EL DISCIPULADO:
LA OBRA DE DIOS MÁS IMPORTANTE
¿Por qué el llamado a hacer discípulos está en el centro de la obra de Dios? ¿Por
qué se complace Dios cuando hacemos un compromiso total con el discipulado?
¿Qué logra el discipulado que ninguna otra cosa puede hacer?
Comencemos con lo obvio. El discipulado es la principal prioridad de Dios
porque Jesús lo practicó y nos ordenó hacerlo. Además, sus seguidores también
continuaron haciéndolo.
Jesús lo ordenó
Jesús nos mandó a que fuéramos e hiciéramos discípulos. Cuando él estableció
la gran comisión, pudo haberse referido a la contemplación, al estudio, a la
adoración, al servicio o a congregar personas para reuniones de avivamiento en el
templo. También pudo haber replanteado el gran mandamiento.2 Pero no lo hizo.
En vez de ello y con palabras sencillas, Jesús fue directo al grano:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto,
id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el
nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles
que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo
estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. (Mateo
28:18-20)
En la gran comisión, la transformación se convirtió en la misión. Las palabras
de Jesús revelan su objetivo y prioridad. También señalan el método que debemos
seguir para cumplir el plan de Dios de rescatar al mundo. El compromiso de ser y
hacer discípulos debe ser la principal tarea de cada discípulo de cada iglesia.
Dios está entregado por completo a esa misión
Jesús vino “a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Él no vino
“para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”
(Marcos 10:45). No escatimó nada para alcanzar a los que ama. Cuando exclamó:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” quiso decir que toda la
autoridad de todos los reinos y de todos los tiempos había sido movilizada para
'
que a través de él, sus imperfectos discípulos pudieran ir y hacer otros imperfectos
discípulos. Vienen a mi mente las palabras de William Law:
“El cristianismo no es una escuela que enseñe la virtud moral, el
refinamiento de nuestros modales, o que nos forme para vivir con
decencia y gentileza. Es más profundo y divino en sus designios
y sus propósitos son más nobles. Implica un completo cambio
de vida, nuestra propia dedicación en alma y cuerpo a Dios en el
más estricto y alto sentido de esas palabras”.3
Hacer discípulos no tiene nada que ver con convencer a otros de creer en una
filosofía, o convertirlos en agradables personas siempre sonrientes. La gran comisión
es una misión de rescate; todos los seguidores reciben órdenes y autoridad para
entrar en acción en cualquier lugar donde se encuentren. El discipulado implica
salvar a los individuos de sí mismos y del olvido eterno, permitiendo que el poder
transformador de Dios los cambie de adentro hacia fuera. Todo es la palabra clave
de la gran comisión: toda autoridad, todo sacrificio, todo esfuerzo, todo el tiempo,
para toda la gente. ¿Cómo puede la iglesia pensar en cualquier otra cosa que
siquiera se equipare en importancia?
Una persona transformada puede cambiar al mundo.
Jesús dirigió este mandato imperativo a los once discípulos que le quedaban, que
fueron los primeros que practicaron el discipulado. Muchas traducciones utilizan
la palabra naciones para describir el objetivo del discipulado. Sin embargo, el Nuevo
Testamento griego utiliza la palabra ethne, que significa “grupos de personas”.
Desde el principio, el mandato de alcanzar a otros ha sido universalmente
aceptado por los cristianos ortodoxos. Pero el ambicioso impulso de cumplir con
la gran comisión a veces le da un sentido mecánico o programático. En particular,
la iglesia de Estados Unidos ha reemplazado lo teórico por lo pragmático, creando
un modelo de mercadeo de la iglesia y la sociedad. Este no es un fenómeno
nuevo. Alexis de Tocqueville, un francés que viajó por Estados Unidos en los años
1800, escribió sus impresiones: “Donde usted esperaría encontrar un sacerdote,
encuentra un político o vendedor”.4
Ese énfasis en la mercadotecnia está profundamente enraizado en la cultura de
la iglesia estadounidense. La idea de que los discípulos hagan otros discípulos ha
llegado a ser un método de crecimiento de la iglesia, una manera de incrementar
los números y satisfacer la sed norteamericana de progreso. Después de todo,
(
capacitar a once personas que a su vez saldrán y alcanzarán a otros, es un gran
plan. Los alcanzados a su vez alcanzarán a otros más.
Como muchos escritores y maestros han proclamado, si todos los que llegan a
ser discípulos hacen más discípulos a través de muchas generaciones espirituales, el
resultado no es la reproducción (añadir un discípulo a la vez), sino la multiplicación
(un discípulo hace dos, que a su vez hacen cuatro, quienes hacen dieciséis, etc.).
He escuchado sermones (de hecho, he predicado algunos) donde se plantea la
teoría de que con sólo seguir este plan de multiplicación, el mundo entero será
convertido al cristianismo en treinta años. Pero ya han pasado más de treinta años
desde que se propuso ese plan.
A pesar de lo lógico que suene, ese plan fracasa repetidamente al naufragar en
las rocas de la debilidad e ignorancia humanas. Desconocemos la manera en que la
gente realmente cambia. Debemos admitir que esa fórmula matemática nunca ha
funcionado de manera satisfactoria. Puede tener un limitado éxito en ambientes
controlados, pero sería un error proclamar que la multiplicación ha funcionado
hasta el punto de alcanzar ciudades, países, o generaciones enteras.
El principio que está detrás del discipulado es que una persona influye en
otra, lo que resulta en un cambio de mente y corazón. El éxito del discipulado
no depende de una avanzada militar con estrategias mecánicas de reproducción y
multiplicación. Tampoco requiere desarrollar una bien entrenada fuerza élite de
ventas. Más bien, el discipulado ocurre cuando una persona transformada refleja
a Cristo entre quienes la rodean. Sucede cuando esa persona experimenta tan
profundamente el amor de Dios, que no puede evitar afectar a quienes están a su
alrededor.
La parte medular de ser un discípulo es vivir en íntima comunión y diario
contacto con Cristo. El discipulado, es decir, el esfuerzo tanto de ser discípulo
como de hacer discípulos, está relacionado con la inmensa relevancia que tiene
Dios para un individuo y el impacto que resulta en otras vidas.
Una empresa de comprometidos
Cuando alguien dice que tiene fe en Cristo, también debe comprometerse a
seguirlo. Jesús enseñó que en eso consiste la fe (ver Lucas 23-25). Algo menos que
eso puede ser un anhelo, un deseo o una buena intención, pero no es fe, porque
la fe significa seguir a Cristo.
Para participar en la gran comisión no se necesita mucho conocimiento o
habilidades. Pero sí se requiere haber sido regenerado; es decir, transformado. Sólo
la presencia de Dios en el discípulo le permite responder al llamado de seguir a
Cristo. De la regeneración fluyen dos actos de sumisión:
)
1. El bautismo: Reconocimiento público. Aunque el bautismo sigue siendo
significativo en el presente, ya no implica el riesgo y valor que requería en el
primer siglo. En ese entonces, el acto del bautismo proclamaba que alguien
realmente había decidido seguir a Jesús. Ser bautizado en el nombre de la Trinidad
(Padre, Hijo y Espíritu Santo) significaba que el seguidor experimentaba a Dios en
plenitud en su vida. Y esto lo separaba de otros dioses y filosofías.
En el llamado primer mundo del siglo veintiuno,5 en que el cristianismo ya
está establecido, aunque no como quisiéramos, ya no enfrentamos los riesgos que
los seguidores de Cristo tuvieron que arrostrar en el primer siglo. Sin embargo,
en gran parte del tercer mundo el bautismo sigue siendo un acto de valor. Ser
bautizado puede poner a una persona en la lista de vigilancia de un gobierno,
convertirlo en enemigo de su pueblo; o ser rechazado por su propia familia.
El bautismo significa reconocer en público que se es un discípulo. Nunca fue
la intención que fuera un ritual privado que se celebra dentro de los muros de la
iglesia. Para que el cristianismo florezca, los discípulos deben comenzar a hacer
pública su fe y permanecer así. Un sólo discípulo crea una luz, y la comunidad
de discípulos brilla como una ciudad que está en un monte. No es una opción
mantener tu luz escondida (ver Mateo 5:14-16).
2. Aprender a obedecer todo lo que Cristo mandó: Someterse a la transformación.
Los católico-romanos hablan de la tradición y la Escritura. Los anglicanos, de la
Escritura, la tradición y la razón. Los protestantes dicen sola scriptura (“sólo la
Escritura”). Con estas diferencias que han ensombrecido la historia de la iglesia,
¿cómo podemos reconocer lo más importante?
Antes de que existiesen los católicos, anglicanos o protestantes, Jesús estableció
el proceso para seguirlo: todos los discípulos debían ser enseñados a obedecer todo
lo que él mandó. Existen 212 cosas que él ordenó y que podemos resumir en tres
declaraciones:
1. Ama a Dios con todo tu corazón, mente, alma y fuerzas.
2. Ama a tu prójimo como a ti mismo.
3. Ama a tus enemigos.
Aprendiendo a obedecer
Jesús lo dijo todo en ese resumen, pero cuando vemos todo lo que incluye, nos
damos cuenta de que el “plan de estudios” para ser y hacer discípulos es tan
extenso, que abarca toda la vida. Pero antes de preocuparnos de qué debemos
obedecer, primero necesitamos entender cómo obedecer. Para esto son necesarios
cuatro ingredientes:
*
1. Como discípulos, necesitamos una visión que nos inspire. Una visión
proporciona esperanza, y ésta alimenta nuestro esfuerzo conforme avanzamos
hacia el futuro. Así como un gran atleta cumple el sueño de su niñez de ganar una
medalla olímpica o jugar en la liga profesional, los discípulos deben soñar con ser
como Cristo. El apóstol Pablo tenía esta meta para sí mismo y para todos los que
amaba y a quienes enseñaba (ver 1 Corintios 9:24-27; Gálatas 4:19; Colosenses
1:28).
Nuestra meta debe ser impregnar nuestras vidas con el ejemplo de Cristo a
medida que estudiamos y meditamos acerca de sus cualidades. Debido a que la
humildad es la característica medular del carácter de Jesús, debemos empezar allí.
Esa visión puede proyectarnos hacia el futuro e inspirar toda nuestra existencia.
2. Como discípulos, necesitamos rendir cuentas a otros para recibir instrucción.
Puesto que el aprendizaje implica repetición constante, es necesaria la disciplina.
Pero como la autodisciplina consistente es rara, necesitamos rendir cuentas para
que otros nos ayuden.
Infortunadamente, la rendición de cuentas con frecuencia tiene una
connotación negativa, como cuando una persona decepcionada comenta: “Él
fracasó porque no tenía nadie a quien rendirle cuentas”. La rendición de cuentas
es un término contemporáneo para el antiguo principio bíblico de que los
condiscípulos deben ayudar a otros a mantener su compromiso con Dios.
La rendición de cuentas puede ser nuestra mejor amiga, aun cuando no
queremos que siempre ande con nosotros. Es como tener un chaperón de por
vida, que siempre está con nosotros en el mismo cuarto, aunque discretamente
sentado en un rincón. Nos sujetamos a la rendición de cuentas cuando tenemos la
pasión de complacer a Dios, el deseo de evitar caer en faltas morales y no querer
desperdiciar los años por negligencia y pereza. Rendir cuentas es someternos al
menos a otra persona que tiene el permiso de hacer cualquier pregunta y de pedir
honestidad en cuanto a nuestra vida.
3. Como discípulos, necesitamos una estructura para fortalecernos. Una de las
necesidades menos apreciadas en la vida es la estructura. Todas las cosas, desde
los límites de velocidad hasta la barandilla de la cuna de un bebé, nos protegen y
hacen que la vida funcione mejor.
Así como la rendición de cuentas involucra someternos a otros, la estructura
nos ayuda a diseñar nuestra vida para el éxito. Si usted quiere perder peso, necesita
primero pedirle a un amigo que le ayude a mantener su compromiso. Así crea
una estructura que le permitirá perder peso exitosamente. Esa estructura puede
incluir sacar de su casa la comida que sabotearía su meta, encontrar la manera de
preparar alimentos sanos en casa y aprender a comer en ambientes donde no tiene
el control. La estructura le fortalece y hace alcanzable su meta.
+
Cuando se trata de desarrollar hábitos espirituales, una buena guía devocional
provee la estructura que necesitamos. Me reúno dos veces al mes con un amigo
que estudia la misma guía y que lleva un registro de su avance. Nuestra relación
me da la oportunidad de rendir cuentas, y la guía me provee estructura. Este es
sólo un ejemplo de una estructura que funciona. De hecho, la estructura no tiene
que ser tan complicada. Simplemente debe llevarnos a realizar nuestra tarea, la
cual pondrá en movimiento la acción del Espíritu Santo para remodelarnos.
4. Como discípulos, necesitamos relaciones en las que experimentemos el amor.
La mayoría de nosotros nunca hemos experimentado el verdadero poder de la
comunidad. Los programas socialmente orientados que muchas iglesias llaman
grupos pequeños o grupos koinonia tienen poco efecto sobre el carácter. La
verdadera comunidad implica vivir en sumisión unos a otros. Se requiere el
trabajo del Espíritu Santo para sujetarnos a otros y permitir que ellos tengan un
papel importante en nuestro crecimiento.7
La sujeción implica confianza. Casi todos aceptamos sólo la verdad en que
confiamos. Es decir, cuando alguien en quien no confiamos trata de convencernos
de algo o trata de que cambiemos nuestra manera de pensar, casi siempre fracasa.
Sin embargo, si alguien a quien admiramos y en quien confiamos hace lo mismo,
generalmente le creemos. Como discípulos, nuestro carácter se desarrolla en una
comunidad de fe, donde nos sentimos amados, afirmados, y lo suficientemente
seguros como para confiar en otros miembros de ella.