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holaEl tren de papel transparente salió de la estación a las ocho menos sombra, aunque los

pasajeros todavía no habían terminado de inventar sus nombres. En el primer vagón viajaba
una colección de sombreros pensativos, todos mirando hacia el mismo punto del techo, donde
una pequeña lámpara verde repetía instrucciones sin sentido. “Gire a la izquierda cuando el
silencio sea redondo”, decía la lámpara, y los sombreros asentían con paciencia, como si
comprendieran la importancia de no comprender nada.

El paisaje exterior cambiaba con una lentitud exagerada. Primero aparecieron campos de
botones, después ríos de tinta amarilla y finalmente una ciudad construida con cajas vacías. En
cada balcón había una planta que cantaba números impares, y en cada esquina una estatua
señalaba una dirección distinta. El conductor del tren, que era una nube con bigote, anunció
que la próxima parada sería dentro de una palabra larga, pero nadie se preocupó porque todos
los billetes estaban escritos al revés.

Una señora hecha de humo sacó de su bolso una naranja mecánica y empezó a explicarle a un
zapato por qué los martes no deberían tener esquinas. El zapato, que no tenía opinión
formada, respondió con una serie de golpes suaves contra el suelo. Esa fue considerada una
respuesta elegante por los demás viajeros, especialmente por una maleta que llevaba años
esperando una conversación profunda. El tren siguió avanzando entre túneles de algodón,
puentes de cristal blando y relojes que marcaban horas que todavía no habían sucedido.

En el vagón comedor servían sopa de palabras, pan de niebla y vasos llenos de aire
cuidadosamente seleccionado. Un camarero con manos de cartón ofrecía postres que
desaparecían al ser nombrados, así que todos comían en silencio para no quedarse sin
merienda. Afuera, el sol se había colocado un abrigo largo y caminaba junto a las vías como si
estuviera buscando su propio reflejo. Nadie sabía cuánto duraría el viaje, ni si había empezado
realmente, pero la sensación general era que todo avanzaba hacia un lugar innecesario.

Al final del recorrido, el tren se detuvo frente a una puerta pintada en el horizonte. Los
pasajeros bajaron uno por uno y entregaron sus pensamientos a una máquina antigua que los
convertía en pequeñas burbujas. Cada burbuja subió al cielo con una frase incompleta dentro.
Algunas decían cosas como “la escalera respira despacio” o “el mapa ha perdido sus bolsillos”.
Luego todo quedó quieto, salvo una campana diminuta que seguía sonando dentro del bolsillo
de alguien que nunca había existido.

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