Introducción a la cuestión de las psicosis
(Seminario 3 - Jacques Lacan)
Este texto pertenece al inicio del Seminario 3 de Lacan, titulado 'Las psicosis' (1955-1956). En
esta clase, Lacan comienza a desarrollar su lectura estructural de la psicosis, diferenciándola
radicalmente de la neurosis y marcando una distancia con la psiquiatría clásica.
Como ha dicho muchas veces antes, Lacan propone una vuelta Freud y plantea que ya en su
época esta traza “una división de las aguas”, por un lado la paranoia y por otro lado lo que
denomina como parafrenias, lo que corresponde al campo de la esquizofrenia. Así para Freud,
dice Lacan, el campo de las psicosis se divide en dos: esquizofrenia y paranoia.
En este texto, Lacan cuestiona el enfoque descriptivo y biologicista de la psiquiatría, que se
enfoca en síntomas y clasificaciones sin atender a la estructura subjetiva. Para Lacan, la psicosis
debe entenderse como una estructura clínica específica que se define por el modo en que el
sujeto se relaciona con el lenguaje y el Otro. Hace referencia así que el aporte de la disciplina
del psicoanálisis tiene que ver con “restituir el sentido en la cadena de los fenómenos”, pero
agrega que lo erróneo es creer que el sentido es aquello que se comprende.
Comprender a los enfermos es un puro espejismo, planteará. Y para ello explica, tomando la
psicopatología de Jaspers, que la noción de comprensión tiene que ver con pensar que hay
cosas que son obvias, y agrega como ejemplo que un sujeto puede estar triste por no tener lo
que anhela: y nada más falso, dirá, pues “hay personas que tienen todo lo que anhelan y están
tristes de todos modos”.
¿Y por qué Lacan hace referencia a esto? Pues porque advierte que la psicogénesis sostenida
por la psiquiatría de la época se basa en esta ilusión de la noción de comprensión de Jaspers,
que según refiere Lacan “presenta una gran variedad de secuencias que son descuidadas”, es
decir que el sujeto puede responder a un suceso de muchas maneras. Y eso es lo que no se
puede captar en la comprensión.
El gran secreto, así, del psicoanálisis es “que no hay psicogénesis”:
“lo psicológico, si intentamos ceñirlo de cerca, es lo etológico, el conjunto de los comportamientos
del individuo, biológicamente hablando, en sus relaciones con su entorno natural”.
Y lo más elemental, vuelve a insistir, para comprender cualquier cosa de la experiencia analítica
es: lo simbólico, lo imaginario y lo real.
Se pregunta: “¿Qué diferencia hay entre lo que es del orden imaginario o real y lo que es del
orden simbólico?. En el orden imaginario, o real, siempre hay un más y un menos, un umbral, un
margen, una continuidad. En el orden simbólico todo elemento vale en tanto opuesto a otro”. Es
decir, en los registros imaginario y real las diferencias se dan por grados, por matices, hay una
especie de continuidad, un “mas o menos”. Así en lo imaginario, ligado a lo corporal, podemos
ser más o menos atractivos, o más o menos parecidos. En lo real hay cuerpo, biología, y algo
duele más o menos, se siente más o menos. Ahora bien, en lo simbólico, en cambio, no hay
“más o menos”, sino que funciona por diferencias absolutas. Un significante funciona por lo que
no es. “Padre” no es “madre”, “si” no es “no”, es decir, que cada termino tiene un sentido porque
hay otro que no es el.
Pensemos en el siguiente ejemplo dado por Lacan: el relato de un psicótico sobre el mundo
extraño que habita, donde todo se ha vuelto signo. Si un auto rojo pasa por la calle en ese
momento tiene un significación. En otros tiempos esa significación podría haber sido biologicista
y pensar que puede tratarse de un daltónico que confunde el color verde con el rojo. O bien
podemos pensar, propone Lacan, al auto rojo en el orden simbólico, es decir qué significado
tiene ese color rojo en el mundo de este paciente como parte de un lenguaje ya organizado.
Freud hace esto como el Caso Schreber. “Una genialidad” dirá Lacan, pues “ve aparecer varias
veces en un texto el mismo signo, parte de la idea de que debe querer decir algo…”. Y esto es
lo que el análisis simbólico del caso demuestra, que solo a través de lo simbólico es que puede
penetrarse.
Traduciendo a Freud: “el inconciente es un lenguaje”. Y el psicótico ignora la lengua que habla,
dirá Lacan. ¿Qué significa esto? Que el inconciente que esta ahí, queda excluido para el sujeto.
En lo inconciente no está tan solo lo reprimido, aquello desconocido por el sujeto, sino que
también puede faltar (Verwerfung). Puede suceder, así, que un sujeto rehúse, en su mundo
simbólico, algo que experimento y que Freud denominará como la amenaza de castración. Pero
Lacan no solo se pregunta por esto, sino también sobre porque eso excluido aparece en lo real.
Ahora bien, Lacan dirá que lo reprimido siempre está ahí, y se expresa, a través de los síntomas
por ejemplo. Pero que, en cambio, aquello que cae en la Verwerfung, reaparece en lo real: “Lo
que es rehusado en el orden simbólico, vuelve a surgir en lo real”. Y lo importante de esto es
entender como esto que aparece en lo real, el delirio o la alucinación, son intentos de sutura del
agujero simbólico.
Y esta es la diferencia más elemental entre psicosis y neurosis, que Lacan plantea en este
escrito. El retorno de lo reprimido en la psicosis se da en lo real, mientras que en la neurosis lo
reprimido retorna en lo simbólico.
Ahora bien, hay una relación entre lo rehusado y la alucinación. Entre la Verwerfung y la
alucinación, o sea, la reaparición en lo real de lo rehusado por el sujeto. Pues lo que está en
juego en el proceso alucinatorio no es otra cosa que la historia del sujeto en lo simbólico. Las
alucinaciones no son simplemente ruido, sino que están cargadas de un sentido para ese sujeto.
Y en el momento en que aparece en lo real, el sujeto literalmente habla con su yo. Hay una voz
que le habla (alucinación) que la escucha desde el exterior, aunque en si se trata de un mensaje
del propio sujeto pero desajustado, deslocalizado. Adelantándonos un poco diremos que falta el
significante clave que ordena el mundo simbólico del sujeto, ese es el significante forcluido,
rehusado que retorna en lo real. Entonces el sujeto se encuentra hablándose a si mismo, pero
ya no es un “yo” del imaginario (como en la neurosis), sino algo que aparece fuera de sí, en lo
real. Así, cuando un significante forcluido irrumpe en lo real, el sujeto no tiene recursos simbólicos
para situarlo y darle un sentido. Entonces recurre a lo imaginario para “tramitarlo”.
Y aquí es donde se da una confusión en el plano imaginario y el plano real. La relación simbólica
no queda eliminada, pues el sujeto sigue hablando dirá Lacan.
Pensemos esto último en un ejemplo:
Un sujeto se presenta diciendo que él sabe que lo persiguen, que escuchan sus
pensamientos y que por ello evita utilizar cualquier tipo de aparato electrónico, sabe que
quieren secuestras sus pensamientos.
Hay una voz que se escucha en lo real, con toda su ajenidad y fuerza, es impuesta e invasiva
(real). Esa voz le dice algo al sujeto, pero en verdad esa voz proviene de la propia historia del
sujeto (simbólico), pero como no puede representarla simbólicamente, aparece en lo real. Así el
sujeto construye una imagen, una escena, una explicación: “es la CIA que me quiere controlar
con un chip” (imaginario).
Así se produce una confusión de registros, pues repetimos, lo que debería ser simbolizado,
retorna en lo real y el sujeto para darle forma, lo imagina, lo pone en una escena.