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Multiversis Capitulo1

Elías Vega lleva una vida monótona y solitaria, marcada por la rutina y la falta de conexión emocional. Una noche, tras comprar un pan que le recuerda su infancia, es transportado a una extraña ciudad con un cielo violeta y dos soles, donde se siente abrumado por el miedo y la soledad. Al intentar adaptarse a esta nueva realidad, es abordado por un desconocido que le advierte sobre un peligro inminente, llevándolo a actuar por primera vez en su vida.

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Multiversis Capitulo1

Elías Vega lleva una vida monótona y solitaria, marcada por la rutina y la falta de conexión emocional. Una noche, tras comprar un pan que le recuerda su infancia, es transportado a una extraña ciudad con un cielo violeta y dos soles, donde se siente abrumado por el miedo y la soledad. Al intentar adaptarse a esta nueva realidad, es abordado por un desconocido que le advierte sobre un peligro inminente, llevándolo a actuar por primera vez en su vida.

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MULTIVERSIS

El Espejo Oscuro

I
Una vida sin importancia

El martes por la noche, Elías Vega anotó en su cuaderno que había


comprado pan. Era la entrada más emocionante de la semana.

No porque su vida fuera particularmente triste —aunque lo era, en


la forma callada en que son tristes las cosas que nunca explotan—, sino
porque el pan era de esa marca que le gustaba de niño y que había dejado
de existir durante quince años y que, por alguna razón que el universo no
se molestó en explicarle, había reaparecido ese martes en el estante de
siempre, como si nunca hubiera faltado. Elías lo había sostenido un
momento más de lo necesario antes de meterlo en la cesta. Nadie lo vio.
No había nadie.

Vivía en un apartamento del tercer piso de un edificio en el ensanche


Naco que olía permanentemente a humedad y a alguien cocinando arroz
en el apartamento de abajo. Dos habitaciones. Una era su cuarto. La otra
era donde guardaba las cosas que algún día iba a ordenar. En cuatro años,
nunca había llegado ese día.

Trabajaba como contador en una firma que procesaba las


declaraciones de impuestos de empresas medianas. Su jefa se llamaba
Carmen y era amable de esa forma eficiente que tienen las personas que
aprendieron que la amabilidad produce mejores resultados que el
conflicto. Sus colegas lo llamaban Eli, que era un nombre que nadie en su
familia había usado nunca, y él nunca los había corregido porque
corregirlos hubiera requerido que le importara más de lo que le
importaba.

Era inteligente. Ese era quizás el hecho más inútil de su vida.

Lo había sido desde niño —el tipo de inteligencia que los maestros
notan y luego olvidan porque no se convierte en nada visible—, y en la
adultez había mutado en algo parecido a una condena. Era
suficientemente inteligente para ver exactamente qué estaba mal en cada
situación, incluyendo su propia situación, y no suficientemente valiente
para cambiar ninguna. Se quedaba paralizado entre el diagnóstico y la
acción. Siempre había una razón más para esperar.

Su hermano Andrés, tres años mayor, tenía una empresa de


logística, una esposa que estudiaba medicina y dos hijos que eran
fotografiados regularmente para la historia de Instagram familiar. La
última vez que hablaron por teléfono, Andrés le había preguntado cómo
estaba y Elías le había dicho bien, y Andrés le había dicho me alegra y
habían hablado veinte minutos más de nada en particular. Era una
conversación que tenían cada dos meses aproximadamente, con
variaciones mínimas.

Elías no odiaba a su hermano. Lo que sentía era más parecido a


admiración y a vergüenza simultáneas, una mezcla que había aprendido a
ignorar con la misma eficiencia con que ignoraba la habitación
desordenada.

Esa noche —la noche del pan, la noche del martes que terminaría
siendo la última noche ordinaria de su vida—, Elías cenó solo frente a la
ventana. La lluvia había comenzado a las siete y media, primero como
aviso y luego como decisión. Santo Domingo bajo la lluvia se volvía otro
lugar: más oscuro, más honesto, con el ruido del tráfico amortiguado y el
olor a tierra mojada que subía desde el parque de enfrente.

Pensó, sin ninguna razón particular, en su padre.

Su padre había muerto hacía seis años de un infarto mientras jugaba


dominó con sus amigos en el porche de la casa de Mao, que era de donde
era la familia y a donde Elías había vuelto solo para el entierro. En el
velorio, uno de los amigos del padre —un hombre enorme que se llamaba
Don Bienve— le había dicho que su papá siempre hablaba orgulloso de él.
Elías había asentido y le había dado las gracias y se había preguntado si
era verdad o si era el tipo de cosa que la gente dice en los velorios para
llenar el silencio. Nunca lo supo. Nunca le preguntó a nadie.

Terminó de cenar. Lavó el plato. Puso la tetera al fuego.

La lluvia afuera se intensificó.

Fue entonces cuando notó la luz.

Al principio pensó que era un reflejo —el agua en la ventana


distorsionando el neón de la farmacia de la esquina—, pero era demasiado
quieta para ser un reflejo y demasiado blanca para ser neón. Estaba en el
centro de la habitación, no en la ventana. Un punto pequeño, del tamaño
de una moneda, suspendido a la altura de su pecho, inmóvil como si
hubiera estado ahí siempre y Elías fuera el que acababa de llegar.
—¿Qué...? —dijo, en voz alta, solo.

La tetera silbó en la cocina.

Elías no fue a apagarla.

La luz pulsó una vez —como un corazón, como una respiración, como
algo que llevaba mucho tiempo esperando ser visto— y luego el
apartamento desapareció.

No hubo portal glorioso. No hubo viento ni sonido dramático ni


sensación de movimiento. Solo el punto de luz expandiéndose en una
fracción de segundo hasta ocuparlo todo, y el dolor —un dolor sin nombre,
como si cada átomo de su cuerpo hubiera olvidado momentáneamente
cómo estar junto a los otros— y luego nada.

Y luego otro cielo.

***

Lo primero que Elías entendió fue que el cielo era del color
incorrecto.

Violeta. No el violeta del atardecer ni el de las nubes antes de una


tormenta, sino un violeta profundo y constante como si siempre hubiera
sido así, como si otro color fuera el que no tenía sentido. Había dos
fuentes de luz: una más brillante, casi blanca, baja en el horizonte; la otra
más pequeña y rojiza, directamente arriba. Elías tardó varios segundos en
entender que eran dos soles.

Estaba tirado en el suelo. El suelo era gris, de una piedra que no


reconocía, suave como el mármol pero más oscura. Alrededor suyo: una
especie de callejón, paredes altas de ese mismo material, sin ventanas en
los primeros cuatro metros. Más arriba había aperturas en la piedra —
ventanas estrechas, casi hendiduras— con algo detrás que no era vidrio.

Intentó ponerse de pie y el dolor volvió, más suave esta vez, como el
eco de algo. Sus manos en el suelo frío. Su respiración demasiado rápida.

—Respira —se dijo, en voz alta, porque necesitaba escuchar algo


familiar.

Respiró.

El aire olía extraño. No mal, exactamente, pero distinto: algo vegetal


y algo metálico juntos, como si hubiera árboles en algún lugar cercano y
también maquinaria. Desde algún punto más allá del callejón llegaba un
sonido sordo y rítmico que podría haber sido tráfico o podría haber sido
otra cosa completamente.

Elías se puso de pie. Le tomó dos intentos.

Caminó hacia el extremo del callejón que tenía luz, porque la


alternativa era quedarse ahí, y quedarse ahí no era una opción que su
cerebro estuviera dispuesto a considerar todavía, no mientras todavía
pudiera moverse, no mientras el pánico siguiera siendo algo que podía
empujar hacia un lado y dejar para después.

Al final del callejón, se detuvo.

La ciudad que tenía delante era enorme y perfecta y completamente


silenciosa.

Las calles eran anchas y grises. Los edificios eran enormes —


cincuenta pisos, sesenta, más— y todos del mismo material oscuro, con
bordes tan precisos que parecían cortados más que construidos. No había
publicidad. No había color en ninguna superficie. Las pocas personas que
Elías podía ver caminaban en líneas casi rectas, sin hablar, con una
economía de movimiento que tardó un momento en identificar: no era
eficiencia. Era miedo.

Una mujer pasó cerca de él. Sus ojos encontraron los de Elías por
menos de un segundo antes de desviar la mirada y acelerar el paso.

Elías quiso llamarla. No lo hizo. Algo en su expresión —en la forma


en que había apartado los ojos, rápido, como reflejo— le dijo que llamar la
atención aquí no era algo que la gente hiciera voluntariamente.

Miró sus manos. Miró el cielo violeta. Miró los dos soles.

—Está bien —dijo, en el mismo tono en que hubiera dicho el informe


está listo o el cliente llamó—. Está bien. Esto es algo que está pasando.

No era valentía. Era el mecanismo de defensa de alguien que había


pasado muchos años eligiendo no sentir las cosas demasiado
profundamente, aplicado ahora a la situación más improbable de su vida.

Funcionó. Por el momento, funcionó.

Fue entonces cuando la mano le sujetó el brazo desde un portal


lateral que no había visto, y una voz —baja, urgente, en un idioma que no
era español pero que de alguna forma entendía, como si las palabras se
tradujeran directamente en su cabeza sin pasar por el oído— le dijo: Ven
conmigo ahora mismo o estarás muerto antes de que lleguen los guardias.

Elías fue.
No porque fuera valiente. Sino porque la alternativa era quedarse
solo en una ciudad de piedra gris bajo un cielo del color incorrecto, y eso,
por alguna razón, le parecía peor.

Fin del Capítulo I

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