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Alejandro, un joven de diecisiete años, encuentra un reloj antiguo en el ático de su casa que le permite viajar al pasado, pero su abuela le advierte sobre los peligros de intentar cambiar lo que ya ha sucedido. A pesar de las advertencias, Alejandro activa el reloj y se encuentra en un tiempo atrapado, donde descubre que el pasado no puede ser alterado y que el dolor es parte de la vida. Al regresar, comprende la importancia de vivir en el presente y aprender de las lecciones del pasado, compartiendo finalmente el dolor de su abuela.

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Alejandro, un joven de diecisiete años, encuentra un reloj antiguo en el ático de su casa que le permite viajar al pasado, pero su abuela le advierte sobre los peligros de intentar cambiar lo que ya ha sucedido. A pesar de las advertencias, Alejandro activa el reloj y se encuentra en un tiempo atrapado, donde descubre que el pasado no puede ser alterado y que el dolor es parte de la vida. Al regresar, comprende la importancia de vivir en el presente y aprender de las lecciones del pasado, compartiendo finalmente el dolor de su abuela.

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LA LECCIÓN DEL TIEMPO

Alejandro era un joven de diecisiete años que vivía en una casa


antigua ubicada en lo alto de una colina, rodeada de árboles
frondosos y caminos que parecían perderse entre la niebla. Desde
pequeño, le había llamado la atención las historias que contaban
los mayores sobre la casa: decían que en sus paredes se
guardaban secretos de tiempos pasados, y que ciertas noches,
cuando el viento soplaba con fuerza, se escuchaban pasos y
voces que venían de épocas muy lejanas.

Un día, mientras limpiaba el ático para ordenar objetos que


habían estado olvidados durante años, encontró una caja
de madera oscura, con herrajes de hierro oxidado y un
candado que parecía haber estado cerrado durante siglos.
Con mucho esfuerzo, logró abrirla y descubrió dentro un
reloj de pared de gran tamaño, con números de bronce y
manecillas que no se movían. En la parte trasera había una
inscripción grabada con letras difíciles de leer, que decía:
“Quien lo ponga en marcha en la hora en que la luz se
vuelve tenue, verá lo que el tiempo ha ocultado… pero
deberá tener cuidado, porque lo que regresa no siempre es
igual a lo que se fue”.

—¿Qué será esto? —murmuró Alejandro, pasando los dedos por la superficie fría del
objeto—. Parece que tiene más misterios que todos los libros que he leído.

En ese momento entró su abuela, doña Elena, que caminaba con paso lento pero con una
mirada llena de conocimiento, como si supiera más cosas de las que decía. Al ver el reloj en
las manos del joven, su expresión cambió de inmediato: la alegría que tenía se convirtió en
una mezcla de preocupación y un dolor profundo que parecía haber guardado durante toda
su vida.

—Ese objeto no debe tocarlo, nieto —dijo ella, acercándose con voz suave pero firme, y sus
manos temblaban ligeramente al hablar—. Es peligroso. Perteneció a alguien que vivió aquí
hace cientos de años, y tiene una fuerza que no podemos controlar… Yo lo sé muy bien.

—¿Tú? —preguntó Alejandro, sin apartar la vista del reloj, sintiendo una extraña atracción
que no podía explicar—. ¿Por qué nunca me hablaste de esto, abuela?

—Porque lo que vi allí me robó parte de mi alma —respondió ella, y sus ojos se llenaron de
lágrimas que no se atrevieron a caer—. Hace muchos años, cuando yo era joven como tú,
creí que podía cambiar lo que ya había pasado. Quería volver atrás y salvar a mi hermano,
que se fue muy pronto, antes de tiempo… y por eso usé este reloj. Llegué a ese mismo
lugar, ese tiempo atrapado, y creí que podía traerlo de vuelta. Pero no es así, nieto: lo que
está en el pasado ya no puede volver, y si intentas traerlo, solo logras que se quede
atrapado para siempre, y que tú cargues con el peso de lo que no pudiste cambiar.

La voz de doña Elena se quebró, y por un momento pareció envejecer décadas ante los
ojos de Alejandro.

—Vi a mi hermano allí —continuó, con un susurro que sonaba como el viento que pasaba
por las ventanas—. Pero no era él: era solo una sombra, que caminaba sin sentir, sin hablar,
sin ser realmente él. Y yo supe entonces que había cometido un error terrible. Desde ese
día, nunca más pude ser la misma: llevo conmigo la tristeza de saber que no hay forma de
arreglar lo que ya está roto, y que el tiempo no es un camino que podemos recorrer a
nuestro gusto, sino un río que se mueve sin mirar atrás, y que lo que se va, solo deja
recuerdos imborrables porque nunca más regresa.

—¿Por qué es peligroso, abuela? —preguntó Alejandro, sintiendo que sus propias ganas de
saber se mezclaban con el miedo que ahora sentía por ella—. Si tú lo usaste y regresaste…

—Porque cada vez que lo tocas, te acercas más a perderte —la interrumpió ella, tomándolo
de las manos con fuerza—. Yo regresé, pero me quedé
con una herida que nunca se cerrará. Hay cosas que
debemos dejar en su lugar, aunque nos duelan. Hay
recuerdos que nos hacen daño si los sacamos de donde
están, y secretos que es mejor que permanezcan
ocultos. El dolor forma parte de la vida, y si intentamos
huir de él viajando al pasado, solo logramos que el
presente se vuelva frío y vacío, como ese lugar que vas
a ver.

Pero la curiosidad de Alejandro era más fuerte que cualquier advertencia. Esa noche,
cuando el sol se escondió y la habitación se llenó de una luz tenue y grisácea, se acercó al
reloj. Sin pensarlo dos veces, giró la manecilla más grande. De inmediato, se escuchó un
sonido profundo y vibrante, como el latido de un corazón gigante. Las manecillas
empezaron a moverse rápido, la habitación se llenó de un resplandor azulado y el aire se
volvió frío. Las paredes de la casa se desvanecieron, y en su lugar aparecieron calles
empedradas, casas de madera con techos
inclinados y personas vestidas con ropas
antiguas, que caminaban con pasos lentos
y miradas vacías.

Cuando la luz desapareció, Alejandro se


encontró parado en medio de una plaza
desierta, con un silencio extraño que solo
se rompía por el viento que pasaba entre
los edificios. De repente, vio a una figura
que se acercaba: era un hombre de ropa
oscura, con el rostro pálido y los ojos que
parecían no ver nada, pero que sin
embargo parecían saber dónde estaba el joven.

—Tú no eres de aquí —dijo el hombre, con una voz que sonaba como si viniera de muy
lejos—. ¿Cómo has logrado cruzar los límites? Pocos se atreven a hacerlo, y menos aún
regresan sin cambios.

—Yo… vine por el reloj —respondió Alejandro, sintiendo un nudo en la garganta, mezcla de
miedo y asombro—. Quería ver cómo era este tiempo. ¿Qué lugar es este? ¿Qué pasa
aquí?

—Es un tiempo que se quedó atrapado —explicó el hombre, deteniéndose a su lado—.


Hace muchos años, un suceso triste llenó esta época de oscuridad, y desde entonces nada
ha podido cambiarlo. Las personas viven, pero no avanzan; el tiempo pasa, pero no avanza.
Y tú has abierto una puerta que debió quedar cerrada. Yo me llamo Kai, y he estado aquí
durante siglos, esperando que alguien logre cerrarla antes de que ambos mundos se
mezclen para siempre.

Alejandro miró a su alrededor y sintió un miedo que le helaba la sangre: todo era igual, pero
todo estaba mal. No había vida verdadera, solo formas que se movían pero no sentían, un
silencio que pesaba en el aire como una carga. Y de repente entendió lo que le había dicho
su abuela: ese lugar era el reflejo de lo que pasa cuando intentamos controlar lo que no
podemos.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó el joven, con voz temblorosa—. No quiero causar daño,
solo quería saber.

—Solo quien lo abrió puede cerrarlo —respondió Kai, mirándolo


fijamente—. Pero debes darte prisa. Si el reloj se detiene solo, la
separación se romperá y lo que venga será peor que cualquier
cosa que puedas imaginar.

Alejandro sintió que el suelo empezaba a temblar. Las formas de


las casas se volvieron borrosas y se escuchó un ruido fuerte, como
si algo se rompiera. Sabía que debía volver, pero no sabía cómo.
Cerró los ojos con fuerza, pensando en su casa, en su abuela, en
la luz cálida de sus habitaciones, y rezó para que funcionara.

Cuando abrió los ojos, estaba de nuevo en el ático, con el reloj en sus manos y la habitación
iluminada por la luz de la luna. El reloj se había detenido, y sus manecillas estaban quietas,
como si nada hubiera pasado. De repente, escuchó pasos: era doña Elena, que había
sentido que algo no estaba bien, y su rostro mostraba toda la angustia que había guardado
durante tantos años.

—Lo sabía —dijo ella, acercándose a él con preocupación y con un dolor que ahora era
más visible que nunca—. Te dije que no lo hicieras. ¿Viste algo malo? ¿Sentiste lo que yo
sentí?

Alejandro asintió, sin poder hablar al principio, hasta que logró encontrar las palabras.
—Era un tiempo atrapado, abuela —dijo él, con voz seria—. No hay vida verdadera, solo
sombras que se mueven. Y entendí por qué tú no me hablaste de esto. Entendí que hay
cosas que no se pueden cambiar, y que el dolor es parte de lo que nos hace ser quienes
somos. No sirve de nada querer volver atrás para arreglarlo, porque lo que se va ya no
vuelve, y si intentamos traerlo, solo perdemos lo que tenemos ahora.

La abuela lo abrazó con fuerza, y por primera vez le


contó todo lo que había guardado en su corazón
durante décadas: cómo pasaba las noches llorando
por su hermano, cómo creyó que el tiempo le daría
una segunda oportunidad, y cómo se dio cuenta tarde
de que su error solo le había traído más sufrimiento.

—Ahora lo entiendes —dijo ella, separándose un poco


para mirarlo a los ojos, con una mirada llena de
tristeza pero también de paz—. El tiempo nos enseña
que no podemos tenerlo todo, y que lo que perdemos
se queda con nosotros como una lección. Yo cargué con este secreto durante tanto tiempo,
creyendo que era un peso que no podía compartir… pero ahora veo que el verdadero error
es dejar que la curiosidad nos haga olvidar que lo que tenemos hoy es lo más valioso que
poseemos. No podemos cambiar el pasado, pero sí podemos aprender de él para vivir
mejor el presente.

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