CWrhesaz1Sobre la autora
¡Hola! Soy Paola Artmann, escritora, docente de profesión y mamá de dos
maravillosos niños llamados Teresa y Christian. Con la ayuda de mi esposo,
creé este portal para hacer del aprendizaje una experiencia interactiva y
divertida para los niños. Me apasiona la educación y espero que mi trabajo te
ahorre tiempo e inspire a tus hijos o alumnos a aprender con una sonrisa. Si
quieres conocer un poco más acerca de nosotros te invito a leer acerca
de nuestra misión.
Cuento Los carneros y el gallo: adaptación de la fábula de Godofredo
Daireaux.
Una mañana de primavera todos los miembros de un rebaño
se despertaron sobresaltados a causa de unos sonidos
fuertes y secos que provenían del exterior del establo.
Salieron en tropel a ver qué sucedía y se toparon con una
pelea en la que dos carneros situados frente a frente estaban
haciendo chocar sus duras cornamentas.
Un gracioso corderito muy fanático de los chismes fue el
primero en enterarse de los motivos y corrió a informar al
grupo. Según sus fuentes, que eran totalmente fiables, se
estaban disputando el amor de una oveja muy linda que les
había robado el corazón.
– Por lo visto está coladita por los dos, y como no sabía a
cuál elegir, anoche declaró que se casaría con el más
forzudo. El resto de la historia os la podéis imaginar: los
carneros se enteraron, quedaron para retarse antes del
amanecer y… bueno, ahí tenéis a los amigos, ahora rivales,
enzarzados en un combate.
El jefe del rebaño, un carnero maduro e inteligente al que
nadie se atrevía a cuestionar, exclamó:
– ¡Serenaos! No es más que una de las muchas peloteras
románticas que se forman todos los años en esta granja. Sí,
se pelean por una chica, pero ya sabemos que no se hacen
daño y que gane quien gane seguirán siendo colegas. ¡Nos
quedaremos a ver el desenlace!
Los presentes respiraron tranquilos al saber que solo se
trataba de un par de jóvenes enamorados compitiendo por
una blanquísima ovejita; una ovejita que, por cierto, lo estaba
presenciando todo con el corazón encogido y conteniendo la
respiración. ¿Quién se alzaría con la victoria? ¿Quién se
convertiría en su futuro marido?… ¡La suerte estaba echada!
Esta era la situación cuando un gallo de colores al que nadie
había visto antes se coló entre los asistentes y se sentó en
primera fila como si fuera un invitado de honor. Jamás había
sido testigo de una riña entre carneros, pero como se creía el
tipo más inteligente del mundo y adoraba ser el centro de
atención, se puso a opinar a voz en grito demostrando muy
mala educación.
– ¡Ay madre, vaya birria de batalla!… ¡Estos carneros son
más torpes que una manada de elefantes dentro de una
cacharrería!
Inmediatamente se oyeron murmullos de desagrado entre el
público, pero él se hizo el sordo y continuó soltando
comentarios fastidiosos e inoportunos.
– ¡Dicen por aquí que se trata de un duelo entre caballeros,
pero la verdad es que yo solo veo dos payasos haciendo
bobadas!… ¡Eh, espabilad chavales, que ya sois mayorcitos
para hacer el ridículo!
Los murmullos subieron de volumen y algunos le miraron de
reojo para ver si se daba por aludido y cerraba el pico; de
nuevo, hizo caso omiso y siguió con su crítica feroz.
– Aunque el carnero de la derecha es un poco más ágil, el de
la izquierda tiene los cuernos más grandes… ¡Creo que la
oveja debería casarse con ese para que sus hijos nazcan
fuertes y robustos!
Los espectadores le miraron alucinados. ¿Cómo se podía ser
tan desconsiderado?
– Aunque para ser honesto, no entiendo ese empeño en
casarse con la misma. ¡A mí me parece que la oveja en
cuestión no es para tanto!
Los carneros, ovejas y corderos enmudecieron y se hizo un
silencio sobrecogedor. Sus caras de indignación hablaban
por sí solas. El jefe de clan pensó que, definitivamente, se
había pasado de la raya. En nombre de la comunidad, tomó
la palabra.
– ¡Un poco de respeto, por favor!… ¡¿Acaso no sabes
comportarte?!
– ¿Yo? ¿Qué si sé comportarme yo?… ¡Solo estoy diciendo
la verdad! Esa oveja es idéntica a las demás, ni más fea, ni
más guapa, ni más blanca… ¡No sé por qué pierden el
tiempo luchando por ella habiendo tantas para escoger!
– ¡Cállate mentecato, ya está bien de decir tonterías!
El gallo puso cara de sorpresa y respondió con chulería:
– ¡¿Qué me calle?!… ¡Porque tú lo digas!
El jefe intentó no perder los nervios. Por nada del mundo
quería que se calentaran los ánimos y se montara una
bronca descomunal.
– A ver, vamos a calmarnos un poco los dos. Tú vienes de
lejos, ¿verdad?
– Sí, soy forastero, estoy de viaje. Venía por el camino de
tierra que rodea el trigal y al pasar por delante de la valla
escuché jaleo y me metí a curiosear.
– Entiendo entonces que como vives en otras tierras es la
primera vez que estás en compañía de individuos de nuestra
especie… ¿Me equivoco?
El gallo, desconcertado, respondió:
– No, no te equivocas, pero… ¿eso qué tiene que ver?
– Te lo explicaré con claridad: tú no tienes ningún derecho a
entrometerte en nuestra comunidad y burlarte de nuestro
comportamiento por la sencilla razón de que no nos conoces.
– ¡Pero es que a mí me gusta decir lo que pienso!
– Vale, eso está muy bien y por supuesto es respetable, pero
antes de dar tu opinión deberías saber cómo somos y cuál es
nuestra forma de relacionarnos.
– ¿Ah, sí? ¿Y cuál es, si se puede saber?
– Bueno, pues un ejemplo es lo que acabas de presenciar.
En nuestra especie, al igual que en muchas otras, las peleas
entre machos de un mismo rebaño son habituales en época
de celo porque es cuando toca elegir pareja. Somos
animales pacíficos y de muy buen carácter, pero ese ritual
forma parte de nuestra forma de ser, de nuestra naturaleza.
– Pero…
– ¡No hay pero que valga! Debes comprender que para
nosotros estas conductas son completamente normales. ¡No
podemos luchar contra miles de años de evolución y eso hay
que respetarlo!
El gallo empezó a sentir el calor que la vergüenza producía
en su rostro. Para que nadie se diera cuenta del sonrojo,
bajó la cabeza y clavó la mirada en el suelo.
– Tú sabrás mucho sobre gallos, gallinas, polluelos, nidos y
huevos, pero del resto no tienes ni idea ¡Vete con los tuyos y
deja que resolvamos las cosas a nuestra manera!
El gallo tuvo que admitir que se había pasado de listillo y
sobre todo, de grosero, así que si no quería salir mal parado
debía largarse cuanto antes. Echó un último vistazo a los
carneros, que ahí seguían a lo suyo, peleándose por el amor
de la misma hembra, y sin ni siquiera decir adiós se fue para
nunca más volver.
Moraleja: Todos tenemos derecho a expresar nuestros
pensamientos con libertad, claro que sí, pero a la hora de dar
nuestra opinión es importante hacerlo con sensatez. Uno no
debe juzgar cosas que no conoce y mucho menos si es para
ofender o despreciar a los demás.