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Multiversis Capitulo4

Elías, un contador, observa y aprende sobre el entorno desconocido en el que se encuentra, mientras se prepara para una ejecución que debe presenciar. Durante una transmisión obligatoria, se enfrenta a la imagen de su doble oscuro, quien utiliza su voz para justificar un orden autoritario, lo que deja a Elías perturbado. Finalmente, se revela que la Fractura que lo trajo a este mundo fue causada no por sus acciones, sino por una decisión tomada por su doble, lo que plantea preguntas sobre su propia identidad y propósito.

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Multiversis Capitulo4

Elías, un contador, observa y aprende sobre el entorno desconocido en el que se encuentra, mientras se prepara para una ejecución que debe presenciar. Durante una transmisión obligatoria, se enfrenta a la imagen de su doble oscuro, quien utiliza su voz para justificar un orden autoritario, lo que deja a Elías perturbado. Finalmente, se revela que la Fractura que lo trajo a este mundo fue causada no por sus acciones, sino por una decisión tomada por su doble, lo que plantea preguntas sobre su propia identidad y propósito.

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MULTIVERSIS

El Espejo Oscuro

IV
El nombre prohibido

Los tres días que Renn le había dado pasaron de la forma extraña en
que pasa el tiempo cuando el entorno completo es desconocido: lento en
los momentos y rápido en retrospectiva, como si el cerebro necesitara más
procesamiento del habitual para registrar cada hora y se agotara antes de
terminar.

Elías no intentó ser útil de forma visible. Era contador: sabía que la
mejor manera de demostrar valor no era anunciarlo. Observó. Escuchó.
Aprendió los nombres y los patrones de cada persona en la sala — quién
tomaba decisiones, quién las ejecutaba, quién hacía preguntas y quién
callaba cuando debería hablar. Dibujó en el bloc un mapa rough de la red
de túneles que había podido ver, con los puntos que le parecían
vulnerables marcados con una x pequeña. Al tercer día lo dejó sobre la
mesa de Renn sin decir nada y fue a buscar algo de comer.

Cuando volvió, Renn estaba estudiando el mapa con esa expresión


cerrada que era, Elías había aprendido ya, su forma de estar
impresionado.

—Hay dos entradas que no teníamos señaladas —dijo Renn, sin


mirarlo.

—Las noté el primer día. —Elías se sentó—. También hay un patrón


en los turnos de guardia de arriba. Los cambios ocurren cada dieciséis
horas, que es lo que dura un ciclo de sol. Pero hay una ventana de
aproximadamente veinte minutos entre el fin de un turno y el inicio del
siguiente donde la cobertura es mínima.

—¿Cómo sabes eso?

—Dael tiene un registro de movimientos en superficie de los últimos


seis meses. Se lo pedí prestado ayer. —Una pausa—. Espero que esté bien.

Renn lo miró por fin. Esa evaluación de nuevo, lenta y sin disimulo.
—Está bien —dijo—. ¿Qué más viste?

—Nada que no puedan ver ustedes. Solo que yo lo vi diferente


porque no sé qué se supone que es normal aquí. A veces eso ayuda.

Renn dobló el mapa. Lo guardó en el interior de su chaqueta.

—Tres días —dijo—. No fuiste un problema.

—Se los prometí.

—La gente promete muchas cosas. —Se levantó, con ese movimiento
de todo el cuerpo que era su manera de caminar—. Esta noche hay algo
que necesito que veas.

***

Lo que Renn necesitaba que viera era una ejecución.

No se lo dijo con esas palabras. Le dijo que había una transmisión


obligatoria a medianoche — medianoche según el reloj interno del sistema
subterráneo, que los Olvidados habían sincronizado con alguna referencia
que Elías no entendió del todo — y que todos los habitantes de Kael'Dhar
estaban obligados por ley a verla. Los Olvidados la veían desde monitores
pequeños en la sala, con el volumen bajo y la imagen en escala de grises
para que fuera menos detectable si alguien monitoreaba frecuencias.

Elías se sentó entre Dael y Oser.

La transmisión comenzó con música. No una melodía exactamente —


algo más parecido a un tono continuo que cambiaba de frecuencia
lentamente, diseñado para producir en el oyente una sensación específica
que Elías tardó un momento en identificar: reverencia. El tipo de música
que los estados autoritarios usan desde siempre porque saben que el
sonido llega antes que el pensamiento.

Luego la imagen.

Una plaza enorme, abierta, con el suelo del mismo material gris que
todo lo demás pero pulido hasta brillar. En el centro había una plataforma
elevada. A los lados de la plaza, en filas organizadas con una precisión que
no podía ser voluntaria, miles de personas miraban al frente. El ángulo de
la cámara cambiaba cada pocos segundos — cámaras múltiples,
producción elaborada, alguien había pensado mucho en cómo hacer que
esto se viera inevitable.

Sobre la plataforma había tres personas arrodilladas.


Elías no pudo ver sus caras desde ese ángulo. Podía ver que eran
dos hombres y una mujer, por la ropa. Podía ver que estaban atados. Podía
ver que no intentaban moverse, lo cual podía significar resignación o algo
que les hubieran dado para calmarlos, y las dos opciones eran igualmente
terribles.

—¿Qué hicieron? —preguntó Elías, en voz muy baja.

—La mujer distribuyó información sobre las minas del sector este —
dijo Oser, con una voz que había aprendido a no tener emoción—. Los
hombres la ayudaron.

—¿Información verdadera?

—Sí.

En el monitor, la cámara hizo un movimiento lento hacia el fondo de


la plataforma. Y ahí estaba.

Elías lo reconoció antes de que su cerebro tuviera tiempo de


prepararse para reconocerlo.

Era la imagen del retrato pero en movimiento, y eso lo hacía


completamente diferente y completamente igual al mismo tiempo.
Caminaba hacia el frente de la plataforma con las manos detrás de la
espalda y esa postura recta que en el retrato parecía calculada y en
persona —en pantalla— parecía simplemente la única manera en que ese
cuerpo sabía moverse. La armadura negra con detalles dorados. El pelo
oscuro, igual que el de Elías pero más corto, más controlado. La misma
nariz torcida hacia la izquierda.

Elías sintió que el aire en la sala cambiaba. No físicamente — era él.


Era su respiración que se hacía más corta sin que él lo decidiera.

El Señor Supremo se detuvo al borde de la plataforma. Miró a la


multitud. No habló de inmediato — dejó que el silencio se acumulara, lo
cual era una técnica tan vieja como el poder mismo y seguía funcionando
porque el silencio que antecede a algo terrible es insoportable y hace que
cualquier cosa que venga después parezca, comparativamente, un alivio.

Cuando habló, su voz era igual a la de Elías.

Era idéntica. El mismo timbre, la misma cadencia. Y sin embargo


sonaba diferente de todas las formas en que una voz puede sonar diferente
sin cambiar: con una certeza que Elías no tenía, con una ausencia de duda
tan completa que se volvía casi un objeto físico.

—El orden que hemos construido —dijo— no se protege solo.


No gritó. No necesitaba gritar.

—Hay personas que prefieren el caos que existía antes. Que


prefieren el miedo sin nombre al orden con nombre. Que llaman libertad a
la ausencia de estructura y confunden el ruido con la vida. —Una pausa—.
Esta noche les recuerdo que el orden tiene un costo. Y que ese costo lo
pagan quienes eligen no entenderlo.

Lo que pasó después duró menos de un minuto.

Elías no lo describió en su bloc esa noche, ni en los días siguientes.


Hay cosas que el cerebro decide no convertir en palabras porque hacerlo
les da una permanencia que es su propia forma de violencia.

Lo que sí escribió fue esto:

Tiene mi voz. Exactamente mi voz. Y la usa para decir cosas que yo


nunca diría, con una convicción que yo nunca he tenido para nada. No sé
qué me perturba más.

***

Esa noche nadie habló mucho.

Era una costumbre que Elías aprendió que tenían después de las
transmisiones: un silencio colectivo que no era exactamente duelo pero
tampoco era otra cosa. Cada quien volvía a lo que fuera que estuviera
haciendo antes y lo hacía en silencio, y el silencio era la forma en que se
decían unos a otros que habían visto lo mismo y que seguían ahí.

Sira se sentó junto a Elías en algún momento de esa noche. No dijo


nada durante un rato. Elías tampoco.

—La primera vez que vi una transmisión —dijo ella finalmente, sin
mirarlo— vomité después.

—¿Y ahora?

—Ahora no. —Una pausa—. No sé si eso es fortaleza o si es que algo


se apaga.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Con los Olvidados?

—Cuatro años.

—¿Y antes?
Sira no respondió de inmediato. En el tiempo que tardó en
responder, Elías aprendió que ese era su patrón — no el silencio como
evasión sino el silencio como decisión, como alguien que evalúa cuánto de
la verdad vale la pena dar en cada momento.

—Vivía en el sector norte —dijo finalmente—. Tenía un hermano. Era


técnico de sistemas de comunicación, lo cual significa que tenía acceso a
información que el Imperio prefería que nadie tuviera. —Otra pausa, más
corta—. Hace cuatro años encontraron su nombre en una lista equivocada.
No sé si fue un error o si alguien lo puso ahí a propósito. Nunca lo supe. —
Levantó los ojos hacia la pared de enfrente, donde había un mapa de la
ciudad con puntos marcados en rojo—. No era político. No era resistencia.
Era simplemente su nombre en un lugar donde no debía estar.

Elías no dijo lo siento. Le pareció insuficiente de una forma que las


palabras convencionales de consuelo siempre son insuficientes cuando la
pérdida es específica y concreta y tuvo un nombre y una cara.

—¿Por qué me lo cuentas? —preguntó en cambio.

Sira lo miró por primera vez desde que se había sentado.

—Porque viste lo que viste esta noche con su cara —dijo—. Y quería
que supieras por qué para mí no es lo mismo que verlo con cualquier otra
cara.

Elías entendió. No dijo que entendía porque decirlo hubiera sido


hacer demasiado ruido alrededor de algo que merecía quedarse quieto.

***

Tres días después, Dael lo llamó a su rincón de trabajo — una


esquina de la sala donde había acumulado tantos papeles y tabletas que el
espacio se había vuelto casi un cuarto dentro del cuarto — y le mostró algo
en una pantalla pequeña.

Era una secuencia de datos que Elías no supo interpretar, pero Dael
se la explicó con la paciencia específica de alguien que ha aprendido que
explicar bien es más rápido que asumir que el otro no puede entender.

—Esto es lo que produce la Fractura cuando ocurre —dijo, señalando


una línea irregular en el gráfico—. Una anomalía en el campo de energía
del planeta, breve pero detectable si sabes qué buscar. —Pasó a la
siguiente pantalla—. Esto es lo que produjo tu llegada.

La línea era idéntica en forma pero más grande. Considerablemente


más grande.
—¿Eso es malo? —preguntó Elías.

—Es notable. —Dael vaciló—. Significa que tu Fractura fue más


intensa que cualquier otra que hayamos registrado. Incluyendo la suya. —
No necesitó especificar de quién hablaba—. Lo cual sugiere que la tensión
que se acumuló en tu caso era mayor.

—¿Por qué sería mayor?

—Porque la decisión que la causó fue mayor. —Dael lo miró—. La


Fractura ocurre cuando alguien toma una decisión suficientemente
radical. La intensidad de la grieta es proporcional al peso de esa decisión.
—Una pausa—. Elías, ¿qué estabas haciendo la noche que llegaste aquí?

Elías pensó en el apartamento. En la lluvia. En el pan de la marca


que había desaparecido quince años. En el cuaderno con la entrada más
aburrida del mundo.

—Nada —dijo—. Absolutamente nada.

Dael asintió lentamente, como si eso confirmara algo que la


inquietaba.

—Eso es lo que me preocupa —dijo.

—¿Por qué?

—Porque si la Fractura más intensa que hemos registrado fue


causada por alguien que no estaba haciendo nada —dijo Dael, con la voz
de quien está pensando en voz alta más que explicando—, entonces no fue
tu decisión lo que creó la grieta.

Elías esperó.

—Fue la de él —dijo ella.

El silencio que siguió fue diferente a los otros silencios de esa noche.
Era el silencio de una pieza que encaja en un lugar que no sabías que
existía.

—¿Qué decidió? —preguntó Elías.

—No lo sé todavía —dijo Dael—. Pero lo voy a encontrar.

Elías miró la pantalla. La línea irregular de su Fractura, más grande


que todas las demás. Producida no por lo que él había hecho sino por lo
que su doble oscuro había decidido en ese momento exacto, a doce años
de distancia y en un planeta de cielos violetas que Elías no sabía que
existía.
Pensó en el hombre de la transmisión. En su voz — su propia voz —
diciendo cosas con una certeza que él nunca había tenido para nada.

Pensó en la pregunta que lo seguía desde el primer día: qué había


pasado en el camino que los había hecho tan distintos.

Y pensó, por primera vez, que quizás la pregunta estaba al revés.

Quizás no se trataba de entender qué había convertido a ese hombre


en lo que era.

Quizás se trataba de entender qué decisión había tomado ese


hombre — esta noche, ahora mismo, a doce años de haber llegado a este
planeta — que era tan grande que había roto el tejido entre universos para
traer a Elías aquí.

Y qué se suponía que tenía que hacer Elías con eso.

Fin del Capítulo IV

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