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El documento analiza cómo el estigma afecta a las personas que usan drogas, destacando que este fenómeno está vinculado a narrativas sociales que deshumanizan a los usuarios y perpetúan la marginalización. Se argumenta que el estigma no solo se manifiesta en la percepción pública, sino también en el ámbito de la salud y el tratamiento, donde las personas enfrentan discriminación y exclusión. Además, se enfatiza la necesidad de abordar el estigma desde una perspectiva crítica para mejorar la calidad de vida de las personas que usan sustancias psicoactivas.

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El documento analiza cómo el estigma afecta a las personas que usan drogas, destacando que este fenómeno está vinculado a narrativas sociales que deshumanizan a los usuarios y perpetúan la marginalización. Se argumenta que el estigma no solo se manifiesta en la percepción pública, sino también en el ámbito de la salud y el tratamiento, donde las personas enfrentan discriminación y exclusión. Además, se enfatiza la necesidad de abordar el estigma desde una perspectiva crítica para mejorar la calidad de vida de las personas que usan sustancias psicoactivas.

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temático

#57
2026

¿Cómo afecta el estigma a


las personas que usan
drogas?

Alejandra Latorre
Asistente de Investigación

Carolina Pinzón Gómez


Investigadora afiliada CESED
Candidata a Doctora en Psicología - Uniandes
Introducción

El uso de sustancias psicoactivas (SPA) es una realidad social transversal a los


diferentes momentos históricos, culturales y políticos de la humanidad. A
pesar de esto, en las distintas sociedades se ha consolidado como un
fenómeno atado a la marginalidad, la precarización y la discriminación de
las personas que usan drogas (PUD).

La violencia estructural y el estigma hacia las PUD no operan de manera


aislada. Se sostienen y legitiman a través de narrativas como la “guerra
contra las drogas” o la abstinencia como único objetivo terapéutico. Estas
narrativas desplazan a las personas del centro de la conversación y las
reducen a su consumo, cuestionando implícitamente su dignidad y
humanidad. Estos discursos instrumentalizan el estigma como una
supuesta estrategia comunitaria de prevención del consumo de drogas. Se
sostiene que mantener y reforzar etiquetas negativas hacia el uso de
sustancias contribuye a disuadir el consumo (Earnshaw, 2020), e incluso se
ha especulado —sin evidencia empírica que lo respalde— que reducir el
estigma podría aumentar las tasas de uso de SPA en población joven
(Livingston et al., 2012).

Esta lógica no se limita al ámbito preventivo. En los programas de


tratamiento, las personas usuarias reportan experiencias de estigmatización
tanto por parte del personal asistencial como de sus propias familias,
además de percibir entornos terapéuticos que reproducen estas dinámicas
(Carroll et al., 2025). A pesar de ello, el estigma continúa siendo una variable
escasamente evaluada en los estudios clínicos sobre tratamiento de
consumo de sustancias (Joseph et al., 2024).

En el contexto contemporáneo, resulta relevante analizar el encuadre


predominante del debate sobre el uso de drogas. Si bien durante las
primeras dos décadas del siglo XXI se consolidó una aproximación centrada
en la salud pública, en los últimos años se observa un desplazamiento

1
progresivo hacia un enfoque prioritariamente securitario. Este giro no es
menor. Aunque la producción, el tráfico y la comercialización de sustancias
psicoactivas clasificadas como ilegales implican dinámicas delictivas que
demandan respuestas desde el ámbito jurídico, reducir el fenómeno a esta
dimensión invisibiliza su complejidad sanitaria y social. En este sentido, el
uso de SPA se sitúa en la intersección entre el campo jurídico y el de la salud
mental, tensionando permanentemente ambos marcos de interpretación
(Room, 2005).

No obstante, asumir que la interrupción de la cadena de producción


reducirá automáticamente el consumo implica desconocer la complejidad
del fenómeno. El uso de drogas no puede comprenderse exclusivamente
desde la lógica de la oferta, pues está atravesado por determinantes sociales,
económicos y culturales que configuran prácticas de consumo diversas.
Enmarcarlo únicamente como un problema de control supone, además,
reducirlo a una cuestión de voluntad individual y trasladarlo a un registro
moral. Bajo esta perspectiva, las PUD vuelven a ser interpretadas a través de
mitos y prejuicios que cuestionan su carácter, su autocontrol o el supuesto
riesgo que representan para la sociedad.

Todo lo anterior, hace de este tema uno sumamente intrincado, no sólo por
los factores involucrados y la complejidad de sus conexiones, sino por la
naturaleza de una conversación que se ha normalizado omitir. El estigma
hacia las PUD se ha dado por hecho en el debate público, por lo que
señalarlo y cuestionarlo constituye un punto de partida en sí mismo retador.

Este documento tiene el propósito de revisar teóricamente la


estigmatización hacia las PUD desde una mirada crítica y haciendo énfasis
en el impacto que esta tiene en la calidad de vida de las PUD. Todo esto, con
la intención de visibilizar el uso de sustancias psicoactivas como una
experiencia que trasciende el consumo como hecho aislado, para
posicionarse como una compleja subjetividad atravesada por violencias
estructurales y marcada por el abandono social.

2
En virtud de lo anterior, el texto inicialmente realiza una contextualización
epidemiológica del uso de drogas y enuncia conceptos básicos en la
materia. Posteriormente se enfoca en desglosar el desarrollo teórico
existente en temas de estigmatización y otros conceptos relacionados desde
la perspectiva de la psicología social, para así pasar a analizarlos en el
contexto específico del uso de SPA. Dicha sección se centra en el impacto
del estigma hacia las PUD a través de diferentes niveles de análisis.
Finalmente se revisan las alternativas propuestas en la literatura para
disminuir el estigma.

Una mirada global al consumo de drogas

Según el reporte de la UNODC (2025) Para 2023 se estima que cerca de 316
millones de personas habían usado alguna SPA, lo que es equivalente al 6%
de la población de entre 15 y 64 años. En términos generales, la prevalencia
de uso de drogas ha seguido una tendencia de aumento en los últimos 10
años pasando de un 5.2% en 2013 a 6% en 2023. Dentro de los SPA ilegales la
más consumida es la marihuana, seguida por los opioides, las anfetaminas,
la cocaína y el éxtasis. A pesar de esto, la UNODC resalta que el acceso a
servicios de tratamiento continúa siendo limitado a nivel global.

Estos datos evidencian que el consumo de SPA es un fenómeno extendido y


heterogéneo, lo que exige precisar conceptualmente a qué nos referimos
cuando hablamos de “uso de drogas”. Las SPA, tanto legales como ilegales,
son sustancias que actúan sobre el sistema nervioso central y pueden alterar
la percepción, la cognición y el estado afectivo de quien las consume. No
obstante, sus efectos no implican necesariamente el desarrollo de
dependencia (OMS, UNESCO & UNODC, 2017), pues el consumo se sitúa en
un continuo que va desde experiencias ocasionales hasta trastornos
asociados al uso.

En un extremo se encuentra el consumo experimental, entendido como un


uso breve y ocasional orientado a conocer los efectos de la sustancia (OEA,
2019). El consumo regular o social, por su parte, se integra de manera
3
intermitente al estilo de vida y puede responder a fines específicos, como
facilitar la interacción social o mejorar el desempeño en determinados
contextos (Tirado, 2016; OEA, 2019).

En niveles de mayor intensidad se ubica el consumo habitual, que puede


convertirse en compulsivo cuando adquiere un carácter persistente y
recurrente, afectando distintas áreas de la vida. Este último patrón se vincula
con los fenómenos de dependencia y tolerancia descritos en el Manual
Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) de la Asociación
Psiquiátrica Americana, dentro de los trastornos por consumo de sustancias
(OEA, 2019).

Reconocer este espectro resulta fundamental, pues el estigma tiende a


borrar estas distinciones y a reducir toda forma de consumo a su expresión
más problemática. Esta sobregeneralización constituye uno de los
mecanismos centrales a través de los cuales se construyen y reproducen
representaciones sociales negativas hacia las personas que usan drogas.

Estigma asociado al consumo de drogas

El estigma asociado al consumo de sustancias se configura a partir de


procesos de sobregeneralización y separación social, mediante los cuales
características negativas atribuidas a ciertos contextos o patrones de
consumo se extienden indiscriminadamente a todas las personas que usan
SPA. De este modo, posibles consecuencias del consumo —como la
vinculación con mercados ilegales, el deterioro de relaciones familiares o los
costos para el sistema de salud (Nutt et al., 2007)— han sido utilizadas
históricamente para construir una representación homogénea de las PUD
como un riesgo social, consolidando su figuración como un “otro” peligroso.

Así pues, partir del reconocimiento del contexto epidemiológico y del


entendimiento de conceptos básicos permite comenzar a desmitificar el
consumo de drogas. Por un lado, evidencia que el uso de SPA no es un
fenómeno excepcional ni marginal, sino una práctica presente en la vida

4
social de millones de personas en el mundo. Por otro, comprender el
consumo como un espectro —con distintos matices, funciones e
intensidades— contribuye a cuestionar su reducción automática a una
categoría patológica o desviada.

Según Link y Phelan (2001) la estigmatización es un proceso social que


consta de cuatro componentes que convergen y se conectan
secuencialmente (véase la figura 1). El primer paso consiste en identificar y
señalar diferencias consideradas socialmente relevantes. Estas distinciones
no son naturales ni neutras; emergen de contextos políticos, económicos e
históricos específicos. Por ejemplo, categorías como la raza, la orientación
sexual o el género adquieren centralidad precisamente porque sostienen
relaciones de poder y estructuras de desigualdad. El acto de “etiquetar”
resulta fundamental en este proceso, pues subraya que dichas diferencias
son construcciones sociales y no atributos intrínsecos de los individuos. Sin
embargo, estas etiquetas suelen presentarse como evidentes o naturales,
cuando en realidad se apoyan en la sobregeneralización y simplificación de
categorías sociales complejas, omitiendo matices y reforzando dicotomías
rígidas.

En este marco, las PUD son objeto de señalamiento social y frecuentemente


etiquetadas, en el mejor de los casos, como “consumidores” y, en otros,
como “drogadictos” o “viciosos”. Estas denominaciones no son neutras:
esencializan a las personas a partir de su consumo y desatienden la
diversidad de trayectorias y patrones de uso, reduciendo la complejidad del
fenómeno a una categoría homogénea. Esta clasificación tampoco es
fortuita. Ser o no ser usuario de sustancias psicoactivas constituye una
diferencia socialmente significativa en contextos socioculturales que regulan
los cuerpos y moralizan el uso de SPA, dotando a esa distinción de
consecuencias simbólicas y materiales.

5
Una vez que las diferencias son etiquetadas, se asocian con estereotipos.
Este componente del estigma ha sido ampliamente estudiado desde la
psicología social, particularmente en relación con los procesos
sociocognitivos que lo sustentan. De acuerdo con Link y Phelan (2001), la
etiqueta activa de manera casi automática un conjunto de atributos
negativos que configuran el estereotipo. En términos cognitivos, el
estereotipo opera como un atajo mental que simplifica el procesamiento de
la información social, aunque lo hace a costa de reducir la complejidad del
individuo a rasgos generalizados y frecuentemente desvalorizados.

A las PUD se les vincula con dos estereotipos claros: ser delincuentes o estar
enfermos (Marlatt, 1996), también se les atribuyen características como ser
impredecibles, peligrosos y ser responsables de la precarización de sus
condiciones de vida. Esto último es particularmente relevante en este caso,
pues cuando se considera que la conducta y sus consecuencias están bajo la
agencia directa del individuo, es más probable que este sea estigmatizado y
juzgado más duramente porque se le considera responsable de sus
condiciones de vida (Sheehan et al., 2017).

Ahora bien, más allá de conectar al sujeto con el estereotipo, la etiqueta


opera también como un separador social . Esto es fundamental, porque esta
segregación produce narrativas en las que no solamente “ellos” son distintos
a “nosotros”, sino que “ellos” son una amenaza para “nosotros”, pues son
inmorales, poco civilizados o cualquier otro estereotipo que cuestione su
legitimidad y los posicione como seres radicalmente distintos. Cuando esta
representación se consolida, la diferencia deja de ser circunstancial y pasa a
concebirse como esencial. En ese punto, se debilita el reconocimiento de la
plena humanidad del otro y se legitiman —explícita o implícitamente—
prácticas de exclusión, control e incluso violencia institucional.

De esta manera se dibuja claramente la diferencia entre las PUD y las


personas que no usan SPA. Room (2005) lo menciona de la siguiente
manera “un fuerte contenido simbólico suele adherirse al uso o no uso de

6
sustancias psicoactivas” (p. 146, traducción propia), justamente porque la
conducta de usar SPA está cargada de atribuciones morales. Así pues, se
crea una narrativa donde las PUD no son iguales a las otras personas, pues
se argumenta que no aportan nada al tejido social, que no son productivas,
que tienen una voluntad débil, etc.

Finalmente, ser objeto de la etiqueta, del estereotipo y ser segregado lleva a


experimentar pérdida del estatus social y discriminación; esto es lo que
consolida el estigma y pone en posición de desventaja a quienes son
estigmatizados (Link & Phelan, 2001). La pérdida de estatus ocurre dentro de
la lógica jerárquica de las relaciones humanas, que una vez más está basada
en raza, género y otras categorías que responden al estatus quo. De esta
manera, cuando el estatus social se ve devaluado esto se refleja en
experiencias de desigualdad dentro de interacciones cotidianas, pues se
convierte en base para la discriminación.

En su expresión individual, la discriminación se manifiesta cuando los


estereotipos se traducen en actitudes y creencias que derivan en actos
concretos de rechazo o exclusión hacia miembros del grupo estigmatizado.
No obstante, para Link y Phelan (2001), esta comprensión resulta insuficiente
para explicar el alcance del fenómeno. Por ello, subrayan la importancia de
la discriminación estructural, entendida como un proceso institucionalizado
que trasciende las interacciones individuales. A este nivel, la desigualdad se
reproduce a través de normas, políticas, prácticas organizacionales y
barreras sostenidas por instituciones públicas y privadas, configurando
condiciones de vida desventajosas para el grupo estigmatizado, incluso en
ausencia de actos explícitos de rechazo interpersonal.

7
Figura 1. Modelo de estigma de Link y Phelan.

Fuente: Elaboración propia, basado en Link y Phelan (2001).

Link y Phelan (2001) incorporan un quinto elemento transversal que sostiene


todo el proceso de estigmatización: su anclaje en las relaciones de poder.
Para que exista estigma no basta con etiquetar, estereotipar o segregar; es
necesario que estas dinámicas se inscriban en estructuras sociales que
permitan a ciertos grupos imponer significados y consecuencias sobre otros.
En este sentido, el estigma no es un fenómeno fortuito, sino una expresión
del poder económico, político y social diferencialmente distribuido. Los
autores enfatizan este componente porque suele asumirse implícitamente
en la literatura, cuando en realidad es condición indispensable del proceso:
8
en ausencia de relaciones de poder asimétricas, los demás elementos
pueden estar presentes sin producir una efectiva devaluación del estatus
social del grupo señalado.

El caso de las PUD —y particularmente de quienes presentan un trastorno


por uso de sustancias (TUS)— adquiere una relevancia geopolítica
significativa. Estas personas han sido objeto de criminalización y, en otros
escenarios, de instrumentalización discursiva para legitimar la “guerra
contra las drogas” y campañas de prevención que recurren al estigma como
herramienta retórica. Tales narrativas no son neutras: contribuyen a sostener
y reproducir relaciones de poder, incluyendo dinámicas que han justificado
intervenciones asimétricas del norte global sobre el sur global.

En términos más amplios, el estigma asociado al uso de drogas cumple la


función social de reforzar la conformidad con normas dominantes, en este
caso, aquellas que privilegian el no uso de SPA (Phelan et al., 2008). Por ello,
la relación entre estigma y poder es bidireccional: el estigma se sustenta en
estructuras de poder preexistentes y, simultáneamente, contribuye a
reproducirlas, perpetuando las inequidades sociales que lo hacen posible
(Parker, 2012).

Los aportes de estos autores permiten ampliar la comprensión del consumo


de SPA, desplazándolo de una lectura centrada exclusivamente en la
decisión individual hacia una perspectiva que reconoce su dimensión social
y simbólica. Consumir sustancias no constituye únicamente un acto con
implicaciones neurobiológicas, sino un fenómeno social que es objeto de
etiquetamiento, asociación estereotípica y, en consecuencia, devaluación del
estatus social de las PUD.

En este marco, resulta necesario precisar que el estigma se articula con


conceptos como estereotipo, prejuicio y discriminación. De acuerdo con
Sheehan et al. (2017), estos tres elementos conforman el constructo de
estigma; no obstante, no son equivalentes, sino dimensiones
interrelacionadas que operan en distintos niveles del proceso.
9
En primer lugar, los estereotipos constituyen la dimensión cognitiva del
estigma (Sheehan et al., 2017). Se trata de creencias generalizadas
—usualmente negativas— que agrupan y simplifican características
atribuidas a un grupo social (Link & Phelan, 2001). Desde el punto de vista
sociocognitivo, funcionan como atajos mentales que facilitan el
procesamiento de información, aunque suelen sustentarse en
simplificaciones y no en evidencia empírica (Sheehan et al., 2017).

En segundo lugar, el prejuicio corresponde a la dimensión afectiva. Este se


manifiesta en reacciones emocionales negativas —como temor,
desconfianza o rabia— que se activan a partir de los estereotipos
previamente internalizados (Sheehan et al., 2017). Así, las creencias sobre
peligrosidad o imprevisibilidad pueden traducirse en respuestas
emocionales automáticas frente al grupo estigmatizado.

Finalmente, la discriminación representa la dimensión comportamental del


estigma (Sheehan et al., 2017). Se expresa en acciones concretas que
excluyen o limitan derechos, tanto a nivel interpersonal como estructural
(Link & Phelan, 2001), por ejemplo, negar una oportunidad laboral o
restringir el acceso a vivienda o servicios.

En el caso de las PUD, estos tres niveles operan de manera articulada. Los
estereotipos que las asocian con la criminalidad o la enfermedad activan
emociones como el miedo o la desaprobación moral, que a su vez se
traducen en prácticas excluyentes, como la negación de empleo tras una
prueba toxicológica o el trato diferencial en entornos institucionales.

10
Figura 2. Dimensiones del estigma.

Fuente: Elaboración propia, basado en Sheehan et al. (2017).

Además de sus dimensiones cognitivas, afectivas y comportamentales, la


literatura ha diferenciado distintas formas en que el estigma se manifiesta y
es experimentado. En primer lugar, se encuentra el estigma público,
entendido como la expresión social de prejuicio y discriminación hacia un
grupo determinado (Sheehan et al., 2017). Por su parte, el estigma percibido
se refiere a la percepción que tiene un individuo sobre la existencia de
actitudes estigmatizantes hacia un grupo específico, independientemente
de si las comparte o si pertenece a dicho grupo (Pescosolido & Martin, 2015).
Finalmente, el estigma internalizado describe el proceso mediante el cual
los miembros del grupo estigmatizado incorporan y aplican a sí mismos los
estereotipos y prejuicios socialmente difundidos (Sheehan et al., 2017). Estas
distinciones permiten ampliar el análisis, pues evidencian que el estigma no
sólo opera en el plano social externo, sino también en la experiencia
subjetiva de las personas estigmatizadas, con implicaciones directas en su
bienestar y en sus trayectorias de vida.

En particular, Earnshaw (2020), describe estigma hacia las PUD a través de


las inequidades en salud que experimenta esta población y condensa esta
explicación en el Substance Use Stigma Framework, traducido al español

11
como Marco Teórico sobre el Estigma asociado al Uso de Sustancias (véase
la figura 2).

Figura 2. Marco Teórico sobre el Estigma asociado al Uso de Sustancias.

Fuente: Elaboración propia, adaptado de Earnshaw (2020).

Estigma social: interseccionalidad y estigma en el consumo de


sustancias

En el marco de este modelo teórico, el análisis del estigma asociado al


consumo de sustancias requiere una perspectiva interseccional. El concepto
de interseccionalidad surgió en los debates y activismos antidiscriminatorios
de la década de 1980 como una crítica a los enfoques que analizaban la
desigualdad a partir de un único eje —como raza, género o clase social— sin
considerar su articulación simultánea (Cho et al., 2013). Esta perspectiva
propone examinar cómo múltiples sistemas de poder y opresión
interactúan entre sí, configurando experiencias diferenciadas de exclusión.

Desde este enfoque, la interseccionalidad permite comprender cómo las


estructuras sociales que producen desigualdad influyen en los desenlaces
en salud, particularmente en poblaciones históricamente vulneradas (Ruiz

12
et al., 2021), como las personas que usan drogas. En consecuencia, el
estigma no puede analizarse como una categoría aislada, sino como un
fenómeno que se entrecruza con otros ejes identitarios y estructurales.

El estigma hacia las PUD presenta una paradoja en su funcionamiento. Por


un lado, sobregeneraliza el uso de drogas, sin distinguir entre sustancias,
contextos o patrones de consumo (Tirado, 2018). Por otro, la valoración social
del consumo varía según la posición que ocupan los sujetos en otros ejes de
desigualdad, de modo que el uso de SPA puede operar como símbolo de
estatus o como fuente de devaluación social, dependiendo de factores
como la clase social o la racialización (Room, 2005; Ahern, 2007).

En este sentido, el estigma oscila entre la homogeneización del consumo


—reducido a su expresión más problemática— y su diferenciación selectiva
según jerarquías sociales preexistentes. Así, no se estigmatiza del mismo
modo a un hombre blanco de clase media que consume cocaína en
contextos festivos que a una mujer empobrecida y racializada que consume
marihuana en su barrio, o a una persona con identidad de género diversa
que utiliza drogas inyectables. El significado social del consumo, y sus
consecuencias, se configuran en la intersección entre sustancia, contexto y
posición estructural.

Una revisión sistemática realizada por Meyers y colaboradores (2021),


centrada en literatura sobre estigma interseccional asociado al uso de SPA y
al género, señala que la mayoría de los estudios cualitativos reportan que las
mujeres que usan drogas experimentan formas de estigmatización más
intensas. Esto se explica por la intersección entre el género y el consumo de
sustancias, que sitúa a estas mujeres en una posición particularmente
vulnerable frente a las normas sociales y morales asociadas al uso de drogas.

Durante gran parte del siglo XX, el consumo de drogas fue conceptualizado
predominantemente como un fenómeno masculino, lo que limitó el interés
de la salud pública por comprender las experiencias específicas de las
mujeres. Solo a partir de la década de 2000 comenzaron a desarrollarse
13
estudios epidemiológicos que caracterizaron el consumo de sustancias en
mujeres en el norte global, así como intervenciones orientadas a sus
necesidades particulares.

En este contexto, se ha señalado que las mujeres que usan drogas enfrentan
una forma de estigma intensificada o “doble”, ya que no solo transgreden la
norma social del no uso de sustancias, sino también los ideales de feminidad
asociados con la respetabilidad, el autocontrol y el cuidado. Este fenómeno
se complejiza aún más cuando el género se entrecruza con otros ejes de
desigualdad, como la clase social o la racialización. En particular, dos
circunstancias han sido identificadas como factores que amplifican la
estigmatización: el ejercicio del trabajo sexual y la maternidad (Coppel &
Perrin, 2024).

Sumado a lo anterior, la invisibilización de las mujeres que usan drogas se


traduce también en formas de discriminación estructural. Romo-Avilés
(2018) señala que las políticas públicas en materia de drogas han tendido a
desatender sistemáticamente las necesidades específicas de estas mujeres.
Esta negligencia se manifiesta, en primer lugar, en la falta de
reconocimiento de sus patrones de consumo, que con frecuencia incluyen
el uso de sustancias psicoactivas legales. Asimismo, las políticas han tendido
a omitir las violencias de género y las formas particulares de violencia que
enfrentan las mujeres en contextos asociados al consumo de drogas. A ello
se suma la escasa atención a su mayor exposición a las consecuencias del
mercado ilícito, lo cual se refleja, por ejemplo, en el creciente número de
arrestos de mujeres por delitos menores o actividades vinculadas al
microtráfico. Finalmente, esta invisibilización se expresa también en la
ausencia de una perspectiva de género en el diseño de programas de
prevención, tratamiento y reducción de riesgos y daños.

14
Las personas que usan drogas y hacen parte de la población con
orientaciones sexuales e identidades de género diversas (OSIGD)
experimentan, al igual que las mujeres, formas intensificadas de
estigmatización derivadas de su posición interseccional. Un estudio
realizado por Agnew y colaboradores (2022) muestra que las actitudes
sociales tienden a ser más favorables hacia usuarios de sustancias
psicoactivas que se identifican como heterosexuales, en comparación con
aquellos con OSIGD, independientemente de la sustancia consumida. Estos
hallazgos sugieren que el estigma hacia las personas que usan drogas cuya
identidad desafía la norma heterosexual no se fundamenta únicamente en
el consumo de sustancias, sino también en prejuicios asociados a su
orientación sexual o identidad de género. En la práctica, esta forma de
estigmatización puede manifestarse de diversas maneras, como el trato
despectivo o la falta de confidencialidad en los servicios de salud, la
presunción de conductas “de riesgo” asociadas a su identidad sexual o de
género, la negativa a brindar servicios de atención o tratamiento, prácticas
de hostigamiento por parte de autoridades policiales, la exclusión en
espacios laborales o comunitarios, o la mayor exposición a violencias físicas y
simbólicas en entornos sociales donde convergen prejuicios hacia el
consumo de drogas y hacia las identidades sexuales o de género diversas.

Por otra parte, la discriminación estructural que enfrentan las personas con
orientaciones sexuales e identidades de género diversas desde edades
tempranas contribuye a explicar por qué sus desenlaces en salud suelen
verse más comprometidos y por qué presentan un mayor riesgo de uso
problemático de drogas ilícitas, particularmente durante la adolescencia
(Hatzenbuehler et al., 2015).

En relación con la raza y la etnicidad, la literatura también ha documentado


la presencia de estigma interseccional en el consumo de sustancias. Un
estudio experimental realizado por Kulesza y colaboradores (2016) encontró
que los participantes tendían a asociar de manera implícita respuestas
punitivas —en lugar de intervenciones de ayuda— cuando la persona que
15
usaba drogas era presentada como latina, en comparación con una persona
blanca. Estos hallazgos sugieren que el racismo se entrecruza con el
estigma asociado al consumo de sustancias, configurando experiencias
sociales y desenlaces en salud diferenciados para las PUD racializadas frente
a las PUD blancas (Walters et al., 2023).

Desde una perspectiva histórica y cultural, diversas representaciones


sociales del consumo de drogas —y de ciertas sustancias en particular— han
sido vinculadas con grupos étnicos específicos. Esta asociación ha
contribuido a la construcción de narrativas racializadas sobre el uso de
sustancias psicoactivas, las cuales han influido tanto en las percepciones
sociales como en las respuestas institucionales y en el diseño de políticas
públicas en materia de drogas (Mendoza et al., 2019).

Por ejemplo, en Estados Unidos la criminalización del uso de drogas ha


afectado de manera desproporcionada a las PUD racializadas, quienes
presentan mayores tasas de arresto y enfrentan sanciones más severas por
delitos relacionados con drogas. A ello se suma un acceso más limitado a
recursos sociales y servicios de salud, lo que contribuye a profundizar las
inequidades asociadas a su posición interseccional (Walters et al., 2023).
Aunque este fenómeno ha sido menos estudiado en América Latina, la
región no es ajena a las dinámicas raciales ni a las desigualdades
estructurales que estas producen, lo que sugiere la necesidad de
profundizar en el análisis de cómo el racismo puede también influir en las
experiencias de estigma y en los desenlaces en salud de las PUD en estos
contextos.

En línea con lo anterior, Mendes y colaboradores (2019) proponen una


reflexión teórica sobre la pobreza como fenómeno estructural asociado al
funcionamiento del sistema capitalista, y analizan la manera en que esta se
reproduce en América Latina —especialmente en Brasil— en relación con la
criminalización tanto del uso de drogas como de la pobreza. Los autores
señalan que las políticas de drogas, históricamente justificadas en el control

16
de la producción y, de forma más amplia, en el control de territorios del sur
global, contribuyeron en Brasil a la consolidación de un enfoque
institucional centrado en la represión, la prevención y el tratamiento.

Este panorama guarda similitudes con el caso colombiano, donde la política


de drogas ha mantenido una aproximación fuertemente orientada hacia la
represión y la penalización del cultivo (Diaz Granados & Castaño, 2018). En
este contexto, el marco punitivo, sumado al acelerado crecimiento de los
centros urbanos en América Latina, ha contribuido a profundizar las
inequidades sociales, la segregación espacial y la marginalización de las
poblaciones empobrecidas.

En tales condiciones, el uso de drogas suele interpretarse como un síntoma


de un tejido social deteriorado, mientras que el estigma asociado al
consumo contribuye a reproducir dinámicas de precarización y exclusión.
Esta situación se hace particularmente visible en las experiencias de las PUD
que viven en situación de calle, quienes enfrentan formas intensificadas de
estigmatización y vulnerabilidad social (Mendes et al., 2019).

En este sentido, diversos análisis han planteado que la llamada “guerra


contra las drogas” ha operado, en muchos contextos, como un mecanismo
de control social dirigido de manera desproporcionada hacia poblaciones
empobrecidas. Al igual que ocurre con otros grupos cuyas identidades se
intersectan con múltiples estatus estigmatizados, las personas
empobrecidas que usan SPA experimentan formas particularmente
acentuadas de estigma. Culturalmente se reproducen discursos que
vinculan el mundo de las drogas con la pobreza, pese a que el consumo de
sustancias atraviesa distintos grupos sociales (Mendes et al., 2019). En
consecuencia, el uso de drogas se convierte también en un marcador de
evaluación social asociado a la clase: mientras que en sectores acomodados
puede integrarse a ciertos estilos de vida y prácticas de sociabilidad, en
contextos de pobreza suele interpretarse como señal de desviación o
deterioro social (Room, 2005).

17
Esto es justamente lo que resalta el modelo de Earnshaw (2020); la
naturaleza interseccional del estigma, argumentando que las posiciones de
privilegio y desventaja social son, a priori, variables que modifican el riesgo
de desarrollar un TUS al intervenir en las prácticas de consumo de los
sujetos.

Manifestaciones del estigma

El segundo componente del proceso corresponde a las manifestaciones del


estigma, las cuales se configuran a partir de la interacción entre distintos
actores y niveles de análisis. En primer lugar, se encuentran los perceptores,
es decir, las personas que no hacen parte del grupo estigmatizado y que
expresan estereotipos, prejuicios y conductas discriminatorias hacia las PUD.
No obstante, entre estos actores existen distintos grados de conciencia
respecto del carácter estigmatizante de sus actitudes y comportamientos.

Tabla 1. Niveles de manifestación del estigma.

Fuente: Elaboración propia basada en Earnshaw (2020).

Dentro de este grupo resulta particularmente relevante el papel de los


profesionales de la salud, quienes han sido identificados como uno de los
actores que con mayor frecuencia reproducen estigma hacia las personas
que usan drogas (Cassiani-Miranda et al., 2019; Tirado, 2019). Una revisión
sistemática realizada por van Boekel y colaboradores (2013) concluyó que, en
general, el personal sanitario tiende a expresar actitudes negativas hacia los
pacientes con trastornos por uso de sustancias (TUS), al percibirlos como

18
personas volátiles o poco motivadas para su recuperación. Estas
percepciones pueden traducirse en prácticas de atención de menor calidad
(Tirado, 2019) y en la implementación de programas de tratamiento basados
en lógicas punitivas o humillantes (Tirado, 2018).

Por otra parte, las personas objeto de estigma no solo experimentan actos
de discriminación, prejuicio y estereotipificación, sino que también pueden
internalizar los contenidos estigmatizantes y aplicarlos a sí mismas. En el
caso de las PUD, esto puede manifestarse en la adopción de creencias
negativas sobre su propio valor o capacidad —como percibirse a sí mismas
como fracasadas o incapaces— (Siddiqui & Rutherford, 2023), lo cual
contribuye a su retraimiento social y afecta múltiples dimensiones de su
vida (Tirado, 2019). En este proceso, la vergüenza ha sido descrita en la
literatura como una de las principales expresiones emocionales del estigma
internalizado (Earnshaw, 2020).

A nivel estructural, el estigma se manifiesta a través de prácticas


institucionales y marcos normativos que reproducen desigualdades hacia
las personas que usan drogas. Estas formas de estigmatización pueden
expresarse en políticas públicas, regulaciones organizacionales y prácticas
institucionales que limitan derechos o restringen oportunidades. En el
contexto estadounidense, por ejemplo, Earnshaw (2020) señala que las
políticas de drogas han contribuido a la criminalización de las PUD, mientras
que ciertas políticas organizacionales —como la implementación de
pruebas toxicológicas en el ámbito laboral— pueden poner a estas personas
en riesgo de perder sus empleos, especialmente cuando se encuentran en
una fase activa de un trastorno por uso de sustancias (TUS) o en etapas
tempranas de recuperación.

19
Cabe precisar que los límites entre estos distintos actores no son rígidos. Por
el contrario, las dinámicas de estigmatización tienden a reforzarse
mutuamente entre los niveles interpersonal, institucional y estructural, lo
cual resulta coherente con los planteamientos de Link y Phelan sobre el
carácter sistémico del estigma.

Mecanismos mediadores

Las manifestaciones del estigma tienen un impacto significativo en los


desenlaces asociados a la experiencia de vida de las PUD. No obstante, la
relación entre estos componentes no es directa, sino que se encuentra
mediada por diversos mecanismos que influyen en la manera en que el
estigma afecta el bienestar y las trayectorias de vida de estas personas. Estos
mecanismos pueden agruparse en tres categorías principales, algunos
ejemplos de las cuales se presentan en la tabla 2.

Tabla 2. Mecanismos mediadores entre las manifestaciones del estigma y


los desenlaces en salud de las PUD.

Fuente: Elaboración propia basada en Earnshaw (2020)

20
En primer lugar, el estigma puede operar como un estresor adicional para
las PUD. Las estrategias de afrontamiento que las personas desarrollan
frente a este estrés influyen, a su vez, en sus conductas de consumo. La
evidencia indica que la experiencia de estigmatización incrementa la carga
de estrés asociada al tránsito por un trastorno por uso de sustancias (TUS), lo
cual deteriora la calidad de vida y puede constituir una barrera para el
acceso oportuno a servicios de salud (Cassiani-Miranda et al., 2019).

Por otra parte, la estigmatización también se expresa a través de procesos


de segregación y, eventualmente, de alienación social. En el caso de las PUD,
este aspecto resulta particularmente relevante, ya que contar con redes de
apoyo constituye un factor facilitador para la búsqueda de programas de
tratamiento y se asocia con mejores procesos de recuperación. En
consecuencia, el aislamiento social derivado del estigma y la discriminación
limita las oportunidades de acceso a recursos y afecta negativamente la
calidad de vida de estas personas (Earnshaw, 2020).

Las PUD enfrentan múltiples barreras para acceder a recursos que podrían
promover su bienestar. En parte, estas dificultades se derivan de la
discriminación estructural, reflejada en políticas y prácticas institucionales
que limitan el acceso a oportunidades como el empleo y la vivienda. No
obstante, el estigma sostenido por profesionales de la salud hacia las
personas que viven con trastornos por uso de sustancias (TUS) constituye
también un factor determinante en el acceso a servicios de salud. Por
ejemplo, un estudio realizado en Nueva York encontró que las personas que
se inyectan drogas y han experimentado situaciones estigmatizantes en
entornos de atención médica desarrollan actitudes negativas hacia la
posibilidad de buscar atención nuevamente en el futuro (Muncan et al.,
2020).

21
Ahora bien, existen variables que modifican la relación entre las
manifestaciones del estigma y los desenlaces en la experiencia de vida de
las PUD. Estas variables pueden ser tanto contextuales como individuales, ya
que el proceso de estigmatización se configura en función de los estatus
interseccionales descritos previamente. Los factores moderadores permiten
comprender cuándo, para quién y bajo qué circunstancias el estigma
produce determinados efectos en la vida de las personas que usan drogas.

Como se ha señalado a lo largo del texto, el estigma no se produce en el


vacío, sino que se sitúa en contextos históricos y socioculturales específicos.
Estos contextos configuran factores estructurales que influyen en las formas
de discriminación a las que se ven expuestas las PUD. Earnshaw (2020)
ilustra este aspecto al comparar las distintas políticas de drogas adoptadas
en diferentes países, mostrando cómo los desenlaces en la vida de las PUD
varían según las oportunidades y barreras que configuran sus entornos
sociales e institucionales.

En un sentido complementario, las experiencias de estigma también se


configuran a partir de la identidad individual. Es decir, la manera en que se
produce y se experimenta la estigmatización depende de la posición que
ocupa la persona en distintos ejes identitarios, como la clase social, el
género, la raza, la identidad sexual o la pertenencia étnica. Asimismo, el
impacto del estigma puede variar según el grado de estigmatización social
asociado a estos atributos y según la centralidad que estos tengan en el
autoconcepto de la persona. En este sentido, el estigma no es un fenómeno
estático, sino que puede transformarse a medida que las personas
atraviesan distintos momentos de su trayectoria vital e identitaria.

Finalmente, Earnshaw (2020) destaca la importancia de los recursos de


resiliencia como factores que pueden mitigar los efectos negativos del
estigma. Estos recursos pueden situarse en distintos niveles. A nivel
estructural, por ejemplo, se encuentran las políticas públicas orientadas a
sancionar la discriminación. A nivel interpersonal, el contacto entre

22
perceptores y personas estigmatizadas puede contribuir a reducir actitudes
prejuiciosas. Por su parte, a nivel individual se han identificado recursos
como el apoyo social y las estrategias adaptativas de afrontamiento, los
cuales pueden amortiguar el impacto del estigma en los desenlaces
asociados al consumo de sustancias.

Desenlaces del estigma en el uso de sustancias psicoactivas

El último componente de este modelo teórico describe los posibles


desenlaces asociados al uso de sustancias psicoactivas, considerando los
procesos de estigmatización abordados previamente. En primer lugar, el
estigma puede influir en los patrones de consumo, favoreciendo trayectorias
de uso de mayor o menor riesgo. Asimismo, puede afectar el curso de los
trastornos por uso de sustancias (TUS), incluyendo aspectos como el
diagnóstico, la decisión de buscar tratamiento, la adherencia a los
programas terapéuticos, el acceso a medicación cuando esta es necesaria y
los procesos de recuperación.

Más allá de estos aspectos, la literatura ha documentado diversos efectos del


estigma hacia las PUD en distintos ámbitos de la vida (Santos da Silveira et
al., 2018; Lloyd, 2012; McNeil, 2021; Wogen & Restrepo, 2020; Livingston et al.,
2012). En el plano de la salud mental, el estigma se asocia con sentimientos
de devaluación personal, inutilidad y deterioro de la autoestima y la
autoeficacia. A pesar de la elevada prevalencia de patología dual en esta
población, persisten importantes barreras para el acceso a servicios de salud
mental.

En términos de bienestar y calidad de vida, la estigmatización se traduce


con frecuencia en experiencias de atención en salud de menor calidad, lo
cual se relaciona con peores desenlaces clínicos, reducción en la expectativa
de vida y deterioro global del bienestar. Asimismo, el estigma se ha asociado
con trayectorias educativas interrumpidas y mayores niveles de desempleo
entre las PUD.

23
El estigma también impacta las redes de apoyo social. En muchos casos,
constituye un obstáculo para la búsqueda de apoyo y favorece procesos de
aislamiento y exclusión de espacios de interacción social. Estas dinámicas
afectan directamente las oportunidades de recuperación, dado que el apoyo
social es un factor reconocido de protección en el tratamiento de los TUS.

En relación con el tratamiento, el estigma influye tanto en el diseño de los


programas como en la relación de las PUD con estos. Por un lado, puede
favorecer la implementación de intervenciones basadas en la coerción, el
castigo o el trato degradante. Por otro, contribuye a la internalización de
identidades centradas exclusivamente en el consumo, lo que puede
obstaculizar los procesos de recuperación. En consecuencia, el estigma se
ha relacionado con dificultades para tomar la decisión de buscar
tratamiento, menor adherencia terapéutica, intensificación de los síntomas,
mayor participación en conductas de riesgo —como el uso compartido de
material de inyección— y mayores barreras para acceder a tratamientos
basados en agonistas opioides.

A nivel estructural, el estigma también se manifiesta en la vida civil de las


PUD, incrementando su exposición a sistemas de justicia penal, procesos de
empobrecimiento, restricciones en el ejercicio de derechos civiles y
dinámicas de marginalización social. Finalmente, el estigma tiene
implicaciones en el ámbito de la política pública. La persistencia de
narrativas estigmatizantes en el debate público contribuye a la limitada
asignación de recursos destinados a la atención de las PUD y a la
investigación sobre el fenómeno, lo que a su vez refuerza la precarización de
sus condiciones de vida.

En conjunto, este modelo ofrece una perspectiva más amplia sobre los
desenlaces asociados al consumo de sustancias, alejándose de
interpretaciones exclusivamente biomédicas o moralizantes. Desde esta
aproximación, el uso de drogas se comprende como un fenómeno situado
en contextos sociales específicos, donde las estructuras de estigmatización

24
influyen de manera significativa en las trayectorias de vida y en los
desenlaces en salud de las personas que usan drogas.

¿Cómo intervenir la estigmatización hacia las PUD?

La literatura ha identificado diversas estrategias orientadas a reducir el


estigma hacia las personas que usan drogas. Earnshaw (2020) señala
algunos elementos clave al destacar el papel de los recursos de resiliencia,
entre los que se incluyen el desarrollo de políticas públicas orientadas a
reducir la discriminación, la aplicación de la teoría del contacto y el
fortalecimiento de estrategias de afrontamiento adaptativas. Sin embargo,
otro componente central en las intervenciones contra el estigma es la
información, ya que muchas formas de estigmatización se sostienen en la
sobregeneralización y en la circulación de conocimientos imprecisos sobre
el uso de sustancias (Livingston et al., 2012). En este sentido, las
intervenciones dirigidas a reducir el estigma suelen articularse alrededor de
dos estrategias principales: el contacto y la educación.

En primer lugar, el contacto con personas que usan drogas ha sido


reconocido como un factor que puede reducir el estigma público. Este
contacto puede ocurrir tanto en contextos clínicos como en la vida
cotidiana. Por ejemplo, dentro de la práctica clínica se ha observado que el
contacto directo con pacientes que presentan trastornos por uso de
sustancias puede contribuir a disminuir actitudes estigmatizantes entre los
profesionales de la salud (van Boekel et al., 2013). De manera similar, estudios
en población general han encontrado que las personas que han tenido
experiencias de interacción con PUD tienden a expresar menores niveles de
prejuicio y distancia social (Kulesza et al., 2013; Palamar et al., 2012).

Estos hallazgos se sustentan en la teoría del contacto intergrupal, la cual


plantea que el aumento de interacciones entre miembros de distintos
grupos sociales puede contribuir a reducir el prejuicio. De acuerdo con esta
teoría, las experiencias de contacto interpersonal con miembros de un
grupo estigmatizado pueden modificar percepciones y actitudes negativas
25
hacia dicho grupo. Aunque originalmente fue desarrollada para analizar las
relaciones entre grupos definidos por su origen racial o étnico, esta teoría ha
sido posteriormente aplicada a otros contextos de estigmatización
(Pettigrew & Tropp, 2006). De hecho, los resultados meta-analíticos
reportados por estos autores muestran que el contacto intergrupal produce
reducciones significativas en el prejuicio, incluso hacia miembros del grupo
estigmatizado con quienes no se ha tenido contacto directo.

En el caso específico del estigma hacia las PUD, diversas investigaciones han
evaluado intervenciones basadas en el contacto. Una revisión de la literatura
identifica este enfoque como una de las estrategias más utilizadas para
reducir la estigmatización. En general, estas intervenciones buscan generar
espacios de interacción interpersonal positiva entre perceptores y personas
que usan drogas, con el objetivo de disminuir el deseo de distancia social y
cuestionar los estereotipos asociados al consumo de sustancias (Tostes et al.,
2020).

En segundo lugar, las estrategias educativas también han mostrado


resultados prometedores en la reducción del estigma. Estas intervenciones
parten de la premisa de que muchas actitudes estigmatizantes se sostienen
en la desinformación o en interpretaciones simplificadas sobre el consumo
de drogas. Por ejemplo, un estudio realizado por Palamar (2013) en
población general estadounidense encontró que las personas que
expresaban mayores niveles de estigmatización tendían a mostrar menor
conocimiento sobre las diferencias entre sustancias psicoactivas y sobre los
riesgos asociados a su consumo.

En esta misma línea, se ha observado que adoptar una perspectiva


esencialista sobre los trastornos por uso de sustancias —es decir, concebirlos
como una condición fija, intrínseca e inmutable del individuo— se asocia
con mayores niveles de estigma público y con una menor aceptación de
intervenciones basadas en evidencia (Siddiqui & Rutherford, 2023). Frente a
ello, las intervenciones educativas buscan ofrecer información basada en

26
evidencia que permita comprender el consumo de sustancias desde una
perspectiva más compleja. Livingston y colaboradores (2012), por ejemplo,
encontraron que los programas educativos dirigidos a estudiantes de
medicina sobre el uso de sustancias psicoactivas pueden contribuir a
disminuir actitudes estigmatizantes hacia las PUD.

En conjunto, las estrategias basadas en el contacto y la educación buscan


cuestionar las narrativas simplificadas que sustentan el estigma hacia las
personas que usan drogas. Mientras que el contacto interpersonal puede
humanizar al grupo estigmatizado y reducir la distancia social, la educación
permite desmontar estereotipos e información imprecisa que tiende a
moralizar y homogenizar el uso de sustancias. Desde esta perspectiva,
ambos enfoques resultan coherentes con los marcos teóricos del estigma,
en la medida en que apuntan a debilitar los procesos de etiquetamiento,
estereotipificación y exclusión que sostienen la estigmatización hacia las
PUD.

El papel de la reducción de riesgos y daños en la transformación del


estigma hacia las PUD

Una alternativa que integra los componentes de contacto y educación en la


reducción del estigma es el enfoque de reducción de riesgos y daños. En
términos generales, la reducción de riesgos y daños —conocida en inglés
como harm reduction— reúne un conjunto de intervenciones orientadas a
disminuir las consecuencias negativas asociadas a conductas de riesgo para
la salud, sin exigir necesariamente la suspensión de dichas conductas (Hawk
et al., 2017).

En el campo del consumo de drogas, este enfoque promueve


intervenciones centradas en las personas, basadas en el reconocimiento de
sus derechos y en una perspectiva interseccional. Su objetivo es disminuir
los daños asociados al uso de sustancias psicoactivas mediante servicios
accesibles, no punitivos y libres de juicio moral, muchos de los cuales se
desarrollan en el ámbito comunitario (Harm Reduction International, 2020).
27
La reducción de riesgos y daños ha cuestionado las políticas públicas, los
enfoques teóricos y los programas de tratamiento basados exclusivamente
en la búsqueda de la abstinencia, posicionándose como una alternativa o
complemento a dichos modelos (Marlatt, 1996). Más allá de su dimensión
clínica o preventiva, este enfoque también se ha consolidado como un
movimiento vinculado a la justicia social y a la reivindicación de los derechos
de las personas que usan drogas (Ramprashad et al., 2022). En este sentido,
la reducción de daños contribuye a cuestionar las narrativas y estructuras
sociales que sostienen el estigma hacia esta población, particularmente
aquellas basadas en el castigo moral y la exclusión social.

Desde una perspectiva epistemológica, la reducción de riesgos y daños


propone una comprensión del consumo de drogas que se distancia de
visiones exclusivamente esencialistas, neurobiológicas o moralizantes del
fenómeno. En su lugar, plantea un enfoque que reconoce la complejidad
social, cultural y política del uso de sustancias. Este marco se articula a partir
de una serie de principios orientadores (véase tabla 3), los cuales buscan
situar a las personas que usan drogas en el centro de las intervenciones,
reconociendo su agencia, su dignidad y su capacidad para tomar decisiones
informadas sobre su propio bienestar.

28
Tabla 3. Principios de la reducción de riesgos y daños.

Fuente: Elaboración propia basada en Ramprashad et al. (2022) y Hawk et


al. (2017).

29
Estos principios permiten replantear la forma en que se interpreta el
consumo de sustancias psicoactivas, promoviendo una aproximación que
prioriza la salud, el bienestar y la calidad de vida de las personas. Desde esta
perspectiva, las PUD dejan de ser concebidas exclusivamente como sujetos
de control o sanción moral, para ser reconocidas como actores sociales con
derechos y necesidades legítimas.

La filosofía de la reducción de riesgos y daños se materializa en


intervenciones específicas orientadas a disminuir los daños asociados al
consumo. Entre estas se encuentran los programas de suministro de
jeringas y agujas, la distribución comunitaria de naloxona para la prevención
de sobredosis, la disponibilidad de tratamientos como la terapia con
agonistas opioides y la implementación de salas de consumo supervisado
(Harm Reduction International, 2020). En el ámbito preventivo, también se
incluyen estrategias como el testeo de sustancias y la divulgación de
información basada en evidencia sobre consumo más seguro (Harm
Reduction International, 2025).

Para los fines de este trabajo, resulta particularmente relevante destacar dos
componentes de este enfoque que pueden contribuir a la transformación
del estigma: la participación de pares con experiencia vivida de consumo y
la divulgación de información basada en evidencia.

En primer lugar, la reducción de riesgos y daños se distancia de


aproximaciones paternalistas al reconocer que las propias personas que
usan drogas desempeñan un papel central en el diseño, implementación y
sostenimiento de muchas intervenciones. La participación de pares con
experiencia vivida ha sido, de hecho, uno de los rasgos distintivos de este
enfoque (Brown et al., 2019; Harm Reduction International, 2026). Este tipo
de participación fortalece la comprensión de las dinámicas sociales que
rodean el uso de sustancias y mejora la pertinencia de las estrategias de
investigación e intervención. Asimismo, el trabajo colaborativo entre
personas que usan drogas y otros actores institucionales puede contribuir a

30
reducir la estigmatización, al generar interacciones que cuestionan los
estereotipos negativos, en línea con los postulados de la teoría del contacto.

En segundo lugar, la reducción de riesgos y daños ha mantenido, desde sus


orígenes, un compromiso explícito con la generación y difusión de
información basada en evidencia científica (Marlatt, 1996). Diversas
organizaciones dedicadas a este enfoque —como Energy Control en España,
DanceSafe en Estados Unidos o Acción Técnica Social en Colombia—
desarrollan estrategias orientadas a ofrecer información accesible y rigurosa
sobre sustancias psicoactivas y sobre prácticas de consumo más seguro.
Estas iniciativas pueden contribuir a disminuir la estigmatización al
cuestionar mitos ampliamente difundidos sobre las drogas y las personas
que las consumen, así como al debilitar las narrativas de pánico moral que
han justificado históricamente la exclusión de esta población.

No obstante, la reducción de riesgos y daños tampoco está exenta de


procesos de estigmatización. Wild y colaboradores (2021) plantearon la
hipótesis de que las personas que expresan mayores niveles de estigma
hacia quienes consumen drogas tienden a mostrar menor respaldo público
hacia las estrategias de reducción de daños. Sus resultados no solo
respaldan esta hipótesis, sino que también muestran que
aproximadamente dos tercios de la población encuestada manifestaban
apoyo hacia este enfoque y hacia varias de sus intervenciones específicas.
Además, encontraron que la familiaridad personal con personas que usan
drogas se asociaba con un mayor respaldo hacia las estrategias de
reducción de daños, lo cual vuelve a resaltar la relevancia del contacto
interpersonal en la reducción del estigma.

En conjunto, los principios y prácticas de la reducción de riesgos y daños se


alinean con el llamado de Earnshaw (2020) a desarrollar políticas públicas
orientadas a transformar el estigma estructural hacia las personas que usan
drogas. En efecto, una de las metas centrales de organizaciones como Harm
Reduction International (2025) consiste en promover políticas de drogas que

31
protejan la salud y el bienestar de las personas que usan sustancias y de sus
comunidades, contribuyendo así a reducir las formas de discriminación que
históricamente han afectado a esta población.

Conclusiones

Hablar del estigma hacia las personas que usan drogas (PUD) no implica
únicamente abordar el fenómeno del consumo de sustancias psicoactivas,
sino también reflexionar sobre cuestiones más amplias relacionadas con la
justicia social, la interseccionalidad y las estructuras de poder que atraviesan
a estas poblaciones. Abrir la conversación sobre estos temas puede resultar
disruptivo, pero es especialmente relevante en contextos políticos y sociales
en los que persisten discursos que refuerzan la discriminación hacia
poblaciones históricamente marginadas.

Las dificultades que enfrentan las PUD no se derivan exclusivamente del


consumo de sustancias, sino también de los significados sociales asociados
a este comportamiento, de la carga moral que se le atribuye y de las
sanciones sociales que se ejercen sobre quienes consumen. El estigma
hacia las PUD se manifiesta de forma sistemática y se intensifica cuando el
consumo se intersecta con otros ejes de desigualdad como la clase social, el
género, la identidad sexual, la raza o la pertenencia étnica. Ampliar la
comprensión de este fenómeno implica reconocer que el uso de sustancias
no ocurre en el vacío, sino en contextos sociales e institucionales que
influyen tanto en las experiencias de consumo como en las respuestas
sociales frente a ellas. En este sentido, las respuestas al consumo de
sustancias deben trascender el enfoque exclusivamente biomédico e
incorporar dimensiones sociales, políticas y culturales.

Si bien la transformación del estigma requiere cambios estructurales en las


políticas públicas, en los sistemas de salud y en las narrativas sociales sobre
el consumo de drogas, también es posible intervenir este fenómeno en
distintos niveles. La revisión crítica de estereotipos, el uso de un lenguaje
menos estigmatizante y la promoción de narrativas basadas en evidencia
32
constituyen pasos importantes en la reducción de la discriminación hacia
esta población.

En este marco, las estrategias basadas en el contacto, la educación y la


reducción de riesgos y daños representan aproximaciones concretas y
respaldadas por la evidencia para intervenir el estigma. Avanzar hacia
políticas y prácticas que reconozcan a las PUD como sujetos de derechos —y
no como individuos desviados del orden social— resulta fundamental para
transformar las condiciones que perpetúan la discriminación y para
promover respuestas más justas, humanas y efectivas frente al consumo de
sustancias.

33
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