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El infierno
de las chicas
Q� saTORI
COLECCIÓN SATORI FICCIÓN - 6
TÍTULO ORIGINAL: Shojo Jigoku j;-:t{±tMit Nandemo nai, fiiJ-C-t f�\,, ';
Satsujin riree, �A lJ v-; Kasei no onna, !k!J:.<T):t{
© SATORI EDICIONES
Todos los derechos reservados
C/ Perú, 12, 33213, Gijón, España
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ISBN: 978-84-941920-7-4
Depósito legal: AS-00244-2014
No tiene importancia. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
Asesinatos por relevos. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . III
1
El término Koboku hace referencia al año 1910. Según se ex
plica varias páginas más adelante, se trata de una reunión de
profesionales de Medicina que comenzó a tener lugar en di
cho año. Marunouchi es el nombre de la zona inmediatamen
te situada en la salida oeste de la estación central de Tokio.
2
El nombre completo, traduciendo literalmente los ideogra
mas de que se compone, sería «chica-de-los-lirios hierba-prin
cesa» (o «brotecillo de hierba»).
pero incluso los periódicos de toda la capital, la Agencia
Metropolitana de Policía, y hasta los Tribunales de la
Prefectura de Kanagawa 3, se han visto convertidos en
materiales con los que tejer todo un paraíso de mentiras
que, sin embargo, ha terminado convirtiéndose en un
escalofriante y amenazador paisaje del infierno que se
ha aparecido ante ella misma, transformándose en un
pozo en el que su propia creadora ha debido enterrarse.
Y ahora, mediante su propia muerte, la existencia de ese
retrato del infierno ha sido endosada a otros como yo.
Qué espantoso resulta el mecanismo psicológico que
late en las fantasías del interior de una chica tan extraor
dinariamente enigmática, en lo que a primera vista pare
ce una sucesión de incidentes banales y sin importancia.
Este servidor siente un deber anómalo hacia usted de
explicar, diseccionar y analizar la manera en que ella se
aferraba a dicho mecanismo psicológico.
Y, encima, ese anómalo sentimiento de responsabili
dad tan dificil de llevar a cabo ha recaído sobre mis hom
bros de manera inesperada en la tarde de hoy, por obra
de un sujeto desconocido. Por ello, me permito ordenar
esto que podríamos llamar informe especial, de manera
que empiece con el inexplicable suceso de esta tarde con
ese sujeto desconocido.
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que por fin no quedaba ningún paciente. Cuando estaba
adormilado escuchando una confusa mezcla de ruidos
bajo la ventana desde la que se divisaban esos barcos del
puerto de Yokohama que dejaban oír su intermitente
sonido de sirenas, me sobresaltó el vibrar del timbre
de la puerta, tras el cual se deslizó silenciosamente una
oscura figura masculina.
Me levanté de un brinco. Ante mí se hallaba un hom
bre con todo el aspecto de un detective privado salido de
una película extranjera. Debía de tener unos cuarenta y
cuatro o cuarenta y cinco años. El rostro era alargado, las
cejas gruesas y espesas, y la nariz alta y bien proporcio
nada. Sus alargados ojos desprendían un fulgor negro
que transmitía astucia, todo lo cual daba la impresión
de un Sherlock Holmes a la japonesa. El aspecto general
de su piel presentaba, como la mía, una tonalidad oscu
ro-amoratada, y su constitución era esbelta pero de gran
robustez. Vestía un elegante traje a la medida de color
negro, una gorra también negra totalmente nueva y
unos zapatos de charol igualmente negros, y portaba un
bastón de madera terminado en una cabeza de serpiente
plateada. Tras penetrar en la sala con este aspecto y aires
impecables, cerró la puerta cuidadosamente sin volverse
y, permaneciendo en pie, echó una escrutadora mirada
en derredor para comprobar que me encontraba solo. Y
a continuación, de pie ante mí, se descubrió cortésmen
te la gorra que hasta entonces ocultaba cuidadosamente
esa cabeza un tanto calva e hizo una reverencia.
Despreocupado como soy, pensé que este recién llega
do era un nuevo paciente y me puse en pie cordialmente
para recibirle.
-Adelante, tome asiento -le dije indicándole una
silla de tapiz jacobino-. Yo soy Usuketa.
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Sin embargo, el caballero permaneció inmutable, pa
rado como una fría y oscura sombra ante mí. Entrecerró
levemente los ojos y se limitó a poner una expresión que
parecía significar «lo sé todo», continuando sin soltar
palabra. Poco después, su mano azulada y vellosa se
introdujo en el bolsillo interior de su chaleco, de donde
tras rebuscar un instante, extrajo un papel del tamaño
de una tarjeta postal. Mirándome significativamente,
colocó la tarjeta en una mesita y la empujó hacia mí.
Ante esto, ridículamente, me dio por pensar: «Vaya,
así que ha venido un paciente mudo...» mientras recogía
el tarjetón. Inesperadamente, se hallaba escrito con una
letra deficiente, que parecía hecha por un niño, pero
claramente podía leerse «¿ Sabe usted a dónde se ha ido
Yuriko Himegusa?».
Estupefacto, levanté la mirada hacia el hombre. Debe
ría de tener cerca de un metro setenta de estatura.
-Aah, ya veo... pues la verdad es que no lo sé. Como
se marchó sin decir nada... -le contesté enseguida.
Pero, en ese instante, me dije repentina e instintiva
mente: «Ajá, este hombre ha sido enviado aquí por la
propia Yuriko Himegusa. Ha venido para chantajearme
de alguna manera», por lo que inmediatamente tomé la
decisión de mandar todo a la mierda y que pasase lo que
pasase. Sin embargo, no dejé que esta decisión se refle
jase en mi rostro y, aparentemente, seguí con el aspecto
inocente de un médico vulgar sin más interés que su
clínica. Por fortuna, no conocía el paradero de Yuriko Hi
megusa. Algo en mi interior me indicaba que si hubiera
dicho que lo conocía, indudablemente mi interlocutor se
aferraría a ello para amenazarme de algún modo.
Durante algo más de diez segundos, el caballero que
tenía ante mí fijó sus penetrantes y fríos ojos negros en
mi cara de manera implacable, escudriñando, hasta que,
finalmente, rebuscó en el interior de su chaleco y sacó
un sobre blanco, que colocó ante mí ceremoniosamente.
Con una suave sonrisa que parecía decir: «Vea usted
esto, por favor... ».
Dentro del sobre blanco había unas hojas de papel
corriente, pero la escritura era, sin lugar a dudas, la del
lápiz de Yuriko Himegusa, que en algunas partes estaba
feamente borrosa, y que en otras aparecía temblorosa,
provocando una inquietante sensación de desasosiego.
Dr. Shirataka
Dr. Usuketa
Voy a suicidarme. Para evitar causarles ningún proble
ma a los dos, voy a cometer suicidio en una de las habi
taciones para los pacientes de la clínica ginecológica del
Dr. Mandara en Tsukiji. He pedido al Dr. Mandara que
haga aparecer mi muerte como el resultado de un paro
cardíaco debido a una infección de difteria mientras me
hallaba hospitalizada por una enfermedad de los ovarios.
Dr. Shirataka, Dr. Usuketa
El cariño que ustedes dos me han dispensado y la grati
tud que siento hacia sus esposas -porque, a pesar de que
yo fuera receptora de aquel cariño suyo, no han sentido
odio hacia mí, sino que me han tratado afectuosamente,
como a una auténtica hermana- es algo que no podré
olvidar ni después de muerta. Por eso, para pagar aunque
sea una milésima de ese deber contraído hacia sus esposas,
me suicido de esta manera furtiva. A partir de ahora, mi
pequeña alma se convertirá en protectora eterna de la paz
de sus hogares.
Una vez que expire mi último aliento, se cierren mis ojos
y se sellen mis labios, todas aquellas verdades que he visto y
oído se convertirán en mentiras sin rastros, y creo que am
bos podrán disfrutar de la paz de sus hogares en compañía
de sus fieles y bellas esposas, sin más preocupación.
Yuriko, que ha cometido tan terrible, terrible falta.
Yuriko Himegusa ha perdido la esperanza en este mundo.
¿ Qué esperanza puede haber en este mundo en que
dos personas de condición y renombre tan elevados como
dos doctores de la respetabilidad de ustedes no creen en
mi sinceridad? ¿ Cómo puede merecer la pena vivir en un
mundo donde las palabras de aquellos que tienen una res
petabilidad y posición social, aunque puedan ser falsas, se
aceptan por verdaderas, y las palabras de una chica pura
que nada conoce, aunque sean verdaderas, se toman por
mentiras?
Adiós.
Dr. Shirataka, Dr. Usuketa
La pobre Yuriko está a punto de morir.
Por favor, queden ustedes tranquilos.
A 3 de diciembre de 1933.
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-He hecho incinerarlo y conservo las cenizas, pero
ya han pasado tres días desde la muerte.
-¿Ha seguido usted las indicaciones que pedía Hi-
megusa en su carta?
-Así es.
-¿Qué utilizó para suicidarse?
-Falleció por inyección intracutánea de morfina.
Pero no sé de dónde la obtendría.
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-¿Es usted pariente de Yuriko Himegusa?
-No, no tengo nada que ver con ella. Sin embargo...
-Ah, vaya, vaya. Pues entonces, usted, al igual que
nosotros, es una más de las víctimas. Ha sido usted
engañado por Himegusa, quien además le ha hecho
cometer una infracción del reglamento médico.
De repente, el rostro de mi interlocutor se crispó con
una maldad demoníaca.
-¡Insultante! ¿Qué pruebas tiene usted?
-¿Pruebas, dice? Si llamamos a la otra víctima, ense-
guida lo verá claro.
-Pues llámela. ¡Es vergonzoso! Mancillar de esa
manera la última voluntad de una muerta tan inocente
como ella.
-Bien, entonces ¿puedo llamar a la otra persona,
verdad?
-Desde luego. Cuanto antes, por favor.
Levanté el auricular del teléfono que tenía sobre la
mesa y pedí comunicación con la oficina del Gobierno
Prefectura! de Kanagawa, donde me pasaron la llamada
al jefe del Departamento de Investigaciones Especiales.
-Ah, ¿es el Jefe del Departamento, el Sr. Tamiya?
Aquí Usuketa. El Dr. Usuketa, de la Clínica Usuketa.
Disculpe las molestias que le causé la vez pasada con
el asunto de Himegusa. ( ... ). Bien, iré al grano, verá...
lamento mucho molestarle en sus ocupaciones, pero
¿no podría venir cuanto antes a mi clínica? Ya sé dónde
está Yuriko Himegusa. ( ... ). No, no, está muerta. En
cierto lugar ... la verdad es que ha aparecido una nueva
víctima de Yuriko Himegusa. ( ... ) No, no, esta vez es
auténtica. El alcance del daño es bastante grave. Se trata
de un caballero llamado Dr. Mandara, que tiene una clí
nica en Tsukiji ( ... ). Así es, así es. ( ... ). Nunca había oído
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hablar de dicha clínica, pero... ( ...). Está aquí porque se
ha tomado la molestia de venir a propósito a mi clínica
para explicarme que ha caído en la típica representación
teatral en que era maestra la chica, y que le ha llevado a
infringir el reglamento médico. Dice que guarda las ce
nizas del cadáver de Yuriko Himegusa tras suicidarse...
( ...). Así es, así es. Es una historia disparatada, pero es
la verdad. Está aquí conmigo, en la sala de espera. Dice
que quiere verle a usted sin falta... ( ...) ¡Eh! Oiga, oiga.
( ...). ¡Oiga, oiga! ( ...). El Dr. Mandara ya se marcha. Ha
recogido su sombrero y su bastón y sale a toda prisa.
Sí, sí, acaba de salir. En estos momentos, una valerosa
enfermera ha salido apresuradamente a acompañarle
hasta la puerta. Espere un momento, por favor. Voy a ver
hacia dónde ha ido y le informo( ...). ¿ Eh? ¿Que cómo va
vestido? Para decirlo en una palabra, va vestido con un
elegante traje negro. Medirá unos 170 cm. Delgado, con
un tono de piel negro-azulado, con aspecto de elegante
caballero extranjero. ( ... ). ¿ Eh? La carta que traía para
chantajearme la ha olvidado aquí.( ...). Sí, eso es. Parece
que se sobresaltó por esta llamada. Sí, sí. ( ...). ¿ Eh? Ah,
comprendo. Entonces, por favor, pase por aquí en el
camino de regreso porque todavía tengo más cosas que
contarle.( ...). Realmente lo siento mucho( ...). Disculpe
las molestias. Adiós.
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cuándo y hasta qué punto anduvo a la sombra de ella, o
si seguía o no sus instrucciones.
Sin embargo, el Inspector Jefe Miyata, en su camino
de vuelta hacia la oficina de la Prefectura de Kanagawa,
pasó por mi hospital para escuchar las novedades que
yo pudiera ofrecer sobre el caso de Yuriko Himegusa,
y por lo visto concluyó enseguida que este no era un
caso sencillo, dando a entender que tenía la intención de
trasladar las competencias a Tokio, por lo que creo que
en un futuro no muy lejano se aclararán las verdaderas
circunstancias en tomo a su muerte. Pero antes de espe
rar a todo eso, siento la responsabilidad de comunicarle
a usted cuanto antes toda la verdad que yo conozco con
relación a ella con objeto de que pueda tenerla en cuenta
para entonces. Por ello, con decisión firme, empuño la
pluma para redactar este texto. Hasta ahora la vergüenza
me había hecho dudar a la hora de hablar sobre este
asunto, pero... No, no. Más bien, el que hasta ahora no
haya podido encontrarme con usted de alguna manera,
es posible que se haya debido a que la espantosa habili
dad de esa extraña chica llamada Yuriko Himegusa ha
mantenido mi cerebro paralizado...
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sencillo y haya decidido por ello trasladar la competencia
de la investigación a Tokio. Puede que usted lo recuerde,
pero según aquel artículo de periódico, para evitar que
se descubriera su encuentro secreto con un ¿amante?,
ella telefoneó al puesto de policía más próximo al lugar
con objeto de alejar de allí a los agentes.
«Soy una chica inocente, a la que han secuestrado y
tienen encerrada en la casa de ******** en ********.
Quieren hacerme algo terrible, pero he conseguido
aprovechar un momento de distracción para hacer esta
llamada. ¡Sálvenme, por favor! ¡Sálvenme, por favor!».
Con voz apresurada, entrecortada, daba este tipo de
avisos con gran verismo, haciendo que el coche patru
lla se desplazase a lugares completamente apartados.
De esta manera, realizó varias llamadas, provocando
cada vez el correspondiente revuelo, por lo que se llegó
a la conclusión de que se trataba siempre de la misma
persona, con gran enfado de la Policía y gran regocijo
de los periodistas. Esta es la realidad sobre aquellos
sucesos.
Que este genio de la mentira más audaz y disparatada,
para quien no existen adjetivos capaces de definirle, es
esa misma mujer que le mantuvo a usted preocupado y
que hasta hace nada correteaba por mi clínica vistiendo
una bata blanca, es algo que, a fecha de hoy, ya ha sido
reconocido por la persona que ejercía de garante suyo.
Además, el motivo por el que dicha persona ha declara
do estos hechos es que profundizando en la condición
psicológica de esta chica, no queda sino admitir tal he
cho. La Policía tampoco guarda ya la menor brizna de
duda sobre esta cuestión.
Con todo, ¿cuál sería el motivo que llevó a una sim
ple chica como ella a sumirnos a nosotros dos en una
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inexplicable y desagradable situación en la que estando en
un mundo en el que se han desarrollado tanto las comu
nicaciones y los transportes, y viviendo nuestras familias
una tan cerca de la otra como es el caso de Tokio y Yoko
hama, durante un largo tiempo hayamos estado el uno
desconfiando del otro e intentando vernos sin que haya
mos podido encontramos nunca? Una situación que, por
si fuera poco, le ha llevado a ella misma a que su propio
destino se hunda sin remedio hasta lo más profundo...
23
Mi esposa Matsuko y mi hermana mayor, que en ese
momento estaban en medio de una confusa conver
sación con el encargado de los muebles acerca de su
disposición en la sala de los reconocimientos médicos,
quedaron admiradas de su valor. Justo habían comen
tado que con las dos enfermeras recién contratadas a
lo mejor no sería suficiente, por lo que al momento le
hicieron pasar a la salita de espera de los pacientes, y
junto conmigo procedimos a entrevistarla probando con
algunas preguntas.
-¿Ha venido usted por el anuncio del periódico?
-No. Vi el letrero anunciando la apertura del hospital
por el cristal de la ventanilla del tren y me bajé en la
estación para venir aquí.
-Ya veo. ¿ De dónde es usted?
-De la ciudad de H4, en la prefectura de Aomori.
-¿Sus padres viven allí?
-Sí, somos una antigua familia de H.
-¿A qué se dedican sus padres?
-Tienen una bodega de fabricación y venta de sake.
-Vaya... entonces, disculpe la pregunta, pero, su fa.
milia debe estar económicamente bien situada, ¿no?
-Sí, bueno, tampoco demasiado, pero... Mis padres y
mi hermano mayor estaban en contra de que yo viniese
a Tokio, pero yo quería labrar por mí misma mi desti
no, y además no podía aguantar mis ganas de trabajar
como enfermera.
-Entonces, ¿ahora ya no mantiene ningún contacto
con sus padres?
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«Himegusa-san», «Himegusa-san» y aunque había otras
dos enfermeras, era como si no existieran. Es un comen
tario algo mezquino, pero la situación llegó a tal punto
que cuando los pacientes recibían el alta, antes de venir
a darme las gracias a mí, que soy el director del hospital,
iban a dárselas a Yuriko Himegusa y en el caso de los ni
ños, incluso se echaban a llorar y no querían marcharse.
«Quiero quedarme con Hime-chan»7 , decían, y no había
manera de hacerles entrar en razón. El resto de los pa
cientes, tras ser dados de alta y abandonar el hospital, le
enviaban largas, muy largas, cartas de agradecimiento.
Hasta el punto de que mi hermana, que se encargaba
del mostrador de recepción y cobros, se quedaba con la
boca abierta comentando: «¿Pero habrá tantas cosas que
escribir como para pagar un sello de doce sen?».
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el Hospital Usuketa, y hasta alguien como yo que tenía
una cierta confianza en su capacidad como médico, se
veía abocado a reconocer con humildad la enorme habi
lidad como relaciones públicas que ella demostraba.
Le pagaba un salario mensual de veinte yenes. De
ningún modo pensaba que este fuera un sueldo tan bajo
que rayase la ilegalidad, pero últimamente tuve que ad
mitir que estaba en una situación en que debía recono
cer su meritoria contribución, por lo que deliberé sobre
el asunto con mi esposa y mi hermana. Sin embargo,
en ese momento, justo cuando habíamos llegado a esta
situación, sucedió algo extraordinario e inexplicable, un
suceso incomparable que la envolvió en un remolino
que finalmente la llevó a sumirse en una catástrofe
como la que hemos visto ahora. Pero es que además, fue
ella misma quien sembró la semilla de esa catástrofe,
pues desde aquel día en que por primera vez llegó hasta
mi hospital rebotando de un sitio a otro y mantuvimos
aquel intercambio de preguntas y respuestas, ya se en
contraba allí dicho germen.
33
de que yo me hubiera marchado ya a casa, así que no
hubo nadie que viera físicamente a ese hermano. Jus
tamente cuando terminaba de cenar en mi casa y me
hallaba pensando que me gustaría tomar algo dulce, me
pasaron la llamada de Yuriko Himegusa, que telefonea
ba desde el hospital.
-Doctor, acaba de venir mi hermano para darle las
gracias. Como yo le había contado que a usted le gus
taba, ha traído yokan de Kuraya ( . . . ). No, ya se ha ido.
Es que ha dicho que no le quería molestar si ya estaba
usted de descanso en casa. Le manda a usted saludos.
¿Quiere que le lleve el yokan a casa?
-Sí, gracias. Tráigamelo enseguida -le contesté.
Posiblemente, si alguna vez me han tomado el pelo,
creo que esta es la ocasión más evidente en toda mi vida.
34
las cuerdas con que venía envuelto el barril, enrojeció
y se volvió hacia el hospital a hurtadillas, como quien
sale huyendo.
En realidad, en esos momentos yo estaba profunda
mente conmovido por la preocupación que mostraban
su hermano mayor y sus padres, cuidando por su felici
dad, por lo que no me di cuenta en absoluto de lo furtivo
de su actitud. Mientras veía como se marchaba otra vez,
decía: «Y pensar que solamente le pago veinte yenes»,
corno una broma para ocultar mi turbación.
Ahora bien, hasta aquí realmente salió todo perfecto.
Si ella hubiera parado aquí, habría podido continuar
desenvolviéndose sin problemas, sin que se descubriera
su verdadero ser, y mi hospital no habría tenido por qué
perder aún su mascota de la suerte. Sin embargo, debe
ser que, como dice el proverbio, las cosas buenas siem
pre van rodeadas de desgracias. Cuando parecía que el
impresionante talento natural que, de manera peculiar,
ella mostraba para mentir, empezaba a remitir su acti
vidad, resultó todo lo contrario: entró en una ebullición
anormal que desembocaría en una situación inevitable.
35
-Oye, oye. Tráeme el bisturí pequeño. El «bisturí»
pequeño9 • No hablo de ti, ¿eh? No te equivoques.
Y le decía a Himegusa cosas como esta, ante lo cual ella
se reía mientras se movía trabajando de un lado para otro.
-Pero Dr. Usuketa, ¡si es usted igualito que el Dr.
Shirataka!
-Ah, ¿sí? ¿Y quién es ese Shirataka? Vaya un tipo
más maleducado, que se parece a mí sin haberme pedi
do permiso.
-Pero ¿ qué está usted diciendo, Dr. Usuketa? El
Dr. Shirataka es mucho mayor que usted y es Profesor
Ayudante en el Departamento de Otorrinología de la
Universidad K.
-Ah, lo siento, lo siento. ¿Te refieres a ese Dr. Shira
taka? En ese caso, diría que es aquel que se graduó en la
misma universidad que yo.
-¿Ve usted? Ja, ja, ja. En el hospital de la Universidad
K, el Dr. Shirataka siempre estaba bromeando mientras
examinaba a los pacientes o practicaba operaciones y les
hacía reír mucho a todos. Una vez estaba practicando
una incisión en el tímpano y si el paciente hubiera movi
do la cabeza al reírse, habría sido muy peligroso. Pero la
operación del doctor Shirataka fue tan maravillosamente
rápida que, antes de que el paciente tuviera tiempo de
sentir dolor, continuó riéndose. Hasta ese punto _se pare
ce a usted en la forma de actuar.
Yuriko decía este tipo de cosas, que luego adornaba
poniendo mil y un detalles, con una adulación que so
naba tan auténtica que no hace falta decir que conseguía
37
-Pero vaya . . . Si entonces ese Dr. Shirataka es aquel
gran tipo que se graduó en mi misma universidad ... Me
enseñó muchas cosas cuando estudiaba en la Universi
dad de Kyushu, así que a lo mejor todavía se acuerda de
mí. Me has contado algo muy interesante. Me gustaría
encontrarme con él alguna vez.
-Claro, claro que sí. Seguro que se alegrará mucho.
Creo que en dos o tres ocasiones le mencionó a usted.
Sí, creo que dijo algo así como «Usuketa era un alumno
muy divertido».
-Eh . . . Bueno, es que era un poco travieso. ¿ Dónde
está su casa?
-En Shimo Rokuban, número 12. Su esposa es muy be
lla y elegante, se parece a Takeko Kujo1º . Se llama Kumiko.
El profesor la trata con mucho cariño. Se llevan tan bien . . .
- J a, ja, ja. Bueno, bueno, sea como sea, u n día de
estos . . . incluso hoy mismo, ¿no les podrías telefonear de
mi parte y decirles que Usuketa desea verles?
-¿ Eh? Pero ¿no le parecerá una impertinencia que
una enfermera como yo le llame para intermediar?
-¿Y por qué iba a ser así? En el caso del Dr. Shirataka
no se trata de alguien que vaya por ahí dándose impor
tancia.
Y de esa manera le pedí el favor a Yuriko Himegusa.
Con esos encantadores ojos un poco miopes, levantó
ligeramente la vista hacia mi rostro y, por algún motivo,
pareció un poco abatida. Acto seguido, volvió a bajar la
cabeza exhalando un leve suspiro. Podría pensarse que
su actitud demostraba un cierto rencor hacia mí, pero
en ese momento lo interpreté como un ejemplo de su
39
El Dr. Shirataka del que ella hablaba era en realidad
un Dr. Shirataka totalmente distinto de aquel que pin
taba. En suma, su talento para la improvisación había
formado una imagen utilizándome como modelo, un
personaje de ficción creado a la medida para halagarme
y ser aceptado por mí de buena gana, y nada más. Y por
añadidura, haciéndome creer a mí que ese personaje de
ficción y ella se hallaban muy compenetrados, conseguía
aumentar la confianza que se depositara en ella. A la vez
que convertía al Dr. Shirataka en una especie de títere
para cimentar su propia posición en la sociedad. Y yo,
alegremente, me creí a ciegas en un ciento veinte por
cien la existencia de ese Dr. Shirataka en formato títe
re... Y como me creí que era alguien de mi estilo, frívolo
y travieso, es por lo que, sin pensarlo demasiado, le pedí
a ella hacer una cosa como esa.·
Sin embargo, poco después, esta inexplicable capaci
dad suya para la inventiva avanzó a pasos agigantados,
dando a luz una grotesca obra dramática que presentaba
todo el aspecto de ser cierta. Y es que ese Dr. Shirataka
del Departamento de Otorrinología al que el verdadero
Dr. Shirataka no conoce, llamó un buen día por teléfono
de la manera más desvergonzada.
Fue justo cuando habían pasado tres meses de la inau
guración de mi hospital, el uno de septiembre de este
año, hacia las tres y media de la tarde, cuando saliendo
del cuarto del teléfono como una tromba, ella entró en la
habitación donde examinaba a los pacientes.
-¡Doctor, doctor! Le llama por teléfono el Dr. Shirataka.
En ese momento me hallaba atendiendo a un buen nú
mero de pacientes, por lo que me di la vuelta con sorpresa.
-¿ Cómo? ¿Que me llama el Dr. Shirataka? ¿Y qué
querrá?
-Pero doctor ... ¿no fue usted quien me dijo hace
un tiempo que quería que intercediese para verse con
él? Por eso ayer le volví a telefonear para recordárselo.
Y le dije cuáles eran las horas en que estaba usted más
ocupado, pero, ya ve usted, se le ocurre llamar ahora...
-dijo ella frunciendo el ceño de manera encantadora
para mostrar su disgusto.
Se puede decir que esta depurada técnica que mostra
ba para la interpretación era en verdad de una genialidad
específicamente suya. Poseía un realismo increíble. Tan
auténtica que no cabía el menor resquicio para dudar de
la estrecha relación entre ella y el Dr. Shirataka.
El hombre que estaba al otro lado del hilo telefónico...
el Dr. Shirataka que no era el Dr. Shirataka, tenía una
voz jovial, tal y como ella me había descrito, que rebo
saba de buen humor. Y que, además, hablaba y hablaba
sin parar, sin dejarme prácticamente ocasión para que
yo dijese ni una palabra.
-¿Qué tal? ¿Eres Usuketa? Cuánto tiempo ... ¿Cómo
estás? Pero cuánto tiempo... ¿Qué tal te va el negocio? Sí,
sí. Ya me ha contado Himegusa. Me alegro. Sí, sí. La Hi
megusa es buena enfermera, ¿eh? Aquí funcionaba tan
bien, que la jefa de enfermeras terminó por cogerle ma
nía, ya sabes. Le echaron la culpa de algo tremendo, en
lo que en realidad no tuvo nada que ver, y consiguieron
echarla. Mi esposa también le tenía mucho cariño. Pero
ahora está muy contenta, por lo que me dice. Me llamó
dos veces, hace unos días y también ayer. Dijo que esta
ba muy a gusto en tu hospital y que era un sitio donde
merecía la pena trabajar. Así me lo dijo. Sí, sí. Mi esposa
también se alegró mucho al escucharlo. Y es que para
ella era casi como una hija, del cariño que le tenía. Sí, sí.
Aunque fue un poco alocada al marcharse de Aomori tan
41
rápidamente con el deseo de convertirse en enfermera,
lo cierto es que parece que haya nacido para ello. No se
le puede hacer el menor reproche en cuanto a su trabajo.
Te lo garantizo personalmente. Trátamela bien, ja, ja, ja.
La verdad es que después de tanto tiempo, me apetece
mucho verte. ¿Qué tal? Supongo que todavía bebes alco
hol, ¿no? Bien, bien. A propósito, ¿has oído hablar de la
reunión del Koboku que organizan los colegas médicos
de Otorrinología de Tokio? Sí, eso es. Ah, habías oído
hablar de ella cuando estabas en Kyushu. Es una reunión
que comenzó a hacerse en 1 91 0 , el año Koboku, claro ...
Sí. Eso es. Una reunión donde todos se juntan para recor
dar viejas amistades, desahogar mutuamente sus cuitas
y beber a todo trapo. Es maravillosamente agradable. Ya
hay una fijada para el día tres del próximo mes. Se hace
en el Club Marunouchi, a partir de las seis de la tarde.
¿Por qué no vienes tú también? La cuota de participación
varía un poco según el día, pero no es un precio caro.
Tienes que venir, sí o sí. Ya, ya. Ya veo. Todavía no la
conozco, pero da saludos a tu esposa de mi parte.
Y mientras decía esto, se acabó el tiempo. Al colgar el
teléfono, ella estaba en pie justo a mi lado, con la cabeza
ladeada con aire encantador.
-Pero ... ¿ya ha colgado? Si yo también quería hablar
con él. .. ¿Qué le ha dicho?
Sus ojos brillaban con cierta inquietud.
-Pues . . . me ha dejado pasmado. Desde luego que es
un doctor terriblemente franco y directo al hablar. Pro
nunciaba un poco con aire barriobajero.
-Ya lo creo que sí. Es una persona muy divertida.
Una vez que le referí el contenido de nuestra conversa
ción, dio la sensación de tranquilizarse a ojos vista y volvió
a alejarse correteando feliz y dando saltitos por el pasillo.
42
-El Dr. Shirataka realmente es una persona maravi
llosa, y tan sencillo... tan amable... Es un encanto.
Etcétera, etcétera, iba diciendo, con una voz que re
bosaba emoción, a propósito para que yo lo escuchase,
pero entonces no percibí la menor anormalidad en ello.
11
Gidayu es un narrador de dramas o poesía tradicional, que
suele actuar utilizando un shamisen (instrumento de cuerda).
43
-Ja, ja, ja. No le critiques tanto. Los otorrinos nece
sitamos muchos pacientes de esos, sanos y con dinero,
cuantos más mejor.
-Pero ¿acaso no había prometido que se encontraría
hoy con usted, después de tanto tiempo sin verse?
-Bueno, bueno. Cuando quiera verle, puedo hacerlo
en cualquier momento.
-Sí, pero...
Se le ahogaron las palabras mientras levantaba su mi
rada hacia mí, expresando una indignación inconcebible
en sus ojos. Pero si en ese momento hubiese observado
con un poco más de atención, me habría dado cuenta
fácilmente de que lo que expresaba era una inquietud
fuera de lo normal. ¿ Hasta qué punto debió de sumirla
en una honda inquietud mi frase «cuando quiera verle,
puedo hacerlo en cualquier momento»? Habría podido
percibir en qué profundo infierno espantosamente ame
nazador la había hundido ... Sus denodados esfuerzos
para probar que procedía de una familia pudiente y, al
mismo tiempo, para que, gracias al nombre del Dr. Shi
rataka, profesor ayudante de la Universidad K, quedase
patente la gran confianza puesta en ella como enferme
ra... Ella intentaba satisfacer su sentido de la autoafirma
ción ante la amenaza de desmoronamiento social que en
esos momentos comenzaba a sentir debido a aquellos
artículos en la prensa sobre «la mujer misteriosa» y, al
mismo tiempo, intentaba camuflar por completo ese
pasado suyo envuelto en misterios sorprendentes que
solo ella conocía, mediante unos esfuerzos rayanos en la
desesperación. ¿Y acaso todo ello no podía verse desinte
grado en añicos en caso de que el auténtico Dr. Shirataka
y yo nos encontrásemos cara a cara? ¿Acaso no vería ella
golpeado hasta ser destruido ese paraíso de mentiras
44
que se había fabricado a sí misma para, una vez más, ser
arrojada sin piedad a esa fría cuneta de la vida? Que para
una mujer así, un desencanto de ese calibre sería algo
más terrible aun que una sentencia de muerte, es algo
ante lo que sin duda podrá asentir cualquiera que conoz
ca la psicología de las mujeres de nuestros tiempos, y
todavía más en el caso de las jóvenes.
Lo cierto es que las medidas que tomó para protegerse
ante esta catástrofe a partir de entonces revelaban su
frenética desesperación. Dice el sermón del monje que
«una minúscula equivocación es la diferencia entre
el cielo y el infierno», y, de la misma manera, ella fue
cayendo en el escalofriante infierno que por sí misma
iba desplegando como uno de esos rollos ilustrados que
representan el purgatorio.
45
-Tanto como eso no. No recuerdo haber prometido
nada.
-Ah ¿sí? Bueno, entonces no pasa nada.
-Pero ¿qué es lo que te pasa?
-Justo hace unos momentos ha habido una llamada
de teléfono del Dr. Shirataka. Preguntaba si no habría
llegado usted todavía...
-¿Y le has dicho que este es el Hospital Tardón del
Dr. Tardón?
-Pero qué cosas. ¿ Cómo iba a decir eso? Le he
explicado que usted siempre viene hacia las diez de la
mañana y me ha dicho que como ha cogido un resfria
do, hoy se ha quedado en cama y que le disculpe porque
seguramente no podrá acudir a la reunión del Koboku.
Yo estaba convencida de que ustedes habían quedado en
verse, así que me he enfadado muchísimo. Podía haber
hecho un esfuerzo por verle a usted...
-Bueno, nos podemos ver sin dificultad cuando que
ramos. Pero lo cierto es que es una extraña coincidencia
que siempre surja algo que lo impida.
-Realmente es un fastidio. Tenía que resfriarse preci
samente hoy... Pienso llamar a su esposa para protestar.
-No hagas cosas innecesarias. En vez de eso, le lla
mas y dices «pensaba enviarles al Dr. U suketa a visitar
al enfermo, pero como los dos son médicos, puede ter
minar mal, así que disculpe que no vaya».
-Ja, ja, ja. Otra vez usted con sus bromas. Eso sí que
sería hacer algo innecesario.
-Nada de eso. Estas son las que llaman «nuevas técni
cas de relaciones sociales», donde hay que utilizar el sen
tido del humor. Ah, y le das saludos también a su esposa.
De esta manera y gracias a la intervención de Yuriko
Himegusa, nuestros sentimientos hacia ese Dr. Shirataka
que no era el Dr. Shirataka iban aumentando su grado
de familiaridad. Y no solo eso, sino que justo en la maña
na en que iba a salir hacia el hotel Ashinoko en Hakone
para atender a un paciente extranjero con quien me
había comprometido, recibí una llamada del Dr. Shira
taka... bueno, mejor dicho, del falso Dr. Shirataka.
-Siento lo del otro día. Siempre coincide alguna cosa
y no tenemos ocasión de vernos. Pero he conseguido
dos entradas para el teatro Kabuki-za, así que ¿por qué
no vienes? Empieza a la una del mediodía, así que si
tomas un tren hacia Ginza a eso de las diez, estaría bien.
Habrá algún restaurante o cafetería que conozcas donde
podamos quedar, ¿no?
Tal era su propuesta, pero Himegusa le dijo que
lamentablemente yo no podía ir, por lo que unos días
después me remitió el programa del Kabuki-za junto
con un bizcocho de Fugetsu diciendo que era para mi
mujer y los niños. Además, la carta que acompañaba a
dicho paquete estaba escrita indubitablemente con letra
de hombre y el texto delataba la autoría de alguien con
buenos estudios, del estilo de un intelectual. Por lo que
nos sentimos un tanto cohibidos ante tanta amabilidad
y, como afortunadamente acabábamos de recibir de mi
tierra natal unos dulces de keiran somen1 2 , los enviamos
a la dirección del Dr. Shirataka en Shimo Rokubancho
junto con una misiva que venía a decir «asistiré sin falta
a la próxima Reunión del Koboku». Pero me pregunto a
dónde llegaría dicho envío o tan siquiera si llegó a salir
47
del hospital Usuketa un solo paso. Puesto que la persona
a quien mandé remitir la carta y el regalo no era otra que
Yuriko Himegusa...
49
-Yo es que estaba segura de que usted iría. Así que
telefoneé al Dr. Shirataka y le dije que la próxima vez
tenía que ser la definitiva, sin que surgieran más contra
tiempos. Y él me dijo: «Sí, sí, el Dr. Usuketa también me
ha escrito. Y además, como la próxima vez me toca a mí
ser el organizador, es seguro que nos veremos, porque
tendré que estar allí pase lo que pase». Y va y pasa hoy
otra vez todo este alboroto. Me da una rabia... una rabia
tremenda.
-No seas tonta. ¿Por qué una cosa así le tiene que dar
rabia a nadie? De todas formas, ¡qué pobre gente! Suena
mal decir que aprovecharé la ocasión, pero de paso creo
que iré a visitar a la convaleciente.
-Pero doctor... ¿ahora, enseguida?
-Sí. Creo que ahora mismo podría salir.
-Pero doctor, le están esperando tres nuevos pacien-
tes con vegetaciones adenoideas.
-¿Eh? ¿Y cómo sabes tú que tienen vegetaciones
adenoideas?
-Je, je. He probado a imitar lo que hace usted.
Primero, he escuchado los síntomas que cuenta el pa
ciente; luego, les pedí que abrieran la boca; y por último,
introduje suavemente el dedo, palpando el lugar donde
arranca la nariz. Enseguida noté las vegetaciones.
-Tonta. No te pongas a hacer lo que nadie te ha pedido.
-Es que los pacientes se preocupan tanto de si hay
que operar o no, que se ponen muy pesados con sus
preguntas. Y luego, el tercero de los pacientes, un niño
pequeño, nada más palparle las vegetaciones, de pron
to cerró la boca y me mordió. Mire cómo me ha dejado
el dedo...
Y diciendo esto me enseñó el anular izquierdo, que
había vendado en su base.
-¿ Has visto ? No vuelvas a excederte haciendo ese
tipo de cosas.
Y tras regañarla, me puse a trabaj ar como todos los
días, examinando a los pacientes. Ella no volvió a mos
trar mayor intención de impedir que yo fuese luego a
visitar a la mujer convaleciente.
Sin embargo, cuando llegó la hora de descanso que
siempre tomo de una a tres y me disponía a caminar por
la Cuesta de los Arces que lleva a mi casa, ella se plantó
ante mí en la puerta y, con aspecto abatido, inclinó la
cabeza.
-Doctor. Disculpe, pero me gustaría que me diese la
tarde libre.
-Muy bien. Esta tarde no hay ninguna operación, así
que no hay problema. ¿A dónde vas a ir?
-Pues . . . me gustaría ir a ver qué tal se encuentra la
esposa del Dr. Shirataka. Creo que debería ir a visitarles
aunque sea una vez.
-Comprendo. Es una buena ocasión. Como yo tam
bién pienso pasarme a la noche, díselo así de mi parte.
-Muchísimas gracias. Pues entonces, ya me voy.
-Cuídate mucho. Parece que el tiempo mej ora ya
también.
Creo que esta es la primera vez que mis palabras hacia
ella se teñían con este aire melancólico y deprimido. Era
como si tuviera el presentimiento de que algo termina
ría mal. O quizá se debía a que en este momento ella ya
fuese más que consciente de que el asunto en torno al
Dr. Shirataka ya la estaba arrinconando en una situación
catastrófica, y la consiguiente desazón inconsolable que
sentía por ello, de alguna manera era percibida por mi
sistema nervioso.
51
Al atardecer, eché la llave como de costumbre a mi
hospital y me encaminé hacia casa bajo la luz amarillen
ta que bañaba la Cuesta de los Arces tras haber escampa
do la lluvia. Mientras me sentaba a la mesa para cenar,
comenté de manera relativamente ligera el incidente
de aquel mismo día de la Sra. Shirataka pero, en cierto
momento, mi esposa Matsuko, que hasta entonces me
estaba sirviendo en silencio, terminó por decir algo tre
mendo.
-Cariño . . . me parece que todo lo que dice Himegusa
es un poco extraño.
-¿ Eh? ¿ Extraño en qué sentido?
-Llevo ya un tiempo con esa sensación. Me parece
demasiado raro que siempre resulte imposible que te
veas con ese Dr. Shirataka que ella te ha dado a conocer.
-¿ Qué dices? Solo son una serie de desafortunadas
coincidencias.
-De ninguna manera. Eso es precisamente lo raro.
¿ No son ya demasiadas coincidencias? No puedo quitar
me la sensación de que Himegusa lo ha planeado todo
cuidadosamente para que no podáis veros.
-Ja, ja, ja. Ahora recuerdo que ese es uno de tus
temas favoritos, «el hombre al que nadie puede encon
trar». Las novelas de detectives . . . Ah, las novelas de
detectives.
52
en el Mah-jong era para ella cosa de niños, y se divertía
en los ratos libres descubriendo las mentiras que oculta
ban los anuncios de oferta de empleo de los periódicos.
Además, basándose en la vestimenta de las señoras
que veía en el tren, criticaba la desproporción entre
sus ingresos y el modo de vida que llevaban. En suma,
podríamos decir que era una persona con aficiones de
mal gusto. Pero lo cierto es que, aunque se tratase de mi
esposa, y de que de vez en cuando hiciera comentarios
desagradables sobre la gente o se pusiera pesada, en el
fondo yo sentía un gran respeto por este tipo de carácter
perspicaz que tenía. Por eso, en este caso tampoco había
el menor rastro de que las sospechas dirigidas hacia
Yuriko Himegusa se vieran mezcladas por unos vul
gares celos. Simplemente pensé: «Ya empieza otra vez
con su manía de ver cosas extrañas». Sin embargo, aun
así, estas sospechas de ella hacia Yuriko Himegusa me
hicieron sentir claramente que esto podría derivar en un
caso nada fácil y, con intención de ser lo más previsor
posible, sentí que debía reflexionar sobre esta opinión
de mi mujer.
53
-Sí. ¿ No leíste un artículo de periódico sobre una
bomba de la pasada guerra que por mucho que se gol
pease no explotaba y que, cuando por accidente, rodó un
poquito, estalló destrozando todo a su alrededor? Esta
situación de ahora se me antoja parecida.
-J a, ja, ja. Ya salió el gusto por la intriga misteriosa.
Esto es propio casi de un cómic tipo Adamson 1 3 o algo
así...
-Ja, ja, ja. A lo mejor más tremendo todavía.
-J a, ja. Pero qué mal gusto tienes. Y si a pesar de
todo hoy no consigo verle, ¿qué pasará con esta historia?
-No. Estoy segura de que esta noche sí que conse
guirás ver al Dr. Shirataka. Y que entonces se descubrirá
todo.
-Eres una gran detective, ¿eh? ¿Y de qué manera nos
encontraremos?
-¿ Dónde se celebra la reunión del Koboku de esta
noche?
-Pues como siempre, en el Club Marunouchi.
-Cuando llegues allí, creo que el Dr. Shirataka estará
sin falta.
-¿ Pero eres tonta? Estando su mujer convalenciente,
¿cómo iba a ir?
-Pfú. Tú sí que eres tonto, querido. ¿Todavía sigues
creyéndotelo? Todo ese jaleo de que la Sra. Shirataka se
ha caído...
-Pues claro que lo creo. Por eso tengo intención de ir
luego a visitarla...
54
-No vayas a su casa, por favor. Hazme caso y vete a
la reunión del Koboku con cara de que no sabes nada
de todo ello. Que estoy segura de que el auténtico Dr.
Shirataka estará allí...
-El auténtico Dr. Shirataka... Hmm... O sea, que
quieres decirme que el Dr. Shirataka que conocemos
hasta ahora es un monigote fabricado por Yuriko Hime
gusa, ¿no?
-Sí, eso mismo. Tengo toda la sensación de que así
es. Y también creo que todo eso de que procede de una
familia pudiente es dudoso y que es un auténtico dispa
rate lo de que tiene diecinueve años de edad...
-Me dejas atónito. ¿ En qué te basas?
-Hace unos días, a través del cristal de la sala de
medicamentos del hospital, vi su rostro de perfil cuando
estaba de pie en el pasillo de fuera, pensativa y cabizbaja
con aire abatido. Me quedé mirándola fijamente y des
cubrí pequeñas arrugas en el cuello y en el rabillo del
ojo. Al verla, pensé que debía tener al menos veinticinco
o veintiséis años.
-Hmm... Parece que la cosa se va volviendo cada vez
más escalofriante. Es como si la figura de Yuriko Hime
gusa fuese desapareciendo poco a poco. Como si fuera
un fantasma...
-Y no es solo eso. Cuando vi ese rostro de perfil, al
instante tuve la sensación de que esa chica procedía de
una familia muy pobre y desgraciada. Incluso estaba
un poco encorvada, como si fuera una vieja. Con este
aspecto...
-Historias de fantasmas y nada más. Aparecidos...
Ah, ¡qué horror!
-No te rías de mí. Hablo en serio. En resumen,
creo que normalmente, con el maquillaje y el ánimo
55
tan activo que muestra, consigue dar esa impresión de
inocencia y juventud, pero cuando cree que no la está
viendo nadie y se pone a cavilar, pierde la atención en su
aspecto y se la ve como realmente es.
-Ups. Ha llegado el famoso gran detective. Anda,
ponte a escribir novelas de misterio. Seguro que tendrás
un gran éxito.
-Pero . . . que te estoy hablando en serio. Eres desespe
rante. Te digo que hay algo siniestro en esa mujer.
-A mí me pareces más siniestra tú, diciendo esas
cosas.
-¡Qué odioso eres! Bueno, pues no quiero saber nada.
-¿No puedes pensar con un poco más de sentido
común? En primer lugar, esa chica, Yuriko Himegusa,
¿qué necesidad tiene de esforzarse de esa manera en
urdir mentiras tan elaboradas? ¿Acaso no hay ninguna
razón para ello? Y la cantidad de regalos que nos han
llegado hasta ahora no suponen precisamente un
desembolso pequeño... Y, por si fuera poco, se toma la
molestia de fabricar un Dr. Shirataka inexistente, al que
hace llamar por teléfono, le manda al kabuki, le hace
enviamos un bizcocho de allí, y que se coja un resfriado,
que se vaya a ver a un paciente hasta Hiratsuka, y que su
mujer se caiga por las escaleras de los almacenes Mitsu
koshi. . . Para ser todo una farsa, supone demasiadas mo
lestias. En pocas palabras, ¿no produce escalofríos solo
pensar que se haya podido tomar tantos esfuerzos única
y exclusivamente con el fin de engañarnos?
-Mi impresión es . . . que esa chica lo hace todo por
vanidad. Creo que comprendo cómo se siente ese tipo
de personas.
-Ups. Una conclusión un tanto dudosa. ¿No requiere
demasiados esfuerzos esa vanidad?
-Sí, eso es cierto. Pero es que esa chica no desea más
que ser vista como las demás, solo eso. Está obsesionada
por ganarse la confianza ajena y el querer alcanzar esa
consideración es su vanidad. Por ese motivo urde sus
mentiras.
-Pero eso es absurdo desde un principio. Para em
pezar, ¿qué necesidad tiene ella de obtener nuestra con
fianza? Cualquiera puede reconocer su habilidad como
enfermera, y que su familia sea pudiente o pobre es
algo que no tiene nada que ver con la confianza puesta
en ella como enfermera. Creo que Himegusa no es tan
tonta como para no darse cuenta de eso.
-Sí, eso ya lo sé. Sea la clase de mujer que sea, ahora
es la preciada «mascota» de nuestro hospital, así que me
sienta mal desconfiar de ella, pero... Pero es que todos
los meses, el día dos o tres, como si estuviera fichando,
surge la historia del Dr. Shirataka. Es todo muy raro...
-Eso es solo porque la reunión del Koboku tiene
lugar esos días.
-Sí, pero realmente hay algo muy raro. Lo que sucede
siempre va encaminado a que no podáis veros. ¿Verdad
que sí?
-Pero ¿no te lo he dicho antes? Se trata de una serie
de desafortunadas coincidencias.
-¿Y no te estoy diciendo que precisamente eso es lo
raro? Son demasiadas coincidencias y a mí me parece más
bien algo relacionado con los misterios de la naturaleza.
-Déjalo ya. No tiene gracia. Hablar contigo es termi
nar siempre dándole vueltas a lo mismo. Qué misterios
de la naturaleza ni qué mierda. Todo se aclarará cuando
vea al Dr. Shirataka. Tráeme una taza de té.
Dejé mis palillos de la cena en silencio y me vestí con
una levita nueva. Pensando en lo pesada que se ponía
57
mi mujer sospechando de la verdadera personalidad de
esa Yuriko Himegusa de la que nadie dudaba...
-En cualquier caso, hoy voy a verme sin falta con el
Dr. Shirataka. Aunque tenga que buscarle debajo de las
piedras. Vaya un jaleo tan tremendo que se ha formado...
59
este techo, había una mezcolanza de smokings, kimo
nos de mangas largas, chaquetas y trajes de baile, a cual
más colorido y variado, y de la espalda de cada hombre
y mujer parecían brotar unos cuantos de estos globos
de colores. Esa masa ondulante de globos parecía acom
pasarse al ritmo de la música, formando un remolino
similar a un extraño arco iris circular que se extendía
suavemente por toda la sala, como en un baile. Y todo
ello bañado por unas luces rosas y azul claro.
Pero al momento la puerta se cerró por completo. Un
instante después, cesó el sonido del disco y, en conso
nancia, se detuvo también el barullo del baile. Al poco
de hacerse el silencio, la misma puerta que antes acaba
ba de cerrarse se abrió desde dentro y salieron en tropel
cinco o seis hombres de smoking con unos gorros de
papel triangulares a rayas verticales rojas y blancas. Cual
si fuera un alud, el grupo se derrumbó ante mis ojos
en el largo sofá medio amontonados. Con las corbatas
torcidas, los gemelos de la camisa medio sueltos... Uno
de ellos tenía una ligera mancha de carmín cerca de la
nariz, que parecía haber sido puesta ahí a propósito.
Todos ellos parecían borrachos como una cuba y ni se
fijaron en mí, apelotonados de mala manera en el sofá
con los brazos y piernas medio entrelazados.
-Ah... qué borrachera. ¡Hey, chicos, estoy totalmente
borracho!
-Ah... cómo nos hemos divertido. Ha sido una noche
maravillosa.
-Totalmente. Maravilloso. El Dr. Shirataka es un
maestro. ¡Maravilloso! ¡Maravilloso! ¡Ha sido maravilloso!
-Y qué sorpresa... Poner a nuestra disposición hasta
tres salas de baile. Solo al Dr. Shirataka podía ocurrírsele
algo así.
60
-¡Viva el Dr. Shirataka! -vociferó uno de ellos, al
zando ambos brazos e intentando ponerse en pie con la
mirada extraviada por la borrachera. Cuando de pronto
se fijó en mí, que estaba de pie justo ante él, se sobresal
tó y volvió a caer el sofá.
Tras derrumbarse en el sofá y sin hacer caso de su ve
cino que tenía la mirada perdida en el techo, el hombre
se sujetó las rodillas con ambas manos y escudriñó de
arriba abajo con sus ojos enrojecidos y vidriosos mi figu
ra enfundada en la levita. De pronto, sonrió y se relamió
los labios.
-Eh . . . Pero si ha venido un prestidigitador.
-¿ Qué? ¡Ah, un prestidigitador! ¿ Dónde es la actua-
ción?
-Mira. ¿No le ves ahí?
-¿ Ese? ¿ Conque eres tú el prestidigitador? Llegas
tarde, hombre. ¡ Maldita sea! Prácticamente, ya se ha
acabado la fiesta.
De pronto, me sentí muy incómodo y me entraron
ganas de huir a toda prisa. No se debía a que me hu
biera molestado la grosería de mis interlocutores. Sentía
vergüenza de mí mismo, llegado a la carrera a un sitio
como este, vestido de manera tan inapropiada y clavado
ahí como un palo mientras crecía la furia en mi interior.
Sin embargo, por otra parte sentía que, después de ha
ber conseguido llegar hasta aquí, sería una lástima mar
charme sin ver al Dr. Shirataka y luego me arrepentiría.
-¡ Eh! ¿ Has conseguido algún ligue?
-Pues sí. Dos o tres.
-Dos o tres ... ¡Anda ya!
-¿ No has visto esta mancha de carmín?
-¡ Eeeh! Pues venga, invita, invita a algo.
6i
-Todavía no, que es pronto. Hay que esperar a maña
na. Ese ligue de hoy, mañana puede tratarme como a un
idiota y darme calabazas.
-Ja, ja, ja. ¡Qué gran verdad! Que también hay lo que
se llaman chicas-taxi, que no duran más que el trayecto
del taxi. ¿ Montas, cariño?
-Ya salió el chistoso. A mí no me la das con esas.
-Ja, ja, ja. Que si esto, que si aquello, que sí, que no...
Al final, hasta que no la tengas en los brazos, cualquiera
sabe, ¿no?
-¡Atención! La magia moderna utiliza armarios
con cascabeles... A continuación, tendrá lugar la desa
parición en un taxi en marcha. Y tras esto, pasamos al
siguiente acto. En primer lugaaar... el narrador de obras
de época. ¡Echénse a un lado los advenedizos!
-¡loo, ioo! -exclamó otro aplaudiendo-. ¿Qué tal,
maestro de la levita? ¿ No quiere usted contratar a mi
amigo?
Llegados aquí, ya me había decidido a huir de inme
diato pero, en ese momento, se abrió suavemente la
puerta de enfrente, ante lo cual recuperé mi compostura
pensando si por un casual no se trataría del hombre al
que yo estaba esperando. Precedido por la empleada
de antes y con aspecto tan forzadamente rígido como
el mío, entró un caballero en la sala. Era un hombre de
mediana edad, larguirucho, vestido con un traje de baile
acompañado de chaleco blanco. Llevaba en su mano de
recha el sombrero a rayas rojas y blancas, y en la izquier
da mi tarjeta de visita. Alternaba su mirada de la tarjeta a
mí y viceversa, como comparándonos y, parándose ante
mí me miró en silencio con aire deprimido y el rostro
un tanto empalidecido. El grupito del sofá aguardaba
expectante sin decir palabra. Todos los ojos brillaban de
curiosidad, yendo sus miradas alternativamente hacia el
caballero y hacia mí, como estudiándonos.
Tengo en mi poder una foto del Dr. Shirataka de los
tiempos en que estudiaba en la Universidad de Kyushu.
Es una foto donde el Dr. K., jefe del Departamento de
Otorrinología, está en el centro, rodeado de todos los
alumnos de Medicina. Cada vez que salía en casa el tema
del Dr. Shirataka, enseñaba esa foto a mi mujer y mi
hermana, recordando con nostalgia aquellos tiempos.
Por eso, al momento reconocí como el Dr. Shirataka a
la persona que ahora tenía ante mí. Y me alegré de cora
zón de volver a ver de esta manera tan sencilla a alguien
a quien hacía tiempo que no veía y que tantos problemas
había tenido en reencontrar.
Lo primero que me sorprendió fue que la cabeza del
Dr. Shirataka que tenía ante mí presentaba desde su
parte frontal a la posterior varios indicios de calvicie,
si bien todavía leves. Sin duda, se debió a que le recor
daba como era antaño pero, además, debido a que la
impresión formada por la descripción de la enfermera
Himegusa que yo había creído por completo, era la de
un Dr. Shirataka siempre abierto y chistoso, me limité a
saludarle con una inclinación de cabeza.
-¿Qué hay? Pero si es el Dr. Shirataka. Soy Usuke
ta. Muchas gracias por lo del otro día -dije sonriente
mientras me acercaba hacia él uno o dos pasos. Sentía
una nostalgia incontenible a la vez que un gran alivio
por haberme encontrado con él sin problema.
Sin embargo, al instante siguiente no pude menos
que quedar desconcertado. El Dr. Shirataka, con una
seca expresión de desagrado, se limitó a devolverme
levemente la reverencia con una actitud incomparable
mente estirada y sin decir palabra. Durante un par de
minutos, tuve que quedarme frente a él, recto como si
me hubiera tragado un sable, a unos pocos pasos de
distancia. Posiblemente, el Dr. Shirataka había quedado
sorprendido por la manera tan familiar y repentina en
que acudía a él después de tanto tiempo sin vernos, por
lo que estaba no menos desconcertado que yo.
Y es que, evidentemente, cualquiera se pondría en
guardia si alguien con quien no hemos cruzado palabra
en años, de pronto nos saluda con algo como «muchas
gracias por lo del otro día». O incluso puede que, dada
su experiencia como organizador de este tipo de even
tos, el doctor me viese como un farsante que se viste
de levita para gorronear en las fiestas ajenas, pero esto
es algo de lo que no puedo estar seguro. Fuera lo que
fuera, tras este par de minutos en que estuvimos de pie
escudriñándonos mutuamente, no pude aguantar más y
solté las siguientes palabras:
-Pues sí... La verdad es que después de tantas oca
siones sin haber podido vernos, ha sido un alivio encon
trarle hoy.
Creo que este segundo saludo por parte mía ya era lo
suficientemente educado como para considerarlo social
mente aceptable. Sin embargo, el Dr. Shirataka continuó
con la vista clavada en mí y ambas manos metidas en los
bolsillos. Parecía pensar que resultaba peligroso hablar
con un tipo tan extraño.
Tras transcurrir otros diez segundos en silencio de esta
manera, se oyó procedente del salón contiguo la música
de un disco de two-step, que fue elevando su volumen.
Sentí que un sudor frío como el hielo comenzaba a go
tear de mis sobacos sin cesar. De nuevo me vi incapaz de
aguantar el silencio y mis labios volvieron a moverse.
-A todo esto... ¿se encuentra ya mejor su esposa?
-¿Eh?...
Al ver la expresión de asombro del Dr. Shirataka,
comprendí al momento que habíamos llegado al final.
-¿Mi esposa? ¿Kumiko? ¿Es que le ha pasado algo?
-Pues ... al parecer se ha caído en las escaleras de los
almacenes Mitsukoshi.
-¿Eh? ¿Cuándo ha sido eso?
-Hacia las nueve de esta mañana...
Se produjo una explosión de risotadas. Los hombres
vestidos de smoking que se amontonaban en el sofá y
que llevaban un tiempo escuchándonos, comenzaron
a desternillarse y retorcerse, sujetándose el vientre con
ambas manos. Uno de ellos, de tanto reírse, se resbaló y
cayó al suelo.
Quedé profundamente aturdido. «Pero qué tipos tan
maleducados», pensé mientras les dirigía una mirada de
furia, aunque, en realidad, yo tenía más culpa que ellos.
A continuación, recuperando el color de su rostro, el Dr.
Shirataka movió lentamente sus labios.
-¿No es un poco extraño? Mi esposa, Kumiko, dijo
que tenía que escribir esta mañana unas líneas para el
boletín de la iglesia y no ha salido a ninguna parte. Esta
ba tranquilamente en casa.
-¿ Eh? ¿ Pero entonces es mentira? Así que...
-¿Mentira? Yo... todavía no he dicho nada, pero... es
la primera vez que le veo a usted.
Un nuevo estallido de carcajadas.
-Esa Yuriko Himegusa... ¡Maldita sea!
De pronto, al Dr. Shirataka parecieron saltársele los
ojos y retrocedió un paso tambaleándose. Pero ense
guida se recobró y volvió a su estirada actitud de antes.
Volvió a escudriñar mi rostro conteniendo la respiración
como si estuviera preocupado.
-Himegusa... Otra vez Yuriko Himegusa... ¿Qué es
lo que ha hecho esa mujer?
-¿Cómo?
Estaba aturdido, yendo de confusión en confusión.
-¿Dice usted «otra vez», doctor? Entonces, ¿conoce
de antes a esa mujer, esa Yuriko?
Al tiempo que lanzaba irreflexivamente esta pregunta,
yo mismo me daba cuenta de lo mucho que faltaba por
explicar antes para que tuviera algún sentido, y noté
claramente cómo me empezaban a temblar las rodillas.
Aguardé las palabras del Dr. Shirataka mientras en mi
interior me sentía gritar: «¡Que alguien me ayude, por
favor!». En ese momento, escuché cómo otra empleada
llegaba subiendo por las escaleras.
-¿Se encuentra aquí el Dr. Usuketa de Yokohama?
-Soy yo, soy yo.
Me volví aliviado hacia ella, por permitirme un respiro.
-Le llaman por teléfono. Desde la sede del Minyukai.
-¿La sede del Minyukai? ¿Quién es el que llama?
-No sé su nombre, pero ha dicho que un parlamen-
tario venido de Yokohama se ha caído en el recinto de la
sede y no para de sangrar por la nariz, por lo que ruega
que el doctor acuda enseguida.
-Un momento. La persona que llama... ¿es hombre
o mujer?
-Es una voz de mujer ... Parece joven -contestó la
empleada con una sonrisita maliciosa.
-¡Qué tontería! ¿Cómo voy a acudir a atender a un
paciente por la llamada de alguien que ni se identifica?
Pregunte usted el nombre y dígale que venga alguien a
buscarme con una tarjeta de visita.
Posiblemente, todos los presentes interpretaron
esta actitud mía como una pantomima para ocultar mi
66
vergüenza, pero la verdad es que en ese momento no
me sentía yo como para preocuparme con esas cosas. Al
oír eso de «sangrando por la nariz tras caerse», en mi
mente se produjo un relámpago que me hizo recordar
la explicación que aquella mañana me había dado ella
del accidente de la Sra. Shirataka. Sin lugar a dudas, ella,
Yuriko Himegusa, sabía por alguna experiencia propia
la preocupación que invadía a un otorrino cuando oía
hablar de una hemorragia nasal que no se detiene. Por
eso, al averiguar ella por teléfono o de alguna otra mane
ra que finalmente yo había conseguido acudir a la reu
nión del Koboku traicionando sus expectativas, después
de mucho dudar, cometió el error de presentarme en
el mismo día dos pacientes con idéntica casuística para
estorbar mi encuentro con el Dr. Shirataka. ¿Acaso no
revelaba eso su desesperación, su triste lucha por evitar
como fuera lo inevitable? ¿Acaso no fue ese sentimiento
de desesperación lo que le hizo recurrir a tan patética
fórmula, aun sabiendo que resultaba casi imposible
que volviera a funcionar? Por supuesto que cabía la
posibilidad de que fuese una coincidencia casual, pero
teniendo ya en mente sospechas acerca de ella, no creía
que se tratara ni remotamente de una casualidad. Creo
que en ese momento ya cobré conciencia de hasta qué
punto me había metido de cabeza en esta situación por
haberme dejado enredar en los inextricables vericuetos
de la mente de esa mujer, de Yuriko Himegusa.
68
Dr. Shirataka más detalles sobre Yuriko Himegusa? Y eso
que el Dr. Shirataka había hablado como si la conociera
mucho, pero que mucho... Y me di cuenta de que quizá
no volvería a verle y había desaprovechado la ocasión.
En cualquier caso, era seguro que el Dr. Shirataka y
Yuriko Himegusa se hallaban relacionados de alguna
manera. Yuriko Himegusa sabía algo del Dr. Shirataka
que yo desconocía y a su vez el doctor sabía sin duda
más que yo sobre ella. Mientras daba vueltas a esta
cuestión, volvió a aparecer en mi cerebro el salón del
Club Marunouchi envuelto en el ritmo arremolinado del
pasodoble.
Una vez más, sentí deseos de creer en ella. Por más
que pensaba, no podía encontrar qué motivo o nece
sidad podía tener ella para sumirnos de esa manera
hasta el fondo del pozo de sus elaboradas y persistentes
mentiras. Incluso me di cuenta de que pudiera darse el
caso de que, en vez de haber sido engañado por Yuriko
Himegusa, quizá hubiera sido engañado por el Dr. Shi
rataka. En primer lugar, recordé que el alegre tono de
voz del Dr. Shirataka con el que yo hablé por teléfono,
era totalmente distinto de la voz áspera y apagada del
Dr. Shirataka que hoy había visto.
Eso es. El Dr. Shirataka había adoptado aquella actitud
fría y distante intencionadamente para tomarle el pelo a
un médico de provincias de una promoción posterior a
la suya. Quizá para luego reírse a carcajadas a mis espal
das. Puesto que asistir a la reunión del Koboku en Tokio
supone un honor para un médico que ejerce en provin
cias y una gran oportunidad para establecer provechosos
contactos con los colegas más selectos, el Dr. Shirataka,
con la ventajosa posición que le otorgaba su calidad de
organizador, daba por sentado que yo acudiría y por eso
decidió enmascarar su verdadera personalidad ante mí.
Eso es, eso es. Eso parecía una explicación mucho más
plausible. Y como le salió bien y actué como seguramen
te esperaban, por eso se rieron de mí de esa manera.
73
al cargo de ella. De esta manera, y para evitar incidentes
no deseados, preparó las cosas de manera que a partir
de febrero de este año ella se alojase en su casa. Ante
esto, el Dr. Shirataka se vio incapaz de elevar ni una sola
palabra de protesta.
Sin embargo, la buena intención que mostró la esposa
Kumiko hacia ella, imprevistamente, se convirtió en la
causa que le hizo perder su trabajo. Sus compañeras en
fermeras, antiguas y nuevas, ya venían sintiendo desde
hace un tiempo celos profesionales de su capacidad para
el trabajo, agravados por el especial afecto en que se veía
envuelta, a lo cual ahora se añadía esta última disposi
ción, por lo que empezaron a difundir la mentira de que
en la práctica ella era como una segunda esposa del Sr.
Shirataka. Debido a la intensidad con que sus compañe
ras se dedicaban a difundir dichas falsedades, ella pensó
que se le estaban causando ya demasiados problemas a
la pobre esposa, por lo que, incapaz de aguantar la si
tuación, decidió pedirle permiso para despedirse de su
trabajo. Según me contaba Himegusa, la Sra. Shirataka,
con los ojos llenos de lágrimas, aceptó este ruego y de
bido a la gran solicitud que había mostrado hacia ella,
Yuriko se mudó a la casa de su tía en Shitaya, sintiendo
en el fondo de su corazón como si se tratase de una se
paración entre hermanas. Según este relato, el incidente
tuvo lugar a primeros de mayo de este año, tras lo cual
estuvo buscando trabajo de un sitio para otro hasta que
por fin encontró su lugar en la clínica Usuketa, lo que le
supuso un gran alivio. Y con esto finalizó su confesión.
-Por eso yo sabía el verdadero motivo por el que el
Dr. Shirataka buscaba siempre evitar el encuentro con
usted, Dr. Usuketa. Hoy he ido a ver a la esposa del
Dr. Shirataka y le he contado todas las penalidades por
74
las que estoy pasando. Cuando le dije: «¿ Qué voy a ha
cer si el Dr. Usuketa se vuelve un gran amigo del Dr.
Shirataka, quien le cuenta todo lo que ha pasado y, por
deferencia hacia él, me despide?». La señora, echándo
se a llorar, me contestó: «De ningún modo tienes que
preocuparte por eso. Pase lo que pase a partir de ahora,
no debes dejar de trabajar en la clínica del Dr. Usuketa.
Yo hablaré con el Dr. Usuketa para pedirle que te deje
seguir trabajando con él». Nunca le agradeceré lo sufi
ciente estas amables palabras. Gracias a eso, hoy he po
dido volver a Yokohama tranquilizada y contenta, pero
sin poder dejar de pensar qué actitud tomaría hoy el Dr.
Shirataka cuando se encontrase con usted... Por un lado,
me decía que, como es hombre de mundo, a pesar de
todo, conversaría con usted de manera simple, como si
tal cosa; pero, por otra parte, también pudiera ser que
como los hombres en estos casos tienden a cometer
despiadadamente actos ruines... Ah, perdóneme usted,
ji, ji. Pensando en ello, me entró un miedo irrefrenable,
espantoso: «A lo mejor, el Dr. Shirataka pone cara de
no saber ni una palabra de todo lo que ha pasado hasta
ahora y, a diferencia de su carácter habitual, muestra
una actitud arisca en el encuentro con el Dr. Usuketa,
que se llevará una desilusión. Y antes de darle tiempo a
decir nada, me dejará en una posición injustificable. O a
lo mejor le cuenta las cosas de manera que yo aparezca
como una mujer que se dedica a decir mentiras sin fun
damento, una tras otra ... ». Pensando en todo esto, me
costaba trabajo incluso quedarme en casa esperando,
por lo que, incapaz de hacer otra cosa, estuve aguardan
do ahí en el camino hasta que usted regresara.
»Doctor... ¿no recuerda usted que la primera vez que
me pidió que le presentase al Dr. Shirataka, al punto
75
quedé alicaída y rechacé su petición? En aquel momen
to, presentí que las cosas podrían terminar de este modo
y por eso dudaba de aquella manera. Pero como alguien
tan importante para mí como usted me lo pedía de ma
nera tan insistente, me decidí a dejar de lado mi preocu
pación por lo que pudiera pasarme y resolví telefonear al
Dr. Shirataka.
»¿Verdad que me comprende, Dr. Usuketa? ¿ Entien
de usted ahora por qué siempre el Dr. Shirataka ponía
inconvenientes para que ustedes dos se vieran? El Dr.
Shirataka estaba convencido de que usted ya había
escuchado de mis labios todas las circunstancias de su
relación conmigo y por eso quería evitar a toda costa en
contrarse frente a frente con usted. Se veía en la tesitura
de que alguna vez tendrían que encontrarse, pero como
él no se sentía con ánimos de verle, creo que por eso
ideó ese tipo de estratagema una y otra vez para evitarle.
Yo comprendía muy bien los sentimientos del Dr. Shi
rataka y por eso a mi vez me sentía tan despechada, tan
mortificada . . . No soy una mujer que se dedique a chis
morrear a la ligera acerca de los secretos de los demás.
Yo, que trabajé en el Hospital de la Universidad K con
todas mis fuerzas pensando nada más que en ayudar
al Dr. Shirataka y ahora tenía que ver cómo me quería
hundir hasta el fondo, convirtiéndome en un paria de la
sociedad, sin dejarme asomar la cabeza . . . ¡Qué crueldad!
Era demasiado cruel. ..
Himegusa arrojó el negro paraguas sobre la gravilla
que cubría el arcén del camino y, cubriéndose el rostro
con ambas mangas, comenzó a sollozar de manera
entrecortada. Cuando me quise dar cuenta, habíamos
llegado a las escaleras de la Cuesta de los Arces junto a
mi casa y estábamos de pie el uno frente al otro. Justo en
ese momento pasaron dos o tres hombres con aspecto
de obreros que se nos quedaron mirando con expresión
extraña. Me pregunto qué tipo de relación se pensaron
que existía entre nosotros. ..
No sin dificultad, conseguí calmarla y hacer que se
volviera de una vez al hospital. Sin embargo, no recuer
do en absoluto con qué palabras la tranquilicé en aquel
momento. Si por un casual consiguiera recordarlo, posi
blemente me hallaría ante una sarta de expresiones que
enfadarían indeciblemente al Dr. Shirataka.
77
La incisiva pregunta me llegó a la vez desde la izquier-
da y la derecha.
-Sí, le he visto.
-¿Qué ha pasado con Himegusa?
-Acabo de dejarla después de haber hablado con ella.
Mi esposa y mi hermana se miraron significativamen
te. En la expresión de ambas se destacó claramente el
color del miedo. Mientras escrutaba sus rostros, me
quité el sombrero color gris y en ese momento me sentí
atacado por un escalofrío al descubrirme en una situa
ción propia de un personaje extraído de las páginas de
una novela de detectives, colocado allí de pie a las tantas
de la madrugada.
-¿Qué has estado hablando con Himegusa?
-Mmm . . . Hablad primero vosotras.
-¿ Por qué no pruebas a contarnos tú primero?
-Tonta. ¿ Acaso no da lo mismo? A ver, prueba a
decir tú primero lo que sea.
-Pero querido, es que . . .
-Vayamos a la sala de té. Tengo la garganta seca.
Mientras escuchaba las palabras de las dos mujeres
tomando un té verde caliente, el escenario de la extraña
tragedia familiar que flotaba en mi cerebro giró hasta
cambiar por completo.
79
sus supuestas relaciones con este o aquel empleado de
la universidad, por lo que, debido al daño que estaba
causando a la reputación del hospital, y según siguió
contando la señora, el Profesor Onagi, director del hos
pital, adoptó la benevolente medida de pedirle que fuera
ella quien solicitase dejar su trabajo allí.
Sin embargo, la Sra. Shirataka era una apasionada cre
yente del protestantismo metodista desde hacía tiempo y
sentía una especie de compasión por este mal vicio de la
chica. En consecuencia, sintiendo que era una pena echar
a perder su talento y que era una lástima que terminase
así, al tiempo que se produjo su despido, la señora la
acogió en su casa e hizo todos los esfuerzos posibles por
educarla de manera que abandonase su manía de inven
tar mentiras. En resumen, probó a contener mediante el
sagrado nombre de Cristo su mal vicio de mentir. Pero,
al parecer para Himegusa eso resultaba angustiosamente
insoportable, por lo que, finalmente, terminó por huir
furtivamente del hogar de los Shirataka y ocultarse en
alguna parte. La esposa Kumiko se hallaba todo el día
preocupada por su paradero cuando, inesperadamente, a
primeros de junio de este año, recibió una llamada telefó
nica de Yuriko diciendo que ahora trabajaba en el hospital
Usuketa de Yokohama. Según le dijo, había abandonado
ya por completo su costumbre de mentir y, como ahora
contaba con la plena confianza del Dr. Usuketa, le pedía
por favor su ayuda para mantener en secreto cuanto había
sucedido hasta entonces. Todo ello pronunciado en un
tono extremadamente lastimero e implorante...
No obstante, como el matrimonio Shirataka ya había
descubierto la auténtica naturaleza de Yuriko, no solo
no creyeron con facilidad lo que ella les decía, sino que
a partir de entonces vivieron envueltos en un tipo de
80
indescriptible intranquilidad. «No hay duda de que esa
mujer pretende ahora introducirse en el hogar de los
Usuketa y provocar la confusión entre los miembros de
su familia mediante sus realistas mentiras. Y, del mis
mo modo, qué disparates debe estar haciendo creer al
Dr. Usuketa acerca del Hospital K y el Dr. Shirataka... ».
Llevada por este tipo de preocupaciones, al parecer la
señora había estado remitiendo discretamente cartas a
mi esposa Matsuko a la dirección del hospital Usuketa,
en las que, como de pasada, preguntaba cosas acerca del
comportamiento de Yuriko. Pero, posiblemente, la chica
las interceptó y se deshizo de ellas, puesto que nunca
recibió una sola contestación.
Ante esto, la preocupación de la Sra. Shirataka llegó a
su punto álgido. Pensó que a lo mejor, la causa de este
silencio pudiera ser que los miembros de la familia
Usuketa hubieran creído por completo las palabras de
esa maestra de la mentira y ahora sintieran tal desprecio
por la familia Shirataka que hubieran decidido no man
tener el menor contacto con ellos. Sin embargo, aun con
esa duda, si mostraban demasiada insistencia solicitando
de alguna manera urgente el entrevistarse con el Dr.
U suketa, darían la imagen de ser ellos los que tenían
algo que ocultar y parecería raro. Debido a todas estas
circunstancias que se superponían, lentamente se iban
sumiendo en una absurda y desagradable intranquilidad
dificil de definir. En particular, el nervioso y asustadizo
Dr. Shirataka por lo visto sentía un intenso temor por ese
feo vicio de Yuriko y últimamente, en todas las conversa
ciones del matrimonio terminaba apareciendo ese tema.
La Sra. Kumiko Shirataka continuó así su relato:
«Con este estado de ánimo, al encontrarse mi espo
so hoy con el Dr. Usuketa, le vio un comportamiento
extraño, por lo que me pidió que probase a llamar por
teléfono para intentar verificar la situación. " Dada la
extraordinaria cordialidad y excitación de la que parecía
imbuido el Dr. Usuketa, puede que aquella mujer haya
vuelto a hacer una de las suyas, así que creo que lo mejor
será que telefonees cuanto antes. Por ejemplo, si cuando
llamas es Yuriko o no la que coje el teléfono y si pasa la
llamada", dijo mi marido».
Según me contó mi esposa Matsuko, mientras
escuchaba enrojeció tanto que hasta le resultaba di
fícil permanecer de pie junto al auricular del teléfono.
Sin embargo, aun así, Matsuko, al tiempo que se veía
envuelta en una intranquilidad inaguantable, reunió
fuerzas para pedir que la esposa Kumiko prolongase la
comunicación y poder preguntarle más detalles. Y como
era de prever... todo lo que había dicho Himegusa hasta
entonces, de cabo a rabo y casi en su totalidad, tenía muy
poco que ver con la realidad.
86
el fondo de la cuestión, pero ¿qué es lo que surgiría fi
nalmente desde ese fondo?
88
Debido a todos estos acontecimientos, caí en un es
tado de nervios tan desastroso, que tuve que tomar un
somnífero para poder dormir el resto de la noche, pero
luego mi mujer y mi hermana me dijeron que a ellas les
pasó lo mismo. Tras escuchar los detalles que les conté,
las dos sintieron que el espantoso destino que caería
sobre los hombros de la delicada Himegusa en cuanto
abriese la mañana resultaba irremediable e, imaginando
lo horrible que este pudiera ser, ambas encararon la ma
ñana sin haber podido dormir bien debido a la extrema
excitación nerviosa. Según me dijeron, Matsuko, creyen
do haberse solamente adormilado, vio con todo realismo
cómo Yuriko Himegusa era sacada a rastras del hospital
maniatada y entonces despertó con un sobresalto; mien
tras que mi hermana mayor, tan atenta ella, contempló
con toda viveza el rostro muerto de la chica cuando su
cuerpo se balanceaba colgando de una soga en el patí
bulo y, tras retorcerse murmurando en sueños varias
veces, fue despertada por Matsuko, lo cual da una idea
del estado en que se encontraban las dos.
A pesar de ello, una vez que llegó la mañana, el plan
avanzó según lo previsto al cien por cien. Mi esposa
Matsuko, con expresión de lo más inocente, llamó a
Himegusa en cuanto llegó al Hospital y, en la sala de
medicamentos, le puso en la mano la gran gema Alexan
dria, con una actitud perfectamente natural. Ante eso, ni
la propia Yuriko sospechó lo más mínimo e hizo varias
reverencias, alegrándose de corazón, de tal manera que
enseguida acudió ante mí para darme las gracias. En ese
momento, según me dijeron, mi reacción asintiendo
sonriente con magnanimidad, como un día cualquiera,
fue digna de un actor de primera. De hecho, después mi
hermana me soltó varios chascarrillos por ello.
Sin embargo, cuando ella, Yuriko Himegusa, se
cambió de vestido a toda prisa preocupada por la
próxima apertura del hospital a las diez y veíamos su
figura de espaldas saliendo por la puerta, la tensión
que ofrecía tanto mi aspecto como el de mi esposa
y mi hermana era tal, que el resto de enfermeras y
hasta los pacientes del hospital la percibieron. Parecía
totalmente que estuviéramos asistiendo a la salida de
un personaje de alto rango, los tres tiesos como palos
en posición de firmes, lo cual fue un claro error, pues
luego todo el mundo nos preguntaba: «¿Qué es lo que
pasa?». Más aún, como mi hermana y mi mujer huye
ron al lavabo a toda prisa para ocultar las lágrimas que
empezaban a aflorar, la escena resultaba absurda, más
allá del ridículo.
91
-Vaya... Entonces no era una roja...
-No hay el menor contacto con células de rojos, eso
seguro. Creemos haberlo comprobado estricta y minu
ciosamente.
-Pero entonces, en definitiva, esa mujer ¿qué es?
-Pues verá, es... Ejem. Es lo que es. En el fondo, no
es más que una mujer desgraciada. Está realmente agra
decida de corazón por la amabilidad que ustedes le han
dispensado. Dice que le gustaría quedarse de por vida en
el hospital Usuketa. Y también, entre grandes sollozos,
que preferiría suicidarse cortándose la lengua de un
mordisco antes de que la familia Usuketa sospeche de
ella. Así que ya ve usted.
-Eh... ¿de veras?
-Pues claro que sí. Ja, ja, ja. Por favor, venga usted
a comisaría a buscarla antes de las diez. Puesto que la
detuvimos solamente por sospechar que era una roja,
ahora que se ha aclarado ese punto, vamos a ponerla en
libertad. Se la entregaré diciendo solamente «ha sido un
mal trago» y no mencionaré nada sobre el resto de cosas.
Me limitaré a reprenderla con una regañina del tipo de
«El Dr. Usuketa tiene una gran confianza en ti, así que
deja ya de contar mentiras». En cualquier caso, es una
pobre desgraciada, así que hágale el favor de tenerla a su
servicio el mayor tiempo posible.
-¿Eh? ¿Pero no es algo extraño? Entonces, ¿qué ne
cesidad tiene esa mujer de revolucionar a todo el mundo
con esas mentiras que se inventa y hacernos pasar esas
vergüenzas? Esas cosas sin fundamento alguno...
-Efectivamente. Pues verá, ese aspecto también lo
hemos analizado al detalle, pero, en resumidas cuentas,
parece que no es más que un mal vicio de ella. Simple
mente algo así como esas sirvientas venidas de lo más
92
recóndito de la montaña que quieren presumir de su
pueblo natal, y no hay ninguna intención delictiva en
ello, así que no hay por qué tenérselo en cuenta. Ave
riguar más allá de esto es algo que entra en los secretos
particulares de cada uno, y por tanto nos hemos absteni
do. Ja, ja, ja. Bueno, siento que haya perdido usted una
joya con este asunto. En cualquier caso, hágale el favor
de tratarla con cariño y seguir teniéndola a su lado el
mayor tiempo posible; no es más que una pobre desgra
ciada. Bueno, tengo que irme ya a trabajar, así que usted
me disculpará.
93
que lo ha pasado muy mal y por eso queríamos pedirte
que la dejases seguir aquí. En fin . . . ¿no es todo un alivio?
Nuestra mascota . . . Ahora mismo iremos nosotras dos a
buscarla. ¿Verdad que no te importa?
Poco después, ambas salieron muy animadas en el
coche que habían pedido. Olvidándose hasta de prepa
rarme el desayuno . . .
Según parece, Yuriko se agarró con ambas manos al
pecho de mi hermana en el pasillo de la entrada de la
comisaría. Igual que si fuera una niña de cinco o seis
años, repetía mientras lloraba temblorosa:
-No volveré a hacerlo, no volveré a hacerlo . . .
Ambas se quedaron sin saber cómo calmarla y, pen
sando en lo duro que había debido ser el interrogatorio
al que fue sometida, las dos sintieron también que esta
ban a punto de saltárseles las lágrimas.
Tras esto, las tres montaron en el coche y regresaron,
pero como el maquillaje del día anterior de Yuriko había
desaparecido hasta el cuello del vestido sin dejar rastro,
mi hermana y mi mujer la metieron en el baño y le hi
cieron ponerse ropa interior limpia, arreglándola hasta
que, como si fuera por completo un muerto que ha
resucitado, la trajeron ante mí ya pasado todo el follón y
por fin nos pusimos a desayunar juntos. Pero Yuriko se
pasó todo el tiempo diciendo:
-Perdóneme, perdóneme.
Lo repetía una y otra vez mientras lloriqueaba, por lo
que apenas debió de conseguir tragar bocado.
Sin embargo, ella, Yuriko Himegusa, o Yumiko Hori,
poseía un carácter tan extrañamente inexplicable . . .
94
a la entrada para preguntarle los detalles del interro
gatorio sufrido. Y . . . ¿ cómo podría explicar lo que nos
encontramos? Los detalles de dicha investigación resul
taban inaceptables hasta un punto que era realmente
sorprendente.
Despojada de su ominosa piel de monstruo y ofre
ciendo tan solo la imagen de un ser cariacontecido, nos
contó entre sollozos que los policías de la comisaría de
Isezaki llevaron a cabo un interrogatorio en absoluto
severo. El relato que ella efectuó entrecortado por el hipo
y los sollozos era tal que, de puro acaramelado, mi her
mana y mi mujer no aguantaron permanecer sentadas
allí, y se hallaban en un estado en el que sentían que
mejor no decir nada, mientras que la chica comenzaba
a desgranar las palabras aparentemente dominada por
el despecho. Era una narración de un verismo increíble
en la que uno parecía estar viendo la habitación de la
comisaría con el gran brasero de hierro encendido, el
Inspector Jefe Tamiya vestido de paisano sentado frente
a ella, y en la que se podía sentir desde los intermitentes
chasquidos procedentes del brasero hasta el tic-tac del
reloj del Sr. Tamiya.
Sin embargo, en esta ocasión no me sorprendí lo más
mínimo.
Mientras que, ensimismada, ella continuaba de esa
manera su relato, aumentando progresivamente su
excitación y su elocuencia, estuve mirando fijamente
su expresión y en un momento dado descubrí en su
mirada un tipo de hermosa luz inusual, que brillaba
cada vez más. Encerraba un grado de pureza más
allá de la inocencia, con una cualidad similar a la que
puede detectarse con frecuencia en los locos cuando
alcanzan un alto grado de excitación; era algo difícil
95
de describir, con un encanto irreal, incluso fascinan
temente erótico, un brillo que rebosaba una lujuria y
una pasión arrebatadoras.
M ientras observaba atentamente ese brillo de sus
ojos, hasta un obtuso como yo tuvo que asentir ante
la verdad oculta que se iba abriendo paso como la luz
del amanecer sobre el reverso oculto de ella. Todo ese
panorama dibujado por el inexplicable funcionamiento
del cerebro de esa chica que hasta ahora se aparecía tan
complicado, de pronto, gracias a una situación extrema
alcanzada de manera fortuita, se revelaba ante mis ojos
como una realidad de lo más transparente y vulgar.
Debido a mi carácter impaciente, en mitad del relato
pretexté ir al cuarto de baño y, en su lugar, me dirigí al
salón de té contiguo. Allí, con el rostro congestionado y
aguantando la risa, se hallaba mi esposa Matsuko, a la
que le susurré al oído que fuese urgentemente al hospi
tal para buscar a la enfermera que compartía habitación
con la chica por las noches, ya que deseaba preguntarle
algo en secreto.
97
-Ja, ja, ja. ¿Así que lo sabe usted? ¿Se lo confesó ella
a la vuelta?
-No, nada de eso. No dijo ni una palabra sobre el
particular, y en cambio se dedicó a parlotear sobre lo
muy atenta que fue la investigación que ustedes practi
caron. Una descripción realmente cuidada, minuciosa,
de gran realismo... Así que por eso mismo pensé que
todo era muy sospechoso y recordé la conversación que
mantuve con usted esta mañana, por lo que no pude
aguantar más en casa y salí disparado hacia aquí. Pero
qué espantosa, esa mujer...
Todavía con el rostro colorado, la figura en pie del uni
formado Sr. Tamiya cobró de pronto la rigidez de un palo.
-Gracias por hablarme sin tapujos. Puestas las cosas
así, yo también lo haré, para que pueda usted tener ele
mentos de juicio. En el mes de octubre... ¿hacia qué día
sería? ¿No salió usted una tarde para ir al hotel Ashinoko
en Hakone y atender a un paciente extranjero?
-Así es. Fui hasta allí. Se trataba de un hombre ya
muy mayor, el Sr. Larsan, presidente de una compañía
petrolera.
-Y en aquella ocasión, ¿llevó con usted a esa mujer?
-¿Cómo iba a hacer algo semejante? Fui yo solo.
-Ya veo. Y mientras usted estaba fuera, ¿Yuriko estu-
vo en el hospital?
-Pues... debería haber estado. Puesto que no la llevé
conmigo.
-Sin embargo, al parecer Yuriko no estuvo allí esa tar
de. Anoche telefoneé a su hospital para preguntar a una
de las enfermeras, y por lo visto, al poco de salir usted
aquella tarde, se recibió una llamada telefónica desde la
estación de Yokohama, con la orden suya de que Yuriko
se cambiase enseguida y acudiese a la estación.
-¿ Eh? Increíble ... Parece que esa chica es una gran
afi cionada al teléfono. Le gusta utilizarlo cada dos por
tres para sustanciar sus mentiras. Y habla y contesta
como si realmente estuviera atendiendo a las llamadas.
-En cualquier caso, parece que por este motivo Yuri
ko se maquilló y se cambió a toda prisa con un vestido
más formal y salió del hospital.
-¡Puf! ¡Qué estupidez! No se va a visitar a un pacien
te llevando a una enfermera con vestido elegante.
-¿Verdad que no? A mí también me pareció un poco
raro cuando lo escuché. Además, si hay necesidad o no
de llevarse una enfermera, es algo que ya se sabe antes
de salir a ver al paciente.
-Para empezar, no le pediría de una manera tan sos
pechosa que viniese -me reí.
-Ja, ja, ja. Sin embargo, me contó la historia con todo
lujo de detalles. Parece que en ese hotel hay un gran
baño maravilloso de aguas termales, llamado algo así
como El valle de la fantasía. Aunque yo no he ido nunca.
-Yo tampoco he oído hablar de él. En ese hotel estu
ve comiendo con el extranjero llamado Larsan. Todavía
debe de estar alojado allí, así que puede usted probar a
preguntarle si desea comprobarlo. Se hallaba un tanto
neurasténico por una inflamación del oído interno, por
lo que le practiqué una miringotomía en el tímpano.
-¿Así que fue eso? Pues la escena en las aguas del
baño ese de la fantasía era realmente deliciosa. Rodea
dos de rocas negro-azuladas, los dos cuerpos flotaban
en el agua, reflejando su figura en el espejo del techo,
semejando dos pececillos rosados. Así lo contaba ella...
-Tamiya estalló en carcajadas.
-¡Pero qué estupideces! ¿ Cuándo iría ella allí?
-No creo que fuese sola.
99
-Seguro que no. Vaya una tipeja sin remedio.
-Es de una insolencia vergonzosa...
-Eso es, ¡vergonzoso! La verdad es que esta mañana,
cuando usted me dijo aquello de «tratarla con cariño y
seguir teniéndola a su lado por largo tiempo», acepté
su consejo sin más, pero ahora que veo que va por ahí
soltando cosas que afectan de esta manera a mi hono
rabilidad, ya no puedo seguir pasándolo por alto. Ahora
mismo la voy a echar a la calle, así que he venido para
que usted comprenda mi situación.
-Claro que sí. Estoy avergonzado por lo que le dije
y le pido disculpas. Échela usted cuanto antes. Vaya un
asunto tan vergonzoso.
-No solamente es vergonzoso e indignante. Además,
por mi falta de cuidado, le hemos causado molestias
también a usted...
-Hay que ver la gente tan liante que hay por ahí. Es
la primera vez que veo un caso así. U na tipa como esta...
-¿ De verdad? ¿También es un caso raro para usted?
En su profesión...
-Bueno, posiblemente entre las llamadas damas de
alta alcurnia haya de vez en cuando casos similares, pero
como no aplican su habilidad al crimen, no pasan por
nuestras manos.
-O a lo mejor es que mienten todavía mejor...
-También puede haber casos de esos. En definitiva,
debe tratarse de un tipo de obsesión paranoica. El hogar
de sus padres nada en la abundancia, ella es una en
fermera genial, y además una belleza sin igual a cuyos
encantos ningún hombre puede resistirse. Y toda una
serie de personajes de elevada posición enseguida inten
tan acosarla... Todo ello se lo imagina con gran realismo
y hacer creer esas fantasías a los demás es su mayor
100
placer en este mundo. Sin duda es ese tipo de mujer,
¿ no cree? Eso que contó anteanoche sobre que se quedó
embarazada, teniendo en cuenta que sale de sus labios,
puede que tampoco sea cierto. Incluso hasta es posible
que todavía sea virgen. J a, ja, ja.
-Ja, ja, ja. En fin, vaya un trago tan desagradable que
hemos pasado. Muchas gracias por sus atenciones.
-Hasta la vista.
101
en aquel entonces esa chica me atendió con una ama
bilidad y un cariño como si fuera mi hija. Debido a eso,
nuestra relación ha terminado así. Como se encariñó
conmigo llamándome «tía, tía» cada vez que me veía,
al final acepté convertirme en su garante. Pero sucedió
lo siguiente. Desde que esa chica se instaló en mi casa,
los muchachos del vecindario se pasaban el día mosco
neando alrededor de ella, y era un engorro. Esa chica...
¿ cómo decirlo? Es una chica muy extraña, ¿ verdad? Y es
que a los dos o tres días de llegar a mi casa ya estaban
los jóvenes del vecindario alborotados de júbilo por su
presencia. Parecía por completo como si tratase de una
hechicera. Por eso le insistí para que se fuera cuanto an
tes a otro lugar y me ofrecí a figurar como garante para
un trabajo. Así conseguí que se marchase, pero ahora...
Mientras iba encadenando todo este parloteo sin des
canso, se sacudió el polvo de los calcetines y entró en
casa por la puerta de la cocina, llegando hasta el salón de
té. Se acomodó allí y sacando una antigua cajita de taba
co picado, bajó la voz abriendo mucho los ojos a la vez
que preparaba una alargada pipa con boquilla de plata
para fumar. Hice una inclinación de cabeza cuando me
ofreció tabaco, mientras pensaba «vaya un garante que
nos ha llegado» y los tres anfitriones nos intercambiába
mos miradas significativas.
-Ahora que he mencionado eso de los muchachos,
he recordado una cosa. Esa chica, al parecer, es la mis
ma que no hace mucho llamaban en los periódicos «la
mujer misteriosa». Lo recuerdan ustedes, ¿ verdad? Por
lo visto, animada por esos chicos del vecindario, una
vez se le escapó y dijo: «Un bromazo como ese podría
haberlo hecho yo perfectamente». Para divertirse, le
siguieron preguntando sobre el caso y al final terminó
102
reconociendo que había sido ella, por lo que todos se
quedaron un tanto asustados. Una vez que ella estaba
fuera de mi casa, uno de los chicos vino a contármelo.
Por eso, cuando me enteré, a mí también me entró una
sensación de repulsa. Un día que ella había salido a bus
car trabajo, estuve mirando entre el equipaje que guar
daba en mi casa y ¿qué me encontré? Metidos dentro
de un papel limpio doblado como un envoltorio, había
recortes y recortes de periódico sobre el caso de «la mu
jer misteriosa» . . . Y no, no, no había ni un solo recorte de
periódico sobre otra noticia que no fuera esa. No saben
ustedes el escalofrío que me entró. Estaba todo el día con
el corazón en un puño, pensando en las consecuencias
que me podía traer. Pero menos mal que la cosa no ha
ido demasiado allá, ¿verdad? Sí, sí, por supuesto, me la
llevaré conmigo. Intentaré sacarla fuera sin que llame
mucho la atención y me la llevaré. Pero no pienso dejar
que una tunanta como esa siga alojándose en mi casa.
En cuanto una se descuide, puede terminar pagando el
pato. ¿Qué es todo eso de que también hay un hermano
mayor en la ciudad? No son más que mentiras. Y vaya
molestias que les ha causado a ustedes también. Creo
que le daré algún dinero para que se vuelva a su pueblo
y así ni me quedará mal sabor de boca, ni tendré que
preocuparme de que ella me guarde rencor. Siento mu
cho todas las molestias. Disculpenme, no he hecho más
que parlotear yo sola y no les he dejado ni abrir la boca.
Ya siento haber venido a molestarles con este asunto.
Bueno, entonces, adiós.
103
nosotros pero tampoco las enfermeras que compartían
habitación con ella, nos apercibiéramos de ello. Aparte
del mensaje de últimas voluntades suyo al que he hecho
referencia al principio de este escrito, no hubo el menor
contacto por su parte y el Hospital volvió a su buena
marcha habitual.
Aun así, no dejaban de llegar al Hospital pacientes
esperando ser atendidos por Himegusa. Casi podría
pensarse que el sentido de la existencia de mi hospital
fuese ella.
10 5
Según su relato, le entró un pánico tal al contemplar
ese rostro similar al de un demonio azul, que por eso no
había hablado del caso hasta ahora.
-No hay nadie más repulsivo y terrible que esa Hi
megusa. Se pasaba el día repitiendo: «Qué tedio, qué
tedio, quiero morirme, quiero morirme», hasta el punto
de que me encontraba siempre asustada. En alguna oca
sión, la seguí a hurtadillas por la noche temiendo algo,
pero solo iba al cuarto de aseo. Pero por otra parte, era
muy violenta, me hacía lavarle todas sus cosas sucias
y también me utilizaba para ir a llamar al joven que
trabaja en el establecimiento de soba de enfrente. Y me
repitió varias veces: «Si el Dr. Usuketa descubre aunque
solo sea el más mínimo de mis secretos, no me quedará
más remedio que matarte y suicidarme después, así que
ya sabes a lo que atenerte. Si tengo que salir de este hos
pital aunque sea un paso, será el fin para mí». Así que,
sin saber muy bien qué era lo que estaba pasando, hacía
todo lo que me ordenaba Himegusa.
La enfermera Yamauchi me confesó esto abriendo
mucho los ojos.
En aquel momento comprendí que esa Himegusa
se jugaba la vida con cada una de sus mentiras. Se
levantaba cada mañana para enfrentarse a uno y otro
día inmersa en un estado psicológico angustioso que le
llevaba a la determinación de tener que abandonar este
mundo mediante el suicidio si se ponía en evidencia
una sola de sus mentiras. Y además, seguramente saca
ba fuerzas para vivir del indescriptible placer fisiológico
que esa tensión con sabor a aventura proporcionaba a su
organismo.
Ella nunca mostró el menor interés por el asesinato,
el hurto o el robo. Era una chica con genialidad natural
I06
para la mentira y ahí centraba su interés, hasta el punto
de jugarse la vida por ello.
Al parecer, también algo de interés tenía por la perver
sión sexual. Sin embargo, creo que no se trataba de una
perversión concreta, sino de fantasear con la perversión.
Más que una inmoralidad real, ¿acaso no encontraría
mucha mayor excitación y satisfacción en la lujuria y
las relaciones licenciosas imaginadas? Tengo un motivo
para creer que a lo mejor, carnalmente hablando, llevaba
una vida mucho más impoluta de lo que las terceras per
sonas como nosotros podemos imaginar. Dicha impre
sión puede rastrearse por el mecanismo psicológico de
una persona que, a pesar de ser una redomada maestra
de la mentira, no cambió ni una sola vez el nombre que
utilizaba desde sus tiempos en el Hospital de la Univer
sidad K. Y creo que no se debe solamente a que fuese
consciente de que el nombre en sí de Yuriko Himegusa
cuadrase perfectamente con la imagen de chica pura y
delicada que quería dar. ¿No sería más bien que el apego
que mostraba hacia este nombre procedía de que, en
algún lugar del fondo de su corazón, sentía orgullo por
su impoluto e inocente comportamiento a este respecto?
Quedo a sus pies, estimado colega Shirataka.
108
sentimiento de lástima acerca de esa chica cuyo estado
emocional hizo de las mentiras nacidas de su fantasía
la única realidad a la que abrazarse, creyendo en ellas
como un paraíso insuperable y defendiéndolas aun a
costa de su vida. Y ese paraíso tan importante para ella,
ese paraíso creado por su imaginación que era lo más
valioso en el mundo, cual si fuera un juguete que hubie
ra caído en manos de un infante, quedó roto en añicos,
triturado hasta no dejar rastro, por lo que, pensando en
cómo debió sentirse esa miserable chica para haber teni
do que suicidarse, mi hermana y mi mujer se entriste
cen dejando correr las lágrimas. Cuando le dijimos estas
cosas a nuestro vecino el Inspector Jefe Tamiya, se rio
diciendo: «Según esa forma de pensar, en este mundo
no existirían los criminales». Y creo que, efectivamente,
así es.
Ella no es ninguna delincuente. No es más que una
persona con una imaginación maravillosa. En realidad,
simplemente por haber creado un Dr. Shirataka de un
carácter parecido al mío, un Dr. Shirataka distinto de us
ted, que se inventó a la ligera y que encima era una obra
de arte de gran verismo, enseguida quedó espantada de
tal manera que su creación se convirtió en una amenaza
cuyo temor, llegado el momento, la obligaría al suicidio.
Para escapar de ese panorama ominoso, se obsesionó
con ir ensanchando cada vez más ese mundo falso, que
de manera natural se fue complicando de tal modo que
terminó desembocando en su debácle.
De esta manera, nosotros, para salvaguardar nuestras
apariencias, hemos terminado por acorralar hasta hun
dirla a esa chica que se acercó a nosotros impelida por la
necesidad. Y tras estrujarla hasta el límite, la arrojamos
a ese mundo tenebroso y perecedero.
10 9
Por eso, en realidad ella sufrió por una cuestión sin
importancia, y también por una cuestión sin impor
tancia, murió. Vivió gracias a la fantasía y esa misma
fantasía la mató.
Y no hay nada más allá de eso.
Adiós.
Rece usted por ella.
1 10
Asesinatos por relevos
Primera carta
A la atención de Chieko Yamashita.
De Tomiko Tomonari, de Minato Bus.
u4
dinero, más allá de eso no me aguardaba ningún fin o
propósito concreto porque no tengo padres a los que
atender ni hermanos menores sobre los que volcar mi
cariño y preocupación. Es un aburrimiento total. Paso
un día tras otro sin un objetivo en el horizonte ni una
esperanza en la que confiar, dentro de un mundo vacío,
como si me golpease un viento seco y cortante, reque
mada por un sol sucio y arrastrándome dando vueltas y
vueltas para sobrevivir. Cuando tengo que soportar los
chascarrillos de un pasajero borracho o que un policía
malcarado me tome de pronto de la mano o que un con
ductor que se las da de maravilloso se me pegue, siento
una gran soledad en mi corazón y me doy cuenta de lo
triste y monótono que es mi trabajo. Es un trabajo que
te hace pensar únicamente en que a ver si un buen día
en que el autobús vaya a gran velocidad se estrella contra
algo y se acaba todo de una vez.
Perdóname por favor. Precisamente porque me preo
cupo por ti es por lo que te cuento la verdad, así que no
te enfades, ¿eh? Y todavía hay más.
Hay algo mucho, mucho más terrible.
Me gustaría que leyeses la carta de Tsuyako Tsuki
kawa que he incluido a continuación. La he transcrito tal
cual la escribió ella.
Esta carta es muy importante para mí. No te puedo
enviar el original a ti, porque es posible que un día
constituya una prueba del secreto de un terrible caso de
asesinato. Cuando la leas, entenderás por qué.
Tsuyako Tsukikawa estudió conmigo en la Escuela
Primaria. Trabaja junto con su padre en la compañía
Benkyo Bus de Hamamatsu y, al igual que yo, es cobra
dora de autobús. Este año ha cumplido los diecinueve.
Es menudita de cuerpo pero muy bonita y elegante. Y a
diferencia de mí, es una chica amable y de carácter débil.
Es buena amiga mía desde hace tiempo. Además, tiene
mejor letra que yo.
A Tomiko Tomonari
116
preguntaba cómo sería posible que a Niitaka se le hubie
ra pasado por la cabeza casarse con una mujer cómo yo.
Al parecer, Niitaka es un hombre muy callado por
naturaleza. A diferencia de los otros conductores, aun
que él también se deje caer por la salita donde pasan el
tiempo libre, ni una sola vez dice palabras melosas a las
empleadas como cobradoras ni se pone a mirarlas con
ojos lascivos. Cuando las chicas nos sentamos a su lado,
no nos echa ni una mirada y se limita a fumar con ex
presión de gran placer.
Pero por otra parte, de pronto le da por alzar en bra
zos a los niños de los pasajeros que se ponen pesados y
hacerles carantoñas en la mejilla hasta que se ríen o se
gasta un yen en comprar caramelos de los más caros, que
cuestan diez sen por cada tres piezas, los reparte en silen
cio entre nosotras y se marcha a toda prisa otra vez. Por
lo que se ve, es un hombre de carácter muy caprichoso.
También hay otras veces que, sentado ante el volante
del autobús, tras dar un acelerón y conducir a toda pasti
lla, se pone a cantar con voz maravillosa y alegre:
118
Puede que me esté preocupando sin necesidad, pero
como es algo que me inquieta mucho, he querido avisarte.
1 19
enviar una carta con habladurías como esta. Pero qué
tonta eres...
Mientras decía esto, me acariciaba la espalda con dul
zura. En aquel instante, no pude evitar la impresión de
que Niitaka terminaría por asesinarme. Pero, al mismo
tiempo, sentía que, tratándose de él, no me importaría
ser asesinada, así que permanecí sin decir palabra.
No tengo intención de contar esto a mi padre ni a nin
guna otra persona, pero sí quería escribirlo para ti, mi
amiga Tomiko. Hazme el favor de no olvidarte de mí.
Si se diera el caso de que Niitaka y yo llegásemos a
formar una familia feliz, no te rías de mí, ¿eh? Felicíta
me de corazón. Adiós.
Tsuyako
Desde la Compañía Benkyo Bus, de Hamamatsu.
120
Por lo que contaban los pasajeros, hizo un sonido
tremendo, como un «boom».
El padre de Tsuyako comentaba lo siguiente:
-Tsuyako tuvo mala suerte. La culpa es mía por
haberle permitido que hiciera ese trabajo. Al parecer,
Niitaka memorizó la matrícula de ese camión, pero no
merece la pena llevar el asunto a juicio y en realidad no
hay nadie a quien se pueda culpar por ello. Total, no era
más que una pobre chica. Para los ojos de la sociedad,
su vida tenía menos valor que la carcasa de un insecto.
Por lo menos, me queda el consuelo de que gracias a
que estaba ella allí, ningún pasajero resultó herido.
Aparte de su sueldo de ese mes, la empresa me ha pa
gado diez yenes adicionales. Para los pasajeros, como
se han salvado, la cosa no ha tenido mayor importancia,
por lo que a la empresa le ha salido barato. Si hubieran
atropellado a alguien ajeno a la empresa, habrían paga
do hasta trescientos yenes de indemnización. Pero con
lo que me han pagado a mí, no hay ni para los gastos del
funeral. Para ellos, solo dando tan poco valor a la vida de
sus empleados, es posible contratar a ese gran número
de jóvenes para un trabajo tan peligroso.
¿No es espantoso? Llevé un gran ramo de rosas amari
llas para la difunta.
Pero después de escuchar esta historia, le he cogido
una irremediable aversión al trabajo de chica de au
tobús. Y siento una gran envidia de alguien como tú,
Chieko, que ayuda a sus padres en las faenas del campo
mientras escucha trinar a las alondras.
¿Comprendes lo que te quiero decir?
¿Comprendes lo odioso, triste y terrible que puede
llegar a ser el trabajo como chica de autobús y el destino
tan estéril que puede acarrear?
121
Te repito una vez más que ni se te ocurra convertirte
en chica de autobús. ¿ Has entendido?
Adiós. Cuídate mucho.
La segunda carta
Estimada Chieko:
Es algo terrible.
El conductor Niitaka del que hablaba en la carta del
otro día está aquí. Ha sido contratado para trabajar
en nuestra empresa, Minato Bus. Y me ha hecho una
propuesta de matrimonio. Me ha llegado el turno de
convertirme en su próxima víctima.
Pero, por favor, no te preocupes. Porque yo tengo la
cabeza bien puesta sobre los hombros. De ningún modo
voy a dejar que me mate.
Este conductor Niitaka dice que no le gustaba el am
biente en Ao Bus y que por eso solicitó dejar la empresa
y vino a trabajar aquí. Desde el primer momento, ya está
mintiendo.
Sin embargo, estoy segura de que es el mismo
Niitaka que asesinó a Tsuyako. Con ese rostro frío y
varonil, parecido al de Napoleón, y trabajando afanosa
mente siempre en silencio. Es muy habilidoso y puede
improvisar en un momento un guardabarros con un
tubo de goma y un alambre. Tiene un carácter muy
caprichoso y tan pronto le da por repartir plátanos de
la mejor calidad entre nosotras como por recortar los
tubos de goma de las ruedas usadas para hacer figuri
tas de caballos o peces que regala a los niños de los pa
sajeros. Todos le tienen un gran cariño, revoloteando
a su alrededor llamándole «Niitaka-san, Niitaka-san»,
122
pero a mí me entraron escalofríos cuando me di cuen
ta de quién era.
Además, estaba la motivación de vengar el asesinato
de Tsuyako, por lo que continuamente le observaba con
objeto de vigilarle. Estaba segura de que buscaría una
nueva víctima a la que asesinar...
Y entonces, ¿sabes qué? Pues parece que Niitaka se
dio cuenta de alguna manera de que yo siempre le estaba
observando con ojos escrutadores. Cuando me hallaba
en la salita de espera aguardando la hora de salida del
último autobús del día desde Hakata a Orio, como no
había un solo pasajero, debió pensar que era una buena
oportunidad. Niitaka entró con una rosa amarilla y la
puso en mi mano, tomándome de ella. Me dio un vuelco
el corazón. Y es que las rosas eran las flores preferidas
de la difunta Tsuyako...
Cuando, dominada por la emoción, le di las gracias,
sin más preámbulo me dijo con ese rostro frío y serio:
-Tomi-chan, ¿por qué no te vienes esta noche a mi
pensión en Orio?
La suya no era una mirada de las que intentan con
quistar a una mujer. Expresaba fuerza viril, como la de
un héroe.
En el momento en que vi esa mirada, tomé una firme
resolución. Así que, entusiasmada de alegría, le contesté:
-Bueno. No me importaría ir.
Aun así, me sentía como asfixiada.
Chieko, no vayas a sorprenderte. Me he enamorado
perdidamente de Niitaka. Esto sí que es un amor por
el que se juega una la vida. Y, al mismo tiempo, quiero
actuar como el brazo ejecutor de Tsuyako para vengar
como sea su muerte. Creo que me sentiría mejor si
consiguiera acorralar de alguna manera a Niitaka, para
123
luego obligarle a pedir perdón por lo que hizo y, final
mente, forzarle a que cometa suicidio o algo similar.
Puesto sobre el papel, te parecerá que lo que digo
está lleno de contradicciones, ¿verdad? Pero en mis
sentimientos de aquel momento no había una pizca de
contradicción. Creo que nunca había sentido en mi seno
un anhelo tan grande. Ese corazón mío tan vacío de es
peranza en el futuro y carente de un objetivo final claro,
se sintió de pronto a rebosar con una hirviente felicidad.
Me sentía literalmente pletórica de un entusiasmo feliz
cuando fui a la pensión de Niitaka. Y una vez allí, le
obedecí en todo lo que me pidió hacer. No tuve el menor
temor. Engañado por completo ante mi docilidad, Nii
taka se hallaba también como absorto en un sueño.
Sí, ya lo sé. Es posible que esté cometiendo una locura.
Pero aunque sea una locura, no me importa. Ya verás
cuando llegue el momento si mi aventura tiene éxito o no.
Cuando pienso en ello, mi corazón late a rebosar con
la emoción del peligro. Siento un ánimo tal en el propó
sito como si mi vida fuese a reventar.
Diga cualquiera lo que diga, voy a seguir adelante
rumbo a mi aventura.
Adiós.
La tercera carta
Estimada Chieko:
Qué débiles somos las mujeres, ¿verdad?
Me he dejado dominar totalmente por Niitaka.
Por lo visto, ese espíritu aventurero que poseía cuando
escribí la última carta, se ha ido debilitando sin darme
cuenta.
124_
Y, aparentemente, Niitaka no tiene otra ilusión que
pensar en cómo hacerme feliz un día tras otro con su
cariño. No para de hablarme de la casa en la que vivi
remos, de ese hijo que ni siquiera ha nacido... En esos
momentos, yo no le digo nada de cómo me siento, pero
me doy cuenta de que esa vida nuestra en común, que
no sé cuánto más durará, se alargará como una rutina
de color gris, sin lugar ni para la esperanza ni para nada.
El corazón de esa sencilla Tomiko de antes ya se ha
transformado casi por completo en el corazón de una
simple ama de casa. Esas cartas de Tsuyako que guar
daba como un tesoro... no sé la de veces que he estado a
punto de quemarlas.
Ya no tengo el más mínimo deseo de matar a Niitaka.
No me importa que te rías de mí. ¿Qué es lo que me
habrá sucedido? ¿Viviré hasta el fin de mis días de esta
manera tan apacible y rutinaria? ¿A dónde ha ido a parar
ese tremendo sentimiento de anhelo que me desgarraba
en los días en que me uní a Niitaka?
No eran estas mis intenciones cuando me casé con
él. ¿ Estaré condenada a que mi destino ruede y ruede
sin parar como un neumático que se ha pinchado? Sin
poder evitarlo, se me van los ojos cuando veo en los es
caparates las elegantes telas de punto. Pensando en cual
quedaría mejor para la ropita del bebé...
Venga, venga, puedes reírte todo lo que quieras.
Puede que al fin y al cabo, en esto consista la vida.
La cuarta carta
Ha sucedido algo espantoso. Chieko, voy a escribirte
una carta como la que yo recibí de Tsuyako.
1 25
Tengo la sensación de que en muy poco tiempo voy a
ser asesinada.
Parece que Niitaka ha descubierto las cartas de Tsu
yako que guardaba en mi cesto de mimbre. Claro que
él no ha hecho la menor mención al respecto. Por una
parte, ha empezado en cierto modo a comportarse de
manera distante, pero por otra, me trata todavía con
más cariño que antes. ¿ No crees que es muy raro? ¿ No
resulta extraño que de pronto haya empezado a repetir
una y otra vez «¡Qué felices somos, qué felices somos!»?
No puedo dejar de pensar que hay un motivo oculto para
ello. Y más aún cuando todavía no ha pasado más que
una semana desde que vivimos juntos.
Pero no te creas que es solo eso. Ayer sucedió lo si
guiente. Estábamos haciendo la ruta del autobús hacia
Orio que sale a las nueve de la noche. En nuestra empre
sa de Minato Bus, utilizamos como vehículo un Chevro
let modelo 1932 con aberturas laterales. Ese Chevrolet
de la ruta de Orio, como es habitual, iba lleno hasta los
topes, por lo que yo iba de pie en el escalón lateral de la
parte trasera mientras que Niitaka conducía. Al llegar al
paso a nivel de Hakozaki, de pronto tuve una corazona
da y, sin decir nada, di la vuelta a la rueda posterior y
me subí al saliente de atrás que se utiliza para dejar los
equipajes.
Eran pasadas las nueve de la noche. Caía una fina
llovizna y la oscuridad era total.
Entonces, al pasar una callejuela estrecha de la aldea
de Tatara, vimos que llegaba un autobús de frente, ante
lo cual Niitaka dio un acelerón y con un terrible golpe de
volante se pegó todo lo que pudo a la izquierda, deslizan
do el autobús de manera que pasó rozando la farola de
la calle. No tengo la menor duda de que si llego a estar
126
de pie en el escalón donde me encontraba inicialmente,
me habría estrellado contra la farola y ahora mi cuerpo
yacería espachurrado contra el suelo.
Me entró un escalofrío tremendo. En ese momento
supe con certeza que él había descubierto la carta de
Tsuyako. Era una certeza tal, que sentí cómo se me eri
zaban los cabellos uno por uno.
No mucho después, en otra ocasión, cuando íbamos
bajando la ancha cuesta de Matsuzaki, Niitaka conducía
como una bala y, aparentando esquivar a una bicicleta
que venía en sentido contrario, arrimó bruscamente el
lateral del autobús al lado izquierdo de la calle, rozando
a toda velocidad uno de los pinos de la hilera. En ese
momento, de nuevo sentí con total certeza que Niitaka
había querido matarme.
Sin embargo, como además de no mostrar ningún
cambio en mi comportamiento tampoco hice el menor
comentario al respecto de lo sucedido, Niitaka parecía
muy extrañado. Una vez que pasamos a la altura del
paso a nivel de Kashii, me llamó:
-¡Eh, Tomi-chan!
-¿ Sí? -le contesté desde la parte de atrás con la voz
más alegre que pude. Tras lo cual, me replicó enseguida:
-¡Tonta! -me replicó enseguida-. ¿Por qué no
vienes aquí delante? Avísame por si cruza el tren. Debe
estar a punto de pasar el de las diez y uno en dirección
norte.
Mientras decía esto iba bajando la velocidad del vehícu
lo. De nuevo le contesté con voz animada:
-¡Voy!
A continuación, me bajé para acercarme corriendo al
borde del paso a nivel.
-¡Vía libre de trenes! -grité, alzando ambos brazos.
127
Se trata de un lugar donde no es ya solo que, cuando
vas conduciendo, el paso a nivel surja de pronto entre las
sombras de las casas que lo rodean, sino que, además,
pasadas las ocho de la tarde, ya no está el guarda-barreras.
De hecho, en dos o tres ocasiones ha habido conductores
de camión poco acostumbrados a esa ruta que han sufri
do accidentes, así que el paso a nivel es muy peligroso.
Niitaka conoce perfectamente los horarios de los trenes
que pasan por allí y siempre conduce mientras va echan
do ojeadas a ese reloj Nardin de pulsera del que está tan
orgulloso. Si él considera que no hay problema, le suele
bastar con que yo diga «vía libre» desde dentro del auto
bús para cruzar por allí de un tirón. Por eso, me extrañó
hasta casi divertirme que esa vez se tomase la molestia de
llamarme para hacerme bajar y reducir la velocidad.
Como en Kashii se bajaron tres pasajeros, la lluvia me
había calado por completo y, con el cuerpo empapado,
me senté en el asiento junto al lugar del conductor que
ocupaba Niitaka. Sin embargo, él no hizo comentario
alguno. Se limitó a decirme:
-Debes de haber pasado frío, ¿eh?
Tras pronunciar con voz grave esas únicas palabras,
continuó la ruta a buena velocidad y en menos de una
hora desde que salimos, llegamos a Orio. Luego, des
pués de lavar el autobús entre los dos, volvimos a casa
sin abrir la boca y, de nuevo en silencio, comenzamos a
beber sake mientras nos observábamos mutuamente con
la mirada clavada el uno en el otro. De por sí, Niitaka
suele ser callado, pero esta vez, de un modo especial,
presentaba una actitud totalmente extraña, sin soltar
una sola palabra.
Al llegar la hora de acostarse, quizá por el efecto del al
cohol, Niitaka comenzó de pronto a hacerse el chistoso.
Era un tipo de humor que no pegaba nada con el callado
Niitaka de siempre. Por ejemplo, se dedicaba a imitar
la voz de varios actores de teatro moderno o del Kabuki
para remedar escenas de amor protagonizadas por per
sonajes de clases sociales que iban desde los mendigos,
empezando por lo más bajo, hasta los más insignes
generales, en lo más alto. Lo hacía muy bien y era muy
divertido. No pensaba que Niitaka pudiera tener esas ha
bilidades artísticas. Por eso, sin darme cuenta, me dejé
arrastrar y me reí a carcajadas a pesar de todo.
Sin embargo, al llegar la mañana de hoy, todo me
ha vuelto a parecer como un gran vacío. Qué extraños
son los sentimientos humanos, ¿verdad? Hoy, que me
he pedido el día libre en el trabajo, me dedico a mirar
por la ventana el paisaje lluvioso bajo esa tormenta que
no termina de amainar. Los hierbajos que crecen en el
tejado de la casa de enfrente o la fila de álamos que se
mecen al viento en la calle de allá a lo lejos o el negro
humo que expulsa el tren en dirección sur y que se va
difuminando, me parecen todos algo similar al destino
que me espera y, por más que pienso y pienso, me sien
to terriblemente triste y sola.
Escuchando el sonido del gotear de la lluvia sobre el
tejadillo de zinc justo debajo de mí, noté de pronto cómo
se me agolpaban las cálidas lágrimas en torno a los ojos
y me invadió una desazón mortal que me hizo sentir
que nada valía la pena.
Tú, Chieko, eres la única a quien puedo contar este
sentimiento tan triste y miserable que me inunda.
Mientras que no paro de pensar que tengo que hacer
algo, me siento incapaz de hacer nada.
Ahora mismo acabo de terminar de quemar de una
vez las cartas que guardaba como recuerdo de Tsuyako.
129
Casi parece como si hoy me hubiera pedido el día libre
en el trabajo con el único objeto de quemar esas espan
tosas cartas de las que quería deshacerme.
El destino es el que lo decide todo. Y creo que no hay
más remedio que dejarlo todo en manos del destino.
Porque en este mundo no existe eso que llaman Dios.
Chieko, ¿me harás el favor de llorar por esta miserable
Tomiko?
La quinta carta
Muchas gracias, Chieko.
Me han dicho que viniste a verme cuando yo estaba
sumida en coma. Gracias por todas esas hermosas flores
que me trajiste. Todavía se conservan frescas junto a mi
almohada. Te lo agradezco de corazón.
Desde tu visita ha pasado una semana en la que no
he sido consciente de nada. Según me dicen, la fiebre
me hacía murmurar en sueños. Me han explicado que
sufrí una fractura en el hueso craneal y, debido al em
peoramiento en torno de la herida, se produjo la fiebre.
Después, me han quitado los siete puntos de sutura que
me dieron y han vuelto a lavar la herida.
Ni siquiera yo sé muy bien cómo he conseguido sal
varme. Pero últimamente, desde que puedo levantarme
y sentarme por mí misma, voy recordando cosas poco a
poco.
En cualquier caso, todo sucedió muy poco después de
que te escribiese la última carta.
Niitaka y yo íbamos como siempre formando equipo a
bordo del Chevrolet y, a mitad de camino entre Hakata y
Orio, creo que debió ser poco antes de las diez y media,
130
llegamos al paso a nivel de Kashii. Era una noche horri
ble, en la que la lluvia caía azotada por el viento y no te
níamos un solo pasajero. Y es que era la noche número
doscientos veinte o doscientos veintiuna 1 •
Un poco antes de llegar al paso a nivel, por el espacio
entre la casa de un campesino y la fila de pinos, vi acer
carse a toda prisa la luz alargada de un tren en dirección
norte pero, a pesar de eso, exclamé con naturalidad y
alargando mucho el final:
-¡Vía libre de treneees!
No sé por qué dije una mentira tan terrible, ni recuer
do cuáles eran mis sentimientos en aquel entonces, pero
mientras me hallaba en el interior de ese autobús que
corría a toda velocidad azotado por el viento y la lluvia,
me encontraba muy deprimida y posiblemente sentía
que lo mejor era morir de una vez junto con Niitaka.
Por lo que me dijeron, aquel tren era uno añadido de
manera extraordinaria que, procedente de Kagoshima
o Kumamoto, estaba lleno hasta los topes de un grupo
de gente que iba a embarcarse con destino a Manchuria.
Como acababa de pasar el último tren desde Hakata,
que salía a las diez y un minuto, Niitaka solamente
pensaba en el tren dirección sur de las once, por lo que
creyó con facilidad lo que yo decía. Aceleró con todas sus
fuerzas con intención de cruzar el paso a nivel y girar a
la derecha en la curva pronunciada junto a la carretera
nacional. Me contaron que el parachoques del tren cho
có contra la cola del autobús, que salió despedido dando
1
Se cuenta por el calendario antiguo, por lo que corresponde a
mediados de septiembre, la época en que sopla más fuerte el
viento en Japón.
131
una voltereta en el aire y cayendo con las ruedas hacia
arriba al barranco de la ribera bajo las vías.
A Niitaka se le había clavado hasta lo más profundo un
pedazo de cristal en el vientre que le había entrado por el
costado, por lo que, al parecer, ya no se podía hacer nada
por él. Un tal Sr. Kakogawa que iba en el tren como revi
sor montado al final del convoy bajó corriendo en auxilio
y le ayudó a incorporarse, abrazándole por la espalda. En
ese momento, Niitaka abrió los ojos levemente y susurró
con gran esfuerzo:
-He fracasado. Me han atrapado. Es la venganza
de Tsuyako. ¡Maldita sea! ¡Ha sido Tsuyako, Tsuyako,
Tsuyako!
Según su relato, ya no volvió a decir nada más y expiró.
Ese revisor, Kakogawa, se tomó la molestia de venir
un día al hospital y contármelo. Cuando escuché sus
palabras, se me escapó sin querer una sonrisa de alegría.
Sentí como si volviera el calor a mis venas y mi salud
se recobrara hasta el punto de salir corriendo pletórica
de fuerzas. Porque veía que Niitaka murió siendo per
fectamente consciente de que, a través de mí, le había
alcanzado la venganza de Tsuyako.
Al pensar en ello, me brotaron las lágrimas sin parar,
por lo que fue una situación muy embarazosa. El Sr.
Kakogawa y la enfermera, que no sabían nada, se com
padecieron al punto de mí. Intentaban consolarme de
mil maneras sin conseguir que parase de llorar. Aunque
las lágrimas que derramaba eran de gratitud a Dios, no
paraban de decirme: «No te entristezcas, que te hará mal
al cuerpo» o «No llores, que te pondrás peor». En ese mo
mento se me ocurrió la siguiente reflexión: «No se debe
compadecer a las mujeres por sistema, porque uno nunca
puede saber el verdadero motivo por el que lloran».
Según me contaron el revisor y la enfermera, me en
contraron entre el destrozado armazón del autobús, he
cha un ovillo y con la cabeza adecuadamente protegida
por los brazos, por lo que todos quedaron admirados de
mis reflejos en el accidente. Por mi parte, estoy segura
de que debí adoptar esa posición antes del choque en sí.
Ayer me interrogaron a pie de cama con motivo del
caso. Acudieron cinco o seis personas de rostro severo,
que parecían ser miembros de la Policía y los Juzgados.
Se colocaron en derredor de mi cama y comenzaron a
hacerme preguntas. Pasé mucho miedo.
Les dije que yo había gritado «stop» en voz alta, pero
Niitaka no me hizo caso y pisó el acelerador intentando
cruzar el paso a nivel, ante lo cual todos asintieron. Debe
ser que conocían las maneras en que solía conducir
Niitaka. Comentaron entre ellos que era absolutamente
necesario poner un semáforo automático en el paso a
nivel de Kashii.
Cuando un hombre con bigote me preguntó: «Hemos
oído que vivía usted maritalmente con el Sr. Niitaka; ¿es
eso cierto?», les contesté afirmativamente. Creo que no
me puse colorada ni nada por el estilo. Todos se miraron
con complicidad y sonrieron. Entonces, un hombre de
unos cuarenta años con aspecto de inspector de policía
que parecía un esqueleto de color negro movió desorbi
tadamente sus hundidos ojos y me preguntó:
-¿ No habrá sido un intento de doble suicidio entre
esposos?2
2
El doble suicidio simultáneo de amantes o esposos (shinju)
tiene gran tradición en la cultura popular japonesa y se refleja
a menudo en la literatura y en los escenarios.
1 33
Y a continuación mostró sus blancos dientes en una
desagradable sonrisa, lo que me dejó helada.
Pero, reuniendo fuerzas, negué enérgicamente con la
cabeza, así que al poco tiempo se marcharon todos.
Por lo visto, los inspectores de policía son más listos
de lo que parece. Todavía me da un vuelco el corazón
cada vez que recuerdo el rostro del inspector que me
interrogó.
Estoy muy agradecida a Dios. Y es que, a pesar de que,
sacando valor de mi estado de depresión, grité «vía libre»
con la intención de que muriésemos juntos, solamente
maté a Niitaka y Dios me salvó a mí.
Cuando me recupere de la herida en la cabeza, volveré
a Minato Bus para seguir trabajando como chica de au
tobús. Y esta vez sí que estoy dispuesta a emplearme en
ello con todas mis ganas. Y alguna vez llegaré a conver
tirme en conductora. La mejor conductora de autobús
de todo el Japón. Creo que esa es la orden que me ha
dado Dios.
Y no pienso casarme en mi vida. Porque ya he conoci
do todo lo que una mujer puede llegar a conocer a lo lar
go de toda su existencia. A no ser que Niitaka resucitase,
no tengo ya interés en los hombres.
Los periódicos de aquellos días dedicaron grandes
espacios a hablar sobre Niitaka. Emplearon titulares
del tipo de «Los asesinatos por relevos del espantoso
demonio lascivo». Me contaron que, tras su muerte,
se dieron cuenta de que el conductor Niitaka había
estado todo el tiempo en busca y captura como sos
pechoso de asesino de mujeres desde que dejó la em
presa Ao Bus de Tokio. Además, Niitaka era el mismo
conductor que ya había tenido en Tokio en cierta
ocasión la experiencia de un choque frontal con un
134
camión, en el que a pesar de que la empleada que iba
como ayudante murió al instante, él se salvó de una
manera inconcebible; pero, quizá porque las expli
caciones que dio después fueron muy convincentes,
fue puesto en libertad sin cargos. Por eso, escribieron
que quizá también esta vez su intención era matar a
la mujer que llevaba en el vehículo y que vivía con él
como esposa mediante el choque con el tren, saltando
él afuera en el último momento. Posiblemente tú,
Chieko, también lo hayas leído.
Sin embargo eso es completamente mentira. Son in
venciones de la policía y los periodistas. Se compadecen
demasiado de mí. Al parecer, en la empresa de autobu
ses también sienten una gran lástima por todo lo que
me ha pasado. ¿No tiene gracia?
Pero a mí no me importa lo que piensen. El mundo es
así. Solo el juicio de Dios es correcto.
Por eso, la verdad solo te la he contado a ti, Chieko.
Pase lo que pase de aquí en adelante, de ninguna ma
nera debes convertirte en chica de autobús.
No quiero que te conviertas en una mujer como yo.
La sexta carta
Estimada Chieko:
Te envío mi última carta.
Después de haber echado esta carta, me marcharé a
algún lugar para cometer suicidio. No quiero que nadie
vea mi cadáver, por lo que te pido que hagas el favor de
no buscarlo.
Me perdonarás por ello, pero he enviado reunidas
en un paquete a tu nombre las fotos, ropas, libretas de
1 35
ahorro, sellos personales 3 , utensilios de hogar y otra
serie de cosas de Niitaka y mías. Por favor, repártelo
entre la gente necesitada. O también puedes regalarlo a
alguna escuela de primaria. Creo que con el dinero que
obtengan de todo ello les dará al menos para comprar
un pequeño órgano.
Realmente, aquel detective como un esqueleto negro
tenía razón en lo que dijo. Por fin he tomado conciencia
de ello. Mi intención era cometer un doble suicidio de
esposos junto a Niitaka. Y, a la vez, quería ser la última
de los dos en morir, aunque fuera por poca diferencia.
Y ahora, ambas cosas se cumplirán.
Por eso, en realidad puede decirse que yo todavía estoy
pendiente de completar mi muerte. ¿No es cierto que
Niitaka murió pensando que su muerte se debía a haber
sido alcanzado por el rencor de Tsuyako? Con toda se
guridad, ni en sueños pudo llegar a pensar que se había
tratado de una añagaza mía. Eso me ha convencido de
que Niitaka me amaba realmente desde el fondo de su
corazón.
Desde que me di cuenta de ello, no puedo casi ni te
nerme en pie del desasosiego.
Pero hay algo más. Dentro de mí se halla el embrión
del hijo que he engendrado con Niitaka. Cada vez que
pienso en Niitaka, siento cómo el feto se agita debajo de
mi corazón, con unas contracciones como golpecitos.
¿Qué voy a hacer si este niño nace?
Matándome a mí, mataré a la vez a este niño que está
tan maldito como yo.
1 37
La mujer de Marte
EL MISTERIOSO INCIDENTE DE LA ESCUELA
PREFECTURAL FEMENINA DE BACHILLERATO
EL CASO DE MISS CARBONIZADA
Los rumores y habladurías van formando
un laberinto de hipótesis
(Artículo autorizado para publicación en el mismo día de hoy)
143
esc u e l a afectad a se e n contra ba desde e l d ía d i eci n u eve
de m a rzo en el períod o de vacaciones pri m avera l , en los
a l oj a m i e ntos adj u ntos n o q u ed a ba ni u n a sola a l u m n a .
E n co n s ec u e n c i a , se h a i nte rrogad o a l m atri m o n i o d e
ed ad ava nzad a q u e vive al l í para enca rga rse de l a s ta rea s
doméstica s , a s í co m o a l vigi l a nte de esa noche, s i n q u e
se h aya o bte n i d o n i n gú n i n d icio sos pechoso. C l a ro q u e
l a po s i b i l i d ad d e q u e, po r ej e m p l o , a l g ú n vaga b u n d o
pervertido p u d i era fra n q u e a r l a a lta t a p i a d e h o rm i gó n
q u e rodea l a esc u e l a l l eva n d o co n s i go u n a c h i ca d e l
exte r i o r res u lta esca s a m e n te p ro b a b l e y poco m e n o s
q u e u n ej e rcicio de i m agi n ac i ó n . Po r tanto, ten iend o en
cue nta q u e , desde q u e se a utorizó a p u b l ica r noticias re
l a c i o n a d a s co n este s u ceso el cu rso de l a i nvestigación
pa rece h a ber ca m biado por com pl eto, es pos i b l e que se
p rod uzca u n a revelación i n esperada desde un á n g u l o no
menos i nesperado.
144
cuando se fu n dó l a Escu e l a , h a b ía s i d o u n a d e l a s casas
d e l vec i n d a ri o desti n a d a s a d e m o l e rse, pero debido al
criterio del S r. M o ri s u , d i recto r de l a Escuela, se deci d i ó
co nserva rla co mo a u l a pa ra l a s clases de b u e n a s m a n e
ras d e l a s a l u m n a s . S i n e m b a rgo , puesto q ue, gracias a
l a s d o n aciones de estu d i a ntes ya grad u a d a s , se ed ificó
j u nto a l a puerta pri ncipal de l a Escue l a u n a s a l a de cere
mon i a del té para d icha e n se ñ a nza de b u e n a s m a neras,
el cobertizo i n i c i a l fue perd i endo s u uti l idad d e m a n era
n at u ra l y, h a sta q u e s ufrió el i n ce n d io, se con s e rvó para
s u uso co m o tra stero, a m o nto n á ndose, ta nto en el piso
s u pe r i o r co m o e n e l i nfe r i o r, ute n s i l ios p a ra las com
pet i c i o n e s d e po rtiva s , piza rras d esga sta d a s , l á m paras
e n d e s u so, bote l l a s vacía s , ca l d e ros v i ej o s o s i l l a s d e
m i m b re a ntigu a s . Segú n se d i ce, e l cadáver se h a l l a b a
e n e l p i s o i nfer i or, tu m bado d e costado, pos i b l e m e nte
desde q u e se i n ició el fuego . Ad e m á s , d e b i d o a la gra n
v i r u l e n c i a d e l a s l l a m a s , e l s i ste m a m u scu l a r -d esde
e l a bd o m e n hacia a bajo- q u edó tota l m e nte red u c i d o
a u n a red d e fi l a m e ntos e n n egrecido s y carbo n izados,
e n redados e n to rno a l a o s a m e nta, que mostra b a n u n
as pecto terri blemente maca b ro. S e d a l a c i rcu n sta ncia de
que e l d i rector de esta escu e l a , e l S r. Reizo M o ri s u , es
un fervoroso creyente del cristi a n i s m o que, co n objeto de
ded icar tod a s u vida a l a e n se ñ a nza, h a perm a necido sol
tero. Desde l a fu n d ación de l a Escue l a , h a desem peñado
d u ra nte trei nta a ños l a pesada res po n s a b i l idad de ser su
D i recto r, n o co nociéndosele un solo des l iz al res pecto.
Los ga l a rdones, d i stinciones sociales, co ndecoraciones y
demás q u e h a recibido son l itera l mente i n conta b l es y s u
ren o m b rada figu ra s i m bol iza u n Di rector de Escuela mo
dél ico e n tod a l a Prefectu ra . El d ía e n q u e tuvo l uga r el
s uceso, se enco ntra ba en su domici l i o de l a c i u d a d , s'ito
145
en S a n bancho, pero, e n c u a nto tuvo n oticia d e l a emer
ge n c i a , co rrió co m o e l q u e m á s a l l u ga r de los hechos,
sacó de l a Escu el a las i m ágenes sagradas y, tras dar i n s
trucciones a los profesores y e m pleados de poner a sa lvo
los docu m e ntos y m ateri a les de est u d i o , ayud ó a evita r
l a p ropaga c i ó n d e l fu ego, ca u s a n d o l a ad m i ra c i ó n y el
elogio de todos los q u e conte m p l a ro n s u actitud valerosa
y sere n a . S i n e m ba rgo, tras el i ncidente, se h a recl u ido en
s u d o m ici l i o s i n q u e re r reci b i r a n a d i e . P resenta un as
pecto dem acrado y depri m ido, por lo q u e todos aquel los
que conocen a l serio y a pocado maestro de esc u e l a , no
pueden s i n o com padecerse de él a nte ta l estado.
Segú n se cuenta, l a a nted icha co n d ición d el m aestro
h a sido rel atad a por l a vetera n a doce nte Tora ko To ra m a ,
q u i en el pasado vei ntici nco de m a rzo vis itó a l d i rector de
l a escu el a con motivo de una reu n ió n de tra bajo. Segú n
l a m i s m a , este l e reve l ó ento n ces u n a serie de d eta l l es
con las s i g u ientes palabras: « Puesto que yo m i s m o estoy
bajo i nvesti gaci ó n , no soy q u ién para h acer co mentarios
pero, por l o que a mí res pecta, creo que n o he vi sto en
m i v i d a n a d a tan ext ra ñ o . S i b i e n e l v iej o cobertizo se
h a l l a e n un extre m o de l reci nto, a p a rti r de las seis d e
l a ta rd e te n go estricta m e nte p ro h i b i d a s las e n t ra d a s
y s a l i d a s p o r l a p u e rta de l a escu e l a , c o n excepción d e l
viejo m atri m o n i o de e m p l eados de servicio y el vigi l a nte
noct u r n o . E ste es u n a s pecto co n el q u e l l evo es peci a l
cu i d ad o pero, a pes a r d e e l l o , ¿ q u é c l a s e d e p ers o n a
p u ed e h a ber penetrado e n el i nte rio r y h a be r l l evado a
cabo u n a cosa semej a nte? N o se m e ocu rre n a d i e q u e
pueda gu a rd a r rencor h acia m í o hacia l a escu e l a . Y, por
s u p uesto, n o co n c i bo q u e sea o b ra d e a l g u i e n rel a c i o
n a d o co n l a p ro p i a esc u e l a , por l o q u e n o p u ed o s i n o
dec i r q u e se trata de u n caso rea l mente m i sterioso y por
co m p l eto i n e s perado. Creo q u e en ú lt i m a i n sta n c i a los
res ponsa bles de l a i nvestigación nos acl a ra rá n la verd ad
pero, en c u a l q u i e r caso, p u esto q u e este i n exp l i ca b l e
c a s o h a ten i d o l u ga r e n e l reci nto de n u estra esc u e l a ,
ca be pe n s a r q u e en l a d i rección del fu nci o n a m iento d e
l a m i s m a se h a p rod ucido al gú n ti po de descu ido. Esa
res po n s a b i l i d a d , lógica m e nte, es m ía , por lo q u e a h o ra
he to mado esta deci sión de recl u i rme en casa». Etc, etc.
147
d e trastor n o m en ta l y, acu d i e n d o j u nto a l a ca sera d el
e d i fi c i o, S ra . S u m i ko Wata n a be, co me n zó a gol pea rse l a
ca beza en s i lencio y a derra m a r l á gri m a s . Acto segu ido,
comenzó a ori n a r sobre los v ian da ntes desde l a venta n a
d e l segu n d o p i s o m ientras l a nzaba ri sota d a s y co m etía
otra s acciones a bs u rd a s , s i n ca l m a rse l o m á s m ín i m o .
E n m itad de l a noche, comenzó a l lo ra r estruendosamen
te y a gritar: «Es esa ti pej a » , « Es esa ti pej a » . «Ca rbo n i
l l a » , « Es e s a ti pej a » , « ¡ Es M a rte ! » , « ¡ M a rte ! » , « ¡ E s el
d e m o n i o ! » , « ¡ E l d e m o n i o ! » o s i m i l a res, sobresa lta ndo a
l a patro n a S u m i ko co n s u s i n cesa ntes gritos. E l d i rector
M o r i s u perm a n ec i ó tod o e l d ía s i g u i ente, p r i m e ro de
a b ri l , g u a rd a ndo ca m a exte n u ado por e l ca n s a ncio y s i n
p robar bocado. Por otra pa rte, hacia l a s d iez de la noche
del m i s m o d ía u no, cuando l a docente To ra ko Tora m a -a
q u i e n nos referi mos e n el a p a rtado a nterior- se perso
nó para vis ita rle, l a patro n a S u m i ko acu d i ó a des perta rlo
pensando que conti n u a ría e n ca m a , pero se e n contró el
futon co n a s pecto d e h a be r sido a b a n d o n a d o escasos
momentos a ntes . El revuelo se i ncrementó cuando j u nto
a la a l m o h a d a se descu brió un sobre a b i e rto q u e conte
n ía u n a l a rga ca rta escrita co n l etra de m ujer y, a l lad o
d e d i cho sobre, u na dec l a ración de ú lt i m a s vo l u ntades
d i ri g i d a a l a S ra . To ra m a . Por p a rte de l a Prefectu ra , la
Pol icía y los colegas del profeso rado de s u Escuela, se ha
co menzado l a b ú s q u ed a del Di rector desaparecido, pero
a fech a de esta m a ñ a n a , conti n ú a e n paradero descono
cido. Ahora solo q ued a el bu sto de bronce forjado en ho
menaje a l que tod avía es Di rector de l a Escuela, y que i ba
a ser erigido a l a entrada de l a p ro p i a esc u e l a . Au n q u e
se h a b ía a n u nciado q u e el escu ltor Sei u n As.a k u ra esta ba
tod avía en la fase de modelado, e l b u sto ha a p a rec ido,
p a ra sorpresa d e tod o s , e n e l a rm a rio de l a h a b itac i ó n
de l a pen s ión q u e ocu paba e l S r. M o ri s u , envuelto en u n
paño b l a n co co n polvo y l i m ad u ras de b ro n ce. Por cierto
q u e, en la co n fu s i ó n , ta nto la carta co m o el testa m ento
q u e se h a l l a ro n j u nto a la a l m o h a d a d e l D i recto r h a n
desa p a recido y, l o m i s m o l a patro n a S u m i ko co m o l a
p rofesora To ra m a desco n ocen s u pa radero. N i n gu n a d e
l a s dos co n oce e l co nte n ido de a m bos docu m e ntos, l o
q u e s u mado a l a aparición del referido b u sto del Di rector,
co n stituyen deta l l es por e l m o m e nto i nexp l icables q u e
atraen l a atención de todos aquel los relacion ados con e l
caso de l a desaparición d e l S r. M o ri s u . Y n o s o l a m ente
eso, s i n o q ue, a j uzga r por l a s pa l a b ras q u e dejó esca par
el referido S r. M o ri s u , los dos m a n u scritos mencionados
p ueden res u lta r i nca lcu l a blemente decis ivos a l a hora de
desve l a r e l sec reto d e l caso d e M i s s Ca rbo n izad a . Po r
e l lo, p rec i s a m e nte l a pers o n a q u e de m a n era extraord i
n a ri a co n s i g u i ó s u straerlos a nte la m i rada de tod os, se
ha co nvertido en el p r i n c i p a l sos pechoso de este caso,
teoría q u e va exc ita n d o cada vez más l o s á n i m o s de
todos los i m pl icados e n l a i nvestigaci ó n . Puesto que los
i nd icios a p u nta n a q u e todo q ued a rá acl a rado cuando se
desc u b ra el paradero del Di recto r M o ri s u , los esfuerzos
d e l a i n vestigación pa recen centrarse ahora en esta cues
tión . Por otra parte, segú n u n e m p leado de la estación d e
tren q u e con oce de vi sta a l D i rector, u n sujeto de as pecto
d e m acrado q u e se le pa recía m u c h o y q u e n o l l evaba
s o m b rero co m p ró un b i l l ete pa ra el ú lt i m o tren del d ía a
Osaka, en el q u e a l pa recer s u bió, por l o q u e ahora d icha
i nvestigación h a a l a rgado s u brazo ta m bién h a sta a l l í.
149
LA ESCUELA PREFECTURAL FEMENINA
PATAS ARRIBA
¡EL DIRECTOR MORISU HA ENLOQUECIDO!
¡LA PROFESORA TORAMA APARECE AHORCADA!
¡EL SECRETARIO KAWAMURA SE DA A LA FUGA
CON UNA FORTUNA!
¿SECUELAS DEL CASO DE MISS CARBONIZADA?
( E l te l éfo n o d e O s a k a ) . E ste p e r i ód i c o ya i n fo r m ó a l
p u n to d e q u e ex i st e n i n d i c i o s q u e a p u n t a n a q u e e l
d e s a p a re c i d o R e i z o M o r i s u , D i recto r d e l a E s c u e l a
P refect u ra ! Fe m e n i n a , s e h a b ía d i ri g i d o a O s a k a . Pero,
de i m p rov i s o , e n la m a d r u ga d a d e l d ía t re s , en l a s
cerca n ía s d e N a ka n os h i m a (d i strito N o rte, c i u d ad d e
O s a ka) , M o r i s u a p a reció vest i d o co n u n a l evita d e s a rre
g l a d a a bo rd a n d o a todo el q u e se c r u z a b a co n fra s e s
co m o : «/¿ N o co n oce u sted a l a m uj e r d e M a rte ? » , « ¿ N o
h a ve n i d o p o r aq u í M i s s Ca rbo n i z ad a ?» , « ¿ D ó n d e está
U t a e A m a kawa ? » , «To d o son m e n t i ra s » , «To d o s o n
ca l u m n i a s s i n fu n d a m e nto» y cos a s p o r e l esti l o , s i n e l
m e n o r s e n t i d o , p o r l o q u e , d e m o m e nto, se e n c u e ntra
bajo l a c u stod i a d e l a Po l i cía d e N a ka n o s h i m a . A pet i
c i ó n de esta s m i s m a s a uto r i d a d es po l i c i a l e s e l p rofes o r
Kobaya kawa , s u bd i recto r d e l a E s c u e l a , p e s e a esta r
e n o r m e m e nte ata reado co n m otivo d e l o s p repa rativos
del i n i c i o i n m i n e n te del p róx i m o c u rs o , se h a d i ri g i d o a
O s a ka e n e l exp reso d e l a s o n ce d e l a m a ñ a n a . Po r otro
l a d o , tras la p a rt i d a del citado s u bd i recto r, la e n c a rgad a
d e l a l i m p i eza d e s c u b r i ó e n l o s c u a rtos d e b a ñ o d e l
p rofesorado el c u e rpo a h o rcado d e l a vete ra n a d ocente
d e l m i s m o centro S ra . To rako To ra m a (42 a ñ os) q u i e n ,
baj o l a s ó rd e n e s d e l adj u nto a l S u bd i recto r, p rofes or Ya-
m a g u c h i , h a b ía acu d i d o ta m b ié n p a ra e n ca rga rse d e l a s
n u m e ro s a s ta rea s d e ca ra a l a i n a u gu ra c i ó n d e l n u evo
cu rso esco l a r. Pero, c u a n d o tod os se h a l l a b a n s u m idos
e n una con sternación tod avía m ayo r por e l i n cide nte, el
ofi c i a l d e po l i cía qu e h a b ía acu dido d e serv i c i o a l a Es
c u e l a descu brió q ue e l j o ro b a d o H id e a k i Kawa m u ra (51
a ñ o s ) , co m pa ñ e ro d e trabajo d e l D i rector M o r i s u d u
ra nte trei nta a ñ o s y u n o d e l o s rostros re p resentativos
d e la E s c u e l a , q u e ta m bi é n h a b ía acu d i d o a tra baj a r en
los p repa rativos de l n u evo cu rso e n su ca l i d ad de Secre
ta rio, de p ro nto ya no se e n co ntraba a l l í. La i n s pecc i ó n
q u e, por ruti n a , se l l evó a ca bo t r a s e l descu b ri m i e nto,
reve l ó i n es pe ra d a m e nte q u e los c i n co m i l y p i co ye
nes q u e se g u a rd a b a n en la caja fu e rte p a ra paga r l a
co n fe cc i ó n d e l b u sto d e l D i rector M o r i s u y l a l i b reta
b a n c a r i a q u e d e b ía reg i st ra r u n s a l d o de ochocie ntos
vei nte ye nes pa ra las actividades soci a l es d e l a Escuela
h a b ía n d e s a p a recido. Tra s p regu nta r e n e l Ka n gyo B a n k,
d o n d e se h a l l a b a n de pos itados d i chos a h o rros , se s u po
q u e poco tiem po a ntes , h a c i a e l m ed i od ía , e l Secreta rio
Kawa m u ra h a b ía a c u d i d o a d i c h o b a n co , ret i r a d o la
p ráctica tota l i d a d d e la ca n t i d a d d e p o s i t a d a y a co nti
n u ac i ó n , a b a n d o n ad o e l l u ga r co n actitud a p res u ra d a .
Po r otra p a rte, se h a de s cu b i e rto q u e s u es posa H a ru
(47 a ñ os) , q u e vivía e n u n ed ifi cio d e a p a rta m e ntos d e
l a s a fu e ra s , h a d ej a d o tod a s s u s perte n e n c i a s e n ca s a ,
y, l l evá n d o s e s o l a m e nte l o i m p resci n d i b l e p a ra e l v i aje,
ha d e s a p a rec i d o d e l a m i s m a m a n e r a . As í, un s u ceso
t ra s ot ro va e n vo l v i e n d o e l caso d e m a n e ra q u e cada
vez l eva nta m ayo r rev u e l o . De bido a tod o e l l o , han co
m e n zado l o s i nte rrogatorios a tod os y cada u n o de los
m i e m b ros d e l a citada E s c u e l a . De m o m e n to h ay q u e
ad m iti r q u e l a s ituación s e h a co m p l icado y e s p roba b l e
q u e d u ra nte u n l a rgo t ie m po n o p u ed a n rea n ud a rse l a s
c l a s e s. Ta nto l a p rofesora To ra m a , q u e se h a a h o rcad o ,
co m o e l Secreta r i o Kawa m u ra , q u e h a h u i d o , s i e m p re
h a bía n mostrado por el D i recto r M o ri s u , u n a adorac i ó n
co mo s i se trata se d e u n d i o s , y a m bos e ra n d e los q u e
m á s se esforzaba n p o r loca l iza r el pa radero d e este. N o
obsta nte, a pes a r de ser los q u e m á s debería n a legrarse
a h o ra al s a be r q u e e l D i recto r h a bía s i d o l oca l izado, los
dos to m a ro n actitudes tota l m e nte co ntra ri a s a l o es pe
rad o . No q u ed a s i n o d eci r q u e en este caso se s u cede
un m i ste rio tras otro y n o res u lta d ifíc i l de i m agi n a r q u e
debe h a be r ocu lto tras é l u n secreto d e l a m ayo r i m por
ta n c i a . Por otra parte, l a m uj e r l l a m ad a Utae A m a kawa ,
cuyo n o m b re p ro n u n c i ó atrope l l a d a m e nte e l e n loq u e
c i d o D i recto r d e E s c u e l a e n O s a k a , e ra u n a a l u m n a
recién l i ce nciada e n l a m i s m a Escu e l a , conocida por ser
d e las m ej o res e n las co m peti c i o n es de po rtivas y cuyo
a podo desde t i e m po atrás e ra e l d e « S e ñ o rita M a rte» .
Poco d e s p u é s d e fi n a l i z a r s u s estu d i o s , s e e m p l eó e n
l a s ofi ci n a s de u n periód ico de O s a k a , p o r l o q u e pa rece
q u e el D i recto r M o ri s u , tras su ataq u e de locu ra, acud ió
a l a reg i ó n e n s u b u sca y n o res u l ta d i fíci l d e co legi r
q u e exi ste a l g ú n t i po de estrec h a re l a c i ó n entre el caso
d e M i s s Ca rbo n i z a d a y Utae A m a kawa y q u e e n estos
m o m e ntos se e n c u e nt ra i nvest i ga n d o cu i d a d o s a m e nte
la a utori da d co m petente.
EL SOMBRERO DEL DIRECTOR MORRIS APARECE
EN LO ALTO DE LA CRUZ
SE HA ENCONTRADO EN LA IGLESIA CATÓLICA DE LA CIUDAD,
JUNTO A UNA HORQUILLA PARA EL PELO CUYA PROPIETARIA
SE DESCONOCE
MARCAS DE DENTELLADAS EN EL ALA DELANTERA
DEL SOMBRERO
Ta l y co m o ve n i m os i nfo r m a n d o, desde q ue el p a s a d o
vei n t i s é i s de m a rzo s e desata ra el m i sterioso i n cen d i o
e n l a E s c u e l a P refect u ra ! Fe m en i n a , s e h a dese n ca de
n ad o u n a serie de i n c i dentes n o m e n o s m i ste ri o s o s ,
co m o el h a l l azgo de M i s s Ca rbo n izad a , l a des a p a ri c i ó n
del D i rect o r de l a E s c u e l a y s u e n l o q ueci m i e n t o , l a
m uerte por a h o rca m iento de l a p rofesora To ra m a y l a
des a p a ri c i ó n d e l Sec reta rio Kawa m u ra con u n a elevad a
c a n t i d a d de d i nero. Tod avía n i s i q u iera s e co n oce l a
rea l i d a d en to rno a d i cho i n ce n d i o , p o r l o q ue tanto l a s
a uto rid ades d e l a E s c u e l a como l a s d e l a P refect u ra y
l a Po l i cía se h a l l a n s u m i d a s en u n i n a u d ito to rbel l i n o
d e desco n cierto . Y a h o ra , u n a vez m á s , d e n uevo se h a
p rod ucido u n m i sterioso s u ceso fuera d e tod a p rev i s i ó n
en el i nterior d e l a igles i a cató l ica d e l a c i u d ad -fu n d a
d a grac i a s a l fe rvo r creyente del D i recto r M o ri s u- q ue
h a vue lto a s u m i r a tod o s l o s i m p l i c a d o s e n e l m á s
p rofu n d o desco n cierto. H ac i a l a s d iez d e l a m a ñ a n a de
este d ía c i n co, en el 2-41 -4 de l a Ave n i d a de la Costa de
esta ci u d a d , e n la igles i a cató l ica q ue, co m o era h a bi
tu a l , agu a rd a ba l a l legad a de l o s fieles por t rata rse de
un d o m i ngo y tener q ue celeb ra rse l a m i s a , se p roced ió
a ta l efecto a a b ri r l as puertas del a lta r fro nta l , descu
briéndose con gra n sorpresa q ue en l o a lto de l a cruz de
1 53
p l ata q u e se h a l l a b a clavada j u sto e n e l centro d e l a ltar,
co l g a b a u n s o m b re ro d e copa desco n oc i d o y u n a h o r
q u i l l a d e p l ata co n i n c ru stac i o n e s d e fl o rec i l l a s roj a s .
Desco l g a n d o l o s o bj etos y p roced i e n d o a exa m i n a rl o s ,
se s u po po r el n o m b re q u e esta ba escrito en el i nte rior
d e l a ch i stera e n cuestión que ta l s o m b re ro perte necía
a l D i recto r M o ri s u , fe rvoroso fe l i grés d e esta m i s m a
i g l es i a . E n c u a nto a l a h o rq u i l l a -po r e l m o m e nto se
d e s c o n oce s u p ro p i et a r i a-, fu e l l evad a j u nto con el
so m b re ro a l a co m i sa ría centra l d e Pol i cía por pa rte d e
l o s agentes d e l p u e sto l oca l d e l a s ce rca n ía s d e l l u ga r.
Las a uto r i d a d e s po l i c i a l e s , q u e e n estos m o m e ntos se
h a l l a n en estado d e te n s i ó n po r un caso re l a c i o n a d o ,
co n s i d eraron q u e n o pod ía n d ej a r esca p a r este a s u nto
y, s i n perd e r t i e m po, e n v i a ro n s u s efectivos a la igles i a
e n c u est i ó n , p ro h i b i e n d o l a e n t r a d a a l o s fi e l e s . Pese
a l l ev a r a ca bo u n a estricta l a bo r d e i nvesti gaci ó n , no
han e n co ntrado un solo p u nto sos pechoso en l a sala d e
cu lto de l a refe r i da igles i a y l a m uj e r a l a que i nte rroga
ro n por t rata rse de la p ri m e ra pers o n a q u e e n t ró esta
m a ñ a n a e n la s a l a desti n a d a al c u lto ( h a c i a l a s n u eve
h o ras) d ij o n o h a be r vi sto a n a d i e q u e co n a nteri oridad
se a p roxi m a s e a l a lta r, por l o que los agentes h u b i eron
d e res i g n a rse a volver co n las m a n o s vacía s . Po r c i e rto
q u e , u n a vez q u e el so m b re ro de co pa fu e l l evado d e
v u e lta a co m i s a ría , u n exa m e n m á s m i n u c i o s o reve l ó
q u e e l a l a d e l a ntera p resentaba h u e l l a s de h a ber s ufrid o
u n a e n é rg i ca m o rd ed u ra , d i st i n gu i é n d o s e c l a ra m e nte
l a s m a rcas de d i e ntes i n c i s ivos y ca n i n o s . Ad e m á s , los
expertos co i n c i d e n e n que d i c h a s m a rcas deben perte
n ece r a l a d e ntad u ra de u n i n d iv i d u o j ove n , s a n o y vi
go roso, l o c u a l h a gen e rado un n u evo rev u e l o e n torno
a este a s u nto. En res u m e n , si e l m i ste rioso j oven q u e
1 54
se s o s pec h a q ue entró en l a i gles i a , fi n a l mente g u a rd a
a l gu n a re l a c i ó n co n l a cade n a d e s u cesos m i steriosos
q u e a c o n teciero n t r a s e l i nexp l i ca b l e i n ce n d i o e n l a
Escuel a P refectu ra ! Femen i n a , p uesto q ue l a p rofesora
To ra m a m u ri ó a h o rcada y el j o robado Secreta rio se d i o
a l a fu ga , aq uel los q ue pen s a b a n en e l l o s d o s co m o los
s o s pechosos de h a l l a rse t ra s l o s m i steriosos s u cesos,
han perd i do con este n uevo i n cidente los fu n d a mentos
de s u s s o s pec h a s . En co n secue n c i a , a h o ra q ue res u lta
del todo i m po s i b l e pe n s a r e n q ue a l g u n o de l o s d o s
p u e d a ser el verd adero c u l p a b le, tod a s l a s pers o n a s
re l a c i o n a d a s de a l g u n a m a nera co n l a i n vest i g a c i ó n
d e l c a s o h a n vue lto a q ued a r i n mers a s en u n a espesa
m a ra ñ a de n ie b l a .
¡INESPERADO!
¿EL CULPABLE DEL CASO DE LA MUJER
CARBONIZADA ES LA HIJA DEL SUPERVISOR
PREFECTURAL DE EDUCACIÓN?
LA CHICA HA HUIDO CON SU MADRE CON
DESTINO DESCONOCIDO
SU PADRE EL SUPERVISOR CONSCIENTE DE QUE DEBERA
ASUMIR RESPONSABILIDADES
1 55
l u ga r, d e n o m b re A i ko To n o m iya ( 1 9 a ñ o s) , l l eva n d o
a l a c h i c a a u n a d e l a s h a b i ta c i o n e s d e l i n te r i o r d e
d i c h a i g l e s i a . S i n e m ba rgo, p o r n eces i d ades s u rg i d a s
d e este i n ter rogato r i o , perm i t i e ro n q u e h a c i a l a s tres
d e l a ta rd e del m i s m o d ía la j oven A i ko regre s a ra a s u
d o m i c i l i o de m a n e ra te m po ra l . N o o bsta nte esta m ujer
s u po e l u d i r co n gra n osad ía l a estricta vigi l a n c i a a q u e
esta ba someti d a y, j u nto con s u co nva l eciente m a d re, s e
h a m a rc h a d o pa ra ocu ltarse e n l u ga r desconocid o, s i n
d ej a r m á s rastro q u e u n a ca rta d e des ped i d a d i ri g i d a a
s u pad re, e l S r. Ai s h i ro To n o m iya . Co n res pecto a este
grave descu ido, las a uto ridades de Pol icía h a n e n m ud e
cido por a l g ú n m otivo, s i n dej a r esca par el m á s m í n i m o
co menta ri o . Ade m á s , a nte e l hecho d e q u e n a d a i nd ica
que se h aya proced ido a l a búsq ueda de a m ba s m uj e res,
no ca be s i n o deci r una vez m á s que se trata de un a s u n
to extre m a d a mente m i ste rioso. Por otra p a rte, co m o es
sabido, el pad re de l a citada m ujer, S r. Ai s h i ro To n o m iya ,
S u p e rv i s o r d e Ed u ca c i ó n d e esta p refectu ra y u n a d e
l a s gra n des figu ra s de l a pol ítica n acio n a l , co nd ecorado
co n l a más a lta d i sti n c i ó n i m pe ri a l , es a d e m á s e l n i eto
p o r p a rte pate r n a d e l m a rq u é s Tad a s u m i To n o m iya,
viej o M a ri sc al del Ej é rcito. Sorpre n d i d o a l verse ta n d i
recta m ente afectado por esta traged i a -pa s a l a s h o ra s
a bati d o e n u n a tri steza s i n l ím ite y a s u m i e n d o l a g ra n
i m porta ncia d e l conte n i d o de l a ca rta de des ped i d a- ha
to mado l a dec i s i ó n de d i m iti r de su ca rgo pa ra p roteger
e l h o n o r d e l a esti rpe fa m i l i a r co m o fo r m a d e ace pta r
res po n s a b i l idades, rea l izando el s i g u i e nte co mentario a l
period i sta q ue acu d i ó a vis ita rle:
«No ten go p a l a b ras de d i scu l pa . Pero a u n a s í, m e re
s u lta i m pos i b l e pen s a r q u e m i h ij a h aya pod ido co meter
un d e l ito ta n terri b l e co m o el de a s es i n ato y posterior
i n cend i o provocado. I nc l u so el q u e d u ra nte s u a s i stencia
a l a E s c u e l a P refectu ra ! Fe m e n i n a d e B a c h i l l e rato m i
h ij a Ai ko y esa m uj e r d e M a rte, Utae A m a kawa , fu e ra n
a m iga s ta n ínti m a s co mo n o h ay otra s dos, e s a lgo d e l o
q u e tengo n oticia a h o ra por pri m e ra vez. Por s u p u esto
ta m poco me viene a la ca beza n i ngú n deta l l e q u e h aga
pen s a r q u e e ntre a m bas p u d i e ra h a berse da d o a lgo ta n
i n d ece nte como u n a m o r q u e d ej a s e re ncores m utuos.
Sea e l l o cierto o no, yo voy de sorpresa en sorpresa. Los
res po n sa bles de la i nvestigación me h a n ped ido p reca u
ción a l res pecto y, pen s a n d o en q u e m i h ij a p ued a tener
u n futu ro fel iz, e n l a med i d a de lo pos i ble n o deseo que
todo esto se h aga p ú b l ico. L e ruego por favor q u e no me
p regu nte m á s sobre el a s u nto. Po r el m o m e nto, ign oro
e l motivo por el c u a l se h a esca pado de casa l levá ndose
a s u m ad re. H asta a h o ra h e vivido sin secretos n i d i scu
s i o n es co n m i m ujer y m i h ij a , y en estos momentos m e
encuentro estu pefacto a nte el h echo de qu e , s i n es perá r
melo, me h aya n a ba ndonado de repente. Estoy segu ro de
que mi es posa To m e y mi h ij a Ai ko l l ev an co n s igo u n a
gra n ca ntidad d e d i n e ro, por l o q u e n o creo q u e tenga n
d ifi c u ltades p a ra m a nte n e rse d u ra nte u n b u e n tiem po.
No te ngo l a m e n o r idea de a d ó n d e p u ed e n h a be r i d o .
P o r s u p u esto, m i i ntención es l a de as u m i r res pon s a b i
l i d ades, pero h a sta q u e esta cu estió n n o se h aga p ú b l ica
de m a nera ofici a l , m e gu sta ría que m a ntuviera en secreto
m i d eci s i ó n j u nto con todo lo h a blado aq u í». Y con ta les
palabras se expresaba.
1 57
A l a atención de m i señor pad re
Pad re:
Le agrad ezco m u ch o s u s c u i d ad o s d u ra n te todo
este ti e m po. D ebido a que esta A i ko y su m a d re no
q ueremos ca u s a rl e tod avía más molesti as y porq ue no
q u iero entri stecer más a mi m a d re n i em peora r s u en
fermedad, h e decidido po ner fi n h oy a n uestra esta ncia
e n esta ca s a . Respetuosamente, q u ie ro exp resa rle m i
m á s profu ndo agradeci m i ento por e l t i e m po co m pa r
tido h a sta hoy.
Todo l o s u ced ido e n m i escuela es res po n s a b i l idad
m ía por n o h a ber prestado l a s u fi c i e nte ate n c i ó n . La
m ujer fa l lecida en el i n cen d i o es Utae Ama kawa y pue
d o ga ra ntiza r co n tod a segu ridad q u e se trata d e u n
s u icidio. S i m e h u biese dado cuenta ta n solo u n poco
a ntes de q u e Utae Ama kawa ten ía la i ntención de s u i
c i d a rse, n o h a b ría s u ced ido u n a cosa co m o esta . H a
s i d o u n a l a menta b l e fa lta por m i parte. Por otro lado,
he co nfesado a l a Pol icía q u e no es otra s i no yo q u i en
hoy h a colocado e l som b re ro del D i recto r M o r i s u y l a
ho rq u i l l a floreada de cierta joven geisha e n l a cruz, a s í
co mo l o s motivos q u e m e l levaron a h acerlo. Por cier
to, pad re, q u e los pol icías me h i cieron u n as p regu ntas
tota l m e nte i nesperad a s sobre u sted , pero co mo no sé
n a d a de e l l o , nada h e pod ido co ntesta r. Basán dose en
un docu mento enviado por l a s u icida Utae A m a kawa,
l a Po l i cía pa recía con ocer m u chos deta l l es d e l a vid a
ocu lta q u e u sted l l evaba, y po r e s o , pa ra s u referencia,
he q uerido a ñ ad i rl e esa i nformaci ó n .
S i n e m b a rgo , e n m i caso, n o p rete n d o e n m o d o
a lgu no s u i c i d a rme. Puesto q u e me h e fugado de casa
ú n i c a m ente co n l a i nte n c i ó n de c u i d a r de mi m ad re
enferma en a l gú n l u ga r tra n q u i lo h a sta q u e se m ejore
a p reci a b l e m e nte, pqr ta nto l e p i d o q u e d e n i n g u n a
m a nera i nte nte n uestra b ú sq ued a . Y n i q u e deci r tiene
que l e p i d o i g u a l m e nte que n o i nte nte ave ri gu a r por
qué l l evé a ca bo a q u e l l a acción ta n extra ñ a . Creo q u e
eso será lo mejor para l a fel icidad de u sted y l a m ía .
P o r favor, cu ídese m ucho.
Ai ko
Pa ra s u i n fo r m a c i ó n , l e s a ñ a d i m o s q u e l a Ai ko To
n o m iya q u e fi rm a esta ca rta , d u ra nte s u ti e m po e n l a
Escuela Prefectu ra ! Fe m e n i n a d e Bach i l le rato fu e co n o
c i d a co m o «el l u ce ro d e n u estra E s c u e l a » d e b i d o a s u
be l l ez a , a d e m á s d e s e r u n a c h i ca c o n u n gra n ta l e nto,
cuyos res u ltados académ i cos han sido un h o n o r para el
citado centro.
1 59
Al profesor Morisu, Director de la Escuela
De la mujer de Marte
160
las relaciones entre los implicados en un sobre, para en
viarlo todo acompañado de otra copia de esta carta a un
tercer lugar de manera que, aunque tarde, salga a la luz
todo este asunto sin falta. He tomado todas las medidas
necesarias para que quede claro hasta qué punto usted,
Sr. Director, es responsable de mi carbonizado cuerpo.
Mi amiga es una persona inteligente y muy resuelta, por
lo que estoy segura de que no cometerá ningún fallo que
la lleve a que le arrebaten esta última carta.
Aquí donde me ve, no quiero que mi vida termine sin
sentido, reducida sin más a carbonilla.
He pensado que será un gusto para mí ofrecer unos
polvos del medicamento «CARBONI LLA DE LA MUJER DE
MARTE» para que se los trague cada uno de ustedes, Sr.
Director de la Escuela y todos los otros corruptos y de
pravados que le acompañan y que van por ahí obcecada
mente haciendo gala del egoísmo propio de los hombres
de nuestro tiempo. Ahora que están tan de moda los
medicamentos a base de reptiles carbonizados, seguro
que este mío debe resultar también efectivo.
CARBONILLA DE LA MUJER DE MARTE.
¿ No es un medicamento realmente exótico? Y a lo
mejor, ¿no resultará más valioso incluso que un pedazo
de momia egipcia?
¿Qué tal se siente después de tomarlo? Estoy segura
de que le habrá producido un alivio, una sensación de
frescor de una punta a otra del corazón, ¿no es cierto?
Jo, jo, jo, jo, jo.
Creo que será mejor que no piense en quién puede
ser esa amiga íntima que ayuda a llevar a cabo su ven
ganza a esta mujer de Marte que ha terminado carbo
nizada. Pero si por una posibilidad entre mil llegase a
saber quién es, no le serviría más que para sorprenderse
y nada lograría hacer contra ella, por lo que lo único
que conseguiría serían molestias. A diferencia de mí, el
rencor que esa persona guarda hacia usted no se debe a
un suceso fortuito. Se trata de una persona realmente
inusual en este mundo en que vivimos por la gran pie
dad filial que demuestra, pues vive atendiendo las nece
sidades de su madre, enferma de los pulmones, y de su
padrastro, arrastrado por usted a una despiadada vida de
libertinaje, por lo que, para evitar que se filtren rumores
a la sociedad, en lugar de contratar a una empleada de
servicio, ella se encarga de todas las tareas sin quejarse y
aparentando una vida de felicidad. Pero además, se trata
de alguien que en el fondo de su corazón no ha deja
do de buscar al demonio que sumió a su madre en un
destino tan trágico. Por eso, en cuanto escuchó de mis
labios el nombre de ese demonio, enseguida decidió que
deseaba tomar venganza en nombre de su madre y así
resarcirla. Por añadidura, tenía tantas ganas de dar un
escarmiento a su padrastro por la vida licenciosa que lle
vaba a escondidas, que aceptó de inmediato mi petición
de manera incondicional.
Dicho de otra manera, debido a que el corazón de
esa madre suya era tan dulce, mi amiga no podía por sí
misma llevar a cabo una acción demasiado radical con
tra usted, Sr. Director. Por eso, actué en representación
de ella y de alguna manera se puede decir que esas cir
cunstancias me llevaron a ser yo en lugar de ella quien
se convirtiera en un cuerpo carbonizado. ¿ Lo entiende
usted? El significado que tiene mi cuerpo calcinado...
Pero no crea usted. El rencor que guardamos hacia
su persona, Sr. Director, es tal, que seguramente no se
saciaría ni aunque se hubieran carbonizado los cuerpos
de las dos. ¿ Se ha dado ya usted cuenta? ¿ Sabe usted ya
quién es la persona que me está ayudando de esta mane
ra en mi venganza?
Es posible que alguien tan engreído como usted to
davía confie firmemente en la fuerza de su inteligencia.
En ese caso, puede que no se dé cuenta todavía de hasta
qué punto llega la intensidad del rencor que le guardo;
pero aun así, según vaya usted avanzando en la lectura
de esta carta, creo que irá comprendiendo poco a poco.
Se lo vuelvo a repetir, Sr. Director. No tiene usted más
opción que asistir impotente a la venganza de esta chica
de cuerpo abrasado. Acéptelo usted como el invisible
castigo del Bien y, tal y como le exige esta chica carbo
nizada, haga públicas sus faltas con toda sinceridad y, a
continuación, asuma que no le queda más remedio que
desaparecer discretamente de la sociedad.
Pero a estas alturas de la carta que le estoy escribien
do, ya se habrá usted dado cuenta de cuál es la verdadera
identidad de la chica carbonizada, ¿no es cierto? Y tam
bién habrá usted comenzado a temblar al pensar por qué
aquella mujer de Marte, llorosa y tan débil de carácter,
ha hecho algo tan espantoso y disparatado, ¿verdad?
Sr. Director Morisu.
Tengo que estarle enormemente agradecida por todo
lo que me ha enseñado. Es usted un hombre de edad.
Es usted una persona admirable, que desde que perdió
tempranamente a su esposa e hijo, se ha convertido en
un ferviente cristiano y ha manifestado que dedicaría
toda su vida al trabajo de la enseñanza. La sociedad le
ha definido como un modelo para todo educador y, de
cuando en cuando, ha recibido usted condecoraciones.
Es una persona respetada y maravillosa.
Quizá haya quien piense· que por mucho acoso que
se haya sufrido por parte de una persona así, no es
correcto planear algo como una venganza. Pero profe
sor Morisu... yo, tal y como usted me calificó, soy una
mujer de Marte. No soy como las mujeres corrientes.
Por eso, ante el despotismo de los hombres de nuestra
sociedad y las maldades que se le permiten solamente
a ellos, me han entrado ganas de sorprender al mundo,
mostrando mi rebelión de una manera expeditiva. He
querido provocar un incidente «15-de-mayo de las mu
jeres» 1 para mostrar contundentemente a los hombres
que este mundo no existe solo para ellos. Y en particu
lar, a mí que he nacido en Japón, me resulta del todo in
soportable que alguien como usted, que puede tildarse
de emblemático representante de la maldad masculina,
sea considerado un modelo para todos los educadores
del país y actúe como mentor y guía moral para cerca de
un millar de chicas.
Me pregunto si usted conocerá cómo se crio y qué
ideas tenía esta mujer que le escribe. Me pregunto si
verdaderamente se sorprendería usted, aun en el caso
de escuchar la historia del fatídico destino que me llevó
a tener que lanzarle mi maldición y a convertirme en
carbonilla solo porque sus manos tocaron mi cuerpo
por un breve lapso. ¿Cómo podrían ustedes -esos
hombres del Japón con una visión de la moral ajus
tada a lo que les conviene solo a ustedes y que han
166
espejo. Pero, aunque hubiera contado a alguien lo mi
serable que me sentía en aquel momento, ¿quién iba a
compadecerse de mí? Lo más probable es que se hubiera
reído a carcajadas también.
De esta manera, desde que empecé a tener con
ciencia de las cosas, tuve que aprender que yo era una
larguirucha fea, que había nacido para que la gente se
riese de mí.
2
Poesía de estilo occidental que buscaba distanciarse del clasi
cismo japonés.
deforme e inferior. Por lo visto, debían de pensar que
dirigirme la palabra era como una deshonra pero, aun
así, al acercarse alguna competición de carreras, tenis o
voleibol, los profesores, las compañeras de mi curso y
hasta las de los cursos superiores, todos ellos se agolpa
ban en torno a mí y me jaleaban cariñosamente. Como
si yo fuera un dios o algo similar, venían a ofrecerme
grandes cantidades de huevos crudos o frutas, intentan
do congraciarse conmigo y, sin esperar consentimiento
o no por mi parte, me incluían en las competiciones
deportivas. Me repetían una y otra vez cosas como «eres
un honor para todos los de la Escuela», sin percatarse
lo más mínimo de que yo, «la larguirucha», me hallaba
avergonzada de mi propio aspecto.
Sin embargo, al día siguiente de terminar esas com
peticiones, ya nadie se volvía hacia mí. Todo el mundo
se mantenía a distancia, como si se hubieran olvidado
incluso de que tal alumna existía.
168
un tiempo, todo el mundo anda diciéndole Marte-san,
Marte-san.
-¡ Qué cosas tan crueles dice el Sr. Director! Pero la
verdad es que es un apodo muy bien pensado. Refleja
muy bien ese aspecto grotesco de Amakawa.
1 73
el jorobado del Sr. Kawamura. Y de igual modo, escuché
claramente cómo describía usted al Sr. Kawamura un
plan extraordinario, que ya tenía pergeñado de antemano,
para ganar dinero, solucionando además el problema que
le estaba causando la cuestión del importe de las cuotas
que al final había terminado perdiendo.
Por supuesto que este es un plan que usted confesó
presionado por el Sr. Kawamura, pero se trataba de una
idea de hace tiempo. Usted convenció a la profesora de
inglés que nos enseñaba a las chicas del quinto curso,
Torako Torama, ferviente cristiana que sentía una admi
ración sin igual por su persona, para que plantease la
idea de que se le esculpiese un busto de bronce. Con la
aprobación de todos los profesores, se procedió a reunir
donativos tanto de las alumnas ya licenciadas que se
habían dispersado por todo el país, como de las familias
de aquellas que todavía continuaban en la Escuela, con
siguiendo una repercusión enorme que ya había hecho
reunir al Secretario Kawamura una cantidad cercana a
los cinco mil yenes.
Por eso, los contribuyentes más entusiastas deseaban
no reparar en gastos y erigir una estatua suya de cuerpo
entero en lugar de un busto. Sin embargo, Sr. Director,
usted, por algún motivo desconocido, no gustaba de la
idea de una estatua de cuerpo entero y con gran énfasis
y modos casi agresivos, defendió así su postura:
-En mi caso es más que suficiente con un busto. En
realidad, no soy alguien que se merezca que le hagan
una escultura de bronce, así que todavía menos si se
trata de una de cuerpo entero.
El Secretario Kawamura, que se hallaba atrapado en
medio de la presión de unos y otros, debió de pasarlo
bastante mal.
174
Sin embargo, al escuchar el verdadero motivo por
el que usted no quería una estatua de cuerpo entero,
resultó ser un secreto tan extraordinario como estúpida
mente simple. Desde hace dos o tres años, ya existía un
busto suyo, Sr. Director, que se encontraba tirado en un
rincón del armario de su pensión, envuelto en un trozo
de tela blanca y cubierto de polvo y verdín. En su parte
posterior se hallaba grabado nítidamente el nombre de
Seiun Asakura, el escultor más famoso de Japón, que ac
tualmente es miembro del Consejo Imperial de las Artes
y parte del Jurado del Consejo Imperial de Exposiciones
Artísticas.
De alguna manera, el siempre astuto Secretario Kawa
mura lo averiguó todo. Aprovechando alguna excusa
para viajar a Tokio, se encontró con el maestro Seiun
Asakura y le preguntó sobre el origen de aquel busto.
Por lo visto, el maestro Seiun, que nada sabía del caso
actual, le contó todo sin reparos:
-Ah, ¿aquel busto? Lo hice como una muestra de
agradecimiento al profesor Morisu. Hace un tiempo . . .
¿serían unos tres años? . . . recibí una carta del profesor
Morisu enviada desde un balneario de aguas termales,
mediante la cual me pedía acudir porque deseaba encar
garme un trabajo. Así que me personé allí cuanto antes.
El encargo consistía en hacer un busto suyo. El profesor
Morisu es tío de mi madre y fue quien pagó mis estu
dios hasta que terminé la Escuela Secundaria, por lo que
guardo un inmenso agradecimiento hacia él, y no era
cuestión de haberme negado o puesto condiciones. Sin
perder tiempo, compré una arcilla ideal en unos hornos
cerca del balneario y en cosa de una semana tenía listo
un busto. Luego, en una tienda de productos químicos,
1 75
compré todo el yeso que tenían e hice un molde con el
que me volví a Tokio. Allí dirigí el proceso de colado
para hacer la figura en bronce y, sin exhibirla en exposi
ción alguna ni en ninguna otra parte, se la envié direc
tamente al profesor Morisu. ( ... ). Ah, ¿sí? ¿Así que me
dice que todavía no la han colocado en ninguna parte?
( ... ). Vaya... ( ... ). ¿Cómo dice? No, no. Lo siento, pero no
tengo intención de aceptar ni un céntimo por aquello.
En realidad, tratándose de alguien con unas virtudes tan
elevadas como las del profesor Morisu, el haber podido
tener la ocasión de que las manos de alguien como yo
hayan modelado su figura para que se conserve en su
tierra natal es un honor mayor del que puedo pedir. Si
un día deciden ustedes que ese busto quede expuesto en
el jardín de la Escuela, les pido que no tengan ningún
reparo en consultarme sobre la obra para el basamento,
la piedra del pedestal o cualquier otro aspecto. Les ase
guro que no les causaré ningún gasto adicional y estoy
dispuesto a costear por mí mismo el transporte hasta
allí para darles las indicaciones sobre la forma más eco
nómica de rodearlo con una pequeña cerca o un seto y
cualquier otro detalle. Se lo digo porque, a veces, si se
deja manos libres a los artesanos para decidir, el efecto
que debe producir la figura de bronce puede verse estro
peado por completo debido a la forma de colocación.
Estas palabras son una imitación mía de las del joro
bado Kawamura, que a su vez remedaba las del maestro
Seiun. Cuando el Secretario Kawamura escuchó este
relato del artista y, a pesar de ya conocerle a usted de
bien atrás, no pudo sino experimentar una gran admi
ración por su capacidad para tejer artimañas. Después,
debido a que, inesperadamente, con los donativos se
recaudó dinero más que suficiente y parecía que iba a
176
ganar la propuesta de realizarse una escultura de cuerpo
entero, decidió apoyarle a usted, que en esos momentos
se hallaba en una posición débil y totalmente aturdido
por el desarrollo de los acontecimientos. Con ese fin, el
Secretario se dedicó a visitar discretamente a quienes
proponían tal idea, explicándoles que, en los tiempos
que corren, si se quiere encargar una estatua de bronce
a un artista de talento, aunque se trate solo de un busto,
viene a costar entre cinco y diez mil yenes; y en el caso
de una estatua de cuerpo entero, habría que pensar en
un presupuesto de veinte a treinta mil yenes. Por tanto,
con los donativos reunidos, apenas daría para cubrir los
gastos de un busto.
Con eso, consiguió que se abandonase la idea de la
estatua de cuerpo entero y completar el plan de utilizar
el busto ya hecho, repartiéndose la mayoría de los cinco
mil y pico yenes entre los dos y haciéndole suspirar a
usted de alivio. Una vez conseguido esto, el Secretario
Kawamura pronunció estas palabras dentro del viejo
cobertizo:
-Lo siguiente es que el próximo veintidós de marzo
se celebra la ceremonia de agradecimiento de las alum
nas que se licencian este año. Escogeré a una de las me
jores estudiantes para que, en representación de todos, le
entregue a usted en un sobre el dinero recaudado con los
donativos. Usted me hará el favor de pedir que vuelva a
encargarme yo de custodiar la cantidad y dirá que desea
dejar en mis manos todos los trámites burocráticos rela
tivos al busto. Entonces subiré yo a la tribuna y diré que
precisamente el célebre maestro Seiun Asakura es origi
nario de estas tierras, por lo que he tomado la decisión
de encargarle el trabajo a él. Puesto que el maestro Seiun
ha aceptado con alegría el encargo, no tardará mucho en
1 77
tenerlo terminado y etc., etc. Tras estas revelaciones, todo
el mundo aplaudirá y ya tenemos el asunto en el bote.
Ya verá usted como el plan funcionará hasta el míni
mo detalle.
178
-La palabra luj oso se quedaría corta. Está diseñado
totalmente al estilo de los Mares del Sur y es la expre
sión más fastuosa del esparcimiento. Yo me encargo de
la cuenta, así que tráete sin falta a esa chica.
-Sí, señor. A la orden.
-Hombre, es que es una chica muy divertida. No
tiene una pizca de normal. Esta noche yo me llevaré a
una también, pero más joven.
179
de mi corazón por fin se tornaba clara como un espejo.
Mi carácter se volvió insuperablemente fuerte frente a
la sociedad en que vivimos. Por mucho que se rieran
de mí o me despreciaran, conseguí que no me afectara,
respondiendo con una leve sonrisa.
Llegué a ver a la gente de esta sociedad e incluso a la
de la Tierra entera, como una muchedumbre de peque
ños insectos que hubieran sido depositados en el inte
rior de un inmenso vacío desde su nacimiento. Y sentí
que, tratándose de insectos dedicados a hacer el Mal con
aspecto imperturbable, muy bien podía yo con la misma
sangre fría dedicarme a espachurrados. Fue en esos días
cuando se me ocurrió que debía ser muy interesante
convertirme en algo como mujer periodista.
¿Acaso una mujer que piense en algo como el vacío
es alguien que no tiene ningún valor como tal mujer?
Al parecer todas mis compañeras de clase me llaman
con motes como «mujer de Marte» o «adefesio». Me da
la impresión de que, cada vez que veían mi rostro, lan
zaban un suspiro de desagrado. ¿Me equivocaré si creo
que todas esas chicas se sentían aliviadas por no haber
nacido como yo?
También mis padres suspiraban cada vez que veían
mi rostro. Me miraban con ojos abatidos, como si hu
bieran perdido todo el interés en mí como padres, y yo
percibía demasiado bien ese estado de ánimo.
180
-Claro que hasta que no consigamos quitamos a esa
de encima, no estaría bien que buscásemos marido para
las otras dos hermanas menores.
-Sí, cierto. Si por lo menos cayera enferma o algo así
y se muriese, sería un alivio, pero precisamente ella no
se ha puesto enferma ni una vez.
-¡Ja, ja, ja! Pues sí, ya es mala suerte. Y si fuera
minusválida, también resultaría más fácil de enfocar la
cuestión.
Cómo expresar mis sentimientos al escuchar esta
conversación... A la vez que creía haberme convertido
en una mujer de carácter fuerte frente a este mundo, en
mi fuero interno había un ardiente anhelo de cualquier
tipo de cariño. Sin embargo, cuando supe con certeza
que había sido desposeída hasta del último tipo de amor
que puede esperar un ser humano, me sentí incapaz de
aguantarlo. Aun sabiendo de sobra que el frío odio que
rebosaba esta conversación no era sino una deformación
del amor paterno, me pudo la tristeza al intuir que me
estaban poniendo en una situación cuya única salida era
el suicidio, una situación en la cual no podía seguir mu
cho más tiempo haciéndome perdonar por mi condición
de «mujer de Marte» y que me llevaba sin escapatoria
posible hacia la muerte. ¿Cómo podrían los hombres
comprender la angustia y la tristeza de una mujer que,
a pesar de todo ello, carece de la fuerza de carácter sufi
ciente como para suicidarse?
186
No, no vaya usted a negarlo. Usted es ese tipo de perso
na. Un pervertido y un cúmulo de extremado egoísmo
que disfruta hasta lo más profundo y está orgulloso de la
fuerza que le otorgan su falta de conciencia y su estado
de doble personalidad oculta a los demás.
»Por el momento, todo esto solo lo sabemos Tomeko
Maisaka, actual Sra. de Tonomiya, y yo, pues parece que
la interesada, Aiko, todavía no se ha dado cuenta. Por lo
visto, no siente más que un gran respeto hacia usted y
está convencida de que se trata de un Director de Escue
la con un carácter humano excepcional. ¿ Puede usted
entender la consideración y delicadeza tan de agradecer
que ha mostrado Tomeko Maisaka? Y es que Maisaka
y yo somos grandes amigas desde los tiempos en que
vivíamos juntas en el internado de la Escuela. ¿ Cómo no
voy yo a saber que quien ha hecho sufrir a esa grandí
sima y queridísima amiga es usted? Por eso, a raíz de
aquello, se me despertó el interés por su vida y, mientras
pasaba diversas penalidades, buscaba la ocasión de acer
carme a usted. ¿ Entiende usted ahora? La determinación
de una mujer es algo temible. J a, ja, ja.
» No, no me voy a quedar callada. Porque yo no soy
como las típicas mujeres japonesas, tan previsibles.
Yo soy una mujer que, cuando se obstina en algo por
amor propio, confío en llegar hasta el final. No es por
presumir, pero soy una mujer que ha sacado adelante a
dos hijos varones por sí misma, sin ayuda de nadie. Así
que conozco más o menos todo lo que hay que conocer
de la vida. También sé cómo sacar a la luz esas palabras
de amor que usted pronunció mientras abrazaba a la
hermosa y angelical Maisaka hace veinte años. Eso de
"por favor, compadécete de este pobre hombre solitario"
y demás. J a, ja, ja.
187
Quizá porque me aturdí y me puse nerviosa, el diá
logo que siguió después no lo recuerdo al detalle. Pero,
para decirlo en pocas palabras, finalmente la profesora
Torama terminó por convencerse gracias a sus desespe
radas explicaciones sobre los orígenes de la confusión
producida poco antes. A continuación, poniendo como
condición el que la profesora ascendiera al nivel de
oficial y recibiera un aumento de sueldo, fue usted per
donado por el incidente y aparentemente la discusión
terminó con ambos quedando de acuerdo.
Me pareció que el contenido de la conversación que
prosiguió acto seguido a base de cuchic;:heos versaba
sobre cómo mantener mi boca cerrada al respecto. Entre
risitas mal contenidas me pareció distinguir palabras
sueltas como «Osaka» y «utilizar desperdicios», pero la
mayor parte no pude escucharla. Aunque me pidieran
que contase a terceros lo que había visto, no soy el tipo
de persona que va comentando esta clase de secretos,
por lo que, mientras escuchaba, sentía como un nudo en
la garganta. Después, ambos terminaron la deliberación
con estas palabras:
-Entonces, ¿estamos de acuerdo, verdad, Sr. Morisu?
Si por una posibilidad entre mil usted olvida su promesa
de ascenderme a oficial y subirme el sueldo, va usted a
salir perdiendo terriblemente. En esta primavera, mis
hijos se licencian, el uno en la Universidad y el otro
en la Escuela Técnica y todavía tengo suficiente dinero
ahorrado como para comer el resto de mis días, por lo
que no tengo nada que temer de las críticas que pueda
hacerme la sociedad. La única ambición que me queda
en esta vida es poder pagar los gastos de la boda de mis
dos hijos y trabajar lo suficiente para que me quede una
188
buena pensión, así que puedo sacar a la luz cualquier
cosa. ¿ Ha entendido usted bien, Sr. Morisu?
-Sí, sí. De ningún modo me olvidaré. He comprendi
do perfectamente. Aah... vaya una preocupación tan tre
menda que he pasado por esa equivocación inesperada.
-Pero fuera lo que fuera, ¿por qué habrá venido aquí
esa chica? Me da mala espina...
Tras escuchar esto, me aparté calladamente de la puer
tecilla lateral. Salí hacia el exterior cruzando las sombras
de la valla cortafuegos que corría por el campo de tiro
con arco y, tras arreglarme cuidadosamente el pelo y la
cara en los aseos públicos junto a la puerta trasera de la
Escuela, volví a casa de manera furtiva.
1 93
Mediando de pronto en la conversación, mi madre
intervino con una voz tranquila y fría como el hielo:
-Entonces, hace tres noches, ¿adónde fuiste?
Dando un respingo como si me hubiera golpeado un
trueno insonoro, dejé caer la cabeza con abatimiento.
Seguramente, mi cara se había vuelto tan pálida como
la de un muerto. Con el ánimo alterado y el pecho
palpitando de inquietud, me limitaba a dejar caer go
terones de lágrimas sobre el camisón que me cubría
las rodillas.
«Mi perdición es la perdición del Director de la
Escuela... la perdición del Director de la Escuela es mi
perdición... mi perdición... la perdición del Director de
la Escuela... Todo se hunde. En estos momentos me
están llevando a la perdición. Pero, pase lo que pase, no
debo dejarme arrastrar. De ninguna manera debo con
fesar. Debo abrazarme firmemente a este secreto que
pertenece solamente al Sr. Director y a mí; tenemos que
hundirnos cabeza abajo en un infierno de condenación
eterna que carece de fondo». Mientras en el cerebro me
daba vueltas como un remolino esta única idea, tenía
la sensación de que la sangre que corría por todo mi
cuerpo se convertía hasta la última gota en lágrimas que
me embotaban la cabeza, se agolpaban una tras otra en
los ojos y caían en gruesos goterones. Al mismo tiempo,
me iba embargando un sentimiento que me impedía
incluso hablar debido al terror que hacía que mi corazón
y mis pulmones martilleasen de manera enloquecida a
un ritmo diferente, en el interior de un vacío sin límites.
En ese estado de ánimo, resonó en mis oídos la cor
tante y clara voz de mi padre:
-Lo sabemos aunque no quieras decirlo. La muestra
de sangre que te tomó el médico antes de ayer ha sido
1 94
analizada en la Universidad y los resultados delatan cla
ramente que ya no eres virgen.
Sentada a mi lado, mi madrastra emitió un largo, lar
go, suspiro. Era un suspiro más propio de un descono
cido sin relación familiar alguna conmigo pero, a la vez,
mucho, mucho más frío que si efectivamente se tratase
de un desconocido.
-El médico que te vio antes de ayer y que vino tam
bién ayer, es un doctor muy famoso en esa especialidad,
sobre la que estuvo largo tiempo investigando en Aus
tria. Es inútil que pongas excusas, porque no vamos a
creerlas. Me pusieron ante los ojos una prueba científica
irrefutable -continuó mi padre.
Qué espantoso puede resultar el poder de la ciencia...
Que el mío ya no sea un cuerpo sin mancha, o el vano
incidente que a mí misma me pareció durar un instan
te... Que todo eso se pueda saber mediante el examen de
una sola gota de sangre...
Qué cruel puede ser el veredicto de la ciencia...
Ya totalmente sin fuerzas, me derrumbé llorando
sobre la alfombra, a los pies de mis padres.
Me habían dado un golpe mortal.
Mi padre me acosó insistiendo en que le revelara por
las buenas o por las malas el nombre de mi compañero.
Después, empezaron a llorar también ellos dos y me
decían cosas tales como «de ningún modo te vamos a
obligar a hacer imposibles», «te permitiremos que estés
con él», «la culpa es nuestra por no habernos dado cuen
ta de que había alguien que te quería de esa manera»,
«sea quien sea, no importa. Dinos el nombre» o «¿es
que no te das cuenta de lo que es la misericordia y amor
paternos?». Me hicieron llorar hasta que me sentí morir
pero, finalmente, conseguí aguantar hasta el final sin
1 95
dejarme vencer. De ninguna manera me veía capaz de
hacer algo tan terrible como revelar el nombre de usted,
Sr. Director.
Era la primera vez en mi vida que desobedecía una
orden de mis padres. Traicioné la preocupación que
sentían por mí. Todo por defender su honor, Sr. Direc
tor... Me pregunto cómo no me volví loca en aquellos
momentos.
Tras este episodio, hacia el mediodía de ese día, me
metí entre las sábanas, agotada de tanto llorar. Me tra
gué un buen puñado de pastillas Adalin y caí dormida
como un tronco ante la atónita mirada de mis dos her
manas menores, que mostraban el rostro empalidecido.
Mientras, deseaba no volver a despertar...
1 97
buenas propuestas de matrimonio. Te lo garantizo. En
esa oficina del periódico hay caballeros jóvenes a los que
les gustan los deportes y que están esperando a alguien
como tú . . .
Con una voz que rebosaba amabilidad, repetía usted
una y otra vez cosas por el estilo, como una suave repri
menda. Yo le escuchaba con la cabeza baja pero, cuando,
sin mover la cabeza, levanté la vista calladamente, ¡qué
frialdad revelaban sus ojos! Ante mí descubrí un precla
ro brillo blanquiazul, maligno, cruel, como el de un gran
pez dispuesto a devorar un ser humano. En el instante
en que vi el indescriptible aspecto frío y despiadado
de esos ojos, me faltó poco para gritar «¡demonio!» y
lanzarme sobre usted. Sin embargo, para desviar mis
sentimientos, dejé escapar un suspiro discretamente y
volví a dirigir la mirada hacia el suelo. Y es que me entró
miedo de mí misma al descubrir mis deseos de hacer
trizas absolutamente todo.
Las palabras que pronunciaba usted en aquellos mo
mentos eran mucho más insistentes que al principio y ya
parecían casi como un rezo que reverberaba en mis oídos.
-Amakawa-san . . . Piénsatelo bien, por favor. Si por
un casual pongamos que no vayas a Osaka, ¿no te das
cuenta del daño psicológico que eso causaría a tus pa
dres y tus hermanas? Tus padres no pueden dormir por
la preocupación pues dicen que, si continúas como hasta
ahora, tienes poquísimas posibilidades de poder formar
un hogar en el futuro y llevar una vida satisfactoria. Te
hablo de todo corazón. ¿Qué piensas entonces hacer con
tu futuro? ¿ No ves de qué manera me estoy preocupan
do por ti?
¡Qué odiosa me resultó esa manera de hablar tan
propia de un Director de Escuela! . . . Encerrando un calor
y una autoridad características de un hombre virtuoso.
Una vez más experimenté un acceso de furia y me sentí
empujada a destrozarlo todo; sin embargo, en aquel
momento ya había tomado una firme decisión, por lo
que conseguí refrenarme mientras el cuerpo entero me
temblaba de la ira.
-He comprendido muy bien lo mucho que usted se
preocupa, Sr. Director. Sin embargo, déjeme pensarlo
dos o tres días más. Puede estar seguro de que no haré
nada que traicione las preocupaciones que usted se ha
tomado.
Aquella fue la primera mentira que dije en mi vida.
La decisión que yo había tomado entonces no es ya
que traicionase sus preocupaciones... es que si usted se
hubiera percatado, aunque fuese de una pequeña parte,
de qué era lo que yo pretendía hacer, posiblemente ha
bría caído desmayado allí mismo.
Mientras veía con qué tranquilidad e impasibilidad
mantenía su rostro duro como la piedra, me convencí
de que a alguien como usted era imposible hacerle
arrepentirse mediante un procedimiento al alcance de
cualquiera. Me di cuenta de que, si yo soy una mujer
venida de Marte, entonces no hay duda de que usted, Sr.
Director, es un tipo muy especial de demonio caído des
de Saturno. Y por tanto, pase lo que pase, no será injusto
hacia usted. Por eso, comprendí que debía pensar en un
modo de hundirle hasta el fondo haciéndole temblar.
Solamente con matarle no sería suficiente. Tomé la
firme e inquebrantable decisión de conseguir que para
usted el mundo se convirtiera en un lugar mucho más
terrible que una enorme sartén al rojo, un lugar en el
que no pudiera permanecer, ni vivo ni muerto.
19 9
Me incorporé con una leve sonrisa y salí del aula con
suavidad, en silencio. Y al hacerlo, me di de bruces con
la gorda de la profesora Torama, que al parecer estaba
escuchando junto a la puerta. Pero como para entonces
yo me encontraba ya calmada, le hice un cortés saludo
con cara de que no pasaba nada y acto seguido bajé por
las escaleras. Después, la profesora Torama y usted pa
recieron quedarse deliberando sobre algo, pero para mí
eso ya no tenía ninguna importancia.
Entré en el aula de costura del piso inferior, que había
sido convertida en sala de espera, y me mezclé con las
otras compañeras que se graduaban ese día, hablando
y riendo o comiendo dulces, y entre unas cosas y otras
pasé allí una hora. Creo que fue la primera vez en mi
vida en que pude estar con todo el mundo de manera tan
desenvuelta y agradable, armando aquel jolgorio. Duran
te ese tiempo, olvidé que me llamaban «larguirucha»,
olvidé mi fealdad y que era una mujer de Marte. Olvidé
absolutamente todo y medio instintivamente, como en
el fondo sentí que me dolía separarme de ellas, intenté
hablar con el mayor número de compañeras, reírme con
ellas y tomarlas de las manos con añoranza. Creo que
aquella hora fue el tiempo más feliz de toda mi vida y
el único en que mis sentimientos fueron los de un ser
humano corriente.
200
fue una larga tortura, de las más espantosas del mundo,
llevada a cabo para martirizarme y amenazarme exclusi
vamente a mí.
En primer lugar, comenzó con el Kimi-ga-yo s . Pres
tando atención a las vibraciones de ese ritmo puro y
solemne, sentí un escalofrío por todo el cuerpo y un
miedo tal que apenas pude aguantarme en pie, inva
diéndome un deseo desesperado de salir huyendo. Fue
la «tortura del Kimi-ga-yo», que me hizo temblar desde
el fondo del corazón.
Después, en segundo lugar, como representante de
padres y tutores, subió a la tarima el Inspector de Edu
cación, Sr. Tonomiya y... ¡qué alocución tan maravillosa
hizo! El ambiente de solemnidad que se respiraba entre
los asistentes mientras iba desgranando hasta los más
insignificantes detalles de las altas virtudes del Sr. Di
rector de la Escuela...
Una vez que el Jefe de Estudios, el profesor Ha
yakawa, informase acerca de los donativos para el
busto de bronce del Sr. Director de la Escuela, la repre
sentante de las estudiantes, Aiko Tonomiya, esa Aiko
Tonomiya que todavía no sabía nada, le entregó a usted
el documento donde constaba la cifra total reunida y
entonces su sereno rostro apenas se alteró para delatar
una expresión de felicidad.
A continuación, tras el informe contable del Secre
tario Kawamura, pronunció usted su discurso de agra
decimiento. ¡Qué palabras tan conmovedoras! ¡Y qué
sinceras sonaban! Esa figura de aspecto casi divino... Y
precisamente por eso, el sentido de aquella alocución
201
cobraba un cariz tan diabólico que no hubiera podido
imaginar ni el mejor de los poetas.
-En mi caso, no tengo ni un solo hijo propio. Por
eso, siempre pienso en todas vosotras como si fuerais
mis propias hijas. En estos cinco años que habéis pasa
do aquí, he recordado todos y cada uno de los nombres,
las caras y hasta el carácter de todas vosotras y tengo
grabado en el fondo del corazón vuestra figura mientras
os ibais educando tan puras como una joya sin arañazo
alguno. ¿ Cómo podría permanecer impasible en este
día, en estos momentos en que se produce el último
adiós a todas vosotras para enviaros a un mundo agreste,
totalmente lleno de injusticias e inmoralidades? ¿ Cómo
permanecer sin emocionarse? Una emoción que me
embarga aun más el pecho al ver lo frágiles, hermosas
y amables que sois, con un sentimiento de aflicción ma
yor que el de una madre que envía a sus valerosos hijos
al campo de batalla.
»Porque no hace falta decir que la vida es un campo
de batalla. En la actualidad, esta sociedad nuestra, gra
cias a la fuerza de todos los maravillosos adelantos del
conocimiento científico, se ve adornada de una hermosa
manera desconocida hasta ahora. Sin embargo, si pro
bamos a pensar en qué consiste su verdadera condición,
es justo la del mundo de las plantas y animales salvajes.
Al igual que si se tratara del interior de la jungla o de los
bosques primitivos o del África Negra, tanto en el aspec
to mental como en el material, nos vemos inmersos en
medio de una lucha por la vida donde hemos de comer
o ser comidos. Tenéis que hacerme el favor de ser cons
cientes desde ahora que a vosotras, que sois de corazón
amable y muy jóvenes todavía, os están aguardando en
cada esquina todos los males de la sociedad, llena de la
202
injusticia e inmoralidad nacidas de esa competición por
la vida que no cesa aunque queramos y que se refleja en
ese "comer o ser comido" ; y comprended también que
por vuestra condición os halláis en una situación parti
cularmente peligrosa y terrible, donde siempre podéis
confundir el Bien con el Mal.
»Como se dice a menudo, la Historia de la Cultura
de la Humanidad hasta nuestros días es la Historia de
la Cultura centrada a conveniencia del sexo masculino.
Además, esa Historia de los hombres ha evolucionado
desde el enfrentamiento individual mediante la fuerza
bruta de cada uno hasta la Historia del enfrentamiento
y la competencia armada entre grupo y grupo, llegando
hasta la era actual, en que hemos entrado en la lucha
basada en el dinero. En otras palabras, solamente hemos
cambiado una época en que las armas eran el arco, las
flechas y los fusiles, por otra época en que las armas
son el dinero. Y por esto, al igual que en los tiempos
antiguos de la lucha armada, para la guerra, en suma,
para vencer al enemigo, por muy perverso e inmoral
que fuera el modo utilizado, se consentía por conside
rar que no había otro remedio, de la misma manera en
nuestra sociedad actual, por cuestiones de dinero y de la
respetabilidad o posición que aquel conlleva -mientras
que no se choque con la Ley o no sea conocido por los
demás-, se considera que no hay mayor inconveniente
en cometer, una tras otra, cualquier vileza o inmorali
dad. Para decirlo de una manera mucho más radical: en
el mundo actual, tanto en las relaciones internacionales
como en las relaciones a nivel personal, se ignora la con
ciencia sin mayor problema y creo que no me equivoco
demasiado si digo que en este mundo, si no se es lo su
ficientemente cruel y no se tiene la suficiente sangre fría
203
como para arrollar todo rastro de humanidad, resulta del
todo imposible convertirse en vencedor.
»En suma, los hombres de nuestros días son guerre
ros de una era de luchas ocultas donde el dinero es el
arma con que combaten. Aquellos hombres que puedan
hábilmente y sin inmutarse actuar mediante estratage
mas y con una violencia sin conciencia y sin principios,
se convierten en los dominadores; y aquellas buenas
personas que en cambio son incapaces de ello, descien
den al nivel de los derrotados, los débiles. Tenemos a
diario ante nuestros ojos, en cualquier lugar, mil y una
pruebas de todo esto. Por tanto, no queda sino decir que
la era en que el mundo entero pueda ser dominado por
las mujeres, dulces, hermosas y amantes de la paz, que
da todavía muy, muy lejos.
» Por eso, todas vosotras debéis alegraros de haber
nacido mujeres. Quizá alguna de vosotras ya lo conozca,
pero en el drama basado en el Taikoki 6 , cuando Mit
suhide Akechi planea tomar el poder levantándose en
armas para matar a su señor, su madre y su esposa le
manifiestan su oposición a la idea del sublevamiento,
ante lo cual él las reprende espetando: " Este no es un
asunto que concierna a mujeres y niños" . Lo mismo
ahora que entonces, las mujeres han dejado en manos
de los hombres todo lo feo y malvado de la lucha por
la supervivencia y desde el comienzo de los tiempos
se han reservado para sí solas, como si se hubieran
puesto de acuerdo, una vida de amor y belleza. Con ese
inocente y hermoso espíritu de amor, las mujeres os
204
habéis aplicado únicamente a la cocina, la costura y la
educación de los niños, embelleciendo la vida del hogar,
pacificándola y esforzándoos con dedicación a inculcar
a vuestros descendientes un espíritu hermoso y correc
to. De esta manera, poco a poco, habéis ido venciendo
al mundo basado en la salvaj e lucha de la fuerza bruta
y las armas para dar a luz al mundo civilizado de hoy,
cuya felicidad y bienestar no hubieran podido imaginar
los seres humanos de la Antigüedad.
»Por eso, de ningún modo debéis tener miedo a nada.
Por mi parte, he inculcado en todas vosotras el respeto
por la paz y os he enseñado a tener un espíritu de amor
por el aguante y la belleza. Tenéis la misión de utilizar
este espíritu para luchar contra el malvado mundo que
hemos creado los hombres, cruel, despiadado y carente
de vergüenza. Eso es algo que lleváis instintivamente
dentro del corazón y que habéis venido heredando desde
los tiempos antiguos en que todavía no existía la His
toria. Por eso, si todas vosotras actuáis dejándoos llevar
por ese hermoso y generoso instinto tan elevado de amor
por la paz y el aguante ante las vicisitudes, y trabaj áis a
diario con todas vuestras fuerzas para convertir cuanto
antes este mundo en uno más limpio y más honrado,
en un mundo dominado solo por la virtud femenina, en
un mundo de paz donde toda la Humanidad se ame los
unos a los otros, habréis realizado una buena empresa.
»Algo así, de ningún modo supone una tarea compli
cada ni difícil de entender. El hermoso instinto para el
hogar y el afecto inmaculado son las únicas e invenci
bles armas para luchar contra el hombre. Por muy rudo
o despiadado que pueda ser un hombre, si se encuentra
en un hogar protegido por el aguante insondable y el
cariño infinito de una esposa así, quedará tranquilizado
205
en lo más profundo de su ser y su corazón aprenderá
a disfrutar de la paz. De esta manera, sin darse cuenta,
esta enorme influencia terminará por arraigar en el fon
do de su corazón. La esposa que origina un conflicto en
el hogar se convierte en una desgracia. Os pido a todas
vosotras que forméis cuanto antes un hogar saludable
y que criéis muchos hijos, puros y sinceros de corazón,
para que ese Japón futuro que debe llegar sea lo más
limpio, alegre, correcto y fuerte. Y no es otra la esperan
za que anhelo incesantemente de todo corazón.
»Yo, espoleado por este único deseo, he sacrificado mi
vida para dedicarla a esta profesión. Vuelvo a repetirlo.
Para mí, todas vosotras sois como mis hijos. Unos hijos
a los que en este día, a partir de ahora, despido para en
tregárselos a la sociedad y que se dediquen a esta lucha
de tan elevada naturaleza. Cómo explicar mi estado de
ánimo, ahora que nos acercamos a la despedida...
206
Inspector de Educación, Sr. Tonomiya. Mi objeto era ver
a Aiko Tonomiya, de la que se dice que es la más bella
y la mejor estudiante de toda la Escuela. Tras explicarle
que quería hablar de un secreto muy importante, me
pasó a la sala de visitas, donde quedamos a solas.
Aiko Tonomiya, durante el tiempo en la Escuela, fue
mi valiosa y apreciada amie8. De todas mis amigas, Aiko
era la única que realmente comprendía el verdadero
sentido de la poesía. Se trata de algo que nadie sabe,
pero nos hemos visto a menudo a escondidas. Y las
veces que hemos hablado a solas acerca del vacío en el
segundo piso de aquel cobertizo no fueron una ni dos.
Sin embargo, ir a su casa como en esta ocasión, era la
primera vez.
Aiko Tonomiya es verdaderamente una persona de
carácter fuerte y sereno. A pesar de escuchar mi relato,
ni se asustó ni lloró. Apretando firmemente sus bellos
labios y con sus hermosos y tensos ojos brillando en
rojecidos, acogió por completo mi larga, larga historia.
Después, cuando terminé mi relato, Aiko habló con
voz decidida mientras dejaba asomar por fin algunas
lágrimas en las comisuras de sus ojos, habló con voz
decidida. Era una voz hermosa y tranquila.
-Te lo agradezco mucho, Amakawa-san. Gracias a ti
he comprendido del todo muchas cosas que hasta ahora
no me explicaba. Déjame expresarte mi agradecimiento
208
ojos llorosos, se abalanzó sobre mí y me tomó firme
mente de las manos. Fue un apretón que encerraba un
significado inconmensurable...
Con eso terminaban mis preparativos iniciales.
209
estación, por lo que no me quedó más remedio que apa
rentar que viajaba a Osaka y subir, me subí al tren, pero
enseguida me bajé en una de las siguientes estaciones y,
tomando un taxi, regresé en sentido contrario para alo
jarme en un solitario hostal de las afueras de la ciudad.
Después, en una tienda de ropa usada del vecindario,
compré una chaqueta negra, un sombrero de caza y unas
gafas oscuras. Así al día siguiente, completamente ves
tida de negro e imitando los andares de un hombre, de
diqué todas mis fuerzas a seguir sus pasos, Sr. Director.
En la bolsa de mano de estudiante que llevaba conmigo,
había metido una larga y resistente soga de cáñamo, una
tela negra de raso para usar como capuchón, una cámara
Kodak tipo antiguo que ya tenía costumbre de manejar,
un pequeño flash último modelo, cerillas y una cuchilla
de afeitar para cortar el papel de las fotografías. Me fa
miliaricé con el uso de todo este equipamiento durante
la noche anterior, en el tejado de mi hostal, por lo que
estaba suficientemente entrenada y contaba para mi ven
ganza con unas armas que para usted resultarían mucho
más terribles que una pistola o gas venenoso.
Ni en sueños podría haber usted imaginado algo así,
¿verdad? Por el contrario, creía usted que enviándome
a Osaka podría respirar tranquilo, ¿no? El día siguiente
a la ceremonia de agradecimiento, el veinticuatro al
atardecer, aparentando ir en viaje de trabajo a alguna
parte, se puso usted el chaqué y la chistera y, abrazando
el maletín para los documentos como si llevara algo
muy valioso, salió de su pensión. Luego, moviéndose a
toda prisa por las sombras de la ciudad en dirección a las
afueras, se dirigió al bosque de Tenjin. Con el corazón
latiéndome a toda marcha, intuí que allí había algo raro.
Probé a seguir sus pasos y al final me encontré con que
210
en el bosque de Tenjin había dos caballeros vestidos de
kimono que le estaban aguardando. El uno formaba una
sombra esbelta y el otro, una achaparrada. Al acercarme
un poco más, pude ver que, tal y como yo pensaba, el
primero era el elegante Inspector de Educación , Sr. To
nomiya, y el segundo, el jorobado Secretario Kawamura,
por lo que mi alegría fue indescriptible.
En la carretera nacional que bordea el bosque, espera
ba silencioso un coche con capota que tenía las luces del
interior apagadas y en el cual se encontraban tres geishas.
Cuando me di cuenta de ello, me até la bolsa de deportes
a la cintura y, embozada con la tela negra y camuflada
entre las sombras, casi al mismo tiempo que ustedes
se subían al vehículo, salté sobre la rueda de repuesto
fijada en la parte trasera y, agarrándome en cuclillas a
ella, viajé pegada allí, aguantando el bamboleo. Cuando
supe que, tal y como yo me había imaginado, el coche
se dirigía al hotel del balneario, sentí un gran alivio y
satisfacción. Mi espíritu aventurero y mi curiosidad se
agitaban en mi interior haciéndome hervir de emoción.
No es para menos, pues mi plan de venganza se basaba
desde un principio en fijar el objetivo en el hotel del
balneario y a él había dedicado mi estudio. Y ya desde
el primer día, desde el primer momento, todo iba mar
chando según había planeado...
¡Y de qué manera se sorprendieron los ocupantes del
vehículo por una travesura que se me ocurrió de pronto!
Fue una auténtica ayuda divina que aquel coche fuera
un Chevrolet descapotable con la cubierta de goma. Y
que encima, por pura casualidad, entre los utensilios
que había preparado, llevase una cuchilla de afeitar, creo
que puede calificarse de milagro. En el interior de ese
coche que iba bamboleándose, los tres estaban armando
2II
un gran alboroto, por lo que nadie se dio cuenta lo más
mínimo de que yo estaba haciendo un corte en forma de
U con la cuchilla de afeitar en la parte de la capota junto
a la ventanilla trasera.
Cuando introduje una mano por ese agujero, usted se
hallaba ciñendo con el brazo la cintura de la más bonita
de las tres geishas. Entonces me llevé la horquilla de la
chica y el sombrero de copa que usted llevaba ladeado
sobre la cabeza. Me di a la fuga saltando del coche y qué
gran servicio me hizo entonces la fuerza de mis bien
entrenadas piernas. El joven conductor del vehículo
paró y salió gritando detrás de mí «Al ladrón, al ladrón»
mientras corría con todas sus fuerzas, pero en medio de
aquella oscuridad que ya envolvía la llanura en torno de
la carretera nacional...
Con la horquilla en la mano derecha, la bolsa de mano
en la izquierda y el sombrero sujeto firmemente con los
dientes, conseguí alejarme rápidamente de mi perse
guidor antes de quedarme sin aliento. A continuación,
regresé a la ciudad y fui a visitar a Aiko Tonomiya, que
se sorprendió enormemente, y tras explicarle que en
mi trabajo de esa noche había conseguido una cosecha
inesperada, nos alegramos de corazón de mis logros.
Por eso, aquel sombrero y aquella horquilla todavía
hoy deben estar en manos de Aiko Tonomiya. Cuando
lea usted esta carta, pruebe a ir a recoger dichos objetos
a casa de Aiko. Aunque no sé qué tipo de escenita dra
mática tendrá lugar entonces...
212
-Aiko-san, si realmente el Sr. Director lamenta su
proceder y pide perdón también a tu madre, por favor
devuélvele este sombrero y esta horquilla para el pelo. Si
aun así no quiere aceptarlos, habla con tu madre de ello
y disponed de estos objetos como mejor queráis. -Tras
decirle esto, contraté un taxi tipo Sedán y me dirigí di
rectamente al hotel del balneario.
213
susto por una contrariedad enigmática, propia de un
episodio de Las mil y una noches, y tras el consiguiente
revuelo, habían continuado a toda marcha hacia su des
tino. Por eso, pedí detener mi coche junto al puente de
Yunokawa, un poco más allá del hotel del balneario.
Desde allí, caminé por una zona de estrechas callejue
las y salí a la altura del tercer piso del hotel del balneario.
Entonces, oculta por las sombras de la valla que daba
justo enfrente de las ventanas, escuché con atención
hasta que, desde ese altísimo tercer piso claramente
iluminado, me llegaron débilmente las voces y risas de
ustedes, con lo que puse la mano en mi pecho con alivio.
Inmediatamente después, sin levantar ningún ruido,
pasé al otro lado de la valla y, subiendo por la escalera de
incendios, llegué hasta la salida de emergencia del tercer
piso. Una vez allí, girando mi cuerpo desde el alero, me
encaramé al resistente canalón vertical de cobre y por él
conseguí trepar hasta el tejado. Pero incluso yo, la mujer
de Marte, no pude evitar sentir un sudor frío recorrien
do mi cuerpo cuando, al enlazar mis piernas alrededor
del canalón e impulsar mi cuerpo hacia arriba, eché un
vistazo hacia la oscuridad bajo mis pies en cuyo fondo
lucían las lámparas de piedra iluminando el pavimento
de granito.
Pasados esos momentos de angustia, por fin alcancé
a rastras el punto más alto de la superficie de tejas rojas
que era mi objetivo, saqué la soga de la bolsa de deportes
que había subido sujeta con los dientes y até un extre
mo a la base del pararrayos que había en el centro del
tejado. Me até el otro cabo enrollándolo alrededor de la
cintura y, soltándolo poco a poco con las manos, comen
cé a descender por la pendiente que formaban las tejas.
Después, desde el extremo del tejado donde arrancaba el
214
canalón, asomé la cabeza y, a través del ventanal de esti
lo moderno que había justo debajo, espié la habitación.
215
centrada a conveniencia del sexo masculino», contem
plaba una escena propia de yokai 1º y por primera vez
en la vida tuve ante mis ojos una enloquecida danza de
hombres con mujeres hermosas, cuya visión me dejó tan
estupefacta que sentí como si fuera a desvanecerme. Por
fin, cuando volví en mí misma, con el cuerpo colgando
cabeza abajo del extremo del tejado, ajusté con sereni
dad el objetivo de mi Kodak para enfocar bien. Después,
encendí una cerilla para llamar la atención y, esperando
al instante en que todos dirigieron la mirada hacia fuera,
apreté el disparador y encendí el flash, que brilló con
una potente luz blanquiazul que debió de llegar hasta la
habitación del fondo.
Cuando arrojé la bombilla del flash a la espesa ar
boleda que tenía a mis pies, las mujeres que estaban
retozando por los sofás comenzaron a chillar y algunas
hicieron ademán de cubrirse el cuerpo con los kimonos.
-¿Qué ha sido eso?
-Brillaba con una luz terrible. . .
-Ha hecho un sonido como «pachi-pachi» . . .
-Habrá sido un cometa . . .
-No seas idiota. Está noche está completamente
nublado.
-No tiene nada que ver. Hay veces que, aunque esté
nublado, la luz del cometa traspasa las nubes. Lo vi una
vez, cuando era pequeño.
-Por lo visto esta noche suceden muchas cosas extra
ñas, ¿no?
-Pareció como si surgiera justo al otro lado de la
ventana.
2 16
Mientras decía usted estas palabras, se acercó lenta
mente hacia los ventanales.
En esos momentos, como para entonces yo me estaba
ya divirtiendo enormemente, se me ocurrió una nueva
jugarreta.
Tras dejar la cámara de fotos y la bolsa de deportes
en la ancha boca del canalón, me solté rápidamente el
pelo, dejándolo caer desordenadamente. Cubriendo la
pechera de la camisa con la tela negra, en esta ocasión
dejé asomar toda la parte superior de mi cuerpo desde el
extremo del tejado. Con mi larga y desordenada cabelle
ra colgando cabeza abajo, grité estridentemente con voz
triste y sufriente.
-Pro.. .fe... sooor Mooo... risu...
Cuando usted descubrió mi rostro en la ventana ba
ñado por la luz del interior de la sala, se agarró con am
bas manos al alféizar y se quedó mirándome fijamente
con los ojos muy abiertos. Boquiabierto y exponiendo
de manera vergonzosa su cuerpo desnudo, dejaba usted
colgar la lengua fuera como un perro. Tenía usted un
aspecto tan ridículo que no pude evitar el soltar una
sonora carcajada.
-Ja, ja, ja, ja, ja.
Movidos por mi risa, todos los presentes en la habita
ción se pusieron en pie.
-e:· Pero que, ....;,
-¡ ¡ ¡Aaaah! ! !
-¡Ayuda, que venga alguien!
Todo el mundo empezó a gritar y a correr desordena
damente, dándose a la fuga, con las mujeres echándose
por encima el primer kimono que encontraban a mano.
Una de ellas se había desmayado sobre el sillón, con el
cuerpo estirado. Había sillas y mesas patas arriba, copas
217
rotas por el suelo y plantas volcadas y un sonido de bote
llas vacías rodando...
Posiblemente, nadie que en mitad de la noche hubiera
visto un rostro de mujer riéndose colgando con su larga
cabellera cabeza abajo del tejado pensaría que estaba
ante un ser humano...
Cuando, al poco tiempo, se hizo el silencio, quedaron
allí en pie junto a usted el Sr. Inspector Tonomiya y el
Secretario Kawamura, todos mirándome fijamente. Al
ver el incomparablemente ridículo aspecto de ustedes
tres, no pude menos que volver a reírme con fuerza
desde lo más hondo del corazón.
-Jo, jo, jo, jo, jo. ¿Quién soy yo? ¿A lo mejor lo saben
ya? Sr. Director... Sr. Tonomiya... Sr. Kawamura... Soy la
mujer de Marte. Jo, jo, jo, jo, jo. Ja, ja, ja, ja.
Usted, Sr. Director, con los ojos en blanco y la lengua
colgando fuera, se desplomó hacia atrás como si fuera
una estatua de Buda sacudida por un terremoto, y quedó
tendido boca arriba. Los otros dos, sin prestarle aten
ción a usted, continuaron rígidos en pie, mirándome
fijamente, pero enseguida volví a trepar por la cuerda y
regresé a lo alto del tejado. Todavía a gatas, exhalé un
suspiro y permanecí un rato recuperándome.
De pronto me di cuenta de que estaba tan extenuada
que no sabía si me tendría en pie o no. Sin embargo, no
me podía quedar allí mucho tiempo. Las geishas que sa
lieron huyendo tras vestirse apresuradamente parecían
haber dado la voz de alarma al personal del hotel, por lo
que allí abajo se escuchaba un rumor de voces confusas
moviéndose de aquí para allá. Corriendo por el jardín
muy por debajo de mis ojos distinguía también la luz
de dos o tres anticuadas lamparillas de emergencia, pero
no me puse en absoluto nerviosa.
2 18
Volviendo a sujetar firmemente con los dientes la
bolsa de deportes donde iba la valiosa cámara, dejé ata
do el extremo de la soga al pararrayos e hice el camino
de vuelta desde el tejado en sentido contrario hasta la
otra punta. En ese momento, al ver sobre mi cabeza
la figura de las estrellas entre los claros que dejaban
las nubes, por algún motivo me sentí emocionada y
noté con apuro que las lágrimas se me agolpaban en
los párpados.
Continué bajando la pendiente del tejado a oscuras
hasta que descendí de un salto al pavimento del jardín
con un impulso como si quisiera matarme. Sin em
bargo, al escuchar más abajo un ruido de pasos que
subía atropelladamente por la escalera de incendios, me
recuperé y, colgándome del cable de la antena de radio
cuyo tendido yacía a mis pies, descendí hasta el tejado
del segundo piso del edificio contiguo. Desde allí, salté
a la rama de un gran pino que estaba casi pegado al
edificio y por ahí pude bajar al lado opuesto de la valla.
Acto seguido, corrí a toda prisa atajando camino por las
sendas entre los arrozales que usaban los campesinos,
de manera que llegué casi en línea recta hasta la estación
de tren local, justo a tiempo de montar en el último tren
del día y, en menos de una hora, ya estaba de vuelta en
mi hostal de la ciudad.
En la habitación de mi pensión ya me habían prepa
rado el lecho de dormir. Junto a la almohada habían
dejado un té frío, tan amargo como una medicina, por lo
que, nada más sentarme bebí a grandes tragos dos o tres
tazas seguidas sin interrupción. Me supo tan delicioso
que si antes, en el tejado del hotel del balneario, había
sentido ganas de morir, ahora, por el contrario, sentía
un valor cien veces mayor.
219
El revelado de la película fotográfica de aquella noche
salió a la perfección. La película era de pequeño tama
ño, pero reflejaba nítidamente aquel panorama donde
tres hombres y cinco mujeres de apariencia impúdica
miraban con rostro sorprendido hacia la cámara, por lo
que no había necesidad de hacer una ampliación. Me
entraron ganas de reírme yo sola al pensar que, de haber
sabido que contaría con esto, no habrían hecho falta tan
tos y arriesgados esfuerzos para obtener unas pruebas
que poder usar posteriormente como aquel sombrero y
aquella horquilla. Después, durante el resto de la noche
y hasta el mediodía del día siguiente, dejé descansar mi
cuerpo a placer.
220
Haciendo un montón con la paja, las cañas y los
utensilios de las competiciones deportivas con sus
envoltorios de papel, esparciré por encima el zzzzzzz.
Después, colocaré una vela de cera encendida sobre el
tatami empapado por el zzzzzzzz de manera que en
menos de veinte minutos todo aquello se convierta en
un mar de fuego. Hecho esto, empaparé el algodón con
el xxxxxxxxx y, poniéndomelo sobre el rostro, pienso
meterme debajo de todo el material combustible amon
tonado. Por mi constitución, me entran mareos solo con
oler aceites volátiles como la bencina, por lo que si tengo
que oler grandes cantidades de xxxxxxxxxxx, me puedo
morir por exceso de anestesia antes de que se produzca
el incendio.
n Onomatopeya de un escupitajo.
221
Ep ílo go
El infierno según Kyusaku
por Daniel Aguilar
227
cautivador conductor de autobús del segundo no es sino
un serial killer que cae en su propia trampa; y el Director
de Escuela y sus compañeros de barrabasadas del terce
ro, una panda de corruptos y sátiros. Además, su retrato
de la descripción de la psicología femenina de la época
denota una capacidad de observación admirable y sobre
todo, su visión de las mujeres no resulta ni paternalista
ni misógina, sino casi, casi, femenina, que no feminista.
En definitiva, sus féminas se hallan dispuestas a luchar
con uñas y dientes(y encima justificadamente) contra el
predominio masculino en la sociedad, hasta un punto
en que también ellas mismas terminan arrastradas a la
perdición por su empeño. Todo lo cual ofrece una pers
pectiva muy diferente a la del retrato de la mujer ofreci
do por la Literatura japonesa del momento. Por ello y a
pesar de lo muy anticuado que pueda parecer hoy día en
alguno de sus pasajes si no se recuerda el momento y
lugar en que fue escrito, el libro supone un ataque hacia
la hipocresía consentida de los poderosos y una crítica
hacia la débil situación de la mujer en aquel entonces,
cuando su opinión y sentimientos no contaban nada en
la sociedad.
Como nos describe en su autobiografía la escritora
Ritsuko Takenaka, que vivió el Japón de la época, en
aquel entonces los tres empleos más populares entre las
jóvenes que acababan de terminar el Bachillerato eran,
por este orden, chica de autobús, telefonista y enfer
mera. Y todos ellos tienen su presencia en esta trilogía
que compone El infierno de las chicas. La enfermera del
primer relato, «No tiene importancia», se encuentra
completamente fascinada por el uso del teléfono y
disfruta manejando a todos los hombres que la rodean
cultivando su imagen de mujer delicada e inocente. Por
228
cierto que en esta historia se halla oculta de manera sibi
lina un final alternativo, ya que la protagonista anuncia
su suicidio mediante una carta fechada un día tres, pe
ríodo del mes en que muestra su propensión a mentir.
En el fondo de esta trama subyace el intenso rechazo al
mentiroso propio de la cultura japonesa y que ha dado
lugar al refrán «quien empieza por mentir, acaba por
robar», que implica que aquel que miente es que, po
tencialmente, ya es capaz de cualquier delito. Abro aquí
un inciso para contar que, tanto en España como en
Japón, he tenido la desgracia de toparme con señoritas
muy similares a la protagonista de esta historia, por lo
que no me parece un personaje disparatado en absoluto.
Por su parte, el mundo de las chicas de autobús, que a
bordo del vehículo actuaban a la vez como cobradoras y
revisoras, anunciando en voz alta las sucesivas paradas,
lo encontramos en el segundo segmento, «Asesinatos
por relevos». A propósito, tanto en este segundo cuento
como sobre todo en el tercero, «La mujer de Marte»,
se intuyen relaciones lésbicas, si bien en el Japón de la
época se entendía el lesbianismo como una relación de
amistad especial entre mujeres que, aun no exenta de
romanticismo erótico, se consideraba lo más natural
del mundo, sin que nadie se escandalizara por ello.
En cierto modo, se veía como un sentimiento pasajero
de la adolescencia hasta contraer matrimonio. En «La
mujer de Marte», sin embargo, dicho recurso dramático
provoca una cierta contradicción entre la tantas veces
subrayada soledad de la protagonista y la presencia de
esa inseparable amiga íntima, surgida de la necesidad
narrativa del modo en que dicha protagonista ejecuta
su venganza. Hay también a lo largo de toda la obra de
Yumeno una constante presencia del cristianismo y de
229
conceptos como el arrepentimiento, lo cual da una idea
de la manera en que dicha religión se propagó por Japón
aprovechando la apertura al extranjero del país a partir
de finales del siglo x1x con la Restauración Meiji.
Al igual que la mayoría de los escritores japoneses,
Kyusaku Yumeno ha tenido una suerte muy desigual
en sus adaptaciones al cine, pero la tarea tampoco resul
taba fácil, precisamente por ese estilo epistolar del que
hemos hablado antes. Solamente existen cuatro hasta la
fecha y, significativamente, dos se ocupan de esta obra
que ahora presentamos, si bien ambas de manera par
cial. La primera de ellas, Yumeno Kyusaku Shojo jigoku
(«El infierno de las chicas», de Kyusaku Yumeno, 1977),
corrió a cargo de la productora Nikkatsu dentro de su
línea conocida como roman porno y, dirigida por Ma
saru Konuma, adaptaba el tercer cuento, «La mujer de
Marte», con pobres resultados y encima alterando dema
siado el original. La segunda, por contra, Yumeno Ginga
(«La galaxia de Yumeno», 1 997), del director Sogo Ishii,
utilizaba también el nombre del autor en el título como
reclamo, pero seguía muy fielmente el texto de base, en
esta ocasión el relato central, «Asesinatos por relevos»,
y entre otros aciertos presentaba el de escoger al actor
Tadanobu Asano para encarnar al atractivo y poco ha
blador serial killer protagonista, pero sin embargo pasó
desapercibida.
Desgraciadamente, tanto por su fallecimiento a
temprana edad, sucedido en 1936, como por su tardío
reconocimiento, ya muy entrada la década de los sesenta
del pasado siglo, el caso de Kyusaku Yumeno no resulta
nada infrecuente en la Literatura. Diferentes circunstan
cias impidieron una justa valoración en su día, en espe
cial el hallarse afincado en la ciudad de Fukuoka, alejada
230
del eje Kyoto-Osaka y de Tokio, a la sazón los centros
donde se movía la cultura japonesa. Pero también, des
de luego, el ser un soñador demasiado atrevido para el
tiempo en que se desenvolvió.
231