Edipo Rey
Adaptación de la tragedia de Sófocles
Personajes:
Edipo: Rey de Tebas, protagonista de la tragedia.
Yocasta: Esposa de Edipo y reina de Tebas.
Creonte: Hermano de Yocasta, consejero de Edipo.
Tiresias: Adivino ciego.
Sacerdote: Representante del pueblo de Tebas.
Mensajero: Portador de noticias cruciales.
Coro: Ciudadanos de Tebas que comentan y reflexionan sobre los eventos.
ACTO I
(La escena se desarrolla frente al palacio real de Tebas. En el escenario están el Sacerdote y
un grupo de ciudadanos tebanos, arrodillados en actitud suplicante. Entra Edipo desde el
interior del palacio, con un semblante preocupado.)
Edipo:
Hijos de Tebas, ¿por qué os reunís aquí, con ramos de olivo en las manos y rostros sombríos?
¿Qué os aflige? Hablad, que vuestro rey está aquí para escucharos y aliviar vuestras penas.
Sacerdote:
Oh, gran Edipo, tú que salvaste a Tebas del azote de la Esfinge y nos diste esperanza. Hoy
volvemos a ti, pues la ciudad sucumbe bajo una nueva plaga. Los campos no dan frutos, los
rebaños mueren, y nuestros hijos perecen. ¡Sálvanos, oh rey! Como lo hiciste antes, trae la luz
a nuestras vidas.
Edipo:
(Conmovido) Mis hijos, vuestro dolor es también el mío. No hay sufrimiento en esta ciudad que
no toque mi corazón. He enviado ya a Creonte, hermano de la reina Yocasta, al oráculo de
Delfos, para que consulte a los dioses y nos traiga su sabiduría. No temáis, haré todo lo que
esté en mi mano para salvar a Tebas.
(Entra Creonte, apresurado, con un rostro grave.)
Creonte:
¡Oh, Edipo! He regresado con las palabras del oráculo. Apolo nos ha hablado. La plaga que
azota a nuestra ciudad no cesará hasta que el asesino de Layo, el antiguo rey, sea encontrado y
castigado. Su sangre contamina nuestra tierra.
Edipo:
¿El asesino de Layo? ¿El rey que gobernó antes que yo? ¿No fue asesinado por unos bandidos
en un cruce de caminos?
Creonte:
Eso creíamos, pero el oráculo ha sido claro. El asesino sigue en Tebas. Hasta que no sea
descubierto y castigado, la maldición no se levantará.
Edipo:
(Con determinación) Entonces, que se sepa: quienquiera que sea el culpable, no
descansaremos hasta encontrarlo. ¡Convocad al adivino Tiresias! Él podrá guiarnos con la
verdad que los dioses le han revelado.
(El Sacerdote y los ciudadanos se levantan y salen del escenario, agradeciendo a Edipo. Poco
después, entra Tiresias, guiado por un joven, pues es ciego. Su rostro muestra una mezcla de
sabiduría y pesar.)
Edipo:
Bienvenido, Tiresias, hombre de visiones y verdades ocultas. Necesitamos tu ayuda. Apolo nos
ha ordenado encontrar al asesino de Layo para salvar a nuestra ciudad. Tú, que todo lo ves,
dinos quién es el culpable.
Tiresias:
(Con voz grave) Oh, Edipo, ¿estás seguro de que deseas conocer la verdad? A veces, el
conocimiento es un peso que ni los más fuertes pueden soportar.
Edipo:
No hay nada que no pueda soportar por el bien de mi pueblo. Habla, Tiresias.
Tiresias:
Muy bien, pero recuerda que fuiste tú quien pidió la verdad. (Hace una pausa, como si dudara
en hablar) Tú, Edipo... tú eres el hombre que buscas. Tú eres el asesino de Layo.
Edipo:
(Indignado) ¡Qué insolencia! ¿Cómo te atreves a acusarme de un crimen tan vil? ¡Habla,
anciano, y justifica tus palabras!
Tiresias:
(Con calma) No busco tu ira, sino revelarte lo que los dioses me han mostrado. Tú eres el
hombre que mató a Layo, y más aún... el hombre que yace con su propia madre.
Edipo:
(Furioso) ¡Mentiras! ¡Calumnias! ¡Esto no puede ser cierto! ¡Creonte te ha enviado para
conspirar contra mí y arrebatarme el trono!
Tiresias:
(Con tristeza) No soy más que un mensajero, Edipo. La verdad no cambia, aunque la rechaces.
Lo que está hecho, está hecho. Pronto lo sabrás.
(Tiresias sale del escenario, dejando a Edipo en un estado de furia y confusión. El coro
aparece y reflexiona sobre las terribles palabras del adivino y la posibilidad de que sean
ciertas.)
Coro:
¡Oh, Tebas, ciudad de grandes hazañas!
¿Qué desgracia ha caído sobre ti?
¿Será cierto lo que el adivino ha dicho?
¿Será tu rey el portador de la maldición?
Los dioses observan desde el Olimpo,
y nosotros, humildes mortales, esperamos su juicio.
(Se cierra el telón. Fin del Acto I.)
ACTO II
(La escena se desarrolla en el mismo lugar, frente al palacio real. Edipo está visiblemente
alterado por las palabras de Tiresias. Entra Yocasta, preocupada por su esposo.)
Yocasta:
Mi señor, ¿qué es lo que perturba tu ánimo? ¿Por qué luces tan turbado? ¿Qué ha sucedido?
Edipo:
Yocasta, mi reina, Tiresias ha lanzado una acusación vil. Afirma que yo soy el causante de la
plaga, que soy el asesino de Layo. ¡Es un insulto que no puedo tolerar!
Yocasta:
(Con calma) No te dejes llevar por las palabras de un adivino. Los oráculos a menudo se
equivocan. ¿Acaso no se dijo que Layo sería asesinado por su propio hijo? Y sin embargo, él
murió en un cruce de caminos, a manos de unos bandidos. Nuestro hijo fue abandonado al
nacer para evitar esa profecía. ¡No temas, esposo mío, los dioses no siempre dicen la verdad!
Edipo:
(Intrigado) ¿Un cruce de caminos, dices? ¿Dónde ocurrió exactamente?
Yocasta:
Fue en una encrucijada, donde se cruzan tres caminos, cerca de Délfica. Pero eso fue hace
muchos años, mucho antes de que tú llegaras a Tebas.
Edipo:
(Con creciente inquietud) Yocasta... debo saber más. ¿Cómo era Layo? ¿Qué aspecto tenía?
Yocasta:
Era alto, de cabello canoso, y tenía una complexión fuerte. Pero, Edipo, ¿por qué preguntas
esto?
Edipo:
(Con horror) Porque... hace años, cuando huía de mi hogar en Corinto para escapar de un
terrible destino, me encontré con un hombre en un cruce de caminos. Discutimos, y en mi
furia... lo maté. Si ese hombre era Layo, entonces... entonces...
Yocasta:
¡No! No puede ser. No tiene sentido. Hay testigos que dijeron que Layo fue atacado por un
grupo de bandidos, no por un solo hombre.
Edipo:
(Determinado) Debo hablar con el pastor que sobrevivió al ataque. Él vio lo que ocurrió. ¡Que
lo traigan ante mí de inmediato!
(Edipo entra al palacio, dejando a Yocasta preocupada. El coro aparece en escena y reflexiona
sobre el poder del destino y la fragilidad de los hombres frente a la voluntad de los dioses.)
Coro:
¡Oh, destino implacable!
Juegas con los hombres como un viento que sacude las hojas.
¿Qué verdad se oculta tras las palabras del adivino?
¿Será nuestro rey el culpable?
¿O los dioses se burlan de nosotros con su cruel juego?
(Se cierra el telón. Fin del Acto II.)
ACTO III
(La escena se desarrolla nuevamente frente al palacio real. Yocasta está sola, angustiada.
Entra el Mensajero desde Corinto, con noticias urgentes.)
Mensajero:
Reina Yocasta, traigo noticias desde Corinto. El rey Pólibo ha muerto. Edipo es ahora el legítimo
heredero al trono de Corinto.
Yocasta:
(Aliviada) ¡Qué noticia tan dichosa! Esto prueba que los oráculos no son más que mentiras.
Edipo no mató a su padre, pues Pólibo ha muerto de causas naturales.
(Entra Edipo, con el rostro aún sombrío.)
Yocasta:
Mi señor, escucha estas noticias. Pólibo ha muerto. ¡No fuiste tú quien lo mató! Las palabras de
los dioses eran falsas.
Edipo:
(Con alivio) Entonces, ¿puedo finalmente respirar tranquilo? Pero aún queda una duda... ¿y mi
madre? El oráculo no hablaba solo de mi padre, sino también de mi madre. ¿Sigue viva?
Mensajero:
(Con una sonrisa) No temas, mi rey. Pólibo y Mérope no eran tus verdaderos padres.
Edipo:
(Sorprendido) ¿Qué estás diciendo? ¿No soy hijo de Pólibo y Mérope?
Mensajero:
No, señor. Yo mismo te llevé a Corinto cuando eras un bebé. Un pastor me entregó un niño que
había sido abandonado en el monte Citerón, y yo te llevé al rey y la reina, quienes te criaron
como si fueras suyo.
Edipo:
(Desesperado) ¡Que traigan a ese pastor de inmediato! Debo saber la verdad.
(Entra el Pastor, anciano y tembloroso.)
Edipo:
Tú, anciano, eras el pastor que encontró a un niño en el monte Citerón. ¡Habla! ¿De dónde vino
ese niño?
Pastor:
(Titubeando) Mi rey... no me hagas hablar. Por favor, no me obligues...
Edipo:
¡Habla, o te haré pagar con tu vida! ¿De dónde vino ese niño?
Pastor:
(Con miedo) Ese niño... era tuyo, mi señor. Era el hijo de Layo y Yocasta. Me ordenaron que lo
abandonara para que muriera, pues el oráculo había dicho que mataría a su padre. Pero no
tuve el corazón para hacerlo, y lo entregué a este hombre para que lo llevara lejos.
Edipo:
(Desesperado, cayendo de rodillas) ¡Oh, dioses, todo es verdad! ¡Yo soy el asesino de Layo!
¡Soy el hijo que yació con su propia madre! ¡He traído la desgracia a Tebas!
(Edipo se cubre el rostro con las manos. Yocasta, al escuchar la verdad, huye al interior del
palacio. Poco después, un sirviente entra corriendo.)
Sirviente:
¡Oh, rey! ¡La reina Yocasta... se ha quitado la vida! La encontramos colgada en su habitación.
(Edipo, enloquecido por el dolor, entra al palacio. Tras un momento, se escuchan gritos
desgarradores. Cuando Edipo vuelve a salir, sus ojos están vendados y ensangrentados. Ha
usado los broches de Yocasta para cegarse.)
Edipo:
(Con voz quebrada) ¡Oh, Tebas, mi amada Tebas! Yo, que fui vuestro salvador, soy ahora vuestra
ruina. No merezco ver la luz del día ni el rostro de los hombres. ¡Exiliadme, Creonte! Que mi
castigo sea vagar en la oscuridad, lejos de esta tierra que he condenado.
Creonte:
(Con solemnidad) Así será, Edipo. Pero no te condenes más de lo que ya lo han hecho los
dioses. Tebas sanará, y tú buscarás tu redención.
Coro:
¡Oh, mortales, mirad y aprended!
Ningún hombre escapa a su destino,
pues los designios de los dioses son inquebrantables.
Edipo, el más grande de los hombres,
ha caído ante la verdad que tanto buscaba.
Así es la vida: incierta y cruel,
pero en la caída encontramos la sabiduría.
(Se cierra el telón. Fin de la obra.)