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El Rapport

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El rapport “corazón de la entrevista psicológica”

Desde el inicio, Morrison destaca que el rapport cumple una doble función: facilita la continuidad del
tratamiento y permite obtener información relevante. Esta idea resulta especialmente significativa si se
considera que muchos pacientes abandonan la terapia no por la complejidad de sus problemas, sino por la falta
de una conexión genuina con el profesional. En este sentido, el autor deja claro que el paciente no solo busca
respuestas, sino también sentirse escuchado, validado y comprendido. Así, el rapport se convierte en un puente
que hace posible el trabajo terapéutico.

No obstante, construir esta relación no es un proceso automático. Morrison enfatiza que el rapport se desarrolla
gradualmente, aunque puede ser favorecido desde los primeros minutos de la entrevista. Aquí, la conducta del
entrevistador adquiere un papel fundamental. Elementos aparentemente simples, como la expresión facial, el
contacto visual o la postura corporal, comunican interés o desinterés de manera inmediata. Un terapeuta que se
muestra rígido, distante o inexpresivo puede generar barreras incluso antes de formular una pregunta. Por el
contrario, una actitud abierta, relajada y atenta facilita que el paciente se sienta en un espacio seguro.

Un aspecto especialmente relevante es la capacidad del clínico para leer el lenguaje no verbal del paciente.
Morrison señala que el tono de voz, los gestos o la postura pueden revelar emociones que no se expresan
directamente. Esto implica que la entrevista no debe limitarse a lo que se dice, sino también a cómo se dice.
Interpretar estas señales permite al terapeuta responder de manera más ajustada y, en consecuencia, fortalecer
el rapport.

Sin embargo, el establecimiento de esta relación no depende únicamente de la observación del paciente, sino
también de la autoconciencia del entrevistador. El autor subraya que los propios sentimientos del clínico pueden
influir en la interacción. Simpatía, incomodidad o rechazo son reacciones humanas inevitables, pero deben ser
reconocidas y reguladas para no interferir en la evaluación. En este punto, la empatía se presenta como una
habilidad esencial: no se trata de estar de acuerdo con el paciente, sino de comprender su experiencia desde su
perspectiva. Esta capacidad no solo mejora la calidad de la información obtenida, sino que también fortalece la
confianza en la relación terapéutica.

Otro elemento clave es el uso del lenguaje. Morrison advierte sobre los riesgos de emplear frases estereotipadas
como “sé cómo te sientes”, ya que pueden percibirse como poco auténticas. En su lugar, propone expresiones
que transmitan comprensión sin imponerla “Debe haber sido muy difícil” - “Puedo imaginar lo duro que fue”.
Asimismo, resalta la importancia de adaptar el lenguaje al nivel y contexto del paciente, evitando términos
innecesarios o palabras con carga negativa. Este ajuste no solo facilita la comunicación, sino que también
demuestra respeto hacia la experiencia del otro.

El capítulo también aborda el uso del humor y la expresión emocional. Si bien estos pueden ser herramientas
valiosas para generar cercanía, su uso requiere cautela. Un comentario inapropiado puede ser interpretado
como burla o falta de sensibilidad, especialmente en pacientes vulnerables. Por ello, el clínico debe evaluar
constantemente el contexto y las características del paciente antes de recurrir a este tipo de recursos. Reir con el
paciente más no con el.

Finalmente, el autor señala que demostrar conocimiento también contribuye a generar confianza. Explicar al
paciente que su problema es comprensible y tratable puede reducir significativamente su ansiedad. Sin
embargo, advierte sobre el riesgo de mostrarse autoritario o emitir juicios prematuros. El equilibrio entre
seguridad y humildad resulta, una vez más, esencial.

En conclusión, el capítulo de Morrison permite entender que el rapport no es una técnica aislada que se aplica
mecánicamente, sino una actitud que atraviesa toda la entrevista psicológica. Implica escuchar con atención,
observar con sensibilidad, comunicarse con claridad y, sobre todo, relacionarse con el paciente desde el respeto
y la empatía. En un contexto donde la formación profesional suele centrarse en el conocimiento técnico, este
enfoque recuerda que la herramienta más importante del clínico es, en última instancia, su propia manera de
estar con el otro.

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