Histopia 40
Histopia 40
Sumario
Editorial. Pág. 3
Historia Económica
“Financiación estatal, bancos privados y Rothschild. Siglos XVIII-
XIX”
Por Juan David Restrepo Zapata. Pág. 16.
Historia de la Justicia
Comité científico:
Historia Contemporánea
Néstor Careaga Alfonso
Fernando Chao +
Jorge N. Di Nucci
“En las fosas ardeantinas”
Olga Fernández Latour de Botas Por Esteban Ierardo. Pág. 48.
Susana Frías
Héctor Patiño Gardone
Mary Monte de López Moreira Arqueología
M. Cristina Scomazzon
Eduardo Trigo O’Connor d’ Arlach
Juan Eduardo Vargas Cariola “Mont Ventoux. Un santuario de montaña “ciclista” en el paisaje
Diseño:
cultural de la Provenza francesa”
Demis Juliá Por María Constanza Ceruti. Pág. 54.
San Blas 5158 CABA CP 1407.
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Filosofía
© 2019. Registro de propiedad
intelectual. Ley 11.723. Se puede “Sobre el perspectivismo de algunos filósofos modernos: Montaigne,
citar cualquier parte del contenido Pascal, Leibniz y Nietzsche”
de la presente publicación
Por Juan Granados Valdéz. Pág. 64.
siempre y cuando se mencione
la fuente
2
Editorial
3
Revista Caras y Caretas, año 1898 (AGN- Biblioteca).
4
BERNARDINO RIVADAVIA Y LA
EDUCACIÓN
Pablo Emilio Palermo 1
5
provincia de Buenos Aires, firmó el edicto de erección de una Universidad Mayor.
Refrendó el documento Bernardino Rivadavia, secretario de Gobierno. Meses antes el
sacerdote Dr. Antonio Sáenz, primer rector de la Universidad, había informado al
gobernador sobre el concordato firmado con el prelado diocesano para dar inicio a ese
establecimiento universitario 2.
2
Gutiérrez, J. M.: Origen y desarrollo de la Enseñanza Pública Superior en Buenos Aires, segunda
edición, estudio preliminar de Juan Bautista Alberdi, Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1915, pp. 308-
309.
3
El cancelario tenía en las universidades la autoridad pontificia y regia para dar los grados.
4
Beruti, J. M.: Memorias curiosas, Buenos Aires, Emecé, 2001, pp. 331-332.
5
Piccirilli, R., Rivadavia y su tiempo, 2ª. edición, t. 2, Buenos Aires, Peuser, 1960, pp. 44-45.
6
Respecto de Fernández de Agüero escribió Juan María Gutiérrez: “El sacerdote
católico habíase transformado durante una gran parte de su vida pasada en el silencio y
en el estudio de libros contemporáneos, en un espíritu fuerte. Expuso y sostuvo sus
nuevas doctrinas con el ardor y el tono exclusivo a que habitúa la frecuencia del púlpito,
desde el cual no se teme la contradicción”. Y continuaba Gutiérrez: “Bajó a Jesucristo
del altar y lo colocó entre Platón y Sócrates, llamándole «el filósofo de Nazaret»; puso
en duda la autenticidad de los evangelios, y declaró inútiles e insultantes a la Divinidad
las ceremonias ordinarias del culto exterior 6”.
En su edición del 15 de diciembre de 1822, el periódico El Centinela, redactado por
Juan Cruz Varela, consignó lo que sigue: “En los días 4, 5 y 6 del corriente se han
celebrado en la Universidad los exámenes del Departamento de Estudios Preparatorios
bajo la dirección de los catedráticos D. Juan Manuel Agüero y D. Avelino Díaz. Según
las noticias que he adquirido de personas inteligentes, que se hallaron presentes a estos
actos literarios, los jóvenes alumnos se han desempeñado de un modo singular, que hará
siempre honor a sus dignos catedráticos, a los que presiden su educación, y a los deseos
plausibles que estos jóvenes han desplegado por su adelantamiento y por enriquecer su
espíritu con conocimientos útiles” 7.
Firmado por Rivadavia, un decreto del 6 de marzo de 1823 ordenó que, para ingresar
a las facultades mayores, se debía aprobar obligatoriamente los cursos preparatorios de
Ideología y de Físico-Matemáticas. Además, todos los catedráticos universitarios
quedaron obligados a preparar sus trabajos de cátedra a efectos de su impresión.
También se les encomendó redactar una historia de sus respectivas facultades, desde los
orígenes y hasta el presente. El material pasaría luego al Ministerio de Gobierno para su
oportuna impresión 8.
El 7 de abril de 1824 se decretó el establecimiento de tres cátedras de estudios
eclesiásticos para el año 1825: Moral Evangélica y Derecho Público Eclesiástico;
Historia y Disciplina Eclesiásticas y, la tercera, Latín y Griego. Días después, Rivadavia
designó a los profesores a cargo de las esas cátedras: presbíteros Valentín San Martín,
Francisco Díaz Vélez y José Joaquín Palacios. Este último también fue designado
prefecto del Colegio de Estudios Eclesiásticos 9.
Instrucción primaria
6
Gutiérrez, op. cit., p. 74.
7
El Centinela, nº 21, Buenos Aires, 15 de diciembre de 1822, pp. 346-347.
8
Prado y Rojas, A. comp., Leyes y decretos promulgados en la provincia de Buenos Aires desde 1810
hasta 1876, t. II, Buenos Aires, Imprenta del Mercurio, 1877, pp. 139; 389-391.
9
Registro Oficial de la República Argentina, t. 2 (1822-1852), Buenos Aires, Imprenta La República,
1880, pp. 52 y 59.
7
ventajas reales que esparce el imperio de las luces”. El 3 de septiembre fue derogada la
prohibición de introducir libros, pinturas y grabados, y días más tarde la Biblioteca
Pública originada en 1810 quedó reorganizada y puesta bajo la dirección de Segurola 10.
A principios de 1822 la enseñanza primaria pasó a depender de la dirección técnica
de la Universidad, al ser constituido el Departamento de Primeras Letras. Competía al
rector promover el establecimiento de nuevas escuelas en la ciudad y campaña: en 1821
habían sido fundadas 16. Las escuelas de primeras letras que no estuviesen dotadas de
fondos públicos quedaban en libertad de acción, pero bajo inspección de un prefecto del
citado departamento. Los establecimientos primarios de San Francisco y de la Catedral,
refundidos en el Colegio de la Unión del Sud (hoy Colegio Nacional de Buenos Aires),
con una población de 400 niños, y bajo inspección de Segurola, sirvieron para la
preparación de los preceptores dentro del plan lancasteriano 11. Debe saberse que en lo
que hacía a la educación primaria privada impartida en la ciudad de Buenos Aires, las
escuelas particulares disminuyeron de 68 a 44 entre los meses de febrero y septiembre
de 1822 12.
Bernardino Rivadavia.
10
Segreti, C. S. A., Bernardino Rivadavia, hombre de Buenos Aires, ciudadano argentino, edición a
cargo de Patricia Pasquali, Buenos Aires, Planeta, 2000, p. 288.
11
Piccirilli, op. cit., pp. 45-48.
12
Newland, C. L., “La educación primaria en la ciudad de Buenos Aires: 1820-1834”. En Revista
Libertas 4 (mayo 1986), Instituto Universitario ESEADE.
[Link]
8
Importantes medidas de disciplina estudiantil fueron dictadas en diciembre de 1822.
Decía el considerando del decreto del día 6: “Los repetidos clamores de los directores
de la enseñanza pública y los multiplicados informes que el Gobierno ha tenido, de lo
mucho que se extravía la juventud destinada a adquirirla, le han determinado a expedir
la resolución siguiente, cuyo cumplimiento recomienda a la prudencia y celo del jefe de
Policía”. Los alumnos que en horas de clase fuesen hallados en las calles, quintas, cafés
y otros lugares públicos, serían conducidos a la cárcel de deudores y detenidos en ella
por el término de cuatro horas la primera vez y de veinticuatro horas la segunda 13.
La disminución del número de escuelas privadas habido desde 1822 hasta comienzos
del año siguiente se debió a la supresión de cuatro conventos que brindaban instrucción
elemental y a la expansión de las escuelas públicas de niñas. Dice la estadística que en
abril de 1817 los conventos de La Merced, San Francisco, Recoleta, Santo Domingo y
Bethelem 14 brindaban educación a 375 alumnos mientras que, en marzo de 1823, seis
años más tarde, el de San Francisco educaba a 112 niños 15.
Un informe de las damas de la Sociedad de Beneficencia, firmado el 20 de agosto de
1823, permite conocer el estado de la educación elemental en la Ciudad tras dos años de
ministerio rivadaviano. Bernardina Chavarría de Viamont, inspectora de la escuela de
las Catalinas (calle Viamonte), dijo que esta funcionaba con “treinta y tantas niñas”.
María Josefa Ramos dijo que la escuela de Monserrat se abriría el lunes inmediato con
cincuenta niñas. La señora Justa Foguet de Sánchez explicó que la escuela de la
Concepción quedaría en funcionamiento para la semana entrante 16.
Hacia 1824 actuaban en la ciudad de Buenos Aires ocho escuelas estatales con una
población de 3578 alumnos: San Nicolás, San Telmo, Concepción, Monserrat, La
Piedad, Socorro, Hospicio y Recoleta. En la campaña se educaban 809 varones y 13
niñas, según datos recogidos de los establecimientos de San José de Flores, Santos
Lugares, San Isidro, San Fernando, Las Conchas, Morón, Luján, Pilar, Capilla del
Señor, San Antonio de Areco, San Nicolás de los Arroyos, Pergamino, Las Cañuelas,
San Vicente, Chascomús, Islas, Ensenada y Patagones 17. Es útil consignar que el
padrón de escuelas primarias privadas de la Capital había descendido de 89 a 74
establecimientos entre enero de 1824 y diciembre de 1825, aunque la población de niñas
y niños asistentes a los mismos se incrementase de 2439 a 2503 (2,62%). En este último
año, según el Registro Estadístico de la Provincia de Buenos Aires, las instituciones
privadas brindaban instrucción al 60% de los alumnos 18.
El año 1823 se inició con dos medidas políticas que ciertamente identifican la época
rivadaviana: la creación de la Sociedad de Beneficencia y el otorgamiento de becas de
estudio para alumnos de las provincias argentinas. Ambas fueron decretadas el 2 de
enero.
Entendía el gobierno de la Provincia que la educación de las mujeres y el
mejoramiento de sus costumbres importaba una seria atención. De esta manera podrían
fijarse derechos y deberes que les asegurasen una parte de la felicidad debida.
Rivadavia, en su condición de ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, quedó
13
Prado y Rojas, op. cit., pp. 350-351.
14
Iglesia de San Pedro Telmo.
15
Newland, op. cit.
16
Piccirilli, op. cit., pp. 50-51.
17
Ib., p. 53
18
Newland, op. cit.
9
autorizado para establecer una sociedad de damas bajo la denominación de Sociedad de
Beneficencia. Como atribuciones esenciales se indicaron la dirección e inspección de las
escuelas de niñas y la dirección e inspección de la Casa de Expósitos, de la Casa de
Partos Públicos y Ocultos, del Hospital de Mujeres, del Colegio de Huérfanas, “y de
todo establecimiento público dirigido al bien de los individuos de este sexo”. La
Sociedad fue inaugurada el 12 de abril.
Las becas a los jóvenes de las provincias debían entenderse como un anhelo de
unidad entre los pueblos argentinos, rota como lo había sido tras los anárquicos
acontecimientos del año 20. El decreto manifestaba que sería costeada en los colegios
de la Capital la educación, vestuario y mantenimiento de seis jóvenes “de cada uno de
los territorios que están bajo gobierno independiente, y son parte de la antigua Unión”.
Dos jóvenes de cada provincia se ubicarían en el Colegio de Estudios Eclesiásticos, los
restantes pasarían a educarse en los colegios de ciencias físicas y morales 19. El decreto
de las “becas de gracia” fue circulado el 30 de enero: el niño tucumano Juan Bautista
Alberdi, de doce años, resultó favorecido, mientras que el sanjuanino Domingo Faustino
Sarmiento, un año menor, muy a pesar de su humilde familia, no tuvo la dicha de pasar
a Buenos Aires a ser educado 20.
En mayo de 1823 fue reformado el sistema de becas otorgado por el Colegio de la
Unión del Sud, antiguo Colegio de San Carlos. Razones económicas así lo obligaban.
Decretó Rivadavia la entrega de doce becas “para hijos de ciudadanos beneméritos que
el Gobierno conferirá”, y veinte becas para alumnos destinados a ser oficiales del
Ejército. Para cada una de las becas el Poder Ejecutivo asignaría ciento veinte pesos
anuales; igual cantidad pagarían los pensionistas del Colegio en entregas trimestrales.
Los fondos del establecimiento como así “la administración de la denominada Chacarita
21
”, quedaron bajo las órdenes del Ministerio de Hacienda. Pronto el Colegio de la
Unión del Sud cambió de nombre: el Gobierno acordó llamarlo Colegio de Ciencias
Morales. Su papel educativo sería “formar el plantel de jóvenes estudiantes sin la
distinción del lugar de su nacimiento”. Miguel Belgrano fue su primer rector 22.
El Colegio, escribe Gutiérrez, cambiaba de nombre y “de organización y de fines
sociales en la educación de los jóvenes”. El programa comunicado por el rector en
febrero de 1824 decía: “Destruir en su raíz el egoísmo que por lo regular infunde una
educación aislada. Que el trato de las gentes, más poderoso que las palabras, les
persuada a los alumnos de la imperiosa necesidad de practicar constantemente todo lo
que se les enseña en general, y particularmente con respecto a la educación civil” 23.
“Tenemos la satisfacción de anunciar que han llegado ya, y están llegando
continuamente de las provincias hermanas, los jóvenes cuya educación costea este
gobierno en los colegios de la Capital”, escribió El Centinela del 22 de junio. Y
continuó: “Sabemos igualmente que está ya formado, y que se pondrá pronto en
ejecución el reglamento para el orden y economía interior de nuestros colegios y no
dudamos que ellos serán en adelante el verdadero asilo de la ciencia y la moral” 24.
El Colegio de Niñas Huérfanas, puesto al cuidado de la Sociedad de Beneficencia,
fue reglamentado meses más tarde. Rivadavia acordó otorgarle la suma de dos mil
quinientos pesos del fondo propio de escuelas y le asignó “veinte plazas de gracia”.
19
Prado y Rojas, op. cit., pp. 363-366.
20
Piccirilli, op. cit., pp. 40-41.
21
En 1784 la Chacarita de los Colegiales, perteneciente a los expulsados jesuitas, fue entregada al
Colegio de San Carlos.
22
Piccirilli, op. cit., p. 40.
23
Gutiérrez, op. cit., pp. 187-188.
24
El Centinela, nº 48, Buenos Aires, 22 de junio de 1823, pp. 413-414.
10
Toda niña admitida en el Colegio debía contar con diez o más años de edad y su
educación duraría cuatro años. Para las pensionistas se estableció el pago de cien pesos
anuales. La rectora del Colegio de Huérfanas quedaba obligada a rendir
cuatrimestralmente al Consejo de la Sociedad de Beneficencia las cuentas de su
administración. Una dama haría las veces de inspectora 25.
25
Decreto del primero de agosto de 1823. En Prado y Rojas, op. cit., pp. 416-417.
11
Gobierno nombraría anualmente seis jóvenes de entre dieciséis y veinte años, “hijos de
labradores beneméritos”, para ser instruidos durante dos años. El profesor a cargo el
francés Pedro Beranger fue el primero, dotado de sesenta pesos mensuales, quedaba
obligado a enseñar a los alumnos la agricultura teórica y práctica, cultivar plantas útiles,
flores, árboles frutales, plantas medicinales, granos y raíces. La moral debía ser tenida
en cuenta, como así el comportamiento del alumnado y la distribución de las horas de
estudio y trabajo. Luego de seis meses, los jóvenes rendirían un examen público de las
materias cursadas; los más aventajados se desempeñarían como profesores y gozarían
de un pequeño sueldo, habitación y mantenimiento. El buen orden y el progreso del
instituto fueron confiados al inspector general de Obras Públicas 26.
En noviembre de 1823 los hospicios de San Ramón de las Conchas y de San Pedro
fueron puestos bajo jurisdicción del rector de la Universidad y del prefecto del
Departamento de Primeras Letras. Para 1826 se proyectó establecer en ellos una escuela
de agricultura teórica y práctica y un jardín de aclimatación, siempre bajo el método de
“enseñanza mutua” 27.
Un Museo de Historia Natural o Museo Público fue fundado el 23 de diciembre del
año 23 dentro del convento de Santo Domingo (Basílica de Nuestra Señora del
Rosario). Allí se instalaron el laboratorio de química y el gabinete de física y museo 28.
En enero del año siguiente se reglamentaron las actividades de la Escuela de Partos; se
fijaron las atribuciones del catedrático, la enseñanza del arte obstetricio en su faz teórica
y práctica, los requisitos para ser alumna y el ejercicio de dicho arte 29.
Respecto de aquellos jóvenes que tuviesen vocación por las armas (se había
acordado, como ya se dijo, sufragar la educación de veinte alumnos para futuros
oficiales del Ejército), decretó el Ejecutivo las bases de admisión al Colegio de Ciencias
Morales: catorce años cumplidos y “ser hijos de oficiales beneméritos en la causa de la
independencia, del sostén de las leyes del país”. En los dos cursos a seguir se estudiaría
matemática, mecánica, arquitectura civil y militar, química, dibujo, armas, esgrima,
inglés y francés. La mitad al menos de las vacantes de subteniente y alférez debían ser
cubiertas por aquellos alumnos militares 30.
La Presidencia
El 9 de mayo de 1824 el general Juan Gregorio de Las Heras, oficial de San Martín y
guerrero de la Independencia, sucedió a Martín Rodríguez en la gobernación de Buenos
Aires. Rivadavia rechazó el ofrecimiento de continuar al frente del Ministerio de
Gobierno y Relaciones Exteriores y, al mes siguiente, embarcó para Europa. El 3 de
septiembre la Junta de Representantes sancionó la ley que asignaba doce mil pesos
anuales “para la educación de jóvenes pobres en las principales escuelas de países
extranjeros”, cuyo cumplimiento fue encomendado al exministro provincial.
Rivadavia regresó a su patria en octubre de 1825, meses antes de que el Brasil
declarase la guerra a las Provincias Unidas. El 7 de febrero de 1826, por treinta y cuatro
votos del Congreso General Constituyente, fue electo presidente de la República.
Asumió su empleo al día siguiente y constituyó su gabinete: Julián Segundo de Agüero,
ministro de Gobierno; Manuel José García (luego Francisco Fernández de la Cruz),
26
Prado y Rojas, op. cit., pp. 419-421.
27
Decreto del 7 de noviembre de 1823. Ib., pp. 432-433.
28
Piccirilli, t. III, op. cit., pp. 78-79.
Segreti, op. cit., p. 288.
29
Decreto de enero de 1824 firmado por Rivadavia. En Prado y Rojas, t. III, op. cit., pp. 5-7.
30
Decreto del 26 de enero de 1824 firmado por Rivadavia. En Registro Oficial, op. cit., pp. 49-50.
12
ministro de Relaciones Exteriores; Carlos de Alvear, ministro de Guerra y Marina;
Salvador María del Carril, ministro de Hacienda.
A menos de dos meses de haber asumido la presidencia, Rivadavia decretó que no se
admitiría en ninguna escuela pública a los niños no vacunados o que no hubieran
sufrido la viruela 31. En abril el presbítero Dr. José Valentín Gómez fue nombrado rector
de la Universidad de Buenos Aires y el Dr. Antonio Ezquerrenea vicerrector, con la
inspección inmediata del Departamento de Escuelas. Juan Cruz Varela, periodista y
poeta clásico, quedó a cargo de la secretaría universitaria. El presidente cubrió las
necesidades educativas con sucesivas designaciones: Pedro Carta Molino, catedrático de
Física Experimental; Andrés Brodart, catedrático de francés; Teófilo Parvin, catedrático
de inglés y griego; Mariano Cabezón y Mariano Guerra, catedráticos de Latinidad.
Restablecida la cátedra de Economía Política (suspendida en abril de 1825) fue puesto a
su cargo el Dr. Dalmacio Vélez Sársfield; su estudio sería obligatorio para los alumnos
de Jurisprudencia y debía durar dos años 32.
Los prefectos universitarios fueron suprimidos por decreto del 15 de abril de 1826 y
sus atribuciones incorporadas a la figura del Rector 33. En mayo llegó la decisión de
organizar la Facultad de Medicina en las cátedras de Anatomía y Fisiología, Patología y
Clínica Quirúrgica, Patología y Clínica Médica, Teoría y Práctica de Partos,
Enfermedades de Niños y Recién Paridas y Medicina Legal; Materia Médica y
Farmacia. La carrera duraría cuatro años. Para la Escuela de Medicina y el servicio del
hospital de hombres y de mujeres 34, Rivadavia nombró a los doctores Cosme Argerich,
Miguel Rivera y Juan Antonio Fernández 35. La reforma de los estudios preparatorios
universitarios indicó el dictado de las materias de Latinidad y Griego, Filosofía,
Aritmética, Geometría y Álgebra y Física Experimental 36.
El 20 de mayo Rivadavia decretó que las aulas universitarias se abrirían el primero
de marzo de cada año. Todo alumno quedaba obligado a su previa matriculación y a la
consiguiente aprobación del año anterior. El primero de diciembre se indicó como día
de inicio de exámenes. Un mes de inasistencia a las aulas sin justificación y dos meses
de ausencia por cualquier motivo, significaba la pérdida del año cursado 37.
Un contrato celebrado en la ciudad de Londres permitió dar más acabado
cumplimiento al decreto que estableció en la Recoleta una Escuela de Agricultura y
Jardín de Aclimatación. Dos botánicos viajaron al Río de la Plata y fueron puestos al
frente de aquel establecimiento por decreto del 6 de junio de 1826. Se trataba de
Alejandro Pablo Sack, en clase de jardinero botánico, y Samuel Attevell, en calidad de
ayudante. El jardinero se veía obligado a dirigir el Jardín, plantar y cultivar árboles de
utilidad, cultivar flores y plantas medicinales, granos, pastos y hortalizas. También
debía dirigir una escuela de agricultura práctica a la que concurrirían los jóvenes de las
provincias argentinas y llevar un registro detallado de todas las especies existentes y las
últimas introducidas. La labor de Sack no quedaba limitada a Buenos Aires y su
campaña, sino que pretendía ser nacional, por cuanto se le encomendaba la realización
de viajes anuales de estudios por toda la República 38.
31
Decreto del 30 de marzo de 1826. Ib., p. 116.
32
Decretos del 10, 18, 21, 25 y 26 de abril y 2 y 9 de mayo de 1826. Ib., pp. 118-128.
33
Decreto del 15 de abril de 1826. Ib., pp. 120-121.
34
Ubicados, respectivamente, frente a la Iglesia de San Telmo y en la actual Plaza Roberto Arlt
(Rivadavia y Esmeralda).
35
Decretos del 3 y 6 de mayo de 1826. Registro Oficial, op. cit., pp. 122-126.
36
Decreto del 9 de mayo de 1826. Ib., p. 128.
37
Ib., pp. 133-134.
38
Decreto del 2 de abril de 1827. Ib., p. 184.
13
Por aquellos años la responsabilidad educacional de las Damas de Beneficencia logró
extenderse a la campaña bonaerense. Altamente satisfecho el Gobierno de la cristiana
labor de aquellas señoras, un decreto del mes de abril de 1826 consideró: “En la Capital
se ha difundido la enseñanza de las niñas, y las escuelas marchan haciendo progresos
notables en el orden interior, y en la moral y educación de esta parte importante de la
sociedad”. Y como en la campaña se presentaba “un campo inmenso, donde urge
también cultivar con esmero la primera educación”, el Ejecutivo Nacional ordenó la
construcción de escuelas que operarían bajo el sistema lancasteriano. En principio, y
con el sobrante presupuestario de la ciudad capital, debían erigirse establecimientos para
niñas en San Nicolás de los Arroyos, Chascomús y San José de Flores, siempre bajo la
dirección e inspección de la Sociedad de Beneficencia 39. Un decreto de octubre de
aquel año indicó que esta Sociedad debía nombrar una “sociedad corresponsal” como
entidad “inspectora” en cada uno de los pueblos o ciudades beneficiados con escuelas
para niñas”.
Rivadavia decretó que todo aquel que solicitase regentear algún establecimiento de
primeras letras debía primeramente acreditar su moral e inteligencia en el sistema de
enseñanza implementado. Ello debía hacerse ante el vicerrector de la Universidad, en su
función de Inspector de Escuelas, y ante el director general de Escuelas. Cualquier
atentado contra la moral implicaba la destitución del preceptor y, en caso de gravedad,
su remisión a los juzgados de primera instancia. También se dispuso que cada escuela
pública fuese dotada de hasta dos jóvenes aptos para desempeñarse como ayudantes de
los preceptores con una gratificación mensual de diez pesos 40.
El sistema de instrucción que las autoridades nacionales buscaban difundir tropezaba
con la falta de adecuados edificios escolares. Además, se tornaba preocupante el
elevado alquiler que debía pagarse por los locales destinados a brindar instrucción.
Docentes y alumnos se veían muchas veces obligados a cargar con incómodas
mudanzas. El 5 de julio de 1826 se decretó la edificación por parte del Estado de casas
que sirviesen como escuelas públicas. La tarea fue puesta bajo coordinación del director
general de Escuelas y del Departamento de Ingenieros. El 13 de diciembre el español
Pablo Baladía quedó nombrado director general de Escuelas en propiedad. Sus
atribuciones esenciales consistieron en la dirección de una Escuela Normal a crearse, en
la formación del plantel de preceptores, en inspeccionar el servicio de las escuelas
públicas y en establecer en los cuarteles escuelas de instrucción para la tropa. También
se le encomendó trabajar en la tarea de uniformar el sistema lancasteriano aplicado a la
enseñanza. Días más tarde, con los dineros donados por la junta de accionistas del
Banco de Descuentos, se ordenó la erección de dos escuelas de niñas, una en la Villa de
Luján y otra en San Antonio de Areco 41
39
Decretos del 26 de abril y del 26 de octubre de 1826. Ib., pp. 124; 152.
40
Decreto del 14 de junio de 1826. Ib., p. 137.
41
Decretos del 5 de julio y del 13 y 23 de diciembre de 1826. Ib., pp. 142, 157 y 160.
42
Decreto del 2 de abril de 1827. Ib., p. 142.
14
Días antes de abandonar la presidencia, Rivadavia tuvo a bien ordenar los estudios
universitarios de la Capital. La Universidad de Buenos Aires, en efecto, no conferiría
otros grados que no fuesen los de Bachiller en Ciencias y Letras y el de Doctor (previa
obtención del grado de Bachiller) en Facultades Mayores de Teología, Jurisprudencia,
Medicina, Cirugía y Matemáticas. Para lograr el título de Bachiller debían cursarse los
Estudios Preparatorios y rendir un examen general cuya extensión se fijó en cuarenta y
cinco minutos. El grado de Doctor se obtenía luego de aprobar los cursos establecidos,
de superar un examen de una hora y de una “disertación en latín o en castellano, sobre
una tesis clásica”. Se decretó que la contribución debida a la Universidad por el título de
Bachiller fuese de sesenta pesos y de doscientos cincuenta si la solicitud correspondiese
al grado de Doctor. El Rector quedaba facultado para incorporar graduados provenientes
de otras universidades. La Universidad podía conceder un grado de gracia anual “en
favor de algún joven conocidamente pobre y que se haya distinguido en sus estudios y
costumbres”.
Presentada la renuncia del Sr. Rivadavia como consecuencia de una mala
negociación diplomática que costó la pérdida de la Provincia Oriental, el Congreso
General Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata nombró el 5 de julio
presidente provisorio de la República al ciudadano Vicente López. Ese mismo día, uno
de los últimos de su actuación pública en el país, Bernardino Rivadavia designó a
Francisco Javier Muñiz primer cirujano del Ejército en la guerra contra el Brasil
catedrático de teoría y práctica de partos, enfermedades de niños y recién paridas y
medicina. Por este empleo y el de facultativo en el Hospital de Mujeres, Muñiz gozaría
de un sueldo de dos mil pesos anuales 43. Su discurso al entrar en funciones, escribe
Domingo Faustino Sarmiento, “está consagrado al estudio de las nobles funciones de la
mujer en la conservación de la sociedad. Con palpitaciones del corazón debieron
escuchar al simpático catedrático, hacer el cuadro comparativo que traza con mano
maestra las cualidades físicas y morales que distinguen los sexos” 44. ●
43
Decretos del 21 de junio y 5 de julio de 1827. Ib., pp. 191-192, 197.
44
Sarmiento, D. F., Francisco J. Muñiz. En Obras completas, t. XLIII, Luz del Día, 1953, p. 25.
15
Historia Económica
Introducción
Durante los siglos XVIII y XIX, las necesidades de financiamiento público crecieron
exponencialmente por las largas guerras de la época. Por ejemplo, en las Guerras
Napoleónicas la Gran Bretaña elevó drásticamente su deuda pública para pagar ejércitos
y subsidios a los aliados europeos. Al contrario, la Francia napoleónica arrastró la crisis
crediticia de la Revolución, resolviendo en 1800 mediante la creación del Banco de
Francia y un Sinking Fund estatal. Bordo y White subrayan que en 1800 “el nuevo
gobierno de Napoleón reanudó pagos de intereses en especies y creó un Banco de
Francia y un Fondo de Amortización. Al equilibrar el presupuesto, pagar intereses y
amortizar deuda, Napoleón pudo reducir los rendimientos exigidos y realizar sólo
endeudamientos muy limitados”46. En suma, mientras Francia vivió recuperaciones
puntuales de crédito público, el Reino Unido mantuvo desde 1750 un esquema fiscal
creíble apoyado en la emisión de bonos consolidados (Consols) a bajo interés.
Huntington & Dowd observan que “los Consols permitieron a Gran Bretaña financiar
enormes gastos militares cuando su rival Francia, sin un mecanismo similar, no pudo
hacerlo sin quebrar financieramente” 47.
Las familias de banqueros jugaron un rol central en esa financiación bélica. En el Reino
Unido, la casa Barings fue ya instrumental en financiar la guerra contra la Francia
revolucionaria y napoleónica, hasta el punto que “la casa Baring ayudó a financiar el
esfuerzo bélico británico contra la Francia napoleónica”. El fundador, Sir Francis
Baring, llegó a ser consejero financiero del primer ministro Pitt (tema que luego influyó
en decisiones fiscales). Sin embargo, la estrella emergente fue la dinastía Rothschild,
cuyos cinco hermanos establecieron una red continental. Gracias a agentes y correos
veloces (palomas mensajeras, mensajeros a caballo), los Rothschild ligaron Londres con
París, Frankfurt, Viena y Nápoles, facilitando transferencias de oro y papeleo crediticio
45
Doctorando en Historia por la Universidad Autónoma de Madrid. Profesor del Departamento de
Historia de la Universidad de Antioquia.
46
Bordo, M. D., y White, E. N, "British and French finance during the Napoleonic wars." NBER Working
paper w3517, 1990.
47
Hutchinson, M., y Dowd, K, “The Apotheosis of the Rentier: How Napoleonic War Finance Kick-
Started the Industrial Revolution”. Cato Journal, 2018.
16
a gran distancia48. El historiador Herbert Kaplan anota que las necesidades ingentes de
metálico por los ejércitos de Wellington en España y Francia “llevaron al gobierno
británico a confiar en Nathan Rothschild para proporcionar estas monedas” 49. A partir
de 1812-1814 Nathan M. Rothschild se convirtió en proveedor oficial de fondos a las
tropas aliadas (Península y sur de Francia). El propio Nathan supo explotar
oportunidades de arbitraje cambiario, apoyado por el crédito de sus parientes en Europa,
y financió préstamos soberanos –por ejemplo, el gran empréstito británico de 1818 para
indemnizar a Francia– mediante la colocación de bonos en Londres. 50
En la Francia de la Restauración y el Segundo Imperio, los Rothschild también
jugaron un rol prominente. James de Rothschild dominó el crédito francés desde los
años 1820, hasta el punto de dirigir emisiones de deuda pública. Empero, surgió
competencia: los hermanos Péreire (Crédit Mobilier) irrumpieron en la década de 1850
junto con el apoyo estatal. Por ejemplo, durante la Guerra de Crimea (1854–56) el
Crédit Mobilier de Péreire “suscribió ampliamente el empréstito de guerra del gobierno
francés” (1854) y en 1855 prestó dos sumas colosales (250 y 375 millones de francos) al
Estado. Esta rivalidad se tradujo en política: el propio Napoleón III “desconfiaba de los
Rothschild (filial político de los Orleanistas) y prefirió apoyar temporalmente a los
Péreire para crear el Crédit Mobilier en 1852”. Así, las relaciones familia-gobierno
condicionaron qué bancos movilizaban los fondos públicos.
Los grandes banqueros no sólo colocaban créditos, sino que innovaban en técnicas de
mercado. Entre los mecanismos clave destacan, en primer lugar, los Bonos y
empréstitos de guerra. Los gobiernos emitían nuevos títulos para financiar el esfuerzo
militar. En Gran Bretaña se utilizaban principalmente los Consols de 3% a descuento
(por ejemplo, emitidos al 60% de su valor), lo cual garantizaba altos rendimientos de
corto plazo a los inversores y luego apreciación en paz. En Francia se emitieron rentes y
otros empréstitos especiales (aunque en la era napoleónica el uso de bonos fue más
limitado debido a la desconfianza fiscal inicial51).
En segundo lugar, se encontraban los sindicatos y redes internacionales. Las familias
formaban consorcios (a veces secretos) para suscribir grandes préstamos. El sistema de
los Rothschild consistió en que la agencia de Londres coordinaba con París, Viena, etc.,
llevando valores y noticias con rapidez. En la práctica, financiaban tanto al gobierno
emisor como, en caso de coalición, a sus aliados usando productos financieros similares.
En tercer lugar, se encuentra la venta de metales preciosos. Un ejemplo clásico fue el
suministro de oro a los ejércitos. La capacidad de traer oro de Europa del Este a
Inglaterra, pese al bloqueo continental, permitió a Wellington pagar soldadas cuando el
Tesoro oficial no podí[Link]. Los Rothschild eran líderes en
comercio de oro, habilitando este financiamiento.
Finalmente, se tienen las instituciones financieras especiales. Francia creó en 1800 la
Banque de France para sanear la deuda y emitir crédito estatal. Más tarde, durante el
48
Lopetegui González, I, y Garmendia Ibáñez, J. "La influencia de la familia Rothschild en las finanzas
mundiales." Universidad del País Vasco, 2017.
49
Kaplan, Herbert H., Nathan Mayer Rothschild and the Creation of a Dynasty: The Critical Years 1806–
1816. Stanford: Stanford Univ. Press, 2006.
50
Bettonica, L. "La familia Rothschild: el triunfo a lo largo de seis generaciones." Jano: Medicina y
humanidades 177, 1977 pp. 65-70.
51
Bordo, M. D., y White, E. N., "British and French finance during the Napoleonic wars." NBER Working
paper w3517, 1990.
17
siglo XIX surgieron bancos privados de emisión (Crédit Mobilier, Banque Ottomane
por Rothschild) que actuaron de puente entre gobiernos e inversores privados.
Influencia política de los banqueros
El poder económico de estos banqueros se tradujo en influencia política y fiscal
notable. Entre las consecuencias que se destacan, principalmente se encuentra una
marcada influencia fiscal: Al proveer financiación a costa de los mercados
internacionales, las familias bancarias podían condicionar tasas impositivas y deudores
favorables. Por ejemplo, la estabilidad fiscal británica permitió al gobierno de Pitt (con
asesoramiento de Francis Baring) ofrecer bajos intereses permanentes, trasladando la
carga impositiva al servicio de la deuda. En Francia, la credibilidad de Bonaparte para
pagar intereses después de 1800 restableció cierta confianza crediticia.
También se tiene una poderosa diplomacia financiera. El acceso a fondos extranjeros
implicó relaciones privilegiadas con gobiernos. Los Rothschild, en particular, actuaron
como intermediarios diplomáticos no oficiales: financiaron subsidios a aliados (Pagos
de Wellington a Austria, Prusia, Rusia) y, tras conflictos, facilitaron acuerdos de
indemnización (por ejemplo, la compensación a Francia en 1815 se pagó con créditos
gestionados por Rothschild). Esta vinculación financiera-cumbre influyó indirectamente
en negociaciones de paz y tratados comerciales.
Adicionalmente, se efectuó una relación entre deuda pública y dependencia, donde el
Estado a veces caía en dependencia de los bancos privados para refinanciar deuda
existente. Ello reforzó el entramado del poder financiero: a cambio de sus préstamos,
los bancos podían exigir privilegios (concesiones, contratos de infraestructura, escaños
políticos o títulos nobiliarios). En el Reino Unido, la función de prestamista clave valió
títulos de nobleza a algunos Rothschild y Barings; en Francia, participaciones en
ferrocarriles y bancos estatales (por ejemplo, los Rothschild recibieron concesiones de
ruta férrea y papel moneda) daban poder de lobby.
A lo largo del siglo XIX, tanto el Reino Unido como Francia desarrollaron sofisticados
mercados públicos de deuda, aunque lo hicieron mediante trayectorias institucionales
distintas. En Inglaterra, la consolidación temprana del mercado de deuda estuvo
marcada por la creación de los consols y el establecimiento del Banco de Inglaterra en
1694, una institución que operaba con sólido respaldo parlamentario y que se integró de
forma orgánica al sistema financiero británico. En contraste, Francia debió reconstruir
su credibilidad financiera tras las convulsiones de la Revolución de 1789. El Banco de
Francia, fundado en 1800, jugó un papel central en este proceso, al igual que la emisión
de nuevos préstamos durante momentos de crisis, como la guerra de Crimea y el
conflicto de 1870. Mientras que el sistema británico se orientó hacia la consolidación
institucional temprana, el caso francés refleja una reconstrucción más reactiva y
contingente de su sistema de crédito.
En cuanto al papel del Estado en el financiamiento, las diferencias entre ambos países
fueron significativas. El gobierno británico tendió a mantener una separación más
marcada entre los poderes estatales y las instituciones financieras, aunque existieron
estrechas relaciones entre los ministros y los grandes negociantes de la City de Londres.
En Francia, en cambio, el Estado desempeñó un rol más intervencionista: desde el
régimen napoleónico, que subvencionó directamente proyectos ferroviarios ligados a
bancos específicos, hasta el Segundo Imperio, que impulsó políticas deliberadas para
reforzar ciertas casas bancarias en detrimento de otras. Un ejemplo destacado es el
18
apoyo explícito del Estado al Crédit Mobilier en 1852, como alternativa al poder
financiero de los Rothschild. Este contraste revela una diferencia estructural en las
formas de articulación entre banca y poder político: más liberal y descentralizada en el
caso británico, y más corporativista y dirigida desde el ejecutivo en el caso francés.
La influencia de las familias bancarias, y en particular de los Rothschild, también
evidencia tanto convergencias como divergencias entre ambos contextos nacionales. En
ambos países, esta familia desempeñó un papel protagónico en el financiamiento de
gobiernos y proyectos estratégicos, pero su posición relativa difería según el entorno
político y financiero. En Inglaterra, los Rothschild competían con otras casas de
renombre como los Barings, en un entorno con mayor pluralidad financiera. En Francia,
la debilidad institucional tras 1789 permitió a James de Rothschild consolidarse como
actor dominante, prestando servicios tanto a monarcas restaurados como a regímenes
imperiales. Las relaciones con las autoridades también variaron: en Londres, figuras
como Lionel de Rothschild participaron directamente en la política, llegando incluso al
Parlamento; mientras que, en Francia los Rothschild, pese a su nobleza formal, debieron
negociar constantemente su legitimidad ante los Bonaparte y los Borbones. En suma,
aunque la banca privada influyó decisivamente en la diplomacia y en la política fiscal en
ambos países, lo hizo adaptándose a estructuras de poder contrastantes: en Inglaterra a
través de los mecanismos de mercado y el sistema parlamentario; en Francia, mediante
alianzas estratégicas con el poder ejecutivo y diversos grupos políticos.
Conclusión
Durante el siglo XIX los banqueros como los Rothschild, los Baring y los hermanos
Péreire se convirtieron en intermediarios indispensables entre los gobiernos en guerra y
los mercados financieros. Facilitaban operaciones complejas (bonos de guerra,
transferencias de metálico, emisión de crédito extranjero) que el aparato estatal no podía
realizar solo. A cambio de su financiamiento, estos banqueros obtuvieron influencia
decisiva sobre la deuda pública, los impuestos y las relaciones diplomáticas.
En Francia y el Reino Unido su presencia marcó el vínculo entre el capital privado y
la política pública: pese a diferencias institucionales, ambos modelos consolidaron la
banca privada como pilar del financiamiento estatal y, por ende, actores políticos de
primer orden.●
Bibliografía
Bettonica, L., "La familia Rothschild: el triunfo a lo largo de seis generaciones" En Jano: Medicina y
humanidades, Nº 177, Madrid, 1975, pp. 65-70.
Bordo, M. D. y White, E. N.: "British and French Finance during the Napoleonic Wars" En Journal of
Economic History, Vol. 51, Nº 3, Cambridge, Cambridge University Press, 1991, pp. 641-663.
Bibliothèque nationale de France: Banque et révolution industrielle: L’action des Rothschild en France
au XIXe siècle, París, 2013.
Hutchinson, M. y Dowd, K.: "The Apotheosis of the Rentier: How Napoleonic War Finance Kick-Started
the Industrial Revolution" En Cato Journal, Vol. 38, Nº 3, Washington D.C., Cato Institute, 2018.
Kaplan, H. H., Nathan Mayer Rothschild and the Creation of a Dynasty: The Critical Years 1806–1816,
Stanford, Stanford University Press, 2006.
Lopetegui González, I. y Garmendia Ibáñez, J., La influencia de la familia Rothschild en las finanzas
mundiales, Bilbao, Universidad del País Vasco, 2017.
19
Historia de la Justicia
El día anterior a los hechos, el indio Felipe Alarcón llegó a la casa del teniente alcalde
de la “Costa de Las Saladas” a pedirle si podía vender “algunos aguardientes”, además
de “yerba, tabaco y otras cosas” que ya vendía, y que para esto “pensaba ponerse más
cercano a la “población” de Felipe Barrancos. Eustaquio Ribero, el Tte. alcalde del
cantón (quien en su declaración lo nombra como el “cacique Felipe”), le dijo que no,
porque “se expondría demasiado” sabiendo los problemas que ya había tenido con
Torres53.
52
Profesor de Historia. Archivero. En la actualidad se desempeña en la sección de Referencia Histórica
del Archivo General de la Nación Argentina
53 AR_AGN_ JP01_S10-1254 Jueces de Paz. Años: 1836-37 p.3.
20
Felipe tenía una “pulpería” o “casa de venta” junto con su esposa Clara y su familia
en las inmediaciones del arroyo de “Las Saladas”, con la cual abastecía de algunos
productos de “vicios” a los pobladores cercanos. Eran indios Pampas “amigos”, y, junto
con otros indios cercanos a su casa, convivían con los criollos habitantes de este rincón
alejado de la Guardia de Luján.
Era Julio de 1836 y Juan Manuel de Rosas había comenzado hacía poco más de un
año su segundo mandato como Gobernador de la Provincia de Buenos Aires. El cuartel
o Cantón de Las Saladas54 era uno de los límites de la Guardia hacia el oeste (a unas 5
leguas), por el camino/rastrillada que lleva a las Salinas Grandes, ya casi con el límite
de las poblaciones que la Guardia podía defender en caso de malones o batidas de
indios55.
La Guardia de Luján, creada hacía 80 años atrás, en 1752 56, estaba ubicada a unos
100 km (20 leguas aproximadamente) al noroeste de Buenos Aires. A través de los
años, pobladores en su mayoría migrantes del interior del Virreinato y luego de las
Provincias Unidas del Río de la Plata, fueron ocupando las tierras que irradiaban de la
Guardia57. Lógicamente esta región estaba ocupada anteriormente por grupos indígenas,
que en la zona para esta época que nos ocupa recibían diferentes denominaciones 58. Sin
embargo, la fuente principal que vamos analizar nombra a estos grupos como “indios
pampas o indios amigos”.
El censo provincial59 mandado a levantar por Rosas en 1836, arroja un total de 3.908
habitantes para toda la Guardia de Luján, en este año la Guardia tenía un total de 16
cuarteles con sus respectivos alcaldes o tenientes alcaldes, personal estos últimos
dependientes del Juez de Paz de la Guardia 60. En “Las Saladas” o “Costa de Las
Saladas”, como escribe el teniente alcalde Ribero, que es el cuartel donde ocurrieron los
hechos a relatar, habitaban 254 personas. En el censo también se especifica el cuartel de
“Saladas Arriba” que vendría ser al noroeste de Las Saladas con un total de 286. Este
arroyo actualmente divide los partidos de Suipacha y Chivilcoy, pero para la época era
todo territorio de la Guardia de Lujan, actual Mercedes.
Otros pagos o cuarteles cercanos eran Monte de los Gallegos a cuatro leguas de la
Guardia por el oeste con 272 personas; Leones con 542 personas, zona que luego (1864)
conformará a grandes rasgos lo que actualmente es el partido de Suipacha 61, hasta Las
Saladas que comienza Chivilcoy, siempre por el oeste. Cañada Rica es otro lugar
cercano hacia el sudoeste de la Guardia (hacia Navarro actual) con unos 827 habitantes.
54 Recordemos que en 1777 este Puesto de las Saladas, iba a ser el lugar de traslado del fuerte de la
Guardia de Luján (Mercedes) a pedido del Virrey Cevallos, a lo que el capitán del fuerte José Vague se
opuso por diversos problemas logísticos. Ver, Alfredo A. Iribarren “El origen de la ciudad de Mercedes”.
Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires. La Plata, 1937. p.41.
55 Para una descripción de esta región ver “Diario de un viaje a las Salinas Grandes, en los campos del
sud de Buenos Aires. Coronel Don Pedro Andrés García (1810). Primera Edición. Imprenta del Estado.
Buenos Aires, 1836.
56 Tabossi, R., Historia de la Guardia de Lujan durante el periodo hispano indiano, La Plata, Archivo
Histórico de la Provincia de Buenos Aires, 1989.
57 Andreucci, B., “Tierras libres hacia el oeste. Población y Sociedad en la frontera bonaerense: La
Guardia de Luján entre 1785-1837", Tesis de Maestría inédita, Universidad Nacional de Luján, 2004.
58. Sobre los grupos de indios de la región y sus distintas “denominaciones” ver; Ratto S. M. Redes
políticas en la frontera bonaerense (1836-1873). Crónica de un final anunciado. Universidad Nacional
de Quilmes. 2015. pp. 30-34.
59 AR_AGN_ MG01_S10-1834
60 Fradkin, R. O. y Barral, María Elena., “Los pueblos y las estructuras de poder institucional en la
campaña bonaerense (1785-1836). En Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr.
Emilio Ravignani” Tercera serie, núm. 27, 1er. semestre 2005
61 Quartaruolo, M. V., “Suipacha: origen, nacimiento del partido y la ciudad”. Separata del III Congreso
de Historia Argentina y Regional, Santa Fe - Paraná 10-12 de Julio de 1975.
21
En resumen, sin contar los pobladores de la Guardia de Luján (Mercedes) y Chivilcoy,
los cuarteles/pagos que corren principalmente el oeste de la Guardia suman un total de
2.211 habitantes. 62
Tengamos en cuenta que el padrón solo censa a los dueños de casas, estancias,
chacras o quintas y si el censado en blanco, pardo y negro y extranjeros. Además de la
tropa y familia de tropa. Según Ratto (2015), los indios se incluían en las categorías de
pardos, morenos, extranjeros y tropa o eran “blanqueados” por el censista, lógica que
tenía que ver si era conocido en el lugar o incluso tenía alguna propiedad 63, como era el
caso de Felipe Alarcón y familia que por lo que se deduce tenía una casa/pulpería, que
seguramente sería un rancho de adobe. Una última opción, según la autora, era
directamente “no incluirlos” en las planillas censales, con lo que esta fuente no sería del
todo segura a la hora de tener un detalle poblacional.
La presencia de grupos indígenas conviviendo de forma pacífica con los demás
grupos habitacionales, sin embargo, no es exclusiva de las fuentes censales. Como
demuestra Ratto, entre la población criolla vivía una “compacta población” indígena
entre ellos64. Y diversas fuentes documentales, agregamos nosotros, dan cuenta de esta
afirmación. Tal el caso, por ejemplo, de los expedientes criminales, partes de
comandantes militares y jueces de paz, relación de viajeros, correspondencia, cuentas,
entre otros.
Es interesante observar esta cotidianidad en las relaciones de los “diferentes” grupos
poblacionales que conviven en una región alejada de centros poblacionales. La Guardia
se encuentra como ya dijimos a 6 leguas aproximadamente al este; la posta del Durazno
62 Además del ya citado Tabossi, otros autores que se pueden consultar sobre la ocupación del espacio en
esta región son: Bechis, M. (1999). Ratto (2003, 2015). Fradkin y Barral (2005). Nespolo (2005).
Nacuzzi (2014). Barcos (2007). Andreucci (2004-2011), entre otros.
63 Ratto, S. M. Redes políticas en la frontera bonaerense (1836-1873). Crónica de un final anunciado.
Universidad Nacional de Quilmes. 2015, p.30
64 Ibidem p. 31.
22
o Leones, que luego en 1864 formará el partido de Suipacha 65, está más cerca, a una
legua también hacia el este, Chivilcoy a unas 6 leguas hacia el oeste. Esta convivencia
de la que habla Ratto es confirmada en por estos grupos que se “necesitan” para
trabajar, abastecerse, defenderse en un medio feraz y fronterizo.
Así, Felipe es un indio que ha logrado ser conocido por sus vecinos que le compran.
En su pulpería se encuentran sus “paisanos” los indios, uno de sus hijos le ceba mate a
“un hombre rubio” fuera de la pulpería. Torres, uno de los acusados “trata de darles
trabajo a los indios siempre que puede” y respeta el enojo de Felipe sin contestarle; las
autoridades del lugar los conocen a sus familias, los propietarios de tierras como
Barrancos los “deja” establecerse en las mismas para vender los productos. Son “indios
amigos” que con el tiempo seguramente se “blanquean” o no, obtienen algún pedazo de
tierra, crían ganado y siembran trigo o maíz o fabrican quesos.
El coronel García en su viaje a las Salinas Grandes pasa por esta zona del Durazno y
Las Saladas unas décadas antes (en 1810), y describe la producción y la población del
lugar, no sin cierta inquietud al observar: “...alcancé la tropa en el paraje nombrado el
“Durazno”, donde se durmió, sin haberse hecho observación alguna astronómica. El
terreno que media desde la Guardia hasta este punto, de poco más de 3 leguas, es
feracísimo, firme y de excelentes pastos para los ganados, y escasos de aguadas; todo él
es una población no interrumpida de chacras, en que se ven sembrados pequeños
trigales muy frondosos, algunos ganados vacunos y caballares, con pocos puestos de
haciendas, que todos deberían estar sujetos a población; porque cada una de estas
poblaciones es un receptáculo de indios, y todos confidentes y aliados para los robos y
extracciones que se hacen por un pequeño y mísero interés; además de estar expuestos
en sus vidas y haciendas a cualquier desagrado de los mismos indios.”. 66
Al otro día destaca:
“...y emprendida la marcha de la tarde, llegamos al paraje nombrado las Saladas, que
es el fin de nuestras poblaciones, más internadas por este punto al infiel, y sobre una
cañada, que, según su profundidad y cauce, aunque extenso, manifiesta recibir muchas
aguas en tiempo de ellas, por las que recibe de otras.
Los terrenos hasta esta cañada mejoran siempre a los anteriores en feracidad y
firmeza de piso, con excelentes pastos. Aquí se miran los trigales más frondosos y
totalmente limpios de maleza; las poblaciones son menos, y sumamente míseras, pero
con numerosas familias, que hacen su principal negocio en quesos, para lo que
conservan gran número de vacas de leche, gallinas, poco ganado caballar, y escasas
siembras de maíz. Estas poblaciones son seguras posadas de los indios infieles que
hacen tránsito a las Guardias o a nuestros campos, unas veces de buena fe, y siempre
que tengan proporción, de mala y en tanto conservan buena correspondencia, en cuanto
les interesa el volver; que en el caso contrario les roban lo que pueden, y hacen alarde
de ello”67.
Este diario de marcha es de 1810, y ya García destaca esta “convivencia”, para el
negativa, entre indios y “blancos”, que tratan de sobrevivir en el medio geográfico, y
que él ve “sumamente míseras”. Se destaca como dato curioso la producción de quesos
en la zona”.
65 Alonso, G. F. “Una aproximación a los orígenes del Partido de Suipacha (1745-1836).” En Revista
Mimeo. Buenos Aires, 2008.
66 “Diario de un viaje a las Salinas Grandes, en los campos del sud de Buenos Aires. Coronel Don Pedro
Andrés García (1810). Primera Edición. Imprenta del Estado. Buenos Aires, 1836. p. 102
67 Ib. p. 103.
23
Preparando el asalto
El día anterior a los asesinatos, Gabriel Torres fue a comprar un poco de yerba a la
pulpería del indio Felipe. Al pesar la yerba, Felipe nota que Gabriel había colocado en
la balanza unos terroncitos (de azúcar), unas espigas de maíz y un marlo, alterando el
peso de la venta, Felipe se negó a venderle diciéndole “...que se vaya a la Guardia a
comprar”, le “...echo una puteada y se fue…” hablándole en su lengua y dejando solo a
Torres, quien prefirió quedarse callado (tal vez porque no entendió). Finalmente, la
esposa de Lorenzo, hermano de Felipe, le vendió la yerba. 68
Según el indiecito Santiago, hijo de Felipe de unos 10 años, al salir de la pulpería le
oyó decir a Torres, mientras él le cebaba un mate a un hombre rubio, “...era bueno matar
aquel indio…”, pero el otro hombre se opuso.69
Domingo Porcel, otros de los acusados, merodeo la casa/pulpería de Felipe y familia
el día anterior a las muertes. El lunes durmió en lo de Torres, ya que en el campo de
este tiene unas haciendas de su propiedad. Por la mañana fue a lo de Felipe, no sin antes
pasar por lo de Gorostiaga a quien le debía unos pesos, a comprar yerba y tabaco y al
pagarle con cinco pesos Felipe saco una bolsita “con cobres” por un valor de 97 pesos
para darle cambio. Domingo se los contó y le aconsejo que los guardara en un baúl.
Porcel volvió al día siguiente un par de veces a buscar a Felipe, pero no lo encontró,
pero no se sabe para que lo buscaba.
Los hechos
Eustaquio Ribero, teniente alcalde de Las Saladas en julio de 1836, es anoticiado por
Santiago Alarcón, hijo del indio Felipe Alarcón, que el día 12 como a las ocho de la
noche llegaron tres hombres de a caballo a su casa y “asesinaron” a su padre, a su
madrastra y a su tío, y luego “saquearon” toda la casa. Ribero inmediatamente busca
ayuda, y con Jacinto Barroso y otro vecino, Ramón Toledo, se apersonan en la casa de
los Alarcón. Al llegar encontraron una escena terrible. Felipe tenía una estocada en el
“bacío” derecho y otra en el izquierdo bajo el brazo y un hachazo en la cabeza que
supuestamente fueron hechas por un sable. Su hermando Lorenzo dos heridas en la
cabeza y una en la frente, también con un sable. La china Clara, esposa de Felipe una
herida en la cabeza y otra en el brazo izquierdo, vivió un tiempo y murió. Felipe y
Clara estaban adentro de la casa y Lorenzo afuera, en el patio.
Ribero y sus ayudantes registraron el lugar sin encontrar nada, luego procedieron a
enterrar a los tres muertos junto con los indios vecinos que se habían acercado al lugar,
Cristóbal, Ramón, Benancia, Alonso, Juan José, Mariano y que luego llegaron Narciso y
Gabriel Torres (no se aclara si es el acusado Torres).
Luego de enterrar los cuerpos cerca de la casa, Ribero encuentra un rastro en
dirección norte como a una cuadra para luego girar hacia el sur hacia “la casa de Torres”
y de Patricio Casas, encontrando ahí yerba y tabaco tirados por el suelo.
Volviendo al lugar de los hechos, Santiago Alarcón hijo de Felipe de unos 10 años
asegura que como a las 7 de la tarde llegaron tres hombres y que él se fue a la cocina y
cuando salió estaban su padre y su tío muertos y su madre mal herida y que murió al
otro día, y que se robaron la yerba, tabaco y dinero y otras cosas y que se fueron hacia la
cañada (de las Saladas).
24
Mapa de Buenos Aires, año 1858 - Mapoteca I 203 (AGN).
Jacinta, una china pampa de 55 años, esposa del muerto Lorenzo, vio a tres hombres
de a caballo y dijeron “venimos a matar al indio Felipe” y acometieron con los sables,
que Clara se resistió con un asador. Ella estaba un cuarto y disparo al campo, pero al
regresar la hirieron con un sable 70.
Según los testigos y las diligencias llevadas a cabo por el teniente alcalde Ribero y el
comandante del 2do regimiento de campaña José Ramos, todos apuntan a Torres y a
Porcel como los causantes de las muertes. Torres por la “pelea” y los dichos que tuvo el
25
día anterior con Felipe, y Porcel porque sabía y había “bombeado”, según los dichos
del indio Santiago, de que tenía 97 pesos en cobre y le aconsejo guardarlos en un baúl.
Además, Ribero al seguir los rastros notó restos de yerba y tabaco hacia la casa de un tal
Casas muy cercana a la de Torres. Porcel también había estado ese día en la casa de
Torres y visito un par de veces a Felipe en su pulpería sin encontrarlo. El tercer sujeto
Baltasar Gorosito, cuñado de Porcel, parece haber estado fuera de la casa sin intervenir
y no se sabe que paso con él, tal vez sea ese hombre rubio del que hablan testigos que lo
vieron en la pulpería anterior a los hechos, y que se “conchababa en lo de Barrancos y
que no se vio más”.
Jacinta, la india herida y el hijo de Felipe, Santiago, “aseguran que los asesinatos
fueron cometidos por Torres y Porcel”.
Los arrestos
Así los hechos, el 19 de Julio las autoridades procedieron al arresto de Torres y Porcel y
a realizar el embargo de sus bienes en la Guardia de Luján. A mediados de septiembre
de 1836 los acusados ya se encuentran a disposición del juez del crimen Baldomero
García en la ciudad de Buenos Aires. Pero, ¿quiénes eran estas dos personas que
supuestamente cometieron tales asesinatos?
Gabriel Torres tiene 59 años y es de Santiago del Estero, está casado y tiene 2 hijos,
uno de 12 y otro de 6. Vive como a 30 cuadras de las muertes, en un rancho con cocina
y horno de pan. Tiene un mortero, un arado con yugos, un asador y una batea. Posee dos
caballos, tres yeguas y unas 300 ovejas. Con Felipe Barrancos, el estanciero fuerte de la
zona, tiene 39 vacunos a medias71.
Según su vecino Patricio Casas, Torres es un “defendido” de Felipe Barrancos con
quien, según Casas, tienen unas 100 vacas a medias. Que un día Torres le carneó un toro
a Barrancos y cuando él lo denuncio este dijo que no iba a hacer nada. Además, en su
declaración Casas asegura que en lo de Torres ha visto “reuniones de ganados
desconocidos” y que en casa de Torres nunca ha visto “persona de fundamento”. 72
Según Barrancos, Torres y Casas son “habilitados” de él, que están en sus terrenos.
Que Casas odiaba a Torres pero que ambos son buenos hombres, pero Casas es de “muy
mal genio” y que por eso lo despidió, y porque además hirió a un vecino con un
cuchillo.
Que no sabe mucho si hay reuniones de “gauchos” en la casa de Torres porque hace un
año y siete meses que falta a su casa y “que vive en Buenos Aires como una cárcel”. Por
lo que se infiere, Barrancos tenía una causa y no podía salir de la ciudad.
Posteriormente, en 1839, a Barrancos se le embargaran sus bienes por “salvaje unitario”
y se retira a Montevideo con su familia.
Domingo Porcel también es Santiagueño, de 50 y “tantos” años, casado, labrador.
Tiene dos ranchos y cocina, dos arados, ollas, baúles, hachas y azuelas, palas, asadores,
una carreta con aperos, 15 yeguas, dos potros, y cuatro caballos. Cinco fanegas de trigo
sembrado y siete bueyes y tres vacas 73.
Como vemos, son pequeños productores de la zona, no dice claramente si son
propietarios. Torres es un “habilitado” de Felipe Barrancos y comparte una porción de
sus ganados con él. Es un migrante santiagueño de avanzada edad y con familia, y
seguramente con años de asentamiento.
26
Porcel tiene edad similar a Torres, por sus bienes parece efectivamente dedicarse más
a la agricultura que a la cría. También es Santiagueño con familia. Igual que Torres
tiene un rancho con cocina 74.
El Proceso
Los jueces de Paz de la campaña de Buenos Aires eran jueces legos, y en general no
conocían las formas del proceso judicial, por eso al remitir los escritos y declaraciones
de testigos al juez de primera instancia en Buenos Aires, en este caso el juez del crimen
Baldomero García, este envía nuevas instrucciones al Juez de Paz de la Guardia de
Luján para que repregunte o llame a nuevos testigos a declarar, para así mejorar y tener
más claridad de los hechos75.
Entre las instrucciones del juez se destacan la necesidad de un cirujano para verificar
las muertes o detalles tales como si los indios que declaran son cristianos o no. El juez
apunta a verificar también la relación de las participantes previas al hecho, sobre todo la
relación de Torres con Alarcón cuando tienen un encuentro verbal el día anterior, o el
grado de amistad de Felipe Barrancos con Torres.
Luego de varios meses de arresto en Buenos Aires, los acusados realizan una
solicitud en enero de 1837 para ser excarcelados, aduciendo tener fiadores que
garantizan su buena reputación. Estos fiadores son vecinos de la zona como Wenseslao
Villafañe o Domingo Gorostiaga, gran propietario de las tierras entre Las Saladas y
Chivilcoy. Asimismo, recordemos que otro gran propietario como Felipe Barrancos le
restó importancia a las acusaciones vertidas contra Torres cuando fue acusado de
haberle carneado un toro de su propiedad.
Asimismo, la esposa de Porcel, Bartola Gorosito, ya en diciembre de 1836, presenta
un escrito para que se le desembarguen los trigos para poder cosechar y no perder lo
sembrado, y el mismo Torres ya en agosto llega a solicitar al mismo gobernador ser
liberado “por ser Federal”76
En abril de 1837 el Agente Fiscal del caso presenta su escrito en el que aduce que ya
se hicieron todas las averiguaciones pertinentes y no hay pruebas suficientes para seguir
manteniendo preso a los acusados. Solo haría falta encontrar a ese misterioso hombre
rubio que no aparece por ningún lado y que la esposa de Barrancos en su declaración
sostiene que “hace tiempo que no tiene un peón rubio en su estancia”.
En este mismo escrito el fiscal dice que Torres sostiene que el indio Santiago miente
al sobre el hombre Rubio porque no sabe su nombre y que debería saberlo porque el
conoce a todos los peones de Barrancos. Torres insiste en que no quiso enojarse con
Felipe por el tema del peso de la yerba, y se lo dijo a su esposa en ese momento cuando
74 Para este tema de la producción y ocupación del espacio ver entre otros a: Garavaglia, J.C. Pastores y
labradores de Buenos Aires. Una historia agraria de la campaña bonaerense, 1700-1830. Buenos Aires,
Ediciones de la Flor, 1999. 385 páginas. Fradkin, R., Canedo, M. y Mateo, J., (comps.), Tierra, población
y relaciones sociales en la campaña bonaerense (siglos XVIII y XIX), GIHRR/UNMDP, Mar del Plata,
1999.
75 Para el funcionamiento de los Juzgados de Paz en la campaña y la justicia letrada en la ciudad de
Buenos Aires ver: Garavaglia, J.C. “Paz, orden y trabajo en la campaña: la justicia rural y los juzgados de
paz en Buenos Aires, 1830-1852”, en Desarrollo Económico, Buenos Aires, N°146, 1997; Fradkin, R. O.
y Barral, M. E. “Los pueblos y las estructuras de poder institucional en la campaña bonaerense (1785-
1836). En Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” Tercera serie,
núm. 27, 1er. semestre 2005.
76 AR_AGN_JP01_S10-1830 Secretaría de Rosas. 10 de agosto de 1836.
27
“ella tejía en un toldo cercano” a la pulpería y que él se sintió “incómodo” con el enojo
de su esposo77.
Torres, siempre según el escrito del Fiscal, trata de hacer entender su buena relación
con estos “indios amigos” y que siempre los tiene como peones para cuidar su hacienda.
Que él siempre ha “hecho servicios a los indios” y que iban a su casa a buscar trabajo
que siempre trato de darles.
Confesó también Torres que ya de mozo nadie puede decir que fue “vago, mal
entretenido y pendenciero, y ahora ya de grande y con familia y fortuna hecha no iba a
cometer tal “atentado”. Finalmente, a las acusaciones de que los rastros de yerba y
tabaco iban hacia el rumbo de su casa, dijo que más bien iban para la de Casas, “según
oyó decir en casa de los indios”. Cabe dudar de porque en tal caso no se investigó más a
este Patricio Casas, que según parece los rastros de yerba estaban más cerca de su casa,
y teniendo en cuenta su enemistad con Torres podría haberlo inculpado. Como dato a
tener en cuenta, unos meses después de estos hechos Pedro Casas es nombrado Juez de
Paz de la Guardia de Luján, habría que ver qué relación tenían estos Casas y si
influenció en evitar que Casas fuera arrestado.
La confesión de Porcel ante el Fiscal tiene algunos puntos oscuros, ya que no queda
claro cuando tomó mates en la casa de Felipe, si fue por la mañana o la tarde de los
asesinatos. Según él fue por la mañana, pero según testigos fue por la tarde y, más
importante aún, que niega haber contado el dinero que tenía el indio Felipe en una
bolsita, que varias personas aseguran haber visto.
Estas sospechas, según el Fiscal, dan materia para que se le forme causa de culpa y
cargo de haber sido uno de los autores del crimen. Su cercanía con Torres los días
anteriores a los hechos, sumado a la discusión de Torres con Felipe, haber pasado la
noche con Torres (cosa no habitual entre ellos) y el día de los asesinatos, haber sido
acompañados por un tercero y fueron tres los asesinos, suman circunstancias que los
incriminan a los dos.
Sin embargo, en el escrito final del Agente Fiscal al Juez del Crimen del 19 de mayo
de 183778, a pesar de algunas pequeñas contradicciones que se observan, sobre todo en
la relación un tanto desacostumbrada de esos días de Torres y Porcel, no encuentra
“merito bastante para formalizar acusación” y deben absolverse los presos Gabriel
Torres y Domingo Porcel. Los autos deben pasar al Supremo Gobierno en estado de
Sentencia.
Previo a esta última instancia judicial, es el letrado defensor de los acusados, José
Barros de Pazos el que interviene. En su escrito Barros de Pazos comienza por criticar el
accionar del oficial público que levantó la sumaria contra sus defendidos, en este caso el
Juez de Paz de la Guardia de Luján. Sostiene este que no se ha encontrado en el proceso
dato alguno para acusar a Torres y Porcel y que de ninguna manera debieron ser
arrestados.
Luego comienza a enumerar los puntos por los que fueron acusados y la
inconsistencia de los mismos. Que Torres fue el menos ofendido en el encuentro verbal
que tuvo con Felipe y que en realidad fue este último el más enojado. Que los rastros de
yerba estaban más cercanos a la casa de Casas y no de la de Torres. Otro, que el testigo
Santiago Alarcón no tiene aun 20 años y según las leyes no puede declarar en un juicio
criminal. Que no se puede acusar de un delito semejante sin que las “pruebas sean tan
claras como la luz”.
Finalmente, sostiene el defensor, la prueba más grande de que no se los puede acusar
es que está probado que “la noche de los asesinatos estaban en sus casas”. Por último,
28
pesa en la consideración de la justicia el que estos hombres nunca tuvieron problemas
con la misma y que son bien reputados en la Guardia de Luján, su lugar de pertenencia
social.
No menos importante es que estos hombres han “servido a la tierra peleando contra los
indios enemigos y han peleado al lado del Ilustre Restaurador de las Leyes contra los
amotinados del 1ero de diciembre y contra los que sostenían la autoridad traidora de
Balcarce”. 79
El 27 de junio de 1837 el Oficial encargado de autorizar las resoluciones supremas
del departamento de gobierno Agustín Garrigós, firma la sentencia definitiva para que
se “restituyan a los goces de sus libertades los presos Gabriel Torres y Domingo Porcel
el 9 de Julio del presente año”.80
Hemos revisado diversos fondos y series documentales tratando de verificar si el
juicio a Torres y Porcel continuo en instancia de apelación, pero no ha sido posible
encontrar más registros documentales. Los informes del juez de paz de la Guardia de
Luján durante el año 1837 o posteriores81 no mencionan el caso, ni tampoco los partes
policiales o de los comandantes militares. Los asesinatos perpetrados contra Felipe, su
hermano Lorenzo, y su esposa Clara quedaron, según parece, sin resolución.
Sin embargo, a través del análisis de la fuente en cuestión podemos observar, aunque
sea en la mención de algunos detalles, la cotidianeidad y las relaciones que se daban
entre las diferentes etnias representadas.
Por ejemplo, la pulpería de Felipe es un lugar de contacto interétnico. El “indiecito
Santiago” le ceba mate al “hombre rubio” misterioso que charla fuera de la pulpería con
Torres el día de la discusión que tiene este último con el dueño de la pulpería. Y es el
mismo Torres el que luego se acerca al “toldo donde teje” Clara a comentarle el enojo
de su marido con él. Según su declaración el siempre trata de ayudar a los indios que
vienen a pedirle trabajo y los indios vienen a él a pedirle ayuda.
El conocimiento topográfico y de vecindad es palpable en las declaraciones de
testigos y acusados. Todos saben dónde vive cada uno y a que distancia están las casas.
Evidentemente la ocupación de esos espacios no es de inmediatez, tal vez tengan
algunos años de estancia en la zona. Gregorio y José Alarcón están censados en 1836 en
el cuartel de Leones como “blancos”, con un total de 8 y 7 integrantes de la unidad
censal cada uno respectivamente, tal vez estos sean familiares de Felipe Alarcón 82.
Las relaciones de producción también es posible observar por ejemplo cuando se les
embargan los bienes a los acusados. Torres es medianero de un propietario grande de
tierras como es Felipe Barrancos, de arraigo en la zona. Se ve que es un criador de
ovejas y de ganado vacuno que comparte con Barrancos, y por lo que parece este
asentado en tierras de este. También siembran algunas fanegas de trigo. Porcel parece
ser más parecido a un labrador por los bienes que tiene y porque en su declaración se lo
cataloga como tal. Entre ellos dos crían algún ganado juntos.
En fin, criollos e indios parecen en cierta manera “convivir precariamente” en un
medio fronterizo empobrecido y en el cual parecen necesitarse mutuamente. Sin
embargo, al momento de aplicar justicia contra criollos con cierta cercanía personal con
propietarios de la zona, como es el caso de Torres con Barrancos, y Porcel que tiene
negocios con Gorostiaga; los cuales encuentran defensores letrados en la ciudad de
Buenos Aires para su defensa; que tienen fiadores que los respaldan; que “recurren” a su
29
pasado como buenos “Federales”, la vara de la justicia parece inclinarse hacia un lado,
posando un manto de oscuridad sobre quien o quienes verdaderamente asesinaron a esos
tres pobladores indios. ●
Bibliografía
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30
Uniformología
El curioso caso de los botones de los Infernales84 y cómo un simple documento del
Archivo General de la Nación permite asomarse a las tensiones políticas entre Güemes,
Rondeau y el poder central, en plena guerra por la independencia.
La conocida expresión ‘para muestra, basta un botón’ suele vincularse a una anécdota
que circula en torno a Paul von Hindenburg, el general prusiano que en 1914 alcanzó
notoriedad tras la victoria de Tannenberg y fue por ello, ascendido a mariscal de campo.
Hombre meticuloso y de rígido sentido del orden, heredero de la disciplina prusiana,
habría sorprendido a sus oficiales durante una revista al detenerse en un detalle mínimo:
la ausencia de un botón en la guerrera de un soldado. En el relato, uno de sus
subordinados objetó que juzgar a un hombre por un botón era desmedido; a lo que
Hindenburg habría replicado que en la vida militar las pequeñas faltas suelen ser el
espejo de las grandes, y que quien descuida lo más simple difícilmente cumplirá en lo
esencial. De allí, supuestamente, la célebre frase. Como tantas historias demasiado
perfectas, la anécdota funciona más como moraleja que como hecho comprobado.
Como la manzana de Newton o el ‘¡Eureka!’ de Arquímedes, hay escenas mínimas
que logran fijar una idea más allá de su veracidad. La fuerza no está en el dato, sino en
su forma memorable. En historia militar, también: a veces, un botón basta para evocar
un relato entero.
Si buscamos más atrás en el tiempo, encontramos que la expresión ya circulaba en el
habla culta hacia fines del siglo XIX. En Fortunata y Jacinta, publicada en 1887, Benito
Pérez Galdós —con la mordacidad que lo caracteriza— la pone en boca de uno de sus
personajes, pero invirtiendo su sentido:
83
Profesor de Historia, Licenciado. Investigador histórico militar y recreador histórico, especializado en
las tropas regulares de la provincia de Salta durante la Guerra de la Independencia.
84
Se conoce así a la división Infernal de Gauchos de Línea creado por Martín Miguel de Güemes en
1815. Véase Popolizio, G. Los Infernales de Güemes. Versión online:
[Link]
31
vez de arrojar vergüenza sobre el sujeto, lo que hace es enaltecerlo y quizás
honrarle.”85
En ese entonces, Paul von Hindenburg tenía apenas treinta años y acababa de ser
ascendido a capitán. Si bien su uso posterior del dicho no puede descartarse, resulta
claro que no fue su autor.
Hay quienes proponen un origen más terrenal, vinculado a la práctica común en las
mercerías de fijar un botón a cada cajón para identificar su contenido, facilitando así la
búsqueda. Un solo botón, como emblema deun conjunto, habría servido de metáfora
para lo que el refrán terminó condensando.
En realidad, “para muestra basta un botón” forma parte de una extensa tradición
proverbial que atraviesa culturas y lenguas. Ya sea un bocado de pudín, una uña de león
o un fragmento de cerámica, la sabiduría popular ha encontrado múltiples formas de
expresar una misma idea: que lo parcial, si está bien elegido, puede reflejar la totalidad.
Estos paralelismos no sólo evidencian una lógica compartida, sino también una
experiencia humana común: la necesidad de leer el mundo a través de signos pequeños
pero elocuentes. El origen exacto de la frase, sin embargo, se diluye en el tiempo como
tantas otras expresiones que nacen del uso colectivo antes que de una pluma individual.
Como ocurre tantas veces en la tarea del historiador, una frase, una imagen o un
objeto mínimo puede abrir la puerta a un universo de significados. La historia del
presunto botón de Hindenburg no es más que una entre muchas: pequeñas escenas que,
reales o no, condensan una época, una ideología, una forma de entender el poder. Y si
hay un terreno fértil donde esos detalles han cobrado un valor simbólico excepcional, es
el de los uniformes, donde el botón dejó de ser solo costura para convertirse en mensaje.
¿Por qué los soldados tienen botones en las mangas?
85
Pérez Galdós, B., Fortunata y Jacinta, Facediciones, 1993, pág. 385.
32
A lo largo de los siglos, los uniformes militares han sido mucho más que simples
prendas de vestir. Son estructuras simbólicas: configuran jerarquías, imponen disciplina,
regulan el cuerpo. En ese entramado, hay detalles que, a primera vista, parecen triviales,
pero que llevan siglos repitiéndose con obstinación. Uno de ellos es la hilera de botones
en los puños de las casacas, chaquetas y chaquetones. Otro, menos mencionado, pero
igual de elocuente, es el adorno en forma de espiga o punta, formado por galones
apareados, que remata esas mismas bocamangas, o que se ubica dentro de ellas. Se lo
conoce como sardineta
Cartera de chaqueta casaca perteneciente al 51eme de ligne francés, hacia 1815 (reconstrucción del
autor).
Ni los botones ni las sardinetas cumplen hoy una función práctica evidente. Pero en el
pasado, muchos de esos botones sí eran funcionales: permitían abrir el puño, facilitar el
calzado de la chaqueta o casaca, ajustar la bocamanga. Con el tiempo, incluso cuando
esa utilidad desapareció, los botones continuaron colocándose por convención, hasta
33
adquirir un valor puramente simbólico o decorativo. De igual forma, las sardinetas —
que hoy podrían parecer meramente ornamentales— cumplieron un rol visual riguroso
en la organización del uniforme, especialmente en cuerpos de élite.
Una leyenda muy difundida —en guías de museos, artículos de divulgación e incluso
tratados de uniformología— sostiene que los botones fueron cosidos en los puños para
evitar que los soldados se secaran la nariz o el sudor con las mangas. La lógica es
sencilla: botones metálicos, fríos y ásperos, harían desagradable ese gesto instintivo.
Resultado: se corrige una costumbre considerada indeseable sin necesidad de dar una
orden explícita. Algunos extienden esa función disuasoria también a las sardinetas,
debido a que están hechas con galones rígidos o bordados gruesos, capaces de
incomodar el contacto con el rostro.
El relato varía según el narrador. A veces se atribuye la medida a Federico II de
Prusia, obsesionado con la disciplina y el decoro. Otras veces, a Napoleón Bonaparte o
a Lord Nelson. Cambian los ejércitos, los mares y los regimientos, pero se repite la
escena: un comandante irritado ante una costumbre corporal y una orden ingeniosa para
eliminarla.
Entre todos, la figura de Federico es quizás la más adecuada para encarnar esa lógica.
Aunque no fue el primero en vestir a sus soldados con prendas reglamentadas, fue el
primero en llevar la idea de uniformidad hasta su extremo literal. Bajo su reinado
(1740–1786), Prusia no sólo se convirtió en una potencia militar, sino también en un
modelo de homogeneidad visual. Cada regimiento tenía colores definidos, patrones fijos
de vestimenta, y disposiciones invariables para vueltas, cuellos, botones y galones. La
presentación del soldado debía ser tan precisa como su paso o su formación.
Y en ese contexto, el uniforme dejó de ser solo ropa: se volvió pedagogía. La forma
de vestir y de moverse no eran expresiones individuales, sino signos visibles de
obediencia. El cuerpo entero era una superficie a ser controlada, corregida, alineada. Las
sardinetas, especialmente en unidades de élite como granaderos, reforzaban visualmente
34
esa lógica: decoraban, pero también marcaban, encuadraban, endurecían. Lo mismo
puede decirse de los botones en los puños, ya fueran funcionales o no. Ahora bien,
¿existen documentos que confirmen que Federico haya ordenado colocar botones o
sardinetas para disuadir el gesto de limpiarse la nariz? No. Ni en las ordenanzas de su
tiempo, ni en los diarios de campaña, ni en la profusa correspondencia con sus oficiales
aparece esa disposición. Como tantas historias perfectas, esta parece haber nacido
después, en un intento de dotar de sentido moral a un detalle técnico o estético. Pero que
el relato sea probablemente falso no lo convierte en inútil. Al contrario: revela cómo se
ha construido, con el tiempo, una pedagogía de la obediencia a partir de la imagen del
uniforme.
Como la manzana de Newton o el “¡Eureka!” de Arquímedes, esta anécdota sobre
botones y disciplina no necesita ser verdadera para ser elocuente. No nos dice lo que
pasó, pero sí lo que se esperaba, lo que se valoraba, lo que se proyectaba. No importa si
Federico pronunció o no esa orden: lo que importa es que su sistema de poder hacía
verosímil que lo hubiera hecho.
Napoleón y la disciplina en los puños
Entre fines del siglo XVIII y los primeros años del XIX, el ascenso de Napoleón
Bonaparte transformó el mapa político de Europa. En ese marco se inscribe una de las
versiones más difundidas del mito de los botones en los puños. Se dice que Napoleón,
observando cómo los soldados solían limpiarse la nariz o el sudor con las mangas,
ordenó colocar botones rígidos en los extremos de las casacas. El objetivo no era
funcional ni decorativo, sino correctivo: hacer incómodo ese gesto y, con ello, modificar
el comportamiento de la tropa sin necesidad de reprenderla. Una forma de disciplina
incorporada al propio uniforme.
Como sucede con otras leyendas, no existe evidencia documental que respalde esta
orden. No aparece en los reglamentos del Ministerio de la Guerra, ni en los partes del
Estado Mayor, ni en la profusa correspondencia de Napoleón. Más probablemente se
trata de una construcción posterior, una explicación moralizante que encajaba con la
imagen de un jefe exigente, detallista y obsesionado por el control visual de sus
ejércitos.
Sin embargo, aunque la anécdota resulte verosímil dentro del ideario napoleónico —
para el cual el ejército era también una institución civilizadora y el uniforme una pieza
clave de propaganda—, lo cierto es que botones y sardinetas en los puños ya se
utilizaban mucho antes. Hacia 1698, por ejemplo, el Régiment Hautefort-Dragons del
reinado de Luis XIV lucía ambos elementos en su casaca. En aquel entonces no eran
únicamente ornamentales: los botones permitían abrir y ajustar la bocamanga para
facilitar la colocación de la prenda o arremangarse en caso de trabajo, mientras que las
sardinetas reforzaban y decoraban visualmente el puño. La combinación de
funcionalidad y estética estaba ya plenamente asentada en la cultura militar del Antiguo
Régimen.
De este modo, la práctica antecedía en más de un siglo al mito napoleónico. Lo que
Napoleón no inventó, pero que sí parecía plausible atribuirle, era el uso de estos
recursos como parte de una pedagogía de la disciplina. Su fama de reglamentador
riguroso consolidó la anécdota, transformando un detalle heredado de los dragones del
Rey Sol en símbolo de la obsesión imperial por el control del cuerpo del soldado.
Nelson y la autoridad en alta mar
A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, la marina británica era probablemente
el instrumento militar más sofisticado del mundo. En ese universo jerárquico, donde la
disciplina era tan vital como la pólvora seca, el uniforme no era simplemente
vestimenta: era una extensión visible del orden naval. No sorprende entonces que, entre
35
los relatos que explican la aparición de botones en los puños de las casacas, aparezca el
nombre de uno de los grandes íconos de la Royal Navy: el vicealmirante Horatio Nelson
(1758–1805).
Según una versión difundida del mito, Nelson - famoso por su carisma y también por
su exigencia estética - habría ordenado colocar botones metálicos en los puños de los
uniformes de marineros y oficiales para evitar que se limpiaran la nariz o el sudor con la
manga. El roce de los botones haría esa acción incómoda o incluso dolorosa,
corrigiendo el hábito sin necesidad de amonestación. Era una forma indirecta de
disciplina: el uniforme mismo imponía la norma.
Tampoco aquí hay evidencia documental que lo confirme. Ningún reglamento de la
Admiralty británica ni las detalladas cartas de Nelson mencionan semejante disposición.
Sin embargo, la anécdota tiene coherencia simbólica. Nelson cultivó cuidadosamente su
imagen personal: llevaba uniformes vistosos, condecoraciones bien visibles, y prestaba
gran atención al porte y presentación de sus oficiales. En sus campañas más célebres —
Abukir, Copenhague, Trafalgar— supo que la apariencia del mando tenía un peso
táctico y psicológico. En ese sentido, su figura funcionaba como catalizador de un ideal
de disciplina naval, donde la indumentaria no solo protegía y distinguía, sino que
también educaba.
Pero la práctica de reforzar los puños con botones y sardinetas era mucho más
antigua. Un siglo antes, durante la Guerra de Sucesión Española, el ejército del duque
de Marlborough ya vestía casacas con mangas abotonadas y decoradas 86. Allí los
botones tenían una doble función: práctica/ornamental. A lo que ya era una convención
militar asentada, la posteridad lo convirtió, al proyectarlo sobre Nelson, en un gesto
disciplinario ingenioso. Así, el mito naval repite el mismo patrón que el napoleónico:
una leyenda moralizante construida a la medida de un jefe famoso por su carisma y su
rigor estético.
Y como en el caso de Napoleón o Federico, el verdadero valor del relato no está en su
literalidad, sino en lo que refleja: una época en la que el cuerpo militar debía estar
sometido no solo a la orden, sino también al diseño. Cuando el castigo podía no venir de
la voz del superior, sino de una costura en el lugar preciso.
Pero más allá del gesto disciplinario o del diseño funcional, hay momentos en que el
botón adquiere otro espesor: deja de ser adorno o mecanismo y se vuelve signo político.
Porque hay botones que figuran en documentos reales —oficios, inventarios, cartas— y
que no ajustan una manga, sino que revelan un momento. Toman tal vez un significado
más profundo: el de una coyuntura cargada de desconfianzas, de alianzas tensas, de
decisiones que exponen el pulso de la política más allá de los grandes discursos. Ya no
estamos ante una historia de costura, sino ante una página menor —pero elocuente— de
la historia política de nuestra independencia. Una página que confirma, esta vez sin
metáfora, que para muestra, basta un botón.
La reiteración de estas leyendas - ya fueran atribuidas a Federico, a Napoleón o a
Nelson - no solo revela la necesidad de dotar de sentido moral a los detalles del
uniforme. También nos recuerda que Europa fue el laboratorio donde se consolidó un
lenguaje visual de poder que luego se trasladó, casi sin mediaciones, a las colonias
americanas. Las casacas, los botones y las sardinetas no viajaban solos: llevaban
consigo un modo de entender la autoridad, de disciplinar cuerpos y de ordenar
jerarquías. Cuando cruzaron el Atlántico, esos signos no se limitaron a vestir a los
soldados: se convirtieron en marcas visibles de que la guerra y la política en América se
jugaban también en el terreno de la apariencia.
86
Barthorp, M., Marlborough’s Army 1702–11, Men-at-Arms Series, Nº 97, Osprey Publishing, Londres,
1982, p.. 45.
36
De Europa al nuevo continente
Cuando en 1810 se produce la ruptura con la monarquía española, los ejércitos patriotas
no nacen de la nada: surgen con oficiales formados en las estructuras del régimen
borbónico, con soldados que ya habían combatido bajo la bandera real, y —sobre
todo— con los mismos pertrechos, armas y uniformes que durante años respondieron al
orden colonial. El cambio político es drástico, pero el visual tarda más en llegar.
Durante los primeros años de guerra, no era extraño que un soldado realista y uno
patriota vistieran casi del mismo modo: casacas largas, vueltas contrastantes, cuellos
rígidos, botonaduras metálicas y colores tradicionales. La precariedad industrial del Río
de la Plata forzaba a reciclar todo lo disponible. Las tropas se vestían con lo que había:
depósitos coloniales, partidas recuperadas, prendas modificadas capturadas al enemigo.
Esa continuidad no implicaba desinterés: por el contrario, los documentos muestran una
constante preocupación por el estado del uniforme, su reposición y su ajuste a cada
contexto.
Mientras tanto, en el norte, comenzaban a gestarse respuestas nuevas. En septiembre
de 1815, el gobernador de Salta, Martín Miguel de Güemes, formalizó la creación de la
División Infernal de Gauchos de Línea. Los Infernales —como pronto se los
conocería— no fueron una simple regularización de partidas sueltas ni una prolongación
de milicias gauchas: constituyeron una unidad estratégica y política concebida para
37
operar como caballería de línea, pero profundamente adaptada al teatro de operaciones
del norte.
Sus hombres recibieron instrucción formal y fueron entrenados no solo para combatir
montados, sino como dragones: infantería a caballo, capaz de trasladarse velozmente,
desmontar en el momento oportuno y entrar en combate a pie, aprovechando la
sorpresa, la movilidad y el dominio del terreno como ventajas tácticas.
El modo de operar de los Infernales desbordaba los esquemas convencionales de la
caballería de época. Podían maniobrar por escuadrones y adoptar formaciones regulares
cuando la situación lo requería, pero su eficacia residía en la flexibilidad. Actuaban en
partidas móviles que atacaban los flancos, hostigaban la retaguardia o se disolvían en
quebradas y montes para reaparecer donde menos se los esperaba. Su doctrina
combinaba la disciplina de línea con la libertad táctica: una síntesis entre el combate
frontal y la guerra irregular.
Los uniformes de los Infernales fueron diseñados con los materiales disponibles en
plaza —paños, bayetas— y confeccionados con premura. Eran prendas austeras pero
reconocibles, adaptadas al combate en el terreno y a la necesidad de afirmar una
identidad visual propia frente al enemigo. El diseño era funcional y sobrio: chaqueta
corta azul con vivos, vueltas de manga y cuello grana; pantalón azul; y gorra cuartelera
del mismo azul con vivos grana. La escolta del gobernador —unidad separada dentro
del cuerpo— vestía el mismo modelo, pero con los colores invertidos: fondo grana y
vivos azules. Hubo incluso Infernales, como los de Uquía, que vistieron de verde con
vivos grana. No lucían sardinetas ni bordados dorados, pero sí llevaban un fuerte
sentido de pertenencia que haría de esos uniformes un emblema.
38
él se detalla la adquisición de 34 gruesas de botones grandes —equivalentes a 4896
unidades— y 25 gruesas de botones chicos —3600 en total—, por la suma de 135
pesos.
La primera lectura impacta por las cifras. Son grandes cantidades, que permiten
inferir que esos botones fueron destinados a uniformar a un número considerable de
hombres durante un período prolongado, o a toda la división, y dejar una cantidad
considerable para reposición. Todo indica que se trató de una provisión sustancial para
la División Infernal de Gauchos de Línea, en un momento en que cada recurso debía ser
gestionado con urgencia y sin desperdicio.
Pero una segunda lectura, menos literal y más atenta al contexto, revela algo más
profundo. Porque este documento —aparentemente trivial, ajeno al fragor del combate o
a los grandes nombres de la historia— encierra, sin embargo, un nudo de tensiones
políticas, de decisiones logísticas con implicancias estratégicas, y de gestos que se
movían en la delgada línea entre lo administrativo y lo simbólico. Como tantas veces, lo
que parece menor resulta ser clave.
Cuando uno se adentra en los años más intensos de la guerra de independencia en el
norte, es fácil dejarse arrastrar por la épica. La imagen de los Infernales atravesando los
cerros, el ímpetu de Güemes movilizando a su pueblo, la firmeza del gaucho frente al
invasor: todo eso compone el relato heroico que ha perdurado. Pero detrás de esa escena
visible se tejía otra trama, menos conocida y no por ello menos decisiva. Una trama de
tensiones jurisdiccionales, roces entre autoridades revolucionarias, y debates aún
abiertos sobre el significado de soberanía en tiempos de revolución.
Entre septiembre de 1815 y agosto de 1816, la provincia de Salta se convirtió en
escenario de un conflicto político que trascendía largamente lo local. Se trataba, en el
fondo, de una disputa sobre quién detentaba el poder legítimo para conducir la guerra,
organizar los recursos, y hablar en nombre de “la patria”. Martín Miguel de Güemes,
electo gobernador por el Cabildo salteño en mayo de 1815, no era un caudillo
improvisado: era un oficial con trayectoria, vinculado a la Revolución desde sus inicios,
con conocimiento del terreno y de la política local. Su elección había sido el resultado
de una sucesión de desgastes institucionales, pero también de una voluntad explícita del
pueblo salteño de asumir un protagonismo propio.
El problema es que esa decisión chocaba con otras dos estructuras de poder que no
estaban dispuestas a ceder fácilmente: el Ejército Auxiliar del Perú, comandado por el
general José Rondeau, y el Cabildo de Jujuy, entonces bajo su jurisdicción pero con
creciente autonomía. Rondeau había sido nombrado Director Supremo Provisorio por el
Congreso de Tucumán, aunque en la práctica su lugar era ocupado interinamente por
Álvarez Thomas, desde Buenos Aires. El Cabildo de Jujuy, por su parte, reclamaba con
razón no haber participado de la elección de Güemes, y consideraba ilegítima una
autoridad impuesta sin consulta. La tensión estaba servida: la revolución, que había
nacido con un discurso de unidad, comenzaba a mostrar sus fisuras.
Lejos de tratarse de un conflicto meramente personal - como con frecuencia se lo ha
presentado - el enfrentamiento entre estas autoridades ponía sobre la mesa una cuestión
mayor: la de los derechos de los pueblos. ¿Quién tenía la potestad de nombrar a sus
gobernantes? ¿Hasta dónde debía llegar la obediencia a un gobierno central en guerra?
¿Cuál era el lugar de los ejércitos en la construcción de una nación aún por definirse?
En ese marco, cada decisión adquiría un peso desmesurado. La movilización de
recursos, el manejo de tropas, la propiedad de las armas, incluso la administración del
castigo a los desertores, eran campos de disputa donde se jugaban principios más
profundos. Güemes no se oponía a la ayuda al Ejército del Norte, pero exigía respeto
por la situación crítica de su provincia y el derecho a organizar la defensa con
39
autonomía. Rondeau, en cambio, representaba una concepción centralista del poder
revolucionario, donde las provincias debían subordinarse a las directrices del ejército
nacional, aún si ello implicaba forzar los límites de las jurisdicciones heredadas del
orden colonial.
Fue, en verdad, una confrontación más profunda de lo que la historiografía tradicional
ha querido ver. No se trataba solo de choques de carácter o malentendidos logísticos:
era un conflicto estructural, tejido con oficios cruzados, cabildos abiertos, disposiciones
militares, maniobras políticas y advertencias veladas. Una guerra interna, solapada,
donde cada decisión administrativa podía escalar en disputa de principios, y donde cada
gesto —por pequeño que fuera— arrastraba consigo una concepción distinta de patria,
de autoridad y de revolución.
En el imaginario de muchos argentinos, la Revolución de Mayo fue un grito unánime,
una ruptura limpia, un corte de cinta. Pero la realidad fue mucho más áspera, más
desordenada, más conflictiva. Las Provincias Unidas no nacieron bajo un mando
homogéneo, ni sus líderes coincidían en la forma de llevar adelante la guerra o de
organizar el poder. Más bien lo contrario: la revolución se desplegó como un mapa de
tensiones superpuestas, donde las nociones de nación, pueblo, autoridad y ejército
estaban en pleno proceso de definición.
Esa complejidad se volvió palpable en el norte, cuando las urgencias militares
obligaron a coordinar esfuerzos entre el Ejército Auxiliar del Perú - organizado desde
Buenos Aires - y las provincias que, como Salta, sostenían el frente con recursos
propios. En su interior, además, se hacían cada vez más visibles los roces entre la ciudad
cabecera y otras jurisdicciones que, como Jujuy, comenzaban a manifestar su
descontento con el nuevo orden político.
Las diferencias entre lo que debía hacerse y quién debía decidirlo no tardaron en
aflorar. La guerra contra los realistas era una sola, pero los caminos para sostenerla
divergían.
A comienzos de 1815, el clima ya era tenso. La revolución llevaba cinco años, pero la
institucionalidad seguía siendo frágil. Salta, clave para la defensa de la frontera con el
Alto Perú, venía siendo gobernada por delegados designados desde Buenos Aires. Esa
subordinación directa comenzaba a incomodar a un pueblo que había puesto hombres,
sangre y recursos para sostener la causa común. En mayo de ese año, el Cabildo de la
ciudad decidió cortar ese lazo: eligió gobernador al general Martín Miguel de Güemes,
uno de los hombres más identificados con la resistencia gaucha. Tres días después, en
un giro paradójico, José Rondeau - el comandante del Ejército Auxiliar - fue designado
Director Supremo por el Congreso, aunque en su ausencia el cargo sería ejercido por el
Director Suplente, Ignacio Álvarez Thomas.
Este doble movimiento marcó el inicio de una tensión que iría creciendo durante los
meses siguientes. Por un lado, Salta había dado un paso hacia la autodeterminación
política, eligiendo a un gobernador surgido de su tierra. Por otro lado, Buenos Aires
reafirmaba su pretensión de centralidad al colocar a un jefe militar como máxima
autoridad nacional. Y en ese marco, Jujuy —con fuerte identidad propia— comenzaba a
rechazar la legitimidad de un gobierno provincial al que no había contribuido a elegir.
Lo que estaba en juego no era solo una autoridad circunstancial, sino la forma misma
de articular el poder entre centro y periferia, y también entre cabeceras y jurisdicciones
interiores.
La elección de Martín Miguel de Güemes como gobernador de Salta no fue bien
recibida en todos los rincones de la provincia. El Cabildo de Jujuy, entonces aún bajo su
jurisdicción, reclamó con razón no haber participado en la designación, y se negó a
acatar sin condiciones. Jujuy reconocía la autoridad del Director Supremo provisorio,
40
pero pretendía conservar cierta autonomía respecto del gobernador salteño, que había
sido elegido sin su intervención.
En septiembre de 1815, Mariano Boedo fue enviado como emisario de Güemes para
negociar una salida. El resultado fue un acuerdo frágil, que garantizaba la vigencia del
gobernador elegido en Salta pero a cambio de respetar una serie de condiciones
impuestas por Jujuy, entre ellas la no intervención en los asuntos propios del Cabildo.
Por otra parte, el Ejército Auxiliar del Perú, al mando de José Rondeau, tenía sus
propios intereses. Necesitaba hombres, recursos, armas, víveres, y veía en las provincias
del norte —especialmente en Salta y Jujuy— una fuente natural de abastecimiento.
Desde su perspectiva, esas jurisdicciones debían responder al mando militar central, sin
mayores discusiones. Pero para Güemes, la defensa del territorio salteño se había
sostenido con recursos propios y el sacrificio del pueblo, y eso legitimaba su derecho a
organizarse, decidir y, llegado el caso, resistir.
Así, lo que parecía una diferencia administrativa se transformó en un conflicto de
soberanías: ¿debían las provincias subordinarse sin reservas al poder militar central? ¿O
conservaban el derecho de gestionar sus propios recursos y elegir sus autoridades en
función de su esfuerzo y compromiso con la causa común?
En esos meses, las respuestas a estas preguntas fueron construyéndose a fuerza de
tensiones, choques y maniobras. El conflicto estaba instalado. Y no sería menor.
Las tensiones no tardaron en escalar. A fines de 1815, Güemes ordenó retirar 500
fusiles almacenados en Jujuy. Según su versión, se trataba de armas inutilizadas, que
necesitaban ser reparadas y puestas al servicio de las milicias de Salta. Pero detrás de la
cuestión del armamento latía una disputa mayor: ¿a quién pertenecían los recursos de
guerra? Para Güemes, eran de la provincia que los había capturado o mantenido; para
Rondeau, eran de la Nación, cuya expresión legítima era el Ejército Auxiliar. La
discusión, lejos de limitarse a lo logístico, exponía un conflicto de modelos: uno
centralista, que pretendía subordinar los esfuerzos locales a una conducción única; y
otro territorial, que defendía la soberanía efectiva de las provincias sobre su
organización militar y sus recursos.
El cruce epistolar entre Güemes, Rondeau y Álvarez Thomas, entonces Director
Supremo interino, fue intenso. El salteño argumentaba que la causa común no podía
sostenerse a costa del despojo, y que los pueblos —como el suyo— habían hecho
sacrificios concretos por la Revolución. Rondeau, por su parte, reclamaba disciplina,
subordinación y el envío inmediato de desertores del Ejército del Norte para su castigo
ejemplar. Con cada parte apelando a principios propios, el conflicto fue ganando
densidad. La guerra contra los realistas seguía su curso, pero el frente interno se volvía
cada vez más frágil. El Ejército Auxiliar veía en Güemes a un gobernador díscolo; el
pueblo salteño veía en Rondeau a un jefe militar dispuesto a someterlos. La palabra
“unidad” comenzaba a significar cosas muy distintas según quién la pronunciara.
A comienzos de 1816, la tensión en el norte alcanzó su punto máximo. Salta estaba
sitiada, pero no por fuerzas realistas, sino por el propio Ejército Auxiliar del Perú,
comandado por José Rondeau. Las milicias gauchas, desplegadas en los alrededores,
respondían con la misma intensidad. La guerra interna, entre hermanos de causa, parecía
inminente. Y, sin embargo, no ocurrió.
Lo que evitó el derramamiento de sangre no fue un parte militar, sino una serie de
negociaciones delicadas, intensas, y en parte secretas. Allí apareció una figura
fundamental que durante décadas fue ignorada por la historiografía tradicional:
Macacha Güemes. Su rol fue mucho más que fraternal. Fue diplomático, estratégico,
político. Tejió vínculos entre los interlocutores, atemperó los ánimos, y allanó el camino
41
para lo que sería, finalmente, un acuerdo que salvaría más que una provincia: salvaría la
posibilidad misma de la independencia.
El Pacto de los Cerrillos, firmado el 22 de marzo de 1816, fue la salida política a un
conflicto que amenazaba con devorar la revolución desde adentro. Sus cláusulas
hablaban de reconciliación, amnistía, devolución de prisioneros, ayuda mutua. No
nombraban —al menos no directamente— los desacuerdos sobre la soberanía
provincial, los derechos de los pueblos, ni el choque de legitimidades entre Salta y
Buenos Aires. Pero ese silencio era deliberado: el pacto era, en el fondo, una tregua
fundada en el respeto forzado de las autonomías locales.
Sin este acuerdo, no habría habido Congreso de Tucumán. Fue gracias a ese
equilibrio precario pero eficaz que, apenas unos meses después, las Provincias Unidas
declararon su independencia en nombre de una nación que todavía estaba en pleno
proceso de imaginarse a sí misma.
Apenas dos meses antes, Salta había estado al borde de la guerra civil. El EAP, bajo
el mando de José Rondeau, había cercado la ciudad. Las fuerzas salteñas, leales al
gobernador Martín Miguel de Güemes, se preparaban para resistir. El conflicto se
desactivó con la firma del Pacto de los Cerrillos, pero las heridas seguían abiertas. La
revolución, aunque salvada del enfrentamiento interno, continuaba marcada por
tensiones entre el poder central y las provincias.
42
En ese marco, la venta de botones por parte del Regimiento N.º 2 del Ejército
Auxiliar del Perú cobra un sentido que va mucho más allá de lo administrativo. No se
trató de un gesto de colaboración entre aliados. Fue una transacción con factura: 135
pesos por 34 gruesas de botones grandes y 25 gruesas de botones chicos, entregados a la
gobernación salteña. El mensaje era claro: la autonomía de Salta podía tolerarse, pero
no legitimarse del todo; los recursos, aunque imprescindibles, no se obsequiaban.
Cada botón vendido encerraba un recordatorio: el Ejército Auxiliar, seguía viéndose a
sí mismo como autoridad superior, incluso frente a un gobierno provincial electo por su
pueblo. La subordinación podía discutirse, pero no admitirse sin dejar rastros. Así, los
botones no solo cerraban chaquetas: cosían, uno por uno, una tensión política no
resuelta Un nuevo paradigma: Belgrano, colaboración y reconocimiento
Los botones de las imágenes con el número 2, si bien son una reconstrucción del autor, posiblemente
hayan tenido este diseño, que sigue los usos y costumbres vigentes para los ejércitos de la época.
En mayo de 1816, el Ejército Auxiliar del Perú vendía a la provincia de Salta casi
nueve mil botones para uniformar a sus tropas. No era una simple transacción logística:
era una declaración política. José Rondeau, jefe de ese ejército y figura central en el
conflicto con el gobernador Martín Miguel de Güemes, aceptaba formalmente proveer
insumos a una autoridad cuya legitimidad había cuestionado durante meses. Pero lo
hacía a su modo: imponiendo precio, dejando constancia escrita de la operación,
subrayando que el Ejército Auxiliar seguía considerándose rector del proceso
revolucionario. Cada botón vendido era, también, una marca de poder.
43
Pero el clima pronto comenzó a cambiar. En agosto de ese mismo año, Manuel
Belgrano volvió al mando del Ejército del Norte. Heredaba una fuerza agotada, una
frontera amenazada y un frente político aún sensible. Si bien su relación con Güemes
había sido inicialmente distante, marcada por prevenciones mutuas, el tiempo, el respeto
y la causa común obraron un viraje profundo. Lo que comenzó como prudencia devino
en entendimiento político y, más tarde, en afecto personal. Belgrano comprendía que la
defensa del norte no podía organizarse sin las fuerzas salteñas y sin reconocer la
legitimidad del gobierno salteño.
Así, en los meses siguientes, comenzó a enviar de manera sostenida - y sin exigir
pago - recursos vitales para la defensa de Salta: chaquetas, paños, monturas, caballos,
pólvora, piedras de chispa, armas, y dinero, entre otros. Esta colaboración alcanzó su
punto culminante en mayo de 1817, cuando José de la Serna lanzó una invasión desde el
Alto Perú con casi 7000 hombres. Sin el apoyo logístico del Ejército Auxiliar del Perú y
el compromiso absoluto de los soldados de Güemes, Salta difícilmente habría resistido.
Pero lo hizo, y cómo. Y la ayuda fue determinante tanto para la defensa como para la
reposición del material perdido.
En julio de ese mismo año, Belgrano le informaba a Güemes el envío de “paños,
forros y botones para trescientos vestuarios” 88. Esa mención —escasa pero elocuente—
confirma que los Infernales siguieron utilizando botones del Ejército Auxiliar, aunque
ya no como parte de una compraventa, sino como un acto de respaldo sin condiciones.
Lo que un año antes se había dado con factura, ahora llegaba con respeto. El botón, una
vez más, revelaba más de lo que aparentaba: ya no símbolo de subordinación, sino de
una alianza forjada en la confianza mutua.
En definitiva, aquello que parecía un detalle administrativo menor - un recibo de
botones - se revela como una puerta de acceso privilegiada a las tensiones de la
independencia. El gesto de Rondeau, tan distante de la generosidad posterior de
Belgrano, condensa en metal lo que las palabras de los partes y las proclamas apenas
dejan entrever: la fragilidad de las alianzas, las desconfianzas entre caudillos y jefes del
ejército auxiliar, y la búsqueda constante de legitimidad política. Un simple botón no
abrocha solo una casaca; enlaza prácticas militares, estrategias de poder y sensibilidades
políticas en un momento decisivo de la revolución rioplatense. Recordarlo es asumir
que la gran historia también puede encontrarse en lo más pequeño, y que, para muestra,
basta un botón.
88
Güemes L., Güemes Documentado, Tomo 6, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1980, p. 269.
44
Reconstrucción del autor del botón con el escudo de la Asamblea del año XIII.
89
AGN, Sala X 3461 (antiguo S X 40-8-5)
90
Ib.
45
El sistema de fijación era mediante ojal trasero con aro de alambre, lo que
permitía coserlos firmemente a las prendas de paño o bayeta.
En muchos casos, los botones aparecen en la documentación como “lisos”, sin relieve
alguno, lo que facilitaba la provisión masiva y se adecuaba al carácter austero de la
tropa. Sin embargo, en otras ocasiones los inventarios los mencionan sin ese adjetivo, lo
que permite deducir que los no especificados podrían haber llevado el número del
regimiento, práctica de provisión común en la época. La existencia de botones
“amarillos sin distintivos” 91 en otro registro refuerza la hipótesis de que coexistían
ambos modelos: los lisos y los numerados. En la imagen, un uniforme de oficial del
Ejército de los Andes. Se destacan, además de los botones, los parches otorgados por
haber participado en la batalla de Chacabuco y en el combate de Cerro Gavilán, además
de una medalla otorgada por la toma de Montevideo, en 1814, distinción que podría
haber obtenido permiso para lucirla.
91
AGN, Sala X 3730 (antiguo S X 43-7-2).
46
del que fueron adquiridos, y que algunos cuadros de oficiales lucieran además piezas
con el escudo nacional, en consonancia con las prácticas uniformológicas de su tiempo.
Las reconstrucciones actuales, realizadas a partir de estos parámetros, ofrecen una
imagen plausible: botones de latón o estaño, brillantes en su origen, que con el uso
adquirían una pátina oscura. Su aspecto modesto, casi anónimo en la tropa, contrastaba
con el de los oficiales, donde la botonadura cumplía además una función simbólica de
jerarquía y representación nacional.
Más allá de sus medidas, metales o variantes, cada uno de estos botones conserva una
historia latente. El anexo muestra su materialidad; los archivos, en cambio, nos
devuelven su sentido. Allí radica la diferencia entre un objeto aislado y un testimonio
histórico: en la posibilidad de leerlo en contexto, como parte de un proceso mayor.
La lectura de aquel recibo no hubiera sido posible sin la preservación paciente del
Archivo General de la Nación. Allí, entre miles de fojas que registran compras, partes y
oficios, descansaba un documento que parecía menor y terminó revelando tensiones
profundas de la revolución.
Esa es la verdadera fuerza de los archivos: permiten que la historia se reconstruya
desde lo grande, pero también desde lo ínfimo. Y recuerdan que, sin su custodia,
muchas de esas huellas quedarían perdidas.
El AGN, en ese sentido, no solo guarda memoria: la habilita. Y para muestra, ahora
sí, basta un botón.●
47
Historia Contemporánea
Grupo escultórico Las tres edades del hombre, la estatua de piedra travertina de seis metros de altura,
obra del escultor Francesco Coccia.
92
Licenciado en Filosofía (UBA) Docente, Investigador, escritor.
48
En marzo de 1944 los nazis mataron a más de 300 italianos en las llamadas Fosas
Ardeantinas, en las afueras de Roma. Aquí el recuerdo de aquella masacre perpetrada al
amparo de la locura nazi.
El 23 de marzo de 1994, ya hace 75 años, 33 miembros de la 11.ª compañía de un
batallón del Polizeiregiment Bozen al servicio de la Whermatch, el ejército alemán de
ocupación, fueron asesinados por un ataque partisano en la Vía Rasella con un
explosivo de fabricación propia con 12kg de TNT, oculto en un carrito de basura
colocado por un barrendero, un partisano disfrazado. Aun hoy, en paredes adyacentes a
la explosión se advierte impactos de balas.
Herbert Kappler
La 11ª Compañía del Tercer Batallón Bolzan estaba integrada por 156 hombres, en su
mayoría jóvenes reservistas del Tirol con la misión de ejercer funciones de seguridad y
policía en Roma. Todos los días marchaban por las mismas calles, lo que le permitió a
un grupo partisano preparar meticulosamente una emboscada devastadora. El explosivo
que detonó para esto mató a 28 policías alemanes y dos civiles italianos que
circunstancialmente se encontraban en el lugar. La explosión ocurrió frente al Palacio
Tittoni. El sonido de la detonación fue poderoso, se oyó en toda Roma, al tiempo que se
rompieron puertas y ventanas. Antes de escapar, los partisanos descargaron ráfagas de
ametralladoras sobre los alemanes moribundos y arrojaron granadas.
Hitler ordenó una feroz represalia. Por cada soldado de Alemania muerto debían
morir diez italianos. Este tipo de venganzas no eran atípicas. El 27 de mayo de 1942, en
otra emboscada, un par de miembros de la resistencia checoslovaca hirieron de muerte a
Reinhard Heydrich, alto dirigente nazi, seriamente involucrado en la llamada «solución
final». En represalia por su muerte, los nazis arrasaron con el pueblo checo de Lidice.
Ejecutaron a 173 hombres mayores de 15 años; otros 11 hombres, primero ausentes,
49
fueron detenidos después y también fusilados, junto con otros que estaban arrestados.
Hasta finales de la guerra, las divisiones alemanas de las SS cometieron otras grandes
masacres en territorio italiano, como el asesinato de más de 500 personas en Stazzema
en la región de Toscana y 1.000 personas en las afueras del pueblo de Marzabotto, cerca
de Bolonia.
50
También, en la isla griega de Cefalonia, los italianos se vieron afectados por la mano
siniestra germana. En 1943, Italia firmó un armisticio con los Aliados. Así, los italianos,
que antes eran “de los propios” se convirtieron en amenaza enemiga. Más de 5000
soldados de la División Acqui fueron fusilados, algunos ahogados. La Masacre de
Cefalonia.
Los alemanes ocuparon Italia desde septiembre de 1943 hasta el 4 de junio de 1944.
Los principales jefes alemanes a cargo fueron Heinrich von Vietinghoff y Albert
Kesselring. La ocupación se produjo cuando los líderes del Partido Fascista de Italia
derrocaron a Benito Mussolini, dictador de Italia. El poder pasó a Pietro Badoglio,
nombrado sucesor por el rey Víctor Manuel III. Las fuerzas alemanas invadieron
entonces el norte de Italia, liberaron a Mussolini de la prisión, y éste fundó luego la
República Social Italiana, más conocida como República de Saló, y se establecieron en
Roma. El ataque contra los soldados alemanes en la capital italiana ocurrió casi el
mismo día en el que, 25 años atrás, Benito Mussolini creó en la plaza del Santo
Sepulcro de Milán los Fasci Italiani di Combattimento, grupo de choque germen del
Partido Nacional Fascista, fundado en 1921. Luego de la ocupación alemana, en la
península itálica rugirán decisivas batallas como las de Anzio o Monte Cassino hasta la
liberación de la urbe romana en mayo de 1944.
El responsable de cumplir la orden del demente Führer fue Herbert Kappler, el
comandante de la Gestapo en Roma. Los desdichados destinados a la represalia
surgieron de una lista compuesta por condenados a muerte de la Resistencia que
esperaban ser fusilados, 75 judíos encarcelados con orden de deportación a campos de
exterminio, presos de otras cárceles romanas bajo el mando militar de las SS, y personas
comunes arrestadas para el caso.
Al final de la guerra, Kurt Maltzer, comandante militar de Roma durante los meses de
la ocupación, el mariscal Albert Kesselring, lo mismo que Kappler, fueron sometidos a
proceso por su responsabilidad en la masacre. A la pregunta sobre si se consideraba
responsable por la matanza de las Fosas Ardeantinas, con frialdad Kesselring afirmó
que “no, porque creía que la represalia se cumplía sobre trescientos treinta y cinco
condenados a muerte. Las represalias están admitidas. De todos modos, yo debía
obedecer la orden de Hitler. Befehl ist Befehl (una orden es una orden)”.
Al coronel Kappler lo secundaba un individuo que, décadas después, se maravillaba
ante la belleza del Lago Nahuel Huapi, en Bariloche, Argentina. El capitán Erich
Priebke, un “alemán modelo” en la comunidad barilochense, trabajó un tiempo como
almacenero, y se vinculó con el Club Alpino y con el Colegio alemán. Luego de una
tranquila radicación en la Patagonia argentina, finalmente un periodista estadounidense
dio con él, lo sorprendió a plena luz del día, y lo invitó a recordar lo que seguramente
nunca recordaba, cuando con Karl Hass, otro oficial de las SS, partió con los camiones
que trasportaban a los condenados. Los prisioneros fueron enviados hasta las minas
abandonadas en el sur de Roma, cuyo nombre procedía del cercano pueblo de Ardea,
con cuevas en las que se extraía puzolana, una piedra volcánica que servía para la
producción de cemento. Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, las minas,
exhaustas, ya no eran operativas. Las cuevas se sitúan cerca del sitio donde, según una
piadosa y antigua tradición, Jesucristo se le había aparecido a Pedro y le preguntó “Quo
Vadis”.
Cerca, se encuentran las catacumbas de San Calixto, del siglo II. Allí, tres sacerdotes
salesianos, que ejercían sus labores en el lugar, vieron la llegada de los condenados que
bajaron de los camiones. Nunca se le dijo a dónde iban, para evitar una rebelión
desesperada. Los salesianos informaron al Papa Pío XII de lo ocurrido. Éste, ya antes,
51
sabía de la atrocidad en marcha, pero no pidió ninguna postergación o cancelación.
Todo el tiempo que se pudiera conseguir favorecería la llegada salvadora de los Aliados
En las Fosas Ardeantinas, en grupos de a cuatro, los italianos confundidos fueron
introducidos en una cueva. Al poco tiempo comprendieron. Uno por uno se resignaron a
lo inevitable. Un tiro en la nuca los despidió de todas las primaveras. 335 vidas
ultimadas. Luego de la masacre, los asesinos sellaron las entradas de las minas. La
acumulación de tierra y roca no impidió la revelación de la verdad.
En julio de 1944 empezó la tarea de identificar a los muertos. Los familiares
reconocieron a los suyos. Cinco años después de la matanza, el 24 de marzo de 1949, se
inauguró el monumento que actualmente acoge los sepulcros.
Luego de la guerra, Kappler fue juzgado por un tribunal italiano y enviado a la cárcel.
El cáncer lo carcomía. Con la ayuda de su esposa escapó de un hospital militar en una
maleta, y murió poco tiempo después en 1978.
El brazo derecho de Kappler, el capitán de las SS que antes mencionamos, Erich
Priebke, luego de estar prisionero por casi dos años en un campo británico en el norte de
Italia huyó, y, en 1948, junto con su esposa e hijos, se embarcó en Génova hacia la
Argentina y se estableció en Bariloche. Luego de ser descubierto, fue arrestado en 1995;
se lo extraditó y, luego de un juicio en Roma, se lo condenó a arresto domiciliario por
su avanzada edad en el departamento de su abogado, Paolo Giachini. Podía hacer
compras, caminar por un parque y compartir comidas con conocidos en restaurants,
cerca de su domicilio. Murió a los 100 años, en 2013. Una semana después de su
deceso, su abogado dio a conocer un video en el que Priebke afirmaba que en el
contexto en el que se movía era imposible no cumplir las órdenes de Hitler. Negarse
equivalía a ser fusilado. También se lo acusó de ejecutar personalmente a dos
prisioneros. Karl Hass, el otro oficial responsable de la ejecución de la matanza, después
de la guerra se convirtió en espía para los estadounidenses en el marco de la Guerra Fría
contra la Unión Soviética, y murió apaciblemente en Suiza en 2004.
Algunas películas recrearon la masacre, como Masacre en Roma (1973) dirigida por
George Pan Cosmatos, y protagonizada por Marcello Mastroianni y Richard Burton;
o Dieci italiani per un tedesco (Diez italianos para un alemán) (1962), dirigida por
Filippo Walter Ratti y protagonizada por Gino Cervi. También, en Roma, ciudad
abierta (1945), obra maestra con la dirección de Roberto Rossellini, con Anna Magnani
y Aldo Fabrizi, se alude a la masacre. Aldo Fabrizi es Don Pietro, una figura que
recuerda a dos religiosos, Don Giuseppe Morosini, fusilado en Forte Bravetta, y Don
Pietro Pappagallo, asesinado en las Fosas Ardeantinas. Anna Magnani es Pina, la esposa
embarazada de Fabrizio, uno de los prisioneros llevados a las fosas del crimen. Para
intentar salvarlo, Pina persigue el camión que lleva a su marido hacia la muerte, pero
una ráfaga de ametralladora la mata.
Un libro importante sobre la matanza es La orden ya fue ejecutada (2002), del
historiador italiano Alessandro Portelli, que realizó una investigación a fondo del tema,
y que enlaza lo ocurrido con la memoria e historia de la propia ciudad de Roma.
En una ocasión, visitamos el sitio de los asesinatos masivos. En Roma subimos a un
transporte. De a poco, la ciudad cedió su lugar a las afueras atravesadas por calles
empedradas, una de ellas, la principal, la Vía Apia.
Descendimos. Reconocimos rápido lo que buscábamos. Pasamos la entrada y vimos
la construcción de cemento que aparece en tantas fotografías. A la izquierda del
vestíbulo de entrada distinguimos el grupo escultórico Las tres edades del hombre, la
estatua de piedra travertina de seis metros de altura, obra del escultor Francesco Coccia.
Ingresamos en un corredor que lleva a la Grotta del eccidio (Cueva de la masacre). A
unos pasos nos encontramos con una hilera de sepulcros. Algunas tumbas mostraban
52
una flor sobre su superficie. Leímos los nombres de algunos de los masacrados.
También descubrimos una tumba de una víctima no identificada, Ignoto.
Los muertos son desde un joven de 14 años hasta un hombre de 74 años. Diez tumbas
son del “ignoto”. El mausoleo exudaba un dolor neblinoso, una invisible sustancia que
nos oprimía el pecho y sofocaba el ánimo. Otro de los residentes perpetuos de los
sepulcros es el joven Orlando Posti. Orlando era partisano, antifascista, con experiencia
en el sabotaje, sagaz en la lucha clandestina; fue torturado, y no habló; encerrado en la
prisión de la Vía Tasso consiguió enviar una serie de cartas a su madre mediante el
ardid de ocultarlas en los cuellos de las camisas para lavar. Muchas de sus cartas están
dedicadas a su amada Marcella Bonelli, a ella le escribe:
“Querida Marcella, cuando leas esto, que será mi último contacto contigo, estaré en el
mundo donde al menos encontraré un poco de paz, si el buen Dios que todo lo puede lo
permite.”
Cuando llegó el instante final cada prisionero se arrodilló con las manos atadas. Se
les preguntó cuál era su nombre, y se les tachó de una lista; y se los obligaba a
arrodillarse; se los mataba, a algunos se les disparó dos veces; ya avanzada las
ejecuciones los nuevos condenados se apoyaban sobre los cadáveres de otras víctimas.
En el pasado 2024, el presidente de Italia Sergio Mattarella encabezó la ceremonia de
homenaje de las víctimas. Este año ocurrirá lo mismo.
La contemplación de las Fosas ardeantinas trasmite la sensación de que el gran dolor
de las víctimas inocentes se resiste al paso del tiempo en la dureza de los sepulcros.
Cientos de personas que pudieron haber respirado muchos más amaneceres y
atardeceres cayeron en el lado desconocido por una bala indiferente. Muchas madres,
esposas, hermanas, padres, los lloraron hasta su última exhalación. Muchos pasan hoy
por la Vía Rasella sin saber que, allí, una gran explosión desencadenó un proceso que
hizo que muchas vidas inocentes se desvanecieran, de forma inevitable, como estrellas
fugaces en la noche. ●
53
Arqueología
MONT VENTOUX
Un santuario de montaña “ciclista” en el
paisaje cultural de la Provenza francesa
María Constanza Ceruti93
Situado en el sur de Francia, el monte Ventoux se eleva casi dos mil metros sobre la
luminosa campiña provenzal, dominando un paisaje de planicies y gargantas fluviales
cársticas que alberga importantes testimonios arquitectónicos de la antigüedad clásica y
el medioevo. Algunos de los principales hitos arqueológicos de la Provenza francesa
incluyen el antiguo teatro romano de Orange y la excelentemente preservada arena de
Nimes, además del magnífico puente-acueducto de Pont du Gard. El distintivo
patrimonio medieval de Avignón se plasma en el majestuoso Palacio de los Papas y el
mundialmente famoso puente, celebrado en las canciones infantiles. El presente artículo
analiza la utilización recreativa, deportiva y religiosa del emblemático monte Ventoux
desde su papel en los albores medievales del alpinismo hasta su actual importancia
ritual y simbólica para los cultores del ciclismo.
93
Miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires. Licenciada en Antropología y
Doctora en Historia. Profesora en la Universidad Católica de Salta e investigadora del CONICET. Autora
de más de cien artículos científicos y veinticinco libros sobre arqueología de altura y montañas sagradas.
Medalla de Oro de la UBA y de la Sociedad Internacional de Mujeres Geógrafas. UCASAL – CONICET
– ANCBA. Contacto: constanza_ceruti@[Link]
54
La arena de Nimes, el teatro de Orange y el acueducto romano de Pont du Gard
Nimes es una localidad de la Provenza francesa, candidata a integrar el listado de
Patrimonio Cultural de la Humanidad de la UNESCO, en virtud de la trascendencia de
su acervo cultural de época romana. En primer término se destaca la arena de Nimes, el
anfiteatro romano mejor preservado del mundo Además, en la ciudad perduran
fragmentos de la muralla romana y la Puerta Augusta; así como la Maison Carreé, una
construcción de estilo dórico considerada “el único templo antiguo conservado en su
totalidad”. La llamada Torre Magna también data de época romana y corona una
pequeña colina rodeada de jardines, irrigados a partir de una fuente de agua considerada
sagrada en tiempos antiguos.
El lema que promueve turísticamente a Nimes hace referencia a “la Antigüedad en el
Presente” y se fundamenta en la riqueza de su patrimonio museístico. El Musee de la
Romanite alberga vestigios de las ocupaciones galas pre-romanas y evidencias de la
época romana, que datan del 27 AC al 400 DC, e incluyen una famosa imagen esculpida
de Neptuno, las estatuas de Beaucaire, los mosaicos de Pentheus y Bellerophon, el
cubiculum de Brignon y el santuario de La Fontaine. En total se
conservan unas 25.000 piezas en sus colecciones, en tanto que unos 5000 objetos son
presentados al público en las salas de exhibición.
Por su parte, el Musee du Vieux Nimes está instalado en el antiguo palacio episcopal,
que data del siglo XVII y cuenta con numerosas dependencias; entre las que cabe
enumerar antecámara de verano, hall de entrada, escaleras, gran living y vestidor del
55
obispo. Inaugurado en 1921, pretende ser “un museo para el tercer milenio” y alberga
colecciones de objetos medievales y modernos, que incluyen textiles y tapicería.
Sobresale en los alrededores de Nimes el llamado Pont du Gard, un puente-acueducto
romano que se eleva 48 metros por encima de un curso de agua y es considerado el más
alto del mundo En las inmediaciones del puente se ubican las gargantas de Gardón,
sobre un afluente del Río Rhone, donde se excavaron antiguas abadías trogloditas.
Por su parte, la ciudad romana de Arausio fue fundada en el año 35 AC sobre una
colina provenzal. Conocida actualmente como Orange, alberga el teatro antiguo (de
piedra) mejor conservado del mundo romano occidental; único que mantiene completo
su muro externo, de más de cien metros de largo y 37 metros de alto. Es considerado
además como “el teatro romano más bello”, contribuyendo activamente a esta distinción
el impacto panorámico que aporta el monte Ventoux como telón de fondo de la
estructura; semejante al rol que juega el volcán Etna con respecto al teatro de Taormina,
en Sicilia. Adyacente al teatro de Orange se yergue un hemiciclo que funcionaba como
Augusteum, un templo consagrado al culto estatal romano; a pocos pasos se encuentra
el museo arqueológico, con colecciones de mosaicos romanos y máscaras apotropaicas
halladas in situ. La colina inmediatamente detrás del teatro está coronada con una
imagen de la Virgen María y ofrece una imponente vista de la ciudad.
56
Aviñón, el puente y el Palacio de los Papas
Mont Ventoux
58
escritos en un “libro de cumbre” -como es el caso en la mayoría de los picos en los
Alpes, por ejemplo-.
59
accede a través de una escalinata y está dedicado a un ciclista que falleció por
agotamiento, en ese preciso lugar, en los años setenta Se dice que el deportista murió
mientras subía pedaleando a la cima del monte Ventoux en preparación para la carrera
deportiva conocida como el Tour de France. Este pequeño santuario erigido por la
devoción popular cuenta con numerosas fotos de otros ciclistas, vivos y difuntos,
ofrendas florales de diversa naturaleza y una notable acumulación de botellas de metal
utilizadas por los deportistas para hidratarse durante la actividad.
Memorial a ciclista fallecido en las alturas del monte Ventoux (© Mariá Constanza Ceruti).
Consideraciones
El día 26 de Abril del año 1336, el monte Ventoux fue ascendido por Francesco
Petrarca, junto a su hermano y otros dos compañeros. Conmovido por el paisaje y las
amplias vistas desde la cima, el renombrado humanista italiano escribió una extensa
epístola acerca de su experiencia, titulada “Ascensu Montis Ventosi”. Dicho documento
ha sido traducido recientemente al español por Iñigo Ruiz Arzalluz 94 y publicado con
una introducción de Eduardo Martínez de Pisón.
94
Ruiz Arzalluz, I. (Traductor). Francesco Petrarca, la ascensión al Mont Ventoux. Introducción de
Eduardo Martínez Pisón, Madrid, La Línea del Horizonte Ediciones, 2019.
60
La hazaña de Petrarca en el monte Ventoux ha llegado a ser considerada el primer
testimonio escrito de la contemplación estética de un paisaje de montaña 95 e incluso
referida como “origen histórico del alpinismo”. Ciertamente, el de Petrarca puede ser
considerado el primer ascenso históricamente documentado a una montaña con fines
recreativos y estéticos96; en tanto que un par de décadas después, la subida de Bonifacio
Roero (il Rotario) al monte Rocciamelone constituyó la primera ascensión
históricamente documentada a una cima de alta montaña con fines religiosos; ya que en
aquella ocasión se transportó un tríptico de la Virgen María a un abrupto pico de más de
3500 metros en los Alpes Cocios97.
Casi setecientos años después de la ascensión de Petrarca, las alturas del monte
Ventoux siguen atrayendo a centenares de visitantes cada día, con una alta proporción
de ciclistas que eligen pedalear hasta la cima aprovechando la existencia de una calzada
pavimentada. Al respecto, resulta de interés para la presente investigación traer a
colación el caso de otro singular “santuario de altura ciclista” documentado
personalmente en Francia: el Pic du Midi de Bigorre, uno de los montes más
emblemáticos de los Altos Pirineos, que alcanza una altura de 2.877 metros. A sus pies
se encuentra el famoso Col de Tourmalet, portezuelo a 2.115 metros donde una vistosa
escultura de un ciclista conmemora el paso más elevado en el recorrido del Tour de
France.
Decenas de miles de ciclistas y aficionados se congregan cada año para acompañar,
alentar y celebrar a sus corredores favoritos al momento de cruzar el col de Tourmalet.
Algunos ascienden también a la cima del Pic du Midi de Bigorre vistiendo riguroso
atuendo ciclista, con calzas o maillot, sudadera y casco -y en muchos casos también con
la bicicleta al hombro- protagonizando una suerte de ceremonia de despedida. La
cumbre ofrece una vista panorámica de los Pirineos que incluye a los emblemáticos
montes Aneto, Perdido, Vignemale y Taillón98. Para algunos, el ritual se completa al
montar sus bicicletas en descenso hasta los pies de la montaña.
La importancia de este pico como espacio de altura articulado con la práctica ciclista
es principalmente estacional y viene dada por su ubicación, en las inmediaciones del
Col de Tourmalet. En cambio el monte Ventoux se destaca por su relativo aislamiento,
en medio de la campiña provenzal, sin otras montañas que le hagan sombra; por lo que
funciona todo el año como una especie de “lugar de peregrinaje”, de especial atractivo
para quienes recorren largas distancias en bicicleta.
El perfil “ciclista” de las prácticas devocionales en el monte Ventoux se pone de
manifiesto en el emplazamiento y las características del particular memorial erigido a un
lado de la carretera, en recuerdo del corredor que murió pedaleando hacia la cima. La
acumulación de botellas en calidad de ofrendas determina que la estética de este
peculiar santuario de altura provenzal termine asemejándose a otros lugares de culto, al
95
Castro Hernández, P., “El paisaje y la naturaleza en los viajes del humanismo renacentista: una lectura
a las epístolas familiares de Francisco Petrarca”. En Revista Historias del Orbis Terrarum 15: 60-76.
Santiago, 2015
96
Bernbaum, E., Sacred Mountains of the World, San Francisco, Sierra Club, 1990.
97
Ceruti, M.C., “Bonifacio Roero: primer alpinista religioso en la historia europea”. En Boletín del
Centro de Estudios Genealógicos de Salta Nro. 11:271-289. Salta, Centro de Investigaciones
Genealógicas de Salta, 2017.
98
Ceruti, M.C., “Desde los picos Anayet, Taillon, Midi de Bigorre y Neouvielle: una mirada
antropológica a la dimensión simbólica de la montaña en los Altos Pirineos de Francia”. En Revista
Cultura y Religión, 16 (2), 1-33.12, 2022 a.
61
otro lado del océano atlántico. En este sentido, resulta inevitable la comparación con las
capillitas y templetes que jalonan las banquinas de las rutas del oeste de Argentina,
dedicadas al culto a la Difunta (Deolinda) Correa, una mujer que a fines del siglo XIX
falleció de sed en las desérticas travesías de la región cuyana, y de quien se dice que
continuó amamantando milagrosamente a su bebé aún después de muerta.
Las semejanzas y diferencias entre dichos espacios de devoción popular son
interesantes. La causa de muerte de ambos difuntos incluye una combinación de fatiga
extrema y deshidratación; por lo que las ofrendas presentadas están constituidas
preferentemente por botellas de bebida. En el caso argentino, los recipientes
acumulados en el culto a la Difunta Correa se corresponden con envases de agua
mineral, gaseosas y vino de consumo habitual; en tanto que en el monte Ventoux, se
trata de botellas de metal, cantimploras y envases de bebidas tónicas, elegidas para
reponer electrolitos perdidos durante la actividad deportiva.
Si bien no logré observar directamente la realización de ceremonias fúnebres que
involucren esparcir cenizas de personas fallecidas en las alturas del monte Ventoux, la
probable repetición de este fenómeno -no sólo como hecho esporádico sino como
práctica frecuente-, se desprende de la propia cartelería en el sitio, donde queda
explícitamente prohibida. Este tipo de ritos asociados a la cremación han sido
identificados y estudiados en otros escenarios de altura, por ejemplo, en la cima del
santuario mariano del cerro Verdún en Uruguay99 y en el cerro de la Virgen en Salta,
Argentina100. Además, fui advertida acerca de estas prácticas fúnebres hace más de una
década, por colegas arqueólogos que venían documentando su alarmante crecimiento en
cumbres de California y el País Vasco.
Palabras finales
Con sus suaves formas y una cima que se eleva casi dos mil metros sobre la campiña
meridional francesa, el monte Ventoux adquirió importancia escenográfica desde
tiempos de los romanos, convirtiéndose en telón de fondo de algunas de las principales
construcciones arquitectónicas imperiales, entre las que se cuenta el imponente teatro
romano de Orange.
A fines del medioevo, el monte Ventoux fue testigo de disruptivos fenómenos en la
esfera religiosa, resultantes del establecimiento de la sede papal en la vecina ciudad de
Avignón. Las gargantas cársticas a los pies de este monte habían sido elegidas a lo largo
de la Edad Media, para la instalación de abadías trogloditas, reflejo de la expansión de
los movimientos monásticos en el sur de Europa. Confiado a páginas magistralmente
escritas, el histórico ascenso realizado por Petrarca en el siglo XIV pasó a la posteridad
y catapultó al Ventoux como una de las montañas más emblemáticas de la región
provenzal.
En pleno siglo XXI, la cumbre del “monte ventoso” ha sido reconvertida en un
singular “santuario de altura ciclista”, que resulta, en parte, comparable al Pic du Midi
99
Ceruti, M.C., “El cerro Verdún: un santuario de montaña en Uruguay”. En Revista Chilena de
Antropología 44: 285-303. Santiago de Chile, 2021.
100
Ceruti, M.C., “Ascensión, sanación y prohibición: dos décadas de peregrinajes al Cerro de la Virgen
de Salta”. En Aiken. Revista de Ciencias Sociales y de la Salud, 2(2), 47-61 / ISSN 2796-7395 (impreso) /
ISSN 2796-7506 (electrónico). Centro de Estudios Sociales y de la Salud - Facultad de Ciencias de la
Salud y Trabajo Social Universidad Nacional de Mar del Plata, 2022 b.
62
de Bigorre y Col de Tourmalete, en los Altos Pirineos de Francia. El grueso de los
visitantes que ascienden al monte Ventoux lo hacen en dos ruedas, pedaleando más de
veinte kilómetros desde la aldea de Bedouin. Sus prácticas incluyen el apilamiento ritual
de piedritas en la cumbre, la visita a la cercana capilla de la Santa Cruz, las fotografías y
suvenires junto al cartel que señala la cima y una parada casi obligada para depositar
ofrendas de botellas y cantimploras frente al memorial de un ciclista allí fallecido.
En virtud de su importancia histórica y contemporáneo atractivo, el monte Ventoux
constituye uno de los rasgos geográficos más emblemáticos del sur de Francia. En estas
páginas se ha procurado develar algunos aspectos de este singular un centro de
peregrinaje y “santuario de altura ciclista”, enclavado en la encantadora y luminosa
campiña provenzal. ●
Referencias citadas
Bernbaum, E., Sacred Mountains of the World, San Francisco, Sierra Club, 1990.
Castro Hernández, P., “El paisaje y la naturaleza en los viajes del humanismo renacentista: una lectura a
las epístolas familiares de Francisco Petrarca”. En Revista Historias del Orbis Terrarum 15: 60-76.
Santiago, 2015.
Ceruti, M.C., “Bonifacio Roero: primer alpinista religioso en la historia europea”. En Boletín del Centro
de Estudios Genealógicos de Salta Nro. 11:271-289. Salta, Centro de Investigaciones Genealógicas de
Salta, 2017.
------ “El cerro Verdún: un santuario de montaña en Uruguay”. En Revista Chilena de Antropología 44:
285-303. Santiago de Chile, 2021.
[Link]
------ “Desde los picos Anayet, Taillon, Midi de Bigorre y Neouvielle: una mirada antropológica a la
dimensión simbólica de la montaña en los Altos Pirineos de Francia”. En Revista Cultura y Religión,
16(2), 1-33.12, 2022 a.
------ “Ascensión, sanación y prohibición: dos décadas de peregrinajes al Cerro de la Virgen de Salta”. En
Aiken. Revista de Ciencias Sociales y de la Salud, 2(2), 47-61 / ISSN 2796-7395 (impreso) / ISSN
2796-7506 (electrónico). Centro de Estudios Sociales y de la Salud - Facultad de Ciencias de la Salud y
Trabajo Social Universidad Nacional de Mar del Plata, 2022 b.
Ruiz Arzalluz, I. (Traductor). Francesco Petrarca, la ascensión al Mont Ventoux. Introducción de
Eduardo Martínez Pisón. Madrid, La Línea del Horizonte Ediciones, 2019.
63
Filosofía
SOBRE EL PERSPECTIVISMO DE
ALGUNOS FILÓSOFOS MODERNOS:
MONTAIGNE, PASCAL, LEIBNIZ Y
NIETZSCHE
Juan Granados Valdéz 101
Introducción
101
Licenciado en Filosofía y Maestro en Arte con línea terminal en Arte contemporáneo y sociedad por la
Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ). Doctor en Artes por la Universidad de Guanajuato.
Coordinador del Doctorado en Artes y Humanidades de la Facultad de Artes (FA) de la UAQ.
Coordinador Académico del Repositorio Digital de la Cultura Artística (ReDCA) de la FA, de la UAQ y
responsable del Laboratorio de socialización y difusión digital. Colaborador de Cuerpos Académicos.
Miembro del Grupo Colegiado Interpretación de la cultura, la educación y las artes. Docente de la
licenciatura en Arte Danzario y de la FA de la UAQ. Docente en las Maestría en Artes. Docente del
Doctorado en Artes y Humanidades. Conferencista y ponente en coloquios, simposios y congresos de
filosofía y artes. Publicaciones en los mismos temas, tanto de artículos arbitrados como de capítulos de
libros. Entre sus temas de interés y trabajo destacan la estética, la filosofía de la religión, la ética y la
teoría del arte.
102
Ortega y Gasset, 1966-69, p. 18.
64
La hermenéutica analógica es la propuesta filosófica de Mauricio Beuchot. La
hermenéutica es la disciplina de interpretación de textos. Como tal es, entonces, ciencia
y arte, ya que tiene principios y sigue reglas. Los textos son hiperfrásticos o van más
allá de los escritos. Son, además, polisémicos. El filósofo mexicano ha identificado
predominios en la hermenéutica, los que llama univocista y equivocista. El primero
tiende a propugnar por una única interpretación, lo que a la postre degenera en
imposiciones y reduccionismos, lo que impide la interpretación. El segundo admite una
multitud incontrolable de interpretaciones que, sin orden ni concierto, llevan a un
relativismo insostenible. Puesto que, como dice, ya estos extremos han dado de sí y se
presentan como callejones sin salida, es menester una tercera vía, la que él llama
analógica. La hermenéutica analógica vertebra, pues, la analogía que, con el ideal de la
univocidad en el horizonte, acepta varias interpretaciones, pero ordenadas o
jerarquizadas, según proporción103 La hermenéutica analógica acepta el perspectivismo,
pero no como mero relativismo. Esto es, es cierto, dice, que hay perspectivas o
enfoques, "es una verdad de Perogrullo"104 y estas perspectivas se configuran según la
cultura, el marco conceptual o el simple enfoque, sin embargo, no es admisible que
imperen y lleguen al exceso del subjetivismo, ya que interactúan con el mundo que
supone el conocimiento, y el el mundo se resiste a la imposición, a la investidura
subjetivista, y conserva su carácter de cosa105 .
Michel de Montaigne fue filósofo, escritor, humanista y moralista. Cabe ubicarlo aún en
el Renacimiento. Se lo conoce por ser el autor de los Ensayos. Incluso es considerado
creador del género literario, y filosófico, así denominado, a saber, ensayo, o, al menos,
uno de sus creadores, junto con Francis Bacon. Escribió su obra en la torre de su propio
castillo, el de Montaigne, entre 1572 y 1592. Lo guio la pregunta: “¿Qué sé yo?”.
A Montaigne, el descubrimiento del Nuevo Mundo y los consiguientes problemas
éticos y antropológicos europeos, lo condujeron a una orientación perspectivista en
filosofía, como se nota en sus Ensayos. En un pasaje de su obra “De los caníbales”,
escribe:
“las gentes sutiles, si bien ven más cosas y mejor, las glosan al describirlas y, a fin de reforzar su
interpretación y convencer de ella, alteran algo la historia, no diciendo las cosas puras, sino según la cara
con que las vieron, alargándolas y ampliándolas para infundirles más verosimilitud” (Montaigne, 2003, p.
153).
Montaigne contrasta al hombre tosco con el hombre sutil. El primero es sincero y fiel,
cuando de dar testimonio de algún lugar u hecho se trata. El segundo, como señala, no
tanto, aunque, ce más cosas y mejor. Montaigne acepta, pues, la variación de puntos de
vista, y la aplica al estudio de sí mismo, por eso llega a decir que a su alma le da, según
el lado en que la recuesta, una cara unas veces y otra, otras. Esto es, decir cosas
diferentes se debe a que se ve de un lado diferente. Su filosofía es, pues, perspectivista.
No parece ser una posición doctrinaria, sino un enfoque filosófico central y puesto en
práctica. Como nadie puede adoptar una visión desde el punto de vista de Dios
(¿Leibniz, Hegel?), Montaigne sostiene que nadie tiene acceso a una visión que sea
totalmente imparcial, que no interprete según su propia perspectiva. Cabe decir que son
103
Beuchot, 2019.
104
Beuchot, 1998, p. 14.
105
Beuchot, 1998, p. 111.
65
los sesgos subjetivos o personales subyacentes los que consideran imparcial la
perspectiva de sí mismo.
“Las gentes sutiles, si bien ven más cosas y mejor, las glosan al describirlas”, dice
Montaigne. Los hombres inteligentes nunca presentan las cosas tal como son, para
decirlo de otra manera. Con ello muestra que la tendencia de ese enfoque filosófico por
el que opta es equivocista, esto es, predomina la dispersión y el relativismo, ya que
predomina el punto de vista desde el que se ven las cosas, según tal como son.
En síntesis, el perspectivismo de Michel de Montaigne no es una teoría filosófica
sistemática, sino una actitud o enfoque hacia el conocimiento y la vida, desprendida de
sus Ensayos. Montaigne enfatiza la subjetividad humana, la diversidad de opiniones y la
imposibilidad de alcanzar certezas absolutas. Reconoce la fragilidad del conocimiento
humano, si bien no niega la posibilidad de éste. Su escepticismo es moderado, práctico.
Valora la experiencia individual, ya que en ella se halla la fuente del conocimiento de
cada persona. Y puesto que es así, se diversifican los enfoque, los puntos de vista, en
una palabra, las perspectivas. Con este énfasis, es cierto, cae en un relativismo cultural,
en el equivocismo, no obstante, es menester notar que, también, promueve respeto y
humildad intelectual.
Blaise Pascal fue matemático, físico, filósofo, teólogo católico (con influencia
jansenista) y apologista. Contribuyó a las matemáticas y a la historia natural. Diseñó y
construyó calculadoras mecánicas (la pascalina). Se reconocen sus aportes a la teoría de
la probabilidad, así como los relativos a los fluidos. Aclaró los conceptos de presión y
vacío. Después de una experiencia religiosa profunda, en 1654, Pascal se dedicó
también a la filosofía y a la teología, lo cual quedó plasmado en sus Pensamientos.
Blaise Pascal, en su Ensayo sobre las cónicas (1640), muestra que un mismo cono,
según la posición del plano donde se proyecta, da figuras geométricas muy diferentes 106.
La geometría será para Pascal muy importante, al punto de que, de ella procede su duda
y que impacta en su epistemología:
“hay una duda pascaliana que es más radical y profunda que la duda escéptica pirrónica de Montaigne
("¿Qué sé yo?") y que la duda académica de Descartes (la cual se aquieta con el "Pienso, luego existo").
Es la captación de la relatividad del conocimiento humano, pues la geometría perspectiva o proyectiva le
enseñaba que había una infinidad de sistemas posibles y no se podía saber con certeza cuál era el
verdadero. Ya que su postura provenía de la perspectiva geométrica, hay un cierto perspectivismo
epistemológico en Pascal” (Beuchot, 2016, p.16).
“Tres grados de elevación del polo anulan toda jurisprudencia. Un meridiano decide sobre la verdad. En
unos años de dominio, las leyes fundamentales cambian, la ley tiene sus estaciones, la entrada de Saturno
en Leo marca, para nosotros, el origen de algún crimen. ¡Qué justicia tan divertida la que delimita un río!
La verdad a este lado de los Pirineos, el error allá” (Pascal, 1986, p. 183).
106
Gutiérrez, 2012, pp. 107-108.
107
Pensamientos, núm. 99, ed. Brunschvicg.
66
Sin embargo, y a pesar de la radicalidad de la duda, este perspectivismo, a diferencia
del de Montaigne, no tiende al relativismo, ya que Pascal aprecia mucho la razón y
nunca pierde su precedente científico:
“Así, aunque nuestro filósofo aprecia mucho la razón, da cabida a la intuición, al corazón. Es su idea de
combinar el espíritu de geometría y el espíritu de fineza, lo cual es una postura analógica. También lo es
la idea del testimonio. En su misma epistemología se ve esto, ya que adopta el punto de vista fijo, que es
analógico, un perspectivismo analógico, que abarque lo más que se pueda los demás enfoques, sin
encerrarse en ninguna perspectiva opuesta, sino buscando una más amplia” (Beuchot, 2016a, p. 49).
Más aún “dado que esta postura proviene de la perspectiva geométrica, hay un cierto
perspectivismo epistemológico en Pascal, aunque moderado (Beuchot, 2016, p. 65).
Esto es, Pascal según propone Mauricio Beuchot, propone un perspectivismo analógico,
no univocista, no equivocista.
Nació en Leipzig. Ingresó en la universidad de esa ciudad a los quince años. En Leipzig
estudió filosofía. Luego, en Jena, aprendió matemáticas. En Altdorf completó un curso
de jurisprudencia y se doctoró en leyes a la edad de 21 años. Viajó por Europa. Conoció
a varios pensadores. Descubrió el cálculo infinitesimal alrededor de 1676. Fue
nombrado bibliotecario en Hannover. Allí trabajó hasta su muerte. Participó en los
intentos por unificar las iglesias cristianas y en proyectos de paz mundial. Entre sus
obras destacan Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, Teodicea, Discurso de
metafísica, Nuevo sistema de la Naturaleza y Monadología. Intentó construir una
ciencia universal. Influido por Raimundo Lulio, proyectó una lógica combinatoria que
contuviera todos los pensamientos humanos. Como debía proceder con símbolos y con
el modelo del álgebra, la llamó Characteristica universalis. La aplicó a todas las
ciencias.
A diferencia de Montaigne y Pascal, Leibniz sí propuso un sistema filosófico. En lo
que sigue presento una síntesis de este sistema. Me baso en la exposición que hacen
Miguel Ángel Sobrino y Mauricio Beuchot en Historia de la filosofía desde la
antigüedad hasta la posmodernidad.
Distinguió las verdades de razón y las verdades de hecho. Las primeras son
necesarias y se refieren a todos los mundos posibles. Se basan en el principio de no
contradicción o de identidad. Las segundas son contingentes y referidas al mundo
actual. Se basan en el principio de razón suficiente, según el cual nada existe sin una
razón suficiente para su existencia. Se conectan por el pensamiento mediante las ideas
de número, espacio y tiempo, reguladas por el principio de continuidad entre las cosas
más dispares. Se opuso a la tesis de Descartes de que hay dos substancias
independientes, pensamiento y extensión, porque creaba el dilema irresoluble de
procurar explicar de qué manera pueden interactuar cuerpo y mente; y a la tesis de
Spinoza de que toda la realidad se reduce a una única substancia, porque se pierde la
distinción entre los diferentes elementos de la naturaleza. Profesó un innatismo virtual
en cuanto al origen de las ideas. Propuso que hay una armonía preestablecida por Dios
entre los movimientos del alma y del cuerpo. Leibniz optó por una especie de
atomismo, esto es, planteó que todo se compone de corpúsculos elementales, las
mónadas. Las mónadas son átomos metafísicos, simples, activos, inmateriales o
espirituales, cerrados e incomunicables. “La mónada tiene fuerza de resistencia que la
hace aparecer como extensa, y fuerza de actividad, que le hace cumplir la armonía
preestablecida que le otorgó Dios con respecto a lo que está fuera de ella”. Su actividad
67
es doble: de percepción, por la que se representa el mundo externo, y de apetición, por
lo que tiende de una percepción a otra. “La percepción puede ser obscura o
inconsciente; consciente, aunque confusa, clara pero no distinta y clara y distinta o
plenamente consciente (apercepción)”. A diferencia de todas las demás creaturas, sólo
el alma tiene apercepción. “El alma es una gran mónada, incomunicable con el cuerpo,
lo que le obliga a recurrir a la armonía preestablecida por Dios entre el alma y el
cuerpo”. Según esta idea, Dios ha hecho que a los movimientos del alma correspondan
a los del cuerpo, programándolos de antemano, como un relojero que diera cuerda a un
reloj. Y, ya que el mundo exterior no puede actuar sobre el alma, las ideas que tiene son
innatas. “El alma tiene dentro de ella ciertas ideas o percepciones inconscientes que, por
la armonía preestablecida, se hacen conscientes, distinguiéndose de las otras sólo por el
grado de claridad”. El constitutivo íntimo de las cosas no es el pensamiento ni la
extensión, que tienen aspectos pasivos; es la fuerza, que es activa, tanto en el alma, la
cual tiene fuerzas inconscientes, como en los cuerpos, como la atracción, la repulsión y
otras. Por eso la substancia es un ente dotado de fuerza para ser activo. “Es substancia lo
que tenga unidad por sí misma; lo que no la tiene, es agregado. Y tales son los cuerpos
inorgánicos, agregados de substancias o mónadas de grado ínfimo. Los orgánicos tienen
además una mónada central, que es su alma”. Dios mismo es una mónada, la "mónada
de las mónadas", razón última de todas. Demuestra su existencia por el argumento
ontológico. Dice que, si el Absoluto es posible, existe; es así como es posible, porque la
perfección no se opone a la perfección, luego existe. También argumenta por la verdad
eterna (que sustenta a la verdad matemática), por la necesidad que tienen todas las
mónadas de una razón suficiente y por la misma armonía preestablecida. “Es necesario
que Dios establezca de antemano, con su sabiduría infinita, la armonización de los actos
de los cuerpos con los de las almas”. Leibniz tiene una visión optimista de la realidad, y
trata de justificar la presencia del mal en su Teodicea (o Justificación de Dios)108.
Wilhelm Wundt (1832-1920), fundador del primer laboratorio de psicología
experimental, usó la cita de Leibniz "...nisi intellectu ipse" en la portada de su libro
titulado Beiträge zur Theorie der Sinneswahrnehmung (Contribuciones sobre la teoría
de la percepción sensorial) y publicó una detallada y aspirante monografía sobre
Gottfried Leibniz, Leibniz zu seinem zweihundertjährigen Todestag (1917). Se lo
considera su discípulo y más connotado intérprete. En su discurso conmemorativo por el
bicentenario de la muerte de Leibniz, Wundt caracterizó el estilo de pensamiento de su
maestro a partir del “principio de igualdad de derechos entre puntos de vista
complementarios”, con lo cual destacó el perspectivismo como el enfoque de la filosofía
de Leibniz. En el pensamiento de Leibniz desempeñan, según Wundt, un papel
importante los puntos de vista, ya que “se complementan” y “al mismo tiempo pueden
aparecer como opuestos”, y cuya oposición desaparece “cuando se miran las cosas más
profundamente". Wundt dio forma psicológica y neuropsicológica al término
apercepción, introducido por Leibniz.
En su Monadología Leibniz dice que:
“(57) Y así como una misma ciudad, contemplada desde lados diferentes, parece otra y queda como
multiplicada por las perspectivas, así también sucede que, debido a la multitud infinita de sustancias
simples, se dan como otros tantos universos diferentes que, sin embargo, no son sino las perspectivas de
uno solo, según los diferentes puntos de vista de cada Mónada (Teodicea, § 147)”. (Leibniz, 1981, p.
121).
108
Sobrino-Beuchot, 1998 pp. 96-99; Beuchot, 2023.
68
Con ello, confirma esta interpretación perspectivista que hace Wundt de su filosofía,
ya que cada mónada es, por decirlo así, una perspectiva del universo. La noción de
perspectivismo es utilizada por los críticos para designar “la multiplicación de puntos de
vista individuales” (Gaudemar, 2005) sobre la realidad. El universo de Leibniz está
formado, pues, por sustancias que representan otros tantos puntos de vista individuales
diferentes. En su Discurso sobre la metafísica dice que:
“Además, toda sustancia es como un mundo entero y como un espejo de Dios o bien de todo el universo,
que cada una expresa a su manera, análoga· mente a como una misma ciudad es representada de distinto
modo según las diferentes situaciones del que la mira Así el universo está en cierto modo multiplicado
tanta~ veces corno sustancias hay, y la gloria de Dios está igualmente redoblada por otras tantas
representaciones diferentes de su obra Incluso puede decirse que toda sustancia muestr8 de algún modo el
carácter de la sabiduría divina v de la omnipotencia de Dios, y la imita en cuanto es susceptible de ello.
Pues expresa, aunque confusamente, todo lo que acontece en el universo, pasado, presente o futuro, lo
cual tiene alguna analogía con una percepción o conocimiento infinito: y como todas las demás sustancias
expresan ésta a su vez v se acon1odan a ella, puede decirse que extiende su potencia sobre todas las
demás, a imitación de la omnipotencia del Creador” (Leibniz, 1982, p. 66)
Sin embargo, el universo es uno. La gran mónada, que es Dios, ha establecido, cosa
que descubre Leibniz, la armonía prestablecida y puesto en cada alma-mónada ideas
innatas. Así pues, aunque el universo parece multiplicarse por tantas veces como
sustancias-mónadas hay, la tendencia perspectivista de Leibniz es hacia el univocismo.
La ciencia, a la que aspiró Leibniz es, también, como el universo y la causa última de
éste, una y universal.
En síntesis, el perspectivismo de Leibniz es central en su filosofía, especialmente en
su metafísica, y está estrechamente relacionado con su teoría de las mónadas y su
concepción del universo como un todo armonioso. Para Leibniz, cada mónada (una
sustancia simple e indivisible que constituye la realidad) percibe el universo desde su
propia perspectiva única, pero todas estas perspectivas están en armonía gracias a un
orden preestablecido por Dios. Este enfoque combina la diversidad de perspectivas con
la unidad de la realidad, ofreciendo una visión del universo como un todo coherente y
multifacético.
69
poder, con la que se sobrepone al ciclo de las cosas. La voluntad de poder implica que el
hombre sea capaz de crear los valores, transformarlos y hasta invertirlos. Propone la ley
del más fuerte, la del superhombre. Para Nietzsche hay, pues, dos clases de ética: la de
los amos y la de los esclavos. La primera es la de los superhombres. La segunda es la de
los débiles, la de los fatuos, la de los cristianos109
“En mi criterio, contra el positivismo que se limita al fenómeno, «solo hay hechos». Y quizá, más que
hechos, interpretaciones. No conocemos ningún hecho en sí, y parece absurdo pretenderlo.
«Todo es subjetivo», os digo; pero solo al decirlo nos encontramos con una interpretación. El sujeto no
nos es dado, sino añadido, imaginado, algo que se esconde. Por consiguiente, ¿se hace necesario contar
109
Sobrino-Beuchot, 1998, 127-128.
70
con una interpretación detrás de la interpretación? En realidad, entramos en el campo de la poesía, de las
hipótesis.
El mundo es algo «cognoscible», en cuanto la palabra «conocimiento» tiene algún sentido; pero, al ser
susceptible de diversas interpretaciones, no tiene un sentido fundamental, sino machismos sentidos.
Perspectivismo” (Nietzsche, 2006, p. 337).
Con este colapso revela, con su proyecto genealógico, que todo conocimiento no
perspectivista, esto es, toda la metafísica occidental ha sido, también, una perspectiva.
En muy resumidas cuentas el perspectivismo y el proyecto genealógico de Nietzsche,
como crítica, se integran más al entrelazar los impulsos psicológicos subyacentes a
varias perspectivas filosóficas. Con este método de crítica pueden aliviarse las
deficiencias de varias perspectivas, ya que una mediación crítica de las diferencias entre
ellas evita apelar a lo no perspectivista.
El perspectivismo de Nietzsche cuestiona las nociones subyacentes de "mirar desde
ninguna parte”, "mirar desde todas partes" y "mirar sin interpretar" como absurdas.
Según él todo está ligado a una determinada perspectiva, y todos los espectadores están
limitados en cierto sentido a las perspectivas disponibles para ellos. En la Genealogía
de la moral escribe:
“A partir de ahora, señores filósofos, guardémonos mejor, por tanto, de la peligrosa y vieja patraña
conceptual que ha creado un «sujeto puro del conocimiento, sujeto ajeno a la voluntad, al dolor, al
tiempo», guardémonos de los tentáculos de conceptos contradictorios, tales como «razón pura»,
«espiritualidad absoluta», «conocimiento en sí»: - aquí se nos pide siempre pensar un ojo que de ninguna
manera puede ser pensado, un ojo carente en absoluto de toda orientación, en el cual debieran estar
entorpecidas y ausentes las fuerzas activas e interpretativas, que son, sin embargo, las que hacen que ver
sea ver-algo, aquí se nos pide siempre, por tanto, un contrasentido y un no-concepto de ojo. Existe
únicamente un ver perspectivista, únicamente un «conocen> perspectivista; y cuanto mayor sea el número
de afectos a los que permitamos decir su palabra sobre una cosa, cuanto mayor sea el número de ojos, de
ojos distintos que sepamos emplear para ver una misma cosa, tanto más completo será nuestro
«concepto» de ella, tanto más completa será nuestra objetividad” (Nietzsche, 2005b, pp. 154-155).
En sus obras, Nietzsche hace una serie de afirmaciones sobre la perspectiva que a
veces entran en conflicto entre sí. Lo que lo hace parecer relativista. Nietzsche, además,
no rechaza claramente la verdad y la objetividad, aunque sí rechaza las nociones de
verdad, hechos y objetividad. Esto implica que su perspectivismo se acerca al
equivocismo. No obstante, como ha mostrado Mauricio Beuchot, este perspectivismo de
Nietzsche tiene elementos analógicos o que lo acercan a un perspectivismo analógico.
En lo que viene trataré de presentar la interpretación del filósofo mexicano sobre el
perspectivismo de Nietzsche.
De acuerdo con Mauricio Beuchot la Ilustración produjo el romanticismo por
reacción y el positivismo por eclosión. El romanticismo fue relativista. Tuvo una
hermenéutica equivocista que interpretaba con el sentimiento. El positivismo fue
rigorista. Tuvo una hermenéutica univocista. Nietzsche, por la misma época, criticó a
románticos y positivistas. A estos por adoradores de los hechos y a aquellos por
adoradores de las interpretaciones. Elude, pues, el positivismo del hecho y el
romanticismo de la interpretación “y va a un perspectivismo que me parece
analógico”110, dice el filósofo mexicano. Nietzsche hizo de la hermenéutica la rama
preponderante de la filosofía con su idea, cuya expresión ha sido tan manida, de que no
hay hechos, sino interpretaciones, con la cual, sucintamente, enfatiza su crítica a las
hermenéuticas romántica y positivista. Otra razón por la cual Nietzsche hizo de la
hermenéutica la principal rama de la filosofía es su denuncia al nihilismo europeo, con
110
Beuchot, 2016 b, p. 75
71
su acusación de la metonimia como mentira y su reivindicación de la metáfora.
Igualmente, su aprecio por la retórica, los mitos griegos y el perspectivismo de estos es
otra razón contra las grandes tendencias de su tiempo 111 Ahora bien, Nietzsche llega a
un perspectivismo analógico, contra positivistas y románticos, porque se libera de
ambas tendencias, del rigorismo y del relativismo, ya que admite metáfora y metonimia
por la pragmática de la vida, aunque en un principio criticara la metonimia 112. Este
perspectivismo de Nietzsche es o un relativismo restringido o un universalismo
diferencias, esto es, analógicos, esto es, relativismo y universalismo “serán lo mismo,
puesto que son correlativos, según el perspectivismo nietzscheano” 113. Tuvo un afán por
disminuir la univocidad o de restar literalidad a las ideas por medio del nihilismo. Sin
embargo, no cayó en el nihilismo sin más, que equivocista. Inyectado, el nihilismo, en
el ser, el valor y la moral ablanda el absolutismo unívoco, pero Nietzsche se detiene en
el perspectivismo que es un relativismo relativo, no absoluto, sino analógico. El
superhombre mismo, como especie nueva surgida del hombre, porque lo lleva más allá,
no destruye, sino que construye, porque hace vida y vive en la afirmación. “Y el
superhombre es alguien que, por los mismos valores de la vida, ejerce sobre sí mismo
una vigilancia, un cuidado de sí, inclusive una disciplina (el verdadero ideal ascético,
por encima del otro), que lo coloca como el frónimos o prudente de los griegos”114 dice
Beuchot. El equilibrio, en el marco de las virtudes helénicas, se logra en tensión. “Por
eso… el superhombre nietzscheano es un análogo, un frónimos o prudente, un ser
humano que tiene las virtudes del análogo y las ejerce con analogía, con la proporción
que da a cada acción su justa medida” 115 Nietzsche, para alcanzar su propuesta, utiliza el
procedimiento genealógico, con el cual conjunta a Dionisio y Apolo, opuestos. Y esto
están en lo que consigue la analogía, que une contrario 116Para Nietzsche el ser humano
necesitaba hermanar en sí mismo a ambos dioses. El primero es el de la metáfora y el
segundo, el de la metonimia. Aunque en su juventud privilegió la metáfora y vio que la
metonimia era mentira en sentido extramoral, en su madurez pidió que se hermanara, ya
que ambas son dimensiones humanas. Y en esto también consiste el perspectivismo
analógico del filósofo alemán. No fue un relativista extremo como se lo interpretado
muchas veces117. Dionisio era el amo del disfraz, se presentaba en diferentes
perspectivas. Pero, asimismo, era universal. Representaba la naturaleza humana, contra
el individualismo y la orgía de perspectivas. Hay que encontrar y aprovechas los
impulsos del inconsciente 118Incluso, respecto a la moral, según Beuchot, Novalis se
parece a Nietzsche, ya que “La misma moral es, para Novalis, una facultad creadora.
Pero no quiere un relativismo, sino un perspectivismo, como el que se encontrará en
Nietzsche… El poeta es el verdadero mago… También el filósofo debe ser verdadero
mago, él es quien aspira a dominar el espíritu… El verdadero sistema es el de la
libertad, porque es el de la infinitud; y la filosofía, al igual que la poesía, captan lo
infinito (en lo finito)”.119
En síntesis, con el perspectivismo, central en su filosofía, Friedrich Nietzsche,
cuestiona la existencia de una verdad absoluta y objetiva. Según Nietzsche, todo
111
Beuchot, 2011b, p. 21.
112
Beuchot, 2006 a; Beuchot, 2019, p. 201.
113
Beuchot, 2007, p. 44.
114
Beuchot, 2007, p. 48.
115
Beuchot, 2007, p. 48.
116
Beuchot, 2016b, p. 75.
117
Beuchot, 2015, p. 152.
118
Beuchot, 2015a; Beuchot, 2015b, p. 96-97.
119
Beuchot, 2011a, p. 76.
72
conocimiento y toda interpretación de la realidad están condicionados por la perspectiva
particular, por experiencias, los intereses, los valores y el contexto cultural de cada
persona. Nietzsche sostiene que hay múltiples interpretaciones del mundo, cada una
válida desde su propia perspectiva. El perspectivismo de Nietzsche es una invitación a
cuestionar las certezas absolutas y a reconocer la diversidad de interpretaciones que
existen sobre el mundo. No niega la posibilidad de conocimiento, pero insiste en que
este siempre será parcial y situado.
Por eso Mauricio Beuchot encuentra en Nietzsche una propuesta de perspectivismo
analógico o, al menos, que tiende a la analogicidad. Así lo señala en su libro Hechos e
interpretaciones, en el que dice:
“En el título de este libro aludo a la famosa frase de Nietzsche: «No hay hechos, sólo interpretaciones»,
que es innegable que ha sido muy mal interpretada. Si uno va al texto completo de los Nachgelassene
encuentra que su autor dice que ésa es una interpretación más, con lo cual se burla de nosotros. Que no
quiere decir que sólo existen las interpretaciones y que no corresponden a ningún hecho, nos lo hace ver
una hermenéutica analógica, es decir, una que no se quede en la univocidad de la letra ni en la
equivocidad de la alegoría. Los que sólo veían interpretaciones eran los románticos, como
Schleiermacher; pero Nietzsche, que comenzó entre ellos adoptando la interpretación de Schlegel de la
tragedia griega, y que había admirado tanto a ese romántico tardío que fue Wagner, los repudió, gracias a
este último. Por eso no podía quedarse con las solas interpretaciones, sin los hechos. Pero, además, quería
rechazar el endiosamiento de los hechos que habían realizado los positivistas, a los que él mismo se había
pasado, en Humano, demasiado humano, pero por breve tiempo, y ya los había desterrado de su
pensamiento. Por eso, a mi modo de ver, y desde una hermenéutica analógica, decía que hay hechos
interpretados. Es decir, existen las dos cosas, los hechos y las interpretaciones que hacemos sobre ellos,
sin desechar ni a unos ni a otras. Requerimos una hermenéutica incluyente” (Beuchot, 2016c, p. 9).
Conclusión
73
escondido. Sólo un perspectivismo analógico respeta y equilibra el punto de vista y la
realidad de las cosas. A esto invitan Pascal y Nietzsche. ●
Referencias
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-------Senderos de iconicidad. El resplandor de las imágenes. México: Herder, 2016 b.
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