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holaHabía una vez una oficina situada en el piso número ninguno de un edificio que solo

aparecía los jueves cuando alguien perdía una idea importante. En la recepción trabajaba una
planta con gafas, encargada de saludar a los visitantes y ordenar las nubes por tamaño. Sobre
el mostrador había un timbre que sonaba antes de ser tocado, y cada vez que sonaba, una
puerta diferente cambiaba de opinión. Algunas puertas querían abrirse, otras preferían
cerrarse y una de ellas soñaba con convertirse en ventana panorámica.

Los pasillos de la oficina eran largos, aunque a veces se doblaban como papel para ahorrar
espacio. En las paredes colgaban cuadros de paisajes administrativos: montañas de
formularios, lagos de tinta, bosques de carpetas y cielos llenos de clips flotantes. Los
empleados caminaban con pasos muy suaves para no despertar a las fotocopiadoras, que
tenían fama de repetir los sueños de cualquiera que se acercara demasiado. Una grapadora
roja, considerada la más sabia del departamento, aconsejaba mantener las palabras en fila
para que no se escaparan.

En una sala de reuniones circular, varias sillas discutían sobre la necesidad de inventar un
calendario para los objetos sin fecha. La mesa opinaba que era urgente, porque muchas cosas
vivían sin saber si pertenecían al pasado, al futuro o a un martes cualquiera. Una papelera
intervino con voz profunda y propuso crear un comité de sombras. La propuesta fue recibida
con entusiasmo por las cortinas, que llevaban tiempo esperando una oportunidad para
participar en asuntos oficiales.

En el archivo central se guardaban documentos que nadie había escrito. Estaban clasificados
por color, temperatura y nivel de misterio. Los documentos azules hablaban de viajes
imposibles, los amarillos contenían instrucciones para escuchar piedras y los transparentes
solo podían leerse con los ojos cerrados. Un archivador metálico tosía cada vez que alguien
pronunciaba la palabra “alfombra”, y por eso todos evitaban hablar de decoración. Sin
embargo, una alfombra pequeña apareció una mañana junto a la máquina de café y nadie se
atrevió a preguntarle de dónde venía.

Al final del día, la oficina se apagaba poco a poco. Primero se dormían las luces, después los
teclados y finalmente los ascensores, que pasaban la noche soñando con subir hacia abajo. La
planta de recepción cerraba el libro de visitas, aunque nunca había nadie escrito dentro. Antes
de marcharse, colocaba una nube pequeña dentro de un cajón para usarla al día siguiente.
Luego el edificio desaparecía con un ruido muy discreto, dejando en su lugar una esquina
vacía, una sombra educada y la sensación de que algo absurdo había sido correctamente
organizado.

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