50 de sombras de FIPA
INT. LABORATORIO DE TECNOLOGÍA DE PRODUCTOS PESQUEROS - DÍA
El vapor inunda la sala. El olor a sal, formaldehído y pescado fresco es penetrante.
ACUÑA (21), un estudiante de último ciclo con el uniforme blanco manchado de sangre de
pota, lucha desesperadamente por calibrar una balanza analítica. Sus ojos reflejan ojeras
de tres días sin dormir por culpa de la tesis. De entre la neblina de vapor emerge la
INGENIERA BRIONES (45), la profesora más temida de la facultad. Viste una bata
impecable, botas de jebe negras y sostiene una tabla de apuntes como si fuera un arma.
Su mirada es fría, implacable.
-BRIONES (Con voz gélida): ¿Todavía no ha terminado el análisis proximal, Acuña? El
rendimiento de esa materia prima ya debió caer un 15%.
-ACUÑA (Nervioso, tragando saliva): Ingeniera... el autoclave perdió presión y... el
brixómetro se descalibró. Deme diez minutos.
Roxana se acerca lentamente. El sonido de sus botas de jebe contra el suelo húmedo
retumba en el laboratorio. Se detiene a milímetros de Acuña. Toma un filete de pescado de
la mesa con la mano enguantada y lo examina con desdén.
-BRIONES: En la industria pesquera, diez minutos son toneladas de captura podrida en la
tolva. Aquí no hay espacio para la debilidad. O domina el frío y el proceso... o la FIPA lo
consumirá a usted.
Briones arroja el filete sobre la mesa, salpicando agua helada en el rostro de Acuña. Ella
se da la vuelta y camina hacia la salida.
-ACUÑA (Para sí mismo, limpiándose la cara): Cincuenta sombras de grey no son nada...
Acuña respira hondo, ajusta los parámetros del autoclave con firmeza y vuelve a encender
la máquina. El motor ruge.
Acuña parpadea, tratando de quitarse las gotas de agua helada de las pestañas que
Briones le salpicó al arrojar el filete. Se gira lentamente hacia la mesa de acero. La
ingeniera ya está a unos pasos de distancia, pero se detiene en seco antes de cruzar la
puerta de salida. Sostiene la tabla de apuntes contra su costado, rígida, implacable.
-BRIONES (Sin voltearse, con esa voz gélida que corta el aire):Acuña. Si para cuando
regrese de la oficina de decanato el nitrógeno total de esa muestra no está tabulado,
considere su proyecto de tesis como desecho pesquero.
-ACUÑA (Apretando los puños, con la adrenalina reemplazando el cansancio de los tres
días sin dormir):El destilador Kjeldahl está fallando, ingeniera. No es problema de mi
metodología, es el mantenimiento del pabellón.
Briones gira la cabeza lentamente. Sus ojos se clavan en los de él con una intensidad que
congela el ambiente. Hay un silencio pesado, roto solo por el goteo constante de una
tubería de agua salada. Ella camina de regreso hacia él. El sonido de sus botas de jebe
negras contra el cemento húmedo vuelve a retumbar, lento y amenazante.
Se detiene a la misma distancia milimétrica de antes. Acuña puede oler el detergente
industrial de su bata impecable mezclado con la humedad del ambiente.
-BRIONES (En un susurro tenso, inclinándose levemente hacia él):En la industria real nadie
le va a echar la culpa a las máquinas, Acuña. Un ingeniero soluciona, no busca excusas en
los fierros viejos. ¿Entendió?
La cercanía es agobiante, cargada de una hostilidad que roza lo personal. Briones levanta
la tabla de apuntes y, con el borde de madera, le da un golpe seco pero firme en el pecho
de Acuña, justo sobre el uniforme manchado de sangre. El impacto lo obliga a dar un paso
atrás, chocando contra el borde frío de la mesa de trabajo.
-BRIONES:Demuéstreme que tiene la rigidez que se necesita para mandar en una planta.
O ríndase ahora.
Ella sostiene la mirada un segundo más, midiendo la resistencia del estudiante, antes de
dar una media vuelta perfecta y salir del laboratorio, dejando tras de sí el eco de sus botas
y el vapor disipándose lentamente.
Acuña suelta el aire que no sabía que estaba reteniendo. Se limpia el pecho donde la tabla
lo golpeó, mira el autoclave que sigue vibrando y, con una mezcla de rabia y terquedad,
agarra el brixómetro. Las cincuenta sombras de FIPA no lo van a quebrar hoy.
El silencio que deja Briones es denso, casi sólido, interrumpido solo por el ronroneo
rítmico del autoclave y el chisporroteo de una lámpara fluorescente que parpadea en el
techo. Acuña se apoya contra la mesa de acero, respirando el aire cargado de humedad.
Siente el pecho donde la tabla de apuntes lo golpeó; no le duele, pero la presión del
impacto parece seguir ahí, marcando el ritmo de sus latidos.
Sabe que no tiene tiempo para lamentos. En la FIPA, el tiempo se mide en toneladas de
desecho si te descuidas.
Se acerca al destilador Kjeldahl. Las mangueras de jebe están gastadas y el agua de
refrigeración gotea perezosamente. Con los dedos temblorosos por el café y la falta de
sueño, Acuña asegura las conexiones, ajusta las pinzas de tres dedos con fuerza y
enciende el sistema de calentamiento. El matraz con la muestra de pota y el ácido
sulfúrico empieza a tomar un color verde esmeralda oscuro, denso.
Pasa media hora. El calor del laboratorio se vuelve sofocante. Acuña se quita los guantes
de nitrilo con un chasquido seco y se limpia el sudor de la frente con la manga del
uniforme manchado.
De pronto, la puerta pesada de madera se abre de golpe. No es Briones.
Es el ASISTENTE DE CÁTEDRA (26), un egresado con cara de pocos amigos que arrastra
una congeladora portátil llena de bloques de hielo.
-ASISTENTE (De mala gana, dejando la caja en el suelo):Acuña, la Ingeniera Briones dice
que si ya terminaste con la materia prima de la tolva, pases a la cámara de congelamiento.
Llegó un lote de pota de potera y quiere el índice de bases nitrogenadas volátiles totales
para ayer.
-ACUÑA (Mirando el destilador que apenas empieza a reaccionar):¿La cámara de
congelamiento? Pero si el Kjeldahl está a mitad del proceso...
-ASISTENTE (Encogiéndose de hombros mientras camina hacia la salida):A mí no me
mires, libreta de notas. Sabes cómo es la ingeniera. Si no estás en la cámara en dos
minutos, te va a congelar la nota de tesis antes de que termine el ciclo.
El asistente sale y la puerta se cierra con un golpe seco. Acuña maldice entre dientes. Mira
el brixómetro, mira el destilador y luego la entrada que conduce al pasillo de las cámaras
de frío.
Sabe que entrar a la cámara de congelamiento a menos dieciocho grados con el uniforme
de lona húmedo es una tortura, pero desobedecer a Briones es peor. Ajusta los
parámetros de seguridad del autoclave, toma su picadora de hielo y se encamina hacia el
fondo del pabellón, donde el aire empieza a oler a escarcha pura y el vapor del laboratorio
se transforma en cristales de hielo antes de tocar el suelo.