Keil 1
Keil 1
—Bruni.
Salió.
Me quedé solo y abrí la mano derecha sobre el escritorio. La cicatriz pulsaba con una
intensidad que no había sentido en años. No era señal de criatura de paso. No era
objeto cargado. Era algo que el pacto reconocía con una urgencia que no tenía
categoría todavía, algo que estaba entrando en el perímetro, y que el pacto
registraba como la cosa más significativa que había sentido en mucho tiempo.
El edificio de los Mangiarotti en el Prati lleva noventa años siendo lo que es:
territorio. No el tipo que se marca en un mapa. El tipo que se siente en los huesos
cuando lo cruzás sin permiso, que hace que los perros de la calle cambien de ruta y
que las criaturas menores no se acerquen a tres cuadras. El pacto lo sella. Lo
renueva. Lo mantiene activo generación tras generación como un campo eléctrico
que solo ciertas cosas pueden sentir.
Y venía corriendo.
(ALICE)
Después se movió y entendí que no era un perro y empecé a correr sin decidir hacia
dónde porque el hacia dónde dejó de importar en el momento en que lo que fuera
que me seguía aceleró también y el sonido que hizo no era ningún sonido que
ningún animal debería hacer.
Había salido del departamento a las diez y media para devolver unos libros a
Martina, que vivía a ocho minutos caminando. Ocho minutos. Trastevere de noche,
que ya conozco después de cuatro meses, calles que reconozco, gente en los bares
todavía. No había ninguna razón para que nada saliera mal.
Corrí por la Via della Lungara sin mirar atrás porque algo en mí sabía que si miraba
atrás iba a ver algo que prefería no haber visto. Doblé a la derecha en una calle que
no era la mía, doblé otra vez, perdí el norte completamente. En Roma de noche eso
es más fácil de lo que parece: las calles no tienen lógica geográfica, solo la lógica de
siglos de construcción sobre construcción sobre ruinas sobre otras ruinas más
antiguas todavía.
Había un portal abierto. Solo uno en toda la cuadra, una puerta de madera oscura en
un edificio que no tenía nada que lo distinguiera de los otros excepto que estaba
abierta y que yo necesitaba una puerta.
Entré.
Adentro olía a piedra vieja y a algo más. Algo que no era humedad ni polvo ni
ninguna de las cosas que normalmente huelen los edificios viejos de Roma. Algo que
hizo que algo muy antiguo en mí, algo que no tenía nombre ni ubicación precisa, se
pusiera completamente quieto.
Como cuando un animal entiende que entró en el territorio de algo más grande que
él.
Levanté la vista.
Alto. Traje oscuro, la corbata aflojada, la actitud de alguien que estaba en medio de
otra cosa completamente distinta hasta hace dos minutos. Ojos tan oscuros que en
esa luz no tenían color definido.
La diferencia entre las dos cosas era suficiente para que algo en mi pecho se apretara
de una forma que no era solo miedo.
(KEIL)
Una: era humana. Completamente humana, sin el peso específico que tienen las
criaturas en un espacio cerrado, sin la densidad antigua de los linajes puros, sin nada
que no fuera carne y hueso y respiración acelerada por correr.
Dos: la cicatriz que llevaba trece años siendo mi sistema de alerta ardía más fuerte
que nunca y la fuente era ella.
Tres: había algo del otro lado del portal que no había podido cruzar porque el
perímetro lo detenía, y que no iba a detenerse indefinidamente.
Bajé la escalera despacio. Sin apuro. Sin el gesto de tranquilizarla que habría hecho
cualquier hombre en cualquier circunstancia normal, ese movimiento reflejo de abrir
las manos, de bajar la voz, de hacer que el espacio parezca más seguro de lo que es.
—El portal estaba abierto. —Italiano con acento que no era romano. Algo más al sur
del mundo, más cálido. —Había algo siguiéndome.
—Lo sé.
—Sí.
—¿Cómo.
—No.
—Importa. —Di un paso hacia ella. Solo uno. Lo suficiente para ver el cambio en su
respiración. —¿Y en ese tiempo notaste cosas que no podés explicar? Sensaciones
sin origen. Sueños que se sienten demasiado reales. La impresión de que alguien te
mira antes de que puedas ver quién.
El color de sus ojos cambió. Levemente. El cambio que hace alguien cuando una
pregunta aterrizó exactamente donde no esperaba que nadie llegara.
Sonreí. Solo un poco. Lo suficiente para que pareciera que la pregunta me resultaba
razonable y no como lo que era, una oportunidad de darle exactamente la cantidad
de información que yo decidiera darle.
(ALICE)
—Alice.
—Alice. —Lo dijo una sola vez, en voz baja, y hubo algo en cómo lo dijo que no supe
nombrar. Como si lo estuviera guardando. Como si el nombre fuera información que
iba a usar después. —Subí.
—No te conozco.
—No. —Me miró desde esa altura que era física pero que se sentía como algo más.
—Pero lo que hay afuera sí te conoce. Y está esperando que salgas.
—¿Cómo sabés lo que hay afuera.
—Porque este edificio lleva noventa años siendo territorio sellado. Nada cruza ese
portal sin que yo lo sepa. —Una pausa. —Lo que te siguió esta noche se detuvo en la
puerta. Pero no se fue.
Lo miré. Miré el portal cerrado detrás de mí. Pensé en el sonido que había hecho lo
que me seguía, ese sonido que no era de ningún animal, y algo en mi pecho tomó
una decisión antes de que mi cabeza terminara de formularla.
Subí.
El edificio era lo que parecía por afuera: viejo, denso, con la historia metida en las
paredes. Pero adentro había algo más. No sabría describirlo con precisión. Una
especie de peso en el aire, una presión suave que cambiaba según en qué parte del
pasillo estuvieras, más intensa cerca de ciertas puertas, casi nula cerca de otras.
El estudio al que me llevó tenía libros en tres paredes, un escritorio que era territorio
personal si alguna vez vi uno, y dos salidas. Me paré en el centro donde podía ver las
dos.
Se sentó en el borde del escritorio, no en la silla, el borde, que ponía su altura sobre
la mía de una forma que era probablemente completamente deliberada, y me miró
con esa expresión que no era crueldad pero que tampoco era su opuesto. Era algo
más frío que las dos cosas. Algo que calculaba.
—Sí.
Lo miré.
(KEIL)
Lo que le dije fue suficiente para que el piso desapareciera bajo sus pies, y lo que no
le dije fue suficiente para mantenerla exactamente donde yo necesitaba que
estuviera: sin contexto completo, sin herramientas para evaluar sus opciones,
dependiendo de la información que yo eligiera darle y en el orden en que yo eligiera
darla.
No soy un hombre bueno. Nunca lo fui. No me interesa serlo.
Lo que me interesa es entender qué tenía esta mujer que el pacto reconocía con una
urgencia que no había sentido en trece años, y para eso necesitaba tiempo y
proximidad y que ella no se fuera antes de que yo tuviera respuestas.
Así que le dije que el mundo tenía capas. Que en esas capas vivían cosas que no eran
humanas. Que Roma era un punto de convergencia y que ella, sin saberlo, había
llegado a la ciudad equivocada en el momento equivocado.
Lo que no le dije: que el rastreador que la había seguido esta noche no era el
primero. Que llevaba al menos tres semanas en su perímetro antes de esta noche,
construyendo el mapa de su rutina con una paciencia que indicaba que quien lo
había enviado tenía un plan largo. Que yo sabía eso porque mis propias fuentes lo
habían detectado hace dos semanas y yo había estado monitoreando la situación sin
intervenir, esperando entender quién movía las piezas antes de revelar que estaba
en el tablero.
Que esta noche no había intervenido por altruismo. Había intervenido porque el
perímetro me avisó que ella estaba cruzándolo y porque necesitaba que entrara
antes de que algo más la interceptara primero.
Ella lo aceptó porque era inteligente suficiente para saber que no tenía alternativa
real.
Lo que no sabía, lo que yo tampoco sabía todavía del todo, era que había al menos
tres facciones distintas que ya tenían su nombre en algún tipo de lista. Y que el
rastreador de esta noche era el más inofensivo de todos los que venían.
Llamé a Nico.
—Necesito todo lo que tengas sobre una marca de linaje materno —dije. —Origen
en las islas del Pacífico. Contacto con lo sobrenatural hace cuatro generaciones. Y
necesito saber quién más en Roma tiene esa información.
Silencio breve.
Colgué.
Arriba, en el cuarto de huéspedes, ella dormía o intentaba dormir sin saber nada de
eso.
Sin saber que el edificio en que estaba no era el refugio que creía.
Sin saber que yo era tan peligroso como lo que había dejado afuera. Más,
probablemente, porque lo que había afuera al menos era lo que parecía.
Yo no.
La dejé arder.
(ALICE)
No dormí.
Encontré esto: un hombre que sabía que algo me seguía antes de que yo llegara. Un
edificio que se abrió solo. Un portal que se cerró detrás de mí. Un mundo con capas
que supuestamente siempre existió y que yo nunca vi porque nadie me dijo dónde
mirar.
Y la pregunta que no me podía sacar de la cabeza, la que era más incómoda que
todas las demás juntas:
Keil Mangiarotti, que era claramente el tipo de hombre que no hacía nada sin razón,
que dosificaba cada palabra con la precisión de alguien que entiende exactamente el
peso de la información, que me había mirado desde el principio como se mira algo
que todavía no se sabe si es útil o peligroso, ese hombre me había dicho más en
cuarenta minutos de lo que probablemente le decía a la mayoría de las personas en
meses.
¿Por qué?
Abrí la mochila y saqué el cuaderno. Escribí todo en la oscuridad, a mano, sin mirar el
papel porque no había suficiente luz. La escritura salió torcida. No me importó.
Escribí: Keil. Edificio en el Prati. Sabe cosas que no debería saber. Sonrisa que no llega
a los ojos.
Escribí la pregunta que más me costó escribir, la que fui postergando hasta el final
porque sabía que una vez escrita era real de una forma distinta:
No escribí la respuesta.
Cerré el cuaderno.
Afuera Roma empezaba a aclarar despacio, esa luz gris y fría de las cinco de la
mañana que hace que todo parezca suspendido entre lo que fue y lo que viene.
A las cinco y cuarto los pasos pararon y el edificio se quedó completamente quieto y
algo en mí, la parte que había estado esperando ese momento sin admitírselo, tomó
una decisión.
Me levanté.
El pasillo estaba vacío y oscuro y olía a ese algo que no era piedra ni humedad, ese
algo sin nombre que había sentido desde que entré, más suave ahora, menos denso,
como si la presión de antes hubiera bajado junto con la noche.
Encontré la escalera. Bajé despacio, con una mano en la pared, contando los
peldaños. Doce hasta el primer rellano. Doce más hasta el portal.
Lo empujé. No se movió.
Lo empujé de nuevo, con las dos manos, con el peso del cuerpo, y el portal no se
movió porque el portal era madera maciza de dos siglos y no tenía ninguna intención
de abrirse solo porque yo necesitara que se abriera.
Me giré.
Keil estaba apoyado en el marco de una puerta al fondo del hall, con los brazos
cruzados y la misma ropa de antes, lo que significaba que no había dormido o que no
había intentado hacerlo. En la oscuridad del hall su cara era casi monocromática,
todo ángulos y sombra, y me miraba con una expresión que no era sorpresa.
Por supuesto que no era sorpresa.
—Desde siempre. —Una pausa. —El portal se abre desde adentro con una llave que
está en el despacho.
—Dámela.
—No.
Lo miré.
—No me estás reteniendo acá —dije. Y lo dije con más calma de la que sentía porque
la calma era lo único que tenía en este momento y no iba a desperdiciarla.
—No te estoy reteniendo. —Se separó del marco y caminó hacia mí despacio, sin
apuro, con esa quietud que ocupaba el espacio de una forma que hacía que el hall
pareciera más pequeño de lo que era. —Te estoy diciendo que afuera todavía hay
algo que te siguió cuatro cuadras a las once de la noche y que no tiene ningún
motivo para haberse ido.
—Sí.
—Alice.
Lo dijo en voz baja. Solo mi nombre, sin volumen, sin ningún tipo de énfasis especial,
y sin embargo algo en el tono hizo que la oración que estaba construyendo se
cortara sola antes de terminar.
Me miró.
—Lo que te siguió anoche no le importa que sean las cinco de la mañana —dijo. —
No le importa la gente ni la luz. Esas cosas son para los humanos. Para lo que te
seguía vos sos visible de formas que no cambian con la hora.
—Si me decís que lo estás entendiendo —dije— voy a necesitar que me des algo más
concreto antes de volver a creer nada de lo que decís.
Algo cruzó su cara. Tan rápido que casi no existió. No era incomodidad. Era más
parecido a la sorpresa de alguien que no esperaba que el otro lado fuera a empujar
en ese punto exacto.
—Bien —dijo. —Volvé arriba y a las ocho te doy algo más concreto.
Toda la lógica que tenía decía que no confiara en este hombre. Que el hecho de que
el portal no abriera desde adentro era información suficiente sobre la naturaleza de
este lugar. Que tres horas era tiempo que yo no le debía a nadie y menos a alguien
que acababa de admitir que me estaba reteniendo aunque no usara esa palabra.
Y al mismo tiempo había un sonido en mi memoria, el sonido que había hecho lo que
me seguía en el callejón, y ese sonido no tenía ninguna explicación lógica y era
completamente real y había pasado hace menos de seis horas en una calle de
Trastevere que conozco de memoria.
—Tres horas.
Subí la escalera.
Tres horas.
Lo dijo como si fuera razonable. Como si yo le debiera tres horas a este edificio, a
esta situación, a él.
Y salí corriendo.
No hacia la escalera. La escalera llevaba al portal que no abría desde adentro y eso
ya lo sabía. Corrí hacia el fondo del hall, donde había una puerta que no era la del
despacho, que podía ser cualquier cosa, cocina, depósito, otro pasillo, no me
importaba qué era mientras fuera una dirección que no fuera de vuelta arriba.
Eso fue casi más aterrador que si hubiera corrido. El sonido de alguien que no
necesita apurarse porque ya sabe cómo termina esto.
—No tenés por dónde salir —dijo. La voz viajó por el hall sin esfuerzo, sin volumen
extra, como si la arquitectura del edificio la llevara directo hacia mí.
—Alice.
La puerta del fondo daba a un pasillo angosto con el piso de piedra y las paredes sin
revocar y una humedad que era diferente a la del resto del edificio, más antigua, más
abajo. Corrí igual. Había otra puerta a la izquierda que estaba cerrada con llave.
Había una abertura a la derecha que daba a lo que parecía una despensa. Seguí
recto.
—El edificio tiene un solo punto de salida —dijo. Más cerca ahora. —Lo sello yo cada
noche. No hay ventana, no hay puerta lateral, no hay nada que yo no haya cerrado.
—Esta no.
Alta, angosta, el tipo de ventana que tienen los edificios del siglo dieciocho que no
fueron pensadas para ventilación sino para que entrara un poco de luz. Daba a un
pozo de aire entre este edificio y el siguiente. Afuera se veía el cielo apenas
aclarando, gris y frío y completamente real.
Me planté frente a ella. Puse las manos en el marco. Tiré hacia arriba.
No se movió.
Tiré con más fuerza, con el peso del cuerpo, con los dientes apretados, y la ventana
no se movió porque era madera vieja sellada con algo que no era solo pintura y
tiempo sino algo más, algo que hacía que la madera se sintiera parte de la pared,
parte del edificio, parte del mismo sistema que sellaba el portal.
Plana contra el marco. Grande. Con una cicatriz que cruzaba la palma de lado a lado.
La detuvo sin esfuerzo. Sin violencia todavía. Solo el peso de esa mano sobre la
madera, bloqueando, cerrando, y el calor que emanaba de ella que no era
temperatura normal sino algo más, algo que hizo que mis propias manos se
detuvieran solas antes de que mi cabeza les diera la orden.
Me quedé quieta.
Eso fue lo primero. Que estaba demasiado cerca y que en el pasillo angosto eso
significaba que no había dirección que no fuera él, que su cuerpo ocupaba el espacio
de una forma que no dejaba márgenes, que la pared estaba detrás de mí y él estaba
adelante y entre las dos cosas no había nada.
Era la misma estructura, los mismos ángulos, la misma mandíbula, todo lo físico era
igual. Pero algo en la expresión había cambiado de una forma que no sabría describir
con precisión porque no tenía categoría para describirlo. Como si la persona que
había estado ahí antes, la que dosificaba y calculaba y elegía cada palabra, hubiera
dado un paso atrás y cedido el control a algo que no dosificaba nada.
Y los ojos.
En el hall oscuro los había visto casi negros. Acá, en el pasillo, con la poca luz del
pozo de aire filtrándose por la ventana, no eran negros.
Tenían un tinte rojo en los bordes. Apenas. Como una llama vista desde lejos, como
el borde de algo que se está quemando desde adentro. No eran los ojos de un
animal. No eran los ojos de ninguna criatura que yo pudiera haber imaginado. Eran
sus ojos, reconociblemente suyos, pero con algo adentro que compartía el espacio
con lo que él era normalmente y que en este momento había tomado el control de
esa parte.
No como cuando se apaga una luz. Como cuando algo absorbe la luz que ya existe, la
consume, la hace parte de sí. Las sombras en las esquinas crecieron sin que nadie las
moviera. El poco gris del amanecer que entraba por la ventana retrocedió. Y en el
centro de todo eso estaba él, completamente quieto, con esa mano todavía plana
sobre el marco sobre mi cabeza.
Abrí la boca.
—Callate —dijo.
No grité.
No fue una decisión. Fue que la orden llegó a algún lugar debajo de la decisión y el
sonido simplemente no salió. Como si la voz se hubiera apagado antes de existir.
Me agarró.
No porque creyera que iba a funcionar. Sino porque era lo único que podía hacer y
no hacer nada era peor.
—Bajame —dije.
No respondió.
—Bajame, te dije.
Sus pasos en la escalera. Uno. Dos. Pesados como antes pero con más peso ahora, el
peso de algo que no está conteniendo lo que normalmente contiene.
—No sé si todavía sos Keil —dije, y no supe de dónde salió eso, si de la rabia o del
miedo o de esa parte de mí que sigue buscando el sistema incluso cuando el sistema
se está desintegrando. —Pero si lo sos, bajame ahora.
Nada.
Seguí golpeando. Las palmas de las manos contra su espalda, los puños cuando las
palmas dejaron de tener efecto, que fue inmediatamente pero seguí igual. El pasillo
del primer piso. La puerta del cuarto de huéspedes, que se abrió sin que él la tocara.
Grité.
El sonido salió esta vez, completo, y llenó el cuarto y rebotó en las paredes y no
importó porque el edificio era lo que era y las paredes eran lo que eran y nadie
afuera iba a escuchar nada.
Me incorporé sobre los codos. Él estaba de pie en el centro del cuarto y los ojos
seguían igual, ese rojo en los bordes que no era fuego sino algo más antiguo que el
fuego, y empezó a hablar.
No en italiano.
No en ningún idioma que yo reconociera. Era una cadencia más que un idioma, una
secuencia de sonidos que tenían peso propio, que hacían que el aire del cuarto
cambiara de consistencia, que se volviera más denso, más presente, como si cada
sílaba ocupara espacio físico. No era recitar. Era ritualizar. Era la diferencia entre leer
un texto y activar algo que el texto contiene.
En el pecho primero, una presión suave que aumentaba con cada sílaba. Después en
las manos, un hormigueo que subía por los brazos. Después en algún lugar detrás de
los ojos, una calidez que no era mía y que no llegó de ningún lugar que yo pudiera
identificar.
Me agarró.
Las manos en mis hombros, el movimiento brusco que me subió hasta sentarme en
el borde de la cama, y después su cara frente a la mía, demasiado cerca, los ojos
rojos en los bordes y algo en ellos que no era solo lo que había tomado el control
sino también él, también Keil, los dos en el mismo espacio peleando por el mismo
par de ojos.
Grité su nombre.
Me besó.
No fue un beso.
Eso fue lo primero que pensé, de forma completamente absurda dado el contexto,
que eso no era un beso porque un beso implica dos personas que eligen y yo no
había elegido nada. Era otra cosa. Era la continuación del ritual con mi boca como
canal, como punto de entrada, como el lugar donde lo que él estaba haciendo
encontraba la forma de volverse permanente.
Quise empujarlo. Puse las manos en su pecho y empujé y fue como empujar el
portal, como empujar la ventana, como empujar cualquier cosa en este edificio que
había decidido que no se movía.
No se movió.
Y después, gradualmente, sin que yo lo eligiera, sin que mi cabeza le diera permiso,
dejé de empujar.
Lo último que pensé antes de que eso también desapareciera fue esto:
Que el beso sabía a algo que no era humano y que sin embargo era la cosa más real
que había sentido desde que llegué a Roma.
(KEIL)
salió corriendo.
Lo primero que sentí no fue irritación. Fue algo más parecido al reconocimiento, la
confirmación de algo que había registrado desde que la vi parada en el portal con la
mochila en la espalda y los ojos evaluando las dos salidas al mismo tiempo. No era la
clase de persona que acepta una situación solo porque no ve la salida todavía. Era la
clase de persona que busca la salida aunque no exista.
También era, y esto era información que guardé sin examinarla demasiado,
interesante.
No había necesidad. El edificio lo conozco mejor que mis propias manos, cada
pasillo, cada puerta, cada punto donde alguien que no lo conoce va a detenerse
porque el instinto le va a decir que ahí hay un muro aunque no lo haya. Lo construyó
mi bisabuelo con la ayuda de algo que no era humano y que puso en las paredes más
que argamasa y piedra. No hay salida que yo no haya sellado. No hay ventana que
abra sin mi permiso.
Caminé.
—Voy a encontrar la salida. —Su voz desde el fondo del pasillo, más lejos ya, la
puerta del fondo abierta.
La seguí sin apurarme. Los pasos en el piso de piedra, lentos, deliberados, el sonido
de alguien que no necesita correr porque el resultado ya está escrito. Escuché sus
pasos rápidos delante, el sonido de una puerta que encontró cerrada, el cambio de
dirección.
—El edificio tiene un solo punto de salida —dije. —Lo sello yo cada noche.
—Esta no.
Y después el silencio de alguien que encontró algo y la esperanza de alguien que cree
que ese algo va a funcionar.
La ventana.
La vi antes de doblar la esquina del pasillo angosto. Alta, angosta, dando al pozo de
aire entre los edificios. La había visto encontrarla, había calculado exactamente
cuántos segundos iba a tardar en llegar a ella, en poner las manos en el marco, en
entender que no abría.
El silencio entre los dos duró lo que duran las cosas antes de cambiar de naturaleza.
Tres segundos. Cuatro. Escuché su respiración, acelerada del esfuerzo y del miedo, y
sentí bajo mi palma la madera del marco que respondía a mi contacto como siempre
responde, reconociéndome, cediendo un milímetro de tensión porque el sello sabe
quién lo puso.
La vi empezar a girarse.
Despacio. Con el cuidado de alguien que no sabe qué va a encontrar y está midiendo
la velocidad del descubrimiento.
El pacto tiene peso propio. Siempre lo tuvo. Vive en la sangre como vive la herencia
en los huesos, presente sin ser visible la mayoría del tiempo, activo sin ser
dominante. Aprendí a coexistir con eso a los dieciséis años en el sótano con la mano
sobre la llama y lo que mi padre me explicó después, que el pacto no es algo que se
tiene sino algo que se es, que la línea entre Keil Mangiarotti y lo que el pacto puso en
Keil Mangiarotti no es una línea sino un gradiente y que en ciertos momentos ese
gradiente se desplaza.
Había pasado con la cicatriz ardiendo desde las once cuarenta y tres, con la señal
más intensa que había registrado en trece años resonando sin parar, con la fuente
de esa señal en mi propio edificio intentando escapar por una ventana. El pacto tiene
instintos. Los míos y los suyos se superponen la mayor parte del tiempo. Esta noche
los suyos tomaron el frente.
No la lastimé.
La agarré.
Un movimiento limpio, la mano en su cintura, el brazo doblándose, y ella estaba
sobre mi hombro antes de que pudiera procesar el cambio de posición. Liviana de
una forma que no esperaba, aunque lo esperaba, aunque había calculado su peso
aproximado con la misma automaticidad con que calculo todo sobre las personas en
un espacio.
—Bajame —dijo.
No respondí.
—Bajame, te dije.
Los golpes no eran nada físicamente. Pero los registré de todas formas, cada uno, la
temperatura de su rabia a través de la ropa, la desesperación que había debajo de la
rabia que ella estaba usando la rabia para tapar.
—No sé si todavía sos Keil —dijo. Y eso sí llegó a algún lugar. No lo mostré pero llegó.
—Pero si lo sos, bajame ahora.
El cuarto de huéspedes. La puerta que se abrió con el sello antes de que pusiera la
mano en el picaporte. El cuarto oscuro con la cama que no había usado y la ventana
que daba al callejón y el olor a su mochila, a sus cosas, a la presencia de alguien que
había estado despierta toda la noche en este espacio.
Gritó.
El sonido llenó el cuarto y se quedó ahí porque las paredes de este edificio están
construidas para quedarse con todo lo que entra, sonido incluido. Nadie afuera
escuchó nada. Nadie afuera iba a escuchar nada.
Se incorporó sobre los codos y me miró con esa mezcla de miedo y rabia y algo más
que no era ninguna de las dos cosas, algo más parecido a la determinación de
alguien que no terminó de perder, que está buscando el siguiente movimiento
aunque no lo vea todavía.
La miré.
Y el pacto, que llevaba horas esperando esto, que llevaba horas con la cicatriz
ardiendo y la señal resonando y la fuente de esa señal en el mismo edificio, tomó el
control del todo.
Empecé a hablar.
Las palabras llenaron el cuarto de una forma diferente a como lo había llenado el
grito de Alice. Ese ocupaba el espacio y se dispersaba. Estas se quedaban. Cada
sílaba añadiendo una capa al aire del cuarto, cambiando su consistencia, haciendo
que la oscuridad de los rincones creciera y que la poca luz de la ventana
retrocediera.
La agarré por los hombros. La subí hasta sentarla en el borde de la cama. Y antes de
que pudiera terminar de formular la pregunta que tenía en la cara la besé.
O es un beso de la misma forma en que el pacto es un contrato, que es decir que usa
la forma de algo conocido para contener algo que no tiene forma propia todavía. Lo
que hace es encontrar el punto de entrada más directo al linaje de la otra persona, el
lugar donde la sangre y la historia se tocan en la superficie, y poner ahí algo que el
pacto reconocerá de acá en adelante.
En Alice ese punto era la boca. No siempre es la boca. Depende de dónde está la
marca, de cómo vive en el cuerpo, de qué parte de la persona la carga con más
intensidad. En ella era la boca, lo supe en cuanto la tuve cerca, lo supe antes de
haber decidido nada.
Lo registré. Registré la fuerza del intento, que era real y que no era suficiente, y
registré el momento exacto en que dejó de empujar. No porque cediera en el
sentido de rendirse. Sino porque algo en ella, la parte que lleva la marca sin saber
que la lleva, respondió al ritual de una forma que su cabeza no había autorizado.
La sentí cambiar.
No de golpe. En capas, igual que la oscuridad en los rincones, igual que la luz
retrocediendo. Primero los bordes, el miedo que se aflojaba, la resistencia que se
volvía menos activa. Después el centro, la rabia que bajaba, las manos que dejaban
de empujar y se quedaban quietas sobre mi pecho sin presionar.
Era ella. Alice Fonua, completamente ella, la parte que observa y cataloga y busca el
sistema en todo, respondiendo. No al ritual sino a mí. A Keil, no a lo que el pacto
había puesto en Keil esta noche sino al gradiente completo, al monstruo y al hombre
juntos en el mismo espacio.
Respondiendo.
La solté despacio. La acomodé sobre la cama sin mirarle la cara porque mirarle la
cara en ese momento era el tipo de cosa que el control que me quedaba no iba a
sostener.
Cerré la puerta.
Me quedé en el pasillo con la espalda contra la puerta el tiempo exacto que necesité
para entender lo que estaba pasando en mi cuerpo.
La marca estaba puesta. El ritual había cerrado. El pacto tenía lo que necesitaba y se
había retirado al lugar donde vive normalmente, ese fondo constante de la sangre
que uno aprende a ignorar la mayor parte del tiempo. Los ojos habían vuelto a ser lo
que son. La oscuridad de los rincones había cedido. El aire del cuarto, antes de que
yo cerrara la puerta, había vuelto a tener la consistencia normal del aire.
Todo en orden.
Excepto que el beso, que no era un beso sino un ritual y que yo había ejecutado con
la misma frialdad con que ejecuto cualquier cosa que el pacto requiere, había hecho
algo que los rituales no deberían hacer.
Me había encendido.
No el pacto. Yo. Keil Mangiarotti, veintinueve años, que aprendió a los dieciséis que
las emociones son información y que la información se procesa y se usa y no se
siente en el cuerpo de esta forma específica en el pasillo de afuera de un cuarto
donde una mujer que acababa de conocer estaba dormida sin haberlo elegido.
Controlate, me dije.
Bajé al despacho.
Me serví agua, no whisky, porque el whisky era lo que quería y esa era razón
suficiente para no tomarlo esta noche. Me quedé de pie frente al escritorio con el
vaso en la mano y el plano de las tres facciones en la pantalla y la certeza incómoda
de que en este momento no me estaba importando ninguna de las tres facciones
tanto como debería.
Lo que me estaba importando era el momento exacto en que Alice Fonua había
dejado de empujar.
No a lo que el pacto puso en mí esta noche, con los ojos rojos en los bordes y el
idioma antiguo llenando el cuarto. A mí. Al gradiente completo, al monstruo y al
hombre y a todo lo que hay en el espacio entre los dos.
Controlate.
Había trabajo. Había tres facciones con su nombre subrayado en rojo y un marcaje
reciente que iba a cambiar el valor de Alice en cada uno de esos archivos de acá a la
mañana. Había movimientos que anticipar, recursos que mover, conversaciones que
tener antes de que el sol terminara de salir y Roma empezara a funcionar y las
facciones que monitorean este edificio notaran lo que había cambiado esta noche.
Me levanté. Fui al baño. Me puse agua fría en la cara y me quedé mirando el espejo
el tiempo suficiente para tener una conversación honesta con la persona que me
devolvía la mirada.
La persona en el espejo tenía los ojos de vuelta a su color normal, verde tan oscuro
que casi no era verde, y una expresión que no era exactamente culpa pero que
tampoco era su opuesto. Era la expresión de alguien que hizo algo que el pacto
requería y que descubrió en el proceso que el pacto y él querían la misma cosa
aunque por razones completamente distintas.
En trece años de coexistencia con lo que la cicatriz representa, nunca había pasado
que el pacto y yo quisiéramos la misma cosa al mismo tiempo. Normalmente yo
cedía o yo contenía. Normalmente había una negociación, un gradiente que se
desplazaba y después volvía.
Esta noche el pacto había tomado el control y yo había dejado que lo hiciera no solo
porque no pude impedirlo sino porque una parte de mí, la parte que llevaba horas
con la cicatriz ardiendo y la señal resonando y Alice Fonua en el mismo edificio, no
había querido impedirlo.
Que cuando el beso terminó y Alice se quedó dormida y yo tuve que soltarla y
alejarme, lo que sentí no fue el alivio frío de alguien que completó un protocolo.
La misma cosa que seguía instalada en mi cuerpo ahora, dos horas después,
resistente al agua fría y a las instrucciones y a toda la lógica que normalmente me
alcanza para manejar cualquier situación.
Volví al despacho.
Empecé a leer.
Esta vez llegué hasta la página tres antes de que mi cabeza decidiera volver al pasillo,
a la puerta cerrada, al momento exacto.
Había trabajo. Había tres facciones y un marcaje reciente y una mujer dormida arriba
que iba a despertar a las ocho sin saber lo que le había pasado y con preguntas que
yo iba a tener que responder de alguna forma sin decir todo lo que no podía decir
todavía.
Trabajo. Ahora.
El resto después.
Lo que quedaba del después iba a ser un problema largo y yo lo sabía. Pero los
problemas largos se manejan mejor con luz del día y contexto completo y algo más
de distancia de la que tenía en este momento.
Me forcé a leer.
(ALICE)
Eso no es algo que me pase. Tengo el instinto de orientación de alguien que cambió
de cama suficientes veces en la vida como para aprender a ubicarse antes de abrir
los ojos del todo. El olor primero. Después el sonido. Después la luz a través de los
párpados. En ese orden, siempre, y en ese orden el mundo aparece con sus
coordenadas intactas.
El olor era piedra vieja y algo más que no tenía nombre. El sonido era Roma afuera,
tráfico y pájaros y el ruido específico de una ciudad que no para nunca del todo, pero
filtrado, amortiguado, como si hubiera más pared de lo normal entre yo y la calle. La
luz era gris y fría y entraba desde un ángulo que no era el ángulo de mi ventana en
Trastevere.
Techo alto. Paredes sin cuadros. Una cama que no era la mía con sábanas que olían a
algo limpio y neutro y completamente ajeno.
Me senté.
Demasiado rápido. El cuarto giró un segundo y tuve que poner las manos en el
colchón y esperar a que dejara de girar, lo cual tardó más de lo que debería haber
tardado porque algo en mi cabeza estaba raro. No como cuando te levantás con
resaca. Más suave que eso. Como si alguien hubiera agarrado el volumen de todo y
lo hubiera bajado dos puntos sin pedirme permiso.
Después.
Y después nada.
El cuarto no respondió.
Me levanté.
Las piernas sostuvieron. Bien. Fui al baño que había visto la noche anterior, me lavé
la cara con agua fría, me miré en el espejo el tiempo suficiente para verificar que
seguía siendo yo y que lo que veía no tenía nada diferente en la superficie.
Superficie.
Porque algo debajo de la superficie se sentía distinto y no sabía cómo describirlo con
más precisión que eso. No era dolor. No era malestar exactamente. Era más parecido
a la sensación de cuando te ponés ropa de otra persona y por un momento tu
cuerpo registra que algo no es completamente tuyo. Algo en mí se sentía levemente
ajeno de una forma que no tenía antes de anoche.
Releí la pregunta.
Después escribí debajo, con la letra de alguien que acaba de despertar y todavía no
tiene todos los filtros en su lugar:
Voy a bajar. No porque quiera. Sino porque quedarse acá esperando que él suba es
peor y porque necesito respuestas y porque la única persona en este edificio que las
tiene es él.
Odio que la única persona que tiene las respuestas sea él.
Cerré el cuaderno.
Bajé la escalera despacio, con una mano en la pared, sin intentar ser silenciosa
porque el silencio habría sido una forma de admitir que tenía miedo de lo que iba a
encontrar abajo y no estaba dispuesta a admitir eso todavía.
El hall de abajo olía igual que la noche anterior, a piedra y a ese algo sin nombre que
hacía que el instinto se pusiera quieto. La puerta del despacho estaba entreabierta y
había luz adentro, la luz fría de una pantalla, y antes de que llegara a la puerta
escuché el sonido de algo siendo cerrado, un archivo, un cajón, el movimiento
deliberado de alguien que oyó mis pasos y decidió lo que iba a estar haciendo
cuando yo entrara.
Empujé la puerta.
Estaba sentado detrás del escritorio con una taza de café que parecía llevar horas ahí
y la pantalla apagada y los ojos en mí desde el momento en que la puerta se abrió.
Traje diferente al de la noche anterior. Afeitado. Completamente compuesto,
completamente en orden, la versión de Keil Mangiarotti que dosifica y calcula con los
ojos de siempre, verde oscuro sin ningún tinte que no fuera el suyo.
El silencio que siguió fue diferente a los otros silencios de él. No era el silencio de
alguien eligiendo cuánto decir. Era el silencio de alguien que ya eligió y está
midiendo desde dónde empezar.
—Sentate —dijo.
—Alice.
—Keil. —Crucé los brazos. —Tengo un espacio en la memoria donde debería haber
algo y no hay nada, me desperté sintiéndome como ropa de otra persona y lo último
que recuerdo con claridad son tus ojos que no eran tus ojos. Así que antes de que
me digas que me siente, antes de que me ofrezcas café, antes de cualquier otra cosa,
explicame qué pasó en ese cuarto.
Me miró durante un momento que fue más largo de lo que era cómodo.
No me moví.
—Por favor —dijo. Y esa palabra en su boca sonó tan fuera de lugar, tan poco usada,
que algo en mí registró que era real antes de que pudiera decidir qué hacer con eso.
Me senté.
Lo que me dijo fue más de lo que esperaba y menos de lo que necesitaba, que era
exactamente el patrón de la noche anterior y que ya empezaba a reconocer como su
forma de operar.
Me dijo que el marcaje era parte del pacto. Que no era algo que él hubiera
planificado para esta noche. Que el pacto tiene su propia lógica y que en ciertos
momentos esa lógica se impone.
—Bien. —Lo miré. —Al menos eso es honesto. ¿Qué significa que me marcaste?
—Que el pacto te reconoce ahora. —Hizo una pausa. —Y que lo que te estaba
siguiendo afuera también va a reconocerlo.
—Lo bueno es que ciertas criaturas no van a poder acercarse. La marca de los
Mangiarotti tiene peso en este mundo. Las cosas que operan con jerarquías, que son
la mayoría, van a leerla antes de actuar.
—¿Y lo malo.
—Lo malo —dijo— es que las que no operan con jerarquías también la van a leer. Y
para ellas no significa protección. Significa que sos valiosa para alguien. —Me miró.
—Y eso sube el precio.
Lo procesé.
—Más o menos.
Me levanté.
Me miró desde el escritorio con esa expresión que no era crueldad pero que
tampoco era su opuesto, y algo en esa expresión era nuevo esta mañana, algo que
no había estado ahí la noche anterior o que había estado pero yo no había tenido el
contexto para leerlo.
—Ya me levanté.
—Hay más cosas que necesitás saber antes de decidir qué hacer con lo que acabo de
decirte.
Una pausa.
—Hay tres facciones distintas —dijo— que tienen tu nombre en algún tipo de lista.
Llevan semanas monitoreando tu rutina. Lo de anoche no fue el primero que te
siguió, fue el primero que se acercó lo suficiente para que lo notaras. —Me miró. —
¿Querés seguir de pie?
Esta vez simplemente se volvió menos sólido de lo que había sido hace treinta
segundos.
Me senté.
Keil no dijo nada. No hizo el gesto de satisfacción que habría hecho alguien menos
controlado. Solo me miró y esperó y dejó que la información aterrizara en el tiempo
que necesitaba para aterrizar.
Eso también era una forma de control, entendí. Dejar que el silencio hiciera el
trabajo.
Una pausa.
Lo miré.
—Dos semanas —repetí despacio. —Sabías que algo me estaba siguiendo hace dos
semanas y no dijiste nada.
—Estabas evaluando la situación. —La rabia llegó limpia y directa, sin el filtro del
miedo que había tenido toda la noche. —Mientras yo caminaba sola por Roma sin
saber nada, vos estabas evaluando la situación.
—Sí.
—Me parece necesario. —No cambió el tono. —No sabía quién eras todavía. No
sabía qué era tu marca ni qué querían las facciones específicamente. Intervenir sin
información completa habría empeorado la situación.
—¿Para quién?
Silencio.
Lo miré durante cinco segundos completos. Él me devolvió la mirada sin flinchear, sin
agregar nada, con esa calma que era la cosa más irritante que había encontrado en
una persona en toda mi vida porque no había forma de perforarla desde afuera y eso
significaba que si quería entender qué había detrás tenía que encontrar otro camino.
Lo bebí.
Estaba frío y era muy bueno y odié que fuera muy bueno.
Y Keil, por primera vez desde que había entrado en este edificio, me miró con algo
que no era solo evaluación.
Era algo más parecido a estar viendo, por primera vez, lo que yo era cuando no tenía
miedo.
No porque estuviera esperando el sonido, o no solo por eso, sino porque el edificio
lleva noventa años aprendiendo a transmitir información y yo llevo veintinueve
aprendiendo a recibirla. Los pasos en la piedra, el peso específico de cada uno, la
velocidad que dice más sobre el estado de una persona que cualquier expresión
facial. Los de Alice eran deliberados. No rápidos, no lentos. El ritmo de alguien que
tomó una decisión y está ejecutándola antes de que pueda cambiar de opinión.
Había pasado las últimas tres horas haciendo lo que tenía que hacer, que era leer,
evaluar, anticipar movimientos. Las tres facciones. Sus recursos, sus motivaciones, el
nivel de urgencia que cada una le asignaba a Alice antes del marcaje y el nivel que le
iban a asignar ahora.
El análisis no ayudó.
Lo que había sentido cuando el beso terminó no se volvía más manejable con el
análisis. Se volvía más específico, que era peor, porque la especificidad le daba
bordes y los bordes le daban peso y el peso era exactamente lo que no necesitaba en
este momento con Alice bajando la escalera y tres facciones reordenando sus
prioridades a la misma hora.
La puerta se abrió.
Entró con los brazos listos para cruzarse y la mirada lista para no ceder y el cuaderno
en la mochila que llevaba en la espalda porque incluso ahora, incluso después de la
noche que había tenido, no había dejado el cuaderno atrás.
Le ofrecí café. Me dijo que no empezara con café. Le dije buenos días y me dijo que
no empezara con buenos días y en ese intercambio de treinta segundos tuve
suficiente información para saber que Alice Fonua había dormido las horas que yo le
había dado y se había despertado con más claridad de la que yo habría preferido que
tuviera.
No respondí de inmediato.
No porque estuviera eligiendo las palabras sino porque la palabra pertenezco había
aterrizando en algún lugar que no era estrictamente profesional y necesité un
segundo para asegurarme de que lo que iba a decir no reflejara eso.
Después le dije lo de las tres facciones. Vi el momento exacto en que el piso se volvió
menos sólido bajo sus pies aunque no se moviera. Se sentó.
Sin miedo en el tono. Sin el temblor de alguien que está preguntando porque no
tiene otra opción. Con la precisión de alguien que entendió que la información era el
único territorio donde podía recuperar algo de lo que había perdido esta noche y
que iba a pelearlo desde ahí.
La miré.
Y algo que había estado perfectamente archivado en el fondo decidió que este era el
momento de no estar archivado.
—Te expliqué qué hace. No te expliqué qué es. —Me levanté. No porque necesitara
levantarme sino porque tenerla sentada frente al escritorio y yo detrás era una
dinámica que había funcionado hace diez minutos y que ahora se sentía incorrecta
de una forma que no supe nombrar del todo. —Son cosas distintas.
La observé mientras procesaba eso. La forma en que sus ojos seguían cada
movimiento mío con esa atención que no era solo miedo, que nunca había sido solo
miedo, que era algo más parecido a la atención que le prestaba al cuadro en la
galería, esa noche que yo todavía no sabía que iba a importar.
Me acerqué al lado del escritorio donde ella estaba sentada. No detrás de ella. Al
lado, con el escritorio entre los dos, lo suficientemente cerca para que la distancia
cambiara sin ser lo suficientemente cerca para que pudiera usarlo contra mí en
ningún sentido que importara.
—¿Quién —dijo.
—Si me decís que lo estás entendiendo —dijo— voy a agarrar esa taza de café y te la
voy a tirar encima.
La taza estaba fría desde hacía dos horas. Técnicamente el daño sería mínimo.
Algo en mi pecho se movió de una forma que no era irritación.
—¿Cuál es la diferencia?
Me miró.
—Porque el marcaje me da acceso a información sobre tu linaje que antes solo podía
obtener de fuentes externas. —Hice una pausa. —El pacto reconoce tu marca ahora.
Puedo leerla directamente.
El silencio que siguió fue diferente a los anteriores. Más cargado. Más denso de una
forma que no tenía que ver solo con la información.
—Partes de vos. —La miré. —No tus pensamientos. No tus emociones. Pero la marca
sí. Lo que lleva, lo que pesa, lo que le falta todavía.
Se levantó.
No hacia la puerta. Solo se levantó, como si necesitara tener los pies en el piso para
procesar lo que acababa de escuchar, y ahora estábamos los dos de pie con el
escritorio ya no entre nosotros sino al lado, y la distancia era considerablemente
menor de lo que había sido hace treinta segundos.
La miré.
Tenía los ojos color miel en ese momento, casi dorados con la luz de la mañana que
entraba lateral por la ventana del despacho, y en el centro de esos ojos había algo
que el pacto podía leer con una claridad que yo no había tenido antes del marcaje.
La marca de su linaje, antigua y deliberada y más compleja de lo que cualquiera de
las tres facciones sabía, pulsando suave como siempre pulsaba la cicatriz cuando
algo importante estaba cerca.
—Dice —dije— que llevas algo que no sabés que llevás. Que es más viejo que vos.
Que es más viejo que yo. —Hice una pausa. —Y que se activó hace exactamente
ocho horas.
Procesó eso.
—Sí.
—Que el sistema que puso esa marca en tu linaje hace cuatro generaciones estaba
esperando algo para activarse. —La miré. —Y aparentemente ese algo era esto.
—¿Esto qué —dijo. Y la pregunta tenía dos capas y las dos eran reales y las dos
estaban esperando respuesta.
No respondí de inmediato.
Me acerqué un paso. Solo uno. El suficiente para que el aire entre los dos cambiara
de densidad de una forma que cualquiera de los dos podía pretender no notar pero
que los dos notamos.
—¿Y?
La miré. Ella me devolvió la mirada sin moverse, sin retroceder, con esa
determinación que había estado ahí desde el portal y que esta mañana era más
visible porque el miedo había bajado lo suficiente para dejar de taparla.
—La idea —dije— es que el pacto de los Mangiarotti y la marca de tu linaje no son
independientes. Que hay algo que los conecta desde antes de que existiera ninguno
de los dos. —Hice una pausa. —Y que anoche no fue el pacto tomando el control.
Silencio.
—¿Qué fue entonces —dijo. La voz un tono más baja que antes. No de miedo. De
algo distinto.
—Fue el sistema haciendo lo que fue diseñado para hacer. —La miré. —Desde antes
de que ninguno de los dos naciera, alguien ya había decidido que esto iba a pasar.
El silencio entre los dos tuvo bordes esta vez. Bordes y peso y la temperatura
específica de algo que cambia de naturaleza mientras lo estás mirando.
Alice no se movió.
Yo tampoco.
—Eso —dijo finalmente, en voz baja— es la cosa más perturbadora que me dijiste
hasta ahora.
—Lo sé.
Bajé la vista un segundo. La distancia entre los dos era la que era y los dos lo
sabíamos.
—No —dije.
—Entonces retrocedé.
No me moví.
Ella tampoco.
Y en ese no moverse de los dos, en ese segundo donde ninguno hizo lo que había
que hacer, algo que había estado perfectamente contenido desde las cinco de la
mañana dejó de estar contenido y ocupó todo el espacio disponible entre nosotros
como ocupa el agua el recipiente que la contiene, completamente, sin dejar
márgenes.
—Keil —dijo. Mi nombre en su boca, en voz baja, con una advertencia adentro que
era real y con otra cosa adentro también que era igualmente real.
—Sí —dije.
—Retrocedé.
—¿Por qué?
Una pausa.
La miré durante un momento que duró más de lo que era estrictamente razonable.
Después retrocedí.
Un paso. El suficiente para que el aire volviera a ser aire y no lo que había sido hace
diez segundos.
Cuatro segundos de pie en el centro del despacho mirándole la espalda, los hombros
tensos, el pelo rizado con algunos mechones sueltos que le llegaban al cuello, Roma
afuera completamente ajena a lo que estaba pasando en este cuarto.
Cuatro segundos de decirme que había trabajo. Que había tres facciones. Que había
un marcaje reciente con consecuencias que necesitaban atención inmediata. Que
Alice Fonua llevaba menos de doce horas en este edificio y que lo que estaba
sintiendo en la palma derecha era información que todavía no sabía cómo clasificar y
que las cosas que no sabés cómo clasificar no se actúan, se analizan.
No fue una decisión en el sentido en que son decisiones la mayoría de las cosas que
hago. No hubo evaluación de variables ni cálculo de consecuencias ni el proceso
habitual de desmontar algo antes de moverme. Fue más antiguo que eso. Fue el tipo
de movimiento que el cuerpo hace cuando algo más profundo que la lógica tomó el
control y la lógica llegó tarde al aviso.
No le di tiempo de hablar.
Abrió la boca.
La besé.
Se aferraron a la solapa del saco con los dedos cerrados y algo en ese gesto, en la
diferencia entre aferrarse y empujar, hizo que algo en mí que había estado
contenido toda la mañana con una disciplina que me había costado más de lo que
iba a admitir dejara de estar contenido del todo.
Sentí el momento exacto en que ella dejó de calcular. El momento en que la tensión
de los hombros cedió y el agarre en la solapa se volvió menos defensivo y más otra
cosa y su respiración cambió contra mi boca de una forma que archivé en algún lugar
que no era el lugar donde archivo la información profesional.
Sus piernas. La cadera de ella contra la mía. El escritorio frío bajo mis manos que
estaban planas sobre la madera a cada lado de ella sosteniéndome, sosteniéndonos,
porque si no tenía algo concreto donde poner las manos iba a ponerlas en otro lugar
y ese otro lugar era un territorio que todavía no habíamos negociado.
Me aparté.
No lejos. Centímetros. El espacio mínimo para que los dos pudiéramos respirar de
forma que tuviera alguna relación con la normalidad.
Alice tenía los ojos cerrados todavía. Los abrió despacio y cuando lo hizo el color
había cambiado, más oscuro que el dorado de antes, más cerca del ámbar profundo
que tienen cuando está procesando algo que la golpeó.
Me miró.
Yo la miré.
El silencio entre los dos era completamente diferente a todos los silencios anteriores
de esta mañana. No era el silencio de alguien eligiendo cuánto decir. No era el
silencio de información siendo dosificada. Era el silencio de dos personas en el
mismo lado de algo que no tiene nombre todavía y que los dos acaban de cruzar sin
haber negociado el cruce.
—Eso —dijo finalmente, con la voz levemente diferente a lo normal, levemente más
baja— no estaba en ninguna de las explicaciones que me diste.
—No —dije.
La miré.
—No —dije.
No respondí de inmediato. Tenía sus piernas todavía a cada lado de mi cadera y sus
manos todavía en mi solapa y yo todavía a centímetros de su boca y la pregunta ahí
entre los dos esperando.
Algo cruzó su cara. Brevísimo. Tan rápido que si no hubiera estado mirándola con la
atención con que la miraba desde la noche anterior me lo habría perdido.
No era ofensa. Era algo más parecido al reconocimiento de alguien que ya pensó lo
mismo y que no esperaba que yo también lo pensara.
Después Alice soltó la solapa. Despacio. Los dedos abriéndose uno por uno, el gesto
deliberado de alguien recuperando el control de la misma forma en que yo había
retrocedido antes, un centímetro a la vez.
No lo vi venir.
Eso era información en sí mismo, que Alice Fonua podía hacer algo que yo no vi
venir, pero en el momento no procesé esa información porque en el momento no
estaba procesando nada que no fuera el contacto, su boca contra la mía, el
movimiento que había iniciado ella esta vez sin que yo lo calculara ni lo anticipara ni
lo construyera.
Los ojos. Sentí el cambio en los ojos antes de que Alice lo viera.
Lo supe porque algo en ella cambió también. No retrocedió. Eso era lo que cualquier
persona con instinto de supervivencia intacto habría hecho, retroceder, crear
distancia, poner espacio entre ella y lo que mis ojos estaban mostrando. Alice no
retrocedió. Se quedó exactamente donde estaba y me miró con una expresión que
no era solo miedo sino algo más complejo, más honesto, la expresión de alguien que
acaba de encontrar algo que no esperaba encontrar y que todavía no decidió qué
hacer con ello.
Eso era nuevo. En trece años de pacto, en trece años de coexistencia con lo que vive
en mi sangre, nunca había sentido que Vael tuviera preferencias propias sobre una
persona específica. Tenía instintos. Tenía imperativos. Pero no preferencias.
Esta noche tenía preferencias.
No para alejarme.
Despacio. Con la precisión de algo que sabe exactamente lo que está haciendo
aunque yo no hubiera decidido hacerlo, aunque la frontera entre mi decisión y la de
Vael fuera en este momento completamente imposible de trazar. Sus manos en mi
nuca, los dedos en mi pelo, y la piel de su cuello bajo mi boca que olía a algo que el
pacto reconocía como suyo desde el marcaje de la noche anterior.
Volví a su boca.
El beso fue diferente al anterior. Más oscuro. Más profundo. El tipo de beso que no
tiene ninguna pretensión de ser otra cosa que lo que es, que no se disculpa por su
propio peso. Alice sintió la diferencia. Lo supe en el sonido que hizo contra mi boca,
apenas, casi sin existir, y en la forma en que sus dedos se apretaron en mi pelo.
Las sostuve con una mano. La otra plana sobre el escritorio mientras la tumbaba
sobre la superficie con un movimiento que no tenía ninguna de las fricciones que
habría tenido si yo hubiera sido completamente yo en ese momento.
Bajé.
Los besos descendiendo por su clavícula, por el borde de su ropa, con la lentitud
específica de algo que no tiene apuro porque ya sabe que tiene todo el tiempo que
necesita. Alice bajo mis manos, bajo mi boca, con la respiración que ya no tenía nada
que ver con la normalidad.
Soltó un gemido.
Me alejé.
Me puse de pie.
La miré.
Alice sobre el escritorio, mirándome desde abajo con los ojos que eran del color más
oscuro que les había visto, el ámbar casi marrón, con algo en ellos que no era solo lo
que había pasado en los últimos cinco minutos sino también la pregunta de qué
acababa de pasar exactamente y de cuántas respuestas iba a recibir.
No le di ninguna.
Subí las escaleras más rápido de lo que las había bajado en toda la noche y cerré la
puerta de mi cuarto detrás de mí con el cuidado excesivo de alguien que tiene
demasiada energía en el cuerpo y necesita no romper nada.
Fui al espejo.
Lo vi de inmediato.
Era mi cara. Mi estructura, mis ángulos, la mandíbula, todo lo físico intacto. Pero en
los ojos el rojo de los bordes todavía no había cedido del todo y debajo de eso,
debajo de lo que mis ojos mostraban, había algo más. Una presencia. Densa, antigua,
completamente distinta a mí en naturaleza aunque llevara trece años viviendo en el
mismo cuerpo.
Vael.
Poderoso. Eso era lo primero y lo más obvio. La fuerza que había sentido esta noche
cuando levanté a Alice, cuando la tumbé sobre el escritorio, no era mía. Era la
superposición de los dos, Keil y Vael en el mismo cuerpo usando la misma fuerza.
Pero contenido. Eso era lo segundo y lo más importante. Vael no era caos. No era el
tipo de entidad que destruye porque puede. Tenía su propia lógica, sus propios
límites, sus propias razones que yo no siempre entendía pero que en trece años
había aprendido a respetar porque las alternativas eran considerablemente peores.
Lo miré en el espejo.
Él me miró de vuelta.
El cuarto estaba en silencio. Roma afuera, los pájaros, el tráfico. Adentro solo yo
frente al espejo y el rojo cediendo despacio en los bordes de mis ojos y la presencia
en el fondo que siempre está en el fondo pero que esta mañana estaba
considerablemente más cerca de la superficie que cualquier otra mañana en trece
años.
Esta mañana la dirección era Alice. La temperatura era la de algo que no tenía
ninguna intención de moverse de donde estaba.
Lo sé.
No era voz. Era la certeza de que había sido escuchado y de que la respuesta estaba
viniendo en el idioma en que Vael elige responder cuando le parece que las palabras
son innecesarias. Imágenes, más que nada. Sensaciones. El equivalente interno de
alguien que señala en lugar de explicar.
Exactamente.
Me quedé mirando el espejo.
—¿Sabías que iba a pasar esto? —dije. —Desde el principio. Desde la cicatriz en la
Corsini.
Otra imagen. Esta más antigua, más difusa, el tipo de recuerdo que no es mío sino
suyo, algo que Vael lleva en lo que sea que Vael tenga en lugar de memoria. Un
sistema. Líneas que se conectan a través del tiempo, dos puntos que siempre iban a
terminar en el mismo lugar porque algo más viejo que los dos los había puesto en
trayectorias que convergían.
Sí.
Eso me detuvo.
Me giré del espejo. No tenía sentido girarme, no había nadie en el cuarto, pero el
gesto era lo que era.
La presión tomó una calidad específica que en trece años había aprendido a leer
como lo más cerca que Vael llega a la paciencia forzada. El equivalente de alguien
que está eligiendo cómo decir algo que sabe que no va a recibirse bien.
—Vael.
Cuando pudieras hacer algo útil con la información en lugar de construir sistemas
para controlarla.
Me quedé quieto.
Eso era. Eso era exactamente lo que habría hecho. Si Vael me hubiera dicho desde el
principio que la marca de Alice y el pacto estaban conectados, yo habría construido
una arquitectura completa alrededor de esa información antes de hacer ningún
movimiento. Protocolos. Evaluaciones. La metodología de alguien que necesita
entender cada variable antes de actuar.
No lo justifica. Lo explica.
Siempre hay una diferencia. Vos sos muy aficionado a las diferencias.
Lo ignoré.
Sabía que iba a ser necesario en algún momento. No calculé que iba a ser esta noche.
Normalmente sí.
Esta noche vos estabas demasiado ocupado siendo calculador para ver lo que era
obvio.
La presión cambió otra vez. Más suave ahora. El equivalente de alguien que baja la
voz no porque el tema sea menos importante sino porque importa más.
Que el marcaje no era solo protocolo. Que no era solo el pacto cumpliendo una
función.
—¿Qué era entonces.
Era las dos cosas al mismo tiempo. El pacto haciendo lo que hace. Y algo más que no
tiene nombre todavía en ninguno de los idiomas que los dos sabemos.
Lo procesé.
En trece años de coexistencia con Vael había tenido muchas conversaciones en este
formato, yo frente al espejo o sentado en el borde de alguna cama o de pie en el
medio de algún cuarto, hablando en voz baja con algo que respondía sin palabras y
que sin embargo era perfectamente claro. Había tenido conversaciones sobre poder
y sobre límites y sobre las reglas del sistema que compartíamos. Sobre lo que podía
hacer y lo que no. Sobre las veces que el gradiente se había desplazado y las razones
de cada una.
Significativa —dijo. Y esa única palabra cargaba todo lo que Vael no expandió pero
que yo podía sentir en los bordes, la densidad de algo antiguo que reconocía a Alice
de una forma que no era solo el pacto y no era solo la marca de su linaje.
—¿Por qué?
Porque lo que lleva es lo que lleva. Porque la conexión entre su marca y el pacto es
más vieja que los dos y cuando algo es más viejo que las dos partes que conecta tiene
un peso que no se ignora. Una pausa. Y porque esta mañana cuando te besó no
retrocedió.
—Retrocedí yo.
—Retrocedí yo.
—El pacto d—
Ya deja de excusarlo todo con eso. La deje porque el pacto. Subi porque el pacto.
Habblare con Vael por el pacto. Y bal bla bla por el pacto. Comienza a hacertar que
no fue solo por protocolo. La quieres y te interesa, así como a mi también me
interesa. Sino te juro que me pondre a cantar a Lady Gaga cuando se vaya y desearas
ser sordo.
—Ya empezaste...
¿Por qué?
—Es la verdad.
También es la verdad que llevas tres días con la cicatriz más fría de lo que ha estado
en años y que eso no tiene nada que ver con el contexto estratégico de la situación.
No respondí.
Keil.
—¿Qué.
Calculás todo. Es lo que hacés. Es lo que sos. Lo admiro, genuinamente, más de lo que
te digo porque decírtelo inflaría algo que ya es suficientemente grande. Una pausa.
Pero hay cosas que no se calculan. Y seguir intentando calcularlas no las hace más
manejables. Solo hace que te pierdas el momento en que están pasando.
Es la razón por la que el pacto ardió así en la Corsini. Es la razón por la que el marcaje
pasó esta noche en lugar de en algún momento más conveniente que nunca habría
llegado porque vos habrías encontrado siempre una razón para esperar un poco más.
Es la razón —hizo una pausa— por la que ahora mismo no querés bajar esa escalera
y al mismo tiempo es lo único que querés hacer.
Vael, que no tiene la estructura que yo tengo, que no tiene los protocolos ni la
metodología ni la necesidad de convertir todo en información manejable antes de
actuar, tenía razón de la forma en que tienen razón las cosas que no intentan tener
razón. Solo la tienen porque ven sin el filtro que yo construí.
Sí.
Sí, Keil. Todo eso sigue siendo real. Una pausa. ¿Y?
En trece años no había tenido esta conversación. En trece años había aprendido a
manejar a Vael con la misma metodología con que manejaba todo lo demás. Límites
claros. Gradiente monitoreado. El control como estructura que no se negocia.
Esta mañana la estructura tenía fisuras y Vael estaba del otro lado de esas fisuras
mirándome con algo que en trece años no le había visto.
Paciencia.
No la paciencia forzada de antes. La otra. La de algo que esperó setenta años para
que el linaje correcto llegara al edificio correcto y que podía esperar lo que fuera
necesario pero que también era perfectamente honesto sobre lo que estaba
esperando.
—¿Desde cuándo sabés que esto iba a pasar? —dije en voz baja.
No explícitamente. Pero nada que dure setenta años es accidental en todos sus
detalles. Una pausa. Aldo eligió bien aunque no supiera exactamente qué estaba
eligiendo.
—¿Y yo?
Vos todavía estás eligiendo. La presión cambió una última vez, más suave, más
quieta. Pero lo que quiero que sepas, lo que necesito que sepas antes de que bajes
esas escaleras, es esto: lo que pasó esta mañana no fue solo yo. No me atribuyas
todo lo que no querés atribuirte a vos mismo. No es honesto y vos sos, entre todas las
cosas que sos, honesto.
Me miré en el espejo una última vez. Los ojos eran del color de siempre. Verde casi
negro. Solo míos.
Se sentía como alguien con quien compartía algo que ninguno de los dos había
elegido del todo y que los dos, por razones distintas, habían dejado de intentar
ignorar.
Siempre —respondió. Y si Vael pudiera sonar satisfecho, ese habría sido el tono.
***
No porque hubiera resuelto algo. Sino porque quedarse arriba mirando el espejo era
una forma de evitar lo inevitable y yo no evito cosas. Las enfrento, las desmonto, las
manejo. Es lo que hago. Es lo que soy.
La escuché arriba.
Subí.
Alice estaba de espaldas al marco, con la mochila abierta sobre la cama, metiéndole
cosas con esa eficiencia de quien armó y desarmó suficientes maletas en la vida
como para hacerlo sin pensar. El cuaderno. El cargador. La chaqueta que había
dejado doblada en la silla.
—Alice.
—Me voy. —Siguió con la mochila. —Gracias por el cuarto. Por lo de anoche. Por la
explicación parcial que me diste esta mañana. —Una pausa. —Por lo demás también,
supongo, aunque todavía estoy procesando qué agradecerle exactamente a eso.
Me quedé en el marco.
—Afuera todavía—
—Sí, ya sé lo que hay afuera. —Cerró el cierre de la mochila con un movimiento más
brusco de lo necesario. —Lo que hay afuera por lo menos es honesto sobre lo que
es.
No me aparté.
Se giró.
Era la primera vez que me miraba desde que había entrado al cuarto y en su cara
había una mezcla de cosas que yo podía leer con claridad y que habría preferido no
leer con tanta claridad porque cada una tenía peso propio. La irritación en la
superficie, limpia y directa. Debajo, la confusión, más difusa, el tipo que no viene de
no entender los hechos sino de no saber qué hacer con los sentimientos que
generan. Y debajo de todo eso, más quieto, más persistente, algo que no era
ninguna de las dos cosas anteriores y que Alice claramente habría preferido no
tener.
—Apartate —repitió.
—¿Qué qué pasó? —La irritación subió un tono. —Vos me besaste. Me gustó.
Después yo te besé y retrocediste y te fuiste sin decir una sola palabra. —Se cruzó de
brazos. —Eso es lo que pasó. ¿Necesitás que te lo explique con más detalle?
—No.
—Entonces apartate.
—Alice.
—Me siento estúpida, Keil. —Lo dijo en voz baja y eso fue peor que si lo hubiera
gritado, más honesto, más directo, sin el filtro de la rabia protegiéndolo. —No sé qué
fue eso, no sé qué soy yo en este edificio, no sé qué sos vos ni qué es lo que te
habita ni por qué el pacto ni por qué yo ni por qué nada de esto. Y encima de todo
eso me besás como si, y después te vas como si nada, y yo me quedo sobre un
escritorio sintiéndome como una completa idiota. —Una pausa. —Así que me voy.
Porque es lo único que tiene sentido ahora mismo.
La miré.
—Sentate —dije.
—Esta vez no es para darte información —dije. —Es porque lo que tengo que decirte
va a necesitar que estés quieta.
Me miró durante tres segundos. Después se sentó en el borde de la cama. No
porque yo se lo hubiera pedido, su expresión dejó eso claro. Sino porque algo en el
tono llegó a algún lugar distinto a todos los tonos anteriores.
Apoyé los codos en las rodillas. Las manos juntas. La postura de alguien que está por
decir algo que no dice normalmente.
—Hay algo que vive en mí. —Hice una pausa buscando el orden correcto, que no era
el orden de la información sino el orden en que podía ser recibida. —No es una
posesión. No tomó el control contra mi voluntad. Es parte del pacto que mi abuelo
firmó hace setenta años. Lo que él invitó a entrar eligió quedarse en el linaje. En
cada primogénito desde entonces.
—¿Qué es —dijo.
—Antiguo. —Era la respuesta más honesta que tenía. —Más antiguo que cualquier
categoría que yo pueda darte. No es un demonio en el sentido que conocés. Es algo
que existía antes de que esa palabra existiera.
Alice procesó eso con la misma atención con que procesaba todo, en silencio, sin
interrumpir.
—Los dos compartimos el mismo cuerpo —seguí. —La mayor parte del tiempo soy
yo. Él está pero no domina. Hay momentos en que el gradiente se desplaza, cuando
algo lo activa, cuando algo que le importa a él está cerca. Esta mañana —hice una
pausa— le importabas.
No respondí de inmediato.
—Cuando retrocedí —dije— no fue porque no quisiera quedarme. Fue porque lo que
estaba tomando el control no era completamente yo y vos no habías elegido eso. —
La miré. —Hay una diferencia entre lo que soy yo y lo que somos los dos juntos. Y
esa diferencia importa.
—A los veintidós años tuve un problema con un linaje de brujas —dije. —Un cruce
que no tendría que haber pasado. Salí mal. Muy mal. —Hice una pausa. —No
recuerdo exactamente lo que siguió. Recuerdo el dolor, recuerdo el momento en
que perdí el hilo, y después recuerdo despertar.
—¿Cuánto tiempo?
—Una semana. Tal vez dos. El tiempo no fue lineal para mí en ese período.
—Él tomó el control. —Lo dije sin adorno, sin el envoltorio que habría suavizado lo
que significaba. —Mis heridas sanaron en días. Cosas que no deberían haber sanado,
que no tendrían que haber sobrevivido. Él lo hizo. —Miré mis manos. —Lo que es él
también es yo. Cuando sanó el cuerpo nos sanó a los dos.
—No lo sé del todo. —Era verdad. —Hay fragmentos. Imágenes que no son
recuerdos completos. Sé que no hizo nada que yo no habría hecho. Sé que mantuvo
lo que necesitaba mantenerse. —Hice una pausa. —Pero no tengo el registro
completo y eso es algo con lo que aprendí a vivir.
Silencio.
—Porque dijiste que te sentías estúpida —dije. —Y no lo eras. Lo que sentiste esta
mañana era real. Lo que pasó era real. Pero había dos capas y solo te mostré una y
eso no fue justo.
Levantó la vista.
Me miró con esa expresión que tenía cuando algo aterrizaba en un lugar que no
esperaba. El cambio de color en los ojos, el ámbar más claro ahora, más cerca del
dorado.
—¿Y la otra vez —dijo en voz baja. —La de las brujas. ¿También fue la última?
Lo miré.
La pregunta era más exacta de lo que debería haber podido ser con la información
que le había dado. Que Alice Fonua pudiera llegar a esa pregunta con esos datos era,
una vez más, información que guardé en el lugar donde guardaba todo lo que me
decía que esto era más complicado de lo que había calculado originalmente.
—¿Por qué.
—Porque las otras veces era una respuesta a una amenaza externa. —La miré. —
Esta mañana no había ninguna amenaza externa.
Alice sostuvo la mochila. Yo sostuve su mirada. Roma afuera siguió siendo Roma,
indiferente, antigua, completamente ajena.
—¿Y la próxima vez —dijo finalmente. No como pregunta de miedo. Como pregunta
de alguien que necesita el mapa completo antes de decidir en qué dirección caminar.
Algo en mí supo, con la misma certeza con que el pacto sabe las cosas que sabe, que
tenía razón. Que esta no iba a ser la última vez. Que Alice Fonua en el mismo espacio
que Vael y yo era el tipo de situación que no se resuelve con una conversación ni con
distancia ni con ninguno de los protocolos que yo había construido para manejar lo
que vivo en la sangre.
Un hecho.
Pero la mochila estaba en el piso y no en su espalda y eso era, por ahora, suficiente
información para los dos.
La miré.
—¿Con quién.
—Con él. —Una pausa. —Con lo que compartís el cuerpo. Con Vael, o como sea que
se llame.
—¿Por qué.
—Porque para terminar de entender la situación necesito escuchar las dos versiones.
—Me miró con esa expresión de quien ya tomó la decisión y solo está esperando que
el otro lado la procese. —Vos me contaste la tuya. Quiero la de él.
—¿Cómo funciona?
—No es un interlocutor que uno convoca cuando quiere tener una conversación.
Que era un gesto que no hago. Que es el tipo de gesto que hacen las personas
cuando no saben qué hacer con las manos y yo siempre sé qué hacer con las manos.
—Vael —dije en voz baja. No a Alice. Al fondo, al lugar donde siempre está el fondo,
ese espacio interior que después de trece años conozco tan bien como conozco el
edificio. —Ella quiere hablar con vos.
Silencio interior. Después algo que no eran palabras pero que tenía el peso
específico de una negativa.
—Dejá de ser tan obstinado —dije. —Y hablá.
Otro silencio.
(VAEL)
No de la forma en que Keil la mira, que es con esa metodología suya de catalogar y
archivar y convertir todo en información útil. La miré de la forma en que miro las
cosas que me interesan, que es completamente, sin filtro, sin el envoltorio que los
humanos le ponen a la atención para que no parezca lo que es.
—Vael —dije. La voz era la misma, el cuerpo era el mismo, pero algo en la cadencia
era diferente, algo en la forma en que el aire alrededor cambiaba de densidad. —
Para que quede claro desde el principio.
Alice parpadeó.
—¿Vael? —dijo.
—El mismo.
—Keil dice muchas cosas. —Me senté en la silla con una comodidad que Keil no
habría tenido en este momento. —Algunas son ciertas.
Alice me estudiaba. Lo hacía con esa atención de ella que el pacto había reconocido
desde el principio, esa forma de buscar la estructura debajo de la imagen.
—Adelante.
Lo miré.
—¿Belle. —La palabra salió con el peso específico de algo que no puede tomarse en
serio. —¿Quién en su sano juicio se llamaría Belle? —Hice una pausa. —Es un
nombre estúpido.
—El punto es que quien en su sano juicio se llamaría Vael. —Me miró. —Es nombre
de niña.
Lo consideré.
—Es un buen punto —dije— viniendo de alguien que tiene el nombre de una
protagonista de película de los noventa. —Una pausa. —Pero en fin. ¿Qué es tan
importante que necesitabas hablar con quien sea que yo sea?
—No.
—Cierto.
Alice acomodó la mochila a un lado y se quedó mirándome con las manos juntas en
la falda. El gesto de alguien que está por hacer una pregunta que lleva un rato
armando.
—El altercado con las brujas —dijo. —Cuando Keil tenía veintidós años.
—Él me dijo que salió muy mal. Que no recuerda bien lo que pasó después. —Me
miró. —Vos tomaste el control.
—Sí.
Lo consideré. No porque dudara de qué decir sino porque estaba midiendo cuánto
de lo que recordaba podía traducirse a términos que tuvieran sentido para alguien
que no había estado ahí.
—Mal —dije finalmente. —Tres costillas rotas, una de ellas comprometiendo algo
que no debería comprometer. Pérdida de sangre suficiente para que la probabilidad
de que siguiera siendo un problema para alguien fuera considerablemente menor
que la probabilidad alternativa. —Hice una pausa. —Iba a morir. Sin dramatismo.
Como dato.
—Porque sí.
Lo miré.
—Es la única que tengo por ahora. —Me sostuvo la mirada. —¿Qué hiciste en ese
tiempo?
Me recosté en la silla con la comodidad de algo que lleva más siglos de los que ella
podría calcular haciendo exactamente lo que quiere cuando quiere hacerlo.
—El tipo de cosas que se encargan cuando alguien casi mata a la persona con la que
compartís cuerpo hace seis años y te parece que eso merece una respuesta.
Alice me miró.
—El círculo que usaron para la invocación —dije— tardó exactamente una semana
en volverse inutilizable. No de forma violenta. Solo dejó de funcionar. Sus
conexiones con las entidades con las que operaban se cortaron. —Hice una pausa. —
Las entidades no reciben bien ese tipo de cortes. Las consecuencias fueron de ellas,
no mías.
—Las brujas del círculo principal tuvieron algunos problemas con su magia en los
meses siguientes. Interferencia, podríamos llamarlo. Como estática en una señal. —
Una pausa. —Algunas la recuperaron. Otras no del todo.
—¿Las lastimaste.
—Yo no lastimé a nadie —dije. —Reorganicé algunas cosas. Las consecuencias de esa
reorganización fueron propias de cada sistema afectado.
Alice me miraba con esa expresión que no era exactamente horror pero que era lo
que viene antes del horror cuando la cabeza todavía está procesando.
—Eso es perturbador.
—No. —Una pausa. —Pero podrías haberlo dicho con algo más de... peso.
—El peso es tuyo, Alice. Yo solo tengo los hechos. El peso de los hechos lo pone
quien los escucha.
Silencio.
—¿Cuáles.
—Que el cuerpo que habitamos siga siendo habitable —dije. —Entre otras.
—Keil tiene una capacidad particular para la negación productiva —dije. —Pero hay
cosas que están fuera de esa capacidad. Lo que hice con las brujas está fuera de esa
capacidad. —Hice una pausa. —Si lo supiera empezaría a construir sistemas para
impedirme tomar el control. Protocolos. Límites adicionales. El tipo de arquitectura
interna que los humanos construyen cuando tienen miedo de algo que vive en ellos.
—Para él, posiblemente no. Para la probabilidad de que siga vivo en ciertas
situaciones, sí. —La miré. —No le cuento por él. No por mí. Hay una diferencia.
—Soy consciente de que es una perspectiva —dije. —La mía. Que es la única que
tengo.
Silencio largo.
—Porque entendiste lo que acabo de decir sobre lo que pasaría si lo supiera —dije.
—Y eso significa que también entendiste lo que eso implicaría para él. —Hice una
pausa. —Sos suficientemente inteligente para saber que hay información que
protege y que hay información que destruye. Y sos suficientemente honesta para no
confundirlas.
Alice me miró. Sostuvo esa mirada el tiempo suficiente para que yo entendiera que
estaba verificando algo, buscando la trampa en lo que acababa de decir, el ángulo
que yo estaba usando.
—Siempre hay más —dije. —Pero por ahora hay algo que sí necesitás saber.
—¿Qué.
—Las cosas van a volver a complicarse. —Lo dije con la misma neutralidad con que
había descrito todo lo demás. —No sé cuándo. No te voy a decir cuándo porque no
lo sé con exactitud y porque aunque lo supiera la información no cambiaría lo que
tenés que hacer. Pero va a pasar.
—Cuando pase voy a estar. —Hice una pausa. —Como estuve la vez de las brujas.
Como estoy siempre que Keil llega a un límite que su cuerpo humano no puede
sostener solo.
Lo miré.
Era la pregunta correcta. Era siempre la pregunta correcta con esta mujer, que
llegaba al centro de las cosas con una precisión que no debería haber podido tener
con la información parcial que tenía.
—Si estás en el medio —dije— entonces estás en el medio. —Una pausa. —Y eso
significa que la dinámica de lo que somos los tres va a ser considerablemente más
complicada de lo que es ahora.
—¿Los tres.
—Keil. Yo. Vos. —La miré. —La marca que llevás no es independiente de lo que
somos nosotros. Ya lo sabés. Él te lo dijo esta mañana. Lo que no te dijo, porque
todavía no lo sabe del todo, es que esa conexión no es solo con el pacto. —Hice una
pausa. —Es conmigo también.
—Lo que hacés con todo lo demás, supongo. —Me puse de pie. —Lo anotás en el
cuaderno y buscás el sistema.
—Sé bastante más de lo que Keil cree que sé —dije. —Somos el mismo cuerpo, Alice.
Lo que él observa, yo también lo observo. La diferencia es lo que hacemos con lo que
vemos.
—Es hora de volver —dije. —Keil va a tener preguntas sobre cuánto tiempo llevo
acá.
—¿Qué le digo.
—Lo que quieras. —Me encogí de hombros. —Pero te recomiendo que lo que
hablamos sobre las brujas no forme parte de esa conversación. No por mí. —La miré
una última vez. —Por él.
Y retrocedí.
(KAEL)
Volví de golpe como siempre vuelvo, con el registro de que el tiempo pasó sin que yo
estuviera completamente presente en él y la sensación específica de haber cedido
terreno que ahora tenía que recuperar.
Alice estaba sentada frente a mí mirándome con una expresión que no supe leer del
todo.
Eso no me pasaba.
La miré.
—¿Qué te dijo.
Alice me miró un momento. En sus ojos había algo nuevo, una capa que no había
estado ahí esta mañana, algo que había entrado en los últimos minutos y que se
había instalado con la firmeza de algo que no iba a irse fácilmente.
—No —dijo. Y algo en su tono, tranquilo, más tranquilo que cualquier tono que le
había escuchado desde que entró al edificio, me dijo que no iba a obtener más que
eso. —No lo es.
Después decidí que había batallas que no valía la pena pelear esta mañana.
—Todavía no —dijo.
(ALICE)
No porque Keil me lo pidiera. No lo pidió. Lo que hizo fue dejar la puerta del
despacho abierta cuando trabajaba y poner café en la cocina a las ocho de la mañana
y no mencionar el portal ni la llave ni ninguna de las cosas que ambos sabíamos que
seguían siendo verdad. Era una forma de retenerme que no parecía retención y que
funcionaba exactamente porque no lo parecía.
Lo anoté en el cuaderno.
Keil Mangiarotti no necesita cerrar puertas para que las puertas estén cerradas.
Lo anoté y lo releí y lo dejé ahí porque era verdad y porque las verdades que
incomodan son las que más necesitan estar escritas.
No la del estudio, la otra, la que estaba detrás de una puerta en el segundo piso que
yo había asumido que era otro cuarto de huéspedes y que resultó ser una habitación
entera de paredes cubiertas de libros que no eran en su mayoría en italiano. Latín, sí.
Griego, algunos. Pero también idiomas que reconocí por la forma de los caracteres
sin poder leerlos y otros que no reconocí en absoluto, escrituras que no tenían
ningún alfabeto conocido como base.
—¿Keil o Vael?
Lo anoté todo.
Al tercer día Keil entró a la biblioteca a las diez de la mañana y dijo que era hora de
salir.
—Hay personas que necesitan verte. —Se quedó en el marco. —Y personas que
necesito que vean que estás conmigo.
Levanté la vista.
—Sí. —Me miró. —Las primeras tienen información que necesitamos. Las segundas
necesitan entender que la situación cambió antes de que decidan actuar sobre lo
que sabían antes.
—¿Las hadas?
Silencio.
—¿Y?
—Tardaste menos de lo que esperaba —dijo. Y en su tono había algo que no era
exactamente aprobación pero que se le parecía de una forma que guardé sin
examinar demasiado. —Las hadas son las más urgentes, sí. Son las que tienen más
que perder si la marca se activa completamente y las que más recursos tienen para
actuar antes de que eso pase.
—Las vemos primero. —Me miró. —Antes de que ellas decidan verte a vos.
Eso lo sabía desde el primer mes, que la Roma que yo conocía, la de los museos y las
bibliotecas y los mercados de la mañana, era una capa encima de otra ciudad que
operaba con reglas distintas. Pero saberlo como dato y verlo con el contexto que
tenía ahora eran cosas completamente diferentes.
Keil caminaba a mi lado con esa quietud suya que ahora yo leía diferente. No era
solo control. Era también señal. El lenguaje corporal de alguien que está
comunicando su presencia al entorno de una forma que el entorno, el entorno real,
el que vive en las capas que yo no había podido ver antes, recibe y procesa.
—¿Por qué?
—Porque las hadas no mienten. —Me miró. —Pero nunca dicen todo directamente.
Cada palabra es una pieza de algo más grande y si no tenés el contexto completo
podés estar respondiendo algo completamente diferente a lo que creés que estás
respondiendo.
Lo miré.
—Eso no es tranquilizador.
La fachada era completamente mundana. Una vidriera con objetos que podrían estar
en cualquier mercado de antigüedades de Roma. Una puerta de madera con una
campanilla que sonó cuando entramos.
Alta, pelo casi blanco aunque no parecía mayor de treinta años, ojos de un color que
cambiaba dependiendo del ángulo desde el que la mirabas. Vestida con algo que era
contemporáneo en el corte pero que tenía una calidad específica, demasiado
perfecta, demasiado exacta, el tipo de ropa que no se fabrica en ninguna fábrica.
Me miró.
No a Keil. A mí.
Con una sonrisa que era completamente encantadora y que no llegaba a ningún
lugar que no fuera la superficie.
—Qué interesante —dijo. En italiano perfecto, sin acento. —Así que es esto lo que
tiene tan ocupado a Mangiarotti últimamente.
—Lirien —dijo Keil. El nombre como saludo y como advertencia al mismo tiempo.
—Keil. —La mujer, Lirien, no apartó los ojos de mí. —¿Vas a presentarme?
—Alice Fonua —dijo Keil. —Lirien es la representante de la corte del norte en Roma.
—El placer es completamente mío. —Lirien se acercó dos pasos con el movimiento
específico de algo que aprendió a moverse como humano pero que nunca lo fue del
todo. —Hacía tiempo que no veíamos algo tan interesante en esta ciudad.
—¿Algo? —dije.
Miré a Keil.
Él me devolvió la mirada con una expresión que decía exactamente esto es a lo que
me refería.
(KEIL)
Lirien era el problema más elegante que había aprendido a manejar en los últimos
cuatro años.
No porque fuera peligrosa en el sentido directo. Las hadas de linaje alto rara vez lo
son de forma directa, eso sería demasiado simple, demasiado sin gracia. Lirien era
peligrosa de la forma en que son peligrosas las cosas que nunca dicen exactamente
lo que quieren decir, que construyen situaciones en lugar de crearlas, que cuando
llegás al punto en que entendés lo que pasó ya estás tres pasos adentro de algo que
firmaste sin saberlo.
Cuatro años de negociaciones con la corte del norte me habían dado suficiente
contexto para moverme en ese espacio. No con comodidad. Con la precisión
necesaria para no cometer errores que no pudiera corregir.
Alice, que era inteligente y observadora y que en tres días había encontrado más
información en mi biblioteca de lo que la mayoría de mis asociados encontraría en
un mes, pero que no tenía el contexto específico del idioma de las hadas. Que no
sabía que cada pregunta era una negociación. Que no sabía que aceptar algo,
cualquier cosa, creaba una deuda que Lirien iba a cobrar en el momento y la forma
que más le convenía.
Alice la sostenía. Bien. Pero había algo en su postura, la forma en que procesaba el
entorno, que le decía a alguien que supiera leerla que estaba catalogando
información a alta velocidad y que parte de esa información la estaba incomodando
sin que pudiera nombrar exactamente por qué.
Lirien me miró con esa expresión de diversión genuina que era una de las pocas
cosas reales que le había visto.
—Por supuesto —dijo. —Siempre tan eficiente, Keil. —Se giró hacia Alice. —¿Te
explicó cómo funcionamos nosotros? ¿O te trajo aquí sin el manual completo?
—La corte —dijo finalmente— tiene un interés académico en la marca que lleva tu...
invitada.
—¿Académico? —dije.
No lo sabía. No lo mostré.
—Continuá —dije.
—La marca que lleva Alice —usó su nombre con la familiaridad específica de alguien
que lo había sabido antes de que yo se lo dijera— es parte de un sistema más
grande. Un sistema que la corte ayudó a diseñar hace cuatro generaciones. —Hizo
una pausa. —Lo que significa que tenemos derechos sobre su activación.
—¿Por qué?
—Porque lo que se libera cuando esa marca se activa va a cambiar el equilibrio de
poder en esta ciudad. —Me miró. —Y la corte del norte no tiene ninguna intención
de no estar en la mesa cuando eso pase.
(ALICE)
Escuché todo.
Escuché a Lirien hablar sobre mi marca como si fuera un activo, un recurso, una
pieza en un sistema que ella y otros habían diseñado antes de que yo naciera, y lo
procesé con la misma atención con que proceso todo porque era lo único que podía
hacer en este momento que tuviera algún valor.
Mi activación.
Lirien se giró hacia mí con esa sonrisa que no llegaba a ningún lugar real.
—¿Cuándo dicen que ayudaron a diseñar el sistema, qué significa eso exactamente
para la persona que lleva la marca?
Lirien me miró un momento. Algo en sus ojos cambió, tan brevemente que casi no
existió, el cambio de alguien que acaba de recalibrar su evaluación de lo que tiene
enfrente.
Lo miré.
—¿Eso es una amenaza o información?
Lirien sonrió.
—En nuestra experiencia —dijo— la diferencia entre las dos cosas es principalmente
una cuestión de perspectiva.
Keil puso una mano en mi brazo. Suave. El contacto mínimo de alguien comunicando
suficiente sin palabras.
—Vamos a necesitar tiempo para considerar lo que planteás —le dijo a Lirien. —La
corte va a tener una respuesta antes del final de la semana.
—Por supuesto. —Lirien nos miró a los dos con esa expresión de algo que ya calculó
el resultado y solo está esperando que los otros lleguen al mismo punto. —Tomense
el tiempo que necesiten. —Una pausa. —Aunque el tiempo, como siempre, tiene sus
propias opiniones sobre cuánto está disponible.
Salimos.
La calle afuera olía a Roma normal. Piedra y café y el ruido del tráfico a dos cuadras.
La campanilla de la puerta sonó detrás de nosotros y después silencio.
—¿Les creés?
—Les creo que saben más de lo que mostraron. —Una pausa. —Lo que dicen que
saben y lo que realmente saben son dos cosas distintas con las hadas. Siempre.
—Bien —dije. —¿Qué no me dijiste antes de entrar que tendría que haberme dicho?
Me miró.
Se giró.
Al fondo de la calle, donde la sombra de los edificios era más densa, había tres
figuras que no se comportaban como las personas se comportan en una calle de
Roma a las once de la mañana. Demasiado quietas. Demasiado orientadas.
Hacia mí.
—Lo veo. —Su voz completamente plana. La voz de alguien que ya está calculando.
—Caminá. No corras. Pegada a mí.
—¿Son de la corte?
—No. —Una pausa que duró exactamente lo que duró su mirada sobre las figuras. —
Son de la segunda facción.
—La que menos quería que se adelantara. —Me miró un segundo. Algo en sus ojos
estaba cambiando, el verde oscureciéndose, el gradiente desplazándose. —Caminá,
Alice. Ahora.
Caminé.
Como preparación.
(KEIL)
Caminamos.
El Ghetto de Roma tiene calles que se angosta sin avisar, que doblan sobre sí mismas
con la lógica de algo construido para perderse en él, para que quien no lo conoce
termine exactamente donde quien lo conoce quiere que termine. Lo conocía. Lo
había caminado suficientes veces de día y de noche y en condiciones que no eran
ninguna de las dos cosas.
Las tres figuras detrás. Distancia calculada, ni demasiado cerca para provocar
reacción inmediata ni demasiado lejos para que pudiéramos ganar terreno real. El
movimiento de algo que tiene instrucciones precisas y tiempo suficiente para
ejecutarlas.
Demonios menores. Los reconocí por la forma en que el aire se desplazaba alrededor
de ellos, ese efecto de densidad que tienen las entidades que existen parcialmente
fuera del plano visible. No eran poderosos en sí mismos. Pero tenían dueño, lo que
significaba que el poder real estaba en algún lugar que yo no podía ver todavía,
moviendo las piezas desde afuera del tablero.
—Hacia la Via del Portico. Hay más gente. Los demonios menores no actúan frente a
mundanos, es demasiado ruido para quien los controla.
Doblamos a la izquierda.
La figura apareció.
Frente a nosotros. A ocho metros, en el centro del callejón que debería haber
llevado a la calle principal. Una sola figura esta vez, diferente a las tres de atrás. Más
quieta. Más densa. Con la presencia específica de algo que lleva más tiempo en este
plano que los otros tres juntos.
No era menor.
Eso cambió el cálculo.
—Sí.
—¿Cuánto mayor?
Detrás de nosotros los tres habían parado. La calle angosta, los edificios a ambos
lados sin salida visible, el olor a algo que no era Roma normal filtrándose por el aire
de la mañana con la sutileza de algo que no necesita esconderse porque ya ganó la
posición.
Vael.
Lo llamé hacia adentro, hacia el fondo donde siempre está el fondo, con la urgencia
específica de alguien que necesita los recursos que tiene disponibles y los necesita
ahora.
La presión se detuvo.
Después, en el espacio donde Vael se comunica sin palabras, algo que era
inequívocamente irritación.
(VAEL)
Contenerme.
Trece años de pacto y Keil todavía me decía que me contuviera como si fuera una
sugerencia razonable para hacer a alguien que podría resolver esta situación en
cuatro minutos y sin dejar que esos tres demonios de segunda categoría y su amigo
el mayor se creyeran que habían acorralado a algo que merecía su tiempo.
Pero bien.
Miré la situación desde adentro con la paciencia de algo que lleva siglos aprendiendo
cuándo el momento correcto es ahora y cuándo es después. El demonio mayor al
frente era problema real, sí. Tenía antigüedad, tenía instrucciones directas de
alguien con poder suficiente para invocarlo, y estaba completamente orientado
hacia Alice con la fijación específica de algo que tiene un objetivo claro y no tiene la
sofisticación necesaria para fingir que no.
El problema real era el dueño. Que no estaba visible. Que estaba en algún punto
fuera del callejón moviendo esto desde una distancia que lo mantenía fuera de
cualquier consecuencia directa.
Y Alice.
Alice parada detrás del brazo de Keil, completamente quieta, con esa atención suya
funcionando a velocidad máxima, catalogando lo que podía ver y lo que podía sentir
y construyendo un mapa de la situación con información que la mayoría de los
humanos no habría podido procesar en este contexto.
Interesante.
Pausa.
Exactamente.
(KAEL)
—Mangiarotti. —La voz del demonio era italiana pero con una cadencia que no era
humana, demasiado plana, sin la música que tiene el italiano cuando lo habla alguien
que creció con él. —La chica viene con nosotros. Vos seguís tu día.
—No —dije.
Alice no se movió.
—Keil —dijo en voz baja. No de miedo. Con el tono específico de alguien que tiene
información y necesita comunicarla sin que el demonio mayor escuche. —Hay algo
pasando con mi mano.
La miré rápido. Su mano derecha, la que tenía al costado del cuerpo, tenía algo que
no estaba ahí hace treinta segundos. Un pulso de luz muy suave bajo la piel, dorado,
casi imperceptible, el tipo de cosa que en plena luz del día la mayoría de la gente
habría confundido con el reflejo del sol.
La marca.
Su expresión cambió.
—Interesante —dijo. Y ahora sí había algo en el tono, algo que no era solo
instrucciones sino interés propio. —Más urgente de lo que pensábamos.
Se movió.
(ALICE)
Fue rápido.
Eso fue lo primero que registré. Que algo que parecía tan quieto podía moverse tan
rápido, con esa velocidad que no es humana porque los humanos tienen fricción
cuando se mueven, resistencia, el tiempo que tarda el cuerpo en convencer a la física
de que se aparte. Esto no tenía fricción.
Keil se interpuso.
Pero esto no era el edificio. No era luna llena. Los recursos eran distintos y yo no
sabía exactamente cuáles eran y cuánto duraban y Keil no tenía tiempo de
explicármelo.
Me giré.
Estaban a cuatro metros. Dos metros. Y lo que sentía cuando los miraba no era solo
miedo sino esa otra cosa, la que había empezado en mi mano y que ahora subía por
el brazo sin que yo le diera permiso, ese pulso dorado bajo la piel que no era
temperatura sino algo más parecido a presión buscando salida.
Pero sabía, con la certeza irracional de alguien que encontró algo en el cuerpo que
no sabía que tenía, que quería salir.
—No lo hagas —dijo Keil detrás de mí. Sin volumen. Sin apartar los ojos del demonio
mayor. —Todavía no sabés qué pasa si lo soltás.
—¿Con qué?
Pausa brevísima.
(KEIL)
Sostuve.
Vael.
Hay mundanos, dijo Vael. Con la paciencia de alguien que lleva rato esperando que
yo llegara a esta conclusión solo.
¿Estás seguro?
No estaba seguro. Pero las opciones que tenía sin Vael se estaban reduciendo con la
velocidad específica de algo que se acaba.
Sentí la sonrisa. No tenía forma física pero la sentí igual, esa vibración específica de
algo que lleva rato esperando permiso y que no va a desperdiciarlo.
El gradiente se desplazó.
(VAEL)
Parcialmente.
Doce segundos. Eso era lo que Keil me estaba dando y los dos lo sabíamos.
El demonio mayor me miró cuando los ojos cambiaron. El rojo en los bordes, la
densidad diferente, el aire del callejón comprimiéndose hacia adentro de la forma en
que se comprime cuando algo que no es completamente humano decide que ya tuvo
suficiente paciencia.
Lo que hice en los siguientes doce segundos no fue violento en el sentido en que los
humanos entienden la violencia. No hubo sangre, no hubo daño visible, no hubo
nada que alguien mirando desde afuera pudiera describir con certeza en un informe.
Fue más quirúrgico que eso. El tipo de intervención que trabaja sobre lo que una
entidad es en lugar de sobre lo que tiene, que toca el punto donde el demonio y sus
instrucciones se conectan y desconecta esa conexión con la precisión de algo que
sabe exactamente dónde está ese punto porque lleva siglos sabiendo dónde están
esos puntos en todo.
El demonio mayor se detuvo.
No porque yo los detuviera. Sino porque sin la conexión con quien los controlaba no
tenían instrucciones y sin instrucciones los demonios menores son lo que son: ruido
sin dirección.
Estaba mirándome con esa expresión suya de catalogar, con el pulso dorado todavía
activo bajo la piel de su mano pero más quieto ahora, respondiendo a la disminución
de la amenaza como respondería un sistema de alarma cuando la alarma cede.
—¿Vael? —dijo.
Alice parpadeó.
—¿Qué?
—Es un castigo. No te cuento los detalles pero es horrible. Esa cosa sabe a pis. —
Hice una pausa. —Así que en parte fue altruismo genuino.
—Gracias —dijo.
—No me agradezcas todavía. —Miré el callejón. Los demonios seguían quietos pero
no iban a seguir así indefinidamente y el dueño, dondequiera que estuviera, ya sabía
que algo había salido mal. —Doce segundos se acabaron. Keil va a tener preguntas.
Vael.
Ahí estaba.
Ya sé, le dije. Ya voy.
¿Qué hiciste?
Lo necesario.
Retrocedí.
(KAIL)
Volví con el sabor específico de haber cedido terreno y la certeza de que lo que Vael
había hecho en esos doce segundos era más de lo que iba a contarme.
Los demonios seguían en el callejón pero sin dirección, sin instrucciones, con esa
desorientación de algo que perdió el hilo de lo que se supone que debe hacer. No
iban a estar así mucho tiempo. Quien los controlaba iba a reconectar o iba a
retirarlos o iba a escalar, y ninguna de esas tres opciones era conveniente para
nosotros en este callejón.
—Caminá —dije.
Caminamos.
—Keil.
Me giré.
Su mano derecha. El pulso dorado que había visto antes había cambiado. No más
suave. Más extendido. Subía por la muñeca hasta el antebrazo con la luminosidad
específica de algo que encontró un canal y estaba explorando hasta dónde podía
llegar.
Y alrededor de nosotros, en el radio de dos metros, las sombras de la calle se habían
reorganizado.
—No lo estoy controlando —dijo Alice. La voz tranquila, con el esfuerzo visible de
alguien usando la calma como herramienta. —Está pasando solo.
—Lo sé.
—Tu marca respondió a la amenaza y no sabe cómo volver al estado anterior porque
nunca había salido antes. —La miré. —Es como un músculo que usaste por primera
vez. No sabe dónde está el descanso.
—¿Cómo lo detengo?
Me miró.
—Estoy respirando.
—Más despacio.
Respiró. Yo sostuve su mirada, los ojos color miel con algo nuevo en el centro, esa
luz que no era de ella pero que era completamente suya al mismo tiempo, y esperé.
Alice exhaló.
—Sí.
—Y todavía no terminó.
—No.
Me giré.
Lirien estaba apoyada en la pared del edificio de enfrente con los brazos cruzados y
la expresión de alguien que llegó exactamente cuando calculó que necesitaba llegar.
A su lado había dos figuras que no eran humanas y que no estaban haciendo ningún
esfuerzo por parecerlo.
—Qué situación tan desafortunada —dijo Lirien. —Por suerte pasábamos por acá.
—No. —Sonrió. —¿Necesitan ayuda para salir del perímetro que el dueño de esos
demonios está construyendo alrededor de esta cuadra?
Lo miré.
Territorio neutral sobrenatural. El tipo de trampa que no se siente hasta que ya estás
adentro.
—No.
—Keil. —Su voz con esa paciencia de algo que ya sabe el resultado. —El perímetro va
a cerrarse completamente en aproximadamente ocho minutos. Después no hay
salida sin confrontación directa con quien lo está construyendo que, te aseguro, es
considerablemente más que los demonios menores que acabás de manejar. —Hizo
una pausa. —Un favor. A definir más adelante. Dentro de parámetros razonables.
—Define razonables.
—Nada que comprometa la vida de ninguno de los dos. Nada irreversible sin
consentimiento. —Me miró. —La corte del norte no opera en esos términos, Keil. Lo
sabés.
Lo sabía.
También sabía que un favor de hada a definir más adelante era exactamente el tipo
de deuda que se volvía lo que la hada necesitaba que fuera en el momento que más
convenía cobrarla.
Alice me miró.
—Sí.
Lirien sonrió y levantó una mano y el aire del perímetro se abrió como se abre una
tela cuando alguien la corta con algo exacto, limpio, sin bordes.
Salimos.
Lo que Vael había hecho en el callejón me había costado algo que todavía no había
terminado de cuantificar. Lo noté cuando subí las escaleras y la energía que
normalmente tengo para sostener los dos pisos no estaba del todo. Lo noté cuando
entré al despacho y la pantalla encendida me produjo un cansancio ocular que no
era normal.
El costo de ceder el gradiente era siempre físico. Siempre. Era la mecánica del
sistema, que lo que Vael usa no viene de la nada sino de recursos compartidos y que
cuando él usa más de lo que el cuerpo puede generar solo el déficit se cobra de
alguna forma.
Alice entró detrás de mí. Me miró. Miró las manos. Miró mi cara.
—Nada grave.
—Eso no responde la pregunta.
—Hay un costo cuando el gradiente se desplaza. —La miré. —Físico. Pasa siempre.
—¿Cuánto costo?
—Manejable.
—Keil.
—Manejable, Alice.
Me miró durante un momento con esa expresión que tenía cuando había detectado
que yo estaba dosificando y que había decidido dejar pasar la dosificación por ahora
pero que no la olvidaba.
La miré.
—Agua —dije.
—Todavía no lo sé.
La miré.
—Que quien construyó ese perímetro nos tuviera adentro sin salida y sin los
recursos suficientes para manejar lo que habría venido después. —Hice una pausa.
—Con vos ahí.
—La tercera facción. —La miré. —La que menos quería que se adelantara.
—¿Qué son?
—Eso —dije— es la conversación que vamos a tener esta tarde. Cuando me recupere
lo suficiente para tenerla bien.
Con lo que tenía, con lo que le había dado yo, con lo que había visto y sentido y
catalogado en las últimas tres horas en las calles del Ghetto.
Bebí el agua y la observé y algo en la palma derecha, sobre la cicatriz que seguía fría,
siguió siendo exactamente lo que había sido desde la primera noche.
(ALICE)
Un sobre deslizado por debajo de la puerta del despacho a las siete de la mañana,
con el sello de la corte del norte en cera blanca y adentro una sola hoja con una sola
línea escrita en una caligrafía que era demasiado perfecta para ser humana.
Keil lo leyó dos veces. Después lo puso sobre el escritorio con el cuidado excesivo de
alguien que está usando el movimiento físico para no hacer otra cosa.
—No —dijo.
—Mi vida está comprometida desde que entré a tu edificio, Keil. —Me levanté. —
¿Qué quiere Lirien?
Me miró con esa expresión. La del control absoluto sosteniendo algo que no quería
ser sostenido.
—El sobre dice lo que Lirien quiere que diga. —Se levantó. —Voy a hablar con ella.
Hoy. Y vos no vas a ningún lado hasta que yo vuelva.
—¿Me estás dando una orden?
Abrió la boca.
Salió.
***
Volvió a las ocho con la mandíbula apretada y algo en los ojos que no era el rojo de
Vael sino algo más humano, más frío, la expresión de alguien que acaba de tener una
conversación que salió exactamente tan mal como esperaba.
—Keil.
—Información —dijo. —Quiere que le cuentes lo que sabés sobre tu marca. Lo que
sentiste en el callejón. Cómo funciona desde adentro. —Hizo una pausa. —Dice que
tiene información a cambio. Sobre el origen de la marca. Sobre quién la diseñó y por
qué.
Lo procesé.
—¿Le creés?
—No completamente. —Me miró. —Pero tampoco creo que mienta sobre la
información que tiene. Las hadas no ofrecen lo que no pueden dar. Es parte de cómo
operan.
—¿Y si acepto?
—Quedamos en paz con el favor. —Una pausa. —Y sabemos más sobre tu marca de
lo que sabemos ahora.
—Que lo que te cuente cambie algo. —Me miró con esa expresión que tenía cuando
estaba diciéndome más de lo que las palabras contenían. —Que la información que
Lirien tiene sobre el origen de tu marca sea el tipo de información que no podés
desaprender.
Lo miré.
Silencio.
—¿Qué parte?
La dirección del dorso del sobre llevaba a un palazzo en el Aventino que desde
afuera era lo que parecía, viejo, cerrado, con la quietud específica de los edificios
que llevan décadas sin uso visible. Adentro era otra cosa.
Lirien nos recibió en una sala que no tenía las proporciones correctas para el edificio
que la contenía, demasiado alta, demasiado amplia, con una luz que no venía de
ninguna fuente identificable y que hacía que todo tuviera una nitidez ligeramente
excesiva.
—Siempre hay opciones. —Se giró hacia Keil. —Vos esperás afuera.
—No.
—Keil. —Lirien con la paciencia de algo que no necesita apurarse. —El trato era con
Alice. Tu presencia contamina lo que necesito que me cuente. Tus reacciones le van
a decir lo que puede y no puede decirme y eso no me sirve. —Hizo una pausa. —
Afuera. O el trato se rompe y el favor queda pendiente.
Keil me miró.
Yo lo miré.
—Lo sé —dije.
Salió.
No voy a escribirlo todo en el cuaderno esta noche porque algunas cosas necesitan
tiempo antes de volverse palabras y esta es una de esas cosas. Lo que puedo escribir
es el contorno, la forma de lo que supe sin los detalles que todavía me pesan
demasiado para transcribirlos.
La marca en mi linaje fue diseñada hace cuatro generaciones. No por las hadas,
aunque la corte del norte participó. Fue diseñada por una alianza, varios grupos con
intereses distintos que encontraron un punto de convergencia: crear una llave. Algo
que en el momento correcto, con el activador correcto, abriera acceso a un tipo de
poder que ninguno de los grupos podía obtener solo.
Lirien me miró con esa expresión de quien ya sabe la respuesta y está esperando que
yo llegue sola.
—Específicamente —dijo Lirien— lo que vive dentro del pacto de los Mangiarotti. —
Hizo una pausa. —El marcaje que ocurrió en el edificio no fue accidental, Alice. No
fue el pacto actuando solo. Fue el sistema haciendo lo que fue diseñado para hacer
desde el principio. El pacto y tu marca fueron construidos para encontrarse. Para
activarse mutuamente.
Lo procesé.
—Keil sabe parte. —Una pausa. —Lo que no sabe es quién diseñó el sistema
completo. Quién puso las piezas en su lugar. —Me miró. —¿Querés saberlo?
—Sí.
El nombre aterrizó en el silencio de la sala con el peso específico de algo que cambia
la forma de las cosas sin que nada visible se mueva.
Mi padre.
(KEIL)
Me quedé quieto.
—Conozco el nombre.
—¿Cuánto más que el nombre?
La miré. En sus ojos había algo que no había visto antes, no la rabia de la mañana del
despacho ni la determinación del callejón. Era algo más quieto y más frío, la
expresión de alguien que recibió un golpe en un lugar que no tenía defensa
construida.
—Alice—
—Poco. Menos de lo que debería. —Hice una pausa. —Sabía que el nombre aparecía
en los archivos de la tercera facción. Sabía que había una conexión con tu linaje. No
sabía la magnitud de esa conexión hasta—
—¿Hasta cuándo?
Silencio.
—Sí.
—Y no me dijiste nada.
—No me dijiste nada. —No era pregunta. Era el cierre de algo, el click que ya había
escuchado antes en la cocina la mañana después de la primera noche, ese sonido de
alguien cerrando una puerta por dentro. —Es mi padre, Keil. Es información sobre mi
padre y la tuviste tres días y no me dijiste nada.
No respondí.
Porque no había respuesta que no fuera verdad y la verdad era que había calculado
el momento correcto para decírselo con la misma metodología con que calculaba
todo y esa metodología esta noche no tenía ninguna defensa válida.
—Esta noche nada. —Se giró hacia la escalera. —Esta noche no quiero escucharte.
Subió.
Me fui al despacho.
Y Nico me llamó a las once y cuarto con la voz de alguien que tiene noticias que no
quiere dar.
—Habla —dije.
—La chica del doctorado —dijo Nico. —Martina Greco. La que convenció a Alice de
salir la noche que entró al edificio.
—¿Qué pasó.
El silencio que siguió tuvo un peso que no era solo información. Era la confirmación
de algo que había estado en el borde de mis cálculos sin que yo quisiera mirarlo
directamente: que quien movía los demonios menores no tenía límites que yo
hubiera subestimado.
—¿Cómo —dije.
—Limpio —dijo Nico. —Sin marcas físicas. El tipo de muerte que no deja rastro
visible pero que en el mundo en que vivimos nosotros tiene una firma muy
específica.
—Vampiro.
—Sí.
—¿Clan?
—Caretti.
—Todavía no.
—El mensaje es que puede llegar a cualquiera que esté cerca de Alice. —Pausa. —
Que no hay perímetro suficiente.
—¿Qué hacemos?
—Esta noche nada —dije. —Mañana temprano necesito que tengas todo lo que
puedas conseguir sobre los movimientos del clan Caretti en los últimos seis meses.
Propiedades, contactos, territorio en Roma. Todo.
—De acuerdo.
—Entendido.
Colgué.
Arriba Alice estaba en el cuarto de huéspedes sin saber que la única persona en
Roma que había intentado darle algo parecido a una vida normal acababa de
aparecer en el Tíber.
Sin saber que yo lo sabía desde hace tres días y había calculado el momento correcto
para decírselo.
Subí la escalera.
(ALICE)
No porque tuviera razón específica para llamar. Sino porque después de lo que Lirien
me había contado y del silencio del camino de vuelta y de la conversación en el hall,
necesitaba escuchar la voz de alguien que no formara parte de nada de esto. Alguien
que me preguntara cómo estaba y lo preguntara de verdad, sin agenda, sin
información dosificada, sin el peso de sistemas diseñados antes de que yo naciera.
Martina no atendió.
La primera vez pensé que dormía. La segunda pensé que tenía el teléfono en
silencio. La tercera dejé de pensar y empecé a sentir algo en el pecho que no era
ansiedad sino esa otra cosa, la que viene antes de que la cabeza pueda nombrar lo
que el cuerpo ya sabe.
Pero con algo diferente esta vez. No la cadencia del control. La cadencia de algo que
no sabe exactamente cómo hacer lo que viene a hacer.
Golpeó la puerta.
—Entrá —dije.
Entró.
Se quedó en el marco con las manos a los lados y la expresión que no era ninguna de
las expresiones que le conocía. No el control. No la evaluación. No la dosificación.
Era la expresión de alguien que tiene algo que decir y que sabe que decirlo va a
romper algo que no va a poder rearmarse de la misma forma.
Lo miré.
Él me miró.
No exactamente qué. Pero supe que lo que venía era del tipo de cosas que dividen la
historia en antes y después.
Keil estaba en el marco de la puerta con las manos a los lados y la expresión que no
era ninguna de las expresiones que le conocía y no decía nada y ese no decir nada
era su propio idioma que yo había aprendido a leer pero que esta vez no podía
traducir del todo.
—¿Qué es —dije.
No respondió.
—Keil. —Lo miré. —¿Qué puede ser peor de todo lo que ya me enteré hoy? Lirien.
Mi padre. El sistema diseñado antes de que yo naciera. La marca que soy una llave.
—Hice una pausa. —¿Qué queda.
Silencio.
Lo miré.
—¿Qué —dije.
Silencio.
Un segundo. Dos.
Y en esos dos segundos algo en mí que había estado esperando sin saber que
esperaba llegó al borde de algo que no quería cruzar.
—¿Qué significa —repetí. Y mi voz salió diferente esta vez. Más baja. Más quieta.
Con el tipo de quietud que no es calma sino el segundo antes de que algo se rompa.
Me miró.
—La encontraron esta mañana —dijo. —En el Tíber.
No entendí de inmediato.
Eso es lo que recuerdo. Que escuché las palabras y las procesé de forma literal y el
resultado literal no cabía en ninguna categoría que yo tuviera disponible así que mi
cabeza lo devolvió y lo intentó de nuevo.
—¿Qué —dije.
—Alice—
—A Martina. —Hizo una pausa que duró exactamente lo que duran las pausas antes
de las cosas que no se pueden deshacer. —Está muerta.
El cuarto no cambió.
Eso fue lo raro. Que el cuarto siguió siendo exactamente igual, las mismas paredes,
la misma luz de la mañana que entraba lateral por la ventana, la misma humedad en
el ambiente que tenían todos los edificios viejos de Roma. Todo igual.
—No —dije.
—Alice—
—No. —Me levanté. No hacia ningún lado. Solo me levanté porque estar sentada era
insoportable de una forma que no podía explicar. —Martina estaba en el bar el
martes. Me mandó un mensaje el jueves preguntando si estaba bien porque no me
había visto en La Sapienza. El jueves. Keil. El jueves me mandó un mensaje.
—Lo sé.
—El clan Caretti. —Lo dijo en voz baja y con esa voz baja entró todo lo que las
palabras anteriores todavía no habían dejado entrar. —Tu padre. Fue una señal. Para
nosotros. Para decirme que puede llegar a cualquiera que esté cerca de vos.
Me quedé quieta.
—No.
—No.
—Por mi culpa.
—Si yo no hubiera—
—Alice. —Dos pasos hacia mí. —Si vas a repartir la culpa entre todos los que hicieron
algo que terminó en esto, tu padre lleva el noventa y nueve por ciento. Yo llevo el
resto por no haberlo anticipado. Vos no llevás nada.
Lo miré.
Y algo que había estado contenido desde la noche anterior, desde que había cerrado
el cuaderno y me había quedado mirando el techo, desde que había caminado sola al
Parioli con la mochila y la idea vaga de hacer algo sin saber bien qué, todo eso se
soltó de golpe sin que yo pudiera hacer nada para detenerlo.
No como algo que elegí. Como algo que ya estaba ahí y que encontró la grieta.
—Tenías que haberme dicho. —Mi voz no era la de siempre. Era más alta y más rota
al mismo tiempo, el tono de alguien que está usando la rabia para no hundirse en lo
que hay debajo de la rabia. —Hace tres días. Me lo tenías que haber dicho.
—¿Un error? —La palabra salió con más filo del que tenía en la garganta. —Martina
está muerta y vos tenías información sobre quién la mató hace tres días y decidiste
que no era el momento correcto de decirme nada.
—Sí.
—¡No podés hacer eso! —La voz se rompió en la última palabra y lo escuché
romperse y no pude detenerlo y no quise detenerse porque debajo de la rabia
estaba Martina y debajo de Martina estaba mi padre y debajo de mi padre estaba
todo lo demás y si dejaba de tener rabia iba a tener que sentir todo eso. —¡No podés
decidir por mí lo que puedo y no puedo saber sobre mi propia vida! ¡Sobre las
personas que me importan! ¡Es mi vida, Keil! ¡Mi marca, mi padre, mi compañera
muerta en el Tíber! ¡Mía!
Siguió de pie con las manos a los lados y la expresión que no era el control de
siempre sino algo más difícil, más honesto, el de alguien que está recibiendo lo que
tiene que recibir sin construir defensa porque sabe que no tiene ninguna defensa
válida.
Eso me rompió más que cualquier otra cosa que hubiera podido decir.
Porque podría haber argumentado. Podría haber explicado. Podría haber dosificado
lo que yo sentía de la misma forma en que dosificaba la información y encuadrarlo y
hacerlo manejable. Y no lo hizo.
Y algo en ese dejarse rompió la rabia por la mitad y debajo de la rabia estaba lo que
siempre estuvo debajo.
Y ya no era rabia. Era la verdad más pequeña y más brutal de toda la mañana. Más
que la marca, más que mi padre, más que el sistema diseñado antes de que yo
naciera.
Martina había sido la única persona en esta ciudad que me preguntaba cómo estaba
sin querer nada a cambio.
Roma afuera. La luz de la mañana moviéndose despacio por el piso del cuarto. El
sonido de la ciudad completamente ajena a lo que estaba pasando en este cuarto de
huéspedes de un edificio en el Prati.
Lo miré.
—¿Qué?
Nadie me había preguntado eso. Keil, que tenía su archivo, sus datos, su información
sobre ella reducida a nombre y apellido y departamento universitario, me estaba
preguntando cómo era.
Tardé un momento.
—Ruidosa —dije finalmente. —De la forma buena. La que llena el silencio sin que el
silencio lo pida. —Hice una pausa. —Tenía una teoría sobre que toda la historia del
arte medieval se entendía mejor con la geografía del sur de Italia como contexto y la
defendía como si fuera una cuestión personal. —Una pausa más larga. —Le
mandaba fotos de su gato a las dos de la mañana sin disculparse.
Keil escuchó.
Sin catalogar. Sin archivar. Solo escuchando.
—Se llamaba Pulcinella —dije. —El gato. Por el personaje de la commedia dell'arte.
—Algo en mi pecho se apretó en esa palabra, Pulcinella, que era el tipo de detalle
que solo existe porque la persona que lo eligió estaba viva para elegirlo. —Era
ridículo y enorme y ella lo adoraba.
El silencio que siguió no tenía el peso de los silencios anteriores. Era diferente. Más
quieto. El silencio de dos personas sentadas en el mismo lado de algo irreversible.
No con rabia esta vez. Con la calma específica de alguien que tomó una decisión y
que no necesita el volumen para que sea real.
—Mi padre —dije. Por si no había quedado claro. —Lo voy a matar.
—Alice—
—No me digas que no. —Lo miré. —No me digas que hay un plan y que hay tiempos
y que hay que prepararse. No ahora. Ahora solo decime que lo voy a poder matar.
—Sí —dijo.
Asentí.
Keil seguía sentado a mi lado con la distancia exacta que hacía que su presencia
fuera peso sin ser presión, y afuera Roma seguía siendo Roma, y Martina seguía
estando en el Tíber, y mi padre seguía siendo lo que había elegido ser.
Después salió.
No dormí.
(KEIL)
No forzado. Abierto con llave, lo cual significaba que Alice había encontrado la llave
del despacho en algún momento de la noche mientras yo no miraba y la había usado
y había salido sin decir nada.
Salí a la calle.
El Prati a las seis de la mañana, la luz gris todavía sin calidez, el frío de marzo que en
Roma tiene una humedad específica. La cicatriz me daba la dirección como siempre,
ese sistema de brújula que el pacto había construido desde el marcaje.
—¿Sola?
—Sola. Hacia La Sapienza creo. —Hice una pausa. —Necesito que cubras el
perímetro sur. Si el clan Caretti tiene observadores en la zona quiero saberlo antes
de que ella llegue a donde sea que va.
—No —dije. —Solo cobertura. Sin intervención a menos que haya amenaza directa.
—Entendido.
Vael.
Ella salió sola al territorio de su padre, dijo Vael. Sin el sarcasmo habitual. Con algo
más parecido a lo que en él pasaba por preocupación. Eso no es contención. Eso es
problema.
Solo el peso de algo que sabía, igual que yo, que esta mañana el margen que
habíamos tenido hasta ahora se había reducido a algo que ya no alcanzaba a
llamarse margen.
Indiferente. Antigua. Completamente ajena a la chica que caminaba sola hacia algo
que no sabía del todo lo que era y al hombre que caminaba detrás de ella con la
cicatriz ardiendo y tres días de información dosificada pesándole en la palma como
lo que eran.
Solo manejar.
Si llegaba a tiempo.
(ALICE)
Fui a La Sapienza porque era el único lugar en Roma que todavía sentía mío.
Me senté en la mesa donde solía sentarse ella, tercera planta, ventana que daba al
patio, y abrí el cuaderno y no escribí nada durante veinte minutos.
Cerré el cuaderno.
Saqué el teléfono.
Busqué el nombre que llevaba veintidós años sin buscar. Lorenzo Caretti. Italiano,
ausente, el espacio en blanco donde debería haber habido un padre. Había
intentado buscarlo dos veces en la vida, a los doce y a los diecisiete, y las dos veces
había encontrado nada suficiente para construir una imagen real.
No porque hubiera más en internet. Sino porque ahora sabía qué buscar.
Clan Caretti. Roma. Linaje de conversión voluntaria, lo que en los libros de Keil
aparecía como la categoría más inestable de vampiro, el que eligió el cambio por
razones propias en lugar de ser convertido en circunstancias de necesidad o de
poder. Los que eligen suelen elegir por algo específico. Poder, longevidad, el tipo de
recursos que los humanos no pueden acumular en una sola vida.
Guardé el teléfono.
Me quedé mirando la ventana y el patio y los estudiantes que cruzaban con sus
mochilas y sus cafés y sus problemas que se resolvían con suficiente lectura.
Caminé.
El Parioli a las siete de la mañana era silencioso de una forma que el resto de Roma
no era silenciosa, el silencio de dinero viejo y árboles altos y edificios que no
necesitan hacer ruido para comunicar lo que son. El clan Caretti tenía una propiedad
en una calle que no aparecía en ningún mapa turístico, detrás de una verja que
desde afuera parecía simplemente cerrada.
Mi mano derecha pulsó. Suave. El calor bajo la piel que había empezado en el
callejón y que desde entonces aparecía solo cuando algo importante estaba cerca.
Me giré.
Keil estaba a tres metros, con el abrigo del frío de la mañana y una expresión que era
la más honesta que le había visto, sin control, sin dosificación, con algo en los ojos
que no era el rojo de Vael sino algo completamente humano y completamente suyo.
Agotamiento.
—Desde el portal.
—¿Y Nico?
—¿Por qué?
—Porque ayer te dosifiqué información que era tuya y no tengo ningún argumento
válido para decirte lo que podés y no podés hacer con eso. —Se acercó dos pasos.
No hacia mí. Hacia la verja. La miró. —Pero esto es territorio Caretti y entrar sola es
exactamente lo que tu padre necesita que hagas.
—¿Para qué?
—Para tener a la llave exactamente donde quiere tenerla sin tener que seguir
mandando mensajes. —Me miró. —Martina fue un mensaje, Alice. Si entrás sola no
necesita mandar otro.
El nombre de Martina aterrizó en el espacio entre los dos con el peso que tenía
desde la noche anterior.
No dije nada.
Él tampoco.
—¿Qué querés hacer? —dijo finalmente. Y lo dijo de una forma que no había dicho
ninguna de las cosas que me había dicho hasta ahora. Sin calcular el resultado. Sin
construir la respuesta que necesitaba que yo diera. Solo la pregunta.
—Lo sé.
—¿Podés hacer eso posible de una forma que no sea entrar sola a su territorio?
—Sí —dijo. —Pero no hoy. Y no sin preparación. —Me miró. —¿Podés darme eso?
Lo miré.
—Sí —dije.
Keil asintió.
—Sí.
—No fue tu culpa. —Lo dije porque era verdad y porque necesitaba que fuera
verdad en voz alta antes de que se instalara como otra cosa. —Fue de él. Solo de él.
Keil me miró.
Algo en su expresión cambió de una forma que no supe nombrar del todo.
—Sí.
—No —dijo. Y lo dijo sin pausa, sin la evaluación de siempre. —No voy a volver a
hacerlo.
Caminamos juntos sin hablar durante veinte minutos y en ese silencio había algo
diferente a todos los silencios anteriores. No el peso de información dosificada ni la
tensión de algo sin resolver. Algo más parecido a dos personas que acaban de cruzar
algo y que todavía no saben qué nombre ponerle a lo que están paradas.
(KEIL)
Alice fue directo a la biblioteca. Yo fui al despacho. Cada uno al territorio donde
procesaba las cosas, que era información en sí mismo sobre lo que nos habíamos
vuelto en una semana que no debería haber podido contener todo lo que había
contenido.
Convertido hace doce años por el clan Moretti, linaje de conversión antigua con
territorio en el norte de Roma. Conversión voluntaria, lo cual en el registro del
mundo sobrenatural equivalía a una firma en un contrato: el convertido elegía y el
clan cobraba esa elección en lealtad, en recursos, en lo que el clan necesitara del
nuevo miembro.
Lo que Caretti había traído al clan no era solo su humanidad. Era el conocimiento de
la marca. Cuatro generaciones de información sobre el linaje de Alice, sobre la llave,
sobre el sistema diseñado antes de que ninguno de los dos existiera. Información
que había pasado de padre a hijo, que Lorenzo había heredado de su propio padre y
que había llevado consigo cuando se convirtió.
Lo que significaba que el clan Caretti no había llegado a Alice por casualidad ni por
los movimientos de las otras facciones. Había llegado porque Lorenzo les había dicho
exactamente qué buscar y por qué valía la pena buscarlo.
No con violencia, no con el tipo de traición que tiene urgencia y sangre. Con la
frialdad específica de alguien que hizo el cálculo y llegó a una conclusión y ejecutó
sin que le temblara ninguna parte de lo que debería haberle temblado.
Cerré el archivo.
Vael.
Silencio. Después esa presión, ese desplazamiento leve del gradiente que era Vael
prestando atención desde el fondo.
La respuesta no fue en palabras. Fue en la calidad específica del silencio que siguió.
El silencio de algo que sabe más de lo que va a decir y que tampoco va a mentir
sobre eso.
Otro silencio.
Vael.
Me quedé quieto.
Siempre hay más, dijo Vael. La pregunta correcta es cuánto de ese más cambia lo que
tenés que hacer hoy. Y la respuesta es nada. Hoy tenés que hacer lo mismo que ibas a
hacer de todas formas.
¿Que es?
Preparar el encuentro con Caretti de una forma que Alice no entre sola a su territorio
y de una forma que cuando entre con vos, lo que encuentre ahí no la destruya antes
de que pueda usarlo.
Lo procesé.
Creo, dijo Vael, que Lorenzo Caretti lleva doce años tratando a Alice como una pieza
en un tablero. Que eso no cambia porque ella se presente en su puerta. Que lo que
cambia es que ella va a tener que verlo y procesarlo y seguir de pie después de verlo y
procesarlo.
¿Y si no puede?
Silencio largo.
Puede, dijo Vael. Y en ese puede había algo que no era solo evaluación estratégica.
Algo que en Vael, que no tenía las categorías humanas para la mayoría de las cosas,
era lo más cercano a una certeza genuina. Ya lo hizo antes. Cada vez que algo se
rompió en este edificio siguió de pie. Eso no es suerte. Es ella.
Después la encendí.
No para hoy. No para mañana. Para cuando Alice tuviera suficiente contexto y
suficiente preparación y suficiente de lo que el sistema de su marca podía darle
cuando se activaba de forma controlada.
(ALICE)
Estaba en el tercer estante de la biblioteca, detrás de dos grimorios más grandes que
lo tapaban casi completamente. Pequeño, encuadernado en algo que no era cuero
exactamente, con una escritura en la tapa que no era ningún alfabeto que yo
pudiera identificar pero que cuando pasé los dedos por encima produjo ese pulso
dorado bajo mi piel con una intensidad que no había tenido desde el callejón.
Lo abrí.
Las primeras páginas eran en latín. Las siguientes en algo que se parecía al latín pero
que tenía palabras que no existían en ningún diccionario que yo conociera. Después,
en el centro del libro, páginas en un idioma que tampoco reconocí pero que mi
cuerpo sí reconoció, el pulso aumentando con cada página que pasaba como si la
marca leyera lo que mis ojos no podían.
Una página en italiano. Viejo, del tipo que se escribe cuando el italiano todavía
estaba consolidándose como lengua, pero legible.
Hina Fonua.
Mi madre.
Me quedé mirando el nombre el tiempo suficiente para que dejara de ser sorpresa y
empezara a ser información.
Mi madre había estado en este edificio. Había tenido este libro. Había escrito su
nombre en una página que llevaba décadas esperando que alguien que pudiera
reconocerlo lo encontrara.
Lo que significaba que mi madre sabía. Sabía sobre la marca, sobre el sistema, sobre
los Mangiarotti.
Lo que significaba que yo había llegado a Roma sin saber nada y mi madre me había
dejado llegar sin decirme nada.
Cerré el libro.
Después me levanté.
Lo miró.
—¿Dónde—
—Tercer estante. Detrás de los grimorios grandes. —Lo miré. —Hay un nombre
escrito adentro. —Hice una pausa. —¿Sabías que mi madre estuvo en este edificio?
Keil miró el libro durante un momento que fue más largo de lo que debería haber
sido.
Abrió la boca.
Y en ese momento, en el segundo exacto antes de que dijera lo que iba a decir, el
gradiente se desplazó.
(VAEL)
No porque mintiera. Sino porque lo que había en ese libro y lo que significaba el
nombre en esa página era el tipo de información que él tenía en fragmentos y que yo
tenía más completa y que ninguno de los dos había decidido todavía cómo darle a
Alice de una forma que no la rompiera antes de que pudiera usarla.
Él lo entendería después.
Alice me miró en cuanto cambié. Ese ojo suyo que ya aprendía a leer la diferencia.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque lo que preguntaste necesita una respuesta que Keil tiene en piezas y yo
tengo más completa. —La miré. —Y porque tenés cara de alguien que ya está en el
límite de lo que puede procesar hoy y prefiero darte la información completa de una
vez que en fragmentos durante los próximos días.
—Ahora sí.
—¿Está de acuerdo?
—Riesgo profesional.
—Vino a negociar. —Hice una pausa. —El padre de Keil era el primogénito en ese
momento. Hina llegó con información sobre la marca y con una propuesta: que los
Mangiarotti protegieran a la portadora cuando llegara el momento, a cambio de
acceso controlado a la activación.
—Sí.
—Sabe que su padre tuvo contacto con el linaje de tu madre. No sabe los detalles del
acuerdo. —La miré. —Los detalles los sé yo porque estaba cuando pasó.
—En el abuelo. El padre era joven todavía. —Hice una pausa. —La continuidad del
pacto incluye la continuidad de la memoria. Lo que se en cada generación incluye lo
que sabía en las anteriores.
—¿Por qué no me lo dijo ella? —dijo en voz baja. No a mí. A la pregunta en sí.
No respondí. Porque no tenía respuesta para eso, que era el tipo de pregunta que no
tiene respuesta en información sino en las decisiones que una persona tomó por
razones que solo ella conocía.
—Eso —dije— es la pregunta que todas las facciones están tratando de responder.
—La miré. —Y la única persona que puede responderla sos vos.
—¿Yo?
—La portadora es parte del sistema. No solo la llave. También parte del mecanismo
que determina qué abre. —Hice una pausa. —Lo que se libera cuando tu marca se
activa completamente depende en parte de quién sos vos cuando eso pasa. De lo
que elegís. De lo que querés.
Alice me miró.
Era la pregunta más honesta que me había hecho. Más honesta que cualquier otra
porque llegaba al centro de lo que yo sabía y de lo que Keil sabía y de lo que los dos
teníamos que reconocer sobre por qué Alice estaba en este edificio y qué significaba
que siguiera estando.
—Keil —dije — empezó queriendo controlarte porque el pacto lo empujó hacia vos y
el control es lo único que sabe hacer con las cosas que importan. —La miré. —Lo que
quiere ahora es más complicado que eso. Y él todavía lo está entendiendo.
—¿Y vos?
—Yo —dije— quiero que sigas viva. Que la marca se active en los términos que vos
elegís. Y que cuando todo esto termine los dos, Keil y yo, sigamos siendo un buen
equipo. —Hice una pausa. —Mejor del que esperaba. Mejor del que tuve en ninguna
otra generación.
—Soy viejo —dije. —A cierta edad la honestidad es más eficiente que la alternativa.
Algo en su cara se movió. Esta vez sí llegó a ser sonrisa. Pequeña, real, del tipo que
no se cancela antes de terminar.
—Gracias —dijo.
—¿Cuántas?
—Las suficientes para que consideres poner agua a hervir antes de que empiece.
—¿Qué.
Lo miré.
Y en esa pregunta había todo lo que Alice no había podido preguntar en ningún otro
momento, todo lo que la marca y Lorenzo y Martina y los siete días en este edificio
habían tapado sin eliminar. La pregunta de alguien que tiene veintiseis años y un
padre que la usó como activo y una madre que negoció su protección sin decirle
nada y que en algún lugar debajo de todo eso seguía siendo la persona que quería
saber si su madre estaba bien.
—Sí —dije. Y era verdad. Lo había verificado. —Está en Auckland. Está bien.
Yo retrocedí.
(KEIL)
Volví de golpe.
Alice estaba frente al escritorio con el libro de su madre en las manos y la expresión
de alguien que recibió demasiado en demasiado poco tiempo y que está usando
toda la estructura disponible para sostenerse.
La miré.
Ella me miró.
—Todo.
—¿Estás de acuerdo con lo que dijo?
Me quedé quieto.
Alice sostuvo el libro contra el pecho. Me miró durante un momento que tenía el
mismo peso que el silencio en el Parioli frente a la verja del clan Caretti, el peso de
dos personas paradas en el mismo lado de algo sin nombre todavía.
Se levantó.
Fue a la cocina.
Dos minutos después volvió con dos tazas de café y puso una frente a mí en el
escritorio sin decir nada.
Me senté.
Encendí la pantalla.
Adentro algo había cambiado de una forma que no tenía todavía las palabras
correctas pero que los dos podíamos sentir con la misma claridad con que se siente
el cambio de temperatura antes de que empiece a llover.
Lo que venía después de esto no era ninguna de las cosas que yo había calculado
cuando diseñé el plan para que Alice entrara en mi edificio.
Pero Alice seguía acá.
Y por primera vez en esta historia, los dos estábamos mirando el mismo tablero
desde el mismo lado.
CAPITULO 5
(ALICE)
Respirando.
Me incorporé. Verifiqué el pulso. Más regular que la noche anterior, más sostenido,
con el ritmo de algo que había encontrado el camino de vuelta aunque todavía no
hubiera llegado del todo.
Nada durante tres segundos. Después los ojos se abrieron y el rojo estaba ahí, en los
bordes, más suave que la noche anterior, con el peso específico de algo que había
trabajado durante horas y que no iba a admitirlo pero que lo mostraba de todas
formas si sabías dónde mirar.
—Relativamente —dijo.
—Mejor que a las once de la noche. —Se incorporó despacio. No con la agilidad de
siempre. Con el esfuerzo visible de algo que está usando recursos que todavía no
terminó de reponer. —Las costillas cerraron. El resto va.
Me miró.
Por ahora.
Lo primero que hizo cuando se puso de pie fue quitarse el saco de Keil.
Lo dejó en el piso del hall sin mirarlo, con el gesto de alguien sacándose algo que no
es suyo y que no tiene ninguna intención de seguir usando. Después la corbata.
Después los botones de la camisa, los primeros tres, el cuello abierto, los puños
doblados hasta el codo.
—Necesito revisar el perímetro —dijo. —Y después necesito comer algo porque este
cuerpo lleva demasiadas horas sin combustible y no me rinde así.
—¿Vael.
—¿Qué.
El silencio que siguió tuvo el peso de algo que ya sabía y que estaba manejando con
la mecánica de lo que tiene siglos de práctica manejando cosas que los humanos no
saben dónde poner.
—Lo sé —dijo.
—¿Qué hacemos con—
—Hoy —dijo. Con el tono que corta. No cruel. Definitivo. —Hoy lo manejamos. Esta
mañana primero el perímetro y después nos ocupamos de Nico con el respeto que
merece alguien que murió haciendo lo que se le pidió. —Me miró. —¿Podés darme
dos horas?
No quería darle dos horas. Quería que el mundo se detuviera el tiempo suficiente
para que lo que había pasado la noche anterior tuviera algún tipo de orden.
Bajó doce minutos después con pantalones negros, zapatillas, sin remera.
No lo había visto así. En diez días en este edificio siempre había sido el traje, la
corbata, la armadura específica de alguien que usa la ropa como parte del sistema de
control. Sin eso era el mismo cuerpo físicamente, los mismos ángulos, la misma
altura, la misma cicatriz en la palma derecha.
Pero diferente.
Vael lo ocupaba diferente. Sin la tensión contenida de Keil, sin la postura de alguien
sosteniendo algo constantemente. Más asentado. Más directo. Como si el cuerpo
supiera que esta mañana no necesitaba fingir nada y se hubiera acomodado a eso.
Me miró.
—¿Qué —dijo.
—Nada —dije.
—Estaba pensando.
—¿En qué.
—Keil y yo somos el mismo cuerpo, Alice. El café está en el mismo lugar para los dos.
A una distancia que no era la distancia de Keil. Keil mantenía márgenes calculados,
espacios que comunicaban información sin contacto. Vael pasó lo suficientemente
cerca para que el calor del cuerpo llegara antes de que pasara.
Lo registré.
(VAEL)
No completo. No como antes del ataque. Pero funcional, suficiente para que lo que
viniera esta noche encontrara resistencia antes de encontrar el edificio.
En setenta años de pacto no había sentido esa superposición de esa forma. El deseo
de Keil y el mío como capas del mismo sistema, orientadas en la misma dirección,
con razones distintas y el mismo resultado.
Lo archivé.
Volví al edificio.
Estaba en la cocina con el café cuando Alice entró y se sentó en la mesa frente a mí y
me miró con esa expresión de quien tiene algo que decir y está midiendo desde
dónde empezar.
—No —dije.
—¿Seguro?
Bebí el café.
Alice me miraba con esa atención suya que no descansaba, catalogando, buscando el
sistema. Hoy la miraba diferente de lo que me miraba a mí normalmente. Con algo
adicional que no tenía ayer y que yo sabía de dónde venía porque yo mismo lo había
puesto ahí la noche anterior cuando le dije lo que le dije.
—Varias cosas.
—Empezá.
—¿Cuál parte.
—Todas.
La miré.
—Sí —dije.
Procesó eso con la misma atención con que procesaba todo. Sin apartar la vista. Sin
el gesto de incomodidad que la mayoría de las personas habrían tenido.
Alice asintió.
Lo sostuve.
No sin esfuerzo.
(ALICE)
Vael delante de mí con las manos en los bolsillos y esa forma de moverse que no era
la de Keil. Keil caminaba como alguien que está midiendo el territorio
constantemente. Vael caminaba como algo que sabe que el territorio ya es suyo y no
necesita medirlo.
Llegamos al lugar, un bar angosto con mesas de mármol y olor a espresso y a algo
más que yo ya sabía reconocer, ese algo sin nombre que marcaba los espacios donde
el mundo visible y el invisible se superponían.
Vio a Vael.
—Mangiarotti —dijo.
—Más o menos —dijo Vael. Se sentó sin que nadie lo invitara. —Hablá.
El contacto habló. Vael escuchó con la atención específica de algo que no necesita
tomar notas porque no va a olvidar nada. Yo escuché desde el lado y catalogué y
anoté mentalmente y construí el mapa con la información que llegaba.
No dos. Tres. El tercero había aparecido en un callejón del Prati a las tres de la
mañana con el tipo de daño que no era de ningún arma humana y que en el mundo
sobrenatural tenía una firma muy específica.
Miré a Vael.
Él no me devolvió la mirada.
El contacto siguió hablando. Lorenzo Caretti había respondido a la pérdida de los tres
no con un ataque inmediato sino con algo peor: silencio. El tipo de silencio que en el
mundo de la mafia y en el mundo sobrenatural significaba que alguien estaba
construyendo algo más grande que un ataque de respuesta inmediata.
—No lo sé. —El contacto lo miró. —Pero va a ser coordinado. Las tres facciones.
—¿Las hadas también?
Vael asintió.
Se levantó.
Salimos.
—El que apareció en el callejón del Prati. —Lo miré. —No era de los cuatro que
entraron al edificio.
—No.
—¿Quién era?
—El que iba a entrar después. —Vael caminó sin cambiar el paso. —El que el clan
tenía esperando afuera como reserva para cuando los cuatro de adentro terminaran
su trabajo.
Lo miré.
—Sí.
—Y de camino—
—De camino encontré algo que iba a ser un problema más adelante y tomé una
decisión. —Me miró con esa directness que no tenía filtro. —¿Tenés algún problema
con eso?
Abrí la boca.
La cerré.
Volví a abrirla.
—¡Sí! —dije. —¡Sí tengo un problema con eso! No podés simplemente— no podés
salir a revisar el perímetro y de camino matar a alguien como si fuera parte de la
rutina matutina, Vael. Como si fuera ir a buscar el pan.
—Era un vampiro de linaje puro con instrucciones de entrar al edificio cuando los
cuatro de adentro terminaran y asegurarse de que no quedara nadie en condiciones
de responder. —Me miró. —Las instrucciones te incluían a vos.
—Eso no—
—¿No qué, Alice? —Se detuvo. Yo me detuve. Estábamos en el medio de una calle
del Trastevere con Roma pasando a nuestro alrededor completamente ajena. —¿No
justifica nada? ¿No cambia nada? —Una pausa. —Yo no tengo los límites que tiene
Keil. Nunca los tuve. Keil aprendió a construirlos porque necesitaba la estructura
para funcionar en el mundo que eligió. Yo no elegí ese mundo. Yo soy anterior a ese
mundo. —Me miró fijo. —Lo que hice esta mañana lo habría hecho en cualquier siglo
de los setenta que llevo en este pacto. No es nuevo. No es excepcional. Es lo que soy.
Lo miré.
Subí al segundo piso. Fui a la biblioteca. Necesitaba el espacio, el olor a papel viejo,
el estante donde había encontrado el libro de mi madre, cualquier cosa que fuera
concreta y manejable.
Entró.
Me giré.
Vael en el marco de la puerta con los brazos cruzados y la expresión de alguien que
no tiene ninguna intención de quedarse en el pasillo porque yo se lo pidiera. Sin
remera porque había subido directo sin pasar por el cuarto. La cicatriz en la palma
derecha visible desde donde yo estaba.
—Lo escuché.
—¿Y?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—Justo —dijo.
—Esto es diferente.
—¿Por qué?
—Keil tiene incomodidad porque construyó una moral sobre la estructura que
necesitaba para funcionar —dijo Vael. Sin defensiva. Como dato. —Yo no tengo esa
estructura. Tengo otras cosas.
—¿Qué cosas?
Se separó del marco.
No rápido. No con la urgencia de algo que ataca. Con la lentitud específica de algo
que sabe que tiene el tiempo y el espacio y no necesita apurarse.
No porque no quisiera moverme. Sino porque moverme habría sido admitir que su
proximidad cambiaba algo y no estaba lista para hacer esa admisión en voz alta.
—Por eso lo maté —dijo. —Sin incomodidad. Sin la estructura que hace que Keil
necesite justificarlo de otras formas. —Una pausa. —Porque iba a hacerte daño y eso
no era aceptable.
Lo miré.
—No pretendía tranquilizarte. —Sus ojos en los míos. El rojo en los bordes, suave,
constante. —Pretendía ser honesto.
—Keil dosifica porque le importa cómo recibís la información. —Hizo una pausa. —A
mí me importa que la tengas. El cómo es secundario.
Abrí la boca.
La cerré.
Porque no tenía respuesta para eso que no fuera verdad y la verdad era que en diez
días en este edificio nadie me había dado información sin calcular el impacto y Vael
me la estaba dando sin filtro y era brutal y era incómodo y al mismo tiempo era lo
más parecido a ser tratada como alguien que podía manejar lo que era real que
había recibido desde que llegué a Roma.
—Diferente a lo de anoche.
—Lo de anoche fue sobre lo que querés. —Lo miré. —Esto es sobre lo que sos. Y lo
que sos es más complicado de procesar que lo que querés.
La distancia entre los dos era la que era. Menos de un metro, el espacio donde el
aire tenía esa consistencia diferente, donde el calor del cuerpo llegaba antes del
contacto y donde el sistema de la marca pulsaba suave sin que yo lo activara porque
respondía a la proximidad de la cicatriz de la forma en que respondía desde el
marcaje.
Solo un segundo.
—Alice —dijo. En voz baja. Con el tono de alguien que está sosteniendo algo que no
va a sostener indefinidamente.
—No me tranquilizaste.
—¿Pero?
Tenía razón. Había un pero. Lo tenía desde el pasillo de la cocina esa mañana cuando
lo vi sin remera y archivé algo sin categoría y desde la calle cuando le grité y él
respondió sin el protocolo de Keil y desde ahora en esta biblioteca con menos de un
metro entre los dos y la marca pulsando sola.
—Pero —dije despacio— entiendo la lógica aunque no pueda estar de acuerdo con
ella.
—Probablemente no. —Se acercó el último espacio que quedaba. —Pero es lo que
hay, Alice.
Y me besó.
No fue como la primera vez. No fue el ritual. No fue Vael tomando el control de algo
que el pacto necesitaba ejecutar. Fue Vael eligiendo, con la misma directness con
que hacía todo, sin el cálculo de Keil, sin la dosificación, sin el proceso de evaluar si
este era el momento correcto.
Puse las manos en su pecho. El calor de la piel, la cicatriz bajo mi palma derecha
pulsando al contacto con la marca de mi brazo, los dos sistemas reconociéndose con
la urgencia específica de algo que lleva demasiado tiempo en el mismo espacio sin
resolverse.
No lo empujé.
No esta vez.
Vael con una mano en mi cara y la otra en mi cintura con la seguridad de algo que no
pide permiso porque ya sabe la respuesta, y yo con las manos en su pecho sin
presionar, sin alejar, en el espacio exacto entre el impulso y la decisión.
Me miró.
Yo lo miré.
—Sí —dijo.
—¿Y?
Algo en mi pecho se movió. Esa cosa sin categoría que llevaba todo el día sin
nombre.
—Vael —dije.
—¿Qué.
—Nada —dije. —Solo que cuando vuelva va a haber mucho que procesar.
—Sí —dijo. Y en ese sí había algo que no era solo confirmación. Era la conciencia de
algo que sabe que el después de esto no va a ser simple y que no le importa porque
el ahora importa más. —Lo habrá.
Se separó.
Se detuvo en el marco.
—Alice.
—¿Qué.
—Lo sé.
—¿Estás lista?
—No —dije.
—Bien. —Asintió una vez, con algo que en él era lo más cercano a la aprobación
genuina. —La honestidad sigue siendo más eficiente.
Salió.
Nico.
Martina.
Lorenzo.
Keil en algún lugar del fondo del cuerpo que compartía con Vael, inconsciente, sin
saber nada de lo que había pasado esta mañana.
Abrí el cuaderno.
Escribí: Vael mató a alguien esta mañana para protegerme y me lo dijo como dato.
No sé qué hacer con eso.
Cerré el cuaderno.
Roma afuera.
El edificio quieto.
Eran las cinco de la tarde y los documentos llevaban cuarenta minutos siendo el
mismo problema.
No porque fueran complicados. Los documentos eran lo que eran: información sobre
los movimientos del clan Caretti, proyecciones de los tres días siguientes, el mapa de
lo que Lorenzo estaba construyendo antes de su próximo movimiento. En cualquier
otra circunstancia los habría procesado en veinte minutos y habría tenido el análisis
completo antes de la hora.
Esta tarde los documentos llevaban cuarenta minutos siendo el mismo párrafo
porque mi cabeza no se quedaba en el párrafo.
Se quedaba en la biblioteca.
Me recosté en la silla con los brazos cruzados y miré el techo del despacho con la
misma expresión que habría tenido Keil si yo le hubiera contado lo que pasó en la
biblioteca, que era una expresión que oscilaba entre la incredulidad y algo
considerablemente más complicado.
Keil.
—Bien —dije en voz baja. —Aprovechá que no podés escucharme para decirte esto:
lo siento. Relativamente. Con los matices correspondientes a que lo haría de nuevo
sin dudar. —Hice una pausa. —Pero lo siento en el sentido de que entiendo que
cuando despiertes va a ser una conversación larga y probablemente me vas a hacer
tomar agua tibia y lo acepto como consecuencia razonable.
El techo no respondió.
Keil tampoco.
—¿Alice?
Empujé la puerta.
Eso fue lo primero. De espaldas, con los codos sobre la mesada y las manos
trabajando algo sobre la superficie con la concentración específica de alguien que no
sabe que la están mirando o que no le importa.
Pantalones cortos. Descalza. Una musculosa que cubría lo que tenía que cubrir y no
llegaba del todo a la parte baja de su espalda, ese espacio de piel que quedaba
visible cuando se inclinaba levemente hacia adelante sobre la mesada.
El pelo rizado suelto por primera vez desde que la conocía. Sin el recogido de
siempre, sin los mechones que escapaban como accidente. Completamente suelto,
cayendo sobre los hombros, con la vida propia del pelo rizado que no tiene paciencia
para la geometría.
La observé.
Había una cafetera nueva en el fuego, el olor del café mezclándose con algo dulce
que venía del bol, y Alice trabajando la masa con las manos con la atención completa
de alguien que encontró algo donde poner la cabeza cuando la cabeza necesitaba
estar en algún lado concreto.
Sobre la marca.
Algo en el cuerpo registró eso con una precisión que no era del todo mía y no era del
todo de Keil sino de los dos al mismo tiempo, esa superposición de la que me había
vuelto cada vez más consciente a lo largo del día.
Mi mirada la recorrió.
Los pies descalzos en el piso de piedra fría. Los tobillos. Las piernas, la curva de las
rodillas, los muslos bajo el pantalón corto. La parte baja de la espalda que aparecía y
desaparecía con el movimiento de los brazos trabajando la masa. Los hombros bajo
la musculosa. El pelo.
El cuerpo se encendió.
No dije nada.
No me moví.
La observé trabajar con el silencio de algo que sabe que tiene el tiempo y no necesita
apurarse y que al mismo tiempo sabe que el tiempo esta tarde es finito y que en
algún momento Alice se iba a girar y el momento de mirar sin ser visto iba a
terminar.
—¿Por qué?
—Porque las galletas necesitan frío antes del horno y el frío necesita tiempo y el
tiempo esta tarde tengo. —Siguió trabajando. —¿Algún problema?
—Ninguno.
—¿Entonces?
—Suficiente.
—¿Para qué?
—Para saber que tenés harina en el brazo izquierdo y que el café va a estar listo en
tres minutos y que hacés eso con las manos cuando necesitás que la cabeza esté en
algún lado concreto. —Hice una pausa. —¿Me equivoco?
—No —dijo.
—Nico —dijo. —Lorenzo. Los tres días que mencionó el contacto. —Una pausa. —El
beso.
Lo último lo dijo con el mismo tono que los primeros tres. Como dato. Como parte
de la lista.
—¿Importa el orden?
—Soy curioso.
Tenía harina en las manos y en el antebrazo izquierdo y algo en la cara que no era
ninguna de las expresiones que le conocía de los últimos diez días. No el miedo de la
primera noche ni la rabia del despacho ni la determinación del portal ni la quietud de
la biblioteca esta mañana.
Era algo más suave y más complicado al mismo tiempo. El tipo de expresión que
aparece cuando alguien está demasiado cansado para sostener todos los filtros y lo
que queda debajo es simplemente lo que es.
La cocina olía a café y a manteca y a harina y a ese algo sin nombre que era el
edificio, y Roma afuera con la luz de las cinco de la tarde que empezaba a volverse
dorada, y entre los dos el espacio de la cocina que esta tarde era considerablemente
más pequeño de lo que debería haber sido.
—Sí —dije.
No me moví de la mesa.
***
Me acerqué.
No por el lado. Por detrás. Despacio, con la misma lentitud de antes en la biblioteca,
sin apuro, sin el gesto de alguien que está evaluando si puede. Con la certeza
específica de algo que ya tomó la decisión y está ejecutándola.
Lo noté.
El café hirvió.
—No sabés lo que estás haciendo —dijo Alice. La voz levemente diferente a lo
normal. Levemente más baja.
Sonreí.
Alice no respondió.
La besé.
Corté el beso.
La miré con un hilo de distancia entre los dos, su respiración ya diferente, la mía
también, y dije en voz baja:
—Las galletas pueden esperar. —Hice una pausa. —Tenés una sola oportunidad para
alejarme. Es esta.
Alice no me alejó.
Sus manos en mi pecho. Sin presionar. Sin empujar. En el espacio exacto entre el
impulso y la decisión que ya había ocupado antes en la biblioteca y que esta tarde en
la cocina tenía una temperatura completamente diferente.
—Para no sentirte tan culpable —dije contra su boca— pensá que quien está
haciendo esto es Keil.
Algo en su cara cambió. Ese movimiento que ya reconocía, el casi no sonrisa que
aparecía cuando algo la tomaba de sorpresa de la forma correcta.
Baje mi mano, abriendo sus piernas con una firmeza que dejaba poco margen para el
no y mi mano cruzo el tejido hasta encontrarse con su entrepierna. No fui sutil, fui
brusco pero es que mierda, estaba a mil, asi que arranque sus bragas negras, igual de
negras que la oscuridad que nos rodeaba. Introduje dos dedos, no hizo falta salida
porque ya estaba humeda.
Voy a contarlo con la honestidad de algo que no tiene ninguna razón para
avergonzarse de lo que es.
Alice sobre la mesada. Mis manos y su piel y el espacio entre los dos reduciéndose a
nada, a contact.
—Vael..
La forma en que dijo mi nombre, que en su boca sonaba diferente, tan urgente.
Como era posible que una simple mundana, o mejor dicho, casi semi mundana, me
dejara en este estado.
En un momento levantó la vista hacia mí con esa expresión que no decía que quería
que parara.
Me enderecé.
La miré.
—Si existe algún Dios —dije. Y hice una pausa porque el punto merecía la pausa. —
Que existe, porque lo conozco. —Otra pausa. —Rezale para que después de esto yo
pueda parar.
Abrió la boca.
No llegó a responder.
—Ay, Dios m— Escuche a Alice intentar rezar de alguna forma sin inocencia.
Pero antes de que pudiera terminar la plegaria,retire los dedos y comenze a lamer
su vajina. Mi lengua no queria ser gentil, queria marcar. La absorbi, chupe y con el
tirmo constante de un reloj descompuesto, agarre su clitoris entre mis dientes y los
labios tirando de el para volver a empezar con el ritmo.
Senti sus manos en mi cabeza, sus dedos agarraron mi cabello con fuerza de forma
desesperada, dolio pero fue tan placentero, y se sujetaba con tanta fuerza que no
podria correrme si es que en algun momento decidia a cuerdas hacerlo.
Spoiler: no me apetecia.
Me separe solo un centimetro, por su expresión supe que en mis ojos habia algo más
que ella habia notado, si cariño, voy a comerte completa. Sin que ella pudiera seguir
articulando palabra alguna volvi a enfiestarme con la lengua, pero esta vez meti los
dedos otra vez sin dejar de chupar. Los movi freneticamente encontrando el punto
exacto. Lo roce, masajeandolo, mientras mi boca continuaba la danza devoradora.
Mire hacia arriba otra vez y mierda, si me controlaba seria el nuevo dios. Una de las
tiras de la musculosa de Alice caia por su brazo y con la mano que solto de mi cabello
estaba acariciandose una teta que estaba a punto de salir de la remera. Eso es jugar
sucio. Finalmente, me enderece, dejando que Alice se apoyara con un gemido roto.
Por como lo oia sabia que su boca estaba seca.
Gracias, gracias. Luego les enseño como se hace. Doy clases los juevez, no cobro
mucho.
Corrio la mano. Mientras mis dedos seguian el ritmo violento y perfecto dentro de
ella, me incline y mi boca capturo el pezon, mordiendolo con la misma intensidad
con la que la estaba poseyendo, estaba tan duro. Puta madre. Por mi mente no
pasaba el hecho de que cuando tomaba el mando, no solo mi fuerza aumentaba,
sino que mis dientes, va, los dientes de Keil se volvian más puntiagudos.
—¡Ah! —Alice grito con un gemido ahogado, haciendo la cabeza hacia atras y con la
mano que estaba en su mecho se agarro de mi hombro desnudo y clavo las uñas,
rasgando.
Luego lo note todo. Estaba tan embriagado de placer, su cuerpo, el olor que este
desprendia.
Agarre su otra pierna abriendola un poco más y comence a sentir los espasmos, sus
manos volvieron a sujetarse de mi pelo y hecho su cabeza hacia atras.
—Oh, Dios... ¡Si! —Gimio tan fuerte que hasta el cuerpo de Nico se hubiese vuelto a
la vida.
Se corrio con mi mano, sus piernas comenzaron a liberar espasmo. Todo su cuerpo
temblaba.
No el de Keil.
El mío.
Y algo en ese detalle, en esa distinción específica, hizo que algo en el fondo del
cuerpo que compartíamos pulsara de una forma que no era solo mía.
Lo archivé para la conversación que iba a tener con Keil cuando volviera.
(ALICE)
Más asentado.
Como algo que acaba de hacer exactamente lo que quería hacer y que no tiene
ningún arrepentimiento sobre eso y que tampoco necesita celebrarlo.
Me miró.
—Vael.
—¿Qué?
Me miró durante un momento. Con esa directness que no tenía filtro, que no
calculaba el impacto, que simplemente era lo que era.
—Ahora —dijo— metés la masa en la heladera. Yo me sirvo el café aunque esté frío
porque el cuerpo sigue necesitando combustible. —Hizo una pausa. —Y después
procesamos lo que viene porque Lorenzo tiene tres días y eso no cambió.
Lo miré.
—No inmediatamente —dijo. Se sirvió el café. Lo bebió frío sin ninguna expresión de
incomodidad. —Pero sí eventualmente. —Me miró. —Keil tarda en llegar a las
conclusiones que ya saqué yo. Siempre fue así. Pero llega.
—Mientras tanto —dijo— hay galletas que hacer y tres días para prepararse para lo
que viene. —Una pausa. La comisura de su boca. —En ese orden si querés o en el
inverso. A mí me da igual.
Me bajé de la mesada como pude, mis piernas temblaban. La ultima vez que alguien
me toco de esa forma fue hace un mes, o tal vez dos, no lo recuerdo.
La metí en la heladera.
Me lavé las manos con el jabón de la pileta y el agua fría de Roma y me quedé
mirando el chorro un momento más de lo necesario.
—¿Qué.
—Sí.
—¿Todo?
—Todo.
Cerré el agua.
Me giré.
Vael estaba apoyado en la mesada del lado opuesto con el café frío y esa expresión
quieta de antes, sin el sarcasmo de superficie, sin la indiferencia calculada. Solo él.
Solo Vael en el cuerpo de Keil a las cinco y media de la tarde con la luz dorada
entrando por la ventana y Roma afuera completamente ajena.
Lo pensé.
Vael siguió apoyado en la mesada con el café frío y el silencio de algo que no
necesita llenar el espacio para ocuparlo y que esta tarde ocupaba todo el espacio
disponible de todas formas.
Abrí el cuaderno.
ya lo escribí antes.
Cerré el cuaderno.
Afuera Roma se volvió dorada y después naranja y después la oscuridad que llegaba
cada noche sin pedir permiso.
Tres días.
CAPITULO 6
(VAEL)
Lo supe cuando el perímetro empezó a vibrar a las dos de la mañana del segundo día
con la frecuencia específica de múltiples presencias acercándose desde direcciones
distintas al mismo tiempo. No era un solo clan. Eran tres frentes distintos. Los elfos
de linaje puro por el norte, con esa densidad antigua que hace que el aire cambie de
consistencia antes de que sean visibles. El clan Caretti por el sur, coordinado, con la
firma específica de alguien que conoce el sello desde adentr. Y algo más por el este
que se movía diferente a los otros dos, más físico, más urgente, sin la paciencia de
los elfos ni la precisión del clan.
Hombres lobo.
Eso era lo que no había calculado. No porque no supiera que existían como facción
en Roma. Sino porque los hombres lobo no coordinaban con vampiros ni con elfos.
Sus jerarquías eran incompatibles, sus territorios se superponían de formas que
históricamente producían guerra, no alianza.
(ALICE)
Ya no preguntaba qué pasaba cuando Vael usaba ese tono. Ese tono tenía su propio
idioma y su propio significado y los dos sabíamos cuál era.
Me vestí en dos minutos. Pantalones, zapatillas, la chaqueta que tenía más cerca. El
cuaderno en la mochila por reflejo, que era el tipo de reflejo que ya no podía
sacarme aunque quisiera.
Salí al pasillo.
Vael estaba en el marco de la puerta del cuarto de Keil con una remera puesta por
primera vez en dos días, lo cual también era su propio tipo de idioma, y los ojos con
el rojo en los bordes más intenso que lo habitual.
—¿Cuántos? —dije.
Lo procesé.
Las tres al mismo tiempo. Las hadas, el clan Caretti, y quienquiera que fuera la
tercera facción que había construido el perímetro en el Ghetto. Las tres al mismo
tiempo significaba que alguien había coordinado algo que en el mundo sobrenatural
de Roma no se coordinaba fácil, que las facciones no operaban juntas porque sus
intereses raramente convergían lo suficiente para justificar la logística.
Excepto cuando el objetivo era suficientemente valioso para que todos cedieran
algo.
—¿Qué hacemos? —dije.
—Lo que podamos —dijo Vael. Y en su voz, que nunca tenía incertidumbre, había
algo que no era exactamente incertidumbre pero que se le parecía de una forma que
hizo que algo en mi pecho se apretara. —El edificio no va a ser suficiente esta vez.
—¿Entonces?
Me miró.
(VAEL)
No en capas esta vez. De golpe. Como si alguien hubiera cortado el sello con algo
diseñado específicamente para ese sello, con el conocimiento exacto de su
construcción y sus puntos débiles.
Lirien.
Solo las hadas tenían ese nivel de precisión sobre un sello Mangiarotti. Solo alguien
que había estado en el edificio y había tenido acceso al portal y había sentido el sello
secundario activo bajo la palma de Alice.
El favor.
Lo guardé para después porque después era el único momento en que iba a poder
hacer algo con esa información.
El primer grupo entró por el norte. Tres elfos de linaje puro, con la densidad
específica de algo que lleva generaciones acumulando poder. Sin ruido. Sin el tipo de
movimiento que hace la fuerza bruta. Precisión quirúrgica, el tipo de ataque que
diseña algo que tiene siglos de práctica.
El segundo grupo por el sur era el clan Caretti. Cinco. Rápidos con la velocidad de
linaje vampírico y con el mapa del edificio en la cabeza porque Lorenzo había estado
acá dos días antes leyendo cada ángulo.
Tres frentes. Al mismo tiempo. Coordinados por algo o alguien que había convencido
a tres facciones que normalmente se despedazarían entre sí de que el objetivo valía
más que sus diferencias.
(ALICE)
Cuatro minutos escuchando los sonidos del piso de abajo, los golpes, el peso de algo
que no era humano moviéndose por los pasillos del edificio que ya conocía de
memoria, la voz de Vael que no gritaba nunca y que había gritado mi nombre con
una urgencia que me había clavado en el sitio.
Cuatro minutos.
Desde el rellano del segundo piso podía ver parte del hall, el pasillo que llevaba a la
cocina, la escalera. Lo que vi en el pasillo era suficiente para que la marca empezara
a pulsar sola con la frecuencia de respuesta a amenaza que ya reconocía pero que
esta vez era más alta, más urgente, más insistente que cualquier vez anterior.
Manejándolos.
Hacia mí.
No pensé.
Eso es lo que recuerdo. Que no hubo proceso entre ver la figura en la escalera
mirándome y lo que hice. Solo el instinto, la marca respondiendo antes de que mi
cabeza pudiera intervenir, la luz dorada explotando desde mi brazo derecho con una
intensidad que no había tenido en ninguna de las veces anteriores.
Eso era lo nuevo. Que no paraba. Que había encontrado el canal y lo estaba usando
con la urgencia acumulada de semanas de activaciones parciales y de noches
durmiendo con ella pulsando suave y del callejón y del portal y de todo lo que se
había ido sumando sin que yo supiera sumarle un límite.
El edificio tembló.
No físicamente. Algo más profundo que físico. Algo en las paredes, en el sello que
Vael había construido, en los cimientos de lo que hacía que este lugar fuera lo que
era.
Y yo no podía detenerla.
(VAEL)
La marca sin control en un edificio construido sobre un pacto sobrenatural era como
fuego en una habitación llena de combustible.
Temblaba.
No de miedo. El tipo de temblor que tiene el cuerpo cuando está procesando más de
lo que puede procesar, cuando el sistema está sobrecargado y el desbordamiento se
manifiesta físicamente.
No me miraba. Miraba la luz en su brazo con la expresión de alguien que está dentro
de algo que no sabe cómo salir.
—Alice. —Tomé su cara con las dos manos. —Acá. Mirá acá.
Me miró.
Los ojos casi blancos. La marca tan activa que el calor llegaba antes del contacto, que
mis manos sobre su cara sentían el calor que emanaba de ella.
—No puedo pararlo —dijo. La voz diferente. Más baja. Con la textura de algo que
está siendo consumido despacio.
—No sé cómo.
—Sí sabés. —Una pausa. Los sonidos del piso de abajo todavía activos. Los que
quedaban todavía moviéndose. —Respirá. La marca sigue tu intención. No tu
control. Tu intención.
—¿Cuál es la diferencia?
—El control es lo que hacés. La intención es lo que querés. —La miré. —¿Qué
querés?
—Más específico.
La marca pulsó.
Una vez. Grande. Con la intensidad de algo que encontró dirección y la usó toda.
El edificio tembló de nuevo. Más fuerte esta vez. Las paredes, el piso, el sello
respondiendo a lo que la marca estaba haciendo con él, absorbiendo,
reconfigurando, cambiando algo en la estructura del espacio que no iba a poder
deshacerse después.
No dramáticamente. No con el tipo de respuesta visible que los humanos podrían ver
y nombrar. Sino con el tipo de cambio que siente el mundo sobrenatural, un
desplazamiento en el equilibrio de algo que llevaba siglos en un lugar específico y
que esta noche se había movido.
Después silencio.
La luz en el brazo de Alice bajó despacio. En capas, igual que siempre, primero los
bordes y después el centro, pero más lento que cualquier vez anterior. Con el
cansancio específico de algo que usó todo lo que tenía y que no sabe todavía lo que
eso costó.
Alice se desplomó.
La atrapé.
(ALICE)
Lo primero que registré cuando pude registrar algo fue el piso.
Frío. De piedra. El piso del rellano del segundo piso del edificio de los Mangiarotti en
el Prati que en este momento era la cosa más concreta del mundo y me aferré a esa
concretud porque todo lo demás era demasiado.
Vael a mi lado. Sentado en el piso con la espalda contra la pared y yo entre sus
brazos con la misma postura del hall la noche anterior, el mismo calor del cuerpo, la
misma presencia que no pedía nada.
—Tres minutos. —Su voz más baja que de costumbre. —Desde que la marca se
descontroló hasta que cedió.
Tres minutos.
—¿Se fueron?
—Sí.
—¿Todos?
—Todos.
Lo procesé.
—Las dos cosas. —Me miró desde arriba. —Lo bueno es que van a recalibrar antes
de actuar de nuevo. Que lleva tiempo. —Una pausa. —Lo malo es que lo que usaste
para hacer eso no vuelve igual.
Lo miré.
—Que la marca consume algo de la persona que la lleva cuando se activa sin control.
—Me miró con esa directness. —No sé exactamente qué todavía. Lo voy a saber en
las próximas horas.
—¿Keil lo sabe?
—Keil va a saberlo cuando vuelva. —Una pausa. —Que sigue sin ser hoy.
Roma afuera cambiada de alguna forma que no sabía todavía cómo describir pero
que sentía en algún lugar que no tenía nombre.
—Vael —dije.
—¿Qué.
Silencio.
—No —dijo.
—¿Dónde está?
—¿Esperando qué?
—Que lo que acaba de pasar demuestre lo que necesitaba demostrar. —Me miró. —
Que la marca está lista. Que vos estás lista. —Una pausa. —Que el momento es
ahora.
Lo miré.
—¿Y es ahora?
Vael me sostuvo la mirada durante un momento que fue más largo de lo que eran
sus momentos habituales.
Y en su voz había algo que no era solo la lógica estratégica de algo que calcula
consecuencias. Era algo más viejo. Más directo. Sin el intermediario del protocolo ni
la estructura ni ninguna de las capas que normalmente mediaban lo que decía.
Y sin filtro sonaba como alguien que tenía miedo de algo por primera vez en setenta
años.
(VAEL)
No atacó. No envió a nadie delante. Llegó solo, con la quietud específica de algo que
sabe que tiene todo el tiempo del mundo porque el tiempo ya no trabaja contra él, y
golpeó el portal con los nudillos con la misma naturalidad con que cualquier persona
golpea una puerta.
Alice estaba en el despacho. Le había dicho que se quedara ahí. Esta vez se había
quedado.
Bajé.
Abrí el portal.
Lorenzo en el umbral. Traje oscuro, ojos color miel que eran los ojos de Alice en la
cara de un hombre que los había abandonado hace veintidós años y que los usaba
ahora para mirarme con la evaluación de algo que está verificando el estado de una
inversión.
—Lorenzo —dije.
—¿Dónde está Keil?
—Recuperándose.
—¿Y Alice?
—Adentro.
—Necesito verla.
—No es una solicitud. —Me miró. —Lo que pasó hace una hora cambió el tablero.
Los elfos lo sintieron, el clan lo sintió, los Altieri lo sintieron. —Una pausa. Los Altieri
era el nombre del alfa que controlaba la manada de Roma, información que yo tenía
y que confirmar que Lorenzo también la tenía decía algo sobre cuánto acceso había
tenido a las jerarquías sobrenaturales de la ciudad. —Lirien ya está reposicionando.
El tiempo que teníamos se redujo a horas, no días.
Lo miré.
En setenta años aprendí a leer a las personas con la precisión de algo que los ha
estudiado durante generaciones. Lorenzo Caretti tenía la estructura de alguien que
creía genuinamente en lo que estaba diciendo. Que tenía una lógica interna que era
consistente consigo misma aunque fuera monstruosa desde afuera.
No que mintiera. Sino que no necesitaba mentir porque su versión de la realidad era
coherente.
—De acuerdo.
Lo dejé entrar.
(ALICE)
Mis ojos.
—Alice —dijo.
—Ya sé que no tengo mucho tiempo —dije. —Decí lo que tenés que decir.
Algo cruzó su cara. La sorpresa brevísima de alguien que esperaba otra cosa.
—Lo sé lo que pasó. —Lo miré. —Decí lo que viniste a decir, Lorenzo.
—La marca se activó parcialmente —dijo. —Lo que significa que el sistema está en
movimiento. Que no hay forma de detenerlo ahora. Que va a activarse
completamente en algún momento de las próximas semanas independientemente
de lo que cualquiera elija. —Hizo una pausa. —La pregunta ya no es si se activa. Es
en qué condiciones y bajo la influencia de quién.
—Quiero que sea bajo la nuestra —dijo. —Tuya y mía. —Una pausa. —Sos mi hija.
—No —dije.
—Alice—
—No soy tu hija. —Lo miré con la misma calma con que él había dicho que las llaves
no eran personas. Con la misma temperatura. Con la misma planitud. —Las hijas son
las personas que criaste y conociste y elegiste. Yo soy alguien que lleva tu sangre sin
haberlo pedido y que lleva una marca que vos pusiste en mi linaje sin preguntarle a
nadie. —Hice una pausa. —Eso no es ser hija. Es ser una consecuencia.
Lorenzo me miró.
—Era necesario.
—Ya lo dijiste. —Lo miré. —La primera vez que lo dijiste entendí que para vos lo era.
Que en tu sistema eso era necesario. —Hice una pausa. —Lo que no entendiste es
que en el momento en que lo dijiste sin dudar me dijiste todo lo que necesitaba
saber sobre lo que sos.
Silencio.
—La marca es mía —dije. —Lo que se active y cómo y cuándo y bajo la influencia de
quién lo decido yo.
Se acercó.
No con agresión. Con la intención específica de alguien que tiene otra opción
disponible y que ha decidido usarla.
Sobre la marca.
No el calor de la marca activa. Algo diferente. Algo que venía de afuera hacia
adentro, la presión de algo que estaba forzando el sistema en dirección contraria a la
que el sistema funcionaba, que estaba usando el acceso de linaje para empujar la
activación desde el exterior.
Grité.
(VAEL)
No como las otras veces, gradual, manejada. De golpe. Como si alguien hubiera
apagado todo lo que no era yo en ese espacio y lo que quedaba fuera solo esto, solo
Vael sin filtro, sin la estructura de Keil mediando, sin los límites que setenta años de
pacto me habían enseñado a mantener en los territorios correctos.
Me acerqué un centímetro más. Solo uno. El suficiente para que la distancia entre los
dos dejara de ser negociable.
—Sabés lo que estoy pensando —dije. La voz completamente baja. Sin volumen. Sin
el tipo de amenaza que necesita el volumen para existir porque las amenazas que no
necesitan volumen son las únicas que importan. —Estoy pensando si arrancarte la
lengua primero. —Hice una pausa. —O los dedos. —Otra pausa. El tipo de pausa que
existe para que el otro lado tenga tiempo de procesar lo que viene. —Los dedos que
pusiste en su brazo específicamente. Empezando por el pulgar porque el pulgar es el
que más duele cuando se va solo.
Bien.
—Después estoy pensando —seguí con la misma voz, con la misma temperatura—
en destriparte completo. Con el tiempo que merece algo que se hace bien. Sin
apuro. —Lo miré a los ojos, los ojos color miel que eran los ojos de Alice en una cara
que no merecía tenerlos, y en mis ojos el rojo que ya no era en los bordes sino
completo, llenando el iris, la oscuridad del despacho creciendo hacia el hall. —
Dejarte como un puto muñeco de trapo sin relleno. El tipo de cosa que se hace
cuando algo merece ser deshecho completamente. No destruido. Deshecho. —Una
pausa. —¿Entendés la diferencia?
Pero lo vi.
—No sos el único con poder en esta habitación —dijo. La voz sostenida. Casi.
—No —dije. —Pero soy el único en esta habitación que lleva setenta años sabiendo
exactamente cómo usar el que tiene. —Me incliné un milímetro más. —Y que esta
noche no tiene ninguna razón para contenerse.
Silencio.
Lorenzo me miró.
—El clan perdió cuatro miembros esta semana. —Lo solté. Despacio. Con el mismo
cuidado con que había puesto la mano en su garganta. —Podría ser cinco. La
diferencia entre cuatro y cinco esta noche es una sola decisión mía. —Señalé el
portal. —Salís ahora o me ayudás a tomar esa decisión.
Salió.
El portal se cerró.
Me giré.
Alice estaba en el centro del hall con el brazo derecho apretado contra el pecho.
Me miró.
Yo la miré.
—Sí.
Alice me miró.
—Porque no es la solución.
—No es la solución —repetí. Con su mismo tono. Su misma cadencia. Sus mismas
palabras en mi boca devueltas con la precisión de algo reproduciéndolas para que
sonaran exactamente tan ingenuas como las estaba escuchando. —No es la solución.
—Una pausa. —¿Acabás de ver lo que te hizo?
—Lo vi.
—¿Y?
—¡Y no es la solución! —La voz subió. No como decisión. Como consecuencia. —¡Hay
otras formas de manejar esto que no implican matar a alguien!
—Puso la mano en tu marca —dije. La voz subiendo también, sin que yo lo eligiera,
con la velocidad específica de algo que lleva horas sosteniendo demasiado y que
encontró el canal de salida. —Sin tu permiso. Sin preguntarte. Forzando la activación
de algo que vive en tu cuerpo como si fueras un mecanismo con el código correcto.
—La miré. —¿Y me decís que no es la solución?
—¡No lo es!
—¡Entonces cuál es! ¡Decime cuál es, Alice, porque me interesa saberlo!
—¡QUÉ LÁSTIMA! —El grito llenó el hall, rebotó en las paredes, se quedó ahí con el
peso de algo que llevaba demasiado tiempo contenido en un espacio demasiado
pequeño. —¡Qué lástima enorme porque Keil no va a volver hoy! ¡Ni mañana! ¡Ni
pronto! —Un paso hacia ella. —¡Porque por proteger a la pobre damisela en peligro
está completamente inconsciente acá adentro!—Me lleve un dedo al pecho
señalando— ¡Y yo tengo que tomar las cartas sobre el asunto para proteger a
Caperucita Roja de los putos lobos feroces que acaban de entrar al edificio junto con
sus amigos los elfos y el clan de papá!
—¡Sí, hay límites! —dije. —¡Los de Keil! ¡No los mios! ¡Yo no tengo esos límites!
¡Nunca los tuve! ¡Y esta noche eso fue lo que te salvó!
Con la precisión de alguien que lleva suficientes días observándome para saber
exactamente dónde están los bordes.
Me quedé quieto.
El hall en silencio salvo por la respiración de los dos, acelerada, con el calor residual
de la pelea todavía en el aire.
—¿Sabés lo que me irrita? —dije finalmente. La voz baja. Peor que cuando estaba
alta. —Que todo el tiempo necesitás una puta respuesta. Que todo el tiempo
preguntás las mismas cosas de formas distintas esperando que en algún momento el
resultado cambie. —La miré. —La vida no es fácil, Alice. No fue fácil para vos, lo sé.
Lo vi. Lo entiendo. —Una pausa. —Pero si querés comparar trayectorias te informo
con mucho gusto que la de Keil fue peor. Que la suya fue peor de formas que todavía
no te contó y que yo no voy a contarte porque no es mi lugar. —Otra pausa, más
larga, con el peso de algo que está diciendo más de lo que planeaba decir porque ya
no tiene el filtro disponible para pararlo. —Y mi vida de mundano, en el tiempo en
que eso fue posible, que fue hace muchísimos años y que ya no importa porque ese
tiempo no existe más, fue la más grande mierda que pudo haber elegido alguien. —
La miré. —Así que guardáte la vara de medición.
Silencio.
Y todo se detuvo.
El corazón se detuvo.
No fue gradual. No fue la señal de advertencia que normalmente precede algo. Fue
de golpe, un segundo, dos, el silencio brutal en el centro del pecho donde debería
haber habido movimiento y no había nada.
El dolor llegó con el silencio. Expansivo. Desde el centro hacia afuera con la
intensidad específica de algo que no da aviso.
Irregular. Trabajoso. Con el esfuerzo de algo que volvió pero que no sabe todavía si
puede quedarse.
—¿Qué está—
—No. —La voz salió con el poco aire disponible. —No te acerques.
No porque no quisiera que se acercara. Sino porque si se acercaba iba a usar lo que
me quedaba en mantener algo que pareciera control frente a ella y no podía
desperdiciar eso. Lo necesitaba para el corazón. Para el cuerpo. Para el trabajo que
faltaba y que no podía dejar de hacer solo porque el sistema estuviera al límite de lo
que el límite podía sostener.
Solté la barandilla.
Un paso.
Otro.
La cerré.
La espalda contra la madera. Las rodillas contra el pecho. El corazón latiendo con la
irregularidad de algo que está negociando consigo mismo si quedarse o no.
Silencio.
No el silencio de alguien que elige no responder. El silencio del fondo cuando no hay
nadie en el fondo. El silencio de un lugar vacío.
—Keil. —Más bajo. No para que me escuchara porque no podía escucharme. Sino
porque necesitaba decirlo en voz alta para que existiera en algún lugar fuera de mí.
—Necesito que vuelvas. —El corazón dio un salto irregular que hizo que apretara los
dientes y esperara. Volvió. Siguió. —No para mí. Vos sabés que yo me arreglo. Me
arreglé setenta años antes de que existieras y me arreglaré después. —Una pausa. —
Pero ella necesita algo que yo no soy. Algo que vos sí sos. —Otra pausa más larga,
con el peso de algo que no dice esto seguido. —Y estoy cansado, Keil. No del cuerpo,
que también, sino de otra cosa. De cargar con lo que cargué esta noche sin vos. —El
corazón otro salto, otro regreso, más regular esta vez. —Así que cuando puedas. A tu
ritmo. Pero volvé.
Respiré.
Suficiente.
Me levanté.
Despacio. Con la puerta como referencia. El mareo que llegó cuando cambié de
posición era información sobre el estado del cuerpo que compartíamos, sobre lo que
el corazón había consumido en los últimos minutos, sobre lo que quedaba después
de todo lo de esta noche.
Pasó.
Fui al escritorio.
El cajón de abajo a la derecha. La botella que sabía que estaba ahí porque Keil era el
tipo de persona que tenía todo en su lugar exacto y que en el cajón de abajo a la
derecha del despacho siempre había whisky porque los Mangiarotti siempre habían
tenido whisky en el cajón de abajo a la derecha del despacho y eso tampoco era
accidental.
Saqué la botella.
Un vaso. Tres dedos. El vidrio frío entre los dedos, el olor del whisky que era un olor
que conocía de esta generación y de las tres anteriores porque el gusto de los
Mangiarotti en ese sentido era consistente.
Me senté en el escritorio.
Bebí.
El whisky bajó con el calor de algo que no resuelve nada pero que pone distancia
entre el momento actual y lo que el momento actual contiene.
Un trago.
Dos.
—Pronto —le había dicho a Alice cuando me preguntó cuándo volvía Keil.
Pero pronto esta noche, con el corazón así y el cuerpo así y el fondo vacío así, tenía
el peso específico de una palabra que sabía lo que prometía y que no sabía
completamente si podía cumplirlo.
La botella tenía menos de lo que había tenido cuando la saqué del cajón.
Yo solo.
—Keil —dije.
Silencio.
—¿Sabés qué haría vos ahora mismo? —dije. Con mi voz. Después cambié el tono,
más contenido, más controlado, con la cadencia específica de alguien que dosifica
hasta la forma en que respira. —Evaluaría la situación, determinaría los recursos
disponibles y construiría un protocolo de respuesta antes de tomar cualquier
decisión. —Volví a mi voz. —Exactamente. Por eso estoy tomando whisky y vos estás
inconsciente.
Silencio.
—¿Y qué dirías sobre el whisky? —dije. Cambié el tono de nuevo. —Que es una
respuesta improductiva al estrés que compromete la capacidad de evaluación. —Mi
voz. —Ajá. ¿Y si te dijera que la capacidad de evaluación esta noche ya estaba
suficientemente comprometida antes del whisky?
Silencio.
—No tenés respuesta para eso. —Bebí. —Claro. Porque tengo razón.
Me quedé mirando la botella.
—También dirías —cambié el tono— que la conversación unilateral con alguien que
no puede responder es un indicador de fatiga cognitiva severa. —Mi voz. —Setenta
años, Keil. Setenta años y recién ahora me lo decís.
El despacho no respondió.
***
Fue gradual. El tipo de cosa que pasa cuando el cuerpo está lo suficientemente
cansado y lo suficientemente tranquilo para que cosas que normalmente no pasarían
pasen sin pedir permiso.
Me detuve.
—You can change your style, you can change your jenas... Ta ta ta ta ta ta and you
can change your dreams...
Pausa.
***
Keil en el fondo vacío que esta noche era más vacío que de costumbre pero que no
era permanente. Lo sabía. No de la forma en que se saben las cosas que uno elige
creer sino de la forma en que se saben las cosas que son verdad
independientemente de lo que uno elija.
Pronto.
Lo canturreé una vez más. Más bajo. Sin el vaso en la mano esta vez, el vaso sobre el
escritorio, las manos libres.
Los ojos que pesaban de una forma que en setenta años de pacto no habían pesado
así porque en setenta años de pacto nunca había habido una noche exactamente
como esta.
Solo un momento.
—Keil —dije en voz muy baja. —Cuando vuelvas vamos a tener una conversación
muy larga sobre varias cosas. —Una pausa. —Muchas de ellas involucran a Alice.
Algunas involucran whisky. Una específicamente involucra una canción de Hannah
Montana que nunca debería haber estado en la memoria compartida y sobre la cual
voy a necesitar una explicación.
Silencio.
—Pero primero volvé. —Otra pausa. Más larga. Con el peso de algo que no dice esto
frecuentemente porque frecuentemente no lo necesita. —Por favor.
Y los ojos que pesaban pesaron un poco más y después un poco más y después el
borde del escritorio se volvió suficientemente cómodo o el cuerpo decidió que
suficientemente cómodo era suficiente o las dos cosas al mismo tiempo.
Y yo, que llevaba setenta años siendo lo que era en los cuerpos que habitaba, que
había sobrevivido noches considerablemente peores que esta en siglos
considerablemente más brutales que este, que no dormía porque las cosas como yo
no dormían sino que esperaban en el fondo mientras el cuerpo descansaba.
Me quede dormido...
CAPITULO 7
(VAEL)
No voy a decir que era mejor. La nostalgia es un lujo para los que tienen algo que
extrañar y lo que yo tenía en el año 700 después de Cristo en las costas del norte era
considerablemente poco como para gastarse la nostalgia en ello.
***
Murió cuando yo tenía nueve años de algo que ahora se llamaría infección y que
entonces se llamaba voluntad del Viejo Infeliz de Ahí Arriba, que era la forma en que
yo había llegado a referirme a esa entidad desde aproximadamente los siete años
cuando empecé a notar que la cantidad de cosas malas que pasaban en el mundo no
era consistente con ninguna definición razonable de omnipotencia bien
intencionada.
Antes estaba el norte. El frío. El mar que en invierno era negro y en verano era gris y
que en ninguna de las dos estaciones tenía ningún interés en hacer la vida más fácil
de lo que ya era.
Mi familia era lo que eran las familias en ese tiempo y ese lugar.
El clan Styrbjörn. No uno de los grandes. No de los que aparecen en las sagas con
nombres que duran siglos. Éramos de los que aparecen en las sagas de otros, en el
fondo, entre los que reman y los que sostienen los escudos y los que hacen posible
que los que aparecen en el frente aparezcan en el frente.
Mi padre era lo que eran los hombres en ese contexto: violento por necesidad,
silencioso por costumbre y muerto antes de los cuarenta por una combinación de las
dos cosas. Peleó en tres expediciones, volvió de dos, y la tercera lo encontró en
algún lugar del este del que nadie volvió con información útil sobre qué había
pasado exactamente.
Me dejó con dos cosas: una constitución física que no tenía ninguna razón de ser tan
buena dado lo que comíamos, y el conocimiento de que el mundo no te da nada que
no le quites primero.
Mis tíos, los hermanos de mi padre, eran parte del mismo clan. Erikr el que perdió
tres dedos en la segunda expedición y los usaba como argumento en cualquier
conversación sobre quién había sufrido más. Gunnar el que construía los mejores
botes de la costa y que tenía la personalidad de alguien que prefería la madera a las
personas, lo cual en retrospectiva era una posición filosófica completamente
razonable. Y Halfdan que era el mayor y que tomaba las decisiones del clan con la
autoridad de alguien que lleva tiempo tomando decisiones y que sabe que la
autoridad se sostiene o se cede y que no hay término medio.
Era una familia de las que existen en todos los tiempos en todos los lugares. Ruidosa,
complicada, con sus propias reglas internas que no necesitaban ser explicadas
porque todos las habían aprendido antes de poder nombrarlas.
Era mía.
***
No por gloria. No por las sagas. No por el Valhalla, que en ese momento yo
consideraba con la fe razonable de alguien criado en esa tradición pero que ya tenía
preguntas sobre la logística de un sistema que prometía paraíso a los que morían en
batalla y que no especificaba claramente qué pasaba con el resto.
La jarl que lideraba las expediciones de esa temporada era Sigrid Jarnklo, Sigrid la
Garra de Hierro, que era uno de los apodos que se ganaban cuando tenías suficiente
reputación para que la gente decidiera que necesitabas un apodo y suficiente
carácter para que el apodo fuera ese específicamente. Peleaba con una precisión
que no tenía nada de lo que el sur del mundo llamaba elegancia pero que producía
resultados consistentes, que era el único tipo de elegancia que importaba donde
vivíamos.
Sobreviví.
Durante catorce años sobreviví cosas que no tendrían que haber sido sobrevivibles.
No porque fuera especialmente brillante en lo que hacía, aunque no era malo, sino
porque el Viejo tenía aparentemente algún plan que involucraba mantenerme con
vida el tiempo suficiente para que lo que vino después pudiera pasar.
***
Era honesta.
Y en ese tiempo y ese lugar la honestidad valía más que cualquier otra cosa.
Leif, que tenía seis años cuando yo morí y que heredó la constitución de mi padre y
la honestidad de su madre y que en la combinación de las dos cosas iba a estar bien,
lo supe desde que pudo caminar.
Freyja, que tenía cuatro y que era demasiado pequeña para que yo pudiera saber
todavía lo que iba a ser y que esa incertidumbre fue, de todas las cosas que cargué
esa última noche, la más pesada.
No lo voy a desarrollar más porque hay cosas que incluso después de mil trescientos
años siguen siendo demasiado para desarrollarlas en voz alta y esta es una de ellas.
Lo que voy a decir es que a los treinta y dos años tenía algo que no había tenido en
los veintisiete anteriores.
Fue lo que son estas cosas cuando se las mira desde adentro en lugar de desde los
poemas que alguien escribe después sobre la gloria y el honor y todas esas palabras
que suenan mejor cuando no estás en el barro: ruido, frío, el olor que tiene el mundo
cuando demasiadas personas dejan de estar en él al mismo tiempo y la sensación
específica de que el plan que parecía razonable hace tres horas ya no es el plan que
está pasando.
Era una expedición al este. Territorio que habíamos recorrido antes, con grupos que
conocíamos, contra resistencia que habíamos calculado. El tipo de operación que en
los términos de ese tiempo se consideraba manejable.
Eso fue lo primero. El lado izquierdo, que era el ángulo que no estaba cubriendo
porque Bjorn, hijo de Asmund, se supone debía estar cubriendo ese ángulo y que
claramente había decidido que ese día no era su día o que sus propios problemas
eran suficientemente urgentes para que mi ángulo quedara al aire libre.
No de inmediato. Los cuerpos son más obstinados de lo que deberían ser cuando
todavía tienen algo que quieren terminar de hacer. Me quedé de pie tres segundos
más de lo que cualquier lógica biológica justificaba, con la lanza todavía ahí, que era
información relevante sobre lo que venía.
Después caí.
El barro frío del suelo del este. El ruido de la batalla continuando alrededor con la
indiferencia de algo que no sabe ni le importa que acabas de caer. El cielo del norte
aunque estuviéramos en el este, gris como siempre, como había sido gris cada día de
los treinta y dos años que llevaba mirándolo.
Tardé en morir.
Lo digo sin poema porque no merece poema. El frío ayudó. El frío del norte siempre
ayuda a que las cosas duren más de lo que deberían, que en este caso no era un
beneficio.
Pensé en Astrid.
Pensé en Leif y en Freyja. En los años que iban a crecer en un mundo que era
exactamente lo que era con o sin su padre. Iban a estar bien o no iban a estar bien y
yo no iba a poder saber cuál de las dos cosas pasaba.
Pensé en el Valhalla.
Era lo que correspondía pensar. Morir en batalla, con el arma en la mano, era el
requisito. Lo había cumplido. Técnicamente lo había cumplido. Todavía tenía el
hacha en la mano derecha aunque la mano derecha ya no estaba haciendo nada útil
con ella porque el brazo no respondía del todo.
***
No era el Valhalla.
Era un espacio que no tenía las características físicas que yo hubiera asociado con
ningún destino que me hubiera sido prometido, que era en sí mismo información
relevante sobre cómo iban a ir las cosas.
Con la expresión de alguien que tiene algo que decir y que sabe que lo que tiene que
decir no va a ser bien recibido.
Lo miré.
—Las monedas. Para el paso. Las que se supone que se llevan. —Hice una pausa. —
Las olvidé. Es eso.
—Eso ni siquiera es la misma religión —dijo una voz desde algún lugar que no era
donde estaba el Viejo. —Ni siquiera hay un río. Estás mezclando todo.
—Ya lo sé —dije. —Solo era para ver si quien me está leyendo estaba prestando
atención. —Hice una pausa. —Y callate. Ni siquiera es tu pobre y triste historia.
La voz no respondió.
Volví al Viejo.
—¿Y las Valkyrias? —dije. —¿Dónde están las Valkyrias? ¿Y Odín? ¿Y su sensual
esposa? Frigg, que se supone que teje el destino de los hombres y todo eso. —Lo
miré. —Morí en batalla. Con el hacha en la mano. Cumplí todos los requisitos.
¿Dónde está todo el personal prometido?
El Viejo me miró.
Con la paciencia de algo que lleva más tiempo del que yo podía calcular siendo
exactamente lo que era.
Y así empezó.
Como siempre tiene un plan. Con la diferencia de que este plan específicamente
requería que yo no siguiera el camino habitual sino que me quedara en un estado
intermedio que él describió con eufemismos considerables y que yo traduje como
vas a habitar cuerpos humanos durante un tiempo que yo voy a determinar siendo lo
que sos hasta que el sistema que estás destinado a apoyar se complete.
—Nada.
—No lo es.
—La creación del mundo —dijo finalmente, con una dignidad considerable dado el
contexto— genera cierta tensión acumulada en la zona lumbar que no ha terminado
de resolverse en los últimos milenios. Es un detalle menor.
El Viejo me miró.
Él escuchó.
Con la paciencia de algo que lleva tiempo escuchando quejas y que ha desarrollado
la capacidad de parecer completamente presente mientras internamente está en
otro lugar.
Cuando terminé dijo: —¿Terminaste?
—Bien. —Hizo una pausa. —Mirá, entiendo tu posición. Pero pensalo de esta forma:
estás siendo elegido para algo significativo. No cualquiera recibe esta oportunidad.
Es un honor considerable si—
—Sí.
—En el barro.
—Técnicamente sí. Los detalles operativos de cómo llegaste acá son secundarios al
punto principal que es—
El Viejo hizo la pausa. La pausa larga, la que precede las respuestas que no son las
que uno quiere escuchar pero que son las que hay.
—Eso no es suficiente.
—La creación del universo —dijo el Viejo con una dignidad que era admirable dado
todo— fue un proceso considerablemente más complejo de lo que la mayoría
imagina y las variables que produjo son difíciles de gestionar en su totalidad. Hay
situaciones legales todavía sin resolver del asunto del paraíso que generaron
precedentes teológicos complicados y que limitan cierto tipo de intervenciones
directas en—
—¿Situaciones legales.
—Teológicamente hablando.
—Hay entidades que cumplen una función análoga —dijo el Viejo. Con el tono de
alguien que preferiría no estar teniendo esta parte de la conversación. —El punto es
que hay límites estructurales en lo que puedo garantizar específicamente y que
dentro de esos límites Astrid y los chicos van a estar bien es la respuesta más precisa
que puedo darte.
—¿Y esto —dije— lo hacés seguido? ¿Agarrar a gente recién muerta y convencerlos
de que el plan que tenés para ellos es razonable?
—Con matices.
El Viejo hizo el gesto de alguien que intenta cruzar los brazos con autoridad y que a
mitad del gesto recuerda la espalda.
—Vael —dijo. Con el tono que usan las cosas cuando quieren que sepas que tienen
paciencia pero que la paciencia tiene límites aunque sean límites muy lejanos. —
¿Aceptás o no?
Lo miré.
—Sí.
—Después de esto, sí. —Una pausa. —Con la espalda en mejores condiciones que la
mía, te lo aseguro.
—¿Qué apodo.
—Es descriptivo.
—Teológicamente es—
—¿Aceptás o no? —dije. Con su mismo tono. Sus mismas palabras. Devueltas con la
precisión de alguien que aprende rápido.
Con una negociación que perdí frente a alguien que llevaba ventaja desde el
principio, que tenía la desfachatez de parecer razonable mientras lo hacía, que
intentó impresionarme con la omnipotencia y la interrumpió la espalda aberiada
como consecuencia de crear a todas esas personas que en unos siglos estarian
sentados frente a maquinas, comiendo quien sabe que y esperando a que los robots
hicieran sus trabajitos, y que al final me dejó con van a estar bien como única
garantía sobre las dos personas que más me importaban.
***
Sobre los humanos principalmente. Sobre lo que los mueve, lo que los rompe, lo que
los sostiene cuando no debería quedar nada que los sostenga. Sobre la diferencia
entre los que construyen y los que destruyen y los que hacen las dos cosas al mismo
tiempo, que son los más interesantes aunque también los más difíciles de manejar.
Sobre Roma. Que es una ciudad que lleva dos mil años siendo el mismo tipo de
problema de formas distintas y que eso es en realidad una virtud aunque no lo
parezca.
Sobre el Viejo Infeliz de Ahí Arriba. Al que visité dos veces más en todo ese tiempo.
La primera fue una discusión. La segunda fue algo más parecido a una conversación,
aunque los dos hubiéramos preferido llamarla de otra forma. En ninguna de las dos
me dijo cuánto faltaba.
***
Ahora primero nombrare a Aldo Mangiarotti. Lo conoci en Roma, en 1951.
No era malo en el sentido simple. Era lo que produce una combinación de pobreza,
ambición y el momento histórico específico de la Italia de posguerra: alguien que
había aprendido que el mundo tenía reglas y que las reglas favorecían a los que las
conocían.
Aparecí porque el sistema me indicó que era el momento. Doscientos cincuenta años
de espera. Esta familia, este hombre, este sótano. El punto de convergencia que el
Viejo Infeliz de Ahí Arriba había diseñado sin decirme los detalles hasta que ya
estaba adentro, que era su método operativo habitual y que yo había dejado de
intentar cambiar aproximadamente en el siglo doce.
Aldo me miró.
Yo lo miré.
—No —dije.
—¿Qué sos?
—Algo más viejo. —Hice una pausa. —Y con una oferta mejor que cualquier cosa
que hayas pensado pedir esta noche.
La conversación duró dos horas. El pacto se firmó con sangre. Protección, territorio,
influencia que dura más que una vida. El precio: el primogénito varón de cada
generación nacería vinculado.
Aldo aceptó.
Naturalmente aceptó.
***
Años después aparecio su hijo Adriano Mangiarotti, hijo de Aldo y padre de Keil.
Si Aldo fue la fundación, Adriano fue lo que pasa cuando la fundación es sólida pero
el arquitecto que construye encima tiene sus propios problemas.
Adriano era inteligente. Más que su padre. Más que la mayoría. Tenía la capacidad
de ver los sistemas completos, de entender no solo las reglas sino la lógica que
produce las reglas.
Porque Adriano Mangiarotti tenía miedo. No del mundo exterior que manejaba con
eficiencia. Tenía miedo de lo que llevaba adentro. Del pacto. De mí, aunque nunca lo
dijo en voz alta.
Lo que producía adentro, en el hijo que iba a heredar el pacto y que estaba
observando todo desde que tenía uso de razón, era otra cosa.
Keil a los seis años en una habitación escuchando instrucciones que no admitían
réplica.
Keil a los nueve entendiendo que en esta familia las emociones se procesaban en
silencio o no se procesaban.
Keil a los doce aprendiendo a leer una habitación antes de entrar, a calibrar el
volumen correcto de cada interacción, a construir la versión de sí mismo que el
momento requería.
Keil a los quince siendo ya mejor en todo eso que su padre.
***
Ahora si.
El momento en que me uni a Keil. Maria santisima, muchas gracias por este
acontecimiento y perdon por mirarte tantas veces el culo. Amén.
La noche que Adriano puso la mano de su hijo sobre la llama yo estaba en el fondo
observando.
Keil tenía dieciséis años y la constitución de alguien que había pasado esos dieciséis
años aprendiendo a no mostrar lo que sentía. Parado en el sótano del edificio del
Prati con la mano extendida sobre la llama y la expresión que ya para entonces era la
suya. Neutral. Calibrada. Sin bordes visibles.
Le dijo lo suficiente.
Keil escuchó.
Sin preguntas. Sin el gesto de alguien procesando algo difícil. Con la atención de
alguien catalogando información que va a necesitar usar después.
No gritó.
Eso fue lo primero que supe con certeza sobre Keil Mangiarotti: que a los dieciséis
años, con la llama en la palma y el pacto cerrándose en la cicatriz, no gritó.
No porque no doliera. Dolía. Lo sé porque el cuerpo que empecé a habitar esa noche
tenía sensaciones que yo podía registrar con la misma claridad con que las registraba
él.
Lo archivé.
Empecé a trabajar.
Keil aprendiendo los límites del pacto. Yo aprendiendo los límites de Keil. Los dos
encontrando el gradiente que hacía posible la coexistencia.
Lo digo con el afecto específico de algo que lleva setenta años en este mundo y que
aprendió a reconocer el valor de lo que no es fácil. Los fáciles no duran. Los fáciles se
quiebran en el primer punto de presión real.
Keil no se quebró.
En trece años, en todo lo que pasó en esos trece años, Keil Mangiarotti no se quebró.
Pero no se quebró.
El altercado con las brujas fue, en términos técnicos, un error de evaluación de Keil.
No voy a entrar en detalles porque los detalles de ese tipo de noche son el tipo de
cosa que se siente más en el cuerpo que en la memoria y el cuerpo esta noche ya
tiene suficiente con lo que tiene. Lo que voy a decir es lo básico: brujas, territorio
invadido, Keil solo que fue el error, y el resultado que fue considerablemente peor
que cualquier cálculo previo.
Tres costillas. Cosas comprometidas. Mucha sangre en un piso que no era el correcto
para dejar mucha sangre.
Tomé el control. Curé lo que había que curar. Me encargué de las brujas de la forma
en que me encargo de las cosas cuando Keil no está disponible para tener opiniones
sobre mis métodos.
Un par de cosas.
Cosas de las mías.
El tipo de cosas que se hacen cuando algo casi mata al cuerpo que habitás y que
merecen una respuesta proporcional según criterios que son los míos y no los de Keil
y que cuando Keil despierte y se lo cuente va a producir una conversación larga y
probablemente agua tibia.
Suficiente detalle.
Keil no lo sabe todavía. Cuando vuelva se lo cuento. Junto con todo lo demás de esta
semana que es ya una lista considerablemente larga para una sola conversación.
***
Eso soy.
Esperé el Valhalla.
No llegué al Valhalla.
***
(ALICE)
Babeando.
Lo miré.
Puse los ojos en blanco con la energía específica de alguien que acaba de procesar la
noche anterior, los tres ataques, la marca activándose sin control, Lirien y el sello y
Lorenzo y el brazo que todavía pesaba diferente, y que ahora encuentra a la entidad
de setenta años de antigüedad que supuestamente está a cargo de la situación
dormida sobre el escritorio con un hilo de saliva en la comisura de la boca.
—Increíble —dije en voz baja. A nadie. Al universo en general.
El universo no respondió.
Vael tampoco.
Fui a la cocina. Llené un vaso de agua fría. Volví. Lo puse sobre el escritorio frente a
su cara con el ruido exacto de alguien que no está haciendo ningún esfuerzo por ser
silenciosa.
Nada.
Nada.
—Vael...
—¡Vael!
—Mhm.
—Despertate.
—No.
—El tiempo es relativo —murmuró contra el brazo. Sin moverse. Sin abrir los ojos. —
Llevás mil trescientos años diciéndome eso y no va a cambiar.
Me detuve.
Procesé eso.
—¿Qué? —dije.
Los ojos de Keil, sin el rojo de Vael todavía, parpadeando con la expresión de alguien
que tardó dos segundos en recordar dónde estaba y otros dos en recordar quién
estaba siendo y otros dos en darse cuenta de lo que acababa de decir en voz alta.
Me miró.
Una pausa.
—Hay un charquito.
Puse los ojos en blanco por segunda vez en cinco minutos. Personal récord.
Le di el café.
No porque quisiera dárselo sino porque el estado del cuerpo que compartía con Keil
después de la noche anterior requería algo caliente y yo era la única persona en el
edificio en condiciones de prepararlo.
Vael lo tomó con las dos manos sentado en el borde del escritorio, sin remera, con el
pelo revuelto del sueño de escritorio y la expresión de algo procesando el inventario
de la noche anterior.
Me miró.
—Mejor —dijo.
Asentí.
Miré el vaso en el otro lado del escritorio. El whisky sin beber. Exactamente donde
estaba cuando me había ido a dormir.
—¿Está cerca?
Una pausa. Sin la pausa larga. Sin la pausa que precedía las respuestas que eran más
de lo que parecían.
Lo miré un momento.
—Alice—
—Vael.
Me miró. Yo lo miré. El silencio del despacho a las ocho de la mañana con Roma
empezando afuera y el whisky de Keil sin tocar y la botella inclinada que ninguno de
los dos había enderezado todavía.
—Es una conversación larga —dijo finalmente.
—Tengo tiempo.
—Keil no está.
—Está cerca.
Bebió el café.
Yo bebí el mío.
Y en el silencio que siguió, que era diferente a los silencios anteriores de esta
semana, más quieto, con menos bordes, algo en el edificio se sentía levemente
distinto.
No mejor exactamente.
Fue exactamente en ese momento cuando Vael puso una mano en el escritorio para
sostenerse y la otra en su cabeza con la expresión de alguien que acaba de recibir
información que no esperaba recibir.
—Tengo náuseas.
Lo miré.
—¿Qué esperabas —dije— después de beberte una botella de whisky como si fueras
Superman?
—No llego. —Palideció. O lo más parecido a palidecer que puede hacer algo que
lleva setenta años en este mundo. —El balde. Pasame el balde.
Lo miré.
—¿Qué balde?
—El balde de vómito —dijo entre jadeos. —El que hay para estas situaciones.
—No hay un balde de vómito, Vael. Nadie tiene un balde de vómito guardado para
estas situaciones.
—¡Pues trae cualquier cosa entonces! —El tono salió más alto de lo que
probablemente planeaba. —¡Cualquier cosa! ¡Ahora! ¡Por favor!
Fui corriendo a la cocina. Agarré el bowl más grande que encontré. Volví.
Tres minutos después Vael estaba sentado en el piso del hall con la espalda contra el
escritorio y la expresión de alguien que acaba de tener una experiencia que
preferiría no haber tenido. Le estaba frotando la espalda porque era lo que se hacía
en estas situaciones aunque la situación fuera completamente su culpa y aunque él
fuera técnicamente una entidad sobrenatural de mil trescientos años que no debería
necesitar que nadie le frotara la espalda.
Se enderezó despacio.
Le di el vaso de agua.
Lo bebió. Hizo una pausa. Escupió hacia el lado con la expresión de alguien
intentando deshacerse de un sabor que no quiere seguir existiendo.
Vael estaba sentado en la silla de Keil con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados y
los brazos cruzados detrás de la nuca. Sin remera. Con el pelo revuelto todavía del
sueño de escritorio y la expresión de algo que está esperando que el mundo deje de
castigarlo por sus propias decisiones.
Los brazos detrás de la nuca tensaban los hombros de una forma que hacía que los
músculos de los brazos y los hombros fueran información difícil de ignorar. El cuerpo
de Keil, que en traje era una cosa, sin traje y sin remera y en esa postura específica
era considerablemente otra.
—Exactamente. No nací ayer. —Abrió un ojo. —¿Trajiste algo para el dolor? Santo
Lucifer, como los mundanos aguantan esto cada fin de semana...
Me miró.
Lo miré.
—No —dije.
—Estoy enfermo.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo.
—Estoy débil.
—Eso era anoche. Esta mañana estoy débil. —Me miró con los ojos completamente
abiertos ahora. —¿Vas a portarte así con alguien que está sufriendo? Que no tengas
hijos.
—Vael.
—Alice.
Exhale.
Fue el error.
Vael abrió la boca despacio sin apartar los ojos de los míos y tomó la pastilla rozando
mis dedos con los labios.
—Gracias —dijo Vael. Con una voz levemente diferente a la de hace treinta
segundos. Más baja. Sin el sarcasmo de superficie. —Por el ibuprofeno.
No me moví.
Él tampoco.
—Tengo dolores peores —dijo. Y en ese tono había algo que no era solo la respuesta
a lo que yo había dicho.
Lo miré.
Él me miró.
En un movimiento me sento sobre el, no sobre sus piernas. Sobre sus caderas,
situando cada una de mis piernas a cada lado. Su pecho desnudo pegado al mio que
si llevaba tela, mi falda de acomodo al asiento. Tomo mis caderas con sus manos y
me pego más a el, senti su erección debajo de mi, por sobre el pantalon.
Su mano se levanto, la paso por mi pomulo y luego paso su pulgar por mi labio
interior sin que la otra mano soltara mi cadera. Suspire. Mi respiración estaba tan
acelerada y el lo noto.
Nuestras caras quedaron cerca, a centímetros y vi como su mirada pasaba por mis
ojos para luego posarse en mi boca, una mirada lenta y averiguadora, como su
estuviera decidiendo si matarme o comerme. Mi piel se erizo de nuevo, el calor se
extendio desde mis talones hasta mi cabello.
—¿Estás bien, cariño? —Pregunto, con ese tonon de superioridad que excitaba mi ira
y me traía el sudor a la piel.
En sus ojos el rojo suave de siempre, esa presencia que era Vael sin filtro, sin el
protocolo de Keil, sin ninguna de las capas que normalmente mediaban lo que
pasaba en este edificio entre las personas que lo habitaban.
No respondí.
Su aliento era caliente, imposible de ignorar. Mis labios se rosaron por su contacto.
Me agarro de los hombros, buscando anclaje. Su boca me reclamó, una cosa salvaje
y desesperada. Mis manos bajaron a la nuca, entrelazándo mis dedos en tu cabello.
Su boca era una tormenta y yo no podía escapar de ella.
De pronto bajo una mano, rozo la tela de mi falda con desesperación y luego, sin
muchas previas, metio su mano por debajo para correr la tela de mi tanga, dejando
mi sexo a su merced. Luego me levanto un centimetro para bajar apenas su
pantalon. La mañana fria que también se situaba en ese despacho chocó con el calor
de su miembro que palpitaba duro y llamativo.
Dios mio santo, si me estas viendo quiero que sepas que es hora de cerrar la cortina,
por favor.
Intodujo su miembro, que entro limpio y directo. No tendria que haberme gustado
por lo que odiaba que lo hubiera hecho. Comence a moverme de arriba hacia abajo
de forma constante. El placcer me recorrio toda la columna lo que me obligo a
arquearme, situe una mano detras de su nuca y con la otra ma acarre del borde del
escritorio para sostenerme. Mi cabeza fue por cuenta propia hacia atras,
movimiento en el cual el aprovecho para besarlo, mordiisquearlo.
Comence a subir el ritmo y senti como su mano levantaba mi remera dejando mis
pechos al aire que saltaban al compas de todo mi cuerpo sobre él suyo en esa silla.
Una de sus manos agarro mas firme mis caderas metiendo todo su miembro hasta el
fondo para acto seguido llevar su boca a uno de mis pezones y comenzar a jugar con
el. El placer de su lengua jugueteando y su boca mordiendo tirando de el fue
exquisita. Y con la mano que tenia libre comenzo a pellizcarme el otro.
No se si existia un paraíso por que segun la biblia ya no había ninguno. Pero esto se
sentia así y espero que Adan y Eva también lo hubiesen experimentado de es
manera.
Su vista bajó hacía donde nos uniamos. Lo vi sonreír de forma diabolica. Sus dientes
estaban un poco más en punta. Era una bestia y por alguna razón mi moral
desaparecio, me estaba encantando ser la presa.
—¿Aun quieres que pare? —Dijo entre geminos, con ese atrevimiento suyo.
Tire la cabeza hacia atras y con la mano que no tenia apoyada sobre la madera lo
agarre del pelo, mis uñas deben de haberse clavado en su cuero cabelludo pero no
queria que parase. Me encantaba.
Luego se paro tomando mis piernas y depositandolas sobre uno de sus hombro y, sin
preambulos, comenzo a embestir. Movimientos rapidos, energicos. Como si tuviera
prisa por demostrar que no era Superman, sino un dios del fuego.
—¡Ah! ¡SI, SI, SI! —Mis gemidos se tranformaron en gritos ahogados por mi boca que
ya estaba seca.
El ritmo era loco. Sus manos callaron mis gritos, una en mi cuello, presionandome
hacia atras para tomar cada centimetro de la inmersión. Mi falda era la única barrera
entre su poder y mi piel. No podia parar de gemir sintiendo el impacto de sus
caderas contra mis nalgas, una sencación de llenado absoluto que me dejaba sin
aire.
Luego mis piernas ya no estaba en sus hombros sino que a cada lado abiertas de par
en par y Vael se incorporo ,ás sobre el escritorio. fue directo a mis pechos sin dejar
de envertir, podia sentir que se saltaban al compaz de sus envestidas y el los miraba
hambriento, estaba ansioso. Jugando con mis propias manos, primero pellizque uno,
luego el otro, mientras él me observaba con la misma fijación que tiene un Tiburon
cuando ve que su comida esta cerca. Ley natural del depresador y la presa.
Luego quito mis manos y sin dejar de moverse volvio a lamerlos con apuro, como si
el tiempo corriera más rapido y mi mano bajó para ayudarlo, mis dedos se enredaron
en su cabello mientras el lamía mis tetas como si se las estuviese comiendo vivas.
No fue necesario decirlo dos veces. Me dejo otra vez sobre la madera y puso una
mano en mi cuello, haciendo presión, márcando control y poder, con las piernas
abiertas, absorbida por su velocidad. La madera crujía cajo nuestros movimientos.
Sus ojos se entrecerraron, mirándome con una furia suplicante y maldita.
Sentí el movimiento cambiar, volver a ser intenso, ejecutado con la precisión letal de
alguien que sabe como derrumbarme. Gemí más alto, los ojos altecho.
LLevo su pulgar a mi punto otra vez y comenzo a frutar mi clitoris en circulos con la
misma precición que su miembro se habia amoldado a mi entrada. Fue heavy, brutal,
extraordinariamente oscuro.
—Si... Así... No pares —Mi respiración estab muy ascelerada y tenia la boca seca—.
¡Me vengo Vael!
—Yo también voy a correrme muñeca... —Gruño apretando los dientes mientras su
mirada presenciaba como su miembro se unica con mi concha una y otra vez,
escuchando el chapoteo que eso mismo generaba.
Lo patee de vuelta a la silla y en un movimiento me situe sobre el otra vez.
Comenzando a subir y bajar de forma ascelerada. Su boca encontro la mia y no tardo
en invadirla de nuevo con su lengua. Yo seguia moviendome.
Entre los movimientos me sujeto del pelo con fuerza, evitando que el beso se cortara
y con la otra mano sujeto mi brazo por detras impidiendo que pudise escapar. El
ruido la guerra en nuestras bocas fue morboso. Sin alejarse solto mi brazo y agarro
mis caderas para que el ritmo fue más duro y lento, me empujo hacia abajo entrando
completo, luego lento hacia arriba sacandola y así volver a introducir su verga de
forma violenta.
—Voy a venirme.. —Gimio tirando la cabeza hacia atras y yo aprobeche para morder
su cuello, eso hizo que explotara.
Yo me acomodé la ropa con la atención de alguien que necesita que algo sea
concreto y manejable en este momento.
—Mejor —dijo.
—Algo funcionó —dijo. Con el sarcasmo de vuelta. Suave. Con algo debajo que no
era solo sarcasmo. —Sí. Ahora tengo que ir a limmpiarme esto. Hubiese sido mejor
tragartelos.
—No es lo mismo.
Él me miró.
—Vael—
El portal sonó.
(VAEL)
Fue exactamente en ese momento cuando el cuerpo decidió recordarme que las
consecuencias de las decisiones tomadas la noche anterior existían y que tenían una
opinión muy fuerte sobre la mañana.
—Tengo náuseas.
—No me bebí la botella entera. Quedaban tres dedos. Tres dedos es un margen—
—Vael.
El problema con vomitar, y digo esto como alguien que en mil trescientos años de
existencia había pasado por cosas que harían palidecer a cualquier criatura
sobrenatural de este planeta, es que es el acto más profundamente antidignificante
que el cuerpo humano puede ejecutar. Sin excepciones. Sin circunstancias
atenuantes. No hay forma de hacerlo con gracia. No hay postura correcta. No hay
velocidad adecuada. Es simplemente el cuerpo decidiendo que ya tuvo suficiente y
comunicándolo de la forma más humillante disponible en su repertorio.
Y yo, Vael, que había negociado con el Viejo Infeliz de Ahí Arriba, que había
sobrevivido batallas en el año 700 y pactos en el 900 y la peste en el 1300 sin perder
la compostura, estaba de rodillas en el piso del despacho de Keil Mangiarotti sobre
un bowl de cocina que Alice había traído corriendo desde la cocina con una
expresión entre la lástima y el te lo dije que era, en sí misma, otro tipo de
humillación.
—¿Qué balde?
—No hay un balde de vómito, Vael. Nadie tiene un balde de vómito guardado.
Lo que siguió no lo voy a describir en detalle porque algunas cosas merecen ser
olvidadas con la misma eficiencia con que el sistema nervioso humano, en un gesto
de misericordia evolutiva, borra los peores momentos de la memoria a largo plazo.
Lo que voy a decir es que el cuerpo se expresó con una vehemencia que no guardaba
ninguna proporción con tres dedos de whisky y que Alice me frotó la espalda
durante todo el proceso con la paciencia específica de alguien que ha decidido no
decir te lo dije en voz alta aunque lo esté pensando.
Me enderecé.
Con lo que quedaba de dignidad, que era una cantidad que prefiero no cuantificar.
El agua fría ayudó. El sabor que dejó el episodio no ayudó. Escupí hacia el lado con la
expresión de alguien que está intentando deshacerse de algo que no tiene ninguna
intención de irse.
—Hay cosas —dije, con la voz de alguien que está reconstruyendo la compostura
ladrillo por ladrillo— Cosas como estas, que nunca me habían pasado.
Me senté en la silla de Keil, puse los brazos detrás de la nuca para aliviar la tensión
cervical del sueño de escritorio y cerré los ojos.
El inventario: corazón estable, costillas cerradas, cabeza con ese dolor específico que
los humanos se generan voluntariamente cada fin de semana con una consistencia
que en mil trescientos años nunca había terminado de entender.
Se detuvieron.
Abrí un ojo.
Cerré el ojo.
—Exactamente. No nací ayer. —Abrí un ojo. —¿Trajiste algo para el dolor? Santo
Lucifer, cómo aguantan esto los mundanos cada fin de semana.
Abrí la boca.
La miré.
Ella me miró.
El silencio duró exactamente lo que dura el silencio cuando dos personas están
teniendo conversaciones distintas con la misma mirada.
—Estoy enfermo.
—Estás en ese estado por decisión propia.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo.
—Estoy débil.
—Eso era anoche. —La miré con los ojos completamente abiertos. —Esta mañana
estoy débil. ¿Vas a portarte así con alguien que está sufriendo? Nunca tengas hijos.
—Vael.
—Alice.
Exhaló.
Fue su error.
No fue calculado en el sentido en que son calculadas la mayoría de las cosas que
hago. Fue más directo que eso. El cuerpo operando con la lógica que tiene cuando el
filtro del análisis está funcionando al ochenta por ciento por razones relacionadas
con el whisky y el bowl de cocina y el inventario general de las últimas doce horas.
La acerqué.
El brazo extendido quedó a la distancia correcta. Abrí la boca despacio, sin apartar
los ojos de los suyos, y tomé la pastilla rozando sus dedos con los labios.
La piel de Alice se erizó.
Lo sentí en la cadera, bajo la mano, el cambio de temperatura que produce ese tipo
de respuesta. Lo registré. Los dedos se acomodaron sobre la curva de su cintura
hacia su cadera con la atención de algo que no desperdicia información.
—Gracias —dije. Con una voz que había bajado sin que yo lo decidiera. —Por el
ibuprofeno.
No sobre las piernas. Sobre las caderas. Sus piernas a cada lado, la falda
acomodándose al nuevo ángulo, su peso sobre el mío de una forma que el cuerpo
registró como información inmediata e inequívoca.
La acerqué más.
Puse la mano en su mejilla. Pasé el pulgar por su labio inferior despacio, sin apuro,
con la atención de algo que tiene todo el tiempo del mundo aunque esta mañana
específicamente el tiempo fuera más relativo que de costumbre.
Su respiración cambió.
Sonreí.
En sus ojos el color que tenían cuando algo la golpeaba en el lugar correcto y lo
estaba procesando sin terminar de admitir que lo estaba procesando.
No respondió.
Lo archivé como respuesta.
Hay cosas que después de mil trescientos años uno sabe leer sin necesidad de que le
sean explicadas. La respiración de alguien cuando ya tomó una decisión aunque
todavía no se la haya dicho a sí mismo. El peso específico del silencio cuando no es
indecisión sino confirmación.
Alice no respondió.
Su boca bajo la mía fue lo que fue. No calculado. No el ritual de la primera noche ni
el beso de la biblioteca con sus capas y sus preguntas. Esto era más directo. Más
honesto en el sentido en que son honestas las cosas que no tienen ninguna
pretensión de ser otra cosa que lo que son.
No iba a tener ni mis pocos filtros ni el protocolo de Keil. Podre tener una ética
cuestionable y una moralidad medio dudosa le había¿ dado marguen a que podia
alejarme y no lo hizo.
La tome de los hombros y su boca me gano la pelea, no podia ser suabe, estaba
volviendome loco. Senti sus manos bajar por mi nuca y anclandose a mi cabello. Era
deliciosa.
Baje mis manos hasta su culo era redondo y perfecto, y luego hice lo que cualquiera
haría en esta situación, meti una de mis manos por debajo de su falda y corri la tanga
que llevaba rozando su vagina. Sabia que la deseaba, se lo habia dicho con toda la
sinceridad en la cara y aparecia con estas prendas. Pobre de mi.
Mi verga explotaba y ya me comenzaba a doler por debajo del pantalon así que con
un movimiento no tan burco la levante y baje un poco mis pantalones para dejarla
libre. Podia sentir como palpitaba, estaba tan caliente y duro que pense que me iba a
explotar.
Padre de ellos que estas en el cielo, que santifican tu nombre. Vas a tener que correr
la vista anciano porque esto me lo vas a hechar en cara en algun momento. Porque si
este es el pan espero que hayas perdonado tomas mis ofensas. ¿Amén?
Se la meti de un movimiento, estaba tan mojada que entro directo. Se sujeto más
fuerte y comenzo a moverse de arriba a abajo, lo cual me dejo perplejo. El placer
viajo desde mis pies hasta la punta de mi miebro recorriendo toda mi columna, la
sentia palpitar dentro. Se arqueo hacia mí depositando una mano detras de mi nuca
bruscamente y con la otra se sujeto con fuerza dle borde del escritorio, vi sus
nudillos ponerse blancos y turo su cabeza hacia atras. Esas vistas me pusieron a mil,
si ya estaba loco ahora estaria desquisiado. No queria parar. Me incline y comence a
besar su cuerllo y a mordisquearlo, Alice no dejo de moverse y yo tampoco iba a
permitirlo
Y emepzó a subir el ritmo. Baje la vista hacia su bluza y sus tetas rebotaban al
compas de los sentones, no estaban expresandose como querían así que la levante
dejandolas al aire libre. Ya entiendo la desesperación de los bebés, con esto
cualquier hombre seria obediente
La agarre firme de la cadera con una mano metiendo todo mi miembro hasta el
fondo y me incline para meterme una a la boca. Su sabor era exquisito, embriagador.
Jugue con uno de sus pezones con mi lengus, primero en circulos, luego succione y
despues lo mordi. Por como jadeaba supe que no le disgustaba para nada, y acto
seguido lleve la mano libre para pellizcarle el otro.
El paraíso había existido pero no de esta manera, este era mejor. Lo se porque todos
habíamos escuchado el rumor de que Lucifer habia interferido y Adan junto con Eva
seguian siendo virgenes. Hasta despés, claro.
Segui succionando sus pezones y las ganas de volver a invadir su boca me superaron.
Lo solte y agarrandola de la nuca volvi su cabeza hacia adelante y comence a
deborarla otra vez, me encontre con su lengua y juguetie con ella. Las respiraciones
estaban tan agutadas que me obligue a parar para poder respirar algo de ahí y volvi a
bajar la vista, esta vez, hacia la unión de nuestros cuerpos.
—¿Aun queres que pare? —Dije con un jadeo involuntario sin apartar la vista de lo
que veía.
Me agache hacia su vagina. Y la repase con la vista. Tan rosada, delicada, a punto de
ser deborada por demonio que habitaba debajo de su cama. El olor a jabon de baño
mezclado con el aroma a sexo llego a mi nariz así que la mire sonriente, y me la lleve
a la boca sin problema. Efectivamente, no iba a parar.
—¡Oh Dios! ¡Sii! —Ya no intentaba retener sus gemidos y me encantaba escucharlos.
Comence a jugar con mi lengua en circulos sobre su clitoris, luego la chupaba entera
para luego tirar del clitoris con mis dientes, acto que repeti unas tres o cuatro veces.
Mi lengua encontro su entrada y comence a penetrarla con ella. Que puto placer, mi
miembro palpitaba, necesitaba volver a entrar ahí.
Me acarro del pelo sin permitirme parar y acepte su invitación, sus uñas se clavaron
pero el dolor se volvio más placer. Si, soy masoquista.
No pude más asi que retire su mano y situe sus piernas en uno de mis hombros
sosteniendola de los muslos y sin pesarlo dos veces volvi a introducirme en ella con
movimientos rapidos, salvajes, era una bestia y no me reprimia en aparentar que no.
—¡Ah! ¡SI, SI, SI! —Ya no eran gemidos. Eran gritos casi guturales que eran musica
para mis oidos.
Respondio en gemidos pero eso basto. Mi cuerpo hervia demasiado y ella estaba tan
mojada. Estaba tan consumido que algo tenia que inventar para volver a
mantenerme sereno cuando Keil volviera.
Aleje sus piernas y las abri de par en par haciendo que mi verga entrara y saliera sin
problema, encajaba tan bien. Romanticamente diria que mi miembro, el miembro de
Keil, y su vagina eran el uno para el otro. Vi como sus tetas seguian el compas de mis
embestidas, estaba ansioso por comermelos de nuevo. Ella lo noto y con sus manos
comenzo a jugar con ellos pellizcando sus pezones mientras me miraba a los ojos.
Me desespere y separe sus manos con bruzquedad, me incline sobre ella y sin dejar
de penetrarla y me driji de nuevo hacia sus pechos, hambriento. Los lami con apuro
como si fuese la última vez que lo haria y sus dedos se enredaron con fuerza otra vez
en mi cabello. Me la estaba comiendo viva y era lo mejor del puto mundo.
Su grito era musica. Si ya estaba a mil ahora iba a explotar, la deje otra vez sobre la
mesa y volvi a poner mi mano en su cuello, firme, haciendo presión, marcando
control y poder. La dominé, absorbiendo la con las piernas abiertas de par en par
para mi, dejando que la madera soportara el peso de nuestra destrucción mutua.
Subi el ritmo, mas violento, mientras que mi miembro entraba y salia de forma
limpia, de forma completa tocando su punto más interno.
—Ah, si, No pares. —Volvio a arquearse hacia atras— ¡Me vengo Vael!
Embesti de lleno una vez más y se corrio conmigo dentro y segui penetrandola.
La levante y luego empuje hacia abajo entrando de golpe, luego volvi a levantarla
para sacarla casi completa y volver a bajarla entrando completo. Iba a correrme.
Me volvi loco. La saque a tiempo antes de cabar dentro manchando parte de su falda
y mi abdomen. Correr una maraton debia de sentirse así solo que menos placentero.
Mi cuerpo se fue hacia adelante y apoye mi frente en su hombro soltando su cabello
y dejando caer mis brazos como peso muerto. Ella hizo lo mismo. Cuando las
respiraciones comenzaron a regularse nos paramos y nos arreglamos la ropa.
Tampoco creo que Keil, cuando vuelva y se entere, vaya a encontrar el argumento
correcto para que me disculpe, aunque lo va a intentar y la conversación va a ser
larga.
—Mejor —dije.
—¿El ibuprofeno funcionó?
—Algo funcionó. —La miré. —Sí. —Una pausa. —Ahora tengo que ir a limpiarme
esto. Hubiese sido mejor tragártelos.
—No es lo mismo.
Me miró.
Yo la miré.
En sus ojos el color que tenían después. Más oscuro que el dorado habitual. Con algo
instalado que no había estado ahí hace una hora y que no iba a irse con facilidad.
Bien.
—Vael— empezó.
El portal sonó.
—Lirien —dije.
—¿Cómo sabés?
Fui al portal.
Y en el escritorio de Keil, que esta mañana había sido testigo de cosas y el vaso de
whisky seguía en el otro lado sin tocar.
Esperando a alguien.
Que esta mañana, estaba considerablemente más cerca que ayer. Lo suficiente para
que yo, que no me preocupo por casi nada, empezara a pensar seriamente en cómo
iba a ser esa conversación.
(ALICE)
Lo miré.
—¿Vas a abrirle.
—Vael.
—Vendió la información del sello —dijo. —Eso tiene consecuencias para la calidad
de la bienvenida que recibe esta mañana.
Golpearon de nuevo.
—Sé que estás ahí —dijo la voz de Lirien desde afuera. Con esa calma suya que no
tenía fondo visible. —Y sé que estás decidiendo si abrirme. —Pausa. —Tengo
información que necesitás. Y un café mejor que el que estás tomando si me dejás
entrar.
—Vael.
Exhaló con el sonido de algo tomando una decisión que no le gusta pero que
entiende como necesaria.
Abrió el portal.
(VAEL)
Lirien entró al hall con la misma elegancia de siempre y sin el café que había
prometido, que yo registré de inmediato y que archivé bajo la categoría de cosas que
cobrar después junto con todo lo demás que esta mañana tenía pendiente en esa
lista.
A mí primero. Con esa evaluación suya que busca lo que cambió. Y había cambiado.
El escritorio de Keil, la temperatura del despacho, el estado general de la mañana.
Las hadas leen esas cosas con la misma naturalidad con que yo leo la diferencia entre
una criatura menor y un linaje puro.
Lo leyó.
Después me miró.
Sus ojos me recorrieron con esa evaluación suya que no perdía detalle. Luego miró el
despacho por encima de mi hombro. Después, a Alice. Después de vuelta a mí.
Algo cruzó su expresión. No la sonrisa superficial. Algo más genuino, más divertido,
el tipo de cosa que aparece cuando una hada de linaje antiguo detecta una situación
que no esperaba encontrar a las nueve y media de la mañana en el edificio de los
Mangiarotti.
—Es solo que Keil es muy particular con sus cosas. —Una pausa. —Va a saber que
algo pasó ahí.
—Lirien...
—La información del sello —dije por tercera vez. Con el tono que cierra
conversaciones. — ¡Ahora!
Lirien me miró durante un momento con la expresión de alguien que tiene más que
decir sobre el tema y que ha decidido, por razones propias, guardarlo para después.
—No es de tu importancia.
—No. Es. De. Tu. Importancia. —La miré. —Lo que es de tu importancia es la
conversación que viniste a tener. Así que tengamosla.
Después volvió a mirarme a mí con esa expresión que las hadas tienen cuando están
calculando cuánto pueden presionar antes de que el retorno disminuya.
—Para vos todo es cogible. —dije agarrandome el tabique de la nariz cerrando los
ojos con irritación. —Ahora hablá, si no queres salir volando donde tu polvillo de
hadas va a ser mi patada.
Y empezó a hablar.
—Entregue la información del sello porque el favor que me debíais era cobrable —
dijo. —Y lo cobré en los términos acordados.
—El favor era dentro de parámetros razonables —dije. —Dar información para
desmantelar el sello que protegía el edificio no es—
—El favor no fue dar información para desmantelar el sello —dijo Lirien. Miro a
Alice. —El favor fue dejar que lo que pasó anoche pasara.
Silencio.
—Explicá eso —dije en voz baja.
—La corte lleva décadas estudiando su linaje. —Una pausa. —Así que sí. Lo sabía.
—¿Y la información del sello fue para que la amenaza fuera suficientemente real?
La cerró.
Las hadas no cierran la boca cuando tienen algo que decir. No funciona así. No está
en su arquitectura. Las hadas dicen lo que planificaron decir en el orden planificado
con la precisión de algo que no improvisa porque no necesita improvisar.
—¿Qué —dije.
Y entonces dijo las palabras que hicieron que algo en mí, esa parte que llevaba
desarrollado una tolerancia considerable a las malas noticias, se irritara de una
forma que no esperaba irritarse esta mañana.
Me quedé mirándola.
Un segundo. Dos.
—Repetí eso —dije.
—La corte calculó que una activación parcial de la marca bajo presión real produciría
un desplazamiento sobrenatural manejable. —Una pausa. —Localizado. Contenido
dentro de los parámetros del sector del Prati y sus inmediaciones. Suficiente para
que los demás recalibraran sus posiciones sin generar consecuencias más amplias.
—Otra Pausa. —Y se fue de las manos —dijo.
—Manejable —repetí. Con el tono específico de algo que está procesando esa
palabra y encontrándola completamente inaceptable. —Manejable. La corte del
norte, que lleva décadas estudiando el linaje de Alice calculó que esto iba a ser
manejable. —Me toque la cien. —Ahora define que se les fue de las manos.
—Lo Alice hizo anoche —dijo Lirien— no fue una activación parcial localizada. —Me
miró. —Fue un desplazamiento sobrenatural de alcance que ningún modelo de la
corte había calculado como posible en esta etapa del desarrollo de tu marca. —Una
pausa. —Lo sintieron todos. No solo en Roma. En los territorios sobrenaturales
dentro de un radio de doscientos kilómetros. —Otra pausa. —Lo que significa que el
reordenamiento que estamos viendo esta mañana no es solo romano.
—Las suficientes para que la corte del norte haya recibido esta mañana siete
comunicaciones de territorios que normalmente no se comunican con nosotros. —
Lirien nos miró a los dos. —Siete en cuatro horas, Vael. Eso no pasa.
—Ninguna está contenta. —Lo dijo sin el envoltorio habitual. Directo. —Los hombres
lobo sintieron el desplazamiento en tres manadas distintas simultáneamente. El alfa
Altieri mandó reconocimiento esta mañana pero lo que mandó de verdad fue una
pregunta, qué es esto y de dónde viene, y esa pregunta tiene un tono que no es
amistoso. —Una pausa. —Los elfos de linaje puro que participaron en el ataque de
anoche reportaron a su consejo que algo que no estaba en ningún cálculo previo
intervino en el desarrollo de la operación. El consejo está reunido desde las seis de la
mañana. —Otra pausa. —El clan Caretti no mandó nada, que significa que están
furiosos y construyendo algo.
—¿Qué modelos? —La voz subió un tono sin que yo lo decidiera. En mí eso es
información. En mí la voz no sube sin que yo lo decida a menos que algo haya
superado el umbral de lo que el control habitual puede contener. —¿Los modelos
que no incluyeron la posibilidad de que la activación se extendiera más allá del
sector del Prati? ¿Esos modelos?
—Aproximadamente.
—Vael—
—No. —Lo dije con la calma específica de algo que está usando toda la energía
disponible para no decir exactamente lo que quiere decir de la forma en que quiere
decirlo. —No me interrumpas. Todavía estoy procesando la magnitud del error de
cálculo que acabás de describirme como si fuera un inconveniente menor de
logística.
Bien.
Puta madre...
Lirien lo explicó.
Lirien nos miró a los dos. Después fue al despacho y se sentó en la silla frente al
escritorio con la naturalidad de alguien que ha decidido que esta conversación
requiere que todos estén sentados.
—¿Perdón?
—La metáfora de la cerradura. —La miré. —Alice lleva semanas escuchando que es
una llave. No uses esa metáfora.
—Mejor —dije.
—El agente es quien habla el idioma. —Lirien la miró. —Y acá está la diferencia que
todas las facciones, incluyendo la corte del norte, calcularon mal. —Se inclinó
levemente hacia adelante. —Cuando las facciones se pusieron en movimiento por tu
marca lo hicieron pensando en el idioma. En el sistema. En lo que se activa cuando la
marca llega a su punto de maduración. —Una pausa. —Lo que ninguna calculó es
que el idioma y quien lo habla no son la misma cosa. Que la gramática existe pero
que lo que se dice, el mensaje específico, lo determina el hablante.
—Porque depende de vos. —Lirien la miró. —De lo que sos. De lo que elegís. De lo
que querés cuando el sistema se activa completamente. —Una pausa. —El idioma da
el marco. Vos ponés el contenido.
Silencio.
—¿Y eso lo sabían? —dije. —¿Alguno de todos los que estan ahí afuera?
—Lo sospechaban —dijo Lirien. —La corte lo tenía como hipótesis de baja
probabilidad en sus modelos. —Una pausa. —Lo que nadie anticipó fue la velocidad.
Que una activación parcial, sin control, bajo presión, iba a mostrar esa variable con
tanta claridad y con tanto alcance. —Me miró. —Lo que se activo no fue el sistema.
Fue Alice usando el sistema con intención propia aunque esa intención fuera
instintiva y sin entrenamiento. —Una pausa. —Y esa diferencia lo cambia todo.
—Porque un sistema que se activa solo es predecible. —Lirien la miró. —Se puede
modelar, anticipar, disputar. —Una pausa. —Una persona que usa un sistema con
voluntad propia no es predecible. No se puede modelar completamente. No se
puede disputar de la misma forma. —Me miró. —Lo quelos demás entendieron esta
es que lo que tienen enfrente no es un evento que va a pasar con o sin su
intervención.
—Es alguien que ya está tomando decisiones —dijo Lirien. —Anoche tomó una. —
Miró a Alice. —Y eso es lo que tiene a todo el mundo sobrenatural recalculando,
porque ninguno de ellos sabe todavía qué decisión va a tomar la próxima vez. —Una
pausa. —Ni yo tampoco.
—Esa —dijo Lirien— es exactamente la pregunta que hace alguien que entiende el
peso de lo que tiene. —Una pausa. —Y que por lo tanto es considerablemente
menos probable que la tome.
Eran a Alice.
A Alice con agencia. Con voluntad propia. Con la capacidad de determinar lo que el
sistema hacía y cómo lo hacía.
Lirien parpadeó.
—¿Perdón?
—¿Querés que os ayude a preparar las respuestas? —dijo. —Como corrección. Sin
favor.
Miré a Alice.
Alice me miró.
Lirien asintió.
Me separé del hall y fui a la palma de la mano. La cicatriz. El pulso que no paraba.
Keil, pensé. No en voz alta. Hacia adentro. Hacia el fondo que esta mañana ya no
estaba completamente vacío. El mundose reordenó sin que nadie lo calculara. Se
cometió un error que va a costar semanas de trabajo. Alice está en peligro.
Una pausa.
Volvé, hermano.
CAPITULO 9
(VAEL)
Lirien las explicaba. Alice las catalogaba en el cuaderno con esa atención suya que no
descansaba. Yo las escuchaba desde el marco del despacho y construía el mapa de lo
que significaban en conjunto, no cada una por separado sino el patrón, la dirección,
lo que el mundo sobrenatural de Roma estaba comunicando de forma agregada.
Lorenzo en silencio después de lo de anoche, después del hall y de lo que le dije con
la mano en su garganta, no era Lorenzo procesando una derrota. Era Lorenzo
construyendo algo con la paciencia de algo que lleva doce años siendo lo que eligió
ser y que no tiene ninguna urgencia porque cree que el tiempo trabaja para él.
***
El Viejo Infeliz de Ahí Arriba me lo dio como herramienta cuando acepté el plan. No
me lo dijo explícitamente. Simplemente apareció como capacidad cuando la primera
vez que la necesité la busqué y estaba ahí. Ese era el método operativo del Viejo:
darte los recursos sin explicarte que los tenías y esperar a que los descubrieras en el
momento en que los necesitaras.
Keil lo sabía. Le conté al segundo año del pacto cuando la usé por primera vez en una
situación que tampoco habría aprobado. Lo manejamos. Con agua tibia, como de
costumbre.
Instrucciones claras: perímetro exterior, sector sur y este. Vigilancia pasiva. Reportar
movimiento del clan Caretti. No actuar. No hacer contacto. Solo observar y
comunicar.
Eso era lo oficial.
Lo otro, lo que no era vigilancia pasiva, era el mensaje que le mandé a Lorenzo a
través de ellos. No con palabras. Con presencia. Con el tipo de señal que en el idioma
sobrenatural dice sé exactamente dónde estás y tengo cosas que pueden llegar antes
que yo.
Era información.
Y había un cuarto.
Lo había dejado tres horas porque necesitaba verificar que era exactamente lo que
parecía y no algo más complicado.
Lo que Keil no haría porque tiene límites que construyó sobre su propia estructura
moral, yo lo hago porque no tengo esos límites. Y esa asimetría no es un defecto del
sistema. Es exactamente la razón por la que el Viejo me incluyó en él.
Lo que no calculé, que era irritante dado que yo soy el que normalmente calcula
estas cosas, fue que Alice iba a salir al jardín posterior a las dos y cuarto con una taza
de café.
Los abrí.
Fui al jardín.
(ALICE)
Salí con el café y me quedé mirando Roma desde el perímetro posterior del edificio.
En el borde del jardín, donde el sello marcaba el límite del perímetro, había algo que
no era parte del jardín. No visible exactamente. Presente de una forma que mi marca
registró antes de que mis ojos pudieran procesar qué estaban viendo.
Tres segundos.
Después escuché pasos detrás de mí y Vael apareció en la puerta del jardín con una
expresión que no era ninguna de las que le conocía. Era la expresión de alguien que
acaba de darse cuenta de que algo que planeaba manejar en privado ya no era
privado.
No respondió de inmediato.
—Vael. —No aparté los ojos del borde del jardín. —¿Qué es eso.
Me giré.
Lo miré.
En sus ojos algo que no había visto antes. No la rabia de las otras veces, no la
determinación, no el miedo calculado que a veces aparecía y que ella convertía en
herramienta. Esto era diferente. Más primario. Más antes de la decisión.
Miedo genuino.
De él.
(VAEL)
Lo vi en su cara.
Registré eso con la incomodidad específica de algo que no esperaba esa reacción y
que no sabe completamente qué hacer con ella. Había producido muchas reacciones
en muchas personas. Miedo de mí específicamente no era nueva. Pero miedo de mí
en los ojos de Alice, que había visto cosas en los últimos días que habrían producido
ese miedo mucho antes y que no lo había producido, esa sí era nueva.
—Sí.
—¿Cuándo.
—¿Cuántos.
—Tres.
—Sí.
—¿Desde cuándo.
—Desde el principio. Es parte de lo que el Viejo incluyó en el acuerdo. No me lo
explicó. Estaba ahí cuando lo necesité por primera vez.
—Sí.
—¿Cuándo se lo dijiste.
Alice miró el borde del jardín. Después me miró. Después volvió al borde.
—Vigilancia del perímetro sur y este. Movimiento del clan Caretti. —Pausa. —Y para
mandarle un mensaje a Lorenzo.
—El tipo que dice que tengo recursos que pueden llegar antes que yo.
—¿Eso es todo.
La miré.
—No —dije.
(ALICE)
—No —dijo.
Lo miré.
Vael entró al jardín. Se paró a mi lado mirando el borde donde el demonio seguía
quieto. En la luz de la tarde el rojo en los bordes de sus ojos era más constante que
de costumbre.
—Hay un enviado del clan Caretti —dijo. —En el sector norte. Lleva tres horas ahí.
Sin cruzar el perímetro, lo suficientemente lejos para que no lo detectaras desde
adentro. —Una pausa. —Lo detecté esta mañana temprano cuando revisé el
perímetro.
—¿Y? —dije.
—Y lo manejé.
—El demonio del sector norte no está en vigilancia pasiva. —Me miró. —Está
conteniendo al enviado de Caretti en el perímetro. No con violencia. Con presión. El
tipo de presión que en el idioma sobrenatural significa que no puede moverse hasta
que yo decida que puede.
Lo procesé.
—¿Es incorrecta?
—No completamente.
—Vael. —La voz salió más baja de lo que planeaba. —Eso es exactamente el tipo de
cosa que va a escalar todo.
—¿Ese es el PUNTO? —La voz subió. —¿Retener a alguien del clan de Lorenzo como
mensaje es el PUNTO?
—Es disuasión —dijo Vael. Con la calma de algo que ya tomó la decisión y que no
tiene ninguna intención de revisarla. —Hay una diferencia.
—¡Sin consultarme!
—Sin consultarte —confirmó. Sin disculpa. Sin el gesto de suavizar lo que estaba
admitiendo.
Lo miré.
—Llevo semanas en este mundo —dije. Con la calma que uso cuando la rabia es
demasiado grande para el volumen. —Vi lo que hacen las facciones. Vi lo que le
hicieron a Martina. Vi lo que Lorenzo le hace a las personas que están cerca de mí. Vi
lo que el clan puede movilizar en una sola noche. —Lo miré. —Y vos decidiste que yo
no tengo suficiente contexto para ser consultada sobre una decisión que afecta
directamente mi seguridad.
—Tomaste buenas decisiones —dijo Vael y me miró. —Pero el contexto tiene límites.
—¿El contexto tiene límites? —Lo miré. —¿Eso es lo que tenés para decirme?
—Sí. —Sin pausa. —Llevás semanas en este mundo, Alice. Semanas. Yo llevo mil
trescientos años. El sistema que habitás, la marca que llevás, las facciones que te
rodean, los idiomas que hablan, las formas en que se mueven, las consecuencias de
cada decisión en cada tablero posible. —Me miró. —No es lo mismo que leer sobre
ello en los libros de Keil. No es lo mismo que verlo pasar desde adentro durante días.
No es lo mismo.
—No me estás diciendo que no entiendo este mundo —dije. —Me estás diciendo
que nunca voy a entenderlo suficiente para que me consultes.
—Te estoy diciendo —dijo Vael— que hay decisiones que se toman en segundos con
información que acumulé en siglos y que esperar a consultarte en esos segundos
produce resultados peores que no hacerlo. —Una pausa. —No es sobre tu
capacidad. Es sobre el tiempo disponible y la información asimétrica.
—El enviado de Caretti lleva tres horas retenido —dije. —Tres horas no son
segundos.
Silencio.
—Sí.
—Sí.
—¿Y?
—Y lo hice igual —dijo. —Porque lo que Keil no lo haría porque tiene límites sobre
su propia estructura moral, yo lo puedo hacer porque no tengo esos límites. —Me
miró. —No soy Keil. No voy a operar como Keil. No voy a pedirte disculpas por eso.
Lo miré durante un momento que fue más largo de lo que necesitaba ser.
—El miedo que sentí cuando vi ese demonio —dije finalmente. —No era del
demonio.
Silencio.
—Me importa —dijo. —Más de lo que voy a admitir en este momento. —Me miró.
—Pero no cambia lo que hice ni por qué lo hice.
(VAEL)
No con la calma de la mañana. Con la urgencia de algo que recibió información que
requiere respuesta inmediata.
Abrí el portal.
Me miró.
—¿Cuántos? —dijo.
—Vael —dijo. Con el tono de alguien eligiendo las palabras con más cuidado de lo
habitual. —Lo que hiciste esta tarde cambió la lectura que el mundo sobrenatural de
Roma tiene de esta situación.
—Era el objetivo.
Alice estaba en el marco del hall detrás de mí. Lo sentí sin girarme.
—¿Cuánto —dije.
—El consejo de los elfos dejó de reunirse a las tres y media —dijo Lirien. —Los Altieri
convocaron a las manadas secundarias a las cuatro. —Otra pausa. —Y el clan Caretti
mandó tres comunicaciones simultáneas a sus aliados a las cuatro y diez. No a
nosotros.
—Soltalo —dijo.
Me giré.
—Alice—
—Soltalo ahora. —Sin volumen. Con la calma de alguien que tomó una decisión. —
No porque tenga razón sobre todo lo demás. Sino porque es lo único que podemos
deshacer de lo que hiciste esta tarde y hay que deshacerlo antes de que las tres
comunicaciones de Lorenzo a sus aliados se conviertan en algo que no podamos
manejar.
La miré.
Procesé lo que Alice acababa de hacer. No apelar a la moral. No a los límites. Al único
argumento que en mi lógica específica tenía peso.
—Bien —dije.
Lo archivé con la incomodidad específica de algo que acaba de ser corregido por
alguien que lleva semanas en este mundo y que usó la lógica del mundo para
hacerlo.
Fuerte.
Desde adentro.
Keil.
Y desde el fondo, con una fuerza que no había tenido en todo el día, algo respondió.
Me giré h
La marca quieta.
(ALICE)
Lo vi en su cara.
El cambio. El momento exacto en que algo que estaba pasando dejó de pasar.
—¿Qué —dije.
—Que lo que estaba volviendo retrocedió. —Me miró. Con la expresión más honesta
que le había visto. Sin el sarcasmo. Sin la indiferencia. Solo algo que en él era lo más
parecido al miedo genuino que había visto dirigido hacia adentro y no hacia afuera.
—Más que esta mañana.
Lo procesé.
—No lo sé exactamente. Hay algo en el proceso de vuelta que no puedo ver desde
adentro porque estoy adentro.
—No lo sé —dijo. Y era la segunda vez que lo decía y las dos veces había tenido el
peso de algo que normalmente no existía en él.
Me levanté.
Me acerqué.
Puse la mano en el centro del pecho. Sobre el corazón. Sin ritual. Sin la carga del
marcaje. Solo la mano plana con el calor de mi piel sobre la tela.
El corazón respondió.
—Sí —dijo.
—¿Ayuda?
—No lo sé todavía.
No retiré la mano.
Fuerte.
Desde adentro.
Retiré la mano.
—¿Keil? —dije.
—Algo —dijo Vael. —Lo suficiente para que no retroceda más. —Una pausa. —No lo
suficiente para que avance.
Lo miré.
—No lo sé.
Tres veces.
Me quedé mirando el brazo derecho. La marca quieta. Con esa quietud diferente que
tenía desde la activación de la noche anterior.
Silencio.
Vael me miró durante un momento que fue más largo de lo que eran sus momentos
habituales.
—Teóricamente —dijo. —El sistema fue diseñado para funcionar en las dos
direcciones. Pero la dirección marca-hacia-pacto nunca se usó. Ninguna portadora
anterior llegó al punto donde esa dirección fuera posible. —Una pausa. —Porque
ninguna llegó a activación parcial.
—Sí.
—¿Qué pasaría si intentara activar la marca hacia el pacto? No como reacción a una
amenaza. Intencionalmente. Hacia Keil específicamente.
Vael me miró.
Y vi en su cara algo que no había visto antes. Más primario que el sarcasmo y más
honesto que la indiferencia y más quieto que la oscuridad.
Era miedo.
—No lo sé exactamente. —La cuarta vez. —Nunca pasó. No hay modelo. No hay
precedente. —Me miró. —Lo que sé es que la activación de anoche consumió algo
de vos. El brazo pesa diferente. La marca está más quieta. Hay algo que se fue que
no volvió completamente. —Hizo una pausa. —Una activación intencional, sin
presión externa, sin el instinto de supervivencia que activó la de anoche, va a
requerir más de lo que ya gastaste.
—¿Cuánto más.
—Demasiado —dijo.
—Si no lo intento Keil sigue retrocediendo. —Lo miré. —¿Cuánto tiempo tiene antes
de que retroceder sea permanente?
Silencio.
Su respuesta.
—No.
Tomé el cuaderno. Lo abrí. Escribí tres líneas que no voy a reproducir aquí porque
son mías y porque algunas cosas necesitan existir solo en el lugar donde las escribís
antes de existir en cualquier otro lado.
Las cerré.
(VAEL)
—No —dije.
—Vael—
—No. —Me levanté. —No vas a intentarlo. No esta noche. No en este estado. No sin
información sobre lo que cuesta y sin garantía de que lo que cuesta no es
exactamente lo que no podés gastar.
—Ya no tenés información sobre lo que cuesta porque me dijiste que no había
modelo. —Me miró. —Así que el argumento de la información ya no aplica.
—El costo de no hacerlo es Keil en el fondo retrocediendo sin que nadie pueda hacer
nada. —Me miró. —¿Eso te parece mejor?
—Me parece reversible. Lo otro—
—Lo otro también puede ser reversible. No sabés que no lo es. Dijiste que no hay
modelo.
Tenía razón.
Era un argumento correcto construido sobre la misma lógica que yo había usado esta
tarde para justificar la invocación. La información asimétrica. El tiempo disponible. La
acción sobre la base de lo que se tiene.
Mi idioma en su boca.
Otra vez.
Alice esperó.
—Lo que la activación de anoche consumió no es solo energía. —Hice la pausa que
necesitaba. —La marca lleva algo de la persona que la lleva. No separado. Integrado.
Cada vez que se activa usa algo de eso. De lo que sos. De lo que te hace ser lo que
sos. —La miré. —La activación de anoche fue bajo presión extrema, sin control, en
estado de crisis. El costo fue parte de lo que sos. —Pausa. —Una activación
intencional, desde adentro, sin la adrenalina que amortiguó el costo de anoche, va a
costar más de esa misma cosa.
Alice me miró.
—No lo sé con exactitud. —La quinta vez. —Podría ser algo pequeño. Podría ser algo
que no notés de inmediato. —Una pausa. —O podría ser algo que sí notés.
El silencio que siguió tuvo el peso de todo lo que habíamos hablado en toda la tarde.
—Sí.
Lo miré.
(ALICE)
Lo intenté en el hall.
No en la biblioteca. El hall era el centro del edificio, donde el sello era más fuerte,
donde el pacto y la marca habían tenido sus primeros contactos reales desde la
noche del portal.
Vael se quedó a un metro. Sin tocarme. Con la expresión de algo que ha decidido
que va a estar presente aunque no apruebe lo que está pasando porque la
alternativa de no estar presente era peor.
La marca estaba quieta. Más quieta que nunca. Con esa quietud que llevaba desde la
activación de la noche anterior.
Lo que Vael me había explicado sobre el costo lo tenía en algún lugar que no era el
miedo exactamente sino la conciencia. La conciencia de que lo que iba a hacer tenía
un precio que no podía calcular de antemano y que iba a pagar igual.
Busqué el fondo.
Lo encontré.
Como una frecuencia. Como el idioma del que Lirien había hablado, presente aunque
nadie lo estuviera hablando.
Empujé.
No físico exactamente. Más interno. Más difícil de ubicar. Como cuando algo que
estaba en un lugar específico dentro de vos se mueve de ese lugar y el espacio que
queda es más frío que el resto.
Seguí.
La marca respondió. No como la noche anterior, no con la explosión sin control. Más
dirigida. Más costosa. Con el esfuerzo de algo que está haciendo lo para lo que fue
diseñado pero que todavía no aprendió a hacerlo bien.
Y en ese lugar lejano donde Keil existía sin poder escuchar nada, algo pulsó.
Seguí empujando.
El frío se expandió.
No afuera. Adentro. En algún lugar que no tenía ubicación física precisa pero que era
real de todas formas, real en el sentido en que son reales las cosas que el cuerpo
registra antes de que la mente pueda nombrarlas.
Seguí.
(VAEL)
Seguí quieto.
Interrumpir una activación intencional en proceso era más peligroso que dejarla
terminar.
Y porque lo que veía en su cara, debajo del esfuerzo y el dolor que no estaba
mostrando, era algo que reconocía.
Alguien pagando un precio que no sabía que iba a poder pagar cuando empezó y que
está pagando igual porque empezar fue la decisión y parar no está disponible.
Fuerte.
Desde adentro.
Keil.
Y desde el fondo, con una fuerza que no había tenido en todo el día, algo respondió.
Presente.
Keil.
—Para —dije.
No me escuchó.
—Alice. Para.
Sus ojos seguían cerrados. La marca en el brazo derecho activa con una intensidad
que había superado el pulso suave de los primeros minutos.
—ALICE.
Fue lo último que salio de mi boca, que pude decir. El cuerpo colapso y de ya no
estaba ahí, estaba fuera... Fuera del cuerpo...
(ALICE)
Me giré.
Verde oscuro.
Casi negro.
Solo Keil.
—Keil. —Puse las manos en su cara. Fría. Con el frío específico de algo que acaba de
hacer un esfuerzo que no tenía recursos para hacer. —Keil, mirá.
Levantó la vista.
Y en sus ojos, en el verde oscuro que conocía de todas las formas en que lo conocía,
había algo que no había visto antes en él.
Desorientación.
No de alguien que no sabe dónde está. De alguien que sabe exactamente dónde está
y que está buscando algo que debería estar ahí y que no está.
(KEIL)
Completamente. Sin textura. Sin peso. Sin la presencia de setenta años de pacto que
había aprendido a reconocer antes de reconocer cualquier otra cosa.
Vael.
Silencio.
Vael.
Silencio.
Vael, respondé.
Nada.
El tipo de nada que no es silencio sino ausencia. El tipo que no tiene fondo porque
no hay nada contra lo cual medir la profundidad.
La miré.
En sus ojos algo que tampoco estaba antes. No de ella. Del color. El ámbar que
conocía de formas específicas, la luz que seguía, el ángulo que lo cambiaba, todo eso
seguía siendo lo que era. Pero algo en el centro de ese ámbar estaba más lejos.
Como si la distancia entre la superficie y lo que había debajo hubiera aumentado sin
que la superficie cambiara.
—Sí —dije.
No sabía si era verdad. Me puse de pie de todas formas porque el piso del hall no era
el lugar correcto para procesar lo que estaba procesando.
Nada.
Puse la mano derecha plana sobre el pecho. El corazón latiendo. Regular. El trabajo
de reconstrucción que Vael había hecho en los últimos días presente en cada latido
que era más estable de lo que debería haber sido sin esa intervención.
Completamente vacío.
La miré.
Algo cruzó su cara. El cambio de alguien que acaba de entender lo que la pregunta
significa.
—Cuando tu cuerpo colapsó —dijo. Con la voz que tenía ahora, que era la suya pero
con esa capa nueva más adentro que me costaba nombrar. —Antes de que te
cayeras escuché jadeos. Un esfuerzo. Como algo luchando por mantenerse. —Una
pausa. —Después nada.
—Nada.
El hall en silencio.
Lo miré.
No vacío.
Más quieto.
Como si el volumen de todo hubiera bajado dos puntos sin que nadie tocara el dial.
Vael —llamé una vez más hacia el fondo con toda la intención que podía concentrar.
Nada.
Eso fue lo peor. No llegó de golpe como llegan las cosas cuando sabés exactamente
lo que perdiste. Llegó despacio, en capas, cada capa añadiendo información sobre la
magnitud de lo que estaba pasando.
Incluso cuando no quería estar. Incluso cuando yo tampoco quería que estuviera.
El fondo vacío era una información que no tenía categoría en ningún sistema que yo
hubiera construido en trece años porque nunca había necesitado esa categoría.
No lo dije en voz alta. Lo dije hacia adentro, hacia el fondo, como si decirlo pudiera
cambiar lo que el fondo estaba comunicando con su silencio.
No cambió nada.
Estaba frente a mí con la mano extendida. No hacia mí. Con la palma hacia arriba. La
marca en su antebrazo completamente quieta y en el centro de esa quietud algo que
no había visto antes.
De una forma que sugería que algo había pasado a través de él en la dirección
incorrecta.
—Cuando activaste la marca hacia el pacto para traerme de vuelta el canal se abrió
en las dos direcciones. —Procesé mientras hablaba, construyendo el mapa con la
información disponible. —Lo que trajo de vuelta fue... energía del pacto. De la
conexión entre la marca y el pacto. Y esa energía empujó a Vael. —Hice una pausa.
—Hacia afuera.
Alice me miró.
El silencio que siguió fue diferente a todos los silencios anteriores de esta noche.
—¿Puede sobrevivir eso? —dijo Alice. Con la voz que tenía ahora, más quieta que
antes, pero con algo en el fondo de esa quietud que era genuinamente urgente. —
¿Puede existir fuera del cuerpo?
—No lo sé —dije.
Y era la primera vez en trece años que decía que no sabía algo sobre Vael.
(ALICE)
No lo sé.
Keil dijo esas palabras con la expresión de alguien para quien esas palabras en ese
contexto específico eran el tipo de cosa que no debería existir. Como si el idioma que
usaba para funcionar en el mundo hubiera encontrado un límite que no sabía que
tenía.
Lo miré.
Keil de vuelta. Verde oscuro, mandíbula apretada, las manos a los lados con esa
tensión específica de alguien que está usando toda la estructura disponible para
sostener algo que amenaza con desbordarse.
Me miró.
—¿Por qué?
—Porque Vael es lo que es porque lleva setenta años habitando cuerpos. Sin cuerpo
no tiene las restricciones que el cuerpo le pone. Y sin las restricciones— —Se detuvo.
—Sin las restricciones lo que Vael puede hacer en el plano sobrenatural no tiene los
límites que tiene cuando está adentro.
Lo procesé.
—Para nosotros —dijo Keil— es que Vael sin anclaje físico puede no poder volver. —
Otra pausa. —El cuerpo es el punto de conexión. Sin el cuerpo como referencia el
pacto no tiene forma de reintegrarlo.
El hall en silencio.
Keil me miró.
—No lo sé —dijo. Por segunda vez esta noche. —Sin contenedor empieza a
dispersarse.
—¿Dispersarse —dije.
—Dejar de ser la cosa específica que es para convertirse en algo más difuso. Más
antiguo. Menos Vael. —Me miró. —Irreversiblemente.
—Sí.
La marca en mi brazo.
Los dos al mismo tiempo mirando las dos piezas del sistema que había producido
esto.
—La conexión todavía existe —dijo. —El canal que abriste cuando activaste la marca.
Está abierto todavía. —Me miró. —Si pudiéramos usarlo en dirección inversa. Si la
marca pudiera funcionar como señal en lugar de como empuje.
—¿Para qué?
—Para que Vael pueda orientarse. —Hizo una pausa. —Para que tenga un punto de
referencia desde donde volver.
Lo miré.
—Sí —dijo.
El hall en silencio.
Miré el brazo derecho. La marca quieta. El ámbar en mis ojos que yo no podía ver
pero que Keil sí podía y que desde que volví había estado mirando con esa expresión
específica de alguien que está calculando cuánto se perdió y que no le gusta el
resultado.
—Suficiente para que lo note —dijo finalmente. —No suficiente para que sea
irreversible. —Una pausa. —Todavía.
—Si lo volvés a intentar esta noche —dijo Keil— no sé si lo que perdés sigue siendo
reversible.
Lo miré.
Él me devolvió la mirada.
En sus ojos, en el verde oscuro de siempre, algo que no había visto en él en toda la
historia de esta semana. Algo que Vael había tenido en sus momentos más honestos
y que Keil normalmente no tenía porque Keil construyó su identidad entera sobre la
premisa de no tenerlo.
Miedo.
No del peligro externo. De la decisión que estaba frente a los dos sin resolución
disponible.
—Hay otra opción —dijo. —Que esperemos. Que le demos tiempo a Vael para
orientarse solo. Para encontrar el camino de vuelta sin que la marca funcione como
señal.
—¿Tiene tiempo para eso? —dije.
—No lo sé.
Lo miré.
Él me miró.
El hall a las ocho de la noche y Vael en algún lugar del plano sobrenatural sin cuerpo
sin saber cuánto tiempo tenía antes de que dejar de ser la cosa específica que era.
—Alice—
Asintió.
Me fui a la biblioteca.
(KEIL)
La cicatriz en la palma derecha. Fría. Sin el pulso de Vael que había sido constante
durante trece años en distintas intensidades para distintos significados.
Solo fría.
El corazón. Latiendo con la regularidad que Vael había construido en dos días de
trabajo que yo no podía haber hecho solo. Cada latido un recordatorio de lo que el
pacto había producido y de lo que el pacto podía perder.
Vael.
Nada.
Nada.
Nada.
En trece años de coexistencia con algo que lleva setenta años siendo lo que es había
aprendido a no necesitarlo exactamente. A no depender de él de formas que
produjeran vulnerabilidad cuando no estaba. A operar con autonomía dentro del
sistema compartido.
Que el fondo vacío de esta forma específica, sin la textura de los últimos días que
tenía el peso de algo presente pero inaccesible, sino completamente vacío de la
forma en que está vacío un espacio donde nunca existió nada, iba a producir algo
que en veintinueve años de vida no había necesitado nombrar porque nunca había
necesitado nombrarlo.
Solo en el sentido más básico. Sin la presencia constante que había aprendido a
ignorar la mayor parte del tiempo y que esta noche, con su ausencia, era más
ruidosa que cualquier cosa que hubiera dicho en trece años.
Fui al despacho.
Lo tomé.
Lo bebí.
Después lo dejé.
Y esperé los diez minutos que Alice había pedido con la certeza de que cuando
volviera iba a haber tomado una decisión y con la certeza de que esa decisión iba a
costar más de lo que cualquiera de los dos quería que costara.
Porque Alice no dejaba que las cosas costaran a otros lo que podía pagar ella misma.
Eso era lo que había perdido esta noche para traerme de vuelta.
Y si volvía a intentarlo esta noche, si usaba la marca como señal para orientar a Vael
de vuelta al cuerpo, iba a perder otra capa.
Que la decisión que más me importaba en esta historia era completamente de ella.
Y que lo único que podía hacer era estar presente cuando la tomara.
(ALICE)
El cuaderno abierto en la página donde había escrito las tres líneas antes de bajar al
hall. Las releí. Eran mías y no las voy a reproducir aquí. Lo que voy a decir es que las
releí y que después de releerlas supe que la decisión ya estaba tomada desde antes
de que subiera.
Bajé.
—Alice. —Mi nombre en su boca. Con el tono que no dosificaba. —Lo que perdés
esta noche—
—Lo sé —dije.
Me miró.
Yo le devolví la mirada.
—Si perdés demasiado —dijo. Con la voz de alguien que está diciendo algo que no
quiere decir. —Si lo que perdés esta noche es irreversible. Si la capa que se va esta
vez es la que no vuelve. —Hizo una pausa. —Eso también es un precio que yo pago,
Alice. No solo vos.
Lo procesé.
Era la cosa más honesta que me había dicho desde que lo conocía.
Más honesta que cualquier información dosificada. Más honesta que cualquier
silencio estratégico. Más honesta que cualquier sistema de control construido sobre
la premisa de que mostrar lo que importa es entregar el mapa de los puntos débiles.
—Lo sé —dije.
—¿Y?
—Y voy a intentarlo igual. —Lo miré.— No voy a quedarme quieta mientras Vael se
dispersa en el plano sobrenatural porque me da miedo perder otra capa.
Keil me miró durante un momento que fue más largo de lo que eran sus momentos
habituales.
Y en esas dos palabras había todo lo que no estaba diciendo y que los dos sabíamos
que no estaba diciendo y que era más real por no estar dicho que si lo hubiera dicho.
***
Keil a un metro. Con la cicatriz plana en la palma derecha extendida hacia mí. No
como contacto. Como punto de referencia. Como el ancla física que el canal
necesitaba para funcionar en la dirección correcta.
Como señal.
La diferencia, que Keil me había explicado en el despacho con la precisión de alguien
construyendo el mapa en tiempo real, era intención. El empuje requería fuerza. La
señal requería apertura. Dos cosas que la marca podía hacer pero que costaban
diferente y que producían resultados diferentes.
Busqué el canal.
Estaba abierto todavía. Más abierto de lo que debería haber estado. Como una
herida que no cerró del todo.
No empujé.
Pulsé.
Suave. Repetido. Con el ritmo de algo que llama sin exigir respuesta. Como cuando
en la oscuridad no gritás el nombre de alguien sino que encendés una luz y esperás.
Seguí.
Seguí pulsando.
Y en algún lugar del plano sobrenatural, en algún lugar sin ubicación física que yo
pudiera nombrar pero que la marca podía alcanzar, algo recibió la señal.
(KEIL)
La cicatriz ardió.
No de Alice. No de la marca.
Del fondo.
Del fondo que había estado completamente vacío desde que volví y que esta noche,
con la señal de Alice pulsando a través del canal abierto, respondió.
No con presencia completa. Con algo más tenue. Más difuso. Como algo que está al
borde de no ser lo que era y que recibió una señal antes de cruzar ese borde.
Vael.
Orientándose.
Silencio.
Después otro.
Y después.
Nada.
El de antes era el silencio de algo completamente ausente. Sin textura. Sin peso.
Este tenía la textura específica de algo que estuvo cerca. Que recibió la señal. Que se
orientó hacia el canal.
Vael.
Nada.
Nada.
El tipo de nada que tiene forma. La forma de algo que intentó y que no llegó. Que
estuvo a una distancia que era casi suficiente y que no fue suficiente.
Miré a Alice.
Seguía de pie en el centro del hall con los ojos cerrados y la marca pulsando. Con el
esfuerzo visible de alguien que está gastando lo que no sabe que no tiene.
—Para —dije.
No me escuchó.
—Alice.
Nada.
Los miré.
Y el hall, Roma, el edificio, todo lo que estaba afuera y adentro de este momento,
dejó de existir durante el segundo que tardé en procesar lo que estaba viendo.
No eran el ámbar que había cambiado con la luz de formas específicas desde la
noche del portal. No eran el dorado más oscuro de después de la activación de la
noche anterior.
Eran azules.
El ámbar que conocía de todas las formas en que lo conocía había desaparecido.
Completamente.
Todo igual.
Menos el tono.
El tono era más plano. No frío exactamente. Plano. Como cuando se baja el contraste
de una imagen y los colores siguen siendo los colores pero sin la saturación que los
hacía ser lo que eran.
—No —dije.
Procesó eso.
No con la expresión que habría tenido antes. No con el cambio en los ojos que yo
había aprendido a leer como señal de que algo había aterrizando en algún lugar que
importaba. Solo con la atención neutral de alguien recibiendo información.
Dos palabras. Sin el peso que deberían haber tenido. Sin la rabia ni el miedo ni
ninguna de las cosas que Alice habría sentido antes de esta noche al recibir esa
información.
Solo de acuerdo.
Como dato.
—Alice —dije.
Se giró.
Sin mirarme. Sin el gesto de alguien que está procesando algo difícil. Sin la tensión
en los hombros que tenía cuando sostenía algo. Sin el peso específico que tenía en el
paso cuando algo la cargaba.
Solo caminando.
Solo subiendo.
El hall en silencio.
***
Me quedé donde estaba durante un momento que fue más largo de lo que
necesitaba ser para procesar lo que había pasado pero que necesité de todas formas
porque algunas cosas necesitan el tiempo que necesitan independientemente de la
utilidad del tiempo.
Empecé a calcular.
Primero Alice.
La capacidad de sentir.
No toda. Eso habría sido otra cosa completamente. Habría producido otra Alice,
inutilizable en el sentido más básico. Lo que se había ido era más específico. La capa
que conectaba lo que experimentaba con lo que sentía sobre lo que experimentaba.
El puente entre el estímulo y la respuesta emocional.
Alice podía procesar. Podía pensar. Podía recibir información y construir mapas y
tomar decisiones.
Lo que no podía, o lo que podía con considerablemente menos acceso que antes, era
sentir el peso de esas cosas.
No porque no le importara. Sino porque el puente que conectaba lo que sabía con lo
que sentía sobre lo que sabía estaba más silencioso que antes y el resultado era
exactamente eso. Exactamente la temperatura de esas dos frases. Exactamente la
ausencia de peso en el paso subiendo la escalera.
¿Reversible?
No lo sabía.
Segundo: Vael.
Esto era el problema más inmediato aunque el de Alice fuera el más urgente
emocionalmente.
La señal había llegado. Eso lo sabía. El pulso desde afuera del cuerpo, la orientación
hacia el canal, la aproximación que había sentido en la cicatriz antes de que se
cortara.
No había podido.
Lo que significaba que el canal que Alice había abierto no era suficiente para
funcionar como puente de vuelta. O que Vael, que llevaba horas en el plano
sobrenatural sin cuerpo, había empezado a dispersarse de formas que
comprometían su capacidad de navegar el canal aunque pudiera recibirlo.
Lo que sí sabía era esto: cada hora que pasara sin anclaje físico era una hora más de
dispersión potencial. Y si Vael se dispersaba lo suficiente ya no habría nada que traer
de vuelta porque lo que volviera no sería la cosa específica que había sido.
Otro tipo de conexión. Otro puente entre el plano sobrenatural y el cuerpo que era
el suyo.
El pacto. El sello. La conexión que mi abuelo había firmado con sangre en el sótano
de una iglesia de Trastevere setenta años atrás y que había pasado de primogénito
en primogénito hasta llegar a mí.
No la marca. El pacto.
Silencio.
Y esperé en el despacho oscuro con Roma afuera completamente ajena y Alice arriba
durmiendo con ojos azules que no eran los suyos y Vael en algún lugar del plano
sobrenatural recibiendo o no recibiendo la señal del pacto original.