El artículo 103 regula uno de los momentos estructurales del procedimiento
administrativo: su inicio, entendido no solo como un acto formal, sino como el punto de
activación de la función administrativa. En efecto, el procedimiento se configura como una
secuencia ordenada de actos jurídicos que buscan culminar en una decisión administrativa
válida, y su inicio delimita tanto el objeto como el alcance de la actuación estatal.
Desde una perspectiva doctrinaria, la iniciación del procedimiento cumple una doble
función: habilitante y delimitadora. Es habilitante porque pone en marcha la potestad
administrativa; y es delimitadora porque fija los contornos dentro de los cuales la
Administración puede actuar. En este sentido, Juan Carlos Morón Urbina sostiene que el
inicio del procedimiento no es un acto neutro, sino un acto que “condiciona la validez de
todo el iter procedimental posterior, en tanto define competencia, objeto y finalidad del
procedimiento” (Morón Urbina, 2019).
El artículo reconoce dos formas clásicas de iniciación:
1. Inicio de oficio
Se produce cuando la propia Administración activa el procedimiento en ejercicio de
sus funciones de control, fiscalización o tutela del interés público. Este tipo de inicio
responde al principio de oficialidad, que implica que la Administración no puede
permanecer inactiva frente a situaciones que comprometan el interés general.
Al respecto, Eduardo García de Enterría y Tomás-Ramón Fernández destacan que el
impulso de oficio es característico de procedimientos sancionadores o de control, donde la
Administración actúa como garante del orden jurídico, sin necesidad de estímulo externo
(García de Enterría & Fernández, 2017).
2. Inicio a instancia de parte
Aquí el procedimiento se activa por iniciativa del administrado, generalmente
mediante una solicitud o petición. Este modelo responde al principio de rogación, según el
cual la Administración requiere una manifestación expresa del interesado para actuar,
especialmente en procedimientos destinados al reconocimiento de derechos o al
otorgamiento de beneficios.
En esta línea, Agustín Gordillo señala que “la petición del administrado constituye
un presupuesto indispensable en los procedimientos donde se pretende la obtención de una
situación jurídica favorable” (Gordillo, 2013), lo que evidencia el carácter garantista de este
tipo de iniciación.
3. Inicio mixto
El artículo también admite procedimientos que pueden iniciarse tanto de oficio
como a instancia de parte. Esta categoría refleja una visión moderna del Derecho
Administrativo, en la que se reconoce la participación activa del ciudadano en la gestión
pública.
Desde esta perspectiva, la iniciación del procedimiento no es solo una cuestión
técnica, sino también una manifestación del principio democrático y participativo en la
Administración Pública. Como indica Luciano Parejo Alfonso, el procedimiento
administrativo “se configura como un espacio de interacción entre Administración y
administrado, donde ambos pueden impulsar la actuación administrativa según la
naturaleza del interés comprometido” (Parejo Alfonso, 2011).
ARTICULO 104
El inicio de oficio del procedimiento administrativo, regulado en el artículo 104 del
TUO de la Ley N.º 27444, constituye una manifestación directa del principio de oficialidad,
en virtud del cual la Administración Pública no solo se encuentra facultada, sino obligada a
actuar cuando el interés público así lo exige, sin necesidad de que medie una solicitud del
administrado. En este sentido, el procedimiento de oficio se configura como un instrumento
esencial de la función administrativa activa, permitiendo a las autoridades desplegar
actuaciones de fiscalización, investigación, control y sanción orientadas a garantizar la
vigencia del ordenamiento jurídico. Como sostiene Juan Carlos Morón Urbina, el
procedimiento de oficio responde a la necesidad de asegurar la eficacia del sistema
jurídico-administrativo, en tanto habilita a la Administración a intervenir incluso en
ausencia de impulso externo, siempre que dicha actuación se encuentre debidamente
justificada en el interés general (Morón Urbina, 2020, pp. 620–635).
Ahora bien, el ejercicio de esta potestad no es irrestricto, ya que la norma establece
que el inicio de oficio debe sustentarse en una disposición de autoridad superior, en el
cumplimiento de un deber legal o en el mérito de una denuncia, lo que evidencia que la
actuación administrativa se encuentra sujeta a los principios de legalidad y motivación. En
consecuencia, la Administración no puede iniciar procedimientos de manera arbitraria, sino
que debe justificar objetiva y razonablemente su intervención. En esta línea, Agustín
Gordillo señala que toda actuación administrativa requiere una causa legítima que la
sustente, siendo la motivación un elemento esencial para la validez del acto administrativo,
pues su ausencia puede generar nulidad por arbitrariedad (Gordillo, 2013, pp. 55–65). Este
planteamiento refuerza la idea de que el inicio de oficio debe responder a criterios de
razonabilidad y proporcionalidad, en concordancia con el Estado constitucional de derecho.
Desde el punto de vista de su naturaleza jurídica, el acto que dispone el inicio de un
procedimiento de oficio constituye un acto de trámite interno, cuya finalidad es activar la
competencia de la Administración, sin producir por sí mismo efectos jurídicos directos
sobre los administrados. Por ello, la doctrina coincide en que dicho acto no es impugnable
de manera autónoma, salvo que incorpore medidas que afecten derechos subjetivos, como
podría ocurrir con la adopción de medidas cautelares. En ese sentido, Morón Urbina precisa
que el acto de iniciación no resuelve el fondo del asunto ni genera por sí mismo una
situación jurídica desfavorable, razón por la cual no puede ser objeto de recursos
administrativos independientes (Morón Urbina, 2020, pp. 628–630), lo que resulta
coherente con la teoría general de los actos administrativos que distingue entre actos
definitivos y actos de trámite.
No obstante, pese a su carácter no impugnable, la norma exige que el inicio del
procedimiento sea notificado a los administrados cuyos derechos o intereses puedan verse
afectados, lo cual constituye una garantía fundamental del debido procedimiento
administrativo. La notificación cumple una función preventiva y garantista, ya que permite
al administrado conocer oportunamente la existencia del procedimiento y ejercer su
derecho de defensa desde las etapas iniciales, evitando situaciones de indefensión o
decisiones sorpresivas. En la doctrina comparada, Eduardo García de Enterría y Tomás-
Ramón Fernández sostienen que la participación del administrado desde el inicio del
procedimiento constituye un elemento esencial para la legitimidad de la actuación
administrativa, en tanto asegura transparencia y control sobre el ejercicio del poder público
(García de Enterría & Fernández, 2017, pp. 510–515).
Sin embargo, el propio artículo contempla excepciones a la obligación de notificar
inmediatamente el inicio del procedimiento, las cuales responden a la necesidad de
equilibrar la eficacia de la actuación administrativa con las garantías del administrado. Así,
en los supuestos de fiscalización posterior vinculados a la presunción de veracidad, no se
requiere notificación previa, dado que el administrado debe prever razonablemente la
posibilidad de verificación por parte de la Administración. Asimismo, en casos de
información confidencial o de interés público, la notificación puede diferirse hasta que la
investigación haya alcanzado un grado suficiente de avance, evitando así que la
comunicación anticipada frustre los objetivos del procedimiento. Estas excepciones han
sido justificadas doctrinalmente como mecanismos necesarios para preservar la eficacia de
la función administrativa frente a posibles conductas evasivas.
Por otro lado, antes de la emisión del acto de inicio, la Administración puede
realizar actuaciones preliminares o indagaciones previas destinadas a verificar la existencia
de hechos que justifiquen su intervención, lo que constituye una manifestación del principio
de razonabilidad. Estas actuaciones permiten identificar las circunstancias del caso,
determinar la pertinencia del procedimiento y delimitar su alcance, evitando así el inicio de
procedimientos innecesarios o arbitrarios. En este contexto, Gordillo destaca que las
actuaciones preliminares cumplen una función esencial en la racionalización de la actividad
administrativa, ya que permiten adoptar decisiones informadas y proporcionales (Gordillo,
2013, pp. 60–65).
Finalmente, el inicio de oficio puede originarse a partir de diversas fuentes, como la
iniciativa propia de la autoridad competente, la orden de un superior jerárquico, la petición
razonada de otro órgano administrativo o la denuncia de un administrado. En este último
caso, es importante precisar que la denuncia no obliga automáticamente a la
Administración a iniciar el procedimiento, sino que constituye un elemento de valoración
que debe ser analizado en función de su mérito, lo que reafirma el carácter autónomo del
procedimiento de oficio. En consecuencia, esta institución refleja un equilibrio entre la
potestad de autotutela de la Administración y las garantías del administrado,
configurándose como una herramienta indispensable para la protección del interés público,
pero sujeta a límites derivados de los principios de legalidad, motivación y debido
procedimiento.
ARTICULO 106
El derecho de petición administrativa, regulado en el artículo 117 de la Ley N.º
27444, constituye una manifestación concreta de un derecho fundamental reconocido en el
artículo 2 inciso 20 de la Constitución Política del Perú, el cual garantiza a toda persona la
posibilidad de dirigirse por escrito a cualquier autoridad pública y obtener una respuesta
dentro del plazo legal. En este sentido, el derecho de petición no solo opera como un
mecanismo de acceso a la Administración Pública, sino también como un instrumento
esencial de participación ciudadana y control del poder, configurándose como un pilar del
Estado constitucional de derecho. Como señala Tribunal Constitucional del Perú, este
derecho posee un contenido esencial dual: por un lado, la facultad de formular peticiones
sin restricciones indebidas, y por otro, la correlativa obligación de la Administración de
emitir una respuesta expresa, motivada y dentro del plazo legal, bajo responsabilidad.
Desde una perspectiva doctrinaria, el derecho de petición administrativa presenta
una naturaleza jurídica mixta, en tanto puede responder tanto a intereses particulares
como a intereses generales. En el primer caso, se vincula con los derechos subjetivos del
administrado, permitiéndole solicitar el reconocimiento de una situación jurídica
individualizada; mientras que, en el segundo, adquiere una dimensión política, al permitir la
intervención del ciudadano en asuntos de interés público. En esta línea, Juan Carlos Morón
Urbina sostiene que el derecho de petición no se agota en la simple presentación de
solicitudes, sino que constituye una verdadera vía de comunicación institucional entre el
ciudadano y la Administración, orientada tanto a la satisfacción de intereses individuales
como al fortalecimiento de la participación democrática (Morón Urbina, 2020, pp. 640–
650).
El contenido esencial de este derecho se estructura en torno a dos elementos
fundamentales: la libertad de petición y la obligación de respuesta. La primera implica
que cualquier administrado puede presentar solicitudes sin trabas irrazonables, lo que
obliga a la Administración a facilitar los medios necesarios para su ejercicio, evitando
formalismos excesivos o barreras burocráticas. La segunda, en cambio, impone a la
autoridad el deber de admitir, tramitar y resolver la petición dentro del plazo legal,
emitiendo una respuesta debidamente motivada. En este punto, la doctrina es clara al
señalar que el derecho de petición no se satisface con cualquier respuesta, sino únicamente
con aquella que sea congruente, expresa y jurídicamente fundamentada. Así, Agustín
Gordillo advierte que la omisión de respuesta o la emisión de respuestas evasivas
constituyen una vulneración directa del derecho de petición, en tanto frustran su finalidad
esencial de obtener un pronunciamiento de la Administración (Gordillo, 2013, pp. 70–80).
Asimismo, el derecho de petición comprende diversas modalidades de ejercicio, lo
que evidencia su carácter amplio y flexible. Entre estas se encuentran las solicitudes en
interés particular, las peticiones en interés general, las solicitudes de información, las
consultas, las solicitudes de gracia y las impugnaciones de actos administrativos. Esta
diversidad funcional permite afirmar que el derecho de petición es una institución
transversal dentro del Derecho Administrativo, ya que sirve tanto para iniciar
procedimientos como para intervenir en ellos o cuestionar decisiones administrativas. En la
doctrina comparada, Eduardo García de Enterría y Tomás-Ramón Fernández destacan que
el derecho de petición constituye uno de los mecanismos más importantes de interacción
entre la Administración y los ciudadanos, al permitir canalizar demandas, reclamos e
iniciativas dentro de un marco jurídico formalizado (García de Enterría & Fernández, 2017,
pp. 530–535).
Un aspecto particularmente relevante del derecho de petición es su vinculación con
el silencio administrativo, el cual opera como una garantía frente a la inactividad de la
Administración. En efecto, cuando la autoridad no emite una respuesta dentro del plazo
legal, el ordenamiento jurídico permite considerar estimada o desestimada la petición,
según corresponda, evitando así que el administrado quede en una situación de indefinición.
Esta figura refuerza el carácter garantista del derecho de petición, al impedir que la omisión
administrativa se convierta en una forma de denegación de justicia. En este sentido, Morón
Urbina destaca que el silencio administrativo no sustituye la obligación de resolver, sino
que actúa como un mecanismo de tutela frente a su incumplimiento (Morón Urbina, 2020,
pp. 645–648).
Referencia bibliográfica.
1. García de Enterría, E., & Fernández, T.-R. (2017). Curso de derecho
administrativo (18.ª ed.). Civitas.
2. Gordillo, A. (2013). Tratado de derecho administrativo y obras selectas (Vol. 2).
Fundación de Derecho Administrativo.
3. Morón Urbina, J. C. (2019). Comentarios a la Ley del Procedimiento
Administrativo General (Texto Único Ordenado). Gaceta Jurídica.
4. Parejo Alfonso, L. (2011). Lecciones de derecho administrativo. Tirant lo Blanch.