko Himegusa y en el caso de los ni­
ños, incluso se echaban a llorar y no querían marcharse.
«Quiero quedarme con Hime-chan»7 , decían, y no había
manera de hacerles entrar en razón. El resto de los pa­
cientes, tras ser dados de alta y abandonar el hospital, le
enviaban largas, muy largas, cartas de agradecimiento.
Hasta el punto de que mi hermana, que se encargaba
del mostrador de recepción y cobros, se quedaba con la
boca abierta comentando: «¿Pero habrá tantas cosas que
escribir como para pagar un sello de doce sen?».

Por añadidura, la sorprendente verdad (bueno, en


realidad supongo que es la consecuencia natural) es que,
gracias a ella, el número de mis pacientes aumentaba
a ojos vista. En este aspecto, paralelamente al hecho de
que la andadura de mi hospital se veía tremendamente
favorecida, tenía que mostrar un extremo agradecimien­
to a esa mujer que se hacía llamar Yuriko Himegusa
y que era a la vez como un maniquí de reclamo y una
mascota de la suerte. Cuando veía que este, ese y aquel
paciente que llegaban a mi modesto hospital para ser
atendidos, preguntaban uno y otro «Himegusa-san»,
«Himegusa-san» con el motivo que fuese, me sentía
como si fuese Yuriko Himegusa quien hubiera fundado

7 Chan es un diminutivo de san, partícula que se usa de mane­


ra similar a «señor» o «señora» (y que es lo que antiguamen­
te se traducía por «honorable»).

32
el Hospital Usuketa, y hasta alguien como yo que tenía
una cierta confianza en su capacidad como médico, se
veía abocado a reconocer con humildad la enorme habi­
lidad como relaciones públicas que ella demostraba.
Le pagaba un salario mensual de veinte yenes. De
ningún modo pensaba que este fuera un sueldo tan bajo
que rayase la ilegalidad, pero últimamente tuve que ad­
mitir que estaba en una situación en que debía recono­
cer su meritoria contribución, por lo que deliberé sobre
el asunto con mi esposa y mi hermana. Sin embargo,
en ese momento, justo cuando habíamos llegado a esta
situación, sucedió algo extraordinario e inexplicable, un
suceso incomparable que la envolvió en un remolino
que finalmente la llevó a sumirse en una catástrofe
como la que hemos visto ahora. Pero es que además, fue
ella misma quien sembró la semilla de esa catástrofe,
pues desde aquel día en que por primera vez llegó hasta
mi hospital rebotando de un sitio a otro y mantuvimos
aquel intercambio de preguntas y respuestas, ya se en­
contraba allí dicho germen.

Habíamos escuchado que su familia en la tierra


natal se dedicaba a la fabricación de sake y que eran
económicamente pudientes y, viendo a posteriori su
alegre carácter y candorosa actitud, no albergábamos la
menor sospecha de que no fuera así. Al poco tiempo de
llegar ella, ese hermano mayor del que había hablado
en la entrevista de trabajo vino en visita de cortesía al
hospital trayendo una gran cantidad de yokan negro de
la casa Kuraya8 • Pero, en realidad, eso sucedió después

8 El yokan es una barrita de pasta blanda de judías. En este caso


se trata de judías negras.

33
de que yo me hubiera marchado ya a casa, así que no
hubo nadie que viera físicamente a ese hermano. Jus­
tamente cuando terminaba de cenar en mi casa y me
hallaba pensando que me gustaría tomar algo dulce, me
pasaron la llamada de Yuriko Himegusa, que telefonea­
ba desde el hospital.
-Doctor, acaba de venir mi hermano para darle las
gracias. Como yo le había contado que a usted le gus­
taba, ha traído yokan de Kuraya ( . . . ). No, ya se ha ido.
Es que ha dicho que no le quería molestar si ya estaba
usted de descanso en casa. Le manda a usted saludos.
¿Quiere que le lleve el yokan a casa?
-Sí, gracias. Tráigamelo enseguida -le contesté.
Posiblemente, si alguna vez me han tomado el pelo,
creo que esta es la ocasión más evidente en toda mi vida.

No tardó sino unos días en llegar un envío con un


barrilito de encurtidos al estilo de Nara y nueve litros
de sake que, según ella y como era de prever, procedían
de su hogar natal. Por lo que decía, había sido remitido
por sus padres y, como la vez anterior, el envío había
llegado al hospital después de que yo me marchase a
casa, por lo que lo recibió ella, que se había quedado
de guardia. Luego, sudorosa, había cargado con las
botellas de sake y el barrilito hasta mi casa. No había
pegada ninguna etiqueta que indicase la marca y en
su lugar solo tenían adherido un tosco papel orna­
mental de regalo con aspecto rústico. Probé un sorbo
y despreocupadamente dije: «Hmm . . . No tiene nada
que envidiar al que se toma en Tokio. Y los encurtidos
son tan buenos como los que venden en los almacenes
Mitsukoshi». Y posiblemente, sin proponérmelo, di en
el clavo. Ella, que en esos momentos estaba recogiendo

34
las cuerdas con que venía envuelto el barril, enrojeció
y se volvió hacia el hospital a hurtadillas, como quien
sale huyendo.
En realidad, en esos momentos yo estaba profunda­
mente conmovido por la preocupación que mostraban
su hermano mayor y sus padres, cuidando por su felici­
dad, por lo que no me di cuenta en absoluto de lo furtivo
de su actitud. Mientras veía como se marchaba otra vez,
decía: «Y pensar que solamente le pago veinte yenes»,
corno una broma para ocultar mi turbación.
Ahora bien, hasta aquí realmente salió todo perfecto.
Si ella hubiera parado aquí, habría podido continuar
desenvolviéndose sin problemas, sin que se descubriera
su verdadero ser, y mi hospital no habría tenido por qué
perder aún su mascota de la suerte. Sin embargo, debe
ser que, como dice el proverbio, las cosas buenas siem­
pre van rodeadas de desgracias. Cuando parecía que el
impresionante talento natural que, de manera peculiar,
ella mostraba para mentir, empezaba a remitir su acti­
vidad, resultó todo lo contrario: entró en una ebullición
anormal que desembocaría en una situación inevitable.

El motivo por el que su extraordinaria genialidad


comenzó a sumir en una desagradable e incalificable
pesadilla a la familia del Dr. Shirataka de la Sección
de Otorrinología de la Universidad K y a la mía, muy
posiblemente le pasó desapercibido a ella misma y fue
un asunto realmente insignificante. Me da un poco de
vergüenza contarlo pero, debido a la buena marcha de
mi hospital, acabé volviendo a ser el alegre bromista de
mis tiempos universitarios. Soltaba uno tras otro facilo­
nes juegos de palabras, chanzas y bromas con las que
aliviaba a los deprimidos pacientes.

35
-Oye, oye. Tráeme el bisturí pequeño. El «bisturí»
pequeño9 • No hablo de ti, ¿eh? No te equivoques.
Y le decía a Himegusa cosas como esta, ante lo cual ella
se reía mientras se movía trabajando de un lado para otro.
-Pero Dr. Usuketa, ¡si es usted igualito que el Dr.
Shirataka!
-Ah, ¿sí? ¿Y quién es ese Shirataka? Vaya un tipo
más maleducado, que se parece a mí sin haberme pedi­
do permiso.
-Pero ¿ qué está usted diciendo, Dr. Usuketa? El
Dr. Shirataka es mucho mayor que usted y es Profesor
Ayudante en el Departamento de Otorrinología de la
Universidad K.
-Ah, lo siento, lo siento. ¿Te refieres a ese Dr. Shira­
taka? En ese caso, diría que es aquel que se graduó en la
misma universidad que yo.
-¿Ve usted? Ja, ja, ja. En el hospital de la Universidad
K, el Dr. Shirataka siempre estaba bromeando mientras
examinaba a los pacientes o practicaba operaciones y les
hacía reír mucho a todos. Una vez estaba practicando
una incisión en el tímpano y si el paciente hubiera movi­
do la cabeza al reírse, habría sido muy peligroso. Pero la
operación del doctor Shirataka fue tan maravillosamente
rápida que, antes de que el paciente tuviera tiempo de
sentir dolor, continuó riéndose. Hasta ese punto _se pare­
ce a usted en la forma de actuar.
Yuriko decía este tipo de cosas, que luego adornaba
poniendo mil y un detalles, con una adulación que so­
naba tan auténtica que no hace falta decir que conseguía

9 La palabra japonesa para «bisturí» y la palabra para «hembra»


son homófonas, aunque se escriben de manera diferente. De
ahí el juego de palabras.
satisfacer mi orgullo. Por supuesto que lo que ella
pretendía con esto era demostrar que procedía de una
familia pudiente y así ocultar su sombría y sórdida vida
pasada. Pero al mismo tiempo, se trataba de una historia
inventada con el mismo mecanismo psicológico del que
busca dar una satisfacción real a su volátil mundo de fan­
tasías, que no era más que un ejemplo concreto de una
parte de sus ficciones, en las cuales alguien que ostenta­
ba un cargo tan importante como el de profesor ayudante
del Departamento de Otorrinología de la Universidad K
depositaba en ella la confianza más absoluta. Sin embar­
go, ¿cómo iba yo entonces a darme cuenta de semejante
cosa? Al escuchar después de tanto tiempo el nombre de
ese Dr. Shirataka al que respetaba como al guien licencia­
do antes que yo en la misma universidad, se me abrieron
los ojos ante tan alegre sorpresa y le pre gunté a ella:
-¡Oh! ¿ Entonces el Dr. Shirataka continua ahora en
la Universidad K? No tenía la menor idea.
Ante lo cual ella, tranquilamente, o mejor dicho, con
jactancia, ahondó todavía más en la conversación sobre
el Dr. Shirataka.
-Sí, sí. Tiene fama de ser un cirujano estupendo.
No podría expresar con palabras el cariño con el que
me trató hasta que cambié a este hospital. Y su esposa,
realmente me trató como si yo fuese una auténtica hija
suya. Decía que me iba a buscar un novio de buena
familia con quien casarme, y me regaló muchos de sus
kimonos . Estos que visto ahora habitualmente fueron
unos que usaba ella de joven y que me dio porque dijo
que ya eran demasiado llamativos para su edad.
En esto, yo me dejaba llevar completamente por sus
palabras. Y, mentalmente, juntaba mis manos en una
señal de respeto hacia el Dr. Shirataka.

37
-Pero vaya . . . Si entonces ese Dr. Shirataka es aquel
gran tipo que se graduó en mi misma universidad ... Me
enseñó muchas cosas cuando estudiaba en la Universi­
dad de Kyushu, así que a lo mejor todavía se acuerda de
mí. Me has contado algo muy interesante. Me gustaría
encontrarme con él alguna vez.
-Claro, claro que sí. Seguro que se alegrará mucho.
Creo que en dos o tres ocasiones le mencionó a usted.
Sí, creo que dijo algo así como «Usuketa era un alumno
muy divertido».
-Eh . . . Bueno, es que era un poco travieso. ¿ Dónde
está su casa?
-En Shimo Rokuban, número 12. Su esposa es muy be­
lla y elegante, se parece a Takeko Kujo1º . Se llama Kumiko.
El profesor la trata con mucho cariño. Se llevan tan bien . . .
- J a, ja, ja. Bueno, bueno, sea como sea, u n día de
estos . . . incluso hoy mismo, ¿no les podrías telefonear de
mi parte y decirles que Usuketa desea verles?
-¿ Eh? Pero ¿no le parecerá una impertinencia que
una enfermera como yo le llame para intermediar?
-¿Y por qué iba a ser así? En el caso del Dr. Shirataka
no se trata de alguien que vaya por ahí dándose impor­
tancia.
Y de esa manera le pedí el favor a Yuriko Himegusa.
Con esos encantadores ojos un poco miopes, levantó
ligeramente la vista hacia mi rostro y, por algún motivo,
pareció un poco abatida. Acto seguido, volvió a bajar la
cabeza exhalando un leve suspiro. Podría pensarse que
su actitud demostraba un cierto rencor hacia mí, pero
en ese momento lo interpreté como un ejemplo de su

10 Takeko Kujo (1887-1928) fue una cantante que luego se con­


virtió en activa educadora y agente social.
p eculiar e inocente coquetería y no me pareció espe­
cialmente extraño.
-Pero es que yo... una simple enfermera como yo...
es demasiado descortés.
-¿Qué dices? ¿Qué más da eso? Aunque sea por me­
diación de una enfermera, el trato es de doctor a doctor.
Sé que el Dr. Shirataka no es alguien que se dé aires de
importancia ante una cosa así.
-Sí, bueno, eso es cierto, pero...
-Entonces, ¿qué problema hay? Es que me han en-
trado unas ganas tremendas de verle.
Ella se encogió de hombros con resignación, con cara de
«no queda más remedio», y, sonriendo con una extraña ex­
presión como si pareciera que se fuera a echar a llorar, dijo:
-Muy bien. Si usted cree que no hay problema en que
me encargue yo, en cualquier momento se lo presentaré.
-Sí, te lo pido. Hoy mismo, aunque sea por teléfono.
Hazme el favor de llamarle.
Ella mostraba una actitud apagada, extraña, que no se
correspondía con su ligero y alegre carácter de siempre.
Pero enseguida volvió a su despreocupada y activa ma­
nera de ser habitual, rebosando auténtica felicidad... Era
realmente como si considerase un gran honor que gra­
cias a ella el Dr. Shirataka y el Dr. Usuketa entablasen
relación, y dando saltitos correteó hacia la habitación
donde estaba el teléfono.
Mientras contemplaba esa alegre figura que se alejaba
dándome la espalda, ya no albergaba la menor sospecha
dentro de mí, y sin embargo, ¡qué gran error! En esos
momentos, ella no solo había conseguido engañarme,
sino que, al mismo tiempo, se había infligido a sí misma
una herida mortal, plantando con sus propias manos la
semilla de sus sufrimientos.

39
El Dr. Shirataka del que ella hablaba era en realidad
un Dr. Shirataka totalmente distinto de aquel que pin­
taba. En suma, su talento para la improvisación había
formado una imagen utilizándome como modelo, un
personaje de ficción creado a la medida para halagarme
y ser aceptado por mí de buena gana, y nada más. Y por
añadidura, haciéndome creer a mí que ese personaje de
ficción y ella se hallaban muy compenetrados, conseguía
aumentar la confianza que se depositara en ella. A la vez
que convertía al Dr. Shirataka en una especie de títere
para cimentar su propia posición en la sociedad. Y yo,
alegremente, me creí a ciegas en un ciento veinte por
cien la existencia de ese Dr. Shirataka en formato títe­
re... Y como me creí que era alguien de mi estilo, frívolo
y travieso, es por lo que, sin pensarlo demasiado, le pedí
a ella hacer una cosa como esa.·
Sin embargo, poco después, esta inexplicable capaci­
dad suya para la inventiva avanzó a pasos agigantados,
dando a luz una grotesca obra dramática que presentaba
todo el aspecto de ser cierta. Y es que ese Dr. Shirataka
del Departamento de Otorrinología al que el verdadero
Dr. Shirataka no conoce, llamó un buen día por teléfono
de la manera más desvergonzada.
Fue justo cuando habían pasado tres meses de la inau­
guración de mi hospital, el uno de septiembre de este
año, hacia las tres y media de la tarde, cuando saliendo
del cuarto del teléfono como una tromba, ella entró en la
habitación donde examinaba a los pacientes.
-¡Doctor, doctor! Le llama por teléfono el Dr. Shirataka.
En ese momento me hallaba atendiendo a un buen nú­
mero de pacientes, por lo que me di la vuelta con sorpresa.
-¿ Cómo? ¿Que me llama el Dr. Shirataka? ¿Y qué
querrá?
-Pero doctor ... ¿no fue usted quien me dijo hace
un tiempo que quería que intercediese para verse con
él? Por eso ayer le volví a telefonear para recordárselo.
Y le dije cuáles eran las horas en que estaba usted más
ocupado, pero, ya ve usted, se le ocurre llamar ahora...
-dijo ella frunciendo el ceño de manera encantadora
para mostrar su disgusto.
Se puede decir que esta depurada técnica que mostra­
ba para la interpretación era en verdad de una genialidad
específicamente suya. Poseía un realismo increíble. Tan
auténtica que no cabía el menor resquicio para dudar de
la estrecha relación entre ella y el Dr. Shirataka.
El hombre que estaba al otro lado del hilo telefónico...
el Dr. Shirataka que no era el Dr. Shirataka, tenía una
voz jovial, tal y como ella me había descrito, que rebo­
saba de buen humor. Y que, además, hablaba y hablaba
sin parar, sin dejarme prácticamente ocasión para que
yo dijese ni una palabra.
-¿Qué tal? ¿Eres Usuketa? Cuánto tiempo ... ¿Cómo
estás? Pero cuánto tiempo... ¿Qué tal te va el negocio? Sí,
sí. Ya me ha contado Himegusa. Me alegro. Sí, sí. La Hi­
megusa es buena enfermera, ¿eh? Aquí funcionaba tan
bien, que la jefa de enfermeras terminó por cogerle ma­
nía, ya sabes. Le echaron la culpa de algo tremendo, en
lo que en realidad no tuvo nada que ver, y consiguieron
echarla. Mi esposa también le tenía mucho cariño. Pero
ahora está muy contenta, por lo que me dice. Me llamó
dos veces, hace unos días y también ayer. Dijo que esta­
ba muy a gusto en tu hospital y que era un sitio donde
merecía la pena trabajar. Así me lo dijo. Sí, sí. Mi esposa
también se alegró mucho al escucharlo. Y es que para
ella era casi como una hija, del cariño que le tenía. Sí, sí.
Aunque fue un poco alocada al marcharse de Aomori tan

41
rápidamente con el deseo de convertirse en enfermera,
lo cierto es que parece que haya nacido para ello. No se
le puede hacer el menor reproche en cuanto a su trabajo.
Te lo garantizo personalmente. Trátamela bien, ja, ja, ja.
La verdad es que después de tanto tiempo, me apetece
mucho verte. ¿Qué tal? Supongo que todavía bebes alco­
hol, ¿no? Bien, bien. A propósito, ¿has oído hablar de la
reunión del Koboku que organizan los colegas médicos
de Otorrinología de Tokio? Sí, eso es. Ah, habías oído
hablar de ella cuando estabas en Kyushu. Es una reunión
que comenzó a hacerse en 1 91 0 , el año Koboku, claro ...
Sí. Eso es. Una reunión donde todos se juntan para recor­
dar viejas amistades, desahogar mutuamente sus cuitas
y beber a todo trapo. Es maravillosamente agradable. Ya
hay una fijada para el día tres del próximo mes. Se hace
en el Club Marunouchi, a partir de las seis de la tarde.
¿Por qué no vienes tú también? La cuota de participación
varía un poco según el día, pero no es un precio caro.
Tienes que venir, sí o sí. Ya, ya. Ya veo. Todavía no la
conozco, pero da saludos a tu esposa de mi parte.
Y mientras decía esto, se acabó el tiempo. Al colgar el
teléfono, ella estaba en pie justo a mi lado, con la cabeza
ladeada con aire encantador.
-Pero ... ¿ya ha colgado? Si yo también quería hablar
con él. .. ¿Qué le ha dicho?
Sus ojos brillaban con cierta inquietud.
-Pues . . . me ha dejado pasmado. Desde luego que es
un doctor terriblemente franco y directo al hablar. Pro­
nunciaba un poco con aire barriobajero.
-Ya lo creo que sí. Es una persona muy divertida.
Una vez que le referí el contenido de nuestra conversa­
ción, dio la sensación de tranquilizarse a ojos vista y volvió
a alejarse correteando feliz y dando saltitos por el pasillo.

42
-El Dr. Shirataka realmente es una persona maravi­
llosa, y tan sencillo... tan amable... Es un encanto.
Etcétera, etcétera, iba diciendo, con una voz que re­
bosaba emoción, a propósito para que yo lo escuchase,
pero entonces no percibí la menor anormalidad en ello.

Sin embargo, dos días después, por la mañana, nada


más llegar al lugar de trabajo, ella se plantó ante mí con
una cara inusual de mal humor, estrujando unas hojas
de papel en la mano, y con el cuerpo temblando de ma­
nera extraña. Frunciendo su delicioso labio inferior en
señal de enfado, espetó:
-Realmente es un caso sin remedio, ese Dr. Shi­
rataka. Cuando se trata de trabajo, se le olvida todo lo
demás.
-¿Qué te pasa? ¿No te estarás enfadando tú sola sin
motivo?
-Nada de eso. Sucedió anoche. Recibí esta carta
urgente del Dr. Shirataka. Esta tarde va a ir a ver un
paciente en Hiratsuka, por lo que es posible que vuelva
ya tarde. Y por eso quizá no pueda ir a la reunión del Ko­
boku. Así que me pone en la carta que «díselo tú al Dr.
Usuketa y transmítele mis disculpas». Realmente este
Dr. Shirataka no tiene remedio. No piensa más que en
ganar dinero... Seguro que va a casa de cierto banquero
de Hiratsuka. Se trata de un hombre que, cada vez que
organiza una fiesta en su casa con un grupo de amigos,
contrata a un gidayu 11 malísimo y llama al Dr. Shirataka
para darse importancia. Una reunión tediosa...

11
Gidayu es un narrador de dramas o poesía tradicional, que
suele actuar utilizando un shamisen (instrumento de cuerda).

43
-Ja, ja, ja. No le critiques tanto. Los otorrinos nece­
sitamos muchos pacientes de esos, sanos y con dinero,
cuantos más mejor.
-Pero ¿acaso no había prometido que se encontraría
hoy con usted, después de tanto tiempo sin verse?
-Bueno, bueno. Cuando quiera verle, puedo hacerlo
en cualquier momento.
-Sí, pero...
Se le ahogaron las palabras mientras levantaba su mi­
rada hacia mí, expresando una indignación inconcebible
en sus ojos. Pero si en ese momento hubiese observado
con un poco más de atención, me habría dado cuenta
fácilmente de que lo que expresaba era una inquietud
fuera de lo normal. ¿ Hasta qué punto debió de sumirla
en una honda inquietud mi frase «cuando quiera verle,
puedo hacerlo en cualquier momento»? Habría podido
percibir en qué profundo infierno espantosamente ame­
nazador la había hundido ... Sus denodados esfuerzos
para probar que procedía de una familia pudiente y, al
mismo tiempo, para que, gracias al nombre del Dr. Shi­
rataka, profesor ayudante de la Universidad K, quedase
patente la gran confianza puesta en ella como enferme­
ra... Ella intentaba satisfacer su sentido de la autoafirma­
ción ante la amenaza de desmoronamiento social que en
esos momentos comenzaba a sentir debido a aquellos
artículos en la prensa sobre «la mujer misteriosa» y, al
mismo tiempo, intentaba camuflar por completo ese
pasado suyo envuelto en misterios sorprendentes que
solo ella conocía, mediante unos esfuerzos rayanos en la
desesperación. ¿Y acaso todo ello no podía verse desinte­
grado en añicos en caso de que el auténtico Dr. Shirataka
y yo nos encontrásemos cara a cara? ¿Acaso no vería ella
golpeado hasta ser destruido ese paraíso de mentiras

44
que se había fabricado a sí misma para, una vez más, ser
arrojada sin piedad a esa fría cuneta de la vida? Que para
una mujer así, un desencanto de ese calibre sería algo
más terrible aun que una sentencia de muerte, es algo
ante lo que sin duda podrá asentir cualquiera que conoz­
ca la psicología de las mujeres de nuestros tiempos, y
todavía más en el caso de las jóvenes.
Lo cierto es que las medidas que tomó para protegerse
ante esta catástrofe a partir de entonces revelaban su
frenética desesperación. Dice el sermón del monje que
«una minúscula equivocación es la diferencia entre
el cielo y el infierno», y, de la misma manera, ella fue
cayendo en el escalofriante infierno que por sí misma
iba desplegando como uno de esos rollos ilustrados que
representan el purgatorio.

Pasó ese mes de septiembre y en la mañana del día


dos de octubre otra vez se plantó ante mí en el pasillo
del hospital con aire de estar enfadada.
-¿Qué te pasa? ¿ Es que otra vez te has peleado con el
recadero de la tienda de maquinaria?
-Pues no. Pero doctor ... ¿mañana no es el tres de
octubre?
-No me seas tonta. ¿Es que tienes algo en contra del
tres de octubre?
-Sí. ¿Acaso no se celebra la reunión del Koboku el
día tres de cada mes?
-Ah... ¿era el tres? Pues se me había olvidado.
-¡Hay que ver! Hasta en eso se parece usted al Dr.
Shirataka. ¿No va a ir usted a la reunión del Koboku?
-Hmm... Si va a ir el Dr. Shirataka, entonces iré yo
también.
-¿Acaso no quedaron ustedes en eso el otro día?

45
-Tanto como eso no. No recuerdo haber prometido
nada.
-Ah ¿sí? Bueno, entonces no pasa nada.
-Pero ¿qué es lo que te pasa?
-Justo hace unos momentos ha habido una llamada
de teléfono del Dr. Shirataka. Preguntaba si no habría
llegado usted todavía...
-¿Y le has dicho que este es el Hospital Tardón del
Dr. Tardón?
-Pero qué cosas. ¿ Cómo iba a decir eso? Le he
explicado que usted siempre viene hacia las diez de la
mañana y me ha dicho que como ha cogido un resfria­
do, hoy se ha quedado en cama y que le disculpe porque
seguramente no podrá acudir a la reunión del Koboku.
Yo estaba convencida de que ustedes habían quedado en
verse, así que me he enfadado muchísimo. Podía haber
hecho un esfuerzo por verle a usted...
-Bueno, nos podemos ver sin dificultad cuando que­
ramos. Pero lo cierto es que es una extraña coincidencia
que siempre surja algo que lo impida.
-Realmente es un fastidio. Tenía que resfriarse preci­
samente hoy... Pienso llamar a su esposa para protestar.
-No hagas cosas innecesarias. En vez de eso, le lla­
mas y dices «pensaba enviarles al Dr. U suketa a visitar
al enfermo, pero como los dos son médicos, puede ter­
minar mal, así que disculpe que no vaya».
-Ja, ja, ja. Otra vez usted con sus bromas. Eso sí que
sería hacer algo innecesario.
-Nada de eso. Estas son las que llaman «nuevas técni­
cas de relaciones sociales», donde hay que utilizar el sen­
tido del humor. Ah, y le das saludos también a su esposa.
De esta manera y gracias a la intervención de Yuriko
Himegusa, nuestros sentimientos hacia ese Dr. Shirataka
que no era el Dr. Shirataka iban aumentando su grado
de familiaridad. Y no solo eso, sino que justo en la maña­
na en que iba a salir hacia el hotel Ashinoko en Hakone
para atender a un paciente extranjero con quien me
había comprometido, recibí una llamada del Dr. Shira­
taka... bueno, mejor dicho, del falso Dr. Shirataka.
-Siento lo del otro día. Siempre coincide alguna cosa
y no tenemos ocasión de vernos. Pero he conseguido
dos entradas para el teatro Kabuki-za, así que ¿por qué
no vienes? Empieza a la una del mediodía, así que si
tomas un tren hacia Ginza a eso de las diez, estaría bien.
Habrá algún restaurante o cafetería que conozcas donde
podamos quedar, ¿no?
Tal era su propuesta, pero Himegusa le dijo que
lamentablemente yo no podía ir, por lo que unos días
después me remitió el programa del Kabuki-za junto
con un bizcocho de Fugetsu diciendo que era para mi
mujer y los niños. Además, la carta que acompañaba a
dicho paquete estaba escrita indubitablemente con letra
de hombre y el texto delataba la autoría de alguien con
buenos estudios, del estilo de un intelectual. Por lo que
nos sentimos un tanto cohibidos ante tanta amabilidad
y, como afortunadamente acabábamos de recibir de mi
tierra natal unos dulces de keiran somen1 2 , los enviamos
a la dirección del Dr. Shirataka en Shimo Rokubancho
junto con una misiva que venía a decir «asistiré sin falta
a la próxima Reunión del Koboku». Pero me pregunto a
dónde llegaría dicho envío o tan siquiera si llegó a salir

12 Keiran somen es el nombre de unos pastelillos típicos de la


ciudad de Fukuoka que todavía se elaboran y cuya parte su­
perior está recubierta de huevo hilado dulce, que es lo que le
presta su nombre.

47
del hospital Usuketa un solo paso. Puesto que la persona
a quien mandé remitir la carta y el regalo no era otra que
Yuriko Himegusa...

Sin embargo, al llegar primeros de noviembre, ella


llevó a cabo de nuevo otra de sus pantomimas, que
resultó un tremendo error. Por supuesto que, desde su
punto de vista, le debió parecer una trama habilísima y
que no dejaba ningún resquicio pero, debido a que era
precisamente demasiado elaborada, le llevó a caer en
una situación en que mi familia y yo, con desagrado,
terminamos por desenmascarar su verdadero ser.
Transcribiendo de mi diario veo que eso sucedió,
como era de esperar, el tres de noviembre, día de la
festividad de Meiji. Siempre que ella provocaba algún
incidente, era durante los días a caballo entre finales de
un mes y el siguiente, y en particular siempre que se
recibía una llamada o una carta del Dr. Shirataka, eso
tenía lugar en torno al día tres o cuatro de cada mes.
¿Quien sino Dios podría darse cuenta de que en los
secretos de la Naturaleza residía la explicación sobre la
mujer misteriosa?
Sucedió el día tres de ese mes de noviembre. Hacia
las diez de la mañana, acompañado de una persistente
llovizna que calaba todo, me incorporé a mi trabajo del
hospital. Fue escuchar el sonido que hice al abrir la
puerta de entrada y ella salió volando de la sala de medi­
camentos, corriendo hacia mí con un impulso como si
me fuera a agarrar de las solapas. Tenía una expresión
histérica y hasta le había cambiado el color de los labios.
-¡Doctor! ¿Qué hacemos ahora? Acaban de llamar por
teléfono. Me han dicho que la esposa del Dr. Shirataka
se ha caído a la entrada de los almacenes Mitsukoshi.
Y que no para de sangrar por la nariz y ahora la están
atendiendo en casa . . .
-Eso parece grave. ¿ A qué hora h a sucedido?
-Según me han contado, hacia las nueve de esta
mañana.
-H mm . . . Qué raro que me hayan llamado tan
deprisa. ¿ Por qué querrían comunicármelo tan pronto
precisamente a mí?
-Pero doctor . . . ¿no prometió usted por carta que acu­
diría sin falta a la próxima reunión del Koboku?
-Sí. ¿ Es que leíste tú esa carta?
-Pero cómo . . . Leerla, no la leí. Pero es que la reunión
del Koboku de hoy es especial, ¿no? Porque como coinci­
de con la festividad de Meiji. ..
-Vaya . . . pues no sabía nada.
-¿ Eh? ¿ Pero no llegó una comunicación de convoca-
toria hace unos días ?
-No lo sé. Yo no la vi. ¿ Qué ponía?
-Nada especial. Pues que como esta reunión del
Koboku de ahora coincidía con la festividad de Meiji, por
primera vez en mucho tiempo sería algo a gran escala y
que se invitaba a que los directores de hospitales de fue­
ra de Tokio solicitasen también asistir. ¿A dónde habrá
ido a parar esa hoja de convocatoria?
-Hmm . . . Parece que será interesante. ¿ Cuánto era el
precio de admisión?
-Estoy casi segura de que ponía diez yenes . . .
-¡ Pero qué caro!
-J a, ja, ja. Pero es que había también una nota escrita
a mano por el Dr. Shirataka, que es el organizador del
evento, diciendo «Por favor, no deje usted de venir, Dr.
Usuketa».
-Eh . . . Pues no sé qué hacer.

49
-Yo es que estaba segura de que usted iría. Así que
telefoneé al Dr. Shirataka y le dije que la próxima vez
tenía que ser la definitiva, sin que surgieran más contra­
tiempos. Y él me dijo: «Sí, sí, el Dr. Usuketa también me
ha escrito. Y además, como la próxima vez me toca a mí
ser el organizador, es seguro que nos veremos, porque
tendré que estar allí pase lo que pase». Y va y pasa hoy
otra vez todo este alboroto. Me da una rabia... una rabia
tremenda.
-No seas tonta. ¿Por qué una cosa así le tiene que dar
rabia a nadie? De todas formas, ¡qué pobre gente! Suena
mal decir que aprovecharé la ocasión, pero de paso creo
que iré a visitar a la convaleciente.
-Pero doctor... ¿ahora, enseguida?
-Sí. Creo que ahora mismo podría salir.
-Pero doctor, le están esperando tres nuevos pacien-
tes con vegetaciones adenoideas.
-¿Eh? ¿Y cómo sabes tú que tienen vegetaciones
adenoideas?
-Je, je. He probado a imitar lo que hace usted.
Primero, he escuchado los síntomas que cuenta el pa­
ciente; luego, les pedí que abrieran la boca; y por último,
introduje suavemente el dedo, palpando el lugar donde
arranca la nariz. Enseguida noté las vegetaciones.
-Tonta. No te pongas a hacer lo que nadie te ha pedido.
-Es que los pacientes se preocupan tanto de si hay
que operar o no, que se ponen muy pesados con sus
preguntas. Y luego, el tercero de los pacientes, un niño
pequeño, nada más palparle las vegetaciones, de pron­
to cerró la boca y me mordió. Mire cómo me ha dejado
el dedo...
Y diciendo esto me enseñó el anular izquierdo, que
había vendado en su base.
-¿ Has visto ? No vuelvas a excederte haciendo ese
tipo de cosas.
Y tras regañarla, me puse a trabaj ar como todos los
días, examinando a los pacientes. Ella no volvió a mos­
trar mayor intención de impedir que yo fuese luego a
visitar a la mujer convaleciente.
Sin embargo, cuando llegó la hora de descanso que
siempre tomo de una a tres y me disponía a caminar por
la Cuesta de los Arces que lleva a mi casa, ella se plantó
ante mí en la puerta y, con aspecto abatido, inclinó la
cabeza.
-Doctor. Disculpe, pero me gustaría que me diese la
tarde libre.
-Muy bien. Esta tarde no hay ninguna operación, así
que no hay problema. ¿A dónde vas a ir?
-Pues . . . me gustaría ir a ver qué tal se encuentra la
esposa del Dr. Shirataka. Creo que debería ir a visitarles
aunque sea una vez.
-Comprendo. Es una buena ocasión. Como yo tam­
bién pienso pasarme a la noche, díselo así de mi parte.
-Muchísimas gracias. Pues entonces, ya me voy.
-Cuídate mucho. Parece que el tiempo mej ora ya
también.
Creo que esta es la primera vez que mis palabras hacia
ella se teñían con este aire melancólico y deprimido. Era
como si tuviera el presentimiento de que algo termina­
ría mal. O quizá se debía a que en este momento ella ya
fuese más que consciente de que el asunto en torno al
Dr. Shirataka ya la estaba arrinconando en una situación
catastrófica, y la consiguiente desazón inconsolable que
sentía por ello, de alguna manera era percibida por mi
sistema nervioso.

51
Al atardecer, eché la llave como de costumbre a mi
hospital y me encaminé hacia casa bajo la luz amarillen­
ta que bañaba la Cuesta de los Arces tras haber escampa­
do la lluvia. Mientras me sentaba a la mesa para cenar,
comenté de manera relativamente ligera el incidente
de aquel mismo día de la Sra. Shirataka pero, en cierto
momento, mi esposa Matsuko, que hasta entonces me
estaba sirviendo en silencio, terminó por decir algo tre­
mendo.
-Cariño . . . me parece que todo lo que dice Himegusa
es un poco extraño.
-¿ Eh? ¿ Extraño en qué sentido?
-Llevo ya un tiempo con esa sensación. Me parece
demasiado raro que siempre resulte imposible que te
veas con ese Dr. Shirataka que ella te ha dado a conocer.
-¿ Qué dices? Solo son una serie de desafortunadas
coincidencias.
-De ninguna manera. Eso es precisamente lo raro.
¿ No son ya demasiadas coincidencias? No puedo quitar­
me la sensación de que Himegusa lo ha planeado todo
cuidadosamente para que no podáis veros.
-Ja, ja, ja. Ahora recuerdo que ese es uno de tus
temas favoritos, «el hombre al que nadie puede encon­
trar». Las novelas de detectives . . . Ah, las novelas de
detectives.

Hago aquí la precisión de que mi esposa Natsuko,


desde sus tiempos en la Escuela Femenina, tenía como
lectura de cabecera una revista de historias de misterio
llamada algo así como Kaiki shumi (Amigos de los extraor­
dinario) y, quizá debido a que fue formando su mente
con ella, su manera de pensar no era la de una mujer
normal. Adivinar cuál es el juego que tiene el contrario

52
en el Mah-jong era para ella cosa de niños, y se divertía
en los ratos libres descubriendo las mentiras que oculta­
ban los anuncios de oferta de empleo de los periódicos.
Además, basándose en la vestimenta de las señoras
que veía en el tren, criticaba la desproporción entre
sus ingresos y el modo de vida que llevaban. En suma,
podríamos decir que era una persona con aficiones de
mal gusto. Pero lo cierto es que, aunque se tratase de mi
esposa, y de que de vez en cuando hiciera comentarios
desagradables sobre la gente o se pusiera pesada, en el
fondo yo sentía un gran respeto por este tipo de carácter
perspicaz que tenía. Por eso, en este caso tampoco había
el menor rastro de que las sospechas dirigidas hacia
Yuriko Himegusa se vieran mezcladas por unos vul­
gares celos. Simplemente pensé: «Ya empieza otra vez
con su manía de ver cosas extrañas». Sin embargo, aun
así, estas sospechas de ella hacia Yuriko Himegusa me
hicieron sentir claramente que esto podría derivar en un
caso nada fácil y, con intención de ser lo más previsor
posible, sentí que debía reflexionar sobre esta opinión
de mi mujer.

-El que no haya manera de que me encuentre con


el Dr. Shirataka, desde luego que extraño, lo es, pero
en vez de elucubrar, iremos a las pruebas. Esta noche,
dentro de un rato, voy a salir para allí y tengo intención
de verle sí o sí. ¿ No crees que con eso será suficiente
comprobación?
-Sí. Pero cuando te encuentres con él... no puedo
quitarme la sensación de que sucederá algún incidente
terrible...
-Ja, ja, ja. ¿ Por ejemplo que nada más vernos frente
a frente se produzca una devastadora explosión?

53
-Sí. ¿ No leíste un artículo de periódico sobre una
bomba de la pasada guerra que por mucho que se gol­
pease no explotaba y que, cuando por accidente, rodó un
poquito, estalló destrozando todo a su alrededor? Esta
situación de ahora se me antoja parecida.
-J a, ja, ja. Ya salió el gusto por la intriga misteriosa.
Esto es propio casi de un cómic tipo Adamson 1 3 o algo
así...
-Ja, ja, ja. A lo mejor más tremendo todavía.
-J a, ja. Pero qué mal gusto tienes. Y si a pesar de
todo hoy no consigo verle, ¿qué pasará con esta historia?
-No. Estoy segura de que esta noche sí que conse­
guirás ver al Dr. Shirataka. Y que entonces se descubrirá
todo.
-Eres una gran detective, ¿eh? ¿Y de qué manera nos
encontraremos?
-¿ Dónde se celebra la reunión del Koboku de esta
noche?
-Pues como siempre, en el Club Marunouchi.
-Cuando llegues allí, creo que el Dr. Shirataka estará
sin falta.
-¿ Pero eres tonta? Estando su mujer convalenciente,
¿cómo iba a ir?
-Pfú. Tú sí que eres tonto, querido. ¿Todavía sigues
creyéndotelo? Todo ese jaleo de que la Sra. Shirataka se
ha caído...
-Pues claro que lo creo. Por eso tengo intención de ir
luego a visitarla...

1 3 Adamson es el nombre general de una de las tiras de cómic


más famosas del dibujante sueco Osear Jacobsson, publica­
das en Japón durante los años veinte del pasado siglo y que se
solían caracterizar por su humor negro.

54
-No vayas a su casa, por favor. Hazme caso y vete a
la reunión del Koboku con cara de que no sabes nada
de todo ello. Que estoy segura de que el auténtico Dr.
Shirataka estará allí...
-El auténtico Dr. Shirataka... Hmm... O sea, que
quieres decirme que el Dr. Shirataka que conocemos
hasta ahora es un monigote fabricado por Yuriko Hime­
gusa, ¿no?
-Sí, eso mismo. Tengo toda la sensación de que así
es. Y también creo que todo eso de que procede de una
familia pudiente es dudoso y que es un auténtico dispa­
rate lo de que tiene diecinueve años de edad...
-Me dejas atónito. ¿ En qué te basas?
-Hace unos días, a través del cristal de la sala de
medicamentos del hospital, vi su rostro de perfil cuando
estaba de pie en el pasillo de fuera, pensativa y cabizbaja
con aire abatido. Me quedé mirándola fijamente y des­
cubrí pequeñas arrugas en el cuello y en el rabillo del
ojo. Al verla, pensé que debía tener al menos veinticinco
o veintiséis años.
-Hmm... Parece que la cosa se va volviendo cada vez
más escalofriante. Es como si la figura de Yuriko Hime­
gusa fuese desapareciendo poco a poco. Como si fuera
un fantasma...
-Y no es solo eso. Cuando vi ese rostro de perfil, al
instante tuve la sensación de que esa chica procedía de
una familia muy pobre y desgraciada. Incluso estaba
un poco encorvada, como si fuera una vieja. Con este
aspecto...
-Historias de fantasmas y nada más. Aparecidos...
Ah, ¡qué horror!
-No te rías de mí. Hablo en serio. En resumen,
creo que normalmente, con el maquillaje y el ánimo

55
tan activo que muestra, consigue dar esa impresión de
inocencia y juventud, pero cuando cree que no la está
viendo nadie y se pone a cavilar, pierde la atención en su
aspecto y se la ve como realmente es.
-Ups. Ha llegado el famoso gran detective. Anda,
ponte a escribir novelas de misterio. Seguro que tendrás
un gran éxito.
-Pero . . . que te estoy hablando en serio. Eres desespe­
rante. Te digo que hay algo siniestro en esa mujer.
-A mí me pareces más siniestra tú, diciendo esas
cosas.
-¡Qué odioso eres! Bueno, pues no quiero saber nada.
-¿No puedes pensar con un poco más de sentido
común? En primer lugar, esa chica, Yuriko Himegusa,
¿qué necesidad tiene de esforzarse de esa manera en
urdir mentiras tan elaboradas? ¿Acaso no hay ninguna
razón para ello? Y la cantidad de regalos que nos han
llegado hasta ahora no suponen precisamente un
desembolso pequeño... Y, por si fuera poco, se toma la
molestia de fabricar un Dr. Shirataka inexistente, al que
hace llamar por teléfono, le manda al kabuki, le hace
enviamos un bizcocho de allí, y que se coja un resfriado,
que se vaya a ver a un paciente hasta Hiratsuka, y que su
mujer se caiga por las escaleras de los almacenes Mitsu­
koshi. . . Para ser todo una farsa, supone demasiadas mo­
lestias. En pocas palabras, ¿no produce escalofríos solo
pensar que se haya podido tomar tantos esfuerzos única
y exclusivamente con el fin de engañarnos?
-Mi impresión es . . . que esa chica lo hace todo por
vanidad. Creo que comprendo cómo se siente ese tipo
de personas.
-Ups. Una conclusión un tanto dudosa. ¿No requiere
demasiados esfuerzos esa vanidad?
-Sí, eso es cierto. Pero es que esa chica no desea más
que ser vista como las demás, solo eso. Está obsesionada
por ganarse la confianza ajena y el querer alcanzar esa
consideración es su vanidad. Por ese motivo urde sus
mentiras.
-Pero eso es absurdo desde un principio. Para em­
pezar, ¿qué necesidad tiene ella de obtener nuestra con­
fianza? Cualquiera puede reconocer su habilidad como
enfermera, y que su familia sea pudiente o pobre es
algo que no tiene nada que ver con la confianza puesta
en ella como enfermera. Creo que Himegusa no es tan
tonta como para no darse cuenta de eso.
-Sí, eso ya lo sé. Sea la clase de mujer que sea, ahora
es la preciada «mascota» de nuestro hospital, así que me
sienta mal desconfiar de ella, pero... Pero es que todos
los meses, el día dos o tres, como si estuviera fichando,
surge la historia del Dr. Shirataka. Es todo muy raro...
-Eso es solo porque la reunión del Koboku tiene
lugar esos días.
-Sí, pero realmente hay algo muy raro. Lo que sucede
siempre va encaminado a que no podáis veros. ¿Verdad
que sí?
-Pero ¿no te lo he dicho antes? Se trata de una serie
de desafortunadas coincidencias.
-¿Y no te estoy diciendo que precisamente eso es lo
raro? Son demasiadas coincidencias y a mí me parece más
bien algo relacionado con los misterios de la naturaleza.
-Déjalo ya. No tiene gracia. Hablar contigo es termi­
nar siempre dándole vueltas a lo mismo. Qué misterios
de la naturaleza ni qué mierda. Todo se aclarará cuando
vea al Dr. Shirataka. Tráeme una taza de té.
Dejé mis palillos de la cena en silencio y me vestí con
una levita nueva. Pensando en lo pesada que se ponía

57
mi mujer sospechando de la verdadera personalidad de
esa Yuriko Himegusa de la que nadie dudaba...
-En cualquier caso, hoy voy a verme sin falta con el
Dr. Shirataka. Aunque tenga que buscarle debajo de las
piedras. Vaya un jaleo tan tremendo que se ha formado...

Debían de ser ya cerca de las ocho y media de la tarde


cuando me permití el lujo de gastar dos yenes en ir en
taxi desde mi barrio de Sakuragi-cho hasta el Marunou­
chi Club en Uchisaiwai-cho. La verdad es que tengo que
reconocer que me fastidiaba un poco el seguir los con­
sejos de una mujer, pero en esta ocasión, según subía
en el coche, cambié mi primera opinión y decidí que en
lugar de perder el tiempo internándome en taxi por los
oscuros y laberínticos callejones de Rokuban-cho, era
más agradable dirigirse directamente a un sitio contras­
tado como el Marunouchi Club.
Al preguntar a una empleada a la puerta del Club, me
contestó:
-La reunión del Koboku es esta noche. Los asistentes
han llegado a las siete y el programa ya se halla en su
última parte.
Seguí en silencio a la empleada, subiendo una
amplia escalera recubierta de corcho, pero, según iba
ascendiendo, percibía el sonido cada vez más alto de la
música proveniente de algún disco y el ajetreo propio de
los bailes.
Soy relativamente nuevo en esto del baile, pero tengo
una gran confianza en mis capacidades para ello. En
Yokohama me han preparado para el jazz, tango, foxtrot,
charleston, one-step o lo que me echen. Por lo que se
ve, parece que ahora estaban en medio de un pasodoble
español compuesto por Marquina14 y como sentía la olea­
da de júbilo que exhalaba la sala, me entró un profundo
deseo de poner las manos sobre los hombros de mi guía.
Fue toda una sorpresa. Yo pensaba que la reunión del
Koboku era una estricta y rígida convención de carácter
científico a la que seguía un tiempo de conversación
ante una taza de té y algún refrigerio, pero lo que aquí
veía era un alegre bullicio. Ahora entendía que la cuota
fuesen diez yenes e intuía que la actividad del Dr. Shira­
taka como organizador revelaba la mano de un lince. «Si
llego a saberlo, no habría venido vestido con esta estúpida
levita...» iba pensando cuando me hicieron pasar a una
especie de salita de espera. Fijándome bien, pude ver que
en las mesas, sillas, sillones y mesitas a mi alrededor se
amontonaban los sombreros y las chaquetas. A juzgar por
ello, debía de haber entre cuarenta y cincuenta asistentes.
Desde luego que la de hoy era una fiesta a gran escala.
-Espere un momento aquí por favor. Ahora mismo
voy a avisarle para que venga.
Diciendo esto, la empleada entró en la sala de la
fiesta por la puerta que había a mano derecha. En el
instante en que la abrió, el vibrante sonido del jazz
aumentó de volumen y pude entrever el interior de la
sala, cuyo aspecto festivo de jolgorio desaforado me
dejó boquiabierto. Al otro lado de la puerta se revelaba
un salón increíblemente grande, cuyo techo se hallaba
totalmente cubierto como por una espuma multicolor
que se arremolinaba difusamente y que resultaron ser
globos de colores que los asistentes habían soltado. En
el remolino de hombres y mujeres que se reunía bajo

1 4 Se refiere al compositor español Pascual Marquina.

59
este techo, había una mezcolanza de smokings, kimo­
nos de mangas largas, chaquetas y trajes de baile, a cual
más colorido y variado, y de la espalda de cada hombre
y mujer parecían brotar unos cuantos de estos globos
de colores. Esa masa ondulante de globos parecía acom­
pasarse al ritmo de la música, formando un remolino
similar a un extraño arco iris circular que se extendía
suavemente por toda la sala, como en un baile. Y todo
ello bañado por unas luces rosas y azul claro.
Pero al momento la puerta se cerró por completo. Un
instante después, cesó el sonido del disco y, en conso­
nancia, se detuvo también el barullo del baile. Al poco
de hacerse el silencio, la misma puerta que antes acaba­
ba de cerrarse se abrió desde dentro y salieron en tropel
cinco o seis hombres de smoking con unos gorros de
papel triangulares a rayas verticales rojas y blancas. Cual
si fuera un alud, el grupo se derrumbó ante mis ojos
en el largo sofá medio amontonados. Con las corbatas
torcidas, los gemelos de la camisa medio sueltos... Uno
de ellos tenía una ligera mancha de carmín cerca de la
nariz, que parecía haber sido puesta ahí a propósito.
Todos ellos parecían borrachos como una cuba y ni se
fijaron en mí, apelotonados de mala manera en el sofá
con los brazos y piernas medio entrelazados.
-Ah... qué borrachera. ¡Hey, chicos, estoy totalmente
borracho!
-Ah... cómo nos hemos divertido. Ha sido una noche
maravillosa.
-Totalmente. Maravilloso. El Dr. Shirataka es un
maestro. ¡Maravilloso! ¡Maravilloso! ¡Ha sido maravilloso!
-Y qué sorpresa... Poner a nuestra disposición hasta
tres salas de baile. Solo al Dr. Shirataka podía ocurrírsele
algo así.

60
-¡Viva el Dr. Shirataka! -vociferó uno de ellos, al­
zando ambos brazos e intentando ponerse en pie con la
mirada extraviada por la borrachera. Cuando de pronto
se fijó en mí, que estaba de pie justo ante él, se sobresal­
tó y volvió a caer el sofá.
Tras derrumbarse en el sofá y sin hacer caso de su ve­
cino que tenía la mirada perdida en el techo, el hombre
se sujetó las rodillas con ambas manos y escudriñó de
arriba abajo con sus ojos enrojecidos y vidriosos mi figu­
ra enfundada en la levita. De pronto, sonrió y se relamió
los labios.
-Eh . . . Pero si ha venido un prestidigitador.
-¿ Qué? ¡Ah, un prestidigitador! ¿ Dónde es la actua-
ción?
-Mira. ¿No le ves ahí?
-¿ Ese? ¿ Conque eres tú el prestidigitador? Llegas
tarde, hombre. ¡ Maldita sea! Prácticamente, ya se ha
acabado la fiesta.
De pronto, me sentí muy incómodo y me entraron
ganas de huir a toda prisa. No se debía a que me hu­
biera molestado la grosería de mis interlocutores. Sentía
vergüenza de mí mismo, llegado a la carrera a un sitio
como este, vestido de manera tan inapropiada y clavado
ahí como un palo mientras crecía la furia en mi interior.
Sin embargo, por otra parte sentía que, después de ha­
ber conseguido llegar hasta aquí, sería una lástima mar­
charme sin ver al Dr. Shirataka y luego me arrepentiría.
-¡ Eh! ¿ Has conseguido algún ligue?
-Pues sí. Dos o tres.
-Dos o tres ... ¡Anda ya!
-¿ No has visto esta mancha de carmín?
-¡ Eeeh! Pues venga, invita, invita a algo.

6i
-Todavía no, que es pronto. Hay que esperar a maña­
na. Ese ligue de hoy, mañana puede tratarme como a un
idiota y darme calabazas.
-Ja, ja, ja. ¡Qué gran verdad! Que también hay lo que
se llaman chicas-taxi, que no duran más que el trayecto
del taxi. ¿ Montas, cariño?
-Ya salió el chistoso. A mí no me la das con esas.
-Ja, ja, ja. Que si esto, que si aquello, que sí, que no...
Al final, hasta que no la tengas en los brazos, cualquiera
sabe, ¿no?
-¡Atención! La magia moderna utiliza armarios
con cascabeles... A continuación, tendrá lugar la desa­
parición en un taxi en marcha. Y tras esto, pasamos al
siguiente acto. En primer lugaaar... el narrador de obras
de época. ¡Echénse a un lado los advenedizos!
-¡loo, ioo! -exclamó otro aplaudiendo-. ¿Qué tal,
maestro de la levita? ¿ No quiere usted contratar a mi
amigo?
Llegados aquí, ya me había decidido a huir de inme­
diato pero, en ese momento, se abrió suavemente la
puerta de enfrente, ante lo cual recuperé mi compostura
pensando si por un casual no se trataría del hombre al
que yo estaba esperando. Precedido por la empleada
de antes y con aspecto tan forzadamente rígido como
el mío, entró un caballero en la sala. Era un hombre de
mediana edad, larguirucho, vestido con un traje de baile
acompañado de chaleco blanco. Llevaba en su mano de­
recha el sombrero a rayas rojas y blancas, y en la izquier­
da mi tarjeta de visita. Alternaba su mirada de la tarjeta a
mí y viceversa, como comparándonos y, parándose ante
mí me miró en silencio con aire deprimido y el rostro
un tanto empalidecido. El grupito del sofá aguardaba
expectante sin decir palabra. Todos los ojos brillaban de
curiosidad, yendo sus miradas alternativamente hacia el
caballero y hacia mí, como estudiándonos.
Tengo en mi poder una foto del Dr. Shirataka de los
tiempos en que estudiaba en la Universidad de Kyushu.
Es una foto donde el Dr. K., jefe del Departamento de
Otorrinología, está en el centro, rodeado de todos los
alumnos de Medicina. Cada vez que salía en casa el tema
del Dr. Shirataka, enseñaba esa foto a mi mujer y mi
hermana, recordando con nostalgia aquellos tiempos.
Por eso, al momento reconocí como el Dr. Shirataka a
la persona que ahora tenía ante mí. Y me alegré de cora­
zón de volver a ver de esta manera tan sencilla a alguien
a quien hacía tiempo que no veía y que tantos problemas
había tenido en reencontrar.
Lo primero que me sorprendió fue que la cabeza del
Dr. Shirataka que tenía ante mí presentaba desde su
parte frontal a la posterior varios indicios de calvicie,
si bien todavía leves. Sin duda, se debió a que le recor­
daba como era antaño pero, además, debido a que la
impresión formada por la descripción de la enfermera
Himegusa que yo había creído por completo, era la de
un Dr. Shirataka siempre abierto y chistoso, me limité a
saludarle con una inclinación de cabeza.
-¿Qué hay? Pero si es el Dr. Shirataka. Soy Usuke­
ta. Muchas gracias por lo del otro día -dije sonriente
mientras me acercaba hacia él uno o dos pasos. Sentía
una nostalgia incontenible a la vez que un gran alivio
por haberme encontrado con él sin problema.
Sin embargo, al instante siguiente no pude menos
que quedar desconcertado. El Dr. Shirataka, con una
seca expresión de desagrado, se limitó a devolverme
levemente la reverencia con una actitud incomparable­
mente estirada y sin decir palabra. Durante un par de
minutos, tuve que quedarme frente a él, recto como si
me hubiera tragado un sable, a unos pocos pasos de
distancia. Posiblemente, el Dr. Shirataka había quedado
sorprendido por la manera tan familiar y repentina en
que acudía a él después de tanto tiempo sin vernos, por
lo que estaba no menos desconcertado que yo.
Y es que, evidentemente, cualquiera se pondría en
guardia si alguien con quien no hemos cruzado palabra
en años, de pronto nos saluda con algo como «muchas
gracias por lo del otro día». O incluso puede que, dada
su experiencia como organizador de este tipo de even­
tos, el doctor me viese como un farsante que se viste
de levita para gorronear en las fiestas ajenas, pero esto
es algo de lo que no puedo estar seguro. Fuera lo que
fuera, tras este par de minutos en que estuvimos de pie
escudriñándonos mutuamente, no pude aguantar más y
solté las siguientes palabras:
-Pues sí... La verdad es que después de tantas oca­
siones sin haber podido vernos, ha sido un alivio encon­
trarle hoy.
Creo que este segundo saludo por parte mía ya era lo
suficientemente educado como para considerarlo social­
mente aceptable. Sin embargo, el Dr. Shirataka continuó
con la vista clavada en mí y ambas manos metidas en los
bolsillos. Parecía pensar que resultaba peligroso hablar
con un tipo tan extraño.
Tras transcurrir otros diez segundos en silencio de esta
manera, se oyó procedente del salón contiguo la música
de un disco de two-step, que fue elevando su volumen.
Sentí que un sudor frío como el hielo comenzaba a go­
tear de mis sobacos sin cesar. De nuevo me vi incapaz de
aguantar el silencio y mis labios volvieron a moverse.
-A todo esto... ¿se encuentra ya mejor su esposa?
-¿Eh?...
Al ver la expresión de asombro del Dr. Shirataka,
comprendí al momento que habíamos llegado al final.
-¿Mi esposa? ¿Kumiko? ¿Es que le ha pasado algo?
-Pues ... al parecer se ha caído en las escaleras de los
almacenes Mitsukoshi.
-¿Eh? ¿Cuándo ha sido eso?
-Hacia las nueve de esta mañana...
Se produjo una explosión de risotadas. Los hombres
vestidos de smoking que se amontonaban en el sofá y
que llevaban un tiempo escuchándonos, comenzaron
a desternillarse y retorcerse, sujetándose el vientre con
ambas manos. Uno de ellos, de tanto reírse, se resbaló y
cayó al suelo.
Quedé profundamente aturdido. «Pero qué tipos tan
maleducados», pensé mientras les dirigía una mirada de
furia, aunque, en realidad, yo tenía más culpa que ellos.
A continuación, recuperando el color de su rostro, el Dr.
Shirataka movió lentamente sus labios.
-¿No es un poco extraño? Mi esposa, Kumiko, dijo
que tenía que escribir esta mañana unas líneas para el
boletín de la iglesia y no ha salido a ninguna parte. Esta­
ba tranquilamente en casa.
-¿ Eh? ¿ Pero entonces es mentira? Así que...
-¿Mentira? Yo... todavía no he dicho nada, pero... es
la primera vez que le veo a usted.
Un nuevo estallido de carcajadas.
-Esa Yuriko Himegusa... ¡Maldita sea!
De pronto, al Dr. Shirataka parecieron saltársele los
ojos y retrocedió un paso tambaleándose. Pero ense­
guida se recobró y volvió a su estirada actitud de antes.
Volvió a escudriñar mi rostro conteniendo la respiración
como si estuviera preocupado.
-Himegusa... Otra vez Yuriko Himegusa... ¿Qué es
lo que ha hecho esa mujer?
-¿Cómo?
Estaba aturdido, yendo de confusión en confusión.
-¿Dice usted «otra vez», doctor? Entonces, ¿conoce
de antes a esa mujer, esa Yuriko?
Al tiempo que lanzaba irreflexivamente esta pregunta,
yo mismo me daba cuenta de lo mucho que faltaba por
explicar antes para que tuviera algún sentido, y noté
claramente cómo me empezaban a temblar las rodillas.
Aguardé las palabras del Dr. Shirataka mientras en mi
interior me sentía gritar: «¡Que alguien me ayude, por
favor!». En ese momento, escuché cómo otra empleada
llegaba subiendo por las escaleras.
-¿Se encuentra aquí el Dr. Usuketa de Yokohama?
-Soy yo, soy yo.
Me volví aliviado hacia ella, por permitirme un respiro.
-Le llaman por teléfono. Desde la sede del Minyukai.
-¿La sede del Minyukai? ¿Quién es el que llama?
-No sé su nombre, pero ha dicho que un parlamen-
tario venido de Yokohama se ha caído en el recinto de la
sede y no para de sangrar por la nariz, por lo que ruega
que el doctor acuda enseguida.
-Un momento. La persona que llama... ¿es hombre
o mujer?
-Es una voz de mujer ... Parece joven -contestó la
empleada con una sonrisita maliciosa.
-¡Qué tontería! ¿Cómo voy a acudir a atender a un
paciente por la llamada de alguien que ni se identifica?
Pregunte usted el nombre y dígale que venga alguien a
buscarme con una tarjeta de visita.
Posiblemente, todos los presentes interpretaron
esta actitud mía como una pantomima para ocultar mi

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vergüenza, pero la verdad es que en ese momento no
me sentía yo como para preocuparme con esas cosas. Al
oír eso de «sangrando por la nariz tras caerse», en mi
mente se produjo un relámpago que me hizo recordar
la explicación que aquella mañana me había dado ella
del accidente de la Sra. Shirataka. Sin lugar a dudas, ella,
Yuriko Himegusa, sabía por alguna experiencia propia
la preocupación que invadía a un otorrino cuando oía
hablar de una hemorragia nasal que no se detiene. Por
eso, al averiguar ella por teléfono o de alguna otra mane­
ra que finalmente yo había conseguido acudir a la reu­
nión del Koboku traicionando sus expectativas, después
de mucho dudar, cometió el error de presentarme en
el mismo día dos pacientes con idéntica casuística para
estorbar mi encuentro con el Dr. Shirataka. ¿Acaso no
revelaba eso su desesperación, su triste lucha por evitar
como fuera lo inevitable? ¿Acaso no fue ese sentimiento
de desesperación lo que le hizo recurrir a tan patética
fórmula, aun sabiendo que resultaba casi imposible
que volviera a funcionar? Por supuesto que cabía la
posibilidad de que fuese una coincidencia casual, pero
teniendo ya en mente sospechas acerca de ella, no creía
que se tratara ni remotamente de una casualidad. Creo
que en ese momento ya cobré conciencia de hasta qué
punto me había metido de cabeza en esta situación por
haberme dejado enredar en los inextricables vericuetos
de la mente de esa mujer, de Yuriko Himegusa.

En toda mi vida nunca me había sentido tan aturdido


de una manera tan carente de sentido. Me limité a des­
pedirme del Dr. Shirataka y de los colegas del sofá con
una reverencia y a marcharme en silencio de la sala sin
mayor dilación. Dejando que resbalase sobre la espalda
de mi levita el nuevo estallido de carcajadas que brotó
entremezclado con el soberbio ritmo del jazz, descendí
por la escalera todo lo rápidamente que pude. Detuve
un taxi que pasaba por delante y así llegué hasta la
estación central de Tokio. Luego, con objeto de calmar­
me, compré el billete en segunda clase 1 5 y me subí en
el tren hacia Sakuragi-cho. Me invadía la sensación de
que en mi hogar de Yokohama pudiera haber sucedido
algún incidente complicado. Mi imaginación me llevaba
a recordar esos argumentos de las novelas de misterio
que leía mi mujer, donde en ocho o nueve de cada
diez veces, los incidentes tenían lugar cuando uno se
ausentaba de casa en circunstancias similares a esta. A
pesar de que no pensaba intencionadamente en ello, esa
clase de ideas iban y venían en mi cabeza, brotando aquí
y allá, aumentando progresivamente mi impaciencia e
intranquilidad. Estoy seguro de que en esos momentos
mi pulso latía a más de cien por minuto.
Sin embargo, en cuanto me dejé caer en el mullido
asiento de ese vacío vagón de segunda clase y la loco­
motora de vapor expelía su primera columna de humo,
de nuevo sucedió un importante cambio en mi estado
de ánimo. Mientras miraba deslizarse por la ventanilla
las hermosas calles de Ginza bajo la llovizna iluminadas
por el neón, comencé a cobrar conciencia dolorosamen­
te de hasta qué punto llegaba mi desconcierto, mi igno­
rancia sobre todo lo que estaba pasando, el sinsentido
de la situación... ¿Por qué tuve que marcharme de ma­
nera tan apresurada? ¿Por qué no probé a preguntar al

1 5 En aquellos tiempos, lo habitual era la tercera clase, por lo


que viajar en segunda suponía un pequeño lujo. De ahí que
el vagón se halle poco concurrido.

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Dr. Shirataka más detalles sobre Yuriko Himegusa? Y eso
que el Dr. Shirataka había hablado como si la conociera
mucho, pero que mucho... Y me di cuenta de que quizá
no volvería a verle y había desaprovechado la ocasión.
En cualquier caso, era seguro que el Dr. Shirataka y
Yuriko Himegusa se hallaban relacionados de alguna
manera. Yuriko Himegusa sabía algo del Dr. Shirataka
que yo desconocía y a su vez el doctor sabía sin duda
más que yo sobre ella. Mientras daba vueltas a esta
cuestión, volvió a aparecer en mi cerebro el salón del
Club Marunouchi envuelto en el ritmo arremolinado del
pasodoble.
Una vez más, sentí deseos de creer en ella. Por más
que pensaba, no podía encontrar qué motivo o nece­
sidad podía tener ella para sumirnos de esa manera
hasta el fondo del pozo de sus elaboradas y persistentes
mentiras. Incluso me di cuenta de que pudiera darse el
caso de que, en vez de haber sido engañado por Yuriko
Himegusa, quizá hubiera sido engañado por el Dr. Shi­
rataka. En primer lugar, recordé que el alegre tono de
voz del Dr. Shirataka con el que yo hablé por teléfono,
era totalmente distinto de la voz áspera y apagada del
Dr. Shirataka que hoy había visto.
Eso es. El Dr. Shirataka había adoptado aquella actitud
fría y distante intencionadamente para tomarle el pelo a
un médico de provincias de una promoción posterior a
la suya. Quizá para luego reírse a carcajadas a mis espal­
das. Puesto que asistir a la reunión del Koboku en Tokio
supone un honor para un médico que ejerce en provin­
cias y una gran oportunidad para establecer provechosos
contactos con los colegas más selectos, el Dr. Shirataka,
con la ventajosa posición que le otorgaba su calidad de
organizador, daba por sentado que yo acudiría y por eso
decidió enmascarar su verdadera personalidad ante mí.
Eso es, eso es. Eso parecía una explicación mucho más
plausible. Y como le salió bien y actué como seguramen­
te esperaban, por eso se rieron de mí de esa manera.

Llegué hasta el punto de pensar este tipo de cosas,


pero posiblemente ello se debía a que en el fondo,
como yo mismo soy un bromista que ha incurrido en
el delito varias veces sin haber sido mínimamente cas­
tigado, juzgaba a los demás equiparándolos conmigo.
Sin olvidar que a todo ello ayudaba y mucho la imagen
del Dr. Shirataka preformada en mí gracias a los bue­
nos oficios de Yuriko Himegusa. En cualquier caso, lo
cierto es que, tal y como me sentía, de no ser porque iba
tranquilizándome pensando este tipo de cosas, hubiera
saltado al momento preso de una angustia espantosa,
fuera de todo sentido común, que me hubiera impedido
permanecer sentado los treinta minutos del trayecto de
tren. Aun así, sentía un temor inaguantable mientras el
vagón se bamboleaba suavemente en su carrera hacia el
oeste cruzando los oscuros llanos, y hasta me entraban
ganas de apearme a mitad del recorrido, atrapado en
la excitación de hallarme envuelto en una especie de
incomprensible novela de detectives. Una sensación
que me hacía pensar algo del estilo a si cuando llegase
a Yokohama, no se habrían volatilizado mi familia y mi
hospital junto con Yuriko Himegusa...

¿Qué hora sería cuando llegué a la estación de Saku­


ragi-cho? Mientras cruzaba el breve trayecto hasta la
Cuesta de los Arces donde se hallaba mi casa, el corazón
me latía preso de la inquietud y me apresuraba todo lo
que podía a pesar de lo empinado del camino y de la
llovizna que caía. Cuando de pronto, desde las sombras
del puente que había dejado a mi espalda, escuché:
-Dr. Usuketa...
Una triste voz me llamaba, y me quedé clavado en el
sitio con la sensación de que se cumplían mis presenti­
mientos. No había duda de que se trataba de la voz de
Yuriko Himegusa.
Yuriko vestía igual que cuando salió por la tarde del
hospital y empuñaba un paraguas negro de hombre.
La capa de maquillaje que le llegaba hasta el cuello del
vestido destacaba en la oscuridad de la noche pero, quizá
porque iba predispuesto, me pareció que el borde de los
párpados presentaba un tono oscuro.
Ella desplegó su paraguas y se acercó a mí furtivamen­
te, como buscando protegerse de las miradas ajenas. Su
alegría habitual había desaparecido sin dejar rastro y me
inquirió en un tono a la vez lúgubre y vivaz:
-Doctor, ¿ha acudido usted a la reunión del Koboku?
-Sí, he ido.
-¿ Se ha visto usted con el Dr. Shirataka?
-Sí, nos hemos visto.
-¿ Se alegró el Dr. Shirataka?
-Pues no. Fue bastante rudo. Qué tipo tan raro, ¿ver-
dad?, ese doctor...
Pronuncié mis palabras con marcado acento sarcás­
tico, pero parece que ella ya había previsto con mucha
antelación lo que yo iba a decir y, tras echar un vistazo
a mi rostro, mostró una triste sonrisa y asintió con la
cabeza.
-Sí. Estaba convencida de que así sería. Pero doctor,
créame que ese no es el verdadero carácter del Dr. Shi­
rataka.
-Ah, ¿sí? Entonces, es un hombre jovial, ¿no?
-Sí, es un hombre muy divertido y muy sencillo.
-Pues qué raro... Entonces, ¿por qué adoptaría esa
actitud tan descortés hacia mí?
--Doctor, precisamente porque quería hablarle de eso
es por lo que llevo aquí de pie toda la tarde, esperando a
que usted regresara. Como no sabía si usted volvería en
tren o en coche...
Mientras decía esto, se llevó dos o tres veces al rostro
la manga de su vistoso kimono de seda pero, aun así,
con una actitud decidida acorde con una chica joven
como ella, comenzó a relatar la siguiente y sorprendente
historia, terminando cada palabra con una entonación
que revelaba su enfado.

Procedo a transcribir en este texto, sin ocultar ni


disfrazar nada, el sorprendente secreto que ella me
reveló acerca de la situación familiar del Dr. Shirataka.
De ningún modo pretendo con ello ensuciar el sagrado
nombre de la familia del Dr. Shirataka. Puesto que creo
firmemente en mi declaración de que la calidad humana
de dicho doctor me merece el mayor de los respetos y
confianza. Y a la vez creo que el describir la situación
sin ocultar nada servirá para demostrar hasta qué punto
llegaba el genio de Yuriko Himegusa para la mentira, a
la que sabía dotar de un verismo asombroso. Y es que
esta escena tan catastrófica y fatal, que no habría podido
ser salvada con las mentiras comunes de las personas
comunes, fue resuelta al instante con una técnica dra­
mática de una vividez rayana en lo artístico, donde brilló
como un relámpago la genialidad específica de ella para
la mentira.
Yo iba prestando oídos atentamente a esa supuesta
sorprendente verdad que ella iba desgranando mientras
caminaba a mi lado casi a las doce de la noche por la
acera del camino de la estación de Sakuragi-cho, que
parecía un río de luces y sonidos. El Dr. Shirataka, ese
severo Dr. Shirataka con el que me había encontrado
hoy, trató a Yuriko Himegusa como a una preciada joya
y le profesó el más profundo cariño durante el tiempo
en que estuvo trabajando con ella en la Sección de
Otorrinología del Hospital de la Universidad K. Y en las
noches en que a ella le tocaba quedarse de guardia, este
cariño que le profesaba el doctor tendía a sobrepasar la
línea roja.
Sin embargo, a ella, por supuesto, esto no le gustaba.
Ella soñaba con alcanzar una elevada reputación y
formación como enfermera y, después, conseguir con­
vertirse en médico, para luego contraer matrimonio con
algún caballero que le mereciese confianza y, finalmen­
te, abrir su propia clínica en el centro de Tokio. Como
el objetivo final de su vida era cumplir este sueño para
luego poder volver al pueblo natal con la cabeza bien
alta, convertirse sin ningún motivo en el juguete sexual
de otros era algo a lo que temía en especial. Así que,
viéndose en peligro, decidió armarse de valor y revelar
toda la situación a Kumiko, la esposa del Dr. Shirataka.
Tal y como ella se había imaginado, Kumiko resultó
ser una persona extremadamente inteligente y una
buena esposa. En casos como este, la mayor parte de
las esposas, sin preguntarse sobre la posible culpa de
su marido, maldicen el nombre de la mujer implicada,
a la que odian sin remedio. Pero Kumiko, como esposa
razonable e inteligente que era, deseaba lo mejor para su
marido, por lo que se alegró enormemente de la franca
actitud de ella. Además, le profesó todavía un mayor
afecto y le dijo que le gustaría que se quedara en su casa

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al cargo de ella. De esta manera, y para evitar incidentes
no deseados, preparó las cosas de manera que a partir
de febrero de este año ella se alojase en su casa. Ante
esto, el Dr. Shirataka se vio incapaz de elevar ni una sola
palabra de protesta.
Sin embargo, la buena intención que mostró la esposa
Kumiko hacia ella, imprevistamente, se convirtió en la
causa que le hizo perder su trabajo. Sus compañeras en­
fermeras, antiguas y nuevas, ya venían sintiendo desde
hace un tiempo celos profesionales de su capacidad para
el trabajo, agravados por el especial afecto en que se veía
envuelta, a lo cual ahora se añadía esta última disposi­
ción, por lo que empezaron a difundir la mentira de que
en la práctica ella era como una segunda esposa del Sr.
Shirataka. Debido a la intensidad con que sus compañe­
ras se dedicaban a difundir dichas falsedades, ella pensó
que se le estaban causando ya demasiados problemas a
la pobre esposa, por lo que, incapaz de aguantar la si­
tuación, decidió pedirle permiso para despedirse de su
trabajo. Según me contaba Himegusa, la Sra. Shirataka,
con los ojos llenos de lágrimas, aceptó este ruego y de­
bido a la gran solicitud que había mostrado hacia ella,
Yuriko se mudó a la casa de su tía en Shitaya, sintiendo
en el fondo de su corazón como si se tratase de una se­
paración entre hermanas. Según este relato, el incidente
tuvo lugar a primeros de mayo de este año, tras lo cual
estuvo buscando trabajo de un sitio para otro hasta que
por fin encontró su lugar en la clínica Usuketa, lo que le
supuso un gran alivio. Y con esto finalizó su confesión.
-Por eso yo sabía el verdadero motivo por el que el
Dr. Shirataka buscaba siempre evitar el encuentro con
usted, Dr. Usuketa. Hoy he ido a ver a la esposa del
Dr. Shirataka y le he contado todas las penalidades por

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las que estoy pasando. Cuando le dije: «¿ Qué voy a ha­
cer si el Dr. Usuketa se vuelve un gran amigo del Dr.
Shirataka, quien le cuenta todo lo que ha pasado y, por
deferencia hacia él, me despide?». La señora, echándo­
se a llorar, me contestó: «De ningún modo tienes que
preocuparte por eso. Pase lo que pase a partir de ahora,
no debes dejar de trabajar en la clínica del Dr. Usuketa.
Yo hablaré con el Dr. Usuketa para pedirle que te deje
seguir trabajando con él». Nunca le agradeceré lo sufi­
ciente estas amables palabras. Gracias a eso, hoy he po­
dido volver a Yokohama tranquilizada y contenta, pero
sin poder dejar de pensar qué actitud tomaría hoy el Dr.
Shirataka cuando se encontrase con usted... Por un lado,
me decía que, como es hombre de mundo, a pesar de
todo, conversaría con usted de manera simple, como si
tal cosa; pero, por otra parte, también pudiera ser que
como los hombres en estos casos tienden a cometer
despiadadamente actos ruines... Ah, perdóneme usted,
ji, ji. Pensando en ello, me entró un miedo irrefrenable,
espantoso: «A lo mejor, el Dr. Shirataka pone cara de
no saber ni una palabra de todo lo que ha pasado hasta
ahora y, a diferencia de su carácter habitual, muestra
una actitud arisca en el encuentro con el Dr. Usuketa,
que se llevará una desilusión. Y antes de darle tiempo a
decir nada, me dejará en una posición injustificable. O a
lo mejor le cuenta las cosas de manera que yo aparezca
como una mujer que se dedica a decir mentiras sin fun­
damento, una tras otra ... ». Pensando en todo esto, me
costaba trabajo incluso quedarme en casa esperando,
por lo que, incapaz de hacer otra cosa, estuve aguardan­
do ahí en el camino hasta que usted regresara.
»Doctor... ¿no recuerda usted que la primera vez que
me pidió que le presentase al Dr. Shirataka, al punto

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quedé alicaída y rechacé su petición? En aquel momen­
to, presentí que las cosas podrían terminar de este modo
y por eso dudaba de aquella manera. Pero como alguien
tan importante para mí como usted me lo pedía de ma­
nera tan insistente, me decidí a dejar de lado mi preocu­
pación por lo que pudiera pasarme y resolví telefonear al
Dr. Shirataka.
»¿Verdad que me comprende, Dr. Usuketa? ¿ Entien­
de usted ahora por qué siempre el Dr. Shirataka ponía
inconvenientes para que ustedes dos se vieran? El Dr.
Shirataka estaba convencido de que usted ya había
escuchado de mis labios todas las circunstancias de su
relación conmigo y por eso quería evitar a toda costa en­
contrarse frente a frente con usted. Se veía en la tesitura
de que alguna vez tendrían que encontrarse, pero como
él no se sentía con ánimos de verle, creo que por eso
ideó ese tipo de estratagema una y otra vez para evitarle.
Yo comprendía muy bien los sentimientos del Dr. Shi­
rataka y por eso a mi vez me sentía tan despechada, tan
mortificada . . . No soy una mujer que se dedique a chis­
morrear a la ligera acerca de los secretos de los demás.
Yo, que trabajé en el Hospital de la Universidad K con
todas mis fuerzas pensando nada más que en ayudar
al Dr. Shirataka y ahora tenía que ver cómo me quería
hundir hasta el fondo, convirtiéndome en un paria de la
sociedad, sin dejarme asomar la cabeza . . . ¡Qué crueldad!
Era demasiado cruel. ..
Himegusa arrojó el negro paraguas sobre la gravilla
que cubría el arcén del camino y, cubriéndose el rostro
con ambas mangas, comenzó a sollozar de manera
entrecortada. Cuando me quise dar cuenta, habíamos
llegado a las escaleras de la Cuesta de los Arces junto a
mi casa y estábamos de pie el uno frente al otro. Justo en
ese momento pasaron dos o tres hombres con aspecto
de obreros que se nos quedaron mirando con expresión
extraña. Me pregunto qué tipo de relación se pensaron
que existía entre nosotros. ..
No sin dificultad, conseguí calmarla y hacer que se
volviera de una vez al hospital. Sin embargo, no recuer­
do en absoluto con qué palabras la tranquilicé en aquel
momento. Si por un casual consiguiera recordarlo, posi­
blemente me hallaría ante una sarta de expresiones que
enfadarían indeciblemente al Dr. Shirataka.

Subí enseguida los peldaños de piedra que tenía al lado


para llegar a mi casa y justo cuando abría la puerta corre­
dera de entrada, el reloj del salón del fondo dio la una de
la madrugada. Aun teniendo en cuenta que se adelantaba
unos veinte minutos, me percaté de que el tiempo que
había pasado de pie junto a ella hablando había sido con­
siderablemente largo y de pronto me puse todo colorado
yo solo. Acto seguido, con la impresión de que mi hogar
continuaba en paz, experimenté un gran alivio sin base
real que sumió mi pecho en un suspiro figurado.
Sin embargo, esa sensación de paz por decirlo de
alguna manera, no era más que una alegría fugaz y
por completo superficial, carente de contenido. La pre­
ocupación que me había envuelto esa noche en el tren
de vuelta, esa especie de extraño presagio, finalmente
resultó haber dado en el clavo de manera espectacular.
Altamente excitadas y de forma atropellada, mi hermana
y mi esposa salieron a recibirme vestidas con sus cami­
sones de dormir y nada más verme, con una energía
como si me fueran a zarandear de las solapas, interroga­
ron al unísono:
-¿Has visto al Dr. Shirataka?

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La incisiva pregunta me llegó a la vez desde la izquier-
da y la derecha.
-Sí, le he visto.
-¿Qué ha pasado con Himegusa?
-Acabo de dejarla después de haber hablado con ella.
Mi esposa y mi hermana se miraron significativamen­
te. En la expresión de ambas se destacó claramente el
color del miedo. Mientras escrutaba sus rostros, me
quité el sombrero color gris y en ese momento me sentí
atacado por un escalofrío al descubrirme en una situa­
ción propia de un personaje extraído de las páginas de
una novela de detectives, colocado allí de pie a las tantas
de la madrugada.
-¿Qué has estado hablando con Himegusa?
-Mmm . . . Hablad primero vosotras.
-¿ Por qué no pruebas a contarnos tú primero?
-Tonta. ¿ Acaso no da lo mismo? A ver, prueba a
decir tú primero lo que sea.
-Pero querido, es que . . .
-Vayamos a la sala de té. Tengo la garganta seca.
Mientras escuchaba las palabras de las dos mujeres
tomando un té verde caliente, el escenario de la extraña
tragedia familiar que flotaba en mi cerebro giró hasta
cambiar por completo.

Durante mi ausencia, esa Sra. Shirataka que se su­


pone que estaba en cama herida había telefoneado al
hospital Usuketa. Al parecer, se debía a que el Profesor
Ayudante Shirataka con el que yo me había encontrado
hacía algo más de dos horas, había telefoneado ensegui­
da a su casa de Shimo Rokubancho. La Sra. Shirataka,
con voz extremadamente serena pero a la vez amistosa,
había llamado para dirigir una advertencia a mi familia.
Por lo visto, quien cogió la llamada fue mi esposa
Matsuko y, según me dijo, las revelaciones que escuchó
entonces de la Sra. Shirataka eran de un tipo espe­
cialmente espantoso para los oídos de una mujer. Por
supuesto que en lo que contaba Himegusa había una
parte de verdad. La señora confirmó que, ciertamente, se
trataba de la misma persona que con ese nombre había
estado trabajando en el Departamento de Otorrinología
de la Universidad K, pero, por otra parte, también que
era conocida por todos por ser una auténtica maestra
de la mentira cuya habilidad alcanzaba cotas verdadera­
mente sorprendentes.
En cuanto alguien con una cierta posición social ingre­
saba en la sección de Otorrinología del Hospital K, ella,
Yuriko Himegusa, haciendo uso de su presteza para las
relaciones públicas, se las ingeniaba para desplazar al
resto de las enfermeras, volcando su atención sobre di­
cho paciente. De esta manera, no paraba hasta conseguir
que este tipo de enfermos pacientes pidieran «primera
opción, Himegusa, segunda opción, Himegusa». Como
resultado, de vez en cuando recibía de mano de estos pa­
cientes, vaya usted a saber por qué medios, todo tipo de
objetos valiosos que luego se dedicaba a enseñar a sus
compañeras para presumir. Y no solamente eso. A veces
también iba por ahí diciendo con toda naturalidad que
se había prometido en matrimonio con Tal y Tal de una
de esas importantes familias. Y, ya el colmo, en deter­
minada ocasión, sin la menor vergüenza, le «confesó» a
la jefa de enfermeras que se había quedado embarazada
de cierto actor famoso que había estado ingresado en
el hospital, por lo que deseaba abortar y solicitaba por
ello la concesión de un tiempo prolongado de baja. Por
si fuera poco, se dedicaba a provocar chismorreos sobre

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sus supuestas relaciones con este o aquel empleado de
la universidad, por lo que, debido al daño que estaba
causando a la reputación del hospital, y según siguió
contando la señora, el Profesor Onagi, director del hos­
pital, adoptó la benevolente medida de pedirle que fuera
ella quien solicitase dejar su trabajo allí.
Sin embargo, la Sra. Shirataka era una apasionada cre­
yente del protestantismo metodista desde hacía tiempo y
sentía una especie de compasión por este mal vicio de la
chica. En consecuencia, sintiendo que era una pena echar
a perder su talento y que era una lástima que terminase
así, al tiempo que se produjo su despido, la señora la
acogió en su casa e hizo todos los esfuerzos posibles por
educarla de manera que abandonase su manía de inven­
tar mentiras. En resumen, probó a contener mediante el
sagrado nombre de Cristo su mal vicio de mentir. Pero,
al parecer para Himegusa eso resultaba angustiosamente
insoportable, por lo que, finalmente, terminó por huir
furtivamente del hogar de los Shirataka y ocultarse en
alguna parte. La esposa Kumiko se hallaba todo el día
preocupada por su paradero cuando, inesperadamente, a
primeros de junio de este año, recibió una llamada telefó­
nica de Yuriko diciendo que ahora trabajaba en el hospital
Usuketa de Yokohama. Según le dijo, había abandonado
ya por completo su costumbre de mentir y, como ahora
contaba con la plena confianza del Dr. Usuketa, le pedía
por favor su ayuda para mantener en secreto cuanto había
sucedido hasta entonces. Todo ello pronunciado en un
tono extremadamente lastimero e implorante...
No obstante, como el matrimonio Shirataka ya había
descubierto la auténtica naturaleza de Yuriko, no solo
no creyeron con facilidad lo que ella les decía, sino que
a partir de entonces vivieron envueltos en un tipo de

80
indescriptible intranquilidad. «No hay duda de que esa
mujer pretende ahora introducirse en el hogar de los
Usuketa y provocar la confusión entre los miembros de
su familia mediante sus realistas mentiras. Y, del mis­
mo modo, qué disparates debe estar haciendo creer al
Dr. Usuketa acerca del Hospital K y el Dr. Shirataka... ».
Llevada por este tipo de preocupaciones, al parecer la
señora había estado remitiendo discretamente cartas a
mi esposa Matsuko a la dirección del hospital Usuketa,
en las que, como de pasada, preguntaba cosas acerca del
comportamiento de Yuriko. Pero, posiblemente, la chica
las interceptó y se deshizo de ellas, puesto que nunca
recibió una sola contestación.
Ante esto, la preocupación de la Sra. Shirataka llegó a
su punto álgido. Pensó que a lo mejor, la causa de este
silencio pudiera ser que los miembros de la familia
Usuketa hubieran creído por completo las palabras de
esa maestra de la mentira y ahora sintieran tal desprecio
por la familia Shirataka que hubieran decidido no man­
tener el menor contacto con ellos. Sin embargo, aun con
esa duda, si mostraban demasiada insistencia solicitando
de alguna manera urgente el entrevistarse con el Dr.
U suketa, darían la imagen de ser ellos los que tenían
algo que ocultar y parecería raro. Debido a todas estas
circunstancias que se superponían, lentamente se iban
sumiendo en una absurda y desagradable intranquilidad
dificil de definir. En particular, el nervioso y asustadizo
Dr. Shirataka por lo visto sentía un intenso temor por ese
feo vicio de Yuriko y últimamente, en todas las conversa­
ciones del matrimonio terminaba apareciendo ese tema.
La Sra. Kumiko Shirataka continuó así su relato:
«Con este estado de ánimo, al encontrarse mi espo­
so hoy con el Dr. Usuketa, le vio un comportamiento
extraño, por lo que me pidió que probase a llamar por
teléfono para intentar verificar la situación. " Dada la
extraordinaria cordialidad y excitación de la que parecía
imbuido el Dr. Usuketa, puede que aquella mujer haya
vuelto a hacer una de las suyas, así que creo que lo mejor
será que telefonees cuanto antes. Por ejemplo, si cuando
llamas es Yuriko o no la que coje el teléfono y si pasa la
llamada", dijo mi marido».
Según me contó mi esposa Matsuko, mientras
escuchaba enrojeció tanto que hasta le resultaba di­
fícil permanecer de pie junto al auricular del teléfono.
Sin embargo, aun así, Matsuko, al tiempo que se veía
envuelta en una intranquilidad inaguantable, reunió
fuerzas para pedir que la esposa Kumiko prolongase la
comunicación y poder preguntarle más detalles. Y como
era de prever... todo lo que había dicho Himegusa hasta
entonces, de cabo a rabo y casi en su totalidad, tenía muy
poco que ver con la realidad.

Mientras escuchaba este relato, sentía como si una


corriente de alta tensión circulase por mi cuerpo a toda
velocidad. La mascota del hospital Usuketa. La enfer­
mera formidable. La pura e inocente figura de Yuriko
Himegusa, que se diría fuese la reencarnación de la
paloma de la paz, sufría ante mis ojos una ilusoria trans­
formación en la que, como si la hubieran expuesto a un
chorro de rayos X, iba desapareciendo a ojos vista para
transformarse en un horrible esqueleto color ceniza.
Al mismo tiempo, me venía a la memoria la figura de
esa Yuriko que hacía un momento bajaba lloriqueando
en la oscuridad la Cuesta de los Arces hacia el Hospital
mientras resonaba en mi cabeza el ritmo del pasodoble
español. Dirigía la mirada de mi esposa a mi hermana,
como comparando sus empalidecidos rostros, que a su
vez se clavaban en mí con ansiedad, y sentía un pánico
indecible que se deslizaba causando un escalofrío en mi
espina dorsal.
Entonces, mi esposa Matsuko, mientras servía una
nueva taza de té, como si pusiera un punto y aparte en
esta conversación, suspiró profundamente y, a continua­
ción soltó un comentario del todo inesperado.
-Oye, cariño, ¿no es una chica muy extraña esa
Himegusa? A pesar de saber que nos ha engañado por
completo, soy incapaz de sentir rencor hacia ella. Por fin
he comprendido que la esposa del Dr. Shirataka con toda
seguridad debió experimentar lo mismo que yo, y con
ese sentimiento se encariñó con ella. Justo hasta ahora
no hablaba más que de eso mismo con tu hermana.
Cuando escuché estas palabras, terminé de decidirme.
Por una parte, exhalé un incontenible suspiro de alivio
al tomar conciencia definitivamente de esa extraña e
insondable fascinación, esa terrible fuerza mágica con la
que ella, Yuriko Himegusa, envolvía a los demás, como
ahora sucedía con mi esposa y mi hermana. Pero al mis­
mo tiempo, se me ocurrió una forma de escapar de esa
fuerza mágica suya que se presentaba recubierta de una
especie de hermosa neblina. Sin embargo, se trataba de
una medida un tanto brusca, incluso mezquina . . . Por
ello, deliberadamente opté por no decir ni una palabra
al respecto ni a mi esposa ni a mi hermana y me puse
de pie en silencio, encaminándome otra vez al recibidor
y cubriéndome con el sombrero. Sin decir a esas dos
mujeres que me contemplaban con expresión extrañada
a dónde me dirigía, me calcé los zapatos y, con paso
decidido, salí a toda prisa para descender por la Cuesta
de los Arces. ¡Qué sensación tan espantosa experimenté!
En esos momentos, aquellos negros tejados que se
amontonaban cubriendo toda la superficie bajo mi vista,
las luces parpadeantes de los carteles anunciadores y
hasta la incontable cantidad de estrellas blanquiazuladas
brillando desperdigadas sobre todo ello, todo, absolu­
tamente todo, me pareció que fueran las vacías carcasas
del rastro que iban dejando las mentiras de la chica.

Bajé la Cuesta de los Arces a toda prisa con el cuerpo


temblando. Subí a un taxi que pasaba en ese momen­
to por delante y le hice detenerse junto a la puerta de
la redacción del periódico Toto Nippo, que se hallaba
enfrente del edificio del Gobierno Prefectura! de Kana­
gawa. Allí hice despertar a Mitsugoro Uto, responsable
de aquella sucursal del periódico que había sido com­
pañero de colegio mío durante la Escuela Secundaria y
le hice acompañarme al segundo piso de un estableci­
miento especializado en platos de pollo que había en las
proximidades. Comencé la conversación con un «Creo
que puede haber un caso interesante para un artículo de
periódico» y, a continuación, le expliqué sin ocultar ni
suavizar nada, todo lo que había ocurrido hasta enton­
ces. Al finalizar, probé a preguntarle a Uto su opinión
sobre todo este asunto.
Mitsugoro Uto retorcía en silencio ese bigote estilo
capitán de barco del que se enorgullecía y, finalmente,
me miró a la cara y sonrió levemente con malicia. Me
lanzó una pregunta con su habitual estilo directo de
primera clase.
-Uhm... A la vista de todo esto, hay algo que tienes
que confesarme.
-No tengo nada que confesar. Aparte de lo que acabo
de contar ahora.
-Uhm . . . Entonces, ¿ quieres decir que no ha habido
nada entre ella y tú?
-¡Tonterías! ¡ Qué impertinencia! Yo . . . yo no . . .
-Vale, vale. Con eso ya h e comprendido todo.
De pronto, Mitsugoro se sacó la pipa de marinero de
la boca y exclamó en voz alta:
-¡ Lo tengo, ya lo tengo! Roja, es roja.
-¿ Eh? ¿ Roja? ¿ Qué quieres decir con eso de roja?
-Roja quiere decir roja. Nadie que no sea un militan-
te de los rojos se dedica a ese tipo de actividades extrañas.
Tiene el mismo patrón de las actividades subversivas a
las que se dedican últimamente los rojos. Entre los rojos
de hoy en día queda un buen número de maestros de
la impostura. Y tú, como sigas dando de comer a una
mujer así, vas a terminar metido en un buen lío.
-Uhm. Ya entiendo lo que quieres decir con eso de
roja. Sin embargo, no puedo creer que esa chica se halle
envuelta en algo tan siniestro . . .
-Que no, que no. Precisamente hacer creer a los
demás que eso es imposible es una de las habilidades de
primera clase más temibles de esos rojos. Tiene que ser
una roja. Roja, roja. ¿ Qué necesidad tendría cualquier
otro de llevar a cabo esas actividades tan extrañas? Puede
que esa chica llamada Himegusa tenga una posición
destacada dentro del movimiento y utilice tu hospital
como centro para comunicarse con el resto.
-Hmm . . . Lo que dices no es del todo increíble, pero,
con todo, a mis ojos no presenta en modo alguno una
actitud que haga pensar eso.
-Pues claro, malo sería que se notase. Alguien que
pudiera ser descubierto hasta por un hombre tan inex­
perto como tú, hace tiempo que ya habría sido detenido
y estaría columpiándose al extremo de una soga.
-Hmm . . . Me pregunto si serán así las cosas.
-Mira, en cualquier caso, el asunto de esa condenada
chica es algo que se escapa de las manos de gente como
nosotros. Por cierto que solamente con algo como lo que
me has contado ni siquiera da para hacer un artículo de
periódico. Vamos ahora mismo a casa del Inspector Jefe
de Investigaciones Especiales.
-¿ Eh? ¿ El Inspector Jefe?
-Eso es. Pero tienes que dej ar todo el trabaj o en
nuestras manos. Lo arreglaremos de manera que no te
perjudique.
-¿ Dónde está la casa del Inspector Jefe? ¿ Queda lejos?
-¿ Pero no lo sabes, hombre?
-Pues no, no lo sé.
-¿Cómo no vas a saber? Pero si es la casa junto a la
tuya . . .
-¿ Eh? ¿ Mi vecino?
-Efectivamente. El apellido de la familia es Tamiya.
Sí que eres despistado, hombre . . .
-Es que yo no soy u n rojo. N i m e había dado cuenta.
-Incluso es posible que esa chica llamada Nose-
qué-gusa, más que tu casa, tuviera por objetivo la casa
vecina y con ese propósito se acercara a ti. Esa idea fue lo
que me hizo darme cuenta de todo.
-Ah, ya caigo . S i se trata de ese hombre llamado
Tamiya, le he saludado dos o tres veces estando frente
a la casa. Al abrir la llave del gas y esas cosas. Es un tipo
grande, con rostro ominoso.
-Sí, sí, ese mismo. Mucho mej or que ya le conozcas.
Vamos enseguida. Un momento, que voy a telefonear a
la oficina del periódico.
La conversación fue progresivamente acelerando su
ritmo. Parecía que ante los ojos se vislumbraba por fin

86
el fondo de la cuestión, pero ¿qué es lo que surgiría fi­
nalmente desde ese fondo?

Con el corazón latiendo a toda marcha, me subí apre­


suradamente al taxi con Uto.
Al parecer, el Inspector Jefe Tamiya se encontraba
dormido como un tronco pero, acostumbrado a los gajes
del oficio, nos guió hasta la sala del segundo piso sin
poner mala cara. El Sr. Tamiya, con su aspecto de jefe
yakuza 16 al que solo le faltaba el largo puñal al cinto,
era de piel oscura y con un corpachón más bien gordo
que imponía respeto. Vestido con una bata, se sentó
educadamente ante un mesa baja de madera de sándalo
y, mientras caía sobre él la luz del amanecer, escuchó mi
relato. Al terminar, se cruzó de brazos y miró pensativo
al periodista Uto que tenía a su lado. A continuación,
como murmurando, dijo:
-¿No será una roja?
Al escuchar estas palabras, otra vez me dio un vuelco
el corazón. De rodillas como estaba, adelanté un poco el
cuerpo y pregunté temeroso:
-Y si es una roja, ¿qué podemos hacer?
Al Sr. Tamiya le brillaron los ojillos con frialdad.
-Pues probaremos a detenerla.
-¿Eh? ¿Detenerla? ¿Y cómo?
-Mañana por la mañana ... bueno, no, ya es hoy por
la mañana. En cuanto amanezca, enviaré un inspector
de policía al hospital, así que le pido que no deje escapar
a esa enfermera hasta entonces.

16 Palabra que designa a los que viven al margen de la ley en


Japón, tanto los miembros de asociaciones organizadas más
o menos grandes como los pequeños grupitos de maleantes.
Mitsugoro Uto comprendió mi posición y protestó
presuroso:
-Pero... es que eso sería embarazoso, perjudicial...
-Y continuó-: En realidad, hemos venido a pedirle
precisamente eso, porque como el hospital de Usuketa
se inauguró hace poco tiempo, de pronto una detención
allí...
-Ja, ja, ja. Pues sí, tiene usted razón. Entonces,
¿puedo pedirles lo siguiente? Por la mañana, cuanto
más temprano mejor. ¿ No podrían pensar algún tipo de
recado que tuviera que hacer sin falta esa chica que la
obligue a salir fuera? Y si sabemos el lugar al que va,
mejor que mejor.
-Comprendido. Entonces, hagamos lo siguiente.
Tengo una gema grande, del tipo Alexandria, que traje
de recuerdo de los Mares del Sur. A mi esposa y a mi
hermana no les gustan las Alexandria, por lo que no sa­
bíamos qué hacer con ella. Entonces, se la regalaremos
a esa chica y le diremos que vaya enseguida a la joyería
Matsuyama de Isezaki-cho para que le hagan un anillo
con ella. Creo que, como muy tarde, saldría entre las
nueve y las diez de la mañana, ya que a partir de las diez
empieza a haber mucho trabajo.
-Perfecto. Pero hay que tener mucho cuidado, por­
que últimamente los rojos son muy perspicaces.
-No creo que haya problemas. Nadie sabe que esta
noche he venido aquí y, además, parece que mi mujer ya
le había dicho a Himegusa hace tiempo que le compra­
ría un anillo.
-Ya veo. Entonces, quedamos en eso.
-Comprendido. Siento haberle molestado a estas
horas.

88
Debido a todos estos acontecimientos, caí en un es­
tado de nervios tan desastroso, que tuve que tomar un
somnífero para poder dormir el resto de la noche, pero
luego mi mujer y mi hermana me dijeron que a ellas les
pasó lo mismo. Tras escuchar los detalles que les conté,
las dos sintieron que el espantoso destino que caería
sobre los hombros de la delicada Himegusa en cuanto
abriese la mañana resultaba irremediable e, imaginando
lo horrible que este pudiera ser, ambas encararon la ma­
ñana sin haber podido dormir bien debido a la extrema
excitación nerviosa. Según me dijeron, Matsuko, creyen­
do haberse solamente adormilado, vio con todo realismo
cómo Yuriko Himegusa era sacada a rastras del hospital
maniatada y entonces despertó con un sobresalto; mien­
tras que mi hermana mayor, tan atenta ella, contempló
con toda viveza el rostro muerto de la chica cuando su
cuerpo se balanceaba colgando de una soga en el patí­
bulo y, tras retorcerse murmurando en sueños varias
veces, fue despertada por Matsuko, lo cual da una idea
del estado en que se encontraban las dos.
A pesar de ello, una vez que llegó la mañana, el plan
avanzó según lo previsto al cien por cien. Mi esposa
Matsuko, con expresión de lo más inocente, llamó a
Himegusa en cuanto llegó al Hospital y, en la sala de
medicamentos, le puso en la mano la gran gema Alexan­
dria, con una actitud perfectamente natural. Ante eso, ni
la propia Yuriko sospechó lo más mínimo e hizo varias
reverencias, alegrándose de corazón, de tal manera que
enseguida acudió ante mí para darme las gracias. En ese
momento, según me dijeron, mi reacción asintiendo
sonriente con magnanimidad, como un día cualquiera,
fue digna de un actor de primera. De hecho, después mi
hermana me soltó varios chascarrillos por ello.
Sin embargo, cuando ella, Yuriko Himegusa, se
cambió de vestido a toda prisa preocupada por la
próxima apertura del hospital a las diez y veíamos su
figura de espaldas saliendo por la puerta, la tensión
que ofrecía tanto mi aspecto como el de mi esposa
y mi hermana era tal, que el resto de enfermeras y
hasta los pacientes del hospital la percibieron. Parecía
totalmente que estuviéramos asistiendo a la salida de
un personaje de alto rango, los tres tiesos como palos
en posición de firmes, lo cual fue un claro error, pues
luego todo el mundo nos preguntaba: «¿Qué es lo que
pasa?». Más aún, como mi hermana y mi mujer huye­
ron al lavabo a toda prisa para ocultar las lágrimas que
empezaban a aflorar, la escena resultaba absurda, más
allá del ridículo.

Yuriko Himegusa no regresó.


Mi hermana, mi mujer y yo, a pesar de ser conscientes
de lo sucedido, pasamos todo el día con el rostro pálido
por el temor, intercambiando miradas significativas.
Pasó la noche y, hacia las ocho de la mañana siguien­
te, desde la vecina casa del Inspector Jefe Tamiya, vino a
buscarme su hijo, de una edad en torno al primer curso
de escuela primaria, así que con gran nerviosismo me
cambié de ropa y le seguí. Al llegar, me encontré al Sr.
Tamiya vestido con la misma bata de anteanoche, aguar­
dándome en esa habitación para las visitas del segundo
piso que tenía vistas al puerto de Yokohama. En cuanto
vio mi rostro, sonrió poniéndose un poco colorado y me
ofreció un té negro caliente, estilo inglés. Pero, a diferen­
cia de la madrugada del día anterior su comportamiento
era mucho menos envarado:
-Esa chica no es ninguna roja -soltó abruptamente.
-¿Eh? -Corregí la posición en que estaba sentado
mientras parpadeaba desconcertado.
- Las molestias que ustedes se han tomado han
sido en vano. Hemos probado a investigar todo lo que
le concierne, pero no hay el menor rastro de color rojo.
Eso sí, en cuanto a lo de que procede de una familia
pudiente, hemos realizado averiguaciones mediante el
teléfono y el telégrafo, con el resultado de que no solo
no es así, sino que por lo visto su situación es de una
miseria indecible. Al parecer, el hermano mayor de ella,
de unos veintisiete o veintiocho años, el único varón
de la familia, después de perder la casa y las tierras por
culpa de su vida disoluta, dijo que iba a buscarse la vida
en Tokio y desde entonces nadie sabe su paradero. Sus
padres, ya mayores, no tienen quien se ocupe de ellos y
andan deambulando por ahí, comiendo a duras penas.
Por supuesto que esa mujer, ¿cuál era el nombre? Ah,
sí, sí, esa Yuriko, por lo visto no les envía ni un céntimo,
y todo eso de que si los encurtidos que si no sé qué, pa­
rece que es otra de sus mentiras. Por cierto que Yuriko
Himegusa no es su verdadero nombre, ya que el apelli­
do de los padres es Hori. Según confesó, cuando entró
a trabajar en el Hospital Keio, utilizó el registro familiar
de la hermana menor de una amiga, falsificando así
su edad. Los padres dicen que su verdadero nombre es
Yumiko y que, desde que a los diecinueve años salió tras
los pasos de su hermano abandonando su tierra natal,
han pasado ya seis años. Por lo tanto, esa Yumiko Hori
que se hace llamar Himegusa se ha inventado también
lo de que tiene diecinueve años. Aun así, todavía insiste
en que tiene veintitrés. Como era de esperar, los infor­
mes dicen que tampoco fue a la Escuela Femenina, así
que esa mujer es un pozo sin fondo de mentiras.

91
-Vaya... Entonces no era una roja...
-No hay el menor contacto con células de rojos, eso
seguro. Creemos haberlo comprobado estricta y minu­
ciosamente.
-Pero entonces, en definitiva, esa mujer ¿qué es?
-Pues verá, es... Ejem. Es lo que es. En el fondo, no
es más que una mujer desgraciada. Está realmente agra­
decida de corazón por la amabilidad que ustedes le han
dispensado. Dice que le gustaría quedarse de por vida en
el hospital Usuketa. Y también, entre grandes sollozos,
que preferiría suicidarse cortándose la lengua de un
mordisco antes de que la familia Usuketa sospeche de
ella. Así que ya ve usted.
-Eh... ¿de veras?
-Pues claro que sí. Ja, ja, ja. Por favor, venga usted
a comisaría a buscarla antes de las diez. Puesto que la
detuvimos solamente por sospechar que era una roja,
ahora que se ha aclarado ese punto, vamos a ponerla en
libertad. Se la entregaré diciendo solamente «ha sido un
mal trago» y no mencionaré nada sobre el resto de cosas.
Me limitaré a reprenderla con una regañina del tipo de
«El Dr. Usuketa tiene una gran confianza en ti, así que
deja ya de contar mentiras». En cualquier caso, es una
pobre desgraciada, así que hágale el favor de tenerla a su
servicio el mayor tiempo posible.
-¿Eh? ¿Pero no es algo extraño? Entonces, ¿qué ne­
cesidad tiene esa mujer de revolucionar a todo el mundo
con esas mentiras que se inventa y hacernos pasar esas
vergüenzas? Esas cosas sin fundamento alguno...
-Efectivamente. Pues verá, ese aspecto también lo
hemos analizado al detalle, pero, en resumidas cuentas,
parece que no es más que un mal vicio de ella. Simple­
mente algo así como esas sirvientas venidas de lo más

92
recóndito de la montaña que quieren presumir de su
pueblo natal, y no hay ninguna intención delictiva en
ello, así que no hay por qué tenérselo en cuenta. Ave­
riguar más allá de esto es algo que entra en los secretos
particulares de cada uno, y por tanto nos hemos absteni­
do. Ja, ja, ja. Bueno, siento que haya perdido usted una
joya con este asunto. En cualquier caso, hágale el favor
de tratarla con cariño y seguir teniéndola a su lado el
mayor tiempo posible; no es más que una pobre desgra­
ciada. Bueno, tengo que irme ya a trabajar, así que usted
me disculpará.

Con mi habitual falta de perspicacia fui incapaz de ex­


traer una lectura de las palabras y actitud del Sr. Tamiya.
Me marché con todo el aspecto de un bobo que no se da
cuenta de nada y al que se han quitado de encima. Cuan­
do les conté tal cual las cosas a mi hermana y mi mujer,
las dos se alegraron sobremanera, como si entonaran
cantos de triunfo.
-¿Has visto? ¿No te lo habíamos dicho?
-¿Dicho, qué? ¡Tonterías! Pero si desde un principio
no habéis dicho nada...
-Nada de eso. Yo estaba segura. Sabía que si alguien
no podía ser una roja, esa era Yuriko Himegusa, pero
como tú habías llevado ya las cosas tan lejos...
-¿Cómo que tan lejos? Por lo menos, ya tenemos la
certeza de que esa Himegusa es una mentirosa, ¿no?
-Sin embargo, qué alivio, ¿verdad? Que al final no
haya sido nada... Ahora mismo estaba hablando de
ello con tu hermana. Estábamos considerando si por
un casual, finalmente Himegusa quedase en libertad y
volviese, la despediríamos o no. Y después de mucho
hablar, pensamos que, a pesar de todo, es una pobrecilla

93
que lo ha pasado muy mal y por eso queríamos pedirte
que la dejases seguir aquí. En fin . . . ¿no es todo un alivio?
Nuestra mascota . . . Ahora mismo iremos nosotras dos a
buscarla. ¿Verdad que no te importa?
Poco después, ambas salieron muy animadas en el
coche que habían pedido. Olvidándose hasta de prepa­
rarme el desayuno . . .
Según parece, Yuriko se agarró con ambas manos al
pecho de mi hermana en el pasillo de la entrada de la
comisaría. Igual que si fuera una niña de cinco o seis
años, repetía mientras lloraba temblorosa:
-No volveré a hacerlo, no volveré a hacerlo . . .
Ambas se quedaron sin saber cómo calmarla y, pen­
sando en lo duro que había debido ser el interrogatorio
al que fue sometida, las dos sintieron también que esta­
ban a punto de saltárseles las lágrimas.
Tras esto, las tres montaron en el coche y regresaron,
pero como el maquillaje del día anterior de Yuriko había
desaparecido hasta el cuello del vestido sin dejar rastro,
mi hermana y mi mujer la metieron en el baño y le hi­
cieron ponerse ropa interior limpia, arreglándola hasta
que, como si fuera por completo un muerto que ha
resucitado, la trajeron ante mí ya pasado todo el follón y
por fin nos pusimos a desayunar juntos. Pero Yuriko se
pasó todo el tiempo diciendo:
-Perdóneme, perdóneme.
Lo repetía una y otra vez mientras lloriqueaba, por lo
que apenas debió de conseguir tragar bocado.
Sin embargo, ella, Yuriko Himegusa, o Yumiko Hori,
poseía un carácter tan extrañamente inexplicable . . .

Ese día había atrasado exprofeso mi hora de acudir


al trabajo, por lo que la hice pasar a la habitación junto

94
a la entrada para preguntarle los detalles del interro­
gatorio sufrido. Y . . . ¿ cómo podría explicar lo que nos
encontramos? Los detalles de dicha investigación resul­
taban inaceptables hasta un punto que era realmente
sorprendente.
Despojada de su ominosa piel de monstruo y ofre­
ciendo tan solo la imagen de un ser cariacontecido, nos
contó entre sollozos que los policías de la comisaría de
Isezaki llevaron a cabo un interrogatorio en absoluto
severo. El relato que ella efectuó entrecortado por el hipo
y los sollozos era tal que, de puro acaramelado, mi her­
mana y mi mujer no aguantaron permanecer sentadas
allí, y se hallaban en un estado en el que sentían que
mejor no decir nada, mientras que la chica comenzaba
a desgranar las palabras aparentemente dominada por
el despecho. Era una narración de un verismo increíble
en la que uno parecía estar viendo la habitación de la
comisaría con el gran brasero de hierro encendido, el
Inspector Jefe Tamiya vestido de paisano sentado frente
a ella, y en la que se podía sentir desde los intermitentes
chasquidos procedentes del brasero hasta el tic-tac del
reloj del Sr. Tamiya.
Sin embargo, en esta ocasión no me sorprendí lo más
mínimo.
Mientras que, ensimismada, ella continuaba de esa
manera su relato, aumentando progresivamente su
excitación y su elocuencia, estuve mirando fijamente
su expresión y en un momento dado descubrí en su
mirada un tipo de hermosa luz inusual, que brillaba
cada vez más. Encerraba un grado de pureza más
allá de la inocencia, con una cualidad similar a la que
puede detectarse con frecuencia en los locos cuando
alcanzan un alto grado de excitación; era algo difícil

95
de describir, con un encanto irreal, incluso fascinan­
temente erótico, un brillo que rebosaba una lujuria y
una pasión arrebatadoras.
M ientras observaba atentamente ese brillo de sus
ojos, hasta un obtuso como yo tuvo que asentir ante
la verdad oculta que se iba abriendo paso como la luz
del amanecer sobre el reverso oculto de ella. Todo ese
panorama dibujado por el inexplicable funcionamiento
del cerebro de esa chica que hasta ahora se aparecía tan
complicado, de pronto, gracias a una situación extrema
alcanzada de manera fortuita, se revelaba ante mis ojos
como una realidad de lo más transparente y vulgar.
Debido a mi carácter impaciente, en mitad del relato
pretexté ir al cuarto de baño y, en su lugar, me dirigí al
salón de té contiguo. Allí, con el rostro congestionado y
aguantando la risa, se hallaba mi esposa Matsuko, a la
que le susurré al oído que fuese urgentemente al hospi­
tal para buscar a la enfermera que compartía habitación
con la chica por las noches, ya que deseaba preguntarle
algo en secreto.

La enfermera que acudió era una mujer apellidada


Yamauchi que había llegado para trabajar con nosotros
directamente de provincias. Una muj er totalmente fiel
y sincera, del tipo de las que suelen ponerse nerviosas
delante de la gente, mirando a izquierda y derecha,
pero, al verse frente a nosotros tres, se sentó con estilo
cortés, poniendo sus roj as manazas sobre las rodillas
como si fuera un judoka y contestó mirándonos fija­
mente y sin vacilar. Como si guardase algún rencor
hacia Himegusa . . .
-Efectivamente. L a menstruación d e H imegusa le
venía de manera muy regular. Por lo general, hacia el
día cuatro o cinco de cada mes. Lo sé muy bien porque
siempre me hacía lavar a mí sus cosas.
Cuando escuché esto, no esperé ni un momento, y
me puse mi traje de estilo occidental. Dejé todo como
estaba y me fui en coche a toda prisa hasta la oficina
del Departamento de Investigaciones Especiales en el
edificio de la Prefectura, donde entré a toda prisa para
entrevistarme con el Sr. Tamiya, que acababa de llegar
al trabajo. Comencé a explicarme directamente, prescin­
diendo hasta de saludar.
-Sr. Tamiya, por fin he comprendido. Esa chica que
le ha causado tantas molestias llamada Yuriko Himegu­
sa presenta un tipo de desequilibrio mental provocado
por accesos depresivos originados fisiológicamente, no
se si ovariales o menstruales. Por fin he descubierto que
esos arranques de vanidad, esos parloteos sobre asuntos
totalmente desligados de la realidad, solo se producen
dos o tres días antes de que le llegue la menstruación,
cuando toda ella se encuentra sumida en un tipo de
intranquilidad. Si se ven los apuntes de mi diario, se
puede comprobar de una ojeada.
-Ja, ja, ja. ¿ Así que era eso? En realidad, basándo­
me en mi experiencia laboral, yo también albergaba
ciertas sospechas de si no se trataría de eso, pero como
de ninguna manera podía hacer las averiguaciones
pertinentes . . . Pero, ¿cómo es que ha hecho usted esas
comprobaciones?
-Por cierto que . . . esto es algo que afecta al honor de
usted y mío, así que sería un gran contratiempo que no
me contase todo con sinceridad. Anoche, cuando estuvo
interrogando a esa chica, ¿no le dijo ella nada acerca de mí?
Aun el Sr. Tamiya, acostumbrado a toda clase de si­
tuaciones, hubo de enrojecer ante esta pregunta.

97
-Ja, ja, ja. ¿Así que lo sabe usted? ¿Se lo confesó ella
a la vuelta?
-No, nada de eso. No dijo ni una palabra sobre el
particular, y en cambio se dedicó a parlotear sobre lo
muy atenta que fue la investigación que ustedes practi­
caron. Una descripción realmente cuidada, minuciosa,
de gran realismo... Así que por eso mismo pensé que
todo era muy sospechoso y recordé la conversación que
mantuve con usted esta mañana, por lo que no pude
aguantar más en casa y salí disparado hacia aquí. Pero
qué espantosa, esa mujer...
Todavía con el rostro colorado, la figura en pie del uni­
formado Sr. Tamiya cobró de pronto la rigidez de un palo.
-Gracias por hablarme sin tapujos. Puestas las cosas
así, yo también lo haré, para que pueda usted tener ele­
mentos de juicio. En el mes de octubre... ¿hacia qué día
sería? ¿No salió usted una tarde para ir al hotel Ashinoko
en Hakone y atender a un paciente extranjero?
-Así es. Fui hasta allí. Se trataba de un hombre ya
muy mayor, el Sr. Larsan, presidente de una compañía
petrolera.
-Y en aquella ocasión, ¿llevó con usted a esa mujer?
-¿Cómo iba a hacer algo semejante? Fui yo solo.
-Ya veo. Y mientras usted estaba fuera, ¿Yuriko estu-
vo en el hospital?
-Pues... debería haber estado. Puesto que no la llevé
conmigo.
-Sin embargo, al parecer Yuriko no estuvo allí esa tar­
de. Anoche telefoneé a su hospital para preguntar a una
de las enfermeras, y por lo visto, al poco de salir usted
aquella tarde, se recibió una llamada telefónica desde la
estación de Yokohama, con la orden suya de que Yuriko
se cambiase enseguida y acudiese a la estación.
-¿ Eh? Increíble ... Parece que esa chica es una gran
afi cionada al teléfono. Le gusta utilizarlo cada dos por
tres para sustanciar sus mentiras. Y habla y contesta
como si realmente estuviera atendiendo a las llamadas.
-En cualquier caso, parece que por este motivo Yuri­
ko se maquilló y se cambió a toda prisa con un vestido
más formal y salió del hospital.
-¡Puf! ¡Qué estupidez! No se va a visitar a un pacien­
te llevando a una enfermera con vestido elegante.
-¿Verdad que no? A mí también me pareció un poco
raro cuando lo escuché. Además, si hay necesidad o no
de llevarse una enfermera, es algo que ya se sabe antes
de salir a ver al paciente.
-Para empezar, no le pediría de una manera tan sos­
pechosa que viniese -me reí.
-Ja, ja, ja. Sin embargo, me contó la historia con todo
lujo de detalles. Parece que en ese hotel hay un gran
baño maravilloso de aguas termales, llamado algo así
como El valle de la fantasía. Aunque yo no he ido nunca.
-Yo tampoco he oído hablar de él. En ese hotel estu­
ve comiendo con el extranjero llamado Larsan. Todavía
debe de estar alojado allí, así que puede usted probar a
preguntarle si desea comprobarlo. Se hallaba un tanto
neurasténico por una inflamación del oído interno, por
lo que le practiqué una miringotomía en el tímpano.
-¿Así que fue eso? Pues la escena en las aguas del
baño ese de la fantasía era realmente deliciosa. Rodea­
dos de rocas negro-azuladas, los dos cuerpos flotaban
en el agua, reflejando su figura en el espejo del techo,
semejando dos pececillos rosados. Así lo contaba ella...
-Tamiya estalló en carcajadas.
-¡Pero qué estupideces! ¿ Cuándo iría ella allí?
-No creo que fuese sola.

99
-Seguro que no. Vaya una tipeja sin remedio.
-Es de una insolencia vergonzosa...
-Eso es, ¡vergonzoso! La verdad es que esta mañana,
cuando usted me dijo aquello de «tratarla con cariño y
seguir teniéndola a su lado por largo tiempo», acepté
su consejo sin más, pero ahora que veo que va por ahí
soltando cosas que afectan de esta manera a mi hono­
rabilidad, ya no puedo seguir pasándolo por alto. Ahora
mismo la voy a echar a la calle, así que he venido para
que usted comprenda mi situación.
-Claro que sí. Estoy avergonzado por lo que le dije
y le pido disculpas. Échela usted cuanto antes. Vaya un
asunto tan vergonzoso.
-No solamente es vergonzoso e indignante. Además,
por mi falta de cuidado, le hemos causado molestias
también a usted...
-Hay que ver la gente tan liante que hay por ahí. Es
la primera vez que veo un caso así. U na tipa como esta...
-¿ De verdad? ¿También es un caso raro para usted?
En su profesión...
-Bueno, posiblemente entre las llamadas damas de
alta alcurnia haya de vez en cuando casos similares, pero
como no aplican su habilidad al crimen, no pasan por
nuestras manos.
-O a lo mejor es que mienten todavía mejor...
-También puede haber casos de esos. En definitiva,
debe tratarse de un tipo de obsesión paranoica. El hogar
de sus padres nada en la abundancia, ella es una en­
fermera genial, y además una belleza sin igual a cuyos
encantos ningún hombre puede resistirse. Y toda una
serie de personajes de elevada posición enseguida inten­
tan acosarla... Todo ello se lo imagina con gran realismo
y hacer creer esas fantasías a los demás es su mayor

100
placer en este mundo. Sin duda es ese tipo de mujer,
¿ no cree? Eso que contó anteanoche sobre que se quedó
embarazada, teniendo en cuenta que sale de sus labios,
puede que tampoco sea cierto. Incluso hasta es posible
que todavía sea virgen. J a, ja, ja.
-Ja, ja, ja. En fin, vaya un trago tan desagradable que
hemos pasado. Muchas gracias por sus atenciones.
-Hasta la vista.

Nos separamos con estas palabras y de vuelta a casa


puse un telegrama a la tía suya que figuraba como ga­
rante, esa señora que residía en Shitaya. Me sentía como
despertando del sueño más largo y estúpido del mundo
y dudando de si esa supuesta tía suya realmente se trata­
ba de una persona real...
La señora que trabajaba como peluquera y a la que
ella llamaba «tía», fue rápida, ya que acudió esa misma
noche a mi casa con desparpajo. Debía de pasar de los
cuarenta y con su figura colorada y regordeta, coronada
por una cabeza con rulos y vestida con un sencillo ki­
mono de algodón, ofrecía un aspecto de lo más sano. La
enérgica voz con que entonó su saludo resonó en todo el
vecindario.
-Hay que ver. Esta chica no tiene remedio. Verda­
deramente ... No, no, yo no soy su tía, ni nada parecido.
Aquí donde me ven, soy nacida en el centro de Edo' 7 ,
¿eh? J e, je, je. Lo que pasa es que no hace mucho me
ingresaron en la sección de Otorrinología del hospital
de la Universidad para una operación de meningitis, y

1 7 Edo es el antiguo nombre de Tokio. Los naturales de la ciu­


dad usan el término para recalcar que son «de Tokio de toda
la vida».

101
en aquel entonces esa chica me atendió con una ama­
bilidad y un cariño como si fuera mi hija. Debido a eso,
nuestra relación ha terminado así. Como se encariñó
conmigo llamándome «tía, tía» cada vez que me veía,
al final acepté convertirme en su garante. Pero sucedió
lo siguiente. Desde que esa chica se instaló en mi casa,
los muchachos del vecindario se pasaban el día mosco­
neando alrededor de ella, y era un engorro. Esa chica...
¿ cómo decirlo? Es una chica muy extraña, ¿ verdad? Y es
que a los dos o tres días de llegar a mi casa ya estaban
los jóvenes del vecindario alborotados de júbilo por su
presencia. Parecía por completo como si tratase de una
hechicera. Por eso le insistí para que se fuera cuanto an­
tes a otro lugar y me ofrecí a figurar como garante para
un trabajo. Así conseguí que se marchase, pero ahora...
Mientras iba encadenando todo este parloteo sin des­
canso, se sacudió el polvo de los calcetines y entró en
casa por la puerta de la cocina, llegando hasta el salón de
té. Se acomodó allí y sacando una antigua cajita de taba­
co picado, bajó la voz abriendo mucho los ojos a la vez
que preparaba una alargada pipa con boquilla de plata
para fumar. Hice una inclinación de cabeza cuando me
ofreció tabaco, mientras pensaba «vaya un garante que
nos ha llegado» y los tres anfitriones nos intercambiába­
mos miradas significativas.
-Ahora que he mencionado eso de los muchachos,
he recordado una cosa. Esa chica, al parecer, es la mis­
ma que no hace mucho llamaban en los periódicos «la
mujer misteriosa». Lo recuerdan ustedes, ¿ verdad? Por
lo visto, animada por esos chicos del vecindario, una
vez se le escapó y dijo: «Un bromazo como ese podría
haberlo hecho yo perfectamente». Para divertirse, le
siguieron preguntando sobre el caso y al final terminó

102
reconociendo que había sido ella, por lo que todos se
quedaron un tanto asustados. Una vez que ella estaba
fuera de mi casa, uno de los chicos vino a contármelo.
Por eso, cuando me enteré, a mí también me entró una
sensación de repulsa. Un día que ella había salido a bus­
car trabajo, estuve mirando entre el equipaje que guar­
daba en mi casa y ¿qué me encontré? Metidos dentro
de un papel limpio doblado como un envoltorio, había
recortes y recortes de periódico sobre el caso de «la mu­
jer misteriosa» . . . Y no, no, no había ni un solo recorte de
periódico sobre otra noticia que no fuera esa. No saben
ustedes el escalofrío que me entró. Estaba todo el día con
el corazón en un puño, pensando en las consecuencias
que me podía traer. Pero menos mal que la cosa no ha
ido demasiado allá, ¿verdad? Sí, sí, por supuesto, me la
llevaré conmigo. Intentaré sacarla fuera sin que llame
mucho la atención y me la llevaré. Pero no pienso dejar
que una tunanta como esa siga alojándose en mi casa.
En cuanto una se descuide, puede terminar pagando el
pato. ¿Qué es todo eso de que también hay un hermano
mayor en la ciudad? No son más que mentiras. Y vaya
molestias que les ha causado a ustedes también. Creo
que le daré algún dinero para que se vuelva a su pueblo
y así ni me quedará mal sabor de boca, ni tendré que
preocuparme de que ella me guarde rencor. Siento mu­
cho todas las molestias. Disculpenme, no he hecho más
que parlotear yo sola y no les he dejado ni abrir la boca.
Ya siento haber venido a molestarles con este asunto.
Bueno, entonces, adiós.

Tal y como prometió, parece que la señora se llevó a Yu­


riko definitivamente sin que nadie se diera cuenta. Yuriko
Himegusa desapareció esa noche sin que, por supuesto

103
nosotros pero tampoco las enfermeras que compartían
habitación con ella, nos apercibiéramos de ello. Aparte
del mensaje de últimas voluntades suyo al que he hecho
referencia al principio de este escrito, no hubo el menor
contacto por su parte y el Hospital volvió a su buena
marcha habitual.
Aun así, no dejaban de llegar al Hospital pacientes
esperando ser atendidos por Himegusa. Casi podría
pensarse que el sentido de la existencia de mi hospital
fuese ella.

Por otra parte, según los comentarios de los policías


que de vez en cuando se acercaban para charlar en sus
ratos libres, Yuriko utilizó los servicios de un antiguo
benshi 1 8 que trabajaba como recadero en el estableci­
miento de soba1 9 enfrente del hospital, al que al parecer
pedía llamar por teléfono y que por lo visto era también
el que llamaba desde Tokio haciéndose pasar por el
profesor Shirataka. Según me contaron, ella escribía
los diálogos en unas hojas y llevaba al benshi al sótano
del hospital, donde le hacía ensayar una y otra vez. Del
mismo modo, en el caso de las cartas del Sr. Shira­
taka, ella redactaba los textos y acudía a la oficina del
escribano 2º frente al edificio del Gobierno Prefectura!

18 Benshi es el nombre de los narradores que actuaban en las


funciones de cine mudo.
1 9 Pasta con forma similar a los tallarines, hecha de trigo sarra­
ceno.
20 En el Japón de hace cien años, todavía era frecuente la gente
que no sabía escribir, por lo que existía este empleo, consis­
tente en escribir cartas o rellenar instancias y formularios
para los demás.
para que se las transcribiesen y enviarlas desde allí. Me
explicaron que todos estos detalles los obtuvieron de
sus confesiones durante el interrogatorio pero, cuanto
más escuchaba, más me asombraba su capacidad como
fabricante de mentiras, su habilidad en modo alguno
ordinaria y cercana a la de un director de escena. El co­
nocimiento y el interés de especialista que poseía para
desarrollar sus mentiras encerraban una cualidad casi
enfermiza. Con un talento mayor que el de un criminal
o un artista y un entusiasmo que actuando a la vez de
manera delicada y libre, no ceja por más obstáculos
que halle, luchaba por vencer la fría y cruel realidad. ¡Y
de qué manera había jugueteado entre sus manos con
el Hospital de la Universidad K, la Agencia Metropoli­
tana de Policía, la Policía Prefectura! de Kanagawa y la
Clínica Usuketa!... Tras armar revuelo tras revuelo, su
silenciosa desaparición sin dejar rastro encerraba un
carácter casi sobrehumano, o por lo menos así lo veía
mi imaginación, sumida en el asombro y la admiración
más profundos.

Más adelante, descubrí otro incidente importante


en el transcurso de la investigación sobre la marcha
interna del hospital y es que habían desaparecido una
aguja hipodérmica de tamaño pequeño y un frasquito de
morfina. Por añadidura, al parecer ella, Yuriko Himegu­
sa, llevó a cabo dicho robo en una fecha tan temprana
como los primeros de septiembre, momento en que fue
sorprendida in fraganti por esa enfermera provinciana
llamada Yamauchi a la que he aludido antes. Al ser
descubierta, Himegusa se volvió hacia ella y con rostro
amenazador le espetó:
-Si se lo cuentas a alguien, no tendré piedad de ti.

10 5
Según su relato, le entró un pánico tal al contemplar
ese rostro similar al de un demonio azul, que por eso no
había hablado del caso hasta ahora.
-No hay nadie más repulsivo y terrible que esa Hi­
megusa. Se pasaba el día repitiendo: «Qué tedio, qué
tedio, quiero morirme, quiero morirme», hasta el punto
de que me encontraba siempre asustada. En alguna oca­
sión, la seguí a hurtadillas por la noche temiendo algo,
pero solo iba al cuarto de aseo. Pero por otra parte, era
muy violenta, me hacía lavarle todas sus cosas sucias
y también me utilizaba para ir a llamar al joven que
trabaja en el establecimiento de soba de enfrente. Y me
repitió varias veces: «Si el Dr. Usuketa descubre aunque
solo sea el más mínimo de mis secretos, no me quedará
más remedio que matarte y suicidarme después, así que
ya sabes a lo que atenerte. Si tengo que salir de este hos­
pital aunque sea un paso, será el fin para mí». Así que,
sin saber muy bien qué era lo que estaba pasando, hacía
todo lo que me ordenaba Himegusa.
La enfermera Yamauchi me confesó esto abriendo
mucho los ojos.
En aquel momento comprendí que esa Himegusa
se jugaba la vida con cada una de sus mentiras. Se
levantaba cada mañana para enfrentarse a uno y otro
día inmersa en un estado psicológico angustioso que le
llevaba a la determinación de tener que abandonar este
mundo mediante el suicidio si se ponía en evidencia
una sola de sus mentiras. Y además, seguramente saca­
ba fuerzas para vivir del indescriptible placer fisiológico
que esa tensión con sabor a aventura proporcionaba a su
organismo.
Ella nunca mostró el menor interés por el asesinato,
el hurto o el robo. Era una chica con genialidad natural

I06
para la mentira y ahí centraba su interés, hasta el punto
de jugarse la vida por ello.
Al parecer, también algo de interés tenía por la perver­
sión sexual. Sin embargo, creo que no se trataba de una
perversión concreta, sino de fantasear con la perversión.
Más que una inmoralidad real, ¿acaso no encontraría
mucha mayor excitación y satisfacción en la lujuria y
las relaciones licenciosas imaginadas? Tengo un motivo
para creer que a lo mejor, carnalmente hablando, llevaba
una vida mucho más impoluta de lo que las terceras per­
sonas como nosotros podemos imaginar. Dicha impre­
sión puede rastrearse por el mecanismo psicológico de
una persona que, a pesar de ser una redomada maestra
de la mentira, no cambió ni una sola vez el nombre que
utilizaba desde sus tiempos en el Hospital de la Univer­
sidad K. Y creo que no se debe solamente a que fuese
consciente de que el nombre en sí de Yuriko Himegusa
cuadrase perfectamente con la imagen de chica pura y
delicada que quería dar. ¿No sería más bien que el apego
que mostraba hacia este nombre procedía de que, en
algún lugar del fondo de su corazón, sentía orgullo por
su impoluto e inocente comportamiento a este respecto?
Quedo a sus pies, estimado colega Shirataka.

Con esto termina el informe de un servidor acerca de


Yuriko Himegusa.

Mitsugoro Uto todavía sigue pensando que se trata


de una agente subversiva extremadamente hábil. Y que,
aparentando no ser más que una chica mentirosa, ha
conseguido con una genialidad inusual realizar a gusto
sus tareas sin que nadie se haya percatado lo más mí­
nimo ni de la existencia de un movimiento clandestino,
tras lo cual ahora ha desaparecido entonando un canto
de triunfo. Además, hasta parece que sospecha que esa
señora de mediana edad que hizo pasar por su tía, en
realidad podría ser una pieza importante del movimien­
to subversivo al que pertenecía ella, que decidió que
era necesario abrir un paréntesis en sus actividades e,
interpretando su papel, acudió a salvarla. Por su parte, el
Inspector Jefe Tamiya piensa que la chica no es más que
una joven lasciva con un tipo de talento especial. Se basa
para ello en que, según se supo después del incidente,
no hay un solo hombre joven en las cercanías del hos­
pital Usuketa que no conociera su nombre. Y por eso,
según intuyo de lo que me cuentan los policías que de
vez en cuando pasan por mi hospital, cree que usted y yo
somos los más tontos de entre sus víctimas por haber­
nos compadecido de ella mientras estaba jugueteando
con nosotros. Sin embargo, considero que eso es dejar
llevar la imaginación demasiado lejos. O, dicho de otra
manera, es una forma de ver las cosas que sobrevalora
las actuaciones de esa mujer.
Al igual que usted, aunque quizá lo que esté diciendo
sea descortés, personalmente no he podido descubrir
ninguna razón que permita creer todo eso, y me figuro
que podrá usted asentir ante mi afirmación.
Confieso aquí junto a mi esposa y mi hermana mayor,
que ninguno de nosotros tres guarda el menor rencor
hacia ella.

En este mundo donde no se puede esperar recom­


pensa alguna, donde no hay dios ni buda, lágrimas ni
compasión y que es un desierto sin oasis ni espejismos,
donde lo único que existe es un inmenso espacio rese­
co, nosotros tres no podemos hablar más que con un

108
sentimiento de lástima acerca de esa chica cuyo estado
emocional hizo de las mentiras nacidas de su fantasía
la única realidad a la que abrazarse, creyendo en ellas
como un paraíso insuperable y defendiéndolas aun a
costa de su vida. Y ese paraíso tan importante para ella,
ese paraíso creado por su imaginación que era lo más
valioso en el mundo, cual si fuera un juguete que hubie­
ra caído en manos de un infante, quedó roto en añicos,
triturado hasta no dejar rastro, por lo que, pensando en
cómo debió sentirse esa miserable chica para haber teni­
do que suicidarse, mi hermana y mi mujer se entriste­
cen dejando correr las lágrimas. Cuando le dijimos estas
cosas a nuestro vecino el Inspector Jefe Tamiya, se rio
diciendo: «Según esa forma de pensar, en este mundo
no existirían los criminales». Y creo que, efectivamente,
así es.
Ella no es ninguna delincuente. No es más que una
persona con una imaginación maravillosa. En realidad,
simplemente por haber creado un Dr. Shirataka de un
carácter parecido al mío, un Dr. Shirataka distinto de us­
ted, que se inventó a la ligera y que encima era una obra
de arte de gran verismo, enseguida quedó espantada de
tal manera que su creación se convirtió en una amenaza
cuyo temor, llegado el momento, la obligaría al suicidio.
Para escapar de ese panorama ominoso, se obsesionó
con ir ensanchando cada vez más ese mundo falso, que
de manera natural se fue complicando de tal modo que
terminó desembocando en su debácle.
De esta manera, nosotros, para salvaguardar nuestras
apariencias, hemos terminado por acorralar hasta hun­
dirla a esa chica que se acercó a nosotros impelida por la
necesidad. Y tras estrujarla hasta el límite, la arrojamos
a ese mundo tenebroso y perecedero.

10 9
Por eso, en realidad ella sufrió por una cuestión sin
importancia, y también por una cuestión sin impor­
tancia, murió. Vivió gracias a la fantasía y esa misma
fantasía la mató.
Y no hay nada más allá de eso.

Escribo esta carta para informarle de todo este asunto


y pedirle que quede usted tranquilo.
Para vencer al demonio del sueño, he conseguido
escribir hasta aquí utilizando de vez en cuando un spray
bucal de cocaína, pero ahora que ya empieza a amane­
cer, siento como si se me derritiera el cerebro y debo
soltar la pluma.
El reguero de mentiras que tras su muerte llevába­
mos a cuestas y la pesada responsabilidad que guardaba
hacia usted, con estas últimas letras, por completo,
como si no tuviera importancia y sin dejar más rastros,
anuncia su fin.

Adiós.
Rece usted por ella.

1 10
Asesinatos por relevos
Primera carta
A la atención de Chieko Yamashita.
De Tomiko Tomonari, de Minato Bus.

Gracias por tu carta.


Comprendo perfectamente tus deseos de convertirte
en chica de autobús.
La vida como campesina es aburrida. No es bueno
andar el día suspirando mientras se contempla el cielo
despejado o las nubes. Y todavía peor si se queda una
con la mente en blanco y la vista perdida en ese tren de
franjas rojas, azules y blancas que se dirige hacia Tokio.
Si una no se pasa todo el día inclinada sobre la tierra
dejando caer en ella el sudor y las lágrimas, sufre la re­
probadora mirada de padres y hermanos como si fuera
un traidor al resto de los campesinos. Nacer de la tierra,
vestir ropas ajadas y sucias de tierra, convertirse en una
vieja fea y cubierta de costras de tierra y, al final, volver
a la tierra.
Tienes razón. Te compadezco.
Pero debes abandonar la idea de convertirte en algo
como chica de autobús. Sobre otros trabajos, no puedo
decir nada, porque los desconozco, pero chica de auto­
bús... te digo de verdad que no lo hagas. Es mucho, mu­
cho más aburrido que ser campesina y mucho, mucho
más espantoso. Realmente desagradable.
El destino de una chica como revisora y cobradora de
autobús es algo que vale menos que el de unos trozos de
papel arrugados y esparcidos por la calle. Si probaras a
hacerte revisora, te darías cuenta enseguida.
Sin ir más lejos, si permaneces como la hija de un ho­
gar de campesinos, tus padres terminarán por escogerte
un novio de entre esos jóvenes sanos y puros del pueblo,
¿no? Y, si tienes suerte, hasta podrás quedar unida a un
hombre que te guste.
Pero si te conviertes en chica de autobús, hay que
olvidarse desde un principio de un destino feliz como
ese. Si, por desagradables que sean, no escuchas con
serenidad sus palabras y obedeces lo que digan los
jefes de la empresa, o cualquiera de los directivos, o los
encargados del tráfico, quedas despedida de inmediato.
Ponen esta o aquella excusa y te echan a la calle sin
contemplaciones. Y en el caso de alguien como yo,
que soy huérfana y sin nadie que me defienda, todavía
más. Por eso, las que son inteligentes, aun sabiendo
que actuando así nunca les subirán el sueldo, apenas
se ponen maquillaje e intentan pasar desapercibidas,
trabajando en los lugares que menos destacan como
si fueran sombras. No hay nada más estúpido que ese
ambiente asfixiante.
Pero, encima, es que no se trata solo de esto.
Como sabes, soy una huérfana sin padres ni herma­
nos, así que podría haberme convertido en telefonista,
camarera o lo que quisiera, pero pensé que ser conduc­
tora de autobús era una opción valiente y de la que se po­
día presumir, así que, como un entrenamiento para ello,
decidí empezar por ser cobradora, como un segundo de
a bordo. Pero, aun suponiendo que, tal y como deseaba,
hubiese llegado a convertirme en chófer y ganar más

u4
dinero, más allá de eso no me aguardaba ningún fin o
propósito concreto porque no tengo padres a los que
atender ni hermanos menores sobre los que volcar mi
cariño y preocupación. Es un aburrimiento total. Paso
un día tras otro sin un objetivo en el horizonte ni una
esperanza en la que confiar, dentro de un mundo vacío,
como si me golpease un viento seco y cortante, reque­
mada por un sol sucio y arrastrándome dando vueltas y
vueltas para sobrevivir. Cuando tengo que soportar los
chascarrillos de un pasajero borracho o que un policía
malcarado me tome de pronto de la mano o que un con­
ductor que se las da de maravilloso se me pegue, siento
una gran soledad en mi corazón y me doy cuenta de lo
triste y monótono que es mi trabajo. Es un trabajo que
te hace pensar únicamente en que a ver si un buen día
en que el autobús vaya a gran velocidad se estrella contra
algo y se acaba todo de una vez.
Perdóname por favor. Precisamente porque me preo­
cupo por ti es por lo que te cuento la verdad, así que no
te enfades, ¿eh? Y todavía hay más.
Hay algo mucho, mucho más terrible.
Me gustaría que leyeses la carta de Tsuyako Tsuki­
kawa que he incluido a continuación. La he transcrito tal
cual la escribió ella.
Esta carta es muy importante para mí. No te puedo
enviar el original a ti, porque es posible que un día
constituya una prueba del secreto de un terrible caso de
asesinato. Cuando la leas, entenderás por qué.
Tsuyako Tsukikawa estudió conmigo en la Escuela
Primaria. Trabaja junto con su padre en la compañía
Benkyo Bus de Hamamatsu y, al igual que yo, es cobra­
dora de autobús. Este año ha cumplido los diecinueve.
Es menudita de cuerpo pero muy bonita y elegante. Y a
diferencia de mí, es una chica amable y de carácter débil.
Es buena amiga mía desde hace tiempo. Además, tiene
mejor letra que yo.

La carta de Tsuyako Tsukikawa

A Tomiko Tomonari

Ha pasado mucho tiempo desde nuestro último con­


tacto. ¿Hay alguna novedad por tu parte?
Ya me perdonarás que de pronto te escriba para
contarte algo tan estrafalario, pero últimamente tengo
la sensación de que cierta persona me quiere asesinar.
Desde hace un tiempo, en la empresa Benkyo Bus don­
de trabajo, ha entrado un nuevo conductor apellidado
Niitaka. Es un hombre frío, de elevada estatura, cuyo
rostro se parece mucho al de Napoleón. Es muy buen
conductor, tiene buena planta y es un hombre que se es­
fuerza mucho en el trabajo, por lo que cada vez le suben
más el sueldo.
Al tercer mes de haber llegado, ese hombre le pidió
a mi padre que le concediese mi mano en matrimonio.
Eso sucedió hace apenas dos semanas. Mi padre, que tra­
baja en el taller de la empresa, no veía la propuesta con
buenos ojos, pero uno de los consejeros delegados de la
compañía, que tiene gran aprecio por Niitaka, actuaba
como intermediario, por lo que tampoco podía rechazar
de pleno la petición. Por eso, cuando me preguntó qué
me parecía a mí, enseguida le dije que estaba de acuerdo.
Además, desde que le conocí, Niitaka no me disgustaba.
¿Me perdonarás por haber aceptado sin consultarlo
contigo? Pero es que me cogió tan de sorpresa ... Me

116
preguntaba cómo sería posible que a Niitaka se le hubie­
ra pasado por la cabeza casarse con una mujer cómo yo.
Al parecer, Niitaka es un hombre muy callado por
naturaleza. A diferencia de los otros conductores, aun­
que él también se deje caer por la salita donde pasan el
tiempo libre, ni una sola vez dice palabras melosas a las
empleadas como cobradoras ni se pone a mirarlas con
ojos lascivos. Cuando las chicas nos sentamos a su lado,
no nos echa ni una mirada y se limita a fumar con ex­
presión de gran placer.
Pero por otra parte, de pronto le da por alzar en bra­
zos a los niños de los pasajeros que se ponen pesados y
hacerles carantoñas en la mejilla hasta que se ríen o se
gasta un yen en comprar caramelos de los más caros, que
cuestan diez sen por cada tres piezas, los reparte en silen­
cio entre nosotras y se marcha a toda prisa otra vez. Por
lo que se ve, es un hombre de carácter muy caprichoso.
También hay otras veces que, sentado ante el volante
del autobús, tras dar un acelerón y conducir a toda pasti­
lla, se pone a cantar con voz maravillosa y alegre:

Que te digo, que te digo


que este maldito conductoor
no se vuelve a enamoraar.
Ay, ay, que ya he vuelto a atropellaar
Y me marcho aprisa sin paraar. ..

Haciendo reír con ello a los pasajeros del abarrotado


autobús. Y, en cambio, no he escuchado ni una sola vez
que haya salido por ahí a divertirse, por lo que da la im­
presión de que tiene siempre dinero contante y sonante
en el bolsillo y parece que por eso a los directivos de la
empresa les merece confianza.
Yo también estaba convencida de que se trataba de
alguien serio, como corresponde a un hombre hecho y
derecho, así que terminé haciéndole caso en todo lo que
decía. Hasta que terminé prometiéndome formalmente
en matrimonio con él.
¿Y sabes qué? Hoy he recibido inesperadamente una
carta de mi amiga Mineko Matsuura, que trabaja en
la compañía Ao Bus de Tokio. Me llevé una enorme
sorpresa:

Si llegase a tu compañía de autobuses un conductor lla­


mado Tatsuo Niitaka, tienes que tener muchísimo cuida­
do. De todos los conductores de autobús de Tokio, Tatsuo
Niitaka es el hombre mejor plantado, pero también tiene
fama de ser el más canalla y espantoso.
Durante el tiempo que estuvo trabajando en Ao Bus,
llegó a prometerse, una tras otra, con las cobradoras y,
según se iba cansando de ellas tras vivir un tiempo juntos,
las iba asesinando sin contemplaciones y, al parecer, arro­
jaba los cadáveres en algún lugar apartado. Sin embargo,
es un hombre tan extraño y terrible, que ha llevado a cabo
todos esos crímenes de forma muy cuidadosa, sin que
sospechen de e1. Por lo visto, solo nosotras, las cobradoras
de autobús, hablamos en susurros entre compañeras de
nuestras sospechas.
Con todo, por fin recientemente los ojos de la Agencia
de Policía han empezado a brillar con fuerza en torno
a la persona de Niitaka, por lo que, de manera discreta,
ha dejado de trabajar en Ao Bus y se ha marchado defi­
nitivamente a algún otro lugar. Se dice que debe haberse
cambiado a alguna compañía de autobús de provincias,
por lo que, si por un casual, aparece por tu empresa, no
dejes de tener muchísimo cuidado.

118
Puede que me esté preocupando sin necesidad, pero
como es algo que me inquieta mucho, he querido avisarte.

Era un texto que venía a tener este sentido, escrito a


lápiz de manera apresurada, así que esta es la carta que
recibí.
Me llevé una sorpresa tremenda.
Pero como soy tan sincera que parezco tonta, en lugar
de mostrarle esta carta a mi padre, se la enseñé sin más
dilación a Niitaka. Entiéndeme, pero como yo ya mante­
nía relaciones con Niitaka, me pareció que dejársela ver
era lo más adecuado.
Niitaka empalideció mientras iba leyendo la carta. Al
terminar, la estrujó con violencia y la arrojó al brasero,
quemándola por completo.
-¡Pero qué estupidez! Como se te ocurra contarle
esto a alguien, te vas a acordar de mí.
Se relamió los labios con la lengua tras decir estas pa­
labras y no puedes imaginarte la expresión tan espantosa
con la que clavó sus ojos en mí. Era tan terrible, que casi
parecía como si desde debajo de la carne que le cubría la
cara, la calavera le brotase impulsada por un resorte. No
he visto en mi vida un rostro que diese más miedo que
ese, ni en el teatro ni en el cine.
En ese momento y sin poder remediarlo, me asaltó
desde el fondo de mi ser un temblor por todo el cuerpo
que me impidió preguntar si lo que ponía en la carta
de mi amiga Mineko era verdadero o falso. Al ver la
expresión de Niitaka, me empezaron a aflorar goterones
de lágrimas, ante lo cual él cambió el gesto y esbozando
una sonrisa me dio unos golpecitos en el hombro.
-Ja, ja, ja. No tengo ninguna intención de asesi­
narte. Es increíble que haya gente con el mal gusto de

1 19
enviar una carta con habladurías como esta. Pero qué
tonta eres...
Mientras decía esto, me acariciaba la espalda con dul­
zura. En aquel instante, no pude evitar la impresión de
que Niitaka terminaría por asesinarme. Pero, al mismo
tiempo, sentía que, tratándose de él, no me importaría
ser asesinada, así que permanecí sin decir palabra.
No tengo intención de contar esto a mi padre ni a nin­
guna otra persona, pero sí quería escribirlo para ti, mi
amiga Tomiko. Hazme el favor de no olvidarte de mí.
Si se diera el caso de que Niitaka y yo llegásemos a
formar una familia feliz, no te rías de mí, ¿eh? Felicíta­
me de corazón. Adiós.
Tsuyako
Desde la Compañía Benkyo Bus, de Hamamatsu.

Esta es la última carta que recibí de Tsuyako.


Escúchame bien, Chieko. La Tsuyako que escribió esta
carta murió menos de una semana después. El funeral
tuvo lugar en Hakata.
Según me contó el padre de Tsuyako, que acudió para
llevarse los restos mortales con objeto de poder celebrar
el funeral, ella iba en un nuevo tipo de autobús marca
Ford que conducía Niitaka y, como estaba tan lleno
de pasajeros, la chica iba de pie en el peldaño del lado
izquierdo del vehículo, con medio cuerpo fuera. En­
tonces, surgió de la oscuridad un camión con las luces
encendidas, por lo que Niitaka dio un volantazo brusco
demasiado a la izquierda y el cuerpo de Tsuyako fue a
golpear contra una farola. El padre me dijo que se había
fracturado por completo el hombro y el brazo izquierdo,
además de las costillas.

120
Por lo que contaban los pasajeros, hizo un sonido
tremendo, como un «boom».
El padre de Tsuyako comentaba lo siguiente:
-Tsuyako tuvo mala suerte. La culpa es mía por
haberle permitido que hiciera ese trabajo. Al parecer,
Niitaka memorizó la matrícula de ese camión, pero no
merece la pena llevar el asunto a juicio y en realidad no
hay nadie a quien se pueda culpar por ello. Total, no era
más que una pobre chica. Para los ojos de la sociedad,
su vida tenía menos valor que la carcasa de un insecto.
Por lo menos, me queda el consuelo de que gracias a
que estaba ella allí, ningún pasajero resultó herido.
Aparte de su sueldo de ese mes, la empresa me ha pa­
gado diez yenes adicionales. Para los pasajeros, como
se han salvado, la cosa no ha tenido mayor importancia,
por lo que a la empresa le ha salido barato. Si hubieran
atropellado a alguien ajeno a la empresa, habrían paga­
do hasta trescientos yenes de indemnización. Pero con
lo que me han pagado a mí, no hay ni para los gastos del
funeral. Para ellos, solo dando tan poco valor a la vida de
sus empleados, es posible contratar a ese gran número
de jóvenes para un trabajo tan peligroso.
¿No es espantoso? Llevé un gran ramo de rosas amari­
llas para la difunta.
Pero después de escuchar esta historia, le he cogido
una irremediable aversión al trabajo de chica de au­
tobús. Y siento una gran envidia de alguien como tú,
Chieko, que ayuda a sus padres en las faenas del campo
mientras escucha trinar a las alondras.
¿Comprendes lo que te quiero decir?
¿Comprendes lo odioso, triste y terrible que puede
llegar a ser el trabajo como chica de autobús y el destino
tan estéril que puede acarrear?

121
Te repito una vez más que ni se te ocurra convertirte
en chica de autobús. ¿ Has entendido?
Adiós. Cuídate mucho.

La segunda carta
Estimada Chieko:
Es algo terrible.
El conductor Niitaka del que hablaba en la carta del
otro día está aquí. Ha sido contratado para trabajar
en nuestra empresa, Minato Bus. Y me ha hecho una
propuesta de matrimonio. Me ha llegado el turno de
convertirme en su próxima víctima.
Pero, por favor, no te preocupes. Porque yo tengo la
cabeza bien puesta sobre los hombros. De ningún modo
voy a dejar que me mate.
Este conductor Niitaka dice que no le gustaba el am­
biente en Ao Bus y que por eso solicitó dejar la empresa
y vino a trabajar aquí. Desde el primer momento, ya está
mintiendo.
Sin embargo, estoy segura de que es el mismo
Niitaka que asesinó a Tsuyako. Con ese rostro frío y
varonil, parecido al de Napoleón, y trabajando afanosa­
mente siempre en silencio. Es muy habilidoso y puede
improvisar en un momento un guardabarros con un
tubo de goma y un alambre. Tiene un carácter muy
caprichoso y tan pronto le da por repartir plátanos de
la mejor calidad entre nosotras como por recortar los
tubos de goma de las ruedas usadas para hacer figuri­
tas de caballos o peces que regala a los niños de los pa­
sajeros. Todos le tienen un gran cariño, revoloteando
a su alrededor llamándole «Niitaka-san, Niitaka-san»,

122
pero a mí me entraron escalofríos cuando me di cuen­
ta de quién era.
Además, estaba la motivación de vengar el asesinato
de Tsuyako, por lo que continuamente le observaba con
objeto de vigilarle. Estaba segura de que buscaría una
nueva víctima a la que asesinar...
Y entonces, ¿sabes qué? Pues parece que Niitaka se
dio cuenta de alguna manera de que yo siempre le estaba
observando con ojos escrutadores. Cuando me hallaba
en la salita de espera aguardando la hora de salida del
último autobús del día desde Hakata a Orio, como no
había un solo pasajero, debió pensar que era una buena
oportunidad. Niitaka entró con una rosa amarilla y la
puso en mi mano, tomándome de ella. Me dio un vuelco
el corazón. Y es que las rosas eran las flores preferidas
de la difunta Tsuyako...
Cuando, dominada por la emoción, le di las gracias,
sin más preámbulo me dijo con ese rostro frío y serio:
-Tomi-chan, ¿por qué no te vienes esta noche a mi
pensión en Orio?
La suya no era una mirada de las que intentan con­
quistar a una mujer. Expresaba fuerza viril, como la de
un héroe.
En el momento en que vi esa mirada, tomé una firme
resolución. Así que, entusiasmada de alegría, le contesté:
-Bueno. No me importaría ir.
Aun así, me sentía como asfixiada.
Chieko, no vayas a sorprenderte. Me he enamorado
perdidamente de Niitaka. Esto sí que es un amor por
el que se juega una la vida. Y, al mismo tiempo, quiero
actuar como el brazo ejecutor de Tsuyako para vengar
como sea su muerte. Creo que me sentiría mejor si
consiguiera acorralar de alguna manera a Niitaka, para

123
luego obligarle a pedir perdón por lo que hizo y, final­
mente, forzarle a que cometa suicidio o algo similar.
Puesto sobre el papel, te parecerá que lo que digo
está lleno de contradicciones, ¿verdad? Pero en mis
sentimientos de aquel momento no había una pizca de
contradicción. Creo que nunca había sentido en mi seno
un anhelo tan grande. Ese corazón mío tan vacío de es­
peranza en el futuro y carente de un objetivo final claro,
se sintió de pronto a rebosar con una hirviente felicidad.
Me sentía literalmente pletórica de un entusiasmo feliz
cuando fui a la pensión de Niitaka. Y una vez allí, le
obedecí en todo lo que me pidió hacer. No tuve el menor
temor. Engañado por completo ante mi docilidad, Nii­
taka se hallaba también como absorto en un sueño.
Sí, ya lo sé. Es posible que esté cometiendo una locura.
Pero aunque sea una locura, no me importa. Ya verás
cuando llegue el momento si mi aventura tiene éxito o no.
Cuando pienso en ello, mi corazón late a rebosar con
la emoción del peligro. Siento un ánimo tal en el propó­
sito como si mi vida fuese a reventar.
Diga cualquiera lo que diga, voy a seguir adelante
rumbo a mi aventura.
Adiós.

La tercera carta
Estimada Chieko:
Qué débiles somos las mujeres, ¿verdad?
Me he dejado dominar totalmente por Niitaka.
Por lo visto, ese espíritu aventurero que poseía cuando
escribí la última carta, se ha ido debilitando sin darme
cuenta.

124_
Y, aparentemente, Niitaka no tiene otra ilusión que
pensar en cómo hacerme feliz un día tras otro con su
cariño. No para de hablarme de la casa en la que vivi­
remos, de ese hijo que ni siquiera ha nacido... En esos
momentos, yo no le digo nada de cómo me siento, pero
me doy cuenta de que esa vida nuestra en común, que
no sé cuánto más durará, se alargará como una rutina
de color gris, sin lugar ni para la esperanza ni para nada.
El corazón de esa sencilla Tomiko de antes ya se ha
transformado casi por completo en el corazón de una
simple ama de casa. Esas cartas de Tsuyako que guar­
daba como un tesoro... no sé la de veces que he estado a
punto de quemarlas.
Ya no tengo el más mínimo deseo de matar a Niitaka.
No me importa que te rías de mí. ¿Qué es lo que me
habrá sucedido? ¿Viviré hasta el fin de mis días de esta
manera tan apacible y rutinaria? ¿A dónde ha ido a parar
ese tremendo sentimiento de anhelo que me desgarraba
en los días en que me uní a Niitaka?
No eran estas mis intenciones cuando me casé con
él. ¿ Estaré condenada a que mi destino ruede y ruede
sin parar como un neumático que se ha pinchado? Sin
poder evitarlo, se me van los ojos cuando veo en los es­
caparates las elegantes telas de punto. Pensando en cual
quedaría mejor para la ropita del bebé...
Venga, venga, puedes reírte todo lo que quieras.
Puede que al fin y al cabo, en esto consista la vida.

La cuarta carta
Ha sucedido algo espantoso. Chieko, voy a escribirte
una carta como la que yo recibí de Tsuyako.

1 25
Tengo la sensación de que en muy poco tiempo voy a
ser asesinada.
Parece que Niitaka ha descubierto las cartas de Tsu­
yako que guardaba en mi cesto de mimbre. Claro que
él no ha hecho la menor mención al respecto. Por una
parte, ha empezado en cierto modo a comportarse de
manera distante, pero por otra, me trata todavía con
más cariño que antes. ¿ No crees que es muy raro? ¿ No
resulta extraño que de pronto haya empezado a repetir
una y otra vez «¡Qué felices somos, qué felices somos!»?
No puedo dejar de pensar que hay un motivo oculto para
ello. Y más aún cuando todavía no ha pasado más que
una semana desde que vivimos juntos.
Pero no te creas que es solo eso. Ayer sucedió lo si­
guiente. Estábamos haciendo la ruta del autobús hacia
Orio que sale a las nueve de la noche. En nuestra empre­
sa de Minato Bus, utilizamos como vehículo un Chevro­
let modelo 1932 con aberturas laterales. Ese Chevrolet
de la ruta de Orio, como es habitual, iba lleno hasta los
topes, por lo que yo iba de pie en el escalón lateral de la
parte trasera mientras que Niitaka conducía. Al llegar al
paso a nivel de Hakozaki, de pronto tuve una corazona­
da y, sin decir nada, di la vuelta a la rueda posterior y
me subí al saliente de atrás que se utiliza para dejar los
equipajes.
Eran pasadas las nueve de la noche. Caía una fina
llovizna y la oscuridad era total.
Entonces, al pasar una callejuela estrecha de la aldea
de Tatara, vimos que llegaba un autobús de frente, ante
lo cual Niitaka dio un acelerón y con un terrible golpe de
volante se pegó todo lo que pudo a la izquierda, deslizan­
do el autobús de manera que pasó rozando la farola de
la calle. No tengo la menor duda de que si llego a estar

126
de pie en el escalón donde me encontraba inicialmente,
me habría estrellado contra la farola y ahora mi cuerpo
yacería espachurrado contra el suelo.
Me entró un escalofrío tremendo. En ese momento
supe con certeza que él había descubierto la carta de
Tsuyako. Era una certeza tal, que sentí cómo se me eri­
zaban los cabellos uno por uno.
No mucho después, en otra ocasión, cuando íbamos
bajando la ancha cuesta de Matsuzaki, Niitaka conducía
como una bala y, aparentando esquivar a una bicicleta
que venía en sentido contrario, arrimó bruscamente el
lateral del autobús al lado izquierdo de la calle, rozando
a toda velocidad uno de los pinos de la hilera. En ese
momento, de nuevo sentí con total certeza que Niitaka
había querido matarme.
Sin embargo, como además de no mostrar ningún
cambio en mi comportamiento tampoco hice el menor
comentario al respecto de lo sucedido, Niitaka parecía
muy extrañado. Una vez que pasamos a la altura del
paso a nivel de Kashii, me llamó:
-¡Eh, Tomi-chan!
-¿ Sí? -le contesté desde la parte de atrás con la voz
más alegre que pude. Tras lo cual, me replicó enseguida:
-¡Tonta! -me replicó enseguida-. ¿Por qué no
vienes aquí delante? Avísame por si cruza el tren. Debe
estar a punto de pasar el de las diez y uno en dirección
norte.
Mientras decía esto iba bajando la velocidad del vehícu­
lo. De nuevo le contesté con voz animada:
-¡Voy!
A continuación, me bajé para acercarme corriendo al
borde del paso a nivel.
-¡Vía libre de trenes! -grité, alzando ambos brazos.

127
Se trata de un lugar donde no es ya solo que, cuando
vas conduciendo, el paso a nivel surja de pronto entre las
sombras de las casas que lo rodean, sino que, además,
pasadas las ocho de la tarde, ya no está el guarda-barreras.
De hecho, en dos o tres ocasiones ha habido conductores
de camión poco acostumbrados a esa ruta que han sufri­
do accidentes, así que el paso a nivel es muy peligroso.
Niitaka conoce perfectamente los horarios de los trenes
que pasan por allí y siempre conduce mientras va echan­
do ojeadas a ese reloj Nardin de pulsera del que está tan
orgulloso. Si él considera que no hay problema, le suele
bastar con que yo diga «vía libre» desde dentro del auto­
bús para cruzar por allí de un tirón. Por eso, me extrañó
hasta casi divertirme que esa vez se tomase la molestia de
llamarme para hacerme bajar y reducir la velocidad.
Como en Kashii se bajaron tres pasajeros, la lluvia me
había calado por completo y, con el cuerpo empapado,
me senté en el asiento junto al lugar del conductor que
ocupaba Niitaka. Sin embargo, él no hizo comentario
alguno. Se limitó a decirme:
-Debes de haber pasado frío, ¿eh?
Tras pronunciar con voz grave esas únicas palabras,
continuó la ruta a buena velocidad y en menos de una
hora desde que salimos, llegamos a Orio. Luego, des­
pués de lavar el autobús entre los dos, volvimos a casa
sin abrir la boca y, de nuevo en silencio, comenzamos a
beber sake mientras nos observábamos mutuamente con
la mirada clavada el uno en el otro. De por sí, Niitaka
suele ser callado, pero esta vez, de un modo especial,
presentaba una actitud totalmente extraña, sin soltar
una sola palabra.
Al llegar la hora de acostarse, quizá por el efecto del al­
cohol, Niitaka comenzó de pronto a hacerse el chistoso.
Era un tipo de humor que no pegaba nada con el callado
Niitaka de siempre. Por ejemplo, se dedicaba a imitar
la voz de varios actores de teatro moderno o del Kabuki
para remedar escenas de amor protagonizadas por per­
sonajes de clases sociales que iban desde los mendigos,
empezando por lo más bajo, hasta los más insignes
generales, en lo más alto. Lo hacía muy bien y era muy
divertido. No pensaba que Niitaka pudiera tener esas ha­
bilidades artísticas. Por eso, sin darme cuenta, me dejé
arrastrar y me reí a carcajadas a pesar de todo.
Sin embargo, al llegar la mañana de hoy, todo me
ha vuelto a parecer como un gran vacío. Qué extraños
son los sentimientos humanos, ¿verdad? Hoy, que me
he pedido el día libre en el trabajo, me dedico a mirar
por la ventana el paisaje lluvioso bajo esa tormenta que
no termina de amainar. Los hierbajos que crecen en el
tejado de la casa de enfrente o la fila de álamos que se
mecen al viento en la calle de allá a lo lejos o el negro
humo que expulsa el tren en dirección sur y que se va
difuminando, me parecen todos algo similar al destino
que me espera y, por más que pienso y pienso, me sien­
to terriblemente triste y sola.
Escuchando el sonido del gotear de la lluvia sobre el
tejadillo de zinc justo debajo de mí, noté de pronto cómo
se me agolpaban las cálidas lágrimas en torno a los ojos
y me invadió una desazón mortal que me hizo sentir
que nada valía la pena.
Tú, Chieko, eres la única a quien puedo contar este
sentimiento tan triste y miserable que me inunda.
Mientras que no paro de pensar que tengo que hacer
algo, me siento incapaz de hacer nada.
Ahora mismo acabo de terminar de quemar de una
vez las cartas que guardaba como recuerdo de Tsuyako.

129
Casi parece como si hoy me hubiera pedido el día libre
en el trabajo con el único objeto de quemar esas espan­
tosas cartas de las que quería deshacerme.
El destino es el que lo decide todo. Y creo que no hay
más remedio que dejarlo todo en manos del destino.
Porque en este mundo no existe eso que llaman Dios.
Chieko, ¿me harás el favor de llorar por esta miserable
Tomiko?

La quinta carta
Muchas gracias, Chieko.
Me han dicho que viniste a verme cuando yo estaba
sumida en coma. Gracias por todas esas hermosas flores
que me trajiste. Todavía se conservan frescas junto a mi
almohada. Te lo agradezco de corazón.
Desde tu visita ha pasado una semana en la que no
he sido consciente de nada. Según me dicen, la fiebre
me hacía murmurar en sueños. Me han explicado que
sufrí una fractura en el hueso craneal y, debido al em­
peoramiento en torno de la herida, se produjo la fiebre.
Después, me han quitado los siete puntos de sutura que
me dieron y han vuelto a lavar la herida.
Ni siquiera yo sé muy bien cómo he conseguido sal­
varme. Pero últimamente, desde que puedo levantarme
y sentarme por mí misma, voy recordando cosas poco a
poco.
En cualquier caso, todo sucedió muy poco después de
que te escribiese la última carta.
Niitaka y yo íbamos como siempre formando equipo a
bordo del Chevrolet y, a mitad de camino entre Hakata y
Orio, creo que debió ser poco antes de las diez y media,

130
llegamos al paso a nivel de Kashii. Era una noche horri­
ble, en la que la lluvia caía azotada por el viento y no te­
níamos un solo pasajero. Y es que era la noche número
doscientos veinte o doscientos veintiuna 1 •
Un poco antes de llegar al paso a nivel, por el espacio
entre la casa de un campesino y la fila de pinos, vi acer­
carse a toda prisa la luz alargada de un tren en dirección
norte pero, a pesar de eso, exclamé con naturalidad y
alargando mucho el final:
-¡Vía libre de treneees!
No sé por qué dije una mentira tan terrible, ni recuer­
do cuáles eran mis sentimientos en aquel entonces, pero
mientras me hallaba en el interior de ese autobús que
corría a toda velocidad azotado por el viento y la lluvia,
me encontraba muy deprimida y posiblemente sentía
que lo mejor era morir de una vez junto con Niitaka.
Por lo que me dijeron, aquel tren era uno añadido de
manera extraordinaria que, procedente de Kagoshima
o Kumamoto, estaba lleno hasta los topes de un grupo
de gente que iba a embarcarse con destino a Manchuria.
Como acababa de pasar el último tren desde Hakata,
que salía a las diez y un minuto, Niitaka solamente
pensaba en el tren dirección sur de las once, por lo que
creyó con facilidad lo que yo decía. Aceleró con todas sus
fuerzas con intención de cruzar el paso a nivel y girar a
la derecha en la curva pronunciada junto a la carretera
nacional. Me contaron que el parachoques del tren cho­
có contra la cola del autobús, que salió despedido dando

1
Se cuenta por el calendario antiguo, por lo que corresponde a
mediados de septiembre, la época en que sopla más fuerte el
viento en Japón.

131
una voltereta en el aire y cayendo con las ruedas hacia
arriba al barranco de la ribera bajo las vías.
A Niitaka se le había clavado hasta lo más profundo un
pedazo de cristal en el vientre que le había entrado por el
costado, por lo que, al parecer, ya no se podía hacer nada
por él. Un tal Sr. Kakogawa que iba en el tren como revi­
sor montado al final del convoy bajó corriendo en auxilio
y le ayudó a incorporarse, abrazándole por la espalda. En
ese momento, Niitaka abrió los ojos levemente y susurró
con gran esfuerzo:
-He fracasado. Me han atrapado. Es la venganza
de Tsuyako. ¡Maldita sea! ¡Ha sido Tsuyako, Tsuyako,
Tsuyako!
Según su relato, ya no volvió a decir nada más y expiró.
Ese revisor, Kakogawa, se tomó la molestia de venir
un día al hospital y contármelo. Cuando escuché sus
palabras, se me escapó sin querer una sonrisa de alegría.
Sentí como si volviera el calor a mis venas y mi salud
se recobrara hasta el punto de salir corriendo pletórica
de fuerzas. Porque veía que Niitaka murió siendo per­
fectamente consciente de que, a través de mí, le había
alcanzado la venganza de Tsuyako.
Al pensar en ello, me brotaron las lágrimas sin parar,
por lo que fue una situación muy embarazosa. El Sr.
Kakogawa y la enfermera, que no sabían nada, se com­
padecieron al punto de mí. Intentaban consolarme de
mil maneras sin conseguir que parase de llorar. Aunque
las lágrimas que derramaba eran de gratitud a Dios, no
paraban de decirme: «No te entristezcas, que te hará mal
al cuerpo» o «No llores, que te pondrás peor». En ese mo­
mento se me ocurrió la siguiente reflexión: «No se debe
compadecer a las mujeres por sistema, porque uno nunca
puede saber el verdadero motivo por el que lloran».
Según me contaron el revisor y la enfermera, me en­
contraron entre el destrozado armazón del autobús, he­
cha un ovillo y con la cabeza adecuadamente protegida
por los brazos, por lo que todos quedaron admirados de
mis reflejos en el accidente. Por mi parte, estoy segura
de que debí adoptar esa posición antes del choque en sí.
Ayer me interrogaron a pie de cama con motivo del
caso. Acudieron cinco o seis personas de rostro severo,
que parecían ser miembros de la Policía y los Juzgados.
Se colocaron en derredor de mi cama y comenzaron a
hacerme preguntas. Pasé mucho miedo.
Les dije que yo había gritado «stop» en voz alta, pero
Niitaka no me hizo caso y pisó el acelerador intentando
cruzar el paso a nivel, ante lo cual todos asintieron. Debe
ser que conocían las maneras en que solía conducir
Niitaka. Comentaron entre ellos que era absolutamente
necesario poner un semáforo automático en el paso a
nivel de Kashii.
Cuando un hombre con bigote me preguntó: «Hemos
oído que vivía usted maritalmente con el Sr. Niitaka; ¿es
eso cierto?», les contesté afirmativamente. Creo que no
me puse colorada ni nada por el estilo. Todos se miraron
con complicidad y sonrieron. Entonces, un hombre de
unos cuarenta años con aspecto de inspector de policía
que parecía un esqueleto de color negro movió desorbi­
tadamente sus hundidos ojos y me preguntó:
-¿ No habrá sido un intento de doble suicidio entre
esposos?2

2
El doble suicidio simultáneo de amantes o esposos (shinju)
tiene gran tradición en la cultura popular japonesa y se refleja
a menudo en la literatura y en los escenarios.

1 33
Y a continuación mostró sus blancos dientes en una
desagradable sonrisa, lo que me dejó helada.
Pero, reuniendo fuerzas, negué enérgicamente con la
cabeza, así que al poco tiempo se marcharon todos.
Por lo visto, los inspectores de policía son más listos
de lo que parece. Todavía me da un vuelco el corazón
cada vez que recuerdo el rostro del inspector que me
interrogó.
Estoy muy agradecida a Dios. Y es que, a pesar de que,
sacando valor de mi estado de depresión, grité «vía libre»
con la intención de que muriésemos juntos, solamente
maté a Niitaka y Dios me salvó a mí.
Cuando me recupere de la herida en la cabeza, volveré
a Minato Bus para seguir trabajando como chica de au­
tobús. Y esta vez sí que estoy dispuesta a emplearme en
ello con todas mis ganas. Y alguna vez llegaré a conver­
tirme en conductora. La mejor conductora de autobús
de todo el Japón. Creo que esa es la orden que me ha
dado Dios.
Y no pienso casarme en mi vida. Porque ya he conoci­
do todo lo que una mujer puede llegar a conocer a lo lar­
go de toda su existencia. A no ser que Niitaka resucitase,
no tengo ya interés en los hombres.
Los periódicos de aquellos días dedicaron grandes
espacios a hablar sobre Niitaka. Emplearon titulares
del tipo de «Los asesinatos por relevos del espantoso
demonio lascivo». Me contaron que, tras su muerte,
se dieron cuenta de que el conductor Niitaka había
estado todo el tiempo en busca y captura como sos­
pechoso de asesino de mujeres desde que dejó la em­
presa Ao Bus de Tokio. Además, Niitaka era el mismo
conductor que ya había tenido en Tokio en cierta
ocasión la experiencia de un choque frontal con un

134
camión, en el que a pesar de que la empleada que iba
como ayudante murió al instante, él se salvó de una
manera inconcebible; pero, quizá porque las expli­
caciones que dio después fueron muy convincentes,
fue puesto en libertad sin cargos. Por eso, escribieron
que quizá también esta vez su intención era matar a
la mujer que llevaba en el vehículo y que vivía con él
como esposa mediante el choque con el tren, saltando
él afuera en el último momento. Posiblemente tú,
Chieko, también lo hayas leído.
Sin embargo eso es completamente mentira. Son in­
venciones de la policía y los periodistas. Se compadecen
demasiado de mí. Al parecer, en la empresa de autobu­
ses también sienten una gran lástima por todo lo que
me ha pasado. ¿No tiene gracia?
Pero a mí no me importa lo que piensen. El mundo es
así. Solo el juicio de Dios es correcto.
Por eso, la verdad solo te la he contado a ti, Chieko.
Pase lo que pase de aquí en adelante, de ninguna ma­
nera debes convertirte en chica de autobús.
No quiero que te conviertas en una mujer como yo.

La sexta carta
Estimada Chieko:
Te envío mi última carta.
Después de haber echado esta carta, me marcharé a
algún lugar para cometer suicidio. No quiero que nadie
vea mi cadáver, por lo que te pido que hagas el favor de
no buscarlo.
Me perdonarás por ello, pero he enviado reunidas
en un paquete a tu nombre las fotos, ropas, libretas de

1 35
ahorro, sellos personales 3 , utensilios de hogar y otra
serie de cosas de Niitaka y mías. Por favor, repártelo
entre la gente necesitada. O también puedes regalarlo a
alguna escuela de primaria. Creo que con el dinero que
obtengan de todo ello les dará al menos para comprar
un pequeño órgano.
Realmente, aquel detective como un esqueleto negro
tenía razón en lo que dijo. Por fin he tomado conciencia
de ello. Mi intención era cometer un doble suicidio de
esposos junto a Niitaka. Y, a la vez, quería ser la última
de los dos en morir, aunque fuera por poca diferencia.
Y ahora, ambas cosas se cumplirán.
Por eso, en realidad puede decirse que yo todavía estoy
pendiente de completar mi muerte. ¿No es cierto que
Niitaka murió pensando que su muerte se debía a haber
sido alcanzado por el rencor de Tsuyako? Con toda se­
guridad, ni en sueños pudo llegar a pensar que se había
tratado de una añagaza mía. Eso me ha convencido de
que Niitaka me amaba realmente desde el fondo de su
corazón.
Desde que me di cuenta de ello, no puedo casi ni te­
nerme en pie del desasosiego.
Pero hay algo más. Dentro de mí se halla el embrión
del hijo que he engendrado con Niitaka. Cada vez que
pienso en Niitaka, siento cómo el feto se agita debajo de
mi corazón, con unas contracciones como golpecitos.
¿Qué voy a hacer si este niño nace?
Matándome a mí, mataré a la vez a este niño que está
tan maldito como yo.

3 Se refiere al pequeño hanko, que suele tener forma alargada


y cuyo uso equivale al de la firma en Occidente. Era frecuente
que se fabricase con marfil, de ahí su posible valor.
Además de asesinar a mi esposo, voy a asesinar a mi
propio hijo.
Te confieso la verdad solo a ti, antes de morir. Per­
dóname por favor. Y escucha el mayor ruego de la vida
de esta pobre Tomiko. No trabajes nunca como chica de
autobús.
Adiós.

1 37
La mujer de Marte
EL MISTERIOSO INCIDENTE DE LA ESCUELA
PREFECTURAL FEMENINA DE BACHILLERATO
EL CASO DE MISS CARBONIZADA
Los rumores y habladurías van formando
un laberinto de hipótesis
(Artículo autorizado para publicación en el mismo día de hoy)

E l pasado vei nti séis de m a rzo, hacia las dos d e l a m a ñ a­


na, ta l y com o ya les h a bía mos i nformado, en el reci nto de
la Escuela Prefectura ! Feme n i n a de Bach i l lerato s ita en el
bloq u e sexto de l a ca l l e pri ncipal de la ciudad, se origi n ó
u n i ncen d i o en el viejo trastero q u e se h a l l a en el extremo
del ca m po de deportes q u e provocó q u e d icha con struc­
ción se red ujera a cen izas. E l fuego se pudo exti n gu i r s i n
q u e l o s d a ñ os se exte n d i era n a l ed ificio pri n c i p a l d e l a
escuela a pesa r d e l fuerte viento h a b itual d e estas fechas,
q u e pudo h a ber ca usado una gra n traged i a . Así, graci a s
a l a rá pida actuación del perso n a l de n uestro cuerpo de
bom beros, en un pri mer momento todo el m u ndo pudo
a l iv i a r s u pecho exh a l a n d o un s u s p i ro d e tra n q u i l i d a d .
S i n embargo, poco después, en la mad rugada d e l m i s m o
vei nti s é i s , d e b i d o a q u e entre los ca l c i n ados restos s e
descu brió u n cad áver carbo n izado -q u e en u n pri m e r
exa m e n n o perm itía d i st i n gu i r s i q u iera s i se trata ba d e
u n h o m b re o u n a m uj e r-, el c a s o recob ró u n revuelo
n a d a u s u a l . Po r a ñ ad i d u ra , el res u ltado d e l a a uto ps i a
de d icho cad áver rea l izada por el H os p ita l U n ivers ita rio
revel ó q ue se trata ba del cuerpo de u n a ch ica de u n os
vei nte años, cuya pa rte centra l en torno a los ri ñones se
h a l l a ba espec i a l mente ca lci n ad a , co n evidencias de q ue
se h a b ía vertido en esa zo n a a lgú n t i po de co m b u sti ble
para potenci a r el fuego. E n co n secuencia, l a Pol icía enfo­
có el caso como un cri men de ti po sexu al q ue se i ntentó
ocu lta r med i a nte el fuego, por lo q ue, j u zga nd o q ue n o
s e trata ba d e u n caso senci l l o, s e para l izó l a p u b l icación
de revelaciones period ísticas co mo l a q ue a ntecede y se
comenzó u n a i nvestigación extremada mente cu idadosa.
Pese a ello, pasada una sem a n a desde el i ncidente, no ya
el cri m i n a l , sino q ue ni s i q u iera se co n oce l a identidad del
cad áver h a l lado. La s ituación h a b ía l legado a un pu nto en
q ue l a s h a b l a d u rías y ru m o res se h a n ido a l i menta nd o
u n os a otros, formando u n l a beri nto, e i n cl u so en el q ue
l a ca pacidad de esa F i sca l ía q ue conti n ú a redoblando s u s
e m peños s e em pezaba a poner en d u d a . S i n e m b a rgo ,
a l pa recer l a citada Fis ca l ía h a detectado recientemente
a lgú n i n d icio co n c reto , por l o q ue de i m p rovi so h a le­
va ntado hoy la pro h i bición de p u b l icar esta noticia. Ca be
pen s a r q ue esto con stituye u n a prueba de q ue, en lo q ue
a l a Fisca l ía res pecta, h a ca ído en s u s ma nos u n a eviden­
cia i m porta nte, por lo q ue h ay motivos para s u poner q ue
no está lejos el d ía en q ue se h aga p ú b l ica a nte los ojos
de l a socied ad l a verd ad en torno a este caso.
FUERTES SOSPECHAS DE ASESINATO
E INCENDIO PROVOCADO
Sin embargo, parece que no se trata del pirómano
de los últimos casos

El caso de referencia, por conti n u a r a ú n bajo la i nvestiga­


ción de l a F i sca l ía , es m a nten id o tod avía a bsol uta m ente
en secreto. No obsta nte, segú n las averi guaciones y pre­
gu ntas efectuadas por este periód i co tras prod uci rse el
i n cidente, en el cobertizo d esta rta lado objeto del caso,
q u e se h a l l a ba en el reci nto de l a Escuela Prefect u ra ! Fe­
m en i n a de Bach i l le rato, no sol ía entra r n a d i e y además
se e n contraba a l ej a d o d e c u a l q u i e r pos i b l e fu e nte de
fuego, por l o q u e h ay fuertes motivos pa ra pen s a r q u e se
trató d e u n i ncen d i o provocado. Sin e m b a rgo, el modo
d e p roced e r m o stra d o es tota l m e nte d i sti nto d e l q u e
l l eva a ca bo e l p i ró m a n o q u e h a actuado reciente m ente
con o bj eto de i n cen d i a r l a s escuelas en sí m i s m a s . Por
otra p a rte, en el l u ga r d e los hechos se h a n enco ntrado
cri sta les desperd i gados que p a recen p roced e r d e u n a
bote l l ita pero, p u esto q u e e l l u ga r e ra uti l izado co m o
a l macé n , res u lta d ifíci l d eterm i n a r c o n ra p i d ez s i proce­
den o no de a l go com o un frasqu ito de veneno. Además,
co m o ha res u ltado i m posi ble obtener s a n gre del cad áver,
ta m poco se s a be s i h a b ía p resencia d e a l g ú n a ntíd oto o
de m onóxido d e ca rbo n o , n i s i l a ch i ca era vi rge n o no,
o s i m u ri ó a b rasada por u na i m prudencia u otro m otivo.
S i n e m b a rgo, co n s i d e ra n d o e l estado del l u ga r d e l o s
h e c h o s y el a s pecto externo d e l cad áver, l a s sos pech as
sobre un ases i n ato pers i ste n . Ta l y com o hemos ven id o
i n fo r m a n d o h a sta a h o ra , l a m ayo ría d e l a s h i pótes i s
a p u nta n a u n a d esgraci a acaec i d a co m o co n secu e n c i a
d e u n a relación pas i o n a l . P o r l o d e m á s , debido a q u e l a

143
esc u e l a afectad a se e n contra ba desde e l d ía d i eci n u eve
de m a rzo en el períod o de vacaciones pri m avera l , en los
a l oj a m i e ntos adj u ntos n o q u ed a ba ni u n a sola a l u m n a .
E n co n s ec u e n c i a , se h a i nte rrogad o a l m atri m o n i o d e
ed ad ava nzad a q u e vive al l í para enca rga rse de l a s ta rea s
doméstica s , a s í co m o a l vigi l a nte de esa noche, s i n q u e
se h aya o bte n i d o n i n gú n i n d icio sos pechoso. C l a ro q u e
l a po s i b i l i d ad d e q u e, po r ej e m p l o , a l g ú n vaga b u n d o
pervertido p u d i era fra n q u e a r l a a lta t a p i a d e h o rm i gó n
q u e rodea l a esc u e l a l l eva n d o co n s i go u n a c h i ca d e l
exte r i o r res u lta esca s a m e n te p ro b a b l e y poco m e n o s
q u e u n ej e rcicio de i m agi n ac i ó n . Po r tanto, ten iend o en
cue nta q u e , desde q u e se a utorizó a p u b l ica r noticias re­
l a c i o n a d a s co n este s u ceso el cu rso de l a i nvestigación
pa rece h a ber ca m biado por com pl eto, es pos i b l e que se
p rod uzca u n a revelación i n esperada desde un á n g u l o no
menos i nesperado.

EL COBERTIZO INCENDIADO SE UTILIZABA ANTAÑO


COMO AULA PARA LA CLASE DE BUENAS MANERAS
El director de la Escuela asume la responsabilidad
y se recluye en casa

E n lo q u e res pecta a l desvencijado co bertizo objeto d e


n u estro titu l a r, i ncen d iado e n l a Esc u e l a Prefectu ra ! Fe­
m e n i n a de Bach i l l e rato, co n s i stía en u n a co n strucc i ó n
de esti l o típica mente j a ponés co m p u esta por dos p i sos
y cu atro h a b itaciones, que co n stitu ía l a ú n ica · ed ifkación
d e l a c i u d ad con tej ado de ca ñ a s . Se l oca l i zaba e n u n
extre m o d e l ca m po d e deportes , rod eado por u n a a lta
va l l a q u e l e p rotegía del fu ego, j u sto d etrás del l u ga r
d e e n t re n a m i e n to d e l t i ro con a rco . O r i g i n a l m e nte ,

144
cuando se fu n dó l a Escu e l a , h a b ía s i d o u n a d e l a s casas
d e l vec i n d a ri o desti n a d a s a d e m o l e rse, pero debido al
criterio del S r. M o ri s u , d i recto r de l a Escuela, se deci d i ó
co nserva rla co mo a u l a pa ra l a s clases de b u e n a s m a n e­
ras d e l a s a l u m n a s . S i n e m b a rgo , puesto q ue, gracias a
l a s d o n aciones de estu d i a ntes ya grad u a d a s , se ed ificó
j u nto a l a puerta pri ncipal de l a Escue l a u n a s a l a de cere­
mon i a del té para d icha e n se ñ a nza de b u e n a s m a neras,
el cobertizo i n i c i a l fue perd i endo s u uti l idad d e m a n era
n at u ra l y, h a sta q u e s ufrió el i n ce n d io, se con s e rvó para
s u uso co m o tra stero, a m o nto n á ndose, ta nto en el piso
s u pe r i o r co m o e n e l i nfe r i o r, ute n s i l ios p a ra las com­
pet i c i o n e s d e po rtiva s , piza rras d esga sta d a s , l á m paras
e n d e s u so, bote l l a s vacía s , ca l d e ros v i ej o s o s i l l a s d e
m i m b re a ntigu a s . Segú n se d i ce, e l cadáver se h a l l a b a
e n e l p i s o i nfer i or, tu m bado d e costado, pos i b l e m e nte
desde q u e se i n ició el fuego . Ad e m á s , d e b i d o a la gra n
v i r u l e n c i a d e l a s l l a m a s , e l s i ste m a m u scu l a r -d esde
e l a bd o m e n hacia a bajo- q u edó tota l m e nte red u c i d o
a u n a red d e fi l a m e ntos e n n egrecido s y carbo n izados,
e n redados e n to rno a l a o s a m e nta, que mostra b a n u n
as pecto terri blemente maca b ro. S e d a l a c i rcu n sta ncia de
que e l d i rector de esta escu e l a , e l S r. Reizo M o ri s u , es
un fervoroso creyente del cristi a n i s m o que, co n objeto de
ded icar tod a s u vida a l a e n se ñ a nza, h a perm a necido sol­
tero. Desde l a fu n d ación de l a Escue l a , h a desem peñado
d u ra nte trei nta a ños l a pesada res po n s a b i l idad de ser su
D i recto r, n o co nociéndosele un solo des l iz al res pecto.
Los ga l a rdones, d i stinciones sociales, co ndecoraciones y
demás q u e h a recibido son l itera l mente i n conta b l es y s u
ren o m b rada figu ra s i m bol iza u n Di rector de Escuela mo­
dél ico e n tod a l a Prefectu ra . El d ía e n q u e tuvo l uga r el
s uceso, se enco ntra ba en su domici l i o de l a c i u d a d , s'ito

145
en S a n bancho, pero, e n c u a nto tuvo n oticia d e l a emer­
ge n c i a , co rrió co m o e l q u e m á s a l l u ga r de los hechos,
sacó de l a Escu el a las i m ágenes sagradas y, tras dar i n s­
trucciones a los profesores y e m pleados de poner a sa lvo
los docu m e ntos y m ateri a les de est u d i o , ayud ó a evita r
l a p ropaga c i ó n d e l fu ego, ca u s a n d o l a ad m i ra c i ó n y el
elogio de todos los q u e conte m p l a ro n s u actitud valerosa
y sere n a . S i n e m ba rgo, tras el i ncidente, se h a recl u ido en
s u d o m ici l i o s i n q u e re r reci b i r a n a d i e . P resenta un as­
pecto dem acrado y depri m ido, por lo q u e todos aquel los
que conocen a l serio y a pocado maestro de esc u e l a , no
pueden s i n o com padecerse de él a nte ta l estado.
Segú n se cuenta, l a a nted icha co n d ición d el m aestro
h a sido rel atad a por l a vetera n a doce nte Tora ko To ra m a ,
q u i en el pasado vei ntici nco de m a rzo vis itó a l d i rector de
l a escu el a con motivo de una reu n ió n de tra bajo. Segú n
l a m i s m a , este l e reve l ó ento n ces u n a serie de d eta l l es
con las s i g u ientes palabras: « Puesto que yo m i s m o estoy
bajo i nvesti gaci ó n , no soy q u ién para h acer co mentarios
pero, por l o que a mí res pecta, creo que n o he vi sto en
m i v i d a n a d a tan ext ra ñ o . S i b i e n e l v iej o cobertizo se
h a l l a e n un extre m o de l reci nto, a p a rti r de las seis d e
l a ta rd e te n go estricta m e nte p ro h i b i d a s las e n t ra d a s
y s a l i d a s p o r l a p u e rta de l a escu e l a , c o n excepción d e l
viejo m atri m o n i o de e m p l eados de servicio y el vigi l a nte
noct u r n o . E ste es u n a s pecto co n el q u e l l evo es peci a l
cu i d ad o pero, a pes a r d e e l l o , ¿ q u é c l a s e d e p ers o n a
p u ed e h a ber penetrado e n el i nte rio r y h a be r l l evado a
cabo u n a cosa semej a nte? N o se m e ocu rre n a d i e q u e
pueda gu a rd a r rencor h acia m í o hacia l a escu e l a . Y, por
s u p uesto, n o co n c i bo q u e sea o b ra d e a l g u i e n rel a c i o­
n a d o co n l a p ro p i a esc u e l a , por l o q u e n o p u ed o s i n o
dec i r q u e se trata de u n caso rea l mente m i sterioso y por
co m p l eto i n e s perado. Creo q u e en ú lt i m a i n sta n c i a los
res ponsa bles de l a i nvestigación nos acl a ra rá n la verd ad
pero, en c u a l q u i e r caso, p u esto q u e este i n exp l i ca b l e
c a s o h a ten i d o l u ga r e n e l reci nto de n u estra esc u e l a ,
ca be pe n s a r q u e en l a d i rección del fu nci o n a m iento d e
l a m i s m a se h a p rod ucido al gú n ti po de descu ido. Esa
res po n s a b i l i d a d , lógica m e nte, es m ía , por lo q u e a h o ra
he to mado esta deci sión de recl u i rme en casa». Etc, etc.

EL DIRECTOR MORISU EN PARADERO DESCONOCIDO


El testamento desaparecido y la inexplicable
carta con letra de mujer

El ren o m brado Reizo M o ri s u , d i rector de la Escuela Pre­


fectu ra ! Fe m e n i n a en cuyo reci nto aco nteció el pasado
ve i nt i s é i s d e m a rzo e l co nocido co mo «Ca s o d e M i ss
Ca rbo n i z a d a » y qu e h a b ía d ecl a rado s u vo l u ntad d e
recl u i rse en s u domici l i o s ito e n San bancho, i nesperada­
m ente l l eva en paradero desco n ocido desde el d ía u n o
hacia el ata rdecer, vís pera de l a ce remon i a de ad m i s i ón
de a l u m n as pa ra el n u evo cu rso, segú n descu brió la p ro­
fesora de la m i s m a escuela, S ra . To rako To ra m a , c u a n d o
acu d i ó a d i cho d o m ici l i o co n objeto de d e l i bera r sobre
a s u ntos de tra bajo. Ta l y co mo ya h a bíamo s i nformado,
desde que se p rod ujo el caso de M i s s Ca rbon izad a , el
refe r i d o d i rector M o ris u s u fría tre m e n d a m e nte d e los
ne rvios, por l o q u e se h a b ía recl u i do en s u a l oj a m iento
de S a n bancho, y se h a l l a b a con la ba rba s i n afeita r y el
rostro dem acrado, cuando en l a noche del trei nta y u n o
de m a rzo, u n a sema n a des pu és del i n cide nte, rec i b i ó a
s u n o m b re u n a ca rta de procedencia desconocida escrita
co n letra de m ujer. Tras el lo, pa rece q u e s ufrió a l g ú n tipo

147
d e trastor n o m en ta l y, acu d i e n d o j u nto a l a ca sera d el
e d i fi c i o, S ra . S u m i ko Wata n a be, co me n zó a gol pea rse l a
ca beza en s i lencio y a derra m a r l á gri m a s . Acto segu ido,
comenzó a ori n a r sobre los v ian da ntes desde l a venta n a
d e l segu n d o p i s o m ientras l a nzaba ri sota d a s y co m etía
otra s acciones a bs u rd a s , s i n ca l m a rse l o m á s m ín i m o .
E n m itad de l a noche, comenzó a l lo ra r estruendosamen­
te y a gritar: «Es esa ti pej a » , « Es esa ti pej a » . «Ca rbo n i ­
l l a » , « Es e s a ti pej a » , « ¡ Es M a rte ! » , « ¡ M a rte ! » , « ¡ E s el
d e m o n i o ! » , « ¡ E l d e m o n i o ! » o s i m i l a res, sobresa lta ndo a
l a patro n a S u m i ko co n s u s i n cesa ntes gritos. E l d i rector
M o r i s u perm a n ec i ó tod o e l d ía s i g u i ente, p r i m e ro de
a b ri l , g u a rd a ndo ca m a exte n u ado por e l ca n s a ncio y s i n
p robar bocado. Por otra pa rte, hacia l a s d iez de la noche
del m i s m o d ía u no, cuando l a docente To ra ko Tora m a -a
q u i e n nos referi mos e n el a p a rtado a nterior- se perso­
nó para vis ita rle, l a patro n a S u m i ko acu d i ó a des perta rlo
pensando que conti n u a ría e n ca m a , pero se e n contró el
futon co n a s pecto d e h a be r sido a b a n d o n a d o escasos
momentos a ntes . El revuelo se i ncrementó cuando j u nto
a la a l m o h a d a se descu brió un sobre a b i e rto q u e conte­
n ía u n a l a rga ca rta escrita co n l etra de m ujer y, a l lad o
d e d i cho sobre, u na dec l a ración de ú lt i m a s vo l u ntades
d i ri g i d a a l a S ra . To ra m a . Por p a rte de l a Prefectu ra , la
Pol icía y los colegas del profeso rado de s u Escuela, se ha
co menzado l a b ú s q u ed a del Di rector desaparecido, pero
a fech a de esta m a ñ a n a , conti n ú a e n paradero descono­
cido. Ahora solo q ued a el bu sto de bronce forjado en ho­
menaje a l que tod avía es Di rector de l a Escuela, y que i ba
a ser erigido a l a entrada de l a p ro p i a esc u e l a . Au n q u e
se h a b ía a n u nciado q u e el escu ltor Sei u n As.a k u ra esta ba
tod avía en la fase de modelado, e l b u sto ha a p a rec ido,
p a ra sorpresa d e tod o s , e n e l a rm a rio de l a h a b itac i ó n
de l a pen s ión q u e ocu paba e l S r. M o ri s u , envuelto en u n
paño b l a n co co n polvo y l i m ad u ras de b ro n ce. Por cierto
q u e, en la co n fu s i ó n , ta nto la carta co m o el testa m ento
q u e se h a l l a ro n j u nto a la a l m o h a d a d e l D i recto r h a n
desa p a recido y, l o m i s m o l a patro n a S u m i ko co m o l a
p rofesora To ra m a desco n ocen s u pa radero. N i n gu n a d e
l a s dos co n oce e l co nte n ido de a m bos docu m e ntos, l o
q u e s u mado a l a aparición del referido b u sto del Di rector,
co n stituyen deta l l es por e l m o m e nto i nexp l icables q u e
atraen l a atención de todos aquel los relacion ados con e l
caso de l a desaparición d e l S r. M o ri s u . Y n o s o l a m ente
eso, s i n o q ue, a j uzga r por l a s pa l a b ras q u e dejó esca par
el referido S r. M o ri s u , los dos m a n u scritos mencionados
p ueden res u lta r i nca lcu l a blemente decis ivos a l a hora de
desve l a r e l sec reto d e l caso d e M i s s Ca rbo n izad a . Po r
e l lo, p rec i s a m e nte l a pers o n a q u e de m a n era extraord i­
n a ri a co n s i g u i ó s u straerlos a nte la m i rada de tod os, se
ha co nvertido en el p r i n c i p a l sos pechoso de este caso,
teoría q u e va exc ita n d o cada vez más l o s á n i m o s de
todos los i m pl icados e n l a i nvestigaci ó n . Puesto que los
i nd icios a p u nta n a q u e todo q ued a rá acl a rado cuando se
desc u b ra el paradero del Di recto r M o ri s u , los esfuerzos
d e l a i n vestigación pa recen centrarse ahora en esta cues­
tión . Por otra parte, segú n u n e m p leado de la estación d e
tren q u e con oce de vi sta a l D i rector, u n sujeto de as pecto
d e m acrado q u e se le pa recía m u c h o y q u e n o l l evaba
s o m b rero co m p ró un b i l l ete pa ra el ú lt i m o tren del d ía a
Osaka, en el q u e a l pa recer s u bió, por l o q u e ahora d icha
i nvestigación h a a l a rgado s u brazo ta m bién h a sta a l l í.

149
LA ESCUELA PREFECTURAL FEMENINA
PATAS ARRIBA
¡EL DIRECTOR MORISU HA ENLOQUECIDO!
¡LA PROFESORA TORAMA APARECE AHORCADA!
¡EL SECRETARIO KAWAMURA SE DA A LA FUGA
CON UNA FORTUNA!
¿SECUELAS DEL CASO DE MISS CARBONIZADA?

( E l te l éfo n o d e O s a k a ) . E ste p e r i ód i c o ya i n fo r m ó a l
p u n to d e q u e ex i st e n i n d i c i o s q u e a p u n t a n a q u e e l
d e s a p a re c i d o R e i z o M o r i s u , D i recto r d e l a E s c u e l a
P refect u ra ! Fe m e n i n a , s e h a b ía d i ri g i d o a O s a k a . Pero,
de i m p rov i s o , e n la m a d r u ga d a d e l d ía t re s , en l a s
cerca n ía s d e N a ka n os h i m a (d i strito N o rte, c i u d ad d e
O s a ka) , M o r i s u a p a reció vest i d o co n u n a l evita d e s a rre­
g l a d a a bo rd a n d o a todo el q u e se c r u z a b a co n fra s e s
co m o : «/¿ N o co n oce u sted a l a m uj e r d e M a rte ? » , « ¿ N o
h a ve n i d o p o r aq u í M i s s Ca rbo n i z ad a ?» , « ¿ D ó n d e está
U t a e A m a kawa ? » , «To d o son m e n t i ra s » , «To d o s o n
ca l u m n i a s s i n fu n d a m e nto» y cos a s p o r e l esti l o , s i n e l
m e n o r s e n t i d o , p o r l o q u e , d e m o m e nto, se e n c u e ntra
bajo l a c u stod i a d e l a Po l i cía d e N a ka n o s h i m a . A pet i ­
c i ó n de esta s m i s m a s a uto r i d a d es po l i c i a l e s e l p rofes o r
Kobaya kawa , s u bd i recto r d e l a E s c u e l a , p e s e a esta r
e n o r m e m e nte ata reado co n m otivo d e l o s p repa rativos
del i n i c i o i n m i n e n te del p róx i m o c u rs o , se h a d i ri g i d o a
O s a ka e n e l exp reso d e l a s o n ce d e l a m a ñ a n a . Po r otro
l a d o , tras la p a rt i d a del citado s u bd i recto r, la e n c a rgad a
d e l a l i m p i eza d e s c u b r i ó e n l o s c u a rtos d e b a ñ o d e l
p rofesorado el c u e rpo a h o rcado d e l a vete ra n a d ocente
d e l m i s m o centro S ra . To rako To ra m a (42 a ñ os) q u i e n ,
baj o l a s ó rd e n e s d e l adj u nto a l S u bd i recto r, p rofes or Ya-
m a g u c h i , h a b ía acu d i d o ta m b ié n p a ra e n ca rga rse d e l a s
n u m e ro s a s ta rea s d e ca ra a l a i n a u gu ra c i ó n d e l n u evo
cu rso esco l a r. Pero, c u a n d o tod os se h a l l a b a n s u m idos
e n una con sternación tod avía m ayo r por e l i n cide nte, el
ofi c i a l d e po l i cía qu e h a b ía acu dido d e serv i c i o a l a Es­
c u e l a descu brió q ue e l j o ro b a d o H id e a k i Kawa m u ra (51
a ñ o s ) , co m pa ñ e ro d e trabajo d e l D i rector M o r i s u d u­
ra nte trei nta a ñ o s y u n o d e l o s rostros re p resentativos
d e la E s c u e l a , q u e ta m bi é n h a b ía acu d i d o a tra baj a r en
los p repa rativos de l n u evo cu rso e n su ca l i d ad de Secre­
ta rio, de p ro nto ya no se e n co ntraba a l l í. La i n s pecc i ó n
q u e, por ruti n a , se l l evó a ca bo t r a s e l descu b ri m i e nto,
reve l ó i n es pe ra d a m e nte q u e los c i n co m i l y p i co ye­
nes q u e se g u a rd a b a n en la caja fu e rte p a ra paga r l a
co n fe cc i ó n d e l b u sto d e l D i rector M o r i s u y l a l i b reta
b a n c a r i a q u e d e b ía reg i st ra r u n s a l d o de ochocie ntos
vei nte ye nes pa ra las actividades soci a l es d e l a Escuela
h a b ía n d e s a p a recido. Tra s p regu nta r e n e l Ka n gyo B a n k,
d o n d e se h a l l a b a n de pos itados d i chos a h o rros , se s u po
q u e poco tiem po a ntes , h a c i a e l m ed i od ía , e l Secreta rio
Kawa m u ra h a b ía a c u d i d o a d i c h o b a n co , ret i r a d o la
p ráctica tota l i d a d d e la ca n t i d a d d e p o s i t a d a y a co nti­
n u ac i ó n , a b a n d o n ad o e l l u ga r co n actitud a p res u ra d a .
Po r otra p a rte, se h a de s cu b i e rto q u e s u es posa H a ru
(47 a ñ os) , q u e vivía e n u n ed ifi cio d e a p a rta m e ntos d e
l a s a fu e ra s , h a d ej a d o tod a s s u s perte n e n c i a s e n ca s a ,
y, l l evá n d o s e s o l a m e nte l o i m p resci n d i b l e p a ra e l v i aje,
ha d e s a p a rec i d o d e l a m i s m a m a n e r a . As í, un s u ceso
t ra s ot ro va e n vo l v i e n d o e l caso d e m a n e ra q u e cada
vez l eva nta m ayo r rev u e l o . De bido a tod o e l l o , han co­
m e n zado l o s i nte rrogatorios a tod os y cada u n o de los
m i e m b ros d e l a citada E s c u e l a . De m o m e n to h ay q u e
ad m iti r q u e l a s ituación s e h a co m p l icado y e s p roba b l e
q u e d u ra nte u n l a rgo t ie m po n o p u ed a n rea n ud a rse l a s
c l a s e s. Ta nto l a p rofesora To ra m a , q u e se h a a h o rcad o ,
co m o e l Secreta r i o Kawa m u ra , q u e h a h u i d o , s i e m p re
h a bía n mostrado por el D i recto r M o ri s u , u n a adorac i ó n
co mo s i se trata se d e u n d i o s , y a m bos e ra n d e los q u e
m á s se esforzaba n p o r loca l iza r el pa radero d e este. N o
obsta nte, a pes a r de ser los q u e m á s debería n a legrarse
a h o ra al s a be r q u e e l D i recto r h a bía s i d o l oca l izado, los
dos to m a ro n actitudes tota l m e nte co ntra ri a s a l o es pe­
rad o . No q u ed a s i n o d eci r q u e en este caso se s u cede
un m i ste rio tras otro y n o res u lta d ifíc i l de i m agi n a r q u e
debe h a be r ocu lto tras é l u n secreto d e l a m ayo r i m por­
ta n c i a . Por otra parte, l a m uj e r l l a m ad a Utae A m a kawa ,
cuyo n o m b re p ro n u n c i ó atrope l l a d a m e nte e l e n loq u e­
c i d o D i recto r d e E s c u e l a e n O s a k a , e ra u n a a l u m n a
recién l i ce nciada e n l a m i s m a Escu e l a , conocida por ser
d e las m ej o res e n las co m peti c i o n es de po rtivas y cuyo
a podo desde t i e m po atrás e ra e l d e « S e ñ o rita M a rte» .
Poco d e s p u é s d e fi n a l i z a r s u s estu d i o s , s e e m p l eó e n
l a s ofi ci n a s de u n periód ico de O s a k a , p o r l o q u e pa rece
q u e el D i recto r M o ri s u , tras su ataq u e de locu ra, acud ió
a l a reg i ó n e n s u b u sca y n o res u l ta d i fíci l d e co legi r
q u e exi ste a l g ú n t i po de estrec h a re l a c i ó n entre el caso
d e M i s s Ca rbo n i z a d a y Utae A m a kawa y q u e e n estos
m o m e ntos se e n c u e nt ra i nvest i ga n d o cu i d a d o s a m e nte
la a utori da d co m petente.
EL SOMBRERO DEL DIRECTOR MORRIS APARECE
EN LO ALTO DE LA CRUZ
SE HA ENCONTRADO EN LA IGLESIA CATÓLICA DE LA CIUDAD,
JUNTO A UNA HORQUILLA PARA EL PELO CUYA PROPIETARIA
SE DESCONOCE
MARCAS DE DENTELLADAS EN EL ALA DELANTERA
DEL SOMBRERO

Ta l y co m o ve n i m os i nfo r m a n d o, desde q ue el p a s a d o
vei n t i s é i s de m a rzo s e desata ra el m i sterioso i n cen d i o
e n l a E s c u e l a P refect u ra ! Fe m en i n a , s e h a dese n ca de­
n ad o u n a serie de i n c i dentes n o m e n o s m i ste ri o s o s ,
co m o el h a l l azgo de M i s s Ca rbo n izad a , l a des a p a ri c i ó n
del D i rect o r de l a E s c u e l a y s u e n l o q ueci m i e n t o , l a
m uerte por a h o rca m iento de l a p rofesora To ra m a y l a
des a p a ri c i ó n d e l Sec reta rio Kawa m u ra con u n a elevad a
c a n t i d a d de d i nero. Tod avía n i s i q u iera s e co n oce l a
rea l i d a d en to rno a d i cho i n ce n d i o , p o r l o q ue tanto l a s
a uto rid ades d e l a E s c u e l a como l a s d e l a P refect u ra y
l a Po l i cía se h a l l a n s u m i d a s en u n i n a u d ito to rbel l i n o
d e desco n cierto . Y a h o ra , u n a vez m á s , d e n uevo se h a
p rod ucido u n m i sterioso s u ceso fuera d e tod a p rev i s i ó n
en el i nterior d e l a igles i a cató l ica d e l a c i u d ad -fu n d a­
d a grac i a s a l fe rvo r creyente del D i recto r M o ri s u- q ue
h a vue lto a s u m i r a tod o s l o s i m p l i c a d o s e n e l m á s
p rofu n d o desco n cierto. H ac i a l a s d iez d e l a m a ñ a n a de
este d ía c i n co, en el 2-41 -4 de l a Ave n i d a de la Costa de
esta ci u d a d , e n la igles i a cató l ica q ue, co m o era h a bi­
tu a l , agu a rd a ba l a l legad a de l o s fieles por t rata rse de
un d o m i ngo y tener q ue celeb ra rse l a m i s a , se p roced ió
a ta l efecto a a b ri r l as puertas del a lta r fro nta l , descu­
briéndose con gra n sorpresa q ue en l o a lto de l a cruz de

1 53
p l ata q u e se h a l l a b a clavada j u sto e n e l centro d e l a ltar,
co l g a b a u n s o m b re ro d e copa desco n oc i d o y u n a h o r­
q u i l l a d e p l ata co n i n c ru stac i o n e s d e fl o rec i l l a s roj a s .
Desco l g a n d o l o s o bj etos y p roced i e n d o a exa m i n a rl o s ,
se s u po po r el n o m b re q u e esta ba escrito en el i nte rior
d e l a ch i stera e n cuestión que ta l s o m b re ro perte necía
a l D i recto r M o ri s u , fe rvoroso fe l i grés d e esta m i s m a
i g l es i a . E n c u a nto a l a h o rq u i l l a -po r e l m o m e nto se
d e s c o n oce s u p ro p i et a r i a-, fu e l l evad a j u nto con el
so m b re ro a l a co m i sa ría centra l d e Pol i cía por pa rte d e
l o s agentes d e l p u e sto l oca l d e l a s ce rca n ía s d e l l u ga r.
Las a uto r i d a d e s po l i c i a l e s , q u e e n estos m o m e ntos se
h a l l a n en estado d e te n s i ó n po r un caso re l a c i o n a d o ,
co n s i d eraron q u e n o pod ía n d ej a r esca p a r este a s u nto
y, s i n perd e r t i e m po, e n v i a ro n s u s efectivos a la igles i a
e n c u est i ó n , p ro h i b i e n d o l a e n t r a d a a l o s fi e l e s . Pese
a l l ev a r a ca bo u n a estricta l a bo r d e i nvesti gaci ó n , no
han e n co ntrado un solo p u nto sos pechoso en l a sala d e
cu lto de l a refe r i da igles i a y l a m uj e r a l a que i nte rroga­
ro n por t rata rse de la p ri m e ra pers o n a q u e e n t ró esta
m a ñ a n a e n la s a l a desti n a d a al c u lto ( h a c i a l a s n u eve
h o ras) d ij o n o h a be r vi sto a n a d i e q u e co n a nteri oridad
se a p roxi m a s e a l a lta r, por l o que los agentes h u b i eron
d e res i g n a rse a volver co n las m a n o s vacía s . Po r c i e rto
q u e , u n a vez q u e el so m b re ro de co pa fu e l l evado d e
v u e lta a co m i s a ría , u n exa m e n m á s m i n u c i o s o reve l ó
q u e e l a l a d e l a ntera p resentaba h u e l l a s de h a ber s ufrid o
u n a e n é rg i ca m o rd ed u ra , d i st i n gu i é n d o s e c l a ra m e nte
l a s m a rcas de d i e ntes i n c i s ivos y ca n i n o s . Ad e m á s , los
expertos co i n c i d e n e n que d i c h a s m a rcas deben perte­
n ece r a l a d e ntad u ra de u n i n d iv i d u o j ove n , s a n o y vi­
go roso, l o c u a l h a gen e rado un n u evo rev u e l o e n torno
a este a s u nto. En res u m e n , si e l m i ste rioso j oven q u e

1 54
se s o s pec h a q ue entró en l a i gles i a , fi n a l mente g u a rd a
a l gu n a re l a c i ó n co n l a cade n a d e s u cesos m i steriosos
q u e a c o n teciero n t r a s e l i nexp l i ca b l e i n ce n d i o e n l a
Escuel a P refectu ra ! Femen i n a , p uesto q ue l a p rofesora
To ra m a m u ri ó a h o rcada y el j o robado Secreta rio se d i o
a l a fu ga , aq uel los q ue pen s a b a n en e l l o s d o s co m o los
s o s pechosos de h a l l a rse t ra s l o s m i steriosos s u cesos,
han perd i do con este n uevo i n cidente los fu n d a mentos
de s u s s o s pec h a s . En co n secue n c i a , a h o ra q ue res u lta
del todo i m po s i b l e pe n s a r e n q ue a l g u n o de l o s d o s
p u e d a ser el verd adero c u l p a b le, tod a s l a s pers o n a s
re l a c i o n a d a s de a l g u n a m a nera co n l a i n vest i g a c i ó n
d e l c a s o h a n vue lto a q ued a r i n mers a s en u n a espesa
m a ra ñ a de n ie b l a .

¡INESPERADO!
¿EL CULPABLE DEL CASO DE LA MUJER
CARBONIZADA ES LA HIJA DEL SUPERVISOR
PREFECTURAL DE EDUCACIÓN?
LA CHICA HA HUIDO CON SU MADRE CON
DESTINO DESCONOCIDO
SU PADRE EL SUPERVISOR CONSCIENTE DE QUE DEBERA
ASUMIR RESPONSABILIDADES

Desde n uestra a nte r i o r i nfo r m a c i ó n s o b re el caso del


som b rero y l a h o rq u i l l a a p a recidos en l a igles i a cató l i ca
de l a Ave n i d a de l a Costa , l a s a uto rid ades co m petentes
de Po l i cía por lo vi sto h a n o bte n i d o u n a p i sta dec i s iva
a cerca del caso de M i s s Ca r bo n i z a d a . En a q uel mo­
mento, pa rece q ue em pezaron por p ractica r un severo
i nterrogato rio a la m ujer q ue entró a la i gles i a en pri mer

1 55
l u ga r, d e n o m b re A i ko To n o m iya ( 1 9 a ñ o s) , l l eva n d o
a l a c h i c a a u n a d e l a s h a b i ta c i o n e s d e l i n te r i o r d e
d i c h a i g l e s i a . S i n e m ba rgo, p o r n eces i d ades s u rg i d a s
d e este i n ter rogato r i o , perm i t i e ro n q u e h a c i a l a s tres
d e l a ta rd e del m i s m o d ía la j oven A i ko regre s a ra a s u
d o m i c i l i o de m a n e ra te m po ra l . N o o bsta nte esta m ujer
s u po e l u d i r co n gra n osad ía l a estricta vigi l a n c i a a q u e
esta ba someti d a y, j u nto con s u co nva l eciente m a d re, s e
h a m a rc h a d o pa ra ocu ltarse e n l u ga r desconocid o, s i n
d ej a r m á s rastro q u e u n a ca rta d e des ped i d a d i ri g i d a a
s u pad re, e l S r. Ai s h i ro To n o m iya . Co n res pecto a este
grave descu ido, las a uto ridades de Pol icía h a n e n m ud e­
cido por a l g ú n m otivo, s i n dej a r esca par el m á s m í n i m o
co menta ri o . Ade m á s , a nte e l hecho d e q u e n a d a i nd ica
que se h aya proced ido a l a búsq ueda de a m ba s m uj e res,
no ca be s i n o deci r una vez m á s que se trata de un a s u n­
to extre m a d a mente m i ste rioso. Por otra p a rte, co m o es
sabido, el pad re de l a citada m ujer, S r. Ai s h i ro To n o m iya ,
S u p e rv i s o r d e Ed u ca c i ó n d e esta p refectu ra y u n a d e
l a s gra n des figu ra s de l a pol ítica n acio n a l , co nd ecorado
co n l a más a lta d i sti n c i ó n i m pe ri a l , es a d e m á s e l n i eto
p o r p a rte pate r n a d e l m a rq u é s Tad a s u m i To n o m iya,
viej o M a ri sc al del Ej é rcito. Sorpre n d i d o a l verse ta n d i­
recta m ente afectado por esta traged i a -pa s a l a s h o ra s
a bati d o e n u n a tri steza s i n l ím ite y a s u m i e n d o l a g ra n
i m porta ncia d e l conte n i d o de l a ca rta de des ped i d a- ha
to mado l a dec i s i ó n de d i m iti r de su ca rgo pa ra p roteger
e l h o n o r d e l a esti rpe fa m i l i a r co m o fo r m a d e ace pta r
res po n s a b i l idades, rea l izando el s i g u i e nte co mentario a l
period i sta q ue acu d i ó a vis ita rle:
«No ten go p a l a b ras de d i scu l pa . Pero a u n a s í, m e re­
s u lta i m pos i b l e pen s a r q u e m i h ij a h aya pod ido co meter
un d e l ito ta n terri b l e co m o el de a s es i n ato y posterior
i n cend i o provocado. I nc l u so el q u e d u ra nte s u a s i stencia
a l a E s c u e l a P refectu ra ! Fe m e n i n a d e B a c h i l l e rato m i
h ij a Ai ko y esa m uj e r d e M a rte, Utae A m a kawa , fu e ra n
a m iga s ta n ínti m a s co mo n o h ay otra s dos, e s a lgo d e l o
q u e tengo n oticia a h o ra por pri m e ra vez. Por s u p u esto
ta m poco me viene a la ca beza n i ngú n deta l l e q u e h aga
pen s a r q u e e ntre a m bas p u d i e ra h a berse da d o a lgo ta n
i n d ece nte como u n a m o r q u e d ej a s e re ncores m utuos.
Sea e l l o cierto o no, yo voy de sorpresa en sorpresa. Los
res po n sa bles de la i nvestigación me h a n ped ido p reca u­
ción a l res pecto y, pen s a n d o en q u e m i h ij a p ued a tener
u n futu ro fel iz, e n l a med i d a de lo pos i ble n o deseo que
todo esto se h aga p ú b l ico. L e ruego por favor q u e no me
p regu nte m á s sobre el a s u nto. Po r el m o m e nto, ign oro
e l motivo por el c u a l se h a esca pado de casa l levá ndose
a s u m ad re. H asta a h o ra h e vivido sin secretos n i d i scu­
s i o n es co n m i m ujer y m i h ij a , y en estos momentos m e
encuentro estu pefacto a nte el h echo de qu e , s i n es perá r­
melo, me h aya n a ba ndonado de repente. Estoy segu ro de
que mi es posa To m e y mi h ij a Ai ko l l ev an co n s igo u n a
gra n ca ntidad d e d i n e ro, por l o q u e n o creo q u e tenga n
d ifi c u ltades p a ra m a nte n e rse d u ra nte u n b u e n tiem po.
No te ngo l a m e n o r idea de a d ó n d e p u ed e n h a be r i d o .
P o r s u p u esto, m i i ntención es l a de as u m i r res pon s a b i ­
l i d ades, pero h a sta q u e esta cu estió n n o se h aga p ú b l ica
de m a nera ofici a l , m e gu sta ría que m a ntuviera en secreto
m i d eci s i ó n j u nto con todo lo h a blado aq u í». Y con ta les
palabras se expresaba.

En cua nto a l a ca rta q u e dejó l a S rta. A i ko como des pe­


d i d a , es la s igu iente:

1 57
A l a atención de m i señor pad re

Pad re:
Le agrad ezco m u ch o s u s c u i d ad o s d u ra n te todo
este ti e m po. D ebido a que esta A i ko y su m a d re no
q ueremos ca u s a rl e tod avía más molesti as y porq ue no
q u iero entri stecer más a mi m a d re n i em peora r s u en­
fermedad, h e decidido po ner fi n h oy a n uestra esta ncia
e n esta ca s a . Respetuosamente, q u ie ro exp resa rle m i
m á s profu ndo agradeci m i ento por e l t i e m po co m pa r­
tido h a sta hoy.
Todo l o s u ced ido e n m i escuela es res po n s a b i l idad
m ía por n o h a ber prestado l a s u fi c i e nte ate n c i ó n . La
m ujer fa l lecida en el i n cen d i o es Utae Ama kawa y pue­
d o ga ra ntiza r co n tod a segu ridad q u e se trata d e u n
s u icidio. S i m e h u biese dado cuenta ta n solo u n poco
a ntes de q u e Utae Ama kawa ten ía la i ntención de s u i­
c i d a rse, n o h a b ría s u ced ido u n a cosa co m o esta . H a
s i d o u n a l a menta b l e fa lta por m i parte. Por otro lado,
he co nfesado a l a Pol icía q u e no es otra s i no yo q u i en
hoy h a colocado e l som b re ro del D i recto r M o r i s u y l a
ho rq u i l l a floreada de cierta joven geisha e n l a cruz, a s í
co mo l o s motivos q u e m e l levaron a h acerlo. Por cier­
to, pad re, q u e los pol icías me h i cieron u n as p regu ntas
tota l m e nte i nesperad a s sobre u sted , pero co mo no sé
n a d a de e l l o , nada h e pod ido co ntesta r. Basán dose en
un docu mento enviado por l a s u icida Utae A m a kawa,
l a Po l i cía pa recía con ocer m u chos deta l l es d e l a vid a
ocu lta q u e u sted l l evaba, y po r e s o , pa ra s u referencia,
he q uerido a ñ ad i rl e esa i nformaci ó n .
S i n e m b a rgo , e n m i caso, n o p rete n d o e n m o d o
a lgu no s u i c i d a rme. Puesto q u e me h e fugado de casa
ú n i c a m ente co n l a i nte n c i ó n de c u i d a r de mi m ad re
enferma en a l gú n l u ga r tra n q u i lo h a sta q u e se m ejore
a p reci a b l e m e nte, pqr ta nto l e p i d o q u e d e n i n g u n a
m a nera i nte nte n uestra b ú sq ued a . Y n i q u e deci r tiene
que l e p i d o i g u a l m e nte que n o i nte nte ave ri gu a r por
qué l l evé a ca bo a q u e l l a acción ta n extra ñ a . Creo q u e
eso será lo mejor para l a fel icidad de u sted y l a m ía .
P o r favor, cu ídese m ucho.

Ai ko

Pa ra s u i n fo r m a c i ó n , l e s a ñ a d i m o s q u e l a Ai ko To­
n o m iya q u e fi rm a esta ca rta , d u ra nte s u ti e m po e n l a
Escuela Prefectu ra ! Fe m e n i n a d e Bach i l le rato fu e co n o­
c i d a co m o «el l u ce ro d e n u estra E s c u e l a » d e b i d o a s u
be l l ez a , a d e m á s d e s e r u n a c h i ca c o n u n gra n ta l e nto,
cuyos res u ltados académ i cos han sido un h o n o r para el
citado centro.

1 59
Al profesor Morisu, Director de la Escuela

De la mujer de Marte

Soy tan feliz, tan feliz, que no puedo contenerme. Por­


que de esta manera voy a conseguir vengarme de usted,
Sr. Director...
Si realmente yo fuese una mujer de Marte, en mi
calidad de tal, saltaría de felicidad hasta lo más alto de
los cielos.
Posiblemente, cuando encuentren mi cuerpo, estará
tan carbonizado que nadie sabrá de quién se trata. Y,
seguramente, producirá un gran revuelo en los artículos
de los periódicos.
Le he pedido a una amiga lo siguiente:
«El día treinta y uno por la tarde, cuando haya pasa­
do una semana justa desde que empecé a escribir esta
carta, que fue el día veinticuatro por la tarde, envía esta
carta por correo urgente al domicilio del Director de la
Escuela. ¿ Me harás el favor, verdad?».
Y después... si usted, Sr. Director, aunque contemple
mi cuerpo calcinado y aunque lea esta carta, no da seña­
les de arrepentimiento y pone cara de no tener nada que
ver con el asunto o si da muestras de intentar disfrazar
las cosas sin alterarse lo más mínimo, por si acaso he
tenido la precaución de redactar otra carta dirigida a la
Comisaría de Policía, que también he pedido enviar.
Después, si aun así no se hace pública la realidad en
torno a este caso y resulta evidente que una serie de
personas carentes de vergüenza se han conchabado con
usted, Sr. Director, para enterrar el caso en la oscuridad,
he pedido que se incluyan todos los artículos periodísti­
cos publicados al respecto junto con una explicación de

160
las relaciones entre los implicados en un sobre, para en­
viarlo todo acompañado de otra copia de esta carta a un
tercer lugar de manera que, aunque tarde, salga a la luz
todo este asunto sin falta. He tomado todas las medidas
necesarias para que quede claro hasta qué punto usted,
Sr. Director, es responsable de mi carbonizado cuerpo.
Mi amiga es una persona inteligente y muy resuelta, por
lo que estoy segura de que no cometerá ningún fallo que
la lleve a que le arrebaten esta última carta.
Aquí donde me ve, no quiero que mi vida termine sin
sentido, reducida sin más a carbonilla.
He pensado que será un gusto para mí ofrecer unos
polvos del medicamento «CARBONI LLA DE LA MUJER DE
MARTE» para que se los trague cada uno de ustedes, Sr.
Director de la Escuela y todos los otros corruptos y de­
pravados que le acompañan y que van por ahí obcecada­
mente haciendo gala del egoísmo propio de los hombres
de nuestro tiempo. Ahora que están tan de moda los
medicamentos a base de reptiles carbonizados, seguro
que este mío debe resultar también efectivo.
CARBONILLA DE LA MUJER DE MARTE.
¿ No es un medicamento realmente exótico? Y a lo
mejor, ¿no resultará más valioso incluso que un pedazo
de momia egipcia?
¿Qué tal se siente después de tomarlo? Estoy segura
de que le habrá producido un alivio, una sensación de
frescor de una punta a otra del corazón, ¿no es cierto?
Jo, jo, jo, jo, jo.
Creo que será mejor que no piense en quién puede
ser esa amiga íntima que ayuda a llevar a cabo su ven­
ganza a esta mujer de Marte que ha terminado carbo­
nizada. Pero si por una posibilidad entre mil llegase a
saber quién es, no le serviría más que para sorprenderse
y nada lograría hacer contra ella, por lo que lo único
que conseguiría serían molestias. A diferencia de mí, el
rencor que esa persona guarda hacia usted no se debe a
un suceso fortuito. Se trata de una persona realmente
inusual en este mundo en que vivimos por la gran pie­
dad filial que demuestra, pues vive atendiendo las nece­
sidades de su madre, enferma de los pulmones, y de su
padrastro, arrastrado por usted a una despiadada vida de
libertinaje, por lo que, para evitar que se filtren rumores
a la sociedad, en lugar de contratar a una empleada de
servicio, ella se encarga de todas las tareas sin quejarse y
aparentando una vida de felicidad. Pero además, se trata
de alguien que en el fondo de su corazón no ha deja­
do de buscar al demonio que sumió a su madre en un
destino tan trágico. Por eso, en cuanto escuchó de mis
labios el nombre de ese demonio, enseguida decidió que
deseaba tomar venganza en nombre de su madre y así
resarcirla. Por añadidura, tenía tantas ganas de dar un
escarmiento a su padrastro por la vida licenciosa que lle­
vaba a escondidas, que aceptó de inmediato mi petición
de manera incondicional.
Dicho de otra manera, debido a que el corazón de
esa madre suya era tan dulce, mi amiga no podía por sí
misma llevar a cabo una acción demasiado radical con­
tra usted, Sr. Director. Por eso, actué en representación
de ella y de alguna manera se puede decir que esas cir­
cunstancias me llevaron a ser yo en lugar de ella quien
se convirtiera en un cuerpo carbonizado. ¿ Lo entiende
usted? El significado que tiene mi cuerpo calcinado...
Pero no crea usted. El rencor que guardamos hacia
su persona, Sr. Director, es tal, que seguramente no se
saciaría ni aunque se hubieran carbonizado los cuerpos
de las dos. ¿ Se ha dado ya usted cuenta? ¿ Sabe usted ya
quién es la persona que me está ayudando de esta mane­
ra en mi venganza?
Es posible que alguien tan engreído como usted to­
davía confie firmemente en la fuerza de su inteligencia.
En ese caso, puede que no se dé cuenta todavía de hasta
qué punto llega la intensidad del rencor que le guardo;
pero aun así, según vaya usted avanzando en la lectura
de esta carta, creo que irá comprendiendo poco a poco.
Se lo vuelvo a repetir, Sr. Director. No tiene usted más
opción que asistir impotente a la venganza de esta chica
de cuerpo abrasado. Acéptelo usted como el invisible
castigo del Bien y, tal y como le exige esta chica carbo­
nizada, haga públicas sus faltas con toda sinceridad y, a
continuación, asuma que no le queda más remedio que
desaparecer discretamente de la sociedad.
Pero a estas alturas de la carta que le estoy escribien­
do, ya se habrá usted dado cuenta de cuál es la verdadera
identidad de la chica carbonizada, ¿no es cierto? Y tam­
bién habrá usted comenzado a temblar al pensar por qué
aquella mujer de Marte, llorosa y tan débil de carácter,
ha hecho algo tan espantoso y disparatado, ¿verdad?
Sr. Director Morisu.
Tengo que estarle enormemente agradecida por todo
lo que me ha enseñado. Es usted un hombre de edad.
Es usted una persona admirable, que desde que perdió
tempranamente a su esposa e hijo, se ha convertido en
un ferviente cristiano y ha manifestado que dedicaría
toda su vida al trabajo de la enseñanza. La sociedad le
ha definido como un modelo para todo educador y, de
cuando en cuando, ha recibido usted condecoraciones.
Es una persona respetada y maravillosa.
Quizá haya quien piense· que por mucho acoso que
se haya sufrido por parte de una persona así, no es
correcto planear algo como una venganza. Pero profe­
sor Morisu... yo, tal y como usted me calificó, soy una
mujer de Marte. No soy como las mujeres corrientes.
Por eso, ante el despotismo de los hombres de nuestra
sociedad y las maldades que se le permiten solamente
a ellos, me han entrado ganas de sorprender al mundo,
mostrando mi rebelión de una manera expeditiva. He
querido provocar un incidente «15-de-mayo de las mu­
jeres» 1 para mostrar contundentemente a los hombres
que este mundo no existe solo para ellos. Y en particu­
lar, a mí que he nacido en Japón, me resulta del todo in­
soportable que alguien como usted, que puede tildarse
de emblemático representante de la maldad masculina,
sea considerado un modelo para todos los educadores
del país y actúe como mentor y guía moral para cerca de
un millar de chicas.
Me pregunto si usted conocerá cómo se crio y qué
ideas tenía esta mujer que le escribe. Me pregunto si
verdaderamente se sorprendería usted, aun en el caso
de escuchar la historia del fatídico destino que me llevó
a tener que lanzarle mi maldición y a convertirme en
carbonilla solo porque sus manos tocaron mi cuerpo
por un breve lapso. ¿Cómo podrían ustedes -esos
hombres del Japón con una visión de la moral ajus­
tada a lo que les conviene solo a ustedes y que han

1 Debido a la impactante narración de Yukio Mishima Patrio­


tismo ( Yukoku) ,llevada luego al cine por él mismo, es mucho
más conocido el denominado «Incidente del 26 de febrero»,
intento de golpe de Estado por parte de unos jóvenes oficiales
en el año 1936. Sin embargo, otro hecho similar, que es al
que aquí se hace referencia, tuvo lugar el 15 de mayo de 1932,
donde se llegó a asesinar el Primer Ministro. Yumeno escri­
bió esta novela entre ambos levantamientos.
desarrollado en ese sentido su concepto del sentido
común- comprender la misión a que se siente llamada
esta mujer de Marte?
Pero aun así, debo explicarlo. De no ser así, mis ac­
tos serían mirados con desprecio, considerados como
una pantomima pasajera, resultado de una estúpida
explosión de rabia. Debo explicar la seriedad de esos
sentimientos que han dado lugar a la maldición de mi
cuerpo calcinado. Tengo que demostrar con esta carta
que el sentido de nuestro rencor es una rebelión contra
un Director de Escuela de comportamiento tan indeci­
blemente cruel e inmoral.
Por el honor de la mujer de Marte.
Y por la promesa de la chica carbonizada.

Desde que era una niña me llamaban «larguirucha».


Tengo dos hermanas menores, hijas de mi madre
actual, pero las dos son chicas de estatura y aspecto nor­
mal, así que me resulta incomprensiblemente extraño
que yo sea la única que haya nacido con un cuerpo así.
Más aun porque, según cuenta mi padre carnal, al nacer
yo, apenas llegaba a los 2.200 gramos, por lo que era
mucho más pequeña de lo normal. Un bebé de aspecto
debilucho, como si hubiera nacido prematuramente.
Pero al cumplir los cinco o seis años, comencé de pronto
a pegar un estirón. El primer día que pisé la Escuela
Primaria, al profesor a mi cargo, que llevaba un bigote a
lo Chaplin, se le escapó la risa al verme y exclamó:
-Oh, ¡pero qué niña tan grande!
En aquel momento, a pesar de ser todavía una niña,
la risa de aquel profesor con bigote de Chaplin me
hizo sentir una vergüenza humillante. Creo que fue la
primera vez en mi vida que me sentí avergonzada de
mí misma. En cierto modo, desde entonces nunca he
dejado de sentirme humillada.
De una manera similar, también el Director de aque­
lla Escuela Primaria, la primera vez que me vio sonrió
como si me estuviera compadeciendo. Enseguida me­
morizó mi nombre. Poco después, el Inspector que vino
por apenas un tiempo, también se aprendió mi nombre
enseguida. Y creo que no fue solo porque mis notas,
exceptuando Redacción, Caligrafia, Dibujo y Gimnasia,
fueran siempre las más bajas de mi clase.

No pasó mucho tiempo antes de que mi nombre fuera


conocido en toda la Escuela.
-¡A Utae Amakawa, la larguirucha, hay que peinarla
con una escalera!
Los chicos de los cursos superiores se reían así de
mí, desde una cierta distancia. Como yo era una niña
pusilánime, al principio me echaba a llorar y me negaba
a volver a la Escuela. Pero poco a poco me fui acos­
tumbrando y, por muy espantoso que fuera lo que me
dijeran, aprendí a volver la cabeza sonriendo con pesar.

Mis momentos de mayor popularidad tenían lugar en


las competiciones deportivas.
Desde que estaba en mi segundo año de Primaria,
corría a una velocidad similar a la de los chicos del sexto
curso, por lo que mi foto llegó a salir en los periódicos
acompañada del titular «Una terrible competidora para
el futuro». Sin embargo, esa foto mía había sido toma­
da bajo el pleno sol del verano y en ella aparecía con el
rostro fruncido de una manera que, de nuevo, hasta mis
padres se desternillaron de la risa al verla. Debido a ello,
me pasé dos o tres días llorando secretamente ante el

166
espejo. Pero, aunque hubiera contado a alguien lo mi­
serable que me sentía en aquel momento, ¿quién iba a
compadecerse de mí? Lo más probable es que se hubiera
reído a carcajadas también.
De esta manera, desde que empecé a tener con­
ciencia de las cosas, tuve que aprender que yo era una
larguirucha fea, que había nacido para que la gente se
riese de mí.

Creo que el hecho de que yo empezase de manera


habitual desde mi sexto año de Primaria a leer con au­
téntica fruición Poesía de la Nueva Escuela 2 o novelas,
se debió a ese sentimiento acumulado de soledad que
experimentaba. En otras palabras, gracias a todos los
que me rodeaban, me convertí sin remedio en una chica
solitaria, apartada de todos y enfrascada únicamente en
la Literatura.
A partir de que entrase en la Escuela Prefectura! Fe­
menina, ya no tuve que soportar unas burlas tan direc­
tas. Sin embargo allí me aguardaban una humillación y
una aversión mucho más profundas.
Con excepción de una chica de mi mismo curso que,
a diferencia de mí, era la más bonita y la que obtenía
mejores notas, ni los profesores ni las compañeras ni
nadie, me dirigió nunca una sola palabra amable. Tenía
la sensación de que todos intentaban apartarse de mí y
que sonreían de una manera extraña y fría cuando me
miraban. Posiblemente, a todas aquellas que dedicaban
sus fuerzas a competir en belleza y resultados acadé­
micos, yo debía de parecerles una especie de persona

2
Poesía de estilo occidental que buscaba distanciarse del clasi­
cismo japonés.
deforme e inferior. Por lo visto, debían de pensar que
dirigirme la palabra era como una deshonra pero, aun
así, al acercarse alguna competición de carreras, tenis o
voleibol, los profesores, las compañeras de mi curso y
hasta las de los cursos superiores, todos ellos se agolpa­
ban en torno a mí y me jaleaban cariñosamente. Como
si yo fuera un dios o algo similar, venían a ofrecerme
grandes cantidades de huevos crudos o frutas, intentan­
do congraciarse conmigo y, sin esperar consentimiento
o no por mi parte, me incluían en las competiciones
deportivas. Me repetían una y otra vez cosas como «eres
un honor para todos los de la Escuela», sin percatarse
lo más mínimo de que yo, «la larguirucha», me hallaba
avergonzada de mi propio aspecto.
Sin embargo, al día siguiente de terminar esas com­
peticiones, ya nadie se volvía hacia mí. Todo el mundo
se mantenía a distancia, como si se hubieran olvidado
incluso de que tal alumna existía.

Cuando me enfrentaba a los deportistas de otros cole­


gios y les superaba de manera aplastante o me iba dis­
tanciando de ellos, llegó un momento en que hasta las
voces que me llegaban de aquellos profesores y alumnas
que me aplaudían locos de alegría, me hacían sentir una
humillación insoportable. En los aseos escuché cómo
unas alumnas de un curso inferior al mío mantenían
esta conversación:
-Esa Marte es fenomenal, ¿eh?
-¿Cómo? ¿Quién es esa Marte?
-¿Pero no lo sabes? Es así como llaman a Utae
Amakawa. El Director de la Escuela dijo que esa mujer
había venido de Marte y que por eso no hay deportista
en el mundo que pueda vencerla. Así que, desde hace

168
un tiempo, todo el mundo anda diciéndole Marte-san,
Marte-san.
-¡ Qué cosas tan crueles dice el Sr. Director! Pero la
verdad es que es un apodo muy bien pensado. Refleja
muy bien ese aspecto grotesco de Amakawa.

Aun así, como soy de carácter débil, consiguieron


hacerme participar en varias competiciones deportivas
adulándome y engañándome. A pesar de que en el fon­
do del corazón sentía un frío vacío . . .

Enfrente del campo de deportes de la Escuela, a cier­


ta distancia, hay un desvencijado cobertizo que se usa
como trastero. Está situado en un rincón junto a al alto
muro que hace de cortafuegos. Al parecer, en principio
se utilizaba como aula para la clase de buenas maneras,
pero ahora se halla desconchado, se han caído varias
tejas y los hierbajos crecen por todo el tejado. En su in­
terior, las columnas y la escalera están agujereadas por
las termitas y las esteras de tatami se hunden al pisarlas.
En el tiempo de descanso tras las clases, escondiéndome
en las sombras de la empalizada de madera del campo
de tiro con arco tras los aseos, subía al segundo piso de
ese cobertizo. Dejar caer mi cuerpo en el viejo sillón de
mimbre que hay dentro y, a través de esa contraventana
cuya parte superior apenas conserva algún travesaño,
contemplar fijamente el azul cielo sobre la alta pared
se convirtió en uno de mis placeres. Y de esta manera,
adquirí la costumbre de pensar en esto y aquello mien­
tras comparaba el inmensamente frío vacío que yacía
en el fondo de mi corazón con el ilimitado vacío que se
encontraba más allá de ese cielo azul. Al principio, me
empujó allí el deseo de no exponer mi larga y deforme
figura en el campo de deportes de la escuela, pero con
el tiempo se convirtió en un placer secreto del que no
podía hablar a nadie.

Poco a poco comencé a sentir cada vez con mayor


intensidad que el vacío que yacía en lo más hondo de
mi corazón y el vacío que se hallaba más allá del azul
del cielo eran exactamente la misma cosa. Y además, co­
mencé a pensar que el hecho de morir era algo sencillo y
sin importancia.
Me convertí en una mujer que sentía en su interior
teñido de melancolía el enorme vacío que fluye por el
universo, la vida que transcurre sin existir más coor­
denadas que el tiempo y el espacio . . . Comprendí con
claridad que mi tierra natal se encontraba más allá del
firmamento, en el mundo del vacío donde no existen
sonidos ni olores.
Una multitud de personas revolotea, salta, llora y ríe
en el interior de ese enorme vacío de tiempo y espacio.
Las chicas de mi clase, según el gusto de cada cual, van
con sus revistas, libros o programas de películas y viven
cautivadas por sueños románticos o fascinadas por la
forma de maquillarse o vestirse para resultar más bellas.
Como hormigas que se amontonan sobre una sustancia
dulce o como mariposas que aletean buscando alguna
flor ... Con caras de felicidad, pasándoselo bien . . .
A mis ojos, todas esas cosas s e han vuelto carentes de
sentido por completo. La corriente que impulsa el vacío
de mi corazón y la corriente que impulsa el vacío del
universo poco a poco van sintonizando su movimiento.
Así, después de las clases y hasta que se pone el sol, es­
tirando mi cuerpo en el desvencijado sillón de mimbre
de aquel destartalado cobertizo, consolarme a mí misma
mientras se escurren lágrimas de infinita soledad se
convirtió en mi disfrute más anhelado.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que tan
placentero entretenimiento secreto se viera interferido
por algo tremendo.

Al igual que la iglesia católica de ladrillo roj o que se


yergue en aquel terreno cuadrado de la A venida de la
Costa era el lugar donde se albergaban las virtudes de
usted, Sr. Director, aquel cobertizo medio podrido, a
punto de desmoronarse, lleno de trastos viejos, aguj erea­
do por las termitas y cubierto de polvo, era desde hacía
mucho tiempo el lugar donde anidaban todos sus vicios.
Aquel destartalado cobertizo era totalmente necesario
para que, mientras usted mantenía de cara a todos su
reputación de educador modélico, en su lado oculto pu­
diera llevar una inimaginable vida de siniestros manej os
en cuanto al dinero y las muj eres. Por eso usted, Sr.
Director, no quería que derribasen de ninguna manera
el cobertizo, ¿ no es cierto? A pesar de que la Policía le
previno insistentemente de que su tejado recubierto de
cañas suponía un peligro potencial de incendio, usted
aduj o como excusa que carecía de fondos para edificar
un nuevo trastero y durante largo tiempo colocó en una
situación incómoda al encargado de la Prefectura.

¡Qué tonta fui al acudir un día tras otro a educarme en


un lugar que ni en sueños podía saber que guardaba una
relación tan profunda con un nido de vicio! ¿Cómo saber
que justo debaj o de mi desvencijado sillón de mimbre
iba a escuchar enseguida el aleteo de un demonio? ¿Y
que el aleteo de ese demonio me iba a hacer caer sin
piedad en el infierno de este mundo, del que no podría
escapar por más que lo intentase? ¿Que me empujaría
al interior de una tortura por la que aun convirtiéndome
en un cuerpo calcinado no podría obtener una satisfac­
ción suficiente?
Los que provocaban ese batir de alas eran ese Director
de Escuela cubierto de vello negro como un oso, el Secre­
tario Kawamura, que en su espalda llevaba una cabeza
adicional de color blanco, sin ojos ni boca, y, por último,
la profesora Torama, que entra en acción más tarde, una
gorda fea, parecida a un cerdo de Yorkshire y que es mi
profesora de Inglés. Estos son los tres demonios que, sin
que nadie lo supiera, anidaban en aquel viejo cobertizo.
Usted, Sr. Director, y el viejo jorobado del Secretario
Kawamura, que no podían ni soñar que yo utilizaba el
segundo piso como mi valiosa sala de meditación, al acer­
carse el fin del trimestre, una vez que acababan las clases
de cada día, cruzaban siempre ocultos los dos por la hoja­
rasca de las cañas de Indias junto a los aseos para emplea­
dos, y luego seguían por las sombras de la empalizada de
madera del campo de tiro con arco -por donde está pro­
hibido el paso- para entrar secretamente en el destar­
talado cobertizo. De esta manera, justo debajo del sillón
de mimbre donde yo me tumbaba, se sentaban entre los
trastos de la habitación de ocho tatamv y deliberaban so­
bre muchas cosas. Para alguien como usted, sin duda ese
viejo cobertizo constituía un lugar muy conveniente para
tratar asuntos secretos, puesto que si permanecía en las

3 En Japón, la superficie de las habitaciones suele medirse


por el número de esteras de tatami con que están recubier­
tas. La estera de tatami está fabricada con un tipo de paja
llamada igusa y equivale a entre 1,6 y 1,8 metros cuadrados,
según las regiones.
dependencias hasta tarde con demasiada frecuencia para
deliberar en privado con el Secretario Kawamura, podía
atraer las miradas de sospecha de los otros profesores, o
de alumnos que se quedasen hasta tarde y de los vigilan­
tes, e incluso fuera de la Escuela -como bien sabe- los
ojos de la sociedad serían particularmente estrictos, dada
su delicada posición de educador.

A diferencia del segundo piso, en el piso de abajo las


ventanas y contraventanas, aun rajadas, pueden cerrarse
bien, constituyendo una doble protección, por lo que,
incluso hablando en voz alta, apenas se filtra el sonido al
exterior. Por contra, aunque se hable en susurros, para
mí, que estoy en el piso de arriba conteniendo la respi­
ración, las palabras llegan nítidamente. Por cierto que
esas conversaciones, por lo general, se referían al dinero
de las cuotas para actividades de confraternidad con otros
colegios, cuya manera de escamotear estudiaban entre
los dos con gran afán. Escuché que el piano de cola de la
Escuela, a pesar de que consta en el libro de cuentas como
que costó tres mil quinientos yenes, en realidad es uno de
segunda mano que se compró por quinientos. También
he sabido que el pequeño edificio que se ha construido al
lado de la puerta principal para dedicar al aula de buenas
maneras, así como sus accesorios, y que se pudo erigir
gracias a los donativos de antiguas alumnas, ha costado
doce mil yenes de cara al público, pero en realidad se
consiguió terminar por solo siete mil y unos cuantos
cientos de yenes. Además, también escuché que usted,
Sr. Director, usando el nombre del hermano menor del
Sr. Kawamura, utilizó el dinero de las cuotas de confra­
ternización para jugárselo en un tipo de inversiones a la
vista y ganar un dinero que luego repartió a medias con

1 73
el jorobado del Sr. Kawamura. Y de igual modo, escuché
claramente cómo describía usted al Sr. Kawamura un
plan extraordinario, que ya tenía pergeñado de antemano,
para ganar dinero, solucionando además el problema que
le estaba causando la cuestión del importe de las cuotas
que al final había terminado perdiendo.
Por supuesto que este es un plan que usted confesó
presionado por el Sr. Kawamura, pero se trataba de una
idea de hace tiempo. Usted convenció a la profesora de
inglés que nos enseñaba a las chicas del quinto curso,
Torako Torama, ferviente cristiana que sentía una admi­
ración sin igual por su persona, para que plantease la
idea de que se le esculpiese un busto de bronce. Con la
aprobación de todos los profesores, se procedió a reunir
donativos tanto de las alumnas ya licenciadas que se
habían dispersado por todo el país, como de las familias
de aquellas que todavía continuaban en la Escuela, con­
siguiendo una repercusión enorme que ya había hecho
reunir al Secretario Kawamura una cantidad cercana a
los cinco mil yenes.
Por eso, los contribuyentes más entusiastas deseaban
no reparar en gastos y erigir una estatua suya de cuerpo
entero en lugar de un busto. Sin embargo, Sr. Director,
usted, por algún motivo desconocido, no gustaba de la
idea de una estatua de cuerpo entero y con gran énfasis
y modos casi agresivos, defendió así su postura:
-En mi caso es más que suficiente con un busto. En
realidad, no soy alguien que se merezca que le hagan
una escultura de bronce, así que todavía menos si se
trata de una de cuerpo entero.
El Secretario Kawamura, que se hallaba atrapado en
medio de la presión de unos y otros, debió de pasarlo
bastante mal.

174
Sin embargo, al escuchar el verdadero motivo por
el que usted no quería una estatua de cuerpo entero,
resultó ser un secreto tan extraordinario como estúpida­
mente simple. Desde hace dos o tres años, ya existía un
busto suyo, Sr. Director, que se encontraba tirado en un
rincón del armario de su pensión, envuelto en un trozo
de tela blanca y cubierto de polvo y verdín. En su parte
posterior se hallaba grabado nítidamente el nombre de
Seiun Asakura, el escultor más famoso de Japón, que ac­
tualmente es miembro del Consejo Imperial de las Artes
y parte del Jurado del Consejo Imperial de Exposiciones
Artísticas.
De alguna manera, el siempre astuto Secretario Kawa­
mura lo averiguó todo. Aprovechando alguna excusa
para viajar a Tokio, se encontró con el maestro Seiun
Asakura y le preguntó sobre el origen de aquel busto.
Por lo visto, el maestro Seiun, que nada sabía del caso
actual, le contó todo sin reparos:
-Ah, ¿aquel busto? Lo hice como una muestra de
agradecimiento al profesor Morisu. Hace un tiempo . . .
¿serían unos tres años? . . . recibí una carta del profesor
Morisu enviada desde un balneario de aguas termales,
mediante la cual me pedía acudir porque deseaba encar­
garme un trabajo. Así que me personé allí cuanto antes.
El encargo consistía en hacer un busto suyo. El profesor
Morisu es tío de mi madre y fue quien pagó mis estu­
dios hasta que terminé la Escuela Secundaria, por lo que
guardo un inmenso agradecimiento hacia él, y no era
cuestión de haberme negado o puesto condiciones. Sin
perder tiempo, compré una arcilla ideal en unos hornos
cerca del balneario y en cosa de una semana tenía listo
un busto. Luego, en una tienda de productos químicos,

1 75
compré todo el yeso que tenían e hice un molde con el
que me volví a Tokio. Allí dirigí el proceso de colado
para hacer la figura en bronce y, sin exhibirla en exposi­
ción alguna ni en ninguna otra parte, se la envié direc­
tamente al profesor Morisu. ( ... ). Ah, ¿sí? ¿Así que me
dice que todavía no la han colocado en ninguna parte?
( ... ). Vaya... ( ... ). ¿Cómo dice? No, no. Lo siento, pero no
tengo intención de aceptar ni un céntimo por aquello.
En realidad, tratándose de alguien con unas virtudes tan
elevadas como las del profesor Morisu, el haber podido
tener la ocasión de que las manos de alguien como yo
hayan modelado su figura para que se conserve en su
tierra natal es un honor mayor del que puedo pedir. Si
un día deciden ustedes que ese busto quede expuesto en
el jardín de la Escuela, les pido que no tengan ningún
reparo en consultarme sobre la obra para el basamento,
la piedra del pedestal o cualquier otro aspecto. Les ase­
guro que no les causaré ningún gasto adicional y estoy
dispuesto a costear por mí mismo el transporte hasta
allí para darles las indicaciones sobre la forma más eco­
nómica de rodearlo con una pequeña cerca o un seto y
cualquier otro detalle. Se lo digo porque, a veces, si se
deja manos libres a los artesanos para decidir, el efecto
que debe producir la figura de bronce puede verse estro­
peado por completo debido a la forma de colocación.
Estas palabras son una imitación mía de las del joro­
bado Kawamura, que a su vez remedaba las del maestro
Seiun. Cuando el Secretario Kawamura escuchó este
relato del artista y, a pesar de ya conocerle a usted de
bien atrás, no pudo sino experimentar una gran admi­
ración por su capacidad para tejer artimañas. Después,
debido a que, inesperadamente, con los donativos se
recaudó dinero más que suficiente y parecía que iba a

176
ganar la propuesta de realizarse una escultura de cuerpo
entero, decidió apoyarle a usted, que en esos momentos
se hallaba en una posición débil y totalmente aturdido
por el desarrollo de los acontecimientos. Con ese fin, el
Secretario se dedicó a visitar discretamente a quienes
proponían tal idea, explicándoles que, en los tiempos
que corren, si se quiere encargar una estatua de bronce
a un artista de talento, aunque se trate solo de un busto,
viene a costar entre cinco y diez mil yenes; y en el caso
de una estatua de cuerpo entero, habría que pensar en
un presupuesto de veinte a treinta mil yenes. Por tanto,
con los donativos reunidos, apenas daría para cubrir los
gastos de un busto.
Con eso, consiguió que se abandonase la idea de la
estatua de cuerpo entero y completar el plan de utilizar
el busto ya hecho, repartiéndose la mayoría de los cinco
mil y pico yenes entre los dos y haciéndole suspirar a
usted de alivio. Una vez conseguido esto, el Secretario
Kawamura pronunció estas palabras dentro del viejo
cobertizo:
-Lo siguiente es que el próximo veintidós de marzo
se celebra la ceremonia de agradecimiento de las alum­
nas que se licencian este año. Escogeré a una de las me­
jores estudiantes para que, en representación de todos, le
entregue a usted en un sobre el dinero recaudado con los
donativos. Usted me hará el favor de pedir que vuelva a
encargarme yo de custodiar la cantidad y dirá que desea
dejar en mis manos todos los trámites burocráticos rela­
tivos al busto. Entonces subiré yo a la tribuna y diré que
precisamente el célebre maestro Seiun Asakura es origi­
nario de estas tierras, por lo que he tomado la decisión
de encargarle el trabajo a él. Puesto que el maestro Seiun
ha aceptado con alegría el encargo, no tardará mucho en

1 77
tenerlo terminado y etc., etc. Tras estas revelaciones, todo
el mundo aplaudirá y ya tenemos el asunto en el bote.
Ya verá usted como el plan funcionará hasta el míni­
mo detalle.

Sin embargo, las conversaciones que yo escuché en


el interior de aquel destartalado cobertizo, no siempre
presentaron este carácter tan amigable. Las veces que
ustedes discutieron alzando la voz no fueron ni dos ni
tres. Gracias a eso, como ya he escrito, poco a poco me
fui enterando de muchos secretos de esta Escuela pero,
al final de aquellas discusiones, siempre era usted, Sr.
Director, quien acababa dando su brazo a torcer y volvía
a hacer las paces.

-Bueno, bueno, está bien. Que al fin y al cabo, la


responsabilidad del libro de cuentas es solamente tuya,
¿no? Entonces, no te pediré imposibles. ( . . . ) . Que sí, en­
tendido. Como tú digas. Venga, hagamos las paces. ¿ Por
qué no nos vamos a algún sitio divertido? Si escogemos
el tercer piso del hotel de aquel balneario, no hay peligro
de que nos vea nadie. ¿Qué te parece?
-No, hoy ya es muy tarde. Vayamos a algún sitio más
cercano.
-¿ Pero qué dices? Si vamos en un taxi a toda marcha,
no es nada. Ten en cuenta que en los sitios cercanos nos
conocemos unos a otros. El tercer piso del hotel del bal­
neario es lo mejor. Tráete a esa geisha joven que tú sabes.
Es un lugar magnífico para entregarse a la diversión. El
Gobernador de la Prefectura y el Inspector de Educación
van cada dos por tres a escondidas. Ese sitio es el nuevo
descubrimiento de este servidor.
-¿Ah, sí? ¿Tan lujoso es el lugar?

178
-La palabra luj oso se quedaría corta. Está diseñado
totalmente al estilo de los Mares del Sur y es la expre­
sión más fastuosa del esparcimiento. Yo me encargo de
la cuenta, así que tráete sin falta a esa chica.
-Sí, señor. A la orden.
-Hombre, es que es una chica muy divertida. No
tiene una pizca de normal. Esta noche yo me llevaré a
una también, pero más joven.

Una conversación de este estilo, como por algún


designio del destino, también se quedó extrañamente
grabada en el fondo de mis oídos. Si probamos a pen­
sar juntando todas estas conversaciones, tenemos que
usted, Sr. Director, aprovechando su respetabilidad y su
posición social, ha estado utilizando la Escuela como un
instrumento para ganar dinero desenfrenadamente. Y
además, empleando ese dinero así obtenido en reunirse
con sus amigos en lugares secretos para divertirse.

A pesar de ser yo una mujer débil y llorica, escuchar


estas conversaciones espantosas y deplorables me re­
sultaba irresistiblemente divertido e interesante. Final­
mente, mi curiosidad llegó hasta un punto inaguantable
y después de haber oído dos o tres veces ese tipo de
conversaciones, un día al salir de la Escuela me subí a
la línea local de tren que lleva al balneario y fui a ver
el hotel del que hablaban. Pude comprobar con mis
propios ojos qué tipo de personas iban allí y qué es lo
que se hace en un lugar como ese pero, de nuevo, ver y
escuchar ese tipo de cosas, resultó de lo más educativo.
Y es que, mientras aprendía de esa manera lo deplora­
ble que puede llegar a ser el aspecto de la sociedad, la
corriente del vacío que iba ensanchándose en el interior

179
de mi corazón por fin se tornaba clara como un espejo.
Mi carácter se volvió insuperablemente fuerte frente a
la sociedad en que vivimos. Por mucho que se rieran
de mí o me despreciaran, conseguí que no me afectara,
respondiendo con una leve sonrisa.
Llegué a ver a la gente de esta sociedad e incluso a la
de la Tierra entera, como una muchedumbre de peque­
ños insectos que hubieran sido depositados en el inte­
rior de un inmenso vacío desde su nacimiento. Y sentí
que, tratándose de insectos dedicados a hacer el Mal con
aspecto imperturbable, muy bien podía yo con la misma
sangre fría dedicarme a espachurrados. Fue en esos días
cuando se me ocurrió que debía ser muy interesante
convertirme en algo como mujer periodista.
¿Acaso una mujer que piense en algo como el vacío
es alguien que no tiene ningún valor como tal mujer?
Al parecer todas mis compañeras de clase me llaman
con motes como «mujer de Marte» o «adefesio». Me da
la impresión de que, cada vez que veían mi rostro, lan­
zaban un suspiro de desagrado. ¿Me equivocaré si creo
que todas esas chicas se sentían aliviadas por no haber
nacido como yo?
También mis padres suspiraban cada vez que veían
mi rostro. Me miraban con ojos abatidos, como si hu­
bieran perdido todo el interés en mí como padres, y yo
percibía demasiado bien ese estado de ánimo.

Sucedió algo que no puedo olvidar. Fue en la tarde del


diecisiete de marzo de este año, día en que había tenido
lugar nuestra ceremonia de licenciatura. Cuando volví al
hogar después del acto y me estaba cambiando el unifor­
me por la ropa de casa, fatalmente escuché sin querer lo
que mis padres estaban hablando en la salita del té:

180
-Claro que hasta que no consigamos quitamos a esa
de encima, no estaría bien que buscásemos marido para
las otras dos hermanas menores.
-Sí, cierto. Si por lo menos cayera enferma o algo así
y se muriese, sería un alivio, pero precisamente ella no
se ha puesto enferma ni una vez.
-¡Ja, ja, ja! Pues sí, ya es mala suerte. Y si fuera
minusválida, también resultaría más fácil de enfocar la
cuestión.
Cómo expresar mis sentimientos al escuchar esta
conversación... A la vez que creía haberme convertido
en una mujer de carácter fuerte frente a este mundo, en
mi fuero interno había un ardiente anhelo de cualquier
tipo de cariño. Sin embargo, cuando supe con certeza
que había sido desposeída hasta del último tipo de amor
que puede esperar un ser humano, me sentí incapaz de
aguantarlo. Aun sabiendo de sobra que el frío odio que
rebosaba esta conversación no era sino una deformación
del amor paterno, me pudo la tristeza al intuir que me
estaban poniendo en una situación cuya única salida era
el suicidio, una situación en la cual no podía seguir mu­
cho más tiempo haciéndome perdonar por mi condición
de «mujer de Marte» y que me llevaba sin escapatoria
posible hacia la muerte. ¿Cómo podrían los hombres
comprender la angustia y la tristeza de una mujer que,
a pesar de todo ello, carece de la fuerza de carácter sufi­
ciente como para suicidarse?

Perdí el lugar donde poder depositar mi cuerpo dentro


de ese vacío sin límites.
Nada más terminar de cenar, en la tarde del día en
que escuché casualmente esa conversación de mis
padres, me excusé ante ellos diciendo que iba al cine
con una amiga. Pasando los brazos por las mangas,
me vestí con el sencillo kimono meisen que me compró
mi madre y que todavía no me había puesto nunca, y
lo conjunté cubriendo el torso con un awase4 de diseños
expresionistas ridículamente vistoso, tras lo cual salí de
casa sin que me vieran mis hermanas menores. Oculta
por las sombras de los álamos del descampado que hay
junto a la puerta trasera de la Escuela, escalé la pared
de hormigón y salté al terreno oscuro junto a los aseos
del jardín escolar. Para alguien como yo, apenas supuso
ningún esfuerzo.
Después y por primera vez en mucho tiempo, me
dispuse a subir al segundo piso del viejo cobertizo y sen­
tarme en el sillón de mimbre reposando lentamente los
brazos para volver una vez más a sumirme en aquellos
tranquilos pensamientos sobre el vacío mientras con­
templaba ese firmamento que me inundaba de tristeza
y nostalgia.
Con cuidado de no manchar mis nuevas zapatillas de
fieltro, me acerqué furtivamente hacia el desvencijado
edificio por el oscuro y desolado patio de la Escuela, ilu­
minado solo por las estrellas. Después, silenciosamente,
introduje un pie en el endurecido suelo de barro del
zaguán de la entrada.
En ese instante, me vi firmemente abrazada por dos
velludas manos de hombre que surgieron de la oscuri­
dad. Después, por primera vez en mi vida, me fueron

4 El meisen es un tipo de kimono de seda femenino, muy utili­


zado en los años veinte y treinta del siglo pasado como ropa
de calle sencilla. Awase es un kimono de invierno forrado por
el interior.
susurradas palabras de angustia y amor por completo
inesperadas.
-Así que por fin has venido... Muchísimas gracias.
¡Qué feliz soy de que te hayas decidido a venir! Eres la
única mujer que puede salvar de su aflicción a este mise­
rable viejo solitario. Sin ti, ya no puedo seguir viviendo.
Por favor, apiádate de este solitario educador. ¿Verdad
que lo harás? ¿Acaso no conocemos mutuamente la
soledad de nuestros corazones? Dirás que sí, ¿verdad?
Esas palabras... esa voz... ¿Cómo expresar mi sorpresa
cuando supe que procedían del Director de la Escuela?
Sentí como si mi cuerpo se hubiera vuelto de piedra y
el corazón me hubiese dejado de latir.
¿Cómo sabría que yo iba a venir aquí? En aquel ins­
tante, fue la primera idea que me asaltó, pero como en
seguida recordé que desde la ventana más a la izquierda
del cuarto para profesores, se puede ver el camino hasta
la puerta trasera de la Escuela, se me ocurrió que quizá
el Sr. Director me había descubierto por casualidad
cuando se hallaba en dicho cuarto por algún asunto
de trabajo. Luego, dando un rodeo por el camino a la
sombra de la empalizada de tablas del campo de tiro
con arco, debió adelantárseme. Mi cabeza se aturdía
con pensamientos de este tipo. Seguramente, como
carezco de malicia, incluso en una situación como esa,
me esforzaba de manera instintiva por explicar de un
modo positivo sus acciones, Sr. Director. No solamente
apenas noté nada antinatural en unas palabras como
esas, sino que, sobre todo, al darme cuenta de que debía
haber una razón muy poderosa que le llevase a usted a
cometer algo tan insensato, sentí que de ninguna mane­
ra debía resistirme -por la debilidad a que me llevaba
mi bondad innata- así que permanecí cabizbaja en la
oscuridad mientras sus brazos apretaban firmemente
los míos.
Ah... ¿por qué seré tan cobarde? No pude mover ni
un músculo, dominada por el pánico a que si en aquel
momento alzaba la voz aunque fuera un poco, se haría
añicos su reputación y su posición ante la sociedad, Sr.
Director.
Ah... pobre de mí. Ante esas palabras suyas de «¿Aca­
so no conocemos mutuamente la soledad de nuestros
corazones?», recibí un golpe emocional impropio de mí.
Me invadió un sentimiento de tristeza, como si estuviera
atrapada en un destino del que de ninguna manera po­
dría huir.
Aah... ¡qué tonta fui! ¡Qué despistada! Usted, Sr. Di­
rector, no es el santo que todo el mundo dice. Se había
citado en este lugar con otra mujer. Y yo, por alguna ra­
zón, no supe darme cuenta ni lo más mínimo de que me
estaba confundiendo con esa otra mujer. Posiblemente
porque en el fondo de mi corazón todavía quedaba un
sentimiento de respeto que me impedía dudar de usted.
Aah ... ¡ qué irreflexiva fui! Conocía hasta decir basta
mil y un detalles sobre los sucios manejos de dinero
que usted llevaba a cabo, Sr. Director. Pero me hallaba
convencida de que su comportamiento en cuanto a las
relaciones con las mujeres era impoluto. Hasta ese mo­
mento sentía una admiración inamovible porque usted
continuase manteniendo su castidad en recuerdo de su
fallecida esposa, aunque de vez en cuando pudiera ser
que se produjeran estúpidos revuelos. Que alguien con
un carácter de santo como el suyo sufriera en secreto
por este asunto, me pareció algo digno de lástima. Y
qué desperdicio el que me eligiera a mí para hacer estas
confesiones... Según avanzaban estos pensamientos de
un modo penetrante, me iba invadiendo una aflicción
que terminó por arrebatarme la capacidad de razonar y
rompí a llorar sin poder evitarlo. Sin sentir más que una
tristeza que se arremolinaba en mi cabeza, para disfra­
zar mi confusión busqué refugio en su pecho, cayendo
extenuada.
Cuando quise darme cuenta, todo había pasado muy
rápidamente.

Aah... sin embargo, qué triste y miserable fue ese


sueño de unos instantes. Al poco rato entró la profesora
Torako Torama, la veterana maestra de inglés a quien
nosotras llamábamos «la gorda» y nos hizo pasar unos
momentos indeciblemente espantosos. No podría des­
cribir la manera desesperada en que, envuelta en la os­
curidad, saqué todas mis fuerzas para empujarla y salir
huyendo a toda prisa de aquel viejo cobertizo.
A continuación, tras saltar al otro lado de la valla de
hormigón, enseguida volví hacia el cobertizo deslizán­
dome furtivamente por el camino medio oculto tras el
campo de tiro con arco y, pegando la oreja a una por­
tezuela lateral de la edificación que dejaba una rendija
entremedias de la pared, puse toda mi atención en escu­
char la discusión que mantenían ustedes dos.
¡Qué confuso se encontraba usted en aquel momento,
Sr. Director! Ciertamente, no pude verle el color del ros­
tro pero, seguramente, estaría usted totalmente pálido.
Una vez que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad,
pude discernir gracias a mi labor de espionaje que se ha­
llaba usted entre unos muñecos de cartón piedra redon­
dos, de los que se usan en las competiciones deportivas,
arrodillado con las palmas de las manos en el suelo, ante
una Torako Torama erguida en actitud arrogante, y de
qué manera estaba suplicando perdón con voz llorosa
mientras inclinaba una y otra vez la cabeza sin parar.
-No, no. No consentiré que diga que se ha tratado
de una equivocación. Sé que no soy la única. Ha esta­
do engañando a una muj er tras otra de esta misma
manera. Que yo lo sé absolutamente todo. Sé también
perfectamente lo que les pide a las madres y a las pro­
pias alumnas que no sacan buenas notas a cambio de
subirles la puntuación en los exámenes. Sé que sus he­
rramientas de trabajo son las preguntas de los exámenes
de todas las alumnas de la escuela. Tengo apuntados en
mi cuaderno los nombres de todas las madres y alumnas
que han acudido a su pensión. También sé el motivo por
el que la patrona de la pensión tiene la boca firmemente
cerrada en cuanto a este asunto. Ji, ji, ji.
» Y no solo eso. La alumna más aventajada de quinto
de bachillerato de este año, Aiko Tonomiya, ¿acaso no
es su propia hija? No, no. No intente ocultarlo. Después
de estar viendo su rostro un día tras otro, terminé por
darme cuenta y no tengo ninguna duda. ¿Verdad que las
leyes de Mendel son algo terrible? Por lo que se ve, es
cierto que las niñas se parecen a los padres y los niños a
las madres, ¿eh? Mírela bien. ¿Acaso no es su vivo retra­
to? Usted fue quien, al darse cuenta de su débil carácter,
engañó a la pobre Tomeko Maisaka, convenciéndola
para que se casara con aquel pervertido del Marqués de
Tonomiya; esa pobre Tomeko, a la que concedió el título
de bachiller tras haberla dejado embarazada. ¿ No es así?
Después, convirtió a ese bobalicón de Tonomiya en su
compañero de juergas; y atormentar una y otra vez a
esa Sra. Tonomiya, que era una esposa al estilo japonés,
indeciblemente sumisa, como un ángel profundamente
respetuoso, se convirtió en uno de sus placeres secretos.

186
No, no vaya usted a negarlo. Usted es ese tipo de perso­
na. Un pervertido y un cúmulo de extremado egoísmo
que disfruta hasta lo más profundo y está orgulloso de la
fuerza que le otorgan su falta de conciencia y su estado
de doble personalidad oculta a los demás.
»Por el momento, todo esto solo lo sabemos Tomeko
Maisaka, actual Sra. de Tonomiya, y yo, pues parece que
la interesada, Aiko, todavía no se ha dado cuenta. Por lo
visto, no siente más que un gran respeto hacia usted y
está convencida de que se trata de un Director de Escue­
la con un carácter humano excepcional. ¿ Puede usted
entender la consideración y delicadeza tan de agradecer
que ha mostrado Tomeko Maisaka? Y es que Maisaka
y yo somos grandes amigas desde los tiempos en que
vivíamos juntas en el internado de la Escuela. ¿ Cómo no
voy yo a saber que quien ha hecho sufrir a esa grandí­
sima y queridísima amiga es usted? Por eso, a raíz de
aquello, se me despertó el interés por su vida y, mientras
pasaba diversas penalidades, buscaba la ocasión de acer­
carme a usted. ¿ Entiende usted ahora? La determinación
de una mujer es algo temible. J a, ja, ja.
» No, no me voy a quedar callada. Porque yo no soy
como las típicas mujeres japonesas, tan previsibles.
Yo soy una mujer que, cuando se obstina en algo por
amor propio, confío en llegar hasta el final. No es por
presumir, pero soy una mujer que ha sacado adelante a
dos hijos varones por sí misma, sin ayuda de nadie. Así
que conozco más o menos todo lo que hay que conocer
de la vida. También sé cómo sacar a la luz esas palabras
de amor que usted pronunció mientras abrazaba a la
hermosa y angelical Maisaka hace veinte años. Eso de
"por favor, compadécete de este pobre hombre solitario"
y demás. J a, ja, ja.

187
Quizá porque me aturdí y me puse nerviosa, el diá­
logo que siguió después no lo recuerdo al detalle. Pero,
para decirlo en pocas palabras, finalmente la profesora
Torama terminó por convencerse gracias a sus desespe­
radas explicaciones sobre los orígenes de la confusión
producida poco antes. A continuación, poniendo como
condición el que la profesora ascendiera al nivel de
oficial y recibiera un aumento de sueldo, fue usted per­
donado por el incidente y aparentemente la discusión
terminó con ambos quedando de acuerdo.
Me pareció que el contenido de la conversación que
prosiguió acto seguido a base de cuchic;:heos versaba
sobre cómo mantener mi boca cerrada al respecto. Entre
risitas mal contenidas me pareció distinguir palabras
sueltas como «Osaka» y «utilizar desperdicios», pero la
mayor parte no pude escucharla. Aunque me pidieran
que contase a terceros lo que había visto, no soy el tipo
de persona que va comentando esta clase de secretos,
por lo que, mientras escuchaba, sentía como un nudo en
la garganta. Después, ambos terminaron la deliberación
con estas palabras:
-Entonces, ¿estamos de acuerdo, verdad, Sr. Morisu?
Si por una posibilidad entre mil usted olvida su promesa
de ascenderme a oficial y subirme el sueldo, va usted a
salir perdiendo terriblemente. En esta primavera, mis
hijos se licencian, el uno en la Universidad y el otro
en la Escuela Técnica y todavía tengo suficiente dinero
ahorrado como para comer el resto de mis días, por lo
que no tengo nada que temer de las críticas que pueda
hacerme la sociedad. La única ambición que me queda
en esta vida es poder pagar los gastos de la boda de mis
dos hijos y trabajar lo suficiente para que me quede una

188
buena pensión, así que puedo sacar a la luz cualquier
cosa. ¿ Ha entendido usted bien, Sr. Morisu?
-Sí, sí. De ningún modo me olvidaré. He comprendi­
do perfectamente. Aah... vaya una preocupación tan tre­
menda que he pasado por esa equivocación inesperada.
-Pero fuera lo que fuera, ¿por qué habrá venido aquí
esa chica? Me da mala espina...
Tras escuchar esto, me aparté calladamente de la puer­
tecilla lateral. Salí hacia el exterior cruzando las sombras
de la valla cortafuegos que corría por el campo de tiro
con arco y, tras arreglarme cuidadosamente el pelo y la
cara en los aseos públicos junto a la puerta trasera de la
Escuela, volví a casa de manera furtiva.

Aquella noche, con la cabeza dándome vueltas como


un remolino, no pude pegar ojo y, abrazándome el pe­
cho con todas mis fuerzas hasta que me hormiguearon
los brazos, me dio el amanecer. Ni un condenado a
muerte en la noche anterior a su ejecución debió tener
tanto miedo a la llegada del día.
A la mañana siguiente, me di cuenta de que tenía todo
el cuerpo anormalmente extenuado, como adormilado.
Un cansancio como cuando me entraban ganas de vomi­
tar tras haber hecho ejercicio con demasiada intensidad;
me daba la sensación de que la luz del sol que entraba
por la ventana olía a quemado y, si intentaba levantarme,
se me nublaba la vista y sentía un mareo inaguantable,
por lo que, por primera vez en mi vida, me pasé el día
entero en cama. Seguramente aquello fue el efecto del
violento choque nervioso que me produjo la experien­
cia nocturna. A mis padres les dije que creía que me
estaba constipando y al atardecer llamaron a un médico
joven que vivía en el vecindario y trabajaba de profesor
ayudante en la universidad. Sin embargo, no me encontró
dolencia alguna en ninguna parte, ni tampoco fiebre y el
pulso también era normal. El médico mostraba sorpresa
cada dos por tres y ladeaba la cabeza con expresión con­
fundida. A continuación, extrajo un poco de sangre de mi
mano izquierda y se marchó. ¿Cómo podría yo haberme
dado cuenta con la confusión que me invadía entonces
de que esa gota de sangre era tan importante como para
hundimos a usted y a mí en una desgracia como esta?

Sucedió a primera hora de la mañana posterior a la


siguiente de esta visita, es decir, la mañana del cuarto
día desde el incidente nocturno. Por fin conseguí des­
pertarme en un estado casi normal, con el ánimo tran­
quilo. Sin duda, fue gracias al somnífero que me había
recetado el joven doctor la noche anterior. Salí al jardín
vestida con el camisón de dormir y pude contemplar
con detenimiento el cielo azul que resplandecía sobre la
copa del eucalipto.
Sin embargo, qué triste me sentí en aquel momento . . .
S r . Director. Por muchas cosas que l a gente diga de
mí, al fin y al cabo soy una mujer. Aun sabiendo que se
trataba de algo inmoral y detestable, no conseguí sentir
odio hacia usted por aquello. Más bien y sin poder evitar­
lo, el débil y cobarde temperamento suyo que le llevaba a
cometer ese acto tan inmoral y detestable me pareció en
aquel momento algo incomparablemente desgarrador.
Entonces, llegué a pensar si la tarea que había sido en­
comendada a una mujer como yo, no sería la de guiar a
la salvación a alguien tan dolorido y desamparado como
usted, haciéndole volver al camino recto y luminoso aun
a costa de recurrir a un procedimiento indecente. ¿ No
sería ese el destino para el que yo había nacido?
«Por favor, salva a este pobre y solitario viejo».
No pude evitar creer que estas palabras suyas brota­
ban sinceramente del fondo de su corazón. Aun cuando
fueran palabras dirigidas a mí por equivocación...
Sin darme cuenta, en algún momento mi seno interno
ya había dejado de consistir en el vacío. Gracias a usted,
Sr. Director, comencé a descubrir el candor femenino.
Esa mujer de una estupidez sin fondo que era yo...

-¿Qué te parecería ir a Osaka?


Fue esa misma mañana, antes del desayuno, cuando
mi padre me planteó esta cuestión. Mi madrastra, que
siempre había mostrado indiferencia en todo lo que se
refería a mí, parecía tener mucho interés en esta deli­
beración y se sentó en la silla junto a la mía. Sus ojos
brillaban.
Mi siempre ahorrativo padre, de manera excepcional,
fumaba con boquilla de oro, mientras sonreía y hablaba
con un tono animado inusual en él.
-¿No dijiste una vez que en el futuro te gustaría ser
periodista?
-Sí, es cierto. Alguna vez he pensado en ello.
-Tampoco te disgusta la fotografía, ¿verdad?
-Así es, me gusta mucho.
Me sentí un tanto extrañada porque no me explicaba
a qué se debía que mi padre hiciera estas preguntas de
manera tan formal cuando sabía de sobra que yo había
conseguido ver publicadas algunas reseñas mías en
periódicos y revistas y que había sido elegida para con­
cursar en exposiciones de fotografia.
-Pues por eso, me parece que esta propuesta te
va perfectamente. Hay un periódico de Osaka que
desea contratar a una mujer para que haga de cronista
deportivo. Por lo visto, el trabajo consistiría en ir por las
Escuelas, entrevistando a las componentes de los equi­
pos deportivos femeninos y también tomar fotografías.
Ayer el profesor Morisu, Director de la Escuela, se tomó
la molestia de venir a verme expresamente a mi oficina,
en la Agencia de Mantenimiento Forestal. Me dijo que
la compañía que ofertaba el trabajo estaba deseando
tenerte allí y que bastaba con que tú dieses tu confor­
midad. Según me comentó, parece que la empresa tam­
bién está dispuesta a que puedas viajar de corresponsal
al extranjero, así que creo que una oferta tan buena no
vas a volver a tenerla en la vida. Y añadió que el salario
sería de cien yenes mensuales y la paga extra equivaldría
a tres mensualidades, y que si estabas de acuerdo, él se
encargaría de telefonear a Osaka para comunicarles que
viajarías allí cuanto antes.
En eso consistía lo que tenía que decirme.
No sé cómo conseguí mantener la calma en aquel
momento mientras escuchaba. Lo cierto es que, más
aún que lo que sucedió en el cobertizo tres o cuatro días
antes, las palabras de mi padre sobre mi marcha a Osaka
me hundieron con un golpe todavía mayor.
Creo que nunca me he sentido tan traicionada como
entonces. Me hundí en una tristeza desesperada al
comprender que usted, Sr. Director, estaba intentando
enviarme a Osaka para librarse de mí...
-Déjame pensarlo, por favor.
Mientras contestaba, sentía como me invadían las
ganas de llorar. Y, sin darme cuenta, de pronto comencé
a derramar las lágrimas mientras me entraban accesos
de hipo.
Al ver mi padre esta reacción, adelantó el cuerpo sin
levantarse de la silla y añadió:
-¿Pero no crees que es muy de agradecer? Hasta los
chicos que acaban de licenciarse de la Universidad en­
cuentran dificultades para conseguir trabajos de treinta
o incluso veinte yenes mensuales, con estos tiempos
que corren. ¿No ves que no hay nada que pensar? O es
que... ¿no será que... ? ¿Hay algún motivo por el que de
ninguna manera puedas ir a Osaka?
Aquella fue la única vez en mi vida que he escuchado
a mi padre hablar con una voz tan solemne, por lo que,
sin querer, levanté la cabeza para mirarles a ambos.
Entonces vi que el rostro de los dos revelaba una dureza
todavía mayor que el sonido de las palabras. Con la ex­
presión tensa, parecía por completo que estuvieran prac­
ticando un severo interrogatorio a un peligroso criminal
y me miraban con una fijeza que me sorprendió.
Aun así, como si no me hubiera dado cuenta, negué
moviendo la cabeza a izquierda y derecha y dije:
-No, no hay ningún motivo en especial. Solo que me
gustaría que me dejaseis dos o tres días para pensarlo.
Es que es una decisión que cambia toda la vida...
Me pareció que mis padres se intercambiaban una
mirada significativa que no indicaba nada bueno. A con­
tinuación, mi padre emitió un carraspeo y, aclarándose
la garganta, volvió a hablarme con tono solemne:
-Ejem... En ese caso, tengo algo que preguntarte.
¿No habrá algo que nos estés ocultando y es por eso por
lo que no puedes ir a Osaka?
Sentí que me daba un vuelco el corazón. Conseguí
calmarme al momento y negué moviendo otra vez la
cabeza a derecha e izquierda con tranquilidad. Y, tras
soltar un suspiro, contesté:
-No. No hay nada...

1 93
Mediando de pronto en la conversación, mi madre
intervino con una voz tranquila y fría como el hielo:
-Entonces, hace tres noches, ¿adónde fuiste?
Dando un respingo como si me hubiera golpeado un
trueno insonoro, dejé caer la cabeza con abatimiento.
Seguramente, mi cara se había vuelto tan pálida como
la de un muerto. Con el ánimo alterado y el pecho
palpitando de inquietud, me limitaba a dejar caer go­
terones de lágrimas sobre el camisón que me cubría
las rodillas.
«Mi perdición es la perdición del Director de la
Escuela... la perdición del Director de la Escuela es mi
perdición... mi perdición... la perdición del Director de
la Escuela... Todo se hunde. En estos momentos me
están llevando a la perdición. Pero, pase lo que pase, no
debo dejarme arrastrar. De ninguna manera debo con­
fesar. Debo abrazarme firmemente a este secreto que
pertenece solamente al Sr. Director y a mí; tenemos que
hundirnos cabeza abajo en un infierno de condenación
eterna que carece de fondo». Mientras en el cerebro me
daba vueltas como un remolino esta única idea, tenía
la sensación de que la sangre que corría por todo mi
cuerpo se convertía hasta la última gota en lágrimas que
me embotaban la cabeza, se agolpaban una tras otra en
los ojos y caían en gruesos goterones. Al mismo tiempo,
me iba embargando un sentimiento que me impedía
incluso hablar debido al terror que hacía que mi corazón
y mis pulmones martilleasen de manera enloquecida a
un ritmo diferente, en el interior de un vacío sin límites.
En ese estado de ánimo, resonó en mis oídos la cor­
tante y clara voz de mi padre:
-Lo sabemos aunque no quieras decirlo. La muestra
de sangre que te tomó el médico antes de ayer ha sido

1 94
analizada en la Universidad y los resultados delatan cla­
ramente que ya no eres virgen.
Sentada a mi lado, mi madrastra emitió un largo, lar­
go, suspiro. Era un suspiro más propio de un descono­
cido sin relación familiar alguna conmigo pero, a la vez,
mucho, mucho más frío que si efectivamente se tratase
de un desconocido.
-El médico que te vio antes de ayer y que vino tam­
bién ayer, es un doctor muy famoso en esa especialidad,
sobre la que estuvo largo tiempo investigando en Aus­
tria. Es inútil que pongas excusas, porque no vamos a
creerlas. Me pusieron ante los ojos una prueba científica
irrefutable -continuó mi padre.
Qué espantoso puede resultar el poder de la ciencia...
Que el mío ya no sea un cuerpo sin mancha, o el vano
incidente que a mí misma me pareció durar un instan­
te... Que todo eso se pueda saber mediante el examen de
una sola gota de sangre...
Qué cruel puede ser el veredicto de la ciencia...
Ya totalmente sin fuerzas, me derrumbé llorando
sobre la alfombra, a los pies de mis padres.
Me habían dado un golpe mortal.
Mi padre me acosó insistiendo en que le revelara por
las buenas o por las malas el nombre de mi compañero.
Después, empezaron a llorar también ellos dos y me
decían cosas tales como «de ningún modo te vamos a
obligar a hacer imposibles», «te permitiremos que estés
con él», «la culpa es nuestra por no habernos dado cuen­
ta de que había alguien que te quería de esa manera»,
«sea quien sea, no importa. Dinos el nombre» o «¿es
que no te das cuenta de lo que es la misericordia y amor
paternos?». Me hicieron llorar hasta que me sentí morir
pero, finalmente, conseguí aguantar hasta el final sin

1 95
dejarme vencer. De ninguna manera me veía capaz de
hacer algo tan terrible como revelar el nombre de usted,
Sr. Director.
Era la primera vez en mi vida que desobedecía una
orden de mis padres. Traicioné la preocupación que
sentían por mí. Todo por defender su honor, Sr. Direc­
tor... Me pregunto cómo no me volví loca en aquellos
momentos.
Tras este episodio, hacia el mediodía de ese día, me
metí entre las sábanas, agotada de tanto llorar. Me tra­
gué un buen puñado de pastillas Adalin y caí dormida
como un tronco ante la atónita mirada de mis dos her­
manas menores, que mostraban el rostro empalidecido.
Mientras, deseaba no volver a despertar...

El día siguiente, veintidós de marzo, iba a tener lugar


la ceremonia de agradecimiento de las alumnas al Sr.
Director de nuestra Escuela, coincidiendo con la licen­
ciatura de la promoción número veintisiete desde la
fundación.
La ceremonia de agradecimiento... Para mí, se trató
de una ceremonia indeciblemente miserable, triste y
espantosa.
Me sentía como en trance, vagando aún en sueños sin
haberme recuperado del todo de los efectos del somní­
fero. Así, con la cabeza embotada, dándome vueltas en
torno a si debía continuar con vida o debía morirme,
crucé la puerta principal de la Escuela una vez más.
Quería ver otra vez su cara, Sr. Director. Quería com­
probar qué expresión ponía usted al volver a verme. Era
el único e insustituible deseo en el que podía apoyarme.
Como de costumbre, vistiendo su desgastada levita, se
hallaba usted de pie junto a la puerta de la Escuela. Y al
verme pasar, sonrió, también como de costumbre. Era la
misma expresión que ponía usted siempre, de aspecto
honorable y misericordioso.
-Vaya, Amakawa-san... Buenos días. Hay algo de lo
que quiero hablarte. Como todavía tenemos un poco de
tiempo...
Me habló usted con voz reposada y, tomándome de la
mano, me llevó apresuradamente por la escalera princi­
pal. Luego, avanzando por el pasillo del segundo piso,
se metió conmigo en un aula vacía. Una vez allí volvió
usted a poner su cara de siempre, de persona honorable
y misericordiosa y me dijo:
-Bueno, ¿qué te parece? Ya te habrá hablado tu padre
de ello, ¿no? ¿Te has decidido a ir a Osaka?
Y tras decir esto, volvió usted a sonreír.
La expresión que mostraba usted entonces, Sr. Direc­
tor, no recordaba en lo más mínimo a la de dos o tres
días antes. La piel de su bondadoso rostro resplandecía
lustrosamente y en torno a sus labios flotaba una suave
sonrisa, propia del mismísimo Dios. Hasta el punto de
que llegué a pensar si no habría sido un sueño el inci­
dente de la otra noche. ¿No estaría atormentándome con
deseos de venganza por culpa de haber tenido un sueño
totalmente disparatado?
Aun así, confusa por las ideas del todo punto impen­
sables que me llenaban la cabeza, creo que rechacé tajan­
temente ir a Osaka. En aquel momento, según me parece,
no tenía ningún sentimiento en particular, ni de alegría,
ni de tristeza, ni de enfado y posiblemente mi reacción
se debió a que mi cerebro todavía estaba entumecido.
Sin embargo, usted, Sr. Director, no se dio por vencido.
-Es que es por tu propio bien ... Si aceptas esta re­
comendación de trabajo, seguro que además tendrás

1 97
buenas propuestas de matrimonio. Te lo garantizo. En
esa oficina del periódico hay caballeros jóvenes a los que
les gustan los deportes y que están esperando a alguien
como tú . . .
Con una voz que rebosaba amabilidad, repetía usted
una y otra vez cosas por el estilo, como una suave repri­
menda. Yo le escuchaba con la cabeza baja pero, cuando,
sin mover la cabeza, levanté la vista calladamente, ¡qué
frialdad revelaban sus ojos! Ante mí descubrí un precla­
ro brillo blanquiazul, maligno, cruel, como el de un gran
pez dispuesto a devorar un ser humano. En el instante
en que vi el indescriptible aspecto frío y despiadado
de esos ojos, me faltó poco para gritar «¡demonio!» y
lanzarme sobre usted. Sin embargo, para desviar mis
sentimientos, dejé escapar un suspiro discretamente y
volví a dirigir la mirada hacia el suelo. Y es que me entró
miedo de mí misma al descubrir mis deseos de hacer
trizas absolutamente todo.
Las palabras que pronunciaba usted en aquellos mo­
mentos eran mucho más insistentes que al principio y ya
parecían casi como un rezo que reverberaba en mis oídos.
-Amakawa-san . . . Piénsatelo bien, por favor. Si por
un casual pongamos que no vayas a Osaka, ¿no te das
cuenta del daño psicológico que eso causaría a tus pa­
dres y tus hermanas? Tus padres no pueden dormir por
la preocupación pues dicen que, si continúas como hasta
ahora, tienes poquísimas posibilidades de poder formar
un hogar en el futuro y llevar una vida satisfactoria. Te
hablo de todo corazón. ¿Qué piensas entonces hacer con
tu futuro? ¿ No ves de qué manera me estoy preocupan­
do por ti?
¡Qué odiosa me resultó esa manera de hablar tan
propia de un Director de Escuela! . . . Encerrando un calor
y una autoridad características de un hombre virtuoso.
Una vez más experimenté un acceso de furia y me sentí
empujada a destrozarlo todo; sin embargo, en aquel
momento ya había tomado una firme decisión, por lo
que conseguí refrenarme mientras el cuerpo entero me
temblaba de la ira.
-He comprendido muy bien lo mucho que usted se
preocupa, Sr. Director. Sin embargo, déjeme pensarlo
dos o tres días más. Puede estar seguro de que no haré
nada que traicione las preocupaciones que usted se ha
tomado.
Aquella fue la primera mentira que dije en mi vida.
La decisión que yo había tomado entonces no es ya
que traicionase sus preocupaciones... es que si usted se
hubiera percatado, aunque fuese de una pequeña parte,
de qué era lo que yo pretendía hacer, posiblemente ha­
bría caído desmayado allí mismo.
Mientras veía con qué tranquilidad e impasibilidad
mantenía su rostro duro como la piedra, me convencí
de que a alguien como usted era imposible hacerle
arrepentirse mediante un procedimiento al alcance de
cualquiera. Me di cuenta de que, si yo soy una mujer
venida de Marte, entonces no hay duda de que usted, Sr.
Director, es un tipo muy especial de demonio caído des­
de Saturno. Y por tanto, pase lo que pase, no será injusto
hacia usted. Por eso, comprendí que debía pensar en un
modo de hundirle hasta el fondo haciéndole temblar.
Solamente con matarle no sería suficiente. Tomé la
firme e inquebrantable decisión de conseguir que para
usted el mundo se convirtiera en un lugar mucho más
terrible que una enorme sartén al rojo, un lugar en el
que no pudiera permanecer, ni vivo ni muerto.

19 9
Me incorporé con una leve sonrisa y salí del aula con
suavidad, en silencio. Y al hacerlo, me di de bruces con
la gorda de la profesora Torama, que al parecer estaba
escuchando junto a la puerta. Pero como para entonces
yo me encontraba ya calmada, le hice un cortés saludo
con cara de que no pasaba nada y acto seguido bajé por
las escaleras. Después, la profesora Torama y usted pa­
recieron quedarse deliberando sobre algo, pero para mí
eso ya no tenía ninguna importancia.
Entré en el aula de costura del piso inferior, que había
sido convertida en sala de espera, y me mezclé con las
otras compañeras que se graduaban ese día, hablando
y riendo o comiendo dulces, y entre unas cosas y otras
pasé allí una hora. Creo que fue la primera vez en mi
vida en que pude estar con todo el mundo de manera tan
desenvuelta y agradable, armando aquel jolgorio. Duran­
te ese tiempo, olvidé que me llamaban «larguirucha»,
olvidé mi fealdad y que era una mujer de Marte. Olvidé
absolutamente todo y medio instintivamente, como en
el fondo sentí que me dolía separarme de ellas, intenté
hablar con el mayor número de compañeras, reírme con
ellas y tomarlas de las manos con añoranza. Creo que
aquella hora fue el tiempo más feliz de toda mi vida y
el único en que mis sentimientos fueron los de un ser
humano corriente.

Debo escribir con cierto detalle sobre el discurrir de


la ceremonia de agradecimiento que comenzó poco des­
pués. Porque fue una auténtica pantomima orquestada y
adornada con el mayor refinamiento, donde su maldad,
Sr. Director, inigualable en este mundo, resultaba tan
hermosa que cegaba la vista. Ninguno de los presentes
allí excepto yo se dio cuenta de ello. Y al mismo tiempo,

200
fue una larga tortura, de las más espantosas del mundo,
llevada a cabo para martirizarme y amenazarme exclusi­
vamente a mí.
En primer lugar, comenzó con el Kimi-ga-yo s . Pres­
tando atención a las vibraciones de ese ritmo puro y
solemne, sentí un escalofrío por todo el cuerpo y un
miedo tal que apenas pude aguantarme en pie, inva­
diéndome un deseo desesperado de salir huyendo. Fue
la «tortura del Kimi-ga-yo», que me hizo temblar desde
el fondo del corazón.
Después, en segundo lugar, como representante de
padres y tutores, subió a la tarima el Inspector de Edu­
cación, Sr. Tonomiya y... ¡qué alocución tan maravillosa
hizo! El ambiente de solemnidad que se respiraba entre
los asistentes mientras iba desgranando hasta los más
insignificantes detalles de las altas virtudes del Sr. Di­
rector de la Escuela...
Una vez que el Jefe de Estudios, el profesor Ha­
yakawa, informase acerca de los donativos para el
busto de bronce del Sr. Director de la Escuela, la repre­
sentante de las estudiantes, Aiko Tonomiya, esa Aiko
Tonomiya que todavía no sabía nada, le entregó a usted
el documento donde constaba la cifra total reunida y
entonces su sereno rostro apenas se alteró para delatar
una expresión de felicidad.
A continuación, tras el informe contable del Secre­
tario Kawamura, pronunció usted su discurso de agra­
decimiento. ¡Qué palabras tan conmovedoras! ¡Y qué
sinceras sonaban! Esa figura de aspecto casi divino... Y
precisamente por eso, el sentido de aquella alocución

5 Nombre del himno nacional japonés, que hace referencia a


las sucesivas generaciones de la Dinastía Imperial.

201
cobraba un cariz tan diabólico que no hubiera podido
imaginar ni el mejor de los poetas.
-En mi caso, no tengo ni un solo hijo propio. Por
eso, siempre pienso en todas vosotras como si fuerais
mis propias hijas. En estos cinco años que habéis pasa­
do aquí, he recordado todos y cada uno de los nombres,
las caras y hasta el carácter de todas vosotras y tengo
grabado en el fondo del corazón vuestra figura mientras
os ibais educando tan puras como una joya sin arañazo
alguno. ¿ Cómo podría permanecer impasible en este
día, en estos momentos en que se produce el último
adiós a todas vosotras para enviaros a un mundo agreste,
totalmente lleno de injusticias e inmoralidades? ¿ Cómo
permanecer sin emocionarse? Una emoción que me
embarga aun más el pecho al ver lo frágiles, hermosas
y amables que sois, con un sentimiento de aflicción ma­
yor que el de una madre que envía a sus valerosos hijos
al campo de batalla.
»Porque no hace falta decir que la vida es un campo
de batalla. En la actualidad, esta sociedad nuestra, gra­
cias a la fuerza de todos los maravillosos adelantos del
conocimiento científico, se ve adornada de una hermosa
manera desconocida hasta ahora. Sin embargo, si pro­
bamos a pensar en qué consiste su verdadera condición,
es justo la del mundo de las plantas y animales salvajes.
Al igual que si se tratara del interior de la jungla o de los
bosques primitivos o del África Negra, tanto en el aspec­
to mental como en el material, nos vemos inmersos en
medio de una lucha por la vida donde hemos de comer
o ser comidos. Tenéis que hacerme el favor de ser cons­
cientes desde ahora que a vosotras, que sois de corazón
amable y muy jóvenes todavía, os están aguardando en
cada esquina todos los males de la sociedad, llena de la

202
injusticia e inmoralidad nacidas de esa competición por
la vida que no cesa aunque queramos y que se refleja en
ese "comer o ser comido" ; y comprended también que
por vuestra condición os halláis en una situación parti­
cularmente peligrosa y terrible, donde siempre podéis
confundir el Bien con el Mal.
»Como se dice a menudo, la Historia de la Cultura
de la Humanidad hasta nuestros días es la Historia de
la Cultura centrada a conveniencia del sexo masculino.
Además, esa Historia de los hombres ha evolucionado
desde el enfrentamiento individual mediante la fuerza
bruta de cada uno hasta la Historia del enfrentamiento
y la competencia armada entre grupo y grupo, llegando
hasta la era actual, en que hemos entrado en la lucha
basada en el dinero. En otras palabras, solamente hemos
cambiado una época en que las armas eran el arco, las
flechas y los fusiles, por otra época en que las armas
son el dinero. Y por esto, al igual que en los tiempos
antiguos de la lucha armada, para la guerra, en suma,
para vencer al enemigo, por muy perverso e inmoral
que fuera el modo utilizado, se consentía por conside­
rar que no había otro remedio, de la misma manera en
nuestra sociedad actual, por cuestiones de dinero y de la
respetabilidad o posición que aquel conlleva -mientras
que no se choque con la Ley o no sea conocido por los
demás-, se considera que no hay mayor inconveniente
en cometer, una tras otra, cualquier vileza o inmorali­
dad. Para decirlo de una manera mucho más radical: en
el mundo actual, tanto en las relaciones internacionales
como en las relaciones a nivel personal, se ignora la con­
ciencia sin mayor problema y creo que no me equivoco
demasiado si digo que en este mundo, si no se es lo su­
ficientemente cruel y no se tiene la suficiente sangre fría

203
como para arrollar todo rastro de humanidad, resulta del
todo imposible convertirse en vencedor.
»En suma, los hombres de nuestros días son guerre­
ros de una era de luchas ocultas donde el dinero es el
arma con que combaten. Aquellos hombres que puedan
hábilmente y sin inmutarse actuar mediante estratage­
mas y con una violencia sin conciencia y sin principios,
se convierten en los dominadores; y aquellas buenas
personas que en cambio son incapaces de ello, descien­
den al nivel de los derrotados, los débiles. Tenemos a
diario ante nuestros ojos, en cualquier lugar, mil y una
pruebas de todo esto. Por tanto, no queda sino decir que
la era en que el mundo entero pueda ser dominado por
las mujeres, dulces, hermosas y amantes de la paz, que­
da todavía muy, muy lejos.
» Por eso, todas vosotras debéis alegraros de haber
nacido mujeres. Quizá alguna de vosotras ya lo conozca,
pero en el drama basado en el Taikoki 6 , cuando Mit­
suhide Akechi planea tomar el poder levantándose en
armas para matar a su señor, su madre y su esposa le
manifiestan su oposición a la idea del sublevamiento,
ante lo cual él las reprende espetando: " Este no es un
asunto que concierna a mujeres y niños" . Lo mismo
ahora que entonces, las mujeres han dejado en manos
de los hombres todo lo feo y malvado de la lucha por
la supervivencia y desde el comienzo de los tiempos
se han reservado para sí solas, como si se hubieran
puesto de acuerdo, una vida de amor y belleza. Con ese
inocente y hermoso espíritu de amor, las mujeres os

6 Uno de los clásicos de la Literatura japonesa, donde se relata


la vida del caudillo político-militar Hideyoshi Toyotomi, apo­
dado «Taiko-sama».

204
habéis aplicado únicamente a la cocina, la costura y la
educación de los niños, embelleciendo la vida del hogar,
pacificándola y esforzándoos con dedicación a inculcar
a vuestros descendientes un espíritu hermoso y correc­
to. De esta manera, poco a poco, habéis ido venciendo
al mundo basado en la salvaj e lucha de la fuerza bruta
y las armas para dar a luz al mundo civilizado de hoy,
cuya felicidad y bienestar no hubieran podido imaginar
los seres humanos de la Antigüedad.
»Por eso, de ningún modo debéis tener miedo a nada.
Por mi parte, he inculcado en todas vosotras el respeto
por la paz y os he enseñado a tener un espíritu de amor
por el aguante y la belleza. Tenéis la misión de utilizar
este espíritu para luchar contra el malvado mundo que
hemos creado los hombres, cruel, despiadado y carente
de vergüenza. Eso es algo que lleváis instintivamente
dentro del corazón y que habéis venido heredando desde
los tiempos antiguos en que todavía no existía la His­
toria. Por eso, si todas vosotras actuáis dejándoos llevar
por ese hermoso y generoso instinto tan elevado de amor
por la paz y el aguante ante las vicisitudes, y trabaj áis a
diario con todas vuestras fuerzas para convertir cuanto
antes este mundo en uno más limpio y más honrado,
en un mundo dominado solo por la virtud femenina, en
un mundo de paz donde toda la Humanidad se ame los
unos a los otros, habréis realizado una buena empresa.
»Algo así, de ningún modo supone una tarea compli­
cada ni difícil de entender. El hermoso instinto para el
hogar y el afecto inmaculado son las únicas e invenci­
bles armas para luchar contra el hombre. Por muy rudo
o despiadado que pueda ser un hombre, si se encuentra
en un hogar protegido por el aguante insondable y el
cariño infinito de una esposa así, quedará tranquilizado

205
en lo más profundo de su ser y su corazón aprenderá
a disfrutar de la paz. De esta manera, sin darse cuenta,
esta enorme influencia terminará por arraigar en el fon­
do de su corazón. La esposa que origina un conflicto en
el hogar se convierte en una desgracia. Os pido a todas
vosotras que forméis cuanto antes un hogar saludable
y que criéis muchos hijos, puros y sinceros de corazón,
para que ese Japón futuro que debe llegar sea lo más
limpio, alegre, correcto y fuerte. Y no es otra la esperan­
za que anhelo incesantemente de todo corazón.
»Yo, espoleado por este único deseo, he sacrificado mi
vida para dedicarla a esta profesión. Vuelvo a repetirlo.
Para mí, todas vosotras sois como mis hijos. Unos hijos
a los que en este día, a partir de ahora, despido para en­
tregárselos a la sociedad y que se dediquen a esta lucha
de tan elevada naturaleza. Cómo explicar mi estado de
ánimo, ahora que nos acercamos a la despedida...

Al llegar aquí su alocución, brotó del repleto auditorio


un remolino insoportable de aplausos, seguido de sollo­
zos y suspiros aquí y allá, durante un breve tiempo.
Y luego, como en las ceremonias de licenciatura, todas
cantamos el conmovedor Hotaru no hikari7...
¡Ah, qué panorama tan impresionante debía resul­
tar! ¡ Qué aspecto tan indescriptiblemente celestial
ofrecía usted!
Nada más finalizar esta ceremonia de agradecimien­
to, en el camino de vuelta, acudí a visitar la casa del

7 Canción cuyo título significa «La luz de las luciérnagas»,


habitual en las ceremonias de licenciatura de los estudiantes
japoneses, que utiliza el símil aludido para referirse a la fuga­
cidad del tiempo pasado.

206
Inspector de Educación, Sr. Tonomiya. Mi objeto era ver
a Aiko Tonomiya, de la que se dice que es la más bella
y la mejor estudiante de toda la Escuela. Tras explicarle
que quería hablar de un secreto muy importante, me
pasó a la sala de visitas, donde quedamos a solas.
Aiko Tonomiya, durante el tiempo en la Escuela, fue
mi valiosa y apreciada amie8. De todas mis amigas, Aiko
era la única que realmente comprendía el verdadero
sentido de la poesía. Se trata de algo que nadie sabe,
pero nos hemos visto a menudo a escondidas. Y las
veces que hemos hablado a solas acerca del vacío en el
segundo piso de aquel cobertizo no fueron una ni dos.
Sin embargo, ir a su casa como en esta ocasión, era la
primera vez.
Aiko Tonomiya es verdaderamente una persona de
carácter fuerte y sereno. A pesar de escuchar mi relato,
ni se asustó ni lloró. Apretando firmemente sus bellos
labios y con sus hermosos y tensos ojos brillando en­
rojecidos, acogió por completo mi larga, larga historia.
Después, cuando terminé mi relato, Aiko habló con
voz decidida mientras dejaba asomar por fin algunas
lágrimas en las comisuras de sus ojos, habló con voz
decidida. Era una voz hermosa y tranquila.
-Te lo agradezco mucho, Amakawa-san. Gracias a ti
he comprendido del todo muchas cosas que hasta ahora
no me explicaba. Déjame expresarte mi agradecimiento

8 En francés en el texto original. Término muy empleado en


el Japón de los años veinte y treinta para describir casos de
amistad entre mujeres muy cercanos a lo que podríamos lla­
mar lesbianismo platónico, una relación de confianza íntima
muy particular, destinada a finalizar con el sobrevenimiento
del matrimonio heterosexual.
por tu amabilidad al querer conducir al arrepentimiento
al profesor Morisu, quien, según he escuchado ahora
por primera vez, se trata de mi verdadero padre. No sé
en qué consiste la venganza que vas a llevar a cabo pero,
si tal y como tú dices, se trata de una forma de vengan­
za cuyo sentido es obligar a arrepentirse a ese hombre
sin que nadie más sepa el motivo, me parece algo ex­
traordinariamente bueno. La cuestión acerca del cómo
la dejo en tus manos. Escojas la forma que escojas, te
aseguro que no te guardaré rencor por ello. Entonces, si
a pesar de todo, mi padre, el Sr. Director de la Escuela,
no muestra ningún arrepentimiento, seguiré sin falta
tus instrucciones de enviar por correo la carta que me
has dejado. Por supuesto que no leeré el contenido y no
le contaré nada a nadie, ni siquiera a mi madre, así que
quédate tranquila porque guardaré el secreto. Voy a con­
fiar en ti hasta el final. Porque, aparte de tu propuesta de
que también por mí 9 , le castigues por sus maldades de
la manera más radical posible hasta quedarte satisfecha,
no conozco otra manera de que mi padre pueda reparar
sus culpas.
»Pero, dejando eso aparte, después de que te vayas a
Osaka, no dejes de escribirme, por favor. Lo harás, ¿ver­
dad?
Tras decir esto, Aiko dejó caer una única gota de sus
lágrimas. Y sin hacer el menor ademán de enjugar sus

9 Para la mentalidad japonesa, la familia es una unidad. Ni


Aiko ni su madre pueden vengarse del padre, Sr. Tonomiya.
Tonomiya ha incurrido en el agravio a la madre, que es a la
vez el agravio a la hija, pero para ellas, atacar al cabeza de
familia es atacarse a sí mismas y además están atadas por
el respeto debido al padre. Por eso, Marte se está vengando
tanto en su propio nombre como en el de Aiko.

208
ojos llorosos, se abalanzó sobre mí y me tomó firme­
mente de las manos. Fue un apretón que encerraba un
significado inconmensurable...
Con eso terminaban mis preparativos iniciales.

La alegría que mostraron mis padres cuando acepté ir


a Osaka y la manera en que me elogió usted, Sr. Direc­
tor, que acudió a propósito para ello, fue algo totalmente
fuera de lo normal. Y las condiciones tan difíciles que
puse entonces de que no se comunicase a nadie que yo
me iba a Osaka, que quería marchar sola y sin pasarme
a saludar por la sucursal local del periódico de Osaka en
cuestión, saliendo ya mismo, todas me fueron concedi­
das sin demasiadas protestas.
Pero yo no me fui a Osaka.
En el atardecer del día en que se celebró la ceremonia
de agradecimiento, me vestí con un traje occidental
nuevo y sin más complementos que un bolso de mano;
me despedí de mis padres y lo que es salir, salí de casa
pero, acto seguido, me dirigí al domicilio del Inspector
de Educación Sr. Tonomiya y, anunciando a Aiko que fi­
nalmente había llegado mi hora de ir a Osaka, conseguí
convencerla para que saliera de casa conmigo. La invité
a un restaurante occidental y allí, como cena de despedi­
da, comimos las dos a la carta hasta hartarnos. Después,
fuimos a un moderno estudio de fotografía y nos hici­
mos una foto juntas para conservar como recuerdo. Al
acabar, allí mismo nos abrazamos y nos dimos un largo,
largo beso, empezando a llorar las dos de tal manera que
apenas podía la una distinguir el rostro de la otra de lo
empapados que teníamos los ojos.
Después, como Aiko no conocía absolutamente nada
acerca de mis planes, insistió en venir a despedirme a la

209
estación, por lo que no me quedó más remedio que apa­
rentar que viajaba a Osaka y subir, me subí al tren, pero
enseguida me bajé en una de las siguientes estaciones y,
tomando un taxi, regresé en sentido contrario para alo­
jarme en un solitario hostal de las afueras de la ciudad.
Después, en una tienda de ropa usada del vecindario,
compré una chaqueta negra, un sombrero de caza y unas
gafas oscuras. Así al día siguiente, completamente ves­
tida de negro e imitando los andares de un hombre, de­
diqué todas mis fuerzas a seguir sus pasos, Sr. Director.
En la bolsa de mano de estudiante que llevaba conmigo,
había metido una larga y resistente soga de cáñamo, una
tela negra de raso para usar como capuchón, una cámara
Kodak tipo antiguo que ya tenía costumbre de manejar,
un pequeño flash último modelo, cerillas y una cuchilla
de afeitar para cortar el papel de las fotografías. Me fa­
miliaricé con el uso de todo este equipamiento durante
la noche anterior, en el tejado de mi hostal, por lo que
estaba suficientemente entrenada y contaba para mi ven­
ganza con unas armas que para usted resultarían mucho
más terribles que una pistola o gas venenoso.
Ni en sueños podría haber usted imaginado algo así,
¿verdad? Por el contrario, creía usted que enviándome
a Osaka podría respirar tranquilo, ¿no? El día siguiente
a la ceremonia de agradecimiento, el veinticuatro al
atardecer, aparentando ir en viaje de trabajo a alguna
parte, se puso usted el chaqué y la chistera y, abrazando
el maletín para los documentos como si llevara algo
muy valioso, salió de su pensión. Luego, moviéndose a
toda prisa por las sombras de la ciudad en dirección a las
afueras, se dirigió al bosque de Tenjin. Con el corazón
latiéndome a toda marcha, intuí que allí había algo raro.
Probé a seguir sus pasos y al final me encontré con que

210
en el bosque de Tenjin había dos caballeros vestidos de
kimono que le estaban aguardando. El uno formaba una
sombra esbelta y el otro, una achaparrada. Al acercarme
un poco más, pude ver que, tal y como yo pensaba, el
primero era el elegante Inspector de Educación , Sr. To­
nomiya, y el segundo, el jorobado Secretario Kawamura,
por lo que mi alegría fue indescriptible.
En la carretera nacional que bordea el bosque, espera­
ba silencioso un coche con capota que tenía las luces del
interior apagadas y en el cual se encontraban tres geishas.
Cuando me di cuenta de ello, me até la bolsa de deportes
a la cintura y, embozada con la tela negra y camuflada
entre las sombras, casi al mismo tiempo que ustedes
se subían al vehículo, salté sobre la rueda de repuesto
fijada en la parte trasera y, agarrándome en cuclillas a
ella, viajé pegada allí, aguantando el bamboleo. Cuando
supe que, tal y como yo me había imaginado, el coche
se dirigía al hotel del balneario, sentí un gran alivio y
satisfacción. Mi espíritu aventurero y mi curiosidad se
agitaban en mi interior haciéndome hervir de emoción.
No es para menos, pues mi plan de venganza se basaba
desde un principio en fijar el objetivo en el hotel del
balneario y a él había dedicado mi estudio. Y ya desde
el primer día, desde el primer momento, todo iba mar­
chando según había planeado...
¡Y de qué manera se sorprendieron los ocupantes del
vehículo por una travesura que se me ocurrió de pronto!
Fue una auténtica ayuda divina que aquel coche fuera
un Chevrolet descapotable con la cubierta de goma. Y
que encima, por pura casualidad, entre los utensilios
que había preparado, llevase una cuchilla de afeitar, creo
que puede calificarse de milagro. En el interior de ese
coche que iba bamboleándose, los tres estaban armando

2II
un gran alboroto, por lo que nadie se dio cuenta lo más
mínimo de que yo estaba haciendo un corte en forma de
U con la cuchilla de afeitar en la parte de la capota junto
a la ventanilla trasera.
Cuando introduje una mano por ese agujero, usted se
hallaba ciñendo con el brazo la cintura de la más bonita
de las tres geishas. Entonces me llevé la horquilla de la
chica y el sombrero de copa que usted llevaba ladeado
sobre la cabeza. Me di a la fuga saltando del coche y qué
gran servicio me hizo entonces la fuerza de mis bien
entrenadas piernas. El joven conductor del vehículo
paró y salió gritando detrás de mí «Al ladrón, al ladrón»
mientras corría con todas sus fuerzas, pero en medio de
aquella oscuridad que ya envolvía la llanura en torno de
la carretera nacional...
Con la horquilla en la mano derecha, la bolsa de mano
en la izquierda y el sombrero sujeto firmemente con los
dientes, conseguí alejarme rápidamente de mi perse­
guidor antes de quedarme sin aliento. A continuación,
regresé a la ciudad y fui a visitar a Aiko Tonomiya, que
se sorprendió enormemente, y tras explicarle que en
mi trabajo de esa noche había conseguido una cosecha
inesperada, nos alegramos de corazón de mis logros.
Por eso, aquel sombrero y aquella horquilla todavía
hoy deben estar en manos de Aiko Tonomiya. Cuando
lea usted esta carta, pruebe a ir a recoger dichos objetos
a casa de Aiko. Aunque no sé qué tipo de escenita dra­
mática tendrá lugar entonces...

Sin embargo, el objetivo de mi trabajo todavía estaba


lejos de ser alcanzado. Porque sabía perfectamente que
alguien como usted, Sr. Director, no era hombre que fue­
se a arrepentirse de sus actos por algo de aquel calado.

212
-Aiko-san, si realmente el Sr. Director lamenta su
proceder y pide perdón también a tu madre, por favor
devuélvele este sombrero y esta horquilla para el pelo. Si
aun así no quiere aceptarlos, habla con tu madre de ello
y disponed de estos objetos como mejor queráis. -Tras
decirle esto, contraté un taxi tipo Sedán y me dirigí di­
rectamente al hotel del balneario.

Ah, el hotel del balneario... Aquel famoso hotel era


precisamente el edificio que, desde antes de idear mi
venganza contra usted, había ido a ver una y otra vez
llevada por la curiosidad subiendo a la pequeña línea de
tren local tras terminar las clases. Lo había contempla­
do por delante y por detrás tantas veces examinándolo
minuciosamente. Además, el trabajo que me disponía a
acometer, ese trabajo por el que echaría a perder toda mi
vida según los cálculos que había realizado a conciencia,
resultaba imposible de poder llevarse a cabo con éxito en
un lugar que no fuera ese edificio.
Tenía la creencia de que su comitiva seguramente
no daría marcha atrás a sus planes por mi intervención
anterior, puesto que ustedes tres en aquel momento no
tenían modo de conocer cuáles eran los propósitos del
intruso que había cometido aquella diablura de cortar
un trozo de cubierta junto a la ventana trasera de su des­
capotable. Más aún teniendo en cuenta que de ninguna
manera podían sospechar mi implicación, ya que se
supone que, para entonces, yo debería de haber llegado
ya a Osaka de sobra. Por tanto, como los tres se habían
reunido para llevar a cabo sus planes de esa noche, no
iban a echarse atrás asustándose por un incidente como
este. Estaba convencida en un noventa y nueve por cien­
to de que simplemente se habían llevado un pequeño

213
susto por una contrariedad enigmática, propia de un
episodio de Las mil y una noches, y tras el consiguiente
revuelo, habían continuado a toda marcha hacia su des­
tino. Por eso, pedí detener mi coche junto al puente de
Yunokawa, un poco más allá del hotel del balneario.
Desde allí, caminé por una zona de estrechas callejue­
las y salí a la altura del tercer piso del hotel del balneario.
Entonces, oculta por las sombras de la valla que daba
justo enfrente de las ventanas, escuché con atención
hasta que, desde ese altísimo tercer piso claramente
iluminado, me llegaron débilmente las voces y risas de
ustedes, con lo que puse la mano en mi pecho con alivio.
Inmediatamente después, sin levantar ningún ruido,
pasé al otro lado de la valla y, subiendo por la escalera de
incendios, llegué hasta la salida de emergencia del tercer
piso. Una vez allí, girando mi cuerpo desde el alero, me
encaramé al resistente canalón vertical de cobre y por él
conseguí trepar hasta el tejado. Pero incluso yo, la mujer
de Marte, no pude evitar sentir un sudor frío recorrien­
do mi cuerpo cuando, al enlazar mis piernas alrededor
del canalón e impulsar mi cuerpo hacia arriba, eché un
vistazo hacia la oscuridad bajo mis pies en cuyo fondo
lucían las lámparas de piedra iluminando el pavimento
de granito.
Pasados esos momentos de angustia, por fin alcancé
a rastras el punto más alto de la superficie de tejas rojas
que era mi objetivo, saqué la soga de la bolsa de deportes
que había subido sujeta con los dientes y até un extre­
mo a la base del pararrayos que había en el centro del
tejado. Me até el otro cabo enrollándolo alrededor de la
cintura y, soltándolo poco a poco con las manos, comen­
cé a descender por la pendiente que formaban las tejas.
Después, desde el extremo del tejado donde arrancaba el

214
canalón, asomé la cabeza y, a través del ventanal de esti­
lo moderno que había justo debajo, espié la habitación.

El tercer piso del hotel del balneario, en su totalidad,


era una especie de enorme salón con vistas como las
de un mirador. Quizá porque hacía un calor húmedo
que presagiaba lluvia, la parte superior de los venta­
nales se encontraba abierta, por lo que de un vistazo
se podía captar perfectamente el aspecto que mostraba
todo su interior.
No tengo valor para escribir todo lo que vi en aquella
sala, pues supera cualquier cosa que hubiera podido
imaginar. Por eso, escribiré solo aquello que sea estricta­
mente necesario.
En el centro de la resplandeciente sala decorada con
grandes macetas de plantas como la palma china, la caña
de Indias y las musáceas y en el que se hallaban dispues­
tos lujosos sofás, estaba el Sr. Inspector Tonomiya, de
imponente figura, el Secretario Kawamura, con la joroba
de la espalda al descubierto brillando como una espanto­
sa superficie blanca, y usted, Sr. Director, destacando su
cabeza calva y el cuerpo velludo como el de un oso. Junto
a ustedes, además de las tres mujeres jóvenes que iban
en el coche, había otras dos más mayores, posiblemente
geishas locales y ustedes tres se hallaban en medio de un
éxtasis de enloquecido placer vicioso. Bailaban, saltaban,
se revolcaban y arrastraban; reían y gimoteaban y, por
su aspecto y sus voces, no se distinguía si se trataba de
seres humanos o de bestias.
Durante un tiempo permanecí atónita ante semejante
panorama, hechizada sin poder apartar la vista.
Mientras recordaba aquella frase que pronunció en
su discurso de «La civilización actual es la civilización

215
centrada a conveniencia del sexo masculino», contem­
plaba una escena propia de yokai 1º y por primera vez
en la vida tuve ante mis ojos una enloquecida danza de
hombres con mujeres hermosas, cuya visión me dejó tan
estupefacta que sentí como si fuera a desvanecerme. Por
fin, cuando volví en mí misma, con el cuerpo colgando
cabeza abajo del extremo del tejado, ajusté con sereni­
dad el objetivo de mi Kodak para enfocar bien. Después,
encendí una cerilla para llamar la atención y, esperando
al instante en que todos dirigieron la mirada hacia fuera,
apreté el disparador y encendí el flash, que brilló con
una potente luz blanquiazul que debió de llegar hasta la
habitación del fondo.
Cuando arrojé la bombilla del flash a la espesa ar­
boleda que tenía a mis pies, las mujeres que estaban
retozando por los sofás comenzaron a chillar y algunas
hicieron ademán de cubrirse el cuerpo con los kimonos.
-¿Qué ha sido eso?
-Brillaba con una luz terrible. . .
-Ha hecho un sonido como «pachi-pachi» . . .
-Habrá sido un cometa . . .
-No seas idiota. Está noche está completamente
nublado.
-No tiene nada que ver. Hay veces que, aunque esté
nublado, la luz del cometa traspasa las nubes. Lo vi una
vez, cuando era pequeño.
-Por lo visto esta noche suceden muchas cosas extra­
ñas, ¿no?
-Pareció como si surgiera justo al otro lado de la
ventana.

10 Los particulares y grotescos trasgos japoneses.

2 16
Mientras decía usted estas palabras, se acercó lenta­
mente hacia los ventanales.
En esos momentos, como para entonces yo me estaba
ya divirtiendo enormemente, se me ocurrió una nueva
jugarreta.
Tras dejar la cámara de fotos y la bolsa de deportes
en la ancha boca del canalón, me solté rápidamente el
pelo, dejándolo caer desordenadamente. Cubriendo la
pechera de la camisa con la tela negra, en esta ocasión
dejé asomar toda la parte superior de mi cuerpo desde el
extremo del tejado. Con mi larga y desordenada cabelle­
ra colgando cabeza abajo, grité estridentemente con voz
triste y sufriente.
-Pro.. .fe... sooor Mooo... risu...
Cuando usted descubrió mi rostro en la ventana ba­
ñado por la luz del interior de la sala, se agarró con am­
bas manos al alféizar y se quedó mirándome fijamente
con los ojos muy abiertos. Boquiabierto y exponiendo
de manera vergonzosa su cuerpo desnudo, dejaba usted
colgar la lengua fuera como un perro. Tenía usted un
aspecto tan ridículo que no pude evitar el soltar una
sonora carcajada.
-Ja, ja, ja, ja, ja.
Movidos por mi risa, todos los presentes en la habita­
ción se pusieron en pie.
-e:· Pero que, ....;,
-¡ ¡ ¡Aaaah! ! !
-¡Ayuda, que venga alguien!
Todo el mundo empezó a gritar y a correr desordena­
damente, dándose a la fuga, con las mujeres echándose
por encima el primer kimono que encontraban a mano.
Una de ellas se había desmayado sobre el sillón, con el
cuerpo estirado. Había sillas y mesas patas arriba, copas

217
rotas por el suelo y plantas volcadas y un sonido de bote­
llas vacías rodando...
Posiblemente, nadie que en mitad de la noche hubiera
visto un rostro de mujer riéndose colgando con su larga
cabellera cabeza abajo del tejado pensaría que estaba
ante un ser humano...
Cuando, al poco tiempo, se hizo el silencio, quedaron
allí en pie junto a usted el Sr. Inspector Tonomiya y el
Secretario Kawamura, todos mirándome fijamente. Al
ver el incomparablemente ridículo aspecto de ustedes
tres, no pude menos que volver a reírme con fuerza
desde lo más hondo del corazón.
-Jo, jo, jo, jo, jo. ¿Quién soy yo? ¿A lo mejor lo saben
ya? Sr. Director... Sr. Tonomiya... Sr. Kawamura... Soy la
mujer de Marte. Jo, jo, jo, jo, jo. Ja, ja, ja, ja.
Usted, Sr. Director, con los ojos en blanco y la lengua
colgando fuera, se desplomó hacia atrás como si fuera
una estatua de Buda sacudida por un terremoto, y quedó
tendido boca arriba. Los otros dos, sin prestarle aten­
ción a usted, continuaron rígidos en pie, mirándome
fijamente, pero enseguida volví a trepar por la cuerda y
regresé a lo alto del tejado. Todavía a gatas, exhalé un
suspiro y permanecí un rato recuperándome.
De pronto me di cuenta de que estaba tan extenuada
que no sabía si me tendría en pie o no. Sin embargo, no
me podía quedar allí mucho tiempo. Las geishas que sa­
lieron huyendo tras vestirse apresuradamente parecían
haber dado la voz de alarma al personal del hotel, por lo
que allí abajo se escuchaba un rumor de voces confusas
moviéndose de aquí para allá. Corriendo por el jardín
muy por debajo de mis ojos distinguía también la luz
de dos o tres anticuadas lamparillas de emergencia, pero
no me puse en absoluto nerviosa.

2 18
Volviendo a sujetar firmemente con los dientes la
bolsa de deportes donde iba la valiosa cámara, dejé ata­
do el extremo de la soga al pararrayos e hice el camino
de vuelta desde el tejado en sentido contrario hasta la
otra punta. En ese momento, al ver sobre mi cabeza
la figura de las estrellas entre los claros que dejaban
las nubes, por algún motivo me sentí emocionada y
noté con apuro que las lágrimas se me agolpaban en
los párpados.
Continué bajando la pendiente del tejado a oscuras
hasta que descendí de un salto al pavimento del jardín
con un impulso como si quisiera matarme. Sin em­
bargo, al escuchar más abajo un ruido de pasos que
subía atropelladamente por la escalera de incendios, me
recuperé y, colgándome del cable de la antena de radio
cuyo tendido yacía a mis pies, descendí hasta el tejado
del segundo piso del edificio contiguo. Desde allí, salté
a la rama de un gran pino que estaba casi pegado al
edificio y por ahí pude bajar al lado opuesto de la valla.
Acto seguido, corrí a toda prisa atajando camino por las
sendas entre los arrozales que usaban los campesinos,
de manera que llegué casi en línea recta hasta la estación
de tren local, justo a tiempo de montar en el último tren
del día y, en menos de una hora, ya estaba de vuelta en
mi hostal de la ciudad.
En la habitación de mi pensión ya me habían prepa­
rado el lecho de dormir. Junto a la almohada habían
dejado un té frío, tan amargo como una medicina, por lo
que, nada más sentarme bebí a grandes tragos dos o tres
tazas seguidas sin interrupción. Me supo tan delicioso
que si antes, en el tejado del hotel del balneario, había
sentido ganas de morir, ahora, por el contrario, sentía
un valor cien veces mayor.

219
El revelado de la película fotográfica de aquella noche
salió a la perfección. La película era de pequeño tama­
ño, pero reflejaba nítidamente aquel panorama donde
tres hombres y cinco mujeres de apariencia impúdica
miraban con rostro sorprendido hacia la cámara, por lo
que no había necesidad de hacer una ampliación. Me
entraron ganas de reírme yo sola al pensar que, de haber
sabido que contaría con esto, no habrían hecho falta tan­
tos y arriesgados esfuerzos para obtener unas pruebas
que poder usar posteriormente como aquel sombrero y
aquella horquilla. Después, durante el resto de la noche
y hasta el mediodía del día siguiente, dejé descansar mi
cuerpo a placer.

Hoy, pasado el mediodía, nada más despertar, me he


puesto a escribir esta carta con la mayor rapidez posible.
Escribir tres copias de una carta tan larga como esta me
llevará hasta bien entrada la noche o quizá incluso hasta
la madrugada, pero aun así no me importa. Antes de que
amanezca, revelaré otras tres o cuatro fotos del incidente
de la pasada noche para adjuntarlas en los sobres con
cada carta.
Los tres sobres con sus sendos ejemplares de esta
carta van a tres destinatarios diferentes, junto con unas
instrucciones según el orden y momento en que deben
ser enviados. Mañana veintiséis por la noche, a la hora
en que la ciudad se halle sumida en el reposo del sueño,
los depositaré en el buzón de la casa de Aiko.
Una vez hecho esto, me introduciré sigilosamente en
el viejo cobertizo de la Escuela donde estudié, llevando el
xxxxxxx que robé hace tiempo del laboratorio de Química
de la Escuela, algodón, y el zzzzzzzzz y el zzzzzzzzz que
compré ayer.

220
Haciendo un montón con la paja, las cañas y los
utensilios de las competiciones deportivas con sus
envoltorios de papel, esparciré por encima el zzzzzzz.
Después, colocaré una vela de cera encendida sobre el
tatami empapado por el zzzzzzzz de manera que en
menos de veinte minutos todo aquello se convierta en
un mar de fuego. Hecho esto, empaparé el algodón con
el xxxxxxxxx y, poniéndomelo sobre el rostro, pienso
meterme debajo de todo el material combustible amon­
tonado. Por mi constitución, me entran mareos solo con
oler aceites volátiles como la bencina, por lo que si tengo
que oler grandes cantidades de xxxxxxxxxxx, me puedo
morir por exceso de anestesia antes de que se produzca
el incendio.

Sr. Director... Le devuelvo de esta manera el favor


que me hizo al convertirme en mujer. Y a la vez, quiero
hacer un auténtico acto de piedad paterno-filial en favor
de la persona que amo con todo mi corazón, Aiko Tono­
miya. De no ajustar todas mis cuentas de esta manera,
no podré volver al vacío al que pertenezco.
Por favor, acepte usted como regalo de despedida de
esta mujer de Marte el cadáver carbonizado de esta chica.

Con esto, mi carne es suya para la eternidad. Pjué, pjué11 •

n Onomatopeya de un escupitajo.

221
Ep ílo go
El infierno según Kyusaku
por Daniel Aguilar

Embrión, embrión, ¿por qué bailoteas ?


¿ Tienes miedo porque conoces el corazón de tu madre ?
( Dogura Magura)

Nacido en 188 9 en la ciudad de Fukuoka (en la isla de


Kyushu), su nombre al nacer era Naoki Sugiyama, pero
lo cambió por Yasumichi Sugiyama cuando, una vez
abandonado el hogar paterno, se sintió atraído por el
budismo. Dotado precozmente para la Literatura, dejó
los estudios en la Universidad Keio sin finalizar debido
a una disputa familiar y, tras un breve tiempo empleado
en un periódico de su Kyushu natal, además de otros
trabajos mucho más pintorescos, debutó como escritor
en 19 22 con un libro para niños. Gracias a un concurso
ofrecido por la revista Shin seinen (Nueva juventud), en
19 26 dio paso a su carrera profesional definitiva, con el
nombre artístico de Kyusaku Yumeno, que viene a signi­
ficar «el soñador».
Narrativamente hablando, Yumeno consigue sacar
partido de la desventaja de ser un escritor en provincias
dando vida al poco recurrente paisaje de la prefectura de
Fukuoka, del que es conocedor de primera mano. Sin ir
más lejos, allí se desarrolla su obra más representativa, la
novela de título críptico Dogura Magura (arriesgándome
mucho, diría que viene a tener el sentido de «A través de
los mágicos entresijos de la locura»), publicada en 1935,
un año antes de su muerte, aunque iniciada mucho
antes. Su edición original rondaba las mil páginas y en
ella, utilizando un trasfondo de trama detectivesca (un
amnésico deberá recuperar la memoria para resolver
un crimen), trata sobre el infierno en vida al que se ven
sometidos los internos en los hospitales psiquiátricos,
cuyos procedimientos se critican con crudeza 'y feroci­
dad. Pero su segunda obra más conocida es, sin duda,
El infierno de las chicas, publicada en el mismo año de
193 6 en que su autor falleció, y que ahora tienes entre
manos, querido lector. En ella, una vez más, apuesta por
el paisaje de la tierra natal y por el uso de la palabra «in­
fierno» a la que parece tener una querencia solamente
equiparable al interés que demuestra por el campo de la
Medicina. De las tres historias que componen el libro,
en la primera los dos doctores protagonistas son origi­
narios de Fukuoka (y uno de ellos enseña en Tokio en la
Universidad Keio, que es donde había iniciado Yumeno
sus estudios); en la segunda, por su carácter, la acción
se reparte entre varias prefecturas, pero la principal es la
misma de Fukuoka; y la escuela y el balneario de la ter­
cera toman como inconfundible modelo sendos lugares
de la ciudad de Fukuoka y de la cercana Futsukaichi.
En cuanto al estilo del escritor, como sucede con
otros autores contemporáneos -como los mucho más
célebres Osamu Dazai y Rampo Edogawa-, aflora en
ocasiones cierta molesta tendencia al subrayado y a
las frases farragosamente largas. Pero los parecidos se
acaban ahí, pues en el caso de Yumeno resulta mucho
más característico que sus personajes expongan largas
parrafadas por escrito, mostrando su preferencia por el
estilo epistolar y también que se acoja a la estructura de
«historia dentro de otra historia». De esta manera, tanto
en las dos obras antedichas como en otras anteriores
de menor calado, como pueda ser Binzume jigoku («El
infierno embotellado», 1928), sobre un caso de incesto,
Yumeno demuestra su preferencia por entrelazar relatos
que los protagonistas han dejado en papel, narraciones
que en ocasiones expone ante el lector en fragmentos o
incluso cronológicamente desordenadas. Por cierto que
este estilo ha sido recuperado con gran efectividad por la
escritora Kazuki Sakuraba para, ¿casualmente?, otra his­
toria de incesto, su fabulosa novela Watashi no otoko(«El
hombre de mi vida», 2006), que desgraciadamente ha
sido reordenada por orden cronológico para su versión
cinematográfica del mismo título dirigida el año pasado
con impecable pulso por Kazuyoshi Kumakiri.
El infierno de las chicas se estructura mediante tres
relatos que inicialmente se publicaron de manera se­
parada, siendo el primero en hacerlo el más breve, que
ocupa la parte central del libro en su edición completa.
En esta trilogía, el retrato que el autor lleva a cabo de
los personajes masculinos resulta implacable, mostran­
do en los tres segmentos unos personajes femeninos
infinitamente más complejos que los de esos hombres,
que, incapaces de pensar siquiera que una mujer pue­
da ser más inteligente que ellos, reciben por ello un
severo escarmiento. Así, los dos médicos protagonistas
del primer cuento, de puro naif rayan en la estupidez,
llegando a un punto surrealista hacia el final, debido
a la paranoia anticomunista que saturaba el país; el

227
cautivador conductor de autobús del segundo no es sino
un serial killer que cae en su propia trampa; y el Director
de Escuela y sus compañeros de barrabasadas del terce­
ro, una panda de corruptos y sátiros. Además, su retrato
de la descripción de la psicología femenina de la época
denota una capacidad de observación admirable y sobre
todo, su visión de las mujeres no resulta ni paternalista
ni misógina, sino casi, casi, femenina, que no feminista.
En definitiva, sus féminas se hallan dispuestas a luchar
con uñas y dientes(y encima justificadamente) contra el
predominio masculino en la sociedad, hasta un punto
en que también ellas mismas terminan arrastradas a la
perdición por su empeño. Todo lo cual ofrece una pers­
pectiva muy diferente a la del retrato de la mujer ofreci­
do por la Literatura japonesa del momento. Por ello y a
pesar de lo muy anticuado que pueda parecer hoy día en
alguno de sus pasajes si no se recuerda el momento y
lugar en que fue escrito, el libro supone un ataque hacia
la hipocresía consentida de los poderosos y una crítica
hacia la débil situación de la mujer en aquel entonces,
cuando su opinión y sentimientos no contaban nada en
la sociedad.
Como nos describe en su autobiografía la escritora
Ritsuko Takenaka, que vivió el Japón de la época, en
aquel entonces los tres empleos más populares entre las
jóvenes que acababan de terminar el Bachillerato eran,
por este orden, chica de autobús, telefonista y enfer­
mera. Y todos ellos tienen su presencia en esta trilogía
que compone El infierno de las chicas. La enfermera del
primer relato, «No tiene importancia», se encuentra
completamente fascinada por el uso del teléfono y
disfruta manejando a todos los hombres que la rodean
cultivando su imagen de mujer delicada e inocente. Por

228
cierto que en esta historia se halla oculta de manera sibi­
lina un final alternativo, ya que la protagonista anuncia
su suicidio mediante una carta fechada un día tres, pe­
ríodo del mes en que muestra su propensión a mentir.
En el fondo de esta trama subyace el intenso rechazo al
mentiroso propio de la cultura japonesa y que ha dado
lugar al refrán «quien empieza por mentir, acaba por
robar», que implica que aquel que miente es que, po­
tencialmente, ya es capaz de cualquier delito. Abro aquí
un inciso para contar que, tanto en España como en
Japón, he tenido la desgracia de toparme con señoritas
muy similares a la protagonista de esta historia, por lo
que no me parece un personaje disparatado en absoluto.
Por su parte, el mundo de las chicas de autobús, que a
bordo del vehículo actuaban a la vez como cobradoras y
revisoras, anunciando en voz alta las sucesivas paradas,
lo encontramos en el segundo segmento, «Asesinatos
por relevos». A propósito, tanto en este segundo cuento
como sobre todo en el tercero, «La mujer de Marte»,
se intuyen relaciones lésbicas, si bien en el Japón de la
época se entendía el lesbianismo como una relación de
amistad especial entre mujeres que, aun no exenta de
romanticismo erótico, se consideraba lo más natural
del mundo, sin que nadie se escandalizara por ello.
En cierto modo, se veía como un sentimiento pasajero
de la adolescencia hasta contraer matrimonio. En «La
mujer de Marte», sin embargo, dicho recurso dramático
provoca una cierta contradicción entre la tantas veces
subrayada soledad de la protagonista y la presencia de
esa inseparable amiga íntima, surgida de la necesidad
narrativa del modo en que dicha protagonista ejecuta
su venganza. Hay también a lo largo de toda la obra de
Yumeno una constante presencia del cristianismo y de

229
conceptos como el arrepentimiento, lo cual da una idea
de la manera en que dicha religión se propagó por Japón
aprovechando la apertura al extranjero del país a partir
de finales del siglo x1x con la Restauración Meiji.
Al igual que la mayoría de los escritores japoneses,
Kyusaku Yumeno ha tenido una suerte muy desigual
en sus adaptaciones al cine, pero la tarea tampoco resul­
taba fácil, precisamente por ese estilo epistolar del que
hemos hablado antes. Solamente existen cuatro hasta la
fecha y, significativamente, dos se ocupan de esta obra
que ahora presentamos, si bien ambas de manera par­
cial. La primera de ellas, Yumeno Kyusaku Shojo jigoku
(«El infierno de las chicas», de Kyusaku Yumeno, 1977),
corrió a cargo de la productora Nikkatsu dentro de su
línea conocida como roman porno y, dirigida por Ma­
saru Konuma, adaptaba el tercer cuento, «La mujer de
Marte», con pobres resultados y encima alterando dema­
siado el original. La segunda, por contra, Yumeno Ginga
(«La galaxia de Yumeno», 1 997), del director Sogo Ishii,
utilizaba también el nombre del autor en el título como
reclamo, pero seguía muy fielmente el texto de base, en
esta ocasión el relato central, «Asesinatos por relevos»,
y entre otros aciertos presentaba el de escoger al actor
Tadanobu Asano para encarnar al atractivo y poco ha­
blador serial killer protagonista, pero sin embargo pasó
desapercibida.
Desgraciadamente, tanto por su fallecimiento a
temprana edad, sucedido en 1936, como por su tardío
reconocimiento, ya muy entrada la década de los sesenta
del pasado siglo, el caso de Kyusaku Yumeno no resulta
nada infrecuente en la Literatura. Diferentes circunstan­
cias impidieron una justa valoración en su día, en espe­
cial el hallarse afincado en la ciudad de Fukuoka, alejada

230
del eje Kyoto-Osaka y de Tokio, a la sazón los centros
donde se movía la cultura japonesa. Pero también, des­
de luego, el ser un soñador demasiado atrevido para el
tiempo en que se desenvolvió.

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