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Keil 1

Keil siente una intensa conexión con una cicatriz en su mano cuando una extraña presencia se acerca a su territorio en Roma, lo que lo lleva a confrontar a Alice, una mujer que ha sido seguida por algo desconocido. Alice, tras entrar en el edificio de Keil, se enfrenta a la revelación de que su vida está entrelazada con fuerzas sobrenaturales que no comprende. A medida que ambos personajes se relacionan, se desvela un peligro inminente y una compleja red de secretos que los rodea.

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Keil 1

Keil siente una intensa conexión con una cicatriz en su mano cuando una extraña presencia se acerca a su territorio en Roma, lo que lo lleva a confrontar a Alice, una mujer que ha sido seguida por algo desconocido. Alice, tras entrar en el edificio de Keil, se enfrenta a la revelación de que su vida está entrelazada con fuerzas sobrenaturales que no comprende. A medida que ambos personajes se relacionan, se desvela un peligro inminente y una compleja red de secretos que los rodea.

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(KEIL)

La cicatriz ardió a las once cuarenta y tres.

Lo sé porque estaba mirando el reloj exactamente en ese momento. No porque


esperara algo. Sino porque Bruni llevaba veinte minutos hablando sobre el
cargamento del jueves y contar los segundos era la única forma de sostener la
conversación sin que él notara que no me importaba ninguna de las palabras que
estaba diciendo.

Después ardió la palma y las palabras de Bruni dejaron de existir.

—Salí —le dije.

—Pero el cargamento necesita una decisión antes de—

—Bruni.

Salió.

Me quedé solo y abrí la mano derecha sobre el escritorio. La cicatriz pulsaba con una
intensidad que no había sentido en años. No era señal de criatura de paso. No era
objeto cargado. Era algo que el pacto reconocía con una urgencia que no tenía
categoría todavía, algo que estaba entrando en el perímetro, y que el pacto
registraba como la cosa más significativa que había sentido en mucho tiempo.

Me levanté. Fui a la ventana.

El edificio de los Mangiarotti en el Prati lleva noventa años siendo lo que es:
territorio. No el tipo que se marca en un mapa. El tipo que se siente en los huesos
cuando lo cruzás sin permiso, que hace que los perros de la calle cambien de ruta y
que las criaturas menores no se acerquen a tres cuadras. El pacto lo sella. Lo
renueva. Lo mantiene activo generación tras generación como un campo eléctrico
que solo ciertas cosas pueden sentir.

Algo había cruzado ese campo.

Y venía corriendo.

(ALICE)

Lo primero que pensé cuando vi la sombra fue que era un perro.

Después se movió y entendí que no era un perro y empecé a correr sin decidir hacia
dónde porque el hacia dónde dejó de importar en el momento en que lo que fuera
que me seguía aceleró también y el sonido que hizo no era ningún sonido que
ningún animal debería hacer.

Había salido del departamento a las diez y media para devolver unos libros a
Martina, que vivía a ocho minutos caminando. Ocho minutos. Trastevere de noche,
que ya conozco después de cuatro meses, calles que reconozco, gente en los bares
todavía. No había ninguna razón para que nada saliera mal.

Roma tiene otra opinión sobre lo que puede salir mal.

Corrí por la Via della Lungara sin mirar atrás porque algo en mí sabía que si miraba
atrás iba a ver algo que prefería no haber visto. Doblé a la derecha en una calle que
no era la mía, doblé otra vez, perdí el norte completamente. En Roma de noche eso
es más fácil de lo que parece: las calles no tienen lógica geográfica, solo la lógica de
siglos de construcción sobre construcción sobre ruinas sobre otras ruinas más
antiguas todavía.

Había un portal abierto. Solo uno en toda la cuadra, una puerta de madera oscura en
un edificio que no tenía nada que lo distinguiera de los otros excepto que estaba
abierta y que yo necesitaba una puerta.

Entré.

El portal se cerró detrás de mí.

Adentro olía a piedra vieja y a algo más. Algo que no era humedad ni polvo ni
ninguna de las cosas que normalmente huelen los edificios viejos de Roma. Algo que
hizo que algo muy antiguo en mí, algo que no tenía nombre ni ubicación precisa, se
pusiera completamente quieto.

Como cuando un animal entiende que entró en el territorio de algo más grande que
él.

Levanté la vista.

En el primer rellano de la escalera había un hombre mirándome.

Alto. Traje oscuro, la corbata aflojada, la actitud de alguien que estaba en medio de
otra cosa completamente distinta hasta hace dos minutos. Ojos tan oscuros que en
esa luz no tenían color definido.

No tenía cara de estar sorprendido.

Tenía cara de estar evaluando.

La diferencia entre las dos cosas era suficiente para que algo en mi pecho se apretara
de una forma que no era solo miedo.
(KEIL)

La miré desde el rellano y en el siguiente segundo supe tres cosas.

Una: era humana. Completamente humana, sin el peso específico que tienen las
criaturas en un espacio cerrado, sin la densidad antigua de los linajes puros, sin nada
que no fuera carne y hueso y respiración acelerada por correr.

Dos: la cicatriz que llevaba trece años siendo mi sistema de alerta ardía más fuerte
que nunca y la fuente era ella.

Tres: había algo del otro lado del portal que no había podido cruzar porque el
perímetro lo detenía, y que no iba a detenerse indefinidamente.

Bajé la escalera despacio. Sin apuro. Sin el gesto de tranquilizarla que habría hecho
cualquier hombre en cualquier circunstancia normal, ese movimiento reflejo de abrir
las manos, de bajar la voz, de hacer que el espacio parezca más seguro de lo que es.

No lo hice porque no me interesaba que se sintiera segura. Me interesaba observarla


sin que el alivio le nublara la cara.

Me detuve a un metro de ella.

—Entraste en mi edificio —dije.

—El portal estaba abierto. —Italiano con acento que no era romano. Algo más al sur
del mundo, más cálido. —Había algo siguiéndome.

—Lo sé.

Procesó eso. Vi el momento exacto en que procesó eso.

—¿Lo sabés —dijo.

—Sí.

—¿Cómo.

No respondí. La observé. Mochila en la espalda, ropa de alguien que salió a hacer


algo breve y mundano, sin ningún tipo de protección, sin ninguna conciencia de lo
que la había seguido. Pelo rizado oscuro revuelto de correr. Ojos color miel que me
devolvían la mirada con una mezcla de miedo y algo más, algo que no era
exactamente valentía pero que se le parecía en la forma en que se le parecen las
cosas cuando no las has desarrollado del todo todavía.

—¿Sabés qué era lo que te seguía? —dije.


—No.

—¿Tenés idea de por qué?

—No.

—¿Cuánto tiempo llevas en Roma?

Parpadeó. La pregunta la tomó de costado.

—Cuatro meses. ¿Por qué importa eso?

—Importa. —Di un paso hacia ella. Solo uno. Lo suficiente para ver el cambio en su
respiración. —¿Y en ese tiempo notaste cosas que no podés explicar? Sensaciones
sin origen. Sueños que se sienten demasiado reales. La impresión de que alguien te
mira antes de que puedas ver quién.

El color de sus ojos cambió. Levemente. El cambio que hace alguien cuando una
pregunta aterrizó exactamente donde no esperaba que nadie llegara.

Guardé ese cambio. Guardé todo.

—¿Quién sos? —dijo.

Sonreí. Solo un poco. Lo suficiente para que pareciera que la pregunta me resultaba
razonable y no como lo que era, una oportunidad de darle exactamente la cantidad
de información que yo decidiera darle.

—Keil —dije. —¿Y vos?

(ALICE)

Sonrió y algo en mí registró que la sonrisa no llegaba a los ojos.

—Keil —dijo. —¿Y vos?

—Alice.

—Alice. —Lo dijo una sola vez, en voz baja, y hubo algo en cómo lo dijo que no supe
nombrar. Como si lo estuviera guardando. Como si el nombre fuera información que
iba a usar después. —Subí.

—No te conozco.

—No. —Me miró desde esa altura que era física pero que se sentía como algo más.
—Pero lo que hay afuera sí te conoce. Y está esperando que salgas.
—¿Cómo sabés lo que hay afuera.

—Porque este edificio lleva noventa años siendo territorio sellado. Nada cruza ese
portal sin que yo lo sepa. —Una pausa. —Lo que te siguió esta noche se detuvo en la
puerta. Pero no se fue.

Lo miré. Miré el portal cerrado detrás de mí. Pensé en el sonido que había hecho lo
que me seguía, ese sonido que no era de ningún animal, y algo en mi pecho tomó
una decisión antes de que mi cabeza terminara de formularla.

Subí.

El edificio era lo que parecía por afuera: viejo, denso, con la historia metida en las
paredes. Pero adentro había algo más. No sabría describirlo con precisión. Una
especie de peso en el aire, una presión suave que cambiaba según en qué parte del
pasillo estuvieras, más intensa cerca de ciertas puertas, casi nula cerca de otras.

El estudio al que me llevó tenía libros en tres paredes, un escritorio que era territorio
personal si alguna vez vi uno, y dos salidas. Me paré en el centro donde podía ver las
dos.

Keil lo notó. No dijo nada.

Se sentó en el borde del escritorio, no en la silla, el borde, que ponía su altura sobre
la mía de una forma que era probablemente completamente deliberada, y me miró
con esa expresión que no era crueldad pero que tampoco era su opuesto. Era algo
más frío que las dos cosas. Algo que calculaba.

—¿Querés saber qué te siguió? —dijo.

—Sí.

—¿Y si lo que te digo cambia la forma en que entendés el mundo?

Lo miré.

—Decímelo igual —dije.

(KEIL)

Lo que le dije fue suficiente para que el piso desapareciera bajo sus pies, y lo que no
le dije fue suficiente para mantenerla exactamente donde yo necesitaba que
estuviera: sin contexto completo, sin herramientas para evaluar sus opciones,
dependiendo de la información que yo eligiera darle y en el orden en que yo eligiera
darla.
No soy un hombre bueno. Nunca lo fui. No me interesa serlo.

Lo que me interesa es entender qué tenía esta mujer que el pacto reconocía con una
urgencia que no había sentido en trece años, y para eso necesitaba tiempo y
proximidad y que ella no se fuera antes de que yo tuviera respuestas.

Así que le dije que el mundo tenía capas. Que en esas capas vivían cosas que no eran
humanas. Que Roma era un punto de convergencia y que ella, sin saberlo, había
llegado a la ciudad equivocada en el momento equivocado.

Todo era verdad.

Lo que no le dije: que el rastreador que la había seguido esta noche no era el
primero. Que llevaba al menos tres semanas en su perímetro antes de esta noche,
construyendo el mapa de su rutina con una paciencia que indicaba que quien lo
había enviado tenía un plan largo. Que yo sabía eso porque mis propias fuentes lo
habían detectado hace dos semanas y yo había estado monitoreando la situación sin
intervenir, esperando entender quién movía las piezas antes de revelar que estaba
en el tablero.

Que esta noche no había intervenido por altruismo. Había intervenido porque el
perímetro me avisó que ella estaba cruzándolo y porque necesitaba que entrara
antes de que algo más la interceptara primero.

Le dije que se quedara en el cuarto de huéspedes. Que el rastreador no podía cruzar


el perímetro. Que a la mañana veríamos opciones.

Ella lo aceptó porque era inteligente suficiente para saber que no tenía alternativa
real.

Lo que no sabía, lo que yo tampoco sabía todavía del todo, era que había al menos
tres facciones distintas que ya tenían su nombre en algún tipo de lista. Y que el
rastreador de esta noche era el más inofensivo de todos los que venían.

Cerré la puerta del cuarto de huéspedes y bajé al despacho.

Llamé a Nico.

—Necesito todo lo que tengas sobre una marca de linaje materno —dije. —Origen
en las islas del Pacífico. Contacto con lo sobrenatural hace cuatro generaciones. Y
necesito saber quién más en Roma tiene esa información.

Silencio breve.

—¿Quién es? —dijo Nico.

—Alguien que acaba de entrar en el edificio.


—¿Voluntariamente?

Pensé en el portal que se había abierto exactamente cuando ella se acercaba. En la


cicatriz que no había parado de arder desde las once cuarenta y tres.

—Más o menos —dije.

—¿Querés que la procese?

—No. Todavía no. —Pausa. —Solo la información.

Colgué.

Me quedé en el despacho con Roma aclarando afuera y la cicatriz pulsando en la


palma y el nombre de Alice Fonua en la pantalla junto a tres archivos de tres
facciones distintas que lo tenían subrayado en rojo por razones que ninguna de las
tres le había explicado a las otras dos.

Arriba, en el cuarto de huéspedes, ella dormía o intentaba dormir sin saber nada de
eso.

Sin saber que el edificio en que estaba no era el refugio que creía.

Sin saber que yo era tan peligroso como lo que había dejado afuera. Más,
probablemente, porque lo que había afuera al menos era lo que parecía.

Yo no.

La cicatriz ardió toda la noche.

La dejé arder.

(ALICE)

No dormí.

Me quedé en la oscuridad del cuarto de huéspedes mirando el techo y tratando de


organizar lo que había pasado en las últimas dos horas en categorías que tuvieran
algún tipo de sentido, que era lo que hago cuando el mundo se desordena: busco el
sistema, la estructura, el patrón que explique por qué las cosas son como son.

No encontré ninguno que alcanzara.

Encontré esto: un hombre que sabía que algo me seguía antes de que yo llegara. Un
edificio que se abrió solo. Un portal que se cerró detrás de mí. Un mundo con capas
que supuestamente siempre existió y que yo nunca vi porque nadie me dijo dónde
mirar.

Y la pregunta que no me podía sacar de la cabeza, la que era más incómoda que
todas las demás juntas:

¿Por qué me lo contó?

Keil Mangiarotti, que era claramente el tipo de hombre que no hacía nada sin razón,
que dosificaba cada palabra con la precisión de alguien que entiende exactamente el
peso de la información, que me había mirado desde el principio como se mira algo
que todavía no se sabe si es útil o peligroso, ese hombre me había dicho más en
cuarenta minutos de lo que probablemente le decía a la mayoría de las personas en
meses.

¿Por qué?

No tenía respuesta. Y no tener respuesta me molestó más que el miedo, que la


sombra, que el sonido que había hecho lo que me seguía en el callejón.

Abrí la mochila y saqué el cuaderno. Escribí todo en la oscuridad, a mano, sin mirar el
papel porque no había suficiente luz. La escritura salió torcida. No me importó.

Escribí: Keil. Edificio en el Prati. Sabe cosas que no debería saber. Sonrisa que no llega
a los ojos.

Escribí: ¿por qué me abrió el portal?

Escribí: ¿por qué me dejó subir?

Escribí la pregunta que más me costó escribir, la que fui postergando hasta el final
porque sabía que una vez escrita era real de una forma distinta:

¿Estoy más segura acá adentro o es lo mismo pero con techo?

No escribí la respuesta.

Porque la respuesta era que no lo sabía. Y no saberlo, esa incertidumbre específica


sobre si el peligro que había dejado afuera era mayor o menor que el que había
dejado entrar, era la cosa más honesta que había sentido desde que llegué a Roma.

Cerré el cuaderno.

Afuera Roma empezaba a aclarar despacio, esa luz gris y fría de las cinco de la
mañana que hace que todo parezca suspendido entre lo que fue y lo que viene.

Adentro, en algún lugar del edificio, escuché pasos.


Lentos. Deliberados. El sonido de alguien que no duerme.

Me pregunté si había dormido alguna vez.

Los pasos pararon a las cinco y cuarto.

Lo sé porque estuve mirando el teléfono cada vez que el silencio cambiaba de


textura, que es algo que hace el silencio en los edificios viejos, se estratifica, tiene
capas como todo lo demás en esta ciudad. El silencio de las tres no es el mismo que
el de las cuatro. El de las cuatro no es el mismo que el de las cinco.

A las cinco y cuarto los pasos pararon y el edificio se quedó completamente quieto y
algo en mí, la parte que había estado esperando ese momento sin admitírselo, tomó
una decisión.

Me levanté.

No encendí la luz. Me moví despacio, con la mochila ya armada porque nunca la


había desarmado del todo, porque alguna parte de mí había decidido desde el
principio que esto era temporal y que temporal significaba estar lista para cuando
terminara. Me até los cordones sentada en el borde de la cama. Me puse el abrigo.

Fui hasta la puerta y la abrí.

El pasillo estaba vacío y oscuro y olía a ese algo que no era piedra ni humedad, ese
algo sin nombre que había sentido desde que entré, más suave ahora, menos denso,
como si la presión de antes hubiera bajado junto con la noche.

Encontré la escalera. Bajé despacio, con una mano en la pared, contando los
peldaños. Doce hasta el primer rellano. Doce más hasta el portal.

El portal estaba cerrado.

Lo empujé. No se movió.

Lo empujé de nuevo, con las dos manos, con el peso del cuerpo, y el portal no se
movió porque el portal era madera maciza de dos siglos y no tenía ninguna intención
de abrirse solo porque yo necesitara que se abriera.

—No tiene picaporte desde adentro.

Me giré.

Keil estaba apoyado en el marco de una puerta al fondo del hall, con los brazos
cruzados y la misma ropa de antes, lo que significaba que no había dormido o que no
había intentado hacerlo. En la oscuridad del hall su cara era casi monocromática,
todo ángulos y sombra, y me miraba con una expresión que no era sorpresa.
Por supuesto que no era sorpresa.

—¿Desde cuándo? —dije.

—Desde siempre. —Una pausa. —El portal se abre desde adentro con una llave que
está en el despacho.

—Dámela.

—No.

Lo miré.

—No me estás reteniendo acá —dije. Y lo dije con más calma de la que sentía porque
la calma era lo único que tenía en este momento y no iba a desperdiciarla.

—No te estoy reteniendo. —Se separó del marco y caminó hacia mí despacio, sin
apuro, con esa quietud que ocupaba el espacio de una forma que hacía que el hall
pareciera más pequeño de lo que era. —Te estoy diciendo que afuera todavía hay
algo que te siguió cuatro cuadras a las once de la noche y que no tiene ningún
motivo para haberse ido.

—Son las cinco de la mañana.

—Sí.

—Las cinco de la mañana en una ciudad con gente y luz y—

—Alice.

Lo dijo en voz baja. Solo mi nombre, sin volumen, sin ningún tipo de énfasis especial,
y sin embargo algo en el tono hizo que la oración que estaba construyendo se
cortara sola antes de terminar.

Me miró.

—Lo que te siguió anoche no le importa que sean las cinco de la mañana —dijo. —
No le importa la gente ni la luz. Esas cosas son para los humanos. Para lo que te
seguía vos sos visible de formas que no cambian con la hora.

El silencio entre los dos tuvo peso.

—¿Visible cómo —dije.

No respondió de inmediato. Hizo esa pausa, la que ya empezaba a reconocer, la de


alguien eligiendo cuánto cabe en este momento.
—Como una señal —dijo finalmente. —Algo que lleva mucho tiempo activo y que
ciertas cosas pueden sintonizar.

—¿Qué tipo de señal.

—Eso todavía lo estoy—

—Si me decís que lo estás entendiendo —dije— voy a necesitar que me des algo más
concreto antes de volver a creer nada de lo que decís.

Algo cruzó su cara. Tan rápido que casi no existió. No era incomodidad. Era más
parecido a la sorpresa de alguien que no esperaba que el otro lado fuera a empujar
en ese punto exacto.

Después desapareció y volvió la expresión de siempre, la controlada, la que dosifica.

—Bien —dijo. —Volvé arriba y a las ocho te doy algo más concreto.

—Son las cinco.

—Sí. Tenés tres horas.

Lo miré. Miré el portal. Miré la mochila que tenía en la mano.

Toda la lógica que tenía decía que no confiara en este hombre. Que el hecho de que
el portal no abriera desde adentro era información suficiente sobre la naturaleza de
este lugar. Que tres horas era tiempo que yo no le debía a nadie y menos a alguien
que acababa de admitir que me estaba reteniendo aunque no usara esa palabra.

Toda la lógica decía eso.

Y al mismo tiempo había un sonido en mi memoria, el sonido que había hecho lo que
me seguía en el callejón, y ese sonido no tenía ninguna explicación lógica y era
completamente real y había pasado hace menos de seis horas en una calle de
Trastevere que conozco de memoria.

—Tres horas —dije.

—Tres horas.

Subí la escalera.

Tres horas.

Lo dijo como si fuera razonable. Como si yo le debiera tres horas a este edificio, a
esta situación, a él.

Me quedé mirándolo dos segundos. Uno. Dos.


—A la mierda con las tres horas —dije.

Y salí corriendo.

No hacia la escalera. La escalera llevaba al portal que no abría desde adentro y eso
ya lo sabía. Corrí hacia el fondo del hall, donde había una puerta que no era la del
despacho, que podía ser cualquier cosa, cocina, depósito, otro pasillo, no me
importaba qué era mientras fuera una dirección que no fuera de vuelta arriba.

Detrás de mí escuché sus pasos.

Pesados. Lentos. Sin apuro.

Eso fue casi más aterrador que si hubiera corrido. El sonido de alguien que no
necesita apurarse porque ya sabe cómo termina esto.

—No tenés por dónde salir —dijo. La voz viajó por el hall sin esfuerzo, sin volumen
extra, como si la arquitectura del edificio la llevara directo hacia mí.

—Voy a encontrar la salida —dije sin parar.

—Alice.

—Voy a encontrar la salida.

La puerta del fondo daba a un pasillo angosto con el piso de piedra y las paredes sin
revocar y una humedad que era diferente a la del resto del edificio, más antigua, más
abajo. Corrí igual. Había otra puerta a la izquierda que estaba cerrada con llave.
Había una abertura a la derecha que daba a lo que parecía una despensa. Seguí
recto.

Los pasos detrás de mí. Pesados. Constantes. Sin acelerarse.

—El edificio tiene un solo punto de salida —dijo. Más cerca ahora. —Lo sello yo cada
noche. No hay ventana, no hay puerta lateral, no hay nada que yo no haya cerrado.

—Todas las construcciones tienen fallas —dije.

—Esta no.

Al fondo del pasillo había una ventana.

Alta, angosta, el tipo de ventana que tienen los edificios del siglo dieciocho que no
fueron pensadas para ventilación sino para que entrara un poco de luz. Daba a un
pozo de aire entre este edificio y el siguiente. Afuera se veía el cielo apenas
aclarando, gris y frío y completamente real.

Me planté frente a ella. Puse las manos en el marco. Tiré hacia arriba.
No se movió.

Tiré con más fuerza, con el peso del cuerpo, con los dientes apretados, y la ventana
no se movió porque era madera vieja sellada con algo que no era solo pintura y
tiempo sino algo más, algo que hacía que la madera se sintiera parte de la pared,
parte del edificio, parte del mismo sistema que sellaba el portal.

Tiré una vez más.

Una mano apareció sobre mi cabeza.

Plana contra el marco. Grande. Con una cicatriz que cruzaba la palma de lado a lado.

La detuvo sin esfuerzo. Sin violencia todavía. Solo el peso de esa mano sobre la
madera, bloqueando, cerrando, y el calor que emanaba de ella que no era
temperatura normal sino algo más, algo que hizo que mis propias manos se
detuvieran solas antes de que mi cabeza les diera la orden.

Me quedé quieta.

El silencio duró tres segundos. Cuatro.

Después empecé a girarme despacio.

Estaba demasiado cerca.

Eso fue lo primero. Que estaba demasiado cerca y que en el pasillo angosto eso
significaba que no había dirección que no fuera él, que su cuerpo ocupaba el espacio
de una forma que no dejaba márgenes, que la pared estaba detrás de mí y él estaba
adelante y entre las dos cosas no había nada.

Lo segundo fue su cara.

No era la misma cara.

Era la misma estructura, los mismos ángulos, la misma mandíbula, todo lo físico era
igual. Pero algo en la expresión había cambiado de una forma que no sabría describir
con precisión porque no tenía categoría para describirlo. Como si la persona que
había estado ahí antes, la que dosificaba y calculaba y elegía cada palabra, hubiera
dado un paso atrás y cedido el control a algo que no dosificaba nada.

Y los ojos.

En el hall oscuro los había visto casi negros. Acá, en el pasillo, con la poca luz del
pozo de aire filtrándose por la ventana, no eran negros.
Tenían un tinte rojo en los bordes. Apenas. Como una llama vista desde lejos, como
el borde de algo que se está quemando desde adentro. No eran los ojos de un
animal. No eran los ojos de ninguna criatura que yo pudiera haber imaginado. Eran
sus ojos, reconociblemente suyos, pero con algo adentro que compartía el espacio
con lo que él era normalmente y que en este momento había tomado el control de
esa parte.

No tenía colmillos. No había ninguna transformación física obvia, ninguna de las


cosas que las películas te enseñan a buscar.

Pero la sala, el pasillo entero, se volvió más oscuro.

No como cuando se apaga una luz. Como cuando algo absorbe la luz que ya existe, la
consume, la hace parte de sí. Las sombras en las esquinas crecieron sin que nadie las
moviera. El poco gris del amanecer que entraba por la ventana retrocedió. Y en el
centro de todo eso estaba él, completamente quieto, con esa mano todavía plana
sobre el marco sobre mi cabeza.

Abrí la boca.

—Callate —dijo.

No grité.

No fue una decisión. Fue que la orden llegó a algún lugar debajo de la decisión y el
sonido simplemente no salió. Como si la voz se hubiera apagado antes de existir.

Me agarró.

Una mano en mi cintura, el brazo doblándose, y de repente el suelo desapareció y yo


estaba sobre su hombro como si no pesara nada, con la mochila colgando de un lado
y la cabeza hacia abajo y el pasillo moviéndose por debajo de mí al revés.

Empecé a golpearle la espalda.

No porque creyera que iba a funcionar. Sino porque era lo único que podía hacer y
no hacer nada era peor.

—Bajame —dije.

No respondió.

—Bajame, te dije.

Sus pasos en la escalera. Uno. Dos. Pesados como antes pero con más peso ahora, el
peso de algo que no está conteniendo lo que normalmente contiene.
—No sé si todavía sos Keil —dije, y no supe de dónde salió eso, si de la rabia o del
miedo o de esa parte de mí que sigue buscando el sistema incluso cuando el sistema
se está desintegrando. —Pero si lo sos, bajame ahora.

Nada.

Seguí golpeando. Las palmas de las manos contra su espalda, los puños cuando las
palmas dejaron de tener efecto, que fue inmediatamente pero seguí igual. El pasillo
del primer piso. La puerta del cuarto de huéspedes, que se abrió sin que él la tocara.

Me tiró sobre la cama.

Grité.

El sonido salió esta vez, completo, y llenó el cuarto y rebotó en las paredes y no
importó porque el edificio era lo que era y las paredes eran lo que eran y nadie
afuera iba a escuchar nada.

Me incorporé sobre los codos. Él estaba de pie en el centro del cuarto y los ojos
seguían igual, ese rojo en los bordes que no era fuego sino algo más antiguo que el
fuego, y empezó a hablar.

No en italiano.

No en ningún idioma que yo reconociera. Era una cadencia más que un idioma, una
secuencia de sonidos que tenían peso propio, que hacían que el aire del cuarto
cambiara de consistencia, que se volviera más denso, más presente, como si cada
sílaba ocupara espacio físico. No era recitar. Era ritualizar. Era la diferencia entre leer
un texto y activar algo que el texto contiene.

No entendía ninguna palabra.

Pero las sentía.

En el pecho primero, una presión suave que aumentaba con cada sílaba. Después en
las manos, un hormigueo que subía por los brazos. Después en algún lugar detrás de
los ojos, una calidez que no era mía y que no llegó de ningún lugar que yo pudiera
identificar.

—¿Qué estás haciendo? —dije. —Keil. ¿Qué estás—

Me agarró.

Las manos en mis hombros, el movimiento brusco que me subió hasta sentarme en
el borde de la cama, y después su cara frente a la mía, demasiado cerca, los ojos
rojos en los bordes y algo en ellos que no era solo lo que había tomado el control
sino también él, también Keil, los dos en el mismo espacio peleando por el mismo
par de ojos.
Grité su nombre.

Me besó.

No fue un beso.

Eso fue lo primero que pensé, de forma completamente absurda dado el contexto,
que eso no era un beso porque un beso implica dos personas que eligen y yo no
había elegido nada. Era otra cosa. Era la continuación del ritual con mi boca como
canal, como punto de entrada, como el lugar donde lo que él estaba haciendo
encontraba la forma de volverse permanente.

Quise empujarlo. Puse las manos en su pecho y empujé y fue como empujar el
portal, como empujar la ventana, como empujar cualquier cosa en este edificio que
había decidido que no se movía.

No se movió.

Y después, gradualmente, sin que yo lo eligiera, sin que mi cabeza le diera permiso,
dejé de empujar.

No porque quisiera. Sino porque algo en mí se estaba apagando. Despacio. Como se


apaga una luz con un regulador, no de golpe sino en capas, primero los bordes y
después el centro, primero el miedo y después la rabia y después todo lo demás
hasta que solo quedó el calor de su boca y la presión de sus manos y la cadencia del
ritual resonando todavía en el aire del cuarto.

Lo último que pensé antes de que eso también desapareciera fue esto:

Que el beso sabía a algo que no era humano y que sin embargo era la cosa más real
que había sentido desde que llegué a Roma.

Que debería haberme dado más miedo de lo que me dio.

Que no me dio suficiente miedo.

Y después no pensé nada más.

(KEIL)

salió corriendo.

Lo primero que sentí no fue irritación. Fue algo más parecido al reconocimiento, la
confirmación de algo que había registrado desde que la vi parada en el portal con la
mochila en la espalda y los ojos evaluando las dos salidas al mismo tiempo. No era la
clase de persona que acepta una situación solo porque no ve la salida todavía. Era la
clase de persona que busca la salida aunque no exista.

Eso era un problema.

También era, y esto era información que guardé sin examinarla demasiado,
interesante.

No corrí detrás de ella.

No había necesidad. El edificio lo conozco mejor que mis propias manos, cada
pasillo, cada puerta, cada punto donde alguien que no lo conoce va a detenerse
porque el instinto le va a decir que ahí hay un muro aunque no lo haya. Lo construyó
mi bisabuelo con la ayuda de algo que no era humano y que puso en las paredes más
que argamasa y piedra. No hay salida que yo no haya sellado. No hay ventana que
abra sin mi permiso.

Caminé.

—No tenés por dónde salir —dije.

—Voy a encontrar la salida. —Su voz desde el fondo del pasillo, más lejos ya, la
puerta del fondo abierta.

La seguí sin apurarme. Los pasos en el piso de piedra, lentos, deliberados, el sonido
de alguien que no necesita correr porque el resultado ya está escrito. Escuché sus
pasos rápidos delante, el sonido de una puerta que encontró cerrada, el cambio de
dirección.

—El edificio tiene un solo punto de salida —dije. —Lo sello yo cada noche.

—Todas las construcciones tienen fallas.

—Esta no.

Y después el silencio de alguien que encontró algo y la esperanza de alguien que cree
que ese algo va a funcionar.

La ventana.

La vi antes de doblar la esquina del pasillo angosto. Alta, angosta, dando al pozo de
aire entre los edificios. La había visto encontrarla, había calculado exactamente
cuántos segundos iba a tardar en llegar a ella, en poner las manos en el marco, en
entender que no abría.

Llegué cuando ya estaba tirando con el peso del cuerpo.


Puse la mano sobre el marco.

Ella se detuvo en seco.

El silencio entre los dos duró lo que duran las cosas antes de cambiar de naturaleza.
Tres segundos. Cuatro. Escuché su respiración, acelerada del esfuerzo y del miedo, y
sentí bajo mi palma la madera del marco que respondía a mi contacto como siempre
responde, reconociéndome, cediendo un milímetro de tensión porque el sello sabe
quién lo puso.

La vi empezar a girarse.

Despacio. Con el cuidado de alguien que no sabe qué va a encontrar y está midiendo
la velocidad del descubrimiento.

Lo que vio en mi cara no lo sé con exactitud. No tengo espejo en el pasillo y no


estaba prestando atención a lo que mostraba porque la parte de mí que
normalmente administra esas cosas, que elige qué mostrar y qué guardar, había
dado un paso atrás sin consultarme.

Lo que sé es lo que sentí desde adentro.

El pacto tiene peso propio. Siempre lo tuvo. Vive en la sangre como vive la herencia
en los huesos, presente sin ser visible la mayoría del tiempo, activo sin ser
dominante. Aprendí a coexistir con eso a los dieciséis años en el sótano con la mano
sobre la llama y lo que mi padre me explicó después, que el pacto no es algo que se
tiene sino algo que se es, que la línea entre Keil Mangiarotti y lo que el pacto puso en
Keil Mangiarotti no es una línea sino un gradiente y que en ciertos momentos ese
gradiente se desplaza.

Esta noche el gradiente se desplazó.

Había pasado con la cicatriz ardiendo desde las once cuarenta y tres, con la señal
más intensa que había registrado en trece años resonando sin parar, con la fuente
de esa señal en mi propio edificio intentando escapar por una ventana. El pacto tiene
instintos. Los míos y los suyos se superponen la mayor parte del tiempo. Esta noche
los suyos tomaron el frente.

No la lastimé.

Eso es lo primero que calculo siempre, incluso cuando el gradiente se desplaza,


incluso cuando lo que viene con el pacto tiene más control que yo. Hay cosas que no
cruzo. Hay líneas que el monstruo aprende dónde están aunque no entienda por qué
existen.

La agarré.
Un movimiento limpio, la mano en su cintura, el brazo doblándose, y ella estaba
sobre mi hombro antes de que pudiera procesar el cambio de posición. Liviana de
una forma que no esperaba, aunque lo esperaba, aunque había calculado su peso
aproximado con la misma automaticidad con que calculo todo sobre las personas en
un espacio.

Empezó a golpearme la espalda.

—Bajame —dijo.

No respondí.

—Bajame, te dije.

Los golpes no eran nada físicamente. Pero los registré de todas formas, cada uno, la
temperatura de su rabia a través de la ropa, la desesperación que había debajo de la
rabia que ella estaba usando la rabia para tapar.

—No sé si todavía sos Keil —dijo. Y eso sí llegó a algún lugar. No lo mostré pero llegó.
—Pero si lo sos, bajame ahora.

Seguí subiendo la escalera.

El cuarto de huéspedes. La puerta que se abrió con el sello antes de que pusiera la
mano en el picaporte. El cuarto oscuro con la cama que no había usado y la ventana
que daba al callejón y el olor a su mochila, a sus cosas, a la presencia de alguien que
había estado despierta toda la noche en este espacio.

La tiré sobre la cama.

Gritó.

El sonido llenó el cuarto y se quedó ahí porque las paredes de este edificio están
construidas para quedarse con todo lo que entra, sonido incluido. Nadie afuera
escuchó nada. Nadie afuera iba a escuchar nada.

Se incorporó sobre los codos y me miró con esa mezcla de miedo y rabia y algo más
que no era ninguna de las dos cosas, algo más parecido a la determinación de
alguien que no terminó de perder, que está buscando el siguiente movimiento
aunque no lo vea todavía.

La miré.

Y el pacto, que llevaba horas esperando esto, que llevaba horas con la cicatriz
ardiendo y la señal resonando y la fuente de esa señal en el mismo edificio, tomó el
control del todo.
Empecé a hablar.

No era una decisión consciente en el sentido en que son conscientes la mayoría de


mis decisiones. Era más antiguo que eso. Era el idioma que viene con el pacto, que
no aprendí sino que heredé con la sangre, que no uso porque elijo usarlo sino
porque en ciertos momentos es lo único que el pacto acepta como respuesta a lo
que está sintiendo.

Las palabras llenaron el cuarto de una forma diferente a como lo había llenado el
grito de Alice. Ese ocupaba el espacio y se dispersaba. Estas se quedaban. Cada
sílaba añadiendo una capa al aire del cuarto, cambiando su consistencia, haciendo
que la oscuridad de los rincones creciera y que la poca luz de la ventana
retrocediera.

Alice dijo mi nombre.

Lo escuché. La parte de mí que todavía era yo lo escuchó con claridad y registró el


miedo en el tono y registró también otra cosa, algo que no era solo miedo, algo que
el pacto también registró y que fue probablemente lo que aceleró lo que pasó
después.

La agarré por los hombros. La subí hasta sentarla en el borde de la cama. Y antes de
que pudiera terminar de formular la pregunta que tenía en la cara la besé.

El ritual de marcaje no es un beso.

O es un beso de la misma forma en que el pacto es un contrato, que es decir que usa
la forma de algo conocido para contener algo que no tiene forma propia todavía. Lo
que hace es encontrar el punto de entrada más directo al linaje de la otra persona, el
lugar donde la sangre y la historia se tocan en la superficie, y poner ahí algo que el
pacto reconocerá de acá en adelante.

En Alice ese punto era la boca. No siempre es la boca. Depende de dónde está la
marca, de cómo vive en el cuerpo, de qué parte de la persona la carga con más
intensidad. En ella era la boca, lo supe en cuanto la tuve cerca, lo supe antes de
haber decidido nada.

Empujó contra mi pecho.

Lo registré. Registré la fuerza del intento, que era real y que no era suficiente, y
registré el momento exacto en que dejó de empujar. No porque cediera en el
sentido de rendirse. Sino porque algo en ella, la parte que lleva la marca sin saber
que la lleva, respondió al ritual de una forma que su cabeza no había autorizado.

La sentí cambiar.
No de golpe. En capas, igual que la oscuridad en los rincones, igual que la luz
retrocediendo. Primero los bordes, el miedo que se aflojaba, la resistencia que se
volvía menos activa. Después el centro, la rabia que bajaba, las manos que dejaban
de empujar y se quedaban quietas sobre mi pecho sin presionar.

Después todo lo demás.

Y en ese todo lo demás, en ese momento exacto antes de que se durmiera


completamente, sentí algo que no esperaba sentir.

No era solo el pacto cumpliendo su función. No era solo la marca encontrando el


punto de entrada y cerrándose.

Era ella. Alice Fonua, completamente ella, la parte que observa y cataloga y busca el
sistema en todo, respondiendo. No al ritual sino a mí. A Keil, no a lo que el pacto
había puesto en Keil esta noche sino al gradiente completo, al monstruo y al hombre
juntos en el mismo espacio.

Respondiendo.

La solté despacio. La acomodé sobre la cama sin mirarle la cara porque mirarle la
cara en ese momento era el tipo de cosa que el control que me quedaba no iba a
sostener.

Salí del cuarto.

Cerré la puerta.

Me quedé en el pasillo con la espalda contra la puerta el tiempo exacto que necesité
para entender lo que estaba pasando en mi cuerpo.

No era mucho tiempo. El diagnóstico era claro.

El problema era lo que hacer con el diagnóstico.

La marca estaba puesta. El ritual había cerrado. El pacto tenía lo que necesitaba y se
había retirado al lugar donde vive normalmente, ese fondo constante de la sangre
que uno aprende a ignorar la mayor parte del tiempo. Los ojos habían vuelto a ser lo
que son. La oscuridad de los rincones había cedido. El aire del cuarto, antes de que
yo cerrara la puerta, había vuelto a tener la consistencia normal del aire.

Todo en orden.

Excepto que el beso, que no era un beso sino un ritual y que yo había ejecutado con
la misma frialdad con que ejecuto cualquier cosa que el pacto requiere, había hecho
algo que los rituales no deberían hacer.

Me había encendido.
No el pacto. Yo. Keil Mangiarotti, veintinueve años, que aprendió a los dieciséis que
las emociones son información y que la información se procesa y se usa y no se
siente en el cuerpo de esta forma específica en el pasillo de afuera de un cuarto
donde una mujer que acababa de conocer estaba dormida sin haberlo elegido.

Apoyé la cabeza contra la puerta.

Controlate, me dije.

La respuesta de mi cuerpo fue completamente indiferente a esa instrucción.

Bajé al despacho.

Me serví agua, no whisky, porque el whisky era lo que quería y esa era razón
suficiente para no tomarlo esta noche. Me quedé de pie frente al escritorio con el
vaso en la mano y el plano de las tres facciones en la pantalla y la certeza incómoda
de que en este momento no me estaba importando ninguna de las tres facciones
tanto como debería.

Lo que me estaba importando era el momento exacto en que Alice Fonua había
dejado de empujar.

No el ritual. No la marca. Ese momento específico, el cambio de temperatura bajo


mis manos, la forma en que algo en ella había respondido antes de que el ritual la
durmiera, antes de que el pacto terminara de hacer lo que vino a hacer.

Había respondido a mí.

No a lo que el pacto puso en mí esta noche, con los ojos rojos en los bordes y el
idioma antiguo llenando el cuarto. A mí. Al gradiente completo, al monstruo y al
hombre y a todo lo que hay en el espacio entre los dos.

Dejé el vaso sobre el escritorio con más fuerza de la necesaria.

Controlate.

Había trabajo. Había tres facciones con su nombre subrayado en rojo y un marcaje
reciente que iba a cambiar el valor de Alice en cada uno de esos archivos de acá a la
mañana. Había movimientos que anticipar, recursos que mover, conversaciones que
tener antes de que el sol terminara de salir y Roma empezara a funcionar y las
facciones que monitorean este edificio notaran lo que había cambiado esta noche.

Trabajo. Concreto. Urgente.

Me senté. Abrí el primer archivo.


Leí tres líneas.

Volví a pensar en el momento en que dejó de empujar.

Me levanté. Fui al baño. Me puse agua fría en la cara y me quedé mirando el espejo
el tiempo suficiente para tener una conversación honesta con la persona que me
devolvía la mirada.

La conversación fue corta.

La persona en el espejo tenía los ojos de vuelta a su color normal, verde tan oscuro
que casi no era verde, y una expresión que no era exactamente culpa pero que
tampoco era su opuesto. Era la expresión de alguien que hizo algo que el pacto
requería y que descubrió en el proceso que el pacto y él querían la misma cosa
aunque por razones completamente distintas.

Eso era nuevo.

En trece años de coexistencia con lo que la cicatriz representa, nunca había pasado
que el pacto y yo quisiéramos la misma cosa al mismo tiempo. Normalmente yo
cedía o yo contenía. Normalmente había una negociación, un gradiente que se
desplazaba y después volvía.

Esta noche el pacto había tomado el control y yo había dejado que lo hiciera no solo
porque no pude impedirlo sino porque una parte de mí, la parte que llevaba horas
con la cicatriz ardiendo y la señal resonando y Alice Fonua en el mismo edificio, no
había querido impedirlo.

Eso era el problema real.

No el marcaje. No las facciones. No los archivos en la pantalla.

Que cuando el beso terminó y Alice se quedó dormida y yo tuve que soltarla y
alejarme, lo que sentí no fue el alivio frío de alguien que completó un protocolo.

Fue otra cosa.

La misma cosa que seguía instalada en mi cuerpo ahora, dos horas después,
resistente al agua fría y a las instrucciones y a toda la lógica que normalmente me
alcanza para manejar cualquier situación.

Controlate, me dije por tercera vez.

Volví al despacho.

Me senté frente a los archivos.

Empecé a leer.
Esta vez llegué hasta la página tres antes de que mi cabeza decidiera volver al pasillo,
a la puerta cerrada, al momento exacto.

Cerré los ojos.

Abrí los ojos.

Había trabajo. Había tres facciones y un marcaje reciente y una mujer dormida arriba
que iba a despertar a las ocho sin saber lo que le había pasado y con preguntas que
yo iba a tener que responder de alguna forma sin decir todo lo que no podía decir
todavía.

Trabajo. Ahora.

El resto después.

Lo que quedaba del después iba a ser un problema largo y yo lo sabía. Pero los
problemas largos se manejan mejor con luz del día y contexto completo y algo más
de distancia de la que tenía en este momento.

Me forcé a leer.

Afuera Roma terminó de amanecer. Indiferente. Antigua. Completamente ajena a lo


que acababa de cambiar en el cuarto de huéspedes de un edificio en el Prati.

La cicatriz siguió fría.

No me gustó cuánto me gustó eso.


CAPITULO 2

(ALICE)

Me desperté sin saber dónde estaba.

Eso no es algo que me pase. Tengo el instinto de orientación de alguien que cambió
de cama suficientes veces en la vida como para aprender a ubicarse antes de abrir
los ojos del todo. El olor primero. Después el sonido. Después la luz a través de los
párpados. En ese orden, siempre, y en ese orden el mundo aparece con sus
coordenadas intactas.

Esta vez el orden no funcionó.

El olor era piedra vieja y algo más que no tenía nombre. El sonido era Roma afuera,
tráfico y pájaros y el ruido específico de una ciudad que no para nunca del todo, pero
filtrado, amortiguado, como si hubiera más pared de lo normal entre yo y la calle. La
luz era gris y fría y entraba desde un ángulo que no era el ángulo de mi ventana en
Trastevere.

Abrí los ojos.

Techo alto. Paredes sin cuadros. Una cama que no era la mía con sábanas que olían a
algo limpio y neutro y completamente ajeno.

Y entonces todo volvió de golpe.

Me senté.

Demasiado rápido. El cuarto giró un segundo y tuve que poner las manos en el
colchón y esperar a que dejara de girar, lo cual tardó más de lo que debería haber
tardado porque algo en mi cabeza estaba raro. No como cuando te levantás con
resaca. Más suave que eso. Como si alguien hubiera agarrado el volumen de todo y
lo hubiera bajado dos puntos sin pedirme permiso.

La mochila estaba en el piso al lado de la cama.

La había tenido en la espalda. La recordaba en la espalda cuando corrí por el pasillo,


cuando encontré la ventana, cuando él puso la mano sobre el marco y el mundo se
detuvo.

Después.

Intenté reconstruir el después y encontré bordes difusos donde debería haber


recuerdos nítidos. El pasillo angosto. Sus ojos que no eran los de antes. La oscuridad
creciendo en los rincones sin que nadie la moviera. Palabras que no eran de ningún
idioma que yo conociera llenando el aire del cuarto como si tuvieran peso físico.

Y después su cara demasiado cerca.

Y después nada.

Me toqué la boca sin decidir hacerlo. Un gesto reflejo, automático, el tipo de


movimiento que el cuerpo hace cuando está buscando información que la cabeza no
puede darle todavía. Los labios estaban normales. Sin dolor, sin nada físico que
marcar. Solo la memoria difusa de algo que había pasado ahí y que mi cabeza no
podía recuperar del todo.

—Qué hiciste —dije en voz alta.

El cuarto no respondió.

Me levanté.

Las piernas sostuvieron. Bien. Fui al baño que había visto la noche anterior, me lavé
la cara con agua fría, me miré en el espejo el tiempo suficiente para verificar que
seguía siendo yo y que lo que veía no tenía nada diferente en la superficie.

Superficie.

Esa palabra se quedó.

Porque algo debajo de la superficie se sentía distinto y no sabía cómo describirlo con
más precisión que eso. No era dolor. No era malestar exactamente. Era más parecido
a la sensación de cuando te ponés ropa de otra persona y por un momento tu
cuerpo registra que algo no es completamente tuyo. Algo en mí se sentía levemente
ajeno de una forma que no tenía antes de anoche.

Agarré la mochila. Saqué el cuaderno.

Me senté en el borde de la cama y lo abrí en la última página escrita, la de la


madrugada, la letra torcida de escribir en la oscuridad.

¿Estoy más segura acá adentro o es lo mismo pero con techo?

Releí la pregunta.

Después escribí debajo, con la letra de alguien que acaba de despertar y todavía no
tiene todos los filtros en su lugar:

Me durmió. No sé cómo. No sé cuándo exactamente. Hay un espacio en mi memoria


donde debería haber algo y hay bordes difusos en cambio.
Tengo la boca rara.

Algo en mí se siente como ropa prestada.

Paré. Miré lo que había escrito. Después seguí.

No sé si tengo miedo o si el miedo también lo bajó de volumen junto con todo lo


demás.

Voy a bajar. No porque quiera. Sino porque quedarse acá esperando que él suba es
peor y porque necesito respuestas y porque la única persona en este edificio que las
tiene es él.

Odio que la única persona que tiene las respuestas sea él.

Cerré el cuaderno.

El pasillo estaba vacío.

Bajé la escalera despacio, con una mano en la pared, sin intentar ser silenciosa
porque el silencio habría sido una forma de admitir que tenía miedo de lo que iba a
encontrar abajo y no estaba dispuesta a admitir eso todavía.

Doce peldaños. Doce más.

El hall de abajo olía igual que la noche anterior, a piedra y a ese algo sin nombre que
hacía que el instinto se pusiera quieto. La puerta del despacho estaba entreabierta y
había luz adentro, la luz fría de una pantalla, y antes de que llegara a la puerta
escuché el sonido de algo siendo cerrado, un archivo, un cajón, el movimiento
deliberado de alguien que oyó mis pasos y decidió lo que iba a estar haciendo
cuando yo entrara.

Empujé la puerta.

Estaba sentado detrás del escritorio con una taza de café que parecía llevar horas ahí
y la pantalla apagada y los ojos en mí desde el momento en que la puerta se abrió.
Traje diferente al de la noche anterior. Afeitado. Completamente compuesto,
completamente en orden, la versión de Keil Mangiarotti que dosifica y calcula con los
ojos de siempre, verde oscuro sin ningún tinte que no fuera el suyo.

Como si la noche anterior no hubiera pasado.

Me quedé en el marco de la puerta.

—Buenos días —dijo.

—No empieces con buenos días —dije.


Una pausa brevísima.

—De acuerdo. —Me miró. —¿Querés café?

—Quiero que me expliques qué me hiciste.

El silencio que siguió fue diferente a los otros silencios de él. No era el silencio de
alguien eligiendo cuánto decir. Era el silencio de alguien que ya eligió y está
midiendo desde dónde empezar.

—Sentate —dijo.

—Estoy bien así.

—Alice.

—Keil. —Crucé los brazos. —Tengo un espacio en la memoria donde debería haber
algo y no hay nada, me desperté sintiéndome como ropa de otra persona y lo último
que recuerdo con claridad son tus ojos que no eran tus ojos. Así que antes de que
me digas que me siente, antes de que me ofrezcas café, antes de cualquier otra cosa,
explicame qué pasó en ese cuarto.

Me miró durante un momento que fue más largo de lo que era cómodo.

Después señaló la silla frente al escritorio.

No me moví.

—Por favor —dijo. Y esa palabra en su boca sonó tan fuera de lugar, tan poco usada,
que algo en mí registró que era real antes de que pudiera decidir qué hacer con eso.

Me senté.

Lo que me dijo fue más de lo que esperaba y menos de lo que necesitaba, que era
exactamente el patrón de la noche anterior y que ya empezaba a reconocer como su
forma de operar.

Me dijo que el marcaje era parte del pacto. Que no era algo que él hubiera
planificado para esta noche. Que el pacto tiene su propia lógica y que en ciertos
momentos esa lógica se impone.

—¿Eso es una disculpa? —dije.

—Es una explicación.

—No te pregunté si era una explicación. Te pregunté si era una disculpa.

Algo cruzó su cara. Tan rápido que casi no existió.


—No —dijo.

—Bien. —Lo miré. —Al menos eso es honesto. ¿Qué significa que me marcaste?

—Que el pacto te reconoce ahora. —Hizo una pausa. —Y que lo que te estaba
siguiendo afuera también va a reconocerlo.

—¿Eso es bueno o malo.

—Las dos cosas.

—Explicame las dos cosas.

—Lo bueno es que ciertas criaturas no van a poder acercarse. La marca de los
Mangiarotti tiene peso en este mundo. Las cosas que operan con jerarquías, que son
la mayoría, van a leerla antes de actuar.

—¿Y lo malo.

Una pausa más larga.

—Lo malo —dijo— es que las que no operan con jerarquías también la van a leer. Y
para ellas no significa protección. Significa que sos valiosa para alguien. —Me miró.
—Y eso sube el precio.

Lo procesé.

—Entonces me pusiste un cartel —dije.

—Más o menos.

—Un cartel que dice que le pertenezco a los Mangiarotti.

No respondió de inmediato. Y en ese silencio, en la forma específica en que no


respondió de inmediato, entendí que la palabra pertenezco no le había resultado
incorrecta.

Me levanté.

—No le pertenezco a nadie —dije.

—No dije que le pertenecieras a nadie.

—No lo dijiste. Pero tampoco lo negaste cuando lo dije yo.

Me miró desde el escritorio con esa expresión que no era crueldad pero que
tampoco era su opuesto, y algo en esa expresión era nuevo esta mañana, algo que
no había estado ahí la noche anterior o que había estado pero yo no había tenido el
contexto para leerlo.

Algo que se parecía a una decisión ya tomada.

—Sentate, Alice —dijo.

—Ya me levanté.

—Hay más cosas que necesitás saber antes de decidir qué hacer con lo que acabo de
decirte.

—Puedo escucharlas de pie.

Una pausa.

—Hay tres facciones distintas —dijo— que tienen tu nombre en algún tipo de lista.
Llevan semanas monitoreando tu rutina. Lo de anoche no fue el primero que te
siguió, fue el primero que se acercó lo suficiente para que lo notaras. —Me miró. —
¿Querés seguir de pie?

El piso no desapareció esta vez.

Esta vez simplemente se volvió menos sólido de lo que había sido hace treinta
segundos.

Me senté.

Keil no dijo nada. No hizo el gesto de satisfacción que habría hecho alguien menos
controlado. Solo me miró y esperó y dejó que la información aterrizara en el tiempo
que necesitaba para aterrizar.

Eso también era una forma de control, entendí. Dejar que el silencio hiciera el
trabajo.

—¿Cuánto tiempo llevan monitoreándome —dije.

—Al menos tres semanas antes de anoche.

—¿Y vos cuánto tiempo llevás sabiéndolo.

Una pausa.

—Dos semanas —dijo.

Lo miré.
—Dos semanas —repetí despacio. —Sabías que algo me estaba siguiendo hace dos
semanas y no dijiste nada.

—Estaba evaluando la situación.

—Estabas evaluando la situación. —La rabia llegó limpia y directa, sin el filtro del
miedo que había tenido toda la noche. —Mientras yo caminaba sola por Roma sin
saber nada, vos estabas evaluando la situación.

—Sí.

—¿Y eso te parece razonable?

—Me parece necesario. —No cambió el tono. —No sabía quién eras todavía. No
sabía qué era tu marca ni qué querían las facciones específicamente. Intervenir sin
información completa habría empeorado la situación.

—¿Para quién?

Silencio.

—Para los dos —dijo finalmente.

Lo miré durante cinco segundos completos. Él me devolvió la mirada sin flinchear, sin
agregar nada, con esa calma que era la cosa más irritante que había encontrado en
una persona en toda mi vida porque no había forma de perforarla desde afuera y eso
significaba que si quería entender qué había detrás tenía que encontrar otro camino.

Agarré la taza de café que había dicho que no quería.

Lo bebí.

Estaba frío y era muy bueno y odié que fuera muy bueno.

—¿Qué quieren las tres facciones? —dije.

Y Keil, por primera vez desde que había entrado en este edificio, me miró con algo
que no era solo evaluación.

Era algo más parecido a estar viendo, por primera vez, lo que yo era cuando no tenía
miedo.

—Esa —dijo— es exactamente la pregunta correcta.


(KEIL)

La escuché bajar la escalera a las ocho y cuarto.

No porque estuviera esperando el sonido, o no solo por eso, sino porque el edificio
lleva noventa años aprendiendo a transmitir información y yo llevo veintinueve
aprendiendo a recibirla. Los pasos en la piedra, el peso específico de cada uno, la
velocidad que dice más sobre el estado de una persona que cualquier expresión
facial. Los de Alice eran deliberados. No rápidos, no lentos. El ritmo de alguien que
tomó una decisión y está ejecutándola antes de que pueda cambiar de opinión.

Apagué la pantalla. Cerré el archivo de las facciones.

Puse las manos sobre el escritorio y esperé.

Había pasado las últimas tres horas haciendo lo que tenía que hacer, que era leer,
evaluar, anticipar movimientos. Las tres facciones. Sus recursos, sus motivaciones, el
nivel de urgencia que cada una le asignaba a Alice antes del marcaje y el nivel que le
iban a asignar ahora.

Lo había hecho con la disciplina de siempre. Con el método.

El problema era que cada veinte minutos aproximadamente el método se


interrumpía solo y lo que ocupaba ese espacio no era información sobre las
facciones.

Era el momento en que dejó de empujar.

Lo había archivado cada vez. Lo había devuelto al compartimento donde no


pertenecía y había vuelto a los archivos. Veinte minutos después el ciclo se repetía
con la puntualidad irritante de algo que no tiene ninguna intención de ser ignorado.

A las seis de la mañana había dejado de intentar ignorarlo y había empezado a


analizarlo, que era lo que hago con las cosas que no puedo eliminar: las desmonto.
Las entiendo. Las convierto en información manejable.

El análisis no ayudó.

Lo que había sentido cuando el beso terminó no se volvía más manejable con el
análisis. Se volvía más específico, que era peor, porque la especificidad le daba
bordes y los bordes le daban peso y el peso era exactamente lo que no necesitaba en
este momento con Alice bajando la escalera y tres facciones reordenando sus
prioridades a la misma hora.

Escuché sus pasos detenerse frente a la puerta.


Empujé todo al fondo. Construí la expresión correcta, neutral, controlada, la que uso
cuando entro a una habitación donde alguien tiene algo que yo necesito y no puede
saber cuánto lo necesito.

La puerta se abrió.

Entró con los brazos listos para cruzarse y la mirada lista para no ceder y el cuaderno
en la mochila que llevaba en la espalda porque incluso ahora, incluso después de la
noche que había tenido, no había dejado el cuaderno atrás.

Eso también lo registré.

Le ofrecí café. Me dijo que no empezara con café. Le dije buenos días y me dijo que
no empezara con buenos días y en ese intercambio de treinta segundos tuve
suficiente información para saber que Alice Fonua había dormido las horas que yo le
había dado y se había despertado con más claridad de la que yo habría preferido que
tuviera.

Se sentó cuando le pedí que se sentara. Después de resistirse el tiempo suficiente


para que quedara claro que era su decisión y no la mía. Lo cual era completamente
falso pero era el tipo de ficción que alguien necesita sostener cuando el resto de sus
opciones son limitadas.

Se lo permití. Las ficciones útiles se cultivan.

Le expliqué el marcaje. Lo que significaba. Las dos facciones. Escuché su rabia


cuando llegó, limpia y directa, sin el filtro del miedo, y registré que la rabia sin miedo
era una versión de Alice considerablemente más interesante que cualquier otra que
había visto hasta ahora.

—No le pertenezco a nadie —dijo.

No respondí de inmediato.

No porque estuviera eligiendo las palabras sino porque la palabra pertenezco había
aterrizando en algún lugar que no era estrictamente profesional y necesité un
segundo para asegurarme de que lo que iba a decir no reflejara eso.

Después le dije lo de las tres facciones. Vi el momento exacto en que el piso se volvió
menos sólido bajo sus pies aunque no se moviera. Se sentó.

Y entonces dijo la pregunta correcta.

¿Qué quieren las tres facciones?

Sin miedo en el tono. Sin el temblor de alguien que está preguntando porque no
tiene otra opción. Con la precisión de alguien que entendió que la información era el
único territorio donde podía recuperar algo de lo que había perdido esta noche y
que iba a pelearlo desde ahí.

La miré.

Y algo que había estado perfectamente archivado en el fondo decidió que este era el
momento de no estar archivado.

—Esa es exactamente la pregunta correcta —dije.

—Lo sé. —Me devolvió la mirada. —¿Vas a responderla?

—Sí. Pero antes necesito que entiendas algo sobre tu marca.

—Ya me explicaste la marca.

—Te expliqué qué hace. No te expliqué qué es. —Me levanté. No porque necesitara
levantarme sino porque tenerla sentada frente al escritorio y yo detrás era una
dinámica que había funcionado hace diez minutos y que ahora se sentía incorrecta
de una forma que no supe nombrar del todo. —Son cosas distintas.

La observé mientras procesaba eso. La forma en que sus ojos seguían cada
movimiento mío con esa atención que no era solo miedo, que nunca había sido solo
miedo, que era algo más parecido a la atención que le prestaba al cuadro en la
galería, esa noche que yo todavía no sabía que iba a importar.

Desmontando. Buscando la estructura debajo de la imagen.

Me acerqué al lado del escritorio donde ella estaba sentada. No detrás de ella. Al
lado, con el escritorio entre los dos, lo suficientemente cerca para que la distancia
cambiara sin ser lo suficientemente cerca para que pudiera usarlo contra mí en
ningún sentido que importara.

—Tu marca —dije— no es una anomalía. No es un accidente de linaje. Fue puesta


deliberadamente hace cuatro generaciones por alguien que sabía exactamente lo
que estaba haciendo y por qué.

Algo en su expresión cambió. Levemente.

—¿Quién —dijo.

—Eso todavía lo estoy—

—Si me decís que lo estás entendiendo —dijo— voy a agarrar esa taza de café y te la
voy a tirar encima.

La taza estaba fría desde hacía dos horas. Técnicamente el daño sería mínimo.
Algo en mi pecho se movió de una forma que no era irritación.

—No lo sé todavía —dije. —Eso es diferente a estar entendiéndolo.

—¿Cuál es la diferencia?

—Que uno implica proceso y el otro implica ignorancia. Yo no ignoro. Investigo.

—¿Y cuánto tiempo lleva esa investigación?

—Menos ahora que antes de anoche.

Me miró.

—¿Por qué menos —dijo.

—Porque el marcaje me da acceso a información sobre tu linaje que antes solo podía
obtener de fuentes externas. —Hice una pausa. —El pacto reconoce tu marca ahora.
Puedo leerla directamente.

El silencio que siguió fue diferente a los anteriores. Más cargado. Más denso de una
forma que no tenía que ver solo con la información.

—¿Podés leerme —dijo despacio.

—Partes de vos. —La miré. —No tus pensamientos. No tus emociones. Pero la marca
sí. Lo que lleva, lo que pesa, lo que le falta todavía.

Se levantó.

No hacia la puerta. Solo se levantó, como si necesitara tener los pies en el piso para
procesar lo que acababa de escuchar, y ahora estábamos los dos de pie con el
escritorio ya no entre nosotros sino al lado, y la distancia era considerablemente
menor de lo que había sido hace treinta segundos.

—¿Y qué dice —dijo. —Mi marca. ¿Qué dice?

La miré.

Tenía los ojos color miel en ese momento, casi dorados con la luz de la mañana que
entraba lateral por la ventana del despacho, y en el centro de esos ojos había algo
que el pacto podía leer con una claridad que yo no había tenido antes del marcaje.
La marca de su linaje, antigua y deliberada y más compleja de lo que cualquiera de
las tres facciones sabía, pulsando suave como siempre pulsaba la cicatriz cuando
algo importante estaba cerca.

Solo que esta vez la cicatriz estaba fría.


Y lo que pulsaba era otra cosa.

—Dice —dije— que llevas algo que no sabés que llevás. Que es más viejo que vos.
Que es más viejo que yo. —Hice una pausa. —Y que se activó hace exactamente
ocho horas.

Procesó eso.

—Cuando me marcaste —dijo.

—Sí.

—¿Y eso qué significa.

—Que el sistema que puso esa marca en tu linaje hace cuatro generaciones estaba
esperando algo para activarse. —La miré. —Y aparentemente ese algo era esto.

—¿Esto qué —dijo. Y la pregunta tenía dos capas y las dos eran reales y las dos
estaban esperando respuesta.

No respondí de inmediato.

Me acerqué un paso. Solo uno. El suficiente para que el aire entre los dos cambiara
de densidad de una forma que cualquiera de los dos podía pretender no notar pero
que los dos notamos.

—Todavía no lo sé del todo —dije.

—Pero tenés una idea.

—Siempre tengo una idea.

—¿Y?

La miré. Ella me devolvió la mirada sin moverse, sin retroceder, con esa
determinación que había estado ahí desde el portal y que esta mañana era más
visible porque el miedo había bajado lo suficiente para dejar de taparla.

—La idea —dije— es que el pacto de los Mangiarotti y la marca de tu linaje no son
independientes. Que hay algo que los conecta desde antes de que existiera ninguno
de los dos. —Hice una pausa. —Y que anoche no fue el pacto tomando el control.

Silencio.

—¿Qué fue entonces —dijo. La voz un tono más baja que antes. No de miedo. De
algo distinto.
—Fue el sistema haciendo lo que fue diseñado para hacer. —La miré. —Desde antes
de que ninguno de los dos naciera, alguien ya había decidido que esto iba a pasar.

El silencio entre los dos tuvo bordes esta vez. Bordes y peso y la temperatura
específica de algo que cambia de naturaleza mientras lo estás mirando.

Alice no se movió.

Yo tampoco.

—Eso —dijo finalmente, en voz baja— es la cosa más perturbadora que me dijiste
hasta ahora.

—Lo sé.

—¿Y te parece bien decírmelo así, de esta forma, a esta distancia?

Bajé la vista un segundo. La distancia entre los dos era la que era y los dos lo
sabíamos.

—No —dije.

—Entonces retrocedé.

No me moví.

Ella tampoco.

Y en ese no moverse de los dos, en ese segundo donde ninguno hizo lo que había
que hacer, algo que había estado perfectamente contenido desde las cinco de la
mañana dejó de estar contenido y ocupó todo el espacio disponible entre nosotros
como ocupa el agua el recipiente que la contiene, completamente, sin dejar
márgenes.

Alice lo sintió. Lo vi en sus ojos, el cambio de color, el dorado volviéndose más


oscuro. Lo vi en la forma en que su respiración cambió, apenas, lo suficiente para
que alguien que no estuviera prestando atención no lo notara.

Yo estaba prestando atención.

Siempre estaba prestando atención.

—Keil —dijo. Mi nombre en su boca, en voz baja, con una advertencia adentro que
era real y con otra cosa adentro también que era igualmente real.

—Sí —dije.

—Retrocedé.
—¿Por qué?

Una pausa.

—Porque si no lo hacés yo no voy a hacerlo —dijo. Y lo dijo con la honestidad


específica de alguien que acaba de decir algo que no planeaba decir y que no puede
desdecir.

La miré durante un momento que duró más de lo que era estrictamente razonable.

Después retrocedí.

Un paso. El suficiente para que el aire volviera a ser aire y no lo que había sido hace
diez segundos.

Alice exhaló. Tan suave que casi no existió.

Se giró hacia la ventana. Le dio la espalda al despacho, a mí, a la conversación, y se


quedó mirando Roma afuera con los brazos cruzados y los hombros con la tensión de
alguien que está usando toda la energía disponible para reorganizar algo que se
desorganizó sin permiso.

Me quedé donde estaba exactamente cuatro segundos.

Cuatro segundos de pie en el centro del despacho mirándole la espalda, los hombros
tensos, el pelo rizado con algunos mechones sueltos que le llegaban al cuello, Roma
afuera completamente ajena a lo que estaba pasando en este cuarto.

Cuatro segundos de decirme que había trabajo. Que había tres facciones. Que había
un marcaje reciente con consecuencias que necesitaban atención inmediata. Que
Alice Fonua llevaba menos de doce horas en este edificio y que lo que estaba
sintiendo en la palma derecha era información que todavía no sabía cómo clasificar y
que las cosas que no sabés cómo clasificar no se actúan, se analizan.

Cuatro segundos de todo eso.

Después caminé hacia ella.

No fue una decisión en el sentido en que son decisiones la mayoría de las cosas que
hago. No hubo evaluación de variables ni cálculo de consecuencias ni el proceso
habitual de desmontar algo antes de moverme. Fue más antiguo que eso. Fue el tipo
de movimiento que el cuerpo hace cuando algo más profundo que la lógica tomó el
control y la lógica llegó tarde al aviso.

Tres pasos. Cuatro.

Puse una mano en su hombro y la di vuelta.


Su cara cuando se giró no era la que esperaba. No había sorpresa, lo cual era
información. Había algo más parecido a la expresión de alguien que escuchó los
pasos y supo lo que venía y se quedó igual porque una parte de ella también había
decidido algo en esos cuatro segundos.

No le di tiempo de hablar.

La agarré por la cintura, las dos manos, y la levanté en un movimiento limpio y la


senté en el borde del escritorio con sus piernas a cada lado de mi cadera y el espacio
entre los dos reducido a nada, a contacto, a calor que no era del pacto ni del ritual ni
de ninguna cosa que yo pudiera atribuirle a otra fuente que no fuera exactamente lo
que era.

Abrió la boca.

La besé.

No era el ritual de la noche anterior.

Eso lo supe de inmediato, en el primer segundo, en la diferencia de temperatura


entre las dos cosas. El ritual tenía una dirección, un propósito, una lógica que venía
del pacto y que yo ejecutaba. Esto no tenía dirección. Esto era el tipo de cosa que no
tiene propósito más allá de sí misma, que no va hacia ningún lado excepto hacia más
de lo mismo, que no tiene lógica porque la lógica es exactamente lo que se cae
primero.

Sus manos llegaron a mi pecho.

No para empujar. Esta vez no para empujar.

Se aferraron a la solapa del saco con los dedos cerrados y algo en ese gesto, en la
diferencia entre aferrarse y empujar, hizo que algo en mí que había estado
contenido toda la mañana con una disciplina que me había costado más de lo que
iba a admitir dejara de estar contenido del todo.

La besé con más.

Sentí el momento exacto en que ella dejó de calcular. El momento en que la tensión
de los hombros cedió y el agarre en la solapa se volvió menos defensivo y más otra
cosa y su respiración cambió contra mi boca de una forma que archivé en algún lugar
que no era el lugar donde archivo la información profesional.

Sus piernas. La cadera de ella contra la mía. El escritorio frío bajo mis manos que
estaban planas sobre la madera a cada lado de ella sosteniéndome, sosteniéndonos,
porque si no tenía algo concreto donde poner las manos iba a ponerlas en otro lugar
y ese otro lugar era un territorio que todavía no habíamos negociado.

Me aparté.
No lejos. Centímetros. El espacio mínimo para que los dos pudiéramos respirar de
forma que tuviera alguna relación con la normalidad.

Alice tenía los ojos cerrados todavía. Los abrió despacio y cuando lo hizo el color
había cambiado, más oscuro que el dorado de antes, más cerca del ámbar profundo
que tienen cuando está procesando algo que la golpeó.

Me miró.

Yo la miré.

El silencio entre los dos era completamente diferente a todos los silencios anteriores
de esta mañana. No era el silencio de alguien eligiendo cuánto decir. No era el
silencio de información siendo dosificada. Era el silencio de dos personas en el
mismo lado de algo que no tiene nombre todavía y que los dos acaban de cruzar sin
haber negociado el cruce.

—Eso —dijo finalmente, con la voz levemente diferente a lo normal, levemente más
baja— no estaba en ninguna de las explicaciones que me diste.

—No —dije.

—¿Es parte del marcaje?

La miré.

—No —dije.

Procesó eso. Vi el momento exacto en que lo procesó, el cambio en los ojos, la


información aterrizando en el lugar correcto.

—Entonces qué es —dijo.

No respondí de inmediato. Tenía sus piernas todavía a cada lado de mi cadera y sus
manos todavía en mi solapa y yo todavía a centímetros de su boca y la pregunta ahí
entre los dos esperando.

—Un problema —dije.

Algo cruzó su cara. Brevísimo. Tan rápido que si no hubiera estado mirándola con la
atención con que la miraba desde la noche anterior me lo habría perdido.

No era ofensa. Era algo más parecido al reconocimiento de alguien que ya pensó lo
mismo y que no esperaba que yo también lo pensara.

—Sí —dijo. —Un problema.

Ninguno de los dos se movió.


Las tres facciones seguían en la pantalla apagada. El marcaje seguía siendo reciente.
Roma seguía funcionando afuera con la indiferencia de siempre. Todo lo que
requería atención inmediata seguía requiriéndola con la misma urgencia de hace
diez minutos.

Nada de eso importó durante los siguientes treinta segundos.

Después Alice soltó la solapa. Despacio. Los dedos abriéndose uno por uno, el gesto
deliberado de alguien recuperando el control de la misma forma en que yo había
retrocedido antes, un centímetro a la vez.

Entonces me besó ella.

No lo vi venir.

Eso era información en sí mismo, que Alice Fonua podía hacer algo que yo no vi
venir, pero en el momento no procesé esa información porque en el momento no
estaba procesando nada que no fuera el contacto, su boca contra la mía, el
movimiento que había iniciado ella esta vez sin que yo lo calculara ni lo anticipara ni
lo construyera.

Algo en mí respondió antes de que pudiera intervenir.

Sentí el desplazamiento del gradiente como se siente siempre, ese movimiento


interno, esa cesión de terreno entre lo que soy yo y lo que el pacto puso en mí. Pero
esta vez fue diferente. Más rápido. Más completo. Como si Vael hubiera estado
esperando exactamente este momento, no el del ritual, no el del marcaje, sino este,
el que no fue planificado por ninguno de los dos y que por eso mismo tenía una
autenticidad que el pacto reconocía como más significativa que todo lo anterior.

Los ojos. Sentí el cambio en los ojos antes de que Alice lo viera.

Pero Alice lo vio.

Lo supe porque algo en ella cambió también. No retrocedió. Eso era lo que cualquier
persona con instinto de supervivencia intacto habría hecho, retroceder, crear
distancia, poner espacio entre ella y lo que mis ojos estaban mostrando. Alice no
retrocedió. Se quedó exactamente donde estaba y me miró con una expresión que
no era solo miedo sino algo más complejo, más honesto, la expresión de alguien que
acaba de encontrar algo que no esperaba encontrar y que todavía no decidió qué
hacer con ello.

Vael también la deseaba.

Eso era nuevo. En trece años de pacto, en trece años de coexistencia con lo que vive
en mi sangre, nunca había sentido que Vael tuviera preferencias propias sobre una
persona específica. Tenía instintos. Tenía imperativos. Pero no preferencias.
Esta noche tenía preferencias.

Y Alice lo estaba sintiendo en la forma en que yo la besaba, en el cambio de


temperatura, en algo que no era humano filtrándose por los bordes de cada
movimiento.

Sus manos subieron a mi nuca.

No para alejarme.

Bajé la boca a su cuello.

Despacio. Con la precisión de algo que sabe exactamente lo que está haciendo
aunque yo no hubiera decidido hacerlo, aunque la frontera entre mi decisión y la de
Vael fuera en este momento completamente imposible de trazar. Sus manos en mi
nuca, los dedos en mi pelo, y la piel de su cuello bajo mi boca que olía a algo que el
pacto reconocía como suyo desde el marcaje de la noche anterior.

Volví a su boca.

El beso fue diferente al anterior. Más oscuro. Más profundo. El tipo de beso que no
tiene ninguna pretensión de ser otra cosa que lo que es, que no se disculpa por su
propio peso. Alice sintió la diferencia. Lo supe en el sonido que hizo contra mi boca,
apenas, casi sin existir, y en la forma en que sus dedos se apretaron en mi pelo.

Vael estaba en el frente ahora. Completamente.

Tomé sus muñecas.

Las sostuve con una mano. La otra plana sobre el escritorio mientras la tumbaba
sobre la superficie con un movimiento que no tenía ninguna de las fricciones que
habría tenido si yo hubiera sido completamente yo en ese momento.

Bajé.

Los besos descendiendo por su clavícula, por el borde de su ropa, con la lentitud
específica de algo que no tiene apuro porque ya sabe que tiene todo el tiempo que
necesita. Alice bajo mis manos, bajo mi boca, con la respiración que ya no tenía nada
que ver con la normalidad.

Soltó un gemido.

Involuntario. Lo supe porque lo precedió un segundo de tensión, el intento de


contenerse, y después el sonido igual, escapándose antes de que pudiera detenerlo.

Y entonces algo pasó.

No sé si fui yo o si fue Vael.


No sé si lo que hizo que me detuviera fue mi propio control recuperando terreno o si
fue el pacto reconociendo un límite que yo no había procesado conscientemente
todavía. Lo que sé es que me quedé quieto de golpe, con la misma brusquedad con
que había empezado, como si alguien hubiera cortado el sonido en medio de una
canción.

Me alejé.

Me puse de pie.

La miré.

Alice sobre el escritorio, mirándome desde abajo con los ojos que eran del color más
oscuro que les había visto, el ámbar casi marrón, con algo en ellos que no era solo lo
que había pasado en los últimos cinco minutos sino también la pregunta de qué
acababa de pasar exactamente y de cuántas respuestas iba a recibir.

No le di ninguna.

Salí del despacho.

Subí las escaleras más rápido de lo que las había bajado en toda la noche y cerré la
puerta de mi cuarto detrás de mí con el cuidado excesivo de alguien que tiene
demasiada energía en el cuerpo y necesita no romper nada.

Me quedé de pie en el centro del cuarto.

La respiración no estaba del todo bajo control. Eso no me pasaba. La respiración


siempre estaba bajo control porque el control es la estructura y sin la estructura no
hay nada que merezca llamarse Keil Mangiarotti y yo llevaba veintinueve años
construyendo esa estructura sobre esa premisa.

Esta mañana la estructura tenía fisuras.

Fui al espejo.

Lo vi de inmediato.

Era mi cara. Mi estructura, mis ángulos, la mandíbula, todo lo físico intacto. Pero en
los ojos el rojo de los bordes todavía no había cedido del todo y debajo de eso,
debajo de lo que mis ojos mostraban, había algo más. Una presencia. Densa, antigua,
completamente distinta a mí en naturaleza aunque llevara trece años viviendo en el
mismo cuerpo.

Vael.

Mi abuelo Aldo lo había encontrado en el sótano de una iglesia de Roma hace


setenta años y lo había invitado a entrar a cambio de todo lo que los Mangiarotti
eran ahora. No era un demonio en el sentido que la palabra tiene en los libros. Era
algo más viejo que esa categoría, algo que existía antes de que los humanos tuvieran
palabras para lo que no entendían y que había aprendido a vivir dentro de un linaje
humano con la paciencia de algo que no mide el tiempo de la misma forma que yo.

Poderoso. Eso era lo primero y lo más obvio. La fuerza que había sentido esta noche
cuando levanté a Alice, cuando la tumbé sobre el escritorio, no era mía. Era la
superposición de los dos, Keil y Vael en el mismo cuerpo usando la misma fuerza.

Pero contenido. Eso era lo segundo y lo más importante. Vael no era caos. No era el
tipo de entidad que destruye porque puede. Tenía su propia lógica, sus propios
límites, sus propias razones que yo no siempre entendía pero que en trece años
había aprendido a respetar porque las alternativas eran considerablemente peores.

Lo miré en el espejo.

Él me miró de vuelta.

—¿Qué querés con ella? —dije en voz baja.

El cuarto estaba en silencio. Roma afuera, los pájaros, el tráfico. Adentro solo yo
frente al espejo y el rojo cediendo despacio en los bordes de mis ojos y la presencia
en el fondo que siempre está en el fondo pero que esta mañana estaba
considerablemente más cerca de la superficie que cualquier otra mañana en trece
años.

Vael no respondió con palabras. Nunca responde con palabras cuando no le


conviene hacerlo. Responde con presión, con la dirección de algo que empuja desde
adentro hacia un punto específico, con la temperatura de algo que tiene opiniones
propias sobre lo que debería estar pasando.

Esta mañana la dirección era Alice. La temperatura era la de algo que no tenía
ninguna intención de moverse de donde estaba.

—No es una pregunta retórica —dije.

Lo sé.

No era voz. Era la certeza de que había sido escuchado y de que la respuesta estaba
viniendo en el idioma en que Vael elige responder cuando le parece que las palabras
son innecesarias. Imágenes, más que nada. Sensaciones. El equivalente interno de
alguien que señala en lugar de explicar.

Lo que señaló fue el momento en que Alice había dejado de empujar.

—Eso no es una respuesta —dije. —Eso es mostrarme algo que ya vi.

Exactamente.
Me quedé mirando el espejo.

—¿Sabías que iba a pasar esto? —dije. —Desde el principio. Desde la cicatriz en la
Corsini.

La presión cambió de calidad. No afirmativa exactamente. Más matizada. El


equivalente de alguien que dice no del todo con la cabeza.

—Entonces qué sabías.

Otra imagen. Esta más antigua, más difusa, el tipo de recuerdo que no es mío sino
suyo, algo que Vael lleva en lo que sea que Vael tenga en lugar de memoria. Un
sistema. Líneas que se conectan a través del tiempo, dos puntos que siempre iban a
terminar en el mismo lugar porque algo más viejo que los dos los había puesto en
trayectorias que convergían.

—El pacto y su marca —dije.

Sí.

—Sabías que estaban conectados.

Desde antes de que entraras al edificio esa noche.

Eso me detuvo.

Me giré del espejo. No tenía sentido girarme, no había nadie en el cuarto, pero el
gesto era lo que era.

—Sabías que estaban conectados y no me lo dijiste.

La presión tomó una calidad específica que en trece años había aprendido a leer
como lo más cerca que Vael llega a la paciencia forzada. El equivalente de alguien
que está eligiendo cómo decir algo que sabe que no va a recibirse bien.

—Vael.

Te lo habría dicho cuando fuera necesario.

—¿Cuándo es necesario según vos?

Cuando pudieras hacer algo útil con la información en lugar de construir sistemas
para controlarla.

Me quedé quieto.

Eso era. Eso era exactamente lo que habría hecho. Si Vael me hubiera dicho desde el
principio que la marca de Alice y el pacto estaban conectados, yo habría construido
una arquitectura completa alrededor de esa información antes de hacer ningún
movimiento. Protocolos. Evaluaciones. La metodología de alguien que necesita
entender cada variable antes de actuar.

Y habría perdido tiempo que aparentemente no había.

—Eso no justifica no decírmelo —dije.

No lo justifica. Lo explica.

—Hay una diferencia.

Siempre hay una diferencia. Vos sos muy aficionado a las diferencias.

Lo ignoré.

—Lo del ritual esta noche —dije. —¿También lo sabías de antemano?

Una pausa interior. Más larga que las otras.

Sabía que iba a ser necesario en algún momento. No calculé que iba a ser esta noche.

—¿Por qué esta noche?

Porque ella entró corriendo en este edificio asustada y el pacto la reconoció y yo la


reconocí y en ese momento esperar no tenía sentido estratégico.

—El sentido estratégico lo decido yo.

Normalmente sí.

—¿Y esta noche?

Esta noche vos estabas demasiado ocupado siendo calculador para ver lo que era
obvio.

Me senté en el borde de la cama.

No porque necesitara sentarme. Sino porque la conversación había tomado un peso


que se manejaba mejor con los pies en el piso.

—¿Qué era obvio —dije.

La presión cambió otra vez. Más suave ahora. El equivalente de alguien que baja la
voz no porque el tema sea menos importante sino porque importa más.

Que el marcaje no era solo protocolo. Que no era solo el pacto cumpliendo una
función.
—¿Qué era entonces.

Vos sabés qué era.

—Quiero escuchártelo decir.

Silencio interior largo.

Era las dos cosas al mismo tiempo. El pacto haciendo lo que hace. Y algo más que no
tiene nombre todavía en ninguno de los idiomas que los dos sabemos.

Lo procesé.

En trece años de coexistencia con Vael había tenido muchas conversaciones en este
formato, yo frente al espejo o sentado en el borde de alguna cama o de pie en el
medio de algún cuarto, hablando en voz baja con algo que respondía sin palabras y
que sin embargo era perfectamente claro. Había tenido conversaciones sobre poder
y sobre límites y sobre las reglas del sistema que compartíamos. Sobre lo que podía
hacer y lo que no. Sobre las veces que el gradiente se había desplazado y las razones
de cada una.

Nunca habíamos tenido esta conversación.

La conversación sobre algo que no tiene nombre todavía.

—Vael —dije. —¿Qué es ella para vos?

La pregunta aterrizó en el silencio interior con un peso específico. Sentí el momento


en que Vael la recibió y el momento en que la procesó y el momento en que eligió
responder con honestidad en lugar de con dirección estratégica.

Lo segundo era su modo por defecto.

Lo primero era raro.

Significativa —dijo. Y esa única palabra cargaba todo lo que Vael no expandió pero
que yo podía sentir en los bordes, la densidad de algo antiguo que reconocía a Alice
de una forma que no era solo el pacto y no era solo la marca de su linaje.

—¿Por qué?

Porque lo que lleva es lo que lleva. Porque la conexión entre su marca y el pacto es
más vieja que los dos y cuando algo es más viejo que las dos partes que conecta tiene
un peso que no se ignora. Una pausa. Y porque esta mañana cuando te besó no
retrocedió.

—Retrocedí yo.
—Retrocedí yo.

Sí. Vos retrocediste. Yo no quería retroceder.

—El pacto d—

Ya deja de excusarlo todo con eso. La deje porque el pacto. Subi porque el pacto.
Habblare con Vael por el pacto. Y bal bla bla por el pacto. Comienza a hacertar que
no fue solo por protocolo. La quieres y te interesa, así como a mi también me
interesa. Sino te juro que me pondre a cantar a Lady Gaga cuando se vaya y desearas
ser sordo.

—Ya empezaste...

Entonces escuchame cuando hablo.

—Eso es un problema —dije.

¿Por qué?

—Porque ella está en una situación de vulnerabilidad. Porque no tiene contexto


completo. Porque tres facciones tienen su nombre en rojo y lo que necesita ahora no
es que ninguno de los dos, ni yo ni vos, compliquemos más la dinámica de lo que ya
está complicada.

Eso es muy razonado.

—Es la verdad.

También es la verdad que llevas tres días con la cicatriz más fría de lo que ha estado
en años y que eso no tiene nada que ver con el contexto estratégico de la situación.

No respondí.

Keil.

—¿Qué.

Calculás todo. Es lo que hacés. Es lo que sos. Lo admiro, genuinamente, más de lo que
te digo porque decírtelo inflaría algo que ya es suficientemente grande. Una pausa.
Pero hay cosas que no se calculan. Y seguir intentando calcularlas no las hace más
manejables. Solo hace que te pierdas el momento en que están pasando.

—Eso es peligroso —dije. —En la situación en que estamos eso es exactamente el


tipo de distracción que—
No es una distracción.

—¿Entonces qué es?

Es la razón por la que el pacto ardió así en la Corsini. Es la razón por la que el marcaje
pasó esta noche en lugar de en algún momento más conveniente que nunca habría
llegado porque vos habrías encontrado siempre una razón para esperar un poco más.
Es la razón —hizo una pausa— por la que ahora mismo no querés bajar esa escalera
y al mismo tiempo es lo único que querés hacer.

El silencio que siguió fue el más honesto del cuarto.

Porque tenía razón.

Vael, que no tiene la estructura que yo tengo, que no tiene los protocolos ni la
metodología ni la necesidad de convertir todo en información manejable antes de
actuar, tenía razón de la forma en que tienen razón las cosas que no intentan tener
razón. Solo la tienen porque ven sin el filtro que yo construí.

—Si esto sale mal —dije.

Sí.

—Las facciones. El marcaje. Lo que no sabemos todavía sobre la conexión entre su


linaje y el pacto. Todo eso sigue siendo real independientemente de—

Sí, Keil. Todo eso sigue siendo real. Una pausa. ¿Y?

Me quedé mirando el piso.

En trece años no había tenido esta conversación. En trece años había aprendido a
manejar a Vael con la misma metodología con que manejaba todo lo demás. Límites
claros. Gradiente monitoreado. El control como estructura que no se negocia.

Esta mañana la estructura tenía fisuras y Vael estaba del otro lado de esas fisuras
mirándome con algo que en trece años no le había visto.

Paciencia.

No la paciencia forzada de antes. La otra. La de algo que esperó setenta años para
que el linaje correcto llegara al edificio correcto y que podía esperar lo que fuera
necesario pero que también era perfectamente honesto sobre lo que estaba
esperando.

—¿Desde cuándo sabés que esto iba a pasar? —dije en voz baja.

Desde antes de que tu abuelo firmara.


Lo procesé.

—¿El pacto incluía esto.

No explícitamente. Pero nada que dure setenta años es accidental en todos sus
detalles. Una pausa. Aldo eligió bien aunque no supiera exactamente qué estaba
eligiendo.

—¿Y yo?

Vos todavía estás eligiendo. La presión cambió una última vez, más suave, más
quieta. Pero lo que quiero que sepas, lo que necesito que sepas antes de que bajes
esas escaleras, es esto: lo que pasó esta mañana no fue solo yo. No me atribuyas
todo lo que no querés atribuirte a vos mismo. No es honesto y vos sos, entre todas las
cosas que sos, honesto.

El silencio final fue largo.

Después me puse de pie.

Me miré en el espejo una última vez. Los ojos eran del color de siempre. Verde casi
negro. Solo míos.

Vael seguía ahí. Siempre estaba ahí.

Pero esta mañana no se sentía como algo que vivía en mí.

Se sentía como alguien con quien compartía algo que ninguno de los dos había
elegido del todo y que los dos, por razones distintas, habían dejado de intentar
ignorar.

—Obstinado —dije en voz baja.

Siempre —respondió. Y si Vael pudiera sonar satisfecho, ese habría sido el tono.

Me aparté del espejo.

***

Bajé las escaleras siete minutos después.

No porque hubiera resuelto algo. Sino porque quedarse arriba mirando el espejo era
una forma de evitar lo inevitable y yo no evito cosas. Las enfrento, las desmonto, las
manejo. Es lo que hago. Es lo que soy.

El despacho estaba vacío.


El escritorio estaba como lo había dejado, con la taza de café frío y la pantalla
apagada y sin Alice sobre la superficie, lo cual era lo correcto y lo esperado y aun así
produjo algo en mi pecho que no era alivio.

La escuché arriba.

Movimientos en el cuarto de huéspedes. El sonido específico de alguien buscando


cosas con la urgencia contenida de quien está decidido pero todavía no terminó de
decidirse del todo.

Subí.

La puerta estaba entreabierta.

Alice estaba de espaldas al marco, con la mochila abierta sobre la cama, metiéndole
cosas con esa eficiencia de quien armó y desarmó suficientes maletas en la vida
como para hacerlo sin pensar. El cuaderno. El cargador. La chaqueta que había
dejado doblada en la silla.

No me oyó entrar. O me oyó y decidió no girar.

—¿Qué hacés? —dije.

—Lo que parece. —Sin mirarme.

—Alice.

—Me voy. —Siguió con la mochila. —Gracias por el cuarto. Por lo de anoche. Por la
explicación parcial que me diste esta mañana. —Una pausa. —Por lo demás también,
supongo, aunque todavía estoy procesando qué agradecerle exactamente a eso.

Me quedé en el marco.

—Afuera todavía—

—Sí, ya sé lo que hay afuera. —Cerró el cierre de la mochila con un movimiento más
brusco de lo necesario. —Lo que hay afuera por lo menos es honesto sobre lo que
es.

El silencio que siguió tuvo bordes.

—¿Qué significa eso —dije.

—Significa que me voy. —Agarró la mochila. —Apartate de la puerta.

No me aparté.

Se giró.
Era la primera vez que me miraba desde que había entrado al cuarto y en su cara
había una mezcla de cosas que yo podía leer con claridad y que habría preferido no
leer con tanta claridad porque cada una tenía peso propio. La irritación en la
superficie, limpia y directa. Debajo, la confusión, más difusa, el tipo que no viene de
no entender los hechos sino de no saber qué hacer con los sentimientos que
generan. Y debajo de todo eso, más quieto, más persistente, algo que no era
ninguna de las dos cosas anteriores y que Alice claramente habría preferido no
tener.

—Apartate —repitió.

—Explicame qué pasó.

—¿Qué qué pasó? —La irritación subió un tono. —Vos me besaste. Me gustó.
Después yo te besé y retrocediste y te fuiste sin decir una sola palabra. —Se cruzó de
brazos. —Eso es lo que pasó. ¿Necesitás que te lo explique con más detalle?

—No.

—Entonces apartate.

—Alice.

—Me siento estúpida, Keil. —Lo dijo en voz baja y eso fue peor que si lo hubiera
gritado, más honesto, más directo, sin el filtro de la rabia protegiéndolo. —No sé qué
fue eso, no sé qué soy yo en este edificio, no sé qué sos vos ni qué es lo que te
habita ni por qué el pacto ni por qué yo ni por qué nada de esto. Y encima de todo
eso me besás como si, y después te vas como si nada, y yo me quedo sobre un
escritorio sintiéndome como una completa idiota. —Una pausa. —Así que me voy.
Porque es lo único que tiene sentido ahora mismo.

La miré.

No dije nada durante un momento.

Después me separé del marco y entré al cuarto.

No me acerqué. Me quedé a distancia suficiente para que no fuera una amenaza y


suficientemente cerca para que supiera que no iba a ignorar lo que acababa de decir.

—Sentate —dije.

—Ya estoy harta de que me digas que me siente.

—Esta vez no es para darte información —dije. —Es porque lo que tengo que decirte
va a necesitar que estés quieta.
Me miró durante tres segundos. Después se sentó en el borde de la cama. No
porque yo se lo hubiera pedido, su expresión dejó eso claro. Sino porque algo en el
tono llegó a algún lugar distinto a todos los tonos anteriores.

Me senté en la silla frente a ella.

Apoyé los codos en las rodillas. Las manos juntas. La postura de alguien que está por
decir algo que no dice normalmente.

—No soy solo yo —dije.

Alice no habló. Esperó.

—Hay algo que vive en mí. —Hice una pausa buscando el orden correcto, que no era
el orden de la información sino el orden en que podía ser recibida. —No es una
posesión. No tomó el control contra mi voluntad. Es parte del pacto que mi abuelo
firmó hace setenta años. Lo que él invitó a entrar eligió quedarse en el linaje. En
cada primogénito desde entonces.

—¿Qué es —dijo.

—Antiguo. —Era la respuesta más honesta que tenía. —Más antiguo que cualquier
categoría que yo pueda darte. No es un demonio en el sentido que conocés. Es algo
que existía antes de que esa palabra existiera.

Alice procesó eso con la misma atención con que procesaba todo, en silencio, sin
interrumpir.

—Los dos compartimos el mismo cuerpo —seguí. —La mayor parte del tiempo soy
yo. Él está pero no domina. Hay momentos en que el gradiente se desplaza, cuando
algo lo activa, cuando algo que le importa a él está cerca. Esta mañana —hice una
pausa— le importabas.

—¿A él o a vos —dijo.

No respondí de inmediato.

—A los dos —dije. —Por razones distintas.

Algo cruzó su cara. Lo archivé.

—Cuando retrocedí —dije— no fue porque no quisiera quedarme. Fue porque lo que
estaba tomando el control no era completamente yo y vos no habías elegido eso. —
La miré. —Hay una diferencia entre lo que soy yo y lo que somos los dos juntos. Y
esa diferencia importa.

Alice sostuvo la mochila en la falda sin abrirla. Mirando el piso.


—¿Cuánto control tenés sobre él —dijo.

—Suficiente casi siempre.

—¿Y cuando no es casi siempre?

Me quedé quieto un momento.

—A los veintidós años tuve un problema con un linaje de brujas —dije. —Un cruce
que no tendría que haber pasado. Salí mal. Muy mal. —Hice una pausa. —No
recuerdo exactamente lo que siguió. Recuerdo el dolor, recuerdo el momento en
que perdí el hilo, y después recuerdo despertar.

—¿Cuánto tiempo?

—Una semana. Tal vez dos. El tiempo no fue lineal para mí en ese período.

Alice levantó la vista.

—¿Y en ese tiempo —dijo.

—Él tomó el control. —Lo dije sin adorno, sin el envoltorio que habría suavizado lo
que significaba. —Mis heridas sanaron en días. Cosas que no deberían haber sanado,
que no tendrían que haber sobrevivido. Él lo hizo. —Miré mis manos. —Lo que es él
también es yo. Cuando sanó el cuerpo nos sanó a los dos.

—¿Qué hizo en ese tiempo? —dijo Alice. —¿Mientras vos no estabas.

—No lo sé del todo. —Era verdad. —Hay fragmentos. Imágenes que no son
recuerdos completos. Sé que no hizo nada que yo no habría hecho. Sé que mantuvo
lo que necesitaba mantenerse. —Hice una pausa. —Pero no tengo el registro
completo y eso es algo con lo que aprendí a vivir.

Silencio.

Alice miraba el piso otra vez. Procesando. Desmontando. Buscando la estructura


debajo de lo que acababa de escuchar.

—¿Por qué me estás contando esto ahora —dijo finalmente.

—Porque dijiste que te sentías estúpida —dije. —Y no lo eras. Lo que sentiste esta
mañana era real. Lo que pasó era real. Pero había dos capas y solo te mostré una y
eso no fue justo.

Levantó la vista.
Me miró con esa expresión que tenía cuando algo aterrizaba en un lugar que no
esperaba. El cambio de color en los ojos, el ámbar más claro ahora, más cerca del
dorado.

—¿Y la otra vez —dijo en voz baja. —La de las brujas. ¿También fue la última?

Lo miré.

La pregunta era más exacta de lo que debería haber podido ser con la información
que le había dado. Que Alice Fonua pudiera llegar a esa pregunta con esos datos era,
una vez más, información que guardé en el lugar donde guardaba todo lo que me
decía que esto era más complicado de lo que había calculado originalmente.

—No —dije. —No fue la última.

—¿Hubo más veces?

—Sí. Menos extremas. Momentos donde el gradiente se desplaza y vuelve. —Hice


una pausa. —Esta mañana fue diferente a esas veces.

—¿Por qué.

—Porque las otras veces era una respuesta a una amenaza externa. —La miré. —
Esta mañana no había ninguna amenaza externa.

El silencio que siguió fue el más largo de la mañana.

Alice sostuvo la mochila. Yo sostuve su mirada. Roma afuera siguió siendo Roma,
indiferente, antigua, completamente ajena.

—¿Y la próxima vez —dijo finalmente. No como pregunta de miedo. Como pregunta
de alguien que necesita el mapa completo antes de decidir en qué dirección caminar.

Algo en mí supo, con la misma certeza con que el pacto sabe las cosas que sabe, que
tenía razón. Que esta no iba a ser la última vez. Que Alice Fonua en el mismo espacio
que Vael y yo era el tipo de situación que no se resuelve con una conversación ni con
distancia ni con ninguno de los protocolos que yo había construido para manejar lo
que vivo en la sangre.

—Va a haber una próxima vez —dije.

No lo dije como advertencia. Lo dije como lo que era.

Un hecho.

Alice me miró durante un momento largo.

Después puso la mochila en el piso al lado de la cama.


No dijo nada. Yo tampoco.

Pero la mochila estaba en el piso y no en su espalda y eso era, por ahora, suficiente
información para los dos.

—Quiero hablar con él —dijo Alice.

La miré.

—¿Con quién.

—Con él. —Una pausa. —Con lo que compartís el cuerpo. Con Vael, o como sea que
se llame.

—¿Por qué.

—Porque para terminar de entender la situación necesito escuchar las dos versiones.
—Me miró con esa expresión de quien ya tomó la decisión y solo está esperando que
el otro lado la procese. —Vos me contaste la tuya. Quiero la de él.

Me quedé quieto un momento.

—No funciona así.

—¿Cómo funciona?

—No es un interlocutor que uno convoca cuando quiere tener una conversación.

—Pero está escuchando ahora mismo.

No respondí. Lo cual era, en sí mismo, una respuesta.

Alice lo leyó de inmediato. Por supuesto que lo leyó.

—Entonces puede escucharme si le digo que quiero hablar con él —dijo.

Me pasé la mano por el pelo.

Que era un gesto que no hago. Que es el tipo de gesto que hacen las personas
cuando no saben qué hacer con las manos y yo siempre sé qué hacer con las manos.

—Vael —dije en voz baja. No a Alice. Al fondo, al lugar donde siempre está el fondo,
ese espacio interior que después de trece años conozco tan bien como conozco el
edificio. —Ella quiere hablar con vos.

Silencio interior. Después algo que no eran palabras pero que tenía el peso
específico de una negativa.
—Dejá de ser tan obstinado —dije. —Y hablá.

Otro silencio.

Después el gradiente se desplazó.

(VAEL)

La primera cosa que hice fue mirarla.

No de la forma en que Keil la mira, que es con esa metodología suya de catalogar y
archivar y convertir todo en información útil. La miré de la forma en que miro las
cosas que me interesan, que es completamente, sin filtro, sin el envoltorio que los
humanos le ponen a la atención para que no parezca lo que es.

Ella sostuvo la mirada. Bien.

—Vael —dije. La voz era la misma, el cuerpo era el mismo, pero algo en la cadencia
era diferente, algo en la forma en que el aire alrededor cambiaba de densidad. —
Para que quede claro desde el principio.

Alice parpadeó.

—¿Vael? —dijo.

—El mismo.

—Keil dijo que no eras exactamente convocable.

—Keil dice muchas cosas. —Me senté en la silla con una comodidad que Keil no
habría tenido en este momento. —Algunas son ciertas.

Alice me estudiaba. Lo hacía con esa atención de ella que el pacto había reconocido
desde el principio, esa forma de buscar la estructura debajo de la imagen.

—Antes de empezar —dijo— necesito aclarar algo.

—Adelante.

—Por un momento pensé que te llamabas Belle.

Lo miré.
—¿Belle. —La palabra salió con el peso específico de algo que no puede tomarse en
serio. —¿Quién en su sano juicio se llamaría Belle? —Hice una pausa. —Es un
nombre estúpido.

Algo en la comisura de su boca se movió.

—Es el nombre de un cantante bastante conocido —dijo.

—Mi punto exactamente.

—El punto es que quien en su sano juicio se llamaría Vael. —Me miró. —Es nombre
de niña.

Lo consideré.

—Es un buen punto —dije— viniendo de alguien que tiene el nombre de una
protagonista de película de los noventa. —Una pausa. —Pero en fin. ¿Qué es tan
importante que necesitabas hablar con quien sea que yo sea?

Alice no sonrió del todo. Pero casi.

—¿Keil está escuchando? —dijo.

—No.

—¿Es verdad eso o es lo que le decís a todos?

Me quedé mirándola un momento.

—Es verdad —dije. —Cuando tomo el frente él retrocede. Es la mecánica del


sistema. —Una pausa. —Aunque aprecio que lo hayas preguntado. La mayoría no
pregunta.

—La mayoría probablemente no tiene esta conversación.

—Cierto.

Alice acomodó la mochila a un lado y se quedó mirándome con las manos juntas en
la falda. El gesto de alguien que está por hacer una pregunta que lleva un rato
armando.

—El altercado con las brujas —dijo. —Cuando Keil tenía veintidós años.

—¿Qué pasa con eso.

—Él me dijo que salió muy mal. Que no recuerda bien lo que pasó después. —Me
miró. —Vos tomaste el control.
—Sí.

—¿En qué estado estaba cuando lo hiciste?

Lo consideré. No porque dudara de qué decir sino porque estaba midiendo cuánto
de lo que recordaba podía traducirse a términos que tuvieran sentido para alguien
que no había estado ahí.

—Mal —dije finalmente. —Tres costillas rotas, una de ellas comprometiendo algo
que no debería comprometer. Pérdida de sangre suficiente para que la probabilidad
de que siguiera siendo un problema para alguien fuera considerablemente menor
que la probabilidad alternativa. —Hice una pausa. —Iba a morir. Sin dramatismo.
Como dato.

Alice no cambió de expresión. Pero algo en sus ojos sí.

—¿Y tomaste el control para sanarlo —dijo.

—Entre otras cosas.

—¿Qué otras cosas.

—¿Por qué necesitás saber eso?

—Porque sí.

Lo miré.

—Eso no es una razón.

—Es la única que tengo por ahora. —Me sostuvo la mirada. —¿Qué hiciste en ese
tiempo?

Me recosté en la silla con la comodidad de algo que lleva más siglos de los que ella
podría calcular haciendo exactamente lo que quiere cuando quiere hacerlo.

—Me encargué de un par de cosas —dije. —Sobre esas viejas metidas.

—¿Qué tipo de cosas.

—El tipo de cosas que se encargan cuando alguien casi mata a la persona con la que
compartís cuerpo hace seis años y te parece que eso merece una respuesta.

Alice me miró.

—¿Qué les hiciste —dijo.


Me encogí de hombros. El gesto de quien está describiendo algo completamente
rutinario.

—El círculo que usaron para la invocación —dije— tardó exactamente una semana
en volverse inutilizable. No de forma violenta. Solo dejó de funcionar. Sus
conexiones con las entidades con las que operaban se cortaron. —Hice una pausa. —
Las entidades no reciben bien ese tipo de cortes. Las consecuencias fueron de ellas,
no mías.

Alice estaba completamente quieta.

—¿Y las brujas —dijo.

—Las brujas del círculo principal tuvieron algunos problemas con su magia en los
meses siguientes. Interferencia, podríamos llamarlo. Como estática en una señal. —
Una pausa. —Algunas la recuperaron. Otras no del todo.

—¿Las lastimaste.

—Yo no lastimé a nadie —dije. —Reorganicé algunas cosas. Las consecuencias de esa
reorganización fueron propias de cada sistema afectado.

Alice me miraba con esa expresión que no era exactamente horror pero que era lo
que viene antes del horror cuando la cabeza todavía está procesando.

—Lo estás describiendo como si hubieras ido a comprar pan —dije.

—Es una descripción razonablemente precisa de cómo lo experimenté, sí.

—Eso es perturbador.

—Probablemente. —La miré. —¿Querés que mienta sobre cómo lo experimenté


para que sea menos perturbador?

—No. —Una pausa. —Pero podrías haberlo dicho con algo más de... peso.

—El peso es tuyo, Alice. Yo solo tengo los hechos. El peso de los hechos lo pone
quien los escucha.

Silencio.

Ella miró el piso un momento. Procesando. Desmontando. Buscando la estructura


debajo de lo que acababa de escuchar como hacía con todo.

—¿Por qué no le contás esto a Keil —dijo finalmente.


—Porque Keil tiene una relación complicada con las cosas que hago cuando él no
está disponible. —Hice una pausa. —Es su naturaleza. Tiene límites que yo no tengo
y eso le importa. Le importa mucho.

—¿Y a vos no?

—A mí me importan otras cosas.

—¿Cuáles.

—Que el cuerpo que habitamos siga siendo habitable —dije. —Entre otras.

Alice levantó la vista.

—Si se enterara —dijo— ¿qué pasaría?

Lo consideré con honestidad.

—Keil tiene una capacidad particular para la negación productiva —dije. —Pero hay
cosas que están fuera de esa capacidad. Lo que hice con las brujas está fuera de esa
capacidad. —Hice una pausa. —Si lo supiera empezaría a construir sistemas para
impedirme tomar el control. Protocolos. Límites adicionales. El tipo de arquitectura
interna que los humanos construyen cuando tienen miedo de algo que vive en ellos.

—¿Y eso sería un problema.

—Para él, posiblemente no. Para la probabilidad de que siga vivo en ciertas
situaciones, sí. —La miré. —No le cuento por él. No por mí. Hay una diferencia.

Alice procesó eso.

—¿Sos consciente de que eso es manipulación? —dijo.

—Soy consciente de que es una perspectiva —dije. —La mía. Que es la única que
tengo.

Silencio largo.

—¿Por qué me lo contás a mí entonces —dijo.

—Porque me lo preguntaste. —Una pausa. —Y porque vos no vas a contárselo.

—¿Cómo sabés eso.

La miré durante un momento.

—Porque entendiste lo que acabo de decir sobre lo que pasaría si lo supiera —dije.
—Y eso significa que también entendiste lo que eso implicaría para él. —Hice una
pausa. —Sos suficientemente inteligente para saber que hay información que
protege y que hay información que destruye. Y sos suficientemente honesta para no
confundirlas.

Alice me miró. Sostuvo esa mirada el tiempo suficiente para que yo entendiera que
estaba verificando algo, buscando la trampa en lo que acababa de decir, el ángulo
que yo estaba usando.

No había trampa. Esa era la parte incómoda.

—¿Hay algo más que necesite saber —dijo finalmente.

—Siempre hay más —dije. —Pero por ahora hay algo que sí necesitás saber.

—¿Qué.

—Las cosas van a volver a complicarse. —Lo dije con la misma neutralidad con que
había descrito todo lo demás. —No sé cuándo. No te voy a decir cuándo porque no
lo sé con exactitud y porque aunque lo supiera la información no cambiaría lo que
tenés que hacer. Pero va a pasar.

—¿Y cuando pase?

—Cuando pase voy a estar. —Hice una pausa. —Como estuve la vez de las brujas.
Como estoy siempre que Keil llega a un límite que su cuerpo humano no puede
sostener solo.

—¿Y si yo estoy en el medio?

Lo miré.

Era la pregunta correcta. Era siempre la pregunta correcta con esta mujer, que
llegaba al centro de las cosas con una precisión que no debería haber podido tener
con la información parcial que tenía.

—Si estás en el medio —dije— entonces estás en el medio. —Una pausa. —Y eso
significa que la dinámica de lo que somos los tres va a ser considerablemente más
complicada de lo que es ahora.

—¿Los tres.

—Keil. Yo. Vos. —La miré. —La marca que llevás no es independiente de lo que
somos nosotros. Ya lo sabés. Él te lo dijo esta mañana. Lo que no te dijo, porque
todavía no lo sabe del todo, es que esa conexión no es solo con el pacto. —Hice una
pausa. —Es conmigo también.

Alice no dijo nada.


Lo procesó en silencio, con esa atención que ya reconocía como específicamente
suya, desmontando cada pieza, buscando la estructura.

—Eso es mucho —dijo finalmente.

—Sí —dije. —Lo es.

—¿Y qué se supone que haga con eso.

—Lo que hacés con todo lo demás, supongo. —Me puse de pie. —Lo anotás en el
cuaderno y buscás el sistema.

Algo en su cara cambió. Un movimiento pequeño en la comisura de la boca.

—¿Sabés lo del cuaderno.

—Sé bastante más de lo que Keil cree que sé —dije. —Somos el mismo cuerpo, Alice.
Lo que él observa, yo también lo observo. La diferencia es lo que hacemos con lo que
vemos.

Me acomodé. El gesto de alguien preparándose para retroceder.

—Es hora de volver —dije. —Keil va a tener preguntas sobre cuánto tiempo llevo
acá.

—¿Qué le digo.

—Lo que quieras. —Me encogí de hombros. —Pero te recomiendo que lo que
hablamos sobre las brujas no forme parte de esa conversación. No por mí. —La miré
una última vez. —Por él.

Alice sostuvo mi mirada.

—Lo sé —dijo en voz baja.

—Lo sé —repetí. —Por eso te lo dije.

Y retrocedí.

(KAEL)

Volví de golpe como siempre vuelvo, con el registro de que el tiempo pasó sin que yo
estuviera completamente presente en él y la sensación específica de haber cedido
terreno que ahora tenía que recuperar.
Alice estaba sentada frente a mí mirándome con una expresión que no supe leer del
todo.

Eso no me pasaba.

—¿Cuánto tiempo —dije.

—Suficiente —dijo ella.

La miré.

—¿Qué te dijo.

—Cosas. —Una pausa. —Bastantes cosas.

—¿Qué tipo de cosas.

Alice me miró un momento. En sus ojos había algo nuevo, una capa que no había
estado ahí esta mañana, algo que había entrado en los últimos minutos y que se
había instalado con la firmeza de algo que no iba a irse fácilmente.

—Cosas que necesitaba saber —dijo finalmente.

—Eso no es una respuesta.

—No —dijo. Y algo en su tono, tranquilo, más tranquilo que cualquier tono que le
había escuchado desde que entró al edificio, me dijo que no iba a obtener más que
eso. —No lo es.

La miré durante un momento.

Después decidí que había batallas que no valía la pena pelear esta mañana.

—¿Seguís queriendo irte —dije.

Alice miró la mochila en el piso.

La miró un momento largo.

—Todavía no —dijo.

Y eso, por ahora, era suficiente para los dos.


CAPITULO 3

(ALICE)

Me quedé en el edificio dos días más.

No porque Keil me lo pidiera. No lo pidió. Lo que hizo fue dejar la puerta del
despacho abierta cuando trabajaba y poner café en la cocina a las ocho de la mañana
y no mencionar el portal ni la llave ni ninguna de las cosas que ambos sabíamos que
seguían siendo verdad. Era una forma de retenerme que no parecía retención y que
funcionaba exactamente porque no lo parecía.

Lo anoté en el cuaderno.

Keil Mangiarotti no necesita cerrar puertas para que las puertas estén cerradas.

Lo anoté y lo releí y lo dejé ahí porque era verdad y porque las verdades que
incomodan son las que más necesitan estar escritas.

El segundo día me dejó usar su biblioteca.

No la del estudio, la otra, la que estaba detrás de una puerta en el segundo piso que
yo había asumido que era otro cuarto de huéspedes y que resultó ser una habitación
entera de paredes cubiertas de libros que no eran en su mayoría en italiano. Latín, sí.
Griego, algunos. Pero también idiomas que reconocí por la forma de los caracteres
sin poder leerlos y otros que no reconocí en absoluto, escrituras que no tenían
ningún alfabeto conocido como base.

—¿Podés leer todo esto? —dije cuando me la mostró.

—La mayoría —dijo. —El resto lo entiendo suficiente.

—¿Keil o Vael?

Una pausa brevísima.

—Los dos —dijo. —Por razones distintas.

Me quedé en esa biblioteca cuatro horas el segundo día. Buscando mi linaje,


buscando la marca, buscando cualquier sistema que me diera un mapa de lo que
estaba viviendo. Encontré fragmentos. Referencias oblicuas a linajes del Pacífico en
textos que no deberían haber tenido ninguna razón de mencionarlos. Una anotación
a mano en el margen de un grimorio del siglo dieciséis que decía algo en un idioma
que no reconocí pero que cuando lo fotografié con el teléfono y lo mandé a traducir
por tres aplicaciones distintas ninguna supo qué era.

Lo anoté todo.

Al tercer día Keil entró a la biblioteca a las diez de la mañana y dijo que era hora de
salir.

—¿A dónde —dije sin levantar la vista del libro.

—Hay personas que necesitan verte. —Se quedó en el marco. —Y personas que
necesito que vean que estás conmigo.

Levanté la vista.

—¿Hay diferencia entre las dos cosas?

—Sí. —Me miró. —Las primeras tienen información que necesitamos. Las segundas
necesitan entender que la situación cambió antes de que decidan actuar sobre lo
que sabían antes.

—¿Cuántas facciones saben que estoy en este edificio?

—Dos de tres. —Una pausa. —La tercera lo va a saber hoy independientemente de


lo que hagamos.

—¿Las hadas?

Algo en su expresión cambió. Levemente.

—¿Cómo sabés que son las hadas?

—Encontré referencias en tres libros distintos a movimientos de la corte del norte en


Roma en los últimos seis meses. —Lo miré. —Y en el archivo que dejaste abierto en
el escritorio el martes había un nombre que aparece en dos de esos libros como
representante de la corte en territorio italiano.

Silencio.

—Dejé ese archivo abierto adrede —dijo finalmente.

—Lo sé. —Cerré el libro. —¿Por qué?

—Para ver qué hacías con la información.

—¿Y?
—Tardaste menos de lo que esperaba —dijo. Y en su tono había algo que no era
exactamente aprobación pero que se le parecía de una forma que guardé sin
examinar demasiado. —Las hadas son las más urgentes, sí. Son las que tienen más
que perder si la marca se activa completamente y las que más recursos tienen para
actuar antes de que eso pase.

—¿Y qué hacemos con eso?

—Las vemos primero. —Me miró. —Antes de que ellas decidan verte a vos.

Roma de día era otra ciudad.

Eso lo sabía desde el primer mes, que la Roma que yo conocía, la de los museos y las
bibliotecas y los mercados de la mañana, era una capa encima de otra ciudad que
operaba con reglas distintas. Pero saberlo como dato y verlo con el contexto que
tenía ahora eran cosas completamente diferentes.

Keil caminaba a mi lado con esa quietud suya que ahora yo leía diferente. No era
solo control. Era también señal. El lenguaje corporal de alguien que está
comunicando su presencia al entorno de una forma que el entorno, el entorno real,
el que vive en las capas que yo no había podido ver antes, recibe y procesa.

Cruzamos el Tíber. El Prati quedó atrás.

—¿A dónde vamos —dije.

—Hay un lugar en el Ghetto. Un comercio de superficie que es otra cosa adentro. —


Una pausa. —No hables más de lo necesario cuando entremos. No aceptes nada que
te ofrezcan, comida, bebida, objetos, nada. Si alguien te hace una pregunta directa y
no sabés la respuesta mirame antes de responder.

—¿Por qué?

—Porque las hadas no mienten. —Me miró. —Pero nunca dicen todo directamente.
Cada palabra es una pieza de algo más grande y si no tenés el contexto completo
podés estar respondiendo algo completamente diferente a lo que creés que estás
respondiendo.

—¿Y vos tenés el contexto completo?

—Más que vos. —Una pausa. —Suficiente.

Lo miré.

—Eso no es tranquilizador.

—No pretendía serlo.


El comercio de superficie era una tienda de antigüedades en una calle angosta del
Ghetto que olía a madera vieja y a algo más, ese algo sin nombre que yo ya había
aprendido a reconocer como la señal de que el mundo tenía más capas de las
visibles.

La fachada era completamente mundana. Una vidriera con objetos que podrían estar
en cualquier mercado de antigüedades de Roma. Una puerta de madera con una
campanilla que sonó cuando entramos.

Adentro había una mujer.

Alta, pelo casi blanco aunque no parecía mayor de treinta años, ojos de un color que
cambiaba dependiendo del ángulo desde el que la mirabas. Vestida con algo que era
contemporáneo en el corte pero que tenía una calidad específica, demasiado
perfecta, demasiado exacta, el tipo de ropa que no se fabrica en ninguna fábrica.

Me miró.

No a Keil. A mí.

Con una sonrisa que era completamente encantadora y que no llegaba a ningún
lugar que no fuera la superficie.

—Qué interesante —dijo. En italiano perfecto, sin acento. —Así que es esto lo que
tiene tan ocupado a Mangiarotti últimamente.

—Lirien —dijo Keil. El nombre como saludo y como advertencia al mismo tiempo.

—Keil. —La mujer, Lirien, no apartó los ojos de mí. —¿Vas a presentarme?

—Alice Fonua —dijo Keil. —Lirien es la representante de la corte del norte en Roma.

—Un placer —dije.

—El placer es completamente mío. —Lirien se acercó dos pasos con el movimiento
específico de algo que aprendió a moverse como humano pero que nunca lo fue del
todo. —Hacía tiempo que no veíamos algo tan interesante en esta ciudad.

—¿Algo? —dije.

—Alguien —corrigió. Sin perder la sonrisa. —Por supuesto.

Miré a Keil.

Él me devolvió la mirada con una expresión que decía exactamente esto es a lo que
me refería.
(KEIL)

Lirien era el problema más elegante que había aprendido a manejar en los últimos
cuatro años.

No porque fuera peligrosa en el sentido directo. Las hadas de linaje alto rara vez lo
son de forma directa, eso sería demasiado simple, demasiado sin gracia. Lirien era
peligrosa de la forma en que son peligrosas las cosas que nunca dicen exactamente
lo que quieren decir, que construyen situaciones en lugar de crearlas, que cuando
llegás al punto en que entendés lo que pasó ya estás tres pasos adentro de algo que
firmaste sin saberlo.

Cuatro años de negociaciones con la corte del norte me habían dado suficiente
contexto para moverme en ese espacio. No con comodidad. Con la precisión
necesaria para no cometer errores que no pudiera corregir.

El problema esta mañana era Alice.

Alice, que era inteligente y observadora y que en tres días había encontrado más
información en mi biblioteca de lo que la mayoría de mis asociados encontraría en
un mes, pero que no tenía el contexto específico del idioma de las hadas. Que no
sabía que cada pregunta era una negociación. Que no sabía que aceptar algo,
cualquier cosa, creaba una deuda que Lirien iba a cobrar en el momento y la forma
que más le convenía.

La observé mientras Lirien la estudiaba con esa sonrisa de superficie.

Alice la sostenía. Bien. Pero había algo en su postura, la forma en que procesaba el
entorno, que le decía a alguien que supiera leerla que estaba catalogando
información a alta velocidad y que parte de esa información la estaba incomodando
sin que pudiera nombrar exactamente por qué.

Eso era lo correcto. Ese instinto era correcto.

—Sentémonos —dijo Lirien. No como pregunta.

—Preferimos de pie —dije.

Lirien me miró con esa expresión de diversión genuina que era una de las pocas
cosas reales que le había visto.

—Por supuesto —dijo. —Siempre tan eficiente, Keil. —Se giró hacia Alice. —¿Te
explicó cómo funcionamos nosotros? ¿O te trajo aquí sin el manual completo?

—Me explicó lo suficiente —dijo Alice.


—Lo suficiente. —Lirien repitió las palabras con el sabor de alguien probando algo.
—Qué término tan interesante. ¿Suficiente para qué exactamente?

—Para esta conversación —dije antes de que Alice pudiera responder.

Lirien me miró. La diversión en sus ojos subió un tono.

—¿Le respondés por ella ahora? —dijo.

—Le ahorro tiempo —dije. —Que es lo mismo que ahorrártelo a vos.

—El tiempo es relativo para mí, Keil. Lo sabés.

—El mío no lo es. —La miré. —¿Qué quiere la corte?

Lirien se tomó un momento. El momento de alguien que disfruta el proceso y que va


a tomarse el tiempo que quiera independientemente de lo que yo dijera sobre el
tiempo.

—La corte —dijo finalmente— tiene un interés académico en la marca que lleva tu...
invitada.

—¿Académico? —dije.

—Profundo interés académico. —Sonrió. —Llevamos décadas rastreando ese linaje.


El contacto original fue con uno de los nuestros, ¿sabías eso?

No lo sabía. No lo mostré.

—Continuá —dije.

—La marca que lleva Alice —usó su nombre con la familiaridad específica de alguien
que lo había sabido antes de que yo se lo dijera— es parte de un sistema más
grande. Un sistema que la corte ayudó a diseñar hace cuatro generaciones. —Hizo
una pausa. —Lo que significa que tenemos derechos sobre su activación.

El silencio que siguió tuvo peso.

A mi lado sentí a Alice completamente quieta. Procesando. Con el cuaderno mental


funcionando a velocidad máxima.

—¿Qué tipo de derechos —dije.

—Participación. —Lirien abrió las manos con el gesto de algo completamente


razonable. —No queremos la marca. No queremos a Alice. Queremos estar
presentes cuando se active completamente. Queremos ser parte del proceso.

—¿Por qué?
—Porque lo que se libera cuando esa marca se activa va a cambiar el equilibrio de
poder en esta ciudad. —Me miró. —Y la corte del norte no tiene ninguna intención
de no estar en la mesa cuando eso pase.

(ALICE)

Escuché todo.

Escuché a Lirien hablar sobre mi marca como si fuera un activo, un recurso, una
pieza en un sistema que ella y otros habían diseñado antes de que yo naciera, y lo
procesé con la misma atención con que proceso todo porque era lo único que podía
hacer en este momento que tuviera algún valor.

Derechos sobre su activación.

Mi activación.

Como si yo fuera un mecanismo.

—Una pregunta —dije.

Keil me miró. El look de no en su versión más contenida.

Lirien se giró hacia mí con esa sonrisa que no llegaba a ningún lugar real.

—Por supuesto —dijo.

—¿Cuándo dicen que ayudaron a diseñar el sistema, qué significa eso exactamente
para la persona que lleva la marca?

Lirien me miró un momento. Algo en sus ojos cambió, tan brevemente que casi no
existió, el cambio de alguien que acaba de recalibrar su evaluación de lo que tiene
enfrente.

—Significa —dijo— que el proceso de activación tiene requisitos específicos.


Condiciones que deben cumplirse en orden. —Hizo una pausa. —Condiciones que la
corte conoce y que sin nuestra participación serían difíciles de cumplir
correctamente.

—¿Y si no se cumplen correctamente?

—Consecuencias variables. —Una pausa. —Para la portadora principalmente.

Lo miré.
—¿Eso es una amenaza o información?

Lirien sonrió.

—En nuestra experiencia —dijo— la diferencia entre las dos cosas es principalmente
una cuestión de perspectiva.

Keil puso una mano en mi brazo. Suave. El contacto mínimo de alguien comunicando
suficiente sin palabras.

—Vamos a necesitar tiempo para considerar lo que planteás —le dijo a Lirien. —La
corte va a tener una respuesta antes del final de la semana.

—Por supuesto. —Lirien nos miró a los dos con esa expresión de algo que ya calculó
el resultado y solo está esperando que los otros lleguen al mismo punto. —Tomense
el tiempo que necesiten. —Una pausa. —Aunque el tiempo, como siempre, tiene sus
propias opiniones sobre cuánto está disponible.

Salimos.

La calle afuera olía a Roma normal. Piedra y café y el ruido del tráfico a dos cuadras.
La campanilla de la puerta sonó detrás de nosotros y después silencio.

Caminé media cuadra antes de hablar.

—Diseñaron la marca —dije.

—Eso dicen —dijo Keil.

—¿Les creés?

—Les creo que saben más de lo que mostraron. —Una pausa. —Lo que dicen que
saben y lo que realmente saben son dos cosas distintas con las hadas. Siempre.

—¿Y lo de las consecuencias para la portadora?

Keil no respondió de inmediato.

Eso era su respuesta.

—Bien —dije. —¿Qué no me dijiste antes de entrar que tendría que haberme dicho?

Me miró.

—Varias cosas —dijo.

—Empezá por las más urgentes.


Abrió la boca.

Fue entonces cuando el aire cambió.

No de temperatura. De consistencia. La misma sensación del callejón la primera


noche, la presión en el pecho, la conciencia de algo antes de poder ver qué, pero
esta vez más fuerte, más dirigido, y esta vez yo tenía suficiente contexto para saber
exactamente lo que significaba.

Keil lo sintió al mismo tiempo.

Se giró.

Al fondo de la calle, donde la sombra de los edificios era más densa, había tres
figuras que no se comportaban como las personas se comportan en una calle de
Roma a las once de la mañana. Demasiado quietas. Demasiado orientadas.

Hacia mí.

—Keil —dije en voz baja.

—Lo veo. —Su voz completamente plana. La voz de alguien que ya está calculando.
—Caminá. No corras. Pegada a mí.

—¿Son de la corte?

—No. —Una pausa que duró exactamente lo que duró su mirada sobre las figuras. —
Son de la segunda facción.

—¿Cuál es la segunda facción.

—La que menos quería que se adelantara. —Me miró un segundo. Algo en sus ojos
estaba cambiando, el verde oscureciéndose, el gradiente desplazándose. —Caminá,
Alice. Ahora.

Caminé.

Detrás de nosotros las tres figuras empezaron a moverse.

Y en la palma de la mano de Keil, que rozaba la mía mientras caminábamos, sentí el


calor específico de la cicatriz ardiendo.

No como señal de alerta.

Como preparación.
(KEIL)

Caminamos.

El Ghetto de Roma tiene calles que se angosta sin avisar, que doblan sobre sí mismas
con la lógica de algo construido para perderse en él, para que quien no lo conoce
termine exactamente donde quien lo conoce quiere que termine. Lo conocía. Lo
había caminado suficientes veces de día y de noche y en condiciones que no eran
ninguna de las dos cosas.

Lo que no controlaba era el perímetro que se estaba cerrando.

Las tres figuras detrás. Distancia calculada, ni demasiado cerca para provocar
reacción inmediata ni demasiado lejos para que pudiéramos ganar terreno real. El
movimiento de algo que tiene instrucciones precisas y tiempo suficiente para
ejecutarlas.

Demonios menores. Los reconocí por la forma en que el aire se desplazaba alrededor
de ellos, ese efecto de densidad que tienen las entidades que existen parcialmente
fuera del plano visible. No eran poderosos en sí mismos. Pero tenían dueño, lo que
significaba que el poder real estaba en algún lugar que yo no podía ver todavía,
moviendo las piezas desde afuera del tablero.

—Seguí caminando —le dije a Alice en voz baja.

—Sigo caminando —dijo. —¿A dónde?

—Hacia la Via del Portico. Hay más gente. Los demonios menores no actúan frente a
mundanos, es demasiado ruido para quien los controla.

—¿Y si quien los controla no le importa el ruido?

Era la pregunta correcta. La guardé sin responderla porque la respuesta no era


tranquilizadora.

Doblamos a la izquierda.

La figura apareció.

Frente a nosotros. A ocho metros, en el centro del callejón que debería haber
llevado a la calle principal. Una sola figura esta vez, diferente a las tres de atrás. Más
quieta. Más densa. Con la presencia específica de algo que lleva más tiempo en este
plano que los otros tres juntos.

No era menor.
Eso cambió el cálculo.

Puse el brazo delante de Alice sin pensarlo, el movimiento reflejo de alguien


poniendo su cuerpo entre ella y lo que tenía enfrente, y sentí el momento exacto en
que ella procesó el gesto porque su respiración cambió, no de miedo sino de alguien
recalibrando la situación con información nueva.

—¿Rodeados? —dijo en voz baja.

—Sí.

—¿Qué nivel es el de adelante?

—Mayor que los de atrás.

—¿Cuánto mayor?

—Suficiente para que esto sea un problema real.

Detrás de nosotros los tres habían parado. La calle angosta, los edificios a ambos
lados sin salida visible, el olor a algo que no era Roma normal filtrándose por el aire
de la mañana con la sutileza de algo que no necesita esconderse porque ya ganó la
posición.

La cicatriz ardía. No como señal. Como preparación.

Vael.

Lo llamé hacia adentro, hacia el fondo donde siempre está el fondo, con la urgencia
específica de alguien que necesita los recursos que tiene disponibles y los necesita
ahora.

La respuesta llegó de inmediato. No en palabras sino en presión, ese desplazamiento


del gradiente empujando desde adentro hacia afuera, Vael moviéndose hacia el
frente con una velocidad que en cualquier otra circunstancia habría dejado tomar.

De día, le dije. Hay mundanos a dos calles.

La presión se detuvo.

Después, en el espacio donde Vael se comunica sin palabras, algo que era
inequívocamente irritación.

Lo sé, le dije. Contenete.

(VAEL)
Contenerme.

Trece años de pacto y Keil todavía me decía que me contuviera como si fuera una
sugerencia razonable para hacer a alguien que podría resolver esta situación en
cuatro minutos y sin dejar que esos tres demonios de segunda categoría y su amigo
el mayor se creyeran que habían acorralado a algo que merecía su tiempo.

Pero bien.

De día. Mundanos. Protocolo.

Miré la situación desde adentro con la paciencia de algo que lleva siglos aprendiendo
cuándo el momento correcto es ahora y cuándo es después. El demonio mayor al
frente era problema real, sí. Tenía antigüedad, tenía instrucciones directas de
alguien con poder suficiente para invocarlo, y estaba completamente orientado
hacia Alice con la fijación específica de algo que tiene un objetivo claro y no tiene la
sofisticación necesaria para fingir que no.

Los tres menores de atrás eran ruido. Numérico, no estratégico.

El problema real era el dueño. Que no estaba visible. Que estaba en algún punto
fuera del callejón moviendo esto desde una distancia que lo mantenía fuera de
cualquier consecuencia directa.

Y Alice.

Alice parada detrás del brazo de Keil, completamente quieta, con esa atención suya
funcionando a velocidad máxima, catalogando lo que podía ver y lo que podía sentir
y construyendo un mapa de la situación con información que la mayoría de los
humanos no habría podido procesar en este contexto.

Interesante.

La marca pulsaba. Lo sentía desde adentro, esa frecuencia específica de algo


activándose en respuesta a la amenaza, buscando la forma de hacer lo que fue
diseñada para hacer.

Todavía no sabía usarla. Eso era el problema.

Pero estaba despertando.

Si le tocan un pelo, me dijo Keil desde el fondo, me lo debés.

No te debo nada, dije..


Me lo debés y los dos lo sabemos. Y cuando me lo cobrés voy a tomar agua tibia
durante una semana como la última vez.

Pausa.

Eso sabe a pis, dije.

Exactamente.

(KAEL)

El demonio mayor dio un paso hacia nosotros.

No atacó. Los demonios mayores no atacan directamente cuando tienen


instrucciones de entrega. Atacan cuando el objetivo resiste lo suficiente para que la
entrega se vuelva imposible y la eliminación sea la siguiente opción en la lista.

Todavía estábamos en el primer escenario.

—Mangiarotti. —La voz del demonio era italiana pero con una cadencia que no era
humana, demasiado plana, sin la música que tiene el italiano cuando lo habla alguien
que creció con él. —La chica viene con nosotros. Vos seguís tu día.

—No —dije.

—No es una negociación.

—Lo sé. Tampoco lo es mi respuesta.

El demonio me miró con la evaluación de algo calculando variables. Cuánto poder


tenía yo. Cuánto estaba dispuesto a usar. Si el costo de forzar la situación era mayor
que el beneficio de tener a Alice sin resistencia.

Detrás de nosotros los tres menores se acercaron dos pasos.

Alice no se movió.

—Keil —dijo en voz baja. No de miedo. Con el tono específico de alguien que tiene
información y necesita comunicarla sin que el demonio mayor escuche. —Hay algo
pasando con mi mano.

La miré rápido. Su mano derecha, la que tenía al costado del cuerpo, tenía algo que
no estaba ahí hace treinta segundos. Un pulso de luz muy suave bajo la piel, dorado,
casi imperceptible, el tipo de cosa que en plena luz del día la mayoría de la gente
habría confundido con el reflejo del sol.

La marca.

Se estaba activando sola en respuesta a la amenaza y Alice no tenía ningún control


sobre eso y ningún contexto para saber qué hacer con ello.

El demonio mayor lo vio también.

Su expresión cambió.

—Interesante —dijo. Y ahora sí había algo en el tono, algo que no era solo
instrucciones sino interés propio. —Más urgente de lo que pensábamos.

Se movió.

(ALICE)

Fue rápido.

Eso fue lo primero que registré. Que algo que parecía tan quieto podía moverse tan
rápido, con esa velocidad que no es humana porque los humanos tienen fricción
cuando se mueven, resistencia, el tiempo que tarda el cuerpo en convencer a la física
de que se aparte. Esto no tenía fricción.

Keil se interpuso.

No vi exactamente qué hizo. Vi el resultado: el demonio mayor que había estado a


ocho metros estaba ahora a dos y Keil estaba entre los dos con una mano extendida
y algo en esa mano que hacía que el aire alrededor pulsara con la misma frecuencia
que la cicatriz en su palma.

El sello. El perímetro. Lo que el pacto le daba para proteger territorio.

Pero esto no era el edificio. No era luna llena. Los recursos eran distintos y yo no
sabía exactamente cuáles eran y cuánto duraban y Keil no tenía tiempo de
explicármelo.

Detrás de mí los tres menores.

Me giré.
Estaban a cuatro metros. Dos metros. Y lo que sentía cuando los miraba no era solo
miedo sino esa otra cosa, la que había empezado en mi mano y que ahora subía por
el brazo sin que yo le diera permiso, ese pulso dorado bajo la piel que no era
temperatura sino algo más parecido a presión buscando salida.

No sabía qué era.

No sabía cómo usarlo.

Pero sabía, con la certeza irracional de alguien que encontró algo en el cuerpo que
no sabía que tenía, que quería salir.

—No lo hagas —dijo Keil detrás de mí. Sin volumen. Sin apartar los ojos del demonio
mayor. —Todavía no sabés qué pasa si lo soltás.

—¿Y si no lo suelto qué pasa?

—Que me encargo yo.

—¿Con qué?

Pausa brevísima.

—Con lo que tengo.

El demonio mayor atacó.

(KEIL)

El impacto fue físico.

No magia, no poder sobrenatural en el sentido abstracto. Fuerza bruta de algo que


lleva décadas en este plano y que tiene una densidad que los cuerpos humanos no
tienen. Me golpeó con suficiente peso para que el callejón cambiara de orientación
por un segundo, la pared del edificio contra mi espalda, el aire saliendo de los
pulmones con la brusquedad de algo que no estaba planeado.

Sostuve.

No porque pudiera sostener indefinidamente sino porque soltar no era opción.

Vael.
Hay mundanos, dijo Vael. Con la paciencia de alguien que lleva rato esperando que
yo llegara a esta conclusión solo.

Dos calles. No pueden vernos desde acá.

¿Estás seguro?

No estaba seguro. Pero las opciones que tenía sin Vael se estaban reduciendo con la
velocidad específica de algo que se acaba.

Parcialmente, le dije. Solo lo necesario.

Sentí la sonrisa. No tenía forma física pero la sentí igual, esa vibración específica de
algo que lleva rato esperando permiso y que no va a desperdiciarlo.

Parcialmente, dijo Vael. Por supuesto. Lo que vos digas, Keil.

El gradiente se desplazó.

(VAEL)

Parcialmente.

Doce segundos. Eso era lo que Keil me estaba dando y los dos lo sabíamos.

Doce segundos era suficiente.

El demonio mayor me miró cuando los ojos cambiaron. El rojo en los bordes, la
densidad diferente, el aire del callejón comprimiéndose hacia adentro de la forma en
que se comprime cuando algo que no es completamente humano decide que ya tuvo
suficiente paciencia.

—Eso —dije— es un error de evaluación de tu parte.

El demonio mayor recalibró. Demasiado tarde.

Lo que hice en los siguientes doce segundos no fue violento en el sentido en que los
humanos entienden la violencia. No hubo sangre, no hubo daño visible, no hubo
nada que alguien mirando desde afuera pudiera describir con certeza en un informe.
Fue más quirúrgico que eso. El tipo de intervención que trabaja sobre lo que una
entidad es en lugar de sobre lo que tiene, que toca el punto donde el demonio y sus
instrucciones se conectan y desconecta esa conexión con la precisión de algo que
sabe exactamente dónde está ese punto porque lleva siglos sabiendo dónde están
esos puntos en todo.
El demonio mayor se detuvo.

Los tres menores se detuvieron.

No porque yo los detuviera. Sino porque sin la conexión con quien los controlaba no
tenían instrucciones y sin instrucciones los demonios menores son lo que son: ruido
sin dirección.

Cinco segundos. Siete.

Me giré hacia Alice.

Estaba mirándome con esa expresión suya de catalogar, con el pulso dorado todavía
activo bajo la piel de su mano pero más quieto ahora, respondiendo a la disminución
de la amenaza como respondería un sistema de alarma cuando la alarma cede.

—Bien —dije. —Eso fue lo necesario.

—¿Vael? —dijo.

—El mismo. —La miré. —¿Estás bien?

—Sí. —Una pausa. —¿Qué hiciste?

—Lo necesario. —Me encogí de hombros. —Y por si te lo estabas preguntando, si


alguno de esos tres te hubiera tocado Keil me habría hecho tomar agua tibia durante
una semana.

Alice parpadeó.

—¿Qué?

—Es un castigo. No te cuento los detalles pero es horrible. Esa cosa sabe a pis. —
Hice una pausa. —Así que en parte fue altruismo genuino.

Algo en su cara cambió. Ese movimiento en la comisura de la boca que yo ya


reconocía.

—Gracias —dijo.

—No me agradezcas todavía. —Miré el callejón. Los demonios seguían quietos pero
no iban a seguir así indefinidamente y el dueño, dondequiera que estuviera, ya sabía
que algo había salido mal. —Doce segundos se acabaron. Keil va a tener preguntas.

Vael.

Ahí estaba.
Ya sé, le dije. Ya voy.

¿Qué hiciste?

Lo necesario.

Eso no es una respuesta.

Es la única que tenés por ahora.

Retrocedí.

(KAIL)

Volví con el sabor específico de haber cedido terreno y la certeza de que lo que Vael
había hecho en esos doce segundos era más de lo que iba a contarme.

Lo guardé para después. Había cosas más urgentes.

Los demonios seguían en el callejón pero sin dirección, sin instrucciones, con esa
desorientación de algo que perdió el hilo de lo que se supone que debe hacer. No
iban a estar así mucho tiempo. Quien los controlaba iba a reconectar o iba a
retirarlos o iba a escalar, y ninguna de esas tres opciones era conveniente para
nosotros en este callejón.

Agarré a Alice de la mano.

—Caminá —dije.

Caminamos.

Fue en la segunda calle, cuando el Ghetto empezó a abrirse hacia el Lungotevere y la


gente normal de Roma apareció con su normalidad completamente ajena, cuando el
callejón quedó atrás y la presión en el pecho empezó a ceder, cuando Alice se
detuvo.

—Keil.

Me giré.

Su mano derecha. El pulso dorado que había visto antes había cambiado. No más
suave. Más extendido. Subía por la muñeca hasta el antebrazo con la luminosidad
específica de algo que encontró un canal y estaba explorando hasta dónde podía
llegar.
Y alrededor de nosotros, en el radio de dos metros, las sombras de la calle se habían
reorganizado.

No dramáticamente. No de forma que alguien mirando desde la distancia pudiera


describir con certeza. Pero estaban ahí, más densas de lo que la luz del día debería
permitir, formando un perímetro que Alice no había construido conscientemente y
que el pacto reconoció de inmediato como algo que venía de la marca.

—No lo estoy controlando —dijo Alice. La voz tranquila, con el esfuerzo visible de
alguien usando la calma como herramienta. —Está pasando solo.

—Lo sé.

—¿Qué está pasando?

—Tu marca respondió a la amenaza y no sabe cómo volver al estado anterior porque
nunca había salido antes. —La miré. —Es como un músculo que usaste por primera
vez. No sabe dónde está el descanso.

—¿Cómo lo detengo?

—No lo detenés. Lo guiás. —Me acerqué. —Mirame.

Me miró.

—Respirá —dije. —Despacio.

—Estoy respirando.

—Más despacio.

Respiró. Yo sostuve su mirada, los ojos color miel con algo nuevo en el centro, esa
luz que no era de ella pero que era completamente suya al mismo tiempo, y esperé.

Las sombras cedieron.

El pulso dorado bajó de intensidad despacio, en capas, primero el antebrazo y


después la muñeca y después la mano hasta que quedó donde había empezado,
quieto bajo la piel, contenido.

Alice exhaló.

—Eso —dijo— fue demasiado.

—Sí.

—Y todavía no terminó.
—No.

Levantó la vista hacia algo detrás de mí.

Me giré.

Lirien estaba apoyada en la pared del edificio de enfrente con los brazos cruzados y
la expresión de alguien que llegó exactamente cuando calculó que necesitaba llegar.
A su lado había dos figuras que no eran humanas y que no estaban haciendo ningún
esfuerzo por parecerlo.

—Qué situación tan desafortunada —dijo Lirien. —Por suerte pasábamos por acá.

—No pasabas por acá —dije.

—No. —Sonrió. —¿Necesitan ayuda para salir del perímetro que el dueño de esos
demonios está construyendo alrededor de esta cuadra?

Lo miré.

Perímetro. No lo había sentido todavía porque había estado concentrado en Alice y


en los demonios y en demasiadas cosas al mismo tiempo. Pero ahora que Lirien lo
nombraba lo sentí. El sello que alguien estaba tejiendo alrededor de la cuadra con la
paciencia de algo que tiene tiempo y recursos y que no necesita apurarse porque ya
tiene la posición.

Territorio neutral sobrenatural. El tipo de trampa que no se siente hasta que ya estás
adentro.

—¿Qué querés a cambio? —dije.

Lirien abrió las manos.

—Un favor —dijo. —A definir más adelante.

—No.

—Keil. —Su voz con esa paciencia de algo que ya sabe el resultado. —El perímetro va
a cerrarse completamente en aproximadamente ocho minutos. Después no hay
salida sin confrontación directa con quien lo está construyendo que, te aseguro, es
considerablemente más que los demonios menores que acabás de manejar. —Hizo
una pausa. —Un favor. A definir más adelante. Dentro de parámetros razonables.

—Define razonables.

—Nada que comprometa la vida de ninguno de los dos. Nada irreversible sin
consentimiento. —Me miró. —La corte del norte no opera en esos términos, Keil. Lo
sabés.
Lo sabía.

También sabía que un favor de hada a definir más adelante era exactamente el tipo
de deuda que se volvía lo que la hada necesitaba que fuera en el momento que más
convenía cobrarla.

Pero el perímetro se estaba cerrando.

—De acuerdo —dije.

Alice me miró.

—¿Acabás de aceptar un favor en blanco de un hada? —dijo en voz baja.

—Sí.

—¿Y eso es inteligente?

—No. —La miré. —Pero es lo que hay.

Lirien sonrió y levantó una mano y el aire del perímetro se abrió como se abre una
tela cuando alguien la corta con algo exacto, limpio, sin bordes.

Salimos.

Llegamos al edificio a las doce y cuarto.

Lo que Vael había hecho en el callejón me había costado algo que todavía no había
terminado de cuantificar. Lo noté cuando subí las escaleras y la energía que
normalmente tengo para sostener los dos pisos no estaba del todo. Lo noté cuando
entré al despacho y la pantalla encendida me produjo un cansancio ocular que no
era normal.

El costo de ceder el gradiente era siempre físico. Siempre. Era la mecánica del
sistema, que lo que Vael usa no viene de la nada sino de recursos compartidos y que
cuando él usa más de lo que el cuerpo puede generar solo el déficit se cobra de
alguna forma.

Esta vez el déficit era suficiente para que me importara.

Me senté. Puse las manos planas sobre el escritorio. Respiré.

Alice entró detrás de mí. Me miró. Miró las manos. Miró mi cara.

—¿Qué te pasó? —dijo.

—Nada grave.
—Eso no responde la pregunta.

—Hay un costo cuando el gradiente se desplaza. —La miré. —Físico. Pasa siempre.

—¿Cuánto costo?

—Manejable.

—Keil.

—Manejable, Alice.

Me miró durante un momento con esa expresión que tenía cuando había detectado
que yo estaba dosificando y que había decidido dejar pasar la dosificación por ahora
pero que no la olvidaba.

Después fue a la cocina.

Volvió con agua y la puso frente a mí en el escritorio sin decir nada.

La miré.

—Agua —dije.

—Agua —confirmó. Se sentó en la silla frente al escritorio. —¿Qué es el favor que le


debés a Lirien?

—Todavía no lo sé.

—¿Y eso no te preocupa?

—Me preocupa considerablemente. —Bebí el agua. —Pero me preocupa menos que


la alternativa.

—¿Qué era la alternativa?

La miré.

—Que quien construyó ese perímetro nos tuviera adentro sin salida y sin los
recursos suficientes para manejar lo que habría venido después. —Hice una pausa.
—Con vos ahí.

Alice procesó eso.

—¿Quién construyó el perímetro? —dijo.

—La tercera facción. —La miré. —La que menos quería que se adelantara.
—¿Qué son?

Hice una pausa.

—Eso —dije— es la conversación que vamos a tener esta tarde. Cuando me recupere
lo suficiente para tenerla bien.

Alice me miró un momento.

Después abrió la mochila, sacó el cuaderno, y empezó a escribir con la caligrafía


rápida de siempre.

No me preguntó qué estaba escribiendo. No necesitaba preguntarlo.

Estaba construyendo el mapa.

Con lo que tenía, con lo que le había dado yo, con lo que había visto y sentido y
catalogado en las últimas tres horas en las calles del Ghetto.

Lo estaba construyendo sola.

Bebí el agua y la observé y algo en la palma derecha, sobre la cicatriz que seguía fría,
siguió siendo exactamente lo que había sido desde la primera noche.

Un problema sin protocolo.

El único tipo que no sabía cómo manejar.


CAPITULO 4

(ALICE)

El favor de Lirien llegó tres días después.

No como pregunta. Como notificación.

Un sobre deslizado por debajo de la puerta del despacho a las siete de la mañana,
con el sello de la corte del norte en cera blanca y adentro una sola hoja con una sola
línea escrita en una caligrafía que era demasiado perfecta para ser humana.

Esta noche. Alice viene sola. Dirección al dorso.

Keil lo leyó dos veces. Después lo puso sobre el escritorio con el cuidado excesivo de
alguien que está usando el movimiento físico para no hacer otra cosa.

—No —dijo.

—Todavía no dijiste que no a Lirien —dije.

—Lo estoy diciendo ahora.

—Aceptaste el favor en blanco. —Lo miré. —Dentro de parámetros razonables,


dijiste. Nada que comprometa la vida. Nada irreversible.

—Ir sola compromete—

—Mi vida está comprometida desde que entré a tu edificio, Keil. —Me levanté. —
¿Qué quiere Lirien?

—No lo sé todavía y eso es exactamente el problema.

—Entonces averigualo. —Agarré el sobre. —Tenés hasta esta tarde.

Me miró con esa expresión. La del control absoluto sosteniendo algo que no quería
ser sostenido.

—No vas a ir sola —dijo.

—El sobre dice—

—El sobre dice lo que Lirien quiere que diga. —Se levantó. —Voy a hablar con ella.
Hoy. Y vos no vas a ningún lado hasta que yo vuelva.
—¿Me estás dando una orden?

—Te estoy dando información sobre lo que va a pasar.

Lo miré durante tres segundos.

—Bien —dije. —Pero si a las seis no volviste voy yo.

Abrió la boca.

—A las seis —repetí.

Salió.

***

Keil no volvió a las seis.

Volvió a las ocho con la mandíbula apretada y algo en los ojos que no era el rojo de
Vael sino algo más humano, más frío, la expresión de alguien que acaba de tener una
conversación que salió exactamente tan mal como esperaba.

—¿Qué quiere? —dije.

Se sentó. No respondió de inmediato.

—Keil.

—Información —dijo. —Quiere que le cuentes lo que sabés sobre tu marca. Lo que
sentiste en el callejón. Cómo funciona desde adentro. —Hizo una pausa. —Dice que
tiene información a cambio. Sobre el origen de la marca. Sobre quién la diseñó y por
qué.

Lo procesé.

—¿Y eso es todo?

—Dice que es todo.

—¿Le creés?

—No completamente. —Me miró. —Pero tampoco creo que mienta sobre la
información que tiene. Las hadas no ofrecen lo que no pueden dar. Es parte de cómo
operan.

—¿Y si acepto?
—Quedamos en paz con el favor. —Una pausa. —Y sabemos más sobre tu marca de
lo que sabemos ahora.

—¿Cuál es el riesgo real?

—Que lo que te cuente cambie algo. —Me miró con esa expresión que tenía cuando
estaba diciéndome más de lo que las palabras contenían. —Que la información que
Lirien tiene sobre el origen de tu marca sea el tipo de información que no podés
desaprender.

Lo miré.

—¿La tenés vos también?

Silencio.

—Parte de ella —dijo.

—¿Qué parte?

Otra pausa. La del alguien eligiendo.

—Esta noche —dijo. —Primero Lirien. Después yo te cuento lo que sé.

No era suficiente. Pero era lo que tenía.

—De acuerdo —dije. —Pero voy con vos.

Esta vez no discutió.

La dirección del dorso del sobre llevaba a un palazzo en el Aventino que desde
afuera era lo que parecía, viejo, cerrado, con la quietud específica de los edificios
que llevan décadas sin uso visible. Adentro era otra cosa.

Lirien nos recibió en una sala que no tenía las proporciones correctas para el edificio
que la contenía, demasiado alta, demasiado amplia, con una luz que no venía de
ninguna fuente identificable y que hacía que todo tuviera una nitidez ligeramente
excesiva.

—Alice. —La sonrisa de superficie. —Gracias por venir.

—No tuve muchas opciones —dije.

—Siempre hay opciones. —Se giró hacia Keil. —Vos esperás afuera.

—No.
—Keil. —Lirien con la paciencia de algo que no necesita apurarse. —El trato era con
Alice. Tu presencia contamina lo que necesito que me cuente. Tus reacciones le van
a decir lo que puede y no puede decirme y eso no me sirve. —Hizo una pausa. —
Afuera. O el trato se rompe y el favor queda pendiente.

Keil me miró.

Yo lo miré.

—Voy a estar en el portal —dijo en voz baja. —Si algo—

—Lo sé —dije.

Salió.

Lo que Lirien me contó duró cuarenta minutos.

No voy a escribirlo todo en el cuaderno esta noche porque algunas cosas necesitan
tiempo antes de volverse palabras y esta es una de esas cosas. Lo que puedo escribir
es el contorno, la forma de lo que supe sin los detalles que todavía me pesan
demasiado para transcribirlos.

La marca en mi linaje fue diseñada hace cuatro generaciones. No por las hadas,
aunque la corte del norte participó. Fue diseñada por una alianza, varios grupos con
intereses distintos que encontraron un punto de convergencia: crear una llave. Algo
que en el momento correcto, con el activador correcto, abriera acceso a un tipo de
poder que ninguno de los grupos podía obtener solo.

La llave era el linaje. Yo era la llave.

No la primera. Había habido otras portadoras antes de mí, en generaciones


anteriores, que por distintas razones no llegaron al punto de activación. Mi abuela.
La madre de mi abuela. Mujeres de mi línea que la marca había estado construyendo
durante décadas, acumulando, esperando.

—¿Y el activador? —dije.

Lirien me miró con esa expresión de quien ya sabe la respuesta y está esperando que
yo llegue sola.

Pensé en la cicatriz. En la noche del portal. En el ritual que no era un beso.

—El pacto de los Mangiarotti —dije.

—Específicamente —dijo Lirien— lo que vive dentro del pacto de los Mangiarotti. —
Hizo una pausa. —El marcaje que ocurrió en el edificio no fue accidental, Alice. No
fue el pacto actuando solo. Fue el sistema haciendo lo que fue diseñado para hacer
desde el principio. El pacto y tu marca fueron construidos para encontrarse. Para
activarse mutuamente.

Lo procesé.

—¿Keil sabe esto? —dije.

—Keil sabe parte. —Una pausa. —Lo que no sabe es quién diseñó el sistema
completo. Quién puso las piezas en su lugar. —Me miró. —¿Querés saberlo?

—Sí.

—Lorenzo Caretti —dijo.

El nombre aterrizó en el silencio de la sala con el peso específico de algo que cambia
la forma de las cosas sin que nada visible se mueva.

Mi padre.

(KEIL)

Alice salió del palazzo a las diez y cuarto.

La vi desde el portal y supe de inmediato que algo había cambiado. No en lo visible,


no en la postura ni en el paso. En algo más interno, más difícil de nombrar, la
diferencia entre alguien que entró a una habitación con un mapa incompleto y salió
sin mapa del todo.

No le pregunté en la calle. Esperé.

Caminamos de vuelta en silencio. El Aventino, el Circo Massimo, el Lungotevere.


Roma de noche con su indiferencia habitual.

Fue cuando entramos al edificio, cuando el portal se cerró detrás de nosotros y el


sello del perímetro se activó y el mundo de afuera quedó del otro lado, que Alice se
detuvo en el hall y se giró.

—Lorenzo Caretti —dijo.

Me quedé quieto.

—¿Lo conocés? —dijo.

—Conozco el nombre.
—¿Cuánto más que el nombre?

La miré. En sus ojos había algo que no había visto antes, no la rabia de la mañana del
despacho ni la determinación del callejón. Era algo más quieto y más frío, la
expresión de alguien que recibió un golpe en un lugar que no tenía defensa
construida.

—Alice—

—¿Cuánto sabías, Keil?

—Poco. Menos de lo que debería. —Hice una pausa. —Sabía que el nombre aparecía
en los archivos de la tercera facción. Sabía que había una conexión con tu linaje. No
sabía la magnitud de esa conexión hasta—

—¿Hasta cuándo?

—Hasta hace tres días.

Silencio.

—Tres días —dijo. En voz baja.

—Sí.

—Y no me dijiste nada.

—Necesitaba verificar antes de—

—No me dijiste nada. —No era pregunta. Era el cierre de algo, el click que ya había
escuchado antes en la cocina la mañana después de la primera noche, ese sonido de
alguien cerrando una puerta por dentro. —Es mi padre, Keil. Es información sobre mi
padre y la tuviste tres días y no me dijiste nada.

No respondí.

Porque no había respuesta que no fuera verdad y la verdad era que había calculado
el momento correcto para decírselo con la misma metodología con que calculaba
todo y esa metodología esta noche no tenía ninguna defensa válida.

—Mañana —dije. —Te cuento todo mañana. Esta noche—

—Esta noche nada. —Se giró hacia la escalera. —Esta noche no quiero escucharte.

Subió.

Yo me quedé en el hall con el peso específico de haber calculado mal y el


conocimiento más incómodo de que lo había calculado mal a propósito, que había
elegido el control sobre la honestidad porque el control era lo que siempre elegía y
que esa elección esta noche tenía un costo que no había incluido en el cálculo.

Me fui al despacho.

Abrí el archivo de Lorenzo Caretti.

Y Nico me llamó a las once y cuarto con la voz de alguien que tiene noticias que no
quiere dar.

—Habla —dije.

—La chica del doctorado —dijo Nico. —Martina Greco. La que convenció a Alice de
salir la noche que entró al edificio.

Algo en el pecho se apretó.

—¿Qué pasó.

—La encontraron esta mañana. —Pausa. —En el Tíber.

El silencio que siguió tuvo un peso que no era solo información. Era la confirmación
de algo que había estado en el borde de mis cálculos sin que yo quisiera mirarlo
directamente: que quien movía los demonios menores no tenía límites que yo
hubiera subestimado.

—¿Cómo —dije.

—Limpio —dijo Nico. —Sin marcas físicas. El tipo de muerte que no deja rastro
visible pero que en el mundo en que vivimos nosotros tiene una firma muy
específica.

—Vampiro.

—Sí.

—¿Clan?

—Caretti.

Cerré los ojos un segundo. Uno solo.

—¿Alice lo sabe? —dijo Nico.

—Todavía no.

—Keil. Si Caretti mató a la chica para mandar un mensaje—


—Lo sé.

—El mensaje es que puede llegar a cualquiera que esté cerca de Alice. —Pausa. —
Que no hay perímetro suficiente.

—Lo sé, Nico.

—¿Qué hacemos?

Miré el archivo abierto en la pantalla. Lorenzo Caretti. Convertido por voluntad


propia hace doce años. Sin contacto registrado con Alice desde que ella tenía cuatro
años. Clan de linaje medio con recursos suficientes para mover demonios menores y
para llegar a una estudiante de doctorado sin dejar rastro visible.

Y la tercera facción. La que había construido el perímetro en el Ghetto. La que había


esperado más que las otras dos porque tenía más información que las otras dos y
sabía que el tiempo trabajaba a su favor.

—Esta noche nada —dije. —Mañana temprano necesito que tengas todo lo que
puedas conseguir sobre los movimientos del clan Caretti en los últimos seis meses.
Propiedades, contactos, territorio en Roma. Todo.

—De acuerdo.

—Y Nico. —Hice una pausa. —Nadie más sabe lo de Martina todavía.

—Entendido.

Colgué.

Me quedé mirando la pantalla. El archivo. El nombre.

Arriba Alice estaba en el cuarto de huéspedes sin saber que la única persona en
Roma que había intentado darle algo parecido a una vida normal acababa de
aparecer en el Tíber.

Sin saber que quien la mandó matar era su padre.

Sin saber que yo lo sabía desde hace tres días y había calculado el momento correcto
para decírselo.

No había momento correcto para esto.

Nunca lo había habido.

Subí la escalera.
(ALICE)

Llamé tres veces al teléfono de Martina esa noche.

No porque tuviera razón específica para llamar. Sino porque después de lo que Lirien
me había contado y del silencio del camino de vuelta y de la conversación en el hall,
necesitaba escuchar la voz de alguien que no formara parte de nada de esto. Alguien
que me preguntara cómo estaba y lo preguntara de verdad, sin agenda, sin
información dosificada, sin el peso de sistemas diseñados antes de que yo naciera.

Martina no atendió.

La primera vez pensé que dormía. La segunda pensé que tenía el teléfono en
silencio. La tercera dejé de pensar y empecé a sentir algo en el pecho que no era
ansiedad sino esa otra cosa, la que viene antes de que la cabeza pueda nombrar lo
que el cuerpo ya sabe.

Estaba escribiendo en el cuaderno cuando escuché los pasos en el pasillo.

Pesados. Lentos. Keil.

Pero con algo diferente esta vez. No la cadencia del control. La cadencia de algo que
no sabe exactamente cómo hacer lo que viene a hacer.

Golpeó la puerta.

—Entrá —dije.

Entró.

Se quedó en el marco con las manos a los lados y la expresión que no era ninguna de
las expresiones que le conocía. No el control. No la evaluación. No la dosificación.

Era la expresión de alguien que tiene algo que decir y que sabe que decirlo va a
romper algo que no va a poder rearmarse de la misma forma.

Lo miré.

Él me miró.

Y en ese segundo, antes de que dijera una sola palabra, supe.

No exactamente qué. Pero supe que lo que venía era del tipo de cosas que dividen la
historia en antes y después.
Keil estaba en el marco de la puerta con las manos a los lados y la expresión que no
era ninguna de las expresiones que le conocía y no decía nada y ese no decir nada
era su propio idioma que yo había aprendido a leer pero que esta vez no podía
traducir del todo.

—¿Qué es —dije.

No respondió.

—Keil. —Lo miré. —¿Qué puede ser peor de todo lo que ya me enteré hoy? Lirien.
Mi padre. El sistema diseñado antes de que yo naciera. La marca que soy una llave.
—Hice una pausa. —¿Qué queda.

Silencio.

—Además —dije— como Martina no me atiende el teléfono y necesito hablar con


alguien que no forme parte de todo esto no me queda de otra que hablar con vos.
Así que decime lo que sea y—

—Martina no va a contestar —dijo Keil.

Lo miré.

—¿Qué —dije.

—No va a contestar. —Su voz completamente plana. El tono de alguien usando el


control como lo único que le queda. —Alice—

—¿Qué significa eso que Martina no va a contestar.

Silencio.

Un segundo. Dos.

Y en esos dos segundos algo en mí que había estado esperando sin saber que
esperaba llegó al borde de algo que no quería cruzar.

—¿Qué significa —repetí. Y mi voz salió diferente esta vez. Más baja. Más quieta.
Con el tipo de quietud que no es calma sino el segundo antes de que algo se rompa.

Keil entró al cuarto.

Se sentó en la silla, no en el borde de la cama, la silla, con la distancia deliberada de


alguien que sabe que lo que viene necesita espacio entre los dos para no destruir
todo el aire de la habitación.

Me miró.
—La encontraron esta mañana —dijo. —En el Tíber.

No entendí de inmediato.

Eso es lo que recuerdo. Que escuché las palabras y las procesé de forma literal y el
resultado literal no cabía en ninguna categoría que yo tuviera disponible así que mi
cabeza lo devolvió y lo intentó de nuevo.

—¿Qué —dije.

—Alice—

—¿Qué encontraron en el Tíber.

—A Martina. —Hizo una pausa que duró exactamente lo que duran las pausas antes
de las cosas que no se pueden deshacer. —Está muerta.

El cuarto no cambió.

Eso fue lo raro. Que el cuarto siguió siendo exactamente igual, las mismas paredes,
la misma luz de la mañana que entraba lateral por la ventana, la misma humedad en
el ambiente que tenían todos los edificios viejos de Roma. Todo igual.

Y al mismo tiempo completamente distinto.

—No —dije.

—Alice—

—No. —Me levanté. No hacia ningún lado. Solo me levanté porque estar sentada era
insoportable de una forma que no podía explicar. —Martina estaba en el bar el
martes. Me mandó un mensaje el jueves preguntando si estaba bien porque no me
había visto en La Sapienza. El jueves. Keil. El jueves me mandó un mensaje.

—Lo sé.

—¿Cómo puede estar—

—El clan Caretti. —Lo dijo en voz baja y con esa voz baja entró todo lo que las
palabras anteriores todavía no habían dejado entrar. —Tu padre. Fue una señal. Para
nosotros. Para decirme que puede llegar a cualquiera que esté cerca de vos.

Me quedé quieta.

El cuaderno seguía en la cama donde lo había dejado. La lapicera al lado. El teléfono


con las tres llamadas perdidas de Martina que no eran llamadas perdidas de Martina
sino llamadas a alguien que ya no estaba para recibirlas.
—Ella no sabía nada —dije.

—No.

—No tenía nada que ver con nada de esto.

—No.

—Era mi compañera de doctorado. —La voz me salió rota en esa palabra,


compañera, que era la palabra más simple y más verdadera que tenía para lo que
Martina había sido en estos cuatro meses, la persona que me preguntaba cómo
estaba y lo preguntaba de verdad. —Me convenció de salir. Me dijo que
desperdiciaba Roma. Era una persona normal que estudiaba historia medieval y
tomaba café con leche y hablaba de Nápoles como si fuera el centro del universo y
no tenía nada que ver con nada de esto y está muerta.

—Sí —dijo Keil.

—Por mi culpa.

—No. —Se levantó. —Por la de él. Solo por la de él.

—Si yo no hubiera—

—Alice. —Dos pasos hacia mí. —Si vas a repartir la culpa entre todos los que hicieron
algo que terminó en esto, tu padre lleva el noventa y nueve por ciento. Yo llevo el
resto por no haberlo anticipado. Vos no llevás nada.

Lo miré.

Y algo que había estado contenido desde la noche anterior, desde que había cerrado
el cuaderno y me había quedado mirando el techo, desde que había caminado sola al
Parioli con la mochila y la idea vaga de hacer algo sin saber bien qué, todo eso se
soltó de golpe sin que yo pudiera hacer nada para detenerlo.

La rabia llegó primero.

No como algo que elegí. Como algo que ya estaba ahí y que encontró la grieta.

—Tenías que haberme dicho. —Mi voz no era la de siempre. Era más alta y más rota
al mismo tiempo, el tono de alguien que está usando la rabia para no hundirse en lo
que hay debajo de la rabia. —Hace tres días. Me lo tenías que haber dicho.

—Sí —dijo Keil. Sin defenderse. Sin el protocolo de siempre.

—¿Por qué no lo hiciste?


—Porque estaba calculando el momento correcto y el momento correcto no existía y
seguí calculando de todas formas porque es lo que hago y fue un error.

—¿Un error? —La palabra salió con más filo del que tenía en la garganta. —Martina
está muerta y vos tenías información sobre quién la mató hace tres días y decidiste
que no era el momento correcto de decirme nada.

—Sí.

—¡No podés hacer eso! —La voz se rompió en la última palabra y lo escuché
romperse y no pude detenerlo y no quise detenerse porque debajo de la rabia
estaba Martina y debajo de Martina estaba mi padre y debajo de mi padre estaba
todo lo demás y si dejaba de tener rabia iba a tener que sentir todo eso. —¡No podés
decidir por mí lo que puedo y no puedo saber sobre mi propia vida! ¡Sobre las
personas que me importan! ¡Es mi vida, Keil! ¡Mi marca, mi padre, mi compañera
muerta en el Tíber! ¡Mía!

Keil no dijo nada.

Siguió de pie con las manos a los lados y la expresión que no era el control de
siempre sino algo más difícil, más honesto, el de alguien que está recibiendo lo que
tiene que recibir sin construir defensa porque sabe que no tiene ninguna defensa
válida.

Eso me rompió más que cualquier otra cosa que hubiera podido decir.

Porque podría haber argumentado. Podría haber explicado. Podría haber dosificado
lo que yo sentía de la misma forma en que dosificaba la información y encuadrarlo y
hacerlo manejable. Y no lo hizo.

Se quedó quieto y me dejó.

Y algo en ese dejarse rompió la rabia por la mitad y debajo de la rabia estaba lo que
siempre estuvo debajo.

—Era mi única amiga en Roma —dije.

Y ya no era rabia. Era la verdad más pequeña y más brutal de toda la mañana. Más
que la marca, más que mi padre, más que el sistema diseñado antes de que yo
naciera.

Martina había sido la única persona en esta ciudad que me preguntaba cómo estaba
sin querer nada a cambio.

Y estaba en el Tíber porque yo existía.


Las lágrimas llegaron sin que yo las eligiera. No dramáticamente. Silenciosamente,
que era peor, el llanto de alguien que no llora seguido y que cuando llora no sabe
qué hacer con eso.

Me senté en el borde de la cama.

Keil no se movió durante tres segundos.

Después cruzó el cuarto y se sentó a mi lado. No cerca. No el gesto de alguien que va


a abrazar ni a consolar ni a hacer ninguna de las cosas que se hacen cuando alguien
llora. Solo se sentó. A distancia. Con el peso de su presencia que no pedía nada ni
ofrecía nada que yo no quisiera recibir.

Eso también era su idioma.

Uno que entendí.

No dijimos nada durante mucho tiempo.

Roma afuera. La luz de la mañana moviéndose despacio por el piso del cuarto. El
sonido de la ciudad completamente ajena a lo que estaba pasando en este cuarto de
huéspedes de un edificio en el Prati.

Martina que hablaba de Nápoles como si fuera el centro del universo.

Martina que ya no iba a contestar el teléfono.

—¿Cómo era? —dijo Keil en voz baja.

Lo miré.

—¿Qué?

—Martina. —Me miró. —¿Cómo era?

Nadie me había preguntado eso. Keil, que tenía su archivo, sus datos, su información
sobre ella reducida a nombre y apellido y departamento universitario, me estaba
preguntando cómo era.

Tardé un momento.

—Ruidosa —dije finalmente. —De la forma buena. La que llena el silencio sin que el
silencio lo pida. —Hice una pausa. —Tenía una teoría sobre que toda la historia del
arte medieval se entendía mejor con la geografía del sur de Italia como contexto y la
defendía como si fuera una cuestión personal. —Una pausa más larga. —Le
mandaba fotos de su gato a las dos de la mañana sin disculparse.

Keil escuchó.
Sin catalogar. Sin archivar. Solo escuchando.

—Se llamaba Pulcinella —dije. —El gato. Por el personaje de la commedia dell'arte.
—Algo en mi pecho se apretó en esa palabra, Pulcinella, que era el tipo de detalle
que solo existe porque la persona que lo eligió estaba viva para elegirlo. —Era
ridículo y enorme y ella lo adoraba.

—Suena bien —dijo Keil en voz baja.

—Era bien —dije.

El silencio que siguió no tenía el peso de los silencios anteriores. Era diferente. Más
quieto. El silencio de dos personas sentadas en el mismo lado de algo irreversible.

—Lo voy a matar —dije.

No con rabia esta vez. Con la calma específica de alguien que tomó una decisión y
que no necesita el volumen para que sea real.

Keil no respondió de inmediato.

—Mi padre —dije. Por si no había quedado claro. —Lo voy a matar.

—Alice—

—No me digas que no. —Lo miré. —No me digas que hay un plan y que hay tiempos
y que hay que prepararse. No ahora. Ahora solo decime que lo voy a poder matar.

Keil me miró durante un momento.

—Sí —dijo.

Una sola palabra. Sin protocolo. Sin la dosificación de siempre.

Asentí.

Me limpié la cara con el dorso de la mano.

Tomé el cuaderno de la cama.

No escribí nada todavía. Solo lo sostuve.

Keil seguía sentado a mi lado con la distancia exacta que hacía que su presencia
fuera peso sin ser presión, y afuera Roma seguía siendo Roma, y Martina seguía
estando en el Tíber, y mi padre seguía siendo lo que había elegido ser.

Pero yo seguía de pie.


Eso, por ahora, era lo único que importaba.

Keil me miro un momento más.

Después salió.

Me quedé mirando el techo hasta que Roma empezó a aclarar afuera.

No dormí.

A las seis de la mañana tomé la mochila.

Esta vez no iba a buscar la ventana.

Esta vez tenía otra idea.

(KEIL)

La cicatriz ardió a las seis y cuarto.

No como señal de amenaza externa. Como la señal de siempre, la de origen, la que


había empezado todo en la Corsini y que en los días siguientes había aprendido a
leer como específicamente Alice.

Pero esta vez desde afuera del edificio.

Bajé las escaleras de dos en dos.

El portal estaba abierto.

No forzado. Abierto con llave, lo cual significaba que Alice había encontrado la llave
del despacho en algún momento de la noche mientras yo no miraba y la había usado
y había salido sin decir nada.

Salí a la calle.

El Prati a las seis de la mañana, la luz gris todavía sin calidez, el frío de marzo que en
Roma tiene una humedad específica. La cicatriz me daba la dirección como siempre,
ese sistema de brújula que el pacto había construido desde el marcaje.

Hacia el norte. Hacia La Sapienza.

Llamé a Nico mientras caminaba.


—Alice salió —dije cuando levantó.

—¿Sola?

—Sola. Hacia La Sapienza creo. —Hice una pausa. —Necesito que cubras el
perímetro sur. Si el clan Caretti tiene observadores en la zona quiero saberlo antes
de que ella llegue a donde sea que va.

—¿Querés que la detenga?

—No —dije. —Solo cobertura. Sin intervención a menos que haya amenaza directa.

—Entendido.

Colgué y aceleré el paso.

Vael.

La respuesta llegó de inmediato. Más alerta de lo normal, como si hubiera estado


esperando.

Ella salió sola al territorio de su padre, dijo Vael. Sin el sarcasmo habitual. Con algo
más parecido a lo que en él pasaba por preocupación. Eso no es contención. Eso es
problema.

Lo sé, repetí. Déjame manejarlo.

Como siempre, dijo Vael.

Y esta vez no había ironía en eso.

Solo el peso de algo que sabía, igual que yo, que esta mañana el margen que
habíamos tenido hasta ahora se había reducido a algo que ya no alcanzaba a
llamarse margen.

Caminé más rápido.

Roma siguió amaneciendo.

Indiferente. Antigua. Completamente ajena a la chica que caminaba sola hacia algo
que no sabía del todo lo que era y al hombre que caminaba detrás de ella con la
cicatriz ardiendo y tres días de información dosificada pesándole en la palma como
lo que eran.

Un error que no iba a poder deshacer.

Solo manejar.
Si llegaba a tiempo.

(ALICE)

Fui a La Sapienza porque era el único lugar en Roma que todavía sentía mío.

No el departamento de Trastevere, que llevaba días sin pisar y que en mi cabeza ya


había empezado a existir en pasado. No el edificio del Prati, que era territorio de Keil
antes de ser cualquier otra cosa. La Sapienza, la biblioteca, los pasillos que olían a
papel y a café frío y a la energía específica de gente que tiene problemas que se
resuelven con suficiente lectura.

Martina había estudiado en esa biblioteca.

Me senté en la mesa donde solía sentarse ella, tercera planta, ventana que daba al
patio, y abrí el cuaderno y no escribí nada durante veinte minutos.

Después escribí: ¿qué habría hecho si yo no hubiera llegado a Roma?

La respuesta era obvia. Martina habría seguido viviendo. Habría terminado el


doctorado. Habría vuelto a Nápoles donde tenía familia. Habría hecho las cosas que
hace la gente cuando nadie la usa para mandar mensajes.

Cerré el cuaderno.

Saqué el teléfono.

Busqué el nombre que llevaba veintidós años sin buscar. Lorenzo Caretti. Italiano,
ausente, el espacio en blanco donde debería haber habido un padre. Había
intentado buscarlo dos veces en la vida, a los doce y a los diecisiete, y las dos veces
había encontrado nada suficiente para construir una imagen real.

Esta vez encontré más.

No porque hubiera más en internet. Sino porque ahora sabía qué buscar.

Clan Caretti. Roma. Linaje de conversión voluntaria, lo que en los libros de Keil
aparecía como la categoría más inestable de vampiro, el que eligió el cambio por
razones propias en lugar de ser convertido en circunstancias de necesidad o de
poder. Los que eligen suelen elegir por algo específico. Poder, longevidad, el tipo de
recursos que los humanos no pueden acumular en una sola vida.

Mi padre había elegido.


Había elegido eso y antes había elegido irse y ninguna de las dos elecciones me
incluía.

Guardé el teléfono.

Me quedé mirando la ventana y el patio y los estudiantes que cruzaban con sus
mochilas y sus cafés y sus problemas que se resolvían con suficiente lectura.

Después tomé una decisión.

La dirección la encontré en uno de los archivos que había fotografiado en la


biblioteca de Keil la primera semana. No la había entendido en ese momento, era
una referencia a una propiedad registrada a nombre de un clan sin especificar en el
Parioli. Ahora la entendía.

Caminé.

El Parioli a las siete de la mañana era silencioso de una forma que el resto de Roma
no era silenciosa, el silencio de dinero viejo y árboles altos y edificios que no
necesitan hacer ruido para comunicar lo que son. El clan Caretti tenía una propiedad
en una calle que no aparecía en ningún mapa turístico, detrás de una verja que
desde afuera parecía simplemente cerrada.

Me detuve frente a ella.

Mi mano derecha pulsó. Suave. El calor bajo la piel que había empezado en el
callejón y que desde entonces aparecía solo cuando algo importante estaba cerca.

La verja estaba fría bajo mis dedos.

—No recomendaría eso.

Me giré.

Keil estaba a tres metros, con el abrigo del frío de la mañana y una expresión que era
la más honesta que le había visto, sin control, sin dosificación, con algo en los ojos
que no era el rojo de Vael sino algo completamente humano y completamente suyo.

Agotamiento.

—¿Cuánto tiempo llevas siguiéndome? —dije.

—Desde el portal.

—¿Y Nico?

—Cubriendo el perímetro sur. —Hizo una pausa. —Sin instrucciones de intervenirte.


Lo miré.

—¿Por qué?

—Porque ayer te dosifiqué información que era tuya y no tengo ningún argumento
válido para decirte lo que podés y no podés hacer con eso. —Se acercó dos pasos.
No hacia mí. Hacia la verja. La miró. —Pero esto es territorio Caretti y entrar sola es
exactamente lo que tu padre necesita que hagas.

—¿Para qué?

—Para tener a la llave exactamente donde quiere tenerla sin tener que seguir
mandando mensajes. —Me miró. —Martina fue un mensaje, Alice. Si entrás sola no
necesita mandar otro.

El nombre de Martina aterrizó en el espacio entre los dos con el peso que tenía
desde la noche anterior.

No dije nada.

Él tampoco.

—¿Qué querés hacer? —dijo finalmente. Y lo dijo de una forma que no había dicho
ninguna de las cosas que me había dicho hasta ahora. Sin calcular el resultado. Sin
construir la respuesta que necesitaba que yo diera. Solo la pregunta.

—Quiero verlo —dije.

—Lo sé.

—¿Podés hacer eso posible de una forma que no sea entrar sola a su territorio?

Keil miró la verja un momento.

—Sí —dijo. —Pero no hoy. Y no sin preparación. —Me miró. —¿Podés darme eso?

Lo miré.

Detrás de la verja el edificio era quieto y oscuro y completamente ajeno a la mañana.


Mi padre adentro en algún lugar, o sus cosas, o sus instrucciones, o lo que fuera que
quedaba de un hombre que había elegido todo menos quedarse.

—Sí —dije.

Keil asintió.

Ninguno de los dos se movió todavía.


—Lo de Martina —dije en voz baja.

—Sí.

—No fue tu culpa. —Lo dije porque era verdad y porque necesitaba que fuera
verdad en voz alta antes de que se instalara como otra cosa. —Fue de él. Solo de él.

Keil me miró.

Algo en su expresión cambió de una forma que no supe nombrar del todo.

—Lo de los tres días —dijo.

—Eso sí fue tu culpa.

—Sí.

—No vuelvas a hacerlo.

—No —dijo. Y lo dijo sin pausa, sin la evaluación de siempre. —No voy a volver a
hacerlo.

Lo miré un momento más.

Después me giré y empecé a caminar de vuelta hacia el Lungotevere.

Escuché sus pasos detrás de mí.

Caminamos juntos sin hablar durante veinte minutos y en ese silencio había algo
diferente a todos los silencios anteriores. No el peso de información dosificada ni la
tensión de algo sin resolver. Algo más parecido a dos personas que acaban de cruzar
algo y que todavía no saben qué nombre ponerle a lo que están paradas.

(KEIL)

Volvimos al edificio a las ocho y media.

Alice fue directo a la biblioteca. Yo fui al despacho. Cada uno al territorio donde
procesaba las cosas, que era información en sí mismo sobre lo que nos habíamos
vuelto en una semana que no debería haber podido contener todo lo que había
contenido.

Me senté frente a los archivos.


Lorenzo Caretti.

Convertido hace doce años por el clan Moretti, linaje de conversión antigua con
territorio en el norte de Roma. Conversión voluntaria, lo cual en el registro del
mundo sobrenatural equivalía a una firma en un contrato: el convertido elegía y el
clan cobraba esa elección en lealtad, en recursos, en lo que el clan necesitara del
nuevo miembro.

Lo que Caretti había traído al clan no era solo su humanidad. Era el conocimiento de
la marca. Cuatro generaciones de información sobre el linaje de Alice, sobre la llave,
sobre el sistema diseñado antes de que ninguno de los dos existiera. Información
que había pasado de padre a hijo, que Lorenzo había heredado de su propio padre y
que había llevado consigo cuando se convirtió.

Lo que significaba que el clan Caretti no había llegado a Alice por casualidad ni por
los movimientos de las otras facciones. Había llegado porque Lorenzo les había dicho
exactamente qué buscar y por qué valía la pena buscarlo.

Su propia hija como activo.

Entregada por él.

No con violencia, no con el tipo de traición que tiene urgencia y sangre. Con la
frialdad específica de alguien que hizo el cálculo y llegó a una conclusión y ejecutó
sin que le temblara ninguna parte de lo que debería haberle temblado.

Cerré el archivo.

Vael.

Silencio. Después esa presión, ese desplazamiento leve del gradiente que era Vael
prestando atención desde el fondo.

¿Cuánto sabías vos sobre Caretti? le pregunté.

La respuesta no fue en palabras. Fue en la calidad específica del silencio que siguió.
El silencio de algo que sabe más de lo que va a decir y que tampoco va a mentir
sobre eso.

¿Cuánto tiempo llevas sabiéndolo?

Otro silencio.

Vael.

Suficiente, dijo finalmente.

¿Por qué no me dijiste?


Porque vos tampoco le dijiste todo a Alice durante tres días y los dos sabemos cómo
salió eso.

Me quedé quieto.

Era un argumento válido. Lo odiaba porque era un argumento válido.

¿Hay más que no me dijiste?

Siempre hay más, dijo Vael. La pregunta correcta es cuánto de ese más cambia lo que
tenés que hacer hoy. Y la respuesta es nada. Hoy tenés que hacer lo mismo que ibas a
hacer de todas formas.

¿Que es?

Preparar el encuentro con Caretti de una forma que Alice no entre sola a su territorio
y de una forma que cuando entre con vos, lo que encuentre ahí no la destruya antes
de que pueda usarlo.

Lo procesé.

¿Creés que va a querer destruirla?

Creo, dijo Vael, que Lorenzo Caretti lleva doce años tratando a Alice como una pieza
en un tablero. Que eso no cambia porque ella se presente en su puerta. Que lo que
cambia es que ella va a tener que verlo y procesarlo y seguir de pie después de verlo y
procesarlo.

¿Y si no puede?

Silencio largo.

Puede, dijo Vael. Y en ese puede había algo que no era solo evaluación estratégica.
Algo que en Vael, que no tenía las categorías humanas para la mayoría de las cosas,
era lo más cercano a una certeza genuina. Ya lo hizo antes. Cada vez que algo se
rompió en este edificio siguió de pie. Eso no es suerte. Es ella.

Me quedé mirando la pantalla apagada durante un momento.

Después la encendí.

Empecé a construir el plan para el encuentro con Caretti.

No para hoy. No para mañana. Para cuando Alice tuviera suficiente contexto y
suficiente preparación y suficiente de lo que el sistema de su marca podía darle
cuando se activaba de forma controlada.

Para cuando los dos estuviéramos listos.


Aunque listos para esto no existiera del todo.

(ALICE)

Encontré el libro a las once de la mañana.

Estaba en el tercer estante de la biblioteca, detrás de dos grimorios más grandes que
lo tapaban casi completamente. Pequeño, encuadernado en algo que no era cuero
exactamente, con una escritura en la tapa que no era ningún alfabeto que yo
pudiera identificar pero que cuando pasé los dedos por encima produjo ese pulso
dorado bajo mi piel con una intensidad que no había tenido desde el callejón.

Lo abrí.

Las primeras páginas eran en latín. Las siguientes en algo que se parecía al latín pero
que tenía palabras que no existían en ningún diccionario que yo conociera. Después,
en el centro del libro, páginas en un idioma que tampoco reconocí pero que mi
cuerpo sí reconoció, el pulso aumentando con cada página que pasaba como si la
marca leyera lo que mis ojos no podían.

Hacia el final encontré algo que sí podía leer.

Una página en italiano. Viejo, del tipo que se escribe cuando el italiano todavía
estaba consolidándose como lengua, pero legible.

Y en esa página, en una caligrafía que no era la de ningún libro de la biblioteca de


Keil sino algo más personal, más urgente, un nombre.

Hina Fonua.

Mi madre.

Me quedé mirando el nombre el tiempo suficiente para que dejara de ser sorpresa y
empezara a ser información.

Mi madre había estado en este edificio. Había tenido este libro. Había escrito su
nombre en una página que llevaba décadas esperando que alguien que pudiera
reconocerlo lo encontrara.

Lo que significaba que mi madre sabía. Sabía sobre la marca, sobre el sistema, sobre
los Mangiarotti.

Lo que significaba que yo había llegado a Roma sin saber nada y mi madre me había
dejado llegar sin decirme nada.
Cerré el libro.

Me quedé quieta en la biblioteca con el libro en la falda y Roma afuera y el pulso de


la marca completamente activo bajo mi piel como si estuviera de acuerdo con todo
lo que acababa de procesar.

Después me levanté.

Bajé las escaleras.

Keil estaba en el despacho con la pantalla encendida y la concentración de alguien


en medio de algo que requería atención completa. Levantó la vista cuando entré.

Puse el libro sobre el escritorio frente a él.

Lo miró.

Algo en su expresión cambió.

—¿Dónde—

—Tercer estante. Detrás de los grimorios grandes. —Lo miré. —Hay un nombre
escrito adentro. —Hice una pausa. —¿Sabías que mi madre estuvo en este edificio?

Keil miró el libro durante un momento que fue más largo de lo que debería haber
sido.

Abrió la boca.

Y en ese momento, en el segundo exacto antes de que dijera lo que iba a decir, el
gradiente se desplazó.

No fue Keil quien respondió.

(VAEL)

Keil no iba a poder responder esto bien.

No porque mintiera. Sino porque lo que había en ese libro y lo que significaba el
nombre en esa página era el tipo de información que él tenía en fragmentos y que yo
tenía más completa y que ninguno de los dos había decidido todavía cómo darle a
Alice de una forma que no la rompiera antes de que pudiera usarla.

Así que tomé el frente.


No con permiso. Con la misma lógica con que tomé el frente en el callejón, con la
misma lógica con que tomé el frente a los veintidós años. Cuando el momento
requiere lo que Keil no puede dar, yo lo doy.

Él lo entendería después.

O no lo entendería y me haría tomar agua tibia.

Ambas opciones eran manejables.

Alice me miró en cuanto cambié. Ese ojo suyo que ya aprendía a leer la diferencia.

—Vael —dijo. No pregunta. Confirmación.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque lo que preguntaste necesita una respuesta que Keil tiene en piezas y yo
tengo más completa. —La miré. —Y porque tenés cara de alguien que ya está en el
límite de lo que puede procesar hoy y prefiero darte la información completa de una
vez que en fragmentos durante los próximos días.

Alice me miró durante un momento.

—¿Keil sabe que tomaste el control?

—Ahora sí.

—¿Está de acuerdo?

—Raramente está de acuerdo. —Me encogí de hombros. —Pero entiende la lógica


cuando se la explico.

Algo en su cara se movió. Ese casi-no-sonrisa que ya reconocía.

—¿Y el agua tibia? —dijo.

—Riesgo profesional.

Se sentó frente al escritorio. Yo abrí el libro en la página con el nombre de su madre.

—Hina Fonua estuvo en este edificio —dije. —Hace veintiséis años.

—¿Cuántos años tenía yo?


—Cero. —La miré. —Vino antes de que nacieras. Vino porque sabía sobre la marca.
Porque el sistema que diseñaron hace cuatro generaciones incluía un punto de
contacto con los Mangiarotti antes de que la llave llegara a activación.

—¿Mi madre vino a avisar?

—Vino a negociar. —Hice una pausa. —El padre de Keil era el primogénito en ese
momento. Hina llegó con información sobre la marca y con una propuesta: que los
Mangiarotti protegieran a la portadora cuando llegara el momento, a cambio de
acceso controlado a la activación.

Alice procesó eso.

—¿Y el padre de Keil aceptó?

—Sí.

—¿Keil sabe esto?

—Sabe que su padre tuvo contacto con el linaje de tu madre. No sabe los detalles del
acuerdo. —La miré. —Los detalles los sé yo porque estaba cuando pasó.

—¿Estabas en el cuerpo del padre de Keil?

—En el abuelo. El padre era joven todavía. —Hice una pausa. —La continuidad del
pacto incluye la continuidad de la memoria. Lo que se en cada generación incluye lo
que sabía en las anteriores.

Alice miraba el nombre de su madre en la página.

—¿Por qué no me lo dijo ella? —dijo en voz baja. No a mí. A la pregunta en sí.

No respondí. Porque no tenía respuesta para eso, que era el tipo de pregunta que no
tiene respuesta en información sino en las decisiones que una persona tomó por
razones que solo ella conocía.

—La marca —dijo Alice. —¿Qué pasa cuando se activa completamente?

—Eso —dije— es la pregunta que todas las facciones están tratando de responder.
—La miré. —Y la única persona que puede responderla sos vos.

—¿Yo?

—La portadora es parte del sistema. No solo la llave. También parte del mecanismo
que determina qué abre. —Hice una pausa. —Lo que se libera cuando tu marca se
activa completamente depende en parte de quién sos vos cuando eso pasa. De lo
que elegís. De lo que querés.
Alice me miró.

—¿Eso lo saben las facciones?

—Saben que hay un elemento de voluntad en la activación. No saben cuánto pesa


ese elemento. —Una pausa. —Por eso quieren controlarte antes de que se active.
Para asegurarse de que lo que elegís sea lo que ellos necesitan que elijas.

—¿Y Keil? —dijo. —¿Qué necesita que yo elija?

Me quedé quieto un momento.

Era la pregunta más honesta que me había hecho. Más honesta que cualquier otra
porque llegaba al centro de lo que yo sabía y de lo que Keil sabía y de lo que los dos
teníamos que reconocer sobre por qué Alice estaba en este edificio y qué significaba
que siguiera estando.

—Keil —dije — empezó queriendo controlarte porque el pacto lo empujó hacia vos y
el control es lo único que sabe hacer con las cosas que importan. —La miré. —Lo que
quiere ahora es más complicado que eso. Y él todavía lo está entendiendo.

—¿Y vos?

—Yo —dije— quiero que sigas viva. Que la marca se active en los términos que vos
elegís. Y que cuando todo esto termine los dos, Keil y yo, sigamos siendo un buen
equipo. —Hice una pausa. —Mejor del que esperaba. Mejor del que tuve en ninguna
otra generación.

Alice me miró durante un momento largo.

—Eso es lo más honesto que me dijo alguien en este edificio —dijo.

—Soy viejo —dije. —A cierta edad la honestidad es más eficiente que la alternativa.

Algo en su cara se movió. Esta vez sí llegó a ser sonrisa. Pequeña, real, del tipo que
no se cancela antes de terminar.

—Gracias —dijo.

—No me agradezcas todavía. —Me levanté. —Cuando Keil vuelva va a tener


preguntas.

—¿Cuántas?

—Las suficientes para que consideres poner agua a hervir antes de que empiece.

—¿Para el agua tibia?


—Para el café. —Hice una pausa. —El agua tibia es castigo mío. El café es cortesía
tuya. Son cosas distintas.

Alice miró el libro sobre el escritorio.

—Vael —dijo antes de que retrocediera.

—¿Qué.

—¿Mi madre está bien?

Lo miré.

Y en esa pregunta había todo lo que Alice no había podido preguntar en ningún otro
momento, todo lo que la marca y Lorenzo y Martina y los siete días en este edificio
habían tapado sin eliminar. La pregunta de alguien que tiene veintiseis años y un
padre que la usó como activo y una madre que negoció su protección sin decirle
nada y que en algún lugar debajo de todo eso seguía siendo la persona que quería
saber si su madre estaba bien.

—Sí —dije. Y era verdad. Lo había verificado. —Está en Auckland. Está bien.

Alice asintió una vez.

No dijo nada más.

Yo retrocedí.

(KEIL)

Volví de golpe.

Alice estaba frente al escritorio con el libro de su madre en las manos y la expresión
de alguien que recibió demasiado en demasiado poco tiempo y que está usando
toda la estructura disponible para sostenerse.

La miré.

Ella me miró.

—¿Cuánto escuchaste? —dijo.

—Todo.
—¿Estás de acuerdo con lo que dijo?

Lo pensé. La honestidad que Vael le había dado, la explicación completa, lo que yo


había tenido en piezas y que él había entregado de una vez sin el cálculo de cuándo
era el momento correcto.

—Sí —dije. —Con todo.

—¿También con la parte de que lo que querés de mí es más complicado de lo que


empezó y que todavía lo estás entendiendo?

Me quedé quieto.

—También con esa —dije.

Alice sostuvo el libro contra el pecho. Me miró durante un momento que tenía el
mismo peso que el silencio en el Parioli frente a la verja del clan Caretti, el peso de
dos personas paradas en el mismo lado de algo sin nombre todavía.

—Bien —dijo finalmente.

Se levantó.

Fue a la cocina.

Escuché el sonido del agua hirviendo.

Dos minutos después volvió con dos tazas de café y puso una frente a mí en el
escritorio sin decir nada.

Me senté.

Encendí la pantalla.

Alice se sentó frente a mí con el libro de su madre y el cuaderno y la lapicera y


empezó a trabajar.

Afuera Roma seguía siendo Roma.

Adentro algo había cambiado de una forma que no tenía todavía las palabras
correctas pero que los dos podíamos sentir con la misma claridad con que se siente
el cambio de temperatura antes de que empiece a llover.

El margen se había reducido.

Lo que venía después de esto no era ninguna de las cosas que yo había calculado
cuando diseñé el plan para que Alice entrara en mi edificio.
Pero Alice seguía acá.

El libro de su madre estaba sobre el escritorio.

Y por primera vez en esta historia, los dos estábamos mirando el mismo tablero
desde el mismo lado.

Eso, por ahora, era suficiente.

CAPITULO 5

(ALICE)

Amanecí en el piso del hall.

No recordé haberme dormido. Había sido la vigilancia, los minutos contados, la


palma en el portal y el sello pulsando y Vael trabajando en silencio desde adentro, y
en algún punto entre las tres y las cinco de la mañana el cuerpo tomó lo que
necesitaba sin pedirme permiso.

Me desperté con la espalda contra la pared y el cuaderno en la falda que no había


abierto y Roma afuera con la luz fría de las seis de la mañana que no prometía nada
todavía.

Y Keil, o el cuerpo de Keil, en el piso a mi lado.

Respirando.

Me incorporé. Verifiqué el pulso. Más regular que la noche anterior, más sostenido,
con el ritmo de algo que había encontrado el camino de vuelta aunque todavía no
hubiera llegado del todo.

Los ojos seguían cerrados.

—Vael —dije en voz baja.

Nada durante tres segundos. Después los ojos se abrieron y el rojo estaba ahí, en los
bordes, más suave que la noche anterior, con el peso específico de algo que había
trabajado durante horas y que no iba a admitirlo pero que lo mostraba de todas
formas si sabías dónde mirar.

Me miró desde el piso.


—Buenos días —dije.

—Relativamente —dijo.

—¿Cómo está el cuerpo?

—Mejor que a las once de la noche. —Se incorporó despacio. No con la agilidad de
siempre. Con el esfuerzo visible de algo que está usando recursos que todavía no
terminó de reponer. —Las costillas cerraron. El resto va.

—¿Y lo que no me decís?

Me miró.

—Lo que no te digo también va —dijo. —Más despacio. Pero va.

Lo miré durante un momento.

Decidí dejarlo ahí.

Por ahora.

Lo primero que hizo cuando se puso de pie fue quitarse el saco de Keil.

Lo dejó en el piso del hall sin mirarlo, con el gesto de alguien sacándose algo que no
es suyo y que no tiene ninguna intención de seguir usando. Después la corbata.
Después los botones de la camisa, los primeros tres, el cuello abierto, los puños
doblados hasta el codo.

Se pasó la mano por el pelo.

No el gesto contenido de Keil. Más libre. Más sin protocolo.

—Necesito revisar el perímetro —dijo. —Y después necesito comer algo porque este
cuerpo lleva demasiadas horas sin combustible y no me rinde así.

—¿Vael.

—¿Qué.

—Nico está en el rellano todavía.

El silencio que siguió tuvo el peso de algo que ya sabía y que estaba manejando con
la mecánica de lo que tiene siglos de práctica manejando cosas que los humanos no
saben dónde poner.

—Lo sé —dijo.
—¿Qué hacemos con—

—Hoy —dijo. Con el tono que corta. No cruel. Definitivo. —Hoy lo manejamos. Esta
mañana primero el perímetro y después nos ocupamos de Nico con el respeto que
merece alguien que murió haciendo lo que se le pidió. —Me miró. —¿Podés darme
dos horas?

No quería darle dos horas. Quería que el mundo se detuviera el tiempo suficiente
para que lo que había pasado la noche anterior tuviera algún tipo de orden.

El mundo no iba a detenerse.

—Dos horas —dije.

Subió al cuarto de Keil.

Bajó doce minutos después con pantalones negros, zapatillas, sin remera.

Me lo crucé en el pasillo de la cocina y me detuve antes de poder decidir si


detenerme era una buena idea o no.

El cuerpo de Keil sin el traje era otra cosa.

No lo había visto así. En diez días en este edificio siempre había sido el traje, la
corbata, la armadura específica de alguien que usa la ropa como parte del sistema de
control. Sin eso era el mismo cuerpo físicamente, los mismos ángulos, la misma
altura, la misma cicatriz en la palma derecha.

Pero diferente.

Vael lo ocupaba diferente. Sin la tensión contenida de Keil, sin la postura de alguien
sosteniendo algo constantemente. Más asentado. Más directo. Como si el cuerpo
supiera que esta mañana no necesitaba fingir nada y se hubiera acomodado a eso.

Me miró.

—¿Qué —dijo.

—Nada —dije.

—Te quedaste quieta en el pasillo mirándome.

—Estaba pensando.

—¿En qué.

—En el perímetro —dije. Que era parcialmente verdad.


Algo en la comisura de su boca se movió. No exactamente una sonrisa. El
reconocimiento de alguien que sabe que estás mintiendo a medias y que no va a
hacer el esfuerzo de desmentirte porque tiene cosas más urgentes.

—El café está en la cocina —dije.

—Lo sé dónde está el café —dijo. —Vivo acá.

—Keil vive acá.

—Keil y yo somos el mismo cuerpo, Alice. El café está en el mismo lugar para los dos.

Pasó a mi lado hacia la cocina.

A una distancia que no era la distancia de Keil. Keil mantenía márgenes calculados,
espacios que comunicaban información sin contacto. Vael pasó lo suficientemente
cerca para que el calor del cuerpo llegara antes de que pasara.

Lo registré.

Lo archivé en el lugar donde no tenía todavía categoría.

(VAEL)

El perímetro tardó cuarenta minutos en estar donde necesitaba estar.

No completo. No como antes del ataque. Pero funcional, suficiente para que lo que
viniera esta noche encontrara resistencia antes de encontrar el edificio.

Alice me siguió por el exterior sin que yo se lo pidiera. Lo registré y no lo comenté


porque decírselo habría sido innecesario y porque tenerla en el campo visual era
información que el cuerpo recibía de una forma que no era completamente mía y no
era completamente de Keil sino de los dos al mismo tiempo.

Eso era nuevo.

En setenta años de pacto no había sentido esa superposición de esa forma. El deseo
de Keil y el mío como capas del mismo sistema, orientadas en la misma dirección,
con razones distintas y el mismo resultado.

Lo archivé.

Volví al edificio.
Estaba en la cocina con el café cuando Alice entró y se sentó en la mesa frente a mí y
me miró con esa expresión de quien tiene algo que decir y está midiendo desde
dónde empezar.

—Decilo —dije sin mirarla.

—¿Cuánto tiempo más vas a estar vos en el frente?

—El que el cuerpo necesite.

—¿Y eso es cuánto?

—No lo sé todavía. —La miré. —Ya te lo dije.

—¿Puede pasar que Keil no vuelva?

El silencio duró dos segundos.

—No —dije.

—¿Seguro?

—Lo suficiente para decirlo sin pausar. —La miré. —¿Satisfecha?

—No —dijo. —Pero es lo que hay.

Bebí el café.

Alice me miraba con esa atención suya que no descansaba, catalogando, buscando el
sistema. Hoy la miraba diferente de lo que me miraba a mí normalmente. Con algo
adicional que no tenía ayer y que yo sabía de dónde venía porque yo mismo lo había
puesto ahí la noche anterior cuando le dije lo que le dije.

—¿Tenés algo que preguntarme sobre lo de anoche? —dije.

—Varias cosas.

—Empezá.

—¿Lo dijiste en serio?

—¿Cuál parte.

—Todas.

La miré.

—Sí —dije.
Procesó eso con la misma atención con que procesaba todo. Sin apartar la vista. Sin
el gesto de incomodidad que la mayoría de las personas habrían tenido.

—¿Y Keil va a saber que me lo dijiste?

—Sí. Ya lo dije también.

—¿Cuándo se lo vas a contar?

—Cuando vuelva al frente. —Hice una pausa. —Que no es hoy.

Alice asintió.

Se levantó a buscar algo en la alacena. De espaldas a mí, con el movimiento


cotidiano de alguien buscando lo que necesita en una cocina que ya conoce. Y en ese
movimiento cotidiano, en esa normalidad completamente fuera de lugar dado el
contexto de las últimas doce horas, algo en el cuerpo registró su presencia con una
precisión que no era solo la señal del pacto sino algo más directo, más físico, más
inmediato.

Lo sostuve.

No sin esfuerzo.

(ALICE)

Salimos del edificio a las once de la mañana.

Vael delante de mí con las manos en los bolsillos y esa forma de moverse que no era
la de Keil. Keil caminaba como alguien que está midiendo el territorio
constantemente. Vael caminaba como algo que sabe que el territorio ya es suyo y no
necesita medirlo.

Roma de día, con su indiferencia habitual.

La gente en la calle nos miraba diferente. No a mí. A él. No con el reconocimiento


específico que la gente tenía a veces con Keil, ese registro de poder que los que
sabían de los Mangiarotti tenían. Era otra cosa. Algo más antiguo, más difícil de
nombrar, el registro de algo que no encajaba del todo en la categoría de lo que
debería estar caminando por una calle de Roma a las once de la mañana.

Vael no lo notaba o no le importaba.

Probablemente las dos cosas.


Fuimos al lugar que él había dicho que necesitábamos ir, un contacto en el
Trastevere que tenía información sobre los movimientos del clan Caretti después del
ataque de la noche anterior. El tipo de información que en el sistema de Keil habría
pasado por tres filtros antes de llegar a una reunión directa.

Vael no usó ningún filtro.

Llegamos al lugar, un bar angosto con mesas de mármol y olor a espresso y a algo
más que yo ya sabía reconocer, ese algo sin nombre que marcaba los espacios donde
el mundo visible y el invisible se superponían.

El hombre que esperaba en la mesa del fondo nos vio entrar.

Vio a Vael.

Y algo en su cara cambió de una forma que no era el reconocimiento de Keil


Mangiarotti sino algo diferente, más viejo, el tipo de reacción que tienen las cosas
que llevan suficiente tiempo en el mundo sobrenatural para reconocer lo que es
antiguo aunque venga en un empaque moderno.

—Mangiarotti —dijo.

—Más o menos —dijo Vael. Se sentó sin que nadie lo invitara. —Hablá.

La conversación duró veinte minutos.

El contacto habló. Vael escuchó con la atención específica de algo que no necesita
tomar notas porque no va a olvidar nada. Yo escuché desde el lado y catalogué y
anoté mentalmente y construí el mapa con la información que llegaba.

El clan Caretti había perdido tres miembros la noche anterior.

No dos. Tres. El tercero había aparecido en un callejón del Prati a las tres de la
mañana con el tipo de daño que no era de ningún arma humana y que en el mundo
sobrenatural tenía una firma muy específica.

Miré a Vael.

Él no me devolvió la mirada.

El contacto siguió hablando. Lorenzo Caretti había respondido a la pérdida de los tres
no con un ataque inmediato sino con algo peor: silencio. El tipo de silencio que en el
mundo de la mafia y en el mundo sobrenatural significaba que alguien estaba
construyendo algo más grande que un ataque de respuesta inmediata.

—¿Cuándo? —dijo Vael.

—No lo sé. —El contacto lo miró. —Pero va a ser coordinado. Las tres facciones.
—¿Las hadas también?

—Lirien ya tomó posición. No sé de qué lado todavía.

Vael asintió.

Se levantó.

—Gracias —dijo. El tono de alguien cerrando una conversación. Sin el protocolo de


Keil, sin la calibración de cuánta calidez correspondía.

El contacto lo miró un segundo más.

—¿Keil está bien? —dijo.

—Estará —dijo Vael.

Salimos.

En la calle me puse a su lado.

—El tercero —dije.

—¿Qué del tercero.

—El que apareció en el callejón del Prati. —Lo miré. —No era de los cuatro que
entraron al edificio.

—No.

—¿Quién era?

—El que iba a entrar después. —Vael caminó sin cambiar el paso. —El que el clan
tenía esperando afuera como reserva para cuando los cuatro de adentro terminaran
su trabajo.

—¿Y cómo terminó en un callejón?

Silencio de dos segundos.

—Porque lo encontré cuando revisar el perímetro —dijo. —Esta mañana temprano.

Lo miré.

—Dijiste que fuiste a revisar el perímetro.

—Sí.
—Y de camino—

—De camino encontré algo que iba a ser un problema más adelante y tomé una
decisión. —Me miró con esa directness que no tenía filtro. —¿Tenés algún problema
con eso?

Abrí la boca.

La cerré.

Volví a abrirla.

—¡Sí! —dije. —¡Sí tengo un problema con eso! No podés simplemente— no podés
salir a revisar el perímetro y de camino matar a alguien como si fuera parte de la
rutina matutina, Vael. Como si fuera ir a buscar el pan.

—¿Por qué no?

—¡Porque es una persona!

—Era un vampiro de linaje puro con instrucciones de entrar al edificio cuando los
cuatro de adentro terminaran y asegurarse de que no quedara nadie en condiciones
de responder. —Me miró. —Las instrucciones te incluían a vos.

—Eso no—

—¿No qué, Alice? —Se detuvo. Yo me detuve. Estábamos en el medio de una calle
del Trastevere con Roma pasando a nuestro alrededor completamente ajena. —¿No
justifica nada? ¿No cambia nada? —Una pausa. —Yo no tengo los límites que tiene
Keil. Nunca los tuve. Keil aprendió a construirlos porque necesitaba la estructura
para funcionar en el mundo que eligió. Yo no elegí ese mundo. Yo soy anterior a ese
mundo. —Me miró fijo. —Lo que hice esta mañana lo habría hecho en cualquier siglo
de los setenta que llevo en este pacto. No es nuevo. No es excepcional. Es lo que soy.

Lo miré.

—¿Y eso se supone que me tranquilice? —dije.

—No —dijo. —Se supone que te informe.

Volvimos al edificio sin hablar.

Subí al segundo piso. Fui a la biblioteca. Necesitaba el espacio, el olor a papel viejo,
el estante donde había encontrado el libro de mi madre, cualquier cosa que fuera
concreta y manejable.

Ocho minutos después escuché sus pasos en el pasillo.


—No entres —dije.

Entró.

Me giré.

Vael en el marco de la puerta con los brazos cruzados y la expresión de alguien que
no tiene ninguna intención de quedarse en el pasillo porque yo se lo pidiera. Sin
remera porque había subido directo sin pasar por el cuarto. La cicatriz en la palma
derecha visible desde donde yo estaba.

—Te dije que no entraras —dije.

—Lo escuché.

—¿Y?

—Y entré igual. —Me miró. —¿Vas a seguir enojada?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—El que necesite.

Algo en su cara se movió. El reconocimiento de sus propias palabras en mi boca.

—Justo —dijo.

—Mataste a alguien esta mañana y me lo dijiste como si fuera un dato logístico. —


Me crucé de brazos. —¿Qué se supone que haga con eso?

—Procesarlo —dijo. —Como procesás todo lo demás.

—Esto es diferente.

—¿Por qué?

—Porque estaba ahí. Porque lo vi en tu cara cuando el contacto lo mencionó y no


mostraste nada. Absolutamente nada. —Lo miré. —Keil al menos muestra algo. Keil
tiene algo que se parece a la incomodidad con ciertas cosas.

—Keil tiene incomodidad porque construyó una moral sobre la estructura que
necesitaba para funcionar —dijo Vael. Sin defensiva. Como dato. —Yo no tengo esa
estructura. Tengo otras cosas.

—¿Qué cosas?
Se separó del marco.

Caminó hacia mí.

No rápido. No con la urgencia de algo que ataca. Con la lentitud específica de algo
que sabe que tiene el tiempo y el espacio y no necesita apurarse.

Me quedé donde estaba.

No porque no quisiera moverme. Sino porque moverme habría sido admitir que su
proximidad cambiaba algo y no estaba lista para hacer esa admisión en voz alta.

Se detuvo a menos de un metro.

—¿Qué cosas? —repetí. Más bajo esta vez.

—Lealtad —dijo. —No al sistema. No al protocolo. A las personas específicas que


importan. —Me miró desde esa distancia que hacía que el aire entre los dos tuviera
una consistencia diferente a la del resto de la habitación. —Ayer a la noche
importabas. Esta mañana importabas. Eso no cambia con el contexto ni con la moral
que Keil construyó ni con ninguna otra variable.

—¿Y por eso lo mataste?

—Por eso lo maté —dijo. —Sin incomodidad. Sin la estructura que hace que Keil
necesite justificarlo de otras formas. —Una pausa. —Porque iba a hacerte daño y eso
no era aceptable.

Lo miré.

—Eso no me tranquiliza —dije.

—No pretendía tranquilizarte. —Sus ojos en los míos. El rojo en los bordes, suave,
constante. —Pretendía ser honesto.

—Keil también pretende ser honesto y dosifica todo.

—Keil dosifica porque le importa cómo recibís la información. —Hizo una pausa. —A
mí me importa que la tengas. El cómo es secundario.

Abrí la boca.

La cerré.

Porque no tenía respuesta para eso que no fuera verdad y la verdad era que en diez
días en este edificio nadie me había dado información sin calcular el impacto y Vael
me la estaba dando sin filtro y era brutal y era incómodo y al mismo tiempo era lo
más parecido a ser tratada como alguien que podía manejar lo que era real que
había recibido desde que llegué a Roma.

—Eso es —dije despacio— lo más perturbador que me dijiste.

—¿Más que lo de anoche?

—Diferente a lo de anoche.

—¿En qué sentido?

—Lo de anoche fue sobre lo que querés. —Lo miré. —Esto es sobre lo que sos. Y lo
que sos es más complicado de procesar que lo que querés.

Se quedó quieto un momento.

—Sí —dijo. —Lo es.

La distancia entre los dos era la que era. Menos de un metro, el espacio donde el
aire tenía esa consistencia diferente, donde el calor del cuerpo llegaba antes del
contacto y donde el sistema de la marca pulsaba suave sin que yo lo activara porque
respondía a la proximidad de la cicatriz de la forma en que respondía desde el
marcaje.

Vael lo sintió. Lo vi en cómo cambió algo en su expresión, el reconocimiento de la


señal, de los dos sistemas respondiendo el uno al otro en el mismo espacio.

Sus ojos bajaron un segundo.

Solo un segundo.

Después volvieron a los míos.

—Alice —dijo. En voz baja. Con el tono de alguien que está sosteniendo algo que no
va a sostener indefinidamente.

—¿Qué —dije. Igual de bajo.

—Dijiste que no te tranquilicé.

—No me tranquilizaste.

—¿Pero?

—No dije pero.

—Está en la forma en que lo dijiste.


Lo miré.

Tenía razón. Había un pero. Lo tenía desde el pasillo de la cocina esa mañana cuando
lo vi sin remera y archivé algo sin categoría y desde la calle cuando le grité y él
respondió sin el protocolo de Keil y desde ahora en esta biblioteca con menos de un
metro entre los dos y la marca pulsando sola.

—Pero —dije despacio— entiendo la lógica aunque no pueda estar de acuerdo con
ella.

—Eso es suficiente —dijo.

—No debería ser suficiente.

—Probablemente no. —Se acercó el último espacio que quedaba. —Pero es lo que
hay, Alice.

Y me besó.

No fue como la primera vez. No fue el ritual. No fue Vael tomando el control de algo
que el pacto necesitaba ejecutar. Fue Vael eligiendo, con la misma directness con
que hacía todo, sin el cálculo de Keil, sin la dosificación, sin el proceso de evaluar si
este era el momento correcto.

No había momento correcto.

Había este momento y él lo tomó.

Puse las manos en su pecho. El calor de la piel, la cicatriz bajo mi palma derecha
pulsando al contacto con la marca de mi brazo, los dos sistemas reconociéndose con
la urgencia específica de algo que lleva demasiado tiempo en el mismo espacio sin
resolverse.

No lo empujé.

No esta vez.

Vael con una mano en mi cara y la otra en mi cintura con la seguridad de algo que no
pide permiso porque ya sabe la respuesta, y yo con las manos en su pecho sin
presionar, sin alejar, en el espacio exacto entre el impulso y la decisión.

El beso tenía el sabor de lo que era. No humano completamente. No el ritual de la


primera noche. Algo más directo, más presente, más anclado en este cuerpo y en
este momento y en los dos en esta biblioteca con todo lo de las últimas doce horas
todavía en el aire.

Cuando se apartó fue despacio.


No lejos.

Me miró.

Yo lo miré.

—Keil va a saber esto también —dije.

—Sí —dijo.

—¿Y?

—Y va a ser otra conversación incómoda. —Una pausa. La comisura de su boca. —


Tengo pendientes varias.

Algo en mi pecho se movió. Esa cosa sin categoría que llevaba todo el día sin
nombre.

—Vael —dije.

—¿Qué.

—Cuando Keil vuelva.

—¿Qué pasa cuando Keil vuelva?

Lo miré durante un momento.

—Nada —dije. —Solo que cuando vuelva va a haber mucho que procesar.

—Sí —dijo. Y en ese sí había algo que no era solo confirmación. Era la conciencia de
algo que sabe que el después de esto no va a ser simple y que no le importa porque
el ahora importa más. —Lo habrá.

Se separó.

Caminó hacia la puerta.

Se detuvo en el marco.

—Alice.

—¿Qué.

—El contacto de esta mañana mencionó que Lorenzo va a hacer un movimiento en


los próximos tres días. —Me miró. —No un ataque. Algo más calculado. —Hizo una
pausa. —Cuando Keil vuelva va a necesitar esa información.
—Lo sé.

—Y vas a necesitar estar lista para lo que viene.

—Lo sé.

—¿Estás lista?

Lo miré durante un segundo largo.

—No —dije.

—Bien. —Asintió una vez, con algo que en él era lo más cercano a la aprobación
genuina. —La honestidad sigue siendo más eficiente.

Salió.

Me quedé en la biblioteca con la espalda contra el estante y la marca en el brazo


todavía pulsando suave y todo lo de las últimas doce horas esperando en el borde
del campo visual.

Nico.

Martina.

Lorenzo.

Keil en algún lugar del fondo del cuerpo que compartía con Vael, inconsciente, sin
saber nada de lo que había pasado esta mañana.

Abrí el cuaderno.

Escribí: Vael mató a alguien esta mañana para protegerme y me lo dijo como dato.
No sé qué hacer con eso.

Escribí: Me besó en la biblioteca. Tampoco sé qué hacer con eso.

Escribí: El mismo cuerpo. Razones distintas. La misma dirección.

Cerré el cuaderno.

Roma afuera.

El edificio quieto.

Tres días antes de que Lorenzo hiciera su movimiento.

Y Keil todavía sin volver.


(VAEL)

Eran las cinco de la tarde y los documentos llevaban cuarenta minutos siendo el
mismo problema.

No porque fueran complicados. Los documentos eran lo que eran: información sobre
los movimientos del clan Caretti, proyecciones de los tres días siguientes, el mapa de
lo que Lorenzo estaba construyendo antes de su próximo movimiento. En cualquier
otra circunstancia los habría procesado en veinte minutos y habría tenido el análisis
completo antes de la hora.

Esta tarde no era cualquier otra circunstancia.

Esta tarde los documentos llevaban cuarenta minutos siendo el mismo párrafo
porque mi cabeza no se quedaba en el párrafo.

Se quedaba en la biblioteca.

En la forma en que Alice no había empujado.

Me recosté en la silla con los brazos cruzados y miré el techo del despacho con la
misma expresión que habría tenido Keil si yo le hubiera contado lo que pasó en la
biblioteca, que era una expresión que oscilaba entre la incredulidad y algo
considerablemente más complicado.

Keil.

Silencio desde el fondo. El silencio específico de algo inconsciente que no podía


responder.

—Bien —dije en voz baja. —Aprovechá que no podés escucharme para decirte esto:
lo siento. Relativamente. Con los matices correspondientes a que lo haría de nuevo
sin dudar. —Hice una pausa. —Pero lo siento en el sentido de que entiendo que
cuando despiertes va a ser una conversación larga y probablemente me vas a hacer
tomar agua tibia y lo acepto como consecuencia razonable.

El techo no respondió.

Keil tampoco.

Volví a los documentos.

Llegué al mismo párrafo.


Me quedé en el beso otra vez.

Escuché algo en la cocina.

Me levanté antes de procesar el sonido completamente, el instinto de las últimas


doce horas todavía activo, todavía en el modo específico de algo que tiene el
perímetro en la cabeza constantemente. Crucé el pasillo en cuatro pasos.

—¿Alice?

—Cocina —dijo su voz.

No era urgencia. Era el tono de alguien completamente absorto en otra cosa.

Empujé la puerta.

Estaba de espaldas a mí.

Eso fue lo primero. De espaldas, con los codos sobre la mesada y las manos
trabajando algo sobre la superficie con la concentración específica de alguien que no
sabe que la están mirando o que no le importa.

Pantalones cortos. Descalza. Una musculosa que cubría lo que tenía que cubrir y no
llegaba del todo a la parte baja de su espalda, ese espacio de piel que quedaba
visible cuando se inclinaba levemente hacia adelante sobre la mesada.

El pelo rizado suelto por primera vez desde que la conocía. Sin el recogido de
siempre, sin los mechones que escapaban como accidente. Completamente suelto,
cayendo sobre los hombros, con la vida propia del pelo rizado que no tiene paciencia
para la geometría.

Había harina en la mesada.

Y un bol. Y manteca. Y lo que parecía, si yo entendía correctamente lo que estaba


viendo, masa.

Me apoyé en el filo de la mesa sin decir nada.

La observé.

Había una cafetera nueva en el fuego, el olor del café mezclándose con algo dulce
que venía del bol, y Alice trabajando la masa con las manos con la atención completa
de alguien que encontró algo donde poner la cabeza cuando la cabeza necesitaba
estar en algún lado concreto.

Tenía harina en el antebrazo izquierdo.

Sobre la marca.
Algo en el cuerpo registró eso con una precisión que no era del todo mía y no era del
todo de Keil sino de los dos al mismo tiempo, esa superposición de la que me había
vuelto cada vez más consciente a lo largo del día.

Me quedé en el filo de la mesa.

Mi mirada la recorrió.

Los pies descalzos en el piso de piedra fría. Los tobillos. Las piernas, la curva de las
rodillas, los muslos bajo el pantalón corto. La parte baja de la espalda que aparecía y
desaparecía con el movimiento de los brazos trabajando la masa. Los hombros bajo
la musculosa. El pelo.

El cuerpo se encendió.

No como señal. No como el pulso de la cicatriz respondiendo a la marca. Como algo


más directo, más físico, más sin intermediarios que cualquier cosa que el pacto
pudiera explicar o justificar.

No dije nada.

No me moví.

La observé trabajar con el silencio de algo que sabe que tiene el tiempo y no necesita
apurarse y que al mismo tiempo sabe que el tiempo esta tarde es finito y que en
algún momento Alice se iba a girar y el momento de mirar sin ser visto iba a
terminar.

—¿Galletas? —dije finalmente.

Alice no se sobresaltó. Giró la cabeza levemente, sin dejar de trabajar la masa.

—Masa de galletas —dijo. —Todavía no son galletas.

—¿Por qué?

—Porque las galletas necesitan frío antes del horno y el frío necesita tiempo y el
tiempo esta tarde tengo. —Siguió trabajando. —¿Algún problema?

—Ninguno.

—¿Entonces?

—Entonces nada. —Me acomodé mejor en el filo de la mesa. —Seguí.

Algo en su postura cambió. Levemente. El cambio de alguien que acaba de registrar


que la están mirando y que está procesando qué hacer con eso.
No se giró.

Siguió con la masa.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —dijo.

—Suficiente.

—¿Para qué?

—Para saber que tenés harina en el brazo izquierdo y que el café va a estar listo en
tres minutos y que hacés eso con las manos cuando necesitás que la cabeza esté en
algún lado concreto. —Hice una pausa. —¿Me equivoco?

Silencio de cuatro segundos.

—No —dijo.

—¿En qué estabas pensando?

—En varias cosas.

—¿En orden de importancia?

Se detuvo un momento. Las manos quietas sobre la masa. Después siguió.

—Nico —dijo. —Lorenzo. Los tres días que mencionó el contacto. —Una pausa. —El
beso.

Lo último lo dijo con el mismo tono que los primeros tres. Como dato. Como parte
de la lista.

Algo en mi pecho se movió.

—¿En qué orden? —dije.

—¿Importa el orden?

—Soy curioso.

—Eso no lo creería nadie que te conozca.

—¿Y vos me conocés?

Otra pausa. Más larga esta vez.

—Más de lo que debería después de diez días —dijo.


Se giró.

Tenía harina en las manos y en el antebrazo izquierdo y algo en la cara que no era
ninguna de las expresiones que le conocía de los últimos diez días. No el miedo de la
primera noche ni la rabia del despacho ni la determinación del portal ni la quietud de
la biblioteca esta mañana.

Era algo más suave y más complicado al mismo tiempo. El tipo de expresión que
aparece cuando alguien está demasiado cansado para sostener todos los filtros y lo
que queda debajo es simplemente lo que es.

Me miró desde la mesada.

Yo la miré desde el filo de la mesa.

La cocina olía a café y a manteca y a harina y a ese algo sin nombre que era el
edificio, y Roma afuera con la luz de las cinco de la tarde que empezaba a volverse
dorada, y entre los dos el espacio de la cocina que esta tarde era considerablemente
más pequeño de lo que debería haber sido.

—¿Querés café? —dijo.

—Sí —dije.

No me moví de la mesa.

Ella tampoco se movió de la mesada.

Los dos sabíamos que el café no era el punto.

***

—Quiero ver cómo lo hacés —dije.

Me bajé del filo de la mesa.

Me acerqué.

No por el lado. Por detrás. Despacio, con la misma lentitud de antes en la biblioteca,
sin apuro, sin el gesto de alguien que está evaluando si puede. Con la certeza
específica de algo que ya tomó la decisión y está ejecutándola.

Pegué el torso a su espalda.

La piel de Alice se erizó.

Lo sentí antes de verlo. El cambio de temperatura, la reacción que recorrió su


espalda de arriba abajo en el segundo exacto en que el contacto se estableció, ese
escalofrío involuntario que el cuerpo produce cuando algo lo toma por sorpresa de
una forma que no es completamente desagradable.

Lo noté.

Mi cuerpo también lo notó.

Me incliné levemente hacia adelante, mirando por delante de su hombro hacia la


mesada, hacia las manos de Alice quietas sobre la masa que ya no estaba
trabajando, y en ese ángulo vi lo que la musculosa mostraba a través de la tela con la
frialdad de la cocina y el contacto y todo lo que llevaba pasando desde esta mañana.

El café hirvió.

Apagué la cafetera sin moverme del lugar.

—No sabés lo que estás haciendo —dijo Alice. La voz levemente diferente a lo
normal. Levemente más baja.

Sonreí.

La oscuridad volvió. La sentí desplazarse hacia el frente, llenando el espacio,


comiéndose la luz de las cinco de la tarde que entraba por la ventana de la cocina
hasta que lo que quedaba era más parecido a la noche que a la tarde aunque afuera
siguiera siendo el mismo día.

—¿Cómo estás tan segura? —susurre.

Alice no respondió.

Eso también era una respuesta.

La tomé de la cintura con un movimiento limpio y la subí a la mesada, lejos de la


masa, y me situé entre sus piernas antes de que pudiera procesar completamente el
cambio de posición. La tomé de la nuca con una mano.

La besé.

Corté el beso.

La miré con un hilo de distancia entre los dos, su respiración ya diferente, la mía
también, y dije en voz baja:

—Las galletas pueden esperar. —Hice una pausa. —Tenés una sola oportunidad para
alejarme. Es esta.

Alice no me alejó.
Sus manos en mi pecho. Sin presionar. Sin empujar. En el espacio exacto entre el
impulso y la decisión que ya había ocupado antes en la biblioteca y que esta tarde en
la cocina tenía una temperatura completamente diferente.

Mordí su labio inferior.

—Para no sentirte tan culpable —dije contra su boca— pensá que quien está
haciendo esto es Keil.

Algo en su cara cambió. Ese movimiento que ya reconocía, el casi no sonrisa que
aparecía cuando algo la tomaba de sorpresa de la forma correcta.

Volví a besarla. Volvi a reclamarla.

Baje mi mano, abriendo sus piernas con una firmeza que dejaba poco margen para el
no y mi mano cruzo el tejido hasta encontrarse con su entrepierna. No fui sutil, fui
brusco pero es que mierda, estaba a mil, asi que arranque sus bragas negras, igual de
negras que la oscuridad que nos rodeaba. Introduje dos dedos, no hizo falta salida
porque ya estaba humeda.

—¡Ah! —Alice gimio pero su voz querada se perdio en mi boca.

Voy a contarlo con la honestidad de algo que no tiene ninguna razón para
avergonzarse de lo que es.

Alice sobre la mesada. Mis manos y su piel y el espacio entre los dos reduciéndose a
nada, a contact.

Enredo sus dedos en mi cabello.

—Vael..

La forma en que dijo mi nombre, que en su boca sonaba diferente, tan urgente.
Como era posible que una simple mundana, o mejor dicho, casi semi mundana, me
dejara en este estado.

En un momento levantó la vista hacia mí con esa expresión que no decía que quería
que parara.

Decía exactamente lo contrario.

Me enderecé.

La miré.

—Si existe algún Dios —dije. Y hice una pausa porque el punto merecía la pausa. —
Que existe, porque lo conozco. —Otra pausa. —Rezale para que después de esto yo
pueda parar.
Abrió la boca.

No llegó a responder.

Me incline, alejandome apenas lo suficiente para ver la aceptación en sus ojos


mientras mis dedos no dejaban de moverse, tampoco pretendia dejar de moverlos.
Baje hasta su vagina, hice la tela a un lado de un tiron, estaba desesperado, la deje
expuesta al aire frio de la cocina y el calor de mi aliento. La mire a los ojos desde
abajo y en no encontre ningun perdon, solo desafío.

Creo que Dios estaba mirandome y le rogaba a Alice encarecidamente que le


concediera la fuerza para hacerme parar. Viejo idiota, cuantas veces habra querido
hacerme parar, si hasta tenia el repertorio de como perdio su pobre paraiso.

—Ay, Dios m— Escuche a Alice intentar rezar de alguna forma sin inocencia.

Pero antes de que pudiera terminar la plegaria,retire los dedos y comenze a lamer
su vajina. Mi lengua no queria ser gentil, queria marcar. La absorbi, chupe y con el
tirmo constante de un reloj descompuesto, agarre su clitoris entre mis dientes y los
labios tirando de el para volver a empezar con el ritmo.

Olia sus desesperación.

—¡Ah!¡Oh si! —Alice gimio.

Senti sus manos en mi cabeza, sus dedos agarraron mi cabello con fuerza de forma
desesperada, dolio pero fue tan placentero, y se sujetaba con tanta fuerza que no
podria correrme si es que en algun momento decidia a cuerdas hacerlo.

Spoiler: no me apetecia.

—Vael... ¡Vael voy a correrme! —Dijo entre gemidos y la voz rota.

Kael, lo siento pero no me arrepiento.

Me separe solo un centimetro, por su expresión supe que en mis ojos habia algo más
que ella habia notado, si cariño, voy a comerte completa. Sin que ella pudiera seguir
articulando palabra alguna volvi a enfiestarme con la lengua, pero esta vez meti los
dedos otra vez sin dejar de chupar. Los movi freneticamente encontrando el punto
exacto. Lo roce, masajeandolo, mientras mi boca continuaba la danza devoradora.

Mire hacia arriba otra vez y mierda, si me controlaba seria el nuevo dios. Una de las
tiras de la musculosa de Alice caia por su brazo y con la mano que solto de mi cabello
estaba acariciandose una teta que estaba a punto de salir de la remera. Eso es jugar
sucio. Finalmente, me enderece, dejando que Alice se apoyara con un gemido roto.
Por como lo oia sabia que su boca estaba seca.
Gracias, gracias. Luego les enseño como se hace. Doy clases los juevez, no cobro
mucho.

—Saca la mano... —Lo dije mirando sus ojos.

Corrio la mano. Mientras mis dedos seguian el ritmo violento y perfecto dentro de
ella, me incline y mi boca capturo el pezon, mordiendolo con la misma intensidad
con la que la estaba poseyendo, estaba tan duro. Puta madre. Por mi mente no
pasaba el hecho de que cuando tomaba el mando, no solo mi fuerza aumentaba,
sino que mis dientes, va, los dientes de Keil se volvian más puntiagudos.

—¡Ah! —Alice grito con un gemido ahogado, haciendo la cabeza hacia atras y con la
mano que estaba en su mecho se agarro de mi hombro desnudo y clavo las uñas,
rasgando.

Yo segui con la tarea. Merezco mi estrella dorada.

Luego lo note todo. Estaba tan embriagado de placer, su cuerpo, el olor que este
desprendia.

—Voy a... ¡Voy a correrme Vael!

La mire a los ojos, acere el ritmo.

—Hazlo... —Y baje la cabeza hacia la situación en cuestión. Admirando lo que estaba


a punto de pasar.

Agarre su otra pierna abriendola un poco más y comence a sentir los espasmos, sus
manos volvieron a sujetarse de mi pelo y hecho su cabeza hacia atras.

—Oh, Dios... ¡Si! —Gimio tan fuerte que hasta el cuerpo de Nico se hubiese vuelto a
la vida.

Se corrio con mi mano, sus piernas comenzaron a liberar espasmo. Todo su cuerpo
temblaba.

Alice cuando llegó al límite dijo mi nombre.

No el de Keil.

El mío.

Y algo en ese detalle, en esa distinción específica, hizo que algo en el fondo del
cuerpo que compartíamos pulsara de una forma que no era solo mía.

Lo archivé para la conversación que iba a tener con Keil cuando volviera.

Que iba a ser larga.


Y probablemente iba a implicar agua tibia.

(ALICE)

Me quedé en la mesada con la espalda contra los cajones superiores y la respiración


que todavía no había vuelto completamente a lo que debería ser y Vael a mi lado
con una expresión que no era el sarcasmo de siempre ni la indiferencia calculada ni
ninguna de las cosas que usaba como armadura.

Era algo más quieto.

Más asentado.

Como algo que acaba de hacer exactamente lo que quería hacer y que no tiene
ningún arrepentimiento sobre eso y que tampoco necesita celebrarlo.

Me miró.

—¿Estás bien? —dijo.

—Sí. —Lo miré. —¿Vos?

—Considerablemente mejor que hace una hora.

Algo en mi pecho se movió.

—Vael.

—¿Qué?

—¿Qué hacemos ahora?

Me miró durante un momento. Con esa directness que no tenía filtro, que no
calculaba el impacto, que simplemente era lo que era.

—Ahora —dijo— metés la masa en la heladera. Yo me sirvo el café aunque esté frío
porque el cuerpo sigue necesitando combustible. —Hizo una pausa. —Y después
procesamos lo que viene porque Lorenzo tiene tres días y eso no cambió.

Lo miré.

—¿Eso es todo lo que tenés para decir?


—No —dijo. —Pero el resto de lo que tengo para decir es para cuando Keil esté. —Se
separó de la mesada. Fue a la cafetera. —Porque lo que pasó acá es de los tres. No
de dos.

Me quedé quieta un momento.

—¿Y él va a estar de acuerdo con eso?

—No inmediatamente —dijo. Se sirvió el café. Lo bebió frío sin ninguna expresión de
incomodidad. —Pero sí eventualmente. —Me miró. —Keil tarda en llegar a las
conclusiones que ya saqué yo. Siempre fue así. Pero llega.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto —dijo— hay galletas que hacer y tres días para prepararse para lo
que viene. —Una pausa. La comisura de su boca. —En ese orden si querés o en el
inverso. A mí me da igual.

Me bajé de la mesada como pude, mis piernas temblaban. La ultima vez que alguien
me toco de esa forma fue hace un mes, o tal vez dos, no lo recuerdo.

Fui a buscar el bol con la masa.

La metí en la heladera.

Me lavé las manos con el jabón de la pileta y el agua fría de Roma y me quedé
mirando el chorro un momento más de lo necesario.

En la mesada quedaba harina. En mi brazo izquierdo también, sobre la marca,


mezclada con lo que había pasado los últimos veinte minutos de una forma que en
cualquier otro contexto habría sido completamente absurda.

En este contexto era simplemente lo que era.

—Vael —dije sin girarme.

—¿Qué.

—Cuando Keil vuelva.

—Sí.

—¿Cómo va a saber lo que pasó?

—Porque se lo voy a contar. —Una pausa. —Ya lo dije.

—¿Todo?
—Todo.

Cerré el agua.

Me sequé las manos.

Me giré.

Vael estaba apoyado en la mesada del lado opuesto con el café frío y esa expresión
quieta de antes, sin el sarcasmo de superficie, sin la indiferencia calculada. Solo él.
Solo Vael en el cuerpo de Keil a las cinco y media de la tarde con la luz dorada
entrando por la ventana y Roma afuera completamente ajena.

—¿Tenés miedo de lo que va a decir? —dije.

—No —dijo. —¿Vos?

Lo pensé.

—Un poco —dije.

Fui a buscar mi cuaderno a la mochila.

Me senté en la mesa de la cocina.

Vael siguió apoyado en la mesada con el café frío y el silencio de algo que no
necesita llenar el espacio para ocuparlo y que esta tarde ocupaba todo el espacio
disponible de todas formas.

Abrí el cuaderno.

Escribí: Keil tiene tres días para volver.

Escribí, más pequeño, en el borde de la página donde normalmente no escribía nada:

el mismo cuerpo. razones distintas. la misma dirección. Mis piernas tiemblan.

ya lo escribí antes.

sigue siendo verdad.

Cerré el cuaderno.

Afuera Roma se volvió dorada y después naranja y después la oscuridad que llegaba
cada noche sin pedir permiso.

Tres días.
CAPITULO 6

(VAEL)

Los tres días que el contacto había mencionado duraron dos.

Lo supe cuando el perímetro empezó a vibrar a las dos de la mañana del segundo día
con la frecuencia específica de múltiples presencias acercándose desde direcciones
distintas al mismo tiempo. No era un solo clan. Eran tres frentes distintos. Los elfos
de linaje puro por el norte, con esa densidad antigua que hace que el aire cambie de
consistencia antes de que sean visibles. El clan Caretti por el sur, coordinado, con la
firma específica de alguien que conoce el sello desde adentr. Y algo más por el este
que se movía diferente a los otros dos, más físico, más urgente, sin la paciencia de
los elfos ni la precisión del clan.

Hombres lobo.

Eso era lo que no había calculado. No porque no supiera que existían como facción
en Roma. Sino porque los hombres lobo no coordinaban con vampiros ni con elfos.
Sus jerarquías eran incompatibles, sus territorios se superponían de formas que
históricamente producían guerra, no alianza.

Que los tres estuvieran moviéndose al mismo tiempo en la misma dirección


significaba que alguien había cedido algo suficientemente valioso para hacer posible
lo imposible.
Alice.

Alice era suficientemente valiosa para eso.

Me levanté. El corazón había mejorado. No completamente. Pero lo suficiente para


que yo pudiera moverme sin el costo físico constante de las primeras horas.

Fui al cuarto de Alice.

Golpeé una vez.

—Levantate —dije. —Ahora.

(ALICE)

No pregunté qué pasaba.

Ya no preguntaba qué pasaba cuando Vael usaba ese tono. Ese tono tenía su propio
idioma y su propio significado y los dos sabíamos cuál era.

Me vestí en dos minutos. Pantalones, zapatillas, la chaqueta que tenía más cerca. El
cuaderno en la mochila por reflejo, que era el tipo de reflejo que ya no podía
sacarme aunque quisiera.

Salí al pasillo.

Vael estaba en el marco de la puerta del cuarto de Keil con una remera puesta por
primera vez en dos días, lo cual también era su propio tipo de idioma, y los ojos con
el rojo en los bordes más intenso que lo habitual.

—¿Cuántos? —dije.

—No lo sé todavía. —Me miró. —Muchos.

Lo procesé.

Las tres al mismo tiempo. Las hadas, el clan Caretti, y quienquiera que fuera la
tercera facción que había construido el perímetro en el Ghetto. Las tres al mismo
tiempo significaba que alguien había coordinado algo que en el mundo sobrenatural
de Roma no se coordinaba fácil, que las facciones no operaban juntas porque sus
intereses raramente convergían lo suficiente para justificar la logística.

Excepto cuando el objetivo era suficientemente valioso para que todos cedieran
algo.
—¿Qué hacemos? —dije.

—Lo que podamos —dijo Vael. Y en su voz, que nunca tenía incertidumbre, había
algo que no era exactamente incertidumbre pero que se le parecía de una forma que
hizo que algo en mi pecho se apretara. —El edificio no va a ser suficiente esta vez.

—¿Entonces?

Me miró.

—Entonces usamos lo que tenemos —dijo.

(VAEL)

El perímetro cedió a las dos y cuarenta y tres.

No en capas esta vez. De golpe. Como si alguien hubiera cortado el sello con algo
diseñado específicamente para ese sello, con el conocimiento exacto de su
construcción y sus puntos débiles.

Lirien.

Solo las hadas tenían ese nivel de precisión sobre un sello Mangiarotti. Solo alguien
que había estado en el edificio y había tenido acceso al portal y había sentido el sello
secundario activo bajo la palma de Alice.

El favor.

Lo había cobrado de esta forma. No directamente, no con su presencia, sino dándole


a alguien más la información que necesitaba para desmantelar lo que protegía a
Alice.

Eso era más brutal que cualquier ataque directo.

Y era completamente Lirien.

Lo guardé para después porque después era el único momento en que iba a poder
hacer algo con esa información.

Ahora había tres facciones entrando al edificio.

Lo que siguió no fue limpio.


No tengo otra forma de describirlo. No fue el enfrentamiento calculado de la
primera noche ni la intervención quirúrgica del callejón. Fue lo que pasa cuando
demasiadas cosas se mueven al mismo tiempo en un espacio que no fue diseñado
para contenerlas todas, cuando el margen desaparece y lo que queda es instinto
puro.

El primer grupo entró por el norte. Tres elfos de linaje puro, con la densidad
específica de algo que lleva generaciones acumulando poder. Sin ruido. Sin el tipo de
movimiento que hace la fuerza bruta. Precisión quirúrgica, el tipo de ataque que
diseña algo que tiene siglos de práctica.

El segundo grupo por el sur era el clan Caretti. Cinco. Rápidos con la velocidad de
linaje vampírico y con el mapa del edificio en la cabeza porque Lorenzo había estado
acá dos días antes leyendo cada ángulo.

El tercero por el este llegó diferente a los otros dos.

Los hombres lobo no necesitaban precisión ni velocidad. Necesitaban peso. Y lo


tenían, cuatro en forma parcial que es más peligrosa que la forma completa porque
mantienen el razonamiento con la fuerza animal, el tipo de combinación que los
hace impredecibles de una forma que los elfos y los vampiros no son.

Tres frentes. Al mismo tiempo. Coordinados por algo o alguien que había convencido
a tres facciones que normalmente se despedazarían entre sí de que el objetivo valía
más que sus diferencias.

(ALICE)

Me quedé en la biblioteca exactamente cuatro minutos.

Cuatro minutos escuchando los sonidos del piso de abajo, los golpes, el peso de algo
que no era humano moviéndose por los pasillos del edificio que ya conocía de
memoria, la voz de Vael que no gritaba nunca y que había gritado mi nombre con
una urgencia que me había clavado en el sitio.

Cuatro minutos.

Después abrí la puerta de la biblioteca.

No para bajar. Para ver.

Desde el rellano del segundo piso podía ver parte del hall, el pasillo que llevaba a la
cocina, la escalera. Lo que vi en el pasillo era suficiente para que la marca empezara
a pulsar sola con la frecuencia de respuesta a amenaza que ya reconocía pero que
esta vez era más alta, más urgente, más insistente que cualquier vez anterior.

Vael en el hall con tres de los que habían entrado.

Manejándolos.

Pero el cuarto había pasado por el otro lado.

Y el cuarto estaba en la escalera.

Y estaba mirando hacia arriba.

Hacia mí.

No pensé.

Eso es lo que recuerdo. Que no hubo proceso entre ver la figura en la escalera
mirándome y lo que hice. Solo el instinto, la marca respondiendo antes de que mi
cabeza pudiera intervenir, la luz dorada explotando desde mi brazo derecho con una
intensidad que no había tenido en ninguna de las veces anteriores.

La figura en la escalera retrocedió.

Pero la marca no paró.

Eso era lo nuevo. Que no paraba. Que había encontrado el canal y lo estaba usando
con la urgencia acumulada de semanas de activaciones parciales y de noches
durmiendo con ella pulsando suave y del callejón y del portal y de todo lo que se
había ido sumando sin que yo supiera sumarle un límite.

El edificio tembló.

No físicamente. Algo más profundo que físico. Algo en las paredes, en el sello que
Vael había construido, en los cimientos de lo que hacía que este lugar fuera lo que
era.

La marca lo estaba tocando todo.

Y yo no podía detenerla.

(VAEL)

Sentí el momento exacto en que la marca de Alice se descontroló.


No porque pudiera verla desde el hall. Sino porque el sello del edificio, lo que yo
había pasado dos días reconstruyendo con los recursos que me quedaban, empezó a
responder a algo que no era yo. A algo que venía de arriba y que tenía la frecuencia
de la marca pero amplificada, sin dirección, sin el control que Alice había empezado
a desarrollar en las últimas semanas.

La marca sin control en un edificio construido sobre un pacto sobrenatural era como
fuego en una habitación llena de combustible.

Me separé de los que quedaban en el hall.

Subí la escalera corriendo.

La encontré en el rellano del segundo piso con el brazo derecho completamente


luminoso y los ojos que habían cambiado de color, el ámbar que ya no era ámbar
sino algo más claro, casi blanco, con la intensidad de algo que está siendo usado más
allá de sus límites.

Temblaba.

No de miedo. El tipo de temblor que tiene el cuerpo cuando está procesando más de
lo que puede procesar, cuando el sistema está sobrecargado y el desbordamiento se
manifiesta físicamente.

—Alice. —Me puse frente a ella. —Mirá.

No me miraba. Miraba la luz en su brazo con la expresión de alguien que está dentro
de algo que no sabe cómo salir.

—Alice. —Tomé su cara con las dos manos. —Acá. Mirá acá.

Me miró.

Los ojos casi blancos. La marca tan activa que el calor llegaba antes del contacto, que
mis manos sobre su cara sentían el calor que emanaba de ella.

—No puedo pararlo —dijo. La voz diferente. Más baja. Con la textura de algo que
está siendo consumido despacio.

—Lo sé. —La miré. —No intentés pararlo. Intentá dirigirlo.

—No sé cómo.

—Sí sabés. —Una pausa. Los sonidos del piso de abajo todavía activos. Los que
quedaban todavía moviéndose. —Respirá. La marca sigue tu intención. No tu
control. Tu intención.

—¿Cuál es la diferencia?
—El control es lo que hacés. La intención es lo que querés. —La miré. —¿Qué
querés?

Silencio de tres segundos.

—Que esto pare —dijo.

—Más específico.

—Que se vayan. —Los ojos cambiando, el blanco cediendo levemente hacia el


ámbar. —Que salgan del edificio y no vuelvan.

—Eso. —Sostuve su cara. —Quedáte en eso.

La marca pulsó.

Una vez. Grande. Con la intensidad de algo que encontró dirección y la usó toda.

El edificio tembló de nuevo. Más fuerte esta vez. Las paredes, el piso, el sello
respondiendo a lo que la marca estaba haciendo con él, absorbiendo,
reconfigurando, cambiando algo en la estructura del espacio que no iba a poder
deshacerse después.

Roma afuera respondió también.

No dramáticamente. No con el tipo de respuesta visible que los humanos podrían ver
y nombrar. Sino con el tipo de cambio que siente el mundo sobrenatural, un
desplazamiento en el equilibrio de algo que llevaba siglos en un lugar específico y
que esta noche se había movido.

Las presencias en el edificio retrocedieron.

Todas al mismo tiempo.

Después silencio.

La luz en el brazo de Alice bajó despacio. En capas, igual que siempre, primero los
bordes y después el centro, pero más lento que cualquier vez anterior. Con el
cansancio específico de algo que usó todo lo que tenía y que no sabe todavía lo que
eso costó.

Alice se desplomó.

La atrapé.

(ALICE)
Lo primero que registré cuando pude registrar algo fue el piso.

Frío. De piedra. El piso del rellano del segundo piso del edificio de los Mangiarotti en
el Prati que en este momento era la cosa más concreta del mundo y me aferré a esa
concretud porque todo lo demás era demasiado.

Vael a mi lado. Sentado en el piso con la espalda contra la pared y yo entre sus
brazos con la misma postura del hall la noche anterior, el mismo calor del cuerpo, la
misma presencia que no pedía nada.

—¿Cuánto tiempo estuve— —empecé.

—Tres minutos. —Su voz más baja que de costumbre. —Desde que la marca se
descontroló hasta que cedió.

Tres minutos.

—¿Se fueron?

—Sí.

—¿Todos?

—Todos.

Lo procesé.

El brazo derecho pesaba. No de dolor exactamente. De ausencia. Como cuando algo


que estaba activo se apaga de golpe y el espacio que ocupaba queda más vacío de lo
que estaba antes de que empezara. La marca seguía ahí, la sentía, pero más quieta
que nunca antes. Más profunda. Como si hubiera usado algo que no era solo energía
sino algo más difícil de reponer.

—¿Qué hice? —dije.

Vael no respondió de inmediato.

—Lo que necesitabas hacer —dijo finalmente.

—Eso no responde la pregunta.

—No. —Una pausa. —La marca se activó parcialmente. No completamente. Pero lo


suficiente para cambiar algo. —Su voz sin el sarcasmo habitual. Con algo más serio
debajo. —El equilibrio sobrenatural de este sector de Roma se desplazó. Las
facciones lo van a sentir. Van a entender lo que pasó.
—¿Y eso es bueno o malo?

—Las dos cosas. —Me miró desde arriba. —Lo bueno es que van a recalibrar antes
de actuar de nuevo. Que lleva tiempo. —Una pausa. —Lo malo es que lo que usaste
para hacer eso no vuelve igual.

Lo miré.

—¿Qué significa eso?

—Que la marca consume algo de la persona que la lleva cuando se activa sin control.
—Me miró con esa directness. —No sé exactamente qué todavía. Lo voy a saber en
las próximas horas.

—¿Keil lo sabe?

—Keil va a saberlo cuando vuelva. —Una pausa. —Que sigue sin ser hoy.

Cerré los ojos un segundo.

El rellano. El piso frío. El brazo derecho que pesaba diferente.

Roma afuera cambiada de alguna forma que no sabía todavía cómo describir pero
que sentía en algún lugar que no tenía nombre.

—Vael —dije.

—¿Qué.

—Lorenzo no estaba entre los que entraron.

Silencio.

—No —dijo.

—¿Dónde está?

Silencio más largo.

—Afuera —dijo. —Esperando.

Abrí los ojos.

—¿Esperando qué?

—Que lo que acaba de pasar demuestre lo que necesitaba demostrar. —Me miró. —
Que la marca está lista. Que vos estás lista. —Una pausa. —Que el momento es
ahora.
Lo miré.

—¿Y es ahora?

Vael me sostuvo la mirada durante un momento que fue más largo de lo que eran
sus momentos habituales.

—No si yo puedo evitarlo —dijo.

Y en su voz había algo que no era solo la lógica estratégica de algo que calcula
consecuencias. Era algo más viejo. Más directo. Sin el intermediario del protocolo ni
la estructura ni ninguna de las capas que normalmente mediaban lo que decía.

Era Vael sin filtro.

Y sin filtro sonaba como alguien que tenía miedo de algo por primera vez en setenta
años.

Eso fue lo más aterrador de toda la noche.

(VAEL)

Lorenzo Caretti llegó al portal a las cuatro de la mañana.

No atacó. No envió a nadie delante. Llegó solo, con la quietud específica de algo que
sabe que tiene todo el tiempo del mundo porque el tiempo ya no trabaja contra él, y
golpeó el portal con los nudillos con la misma naturalidad con que cualquier persona
golpea una puerta.

Alice estaba en el despacho. Le había dicho que se quedara ahí. Esta vez se había
quedado.

Bajé.

Abrí el portal.

Lorenzo en el umbral. Traje oscuro, ojos color miel que eran los ojos de Alice en la
cara de un hombre que los había abandonado hace veintidós años y que los usaba
ahora para mirarme con la evaluación de algo que está verificando el estado de una
inversión.

—Vael —dijo. Sin sorpresa. Sabía con quién estaba hablando.

—Lorenzo —dije.
—¿Dónde está Keil?

—Recuperándose.

—¿Y Alice?

—Adentro.

—Necesito verla.

—No esta noche.

—No es una solicitud. —Me miró. —Lo que pasó hace una hora cambió el tablero.
Los elfos lo sintieron, el clan lo sintió, los Altieri lo sintieron. —Una pausa. Los Altieri
era el nombre del alfa que controlaba la manada de Roma, información que yo tenía
y que confirmar que Lorenzo también la tenía decía algo sobre cuánto acceso había
tenido a las jerarquías sobrenaturales de la ciudad. —Lirien ya está reposicionando.
El tiempo que teníamos se redujo a horas, no días.

Lo miré.

En setenta años aprendí a leer a las personas con la precisión de algo que los ha
estudiado durante generaciones. Lorenzo Caretti tenía la estructura de alguien que
creía genuinamente en lo que estaba diciendo. Que tenía una lógica interna que era
consistente consigo misma aunque fuera monstruosa desde afuera.

Eso era lo más peligroso de él.

No que mintiera. Sino que no necesitaba mentir porque su versión de la realidad era
coherente.

—Cinco minutos —dije. —En el hall. Yo presente.

—De acuerdo.

Lo dejé entrar.

(ALICE)

Escuché sus pasos en el hall antes de que Vael dijera mi nombre.

Salí del despacho.


Lorenzo en el centro del hall con las manos a los lados y esa quietud que ya había
visto la primera vez. La misma evaluación de antes. Los mismos ojos.

Mis ojos.

—Alice —dijo.

—Ya sé que no tengo mucho tiempo —dije. —Decí lo que tenés que decir.

Algo cruzó su cara. La sorpresa brevísima de alguien que esperaba otra cosa.

—Lo que pasó esta noche— —empezó.

—Lo sé lo que pasó. —Lo miré. —Decí lo que viniste a decir, Lorenzo.

Me miró durante un momento.

—La marca se activó parcialmente —dijo. —Lo que significa que el sistema está en
movimiento. Que no hay forma de detenerlo ahora. Que va a activarse
completamente en algún momento de las próximas semanas independientemente
de lo que cualquiera elija. —Hizo una pausa. —La pregunta ya no es si se activa. Es
en qué condiciones y bajo la influencia de quién.

—¿Y vos querés que sea bajo la tuya —dije.

—Quiero que sea bajo la nuestra —dijo. —Tuya y mía. —Una pausa. —Sos mi hija.

El silencio que siguió fue el tipo de silencio que tiene bordes.

—No —dije.

—Alice—

—No soy tu hija. —Lo miré con la misma calma con que él había dicho que las llaves
no eran personas. Con la misma temperatura. Con la misma planitud. —Las hijas son
las personas que criaste y conociste y elegiste. Yo soy alguien que lleva tu sangre sin
haberlo pedido y que lleva una marca que vos pusiste en mi linaje sin preguntarle a
nadie. —Hice una pausa. —Eso no es ser hija. Es ser una consecuencia.

Lorenzo me miró.

—Podría haberte protegido —dijo.

—No me protegiste. Mandaste a matar a mi única amiga en Roma para mandarme


un mensaje.

—Era necesario.
—Ya lo dijiste. —Lo miré. —La primera vez que lo dijiste entendí que para vos lo era.
Que en tu sistema eso era necesario. —Hice una pausa. —Lo que no entendiste es
que en el momento en que lo dijiste sin dudar me dijiste todo lo que necesitaba
saber sobre lo que sos.

Silencio.

—La marca— —empezó.

—La marca es mía —dije. —Lo que se active y cómo y cuándo y bajo la influencia de
quién lo decido yo.

Lorenzo me miró durante un momento.

Después pasó algo que no esperaba.

Se acercó.

No con agresión. Con la intención específica de alguien que tiene otra opción
disponible y que ha decidido usarla.

—Lo siento —dijo.

Y puso la mano en mi brazo derecho.

Sobre la marca.

El dolor fue inmediato.

No el calor de la marca activa. Algo diferente. Algo que venía de afuera hacia
adentro, la presión de algo que estaba forzando el sistema en dirección contraria a la
que el sistema funcionaba, que estaba usando el acceso de linaje para empujar la
activación desde el exterior.

Lorenzo intentando activar la marca por la fuerza.

Grité.

(VAEL)

Lo tuve lejos de Alice en menos de un segundo.

No con cuidado. Sin el cálculo de consecuencias. Sin el margen que normalmente


mantenía entre lo que podía hacer y lo que hacía.
Lorenzo contra la pared del hall con mi mano en su garganta y los ojos
completamente rojos, no en los bordes, completamente, con la intensidad de algo
que lleva setenta años siendo lo que es y que esta noche no tiene ninguna intención
de contenerse.

La oscuridad llenó el hall.

No como las otras veces, gradual, manejada. De golpe. Como si alguien hubiera
apagado todo lo que no era yo en ese espacio y lo que quedaba fuera solo esto, solo
Vael sin filtro, sin la estructura de Keil mediando, sin los límites que setenta años de
pacto me habían enseñado a mantener en los territorios correctos.

Lorenzo me miró desde la pared.

No con miedo. Con la evaluación de algo que estaba calculando variables.

Eso me irritó más que el miedo habría hecho.

Me acerqué un centímetro más. Solo uno. El suficiente para que la distancia entre los
dos dejara de ser negociable.

—Sabés lo que estoy pensando —dije. La voz completamente baja. Sin volumen. Sin
el tipo de amenaza que necesita el volumen para existir porque las amenazas que no
necesitan volumen son las únicas que importan. —Estoy pensando si arrancarte la
lengua primero. —Hice una pausa. —O los dedos. —Otra pausa. El tipo de pausa que
existe para que el otro lado tenga tiempo de procesar lo que viene. —Los dedos que
pusiste en su brazo específicamente. Empezando por el pulgar porque el pulgar es el
que más duele cuando se va solo.

Lorenzo no dijo nada.

Bien.

—Después estoy pensando —seguí con la misma voz, con la misma temperatura—
en destriparte completo. Con el tiempo que merece algo que se hace bien. Sin
apuro. —Lo miré a los ojos, los ojos color miel que eran los ojos de Alice en una cara
que no merecía tenerlos, y en mis ojos el rojo que ya no era en los bordes sino
completo, llenando el iris, la oscuridad del despacho creciendo hacia el hall. —
Dejarte como un puto muñeco de trapo sin relleno. El tipo de cosa que se hace
cuando algo merece ser deshecho completamente. No destruido. Deshecho. —Una
pausa. —¿Entendés la diferencia?

Lorenzo tragó saliva.

Pequeño. Casi invisible.

Pero lo vi.
—No sos el único con poder en esta habitación —dijo. La voz sostenida. Casi.

—No —dije. —Pero soy el único en esta habitación que lleva setenta años sabiendo
exactamente cómo usar el que tiene. —Me incliné un milímetro más. —Y que esta
noche no tiene ninguna razón para contenerse.

Silencio.

—La marca necesita—

—La marca —dije— no es tuya. El linaje no te da derechos sobre el cuerpo de tu hija.


—Una pausa. —Que además no es tu hija. Una hija es algo que se construye en el
tiempo. Vos construiste una pieza en un sistema y la dejaste crecer sola esperando
que llegara a activación. —Lo miré. —Eso es otra cosa.

Lorenzo me miró.

Calculando todavía. Siempre calculando.

—Si me matás —dijo— el clan—

—El clan perdió cuatro miembros esta semana. —Lo solté. Despacio. Con el mismo
cuidado con que había puesto la mano en su garganta. —Podría ser cinco. La
diferencia entre cuatro y cinco esta noche es una sola decisión mía. —Señalé el
portal. —Salís ahora o me ayudás a tomar esa decisión.

Lorenzo se acomodó el traje.

Me miró una última vez con esos ojos.

Salió.

El portal se cerró.

Me giré.

Alice estaba en el centro del hall con el brazo derecho apretado contra el pecho.

Me miró.

Yo la miré.

—¿Cómo está el brazo? —dije.

—Mal. —Pausa. —¿Lo vas a matar?

—Sí.
Alice me miró.

—¿Por qué la pregunta?

—Porque no es la solución.

Me quedé quieto un segundo.

—No es la solución —repetí. Con su mismo tono. Su misma cadencia. Sus mismas
palabras en mi boca devueltas con la precisión de algo reproduciéndolas para que
sonaran exactamente tan ingenuas como las estaba escuchando. —No es la solución.
—Una pausa. —¿Acabás de ver lo que te hizo?

—Lo vi.

—¿Y?

—¡Y no es la solución! —La voz subió. No como decisión. Como consecuencia. —¡Hay
otras formas de manejar esto que no implican matar a alguien!

—Puso la mano en tu marca —dije. La voz subiendo también, sin que yo lo eligiera,
con la velocidad específica de algo que lleva horas sosteniendo demasiado y que
encontró el canal de salida. —Sin tu permiso. Sin preguntarte. Forzando la activación
de algo que vive en tu cuerpo como si fueras un mecanismo con el código correcto.
—La miré. —¿Y me decís que no es la solución?

—¡No lo es!

—¡Entonces cuál es! ¡Decime cuál es, Alice, porque me interesa saberlo!

—¡Keil no tomaría esa decisión de primera! —Los ojos encendidos, la voz


completamente arriba, sin los filtros de siempre. —¡Keil evaluaría, consideraría, no
iría directo a—!

—¡QUÉ LÁSTIMA! —El grito llenó el hall, rebotó en las paredes, se quedó ahí con el
peso de algo que llevaba demasiado tiempo contenido en un espacio demasiado
pequeño. —¡Qué lástima enorme porque Keil no va a volver hoy! ¡Ni mañana! ¡Ni
pronto! —Un paso hacia ella. —¡Porque por proteger a la pobre damisela en peligro
está completamente inconsciente acá adentro!—Me lleve un dedo al pecho
señalando— ¡Y yo tengo que tomar las cartas sobre el asunto para proteger a
Caperucita Roja de los putos lobos feroces que acaban de entrar al edificio junto con
sus amigos los elfos y el clan de papá!

—¡No te estoy pidiendo que lo hagas solo!

—¡Entonces dejá de compararme con él como si él fuera la vara correcta y yo la


versión defectuosa!
—¡No te estoy comparando, te estoy diciendo que hay límites!

—¡Sí, hay límites! —dije. —¡Los de Keil! ¡No los mios! ¡Yo no tengo esos límites!
¡Nunca los tuve! ¡Y esta noche eso fue lo que te salvó!

Alice abrió la boca.

Lo que dijo después no lo voy a reproducir exactamente. No porque no lo recuerde.


Sino porque algunas cosas tienen más peso cuando se quedan en el momento donde
existieron y no cuando se las saca al texto.

Lo que dijo llegó al lugar correcto.

Con la precisión de alguien que lleva suficientes días observándome para saber
exactamente dónde están los bordes.

Me quedé quieto.

El hall en silencio salvo por la respiración de los dos, acelerada, con el calor residual
de la pelea todavía en el aire.

—¿Sabés lo que me irrita? —dije finalmente. La voz baja. Peor que cuando estaba
alta. —Que todo el tiempo necesitás una puta respuesta. Que todo el tiempo
preguntás las mismas cosas de formas distintas esperando que en algún momento el
resultado cambie. —La miré. —La vida no es fácil, Alice. No fue fácil para vos, lo sé.
Lo vi. Lo entiendo. —Una pausa. —Pero si querés comparar trayectorias te informo
con mucho gusto que la de Keil fue peor. Que la suya fue peor de formas que todavía
no te contó y que yo no voy a contarte porque no es mi lugar. —Otra pausa, más
larga, con el peso de algo que está diciendo más de lo que planeaba decir porque ya
no tiene el filtro disponible para pararlo. —Y mi vida de mundano, en el tiempo en
que eso fue posible, que fue hace muchísimos años y que ya no importa porque ese
tiempo no existe más, fue la más grande mierda que pudo haber elegido alguien. —
La miré. —Así que guardáte la vara de medición.

Silencio.

Alice me miró. Algo en su expresión había cambiado. El calor de la pelea cediendo,


dejando ver lo que había debajo, que era algo más parecido al agotamiento que a la
rabia.

—Vael —dijo. Más bajo. —Lo siento. Yo no quería—

—Mandá las disculpas a la mierda —dije.

Me giré hacia el despacho.

Y todo se detuvo.
El corazón se detuvo.

No fue gradual. No fue la señal de advertencia que normalmente precede algo. Fue
de golpe, un segundo, dos, el silencio brutal en el centro del pecho donde debería
haber habido movimiento y no había nada.

El dolor llegó con el silencio. Expansivo. Desde el centro hacia afuera con la
intensidad específica de algo que no da aviso.

Las piernas cedieron un centímetro antes de que pudiera impedirlo. Me agarré la


barandilla de la escalera con las dos manos, los nudillos blancos sobre la madera, el
único punto concreto disponible mientras el hall giró levemente.

El corazón arrancó de nuevo.

Irregular. Trabajoso. Con el esfuerzo de algo que volvió pero que no sabe todavía si
puede quedarse.

—¡Vael! —Alice. Sus pasos hacia mí inmediatos, sin dudar.

—No te acerques —dije.

—¿Qué está—

—No. —La voz salió con el poco aire disponible. —No te acerques.

No porque no quisiera que se acercara. Sino porque si se acercaba iba a usar lo que
me quedaba en mantener algo que pareciera control frente a ella y no podía
desperdiciar eso. Lo necesitaba para el corazón. Para el cuerpo. Para el trabajo que
faltaba y que no podía dejar de hacer solo porque el sistema estuviera al límite de lo
que el límite podía sostener.

Solté la barandilla.

Un paso.

Otro.

El pasillo hacia el despacho. La puerta. El picaporte frío. Adentro.

La cerré.

Me deslicé por la puerta hasta el piso.

La espalda contra la madera. Las rodillas contra el pecho. El corazón latiendo con la
irregularidad de algo que está negociando consigo mismo si quedarse o no.

Cerré los ojos.


—Keil —dije.

Silencio.

No el silencio de alguien que elige no responder. El silencio del fondo cuando no hay
nadie en el fondo. El silencio de un lugar vacío.

—Keil. —Más bajo. No para que me escuchara porque no podía escucharme. Sino
porque necesitaba decirlo en voz alta para que existiera en algún lugar fuera de mí.
—Necesito que vuelvas. —El corazón dio un salto irregular que hizo que apretara los
dientes y esperara. Volvió. Siguió. —No para mí. Vos sabés que yo me arreglo. Me
arreglé setenta años antes de que existieras y me arreglaré después. —Una pausa. —
Pero ella necesita algo que yo no soy. Algo que vos sí sos. —Otra pausa más larga,
con el peso de algo que no dice esto seguido. —Y estoy cansado, Keil. No del cuerpo,
que también, sino de otra cosa. De cargar con lo que cargué esta noche sin vos. —El
corazón otro salto, otro regreso, más regular esta vez. —Así que cuando puedas. A tu
ritmo. Pero volvé.

El fondo siguió vacío.

Respiré.

Despacio. Con la precisión de algo midiendo cada recurso disponible. El corazón


respondiendo a la respiración como siempre respondía cuando yo le daba el espacio
correcto, encontrando el ritmo, imperfecto pero más sostenido que hace tres
minutos. Después más sostenido todavía.

Suficiente.

Por ahora suficiente.

Me levanté.

Despacio. Con la puerta como referencia. El mareo que llegó cuando cambié de
posición era información sobre el estado del cuerpo que compartíamos, sobre lo que
el corazón había consumido en los últimos minutos, sobre lo que quedaba después
de todo lo de esta noche.

Esperé a que pasara.

Pasó.

Fui al escritorio.

El cajón de abajo a la derecha. La botella que sabía que estaba ahí porque Keil era el
tipo de persona que tenía todo en su lugar exacto y que en el cajón de abajo a la
derecha del despacho siempre había whisky porque los Mangiarotti siempre habían
tenido whisky en el cajón de abajo a la derecha del despacho y eso tampoco era
accidental.

Saqué la botella.

Un vaso. Tres dedos. El vidrio frío entre los dedos, el olor del whisky que era un olor
que conocía de esta generación y de las tres anteriores porque el gusto de los
Mangiarotti en ese sentido era consistente.

Me senté en el escritorio.

No en la silla. En el borde. Con las piernas colgando y la botella al lado y el vaso en la


mano y Roma afuera completamente cambiada de la forma permanente e
irreversible en que la marca de Alice la había cambiado.

Bebí.

El whisky bajó con el calor de algo que no resuelve nada pero que pone distancia
entre el momento actual y lo que el momento actual contiene.

Un trago.

Dos.

Keil en el fondo vacío.

Serví tres dedos más.

Los miré en el vaso sin beberlos todavía.

—Pronto —le había dicho a Alice cuando me preguntó cuándo volvía Keil.

Sin pausa. Porque era verdad.

Pero pronto esta noche, con el corazón así y el cuerpo así y el fondo vacío así, tenía
el peso específico de una palabra que sabía lo que prometía y que no sabía
completamente si podía cumplirlo.

Bebí el tercer dedo.

Me quedé mirando el vaso vacío en el despacho oscuro.

Afuera Roma siguió siendo lo que era esta noche.

Que ya no era lo de ayer.

Que ya no iba a volver a serlo.


***

La botella tenía menos de lo que había tenido cuando la saqué del cajón.

No mucho menos. Suficiente para que el despacho tuviera una temperatura


levemente diferente a la habitual y para que el mareo que había tenido antes al
levantarse hubiera sido reemplazado por algo más parecido a la flotación, que era un
estado considerablemente más manejable dado el contexto.

Lo registré con la satisfacción específica de algo que terminó un trabajo difícil.

Después me serví otro dedo.

El tiempo siguió corriendo de la forma en que el tiempo corre cuando no tenés


ninguna razón urgente para rastrearlo. Roma afuera pasando de la oscuridad
profunda de las cuatro de la mañana hacia el gris que precede el amanecer. El
despacho quieto. La botella en la mesa. El vaso.

Yo solo.

Lo cual era, si lo pensaba, relativamente poco frecuente. En setenta años de pacto


siempre había un Mangiarotti en el cuerpo, siempre había algo que atender, siempre
había el gradiente y la negociación constante de cuánto frente y cuándo fondo. Rara
vez había simplemente esto. El despacho. El whisky. El silencio del fondo vacío que
esta noche era vacío de verdad y no el silencio de alguien eligiendo no responder.

—Keil —dije.

Silencio.

—¿Sabés qué haría vos ahora mismo? —dije. Con mi voz. Después cambié el tono,
más contenido, más controlado, con la cadencia específica de alguien que dosifica
hasta la forma en que respira. —Evaluaría la situación, determinaría los recursos
disponibles y construiría un protocolo de respuesta antes de tomar cualquier
decisión. —Volví a mi voz. —Exactamente. Por eso estoy tomando whisky y vos estás
inconsciente.

Silencio.

—¿Y qué dirías sobre el whisky? —dije. Cambié el tono de nuevo. —Que es una
respuesta improductiva al estrés que compromete la capacidad de evaluación. —Mi
voz. —Ajá. ¿Y si te dijera que la capacidad de evaluación esta noche ya estaba
suficientemente comprometida antes del whisky?

Silencio.

—No tenés respuesta para eso. —Bebí. —Claro. Porque tengo razón.
Me quedé mirando la botella.

—También dirías —cambié el tono— que la conversación unilateral con alguien que
no puede responder es un indicador de fatiga cognitiva severa. —Mi voz. —Setenta
años, Keil. Setenta años y recién ahora me lo decís.

El despacho no respondió.

***

No se exactamente en que momento empece a canturrear. Si sabía que esta un poco


ebrio, un poco mirandome con el ojo derecho cerrado pero un poco de miopia en el
izquierdo.

Fue gradual. El tipo de cosa que pasa cuando el cuerpo está lo suficientemente
cansado y lo suficientemente tranquilo para que cosas que normalmente no pasarían
pasen sin pedir permiso.

Primero solo el ritmo. Después las palabras.

—You can say “goodbye” and you can say “hello”...

Me detuve.

Consideré lo que estaba pasando.

Continué de todas formas.

—You'll always find your way back home.

El despacho en silencio excepto por eso. Yo en el borde del escritorio cantando el


estribillo de una canción que Keil había escuchado en algún momento suficientes
veces como para que quedara en algún lugar del sistema que compartíamos y que
esta noche a las cinco de la mañana después de todo lo que había pasado era la
única cosa que tenía disponible.

—You can change your style, you can change your jenas... Ta ta ta ta ta ta and you
can change your dreams...

Pausa.

—Si alguien se entera de esto —dije en voz alta— específicamente Alice,


específicamente cualquier elfo o vampiro o hombre lobo que haya sobrevivido esta
noche, les informo que esto no pasó. —Bebí. —Nunca pasó. No hay registros. No hay
testigos.

El despacho confirmó que no había testigos.


—Bien.

***

El siguiente dedo de whisky lo bebí más despacio.

El despacho había adquirido la temperatura específica de un lugar donde alguien


lleva horas solo y que ya no necesita defenderse de nada en las próximas horas. La
botella en la mesa. La silla que no había usado en toda la noche, demasiado formal,
demasiado Keil para esta noche específica. El borde del escritorio que era más
honesto.

Roma afuera empezando a aclarar despacio.

El corazón latiendo con la regularidad de algo que había decidido quedarse.

Keil en el fondo vacío que esta noche era más vacío que de costumbre pero que no
era permanente. Lo sabía. No de la forma en que se saben las cosas que uno elige
creer sino de la forma en que se saben las cosas que son verdad
independientemente de lo que uno elija.

Pronto.

—You'll always find your way back home.

Lo canturreé una vez más. Más bajo. Sin el vaso en la mano esta vez, el vaso sobre el
escritorio, las manos libres.

La espalda apoyada en es escritorio mirando el techo.

Los ojos que pesaban de una forma que en setenta años de pacto no habían pesado
así porque en setenta años de pacto nunca había habido una noche exactamente
como esta.

Los cerré un momento.

Solo un momento.

—Keil —dije en voz muy baja. —Cuando vuelvas vamos a tener una conversación
muy larga sobre varias cosas. —Una pausa. —Muchas de ellas involucran a Alice.
Algunas involucran whisky. Una específicamente involucra una canción de Hannah
Montana que nunca debería haber estado en la memoria compartida y sobre la cual
voy a necesitar una explicación.

Silencio.

—Pero primero volvé. —Otra pausa. Más larga. Con el peso de algo que no dice esto
frecuentemente porque frecuentemente no lo necesita. —Por favor.
Y los ojos que pesaban pesaron un poco más y después un poco más y después el
borde del escritorio se volvió suficientemente cómodo o el cuerpo decidió que
suficientemente cómodo era suficiente o las dos cosas al mismo tiempo.

Y yo, que llevaba setenta años siendo lo que era en los cuerpos que habitaba, que
había sobrevivido noches considerablemente peores que esta en siglos
considerablemente más brutales que este, que no dormía porque las cosas como yo
no dormían sino que esperaban en el fondo mientras el cuerpo descansaba.

Me quede dormido...

CAPITULO 7

(VAEL)

Antes de ser esto era otra cosa.

No voy a decir que era mejor. La nostalgia es un lujo para los que tienen algo que
extrañar y lo que yo tenía en el año 700 después de Cristo en las costas del norte era
considerablemente poco como para gastarse la nostalgia en ello.

Pero era mío.

Eso sí era mío.

***

Me llamaban Vael porque mi madre me llamó Vael y mi madre me llamó Vael


porque la noche que nací hubo una tormenta que duró tres días y en el idioma que
hablábamos entonces eso significaba algo sobre el viento y el origen de las cosas. Mi
madre era el tipo de mujer que le ponía nombres a las tormentas y a sus hijos con la
misma lógica. Skjaldmær, la llamaban algunos. Mujer escudo. No porque peleara,
sino porque era el tipo de persona que hace que las cosas que están detrás de ella
no necesiten defenderse solas.

Era una buena mujer.

Murió cuando yo tenía nueve años de algo que ahora se llamaría infección y que
entonces se llamaba voluntad del Viejo Infeliz de Ahí Arriba, que era la forma en que
yo había llegado a referirme a esa entidad desde aproximadamente los siete años
cuando empecé a notar que la cantidad de cosas malas que pasaban en el mundo no
era consistente con ninguna definición razonable de omnipotencia bien
intencionada.

Lo conozco ahora, al Viejo. Lo conocí antes de convertirme en lo que soy. No voy a


decir que es lo que la gente espera que sea. Tampoco voy a decir que no lo es. Lo
que voy a decir es que cuando lo conocí tuve razón en haberle puesto ese apodo y él
tuvo la gracia de no negarlo.

Pero eso fue después.

Antes estaba el norte. El frío. El mar que en invierno era negro y en verano era gris y
que en ninguna de las dos estaciones tenía ningún interés en hacer la vida más fácil
de lo que ya era.

Mi familia era lo que eran las familias en ese tiempo y ese lugar.

El clan Styrbjörn. No uno de los grandes. No de los que aparecen en las sagas con
nombres que duran siglos. Éramos de los que aparecen en las sagas de otros, en el
fondo, entre los que reman y los que sostienen los escudos y los que hacen posible
que los que aparecen en el frente aparezcan en el frente.

Mi padre era lo que eran los hombres en ese contexto: violento por necesidad,
silencioso por costumbre y muerto antes de los cuarenta por una combinación de las
dos cosas. Peleó en tres expediciones, volvió de dos, y la tercera lo encontró en
algún lugar del este del que nadie volvió con información útil sobre qué había
pasado exactamente.

Me dejó con dos cosas: una constitución física que no tenía ninguna razón de ser tan
buena dado lo que comíamos, y el conocimiento de que el mundo no te da nada que
no le quites primero.

Crecí con eso.

Mis tíos, los hermanos de mi padre, eran parte del mismo clan. Erikr el que perdió
tres dedos en la segunda expedición y los usaba como argumento en cualquier
conversación sobre quién había sufrido más. Gunnar el que construía los mejores
botes de la costa y que tenía la personalidad de alguien que prefería la madera a las
personas, lo cual en retrospectiva era una posición filosófica completamente
razonable. Y Halfdan que era el mayor y que tomaba las decisiones del clan con la
autoridad de alguien que lleva tiempo tomando decisiones y que sabe que la
autoridad se sostiene o se cede y que no hay término medio.

Era una familia de las que existen en todos los tiempos en todos los lugares. Ruidosa,
complicada, con sus propias reglas internas que no necesitaban ser explicadas
porque todos las habían aprendido antes de poder nombrarlas.

Era mía.

***

A los dieciocho me uní a lo que correspondía unirse.

No por gloria. No por las sagas. No por el Valhalla, que en ese momento yo
consideraba con la fe razonable de alguien criado en esa tradición pero que ya tenía
preguntas sobre la logística de un sistema que prometía paraíso a los que morían en
batalla y que no especificaba claramente qué pasaba con el resto.

Me uní porque la alternativa era quedarme y morirse de hambre más despacio.

La jarl que lideraba las expediciones de esa temporada era Sigrid Jarnklo, Sigrid la
Garra de Hierro, que era uno de los apodos que se ganaban cuando tenías suficiente
reputación para que la gente decidiera que necesitabas un apodo y suficiente
carácter para que el apodo fuera ese específicamente. Peleaba con una precisión
que no tenía nada de lo que el sur del mundo llamaba elegancia pero que producía
resultados consistentes, que era el único tipo de elegancia que importaba donde
vivíamos.

Participé en expediciones que en este siglo tendrían nombres legales específicos y


consecuencias proporcionales. En ese siglo tenían otros nombres y las consecuencias
eran que si sobrevivías seguías y si no sobrevivías no.

Sobreviví.

Durante catorce años sobreviví cosas que no tendrían que haber sido sobrevivibles.
No porque fuera especialmente brillante en lo que hacía, aunque no era malo, sino
porque el Viejo tenía aparentemente algún plan que involucraba mantenerme con
vida el tiempo suficiente para que lo que vino después pudiera pasar.

Cuando lo conocí después se lo pregunté directamente.

No me respondió con claridad.

Lo cual fue completamente consistente con todo lo demás.

***

A los veintisiete me casé.


No por estrategia de clan, aunque Astrid era del clan Ulfhednar que era aliado y eso
tenía sus beneficios prácticos. Me casé porque Astrid Ulfsdóttir era la mujer más
honesta que había conocido en veintisiete años de vida en un mundo donde la
honestidad era un lujo que la mayoría no podía permitirse. Decía lo que pensaba con
la economía específica de alguien que no tiene tiempo para decir lo que no piensa.
No era suave. No era el tipo de persona que suaviza las cosas para hacerlas más
fáciles de recibir.

Era honesta.

Y en ese tiempo y ese lugar la honestidad valía más que cualquier otra cosa.

Tuvimos dos hijos.

Leif, que tenía seis años cuando yo morí y que heredó la constitución de mi padre y
la honestidad de su madre y que en la combinación de las dos cosas iba a estar bien,
lo supe desde que pudo caminar.

Freyja, que tenía cuatro y que era demasiado pequeña para que yo pudiera saber
todavía lo que iba a ser y que esa incertidumbre fue, de todas las cosas que cargué
esa última noche, la más pesada.

Eso también era mío.

No lo voy a desarrollar más porque hay cosas que incluso después de mil trescientos
años siguen siendo demasiado para desarrollarlas en voz alta y esta es una de ellas.

Lo que voy a decir es que a los treinta y dos años tenía algo que no había tenido en
los veintisiete anteriores.

Algo que perder.

Sucedio en una batalla, en el 732.

No voy a decir que fue heroico porque no lo fue.

Fue lo que son estas cosas cuando se las mira desde adentro en lugar de desde los
poemas que alguien escribe después sobre la gloria y el honor y todas esas palabras
que suenan mejor cuando no estás en el barro: ruido, frío, el olor que tiene el mundo
cuando demasiadas personas dejan de estar en él al mismo tiempo y la sensación
específica de que el plan que parecía razonable hace tres horas ya no es el plan que
está pasando.

Era una expedición al este. Territorio que habíamos recorrido antes, con grupos que
conocíamos, contra resistencia que habíamos calculado. El tipo de operación que en
los términos de ese tiempo se consideraba manejable.

El cálculo estaba mal.


Los primeros dos tercios del día los manejé. Con el costo que estas cosas tienen
cuando se las hace de verdad y no en los poemas pero los manejé. Tenía treinta y
dos años y catorce de experiencia y el cuerpo que mi padre me había dejado como
única herencia útil.

El último tercio fue diferente.

La lanza llegó desde el lado izquierdo.

Eso fue lo primero. El lado izquierdo, que era el ángulo que no estaba cubriendo
porque Bjorn, hijo de Asmund, se supone debía estar cubriendo ese ángulo y que
claramente había decidido que ese día no era su día o que sus propios problemas
eran suficientemente urgentes para que mi ángulo quedara al aire libre.

El impacto fue debajo de las costillas.

El cuerpo registró la información antes de que el dolor llegara. Ese segundo


específico donde el sistema nervioso está procesando qué acaba de pasar y todavía
no decidió qué hacer con eso.

No de inmediato. Los cuerpos son más obstinados de lo que deberían ser cuando
todavía tienen algo que quieren terminar de hacer. Me quedé de pie tres segundos
más de lo que cualquier lógica biológica justificaba, con la lanza todavía ahí, que era
información relevante sobre lo que venía.

Después caí.

El barro frío del suelo del este. El ruido de la batalla continuando alrededor con la
indiferencia de algo que no sabe ni le importa que acabas de caer. El cielo del norte
aunque estuviéramos en el este, gris como siempre, como había sido gris cada día de
los treinta y dos años que llevaba mirándolo.

Tardé en morir.

Lo digo sin poema porque no merece poema. El frío ayudó. El frío del norte siempre
ayuda a que las cosas duren más de lo que deberían, que en este caso no era un
beneficio.

Pensé en Astrid.

Pensé en Leif y en Freyja. En los años que iban a crecer en un mundo que era
exactamente lo que era con o sin su padre. Iban a estar bien o no iban a estar bien y
yo no iba a poder saber cuál de las dos cosas pasaba.

Eso fue lo peor.


No el dolor, que era considerable y que no voy a minimizar porque mentir sobre eso
no le sirve a nadie. No el frío. No la perspectiva de lo que venía, sobre lo que tenía
opiniones que el tiempo demostró que eran parcialmente correctas.

Lo peor fue no saber.

Pensé en el Valhalla.

Era lo que correspondía pensar. Morir en batalla, con el arma en la mano, era el
requisito. Lo había cumplido. Técnicamente lo había cumplido. Todavía tenía el
hacha en la mano derecha aunque la mano derecha ya no estaba haciendo nada útil
con ella porque el brazo no respondía del todo.

El Valhalla. Einherjar. Los banquetes. Pelear durante el día y festejar durante la


noche hasta el Ragnarök.

Me pareció bien como destino.

Cerré los ojos.

***

Abrí los ojos.

No era el Valhalla.

Era un espacio que no tenía las características físicas que yo hubiera asociado con
ningún destino que me hubiera sido prometido, que era en sí mismo información
relevante sobre cómo iban a ir las cosas.

El Viejo Infeliz estaba ahí.

Con la expresión de alguien que tiene algo que decir y que sabe que lo que tiene que
decir no va a ser bien recibido.

Lo miré.

—¿Dónde está el Valhalla? —dije.

—Más adelante —dijo.

—¿Más adelante cuándo?

—Eso es complicado de responder con una cantidad de tiempo específica.

Lo miré con la expresión que merece esa respuesta.

—Las monedas —dije.


—¿Qué monedas?

—Las monedas. Para el paso. Las que se supone que se llevan. —Hice una pausa. —
Las olvidé. Es eso.

—Eso ni siquiera es la misma religión —dijo una voz desde algún lugar que no era
donde estaba el Viejo. —Ni siquiera hay un río. Estás mezclando todo.

Miré en la dirección de la voz.

—Ya lo sé —dije. —Solo era para ver si quien me está leyendo estaba prestando
atención. —Hice una pausa. —Y callate. Ni siquiera es tu pobre y triste historia.

La voz no respondió.

Volví al Viejo.

—¿Y las Valkyrias? —dije. —¿Dónde están las Valkyrias? ¿Y Odín? ¿Y su sensual
esposa? Frigg, que se supone que teje el destino de los hombres y todo eso. —Lo
miré. —Morí en batalla. Con el hacha en la mano. Cumplí todos los requisitos.
¿Dónde está todo el personal prometido?

El Viejo me miró.

Con la paciencia de algo que lleva más tiempo del que yo podía calcular siendo
exactamente lo que era.

—Tengo un plan —dijo.

Y así empezó.

No voy a reproducir la conversación completa porque fue larga y porque algunos de


los puntos que hice siguen siendo válidos y no quiero que parezca que los retiro.

Lo que voy a decir es esto: el Viejo tenía un plan.

Como siempre tiene un plan. Con la diferencia de que este plan específicamente
requería que yo no siguiera el camino habitual sino que me quedara en un estado
intermedio que él describió con eufemismos considerables y que yo traduje como
vas a habitar cuerpos humanos durante un tiempo que yo voy a determinar siendo lo
que sos hasta que el sistema que estás destinado a apoyar se complete.

—¿Cuánto tiempo? —dije.

—Indefinido —dijo el Viejo.

—Eso no es una respuesta.


—Es la más honesta que tengo. —Hizo una pausa. —Aunque si querés puedo dártela
con más autoridad. —Se enderezó levemente. O intentó enderezarse. Hizo el gesto
de alguien que intenta proyectar algo imponente y que a mitad del gesto recuerda
que tiene un problema crónico en la zona lumbar que la creación del mundo no le
dejó en las mejores condiciones. —Soy omnisciente. Omnipresente. Omni—

—¿Qué te pasa en la espalda? —dije.

—Nada.

—Te estás moviendo raro.

—Soy eterno. Los eternos no se mueven raro.

—Estás poniendo cara de que algo te duele.

—Es mi cara habitual.

—No lo es.

El Viejoa me miró con la expresión de alguien considerando si vale la pena mantener


la ficción.

—La creación del mundo —dijo finalmente, con una dignidad considerable dado el
contexto— genera cierta tensión acumulada en la zona lumbar que no ha terminado
de resolverse en los últimos milenios. Es un detalle menor.

—¿Un detalle menor.

—Completamente manejable. —Una pausa. —Además eso no es relevante para la


conversación que estamos teniendo.

—Es bastante relevante para mi nivel de confianza en el plan —dije.

El Viejo me miró.

—El plan es sólido —dijo. —Independientemente de mi espalda.

Le informé al anciano lo que pensaba sobre su honestidad y sobre su plan y sobre la


logística general de un sistema que te prometía una cosa y entregaba otra. Con el
detalle y la precisión que treinta y dos años de vida en el norte me habían dado para
expresar ese tipo de opiniones.

Él escuchó.

Con la paciencia de algo que lleva tiempo escuchando quejas y que ha desarrollado
la capacidad de parecer completamente presente mientras internamente está en
otro lugar.
Cuando terminé dijo: —¿Terminaste?

—No —dije. —Pero por ahora sí.

—Bien. —Hizo una pausa. —Mirá, entiendo tu posición. Pero pensalo de esta forma:
estás siendo elegido para algo significativo. No cualquiera recibe esta oportunidad.
Es un honor considerable si—

—Me mataron con una lanza —dije.

—Sí.

—En el barro.

—Técnicamente sí. Los detalles operativos de cómo llegaste acá son secundarios al
punto principal que es—

—¿Y Astrid? —dije. —¿Y los chicos?

El Viejo hizo la pausa. La pausa larga, la que precede las respuestas que no son las
que uno quiere escuchar pero que son las que hay.

—Van a estar bien —dijo.

—Eso no es suficiente.

—Es lo que hay.

—Es lo que hay —repetí. —Creaste el universo. Toda la materia y el tiempo y el


espacio y la conciencia. Y lo que hay es es lo que hay.

—La creación del universo —dijo el Viejo con una dignidad que era admirable dado
todo— fue un proceso considerablemente más complejo de lo que la mayoría
imagina y las variables que produjo son difíciles de gestionar en su totalidad. Hay
situaciones legales todavía sin resolver del asunto del paraíso que generaron
precedentes teológicos complicados y que limitan cierto tipo de intervenciones
directas en—

—¿Situaciones legales.

—Teológicamente hablando.

—¿Hay abogados en esto?

—Hay entidades que cumplen una función análoga —dijo el Viejo. Con el tono de
alguien que preferiría no estar teniendo esta parte de la conversación. —El punto es
que hay límites estructurales en lo que puedo garantizar específicamente y que
dentro de esos límites Astrid y los chicos van a estar bien es la respuesta más precisa
que puedo darte.

Lo miré durante un momento.

—¿Y esto —dije— lo hacés seguido? ¿Agarrar a gente recién muerta y convencerlos
de que el plan que tenés para ellos es razonable?

—Convencer es una palabra muy fuerte —dijo el Viejo. —Prefiero presentar la


situación con contexto suficiente para que la decisión sea informada.

—Eso es exactamente convencer.

—Con matices.

—Los matices son convencer con mejor marketing.

El Viejo hizo el gesto de alguien que intenta cruzar los brazos con autoridad y que a
mitad del gesto recuerda la espalda.

—Vael —dijo. Con el tono que usan las cosas cuando quieren que sepas que tienen
paciencia pero que la paciencia tiene límites aunque sean límites muy lejanos. —
¿Aceptás o no?

Lo miré.

—¿El Valhalla existe? —dije.

—Sí.

—¿Y después de esto llego?

—Después de esto, sí. —Una pausa. —Con la espalda en mejores condiciones que la
mía, te lo aseguro.

—Eso no era una pregunta sobre tu espalda.

—Lo sé. Pero lo agregué gratis.

Lo miré durante ese tiempo sin duración normal.

—El apodo se queda —dije.

—¿Qué apodo.

—El Viejo Infeliz de Ahí Arriba.

El Viejo Infeliz de Ahí Arriba me miró.


—Es inexacto —dijo.

—Es descriptivo.

—Teológicamente es—

—¿Aceptás o no? —dije. Con su mismo tono. Sus mismas palabras. Devueltas con la
precisión de alguien que aprende rápido.

Una pausa larga.

—De acuerdo —dijo..

Y así fue como empecé a ser esto.

Con una negociación que perdí frente a alguien que llevaba ventaja desde el
principio, que tenía la desfachatez de parecer razonable mientras lo hacía, que
intentó impresionarme con la omnipotencia y la interrumpió la espalda aberiada
como consecuencia de crear a todas esas personas que en unos siglos estarian
sentados frente a maquinas, comiendo quien sabe que y esperando a que los robots
hicieran sus trabajitos, y que al final me dejó con van a estar bien como única
garantía sobre las dos personas que más me importaban.

***

Los diglos intermedios, con sus respectivas generaciones, no voy a detallarlos,


porque este capítulo no es una enciclopedia.

Lo que voy a decir es esto: aprendí.

Sobre los humanos principalmente. Sobre lo que los mueve, lo que los rompe, lo que
los sostiene cuando no debería quedar nada que los sostenga. Sobre la diferencia
entre los que construyen y los que destruyen y los que hacen las dos cosas al mismo
tiempo, que son los más interesantes aunque también los más difíciles de manejar.

Sobre Roma. Que es una ciudad que lleva dos mil años siendo el mismo tipo de
problema de formas distintas y que eso es en realidad una virtud aunque no lo
parezca.

Sobre el Viejo Infeliz de Ahí Arriba. Al que visité dos veces más en todo ese tiempo.
La primera fue una discusión. La segunda fue algo más parecido a una conversación,
aunque los dos hubiéramos preferido llamarla de otra forma. En ninguna de las dos
me dijo cuánto faltaba.

Consistente hasta el final.

***
Ahora primero nombrare a Aldo Mangiarotti. Lo conoci en Roma, en 1951.

El sótano de la iglesia de San Crisogono en el Trastevere olía a humedad y a cera y a


la desesperación específica de un hombre de cuarenta años que había llegado al
punto donde la desesperación produce claridad en lugar de parálisis.

Aldo Mangiarotti era ese hombre.

No era malo en el sentido simple. Era lo que produce una combinación de pobreza,
ambición y el momento histórico específico de la Italia de posguerra: alguien que
había aprendido que el mundo tenía reglas y que las reglas favorecían a los que las
conocían.

Llegó al sótano porque alguien le dijo que funcionaba y porque estaba


suficientemente desesperado para que eso fuera suficiente.

Lo que invocó no era lo que esperaba invocar.

Aparecí porque el sistema me indicó que era el momento. Doscientos cincuenta años
de espera. Esta familia, este hombre, este sótano. El punto de convergencia que el
Viejo Infeliz de Ahí Arriba había diseñado sin decirme los detalles hasta que ya
estaba adentro, que era su método operativo habitual y que yo había dejado de
intentar cambiar aproximadamente en el siglo doce.

Aldo me miró.

Yo lo miré.

—No sos lo que llamé —dijo.

—No —dije.

—¿Qué sos?

—Algo más viejo. —Hice una pausa. —Y con una oferta mejor que cualquier cosa
que hayas pensado pedir esta noche.

La conversación duró dos horas. El pacto se firmó con sangre. Protección, territorio,
influencia que dura más que una vida. El precio: el primogénito varón de cada
generación nacería vinculado.

Aldo aceptó.

Naturalmente aceptó.

Lo que no le dije, porque el sistema no me lo había dicho a mí tampoco, era que el


pacto no era solo para los Mangiarotti. Era para lo que venía después. Para la llave.
Para Alice.
Pero eso era información que el sistema entregaría cuando el sistema decidiera
entregarla.

El sistema tiene sus propios tiempos.

***

Años después aparecio su hijo Adriano Mangiarotti, hijo de Aldo y padre de Keil.

Si Aldo fue la fundación, Adriano fue lo que pasa cuando la fundación es sólida pero
el arquitecto que construye encima tiene sus propios problemas.

Adriano era inteligente. Más que su padre. Más que la mayoría. Tenía la capacidad
de ver los sistemas completos, de entender no solo las reglas sino la lógica que
produce las reglas.

El problema no era la inteligencia.

Era lo que hacía con el miedo.

Porque Adriano Mangiarotti tenía miedo. No del mundo exterior que manejaba con
eficiencia. Tenía miedo de lo que llevaba adentro. Del pacto. De mí, aunque nunca lo
dijo en voz alta.

Procesó el miedo construyendo estructura. Reglas. Protocolos. La arquitectura rígida


de alguien que cree que si hace las cosas correctamente en el orden correcto el
resultado va a ser correcto también.

Lo que esa arquitectura producía hacia afuera era poder.

Lo que producía adentro, en el hijo que iba a heredar el pacto y que estaba
observando todo desde que tenía uso de razón, era otra cosa.

Keil lo vio todo.

El vínculo me da acceso a lo que vivió. No como película. Como sedimento. La


acumulación de todo lo que formó a la persona que sostiene el vínculo desde
adentro.

Keil a los seis años en una habitación escuchando instrucciones que no admitían
réplica.

Keil a los nueve entendiendo que en esta familia las emociones se procesaban en
silencio o no se procesaban.

Keil a los doce aprendiendo a leer una habitación antes de entrar, a calibrar el
volumen correcto de cada interacción, a construir la versión de sí mismo que el
momento requería.
Keil a los quince siendo ya mejor en todo eso que su padre.

Lo cual Adriano notó.

Y que Adriano notara produjo exactamente la combinación de orgullo y amenaza


que produce en los hombres que construyeron algo ver que lo que construyeron los
va a superar.

***

Ahora si.

El momento en que me uni a Keil. Maria santisima, muchas gracias por este
acontecimiento y perdon por mirarte tantas veces el culo. Amén.

La noche que Adriano puso la mano de su hijo sobre la llama yo estaba en el fondo
observando.

Keil tenía dieciséis años y la constitución de alguien que había pasado esos dieciséis
años aprendiendo a no mostrar lo que sentía. Parado en el sótano del edificio del
Prati con la mano extendida sobre la llama y la expresión que ya para entonces era la
suya. Neutral. Calibrada. Sin bordes visibles.

Adriano le explicó lo que venía con el pacto.

No todo. Adriano nunca me había preguntado todo.

Le dijo lo suficiente.

Keil escuchó.

Sin preguntas. Sin el gesto de alguien procesando algo difícil. Con la atención de
alguien catalogando información que va a necesitar usar después.

Después puso la mano sobre la llama.

No gritó.

Eso fue lo primero que supe con certeza sobre Keil Mangiarotti: que a los dieciséis
años, con la llama en la palma y el pacto cerrándose en la cicatriz, no gritó.

No porque no doliera. Dolía. Lo sé porque el cuerpo que empecé a habitar esa noche
tenía sensaciones que yo podía registrar con la misma claridad con que las registraba
él.

No gritó porque había decidido no gritar.


Esa distinción entre no poder y decidir no era toda la información que necesitaba
sobre quién era Keil y en quién se iba a convertir.

Lo archivé.

Empecé a trabajar.

Los primeros meses fueron negociación.

Keil aprendiendo los límites del pacto. Yo aprendiendo los límites de Keil. Los dos
encontrando el gradiente que hacía posible la coexistencia.

Keil no era fácil.

Lo digo con el afecto específico de algo que lleva setenta años en este mundo y que
aprendió a reconocer el valor de lo que no es fácil. Los fáciles no duran. Los fáciles se
quiebran en el primer punto de presión real.

Keil no se quebró.

En trece años, en todo lo que pasó en esos trece años, Keil Mangiarotti no se quebró.

Se dobló. Sí. Llegó al límite. Lo sobrepasó una vez.

Pero no se quebró.

Pero a sus veintidos años sucedio algo que no se ni yo mismo me espere.

El altercado con las brujas fue, en términos técnicos, un error de evaluación de Keil.

No voy a entrar en detalles porque los detalles de ese tipo de noche son el tipo de
cosa que se siente más en el cuerpo que en la memoria y el cuerpo esta noche ya
tiene suficiente con lo que tiene. Lo que voy a decir es lo básico: brujas, territorio
invadido, Keil solo que fue el error, y el resultado que fue considerablemente peor
que cualquier cálculo previo.

Tres costillas. Cosas comprometidas. Mucha sangre en un piso que no era el correcto
para dejar mucha sangre.

Lo de siempre cuando alguien subestima un círculo activo.

Tomé el control. Curé lo que había que curar. Me encargué de las brujas de la forma
en que me encargo de las cosas cuando Keil no está disponible para tener opiniones
sobre mis métodos.

¿Qué hice exactamente?

Un par de cosas.
Cosas de las mías.

El tipo de cosas que se hacen cuando algo casi mata al cuerpo que habitás y que
merecen una respuesta proporcional según criterios que son los míos y no los de Keil
y que cuando Keil despierte y se lo cuente va a producir una conversación larga y
probablemente agua tibia.

Las brujas sobrevivieron.

Lo que tenían no sobrevivió del todo.

Suficiente detalle.

Keil no lo sabe todavía. Cuando vuelva se lo cuento. Junto con todo lo demás de esta
semana que es ya una lista considerablemente larga para una sola conversación.

***

Eso soy.

Esperé el Valhalla.

No llegué al Valhalla.

Aquel Viejo Infeliz tenía un plan.

***

Se que algun punto me acomode en la escritorio, sentia mi mejilla sobre mi brazo. Y


que habian cosas que a Keil ibana perecerle mal y otras que van a parecer lo que le
sigue a ‘mal’. Pero por ahora quiero seguir durmiendo.

Que buen whisky...


CAPITULO 8

(ALICE)

Lo encontré a las ocho de la mañana.

Despacho. Escritorio. Mejilla sobre el brazo doblado, boca entreabierta, la botella de


whisky con tres dedos que quedaban inclinada peligrosamente cerca del borde y el
vaso que había servido para alguien en el otro lado del escritorio sin tocar.

Babeando.

Me quedé en el marco de la puerta.

Lo miré.

Puse los ojos en blanco con la energía específica de alguien que acaba de procesar la
noche anterior, los tres ataques, la marca activándose sin control, Lirien y el sello y
Lorenzo y el brazo que todavía pesaba diferente, y que ahora encuentra a la entidad
de setenta años de antigüedad que supuestamente está a cargo de la situación
dormida sobre el escritorio con un hilo de saliva en la comisura de la boca.
—Increíble —dije en voz baja. A nadie. Al universo en general.

El universo no respondió.

Vael tampoco.

Fui a la cocina. Llené un vaso de agua fría. Volví. Lo puse sobre el escritorio frente a
su cara con el ruido exacto de alguien que no está haciendo ningún esfuerzo por ser
silenciosa.

Nada.

Moví el vaso. El vidrio contra la madera. Dos veces. Tres.

Nada.

Puse la mano en su hombro y lo sacudí.

—Vael...

Un sonido que no era ninguna palabra en ningún idioma conocido.

—¡Vael!

—Mhm.

—Despertate.

—No.

—Son las ocho de la mañana.

—El tiempo es relativo —murmuró contra el brazo. Sin moverse. Sin abrir los ojos. —
Llevás mil trescientos años diciéndome eso y no va a cambiar.

Me detuve.

Procesé eso.

—¿Qué? —dije.

Silencio de cuatro segundos.

La cabeza se levantó despacio del brazo.

Los ojos de Keil, sin el rojo de Vael todavía, parpadeando con la expresión de alguien
que tardó dos segundos en recordar dónde estaba y otros dos en recordar quién
estaba siendo y otros dos en darse cuenta de lo que acababa de decir en voz alta.
Me miró.

—Eso no te lo dije a vos —dijo.

—No —dije. —¿A quién se lo dijiste?

Una pausa.

—A nadie —dijo. —Estaba soñando.

—Dijiste mil trescientos años.

—Fue un sueño con números aleatorios.

Lo miré. Él me devolvió la mirada con la expresión de alguien que está evaluando


cuánto de lo que acaba de escaparse puede recuperar y que ya calculó que la
respuesta es no mucho.

—¿Babeaste sobre el escritorio de Keil? —dije.

Una pausa más larga.

—Eso —dijo— es un detalle menor que no es relevante para ninguna conversación


importante.

—Hay un charquito.

—Es un detalle menor.

Puse los ojos en blanco por segunda vez en cinco minutos. Personal récord.

Le di el café.

No porque quisiera dárselo sino porque el estado del cuerpo que compartía con Keil
después de la noche anterior requería algo caliente y yo era la única persona en el
edificio en condiciones de prepararlo.

Vael lo tomó con las dos manos sentado en el borde del escritorio, sin remera, con el
pelo revuelto del sueño de escritorio y la expresión de algo procesando el inventario
de la noche anterior.

—¿Cómo está el brazo? —dijo sin mirarme.

—Mejor que anoche. —Me senté frente a él. —¿Y el corazón?

Me miró.

—¿Cómo sabés lo del corazón?


—Porque anoche casi te caíste en el hall y te encerraste en el despacho y después
escuché silencio durante veinte minutos que no era el silencio de alguien que está
bien. —Lo miré. —¿Cómo está?

Vael bebió el café.

—Mejor —dijo.

—¿Es verdad o es lo que—

—Es verdad. —Me miró. —Esta vez es verdad.

Asentí.

Miré el vaso en el otro lado del escritorio. El whisky sin beber. Exactamente donde
estaba cuando me había ido a dormir.

—¿Para quién es ese? —dije.

Vael miró el vaso.

—Por si acaso —dijo.

—¿Está cerca?

Una pausa. Sin la pausa larga. Sin la pausa que precedía las respuestas que eran más
de lo que parecían.

—Sí —dijo. —Esta vez sí.

Lo miré un momento.

Abrí la boca para decir algo.

—Mil trescientos años —dije.

—Alice—

—¿Cuánto tiempo llevas siendo esto?

—Ya te dije que estaba soñando.

—Vael.

Me miró. Yo lo miré. El silencio del despacho a las ocho de la mañana con Roma
empezando afuera y el whisky de Keil sin tocar y la botella inclinada que ninguno de
los dos había enderezado todavía.
—Es una conversación larga —dijo finalmente.

—Tengo tiempo.

—Keil también debería estar cuando la tengamos.

—Keil no está.

—Está cerca.

—Eso no es lo mismo que estar.

Me miró durante un momento.

—No —admitió. —No lo es.

Bebió el café.

Yo bebí el mío.

Y en el silencio que siguió, que era diferente a los silencios anteriores de esta
semana, más quieto, con menos bordes, algo en el edificio se sentía levemente
distinto.

No mejor exactamente.

Pero más cerca de algo.

Fue exactamente en ese momento cuando Vael puso una mano en el escritorio para
sostenerse y la otra en su cabeza con la expresión de alguien que acaba de recibir
información que no esperaba recibir.

—Me duele la cabeza —dijo—. Odio esto...

—Bienvenido al mundo de los humanos.

—Tengo náuseas.

Lo miré.

—¿Qué esperabas —dije— después de beberte una botella de whisky como si fueras
Superman?

—No me bebí la botella entera.

—Quedaban tres dedos.

—Tres dedos es un margen considerable.


—Vael—

—Voy a vomitar —dijo.

No como advertencia. Como dato inmediato y urgente.

—El baño está en el segundo—

—No llego. —Palideció. O lo más parecido a palidecer que puede hacer algo que
lleva setenta años en este mundo. —El balde. Pasame el balde.

Lo miré.

—¿Qué balde?

—El balde de vómito —dijo entre jadeos. —El que hay para estas situaciones.

—No hay un balde de vómito, Vael. Nadie tiene un balde de vómito guardado para
estas situaciones.

—¡Pues trae cualquier cosa entonces! —El tono salió más alto de lo que
probablemente planeaba. —¡Cualquier cosa! ¡Ahora! ¡Por favor!

Fui corriendo a la cocina. Agarré el bowl más grande que encontré. Volví.

Llegué exactamente a tiempo.

Tres minutos después Vael estaba sentado en el piso del hall con la espalda contra el
escritorio y la expresión de alguien que acaba de tener una experiencia que
preferiría no haber tenido. Le estaba frotando la espalda porque era lo que se hacía
en estas situaciones aunque la situación fuera completamente su culpa y aunque él
fuera técnicamente una entidad sobrenatural de mil trescientos años que no debería
necesitar que nadie le frotara la espalda.

Se enderezó despacio.

Le di el vaso de agua.

Lo bebió. Hizo una pausa. Escupió hacia el lado con la expresión de alguien
intentando deshacerse de un sabor que no quiere seguir existiendo.

—Voy a buscar algo para el dolor —dije.

—Sí —dijo. Con una dignidad considerable dado el contexto. —Gracias.

Subí al segundo piso. Busqué en el botiquín que había encontrado la primera


semana. Ibuprofeno, que era lo más cercano a una solución que el edificio ofrecía
para las consecuencias de las decisiones de Vael.
Bajé.

Me detuve en el marco del despacho.

Vael estaba sentado en la silla de Keil con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados y
los brazos cruzados detrás de la nuca. Sin remera. Con el pelo revuelto todavía del
sueño de escritorio y la expresión de algo que está esperando que el mundo deje de
castigarlo por sus propias decisiones.

El problema era la postura.

Los brazos detrás de la nuca tensaban los hombros de una forma que hacía que los
músculos de los brazos y los hombros fueran información difícil de ignorar. El cuerpo
de Keil, que en traje era una cosa, sin traje y sin remera y en esa postura específica
era considerablemente otra.

Me quedé en el marco más tiempo del estrictamente necesario.

—¿Tanto mirás? —dijo Vael sin abrir los ojos.

—No estaba mirando nada.

—Ajá. —Una pausa. —¿Y yo nací ayer?

—Técnicamente naciste antes de que los analgesicos se inventaran

—Exactamente. No nací ayer. —Abrió un ojo. —¿Trajiste algo para el dolor? Santo
Lucifer, como los mundanos aguantan esto cada fin de semana...

Me acerqué. Me senté en el borde del escritorio a su lado. Saqué la pastilla y la


extendí hacia él.

Vael abrió la boca.

Me miró.

Con la expectativa completamente directa de alguien que quiere que yo ponga la


pastilla en su boca.

Lo miré.

—No —dije.

—Estoy enfermo.

—Estás en ese estado por decisión propia.

—Es lo mismo.
—No es lo mismo.

—Sufrimiento es sufrimiento, Alice. La causa es irrelevante para quien lo


experimenta.

—Toma la pastilla vos solo.

—Estoy débil.

—Levantás vampiros de linaje puro con una mano.

—Eso era anoche. Esta mañana estoy débil. —Me miró con los ojos completamente
abiertos ahora. —¿Vas a portarte así con alguien que está sufriendo? Que no tengas
hijos.

—No estás sufriendo. Estás resacoso.

—Mismo resultado final.

—Vael.

—Alice.

Lo miré. Me devolvió la mirada. El silencio del despacho con el ibuprofeno en mi


mano extendida y él sin hacer ningún movimiento hacia tomarlo por sus propios
medios.

Exhale.

Extendí el brazo un poco más.

Fue el error.

La mano de Vael llegó a mi cadera antes de que yo pudiera procesar el movimiento.


Suave pero directo, sin el gesto de pedir permiso que no era parte de su idioma, y
me acercó hacia él con la misma naturalidad con que hacía todo lo que hacía.

El brazo que yo tenía extendido quedó a la distancia correcta.

Vael abrió la boca despacio sin apartar los ojos de los míos y tomó la pastilla rozando
mis dedos con los labios.

El roce duró menos de un segundo.

Mi piel se erizó igual.


La mano en mi cadera lo notó. Lo supe en el cambio de presión, en cómo los dedos
se acomodaron levemente diferente sobre la tela, siguiendo la curva de la cintura
hacia la cadera con una atención que no era accidental.

—Gracias —dijo Vael. Con una voz levemente diferente a la de hace treinta
segundos. Más baja. Sin el sarcasmo de superficie. —Por el ibuprofeno.

—De nada —dije. También más bajo de lo que planeaba.

No me moví.

Él tampoco.

La mano en mi cadera siguió donde estaba.

—Deberías descansar —dije. —Tenés dolor de cabeza.

—Tengo dolores peores —dijo. Y en ese tono había algo que no era solo la respuesta
a lo que yo había dicho.

Lo miré.

Él me miró.

En un movimiento me sento sobre el, no sobre sus piernas. Sobre sus caderas,
situando cada una de mis piernas a cada lado. Su pecho desnudo pegado al mio que
si llevaba tela, mi falda de acomodo al asiento. Tomo mis caderas con sus manos y
me pego más a el, senti su erección debajo de mi, por sobre el pantalon.

Intenté ponerme de pie, masajeandome la garganta, actuar como si no estuviese a


punto de estallar, estaba mojada y me hubiese importado un carajo pero todavia
podia razonar. El interceptó, acercandomé más a su cuerpo que ardía. El aire entre
nosotros parecia pesado, tóxico.

Su mano se levanto, la paso por mi pomulo y luego paso su pulgar por mi labio
interior sin que la otra mano soltara mi cadera. Suspire. Mi respiración estaba tan
acelerada y el lo noto.

Nuestras caras quedaron cerca, a centímetros y vi como su mirada pasaba por mis
ojos para luego posarse en mi boca, una mirada lenta y averiguadora, como su
estuviera decidiendo si matarme o comerme. Mi piel se erizo de nuevo, el calor se
extendio desde mis talones hasta mi cabello.

—¿Estás bien, cariño? —Pregunto, con ese tonon de superioridad que excitaba mi ira
y me traía el sudor a la piel.

—Si. Solo tengo cosas que hacer... —Mentí.


Él sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus oscuros ojos. Me agarro del cuello y me
acercó, sus uñas levemente hundidas en mi piel.

—¿Querés que pare?—susurro.

En sus ojos el rojo suave de siempre, esa presencia que era Vael sin filtro, sin el
protocolo de Keil, sin ninguna de las capas que normalmente mediaban lo que
pasaba en este edificio entre las personas que lo habitaban.

No respondí.

Su aliento era caliente, imposible de ignorar. Mis labios se rosaron por su contacto.
Me agarro de los hombros, buscando anclaje. Su boca me reclamó, una cosa salvaje
y desesperada. Mis manos bajaron a la nuca, entrelazándo mis dedos en tu cabello.
Su boca era una tormenta y yo no podía escapar de ella.

De pronto bajo una mano, rozo la tela de mi falda con desesperación y luego, sin
muchas previas, metio su mano por debajo para correr la tela de mi tanga, dejando
mi sexo a su merced. Luego me levanto un centimetro para bajar apenas su
pantalon. La mañana fria que también se situaba en ese despacho chocó con el calor
de su miembro que palpitaba duro y llamativo.

—Mejor. —Murmuro entre besos.

Dios mio santo, si me estas viendo quiero que sepas que es hora de cerrar la cortina,
por favor.

Intodujo su miembro, que entro limpio y directo. No tendria que haberme gustado
por lo que odiaba que lo hubiera hecho. Comence a moverme de arriba hacia abajo
de forma constante. El placcer me recorrio toda la columna lo que me obligo a
arquearme, situe una mano detras de su nuca y con la otra ma acarre del borde del
escritorio para sostenerme. Mi cabeza fue por cuenta propia hacia atras,
movimiento en el cual el aprovecho para besarlo, mordiisquearlo.

—¡Ah, si! —No pude retener mis gemidos.

Comence a subir el ritmo y senti como su mano levantaba mi remera dejando mis
pechos al aire que saltaban al compas de todo mi cuerpo sobre él suyo en esa silla.
Una de sus manos agarro mas firme mis caderas metiendo todo su miembro hasta el
fondo para acto seguido llevar su boca a uno de mis pezones y comenzar a jugar con
el. El placer de su lengua jugueteando y su boca mordiendo tirando de el fue
exquisita. Y con la mano que tenia libre comenzo a pellizcarme el otro.

No se si existia un paraíso por que segun la biblia ya no había ninguno. Pero esto se
sentia así y espero que Adan y Eva también lo hubiesen experimentado de es
manera.

—Ali... —Lo escuche jadear con mi pezon todavia en su boca.


Luezo succiono y lo solto. Me agarro del cuello tirando mi cabeza hacia adelante para
que nuestros ojos se cruzaran y me beso de forma violenta, su lengua se encontro
con la mia para comenzar una guerra y al separarmos lo unico que nos unia era un
hilo de baba.

Su vista bajó hacía donde nos uniamos. Lo vi sonreír de forma diabolica. Sus dientes
estaban un poco más en punta. Era una bestia y por alguna razón mi moral
desaparecio, me estaba encantando ser la presa.

—¿Aun quieres que pare? —Dijo entre geminos, con ese atrevimiento suyo.

—No... —No podia terminar, la respiración no me dejaba— No quiero... ¡No quiero


que pares!

Apenas termine de decirlo se enderezó y me tomó por la cintura, depositandome


sobre el escritorio de golpe. Me dejé caer sobre la madera. Él se interpuso entre mis
piernas, una bestia orgullosa.

Se agacho y su boca encontro mi vagina. La miro unos segundo, mezclando su aliento


con el calor que mi cuerpo desprendia y me miro a los ojos para luego sonreir y
comenzar a lamerla mientras me miraba. Era mucho, demasiado.

—¡Oh Dios! ¡Si! —Ya no podia evitarlo.

Su boca era un puto infierno en el cual me gustaab estarme derritiendo. Su lengua


jugaba con mi clitorias para despues succionarlo y tirarle del con los dientes, y asi
sucesivamente. Luego entro en mi, penetrandome con ella.

—Vael... Vael —lo llamé— Si siguís asi voy a correrme.

Tire la cabeza hacia atras y con la mano que no tenia apoyada sobre la madera lo
agarre del pelo, mis uñas deben de haberse clavado en su cuero cabelludo pero no
queria que parase. Me encantaba.

Luego se paro tomando mis piernas y depositandolas sobre uno de sus hombro y, sin
preambulos, comenzo a embestir. Movimientos rapidos, energicos. Como si tuviera
prisa por demostrar que no era Superman, sino un dios del fuego.

—¡Ah! ¡SI, SI, SI! —Mis gemidos se tranformaron en gritos ahogados por mi boca que
ya estaba seca.

El ritmo era loco. Sus manos callaron mis gritos, una en mi cuello, presionandome
hacia atras para tomar cada centimetro de la inmersión. Mi falda era la única barrera
entre su poder y mi piel. No podia parar de gemir sintiendo el impacto de sus
caderas contra mis nalgas, una sencación de llenado absoluto que me dejaba sin
aire.

Mi cuerpo se arqueó, búscandolo, rogando más.


—Dime que si —Comento en un susurro, mordiendo su labio interior.

No pude responder con palabras, solo con gemidos. Él estaba hirviendo y yo


empapada. Estaba perdida.

Luego mis piernas ya no estaba en sus hombros sino que a cada lado abiertas de par
en par y Vael se incorporo ,ás sobre el escritorio. fue directo a mis pechos sin dejar
de envertir, podia sentir que se saltaban al compaz de sus envestidas y el los miraba
hambriento, estaba ansioso. Jugando con mis propias manos, primero pellizque uno,
luego el otro, mientras él me observaba con la misma fijación que tiene un Tiburon
cuando ve que su comida esta cerca. Ley natural del depresador y la presa.

Luego quito mis manos y sin dejar de moverse volvio a lamerlos con apuro, como si
el tiempo corriera más rapido y mi mano bajó para ayudarlo, mis dedos se enredaron
en su cabello mientras el lamía mis tetas como si se las estuviese comiendo vivas.

—¡Más rápido! —Grite.

No fue necesario decirlo dos veces. Me dejo otra vez sobre la madera y puso una
mano en mi cuello, haciendo presión, márcando control y poder, con las piernas
abiertas, absorbida por su velocidad. La madera crujía cajo nuestros movimientos.
Sus ojos se entrecerraron, mirándome con una furia suplicante y maldita.

—Mierda... —Bramó él, perdiendo la respiración.

Sentí el movimiento cambiar, volver a ser intenso, ejecutado con la precisión letal de
alguien que sabe como derrumbarme. Gemí más alto, los ojos altecho.

—¡Vael voy a correrme! —Grite más fuerte.

—¿A sí? —Sonrio y el placer me inundo.

LLevo su pulgar a mi punto otra vez y comenzo a frutar mi clitoris en circulos con la
misma precición que su miembro se habia amoldado a mi entrada. Fue heavy, brutal,
extraordinariamente oscuro.

—Si... Así... No pares —Mi respiración estab muy ascelerada y tenia la boca seca—.
¡Me vengo Vael!

En la onda final me corri, gimiendo, dejandome morir en el climax más absoluto de la


mañana.

—Yo también voy a correrme muñeca... —Gruño apretando los dientes mientras su
mirada presenciaba como su miembro se unica con mi concha una y otra vez,
escuchando el chapoteo que eso mismo generaba.
Lo patee de vuelta a la silla y en un movimiento me situe sobre el otra vez.
Comenzando a subir y bajar de forma ascelerada. Su boca encontro la mia y no tardo
en invadirla de nuevo con su lengua. Yo seguia moviendome.

Entre los movimientos me sujeto del pelo con fuerza, evitando que el beso se cortara
y con la otra mano sujeto mi brazo por detras impidiendo que pudise escapar. El
ruido la guerra en nuestras bocas fue morboso. Sin alejarse solto mi brazo y agarro
mis caderas para que el ritmo fue más duro y lento, me empujo hacia abajo entrando
completo, luego lento hacia arriba sacandola y así volver a introducir su verga de
forma violenta.

—Voy a venirme.. —Gimio tirando la cabeza hacia atras y yo aprobeche para morder
su cuello, eso hizo que explotara.

La saco antes de correrse dentro, manchando parte de mi falda y su abdomen. Nos


quedamos en esa posición, yo con la frente de Vael sobre mi hombro, hechada y mi
cabeza en el suyo propio. Nuestras respiraciones seguian agitadas pero poco a poco
conseguimos volver al ritmo normal.

Nos arreglamos la ropa en silencio.

No el silencio incómodo. El silencio de dos personas que acaban de estar en el


mismo lugar y que todavía están procesando lo que eso significa sin tener todavía las
palabras correctas para procesarlo.

Vael se pasó la mano por el pelo.

Yo me acomodé la ropa con la atención de alguien que necesita que algo sea
concreto y manejable en este momento.

—¿Cómo está la cabeza? —dije finalmente.

—Mejor —dijo.

—¿El ibuprofeno funcionó?

—Algo funcionó —dijo. Con el sarcasmo de vuelta. Suave. Con algo debajo que no
era solo sarcasmo. —Sí. Ahora tengo que ir a limmpiarme esto. Hubiese sido mejor
tragartelos.

—No iba a tragarmelos —Dije.

—Pero tomas leche de vaca, ¿No?

—No es lo mismo.

—Depende de que perspectiva lo mires...


Lo miré.

Él me miró.

—Vael—

El portal sonó.

(VAEL)

Fue exactamente en ese momento cuando el cuerpo decidió recordarme que las
consecuencias de las decisiones tomadas la noche anterior existían y que tenían una
opinión muy fuerte sobre la mañana.

—Me duele la cabeza —dije—. Odio esto...

—Bienvenido al mundo de los humanos —dijo Alice.

—Tengo náuseas.

—¿Qué esperabas después de beberte una botella de whisky como si fueras


Superman?

—No me bebí la botella entera. Quedaban tres dedos. Tres dedos es un margen—

—Vael.

—Voy a vomitar —dije.

No como advertencia dramática. Como comunicado urgente e irrefutable.

El problema con vomitar, y digo esto como alguien que en mil trescientos años de
existencia había pasado por cosas que harían palidecer a cualquier criatura
sobrenatural de este planeta, es que es el acto más profundamente antidignificante
que el cuerpo humano puede ejecutar. Sin excepciones. Sin circunstancias
atenuantes. No hay forma de hacerlo con gracia. No hay postura correcta. No hay
velocidad adecuada. Es simplemente el cuerpo decidiendo que ya tuvo suficiente y
comunicándolo de la forma más humillante disponible en su repertorio.

Y yo, Vael, que había negociado con el Viejo Infeliz de Ahí Arriba, que había
sobrevivido batallas en el año 700 y pactos en el 900 y la peste en el 1300 sin perder
la compostura, estaba de rodillas en el piso del despacho de Keil Mangiarotti sobre
un bowl de cocina que Alice había traído corriendo desde la cocina con una
expresión entre la lástima y el te lo dije que era, en sí misma, otro tipo de
humillación.

—El balde —había dicho yo. —Pasame el balde.

—¿Qué balde?

—¡El balde de vómito! ¡El que hay para estas situaciones!

—No hay un balde de vómito, Vael. Nadie tiene un balde de vómito guardado.

—¡Pues traé cualquier cosa entonces! ¡Ahora! ¡Por favor!

El por favor fue el punto más bajo de la mañana. Posiblemente de la semana.


Posiblemente de varios siglos.

Lo que siguió no lo voy a describir en detalle porque algunas cosas merecen ser
olvidadas con la misma eficiencia con que el sistema nervioso humano, en un gesto
de misericordia evolutiva, borra los peores momentos de la memoria a largo plazo.
Lo que voy a decir es que el cuerpo se expresó con una vehemencia que no guardaba
ninguna proporción con tres dedos de whisky y que Alice me frotó la espalda
durante todo el proceso con la paciencia específica de alguien que ha decidido no
decir te lo dije en voz alta aunque lo esté pensando.

Me enderecé.

Con lo que quedaba de dignidad, que era una cantidad que prefiero no cuantificar.

El agua fría ayudó. El sabor que dejó el episodio no ayudó. Escupí hacia el lado con la
expresión de alguien que está intentando deshacerse de algo que no tiene ninguna
intención de irse.

—Hay cosas —dije, con la voz de alguien que está reconstruyendo la compostura
ladrillo por ladrillo— Cosas como estas, que nunca me habían pasado.

—¿Vomitar? —dijo Alice.

—Vomitar en un bowl de cocina mientras alguien me frota la espalda. —Hice una


pausa. —Hay una diferencia de contexto importante.

—Voy a buscar algo para el dolor —dijo.

—Sí —dije. —Gracias.

Lo dije con la dignidad que quedaba.

Que no era mucha.


Pero era la que había.

Se fue al segundo piso.

Me senté en la silla de Keil, puse los brazos detrás de la nuca para aliviar la tensión
cervical del sueño de escritorio y cerré los ojos.

El inventario: corazón estable, costillas cerradas, cabeza con ese dolor específico que
los humanos se generan voluntariamente cada fin de semana con una consistencia
que en mil trescientos años nunca había terminado de entender.

Escuché sus pasos volviendo.

Se detuvieron.

Abrí un ojo.

Alice en el marco del despacho con el ibuprofeno en la mano y la expresión de


alguien que lleva más tiempo del estrictamente necesario parada en ese marco.

Cerré el ojo.

—¿Tanto mirás? —dije.

—No estaba mirando nada.

—Ajá. —Una pausa. —¿Y yo nací ayer?

—Técnicamente naciste antes de que los analgésicos se inventaran.

—Exactamente. No nací ayer. —Abrí un ojo. —¿Trajiste algo para el dolor? Santo
Lucifer, cómo aguantan esto los mundanos cada fin de semana.

Se acercó. Se sentó en el borde del escritorio. Extendió la pastilla hacia mí.

Abrí la boca.

La miré.

Ella me miró.

El silencio duró exactamente lo que dura el silencio cuando dos personas están
teniendo conversaciones distintas con la misma mirada.

—No —dijo Alice.

—Estoy enfermo.
—Estás en ese estado por decisión propia.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo.

—Sufrimiento es sufrimiento, Alice. La causa es irrelevante para quien lo


experimenta. Es filosofía básica.

—Toma la pastilla vos solo.

—Estoy débil.

—Levantás vampiros de linaje puro con una mano.

—Eso era anoche. —La miré con los ojos completamente abiertos. —Esta mañana
estoy débil. ¿Vas a portarte así con alguien que está sufriendo? Nunca tengas hijos.

—No estás sufriendo. Estás resacoso.

—Mismo resultado final.

—Vael.

—Alice.

El ibuprofeno en su mano. Yo sin hacer ningún movimiento para tomarlo de forma


independiente. Los dos sosteniendo esa posición con la terquedad específica de dos
cosas que no tienen ninguna intención de ceder primero.

Exhaló.

Extendió el brazo un poco más.

Fue su error.

La tomé de la cadera antes de que ella pudiera procesar el movimiento.

No fue calculado en el sentido en que son calculadas la mayoría de las cosas que
hago. Fue más directo que eso. El cuerpo operando con la lógica que tiene cuando el
filtro del análisis está funcionando al ochenta por ciento por razones relacionadas
con el whisky y el bowl de cocina y el inventario general de las últimas doce horas.

La acerqué.

El brazo extendido quedó a la distancia correcta. Abrí la boca despacio, sin apartar
los ojos de los suyos, y tomé la pastilla rozando sus dedos con los labios.
La piel de Alice se erizó.

Lo sentí en la cadera, bajo la mano, el cambio de temperatura que produce ese tipo
de respuesta. Lo registré. Los dedos se acomodaron sobre la curva de su cintura
hacia su cadera con la atención de algo que no desperdicia información.

—Gracias —dije. Con una voz que había bajado sin que yo lo decidiera. —Por el
ibuprofeno.

—De nada —dijo ella. También más bajo.

Ninguno de los dos se movió.

Mi mano en su cadera siguió donde estaba.

—Deberías descansar —dijo. —Tenés dolor de cabeza.

—Tengo dolores peores —dije.

Y la senté sobre mí.

No sobre las piernas. Sobre las caderas. Sus piernas a cada lado, la falda
acomodándose al nuevo ángulo, su peso sobre el mío de una forma que el cuerpo
registró como información inmediata e inequívoca.

La acerqué más.

Puse la mano en su mejilla. Pasé el pulgar por su labio inferior despacio, sin apuro,
con la atención de algo que tiene todo el tiempo del mundo aunque esta mañana
específicamente el tiempo fuera más relativo que de costumbre.

Su respiración cambió.

—¿Estás bien, cariño? —dije. Con el tono que correspondía.

—Sí —dijo. —Solo tengo cosas que hacer.

Sonreí.

No la sonrisa de superficie. La otra. La que lleva setenta años siendo exactamente lo


que es sin disculpa.

—¿Querés que pare? —dije en voz baja.

En sus ojos el color que tenían cuando algo la golpeaba en el lugar correcto y lo
estaba procesando sin terminar de admitir que lo estaba procesando.

No respondió.
Lo archivé como respuesta.

La tomé del cuello y la acerqué el último espacio que quedaba.

Hay cosas que después de mil trescientos años uno sabe leer sin necesidad de que le
sean explicadas. La respiración de alguien cuando ya tomó una decisión aunque
todavía no se la haya dicho a sí mismo. El peso específico del silencio cuando no es
indecisión sino confirmación.

Alice no respondió.

Eso era todo lo que necesitaba.

Su boca bajo la mía fue lo que fue. No calculado. No el ritual de la primera noche ni
el beso de la biblioteca con sus capas y sus preguntas. Esto era más directo. Más
honesto en el sentido en que son honestas las cosas que no tienen ninguna
pretensión de ser otra cosa que lo que son.

Una tormenta, habría dicho alguien con tendencias poéticas.

El depredadora y la presa, habría dicho alguien con tendencias dramáticas.

Yo lo llamo lo que es: consecuencia lógica de demasiada tensión acumulada en


demasiado poco espacio durante demasiados días.

Aunque la consecuencia específica de esta mañana fue considerablemente más


interesante que cualquier otra que hubiera calculado.

No iba a tener ni mis pocos filtros ni el protocolo de Keil. Podre tener una ética
cuestionable y una moralidad medio dudosa le había¿ dado marguen a que podia
alejarme y no lo hizo.

La tome de los hombros y su boca me gano la pelea, no podia ser suabe, estaba
volviendome loco. Senti sus manos bajar por mi nuca y anclandose a mi cabello. Era
deliciosa.

Baje mis manos hasta su culo era redondo y perfecto, y luego hice lo que cualquiera
haría en esta situación, meti una de mis manos por debajo de su falda y corri la tanga
que llevaba rozando su vagina. Sabia que la deseaba, se lo habia dicho con toda la
sinceridad en la cara y aparecia con estas prendas. Pobre de mi.

Mi verga explotaba y ya me comenzaba a doler por debajo del pantalon así que con
un movimiento no tan burco la levante y baje un poco mis pantalones para dejarla
libre. Podia sentir como palpitaba, estaba tan caliente y duro que pense que me iba a
explotar.

—Mejor. —Dije en contra su boca.


Su pecho subia y bajaba, estaba exitada.

Padre de ellos que estas en el cielo, que santifican tu nombre. Vas a tener que correr
la vista anciano porque esto me lo vas a hechar en cara en algun momento. Porque si
este es el pan espero que hayas perdonado tomas mis ofensas. ¿Amén?

Se la meti de un movimiento, estaba tan mojada que entro directo. Se sujeto más
fuerte y comenzo a moverse de arriba a abajo, lo cual me dejo perplejo. El placer
viajo desde mis pies hasta la punta de mi miebro recorriendo toda mi columna, la
sentia palpitar dentro. Se arqueo hacia mí depositando una mano detras de mi nuca
bruscamente y con la otra se sujeto con fuerza dle borde del escritorio, vi sus
nudillos ponerse blancos y turo su cabeza hacia atras. Esas vistas me pusieron a mil,
si ya estaba loco ahora estaria desquisiado. No queria parar. Me incline y comence a
besar su cuerllo y a mordisquearlo, Alice no dejo de moverse y yo tampoco iba a
permitirlo

—¡Ah! ¡Si! —Gimio.

Y emepzó a subir el ritmo. Baje la vista hacia su bluza y sus tetas rebotaban al
compas de los sentones, no estaban expresandose como querían así que la levante
dejandolas al aire libre. Ya entiendo la desesperación de los bebés, con esto
cualquier hombre seria obediente

La agarre firme de la cadera con una mano metiendo todo mi miembro hasta el
fondo y me incline para meterme una a la boca. Su sabor era exquisito, embriagador.
Jugue con uno de sus pezones con mi lengus, primero en circulos, luego succione y
despues lo mordi. Por como jadeaba supe que no le disgustaba para nada, y acto
seguido lleve la mano libre para pellizcarle el otro.

El paraíso había existido pero no de esta manera, este era mejor. Lo se porque todos
habíamos escuchado el rumor de que Lucifer habia interferido y Adan junto con Eva
seguian siendo virgenes. Hasta despés, claro.

—Ali.. —Se me escapo su nombre pero no me importo.

Segui succionando sus pezones y las ganas de volver a invadir su boca me superaron.
Lo solte y agarrandola de la nuca volvi su cabeza hacia adelante y comence a
deborarla otra vez, me encontre con su lengua y juguetie con ella. Las respiraciones
estaban tan agutadas que me obligue a parar para poder respirar algo de ahí y volvi a
bajar la vista, esta vez, hacia la unión de nuestros cuerpos.

Sonreí mostrando los dientes. Esta vista tambien era explendida.

—¿Aun queres que pare? —Dije con un jadeo involuntario sin apartar la vista de lo
que veía.

—No... No quiero... ¡No quiero que pares!


Le costo decirlo pero escucharla gemir de ese modo tan desesperado, morboso,
totalmente entregada a la tarea. Y a mi que me encantaba seguir ordenes, no iba a
parar. Su respiración era mi radio, mi piel se erizaba con su contacto, la expuse a mi
oscuridad.

La agarre de la cintura y la deposite sobre el escritorio de golpe, bruco, ya no habia


espacio para la suavidad. Su espalda choco contra la madera y yo me situe entre sus
piernas. Tenerla como mi presa era un lujo.

Me agache hacia su vagina. Y la repase con la vista. Tan rosada, delicada, a punto de
ser deborada por demonio que habitaba debajo de su cama. El olor a jabon de baño
mezclado con el aroma a sexo llego a mi nariz así que la mire sonriente, y me la lleve
a la boca sin problema. Efectivamente, no iba a parar.

—¡Oh Dios! ¡Sii! —Ya no intentaba retener sus gemidos y me encantaba escucharlos.

Oh amor, no lo llames o después tendre que escucharlo, otra vez.

Comence a jugar con mi lengua en circulos sobre su clitoris, luego la chupaba entera
para luego tirar del clitoris con mis dientes, acto que repeti unas tres o cuatro veces.
Mi lengua encontro su entrada y comence a penetrarla con ella. Que puto placer, mi
miembro palpitaba, necesitaba volver a entrar ahí.

—Vael... Vael, si seguis así me voy a correr.

Y dijo mi nombre. Y la poca cordura, lo poquito que me quedaba se esfumo.

Me acarro del pelo sin permitirme parar y acepte su invitación, sus uñas se clavaron
pero el dolor se volvio más placer. Si, soy masoquista.

No pude más asi que retire su mano y situe sus piernas en uno de mis hombros
sosteniendola de los muslos y sin pesarlo dos veces volvi a introducirme en ella con
movimientos rapidos, salvajes, era una bestia y no me reprimia en aparentar que no.

—¡Ah! ¡SI, SI, SI! —Ya no eran gemidos. Eran gritos casi guturales que eran musica
para mis oidos.

La vi tan docil, tan vulnerable.

Puse mi mano en su cuello obligandola a quedarse donde estaba, yo tenia el control


y no hizo nada para evitarlo. Iba a arrastrala hasta el infirmo, o mejor dicho, ya lo
estaba haciendo, se estaba quemando y le estaba [Link] caderas chocaban
contra sus nalgas y quise arrancar su falda pero me contube, no podia seguir
rompiendo todo aquello que le curbriera el cuerpo.

¿O si?.. No, Vael malo.

Segui enbistiendo ferozmente y su cuerpo se arqueo rogandome por más.


—Dime que si. —Susurre mordiendome el labrio interior, senti un poco de sangre
pero es que suno iba a gritar como una zorra por todo lo que estaba sintiendo.

Respondio en gemidos pero eso basto. Mi cuerpo hervia demasiado y ella estaba tan
mojada. Estaba tan consumido que algo tenia que inventar para volver a
mantenerme sereno cuando Keil volviera.

Aleje sus piernas y las abri de par en par haciendo que mi verga entrara y saliera sin
problema, encajaba tan bien. Romanticamente diria que mi miembro, el miembro de
Keil, y su vagina eran el uno para el otro. Vi como sus tetas seguian el compas de mis
embestidas, estaba ansioso por comermelos de nuevo. Ella lo noto y con sus manos
comenzo a jugar con ellos pellizcando sus pezones mientras me miraba a los ojos.

Que dificil y dura me la ponés, Alice.

Me desespere y separe sus manos con bruzquedad, me incline sobre ella y sin dejar
de penetrarla y me driji de nuevo hacia sus pechos, hambriento. Los lami con apuro
como si fuese la última vez que lo haria y sus dedos se enredaron con fuerza otra vez
en mi cabello. Me la estaba comiendo viva y era lo mejor del puto mundo.

—¡Mas rápido! —Me grito.

Su grito era musica. Si ya estaba a mil ahora iba a explotar, la deje otra vez sobre la
mesa y volvi a poner mi mano en su cuello, firme, haciendo presión, marcando
control y poder. La dominé, absorbiendo la con las piernas abiertas de par en par
para mi, dejando que la madera soportara el peso de nuestra destrucción mutua.

—Mierda.. —Era demasiado.

Subi el ritmo, mas violento, mientras que mi miembro entraba y salia de forma
limpia, de forma completa tocando su punto más interno.

—¡Vael me voy a correr! —Grito de forma ahogada.

—¿A sí? —No pude evitar sonreir.

Lleve mi pulgar hacia su vagina para comenzar a masagearla también, en circulos. Su


clítoris era un punto dulce que me hacía perder el control, un punto que hiba a
forzar y golpear hasta que ella se rompiera, gritando mi nombre, entregando la parte
más vulnerable de su garganta para que yo la marcara.

—Ah, si, No pares. —Volvio a arquearse hacia atras— ¡Me vengo Vael!

Embesti de lleno una vez más y se corrio conmigo dentro y segui penetrandola.

—Yo tambien voy a correrme, muñeca...


Aprete los dientes mirando otra vez como mi verga entraba y salia de su entrada de
forma más violenta que antes, escuchando el chapoteo de sus fluidos contra mis
embestidas. Y de repente me pateo de vuelta a la silla, casi sentado y en un
movimiento bajo del escritorio y se sento sobre mi metiendome de nuevo en ella,
comenzando a subir y bajar otra vez de forma energica.

Tuve que besarla. Su boca me suplicaba.

La bese y Alice no dejo de moverse. Dirigi mi mano a su cabello sujetandola con


fuerza sin permitir que el beso se cortara y con la otra apricione su brazo derecho
contra su espalda, aprisionandola y segui besandola, el ruido que su boca producia
con la mia por el intercambio de saliba es inexplicable pero tuve que cortarlo para
poder respirar y sin alejarse le solte el brazo para agarrar su cadera haciendo que el
ritmo fuese más brusco.

La levante y luego empuje hacia abajo entrando de golpe, luego volvi a levantarla
para sacarla casi completa y volver a bajarla entrando completo. Iba a correrme.

—Alice, voy a venirme... —Instintivamente mi cabeza se fue hacia atras y Alice me


beso el cuello y lo mordio.

Me volvi loco. La saque a tiempo antes de cabar dentro manchando parte de su falda
y mi abdomen. Correr una maraton debia de sentirse así solo que menos placentero.
Mi cuerpo se fue hacia adelante y apoye mi frente en su hombro soltando su cabello
y dejando caer mis brazos como peso muerto. Ella hizo lo mismo. Cuando las
respiraciones comenzaron a regularse nos paramos y nos arreglamos la ropa.

El silencio correcto. No el incómodo. El de dos personas que acaban de estar en el


mismo lugar y que todavía están procesando lo que eso significa sin tener las
palabras correctas porque las palabras correctas para esto todavía no existen o
existen en algún idioma que ninguno de los dos habla todavía.

No voy a disculparme por eso.

Tampoco creo que Keil, cuando vuelva y se entere, vaya a encontrar el argumento
correcto para que me disculpe, aunque lo va a intentar y la conversación va a ser
larga.

Me pasé la mano por el pelo.

Que necesitaba atención.

Que iba a requerir una ducha.

—¿Cómo está la cabeza? —dijo Alice.

—Mejor —dije.
—¿El ibuprofeno funcionó?

—Algo funcionó. —La miré. —Sí. —Una pausa. —Ahora tengo que ir a limpiarme
esto. Hubiese sido mejor tragártelos.

—No iba a tragármelos.

—Pero tomás leche de vaca, ¿no?

—No es lo mismo.

—Depende de qué perspectiva lo mires.

Me miró.

Yo la miré.

En sus ojos el color que tenían después. Más oscuro que el dorado habitual. Con algo
instalado que no había estado ahí hace una hora y que no iba a irse con facilidad.

Bien.

—Vael— empezó.

El portal sonó.

Los dos miramos el hall.

—Lirien —dije.

—¿Cómo sabés?

—Porque el mundo sobrenatural de Roma tiene un timing completamente


catastrófico. —Me levanté. Recuperé la compostura con la eficiencia de algo que
lleva siglos practicando exactamente eso. —Siempre.

Fui al portal.

Alice fue a buscar el café.

Y en el escritorio de Keil, que esta mañana había sido testigo de cosas y el vaso de
whisky seguía en el otro lado sin tocar.

Esperando a alguien.

Que esta mañana, estaba considerablemente más cerca que ayer. Lo suficiente para
que yo, que no me preocupo por casi nada, empezara a pensar seriamente en cómo
iba a ser esa conversación.
(ALICE)

El portal sonó a las nueve y media.

No el sonido de alguien entrando. El sonido de alguien queriendo entrar. Nudillos


sobre madera con la calma específica de alguien que sabe que va a abrir y que puede
esperar.

Vael ya estaba en el hall cuando llegué.

De pie frente al portal con una expresión que no era bienvenida.

Lo miré.

—¿Vas a abrirle.

—Estoy considerando las opciones disponibles. —Bebió el café. —Incluyendo no


hacerlo.

—Vael.

—Vendió la información del sello —dijo. —Eso tiene consecuencias para la calidad
de la bienvenida que recibe esta mañana.

Golpearon de nuevo.

—Sé que estás ahí —dijo la voz de Lirien desde afuera. Con esa calma suya que no
tenía fondo visible. —Y sé que estás decidiendo si abrirme. —Pausa. —Tengo
información que necesitás. Y un café mejor que el que estás tomando si me dejás
entrar.

Vael miró su taza.

—El café —dijo— es perfectamente aceptable.

—El tuyo tiene tres horas —dije.

—Dos y media. La diferencia es importante.

—Vael.

Exhaló con el sonido de algo tomando una decisión que no le gusta pero que
entiende como necesaria.
Abrió el portal.

(VAEL)

Lirien entró al hall con la misma elegancia de siempre y sin el café que había
prometido, que yo registré de inmediato y que archivé bajo la categoría de cosas que
cobrar después junto con todo lo demás que esta mañana tenía pendiente en esa
lista.

Nos miró a los dos.

A mí primero. Con esa evaluación suya que busca lo que cambió. Y había cambiado.
El escritorio de Keil, la temperatura del despacho, el estado general de la mañana.
Las hadas leen esas cosas con la misma naturalidad con que yo leo la diferencia entre
una criatura menor y un linaje puro.

Lo leyó.

Después me miró.

—Estás sin remera —dijo Lirien.

—Observación correcta —dije.

Sus ojos me recorrieron con esa evaluación suya que no perdía detalle. Luego miró el
despacho por encima de mi hombro. Después, a Alice. Después de vuelta a mí.

Algo cruzó su expresión. No la sonrisa superficial. Algo más genuino, más divertido,
el tipo de cosa que aparece cuando una hada de linaje antiguo detecta una situación
que no esperaba encontrar a las nueve y media de la mañana en el edificio de los
Mangiarotti.

—Qué mañana tan productiva —dijo.

—La información del sello —dije. —Por qué la vendiste.

—En un momento. —Sus ojos volvieron al despacho. Al escritorio específicamente.


Después a Alice. Después a mí con algo que en cualquier otra persona habría
llamado picardía. —¿El escritorio de Keil?

—La información —repetí.

—Es solo que Keil es muy particular con sus cosas. —Una pausa. —Va a saber que
algo pasó ahí.
—Lirien...

—¿Qué? Es una observación legítima sobre la territorialidad de—

—La información del sello —dije por tercera vez. Con el tono que cierra
conversaciones. — ¡Ahora!

Lirien me miró durante un momento con la expresión de alguien que tiene más que
decir sobre el tema y que ha decidido, por razones propias, guardarlo para después.

—¿Dónde está Keil? —dijo.

—No es de tu importancia.

—Es considerablemente de mi importancia dado que cualquier acuerdo que—

—No. Es. De. Tu. Importancia. —La miré. —Lo que es de tu importancia es la
conversación que viniste a tener. Así que tengamosla.

Lirien me sostuvo la mirada.

Después miró a Alice.

Después volvió a mirarme a mí con esa expresión que las hadas tienen cuando están
calculando cuánto pueden presionar antes de que el retorno disminuya.

Calculó correctamente que esta mañana ese umbral era bajo.

—Deberias de ser tan cascarrabías Veil. Aunque de algun modo es sexy.

—Para vos todo es cogible. —dije agarrandome el tabique de la nariz cerrando los
ojos con irritación. —Ahora hablá, si no queres salir volando donde tu polvillo de
hadas va a ser mi patada.

—Bueno, ya. De acuerdo. —Dijo con un tono como si la hubiese ofendido.

Y empezó a hablar.

—Entregue la información del sello porque el favor que me debíais era cobrable —
dijo. —Y lo cobré en los términos acordados.

—El favor era dentro de parámetros razonables —dije. —Dar información para
desmantelar el sello que protegía el edificio no es—

—El favor no fue dar información para desmantelar el sello —dijo Lirien. Miro a
Alice. —El favor fue dejar que lo que pasó anoche pasara.

Silencio.
—Explicá eso —dije en voz baja.

Lirien cruzó los brazos.

—La marca necesitaba activarse parcialmente —dijo. —No de forma controlada. No


en los términos de ninguna facción. No con el tiempo que cualquiera hubiera
elegido. —Volvió a mirar a Alice. —Necesitaba activarse bajo presión real. Con
amenaza real. Con el instinto de alguien que no sabe todavía lo que tiene pero que lo
usa igual porque no tiene otra opción.

—¿Y vos sabías eso? —dije.

—La corte lleva décadas estudiando su linaje. —Una pausa. —Así que sí. Lo sabía.

—¿Y la información del sello fue para que la amenaza fuera suficientemente real?

—¿Funcionó? —dijo Lirien después de explicar lo del favor.

—Sí —dijo Alice.

Lirien abrió la boca.

La cerró.

Me quedé completamente quieto.

Las hadas no cierran la boca cuando tienen algo que decir. No funciona así. No está
en su arquitectura. Las hadas dicen lo que planificaron decir en el orden planificado
con la precisión de algo que no improvisa porque no necesita improvisar.

Lirien acababa de improvisar.

Lo que significaba que lo que venía no estaba en el guión original.

—¿Qué —dije.

Lirien nos miró a los dos.

Y entonces dijo las palabras que hicieron que algo en mí, esa parte que llevaba
desarrollado una tolerancia considerable a las malas noticias, se irritara de una
forma que no esperaba irritarse esta mañana.

—El plan se fue de las manos.

Me quedé mirándola.

Un segundo. Dos.
—Repetí eso —dije.

—La corte calculó que una activación parcial de la marca bajo presión real produciría
un desplazamiento sobrenatural manejable. —Una pausa. —Localizado. Contenido
dentro de los parámetros del sector del Prati y sus inmediaciones. Suficiente para
que los demás recalibraran sus posiciones sin generar consecuencias más amplias.
—Otra Pausa. —Y se fue de las manos —dijo.

—Manejable —repetí. Con el tono específico de algo que está procesando esa
palabra y encontrándola completamente inaceptable. —Manejable. La corte del
norte, que lleva décadas estudiando el linaje de Alice calculó que esto iba a ser
manejable. —Me toque la cien. —Ahora define que se les fue de las manos.

—Lo Alice hizo anoche —dijo Lirien— no fue una activación parcial localizada. —Me
miró. —Fue un desplazamiento sobrenatural de alcance que ningún modelo de la
corte había calculado como posible en esta etapa del desarrollo de tu marca. —Una
pausa. —Lo sintieron todos. No solo en Roma. En los territorios sobrenaturales
dentro de un radio de doscientos kilómetros. —Otra pausa. —Lo que significa que el
reordenamiento que estamos viendo esta mañana no es solo romano.

Lo procesé. Estaba agauntando todos mis impulsos para no extrangularla.

—¿Cuántas facciones fuera de Roma —dije

—Las suficientes para que la corte del norte haya recibido esta mañana siete
comunicaciones de territorios que normalmente no se comunican con nosotros. —
Lirien nos miró a los dos. —Siete en cuatro horas, Vael. Eso no pasa.

—¿Y las facciones de Roma? —dije.

—Ninguna está contenta. —Lo dijo sin el envoltorio habitual. Directo. —Los hombres
lobo sintieron el desplazamiento en tres manadas distintas simultáneamente. El alfa
Altieri mandó reconocimiento esta mañana pero lo que mandó de verdad fue una
pregunta, qué es esto y de dónde viene, y esa pregunta tiene un tono que no es
amistoso. —Una pausa. —Los elfos de linaje puro que participaron en el ataque de
anoche reportaron a su consejo que algo que no estaba en ningún cálculo previo
intervino en el desarrollo de la operación. El consejo está reunido desde las seis de la
mañana. —Otra pausa. —El clan Caretti no mandó nada, que significa que están
furiosos y construyendo algo.

—Lirien... —Vaso de agua casi lleno.

—Los modelos indicaban—

—¿Qué modelos? —La voz subió un tono sin que yo lo decidiera. En mí eso es
información. En mí la voz no sube sin que yo lo decida a menos que algo haya
superado el umbral de lo que el control habitual puede contener. —¿Los modelos
que no incluyeron la posibilidad de que la activación se extendiera más allá del
sector del Prati? ¿Esos modelos?

—Los parámetros de expansión que se observaron fueron—

—Doscientos kilómetros —dije. —Dijiste doscientos kilómetros.

—Aproximadamente.

—¿Aproximadamente? —Me quedé mirándola. —Siete comunicaciones en cuatro


horas de territorios que normalmente no se comunican. Las tres manadas de los
Altieri desestabilizadas simultáneamente. El consejo de los principitos reunido. Y
papá dracula en silencio que en su idioma significa que está construyendo algo. —
Una pausa. —¿Y la descripción que la corte tiene para todo eso es se fue de las
manos?

—Vael—

—No. —Lo dije con la calma específica de algo que está usando toda la energía
disponible para no decir exactamente lo que quiere decir de la forma en que quiere
decirlo. —No me interrumpas. Todavía estoy procesando la magnitud del error de
cálculo que acabás de describirme como si fuera un inconveniente menor de
logística.

Lirien cerró la boca.

Bien.

Me pasé la mano por el pelo.

Alice me miró desde el costado. Lo sentí sin mirarla.

—Explicame lo de la diferencia entre el sistema y el agente —dije finalmente. Con la


voz que correspondía. Controlada. Sin el volumen que el momento habría justificado.
—Esa parte me interesa. Y que sea antes de que te estrangule.

Puta madre...

Lirien lo explicó.

Lirien nos miró a los dos. Después fue al despacho y se sentó en la silla frente al
escritorio con la naturalidad de alguien que ha decidido que esta conversación
requiere que todos estén sentados.

Me apoyé en el marco. Alice se sentó en el borde del escritorio.

—Pensá en una cerradura —dijo Lirien.


—No —dije.

—¿Perdón?

—La metáfora de la cerradura. —La miré. —Alice lleva semanas escuchando que es
una llave. No uses esa metáfora.

Lirien me miró durante un momento.

—De acuerdo. —Una pausa. —Pensá en un idioma.

—Mejor —dije.

—Un idioma existe independientemente de quien lo habla. Tiene su propia


gramática, su propia lógica, sus propias reglas que funcionan con o sin hablante. —
Miró a Alice. —La marca es el idioma. Lleva cuatro generaciones construyéndose en
tu linaje. Acumulando. Esperando. Existe independientemente de vos. —Una pausa.
—Eso es el sistema.

—¿Y el agente? —dijo Alice.

—El agente es quien habla el idioma. —Lirien la miró. —Y acá está la diferencia que
todas las facciones, incluyendo la corte del norte, calcularon mal. —Se inclinó
levemente hacia adelante. —Cuando las facciones se pusieron en movimiento por tu
marca lo hicieron pensando en el idioma. En el sistema. En lo que se activa cuando la
marca llega a su punto de maduración. —Una pausa. —Lo que ninguna calculó es
que el idioma y quien lo habla no son la misma cosa. Que la gramática existe pero
que lo que se dice, el mensaje específico, lo determina el hablante.

Alice procesó eso. Lo vi en sus ojos, el ámbar cambiando levemente mientras


desmontaba lo que Lirien acababa de decir pieza por pieza.

—¿Qué significa eso en términos concretos —dijo.

—Significa —dijo Lirien— que lo que se libera cuando tu marca se activa


completamente no está predeterminado. —Una pausa. —Las facciones asumieron
que sí. Que el sistema tenía un resultado fijo y que la disputa era sobre quién
controlaba ese resultado. —Hizo una pausa más larga. —Estaban peleando por el
control de algo que resulta que no puede controlarse desde afuera.

—Porque depende de mí —dijo Alice.

—Porque depende de vos. —Lirien la miró. —De lo que sos. De lo que elegís. De lo
que querés cuando el sistema se activa completamente. —Una pausa. —El idioma da
el marco. Vos ponés el contenido.

Silencio.
—¿Y eso lo sabían? —dije. —¿Alguno de todos los que estan ahí afuera?

—Lo sospechaban —dijo Lirien. —La corte lo tenía como hipótesis de baja
probabilidad en sus modelos. —Una pausa. —Lo que nadie anticipó fue la velocidad.
Que una activación parcial, sin control, bajo presión, iba a mostrar esa variable con
tanta claridad y con tanto alcance. —Me miró. —Lo que se activo no fue el sistema.
Fue Alice usando el sistema con intención propia aunque esa intención fuera
instintiva y sin entrenamiento. —Una pausa. —Y esa diferencia lo cambia todo.

—¿Por qué —dijo Alice.

—Porque un sistema que se activa solo es predecible. —Lirien la miró. —Se puede
modelar, anticipar, disputar. —Una pausa. —Una persona que usa un sistema con
voluntad propia no es predecible. No se puede modelar completamente. No se
puede disputar de la misma forma. —Me miró. —Lo quelos demás entendieron esta
es que lo que tienen enfrente no es un evento que va a pasar con o sin su
intervención.

—Es alguien que va a tomar una decisión —dije.

—Es alguien que ya está tomando decisiones —dijo Lirien. —Anoche tomó una. —
Miró a Alice. —Y eso es lo que tiene a todo el mundo sobrenatural recalculando,
porque ninguno de ellos sabe todavía qué decisión va a tomar la próxima vez. —Una
pausa. —Ni yo tampoco.

El despacho quedó en silencio.

Alice miraba el escritorio frente a ella. El cuaderno cerrado. La lapicera al lado. La


expresión de alguien que está convirtiendo información en algo concreto y
manejable.

—¿Y si tomo la decisión incorrecta? —dijo en voz baja.

—Esa —dijo Lirien— es exactamente la pregunta que hace alguien que entiende el
peso de lo que tiene. —Una pausa. —Y que por lo tanto es considerablemente
menos probable que la tome.

Lo que las facciones estaban leyendo no era el sistema.

Eran a Alice.

A Alice con agencia. Con voluntad propia. Con la capacidad de determinar lo que el
sistema hacía y cómo lo hacía.

Eso no estaba en ningún cálculo de ninguno de los grupos. Incluyendo el mío.

Me quedé mirando a Lirien durante un momento.


—Entonces... —dije.— Ustedes tiene que corregirlo, sin favor pendiente. Ustedes
cometieron el error.

—Y porque el mundo sobrenatural de Roma está reordenándose en tiempo real de


formas que ninguna facción calculó correctamente. —Me miró. —Incluyendo la
nuestra. Y cuando la corte del norte comete un error de esa magnitud la corrección
es responsabilidad nuestra.

La miré durante un momento más.

Después miré el vaso de Keil en el escritorio del despacho.

El whisky sin beber.

—El café —dijo Alice.

Lirien parpadeó.

—¿Perdón?

—Prometiste café —dijo Alice. —No tenías café. Eso es mentir.

—Las hadas utilizan herramientas de persuasión que operan en los bordes de la


literalidad —dijo Lirien.

—Eso es mentir con mejor marketing —dije.

Lirien nos miró a los dos.

Algo en su expresión se movió. El milímetro de guardia que esta mañana


específicamente no podía sostener completamente.

—¿Querés que os ayude a preparar las respuestas? —dijo. —Como corrección. Sin
favor.

Miré a Alice.

Alice me miró.

Ninguno de los dos dijo nada durante un segundo.

—Café primero —dijo Alice. —Después las respuestas.

Lirien asintió.

Me separé del hall y fui a la palma de la mano. La cicatriz. El pulso que no paraba.
Keil, pensé. No en voz alta. Hacia adentro. Hacia el fondo que esta mañana ya no
estaba completamente vacío. El mundose reordenó sin que nadie lo calculara. Se
cometió un error que va a costar semanas de trabajo. Alice está en peligro.

Una pausa.

Así que cuando puedas.

Volvé, hermano.

CAPITULO 9

(VAEL)

Las comunicaciones de las facciones empezaron a las once.

Lirien las explicaba. Alice las catalogaba en el cuaderno con esa atención suya que no
descansaba. Yo las escuchaba desde el marco del despacho y construía el mapa de lo
que significaban en conjunto, no cada una por separado sino el patrón, la dirección,
lo que el mundo sobrenatural de Roma estaba comunicando de forma agregada.

Lo que comunicaba era esto: reorganización.

No hostilidad inmediata. Algo más calculado. El movimiento de algo que recibió


información inesperada y que está procesando cómo reposicionarse antes de actuar.
Los hombres lobo, los elfos, el clan Caretti con su silencio que era el más ruidoso de
todos.

Lo que no aparecía en ninguna de las comunicaciones era Lorenzo en persona.


Eso me molestaba.

Lorenzo en silencio después de lo de anoche, después del hall y de lo que le dije con
la mano en su garganta, no era Lorenzo procesando una derrota. Era Lorenzo
construyendo algo con la paciencia de algo que lleva doce años siendo lo que eligió
ser y que no tiene ninguna urgencia porque cree que el tiempo trabaja para él.

Tenía razón en creerlo.

A menos que alguien cambiara los términos del tiempo.

***

La invocación la hice a las dos de la tarde.

No en el edificio. En el perímetro exterior, en el punto sur donde el sello seguía más


débil después del desmantelamiento de Lirien. Lo hice sin decírselo a Alice porque
Alice estaba en el despacho catalogando comunicaciones de facciones con Lirien y
porque lo que iba a hacer no era algo que necesitara audiencia.

También porque si lo veía iba a tener preguntas.

Tenía razón en que iba a tener preguntas.

El ritual de invocación de demonios menores no es espectacular en el sentido visible.


No hay fuego, no hay humo, no hay ninguno de los elementos que los humanos
asocian con estas cosas desde que empezaron a pintarlos en las paredes de las
cuevas. Es más parecido a abrir una frecuencia. A sintonizar algo que ya existe en el
borde del plano visible y llamarlo hacia el lado donde podés darle instrucciones.

El Viejo Infeliz de Ahí Arriba me lo dio como herramienta cuando acepté el plan. No
me lo dijo explícitamente. Simplemente apareció como capacidad cuando la primera
vez que la necesité la busqué y estaba ahí. Ese era el método operativo del Viejo:
darte los recursos sin explicarte que los tenías y esperar a que los descubrieras en el
momento en que los necesitaras.

Consistente hasta el final.

Keil lo sabía. Le conté al segundo año del pacto cuando la usé por primera vez en una
situación que tampoco habría aprobado. Lo manejamos. Con agua tibia, como de
costumbre.

Esta tarde invoqué tres.

Instrucciones claras: perímetro exterior, sector sur y este. Vigilancia pasiva. Reportar
movimiento del clan Caretti. No actuar. No hacer contacto. Solo observar y
comunicar.
Eso era lo oficial.

Lo otro, lo que no era vigilancia pasiva, era el mensaje que le mandé a Lorenzo a
través de ellos. No con palabras. Con presencia. Con el tipo de señal que en el idioma
sobrenatural dice sé exactamente dónde estás y tengo cosas que pueden llegar antes
que yo.

No era amenaza vacía.

Era información.

Y había un cuarto.

El cuarto no estaba en vigilancia pasiva. El cuarto estaba en el sector norte


conteniendo a un enviado del clan Caretti que llevaba tres horas en el perímetro
exterior haciendo exactamente lo que Lorenzo le había ordenado que hiciera:
monitorear, mapear, construir el informe que el clan necesitaba para el siguiente
movimiento.

Lo había detectado esta mañana cuando revisé el perímetro.

Lo había dejado tres horas porque necesitaba verificar que era exactamente lo que
parecía y no algo más complicado.

Cuando lo verifiqué, tomé la decisión.

Lo que Keil no haría porque tiene límites que construyó sobre su propia estructura
moral, yo lo hago porque no tengo esos límites. Y esa asimetría no es un defecto del
sistema. Es exactamente la razón por la que el Viejo me incluyó en él.

Lo que no calculé, que era irritante dado que yo soy el que normalmente calcula
estas cosas, fue que Alice iba a salir al jardín posterior a las dos y cuarto con una taza
de café.

El jardín posterior daba al sector sur.

Donde uno de los tres estaba terminando de instalarse.

Lo vi desde la ventana del despacho.

Cerré los ojos un segundo.

Los abrí.

Fui al jardín.
(ALICE)

Salí al jardín porque necesitaba aire.

No aire en el sentido poético. Aire literal. El despacho llevaba horas siendo el


despacho, con Lirien y el cuaderno y las comunicaciones que seguían llegando en
capas y que yo seguía convirtiendo en notas porque era lo que sabía hacer y porque
mientras lo hacía no tenía que pensar en todo lo demás.

En Keil que todavía no volvía.

En lo de esta mañana con Vael.

En el brazo derecho que seguía pesando diferente.

Salí con el café y me quedé mirando Roma desde el perímetro posterior del edificio.

Fue entonces cuando lo vi.

En el borde del jardín, donde el sello marcaba el límite del perímetro, había algo que
no era parte del jardín. No visible exactamente. Presente de una forma que mi marca
registró antes de que mis ojos pudieran procesar qué estaban viendo.

Una densidad. Una presencia orientada. Quieta.

No amenazante exactamente. Pero tampoco neutral.

La marca en mi brazo pulsó. No de alarma. De reconocimiento.

Me quedé completamente quieta.

La cosa en el borde del jardín también.

Tres segundos.

Después escuché pasos detrás de mí y Vael apareció en la puerta del jardín con una
expresión que no era ninguna de las que le conocía. Era la expresión de alguien que
acaba de darse cuenta de que algo que planeaba manejar en privado ya no era
privado.

—¿Qué es eso? —dije.

No respondió de inmediato.

—Vael. —No aparté los ojos del borde del jardín. —¿Qué es eso.
Me giré.

Lo miré.

En sus ojos algo que no había visto antes. No la rabia de las otras veces, no la
determinación, no el miedo calculado que a veces aparecía y que ella convertía en
herramienta. Esto era diferente. Más primario. Más antes de la decisión.

Miedo genuino.

No del demonio en el borde del jardín.

De él.

(VAEL)

Lo vi en su cara.

El miedo que no era del demonio.

Registré eso con la incomodidad específica de algo que no esperaba esa reacción y
que no sabe completamente qué hacer con ella. Había producido muchas reacciones
en muchas personas. Miedo de mí específicamente no era nueva. Pero miedo de mí
en los ojos de Alice, que había visto cosas en los últimos días que habrían producido
ese miedo mucho antes y que no lo había producido, esa sí era nueva.

—¿Vos lo pusiste ahí? —dijo.

—Sí.

—¿Cuándo.

—Hace una hora.

—¿Cuántos.

—Tres.

—¿Podés invocar demonios —dijo.

—Sí.

—¿Desde cuándo.
—Desde el principio. Es parte de lo que el Viejo incluyó en el acuerdo. No me lo
explicó. Estaba ahí cuando lo necesité por primera vez.

—¿Y Keil lo sabe.

—Sí.

—¿Cuándo se lo dijiste.

—Al segundo año del pacto.

Alice miró el borde del jardín. Después me miró. Después volvió al borde.

El demonio seguía quieto.

—¿Para qué los invocaste —dijo.

—Vigilancia del perímetro sur y este. Movimiento del clan Caretti. —Pausa. —Y para
mandarle un mensaje a Lorenzo.

—¿Qué tipo de mensaje.

—El tipo que dice que tengo recursos que pueden llegar antes que yo.

—¿Eso es todo.

La miré.

—No —dije.

(ALICE)

—No —dijo.

Lo miré.

Sin la pausa de siempre. Sin la dosificación. Solo el no, directo.

—¿Qué más —dije.

Vael entró al jardín. Se paró a mi lado mirando el borde donde el demonio seguía
quieto. En la luz de la tarde el rojo en los bordes de sus ojos era más constante que
de costumbre.
—Hay un enviado del clan Caretti —dijo. —En el sector norte. Lleva tres horas ahí.
Sin cruzar el perímetro, lo suficientemente lejos para que no lo detectaras desde
adentro. —Una pausa. —Lo detecté esta mañana temprano cuando revisé el
perímetro.

—¿Y? —dije.

—Y lo manejé.

El silencio que siguió tuvo bordes.

—¿Cómo lo manejaste —dije.

—El demonio del sector norte no está en vigilancia pasiva. —Me miró. —Está
conteniendo al enviado de Caretti en el perímetro. No con violencia. Con presión. El
tipo de presión que en el idioma sobrenatural significa que no puede moverse hasta
que yo decida que puede.

Lo procesé.

—Lo secuestraste —dije.

—Es una palabra fuerte.

—¿Es incorrecta?

—No completamente.

—Vael. —La voz salió más baja de lo que planeaba. —Eso es exactamente el tipo de
cosa que va a escalar todo.

—Ya lo saben —dijo. —Ese es el punto.

—¿Ese es el PUNTO? —La voz subió. —¿Retener a alguien del clan de Lorenzo como
mensaje es el PUNTO?

—Como demostración —corrigió. —De que el perímetro no solo defiende. De que


puede ofender. De que lo que invoqué no es solo vigilancia sino capacidad activa que
puede usarse en sus territorios con la misma facilidad con que ellos usaron los suyos
en el nuestro.

—¡Eso es provocación directa!

—Es disuasión —dijo Vael. Con la calma de algo que ya tomó la decisión y que no
tiene ninguna intención de revisarla. —Hay una diferencia.

—¡No hay diferencia si el resultado es que Lorenzo escala porque le retuviste a


alguien!
—Lorenzo ya estaba escalando —dijo. —En silencio. Con la paciencia de algo que
cree que el tiempo trabaja para él. —Me miró. —Esta tarde le informé que el tiempo
no trabaja para nadie en particular.

—¡Sin consultarme!

—Sin consultarte —confirmó. Sin disculpa. Sin el gesto de suavizar lo que estaba
admitiendo.

Lo miré.

En sus ojos, en el rojo constante de los bordes, no había arrepentimiento. Era la


expresión de alguien que cree genuinamente que lo que hizo era lo correcto y que el
hecho de que yo no estuviera de acuerdo era información sobre mi falta de contexto
y no sobre su error de juicio.

Eso fue lo que me rompió más que cualquier otra cosa.

—Llevo semanas en este mundo —dije. Con la calma que uso cuando la rabia es
demasiado grande para el volumen. —Vi lo que hacen las facciones. Vi lo que le
hicieron a Martina. Vi lo que Lorenzo le hace a las personas que están cerca de mí. Vi
lo que el clan puede movilizar en una sola noche. —Lo miré. —Y vos decidiste que yo
no tengo suficiente contexto para ser consultada sobre una decisión que afecta
directamente mi seguridad.

—Tomaste buenas decisiones —dijo Vael y me miró. —Pero el contexto tiene límites.

—¿El contexto tiene límites? —Lo miré. —¿Eso es lo que tenés para decirme?

—Sí. —Sin pausa. —Llevás semanas en este mundo, Alice. Semanas. Yo llevo mil
trescientos años. El sistema que habitás, la marca que llevás, las facciones que te
rodean, los idiomas que hablan, las formas en que se mueven, las consecuencias de
cada decisión en cada tablero posible. —Me miró. —No es lo mismo que leer sobre
ello en los libros de Keil. No es lo mismo que verlo pasar desde adentro durante días.
No es lo mismo.

—No me estás diciendo que no entiendo este mundo —dije. —Me estás diciendo
que nunca voy a entenderlo suficiente para que me consultes.

—Te estoy diciendo —dijo Vael— que hay decisiones que se toman en segundos con
información que acumulé en siglos y que esperar a consultarte en esos segundos
produce resultados peores que no hacerlo. —Una pausa. —No es sobre tu
capacidad. Es sobre el tiempo disponible y la información asimétrica.

—El enviado de Caretti lleva tres horas retenido —dije. —Tres horas no son
segundos.
Silencio.

—Lo hiciste igual —dije.

—Sí.

—Sabiendo que no lo ibas a aprobar.

—Sí.

—¿Y?

—Y lo hice igual —dijo. —Porque lo que Keil no lo haría porque tiene límites sobre
su propia estructura moral, yo lo puedo hacer porque no tengo esos límites. —Me
miró. —No soy Keil. No voy a operar como Keil. No voy a pedirte disculpas por eso.

Lo miré durante un momento que fue más largo de lo que necesitaba ser.

—El miedo que sentí cuando vi ese demonio —dije finalmente. —No era del
demonio.

Silencio.

—Lo sé —dijo Vael.

—¿Y eso no te importa.

La primera pausa real de toda la conversación. No de dosificación. De algo que llegó


a un lugar que no esperaba llegar.

—Me importa —dijo. —Más de lo que voy a admitir en este momento. —Me miró.
—Pero no cambia lo que hice ni por qué lo hice.

(VAEL)

Lirien llegó al portal a las cuatro y cuarto.

No con la calma de la mañana. Con la urgencia de algo que recibió información que
requiere respuesta inmediata.

Abrí el portal.

Me miró.
—¿Cuántos? —dijo.

—Tres de vigilancia —dije. —Uno de contención.

—¿A quién tenés contenido.

—Un enviado de Caretti.

Lirien cerró los ojos un segundo.

—Vael —dijo. Con el tono de alguien eligiendo las palabras con más cuidado de lo
habitual. —Lo que hiciste esta tarde cambió la lectura que el mundo sobrenatural de
Roma tiene de esta situación.

—Era el objetivo.

—No de esta forma. —Me miró. —Invocar demonios en el perímetro de un edificio


que ya mostró capacidad de desplazamiento sobrenatural de doscientos kilómetros
no es declaración de capacidad. —Una pausa. —Es declaración de guerra.

El silencio que siguió tuvo un peso que no esperaba.

—No era la intención —dije.

—Lo sé. Pero la intención y la lectura no son lo mismo.

Alice estaba en el marco del hall detrás de mí. Lo sentí sin girarme.

—¿Qué leyeron —dije.

—Que el edificio de los Mangiarotti tiene ahora acceso a invocación activa de


demonios además de la marca de Alice. —Lirien nos miró a los dos. —Lo que en el
idioma de las jerarquías sobrenaturales significa que ya no estamos hablando de una
portadora de marca con protección mafiosa. —Una pausa. —Estamos hablando de
algo que tiene capacidad ofensiva propia. Que puede moverse en los perímetros
ajenos. Que puede retener. —Me miró. —Eso cambia el nivel de respuesta que las
facciones consideran proporcional.

—¿Cuánto —dije.

—El consejo de los elfos dejó de reunirse a las tres y media —dijo Lirien. —Los Altieri
convocaron a las manadas secundarias a las cuatro. —Otra pausa. —Y el clan Caretti
mandó tres comunicaciones simultáneas a sus aliados a las cuatro y diez. No a
nosotros.

Alice se acercó desde el hall.

—Soltalo —dijo.
Me giré.

—Alice—

—Soltalo ahora. —Sin volumen. Con la calma de alguien que tomó una decisión. —
No porque tenga razón sobre todo lo demás. Sino porque es lo único que podemos
deshacer de lo que hiciste esta tarde y hay que deshacerlo antes de que las tres
comunicaciones de Lorenzo a sus aliados se conviertan en algo que no podamos
manejar.

La miré.

Procesé lo que Alice acababa de hacer. No apelar a la moral. No a los límites. Al único
argumento que en mi lógica específica tenía peso.

Había aprendido el idioma.

Lo estaba usando mirándome a los ojos sin apartar la vista.

—Bien —dije.

Solté al enviado a las cuatro y dieciséis.

No fue suficiente para deshacer la lectura. Lo sabía. Pero cambió el tipo de


movimiento que las comunicaciones de Lorenzo iban a producir.

De respuesta inmediata a evaluación.

No era lo que yo quería.

Era lo que Alice calculó que era posible obtener.

Lo archivé con la incomodidad específica de algo que acaba de ser corregido por
alguien que lleva semanas en este mundo y que usó la lógica del mundo para
hacerlo.

Y en la palma derecha la cicatriz pulsó.

No suave esta vez.

Fuerte.

Desde adentro.

Keil.

Y desde el fondo, con una fuerza que no había tenido en todo el día, algo respondió.
Me giré h

Algo en su cara cambió.

Alice miró el brazo derecho.

La marca quieta.

Y entonces la cicatriz se enfrió.

(ALICE)

Lo vi en su cara.

El cambio. El momento exacto en que algo que estaba pasando dejó de pasar.

—¿Qué —dije.

—La cicatriz —dijo Vael. —Se enfrió.

—¿Qué significa eso.

—Que lo que estaba volviendo retrocedió. —Me miró. Con la expresión más honesta
que le había visto. Sin el sarcasmo. Sin la indiferencia. Solo algo que en él era lo más
parecido al miedo genuino que había visto dirigido hacia adentro y no hacia afuera.
—Más que esta mañana.

Lo procesé.

—¿Por qué —dije.

—No lo sé exactamente. Hay algo en el proceso de vuelta que no puedo ver desde
adentro porque estoy adentro.

—¿Qué necesitás —dije.

La miró durante un momento.

—No lo sé —dijo. Y era la segunda vez que lo decía y las dos veces había tenido el
peso de algo que normalmente no existía en él.

Me levanté.

Me acerqué.
Puse la mano en el centro del pecho. Sobre el corazón. Sin ritual. Sin la carga del
marcaje. Solo la mano plana con el calor de mi piel sobre la tela.

La marca en mi brazo pulsó.

Suave. Casi imperceptible.

El corazón respondió.

Un pequeño ajuste en el ritmo. Como cuando algo que estaba ligeramente


desalineado encuentra el ángulo correcto.

—¿Lo sentís? —dije.

—Sí —dijo.

—¿Ayuda?

—No lo sé todavía.

No retiré la mano.

Él no me pidió que la retirara.

Diez minutos con la mano en su pecho y la marca pulsando suave y la biblioteca en


silencio.

Después la cicatriz pulsó.

Fuerte.

Desde adentro.

Retiré la mano.

—¿Keil? —dije.

—Algo —dijo Vael. —Lo suficiente para que no retroceda más. —Una pausa. —No lo
suficiente para que avance.

Lo miré.

—¿Qué necesita para avanzar?

—No lo sé.

Tres veces.
Me quedé mirando el brazo derecho. La marca quieta. Con esa quietud diferente que
tenía desde la activación de la noche anterior.

—La marca —dije.

—¿Qué pasa con la marca.

—Cuando puse la mano en el portal el sello respondió. La marca y el pacto


respondieron entre sí. —Lo miré. —¿Pueden responder en el otro sentido? ¿Puede la
marca activar algo en el pacto en lugar de que el pacto active algo en la marca?

Silencio.

Vael me miró durante un momento que fue más largo de lo que eran sus momentos
habituales.

—Teóricamente —dijo. —El sistema fue diseñado para funcionar en las dos
direcciones. Pero la dirección marca-hacia-pacto nunca se usó. Ninguna portadora
anterior llegó al punto donde esa dirección fuera posible. —Una pausa. —Porque
ninguna llegó a activación parcial.

—Yo llegué —dije.

—Sí.

—¿Qué pasaría si intentara activar la marca hacia el pacto? No como reacción a una
amenaza. Intencionalmente. Hacia Keil específicamente.

Vael me miró.

Y vi en su cara algo que no había visto antes. Más primario que el sarcasmo y más
honesto que la indiferencia y más quieto que la oscuridad.

Era miedo.

Vael tenía miedo de lo que yo estaba proponiendo.

—Eso tiene un costo —dijo.

—¿Qué tipo de costo.

—No lo sé exactamente. —La cuarta vez. —Nunca pasó. No hay modelo. No hay
precedente. —Me miró. —Lo que sé es que la activación de anoche consumió algo
de vos. El brazo pesa diferente. La marca está más quieta. Hay algo que se fue que
no volvió completamente. —Hizo una pausa. —Una activación intencional, sin
presión externa, sin el instinto de supervivencia que activó la de anoche, va a
requerir más de lo que ya gastaste.
—¿Cuánto más.

—Demasiado —dijo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la más honesta que tengo.

—Si no lo intento Keil sigue retrocediendo. —Lo miré. —¿Cuánto tiempo tiene antes
de que retroceder sea permanente?

Silencio.

Su respuesta.

—Eso tampoco lo sabés —dije.

—No.

Tomé el cuaderno. Lo abrí. Escribí tres líneas que no voy a reproducir aquí porque
son mías y porque algunas cosas necesitan existir solo en el lugar donde las escribís
antes de existir en cualquier otro lado.

Las cerré.

—Voy a intentarlo —dije.

(VAEL)

—No —dije.

—Vael—

—No. —Me levanté. —No vas a intentarlo. No esta noche. No en este estado. No sin
información sobre lo que cuesta y sin garantía de que lo que cuesta no es
exactamente lo que no podés gastar.

—Ya no tenés información sobre lo que cuesta porque me dijiste que no había
modelo. —Me miró. —Así que el argumento de la información ya no aplica.

—El argumento del costo sí aplica.

—El costo de no hacerlo es Keil en el fondo retrocediendo sin que nadie pueda hacer
nada. —Me miró. —¿Eso te parece mejor?
—Me parece reversible. Lo otro—

—Lo otro también puede ser reversible. No sabés que no lo es. Dijiste que no hay
modelo.

Tenía razón.

Era un argumento correcto construido sobre la misma lógica que yo había usado esta
tarde para justificar la invocación. La información asimétrica. El tiempo disponible. La
acción sobre la base de lo que se tiene.

Mi idioma en su boca.

Otra vez.

Esta vez no me gustó lo que producía.

—Hay algo que no te dije —dije.

Alice esperó.

—Lo que la activación de anoche consumió no es solo energía. —Hice la pausa que
necesitaba. —La marca lleva algo de la persona que la lleva. No separado. Integrado.
Cada vez que se activa usa algo de eso. De lo que sos. De lo que te hace ser lo que
sos. —La miré. —La activación de anoche fue bajo presión extrema, sin control, en
estado de crisis. El costo fue parte de lo que sos. —Pausa. —Una activación
intencional, desde adentro, sin la adrenalina que amortiguó el costo de anoche, va a
costar más de esa misma cosa.

Alice me miró.

—¿Qué parte de lo que soy —dijo. La voz completamente plana.

—No lo sé con exactitud. —La quinta vez. —Podría ser algo pequeño. Podría ser algo
que no notés de inmediato. —Una pausa. —O podría ser algo que sí notés.

El silencio que siguió tuvo el peso de todo lo que habíamos hablado en toda la tarde.

—¿Por eso tu voz cambió cuando me lo dijiste —dijo Alice.

—Sí.

—¿Porque sabés lo que es perder algo de lo que sos.

Lo miré.

Astrid. Leif. Freyja...


—Sí —dije.

Alice asintió. Despacio.

—Voy a intentarlo igual —dijo.

(ALICE)

Lo intenté en el hall.

No en la biblioteca. El hall era el centro del edificio, donde el sello era más fuerte,
donde el pacto y la marca habían tenido sus primeros contactos reales desde la
noche del portal.

Vael se quedó a un metro. Sin tocarme. Con la expresión de algo que ha decidido
que va a estar presente aunque no apruebe lo que está pasando porque la
alternativa de no estar presente era peor.

Me quedé de pie en el centro del hall con los ojos cerrados.

La marca estaba quieta. Más quieta que nunca. Con esa quietud que llevaba desde la
activación de la noche anterior.

Lo que Vael me había explicado sobre el costo lo tenía en algún lugar que no era el
miedo exactamente sino la conciencia. La conciencia de que lo que iba a hacer tenía
un precio que no podía calcular de antemano y que iba a pagar igual.

Busqué el fondo.

No el de Vael. El del pacto. La arquitectura que conectaba la marca de mi linaje con


lo que los Mangiarotti habían construido en tres generaciones.

Lo encontré.

Como una frecuencia. Como el idioma del que Lirien había hablado, presente aunque
nadie lo estuviera hablando.

Empujé.

El dolor llegó antes de lo que esperaba.

No físico exactamente. Más interno. Más difícil de ubicar. Como cuando algo que
estaba en un lugar específico dentro de vos se mueve de ese lugar y el espacio que
queda es más frío que el resto.
Seguí.

La marca respondió. No como la noche anterior, no con la explosión sin control. Más
dirigida. Más costosa. Con el esfuerzo de algo que está haciendo lo para lo que fue
diseñado pero que todavía no aprendió a hacerlo bien.

El fondo del pacto respondió.

Débil. Lejano. Pero respondió.

Y en ese lugar lejano donde Keil existía sin poder escuchar nada, algo pulsó.

Seguí empujando.

El frío se expandió.

No afuera. Adentro. En algún lugar que no tenía ubicación física precisa pero que era
real de todas formas, real en el sentido en que son reales las cosas que el cuerpo
registra antes de que la mente pueda nombrarlas.

Algo se movió de donde estaba.

No desapareció. Se fue hacia adentro. A un lugar donde el acceso requería más


esfuerzo que antes.

Seguí.

(VAEL)

La vi cambiar a los dos minutos.

El color de sus ojos. El ámbar que normalmente respondía a la luz de formas


específicas se aplanó levemente. Como cuando algo pierde una capa de textura sin
perder la forma.

Seguí quieto.

Interrumpir una activación intencional en proceso era más peligroso que dejarla
terminar.

Y porque lo que veía en su cara, debajo del esfuerzo y el dolor que no estaba
mostrando, era algo que reconocía.
Alguien pagando un precio que no sabía que iba a poder pagar cuando empezó y que
está pagando igual porque empezar fue la decisión y parar no está disponible.

La cicatriz en mi palma pulsó.

Fuerte.

Dos veces. Tres.

Desde adentro.

Keil.

Y desde el fondo, con una fuerza que no había tenido en todo el día, algo respondió.

No débil esta vez.

Presente.

Keil.

Me giré hacia Alice.

—Para —dije.

No me escuchó.

—Alice. Para.

Sus ojos seguían cerrados. La marca en el brazo derecho activa con una intensidad
que había superado el pulso suave de los primeros minutos.

—ALICE.

Fue lo último que salio de mi boca, que pude decir. El cuerpo colapso y de ya no
estaba ahí, estaba fuera... Fuera del cuerpo...

(ALICE)

El cuerpo de Keil colapsó.

No gradualmente. No con el aviso de algo que cede despacio. De golpe, con la


brusquedad de algo que estaba sosteniendo demasiado y que encontró el límite al
mismo tiempo que encontraba el camino de vuelta.
Escuché el sonido primero. El jadeo. El esfuerzo de algo luchando por mantenerse de
pie cuando las piernas ya no respondían. Después el impacto de las rodillas contra el
piso del hall, que fue el sonido más concreto de toda la noche, más concreto que
cualquier cosa que hubiera pasado en las últimas horas.

Me giré.

Keil de rodillas en el centro del hall.

No Vael. La postura era diferente, la forma en que el cuerpo se sostenía era


diferente, algo en los ojos era diferente. No el rojo en los bordes. No la densidad
antigua de algo que lleva setenta años siendo lo que es.

Verde oscuro.

Casi negro.

Solo Keil.

Me arrodillé frente a él.

—Keil. —Puse las manos en su cara. Fría. Con el frío específico de algo que acaba de
hacer un esfuerzo que no tenía recursos para hacer. —Keil, mirá.

Levantó la vista.

Y en sus ojos, en el verde oscuro que conocía de todas las formas en que lo conocía,
había algo que no había visto antes en él.

Desorientación.

No de alguien que no sabe dónde está. De alguien que sabe exactamente dónde está
y que está buscando algo que debería estar ahí y que no está.

(KEIL)

Lo primero que hice cuando volví fue buscar a Vael.

No conscientemente. No como decisión. Como el reflejo de trece años de


coexistencia, el movimiento automático hacia el fondo donde siempre estaba el
fondo, donde siempre había una presencia aunque fuera silenciosa, aunque
estuviera en el fondo y no en el frente, aunque no dijera nada.

El fondo estaba vacío.


No como los días anteriores. Esos días el fondo había estado vacío de una forma que
tenía textura, que tenía el peso de algo presente pero inaccesible, que podía sentirse
aunque no pudiera responderse. Como una habitación cerrada con alguien adentro.

Esto era diferente.

Esto era la habitación sin nadie.

Completamente. Sin textura. Sin peso. Sin la presencia de setenta años de pacto que
había aprendido a reconocer antes de reconocer cualquier otra cosa.

Vael.

Silencio.

Vael.

Silencio.

Vael, respondé.

Nada.

El tipo de nada que no es silencio sino ausencia. El tipo que no tiene fondo porque
no hay nada contra lo cual medir la profundidad.

Las manos de Alice en mi cara.

La miré.

En sus ojos algo que tampoco estaba antes. No de ella. Del color. El ámbar que
conocía de formas específicas, la luz que seguía, el ángulo que lo cambiaba, todo eso
seguía siendo lo que era. Pero algo en el centro de ese ámbar estaba más lejos.
Como si la distancia entre la superficie y lo que había debajo hubiera aumentado sin
que la superficie cambiara.

—¿Podés de pie? —dijo.

—Sí —dije.

No sabía si era verdad. Me puse de pie de todas formas porque el piso del hall no era
el lugar correcto para procesar lo que estaba procesando.

Alice se levantó conmigo. No me ayudó. Estuvo ahí, a un metro, con la presencia


específica de alguien que está lista para actuar si necesito que actúe y que entiende
que por ahora no lo necesito.

Eso también era nuevo.


No en Alice exactamente. En la forma en que lo hacía. Más quieta. Más calibrada.
Con menos de esa energía de fondo que tenía siempre, esa presencia que era
reconociblemente ella.

Vael —llamé de nuevo hacia el fondo.

Nada.

Puse la mano derecha plana sobre el pecho. El corazón latiendo. Regular. El trabajo
de reconstrucción que Vael había hecho en los últimos días presente en cada latido
que era más estable de lo que debería haber sido sin esa intervención.

Pero el fondo vacío.

Completamente vacío.

—¿Keil? —dijo Alice.

La miré.

—¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a Vael? —dije.

Algo cruzó su cara. El cambio de alguien que acaba de entender lo que la pregunta
significa.

—Cuando tu cuerpo colapsó —dijo. Con la voz que tenía ahora, que era la suya pero
con esa capa nueva más adentro que me costaba nombrar. —Antes de que te
cayeras escuché jadeos. Un esfuerzo. Como algo luchando por mantenerse. —Una
pausa. —Después nada.

—¿Y desde entonces?

—Nada.

El hall en silencio.

—¿Qué pasó? —dije. No como pregunta general. Como la pregunta específica de


alguien que tiene la mitad de la información y que necesita la otra mitad para
completar el mapa.

Alice miró el brazo derecho.

La marca completamente quieta.

—Activé la marca hacia el pacto —dijo. Con la calma específica de alguien


describiendo algo que ya no puede deshacerse y que por lo tanto no tiene sentido
describir con drama. —Intencionalmente. Para traerte de vuelta. —Una pausa. —
Vael me dijo que tenía un costo. Lo pagué. —Otra pausa. —No calculé que el costo
también iba a ser de él.

Lo miré.

En su cara la misma calma. La misma ecuanimidad. Pero debajo de esa ecuanimidad,


en el lugar donde antes había algo que era reconociblemente Alice con toda su
urgencia y su atención que no descansaba y su capacidad de sentir demasiado y de
saberlo, ese lugar estaba más silencioso que antes.

No vacío.

Más quieto.

Como si el volumen de todo hubiera bajado dos puntos sin que nadie tocara el dial.

Vael —llamé una vez más hacia el fondo con toda la intención que podía concentrar.

Nada.

El pánico llegó despacio.

Eso fue lo peor. No llegó de golpe como llegan las cosas cuando sabés exactamente
lo que perdiste. Llegó despacio, en capas, cada capa añadiendo información sobre la
magnitud de lo que estaba pasando.

En trece años de pacto Vael nunca había dejado de responder.

Ni cuando yo no quería que respondiera. Ni en los momentos donde habría preferido


el silencio absoluto. Ni en las peleas, ni en las negociaciones, ni en las noches donde
el gradiente se desplazaba y los dos peleábamos por el mismo espacio desde ángulos
distintos.

Siempre había estado ahí.

Incluso cuando no quería estar. Incluso cuando yo tampoco quería que estuviera.

El fondo vacío era una información que no tenía categoría en ningún sistema que yo
hubiera construido en trece años porque nunca había necesitado esa categoría.

—Vael no está —dije.

No lo dije en voz alta. Lo dije hacia adentro, hacia el fondo, como si decirlo pudiera
cambiar lo que el fondo estaba comunicando con su silencio.

No cambió nada.

—Keil. —La voz de Alice. Más cerca que antes. —Mirá.


Levanté la vista.

Estaba frente a mí con la mano extendida. No hacia mí. Con la palma hacia arriba. La
marca en su antebrazo completamente quieta y en el centro de esa quietud algo que
no había visto antes.

Una ausencia donde antes había habido algo.

No en la marca. En el lugar donde la marca y el pacto se conectaban. El canal que


Lirien había descrito esta mañana como la arquitectura que los unía desde antes de
que ninguno de los dos existiera.

Ese canal estaba abierto.

De una forma que no debería haber estado abierto.

De una forma que sugería que algo había pasado a través de él en la dirección
incorrecta.

—La marca lo empujó —dije.

—¿Qué? —dijo Alice.

—Cuando activaste la marca hacia el pacto para traerme de vuelta el canal se abrió
en las dos direcciones. —Procesé mientras hablaba, construyendo el mapa con la
información disponible. —Lo que trajo de vuelta fue... energía del pacto. De la
conexión entre la marca y el pacto. Y esa energía empujó a Vael. —Hice una pausa.
—Hacia afuera.

Alice me miró.

—¿Hacia afuera dónde —dijo.

—Del cuerpo —dije. —Fuera del cuerpo.

El silencio que siguió fue diferente a todos los silencios anteriores de esta noche.

—¿Puede sobrevivir eso? —dijo Alice. Con la voz que tenía ahora, más quieta que
antes, pero con algo en el fondo de esa quietud que era genuinamente urgente. —
¿Puede existir fuera del cuerpo?

—No lo sé —dije.

Y era la primera vez en trece años que decía que no sabía algo sobre Vael.

(ALICE)
No lo sé.

Keil dijo esas palabras con la expresión de alguien para quien esas palabras en ese
contexto específico eran el tipo de cosa que no debería existir. Como si el idioma que
usaba para funcionar en el mundo hubiera encontrado un límite que no sabía que
tenía.

Lo miré.

Keil de vuelta. Verde oscuro, mandíbula apretada, las manos a los lados con esa
tensión específica de alguien que está usando toda la estructura disponible para
sostener algo que amenaza con desbordarse.

Keil de vuelta pero diferente también.

No en el sentido en que yo era diferente. Diferente en el sentido de alguien que


volvió desde muy lejos y que encontró el paisaje cambiado y que todavía no sabe
exactamente cuánto.

—¿Qué necesitamos hacer? —dije.

Me miró.

Algo en su expresión cambió. Tan brevemente que casi no existió. El cambio de


alguien que esperaba una pregunta distinta y que recibió esta.

—Encontrarlo —dijo. —Si la marca lo expulsó del cuerpo está en el plano


sobrenatural sin anclaje físico. —Hizo una pausa. —Eso es peligroso de formas que
todavía estoy calculando.

—¿Por qué?

—Porque Vael es lo que es porque lleva setenta años habitando cuerpos. Sin cuerpo
no tiene las restricciones que el cuerpo le pone. Y sin las restricciones— —Se detuvo.
—Sin las restricciones lo que Vael puede hacer en el plano sobrenatural no tiene los
límites que tiene cuando está adentro.

Lo procesé.

—¿Y eso es malo —dije.

—Para las facciones que ya están reordenándose después de lo de anoche y de las


invocaciones de esta tarde. —Me miró. —Sí. Es muy malo.

—¿Y para nosotros?


Una pausa.

—Para nosotros —dijo Keil— es que Vael sin anclaje físico puede no poder volver. —
Otra pausa. —El cuerpo es el punto de conexión. Sin el cuerpo como referencia el
pacto no tiene forma de reintegrarlo.

El hall en silencio.

—¿Cuánto tiempo tiene? —dije.

Keil me miró.

—No lo sé —dijo. Por segunda vez esta noche. —Sin contenedor empieza a
dispersarse.

—¿Dispersarse —dije.

—Dejar de ser la cosa específica que es para convertirse en algo más difuso. Más
antiguo. Menos Vael. —Me miró. —Irreversiblemente.

El silencio que siguió fue el más pesado de toda la noche.

—Entonces tenemos que encontrarlo —dije.

—Sí.

—¿Cómo se encuentra algo en el plano sobrenatural sin cuerpo.

Keil miró la cicatriz en su palma derecha.

La marca en mi brazo.

Los dos al mismo tiempo mirando las dos piezas del sistema que había producido
esto.

—La conexión todavía existe —dijo. —El canal que abriste cuando activaste la marca.
Está abierto todavía. —Me miró. —Si pudiéramos usarlo en dirección inversa. Si la
marca pudiera funcionar como señal en lugar de como empuje.

—¿Para qué?

—Para que Vael pueda orientarse. —Hizo una pausa. —Para que tenga un punto de
referencia desde donde volver.

Lo miré.

—¿Eso tiene un costo? —dije.


Keil me miró con la expresión de alguien que ya sabe la respuesta y que no quiere
darla.

—Sí —dijo.

—¿Qué tipo de costo.

—El mismo tipo de antes. —Una pausa. —De lo que sos.

El hall en silencio.

Miré el brazo derecho. La marca quieta. El ámbar en mis ojos que yo no podía ver
pero que Keil sí podía y que desde que volví había estado mirando con esa expresión
específica de alguien que está calculando cuánto se perdió y que no le gusta el
resultado.

—¿Cuánto perdí esta noche? —dije.

Keil no respondió de inmediato.

—Suficiente para que lo note —dijo finalmente. —No suficiente para que sea
irreversible. —Una pausa. —Todavía.

Esa última palabra aterrizó con el peso que tenía.

—Si lo vuelvo a intentar —dije.

—Si lo volvés a intentar esta noche —dijo Keil— no sé si lo que perdés sigue siendo
reversible.

Lo miré.

Él me devolvió la mirada.

En sus ojos, en el verde oscuro de siempre, algo que no había visto en él en toda la
historia de esta semana. Algo que Vael había tenido en sus momentos más honestos
y que Keil normalmente no tenía porque Keil construyó su identidad entera sobre la
premisa de no tenerlo.

Miedo.

No del peligro externo. De la decisión que estaba frente a los dos sin resolución
disponible.

—Hay otra opción —dijo. —Que esperemos. Que le demos tiempo a Vael para
orientarse solo. Para encontrar el camino de vuelta sin que la marca funcione como
señal.
—¿Tiene tiempo para eso? —dije.

—No lo sé.

—¿Y si no tiene tiempo?

—Entonces habremos esperado demasiado.

Lo miré.

Él me miró.

El hall a las ocho de la noche y Vael en algún lugar del plano sobrenatural sin cuerpo
sin saber cuánto tiempo tenía antes de que dejar de ser la cosa específica que era.

—Dame diez minutos —dije.

—Alice—

—Dame diez minutos para pensar. —Lo miré.

Keil me miró durante un momento.

Asintió.

Me fui a la biblioteca.

(KEIL)

Me quedé solo en el hall.

La cicatriz en la palma derecha. Fría. Sin el pulso de Vael que había sido constante
durante trece años en distintas intensidades para distintos significados.

Solo fría.

Puse la mano plana sobre el pecho.

El corazón. Latiendo con la regularidad que Vael había construido en dos días de
trabajo que yo no podía haber hecho solo. Cada latido un recordatorio de lo que el
pacto había producido y de lo que el pacto podía perder.

Vael.
Nada.

Vael, si podés escucharme de alguna forma desde donde estás.

Nada.

Seguí siendo lo que sos. No te dispersés. No te alejés del canal.

Nada.

Me quedé mirando el piso del hall durante un momento.

En trece años de coexistencia con algo que lleva setenta años siendo lo que es había
aprendido a no necesitarlo exactamente. A no depender de él de formas que
produjeran vulnerabilidad cuando no estaba. A operar con autonomía dentro del
sistema compartido.

Lo que no había calculado era esto.

Que el fondo vacío de esta forma específica, sin la textura de los últimos días que
tenía el peso de algo presente pero inaccesible, sino completamente vacío de la
forma en que está vacío un espacio donde nunca existió nada, iba a producir algo
que en veintinueve años de vida no había necesitado nombrar porque nunca había
necesitado nombrarlo.

La sensación de estar solo dentro de mí mismo por primera vez.

Solo en el sentido más básico. Sin la presencia constante que había aprendido a
ignorar la mayor parte del tiempo y que esta noche, con su ausencia, era más
ruidosa que cualquier cosa que hubiera dicho en trece años.

Fui al despacho.

Me senté detrás del escritorio.

El vaso de whisky en el otro lado.

Lo tomé.

Lo bebí.

Después lo dejé.

Y esperé los diez minutos que Alice había pedido con la certeza de que cuando
volviera iba a haber tomado una decisión y con la certeza de que esa decisión iba a
costar más de lo que cualquiera de los dos quería que costara.

Porque Alice no dejaba que las cosas costaran a otros lo que podía pagar ella misma.
Eso era lo que había perdido esta noche para traerme de vuelta.

No su humanidad. No su capacidad de sentir. Solo una capa de la intensidad con que


la superficie de ella recibía el mundo. Una capa que quizás volviera con el tiempo y
quizás no volviera completamente.

Y si volvía a intentarlo esta noche, si usaba la marca como señal para orientar a Vael
de vuelta al cuerpo, iba a perder otra capa.

Y yo no podía pedirle eso.

No podía pedirlo y no podía impedirlo.

Porque era su decisión.

Eso también era nuevo.

Que la decisión que más me importaba en esta historia era completamente de ella.

Y que lo único que podía hacer era estar presente cuando la tomara.

(ALICE)

Nueve minutos en la biblioteca.

El cuaderno abierto en la página donde había escrito las tres líneas antes de bajar al
hall. Las releí. Eran mías y no las voy a reproducir aquí. Lo que voy a decir es que las
releí y que después de releerlas supe que la decisión ya estaba tomada desde antes
de que subiera.

Solo necesitaba el tiempo para ser honesta sobre eso.

Bajé.

Keil estaba en el despacho. De pie cuando entré.

—Voy a intentarlo —dije.

—Alice. —Mi nombre en su boca. Con el tono que no dosificaba. —Lo que perdés
esta noche—

—Lo sé —dije.

—No lo sabés completamente.


—Suficiente. —Lo miré. —Suficiente para haber subido nueve minutos y haber
bajado igual.

Me miró.

Yo le devolví la mirada.

—Si perdés demasiado —dijo. Con la voz de alguien que está diciendo algo que no
quiere decir. —Si lo que perdés esta noche es irreversible. Si la capa que se va esta
vez es la que no vuelve. —Hizo una pausa. —Eso también es un precio que yo pago,
Alice. No solo vos.

Lo procesé.

Era la cosa más honesta que me había dicho desde que lo conocía.

Más honesta que cualquier información dosificada. Más honesta que cualquier
silencio estratégico. Más honesta que cualquier sistema de control construido sobre
la premisa de que mostrar lo que importa es entregar el mapa de los puntos débiles.

—Lo sé —dije.

—¿Y?

—Y voy a intentarlo igual. —Lo miré.— No voy a quedarme quieta mientras Vael se
dispersa en el plano sobrenatural porque me da miedo perder otra capa.

Keil me miró durante un momento que fue más largo de lo que eran sus momentos
habituales.

—De acuerdo —dijo.

Y en esas dos palabras había todo lo que no estaba diciendo y que los dos sabíamos
que no estaba diciendo y que era más real por no estar dicho que si lo hubiera dicho.

***

Lo intenté en el centro del hall otra vez.

Keil a un metro. Con la cicatriz plana en la palma derecha extendida hacia mí. No
como contacto. Como punto de referencia. Como el ancla física que el canal
necesitaba para funcionar en la dirección correcta.

No como empuje esta vez.

Como señal.
La diferencia, que Keil me había explicado en el despacho con la precisión de alguien
construyendo el mapa en tiempo real, era intención. El empuje requería fuerza. La
señal requería apertura. Dos cosas que la marca podía hacer pero que costaban
diferente y que producían resultados diferentes.

Cerré los ojos.

Busqué el canal.

Estaba abierto todavía. Más abierto de lo que debería haber estado. Como una
herida que no cerró del todo.

No empujé.

Pulsé.

Suave. Repetido. Con el ritmo de algo que llama sin exigir respuesta. Como cuando
en la oscuridad no gritás el nombre de alguien sino que encendés una luz y esperás.

El dolor llegó más despacio esta vez.

Diferente. No el frío de antes. Algo más parecido al cansancio. Al tipo de cansancio


que no es del cuerpo sino de algo más adentro que el cuerpo.

Seguí.

Seguí pulsando.

Y en algún lugar del plano sobrenatural, en algún lugar sin ubicación física que yo
pudiera nombrar pero que la marca podía alcanzar, algo recibió la señal.

(KEIL)

La cicatriz ardió.

De golpe. Sin gradual.

No de Alice. No de la marca.

Del fondo.

Del fondo que había estado completamente vacío desde que volví y que esta noche,
con la señal de Alice pulsando a través del canal abierto, respondió.
No con presencia completa. Con algo más tenue. Más difuso. Como algo que está al
borde de no ser lo que era y que recibió una señal antes de cruzar ese borde.

Vael.

Un pulso desde afuera del cuerpo.

Orientándose.

El canal está abierto. Alice está pulsando. Seguí la señal.

Silencio.

Después otro pulso. Más cerca.

Después otro.

Y después.

Nada.

El silencio que siguió fue diferente al silencio de antes.

El de antes era el silencio de algo completamente ausente. Sin textura. Sin peso.

Este era diferente.

Este tenía la textura específica de algo que estuvo cerca. Que recibió la señal. Que se
orientó hacia el canal.

Y que después no pudo cruzar.

Vael.

Nada.

Vael, el canal está abierto. Alice está pulsando. Podés—

Nada.

El tipo de nada que tiene forma. La forma de algo que intentó y que no llegó. Que
estuvo a una distancia que era casi suficiente y que no fue suficiente.

Miré a Alice.

Seguía de pie en el centro del hall con los ojos cerrados y la marca pulsando. Con el
esfuerzo visible de alguien que está gastando lo que no sabe que no tiene.
—Para —dije.

No me escuchó.

—Alice.

Nada.

—Alice. —Di un paso hacia ella. —Para. Ya.

Abrió los ojos.

Los miré.

Y el hall, Roma, el edificio, todo lo que estaba afuera y adentro de este momento,
dejó de existir durante el segundo que tardé en procesar lo que estaba viendo.

Los ojos de Alice no eran marrones.

No eran el ámbar que había cambiado con la luz de formas específicas desde la
noche del portal. No eran el dorado más oscuro de después de la activación de la
noche anterior.

Eran azules.

No dramáticamente. No el tipo de cambio que aparece en las historias con fuego y


ruido. Solo azul. Un azul claro, casi transparente, con la quietud de algo que ya no
tiene la temperatura que tenía antes.

El ámbar que conocía de todas las formas en que lo conocía había desaparecido.

Completamente.

—¿Funcionó? —dijo Alice.

La voz era la suya. La cadencia era la suya. La pronunciación, el acento de Auckland


que nunca había desaparecido del todo en cuatro meses de italiano.

Todo igual.

Menos el tono.

El tono era más plano. No frío exactamente. Plano. Como cuando se baja el contraste
de una imagen y los colores siguen siendo los colores pero sin la saturación que los
hacía ser lo que eran.

—No —dije.
Procesó eso.

No con la expresión que habría tenido antes. No con el cambio en los ojos que yo
había aprendido a leer como señal de que algo había aterrizando en algún lugar que
importaba. Solo con la atención neutral de alguien recibiendo información.

—De acuerdo —dijo.

Dos palabras. Sin el peso que deberían haber tenido. Sin la rabia ni el miedo ni
ninguna de las cosas que Alice habría sentido antes de esta noche al recibir esa
información.

Solo de acuerdo.

Como dato.

—Alice —dije.

—Tengo sueño —dijo. —Voy a dormir.

Se giró.

Empezó a subir la escalera.

Sin mirarme. Sin el gesto de alguien que está procesando algo difícil. Sin la tensión
en los hombros que tenía cuando sostenía algo. Sin el peso específico que tenía en el
paso cuando algo la cargaba.

Solo caminando.

Solo subiendo.

La escuché llegar al segundo piso. Escuché la puerta del cuarto de huéspedes


cerrarse. Sin fuerza. Sin el clic deliberado de alguien que cierra una puerta con
intención. Con la quietud de alguien que cierra una puerta porque es lo que se hace
cuando se entra a un cuarto.

El hall en silencio.

***

Me quedé donde estaba durante un momento que fue más largo de lo que
necesitaba ser para procesar lo que había pasado pero que necesité de todas formas
porque algunas cosas necesitan el tiempo que necesitan independientemente de la
utilidad del tiempo.

Después fui al despacho.


Me senté detrás del escritorio.

Puse las manos planas sobre la madera.

Empecé a calcular.

Primero Alice.

El ámbar que ya no estaba. El azul que lo había reemplazado. En términos del


sistema de la marca eso era información sobre lo que el canal había consumido en la
segunda activación. No energía. No la capa de intensidad con que la superficie de
ella recibía el mundo, que era lo que había costado la primera vez.

Esto era más profundo.

La capacidad de sentir.

No toda. Eso habría sido otra cosa completamente. Habría producido otra Alice,
inutilizable en el sentido más básico. Lo que se había ido era más específico. La capa
que conectaba lo que experimentaba con lo que sentía sobre lo que experimentaba.
El puente entre el estímulo y la respuesta emocional.

Alice podía procesar. Podía pensar. Podía recibir información y construir mapas y
tomar decisiones.

Lo que no podía, o lo que podía con considerablemente menos acceso que antes, era
sentir el peso de esas cosas.

Esa parte estaba más quieta ahora.

Mucho más quieta.

De acuerdo, había dicho cuando le dije que no había funcionado.

Tengo sueño, había dicho y se había ido a dormir.

No porque no le importara. Sino porque el puente que conectaba lo que sabía con lo
que sentía sobre lo que sabía estaba más silencioso que antes y el resultado era
exactamente eso. Exactamente la temperatura de esas dos frases. Exactamente la
ausencia de peso en el paso subiendo la escalera.

¿Reversible?

No lo sabía.

Lirien podría saberlo. Vael podría saberlo, pero ya no estaba.

Segundo: Vael.
Esto era el problema más inmediato aunque el de Alice fuera el más urgente
emocionalmente.

La señal había llegado. Eso lo sabía. El pulso desde afuera del cuerpo, la orientación
hacia el canal, la aproximación que había sentido en la cicatriz antes de que se
cortara.

Había recibido la señal.

Había intentado cruzar.

No había podido.

Lo que significaba que el canal que Alice había abierto no era suficiente para
funcionar como puente de vuelta. O que Vael, que llevaba horas en el plano
sobrenatural sin cuerpo, había empezado a dispersarse de formas que
comprometían su capacidad de navegar el canal aunque pudiera recibirlo.

O las dos cosas.

En setenta años de pacto Vael había habituado el cuerpo de cuatro generaciones de


mi familia. Nunca había estado fuera de un cuerpo. No había precedente. No había
modelo. No había información sobre cuánto tiempo podía existir en el plano
sobrenatural antes de que lo que era empezara a convertirse en algo más difuso.

Lo que sí sabía era esto: cada hora que pasara sin anclaje físico era una hora más de
dispersión potencial. Y si Vael se dispersaba lo suficiente ya no habría nada que traer
de vuelta porque lo que volviera no sería la cosa específica que había sido.

Necesitaba otro canal.

No el de la marca de Alice, que había costado demasiado y que no había sido


suficiente.

Otro tipo de conexión. Otro puente entre el plano sobrenatural y el cuerpo que era
el suyo.

Me quedé mirando la cicatriz en la palma derecha.

El pacto. El sello. La conexión que mi abuelo había firmado con sangre en el sótano
de una iglesia de Trastevere setenta años atrás y que había pasado de primogénito
en primogénito hasta llegar a mí.

El pacto era la conexión original.

No la marca. El pacto.

Y el pacto era mío.


Vael.

Silencio desde afuera. Desde el plano sobrenatural donde estaba dispersándose


despacio.

No sé si podés escucharme desde donde estás. No sé cuánto de lo que eras todavía


sos. —Hice una pausa. —Pero si podés escucharme necesito que sepas esto: el pacto
sigue activo. El sello del edificio sigue activo. Soy el primogénito de los Mangiarotti y
la conexión que te trajo al linaje hace setenta años sigue siendo la misma conexión.
No el canal de Alice. Esta. La original.

Silencio.

Seguí esta señal.

Cerré la mano derecha.

Y esperé en el despacho oscuro con Roma afuera completamente ajena y Alice arriba
durmiendo con ojos azules que no eran los suyos y Vael en algún lugar del plano
sobrenatural recibiendo o no recibiendo la señal del pacto original.

La cicatriz seguía fría.

Pero esta vez el silencio tenía una textura diferente.

No el silencio de algo completamente ausente.

El silencio de algo que todavía no respondía.

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