En Montevideo, en el Brazo Oriental:
Estamos aquí sentados, mirando como nos matan los sueños.
Eduardo Galeano, El libro de los abrazos
Sueña tu vida y vive tus sueños
(Alguien lo tenia puesto el otro día en el Messenger)
Una Partida de Risk
Cumpliendo meticulosamente con el ritual, lo había dispuesto todo a su lado, en
la banqueta, con un orden metódico y exhaustivo: un par de paquetes de clínex (que una
no sabe nunca lo que le puede pasar…), se desmarcaban del neceser mínimo con todo lo
estrictamente necesario. A su lado colocó la cartera, con todos los papeles en regla (el
carné y el pasaporte, la tarjeta del Sacyl y las tarjetas del banco, un calendario de gatos,
esas fotos descoloridas de alguien de la familia, de amiguísimos que no había vuelto a
ver en la vida y esa de Él en la que sale con esa sonrisa…, siempre tan mono…). Justo
detrás, las gafas de sol por las que no pasa el tiempo y que aún guardan, pese a los
viajes, bien pegadas e ilegibles, las etiquetas. Y luego los mapas de algunas de las rutas
posibles (Ámsterdam o Nueva York, Paris o Melbourne, Roma, Lucerna, Helsinki,
Ciudad del Cabo…), fotocopiados de las guías medio borradas, tan ajadas que parecen a
punto de deshacerse entre los dedos cuando las saca de la biblioteca… Y además un
collar de la feria, muy cutre, con un amuleto de chapa, una botellita de agua a medio
llenar con la etiqueta arrancada, un minúsculo mp3 con dos gigas de lo que más suena,
una novelita en edición de bolsillo y una cámara extraplana con las instrucciones en
chino, con la pantalla de media pulgada y bastantes más megapíxeles de los que vienen
siendo los justos y los necesarios.
Luego se hizo un ovillo y se llevó a los labios su tazón de Bugs Bunny, lleno
hasta los bordes de su té especial de hoja de menta. La nube de vapor mentolado que lo
coronaba se le amotinó en las narices y le derribó las defensas: de pronto le pareció que
se le expandía, como un venero de hidrógeno líquido por los pulmones, hasta sentir, no
sin cierto placer, medio congelado, hasta el último y más recóndito de los alveolos.
El borde, sin embargo, estaba abrasando. Se entretuvo soplando mientras se
reconcentraba, meneando el trasero, hasta hallarle los pliegues concretos al cuero negro
de su asiento de siempre en el pequeño vagón, que ya parecía que comenzaba a moverse
lenta y ceremoniosamente, dejando atrás el cuarto y la casa, el barrio y la ciudad y la
vida antes de emprender el viaje a quién sabía donde, porque era el mundo tan ancho…
No mucho más tarde, se dibujó en las ventanas un cielo azul deslumbrante y sin
fisuras que le hizo parpadear de emoción y ajustarse, nerviosa, las gafas de ver, con
cierta premura, para no perderse el más mínimo detalle de sus expediciones…
La semana pasada se habían encontrado en una taberna de Basilea para hablar de
lo suyo a orillas del Rin. Rápidos, como una súbita ventolera, les envolvieron los
vientos nostálgicos de las infancias lejanas y compartidas y los ecos de las patadas y los
besos robados, en los rincones oscuros, polvorientos de añoranza y fatigas, de los
recreos.
Estabas tan guapa aquel día, con aquellas trenzas tan rubias, que no me pude
resistir…
Ladrón, que no eres más que un ladrón.
Y Ella le había sonreído dulcemente antes de darle un trago a su kirsch y dejar su
mirada arrobada prendida en las torres del Münster que despuntaban, gemelas y
agrestes, al otro lado del recodo del río.
Sus encuentros eran a veces así. Podían encontrarse enfrente del Kremlin y
hacerle dos diagonales a la plaza caminando en silencio, mirando al suelo, contando
adoquines; y dirigirse miradas furtivas y escuetos reproches:
A ti siempre te gustaba más otra…
Sabes que eso tampoco es así...
Otras veces se sentaban en la terraza de algún restaurante, a la orilla de algún
lago famoso ó de un río sin fondo, y la comida se les helaba en los platos mientras ellos
no paraban de hablar y de hablar como si no se hubieran visto casi todos los días de más
de los dos tercios de toda su vida…
¿Te acuerdas de aquella vez que…?
Como para olvidarla…
Pero lo que más le gustaba era cuando no le esperaba y Él aparecía, de repente, a
sus espaldas, justo detrás suyo, como por arte de magia; y acababan, como aquella vez,
metidos en un turbulento Cofee Shop lleno de holandeses negros del Surinam, en la
Middellandstraat de Rotterdam.
Sabía que estabas aquí.
Y Ella se había dado la vuelta de repente, dejando escapar un grito al ver su
pañuelo favorito, arrastrado por el viento feroz que sopla en el Erasmusbrug, cayendo
en las aguas frías, turbias de suspiros y escoria de petrolero, del Maas.
Conozco un sitio donde tienen la mejor hierba de Holanda…
¿Y setas?
A veces.
Entonces vamos.
Lo que estaba perfectamente claro para los dos es que cada viaje era una nueva
experiencia sin nada que ver con las otras pasadas (o con las que vendrán…), una
especie de sueño, un minúsculo cuento, en el que sólo cabían las idas y las venidas de
ellos dos, sus vaivenes sistólicos y sus incursiones vandálicas en el coto privado que era
el mundo del otro. Lo demás, el mundo de ahí fuera y las ciudades, los lagos y sus
nombres… no era más que un vasto tablero sobre el que desplegar sus blancas y negras
y disponerlas a toda conciencia para sus muchas batallas y sus muchos amores y sus
muchas vendettas…
Muchas veces, no obstante, Ella notaba que sus líneas se iban viendo
amenazadas, inauditamente, por el enemigo:
Tu amigo te desafía a que respondas a un cuestionario…
Y Ella se acordaba de aquella canción que tanto le gustaba en el instituto:
…una partida de Risk
un trivial, un parchís,
montones de preguntas para ti…
Pero Él no la pillaba con la guardia bajada por más que Ella recordara las
canciones que le susurraba despacio por los pasillos, con lo que tienen de dulzonas y
cautas las maniobras que preceden a los besos clandestinos; o por más que se muriera
por ganarse unos cuantos puntos extra para invitarle a un café de chaflán, cerquita del
Pompidou de Paris.
Astucia: añade preguntas entre tus amigos a tus favoritos de red.
Cada pregunta te da cinco puntos.
Necesitas veinte puntos para negarte a una respuesta.
Si llegas al final del cuestionario ganas mil puntos.
Mil puntos. Entonces vamos, claro que vamos. Esos son muchos cafés. Si da
casi para una cena en el Lido, que digo en el Lido, si casi en el Bulli…
¿Le conoces desde hace mucho tiempo?
Si, claro que sí. ¡Cinco puntos!
¿Crees que alguna vez ha estado enamorado de ti?
Sí, seguro que sí. Y van diez
¿Crees que es la clase de persona que lo abandonaría todo por un amor del
pasado?
Touche…
Por eso nunca bajaba la guardia.
No bajes la guardia, no bajes nunca la guardia…
Y se lo repetía, una y otra vez, mientras contemplaba desde el promontorio la
playa larga y dorada donde los surferos con rastas esperaban las rachas de viento que
azotaban Essaouira al atardecer.
Tenemos que hablar.
Eran las otras veces. Las veces en las que Él llegaba lloroso a echarse en sus
brazos y le lloraba la vida en el hombro que siempre espera. Entonces se quedaban los
dos ensimismados el uno en el otro y Ella recostaba la espalda en el muro blanco y
cariado que coronaba las rocas que separaban la playa del puerto y Él hundía la cabeza
lenta en su regazo mientras los surferos se recortaban, rasta al viento, como sufridos
centauros cabalgando las crestas naranjas del atardecer.
Y entonces ya no había guardia ni había nada y Ella se alimentaba de las
palabras bonitas como la hiena que espera, paciente, durante semanas, los despojos más
suculentos.
Vayámonos lejos, muy lejos.
Ya estamos lejos…
¿Por qué no nos vamos los dos?
Porque ni siquiera sé donde estás.
Y se acariciaban suave mientras anochecía, mientras las gaviotas enmudecían y
sus siluetas se unificaban sudorosas en la noche que les iba cayendo, lenta, con su punto
de manta y de amparo.
Entonces le quería decir tantas cosas…; pero sólo le observaba con los ojos bien
abiertos, con la boca bien abierta, con el sexo bien hambriento, mientras Él la socavaba
furioso con la avidez inmisericorde de las horas perdidas…
Después de esas veces Ella se solía querer quedar como muerta, como perdida: y
cerraba los ojos y se desconectaba, aún temblorosa y feliz y no quería saber más por un
tiempo (por un corto tiempo), ni de de Pekín ni de Vancouver; ni de Moscú ni de
Arequipa. Dejarían para más adelante esa escapada pendiente hasta Bariloche o lo del
Carnaval del Toro de Ciudad Rodrigo… Era un trance no hablado, pero que los dos
conocían. Un lapso de tiempo necesario para cada uno…
Entonces, por unas cuantas horas o por unos cuantos días, se precipitaba al
mundo sin más temores, como una suicida. Todo le parecía tan normal… Las calles, los
coches, los comentarios de las compañeras en el trabajo, la comida de los domingos con
los padres y los hermanos…
Estás muchísimo más flaca…
No digas bobadas mamá. Sólo hace cinco días que no me ves.
Y en fin, la misma lucha de siempre, o de casi siempre, es lo que tiene la vida.
Aquel día era uno de esos días. Se escuchaban los cláxones de los coches, las
televisiones al pasar por la puerta abierta de los bares, un par de silbidos, una
hormigonera… Cuatro chavales pasaron sin más y quizá hasta llovía. Volvía cargada
con la compra de la semana, cuando a una de las bolsas se le rompió el asa en mitad de
la calle, dejando la acera sembrada de congelados. Por suerte ya estaba a sólo dos pasos
de casa. Estaba agachada, recogiéndolo todo, cuando sintió una mano en el hombro:
Vaya, pizza diábola.
Y escucho a su espalda una voz familiar que se le acercaba.
¿Te acuerdas de aquella noche en Caserta?
Y ella se había quedado rígida, muda, mientras el bolsón de guisantes
comenzaba a entumecerle la mano. Por su mente desfilaba un perfil, unos manteles de
cuadros, una brisa marina huída de la bahía napolitana y una pizza picante abrasándole
los labios
Si, lo sé: hacía mucho tiempo que no…
Y Él pareció, de pronto, alejarse dos mundos, mientras le hacía una seña apenas
visible y esbozaba una mueca de sentido fastidio.
Mira, ya viene la panda. Joder, y eso que les había dicho que iba a saludar un
momento…
Vaya, que sorpresa… Cuánto tiempo…
Había olvidado que os conocíais.
Si, hombre si, pero si me acuerdo de que iba a tu clase. Era una niña más
mona… Es que ahora nos hemos mudado. ¿Sabes? Vivimos otra vez por el barrio. Niño
deja de jugar ya con las latas de la señora…
Supongo que ahora nos veremos más…
Si, supongo que si. Yo me quede con la casa de mis…
Si ya veo... en el 23… Me acuerdo de cuando…
Vámonos ya cariño que el niño se pone muy tonto…
La mujer se lo había dicho en un tono absurdamente confidencial, dándola a Ella
la espalda; y después se alejó, no sin despedirse con media sonrisa y un gesto
condescendiente.
Sí, claro…
Claro, bueno…
Una lata salió rodando cuesta abajo, saltando por los adoquines y, sólo pasado el
cuartel, se detuvo en mitad de la calle, expuesta a las ruedas del vecindario. Mientras la
mujer se llevaba al niño, Él se acercó muy despacio.
Esta noche ¿estarás?
Y Él la miró como la miraba esas veces. Y Ella le contestó casi en un susurro,
mientras echaba a andar calle abajo con las bolsas cogidas al pecho.
Esta noche estaré.
Por el camino pensó rápido lo que haría. El plan lo fue madurando, peldaño a
peldaño, por las escaleras y, ya en la cocina, pensó los detalles y tomó las medidas.
Unas horas después había hecho todas las llamadas y visitas precisas. Tan sólo hablar
con su madre la había llevado más tiempo de lo debido. Al menos, se sonrió, la había
dejado, por una vez, mucho más que conforme…
Sólo entonces pudo entrar ya en su vagón y encerrarse por fin en su
compartimento. Se aseguró de tener dentro provisiones para días, semanas… quizá
meses enteros. Tomó posesión de su asiento y pasó revista rápida al equipaje: los clínex
y el neceser, la cartera y las gafas, los mapas y el amuleto, el agua, el mp3 y esa cámara
con todos y cada uno de sus miles de píxeles. Se llevó el tazón a los labios y echó una
mirada de satisfacción al papel de la baja, que le había sacado a su médico en un tiempo
record.
Luego descolgó el teléfono y simplemente esperó a que un cielo deslumbrante se
le dibujara en las ventanas y la hiciera parpadear. Entonces se ajustaría las gafas de ver,
con cierta premura, mientras el vagón comenzaba a moverse lenta y ceremoniosamente,
dejando atrás el cuarto y la casa, el barrio y la ciudad y la vida antes de emprender el
viaje a quién sabía donde,
Ahí fuera le esperaban Bergen y Marrakech, Philadelphia, Oporto o Dubai,
quizá Londres, Roma, Venecia… ay, Venecia… ¡y Bangkok! Quien sabe… No había
lugar del mundo que no le cupiera en las ventanas ni mejor compañero que un
espejismo en el corazón.