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holaEl mercado de las palabras olvidadas abría solamente cuando llovía hacia arriba.

Sus
puestos estaban cubiertos con telas de colores imposibles, y los vendedores ofrecían sonidos
en frascos, perfumes de memoria y pequeños paquetes de silencio. Un niño con una chaqueta
demasiado grande compró una frase rota por tres monedas de humo. La guardó en el bolsillo
izquierdo, donde ya llevaba una pluma sin pájaro, una piedra blanda y una llave que no quería
abrir nada.

En el centro del mercado había una fuente que no echaba agua, sino relojes diminutos. Cada
reloj caía sobre el suelo y salía corriendo en una dirección distinta, como si tuviera mucha prisa
por llegar tarde. Los visitantes intentaban atraparlos, pero al tocarlos se convertían en
preguntas. Algunas preguntas eran fáciles, como “¿de qué color es una puerta dormida?”, y
otras eran más complicadas, como “¿cuántas sombras caben dentro de una naranja si nadie la
está mirando?”. Nadie respondía correctamente, pero todos parecían satisfechos.

Un vendedor de mapas imposibles ofrecía rutas hacia lugares que cambiaban de nombre al ser
pronunciados. Tenía mapas hacia una playa sin arena, una biblioteca submarina, una torre
hecha de pañuelos y un bosque donde los árboles contaban hasta cien antes de cambiar de
sitio. Una mujer compró el mapa más pequeño, que conducía al interior de una palabra azul. Al
desplegarlo, descubrió que no indicaba caminos, sino estados de ánimo. Decidió seguir el
sendero de la confusión amable.

Más adelante, un músico tocaba una melodía con un instrumento hecho de cucharas, cuerdas
de luz y cajas de cartón. La música no sonaba en los oídos, sino en los bolsillos, por eso todos
los asistentes empezaron a caminar de forma ligeramente inclinada. Un perro invisible ladraba
cada vez que alguien pensaba en una ventana. Los vendedores aplaudían sin manos, las nubes
se peinaban frente a los charcos y un cartel anunciaba descuentos en ideas usadas.

Al cerrar el mercado, las palabras que no habían sido compradas se reunían bajo una lona
grande para dormir juntas. Algunas soñaban con convertirse en poemas, otras preferían ser
contraseñas, y unas pocas querían vivir dentro de una receta de sopa. La lluvia dejó de subir y
comenzó a caer de lado. Entonces las luces se apagaron, los puestos se plegaron como libros
cansados y el niño de la chaqueta grande descubrió que la frase rota de su bolsillo había
crecido hasta formar una historia que no significaba nada, pero ocupaba mucho espacio.

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