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Final Reda

La extorsión en Perú ha aumentado drásticamente, vinculada al crimen organizado y la corrupción en el sistema judicial, lo que ha llevado a un incremento en la inseguridad ciudadana. A pesar de las políticas implementadas por el gobierno, las instituciones públicas no han logrado combatir eficazmente este problema, evidenciado por la falta de denuncias y la impunidad. Se requiere una reestructuración profunda de las instituciones y un enfoque integral para abordar la crisis de extorsión y restaurar la seguridad en el país.
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Final Reda

La extorsión en Perú ha aumentado drásticamente, vinculada al crimen organizado y la corrupción en el sistema judicial, lo que ha llevado a un incremento en la inseguridad ciudadana. A pesar de las políticas implementadas por el gobierno, las instituciones públicas no han logrado combatir eficazmente este problema, evidenciado por la falta de denuncias y la impunidad. Se requiere una reestructuración profunda de las instituciones y un enfoque integral para abordar la crisis de extorsión y restaurar la seguridad en el país.
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Las instituciones públicas siguen sin encontrar medidas eficientes para combatir

la ola de extorsiones en nuestro país

La extorsión en América Latina, en los países como México y Colombia, se ha


convertido en un fenómeno social grave vinculado al crimen organizado y al
narcotráfico que ha generado un gran impacto en la seguridad, la economía y la
estabilidad democrática. La criminalidad ha diversificado sus actividades usando
la extorsión como método principal de control social y económico. Por ejemplo,
en Perú, la situación es alarmante: las denuncias pasaron de 2,000 en 2019 a
más de 17,000 en 2023. El narcotráfico financia y arma pequeños grupos para
realizar extorsiones, sicariato y microtráfico. Directamente uno de los más
afectados, es el gremio de transporte, motivo por el cual los transportistas
realizaron un paro de 72 horas exigiendo medidas. Ante este panorama el
gobierno generó políticas para contrarrestar y hacerle frente al problema. Se
implementó medidas legales como la ley 32108, se creó una línea telefónica
111, un grupo especializado denominado Gorex para recibir denuncias y
combatir la extorsión y se declaró en estado de emergencia a 14 distritos de
Lima y Callao. En ese orden de ideas, surge la interrogante si las instituciones
públicas están actuando de manera eficiente para luchar contra esta ola
delincuencial en nuestro país. Al respecto, consideramos que las instituciones
públicas pese a los denodados esfuerzos no están alcanzando los resultados,
pues no están actuando de manera eficiente ante las extorsiones. A
continuación, confirmaremos nuestra postura, en los siguientes argumentos.

La inseguridad ciudadana ha sido durante años uno de los principales problemas


que ha venido creciendo a escalas en el Perú. Y las instituciones públicas del
Estado no se encuentran en la capacidad de poder articular entre ellas
soluciones idóneas que mengüen esta situación que nos aqueja, porque hasta
ahora los índices en las encuestas nos revelan que no hay una aceptación de
dichas “soluciones”. Por ello, necesitamos entender que la capacidad
institucional del estado se refiere a la habilidad de las instituciones estatales
para formular políticas, tomar decisiones, y ejecutarlas de manera efectiva. Es
decir que esta tendría como objeto combinar recursos humanos, conocimientos
técnicos, sistemas de gestión, y un marco legal-político que permita al estado
funcionar eficientemente y responder a las necesidades de los peruanos (Banco
Mundial, 2005; Fukuyama, 2004; CEPAL, 2005). Por lo tanto, el responsable
directo de articular esta tarea, es el estado. Para lograr que el 42% de la
población que cree que la principal causa de inseguridad es la ineficiencia y
corrupción del sistema judicial, cambie (Ipsos, 2025). Pues según Albán, el
control interno que tienen el Poder Judicial, el Ministerio Público y la policía no
es eficiente al momento de evaluar el trabajo de los funcionarios. Entonces,
podríamos decir que la seguridad ciudadana, entendida por la Rae como: la
situación de tranquilidad pública y de libre ejercicio de los derechos individuales,
cuya protección efectiva se encomienda a las fuerzas de orden público; no
existe. Por ende, las instituciones públicas no están logrando combatir el miedo
de miles de peruanos frente a “la avalancha criminal” que nos golpea cada vez
más.
En conclusión, debido a la falta de estrategias preventivas y a las limitaciones
estructurales en su capacidad operativa, es que las instituciones públicas siguen
siendo ineficientes frente a la ola delincuencial en nuestro país. Pues las
denuncias vinculadas a actos que atacan el concepto de “seguridad ciudadana”
muestran un incremento día a día, según el informe de Transparencia de la
Policía cada 24 minutos se expone un nuevo caso en alguna parte del país.
Evidenciando que ninguna ciudad del Perú es segura al cien por ciento y el
problema social de la delincuencia sigue perjudicando nuestra economía, el
bienestar ciudadano y la estabilidad democrática. Para lograr un cambio en ello
muchos expertos afirman que se necesitan cambios generacionales y
gubernamentales, que causaría impactos porque pondrían en evidencia actos de
corrupción que se suscitan desde generaciones atrás. Sin embargo, es urgente
tomar cartas en el asunto. Por ello, el jefe de Pro Ética propone que el control de
las instituciones sea externo y no manejado por quienes actualmente conforman
la OCMA (Oficina de control de la Magistratura) y ODECMA (Oficina
Desconcentrada de Control de la Magistratura). Además, el ex jefe de la policía,
el general Gustavo Carrión Zavala, considera que se debe apuntar a lo
formativo, asegurando que existe una necesidad imperativa por reestructurar la
institución policial con nuevos cuadros de policías que tengan un mejor trato
económico y profesional. Finalmente, lo mencionado anteriormente sólo refuerza
la ausencia de un trabajo enfocado a contrarrestar todas las actividades
relacionadas a esta “avalancha delincuencial” actual.

La crisis de extorsión en el Perú se debe principalmente a la combinación de un


Estado débil y una estructura institucional ineficiente, lo cual ha generado un
aumento incontrolable de estos delitos. La corrupción en el sistema judicial y en
la Policía Nacional provoca que muchos casos queden impunes, lo que a su vez
motiva a las organizaciones criminales a continuar con sus prácticas delictivas
sin temor a ser castigadas. Según Ipsos Perú, el 42% de la población identifica
la corrupción como la principal causa de la inseguridad (El Comercio e Ipsos,
2024). Esta desconfianza provoca que las víctimas no denuncien, alimentando
un ciclo de violencia que crece sin control: solo se denuncia uno de cada cinco
casos de extorsión (Hernández Breña, 2024). Además, la falta de tecnología,
personal capacitado y protocolos actualizados dentro de la Policía limita su
capacidad de respuesta, lo que permite que bandas criminales y redes
vinculadas al narcotráfico sigan operando libremente. Por esta razón, la
ineficacia del Estado no es un problema secundario, sino la causa directa de la
expansión de la extorsión en el país ante ello la ineficiencia operativa y la
corrupción continúan limitando la acción real contra este delito. Por esta razón,
la falta de resultados no es un accidente, sino la consecuencia directa de
instituciones débiles, estrategias fragmentadas y una incapacidad para enfrentar
al crimen organizado con un enfoque integral.

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