El último engranaje de Olvido
El tic-tac no era un sonido en la tienda de Alistair; era el pulso mismo de la realidad. En ese
rincón olvidado de una ciudad que ya solo creía en las pantallas y la prisa, miles de
péndulos, agujas y resortes dictaban el ritmo de los segundos. Alistair, con sus setenta años
tallados en arrugas y las manos permanentemente manchadas de aceite de ballena y plata,
observaba su obra maestra: el Cronos-Eternum.
Era un reloj de pie, de madera de caoba tan oscura que parecía tragarse la luz del taller. No
marcaba las horas, ni los minutos, ni los días. El Cronos-Eternum medía algo mucho más
esquivo: el tiempo que le quedaba a una persona antes de olvidar su recuerdo más
preciado.
—Una excentricidad de viejo —se decía a sí mismo Alistair mientras ajustaba un escape de
áncora con unas pinzas milimétricas.
Pero no era una excentricidad. Era su condena. Su propia aguja dorada en el dial central
retrocedía implacable. Le quedaban, según sus cálculos, menos de veinticuatro horas antes
de que el engranaje final hiciera saltar el resorte y borrara de su mente el rostro de su hija,
Leonor, que se había marchado a ultramar hacía veinte años tras una agria disputa que el
orgullo de ambos no supo sanar.
La visita inesperada
A las siete de la tarde, cuando la lluvia golpeaba los cristales con la cadencia de un
metrónomo, la campana de la puerta tintineó. No era el tintineo alegre de las mañanas;
sonó a bronce viejo, a advertencia.
Entró una mujer envuelta en una gabardina empapada. Se bajó la capucha y Alistair sintió
que el mundo se detenía, rompiendo todas las leyes de la física que tanto respetaba. Ojos
grises, la misma línea severa en la mandíbula, el mismo tic de morderse el labio inferior al
mirar a su alrededor.
—Hola, padre —dijo Leonor. Su voz era más grave que en sus recuerdos, templada por los
años y el invierno.
Alistair dejó las pinzas sobre la mesa de trabajo. El metal tintineó contra la madera.
—Has tardado veinte años en cruzar esa puerta, Leonor. El té ya se ha enfriado.
—Nunca te gustó el té caliente, Alistair. Decías que te hacía perder el tiempo esperando a
que soplara —respondió ella, con una sonrisa amarga que no llegó a sus ojos.
Caminó por la tienda, esquivando relojes de cuco que cantaban a destiempo y cronómetros
marinos que brillaban bajo la luz de gas. Finalmente, se detuvo ante el Cronos-Eternum. Su
aguja dorada temblaba a escasos milímetros del cero absoluto.
Aún sigues intentando embotellar el viento", susurró ella, acariciando el cristal del dial. "Vine
porque me enteré de tu enfermedad. En la capital dicen que el gran relojero está perdiendo
las piezas".
Aún sigues intentando embotellar el viento", susurró ella, acariciando el cristal del dial. "Vine
porque me enteré de tu enfermedad. En la capital dicen que el gran relojero está perdiendo
las piezas".