Introducción
La hipertensión arterial constituye, en la actualidad, uno de los desafíos de salud
pública más severos y de mayor envergadura a nivel global, consolidándose como
una auténtica epidemia silenciosa que afecta de manera profunda a la estructura
socio-sanitaria contemporánea. Definida formalmente como un trastorno crónico
caracterizado por el aumento sostenido de la presión en el interior de los vasos
sanguíneos arteriales, esta patología provoca un daño progresivo en el endotelio
vascular que, a largo plazo, actúa como el principal catalizador para el desarrollo de
enfermedades cardiovasculares de alta letalidad, tales como los accidentes
cerebrovasculares, el infarto agudo de miocardio, la insuficiencia cardiaca
congestiva, la insuficiencia renal crónica y diversas alteraciones oftálmicas de
severidad variable. A nivel epidemiológico, el impacto de esta condición es
alarmante, llegando a afectar estimativamente al 35% de la población adulta en
general y disparándose de forma drástica hasta alcanzar al 68% en los individuos
mayores de 65 años, lo que evidencia una correlación directa entre el
envejecimiento demográfico y la vulnerabilidad del sistema circulatorio. La
comprensión actual de la hipertensión es el resultado de una vasta y fascinante
evolución histórica que se remonta a las civilizaciones más antiguas; desde el año
2600 a.C., los textos chinos del Emperador Amarillo ya describían sintomatologías
asociadas a la "enfermedad del pulso duro", sugiriendo prácticas primitivas como las
sangrías y las infusiones de ajo. Paralelamente, en la India, el médico Súsruta
identificaba estados de tensión alta vinculados a desequilibrios humorales, mientras
que los papiros egipcios como el de Ebers ya aludían de forma rudimentaria a las
afecciones vasculares. La medicina grecorromana, liderada por figuras icónicas
como Hipócrates y Galeno, perpetuó la teoría de la acumulación sanguínea viscosa
y defendió el uso secular de la flebotomía. No obstante, el verdadero cambio de
paradigma comenzó a gestarse en el siglo XVII con la demostración de la circulación
cerrada por William Harvey, encontrando un hito cuantitativo fundamental en 1733
cuando Stephen Hales logró medir por primera vez la presión arterial de forma
invasiva en un modelo equino. Este hallazgo inspiró el desarrollo del
esfigmomanómetro moderno por Scipione Riva-Rocci en 1896, abriendo las puertas
a la era de la práctica clínica e inductiva en el siglo XIX. Durante este periodo,
científicos como Thomas Young, Richard Bright y Frederick Akbar Mahomed
lograron categorizar y diferenciar de forma sistemática las variantes clínicas de la
enfermedad, desvinculando la hipertensión esencial de la patología renal obvia y
sentando las bases analíticas de la medicina cardiovascular moderna. En la segunda
mitad del siglo XX, la aparición de los primeros agentes farmacológicos y la
publicación de ensayos clínicos pivotales como el Estudio de Veteranos—
demostraron con solidez estadística que la intervención terapéutica activa reducía
drásticamente las tasas de mortalidad, transformando por completo el pronóstico de
los pacientes. Desde una perspectiva etiológica, la hipertensión arterial se divide
principalmente en dos grandes categorías: la hipertensión esencial o idiopática, que
representa aproximadamente el 90% de los casos y surge a partir de una compleja
interacción de predisposiciones genéticas y factores ambientales determinantes
como la obesidad abdominal, el sedentarismo, el estrés crónico, el consumo de
alcohol y dietas hipersódicas; y la hipertensión secundaria, la cual se manifiesta
como consecuencia directa de patologías subyacentes bien delimitadas, tales como
la insuficiencia renal crónica, la enfermedad vasculorrenal, la coartación aórtica o
trastornos endocrino-metabólicos complejos como el síndrome de Cushing y el
feocromocitoma. Debido a su naturaleza asintomática, que le ha valido el
pseudónimo de la "asesina silenciosa", el diagnóstico temprano y oportuno se vuelve
un pilar crítico que exige protocolos rigurosos de medición clínica mediante el uso de
esfigmomanómetros, sistemas AMPA (Auto Medida de la Presión Arterial) y MAPA
(Monitorización Ambulatoria de la Presión Arterial), permitiendo discernir variantes
sutiles como la hipertensión de bata blanca o la hipertensión enmascarada, y evaluar
metódicamente las repercusiones sistémicas sobre los órganos diana con el fin
último de diseñar estrategias de control personalizadas y eficaces.
Historia
En las civilizaciones más antiguas, alrededor del 2600 antes de Cristo, los textos
chinos del emperador Amarillo describían la "enfermedad del pulso duro", asociada a
síntomas como cefaleas intensas, mareos y rigidez en las arterias, recomendando
tratamientos como infusiones de ajo o sangrías para "liberar el exceso de sangre".
Paralelamente, en la India, el médico Súsruta en su Samhita (cerca 600, antes de
Cristo) identificaba la "tensión alta" por palpación del pulso, vinculándola a
desequilibrios de doshas (vata y pitta), y proponía purgantes, diuréticos naturales
como el mercurio purificado y ejercicios para reducirla. En Egipto, papiros como el
Ebers (1550, antes de Cristo.) aludían a problemas vasculares con remedios
herbales, aunque sin conceptualizarla como entidad única. Los griegos avanzaron
esta percepción: Hipócrates (460-370, antes de Cristo) la relacionó con "tensión dura
de las venas" y excesos dietéticos, recomendando ayunos y baños fríos; Galeno
(129-216, después de Cristo), en su teoría humoral, la atribuía a acumulación de
sangre viscosa, influyendo en la medicina europea por siglos con prácticas como la
flebotomía.
La Edad Media y el Renacimiento mantuvieron enfoques galénicos, pero en el siglo
XVII emergieron ideas innovadoras. William Harvey (1628) demostró la circulación
sanguínea cerrada, sentando bases para entender la dinámica vascular. Sin
embargo, el punto de inflexión llegó en 1733 con Stephen Hales, quien midió por
primera vez la presión arterial en un caballo (insertando un cañón en su arteria
carótida), registrando 120 mmHg sistólica y 80 diastólica, atribuyéndola al volumen
sanguíneo y elasticidad arterial. Esta experimentación cuantitativa inspiró a Scipione
Riva-Rocci (1896), inventor del esfigmomanómetro moderno con manguito de
mercurio, permitiendo mediciones no invasivas precisas.
El siglo XIX marcó la era clínica: Thomas Young (1808) la describió como
"enfermedad de la tensión arterial"; Richard Bright (1827-1836) correlacionó
albuminuria, hipertrofia ventricular y esclerosis renal, acuñando la "enfermedad de
Bright" (hoy nefropatía hipertensiva). Frederick Akbar Mahomed (1871-1874)
diferenció hipertensión "maligna" (con daño orgánico rápido) de "benigna" esencial
(sin causa renal obvia), introduciendo la esfigmomanometría rutinaria y enfatizando
factores como estrés, dieta salada y herencia. Estudios patológicos de Gull y Sutton
(1872) detallaron arteriolosclerosis hialina, mientras que el alemán Ludwig Traube
(1856) y el francés Gubler (1855) ligaron riñón y corazón en un ciclo vicioso.
. Los primeros fármacos transformaron el panorama: veratrum viride (1940s),
hexametonio (1947, primer antihipertensivo oral, pero con efectos colinérgicos
graves), apressin (hidralazina, 1950), y raudixin (reserpina, 1952, de Rauwolfia
serpentina).
Durante los años 1950-1960 surgieron ensayos pivotales que revolucionaron el
tratamiento de la hipertensión. Por ejemplo, el Estudio de Veteranos (1967-1970)
demostró que tratar presiones diastólicas >115 mmHg reduce la mortalidad en un
50%, mientras que el VA Cooperative Study II (1970) extendió estos beneficios a
valores >105 mmHg.
Gabriel
Hipertensión arterial
La hipertensión arterial es una enfermedad caracterizada por un aumento de la
presión en el interior de los vasos sanguíneos (arterias). Como consecuencia de
ello, los vasos sanguíneos se van dañando de forma progresiva, favoreciéndose
el desarrollo de enfermedades cardiovasculares (ictus, infarto de miocardio e
insuficiencia cardiaca), el daño del riñón y, en menor medida, de afectación de la
retina (los ojos).
Es una enfermedad muy frecuente, que afecta al 35% de los adultos en nuestro
país y al 68% de los mayores de 65 años.
La hipertensión arterial es responsable de una parte muy importante de las
enfermedades cardiovasculares, por lo que se ha convertido en un problema
social de primera magnitud.
¿Cuáles son sus causas?
El sistema vascular es un circuito cerrado en el que la sangre es impulsada por
una bomba denominada corazón. En este circuito, las arterias transportan sangre
hacia los diferentes órganos y tejidos y las venas retornan la sangre al corazón.
Cuando hay un aumento de la presión en el interior del sistema arterial se hablar
de hipertensión arterial. Sus causas pueden ser:
Hipertensión arterial esencial o idiopática (de causa desconocida). En la
mayoría de los casos (en 9 de cada 10 ocasiones) la hipertensión arterial
es de causa desconocida, lo que se denomina hipertensión arterial
esencial. Probablemente es debida a la combinación de una serie de
factores genéticos (hereditarios) que predisponen a una tensión arterial
elevada, junto a factores ambientales que favorecen su desarrollo. Entre
dichos factores ambientales se encontrarían:
o Edad avanzada. Cuanto mayor es la edad, mayor es el riesgo de
hipertensión. A edades avanzadas suele elevarse la presión arterial
sistólica (la alta o máxima) y descender la diastólica (la baja o
mínima).
o Obesidad. Existe una relación estrecha entre el peso y la presión
arterial, sobre todo si el peso se debe al acúmulo de grasa a nivel
abdominal. La asociación de obesidad abdominal, hipertensión,
azúcar alto, triglicéridos elevados y colesterol- HDL (bueno) bajo, se
denomina síndrome metabólico.
o Una dieta rica en sal y bajo en calcio y potasio.
o La falta de actividad física (sedentarismo).
o El consumo de alcohol.
o El estrés.
Hipertensión secundaria. En el resto de ocasiones la hipertensión es
debida a diversas enfermedades. Estas enfermedades pueden producir
hipertensión bien porque favorezcan que exista una cantidad exagerada de
líquido en el interior del circuito, o bien porque favorezcan la contracción
de las arterias, reduciendo así la capacidad del circuito
contener sangre. Las enfermedades que con mayor frecuencia producen
hipertensión arterial, denominada en estos casos hipertensión secundaria, son:
o Enfermedades del riñón. Son la causa más frecuente de
hipertensión arterial secundaria. Casi todas las enfermedades del
riñón pueden elevar la tensión, siendo la más frecuente la
insuficiencia renal crónica.
o Enfermedad vasculorrenal. Se refiere al estrechamiento de las
arterias renales como consecuencia de la arteriosclerosis o de otras
enfermedades. Esto hace que el riñón reciba menos sangre y
secrete una serie de sustancias que favorecen la contracción de las
arterias.
o Coartación de aorta. Se trata de una enfermedad presente desde el
nacimiento que consiste en un estrechamiento de la arteria aorta a
nivel del tórax.
o Síndrome de apnea del sueño.
o Enfermedades metabólicas:
Enfermedad de Cushing
Hiperaldosteronismo
Feocromocitoma
Hipercalcemia
Hipertiroidismo e hipotiroidismo
Acromegalia
o Causa neurológica.
o Medicamentos:Corticoides, estrógenos a dosis altas,
antidepresivos, descongestivos nasales, anti-
inflamatorios, ciclosporina, cocaína, etc.
Alejandro
¿Qué síntomas produce?
La hipertensión arterial generalmente no produce ningún síntoma, por lo que se la
ha llamado la “asesina silenciosa”. En algunas situaciones, generalmente cuando
la presión arterial es muy alta, puede producir dolor de cabeza (cefalea), si bien la
cefalea de cualquier causa, como cualquier otro dolor, puede también aumentar la
presión arterial. Los síntomas de la hipertensión son, por tanto, los derivados de
las múltiples complicaciones que una tensión arterial alta, elevada durante
muchos años, puede producir en diversos órganos.
¿Cuáles son las complicaciones de la
hipertensión arterial? La hipertensión arterial
puede producir:
Complicaciones en el corazón. Es el lugar donde con más frecuencia
estos pacientes presentan complicaciones. El corazón, al tener que
introducir la sangre en un sistema con una presión muy elevada, tiene que
hacer un esfuerzo extra y aumenta su tamaño, algo que se denomina
hipertrofia ventricular (crecimiento del ventrículo cardiaco). Este crecimiento
exagerado y anormal del ventrículo favorece el desarrollo posterior de
insuficiencia cardiaca, cuando la bomba cardiaca falla y ya no puede
impulsar la sangre de manera adecuada. Los pacientes con hipertensión
arterial tienen también un riesgo aumentado de enfermedad coronaria
(angina de pecho e infarto de miocardio). Las enfermedades de corazón
son la primera causa de muerte en los sujetos con hipertensión arterial.
Complicaciones en el riñón. La hipertensión arterial, junto a la diabetes,
son la primera causa de insuficiencia renal crónica en países
industrializados. A su vez, muchas enfermedades del riñón producen
hipertensión arterial por lo que a veces no se sabe cual es la primera
alteración, si el daño del riñón o la presión arterial elevada.
Complicaciones cerebrovasculares. La hipertensión arterial favorece el
desarrollo de ataques isquémicos transitorios y de ictus pero también es
responsable del daño cerebral progresivo que lleva a la aparición de
demencia de causa vascular. Esta demencia aparece como consecuencia
de pequeños infartos cerebrales (infartos lacunares) y de falta de riego de
la sustancia blanca cerebral. Cuando la presión arterial es muy alta puede
producirse una complicación grave denominada encefalopatía hipertensiva,
consistente en la aparición de dolor de cabeza, nauseas, vómitos,
disminución de la conciencia con tendencia al sueño y, en ocasiones,
aparición de déficits neurológicos (problemas para hablar o para mover una
parte del cuerpo). Si no se trata puede llevar al coma, a la aparición de
convulsiones epilépticas y a la muerte.
Complicaciones oculares.
Otras complicaciones. La hipertensión arterial también se relaciona con el
riesgo de arteriosclerosis en territorios distintos al coronario y
cerebrovascular como aneurisma de aorta y enfermedad arterial periférica.
¿Cómo se diagnostica?
El diagnóstico requiere:
1. Demostrar que existe hipertensión arterial.
2. Evaluar si la hipertensión arterial ha producido daño en algún órgano.
3. Si fuera necesario, investigar sus causas.
Diagnóstico de la presencia de hipertensión arterial
Cada vez que se toma la presión arterial hay dos valores, expresados en
milímetros de mercurio (mmHg), que se suelen anotar separados por una raya
(por ejemplo 130/80 mmHg):
Presión arterial sistólica o máxima (la alta). Indica la presión que hay en
el interior del circuito coincidiendo con el latido cardiaco. Cuando el corazón
mete sangre en el circuito la presión sube mucho.
Presión arterial diastólica o mínima (la baja). Es la presión del circuito
durante la diástole, el momento en el que el corazón no introduce sangre
dentro del circuito.
Existe un tercer valor que se denomina presión de pulso y se trata de la
resta entre máxima y mínima. En algunos estudios se ha demostrado que
se relaciona mucho con el riesgo de complicaciones cardiovasculares.
La elevación de cualquiera de estas presiones arteriales es perjudicial. El
concepto de presión arterial descompensada no existe como tal en medicina.
El diagnóstico de hipertensión arterial requiere la medición de la presión arterial
en el brazo en posición sentada tras guardar un reposo de 10 minutos, y
demostrarla elevada en 2 o más ocasiones separadas en el tiempo.
Según dicha presión arterial el paciente puede tener:
Clasificación de la presión Sistólica Diastólica
arterial (mmHg) (mmHg)
Presión arterial óptima Menor de 120 y menor 80
Presión arterial normal 120-129 y 80-84
Normal-alta 130-139 ó 85-89
Hipertensión arterial grado 1140-159 ó 90-99
Hipertensión arterial grado 2160-179 ó 100-109
Hipertensión arterial grado 3≥180 ó ≥110
Hipertensión sistólica ≥140 y <90
aislada
En niños y jóvenes los valores de presión arterial que se consideran elevados son
distintos, diferentes para cada país, en función de la cifra de presión arterial de
niños de la misma edad, sexo y talla.
El diagnóstico de hipertensión arterial también se puede realizar según la presión
arterial tomada en el domicilio del paciente con un aparato automático (AMPA; de
Auto Medida de la Presión Arterial). En estos casos el diagnóstico de hipertensión
arterial se establece cuando la cifra de presión arterial supera los 135/85 mmHg.
En algunos pacientes también puede diagnosticarse la hipertensión arterial tras la
colocación de un aparato que durante 24 o 48h mide automáticamente la presión
arterial mientras que el paciente realiza su vida habitual (MAPA; Monitorización
Ambulatoria de la Presión Arterial). Este aparato permite relacionar los cambios
tensionales con las actividades cotidianas y permite evaluar la presión durante el
día (diurna) y la presión por la noche (nocturna). Existen diversos estudios que
han demostrado que el mantenimiento de presiones arteriales nocturnas elevadas
es un dato asociado con un mayor riesgo cardiovascular. Al igual que ocurre con
el AMPA, los valores de MAPA que se consideran para el diagnóstico de
hipertensión arterial son superiores a 135/85 mmHg.
Ana
Otros tipos de hipertensión arterial:
Hipertensión arterial de bata blanca. Se denomina hipertensión arterial
de bata blanca cuando el paciente tiene cifras altas de presión arterial en la
consulta del médico pero son normales cuando se las toma fuera del
ambiente sanitario o cuando se le coloca un MAPA. Los pacientes con
hipertensión arterial de bata blanca desarrollan con más frecuencia
hipertensión arterial verdadera en el futuro y tienen un riesgo mayor de
complicaciones cardiovasculares que las personas con tensiones normales
en la consulta del médico.
Hipertensión enmascarada. Se denomina así cuando el paciente tiene
valores de presión arterial normales en la consulta del médico pero
presenta cifras tensionales elevadas cuando se las toma fuera del
ambiente sanitario o cuando se le coloca un MAPA.
Diagnóstico de las repercusiones de la hipertensión arterial sobre los
diferentes órganos
En todo paciente hipertenso se deben evaluar las posibles alteraciones que la
hipertensión arterial haya podido producir sobre diferentes órganos. Para ellos se
suele solicitar:
Análisis de sangre. Permiten ver la función del riñón (creatinina) y descartar
algunas hipertensiones secundarias a otras enfermedades.
Análisis de orina. Permite demostrar la presencia de microalbuminuria, es
decir, eliminación de proteínas de forma anormal por la orina, una
alteración temprana que indica un mayor riesgo futuro para el desarrollo de
insuficiencia renal y de complicaciones cardiovasculares.
Un electrocardiograma. Permite ver si existe o no hipertrofia del ventrículo
cardiaco.
Otras pruebas: También se puede solicitar, aunque en muchas ocasiones
no es imprescindible, una radiografía del tórax, un ecocardiograma o un
índice tobillo-brazo, estos últimos para evaluar la repercusión de la
hipertensión arterial sobre el corazón y sobre las arterias.
Diagnóstico de las causas que han producido la hipertensión
La mayoría de hipertensiones son esenciales, es decir, no tienen ninguna causa
evidente. Por ello, no está indicado realizar estudios sofisticados sobre posibles
enfermedades que, en la gran mayoría de ocasiones, van a ser normales. Solo en
determinadas situaciones existe indicación para buscar una enfermedad
responsable de la hipertensión arterial. Estas son:
Hipertensión arterial que aparece en menores de 30 años, sin obesidad ni
historia familiar de hipertensión.
Hipertensión arterial que se inicia antes de la pubertad.
Hipertensión arterial que se descompensa de forma importante después de
llevar tiempo controlada con medicación.
Hipertensión arterial grave que no se controla con varias medicinas.
Hipertensión arterial que se acompaña de otros síntomas o signos que
sugieren que pudiera haber una enfermedad responsable de la
hipertensión.
En estas circunstancias pueden solicitarse diversas pruebas adicionales como
radiografías especiales, ecografías, TAC, RMN, gammagrafías y análisis muy
concretos de sangre y de orina de 24 horas, algunos de ellos tras realizar una
serie de acciones previas a la extracción de sangre (estar de pie un rato, tomarse
una pastilla, etc.).
¿Es hereditaria?
Los pacientes con hipertensión esencial tienen con más frecuencia que la
población general familiares hipertensos, por lo que efectivamente existe un
componente hereditario de la enfermedad.
¿Puede prevenirse?
La hipertensión arterial puede prevenirse, o su aparición puede retrasarse, si se
mantiene un peso adecuado, se realiza ejercicio físico frecuente y se realiza una
dieta pobre en sal y rica en alimentos frescos.
¿Cuál es su pronóstico?
El pronóstico de la hipertensión arterial está muy relacionado con el desarrollo de
complicaciones asociadas a la enfermedad, y éstas muy relacionadas con el
control de la presión arterial. Los pacientes hipertensos con una presión arterial
bien controlada presentan un riesgo de complicaciones y muerte parecido al de la
población general.
¿Cuál es su tratamiento?
La hipertensión arterial es una enfermedad crónica que no se cura. Puede
controlarse con diversas medidas higiénico-dietéticas y con medicación pero suele
ir progresando con la edad, siendo habitual que se precisen añadir nuevos
medicamentos a lo largo de los años. El tratamiento permite reducir el número de
complicaciones en diversos órganos y reduce la mortalidad:
Medidas higiénico-dietéticas. Están dirigidas a reducir la presión arterial y
reducir el riesgo de complicaciones cardiovasculares y renales:
o Los pacientes hipertensos deben realizar una dieta rica en frutas,
verduras, legumbres, y lácteos desnatados, los cuales
proporcionarán un aporte de calcio, magnesio y potasio adecuados.
La dieta debe tener un escaso contenido de sal (< 6 gramos diarios).
Además de echar menos sal al cocinar, se deben evitar los
alimentos salados, como quesos, embutidos, conservas, sopas de
sobre, alimentos precocinados, aperitivos (aceitunas, patatas fritas,
frutos secos, etc.), bacalao, etc. Para mejorar el sabor de la comida
pueden utilizarse hierbas y especias. Pueden utilizarse con
moderación sales especiales con potasio o magnesio. A su vez se
debe intentar seguir una dieta de protección cardiovascular baja en
grasas.
o Se debe moderar el consumo de alcohol.
o Si se está obeso o se tiene sobrepeso se debe recomendar la
reducción del peso mediante una dieta baja en calorías y el aumento
de la actividad física. Un descenso moderado de peso puede
acompañarse de reducciones importantes de la tensión arterial.
o Se debe realizar ejercicio físico durante al menos 30 minutos al día,
adaptado a la edad y a la forma física del paciente. Se requiere un
ejercicio de al menos moderada intensidad, como caminar de forma
rápida.
o Se debe abandonar el consumo de tabaco.
gustavo
Medidas farmacológicas. Existen diversos grupos de medicamentos que
reducen la presión arterial. Cada uno de estos grupos presenta una serie
de efectos adversos y una serie de beneficios específicos para
determinados grupos de pacientes. Si bien es conveniente individualizar el
tipo de medicamento que se debe administrar, según evoluciona la
enfermedad suele ser necesario ir sumando nuevos medicamentos para el
control adecuado de la presión arterial. Los grupos farmacológicos más
ampliamente utilizados son:
o Diuréticos. Son medicinas que bajan la presión arterial al reducir la
cantidad de líquido del interior de la circulación sanguínea al
favorecer su eliminación por la orina: ejemplos de diuréticos son la
hidroclorotiazida, el amiloride, la indapamida, la furosemida o la
torasemida.
o Inhibidores de la enzima conversora de la angiotensina (IECAs).
Dentro de este grupo se encuentra en captopril, enalapril, ramipril,
etc. Impiden la acción de una sustancia que facilita la contracción de
las arterias. Son uno de los grupos farmacológicos más utilizados.
Pueden producir tos como efecto adverso frecuente.
o Antagonistas de los receptores de la angiotensina II (ARA II),
como el losartán, irbesartán, olmesartán, etc. Impiden también la
contracción de las arterias.
o Inhibidores directos de la renina.
o Calcioantagonistas. Facilitan la relajación de las arterias. Dentro de
ellos se encuentran el nifedipino, amlodipino, verapamilo y diltiazem.
Algunos producen como efecto adverso hinchazón de tobillos y
piernas (edemas).
o Beta-bloqueantes. Además de reducir la presión arterial enlentecen
el ritmo cardiaco. Se utilizan también en pacientes con enfermedad
coronaria y con insuficiencia cardiaca. Entre ellos se encuentran el
propanolol, atenolol, etc.
o Bloqueadores α adrenérgicos, como la doxazosina y tamsulosina.
Su efecto sobre la presión arterial es pequeño. Sirven también para
tratar la hipertrofia de próstata.
Se denomina hipertensión arterial refractaria a aquella hipertensión arterial que no
se controla a pesar de realizarse adecuadamente las recomendaciones higiénicas y
de tomar al menos 3 medicamentos (uno de ellos un diurético). En estos pacientes
se suelen añadir más fármacos, siendo de primera elección la espironolactona, un
tipo de diurético. En situaciones dónde la presión arterial no se puede controlar,
actualmente se están investigando nuevas técnicas de tratamiento:
Destrucción de las terminaciones nerviosas de las arterias del riñón
mediante fotocoagulación. Consiste en la realización de un cateterismo a
través de la arteria femoral en la ingle y la colocación de un catéter en las
arterias renales dónde se queman una serie de terminaciones nerviosas, lo
que reduce la presión arterial.
Estimulación del seno carotideo. Consiste en la colocación de un aparato
que estimula una zona del cuello llamada seno carotideo que permite
reducir la presión arterial.
¿Cuándo iniciar tratamiento para bajar la presión arterial?
La decisión de iniciar tratamiento antihipertensivo se basa en el riesgo del
paciente de tener una complicación cardiovascular o de presentar un deterioro de
su riñón en el futuro. Para ello se tiene en consideración:
La presencia de otros factores de riesgo:
o Edad y sexo: Varón > 55 años o mujer > 65 años.
o Tabaquismo.
o Presencia de dislipemia: colesterol total > 200 mg/dl ó colesterol-
LDL > 130 mg/dl ó colesterol-HDL < 40 mg/dl.
o Historia familiar de enfermedad cardiovascular prematura (familiar
de primer grado con una complicación cardiovascular a una edad
inferior a 55 años si es varón o 65 años si es mujer).
o Obesidad abdominal (diámetro de cintura ≥ 90 cm en varones o ≥ 80
cm en mujeres).
o Vida sedentaria.
La presencia de daño orgánico subclínico aunque no hayan habido
manifestaciones clínicas (lesiones en órganos como consecuencia de la
hipertensión arterial pero sin enfermedad):
o Hipertrofia del ventrículo izquierdo.
o Ecografía de arteria carótida que demuestre un tamaño de la pared
de la arteria (grosor íntima medio carotideo) mayor de 0,9mm o
placas de grasa en la carótida.
o Creatinina en sangre (indicativo de daño renal) entre 1,3 y 1,5 mg/dl
en varones o entre 1,2 y 1,4 mg/dl en mujeres.
o Pérdida de proteínas por orina (Microalbuminuria).
o Glucemia alterada en ayunas, entre 100 y 125 mg/dl.
La presencia de lesión de órgano diana establecida y con consecuencias
clínicas:
o Enfermedad cardiovascular establecida.
o Insuficiencia cardiaca.
o Insuficiencia renal crónica. Creatinina en varones > 1,5 mg/dl y en
mujeres > 1,4 mg/dl .
o Retinopatia grado IV.
o Diabetes.
Hipertensión crónica durante el embarazo
La hipertensión crónica durante el embarazo se refiere a la hipertensión arterial ya
diagnosticada antes del embarazo, a la diagnosticada durante las primeras 20
semanas del embarazo o a la que aparece después de la semana 20 pero no
desaparece 12 semanas después del parto.
Estas mujeres pueden desarrollar una preeclampsia sobreimpuesta en el tercer
trimestre de embarazo, por lo que requieren una vigilancia especial, más estrecha,
para detectar de forma temprana si existiera pérdida de proteínas por orina y si se
produjera daño de de algún órganos corporal, datos indicativos de preeclampsia.
En general, en la hipertensión crónica durante el embarazo se recomienda poner
tratamiento para la hipertensión sólo si esta es grave, es decir si la presión
sistólica (la alta) es mayor de 160 mmHg o la diastólica (la baja) es mayor de 110
mmHg. Este tratamiento reduce el riesgo de que la madre presente un ictus, una
hemorragia cerebral o un problema de corazón.
Cuando existe hipertensión arterial no tan grave, menor de 160 de sistólica o de
110 mmHg de diastólica, las indicaciones de iniciar tratamiento no están claras,
dado que probablemente el tratamiento no beneficia ni a la madre ni al feto, no
reduce el riesgo de desarrollar preeclampsia y, por el contrario, puede ser
perjudicial para el feto. Algunos estudios han demostrado que bajar la tensión
podría reducir el desarrollo fetal, independientemente de la medicación que se
utilice para reducirla. En las mujeres con hipertensión moderada que ya estaban
recibiendo tratamiento para la tensión antes del embarazo, este tratamiento puede
mantenerse o puede reducirse su dosis progresivamente hasta quitarlo, siempre
que la presión arterial no suba en exceso. No parece necesario realizar controles
especiales del feto, en las mujeres con hipertensión crónica moderada.
Recomendaciones generales
En las mujeres embarazadas con hipertensión crónica se recomienda:
Realizar una dieta normal sin restricción de sal.
Mantener la actividad física si no existen complicaciones en el embarazo.
Algunas Sociedades Científicas recomiendan la toma de aspirina para
reducir el riesgo de preeclampsia.
Todos los medicamentos anti-hipertensivos cruzan la placenta y, por tanto,
llegan al feto. Los medicamentos que han demostrado ser relativamente seguros
son:
Jairiannys
Medicamentos permitidos durante el embarazo
Beta-bloqueantes. Si bien los estudios no han demostrado que
globalmente afecten al feto, se han descrito algunas malformaciones
concretas que podrían derivarse de su uso durante el primer trimestre,
como defectos cardiovasculares, labio leporino y espina bífida. El labetalol y
el metoprolol se consideran actualmente tratamientos adecuados en el
embarazo. Por el contrario, el atenolol no se recomienda.
Calcioantagonistas. Aunque con pocos datos al respecto, se
consideran seguros en el embarazo.
Diuréticos tiazídicos (ameride, indapamida). Son un motivo de
controversia. Algunos médicos indican que pueden seguirse tomando en
las mujeres que ya los tomaban antes de quedarse embarazadas.
Otros medicamentos. La clonidina, la hidralazina y la alfa metildopa
pueden utilizarse en el embarazo. Tienen una eficacia limitada y pueden
producir diversos efectos adversos.
Medicamentos no recomendados durante el embarazo
Los inhibidores de la enzima conversora de la angiotensina (captopril,
enalapril, ramipril, etc.), los bloqueadores del receptor de la angiotensina
(losartán, irbesartán, valsartán, olmesartán, etc.) y los inhibidores directos
de la renina están todos contraindicados en cualquier fase del embarazo.
Cualquier mujer hipertensa que quiera quedarse embarazada deberá
suspenderlos antes.
Medicamentos durante la lactancia
Si bien los betabloqueantes y los calcioantagonistas llegan a la
leche materna, son fármacos seguros para administrar a las madres
que estén dando de mamar. De los beta-bloqueantes, el labetalol y
metoprolol son los que menos pasan a la leche (<2%), debiéndose
evitar el atenolol y el acebutolol.
El enalapril y el captopril pueden administrarse a las madres
lactantes. No se dispone de datos de seguridad sobre los
medicamentos de la familia del losartán.
Los diuréticos también pueden administrarse a las madres lactantes.
Puerperio
Tras el parto se recomienda continuar con el tratamiento para el control
tensional que se recomendaría a cualquier mujer no embarazada con las
puntualizaciones previas sobre lactancia y sobre el deseo de nuevos
embarazo
Conclusión
Tras un análisis exhaustivo y pormenorizado de la hipertensión arterial en
sus múltiples dimensiones, se puede concluir con total certeza que esta
patología representa una condición médica crónica e incurable de carácter
progresivo, cuyo manejo efectivo no se limita exclusivamente a la reducción
de cifras tensionales aisladas, sino que demanda una aproximación integral
centrada en la mitigación del riesgo cardiovascular global del paciente. El
pronóstico a largo plazo de las personas afectadas se encuentra
intrínsecamente ligado a la rigurosidad y precocidad con la que se logre el
control hemodinámico, habiéndose demostrado de forma fehaciente que
aquellos individuos que mantienen niveles estables dentro de los rangos
óptimos experimentan tasas de supervivencia y complicaciones
equiparables a las de la población normotensa. Este control óptimo requiere
la combinación sinérgica y disciplinada de dos vertientes terapéuticas
fundamentales; en primera instancia, la implementación obligatoria de
medidas higiénico-dietéticas que abarquen modificaciones estructurales en
el estilo de vida, tales como la adopción de regímenes alimentarios ricos en
nutrientes esenciales como potasio y magnesio, la drástica restricción en la
ingesta de sodio a menos de seis gramos diarios, el abandono absoluto del
tabaquismo, la moderación del alcohol y la realización de actividad física
aeróbica regular orientada a revertir la obesidad y el sedentarismo. En
segunda instancia, ante la evolución natural de la enfermedad, se vuelve
imprescindible la intervención mediante un arsenal farmacológico robusto y
diversificado que incluye diuréticos, inhibidores de la enzima conversora de
la angiotensina (IECAs), antagonistas de los receptores de la angiotensina II
(ARA II), calcioantagonistas y beta-bloqueantes, debiendo individualizarse la
terapia y recurrir de forma habitual a la polifarmacia para sortear los
mecanismos adaptativos del organismo. Asimismo, en casos complejos de
hipertensión refractaria, la medicina contemporánea abre horizontes
prometedores mediante técnicas intervencionistas de vanguardia como la
denervación renal por cateterismo o la estimulación del seno carotídeo,
ofreciendo alternativas viables para los escenarios clínicos más resistentes.
Por otra parte, una de las áreas de mayor sensibilidad médica y clínica
analizadas corresponde a la gestión de la hipertensión crónica durante el
periodo gestacional, un escenario de alta complejidad donde las decisiones
terapéuticas deben balancear de forma milimétrica el beneficio materno y la
seguridad fetal; en estas circunstancias, la prescripción de fármacos queda
estrictamente reservada para cuadros de hipertensión grave que pongan en
riesgo inminente la integridad de la madre frente a eventos
cerebrovasculares, requiriendo el uso exclusivo de agentes que cuenten con
un perfil de seguridad firmemente respaldado por la evidencia —como el
labetalol o la alfa-metildopa— y manteniendo una contraindicación absoluta
e ineludible sobre las familias de los IECAs y los ARA II debido a su
comprobado potencial teratogénico y lesivo para el desarrollo del feto.
Finalmente, se consolida la noción de que el abordaje exitoso de la
hipertensión arterial trasciende el entorno de la práctica clínica individual y
se posiciona como una prioridad de salud comunitaria, donde la educación
del paciente, la vigilancia continua en etapas críticas como el puerperio y la
lactancia, y el fomento institucional de la medicina preventiva constituyen
las herramientas más potentes para desarmar a la "asesina silenciosa",
disminuir la carga global de morbilidad y transformar de manera positiva los
indicadores de salud de las generaciones presentes y futuras.
yhoangel