EMBARAZADA
Sin Querer
NICOLE. G. R
Título: Embarazada sin querer
© 2021, Nicole. G.R
Portada: Nicole. G.R
Maquetado: Frescia Milagros
Chumpitasi Benavente
Corrección: Rafelina Reyes
Primera edición
Esta es obra de ficción. Nombres, personajes, lugares y situaciones son productos de la imaginación del
autor o son utilizados ficticiamente. Cualquier parecido con personas, vivas o muertas, hechos o
situaciones es pura coincidencia. No se permite la reproducción total o parcial de este libro.
Todos los derechos reservados
DEDICATORIA
A todas las personas que se enamoraron de esta serie y me permitieron
mostrarles un poquito de mi imaginación.
ÍNDICE
EPÍGRAFE
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
EPÍLOGO
EXTRA 1
EXTRA 2
EXTRA 3
ACERCA DEL AUTOR
AGRADECIMIENTOS
EPÍGRAFE
Porque la vida viene con altibajos que no podemos manejar.
Porque cuando todo parece ir bien, te emborrachas y ¡Pum!... Despiertas en
la cama de tu jefe. ¡Ah no!, que así no iba la frase.
Con una vida buena, un trabajo estable y un novio que la adoraba, a María
Fernanda tenía que ocurrirle justo aquello: acostarse con su jefe y encima
quedar embarazada. ¡Pero qué suplicio!
Gonzalo vive sumido en la oscuridad, torturado por viejos temores,
renunciando a toda posibilidad de amar a alguien una vez más.
Hasta que una noche, lo dejaron con solo un sujetador debajo de su
almohada, nada menos que su secretaria.
Una historia, fresca, fácil de leer y llena de amor, que nos deja un gusto
dulce, teniendo por supuesto también, sus momentos de tensión.
Un cúmulo de emociones, dónde no sabes si arrancarles la cabeza a los
personajes, o tenerles paciencia y dónde sentirse identificado con ellos es
pan comido.
Esta no es la típica historia de jefe–secretaria, no, esto es algo más.
Rafelina Reyes
CAPÍTULO 1
¿Que cómo llegué a esto?
Nunca, ni en mis sueños más salvajes pensé que terminaría en una
situación así. Sin embargo, aquí estoy, cagada hasta la madre por la jodida
cosa que hice.
¿Que qué fue lo que pasó?
Psss…
Me tiré a mi jefe.
Soy un maldito cliché.
Miro de nuevo la prueba de embarazo como posesa. ¡Tiene que ser una
broma!
¿Cómo se supone que voy a solucionar esto?, ¿qué les diré a mis padres?,
¿y qué le diré a Carlos?... ¡Carajo! ¡Carlos!
«¡Mierda, mierda y más mierda!»
Todo está arruinado, ¿cómo permití que esto sucediera?
El sonido de la puerta me sobresalta.
—Mafer ya llegué. —Es la voz de Vanessa, mi mejor amiga, que suena
desde la entrada—. ¿Estás en casa?
—En mi habitación.
—¿Qué pasó? —Entra hecha un torbellino—. Por tu cara puedo imaginar
que no son buenas noticias.
—Es positivo. —Ondeo la prueba en el aire frente a sus ojos—. ¿Qué
hago ahora?
—¡Oh! Cariño, lo siento tanto… Cuenta conmigo para lo que sea, sabes
que siempre me tendrás aquí para ayudarte.
—Lo sé, gracias, de verdad. Es solo que… tengo la cabeza hecha un lío,
¿cómo se lo voy a decir a Carlos?
—Creo que la pregunta correcta es ¿Cómo le dirás a tu jefe?
—No hablamos de nada y las pocas palabras que cruzamos son referentes
al trabajo. ¡Maldita borrachera! ¡Me arrepiento tanto! ¡He puesto mi vida de
cabeza!
—Pues en algún momento tendrás que decírselo, o sea, no podrás
ocultarlo toda la vida.
—Lo sé. —Lloriqueo.
—Olvidémonos un momento de todo esto. ¡He traído helado!
—No quiero nada, solo quiero dormir hasta que todo esto se acabe.
—Saca el culo de la autocompasión y ven, porque yo sí quiero helado y
si no comes conmigo, terminaré tragándomelo todo yo sola.
Me pongo de pie y la sigo hasta la cocina, el mundo se me cae encima,
¡Pero al menos hoy puedo comer helado!
—¿Has hablado con Liz? —pregunto sentándome en una de las bancas en
la cocina. Cojo la cuchara que pone frente a mí.
—Sí ya debe de estar viniendo.
Minutos más tarde, la puerta de nuestro departamento se abre.
La rubia entra y deja sus cosas sobre el sofá. Cuando me mira, sé que no
tengo que decir nada.
—No estás sola.
—Lo sé, sé que ustedes siempre estarán aquí conmigo. —Me abrazan y
reprimo las lágrimas—. Ahora coge una cuchara, Vanessa ya está atacando.
La he cagado y no puedo hacer nada para remediarlo. Solo me queda
enfrentar las consecuencias.
. . .
Seis semanas antes
¡Se me hace tarde!, si mi jefe se entera, es capaz de botarme a patadas.
Cuando llego al ascensor, trato de calmar mi respiración y también reviso
si estoy presentable. Por fortuna, tanto mi atuendo, como mi maquillaje y mi
cabello están intactos.
Miro el reloj en mi muñeca, el ascensor ha llegado justo a tiempo: las
ocho en punto. Justo cuando el teléfono suena con la habitual llamada
matutina de Gonzalo Carson, mi jefe.
Corro hasta mi escritorio y lo descuelgo.
—Buenos días, señor Carson. ¿En qué puedo ayudarle?
—Señorita Avery, tráigame un café y el informe del libro de Cameron
Olsen que le pedí acomodar ayer.
—Enseguida se lo llevo.
Lástima que sea un amargado, tiene una voz preciosa.
Llevo un año trabajando para la editorial. Cuando empecé Michael
Carson era mi jefe, un señor muy amable y agradable. Se retiró hace cinco
meses y dejó a cargo a su hijo menor.
Al inicio me pareció un poco engreído e hijito de papi, el hecho de que
fuera mandón y serio no ayudaba a mi percepción sobre él, pero la verdad es
que es un joven capaz que ha hecho un excelente trabajo hasta ahora.
No solo me fijé en lo negativo, la primera vez que lo vi. Me pareció un
hombre muy atractivo. Con su cabello corto y oscuro, la barba recortada con
esmero, esos ojos color miel, profundos y bonitos y para rematar alto y
atlético. Todas las mujeres de la editorial están locas por él y aun así nunca
se le ha visto con nadie desde que llegó. Es bastante callado o por lo menos
lo es dentro del trabajo. Con él no hay conversaciones profundas.
Una vez con el informe y el café listo, toco su puerta dos veces como es
mi costumbre.
—Pasa. —Su potente voz retumba.
Entro y dejo los informes sobre su escritorio. Él por supuesto ni me mira,
solo tiene ojos para su computadora.
—Aquí están sus informes y su café. ¿Necesita algo más?
—Necesito que saques una copia del manuscrito de J.K Jenkins y lo
envíes a edición. Ah y confirma la junta de las diez de la mañana y el
almuerzo con el gerente de «JJ Corporation»
—Sí señor, enseguida.
Salgo de la oficina y suelto el aire contenido, ¡siempre me pasa lo mismo
cada vez que entro allí!
Si soy sincera, no solo son las otras mujeres de la editorial, hasta a mí me
tiene atrapada y embobada. A veces cuando me mira —las pocas veces que
lo hace—, siento que sus ojos me hechizan. Es como si pudiera ver lo que
estoy pensando, lo cual me pone muy nerviosa, ¡con los pensamientos
cochinos que me suelen venir a mi mente!
Me siento en mi escritorio y reviso el correo. Por lo general el señor
Carson me manda una lista con las cosas por hacer en el día.
. . .
Son las doce y media cuando suena el teléfono, es Liz, trabaja como
asistente del señor Smith: jefe de edición.
—Hola chica. —Me dice.
—¿Cómo está todo por ahí?
—Aburrido. El ogro panzón no me ha dado mucho problema.
—Deja de llamar a tu jefe así. Un día de estos te va a escuchar.
—Qué va, encima de gordo está sordo. ¿Almorzamos juntas?
—Sí, claro. Nos vemos a la una en la entrada.
Miro la hora y marco el número para la conexión con mi jefe.
—Dime, Avery.
—Señor Carson, le recuerdo el almuerzo con el gerente de «JJ
Corporation» ya son las doce y cuarenta.
—Sí, gracias.
Una vez cuelga, me dispongo a terminar un informe que me pidió por
correo, cuando de repente lo veo salir con su traje azul oscuro, que le queda
de muerte.
—Avery, puedes ir a almorzar. Cualquier cosa me avisas por correo.
—Sí, señor. —Lo observo con descaro. Él hace lo mismo, por un
momento directo a mis ojos y un escalofrío me recorre el cuerpo ante su
intensidad. Sin decir nada se da la vuelta y camina hasta el ascensor. Cuando
desaparece por las puertas recuerdo cómo se respira.
Tomo una pausa, agarro mi cartera y mi teléfono y me dirijo al primer
piso a esperar a Liz.
No tengo que hacerlo mucho, porque a los minutos una mano se enrosca
en mi brazo.
—Chica aquí estás, vamos que muero de hambre.
. . .
—Quiero la pasta por favor.
Cuando se va el mesero, mi amiga se inclina sobre su asiento y dice—:
Bueno, ¿qué me cuentas?
Ella tiene unos preciosos ojos verdes, que ahora me miran con
curiosidad. Y no me extraña que así sea, debido a su gran personalidad
alegre y ocurrente.
En cuanto la conocí me cayó bien, se la mostré a Vanessa y todo hizo
click.
Somos inseparables desde entonces.
—¿Qué quieres que te cuente Liz? Ya sabes que mi vida siempre es igual:
trabajo, casa, Carlos y trabajo.
—Hablando de Carlos, ¿cómo está?
—Está ocupado con la universidad, recuerda que le falta poquito para
graduarse.
—Sí, verdad. Oye, hoy es sábado ¿Qué te parece si saliendo nos vamos a
«Ojos Negros»? ¡Vamos a relajarnos un poco! Estoy tensa, de verdad lo
necesito.
—¿Ahora qué paso?
—Nada, nada… Solo que discutí con Marcos, me tiene un poco cansada
tanta insistencia de su parte. Esta vez apareció a la salida de mi clase de
yoga.
—No creo que debas tomarlo a la ligera.
—Ese hombre es inofensivo —responde restándole importancia con la
mano—. Bueno, ¿qué me dices? Vamos a bailar ¿Sí?
—Está bien. Voy a decirle a Vane a ver si se apunta.
Luego de comer, regresamos a la editorial. Cuando entro a mi oficina, el
señor Carson aún no ha regresado.
Igual se hace notar, porque al revisar mi correo tengo uno de sus
mensajes con indicaciones para mí. Además, me informa que no regresará a
la oficina y que puedo retirarme cuando termine.
Es muy raro, él nunca ha faltado a la empresa.
«¿Qué habrá pasado?»
. . .
Cuando dan las tres, llamo a Vanessa para lo de «Ojos negros».
—Hola cariño, ¿a qué se debe tu llamada?
—No seas tonta no necesito un motivo para llamarte… —hace un ruidito,
de que no me cree nada y no puedo evitar reír—. Saliendo de trabajar Liz y
yo vamos a ir a «Ojos Negros» ¿Te apuntas?
—¡Oh! ¿Por qué no me lo dijeron antes? Ya he quedado con unos chicos
de mi trabajo y de ahí voy a ir a la casa de Juan David. ¡Disfruten por mí!
Quizás no llegue hasta mañana, así que ya sabes.
—¡Oh! De acuerdo, cuídate. Chau.
Luego de jugar un par de horas con el teléfono, el sonido de un nuevo
correo suena en la computadora. Es obvio que se trata de un mensaje de mi
fabuloso jefe.
«¡Más trabajo! ¡Yupi!»
Me dedico a trabajar en lo que me envió y cuando termino levanto la
mirada al reloj, solo faltan cinco para las siete de la noche.
Antes de irme, llamo a Liz.
—Ya voy a salir, me imagino que estás más que lista.
—Anda avanzando. Termino un informe y voy a darte el encuentro.
—De acuerdo. Pero no demores. Sabes que odio esperar.
Cuelgo la llamada y me dirijo al baño para arreglar mi maquillaje y hacer
pis.
. . .
Llevo sentada unos veinte minutos en la barra del bar y Liz sigue sin
aparecer, la llamé tres veces y la mensajeé, pero no contesta. Imagino que
debe estar con mucho trabajo, o mínimo, su jefe la tiene atada al escritorio.
Voy por mi tercera cerveza y empiezo a sentir los efectos del alcohol,
nunca he sido de tomar mucho y cada vez que lo hago siempre se me sube
con rapidez. Tal vez debería decirle a la rubia que me iré, para que se vaya
directo a casa.
Cojo el teléfono, sin embargo, antes de que pueda hacer algo, por el
rabillo del ojo creo ver a alguien conocido.
Volteo para mirar mejor y a dos asientos de mí, está sentado Gonzalo
Carson.
«¿Qué rayos hace aquí?»
Luego de debatirlo internamente, decido acercarme. Está algo bebido, su
cabello está desaliñado, como si se hubiera pasado varias veces las manos.
Su corbata está en la mesa y su camisa —que por lo general está
impecable—, ahora se encuentra abierta hasta el tercer botón. Es un poco
chocante verlo así, tan… desprolijo.
—Se-señor Carson —balbuceo tocando su hombro.
Él voltea a verme, me fijo en sus ojos, que están irritados, deduzco que
por el alcohol—. ¿Se encuentra usted bien?
Me mira de arriba abajo y se detiene en mis ojos.
—Señorita Avery ¿Qué hace aquí? —pregunta sonriendo.
«¡Por Dios! ¡Qué hermosa sonrisa!»
Sé que es mi jefe, pero… ¡Es tan atractivo! Y nunca me había sonreído
así, se le ve demasiado sexy…
¡Alto! ¡Mafer! Piensa en tu novio, al cual se supone que amas con locura.
«¡Está bien, me calmo!»
—Vine...
«¿Qué me preguntó?... ¡Ah sí!»
—Vine a tomar unos tragos con la señorita Peltz, del área de edición.
Aunque parece que se le ha hecho tarde. —Giro mi cabeza a ver si hace su
aparición por arte de magia.
—Bueno, mientras esperas ¿Por qué no te sientas y nos hacemos
compañía?
Con torpeza me pongo a su lado, huele tan bien.
—Dejé los informes listos para... —empiezo a decir, pero él me
interrumpe.
—Hey, no hablemos de trabajo. En este momento no soy tu jefe
Tomando de un sorbo el contenido de su vaso, se sirve otro más de la
botella.
—De acuerdo, señor Carson.
«¿De qué rayos voy a hablarle entonces?»
—Tampoco me digas señor Carson —masculla negando con la cabeza—.
Hoy soy solo Gonzalo y tú eres solo María Fernanda.
—De acuerdo seño... Gonzalo, lo siento es la costumbre. —Suelto una
risita nerviosa.
—¿Qué has estado tomando?
«Mi nombre suena tan hermoso en sus labios»
—Cerveza ¿Tú qué estás tomando?
—Es vodka ¿Quieres seguir con la cerveza?
Asiento y él llama al mesero.
. . .
Luego de la última cerveza, me siento más relajada y sonriente. Para mi
sorpresa ha sido fácil hablar con mi acompañante. Tal vez se deba a que los
dos estamos algo achispados.
Su cautivante risa me saca de mis pensamientos.
—No puedo creer que con tres cervezas ya estés así ¿Es que nunca has
tomado nada más fuerte? —Niego con la cabeza, sonriendo algo idiotizada
con sus ojos brillantes—. A ver, dime ¿Qué te da curiosidad tomar?
—Siempre he querido tomar tequila.
—No se diga más. —Ríe y se dirige de nuevo al mesero—. Tráenos una
botella de tequila.
—¿Qué?, ¡no!, ¿¡estás loco!? —Casi grito.
—¡Vamos!, solo se vive una vez. —Asegura guiñándome un ojo.
En cuanto el mesero llega, deja en la mesa una botella junto a un salero,
muchos pedazos de limón y dos vasitos.
—¿Sabes cómo se toma esto?
—Pues el limón, la sal y ¿Tequila?
—Te voy a mostrar.
Gira su cuerpo hacia mí y levantando su mano, lame la piel entre el
pulgar y su dedo índice, luego hecha sal en la piel húmeda.
«¡Mierda!»
Se acerca el vaso con el tequila y un pedazo de limón. Lame la sal de su
mano, toma de un solo trago el contenido del vaso y acercando el limón a su
boca, lo chupa.
«¿He sido yo o eso ha sido demasiado… sexy?»
—Ahora tú. —Me alcanza el salero.
Luego de meditarlo unos segundos, sin dejar de mirar sus ojos, decido ser
valiente y le doy una lamida. Veo el momento exacto en el que sus pupilas se
dilatan, mas, no puedo descifrar lo que hay en ellas.
Repito sus acciones con la sal y de un trago, me tomo todo el tequila.
Siento que quema en mi garganta, la mueca es inevitable. él carcajea por mi
expresión y me pasa el limón.
—¿Te gustó?
Lo miro achicando los ojos.
—Creo que sí —digo y él suelta a reír otra vez.
. . .
No sé cuánto tiempo hemos estado aquí, pero lo cierto es que ya casi no
queda nada en la botella y ambos estamos muy ebrios.
—Éste es el último trago. —Su voz es más lenta. Yo por igual arrastro las
palabras, de repente me siento atrevida.
—Pueeess... vamos a compartirlo.
—Me parece una gran idea.
Lame su mano, hecha sal y me la acerca.
«¡Dios bendito! Quiere que lo lama ¿Verdad?»
Agarro su mano dudando un momento, lamo la sal en ella sin despegar los
ojos de él. Bebo hasta la mitad y chupo el limón que tengo en la mano.
Él busca mis ojos y sin dejar de mirarme agarra mi mano con firmeza,
pasa su lengua por mi piel, después hecha la sal y vuelve a lamer mi mano.
«¡Creo... creo que me mojé!»
Agarra el vaso y termina el líquido que queda, después con una sonrisa
mete el limón a su boca.
—Eso fue divertido.
«¡Eso fue excitante!»
—Sí... lo fue. Creo que ya es tarde, debo irme.
Agarro mi cartera para sacar dinero.
—Espera, ¿qué haces? yo voy a pagar. Yo te invité.
—¡Oh!... De acuerdo.
Después de pagar la cuenta salimos del lugar. El aire choca con mi rostro
haciendo que me dé vueltas la cabeza.
Me volteo para despedirme y me tambaleo un poco.
—Bueno, me he divertido mucho. Gracias por esta noche.
—Caminemos hasta encontrar un taxi, a esta hora es algo casi imposible.
—Miro el reloj y me doy cuenta de que son las dos y treinta de la
madrugada.
«¡¿Cómo ha pasado tanto tiempo?!»
—¡Cielos, es muy tarde! Yo pensaba tomar el bus.
Mi cabeza da vueltas. Todo lo relajada que me sentía hasta hace solo
unos minutos, ha desaparecido para dar paso al nerviosismo.
—María Fernanda. —Se planta frente a mí. Pero no dice nada más.
—Dime.
—Gracias por todo, necesitaba distraerme —sisea, su mano escala desde
mi brazo hasta mi hombro.
—No hay problema, la pasé muy bien. —De pronto siento su aliento muy
cerca de mi rostro.
«¿Qué está pasando?»
—Yo... también... la pasé muy bien.
Siento ahora el calor de su mano en mi cuello, mientras mi piel se eriza.
Puedo ver sus pestañas: espesas y largas y entonces sus labios con sabor
a tequila, rozan los míos con delicadeza.
«¡Por todo lo sagrado!, ¡Qué beso!»
La punta de su lengua juega con mis labios y en cuanto le doy acceso, la
entrelaza con la mía. Es el mejor beso que me han dado. Él por supuesto que
sabe lo que hace.
Sujeto mi cartera con fuerza y me separo, siento mi cara quemar y todo da
vueltas, pero nada tiene que ver el alcohol en mi sangre.
—Debo irme.
Trato de caminar, cuando de repente, él me jala el brazo riendo y me
vuelve a besar.
La temperatura empieza a subir y desde lo más profundo de mi ser, surge
una necesitad, un fuego que me recorre entera, un nudo sordo que se ha
instalado en mi vientre bajo.
—Ven conmigo —susurra sobre mis labios.
No sé en qué momento acepté venir con él, pero lo cierto es que estamos
saliendo del taxi y entrando a un gran edificio.
Cuando las puertas del ascensor se cierran, me acorrala y nos besamos
con desenfreno.
Tal vez es el alcohol, pero nunca me había sentido así. Tan deseosa por
sentir sus manos sobre mi piel. No puedo detenerlo, no quiero.
Cuando las puertas se abren, salimos a una gran estancia dando
trompicones.
Entre risas y besos vamos a una puerta, que debe ser su habitación.
La abre sin dejar de besarme, sus manos van a mi trasero ayudándome a
poner mis piernas alrededor de sus caderas.
Ya no puedo aguantar más, necesito sentirlo. Avanza conmigo y cuando
llega a su cama se deja caer, aún con mis piernas alrededor suyo.
«¡No puedo creer que esto esté a punto de suceder!»
La ropa no tarda en desaparecer y en cuanto sus ojos empiezan a
descender hasta mis senos, siento una oleada de timidez.
Me cubro y siento mis mejillas calientes. No es que sea fea, no lo soy,
pero uno nunca puede evitar sentir algo de vergüenza en un momento así
¿Verdad?
Sus ojos vuelven a los míos y me regala una sonrisa tranquilizadora.
—No sientas vergüenza, eres muy bella. No tienes idea de cómo me
haces sentir —dice con voz ronca, dando pequeños besos en mi cuello.
Poco a poco me deshago entre sus brazos una vez más y paso los dedos
en su cabello suave, mientras sus labios descienden de mi cuello a mis
pechos.
«¡Oh!»
Parece disfrutar paralizando mi respiración con sus toques. Su lengua me
tortura, juega con uno de mis senos, mientras que su mano estimula el otro.
Siento todo mi cuerpo arder. Creo que mi sangre se ha vuelto fuego
líquido. Su mano desciende por mi muslo, por instinto separo mis piernas,
puedo sentir lo duro que está cuando pega su ingle a la mía.
Sus labios vuelven a atacar los míos con ansias y jadea con fuerza
—¿Estás segura de esto? Puedo parar si quieres. Lo miro a los ojos, casi
parecen más oscuros de lo que son.
—Hazlo ya por favor —suplico con la voz tan ronca como la de él y de
una estocada se desliza dentro de mí.
«¡Ah! ¡Mierda!»
. . .
Siento mucho calor y trato de moverme, pero algo encima de mí me lo
impide.
Puedo sentir el sol sobre mi cara. ¡Maldita sea, Vanessa!
«¿Por qué abrió mis cortinas?»
Abro los ojos para mirar la hora en mí reloj. ¡Gran error! La cabeza me
estalla.
Mis ojos miran con detenimiento a mi alrededor… esta no es mi
habitación.
«¿Dónde rayos estoy?»
Una vez más trato de moverme, pero me doy cuenta de que lo que tengo
encima, es un brazo. Abro mis ojos con sorpresa y los subo despacio hasta
llegar al dueño del brazo que está encima de mí.
«¡Santa Mierda!»
Al darme cuenta de a quién pertenece ese brazo, mi mente se vuelve un
caos.
«¿Qué hago en la cama con Gonzalo?, ¿¡por qué estoy desnuda!?, ¿¡por
qué él está desnudo!?, ¿por qué hago preguntas tan imbéciles? ¡Mierda!»
Tengo que cerrar los ojos un momento, porque siento que la cabeza se me
va a partir en dos. Mas, en cuanto lo hago, imágenes de la noche anterior
llegan a mí produciéndome un vuelco en el estómago:
Mi jefe todo sexy en el bar, una muy risueña Mafer tomando con su jefe,
juntos saliendo, él besándome yo colgada de él, ambos desnudos en su cama
yo sobre él. ¡Carajo qué vergüenza!
«¡Tengo que salir de aquí! ¡Ya!»
Con mucho cuidado, retiro el brazo de mi jefe.
Me siento despacio y con cuidado me pongo de pie. «¿Dónde está mi
ropa?» La busco con desesperación. En una esquina están mi jean y blusa,
corro hasta ellos.
«¿Ahora dónde diablos esta mi ropa interior?»
Encuentro mi braga a un lado de la cama junto a un bóxer negro. Mi cara
vuelve a hervir por la vergüenza.
Me la pongo con rapidez junto con mi pantalón. Ahora solo falta mi
sujetador, que no lo encuentro por ninguna parte. ¡Para colmo empieza a
despertarse!
«¡A la Mierda!»
Me pongo la blusa sin sujetador. Salgo del cuarto y al lado de la puerta
puedo ver mi cartera y mis zapatos. Sin perder más tiempo y con los nervios
a flor de piel, me calzo los tacones y salgo de esta casa.
Cuando al fin puedo respirar aire puro, mi pulso se tranquiliza un poco.
Agarro la liga que siempre tengo en mi muñeca y me hago un moño en lo
alto de la cabeza.
Una vez en el taxi le escribo un mensaje a mis amigas, necesito que vayan
con suma urgencia a la casa.
. . .
«¡Soy una zorra! ¡Una gran zorra!»
Mi cabeza da vueltas. He llegado a mi casa hace unos quince minutos y lo
primero que hago es entrar a la ducha.
Cuando termino de vestirme, salgo hasta el recibidor y me encuentro a
mis amigas con los brazos cruzados.
—¿Qué es eso tan urgente que tienes que decir para que nos despiertes a
las seis y treinta de la mañana un maldito domingo? —La voz de Vanessa
retumba en el silencio de la casa.
—Pequeña desgraciada, estaba teniendo un gran sueño y lo arruinaste. —
Ahora es Liz.
Pongo mi mejor cara de inocencia.
—Hola chicas, lucen muy coordinadas así, las dos con sus caras enojadas
y brazos cruzados.
—¿Qué hiciste ahora?, mira Vane, tiene esa cara de culpa.
Con resignación me siento en el sofá.
—La cagué y lo hice de la manera más asquerosa posible
Tapo mi cara con las manos.
—¿Qué pasó? —pregunta con cautela Vanessa, sentándose a mi lado.
—En serio, es lo peor que he hecho en toda mi vida.
—¡Habla de una maldita vez! —Liz grita sentada en la mesita, justo
delante de mí.
—Está bien, está bien. Soy una zorra de lo peor, en serio yo...
—Mafer —sisea Vane con los dientes apretados. Lo que significa «Deja
de hacer la idiota y habla de una maldita vez».
—De acuerdo, ahí va... me acosté con Gonzalo.
Las miro, sus caras son de completa confusión.
—Gonzalo ¿Quién es?... acaso... —Vane me mira confundida.
—¡Espera!, ¿¡Gonzalo!? Tu jefe... el jefe de tooooodaaaa la compañía —
pregunta Liz señalándome. Ambas abren los ojos tanto que casi tengo miedo
de que se salgan de sus cuencas. Cuando asimila la noticia me chilla—: El
buenorro de tu jefe.
—¿Cómo sucedió esto?
—¡Ay! Lizzy, esa pregunta es tonta, ¿te lo tiene que explicar con
manzanitas? —Se burla Vanessa.
—Eso ya lo sé estúpida, a lo que me refiero es: que cómo llegaron a eso.
—Bien, para empezar Lizzy, quiero que sepas que todo esto es tu culpa.
—¡¿Mi culpa?! ¿Por qué es mi culpa? Yo no te dije que te comieras al
jefe.
—Sí, es tu culpa. Porque nada de esto habría sucedido, si tú hubieras
llegado al bar, como habíamos acordado.
Lizzy se ve un poco avergonzada y se sienta de nuevo. Tomo un suspiro
profundo y continuo con mi perorata.
—Entonces, no habría visto al señor Carson y él no me habría invitado a
tomar y no habríamos decidido tomar tequila y no nos habríamos
emborrachado y él no habría lamido mi mano ni yo la de él.
» Y por supuesto que él no me habría besado y yo no habría tenido que
aceptar ir a su departamento y claro, él tampoco me habría vuelto a besar
como un dios y no me habría follado como un ángel. ¡Por Dios que fue el
mejor sexo de mi vida!
Mis amigas me dejan hablar, saben que una vez empiezo no puedo parar y
lo mejor es dejar que me canse.
» Entonces no me habría despertado con resaca y confundida. Y no habría
tenido que dejarlo durmiendo. Así que sí, todo es tu culpa.
Termino sin aliento y escondo mi cara entre mis piernas.
—Esos fueron muchos «habrían» creo que estoy mareada.
Ruedo los ojos, Vanessa siempre soltando comentarios tan... acertados.
—Primero —interviene Lizzy—, siento no haber ido, pero es que justo
cuando iba al bar, Marco me jaló y no pude zafarme. Segundo yo no tengo la
culpa de tu poca fuerza de voluntad y que hayas caído bajo los encantos de tu
jefe. Mucho menos, de que te lo hayas tirado.
—¿Y qué harás ahora?, ¿le dirás a Carlos?
Miro a Vanessa. Es justo la pregunta que me gustaría evitar. Con ellas no
se puede.
—No sé qué hacer. Cómo voy a verlo, qué le diré… ni siquiera sé cómo
miraré al señor Carson de ahora en adelante. Creo que moriré de vergüenza.
—Es un poco absurdo que le digas «señor Carson» después de lo que
hicieron —puntualiza Vane con una sonrisa burlona.
—No creo que debas decirle a Carlos. Esto es algo que no volverás
hacer y si le dices solo lo lastimaras. Él es muy bueno contigo —murmura la
rubia.
—No sé si pueda actuar normal cuando esté con él.
—Pues tendrás que poder.
Las tres nos miramos, tal vez Lizzy tengan razón y no deba decirle nada a
Carlos. Estaba borracha y fue un error. Jamás se repetirá y si le digo solo
arruinaré nuestras vidas.
—Oye Mafer. —Vanessa me mira con una sonrisa perversa—. ¿Qué tal
estuvo el buenorro?, ¿la tiene grande?, ¿te dio duro contra el muro?
—Oh, cállate pervertida.
—Yo también quiero saber.
No me creo las caras emocionadas que tienen.
—Fue el mejor sexo de mi vida, sin duda el mejor. Y sí, la tiene grande
Ambas estallan en chillidos de emoción.
. . .
Con Carlos traté de estar normal. Al principio me costó un poco, mas,
luego todo volvió a la normalidad.
Con Gonzalo, pues... nos vimos el lunes y lo primero que hizo fue
mirarme durante un rato. Me sonrojé mientras trataba de no mirarlo a la cara.
Después de unos minutos siguió su camino y empezó a bombardearme con
cosas de debía hacer, como si lo del sábado nunca hubiera pasado.
O tal vez no lo recordaba. Lo cierto es que ambos estábamos muy
borrachos y yo no recuerdo con exactitud todo lo que pasó en su habitación.
Seguro que él tampoco.
Así pasaron las semanas, hasta hace unos días que empecé a sentirme
mal. Como una idiota, pensé que era una infección estomacal. Sin embargo,
después de tomar pastillas y seguir igual, Vanessa me dijo que lo mejor era
que me hiciera una prueba de embarazo.
Pensé que eso era imposible, así que solo para hacerla callar fui a la
farmacia y compré tres pruebas.
Grande fue mi sorpresa cuando las tres dieron positivo.
CAPÍTULO 2
—Debes decirles, Mafer.
—¡Ya lo sé, Liz!
—Liz, déjala respirar un minuto.
Las tres estamos en pijamas, sentadas una al lado de la otra en mi cama.
Lizzy lleva repitiendo todo el rato, que debo contarles a Carlos y a Gonzalo
la verdad sobre el bebé.
—A ver genio, ilumíname. ¿Cómo les dirías tú la verdad?
—Yo creo que lo mejor sería... o tal vez si tú...
—¿Ves? No es tan simple, pero tienes razón. Hoy mismo hablaré con
Carlos sobre el bebé. Y en cuanto a mi jefe, supongo que lo haré mañana
cuando lo vea.
—¿En serio hablarás con Carlos? —pregunta Vane.
—Sí ya dilaté esto demasiado. Hace una semana lo descubrí y es solo
cuestión de tiempo para que ambos se enteren. Mejor si es por mí.
Agarro mi celular.
Le escribo a Carlos pidiéndole que nos veamos en el parque, que está a
la vuelta de mi casa y luego me pongo de pie.
—¿A dónde crees que vas?
—¿No es obvio Vane? Voy a ver a Carlos.
—¿Estás segura?
—¡Mierda Liz! Me vienes diciendo que hable con él como un disco
rayado.
—Lo sé, lo sé. Es solo que me puse nerviosa.
—¿Y tú porque tendrías que estar nerviosa?, es Mafer quien le dirá a su
novio que se embarazó de su jefe.
—Muchas gracias, Vanessa, eso me hace sentir mejor. —Reboso
sarcasmo—. Nos vemos más tarde.
. . .
Llevo unos quince minutos sentada en el columpio del parque, cuando al
fin veo a Mi novio.
—Hola osita. —Se acerca y me besa con delicadeza—. ¿Qué sucede?
¿Por qué tanta urgencia en vernos a esta hora y además en el parque?
—Verás Carlos… esto es muy difícil para mí.
—¿Qué pasa? Relájate y dime lo que te está molestando. —Se agacha
para quedar frente a mí, es tan comprensivo que me da miedo hablar—. Sé
que he estado muy ocupado con la universidad, pero sabes que la graduación
está cerca y estoy enfocado en eso. Cuando todo esto pase, tendré más
tiempo para ti, lo prometo.
La sonrisa de Carlos siempre tuvo la cualidad de transmitirme
tranquilidad. No se merece lo que estoy a punto de decirle.
—Tú eres demasiado bueno conmigo y siempre has estado para mí. Has
sido el mejor novio que se pueda tener, no merezco que me quieras como lo
haces.
—¿Qué tontería es esa, osita? Claro que lo mereces.
Acaricio su rostro con la yema de mis dedos.
—Solo quiero que sepas que lo siento muchísimo. Y si pudiera
retroceder el tiempo no cometería el mismo error.
Me pongo de pie y le doy la espalda. Necesito un poco de espacio entre
nosotros.
—¿Qué está pasando? Habla de una vez —exclama agarrando mi brazo y
volteándome.
—Estoy embarazada.
La cara de Carlos palidece por un momento, luego sonríe.
—¡Osita, eso es genial! No debes disc... —se detiene en seco cuando ve
que niego con la cabeza—. ¿Por qué dices que no? Explícate.
—Estoy embarazada… pero no es tuyo.
—¿Estás bromeando?
—Lo siento.
—Como sabes que no es mío... tú y yo... podría ser mío.
—Tengo siete semanas, hace mucho que tú y yo no… sería imposible…
—¡Y por eso te revolcaste con el primer tipo que se te cruzó! —grita
sobresaltándome. Sus ojos destellan furia, nunca lo había visto así.
—T-Te equivocas, Carlos…
—¡Te di un año de mi vida mientras tú andabas de zorra! —grita fuera de
sí.
—Te equivocas, las cosas no fueron así.
Sabía que iba a reaccionar mal, sin embargo, no pensé que gritaría de
esta forma. No puedo evitar que mis lágrimas salten de mis ojos.
—¿¡Cómo que me equivoco!? ¡Eres igual a todas!, ¡dime quien es el
padre! —exige agarrándome de los hombros con fuerza—. ¡Dímelo!
—¡No, Carlos! no te diré, no tiene sentido.
—¡Quiero saber con quién te has estado revolcando!
—Ya te dije que no, suéltame, ¡me lastimas!
—¿Cómo pudiste hacerme esto? Si yo te di todo de mí… ¡Dame tu
teléfono! seguro que ahí tienes su número.
—¡Ya detente! Sí, cometí un error y puedes decirme todo lo que quieras,
lo merezco.
Pero por favor no insistas, porque no te diré quién es él. Perdóname por
el dolor que te he causado, lo siento de verdad. Sé que no puedo hacer nada
para cambiarlo.
» Lo mejor es dejar todo aquí y espero que algún día me puedas perdonar.
Termino de hablar, le doy una última mirada a su rostro dolido y me voy
dejándolo Ahí
Cuando llego a casa, mis amigas me esperan en la sala.
—Hola chica ¿Cómo te fue? —pregunta la rubia.
—¿Cómo crees? Más que horrible.
—¿Qué te dijo? —pregunta Vanessa.
—Gritó muchas cosas como loco. Quería saber quién es el padre. ¡Ah! Y
también que soy una zorra.
—¿Por qué quiere saber eso? —dice la rubia.
—No lo sé, no creo que para saludarlo. Pero qué más da ya es uno
menos. No puedo ni imaginar cómo reaccionará Gonzalo cuando se lo diga.
—¿Cuándo se lo dirás?
—No sé, Vane. Cuando tenga fuerza para hacerlo. Ahora, si me disculpan
me voy a la cama.
En cuanto toco la almohada, mis ojos se llenan de lágrimas.
Me duele mucho recordar la expresión de Carlos y todo lo que me dijo.
Merezco cada una de sus palabras, aunque eso no evite que me duela.
No sé si lo amo como antes o si solo es cariño y costumbre. Pero igual
me duele demasiado saber que ya no volveré a verlo.
. . .
Lo primero que hago al despertar, es saltar de la cama como un resorte y
correr al baño, ¡uf! por poco y no llego.
Desde hace dos días que mi día inicia de esta manera: con media cabeza
dentro del inodoro.
Es muy asqueroso.
Me limpio y me siento en el borde de la ducha. Cada vez que termino de
vomitar me invaden unos mareos horribles, que me obligan a cerrar los ojos
con fuerza.
Cuando me siento mejor, me ducho y luego me paro frente al armario.
Escojo un pantalón burdeos pegado, una blusa clara y lo combino con un
blazer gris más, unos zapatos de tacón altos.
Es temprano, por lo que me da tiempo de desayunar. Honestamente no
tengo ganas de comer nada, pero igual me obligo.
Salgo sin hacer ruido, solo porque es posible que mi compañera aún
duerma.
Camino por la avenida hasta la parada del bus. Como mi auto está en el
taller, me toca andar en transporte público. Subo y me siento al lado de la
ventana.
Cuando voy llegando, luego de unos veinte minutos de camino, las
náuseas regresan con intensidad. Creo que fue el movimiento, lo que me
mareó.
En la primera oportunidad que tengo, bajo de este infierno e inhalo
profundo tratando de relajar mi respiración. Camino lo que falta a la
editorial.
. . .
Cuando las puertas del ascensor se abren, salgo y voy directo a mi
escritorio. Como en todo el piso solo somos el señor Carson y yo, todo está
en silencio.
Él llega alrededor de las siete y cincuenta y apenas son las siete y treinta.
Debido a esto me relajo y me siento, enciendo el computador, me
acomodo en la silla y cierro los ojos. Las náuseas han regresado con fuerza,
eso significa que necesito descansar unos minutos para que se vayan.
—¿Te interrumpo? Porque veo que estás muy cómoda. —Me sobresalto.
Ya llegó.
«¿Qué Mierda hace aquí a esta hora?»
—Solo me duele la cabeza —respondo sentándome derecha.
—Pues anda y busca algo para que se te pase, no me sirves si estás en ese
estado. —Su voz es seria.
Puedo sentir como se acerca. Desde que estoy embarazada mi estado de
ánimo cambia sin que pueda controlarlo. Y ahora lo que predomina es la
rabia.
«¡Tranquila Mafer, es tu jefe!»
—No puedo tomar nada por ahora. Pero no se preocupe, haré mi trabajo
como corresponde —siseo con los dientes apretados.
—Señorita Avery, ¿qué le cuesta ir a tomar un par de aspirinas?, no sea
testaruda.
«¡Oh! No, no te atrevas a ir por ahí Carson».
—Le digo que no se preocupe ya veré yo si tomo o no algo —refuto
molesta. Las náuseas han vuelto.
—¡Como se atreve a responderme de esa manera, lo único que quiero es
que usted se sienta mejor!
Me pongo de pie molesta.
—Miré señor Carson, usted tiene la culpa por...
No puedo seguir hablando porque siento las náuseas más fuertes ya no
puedo retener el vómito. Así que agarro lo primero que encuentro a mi
alcance para expulsar todo, el pobre tacho de basura.
Cuando termino, me doy cuenta de que tengo al señor Carson a mi lado
sosteniendo mi cabello.
Lo alejo como puedo y me siento de nuevo. Estoy mareada y me suda la
frente.
—¿Estás bien? —Me alcanza un pañuelo. Lo tomo y me limpio.
—Sí, estoy bien, pierde cuidado.
—Creo que deberías ir a la enfermería.
—No es necesario —digo en tono cortante.
—Si estás mal, lo mejor es que te atiendan. Además, estás pálida.
—Te dije que no es necesario.
—¿Cómo puedes decir eso?, podrías tener algo contagioso y terminarías
enfermando a todos aquí.
—¡No voy a contagiar a nadie! ¿No entiendes? ¡Deja de insistir! —Ahora
sí estoy molesta. Este hombre es exasperante cuando se lo propone.
—No puedes estar segura si no has ido a verte. No eres doctor, así que...
—¡Ay! ¡Por todos los cielos! —Lo interrumpo perdiendo la paciencia—.
¡No estoy enferma así que ya cállate!
—¡Eres demasiado terca!
—¡Gonzalo! —Levanto las manos para que deje de hablar—. Solo...
cállate... no estoy enferma... ¡Estoy embarazada!
Lo dije.
«¡Oh por Dios lo dije!»
No de la forma correcta, pero… lo dije.
—¡Oh! —Es lo único que dice. Su cara es de sorpresa.
—De... siete semanas
—Ok...
Lo miro levantando mis cejas.
«¿En serio? ¿Cómo puede ser tan idiota? ¿O es que en realidad no
recuerda nada de ese día?»
—De siete semanas —repito tratando de tener un poco de paciencia.
Su rostro pasa de la confusión al asombro. Casi puedo verlo sacar
cuentas en su mente. De un momento a otro su rostro palidece.
—¡Oh! —Vuelve a decir abriendo mucho los ojos.
«¡Mierda! ¡Se quedó tarado!»
—¿Estás bien…? ¿Quieres sentarte?
—Corrígeme si me equivoco, estás diciendo que estás embarazada de
siete semanas y hace siete semanas nosotros... ¡¿Estás diciendo que es mío?!
—Sí.
—Me siento algo mareado… ¿Estás… segura que es mío?
—¡¿Disculpa?! —Frunzo el ceño con molestia—, ¡contrario a lo que sea
que estés pensando, no soy ninguna zorra que se acuesta con el primer
imbécil que se le cruza!
—Lo siento, solo estoy algo conmocionado. —Pasa la mano por su pelo
—. Es que no entiendo cómo... o sea sé cómo...
—Dime una cosa ¿Te cuidaste ese día?
—Yo... no estoy seguro... —Su expresión es de completa confusión
cuando empieza a caminar nervioso—. Yo traía un preservativo. Cuando lo
estaba poniendo se rompió y tu... —para en seco su caminata, su rostro está
más pálido.
—¡Oh, Dios! Te dije que no importaba. Soy una estúpida calenturienta.
—Tapo mi cara roja con las manos.
—Tranquila, lo resolveremos —dice agarrando mis manos y
separándolas de mi cara—. Dime ¿Tú quieres tenerlo?
—¿Qué se supone que estás insinuando? ¡¿Por quién me tomas?! —chillo
alzando la voz.
Él trata de responder, justo cuando las puertas del ascensor se abren.
Ambos palidecimos al ver al señor Michael Carson salir de ahí.
—¡Papá! ¿Qué haces aquí? —exclama sorprendido alejándose de mí.
—Buenos días, señor Carson.
—Buenos días, Mafer ¿Cómo te encuentras? Te noto algo pálida hija. —
Me mira preocupado.
—Estoy bien señor. Solo me duele un poco la cabeza, nada de qué
preocuparse. —Trato de esbozar una sonrisa creíble.
—Papá, vamos a la oficina. María Fernanda ¿Podrías traer dos cafés por
favor?
El señor Carson frunce el ceño extrañado. Supongo que se debe a que su
hijo nunca me ha llamado por mi nombre, al menos no que él sepa.
—Enseguida señor Carson —digo con rapidez.
En cuanto desaparecen de mi vista, me dejo caer sobre la silla.
Qué manera de comenzar el día. Al menos Gonzalo ya sabe todo y puedo
tachar eso de mi lista.
«¿Qué diablos se supone que significan sus palabras?»
El estar embarazada me ha tomado por sorpresa y es más que obvio que
no me siento lista para ser madre tan joven. Pero eso no quiere decir que me
voy a deshacer de él. ¡Es mi bebé!
Mi mano baja hasta mi vientre aun plano, es la primera vez que lo toco a
consciencia. Es raro, aun no me hago la idea de que hay un ser creciendo
dentro de mí. Sin embargo, sí sé que no puedo ni siquiera pensar en
deshacerme de él, o ella.
Un correo me saca de mis pensamientos.
No quise decir lo que piensas, jamás te pediría algo semejante, quédate
tranquila. Más tarde hablaremos de eso.
G.C
Bueno, al menos puedo sacar eso de mi mente.
Me levanto y me deshago del tacho sucio. Luego voy a preparar los cafés,
como me ha pedido mi jefe. En cuanto los tengo listos, los coloco en una
bandeja y camino directo a la oficina de mi jefe. Toco dos veces, para luego
abrir la puerta.
—Permiso, traigo los cafés.
—Pasa Mafer, muchas gracias. —La voz amable del señor Michael me
responde.
Me acerco y coloco sobre la mesa el azúcar, las tazas y las cucharas.
—¿Necesitan algo más?
—No, muchas gracias. Puedes retirarte. —Esta vez es Gonzalo el que
responde, mirándome con descaro. Me pone muy nerviosa, no puedo respirar
con él tan cerca. Así que, en mi afán de salir rápido de ahí, me doy la vuelta,
pero al girar tan rápido me mareo perdiendo el equilibro y ya estoy
pensando en lo mucho que me dolerán las nalgas luego de esta caída. Sin
embargo, unas grandes manos me sujetan por la cintura justo antes de caer
sin gracia.
—¿Te encuentras bien? —Gonzalo me mira con preocupación.
—Si, por supuesto solo me tropecé. —Me alejo de él y camino hasta la
puerta—. Permiso.
«¡Diablos!»
Justo en ese momento me tenía que marear.
CAPÍTULO 3
Son casi las seis de la tarde y me siento agotada a pesar de no haber
tenido mucho trabajo. Solo fue confirmar unas juntas para hoy y recoger unos
manuscritos pendientes. Siento mis ojos cerrarse poco a poco y de repente
un carraspeo hace que los abra de golpe, es Gonzalo.
—Señor Carson, lo lamento —digo enderezándome con rapidez.
—No te preocupes María Fernanda. Debemos hablar. Ven a mi oficina
por favor.
Ya está, me va a despedir. Claro, no quiere tener cerca su aventura de una
noche y que encima está embarazada. ¿Qué haré ahora desempleada?
«Mafer deja la paranoia. No puede despedirte, tonta, eso está
prohibido»
Camino hasta la puerta de su oficina, acomodando mi ropa antes de
entrar. Toco dos veces.
Él se encuentra sentado en el sofá que tiene al lado izquierdo y me señala
el asiento frente a él.
—Bien, primero creo que debemos tutearnos, digo, es un poco absurdo
tratarnos de señorita y señor. Así que pienso que desde ahora lo mejor es
dejar los formalismos. A menos que sea necesario hablarnos de otro modo.
—Está bien —respondo cruzándome de piernas.
—Una vez aclarado ese punto, hablemos del embarazo.
—¿Qué quieres saber?
—¿Cuántas semanas tienes?, ¿cómo te sientes?, ¿te ha visto un médico?,
¿qué has pensado hacer ahora?
—Espera, espera. —Levanto mis manos—. Más despacio.
—Un momento, antes de que respondas todas mis preguntas. Quiero que
sepas que jamás fue mi intención decir que te deshagas de ese niño. Yo solo
quería saber cómo te sentías al respecto.
—No te preocupes, entendí mal —digo suspirando—. Para responder a
tus preguntas, tengo siete semanas, me siento muy asustada no voy a mentir.
No me siento preparada para ser responsable por alguien. Aún no he ido a
ningún médico, pensaba sacar cita hoy y la verdad no se bien qué voy a
hacer, supongo que por ahora tratar de cuidar de mí. Y quiero que sepas, que
continuaré con este embarazo, puedes ser parte de él. Sin embargo, no estás
obligado a quedarte.
—El bebé es tanto tuyo como mío y no voy a dejarlo solo, voy a ser
responsable de mis actos, ten por seguro que nada le faltará.
—De acuerdo, ahora dime ¿Cómo haremos para decírselo a los demás?
—Como te dije, siempre estaré aquí para esa criatura y para ti también,
eres la madre de mi hijo después de todo. Ahora, debes saber que por ningún
motivo me voy a enamorar de ti y tú tampoco debes hacerlo de mí. Esa es la
única regla que tengo. Seremos… amigos, creo que es lo mejor.
Suelto una risa de incredulidad.
«¿Qué rayos se cree este tipo?»
Podrá ser guapo, pero de ahí a enamorarme hay una brecha muy ancha.
—No pretendo enamorarme de nadie, es lo último en lo que puedo
pensar. Además, acabo de terminar con mi novio.
—¿Y eso por qué?
—¿Te parece poca cosa que vaya a tener un bebé con otro hombre?
—Tienes razón fue una pregunta estúpida. Lamento lo de tu novio,
supongo que no lo tomó tan bien. Y con respecto a las demás personas, pues
creo que debo decírselo a mis padres. ¿Tú harás lo mismo?
—No les diré quién es el padre, al menos no al principio.
—¿Qué tiene de malo que lo sepan?
—Eres mi jefe, no quiero que me vean como una zorra oportunista. Y no
deseo decírselo a los demás empleados de aquí. No quiero ni imaginar lo
que dirán todas las mujeres que están enamoradas de ti.
Su risa no se hace esperar.
—Si es lo que tú quieres, lo haremos así. Ahora debemos irnos.
—¿Y a dónde? sí se puede saber.
—Tenemos una cita con una doctora de mi entera confianza.
—¡¿Perdón?!
—Qué sucede ahora.
—Sucede que tú no puedes mandar sobre mi cuerpo y decidir a qué
médico debo ver y en qué momento. —Arrugo la frente con fastidio.
—Por supuesto que puedo. —Él también está molesto—. Es mi hijo el
que llevas ahí.
Suspiro con resignación tratando de calmar mi temperamento, es obvio
que esta pelea no la voy a ganar.
—Como quieras, no tengo ganas de discutir. —Me pongo de pie. Cuando
salimos de su oficina el teléfono de mi mesa suena.
—Adelante contesta, puede ser importante —dice él. Camino a paso
rápido hacia el escritorio.
—Oficina del señor Carson.
—Chiquita ya estoy por salir ¿Nos vamos juntas? —La alegre voz de
Lizzy suena al otro lado de la línea.
—Liz, ahora no puedo, voy de salida.
—¿A dónde vas?
—Estoy yendo a ver a una doctora con Gonzalo. —Trato de hablar lo más
bajo posible.
—¡Se lo dijiste! ¿Cómo lo tomó? Cuéntame.
—Te digo que ahora no, hablamos después.
Cuelgo antes de que pueda decir algo más y cuando volteo para mirar a
Gonzalo, tiene una ceja levantada.
—¿Qué?
—Pensé que no querías que nadie de la oficina se enterara.
—Lizzy es una de mis mejores amigas y ella es la única que lo sabe ¿Nos
vamos o no?
Entramos en silencio al ascensor.
. . .
El viaje en el auto es bastante callado, él solo maneja mientras que yo me
dedico a mirar por la ventana, parece que va a llover en cualquier momento.
El consultorio de la doctora Robinson no está muy lejos de la editorial.
Es un lugar discreto con una sala de espera acogedora, con muchas fotos de
bebés y mujeres embarazadas sonriendo.
«¿Cómo pueden estar tan sonrientes? Yo tengo ganas de vomitar».
—¿Te sientes bien? —La voz de Gonzalo me saca de mis pensamientos.
—Sí, solo estoy algo nerviosa.
Una doctora rubia bastante linda me llama.
—¡Soy yo! —Me levanto de un salto. Escucho su risita a mi espalda
—Pase por favor.
Entramos y nos sentamos. En la parte del frente hay un escritorio y en la
parte de atrás a un lado hay un cambiador, en medio una camilla. Mis nervios
aumentan a cada segundo que pasa.
—Bien muchachos, ¿cómo puedo ayudarlos? —pregunta la doctora.
—Pues, estoy embarazada y quería saber si todo está bien. También
quiero saber qué cosas debo hacer. —Mi voz va perdiendo fuerza mientras
hablo.
—Muy bien ¿Este es tu primer embarazo?
—Sí.
—Dime ¿Por qué dices que estás embarazada? ¿Qué prueba te has hecho?
La doctora me mira mientras el amigo a mi lado permanece callado.
—Una prueba de orina, bueno, tres en realidad.
—Muy bien, entonces vamos a revisar y ver cómo va todo. Por favor
anda detrás del cambiador, ahí encontraras una bata. Desvístete de la cintura
para abajo y te hechas en la camilla.
Me paro con algo de torpeza y voy directo al cambiador. En efecto, hay
una bata. Me desvisto y me la pongo.
«¿Por qué estas cosas no cubren más?»
Cuando me siento en la camilla, puedo ver cómo Gonzalo desvía la
mirada hacia el cuadro a su derecha.
—Bien querida, recuéstate. Levanta las piernas y ponlas aquí. —Me dice
señalando las cosas a los costados de la camilla—. Gonzalo, ven aquí, desde
ahí no podrás ver nada. Él se pone de pie con la misma rapidez que yo lo
hice antes y camina hasta ubicarse a mi lado.
Respiro profundo y me recuesto, haciendo lo que la doctora me dice.
Coloca una tela sobre mis piernas, luego se sienta y se ubica entre ellas.
Miro todo con nerviosismo, puedo ver le coloca un preservativo a un
instrumento largo.
«¡¿Qué pretende hacer con esa cosa?!»
—Bien querida, relájate.
—¡Espere! ¿Para qué es eso? ¿No se supone que tiene que echar un gel en
mi barriga y mirar por ahí? —digo asustada.
—No te preocupes no dolerá, solo sentirás un poco de incomodidad. Esta
es la única manera de ver algo, el feto aún es demasiado pequeño para verlo
por la ecografía abdominal. —Sonríe.
«¡¿Por qué sonríe así?! Me desespera tanta sonrisa»
Recuesto la cabeza en la camilla y cierro los ojos con fuerza.
—Relájate estoy aquí contigo. —Su susurro en me hace abrir los ojos.
Ahí está él, regalándome una sonrisa tranquilizadora.
—Gracias —susurro. Él toma mi mano y se endereza.
—Respira.
La doctora acerca la pantalla del ultrasonido y empieza a mover la cosa
dentro de mí. Aprieto la mano de Gonzalo con cada movimiento. De pronto
se escucha un pum pum muy rápido.
—Ahí estás. —Sonríe ella. Sin poder evitarlo mis ojos se llenan de
lágrimas. La doctora frunce el ceño acercándose a la pantalla.
—¿Todo bien? ¿Sucede algo? —digo con nerviosismo mirándolos a
ambos.
—¿Qué pasa doctora? —pregunta él.
—Tranquilos chicos, no es nada malo. Voy a marcar unas cosas aquí y
voy a imprimir la ecografía. —Retira el instrumento—. Ya puedes vestirte.
Me siento y miro a mi jefe nerviosa. Algo no anda bien.
—Anda ve a vestirte. —Me anima él.
Bajo de la camilla y voy a cambiarme. Una vez lista me siento al costado
de Gonzalo.
—Ok chicos, pude ver en la ecografía que todo está muy bien, el
desarrollo del embarazo va perfecto. Tienes seis semanas y media de
gestación.
Las palabras de la doctora hacen que relaje los hombros un poco.
—Ahora, hay algo que vi en la ecografía. —Sonríe.
«¡Deja de sonreír, maldita! ¡Habla ya!»
—Doctora Robinson, ¿puede hablar claro por favor? —exige él.
—Tranquilo, lo que pude ver es que tienes un embarazo dicigótico, es
decir que tendrán mellizos. ¡Felicidades!
«¡Mellizos!»
No puedo evitar reír con nerviosismo.
—Está bromeando, ¿verdad?
—No querida, tendrás mellizos.
—¿E-está segura doctora?
—Así es. Miren, aquí pueden verlo. —Señala la foto de la ecografía.
No entiendo nada, solo quiero salir de este lugar. Las ganas de vomitar
han vuelto.
—María Fernanda, te voy a recetar ácido fólico y aquí tienes una lista de
los alimentos que debes comer y los que no. Aquí está la fecha de la próxima
visita —informa entregándome varios papeles—. Los síntomas como
nauseas, mareos y sueño los seguirás teniendo hasta el segundo trimestre más
o menos, trata de tomar las cosas con calma. Ahora con respecto al coito,
pueden seguir teniéndolo sin problemas.
Asiento con la cabeza y me pongo de pie despidiéndome de la doctora
Robinson. No reparo en sus palabras, no pienso, no soy yo.
. . .
—¡Espera!...
No puedo parar, lo único que quiero es salir de este lugar. Tengo un nudo
en la garganta y siento que me voy a desmayar en cualquier momento. En
cuanto atravieso las puertas de vidrio las gotas de lluvia mojan mi rostro,
pero aun así no me detengo. La mano de Gonzalo alcanza mi brazo y me hace
girar.
—¡Ey, ey! ¿Qué sucede? ¿Por qué saliste así?
—Yo... yo... no puedo. —Trato de explicarme. Me siento confundida y
aterrada.
—Cálmate y respira ¿Qué no puedes? —La lluvia empieza a caer con
mayor intensidad. Siento mi cabello mojarse, veo las gotas resbalar por su
rostro.
—No voy a poder. ¿Cómo se supone que voy a criar a dos niños? —
Sollozo, siento que el pánico me invade.
—¡Oh!…
—Apenas puedo cuidar de mí... yo... yo... no podré traer el mundo a
dos... ¡Dos!
Mis lágrimas resbalan por mis mejillas mezclándose con la lluvia.
—Si cariño, son dos —dice colocando sus manos en mis mejillas—. No
estás sola. Estamos juntos en esto ¿De acuerdo? Será difícil, yo también me
muero de miedo, pero estoy aquí y no dejare que nada les pase.
Sus palabras me tranquilizan, trato de respirar varias veces y la
sensación de asfixia va menguando.
—Respira. —Pide, lo miro a los ojos y sigo respirando.
—Lo siento, siento haberme puesto así.
—No hay problema, ahora ¿Qué te parece si te llevo a tu casa? No
puedes seguir subiendo a los buses, son peor que una montaña rusa. —Ríe
tratando de aligerar la tensión.
—En estos días me entregan mi auto.
—Vamos, nos vamos a enfermar, está lloviendo mucho.
No me había dado cuenta de que tenía frío hasta que estuve sentada en la
comodidad del auto.
—Esto es vergonzoso, pero ¿Por dónde queda tu casa? —pregunta
encendiendo el motor.
—No es vergonzoso, no tenías ningún motivo para saber dónde vivo.
Se queda callado mientras empieza a conducir. Una melodía lenta suena
en la radio.
—¿Por qué te fuiste sin decir nada?
—¿Disculpa?
—El día que... nos acostamos. ¿Por qué te fuiste sin decir nada?
«¡Rayos!»
—Yo... No lo sé. Supongo que estaba avergonzada. Ese día fui una zorra
al hacerlo contigo, teniendo una relación con Carlos. Además, no sabía si tú
te acordarías de todo.
—Ya veo. ¡No puedo creer que hallas creído que no recordaría nada! Por
Dios, María Fernanda ¡Si fue una gran noche!
—Sí que lo fue. —Rio ya más relajada—. Aunque igual te comportaste
indiferente conmigo el lunes siguiente. Como si no recordarás nada.
—Sí, lo siento. Es que tu solo te me quedaste mirando, no supe cómo
reaccionar. Además, te recuerdo que me dejaste dormido sin decirme nada.
—Bueno, lo siento —contesto—. Nunca imaginé que estaríamos en esta
posición. Jamás pensé que tú y yo terminaríamos en una cama y peor aún que
tuvieras tan buena puntería. —Bufo mirándolo de reojo. Él estalla en
carcajadas.
«¡Me encanta el sonido de su risa!»
—Lamento mi puntería —responde con una sonrisa de lado—. Por cierto
¿No olvidaste algo ese día?
Siento mi cara enrojecer, hasta podría jurar que sale humo de mis orejas.
Él vuelve a reír con ganas.
—Asumiré por tu cara que sí.
—¿Dónde rayos estaba esa cosa? Me la pasé buscándola como por diez
minutos
—Pues señorita, si usted hubiera buscado mejor lo habría encontrado
debajo de mi almohada.
Ahora soy yo la que estalla en carcajadas.
—Cambiando de tema —dice poniéndose serio—. ¿Cómo lo tomó tu
novio cuando se lo dijiste?
—¿Y tú qué crees? Me tachó de zorra, pero no puedo culparlo, merezco
todo lo que me dijo. Aunque es triste haber terminado en tan malos términos.
Me siento triste al recordar la expresión de Carlos.
—Lo siento, en parte también es mi culpa.
Nos quedamos en silencio, yo me dedico a tararear la canción que suena
en la radio mientras él maneja.
—Puedes parar aquí. —Le pido cuando llegamos a mi casa—, gracias
por todo.
—Nada debes de agradecer. ¿Aquí vives? —Mira por la ventana al
edificio de seis pisos que está a nuestro lado.
—Sí, vivo con una amiga en el cuarto piso. Bueno nos vemos mañana.
—Nos vemos, Mafer.
Bajo del auto y busco en mi bolso las llaves. Una vez en mis manos abro
la puerta. ¡Al fin en casa!
—Llegas tarde ¿Dónde estabas? —Me interroga Vane ni bien entro al
departamento—. Me llamó Liz para contarme que ya le habías dicho todo a
tu jefe buenorro.
—Sí ya sabe todo —Me quito los zapatos y me siento en el sofá.
—Y bueno... ¿Qué esperas para contarme?
—Pues, prácticamente se lo grité en la cara porque estaba sacándome de
quicio con sus sugerencias. —Me mira con confusión. Trato de resumirle la
escena con el pobre tacho, ella abre los ojos conmocionada, y hace muecas
como si viviera lo que le estoy contando.
—Oh, ¿cómo reaccionó él?
—Al principio creo que le chocó un poco y luego lo tomó bien. Mejor
que yo la verdad. Sacó cita con una doctora —digo. Me tenso al recordar de
pronto el asunto de los mellizos.
—¿Qué sucede? —cuestiona mi amiga.
—La doctora nos dijo que serán mellizos.
El chillido que suelta casi me deja sorda.
—¡No puedo creerlo! ¡Tendrás dos! ¡Dos! —grita emocionada—. ¿Cómo
te sientes? Supongo que es algo difícil de asimilar.
—Estoy muriendo. No sé si pueda con toda la responsabilidad.
—No te preocupes, acá estaremos las dos aquí para lo que necesites. —
Me consuela abrazándome—. Y me imagino que el padre también estará
presente en todo este proceso.
—Sí, la verdad es que ha sido muy paciente conmigo. No tomé muy bien
la noticia y supo calmarme.
—¿Y en qué términos han quedado?
—Ah, no vas a creer lo que me dijo el muy idiota —digo—. Dijo y cito
«No me voy a enamorar de ti y tú no puedes enamorarte de mí».
Ella estalla en carcajadas.
—Que idiota para decir eso ¿Quién se cree ese hombre? Bueno está bien,
es guapo, alto, de buen cuerpo, con plata. Está bien, lo tiene permitido…
¡Auch!
Agarra el cojín que le tiré en la cara para que deje de decir bobadas y me
mira con una sonrisa.
—No tengo ganas de seguir escuchando tus tonterías. Me voy a dormir.
—Descansa y sueña con tu jefecito —bromea moviendo las cejas—, o si
quieres sueño yo con él.
—¿Tú no tienes novio?
—Sí, pero mi bebé no es celoso.
Ruedo los ojos y camino hasta mi cuarto.
CAPÍTULO 4
Tengo unas ganas locas de comer helado de chocolate con plátano. En eso
pienso mientras me visto. Me he puesto un jean azul y una blusa blanca algo
suelta.
Durante esta semana, las mañanas son un calvario para mí, entre vómitos
matutinos y mareos. Lo único bueno es que hoy me entregan el auto y ya no
tendré que lidiar con el transporte público. Estoy por salir cuando mi
escandaloso teléfono empieza a sonar en mi cartera. Contesto sin mirar.
¡Gran error!
—Hola Cariño, ¿cómo estás? ¿Por qué nunca puedes llamarnos? No
sabemos nada de ti desde hace un mes.
—Mamá. ¿Cómo te encuentras? —pregunto mientras camino hasta la
parada de autobuses.
—Bien, querida. Es tu papá que no se encuentra tan bien. Ya sabes, el
problema de su corazón. —Puedo sentir en su tono cierto aire de
preocupación.
—Oh mamá, ¿por qué no me han dicho nada?
—¿Y todavía preguntas María Fernanda? Si tú nunca llamas.
—Pudieron haberme llamado igual —refunfuño ya «cómodamente»
sentada en el bus.
—Ya, ya. No llamaba para reprocharte hija, quiero saber cómo estás.
¿Qué tal te está yendo en el trabajo? ¿Cuándo vendrás con el encantador de
tu novio?
«¡Oh no! ¡Por ahí no, por favor!»
Cabe decir que mi familia ya conoce a Carlos en una visita que les
hicimos, supongo que no tengo que decir que mi madre lo amó. Mi padre y
mi hermano, por el contrario, no se mostraron tan animados.
—Eh... todo bien aquí mamá. ¿Sabes? tengo que dejarte ya estoy yendo al
trabajo. Muchos saludos a todos y ya estaré por ahí de visita —afirmo
colgando con rapidez sin esperar a que mi madre indague más en el tema de
Carlos. No quiero hablar de eso, menos por teléfono.
. . .
Me encuentro sentada frente a mi escritorio. Ya le he preparado el café a
Gonzalo y he llevado un manuscrito que había pedido el día anterior. Estoy
revisando el correo cuando mi jefe sale del ascensor, luce arrebatador con
su inmaculado traje azul.
«¡Maldita sea! ¿Y es que todo le queda bien?»
—Buenos días, ¿cómo te encuentras hoy?, ¿desayunaste? —La pregunta
de todos los días.
—Buenos días. —Bufo irritada—. Ya comeré algo después, ahora mismo
no me apetece nada.
—Debes comer algo, tienes a dos más que alimentar.
—Eso lo tengo presente. —Pongo los ojos en blanco—. Quisiera verte a
ti comiendo, luego de haber vaciado tu estómago por completo en el inodoro.
—Lo siento, no recordaba las náuseas.
—Al menos uno de los dos lo hace.
«¡Ya vete por favor!»
—Estaré en mi oficina si necesitas algo —dice arrugando el ceño. En
cuanto cierra la puerta, suelto el aire retenido. Y así pasan las horas entre
correos, manuscritos y juntas. Mis pies me están matando, tuve que preparar
tres juntas, una de ellas con almuerzo incluido.
Gracias a Dios ya es hora de irme. Salgo media hora antes porque quiero
salir temprano para recoger mi auto. Así que me dirijo a la oficina de
Gonzalo. Toco dos veces y abro la puerta. Él se encuentra leyendo unos
documentos.
—Ya terminé todo lo que me encargaste. ¿Puedo irme? quiero ir a
recoger mi auto. —Le comento desde la puerta. Me mira frunciendo el ceño
—¿Aun no lo recoges? Pensé que ya lo tenías, ¿has estado tomando el
bus? —Parece horrorizado.
—Me lo entregan hoy, ¿puedo salir o no?
—Sí, pero te llevaré yo. —Se levanta y agarra su saco del respaldar de
la silla
—No es necesario que lo hagas, el bus no tiene nada de malo.
«Mentirosa».
—Pues lo haré igual, camina por favor.
Me doy la vuelta molesta y camino hasta el escritorio para coger mi
cartera. Gonzalo ya me espera en el ascensor, así que entro ubicándome lo
más lejos posible de él. Este hombre tiene la cualidad de irritarme con
facilidad. Cuando las puertas se abren en el área de recepción, salimos. Él
ubica una mano a la altura de mi cintura y la otra en el bolsillo delantero de
su pantalón. Puedo ver como las dos recepcionistas nos miran con asombro y
empiezan a cuchichear entre ellas.
Ya estamos casi en la puerta cuando Cassidy Castillo nos intercepta. Ella
es la encargada del área de recursos humanos.
—¿A dónde vas querido? —pregunta colgándose de su brazo,
ignorándome por completo.
—A ningún lado en especial.
Mi jefe intenta retirar su brazo del agarre de la bruja, mas, ella no se lo
permite, en su lugar se gira hacia mí.
—¿Necesitas algo? Esta es una conversación privada. Deberías estar en
tu puesto de trabajo. —Me dice con desdén mirando su reloj. Cuando voy a
responder él se adelanta.
—En realidad la que debería estar en su puesto eres tú Cassidy, la
señorita Avery está de salida conmigo.
Empieza a avanzar aún con su mano en mi cintura y alcanzo a ver la cara
de odio que me lanza la bruja.
Cuando salimos nos dirigimos al estacionamiento. Nos detenemos delante
de un Audi R8 negro. Me abre la puerta y luego sube a su asiento. El interior
del auto está impregnado con su olor, es embriagador.
—Lo siento —dice arrancando el auto.
—¿Por qué?
—Por Cassidy.
—No tienes que disculparte. Estoy acostumbrada a la actitud de la
señorita Castillo.
—Ella me irrita demasiado —refunfuña rascando su frente.
—Y si te irrita tanto ¿Por qué la mantienes aquí?
—No es que quiera. Es mi madre quien la adora y me rogó dejarla en su
puesto, no pude negarme. No es de mi agrado en absoluto, Cassidy puede
ser...
—¿Una arpía, desgraciada, con aires de reina?
—Sí, algo así. —Ríe— ¿En dónde está tu auto?
—En el automotriz que está en «La Molina».
—¿En «A&A Automotriz»? Ese lugar es algo... caro.
—Sí, creo que sí. —Me encojo de hombros. Me mira dudoso, pero no
dice nada hasta llegar al lugar y estacionar.
—Te acompaño.
—Bien.
Nos dirigimos a las grandes puertas de vidrio. Gonzalo abre una de ellas
y entramos.
—Señorita Avery. —Se me acerca el señor Miguel, un señor de unos
cincuenta años que es el encargado en esta tienda. Lo conozco desde hace
unos cinco años, es un gran amigo de papá y cuando mi hermano puso la
sucursal aquí, le pidió al señor Miguel que la administrara.
Porque sí, «A&A Automotriz» es de mi hermano: Alberto Avery.
Tiene mucho éxito y varias sucursales en el país, no le va nada mal. A
pesar de que al inicio mi padre quería que él siguiera con el negocio
familiar, una de las empresas más grandes de publicidad «MBC Enterprise.
Inc» ni mi hermano ni yo queríamos trabajar ahí. Con el tiempo mi padre
entendió que queríamos tomar caminos diferentes.
—Señor Miguel, no me diga así ya le dije que soy Mafer. ¿Ya tiene listo a
mi bebé?
—Sí, está listo para que se lo lleve.
Me traen mi auto, un Saab plateado hermoso. Me acerco y noto que
Gonzalo Parece un poco confundido.
—Aquí están las llaves, todo está en perfectas condiciones. Así que no
tendrás más problemas con él.
—Gracias, señor Miguel, cuídese mucho.
—Cuídate preciosa, mándale saludos a tu viejo gruñón.
—De acuerdo, se los daré. —Abro la puerta del auto y entro. Gonzalo
sigue parado mirándome con una cara de confusión.
—¿Vas a entrar o no? Salgamos de aquí. —Asomo mi cabeza por la
ventana.
Me mira y se dirige a la puerta del copiloto. Sonrío y prendo el auto, que
hace un suave ronroneo.
—Explica lo que pasó aquí —dice frunciendo el ceño.
—Mi hermano es el dueño de este lugar. ¡Deberías ver tu cara!
—¡Tu hermano es el dueño de A&A Automotriz!
—Sí, así es —digo estacionando al lado de su Audi.
—Entonces por eso no te cobraron nada aquí y conduces este auto.
—Bueno no me cobran, porque es de mi hermano. Pero este auto me lo
regalo papá cuando me gradué de la universidad.
—¿Ya te graduaste? —exclama levantando las cejas.
—¿Pensabas que era una inculta? —Rio—. Estudié diseño publicitario.
—Entonces... ¿Tu familia tiene… dinero?
—Mi padre es dueño de MBC Enterprise.
—¡¿Qué?! Si no bromeas, entonces ¿Por qué eres mi secretaria?
—La empresa es de mi padre y la automotriz es de mi hermano. No son
cosas que yo haya logrado por mí. Aunque mi padre me ofreció trabajo en su
empresa yo lo que quería era empezar en un lugar en el que él no tuviera
influencia y en el que yo pudiera escalar por mis propios méritos. No me
interesa que me den las cosas fáciles, me gusta merecerlas.
—Entiendo.
—Lo mejor será que me vaya.
Él asiente y sale del auto.
—Maneja con cuidado.
—Tú también.
Lo veo cuando arranca, y hago lo mismo.
. . .
Cuando llego a casa, Vane ya se encuentra ahí en pijama.
—¿Cocinaste? Me muero de hambre.
—Sí, te dejé servido. Puedes calentarlo en el microondas.
Luego de comer y conversar por una hora ambas nos vamos a dormir.
Me echo en la cama, programo la alarma en el teléfono y lo dejo al
costado.
. . .
Escucho gritos y golpes a lo lejos.
Aún medio dormida agarro el teléfono para ver la hora.
—¡La una y treinta! ¿Quién carajo hace escandalo a esta hora? —rezongo
saltando de la cama. Salgo del cuarto justo en el momento en el que mi amiga
sale del suyo con su pijama enterizo de ositos.
—¿Quién hace tanto escándalo? —pregunta bostezando.
—Voy a averiguar ahora mismo.
Molesta camino a grandes zancadas a la puerta principal. Pero en cuanto
la abro se desata el infierno. El aire se siente caliente y se escuchan gritos de
los pisos superiores, la gente corre como loca. Puedo ver que de las
escaleras superiores salen grandes llamas de fuego.
Con rapidez entro de nuevo al apartamento.
—¡Vanessa! ¡Ven! ¡Hay fuego, hay que salir! —grito desde la puerta. Ella
se acerca a mí corriendo.
—¿Fuego?, ¿estás segura?
—¡Claro que sí, tonta! Vamos muévete —exclamo agarrándola de la
mano y jalándola hasta la puerta.
Un grito ahogado sale de sus labios cuando ve todo el humo que hay
afuera.
—Vamos a morir.
—Cálmate ¿Quieres? Saldremos de esta.
Ya no queda nadie en este piso, el humo se hace cada vez más espeso
dificultándonos respirar. Las llamas ya han bajado más por las escaleras y
casi no hay espacio para poder pasar. Avanzamos con rapidez mientras
tosemos. Siento mis pulmones arder.
—Tienes que pasar corriendo —explico colocándola adelante—, vamos
cariño hazlo rápido.
Me mira con miedo y cubre su boca y su nariz mientras corre hasta el otro
extremo.
—¡Ahora tú!
Ya no puedo verla, el humo es cada vez más espeso, siento mis ojos
llorosos y cada vez que quiero respirar termino tosiendo.
—¿Qué diablos esperas? —la voz desesperada de mi amiga se escucha a
través del humo.
Como había hecho ella antes, cubro mi cara y corro. Siento el aíre
caliente a mi alrededor.
Cuando llego al otro lado, me abraza asustada. Le agarro la mano y juntas
terminamos de bajar las escaleras.
Al salir del edificio vemos muchísima gente en pijama. También hay
bomberos, ambulancias y periodistas con cámaras.
Uno de los bomberos se nos acerca corriendo.
—¿Se encuentran bien?
—Si —dice Vanessa.
Una oleada de tos me invade, me agarro del brazo de mi amiga para que
me mire. No puedo respirar.
—Está embarazada, se siente mal —le dice al bombero.
—Vengan, les pondremos oxígeno a las dos.
Nos acerca a las ambulancias y a mí me sientan en una de ellas mientras
un paramédico llega hasta nosotros.
—Agarra esta mascarilla, colócala sobre tu nariz y boca —indica
dirigiéndose a mí—, muy bien ahora respira despacio.
Se gira y le da otra a Vanessa. La miro y ella me regresa la mirada con
preocupación.
El bombero se acerca de nuevo a nosotras.
—Tendrán que buscar un lugar donde dormir, los pisos superiores están
calcinados. No es seguro para nadie dormir estos días aquí. Se les avisará
cuando pueden volver. Hoy no podrán sacar nada de adentro.
El bombero sigue hablando con mi amiga, quien sonríe divertida y yo
desvío la mirada, para prestar atención a lo que ocurre frente a mis ojos.
Los bomberos trabajaban para apagar el fuego. El humo negro se eleva
por el edificio,
Los vecinos tienen quizá la misma expresión aterrada que yo, pintada en
sus caras manchadas por el hollín.
Parece que no hay heridos, solo varias personas con oxígeno como el
nuestro.
Los periodistas entrevistan a algunos de ellos.
Una vibración en mi mano me hace desviar mis ojos hasta abajo. Mi
teléfono sigue allí, no me había dado cuenta que aún lo tenía.
La palabra «Guapo mandón» brilla en la pantalla del móvil. Es Gonzalo
el que llama. Él nunca me llama y menos a esta hora.
«¿Qué rayos quiere ahora?»
A tanta insistencia del jodido aparato contesto la llamada.
—Aló —respondo separando un poco la mascarilla para poder hablar.
—¡Por Dios! ¡Estaba tan preocupado!, ¿cómo estás? Vi por las noticias lo
del incendio.
—Estoy bien, no te preocupes. —Empiezo a toser.
—Ya estoy llegando.
—No es…
«Me colgó ¡Genial!»
Que hombre más terco, coloco la mascarilla de nuevo sobre mi cara.
No han pasado ni quince minutos cuando lo veo avanzar entre la gente,
con cara de susto. Nunca lo había visto vestido así, trae un pantalón chándal
y una casaca deportiva. Cuando me localiza viene corriendo.
—¿Estás bien?
—Sí, ya te dije por teléfono.
—Estabas tosiendo, debes haber aspirado mucho humo, lo mejor será que
vayamos al hospital.
—¡No! ¡Ni hablar!
—Creo que sería lo mejor —interviene mi amiga—. Soy Vanessa, la
compañera de Mafer.
—Mucho gusto, soy Gonzalo el... amigo de María Fernanda —dice
dudando, mirándome de reojo.
—Tranquilo guapo, se quién eres. —Sonríe—. El caso es que sería bueno
que la lleves al hospital, estuvo tosiendo mucho y hace un momento estaba
muy pálida.
—Oigan, estoy bien. —Me quejo.
—No está demás que te vea un médico —refuta él—, ¿Vamos Vane? Así
te chequean a ti también.
—Vamos. Muévete Mafer.
Pongo los ojos en blanco, me quito la mascarilla y los sigo hasta el auto
de Gonzalo.
Vanessa sube al asiento de atrás cerrando la puerta detrás de ella, cuando
quiero abrir la puerta está cerrada con seguro, miro a mi amiga por la
ventana quien sonriente me señala el asiento de adelante. Chasqueo la lengua
y abro la puerta del copiloto.
Gonzalo maneja con rapidez hasta el hospital y en cuanto entramos exige
que me hagan un chequeo general.
Ha pasado una hora por lo menos, me siento con sueño e incómoda de
andar en el hospital en pijama.
Logramos salir, cuando al fin el doctor logra convencer a Gonzalo que me
encuentro bien.
Mi amiga está en la puerta esperándonos con Juan David, su novio desde
hace unos seis meses, lo llamó para contarle lo sucedido y él vino a ver
como se encontraba.
—Bueno, ya que te dieron de alta, creo que es hora de ir a descansar, es
tarde. Juan me va a llevar a su casa. Así que tu deberías buscar donde ir. —
Sonríe con malicia.
«¿Qué se trae entre manos?»
—No es necesario Vane, ella puede venir con nosotros —dice con
amabilidad Juan David.
—¡No! —chilla con rapidez ella—, no hay espacio en tu casa corazón. —
Le guiña un ojo.
—Pero...
—No se preocupen, María Fernanda irá a la mía —asegura mi jefe.
—¡¿Qué?! No, muchas gracias. Iré a un hotel a descansar.
No iba a dormir en su casa de ninguna manera. Me abrazo a mí misma
cuando una corriente de aire nos alcanza.
—Bueno ya está todo arreglado entonces. —Vanessa se despide jalando a
un confundido Juan David.
«¡Esta maldita me las pagará!»
Me dejan sola con él y no quiero voltear a mirarlo.
«¿No quiero ir a su casa?»
—Vamos Mafer —dice.
Giro aun de brazos cruzados por el frío de la noche.
Sus ojos me recorren de arriba abajo, suben con asombro pintado en
ellos.
—¡María Fernanda no me había dado cuenta de que estabas vestida así!
—exclama. Y no me extraña. Sí, me arrastró al hospital y no paró hasta que
me vieron los médicos.
Se quita la casaca del algodón que trae y me la pone sobre los hombros.
No puedo despegar los ojos de él. Debajo de la casaca trae un bividí negro
que hace resaltar sus fuertes brazos, mis ojos se detienen en su brazo
derecho en el cual trae un gran tatuaje desde el hombro hasta el codo, luego
mis ojos viajan a su pectoral en donde se asoma por la tela otro tatuaje. El
día en que estuvimos juntos estaba muy ebria y no pude percatarme de esos
detalles, incluso la mañana siguiente los ignoré, ya que lo único que deseaba
era salir de ahí.
Él parece notar mi escrutinio.
—¿Te gusta lo que ves? —Sonríe de lado.
Ruedo los ojos —Ya quisieras, no sabía que tenías tatuajes.
Mira su brazo frunciendo el ceño.
—Más adelante te los mostraré, por ahora hay que ir a descansar.
Dicho esto, nos metemos al auto. Estoy muy cansada así que recuesto mi
cabeza en el respaldar del asiento y me duermo.
CAPÍTULO 5
Siento una sacudida en el hombro mientras escucho mi nombre a lo lejos.
«¡Quiero dormir!»
Despierto de golpe cuando siento que alguien me levanta. Estoy en los
brazos de Gonzalo, vamos a la entrada del edificio.
—Ya estoy despierta puedes bajarme —pido cuando entramos al
ascensor. Su rostro está muy cerca del mío, puedo ver sus espesas pestañas
adornando sus bonitos ojos marrones. Me mira y sonríe colocándome en el
suelo.
—Tienes el sueño pesado, estuve un buen rato tratando de despertarte y tú
seguías roncando. —Se burla.
—Yo no ronco.
—No, no lo haces —ríe—. Ya llegamos —dice cuando las puertas del
ascensor se abren—, pasa.
Entro algo cohibida, la única vez que he estado aquí no habíamos venido
a tomar el té precisamente.
—Debes estar muerta de sueño, ven conmigo.
Avanzamos por la estancia, a la derecha hay una sala con una enorme
televisión en el centro, a la izquierda la cocina y derecho por el pasillo hay
tres puertas, una debe ser el baño y las otras dos deben ser las habitaciones.
Abre la puerta que se encuentra más alejada. Cuando entramos, sé por
obvias razones que esta es su habitación. La gran cama, que está ubicada en
el centro, está desordenada. Seguro se encontraba en ella cuando vio las
noticias.
—¿Por qué no te echas y sigues durmiendo? Voy por un vaso con agua —
dice saliendo.
Me acerco a la cama sin creerme todavía que aquí pasó todo. Me siento
justo cuando mi hospedador entra.
Dejo el teléfono en una mesita de noche y me quito la chaqueta
entregándosela.
—Muchas gracias por todo, no tenías que molestarte.
—No es ninguna molestia —responde pasándose el bividí por la cabeza.
«¡¿Eh?!»
—¿Dónde vas a dormir tú?
—Aquí —dice con simpleza. Se acerca a la cama y se echa en ella
apoyando su cabeza en un brazo a modo de almohada. Me pongo de pie con
rapidez.
—¿Y... donde dormiré yo?
—Aquí —dice cerrando los ojos.
—¿Pe-pero no tienes otra habitación? —insisto. Por nada del mundo
quiero dormir en la misma cama que él.
—Si no quieres dormir en el suelo debes hacerlo aquí.
Me quedo de pie mirándolo.
«¿Qué debo hacer?»
—Por el amor de Dios solo échate. No es como si fuera la primera vez
—dice abriendo los ojos—. Además, solo vamos a dormir.
Suspiro con resignación y me echo lo más alejada posible que puedo. Él
ríe por mi acción.
—Buenas noches, María Fernanda.
—Buenas noches. —Cierro mis ojos y me dejo llevar por el cansancio.
. . .
Me siento muy relajada, no quiero despertar. De pronto recuerdo donde
me encuentro y abro los ojos.
Quiero levantarme, porque estoy boca abajo apoyada sobre el brazo de
Gonzalo y él con el otro, me abraza la espalda.
Cuando intento levantarme, aprieta más su agarre sobre mí.
No quiero despertarlo, pero las náuseas me invaden y no dispongo de
mucho tiempo para levantarme. Tengo que pararme con rapidez para poder
correr al baño y vomitar lo poco que tengo en el estómago.
«¡Malditas náuseas!»
—¿Te sientes bien? —Un suave golpe en la puerta acompaña la voz
adormilada de Gonzalo.
Me levanto, enjuago la boca y lavo mi cara. Respiro profundo antes de
abrir la puerta para salir del baño.
Está parado justo al frente, con el pelo desordenado y cara de sueño. Se
ve muy sexy, tiene muy buen cuerpo y esos tatuajes… le quedan demasiado
bien.
—¿Te sientes bien? —repite acercándose a mí.
—Eh, sí. Son solo las náuseas ya me estoy acostumbrando. —Otra vez me
siento nerviosa con su cercanía. Es que solo mírenlo, está... buenorro como
diría Vane.
—Creo que es hora de que me vaya —digo caminando hasta la mesita por
mi teléfono.
—¿Y a dónde se supone que irás?, tu amiga me comentó que los
bomberos les dijeron, que no podían ir ahí hasta que les avisaran. Tendrás
que quedarte aquí hasta entonces.
«¡Vanessa!»
—No te quiero incomodar. —admito sentándome en la cama.
—Ya te dije que no incómodas, deja de ser tan terca —resopla
sentándose a mi lado.
—Además tengo que ir a casa por ropa, no puedo ir a trabajar así.
—A mí no me molestaría.
—Hablo en serio.
—Yo también —afirma riendo—. Hagamos una cosa, desayunamos y te
llevo a tu casa para que recojas tu ropa y las cosas necesarias, luego vienes
aquí. Hoy tienes el día libre.
—¿Seguro?
—Si mujer, que terca eres.
Rueda los ojos levantándose y caminando hasta su armario. Saca un
pantalón de chándal y una camiseta.
—Toma, date un baño y ponte esta ropa limpia, voy a preparar el
desayuno. ¿Se te antoja algo?
Sonrío sin poder evitarlo mientras agarro las prendas.
—Preguntas que si se me antoja algo y últimamente es lo único que
tengo... antojos. Pero cualquier cosa que tengas está bien para mí.
—Bien, entonces anda, báñate.
Sale del cuarto y yo me meto al baño y dejando las cosas sobre el lavabo,
entro a la ducha. El agua tibia relaja mis músculos tensos.
Una vez limpia; con la ropa puesta que me queda algo grande, por cierto,
salgo del cuarto y camino hasta la cocina.
Sentado en la isla está él, ya aseado y listo para trabajar.
Me siento en el desayunador.
—Sé que con tu embarazo no puedes tomar café ¿Te parece bien jugo?
—Sí, gracias.
—Te dejaré mis llaves para que puedas entrar cuando traigas tus cosas.
—Ok, gracias.
Después de desayunar, me voy a mi casa. Tengo que subir las escaleras
porque el ascensor no está en funcionamiento.
Cuando llego me quedo sorprendida mirando hacia el 5to piso, a partir de
ahí se ve el daño que ha causado el fuego. Un escalofrío me recorre el
cuerpo al pensar en lo que podría haber pasado de habernos despertado
después.
Avanzo por el pasillo hasta llegar a mi puerta. Cuando entro me siento en
el sofá, es increíble que me sienta cansada solo por subir unas cuantas
escaleras.
—Llegaste. —La voz de Vanessa me hace saltar del susto—. Yo he
venido a sacar algo de ropa.
—¡Maldita! ¿Por qué hiciste eso?
—¿Qué hice ahora?
—Hiciste todo para que me quedara con Gonzalo
—¡Ah! Eso… no me agradezcas, sé que te encantó dormir con él.
Ignoro su comentario y voy a mi cuarto. Camino a mi armario, saco una
maleta con ruedas y la pongo sobre la cama.
Saco todo lo que puedo pensando en el día a día y también en el trabajo.
Busco un pijama que no sea tan atrevido, lo que es un poco difícil porque me
gusta dormir con lencería, es mi pequeña afición. Y cuando termino, guardo
todo con algo de esfuerzo.
Luego cojo un bolso grande, guardo algo de maquillaje y cosas de aseo y
por último mi cargador.
Saco todo y lo dejo en la sala. Camino al cuarto de mi compañera.
—¿Te piensas mudar? —Me burlo.
Ella es adicta a la ropa, tiene una montaña sobre la cama y otra dentro de
la maleta.
—Calla tonta, sabes que debo tener varias cosas para poder estar así de
bella.
—¿Sabes cuánto tiempo va a estar el edificio sin poder ser usado?
—No lo sé, tal vez una semana. —Ella para de guardar la ropa y me mira
moviendo las cejas—. Así que debes aprovechar.
El sonido de mi teléfono se escucha desde la sala, así que me pongo de
pie de un salto y corro hasta él.
—Hola mami.
—Cariño que bueno escucharte. Vimos las noticias hoy en la mañana.
¿Están bien hija?
—Si mamá, estamos bien. No hubo heridos, gracias a Dios. Solo fue un
susto.
—Hija igual necesito verte para poder estar más tranquila, así que tu
padre y yo vamos a ir.
—¿Qué? No mamá. No es necesario, estoy bien.
—No, queremos verte
—¿Qué te parece si en lugar de que ustedes vengan yo voy a visitar a la
familia? Aquí no estarían cómodos.
Ahora tengo como mínimo una semana hasta que se vuelva a tocar el
tema.
—¿Cuándo vendrás?
—Deja que hable con mi jefe y te digo. Te dejo ma, estamos hablando.
Chau.
—Ya estoy lista. —Mi amiga jala su enorme maleta.
—Eres un poco exagerada Vane.
Avanzamos por el pasillo yo no tengo mayores problemas para bajar mi
equipaje, ella por otro lado...
—Aaaahh ya llegamos, maldito ascensor —murmura sudando.
—Tú tienes la culpa por sacar tantas cosas. —Saco las llaves de mi auto
—. Bueno ya me voy, te voy a extrañar estos días —digo abrazándola. Los
ojos se me llenan de lágrimas.
«¡Malditas hormonas!»
—Tú aprovecha a ese buenorro que tendrás al lado.
La miro con seriedad sin responder sus absurdas palabras mientras ella
me guiña un ojo. Abro la cajuela del auto y meto la maleta. Luego subo y
arranco el auto hasta la casa de Gonzalo.
Para mi felicidad, aquí el ascensor sí funciona. Entro y dejo mis cosas en
el cuarto. Miro la hora en el teléfono, es casi mediodía.
Voy a la cocina para preparar algo de comer. Cocinaré algo en
agradecimiento.
Luego de una hora ya tengo listo el estofado de pollo. Me muero de
hambre, así que me sirvo un poco y me siento. Juego con mi teléfono
mientras empiezo a comer, hasta que una llamada me interrumpe, es Gonzalo.
—Hola.
—Mafer, ¿cómo te encuentras?, ¿todo bien?
—Si todo bien ya estoy en tu casa. He preparado algo de comida
—En serio... ¿Sabes cocinar?
—Pues claro que sí y muy rico. Espera a que vengas y pruebes mi
estofado, te chuparás los dedos.
—Ya tengo ganas de probarlo, saldré a las seis y treinta.
—De acuerdo, pero dime ¿Se te ofrece algo?, ¿para qué llamaste?
—Nada, solo llamaba para saber cómo estabas, eso es todo.
—Oh, bueno... me encuentro bien.
—Ya. Nos vemos en la noche.
—Sí, hasta luego.
Frunzo el ceño ante lo extraño de la llamada.
¡En fin!
He comido y limpiado un poco todo el lugar, a decir verdad, la casa está
bastante limpia por lo que no tuve mucho que hacer. También he preparado
una torta de chocolate. Es increíble lo bien surtida que esta su alacena.
Me siento en el sofá con las piernas estiradas y tomo un libro.
. . .
Siento una caricia en mi mejilla y abro los ojos. Está oscuro, pero puedo
ver la cara de Gonzalo muy cerca de la mía.
—Hola dormilona —dice sonriendo.
—Hola ¿Qué hora es? Me quede dormida
—Ya me di cuenta.
Bajo los pies al suelo y me pongo de pie.
—¿Ya comiste?
—Ansío probar tu comida.
—Bien, entonces lávate las manos y ven a sentarte.
Caliento y sirvo, coloco el plato sobre la isla.
Él regresa, se ha quitado el saco y la corbata, además se ha doblado las
mangas hasta los codos. Se sienta frente a mí y agarrando el tenedor prueba
la comida. Cierra los ojos para saborearla.
—Hacía mucho que no comía algo casero. Tienes muy buena mano para
esto.
Sonrío agradecida.
—Qué bueno que te gustó, ahora come que se va a enfriar.
Luego de comer, dos platos, él sonríe complacido y sobando su barriga
me dice—: Estoy lleno, no puedo comer nada más.
—Es una pena —comento poniéndome de pie—, porque preparé una torta
de chocolate.
—¡Chocolate! Siempre hay espacio para el chocolate.
Suelto una risotada y corto un pedazo para él y uno para mí.
Comemos mientras hablábamos de nuestro día. Él me habla del trabajo y
yo sobre la llamada de mi mamá.
Es gracioso como ahora podemos hablar de cosas triviales. Me agrada
ser su amiga.
Bostezo, otra vez tengo sueño. Miro la hora. ¡¿Cómo ha pasado el tiempo
tan rápido?!
—¡Vaya! ya son las nueve y cuarenta —exclamo levantándome. Agarro
los platos y los llevo al lavadero de la cocina.
—Deberíamos ir a descansar, mañana hay que trabajar.
Asiento, termino de lavar los platos mientras que él va a su habitación,
supongo que para cambiarse.
Después de dejar todo limpio y ordenado voy a la habitación. Gonzalo
mira su móvil sentado en la cama con el pelo mojado, solo viste un pantalón
de dormir dejando a la vista su marcado abdomen y sus brazos musculosos.
Me acerco a la maleta, saco mi pijama y mi bolsa de aseo, luego entro al
cuarto de baño.
Me ducho rápido y me visto, en cuanto salgo me percato de que Gonzalo
está echado en la cama, tiene un brazo debajo de la cabeza y mira la
televisión. Me agacho frente a mi maleta para guardar mi bolsa de aseo,
luego me voy hasta la cama y entro lo más rápido que puedo cubriéndome
con las sábanas, todo esto ante su atenta mirada.
—¿Pasa algo? —pregunto nerviosa.
—No, solo... te miraba —dice apagando la televisión y girando para
quedar de lado, dándome la espalda—. Buenas noches.
—Buenas noches.
CAPÍTULO 6
Aparco el auto en el estacionamiento de la empresa y me dirijo a la
entrada justo cuando llega mi rubia amiga.
—Hola chica, ¿cómo estás? Vanessa ya me contó las nuevas. —Mueve
sus cejas de arriba abajo.
—Claro, tenía que ser. No se puede callar nada.
—Y dime... ¿Cómo es?
—¿Cómo es qué? —La miro confundida y entramos al ascensor.
—Vivir con el gran jefe —chilla.
—¡Shhh! ¡Cállate tonta!
—No hay nadie más en el ascensor.
—Igual.
—Bueno, ¿dime cómo es? —pregunta con impaciencia.
—Normal pues, solo está ayudándome porque ahora no tengo donde
quedarme, además lo hace por los bebés.
—Sabes… ya se te nota, aunque solo tienes un poco hinchada la barriga.
Es casi imperceptible y solo se daría cuenta alguien se sepa que estás
embarazada.
—En algún momento no muy lejano, dejará de pasar desapercibida.
—Nos vemos para almorzar —dice saliendo del ascensor. Yo todavía
tengo dos pisos más que subir.
Un mensaje me llega al móvil cuando dejo las cosas en el escritorio.
Gracias por el desayuno. Tal vez debas quedarte
siempre aquí, así siempre tendré desayuno
Mi corazón da un vuelco con su mensaje. Aunque bromea, algo dentro de
mí se acelera. Me siento y reviso el correo, para avanzar en el trabajo
atrasado.
Las puertas del ascensor se abren dejando ver a Gonzalo con su traje
oscuro y una camisa lila. Está guapísimo. Cuando me ve, sonríe y se acerca.
—Gracias por el desayuno.
—No hay problema —digo restándole importancia.
—Cualquier cosa estoy en mi oficina.
Y así empieza mi día. Ya son cerca de la una y media de la tarde cuando
el teléfono suena.
—Sus padres están aquí —Me dicen desde recepción.
Que raro que no hayan subido de frente. A la señora Julianne Carson la he
visto una sola vez y me pareció una señora muy estirada, sería muy hermosa,
si no fuera por la condenada expresión de asco permanente en su rostro.
El sonido del ascensor suena y las puertas se abren, sin embargo, no son
los señores Carson, no... Sino Mikael y Anthonia Avery.
«¡Mis padres!»
—¡Mamá! ¡Papá! ¡¿Qué hacen aquí?! —chillo corriendo hacia ellos de
prisa.
Me siento enferma, no se supone que vendrían aquí.
—Mi niña, queríamos darte una sorpresa —comenta mi madre
abrazándome.
No podía moverme, ni siquiera corresponder su abrazo.
—María Fernanda voy a... —mi jefe escoge justo ese momento para salir.
«¡¿Por queeeé?!»
—Buenas tardes, soy Gonzalo Carson.
—Hola —saluda mi madre sonriente—, somos los padres de María
Fernanda.
—¡Oh! ¿Cómo están señores Avery? Que sorpresa tenerlos aquí, no sabía
que vendrían —finaliza mirándome.
—Yo tampoco —digo sentándome. No me siento bien. Mis padres no
deberían estar aquí, aún no estoy preparada para decirles.
—Hija vinimos porque estábamos preocupados por el incendio y
sabíamos que tú no vendrías a vernos.
—Vamos a quedarnos dos días, tu padre no puede dejar mucho tiempo la
empresa sola —comenta mamá.
—¿Dónde están sus cosas?
—Ya están en el hotel —responde mi papá—, solo queríamos venir a
saludarte, ahora nos iremos a descansar.
—¿A qué hora saldrás, para ir a buscarte a tu casa? —pregunta mi mamá.
«¡Ahora que digo!»
—En este momento no se puede ir a la casa, por todo lo del incendio —
explico—. Me estoy quedando con un... amigo.
—Entonces nos mandas la dirección para poder ir —pide—. Ya nos
vemos, hasta luego señor Carson.
—Hasta luego señor y señora Avery.
Mis padres desaparecen en el ascensor, esa es la señal para soltar todo el
aire de los pulmones. Recuesto la cabeza sobre la mesa del escritorio.
—¿Qué voy a hacer ahora? —murmuro desanimada.
Se acerca y se agacha para quedar a mi altura. Giro la cabeza para
mirarlo.
—¿Qué sucede? ¿Te molesta que tus padres estén aquí?
—Aunque me encanta ver a mis padres, conozco a mi mamá. Nada se le
escapa y sé que se dará cuenta de que estoy embarazada. Aún no estoy
preparada para para decirles.
—Si quieres podemos decirles los dos.
—Claro ¿Y que se supone que les diré? ¡Oh! mamá, papá ¡Adivinen!
¡Estoy embarazada! —exclamo con falsa emoción y nerviosa me levanto
caminando de un lado a otro—. ¡Ah, por cierto!, el padre es mi jefe, me
acosté con él. Sí, soy una completa zorra… No quiero decepcionarlos —
susurro y unas cuantas lágrimas resbalan por mis mejillas.
—Tranquila. Para empezar, no eres ninguna zorra, deja de decir eso. Solo
cometimos un error... los dos. Y no creo que tus padres se decepcionen de ti,
les darás los nietos más hermosos del mundo.
—Gracias, eres un gran amigo. —Le agradezco dándole un abrazo.
. . .
Son las siete de la noche ya he llamado a mis padres y les he dado la
dirección del lugar donde me estoy quedando, así que debo salir de una vez.
Estoy nerviosa, Gonzalo y yo habíamos quedado en ir juntos y hablar con
ellos.
—¿Lista? —pregunta él saliendo de su oficina.
—Sí, vamos ya. —Agarro mi bolso y caminamos juntos hasta el ascensor.
Cuando las puertas se abren salimos uno al lado del otro.
Gonzalo se despide con un movimiento de cabeza de las dos
recepcionistas que se nos quedan viendo. Es raro que salga conmigo y esta
ya es la segunda vez que pasa.
Entramos al estacionamiento y me dirijo a mi auto. Cuando giro para
verlo, él está parado junto al suyo.
Sonríe de lado.
—Creo que debemos ir en un solo auto, vamos en el mío y yo mañana te
traigo —propone.
—¿Y si mejor yo te traigo mañana? —Enarco una ceja mientras avanzo
hasta su auto.
El camino a casa es más rápido de lo que necesito para poder calmarme,
porque cada segundo que pasa me voy poniendo más nerviosa, hasta el punto
de sentir mis manos sudar.
Cuando caminamos hasta la puerta del edificio puedo ver a mis padres
entrar.
—Ya llegaron.
—Vamos. —Coloca una mano sobre mi cintura y me incita a seguir
caminando. Entramos y los veo sentados en la salita de recepción.
—Mi niña ya llegaste —comenta con alegría mi madre poniéndose de
pie.
—Señor Carson, me sorprende verlo aquí —dice mi padre colocándose
al lado de mi mamá.
—Es verdad ¿Por qué está usted aquí?
—¿Por qué no subimos y arriba les explico? —Trato de sonreír, aunque
estoy segura que es una sonrisa tensa.
Los cuatro avanzamos hasta el ascensor. Siento de nuevo que llego al
destino con mucha rapidez. Gonzalo abre la puerta, les pido a mis papás que
se sienten.
Lo hacen en un sofá de dos cuerpos, yo ocupo un sofá individual,
mientras que mi acompañante se acomoda en el brazo de este.
—¿Qué está pasando María Fernanda? —pregunta con seriedad mi papá.
—Pues veras papá. Esta es la casa de Gonzalo, él fue muy amable de
permitir que me quede aquí después del incendio.
—Eso es muy amable señor Carson, pero no entiendo por qué lo hizo. —
Mi mamá alza las cejas.
«¡A esa mujer no se le escapa nada!»
—Pues verá señora Avery... —empieza a decir Gonzalo.
—Yo les diré. —Lo interrumpo. Me pongo de pie y empiezo a caminar
nerviosa—. Lo que sucede mamá es que —respiro profundo—, estoy
embarazada.
—¿Qué? —chilla. Sus ojos se detienen en mi vientre.
—De casi dos meses.
—¿Y Carlos lo sabe? —cuestiona mi mamá.
—Él y yo ya no estamos juntos.
—¿No quiso hacerse cargo?
—No mamá, no es así. No es de Carlos…
—¿De qué estás hablando? —exclama.
—El padre soy yo señora Avery —interviene Gonzalo parándose a mi
lado.
Mi madre se recuesta en el mueble agarrándose la cabeza. Mi padre que
hasta ahora solo había estado observando se pone de pie y se me queda
mirando, frunce el ceño y dice—: ¿Ustedes dos están en una relación?
—No papá, solo somos amigos.
—Señor Avery yo me haré cargo de todo, no debe preocuparse por eso
—responde él.
Mi papá lo mira un momento, luego dirige su atención a mí.
Todo es tan rápido que no lo veo venir, la mano de mi padre se estrella
en mi cara dándome una cachetada.
Mi mamá chilla asombrada y salta del asiento, se pone de pie al lado de
papá. Gonzalo me mira y me agarra por los hombros dándome apoyo.
Sujeto mi cara con asombro y dolor, mi papá nunca me había levantado la
mano, jamás lo había visto tan molesto conmigo.
—Yo no crie a una cualquiera —sisea—. Siempre te hemos consentido en
todo. No querías continuar con la empresa, entendimos. Querías estudiar una
carrera diferente a la que yo quería para ti, entendimos. Quisiste salirte de
casa y vivir por ti misma, entendimos.
» ¡Pero esto no lo entiendo! ¿Cómo pudiste caer tan bajo y revolcarte con
tu jefe? Esta no es la hija que yo crie. Desde ahora no tienes familia.
¡Entendiste!
La voz de mi padre es baja y tan fría que casi puedo sentir como se me
congela la sangre. Mis ojos se llenan de lágrimas.
—Sí, señor.
A pesar de las protestas de mamá, mi papá la agarra de la muñeca y la
lleva a la salida. Cuando la puerta se cierra corro hasta ella para
alcanzarlos, pero me detengo antes de abrirla.
«¿Para qué voy a seguirlos?»
Mi papá me odia, giro apoyándome en la puerta. Mi mano vuela a mi
boca evitando que un sollozo se me escape. No puedo evitar deslizarme por
la puerta llorando, tapo mi cara con mi mano.
Puedo sentir a Gonzalo acercándose, se arrodilla para quedar a mi altura.
—Tu padre no lo dice en serio, solo está sorprendido por la situación. —
Me consuela acariciando mi cabello mientras sigo llorando—. Tranquila
bonita, veras que todo estará bien. Vamos, ponte de pie.
Me levanto y apoyo mis manos en su pecho. Miro hacia el piso.
—Verás que tu padre se dará cuenta de que no puede vivir sin ti y las
cosas se solucionarán —susurra colocando sus manos en mi cara y dándome
un beso en la frente.
—Gracias.
—¿Qué te parece si te preparo algo de comer mientras que tú te das una
ducha? No será una exquisitez, pero al menos se dejará comer.
Sonrío por su broma y en silencio me voy al baño. Sabía que no era
buena idea decirles. Aunque si se los hubiera dicho después habría sido
peor.
Unas cuantas lágrimas ruedan por mis mejillas mezclándose con las gotas
de agua. Nunca imaginé que mi padre reaccionaría de esta manera, sus
palabras me dolieron más que su cachetada.
Termino mi ducha y me envuelvo en una toalla. No traje ropa limpia por
lo que tengo que salir así al cuarto. No importa, igual nadie va a verme, mi
hospedador está ocupado en la cocina.
Sujeto bien la toalla y salgo con mis cosas en los brazos, guardo lo usado
y saco una braguita y un pijama enterizo negro, corto y sin mangas.
Sin quitarme la toalla me coloco la braga, luego agarro el enterizo y lo
paso por mis piernas, lo subo. Quito la toalla de mi cuerpo para subirlo con
más comodidad por mis brazos, pero antes de subirlo agarro mi cabello y
empiezo a hacerme un moño.
«¡Tonta Mafer! ¡Grave error!»
No contaba con que Gonzalo decidiría entrar de improviso al cuarto. Y
aquí estoy yo, con las manos en el cabello y las chicas al aíre. Sus ojos se
detienen en mis pechos, me quedo congelada por un segundo antes de
reaccionar y girar para darle la espalda, termino de subir el enterizo
pasándolo por mis brazos.
—L-Lo siento María Fernanda, creí que ya habías terminado.
—No te preocupes —respondo más roja que un tomate, me agacho frente
a mi maleta para evitar mirarlo a la cara.
—Ya está servido, vamos a comer.
Sale con rapidez, cerrando la puerta tras él.
Suelto el aíre «¿Por qué seré tan tonta?» Me pongo de pie, me armo de
valor y salgo a la cocina.
Se encuentra comiendo un sándwich y en la isla hay uno igual para mí y
un vaso con jugo de naranja.
—Gracias. —Me siento frente a él. Aún siento mis mejillas calientes.
—¿Cómo te encuentras?
—No tan bien como quisiera, mi papá me odia.
—No te odia, te lo aseguro. —Me sonríe.
Comemos rápido, recojo lo ensuciado y lo lavo mientras él se va a
cambiar.
Entro abriendo la puerta con lentitud, no quiero otro incidente como el de
hace un rato. Aunque aún está en la ducha, puedo escucharlo.
Me acerco a la cama y me meto en ella colocándome de costado mirando
la puerta del baño. Mis ojos me pesan y me arden por haber estado llorado.
Alguien acaricia mi cabello mientras me voy quedando dormida...
Gonzalo.
—¿Por qué siento esto? —escucho a lo lejos.
Luego dejo de escuchar.
. . .
Me levanto temprano y me visto rápido con un pantalón oscuro, un polo
blanco y un bléiser azul, dejando además mi cabello suelto.
Preparo unas tostadas, café y jugo. Miro la hora y ya son las siete, es algo
tarde para mí. Pero como hoy me llevará Gonzalo, tengo que esperarlo.
Voy al cuarto y cuando entro lo veo boca arriba abrazando mi almohada.
—Oye, despierta. —Lo muevo un poco—. Ya levántate, es tarde.
Abre los ojos y se queda mirándome.
—Levántate ya es tarde para mí. ¿O me tengo que ir en taxi?
—No, no. Ya me levanto. —Se apresura a decir con voz ronca—. Dame
diez minutos.
Salgo del cuarto y agarro mi celular. Les mandé un WhatsApp a mis
amigas contándoles lo de mis padres. Están preocupadas por mí.
—Vamos ya —dice saliendo.
—Toma tu café al menos.
Señalo su taza, se sienta y la toma, cuando termina coge una tostada.
—Listo, vamos —Camina a la puerta. Me pongo de pie y salgo detrás de
él.
El trayecto a la editorial es rápido ya que no vivimos muy lejos.
Entramos al edificio uno al lado del otro sin mirar a ningún lado. Estoy
segura que las recepcionistas sospechan algo.
. . .
Hoy va a ser un día ajetreado porque tenemos que ultimar detalles de la
fiesta en honor a uno de los nuevos escritores de la editorial. Y esta fiesta
servirá para impulsar más las ventas. Casi no puedo hablar con Liz, ella al
igual que yo tiene mucho trabajo.
Son las siete de la noche cuando salgo de la empresa en busca de mi auto,
Gonzalo aún debe quedarse un rato más esperando una llamada de un
inversionista de España, así que el horario es un poco diferente.
Entro al auto y lo enciendo, estoy muy cansada, mis pies me están
matando. El sonido de mi celular corta el silencio, pongo el speaker del auto
y contesto.
—¡Mafer! ¿Cómo estaaaás? —canturrea Lizzy por el otro lado de la
línea.
—Hola ¿Cómo estuvo tu día?
—Ni lo menciones. Al menos ya mañana disfrutaremos de esa fabulosa
fiesta.
—Hablando de fiesta, no tengo qué ponerme, no sé si mis vestidos me
entrarán ya tengo un poquito de barriga y todos ellos son ajustados.
—Pues ponte cualquiera, a ti qué te importa si alguien lo nota.
—Sí, tienes razón.
Aparco en el sótano del edificio y subo por el ascensor hasta el piso.
Preparo algo de comer y cuando termino me meto en la cama. Mañana
tendré que ver qué puedo usar.
CAPÍTULO 7
—Voy a ir a mi casa a recoger algún vestido para esta noche. —Le digo a
Gonzalo mientras terminamos de desayunar.
Él aún viste su pantalón de pijama, mientras que yo ya estoy lista. Me
puse un suéter blanco, pantalón negro y unos botines.
—De acuerdo yo iré al gimnasio y de ahí me pasaré a la casa de mis
padres. —En cuanto menciona a sus padres siento mi cuerpo tensarse.
—Bien.
—Tendremos que decirles pronto lo del embarazo… aunque no tiene que
ser ahora mismo.
—De acuerdo.
Salgo del departamento y cuando llego al estacionamiento, les escribo a
mis dos mejores amigas para almorzar juntas.
. . .
—Buenos días, señora Clarita —digo a la recepcionista de los
departamentos.
—Mi niña ¿Cómo estás? Te veo diferente.
—Estoy bien, dígame como van las cosas por acá ¿Cuándo podremos
volver?
—Los pisos de abajo pueden volver, el problema es con los pisos quinto
y sexto que están en mal estado y los bomberos dicen que por precaución, el
cuarto piso tampoco podrá ser utilizado por el momento.
—Gracias, señora Clarita. Iré a recoger unas cosas.
Cuando llego a mi casa todo está igual que cuando lo dejamos. Voy a mi
cuarto y empiezo a mirar entre los vestidos que tengo.
Me pruebo varios y al final me decido por uno negro corto suelto, busco
unos zapatos que combinen y algún collar. Después de decidirme, guardo las
cosas en una bolsa y también guardo algo de maquillaje.
Miro la hora, son las doce y media. No me había dado cuenta de que
había pasado tanto tiempo. Agarro todo y salgo de la casa para ir al
restaurante donde comeré con las chicas.
Manejo cantando junto a Bruno Mars y cuando llego al restaurante
estaciono y voy en búsqueda de mis amigas.
Las veo sentadas en una mesa de atrás.
—Hola chicas.
—Chiquita ¿Cómo estás?, ¿cómo estás con respecto a tus padres?, ¿te han
llamado? —indaga Lizzy.
—No he sabido de ellos desde ayer que se fueron.
Así pasa la tarde, entre la comida y chismes. Me enteré que Vanessa va a
conocer a los padres de Juan David. Y Lizzy conoció a una chica y están
saliendo.
Son las 6:00 pm cuando me despido de ellas.
Llego al departamento, dejo el vestido y todo lo demás sobre la cama y
me meto a bañar. Aprovecharé que Gonzalo esta con sus padres para
cambiarme sin prisas.
Dejo salir el agua caliente y cuando ha llenado lo suficiente cierro el
grifo y me meto.
«¡Esto es la gloria!»
Luego de estar más o menos una hora en el agua, tardo una hora más entre
maquillaje y cabello.
Me coloco la ropa interior y antes de terminar de vestirme, procedo a
untarme crema humectante en las piernas. Sin embargo, cuando voy a
destapar el envase, este se me resbala y cae al piso. Al pararme lo pateo sin
querer y este queda debajo de la cama.
«¡Perfecto!»
Me agacho y meto la mano debajo para poder alcanzar la dichosa crema.
—¡Maldito tubo! ¿Por qué me haces esto? —exclamo enojada tratando de
alcanzar al desgraciado, cuando escucho un carraspeo detrás de mí. Giro mi
cabeza, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una
sonrisa pícara está Gonzalo.
—¿Interrumpo? —pregunta.
. . .
Gonzalo
He pasado toda la tarde con mis padres, les he dicho que tengo que
contarles algo importante. No les dije de qué se trata, pero quedamos en ir a
comer mañana y llevaré a María Fernanda.
Es algo tarde, debo apurarme en cambiarme, el evento es a las ocho y
debo llegar antes. Entro a la casa, veo su cartera y ya debe estar lista.
Entro a la habitación y me llevo una gran, gran, gran sorpresa.
Ella está de rodillas tratando de sacar algo debajo de la cama. Está
agachada maldiciendo entre dientes, solo vestida con un sujetador y una
minúscula braguita que no hace nada para ocultar su hermoso trasero. Puedo
verlo en todo su esplendor.
«¡Bendito seas señor por hacer tan hermoso culito!»
Me apoyo en el marco de la puerta cruzando mis brazos y carraspeo para
que se dé cuenta de mi presencia, gira un poco su cabeza y al verme se pone
de pie de un salto.
«¡Que hermosa!»
Ese sujetador hace que sus tetas se vean tan bonitas; redondas y turgentes,
toda ella es perfecta. Siento mis dedos picar por las ansias de tocar su piel.
No sé qué fuerza se apodera de mí, estoy avanzando hacia ella, mientras
retrocede hasta terminar pegada a la pared.
Presiono mi cuerpo con el de ella, su piel es suave, puedo sentir todas
sus curvas amoldarse a mi cuerpo. Con una mano agarro su cadera y la otra
la apoyo en la pared al lado de su cabeza. Puedo sentir su respiración chocar
con mi cuello, huele a flores.
—Estás hermosa así. — Acerco mi boca a su oído casi rozándolo con
mis labios.
Su pulso se acelera... y el mío también.
—¿Q-qué haces? —dice y es como si volviera en mí.
La miro y sonrío. Me obligo a separarme de ella y meterme en el baño.
Debo darme una ducha fría con urgencia.
«¡Como me pone esta mujer!»
Me quito toda la ropa y me meto en el agua helada.
—Lo siento Gonchito. —Le hablo a mi amiguito—. Sé que tú la
recuerdas tan bien como yo, pero eso no pasará de nuevo.
«¡No debo permitir que pase de nuevo!»
Desecho esos pensamientos y me dedico a bañarme, una vez limpio
agarro una toalla, la enrollo en mi cadera y salgo.
María Fernanda aún está en el cuarto, solo que ahora la cubre un vestido
negro, mis ojos la miran con detenimiento. Está hermosa.
Me mira y terminando de colocarse el collar, prácticamente huye del
cuarto. Esta chica me divierte mucho.
Me visto con una camisa rosada, una corbata del mismo color y un traje
negro. Me hecho perfume y ya estoy listo.
Cuando salgo ella está en la sala.
—Ya me voy —dice sin mirarme y agarrando una cartera chiquita. No
debe de entrar nada ahí.
—Espérame, agarro el teléfono y vamos juntos.
—No creo que sea buena idea. Primero, porque yo debo llegar antes y
segundo, piensa en lo que dirá la gente si nos ve.
—De acuerdo. —Me siento desilusionado y no entiendo por qué.
—Adiós —dice.
Se va y todo se siente vacío, no entiendo qué me pasa con ella. Yo... yo
no puedo enamorarme, ni de ella ni nadie, eso lo tengo prohibido.
Es solo que cuando la veo se me acelera el pulso, igual que la primera
vez que la vi. Cuando mi padre me la presentó, se veía tan…
No, no puedo permitirme pensar de esta manera, el destino no quiere que
yo tenga a alguien a mi lado. Me ha enseñado de la peor manera que debo
estar solo.
Muevo mi cabeza alejando mis penas, será mejor que vaya saliendo de
una.
CAPÍTULO 8
María Fernanda
El lugar está increíble, los muchachos hicieron un gran trabajo.
Escogieron un salón amplio y lo decoraron de manera sobria. Hay una mesa
larga con comida, también un DJ, una barra para las bebidas y en el centro
de todo hay una exposición con varios ejemplares del libro que se está
lanzando.
Al fondo veo a Lizzy, está preciosa con un vestido gris.
Está conversando con el señor Stevens, un escritor de no más de
veintisiete años; el autor del libro que estamos promocionando.
Llego y los saludo a ambos con un movimiento de cabeza.
—¿Cómo la está pasando, Jack?, ¿qué tal le parece todo?
—Señorita Avery. Todo es tan emocionante, espero que el libro tenga
buena acogida. —Le da un sorbo a su copa de champán.
—Estoy segura que así será, el libro es muy interesante, me atrapó tanto
que no pude soltarlo hasta que acabé.
—¿Lo leyó? —Me mira asombrado.
—Por supuesto. Soy la encargada de leer todo lo que la señorita Peltz y
su jefe me pasan, ya que debo hacer un resumen de cada capítulo antes de
entregárselo al señor Carson y debo decirle que me encantó.
—Muchas gracias, me alegro que le haya gustado.
—Bueno Jack, si nos disculpa debemos retiramos, ¡que disfrute su noche!
—Le sonrío despidiéndome.
Me doy la vuelta y camino junto a la rubia.
—¿Dime como va todo aquí? ¿Hay alguna complicación? —pregunto.
—No, todo va sobre ruedas —responde dejando su copa en la mesa de
los bocaditos—, ¿has venido con el jefecito?
—Calla, alguien te puede escuchar —chillo—. Y por supuesto que no,
cómo se te ocurre que vendría con él. —Me sonrojo recordando el incidente
de la tarde.
—¿Qué pasa? ¿Por qué te pusiste roja?
—Nada. —La miro con seriedad.
—Uhmm, sí como no. —Levanta una ceja—. Oh mira, ahí va entrando tu
jefecito. —Señala con la cabeza la puerta.
Giro la cabeza con rapidez, ahí está él. Se ve muy guapo.
—Mira, viene para acá —exclama en voz baja y hago una mueca.
—Buenas noches, señorita Peltz, María Fernanda ¿Cómo va todo? —dice
colocando su mano en mi cintura. Siento hervir justo donde está su mano.
—Todo está bien, no hay ningún problema —hablo con voz firme, no
quiero que note que estoy nerviosa con su presencia.
—Bueno, si me disculpan debo ir a ver unas cosas. —Se apresura a decir
la rubia.
—¿Cómo estás? —Me pregunta.
—Bien, señor. Todo perfecto.
Gonzalo va a responder, pero es interrumpido por el señor Michael
Carson y su esposa Julianne.
—Querido, al fin llegaste. —La señora Carson le da un beso a Gonzalo
pasando de mí magistralmente.
—Hijo ¿Cómo estás? —Lo saluda el señor Carson—. Mafer querida, tan
hermosa como siempre. —Me da un beso en la mejilla.
—¿Cómo está, señor Carson? Señora Carson es un gusto verla de nuevo.
—Esbozo una sonrisa, a pesar de que me cae como una patada al hígado,
debo ser educada con ella.
La bruja... digo la señora Carson apenas y me sonríe.
—Mamá ¿Recuerdas a la señorita Avery? Es mi asistente. —Él sonríe
cuando me mira.
—Ah, si —dice sin dar importancia a las palabras de hijo—, acabo de
ver a Cassidy esta bellísima, a ver cuándo te animas con esa encantadora
muchacha.
—Mamá ya te dije que Cassidy y yo no somos... compatibles —protesta
poniendo los ojos en blanco.
—Alexander llegó, debe de andar por aquí. —Interviene el señor Carson
mirando a su hijo.
—Pensé que llegaba el lunes. —Frunce el ceño extrañado.
—Si me disculpan, creo que me necesitan, disfruten la noche. —Me
despido y salgo de ahí.
«¡Oh, esta señora es insoportable!»
Veo a Lizzy dando indicaciones a unos meseros.
—Creo que ya está todo coordinado —afirma en cuanto me ve—, ahora
solo queda disfrutar la noche.
—Igual debemos estar atentas para cualquier imprevisto que se presente,
recuerda que aquí estamos trabajando.
—¡Ay! no seas aburrida, un poco de diversión no le cae mal a nadie.
—Por cierto, acabo de encontrarme con los Carson, la señora es una
estirada insoportable. ¡Qué bruja más antipática! —Suelto toda mi molestia
con mis palabras.
—Suena a la gran Julianne Carson. —Una voz detrás de nosotras nos
hace callar de golpe.
Las dos nos giramos para ver al dueño de la voz. Es un joven algo mayor
que yo, rubio, alto y guapo. A pesar de estar vestido de manera elegante,
tiene un aire de chico malo.
—Disculpa, ¿quién eres? —pregunto cruzándome de brazos—. No sabes
que escuchar conversaciones ajenas es de mala educación ¿Así te han criado
tus padres?
—Bueno, mis padres me dieron una buena educación, aunque siempre
quise revelarme con... ¿Cómo la llamaste? —El joven coloca un dedo sobre
su mentón con aire pensativo—, ¡ah, sí! Estirada, insoportable, bruja y
antipática —dice enumerando con los dedos.
«¡¿Qué?!»
—¿Qué quieres decir? —pregunta Liz.
—Pues eso, que Julianne Carson es mi madre. —Sonríe de lado.
«¡Mierda!»
—Yo... lo siento, señor Carson. —Me disculpo apenada—. No fue mi
intención faltarle el respeto... es solo que... —Él no me deja continuar.
—Tranquila, mi madre es estirada, insoportable, bruja, antipática y
muchas cosas más, no es nada que no sepa ya.
Lo miro confundida.
—Soy Alexander Carson. —Estira su mano para saludar.
—María Fernanda Avery, mucho gusto. Ella es Lizzy Peltz
—¿Ustedes trabajan para la editorial? —pregunta.
—Sí, ella trabaja en edición y yo soy la asistente de su hermano —
respondo.
—Con que así es.
Un mesero se acerca a nosotros y le habla a Liz, quien se excusa
dejándome con el señor Alexander.
—Y dime, qué hace una señorita tan hermosa trabajando de asistente.
—Pues decidí independizarme y así es como llegué hasta aquí. —Le digo
escueta. No tengo muchas ganas de darle explicaciones.
—Ya veo. —Sonríe—. Dime, ¿tienes novio?
—¿Disculpe? —Levanto las cejas sin poder creer su pregunta—. Me
parece que eso es algo que no le concierne.
—Vamos no seas amargada, solo quiero invitarte una copa después de
esto.
—Mire señor Carson, me parece que se confundió. Yo a usted apenas y lo
conozco, no tendría ningún motivo para salir con usted. —Suelto mis
palabras con seriedad colocando las manos en la cadera.
—Tienes carácter. —Se acerca a mi oído—. Me gusta.
Me alejo de él molesta.
—Tranquila no intento nada raro, solo quiero tomar una copa contigo
para poder conocernos. —Agarra mi mano.
«¡Que insistente!»
. . .
Gonzalo
Veo a Mafer retirarse mientras mi madre sigue alabando las cualidades
de Cassidy.
Mi asistente se ve muy linda con ese vestido, más bien sexy.
—Gonzalo te estoy hablando. —La voz de mi madre reclama mi atención.
—Si madre te estoy escuchando. —Pongo los ojos en blanco—. La que
no escucha eres tú, entiende que nunca tendré nada con Cassidy.
—Ya déjalo, Julianne —interviene mi papá.
—Bueno —dice no muy contenta.
—Así que Alexander está aquí, debería ir a buscar a ese granuja. —Miro
alrededor.
—Ve corazón, lo vi por la mesa de la comida hace un momento. —Me
dice mi mamá.
Me despido de mis padres y salgo a buscar a mi hermano. No lo veo
desde hace un año, es fotógrafo y viaja por el mundo por su trabajo.
Es mayor que yo por dos años y es un soltero empedernido... un
mujeriego para ser más exacto. Pero es mi hermano y lo amo. Cada vez que
llega, procuramos pasar tiempo juntos. Somos muy diferentes, él es más
relajado que yo y siempre quiere parecer el chico malo, aunque quien lo
conoce sabe que es la persona más buena del mundo.
Camino hasta la zona de la comida y lo veo detrás de María Fernanda y
la señorita Peltz. Voy a acercarme antes de que empiece a molestarla, lo
conozco demasiado bien como para saber que ella es su tipo de mujer,
aunque en realidad Mafer es el tipo de mujer para cualquier hombre.
Antes de llegar a mi objetivo, Cassidy se aparece delante de mí. Lleva un
vestido rojo largo, está muy guapa, es cierto que es una mujer muy hermosa,
es su actitud de superioridad que hace que no la pueda masticar.
—Cariño, al fin te encuentro —dice con voz melosa pasando sus manos
por mi cuello—. Te estaba esperando ¿Qué te parece si cuando acabe la
fiesta nos vamos a tu casa y nos divertimos tú y yo?
Agarro sus manos y las quito de mi cuello apartándome un poco de ella.
—Cassidy ya te lo he dicho, no es buena idea que tú y yo mantengamos
una relación más allá de lo profesional, no se vería bien —digo—.
Discúlpame un momento debo coordinar unas cosas.
Puedo ver que Alexander se acerca al cuello de María Fernanda. Tengo
que llegar rápido.
Cuando al fin puedo liberarme de las manos de Cassidy camino a paso
apresurado hasta donde están ellos. Puedo escuchar que él le está diciendo
que quiere que tomen una copa fuera de aquí.
Algo se apodera de mí y respondo por ella.
—Ella no toma Alexander, déjala tranquila. —Me acerco y le doy una
palmada en el hombro.
—No respondas por ella, no sabía que esta hermosura trabajaba contigo.
—Sonríe galante.
—Sí, sí. —Me irrita que él hable así de ella—. ¿Por qué no dijiste que ya
habías llegado? pensé que llegarías el lunes. —Trato de cambiar de tema.
—Quería que fuera sorpresa. —Ríe y le guiña un ojo a Mafer. Ese gesto
me llena de fastidio.
—Disculpen, los dejo. —Mafer me mira de soslayo y se gira.
—¿Ya te vas bella dama? Nos veremos más tarde entonces para unas
copas —Alexander sonríe.
—Como le dije señor Carson, está confundiendo las cosas. Usted y yo no
nos conocemos así que nada tenemos que hacer juntos. —Lo mira con
seriedad—. Permiso, pasen buena noche. —Me da una miradita.
La veo irse moviendo las caderas en dirección a los baños.
—Te pillé cabezón —exclama Alex con alegría.
—¿De qué rayos hablas tarado? —Ruedo los ojos.
—¡Te gusta tu asistente! —asegura riendo.
—Cállate y no digas cosas que no sabes —protesto frunciendo el ceño.
. . .
María Fernanda
Me voy al baño con rapidez, no aguanto las ganas de hacer pis. Sabía que
los Carson tenían dos hijos, pero la personalidad de Alexander es toda una
sorpresa. Conquistador y demasiado insistente. Muy diferente a su hermano.
Y su madre, por Dios que mujer tan odiosa, espero no tener que verla en
mucho tiempo.
La noche pasa entre saludos y conversaciones. La presentación oficial del
libro ha sido lo mejor. Jack habló un poco de su libro y agradeció a su
familia.
Me siento cansada, mis pies me están matando y ya que esto está llegando
al final puedo irme a descansar.
Como no encuentro a amiga, le mandaré un mensaje diciendo que me fui.
Me dirijo a la salida y justo vienen entrando los hermanos Carson.
—¿Ya te vas? —pregunta Gonzalo.
—Sí, necesito descansar, como ya todo está finalizando pensé que podía
retirarme, ¿o me necesita para algo más señor?
—No, anda descansa —dice acercándose y dándome un beso en la
mejilla. Le regalo una tímida sonrisa—. Nos vemos en casa —susurra rápido
en mi oreja.
—Y de mí no te despides bella —exclama Alexander.
—Hasta luego señor Carson, que pase buena noche. —Me despido y
emprendo la retirada a la puerta, pero una mano me agarra del hombro
deteniendo mi escapada.
—Mafer me olvidé de decirte. —Me mira—. Mañana comeremos con
mis padres, creo que es mejor que les diga la verdad.
—¡¿Qué?! No, no, no ¡Me rehúso! —chillo en voz baja.
—Tranquila, veras que todo saldrá bien. —Agarra mi mano.
Miro a un lado y veo a su hermano mirando en nuestra dirección con
curiosidad.
—Será mejor que hablemos más tarde —gruño soltándome de su agarre y
caminando a la salida.
. . .
El olor a comida es lo primero que siento al abrir mis ojos. Me da la
impresión de que… ¿Gonzalo está cocinando? Me levanto y voy al baño, me
lavo un poco y luego voy a la cocina.
Ahí está él, como siempre solo con su pantalón de pijama, mostrando sus
fuertes brazos y sus tatuajes que me llaman a tocarlos. Está preparando
huevos y en la encimera hay yogurt y cereales, justo como me gusta.
—Buenos días —hablo acercándome.
—Hola preciosa, buenos días. —Me dice levantando la mirada y
sonriéndome.
—¿A qué hora despertaste? —pregunto.
—No sé, hace una hora creo —responde mientras sirve los huevos en dos
platos—. Siéntate.
Hago lo que me dice y me pasa el yogurt con el cereal y los huevos para
luego sentarse frente a mí.
—María Fernanda, sobre lo que hablamos anoche… —Empieza a decir,
me quedo mirándolo, recordando lo que me dijo de sus padres.
—¿Tengo que ir yo? Tu bien puedes decirles todo sin que yo esté ahí.
—Creo que es mejor que los dos estemos presentes yo les diré, tú no
tienes que decir nada, pero de todas maneras vas a tener que encararlos en
algún momento y mientras antes mejor. —Le da un sorbo a su café—. Y te
aseguro que, si tú no los ves hoy, mi madre es capaz de buscarte hasta el fin
del mundo.
—Si no hay más remedio… —lloriqueo—. Tu madre me odia y te
aseguro que ahora me odiará más.
—No te odia... —Se detiene cuando ve mi expresión—. No te odia, es
verdad que no le agradas mucho, pero ella es así, prejuzga a las personas
según el dinero que tengan.
—Lo cual es irónico, ¿no crees? Si contamos que, si yo quisiera, el
dinero es lo que menos me faltaría —comento mientras termino de tomar mi
yogurt—. ¿Y a qué hora es el dichoso almuerzo?
—Pues tenemos que estar ahí en dos horas. —Mira el reloj que hay
colgado en la pared de la sala.
—Genial —gruño como una niña pequeña.
. . .
Estoy sentada en la cama hablando por mensaje con mis amigas. No sé
bien qué ponerme para el gran almuerzo y ellas me están ayudando. Al final
y después de media hora de hablar decido lo que me voy a poner. Así que me
levanto de la cama ya estoy casi lista, solo me queda ponerme la ropa. Me
agacho frente a mi maleta y saco un vestido sencillo que me traje el otro día.
Es de dos piezas, azul y blanco, tapa lo necesario. No quiero verme vulgar ni
nada parecido, mientras menos tenga esa bruja para hablar mejor.
Una vez lista me pongo unos zapatos de tacón algo bajos y voy a la sala
en donde él me espera ya vestido.
Lo encuentro sentado en el sofá con su teléfono en la mano. Está muy
guapo, se ha puesto un pantalón negro y un saco sport negro, junto con unos
botines.
—¿Lista? —pregunta cuando me ve.
—No… sí… qué más da —digo haciendo una mueca.
Caminamos hasta el ascensor, bajamos hasta el estacionamiento y vamos
directo a su auto.
—Estás muy hermosa —comenta cuando estamos sentados.
—Gracias, no sabía que ponerme.
—Todo saldrá bien. —Me asegura agarrando una de mis manos y
dándole un apretón.
El camino es largo así que vamos conversando un poco para no sentirlo
muy pesado.
Llegamos a la puerta de una gran casa, con un jardín enorme y lleno de
flores. Maneja hasta la entrada de la casa. Mi corazón late muy rápido, me
siento de pronto algo mareada.
—Vamos —dice apagando el motor.
—No puedo —lloriqueo apoyando mi cabeza en el respaldar del asiento
cerrando los ojos.
—Vamos, todo saldrá bien ya lo veras. —Aprieta mi hombro dándome
ánimo.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo, vamos.
Bajamos y caminamos uno al lado del otro hasta la puerta. Él toca el
timbre y luego de unos minutos una muchacha menudita nos abre.
—Joven Gonzalo, buenas tardes. —Saluda con cortesía—. Buenas tardes,
señorita.
—Hola Adela ¿Están mis padres? —pregunta entrando a la casa, conmigo
pegada como garrapata.
—Sí, están los señores y también el joven Alexander —informa.
—Bien, gracias —responde—. Vamos Mafer.
Avanzamos por la estancia hacia la sala. Cuando entramos vemos al
señor Carson sentado leyendo el periódico.
—Hola papá.
—Hijo ya llegaste, tu madre estaba impaciente —comenta poniéndose de
pie y percatándose de mi presencia—. ¡Oh! Hola Mafer ¿Cómo estás? —
Mira de Gonzalo a mí con confusión.
—Buenas tardes, señor Carson —murmuro bajando la mirada. Me siento
avergonzada.
—Papá, ella comerá con nosotros hoy ¿Te parece bien?
—Claro, no hay problema —responde sonriendo
Los tres nos dirigimos al comedor y nos sentamos.
—Adela avísale a la señora y a mi hijo que Gonzalo ya está aquí y ya
pueden servir la comida —pide el señor Carson—, ¿Y cómo están? Ayer fue
todo un éxito el lanzamiento del libro, te felicito hijo.
—Cariño, al fin llegas porque... —La señora Carson se detiene en seco y
me mira con la ceja levantada.
—Hola mamá —Gonzalo se pone de pie y le da un beso en su mejilla—,
recuerdas a María Fernanda ¿Verdad? Comerá hoy con nosotros.
—Buenas tardes, señora Carson —saludo con rapidez levantándome y
extendiendo la mano para saludarla.
Ella me mira y se sienta al otro lado de su esposo.
«¡Maldita bruja!»
Él me mira, me hace un gesto de disculpa y se sienta.
—¿Dónde está Alexander? —Cambia de tema.
—Aquí estoy hermanito, ¿ya me extrañas tan pronto? —La voz del
susodicho suena a nuestra espalda—. Bella, es una muy grata sorpresa
tenerte aquí. — Agarra mi mano y le da un beso.
—Buenas tardes, señor Carson.
—Bueno ya que estamos todos ahora si a comer, familia. —El señor
Carson nos sonríe.
A pesar de que nadie dice nada, todos se preguntan qué rayos hace la
secretaria aquí. Hay cierta tensión en el aire.
La comida transcurre entre conversaciones por parte de los Carson,
mientras que yo me mantengo en silencio, incómoda.
Cuando la dulce Julianne empieza a hablar de Cassidy y de lo bella y
preparada que es, Gonzalo la calla y pide que lo escuchen.
«¡Mierda lo va a hacer ahora!»
—Bueno familia, estoy más que seguro que todos se preguntan por la
presencia de María Fernanda aquí. —Puedo ver qué está tan nervioso como
yo. Mis manos tiemblan, las coloco cobre mi falda para que nadie lo note.
—La verdad es que sí hijo, no sé qué puede hacer aquí tu secretaria, no
deberías hacerla trabajar un domingo, los empleados deben tener un día de
descanso —comenta la señora Carson.
—Mamá ella no está aquí trabajando, ni nada por el estilo —contradice
—. Ella está aquí hoy porque tengo que darles una noticia. —Suspira y
continúa mirando directamente a su padre—. Vamos a tener un bebé, María
Fernanda está embarazada y yo soy el padre.
El silencio sepulcral que reina en la sala tras las palabras de Gonzalo es
roto por la risa de Alexander.
—Esta es una pésima broma —afirma su madre con un gesto de burla.
—No es ninguna broma mamá. ¡Alexander ya cállate!
—¿Eso es verdad hijo? —El señor Carson nos mira con el ceño fruncido.
—Así es papá y pienso hacerme cargo de todo —asegura con firmeza.
—¡Cómo es posible que esto suceda! —chilla la señora— ¡¿Cómo es
posible que te hayas metido con una simple secretaria?! —Me mira con
desprecio.
» ¡Si tenías una calentura con esta chiquilla debías utilizar la cabeza y
cuidarte!
Su grito tiene la habilidad de cortar las risas de Alexander que mira a su
madre negando con la cabeza.
» La verdad es que yo dudo mucho que ese bebé sea tuyo. Vaya uno a
saber con cuantos tipos se abra metido.
Sus ojos brillan de ira.
«¡Maldita bruja!»
Estoy a punto de responderle cuando es Gonzalo quien habla.
—¡Ya basta mamá! —Se pone de pie y golpea la mesa con la mano—.
¡No te permito que le hables así! ¡Te guste o no, ella será la madre de mis
hijos! ¡Así que puedes ir haciéndote la idea!
—Esto es el colmo —exclama con indignación. Me lanza una última
mirada de desprecio antes de salir pisando fuerte.
Se sienta rojo de cólera, y me mira apenado.
—Debo pedirte una disculpa Mafer, por lo que ha dicho Julianne. —El
señor Carson me mira—. Y Gonzalo, me parece bien que asumas las
consecuencias de tus actos.
Alexander interviene con una pequeña sonrisa—: Le dijiste a mamá que
ella será la madre de tus hijos, explícate.
—Está esperando mellizos. —Me mira y sonríe.
—Vaya, eso es una sorpresa —dice el señor Carson—, mi niña quiero
que sepas que tienes mi apoyo en todo. Pero díganme una cosa, me imagino
que ustedes están en una relación ¿Desde cuándo está pasando esto?
La vergüenza vuelve a invadir mi cuerpo, siento mis mejillas calientes.
—Veras papá, ella y yo solo somos amigos, esto solo pasó una vez —
responde avergonzado.
Alexander estalla en renovadas carcajadas.
—Vaya hermanito, sí que tienes puntería —bromea.
—Alex, por favor. —Lo regaña su padre—. No estoy de acuerdo con esa
decisión, un niño siempre debe crecer en una familia.
—Señor Carson ¿No es peor que crezcan en una familia que no se quiere?
como dijo Gonzalo somos amigos y tanto él como ustedes pueden ser parte
de la vida de los bebés. No creo que sea correcto que él y yo nos casemos
solo para que los bebés crezcan en familia, en lo que a mí respecta no les
faltará nada.
—Bueno, es decisión de ustedes, aunque de todas maneras yo pienso que
es mejor que formalicen una relación, —afirma—. De ahora en adelante
pasarán mucho tiempo juntos, ¿quién sabe? Puede surgir el amor.
—No vayas por ahí papá, sabes que eso está fuera de discusión.
—Pienso que eres un gran tonto hermanito —dice Alexander
levantándose—. Si me disculpan hay una dama que me espera. Felicidades
bella María Fernanda.
Sale del comedor riendo.
—Entonces será mejor que suba antes de que a tu madre le dé una
embolia y Mafer olvida todo lo que dijo Julianne, solo está sorprendida.
—No se preocupe señor Carson —respondo.
—Nosotros ya nos vamos papá.
Nos ponemos de pie y salimos hasta el auto, Gonzalo me abre la puerta.
—Eso ha sido... incómodo —dice una vez que se sienta a mi lado.
—Por decir menos.
—¿Te sientes mal?
—No... es solo que... todos van a pensar eso de mi —murmuro
despegando la mirada de mis manos—. Todos pensaran que soy una
oportunista que te engatusó.
—Al diablo con los demás, nosotros sabemos qué es lo que pasó y eso es
lo único que importa. Te prometo que todo irá bien. ¿Por qué no te recuestas
un poco y descansas mientras llegamos a casa?
Le sonrío y cierro mis ojos.
CAPÍTULO 9
—¿Entonces ya podemos regresar al departamento? —Le pregunto a
Vanessa.
Mi amiga me había llamado para contarme que a partir de la semana que
viene ya podremos regresar. No estoy tan alegre por volver como pensaba
que lo estaría, por alguna extraña razón, un molesto nudo se ha formado en
mi estómago.
—Gracias por avisarme. —Me despido.
Ha pasado casi un mes desde que estoy en casa de Gonzalo, se ha sentido
como una eternidad, me he acostumbrado demasiado a su presencia.
Tengo doce semanas de embarazo y ahora no hay forma de que lo pueda
ocultar, prácticamente al día siguiente de que los demás Carson supieran del
embarazo, mi barriga creció.
Lo bueno es que las náuseas y los mareos han disminuido.
Son las ocho de la noche y me encuentro con pijama sobre la cama,
Gonzalo está complaciendo mi antojo, comprando un helado de chocolate.
Sí que lo voy a extrañar, estos días me habían servido para tomarle
cariño y sentirme cómoda a su lado.
El sonido del teléfono me hace alejarme de mis pensamientos.
—¿Hola? —Es un número desconocido.
—Marcianita ¿Cómo estás? —La voz de mi hermano suena al otro lado
de la línea.
—¡Alby! —chillo emocionada.
—Ya me enteré de todo. —Su voz suena seria—. ¿Se puede saber por
qué no me dijiste nada?
—Lo siento mucho, es sólo que todo esto pasó muy rápido y me agarró
sin esperarlo.
Suspira.
—¿Cómo te encuentras? ¿Es verdad que son mellizos?
—Sí y esa fue otra sorpresa que no esperaba.
—Ya veo, ojalá no saquen tu cara, pobrecitos de ellos.
—Cállate tonto. —Rio.
—¿Y el papá? ¿Cómo lo tomó?
—Se ha comportado de lo mejor conmigo, somos buenos amigos.
—Amigos. —Bufa—, él debería de responderte como se debe.
—Ya suenas como un anciano —reprocho—, es mejor así, nos hemos
vuelto buenos amigos y las cosas están bien así.
—Tú sabrás que es mejor para ti. Cambiando de tema, llamaba para
decirte que la próxima semana llegaré, así podemos vernos ¿Te parece bien?
—¡Sí! ¡Claro que sí! —exclamo emocionada.
—Bueno, te dejo.
Cuelgo sintiéndome un poco más feliz, hace un año que no veo a mi
hermano y lo extraño demasiado. Escucho la puerta abrirse. Ya llegó
«¡Helado!»
Siento mi boca hacerse agua de solo imaginarlo… el helado, por
supuesto. Salgo rápido a la sala y ahí está él con unas bolsas del mercado,
voy directo a ellas y cojo lo que me pertenece.
—¿Quieres un poco? —pregunto.
—No, disfrútalo tú
Lo dejo acomodando las cosas en los estantes, mientras voy a por una
cuchara y sosteniendo el pote de helado como si fuera el mayor tesoro, me
siento en la sala.
—¿Te lo comerás todo? —pregunta sorprendido.
—Pues los tres tenemos muchas ganas de helado de chocolate. —
Acaricio mi vientre.
Él se me queda mirándome. Cierro los ojos cuando el helado toca mi
boca, creo que suelto un suspiro.
«¡Que delicia!»
Cuando los abro, veo que Gonzalo saca su teléfono y se me acerca.
—¿Puedo tomarte una foto con los bebés?
Lo miro sorprendida, jamás pensé que él me pediría algo así.
—Claro. —Dejo el pote de helado en la mesita y me pongo de pie.
—Levántate la camiseta, así se verá mejor. —Hago lo que me pide, se
acerca a mí y como es más alto que yo, no le cuesta nada tomarme una foto
desde arriba, bajo la cabeza y miro mi barriga, jamás pensé que se vería así
y eso que aún falta mucho por crecer, es tan extraño.
Luego de tomar la foto la mira y sonríe con ternura, me la enseña. La foto
es simple, pero bonita.
—Me gusta —comenta guardando el teléfono en su pantalón. Yo he vuelto
al sofá devorando mi helado.
—Me llamó Vane y me dijo que en esta semana ya podíamos ir al
departamento —informo.
—¡Oh! —Su sonrisa desaparece.
Vaya él también se ha acostumbrado a nuestra convivencia.
—Oye, tengo que viajar a España para cerrar el trato con un nuevo
escritor ¿Puedes quedarte hasta que regrese?
—Si claro, no veo porque no. ¿Cuándo viajas?
—Mañana en la tarde, iré a la editorial en la mañana y después del
almuerzo me iré al aeropuerto, solo serán tres días.
—Bien, aquí te esperaré.
. . .
Me encuentro revisando unos documentos que Gonzalo debe llevarse a
España. Ha sido una mañana ajetreada y ya quiero que acabe. Me pongo de
pie y aliso mi vestido.
Camino hasta la oficina de la jefatura y toco dos veces. Cuando entro él
está al teléfono, me hace un gesto. Dejo los documentos en la mesa y me
dispongo a salir.
—Ya me voy para el aeropuerto. —Me dice acercándose.
—Muy bien.
—Quiero que te cuides solo serán tres días y estaré de regreso. Cualquier
cosa que suceda quiero que me llames o me escribas ¿Lo prometes? —Sus
ojos me miran fijos.
—Sí, puedes ir tranquilo, estos niños estarán bien. —Palmeo mi barriga.
Asiente y agarra los documentos de la mesa y los guarda en una pequeña
maleta de mano. Se coloca el saco y sale conmigo de la oficina. Antes de
entrar al ascensor se gira y me mira, luego se acerca a mí y me da un beso en
la cabeza, respondo a su abrazo y apoyo mi cabeza en su pecho.
Nos separamos y él camina hasta el ascensor. Me siento algo triste, tal
vez es porque me he acostumbrado a su presencia.
Cojo el teléfono para llamar a Lizzy y le pregunto si quiere ir a almorzar.
. . .
Estoy esperando en la recepción.
—María Fernanda, ven. —Me llama la recepcionista, Kelly, creo que se
llama.
—Dime, ¿qué necesitas?
—Nada, nada. Solo quería preguntarte algo.
—Te escucho.
—Bueno quería saber... si estás... embarazada —balbucea bajando la
mirada a mi vientre.
—Yo creo que eso es obvio —respondo levantando una ceja.
—Y cuéntame ¿Quién es el padre? —Sus ojos brillan ansiosos por
información.
—Querida Kelly, eso es algo que no te debe preocupar. —Mi voz sale
dura.
—Mafer aquí estás, vamos de una vez muero de hambre —Lizzy sale a mi
encuentro.
. . .
La primera noche que Gonzalo se fue me sentí vacía y no pude conciliar
el sueño, como si algo muy importante me faltara. Por fortuna hoy es el
último.
Prendo la televisión para no sentirme sola.
Espero poder dormir rápido porque me siento cansada.
Me dormí sin darme cuenta.
Siento la cama hundirse, eso hace que despierte y abra los ojos
sentándome de golpe.
. . .
Gonzalo
Me di cuenta de que no sabía que estaba tan ansioso por verla hasta que
estuve de regreso en la habitación, con unas ganas terribles de besarla. Todo
está a oscuras y solo la luz del televisor ilumina la habitación.
Me siento en la cama y parece que el movimiento la logra despertar
porque se sienta de golpe.
—¡Por Dios me asustaste! —chilla, me mira con sorpresa— ¿Qué rayos
haces aquí? ¿No se supone que ibas a llegar mañana?
—No podía aguantar más sin verte.
—¿Qué dices?
—Es que estaba preocupado, pensé que podía pasarte algo. —Mis ojos
se deslizan por su cuerpo.
«¡Se ve tan sexy con ese camisón!»
—Ese camisón te queda muy bien, se te nota un poco más la barriga.
—Si
—¿Puedo tocarla? —Nunca había tenido ganas de sentir su vientre como
esta noche, algo me llama a tocarlo.
—Sí.
Mi mano se acerca a su barriga abultada y la acaricio, me acerco más a
ella y la toco con las dos manos, tengo muchos sentimientos en este
momento.
—Gracias, jamás pensé que esto me fuera a pasar a mí. —En sus
hermosos ojos veo asombro ante mis palabras.
«¡Tengo tantas ganas de probar sus labios una vez más!»
Llevo mi mano hasta su rostro y la acaricio, creo que es algo que quería
hacer hace mucho. Sin poder evitarlo me acerco más a ella, sus grandes ojos
celestes me miran fijo.
No puedo contenerme más y la beso, un simple roce. Me separo y la
miro, sus ojos brillan confundidos.
Me toma por sorpresa cuando levanta sus manos y las lleva a mi cara
jalándome hasta sus labios con hambre.
Agarro su cintura y la pego a mí, puedo sentir sus pezones erguidos a
través de la tela del camisón. El beso se hace más intenso, juego con su
lengua. Mi cuerpo arde por sentirla más.
—Te deseo tanto —susurro sobre sus labios, ella responde con un
gemido.
Estoy muy excitado, vamos no soy de piedra, no aguantaré mucho más de
estos besos.
Me sorprende separándose, se ve decidida. Se levanta y se sienta a
horcajadas sobre mí, sus manos se aferran a mi cuello.
Mis manos van a sus piernas y suben hasta su espectacular trasero, puedo
sentir la piel desnuda de sus nalgas gracias a su pequeña ropa interior
«Benditas tangas» no me resisto más y se las aprieto.
Jadea tirando la cabeza atrás dejando expuesto su largo cuello, mis labios
se sienten atraídos hasta él.
—¿Estás segura de esto? Puedo parar si quieres. —Tengo que estar
seguro que esto es lo que ella quiere, por más excitado que esté, no haré
nada que ella no quiera.
Se aleja de mí y me mira. En ella puedo ver confusión, duda y también
deseo. Sus pupilas están muy dilatadas haciendo que sus ojos se vean
oscuros.
No se mueve por unos segundos, solo se queda mirándome, después
devora mis labios al mismo tiempo que mueve sus caderas sobre mí, su
centro caliente choca con mi dureza arrancándome un gemido.
«¡Santa Mierda!»
Me empuja despacio hasta que mi espalda choca con el colchón, sus
manos van a mi cara y me besa con más fervor.
Mis manos se cuelan debajo del camisón y aprieto su trasero, me encanta
sentir su piel.
Deja mis labios y sin dejar de mirarme empieza a desabrochar los
botones de mi camisa.
Cuando termina con el último me siento, ella se pone de pie y me jala
hasta que estoy frente a ella.
Desliza la camisa por mis brazos y me besa. Agarro su cintura pegándola
a mi cuerpo. La tela de su camisón me estorba, así que bajo mis manos hasta
sus muslos y las voy subiendo, llevándomelo de camino.
Retrocedo un paso para mirarla en todo su esplendor. Es hermosa, solo
una diminuta braguita cubre su cuerpo.
La recorro con los ojos y mis manos pican por tocarla, decido darme el
gusto, así que me acerco a ella y empiezo desde sus largas piernas, luego me
detengo en su pancita abultada, sigo subiendo, cubro sus senos, firmes y
erguidos, los aprieto con suavidad. Luego subo y sostengo su rostro, me
agarra la cinturilla del pantalón y me acerca a ella. Me besa con hambre.
Es lo que sentimos por el otro: hambre
Con torpeza se apresura a desabrochar mi pantalón, sus tibias manos se
cuelan traviesas dentro de éste y aprieta mi trasero como le hice antes.
Con mi ayuda se deshace de él tirándolo con descuido en el suelo. Da un
paso atrás para mirarme, veo sus ojos recorrer mi cuerpo deteniéndose en mi
erección, que ante su intensa mirada crece más. Una de sus manos se posa en
mi pecho haciendo una ligera presión, indicándome que me eche en la cama,
afianzo mis manos en su cadera haciendo que su cuerpo quede sobre el mío.
Sus labios hinchados reclaman los míos y con suavidad hago rodar su
cuerpo, haciendo que su espalda repose en el colchón, para luego colocarme
sobre ella sin poner todo mi peso.
Sus manos agarran mi rostro y exige una vez más mi boca.
Mis labios van a su cuello besándolo y luego sigo bajando, esparciendo
besos desde su clavícula hasta llegar sus pechos, meto uno en mi boca. Mi
lengua juguetea con su endurecido pezón, mientras que mis dedos presionan
con suavidad el otro. La reacción ante mis caricias no se hace esperar, su
respiración se hace más rápida, tiene la boca abierta jadeando. Sigo bajando
y me detengo en su vientre, deposito un beso ahí mismo haciendo que mi
corazón de un vuelco emocionado.
Bajo un poco más repartiendo besos en cada centímetro de piel que voy
descubriendo, beso la parte interna de su muslo antes de agarrar los
extremos de su tanga deslizándola por sus piernas. La tengo desnuda ante mí.
Vuelvo a echarme sobre su cuerpo y ella me recibe separando sus
piernas.
—¿Segura...?
—Solo hazlo, no te detengas ahora. —Me interrumpe en un susurro.
—No tengo condón. —Bromeo sonriendo.
—A buena hora te acuerdas tonto. —Ríe.
Me acomodo entre sus piernas y con delicadeza voy entrando en ella.
Casi pierdo la cordura cuando me deslizo, está tan caliente. Arquea la
espalda al entrar por completo. Muevo mi cadera con lentitud disfrutando de
la sensación.
—Más... más rápido —suplica en un gemido.
Aumento el ritmo de mis embestidas, penetrándola con fuerza. Sus
gemidos se hacen más fuertes. Sus manos van a mi espalda apretándome
como si temiera que me fuera a escapar.
—Estoy cerca... no pares...
La embisto un par de veces más cuando siento sus paredes apretarme con
fuerza alcanzando su liberación.
Suelta un fuerte gemido arrastrándome a mi propio clímax, vaciándome
dentro de ella.
. . .
María Fernanda
Cierro mis ojos tratando de normalizar mi respiración.
«¡Ha sido bestial!»
Él va dejando pequeños besos en mis labios, mejillas, nariz, ojos y
frente.
Se acuesta a mi lado y me jala para abrazarme, apoyo mi cabeza en su
hombro. Sus dedos acarician mi rostro haciendo que mi respiración agitada
poco a poco se vaya normalizando.
—¿Escaparás en la mañana? —bromea.
—No creo —Rio.
Me siento relajada y completa. Me gusta estar rodeada por sus brazos, me
siento segura con él.
Un bostezo se escapa de mis labios.
—Descansa —susurra contra mi pelo. Siento mis ojos pesados, poco a
poco me dejo llevar por el sueño.
CAPÍTULO 10
Aún esta oscuro, pero ya está por amanecer.
Gonzalo está echado boca abajo y se ve tan pacífico. Empiezo a
recorrerlo con la mirada, tiene los labios un poco separados.
Deslizo los ojos por su fuerte espalda hasta llegar al final donde la
sabana cubre su duro trasero.
«¡No puede ser que esto haya pasado de nuevo!»
¿Qué se supone que vamos a hacer ahora?, ¿cómo nos vamos a
comportar? Sé muy bien que él no quiere una relación, Pero… ¿La quiero
yo?
Me duele la cabeza por toda la tensión que siento. Aunque me gusta y
mucho, no estoy enamorada de él y tampoco quiero complicarme con una
relación. Lo mejor es que esto no vuelva a pasar.
Si pensamos con racionalidad, esto seguro se debe a todas mis hormonas
revueltas y es por eso por lo que me he sentido muy… caliente por él y no
me pude contener, la culpa por supuesto es por este embarazo.
Miro la hora, son seis y treinta. Lo mejor será que me levante de una vez
y me dé un buen baño. Salgo de la cama, busco mi camisón y mi braguita que
están tirados en el suelo, esto me trae recuerdos de la primera vez.
Cuando encuentro lo que busco me meto a la ducha.
El agua caliente ha logrado relajar mis adoloridos músculos, me
envuelvo en una toalla. Cuando regreso a la habitación él está sentado en la
cama, cabizbajo. Cuando nota mi presencia me mira.
Camino con nerviosismo a mi maleta, busco ropa interior para ponerme.
—Debemos hablar. —Su voz suena seria.
Me doy la vuelta con la ropa en la mano.
—Dime.
—Lo de anoche no puede volver a pasar.
Me quedo quieta, mirándolo, levanto mis cejas sorprendida por sus
palabras.
—Digo, estuvo... estuvo genial. —Una pequeña sonrisa se dibuja en sus
labios—, pero creo que no es bueno para nosotros mezclar las cosas. Como
te había dicho, tú y yo nunca estaremos juntos, jamás seremos pareja. —Se
levanta de la cama—, no es algo que entre en mis planes ¿Entiendes? Solo
podemos ser amigos.
No puedo evitar que sus palabras me lastimen y no entiendo por qué, no
debe importarme, él y yo solo somos amigos, «amigos que tendrán bebés»
Tengo un nudo en la garganta, mas, debo controlarme.
Me acerco a la cama y dejo mi ropa encima. Me quito la toalla y quedo
desnuda ante él, puedo sentir su mirada fija en mí. Sin importarme estar
desnuda agarro mi ropa interior rosa y me la pongo.
—No es necesario que aclares eso. —Lo encaro, él me mira incómodo
—, no tengo planes de tener alguna relación contigo, no te preocupes. —
Agarro la falda y me la pongo. Él sigue ahí de pie, mirándome, agarro la
blusa y me la coloco.
—Mafer yo... —Lo detengo.
—Está de más que digas algo, ya lo dejaste bastante claro. —Me coloco
los zapatos. Él sigue parado en el mismo sitio, sin dejar de mirarme.
—Vas a llegar tarde, deberías empezar a cambiarte. —Le digo sin
mirarlo.
Él se queda un momento más delante de mí, luego se da la vuelta y
desaparece por la puerta del baño.
Aunque tengo ganas de llorar, agarro mis cosas y salgo. Jamás de los
jamases le voy a permitir que me vea vulnerable.
No me detengo hasta que estoy afuera del departamento, me siento
humillada y dolida. Necesito salir de este lugar de una vez, he sido una
estúpida al volver acostarme con él. Me subo de prisa al auto y manejo a mi
trabajo.
Ni bien cruzo las puertas de la editorial lo primero que hago es buscar a
Lizzy en su piso, necesito que ella me escuche.
Las puertas del ascensor se abren y la veo acomodando sus cosas.
—Mafer. —Me saluda alegre, pero cuando me acerco su sonrisa
desaparece—, ¿qué paso?
—¡Soy una estúpida! —Es lo único que logro decir antes de que mis
lágrimas amenacen con salir de nuevo.
Me acerco y ella me recibe en sus brazos.
—¿De qué hablas? ¿Qué has hecho? —dice separándome de ella y
tratando de mirarme a la cara.
—Anoche me acosté con Gonzalo. —Bajo mi cabeza con vergüenza.
—¡Oh! —me mira sorprendida—. Bueno... ¿Eso es malo? Digo, no es una
novedad, vamos, van a tener bebés. —Pone los ojos en blanco y hace una
mueca divertida—. Si tú puedes separar las cosas y tener claro que es solo...
diversión, no veo porque no puedan hacerlo. Total, ninguno de los dos tiene
pareja. No tiene caso que te tortures.
—Ese es el problema. —Levanto la mirada encarándola—. Creo que
siento algo por él y me di cuenta cuando hoy él me aclaró, de nuevo, que
nunca seríamos nada y que no debíamos volver a dormir juntos.
—No entiendo, ¿Estás enamorada?
—¡No!... No lo sé, lo único que sé es que siento algo, no sé si es amor.
—Entonces ¿Qué quieres hacer ahora?
—Quiero sacar mis cosas de su casa, no puedo regresar y dormir ahí
como si nada.
—Está bien, saliendo iremos a por ello. Oye, por favor, para de llorar. A
mis sobrinitos les hará daño.
—Gracias, ahora me voy. Ya debe estar llegando y prefiero que me
encuentre en mi lugar cuando lo haga. —Me levanto y camino al ascensor.
No pensé ni en mis sueños más locos que llegaría a estar en esta
posición.
Salgo del ascensor en mi piso y me dirijo a mi escritorio. Después de una
media hora llega. Cuando sale del ascensor se dirige a paso lento hacia mí.
—Mafer yo... —empieza a decir.
—Buenos días, señor Carson. El señor Jack me ha pedido que confirme
su reunión de la tarde. Ya le envié el correo con la actualización del informe
de España. Eso es todo por ahora, señor —digo todo esto mientras acomodo
unos papeles para evitar mirarlo.
—Oye... —Levanto la cabeza, él me mira dudando.
—Dígame señor Carson, ¿necesita algo más? —Le lanzo una sonrisa.
—No, nada.
—Bien. Por cierto, señor Carson. Necesito salir hoy a las seis para un
asunto personal.
—De acuerdo, no hay problema. —Se da la vuelta y se va.
Relajo mis hombros en cuanto él desaparece por la puerta.
. . .
El día pasa demasiado lento, así que en cuanto el reloj marca las seis, me
dirijo a la oficina de Gonzalo. Toco dos veces y abro la puerta.
Él está de pie al lado de la ventana y se gira para mirarme.
—Señor Carson ya son las seis, si no necesita nada más, me retiraré —
digo lo más seria que puedo.
—No, no necesito nada más. —Hace el ademán de acercarse.
—Muy bien, entonces me retiro. Nos vemos mañana señor.
Salgo corriendo de ahí, hasta mi escritorio a por mis cosas.
Ya en la seguridad del ascensor le escribo a Lizzy para decirle que la
estaba esperando afuera.
Cuando salgo me voy directo al auto y la espero.
Mis manos me tiemblan, me alejo de él cuando lo único que quiero es
tirarme a sus brazos y besarlo. No obstante, sé que es mejor así, no me
puedo permitir un corazón roto, ahora lo más importante son mis bebés.
Ellos me necesitan bien.
Un toque en la ventana me sobresalta. Es Liz.
—Me voy en mi auto, te sigo —explica cuando bajo el cristal.
—De acuerdo.
Manejamos por unos veinte minutos, estacionamos los autos y nos
reunimos en la entrada.
—Así que aquí vive el gran jefecito.
—Sí, vamos al ascensor. —La jalo de la mano.
Subimos en silencio y cuando llegamos no me demoro en abrir la puerta.
—Bonito departamento —comenta examinando el lugar.
—Apúrate, ya va a salir y no quiero encontrármelo.
Vamos al cuarto y empezamos a juntar toda mi ropa y mis cosas de aseo.
En estas semanas había acumulado una buena cantidad de ropa, es más de la
que traje en un inicio.
Una vez todo empacado Lizzy jala la maleta hasta la sala yo cargo un
bolso grande.
—¿Le has dicho que ya no te quedaras?
—No, ya se dará cuenta él sólo.
Bajamos y me despido del portero. Liz lleva mi maleta hasta mi auto.
—¿Estás segura de esto?
—Claro, no tiene ningún sentido que me quede aquí. Además, tarde o
temprano iba a tener que regresar a mi casa.
—¿Qué haces? —Una voz gruesa nos hace voltear.
. . .
Gonzalo
Me la he pasado todo el día en la oficina, no tengo fuerzas para ver a
María Fernanda.
El sonido del celular llama mi atención, es mi hermano.
—Hola hermanito.
—Alexander.
—¿Qué tal estás?, ¿cómo está tu hermosa Mafer?, ¿ya le dijiste que la
amas?
—No digas estupideces, Alex.
—No son estupideces, debes aceptar que sientes algo por ella.
—No pienso negarlo, es verdad que me gusta —digo—, la cuestión es
que yo no puedo estar con nadie y tú sabes por qué.
—Ahora tú eres el que dice estupideces.
—¡No es ninguna tontería Alexander! —exclamo molesto.
—¡Cuando te entrará en esa cabeza dura que tú no estás maldito!, ¡todo lo
que te pasó fue horrible!, ¡pero eso no es motivo para que escondas la
cabeza por el miedo!, ¡sabes bien que todo este asunto del amor no es para
mí, no creo en eso, tú sí, siempre lo hiciste y si hay alguna posibilidad de
que ella sea lo que te haga feliz entonces no debes cerrarte! ¡Mereces ser
feliz!, ¡basta de excusas absurdas!
—¿Cómo puedo siquiera pensar en entablar una relación con alguien? Si
lo hago todo terminará de la misma manera ¡No podría perdonármelo!
—Eres demasiado terco hermano. Contigo no se puede, después nos
vemos. Mamá quiere que vayas a comer la próxima semana.
—Dile que estaré ahí.
Cuelgo la llamada, siempre que hablamos de este tema terminamos
discutiendo. ¡Él nunca me entiende!... si algo le pasa no podría seguir
viviendo.
Me pongo de pie, miro por la ventana la ciudad a mis pies, a la gente que
sale de sus trabajos, caminando tranquilamente, sin el peso de la vida de dos
personas sobre sus hombros.
Hace unos minutos tocó la puerta de mi oficina y se escabulló lo más
rápido que pudo.
Me dejo caer desanimado en mi silla, tal vez sería mejor hablar claro con
ella y decirle que las cosas no pueden ser, por su bien.
Estoy sentado unos veinte minutos más hasta que salgo de la editorial. Ya
no podemos seguir tratándonos así.
Llego a la entrada del edificio y la veo con la señorita Peltz, están yendo
al auto con la maleta de Mafer, bajo rápido para saber qué pasa.
La escucho hablar con la rubia, y corro hasta su encuentro.
«¡¿Qué?! ¡¿Se va?!»
—¿Qué haces? —digo haciéndolas voltear.
Los ojos de Mafer se abren con sorpresa
—Llegaste…
—Sí, salí antes —respondo frunciendo el ceño—. ¿Por qué tus cosas
están aquí?
—Eh, será mejor que me vaya… ¿Estás bien con eso cariño? —pregunta
Lizzy mirándola.
—Sí, no te preocupes.
Ella le da a su amiga un beso en la mejilla, de mí se despide sacudiendo
la mano. Ninguno de los dos pronuncia palabra hasta que la rubia se va.
—¿Por qué te vas? —No puedo evitar preguntar.
—Todavía lo preguntas. —Agarra su maleta y la mete al maletero—.
Estoy manteniendo nuestra relación como tú querías, de amigos. Y los
amigos no viven juntos, ni duermen en la misma cama. Y está demás que diga
que no se besan, ni tienen sexo.
—No seas así.
—No me hagas las cosas más complicadas. Nada me retiene aquí, no hay
ningún motivo por el que yo deba quedarme, mi edificio ya está en perfectas
condiciones y debo regresar a casa.
—Vamos a tener bebés —refuto desesperado.
—Y siempre que quieras seguirás siendo parte de sus vidas, pero como
dejaste bien claro, tú y yo jamás tendremos una relación.
Cierra la puerta del maletero con fuerza y se acerca a la puerta del
conductor.
Corro para detenerla, alcanzo su brazo antes de que pueda entrar al auto.
Voltea y en sus ojos veo una chispa de rabia y tristeza.
Mis dedos van a sus labios, muero por besarla. Ella mira los míos, sé que
desea que la bese tanto como yo.
Me acerco a ella, puedo sentir su respiración. No obstante, antes de que
pueda decidir si la beso, ella se da la vuelta y se mete al auto.
—Hasta mañana, señor Carson —murmura antes de cerrar la puerta.
Me deja ahí parado con ganas de sentir sus labios, con ganas de sentirla
entre mis brazos, con ganas de decirle que la quiero.
. . .
Abro la puerta de mi departamento, Vanessa y Juan David están en el
sofá, ambos voltean a mirarme.
Cierro tras de mí y me quedo parada, sin poder evitarlo empiezo a llorar.
Los dos me miran alarmados y se acercan a mí.
—¡Mafer! —exclama mi amiga preocupada—, ¿los bebés están bien?
Solo puedo seguir llorando, tengo las palabras atoradas en mi garganta.
—Trae agua, Nessa —dice Juan David, mientras me lleva al sofá.
Vanessa me lo da casi en seguida.
—¿Qué es lo que te tiene así cariño?
—Estoy enamorada de él, Vane
—¿De... de Gonzalo...?
—Sí. Dejó claro que jamás tendremos una relación... Yo no significo
nada para él. —Rio sin ganas.
—¡Oh!, lo siento mucho. —Limpia mis lágrimas con sus dedos—, ¿y qué
piensas hacer?
—¿Qué se supone que debo hacer? Debo olvidarme de él. Por el bien de
mis bebés es mejor que me olvide de él. Lo peor de todo es que no me di
cuenta de cómo paso, solo sé que siento algo fuerte por él y no quería
aceptarlo.
—Cariño debes estar tranquila. —Me abraza como queriendo
protegerme.
—Voy a ir a dormir. —Me levanto y me voy a mi cuarto.
. . .
No había podido dormir mucho en la noche, mi cabeza le daba vueltas a
todo el asunto. Cuando dieron las seis de la mañana me puse de pie y empecé
a alistarme para ir a trabajar.
Cuando estoy entrando a la editorial me llega un mensaje.
Hola marciana, estoy llegando alrededor de las seis de la tarde, pasaré a
tu trabajo a recoger tus llaves.
Es Alberto, respondo mientras subo por el ascensor.
De acuerdo feo te espero.
Cuando me dirijo a mi escritorio una risa chillona se escucha desde la
oficina de Gonzalo. Es raro ya que él nunca llega antes que yo.
Me acerco a la puerta y entro sin tocar. Él está sentado en su silla y la
perra de Cassidy sobre su escritorio, con las piernas cruzadas e inclinada
sobre él.
—Oh, lo siento señor Carson. —Me disculpo incómoda—. No sabía que
estaba aquí, escuché un ruido y me pareció raro.
—Querida no te preocupes Gonzi y yo solo estamos hablando. —La arpía
se pone de pie y me mira con una sonrisa burlona—. Oh, no sabía que
estabas embarazada, que encanto ¿Y quién es el padre?
—Bueno señorita Castillo. —Me cruzo de brazos—. Eso es algo privado,
no es relevante para el trabajo, no creo que sea necesario hablarlo.
«¡Maldita bruja chismosa!»
Cassidy ríe y se coloca detrás de Gonzalo que se había mantenido en
completo silencio y apoya las manos sobre sus hombros.
—Si nos disculpas estamos algo ocupados aquí —dice deslizando sus
manos desde sus hombros hasta su pecho—, podrías darnos privacidad.
—Por supuesto. —Hago todo porque mi voz suene normal—. Permiso.
Me doy la vuelta y salgo como un torbellino cerrando la puerta.
«¿Qué mierda hacen juntos, si él no la pasa ni por pedazos? ¿Qué
pretende?»
Me siento frente a mi computadora, trato de relajarme y evitar escuchar la
risa escandalosa de la odiosa mujer.
. . .
Aunque hoy ha sido un día de mierda, gracias a Dios he tenido mucho
trabajo por ende la mente ocupada.
Cassidy estuvo dando sus alaridos por una media hora más, cuando por
fin salió de la oficina, pavoneándose frente a mí. Él para mi felicidad no
salió en todo el día.
El sonido del teléfono llama mi atención.
—Oficina del señor Carson
—Hola María Fernanda, aquí en la recepción hay un joven que dice es tu
hermano
—Enseguida bajo.
Cuando llego está sentado esperándome, tan guapo como siempre.
—Alby. —Lo llamo acercándome.
—¡Pequeña! —Se pone de pie de un salto y me abraza—. Mírate, estás
enorme.
—Ja, ja, que gracioso.
—Igual, estás hermosa.
Tengo puesta una camiseta a rayas, un jean oscuro y zapatillas. Hoy en la
mañana no estaba de muy buen humor para vestirme como por lo general
hago. Me sentía cansada.
—Deja de mirarme y anda a la casa de una vez. —Le entrego mis llaves y
me despido de él.
Subo hasta mi oficina, ya gracias a Dios solo me quedan unas horas para
poder irme.
. . .
Estoy saliendo del edificio y yendo a mi auto, cuando una mano me agarra
del brazo.
«¡Alexander!»
—¡Me asustaste! —Me coloco una mano sobre el pecho, mi corazón late
con rapidez.
—Lo siento preciosa, no quise asustarte. Vine porque quería saber cómo
te encontrabas, ayer hablé con Gonzalo y...
—¿Y…? —Lo animo a continuar.
—Y… sé que las cosas no están bien entre ustedes, solo quería saber
cómo lo estabas llevando.
—Pues... ahí vamos.
—Lo quieres. —No es una pregunta.
—Claro que lo quiero. —Levanto la cara—. Ha sido tú hermano quien ha
dejado muy claro que nada pasará entre nosotros. Tal vez sea lo mejor.
—Debes entenderlo un poco. —Me dice tomando mis manos y
mirándome—, estoy seguro de que él te quiere, solo tiene miedo.
—¿¡Miedo de que!? —exclamo alterada con lágrimas en los ojos—, ¿a
qué le tiene miedo?
—Eso es algo que no me compete hablar. —Me mira con tristeza—. Pero
mi niña, ten por seguro que él siente algo por ti... él te quiere.
Rio con amargura mientras mis lágrimas caen. Alexander me mira y me
abraza. Es lo que necesitaba en este momento, un abrazo. Alguien que me
sostenga mientras me siento morir. «¿Cómo llegamos a esto?» Todo iba bien
yo no sentía nada por él. ¿Cuándo cambio todo? No me di cuenta.
. . .
Han pasado varias semanas desde que regresé a mi casa. Semanas en las
que mi corazón se estrujaba cada vez que Gonzalo salía por el ascensor y se
hacía añicos cada que veía a Cassidy ir a su oficina. Semanas donde mi
pecho ardía de dolor cuando la veía salir con él del brazo. La angustia e
impotencia me atormentan constantemente haciendo que mi tristeza aumente.
Han sido semanas en las que él no me mira a los ojos y en las que debí
esforzarme para mantenerme tranquila y no saltarle cada vez que lo veía. Ha
sido horrible para mí y lo peor de todo son las constantes imágenes que se
arremolinan en mi cabeza imaginándolo junto a ella, sin saber con certeza lo
que sucede.
El sábado ha llegado al fin y me encuentro sentada en mi cama, sin ganas
de nada. Hoy en la tarde tengo cita con la doctora para ver cómo va el
embarazo.
Ya tengo cuatro meses y se me nota bastante, supongo que crece más por
eso de que son mellizos, en estos últimos meses mi única alegría han sido
ellos, mis bebés. Mi corazón salta de emoción cuando miro mi vientre
abultado, verlo crecer cada día me provoca una sensación indescriptible, me
hace mucha ilusión ver cómo van.
Después de haberlo pensado mucho decidí mandarle un mensaje a
Gonzalo diciéndole la hora de la cita, me prometí que mis sentimientos hacia
él no iban a intervenir con los bebés ya dependía de él si quería ser parte de
esto.
El teléfono suena con un mensaje.
Ya estoy llegando, abre la puerta.
Es Alexander, desde el día que hablamos en el estacionamiento nos
hemos hecho más cercanos, me hace reír y me gusta su compañía, me relaja.
Cuando entro a la sala suena la puerta.
—Hola hermosa.
—Hola Alex, pasa.
Vamos directo a la cocina ya que él me había prometido traer helado de
menta.
—Aquí tienes. —En cuanto saca el helado de la bolsa se me hace agua la
boca. Lo bueno de que Alex esté siempre conmigo es que me cumple mis
antojos y estos se basan en helado, mucho helado.
—Gracias. —Agarro el pote feliz, como una niña que ha obtenido el
mejor premio.
—¿A qué hora es tu cita con la doctora?
—En dos horas
—¿Quieres que te acompañe?
—Me encantaría tenerte conmigo ahí. Aunque no sé si sea buena idea, le
he dicho a Gonzalo lo de la cita.
La expresión de Alexander cambia un poco. No habíamos hablado de él
desde el día que me buscó en el estacionamiento.
—Entiendo. —Sonríe—. Igual me dices cualquier cosa.
Mi teléfono suena, es Alberto.
—Mocosa. —Su voz alegre resuena al otro lado—, hoy no llegaré a
comer.
—No te preocupes Alb, ¿qué planes tienes?
—He invitado a Lizzy a una cita.
—No puedo creer que sigas con lo mismo, Alberto. —Le reprocho. Le
presenté a mi amiga el otro día y desde entonces insiste en que quiere salir
con ella. Aunque ella lo rechaza todo el tiempo.
—No puedo evitarlo, esa chica me encanta. Y ya verás que la haré
cambiar de opinión con respecto a los hombres —dice con emoción.
—Me parece que te estás entusiasmado mucho, ella es así y no podrás
hacer que de la noche a la mañana le gusten los chicos, Alberto.
—No te preocupes, marciana, todo está controlado.
—Solo no quiero que salgas lastimado… tú sabrás lo que haces. Cuídate
feo.
—Lo haré, nos vemos.
—¿Tu hermano sigue con la idea de conquistar a Lizzy? —pregunta
Alexander cuando dejo el teléfono sobre la mesa.
—Está loco. —Aseguro—, solo no quiero que salgan lastimados ninguno
de los dos.
. . .
Alex se había quedado conmigo una hora más antes de irse.
Me acomodo mejor en el duro asiento de la clínica, estoy esperando mi
turno para poder entrar. Recorro la sala con la mirada con la esperanza de
verlo. Él no ha respondido mi mensaje.
Supongo que sí lo ha leído y ha decidido ignorarme.
Después de unos veinte minutos esperando me llaman para entrar.
La doctora Robinsón está sentada, me recibe con su habitual sonrisa.
—Buenas tardes, María Fernanda ¿Cómo se encuentra?
—Hola doctora —digo sentándome—. Estoy bien ya no he tenido
náuseas, lo cual es un alivio.
—Sí, las náuseas ya no deben de ser problema. —Mira unos papeles
frente a ella—. Ya estás en la semana dieciséis.
—Si así es —respondo.
«¡Al final no vino!»
—Muy bien, recuéstate en la camilla y descubre tu barriga, en este
momento ya se puede hacer una ecografía abdominal.
Me pongo de pie y obedezco desabrochándome el overol. Levanto la
camiseta descubriendo mi abultada barriga.
La doctora se acerca a mi lado, agarra una botellita con un gel y antes de
aplicarlo, unos toques en la puerta le hacen detenerse.
Se acerca a la puerta y la abre. Unos susurros se escuchan de afuera,
luego la doctora se vuelve a acercar a mí.
—Cierre la puerta cuando entre —dice. Giro la cabeza y mi corazón da
un vuelco.
«¡Está aquí!»
CAPÍTULO 11
«Él está aquí» mi tonto corazón empieza a latir con rapidez. Se acerca a
mí y nuestras miradas se cruzan por unos minutos.
La doctora trae el monitor, lo ubica a mi lado izquierdo. Vuelve a coger
el gel y lo echa sobre mi vientre, está muy frio. Coloca sobre el gel el
aparato que no tengo idea de cómo se llama y lo mueve por mi barriga.
Unos minutos después se escucha el sonido de un corazón.
—Ahí estás —canturrea la doctora sonriendo sin dejar de mover el
aparato—. Aquí está el otro.
Nos lo va señalando en la pantalla, puedo ver a mis bebés, mis ojos se
empañan de emoción.
—Ahí están sus bracitos sus piernitas, todo está en perfectas condiciones
—comenta.
Giro mi cabeza para mirarlo, él mira con emoción la pantalla.
—Aquí veo el sexo de uno de los bebés —menciona la doctora—,
¿desean saberlo?
Fijo mi vista en él de nuevo y esta vez me devuelve la mirada.
—Sí, queremos saber —responde por mí.
—Muy bien, el mellizo uno es un niño.
—¡Un niño! —exclamo emocionada—, ¿el otro también es un niño?
—El otro bebé —murmura moviendo más el instrumento—. No, el otro
no se deja ver, se está moviendo mucho, me parece que también es niño. En
cualquier caso, lo verificaremos en tu próxima consulta.
Retira el aparato y me pasa un papel para limpiar mi barriga. Gonzalo lo
coge antes de que yo lo alcance y en silencio empieza a limpiar todo el gel
por mí. Cuando termina me ayuda a sentarme y me acomoda la ropa.
La doctora nos entrega la foto de la ecografía y concretamos la siguiente
fecha.
Salimos del consultorio sin emitir palabra alguna. Caminamos juntos
hasta el estacionamiento de la clínica.
—¿Has venido en tu auto? —pregunta.
—Sí.
—Bien, entonces nos vemos el lunes —habla sin mirarme, lo que hace
que la furia se arremoline en mi pecho.
—¿Qué rayos pasa contigo?
—No me pasa nada.
—¿Entonces porque tienes esta actitud? ¡Se supone que somos amigos y
ahora tú me ignoras!
—Creo que es mejor así ya que nada nos une más que los bebés. —Se ve
molesto.
—¡No te entiendo, has cambiado conmigo! Ya ni siquiera me miras a la
cara. Y ahora esa arpía para de arriba abajo contigo.
—Ese no es tu problema. —Me mira furioso encarándome—. Lo que yo
haga y a quien vea es asunto mío.
—¿Te arrepientes de haberte acostado conmigo? ¡Desearías que los
bebés los tuviera ella y no yo! ¿Verdad?
—¡Sí! ¡Hubiera sido mejor!
Las lágrimas empiezan a caer por mi rostro. Sus palabras hacen que mi
pecho se estruje.
» ¡Ojalá no te hubieras cruzado en mi camino!
Mi corazón se rompe una vez más, mi cuerpo reacciona por su cuenta
tirándole una cachetada.
Él ni se inmuta, solo mira el piso, sin ninguna expresión. Me permito
observarlo con detenimiento. El brillo en sus ojos se ha apagado y tiene
ojeras en su rostro. «Se ve cansado»
—Cassidy es mejor mujer para mí, que tú. —Sus palabras salen con
lentitud, mi estómago da un vuelco.
—¡Ya es suficiente! —La voz de Alexander nos hace voltear, luce muy
molesto y mirando a Gonzalo se coloca frente de mí—. ¡Deja de ser un
cobarde! ¿No ves que los dos están sufriendo? ¡Acaba con este suplicio de
una vez y deja de ser un imbécil!
Luego de decir eso se gira hacia mí, me pasa un brazo por la espalda y
me jala con él hasta el auto. Giro la cabeza dándole una última mirada.
Me siento en el lado del copiloto mirando por la ventana, tratando de
contener las lágrimas.
—Lamento que hayas tenido que pasar por eso.
—Tú no hiciste nada. —Suspiro apoyando la cabeza en el respaldar,
cierro los ojos y un par de lágrimas ruedan por mis mejillas.
—Es solo que no entiendo porque es tan cobarde —exclama molesto.
—¿De qué hablas? —pregunto girando para mirarlo, sus palabras me
confunden, pero él no responde y sigue manejando. Me recuesto en el asiento
y miro por la ventana.
. . .
Gonzalo
Estas semanas han sido una mierda. Solo pude pensar en ella, día y
noche. No concilié el sueño, no comí bien, ni trabajar podía sin que todos
los recuerdos desfilaran una y otra vez en mi cabeza.
Me sentía atormentado, triste y furioso, cada vez que veía su rostro
pintarse de tristeza. Palidecía cuando me veía Cassidy. Por eso evité mirar
esos ojos azules que tanto me gustan, esos que ahora se ven sin vida, sin su
brillo natural.
La extraño demasiado y varias veces quiero mandar todo a la mierda y
correr a besarla.
Es entonces cuando la realidad me golpea haciéndome recordar. Por más
que los dos estemos sufriendo, si yo decido estar con María Fernanda la
maldición que me sigue la alcanzaría y ella... «¡No puedo permitirlo!» Eso
sería peor y el dolor que siento ahora no sería nada.
Se me partió el alma cuando él la jaló y se la llevó lejos de mí.
¿Qué puedo hacer? Aunque odie verla con otro hombre, al menos tiene
quien la proteja… incluso de mí.
«¡Maldita sea!»
Solo quiero gritar y que esta maldición desaparezca.
. . .
María Fernanda
Llegamos a la casa y le pido a Alex que me deje sola. En este momento
es lo único que necesito. Para mi buena suerte en casa no hay nadie, así que
me voy derecho a mi cuarto. Me apoyo en la puerta y dejo que las lágrimas
salgan.
Es horrible toda esta situación, sus gritos diciendo que prefería a Cassidy
se repiten en mi cabeza durante cada minuto.
El dolor que me producen cada vez que mi mente las repite como el eco
en una cueva, me contrae el pecho.
Solo se me ocurre rezar, no soy una persona muy devota, sin embargo, de
mi nace la necesidad de hacerlo.
Pido porque todo esto se acabe, le pido a Dios que me quite este dolor,
que saque a Gonzalo de mi cabeza y de mi corazón. No quiero seguir así, me
duele, me duele mucho, me siento rota, vacía. Solo quiero seguir adelante sin
más dolor.
Lloro... lloro como nunca, hasta quedarme dormida.
. . .
Al día siguiente la presión en el pecho sigue presente, ahogándome. Me
visto, me obligo a comer algo por los bebés y decido salir a dar una vuelta
para poder despejar mi mente.
Camino y camino, pensando en todo lo que me afecta en este momento.
No sé por cuanto tiempo camino perdida en mis pensamientos, pero me
siento muy cansada y necesito sentarme. Levanto la mirada para ver dónde
puedo descansar un poco. Y parado frente a mí con una expresión de
sorpresa está él, sin darme cuenta he terminado frente a su edificio.
«¡Mi estupidez no tiene límites!»
. . .
Gonzalo
No he podido dormir gran cosa y lo único que hago es dar vueltas en mi
casa, recorriendo cada lugar en el que ella ha dejado un recuerdo. Esto es
una maldita tortura. Debo salir de aquí o me volveré loco, así que me visto
para ir a correr.
Salgo del edificio y me quedo congelado en cuanto la veo parada frente a
mí con la mirada perdida.
—¿Qué haces aquí? —pregunto sorprendido.
—Yo... yo no sé. —Me mira confundida.
Me acerco a ella, se ve cansada.
—¿Estás bien?
—Si... solo estoy... algo cansada.
—¿Quieres pasar a tomar algo?
Me mira frunciendo el ceño.
—Solo será un vaso de agua —insisto—, vamos.
—Lo mejor será que me vaya— responde dándose la vuelta.
—No seas así, solo te estoy ofreciendo algo de tomar. —La tomo del
brazo.
—¿¡Que no sea así!? —Se suelta de un tirón de mi agarre—, ¿¡eres idiota
o qué?! ¿Ya no recuerdas todo lo que me dijiste ayer?
—Lo siento, ¿de acuerdo? —respondo con frustración.
—Qué fácil es decirlo, me lastimaste.
—¡Ya te dije que lo siento! Estoy sosteniendo todo esto lo mejor que
puedo... ¿De acuerdo?
—Tú lo haces más complicado de lo que es. Yo... yo estoy enamorada de
ti... yo te amo.
Mi corazón se acelera cuando escucho sus palabras.
«¡Ella me ama! Tal vez... ¡No!»
Detengo el hilo de mis pensamientos antes de hacer una locura. No puedo
ceder a mis sentimientos, por más que quiera cogerla en mis brazos, besarla
y decirle que la amo, porque así es, la amo.
—No —Es lo único que atino a decir.
—¿Y qué quieres que haga? —grita.
—¡Deja de amarme!
—¡No puedo! No seas imbécil, no es algo que pueda apagar.
La miro por última vez antes de dar la vuelta y meterme a mi casa. Mi
cuerpo entero tiembla de tensión.
. . .
María Fernanda
Se va sin decirme nada. Solo se da la vuelta y se va dejándome ahí
parada.
Estoy cansada de llorar por él ya he luchado todo lo que podía y para
colmo me pesa la estúpida realidad, de que nada de lo que haga cambiará la
situación. Es su decisión y ya yo también tomé la mía.
Me voy directo a casa y ahí me mantengo todo el día junto a mis amigas.
Amo a esas dos, no me han dejado sola. En el momento que les escribí
luego de mi último encuentro con Gonzalo han pasado el día conmigo.
Tomo un último respiro y salgo del auto, me dirijo a la entrada de la
editorial.
Saludo a las recepcionistas y camino al ascensor, miro en el espejo, me
veo bien. Hoy luzco algo mejor, aun puedo ver mis ojeras, aunque haya
tratado de ocultarlas con maquillaje. Sin embargo, a pesar de todo siento que
me veo mejor que los días anteriores.
Y así debía estar desde ahora ya basta de lamentaciones. Ahora debo
velar por mis bebés y nada más.
Se abren las puertas de metal y me dirijo a mi escritorio. Acomodo mis
cosas y luego bajo al cafetín por una manzanilla.
Allí estaban Juanita y Lizzy quienes tomaban café, conversamos un poco.
Luego subí de vuelta a mi faena y me senté a responder mi teléfono que
sonaba como loco.
—Aló... —No puedo decir más porque la voz molesta de Gonzalo
retumba.
—¿Dónde se supone que estás? Estoy llamando a tu anexo y no contestas.
—Estaba en el cafetín y solo estuve ahí por diez minutos. ¿Qué desea? —
juro por lo más sagrado que estoy tratando de mantenerme calmada.
—Espero que no se repita, tú debes estar en tu puesto. Cancela mi
reunión de las 10 porque no voy a llegar —El muy imbécil cuelga sin decir
nada más.
«¡Estúpido pomposo!»
. . .
Son las dos de la tarde cuando Gonzalo llega a la editorial.
—Buenas tardes. —Lo saludo en cuanto entra—. Los nuevos manuscritos
están sobre tu escritorio para que los revises. La cita de las diez será mañana
a la misma hora. También llamó el señor Ortega y desea que le devuelvas la
llamada en cuanto puedas.
—Bien —Es lo único que dice, se encierra en su oficina sin siquiera
mirarme.
El teléfono empieza a sonar.
—Cariñito ¿Qué te vas a poner para mañana? —pregunta Lizzy con
entusiasmo.
—Rayos, había olvidado que mañana es la estúpida fiesta. No tengo nada
que ponerme.
—Entonces saliendo nos vamos a buscar tu disfraz —dice y cuelga
rápidamente para que yo no pueda negarme.
Todos los años la editorial hace una fiesta de disfraces para Halloween y
yo la había olvidado por completo.
. . .
A las seis y treinta nos encaminamos a la tienda donde por lo general
compramos los disfraces cada año.
—Dime ¿Cómo está mi hermano? —pregunto con un ligero deje de
sugestión.
—No sé a qué viene ese tonito —balbucea sonrojándose.
—No te hagas, sé perfecto lo que mi hermano pretende contigo.
Bajo del auto y camino a la entrada de la tienda. Liz a mi lado, da un
largo suspiro.
—Nos hemos besado. —Suelta la bomba sin mirarme—. Varias veces.
—¡¿Qué?! —chillo sorprendida. Me paro en seco y la miro de frente—,
besaste a mi hermano... Un hombre…
—¡Ya se! Y estoy muy confundida. Él llegó, tiró todos mis ideales en una
licuadora y ahora todo es confuso en mi cabeza.
—Te gusta.
Me mira y sin decir nada entra a la tienda.
—Chicas las estaba esperando. —Matthew es el joven que atiende, es
muy amable y atento. Lizzy tiene la loca idea de que está enamorado de mí.
Ambos se saludan, y luego Matt me mira con asombro
—¡Estás embarazada!
—Sí. —Agarro mi barriga con ambas manos. Él se me queda mirando.
—Bueno, queremos dos disfraces. —La voz de Liz parece sacarlo de sus
pensamientos—. Y claro uno debe quedarle a Mafer con su pancita.
Tres horas más tarde aún no he encontrado un disfraz donde mi panza no
quede aplastada. Lizzy encontró un disfraz a los quince minutos. Frustrada
me siento, hasta que finalmente mis ojos dan con el atuendo perfecto.
. . .
El ambiente en la editorial es de pura ansiedad, todos corren de un lado a
otro para poder terminar el trabajo de hoy. Y yo no soy ajena a todo esto,
solo queda una hora para terminar los pendientes que tengo y poder de
cambiarme para llegar a la fiesta.
Gonzalo había tenido dos reuniones con unos nuevos inversionistas y dos
reuniones más por vídeo llamada con unos nuevos escritores. Como dije
todo el mundo está ocupado.
¡Uf! Ya terminé, a pesar de que cada media hora tuve que tomar un
descanso para ir al baño, cada vez aguanto menos las ganas de orinar, es una
completa tortura, es como si mi vejiga se hiciera más pequeña cada día.
Me acerco a la oficina de mi jefe para saber si necesita algo más, solo
espero que no esté de mal humor, porque el señorito últimamente tiene un
humor de perros.
Toco dos veces y abro, está al teléfono. Me hace una seña para que
espere.
—Yes Mr. Ortega, everything will be ready next week. Don't worry, I'll
have my secretary contact you, to coordinate everything. —Está hablando
de mí. ¿Qué debía coordinar? Presto atención a su conversación. Agradezco
que reconozca mi trabajo.
Habla un rato más con el señor Ortega, y luego cuelga.
—¿Qué deseas? —pregunta sin mirarme.
—Estoy a punto de irme, quería saber si necesitas algo más.
—No ya puedes retirarte, nos vemos más tarde. Odio que no me mire a la
cara. Me doy la vuelta y sin añadir nada más salgo de su oficina.
CAPÍTULO 12
—Creo que esto no va a funcionar Vane, no me queda tan bien. —Miro mi
reflejo en el espejo de mi habitación, no me siento muy convencida sobre
este disfraz «¿Qué estaba pensado cuando decidí comprarlo?»
—¡¿Estás loca?! ¡Te ves muy bien!
—¿Estás segura? Creo que se me ve algo... vulgar.
Me examino una vez más en el espejo, colocándome en todos los ángulos
posibles.
Traigo una falda pequeña marrón oscuro y un corsé suelto, por eso
escogimos este disfraz, así puedo entrar mi barriga sin necesidad de ser
presionada, con la otra ventaja de que hace ver mis senos más grandes y…
llamativos.
Acompañando el disfraz llevo una capa roja que se sujeta a mis hombros,
por último, unas sandalias marrones estilo romano por debajo de las
rodillas. Vanessa me ha maquillado y peinado. Mi cabello ahora luce unas
ondas grandes y gracias al maquillaje mis ojos resaltan muchísimo. Sin duda
mi amiga ha hecho un increíble trabajo.
—No te ves vulgar, tu barriga está hermosa, así que debes lucirte esta
noche.
—Ya no hay marcha atrás. —Chasqueo la lengua—, además Alexander ya
debe de estar por llegar.
Como coordinados el timbre suena, ambas salimos de mi cuarto y camino
hasta la puerta.
Cuando la abro, veo a Alexander disfrazado de Superman. Entra y posa
como súper héroe.
—Llegó tu Superman —dice riendo. Luego me mira y silba—, estás
preciosa Mafer.
—Cállate. —Rio— ya es hora de irnos hombre de acero.
Nos despedimos y bajamos hasta su auto.
El camino es ruidoso, cantamos a todo pulmón las canciones que van
sonando en la radio.
Me siento relajada cuando llegamos. Alex se acerca a mí y me tiende el
brazo, paso mi mano y entramos a la fiesta.
Un mundo de colores aparece ante nuestros ojos. Recorro el lugar y veo
momias, monjas, Batman, piratas, calaveras. Es fin, un cúmulo casi infinito
de disfraces. La gente baila animada, algunos otros se limitan a tomar
cerveza.
En la parte de atrás veo a Liz con su disfraz de ángel que le queda como
guante. Nos acercamos a ella.
—Ulala chica, te ves matadora. —Me saluda—. Buenas noches,
Alexander.
—Hola Lizzy, estás hermosa
—Qué tal va la fiesta —pregunto.
—Hasta ahora va todo genial, el gran jefe está por ahí disfrazado de
pirata. —Señala con la cabeza.
Alex y yo giramos para mirar y justo a mi lado izquierdo en una esquina
conversando con el jefe de impresión, está Gonzalo mirando en nuestra
dirección. El traje de pirata lo hace ver muy guapo. El parche del ojo se lo
ha subido hasta la frente para que no le moleste.
—Vamos a bailar hermosa —dice Alex no espera a que responda, me
toma de la mano y me jala a la pista.
. . .
No sé cuánto tiempo estamos bailando y riendo, en un momento se nos
une Liz y tan rápido como llega me deja sola con Alex, para irse bailando
con un chico de logística.
—Vamos atrás a respirar un poco de aire. —Me agarra de la mano y me
conduce hasta la terraza.
En cuanto llegamos me acerco a la baranda que hay ahí y miro el cielo.
—Las estrellas brillan mucho, es una noche increíble.
—No más que tú. —Alex se me acerca—. Sé por todo lo que estás
pasando en estos momentos, pero... —Me agarra de los hombros y me gira
para quedar frente a él—, sé que no es un buen momento y no espero nada, lo
único que quiero es que tú lo sepas y lo tengas en cuenta, debes saber que
tienes opciones.
—¿De qué hablas?
—Hablo de que me gustas, más que gustar, te deseo. Eres una mujer
increíble y te quiero para mí. —Me dice.
Yo esperaba esto de cualquier persona, menos de Alexander
—Sé que estás esperando a los hijos de mi hermano, pero él es un tonto
cobarde que prefiere dejar de lado su felicidad por miedo. Lo siento mucho
por él. Yo tomo lo que quiero para mí, sin dudarlo.
Estoy en shock, más aún cuando coloca sus manos en mi cara y me besa.
Al principio no hago nada, estoy congelada ante sus palabras, no obstante,
mi cuerpo reacciona por instinto y empiezo a responderle. Un movimiento
brusco de alguien más nos separa.
Miro y Gonzalo, está delante de mí, ha empujado a su hermano y lo mira
con furia.
—¡¿Qué estás haciendo idiota?! —grita Gonzalo.
—¡Lo que tú eres tan cobarde para hacer! —Le grita de vuelta.
—Ni se te ocurra acercarte a ella.
—¿Y quién me lo va a impedir? —Se burla—. Yo no tengo miedo de
decirle a la chica que me gusta que sea mía. No tengo miedo de ser feliz y ni
tú ni nadie tiene derecho a prohibir que esté con ella. Tu menos que nadie.
¿O me vas a negar que eres tú quien no quiere nada con ella, quien dejó bien
claro que nada pasará entre ustedes? —Lo acusa. Jamás lo había visto tan
enojado.
—Yo... —Gonzalo no dice nada más.
No puedo seguir parada ahí escuchando todo esto. Sin decir nada salgo
de la terraza con rapidez, no veo a mi amiga en ningún lugar.
Salgo de allí, no he traído auto porque Alex me iba a llevar de regreso y
para el colmo es un poco tarde y será difícil encontrar un taxi.
Una mano me agarra del brazo y me jala. Grito asustada, giro y veo a
Gonzalo con una expresión ceñuda.
—¿Por qué lo besaste? —pregunta con molestia.
—Eso a ti no te debe de importar. —Me suelto de su agarre y sigo
caminando.
—¿Te gusta? ¡Responde!
—¿Qué más da si me gusta o no?
—¡No te puede gustar!
—¿Por qué no?
—¡No puede gustarte! Tu... yo... solo no puedes.
—¿Quién eres tú para decirme eso? Me dejaste bien claro que nada
podrá pasar entre los dos.
» Y fuiste bastante obvio el día que te dije que te amaba, tú solo te fuiste
sin decir nada. ¡Ya me cansé de esta situación! No es bueno ni para ti, ni
para mí.
Mi cuerpo tiembla por toda la rabia que estoy sintiendo en este momento.
» Además, dime como no podría gustarme alguien como Alexander, si él
es decidido y sabe luchar por lo que quiere, sin miedo al qué dirán.
—¡¿Piensas que es por eso por lo que no quiero estar contigo?! —
vocifera.
—¡¿Por qué más sería?! —estallo cansada de esta absurda discusión.
—¡No puedo creerlo! —Empieza a caminar de un lado a otro.
—¡Ya no soporto esta situación! ¡¿Por qué mierda estás tan molesto si tú
no quieres nada conmigo?!
—¡Estoy molesto contigo porque te amo!
—¿Qué? —susurro.
—¿No lo has entendido aún? —Me mira, con su rostro desencajado por
el dolor—, ¿no ves que estoy muriendo por besarte, por sentirte a mi lado?
¿No te das cuenta que estoy loco de amor por ti?
—Tú... ¿Tú me amas?
—Sí, te amo como no pensé amar a nadie. —Su voz es apenas un susurro.
—¿Entonces porque tú...?
—Tengo miedo, me muero de miedo de que algo te pase. —Su voz es tan
débil que casi no la puedo oír. Su expresión es de dolor y me encoge el
corazón, quiero abrazarlo para hacerlo sentir mejor.
—¿No entiendo qué me podría pasar?
. . .
Gonzalo
Luce hermosa en ese disfraz, casi obtengo una erección cuando mis ojos
recorrieron su cuerpo, esa pequeña falda dejaba a la vista sus torneadas
piernas y parece que sus tetas luchan por escapar de su corpiño. Ahora no
solo noto como va vestida, me fijo más en sus expresiones, porque es que
¡Joder! Le acabo de decir que la amo.
Su rostro es una mezcla de confusión y sorpresa. Sin contenerme más,
agarro su rostro y estrello con urgencia mis labios contra los de ella.
Su beso es como una bocanada de aire. Como si me hubiera estado
ahogando y necesitara de ella para seguir respirando.
«¡Es lo más cursi que alguna vez he pensado!»
Mis labios cubren los suyos. Un beso suave que va aumentando en su
intensidad. Sus manos, hasta ahora inertes, suben y se aferran en mi cintura
atrayéndome a ella. Mi lengua se abre paso en su boca y empieza un baile
con la de ella. Los gemidos que se le escapan saben a gloria. La había
extrañado demasiado, la deseo y mucho.
Sus manos suben por mi pecho y acarician mi cuello. Agarro su cintura y
acerco su cuerpo todo lo que su vientre me lo permite.
—¡Ah! —exclama ella separándose de mí de golpe, agarrando su barriga
con ambas manos.
—¿Qué pasa? —Me acerco a ella preocupado.
Ella coge mis manos y las coloca en la parte superior de su vientre.
—¡Toca! Esta pateando, ¡un bebé está pateando! —exclama emocionada.
«¡Dios!»
Toco y puedo sentir una patadita.
—¡Es la primera vez que lo hacen! —exclama—, ¡auch! duele.
La miro, sus ojos brillan de emoción, se ve tan hermosa. Tomo su rostro y
le doy un beso suave.
—¿Esto que... qué significa? —pregunta dudosa. Yo por mi parte suspiro
y me muerdo los labios levemente.
—Significa que ya no tengo la fuerza para seguir separado de ti, significa
que desde ahora seremos tú y yo, no más secretos, significa que seré lo más
sincero que pueda.
—¿Vas a decirme lo que te atormenta? —Acaricia mi rostro.
—No aquí. Vayamos a casa. —Le doy un último beso antes de jalarla
hasta mi auto.
Cuando ya estamos sentados, por el espejo retrovisor puedo ver que
Alexander nos mira apoyado en la pared.
. . .
María Fernanda
El camino a su casa es silencioso, pero incómodo. Me siento feliz,
eufórica y también nerviosa por lo que me va a revelar.
Cuando llegamos, Gonzalo se baja rápido y corre para abrirme la puerta,
caminamos de la mano hasta el ascensor.
En cuanto abre la puerta me siento en casa, entro en silencio y me siento
en el sofá.
—¿Quieres algo de tomar? —pregunta. Se ve nervioso. Niego con la
cabeza y él se sienta a mi lado.
—Bien, supongo que deseas saber el porqué de mi comportamiento.
—Sí, eso quiero.
Me mira un momento, luego suspira y apoya los codos en sus piernas.
—Sé que cuando sepas la verdad querrás salir corriendo, no te voy a
detener, estás en tu derecho —comenta sin mirarme, sus ojos están fijos en
sus manos—. Solo quiero que sepas que te amo... te amo como no pensé
hacerlo.
—Habla de una vez, me estás asustando.
—Cuando estaba en el colegio y tenía quince años aproximadamente, era
un mocoso mujeriego que jugaba con cuanta chica pudiera y se sentía el
mejor. Un día, Carla una compañera de colegio, se me declaró. Yo solo me
aproveche de sus sentimientos y la usé para acostarme con ella, al día
siguiente ella se me acercó y yo la humille de la peor manera. Fui un
desgraciado, la hice quedar como una tonta delante de todos nuestros
compañeros, ella en medio de sus lágrimas me dijo que me arrepentiría de lo
que le estaba haciendo, ella misma se encargaría de que pagara por la
humillación que la hice pasar. Solo me burlé de ella y la dejé ahí parada
frente a toda esa gente.
Me mira un momento, puedo ver cuán angustiado está por lo que me está
contando.
» Un año después conocí a una chica, era hermosa y me enamoré por
completo, al tiempo de estar juntos ella enfermó de leucemia y... no lo pudo
superar, fue horrible perderla. Las palabras de Carla me persiguieron el día
del entierro, aunque por supuesto que intenté no pensar mucho en ello.
Su voz se entrecorta por momentos, parece que es un tema muy delicado y
le cuesta hablar de todo esto.
» Con el paso de los años conocí a Mirella, empezamos a salir y se
volvió mi todo. Era feliz de nuevo, le propuse que se casara conmigo y dijo
que sí. Pero el destino me tenía algo horrible preparado... una noche
peleamos y ella salió molesta y se fue en su auto. Un ebrio se le atravesó,
ella murió en el choque. Me sentí morir. Una vez más estaba pagando por mi
comportamiento. Ese día entendí que el amor no es para mí, no podía seguir
cargando con el peso de otra muerte, porque el que Ximena y Mirella
murieran fue mi culpa, no hay duda de ello.
Levanta la cabeza y me mira, sus ojos brillan por las lágrimas que luchan
por salir.
» Entonces llegaste tú, tan hermosa y risueña. Me encantaste desde el día
en que mi papá te presentó. Y cuando nos acostamos por segunda vez, me di
cuenta de que estaba enamorado de ti. Por eso te alejé. Tenía... tengo mucho
miedo de que algo te pase, nunca me lo perdonaría, no podría vivir sin ver tu
sonrisa cada mañana. Todos estos días han sido un suplicio para mí... Y hoy,
el verte con Alex me hizo darme cuenta que te quiero a mi lado, pero como
te dije, entiendo si quieres salir corriendo.
Su voz va perdiendo fuerza.
Trato de procesar sus palabras, es mucha información. Siento un nudo en
mi estómago. Me pongo de pie y corro al baño.
Tengo unas fuertes ganas de vomitar y casi no llego al cuarto de baño. Me
levanto, lavo mis dientes, mi cara y salgo.
Él está sentado en la misma posición, mirando sus manos.
Me acerco y toco su hombro. Él me mira.
—¿Te vas? —Su voz está cargada de dolor.
Me arrodillo hasta quedar a la altura de su rostro. Agarro su cara con
ambas manos.
—Te amo y nada de lo que pasó es culpa tuya. No debes culparte, todo
eso escapó de tus manos, debes perdonarte. Además, te aseguro que nada me
pasará, estos niños y yo estaremos contigo por mucho, mucho tiempo,
¿entiendes?
—Te amo… —Me dice con una pequeña sonrisa—. ¿Estás segura de que
te quieres quedar?
No lo dejo terminar, beso sus labios con suavidad, tratando de transmitir
todo el amor que siento por él.
—Aquí nos quedaremos. —Me levanto del suelo con su ayuda—. Ahora
vamos a dormir que muero de sueño.
Caminamos de la mano hasta la habitación, había olvidado que aun
llevábamos puestos estos ridículos disfraces.
Me mira y se quita las botas dejándolas de lado, luego sus hábiles dedos
desabrochan los botones de su camisa sacándosela, dejando a la vista sus
fuertes brazos.
Se acerca a mí, me quita la capa roja y la tira a un lado junto a sus botas.
Me rodea ubicándose detrás de mí y da un beso en mi hombro, luego jala el
pasador del corsé y empieza a aflojarlo, quitándomelo despacio por los
brazos.
Me giro quedando frente a él.
—Eres hermosa, mi amor —susurra sonriendo.
Agarra mi cintura y me acerca a él, me besa con ternura saboreando mis
labios. Sus manos se posan en mi vientre. Se aleja de mí con un último beso
en mis labios. Va dejando rastros en mi hombro y mi clavícula, besa con
delicadeza la piel entre mis senos hasta llegar a mi barriga donde se detiene
por más tiempo dejando dos besos. Sus manos van a la falda, le baja el
cierre y la desliza por mis piernas.
Me tiene solo con una pequeña braguita cubriendo mi centro.
Me acerco a él llevando mis manos al botón de su pantalón, cuando lo
desabrocho lo bajo con su ayuda, él los patea a un lado. Llevo mis manos a
su cuello y lo beso.
Me conduce a la cama y me echa con cuidado, después se ubica sobre mi
apoyando su peso en sus brazos.
—¿No tenías mucho sueño? —Ríe.
—¿Cual sueño? —bromeo.
Empieza a besar mi cuello bajando hasta mis senos, su boca atrapa uno
de mis pezones torturándome con su lengua, luego hace lo mismo con el otro.
Su mano va bajando por mi barriga hasta llegar a mi centro, mete su mano
dentro de mi braga y empieza a torturarme con su dedo.
Son demasiadas sensaciones juntas para mí.
—Gon... Gonzalo. —Mi voz sale como súplica. Lo deseo dentro de mí.
—¿Qué quieres? Dímelo... —Su voz ronca resuena en mi cuello.
—Quiero... tú sabes... hazlo ya.
—Dímelo. —Se aleja de mi cuello y me mira—, deseo que me lo digas.
«¡¿En serio va a hacer que se lo diga?! ¡Maldito!»
—Hazme tuya... quiero... sentirte dentro de mí. —Mi cara me arde, la
siento caliente.
—Tus deseos son órdenes, preciosa. —Agarra mis bragas y las desliza
por mis piernas. Se separa de mí, baja su bóxer y se ubica entre mis piernas.
—¿Tienes protección? —pregunta riendo.
—Oh, cállate tonto. —Me rio con él.
Entra en mí empezando a moverse con lentitud.
Esto es mágico, me siento completa. No pensé que podría estar así con él
y soy feliz por eso. Me remuevo para quedar sobre él, muevo mi cadera con
lentitud.
—Te ves preciosa. —Acaricia mis muslos.
. . .
Ha sido una noche mágica, llena de sentimientos. Cada caricia, cada beso
hizo que mi corazón bailoteara de felicidad. Sus palabras de amor
susurradas en mi oído me llenaron de felicidad.
Acomodo mi cabeza en su pecho, él ha cubierto nuestros cuerpos
desnudos con una sábana,
—Descansa nena —susurra acariciando mi cabello. Me acurruco en su
pecho y dejo que el sueño me atrape.
CAPÍTULO 13
Despierto.
Siento que he dormido por días, estoy descansada y tan relajada como no
me sentía en mucho tiempo.
Abro los ojos y miro el reloj a mi lado son las diez de la mañana. No
dormía hasta esta hora desde hace años.
Miro a mi lado, Gonzalo no está. Me siento en la cama, pero justo cuando
me voy a levantar la puerta del cuarto se abre. Entra sonriente y con una
bandeja de desayuno hace su entrada.
—Buenos días. —Se acerca y deja la bandeja sobre mis piernas—.
Bonita vista. —Sigo su mirada y veo que tengo los pechos al descubierto, no
traigo nada, siento mi cara arder y me cubro con la sábana. Él suelta una
carcajada.
—¿Qué tal dormiste? —Se sienta a mi lado.
—Como un bebé... ¿Todo eso es para mí? —Curioseo en la bandeja. Hay
jugo de naranja yogurt con cereales, tostadas con mermelada y dos huevos
duros—. Creo que es mucho para mí.
—Pues no solo es para ti. —Se me acerca—. Es para ti y para mis dos
bebés —Coloca una mano sobre mi vientre acariciándolo.
—Igual creo que puedo compartirlo contigo.
Agarro el jugo y le doy un sorbo.
—Quiero decirte algo. —Toma el vaso de mi mano y me mira.
Lo observo con curiosidad mientras muerdo una tostada.
—Dime.
—Quiero que vengas a vivir conmigo. —Me mira nervioso.
Casi me atraganto con la tostada por la sorpresa. «¿Vivir con él?» esto es
algo inesperado, pensé que dejaríamos las cosas como están ahora, no se me
pasó por la cabeza que él quisiera vivir conmigo.
—¿Estás... seguro?
—Sí, creo que es lo mejor.
—¿No crees que es muy... pronto?
—Hey, nosotros no somos tan convencionales, no hacemos nada en orden.
Primero nos acostamos. —Empieza a enumerar con los dedos—, quedaste
embarazada, después nos hicimos amigos, luego conociste a mis padres y yo
a los tuyos, por supuesto que lo siguiente fue enamorarnos, después fui
imbécil y nos separamos, ahora que soy un poco más inteligente somos
novios... Vivir juntos es un paso más —afirma con una sonrisa divertida.
—Así que... ¿Somos novios? —Alzo mis cejas y esbozo una sonrisa
arrogante.
—Eso es obvio, ¿o crees que es necesario que te haga la preguntita? —
exclama fingiendo sorpresa.
—Tal vez.
Se acomoda en la cama para quedar frente a mí.
—María Fernanda Avery, ¿quieres ser mi novia? —Su mano va a mi
mejilla acariciándola.
—Déjame pensarlo y te aviso. —Pongo mi cara más sería.
—Creo que tengo que convencerte. —Aleja la bandeja y la pone en la
mesita de noche. Me quita la tostada de la mano, sin dejar de mirarme. Con
una pequeña sonrisa se me acerca y me acorrala entre el colchón y su cuerpo.
Entierra el rostro en mi cuello, su aliento me hace cosquillas. Sus labios
acarician mi piel, luego su lengua va bajando hasta mi clavícula erizándome
en el proceso, sus labios depositan un beso y retengo un gemido.
Su juguetona mano va separando la sabana de mi cuerpo dejando al
descubierto mis senos, su lengua juega con mi pezón endureciéndolo con sus
caricias, sin detenerse mucho tiempo vuelve a subir a mi cuello.
—Que dices ahora ¿Quieres ser mi novia? —susurra para luego dar una
mordida a mi oreja.
Suelto un gemido de deseo. Pero aun permanezco callada.
—Oh... ¿Te harás la difícil? —Suelto una risita—, veremos quién gana.
Cuando pienso que va a hacer un movimiento para hacerme estallar de
deseo. Sus manos se deslizan por los costados de mi cuerpo y empieza a
hacerme cosquillas.
Rio como una loca y trato de zafarme de su agarre.
—Está... está bien... me... me rindo... me rindo —suplico entre risas.
Él detiene su ataque de cosquillas y apoya sus manos a cada lado de mi
cara, me mira con una sonrisa divertida.
—¿Y bien?
—Si quiero ser tu novia, tonto. —Sujeto su cuello y lo acerco para
besarlo.
Sus labios se mueven sobre los míos, deliciosos y calientes.
Aunque la presión de su amiguito sobre mi barriga me hace querer
continuar, las ganas de ir al baño son más grandes.
Lo separo de mí y él me mira confundido.
—Quiero hacer pis, mi vejiga está por explotar.
Me sonríe, me da un último beso y me ayuda a levantarme. Agarro una
camiseta suya que está en el piso y me la pongo con rapidez.
Entro al baño y cierro la puerta. Ahora que mi barriga está más grande no
puedo aguantar mucho para vaciar la vejiga. Es un asco.
Cuando termino abro la llave de la ducha y espero a que salga el agua
caliente. Me despojo de la camiseta y me meto bajo el agua tibia.
Mojo mi cuerpo y empiezo a enjabonarme. Cierro mis ojos disfrutando de
la lluvia artificial.
De repente siento unos brazos agarrando mi cintura haciéndome
sobresaltar.
—¿Necesitas ayuda? —Su voz ronca rebota en mi cuello.
Giro el rostro para mirarlo, él captura mis labios en un beso.
. . .
Ha sido una larga y divertida ducha. Gonzalo tiene una gran sonrisa
pintada en la cara, mientras va a su cajón y saca un bóxer. Se quita la toalla
que tapa su cintura y se coloca el bóxer. Estoy sentada en la cama con una
toalla envuelta en mi cuerpo, admirando el espectáculo.
—¿Qué quieres hacer hoy? Hay que aprovechar el domingo.
—Lo primero que debo hacer conseguir algo para ponerme, a menos que
quieras que vaya por ahí de guerrera. —Me burlo moviendo las cejas.
—No, ese espectáculo es solo para mí —dice mientras se cruza de
brazos—. Y por lo de la ropa no te preocupes que ya lo solucioné temprano.
Sale del cuarto y regresa con dos bolsas, las deja sobre la cama.
Miro en ellas y empiezo a sacar su contenido. Hay un jean, una camiseta
blanca, una camisa a cuadros y ropa interior, en la otra bolsa hay unas
zapatillas.
Lo miro interrogante.
—Salí temprano y compré esas cosas, espero que sean de tu talla. —Se
coloca un jean y un polo mientras explica.
—Gracias. —Sonrío.
Todo me queda perfecto excepto el jean. Mi barriga está muy grande ya.
—Creo que no cierra, comí muchos dulces anoche —bromeo enseñándole
el pantalón.
—Oh, pensé que te quedaría. —Se acerca a mí—, ¿Quieres que lo vaya a
cambiar?
—No te preocupes, la camiseta lo tapará. —La extiendo y tapo la parte
abierta.
Me pongo las zapatillas, peino mi cabello. Todo esto ante su atenta
mirada.
Se me acerca y me besa.
—¿Te parece si vamos a tu casa a empacar tus cosas? —pregunta
abrazándome.
—Sí, tengo que hablar con Vanessa.
—Entonces vamos a ello.
—Me parece que alguien está muy ansioso con la idea —bromeo pasando
mis manos por su nuca.
—Claro que sí. Muero por tenerte solo para mí, quiero que seas lo
primero que vea al despertar.
. . .
—Anda a mi cuarto. —Señalo la puerta con el dedo—, iré a buscar a
Vanessa.
Camino al cuarto de mi amiga y abro la puerta. Como imaginé, la
marmota sigue en la cama. Me acerco y me echo a su lado.
—Vane —susurro moviendo su hombro.
Ella da la vuelta y abre un ojo.
—¿Qué haces aquí? —murmura con voz adormilada.
—Tengo que hablar contigo.
Se frota los ojos y se sienta en la cama, con algo de dificultad me
acomodo a su lado.
—¿Qué es lo que sucede? —pregunta.
—Anoche hablamos —digo mirando mis manos.
—Bien... ¿Y qué paso?
—Me dijo que me ama —sonrío ampliamente—, se sinceró conmigo
acerca de todo. Me pidió que fuera su novia y… que viva con él.
Ella me mira un momento, analizando mis palabras.
—¿Estás segura de que es lo que quieres? ¿Eres feliz con él?
—Si, él me hace feliz. Me siento completa cuando está conmigo.
—Si tú eres feliz yo te apoyo, eso lo sabes.
—Gracias mi niña.
—Te voy a extrañar muchísimo, aunque no a tus pedos…
—¡Yo no me tiro pedos! —exclamo con dramatismo—. Yo también te voy
a extrañar mucho. —Unas cuantas lágrimas se escapan de mis ojos.
—No llores tonta que me harás llorar a mí. —Me abraza.
—Son las hormonas, las culpo a ellas.
—Ahora tienes que hacer la maleta e ir con tu chico.
—Sí, él está aquí. Quiere que empaque de una vez.
—Sí que esta apurado por tenerte contigo —bromea.
—Así parece. —Me levanto y voy a la puerta—. Sigue durmiendo, aún es
de madrugada para ti.
—Es verdad, aún me quedan como mínimo unas tres horas de sueño. —Se
echa de nuevo.
Salgo del cuarto y entro al mío. Gonzalo está sentado en la cama mirando
su teléfono.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Sí. —Sonrío triste—. Vamos a empezar a empacar.
Se estira y toma mi mano jalándome hasta quedar entre sus piernas, sus
manos descansan en la parte alta de mi trasero.
—¿Segura? —pregunta levantando la cabeza para mirarme.
—Sí. —Juego con su cabello—. Es solo que extrañaré a Vanessa.
—Nena, solo te mudaras de casa. —Deja un beso en la parte más
abultada de mi vientre—. Seguirás viendo a tu amiga siempre.
—Lo sé, lo sé. Son las hormonas las que me tienen así.
Pasamos casi todo el día empacando mis cosas, la despedida fue algo
emotiva.
Pero al fin habíamos podido llegar a casa con todas las cosas.
Ahora es momento de empezar una nueva etapa en mi vida.
. . .
Hoy es lunes y lo único que tengo ganas es de permanecer en la cama,
pero no tengo más remedio que levantarme y empezar la rutina de nuevo.
Gonzalo y yo hemos hablado mucho y al final decidimos que no
esconderíamos nuestra relación, aunque tampoco estaríamos gritándole a los
cuatro vientos sobre ella, si la gente se enteraba, bien, si no, estaba bien de
igual manera.
Estamos en su auto rumbo a la editorial. Estoy feliz y estoy segura de que
la cara de idiota no me la podrá quitar nadie.
—¿Almorzaremos juntos? —Me mira mientras estaciona el auto.
—He quedado con Lizzy.
—De acuerdo señorita Avery, es hora de trabajar.
Se inclina y deposita un suave beso en mis labios.
Salimos del auto y entramos a la empresa como cualquier día. Saludamos
a las recepcionistas y entramos al ascensor.
. . .
Ha sido un día… podría decirse que tranquilo. Gonzalo fue a almorzar
con unos socios, yo ahora voy a comer con Liz.
—Vaya chiquita, tu barriga ha crecido mucho, increíble que te queden
esos pantalones.
—Se hace lo que se pude, aunque ya debo empezar a buscar ropa nueva
porque está casi no cierra.
Caminamos despacio rumbo al restaurante, tengo mucha hambre, pedimos
de inmediato.
—Hablé con Vanessa ayer. —Lizzy se recuesta en el respaldar de la silla
—, me contó que el jefazo dejo de ser un idiota y se decidió por fin.
—Sí, estamos muy bien ahora. Ya estamos viviendo juntos, aunque es un
poco apresurado y no voy a negar que me tomó por sorpresa, pero me siento
feliz.
—María Fernanda ¡Por Dios! van a ser papás, creo que eso de ir
despacio es algo irrelevante. Si tú eres feliz todo irá bien ya verás. Y nos
tienes a las dos contigo.
—Si lo sé.
Terminamos de comer y a pesar de que Lizzy lidera la conversación
como siempre, puedo notar que algo le molesta.
—¿Ocurre algo? —pregunto dejando el tenedor en mi plato vacío.
—No —dice con seguridad—, ¿por qué la pregunta?
—Supongo que son imaginaciones mías. —Entrecierro los ojos
mirándola—. ¿Has visto a Alberto?
—Uhmm. —Lizzy mastica con lentitud su carne antes de contestar—. Lo
vi el otro día.
—Ya veo. —Me cruzo de brazos—. ¿Algo que contar?
—No —responde negando con la cabeza.
«Haré como que te creo»
. . .
Me siento en mi cómoda silla después de regresar de almorzar. La oficina
aún está cerrada, seguro aún no ha regresado de su almuerzo.
Me concentro en el trabajo que aún tengo pendiente, cuando un golpe
sordo se escucha en la oficina. Me levanto curiosa para ver qué es lo que
sucede ahí adentro. Cassidy está parada detrás del escritorio de Gonzalo.
—¿Qué haces aquí? —pregunto sobresaltándola.
—Yo... —Parece nerviosa. Se estira en su típica pose de reina del mundo
—. Pues que gracias a que la secretaria de este piso no estaba en su puesto
de trabajo, tuve que entrar yo misma a dejar unos papeles.
—Papeles —repito levantando una ceja—. Bueno señorita Castillo ya
estoy aquí así que puede entregarme los papeles. Y le pido que en un futuro
no entre a la oficina si no está el jefe aquí.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? —Se acerca molesta y se planta
frente a mí—. Te recomiendo que modules ese tonito conmigo ¿No sabes
quién soy? Respeta a tus superiores muchachita. No creas que porque estás
embarazada no te puedo poner patitas en la calle. Tu solo eres una simple
secretaria. Yo cuento con todo el apoyo de Gonzalo y puedo sacarte de aquí
cuando quiera. —Se cruza de brazos con una sonrisa.
«¿Quién se cree esta arpía?»
—Mire señora Castillo en ningún momento le he faltado el respeto. Y sí,
puedo ser una simple secretaria como usted dice, pero yo no he cometido
ninguna falta con la empresa que justifique un despido.
«¡Ni pienses que me voy a quedar callada maldita bruja!»
—Mira niñita...
—¿Qué sucede aquí? —La voz de Gonzalo nos sobresalta.
—¡Gonzi! —exclama con fingido dramatismo. Debo hacer acopio de toda
mi fuerza de voluntad para no poner mis ojos en blanco cuando se cuelga de
su brazo—. Tu secretaria se toma atribuciones que no le corresponden.
«¡Ahí está otra vez, activando su modo «perra en celo» restregando sus
tetas sobre mi hombre!»
—¿Qué pasó María Fernanda? —pregunta frunciendo el ceño y alejando
con disimulo a Cassidy.
—Lo que pasa señor Carson, es que la señorita Castillo ha entrado a su
oficina cuando no había nadie. Yo le dije que evitara entrar en situaciones
como esta.
—Tenía que entregarte los papeles de los contratos para el nuevo editor,
pero no pude hacerlo porque tu secretaria no estaba en su puesto de trabajo.
Creo que piensa que porque está embarazada debemos tener ciertas
contemplaciones con ella.
«¡No vayas por ahí bruja!»
—Bueno Cassidy, lo cierto es que María Fernanda solo está haciendo
valer mis reglas, nadie debe entrar aquí si no estoy yo. Y con respecto a que
no estaba en su puesto de trabajo —comenta mirando su reloj—, ella aún
está en su hora de almuerzo —finaliza con cara de fastidio.
—¡Ay! ¿Cómo puedes ser tan condescendiente con ella? Es solo una
simple secretaria.
—Esta simple secretaria como tú has dicho es muy eficiente en su
trabajo, nunca ha tenido errores, es por eso por lo que mi padre la
recomendó cuando llegué aquí. Además, es de mi novia de quien estás
hablando.
«¡Oh, lo dijo!»
—¡¿Qué?! —La cabeza de Cassidy gira con rapidez hacia él con una
expresión horrorizada—, ¿te has vuelto loco? No puedes mezclarte con
alguien como ella, solo es una secretaria y además ¡Está embarazada! Vaya a
saber cómo saldrá ese niño, ¿Con qué clase de tipo se habrá revolcado esta
mujer? —Me señala con desprecio.
«¡Hasta aquí llegó esta bruja!»
Estoy lista para saltar sobre la serpiente venenosa, cuando Gonzalo se me
adelanta.
—Espero que sean unos bebés sanos y fuertes —responde con una
sonrisa—. Y por lo del padre no te preocupes, me hago periódicamente
exámenes y no tengo nada mal, así que mis bebés no tendrán problemas.
—¿Qué? —Su voz es un susurro, veo su rostro palidecer.
—Así es Cassidy, ella es mi novia y la madre de mis hijos. —Se acerca
hasta quedar a mi lado y pasa un brazo por mi espalda—. Y te agradecería
que te guardes tus comentarios fuera de lugar, espero que los respetes.
«¡Chúpate esa bruja!»
—Esto es increíble. —Me lanza una última mirada envenenada y sale
pisando fuerte.
Él cierra la puerta negando con la cabeza y se acerca a mí atrapándome
en sus brazos. Me da un beso en la frente y se separa de mí.
—Odio esto... odio a esa mujer. —Me cruzo de brazos—. La próxima vez
que me hable así no me quedare callada, no me importa que sea amiga de tu
familia.
—Hablaré con ella, no volverá a molestarte. Por favor, tranquila y no
pienses más en eso, no vale la pena.
Suspiro y relajo los brazos.
—De acuerdo. —Camino a la puerta—. Iré a trabajar.
Salgo de la oficina y me dejo caer en mi silla. Esa maldita mujer tiene la
habilidad de sacarme de mis casillas.
. . .
—María Fernanda, aquí abajo está el señor Alexander y ha pedido que
bajes. —La voz de la recepcionista suena al otro lado de la bocina del
teléfono.
—De acuerdo, enseguida bajo.
¿Qué es lo que querrá Alex? Ahora que lo pienso, después de que él me
dijo todo aquello yo no pude responder nada. Tengo que decirle que solo
podemos ser amigos.
Me pongo de pie y voy a la oficina de Gonzalo, toco dos veces y entro.
—Voy a salir un momento, tu hermano esta abajo y quiere verme.
Su rostro se endurece.
—¿Y por qué debes ir tú? —murmura frunciendo el ceño—, él debería
subir. Además, no tienes nada que hablar con él.
—Hey. —Me acerco—. Lo mejor será hablar con él de una vez. Voy a
aclarar todo.
—De acuerdo, ¡no te demores!
Salgo y voy al ascensor. Cuando llego al primer piso lo veo sentado en el
lobby, me acerco con paso lento pensado en lo que le diré, cuando llego a su
lado se pone de pie.
—Hola preciosa ¿Qué tal tu fin de semana? —Me da un beso en la
mejilla.
—Hola Alex, bien muchas gracias.
—Vamos a la cafetería.
Creo que es lo mejor porque puedo ver los cuellos estirados de las dos
curiosas recepcionistas. Caminamos en silencio y nos sentamos en una mesa
apartada.
—Bueno quiero saberlo todo. —Me dice con alegría. Su expresión
corporal es bastante relajada, apoya su espalda en el respaldar de la silla y
se cruza de piernas.
—¿Todo sobre qué? —Alzo las cejas sin entender.
—Dime que es lo que hizo mi hermanito cuando fue detrás de ti.
«¿Ah?»
—P-Pues... —balbuceo—, hablamos.
Alex me mira con insistencia para que siga hablando.
» Me contó lo que le había pasado con Mirella y Ximena.
Alexander se endereza y alza sus cejas sorprendido.
» Todo está claro ahora y... pues... estamos juntos.
—Vaya no pensé que él te fuera a contar sobre eso tan pronto —comenta
regresando a su posición inicial—. De todos modos, me alegro de que al fin
se dejara de tonterías, merece ser feliz y tú eres la mejor para hacer ese
trabajo.
—Pero... —Me remuevo incomoda en la silla—, ¿estás bien? Digo, con
que tu hermano y yo estemos juntos —pregunto dudosa.
—Te digo que me alegro, preciosa.
—Tú me dijiste que sentías algo por mí y... —No puedo terminar de
hablar porque Alexander empieza soltar carcajadas escandalosas. La gente a
nuestro alrededor voltea a mirarnos, mas, mi atención está puesta en él.
—No puedo creer que creyeras eso. —Continúa riendo.
—Puedes explicarme que es tan gracioso. —Levanto una ceja.
—Yo no siento nada por ti, nada romántico al menos. —Su sonrisa crece
con cada palabra que va soltando—. Lo que te dije lo hice porque sabía que
él estaba escuchando. Solo quería que sintiera que te podía perder si no
hacía algo. ¡Y vaya que funcionó! —Celebra dando una palmada.
—¡Eres un tonto, estaba preocupada por ti! —Susurro en un chillido
indignado.
—Mírale el lado bueno, ahora estás feliz y mi hermano también.
Lo miro achicando los ojos molesta por haber caído en su juego, no
obstante, si no hubiera sido por su loca idea Gonzalo y yo aún estaríamos
como antes. Relajo los hombros.
—Sí y te lo debo todo a ti. —Le regalo una sincera sonrisa.
—Para eso estamos, cuñadita. —Me guiña un ojo—. Ahora vamos, te
apuesto a que mi hermanito debe parecer un león enjaulado, no creo que le
guste que estés aquí conmigo si piensa que siento algo por ti.
—Tú lo conoces mejor que yo.
—Ese mocoso me deberá su vida después de esto. —Vuelve a reír.
Salimos del ascensor en el momento en que Gonzalo sale de su oficina
con cara de preocupación. Cuando nos ve, su expresión se relaja.
—Alex. —Lo mira con seriedad. Se acerca a nosotros con grandes
zancadas, me atrae con delicadeza hasta que mi cuerpo está pegado al suyo y
sin importarle que su hermano nos esté mirando me da un beso en los labios,
de esos de verdad, de los que te dejan sin aliento. Pierdo por completo la
consciencia y respondo al beso olvidándome del lugar en el que me
encuentro, aferrando mis manos en las solapas de su saco.
La risa de Alex me hace volver a la realidad, con suavidad me separo de
mi novio y él aferra un brazo en mi cintura.
—Vamos, solo te falta mearle encima para que la marques como tu
propiedad.
—Qué bueno que sabes lo que es: mía. —Gruñe marcando la palabra
mía. Aprieta más el brazo en mi cintura.
—Venga ya los dos, dejen de hacer el tonto. Debo seguir trabajando.
Los miro y con una mueca regreso a mi silla.
Los hermanos se retan entre sí con la mirada. Pongo los ojos en blanco y
susurro un «Idiotas» que es escuchado por ellos, ambos me miran y sin decir
nada entran a la oficina cerrando la puerta.
CAPÍTULO 14
Ha sido un largo día, estoy en el lobby esperando que Gonzalo baje para
poder irnos a casa, las chicas de recepción cuchichean entre sí hasta que ven
a mi novio.
—¿Lista para irnos? —cuestiona cuando está frente a mí yo asiento.
Agarrándome desprevenida toma mi mano entrelazando nuestros dedos,
lo miro sorprendida. Él sin embargo sigue caminando conmigo y me
obsequia una sonrisa.
—Hasta mañana señoritas. —Se despide de las recepcionistas que miran
atónitas nuestras manos enlazadas.
Una vez que salimos de la editorial me giro hacia él.
—¿Por qué has hecho eso?
—Eres mi novia y no le veo nada de malo.
Llegamos a lado de su auto, me abre la puerta, una vez que estoy dentro
se dirige hasta su sitio.
—¿Quieres comer algo? —pregunta mientras maneja.
—Sí, cuando lleguemos a casa preparo algo.
—No lo dije con esa intención.
—Lo sé, pero a mí me gusta cocinar.
Se encoje de hombros y musita un «de acuerdo».
Cuando llegamos al edificio, nuestras manos aún siguen entrelazadas. Es
increíble poder estar así con él, sin preocupaciones.
—Voy a cambiarme y salgo a ayudarte —dice.
—De acuerdo.
Me quito el bléiser y los zapatos en la entrada y luego camino a la cocina.
Reviso los gabinetes para ver que opciones tengo y una vez tengo todo
listo empiezo a preparar tallarines verdes.
Casi tengo todo listo, la crema ya está hecha, solo falta que los tallarines
se terminen de cocer. Gonzalo aún no sale del cuarto. Por lo que me da
tiempo de revisar una vez más la olla y luego voy a buscarlo. Me detengo en
la puerta, mi novio está sentado en la cama hablando por teléfono.
—Te pido que no hables así. —Lo escucho decir con molestia—. De
acuerdo estaremos ahí este sábado. —Cuelga. Levanta la cabeza y se
encuentra con mi mirada curiosa.
—Perdón por demorarme, mi madre me llamo. —Se levanta y posa sus
brazos en mi cintura.
—Ya veo…Ya debe de estar lista la comida, ven.
Sirvo dos platos y comemos conversando sobre nuestro día, como si no
trabajáramos en la misma empresa.
—¿Qué te dijo tu mamá?
—Cassidy... —gruñe—, llamó para contarle lo que pasó en mi oficina. Y
no está muy alegre que digamos.
—Ya veo. —Me levanto y dejo los platos en el lavadero—. Supongo que
puso el grito en el cielo —Volteo para mirarlo.
—Supones bien. —Se acerca y apoya sus manos en la encimera a cada
lado de mi cuerpo, me da un casto beso.
—¿Qué te ha dicho tu mamá?
—Quiere que vaya a verla.
—Ella me odia —afirmo haciendo un mohín.
—Hey. —Con sus manos acuna mi rostro—. Ella solo está preocupada
por la situación, quiere lo mejor para mí, solo que aún no se da cuenta que tú
eres lo mejor para mí.
—Te amo.
—No más que yo.
Se acerca y me da un beso lento que sube de tono con rapidez, su lengua
se abre paso en mi boca. Sus manos en mi rostro luego bajan a mis piernas.
—Todo el día he tenido ganas de besarte —susurra contra mis labios.
Mis manos suben hasta su cuello atrayéndolo más a mí. Me sujeta de las
nalgas y me lleva cargada hasta la habitación, aunque es un poco complicado
con mi barriga.
Me deposita con cuidado sobre la cama y sin perder tiempo se deshace
de mi camiseta,
Se inclina para acariciar con adoración a mi abultado vientre y antes de
levantarse deja un delicado beso, luego me quita el pantalón.
—Eres hermosa —dice en voz baja. Se levanta quedando de rodillas
sobre la cama sin dejar de mirarme.
Con algo de dificultad me siento, mis manos están ansiosas por tocar su
fibroso pecho. Le quito la camiseta y acaricio los contornos de su clavícula,
luego voy bajando, deleitándome con el contacto. Deslizo mis manos por su
abdomen y sin dejar de mirarlo meto mis manos dentro del pantalón chándal
bajándoselo junto con el bóxer. él se baja de la cama y termina de
quitárselos.
—Te amo. —Le digo cuando vuelve a inclinarse sobre mí. Me mira con
sus pupilas dilatadas y sin decir nada quita mi sujetador. Dejo caer mi
cuerpo hasta que mi espalda colisiona contra el colchón, cuando sus caricias
sobre mis necesitados senos me nublan los sentidos.
Sus labios buscan los míos.
—Te amo —susurra.
. . .
Gonzalo
El sonido del despertador se escucha a lo lejos, me levanto con rapidez
para que Mafer pueda descansar unos minutos más y apago el ruidoso chisme
para luego meterme en la ducha.
Las palabras de mi madre aun retumban en mi cabeza y me tienen muy
tenso.
No me gustó cómo se expresó de María Fernanda, por eso tuve que
callarla. Ya va siendo hora de que mi madre acepte que es con ella con quien
formaré una familia.
Salgo de la ducha y envuelvo una toalla en mi cintura.
Entro y me visto con rapidez y aun así ella sigue durmiendo. Me acerco y
deslizo mis dedos por su mejilla disfrutando se la suavidad de su piel.
Cuando abre los ojos me dedica una mirada dulce.
«¡Dios, como amo a esta mujer!»
—¿Qué hora es?
—Son las siete, así que ya debes levantarte.
Se levanta a toda prisa y se va directo al baño, mientras murmura que es
muy poco tiempo para alistarse.
Riendo me dirijo a la cocina para preparar el desayuno.
. . .
María Fernanda
Media hora es lo que tengo para alistarme. «¿Cómo pretende que haga
todo en media hora?»
Me baño en tiempo récord y sin perder tiempo salgo envuelta en una
toalla. Hago malabares para ponerme unas bragas y un vestido claro manga
larga.
Salgo del cuarto una vez lista y hay un delicioso olor a café que viene de
la cocina.
Gonzalo está sirviendo unos huevos revueltos que coloca frente a mí y
una taza de leche.
—Yo quiero café —digo haciendo puchero.
—No señorita, el café es para mí tú debes tomar tu lechita. —Sonríe
divertido.
Estallo en carcajadas.
—Te lo voy a pasar por esta vez. —Tomo un sorbo de mi taza y empiezo
a comer mis huevos.
. . .
La semana había pasado muy rápido y ya estamos en la puerta de la casa
de los padres de Gonzalo. Siento mis nervios crecer, la última vez que
estuve aquí esa señora no me recibió de la mejor manera, ese día pude
mantener mi enojo a raya, no garantizo que vaya a reaccionar de la misma
forma hoy. Él me da un apretón de mano y toca el timbre, tras unos minutos
su padre nos da la bienvenida.
—¡Oh! Pasen por favor. —Tiene una sonrisa radiante.
—Buenas tardes, señor Carson. —Lo saludo con una sonrisa.
Mira mi abultado vientre.
—Está muy grande. —Lo seguimos hasta la sala, se sienta en uno de los
sofás individuales y nosotros hacemos lo mismo en un sofá grande—. ¿Cómo
se encuentran chicos?
—Bien papá.
—Supongo que lo que ha estado diciendo tu madre es verdad. —Me
dedica una sonrisa amable.
—Si lo que ha dicho es que María Fernanda es mi novia, entonces sí, es
verdad. Además de eso estamos viviendo juntos.
—Vaya, eso es nuevo. —Nos mira sorprendido—. Me alegro mucho por
ustedes. Ella es una buena mujer, espero que la sepas valorar hijo.
—Yo dudo mucho que sea una buena mujer. —La voz dura de la señora
Carson retumba en la entrada del salón.
—Mamá por favor, no quiero que volvamos a discutir por lo mismo.
—Michael, deja que te diga lo que me acabo de enterar —dice ignorando
a su hijo y dirigiéndose a su marido—. Esta buena mujer como tú la llamas,
no es más que una oportunista que está buscando tener una buena vida.
—¡Mamá! ¡Ya basta por favor! —Mi novio se levanta molesto.
—Lo que he dicho es verdad. Esta chiquilla se metió contigo y se
embarazó estando con otro hombre. ¿Qué te hace pensar que no hará lo
mismo cuando obtenga lo que quiere de ti?
—¡Julianne! Es suficiente. —El señor Carson encara a su mujer con una
mirada molesta.
—Mire señora. —Me pongo de pie. Hasta el momento he mantenido
silencio. Ya fue suficiente—. Es verdad que cuando quedé embarazada yo
tenía una relación con alguien más. Relación que terminé en cuanto supe lo
de mis bebés.
» Jamás he buscado nada de Gonzalo, es más, le dije que no era
necesario que se hiciera cargo si no lo quería.
—Seguro todo lo tenías planeado, a ti lo único que te interesa es el
dinero de mi hijo, para así dejar de ser una simple secretaria. —Me señala
con rabia.
—Mamá no sabes lo que estás diciendo, ella es... —exclama Gonzalo.
—Déjalo así. —Lo interrumpo—, digas lo que digas tú madre nunca me
va a aceptar, no tiene caso.
—Tal vez tengas razón, pero es mejor dejar las cosas claras de una vez
por todas. —Me mira un segundo con dulzura, luego se gira hasta su madre y
le dedica una mirada dura—. Escucha lo que te voy a decir porque solo lo
haré una vez. —Respira profundo y sigue hablando—. Mamá te amo con
todo mi corazón, eres la mejor madre que me pudo tocar, es por esto por lo
que, con todo respeto, te digo, que esto tiene que parar.
» No puedo seguir permitiendo que hables de esa manera a la mujer que
amo. Tienes que entender que no está conmigo por interés, ella me ama; me
ama de verdad, por lo que soy.
—¡Ay, hijo por favor...! —exclama Julianne.
—¡¿Por qué no puedes estar feliz por mí?! —La interrumpe Gonzalo—.
Después de todo lo que pasé estos años. Tú misma me decías que no me
cerrara al amor. ¡Ahora encontré el amor! Y soy locamente feliz.
» Por fin siento que respiro con normalidad, ella es lo que me faltaba
para seguir existiendo. Pensé que tú, entre todas las personas estarías feliz
por mí. ¿Qué importancia tiene el que ella sea mi secretaria? No es de su
puesto por lo que me enamoré, es por lo que ella me haces sentir.
A pesar de la tensa situación en la que estamos en este momento no puedo
evitar sentir mucho amor hacia mi novio, sus palabras han tocado en lo más
profundo de mi corazón.
» Me siento vivo a su lado y ahora me dará una familia. Eso es algo que
nunca imaginé ni en mis más locos sueños, jamás pensé que podría pasarme
esto a mí. Y para que te sientas tranquila te diré que ella no tiene interés en
mi dinero, no lo necesita —Me mira un momento como pidiendo mi
aprobación, muevo la cabeza de manera afirmativa—, ella es la hija de
Mikael Avery —dice señalándome. El señor Carson me mira sorprendido.
—¿Y que con eso? —pregunta la señora Carson con desdén.
—Julianne, Mikael Avery es el dueño de «MBC Enterprise. Inc» —dice
Michael.
—¡¿Es una broma?!
—No es una broma mamá y también es hermana del dueño de «A&A
Automotriz».
Ahora es el señor Carson quien me mira sorprendido.
—Si eso es cierto ¿Por qué trabajas como secretaria?
—Yo le hice una vez esa pregunta, ¿quieres saber lo que me respondió?
me dijo que esos negocios eran de su padre y de su hermano, no eran méritos
propios. Ella quiere tener sus propios logros, por eso decidió empezar a
trabajar desde abajo, aunque estudió diseño publicitario. —Gonzalo se
acerca a mi lado y me toma de la mano—. Me entristece que hayamos tenido
que llegar a esto para que estés tranquila. Pero ¿Sabes qué mamá?, es mejor
dejar las cosas así. María Fernanda es la mujer que amo y la madre de mis
hijos y nada de lo que digas hará que eso cambie.
Mira una última vez a sus padres y salimos de la casa.
Solo cuando estoy afuera suelto el aire que no sabía que estaba
reteniendo. Aunque no quiera aceptarlo toda esta situación me ha provocado
mucha tensión.
—¿Cómo te encuentras? —Me hace girar para quedar frente a él.
—Pues, eso fue... intenso. —No sabía que más decir—, ¿Cómo estás tú?
No creo que le hayas hablado así a tu mamá antes
Deslizo mi mano por su rostro y me acerco, él me rodea con sus brazos y
me besa en el cuello, luego suspira.
—Ella estará bien, lo superará con el tiempo. No puedo permitir que te
hable así.
—Agradezco que me hayas defendido, aunque no creo que haya sido
necesario hablar de mi padre y mi hermano.
—Tonterías, ella piensa que estás conmigo por mi dinero. Que sepa de
una vez por todas que eso es lo que menos necesitas.
—¡Estás loco! —Coloco una mano en mi pecho de manera dramática—.
Lo único que quiero es tu dinero, para que más estaría aquí.
Me separo de él y me cruzo de brazos, le dedico una mirada arrogante. Él
me mira sorprendido y estallo en carcajadas.
—Tú, pequeña bandida.
Me atrapa en sus brazos y me besa.
Un beso cargado de sentimiento, sus manos agarran mi cintura mientras su
lengua se abre paso en mi boca.
—Vamos a casa —susurro aún contra sus labios.
Él suelta una risa y me lleva hasta el auto.
. . .
Los días han pasado muy rápido ya tengo cinco meses y medio de
embarazo. Estas semanas viviendo con Gonzalo han hecho que me enamore
más de él.
Aún mis padres no me hablan, aunque mi hermano me mantiene informada
de todo lo que pasa con ellos.
El sonido de mi teléfono me saca de mis pensamientos.
—¿En dónde se supone que estás? —Es Vanessa.
—Ya llegué, estoy estacionando al frente. Ahora voy para allá.
Acomodo mi suéter y camino para cruzar al restaurante donde me esperan
ellas.
Empiezo a caminar hasta que una mano me jala con fuerza.
—¡Carlos! ¿Qué haces aquí? —Desde el día que terminamos no lo había
vuelto a ver.
—Hola. —Sonríe, pero tiene una expresión rara en el rostro—. Veo que
tú barriga ha crecido.
—Sí ya voy a cumplir seis meses
Por alguna extraña razón siento la necesidad de proteger mis bebés de él.
—Vaya, como pasa el tiempo. —Lanza una carcajada—, ¿y dónde está tu
jefecito?
—Él está en casa, yo voy a ver a las chicas.
—Claro, debe estar descansando. ¿Por qué no vamos a conversar a un
lugar más tranquilo? —Me vuelve a sujetar del brazo.
—No puedo Carlos, como te dije las chicas esperan por mí y será mejor
que me vaya
Trato de quitar mi brazo, mas, él me sujeta con fuerza haciéndome daño.
—Entonces será otro día. —Su sonrisa no llega a sus ojos.
—Claro... claro que sí —Le respondo por fin liberándome. Entonces
reparo abruptamente en algo de lo que ha dicho—. Carlos dime, ¿cómo
sabes que se trata de mi jefe? No recuerdo habértelo dicho.
Él me mira y sonríe.
—Nos vemos luego... Cuídate
Me mira por última vez, luego se va en dirección opuesta a la mía.
Sus últimas palabras han hecho que me dé un escalofrío en todo el
cuerpo.
Camino lo que me falta para el restaurante y localizo a mis amigas.
—Chiquita, llegaste al fin. Muero de hambre —exclama la rubia con su
habitual buen humor.
—¿Estás bien? —Me pregunta Vane frunciendo el ceño.
—Es verdad sí, te noto algo pálida
—Si... si... estoy bien. —Las miro dudando si debía contarles—. Lo que
pasa es que me acabo de encontrar con Carlos
—¿Qué te dijo? —preguntan al unísono.
—Solo... solo me saludó y me pidió ir a conversar a otro lado... lucía
algo raro, me agarró del brazo con fuerza y lo peor es que en un momento me
preguntó por Gonzalo.
—¿Qué? No entiendo, te dijo así tal cual ¿Cómo está Gonzalo? —dice
Vanessa
Les cuento cada cosa que me dijo, sin omitir detalle.
—No hagas caso chiquita, seguro que está celoso aún.
—Uhm, no sé Lizzy, igual es muy raro que sepa quién es el padre. Mafer
nunca le dijo quién era.
—Ya no quiero pensar en eso, mejor vamos a pedir algo que me muero de
hambre.
Así paso el día, entre conversaciones, risas y comida. Estoy agotada y
solo deseo dormir hasta mañana. No puedo quitarme de la cabeza la
expresión desencajada de Carlos. Aun no sé si debo decírselo a Gonzalo, no
creo que le agrade mucho. Dejo el auto en el estacionamiento de la casa
cuando llego.
—Ya llegué —grito entrando.
—Hola amor ¿Cómo te fue?
Me mira desde la mesa con su ordenador frente a él y se levanta
acercándose a mí.
—Bien, me divertí mucho con las chicas.
—¿Segura? Te siento tensa. —Se separa de mi para mirarme a los ojos.
—Si tonto, estoy segura. —Me alejo y me quito el suéter dejándolo sobre
la silla—, ¿qué estás haciendo? —Me acerco al ordenador.
—¿Qué es eso? —Gonzalo se acerca a mí con el ceño fruncido.
Bajo la mirada siguiendo la trayectoria de sus ojos.
«¡Maldita sea!»
En mi brazo están marcados los dedos de Carlos. No me había dado
cuenta de que su agarre había dejado marcas.
—María Fernanda, responde por favor. —Agarra mi brazo y lo acerca a
su rostro—, ¿qué paso con tu brazo?
—De acuerdo, te lo diré. Cuando estaba yendo a encontrarme con las
chicas me encontré con Carlos.
—¡¿Carlos?! ¿¡Él fue el que te hizo esto!?
—Tranquilo amor, lo que pasa es que... —No puedo continuar porque mi
teléfono empieza a sonar.
Lo cojo, es mi hermano.
—Alby, ahora no es buen... —Alberto me corta.
—María Fernanda, papá está mal, ha sufrido un infarto. —La voz de
Alberto me interrumpe helándome la sangre.
—¿Qué?
CAPÍTULO 15
Gonzalo
Veo como su rostro palidece, lo que sea que le haya dicho su hermano la
alteró.
Comienza a respirar con dificultad, si no hubiera sido lo suficientemente
rápido se habría desplomado en el piso. La cargo y la llevo a la habitación.
Toco su rostro, esta fría y pálida.
Busco en el baño alcohol y algodón, su teléfono empieza a sonar de
nuevo. Lo cojo de prisa y contesto mientras coloco el algodón cerca de la
nariz de mi novia.
—¿Qué pasó? —La voz que supongo es de su hermano suena al otro lado.
—Alberto, soy Gonzalo. Tu hermana se desmayó ¿Qué es lo que le has
dicho?
—A papá le dio un infarto y está en el hospital —responde con rapidez.
—Lo lamento mucho. —Me pongo de pie—. ¿Podrías mandarme la
dirección por mensaje? Iremos en cuanto ella se sienta mejor. —Giro la
cabeza y veo que abre los ojos—. Te llamo luego, ya despertó.
Cuelgo y me acerco con rapidez.
—¿Cómo te sientes? Me asustaste cariño. —Me mira confundida,
mientras yo le ayudo a sentarse—. Tu hermano te llamó y dijo que tú papá
tuvo un infarto.
—Si... ya recuerdo. ¡Tengo que ir a verlo!
Se pone de pie y trata de agacharse para coger sus zapatos, pero la
detengo.
—Tranquila nena, te voy a llevar. —La tomo por la cintura para darle un
abrazo.
. . .
María Fernanda
Entramos a la clínica, ha sido un viaje de dos horas.
—Todo saldrá bien. —Gonzalo agarra mi mano mientras entramos.
Prácticamente lo arrastro hasta recepción.
—Buenas noches quiero saber sobre un paciente que ingresó hoy, Mikael
Avery. —Me dirijo a la señora que está tras el mostrador.
—Está en el quinto piso, en la habitación quinientos cuatro.
Caminamos en silencio hasta el ascensor, estoy muy nerviosa y
preocupada.
No he vuelto a hablar con mis padres desde que se enteraron de mi
embarazo y no sabía cómo reaccionarán al verme aquí.
—Cariño todo va a estar bien, verás que estarán más que felices de verte
—dice adivinando mis pensamientos.
—Estoy nerviosa, no quiero que por mi presencia mi papá se ponga peor.
—No digas tonterías.
Sujeta mi mano y me jala fuera del ascensor.
Buscamos el número de la habitación y cuando estamos frente a la puerta
mi novio me mira y sonríe antes de tocarla, Alberto aparece en el otro lado.
Se ve cansado y preocupado.
—Enana, que bueno que ya llegaste. —Me abraza con fuerza.
—Hola, Alby. Te presento a Gonzalo Carson, mi novio.
—Así que tú eres el que embarazó a mi hermanita. —Coloca las manos
en la cintura y mira con seriedad a Gonzalo.
—¿Te parece que es buen momento para estar bromeando? —Riño
poniendo los ojos en blanco.
—Que pesada eres monga. Mucho gusto. —Estira la mano.
—Hola Alberto —responde tomándola.
—¿Cómo se encuentra papá?
—Ahora está estable. ¿Por qué no pasas y lo ves por ti misma?
—No sé si él quiera verme.
—No te preocupes, ha preguntado por ti. —Me regala una sonrisa
tranquilizadora.
—¿Ves cariño?, te dije que todo irá bien. —mi novio me sonríe—. Anda
yo te espero aquí.
—¿No entrarás?
—Creo que lo mejor será que entres sola con tu familia, conmigo no
tendrán privacidad. —Me sonríe y me da un leve empujoncito—. Aquí te
espero.
Le sonrío y entro a la habitación. A los pies de la cama está mi madre
que, al verme entrar, corre a abrazarme.
—Qué bueno que estás aquí hija.
—Me alegra verte mamá
Siento un nudo en la garganta. Papá está en la cama mirándome, me
acerco y lo saludo.
—María Fernanda. —Su voz es pausada—, pensé que no vendrías.
—No sabía si me querías aquí, pero no podía dejar de venir. Estaba muy
preocupada por ti.
—Me alegra que vinieras. —Sonríe.
—Oh papá —sollozo mientras me agacho para abrazarlo—. Siento
mucho haberte decepcionado.
—Tranquila. —Acaricia mi cabeza con su mano libre de suero—. Yo soy
el que tiene que disculparse, no debí hablarte de ese modo, pequeña.
—Ya todo está olvidado papá.
—Ahora déjame tocar a mis nietos.
Coloca sus manos sobre mi vientre y sus ojos me miraran enternecidos.
—¿Dónde está ese chico tuyo? ¿Siguen siendo amigos?
—No, papá. Estamos en una relación y vivimos juntos. —Lo miro
avergonzada—. Gonzalo está afuera, quiso darnos privacidad.
—Dile que pase.
Sonrío y voy en su búsqueda. Abro la puerta y lo veo apoyado en la
pared.
—¿Cómo te fue?, ¿cómo está tu padre?
—Yo lo veo bien. —Sonrío abrazándolo—. Hemos arreglado todo.
—Te dije que todo saldría bien —comenta contra mi cabello, me da un
beso en la frente y sonríe.
—Vamos, mi papá quiere que entres.
. . .
Gonzalo
Me siento aliviado de que las cosas con el señor Avery hayan salido
bien. Noté la tensión en mi novia y me sentí impotente por no poder hacer
nada para evitarlo.
Entramos al cuarto, la señora Anthonia está parada a los pies de la cama,
Alberto se encuentra desparramado en el sofá, a un lado. Mis ojos se
detienen en el señor Avery, que me observa fijo.
—Buenas noches, señora Avery. —Miro en dirección a mi suegra—,
señor Avery ¿Cómo se encuentra?
—Mejor de lo que esperaba —responde tratando de acomodarse,
enseguida Alberto se pone de pie y acomoda sus almohadas—. Carson
quisiera disculparme con usted por lo que pasó esa noche.
—Señor Avery, no tiene que disculparse.
—Papá, no es necesario... —empieza a decir Mafer.
—Sí, lo es. No fue correcta la manera en la que me comporté. Le pido
disculpas por eso
—No se preocupe señor, todo está en el pasado —respondo.
—¿Cómo han estado ustedes? —interviene Anthonia—. ¿Qué tal se
encuentran los bebés?
—Todo está bien mamá. —Mafer se pone de pie acercándose a ella—,
ven siéntelos.
—Hija, hay algo que tengo que pedirte.
—Pide lo que quieras papá.
—El doctor vino a hablar con nosotros hace un rato. Él dijo que desde
ahora debo dejar de tener una vida tan ajetreada. Tomarme las cosas con
calma y eso. Quizás unas vacaciones y dedicarme a mí y a tu madre.
—Entiendo papá, debes seguir todas las indicaciones del médico.
—Exacto, ésta ha sido una llamada de atención. —Lanza una mirada
intensa a su hija—. Así que, luego de analizar bien las cosas he decido que
tomes mi lugar en la empresa.
Un silencio sepulcral se instala en la habitación.
—No entiendo... ¿Quieres que cubra tu puesto mientras te tomas unas
vacaciones con mamá?
—No. Voy a retirarme y quiero que tú asumas la presidencia de «MBC
Enterprise».
«¿Qué?»
—¿Qué? —La voz de Mafer es como un eco de la mía.
. . .
María Fernanda
El silencio en la habitación es tenso, ninguno dice nada, miro a mi novio
un momento y este me mira con ambas cejas levantadas, mi mamá asiente y
mi hermano tiene una pequeña sonrisa en los labios.
—Papá, creo que te afectó el estar aquí.
—No digas tonterías —exclama él.
—Es que no le encuentro otra explicación a tu pedido. ¡¿Cómo se supone
que me voy a hacer cargo de todo?! ¡Yo no sé nada del funcionamiento! No
sabría qué hacer.
» Además yo estudié diseño publicitario, no sé nada de administrar una
empresa. Lo mejor sería que Alberto se encargue.
—A mí no me metas, enana —responde mi hermano levantando las manos
—. Yo ya tengo bastante con la automotriz, estoy a punto de abrir otra
sucursal y tengo mucho trabajo.
—Pero... ¿Cómo podría dejar, así como así mi puesto de secretaria? No
puede quedarse ese puesto vacío.
—Por mí no te preocupes. —Gonzalo se acerca a mí—. Esta es una
oportunidad que no puedes rechazar. Buscaremos alguien que te reemplace.
—Bien hija ¿Qué dices ahora? —pregunta mi papá.
—Enana se te acabaron las excusas. —Se burla mi hermano.
No tengo otra salida más que aceptar, dadas las circunstancias.
—De acuerdo papá, tomaré las riendas de la empresa.
—Tranquila, tu padre te ayudará al inicio, no estarás sola. —Me anima
mamá.
. . .
Ha sido una larga noche, así que después de un rato, Gonzalo y yo nos
retiramos.
—Tranquila, verás que lo harás estupendo. Tú eres capaz de todo esto y
más. —Me tranquiliza acostándose a mi lado.
—Es solo que sé lo difícil que será y quiero hacerlo bien, no quiero que
las decisiones que pueda tomar afecten a la empresa.
Me echo de costado para mirarlo mejor, él me sonríe.
—No seas tonta, amor. Tú prácticamente sabes el movimiento, no es muy
diferente a lo que se hace en la editorial. Solo que están abocados a otra
área, tú eres muy capaz y tu padre estará ahí al inicio para ayudarte.
—Gracias. —Me acerco para besar sus labios en una leve caricia.
—Además, serás la jefa más sexy que ha existido
Sus manos de deslizan por mi cintura hasta apretar mi trasero.
—¿Tú crees?
—Por supuesto cariño. —Me hace girar hasta quedar atrapada entre su
cuerpo y las sábanas—, ¿no sientes como me pones? —Acompaña sus
palabras pegando su cadera a la mía, puedo sentir lo «emocionado» que
esta.
El calor me invade y se instala en mi centro, justo donde él se presiona
contra mí. Sus manos bajan los tirantes de mi camisón dejando al
descubierto mis senos.
Mis manos inquietas tocan sus abdominales. De pronto mi boca se hace
agua, este hombre es demasiado perfecto y es solo mío. Sus labios traviesos
torturan uno de mis pezones, cierro los ojos y veo miles de luces de colores.
—No pares. —Suelto un gemido en su cuello.
—Nunca —susurra en mi oído haciendo que todos los vellos se me
pongan de punta.
. . .
El sonido de mi teléfono me despierta. Abro los ojos con pereza,
Gonzalo sigue durmiendo.
Me levanto con cuidado de no despertarlo y cojo el teléfono, es mi mamá.
—Cariño ¿Te desperté?
—No te preocupes mamá, de todas maneras ya tenía que levantarme.
Dime ¿Cómo está papá?
—Está mucho mejor, hoy el doctor nos dijo que si todo está bien mañana
le darán de alta.
—Qué alegría, iré en la tarde a visitarlo.
—Está bien. Nos vemos en la tarde.
—Ok ma, nos vemos.
Mi novio me abraza por la espalda sobresaltándome.
—¿Cómo está? —Me pregunta apoyando su mentón en mi hombro.
Le digo lo mismo que me dijo mi madre y me giro para quedar frente a él,
paso mis brazos por su cuello para darle un beso—. Buenos días.
—Buenos días nena. —Me besa la frente y luego se agacha hasta quedar
a la altura de mi barriga—. Buenos días, mis amores… ¿Iras a ver a tu papá
ahora?
—Pensaba ir a la hora del almuerzo. —Llevo mis manos a mi cabello
soltando el moño—. Creo que es mejor que no... —dejo de hablar al ver la
expresión ensombrecida de Gonzalo—, ¿qué pasa?
—Es lo que yo pregunto ¿Qué pasó? —Me mira con seriedad.
—¿Qué? No te entiendo. —Le digo confundida.
Se acerca y agarra mi muñeca haciéndome levantar el brazo.
—Ahora si me dirás qué es lo que pasó con Carlos para que te hiciera
esto —gruñe frunciendo el ceño.
«¡Mierda!»
—Oye, olvídalo. Estoy bien. —Trato de evitar comenzar una discusión
absurda con él.
—¡Cómo me vas a decir que lo olvide! —exclama—, ¿¡qué pretendes!?
Qué me haga el desentendido con lo que ha hecho.
—Estoy bien —repito.
—Quiero que me digas qué fue lo que pasó —exige.
—Está bien —digo derrotada.
Le relato brevemente lo que sucedió con Carlos, y como me sentí en su
momento al respecto.
Me quedo en silencio recordando el encuentro con Carlos.
—Entiendo. —Se acerca y se sienta a mi lado—. Me preocupa lo que me
has contado. Si en algún momento te vuelves a encontrar con él quiero que
me llames, aunque lo mejor será que no estés sola.
—No puedes estar conmigo siempre y menos ahora que empezaré a
trabajar en la empresa de mi papá.
—Ya lo solucionaremos, algo se me ocurrirá. —Se levanta triunfador—.
Ahora vamos a bañarnos, y mejor si es juntos. —Voltea y me lanza una
mirada pícara—, así ahorramos tiempo, que estamos tarde.
. . .
Esto es agotador, las chicas que estoy entrevistando no cumplen con los
requisitos para poder encargarse de mi puesto.
Hace una semana que papá salió del hospital y se encuentra muy bien, por
ahora está dirigiendo la empresa desde casa, no es lo más indicado, pero
hasta que no encuentre a alguien que me reemplace debemos seguir como
hasta ahora.
Toda la mañana he estado con las candidatas, Gonzalo insistió en que
fuera yo quien encontrara un reemplazo.
Me recuesto en la silla y dejo descansar mi adolorida espalda por un
momento, miro la hora en mi teléfono, es la una de la tarde y ya me estoy
muriendo de hambre. Salgo de la sala de reuniones donde he estado toda la
mañana y me encamino a buscar a mi novio para ir juntos. Entro a su oficina
sin tocar y Cassidy está frente a él con cara de desquiciada.
. . .
Gonzalo
Ha sido una mañana tranquila para mí, aunque no puedo decir lo mismo
de mi pobre novia. Estoy pensando en ella cuando la puerta de mi oficina se
abre de golpe, mostrando a una enfurecida Cassidy.
«¿Ahora qué quiere esta mujer?»
—¡¿Por qué has hecho eso?! —Se acerca a mí y golpea la mesa con las
manos.
—Te puedes calmar y decirme qué es lo que te pasa —Cassidy siempre
logra agotar mi último ápice de paciencia.
—¡Yo soy la encargada de escoger al nuevo personal! ¡Y tú has pasado
sobre mi autoridad, has hecho que esa mujercita haga mi trabajo!
—Mira Cassidy entiendo tu posición, pero creí que lo mejor era que la
señorita Avery escogiera quien la supla ya que ella sabe todo lo que se tiene
que hacer en ese puesto y así… —No puedo terminar de hablar, porque los
chillidos de Cassidy me interrumpen.
—¡Claro ella sabe a la perfección lo que te gusta en tus secretarias!
¿Verdad? ¡Crees que por llamarla por su apellido restas importancia al
hecho de que te revolcaste con ella! —chilla enfurecida.
—Si no quieres que pierda la poca paciencia que me queda contigo, será
mejor que te calles y te retires de una vez.
—¡No!, ¡No acepto que esa trepadora se quede contigo! —Su expresión
enloquecida cambia a un semblante suave.
«Bipolaridad a la vista»
Bordea el escritorio hasta quedar a mi lado y sin dejar de mirarme con
esa expresión se agacha hasta quedar a mi altura.
—Cariño si lo que tú quieres es tener un buen polvo puedes hacerlo
conmigo —Me agarra las manos mientras suelta tremendo disparate—, no
tienes que conformarte con ella, puedes tenerme a mí.
Me pongo se pie y camino hasta la puerta, giro para pedirle que se vaya
cuando ella ya está pegada a mí.
—Verás que para lo único que te sirve esa mujer es para eso y yo lo
puedo hacer. Yo puedo cumplir mejor que ella —Pasa sus brazos alrededor
de mi cuello.
Agarro sus manos y las quito.
—Estás loca, Cassidy —digo con lentitud. Toda esta tontería ya me está
colmando la paciencia—. Quiero que te quede algo bien claro, ella es la
madre de mis hijos y es la mujer que amo, es la persona que escogí para mí.
¡Nunca! Óyelo bien ¡Nunca voy a fijarme en ti! Y no quiero escuchar que
hables así de ella de nuevo ¿Quedó claro?
—¡No puedo entender que es lo que le has visto! ¡Yo soy mejor que ella!
—Suelta molesta.
La puerta se cierra de pronto, volteo cuando me percato que María
Fernanda nos está mirando sorprendida.
—¡Tú! —grita Cassidy mirando a Mafer.
—¿Qué sucede aquí? —exclama mi novia
—¡Tú eres la culpable! ¡Tú me lo robaste! ¡Él era para mí y lo
engatusaste! —Se acerca con porte amenazante a mi novia.
—Nadie te quitó nada Cassidy, deja ya de hacer el ridículo —digo
tratando de estar calmado.
—¡Claro que sí! ¡Estoy segura de que esos engendros no son tuyos...
Todo sucede demasiado rápido como para poder hacer algo. La mano de
María Fernanda cae pesada sobre la mejilla de Cassidy, impidiendo que esta
continúe hablando.
«¡Bravo!»
—¡Escucha bien cucaracha engreída! —La expresión de Mafer es de pura
rabia cuando la señala—. Tú puedes decir de mi lo que se te dé la gana, pero
si te atreves a decir algo de mis hijos te las vas a ver conmigo ¡¿Entendiste?!
—Maldita oportunista —Cassidy avanza con intención de agarrar a mi
novia del cabello, mas, como soy más rápido, logro sujetar su muñeca antes
de que alcance su objetivo.
—¡Es suficiente Cassidy!, ¡ya estoy cansado de toda tu estupidez!, ¡ahora
mismo quiero que agarres tus cosas y te vayas de mi empresa!, ¡estoy
cansado de tener que aguantar tus quejidos!
—No puedes, tú madre...
—Mi madre no tiene nada que hacer aquí. —La corto—. El jefe de esta
empresa soy yo. Ya no eres necesaria —Avanzo, me coloco al lado de María
Fernanda y abro la puerta—. Es más saludable para todos que así sea.
Ella me mira una vez más y camina hasta quedar frente a mi novia.
—Me las vas a pagar, maldita —susurra despacio—. Te vas a arrepentir.
Y sin más sale dando un portazo.
—Lo siento, no quería que llegara a este punto —se disculpa Mafer
dejando caer los hombros y llevando sus manos a su vientre.
—Tú no tienes nada de que disculparte amor —Pongo mis manos sobre
sus hombros— yo no puedo permitir que ella te hable así y menos a nuestros
bebés.
—¿Crees que se quede, así como así, sin hacer nada?
—No creo que haga gran cosa, a lo mucho irá corriendo a llorarle a mi
madre.
Coloco una mano en su mejilla y me acerco a darle un beso.
—Tendrás problemas con tu madre.
—Sabré arreglármelas, no te preocupes —Me apoyo en la mesa, la jalo
para que quede entre mis piernas—. Además, nunca me agradó la idea de
que ella estuviera aquí, así que asunto solucionado.
—Está bien. —Se acerca y me da un suave beso en los labios, luego baja
sus labios hasta mi cuello y de manera sensual lame la piel expuesta
haciendo que mi amiguito se despierte bastante contento por participar—,
¿sabes? Ahora necesito que me ayudes con algo, porque estoy muriendo de
ganas y solo tú me puedes ayudar —habla en mi oído subiendo y bajando sus
manos por mi pecho.
—Dime lo que quieres y te lo daré —digo con voz ronca.
Aleja su rostro del mío sonriendo.
—¿Prometes que cumplirás todos mis deseos? —pregunta con voz
inocente, deslizando
sus manos desde mi pecho hasta la cinturilla de mi pantalón.
—Todos, nena —Mis manos inquietas bajan hasta su trasero apretándolo.
Sonríe y se acerca a mi oído.
—Genial, porque muero de hambre y quiero que me lleves a comer —
susurra, luego se aleja riendo hasta la puerta.
«¿Qué?»
—¿Vienes o no? —voltea a mirarme.
—Eres malvada y cruel… muy cruel
Me pongo de pie y tengo que acomodar al impertinente en mi pantalón
para no estrangularlo, si saben a lo que me refiero.
Sale de mi oficina con sonoras carcajadas.
«¡Menudo calentón que me dejó!»
CAPÍTULO 16
María Fernanda
Al fin había podido encontrar a una secretaria. «Aleluya» Se llama
Helena Davis. Es una mujer de unos treinta y tres años y por su C.V. y lo que
hablé con ella, se ve que es preparada.
Empieza hoy y yo me quedaré con ella para que pueda adaptarse al ritmo
de la editorial.
Cuando estoy terminando de acomodar mis cosas ella sale del ascensor.
—Buenos días, señorita Avery —saluda de manera cordial acercándose
al escritorio.
—Buenos días, Helena, por favor no me llames así, solo dime María
Fernanda o Mafer —sonrío.
—De acuerdo, Mafer. —Le indico que acomode sus cosas y empiezo a
explicar lo que debe hacer en la mañana.
—Bien, lo tengo todo muy claro —dice apuntando todo en una libreta.
—Perfecto, ahora ponte de pie que vas a conocer a tu nuevo jefe.
Camino hasta la puerta de Gonzalo y toco dos veces.
—Adelante —dice él.
Abro la puerta y entro seguida de Helena.
—Buenos días, señor Carson —sonrío—, vengo a presentarle a su nueva
secretaria.
Imita mi saludo acercándose al escritorio—, mi nombre es Helena Davis
y desde hoy trabajaré para usted —Puedo ver como lo mira con
detenimiento. Un leve rubor invade sus mejillas.
Sonrío, no la puedo culpar mi hombre está demasiado bueno.
—Buenos días, señorita Davis, imagino que la señorita Avery ya le
explicó todo lo que se debe hacer —dice mostrando su cara de hombre de
negocios, una que lo hace ver demasiado sexy—. Ella se quedará hoy por
para que tengas claro todo lo que se debe hacer aquí. ¿Tiene alguna duda? —
La mira inquisitivo.
—No señor —responde sonrojándose un poco más.
«¡Ay por favor, tampoco es para tanto!»
—Bien entonces nos retiramos —intervengo.
Salimos de la oficina y regresamos al escritorio.
—¿Tienes alguna duda Helena? —pregunto sentándome a su lado.
—Pues la verdad no. —Me mira—. No imaginé que el señor Carson
fuera tan joven.
—Antes el jefe era el señor Michael Carson, el papá. Pero luego se retiró
y dejo a su hijo a cargo. Debes saber que es muy competente, sin embargo. A
pesar de su edad él ha sabido llevar la empresa muy bien.
—Vaya me imagino que es muy inteligente. —Sonríe con amplitud—.
Además, es guapísimo.
Rio divertida y asiento.
«¡Ay, cariño, no tienes oportunidad!»
—Bueno, dejando de lado lo guapo que es el jefe debemos empezar con
el trabajo —agarro la agenda que tengo en el cajón—. Mira, aquí están todos
los compromisos que tiene el señor Carson en los próximos dos meses. Tu
trabajo es revisarla todos los días y actualizarla. Lo demás ya te lo expliqué
en la entrevista.
—Sí, todo está claro —asegura agarrando la agenda—. Hoy el señor
Carson tiene un almuerzo.
—Exacto, entonces debes llamarlo al anexo y hacerle recordar su
compromiso. También debes llamar a la persona con la que va a almorzar
para confirmar.
—¿Lo tengo que hacer ahora?
—Si empieza de una vez, cualquier cosa me dices.
. . .
La mañana ha transcurrido despacio, Helena ya le ha agarrado el ritmo a
todo lo que tiene que hacer y debo admitir que es bastante eficiente.
Miro la hora en mi teléfono ya casi es hora del almuerzo. Como Gonzalo
tiene un compromiso yo comeré con Liz.
—Oye Mafer ¿Cuántos meses tienes? —Me mira con curiosidad.
—Tengo seis. —Acaricio mi tripa hinchada, hoy uno de los bebés está
más inquieto que nunca.
—Oh, está bien grande.
—Sí, lo que pasa es que son mellizos.
—Vaya, mellizos. Me imagino que no será fácil.
—Aun si lo fuera no puedo quejarme, tengo apoyo. ¿Tú tienes hijos? —
indago.
Antes de que Helena pueda responder Gonzalo sale de su oficina.
—Señorita Davis —dice acercándose a nosotras—, iré a mi almuerzo,
por favor atenta al correo, cualquier cosa te daré indicaciones por ese
medio. Puedes ir a comer —informa mirando a Helena, luego me mira y me
hace una seña para que me acerque a él.
Me levanto de mi puesto.
—Cariño, no creo que regrese después del almuerzo tengo una reunión
con unos posibles clientes. Si demoro mucho ya nos vemos en casa.
—De acuerdo, comeré con Lizzy. Ve tranquilo.
Asiente y coloca su mano en mi mejilla acariciándola con suavidad.
Antes de irse me da un casto beso en los labios luego se inclina y deposita
otro beso en mi vientre.
Me giro y veo que Helena me mira con las cejas levantadas.
—Tu... tú y el jefe... están... ¿juntos? —balbucea.
Me siento y la miro.
—Sí, es mi novio y también es el padre de mis bebés.
—Por eso estás saliendo de la empresa —afirma.
—Eso es otro asunto —respondo con seriedad. No me gusta que se metan
en mi vida.
Antes de que Helena pueda añadir algo más mi teléfono empieza a sonar
sobre el escritorio.
—Hola —respondo.
—Chiquita ¿Estás lista para comer? Muero de hambre.
—Enseguida bajo. Espérame en la puerta —cuelgo la llamada.
—Helena ¿Te gustaría ir a comer conmigo y mi amiga?
—Sí, seria genial —agarra su cartera y caminamos hasta el ascensor.
Cuando llegamos al primer piso vamos hasta la puerta donde se encuentra
la rubia saludándonos con la mano.
—Te presento a Helena Davis, ella es la nueva secretaria de Gonzalo.
Helena ella es Lizzy Peltz, la secretaria del jefe de edición.
—Mucho gusto Lizzy.
—Hola, qué tal ¿Cómo te está tratando el gran jefe? —Mi amiga le sonríe
con alegría.
Caminamos hasta el restaurante donde por lo general la rubia y yo
comemos juntas, nos acomodamos en una mesa apartada y enseguida el
mesero toma nuestros pedidos.
—No puedo creer que esta sea la última vez que vendremos a comer
juntas —se queja ella de manera dramática.
—Igual seguiremos viéndonos. —Ruedo los ojos—. Vendré siempre.
—No creo que tengas tiempo, como ahora eres toda una mujer de
negocios —bromea.
—Oh, cállate tonta.
—¿Estás lista para mañana?
—No todo lo que quisiera.
—A partir de mañana serás la jefa de «MBC Enterprise».
—No es la Gran cosa Lizzy.
—¿Que no es gran cosa? ¿Bromeas verdad? —Esta vez es Helena la que
habla—, ¡serás la jefa de una de las empresas de publicidad más importantes
del país! Discúlpame, pero si es la gran cosa.
—Mi padre es el dueño, no hay mucho mérito en eso —respondo con
simpleza encogiéndome de hombros.
—¡En serio! Eso sí no me lo esperaba —exclama pensativa—, ahora ya
no me sorprende demasiado que seas novia del señor Carson. Los dos son
personas importantes.
—Bueno si lo vez por ahí, sí —interviene Liz moviendo su tenedor—.
Pero él no sabía quién era ella hasta mucho después de se quedó
embarazada.
—Ya veo —responde y se queda mirando a la nada.
—Ya cállense las dos y empiecen a comer—refunfuño.
. . .
Giro en la cama ya perdí la cuenta de cuantas veces he dado vueltas en
ella. Gonzalo aún duerme profundo. Vuelvo a mirar la hora en el reloj de
pared, son las seis y media de la mañana, como tengo los nervios a flor de
piel no he podido seguir durmiendo. Hoy es mi primer día como jefa y me
muero de miedo, no lo puedo negar. Solo espero poder hacer un buen
trabajo.
Me rindo y me levando, tratando de no hacer ruido para no despertar al
bello durmiente a mi lado. Me doy una ducha rápida y escojo con cuidado mi
atuendo, quiero verme bien hoy.
Decido ponerme uno de los nuevos vestidos que compré. Este me gusta
mucho, es rosado claro pegado que hace que mi barriga se vea muy linda, me
pongo unos zapatos planos del mismo color y amarro mi cabello en un moño.
Cuando estoy terminando de maquillarme veo a mi novio levantarse.
—Ya estás lista. —Se acerca a mí a darme un besito—, ¿a qué hora te has
despertado?
—No podía dormir y decidí empezar a cambiarme —comento— ¿Qué tal
me veo? ¿Luzco profesional?
—Tu siempre te ves hermosa, ahora tendré que ser cuidadoso, seguro
alguien querrá robarte.
Rio negando con la cabeza.
—Si por supuesto, alguien querrá llevarse a una mujer embarazada y
hormonada.
—Yo lo haría, tú vales la pena ser robada. —Se acerca y me abraza.
—Será mejor que desayunemos y nos vayamos. No quiero llegar tarde a
mi primer día —Le doy un beso—. Anda date un baño mientras preparo el
desayuno.
. . .
Respiro profundo una vez más antes de salir del estacionamiento de
«MBC Enterprise»
Cuadro los hombros mostrando seguridad y entro. Conozco el edificio
como la palma de mi mano, hace mucho que no vengo, sin embargo, todo
luce tal y como lo recuerdo. Camino hasta el ascensor y aprieto el botón para
subir.
—Señorita no puede entrar. —Una voz con un pronunciado acento suena
atrás de mi—, oiga le estoy hablando.
Giro y miro a la dueña de esa voz. Es una mujer muy hermosa, tiene el
pelo largo y de color naranja rojizo, su piel es demasiado blanca, cubierta
por muchas pecas, sus bonitos ojos son de un color algo extraño, no puedo
definir si son grises o verdes. Es claro que ella no es de aquí.
» Oiga le estoy diciendo que no puede entrar que no entiende —repite.
—Está bien yo vengo...
—Señora, no me importa a qué viene, no puede entrar, así como así —me
interrumpe con evidente fastidio.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunto perdiendo la paciencia.
«¿Cómo puede hablarme de ese modo?»
Se supone que ella es la recepcionista y debe atender bien a las personas
que ingresan aquí.
—María Fernanda, llegaste —Giro para ver a Margareth, la asistente de
mi papá por más de diez años, he crecido viendo a esta mujer.
—Maggie —exclamo con cariño y le doy un abrazo.
—Mírate mi niña, que hermosa te vez con tu pancita —Sonríe
acariciando mi barriga.
—Gracias Maggie.
Un carraspeo nos hace girar a las dos.
—¿Qué sucede Alina?
—La señora aquí quería subir sin que yo le diera la autorización —gruñe
cruzándose de brazos.
Maggie me mira con una sonrisa burlona y yo niego con la cabeza para
que no le diga nada. Ya me encargaría yo después.
—Yo me encargaré Alina, ahora ve a cubrir tú puesto.
Ella me da una última mirada y se va pisando fuerte.
—Eres mala, mi niña —finjo inocencia—, aunque esa mujer es algo
extraña, siempre parece estar alerta, como si pensara que todos están a punto
de atacarla y siempre esta con la guardia alta.
Suelto una leve risa.
—Bien señorita Avery hoy empieza un gran día, tu papá ya está en su
oficina. Vamos
Subimos juntas al ascensor hasta el piso cuarenta y dos.
Las puertas se abren y estamos frente a varios escritorios con gente
trabajando en ellos. Caminamos en silencio y nos dirigimos a la oficina
general.
Mi papá está parado mirando por la ventana.
—Papá —lo llamo atrayendo su atención.
—Hija ya estás aquí. —Se sienta en su silla.
Camino y me siento frente a él y Maggie lo hace a mi lado.
—¿Estás lista pequeña?
—Estoy muerta de miedo, pero aquí estoy.
—Todos saldrá bien, tú lo harás bien. Eres muy capaz de realizar este
trabajo yo estaré aquí unos días para ponerte al corriente —me tranquiliza
—. Además, tendrás a este ángel que te ayudará en todo.
—Lo harás excelente —Maggie me mira sonriente.
—Gracias a los dos.
—Maggie quiero que todos los empleados desde recepción hasta los del
área de limpieza se reúnan en media hora aquí. Voy a presentar a su nueva
jefa.
—Enseguida señor Avery —responde, se pone de pie y nos deja saliendo
de la oficina.
Doy un suspiro para liberar tensión.
—Esta será tu nueva oficina, puedes cambiar todo lo que quieras. —Papá
me sonríe con orgullo.
—Eso ya se verá después. ¿Cómo te sientes? —cuestiono tomando sus
manos con preocupación.
—Estoy bien, aunque me siento un poco nostálgico lo admito. Son
muchos años de mi vida en esta oficina, tantos triunfos y también derrotas.
¿Recuerdas como te encantaba jugar en esta silla?
—Lo recuerdo bien. —Rio recordando esos momentos—. Siempre
peleaba con Alberto por ver quién se sentaba primero.
—Mis hijos crecieron y se convirtieron en dos personas fabulosas.
Cuando veo lo que son ahora puedo decir sin temor a equivocarme que tu
madre y yo hicimos un buen trabajo. Estoy orgulloso. —Suspira—. Y ahora
hija mía, es momento de que te pase la antorcha. Y sé que lo harás muy bien.
Hablamos un rato más recordando buenos momentos hasta que Maggie
vuelve a entrar.
—Todo está listo, todos los empleados están afuera esperando por
ustedes.
—Bien, llegó la hora.
Nos ponemos de pie y salimos juntos de la oficina.
Afuera están reunidos todos los empleados y adelante, con apariencia de
no interesarle en absoluto la reunión esta Alina, que en cuanto me ve su
expresión cambia a una de confusión.
—Buenos días, no les quitaré mucho tiempo. —Empieza a decir mi papá
—. Sé que ha habido muchos rumores acerca del futuro de la empresa, «si yo
seguiré al mando» entre otros tantos. Sé que también están preocupados por
la situación de sus empleos…
Un murmullo general invade la sala. Mi papá levanta una mano y se hace
el silencio.
—Ha llegado la hora de que me retire, dejaré a cargo de la empresa a la
señorita María Fernanda Avery, ella además de estar cualificada para el
trabajo, es mi hija. Sé que todos verán que será un buen cambio —asegura.
Me mira esperando que diga algo.
«Llegó la hora, todo saldrá bien»
—Buenos días a todos, sé que muchos tendrán dudas respecto al cambio
que tomará la empresa. Quiero que sepan que daré lo mejor de mí para que
nuestra empresa se mantenga como hasta ahora. Con respecto a sus puestos
de trabajo no tienen de que preocuparse, mientras sigan trabajando como
hasta ahora y hagan bien su trabajo —Esto último lo digo mirando a la
recepcionista que ahora tiene un semblante pálido—. De ante mano muchas
gracias a todos. Ahora, regresen a trabajar.
. . .
El día marcha bien, los nervios iniciales se han ido y ahora me siento
cómoda y segura de mí.
Hice que papá se fuera a descansar, puedo contar con Maggie y eso me
alivia. Aunque me costó un poco convencerlo de eso, al final logré que
accediera, no sin antes prometer que lo llamaría si tuviera algún problema.
—Maggie, quiero pedirte un favor —hablo por el anexo.
—Dímelo.
—Quiero que hagas subir a la señorita Alina.
—Enseguida.
Ahora va a ver esa mujer como se deben tratar a las personas.
Luego de un rato se escuchan unos toques en la puerta.
—Adelante.
—Permiso señora, ¿me mandó a llamar? —No queda nada de la mujer
prepotente de la mañana, ahora me mira con timidez.
—Así es, pase por favor, señorita Kuznetsova, tome asiento.
La mujer me mira con preocupación, mas, se sienta frente a mí.
La miro con detenimiento.
—Quiero hablar sobre su trabajo. —Enlazo mis dedos sobre la mesa—,
la verdad es que no me agrada demasiado tener a alguien como usted
trabajando para mí. Su manera de hablarme esta mañana deja mucho que
desear.
—Discúlpeme señora Avery yo no sabía que se trataba de usted. —Se
excusa con premura.
—¿Lo que me quiere decir es que trata a las personas según su
importancia? —Levanto la ceja y continúo—. Entonces si es un ejecutivo el
que entra a la empresa le sonríe y le da el mejor trato. —Me pongo de pie y
empiezo a caminar sin dejar de mirarla—. Dígame, señorita Kuznetsova. —
Me detengo a su lado mirándola desde arriba, luego me inclino apoyando
una mano en la mesa y otra en respaldo de la silla— ¿Qué sucede si alguien
de mantenimiento se acerca a usted tratando de preguntarle algo? ¿Como la
trataría?
Alina me mira.
—Yo... señora... lo trataría bien... solo que hoy... hoy no he tenido un buen
día, discúlpeme por favor. —responde tartamudeando.
Enderezo mi cuerpo y me siento en mi silla.
—La función de la recepcionista es recibir a las personas que entran a
esta empresa, es la primera cara en ven al llegar.
La observo con seriedad.
» La manera en la que la recepcionista los recibe influye mucho en lo que
la persona en cuestión piensa de nuestra empresa. Las personas que entran
por esas puertas no tienen por qué aguantar que la recepcionista tenga un mal
día y esté de mal humor.
Hago una pausa mirándola.
» Sabes Alina, en mi vida he conocido mucha gente que se cree superior
a todos y no gasta su tiempo en amabilidad con personas que según ellos no
están a su altura.
—Señora yo no... —balbucea.
—Señorita Kuznetsova dígame ¿Tiene usted hijos o familia? ¿Con quién
vive? —interrogo.
—No tengo hijos y no soy casada... vivo con… mis padres —responde
con evidente confusión ante mi pregunta.
—Entonces creo que podrá superarlo sin problema. —Saco una hoja del
folder frente a mí y lo coloco delante de ella—. A partir de hoy ya no son
requeridos sus servicios en esta empresa. —Ella abre sus bonitos ojos con
sorpresa—. Así que tiene hasta el final del día para recoger sus cosas,
Margareth tendrá su cheque con la liquidación cuando termines su jornada
hoy.
—No... no por favor —suplica—. Necesito este trabajo.
—Señorita Kuznetsova por favor no... —empiezo a hablar.
—Se lo pido... prometo que no volverá a ocurrir lo de hoy, nunca más
tendrá una queja sobre mí. —Me mira suplicante.
La observo por unos segundos, no pretendo despedirla en realidad. Solo
quería que supiera que no iba a aguantar su comportamiento.
—Muy bien Alina, tendrás una oportunidad. Puedes conservar tu empleo,
pero estaré atenta a tu trabajo. Una queja que reciba sobre ti y será mejor
que ni regreses. ¿Entendiste?
—Si señora.
—Bien, ahora puedes retirarte.
Ella sale rápido de la oficina, como si pensara que podría cambiar de
parecer en cualquier momento.
Confieso que me agradó hablarle así.
«¡Qué mala soy!»
CAPÍTULO 17
Ya han pasado tres meses desde que estoy al frente de la empresa. Todo
está marchando sobre ruedas. Gonzalo ha sido una gran ayuda, siempre
dándome ánimos y ayudándome con las cosas que no entendía.
Ya tengo treinta y tres semanas de embarazo y es increíble lo enorme que
estoy ya no puedo ni verme los pies, por suerte todo está bien con mis bebés.
Estoy feliz, más feliz que nunca.
Detengo el auto y estaciono frente a la editorial, he venido para raptar a
mi novio y poder comer juntos. Desde que empecé en mi nuevo trabajo, él y
yo nos vemos menos. Al inicio me costó no tenerlo conmigo todo el día, me
había acostumbrado mucho a ser su secretaria, pero al menos todo ha sido
para mejor. Cruzo la pista y entro al edificio.
—Buenas tardes —saludo a las recepcionistas.
—Hola María Fernanda —responde una de ellas.
Me dirijo al ascensor, mi primera parada es el piso de Lizzy.
La veo en su escritorio mirando su computadora.
—Sorpresa —canturreo cuando estoy frente a ella.
—Chiquita. —Se pone de pie emocionada y me abraza.
—¿Cómo estás? ¿Cómo va todo por aquí?
—Todo bien, un poco lento el día. ¿Has venido a ver al gran jefe?
—Voy a almorzar con él, pero primero vine a saludarte. Tenemos que ver
cuándo nos juntamos las tres, una vez vengan estos chiquitos ya será más
difícil —digo palmeando mi barriga con suavidad.
—¡Sí! —chilla emocionada—. ¿Qué te parece si nos juntamos mañana en
tu antiguo departamento?
—Sí, me parece buena idea, mañana es sábado y no trabajamos ninguna
de las dos. Vanessa trabaja hasta la una. La llamaré en este momento. —Saco
el teléfono de mi cartera— ya sabes que ella siempre tiene planes.
—Sí, es verdad —responde haciendo una mueca.
Marco su número y al tercer timbrazo contesta.
—¿Y ese milagro? —escucho ni bien contesta la llamada.
—Vane, estoy aquí con Lizzy y queremos ir a tu casa mañana. Hace
tiempo que no nos vemos las tres.
—Yo pensaba que la próxima vez que te viera ibas a tener a esos dos
bebés en brazos. —Se queja.
—No seas exagerada. ¿Te parece sí o no?
—¡Es una idea estupenda! —chilla emocionada.
—Bien, entonces mañana en la tarde en tu casa.
—Listo, nos vemos entonces. —Se despide cortando la llamada.
—Ya está todo arreglado, mañana en la tarde nos vamos a su casa. —Le
digo a la rubia.
—Perfecto.
—Ya me voy, tengo hambre, así que me llevaré a mi hombre —rio
divertida.
Ella ríe y se despide de mí con un abrazo.
Regreso al ascensor y subo hasta mi antiguo piso de trabajo. Cuando
llego, no veo a Helena por ningún lado. Así que avanzo hasta la oficina,
levanto mi mano para tocar, pero la puerta esta junta. La empujo y lo que mis
ojos ven es algo que no me esperaba encontrar.
Gonzalo se encuentra en su silla y Helena está sobre él, besándolo.
—¿Qué significa esto? —replico en voz alta.
Él aparta de un empujón a Helena y me mira con una expresión de
espanto. Se pone de pie como un resorte.
—No es lo que tú piensas. —Se acerca a mí desesperado.
—¿En serio eso es lo que dirás?
En mi garganta se forma un nudo impidiendo que siga hablando.
—Nena, escúchame por favor —suplica.
—No. —Mi voz es débil.
Detrás suyo puedo ver que Helena dibuja una sonrisa y en sus ojos puedo
ver diversión.
—Espera, te juro que no es lo que estás pensando. —Me agarra la mano,
mas, yo la quito con fuerza y me doy la vuelta lista para irme.
—Espera no te vayas, amor. —Lo tengo pegado a mis talones. Aprieto el
botón para abrir el ascensor y como acabo de utilizarlo las puertas se abren
al momento. Entro alejándome de él.
—¡Déjame tranquila!, ¡no me interesa lo que sea que quieras decir! —
Aprieto varias veces el botón del primer piso.
—No te vas a ir así, sin que pueda explicar lo que sucedió.
—Gonzalo. —La voz de Helena atrás de él nos hace mirarla.
—¿Qué haces todavía aquí? ¡Quiero que agarres tus cosas y te vayas de
una vez de mi empresa! —ruge.
Aprovechando que me da la espalda vuelvo a presionar el botón del
primer piso. Cuando él se da cuenta las puertas ya están casi cerradas.
Inhalo profundo, tengo que calmar estas ganas locas de llorar. Lo único
que quiero es salir de este lugar.
No logro entender lo que sucede, la imagen de Helena besándolo se
repite una y otra vez en mi cabeza. Aunque me niego a creer que me ha hecho
esto, lo he visto y no puedo negar lo que mis ojos vieron.
Las puertas se abren y salgo con rapidez hasta la salida.
En cuanto el aire choca con mi rostro las lágrimas hacen su aparición.
—¡María Fernanda! —Giro la cabeza.
Él sale del edificio, camina con rapidez para alcanzarme.
No quiero verlo, así que cruzo la pista para que no logre alcanzarme y
todo pasa con rapidez.
CAPÍTULO 18
Gonzalo
Me lanza una mirada breve antes de cruzar la pista. En una fracción de
segundo todo se detiene ante mis ojos, como si el mundo estuviera en cámara
lenta y no me diera tiempo a reaccionar.
El ruido de unas llantas frenar contra el pavimento hace que un escalofrío
me recorra en cuerpo entero. El auto apenas y se detiene.
María Fernanda…
Veo con horror como su cuerpo cae sin fuerza contra el suelo y su cabeza
rebota contra el pavimento.
—¡No! —grito desesperado, siento como se me hiela la sangre.
Corro con desesperación hasta donde ella se encuentra, el conductor baja
de su automóvil y se acerca.
—Yo... traté de parar... ella... ella se apareció de la nada… —balbucea.
Dejo de escucharlo en el momento que me agacho a verla. ¡Dios mío hay
sangre, sangre por todos lados!
«¡Esto es mi culpa!»
—¡Señor Carson! ¿Qué pasó? —escucho detrás mío.
—Llamen a una ambulancia. —Más voces se escuchan. La miro de
nuevo, sigue sin moverse.
«¡No, por favor!»
Puedo ver sangre saliendo de su cabeza y con horror me doy cuenta que
alrededor de sus piernas hay un gran charco de sangre.
—¡Llamen a una ambulancia por favor! —grito desesperado.
—Señor Carson ya hemos llamado, enseguida estarán aquí. —La misma
voz detrás mío me responde.
Mi vista se torna borrosa y pronto me doy cuenta de que son lágrimas lo
que me impiden ver con claridad.
—-¡No! ¡Mafer! ¡¿Qué pasó?! —Giro a ver la procedencia del grito, veo
a Lizzy corriendo en nuestra dirección—. ¡Dios mío! ¡¿Qué sucedió?! —
Llora desesperada y se arrodilla a mi lado.
Siento los oídos tapados y no puedo escuchar nada con claridad.
«¡No por favor! ¡No me la quites a ella también!»
Me quedo mirando su cuerpo inerte, no sé por cuánto tiempo, hasta que
los paramédicos me hacen a un lado.
—Señor necesitamos llevarnos a su esposa.
—Ella... ella... está sangrando... está embarazada. —Me siento frustrado,
mi cerebro no logra coordinar lo que quiero decir.
—Tranquilo señor, nosotros nos ocuparemos de ella. ¿Cuál es el nombre
de la señora? —pregunta el otro paramédico mientras le ponen el collarín.
—Mafer... María Fernanda Avery —respondo.
Sin decir nada la suben en la camilla metiéndola con rapidez en la
ambulancia.
Me quedo parado mirando por dónde se la llevan. Bajo la mirada y mis
ojos se detienen en la sangre que hay en el suelo.
—Voy a ir a la clínica ¿Vendrás conmigo? —Lizzy me mira limpiando sus
lágrimas.
Asiento con la cabeza y la sigo mientras ella para un taxi.
—No creo que ninguno de los dos deba manejar en este momento —
explica entrando, la sigo y subo a su lado.
Por la ventana puedo ver a los trabajadores que habían salido por el
escándalo, algunos van entrando a la editorial y otros están en grupo
hablando.
—Debemos avisar a sus padres —anuncia sacando su teléfono.
Dejo de escuchar lo que está diciendo. Mi corazón late acelerado.
«¡Dios mío, no me la quites!»
Cuando el taxi se detiene frente a la clínica salgo corriendo.
—Señorita acaban de traer a mi novia, ha tenido un accidente... está
embarazada —digo en cuanto llego frente a la recepcionista.
—Dígame el apellido de la señorita —pregunta con calma.
—Se llama María Fernanda Avery.
Mi pierna se mueve de manera incontrolable mientras espero.
—En este momento la están atendiendo, debe ir a la sala de espera.
Enseguida un doctor irá a darle la información completa.
Resignado camino a dónde me indica.
—¿Dónde está? ¿Qué te dijeron? —Lizzy me aborda cuando me ve
sentado.
Le explico lo que me dijeron y unos diez minutos después Alberto llega y
nos mira con pánico.
—¿Cómo está ella? —Sus ojos miran de Lizzy a mí varias veces.
—Aún no sabemos cómo está, no han salido a decirnos nada —responde
la rubia.
—¿Qué pasó?
—Tu... —digo con voz rasposa, me aclaro la garganta y continuo—, tu
hermana cruzó la pista sin mirar justo cuando un auto estaba pasando.
—¿En que estaba pensando para cruzar sin fijarse?
—Habíamos tenido una discusión y ella estaba alterada por eso salió sin
mirar —digo. Miro mis manos temblorosas y me sorprendo al darme cuenta
que están llenas de la sangre seca.
Alberto se sienta al lado de Lizzy, ella me mira y saca unos pañitos de su
cartera y me los pasa. Ella recuesta la cabeza en el hombro de Alberto
dejando caer unas lágrimas.
Cuando termino de limpiar mis manos lo mejor que puedo saco mi
teléfono del bolsillo y le mando un texto a Alexander contándole lo
sucedido.
—Familiares de la señorita Avery —pregunta una doctora.
Los tres nos paramos con rapidez.
—Ella es mi novia, dígame doctora ¿Cómo está ella? ¿Y los bebés? —
pregunto con desesperación.
—Ella en este momento está siendo llevada a la sala de operaciones —
explica la doctora—. El golpe en la cabeza parece que no ha sido muy
grande, el hecho de que perdiera el conocimiento es lo que nos preocupa.
Estaremos atentos a cualquier cambio.
» Por otro lado, el impacto ha hecho que la placenta se desprenda y los
bebés están en peligro, es por eso por lo que la estamos llevando a cirugía,
le haremos una cesárea.
Me mira cuando dice eso.
» Necesito que firme el consentimiento para que los bebés nazcan.
Me pasa unos papeles y un lapicero. Firmo con la mano temblorosa.
—Haremos todo lo que esté en nuestras manos para tenerlos bien a los
tres. —Nos reconforta la doctora y luego se va con prisa.
Siento que mi mundo se derrumba a mí alrededor.
—Todo estará bien, la enana es muy fuerte y no dejará que nada les pase
a sus bebés. —Alberto me alienta.
Me siento justo cuando entran los señores Avery, también veo que vienen
Alexander y mi papá con cara de preocupación.
—Hijo. —La señora Anthonia corre hasta Alberto—. Dime que ella está
bien.
Me pongo de pie, saludo al señor Mikael que sostiene mi mano en un
apretón y sin decir nada camina hasta su esposa que llora de manera
incontrolable.
Miro a mi hermano y mi papá que se habían mantenido a una pequeña
distancia. Me acerco a ellos.
—Hijo. —Es lo único que tiene que decir mi papá para que yo lo abrace
con fuerza escondiendo mi cara en su hombro.
—Es mi culpa papá —digo con la voz estrangulada—, es mi maldita
culpa.
—No digas eso hijo, fue un accidente. —Me consuela.
Me separo de él, las lágrimas ruedan sin control por mis mejillas.
—Esta maldición que llevo encima nunca me dejará tranquilo. —Tengo
un nudo en la garganta—. Fui un imbécil al creer que con ella todo sería
diferente y ahora ella... ella y mis bebés están...
—Cállate —gruñe Alexander—, ella es una mujer fuerte, deja de decir
eso.
Ven sentémonos hijo. Mi papá me hace sentarme en unas sillas algo
alejadas de los demás. Los miro, Lizzy esconde su rostro en el pecho de
Alberto, mientras él le susurra palabras que no logro escuchar, frente a ellos
los papás de Mafer se abrazan dándose animo entre ellos.
Creo que ha pasado cerca de dos horas cuando la misma doctora sale y
nos mira con seriedad.
Me pongo de pie de un salto y me acerco a la mujer.
—¿Cómo está ella? ¿Mis hijos? —pregunto angustiado.
La doctora me mira y suelta un suspiro antes de hablar. Siento mi corazón
detenerse, me temo lo peor.
—¡Hablé ya por favor! —estallo.
—Los bebés están en perfectas condiciones, para mayor precaución los
mantendremos en las incubadoras por unos días. Debo decirles, que a pesar
de haber nacido antes de lo determinado, han nacido con buen peso, ambos
respiran por su cuenta. Felicidades ya es usted padre, tiene un lindo niño y
una bella niña —anuncia mirándome.
Una gran alegría me invade, soy papá. Es un sentimiento extraño. Siento
que un gran peso se me quita de encima. Pero aún necesitaba saber sobre
Mafer.
—¿Cómo está mi hija, doctora? —La señora Anthonia pregunta lo que me
moría por saber.
—Como ya les habían dicho, por el impacto la placenta se le desprendió
y perdió mucha sangre, tuvo mucho daño en la matriz. —Hace una pausa
mirándome—. Lo lamento mucho señor... —continúa hablando.
«¡No puede ser! ¡No, por favor!»
» Es probable que su esposa no pueda volver a tener más hijos, tal vez
con algún tratamiento tenga alguna posibilidad.
—¿Entonces? ¿Ella está bien? —pregunto con los nervios de punta.
—El golpe en la cabeza fue algo leve ya se le han hecho las pruebas
pertinentes. Sentirá dolor en la cadera y en el área de la cesárea, pero se
recuperará con normalidad.
«¡Es un alivio!»
—Muchas gracias doctora ¿Puedo ver a mis bebes?
—Por supuesto, ahora mismo si quieren. Están en el área neonatal. A la
señora podrán verla tal vez en una hora, cuando sea llevada a su cuarto.
—Muchas gracias doctora —responde mi papá detrás de mí.
Cuando la doctora se va, giro y abrazo a mi papá con alivio.
—¡Ya soy papá! —exclamo emocionado.
—Si hijo, eres papá. —Sonríe.
—Felicidades, Carson. —Giro para ver al señor Avery que me ofrece
una mano y tiene una expresión de alivio y alegría.
—Muchas gracias, señor Avery —digo aceptando su mano.
—Que les parece si vamos a ver a mis lindos sobrinos —chilla
Alexander con una sonrisa.
Nos dirigimos al ascensor hasta el tercer piso donde estaban todos los
recién nacidos.
Cuando estamos frente al gran ventanal donde se pueden ver a todos los
bebés en incubadoras, busco a los míos.
Al fin los veo en las incubadoras uno al lado del otro, ambos con ropitas
amarillas, los dos están despiertos. El sentimiento que me invade cuando los
veo es indescriptible.
—Son tan hermosos. —Susurra la señora Anthonia con los ojos
brillantes.
—Mira cómo se mueve, Alberto —exclama maravillada Lizzy—, son tan
pequeños.
—No tienen los nombres —comenta Alexander—, ¿es que no han
escogido aún?
—Teníamos nombre para dos hombrecitos, nunca supimos que uno sería
mujer. En cada ecografía ella siempre se tapaba y no se dejaba ver —
explico sin dejar de mirarlos con adoración.
—¿Qué nombres habían pensado? —pregunta Alberto.
Sonrío recordando lo mucho que nos había costado el escoger unos que
nos gustaran a los dos.
—Dejaré que ella sea quien les diga.
Una enfermera se nos acerca llamando nuestra atención.
—¿Ustedes son los familiares de la señora Avery? —pregunta.
—Si —respondo preocupado. Aún tenía los nervios a flor de piel.
—La señora Avery ya se encuentra en su habitación, pueden ir a verla
cuando deseen, en unos minutos le llevaremos a sus bebés. —Sonríe—. Está
en el cuarto trescientos cuarenta y cuatro.
—Muchas gracias —respondo aliviado.
—Vamos de una vez, quiero ver a mi hija —exclama la señora Avery.
—Señora Anthonia ¿Le importaría si voy primero? —pregunto.
Quería con todas mis fuerzas verla y comprobar con mis propios ojos que
está bien.
También es necesario que hable con ella de lo sucedido en mi oficina.
—Está bien. —Me sonríe.
Camino hasta el otro extremo del piso buscando la habitación trescientos
cuarenta y cuatro. Cuando estoy frente a la puerta abro sin tocar.
Allí esta ella conectada a una máquina que leía sus vitales, parece
dormida, logro ver una pequeña venda cubriendo la parte donde recibió el
golpe en su cabeza. Cuando entro gira, se ve cansada. En cuanto me ve, me
regala una pequeña sonrisa que borra con rapidez alzando sus ojos al techo.
Cierro la puerta detrás de mí y me acerco a su cama.
—Mafer... —susurro con suavidad.
—No quiero hablar de nada.
—María Fernanda Avery me escucharás así no quieras —gruño.
Me mira y no dice nada.
—Lo que viste fue un malentendido, esa mujer se me abalanzó sin que
pueda reaccionar —aseguro tomando su mano entre las mías—, jamás haría
algo que te pudiera dañar. Tú eres mi vida.
Sus grandes ojos azules me miran con duda.
—Cuando te vi ahí con ella... me dolió demasiado y no pude pensar —
balbucea con la voz entrecortada por las lágrimas que amenazan con salir.
—Te amo tonta, jamás podría fijarme en nadie. Estoy locamente
enamorado de ti—Acaricio su mejilla—, aunque debo decirte que tienes un
pésimo ojo para escoger secretarias, en el futuro deberías dejar que otros se
encarguen de eso —bromeo.
Suelta una risa y su rostro se crispa de dolor.
—No me hagas reír, que me duele —dice respirando despacio.
Me inclino pegando mi frente a la unión de nuestras manos, suelto un
suspiro soltando todo el estrés. Tal vez es por toda la tensión que traigo
encima desde hace horas, porque las lágrimas salen de mis ojos sin poder
evitarlo. Suelto un sollozo lastimero.
—Tuve tanto miedo de perderte... de perderlos a los tres —susurro con la
voz quebrada.
—Shhh, tranquilo. —Su mano libre me acaricia la cabeza—. Lo lamento
mucho amor ya estoy bien.
Me limpio las lágrimas con las manos y levanto el rostro.
—He visto a nuestros bebés, son hermosos. —Sonrío emocionado.
—Quiero verlos —reclama.
—Una enfermera nos dijo que los traerían ya deben de estar viniendo.
Justo en ese momento la puerta se abre y dos enfermeras entran
empujando las típicas cunitas transparentes de los hospitales.
—Hola papitos, ¿Quieren conocer a sus hijos? —Una enfermera mayor
con cara bonachona se acerca a María Fernanda para levantar un poco la
cama. La ayuda a acomodarse quedando medio sentada. Luego se acerca a
uno de los bebés y lo carga acercándolo a los brazos de Mafer.
La otra enfermera me acerca al otro bebé, me regala una sonrisa, veo que
es la pequeña. Luego ambas se retiran dejándonos a solas.
—Mira que pequeño es. —Su voz sale suave, con emoción.
Me acerco para que pueda ver también a la bebé en mis brazos.
—Mamá te cuento que esta cosita en mis brazos es una linda nena. —La
miro con una gran sonrisa.
—¡Una niña! —Sus ojos me miran con sorpresa—, pensé que... una niña.
—La sonrisa que esboza es tan grande y hermosa que no me deja duda lo
feliz que se siente en este momento.
—Aún tenemos que ponerles un nombre. —Me acomodo con cuidado a su
lado.
—Qué te parece si para él nos quedamos con Ian, ese nombre nos gustó a
los dos —Sonríe mirándome.
—Me gusta ¿Y para ella?
—Me gusta Astrid. —Me mira con duda, como si buscara mi aprobación
respecto al tema, me gusta, así que sonrío.
—Astrid Carson Avery, le queda bien. Gracias por hacerme papá.
—Gracias a ti por hacerme tan feliz. —Me acerco a ella y deposito un
suave beso en sus labios.
Unos golpes en la puerta nos hacen separarnos. Se abre y la señora
Anthonia asoma su cabeza.
—¿Podemos entrar?
—Por supuesto mamá, pasa —responde Mafer.
La puerta se abre por completo y todos quienes estaban en la sala de
espera conmigo, van entrando uno detrás de otro.
—Hija, nos tuviste tan preocupados —solloza su mamá.
—Ya estoy bien, mamá, ven a conocer a tus nietos. —Anthonia se acerca
a ella y mira de cerca al pequeño Ian, con el señor Avery detrás.
—Enana, solo a ti se te ocurre lanzarte contra un auto. —Molesta Alberto
sin dejar de mirar a Ian.
—Cállate —responde poniendo los ojos en blanco.
—¡Oh! Son hermosos —exclama Lizzy mirando al bebé en mis brazos.
—¿Cómo te sientes mi niña? —pregunta mi papá.
—Adolorida, pero feliz.
—Ay pequeña, solo tú podías traer a tus hijos de una manera épica. —Mi
hermano se acerca y le da un beso en la frente—. Nos tenías preocupados,
hubieras visto al tonto de mi hermano lloriqueando como niña.
—Cállate Alexander —gruño mientras ella suelta una risa.
—Bien familia —dice Mafer llamando la atención de todos—. Queremos
presentarles a Ian y Astrid Carson.
CAPÍTULO 19
Han pasado dos semanas desde que di a luz a esos dos pedacitos de vida.
Y al fin estoy lista para volver a casa, ya no puedo aguantar más tiempo
encerrada aquí. Solo tengo que esperar a que mi novio termine de recoger
los papeles para mi alta y la de los bebés.
Ambos se encuentran plácidamente dormidos en los cuneros. Estoy
aliviada que a pesar de las circunstancias del parto los dos se encuentran en
perfectas condiciones. Nacieron con buen peso, buena talla y sin ninguna
complicación, aun así, la doctora quiere que pasen todo el tiempo posible
aquí.
Yo, por el contrario, si bien no corro ningún peligro tengo mucho dolor en
todas partes. La cadera me duele con cada movimiento brusco que doy,
aunque ahora el dolor es mucho menor que al inicio. La herida de la cesárea
es lo que me duele un poco más, fuera de eso, me siento muy feliz y ahora
algo ansiosa, ya que a partir de hoy estaremos los cuatro solos en casa. No
habrá enfermeras con nosotros que nos ayuden con los bebés.
Mi madre nos acompañará hoy a casa para poder instalarnos bien. Mi
padre ha tenido que hacerse cargo de la empresa desde que estoy aquí,
aunque solo será hasta que esté recuperada del todo y cuando ya me
encuentre bien iré a la empresa por horas y mi madre me ayudará con los
niños.
Alberto tuvo que hacer un viaje al interior del país debido a un problema
en una de sus sucursales, sin embargo, no había pasado desapercibido el
hecho de que lo veía más cercano a Liz. Tendré que hablar con ella al
respecto, tengo que saber que se traen esos dos.
Vanessa me había visitado todos los días con Juan David. Estuvo molesta
porque nadie le avisó del accidente hasta el día siguiente.
También habían pasado a visitarnos Alexander y el señor Michael. La
dulce Julianne, no quiso venir. Aunque le dijo a Gonzalo que quería conocer
a sus nietos.
El llanto de Ian me hace salir de mi letargo.
Me levanto con cuidado evitando hacer algún movimiento brusco. Me
acerco a mi pequeño llorón y con suavidad muevo su cunero.
—Tranquilo, cariño —susurro—, despertarás a tu hermana.
Es increíble lo pequeño que es, acaricio su barriguita y canturreo en voz
baja para tratar que se calme, me muero por cargarlo, pero aún no puedo
hacerlo sola.
Miro a Astrid y veo que está con sus ojitos abiertos, ella siempre está
tranquilita. Supongo que ella era el bebé que siempre estaba quieto cuando
aún estaba en mi barriga.
La puerta se abre y mi novio se acerca sonriente moviendo los papeles en
su mano, cuando está frente a mí se inclina y me da un beso en los labios
luego besa la cabecita de Ian.
—Todo está listo para irnos, tú mamá está subiendo —Mira a Astrid y se
acerca a ella.
—Hola princesa —La carga con cuidado y se acerca a nosotros.
—¿Ya estás lista cariño? —pregunta mi mamá entrando a la habitación.
—Si mamá, solo que los niños se despertaron.
Gonzalo coloca a Astrid en la sillita para el auto que se encuentra sobre
la cama, luego carga a Ian del cunero y lo coloca en la otra sillita. Después
coloca el maletín de los bebés sobre su hombro.
—Vamos cariño —canturrea cargando la sillita de Astrid y mi mamá la
de Ian.
Una enfermera ya está esperando con una silla de ruedas. Me siento con
cuidado y vamos hasta el ascensor, cuando llegamos a la última planta y
salimos hasta el estacionamiento al fin me siento libre.
Mamá y Gonzalo colocan las sillas de los mellizos en el asiento de atrás
asegurándolas con los cinturones. Luego mi novio se encarga de ayudarme a
ponerme de pie y a sentarme en el asiento del copiloto. Agradezco a la
enfermera, quien me sonríe y se va.
—Por fin nos vamos a casa. —Me mira él con una sonrisa.
—Sí, estoy emocionada y asustada al mismo tiempo. —Me sincero.
—¿De qué estás asustada?
—Tú y yo estaremos solos todos los días, tengo miedo de no hacerlo
bien.
—Lo harás bien, yo estoy aquí para ayudarte. —Sujeta mi mano entre la
suya y sin dejar de mirar al frente me da un beso en ella—. Aprenderemos
juntos.
—Tienes razón. —Giro la cabeza para mirar a los bebés. Ambos estaban
dormidos—. Estaremos bien.
Llegamos al edificio al mismo tiempo que lo hace mi mamá. Cuando
estamos en la comodidad del departamento cargo a Ian con ayuda de mi
madre y camino con cuidado hasta el cuarto de los bebés. Hasta el momento
solo tenemos dos cunitas y algunas cuantas cosas, pensamos que todavía
tendríamos el tiempo para decorarla, no obstante, dadas las circunstancias
tuvimos que acomodarnos.
Me detengo de golpe cuando entro a la habitación y miro maravillada
todo el lugar. El cuarto está decorado por doquier; hay dos cunitas una al
lado de la otra, una adornada de rosado y la otra con celeste. En la pared
detrás hay un dibujo de dos árboles cada uno con un columpio, en uno una
niña y en el otro un niño. Toda la habitación está decorada de la misma
manera, la mitad de rosado y la otra mitad de celeste.
—¡Es precioso! —exclamo emocionada. Me acerco a la cuna de mi hijo
y miro fascinada los detalles. Gonzalo coloca a Astrid en la suya, para luego
acercarse y tomar a Ian de mis brazos y acostarlo.
—Me alegra que te guste. —Me abraza y me da un beso.
—Vamos, mamá nos está esperando. —Lo agarro de la mano y salimos
dejando la puerta junta.
—¿Están dormidos? —pregunta ella cuando entramos a la cocina.
—Si —respondo.
—Bueno muchachos será mejor que me vaya. —Agarra su bolso y nos da
un abrazo a cada uno.
Gonzalo la acompaña a la puerta.
—¿Cómo te sientes? —pregunta cuando está a mi lado.
—La verdad me siento feliz, aunque un poco adolorida. Y lo único que
quiero es darme una ducha y dormir —confieso.
El ríe y besa mi frente.
—Yo también estoy feliz. —Me da otro beso—. Y en este momento
vamos a ayudarte con esa ducha y después nos iremos a dormir.
Me lleva de la mano hasta el baño, abre la llave de la ducha y regula la
temperatura. Después se gira hacia mí y se acerca. Sus manos agarran el
dobladillo de mi camiseta y me ayuda a sacármela dejándola sobre el frio
suelo del baño, se deshace también del sujetador, luego con cuidado me quita
el resto de la ropa.
Con su ayuda entro a la ducha, el agua caliente me ayuda a relajar mis
músculos tensos.
Lo siento acariciar mis brazos con mucha delicadeza, agarra el jabón y
con cuidado me ayuda a lavarme, sus manos jabonosas recorren mis brazos y
van hasta mis senos sin detenerse mucho rato ahí, lava mi espalda y con
mucho cuidado mi barriga. No hay nada sexual en su toque, ahora mismo es
solo amor lo que veo en sus ojos.
Luego de terminar de ducharnos, vamos al cuarto. Me ayuda a vestirme y
me cepilla el cabello. Fue algo muy lindo en realidad.
Me siento tan cansada así que en cuanto mi cabeza toca la almohada mis
ojos se cierran.
. . .
Han pasado dos meses desde que nacieron los mellizos ya me siento más
establecida en la rutina. Gonzalo se tomó un tiempo para cuidarme, mas, ya
tuvo que regresar a su trabajo. Mi mamá ha sido de mucha ayuda desde
entonces. Hoy me toca a mí regresar a la empresa y estoy un poco nerviosa
por eso, pero ya he estado lejos por mucho tiempo y no puedo dejar que mi
papá se estrese demasiado, él necesita descansar y por más que me muera
por quedarme en casa con mis bebés, debo retomar mis responsabilidades.
Me miro en el espejo, el enterizo beige que me he puesto me queda
bastante bien. A pesar de que aún estoy algo hinchada debo aceptar que me
veo genial.
Camino hasta la cocina donde mi mamá me espera.
—Los bebés ya comieron y están dormidos. —Le digo mientras agarro
mis cosas para salir.
—Ya querida, vete de una vez que se te hace tarde
Bajo por el ascensor hasta el estacionamiento, pensando en la angustia
que me da dejar a mis bebés, mas, al mismo tiempo sé que no podrían estar
en mejores manos.
Cuando llego dejo el auto en el estacionamiento y voy a la entrada del
edificio.
—Buenos días, señorita Kuznetsova —saludo a la recepcionista.
—Buenos días, señora —responde poniéndose de pie de un salto.
Entro al ascensor, hasta el piso de mi oficina. Camino hasta el escritorio
de Maggie.
—Buenos días, Maggie ¿Mi papá está ahí? —pregunto en cuanto estoy a
su lado.
—Mi niña. —Se levanta y me abraza—. Tu padre está adentro. Dime
¿Cómo están esos hermosos bebés?
—Están bien, se quedaron con mi mamá —comento—. Estás semanas
vendré en las mañanas y regresaré en la tarde para estar con ellos.
—Me parece muy bien mi niña —responde.
—Voy a entrar de una vez. —Avanzo hasta mi oficina y entro.
—Hija ya has llegado. —Mi papá se me acerca y me da un beso en la
mejilla.
—Hola papá ¿Cómo va todo por aquí?
—Todo marcha sobre ruedas. Te dejo en la agenda las próximas
reuniones que tienes. También se cerró el trato que dejaste pendiente.
—Muchas gracias, papá, ahora puedes seguir disfrutando de tu retiro
—Sí, creo que me pasaré por tu casa y visitaré a mis nietos. —Se
despide de mí y sale.
Bien ya es hora de ponerme al ruedo de nuevo. A pesar de todo, extrañé
estar aquí.
. . .
Gonzalo
—¿Estás seguro que es lo mejor? —pregunta Alexander jugando con el
lapicero frente a él.
—Si Alex, no quiero que se preocupe. Ahora ella está tranquila y quiero
que siga así —digo revisando unos correos desde mi computador.
—Estás recibiendo amenazas desde hace una semana —continua molesto
—. Me parece que es algo importante que ella sepa eso.
—Ya te dije que no quiero preocuparla. —Cierro la computadora de
golpe—. Además, ya mandé a investigar las notas que me han llegado.
—Sigo creyendo que si se entera por otro lado será peor para ti —afirma
cruzándose de brazos.
—Por eso nadie le dirá nada Alexander —respondo molesto—. Escucha,
lo que sucedió el día del accidente fue la peor experiencia de mi vida. Me
volvería loco si algo le pasa a ella o a los niños, ellos son mi vida.
—Por eso mismo tienes que cuidarte. Las notas dicen que te harán sufrir
por el daño que has causado.
—Ya sé qué dicen las notas —gruño rodando los ojos.
—¿Al menos tienes una idea de quién pueda tratarse?
Antes de que pueda responder, los toques en la puerta me interrumpen.
—Adelante —digo en voz alta.
La puerta se abre dejando ver a la señora Melissa Jones, es mi nueva
secretaria. En cuanto pude darme un tiempo después del nacimiento de los
niños vine a la editorial y me aseguré personalmente de que Helena no
estuviera aquí. Entonces yo mismo contraté a la nueva secretaria. Esta vez es
una señora de unos cincuenta años. Mejor una persona mayor no quiero líos
de nuevo.
—Dígame señora Jones.
—Su reunión empezará en cinco minutos ya están reunidos y esperan por
usted
—Enseguida voy, muchas gracias. —respondo agarrando los documentos
que necesito para la reunión.
—Bueno hermanito te dejo —habla Alexander—. Por favor piensa en lo
que te dije.
—De acuerdo, ahora lárgate y déjame trabajar, hombre
salgo detrás de él y cierro la puerta.
Las palabras de mi hermano resuenan en mi cabeza, sé que no debo tomar
estas notas a la ligera, sin embargo, me rehúso a preocuparla. Todo lo que
pasó fue horrible y solo quiero que ella disfrute de esta nueva etapa sin
preocupaciones que enturbien sus días. Me encargaré de protegerla, a ella y
a mis hijos.
. . .
Llevo al menos una hora en casa, cuando llegué mamá ya le había dado
de comer a los mellizos. Intercambiamos un par de palabras antes de que se
fuera.
Dejo a los mellizos en sus sillitas encima de la encimera de la cocina, de
esta manera puedo preparar la cena y mantenerlos vigilados.
A lo lejos escucho el sonido de mi teléfono, camino hasta la sala y saco
el aparato de la cartera.
Es un mensaje de texto, lo abro mientras regreso a la cocina. Es de un
número desconocido. Abro mis ojos con sorpresa en cuanto lo leo.
María Fernanda, creo que ya es hora de que conozca a mis nietos. Deseo
que me los traigas.
Julianne Carson.
No puedo creer que esta señora se haya atrevido a escribirme, al menos
se ha dignado en mostrar interés en sus nietos. Aunque yo no quiero tener
ninguna relación con ella no puedo evitar que conozca a los bebés. Ellos
merecen convivir con su abuela después de todo.
Tras meditarlo por un buen rato decido que es lo mejor. Suspiro y
empiezo a responder con otro mensaje.
Me parece bien señora Julianne, ¿a qué hora?
¿Desea que vaya a su casa?
Respondo y dejo el teléfono sobre la mesa. Miro a los niños que están
despiertos jugando con sus chupones. El teléfono vuelve a sonar. Lo agarro y
leo.
Me encuentro en el centro comercial. Ven a recogerme y comemos aquí.
Te espero en el estacionamiento.
«¿Por qué me quiere complicar la vida?» hubiera sido mejor ir directo a
su casa. «Respira, Mafer, respira» no quiero arruinar el momento cuando al
fin parece que quiere acercarse a nosotros, tal vez se sienta mejor en un
lugar neutro.
Por suerte el día está perfecto, no hay mucho sol, ni mucho viento, así que
no hay problema en sacar a los bebés.
Antes de salir, me cambio de ropa y reviso dos veces todas las cosas que
necesitaré y lo guardo en la pañalera antes de colgarla en mi hombro. Meto
las llaves del auto en el bolsillo trasero del pantalón, porque esto de llevar
dos bebés no es nada fácil, ahora mismo por ejemplo tengo una sillita en
cada mano.
Llego hasta el auto, meto con esfuerzo a los niños en la parte de atrás y
cuando siento que están bien seguros, me voy a mi asiento.
Busco mi teléfono en la pañalera, quiero llamar a Gonzalo para decirle
que estoy yendo a ver a su mamá. Mi novio no responde, seguro está en una
reunión. Hago una nota mental para volver a llamarlo y dejo el teléfono
sobre el asiento del copiloto.
El camino hasta el centro comercial no es muy largo, hecho una mirada
atrás para ver a los mellizos, ambos están dormidos por el movimiento del
auto. Avanzo hasta el sótano donde está el estacionamiento. Cuando llego
veo un cartel «Sótano lleno, dirigirse al sótano 2»
«¡Genial!»
Cuando al fin puedo entrar avanzo entre los pocos automóviles que hay
estacionados, el lugar está casi desierto. Apago el auto, antes de bajar agarro
la pañalera y me la cuelgo. Bajo y abro la puerta de atrás, me inclino para
soltar el cinturón, mas, antes de poder liberarlo, siento que me jalan del
cabello con fuerza tirándome al suelo.
Frente a mi hay un hombre vestido de negro lleva el rostro cubierto por
un pasamontañas, solo puedo ver sus ojos inyectados en sangre. Miro detrás
de él y veo con horror como otra persona esta inclinada dentro del auto.
«¡Mis hijos!»
Me pongo de pie con rapidez, sin embargo, antes de si quiera alcanzar a
mis bebes, el hombre me agarra por detrás y me estampa contra el auto.
—Por favor —suplico—, no toquen a mis hijos, por favor. ¡Tengo dinero!
¿Cuánto quieren? ¡Les daré lo que quieran?
—¡Cállate perra! —grita el hombre su voz está distorsionada.
Me doy cuenta de que la persona que está detrás es una mujer, aunque
tampoco puedo ver su rostro, trae el mismo pasamontañas que su compañero.
Tiene a Ian en su silla, la deja en el piso y avanza hacia mí.
—¡No queremos tú dinero, maldita zorra! —dice la mujer tirándome una
cachetada clavándome las uñas en el proceso—. Ahora cállate que
despertarás a los mocosos.
—¡No! ¡No, por favor! ¡Dejen a mis hijos! —grito desesperada.
—¡No escuchaste que te dije que te callaras! —El hombre acompaña sus
palabras con un golpe en mi rostro. Lo hace con tanta fuerza que me hace
caer al suelo. Me pongo de pie con rapidez agarrando mi cara. No me
importa sangrar, lo único que quiero era recuperar a mis hijos.
Camino con decisión hasta la mujer y trato de sacarla, pero el hombre es
más rápido y me jala del pelo, me tira al piso. Cuando caigo me patea con
fuerza en las costillas dejándome sin aire.
Antes de poder hacer algo más el grito de un hombre nos hace girar,
cuando nos ve abre los ojos desmesuradamente y corre en nuestra dirección.
—¡Deténganse! —grita corriendo hasta nosotros.
—¡Maldita sea! —grita el hombre alzando la pistola y apuntándolo.
El hombre encapuchado se planta delante de mí y disparada antes de que
el desconocido pueda hacer otro movimiento y yo cierro mis ojos con fuerza
mientras un grito de horror escapa de mis labios. Cuando los abro veo al
hombre desconocido en el suelo sujetándose con fuerza su estómago, que en
pocos minutos empieza a sangrar. Las lágrimas ruedan por mis mejillas.
«¡Dios mío! ¡Vamos a morir!»
El llanto de los mellizos llena el silencio del estacionamiento.
—¡Imbécil! —grita la mujer—, ¡¿por qué le disparaste?!
—¡Cállate! —brama su compañero fuera de si—, ¡no te das cuenta que
iba a sacar un arma!
La mujer saca Astrid que no deja de llorar
Al ver que intento ponerme de pie, el hombre se acerca y me tira un
puntapié, esta vez en el estómago. No puedo moverme, ni respirar. Las
lágrimas nublan mi visión. La mujer se me acerca con las sillitas en cada
mano y se agacha para estar a mi altura.
—Míralos, porque será la última vez que lo hagas. —Se burla.
«¡No por favor, mis bebés no!»
—Muévete de una vez. —Le dice el hombre.
Ella se levanta y mete a los bebés en la camioneta que está al lado de la
mía. Luego sube en el asiento del copiloto.
—¡No, no se los lleven! —sollozo
El hombre se agacha y me agarra el cuello con fuerza.
—Sera mejor que te calles si no quieres que saque a tus preciosos
bebitos y les dispare —amenaza colocando la pistola en mi frente.
Se me congela la sangre en ese mismo instante. Las lágrimas siguen
cayendo por mis mejillas. Me es muy difícil respirar gracias a la presión de
la mano del hombre en mi cuello.
«¡Oh, Dios mío! ¡Protege a mis hijos!»
Cuando me suelta, empiezo a toser tratando de recuperar el aire. Levanto
el rostro y el hombre me golpea la cabeza con la parte de atrás de la pistola.
Caigo al piso, puedo ver que el hombre recoge la pañalera del suelo y se
mete a la camioneta que empieza a retroceder, puedo ver la placa de la
camioneta.
«¡CRT-234! ¡No lo olvides!»
Me repito una y otra vez. Trato de ponerme de pie, pero todo empieza a
oscurecer.
—María Fernanda. —Muevo mi rostro para ver al hombre que aún está
en el suelo, su piel ha perdido color—, María Fernanda —dice con los
dientes apretados.
Antes de poder comprender como es que este hombre sabe mi nombre
todo a mi alrededor se vuelve negro.
. . .
Gonzalo
Estoy muy preocupado, cuando llegué a la casa hace dos horas, no había
nadie. Llamé a la señora Anthonia y me dijo que se fue a las dos de la tarde
cuando Mafer regresó de trabajar.
Llamé a sus amigas y ninguna de las dos sabe de ella desde la mañana.
Hasta he llamado a Álex y tampoco sabe nada. He marcado su número
incontables veces, sin recibir respuesta y lo que me tiene al borde de la
desesperación es que José el guardaespaldas que puse para que cuide a
Mafer y a los niños tampoco contesta ninguna de mis llamadas.
Lo único que tengo es una llamada perdida a las tres de la tarde, en ese
momento estaba con un cliente y no había podido contestar.
«¡Maldita sea Mafer! ¿Dónde estás?»
Vuelvo a llamar sin recibir respuesta alguna. Cuelgo resignado, tirando el
teléfono en el sofá justo cuando empieza a sonar, lo cojo con prisa y contesto
sin mirar.
—¿Estás ahí? ¡Mafer! —No puedo contener que mi voz suene
desesperada.
—Buenas noches ¿Con quién tengo el gusto? —La voz de una mujer suena
al otro lado de la línea.
—¿Quién habla? —exclamo.
—Señor ¿Usted, es familiar de María Fernanda Avery? —pregunta con
tranquilidad la mujer.
—Sí, es mi novia. ¿Dónde está ella?
—Señor, mantenga la calma. En este momento la señorita se encuentra en
la clínica del centro. Parece que la han asaltado, porque estaba golpeada al
costado de su auto.
—¿Qué? Pero... y mis hijos ¿Cómo están ellos? —pregunto preocupado.
—Disculpe señor, solo se encontró a la señorita, no había ningún niño con
ella —La confusión se puede escuchar en su voz.
—¿Cómo es eso posible? ¡Ella esta con mis bebés! ¡Apenas van a tener
dos meses! ¿Dónde están mis hijos? —grito desesperado.
—Señor, será mejor que venga de una vez.
«¡¿Qué es lo que está pasando?!»
CAPÍTULO 20
Llego a la clínica que me indicó la señorita por teléfono y corro hasta
recepción.
—Señorita me acaban de llamar para informarme que han traído a mi
novia.
—¿Cuál es el nombre de la señorita?
—María Fernanda Avery —hablo rápido.
La mujer empieza a buscar en su computadora y mis nervios se
incrementan.
—Ella está en el segundo piso, ahí le pueden dar más información.
Antes de que termine de hablar ya estoy subiendo las escaleras, no puedo
esperar a que llegue el ascensor. Una vez llego al segundo piso me acerco a
una señorita con bata.
—Buenas noches, quiero saber dónde se encuentra mi novia. —Me
apresuro a decir—. Me llamaron hace un momento. Se llama María Fernanda
Avery.
—Ah buenas noches, fui yo quien lo llamó. La señorita se encuentra
dormida en este momento. Estaba inconsciente en el estacionamiento del
centro comercial aún no despierta —explica.
—Señorita, mis hijos, ella tenía que estar con mis hijos. Usted me dijo
que no había nadie más.
—Un guardia del centro comercial la encontró desmayada y golpeada,
junto a ella se encontraba un hombre identificado como José Hurtado, ha
sido ingresado por herida de bala. Solo ellos, nadie más.
—José es el guardaespaldas de mi novia. —Ahora si me siento más
alterado que hace un momento—, ¿cómo esta él? ¿Puedo hablarle?
—Me temo que eso no será posible, en este momento se encuentra en sala
de operaciones y van a tardar, le recomiendo… —antes de poder continuar
un alboroto nos hace girar.
Dos enfermeras entran corriendo a la habitación de la que proviene el
alboroto.
—Espere un momento por favor —ordena sin mirarme y caminando en
dirección a la habitación.
A pesar de su orden camino hasta la habitación, llamado por la
curiosidad. Asomo mi cabeza por la puerta abierta. Las enfermeras tratan de
hacer que la paciente se quede en la cama, no puedo ver el rostro porque la
ocultan con sus cuerpos.
Una de ellas se agacha para recoger el suero caído y la veo luchado por
ponerse de pie.
—¡Mafer! —exclamo acercándome con rapidez.
En cuanto escucha mi voz se queda inmóvil. Sus ojos se abren de manera
exagerada y luego se llenan de lágrimas. Agarro su mano y ella la aprieta
con fuerza.
—¡Se los llevaron!, ¡se llevaron a los bebés! —Las lágrimas caen sin
piedad de sus hermosos ojos.
Miro con atención su rostro y veo con horror que tiene el labio roto e
hinchado, en el lado derecho de la cara tiene tres arañazos, además tiene
marcas alrededor de su cuello, sé de inmediato que intentaron asfixiarla y
eso hace que me hierva la sangre.
—¿Qué ha pasado cariño? —hablo con suavidad acariciando su mejilla
izquierda.
Me mira y sus labios tiemblan.
—Tenemos que buscarlos ¿Por qué seguimos perdiendo el tiempo? —
exclama tratando de pararse de nuevo.
—Señorita debe mantener reposo hasta que el doctor le dé el alta. —Una
de las enfermeras se precipita agarrándola por los hombros—, tiene dos
costillas rotas —explica esta vez mirándome a mí.
—Amor, primero tienes que decirme que fue lo que pasó. —Trato de
transmitirle calma, calma que yo no siento.
«¡¿Quién carajo ha hecho todo esto?!»
—Recibí un mensaje de tu mamá, quería que nos viéramos en el centro
comercial para comer —empieza a narrar—, ella quería conocer a los
mellizos.
«¿Mi mamá le escribió?»
Me cuenta lo demás y el fuego en mi sangre se incrementa.
—Tranquila cariño, te juro que recuperaré a nuestros hijos.
—Lo que si pude ver antes de perder el conocimiento fue la placa de la
camioneta en la que se fueron. —Se apresura a decir—, era CRT-234
¿Verdad que será de ayuda?
—Si cariño. —Me acerco a ella y le doy un beso en la cabeza—. Ahora
quédate tranquila voy a hacer unas llamadas.
Me mira angustiada y se recuesta.
—Se la encargo —digo mirando a la enfermera que está delante de mí.
Las tres enfermeras que están ahí me miran con pena.
Salgo lo más rápido que puedo y saco el teléfono.
Tengo que llamar a la policía enseguida.
. . .
Después de salir de la clínica voy directo al centro comercial. El lugar
estaba vacío a excepción del auto de Mafer, me acerco con rapidez para
revisarlo. Hay una gran mancha de sangre en el piso. Sé que ella está bien,
pero no puedo evitar que un escalofrío me recorra el cuerpo al imaginar lo
que tuvo que pasar.
Sacudo la cabeza y abro la puerta del auto, reviso todos los rincones por
si puedo encontrar algo que sea de utilidad, encuentro su teléfono en el suelo
del auto.
Ella me había dicho que mi mamá le escribió y eso me pareció muy
extraño, ella nunca le habría escrito a Mafer. Reviso el teléfono hasta los
mensajes y como imaginé no fue ella la que lo mandó.
Las horas han pasado con rapidez, son las tres de la mañana. Estamos
todos en mi casa, mi papá, Alex y el señor Mikael hablan por teléfono
tratando de ver con unos de nuestros miembros de seguridad que es lo que
podían hacer, Alberto está en su computador mirando en las cámaras de
seguridad del centro comercial, junto a él hay varios agentes de la policía.
Después de llamar a la policía me comuniqué con mi familia y con la de
Mafer. Todos se habían movilizado sin perder tiempo.
El número de la placa que ella memorizó no nos sirve de mucho porque
es falsa, en su lugar están tratando de rastrear la llamada, aunque les está
tomando algo de tiempo. Lo peor de todo es que todas las esperanzas que
tenía puestas en José se me fueron por la borda porque él se encuentra
sedado y no puede recibir visitas, tenía la esperanza que me diera
información sobre las personas que se llevaron a mis hijos.
Cuando mi mamá se enteró de que todo este asunto había empezado con
un supuesto mensaje de ella, se puso mal, siente que en cierto modo es su
culpa. Asegura que, si ella se hubiera acercado antes, nada de esto hubiera
pasado. Quiere verla y disculparse.
En este momento mi novia se encuentra en el dormitorio con sus amigas,
la señora Anthonia y mi madre. Por más que intenté convencerla de quedarse
en la clínica no pude evitar que decidiera regresar a la casa.
Me parte el alma verla llorar tanto y entiendo cómo se siente yo estoy
igual que ella, ¡Son mis hijos a los que se llevaron!
Con cada minuto que pasa siento la desesperación aumentar, esto de no
tener ningún tipo de noticias me está matando lentamente.
—¿Aún no pueden encontrarlos? —pregunto exaltado—, ¿cómo es
posible? ¡Llevamos horas en esto y ustedes aún no saben nada!
—Señor Carson, sé cómo se siente. —Me responde con tranquilidad el
agente a cargo—. Pero esto toma su tiempo, mantenga la calma por favor.
—¡Cómo quiere que este calmado si no sé dónde están mis hijos! —
exploto soltando todo lo que me presiona el pecho. No puedo aguantar más,
mis lágrimas empiezan a caer sin importarme quien este mirándome. Me
siento en el suelo y suelto toda la frustración y tensión que traigo dentro
desde que llegué hoy a la casa—. Creo que voy a morir si algo les pasa —
sollozo.
Unas manos sujetan mis hombros.
—Debes mantener la fe, debes hacerlo por María Fernanda y por tus
hijos —Mi papá aprieta sus manos en mis hombros dándome fuerzas—.
Verás que los encontraremos bien.
«¡Tiene razón, ellos estarán bien! ¡No me puedo dar por vencido!»
Me levanto y limpio mis lágrimas con el puño de mi manga.
—Gracias papá —susurro.
—Perdóname por favor. —Giro y veo a Mafer de pie en la entrada de la
sala. Su voz es un susurro lastimero, me mira y en sus ojos se ve el dolor que
trae... que traemos los dos.
Me acerco a ella con rapidez
. . .
María Fernanda
Cuando llegamos a la casa todos estaban allí incluyendo a la señora
Julianne, para mi sorpresa. En el momento en que Gonzalo y yo entramos a la
casa se acercó a mí y me abrazó.
—Lo lamento tanto mi niña —había dicho en mi oído—, jamás quise que
pasaras por este dolor. —Su voz entrecortada me hace llorar.
Entendí que ella no es mala, solo quiere lo mejor para su hijo después de
cómo él ha sufrido, no siento ningún tipo de rencor hacia ella.
Llevábamos tantas horas en lo mismo, los agentes no hacen nada y yo
estoy desesperada por encontrar a mis bebés.
He permanecido sentada en mi cama por largo rato, miro la taza de té en
mis manos, mi mamá me la había dado con la esperanza de que me ayudara a
calmarme, aunque nada puede hacerlo.
Todas están acompañándome y lo único que yo quiero es salir corriendo
hasta encontrar a mis hijos. Me siento muy inquieta.
—Necesito salir de este cuarto o me volveré loca —Camino hasta la
puerta con todo mi séquito detrás de mí.
Cuando llego a la entrada de la sala, veo algo que hace que se me parta el
corazón, más si es posible, en miles de pedazos.
Gonzalo cae sentado en el suelo llorando.
—Perdóname por favor —no puedo evitar hablar.
Él se acerca a mí en un abrir y cerrar de ojos.
—No tengo nada que perdonarte mi amor
—Es por mí, todo es por mí —sollozo—. Debí protegerlos, son mis hijos
y no pude protégelos.
—Tranquila por favor. —Me abraza—. Escúchame bien, María
Fernanda, nada de esto es tu culpa, nada. Te prometo que encontraré a
nuestros hijos, aunque tenga que levantar cada piedra en mi camino.
Tranquila mi amor.
Apoyo mi cara en su pecho dejando que las lágrimas sigan su curso.
«¡Como duele!»
Él está llorando, sufre tanto como yo.
—¡Hemos conseguido la ubicación! —El grito del comisario nos hace
girar—. Los tenemos, ya sabemos dónde están. Podemos ir en este momento.
Cómo sincronizados todos nos acercamos con rapidez hasta el comisario.
. . .
—¿En dónde están? —pregunta Gonzalo. Después de las palabras del
agente todos lo rodeamos ansiosos por saber el paradero de los mellizos.
—Están como a una hora de aquí —nos dice mirando la pantalla del
computador—. En la que era propiedad de «Los Salgado».
—Se dónde queda eso —exclama Alberto.
—¿Qué estamos esperando? ¡Vamos a ese lugar! —chillo.
—No. —La voz contundente de mi papá me detiene—. No es conveniente
que vayas ahí.
—¿Por qué no? ¡Son mis hijos los que están ahí! —refuto encarándolo.
—nosotros nos haremos cargo de la situación. Si alguno de ustedes va, lo
único que harán será entorpecer nuestro trabajo —asegura el agente con
seriedad.
—Yo iré con ustedes —responde Gonzalo—. Y no cambiaré de opinión.
Luego se gira hasta quedar frente a mí y acuna mi rostro en sus manos.
—Amor, yo necesito que te quedes aquí. No voy a poder estar tranquilo
si no. —Me habla suavemente.
—Pero... ellos me necesitan —susurro— yo necesito estar con ellos.
—Te prometo que los traeré contigo, voy a recuperar a nuestros bebés.
—Me da un beso en la frente y me abraza con fuerza.
—Necesito que regresen los tres conmigo. —Levanto el rostro para verlo
a los ojos.
Me sonríe con ternura y me besa. Me besa como si nunca más lo volviera
hacer, el corazón se me estruja ante esa sensación, pero le devuelvo el beso
con ganas. Sin importarnos que la habitación esté llena de personas.
—Te amo —susurro separándome de sus labios.
—Te amo.
Se da la vuelta y camina hasta el agente.
—Vamos de una vez, no perdamos más tiempo. —Me mira una última vez
y camina hasta la puerta, por dónde ya están saliendo los agentes.
—Yo voy a ir con él también. —Mi hermano habla mirando a Liz. Ella lo
mira angustiada y asiente. Él coloca una mano en su cintura y le da un beso
en los labios.
Camina hasta donde me encuentro y me da un beso en la frente.
—Vamos en mi auto. —Alexander avanza, me guiña un ojo y sale por la
puerta seguido de mi hermano.
«¡Dios esto es una tortura!»
Me siento en el sofá con un nudo en el estómago. Mi madre se sienta a mi
lado.
Pasa un brazo por mis hombros reconfortándome y yo dejo caer mi
cabeza en su hombro.
. . .
Gonzalo
Estoy en el asiento de atrás con los agentes a mi lado. Hay dos patrullas
más adelante.
Mi corazón late con rapidez mientras más nos acercamos al lugar ya casi
hemos llegado.
Giro la cabeza y veo el auto de mi hermano detrás del nuestro. El auto se
detiene y puedo ver una gran casa, se ve que está abandonada hace mucho
tiempo, abro la puerta y bajo con rapidez. Detrás de nosotros Alex y Alberto
bajan del auto, ambos alertas.
—Muy bien avanzaremos en grupos —dice mirando a sus compañeros—.
Y ustedes se quedarán aquí, no van a hacer ningún movimiento sin que lo
autorice. —Nos mira.
—Yo voy a ir con ustedes, no me importa lo que diga —refuto molesto.
—Señor Carson. —Me mira con reproche, luego suspira—, comprendo
cómo se debe estar sintiendo, precisamente por esto, lo mejor es que se
quede aquí.
Lo miro sin estar convencido del todo
—Todos ustedes ya saben lo que tiene que hacer —dice dirigiéndose a
los demás agentes.
Primero avanza un grupo, que va bordeando la casa. El agente Rodríguez
empieza a caminar con el suyo, fuerzan la entrada principal y se adentran
hasta perderse en la oscuridad de la casa.
Empiezo a caminar de un lado a otro con nerviosismo.
—¡Tranquilízate! —exclama Alex.
—¿Cómo quieres que me tranquilice si adentro están mis bebés y yo no
puedo ir por ellos?
Veo que Alberto empieza a caminar hasta el costado de la casa. Lo sigo
sin pensarlo dos veces.
—¿A dónde creen que van? —La voz de Alex se escucha detrás de
nosotros.
—¡Miren! ¡Aquí hay una entrada! —Señala una puerta que está cubierta
por plantas, casi no se puede distinguir por todo lo sucio que está.
Alberto empieza a mover las enredaderas, me acerco y lo ayudo a
retirarlas. Cuando la puerta queda libre llevo mi mano a la manija y con un
poco de esfuerzo la puedo abrir.
Adentro esta oscuro, parece que la puerta lleva a un sótano.
—No creo que sea una buena idea —susurra mi hermano.
Ignoro su comentario y camino. A pesar de Alex, avanzamos los tres. Es
una especie de pasadizo.
Caminamos con cautela, cuando entramos todo está oscuro. Mis ojos
tardan unos minutos en adaptarse.
—Esto es una mala idea. —Se vuelve a quejar mi hermano detrás mío.
—¡Alexander! ¿Quieres callarte? Puedes quedarte afuera si tanto te
molesta.
—¿¡Estás loco!? Y perderme toda la acción. No puedo dejarte solo
hermanito
—Cállense los dos de una vez, alguien nos puede oír. —Se queja
Alberto.
Avanzamos hasta llegar a una puerta, la abro despacio y miro el interior.
No hay nadie ahí, es una habitación pequeña con cajas amontonadas.
Atravesamos la siguiente puerta y llegamos a una habitación amplia hay
varias mesas y sillas en un rincón y a un extremo una escalera. Subimos, se
pueden escuchar ruidos.
Como está todo oscuro no se puede ver muy bien, son las voces que se
escuchan cada vez más cerca las que nos hacen estar alerta.
—Mueve tu culo, no quiero que nos atrapen. —Es la voz de un hombre.
El silencio de la noche es roto por un llanto. Mi corazón empieza a
bombear con fuerza. De pronto se escucha un fuerte golpe y de nuevo el
silencio.
—Maldita sea. —Esta vez es la voz de una mujer.
Sin poder detenerme empiezo a correr en dirección del ruido. Escucho,
más que ver, que Alex y Alberto tratan de detenerme.
Corro por la habitación y cuando abro la puerta me encuentro frente a
frente con quien menos esperaba.
Cassidy, vestida de negro, en sus manos tiene a Astrid en su silla.
—¡Tú! —rujo.
Me mira con expresión horrorizada.
—¡Maldita sea Cassidy! —Me acerco y ella retrocede asustada—, ¿cómo
has podido hacer esto?
Ella saca a Astrid de la sillita y la sostiene en sus brazos.
—¡Dame a mi hija! —Me acerco más a ella.
—¡No te muevas o la tiró!
Mi hija empieza a llorar y en ese momento llegan Alex y Alberto
—¿En serio? —exclama Alex sin poder creer lo que ve—, sabía que
estabas loca, pero nunca imaginé que estabas tan desquiciada como para
hacer esto.
—¿Qué se te cruzó por la cabeza Cassidy? —pregunto molesto.
—¡Tú tienes la culpa! —grita.
Frunzo el ceño ante sus palabras.
—¡Sí, es tu culpa! —Zarandea a Astrid haciendo que vuelva a llorar—,
¡tú tenías que ser mío y no de esa zorra!, ¡esta mocosa no debería existir! —
grita con la mirada perdida.
Desesperado trato de acercarme más a ella, pero cuando lo hago, vuelve
a zarandear a Astrid.
—Y lo hubiera conseguido, lo tenía todo planeado. —Sigue explicando
—. Conseguí meter a Helena a la empresa.
«¡¿Qué?!»
—¿Qué tiene que ver Helena aquí? —Estoy confundido.
—¡Yo la contraté para que te sedujera! ¡La maldita tonta no pudo hacer
nada bien! —Aunque debo de reconocer que el día que tú zorrita los
encontró al menos algo bueno pasó. No planeé que la atropellaran, debería
considerar hacer más cosas sin planificarlas ya que se me dan muy bien. Lo
único que lamento es que la maldita no se haya muerto.
Estoy sorprendido de lo que es capaz de hacer Cassidy para conseguir su
capricho.
Tengo que hacer algo rápido o ella podría hacerle daño a mi hija.
—Tienes razón Cassidy. —Empiezo a decir con lentitud. Ella me mira
sorprendida—. Tú eres mejor para mí que esa zorra. —Tengo que intentar lo
que sea para que me entregue a Astrid.
Ella me mira extrañada, me acerco de nuevo y esta vez ella no se mueve.
Camino hasta quedar frente a ella, tomo a Astrid en mis brazos, sigue
llorando con desesperación. Giro un poco la cabeza para mirar a Álex que
entiende y se acerca a mí lado para tomar a Astrid, se da la vuelta y sale con
ella.
Una vez que mi hija está lejos del peligro, dejo salir toda la cólera que
estaba tratando de mantener a raya y agarro con fuerza a Cassidy por las
muñecas.
Ella grita de dolor.
—¡Espero que te pudras en la cárcel yo me encargaré de que no salgas
nunca! —espeto.
Alberto toca mi hombro.
—Yo me quedaré con ella, tenemos que encontrar a Ian —habla con
serenidad.
Tiene razón, debo ir por Ian.
Dejo que Alberto agarre a Cassidy y camino hasta la otra puerta.
Escucho voces y camino hasta ellas, cuando llego, está el agente
Rodríguez y varios policías todos empuñando sus armas.
Frente a ellos hay un hombre, achino los ojos porque no se me hace tan
conocido hasta que… ¡Oh Dios mío! es Carlos, el ex de María Fernanda, lo
puedo reconocer de una foto que me mostró una vez.
—Así que estás aquí. —Me habla apuntándome con un arma. Sus ojos
están inyectados en sangre y trae a Ian contra su pecho, que está dormido.
—Carlos, dame a mi hijo, él no tiene nada que ver.
—Te equivocas, él tiene todo que ver. —Su rostro luce desencajado, con
grandes ojeras y parece que no ha dormido ni comido en varios días—. Por
su culpa ella me dejó. Debo aceptar que no tenia planeado hacer nada, solo
me dedique a perseguirla y averiguar quien era el infeliz que la separó de
mí, me llene de rabia cuando descubrí que eras tu.
Mueve la mano que lleva la pistola, mi corazón late con rapidez cuando
lo veo apuntar la pequeña cabecita de mi bebé.
» Sin embargo cuando esa mujer se dio cuenta de que los vigilaba se
acerco a mi y me propuso hacer todo esto, debo decir que estaba
sorprendido, pero ¿Por qué no debería vengarme por lo que ustedes me
hicieron? ¡Lo perdí todo por culpa de estos mocosos!
Doy un paso hacia adelante y él vuelve a apuntarme con su arma.
—Señor Carson quédese dónde está. —Ordena el agente Rodríguez—.
Lo tenemos todo controlado.
Carlos suelta una risa desquiciada.
—¡No tienen nada controlado! —grita.
No pude ver, solo escuché el sonido del disparo y el golpe cuando caí al
piso. El llanto de Ian inunda el lugar.
CAPÍTULO 21
Al tratar de levantarme, un dolor agudo invade mi brazo. Solo logro
levantar la cabeza para ver lo que está pasando. El maldito me disparó, por
fortuna no tiene tan buena puntería.
Quién si tiene una buena puntería es el policía que le tiró a él.
Puedo ver que el disparo le ha caído de lleno en el abdomen, Ian yace a
un lado de él, llorando sin control.
Trato de ponerme de pie otra vez, mi intención es tomar a mi hijo, hasta
que un policía me detiene, mientras que otro se acerca a Carlos, pateando la
pistola que queda en el suelo y por fortuna cargando a Ian. Con ayuda del
policía me pongo de pie y caminamos detrás del que carga a mi hijo.
Una vez afuera de la casa, podemos ver que hay una ambulancia. Alex
esta con Astrid, la están revisando en este momento. Alberto tiene a Cassidy
agarrada del brazo y la mira de tanto en tanto frunciendo el ceño. Dos
policías se acercan a ella y se la llevan a la patrulla.
Camino hasta la ambulancia donde ya se encuentra Ian siendo atendido,
no deja de llorar, mientras que uno de los paramédicos lo trata de revisar.
Cuando estoy cerca de la ambulancia lo único que quiero es acercarme a
mi hijo, no obstante, aquí está otro paramédico revisando mis heridas. Hago
un gesto de dolor cuando toca mi brazo.
—Lo mejor será que los llevemos a los tres a la clínica. —Asiento con la
cabeza.
Justo en ese momento Alberto se acerca.
—Ya han detenido a la loca —comenta.
—Tiene que subir de una vez a la ambulancia señor. —Asiento, el
paramédico que está atendiendo a Ian sube a la ambulancia con mi hijo en
brazos.
—Nosotros iremos en el auto con Astrid —propone Alex.
—Me parece bien.
—Déjeme cargar a mi hijo, por favor —Miro al paramédico que trata de
hacer que Ian deje de llorar.
Con cuidado me lo pasa y lo coloca sobre mi brazo sano, empiezo a
mecerlo y a susurrarle una canción que sé que lo tranquiliza.
Poco a poco se va calmando, ahora solo solloza bajito.
Para cuando llegamos a la clínica él ya se ha quedado dormido.
—Señor, será mejor que me lo de. —Me dice el paramédico que había
estado revisando mi brazo. Se lo paso con cuidado de no despertarlo.
Bajo de la ambulancia con algo de dificultad, cada vez que hago un
movimiento brusco un dolor agudo arremete en todo mi cuerpo, cuando
termino veo el auto de Alex detenerse a mi lado.
Alberto baja con Astrid, está tranquila.
—Hemos llamado a Mafer ya debe de estar llegando. —Alex sale del
auto y caminamos hasta el interior de la clínica.
. . .
Han pasado unos veinte minutos, en los que han revisado a los dos bebés.
Por fortuna Astrid está bien.
Ian por otro lado, el haber estado cerca del disparo le ha afectado los
oídos, los tiene muy sensibles en este momento. El médico me ha dicho que
debe tener unos protectores por unos días y le ha recetado unos
medicamentos.
El dolor del brazo se ha intensificado, el doctor me ha insistido para que
le permita atenderme, pero lo único que yo necesito, es saber que mis hijos
están bien.
—Ya llegó. —Alex entra y se sienta a mi lado en la camilla —. En este
momento está con los chuckys.
Respiro con alivio al saber que Mafer ya está con ellos.
. . .
María Fernanda
En cuanto recibí la llamada mi corazón dio un gran vuelco emocionado.
Me dijeron que estaban en la clínica y que les estaban haciendo un chequeo.
Así que salimos de casa lo más rápido que pudimos. Fueron los veinte
minutos más largos de mi vida.
Ni bien entré por las puertas, lo que hice fue acorralar a una de las
enfermeras para que me dijera dónde se encontraban.
Gracias a Dios los dos están bien, aunque Ian tiene un poco afectado los
oídos, al parecer no es algo grave. Solo me queda por ver a mi novio y es
ahí a dónde me dirijo. Alex me ha dicho que está en uno de esos cuartos
recibiendo atención.
Abro la puerta con ansiedad, él está sentado en la camilla. Mi corazón
late emocionado al ver que está bien. Tiene una venda en el brazo y lo tiene
manchado de sangre. De inmediato el surco de preocupación en mi frente es
sustituido por el alivio.
Me acerco a él y lo abrazo con fuerza
—Tenía tanto miedo de perderlos —sollozo contra su cuello.
—Shh, tranquila nena. —Acaricia mi cabeza con su mano—. Ya todo
acabó, todos estamos bien.
Me separo de él y le sonrío.
—Buenas —dice un doctor entrando al lugar donde estamos—, vengo a
revisar su brazo.
—Bien, porque ya no soporto el dolor.
—Señorita podría esperar afuera por favor. —Me mira con seriedad.
Gonzalo acaricia mi mano con su pulgar.
—Anda, ve con los bebés yo estoy bien. —Me regala una sonrisa
tranquilizadora.
Le doy un beso y salgo del lugar. Camino hasta la sala de espera donde se
encuentran todos esperando noticias sobre Gonzalo.
Me siento al costado de mi mamá que carga a un Ian profundamente
dormido.
Liz esta frente a mí con Astrid.
—¿Cómo está mi hijo? —La señora Julianne se me acerca.
—Está bien, en este momento lo están atendiendo. —Se sienta a mi lado.
Parece cansada. En realidad, todos estamos agotados. Ha sido un día
demasiado largo y estresante.
—Lamento todo lo que ocurrió —puedo ver arrepentimiento en sus ojos
—, siento que de alguna manera ayude a que Cassidy se obsesionara con mi
hijo, pero nunca imaginé que ella estuviera tan desequilibrada, pensé que lo
amaba con sinceridad, pensé erróneamente que sería la mujer perfecta para
él. Me dejé llevar por mis tontos prejuicios, lo siento mucho María Fernanda
espero que me puedas perdonar.
Tomo su mano entre las mías.
—Señora Julianne, olvidemos todo esto, ahora somos familia —sonrío
con sinceridad.
Liz se acerca a mí y me tiende a Astrid.
—Creo que quiere a su mamá. —La cargo y la sostengo contra mi pecho
meciéndola. Sonrío mirando a la señora Julianne que se le llenan los ojos de
lágrimas y acaricia la rosada mejilla de su nieta.
. . .
Hemos estado esperando una media hora cuando Gonzalo aparece con un
cabestrillo en el brazo.
Me levanto todo lo rápido que puedo con Astrid dormida en mis brazos.
—¿Cómo estás? —pregunto preocupada.
—Estoy bien, me han puesto unos calmantes, así que por ahora no siento
ningún dolor. —Se acerca y besa con suavidad la frente de Astrid.
Avanzamos hasta los demás.
—Hijo gracias a Dios que estás bien. —Su mamá corre a abrazarlo.
—Estoy bien, solo un poco cansado.
—Deberíamos ir a descansar —propongo—, los niños también han
pasado por mucho hoy.
Caminamos hasta los autos, nos repartimos en tres. Mis papás van en el
suyo junto con Liz y Alberto, los señores Carson se suben al de Alex y
Vanessa va con ellos. Nosotros vamos en mi auto con los niños, Alex se
sienta en el asiento del conductor. Gonzalo y yo nos sentamos en la parte de
atrás y mientras yo tengo a Ian que duerme en mis brazos, él por otro lado
tiene a Astrid recostada contra su pecho.
Nos despedimos, con la promesa de vernos mañana.
. . .
Alex estaciona frente a la casa, el camino es silencioso, porque nadie
tiene energía para entablar una conversación. Alex toma a Astrid para ayudar
a Gonzalo y entramos a la casa yendo directo al cuarto de los niños. Dejo a
Ian en su cunita y Alex hace lo mismo con Astrid.
—Mafer cuida de este tonto. —Me da un beso en la mejilla. Luego se
gira y se despide de su hermano.
Sale del cuarto y nos quedamos solos con los niños. Me acerco a mi
novio y lo abrazo con cuidado por la cintura. Me siento aliviada de que todo
haya terminado.
Ya Alex y Alberto me han contado todo lo que ha pasado, de más está
decir que mi sorpresa no fue grande cuando me dijeron que detrás de todo
esto estaba Cassidy, lo que me deja con una sensación desagradable es que
Carlos fuera capaz de todo esto. Él siempre fue muy dulce conmigo.
Después de todo lo que pasó, recién me permito pensar en eso y ese
desagradable nudo en el estómago vuelve a instalarse con fuerza. Abrazo de
nuevo a mi novio.
—Tranquila nena, toda esta pesadilla ha llegado a su fin. —Acaricia mi
cabeza con su mano sana—. Espérame aquí.
Me deja ahí parada en medio del cuarto de los niños, regresando casi de
inmediato.
Se planta delante de mí y me besa con ganas, como si hubiéramos pasado
meses sin hacerlo, le respondo con el mismo frenesí.
—Te amo demasiado —susurra contra mis labios—, no puedo imaginar
mi vida sin ti y los niños.
—Yo también te amo.
Pega su frente a la mía y su mano descansa en mi cintura.
—Jamás pensé que volvería a ser feliz —musita—. Tú fuiste como una
bocanada de aire. Me llenaste por completo.
Mis ojos se llenan de lágrimas. Ante sus palabras mi corazón empieza a
latir como loco.
—Llegaste a mi vida justo cuando me sentía morir por dentro. Apareciste
y me diste una sacudida cambiándolo todo. Eres testaruda, autosuficiente,
decidida y aunque algunas veces quise ahorcarte por siempre darme la
contraria, agradezco que no te dejaras apabullar por mi mal genio, porque
me hiciste el hombre más feliz del mundo, jamás quiero que dejes de ser mi
todo. Tú y los niños son mi complemento.
—Oh —sollozo sin poder evitar que las lágrimas resbalen por mis
mejillas.
Se separa un poco de mí y sonríe. Se arrodilla en una pierna y levanta su
mano, me muestra un anillo; el anillo más hermoso que he visto.
«¡No puede ser!»
—Tú y yo nunca hemos hecho las cosas en el orden correcto mi amor. Así
que ahora nos toca convertirnos en una familia como debe de ser.
Lo miro con los ojos como platos, nunca hubiera esperado que él hiciera
esto.
—Se mi esposa María Fernanda Avery —musita con una pequeña
sonrisa, mi corazón late emocionado.
—Sí, oh sí.
Cuando era más joven e imaginaba esta escena, me veía a mí misma
gritando emocionada, sin embargo, lo que sale de mis labios solo es un
susurro. Me arrodillo y quedo frente a él.
Sus ojos de brillan de emoción.
—Sí, claro que quiero ser tu esposa.
Me regala la sonrisa más linda de todas y coloca el anillo en mi dedo. Lo
miro maravillada, la piedra es de un azul oscuro brillante.
—Cuando lo vi, recordé tus hermosos ojos.
—Te amo, nene.
—Y yo a ti, nena. —Me besa con dulzura.
EPÍLOGO
Diez meses después
Me siento muy nerviosa, aún no puedo creer que este día ha llegado tan
rápido, tantas cosas han pasado y de repente aquí me encuentro; envuelta en
un hermoso vestido blanco largo con encaje y más que lista para casarme.
Gracias a mi madre y a la señora Julianne, los preparativos han podido
estar a tiempo. Fue toda una odisea poder tener todo listo en estos meses.
Entre una cosa y otra. Pero estamos felices, y eso es lo que importa.
Mi novio y yo no quisimos poner una fecha para el matrimonio hasta
saber con exactitud lo que pasaría con Cassidy y Carlos, por lo que saber
que estarían en prisión por mucho tiempo había sido un gran alivio.
La puerta de la habitación se abre, son mis amigas, ambas están preciosas
con sus vestidos de dama de honor.
—¿Cómo estás chiquita? —Lizzy se acerca y acomoda la falda de mi
vestido.
—Más nerviosa a cada minuto que pasa.
—¿Quieres algo? —pregunta Vane.
—Quiero hablar con Gonzalo y no encuentro por ningún lado mi celular.
—Te presto el mío. —Ofrece Liz—. Nosotras saldremos un momentito.
Agarro el celular y lo llamo.
—Aló. —Su voz tiene el efecto de tranquilizarme.
—Mi amor —susurro.
—Me alegra escucharte. Ya te extrañaba.
Habíamos pasado la noche en lugares diferentes. Yo la pasé en mi antiguo
departamento. Mi lugar fue sustituido por Juan David porque ahora viven
juntos. Gonzalo se quedó en nuestra casa.
—Yo también te he extrañado, aunque solo ha sido una noche. ¿Cómo
están los niños? —pregunto.
—Están bien, sacándole canas verdes a mi mamá.
—Ya quiero verlos.
—Lo sé. Te veo en el altar.
—Seré la de blanco. —Ríe
—Te amo, nena.
—Y yo te amo a ti.
Dejo el teléfono sobre la mesa frente a mí.
Justo en ese instante mi madre hace su aparición.
—Oh hija, estás preciosa. —Se acerca—. Mira tengo algo para ti —Pone
delante de mí una cajita.
La abre y muestra un hermoso collar algo antiguo. Es una cadena con
perlas a lo largo del collar.
—Es precioso mamá. —Lo agarro entre los dedos.
—Lo utilicé el día que me casé, ahora es tu turno para usarlo.
Le sonrío y me doy la vuelta para que me lo ponga.
Una vez puesto en mi cuello lo admiro a en el espejo.
—Bueno, chiquita. —Lizzy entra a la habitación—. Ya es hora de irnos.
—Bien será mejor que yo me vaya también —dice mamá saliendo del
cuarto.
—¿Ya tienes todo listo? —pregunta Liz.
—Sí, mira —respondo enseñándole el collar que mi madre me había
dado—. Es lo viejo y lo prestado.
—¿Y lo nuevo y azul?
—Ahh pues, lo nuevo obvio es el vestido y lo azul es la lencería que
tengo, aunque por supuesto que eso solo lo verá mi futuro esposo —digo
riendo.
—Pillina. —Sonríe—. Bien como ya estás lista, es hora de que subas al
auto, tu papá está esperándote. Yo iré con Alberto. —Menciona esto último
sonrojada.
Le lanzo una mirada cómplice, hace unos días habían podido arreglar sus
asuntos y estoy muy feliz por ambos. Su relación la amaba con locura y me
sentí muy triste cuando todo fue mal para ellos. Ahora están más que bien, o
eso espero.
—Bien, vamos.
. . .
El camino hasta la iglesia ha sido relativamente corto.
Ya la música se escucha del otro lado de las puertas grandes que están
frente a mí.
—¿Estás nerviosa? —pregunta papá.
—Muchísimo, pero también emocionada.
La música cambia y empiezan a abrirse las puertas.
—Llego la hora, pequeña —susurra él.
Miro el lugar, hay gente que conozco y algunos desconocidos.
De pronto mis ojos encuentran los suyos, que se ven muy brillantes.
Se nota que está emocionado, no deja de sonreír.
Todos mis nervios se esfumaron, ahora lo único que quiero llegar a él. Si
no fuera por el agarre de mi papá habría corrido hasta llegar al su lado.
. . .
Gonzalo
Anoche fue muy difícil, tuve que quedarme solo con los bebés, gracias a
la genial idea —nótese el sarcasmo—, de mi mamá y la señora Anthonia. A
mi parecer no tuvo mucho sentido el dormir separados. Digo ya vivimos
juntos y hasta tenemos dos bebés. ¿Qué más podíamos hacer que no hayamos
hecho antes?
Mas, todos esos pensamientos se detienen en cuanto la veo caminando
hacia mí.
«¡Por todo lo sagrado!»
Está más hermosa que nunca, es como si una luz la rodeara.
No entiendo qué tienen las novias, que siempre se ven angelicales, pero
la mía… esta mujer las ha superado a todas.
Ella mira a su alrededor sonriendo y luego sus ojos se encuentran con los
míos.
«¡Qué hermosa que es!»
Mis ojos empiezan a picar, tengo un nudo en la garganta. Estoy muy
emocionado ya quiero que esté a mi lado.
Cuando al fin llega, el señor Mikael coloca la mano de Mafer sobre la
mía.
—Espero que seas un buen esposo para ella, de lo contrario utilizare
todas mis influencias para perseguirte y hacerte la vida imposible —dice
todo esto sonriendo.
La suave risa de mi futura esposa corta la tensión que se instala en mí con
las palabras de mi suegro.
Ella lo besa en la mejilla y agarra mi mano, avanzamos hasta el altar.
—Estás hermosa —susurro en su oído.
Ella sonríe y aprieta mi mano.
—Te amo —susurra de vuelta.
—Crees que el sacerdote nos mire mal si te doy un beso.
—No creo que sea buena idea. —Sonríe divertida.
Sin impórtame sus palabras me acerco y le doy un beso sin contenerme.
Un carraspeo nos hace separarnos. El padre nos lanza una mirada llena de
reproche.
. . .
María Fernanda
Cuando llegamos a lugar de la recepción ya está casi todo el mundo ahí.
Nos acercamos a nuestra mesa.
Me siento muy feliz, si alguien me hubiera dicho hace unos meses que
terminaría casada con mi jefe, me hubiera reído en su cara, mas, aquí estoy,
casada y con dos hijos.
—¿En qué está pensado señora Carson? —pregunta sentándose a mi lado.
—En todo lo que hemos tenido que pasar para llegar a donde estamos
ahora.
—Es verdad, ha sido un camino largo. Pero me siento el hombre más
afortunado al tenerte a mi lado.
El sonido del micrófono nos hace mirar al frente.
Mi papá está en el escenario con micrófono en mano. Ahora empiezan los
discursos.
Habló mi papá y mi hermano, también mis suegros. Fueron palabras muy
lindas y divertidas en ocasiones.
» Es hora del primer baile oficial como esposos». Anuncian por los
altavoces.
Gonzalo se pone de pie y me tiende la mano.
Una música suave empieza a sonar. Él coloca su mano en mi cintura y yo
paso mis manos alrededor de su cuello.
A decir verdad, nunca habíamos bailado juntos y él para mi sorpresa
resultó ser un gran bailarín.
Apoyo mi cabeza contra su pecho y cierro mis ojos.
—Te he dicho ya que luces hermosa en ese vestido —susurra en mi oído.
Río y levanto el rostro para mirarlo bien.
—Uhmm creo que sí, pero me encanta escucharlo, así que no te cohíbas.
Sonríe y acerca sus labios, me da un beso, sin importar que todo el
mundo nos esté observando.
Cuando termina la música, es el turno de bailar con nuestros padres.
—Te vez feliz. —Mi papá dice mientras bailo con él.
—Soy feliz, papá. Muy feliz.
. . .
Habíamos estado bailando cerca de una hora y ahora estoy en búsqueda
de mis hijos. Ya los extraño, han sido muchas horas que lejos de mí.
Los encuentro con Alberto y Lizzy.
—Aquí están pequeños.
—Marcianita, vienes a rescatarme de tus diablitos —bromea.
—Cuáles diablitos, si son tan lindos como su madre. —Cojo a Ian.
—Por eso mismo lo digo, sacaron lo diablito de ti.
—Aquí estás, te estaba buscando. —Mi esposo aparece a mi lado.
—Quería rescatar a mis hijos de las garras de Alberto. Estoy segura que
ya es suficiente martirio para los pobres.
—Ay por favor, si yo soy el tío favorito. —Alberto se pone de pie
agarrando a la rubia para que lo siga—. Vamos bonita, dejemos a los
esposos que lidien con sus creaciones.
Liz ríe y deja a Astrid en brazos de Gonzalo.
—Vamos a caminar un rato —propone él
Caminamos por las mesas hasta la salida, que da a un gran parque lleno
de flores de colores. Es un paisaje muy hermoso y el sol escondiéndose es el
toque perfecto.
—¿Sabes?, jamás pensé que podría sentirme así, tan completo, tan feliz.
Mi corazón empieza a latir con furia, me acerco a él. Ian ha dejado de
moverse y ahora duerme con la cabecita apoyada en mi hombro.
—Era como si estuviera en una oscuridad permanente y cuando llegaste
tú, iluminaste todo a mi alrededor. —Me mira mientras habla— y ahora todo
es luz.
Sus ojos brillan con emoción yo misma me siento emocionada ante sus
palabras.
—Y pensar que todo empezó conmigo Embarazada sin Querer —rio.
—Quién lo hubiera dicho. —Pasa su mano libre por mi cintura y apoyo
mi cabeza en su hombro.
—Te amo, nena.
—Y yo a ti, nene.
«Cometí un error, un error que no es fácil perdonar, error que trajo
consecuencias, error que no cometeré nuevamente. Todos cometemos
errores, la cuestión es si aprenderás de ellos o los cometerás una y otra
vez»
Fin
¿Fin? Tal vez, quién sabe.
EXTRA 1
Un año y medio después
Mi vida tomó un rumbo tranquilo. Sigo al mando de la empresa de mi
padre y todo marcha sobre ruedas.
Y sí, sigo perdida, completa y locamente enamorada de Gonzalo, como
una quinceañera hormonal.
Nos mudamos a una casa, pensando en que una vez que los mellizos
crecieran, íbamos a necesitar más espacio. Así que ahora estamos en una
gran casa con jardín y piscina.
Los gemelos ya van a cumplir dos años, es increíble lo rápido que corre
el tiempo. Decidimos que tendríamos una fiesta para celebrarlo, aunque
claro que en la fiesta ellos serían los únicos niños. De todas maneras, las
locas de sus madrinas querían celebrar el acontecimiento.
Sí, porque mis dos amigas se habían convertido en las madrinas de los
bebes.
Mi esposo y yo habíamos decidido bautizarlos hace unos meses, fue una
ceremonia sencilla y bonita. Lizzy y mi hermano son los padrinos de Astrid y
los padrinos de Ian, Vanessa y Alex.
—¡No puedo creer que estén tan grandes! —La voz de Vane me saca de
mis recuerdos.
—Son tan lindos, que me provoca robarme uno. —Lizzy estira su mano
para apretar el cachete de Ian.
Estamos en el patio de la casa, como hace buen clima, decidimos meter a
los niños en la pequeña piscina inflable que les compré.
—A mí me hicieron sufrir, así que ya verás cómo haces. ¡Deja tranquilos
a mis hijos! —bromeo—. A propósito de hacer sufrir ¿Qué hay de nuevo en
el mundillo del amor de «Lizzberto»
—¿Lizzberto? —Vane arruga su frente sin entender.
—Sí ya sabes. Lizz-berto Lizzy-Alberto —explico
Liz rueda los ojos
—Ya te dije que dejes de decir esa tontería.
—Qué novedades tienes. —La miro ansiosa por información. Después de
todo lo ocurrido con ellos dos, pues más de uno teníamos curiosidad por
saber qué pasaría con ese par. Y ni Alberto ni ella habían querido saciar mi
curiosidad.
—No te haré spoiler de mi vida, tendrás que enterarte al mismo tiempo
que todos.
Las tres estallamos en carcajadas.
—A mí me parece lindo ese sobrenombre —comenta Vanessa con un
brillo de tristeza en sus ojos.
La pobre está triste por lo que pasó con Juan David y se refleja en su
rostro, está pálida y ojerosa. Casi tuvimos que obligarla venir. Por suerte
mis hijos son un buen incentivo para eso.
Me levanto del suelo donde hemos estado sentadas y agarro las toallas
para sacar a los bebés del agua.
Me acerco a Ian y lo saco de la piscina.
—Alguna de ustedes dos saque a mi hija, antes de que se convierta en una
pasa. —Le seco la cabeza y el cuerpo a mi hijo, un gran invento estas toallas
en forma de poncho
—Ian quédate ahí, voy a coger tu pañal. —Le digo y me mira con sus
ojitos curiosos.
Camino hasta la silla en la que estaban las cosas de los niños.
—¿Qué rayos le hacen ustedes dos a mi hija? —Ambas tienen sus manos
en la cabeza de Astrid.
—Esto es imposible —exclama Vanessa jalando la liga que sujeta el
cabello de Astrid en una colita.
—¿Cómo lidias con esta cosa del averno? —Se queja Lizzy.
Blanqueo los ojos —Par de torpes.
Me acerco y agarro la colita, esas dos han enredado los pocos cabellos
de Astrid, luego de unas vueltas logro quitar la dichosa liga.
—Ya está genias, ahora debo de ir a vestir a Ian.
—Primero debes alcanzarlo. —Volteo la cara a donde Vane mira riendo.
Ian se ha quitado la toalla y está corriendo por todo el patio.
La risa de mis amigas no se hace esperar. Voy corriendo hasta mi hijo
quien se escabulle hasta la puerta trasera y yo me siento en el suelo.
—¡Mafer, espera! que voy a tomarle una foto —exclama la rubia—. Mira
nada más
Me muestra la foto y rio, está preciosa. Me la envío a mi WhatsApp y le
devuelvo el teléfono a Liz.
—Ven aquí pequeño diablillo, vamos a cambiarte que tu papá ya debe de
estar llegando.
Cargo a Ian y camino hasta la casa.
Mi vida es buena y me alegra haber dejado todos los tormentos atrás. Ya
veremos que más nos depara el futuro.
EXTRA 2
Las luces de colores y los gritos eufóricos es lo único que puedo percibir
en este momento. En dos palabras «Despedida de Soltera» bueno, tres
palabras.
Quedan 3 días para la boda y mis queridas amigas han tenido la genial
idea de celebrar el final de mi «soltería» aunque a mí parecer es un poco
tonto, dado que ya tengo dos hijos y vivo con Gonzalo, pero no seré yo quien
les diga que no.
Así que aquí estoy yo, en mi antiguo departamento, el cual han decorado
para la ocasión con luces y una decoración bastante... Ilustrativa debo decir.
Hay alcohol hasta para emborrachar a un equipo de fútbol. Aunque no somos
muchas en el lugar ya que Mis dos mejores amigas contactaron a algunas de
mis compañeras del colegio. Así que disfrutando de la «reunión» aparte de
ellas están: Marita de la empresa, mi madre, Maggie, y la señora Julianne, si
increíble, desde que pasó lo del secuestro ella ha cambiado, creo que aún se
siente culpable.
De alguna manera terminé sentada en medio del salón, con un velo de
novia en la cabeza. Antes de que pudiera hacer o decir algo, tenía a Vanessa
y Lizzy pasándome cada una un vaso con un líquido color rosa, bebo de
ambos vasos.
De pronto, las luces se apagan y todas las chicas empiezan a gritar
emocionadas, cuando vuelven a prenderse, una música bastante sugerente
empieza a sonar, giro a mi izquierda y un grito se queda atorado en mi
garganta.
«¡Las voy a matar! ¡Les dije que no lo hicieran!»
Frente a mi viene un bombero ¡Y qué bombero!
Es un hombre muy guapo de pelo oscuro y con un cuerpo digno de
calendario. Su abdomen marcado cual tableta de chocolate.
Lleva la parte de arriba del uniforme abierta y el pantalón cae en su
cadera de manera bastante... sexy.
«¡Ay por Dios! ¡Te vas a casar en unos días!»
El hombre se me acerca moviéndose de manera sensual al ritmo de la
música. Siento mi cara arder cuando el stripper se detiene frente a mí, agarra
las solapas de su chaqueta y las empieza a mover, acercando su tableta de
chocolate a mi cara. Mis manos se levantan automáticamente para tratar de
alejarlo un poco.
«¡Bendito seas señor del chocolate!»
Cuando mis manos hacen contacto con su abdomen trabajado, puedo notar
que además de tenerlo marcado, lo tiene duro. El desgraciado tiene un
cuerpo para pecar.
El stripper siguió con su baile yendo por todas las invitadas y regresando
a mí para seguir bailando.
La chaqueta voló y ahora me da la espalda. De un tirón se quita el
pantalón...
Cuando mis ojos viajan hasta su trasero, puedo ver un culito bien
redondito.
«¡Gonzalo! ¡Piensa en Gonzalo!»
El tipo empieza a menear su trasero siguiendo la música de fondo. Luego
gira para quedar frente a mí, elevo mis ojos avergonzada.
Esto es demasiado, juro que cuando salga de aquí mataré a esas dos.
Miro a Vane que es la más emocionada, al menos me alegro de que la
expresión de tristeza que tiene casi permanente desaparezca, aunque sea un
momento. Tanto ella como las demás tienen billetes en sus manos, billetes
que meten con bastante entusiasmo en la minúscula trusa que cubre las partes
nobles del stripper.
«¡Necesito un trago con urgencia!»
. . .
Alguien martillea sobre mi cabeza, estoy segura.
Al abrir los ojos el dolor se intensifica, estoy en mi habitación.
Me siento y me doy cuenta de que estoy desnuda.
Miro a mi lado y veo a mi novio, que al igual que yo se encuentra
desnudo. Necesito agua con urgencia, me levanto y creo que aún el alcohol
no sale de mi cuerpo, porque todo me da vuelta.
Miro a mi alrededor, empiezo a recoger la ropa del día anterior que esta
regada por todo el cuarto.
Cuando ya tengo todo en mis manos, me doy cuenta de que me falta mi
sujetador.
Sonrío recordando una escena similar y empiezo a buscarlo por todos
lados.
—Creo que estás buscando esto. —Su voz somnolienta me hace girar a
mirarlo.
Mi chico se encuentra echado de costado con una mano apoyando su
cabeza y la otra levantada agarrando mi dichoso sujetador.
Mi risa no se hace esperar y lo miro divertida.
Qué stripper ni que stripper, este hombre esta para comérselo, mis ojos
recorren su cuerpo desde su sonrisa ladina hasta su musculoso abdomen, la
sábana blanca solo tapa sus atributos, lo justo y necesario para poder mirar
sus fuertes piernas.
Me acerco a él trepando por la cama, con mis manos lo empujo para que
quede echado en la cama, dejo un beso en su barbilla y con mi mano
izquierda manda a volar la sábana que me estorba.
—¿También te escaparás esta vez? —pregunta con una sonrisa
—Eso depende de cómo te portes ahora. —Mi mano aterriza en su parte
más caliente y sin demora devoro sus labios con hambre.
EXTRA 3
—¡Gonzalo! —Me muevo sin control para evitar con todas mis fuerzas el
ataque de cosquillas.
—Tú tienes la culpa por haberme dejado así. —Vuelve a mover sus
dedos por mis costillas produciendo un nuevo ataque de risas.
—¡Basta! —Me detengo de golpe cuando siento a uno de los mellizos
moverse—, ¡espera!, ¡bebé uno se está moviendo!
Así los llamaba yo; bebé uno era el más tranquilo, el que siempre está
quieto, pero cuando da sus patadas lo hace a conciencia.
Él detiene su ataque enseguida, levanta mi camiseta y coloca sus manos
sobre mi abultado vientre. Ya está muy grande, tengo seis meses de
embarazo, los mellizos han crecido bastante.
—Hola bebé —susurra cerca de mi ombligo, sus labios rozan la piel
dejando delicados besos—, ¿estás despierto?
Siempre que su padre les habla se calman. Acaricio su cabello, es
increíble ver lo feliz que es él cada vez que siente las pataditas de alguno de
los mellizos, les habla por largo rato hasta que se calman. Y en algunos
momentos, como ahora, les canta.
«¡Y Dios, como amo su voz!»
Tiene una voz muy linda, suave y melodiosa. La primera vez que lo oí
cantar se me erizó la piel de la emoción.
Gonzalo termina, le da un beso a mi barriga y se echa a mi lado.
—Bebé uno y bebé dos están dormidos. —Me pongo de lado para poder
verlo mejor.
—Creo que debemos dejar de llamarlos bebé uno y dos.
—¿Quieres que les busquemos un nombre?
—Sí. —Ante su respuesta me siento en la cama, con ayuda de él obvio,
ahora ya no soy tan ágil como antes, voy en busca de un papel y lapicero
para poder apuntar las opciones.
Estuvimos buena parte del día en esa tarea. Por más que cada uno dio
opciones no pudimos escoger uno que nos gustara a los dos.
Ya llevábamos una semana así sin encontrar algo. A la búsqueda se
habían unido todos; Lizzy y Vanessa nos dieron opciones que a mí me
encantaron. Pero a Gonzalo le gustaba más la propuesta que dio Alberto, ¡de
ninguna manera le voy a poner esos nombres tan rebuscados a mis hijos!
En lo que si estuvimos de acuerdo los dos, es que odiábamos el nombre
que nos dio Alex, de ninguna jodida manera le vamos a poner Ronaldinho a
uno de los bebés.
—¿Aún no deciden que nombre ponerles? —pregunta Liz.
Estamos en el centro comercial las tres.
—Aun no. —Me detengo frente a una tienda para bebés—. Nunca
logramos ponernos de acuerdo. A este paso mis hijos nacerán y se llamarán
Bebé Uno y Bebé Dos.
—¿Quieres entrar a mirar? —Vane me jala a la entrada de la tienda—.
Seguro que encontramos algo lindo.
Las tres entramos a la tienda, es la primera vez que entro a una. He estado
tan ocupada que no se me había ocurrido venir. Buena falta que me hace, los
bebés no tienen nada de ropa, ni ninguna cosa necesaria para su cuidado.
Todo es tan pequeñito que me causa mucha ternura.
Lizzy y Vanessa me muestran muchos tipos de ropas. Agradezco el
esfuerzo de mis amigas, sin embargo, hay una que de solo verla, me dieron
ganas de llorar.
«¡Ridícula!»
Reprimo mis lágrimas de mamá hormonada y compro dos ropitas, ambas
de color blanco.
—Están hermosos. —Me dice Vane con alegría.
—Gonzalo se va a derretir cuando lo vea.
—Lo sé, le va a encantar.
Estuvimos alrededor de media hora más recorriendo tiendas antes de
irme a casa.
Mis pies me matan de tanto caminar, así que ni bien llego me tiro al sofá
para descansar. Mi novio salió a visitar a sus papás y aún no regresa.
Cierro mis ojos un momento, estoy tan cansada que en un segundo me
quedo dormida.
. ..
Gonzalo
Me despido de mi mamá, tengo una mezcla de sentimientos cada vez que
vengo a verla.
La amo, pero me desespera todo lo que me dice de Mafer, ella no
entiende que por más que diga lo que diga jamás la dejaré.
«Paciencia»
Cuando entro a casa veo a mi novia durmiendo. Se ve tan linda con su
pancita.
Dejo mi llave sobre la mesa y me acerco al sofá dónde está roncando.
Me acuclillo y la miro, se ve tan tierna emitiendo esos ronquidos. Sonrío
y le doy un beso en la frente.
—Ya llegaste, bebé. —Me dice abriendo sus ojitos.
—¿Te divertiste con las chicas?
—Sí. —Su cara cambia a una de emoción—, ¡mira lo que compré!
Se pone de pie y sale disparada hasta la habitación y en menos de un
segundo regresa con una pequeña bolsita en sus manos.
Se vuelve a sentar y me la entrega mirándome con emoción.
Meto mi mano en la bolsa y saco dos pequeñas ropitas. Son unos bodies
los dos blancos, en el centro uno tiene en letra grande la palabra «LO» y en
el otro «VE».
Mi corazón da un brinco de emoción.
—Están hermosos.
Me inclino y le doy un suave beso en los labios.
—Amor, estuve pensando. —Se acomoda a mi lado—. ¿Qué te parece si
tú escoges un nombre y yo el otro? Así los dos estaremos contentos.
—Me parece buena idea. ¿Quieres escogerlos ahora?
—¡Sí! Tu primero —chilla alargando la i
—Bien yo quiero que uno se llame Ian.
Me mira un momento y luego sonríe ampliamente.
—Me encanta. —Se cuelga en mis hombros y me llena besos toda la cara
—. Ahora yo. Me gusta Julián.
Hago como que lo pienso, pero al ver su cara de tristeza le digo que me
gusta.
—¿En serio? —Asiento con la cabeza y ella sonríe con alegría.
Se acerca a mí y se sienta a horcajadas.
—Ya tienen nombres —susurra con emoción.
Meto mis manos debajo de su camiseta, llego hasta el broche de su
sujetador y con agilidad lo desabrocho.
—Ahora vamos a celebrar —murmuro contra sus labios.
ACERCA DEL AUTOR
Autora amateur de novela romántica nacida el 30 de abril de 1989 en
Perú. De profesión optómetra graduada en el Instituto de salud medica San
Fernando. Incursionó en una plataforma internacional para nuevos escritores
llamada Wattpad en agosto del 2017 luego se unió a Booknet, donde se le
brindó la oportunidad de vender sus creaciones. Estas plataformas le han
servido mucho en su crecimiento y para que nuevos lectores la puedan
conocer.
Ella se describe como un intento de escritora, amante de la lectura,
alegre, ocurrente, insoportable y algunas veces bipolar. Con miles de ideas
en su cabeza, listas para ser plasmadas y convertirse en sus lindos bebitos,
como los llama ella. Chocoholic sin cura a la vista y sin ganas de
rehabilitación. Declarada Potterhead de corazón. Su carrera como escritora
comenzó con la serie «Sin Querer» donde «Embarazada Sin Querer» vio la
luz en Wattpad y hoy alcanza los 4 millones de lecturas en dicha plataforma.
AGRADECIMIENTOS
Le doy gracias a mi mamá, por ser mi mayor admiradora. Por enseñarme
a nunca rendirme y a confiar en mí. Y recordarme siempre que el cielo es el
límite.
Gracias a mi familia, por siempre estar conmigo en cada proyecto que
tengo. A mi papá por apoyarme toda la vida. A mi hermano Andrés por ser
mi mayor crítico. En especial a mi loca hermana Madelaine, sin ella este
proyecto no habría sido posible. Y a Manuel, el amor de mi vida, que
siempre ha estado para mí, apoyándome y dándome ánimos.
Debo agradecer también a todos mis chocolatosos por apoyarme en cada
historia que les doy y apostar por ellas. No podría estar donde estoy sin su
maravilloso apoyo.
Le doy infinitas gracias a mi querida Rafelina Reyes por corregir este
bebé y por toda la paciencia y entusiasmo que demostró. A Frescia por ser
tan genial conmigo y por su infinita paciencia.
Gracias infinitas a todos los que de una u otra manera fueron parte de esta
historia.