Pítulo 1
Pítulo 1
### **Resumen**
El único pasajero de primera clase que desciende del tren es **José de Rey**, un hombre que
llega por primera vez a la región. Al bajar, pregunta a los empleados si realmente ha llegado al
apeadero de Villa Horrenda, ya que allí debía encontrarse con las personas enviadas por **Doña
Perfecta** para llevarlo hasta la ciudad de **Orbajosa**, su destino final.
Mientras espera, José de Rey comenta el fuerte frío que hace en el lugar y pregunta si existe
alguna fonda o sitio donde pueda descansar antes de iniciar el viaje a caballo. Sin embargo, los
empleados de la estación apenas le prestan atención. El conductor debe continuar con su trabajo y
otro empleado le responde de manera seca que allí no existe ningún alojamiento. Además, este
último se muestra grosero y violento al gritar insultos y blasfemias contra quienes cargaban
mercancías y gallinas en el tren, lo que deja una impresión desagradable del ambiente.
Ante la falta de un lugar donde refugiarse, José de Rey decide marcharse cuanto antes. En ese
momento siente que alguien tira suavemente de su abrigo. Al volverse, encuentra a un campesino
castellano vestido con un gastado manto de paño pardo. El hombre tiene un aspecto humilde, una
figura alta y desgarbada, un rostro astuto y curtido por el trabajo, además de una vara en la mano
y espuelas en los pies.
Poco después, ambos se dirigen hacia la parte trasera de la estación, donde esperan las caballerías
que realizarán el viaje. La pequeña caravana está compuesta por tres animales: una **jaca** para
José de Rey, otra caballería montada por el tío Licurume y un **macho** que transportará el
equipaje, guiado por un joven zagal.
Mientras terminan los preparativos, el tren reanuda lentamente su marcha. El ruido de las ruedas
se va perdiendo en la distancia hasta que entra en el túnel del kilómetro 172. Allí el silbido de la
locomotora resuena con fuerza por el paisaje, mientras el vapor sale de la boca del túnel y el
amanecer comienza a iluminar lentamente los campos y las aldeas cercanas.
* Se presenta al protagonista, **José de Rey**, quien llega por primera vez a la región.
* Se introduce la estación de **Villa Horrenda**, descrita como un lugar frío, aislado y poco
acogedor.
* Aparece **Pedro Lucas (el tío Licurume)**, enviado por **Doña Perfecta** para recoger al
protagonista.
### **Resumen**
Después de salir de **Villa Horrenda**, **José de Rey** y su guía **Pedro Lucas, conocido como
el tío Licurume**, emprenden el viaje a caballo hacia **Orbajosa**. Durante el trayecto, el
campesino comienza a hablar con entusiasmo sobre **Doña Perfecta**, a quien considera una
mujer bondadosa y respetada por todos. También le habla de **Rosario**, la hija de Doña
Perfecta y prima de José, destacando su belleza y asegurándole que ambos formarían una
excelente pareja, pues en Orbajosa ya se da por hecho que el viaje tiene como propósito un futuro
matrimonio entre ellos.
Durante el recorrido llegan a los **Alamillos de Bustamante**, una finca heredada por José de Rey
de su madre. Él siente curiosidad por conocer aquellas tierras de las que tanto había oído hablar
cuando era niño. Sin embargo, al contemplarlas descubre una realidad muy distinta a la que
imaginaba: en lugar de un lugar fértil y hermoso encuentra campos secos, viejas construcciones
agrícolas, norias deterioradas y un ambiente de abandono. Comprende entonces que su madre
había idealizado profundamente aquella tierra.
Licurume le informa que parte de la propiedad ha sido invadida poco a poco por vecinos que han
ido desplazando los límites de las fincas. En especial menciona a un propietario apodado **el
Filósofo**, quien ha ocupado varias fanegadas de terreno pertenecientes a José. El joven
comprende que la propiedad rural en la región se encuentra mal delimitada y que recuperar esas
tierras no será una tarea sencilla.
Mientras continúan avanzando, ocurre una escena curiosa. José elogia unos terrenos que le
parecen mejor cultivados, creyendo que pertenecen a su finca, pero Licurume le aclara que en
realidad son de él. Poco después critican un terreno muy pobre y arenoso, y el campesino
responde que ese sí pertenece a José. El protagonista bromea diciendo que en aquella región
parece que todo lo malo es suyo y todo lo bueno pertenece a los demás.
Con el amanecer completamente instalado, José contempla el inmenso paisaje castellano. Observa
un territorio inmenso, sin árboles, dividido en campos amarillos, pardos y oscuros, donde el cielo
parece mucho más grande que la propia tierra. Reflexiona sobre la historia de España y piensa que
aquellos lugares, escenario de antiguas luchas entre cristianos y musulmanes, conservan las
huellas de un pasado glorioso, aunque ahora transmiten una sensación de decadencia y
abandono.
Más adelante, ambos escuchan disparos a la distancia. Licurume teme que se trate de una banda
de ladrones que acostumbra asaltar viajeros desde unas cuevas conocidas como **la Estancia de
los Caballeros**. También señala otros lugares peligrosos del camino, como **Las Delicias**,
donde numerosos viajeros han sido asesinados y robados. José propone acercarse para ayudar a
posibles víctimas, pero el campesino intenta convencerlo de que sería demasiado peligroso.
Poco después descubren que los disparos no provienen de ningún asalto. Unos carreteros les
explican que la **Guardia Civil** estaba trasladando a varios delincuentes y les disparaba cuando
intentaban escapar. Licurume incluso justifica estas ejecuciones, argumentando que la justicia
ordinaria resulta demasiado lenta y que muchos criminales terminan quedando libres para volver
a delinquir.
Caballuco conversa brevemente con José. Aunque aparenta cortesía, lo observa con cierta
arrogancia y le hace saber que mantiene una estrecha amistad con **Doña Perfecta**, insinuando
que volverán a encontrarse pronto en Orbajosa. Después se marcha rápidamente.
Finalmente, tras varias horas de viaje, aparece a lo lejos la ciudad de **Orbajosa**. Desde la
distancia, José observa un pueblo formado por casas deterioradas, antiguas murallas, un castillo
en ruinas, calles polvorientas y numerosos mendigos, lo que le produce una impresión muy
negativa. Aun así, recuerda que aquella es la tierra donde nació su madre y donde viven familiares
a quienes ya siente cariño antes incluso de conocerlos.
---
* Se presentan con mayor detalle **Doña Perfecta**, **Rosario** y **don Cayetano**, antes de
conocerlos personalmente.
* José conoce por primera vez los **Alamillos de Bustamante**, la finca heredada de su madre, y
descubre que la realidad es muy distinta a la imagen idealizada que tenía.
* Se revela que parte de sus tierras ha sido ocupada ilegalmente por propietarios vecinos.
* Se presenta el fuerte contraste entre los nombres poéticos de la región y la pobreza del paisaje,
una idea que refleja la visión crítica del protagonista.
* Se muestra la inseguridad del camino mediante la presencia de ladrones y las duras acciones de
la Guardia Civil.
* José contempla por primera vez **Orbajosa**, ciudad que le causa una impresión de decadencia
y atraso.
* El capítulo termina con el **primer vistazo de José a Rosario**, quien corre emocionada a
anunciar su llegada, preparando el esperado encuentro familiar del siguiente capítulo.
### **Resumen**
Antes de continuar con la historia de la llegada a Orbajosa, el narrador hace una pausa para
explicar quién es realmente **José (Pepe) Rey** y por qué ha viajado hasta aquella ciudad.
Todo comienza con la muerte del **brigadier Rey** en 1841. Sus dos hijos, **Juan Rey** y
**Perfecta**, ya se habían casado. Perfecta contrajo matrimonio con **Manuel María José de
Polentinos**, el propietario más rico de Orbajosa, mientras que Juan se casó con **María
Polentinos**, una joven de la misma ciudad, aunque el parentesco entre ambas familias era muy
lejano.
Juan Rey llegó a convertirse en un prestigioso abogado que ejerció durante treinta años en Sevilla.
En 1845 quedó viudo y tuvo que criar solo a su único hijo, **Pepe Rey**. Desde pequeño, Pepe
mostró una gran inclinación hacia la ingeniería: pasaba horas construyendo puentes, canales,
presas y acequias de tierra en el patio de su casa, mientras su padre, observando su talento, le
decía que algún día sería ingeniero.
Mientras tanto, la vida de Perfecta tomó un rumbo difícil. Su esposo, aunque inmensamente rico,
malgastó toda su fortuna en el juego y en una vida de excesos. Finalmente murió de forma
repentina, dejando como única heredera a su pequeña hija **Rosario**, que apenas tenía unos
meses de nacida.
Tras la muerte de Manuel María José, la familia quedó prácticamente arruinada. Las propiedades
estaban hipotecadas, existían enormes deudas y los acreedores amenazaban con quedarse con las
fincas. En ese momento apareció Juan Rey para ayudar a su hermana. Gracias a su inteligencia y
experiencia como abogado, negoció con los acreedores, reorganizó la administración de la fortuna
familiar y logró salvar el patrimonio de los Polentinos.
Perfecta sintió un profundo agradecimiento hacia su hermano. En las cartas que le enviaba desde
Orbajosa le expresaba constantemente su admiración y le aseguraba que enseñaría a su hija
Rosario a bendecir siempre el nombre de su tío, pues consideraba que había sido para ambas más
que un hermano y casi un segundo padre.
Mientras Rosario crecía en Orbajosa, Pepe continuó con sus estudios. Su afición por las
matemáticas y la ingeniería aumentó cada vez más hasta convertirse en ingeniero de profesión.
Participó en importantes obras públicas, como la construcción de puentes y líneas ferroviarias, y
adquirió una sólida formación científica. Más adelante realizó un viaje de estudios por
**Alemania** e **Inglaterra**, donde amplió aún más sus conocimientos técnicos.
Cuando Pepe regresó de ese viaje, su padre ya se había retirado a vivir tranquilamente en
**Puerto Real**. Allí le reveló un proyecto que llevaba mucho tiempo imaginando: deseaba que
Pepe se casara con **Rosario**, su prima. Antes de hablar con él había consultado a Perfecta
mediante una carta, y ella había aceptado la idea con gran entusiasmo, confesando que también
había pensado en esa posibilidad desde hacía tiempo.
Juan deja muy claro a su hijo que no pretende imponerle el matrimonio. Le dice que es
completamente libre de aceptar o rechazar la propuesta y que solo debe hacerlo si realmente
nace de su propia voluntad. Pepe lee cuidadosamente la carta de su tía y recibe la noticia con
absoluta serenidad. No muestra entusiasmo ni rechazo; simplemente analiza la situación con la
misma objetividad con la que estudiaría un problema de ingeniería.
Su padre aprovecha para describirle Orbajosa como una ciudad tranquila, sencilla y
profundamente religiosa, donde todavía se conservan las antiguas costumbres, la honradez y la
paz de la vida provinciana, muy diferentes del ambiente de las grandes ciudades. Con esas
palabras termina de convencer a Pepe para que viaje hasta allí, conozca personalmente a Rosario
y decida por sí mismo si desea convertirla en su esposa.
Al mismo tiempo, Pepe encuentra un motivo profesional para realizar el viaje. Solicita una
comisión del Gobierno para estudiar la cuenca minera del **río Nahara**, situada precisamente
en los alrededores de Orbajosa. Aunque no pertenecía oficialmente al cuerpo de ingenieros de
minas, obtiene el encargo sin dificultad. De esta manera puede combinar su trabajo científico con
el propósito de conocer a su familia y valorar la posibilidad del matrimonio.
El narrador aprovecha entonces para describir detalladamente la personalidad de Pepe Rey. Tiene
**34 años**, posee una complexión fuerte y atlética, es rubio y de aspecto distinguido. Su
inteligencia destaca tanto como su fortaleza física. Ama profundamente la ciencia, el estudio y el
progreso, y cree firmemente que el conocimiento debe servir para mejorar la vida de las personas.
En su carácter sobresalen la sinceridad, el sentido moral y el buen juicio. Habla poco, pero cuando
interviene lo hace con claridad y argumentos sólidos. No soporta la mentira, la hipocresía ni las
falsas apariencias, y acostumbra a utilizar la ironía para poner en evidencia aquello que considera
absurdo o injusto. Precisamente esa franqueza hace que algunas personas lo consideren
demasiado crítico o poco tolerante.
Finalmente, el relato vuelve al presente. Después de haber visto desde la huerta a **Rosario**
junto al **penitenciario**, Pepe Rey y el tío Licurume entran por las calles principales de
**Orbajosa**. Su llegada despierta inmediatamente la curiosidad de los habitantes. Los vecinos
salen a balcones y ventanas para observar al desconocido viajero, y antes incluso de que llegue a
la casa de los **Polentinos**, ya circulan numerosos comentarios sobre su aspecto y sobre el
sobrino de Doña Perfecta que acaba de llegar a la ciudad.
---
* Se narra la ruina económica provocada por el esposo de **Doña Perfecta** y cómo **Juan
Rey** logra salvar el patrimonio familiar.
* Se relata la infancia de **Pepe Rey**, destacando desde niño su talento para la ingeniería.
* Se presenta la formación profesional y científica de Pepe, incluyendo sus estudios y viajes por
Europa.
* Se revela que fue **Juan Rey** quien propuso el matrimonio entre **Pepe y Rosario**,
propuesta aceptada por Doña Perfecta.
* Pepe viaja a Orbajosa tanto por motivos familiares como por una misión profesional relacionada
con la exploración minera del río Nahara.
* El capítulo concluye con la entrada de Pepe en Orbajosa, donde su llegada despierta una enorme
curiosidad entre todos los habitantes, preparando el encuentro con Doña Perfecta y Rosario.
### **Resumen**
Mientras tanto, **Pepe Rey** llega finalmente a la casa de los **Polentinos**. Apenas desmonta
de la jaca, **Doña Perfecta** sale emocionada a recibirlo. Llena de lágrimas, lo abraza con
enorme cariño y expresa la alegría que siente al volver a verlo después de tantos años. Recuerda
cuando era un niño pequeño y se sorprende al encontrar ahora a un hombre adulto, fuerte y con
barba.
Después del recibimiento, Doña Perfecta, preocupada por el cansancio del viaje, le propone a
Pepe que descanse antes de almorzar. Rosario recibe el encargo de acompañarlo hasta la
habitación que le han preparado.
Una vez allí, Rosario le enseña cuidadosamente cada detalle del cuarto. Le explica dónde está la
campanilla para llamar al servicio, la mesa de trabajo, la cesta para los papeles, el cenicero para las
colillas de los cigarros, el lavabo, el ropero y la cómoda. También le muestra las dos ventanas: una
da hacia la huerta, donde canta un canario, y la otra ofrece una vista de la catedral de Orbajosa.
Incluso le advierte que no abra ambas ventanas al mismo tiempo para evitar las corrientes de aire.
Pepe observa con admiración la atención y el cariño con que todo ha sido preparado. Comprende
que cada objeto del cuarto ha sido colocado pensando en su comodidad. Muy conmovido, le dice
a Rosario que en todos aquellos detalles reconoce "la mano de un ángel" y que aquella habitación
le transmite una sensación de paz, como si hubiera vivido allí toda su vida. Rosario, avergonzada
por el elogio, únicamente sonríe y sale discretamente de la habitación.
Poco después entra **el tío Licurume** para llevar el equipaje. Pepe le entrega una generosa
propina, mucho mayor de la que el campesino esperaba. Agradecido, Licurume aprovecha para
insinuarle varias veces que desea hablar con él sobre un "asuntillo". Sin embargo, nunca llega a
explicarlo claramente y siempre termina aplazando la conversación.
Cuando parece que por fin se ha marchado, vuelve a aparecer una vez más para preguntar si Pepe
necesita algún favor relacionado con el juez municipal. El ingeniero, algo divertido por tanta
insistencia, intenta despedirlo amablemente. Sin embargo, Licurume regresa todavía una tercera
vez antes de abandonar definitivamente la casa, demostrando su carácter insistente y algo
desconfiado.
Finalmente, Pepe cierra la puerta de su habitación y, sonriendo para sí mismo, comenta que la
gente de aquel pueblo parece ser muy aficionada a los pleitos y a los asuntos judiciales. Con esta
reflexión termina el capítulo, dejando al protagonista instalado por primera vez en la casa de Doña
Perfecta.
---
* **Doña Perfecta** recibe a su sobrino con un emotivo abrazo lleno de cariño y emoción.
* Rosario muestra el cuarto preparado para Pepe, evidenciando el cuidado y la dedicación con que
organizó cada detalle para hacerlo sentir cómodo.
* **Licurume** recibe una generosa recompensa y trata repetidamente de hablar con Pepe sobre
un misterioso "asuntillo", sin llegar a explicarlo.
* El capítulo termina con la primera impresión de Pepe sobre los habitantes de Orbajosa, a
quienes considera muy inclinados a los pleitos y asuntos de justicia.
### **Resumen**
Después de instalarse en la casa de **Doña Perfecta**, **Pepe Rey** baja al comedor para tomar
el desayuno. Su tía lo recibe con el mismo cariño con que lo había abrazado al llegar y le explica
que en Orbajosa la comida principal se sirve a la una de la tarde. Por ello le pregunta si prefiere un
desayuno abundante o algo ligero para conservar el apetito. Pepe elige comer solo un poco, pues
desea compartir el almuerzo con ellas.
Durante la conversación, Doña Perfecta insiste en que considere aquella casa como si fuera la suya
y que actúe con absoluta confianza. Mientras lo observa comer, no deja de compararlo con su
padre, **Juan Rey**. Le emociona comprobar cuánto se parecen en la manera de sentarse, de
comer y hasta en la expresión del rostro, lo que despierta en ella recuerdos muy afectuosos de su
hermano.
Doña Perfecta comenta también que **Rosario** estaba preocupada porque pensaba que su
primo, acostumbrado a la vida elegante de Madrid y a los viajes por el extranjero, no se sentiría
cómodo en la sencillez de la vida provinciana. Sin embargo, Pepe responde exactamente lo
contrario. Afirma que detesta la falsedad, las apariencias y las convenciones sociales de la alta
sociedad. Explica que, después de tantos años dedicados al estudio y al trabajo, anhela
precisamente una vida tranquila, en contacto con la naturaleza, lejos del bullicio de las grandes
ciudades. Confiesa que desde el momento en que entró en aquella casa sintió la paz que llevaba
mucho tiempo buscando.
Mientras hablan, llega el **señor Penitenciario**, **don Inocencio**, quien entra con la
solemnidad y cortesía propias de su carácter. Doña Perfecta lo presenta formalmente a Pepe,
expresando el gran afecto y respeto que siente por él y manifestando su deseo de que ambos
lleguen a ser buenos amigos.
Después de la comida, tanto Pepe como don Inocencio encienden un cigarrillo y comienzan a
conversar. El sacerdote pregunta al recién llegado cuál ha sido su impresión de **Orbajosa**.
Pepe responde con sinceridad. Aunque reconoce que todavía conoce poco la ciudad, afirma que
cree que necesita una profunda renovación económica y social. Considera que harían falta
inversiones, personas capacitadas y trabajadores para impulsar el desarrollo de la región. Además,
le impresiona la gran cantidad de mendigos que ha visto por las calles, muchos de ellos
perfectamente capaces de trabajar.
Estas palabras provocan la primera diferencia de opiniones entre ambos personajes. Don
Inocencio responde que para aliviar la pobreza ya existe la caridad y defiende la situación de
Orbajosa. Tanto él como Doña Perfecta señalan que la ciudad no es tan pobre como parece, pues
existen numerosas familias acomodadas y una importante producción agrícola, especialmente de
ajos, que constituye una de las principales riquezas del lugar.
A partir de ese momento, el canónigo desarrolla un discurso en defensa de Orbajosa y de las
costumbres tradicionales. Explica que durante muchos años ha visto llegar a ingenieros, políticos y
funcionarios procedentes de Madrid que siempre hablan de modernizar el pueblo mediante
nuevas máquinas, técnicas agrícolas y reformas económicas. Sin embargo, considera que todas
esas propuestas son innecesarias y que los habitantes viven perfectamente sin ellas.
Con evidente ironía, don Inocencio insinúa que Pepe pertenece precisamente a ese grupo de
hombres modernos que creen saber cómo transformar el país. Llega incluso a decir, en tono
burlón, que personas tan ilustradas como él están autorizadas para considerar a los habitantes de
Orbajosa poco menos que salvajes.
Aunque las palabras del sacerdote resultan ofensivas, **Pepe Rey mantiene la calma**.
Comprende que una discusión solo empeoraría la situación y decide no responder con agresividad.
En lugar de enfrentarse al canónigo, procura cambiar de tema y continuar la conversación de
forma cordial.
Mientras tanto, el narrador describe el comedor de la casa. Se trata de una habitación amplia,
limpia y cuidadosamente conservada, decorada con antiguos papeles pintados, un gran reloj,
láminas sobre la conquista de México y otros muebles tradicionales que reflejan el ambiente
acomodado pero conservador de la familia.
También aparece un **loro**, mascota de la casa, que llama especialmente la atención del
narrador. Aprovechando su presencia, realiza una descripción humorística del animal, comparando
su aspecto y comportamiento con el de ciertos personajes importantes que aparentan una gran
superioridad. Don Inocencio demuestra tener mucho cariño por el loro: se acerca a él, juega con el
ave, le da garbanzos y le habla cariñosamente mientras este le mordisquea el dedo.
Finalmente, el sacerdote llama a la criada para que le sirvan chocolate. Su intervención interrumpe
la conversación que mantenían Doña Perfecta, Rosario y Pepe, cerrando así un capítulo en el que,
por primera vez, queda al descubierto la diferencia de ideas entre el joven ingeniero y uno de los
personajes más influyentes de Orbajosa.
---
* La tía compara constantemente a Pepe con su padre, **Juan Rey**, recordando el enorme
cariño que le tenía.
* Rosario temía que su primo no se adaptara a la vida sencilla de Orbajosa, pero Pepe afirma que
precisamente busca tranquilidad y rechaza el lujo y las apariencias de las grandes ciudades.
* Se produce la **primera conversación importante entre Pepe Rey y el señor Penitenciario (don
Inocencio)**.
* Pepe expone una visión moderna y progresista: considera que Orbajosa necesita desarrollo
económico, inversión y trabajo para superar la pobreza.
* Don Inocencio defiende con firmeza las costumbres tradicionales y rechaza las ideas de
modernización traídas desde Madrid.
* Surge el **primer enfrentamiento ideológico**, aunque todavía de forma educada y sin una
discusión abierta.
* Pepe demuestra autocontrol y evita responder a las ironías del sacerdote para no crear un
conflicto.
* El capítulo deja claro que las diferencias entre la mentalidad científica y moderna de **Pepe
Rey** y el pensamiento tradicional de los habitantes de **Orbajosa** comienzan a hacerse
evidentes, anticipando futuros conflictos.
## **Resumen**
El capítulo comienza con la llegada de **don Cayetano Polentinos**, hermano de Doña Perfecta,
quien recibe a **Pepe Rey** con un afectuoso abrazo. Ambos ya se conocían, pues don Cayetano
acostumbraba viajar a Madrid para adquirir libros antiguos en subastas y librerías, donde había
tratado anteriormente con el joven ingeniero.
El narrador dedica parte del capítulo a describir a don Cayetano. Es un hombre alto, delgado y de
aspecto envejecido por los años de estudio. Su mayor pasión son los libros y la investigación
histórica. Ha reunido una de las bibliotecas más importantes de España y dedica casi toda su vida a
leer, clasificar manuscritos y recopilar información sobre la historia antigua de la región. También
suele recorrer los alrededores de **Orbajosa**, especialmente un lugar llamado **Mundo
Grande**, donde busca restos arqueológicos como monedas romanas, fragmentos de edificios
antiguos y otros objetos de valor histórico.
Aunque vive en la misma casa que su hermana, existe entre ambos un perfecto equilibrio. Doña
Perfecta nunca interviene en los asuntos de la biblioteca, mientras que don Cayetano tampoco
participa en la administración del hogar. Gracias a ese respeto mutuo, mantienen una convivencia
tranquila y armoniosa.
Durante la conversación, don Cayetano lamenta que Pepe no le haya traído un antiguo libro que
esperaba conseguir en Madrid y le propone aprovechar su estancia para trabajar juntos
organizando la biblioteca y elaborando un índice de escritores relacionados con la historia local.
Además, lo invita a conocer los valiosos libros y documentos que guarda con orgullo.
Al llegar la hora del almuerzo, todos se reúnen alrededor de la mesa: **Doña Perfecta**,
**Rosario**, **Pepe Rey**, **don Cayetano** y **el señor Penitenciario, don Inocencio**. La
comida es abundante y propia de una familia acomodada de provincia.
Durante el almuerzo, don Inocencio recomienda a Pepe visitar cuanto antes la **catedral de
Orbajosa**, asegurándole que es una verdadera joya artística. Sin embargo, al hacer la invitación
vuelve a emplear un tono irónico, insinuando que un hombre tan culto y acostumbrado a viajar
por Europa quizá no sea capaz de apreciar las bellezas de una ciudad pequeña como Orbajosa.
Pepe responde con educación y afirma que, por lo poco que ha observado desde el exterior, la
catedral le parece un edificio magnífico. Doña Perfecta interviene entonces con buen humor y le
advierte que tenga cuidado de no criticar la iglesia, pues eso bastaría para enemistarse con todos
los habitantes del pueblo.
Lejos de terminar la conversación, don Inocencio comienza un largo discurso sobre la ciencia
moderna. Afirma que los avances científicos han destruido la fe, la imaginación y los sentimientos
religiosos. Según él, la ciencia reduce todo a números, cálculos y leyes físicas, eliminando el
misterio, la inspiración y las ilusiones que durante siglos alimentaron el espíritu humano.
Considera que el progreso moderno convierte a las personas en simples máquinas incapaces de
creer o de admirar lo sobrenatural.
Mientras el sacerdote habla, los demás escuchan sin intervenir demasiado. Don Cayetano evita la
discusión y cambia de tema en varias ocasiones. Doña Perfecta procura mantener un ambiente
agradable durante la comida.
Sin embargo, Pepe comprende que el canónigo está provocándolo deliberadamente. Hasta ese
momento había evitado cualquier enfrentamiento, pero decide responder utilizando precisamente
las ideas que sabe que más molestarán a don Inocencio.
Con un discurso muy elaborado, Pepe defiende el valor de la ciencia y del progreso. Explica que el
conocimiento científico ha permitido destruir supersticiones, errores y falsas creencias
acumuladas durante siglos. Afirma que la humanidad ha dejado atrás los mitos para comprender
la realidad mediante la razón y la observación.
Como ejemplo, menciona numerosos casos. Dice que el cielo ya no es una bóveda sostenida por
dioses, sino el espacio infinito estudiado por la astronomía; que la Luna no es un ser fantástico,
sino un cuerpo celeste; que los fenómenos naturales ya no dependen de divinidades, sino de leyes
físicas; y que muchos supuestos milagros han sido sustituidos por los avances de la industria, la
técnica y la ciencia moderna.
Mientras pronuncia estas ideas, el ambiente de la mesa cambia completamente. Don Inocencio
escucha con una sonrisa que revela tanto sorpresa como satisfacción por haber conseguido
provocar la discusión que buscaba. Don Cayetano permanece distraído, jugando con una bolita de
pan para no intervenir en la polémica.
Al darse cuenta de la impresión que ha causado en Rosario, Pepe se inclina discretamente hacia
ella y le susurra al oído que no tome demasiado en serio lo que acaba de decir. Le confiesa que ha
exagerado sus opiniones únicamente para **hacer enfadar al señor Penitenciario**, reconociendo
así que ha aceptado el desafío intelectual que este le había planteado.
---
## **Aspectos importantes del capítulo**
* Toda la familia se reúne por primera vez alrededor de la mesa para almorzar.
* **Don Inocencio** vuelve a provocar a Pepe utilizando un tono irónico al hablar de la ciencia y
de la modernidad.
* El canónigo sostiene que la ciencia destruye la fe, la imaginación y los sentimientos religiosos.
* **Pepe Rey**, por primera vez, responde abiertamente y defiende la ciencia, el progreso y la
razón frente a las supersticiones y las creencias tradicionales.
* Se produce el **primer enfrentamiento ideológico serio** entre Pepe Rey y don Inocencio,
aunque todavía expresado mediante argumentos y no mediante insultos.
* El capítulo termina con una confesión importante de Pepe a Rosario: admite que exageró sus
palabras únicamente para irritar al canónigo, dejando claro que el conflicto entre ambos apenas
comienza.
La discusión iniciada durante la comida continúa cuando **Doña Perfecta**, con un ligero tono de
orgullo, comenta que no cree que **Don Inocencio** vaya a quedarse callado ante las opiniones
de **Pepe Rey**. El canónigo responde con aparente humildad, pero en realidad utiliza una ironía
constante para desacreditar las ideas del joven ingeniero. Afirma que Pepe posee todo el
conocimiento de las ciencias modernas y que él, como simple sacerdote, no tiene preparación
para enfrentarse a alguien tan instruido. Dice que solo podría defender la religión con argumentos
basados en la fe, la revelación y la palabra divina, pero que esas razones serían motivo de burla
para un hombre moderno como Pepe.
Aunque el sacerdote insiste en presentarse como un hombre ignorante frente al inmenso saber
del ingeniero, sus palabras esconden una crítica directa hacia la ciencia y el pensamiento racional
que representa Pepe Rey. Lo describe como uno de esos hombres del siglo que han abandonado la
fe para confiar únicamente en la razón.
Pepe Rey comprende que sus palabras anteriores han sido interpretadas demasiado seriamente y
trata de suavizar el ambiente. Entre risas explica que todo lo dicho había sido una broma para
animar la conversación y asegura que, en el fondo, sus verdaderas ideas no son tan distintas de las
del canónigo. Incluso llega a llamarse ignorante y pide disculpas si ha ofendido a alguien.
Sin embargo, **Don Inocencio** no acepta esa explicación. Continúa afirmando que aquellas
opiniones reflejan el verdadero pensamiento del joven y aprovecha la ocasión para elogiar
exageradamente su inteligencia, diciendo que posee una capacidad extraordinaria y
comparándolo con los grandes pensadores modernos que conoció en Madrid. Aunque aparenta
admiración, sus elogios están cargados de ironía y buscan dejar claro que considera a Pepe un
representante del racionalismo y de las ideas contrarias a la religión.
La situación empeora cuando **Doña Perfecta** interviene. En lugar de dar por terminada la
discusión, respalda al sacerdote y afirma que su sobrino ha aprendido doctrinas equivocadas.
Señala que Don Inocencio, con su sabiduría religiosa, podría corregir esos errores y apartarlo de
aquellas ideas que considera falsas. Pepe comprende entonces que ha quedado atrapado en una
situación incómoda y responde con humor que estaría encantado de que el penitenciario lo sacara
de ese supuesto error.
El sacerdote insiste nuevamente en mostrarse humilde, diciendo que solo conoce la antigua
ciencia de Dios, mientras reconoce el enorme valor de los conocimientos científicos de Pepe.
Después de estas palabras adopta una actitud solemne, inclinando la cabeza y dando por
concluida, al menos aparentemente, la discusión.
Consciente de que la conversación se ha vuelto demasiado tensa, Pepe intenta cambiar de tema y
pregunta a **Don Cayetano** por sus investigaciones arqueológicas. El erudito aprovecha para
hablar del hallazgo de un fragmento de ánfora con antiguas inscripciones y manifiesta su
entusiasmo por enseñárselo.
Pero Don Inocencio vuelve a intervenir con ironía, insinuando que un hombre tan sabio como
Pepe seguramente también será un gran arqueólogo. Doña Perfecta añade que los jóvenes
modernos aprenden un poco de todas las ciencias y salen de las universidades creyéndose capaces
de entender cualquier asunto.
Pepe responde con modestia que solo posee conocimientos generales y reconoce que no sabe
nada de arqueología. Incluso comenta que nunca le ha atraído estudiar ruinas antiguas. Estas
palabras decepcionan a Don Cayetano, quien defiende apasionadamente esa disciplina y explica
que precisamente de las ruinas nace el conocimiento de la historia.
El canónigo cambia entonces de tema y propone que Pepe habría debido estudiar Derecho. Esta
observación provoca una nueva controversia. El ingeniero declara abiertamente que detesta la
profesión de abogado, aunque respeta profundamente a su padre, que ejerció esa carrera con
honor. Explica que nunca quiso dedicarse a una actividad donde se defienden indistintamente
posiciones opuestas y critica el exceso de abogados existentes en España. Según él, la abundancia
de juristas provoca un aumento artificial de los pleitos, fomenta la burocracia, la ambición por
conseguir cargos públicos y alimenta muchos de los conflictos políticos del país.
Estas afirmaciones molestan nuevamente a Doña Perfecta, quien le recuerda que Don Inocencio
tiene un sobrino recién graduado en Derecho y que sus palabras pueden resultar ofensivas. Pepe
aclara enseguida que habla de la profesión en términos generales y reconoce que existen
abogados honorables, como su propio padre.
Don Inocencio responde otra vez con falsa modestia. Dice que su sobrino todavía es muy joven y
no pretende compararlo con la inteligencia de Pepe Rey, aunque destaca que posee un criterio
firme y conocimientos sólidos, adquiridos con esfuerzo y sin recurrir a sofismas.
A esas alturas, Pepe comprende que cualquier comentario suyo termina provocando una nueva
discusión. Empieza a sentirse cada vez más incómodo al notar que, sin proponérselo, siempre
acaba contradiciendo las ideas de los amigos de su tía. Para evitar que la situación empeore,
decide guardar silencio.
Finalmente, las campanas de la catedral llaman a los canónigos para asistir al coro. Gracias a esta
interrupción, la discusión termina sin llegar a un enfrentamiento mayor. **Don Inocencio** se
despide con una cortesía exagerada, trata a Pepe con gran amabilidad, se ofrece para ayudarlo en
todo lo que necesite y promete presentarle a su sobrino para que le enseñe la ciudad.
Aunque el sacerdote abandona la casa mostrando gestos de amistad y cordialidad, **Pepe Rey
siente un enorme alivio cuando lo ve marcharse**, convencido de que la conversación había
estado a punto de convertirse en una disputa mucho más grave. Este capítulo deja claro que las
diferencias entre el pensamiento moderno de Pepe y las creencias tradicionales representadas por
Don Inocencio y Doña Perfecta comienzan a hacerse cada vez más profundas, anticipando
conflictos mayores en el desarrollo de la historia.
Después del incómodo almuerzo del día anterior, el ambiente en la casa vuelve a la tranquilidad.
**Don Cayetano**, agotado por sus estudios y conversaciones, se queda profundamente dormido
en un sillón del comedor. Mientras tanto, **Doña Perfecta** se ocupa de los asuntos de la casa y
**Rosario** aprovecha para sentarse junto a una de las ventanas que dan a la huerta. Con una
mirada invita silenciosamente a Pepe a acompañarla.
Pepe comprende el mensaje y se sienta a su lado. Comienza disculpándose por la discusión que
había tenido con **Don Inocencio**, afirmando que nunca quiso parecer un hombre pedante y
que el enfrentamiento fue provocado por el carácter provocador del canónigo. Rosario, lejos de
criticar al sacerdote, explica que Don Inocencio es una excelente persona, muy querido por ella y
por su madre, y que visita la casa todos los días. También le cuenta que por las noches suelen
reunirse allí varias personas importantes de Orbajosa para jugar a las cartas y conversar.
Entre esas visitas frecuentes se encuentra **Jacinto**, el sobrino de Don Inocencio, un joven
abogado al que todos consideran estudioso, trabajador y con un futuro brillante. Al escuchar esto,
Pepe lamenta haber hablado mal de la profesión de abogado durante la comida y reconoce que
sus palabras pudieron resultar ofensivas.
La conversación cambia entonces hacia las diferencias entre Pepe y la gente del pueblo. Rosario
cree que él proviene de un mundo muy distinto, donde las personas son más cultas y refinadas, y
teme que termine aburriéndose en Orbajosa y decida marcharse. Sin embargo, Pepe la tranquiliza
asegurándole que no existe ninguna incompatibilidad entre él y el lugar. Incluso afirma que,
aunque existiera alguna diferencia, entre los dos siempre habría una perfecta armonía.
Estas palabras conmueven profundamente a Rosario. Pepe aprovecha para expresar con
sinceridad lo que siente. Confiesa que desde el primer momento en que la vio experimentó una
felicidad inmensa y lamentó no haber llegado antes a Orbajosa. Rosario intenta restarle
importancia a esas palabras, creyendo que son simples galanterías propias de un hombre de
ciudad. Incluso se describe humildemente como una muchacha sencilla del campo, sin grandes
conocimientos, poco elegante y con escasa educación.
Pepe la interrumpe para decirle que precisamente esas cualidades la hacen perfecta. Afirma que
en ella ve una pureza y una bondad excepcionales, que su alma ilumina todo cuanto la rodea y que
posee una belleza espiritual muy superior a cualquier atractivo físico. Finalmente, deja de hablar
con rodeos y le revela el verdadero motivo de su viaje: ha venido a Orbajosa con la intención de
casarse con ella.
Rosario queda profundamente emocionada. Aunque intenta ocultar su nerviosismo con una
sonrisa, el rubor de su rostro demuestra la intensidad de sus sentimientos. Pepe continúa
declarando que, si ella no le hubiera gustado, habría abandonado inmediatamente la ciudad, pero
ahora está completamente seguro de que ella es la mujer que siempre había esperado.
Las palabras del ingeniero conmueven tanto a Rosario que apenas puede sostenerse en pie. Se
sienta para recuperar la calma y, con lágrimas en los ojos, finalmente confiesa lo que llevaba
mucho tiempo guardando en su corazón: **lo amaba incluso antes de conocerlo
personalmente**. Explica que desde niña había leído las cartas del padre de Pepe, donde se
hablaba maravillosamente de él, y poco a poco comenzó a imaginar que algún día sería su esposo.
También recuerda que esperaba con ilusión que sus padres organizaran ese matrimonio, por lo
que la llegada de Pepe cumplía un sueño que llevaba años alimentando.
Ambos quedan oficialmente comprometidos en sus corazones y se internan felices entre los
árboles de la huerta, disfrutando de su amor mientras cae la tarde. El narrador describe un paisaje
lleno de tranquilidad, con los pájaros cantando y el sol ocultándose, reflejando la felicidad que
viven los jóvenes.
Sin embargo, esa felicidad dura muy poco. Mientras pasean abrazados, Rosario advierte con
preocupación que alguien se acerca. Para ocultar su conversación amorosa, Pepe comienza a
hablar en voz alta sobre agricultura y poda de árboles, fingiendo que solo estaban conversando
sobre jardinería.
El capítulo termina con este encuentro, que parece cordial, pero que anuncia la incorporación de
un nuevo personaje importante en la historia. La presencia de Jacinto y de Don Inocencio deja
entrever que el amor entre Pepe y Rosario pronto encontrará nuevos obstáculos y que la tensión
en la familia continuará creciendo.
Veo por qué no te cabía: el capítulo 9 es muy largo. Sin embargo, **este mensaje sí llegó
completo**, así que puedo trabajar con él.
---
Mientras pasean por la huerta, Don Inocencio vuelve a utilizar su ironía para exagerar los
conocimientos de **Pepe Rey**, afirmando que es un gran agrónomo. Pepe responde con
modestia diciendo que no sabe nada de agricultura, pero el canónigo insiste en citar autores
clásicos como Virgilio y las *Geórgicas*, aprovechando la ocasión para burlarse de los estudios
modernos y de la ciencia contemporánea. Cuando Pepe admite que apenas conoce el latín, Don
Inocencio vuelve a ridiculizar a la juventud moderna, diciendo que ya no estudia a los autores
clásicos.
Poco después, Jacinto interviene con una pregunta sobre el **darwinismo**, intentando
demostrar sus conocimientos científicos. Pepe responde sinceramente que conoce muy poco las
teorías de Darwin porque su profesión de ingeniero no le ha permitido estudiarlas. Don Inocencio
aprovecha nuevamente para burlarse de las nuevas ideas científicas, reduciéndolas a la afirmación
de que el hombre desciende del mono y haciendo comentarios irónicos sobre Alemania y sus
filósofos.
En ese momento llegan **Doña Perfecta** y **Don Cayetano** para unirse al paseo. La
conversación parece tranquila hasta que Doña Perfecta, con aparente amabilidad, decide hacer
una observación a su sobrino sobre su comportamiento durante la visita a la catedral.
La señora le explica que muchas personas del pueblo, incluso el propio obispo, se sintieron
escandalizadas porque durante la misa Pepe caminó por la iglesia observando las pinturas, los
monumentos y la arquitectura sin mostrar señales externas de devoción. Le reprocha haber
recorrido el templo durante la celebración religiosa, haberse acercado a distintos altares y
sepulcros y no haberse arrodillado ni hecho gestos de respeto cuando el sacerdote elevó la hostia
consagrada.
Pepe intenta defenderse diciendo que nunca quiso faltar al respeto y que simplemente estaba
distraído contemplando el valor artístico y arquitectónico del edificio. Sin embargo, Doña Perfecta
insiste en que, aunque sus ideas religiosas puedan ser diferentes, no debe escandalizar
públicamente a la gente sencilla y profundamente creyente de Orbajosa.
El ingeniero empieza a sentirse incómodo, pues comprende que en el pueblo circula una imagen
completamente falsa sobre él. Se sorprende al escuchar que muchos creen que niega la existencia
del alma, rechaza la religión y sostiene ideas completamente materialistas que jamás ha
expresado. Molesto, afirma que puede aceptar aquellas acusaciones como una broma, pero no
como una descripción seria de sus verdaderas creencias.
Al ver que su sobrino se irrita, Doña Perfecta cambia inmediatamente de actitud y le pide perdón
con humildad, asegurando que nunca quiso ofenderlo. Esta reacción avergüenza a Pepe, quien
intenta serenarse para evitar un conflicto mayor.
Entonces interviene **Don Inocencio**, aparentando actuar como mediador. Explica que los
artistas suelen fijarse únicamente en la belleza material de las iglesias y olvidan el sentido religioso
de los templos. Afirma que seguramente Pepe actuó como cualquier viajero extranjero que visita
una catedral para admirar sus obras de arte y no para rezar. Aunque parece defenderlo, sus
palabras vuelven a insinuar que el ingeniero carece del verdadero sentimiento religioso.
Pepe, cansado de que todos lo consideren un enemigo de la religión, responde que no fue la
arquitectura lo que más llamó su atención, sino el mal gusto artístico que, según él, domina gran
parte de las imágenes y adornos del templo. Explica que muchas esculturas están excesivamente
decoradas con vestidos, coronas, telas, metales y adornos que deforman la belleza original de las
figuras religiosas. Considera que esas representaciones fomentan la superstición en lugar de elevar
el espíritu hacia Dios y sostiene que el verdadero arte religioso debería ser sencillo, digno y capaz
de inspirar auténtica fe.
La conversación se vuelve todavía más delicada cuando critica la costumbre de interpretar
fragmentos de óperas dentro de la misa. Incluso menciona que el organista tocó música de **La
Traviata**, algo que le pareció completamente inapropiado para una ceremonia religiosa. Jacinto
le da parcialmente la razón, reconociendo que el organista suele interpretar música profana
durante los oficios.
Finalmente, Pepe relata el episodio que provoca la ruptura definitiva de la armonía familiar.
Cuenta que vio una imagen de la Virgen vestida con un enorme traje de terciopelo bordado,
adornada con abundantes encajes, joyas y una gigantesca corona. Desde su punto de vista
artístico, considera que aquella decoración deforma la imagen y le resulta imposible contemplarla
sin pensar que ha sido transformada en algo ridículo. Incluso confiesa que sintió deseos de reír al
verla, aunque también experimentó compasión al pensar que aquella representación desfiguraba
la verdadera dignidad de la Virgen.
En ese momento, **Don Inocencio**, con evidente satisfacción, revela la gravedad del error
cometido por Pepe. Le informa que esa imagen es **Nuestra Señora del Socorro**, patrona y
protectora de Orbajosa, venerada profundamente por todo el pueblo. Además, añade que **Doña
Perfecta es la camarera encargada de vestir a la Virgen** y que el vestido criticado había sido
confeccionado por ella misma. Peor aún, los pantalones del Niño Jesús habían sido bordados por
**Rosario** con enorme devoción.
Al comprender lo ocurrido, Pepe queda completamente desconcertado. Entiende que, sin saberlo,
acaba de insultar aquello que su tía y su prima consideran más sagrado y querido.
La reacción es inmediata. Doña Perfecta se levanta sin pronunciar una sola palabra y regresa a la
casa profundamente ofendida, seguida por Don Inocencio. Los demás también abandonan el
lugar. Pepe intenta acercarse a Rosario para pedirle perdón, pero descubre que ella está llorando.
Antes de marcharse, la joven solo alcanza a dirigirle una mirada llena de tristeza y de cariñoso
reproche. En ese mismo instante, la voz alterada de Doña Perfecta llama a Rosario desde la casa,
poniendo fin a la conversación y dejando claro que el conflicto entre Pepe y la familia ha alcanzado
un nivel mucho más grave que una simple diferencia de opiniones.
Jacintito le explica que **Tío Licurgo** pretende demandarlo porque unas aguas nacidas en la
finca de Pepe han cambiado de curso y ahora afectan unos tejares pertenecientes al aldeano.
Además de exigir que se restablezca el antiguo cauce, solicita una indemnización por los daños
sufridos. Pepe queda sorprendido porque desconocía completamente la situación. Indignado,
afirma que esas propiedades fueron originalmente de su familia y acusa a Licurgo y a otros vecinos
de apropiarse poco a poco de sus tierras mediante abusos y maniobras legales. Agradece a Jacinto
la advertencia, pero manifiesta su intención de defender sus derechos y de comprobar si la justicia
de Orbajosa actúa con imparcialidad.
Sin embargo, el ambiente continúa siendo incómodo. **Rosario permanece triste**, mientras
**Jacintito** aprovecha cualquier ocasión para acercarse a ella con conversaciones superficiales y
aduladoras. Don Inocencio interviene constantemente insinuando que él podrá convencer a la
muchacha de perdonar completamente a su primo, actitud que incomoda a Pepe, quien preferiría
resolver el malentendido directamente con Rosario.
Poco después llegan varios invitados habituales de la tertulia nocturna: **el juez de primera
instancia**, **la esposa del alcalde** y **el deán de la catedral**.
El deán, por su parte, es un anciano corpulento y profundamente conservador que desde el primer
momento manifiesta una clara antipatía hacia Pepe Rey debido a sus ideas modernas.
Durante toda la reunión, Pepe se siente cada vez más incómodo. La conversación le resulta
superficial y artificial, y percibe que todos lo observan con curiosidad o desconfianza. Además,
cada vez que intenta acercarse a Rosario para hablar con ella, Don Inocencio lo interrumpe o lo
aparta con cualquier excusa, impidiendo que ambos puedan conversar a solas.
Cuando la tertulia termina y los invitados comienzan a marcharse, Don Inocencio y Jacintito
también se despiden. Antes de salir, el canónigo vuelve a elogiar exageradamente los estudios y
escritos de su sobrino, quien presume de estar redactando una obra sobre la influencia de la mujer
en la sociedad cristiana y otro trabajo sobre el movimiento católico. Pepe responde con cortesía,
aunque percibe claramente la vanidad del joven abogado.
Aprovechando el momento, Pepe logra acercarse finalmente a Rosario. Ella le confiesa que ha
ofendido profundamente a su madre con sus comentarios sobre las imágenes religiosas. Aunque
asegura que personalmente no está enfadada con él, le advierte que la situación es delicada y que
debe tener cuidado. Pepe le responde con una broma sobre el Niño Jesús y los pantalones de la
imagen religiosa, intentando aliviar la tensión, pero comprende que Doña Perfecta aún no ha
olvidado lo ocurrido.
En ese instante, **Doña Perfecta llama a Rosario con voz firme y autoritaria**, ordenándole que
se retire inmediatamente a dormir. Antes de marcharse, la joven consigue acercarse
discretamente a su primo y le susurra una advertencia muy significativa:
Estas palabras dejan a Pepe profundamente inquieto, pues por primera vez comprende que detrás
de la aparente bondad y cortesía de su tía puede ocultarse un resentimiento mucho más
profundo.
Después, Doña Perfecta se reúne en privado con **Tío Licurgo** para tratar el asunto del pleito,
mientras Pepe permanece solo con **Don Cayetano**. El anciano, completamente ajeno a las
tensiones familiares, comienza a hablar con entusiasmo sobre la historia de Orbajosa, exaltando
las antiguas glorias del pueblo, sus héroes, obispos, conquistadores, nobles y sabios. Orgulloso de
su tierra, afirma que Orbajosa ha dado hombres ilustres en todas las épocas y que no existe
población más noble.
Pepe apenas escucha aquellas palabras. Abrumado por los acontecimientos del día, responde
distraídamente y finalmente se retira a su habitación, convencido de que la armonía que esperaba
encontrar en Orbajosa empieza a transformarse en una **discordia cada vez más evidente y
peligrosa**.
Perfecto. Continúo con el mismo estilo: **resumen cronológico, claro, detallado y siguiendo
únicamente los hechos narrados en el texto**.
---
Durante los días siguientes, **Pepe Rey comenzó a conocer mejor la sociedad de Orbajosa**,
visitando el casino del pueblo y relacionándose con algunos de sus habitantes. Sin embargo,
pronto descubrió que la vida social de la ciudad era muy diferente a la que estaba acostumbrado
en Madrid.
Los jóvenes más destacados del pueblo pasaban gran parte del día reunidos en las esquinas
principales o paseando por el llamado Paseo de las Descalzas, un sitio modesto que ellos
consideraban elegante. Por las noches se reunían nuevamente en el casino para jugar cartas, leer
periódicos y discutir sobre política, toros, caballos o los chismes del pueblo.
Entre todos predominaba un rasgo común: **un profundo orgullo por Orbajosa y una gran
desconfianza hacia cualquier persona que viniera de fuera**. Consideraban que su ciudad era
superior a las demás y rechazaban toda crítica o idea nueva.
Cuando Pepe Rey ingresó al casino como socio, muchos comenzaron a hablar mal de él incluso
antes de conocerlo. Algunos afirmaban que inventaba historias sobre minas de carbón y proyectos
ferroviarios únicamente para aparentar importancia. Otros aseguraban que realmente no era
ingeniero, sino un hombre sin dinero que había llegado únicamente para casarse con Rosario y
vivir de la fortuna de Doña Perfecta.
También deformaban completamente sus palabras. Comentaban que Pepe había llamado
atrasados y perezosos a los habitantes de Orbajosa, que comparaba la ciudad con pueblos
africanos y que despreciaba la riqueza agrícola del lugar. Como consecuencia, muchos comenzaron
a sentir antipatía hacia él.
A pesar de ello, **Pepe también encontró algunas personas sensatas que lo trataron con
sinceridad**. Sin embargo, su costumbre de expresar siempre lo que pensaba con absoluta
franqueza provocaba constantes choques con los demás.
Los problemas legales relacionados con las propiedades heredadas crecían cada día. Al pleito
iniciado por **el tío Licurgo** se sumaron nuevas demandas. Unos reclamaban antiguos contratos
agrícolas incumplidos; otros exigían el reconocimiento de hipotecas realizadas por su tío; incluso el
Ayuntamiento pretendía apropiarse de parte de sus terrenos alegando confusión con tierras
municipales.
La ciudad comenzó a parecerle un lugar hostil, dominado por las disputas judiciales, las envidias y
las malas intenciones. En más de una ocasión pensó seriamente en abandonar Orbajosa, aunque
un motivo muy poderoso lo retenía allí: **su amor por Rosario**.
Decidido a resolver cuanto antes esa situación, habló con **Doña Perfecta** para proponerle
nuevamente que el matrimonio con Rosario se celebrara lo más pronto posible.
La señora respondió con su habitual dulzura. Le aseguró que aceptaba plenamente el matrimonio
porque así lo había deseado el padre de Pepe y porque también ella apreciaba mucho a su
sobrino. Añadió que Rosario tampoco se opondría.
Argumentó que tanta prisa podía dar lugar a comentarios maliciosos sobre la honra de su hija y
que un matrimonio necesitaba preparación y tiempo. También expresó el dolor que le causaría
separarse tan pronto de Rosario, dejando ver un profundo afecto maternal.
Desde su llegada no había recibido ninguna carta de su padre. Tanto él como Doña Perfecta
pensaban que aquello se debía a descuidos del servicio de correos, razón por la cual la señora
incluso reprendía con frecuencia al encargado de transportar la correspondencia.
Pepe la abrió con enorme impaciencia creyendo que provenía de su padre, pero enseguida
descubrió que se trataba de un documento oficial del Ministerio de Fomento.
Era la primera vez que sufría una humillación semejante en su vida profesional. Mientras Doña
Perfecta manifestaba indignación contra el Gobierno y se ofrecía a utilizar sus influencias para
conseguir una reparación, Pepe rechazó cualquier recomendación.
Convencido de que alguien intentaba perjudicarlo deliberadamente, afirmó que existía un plan de
persecución contra él y que el origen de todas sus desgracias estaba en Orbajosa.
Le dijo que estaba imaginando enemigos donde no los había y que los habitantes del pueblo eran
personas honradas y de buena fe. Según ella, si alguien le tenía envidia debía encontrarse en
Madrid, no en una ciudad tranquila como Orbajosa.
Además, insistió en que ni Licurgo ni quienes litigaban contra él actuaban por maldad, sino porque
creían defender sus propios derechos.
Aunque Pepe aclaró que no sospechaba de los miembros de la casa, mantuvo su convencimiento
de que algún enemigo oculto actuaba desde Orbajosa.
La conversación terminó calmándose cuando Doña Perfecta volvió a tratarlo con gran afecto y él
reconoció que también había cometido errores desde su llegada.
Como si todos sus problemas fueran pocos, comenzaron a llegar nuevamente el escribano, el
procurador, el perito agrónomo y el propio tío Licurgo para continuar tratando los interminables
pleitos sobre sus propiedades.
Al ver entrar uno tras otro a todos aquellos personajes relacionados con sus conflictos judiciales,
Pepe sintió que su paciencia se agotaba.
Resignado, se entregó otra vez a las discusiones legales mientras, en lo más profundo de su ánimo,
experimentaba un sentimiento de abandono y desesperación, convencido de que la ciudad entera
parecía haberse vuelto contra él.
La situación de **Pepe Rey** empeoraba cada día. Sentía que le faltaban precisamente las cosas
que más necesitaba para conservar la tranquilidad: afecto, amistad, comprensión, conversaciones
agradables y un ambiente donde pudiera expresar libremente sus ideas. La ausencia de todo ello
iba llenando su ánimo de tristeza, amargura e irritación.
Lo que más le preocupaba era el prolongado encierro de **Rosario**. Ya habían pasado **cuatro
días sin verla**, pues la joven permanecía encerrada en su habitación. Al principio se dijo que
estaba enferma; después, que sufría nervios o simples caprichos, pero ninguna explicación
convencía a Pepe.
Aquella actitud no coincidía con la imagen que él tenía de Rosario. Estaba convencido de que ella
lo amaba y comenzó a sospechar que no permanecía aislada por voluntad propia, sino porque
alguna fuerza desconocida la obligaba a mantenerse alejada de él.
Pepe decidió contener su impaciencia. Si hubiera pensado que Rosario actuaba libremente, habría
abandonado Orbajosa inmediatamente; pero creyendo que ella era víctima de presiones ajenas,
consideró un deber permanecer allí para descubrir quién pretendía separarlos.
Ese mismo día recibió por fin una carta de su padre. En ella descubrió algo muy inquietante: su
padre se quejaba de no haber recibido ninguna de las cartas que Pepe le había enviado desde
Orbajosa.
La noticia aumentó todavía más sus sospechas. Era evidente que la correspondencia estaba siendo
interceptada o que existía algún problema inexplicable en el correo.
Después de pasar un largo rato caminando solo por la huerta, salió hacia el casino buscando
distraerse.
Allí encontró las conversaciones habituales del pueblo. En un grupo discutían apasionadamente
sobre toros; en otro debatían acerca de cuáles eran los mejores burros de los pueblos vecinos.
Aquellas discusiones le parecieron absurdas y terminó refugiándose en la sala de lectura, donde
tampoco logró interesarse por los periódicos.
Más tarde pasó a la sala de juegos y permaneció cerca de dos horas jugando, aunque ni siquiera el
juego consiguió distraerlo de sus preocupaciones.
Cansado del bullicio, entró finalmente en una habitación completamente vacía del casino cuya
ventana daba a una calle muy estrecha y silenciosa dominada por la enorme fachada de la
catedral.
Mientras observaba el lugar comenzó a escuchar risas femeninas, canciones, ladridos de un perro
y otros sonidos que contrastaban con el silencio de la calle. Descubrió entonces que todos
aquellos ruidos procedían de un gran balcón con celosías situado justo enfrente.
En ese momento apareció **Don Juan Tafetán**, uno de los pocos socios del casino que trataba a
Pepe con verdadera cordialidad.
Don Juan era un hombre alegre, simpático y lleno de humor. Había trabajado en la administración
pública, tocaba el clarinete en las procesiones y en el teatro, y se enorgullecía de sus antiguas
aventuras amorosas, que contaba siempre con enorme gracia.
Al ver a Pepe mirando el balcón, bromeó diciendo que estaba haciendo señas a las muchachas que
vivían allí.
Entonces una de las celosías se abrió brevemente dejando ver el rostro de una joven muy
hermosa.
Don Juan explicó que aquellas muchachas eran conocidas como **las Troyas**, tres hermanas
huérfanas, hijas de un coronel fallecido durante los sucesos revolucionarios de Madrid en 1854.
Tras la muerte del padre habían quedado completamente arruinadas. Aunque durante un tiempo
una colecta pública ayudó a sostenerlas, pronto quedaron abandonadas a su suerte.
Don Juan defendió su buena reputación, afirmando que el pueblo exageraba mucho las historias
que circulaban sobre ellas.
Pepe quedó profundamente impresionado por el contraste entre su belleza y la extrema pobreza
en que vivían. Eran muchachas elegantes en el porte, de ojos negros y aspecto distinguido, pero
habitaban una casa miserable y sobrevivían cosiendo durante todo el día.
Sin embargo, la causa principal de su mala fama no era la inmoralidad, sino su carácter alegre,
burlón y despreocupado. Les gustaba poner apodos a todo el mundo, escribir anónimos, gastar
bromas desde los balcones, lanzar pequeñas piedras o cáscaras a los transeúntes y enterarse de
todos los chismes del pueblo.
Esa conducta había bastado para convertirlas en objeto del desprecio general.
Nada más entrar, las muchachas comenzaron a bromear con Pepe utilizando los rumores que
circulaban sobre él.
Le preguntaron si había venido a sacar minas de oro, a derribar la catedral para construir una
fábrica de zapatos o a sustituir los cultivos de ajo por canela y algodón.
Después una de ellas comentó que él merecía algo mejor que **Rosario**, porque, según decían,
la hija de Doña Perfecta solo apreciaba a personas muy religiosas.
Las hermanas también afirmaron que el pueblo lo consideraba ateo, luterano y capaz de entrar
fumando en la catedral con el sombrero puesto.
Aquellas palabras desagradaron a Pepe porque comprobó hasta qué punto los rumores falsos se
habían extendido por toda Orbajosa.
Sin embargo, la conversación revelaba constantemente la dura realidad de las hermanas. Una de
ellas recordó que debían terminar de coser una sotana aquella misma noche para poder ganar
algo de dinero, mientras otra respondió que si no trabajaban simplemente no comerían al día
siguiente.
Pensó que, si realmente fueran tan inmorales como afirmaban los habitantes de Orbajosa, no
vivirían en una miseria tan extrema ni se ganarían el sustento trabajando sin descanso.
Mientras seguían conversando, las hermanas elogiaron a **Doña Perfecta**, diciendo que era la
única persona del pueblo de quien nadie hablaba mal y que todos la respetaban.
Aquellas palabras hicieron que Pepe alabara también a su tía, aunque en su interior continuaba
sintiendo deseos de aliviar la pobreza de las muchachas.
Poco después apareció por la calle **Nicolás Hernández**, un hombre muy rico y conocido por su
avaricia y por prestar dinero con intereses abusivos.
Las Troyas y Don Juan decidieron gastarle una de sus habituales bromas.
Esperaron a que pasara bajo el balcón y comenzaron a gritarle su apodo: **"Cirio Pascual"**,
provocando grandes carcajadas.
Con ese gesto terminaba la jornada, mostrando la compasión y generosidad de Pepe hacia unas
jóvenes injustamente marginadas por la sociedad de Orbajosa, mientras él mismo seguía
sintiéndose cada vez más aislado y enfrentado al ambiente del pueblo.
Después de pasar un rato en la casa de las hermanas Troya, Pepe Rey comienza a sentirse
incómodo por haber permanecido allí demasiado tiempo. Teme que alguien descubra que dejó
dinero escondido entre los útiles de costura para ayudar discretamente a las jóvenes y decide
marcharse cuanto antes. Sin embargo, antes de irse, las muchachas le anuncian que pueden
mostrarle a una vecina conocida por el apodo de **"Suspiritos"**, una mujer muy curiosa y
motivo frecuente de sus bromas.
Las hermanas conducen a Pepe Rey y a don Juan Tafetán hasta la azotea de la vivienda. Desde allí
observan el patio de la casa contigua, una residencia limpia, bien cuidada y adornada con macetas
y plantas, donde vive una familia modesta pero ordenada. Las muchachas se esconden para no ser
vistas y esperan el momento adecuado para continuar con sus travesuras.
Cuando la mujer apodada "Suspiritos" aparece llevando un recipiente desde la despensa, las
hermanas comienzan a lanzarle pequeñas piedras para romper los cristales de las ventanas y
molestarla. Entre risas comentan que la llaman así porque siempre habla suspirando y que,
aunque vive cómodamente, nunca deja de lamentarse por cualquier cosa.
En uno de los lanzamientos ocurre un accidente inesperado. En lugar de golpear a la mujer, una
piedra alcanza en la cabeza al **penitenciario don Inocencio**, quien se encontraba en la casa.
Inmediatamente se oye su voz quejándose del golpe y preguntando indignado quién había sido el
responsable. Las muchachas, alarmadas, comprenden que la broma ha ido demasiado lejos, pues
nunca habían tenido intención de atacar al canónigo.
En ese mismo instante sucede algo todavía más comprometedor para Pepe Rey. Se abre una
ventana de la vivienda vecina y aparece **Jacintito**, el joven sobrino de don Inocencio. Con toda
naturalidad saluda cordialmente a Pepe Rey desde la ventana, demostrando que lo ha reconocido
perfectamente y, por tanto, también ha visto dónde se encontraba.
Las hermanas Troya entran en pánico al pensar que don Inocencio podría subir hasta la azotea
para descubrir a los responsables. Corren rápidamente hacia el interior de la casa mientras
comentan entre risas el apodo que han puesto a Jacintito: **"Don Nominativo"**, recordando que
cuando eran niñas siempre lo escuchaban estudiar en voz alta las declinaciones latinas
("nominativo, genitivo, dativo..."), lo que les parecía muy gracioso.
Antes de despedirse, Pepe Rey les reprocha amistosamente que dediquen su tiempo a arrojar
piedras contra vecinos y transeúntes, diciéndoles que unas jóvenes tan bonitas y con tantas
cualidades deberían emplearse en mejores ocupaciones. Después abandona apresuradamente la
vivienda, dejando allí a don Juan Tafetán.
Al salir, el ingeniero se siente profundamente inquieto. Haber sido visto en aquella casa
precisamente por Jacintito le parece un nuevo motivo de preocupación. Todo cuanto sucede en
Orbajosa aumenta sus sospechas de que cualquier incidente puede ser utilizado en su contra. Se
reprocha haber aceptado la invitación de Tafetán y considera que aquella visita solo servirá para
complicar aún más su situación.
Con el ánimo cada vez más sombrío, recorre sin rumbo las calles de la ciudad. Pasea por el
mercado y por la calle de la Tripera, donde observa el escaso movimiento comercial y la pobreza
del lugar. Más tarde llega al paseo de Las Descalzas, pero el fuerte viento mantiene desierto aquel
sitio que normalmente frecuentan los habitantes del pueblo.
Cuando se dispone a entrar en otra capilla, un acólito, actuando por orden del obispo, se le acerca
de manera brusca y le exige que abandone inmediatamente la iglesia. Sin darle explicación alguna,
prácticamente lo expulsa del templo.
Esta humillación hiere profundamente el orgullo de Pepe Rey. Comprende que ya no solo
encuentra hostilidad en los pleitos y en la vida social de Orbajosa, sino también dentro del
principal símbolo religioso de la ciudad. Se siente completamente rechazado y convencido de que
una fuerza invisible trabaja constantemente para aislarlo.
Sin otro lugar adonde dirigirse, regresa resignado a la casa de doña Perfecta. Allí sabe que le
esperan nuevas preocupaciones: el tío Licurgo para comunicarle otro pleito, don Cayetano
dispuesto a leerle otra parte de su interminable estudio sobre los linajes de Orbajosa, Caballuco
con un asunto pendiente y, finalmente, doña Perfecta y Rosario, cuya actitud seguirá marcando el
rumbo de los acontecimientos que se desarrollarán en el capítulo siguiente.
### **Capítulo 14: *La discordia sigue creciendo* – Resumen cronológico detallado**
El conflicto entre Pepe Rey y el ambiente de Orbajosa continúa intensificándose. Tras varios
intentos fallidos de ver a su prima Rosario —quien permanece encerrada por motivos que él no
comprende del todo—, el ingeniero empieza a impacientarse y a sospechar que hay una influencia
externa que lo está separando de ella. Aunque siente deseos de actuar con decisión, decide
contenerse y esperar un poco más.
Mientras tanto, escribe varias cartas en su habitación, pero no logra concentrarse. Una idea fija
domina su pensamiento: pronto deberá resolverse su situación, ya sea para bien o para mal. Sin
embargo, una nueva preocupación aparece cuando recibe noticias de su padre, quien se queja de
no recibir correspondencia, lo que aumenta su inquietud.
Durante la cena, doña Perfecta lo enfrenta directamente. Le informa que ha sido enterada de lo
ocurrido en la casa de las hermanas Troya, incluyendo su presencia allí, el dinero entregado y el
incidente de la pedrada al penitenciario don Inocencio. La versión que le presentan es totalmente
desfavorable.
Pepe Rey, aunque molesto, no niega los hechos. Reconoce haber estado allí y haber entregado
dinero, defendiendo su derecho a disponer libremente de su dinero. Sin embargo, la situación se
vuelve cada vez más tensa.
Entra don Inocencio, el penitenciario, quien aparenta comprensión pero en realidad contribuye a
agravar el conflicto. Aunque dice no sentirse ofendido por la pedrada, aprovecha para reforzar la
idea de que la juventud es propensa al vicio y a los excesos.
El canónigo minimiza lo ocurrido como una “broma de muchachos”, pero al mismo tiempo sugiere
que Pepe Rey ha sido mal influenciado y que su conducta ha sido mal interpretada por la sociedad
de Orbajosa. También contribuye a difundir rumores exagerados sobre el ingeniero, incluyendo
acusaciones absurdas como ateísmo, irreverencia religiosa e incluso comportamientos
escandalosos.
Pepe Rey, aunque trata de mantenerse sereno, empieza a sentirse profundamente humillado por
la forma en que todos hablan de él.
Doña Perfecta insiste en que su sobrino está siendo juzgado injustamente por la ciudad, pero al
mismo tiempo lo reprende indirectamente, reforzando la idea de que debe cuidar su
comportamiento. Don Inocencio, por su parte, defiende la “vigilancia moral” del pueblo y justifica
el control social sobre las acciones de los demás.
El ambiente se vuelve cada vez más hipócrita para Pepe Rey: por un lado lo tratan con aparente
cariño, pero por otro lo están acusando y vigilando constantemente.
El ingeniero experimenta una fuerte tensión emocional. Se siente atrapado entre su indignación y
la necesidad de mantener la calma. Llega a un punto de rabia contenida en el que desea
reaccionar violentamente, pero se controla por respeto a su tía y al sacerdote.
Decide que no expresará su enojo hasta el momento en que abandone definitivamente Orbajosa.
Cuando la cena termina, aparece Jacinto (el “doctorcillo” o “Don Nominativo”). Saluda a Pepe Rey
y comenta con ingenuidad que las hermanas Troya y don Juan Tafetán han estado involucrados en
juegos y travesuras. También menciona que se dice en el casino que Pepe Rey planea marcharse.
Este comentario confirma los rumores que circulan por la ciudad y aumenta la tensión.
Pepe Rey defiende su reputación y niega ser responsable de las calumnias que circulan sobre él.
Sin embargo, el ambiente social ya está claramente en su contra.
### **Decisión de marcharse**
Doña Perfecta reacciona con sorpresa y preocupación, intentando convencerlo de que no se vaya
tan precipitadamente. Don Inocencio también se muestra inquieto, aunque disimula.
El anuncio de su posible partida genera una mezcla de emociones: tensión, sorpresa y aparente
tristeza, pero también una evidente incomodidad en todos los presentes.
Pepe Rey, cansado del ambiente hostil, reafirma su decisión de irse, mientras doña Perfecta
intenta suavizar la situación con gestos de aparente afecto. Sin embargo, la tensión es evidente: la
relación entre el ingeniero y la familia de su tía está prácticamente rota.
El capítulo termina con la sensación de que el conflicto ya no tiene solución pacífica y que la
discordia en Orbajosa ha alcanzado un punto decisivo.
### **Capítulo 15: *La discordia crece hasta que se declara la guerra* – Resumen cronológico
detallado**
El conflicto en Orbajosa llega a un punto crítico. La tensión entre Pepe Rey y los habitantes del
lugar ya no es solo social o familiar, sino que comienza a tomar un carácter abiertamente hostil,
casi como una guerra declarada.
En el comedor, mientras se discute un asunto confuso relacionado con las hermanas Troya,
aparece **Caballuco (Cristóbal Ramos)**, conocido como el “Centauro” por su carácter violento y
su apariencia ruda. Su presencia impone respeto y tensión en la sala.
Caballuco está molesto por un asunto relacionado con las hermanas Troya, especialmente por un
malentendido que involucra a una de ellas y su “caballo”, lo que ha generado celos y enfados. Sin
embargo, su explicación es interrumpida constantemente por las burlas y la intervención del
canónigo don Inocencio, quien ridiculiza la situación.
Doña Perfecta intenta restarle importancia al asunto, evitando que la discusión se descontrole. Sin
embargo, el ambiente ya está cargado de tensión y todos perciben el carácter explosivo del
problema.
Después de la reunión, Caballuco espera a Pepe Rey en la galería y lo enfrenta directamente. Con
actitud agresiva y provocadora, le pregunta de forma desafiante si sabe quién es él.
Caballuco pone la mano sobre el hombro de Pepe Rey de manera insolente, intentando
intimidarlo. El ingeniero reacciona con firmeza, rechazando el contacto y respondiendo con
desprecio, llamándolo directamente **“animal”**.
Una criada le entrega a Pepe Rey un pequeño papel. En él solo hay una frase breve pero
inquietante:
Durante la cena, cuando el tema de su partida vuelve a surgir, Pepe Rey declara que por el
momento **no se irá esa noche**. Esta decisión sorprende a todos, especialmente a doña
Perfecta, que reacciona con una mezcla de alivio y tensión contenida.
Sin embargo, el ambiente ya está completamente envenenado. Nadie confía plenamente en nadie.
Doña Perfecta observa a su sobrino con creciente desconfianza. Lo analiza como si fuera un
enemigo estratégico dentro de su propia casa. El canónigo, Caballuco y los demás presentes
también perciben que el conflicto ha llegado a un punto irreversible.
El capítulo cierra con una imagen simbólica: la situación ya no es una simple discusión familiar,
sino una **batalla inminente**, donde cada gesto y cada palabra parecen preparar el estallido
final.
La “guerra” entre Pepe Rey y Orbajosa está prácticamente declarada.
La noche cae sobre **Orbajosa**, que aparece silenciosa y dormida bajo la tenue luz de los
faroles. Las calles están casi vacías; solo algunos vagabundos, jugadores o borrachos rompen el
silencio. La ciudad parece sumida en una calma inquietante que refleja el ambiente tenso que vive
**Orbajosa**.
Mientras tanto, **Pepe Rey** se encuentra en su cuarto, rodeado de papeles y estudios, pero
incapaz de concentrarse. Su mente está completamente dominada por una idea fija: necesita ver a
Rosario. La distancia forzada entre ambos y el encierro de la joven aumentan su ansiedad y sus
sospechas.
En una conversación con Don Cayetano, este intenta calmarlo con explicaciones confusas y teorías
sobre la familia de Rosario. Le insinúa que en su linaje ha habido antecedentes de “manías” o
desequilibrios mentales, lo que podría justificar el aislamiento de la muchacha. Sin embargo, Pepe
no acepta estas explicaciones y afirma con firmeza que quiere verla de inmediato, convencido de
que está siendo apartada injustamente.
También interviene **Don Inocencio**, quien, como de costumbre, mezcla su discurso moral y
religioso con comentarios sobre la situación del pueblo. En su visión idealizada, Orbajosa es un
lugar virtuoso, puro y ejemplar, mientras que cualquier problema proviene de influencias externas
o ideas “modernas” que él considera peligrosas.
En contraste, Pepe Rey empieza a sentirse cada vez más atrapado. Considera que hay una especie
de conspiración o fuerza invisible que lo separa de Rosario, lo que aumenta su desesperación. El
ambiente se vuelve opresivo: la falta de noticias, el aislamiento de la joven y las sospechas
constantes alimentan su angustia.
Esa noche, incapaz de dormir, Pepe pasea por su habitación y luego se asoma a la ventana. La
oscuridad del paisaje le provoca una sensación de inquietud y confusión mental. En su estado
emocional alterado, incluso las sombras y los ruidos nocturnos parecen transformarse en señales
extrañas.
De pronto, cree percibir un movimiento en una ventana cercana. Observa con atención y distingue
una figura blanca que se mueve discretamente: es Rosario. La visión lo llena de emoción y
esperanza. Ella parece intentar comunicarse en silencio, llevándose el dedo a los labios para
indicar prudencia.
Sin pensarlo, Pepe sale con cuidado, avanzando por la galería hasta el lugar donde cree que ella
puede bajar. En medio de la oscuridad, escucha pasos suaves descendiendo por una escalera. Su
corazón se acelera, mezcla de ternura, ansiedad y una creciente sensación de conflicto interior.
El capítulo cierra con este encuentro secreto, que deja en el aire la tensión entre el amor de los
jóvenes y la oposición del ambiente que los rodea, anticipando nuevos conflictos en la historia.
En ese ambiente oscuro y silencioso, **Rosario** guía a Pepe hacia la capilla. Allí se sientan en un
escalón, en medio de una atmósfera cargada de emoción, temor y secreto. El encuentro es íntimo
y silencioso: ella le pide que guarde silencio y le toma la mano con nerviosismo, mientras Pepe
siente su cuerpo frío y débil.
Rosario está claramente enferma o debilitada. Tiemblan sus manos, su respiración es irregular y su
estado físico preocupa profundamente a Pepe. Él intenta protegerla, cubrirla con su manta y
ayudarla a entrar en la capilla, donde la luz es casi inexistente y el aire es pesado por el encierro.
Dentro de la capilla, el ambiente es aún más simbólico: la oscuridad, las imágenes religiosas y el
silencio crean un escenario donde lo amoroso y lo espiritual se mezclan. Pepe la sostiene, y el
contacto entre ambos se vuelve más intenso y emocional.
Rosario, entre lágrimas, expresa su angustia: ha sido aislada, presionada y confundida por lo que le
dicen sobre Pepe. Sin embargo, insiste en su amor y en su confianza en él. Dice que sin él se siente
perdida, débil y enferma emocionalmente. Su estado no es solo físico, sino también psicológico,
marcado por la presión del entorno.
Pepe intenta calmarla. Le dice que lo que ella siente no es una enfermedad real, sino una fuerte
carga emocional provocada por el encierro y la influencia de quienes la rodean. Le asegura que su
amor es verdadero y que juntos pueden superar las presiones externas.
En ese momento, Rosario reafirma su amor con intensidad. Declara que solo junto a Pepe se
siente viva, que su ausencia la destruye y que su vida depende emocionalmente de él. Esta unión
se fortalece en medio de la oscuridad de la capilla, donde ambos se sienten aislados del mundo
exterior.
Finalmente, ambos se abrazan con fuerza. En un momento simbólico dentro de la capilla, Rosario
pronuncia una especie de declaración solemne de amor, casi como un juramento, ante la imagen
de Cristo. Afirma que Pepe es su esposo en su corazón y que no aceptará otra unión.
Pepe responde con la misma intensidad, declarando que ella es suya y que nada ni nadie podrá
separarlos. El ambiente se vuelve emocionalmente extremo: amor, fe, miedo y conflicto se
mezclan en una escena cargada de simbolismo religioso.
Pero de pronto, Rosario se debilita nuevamente. Sufre un desmayo en brazos de Pepe, lo que
rompe la intensidad del momento. Él intenta reanimarla y decide sacarla de la capilla para que
reciba aire fresco.
El capítulo termina con esa tensión: amor secreto, fragilidad emocional y la amenaza constante del
entorno que rodea a los protagonistas.
## Capítulo 18 – Tropas
Los habitantes de Orbajosa oían en la crepuscular vaguedad de su último sueño aquel clarín
sonoro, y abrían los ojos diciendo “¡tropa!”. Unos, todavía medio dormidos, murmuraban para sí
que por fin les habían mandado aquella canalla; otros se levantaban a toda prisa, gruñendo y
protestando, dispuestos a ver a aquellos condenados.
En algunas casas se oían voces alegres: que si venía el hijo, que si llegaba el hermano. Era un ir y
venir de gente, saltando del lecho, vistiéndose con prisa, abriendo ventanas para contemplar el
alborotador regimiento que entraba con las primeras luces del día. La ciudad, que hasta entonces
era tristeza, silencio y vejez, se vio de pronto sacudida por el estrépito del ejército: alegría,
juventud, movimiento. Parecía que la misma Orbajosa despertaba de su sueño antiguo.
El ejército entraba como una fuerza viva que rompía la quietud del pueblo. Y aunque traía orden y
disciplina, los orbajosenses lo miraban con recelo, porque no había en aquellos días gloria que
celebrar, ni motivo para confianza. En aquella tierra de viejas costumbres, cualquier cosa que
viniera de fuera era sospechosa.
Aquella misma mañana, un teniente coronel de caballería llegó con su cédula de alojamiento a
casa de doña Perfecta. La señora, sin bajar a recibirlo, ordenó con frialdad que se les diera la
habitación disponible: el cuarto que ocupaba Pepe Rey.
—Que se acomoden como puedan —dijo con expresión dura—. Y si no caben, que se vayan a la
calle.
Se abrazaron con gusto, olvidando por un momento el entorno. Pero pronto la conversación
cambió de tono. Pinzón, que conocía la región, hablaba con desprecio de la tierra.
—Estoy metido en una lucha peor que una guerra —dijo—. Una guerra privada.
Entonces le explicó su situación: su amor por Rosario, las dificultades con doña Perfecta, la
oposición del entorno, los rumores, la vigilancia constante, y el peligro creciente de que todo
terminara en conflicto abierto.
Pinzón, ya serio, escuchó sin interrumpir demasiado. Al final se incorporó en el lecho y habló con
decisión:
Y en aquella habitación de Orbajosa, mientras afuera los soldados ocupaban la ciudad y la tensión
crecía en cada casa, los dos hombres sellaron una alianza que parecía pequeña… pero que
anunciaba que la lucha apenas comenzaba.
Los primeros fuegos no podían tardar. A la hora de la comida, después de ponerse de acuerdo con
Pinzón respecto al plan convenido —cuya primera condición era que ambos amigos fingiesen no
conocerse—, Pepe Rey fue al comedor.
Allí encontró a doña Perfecta, que acababa de regresar de la Catedral, donde pasaba, según su
costumbre, toda la mañana. Estaba sola y parecía intensamente preocupada. El ingeniero observó
que sobre aquel semblante pálido y marmóreo, no exento de cierta hermosura, se proyectaba una
sombra extraña, como si su rostro alternara entre la claridad y una penumbra calculada.
Aguardaban en silencio la comida. Don Cayetano no había llegado aún.
—¿Y ese militar que nos ha enviado el gobierno hoy no viene a comer?
—Pues estamos divertidos con los huéspedes que nos manda el gobierno —replicó ella con
sarcasmo—. Aquí tenemos nuestras camas y nuestra comida para cuando a esos perdidos de
Madrid se les antoje disponer de ellas.
—¿Es que hay temores de que se levanten partidas? —preguntó con calma forzada.
Pero el ingeniero ya no podía contenerse. Habló con firmeza, acusando sin rodeos la situación de
Orbajosa, su atraso, su violencia, y la necesidad de que el gobierno impusiera orden. Cada palabra
era una herida.
Doña Perfecta respondió con una serenidad peligrosa, como quien mide su ataque.
Pepe Rey, por un instante, vaciló. La voz de su tía, sus lágrimas, su dolor aparente, le desarmaron.
Pero la calma duró poco.
—Yo te diré la verdad —afirmó con voz más firme—. Sí, he usado medios… sí, he obrado con
intención… pero no con la intención que tú crees.
Y comenzó una larga defensa, fría, calculada, donde transformaba cada acusación en un error de
interpretación. Según ella, todo había sido hecho por el bien de Rosario y de Pepe Rey. Nada era
maldad: era prudencia, era amor, era deber.
—Asómbrate todo lo que quieras —dijo ella con creciente seguridad—, pero reconoce tu error.
Se acusaron mutuamente de atropellar la razón, la moral, la familia, la ley y hasta a Dios. Cada
frase subía el tono de la ruptura definitiva.
Salió.
Doña Perfecta quedó sola, temblando de rabia. Llamó a gritos a las criadas y exigió que llamaran
de inmediato al señor Don Inocencio.
Y mientras la casa se agitaba en confusión, el combate, que había comenzado con palabras, dejaba
claro que ya no habría marcha atrás.
**CAPÍTULO 20**
**RUMORES Y TEMORES**
Al día siguiente de esta disputa lamentable, corrieron por toda Orbajosa, de casa en casa, de
círculo en círculo, desde el casino a la botica y desde el paseo de las Descalzas a la puerta de
Bailén, rumores varios sobre Pepe Rey y su conducta. Todo el mundo los repetía, y los comentarios
iban siendo tantos que, si don Cayetano los recogiese y compusiese, formaría con ellos un rico
tesauro de la benevolencia orbajense.
Estaba viviendo el joven en la posada de la viuda de Cuzco, establecimiento montado como ahora
se dice, no a la altura sino a la bajeza de los más primorosos atrasos del país. Visitábale con
frecuencia el teniente coronel Pinzón, a fin de ponerse de acuerdo en la intriga que tramaban y
para cuyo eficaz desempeño mostraba el soldado felices disposiciones. Ideaba cada instante
nuevas travesuras y artimañas, apresurándose a llevarlas del pensamiento a la obra con excelente
humor, si bien solía decir a su amigo:
—El papel que estoy haciendo, querido Pepe, no se debe contar entre los más airosos; pero por
dar un disgusto a Orbajosa y a su gente, andaría yo a cuatro pies.
No sabemos qué sutiles trazas empleó el ladino militar, maestro en ardides del mundo, pero lo
cierto es que a los tres días de alojamiento había logrado hacerse muy simpático en la casa.
Agradaba su trato a doña Perfecta, que no podía oír sin emoción sus zalameras alabanzas de la
grandeza, piedad y magnificencia augusta de la señora. Con don Inocencio estaba a partir un
confite; ni la madre ni el penitenciario le estorbaban que hablase a Rosario, a quien se dio libertad
después de la ausencia del feroz primo, y con su cortesanía alambicada, su hábil lisonja y destreza
suma, adquirió en la casa de los Polentinos auge y hasta familiaridad.
Pero el objeto de todas sus artes era una doncella que tenía por nombre Librada, a quien sedujo —
castamente hablando— para que portase recados y cartitas a Rosario, fingiendo estar enamorado
de ésta. No resistió la muchacha al soborno de bonitas palabras y dinero, pues ignoraba la
procedencia de las esquelas y el verdadero sentido de tales líos.
Un día estaban en la huerta doña Perfecta, don Inocencio, Jacinto y Pinzón. Hablóse de la tropa y
de la misión que a Orbajosa traía, hallando el penitenciario ocasión de condenar la tiránica
conducta del gobierno. Y, sin saber cómo, nombraron a Pepe Rey.
—Todavía está en la posada —dijo el abogado—; yo le he visto ayer y me ha dado memorias para
usted.
—No extrañe usted este lenguaje tratándose de un sobrino carnal… ya sabe usted, aquel
caballerito que se aposenta en el cuarto que usted ocupa.
—¿Del que manda la brigada que ha venido a este país? —preguntó la señora.
—Ese mismo.
La conversación siguió, y el nombre del brigadier comenzó a cobrar importancia. Pinzón explicó
que el militar y Pepe Rey eran íntimos amigos, compañeros de colegio, y que se veían
constantemente.
Doña Perfecta escuchaba con creciente inquietud. Y cuando el militar añadió que el gobierno
había enviado tropas por temor a levantamientos en Orbajosa, la alarma se extendió en la reunión
como una sombra espesa.
Se hablaba de destituciones de alcaldes, cambios de jueces y delegados del gobierno que estaban
por llegar. Todo el orden local parecía desmoronarse. Doña Perfecta, cada vez más alterada, veía
en aquellos movimientos una amenaza directa.
—Estamos, pues, a merced del señor brigadier —dijo con amargura el canónigo.
El temor se hizo general. Se hablaba de atropellos, de abusos, de violencia militar. Cada palabra
parecía agrandar la desconfianza.
En ese momento, una figura apareció tras la puerta vidriera del comedor: Rosario.
Su presencia cambió el ambiente. Doña Perfecta la miró con atención, y algo en su rostro pareció
suavizarse por un instante.
La joven entró.
—Se me figura que hoy tienes mejor cara… estás más alegre.
Y todos, al mirarla, coincidieron en lo mismo: Rosario parecía otra. Su semblante mostraba una
claridad nueva, como si por un momento las sombras de la casa se hubieran disipado.
**CAPÍTULO 21**
**DESPERTAR**
Por aquellos días publicaron los periódicos de Madrid las siguientes noticias:
No es cierto que en los alrededores de Orbajosa se haya levantado partida alguna. Nos escriben de
aquella localidad que el país está tan poco dispuesto a aventuras que se considera inútil en aquel
punto la presencia de la brigada Batalla.
Dícese que la brigada Batalla saldrá de Orbajosa porque no hacen falta allí fuerzas del ejército, e
irá a Villajuan de Nájara, donde han aparecido algunas partidas. Ya es seguro que los Aceros
recorren con algunos jinetes el término de Villajuan, próximo al distrito judicial de Orbajosa.
En Orbajosa reina la tranquilidad completa, según carta que tenemos a la vista, y allí no se piensa
más que en trabajar el campo para la próxima cosecha de ajos, que promete ser magnífica. Los
distritos inmediatos sí están infestados de partidas, pero la brigada Batalla dará buena cuenta de
ellas.
En efecto, Orbajosa estaba tranquila. Los Aceros, aquella dinastía guerrera merecedora, según
algunas fuentes, de figurar en el romancero, habían tomado por su cuenta la provincia cercana;
pero la insurrección no cundía en el término de la ciudad episcopal. Parecía que la cultura
moderna había vencido al fin a las levantiscas costumbres de la vieja behetría.
Se decía incluso que el carácter de Ramos, uno de los más caracterizados de la rebeldía histórica
de Orbajosa, había tomado asiento con los años, enfriándose la fogosidad heredada de sus
cabecillas.
Cuéntase, además, que el nuevo gobernador de la provincia había celebrado una conferencia con
este importante personaje, y que de sus labios obtuvo las mayores seguridades de contribuir al
sosiego público.
La historia, sin embargo, es difícil de fijar cuando los hechos dependen de opiniones y rumores.
Cada cual contaba a su modo lo ocurrido, y la verdad se perdía entre versiones contradictorias.
Lo único cierto es que Cristóbal Ramos salió ya anochecido de su casa y, atravesando la calle del
Condestable, encontró a tres labriegos que venían en dirección contraria. Estos le dijeron que iban
a casa de doña Perfecta a llevarle primicias de frutos y algunos dineros de rentas vencidas.
Ramos, movido por la curiosidad y la amistad antigua, volvió atrás y entró con ellos en la casa de la
señora.
—Aquí está el personaje —dijo la señora con desdén—. Dime, Caballuco: ¿es verdad que te han
dado de bofetadas unos soldados esta mañana?
El hombre se alteró, negó el hecho con vehemencia y comenzó a hablar con dificultad, ofendido
por los rumores que circulaban sobre él.
La conversación derivó entonces hacia la presencia de la tropa y el descontento del pueblo. Se
hablaba de abusos, de cambios de autoridades, de injusticias del gobierno. Los ánimos se
exaltaban.
La señora, con ironía amarga, llegó a decir que quizá Orbajosa entera merecería ser enviada a
Madrid “en una urna de cristal” para exhibir su cobardía.
En medio del diálogo, Caballuco estalló en un discurso largo y desordenado, en el que defendía su
honor, su palabra y su lealtad hacia la señora. Afirmaba que no temía a nadie, que su vida
pertenecía a Orbajosa y a ella, y que si se le ordenaba romperse la cabeza contra una pared, lo
haría sin dudarlo.
Su exaltación creció hasta el delirio. Hablaba de lealtad absoluta, de obediencia ciega, de valentía
sin límites. La sala quedó en silencio, observándolo con mezcla de respeto y temor.
La señora, al fin, lo calmó con palabras suaves, ordenando que le trajeran agua.
Caballuco, aún agitado, bebió con ansiedad, mientras el murmullo de la reunión volvía lentamente
a la calma, como si nada hubiera pasado… pero en el aire quedaba la sensación de que algo más
profundo se estaba preparando en Orbajosa.
—Yo no entiendo de dictados —gritó Ramos—. Haré lo que sea del gusto de la señora.
—Pues yo no te puedo aconsejar nada en asunto tan grave —repuso ella con la circunspección y
comedimiento que le sentaban—. Es gravísimo, y no puedo darte consejo alguno.
—Pero el parecer de usted…
—Mi parecer es que abras los ojos y veas, que abras los oídos y oigas. Consulta tu corazón. Yo te
concedo que tienes un gran corazón: consulta a ese juez, a ese consejero, y haz lo que él te
mande.
Los de Nilla Alta —dijo Bejarano— nos juntamos ayer y éramos trece, propios para cualquier cosita
mayor; pero como temíamos que la señora se enfadara, no hicimos nada. Es tiempo ya de
“trasquilar”.
—No te preocupes de la trasquila —dijo la señora—. Tiempo hay; no se dejará de hacer por eso.
—Mis dos muchachos —manifestó Lisurgo— riñeron ayer el uno con el otro, porque uno quería
irse con Francisco Acero y el otro no. Yo les dije: “despacio, hijos míos, que todo se andará”.
—Esperad —añadió el tío Paso Largo—, que tan buen pan hacen aquí como en Francia.
Anoche me dijo Roque Pelosmalos —continuó el tío— que en cuanto el señor Ramos dijera algo,
ya estaban todos con las armas en la mano.
Qué lástima —dijo otro— que los dos hermanos Burguillos se hayan ido a labrar a Lugar Noble.
Vaya usted a buscarlos.
—Id a buscarlos —ordenó el ama vivamente—. Señor Lucas, proporciónale un caballo al tío Paso
Largo.
—Yo, si la señora me lo manda —dijo Frasquito González— iré a Villahorrenda a ver si Robustiano,
el guardabarreras, y su hermano Pedro quieren venir también.
—Me parece buena idea —añadió otro—.
Esta pobre gente, que tan generosamente sabe sacrificarse por una buena idea, se contenta con
tan poco…
—¿Es verdad, señor don Inocencio —preguntó alguien— que sus amigos están descontentos con
él por su tibieza?
—Así es —repuso el canónigo—, pero cuando me vean determinado, todos se pondrán la canana
al cinto.
—Yo no le he aconsejado tal cosa —dijo don Inocencio mirando por encima de los cristales—.
Como sacerdote no puedo aconsejarlo. Sería impropio.
—Un clérigo ilustrado debe conducirse así —añadió—. Pero en circunstancias graves, cuando
peligra la patria y la fe…
Don Inocencio tomó la palabra con ardor creciente. Habló de la corrupción de Madrid, de los
“ateos”, de la impiedad, de la persecución a la religión, de la posible destrucción de la Iglesia, de
tiempos de martirio y sangre, comparando el presente con la Revolución Francesa.
—España —decía— verá escenas terribles… pero yo estoy tranquilo. Cuando llegue el momento,
ofreceré mi cuello.
Frasquito añadió:
El canónigo sonrió:
Don Inocencio replicó con solemnidad que la fe estaba en peligro y que los ejércitos del gobierno
eran instrumentos de corrupción y herejía.
—¡Yo seré bruto, ignorante, testarudo! —exclamó—, pero caballero como el que más.
Hubo un silencio.
Su figura imponente, su rostro encendido y su fuerza desbordada lo hacían parecer una criatura
casi salvaje, dominada por la pasión más que por la razón.
Y así, entre discursos, exaltaciones y temores, Orbajosa seguía hundiéndose en una tensión cada
vez más peligrosa, como si la calma fuera solo el preludio de una tormenta mayor.
Después de lo que hemos referido, duró mucho la conferencia; pero omitimos lo restante por ser
indispensable para la buena inteligencia de esta relación. Retiraron al fin, quedando para lo
último, como de costumbre, el señor don Inocencio.
No habían tenido tiempo aún la señora y el canónigo de cambiar dos palabras cuando entró en el
comedor una criada de edad y mucha confianza, que era el brazo derecho de Doña Perfecta. Al
verla la señora inquieta y turbada, se llenó también de turbación, sospechando que algo malo
ocurría en la casa.
—Buscadla bien…
—Sí, señora —repuso temblando la criada vieja—, pero el demonio me tentó y me quedé
dormida…
—¡Maldito sea tu sueño! ¡Jesús mío! ¿Qué es esto? ¡Rosario! ¡Rosario! ¡Librada!
Subieron, bajaron, tornaron a subir y a bajar, llevando luz y registrando todas las piezas. Por
último, se oyó en la escalera la voz del penitenciario que decía con júbilo:
—¿Dónde estabas? —preguntó con severo acento Doña Perfecta, examinando el rostro de su hija.
Rosario tenía calor; dijo que se había asomado a la ventana, que se le cayó el pañuelo y bajó a
buscarlo.
Poco después de alojarse en la casa el señor Pinzón, comenzó a cortejar a la señorita Rosario. Dio
dinero a Librada para usarla como mensajera de recados y cartas amorosas. La señorita no se
mostró enojada, sino más bien complacida.
Por último, aquella noche, Rosario y el señor Pinzón habían concertado verse en la ventana de la
habitación de él, que daba a la huerta. Librada debía facilitar el encuentro.
El plan era este: Pinzón saldría de la casa a la hora habitual, volvería ocultamente a las nueve,
entraría en su cuarto, y más tarde saldría otra vez sin que nadie lo notara.
Librada aguardó. El militar entró envuelto en su capote, sin hablar palabra, y se encerró en su
cuarto. Poco después Rosario bajó a la huerta. Durante la entrevista, la criada vigilaba en la
galería.
—Yo tengo la seguridad de que era él —insistió—. Fue derecho a su cuarto. Conocía bien el
camino.
—Valor, señora mía —dijo el clérigo con voz patética—. Mucho valor. Esto requiere serenidad.
—El mío es inmenso —respondió entre sollozos la señora de Polentinos—. El mío es pequeñito…
pero allá veremos.
Entre tanto, Rosario, el corazón hecho pedazos, sin poder llorar ni tener calma ni sosiego,
traspasada por el frío acero de un inmenso dolor, con la mente pasando en veloz carrera del
mundo a Dios y de Dios al mundo, aturdida y medio loca, estaba altas horas de la noche en su
cuarto de Orbajosa, en el borde del lecho, a oscuras, a solas, en silencio.
Cuidaba de no hacer el menor ruido para no llamar la atención de su madre, que dormía o
aparentaba dormir en la habitación inmediata.
—Señor Dios mío, ¿por qué antes no sabía mentir y ahora sé? ¿Por qué antes no sabía disimular y
ahora disimulo? Soy una mujer infame. Esto que siento y que a mí me pasa es la caída de las que
no vuelven a levantarse. He dejado de ser buena y honrada. Yo no me conozco… ¿soy yo misma o
es otra la que está en este sitio? ¡Qué de terribles cosas en tan pocos días!
Mi corazón está consumido de tanto sentir. Señor Dios mío, ¿oís mi voz o estoy condenada a rezar
eternamente sin ser oída? Yo soy buena… nadie me convencerá de que no lo soy. Amar… amar
muchísimo, ¿es acaso maldad? Pero no, esto es una ilusión, un engaño… soy más mala que las
peores mujeres de la tierra. Dentro de mí una gran culebra me muerde y me envenena el corazón.
¿Qué es esto que siento? ¿Por qué no me matas, Dios mío, por qué no me hundes para siempre en
el infierno? Es espantoso, pero lo confieso, lo confieso a solas a Dios que me oye, y lo confesaré
ante el sacerdote: aborrezco a mi madre.
¿En qué consiste esto? No puedo explicármelo… él no me ha dicho una palabra en contra de mi
madre. Yo no sé cómo ha venido esto. ¡Qué mala soy! Los demonios se han apoderado de mí.
Señor, ven en mi auxilio, porque no puedo vencerme.
Un impulso terrible me arroja de esta casa. Quiero huir, quiero correr fuera de aquí. Si él no me
lleva, me iré tras él arrastrándome por los caminos. ¡Qué divina alegría y qué amarga pena a la
vez!
Señor Dios, ilumíname. Quiero amar tan solo. Yo no nací para este rencor que me devora, ni para
mentir ni para engañar. Mañana saldré a la calle y gritaré a todos: ¡amo y aborrezco!
Otra vez la idea terrible… no quiero pensarla, y la pienso; no quiero sentirla, y la siento. No puedo
engañarme. Pero puedo confesarlo… y lo confieso: aborrezco a mi madre.
---
Oía el reloj de la Catedral dando las nueve. Veía a la criada durmiendo con beatífico sueño. Salía
del cuarto muy despacio, bajaba la escalera sin ruido, atravesaba la casa con cautela.
En la huerta miraba el cielo tachonado de estrellas. El viento callaba. Todo era un silencio
profundo, como si la noche misma estuviera expectante.
Dentro, veía a su madre de espaldas. El penitenciario estaba a un lado, con su perfil agudo y
extraño, como un ave oscura. Caballucos, al otro lado, se le figuraba un dragón enorme, con ojos
verdes como faroles.
Las figuras se deformaban en su mente. El canónigo agitaba los brazos como alas inútiles. Los
presentes parecían muñecos grotescos, de feria, moviéndose sin sentido.
Luego aparecía el señor Pinzón, brillante, con botones como estrellas. Todo cambiaba de golpe.
---
La escena cambia y se observa una estancia hermosa, aunque humilde, alegre, cómoda y de un
aseo sorprendente. Una fina estera de junco cubre el piso, y las blancas paredes se adornan con
hermosas estampas de santos y algunas esculturas de dudoso valor artístico. La antigua caoba de
los muebles brilla, lustrada por los frotamientos del sábado.
El altar, donde una pomposa Virgen vestida de azul y plata recibe culto doméstico, se cubre de mil
graciosas chucherías, mitad sacras y mitad profanas. Hay además cuadritos de mostacilla, pilas de
agua bendita, una relojera, una palma rizada del Domingo de Ramos y no pocos floreros con
inodoras rosas de trapo.
Un enorme estante de roble contiene una rica y escogida biblioteca. Allí están Horacio, el epicúreo
y sibarita; Virgilio, en cuyos versos se percibe la ternura del corazón; Ovidio, tan sublime como
osado; Marcial, lenguaraz y satírico; Tibulo, el apasionado; Cicerón, el grande y severo; Tito Livio;
Tácito, el terrible historiador de los césares; Lucrecio, el panteísta; Juvenal; Plauto, el gran
comediógrafo; Séneca, el filósofo cuya vida culmina en su muerte; Quintiliano, el retórico;
Salustio; los dos Plinios; Suetonio y Varrón.
En una palabra, toda la literatura latina, desde que balbuceó su primera palabra con Lio Andrónico
hasta Rutilio, su último suspiro.
Pero en medio de esta descripción han entrado dos mujeres en el cuarto. Es temprano, pero en
Orbajosa se madruga mucho: los pájaros cantan en sus jaulas, las campanas llaman a misa, las
cabras van a ser ordeñadas a las puertas de las casas.
Las dos señoras, vestidas de negro, vienen de oír misa. Cada una lleva en la mano su libro de
devoción y el rosario entre los dedos.
—Tu tío no puede tardar ya —dice una—. Le dejamos empezando la misa, pero debe de estar en
la sacristía quitándose la casulla.
—Yo me hubiera quedado —responde la otra—, pero hoy es día de mucha fatiga para mí.
Una de ellas informa que ha ido a la posada de la viuda del Cuzco para obtener noticias. Allí ha
visto a Don Pepito y al brigadier Batalla, que hablan constantemente de planes y conspiraciones.
—Son dos perdidos —dice—, dos borrachos que maquinan algo grande.
También cuenta que el señor Pinzón se mueve en secreto, y que los rumores sobre asaltos y
conspiraciones aumentan.
De pronto, surge una propuesta extrema: interceptar a Don José Rey con un susto en la calle, para
intimidarlo sin llegar a matarlo.
Pero Doña Perfecta rechaza la idea con firmeza. Considera que es indigno y cobarde. Afirma que
no se trata de un simple conflicto personal, sino de algo mucho mayor.
Según ella, el enemigo no es un hombre, sino una fuerza organizada: el gobierno, el ejército y las
autoridades nuevas. Dice que representan una amenaza contra la religión y las tradiciones del
pueblo.
—No es un hombre —afirma—, es una secta.
En su visión, todo está coordinado contra ellos, y la única respuesta posible es la defensa total.
La tensión aumenta cuando llega el sacerdote Don Inocencio con noticias graves: están realizando
detenciones en el pueblo.
Muchos han huido hacia Villa Horrenda; otros han sido arrestados.
Mientras tanto, el brigadier Batalla continúa con las operaciones militares en Orbajosa, ordenando
prisiones y persiguiendo a los sospechosos.
---
Si quieres, puedo hacerte el **capítulo 26 igual de ordenado**, o también puedo convertir todo
esto en un **resumen largo tipo examen (más fácil de estudiar)**.
Aquí tienes el **Capítulo 26 “María Remedios”** corregido, ordenado y redactado de forma clara,
manteniendo el contenido original pero mejorando ortografía, coherencia y estilo:
---
Nada más entretenido que buscar el origen de los sucesos interesantes que nos asombran o
perturban, ni nada más grato que encontrarlo. Cuando vemos pasiones arrebatadas en lucha,
encubierta o manifiesta, y llevados por el impulso natural de la observación humana, logramos
descubrir la oculta fuente de donde ese revuelto río ha traído sus aguas, experimentamos una
sensación semejante al gozo de los geógrafos que descubren nuevas tierras.
Este gozo nos lo ha concedido Dios ahora, porque explorando los escondrijos de los corazones que
laten en esta historia hemos descubierto un hecho que es, sin duda, el origen de los
acontecimientos más importantes que aquí se narran: una pasión que es la primera gota de agua
de esta alborotada corriente.
Dejemos a Doña Perfecta en su vivienda, donde recibe al señor Pinzón, quien asegura que
mientras él exista la casa no será registrada. Doña Perfecta lo trata con frialdad y altanería, sin
mirarle siquiera, lo que provoca en él incomodidad y necesidad de explicaciones. Finalmente, ella
le ordena abandonar la casa y responder por su conducta en otro momento.
María Remedios era una mujer estimable, una verdadera señora. A pesar de su origen humilde, las
virtudes de su tío, el señor Don Inocencio, habían elevado su posición moral y social. Era piadosa,
servicial, caritativa y administraba con habilidad la casa de su tío. Sin embargo, en ella existía una
pasión dominante: su hijo Jacinto.
Amaba a Jacinto con delirio. En él había concentrado todas sus esperanzas: verlo rico, feliz,
poderoso y emparentado con la familia de Doña Perfecta era para ella la plenitud de la vida.
Por esta razón, su carácter era contradictorio: religiosa y humilde, pero también orgullosa y
obstinada cuando se trataba de su hijo.
Aunque era admirada en el pueblo, en la casa de Doña Perfecta se sentía en una posición inferior.
Allí, su sobrino Jacinto convivía con la señorita Rosario, lo que alimentaba aún más sus esperanzas
de un futuro matrimonio.
Sin embargo, evitaba con frecuencia esa casa, porque su orgullo sufría al ver cómo las cosas no
avanzaban como ella deseaba.
Habían pasado cinco días desde la entrada de Caballuco en casa del señor penitenciario.
Aquella noche, María Remedios entró con una lámpara en el cuarto de su tío, quien permanecía
pensativo y preocupado.
Ambos conversan sobre la situación del pueblo. El penitenciario expresa su preocupación por la
presencia militar y la inseguridad.
Hablan también de Jacinto, enviado a la casa de Doña Perfecta para acompañar a Rosario.
El ambiente es de incertidumbre y miedo.
El canónigo reconoce finalmente que el plan de casar a Jacinto con Rosario ha fracasado.
María Remedios, con frustración, reprocha la situación, pero su tío le explica que las circunstancias
han cambiado: el amor entre Rosario y Don José Rey ya está formado y es difícil de evitar.
El canónigo admite que intentó influir en la situación, pero que todo se ha salido de control.
Mientras discuten, María Remedios muestra su carácter impulsivo, alternando entre esperanza y
enojo.
Finalmente, María Remedios, que hasta entonces había contenido sus emociones, rompe en llanto
desconsolado.
---
Si quieres, puedo hacerte el **capítulo 27 igual de ordenado**, o también puedo juntarte todos
los capítulos en un **resumen general tipo estudio para examen**.
—Resignación —volvió a decir don Inocencio—, resignación, resignación —repitió ella, enjugando
sus lágrimas—. Puesto que mi querido hijo ha de ser siempre un pelagatos, sea enhorabuena. Los
pleitos escasean; bien pronto llegará el día en que lo mismo será la abogacía que nada. ¿De qué
vale el talento, de qué valen tanto estudio y romperse la cabeza? ¡Ay, somos pobres!
Llegará un día, señor don Inocencio, en que mi pobre hijo no tendrá una almohada sobre la que
reclinar la cabeza. Mujer, hombre, y si no, dígame: ¿qué herencia piensa usted dejarle cuando
cierre el ojo? Cuatro cuartos, seis libros, miseria y nada más. Van a venir unos tiempos…
—¿Qué tiempos, señor tío? Mi pobre hijo, que se está poniendo muy delicado de salud, no podrá
trabajar ya. Se le marea la cabeza desde que lee un libro; ya le dan vahídos y jaqueca siempre que
trabaja de noche. Tendré yo que ponerme a la costura, y quién sabe, quién sabe, si no tendremos
que pedir limosna…
—¡Buenos tiempos van a venir! —añadió la excelente mujer, forzando más el sonsonete llorón con
que hablaba—. Dios mío, ¿qué va a ser de nosotros? ¡Ah! Solo el corazón de una madre siente
estas cosas. Solo las madres son capaces de sufrir tantas penas por el bienestar de un hijo. Usted,
¿cómo ha de comprenderlo? No. Una cosa es tener hijos y pasar amarguras por ellos, y otra cosa
es cantar el gorigori en la catedral y enseñar latín en el instituto. Vea usted de qué le vale a mi hijo
el ser sobrino de usted, y el haber sacado tantas notas de sobresaliente y ser el primor y la gala de
Orbajosa: se morirá de hambre…
Porque ya sabemos lo que da la abogacía… o tendrá que pedir a los diputados un destino en la
Habana, donde le matará la fiebre amarilla.
—Pero, mujer…
—Sí, sí… no se me apure usted… si ya callo, si no le molesto más. Soy muy impertinente, muy
llorona, muy suspirona, y no se me puede aguantar porque soy madre cariñosa y miro por el bien
de mi amado hijo. Yo me moriré, sí señor, me moriré en silencio, y ahogaré mi dolor, me beberé
mis lágrimas para no mortificar al señor canónigo… pero mi idolatrado hijo me comprenderá…
¡Pobrecito niño de mis entrañas! Tener tanto mérito y vivir condenado a un pasar mediano, a una
condición humilde… no, señor tío, no se ensoberbezca usted. Por más que echemos humos,
siempre será usted el hijo del tío Tinieblas, el sacristán de San Bernardo, y yo no seré nunca más
que la hija de Ildefonso Tinieblas, su hermano de usted, el que vendía pucheros… y mi hijo será el
nieto de los Tinieblas.
Pero de repente mudó el rostro de aquella mujer. Los sollozos se tornaron en voz bronca y dura;
palideció su rostro, temblaron sus labios, cerráronse sus puños. Cayó en la ira que bramaba en su
pecho.
Levantóse del asiento y, no como una mujer, sino como una arpía, gritó:
—¡Yo me voy de aquí! ¡Yo me voy con mi hijo! Nos iremos a Madrid. No quiero que mi hijo se
pudra en esta población. Estoy cansada de ver que mi Jacinto, al amparo de la sotana, no es ni será
nunca nada. ¿Lo oye usted, señor tío? Mi hijo y yo nos vamos. Usted no nos verá nunca más, pero
nunca más.
Don Inocencio había cruzado las manos y recibía los furibundos rayos de su sobrina con la
consternación de un reo de muerte ante el verdugo.
—¡Por la Virgen santísima! Aquellas crisis del manso carácter de la sobrina eran tan fuertes como
raras.
—¡Soy madre, soy madre! —rugió—. Y puesto que nadie mira por mi hijo, miraré yo misma.
El penitenciario temblaba.
Y, poco a poco, la cólera se fue apagando en llanto, hasta romper en un sollozo profundo y
deshecho.
12 de abril.
Querido padre:
He cambiado mucho. Yo no conocía estos furores que me abrasan. Antes me reía de toda obra
violenta, de las exageraciones de los hombres impetuosos, como de las brutalidades de los
malvados. Ya nada de esto me asombra, porque en mí mismo encuentro a todas horas cierta
capacidad terrible para la perversidad.
A usted puedo hablarle como se habla a solas con Dios y con la conciencia. A usted puedo decirle
que soy un miserable. ¿Por qué es un miserable quien carece de aquella poderosa fuerza moral
contra sí mismo que castiga las pasiones y somete la vida al duro régimen de la conciencia? He
carecido de la entereza cristiana que contiene el espíritu del hombre ofendido en un hermoso
estado de elevación sobre las ofensas que recibe.
He tenido la debilidad de abandonarme a una ira loca, poniéndome al bajo nivel de mis
detractores, devolviéndoles golpes iguales a los suyos. Cuánto siento que no estuviera usted a mi
lado para apartarme de este camino. Ya es tarde: las pasiones no tienen espera, son impacientes y
piden su presa.
He sucumbido.
No ha sido solo la ira, sino un fuerte sentimiento expansivo lo que me ha traído a este estado: el
amor profundo que profeso a mi prima. Esta circunstancia me absuelve. Y si el amor no, la
compasión me habría impulsado a desafiar el furor y las intrigas de su terrible hermana de usted.
Porque la pobre Rosario, colocada entre un afecto irresistible y su madre, es hoy uno de los seres
más desgraciados que existen sobre la tierra. El amor que me tiene —y que corresponde al mío—
me ha llevado a pensar que debo abrir como pueda las puertas de su casa y sacarla de allí,
empleando la ley hasta donde la ley alcance, y la fuerza desde el punto en que la ley me
desampare.
Creo que los rigurosos escrúpulos morales de usted no aprobarán esto. Pero yo he dejado de ser el
carácter metódico y puro que usted formó. Ahora soy un hombre como otro cualquiera. He
entrado en el terreno común de lo injusto y de lo malo.
Prepárese usted a oír cualquier barbaridad que será obra mía. Ni la confesión de mis culpas me
quita la responsabilidad de lo que ocurra. La responsabilidad de Doña Perfecta es inmensa.
Ah, querido padre, no crea usted nada de lo que oiga respecto a mí. Atienda solo a lo que yo le
diga.
Si le dicen que he cometido una villanía deliberada, responda que es mentira. Difícil me es
juzgarme en el estado en que me hallo, pero no creo haber actuado con mala intención.
La pasión puede llevar al hombre muy lejos.
He empleado la ficción, el engaño y el disimulo. Yo, que era la verdad misma, he perdido mi propia
forma. Pero no sé si esto es la peor perversidad del alma.
Ya sé lo que es la oración: una súplica del alma, una expansión íntima que se eleva sobre la
fórmula. Estoy en prácticas, como decimos los ingenieros: hago estudios sobre el terreno.
14 de abril.
Le divertiría a usted saber cómo piensa la gente de este pueblo. Casi todo el país se ha levantado
en armas. La hostilidad contra nosotros y contra el gobierno es profunda, casi religiosa.
Mi tía cree que voy a atacar su casa para robarle a su hija, como en tiempos feudales. Me tiene por
un monstruo. Aquí creen que formo parte de una coalición diabólica con los militares para destruir
la fe y las costumbres.
He evitado abusos contra la casa de mi tía. Incluso he impedido molestias que sufrieron otros
vecinos. Si hubo registro, fue por pura formalidad. Si hubo desarme, no fue con intención de daño.
17 de abril.
La carta de usted me ha dado gran consuelo. Si puedo conseguir mi objeto usando solo la ley, lo
haré así. Renuncio a métodos violentos o dudosos. No habrá alianzas militares ni acciones
imprudentes.
Haré lo correcto.
20 de abril.
Pepe.
En este capítulo, el tono cambia hacia una comunicación íntima y urgente de Pepe Rey dirigida a
Rosario. A través de una carta breve pero cargada de emoción, se revela el estado psicológico del
personaje y la situación tensa que rodea su relación.
Pepe comienza dando instrucciones prácticas: le pide a Rosario que entregue una llave a un
sirviente de confianza (“Billo”) para que cuide la huerta y el perro. Esto muestra que, a pesar del
contexto emocional, sigue pensando en detalles concretos para mantener la discreción de sus
encuentros.
Luego le expresa su deseo de volver a verla en secreto. Le ruega que haga todo lo posible por bajar
a la huerta como en ocasiones anteriores, especialmente en la noche. Esto confirma que sus
encuentros clandestinos continúan y que dependen de la prudencia y decisión de Rosario.
Pepe también le anuncia que tomará decisiones importantes esa misma noche, aunque no las
detalla. Promete explicárselas más adelante, dejando claro que se trata de asuntos serios que no
pueden tratarse por escrito. Esto aumenta la tensión y la incertidumbre sobre lo que planea hacer.
A lo largo del mensaje, intenta tranquilizarla. Afirma que ha abandonado cualquier “recurso
imprudente o brutal”, lo que sugiere que anteriormente pudo haber considerado acciones más
impulsivas o peligrosas. Ahora dice haber optado por la calma y la reflexión, aunque su tono
contradice parcialmente esa serenidad.
El final de la carta es el más intenso emocionalmente. Pepe confiesa su ansiedad por no verla
durante ocho días y declara que ha jurado que esa separación terminará pronto. Su frase final, casi
desesperada, “Maldito sea yo si no te veo”, revela su obsesión, impaciencia y el nivel de tensión
emocional en el que se encuentra.
---
Si quieres, puedo seguir con el capítulo 30 o hacerte un resumen general de todos los capítulos
anteriores para que tengas toda la obra conectada.
En este capítulo, la tensión de la historia aumenta considerablemente con una escena de vigilancia
nocturna que mezcla sospechas, decisiones impulsivas y un ambiente de intriga.
Después de las 10 de la noche, dos personajes —María Remedios y el Centauro (Ramos)— salen
de la posada de la viuda de Cuzco. La conversación entre ambos deja claro que están siguiendo de
cerca los movimientos de Don José Rey, especialmente en relación con su posible encuentro con
Rosario.
María Remedios insiste en que no pueden quedarse sin actuar y quiere ir al casino para averiguar
qué hace Don José. Ramos, en cambio, muestra impaciencia y cierto mal humor, aunque acepta
seguirla. Ella está convencida de que el comportamiento del joven es sospechoso y que esa noche
se decidirá algo importante.
Mientras caminan por la calle, ven a un hombre que resulta ser Don José Rey. Ambos lo reconocen
y deciden seguirlo en secreto. Lo observan con cuidado, intentando no ser descubiertos. La
tensión crece cuando intentan determinar hacia dónde se dirige.
Creen inicialmente que podría entrar a casa del brigadier, pero pronto se dan cuenta de que no lo
hace. María Remedios, guiada por su intuición, sospecha que en realidad se dirige hacia la casa de
la señora Polentinos, lo que aumenta su alarma.
El Centauro duda y no sabe exactamente cómo actuar. Se plantea la posibilidad de darle “un
susto”, pero no hay una decisión clara, lo que muestra la confusión y el nerviosismo del momento.
María Remedios insiste en que deben actuar rápido.
---
Si quieres, puedo seguir con el capítulo 31 o también puedo unirte todos estos resúmenes en uno
solo completo de la obra.
En este capítulo, la historia entra en su punto más crítico, combinando tensión emocional,
confrontación familiar y la irrupción violenta de los hechos que se venían preparando.
El capítulo comienza con Doña Perfecta en aparente calma, dedicada a escribir cartas y organizar
asuntos personales en su habitación. A pesar de la hora avanzada, se muestra serena y controlada,
lo que refuerza su carácter calculador y dominante. Se describe su apariencia con detalle,
destacando su antigua belleza y, al mismo tiempo, la dureza y frialdad que transmite su rostro.
Mientras tanto, Rosario se encuentra inquieta y sin poder dormir. La tensión emocional entre
madre e hija estalla cuando Rosario confiesa su amor por Pepe Rey. Ella se muestra desesperada,
incapaz de ocultar lo que siente, y declara abiertamente que no puede arrepentirse de amarle.
Incluso afirma que se marchará con él, lo que provoca un choque directo con su madre.
Doña Perfecta reacciona con furia contenida al principio, pero luego estalla emocionalmente.
Considera la situación como una traición y una vergüenza irreparable. Rosario, por su parte, se
muestra dividida entre el amor y el dolor, llegando a pedir perdón y luego reafirmar su decisión de
seguir a Pepe Rey. La conversación se convierte en un enfrentamiento dramático lleno de gritos,
reproches y desesperación.
En medio de esta escena, Rosario cae en un estado de crisis emocional extrema y se desmaya, lo
que intensifica aún más el caos dentro de la casa.
Justo en ese momento irrumpe María Remedios, alterada y fuera de sí, anunciando que Pepe Rey
ha entrado en la huerta por la puerta prohibida. Esta noticia provoca un cambio inmediato en la
situación: Doña Perfecta ordena actuar sin dudarlo.
Todas las mujeres y criados descienden rápidamente hacia la huerta. El ambiente se vuelve
oscuro, tenso y violento. María Remedios señala la presencia de intrusos, y Doña Perfecta
identifica movimientos en la oscuridad, creyendo ver a los implicados.
Finalmente, en un momento de máxima tensión, Doña Perfecta ordena a Cristóbal que dispare, y
se escuchan dos tiros que rompen el silencio de la noche. El capítulo termina con un estallido de
violencia que deja en suspenso el destino de los personajes.
---
Si quieres, puedo hacerte un **resumen general de todos los capítulos (24 al 31)** para que
tengas toda la historia completa y lista para exposición.
**Capítulo 32**
Don Cayetano escribe varias cartas a un amigo de Madrid. Primero le pide una antigua edición de
un libro que necesita para terminar su obra *Los linajes de Orbajosa* y le explica que su propósito
es exaltar la historia y las tradiciones de España, criticando las ideas modernas y los cambios de su
tiempo.
En otra carta relata los enfrentamientos armados ocurridos cerca de Orbajosa y expresa su opinión
sobre la guerra, defendiendo la religión y las tradiciones españolas.
También cuenta que el clero se negó a dar sepultura religiosa a Pepe Rey, por lo que fue enterrado
en el campo. Más tarde comienza a circular el rumor de que en realidad fue asesinado, aunque
Don Cayetano no confirma ni desmiente esa versión.
En sus últimas cartas, Don Cayetano menciona que doña Perfecta vive cada vez más triste y
dedicada a la religión, mientras él continúa trabajando en *Los linajes de Orbajosa* y añade
nuevos hallazgos a su investigación histórica.
El capítulo concluye la historia con una breve reflexión del narrador, quien afirma que ese es el
final de los acontecimientos relatados y deja como enseñanza que no siempre las personas que
aparentan ser buenas realmente lo son.