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El Defensor - JMN

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JEFFERSON MORENO NIEVES

El defensor
JEFFERSON MORENO NIEVES

El defensor
Título de la obra:
El defensor

© Jefferson Gerardo Moreno Nieves, 2022

Primera edición, abril 2022

Tiraje: 2000 ejemplares

Editado por:
© Clic Derecho SAC
para su sello editorial LP
Pasaje Puerto Rico, 131
Jesús María, Lima
Teléfono: 921 492 114
Correo electrónico: editorial@[Link]

© JMN ABOGADOS SAC


Para su sello editorial 9 MILÍMETROS
Av. Salaverry 575, departamento 901
Jesús María, Lima
Teléfono: 954 782 299
Correo electrónico: milimetrosnueve@[Link]

Diseño y diagramación:
Anyela Carla Aranda Rojas

ISBN: 978-612-48629-6-0

Registro del Proyecto Editorial: 31501132200218

Hecho el depósito legal en la


Biblioteca Nacional del Perú: 2022-03558

Impreso por:
Page & Design EIRL
Av. Ancón 1016, Puente Piedra, Lima
Abril, 2022

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta


obra sin el consentimiento expreso de los titulares del copyright.
CONTENIDO

Sobre el autor...................................................... 11

La emboscada.................................................... 13
La Sala Penal Nacional...................................... 23
El brillo de los ternos......................................... 29
La revelación..................................................... 35
Prisión preventiva.............................................. 47
La apelación...................................................... 55
Los consejos...................................................... 59 7
Nace una estrella............................................... 67
El primer político ............................................. 75
La cita............................................................... 89
La estrategia de defensa..................................... 97
La Corte Suprema............................................. 105
Una «bolsita» para los jueces.............................. 111
Desayuno en el Sheraton................................... 117
Malas noticias.................................................... 125
La acusación fiscal............................................. 131
Los principios no se negocian............................ 135
El delito de robo................................................ 159
El delito de daños.............................................. 165
A puño limpio................................................... 171
Derecho y amor................................................. 177
Contenido

Más pruebas...................................................... 183


El control de acusación...................................... 197
Los archivos también se celebran....................... 207
El derecho es de buceo...................................... 211
La entrevista...................................................... 217

8
Les digo que no soy un abogado al
uso. No tengo un bonito despacho
con muebles de caoba y tapizados
de cuero. No pertenezco a un gran
bufete, ni prestigioso ni de ningún
otro tipo. No me dedico a las obras
de caridad a través del colegio de
abogados. Soy un pistolero solitario,
un granuja que lucha contra el
sistema y odia las injusticias.
Un abogado rebelde
John Grisham
SOBRE EL AUTOR

Los hechos que se narran en esta historia constitu-


yen experiencias reales por las que el autor ha pa-
sado. Mas no son una sindicación directa contra
alguna autoridad en especial.

Las instituciones mencionadas son meramente


referenciales, pues han sido especificadas con fines
dramáticos.
11
La emboscada

—Prevenidos —dice el comandante Burga después


de colgar el teléfono—: el objetivo está a menos de
ochocientos metros.

Dentro del patrullero, junto al comandante, va


el técnico Fernández, quien descubrió que aquella
posición era la mejor para la captura: Las curvas del
tramo Churcampa-Huanta son las más cerradas, mi
comandante —dijo mientras planeaban el operati- 13
vo—. Tiene el río Mantaro a un lado y el abismo al
otro, cuando nos vean será demasiado tarde para que
puedan escaparse de vuelta.

El comandante Burga evaluó la propuesta de


Fernández, vio el despeñadero junto a la carretera y
supo que tenía razón: tendrían al sujeto totalmente
acorralado.

Pero las balas iban a correr a su antojo, de eso


también estaba seguro.

—¿Todo bien, doctor? —le pregunta el coman-


dante al hombre que va tras él, en la segunda fila
de asientos. Se trata del fiscal supraprovincial Faus-
Jefferson Moreno Nieves

to Martínez, quien lleva orgulloso, por ahora, una


cinta blanca de la que va colgando un emblema: un
varayoc que sostiene con ambas manos una balan-
za, y de fondo, un sol tan flameante como el que se
siente en la carretera de la zona del Vraem.

—Todo en orden —responde el defensor de la


legalidad, con la esperanza de que el policía junto
a él, un suboficial de tercera al que todos llaman
Yarita, no note lo mucho que está transpirando.

A Fausto no le gustan las intervenciones: ni si-


quiera cuando se trata de allanar en casas alrede-
dor de las cinco de la mañana, hora en la que todo
14 mundo está durmiendo. Pero esta vez el esfuerzo
—y altísimo riesgo— vale la pena: en los más de
tres años que está tras la pista de Marco Villanela
nunca ha tenido una oportunidad como esta.

Y no cree que la vuelva a tener.

De modo que ha desoído a su pertinaz instinto


de supervivencia y se ha anotado a presenciar en
vivo y en directo la captura del narcotraficante que
le ha quitado el sueño durante tanto tiempo.

—Todo en orden —repite Fausto, intentando


convencerse de que es así.

—Bien —responde el comandante y saca el re-


vólver de su funda.
El defensor

Dos segundos después aparecen las «liebres».

Van de dos en dos: un par delante del convoy y


el otro, ciento cincuenta metros atrás. Las liebres
son soldados motorizados cuya función es alertar
sobre cualquier peligro que pueda haber en la ca-
rretera; no siempre van armados, lo que importa es
que sean rápidos.

Y que estén muy atentos.

No como ahora.
15
Un segundo antes de tomar la curva, ambos
hombres ven el retén: conducen directamente a los
brazos de las autoridades.

Como si lo tuvieran planeado de antemano,


vuelven a enderezar los manillares de sus motoci-
cletas para enfilar hacia el despeñadero. El riesgo de
acabar muertos es preferible al de terminar esposa-
dos y tras las rejas.

La tumba también les suena mucho mejor que


tener que arreglar cuentas con Marco Villanela, de
modo que ni siquiera desaceleran: se precipitan al
borde de la curva y dejan que la gravedad haga lo
suyo.
Jefferson Moreno Nieves

Cayito, el conductor de la camioneta en la que


va su padre, el jefe de la organización, junto con su
preciado cargamento, ve a los motorizados desapa-
recer a un lado de la carretera, pero su mente no
es lo suficientemente aguda como para detectar a
tiempo que algo va mal. Es justo la misma razón
que ha mantenido a Cayito tras un volante, impi-
diéndole escalar a un puesto de mayor responsabi-
lidad o confianza.

Sin embargo, decide que se detendrá en la curva


para ver qué es lo que ha ocurrido exactamente.

—Papá —le dice a Villanela, mirándolo por el


16 espejo retrovisor, al tiempo que empieza a frenar—,
creo que algo está pasando…

Pero no tiene tiempo de más.

La voz en el megáfono les comunica que están


todos arrestados.

El primero en disparar es, por supuesto, Villa-


nela: sabe que vienen por él y no está dispuesto a
ofrecer su captura tan barata.

Lo que le sorprende es recibir fuego de vuelta


casi inmediatamente.
El defensor

El comandante Burga tampoco está dispuesto


a «regatear» demasiado: tiene a sus hombres listos
para repeler el ataque.

Entonces las balas empiezan a hacer su trabajo.


Cayito y uno de los guardaespaldas de Villanela
que sacó la cabeza de la camioneta para apuntar
mejor son alcanzados por ellas.

A diferencia de las liebres que iban delante del


jefe, las de atrás sí van armadas. Un par de fusiles
se unen a la fiesta e intentan nivelar el marcador. El
técnico Fernández recibe un disparo en la pierna,
y los policiales ven aparecer una serie de nuevos
agujeros en sus carrocerías. 17

Son los segundos más largos en la vida del fiscal


Fausto. Está echado debajo del patrullero, cubrién-
dose la cabeza con ambas manos, la cinta blanca de
fiscal ya ha desaparecido. Mientras una lluvia de
vidrios cae sobre él, piensa en lo mucho que quiere
volver a ver a su familia.

Escucha al comandante Burga —también a


buen recaudo tras el patrullero— gritar órdenes a
sus hombres.

Ahora también hay un par de fusiles disparando


del lado de los buenos.
Jefferson Moreno Nieves

Las otras dos liebres caen al suelo y el fuego cesa


de un segundo a otro.

Burga y su equipo no pierden tiempo: piden


ayuda médica para los heridos y van con las esposas
por delante en busca de Villanela.

Pero no lo encuentran.

Las liebres no han matado a ningún uniforma-


do, pero le han dado a su jefe los segundos necesa-
rios para huir del lugar.

El fiscal y el comandante acaban de incautar los


18 trescientos kilos de pasta básica de cocaína prove-
niente del Vraem que Villanela había decido trans-
portar por sí mismo. Un cargamento que, al llegar
al puerto, le reportaría una ganancia de dos millo-
nes de dólares al criminal.

Ni siquiera se habían molestado en utilizar un


vehículo con caleta: la droga ocupaba toda la tolva
de su pick-up. Así de confiado se sentía Villanela.

Pero ni el fiscal ni el comandante están conten-


tos. Ellos querían llevarse el paquete completo:
droga más narco.

Y eso es justo lo que piensan llevarse de regreso.


El defensor

—¡Búsquenlo por el despeñadero! —ordena el


comandante Burga a sus hombres—. ¡Aún está cerca!

La caída le deja a Marco Villanela el pantalón


destrozado y las rodillas abiertas, pero no parece
haber hecho mella en su objetivo: al llegar a una
planicie, corre con la energía de un joven velocista.

La furia que lo embarga es el combustible que


necesita precisamente ahora.

Corre a través de los matorrales, pero pronto


tropieza. Observa que el daño en sus piernas es más 19
grave de lo que suponía.

—Mierda…— murmura apretando las mandíbulas.

Se pone de pie y sigue andando.

No tiene por qué engañarse: sabe que lo van a


capturar.

Casi puede oír las voces de los policías a su es-


palda.

Aquel iba a ser un fin de año muy diferente al


que había pensado: la fiscalía tiene una oportuni-
dad de oro para meterlo en prisión por una buena
cantidad de años.
Jefferson Moreno Nieves

Un pase gol, como solía decir su hijo cuando era


menor.

Pensar en él le quita el aliento y Marco Villanela


vuelve a caer.

Con dificultad logra escapar, aunque es captura-


do una semana después.

Marco Villanela es el narco más poderoso del sur


del país. Controla toda la droga que sale del Vraem,
también a las autoridades.
20
O eso solía creer.

Ahora sabe que su única oportunidad es contra-


tar una buena defensa.

La mejor.

Por la cantidad de droga, la imputación por cri-


men organizado que prepara el fiscal y por la carac-
terística de traspasar regiones, su caso no terminará
en Huamanga, sino en la Corte Superior Nacional
de Justicia Especializada, también conocida como
la Sala Penal Nacional.

A estas alturas no se necesita de un clásico abo-


gado arreglador, sino de alguien que conozca el de-
El defensor

recho, que —por irónico que suene— es lo más


difícil de encontrar.

Necesita un abogado tenaz, con experiencia, al


que no le tiemble la voz al momento de hablar a su
favor: un verdadero tiburón en la sala de audien-
cias, alguien cuya sola presencia incline la balanza
a su favor.

En definitiva, un defensor muy distinto a Joa-


quín Montero.

21
La Sala Penal Nacional

Joaquín Montero nunca antes ha estado en la Sala


Penal Nacional. De hecho, nunca ha estado más
de dos veces en cualquier otra sala mucho menos
importante que esa.

En ambas ocasiones, ni siquiera ha ido en cali-


dad de abogado defensor, sino asistiendo a uno.

—¡Te vas a jugar la Champions, flaco! —le dijo 23


Emerson cuando se juntaron en el bar de siempre a
celebrar la noticia.

La comparación con la Liga Europea, la más pres-


tigiosa a nivel de clubes de todo el mundo, estaba
más que justificada: a la Sala Penal Nacional llegaban
solo los casos más complejos y relevantes de todo el
país. Los imputados llegaban a comparecer en gru-
pos hasta de veinte, cuando se trataba de casos de
narcotráfico o terrorismo. O en menor cantidad,
pero con un mayor grado de importancia cuando
el acusado era, por ejemplo, un expresidente.

Un reto con el cual la mayoría de abogados nun-


ca llega a probar su suerte.
Jefferson Moreno Nieves

—Gracias, hermano —respondió Joaquín, le-


vantando su botella de cerveza y haciéndola chocar
con la de su amigo—. Prometo no defraudar.

—Sin duda, hermano. Como dice el dicho: «Sé


malo en la cama, pero nunca en la sala».

Ambos estallaron en carcajadas, vaciaron sus bo-


tellas y pidieron un par de rondas más para que la
celebración no perdiera kilometraje.

Aquello había sido dos semanas atrás, horas an-


tes de que Joaquín superara la fuerte resaca, interio-
rizara la enorme responsabilidad que entrañaba el
24 encargo que le había confiado el doctor Zapata y
empezara a temer perder el caso.

O su pellejo.

El doctor Zapata le había dicho algo similar a


lo que luego le diría Emerson, pero en términos
mucho más graves:

—Joaquín, este es el tipo de oportunidad que le


cambia la vida a un abogado joven como tú —ha-
bía sentenciado con los ojos clavados en los de su
practicante—. No olvides que un defensor es tan
bueno o tan malo como en su última audiencia.
El defensor

—Lo sé, doctor, y créame que le agradezco mu-


cho la confianza.

—Olvídalo, no agradezcas todavía. Mejor espera


a que sea yo quien lo haga cuando me traigas un
buen resultado.

Después le había extendido su huesuda y cada


vez más temblorosa mano por sobre su escritorio,
ubicado al centro de su despacho.

Con ello, Joaquín Montero había sellado el tra-


to. Sin saberlo, estaba oficializando la despedida de
Vladimir Zapata del ejercicio de la profesión que
había esgrimido por más de cincuenta años. 25

Pero no había opción.

—Esta vez no puedo defender a Villanela —ha-


bía empezado diciéndole a Joaquín cuando lo lla-
mó a su despacho—. Hay cosas que… ya escapan
de mi conocimiento.

Resultaba algo doloroso escucharlo, pero para


Joaquín aquello no era una novedad: desde que
empezó a asistirlo como su nuevo practicante, va-
rios meses antes, la memoria del doctor Zapata era
cada vez menos confiable.

Por otro lado, había un efecto colateral en el des-


medro de las capacidades del que en su momen-
Jefferson Moreno Nieves

to fuera el abogado más solicitado de la ciudad de


Huaraz y todo Áncash: Joaquín Montero se había
visto obligado a estar el doble de atento en las au-
diencias y a revisar aún con mayor detenimiento
los escritos de su jefe antes de presentarlos.

Y aun así, no habría esperado tanta franqueza


por parte del doctor.

Zapata había intentado calmarlo:

—No pongas esa cara, no es que me vaya a morir


mañana. Tranquilo. Pero entiendo que ya estoy de-
masiado viejo para aprender trucos nuevos. ¿Sabes
26 a lo que me refiero?

Al Nuevo Código Procesal Penal, pensó Joaquín,


al tiempo que asentía lentamente.

Vladimir Zapata no era el primer penalista en


renegar del nuevo sistema.

Ni tampoco sería el último.

A partir de 2006 se había implementado el tan


ansiado Nuevo Código Procesal Penal en Huaura,
y venía siendo aplicado progresivamente en todo el
Perú. No se trataba solo de una nueva legislación,
sino también de un nuevo sistema. Lo nuevo poco
a poco iba expectorando a lo viejo, incluidas las
personas.
El defensor

—Tú tienes todos esos trucos muy frescos ahí


adentro —continuó diciéndole, mientras se llevaba
un dedo a la cabeza—. Tú has estudiado con ese
bendito Nuevo Código, yo soy más del Código de
Procedimientos Penales de 1940. Así que necesito
que pongas en práctica lo aprendido, porque hay
un caso muy importante del que necesito que te
encargues.

Entonces le contó lo ocurrido con Marco Villa-


nela, su cliente estrella por más de dos décadas.

27
El brillo de los ternos

Joaquín Montero camina por los pasillos de la Sala


Penal Nacional, ubicada en la prolongación de la
avenida Tacna, sede de los juzgados penales más
importantes del país: el lugar al que van a parar
los verdaderos peces gordos y al que sus abogados
llegan a lucir sus trajes de diseñador y la sagaci-
dad propia de un depredador. Esta no es cualquier
Corte: fue creada para que conozca a exclusividad
29
casos de transcendencia nacional, tanto de crimen
organizado como de corrupción de funcionarios.

Por seguridad, solo se puede acceder a las salas


de audiencias de esta Corte por dos ascensores con-
trolados por miembros de seguridad del Poder Ju-
dicial. Previo registro, claro está.

A Joaquín le toca compartir el ascensor con al-


gunos de esos abogados de camino a la sala de au-
diencias asignada: el traje que ha alquilado en el
mercado central de Huaraz lo hace sentir como el
primo al que obligan a hacer de chambelán de la
quinceañera.
Jefferson Moreno Nieves

—¿Pero qué tiene de malo el que tienes? —le


preguntó su madre cuando llegó a su casa con el
traje alquilado envuelto en celofán.

—Nada, mamá. Es solo que la ocasión ameri-


ta algo mejor —le respondió Joaquín en ese mo-
mento.

Ahora se da cuenta de que ese «algo mejor» está


años luz de lo que realmente amerita la ocasión.

Recibe miradas por sobre el hombro que lo ha-


cen sentir aún más incómodo.

30 Si bien es cierto que el traje no pasa desaper-


cibido, lo que es escandalosamente evidente es su
juventud: acaba de cumplir veintisiete años, pero
su rostro delgado y su expresión tímida gritan die-
cinueve.

Cuando siente las primeras gotas de sudor aso-


mar por su frente, se obliga a concentrarse. Lo que
piensen de él no importa. Tampoco lo fuera de
lugar que parezca. Su misión debe prevalecer por
encima de sus temores: ha sido enviado a la capital
a lograr la liberación de su cliente y eso es justo lo
que va a hacer.

Y, de paso, conocer por primera vez la Sala Penal


Nacional y a dicho cliente.
El defensor

La sala en la que habrá de litigar es inmensa. A


Joaquín le recuerda un poco a la catedral de Hua-
raz. También esto se lo advirtió el doctor Zapata:

—No te dejes intimidar, tú ve seguro de lo que


tienes en la cabeza.

Mientras va de camino a su asiento, observa a


un puñado de asistentes sentados en la última fila.
A las niñas no las reconoce, pero sí a la mujer que
va con ellas.

Es Olga Merino, esposa de Marco Villanela. Por


lo tanto, las niñas deben ser hijas del acusado, pien-
sa Joaquín. 31

La señora Merino también lo ve pasar y le de-


dica un breve movimiento de cabeza. Los ojos de
la mujer parecen haber estado llorando hasta hace
muy poco. Joaquín le devuelve el saludo y sigue
adelante.

Ocupa su lugar y empieza a sacar los documen-


tos que ha llevado en el maletín, el cual tampoco
es suyo: se lo ha prestado el doctor Zapata, con la
promesa de obsequiárselo para cuando termine la
audiencia.

Mientras va acomodando papeles sobre la mesa,


poco a poco se va sintiendo más relajado.
Jefferson Moreno Nieves

Pero el oasis de calma no dura demasiado.

Sus inseguridades vuelven a la carga cuando ve


aparecer a Marco Villanela. El acusado llega escol-
tado por dos miembros de la Subunidad de Accio-
nes Tácticas (SUAT), con el aspecto de alguien que
espera que le quiten las esposas para estrangular a
quien tenga más a la mano. Definitivamente, las
fotografías que ha visto de él fueron tomadas en
momentos más agradables: Villanela tiene los ojos
inyectados y las bolsas de alguien que lleva varias
noches sin descanso.

Se sienta junto a Joaquín y lo queda mirando.


32
Joaquín no puede evitar recordar todo lo que
sabe —o cree saber— de Marco Villanela: la fortu-
na que tiene, el poder que ostenta en todo el Vraem
y las personas que dicen ha mandado a desaparecer.

—He oído que mandó a ejecutar a toda una fir-


ma de droga solo por no estar dándole el peso real
en su cargamento —recuerda que comentó Emer-
son bien avanzadas las cervezas—. Al final resultó
que la que estaba mal era la balanza y no que qui-
sieran robarle. Claro que cuando se dieron cuenta
ya era muy tarde.

Joaquín maldice mentalmente a su amigo e inten-


ta recordar más bien los alegatos que lleva consigo.
El defensor

También maldice que las sillas estén tan juntas.


Tener a Marco Villanela a menos de cinco centí-
metros de distancia y percibir el olor inconfundible
que genera el dormir en la cárcel le revuelve el estó-
mago: su defendido transforma el lugar, haciendo
sentir que una de las salas más grandes del país no
es más amplia que un baño de autobús.

—Buenas noches, señor… —dice el abogado,


procurando que los nervios no se filtren en su voz.

Villanela frunce el ceño:

—Son las nueve de la mañana —responde.


33
—Sí, eso, perdón, digo, buenos días —se apre-
sura a corregir Joaquín y le ofrece la mano.

Por supuesto, Villanela no la toma.

—Carajo —se limita a murmurar.

Entonces da inicio a la audiencia.


La revelación

Suena la campana del juez de investigación Ri-


chard Contreras, un hombre en la plenitud de sus
sesentas, y el primero en hablar es, por supuesto,
el fiscal supraprovincial Fausto Martínez: se le-
vanta de su asiento, se acomoda la medalla sobre
su pecho y empieza a hablar tan seguro de sí como
si su nombre estuviera impreso en la pared exterior
del juzgado.
35
—Señor juez —dice Martínez dirigiéndose a la
mesa donde se encuentra el juez de investigación
preparatoria—, en los próximos minutos, expon-
dré los graves y fundados elementos de convicción
recabados en contra del señor Marco Villanela en el
lapso de los últimos tres años. Para ello, realizamos
unas diligencias preliminares sumamente exhaus-
tivas, y, ahora, cumplimos con traer ante usted un
caso grave que supera ampliamente la pena de cua-
tro años. Sin duda, señor juez, encontrará el máxi-
mo peligro procesal…

El discurso de Martínez se extiende algo más


de la cuenta. Está disfrutando su momento, pien-
sa Joaquín, quien, a pesar de lo nervioso que está,
Jefferson Moreno Nieves

no ha pasado por alto las miradas de extrañeza que


Martínez le dedicó desde que entró en la sala.

—Te van a querer meter miedo —le había ad-


vertido el doctor Zapata—, pero tú no debes caer
en el juego. Que seas joven no implica que no sepas
lo que estás haciendo. Yo te conozco y sé lo que
puedes dar.

Lamentablemente, dentro de la sala nadie parece


pensar lo mismo que el viejo abogado.

Quizá, ni siquiera el propio Joaquín.

36 Villanela tiene los ojos clavados en un lugar in-


determinado del suelo, mientras el fiscal sigue sa-
cando argumentos de debajo de la manga.

Joaquín tiene que aceptar que Fausto Martínez


es un gran orador: su voz retumba firme en el lugar,
con la misma autoridad que la de un predicador en
su iglesia.

—Como puede ver, señor juez —dice para fi-


nalizar al cabo de un tiempo infinito—, no solo
se trata de las declaraciones de distintos colabora-
dores eficaces. Contamos con cientos de horas de
escuchas telefónicas donde es evidente quién es el
señor Villanela en el mercado de tráfico de drogas
en el país. Por si fuera poco, también tenemos las
actas de la intervención en la que el señor Villane-
El defensor

la fue capturado, y, aunque haya sido varios días


después, estamos convencidos de que participó el
día del enfrentamiento con la Policía en la carre-
tera Vraem-Huamanga. Eso sin contar los análisis
químicos practicados al enorme cargamento incau-
tado y que, como su despacho ya habrá adivinado,
dio positivo a pasta básica de cocaína.

Joaquín Montero es muy consciente de que, des-


de el momento en que recibió el encargo del doctor
Zapata, ya jugaba con desventaja: no había contado
con el tiempo de preparación de la parte acusadora,
ni la oportunidad de entrevistarse previamente con
su cliente. Pero había una cuestión que le extrañaba
aún más. 37

De hecho, fue lo primero que le preguntó a su


mentor cuando este vino con la propuesta:

—Doctor, disculpe, pero ¿por qué yo? Estoy se-


guro de que debe de haber abogados que tengan el
conocimiento y la experiencia que yo no tengo.

Zapata lo había mirado largamente antes de res-


ponder:

—Por lo mismo que acabas de hacer ahora, Joa-


quín, y lo que me llevó a fijarme en tu desempeño
durante tu último año de carrera y abrirte las puer-
tas de este mi estudio para que continuaras apren-
diendo.
Jefferson Moreno Nieves

La interrogante en el rostro del practicante dio


pie a que Zapata se explicara mejor:

—Tienes ambición, pero esta no te ciega. Si le


hubiera propuesto esto mismo a cualquier otro
abogado de los que hablas, lo primero en lo que
hubieran pensado habría sido en todo el dinero que
podrían sacarle a Villanela. Pero tú no has pensado
en eso: lo primero en lo que tú piensas es en tus
posibilidades de hacer una buena defensa, Joaquín.
Mantener los pies en la tierra y los ojos en lo que
realmente importa es el reto más grande de muchos
de nuestros colegas.

38 Es cierto, pero no es el único reto, piensa Joa-


quín, mientras le toca a él ponerse de pie frente al
juez: es hora de demostrar de lo que está hecho. No
puede evitar recordar aquel refrán que solía decirle
su padre cuando lo llevaba a jugar fútbol con los
demás niños: «De nada vale estar en la banca si,
cuando te toca jugar, no estás en forma».

Su padre. El viejo. Joaquín ya no lo ve tan segui-


do como quisiera desde que él y su madre se sepa-
raron, pero espera poder encontrárselo después del
juicio para contarle cómo le están yendo las cosas
ahora.

Joaquín ya casi se ha puesto de pie para iniciar


su alocución frente al juez, cuando siente un tirón
El defensor

en el brazo: Marco Villanela ha cerrado una de sus


manos en torno al puño de su terno de segunda
mano.

—¿Qué…?

Villanela tiene una expresión de furia contenida


capaz de helar la sangre.

—Más vale que hagas un buen papel —le mur-


mura el imputado antes de soltarlo.

Las palabras que Joaquín venía pensando y con


las que pensaba iniciar sus alegatos se le quedan
atascadas en la garganta. Se toma un tiempo consi- 39
derable antes de animarse por fin a pedir la palabra.

El silencio es apabullante. Para el joven abogado


lo es aún más sabiendo que son sus palabras las que
habrán de llenar un espacio como aquel: uno por el
que muchas de las mentes más brillantes del ámbi-
to penal pasan a diario.

El peso de la responsabilidad no deja de aumen-


tar sobre los hombros de Joaquín, quien solo qui-
siera detener el mundo para repasar una vez más lo
que está a punto de decir.

Pero es inútil.
Jefferson Moreno Nieves

—Señor juez de garantías —dice, utilizando el


que cree es el tono más alto que ha usado jamás en
su vida—, ¿qué es lo que discute aquí?

La mirada de todo el salón —con una que otra


expresión de burla— hace mayor la presión.

«Sí, como escuchó, ¿qué se discute en esta au-


diencia? —repite, de la misma forma en la que solía
oralizar durante su época estudiantil—. Usted, su se-
ñoría, tiene dos caminos: o autoriza la prisión preven-
tiva de Marco Villanela o garantiza la vigencia del
Nuevo Código Procesal Penal. La decisión es suya.

40 »Si opta por la segunda opción, debe cuestionar-


se sobre si la fiscalía le ha presentado elementos que
tengan dos características: primero, que sean graves
y, segundo, que sean fundados. Pero, además, que
no solo acrediten la existencia de un hecho, sino
que también vinculen a la persona con ese hecho
—dijo Joaquín, intentando que su expresión de
desconcierto fuera lo más verídica posible—. Ah, y
no se olvide de que, por sobre todas las cosas, estos
elementos también sean legales.

»Para combatir una bestia, no hay que convertir-


se en una, ¿cierto?».

Joaquín no está seguro de dónde ha salido aque-


lla última frase, pero es el tipo de conclusión que
El defensor

siente que puede hacer virar las cosas a su favor: no


necesita mirar hacia la mesa donde se encuentra el
fiscal para comprobar la sonrisa de condescenden-
cia que ahora lleva en su rostro.

Para Fausto Martínez, aquel muchacho va más


despistado de lo que cree: ni siquiera sabe lo que
hace…

¿O sí?

«Juez de garantías, es así como llaman los más


estudiosos a su persona, precisamente por su labor
de hacer valer los derechos de los que pisan esta
sala. 41

»En primer lugar, vamos a descartar los elemen-


tos que el fiscal presentó pero que son improducti-
vos. Iniciemos con el acta de intervención policial,
un documento que no tiene nada que ver con lo
que discutimos: en ella no hay ni una sola palabra
de Marco Villanela, lo único que demuestra es que
existió un operativo en el que no se capturó a na-
die. Nada más.

»Sigamos con el examen químico, con el que se


pretende demostrar que la droga es droga. Eso tam-
bién se lo concedo al fiscal, no he venido a discutir
banalidades. Lo que sí quiero discutir son dos co-
sas: las declaraciones de tres colaboradores eficaces
Jefferson Moreno Nieves

y el registro de escuchas telefónicas que, como ha


dicho el fiscal, son “centenas”».

Un rumor incómodo llegó hasta los oídos de


Joaquín: estaba sorprendiendo a los concurrentes.

Y lo sabía.

Sin embargo, no permitió que aquello lo distra-


jera y continuó con sus alegatos:

—Según la fiscalía, las declaraciones de los tres


colaboradores eficaces son fundamentales, pero ol-
vida que el Nuevo Código Procesal Penal, en su
42 artículo 158, inciso 2, trata a estas declaraciones
como sospechosas, justamente porque se trata de
delincuentes que declaran para obtener beneficios,
de ahí que sus declaraciones deban ser corroboradas
con otros elementos, y sucede que aquí los colabo-
radores se corroboran entre colaboradores, y perdó-
neme, pero «tres enfermos no hacen un sano».

Otra de las frases del viejo se colaba en la Sala


Penal Nacional. ¿Quién lo hubiera dicho?

«Sobre las “centenas” de escuchas telefónicas a


las que alude el fiscal, usted ni siquiera debe voltear
a mirarlas, la orden judicial de escuchas telefónicas
fue para otro caso, y no para el celular del señor
Marco Villanela. El fiscal nunca solicitó una am-
pliación de autorización, ni siquiera tuvo el gesto
El defensor

de informar al juzgado que había escuchado la co-


misión de delitos ajenos a los que le autorizaron
escuchar, y en eso el Nuevo Código Procesal Penal,
en su artículo 231, inciso 2, es bastante claro.

»De hecho, si me permite, aquí tengo el docu-


mento firmado por el juez Suárez, en el que se lee
perfectamente que a quien la fiscalía tenía inten-
ción de escuchar no era el señor Villanela, sino un
tal señor Vargas Astorga. —Joaquín avanza hasta
la mesa del juez, donde deposita una copia del
documento. Descubre con agrado que sus pasos
son más firmes de cuando entró a la sala—. De
modo, juez de garantías, que todos aquellos audios
presentados por el señor fiscal son ilegales para sos- 43
tener las imputaciones que quiere realizarle a mi
defendido».

El juez Contreras se toma algunos momentos


para verificar el documento. Corre traslado a la fis-
calía, que no tiene oposición.

Joaquín espera hasta que el magistrado vuelva a


dirigir su mirada hacia él.

—Finalmente, no existe ningún elemento que


vincule a mi defendido con el lugar del tiroteo más
que el hecho de haberlo encontrado días después
muy cerca de una de sus propiedades. Salvo que al-
guien me diga en este momento lo contrario, hasta
Jefferson Moreno Nieves

donde yo sé, su señoría, vivir en tu casa propia no


constituye delito.

Su voz ha ganado aún más autoridad y solo en-


tonces se da cuenta de lo mucho que le gusta la
acústica de la sala.

Joaquín ya no se siente tan pequeño dentro de


ella.

—En ese sentido, quisiera poner ante usted, se-


ñor juez, la prueba de absorción atómica realizada
al señor Villanela, la misma que le realizaron des-
pués de ser capturado a más de medio kilómetro
44 del lugar de la intervención. Aquí está —dice Joa-
quín, al tiempo que camina una vez más hacia el
frente de la sala. Regresa a su lugar y continúa—.
Como podrá observar, el resultado es claro: nega-
tivo para plomo, bario y antimonio. ¿Conclusión?
Cero disparos. Esto, sumado al hecho de que no
fuera encontrado en el lugar, ni que haya sido heri-
do de bala, demuestran que nada tuvo que ver con
la intervención a la cual el Ministerio Público ha
hecho referencia.

Ojalá Emerson pudiera escucharme ahora, pien-


sa Joaquín al tiempo que se siente otra persona:
durante los últimos minutos de su intervención ha
obrado el milagro.
El defensor

O la revelación.

Se siente capaz de seguir hablando por horas,


pero ya ha terminado.

Es momento de decir las palabras mágicas:

«Por todo lo expuesto, señor juez, debe usted es-


coger entre la ilegalidad o el respeto de un nuevo
sistema procesal. La decisión es suya, señor juez de
las garantías. Muchas gracias».

Y así, vuelve a tomar asiento.

Mira a Villanela y ya no parece tan fiero como 45


antes de su intervención: el imputado asiente con
la cabeza en señal de aprobación.

Ahora, Joaquín tiene que esforzarse para que no


se le note la satisfacción en la cara: acaba de debu-
tar nada menos que en la Sala Penal Nacional. Un
salto cuántico para un joven cuyo cartón de aboga-
do aún tiene la tinta fresca.

El doctor Zapata tenía razón, piensa.

Voltea a ver a la mesa del fiscal: Fausto Martínez


tiene una expresión confundida, como si no recor-
dara el haber apagado la hornilla antes de salir de
su casa.
Jefferson Moreno Nieves

El juez Contreras da por suspendida la sesión


hasta después de la hora de almuerzo:

—Volveremos para emitir la resolución —dice


Richard Contreras. Suena la campana nuevamente
y todos se ponen de pie para despedir al magistrado.

Joaquín Montero sería capaz de abrazarlo.

46
Prisión preventiva

El almuerzo se enfría en las narices de Joaquín, cuyos


pensamientos vuelven una y otra vez sobre su inter-
vención en la sala de audiencias. A tan solo una cua-
dra de distancia, ocupando una de las mesas en aquel
menú de dos cobres (es todo lo que su presupuesto
puede aguantar), repite algunas partes de lo que ha
dicho con la única intención de escucharse a sí mis-
mo y sacar en claro cuál será la decisión.
47
Por cuarta vez desde que pusieron aquel plato de
lentejas y arroz frente a él llega a la misma conclu-
sión: lo hizo mejor de lo que esperaba.

Entonces se permite dar las primeras cucharadas


a su almuerzo de lentejas con arroz. El clima de la
capital se ha encargado de enfriar la comida a una
velocidad inclemente. Pero a Joaquín no parece im-
portarle: se dedica a pensar en qué es lo que hará
una vez le den la libertad a Villanela.

¿Llamar primero a su madre o al doctor Zapata?,


se pregunta.
Jefferson Moreno Nieves

Mejor a Zapata, quien sin duda estará a la espera


del resultado, de su apuesta por él como su reem-
plazo.

O su sucesor.

Ese segundo término le gusta mucho más: se


imagina recibiendo las felicitaciones de vuelta en
Huaraz y una propuesta para ser abogado titular de
más casos importantes, con un mejor sueldo y me-
jores posibilidades.

Y un terno nuevo y propio, por qué no.

48 Cuando se da cuenta, el plato está vacío. Pero


Joaquín sigue con el apetito casi intacto.

Su primer partido ganado en las ligas mayores.


«En la Champions», como le había dicho Emerson.

¡Emerson!, tengo que llamarlo también a él,


recuerda Joaquín: su amigo le había prometido
una nueva ronda de cervezas para cuando volviera
triunfante, quizá de ahora en adelante cambiarán a
whisky.

Antes de continuar con sus planes, decide mirar


la hora: el reloj de Inca Kola anuncia que faltan
menos de treinta minutos para volver a la sala. Deja
un billete sobre la mesa y no se queda a esperar el
vuelto: se permite dejar una propina porque, aun-
El defensor

que su presupuesto es apretado, no siente que sea


justo que solo a él le vaya bien aquel día.

Joaquín Montero sale del restaurante con un sa-


bor de boca distinto al de las lentejas.

El sabor de la victoria.

La sala vuelve a entrar en sesión y lo que ocurre


después toma apenas unos minutos: aquello acre-
cienta el efecto devastador que tiene la resolución
judicial en Joaquín Montero:
49
—Luego de haber oído ambas partes —declara
el juez Richard Contreras—, este despacho resuel-
ve declarar fundado el pedido de prisión preventiva
contra el imputado Marco Villanela por el plazo
de 36 meses que deberán ser cumplidos de manera
inmediata, siendo trasladado al penal que designe
el INPE.

Joaquín Montero siente como si le hubieran


abierto un enorme agujero a la mitad del vientre:
tiene intención de decir algo, pero lo único que
ocurre es que su boca se abre para dejar escapar el
aliento que tenía contenido.

Gira la cabeza para mirar a su defendido, quien


ahora sí se ve realmente furioso. Por suerte, el mo-
Jefferson Moreno Nieves

mento de tensión no dura demasiado: los mismos


miembros de la SUAT que se acercaron a dejarlo
ahora vienen a levantar a Villanela por las axilas y
llevárselo de vuelta a la celda que ha estado ocupan-
do hasta entonces y, después, al penal de máxima
seguridad de Ancón I. Junto con las pocas perte-
nencias que tiene se llevará también una orden de
prisión preventiva de 36 meses y, luego, posible-
mente, por cómo van las cosas, una condena de
aproximadamente 15 años.

De pronto, todo mundo se pone de pie: ahí ya


no hay nada que hacer.

50 Los llantos de la mujer se oyen desgarradores,


como salidos de una película de terror.

Olga Merino y sus hijas corren hacia el acusado,


quien ya no es presa de la furia, sino de una tristeza
que lo lleva a hacer algo que, de seguro, un hombre
como él no ha hecho en mucho tiempo.

Marco Villanela llora.

Es lo más impactante que a Joaquín le toca ver


ese día.

—Por favor —pide Villanela a los guardias—,


solo déjenme despedirme de ellas.
El defensor

Los de la SUAT se miran por un momento. Lue-


go voltean a solicitar la aprobación del juez Contre-
ras, pero este ya se ha ido del lugar.

—Por favor —suplica también la esposa de Vi-


llanela.

Uno de los agentes se encoge de hombros y de-


cide quitarle las esposas que lleva en las muñecas,
pero no las de los tobillos.

Una vez libre, Marco Villanela envuelve a su fa-


milia en sus enormes brazos. Todo es murmullos y
sollozos dentro de aquella cápsula familiar. El úni-
co miembro de la familia ausente es el hijo mayor 51
de Villanela, Cayito, quien, según se sabe, no ha
podido dejar de culparse por la captura de su padre.

Joaquín mira la escena a menos de dos metros de


distancia, como si se encontrara en la primera fila
de un teatro.

No sabe qué decir o si debería decir algo siquiera.

Ya no siente miedo: acaso lo que lo embarga


ahora es la indignación de haber presenciado una
injusticia o una ilegalidad.

De pronto, uno de los guardias le dice a la fami-


lia que ya es hora.
Jefferson Moreno Nieves

Marco Villanela le da un beso a cada una de sus


hijas y luego a su esposa. Y Olga Merino lo acaricia
en la mejilla antes de decirle, por última vez, cuán-
to lo ama.

Joaquín Montero tiene un nudo en la garganta.

De pronto, Villanela se vuelve hacia él.

Solo espero que puedan encontrar mi cuerpo


fresco, piensa, temiendo una represalia por no ha-
ber logrado su libertad.

Sin embargo, de la boca de su defendido no bro-


52 ta ninguna amenaza ni nada que se le parezca.

Todo lo contrario:

—Nos vemos en la apelación, doctor.

Y le tiende la mano.

Joaquín se la estrecha. Asiente, al tiempo que


dice:

—Así es, señor Villanela. Vamos a seguir luchando.

Mientras los guardias se llevan al imputado, la


esposa también se acerca a estrecharle la mano.
El defensor

Los ojos anegados en lágrimas de las niñas, que


acaban de despedir a su padre y que saben que este
irá a pasar la noche en la cárcel, laceran el alma de
Joaquín como dardos en llamas. Desearía pedirles
perdón, pero no está seguro de que aquello sea lo
correcto.

De camino a la salida, el joven abogado logra


aprender una de las grandes lecciones que le ha te-
nido preparada la vida hasta ese momento.

«No cantes victoria antes de tiempo», o como


diría su viejo en una muestra infinita de saber po-
pular:
53
«Nunca te limpies el culo antes de cagar».
La apelación

El plazo para presentar el escrito de apelación es de


tres días. Sin embargo, Joaquín no está dispuesto
a dejar pasar ni siquiera uno antes de poder ingre-
sarlo a la mesa de partes de la Corte. Pasa toda la
noche metido en una cabina de internet, luchando
con un teclado viejo y con la culpa de no haber
dado más de sí aquel día en la sala.

—Tranquilo, no es el fin del mundo —le dijo el 55


doctor Zapata cuando por fin se animó a llamar-
lo para contarle lo ocurrido—. Para eso existen las
apelaciones, para darles uso. ¿El juez dijo cuáles
eran los motivos por los que le dio prisión?

—No —respondió Joaquín, intentado recordar


con mayor claridad aquellos últimos y aciagos mi-
nutos dentro de la sala—. De hecho, se limitó a
repetir lo que había dicho el fiscal. Nada de lo mío.
Decidió prisión y se fue.

—Bueno, eso es. Ahí tienes un buen punto para la


apelación: el juez siempre debe responder al abogado.

—Entiendo. Me pondré a trabajar ya mismo y


entregaré el documento antes de subir al bus.
Jefferson Moreno Nieves

—De acuerdo.

—Gracias, doctor. Ya le hablo luego.

—Joaquín —dijo Zapata antes de despedirse—,


¿sabes por qué el juez se fue sin decir nada sobre tus
argumentos? ¿Sabes qué es lo que creo?

—¿Qué?

—Se fue porque tenías razón en tus alegatos. Se


fue sin decir nada porque, como se dice coloquial-
mente, lo dejaste con la boca cerrada. Piensa en eso.

56 Y colgó.

Después de eso, Joaquín había preferido evitar


dar explicaciones adicionales a cualquier otra
persona y ponerse a trabajar. También quiso evitar
perder el tiempo en comer o, incluso, cambiarse
de ropa. Para cuando llega a la mesa de partes de la
Corte, minutos antes de las nueve de la mañana, va
vestido exactamente igual que al salir de ella hace
menos de veinticuatro horas.

Quizá no había logrado lo que esperaba, que Vi-


llanela recobrara su libertad, pero sin duda no se
había ido de allí con las manos vacías. Había con-
seguido algo también muy importante.

La confianza de su cliente.
El defensor

Oír a Marco Villanela proponerle verse en la


apelación y, por si fuera poco, llamarlo doctor in-
fundió nuevos bríos en el cuerpo de Joaquín: no
estaba dispuesto a defraudarlo.

Se retira de la sala y va hacia la agencia de viajes.


Aborda el bus de vuelta a Huaraz al mediodía y
siente que está de nuevo en carrera por la libertad
de su defendido.

Joaquín Montero tiene toda la intención de


aprovechar el viaje para seguir revisando sus docu-
mentos y encontrar mejores argumentos que pue-
da aportar en la nueva audiencia que, si todo sale
como espera, se llevará a cabo dentro de un mes; 57
pero las horas de sueño pendiente se acumulan pe-
sadísimas sobre sus párpados: no ha salido siquiera
de Lima cuando cae dormido.

Sus ojos no vuelven a abrirse durante las diez


horas siguientes.

No experimenta sueño alguno: está demasiado


agotado para eso.
Los consejos

—No lo entiendo, flaco —le dice don Felipe Mon-


tero, su padre, mientras revisa que al parabrisas de
su auto no le haya quedado ninguna mancha—.
De verdad que no lo entiendo.

—¿Qué es lo que no entiendes, papá? —Joaquín


lo observa apoyado en la pared de su casa mientras
bebe el vaso de cerveza que minutos antes su padre
le puso en la mano. Sobre ellos, el cielo azul de 59
Huaraz lo cubre todo como pintado al óleo.

—Al pata lo chapan porque dicen que es narco,


¿y no le bajan billete a nadie? —Deja tranquilo el
parabrisas por un momento para que su hijo pueda
apreciar mejor su cara de desconcierto—. ¿No le
chancan la mano a nadie? Es increíble, flaco, ese
pata tendría que estar suelto por ahí, con los tom-
bos limpiándole las tabas.

A Joaquín no le sorprende que aquello salga de


la boca de Felipe Montero, quien ha hecho de la
palomillada y los atajos su forma de vida.

Tienen una buena relación, pero desde que Joa-


quín pisó la adolescencia lo siente más como un
Jefferson Moreno Nieves

amigo que como un padre: un amigo que no tie-


ne reparos en dejarle saber exactamente lo que
pasa por su cabeza.

Para muchas personas, incluida la madre de Joa-


quín, la franqueza de Felipe Montero es algo difícil
de manejar.

«Frescura», le llama ella.

—No es la forma en la que se pueda resolver


algo como esto, papá. Se trata de un caso para la
Sala Penal Nacional, no es cualquier juzgado don-
de los jueces son los mismos que te puedes encon-
60 trar en la fiesta de un amigo o en la losa deportiva
un sábado por la tarde. Estas son las ligas mayores,
aquí sí vale la capacidad que pueda tener uno para
litigar y hacer una defensa como se debe.

Joaquín siente que la cerveza se ha ido calentan-


do en su mano y prefiere terminarla de un trago.

—No interesa dónde sea —responde su padre,


apresurándose a volver a llenar el vaso—. Hasta los
presidentes transan y nadie sale a llorar. Tienes que
pensar, flaco, mira cómo te va costando una prime-
ra derrota. Así no vas a avanzar. Tienes que apren-
der la jugada ganadora. Y no te molestes, te estoy
haciendo un favor. Salud.
El defensor

Choca su vaso con el de su hijo y vuelve hacia su


carro, que utiliza para llevar a cabo paseos turísti-
cos.

Es el tipo de cosas que esperaba oír cuando deci-


dió ir a visitar a su padre. Felipe Montero jamás vio
con buenos ojos que su hijo quisiera estudiar dere-
cho. Para él, lo más sensato hubiera sido meterse de
policía o hacer carrera política.

—Con eso, te la llevas fácil —le dijo alguna vez


cuando conversaron del tema.

Aun así, Joaquín ha aprendido a valorar ese


punto de vista sobre la vida que a él se le hace tan 61
esquivo: sabe que nadie está libre de necesitar una
buena dosis de «viveza» en la vida.

—¿Cómo va el negocio? —pregunta Joaquín,


cambiando de tema.

—Bien, ahí —dice su padre, pasándose ahora a


las ventanas del costado derecho—. De cuando en
cuando caen unos gringos que me paran el mes.

—Qué bien.

—¿Cuándo tienes que regresar a Lima? —le pre-


gunta su padre señalando su vaso con la mirada
para que siga tomando.
Jefferson Moreno Nieves

—En cinco semanas. Justo me llamaron ayer


para notificarme.

—Flaco, hazte un favor y arregla esa vaina como


se tienen que arreglar, ¿okey? —Se acerca a Joaquín
y le pone una mano en el hombro—. Tienes mucho
futuro, hijo, no te lo voy a negar. Naciste con una
inteligencia que hasta ahora no sé a quién le sacas-
te. Pero tú decides si ese futuro es como abogado o
aquí conmigo, paseando turistas por unos cuantos
mangos al mes. Te lo digo con cariño. Salud.

Y siguieron tomando hasta acabarse la botella.

62

La próxima parada es al día siguiente, jueves, en


el despacho del doctor Zapata. Habría acudido el
mismo miércoles, el día que llegó a Huaraz, pero el
doctor le ordenó tomarse el día libre. Fue entonces
cuando, después de desayunar con su madre y her-
mano, decidió visitar a su padre.

Cuando el doctor ve llegar a Joaquín con el ma-


letín por delante, lo detiene:

—Quédatelo, lo has hecho bien. Todavía puedes


ganar esto.

A veces Joaquín se pregunta cómo habría sido su


vida con un padre como el doctor Zapata en lugar
El defensor

del que le había tocado. Tenía razones para pensar


que podría haber resultado bien, de no ser por el
hecho de que ninguno de los cuatro hijos del abo-
gado había seguido sus pasos.

—Gracias, doctor.

—Siéntate. Quiero que me digas cómo te sientes.

Joaquín ocupa su lugar frente a su jefe y pasea


la mirada por los anaqueles abarrotados de libros
empastados: otra cosa que se pregunta es cuánto
tiempo le tomará tener una colección como esa.

—Bien, más tranquilo, doctor. Gracias. 63

—Escucha, hijo —dice el doctor Zapata como si


hubiera adivinado lo que Joaquín venía pensado—.
En la nueva audiencia podrás desarrollar mejor tus
argumentos, son bastante sólidos, así que no quiero
que estés estresado. Conversé con la esposa de Vi-
llanela y me confirmó algo que yo ya sabía, que te
luciste en la sala.

—¿En serio dijo eso?

—Claro que sí, dijo que se sentía tranquila de


que tú estuvieras defendiendo a su esposo. Me fe-
licitó.
Jefferson Moreno Nieves

—Eso no lo esperaba —responde Joaquín, re-


primiendo una sonrisa.

—Así lo hizo y fue lo correcto. Y con respecto


a la decisión del juez, tampoco debes preocuparte,
ese Richard Contreras es conocido por hacerles el
trabajo a los fiscales. La vida te da revanchas, Joa-
quín, pero para dártelas primero tiene que darte
algunas derrotas.

Quizá la intención de su padre al hablarle el día


anterior sobre lo que debería hacer fue de las me-
jores. Sin embargo, lo que Joaquín realmente nece-
sitaba escuchar era algo parecido a lo que el doctor
64 Zapata le está diciendo en ese momento.

—Entiendo lo que me dice, doctor. Muchas gra-


cias… otra vez.

—Nada que agradecer. Olvídate por unos días


del caso Villanela, deja que tu cerebro se oxigene.

—Buena idea.

—Y, para ayudarte, tengo unos escritos con los


que quiero que me apoyes. —A diferencia de Joa-
quín, el doctor Zapata no reprime nada, deja esca-
par una carcajada. Más allá de lo sucedido con el
caso, se nota feliz de que su aprendiz esté de regre-
so—. Ve con Chris y pregúntale por ellos.
El defensor

Joaquín se despide y va donde la administradora


del estudio: se para frente al escritorio de Chris y
le pregunta por los documentos. Mientras la chica
busca entre los expedientes, Joaquín le hace un co-
mentario sobre su nuevo peinado.

—Te queda bonito —hacía rato que quería ha-


cerle un comentario como ese.

—Gracias… Joaquín —Chris procura no levan-


tar la mirada para que nadie vea que se ha sonro-
jado.

Después de haber logrado su cometido con éxi-


to, Joaquín va a su escritorio y empieza el papeleo. 65
Hace un par de llamadas y resuelve algunas consul-
tas de posibles clientes.

Si de eso se trata el día a día de un abogado liti-


gante, le está gustando más de lo que esperaba.
Nace una estrella

Cinco semanas después, Joaquín Montero está de


vuelta en la Sala Penal Nacional y en una sala inclu-
so más grande que en la que se celebró la audiencia
anterior. Todo luce exactamente igual, salvo por un
par de detalles: esta vez son tres jueces, ya no uno.
El fiscal Fausto Martínez es historia, quien se en-
cuentra en la mesa de la fiscalía es el jefe de este, el
fiscal superior Armando Quispe, quien se ha acer- 67
cado a estrechar la mano de Joaquín, y que él ha
interpretado como un buen signo de la audiencia
por delante; y, por último, el terno que lleva el jo-
ven abogado ya no es alquilado.

Es propio: se lo compró la semana anterior con


un bono extra que le dio el doctor Zapata por una
gestión en favor de otro de sus clientes, un hombre al
que libraron de pagar una indemnización absurda.

Una vez más, Marco Villanela vuelve a sentarse


junto a él: la cárcel le ha quitado varios kilos de en-
cima, pero eso no impide que estreche la mano de
Joaquín con energía.

—Me alegro de verlo, doctor —le dice.


Jefferson Moreno Nieves

Su esposa e hijas también están presentes, el gru-


po de mujeres está inmerso en una plegaria colecti-
va. Excelente, piensa Joaquín, toda ayuda es bien-
venida.

El reloj marca las nueve en punto de la mañana.

Cuando la sesión da inicio, Joaquín Montero se


siente más que listo: después de que los jueces le
otorgan la palabra, se presenta e inicia su alocución.
Tal como se lo aconsejó el doctor Zapata, hace es-
pecial énfasis en la ausencia de motivación en la
decisión tomada por el juez Richard Contreras.

68 —Lamentablemente, el juez concluyó la au-


diencia antes de que cualquiera de los allí presentes
hubiera tenido oportunidad de conocer los moti-
vos de su decisión. Creo yo, señores miembros del
tribunal, que el destino de una persona requiere
una mayor responsabilidad por parte de aquellos
a quienes les toca decidir acerca de dicho destino.

Y ahí está, el toque humano, otro de los aspectos


que se prometió resaltar en su nueva intervención.
Es importante aprender y recordar que el derecho
penal no son solo libros, sino las personas a las que
puede afectar o no lo que está escrito en ellos.

También le gustaría decir eso, pero ya sería un


exceso.
El defensor

No puede afirmarlo a ciencia cierta, pero cree


que su desempeño es aún mejor que la vez anterior.

Es todo.

Cuando termina, Joaquín Montero vuelve a sen-


tarse para oír el discurso de su contraparte, que es,
palabras más, palabras menos, la misma que diera
en su momento el fiscal Fausto Martínez.

Poco después, los jueces llaman al receso y, otra


vez, Joaquín va a buscar refugio al menú que tiene
a dos cuadras de la Corte.

69
De camino a la salida, se encuentra con algo que
antes no estaba allí: un grupo de periodistas.

Al parecer, un juicio sumamente importante se


lleva a cabo en otra de las salas. Uno de los pe-
riodistas se acerca a Joaquín para preguntarle si él
también forma parte de la defensa de aquel político
que ha ido a comparecer ese mismo día.

—No —responde, sin tener en cuenta el celu-


lar que el periodista le aproxima a la cara—, yo he
venido a defender a un hombre acusado de ser el
mayor narcotraficante del país.

Sin esperar a que el periodista pueda realizarle


otra pregunta, sigue su camino, cruzando los dedos
Jefferson Moreno Nieves

para encontrar una mesa disponible en el restau-


rante.

Ese día la fortuna le sonríe, hay una mesa espe-


rando por él y, por si fuera poco, el plato del día es
el lomo saltado, su favorito.

Una hora después, al regresar a la sala, escabu-


lléndose entre los periodistas que ahora son más,
Joaquín Montero se promete no cometer el mismo
error de la vez anterior y cantar victoria antes de
tiempo: escuchará el veredicto de los jueces con la
mayor prudencia posible.

70 —¿Qué pasará si me ratifican la prisión, doctor?


—le pregunta Villanela, quien apenas puede conte-
ner su desesperación.

—No pensemos en eso aún —responde Joaquín,


comprobando que su aplomo no solo es una cues-
tión de apariencia, sino que lo tiene totalmente in-
teriorizado—, esperemos la decisión con confianza.

—Está bien, doctor. Está bien.

Cuando los jueces vuelven a ocupar sus lugares


y la sala queda en silencio, Joaquín se encarga de
eliminar cualquier otro pensamiento que lo pue-
da distraer. Incluida aquella afectuosa despedida de
Chris de hace dos días que lo dejó algo encandilado:
El defensor

«Vuelve para que me cuentes todo», le dijo la admi-


nistradora del estudio del doctor Zapata después de
darle un tibio beso en la mejilla.

—Los miembros de la sala hemos tomado una


decisión —dice el miembro más joven de la terna, un
juez apellidado Carsasto, que no debe tener menos de
sesenta años—. Esta sala ha decidido revocar la re-
solución de prisión en contra del imputado Marco
Villanela debido a la ilegalidad evidente con la que
se realizaron las escuchas telefónicas, la ausencia de
corroboración de la declaración de los colaborado-
res eficaces y la ausencia de argumentación de un
peligro procesal concreto. Por lo tanto, ordenamos
la liberación inmediata del señor Villanela. 71

El grito de Olga Merino rompe la solemnidad de


la sala. El juez Carsasto hace un llamado a la calma
y continúa con la lectura de la nueva resolución.

Si fuera por Joaquín, habría dado un grito aún


más potente: ha ganado su primer caso como abo-
gado titular.

Y nada menos que en la Sala Penal Nacional.

«¡En la Champions!», como diría Emerson.

Los ojos de Villanela vuelven a estar anegados


en lágrimas, pero esta vez de alegría. Ni siquiera
Jefferson Moreno Nieves

espera que los agentes de la SUAT le quiten las


esposas para intentar darle un abrazo a Joaquín,
quien no lo evita.

—¡Gracias, doctor! ¡Muchas gracias!

El juez Carsasto desiste de hacer un segundo


llamado al orden: prefiere terminar de leer la nueva
resolución cuanto antes y dar por concluida la sesión.

Junto con los abrazos de su cliente, llegan los de


la familia. Las hijas de Villanela se arremolinan a su
alrededor como si el padre liberado fuera él.

72 Es el final feliz con el que vienen soñando desde


hace más de dos meses.

—Venga a cenar con nosotras, doctor —lo ani-


ma Olga Merino, cuyo rostro también luce bañado
en lágrimas—. Venga mientras esperamos que de-
jen salir a mi marido.

—Sí, doctor —agrega Villanela—, para celebrar


el resultado.

Joaquín agradece la invitación y acepta: se pon-


drán en contacto más tarde para ver el lugar de en-
cuentro.

—Mientras tanto, me gustaría ir a mi hotel a


descansar un poco —dice para disculparse.
El defensor

—Excelente, doctor, no hay problema —res-


ponde Olga Merino. Antes de volver a abrazarlo, le
pregunta—: ¿Le gusta el chifa?

El rostro de Joaquín Montero debe lucir más


sonriente de lo que cree, pues, al salir, es abordado
por tres periodistas, incluido el que se le acercó más
temprano, cuando iba de salida para almorzar.

—Doctor, ¿cómo concluyó la audiencia? —pre-


gunta este.

—Cuéntenos, ¿qué va a pasar con el señor Villa- 73


nela? —dice otro.

—¿Son ciertas las acusaciones que hacen de él


diciendo que es un peligroso narco?

—Doctor…

Lo acribillan a preguntas. Joaquín no sabe a


quién responder primero, de modo que ensaya un
breve resumen de lo ocurrido desde la captura de
su cliente.

Mientras va relatando lo ocurrido, más periodis-


tas se suman. Un par de flashes sorpresivos lo hacen
parpadear.
Jefferson Moreno Nieves

Joaquín Montero aún no lo sabe, pero aquella es


su primera rueda de prensa.

Está a punto de convertirse en la nueva y prome-


tedora estrella del derecho penal.

74
El primer político

Fueron tres días de felicitaciones y fiesta ininte-


rrumpida. Joaquín piensa que quizá el alboroto
habría sido menos de no haber aparecido aquellas
notas en los periódicos.

A su llegada a Huaraz, su madre lo había recibido


con la mesa de desayuno cubierta con todos los ejem-
plares que fue capaz de conseguir en el quiosco.
75
«Villanela libre de cargos», rezaba El Comercio en
una de sus páginas centrales.

«Joven abogado huaracino libra a Villanela de


acusación por narcotráfico» o «Abogado huaracino
gana prisión en la corte más importante del país»,
era lo que decían los diarios locales.

Sin embargo, había uno que resaltaba entre to-


dos. El titular de El Men decía lo siguiente:

«Abogado pulpín la rompe y saca de cana a te-


rrible narco».
Jefferson Moreno Nieves

Diego, el hermano menor de Joaquín, compró


una copia de este último solo para él:

—Lo voy a tener a mano para que no te la vayas


a creer mucho, abogado pulpín —después de eso,
había empezado a carcajearse hasta que acabó do-
blado en el suelo.

Su padre tampoco tardó mucho en ponerse en


contacto con él para felicitarlo.

A su manera.

—Bien jugado, flaco. La próxima vez que salgas


76 en el periódico quiero verte abrazado de una vede-
te, ya sabes.

Su madre preparó una cena con todo lo que a


Joaquín más le gustaba: picante de cuy y su res-
pectivo tocosh. Llamó a un par de tías y primos, y
la casa se llenó de música hasta la madrugada. Por
suerte, al día siguiente era sábado.

La invitación de Emerson tampoco se hizo es-


perar:

—Los goles se gritan y las libertades se celebran,


esa es la cábala, hermano. Nos encontramos a las
siete —y, antes de colgar, le soltó el puntillazo—:
¡Abogado pulpín!
El defensor

La mañana del domingo, Joaquín se encontró


a sí mismo en un restaurante que atendía las vein-
ticuatro horas, frente a un gran plato de caldo de
cabeza. Junto a él, encontró a Emerson dormido,
con la frente pegada a la mesa y su plato vacío.

Joaquín se pasó el resto del día durmiendo.

Al día siguiente tenía que estar a primera hora de


vuelta en la oficina.

En el estudio del doctor Zapata, nadie se ha


detenido demasiado en analizar los titulares de la 77
prensa. El verdadero impacto de la audiencia gana-
da se traduce en las constantes llamadas telefónicas
y solicitudes de consulta que están recibiendo des-
de que empezó la mañana.

Al llegar, Joaquín encuentra a Chris con el te-


léfono en una oreja y el celular del estudio que no
para de sonar.

Al ver a Joaquín le dedica un breve guiño que


él no tarda en interpretar como la promesa de,
cuando esté menos ocupada, saludarlo apropiada-
mente.

Sus demás compañeros también se apresuran a


saludarlo. Joaquín recibe más invitaciones a comer
Jefferson Moreno Nieves

y beber, que lo único que logran es revolverle el


estómago.

Las acepta mientras piensa en alguna excusa de


último momento para cada una de ellas.

—El doctor te está esperando —le dice Gian-


franco, un practicante que no tiene más de dos se-
manas en el estudio.

Joaquín se dirige al despacho del doctor Zapata


y toca la puerta. Al no obtener respuesta, se asoma.
Su jefe, al igual que Chris, también está al teléfono.

78 Le hace una seña y Joaquín entra.

—Jamás me gustó dar entrevistas ni ese tipo de


cosas que poco tienen que ver con articular una
buena defensa —le dice a Joaquín después de ter-
minar la llamada—, pero entiendo que hoy en día
lo que piense la opinión pública suele importar casi
lo mismo que lo que piensen los jueces, ¿verdad?
¿Qué tal tu fin de semana?

Joaquín le hace un breve recuento de lo que fue-


ron las constantes celebraciones con sus familiares
y amigos: su resaca y ojeras son prueba de ello.

Luego, aprovecha la oportunidad para agradecer


una vez más la confianza puesta en él.
El defensor

—Sabía en todo momento lo que estaba hacien-


do. Así que «de nada», pero el mérito es todo tuyo.
Lo cual me lleva al tema del que quiero hablarte
con urgencia. En realidad son dos, pero vamos por
el primero.

—Lo escucho, doctor.

—Antes de escuchar, quiero que leas esto.

El doctor Zapata desliza un documento hacia él.

Joaquín lee las primeras dos líneas y de inmedia-


to sabe de qué se trata.
79
—Es un contrato —dice volviendo a levantar la
mirada.

—No, no es «un» contrato. Es «tu» contrato.


Desde ahora, si decides firmar, pasarás a ser abogado
titular. Con todo lo que implica ser un abogado ti-
tular. Te acondicionaremos una oficina solo para ti
y, claro está, el sueldo acorde con tu nuevo cargo.

Joaquín no necesita preguntar de cuánto dinero


se trata, lo sabe de sobra.

Su rostro sorprendido —o turbado— le hace sa-


ber a su jefe que quizá necesite explicar un poco
más la situación.
Jefferson Moreno Nieves

El doctor Zapata se aclara la garganta:

—En cualquier momento empezarás a recibir


llamadas de otros estudios, cada cual con promesas
que van a entrar a tu cabeza como cantos de sirena.
Te van a querer jalar a sus filas. No digo que esto
esté mal, para nada, lo tienes más que merecido;
pero, ya que vas a recibir muchas propuestas, quie-
ro aprovechar mi lugar de privilegio para hacerte
llegar la mía primero. Si gustas puedes pensarlo,
llevarte el documento a casa y leerlo con más…

Joaquín no lo deja terminar: toma el bolígrafo


que tiene más a mano y firma el contrato en un
80 segundo.

Se lo desliza de vuelta a su jefe:

—Doctor, yo…

—Felicidades —el doctor Zapata le extiende la


mano para cerrar el trato: el apretón dura lo su-
ficiente para dejar constancia de la confianza que
se tienen uno a otro—. Bien —dice finalmente el
abogado—, resuelto este primer asunto, pasemos
al siguiente.

—¿De qué se trata, doctor?

—Tu próximo caso, ¿qué otra cosa puede ser?


Debes estar listo, vienen a verte hoy por la tarde.
El defensor

Y mira cómo son las cosas, igual que tú, tu cliente


también ha salido en los periódicos durante el fin
de semana.

El doctor Zapata retira el contrato del escritorio


y, en su lugar, coloca la primera página de un dia-
rio: el titular le resulta familiar a Joaquín.

Es un tema del que todo mundo parece estar ha-


blando en Huaraz.

«Gobernador regional en prisión, acusado de re-


cibir sobornos».

La foto que acompaña es la de Manrique Vargas, 81


máxima autoridad en la región: camina cabizbajo
entre un par de policías y lleva una chaqueta sobre
las manos para cubrir las esposas.

—¿Él? —pregunta Joaquín mirando a su jefe.

—Así es, muchacho —el doctor asiente satisfe-


cho—: estás a punto de defender a un verdadero
pez gordo, tu primer político.

Manrique Vargas tiene cincuenta y nueve años,


y los últimos treinta los ha dedicado a la políti-
ca. Empezó como regidor de la Municipalidad de
Huaraz y desde entonces no se ha detenido hasta
Jefferson Moreno Nieves

ocupar el máximo cargo de la región. Entremedio


fue alcalde durante un periodo y congresista duran-
te dos, lo que calza en la descripción de lo que se
conoce como un «político de carrera».

También ha sido acusado de unos cuantos deli-


tos durante aquellos treinta años, lo que tampoco
parece estar muy alejado de dicha descripción.

El más conocido de todos ellos es una curiosa


falsificación en su hoja de vida, dentro de los docu-
mentos remitidos al Jurado Nacional de Elecciones.
Durante algunos de sus varios procesos de postula-
ción figuraba un diploma expedido por una presti-
82 giosa escuela de cocina de Chile. Nada menos.

Todo parecía estar en regla, salvo por un peque-


ño —aunque evidente— error en el nombre que
figuraba en el encabezado:

«Instituto Culinario Le Gordon Bleu».

No fueron pocos los periodistas que se apresu-


raron a constatar que, en sus más de cien años de
historia, el prestigioso instituto jamás habría come-
tido un error como ese. También constataron que,
en dicho lapso, tampoco había tenido a un alumno
proveniente del Perú llamado Manrique Vargas.

«Falsa declaración en proceso administrativo»:


una raya más al tigre.
El defensor

Más allá del escándalo y las bromas que desató,


el impasse fue rápidamente solucionado.

Manrique Vargas ganó la elección con un mar-


gen que solo el sensacionalismo fue capaz de otor-
garle.

Sin embargo, esta vez, es diferente.

No se trata de simples rumores o de trascendidos


de la prensa a raíz de algún comentario de sus opo-
sitores políticos.

Esta vez, la fiscalía está de por medio: es el tipo


de oportunidad por la que los miembros del Minis- 83
terio Público han estado esperando. Para ellos, es el
típico sujeto impune al que le ha tocado su hora.

Y hasta donde saben, el objetivo se está cum-


pliendo. Vargas, gobernador de la región Áncash,
lleva ya dos noches durmiendo en una celda a la
espera de ser trasladado al penal.

Aunque en primera instancia fue absuelto, la


apelación de fiscalía había dado frutos. La Sala de
Apelaciones revocó la decisión, lo condenó a una
pena privativa de libertad efectiva y ordenó su in-
ternamiento en el establecimiento penitenciario de
Huaraz.
Jefferson Moreno Nieves

Son las cuatro y veinte de la tarde cuando Bety


Aguirre, esposa de Vargas, entra a la sala de reunio-
nes donde la esperan Joaquín y el doctor Zapata:
ambos abogados se levantan en señal de respeto.

La señora Aguirre va vestida con un elegante tra-


je rojo y usa unas gafas oscuras que, por el enroje-
cimiento en su nariz, Joaquín no cree que vaya a
quitarse: es la segunda esposa sollozante que ve en
menos de una semana.

—Disculpen la demora —dice obviando el sa-


ludo.

84 —Descuide, señora, tome asiento, por favor —


el doctor Zapata es quien llevará adelante la entre-
vista.

—Gracias.

—Recibimos la sentencia de la sala hace unos


minutos y ya la estamos imprimiendo. Mientras
tanto, quisiera que nos cuente cómo han sucedido
las cosas hasta ahora, señora Aguirre.

La mujer escarba entre su bolso en busca de algo,


poco después saca un pañuelo para secarse la nariz:

—Se lo llevaron hace tres días, entraron durante la


noche como si fueran ladrones. Nuestros hijos no han
vuelto a dormir desde entonces. Tienen miedo, como
El defensor

es lógico. —La mujer se toma un segundo para evi-


tar romper en llanto nuevamente, el tiempo de lamen-
tarse ya pasó—. Lo están involucrando injustamente,
lo acusan de colusión y de no sé qué cosas más.

—Es por lo del estadio, ¿verdad? —se anima a


preguntar Joaquín.

La mujer asiente mientras se lleva el pañuelo a la


nariz por enésima vez:

—Es cosa del comité de selección, de los inge-


nieros y del contratista: ellos son los que han co-
metido el delito. Mi esposo no tiene nada que ver
con eso, lo único que hace es trabajar por la gente y 85
soportar el ataque de sus enemigos políticos.

El breve discurso de Bety Aguirre es el que cabe


esperar de una mujer que ha sido parte de un buen
número de campañas políticas. Aun así, Joaquín se
guarda de establecer cualquier juicio al respecto.

Después de todo, la mujer que tiene al frente y


su esposo son sus clientes.

—Descuide, señora Aguirre —la tranquiliza el


doctor Zapata—, nos encargaremos personalmen-
te del caso de su esposo. Por si no lo sabe, aquí
el doctor Montero acaba de obtener un veredicto
favorable en la Sala Penal Nacional, por lo que ya
tiene una buena experiencia a su favor.
Jefferson Moreno Nieves

Algo de lo dicho por su jefe causa cierta extrañe-


za en Joaquín. Sin embargo, no cree conveniente
interrumpirlo, las preguntas las hará cuando la mu-
jer se haya marchado.

—Eso está bien —dice ella—, pero lo que quie-


ro es que saquen a mi esposo de prisión ya mismo.
Sé que lo piensan trasladar al penal de Huaraz hoy,
de modo que no hay tiempo que perder.

Zapata asiente:

—Entiendo su preocupación, pero en ese caso


no hay nada que se pueda hacer: lo único que queda
86 es esperar la audiencia de casación. —Antes de que
la señora Aguirre pueda protestar, el abogado pone
ambas manos por delante y continúa—. Aún tene-
mos un par de semanas hasta la audiencia, de modo
que estamos a tiempo de prepararnos bien y llevar
adelante una buena defensa. Puede estar tranquila.

Bety Aguirre abre la boca para decir algo más,


pero se detiene.

Vacila un poco y, finalmente, guarda su pañuelo


en su bolso y se pone de pie.

—Les agradezco mucho, doctores —les ofrece


una mano de uñas color carmesí—. Estoy disponi-
ble a cualquier hora por si necesitan algo.
El defensor

—Lo mismo le digo —dice el doctor Zapata.

La mujer abandona la sala dejando tras de sí un


perfume dulzón e intenso.

El doctor Zapata se vuelve hacia Joaquín:

—Puedes pasar por tu copia del expediente don-


de Chris en media hora, son varias hojas. Dale una
leída, luego dale otra y otra más, y conversamos
mañana por la mañana aquí mismo. Anda pensan-
do quién del estudio quieres que te asista porque
lo vas a necesitas. Ahora tengo una reunión, pero 87
si tienes alguna duda, envíame un mensaje, no hay
problema. De más está decir que este caso es im-
portante, Joaquín. Incluso más que el de Villanela.

La mención al caso anterior le recuerda a Joa-


quín que tenía una pregunta para su jefe.

—Doctor.

—Diga.
Jefferson Moreno Nieves

—Creí escuchar que mencionó a la Sala Penal


Nacional. ¿Fue por alguna razón en específico?

—Claro —el doctor Zapata se alisa el cabello,


preparándose para abandonar la sala también—, es
importante recalcar tu resultado anterior en vista
de que vas a ir a litigar a la Corte Suprema.

—¿A la qué? —Joaquín está seguro de haber


oído mal.

—A la Suprema, con jueces supremos, cinco de


ellos —y después, mirando lo pálido que su dis-
cípulo se ha puesto, añade—. Qué bueno que te
88 compraste un traje nuevo.

El doctor Zapata sale. Joaquín se queda de pie


durante unos instantes.

Pronto se da cuenta de que la impresión aún ani-


da en sus piernas, de modo que decide sentarse.
La cita

Han pasado más de veinticuatro horas y los nervios


que lo recorren son aún peores que los que sintió
al enterarse de que iba a litigar en la Corte Supre-
ma. La transpiración recorre el cuerpo de Joaquín
haciéndole pensar que, si Chris se demora un par
de minutos más, no le va a quedar otra que ir a
conseguir una camisa nueva.
89
La gente que entra al cine pasa junto a él sin per-
catarse del aspecto que tiene: de hacerlo, creerían
que lleva una bomba a punto de estallar bajo los
zapatos o algo por el estilo.

Para Joaquín se siente justo así. La idea de co-


rrer de vuelta a casa a sumergirse en el expediente
Vargas le ha pasado por la cabeza una inquietante
cantidad de veces.

Pero se ha obligado a no moverse.

A esperar que den las ocho en punto para ver


llegar a su cita.

¿Cita?, se pregunta.
Jefferson Moreno Nieves

La sola palabra lo pone aún más tenso. Ha inten-


tado convencerse de que solo se trata de una salida
de amigos, de compañeros de oficina, aunque no
ha tenido mucho éxito. No puede evitar ser su pro-
pio abogado e intentar defenderse de las acusacio-
nes que su misma conciencia le hace. Sus alegatos
son los siguientes:

1. No puede demostrarse que quiera entablar


alguna relación sentimental con Chris. Su
salida no va más allá de la intención de se-
guir cultivando una linda amistad.
2. En ningún momento mi invitación ha teni-
90 do sesgo de índole romántico o sexual. No
tengo testigos para afirmarlo, pero tampoco
los hay para afirmar lo contrario.
3. En tanto la cita aún no se ha llevado a cabo,
no existe hecho susceptible de juicio.
4. Además…
En el momento que se imagina el rostro enoja-
do del doctor Zapata ha reculado y ha empezado a
pensar en cualquier otra cosa.

Le parece que lleva parado ahí varios días, cuan-


do, en realidad, no hace más de cuatro minutos que
ha llegado al centro comercial. ¿Se habrá puesto la
suficiente cantidad de perfume? ¿Tendrá algún ca-
bello levantado a mitad del cráneo? ¿Debería haber
El defensor

comprado alguna menta para el buen aliento? ¿Hay


tiempo aún para eso?

Cuando cree imposible seguir aguantando los


nervios y teme acabar desmayado o ser víctima de
un paro cardiaco, una figura llama su atención a
media cuadra de distancia.

Le es familiar, aunque no del todo.

Los jeans, las botas largas, la blusa y el corte de


cabello son nuevos, y, cuando la tiene más cerca, se
da cuenta de que el maquillaje también lo es.

Lo que resulta igual es la mirada chispeante y la 91


expresión en el rostro de Chris: siempre a punto de
dejar escapar una sonrisa.

En apenas una fracción de segundo, Joaquín al-


canza a preguntarse cómo fue que se animó a invi-
tarla a salir, ya no está seguro de si fue premeditado
o si surgió en el momento que se le acercó a pedirle
la copia del expediente. Quizá fue un efecto colate-
ral del shock que llevaba luego de la entrevista con
la esposa de su nuevo cliente.

De todas formas, nada de eso importa ya: Chris


llega hasta él y le ofrece la mejilla para que puedan
saludarse.
Jefferson Moreno Nieves

Cuando Joaquín acerca los labios a la mejilla de


la chica, lo único de lo que está seguro es que se
alegra de haberlo hecho.

Dos horas después, Joaquín Montero apenas re-


cuerda nada de la película: había un sujeto con un
perro (¿o era un tipo de dragón?), algunos policías
y una puerta a otra dimensión.

O algo así.

El grueso de su atención ha estado en Chris y to-


92 das las veces que sus manos se han rozado al tomar
canchita del mismo balde.

Salen del cine y caminan en dirección al para-


dero. A Joaquín le hubiera encantado invitarla a
cenar, pero sabe que lo mejor para ambos es irse a
casa temprano.

—Me gustó mucho la película. Me reí como una


loca en la parte de la boda —dice Chris, aún ensi-
mismada en lo que acaba de ver.

—Sí, también fue mi parte favorita —responde


Joaquín sin tener la menor idea de a qué se refiere
la chica.
El defensor

—Joaquín —Chris se planta frente a él con los


brazos en jarras—: no hubo ninguna escena de
boda en la película. ¿En qué has estado pensado
todo este tiempo?

Está acorralado.

Intenta elucubrar alguna excusa que no sue-


ne demasiado incómoda, pero es la misma Chris
quien se encarga de dársela.

—Es por el caso de Vargas, ¿verdad? El doctor


Zapata dijo que era un caso muy importante y que
ibas a litigar en la Corte Suprema.
93
Bastante convincente, piensa Joaquín, y decide
seguir por ahí:

—La verdad es que sí —clava la mirada en el


suelo—. Lo lamento, no quiero que pienses que no
me divertí contigo. De hecho… me gusta mucho.
Es solo que sigo pensando en que tuve suerte en el
caso anterior y que quizá esta vez no me vaya igual.

Lo que sucede a continuación no se lo espera:


Chris toma su rostro con ambas manos y, suave-
mente, vuelve a levantar su mirada:

—Tranquilo, te entiendo perfectamente, pero


estás equivocado: no fue suerte. Fuiste tú.
Jefferson Moreno Nieves

Joaquín la mira a los ojos y siente que sería capaz


de creer cualquier cosa que Chris le dijera en ese
momento.

Es cierto que no se conocen hace mucho, pero,


sin saber cómo, la humildad y la alegría que todo el
tiempo parecen gobernar el alma de Chris salieron
a relucir muy pronto: su manera de dar los bue-
nos días, el trato que deparaba a todos por igual y
una costumbre de tararear alguna canción mientras
tecleaba en la computadora. Todas ellas señales de
una persona cuya bondad y buen corazón es solo
equiparable a los finos rasgos que componen su be-
lleza física.
94
—Sí, quizá será difícil, pero también es cierto
que cuentas con toda la capacidad y el talento ne-
cesarios para poder hacer una buena defensa.

—¿Tú… estás segura de eso?

—Tan segura como que no hubo una boda en


la película que acabamos de ver. O bueno, que yo
acabo de ver —por fin quita las manos del rostro
de Joaquín y se ríe dejando a la vista su blanca y
perfecta dentadura.

—Oye, yo también la vi —ahora es Joaquín


quien pone los brazos en jarras—. Me gustó la par-
te en donde aparece el doctor y le dice que…
El defensor

—Joaquín, no había ningún doctor.

—¿Enfermera?

—Nada.

—¿Científico?

—Frío, frío. —Chris se da media vuelta y em-


pieza a caminar hacia el paradero.

La noche es tibia e invita a disfrutar de la vida


en la calle: no son la única pareja que camina entre
abrazos y risas.
95
—Tiene que ser algo como eso, el tipo tenía
bata. —Joaquín la sigue a medida que disfruta cada
segundo de aquella despedida—. ¡Cocinero! ¡Tiene
que ser un cocinero!

Chris vuelve a negar con la cabeza.

Se despiden pocos minutos después.

Ambos con una sonrisa en el rostro.


La estrategia de defensa

Los días corren entre denuncias, defensas y, claro


está, entre los documentos que comprenden el caso
de Manrique Vargas. Joaquín siente que conoce la
vida del político mejor que la suya propia.

La acusación de la fiscalía es clara: creen haber


encontrado irregularidades en el proceso de lici-
tación para la construcción del nuevo estadio de-
portivo de la región, un megaproyecto de varios 97
millones de soles que Vargas prometió durante su
campaña. Otra de las empresas que se presentó a la
licitación y perdió había dado la alerta.

¿Los indicios de colusión? Un aparente soplo por


parte del comité seleccionador para que la empre-
sa que resultó ganadora diera un monto de apenas
unos soles menos inmediatamente después de que
las otras empresas concursantes enviaran sus pro-
puestas. Además de eso, una supuesta coima, una
carta fianza falsificada y, por si fuera poco, unas fo-
tografías tomadas en una playa del Caribe en las
que aparecen, bronceados y sonrientes, abrazados
el uno del otro, el presidente del comité de selec-
ción junto con el dueño de la empresa ganadora.
Jefferson Moreno Nieves

Era claro por qué los fiscales a cargo del caso, quie-
nes desde hacía mucho venían tras la pista de Vargas,
se encontraban salivando por iniciar el juicio y ce-
lebraron su condena a nivel de la Sala de Apelaciones.

—Eso, y que también hay mucha envidia —afir-


mó Emerson, mientras Joaquín y él se encontra-
ban pasando una tarde de viernes en El Rincón del
Chato, su cebichería preferida.

—¿Envidia?

—Claro. Piénsalo, hermano —Emerson apartó


las botellas de cerveza vacías para acercarse más a
98 su amigo—: los políticos y empresarios se la gozan
mucho más que los fiscales. Siempre andan en
mejores carros y se van de viaje más seguido.

—Eso parece —respondió Joaquín, haciendo


«salud» y apurando su vaso. Empezaba a pensar
que durante los últimos dos meses había ingerido
la misma cantidad de alcohol que durante el resto
de su vida, empezaba a ganar experiencia también
en ese aspecto—. ¿Y qué me dices de nosotros, los
abogados? ¿También nos tendrán envidia?

Emerson soltó una risotada:

—¿Envidia? ¡Envidia es poco, hermano! Pon-


te a pensar —hizo una breve pausa para llamar al
mesero y mostrarle dos dedos—. Imagínate que tú
El defensor

andes chambeando duro y parejo por años de años,


y que venga un chibolo de veintitantos y se siente
frente a ti en un juicio con un reloj que vale lo mis-
mo que tú ganas en seis meses.

—Yo no uso reloj.

—Pero seguro lo vas a usar, hermano, y pronto.


Y ahí te vas a dar cuenta lo que les jode que así sean
las reglas del juego.

—Tú hablas como si tuvieras más experiencia


que todos los abogados juntos, compadre —dijo
Joaquín—, y eso que recién vas a entrar a practicar.
99
Emerson se ruborizó mientras sonreía muy a su
pesar. Casi se había olvidado de que aquella era la
verdadera razón por la que habían quedado en la
cebichería: celebrar que Joaquín le acaba de conse-
guir prácticas en el estudio del doctor Zapata.

Inmediatamente después, Joaquín lo había con-


vocado para el equipo que se encargaría de la de-
fensa de Vargas.

—Ya, ya, compadre, no me vaciles tampoco —


dijo Emerson, después de volver a llenar su vaso—.
Lo que te digo no es por experiencia, es por sentido
común. Y algo me dice que te va a tocar verlo cuan-
do estés ahí en la Suprema.
Jefferson Moreno Nieves

—Veremos, compadre. Salud.

—Doctor, por favor.

—¡Ah caray! Perdón. Salud, doctor.

—Salud, colega.

No les ha tomado más de una semana delinear


los pilares de su defensa: la clave es el principio de
confianza. Manrique Vargas, como gobernador re-
gional, no puede tener la cabeza en todos los asuntos
que conciernen a su gestión; por lo tanto, debe po-
100
der delegar ciertas responsabilidades en su equipo.

Si acaso había cometido un error, fue confiar en


las personas incorrectas.

—Sobre el soborno, no hay más que una sospecha


—le dice Joaquín a su equipo. Lo conforman Giu-
liana Moreno, Nino Morales y, por supuesto, el más
reciente fichaje del estudio: Emerson Delgado. Todos
ellos con distintas funciones dependiendo de su nivel
de experiencia—. La carta fianza y las fotos del Caribe
son asuntos de los que se tendrán que ocupar los abo-
gados de los demás acusados. ¿Alguna pregunta?

Los practicantes —a cuyo grupo pertenecía Joaquín


hasta hace poco— niegan con la cabeza al unísono.
El defensor

—Bien, a trabajar, entonces —y los despide.

Ocasionalmente, Joaquín toca la puerta del des-


pacho del doctor Zapata para mostrarle partes de
su argumentación y preguntarle si va por buen ca-
mino: el abogado siempre le responde con un pul-
gar arriba.

Además de sus continuas visitas a El Rincón del


Chato, Joaquín Montero empieza a tomar otros
nuevos hábitos: se queda en la oficina hasta pasada
la medianoche. Las veces en las que se olvida por
completo de la hora, su madre se encarga de re-
cordársela: siempre lo espera con la luz de la cocina
prendida y presta a calentarle un plato de comida. 101

—No tienes que hacerlo, mamá. Yo veo qué como.

—Nada de eso —le responde su madre, sin


apartar la ceñuda mirada de la hornilla—. Con lo
flaco que estás, no quiero que desaparezcas.

Una de esas noches, al llegar a casa, se percata de


que su madre no es la única que está despierta, senta-
da a la mesa.

También está su padre.

—Flaco —lo saluda Felipe Montero, poniéndo-


se de pie rápidamente—, ¿vienes de la oficina o de
otro lado?
Jefferson Moreno Nieves

Joaquín le pasa un brazo por los hombros, al tiem-


po que repara en la actitud de su madre: a diferencia
de cualquier otra noche, lo saluda sin mirarlo, es-
condiendo su rostro como avergonzada de algo.

—¿Qué estás haciendo por acá? —le pregunta


Joaquín a su padre, sospechando que es el culpable.

—Nada, nada, quería preguntarle a tu mamá si


tenía los documentos del carro porque yo no los
encuentro por ningún lado. Me ha dicho que los va
a buscar. —El hombre también evita mirar a Joa-
quín a la cara. Avanza en dirección a la salida—. Ya
tengo que volar. Si tú ves algo, me avisas, pues.
102
—Sí, claro, papá.

—Bueno. Nos hablamos. Chau, flaco.

Y, sin más, se marcha.

—¿Qué quería? —pregunta Joaquín cuando el


rugido del motor termina de perderse a lo lejos.

Su madre remueve la comida en la sartén con la


concentración de un cirujano:

—Nada, hijo, ya sabes cómo es tu padre. Anda


metido en mil cosas de las que después no sabe
cómo salir.

—¿De qué se trata ahora?


El defensor

—Quiere un favor, dice.

No es necesario que sea más específica:

—Quiere plata, ¿no? —Joaquín deja su saco en


el respaldo de una silla y se acerca más a su ma-
dre—. ¿Cuánto quería? ¿Para qué?

—Dice que para un tema con unos amigos o de


un negocio, ya ni sé, ya ves lo engatusador que es y
no se le entiende nada.

Continuaron la conversación cuando el plato de


comida ya humeaba sobre la mesa.
103
—¿Pero cuánto quería, mamá? —Joaquín hace
la pregunta con desgano, simplemente por llenar el
silencio que corresponde a las horas de sueño, las
horas en la oficina han consumido toda la energía
que le quedaba en el cuerpo.

—Creo que cinco mil o diez mil —la mujer vuel-


ve a colocar la sartén, ahora limpia, sobre la horni-
lla. Se sienta frente a su hijo y se abraza a sí misma
para ahuyentar el frío—. Era un monto fuerte.

—Debe estar medio desesperado para venir a


hablarte de eso a estas horas.

—Supongo, pero esa cantidad yo no la tengo.

—Pero algo le vas a prestar.


Jefferson Moreno Nieves

—No lo sé, no creo.

En el fondo, Joaquín sabe que su madre acabará


cediendo: verá un modo de conseguir lo que pueda
y se lo dará a su padre.

No sería la primera vez.

Antes, sobre todo con Diego, han discutido por


eso: el menor de los Montero no soporta que su
madre tenga que correr a apagar los incendios que
el viejo provoca.

A Joaquín tampoco le hace mucha gracia, pero


nunca se ha creído con la suficiente autoridad mo-
104 ral para reclamarle algo, lo que sea, a su madre.

Ella sospecha lo que está pensando y se levanta


de la mesa, acerca sus labios a la frente de Joaquín
y le da un beso.

—Ya olvídate de tu padre, estás cansado, come.

—Sí, gracias, mamá.

—A fin de cuentas, el viejo ese siempre se sale


con la suya.

Joaquín prefiere creer que sí y dedicarse única-


mente a dar cuenta del plato de comida que tiene
frente a sí.

Su cuerpo pide cama. Su mente, descanso.


La Corte Suprema

Tres semanas más tarde, Joaquín Montero está de


vuelta en Lima, listo para la primera audiencia del
caso Vargas. Son las nueve en punto de la mañana
cuando el joven abogado llega al pie de las escaleras
que dan la bienvenida al Palacio de Justicia en Pa-
seo de la República: le recuerda a las imágenes que
ha visto del Olimpo griego.
105
Joaquín inicia el ascenso cuando el doctor Zapa-
ta lo detiene:

—El ingreso no es por ahí. Es por el costado,


por la puerta principal solo entran los dioses, los
supremos.

Algo decepcionado, Joaquín regresa al nivel de


la calle y sigue a su maestro, que va camino de una
entrada mucho menos teatral: más parecida a una
discreta puerta de servicio que a la entrada a la Cor-
te más importante del país.

El equipo en pleno acompaña a Joaquín y al


doctor Zapata. Giuliana, Nino y, en especial,
Emerson, avanzan por los pasillos del edificio sin
Jefferson Moreno Nieves

poder contener la emoción: hacen algún comen-


tario ligero o sueltan una risita que rebota en los
techos altísimos del lugar. Emerson va más allá:
se toma selfis que luego subirá a sus redes sociales.

Aquello, sin embargo, no consigue distraer a


Joaquín: la última semana se ha dedicado única-
mente a practicar la exposición de sus alegatos de
apertura. En más de una ocasión, su madre ha lla-
mado a la puerta de su habitación para comprobar
si todo estaba en orden.

—¿Con quién te andas peleando, hijo?

106 Es un aviso, pensó Joaquín en su momento, ten-


go que ir buscando un lugar propio.

Esa es otra de las razones que lo llevan a querer


lucirse durante la audiencia: si todo sale como es-
pera, recibirá un bono adicional por resultados,
suficiente para empezar a ver algunos departamen-
tos en alquiler.

Nada exagerado: un par de habitaciones, una co-


cina y un juego de llaves cuyo único poseedor sea él.

—Es por aquí —dice el doctor Zapata, señalan-


do un pasillo junto a las escaleras.

Metros más allá, se ubica la entrada a la sala don-


de está programada la audiencia: Joaquín y compa-
El defensor

ñía encuentran un grupo de elegantes trajes listos


para entrar junto con ellos.

—Son los abogados de los demás sentenciados,


¿verdad? —pregunta Joaquín.

El doctor Zapata asiente. En ese momento, uno


de los abogados —alto, con lentes y patillas platea-
das— se aproxima hacia ellos con una gran sonrisa
excesivamente blanca en el rostro.

—Doctor Zapata, ¿cómo le va? —saluda el abo-


gado.

—Doctor Nices, nos volvemos a encontrar — 107


responde el veterano, devolviendo el apretón de
manos.

—Así es, doctor. —Inmediatamente después,


se centra en Joaquín—. Y usted debe ser el doctor
Montero, ¿verdad? ¡Qué gusto!

Joaquín saluda y agradece el comentario. Mien-


tras su jefe hace las presentaciones:

—Así es, Joaquín es nuestro nuevo alfil en el


estudio. Joaquín, este es el doctor Osman Nices,
un buen colega que trabaja en el estudio Figueroa,
Hinostroza y Nices. Si mal no recuerdo, tiene a su
cargo la defensa del presidente del comité seleccio-
nador.
Jefferson Moreno Nieves

—Así es, doctor, pero ustedes tienen al «pez más


gordo» —dice Nices y vuelve a mostrar su denta-
dura casi fosforescente.

Joaquín nunca ha sido dado a juzgar a la gente


por anticipado, pero algo en su interior le dice que
su sonrisa no es lo único falso que tiene Osman
Nices. De modo que se limita a asentir y a sostener
la sonrisa, un amable muro de contención para no
seguir intimando.

Poco después, las puertas de la sala se abren y


la docena de abogados congregados allí ingresan a
ocupar sus lugares.
108
Como es costumbre, el relator encargado de veri-
ficar la presencia de todos pasa lista antes de iniciar,
para que el presidente de la sala no reniegue por la
ausencia de los sujetos procesales. Pronto se suma
una multitud de asistentes, entre prensa, chismo-
sos, enemigos políticos encubiertos, pero también
las esposas e hijos de los sentenciados.

Manrique Vargas se acerca al asiento vacío que


hay junto a Joaquín y le ofrece la mano:

—¿Cómo le va, doctor? Manrique Vargas para


servirle.

—Mucho gusto, gobernador.


El defensor

El sentenciado va bien acicalado, nadie podría


creer que lleva ya varias semanas tras las rejas: como
buen político de carrera, sabe que no puede des-
cuidar su imagen. Ni siquiera ahora que ha sido
sentenciado de un delito tan grave.

—¿Todo listo, doctor?

—Listo. Usted no se preocupe: tenemos una de-


fensa sólida.

—Es lo que quería escuchar —responde Vargas


y, finalmente, se sienta.

109

Es como estar a mitad de un teatro o la corte de


un rey: la madera oscura y la moqueta de color rojo
le otorgan una solemnidad imposible de encontrar
en otra sala en el país.

¿Cómo rayos he llegado hasta aquí?, se pregunta


una vez más Joaquín, recordando que hasta hace
pocos meses no era más que un practicante que lu-
chaba para que el dinero le alcance para algo más
que un par de zapatos nuevos.

El doctor Zapata repara en el asombro de Joa-


quín y, desde el asiento que ocupa tras él, le da un
breve toque con el hombro:
Jefferson Moreno Nieves

—Espera a que escuches cómo se oye tu voz


aquí. Te vas a volver gigante —después gira hacia
Emerson y le pide que de una vez por todas guarde
ese maldito celular.

Joaquín se siente tranquilo: tener a su maestro


en su «esquina» es un gran aliciente. Ni siquiera
la prensa —que sabe se encontrará a la salida de la
audiencia— le quita el enfoque. Revisa sus docu-
mentos y notas por última vez cuando uno de los
magistrados empieza a hablarle al micrófono.

Entonces sabe que pronto le tocará tomar la pa-


labra a él.
110
Una «bolsita» para los jueces

Horas más tarde, el equipo se encuentra almorzan-


do en el restaurante Arturo —que tiene los platos
necesarios para levantar los ánimos de los litigan-
tes—. Celebran la que confían será una gran vic-
toria. Esta vez es el mismo doctor Zapata quien lo
ha dicho:

—La argumentación ha sido sólida. Quien sí


está en problemas es el presidente del comité selec- 111
cionador —dice el abogado más viejo y curtido que
hay en la mesa—. Cuando Nices dijo que su cliente
se había encontrado casualmente con los empresa-
rios ganadores en aquel viaje de vacaciones, todos
los magistrados pusieron cara de ofendidos. ¿Te fi-
jaste?

—Les pareció una cachetada a su inteligencia —


responde Joaquín.

—Un escupitajo, más bien.

Los demás también tienen sus propios comen-


tarios:
Jefferson Moreno Nieves

—La verdad, no creí que fuera a durar tanto —


dice Giuliana, dejando a un lado su cuenco de sopa.

—A mí se me salió un aplauso después de que


Joaquín terminó sus alegatos de cierre —dice Nino,
ruborizado.

—Y bueno, doctor —dice Emerson, arrimando


su silla a la que ocupa el doctor Zapata—. Ya que la
victoria es un hecho, quizá sería bueno ir hablando
del bono de resultados, ¿no le parece?

Nadie sabe si está hablando en serio. Mucho me-


nos el aludido, quien mira al practicante entornan-
112 do los ojos y frunciendo el ceño, como si le acabara
de estornudar encima.

Justo cuando todo mundo espera que lo despida


en ese preciso momento, el doctor Zapata estalla en
una carcajada que nadie creer haberle oído nunca,
que aleja la tensión y permite que la celebración
continúe.

O eso es lo que Joaquín espera.

Se sirve un nuevo vaso de gaseosa cuando ingre-


sa la llamada: es Bety Aguirre, la esposa del gober-
nador.

Joaquín se disculpa y va a contestar lejos de la


mesa, junto a los baños del restaurante:
El defensor

—Señora Aguirre, dígame.

—Doctor… Quisiera… hablar con usted.

A Joaquín Montero solo le basta oír aquella pri-


mera frase para saber que lo que sigue no le va a
gustar.

Uno de los otros abogados —Nices, supone Joa-


quín— se había puesto en contacto con ella. Le
dijo que «tenía llegada» con dos de los jueces y que
estos, en representación de los cinco, le habían
pedido una «bolsa» a cambio de la absolución de 113
todos.

—Quince mil dólares por cada uno, doctor —


dice la señora Aguirre, abatida como solo puede estar-
lo quien se encuentra entre la espada y la pared—.
Dice que tenemos mañana hasta el mediodía.

Joaquín se toma un momento antes de contestar.


Como todo buen abogado, los argumentos para re-
batir la propuesta acuden a su mente raudos. Sin
embargo, quiere llegar a la esposa de Vargas con
toda la delicadeza posible.

—Señora Aguirre, déjeme preguntarle una cosa


con todo respeto. Su esposo y los demás están aquí
por una acusación de corrupción, ¿y ahora usted
Jefferson Moreno Nieves

me está diciendo que dicha acusación la vamos a


solucionar cometiendo un acto de corrupción?

Aquello deja a Aguirre sin palabras: no encuen-


tra mejor respuesta que su silencio.

Joaquín continúa:

—Dígame, señora, con toda sinceridad, ¿no cree


que lo hemos hecho bien?

—Pues sí, doctor, de eso no hay duda. Es solo


que usted sabe cómo suelen ser las cosas en nuestro
país.
114
—Señora, disculpe, pero me parece que usted se
está confundiendo: su esposo está siendo juzgado
en la Corte Suprema. Ese que usted ha visto hoy
no es un juzgado cualquiera: todos ellos son jueces
supremos titulares. Además, ¿qué tal si le están to-
mando el pelo? ¿Cómo sabe usted que no le están
tendiendo una trampa para perjudicar a su esposo?

—Pues… la verdad, no estoy segura. El abogado


dijo que…

—Lo único que debe preocuparle a usted es lo


que dice el abogado de su esposo, es decir, yo —si
bien es cierto que ya no suena tan delicado como al
inicio de la conversación, lo que ahora preocupa a
Joaquín es sonar firme: lo último que necesita aho-
El defensor

ra es que una jugarreta como aquella eche a perder


su gran desempeño. Continúa—: Usted nos buscó
por nuestros buenos resultados, ¿verdad? Si es así,
¿de qué sirve entonces ser tan buenos si al final el
veredicto se va a arreglar por lo bajo? ¿No le parece
a usted el colmo? Confíe usted en nuestro trabajo,
señora Aguirre, y ya no vuelva a prestar oídos a esa
clase de propuestas.

«¡Confíe en mí, confíe en el derecho!».

Casi le ha parecido escuchar a su madre en su


voz: acaba de resondrar a un cliente por primera
vez.
115
No acaba de gustarle, pero Joaquín siente que ha
sido necesario.

—Tiene razón, doctor —dice al fin la mujer—.


No se preocupe, mi esposo y yo confiamos en usted.

—Muchas gracias, señora. Estamos en contacto


para la lectura de la decisión que estamos seguros
será favorable.

Joaquín cuelga y aprovecha para meterse al baño.


Dentro se encuentra con el doctor Zapata, que se
ha deslizado tras él mientras hablaba por teléfono y
que ahora se está lavando las manos.

—¿Quién era? —pregunta.


Jefferson Moreno Nieves

—Pues adivine qué, doctor —le dice Joaquín,


para luego contarle la conversación que ha mante-
nido con Bety Aguirre.

—Pues muy bien contestado —el doctor Zapata


le da un par de palmadas en la espalda después de
secarse las manos—. Y sí, lo más seguro es que sea
Nices intentando ganarse unas sucias monedas con
tu trabajo. Lamentablemente, es ese tipo de aboga-
do. En fin, volvamos a la mesa, sino ese gordo de
Emerson se va a terminar la ronda de wantanes él
solo.

Joaquín le cede el paso a su maestro para que


116 este salga del baño primero.

Cuando ambos llegan a la mesa, ninguno está


pensando ya en aquella desagradable llamada tele-
fónica.
Desayuno en el Sheraton

Los únicos que se han quedado en Lima para es-


cuchar la resolución del juzgado son Joaquín y el
doctor Zapata: los demás ya han vuelto a Huaraz
para ocuparse del trabajo pendiente.

El día de la lectura, Joaquín y su maestro desa-


yunan frente a la Corte Suprema, en el Sheraton.
Este hotel limeño es de los más elegantes y a donde
concurren los abogados que tienen un tiempo libre 117
antes de cruzar a pelear como leones en las salas del
Poder Judicial. Cuando el mesero les deja la carta,
Joaquín hace un esfuerzo por que no se le note el
espanto que le generan los precios.

—Tú tranquilo —le dice el doctor Zapata, para


quien no ha pasado desapercibido el breve sobresal-
to de Joaquín—. Esto también corre por mi cuenta.

—Gracias, doctor.

—De nada, hijo. Y te aconsejo que mejor te va-


yas acostumbrando a este tipo de lugares y este tipo
de precios.
Jefferson Moreno Nieves

—¿Por qué lo dice, doctor? ¿Vamos a volver se-


guido?

—Yo no, pero tú sí —le responde y le dedica una


sonrisa que expresa cariño y a la vez admiración.

Joaquín desearía poder responderle con una de


vuelta, pero la duda se impone sobre su deseo de
corresponderle.

—Creo que no le entiendo, doctor.

—Ahora te lo explico. No te preocupes, pero


primero hagamos el pedido, no falta mucho para
118 que la Corte abra sus puertas.

Joaquín ordena un desayuno continental, mien-


tras que el doctor Zapata se conforma con una bu-
tifarra y una taza de café bien cargado. A su alre-
dedor, las personas comen y ríen como si fuera un
domingo por la mañana y no un día de semana.

Una vez que tiene la mesa servida, el doctor Za-


pata vuelve a tomar la palabra:

—¿Te acuerdas de Osman Nices?

—Claro, es el abogado del presidente del comité.

—El mismo. Me llamó ayer por la noche. ¿Tie-


nes idea del porqué de su llamada? Te adelanto que
El defensor

no tiene que ver con lo que te contó la esposa de


Vargas.

Joaquín espera en silencio a que sea el doctor


quien le diga la respuesta. Si no es sobre la bolsa de
dinero para los jueces, no se le ocurre ninguna otra
razón para la llamada de Nices.

—Quería hablar sobre ti —continúa Zapata


y aquella sonrisa paternal vuelve a aparecer en su
rostro.

—Creo que todavía no comprendo del todo —


responde Joaquín, aunque una idea ha empezado a
formarse en su cabeza. 119

—Admito que me alegra que haya tenido la de-


cencia de hablarme primero a mí y no haberse di-
rigido directamente a ti, como podría haber espe-
rado. Le concedo ese punto a Nices. Sin embargo,
no creo que tarde mucho en saltarse mi autoridad
como tu jefe. Está realmente interesado en contra-
tarte.

Aunque ya había intuido cuál era la intención de


Nices, Joaquín no sabe cómo tomarse la noticia: es
de las últimas cosas que se le hubiera ocurrido que
iba a tratar aquella mañana con el doctor Zapata.

Se lleva la taza de café a la boca, intentando ga-


nar tiempo para dar una respuesta.
Jefferson Moreno Nieves

—Ya veo —es todo lo que atina a decir al cabo


de un momento.

—Bueno, ya te había dicho que algo así pasaría


pronto. Y de seguro que Nices te tendrá una oferta
mucho mejor de lo que te imaginas: te ha oído en
la sala y está muy impresionado. En eso coincido
con él: los dos sabemos que tienes un gran futu-
ro por delante. Lo segundo en lo que coincidimos
es que ninguno de los dos quisiera que ese talento
tuyo se quede relegado a provincia.

No son los primeros halagos que recibe Joaquín


desde su desempeño en la audiencia anterior: un
120 día antes, algunas horas atrás de la llamada de Ni-
ces, Joaquín recibió otra por parte de LP, una revis-
ta jurídica digital que había seguido de cerca el caso
de Vargas y cuyo editor había quedado gratamente
sorprendido por los alegatos de Joaquín.

Querían saber si no tendría problema en facili-


tarles sus escritos para armar un artículo sobre la
base de dichos documentos.

Joaquín, por supuesto, había accedido.

Pero por encima de los elogios que ahora estaba


recibiendo por parte de Osman Nices, en boca del
doctor Zapata, hay otras cuestiones que el joven
abogado piensa deben tomarse en cuenta.
El defensor

—Supongo que sí —responde después de acor-


darse de ellas—, pero tampoco es que no haya bue-
nos casos allá en Huaraz o en las demás ciudades
de Áncash. Solo basta ver a dónde nos trajo el de
Vargas.

—Claro, tienes razón, pero no son más que ti-


burones. Aquí en la capital es donde realmente es-
tán las ballenas.

Es el turno del doctor Zapata de tomarse un lar-


go trago de café.

El mesero se acerca a preguntar si desean orde-


nar algo más y ambos niegan con la cabeza. 121

—Bueno, quizá la oferta sea buena —dice Joa-


quín—, pero, después de conocer sus métodos de
trabajo, de seguro que no es el tipo de abogado con
el que me gustaría seguir haciendo carrera.

—Eso mismo pensé yo —responde el abogado,


visiblemente complacido—. Además, tú estás para
cosas aún más grandes, y no estoy hablando única-
mente de dinero. Eso llegará, no te apresures a ir
tras él. Lo que importa es seguir forjándote a fuego
en un buen lugar, con las personas correctas. ¿Sabes
dónde me gustaría verte?

—¿Dónde?
Jefferson Moreno Nieves

—¿Conoces el estudio Phillipe & Aragaki?

Joaquín deja escapar una risa:

—Doctor, no existe abogado en el Perú que no


conozca ese estudio.

—Así es, siempre lleva adelante el tipo de casos


que tienen en vilo al país. Es como cuando juega
la Selección: todo el mundo está pendiente de él.
Aragaki forma parte de una categoría distinta de
letrado: es abogado de presidentes, de mandatarios.
Harina de otro costal.

122 —Seguro que sí, doctor, y es por eso que no creo


que sea tan sencillo entrar a trabajar con él.

—Bueno, déjame preguntarte una cosa. —El


doctor Zapata se termina su café y se pasa una ser-
villeta por los labios—. ¿Hubieras creído posible,
seis meses atrás, que hoy por hoy estarías litigando
en la Sala Penal Nacional o en la Corte Suprema?

Joaquín se ve expuesto:

—No lo creo.

—Entonces, ¿por qué piensas que no es posible


que puedas entrar a trabajar ahí? —Y dirigiéndose
al mesero—: Joven, la cuenta, por favor. —El doc-
tor Zapata se saca un par de billetes del bolsillo de
El defensor

la camisa y los deja sobre la mesa—. Además, me


he enterado de que dentro de tres meses aproxima-
damente van a empezar a reclutar.

El mesero toma los billetes y los mete dentro de


un cartapacio más pequeño que las cartas. Promete
volver pronto con el vuelto, pero el doctor Zapata
le hace un gesto negativo con la mano.

La imaginación de Joaquín ha echado a andar:


se ve a sí mismo ingresando a una gran oficina con
vistas que dominan la ciudad de Lima y estrechan-
do la mano de César Aragaki.

Parece más un sueño que una realidad, piensa. 123

—Una vez más, doctor, le agradezco la confian-


za, pero quizá no sea el momento. Hay mucho tra-
bajo en el estudio ahora y no quisiera tener que
dejarlo con todo eso.

—Es muy generoso de tu parte, muchacho, pero


te voy a ser absolutamente franco: no te haría algo
como eso.

—¿Hacerme qué, doctor?

—Encadenarte allá y esperar a que el tiempo co-


rra. —Zapata se pone de pie, se acomoda el saco y
se quita alguna migaja que haya ido a parar en su
corbata—. Alguna vez yo tuve esa misma oportu-
Jefferson Moreno Nieves

nidad y no la aproveché como tendría que haberlo


hecho. Me sentía cómodo, como quizá te sientas tú
ahora con los casos que te tocan en Huaraz. Pero
te diré qué es lo terrible: nunca sabré hasta dónde
pude haber llegado, y esa es una pregunta que si-
gue ganando peso con los años, ¿comprendes? Hay
muchas cosas que te puedo enseñar, pero quedarte
en tu zona de comodidad no quiero que sea una
de ellas. Así que prepárate, porque quizá esta sea la
última lectura de sentencia que tengamos que oír
juntos. Vamos.

124
Malas noticias

Esta vez la sala está menos concurrida: sin los prac-


ticantes de los distintos estudios y la ausencia de
algunos familiares de los sentenciados, poco menos
de la mitad de los asientos ha quedado libre.

Joaquín y el doctor Zapata ocupan los mismos


lugares que hace dos días. El joven abogado tiene
planeado volver por la noche a Huaraz. Ha llega-
do hasta sus oídos que Chris y Emerson están pre- 125
parando una pequeña celebración a su regreso. El
doctor Zapata, lejos de impedirlo, les ha autorizado
sacar algo de dinero de la caja chica.

A pesar del cielo encapotado de la capital, para


Joaquín Montero es un día luminoso.

—Buenos días, doctor.

La voz de Bety Aguirre le llega desde la fila de atrás.

Joaquín voltea y le estrecha la mano:

—Buenos días, señora.

—Buen día, doctor Zapata —agrega ella y, diri-


giéndose al otro abogado—: ¿Cómo están los dos?
Jefferson Moreno Nieves

—Muy tranquilos y confiados, señora —respon-


de Zapata—, y espero que usted también lo esté.
—Claro, sí.
Intercambian un par de comentarios más sobre
el caso y sobre el sentenciado: la esposa les cuen-
ta que el gobernador regional ya no puede esperar
más para volver a su ciudad. También a él lo está
esperando una fiesta, solo que la suya será en el go-
bierno regional, con una gran orquesta y la gente
de su partido político.
—Espero nos puedan acompañar, doctores.

126 Ambos abogados le aseguran que allí estarán.


La mujer les agradece una vez más por todo y
vuelve a estar en silencio.
Algunos sitios más allá se encuentra Osman Ni-
ces. Dirige un saludo hacia donde están ellos, que
no tarda en ser correspondido.
Cinco minutos después, los jueces ingresan a la
sala: la concurrencia se pone de pie.
La secretaria inicia entonces con la lectura de la
sentencia.
Una punzada de mal augurio toca a Joaquín por
la espalda, pero trata de ignorarla.
El defensor

Otros quince minutos después, cuando la lectu-


ra que realiza la secretaria casi se ha convertido en
un ruido de fondo al que nadie parece prestarle la
debida atención, llega la parte importante.
El veredicto:
—Por todo lo antes expuesto —termina diciendo
la secretaria—, el presente juzgado ha decidido absol-
ver a todos los imputados del delito de colusión en
perjuicio del Estado. —Un murmullo de excitación
se eleva por encima de la concurrencia: Joaquín y el
doctor Zapata se estrechan la mano por debajo de
la mesa—. Asimismo, ha decidido absolver del delito
de negociación incompatible a los imputados…
127
Joaquín va contando los nombres que menciona la
secretaria del juzgado: uno, dos, tres. Pero falta uno.
El de su defendido.
Cruza una mirada con el doctor Zapata en el mo-
mento en que sus peores miedos se ven confirmados:
—Por otro lado, resuelve condenar a siete años
de pena privativa de la libertad al imputado Man-
rique Vargas Guerrero por el delito de negociación
incompatible en perjuicio del Estado.
A Joaquín le gustaría pedirle que se detenga, que
le permita revisar dicha sentencia, pues está seguro de
que hay un problema con ella. Pero la secretaria con-
tinúa leyendo hasta dar por terminada la audiencia.
Jefferson Moreno Nieves

En un parpadeo todo ha terminado. El resto de


abogados se levantan a felicitar a sus clientes, mien-
tras que Manrique Vargas los mira consternado.
Una furia sorda se apodera de Joaquín, quien no
puede aceptar el hecho de ser presa de una juga-
rreta como aquella. Observa con furia a los jueces,
quienes también han emprendido la retirada.
Se largan a contar su dinero, piensa el joven abo-
gado y se levanta de su asiento como si este tuviera
un resorte:
—Discúlpeme, su seño…

128
La mano del doctor Zapata lo toma con fuerza
del antebrazo, impidiéndole erguirse por completo.
De hecho, lo devuelve a su asiento de un tirón.
—No es ni la forma ni el momento, muchacho.
—Pero, doctor, usted sabe que…
Una figura pasa por delante de él y Joaquín en-
mudece: Bety Aguirre, anegada en lágrimas, le di-
rige una de las miradas más terribles y elocuentes
que ha recibido en su vida: siente que es él quien ha
enviado a prisión a Vargas.
Voltea a ver al doctor Zapata en busca de res-
puestas, su maestro finalmente retira la mano de su
antebrazo.
—Ve a hablar con ella.
El defensor

Joaquín se levanta, mucho más lento que durante


su primer intento y camina en pos de la mujer: le dirá
que van a interponer un hábeas corpus y, de ser nece-
sario, conseguir pruebas de las coimas que les habrían
pagado a los jueces para así poder denunciarlos.
Le va a asegurar que aquello no se va a quedar así,
que no va a permitir tal injusticia y que agotará hasta
la última instancia competente con el fin de…
Pero ninguno de todos aquellos planes y prome-
sas llega a oídos de Bety Aguirre, quien se marcha
cuando Joaquín aún está a un par de metros de ella.
Joaquín se queda varado en medio de la sala: su
cabeza se ha convertido en un cúmulo de sensa- 129
ciones indeseables, incómodas y de pensamientos
oscuros. Viene a su mente las palabras: «Nosotros
confiamos en usted».
Se gira para retornar junto al doctor Zapata, pero
todavía hay una escena adicional que el destino ha
preparado para él: el momento en el que Manrique
Vargas es tomado por ambos brazos por los miem-
bros del INPE con el fin de devolverlo al penal en
el que, al parecer, pasará una muy larga temporada.
Cuando abandonan el Palacio de Justicia, Joa-
quín no necesita que nadie lo convenza de que
aquel es quizá el peor día de su vida. Lo que ignora
es que aún no ha terminado.
Jefferson Moreno Nieves

Siente la cabeza tan cargada que por poco no


contesta la llamada.
Y pronto se lamenta de haberlo hecho.
—¿Hola?
—Flaco, soy yo.
—Papá, hola. ¿Sabes?, ahora mismo no es un buen…
—Tranquilo, te lo digo rápido: me quieren me-
ter preso.
Joaquín trastabilla a dos escalones de llegar a la
vereda, el doctor Zapata le extiende una mano para
130 que no caiga y termine desparramado en el suelo.
—¿Qué dices?
—El fiscal me está acusando y está pidiendo
doce años. Ojalá… me puedas ayudar.
Ahora sí ya no le queda duda alguna a Joaquín
Montero: aquella mañana no debió salir de la cama.
La acusación fiscal

Joaquín Montero aprovecha sus últimos minutos


que le quedan en la habitación del hotel donde se
hospeda para revisar la acusación fiscal que su pa-
dre le ha hecho llegar a su teléfono. Los dos delitos
de los que se le acusa son bastante graves: daños a
la propiedad privada y robo agravado.

—¿Cómo carajo has terminado siendo acusado


de eso? —le espetó a su padre cuando este se lo co- 131
mentó durante la llamada.

Felipe Montero pasó por alto el hecho de que su


hijo le hablaba de esa forma por primera vez en su
vida y se dedicó a hacer un resumen de lo sucedido.

Los hechos habían tenido lugar cinco meses


atrás, tiempo durante el cual su padre había man-
tenido la boca cerrada, sin comunicarle absoluta-
mente nada a ningún miembro de su resquebrajada
familia.

Un día, mientras su padre se encontraba almor-


zando con un par de amigos, había recibido una
Jefferson Moreno Nieves

llamada de su hermano, Eduardo Montero, un tío


que Joaquín no recordaba haber visto más de tres
ocasiones en total. Eduardo necesitaba ayuda para
evitar un abuso que estaban cometiendo contra
Eliza Montero, la hermana de ambos, y Viviana
Suárez Montero, la hija de Eliza y su sobrina.

—El novio y su familia las están botando de su


casa —le había dicho Eduardo, con la indignación
vibrando en cada sílaba—: las están sacando como
perros, a patadas. Tenemos que hacer algo.

No hubo necesidad de darle mayor explicación


a Felipe: dejó a un lado su plato de comida y su
132 cuarto vaso de cerveza y se levantó para acudir al
llamado de su hermano.

No era la primera vez que iba en defensa de


algún familiar o amigo. Quizá no había sido el
mejor padre o el mejor esposo, pero si algo lo ha-
cía especial, era su capacidad para propinar y reci-
bir golpes. En su juventud, había sido uno de los
mejores boxeadores de la liga de Áncash, pero la
misma desidia que después le costaría su familia,
se había llevado por delante aquella prometedora
carrera.

Aun así, Felipe Montero nunca había perdido el


toque. Joaquín todavía recordaba aquella vez en la
que, durante una mañana deportiva de confrater-
El defensor

nidad, había visto a su padre partirles la boca a tres


miembros del equipo contrario sin ayuda de nadie.

Y era justo para eso para lo que sus hermanos lo


necesitaban.

—¿A cuántas personas golpeaste? —preguntó


Joaquín: ya no le interesaba si el doctor Zapata lo
escuchaba o no.

—A cuatro: el novio de Vivianita, el papá del


novio, el hermano del papá y un amigo del novio
que se me tiró por la espalda. Cobarde de mierda.

—Ya, y ahora dime, ¿cómo es eso de…? 133

—Ah, no, había uno más.

—¿Quién?

—El primo del novio, el que estaba filmando


todo desde el segundo piso.

—¿A ese fue al que le quitaste la cámara que han


reportado como robada?

—A ese mismo, sí.

Fue entonces cuando Joaquín le prometió que


lo vería al día siguiente. También le pidió que le
enviara la acusación completa y sus anexos lo más
Jefferson Moreno Nieves

pronto posible con el fin de analizar los fundamen-


tos de la fiscalía y poder responder a la brevedad. El
plazo máximo para hacerlo es de diez días, de otro
modo, Felipe Montero perdería la última oportu-
nidad de poder defenderse.

—¿Cuándo fue que la recibiste? —le preguntó


Joaquín siguiendo al doctor Zapata al interior del
taxi.

—Hace cinco días —respondió Felipe.

Fue la segunda vez que Joaquín le soltó un carajo


a su padre.
134
Los principios no se negocian

La primera idea que había tenido Felipe Montero


había sido la de solucionar el asunto por el único
camino que le resultaba confiable: el soborno.

Está relatándole a su hijo acerca del periplo que


había sido intentar conseguir el dinero que un
contacto del fiscal le había pedido, cuando a la
mente de Joaquín acude una imagen relativamente
reciente: aquella noche en la que, al llegar de la ofi- 135
cina, lo había encontrado en la cocina de la casa de
su madre en actitud sospechosa.

—Fuiste a pedirle el dinero a mamá, ya lo re-


cuerdo —le dice la segunda vez que hablan, a poco
de llegar a su habitación del hotel. Durante el tra-
yecto en taxi, el doctor Zapata se había enterado a
grandes rasgos de lo ocurrido e intentaba calmar-
lo—. Necesitabas algo de diez mil, ¿verdad?

—En realidad, necesitaba veinte y no en soles.

—¿Te pidió veinte mil dólares? —exclama Joa-


quín, cansado de sentirse tan indignado.
Jefferson Moreno Nieves

—Así es, solo alcancé a conseguir algunos miles


de soles y esperaba que tu madre me pudiera com-
pletar con algo.

Joaquín se restriega la cara con impotencia.

—¿Y te dio lo que le pediste?

—Solo dos mil. No quiso prestarme más.

—Pues hizo bien —responde Joaquín, sin la


convicción a la que está acostumbrado.

Quisiera culpar a su padre y reclamarle por ha-


136 ber intentado el camino de la corrupción. Sin em-
bargo, con lo que acaba de vivir con el caso Vargas,
no siente tener la autoridad moral para hacerlo.

Si no hubiera convencido a Bety Aguirre de ig-


norar el trato que le estaban ofreciendo por debajo
de la mesa, su esposo ahora estaría libre, igual que
el resto de acusados que, sin lugar a dudas, sí habían
contribuido con aquella famosa bolsa de dinero.

Joaquín va a pasar el resto del día sentado a la


mesa de un café, aún faltan algunas horas para abor-
dar el bus hacia Huaraz. El doctor Zapata tiene sus
propios quehaceres: visitar a un amigo y darse una
vuelta por sus librerías favoritas. Invitó a Joaquín a
El defensor

acompañarlo, pero este se disculpó hablándole de


aquella acusación que debía responder.

Mejor así, piensa ahora. Ya es bastante vergon-


zoso cargar con el fiasco de la sentencia contra el
gobernador regional como para soportar que su
maestro le tenga lástima por un asunto personal.

—Al menos déjame llevarme tu maleta —le pro-


puso Zapata—. Pasaré por la agencia y la dejaré
encargada allí hasta que sea la hora del viaje.

Joaquín accede y vuelve a agradecerle por todo.


Su maestro se despide de él con un par de palmadas
en el hombro. 137

Emerson lo ha llamado y le ha dejado un par de


mensajes, lo mismo Chris. Pero a ninguno de los
dos ha contestado, no tiene intención de hablar de
la fiesta de bienvenida —que ya es historia— ni mu-
cho menos de contar sobre el resultado obtenido.

Hay cosas mucho más importantes ahora.

Joaquín tiene que concentrarse en el documento


que hay en la pantalla de su teléfono.

Pero es inútil.
Jefferson Moreno Nieves

Las frases se entreveran unas con otras, pierde el


hilo del texto constantemente y, por primera vez
en mucho tiempo, los términos jurídicos no tienen
ningún significado para él.

No pasa mucho hasta que se convence de que es


inútil. Guarda el teléfono de vuelta en el bolsillo,
deja su café a medio terminar y sale del lugar.

Echa a andar por unas calles que no conoce, sin


un rumbo fijo, únicamente con la consigna de des-
pejar su mente y no pensar durante, al menos, cin-
co minutos.

138 Le es difícil pensar en lo bien que empezó el día


y lo mal que está terminando: siente que ha defrau-
dado a todo el mundo.

En especial, a él mismo.

Afortunadamente, el doctor Zapata ha dormido


durante la mayor parte del viaje y Joaquín no ha
tenido que compartir el insomnio con él: se la ha
pasado viendo las luces de la capital ir disminuyen-
do junto a su ventana a medida que la dejaba atrás.

Al llegar a la agencia de viajes en Huaraz, ambos


van por su maleta. Joaquín le pide un minuto antes
de que el doctor se vaya.
El defensor

—Quería decirle que… siento mucho lo que


pasó con Vargas. Supongo que a veces hacer un
buen trabajo no es suficiente.

Zapata, con los ojos hinchados y algo despeina-


do, asiente:

—Pues, como ya te dije antes, a veces se pierde


y otras se gana. Recuerda tu caso anterior, el de Vi-
llanela: aquí también se puede hacer algo. ¿Quién
te dice que no puedes ganar en esta próxima opor-
tunidad?

—Esa es la cuestión, doctor, no creo que me


vaya a hacer cargo del caso para el hábeas corpus. 139

Las cejas del doctor se elevan hasta la mitad de


su frente. Joaquín se apresura a explicarse:

—Es por el caso de mi papá, doctor. Voy a ocu-


parme de él a tiempo completo durante el próximo
mes. Como usted sabe, afronta una acusación que
podría llevarlo doce años preso y, por lo que he al-
canzado a revisar de la acusación fiscal, lleva todas
las de perder. Con toda sinceridad, doctor, me se-
ría imposible concentrarme en los demás casos que
hay en el estudio si tengo el futuro de mi padre
entre manos.
Jefferson Moreno Nieves

—Ya veo. —El doctor Zapata también ha teni-


do un viaje largo. Joaquín sabe que, aunque no lo
demuestre, lo de Vargas lo ha dejado muy bajo de
ánimos. A pesar de eso, guarda la compostura—.
Lo entiendo. Vuelve cuando te sientas listo.

Se despiden, finalmente, con un apretón de ma-


nos.

El doctor Zapata se pierde entre los demás pasa-


jeros que van de salida, cada cual con su maleta y
los cabellos despeinados.

140
Vuelve a casa, donde su madre lo espera con los
brazos abiertos y la aflicción a flor de piel:

—Ese viejo me quiere matar de una cólera. ¿Qué


tiene en la cabeza para meterse en esos problemas?
Ahora sí está contento, al fin consiguió acabar peor
que nunca.

Hace algo más de diez años que la relación senti-


mental entre ambos se ha terminado. Ella, sin em-
bargo, aún siente cariño y se preocupa por el viejo,
aunque le cueste aceptarlo.

Joaquín se dedica a consolar a su madre duran-


te los siguientes minutos. Diego los mira desde su
lugar en la mesa de la cocina, mientras sigue engu-
El defensor

llendo sus panes con queso, da la impresión de que


todo lo que ocurre ahora le da un poco lo mismo.

—Tranquila, mamá, tranquila —le dice Joa-


quín, acariciando su cabeza—, todavía no todo está
perdido.

—¿Tú lo vas a ayudar, hijito? Tú eres un buen


abogado, tú lo puedes salvar.

Joaquín no tiene el corazón para contradecir a su


madre: intenta ignorar el fantasma de la condena a
Vargas y le dice que sí, que él se va a encargar de su
padre.
141
—Gracias, hijito, muchas gracias. Ahora está en
la agencia de tours. Anda a verlo, te está esperando.

—Está bien, allá voy.

—Pero primero siéntate, tómate algo, cómete


un pancito con tu hermano.

Diego le extiende la panera y el cuchillo. Conti-


núa en silencio, debe ser su forma de lidiar con la
situación, piensa su hermano mayor.

El desayuno no le toma a Joaquín más de diez


minutos. Le toma otros cinco imprimir la acusa-
ción para llevarla consigo y revisarla con su padre.
No se da un baño, ni siquiera se cambia de camisa:
Jefferson Moreno Nieves

no hay tiempo que perder, ya transcurrieron cinco


días.

Encuentra a su padre sentado en el volante de su


miniván blanca: está fumando un cigarrillo y ape-
nas si reacciona cuando ve llegar a su hijo.

—Papá, necesitamos hablar.

—Sí —responde Felipe—. Sube.

Joaquín rodea el vehículo y se monta en el asien-


to del copiloto. Se apresura a alcanzarle las hojas
impresas con las marcas que ha hecho mientras iba
142 en el taxi.

—Primero quería que me explicaras exactamen-


te a qué se refiere el fiscal cuando dice que…

Felipe le responde con una bocanada de humo


que exhala despreocupadamente de su boca.

—Necesito que me escuches tú a mí primero,


flaco.

Algo en el tono que utiliza hace que Joaquín se


ponga en guardia: sospecha que lo que su padre
tiene para decirle no le va a gustar.

Y está en lo cierto.
El defensor

—Te agradezco que hayas respondido tan rápido


y que me quieras ayudar, pero ese no es el camino.
No lo es, flaco.

—Papá, no me vas a decir que estás pensando


en…

—Ya lo redujeron a quince mil dólares. He ha-


blado con tu tío Eduardo, que tiene un amigo que
me puede prestar la mitad. Me va a dejar a un buen
interés y le puedo ir pagando por partes.

—Escucha, papá, yo te quiero ayudar, pero…

—Pues si realmente me quieres ayudar, flaco, 143


ayúdame a conseguir unos cinco mil dólares. —
Felipe Montero lo mira directo a los ojos: más que
un pedido de ayuda, es una confrontación—. Tú
tienes amigos, gente de plata, puedes hacerlo. Yo sé
que puedes.

Joaquín abre la boca para responder, pero no en-


cuentra las palabras correctas para negarse.

Hubo una época —muy lejana— en la que su


padre jamás le hubiera propuesto algo así. A Joa-
quín no le quedan demasiados recuerdos de ella,
salvo por uno que lo involucra precisamente a él.

Tenía once años y estaba terminando el sexto


grado de primaria. Sabía que sus notas no habían
Jefferson Moreno Nieves

sido las mejores, pero Joaquín no se imaginaba la


bomba que iba a dejar caer su maestra cuando le
pidió que trajera a sus padres, pues necesitaba ha-
blar con ellos.

—Señores, Joaquín va a repetir el año.

Su madre se puso a llorar en silencio, mientras su


padre, con el ceño profundamente fruncido entre
las cejas sin canas, le sostenía la mirada a la maestra.

La mujer continuó:

—Es una pena, pues se nota que Joaquín es un


144 muchacho inteligente. En lugar de aprovechar eso
para el estudio, lo hace para hacer bromas y esca-
parse de clase.

—¿Escaparse…? —era como si la madre de Joa-


quín estuviera escuchando una blasfemia contra
Dios.

—Así es —continuó la profesora—. Lamen-


tablemente, a estas alturas no hay mucho que se
pueda hacer: no va a salvar el año aunque se saque
puros veintes.

Para ese momento, el sudor chorreaba por el ros-


tro y el cuello de Joaquín a mares. No había que
ser un genio ni sacarse veintes para saber lo que le
esperaba cuando la familia volviera a casa.
El defensor

—Si no hay nada que se pueda hacer, ¿entonces


para qué quería hablar con nosotros? —le espetó
Felipe a la maestra, sin abandonar jamás la rigidez
de su postura militar.

—Bueno, —empezó la maestra, rebajando el


tono de su voz y paseando la mirada por los pocos
papeles que tenía en su escritorio— es cierto que
no hay nada que Joaquín pueda hacer para solu-
cionar el asunto, pero quizá sí podamos llegar a un
arreglo con ustedes, señor y señora.

—¿Arreglo con…? —la madre de Joaquín sentía


que cada vez entendía menos.
145
—¿Qué clase de arreglo? —dijo el padre. La pre-
gunta se escuchó potente, como un ladrido.

La maestra intentó sonreír al tiempo que ponía


unas tarjetas de color rosado frente a los padres:

—Vea, nosotros tenemos la chocolatada de


maestros en unas tres semanitas. Si gusta, puede
comprar unas diez o quince tarjetitas. Yo creo que
con eso podemos quedar bien. O, si gusta, me pue-
den alcanzar unos cuatro o cinco cuyes para poder
prepararlos ese día. Cualquiera de las dos opciones
podría ser. Eso sí, si se deciden por los cuyes, lo más
importante sería ver…
Jefferson Moreno Nieves

Pero Felipe Montero no la dejó terminar: se


puso de pie tan bruscamente que por poco la silla
termina volcada.

—Escúcheme bien, señora: si mi hijo tiene que


repetir el año, entonces va a repetir, pero lo que
yo no voy a hacer es estar regalando cuyes y plata
como si esto fuera un matrimonio.

Y se fue sin esperar respuesta: tomó a Joaquín


del brazo y se lo llevó a rastras hasta su casa.

A Joaquín no le queda claro cuándo fue exacta-


mente que su padre dejó de lado los principios que
146 aquella tarde quiso inculcarle a golpes, pero supone
que pudo haber sido poco después, cuando se dio
cuenta de que su hijo iba a perder un año completo
de su vida porque él no quiso conseguir un par de
cuyes.

Pero ahora hay algo mucho más importante en


juego: no se trata de un año escolar, sino de doce
años a la sombra.

Para Joaquín es como volver a estar hablando


con Bety Aguirre y tener la oportunidad de hacer
las cosas de otra forma.

—Está bien, papá —responde finalmente—.


Veré qué hacer, de dónde conseguir.
El defensor

—Gracias, flaco. Gracias.

Después de una eternidad, Joaquín vuelve a sen-


tir un abrazo de su padre.

Es la mañana siguiente. Joaquín Montero cami-


na por aquel barrio de enormes casas amuralladas.
Cada pocos metros se encuentra con un vigilante
que lo mira con desconfianza. No cree haber pa-
sado por ahí nunca antes en su vida. Es más, es la
primera vez que oye sobre aquella urbanización tan
elegante y segura.
147
El día de ayer se ha comprado una camisa nueva
y un pantalón color arena: quería lucir elegante,
pero menos formal. Intenta que aquella sea una vi-
sita entre amigos.

Porque solo un buen amigo accedería a prestar-


me la cantidad de dinero que necesito, piensa.

La noche anterior ha sido una batalla constante


entre obedecer a sus principios y aceptar la realidad
de las cosas. Quiere hacer las cosas bien, pero está
más convencido que nunca de que las buenas in-
tenciones no son suficientes.

Aunque su padre no ha vuelto a pasar por la casa


de su madre, la tensión allí casi puede cortarse con
Jefferson Moreno Nieves

la hoja de un cuchillo. Una imagen le ha impedido


volver a dormir también la noche anterior: la de
su madre, sentada en los lugares destinados a los
familiares de los acusados, escuchando la sentencia
con su padre.

Doce años.

Felipe Montero no es precisamente un jovencito.


Si los cálculos de Joaquín son correctos, la próxima
vez que llegue el dieciocho de enero, su padre debe-
ría estar apagando sesenta y tres velas.

Por lo que ha visto y oído, la prisión les pesa mu-


148 cho más a los hombres de la tercera edad. Y aunque
los puños de su padre aún tengan fuerza para de-
fenderlo de cualquier ataque, no podría confiarles
su seguridad completa.

El solo pensar en que su madre tendría que ser


registrada por policías cada domingo para entrar
a verlo, dota a los pasos de Joaquín de una mayor
determinación.

Hará lo que tiene que hacer por encima de cual-


quier reparo.

Pronto llega a la dirección indicada. Le parece


que es una de las casas más grandes que ha visto en
medio de ese barrio de casas grandes.
El defensor

Se planta frente a la puerta, se ajusta el cuello de


la camisa, toca el timbre y espera. Por el intercomu-
nicador, una mujer le avisa que enseguida saldrá a
abrirle. Pasan algo menos de diez segundos hasta
que finalmente una muy sonriente Olga Merino
sale a recibirlo.

—¡Doctor, qué alegría verlo! —le dice la esposa


de Marco Villanela, para después abrazarlo.

El siguiente abrazo que Joaquín recibe es del


propio Villanela: el hombretón que en algún mo-
mento le inspirase tanto miedo actúa ahora como 149
si fuera un amigo de la infancia.

Cuando por fin lo suelta, le invita a tomar asien-


to y le ofrece algo de beber. Joaquín acepta:

—Agua estaría bien, gracias.

Joaquín pasea la mirada por la sala: está algo car-


gada de adornos y cuadros, pero no por ello menos
elegante. Cuadros con paisajes al óleo, grandes fo-
tos familiares y, aquí y allá, salpicadas en la estan-
cia, figuras doradas de la Virgen de Guadalupe.

Aquello le sirve a Joaquín para lanzar su primer


comentario:
Jefferson Moreno Nieves

—Es una casa muy bonita la suya, señor Villane-


la. Felicitaciones.

—Muchas gracias, doctor —responde el aludi-


do, ocupando el sillón que hay frente a Joaquín—.
Y me parece más bonita todavía después de haber
pasado una temporada lejos de ella. Le aseguro.

—Me imagino.

—Y todo gracias a usted, doctor, eso nunca lo


voy a olvidar.

Aquello suena como música a oídos de Joaquín,


150 quien cuenta con el agradecimiento de Villanela
para poder pedirle lo que necesita.

El hombre continúa:

—Por eso he mandado a que me preparen un ca-


brito para almorzar. No me vaya a desairar, doctor,
he elegido al mejor ejemplar pensando en su visita.
Me alegro mucho de que se haya dado una vuelta
por acá.

—Sí, yo también, siempre es bueno visitar… a la


gente que uno más aprecia.

—Muchísimas gracias, doctor. Pero venga, va-


mos allá atrás, a tomarnos alguito mientras queda
el cabrito. Vamos.
El defensor

Joaquín abandona la sala para pasar a un jardín


trasero el doble de grande que su propia casa.

La piscina es mejor que la de cualquier hotel que


Joaquín haya visto antes. El día es soleado y las hi-
jas de Marco Villanela chapotean en ella al tiempo
que ríen y juegan con los flotadores: el tipo de ima-
gen que todo padre anhela ver en el jardín trasero
de su casa.

—Sírvase, doctor, por favor —dice Villanela,


alcanzándole un vaso de cerveza helada—. Salud,
doctor. 151

Después de chocar sus vasos, Joaquín le da un


pequeño sorbo a la cerveza. Le resulta tan refres-
cante que el siguiente es mucho más grande.

—Está buena, ¿no? —le dice Villanela, ofrecién-


dole una sonrisa satisfecha.

—Muy buena —responde Joaquín y vuelven a


hacer salud.

—Y cuénteme, doctor, ¿cómo le va a usted? Leí


por ahí que estaba en la defensa del gobernador re-
gional. Vargas, me parece.

—Sí, así es… Perdimos en la Corte Suprema.


Jefferson Moreno Nieves

—Ah bueno, pero lo mismo pasó conmigo y ya


ve.

—Sí, exactamente —dice Joaquín y, cuando se


vuelve a llevar el vaso a la boca, se da cuenta de que
ya se acabó su cerveza.

—Permítame, doctor.

En un parpadeo, Joaquín vuelve a tener el vaso


lleno.

Una de las hijas de Villanela se acerca hacia ellos:


le pregunta a su padre si pueden tomar helados y,
152 cuando este le responde que sí, da brincos de feli-
cidad y su cabello salpica gotas de agua de piscina.

El próximo en acercarse a ellos es el hijo mayor


de Villanela, Cayito, quien, después de saludar, se
apresura a servirse en un chop que ha traído desde
la cocina.

—Después de la prisión, acá Cayito tomó una


gran decisión, doctor —comenta Villanela—.
Cuéntale, hijo.

El muchacho, que ya debe rondar los veinte,


sonríe avergonzado hasta que finalmente se anima
a revelar la buena nueva:

—Quisiera estudiar derecho.


El defensor

—¡Abogado, doctor! Igual que usted —dice Vi-


llanela, palmeándole el hombro a su hijo—. ¿Qué
le parece?

—Felicitaciones —responde Joaquín y hace sa-


lud con los otros dos—, y cuentas con mi apoyo
para lo que necesites.

—Muchas gracias, doctor.

—Usted lo inspiró mucho, doctor, la forma en


la que le habló al juez y todo eso. Hay que recono-
cerlo, en una sola audiencia hizo por mi hijo lo que
su madre y yo no pudimos lograr en diez años.
153
El trío rompe en una carcajada que hace que las
niñas de la piscina volteen a verlos. También llama
la atención de Olga Merino, que sale al jardín con
un par de botellas de cerveza.

—En diez minutos ya estará servido el cabrito


—anuncia—. Después de estas dos últimas, las de-
más las tendrán que tomar en la mesa.

El comedor va acorde con la sala: una gran araña


de cristal pende sobre la mesa con capacidad para
doce personas. Todo en aquella casa parece gritar
abundancia.
Jefferson Moreno Nieves

Por supuesto, también el plato de comida que


ponen delante de Joaquín: un suculento plato de
cabrito con la presa más grande que haya intentado
comer nunca.

—Muchas gracias —le dice a la cocinera.

Una vez que todos están sentados a la mesa, Mar-


co Villanela, a la cabecera, pide un nuevo brindis
por la visita de Joaquín, y ninguno de los comensa-
les tarda en responder.

Quien toma las riendas de la charla ahora es


Olga, que busca el cotilleo con sutileza:
154
—Y, cuéntenos, doctor, ¿es usted casado?

—No, todavía no.

—Pero alguna novia tendrá.

Joaquín siente sus mejillas encendidas, no sabe


si es por el efecto de las preguntas o la ingente can-
tidad de cerveza que ya ha bebido para entonces.

Intenta torear la pregunta argumentando que no


tiene el tiempo que quisiera, que tiene mucho tra-
bajo, etcétera.

—Pero alguien habrá por ahí: un profesional jo-


ven, de éxito, no se queda soltero mucho tiempo.
El defensor

—Ya sabe lo que dicen por ahí, doctor: «Soltero


maduro…».— Villanela estalla en risa.

—Bueno… —empieza Joaquín, preparándose


para dejar caer el nombre de Chris.

Pero Villanela se le adelanta:

—Si gusta, doctor, Olguita tiene un par de so-


brinas muy simpáticas que le podemos presentar.
Con toda confianza.

El almuerzo fluye en medio de un ambiente


ameno, de familiaridad. Durante una hora, Joa-
quín olvida el verdadero motivo por el cual ha ido 155
a la casa de su antiguo cliente y se dedica a disfrutar
del momento.

Son casi las cuatro de la tarde cuando finalmente


la cocinera vuelve a recoger los platos y, en su lugar,
deja uno más pequeño con el postre: torta de cho-
colate con helado.

Joaquín no cree que, después de todo lo que ha


comido, aquella sea una mezcla con la que quiera
lidiar más tarde, de modo que espacia las cuchara-
das lo más posible.

Una vez que han terminado el postre, los hijos


de Villanela salen de vuelta al jardín. Olga también
Jefferson Moreno Nieves

se disculpa para ir al baño, dejando a Joaquín a so-


las con el dueño de casa.

Ha llegado el momento.

—Muchas gracias por todo, don Marco. Ha sido


una comida estupenda.

—Usted no se merece menos, doctor, antes bien,


se había tardado en hacernos esta visita. ¿Cómo así
se animó?

Joaquín se aclara la garganta:

156 —Pues, don Marco, la verdad es que… quería


pedirle un favor.

—Dígame, ¿de qué se trata? —responde Villa-


nela inclinándose hacia adelante.

—La verdad, es un poco…

«Doctor —lo corta Villanela y se pone de pie


para sentarse más cerca de Joaquín—: tenga usted
la confianza de pedirme lo que sea. Usted no sabe
lo que hizo por mí: me dio la posibilidad de limpiar
mi nombre, de poder salir a la calle y dar la cara sin
nada que temer. Mire usted a mi familia —voltea
a ver el jardín a través de la mampara, Cayito juega
con sus hermanas como si fuera un niño más—.
El defensor

Usted lo hizo posible: si yo estuviera preso, esta


casa parecería un cementerio.

»¿Y sabe qué es lo mejor? Que lo hizo limpia-


mente, que no se valió de ninguna treta, y eso le ha
quedado claro a todo el mundo. ¿Usted sabe cuán-
tos abogados llegaron hasta mi esposa para querer
sacarnos dinero? ¿Cuántos querían negociar un so-
borno para sacar su buena tajada sin hacer nada?
Ni se imagina cuántos. Esto era algo que quería
decirle, doctor, y que lo tenía guardado desde que
me dieron la libertad: usted, tan joven y todo, me
demostró muchas cosas. Que uno puede ser hones-
to y lograr buenas cosas. Y no solo me lo demostró
a mí, ya vio que a mi hijo también. Mi esposa y yo 157
estaremos en deuda con usted para toda la vida. Así
que, por favor, lo que sea que necesite, pídamelo,
con toda la confianza del mundo».

Joaquín se ha dedicado a oírlo: le parece escu-


charse a sí mismo cuando habló por teléfono con
Bety Aguirre y le puso las cosas en claro.

El peso de la razón cae sobre él, al tiempo que


ve todo con claridad: tener la razón y obrar con
honestidad va más allá que cualquier veredicto ju-
dicial.

Es algo que se vive.


Jefferson Moreno Nieves

También se da cuenta de que no podría vivir con


la idea de ser uno más de esos abogados que fueron
a succionar la sangre de Villanela en su peor mo-
mento.

Todo menos eso.

El anfitrión aún está a la espera de que Joaquín


haga su pedido.

Y él ya sabe exactamente cuál será:

—Pues lo que yo quería pedirle es… que me


recomiende con sus amistades. Ahora hay mucha
158 competencia, usted sabe, y no viene mal que a uno
le hagan la mejor publicidad que existe: la del boca
a boca.

Villanela sonríe ampliamente:

—Descuide, doctor, corre de mi cuenta.

Una hora después, Joaquín va caminando de


vuelta a casa: está algo mareado, pero también muy
motivado, con la moral en alto.

Entre las manos lleva un paquete con torta de


chocolate y dos presas de cabrito.
El delito de robo

Es el día nueve desde que Felipe Montero recibió la


acusación. Las últimas cuarenta y ocho horas han
sido para Joaquín una locura total. No ha dormido,
apenas si ha comido, pero está satisfecho, porque
ha encontrado lo que estaba buscando.

La solución.

Al menos parte de ella. 159

Se reúne con su padre esa misma mañana, en


casa de su madre. Joaquín ni siquiera espera a que
el viejo se acomode en su silla para soltarle que la
opción del soborno queda totalmente descartada.

La respuesta de Felipe Montero resulta una ver-


dadera sorpresa:

—Eso mismo quería decirte yo: tu tío Eduardo


no ha podido conseguir ni un peso, de modo que
la única opción es que tú me defiendas a la buena.

En sus palabras no hay el más mínimo entusias-


mo, sino todo lo contrario: lo dice como si ya le
hubieran dictado la sentencia.
Jefferson Moreno Nieves

—Bien —responde Joaquín—, así será. Toma,


esta es una copia de la respuesta a la acusación que
estoy por llevar al juzgado. Si gustas, léela, revísala,
y si tienes alguna duda, estaré de vuelta en menos
de media hora. —Se pone de pie y toma el saco que
descansa en el respaldar de la silla.

—Espera —dice su padre, tomando el paquete


de papel que le alcanza su hijo como si fuera un
objeto hasta ahora desconocido por el hombre: es
un buen montón de hojas que hasta hace dos días
no existían—. ¿Cuándo hiciste esto?

—Lo empecé ayer a las ocho de la mañana y lo


160 terminé hace exactamente… —observa el reloj col-
gado en una pared de la cocina— cincuenta minu-
tos. Quizá se me hayan ido algunas erratas, pero sé
que está bastante bien.

Debe ser una de las maratones de trabajo más


extenuante que ha tenido, pero, a pesar de eso,
todavía le quedan energías suficientes para ir él
mismo a dejar la respuesta y, luego, tratar el tema
con su padre.

—Buena, flaco.

—De nada, papá.

—¿Y has podido encontrar algo que me pueda


servir?
El defensor

—Así es, pero te lo contaré cuando vuelva. O


puedes intentar descifrarlo tú mismo.

—No. —Felipe deja el documento como si le


hubiera quemado la yema de los dedos—. Te espe-
ro, anda nomás. Te espero con café.

Dio con el primer hallazgo la misma noche que


llegó a su casa después de la charla que tuvo con
Villanela: en realidad, la solución para la acusación
por el delito de robo estaba a plena vista. Quizá, si
no hubiera estado tan mortificado por el veredicto
de Vargas y las malas noticias de su padre, habría 161
dado con él en menos de cinco minutos.

Según la acusación fiscal, Felipe Montero se ha-


bía robado la cámara de fotos del último familiar
del dueño de casa al que había golpeado con el fin
de evitar ser descubierto.

Sin embargo, el delito de robo es considerado


uno de tendencia interna trascendente, es decir,
implica la intención de un ánimo de lucro de parte
del sujeto, no la intención de ocultar otros delitos.

El lucro es una parte fundamental para que dicho


delito pueda darse.
Jefferson Moreno Nieves

Y eso es justo lo que Joaquín, a su regreso de la


fiscalía, intenta explicarle a su padre:

—Según la fiscalía, te llevaste esa cámara, ¿ver-


dad?

—Sí.

—¿Y por qué lo hiciste?

—Para intentar ocultar los supuestos daños.

La madre de Joaquín atestigua el pimpón de pre-


guntas y respuestas desde atrás de su taza de man-
162 zanilla caliente.

—Justo de eso se trata, papá —dice Joaquín—:


en ningún momento se te ocurrió llevártela para
lucrar, venderla o cosa parecida, pues el único mo-
tivo por el cual tú te la llevaste fue…

—Para que no me vieran pegándole a todo el


mundo.

—¡Exactamente! Pero eso no lo vuelvas a repetir.

—Si quieres vamos y la devolvemos, así quizá


sumamos un punto más frente a la fiscalía.

—No —responde Joaquín, pegando un brinco


sobre el asiento—. Al menos no todavía. Lo que
El defensor

vamos a debatir no es si los hechos sucedieron o


no, solo cuestionaremos si, como está planteada la
acusación, estos pueden ser delitos.

—Bien, no entiendo, pero bien.

—Escucha, lo que tienes que saber por ahora es


que en el caso de la acusación por robo no hay de-
lito. Lo cual nos deja solo con el otro, el delito de
daños.

—Y sobre ese, ¿qué piensas responder?

—Sobre ese aún estoy buscando la clave.


163
—Lo que tú digas —dice Felipe Montero, son-
riendo a medida que aprecia la astucia de su hijo.

—Podemos conseguir testigos que digan que se-


guiste almorzando y tomando con ellos, que no te
levantaste de la mesa del restaurante.

—Sí, estaba con dos amigos, pero el dueño y los


mozos también me conocen, seguro que se prestan
para apoyarnos.

—Bien, eso está bien. Quizá eso nos libre, pero


seguiré buscando más respuestas que sean acordes a
la verdad, esa es mi labor.

—¿Y qué harás ahora?


Jefferson Moreno Nieves

—Ahora, dormir.

—Anda, hijito, anda —dice su madre abando-


nando su postura de mera espectadora.

Dicho esto, Joaquín se levanta de su silla y se


despide de sus padres.

Entra a su habitación y se duerme tal como llegó


de la calle. Incluso con los zapatos puestos.

164
El delito de daños

El juez de investigación fija la audiencia para den-


tro de un mes, tiempo en el que Joaquín planea
encerrarse cual ermitaño a descifrar la clave para
librar a su padre del segundo delito.

Durante la primera semana revisa la información


que tiene a la mano, navega en internet en busca de
algún precedente que pueda servirle, pero no está
satisfecho con lo que encuentra. 165

Decide acudir a una segunda instancia: hacerle


una visita al doctor Zapata y al que espera sea toda-
vía su centro de trabajo.

Todos sus compañeros se levantan de sus escri-


torios y dejan lo que están haciendo cuando lo ven
entrar por la puerta.

Joaquín recibe abrazos y todo tipo de comenta-


rios. Emerson es uno de los más entusiasmados con
la visita:

—¿A qué debemos el honor de su visita, doctor?


Mínimo de aquí toca su cebiche —sugiere, para in-
mediatamente después guiñarle el ojo.
Jefferson Moreno Nieves

Chris también se acerca a saludarlo, pero es mu-


cho menos efusiva de lo que Joaquín espera. Está
molesta, piensa y recuerda que, desde aquella vez
que salieron al cine, no volvió a llamarla.

Con todo el mundo rodeándolo, no puede hacer


más que encajar el golpe de su indiferencia y pro-
meterse que hará lo que pueda para remediarlo: es
una buena chica, y sospecha que pueden llegar a
tener algo que valga la pena.

Hasta la idea del matrimonio ronda la cabeza de


Joaquín.

166 Después de algunos minutos de bromas, Joa-


quín se disculpa y señala la puerta del despacho del
doctor Zapata.

—Joaquín, ¡qué gusto verte! —lo saluda su maes-


tro y le indica un asiento—. Cuéntame, ¿cómo te
va con lo de tu padre?

Media hora después, ha terminado de ponerlo al


corriente del caso.

Otra de las ventajas de no haberle pedido dinero


prestado a Marco Villanela es que Joaquín Mon-
tero puede seguir mirando a los ojos a su jefe sin
El defensor

remordimiento alguno: solo ahora es consciente de


lo bajo que ha estado a punto de caer.

No cree que, de haberse enterado, el doctor Za-


pata lo haya resondrado: su silencio y posterior dis-
tanciamiento habría sido el peor castigo en el que
Joaquín puede pensar.

—Sí, estás en lo cierto —dice Zapata, luego de


oír el abordaje que ha tenido Joaquín con respecto
al delito de robo—. Eso no debe haber sido muy
complicado.

—Sí, sufrí al inicio, pero ahora parece bastante


obvio. 167

—Así es.

—Lo que aún no sé cómo abordar es la defensa


por el delito de daños: he visto las fotografías y al
parecer sí se trata de varios objetos que destruyó.

—¿Te dio alguna razón para haberlo hecho? ¿Al-


gún atenuante quizá?

—No, ni siquiera se acuerda demasiado: él dice


que, una vez que levanta los puños, todo va en au-
tomático.

—Mala cosa —dice el abogado y se reclina en


su sillón, cavilando el asunto. Al cabo de unos mi-
Jefferson Moreno Nieves

nutos en los que pasea la mirada por su despacho,


pregunta—: ¿Quién es el fiscal?

—Un tal Álvaro Pacheco, ¿lo conoce?

—Sí, lo conozco: un tipo que dirige su trabajo


con mala entraña. No me cae muy bien y sospecho
que a ti tampoco.

—Sospecha bien. Lo que quería pedirle, doctor,


era si podía llevarme algunos expedientes en los
que se imputara el delito de daños para poder ana-
lizarlos y ver si encuentro algo que me sirva.

168 —Pero, hijo, eso no tienes ni que pedirlo, estás


en tu casa. Llévate lo que necesites.

El doctor Zapata se pasa los siguientes minutos


haciendo memoria: recuerda al menos una decena
de casos en los que la fiscalía acusó por daños a la
propiedad privada. Va salpimentando el recuento
con anécdotas que le recuerdan a Joaquín lo buen
conversador que es su jefe.

Por eso es tan buen abogado, piensa.

Después, se pasa a hablarle sobre cómo van las


cosas en la oficina. Han presentado un hábeas cor-
pus por el caso de Vargas, pero el doctor Zapata
tampoco alberga muchas esperanzas.
El defensor

Hay un nuevo dato que ha llegado hasta sus oí-


dos y que podría zanjar el destino del gobernador
regional.

—O exgobernador —precisa—. Todo parece in-


dicar que alguien pagó para que lo condenaran.

—¿Quién?

—El vicegobernador: con Vargas preso, el que se


encarga de ocupar el sillón regional es él. Así que,
quizá, la condena no fue porque la esposa decidió
no pagar, sino porque alguien lo hizo para obtener
aquel resultado.
169
—Un puñal directo a la espalda.

—Un corte fino y profundo, así es.

Finalmente, el doctor habla un poco de sí mis-


mo. La idea de la jubilación vuelve a rondar por
su cabeza; su esposa le insiste en que ya ha pasado
demasiado tiempo en salas penales y muy poco en
casa. No quisiera ser una estadística más en la lista
de abogados penalistas exitosos pero divorciados.

—Debe tener razón. La verdad, mi mente no


trabaja de la misma forma que antes, por eso lo
mejor es que no dejes de venir y aprovechar lo poco
que queda de ella, muchacho. El tiempo no perdo-
na. Y la esposa tampoco.
Jefferson Moreno Nieves

Ambos se permiten una última carcajada com-


partida.

—Muchas gracias, doctor. —Joaquín se pone de


pie, ya no puede esperar por elegir los expedientes
y regresar a su guarida para empezar a revisarlos—.
Le prometo que volveré apenas quede todo solu-
cionado.

—Antes de que te vayas, déjame decirte una


cosa.

—Claro, lo escucho —responde Joaquín y vuel-


ve a tomar asiento.
170
—Quizá ya te lo he dicho antes, pero esto te debe
quedar muy claro: el derecho no es un deporte de
chapoteo, es un deporte de buceo, ¿me entiendes?
La solución la encuentras siempre en aguas profun-
das y, si no la encuentras, es porque no has ido lo
suficientemente lejos. Si es que algo vas a aprender
de mí, muchacho, quisiera que fuera esto. Es lo que
más te va a servir.

Joaquín Montero llega a su casa cargado de car-


petas y de una dosis adicional de motivación.

Necesita toda la que pueda conseguir para afron-


tar este caso.
A puño limpio

La reunión tiene lugar en una diminuta habitación


en el cuarto piso de una pensión. Es lo mejor que
Eliza Montero y su hija, Viviana, habían podido
conseguir desde que el novio de esta última las
echara del que —estaban seguras— ya era su hogar.

Han pasado casi dos meses desde el incidente y


Viviana aún llora lo sucedido como si hubiera sido
171
ayer.

—Nunca pensé que llegaríamos a esto. Yo…


siempre intenté llevarme bien con la familia de él,
pero su madre, su hermana y la abuela siempre me
hacían la vida imposible —relata la joven, prima
de Joaquín, entre sollozos—. A mi mami también,
siempre la trataron con la punta del zapato, como
se dice. Y ella con las justas si salía del cuarto que
tenía en el tercer piso, en el que vivíamos.

—Sí, más que el papá del chico, la mamá era


la mala —dice Eliza. No llora, pero mira al suelo
con una severidad invariable—. Por eso yo mejor
ni salía, ni nada. Prefería quedarme ahí sin que me
vieran para que luego no le reclamaran nada a ella.
Jefferson Moreno Nieves

—Y fue por eso que decidimos construir la nue-


va entrada. —Viviana toma el trozo de papel higié-
nico que Joaquín le pone al frente—. Lo conversé
con Miguel, mi novio, y él estuvo de acuerdo. Ahí
me gasté hasta el último de mis ahorros. Incluso
una puerta bonita le compré, más bonita que la de
la entrada principal de la casa y ahora… no tene-
mos ni dónde dormir…

El llanto reinicia con fuerza. Eliza abraza a su hija,


al tiempo que se disculpa en silencio con Joaquín.

Este le devuelve un gesto que quiere decir que


no se preocupe, que no hay nada que disculpar.
172
El resto de la historia se la tiene que contar su
tía:

—Al final, ellos empezaron a usar la entrada


como si fuera suya. Miguel les había dado una llave
y su mamá sacó como cinco duplicados, todo el
mundo entraba por ahí cuando quería y volvió a
pasar lo mismo que antes, si me veían salir por ahí
me miraban mal y luego le decían cosas a tu pri-
ma —dice Eliza, sin dejar de prodigar caricias a su
hija—. Lo último que pasó fue la gota que derramó
el vaso: yo venía del mercado, cargada de bolsas y
me di cuenta de que me habían puesto candado.
¿Puedes creer eso, Joaquín? ¡Candado!

—Me imagino.
El defensor

—En ese momento mi mamá me llamó al tra-


bajo —dice Viviana, levantando por fin la cabeza:
tiene los ojos inyectados y la nariz roja—. Salí co-
rriendo a buscar a un cerrajero, lo llevé a la casa e
hice que quitara ese mugroso candado y cambiaran
la chapa. Y fue ahí cuando la abuela de Miguel se
asomó por la ventana y se dio cuenta de lo que
estaba pasando. Empezó a gritar como una loca,
a pedir ayuda como si le estuvieran robando. Fue
horrible, primo, todos los vecinos de la cuadra sa-
lieron a ver. Ahí fue que llamé a mi tío Eduardo
para que nos ayude, porque la vieja esa, con ayuda
del primo de Miguel, empezaron a sacar nuestras
cosas a la calle.
173
—Ya veo —dice Joaquín, comprendiendo mejor
lo sucedido—. ¿Y cómo empezó lo de los daños?
¿Cómo se les ocurrió empezar a romper todo?

—Fue por desesperación, hijo —responde Eli-


za—. Tanta rabia tenía de ver nuestras cosas tiradas
por la ventana que me cegué, me metí a la casa, al
primer piso, y cogí lo primero que encontré, ya ni
me acuerdo qué fue. Tu papá llegó en ese momento
y me comenzó a ayudar. Todo fue muy rápido. Ahí
fue que bajaron los hombres de la familia de Mi-
guel a querer detenerlo y pegarle. Pero bueno, ya
sabes que eso no fue lo que pasó, y mi hermanito,
de tan buena gente, los sonó a todos. Y él solo que-
ría ayudar, eso le debes dejar en claro a los jueces,
hijo, que él es inocente.
Jefferson Moreno Nieves

La visita no dura mucho más, después de aque-


llas precisiones por el incidente que ocasionó todo,
lo demás son una sarta de lamentos sobre los que
Joaquín no puede hacer nada.

Viviana ahora ya no tiene trabajo. Después del


incidente no pudo volver a su puesto y, según su
exempleador de la galería de ropa, fue ella la que
provocó que, ese mismo día, alguien aprovechara
su ausencia y se llevara todo el dinero que había en
la caja chica.

La joven alegaba que le había encargado el ne-


gocio a la dueña de la tienda del costado, pero la
174 señora no se hacía responsable de nada.

—Bien podría haber sido ella la ladrona y nadie


lo sabría —dijo Viviana antes de echarse a llorar
otra vez.

Ahora, sin ahorros, sin pareja y sin hogar, se


encontraba viviendo el peor momento de su vida.
Aunque, claro, ella no afrontaba una posible con-
dena de varios años tras las rejas.

Joaquín sale de la pensión sin ningún dato im-


portante adicional que vaya a servirle. Lo único que
siente es una creciente necesidad de reclamarle a su
padre lo imprudente e irresponsable que ha sido.
El defensor

Los daños se cuentan por miles de soles: un te-


levisor pantalla plana, un equipo de sonido, una
mesa de centro, sillas, ventanas, incluso una pared
de drywall con menos de tres semanas de haberse
levantado.

Por suerte, no han presentado cargos por la agre-


sión física a los hombres de la familia. Joaquín su-
pone que debe ser por vergüenza. Ninguno de ellos
quiere admitir que un sesentón les partió la cara a
todos a mano limpia.

Mientras camina por las calles del centro de


Huaraz, su celular empieza a vibrar: es una llamada
de Emerson, otra vez ha dejado colgado a su amigo. 175

Tampoco esta vez le contesta: no puede permitir-


se ni un minuto de descanso mientras no encuentre
la solución.

Apura el paso en dirección a su casa, donde lo


espera otra torre de expedientes que el día anterior
pidió que le enviaran de la oficina.
Derecho y amor

Su mamá lo detiene antes de que Joaquín termine


de cruzar la puerta de su casa:

—Hay alguien aquí que quiere verte —le susu-


rra mientras le acomoda el cuello de la camisa.

Joaquín entra a la sala y se encuentra a Chris


sentada en uno de los muebles.
177
—Hola, Joaquín —saluda Chris. Se levanta y le
da un beso en la mejilla—. Vine a traerte los expe-
dientes que le pediste al doctor Zapata.

—Gracias —responde Joaquín, aún un poco


desencajado. Observa las dos tazas de café que hay
en la mesa de centro y sospecha que hace un buen
rato que su madre no está sola en casa.

Chris se encarga de corroborarlo todo:

—Tu mami es linda. Estuvimos hablando un ra-


tito.

La madre de Joaquín entra en ese momento


para llevarse las tazas y despedirse de Chris, lo hace
Jefferson Moreno Nieves

como si fueran amigas de toda la vida y no como si


acabara de conocerla hace aproximadamente media
hora.

Mientras se marcha, sin que Chris se dé cuenta,


le guiña un ojo a su hijo por encima del hombro.

—¿De dónde vienes? —pregunta Chris cuando


los dos están sentados frente a frente.

—De entrevistar a mi tía y a mi prima. Es por el


caso de mi papá.

—Algo de eso oí en la oficina, ¿cómo ves tu de-


178 fensa? ¿Te está dando problemas?

Joaquín le cuenta el caso completo, desde la tar-


de de los hechos hasta sus últimos hallazgos. Chris
lo oye con el cien por ciento de su atención: sus
grandes ojos café lo observan como si estuvieran en
medio de un concurso de no parpadear.

Mientras habla, Joaquín se lamenta no tener la


oportunidad de ver aquel rostro más seguido.

—Entiendo —dice Chris, una vez que él se ca-


lla—. Lo bueno es que aún te quedan algunas se-
manas para dar con la respuesta.

—Así es, pero llevo unos días estancado y eso no


me gusta.
El defensor

—¿Y después de…? —Chris deja la pregunta a


la mitad.

—¿Después de qué?

—Nada, olvídalo. Supongo que ya me tengo


que ir.

Chris empieza a tomar su cartera y se levanta.

—¿Sí? ¿Tan pronto? Ni siquiera me has dicho


cómo estás, cómo te va a ti.

—Bueno, lo que te puedo contar es que, desde


que no estás, en la oficina parece que hay muchas 179
más cosas que hacer. El doctor me ha pedido que
sea yo quien le revise preliminarmente los escritos
de tus practicantes antes de enviárselos a él. Y, si
mal no recuerdo, debo tener ya un par esperándo-
me a que les dé una mirada.

—Claro, sí.

—Además, sé que tienes que revisar los expe-


dientes que te acabo de traer.

—Sí, es cierto, pero…

—Descuida, Joaquín. Yo entiendo. Ya conozco


la salida.
Jefferson Moreno Nieves

En ese momento él reacciona, se levanta como


si un resorte lo hubiera propulsado de su asiento.

—Chris, escúchame, no es que yo no haya que-


rido…

Ella vuelve sobre sus pasos, se empina junto a él


y le da un beso en la mejilla.

—Joaquín, no soy ese tipo de chica, sé perfecta-


mente lo que estás haciendo, la responsabilidad que
tienes y lo entiendo. Haz lo que tengas que hacer y,
cuando lo hagas, puedes llamarme. Y hablaremos
de otras cosas que nada tengan que ver con juicios
180 o denuncias. Cuídate y procura dormir un poco.

Y se va sin que Joaquín atine a decir nada.

Lo único que sabe es que le gusta mucho más


que antes.

Su madre lo espera en la cocina, lavando el mis-


mo plato por cuarta vez:

—Ella te quiere —dice la mujer, con el tono


cantarín de una niña.

—¿Qué tanto oíste, mamá?


El defensor

—¿Oír? No mucho. Pero sí vi cómo te miraba


cuando entraste a la sala. Eso fue suficiente para
que yo lo supiera todo.

—¿Ah sí? Y yo que creía que el estofado de res


era tu único superpoder.

Su madre se ríe y deja a un lado el plato.

—No te diré nada más —dice mientras se seca


las manos en su delantal—, solo quiero que sepas
que esa tal Chris tiene mi bendición.

Joaquín la mira durante un momento, intentan-


do averiguar si lo dice en serio. 181

Resulta que sí:

—Pues gracias, mamá, pero por el momento no


puedo hacer mucho con eso. No puedo destinar ni
un poco de mi atención y energías a nada que no
sea el caso de papá.

—Lo sé, todos lo sabemos, y esa chica también


lo sabe. Y aunque no puedas llevarla al cine ahora
o dedicarle el tiempo que ambos quisieran, le estás
demostrando mucho más de lo que cualquier otro
podría.

Su madre le regala una de aquellas miradas que


Joaquín siente le arreglan el alma.
Jefferson Moreno Nieves

—Gracias, mamá.

—Yo confío en ti. Sé que lo vas a lograr.

Allí está otra vez la mujer que sostuvo un hogar


con dos hijos varones cuando su esposo estaba en
cualquier otro lugar, perdiendo el tiempo; la mis-
ma mujer que su hermano y él encontraban a un
lado de la cancha durante sus partidos de fútbol,
corriendo más que el entrenador inclusive; la mis-
ma mujer que le dio la seguridad de que si se es-
forzaba, podría llegar a ser un gran abogado y que,
después, le aseguraba que pronto estaría al frente de
los casos más importantes.
182
Joaquín la abraza con todas sus fuerzas y vuelve
a agradecerle.

No es mucho de rezar, pero, con su madre entre


sus brazos, le pide a Dios que le dure para siempre.
Más pruebas

Felipe Montero es noticia. Uno de los muchos ve-


cinos que se asomó a ver la trifulca filmó parte de
ella y ahora está en las redes y principales medios
de Huaraz.

Se ha vuelto viral.

Joaquín sospecha que uno de los agraviados se


ha encargado de filtrar el video con el ánimo de 183
poner a la opinión pública de su lado: en YouTube,
es posible encontrarlo con el título: «Tío pegalón
masacra a familia».

Diego es el primero que lo ha encontrado: le ha


enviado el enlace a su hermano mayor junto con
emojis de risas.

—Varios periodistas han venido a entrevistarme


—dice su padre al teléfono, muerto de risa, como
si fuera una travesura de lo más infantil—. Les he
dicho que, si me quieren entrevistar, les va a cos-
tar alguna platita y pueden hablar con mi abogado
para eso.
Jefferson Moreno Nieves

—No se te ocurra volver a decir algo como eso,


papá —le dice Joaquín, tirándose de los cabe-
llos—. Salvo que quieras que el día de la audien-
cia los jueces crean que eres un desadaptado que
no tiene reparo en portarse como un destructor
para luego lucrar con el daño causado.

Las noches en vela le han pasado factura al joven


abogado, quien ve correr el calendario sin poder
encontrar algún argumento adicional con el cual
lidiar contra el otro delito, el de daños. A pesar de
estar siguiendo el consejo del doctor Zapata al pie
de la letra y de estar buceando entre decenas de
expedientes distintos, la suerte no parece estar de
184 su lado.

Y ahora, por si fuera poco, un clip de video de


apenas veinte segundos, pero con más de doscien-
tas mil reproducciones, ha echado por tierra el úni-
co argumento que creía le podía servir para librarse
del segundo delito.

Queda claro que fue él quien ha roto todo lo que


se denunció como dañado.

No necesita que su padre se ponga a hacerse el


tonto mientras tanto.

—Ya, flaco, tranquilo, tampoco es para que te


pongas así. Además, esa plata no nos vendría mal si
El defensor

es que vamos a tener que pagar alguna reparación,


¿no te parece? Digo, son un par de cosas las que
dicen que les hemos roto la gente esa.

—Papá, lo que estoy tratando de hacer aquí es


que no tengas que pagar reparación alguna. Solo te
pido que no contestes ese tipo de llamadas mien-
tras me ocupo del caso, no me des algo en qué dis-
traer mi atención. ¿Comprendes?

Felipe Montero deja escapar un suspiro:

—Ya, flaco, tranquilo. Me quedo quieto.

—Gracias, papá. 185

Joaquín cuelga y mira en lo que se ha convertido


su habitación. No parece distinta del cuarto de ar-
chivo que hay en la oficina del doctor Zapata, salvo
por la ropa tirada por cualquier lado y las envoltu-
ras de frituras que hay aquí y allá sobre su escrito-
rio. Pero también le recuerda a algo más.

Su habitación de estudiante en la ciudad de Chi-


clayo.

Joaquín recuerda aquel lugar y los días que pasó


allí como jornadas interminables de estudio. Ape-
nas terminadas las clases, volvía inmediatamente a
su habitación para repasar lo que acababa de oír.
No tenía muchas opciones: el dinero le alcanzaba
Jefferson Moreno Nieves

justo para comer y pagar su cuarto, no para cono-


cer la ciudad y hacer vida social.

Aunque sabe que son los años que lo forma-


ron como abogado, Joaquín nunca pudo quitarles
aquel velo sombrío del desánimo y la soledad. Se
le viene a la mente el recuerdo de cuando tuvo que
cargar con lo único que tenía, colchón y catre, para
mudarse del cuarto donde lo habían acusado de
coger una fruta que pertenecía a otra persona. Los
mismos sentimientos vuelven a atacarlo ahora que
parece ir en reversa antes que continuar avanzando.

Ayer estaba litigando en la Corte Suprema y aho-


186 ra me juego la libertad de mi padre en un juzgado
de Huaraz, piensa, y su ánimo decae una décima
más. Ayer incluso estaba barajando la posibilidad
de ganar una vacante en el estudio de César Araga-
ki, y ahora teme incluso por su lugar en la oficina
del doctor Zapata.

Pero sabe que eso no es lo peor.

Lo peor podría ser perder, incluso, este caso.

La sola idea hace que Joaquín se espabile, borre


de su cabeza los recuerdos universitarios que no le
sirven ahora y siga revisando expedientes.

La próxima vez que se detiene son las siete y cua-


renta de la mañana del día siguiente.
El defensor

Ha dado con un caso bastante similar, ocurrido


en 2019, en el mismo Huaraz. Una pareja de inqui-
linos que acusaban al propietario del departamento
en el que vivían de haber dañado sus pertenencias
al querer desalojarlos a la fuerza.

El hombre había esperado a que la pareja saliera


del departamento para poder sacar las pertenencias
a la calle. Le había pedido ayuda a su hijo para que
pudieran bajar todo desde el tercer piso mediante
una escalera exterior. El propietario, un hombre de
cincuenta años, no había tenido intención de da-
ñar nada, pero, mientras bajaba una mesa de cen-
tro especialmente pesada, esta había resbalado de
sus manos para caer sobre el televisor, el horno mi- 187
croondas y, de paso, hacerse trizas contra la vereda.

Lejos de querer lavarse las manos, el propietario


esperó a la pareja con el fin de poder negociar —de
todas formas, ellos eran los que le debían una bue-
na cantidad de dinero—. Sin embargo, la pareja
decidió ir a juicio.

La mujer fue la encargada de presentar los car-


gos y llamó a su esposo como testigo. Asimismo, le
pidieron a una amiga que había estado con ellos ese
día que también prestara su declaración en contra del
propietario:
Jefferson Moreno Nieves

—Se notaba que el viejo lo había hecho a propó-


sito —dijo la amiga en la audiencia—. Había que
tener buena puntería para hacer tremendo desastre
con una sola mesa de centro.

Más allá de los triviales argumentos de la testi-


go, el inconveniente de la acusación era otro, según
pudo leer Joaquín. Lo que estaba fallando era el
principio de fiabilidad de los testigos.

El juez desestimó la acusación, pues era claro


que tanto la posición de la mujer como la de su es-
poso y la amiga de ambos configuraba una misma
posición: ambos testigos tenían un sesgo hacia una
188 de las partes del proceso.

Ahí había una posible solución. El grupo fami-


liar agraviado que acusaba al padre de Joaquín, cu-
yos integrantes vivían juntos, sin duda tenía una
marcada orientación en común.

El argumento era bueno y quizá podría funcio-


nar, pero con el nuevo video de la agresión apareci-
do en las redes su efectividad tendía a la baja.

Por fin, con el sonido de los autos y el silbido del


pan llegando desde la calle, Joaquín decide cerrar
aquel último expediente. Al leerlo, no pudo evitar
imaginarse que el papel de la mujer agraviada era
interpretado por Chris.
El defensor

De hecho, su imagen se le ha presentado una y


otra vez durante sus últimas noches en vela. La ha
visto con distintos atuendos y peinados, pero siem-
pre con el aura irresistible de un espejismo.

En este preciso momento, Joaquín Montero no


se siente cansado, pues el sueño no es su única ca-
rencia ahora. Hay algo mucho más urgente que lo
tiene acorralado.

Ya ha esperado demasiado.

Se levanta de su escritorio, se ciñe el cinturón y


va al baño a mojarse la cara y ponerse algo de per-
fume. Tiene una única idea en la cabeza y la está 189
llevando a cabo. No sabe si su falta de reparo es
producto del desvelo, pero cada acción se le hace
totalmente natural y correcta.

Sale de casa ignorando las preguntas de su ma-


dre y los comentarios de su hermano. En la calle
se sube al primer taxi que encuentra y le indica la
dirección.

Lo único que espera es encontrarla despierta. No


está seguro, pero cree que es fin de semana. De otro
modo, no tendrá mucho tiempo hasta que ella ten-
ga que ir a la oficina.
Jefferson Moreno Nieves

Chris abre la puerta y Joaquín entra a su habi-


tación. Les toma una fracción de segundo a ambos
reconocer lo que el otro quiere y comprobar que es
lo mismo en lo que vienen pensando por semanas.

Apenas le da tiempo de volver a cerrar la puerta


cuando Joaquín avanza hacia ella y la besa. Los bra-
zos de Chris se cierran en torno a su cuello como si
aquel fuera su lugar natural.

El beso y el abrazo se prolongan hasta que ambos


van a parar a la cama. Joaquín entonces abandona
la boca de la chica para ir en busca de su cuello.
Se ve tentado a pensar que aquella es otra más de
190 las fantasías que lo han atacado durante sus noches
en vela, pero el perfume y el sabor de la piel de
Chris son tan intensos como los de una fruta fresca.

La primera prenda va a parar al suelo de la pe-


queña habitación. Luego, la segunda y la tercera…

Pierden la noción del tiempo, del lugar donde


se encuentran y toda su realidad se transforma en
una sucesión de caricias, gemidos y movimientos
que lo único que consigue es seguir aumentando
el placer.

A lo lejos, oyen los que parecen ser golpes en la


puerta. Los reclamos de Johana, la chica con la que
Chris comparte el minidepartamento, se oyen fu-
El defensor

riosos: dice algo de una videollamada sumamente


importante.

Pero a ninguno de los dos les importa. Siguen en


lo suyo hasta que los reclamos cesan; la mañana
da paso a la tarde y, luego, a la noche. Las ganas
que tienen provienen de un pozo de deseo infinito.

Cuando por fin se acuestan uno junto al otro,


completamente exhaustos, el producto de su pa-
sión ha empañado la ventana, y la única luz que
hay en la pequeña habitación es la que proviene del
alumbrado público.

191

Al cabo de algunos minutos mirando el techo,


disfrutando de la atmósfera que ha dejado el en-
cuentro, Joaquín se anima a quebrar el silencio:

—Creo que tu amiga vino a buscarte.

Los dos ríen aferrados a las sábanas. Podría que-


darme aquí durante días, piensa Joaquín.

—Johana es así, lo hace por molestar. Si supieras


el escándalo que monta cuando llego acá después
de las diez…
Jefferson Moreno Nieves

—Eso quiere decir que… —dice Joaquín, girán-


dose sobre sí para ver a Chris directamente a los
ojos— ¿sueles llegar aquí después de las diez?

—Algunas veces sí, como la mujer independien-


te que soy.

—Ah, mira, eso está muy bien.

Sus labios vuelven a encontrarse. Esta vez, el


beso ya no es apasionado; ahora es tierno.

Es la primera vez en semanas que todo dentro de


Joaquín se siente en orden. Compartir aquel mo-
192 mento con Chris es como haber llegado a la orilla
después de haber nadado durante mucho tiempo
para salvar la vida.

—¿Cómo va el caso? —pregunta ella.

—No quisiera arruinar este momento hablando


de eso.

—Pienso que sería muy difícil arruinar un mo-


mento como este.

—En eso tienes razón —dice Joaquín y le hace


un breve resumen de sus avances, y los reveses, que
ha tenido. Chris lo escucha mientras le acomoda el
cabello sobre la frente y a los costados de su cabeza.
El defensor

—¿Cuánto falta para la audiencia? —pregunta


cuando él termina el recuento.

—Estamos a una semana y dos días.

—¿Y luego de eso?

—Luego de eso… dependiendo del resultado,


apelaré.

—¿Y luego?

—Y luego tendré que vivir con lo que sea que


ocurra.
193
Pero la verdadera pregunta que Chris quiere ha-
cer, aquella que nada en el centro mismo de sus
ojos, Joaquín no la ha contestado.

Y lo intenta:

—Después, podré retomar todo lo que haya


quedado pendiente en mi vida.

—Esa es una buena noticia, supongo. Se te ex-


traña mucho en la oficina.

—No me refiero solo al trabajo. Chris, no quiero


que creas que lo nuestro no es importante para mí.
De hecho, es en lo que más pienso después del pro-
ceso de mi padre. Y me siento mal de tener que…
Jefferson Moreno Nieves

—¿Irte ahora?

Responder aquello le sabe a Joaquín como decla-


rarse culpable de algo.

Chris no está molesta. Eso es lo peor.

—Ya te dije antes que entiendo perfectamente


tu situación. Sigue adelante, sé que lo harás bien.
Pero debes entender una cosa: en este caso eres el
abogado, no el hijo del acusado. Quizá sea difícil
diferenciarlo ahora, hay muchos sentimientos en
medio, pero es necesario. Nada de lo que ocurra
con tu padre es tu culpa, Joaquín. Si no lo entien-
194 des ahora, podría convertirse en el tipo de cosa que
te haga tropezar más adelante. Y ni tú ni yo ni na-
die quiere eso. Tienes un gran futuro, el doctor Za-
pata no deja de decirlo. No seas tú quien empiece a
sabotear al abogado que puedes llegar a ser.

Joaquín no tiene respuesta.

Se ha quedado mirando fijamente a Chris y no


está dispuesto a parpadear por miedo de que las
lágrimas empiecen a rodar por sus mejillas.

Tan solo atina a volver a besarla. Se ha revelado,


en aquellas breves palabras, como una mujer dueña
de una sabiduría solo equiparable con su belleza.

Cada beso se siente como el regreso a casa.


El defensor

—Gracias —dice Joaquín—. Haré mi mejor pa-


pel.

—Lo sé.

—Pero… ¿qué hacemos ahora? ¿Seguimos sien-


do compañeros de trabajo? No creo que el doctor
Zapata vaya a estar muy de acuerdo con este tipo
de visitas tan casuales.

—Pues, técnicamente, tu pertenencia a la em-


presa está suspendida, ¿no? —Chris vuelve a
abrazarlo y Joaquín cree notar un leve aumen-
to en su temperatura corporal—. Es casi como si
no pertenecieras a ella y, si no perteneces, ¿cómo 195
podría haber un reclamo por lo que estamos ha-
ciendo?

—Tienes razón. Supongo que, si quieren recla-


marnos algo, tendrán que esperar a que yo…

Joaquín se queda con la boca abierta, sus párpa-


dos se retraen y Chris piensa que le está dando un
ataque cardiaco.

Él la tranquiliza, le dice que está mejor que nun-


ca e intenta explicarle lo que le ocurre.

Es como si alguien hubiera descorrido la cortina


para dejar entrar el sol de mediodía dentro de su
mente. Joaquín puede ver con una claridad abso-
Jefferson Moreno Nieves

luta todos aquellos espacios en los que, hasta ese


momento, había andado a ciegas.

En uno de ellos, encuentra la solución.

A la mañana siguiente, vuelve al cuartucho en el


que ahora viven Eliza Montero y su hija, con más
preguntas para ellas.

196
El control de acusación

La sala de audiencias no es ni la tercera parte de la


de la Sala Penal Nacional. De hecho, no parece más
grande que la sala de su casa, piensa Joaquín.

Junto a él están su padre, su tía y su prima. Nin-


guno de ellos se guarda de echarles miradas asesinas
a los agraviados, quienes se encuentran en el lado
opuesto, a medio paso de distancia, y que tampoco
se quedan atrás. Parecen estar esperando que suene 197
la campana para continuar con la pelea que los ha
llevado hasta ese lugar.

Joaquín no pudo ver cómo quedaron después de


haberse enfrentado a su padre, pero constata que
uno de ellos —el antiguo novio de Viviana— aún
lleva las marcas en el rostro, y otro ha ingresado
cojeando a la sala.

En el fondo, Joaquín se alegra de que los cargos


contra su padre no incluyan el de tentativa de ho-
micidio, o al menos, lesiones.

El fiscal encargado del caso, un sujeto al que lla-


man Pacheco y que Joaquín no ha tenido el placer
Jefferson Moreno Nieves

de conocer, lo saluda con un movimiento de cabe-


za, para luego hacer como que Joaquín ya no está
allí. El abogado de los agraviados, el doctor Coro-
nado, ni siquiera se molesta en saludarlo.

—Flaco —le susurra su padre al oído—, ¿estás


nervioso?

—No, papá. Estoy bien.

—Qué bueno, quiero que estés tranquilo.

—Gracias.

198 —Sí, ya tengo todo coordinado.

—¿Cómo?

—Ya hablé con tu tío Eduardo. Mira, si al final


me condenan, él me va a estar esperando en la es-
quina. Lo que necesito es que pidas que me dejen
ir rápidamente al baño, dices que es un tema de mi
próstata y en ese momento… —Se detiene cuando
ve el rostro de su hijo palidecer hasta niveles fantas-
magóricos—. Es broma, flaco. Una bromita para
relajar el ambiente.

No le da tiempo de responderle. El juez ingresa a


la sala, les dedica un saludo general a los presentes
y se sienta en su lugar para empezar.
El defensor

El tal Pacheco resulta ser bastante bueno: pre-


senta su acusación con soltura, con solvencia. Tiene
buena escuela, piensa Joaquín y se permite recordar
que aquella es una de las cosas que más le gusta de
la profesión, el litigio.

De hecho, fue lo que le hizo querer ser abogado.

Tenía diecisiete años cuando, mientras se encon-


traba sirviendo mesas en el restaurante en que tra-
bajaba, vio por primera vez una audiencia y a un
abogado defensor en acción.

Se trataba precisamente del mismísimo César


Aragaki. 199

La voz del abogado que salía en ese momento


de la pantalla transmitía un tipo de seguridad y au-
toridad que Joaquín Montero no había conocido
hasta entonces, aquellas que otorgan la sabiduría y
el conocimiento.

En aquella ocasión, Aragaki se encontraba defen-


diendo a un expresidente. Un caso tan importante
que era la primera vez en la historia que los canales
de señal abierta decidían transmitir las audiencias
en directo. Los índices de sintonía no mentían: las
personas no podían dejar de mirar el segundo a se-
gundo del proceso legal.
Jefferson Moreno Nieves

Fueron los cuatro minutos más emocionantes de


la vida de Joaquín, hasta que el dueño del restauran-
te, Juan José Morán, un amigo de copas de su padre
y de Dios sabe de qué más, le llamó la atención, recor-
dándole que él no le pagaba para que viera televisión.

—¿Él es abogado? —se animó a preguntarle a


Morán al día siguiente, mientras en canal cuatro
transmitían la nueva audiencia. En realidad, solo
necesitaba una confirmación.

—Claro pues, flaco, ni que fuera una bailarina.

En ese momento, Joaquín Montero supo exacta-


200 mente qué era lo que quería hacer de su vida.

Se pregunta si a su colega del Ministerio Públi-


co, Pacheco, le habrá pasado igual. Parece un poco
mayor que yo, pero no demasiado, piensa Joaquín;
quizá también vio las audiencias con la misma
emoción que yo.

Pacheco da las gracias y toma asiento: ha termi-


nado. Coronado lo espera con la mano extendida
para estrechársela, algo que no suele verse en las
audiencias.

Es el turno de Joaquín, quien, motivado por la


agudeza mental y argumentativa del Aragaki que
vio en acción tantos años atrás, se aclara la garganta
y deja caer la artillería pesada.
El defensor

Va en el orden en el que fue encontrando la res-


puesta para cada delito. Primero, el de robo.

—Con todo respeto, señor juez, estoy seguro de


que para usted no será difícil recordar lo que exige
el delito de robo para su comisión en su aspecto
subjetivo, el cual necesita de parte del sujeto un
ánimo especial, el ánimo de lucro, ¿verdad? —Joa-
quín hace una pausa esperando que el juez respon-
da a la pregunta mentalmente—. Pues bien, siendo
ese un requisito indispensable para la comisión de
dicho delito, debo decirle que en esta ocasión no se
ha configurado tal.

—Según la propia acusación fiscal, mi defendido 201


arrebató la cámara fotográfica para evitar ser descu-
bierto de los daños que venía realizando a la pro-
piedad. Su única intención fue, señor juez, evitar
que la filmación, en la que se le aprecia luchando
contra los agraviados y provocando los daños que
se le adjudican, fuera vista por un tercero.

Al menos, eso dice expresamente la acusación


fiscal.

Joaquín continúa:

—Por lo tanto, sin necesidad de discutir la prue-


ba o la acreditación de los hechos, solo a partir del
planteamiento fiscal, se puede verificar la ausencia
Jefferson Moreno Nieves

de tipicidad subjetiva en el delito, lo que determina


que el hecho no puede ser llevado a juicio.

Luego de decirlo, un breve silencio de aproba-


ción se extiende por la pequeña sala. Joaquín se
siente satisfecho. Es tiempo de ir por la segunda
presa, piensa.

—Ahora bien, con respecto al delito de daños, lo


que me veo obligado a reconocer es la pericia con
la que los agraviados han detallado uno a uno los
bienes materiales afectados. De hecho, si me per-
mite su señoría, quisiera hacer un recuento de es-
tos, tal como mi contraparte ha hecho, con la única
202 diferencia de nombrar el número de serie de cada
aparato y el lugar en el que fue adquirido.

Pacheco frunce el ceño: algo de lo que está ha-


ciendo su contrincante no tiene sentido. Coronado
le habla al oído, pero el fiscal lo manda a callar. No
quiere que lo distraigan ahora.

El juez da su aprobación y permite que Joaquín


siga adelante.

Al terminar, se acerca a la mesa del juez para de-


jar la lista con los datos que acaba de leer.

—Me parece que se trata de los mismos elemen-


tos que figuran en la acusación, ¿verdad?
El defensor

—Todo parece indicar que sí —responde el juez,


y deja de lado el documento.

—Bien. Ahora permítame decirle la razón por la


que en la defensa hemos logrado ser tan específicos
al momento de enumerar dichos bienes. —Joaquín
saca de su maletín una bolsa de plástico con cierre
hermético en la cual figuran una serie de boletas y
comprobantes de compra—. La razón por la cual
tenemos dichos datos es porque contamos con los
recibos de compra de cada una de las cosas.

Se da vuelta para que los agraviados también


puedan ver la bolsa.
203
Pacheco tiene cara de querer objetar algo, lo que
sea, con tal de mandar a callar a su contrincante en
ese momento. Ya sabe lo que viene a continuación.

—Debo reconocer que, si mi colega aquí pre-


sente ha sido lo suficientemente cuidadoso como
para no olvidar ninguno de los bienes que sufrieron
daño, mi representado y las mujeres que solicitaron
su ayuda tampoco han dejado de ser cuidadosos al
momento de guardar los recibos y boletas de todos
aquellos artefactos que ellas mismas han compra-
do. Y he aquí lo interesante, su señoría, puesto que
la persona que compró, que pagó por los bienes
que ahora le reclaman a mi defendido no ha sido
ninguna de las del grupo agraviado.
Jefferson Moreno Nieves

—Explíquese, abogado —dice el juez, impa-


ciente por saber adónde lleva todo aquello.

—Con todo gusto, juez de garantías. Lo que


quiero decir es que los objetos dañados fueron ad-
quiridos por la señorita Viviana Suárez Montero
durante el tiempo que vivió en la casa de quien por
entonces era su pareja. La señorita Viviana, como
una forma de contribuir al hogar en el que había
sido acogida, no tuvo reparo en adquirir un televi-
sor nuevo, un equipo de sonido, una mesa de cen-
tro y todos los demás objetos que, según la acusa-
ción, fueron dañados por mi cliente.

204 El juez no tarda en empezar a contrastar cada


boleta con la lista de bienes dañados.

—Como verá, los objetos por los cuales los agra-


viados reclaman, de hecho, no son de su propiedad,
sino de la otra parte, la que, digamos, fue responsa-
ble de los daños. Dicho esto, me permito recordar
el principio de libre disponibilidad del patrimonio,
mediante el cual, la lesión a bienes propios no con-
figura delito alguno. Por otro lado, tampoco es po-
sible reclamar por bienes ajenos, como es el caso
de la presente acusación, en tanto que, como dije
antes, los bienes dañados ni siquiera pertenecen a
nadie de la familia supuestamente agraviada.
El defensor

La reacción no se hace esperar: el novio, el padre,


la madre, la abuela y todos los demás miembros de
la familia que han acudido a la sala con la esperan-
za de ver a Felipe Montero irse preso, ahora se ven
sorprendidos y con las manos vacías.

El doctor Coronado conferencia con Pacheco


mientras los susurros continúan hasta transformar-
se en palabras a todo volumen.

Lo que ocurre poco después no resulta una sor-


presa: el juzgado ordena archivar la acusación en
contra de Felipe Montero Osores, quien, fiel a su 205
estilo, levanta a su hijo entre sus brazos.

También se permite lanzar un mensaje a la con-


traparte en medio del bullicio de salida:

—Y la próxima les va peor.

Joaquín sabe que la familia habrá de apelar, pero


eso no lo inquieta, pues se trata de casi un acto
reflejo.

Sabe mejor que nadie, mejor que nunca, que ahí


no hay caso.
Los archivos también se celebran

Las cajas de cerveza no paran de llegar a la casa.


Tampoco los invitados. Entre ellos están los fami-
liares y amigos de Felipe y, por supuesto, los com-
pañeros de oficina de Joaquín.

A los pocos segundos de haber llegado, Emer- 207


son ya se encuentra tomando, abrazado a quien esa
misma mañana aún era el acusado, como si se co-
nocieran de toda la vida.

—Yo sabía que Joaquín lo iba a lograr, don Feli-


pe, le enseñé todos los trucos. ¡Salud!

La música tampoco se hace esperar: pronto, apa-


recen dos guitarras y la gente empieza a bailar. Die-
go saca a bailar a su madre, mientras que alguien
más saca a bailar a Viviana Suárez.

—Muchas gracias, Joaquín —le dice su tía


Eliza, quien, por primera vez en quince o veinte
años, vuelve a tener un vaso de cerveza helada en
Jefferson Moreno Nieves

la mano. Se esfuerza para que su voz resulte clara a


pesar del ruido—. Quisiera recompensarte por la
lección que les diste a esas malas personas. Si me
esperas un poquito, te prometo que…

—Tía, olvídese de eso. La recompensa ya la ten-


go. Mire usted —responde Joaquín y señala a su
padre, que ahora es levantado en brazos por dos
de sus amigos que trabajan con él en la empresa de
tours—, esa es mi mejor recompensa.

Joaquín sabe que habrán de tener una conver-


sación muy seria sobre el tipo de conducta que lo
llevó a meterse en un problema tan serio, pero tam-
208 bién confía en que, luego de haber visto el triunfo
de la buena práctica del derecho, Felipe Montero
reconsiderará lo que cree saber sobre el sistema de
impartición de justicia.

A Joaquín le gusta la fiesta —el olor a comida


anuncia que lo mejor está por venir—, pero está
realmente cansado. Sin duda, ha sido el caso más
arduo de su aún corta carrera. Va en busca de la
salida. A su paso, hace salud unas cinco veces con
distintas personas que lo felicitan.

En la calle está todo más tranquilo. Joaquín


Montero se recuesta contra el auto de su padre, se
permite cerrar los ojos, echar la cabeza hacia atrás y
respirar con la satisfacción que da la tranquilidad.
El defensor

Lo sorprenden unas manos que se posan sobre


sus párpados cerrados:

—Adivina quién soy —le dice Chris.

Caminan uno al lado del otro sin rumbo fijo.


Durante los primeros metros, Joaquín duda si to-
marla de la mano, no quiere incomodarla. Por des-
cuido, sus dedos rozan la falda floreada de Chris.
Pero es ella quien toma la iniciativa y entrelaza sus
dedos con los suyos.

—Me imagino que ya estás aburrido de que la 209


gente te felicite.

—No, para nada. —Y luego de pensarlo mejor,


Joaquín agrega—: Bueno, un poco quizá.

—Es un precio muy bajo que pagar para lo que


has conseguido.

—Lo que estaba pensando era en la forma en la


que cada abogado va construyendo su experiencia
y armando una especie de cuarto de archivo mental
con el que enfrentarse a casos futuros.

—Como un banco de preguntas y respuestas ya


descubiertas.
Jefferson Moreno Nieves

—Sí, algo como eso. Pienso en los abogados con


experiencia, como el doctor Zapata, y se me ocurre
que, llegado a ese punto, pocas cosas te sorprenden
y, de alguna forma, te resulta más sencillo encon-
trar las soluciones. Claro, siempre y cuando el con-
trincante no tenga su cuarto de archivo más lleno y
ordenado que el tuyo.

—Tienes razón. —Chris se detiene y se cuadra


frente a él—. Pero ya fue suficiente de casos y deli-
tos por hoy, ¿no crees?

—Por hoy y por mañana —responde Joaquín y


la besa.
210
Se entrega a los labios de Chris sin preocuparse
de nada.

Ni siquiera del doctor Zapata, que acaba de do-


blar la esquina y viene caminando hacia ellos.
El derecho es de buceo

La audiencia de apelación tiene lugar un mes des-


pués, esta vez, en una sala más grande e importante
que la anterior.

Ingresa el público y las partes. Están todos menos


el exnovio de Viviana y quien fuera su abogado, el
doctor Coronado, el encargado de firmar la apelación.

Esta vez, los jueces son tres: dos hombres y una 211
mujer de aspecto macizo y diabólico.

Del lado de Joaquín se encuentran su padre y


su tía. Viviana ha tenido que acudir a su tercer día
en su nuevo trabajo y no ha podido acompañarlos
esta vez.

Confía en su primo, sabe que lo tiene todo bajo


control.

—Eres el mejor, Joaquín —le dijo el día anterior


para avisarle de las cosas que tenía que hacer.

Lo que Viviana no sabe es que quien está del


otro lado, litigando contra Joaquín, ya no es el fis-
Jefferson Moreno Nieves

cal Pacheco, sino un fiscal superior llamado Ger-


mán Cuenca.

Joaquín, al igual que la mayoría de abogados de


la región, sabe quién es Cuenca: ha formado parte
de equipos especiales encargados de investigar los
casos de corrupción más importantes —y mediáti-
cos— de los últimos años.

Además, es un caballero. Se acercó a Joaquín


para saludarlo y presentarle sus respetos. El opuesto
exacto de Pacheco y, de seguro, cinco veces mejor
preparado.

212 Y encima, pepón, piensa Joaquín.

El fiscal superior va ordenando los documentos


sobre su escritorio, dueño de una serenidad que a
Joaquín no le gusta para nada. No viniendo de al-
guien que no tiene por costumbre aparentar ningu-
na de sus actitudes.

Piensa también en la gran fiesta que celebraron


en su casa debido a la victoria del caso en prime-
ra instancia y empieza a temer haber cometido el
mismo error que en su primer caso en la Sala Penal
Nacional: haber cantado victoria antes de tiempo.

Después de todo, él mejor que nadie sabe que las


apelaciones suelen voltear el marcador.
El defensor

Mira a su alrededor, evaluando los rostros de


cada uno de los presentes y, una vez más, vuelve
a notar la ausencia de Coronado, el abogado de la
familia agraviada.

Un leve cosquilleo de satisfacción empieza a tre-


par por su mente.

Una coincidencia.

Coronado no está, se dice a sí mismo, parece que


no va a venir.

Entonces, justo cuando los jueces están a punto


de dar inicio a la audiencia, Joaquín se pone de pie 213
y dice:

—Señores miembros de la sala, solicito que se


rechace el pedido de apelación y que no se lleve a
cabo la audiencia.

Los tres jueces lo miran como si se hubiera vuel-


to loco.

Una vez más, los consejos del doctor Zapata han


dado en el blanco. Joaquín lo entiende mejor que
nunca: el derecho sí es un deporte de buceo y solo
quienes están dispuestos a ir a las profundidades
Jefferson Moreno Nieves

del océano son los que encuentran los tesoros más


impresionantes.

Como es el caso ahora.

Durante alguna de sus muchas noches en vela,


Joaquín Montero dio con un caso que le llamó la
atención, uno en el que se hablaba de un acuerdo
plenario de la Corte de Áncash, específicamente.
En dicho acuerdo, fechado en julio de 2004, se es-
tablecía que, de no encontrarse presente durante la
audiencia la persona que había solicitado la apela-
ción, entonces el pedido quedaba automáticamen-
te rechazado y la audiencia no se llevaba a cabo. Así
214 de claro y tajante.

—En esta ocasión, su señoría, el responsable


de solicitar la apelación fue el abogado de la parte
agraviada, Wilson Coronado —dice Joaquín des-
pués de explicar brevemente de qué va el acuerdo
plenario—. Y, al no estar el abogado presente, no
queda más remedio que rechazar el pedido.

La fiscalía no fue la que interpuso el recurso de


apelación.

Los jueces cruzan miradas y anuncian un breve


receso para poder conferenciar fuera de la sala al
respecto.
El defensor

Seguro van a ver si lo que digo es cierto, piensa


Joaquín.

La espera no toma más de diez minutos.

Al volver a la sala, uno de los jueces toma la pa-


labra y declara rechazado el pedido de apelación.

El fiscal Germán Cuenca se pone de pie y va has-


ta donde Joaquín para volver a estrechar su mano.

—Ya me habían dicho que usted era de los bue-


nos, doctor. De los buenos abogados, pero ahora
también sé que de los buenos hijos.
215
—Gracias, doctor. Nos veremos pronto.

—Espero que la próxima sea del mismo lado


—responde Cuenca.
La entrevista

La dirección es la correcta. Joaquín lo comprueba


con el guardián del edificio antes de ingresar. Es
una mole de acero y cristal de seis pisos, todos ellos
ocupados por los mejores abogados del país.

Se presenta ante la recepcionista, quien le da un


carné y le pide que suba al cuarto piso y espere.
Joaquín agradece y se dirige al ascensor, a pesar de
que no sabe cómo funciona. En la sala, hay quince 217
abogados más que, como él, esperan ser entrevis-
tados. Todos ellos alcanzaron el ticket dorado para
probar su suerte.

El de Joaquín se lo facilitó el doctor Zapata,


quien lo llamó cuatro días atrás para decirle que
tenía una entrevista en Lima.

—¿Entrevista? ¿Dónde, doctor?

—En las ligas mayores —respondió el abogado.

Joaquín se encontraba en ese momento pasando


unos días en Máncora, en compañía de Chris. Ha-
bían empezado a planear el viaje inmediatamente
Jefferson Moreno Nieves

después de recibir la aprobación de su jefe, quien


llamó a Joaquín para decirle que tenían que inte-
rrumpirlo.

Por un momento, temió que Chris tomara a mal


el hecho de querer probar suerte en Lima. Sin em-
bargo, una vez más, ella se reveló como la mujer
inteligente que era:

—Ve y haz lo mejor que puedas. El resto lo ve-


remos después. En esta vida, todo tiene solución.
Además, en Lima también necesitan administrado-
ras serranas y tercas como yo.

218 Y ahora Joaquín está ahí, con sus esperanzas y las


de quienes lo aprecian, preparándose para los que
probablemente sean los quince o veinte minutos
más importantes de su carrera.

Los otros candidatos van entrando uno a uno a


la sala de conferencias que hay frente a ellos. Atra-
viesan las grandes puertas de caoba con la actitud
propia de gladiadores romanos.

Pasan casi tres horas hasta que es el turno de Joa-


quín, el último de la fila.

—Señor Montero, por aquí, por favor —le in-


dica otra señorita quien, luego de hacerlo entrar, se
retira.
El defensor

Solo hay una persona más aparte de él en la sala


de conferencias.

Un hombre de gesto afable, raya al costado y


ojos rasgados le pide tomar asiento.

César Aragaki en persona.

—Buenos días, doctor —saluda Aragaki—, ¿qué


tal el viaje desde Huaraz?

—Bien —dice Joaquín, intentando que no se le


note lo sorprendido que ha quedado por la pregun-
ta—. Solo un poco largo.
219
—Sí, hace tiempo que no voy por allá, pero uno
de estos días voy a aceptar la invitación de mi buen
amigo el doctor Zapata para darme una vuelta.

—Será estupendo, doctor. Cuando guste, lo re-


cibiremos con los brazos abiertos.

—Salvo que tú ya estés aquí trabajando con no-


sotros —dice Aragaki, volviendo a sonreír—. Es
una posibilidad, Joaquín, de otra forma no estarías
aquí. Pero déjame decirte algo, pues no quiero que
me malentiendas: la mayoría de los muchachos que
pasaron antes que tú también son recomendados
de amigos míos. Es inevitable, pero eso no signi-
fica que no se trate de jóvenes valiosos, ¿me dejo
entender?
Jefferson Moreno Nieves

—Claro que sí, doctor.

—Perfecto. Entonces, dicho esto, déjame iniciar


la entrevista preguntándote por qué te gustaría tra-
bajar aquí.

—Por la misma razón que tendría para querer


jugar en Alianza si fuera futbolista: para estar en el
mejor equipo que sea posible.

—Es una pena que digas eso, ¿nadie te dijo que


yo soy de la U?

—Sí, y es justo la razón por la que lo dije. Jamás


220 escuchará de mí una mentira o excusa para caerle
bien o congraciarme con usted, doctor. Si este lugar
es el mejor, es precisamente porque, por encima de
todo, se encuentra la ética profesional, el esfuerzo y
el talento. Nada de poses o patrañas, si me permite
la palabra. Eso es justo lo que me motiva.

Aragaki lo contempla por un momento.

—Eso es nuevo. Es la primera vez que uno de


los muchachos que he entrevistado hoy me pone
las cosas tan claras.

—Es la única forma en que se me ocurre poner


las cosas.
El defensor

—Bien, pero quizá no sea suficiente. Háblame


un poco más de ti, de dónde viene tu deseo de ser
abogado.

Fue el turno de Joaquín para sonreír.

Se pasó la siguiente hora contando la historia de


aquel chico a quien no le había ido bien en la es-
cuela, que no tenía mayores aspiraciones en la vida
que dedicarse a servir mesas o a algún quehacer pa-
recido y que, al fin, un día, viendo la televisión,
encontró su destino.

La entrevista se prolongó durante una hora más.


221
Al salir de la sala de conferencias, mientras ba-
jaba en el ascensor, Joaquín Montero se dio cuenta
de que tenía una nueva y única preocupación por
resolver: encontrar un buen lugar donde vivir en
aquella gran ciudad que desde ese día se convertiría
en su hogar.

Un hogar con algo más que un colchón y un


catre, como en Chiclayo.

Aquí, sin duda, empezaba una nueva historia.

Lima, marzo de 2022.


Este libro está dedicado a todas las
dificultades que se presentaron en
mi vida hasta ayer. Gracias a ellas,
soy el hombre de hoy.
JMN
El defensor
Este libro se terminó de imprimir en abril de 2022
en las instalaciones de la imprenta
Page & Design EIRL,
por encargo de LP.

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