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En la estación orbital Kepler-14, los últimos astronautas de la misión Génesis enfrentan el aislamiento tras la destrucción de la Tierra. Helena, una ingeniera, descubre una señal misteriosa proveniente de la luna cercana que revela un mensaje inquietante: 'Sabemos lo que hicieron allá abajo'. A medida que la estación comienza a reiniciarse de forma remota, la tripulación se da cuenta de que su pasado ha regresado para acecharlos en el vacío del espacio.

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En la estación orbital Kepler-14, los últimos astronautas de la misión Génesis enfrentan el aislamiento tras la destrucción de la Tierra. Helena, una ingeniera, descubre una señal misteriosa proveniente de la luna cercana que revela un mensaje inquietante: 'Sabemos lo que hicieron allá abajo'. A medida que la estación comienza a reiniciarse de forma remota, la tripulación se da cuenta de que su pasado ha regresado para acecharlos en el vacío del espacio.

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El eco de los abismos (Ciencia Ficción)

El silencio en la estación orbital Kepler-14 no era un vacío


absoluto; era una presencia física que pesaba sobre los hombros
de la tripulación. Aislados a millones de kilómetros de una
Tierra que ya solo existía en los registros digitales, los
últimos seis astronautas de la misión Génesis observaban el
titilar de una estrella moribunda. No había radiofrecuencias que
sintonizar, ni mensajes de texto que esperar de sus familias. El
planeta natal se había silenciado hacía tres décadas, devorado
por sus propias tormentas climáticas. Helena, la ingeniera de
telecomunicaciones, pasaba las noches frente a la pantalla de
espectrometría, buscando patrones en el ruido de fondo del
universo. Sabía que la probabilidad de encontrar otra
civilización era matemáticamente despreciable, pero el
aislamiento humano genera una necesidad biológica de comunión.
Una madrugada, el osciloscopio dibujó una línea perfectamente
regular. No era una pulsación estelar ni el eco magnético de un
agujero negro cercano. Era una secuencia binaria que se repetía
cada doce segundos exactos. El corazón de Helena se aceleró
tanto que el monitor médico de su traje emitió una alerta
silenciosa. Despertó al comandante con la voz temblorosa,
incapaz de articular palabras completas. Cuando el equipo se
reunió en el módulo de mando, el escepticismo inicial se
transformó rápidamente en un frío sudor colectivo. La señal no
provenía del espacio profundo, ni de un sistema solar exótico en
los confines de la galaxia visible. El análisis de triangulación
confirmó que el emisor estaba ubicado exactamente en el lado
oculto de la luna que orbitaban, a menos de diez kilómetros de
su propia posición. Alguien, o algo, había estado esperando a
que apagaran sus propios motores para empezar a transmitir. Lo
más aterrador no fue la cercanía del origen, sino la traducción
automática que el software de la estación completó tras analizar
los primeros bloques de datos. El mensaje no era una bienvenida,
ni un mapa estelar, ni una advertencia de peligro cósmico. La
secuencia traducida al alfabeto humano repetía incansablemente
una única frase: "Sabemos lo que hicieron allá abajo". La
tripulación se miró en silencio, comprendiendo que el pasado de
la Tierra los había perseguido hasta los confines del sistema.
Las bitácoras secretas de la misión, aquellas que justificaban
el abandono del planeta herido, ya no eran un secreto guardado
en los servidores de la estación. Alguien afuera conocía la
verdad sobre el origen del colapso terrestre. Con las manos
temblorosas sobre los controles de navegación, el comandante
ordenó apagar todas las luces de la estación y suspender las
transmisiones de datos. Pero ya era demasiado tarde; los
sistemas automáticos de la Kepler-14 comenzaron a reiniciarse
uno a uno de forma remota. Las compuertas exteriores del hangar
de carga se abrieron lentamente, exponiendo el interior al vacío
del espacio, mientras las pantallas de control mostraban una

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cuenta regresiva que ninguno de los ingenieros de a bordo había
programado. El abismo exterior finalmente respondía, y no venía
en son de paz.

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