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AUTOCONTROL

Goleman comenta que hay momentos en los que vivimos un ‘rapto emocional’. Las
emociones toman posesión de nosotros y nos llevan a hacer cosas que no queremos. En
cambio, en otras ocasiones vivimos lo contrario: por ejemplo, la psicología positiva habla
de que existe un estado de ‘flow’ donde parece que rendimos al máximo nivel. Como si
tuviéramos el viento de popa y nuestras emociones nos ayudan. Baumasteir llega a decir
‘el control cuanto más mejor’ ¿en todos los casos? Sí, en todos los casos. Davidson
propone la regulación emocional como la mejor forma de mejorar nuestra atención y el
aprendizaje. Y como ellos otros muchos grandes (Duckworth, Blakemore, Steinberg,
Dweck, Kegan, Ryan…) refuerzan la misma propuesta donde el control, mejor dicho el
auto-control o la auto-regulación, es determinante para la madurez y la vida en general.
Al ser esto así, se entiende que la propuesta de la regulación emocional sea, sin dudas, la
‘propuesta bendecida’ hoy en día. Hay que controlarlo todo, también las emociones. De
aquí, la visión de que hay unas emociones positivas que promover y otras negativas que
reducir. El autocontrol queda así constituido como un signo de madurez, como una
capacidad a adquirir y el rasgo decisivo de nuestra humanidad: el ser que se construye a
sí mismo.
En cambio, en nuestra propuesta de UpToYou pensamos que el autocontrol es
deshumanizador y signo de patología. Con tal posición se entiende que a UpToYou le
cueste hacerse amigos. Veamos las razones que justifican esta postura y pensemos si
hay alguna forma de que el autocontrol tenga algún sentido en nuestra vida.
El control es por definición un acto de intervención despótica, pues desde fuera se
determina qué y cómo tienen que ser las cosas. Por ejemplo, si el ordenador se estropea
lo llevamos a reparar y el técnico intervendrá sobre él regulándolo y controlándolo,
porque el ordenador tiene que funcionar de una forma determinada y no de otra. El
técnico sabe cuál es ese estado de ‘buen funcionamiento’ ajusta, cambia, modifica todas
las piezas en orden a alcanzar ese punto previamente definido. Así pues, control es
imposición de la forma. Esto se puede hacer con los objetos. Los ingenieros y arquitectos
lo hacen constantemente.
Si una persona controla a otra, decimos que eso es contrario al respeto a las personas.
Pues no podemos tratarla como objetos. Pero, ¿es lícito que uno se imponga a sí mismo
una forma? ¿Qué es lo lícito que uno puede hacer consigo mismo? Tenemos dos buenos
consejos “no hagas al otro lo que no quieras que te hagan a ti” y “trata a los demás como
quisieras que te tratasen a ti”. Mi propuesta es que leamos estos dos consejos al revés
“no hagas contigo, lo que no harías con otro” y “haz contigo mismo lo que harías a otro”.
¿Por qué decimos que no está bien matar a una persona? porque una persona no es una
cosa, tiene una singularidad, una individualidad y una intimidad que impide ser reducida
a cosa, pues la persona es siempre ‘más’ de lo que se ve, hace, vive y aún desea. Por
eso,
y entre otras cosas, no matamos y ¿Está bien matarse a uno mismo? Lo mismo que nos
lleva a rechazar que matemos a otro nos lleva a rechazar que nos matemos a nosotros
mismos. Así pues, ¿Por qué tendría que estar bien controlarse a sí mismo si no está bien
ir controlando la vida de los demás? ¿Está bien que uno se trate a sí mismo como cosa?
Al hablar de la confianza, ya vimos su contraposición al control y como el control
descansa en la sospecha y el susto, mientras que el asombro se relaciona con la
confianza y la relación inter-personal. La confianza humaniza mientras que el control
deshumaniza cuando se aplica a una persona.

El que tiene miedo de sí, querrá controlarse. Uno acaba considerándose a sí mismo su
propio enemigo. Se entra en un ciclo que sólo lleva a la desesperación y la locura. Así lo
he visto en los niños y los jóvenes que dicen: “ayúdame a controlarme”. En verdad están
diciendo: “mi vida se me escapa y tengo miedo” se asustan de su propia vida y desean
controlarla para eliminar el miedo. Pero por esa vía nunca se alcanza la reconciliación
con la propia historia que es el requerimiento para la salud.
En la vida, podríamos decir que uno se recibe a sí mismo. Abrimos los ojos y vemos que
alguien nos ha entregado a nosotros mismos y nos descubrimos viviendo. Quien se
recibe con asombro de sí mismo, crece en el conocimiento respetuoso. Basta ver como
un bebé descubre que tiene manos y se relaciona con ellas desde el asombro. El
asombro no busca controlar, sino encontrarse con lo conocido. Un bebé ve sus manos
con asombro, pero ¿Tu cómo te ves a ti mismo?

Que uno se reciba a sí mismo, no


quiere decir que se acepte a sí
mismo. Todos recibimos la vida
¿pero la hemos aceptado? Aceptar es
más que recibir. Aceptar es
reconocerse agradecidamente
configurado por lo recibido, que en
este caso somos nosotros mismos.
¿Puedes dar gracias de ti? Y tras la
acogida ¿Qué viene? El crecimiento y
la auto-perfección por la cual
queremos ser perfectamente lo que
somos? Y ¿Qué somos? Seres en
relación. Venimos de la relación; así que perfeccionarnos es lo mismo que perfeccionar
nuestras relaciones inter-personales, lo cual tiene una estructura dialogal de encuentro
con el otro.

Este proceso de crecimiento meramente enunciado está bien lejos del auto-control. La
proactividad humana encuentra su lugar, pero no en el auto-control, sino en la entrega
personal, pero en la entrega a otra persona uno no sabe lo que será, por eso la forma
nunca puede tener forma de control, porque el control exige que se pre-defina qué es lo
que va a ser (como en el caso del ordenador) y en el encuentro personal nunca se sabe
qué será.
Entonces ¿hay algún momento en donde cabe el auto-control? Decíamos que la
dinámica del control exige que se conozca el punto al que se quiere llegar para poder
regular-controlar-orientar todo hacia ese punto. Es imposible conocer ese punto al que
llegar como camino de perfección personal, por eso el crecimiento personal nunca
puede entenderse como un ejercicio de control. Pero hay momentos en los que sabemos
a qué punto NO queremos llegar. Por ejemplo, en una reunión no queremos chillar a la
persona con la que estamos hablando. En cuanto se define un punto de llegada, en este
caso de no-llegada, cabe introducir la dinámica del control, en este caso
comportamental. Pero ¿Que pueda controlarse quiere decir que haya que controlarlo? Si
el motivo para controlar el propio cuerpo (en ese caso nos estamos tratando como
objeto) lo hacemos como una estrategia para no autodesacreditarnos y así conseguir lo
que se quería, me parece una actitud perversa, pues allí ni hay diálogo ni encuentro
personal. El otro no es más que un objeto. Si el motivo para controlar mi cuerpo y no
chillarle es por respeto a la otra persona, entonces, aparece una razón personal para un
comportamiento objetual. Nos estaremos maltratando (tratándonos como objeto) para
no herir a la otra persona con una palabra fuera de tono y no poner en peligro la
relación inter-personal. ¿Qué es esto? En el mejor de los casos sólo puede considerarse
como una actuación de urgencia puntual y circunstancial que nunca puede convertirse
en el modelo de cómo nos tenemos que tratar a nosotros mismos. En las situaciones de
emergencia hacemos lo que podemos para salvar lo más importante, pero de una
situación de emergencia no puede salir una propuesta educativa. Además, esa medida
de urgencia necesita ir acompañada de otras experiencias y acciones para que no se
convierta en dañina.
Dejando de lado ese tratamiento de urgencia, vemos que nuestra propuesta es bien
distinta: acoge agradecidamente lo que hemos recibido (nuestra historia, nuestra
familia, nosotros mismos, nuestra cultura, nuestro tiempo, nuestra naturaleza),
experimenta el asombro de contemplarte como un regalo, perfecciónate por la entrega
personal y el encuentro. Deja el control para las cosas y trátate un poquito mejor.
Cuando veas a tu hijo desquiciado, no le alecciones con un “aprende a controlarte” que
en verdad se parece más a un “no me molestes”, pues de ordinario tras “controlarse” no
se hace nada más, no se habla con el niño, no se le ayuda a comprender la complejidad
de su vida, sino que como ya se ha controlado, ya no molesta, ya no hace falta seguir
hablando. Cuando veas a tu hijo desquiciado, mírale, piensa qué es lo importante, salva
lo importante y luego ayúdale a que conozca qué le pasa y pueda hacer caminos de
crecimiento y ser feliz.

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