Clase 7
Clase 7
1. El empirismo y Hume
En tanto el racionalismo afirmaba (cf. Cap. VIII, § I 3) que la razón conoce sin ayuda
de la experiencia -y, más aun, que todo factor empírico debiera ser dejado de lado para que
la razón, entendida como facultad innata, funcione con plenitud-, el empirismo sostiene
la tesis contraria. Todo conocimiento deriva en última instancia de la experiencia sensible;
ésta es la única fuente de conocimiento, y sin ella no se lograría saber ninguno. El espíritu
no está dotado de ningún contenido originario, sino que es comparable a una hoja de papel
en blanco (a white paper), que sólo la experiencia va llenando.- Así como para el
racionalismo el ideal del conocimiento se hallaba en las matemáticas, constituidas por
juicios universales y necesarios (a priori), el empirismo lo encuentra más bien en las
ciencias naturales o tácticas (cf. Cap. III, § 2), en las ciencias de observación, cuyos
juicios son particulares y contingentes (a posteriori). -Por último, mientras que el
racionalismo expresaba una tendencia filosófica declaradamente metafísica, porque
afirmaba la posibilidad del conocimiento de una realidad que trasciende los límites de la
experiencia (ideas platónicas, substancias. Dios), el empirismo propende, en general, a
negar la posibilidad de la metafísica y a confinar el conocimiento a los fenómenos, a las
fronteras de la experiencia: no hay más conocimiento de las cosas y procesos que el que
se logra mediante la sensibilidad; la "razón" no podría tener otra función, según esto,
como no fuera la de ordenar lógicamente los materiales que los sentidos ofrecen.
1
La inducción es el razonamiento que va de lo individual a lo general -observando lo que ocurre con un
cuerpo sometido a la acción del calor, y luego con otro, y con otro, etc., se termina por llegar al juicio universal:
"el calor dilata los cuerpos". La deducción, en cambio, sigue el camino inverso: de lo universal a lo particular o
singular -por ejemplo, el silogismo "todos los hombres son mortales, Sócrates...", etc.
PRINCIPIOS DE FILOSOFÍA EL EMPIRISMO
Hume fue un excelente escritor y ensayista -autor también de una notable Historia
de Inglaterra-, y esa habilidad de su pluma lo convierte en uno de los filósofos más sencillos
-en la medida en que los filósofos puedan serlo, porque esa facilidad es a veces una
apariencia que despista al lector superficial o rápido, y sólo la repetida frecuentación de sus
obras consigue percibir las dificultades de fondo con que lucha su pensamiento. Su fuerte
reside en la extraordinaria capacidad para el análisis psicológico; y su filosofía puede
caracterizarse como psicologismo, porque ese análisis es para él el tipo de análisis propio
de la filosofía.
2. Impresiones e ideas
Como filósofo empirista. Hume sostiene que todo conocimiento en última instancia
procede de la experiencia; sea de la experiencia externa, vale decir, la que proviene de
los sentidos, como la vista, el oído, etc., sea de la experiencia íntima, la autoexperiencia.
Según esto, el estudio que Hume se propone emprender consistirá en el análisis de los
hechos de la propia experiencia, de los que hoy se denominan hechos psíquicos y que
Hume llama percepciones del espíritu (donde "percepción" es sinónimo de cualquier
estado de conciencia). A las percepciones que se reciben de modo directo las denomina
Hume impresiones, y las divide en impresiones de la sensación, es decir, las que provienen
del oído, del tacto, de la vista, etc. (las que están referidas al "mundo exterior"), e
impresiones de la reflexión, vale decir, las de nuestra propia interioridad; ejemplo de
impresión de la sensación, un color, o un sabor determinados; impresión de la reflexión, el
estado de tristeza en que ahora me encuentro.
Estas impresiones, o representaciones originarias, se diferencian de las percepciones
derivadas, que Hume llama ideas, como v. gr. los fenómenos de la memoria
o de la fantasía. En su Investigación sobre el entendimiento humano escribe:
Todo el mundo admitirá fácilmente que hay una considerable diferencia entre las
percepciones del espíritu cuando una persona siente el dolor del calor excesivo, o el
placer de la tibieza moderada, y cuando después recuerda en su memoria esa sensación
2
o la anticipa imaginándola.
No es lo mismo, en efecto, estar encolerizado que recordar la cólera del día anterior,
o imaginar cómo me puedo encolerizar por algún hecho futuro. Hay entonces una diferencia
fundamental entre "impresiones" e "ideas". Y esta diferencia, según Hume, es una diferencia
de intensidad o vivacidad:
Con el término impresión significo, pues, todas nuestras percepciones más
vivaces cuando oímos o vemos o palpamos o amamos u odiamos o deseamos o
queremos. Y las impresiones se distinguen de las ideas -que son las percepciones
2
An Enquiry Concerning Human Understanding (ed. L.A. Selby-Bigge, Oxford, Al the Clarendon Press,
2
1961), Section II, p. 17 (trad. esp. Investigación sobre el entendimiento humano. Buenos Aires, Losada,
1945. p. 49).
3
op. cit., sec. II, p. 17 (trad. p. 50).
PRINCIPIOS DE FILOSOFÍA EL EMPIRISMO
Tanto las ideas cuanto las impresiones pueden ser a su vez complejas o simples,
según que se las pueda descomponer o no:
Aunque un color particular, o un sabor u olor son cualidades que están todas
reunidas en esta manzana, es fácil darse cuenta de que no son lo mismo, sino que al
5
menos son distinguibles unas de otras.
4
op. cit., sec. II, p. 18 (trad. p. 51).
5
A Treatise of Human Nature, Libro I, Parte I, Sec. I (cd. L.A. Selby-Bigge, Oxfofd, At the Clarendon Press.
1960), p. 2.
6
Enquiry, sec. III, p. 24 (trad. p. 58).
7
Cf. Enquiry, sec. I, pp. 14-15 (Trad. pp. 46-47).
8
An Abstract of a Book lately published, entituled A Treatise of Human Nature, ed. J. M. Keynes and P.
Sraffa. Cambridge, 1938 (cit. por T.E. Jessop, "Sonic Misunderstandings of Hume", en V. C. Chappell. ed.,
Hume, London. Macmillan. 1968. p. 47).
PRINCIPIOS DE FILOSOFÍA EL EMPIRISMO
Hume cree poder probar el principio empirista mediante dos argumentos. En primer
lugar,
De manera que si nos ponemos a analizar nuestras ideas, por más complicadas o
sublimes que sean, por más alejadas de la sensibilidad que parezcan, se verá que en última
instancia se reducen siempre a impresiones. Y de ello es un ejemplo, además de la
"montaña de oro", ya mencionada, la mismísima idea de Dios. En efecto,
Hume es una idea construida por el espíritu sobre la base del material que proporcionan
impresiones de la reflexión (es, entonces, lo que Descartes llamaba "idea facticia", cf.
Cap. VIII, § 10).
Y mientras que el filósofo francés se sentía forzado a sostener que a esa idea
correspondía en la realidad un ente efectivamente existente (cf. Cap. VIII, §11), Hume se
limita tan sólo a comprobar que de hecho tenemos tal idea, pero que, por el momento al
menos, no es sino una idea más, sin ningún privilegio respecto de las otras, y comparable
por tanto a la idea de centauro, a la de sirena o a la de montaña de oro. Quizás a la idea
de Dios corresponda una realidad, es posible que haya Dios (como tal vez haya sirenas
en algún remoto lugar del océano), pero también es posible que no exista; por lo tanto,
Dios no es por lo pronto, según Hume, nada más que una mera idea.
si ocurre que, por defecto del órgano, una persona no es capaz de experimentar
ninguna clase de sensación, tiene la misma incapacidad para formar las ideas
correspondientes. Así, un ciego no puede formarse noción de los colores ni un sordo de
14
los sonidos.
Pero si se otorgase a cualquiera de ellos el buen uso del órgano de que carecen, el
ciego pronto llegaría a alcanzar la idea de color o el sordo la de sonido.
De esta manera Hume se encuentra en condiciones de formular el criterio con que
determinar la validez de una idea. Toda idea deriva en definitiva de alguna impresión,
según se ha visto; pero para que la idea tenga valor objetivo, es preciso que copie o
represente exactamente una impresión, es decir, que le corresponda una impresión con el
mismo significado que posee la idea -y si se trata de una idea compleja, habrá de
corresponderle una impresión a cada uno de sus elementos, y en la misma relación con
15
que se dan en la idea. Una idea es válida en cuanto concuerda con las impresiones. Sí
la impresión faltase, como en el caso de la montaña de oro -porque no tengo impresión de
montaña y oro a la vez-, ello querría decir que la idea no es válida, que no es una idea
objetiva, sino una idea carente de significación real, producto sólo de la imaginación. En
consecuencia.
14
Enquiry, sec. II, p. 20 (trad. p. 52).
15
Cf. Treatise, Libro II, parle III. sec. IlI, p. 415; II, III, X, p. 448; III, 1, I, p. 458.
16
Enquiry, sec. III. p. 22 (trad. pp. 54-55).
PRINCIPIOS DE FILOSOFÍA EL EMPIRISMO
17
op. cit., sec. IV. parte I, p. 25 (trad. p. 62).
18
op. cit., pp. 25-26 (trad. p. 62).
19
op. cit p. 26 (trad. p. 63).
PRINCIPIOS DE FILOSOFÍA EL EMPIRISMO
quemaré. Y es obvio que sin este tipo de previsiones, la vida humana no podría
desenvolverse de manera adecuada. El agricultor siembra los granos esperando q ue
luego habrán de producir su fruto, tal como hasta ahora ha ocurrido. La importancia de
esta idea de causalidad, pues, es patente, incluso en las manifestaciones más corrientes
de la vida cotidiana.
Ahora bien, se trata de una idea compleja, en la que el análisis revela cuatro
elementos o componentes, a) Ante todo un primer hecho, lo que llamamos "causa", que
inicia el proceso, b) En segundo lugar, otro hecho, como término del proceso causal, y
que es lo que se llama "efecto", c) En tercer lugar, una cierta relación temporal entre a) y
b), a saber, una sucesión: primero aparece la causa, más tarde el efecto, d) Por último, para
que pueda hablarse de relación causal, el primer hecho tiene que producir el
segundo, o, dicho con otros términos, el primer hecho posee una cierta fuerza o energía
que hace que aparezca el segundo, y ello de tal manera que, dado el primer hecho, el otro
necesariamente tiene que darse; la relación de causalidad, pues, y esto es lo esencial, es
una relación de conexión necesaria.
Un ejemplo aclarará lo dicho, y a la vez permitirá comprender la crítica de Hume.
Tómese el caso más sencillo que pueda ocurrírsenos: En una mesa de billar, una bola en
movimiento se dirige hacia otra, que se encuentra en reposo; la golpea, y entonces también
se mueve la segunda bola. Se dice entonces que el movimiento de la primera es la causa
del movimiento de la segunda.
Pues bien, lo que ahora corresponde hacer, según las premisas de Hume (cf. § 3),
es comprobar si cada uno de los cuatro elementos encontrados en la idea de causalidad
tiene su correspondiente impresión, o no. a) Sobre la base del ejemplo anterior, está claro
que hay impresión del primer hecho, porque veo la primera bola en movimiento, b) Y es
obvio que lo mismo ocurre con el segundo hecho: también percibo el movimiento de la
segunda, c) En tercer término, también se percibe la sucesión: primero se observa un
movimiento, el otro se lo percibe más tarde, d) El problema, en cambio, aparece con el
cuarto factor, que sin embargo -es preciso observarlo- es el que tiene mayor peso o
importancia en la cuestión, porque constituye la esencia misma de la causalidad; sin él, en
efecto, nos encontraríamos con una mera sucesión, no con una conexión causal, pues
ésta requiere, además de la sucesión, que el segundo hecho sea necesariamente producido
por el primero.
Y bien, ¿hay impresión de la conexión necesaria del primer hecho con el segundo?
¿Percibo, o percibe alguien, que el primer hecho produce el segundo? O, para
expresarnos con el lenguaje de la física, que constantemente emplea el concepto de
causa (cf. Cap. III, § 9), y según la cual hay una fuerza, o energía cinética, que se transmite
de una bola a la otra, ¿vemos u oímos la fuerza? ¿la olemos, palpamos o saboreamos?
¿Tenemos impresión de ella? Hay impresiones visuales de rojo, azul, verde, etc., y
auditivas de sonidos y ruidos, y táctiles de lo duro o lo blando, etc., pero no hay impresión
ninguna de fuerza o conexión necesaria, no hay absolutamente ninguna impresión de que
el movimiento de la segunda bola resulte necesariamente del movimiento de la primera,
de que ésta transmita a aquella alguna fuerza.
20
op. cit. sec. VIl. parte I, p. 63 (trad. pp. 111-112, retocada).
PRINCIPIOS DE FILOSOFÍA EL EMPIRISMO
Cuando veo, por ejemplo, que una bola de billar se mueve en línea recta hacia
otra y aun suponiendo que por casualidad se me ocurriera que el movimiento de la segunda
bola es el resultado de su contacto o impulso, ¿no puedo acaso suponer que cien
sucesos diferentes podrían haberse seguido de esa causa? ¿No pueden ambas bolas
quedar en absoluto reposo? ¿No puede la primera bola volver en línea recta o rebotar en
la segunda en cualquier línea o dirección? Todas estas suposiciones son compatibles y
concebibles. ¿Por qué, entonces, deberemos dar preferencia a una que no es más
compatible y concebible que el resto? Ninguno de nuestros razonamientos a
21
priori será capaz de mostrarnos un fundamento de esta preferencia.
Dicho de otro modo: con la razón solamente -esto es, sin recordar lo que ya
sabemos y sin ningún otro recurso a la experiencia-, simplemente pensando sobre un
hecho, nunca se llegará a saber qué efecto podrá producir, porque racionalmente son
pensables sin contradicción las más diversas posibilidades. La idea de conexión
necesaria, pues, tampoco procede de la razón.
Aunque se suponga que las facultades racionales de Adán eran completamente
perfectas desde el primer momento, no podría haber inferido de la fluidez, y
transparencia del agua que podía ahogarse en ella, o de la luz y el calor del fuego, que
22
éste podía consumirlo.
Si se nos presenta un cuerpo de color y consistencia iguales a los de) pan que
anteriormente hemos comido, no tendríamos inconveniente en volver a comerlo,
23
previendo con certeza un alimento y sustento iguales,
así como confiamos en que la bola de billar ahora en movimiento habrá de mover a
la que encuentra en su camino. ¿Cómo es que pasamos de los casos observados a los
casos futuros, y con plena seguridad de que siempre ha de ocurrir así?
21
op. cit., sec. IV, parte I, pp. 29-30 (trad. p. 67); cf. sec. IV, parte II, p. 35 (trad. pp. 75-76).
22
[Link]., sec. IV, parte I, p. 27 (trad. p. 64, retocada).
23
op. cit., sec. IV, parte II, p. 33 (trad. p. 74).
PRINCIPIOS DE FILOSOFÍA EL EMPIRISMO
Supongamos que una persona dotada de las más poderosas facultades de razón y
24
reflexión aparece repentinamente en nuestro mundo. Esto es, se parte de la hipótesis de
que de pronto apareciese en nuestro mundo una persona perfectamente desarrollada, sin
haber pasado por las experiencias de la niñez, la juventud, etc., pero con su inteligencia y
sus sentidos maduros. Entonces, ¿qué conocería del mundo que le ofrecen los sentidos y
que por primera vez observa?
Ahora bien, transcurrido cierto tiempo, la actitud de nuestro hombre habrá de cambiar.
En efecto, supongamos
que esta persona ha adquirido más experiencia y que ha vivido tanto tiempo en el
mundo que ha observado que los objetos o sucesos familiares están constantemente
26
ayuntados.
La experiencia, las repetidas observaciones, le han permitido notar que los dos hechos
del ejemplo, el movimiento de una bola de billar y el de la otra, han estado siempre
acompañados o ayuntados (conjoined); que constantemente un hecho ha seguido al
otro; en un caso, en dos, en cien, en todos los casos que han caído bajo su observación. Y
entonces, como consecuencia de toda esta experiencia, después de haber visto muchas
veces que cuando una bola de billar golpeaba a otra la segunda se movía, ocurre algo
nuevo en su espíritu: que si ahora, una vez más, ve una bola de billar en movimiento
dirigirse hacia otra, concluirá, antes de ver lo que va a suceder, que la segunda bola
también se va a mover:
Nuestro hombre ha observado multitud de casos en los cuales una bola de billar
golpea a otra y la segunda se mueve, y se pregunta entonces Hume si esa persona,
después de haber visto tal número de casos, ve, en rigor, algo más que lo que había visto
en la primera ocasión. La primera vez, cuando apareció de repente en el mundo, no vio más
que sucesiones; ahora, después de la observación de muchos casos, ¿ve acaso algo más?
Es evidente que no, que no hay ninguna nueva impresión. Ni tampoco hay nada con que la
razón pueda haber contribuido, según se mostró más arriba. Y, sin embargo, ahora el
personaje del ejemplo hace algo que antes no había podido hacer: con sólo ver el
primer movimiento, infiere el segundo. ¿Qué ha ocurrido, entonces, para que pueda
24
op. cit., sec. V, parte I, p. 42 (trad. p. 84).
25
loc. cit.
26
loc. cit.
27
loc. cit.
PRINCIPIOS DE FILOSOFÍA EL EMPIRISMO
realizar tal inferencia? Puesto que hay que excluir a la razón y a la experiencia, ¿qué nuevo
factor o facultad ha entrado en juego?
Pues bien, el principio que ha permitido la inferencia no es, según Hume, sino lo que
se llama hábito o costumbre. Porque esa especie de mecanismo mental que es el hábito,
y que se forma mediante un proceso de repetición -piénsese en la memorización de una
poesía, v. gr.-, consiste en la tendencia a reproducir un plexo o conjunto de hechos
psíquicos aprendidos cuando se revive una parte de dicho conjunto (no hace falta más
que decir: "en el cielo las estrellas...", para que el niño inmediatamente siga con "en el
campo las espinas, etc."). De modo parejo, a fuerza de observar casos semejantes se
asocian en el espíritu tan estrechamente la idea de una bola de billar en movimiento y el
movimiento de otra, que llega un momento -el momento en que el hábito se ha
constituido- en que, con sólo percibir el primer movimiento, inmediatamente acude a la
imaginación el segundo, y así se lo anticipa antes de que realmente haya ocurrido.
Este principio [el que explica la inferencia] es la costumbre o hábito. Porque siempre
que la repetición de un acto u operación particular produce una propensión a renovar el
mismo acto u operación, sin ser impelido por ningún razonamiento o proceso
28
del entendimiento, decimos que esta propensión es el efecto de la costumbre.
Parece, pues, que esta idea de una conexión necesaria entre los sucesos surge
de casos similares en que ocurre la ayuntación constante de estos sucesos, ya que ninguno
de estos casos [por sí solo] puede sugerirnos esa idea, aunque fueran examinados por
todos sus costados y desde todos los ángulos. Pero en un número de casos que se
suponen similares, no hay ninguna diferencia con cada uno de los casos aislados, salvo
que después de una repetición de casos similares el hábito conduce al espíritu, al aparecer
un suceso, a esperar su acompañante usual y a creer que existirá. Por tanto, esta conexión
que sentimos en el espíritu, esta acostumbrada transición de la imaginación de un objeto
a su acompañante usual, es el sentimiento o impresión a partir
29
de la cual formamos la idea de fuerza o de conexión necesaria. Eso es todo.
28
op. cit. , p. 43 (trad. pp. 84-85).
29
op. cit. , scc. VII, parle II, p. 75 (Irad. p. 126, retocada).
PRINCIPIOS DE FILOSOFÍA EL EMPIRISMO
Si [la idea de substancia] nos fuese comunicada por nuestros sentidos, pregunto:
¿por cuál de ellos, y de qué manera? Si fuese percibida por los ojos, debe ser un
color; si por los oídos, un sonido; si por el paladar, un sabor; y lo mismo respecto
PRINCIPIOS DE FILOSOFÍA EL EMPIRISMO
de los otros sentidos. Pero creo que nadie afirmará que la substancia es un color,
30
ni un sonido, ni un sabor.
30
Treatise. lib. I, parte I, sec. VI, p. 16.
31
loc. cit. (trad. esp.. Madrid, Calpe, 1923, tomo I, p. 44, retocada).
32
The Letters of David Hume (ed. by J.Y.T. Greig. Oxford, At the Clarendon Press, 1932). tomo I, p. 94.
PRINCIPIOS DE FILOSOFÍA EL EMPIRISMO
de alma es paralela a la de substancia material: este pensamiento que ahora pienso, este
dolor o este deseo particulares que en este momento experimento, serían estados
pasajeros, manifestaciones o accidentes del alma misma, de la substancia pensante que
soy yo. Ahora bien, ¿tengo impresión de mi alma o yo?
No hay duda de que tengo impresión -impresión de la reflexión- de mi dolor
presente, o de que deseo algo, etc., es decir, tengo impresión de los que llamo accidentes
de mi alma. Pero en cambio no parece en modo alguno que tenga impresión del alma, de
la cual este acto de pensar, este recuerdo, este deseo, serían las expresiones o estados
pasajeros. En efecto,
33
Treatise, lib. I. parte IV, sec. VI, p. 252 (trad. esp.. I, p. 390, retocada).
34
loc. cit. (trad. loc. cit., retocada).
35
loc. cit (trad. loc. cit.)
36
loc. cit (trad. loc. cit.)
PRINCIPIOS DE FILOSOFÍA EL EMPIRISMO