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Multiversis Capitulo13

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MULTIVERSIS

El Espejo Oscuro

ACTO III
La Convergencia

XIII
Lo que une dos mundos

Elías despertó en el nivel dos del Desgarrador.

Estaba en el suelo, con la espalda contra la pared de piedra fría, y


Dael estaba arrodillada a su lado con dos dedos en su muñeca, contando
en voz baja. Había luz — la misma luz suave del nivel dos, sin cambios
visibles. Desde arriba llegaban sonidos que Elías tardó un momento en
clasificar: no alarmas, no combate. Voces. El tipo de voces que se
producen cuando algo ha pasado y las personas están procesando qué
significa.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó.

—Diecisiete minutos —dijo Dael. Levantó los ojos de la muñeca.


Tenía una expresión que Elías reconoció como la versión contenida del
alivio—. El campo de resonancia cuando colapsó... —Hizo una pausa—. No
tenía datos de referencia. No sabía qué iba a pasarte.

—¿Qué me pasó?

—Perdiste el conocimiento. Sin convulsiones, sin signos de daño


neurológico visible. —Una pausa—. Diecisiete minutos.

Elías intentó ponerse de pie. Dael lo ayudó sin que él se lo pidiera.


Sus piernas funcionaban. La claridad extrema del campo había
desaparecido y en su lugar había algo más parecido a la resaca de haberla
sentido: no dolor, sino el recuerdo nítido de cada imagen que había visto
en el instante del colapso.

—¿El Señor Supremo? —preguntó.

Dael tardó un segundo antes de responder.


—Cuando el campo colapsó, cayó también. Los guardias del nivel
uno lo encontraron antes que nosotros. —Una pausa—. Se lo llevaron.

—¿Está vivo?

—No lo sé.

Elías procesó eso. No con alivio ni con otra cosa que pudiera
nombrar claramente. Con la neutralidad específica de alguien que tiene
demasiado que procesar para empezar por ese punto.

—¿El Desgarrador?

—El núcleo colapsó limpiamente —dijo Dael, y en su voz había algo


que en otra persona hubiera sonado como orgullo pero en ella sonaba
como la satisfacción contenida de un cálculo correcto—. Los generadores
del nivel dos siguen funcionando. La ciudad tiene energía. —Una pausa
breve—. Lo hicimos.

***

Subieron al nivel uno. Oser los estaba esperando con una expresión
que Elías clasificó de inmediato: operación completada, costos por
contabilizar. Sira estaba a su lado con una pequeña herida en el antebrazo
que nadie había atendido todavía y que ella evidentemente había decidido
que podía esperar.

Vel, el silencioso, estaba sentado en el suelo con la espalda contra la


pared. Tenía los ojos abiertos y miraba al frente. Elías lo había visto así
antes — era su postura de procesamiento, la que usaba cuando había
pasado algo que requería tiempo interior.

Bren y Nael estaban de pie cerca de la salida. Bren tenía sangre en


la manga — no suya, por la forma en que la sostenía — y Nael estaba
mirando la puerta como si calculara algo.

—¿Todos? —preguntó Elías.

—Todos —dijo Oser.

Era la primera palabra completa más importante que Elías había


escuchado en horas.

—Hay guardias que van a volver —dijo Sira—. Tenemos quizás veinte
minutos antes de que organicen una respuesta coherente. El Señor
Supremo inconsciente los desestabiliza pero no los paraliza.

—Vámonos —dijo Elías.


***

De vuelta en la base, Renn los esperaba de pie en la sala principal


con el canal de comunicación con Menor abierto frente a él. Cuando
entraron, los contó — uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete — y algo en
su expresión se reorganizó de una forma que nadie comentó.

Escuchó el informe completo de pie, sin sentarse, con los brazos


cruzados y la misma atención total que era su forma de recibir
información importante. Cuando Elías terminó, hubo un silencio.

—El Desgarrador está desactivado —dijo Renn, como verificándolo


en voz alta.

—El núcleo, sí —dijo Dael—. Los niveles superiores siguen


físicamente intactos. Podrían intentar reconstruir el núcleo, pero el
proceso les llevaría meses en el mejor de los casos. Y sin el campo de
resonancia concentrado...

—Sin él aquí —dijo Renn, señalando a Elías con un movimiento de


cabeza—, no tienen la fuente.

—Correcto.

Renn asintió. Una vez.

—Bien —dijo, que en él equivalía a algo considerablemente más


largo.

***

Fue Dael quien le dijo lo demás esa noche.

Lo encontró en el pasillo, solo, con el bloc en la mano pero sin


escribir — mirando la pared de piedra gris con la expresión de alguien que
está pensando en algo que no cabe en palabras todavía. Se sentó a su lado
en el suelo, con la tableta sobre las rodillas, y esperó hasta que él la miró.

—Necesito decirte algo sobre el colapso —dijo.

—Di.

—Cuando el campo de resonancia colapsó, generó un pulso de


cierre. —Dael miró la tableta—. Es lo que esperaba que ocurriera. Lo que
no esperaba con exactitud era la magnitud. —Una pausa—. El pulso de
cierre selló las grietas inestables en el tejido multiversal en un radio
considerable alrededor del núcleo.
Elías esperó. Sabía que había más.

—Entre las grietas selladas —dijo Dael, sin levantar los ojos de la
tableta— estaba la grieta de retorno. La que él había construido hacia tu
universo de origen.

El corredor estuvo en silencio durante un momento.

—¿Sellada permanentemente? —preguntó Elías.

—No lo sé con certeza. —Dael levantó los ojos—. La teoría de la


Fractura no tiene datos sobre cierres de esta magnitud. Podría reabrirse
sola con el tiempo — las grietas inestables tienden a hacerlo. Podría
requería una nueva fuente de resonancia suficientemente intensa. O
podría ser permanente.

—¿Cuánto tiempo para saberlo?

—Meses. Quizás más.

Elías miró el bloc en su mano. No lo abrió.

—¿Lo sabías? —preguntó—. Antes de activar la calibración.


¿Calculaste que esto podía pasar?

Dael tardó exactamente el tiempo necesario para que la respuesta


fuera honesta.

—Era una posibilidad que consideré —dijo—. Probabilidad baja pero


no despreciable. —Una pausa—. No te lo dije porque ya habías tomado tu
decisión y no quería que la tomara por las razones equivocadas.

Elías procesó eso.

—¿Cuáles serían las razones equivocadas?

—Quedarte porque no puedes irte —dijo Dael— es diferente a


quedarte porque eliges quedarte. —Miró sus manos—. Quería que fuera lo
segundo.

—¿Y si hubiera querido irme?

—Entonces tendría que haberlo dicho —dijo Dael—. Y yo tendría que


haber encontrado otra forma. —Una pausa larga—. ¿Lo querías?

Elías pensó en el apartamento. En la tetera. En el pan del martes. En


el cuaderno con la entrada más aburrida del mundo.

Pensó en Renn contando a siete personas cuando entraron a la sala.


—No —dijo—. No lo quería.

Dael asintió una vez. Con la economía de gesto que, Elías había
notado, todos en este grupo habían aprendido de formas distintas.

—Bien —dijo.

Y con eso el tema quedó cerrado, al menos por esa noche.

***

Lo que no quedó cerrado era todo lo demás.

El Señor Supremo estaba vivo — Menor confirmó eso al día


siguiente, con la precisión económica de sus mensajes: vivo, inconsciente
durante seis horas, recuperado, retirado a la residencia privada del
palacio bajo custodia médica. El colapso del campo de resonancia le había
hecho algo que los médicos del Imperio no sabían nombrar todavía. No
había daño físico visible. Pero tampoco había lo que había habido antes.

Menor lo describió así: es el mismo hombre pero algo que producía


ese hombre ya no está. Como un instrumento perfectamente afinado al
que alguien le quitó la cuerda más alta. Todo lo demás sigue ahí. Esa nota
no.

Kira Dahl, según los mismos canales, había asumido el control


operativo del Imperio en las horas siguientes al colapso. Sin anuncio
oficial, sin ceremonia. Solo la transición silenciosa de autoridad que
ocurre cuando una estructura depende de una sola persona y esa persona
falla.

—¿Qué va a hacer ella? —preguntó Elías cuando Renn les transmitió


esa información.

—No lo sé todavía —dijo Renn—. Kira Dahl no es el Señor Supremo.


Pero tampoco es nada débil.

—¿Es peor?

Renn consideró la pregunta con la seriedad que merecía.

—Es diferente —dijo finalmente—. Lo que viene después va a ser


diferente. —Una pausa—. No necesariamente mejor todavía. Pero
diferente es el principio de algo.

Elías miró la sala. Los mapas en la pared. Las sillas de distintos tipos
que alguien había reunido de lugares diferentes a lo largo del tiempo. Los
siete — todos los siete, esa noche — en el mismo espacio.
Pensó en que esa sala había sido, durante ocho años, el lugar donde
personas que habían sobrevivido lo que habían sobrevivido decidían cada
mañana que valía la pena seguir. Sin certeza de que funcionara. Sin
garantía de que alguien lo recordara. Solo porque lo contrario era peor.

Era, pensó, exactamente el tipo de valentía que no se parece a la


valentía desde afuera.

Y él estaba en ella.

***

Esa noche escribió en el bloc.

Escribió sobre el colapso y lo que había visto en él. Sobre la grieta


sellada y lo que significaba. Sobre la diferencia entre no poder irse y elegir
quedarse, que Dael había nombrado con una precisión que él no hubiera
encontrado solo.

Escribió sobre el Señor Supremo en la cámara, esperándolos sin


guardias, haciendo la pregunta que llevaba doce años sin poder hacerse a
sí mismo.

Escribió sobre la respuesta que él había dado: la mujer del callejón,


la lástima, la pequeña decisión que ninguno de los dos recordaría
completamente.

Y escribió, al final, algo que no era análisis ni carta ni lista de


nombres:

Llegué a Kael'Dhar sin querer nada con suficiente intensidad para


actuar. Me quedo en Kael'Dhar porque encontré cosas que importan más
que la comodidad de no querer nada. Eso no me hace héroe — no sé qué
me hace. Pero sé que soy alguien que eligió, y que la elección fue real, y
que eso es todo lo que se puede pedir de una vida.

Mi otro yo construyó una ciudad. Yo no construí nada todavía. Pero


tengo tiempo.

Cerró el bloc.

Afuera, sobre la ciudad de piedra gris con el cielo violeta y los dos
soles que nunca se apagaban simultáneamente, algo había cambiado en
las últimas veinticuatro horas. No todo. No suficiente todavía. Pero algo.

Era, como le había dicho Renn sobre lo que venía, el principio de


algo.
Y el principio, en la experiencia acumulada de Elías Vega, que
llevaba pocas semanas en un planeta que no era el suyo pero que había
elegido, era siempre suficiente para empezar.

Fin del Capítulo XIII

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