Pero las cosas no siempre salen como uno quiere.
Se acercaban finales del año 2010, cuando el profesor del equipo juvenil de los Leones FC nos
dijo que ascenderían a dos jugadores al primer equipo. Como el mejor jugador del grupo, era
un hecho que yo sería uno de los ascendidos.
Esa misma tarde el profesor se me acercó y me dijo que la siguiente temporada firmaría un
contrato profesional con el primer equipo de los Leones FC.
Un contrato profesional significaba un sueldo mínimo de mil dólares semanales. De repente
empezaría a ganar más dinero que mi padre, y si todo salía bien, en unos años como mínimo
ganaría decenas de miles semanales. Estaba ante la puerta de salida de la pobreza.
De camino a casa no podía borrar la sonrisa de mi rostro.
—¿Por qué tan feliz?
Cerca de mi casa se me acercó un amigo de la infancia, nos conocemos desde que tengo uso
de razón. Últimamente andaba vestido con ropa de marcas famosas; circulaban rumores de
que había pasado la prueba para ingresar a una banda y que ahora ganaba mucho dinero.
Ahora se hacía llamar La Pepa.
—Jeje, el próximo año firmaré profesionalmente con los Leones.
Orgullosamente le conté mi buena noticia.
La Pepa hizo una pequeña pausa, antes de sonreír brillantemente y darme un fuerte abrazo
para luego decir:
—Así que tendremos otro millonario en el barrio, jejeje. Felicidades, espero verte muy pronto
representando a la selección nacional.
—Es muy pronto para pensar en eso, primero tengo que ganarme un puesto de titular en los
Leones. Por cierto, ¿por qué dijiste otro millonario? ¿Dónde hay ya un millonario que yo no me
he enterado?
Al escuchar mi pregunta, La Pepa sonrió brillantemente, me tomó del cuello y me llevó hacia
una esquina. Entonces, al momento siguiente:
—Mira esto, esto es lo que me gané solo esta semana. Cuando me haga un nombre y suba de
rango, entonces tendré dinero y mujeres a montones.
La Pepa me mostró un pequeño bolso que contenía varios fajos de billetes de cien. ¿Tal vez
habría más de diez mil dólares allí? Pues tal vez. Solo que mi corazón se aceleró
repentinamente: era la primera vez que veía tanto dinero en mi vida.
—¿Cómo podría ganarse tanto dinero en solo unos días?
—No tienes que saber los detalles, no te preocupes. En unos años ganarás mucho más que
esto. Toma un poco como regalo de graduación, me enteré de que la otra semana te gradúas.
Yo tengo que ir a un viaje de negocios, así que te doy tu regalo adelantado. Con esto puedes
llevar a tu novia al cine y luego a un motel y ser un hombre de verdad.
La Pepa apartó unos cuantos billetes de cien y me los dio como regalo. Al contarlos me di
cuenta de que había seiscientos dólares. Entonces me dio un fuerte abrazo y tomó su rumbo,
mientras yo me quedé allí sin saber qué pensar.
Por un pequeño momento me quedé fascinado con la vida que llevaba La Pepa, pero
rápidamente volví en mí. Esta no era la vida que quería. Estoy seguro de que si me metía en
esa vida, mi padre me mataría primero para luego matarse él mismo.
Así el 2010 llegó a su fin, y a inicios del 2011 tuvimos una ceremonia de graduación. Yo era
libre de decidir qué quería para mí por primera vez. Mi madre me recomendó ir a la
universidad, y mi padre me dijo que era mejor que fuera a trabajar con él.
Fue allí donde solté mi carta de triunfo:
—El entrenador me recomendó para el primer equipo. En la siguiente semana firmaré un
contrato profesional con los Leones. Tendré un salario semanal de mil cien dólares.
—¡Eso es genial! Mi hijo será una gran estrella del fútbol, pronto podré verte en televisión.
Mi madre me dio un fuerte abrazo, mientras las lágrimas de felicidad salían de sus ojos.
—Bien entonces, ahora que has decidido lo que harás, espero que no te arrepientas y des lo
mejor de ti mismo.
Mi padre trató de poner una cara seria, pero se le notó una pequeña sonrisa de esas que es
rara de ver en él. Su gran pasión siempre ha sido el fútbol, por lo que debía de estar muy
orgulloso de mí.
Luego de eso salí unos días con mi novia. Su nombre era Corina Gallardo, me la presentó un
compañero del equipo juvenil, Andrés, ella era su hermana menor.
Andrés tenía ahora veintitrés años. Si no lograba ascender al primer equipo, su carrera como
futbolista profesional terminaría allí. Según su nivel de juego, esta vez tenía grandes chances
de conseguir el otro cupo para el primer equipo, pero ocurrió un imprevisto para él.
Un par de semanas antes, un jugador del primer equipo recomendó a su primo al equipo
juvenil. Saltándose todo el proceso, entró como candidato para ascender también. Esto es una
práctica muy común, y los entrenadores lo permiten. Generalmente los familiares de jugadores
tienen un buen nivel, por lo tanto muy seguramente obtendría un cupo al primer equipo.
Así que se suponía que Andrés disputaría el último cupo conmigo, pero el entrenador ya me
había recomendado a mí. Por lo tanto, Andrés muy probablemente terminaría su carrera como
futbolista.
Entonces, después de una grandiosa tarde con Corina, ella me preguntó si había conseguido
ascender al primer equipo. Con gran pesar le dije que sí.
Ella muy felizmente me felicitó, y continuamos nuestros días juntos, hasta que de repente,
después de hacer una llamada a su casa, se fue a toda prisa alegando que tenía algo urgente
que resolver.
Aunque un poco apenado por interrumpir nuestros días juntos, la entendí y volví también. Así
llegó el último juego de la temporada en el equipo juvenil.
Antes de empezar el juego, Andrés se me acercó con dos pequeñas botellas de agua y me
pasó una:
—Toma, mi tía la trajo de España. Dice que es agua premium de súper alta calidad. Cada una
de estas pequeñas botellas cuesta cincuenta dólares. Como tu mejor amigo te traje una de las
dos que me dio, así que más vale que la tomes toda y no le des a nadie, o me arrepentiría de
dártela.
—¿Oh, en serio? Entonces tendré que saborearla muy bien.
Sin prestarle atención al detalle de por qué la botella me la dio ya abierta, me la bebí de una
sola vez.
Al entrar al campo de fútbol, empecé de repente a sentir una gran excitación, muy ansioso de
que empezara el juego. Me sentía en gran forma. Al final del partido marqué seis goles, una
cantidad sin precedentes.
Antes de entrar al camerino, fui llamado por el entrenador. El personal de la federación
nacional de fútbol estaba allí y me tocaba hacer las pruebas de control antidopaje. De buena
gana saqué la muestra de orina. Entonces se me acercó uno del grupo y me dio una carta.
Era una invitación para representar a la selección nacional juvenil en un torneo sudamericano.
Me olvidé de celebrar la victoria con mis compañeros y corrí a casa a contarle la buena noticia
a mis padres.
Tal vez ese fue el tiempo más feliz de mi vida.
Una semana después, justo cuando se acercaba la firma del contrato, llegó una notificación al
club. En ella se me suspendía por dos años, sin posibilidad de jugar profesionalmente. La
prueba de control antidopaje dio positivo para cocaína.
El entrenador del equipo juvenil vino personalmente a darme la noticia. Al escuchar esto, a mi
padre le dio un infarto. Estuvo un par de días en el hospital y no pudo resistir, entonces murió.
Pensándolo bien, yo creo que mi padre perdió el deseo de vivir al enterarse de que su hijo, del
cual estaba más orgulloso, de repente se había convertido en un drogadicto.
De un momento a otro, cuando todo parecía ir bien, todo mi mundo se vino abajo. Todo el
futuro brillante que se veía venir de repente se convirtió en una noche sin luna y sin estrellas.
Solo había un abismo de oscuridad sin fin.