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Multiversis Capitulo2

Elías es llevado a un lugar llamado Kael'Dhar, un planeta extraño donde descubre que puede entender un idioma desconocido. Conoce a Sira, quien le revela que otro Elías Vega llegó hace doce años y ha tomado control del planeta. La conversación plantea preguntas sobre la identidad y las diferencias entre él y su homónimo en este nuevo mundo.

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Multiversis Capitulo2

Elías es llevado a un lugar llamado Kael'Dhar, un planeta extraño donde descubre que puede entender un idioma desconocido. Conoce a Sira, quien le revela que otro Elías Vega llegó hace doce años y ha tomado control del planeta. La conversación plantea preguntas sobre la identidad y las diferencias entre él y su homónimo en este nuevo mundo.

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MULTIVERSIS

El Espejo Oscuro

II
Kael’Dhar

La mujer no le dijo su nombre hasta que estuvieron dentro.

Dentro era un pasillo tan estrecho que Elías tuvo que caminar de
lado durante tres metros, luego una escalera que bajaba —no subía,
bajaba, como si lo correcto fuera alejarse de la superficie—, luego una
puerta de metal sin manija que la mujer abrió con la palma de la mano
sobre una placa que parpadeó una vez en rojo antes de volverse verde. Del
otro lado había un cuarto de quizás ocho metros cuadrados: una mesa,
cuatro sillas, una lámpara en el techo que daba una luz anaranjada y
cansada, y en las paredes, pegados con algo que parecía cinta pero no era
cinta, docenas de papeles cubiertos de escritura en un idioma que Elías no
reconocía pero que, de alguna forma, entendía. Como todo lo demás aquí:
las palabras llegaban a su cabeza ya traducidas, como si el idioma fuera
algo que llevaba dentro sin haberlo aprendido nunca.

—Siéntate —dijo la mujer. No era una pregunta.

Elías se sentó.

Ella se quedó de pie. Tenía quizás veintinueve años, era delgada con
la delgadez específica de alguien que no come suficiente por elección o
por necesidad, y se movía con una economía de gestos que Elías asoció de
inmediato con la gente que ha vivido mucho tiempo teniendo cuidado. Sus
ojos eran de un gris verdoso poco común. En el cuello, justo encima de la
clavícula derecha, tenía una cicatriz fina y antigua. No la miraba a él.
Miraba la puerta.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó ella.

—Quince minutos. Veinte.

Ella asintió como si eso confirmara algo.

—¿Sientes el idioma?
—¿Qué?

—Que entiendes lo que digo aunque no deberías poder entenderlo.

—Sí.

—Bien. Eso significa que la fractura fue limpia. —Hizo una pausa.
Por primera vez lo miró directamente—. ¿Sabes dónde estás?

—No —dijo Elías—. No sé dónde estoy. No sé qué pasó. No sé qué


era esa luz ni cómo llegué aquí ni por qué el cielo es ese color. —Hizo una
pausa—. No sé muchas cosas.

Algo en la expresión de ella cambió muy levemente. No era


compasión exactamente. Era más parecido al reconocimiento.

—Esto se llama Kael'Dhar —dijo—. Es un planeta. No el tuyo.

Elías esperó que su cerebro rechazara eso. Que produjera algún


argumento razonable: que estaba soñando, o que había un gas en el
apartamento, o que había perdido el conocimiento y lo que creía ver era el
interior de un hospital. Ninguno llegó. Había dos soles afuera. El cielo era
violeta. Un planeta. Era perfectamente posible que fuera un planeta.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Sira.

—Elías.

Ella no reaccionó al nombre. Eso, Elías lo entendería mucho


después, era porque todavía no sabía lo que ese nombre significaba en
este mundo.

***

Le explicó lo mínimo necesario, con la eficiencia de alguien que ha


tenido que explicar cosas urgentes en muy poco tiempo y ha aprendido a
eliminar todo lo que no es estructura.

Kael'Dhar era el único planeta habitable en su sistema, con dos soles


—Vel, el grande, y Dhar, el pequeño rojizo— que se alternaban en ciclos de
dieciséis horas cada uno. No había noche como Elías la entendía. Había
períodos de luz intensa y períodos de luz suave, y los habitantes habían
organizado sus vidas en torno a eso durante generaciones.

Hasta hacía doce años.


—Hace doce años llegó alguien —dijo Sira—. Igual que tú. Del mismo
lugar, o de uno parecido. —Hizo una pausa—. En tres años controlaba el
sector norte. En ocho, el planeta entero.

—¿Una persona sola hizo eso?

—No llegó solo para siempre. Trajo gente. Construyó alianzas. Era...
—buscó la palabra— extraordinariamente bueno para entender lo que la
gente quería y dárselo hasta que ya no la necesitaba.

Elías miró la mesa. Había una taza encima, vacía, con una mancha
de algo oscuro en el fondo.

—¿Cómo se llama? —preguntó, aunque no sabía por qué lo


preguntaba. No conocía a nadie aquí. No podía conocer a nadie aquí.

Sira abrió la boca. La cerró. Lo miró de una forma que Elías no pudo
interpretar del todo: algo entre la evaluación y la duda.

—Aquí lo llaman el Señor Supremo —dijo finalmente—. Su nombre


verdadero está prohibido. Decirlo en público es suficiente para que te
lleven.

—¿Llevarte adónde?

—Adonde nadie vuelve.

El cuarto estaba en silencio. Desde algún lugar arriba llegaba ese


sonido rítmico y sordo que Elías había notado en la calle —más claro
ahora, más mecánico, como algo grande moviéndose sobre rieles.

—¿Cuál es su nombre? —insistió Elías—. El verdadero.

Sira lo estudió un momento más. Luego se levantó, fue a la puerta,


comprobó algo en la placa —una revisión rápida, casi automática— y
volvió. Se sentó enfrente de él. Puso las manos sobre la mesa, los dedos
entrelazados, como alguien preparándose para decir algo que sabe que va
a cambiar la dirección de una conversación.

—Antes de decírtelo —dijo—, necesito que entiendas algo. Lo que


voy a decirte no tiene una explicación que yo pueda darte esta noche. Solo
tengo el hecho. El hecho es suficientemente extraño sin que yo intente
explicarlo.

—De acuerdo.

—¿Cómo te apellidas?

Elías parpadeó.
—Vega. ¿Por qué?

Sira no respondió de inmediato. Sacó algo del bolsillo interior de su


chaqueta —un rectángulo delgado, como una tableta pero más flexible,
con una superficie que parpadeó al contacto con sus dedos— y lo deslizó
sobre la mesa hacia él.

En la pantalla había una imagen.

Era un retrato oficial, el tipo de imagen que los gobiernos producen


para las proclamaciones y los decretos: fondo oscuro, iluminación
calculada, expresión diseñada para comunicar algo específico. El hombre
de la imagen llevaba una armadura ceremonial de color negro con detalles
en dorado que Elías no sabría nombrar. Tenía la espalda recta y las manos
visibles, una sobre la otra, en un gesto que no era exactamente
amenazante pero tampoco era neutral.

Tenía la cara de Elías.

Sus mismos ojos. Su misma nariz, ligeramente torcida hacia la


izquierda desde que se la rompió a los dieciséis años jugando béisbol. La
misma mandíbula, el mismo espacio entre las cejas. Una cicatriz pequeña
encima del ojo derecho que Elías tenía desde los ocho años y una caída de
una bicicleta que nadie en su familia había olvidado porque él había
llorado más de lo que la herida justificaba.

Era él. Era exactamente él, con doce años más de algo que Elías no
tenía nombre para describir: no exactamente envejecimiento, sino
acumulación. Como si esa cara hubiera cargado cosas que la cara de Elías
todavía no sabía que existían.

—Su nombre —dijo Sira, en voz baja— es Elías Vega.

***

Hubo un silencio.

Luego Elías dijo:

—No.

—Sé que...

—No, quiero decir... —Se detuvo. Respiró—. Quiero decir que


entiendo que eso es lo que dice esa imagen. Entiendo que esa es la cara
que estoy viendo. No estoy diciendo que no sea real. Estoy diciendo que no
sé qué significa.
—Nadie lo sabe completamente —dijo Sira—. Nosotros lo llamamos
la Fractura. Cuando alguien llega aquí desde otro lugar, desde otro
universo, sin haberlo planeado. Ha pasado antes, pero pocas veces, y
nunca... —Miró la imagen en la tableta—. Nunca dos veces con la misma
persona.

Elías se quedó mirando la pantalla.

El hombre de la imagen no sonreía. Miraba directamente al frente


con una expresión que Elías reconoció de una forma que le resultó
incómoda: era la expresión de alguien que ha decidido que ya no le
importa lo que piensan de él. Elías la conocía porque a veces la había
practicado frente al espejo del baño a las dos de la mañana, en esos
momentos en que fantaseaba con ser diferente, y siempre le había
parecido falsa en su propia cara. En esta cara —en esta versión de su cara
— no era falsa. Era simplemente lo que había.

—¿Cuándo llegó? —preguntó Elías—. ¿Cuándo llegó él?

—Hace doce años.

—¿Y antes de eso? ¿Qué era?

—No lo sabemos. Llegó sin nada. Sin documentos, sin conexiones,


sin nada que lo identificara en este mundo. Lo que sea que fuera antes, lo
dejó donde venía.

Elías pensó en su apartamento. En la tetera silbando. En el cuaderno


donde había anotado que había comprado pan porque era la entrada más
emocionante de la semana.

—¿Qué hace con la gente que lleva? —preguntó—. Adonde nadie


vuelve.

Sira tardó un momento en responder.

—Hay versiones. No tengo certeza de cuáles son verdad y cuáles son


lo que el miedo inventa cuando no tiene información.

—Dime las que creas que son verdad.

—Algunos trabajan en las minas del sector este. Las minas producen
el material que alimenta todo el sistema energético del planeta. —Otra
pausa—. Pocos duran más de dos años.

El sonido sobre sus cabezas volvió, más fuerte esta vez, y algo
tembló levemente en la pared. Polvo cayó de una grieta en el techo. Sira
no lo miró. Ya había dejado de notar ese tipo de cosas.
—¿Por qué me ayudaste? —preguntó Elías—. En la calle. No me
conoces.

Sira lo miró de una forma que Elías no supo interpretar del todo.

—Porque llevas su cara —dijo finalmente—. Y eso, dependiendo de


quién seas, puede ser la cosa más peligrosa de este planeta o la más útil.
Todavía no sé cuál.

—¿Y mientras decides?

—Mientras decido, sigues vivo. —Se levantó—. Eso es suficiente por


esta noche.

Elías miró la imagen una vez más antes de que Sira recogiera la
tableta. El hombre de la armadura negra miraba de vuelta, con su cara y
sin sus dudas, con sus ojos y sin su miedo, con su historia y sin su pan del
martes y sin su cuaderno y sin su apartamento que olía a humedad y sin su
hermano exitoso y sin nada de lo que Elías había sido hasta veinte minutos
atrás.

La pregunta que no se atrevió a hacerle a Sira, la que guardó para el


silencio del cuarto prestado donde durmió esa noche con la ropa puesta y
los ojos abiertos durante mucho tiempo antes de que el cansancio lo
venciera, era la siguiente:

Si llegamos al mismo lugar desde el mismo punto de partida, ¿qué


pasó en el camino que nos hizo tan distintos?

No tenía respuesta. Pero era la primera vez en muchos años que


Elías Vega hacía una pregunta que le importaba de verdad.

Fin del Capítulo II

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